FEDOR DOSTOIEVSKI                        LA TÍMIDAAdvertencia del autor Pido perdón a mis lectores por darles esta vez unc...
es.el que me parece un elemento fantástico del cuento.El arte no rechaza este género de procedimientos.Víctor Hugo, en su ...
implorando, enfadándose para conseguir más. Ella,nunca. Tomaba lo que le daban... ¿En dónde estoy? ¡Ah,sí! En que me traía...
Ese por usted lo subrayé particularmente. Más bienestaba irritado... Al oír aquel por usted se encendiósu rostro; pero se ...
preferiría en casa de viudo de edad; podría ayudar enel trabajo de la casa." —Ahí tiene —le dije—; ésta es la primera vez ...
he visto en circunstancias muy críticas. Fue mucho loque sufrí antes de decidirme a esto... —Y se venga usted con la socie...
Pero si sigo así, no podré concentrar mis ideas. Masde prisa, más de prisa; no se trata de eso, ¡oh, Diosmío! ¡No!        ...
pequeña casi había consentido "por causa de loshuérfanos" (hay que decir que rico droguero tenía hijosde sus dos matrimoni...
modos,   estaba   seguro  de   que   el droguero   debíarepugnarle más que yo, y yo le producía el efecto de unlibertador....
Aún me lo pregunto ahora. ¿Cuál de los dos era paraella peor partido? ¿Yo o el droguero? ¿El droguero o elprestamista que ...
Tuvimos una pequeña discusión con motivo del equipo.Ella no tenía casi nada y nada quería. La obligué aaceptar una canasti...
calumnias, sin una pizca de consideración. ¡Eso es loque yo estimo! Porque hay casos en que un individuobrillante, un homb...
al asunto "teatro": había dicho que nos sería imposibleir a él. Sin embargo, la llevé una vez al mes, alocalidades decente...
en fin, que trataba de amarme. Entonces ¿qué? ¿Tan granculpable   era   yo   porque  prestase   sobre   prendas?¡Prestamis...
el culpable. ¿Y no he de decir la verdad? ¡La culpablees ella, ella!                           V                  LA TÍMID...
cien rublos, supe de la menor todo cuanto quería saber.Al otro día me puse al corriente: "El objeto de lasalida, me dijo, ...
a un despotismo abusivo que al ir al terreno de duelo,por cualquier cosa. Había en aquellas palabras algo así como una exc...
Efimovitch tembló; tomé a mi mujer por la mano y lainvité a salir de allí conmigo. Recobrando su presenciade ánimo, Efimov...
se dio cuenta de que me había despertado y de que laestaba mirando. De repente se aproximó a mí, siemprecon el revólver en...
Aún me harán ustedes otra pregunta: ¿Por qué no lasalvaba yo de su crimen? Más tarde me interroguémuchísimas veces en esa ...
SEGUNDA PARTE                           I                 EL SUEÑO DEL ORGULLO Hace un momento me ha declarado Loukeria qu...
callarme el mayor tiempo posible acerca de nuestroporvenir, dejarlo todo en el mismo estado. De este modopasó todo el invi...
puntillosos que los demás sobre el honor; que no teníamás   que  un    medio  de  rehabilitarme:   pedir  unaexplicación a...
Sin embargo, yo no podía pasar por más tiempo ante susojos como un cobarde. De este modo transcurrió todo elinvierno. Siem...
sucedió, una tarde, a eso de las cinco, antes de lacena.                          II                EL VELO CAE SÚBITAMENT...
voz era bastante fuerte, no muy afinada, pero fresca yagradable. Pero entonces aquella voz era muy débil,tenía algo roto, ...
bien comprendía mi desesperación! Pero al mismo tiempoexperimentaba un arrebato tal, que me creí morir.Lloraba, hablaba, s...
salía a cada momento de la cocina. Le dije que seacostase, que se tranquilizase, que al día siguiente"empezaría una nueva ...
propias torturas. Hablaba como si delirase, mientrasella me tomaba las manos, pidiéndome que me callase. —¡Exageras! —decí...
caer a sus pies, y todo acabó en un ataque de nervios,que dio en el suelo con ella... Era ayer de noche, ayernoche... y la...
Mi mujer sonrió, pero sonrió de una manera rara, tanrara, que Loukeria no permaneció más que diez minutosfuera de la habit...
pregunta la habrá enloquecido, prefiriendo morir. Losé, lo sé. ¡No era cosa de romperse la cabeza! Pero...había prometido ...
casualidad y de esos cinco minutos de retraso. Peroreflexionen ustedes. No me ha dejado una tarjeta: "Queno se acuse a nad...
como a un amigo — ¡qué alegría! — y nos hubiéramosreído, mirándonos cara a cara. Hubiéramos vivido de esemodo. ¿Hubieras q...
Próxima SlideShare
Cargando en…5
×

