La confesion

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La confesion

  1. 1. LA CONFESION José Civera Martínez
  2. 2. LA CONFESION Han pasado más de cincuenta años y, como creo quehabrá prescrito el delito, me atrevo a confesarlo. Son hechosreales de los cuales me arrepiento y avergüenzo, pero repito,son hechos reales y quiero descargar mi conciencia. La víctima era morena, con el pelo negro azabache,peinado en una media melena, siempre impecablementecepillado. Guapa era, pero lo que más llamaba la atención erasu cuerpo, con unos senos espléndidos y no exhibidos que seadivinaban en un recatado escote. A sus veintipocos años, la frescura de su cuerpo eraevidente. Su modesto vestido de algodón, estampado con flor,ciñe una cintura ideal que resalta unas caderas cimbreantes yunas nalgas que dan forma a un trasero tentador, famoso entodo el pueblo. Cuando pasaba por delante de los viejos que estabantomando el sol, la miraban con ojillos maliciosos, y algunos seanimaban a piropearla, añorando una juventud pasada,mientras dejaban volar su imaginación con pensamientos más omenos eróticos. Y los mozos, ¿qué hacían los mozos? ¿Es que no habíaningún valiente dispuesto a cortejarla?
  3. 3. En un pueblo pequeño, donde las habladurías sonfrecuentes, nadie tenía nada que decir sobre sucomportamiento, incluso por discreción lavaba sus prendas másíntimas en casa, para así no mostrarlas en el lavadero de laCava. Todo estaba pensado y dispuesto para consumar loshechos; aquella tarde, junto a mi amigo, que era el dueño de lacasa, habíamos preparado a conciencia el lugar. La bodega tenía una pequeña ventana sin cristales, comode un palmo, que desde el exterior estaba a ras del suelo. Unasgavillas de sarmientos apiladas ocultarían la visión desde fueray completamente a oscuras sería mucho más fácil ocultarnos.Las paredes de las casas que ya lindaban con los bancalesformaban como una especie de callejón, cerrado por unosmatojos de cardenchas que protegían de las posibles miradasindiscretas. Y allí sucedieron los hechos que tanto habíamospreparado. Era una tarde de verano, y ya anochecía en el pueblocuando apareció ella. Deslumbrante, preciosa y confiada.Apenas dobló la esquina hacia las eras, nos precipitamos a labodega y allí, agazapados, esperamos unos segundos, que creonos parecieron horas. Se situó junto a la ventana y, después de asegurarse lejosde miradas, se subió las faldas.
  4. 4. Había llegado el gran momento, tanto tiempo esperadode conocer íntimamente a una mujer. Se bajó las bragas y seagachó. Teníamos a dos palmos de nuestras narices el tesoromás deseado de todo el pueblo, y el culo más bonito de lacomarca. Pero de pronto, sonó como si fuese un trueno, y unasgotitas nos salpicaron, al retirarnos bruscamente, casi nos vamosal suelo con los sarmientos. Aquella tarde y a mis nueve años, aprendí que hasta losculos más bonitos también van de diarrea.

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