Dostoievski, fedor la timida

2.360 visualizaciones

Publicado el

Publicado en: Entretenimiento y humor
0 comentarios
0 recomendaciones
Estadísticas
Notas
  • Sé el primero en comentar

  • Sé el primero en recomendar esto

Sin descargas
Visualizaciones
Visualizaciones totales
2.360
En SlideShare
0
De insertados
0
Número de insertados
2
Acciones
Compartido
0
Descargas
54
Comentarios
0
Recomendaciones
0
Insertados 0
No insertados

No hay notas en la diapositiva.

Dostoievski, fedor la timida

  1. 1. FEDOR DOSTOIEVSKI LA TÍMIDAAdvertencia del autor Pido perdón a mis lectores por darles esta vez uncuento en lugar de mi "diario", redactado bajo su formahabitual. Pero este cuento me ha tenido ocupado cercade un mes. De todos modos, solicito la indulgencia demis lectores. Este cuento lo he calificado como fantástico, auncuando yo lo considere real, en el más alto grado. Perotiene su lado fantástico, sobre todo en la forma, yacerca de esto deseo extenderme. No se trata ni de una novela, en sentido estricto nide unas "Memorias". Imaginen ustedes un marido que seencuentra en su casa ante una mesa, sobre la cualreposa el cuerpo de su mujer, que se ha suicidado. Seha tirado por la ventana algunas horas antes. El marido está como loco. No logra reunir sus ideas.Va y viene por el cuarto, tratando de descubrir elsentido de lo que ha pasado. Además, es un hipocondríaco inveterado, de los quehablan con ellos mismos. Habla, pues, en voz alta,contándose la desgracia, tratando de explicársela. Seencuentra en contradicción con sí mismo en sus ideas yen sus sentimientos. Se declara inocente, se acusa, seconfunde entre su defensa y su acusación: A veces sedirige a oyentes imaginarios. Poco a poco acaba porcomprender. Toda una serie de recuerdos que él evoca leconduce a la verdad. He ahí el tema. El relato está lleno de interrupcionesy de repeticiones. Pero si un taquígrafo hubiese podidoir escribiendo a medida que él hablaba, el texto aúnsería más borroso, menos "arreglado" que el que lespresento. He tratado de seguir el que me ha parecidoser el orden psicológico. Esa suposición de untaquígrafo anotando todas las palabras del desgraciado
  2. 2. es.el que me parece un elemento fantástico del cuento.El arte no rechaza este género de procedimientos.Víctor Hugo, en su obra maestra Los últimos momentos deun condenado a muerte se sirvió de un medio análogo. Nointrodujo un taquígrafo en su libro; pero admitió algomás inverosímil, presumiendo que un condenado a muertepodía hallar tiempo de escribir un volumen el últimodía de su vida, qué digo, la última hora —al pie de laletra— en el ultimo momento. Pero si hubiese rechazadoesta suposición, la obra más real, la más vivida detodas cuantas escribió, no existiría. I ¿QUIEN ERA YO Y QUIEN ERA ELLA?... Mientras la tenga aquí, no habrá terminado todo...A cada instante me aproximo a ella y la miro.. Peromañana se la llevarán. ¿Cómo haré para vivir solo? Eneste instante está en el salón, sobre la mesa...; hanpuesto una junto a otra dos mesas de juego: mañanaestará ahí el féretro, todo blanco... Pero no es eso...Ando, ando y quiero comprender, explicarme... Hace yaseis horas que busco, y mis ideas se disgregan... Ando,ando, y eso es todo. Vamos a ver: ¿cómo es? Quieroproceder con orden (¡ah! ¡con orden! ) Señores...: bienven ustedes que estoy muy lejos de ser un hombre deletras; pero lo contaré tal cual lo comprendo. Miren: al principio ella venía a mi casa, a empeñarobjetos suyos para pagar un anuncio en el Golos... "Talinstitutriz aceptaría viajar o dar lecciones adomicilio", etc., etc. Los primeros tiempos no me fijéen ella: iba allí como tantas otras; eso era todo.Luego me fijé más. Era muy delgada, rubia, no muy alta;tenía movimientos molestos ante mí, indudablemente antetodos los extraños; yo, es verdad, estaba con ella comocon todo el mundo, con aquellos que me tratan como a unhombre, y no solamente como a un prestamista. En cuantole había entregado el dinero, daba rápidamente mediavuelta y se iba. Todo esto sin ruido. Otras regateaban,
  3. 3. implorando, enfadándose para conseguir más. Ella,nunca. Tomaba lo que le daban... ¿En dónde estoy? ¡Ah,sí! En que me traía extraños objetos o alhajas de pocoprecio: pendientes de plata sobredorada, unmedalloncito miserable, cosas de veinte kopeks. Sabíaque eso no valía más, pero veía en su rostro que paraella tenían un gran valor. En efecto; más tarde supeque era todo cuanto sus padres le habían dejado. Sólouna vez no pude dejar de reírme al ver lo que ellapretendía empeñar. En general, nunca suelo reírme delos clientes. Un tono de caballero, maneras severas,¡oh, sí, severas, severas! Pero aquel día se le ocurriótraerme un verdadero andrajo: restos de una pelliza depieles de liebre... Pudo más que yo, y le hice unabroma... ¡Santo Dios, qué furiosa se puso! Sus ojosazules, grandes y pensativos, tan dulces siempre,despidieron llamas. Pero no dijo una palabra. Volvió arecoger su "andrajo" y se fue. Hasta aquel día no me dicuenta de que la miraba muy particularmente. Pensabaalgo de ella..., sí, algo. ¡Ah, sí! Que eratremendamente joven, como un niño de catorce años; enrealidad tenía dieciséis. Además, no, no es eso... Aldía siguiente volvió. Supe más tarde que había llevadosu resto de hopalanda a casa de Dobronravov y Mayer;pero éstos no prestan más que sobre objetos de oro, yno quisieron escucharla. En otra ocasión le habíatomado en garantía un camafeo, una porquería, y yomismo me quedé asombrado. Yo no presto más que sobreobjetos de oro o de plata. ¡Y había aceptado uncamafeo! Era la segunda vez que pensaba en ella, lorecuerdo muy bien. Pero al día siguiente del asunto dela hopalanda quiso empeñar una boquilla de ámbaramarillo, un objeto de aficionado, pero sin valor paranosotros. ¡Para nosotros, oro, plata o nada! Como veníadespués de la rebelión de la víspera, la recibí muyfríamente, muy serio. Débil, le di con todo dos rublos;pero le dije, un poco enfadado: "Lo hago por usted,nada más que por usted. Puede ir a ver si Moset le daun kopek por un objeto así! "
  4. 4. Ese por usted lo subrayé particularmente. Más bienestaba irritado... Al oír aquel por usted se encendiósu rostro; pero se calló; no me arrojó el dinero a lacara; al contrario, lo tomó muy aprisa... ¡Ah, lapobreza! Pero se ruborizó, ¡oh, sí!, se ruborizó. Lahabía molestado. Cuando se hubo marchado, me pregunté:"¿Vale dos rublos la pequeña satisfacción que acabo detener?" Dos veces me repetí la pregunta: "¿Vale eso?¿Vale eso? " Y, riendo, resolví en un sentidoafirmativo. Me había divertido mucho, pero lo hacía sinninguna mala, intención. Se me ocurrió la idea de probarla, pues ciertosproyectos pasaron por mi cabeza. Era la tercera vez quepensaba muy particularmente en ella. Pues bien, en aquel momento fue cuando empezó todo.Claro está, me enteré... Después de eso esperé sullegada con cierta impaciencia. Calculaba qué notardaría en presentarse. Cuando reapareció, le dirigíla palabra, y entré en conversación con ella en un tonode infinita amabilidad. No me he visto del todo maleducado, y cuando quiero tengo mis maneras. ¡Hum!Adiviné fácilmente que era buena y sencilla. Estos, sinentregarse demasiado, no saben eludir una pregunta.Contestan. No averigüé entonces cuanto de ella podíaaveriguar, claro está, sino que fue más tarde cuando mefue explicado todo; los anuncios de Golos, etc. Seguíapublicando anuncios en los periódicos con ayuda de susúltimos recursos. Al principio, el tono de aquellosanuncios era altivo: "Institutriz, excelentes informes,aceptaría viajar. Enviar condiciones bajo sobre alperiódico". Un poco más tarde era: "Aceptaría todo, darlecciones, servir de señora de compañía, cuidar de lacasa; sabe coser, etc." ¡Muy conocido!, ¿verdad?Después, en un último intento, hizo insertar: "Sinremuneración por la comida y el alojamiento." Pero noencontró colocación ninguna. Cuando la volví a ver,quise pues, probarla. La enseñé un anuncio del Golosconcebido en estos términos: "Muchacha huérfana buscacolocación de institutriz para cuidar niños pequeños;
  5. 5. preferiría en casa de viudo de edad; podría ayudar enel trabajo de la casa." —Ahí tiene —le dije—; ésta es la primera vez quepublica un anuncio, y apuesto cualquier cosa a queantes de esta noche encuentra una colocación. ¡Así escomo se redacta un anuncio! Enrojeció, sus ojos se encendieron de cólera. Esto meagradó. Me volvió la espalda, y salió. Pero yo estabamuy tranquilo. No había otro prestamista capaz deadelantarle medio kopek por sus baratijas y pitilleras.¡Y ya entonces ni pitilleras tenía! A los tres días se presentó sumamente pálida yagitada. Comprendí que la ocurría algo grave. Prontodiré qué; pero no quiero más recordar cómo me arreglépara asombrarla, para lograr su estima. Me traía unicono. ¡Óh! ¡Aquello sí que debía haberle costadodecidirse! Y ahora es cuando empieza, pues meconfundo..., no puedo juntar mis ideas. Era una imagende la Virgen con el Niño Jesús, una imagen hogareña,los adornos del manto, en plata sobredorada, valdríanlo menos... ¡Dios mío!... lo menos unos seis rublos. Ledije: —Sería preferible dejarme el manto y llevarse laimagen, porque, en fin... la imagen... es un poco... Ella me preguntó: —¿Es que lo tiene prohibido? —No; pero lo hago por usted misma. —Pues bien, quíteselo. —No, no se lo quitaré. ¿Sabes lo que voy a hacer? Voya ponerla en el nicho de mis iconos... (En cuanto abríami casa de préstamos todas las mañanas encendía enaquel nicho una lamparilla), y le daré diez rublos. — ¡Oh! No necesito diez rublos. Déme cinco. Prontorescataré la imagen. —¿Y no quiere usted diez por ella? La imagen los vale—dije, observando que sus ojos despedían fuego. No,respondió. Le entregué cinco rublos. —Es preciso no despreciar a nadie —dije—. Si usted meve desempeñar un oficio como éste, es que también yo me
  6. 6. he visto en circunstancias muy críticas. Fue mucho loque sufrí antes de decidirme a esto... —Y se venga usted con la sociedad —interrumpió ella.Brillaba entre sus labios una sonrisa amarga, por lodemás bastante inocente. "¡Ah! ¡Ah! —pensaba yo—. Medescubres tu carácter... y sabes de letras". —Ya ve —dije en voz alta—; yo soy una parte de esaparte del todo que quiere hacer mal y produce bien. » — ¡Espere usted! Conozco esa frase; la he leído enalgún sitio. —No se moleste recordando. Es una de las que pronunciaMefistófeles cuando se presenta a Fausto. ¿Ha leído elFausto? —Distraídamente. —Es decir, que lo ha leído. Es preciso leerlo.¿Sonríe? No me crea tan idiota, a pesar de mi oficio deprestamista, para representar ante usted el papel deMefistófeles. Prestamista soy y prestamista me quedo. —¡No quería decirle nada semejante! A punto estuvo de dejar escapar que no esperaba que yotuviese erudición. Pero se había contenido. —Ya ve —le dije, encontrando una ocasión] paraproducir mi efecto— cómo no importa la carrera parahacer el bien. —Ciertamente —respondió ella—: todo campo puedeproducir una cosecha. Me miró con gesto penetrante. Estaba satisfecha por loque acababa de decir, no por vanidad, sino porquerespetaba la idea que acababa de expresar. ¡Oh,sinceridad de los jóvenes! ¡Con ella logran lavictoria! Cuando se marchó fui a completar mis informes. ¡Ah,había vivido días tan terribles, que no comprendo cómopodía sonreír e interesarse por las palabras deMefistófeles! Pero eso es la juventud... Lo esencial esque la miraba ya como mía, y no dudaba de mi podersobre ella... Saben ustedes que es un sentimiento muydulce, casi diría muy voluptuoso, el que se experimentaal sentir que ha terminado uno con las vacilaciones...
  7. 7. Pero si sigo así, no podré concentrar mis ideas. Masde prisa, más de prisa; no se trata de eso, ¡oh, Diosmío! ¡No! II PROPOSICIONES DE MATRIMONIO Esto es lo que averigüé sobre ella: Su padre y sumadre habían muerto tres años antes, y habíapermanecido en casa de unas tías de un carácterimposible. Malas las dos desde el principio. Una deellas, cargada con seis niños, y la otra solterona. Elpadre había sido empleado en las oficinas de unministerio. Se había visto ennoblecido, peropersonalmente, sin poder transmitir su nobleza a losdescendientes. Todo eso me convenía. Hasta podíapresentarme a ellos como habiendo formado parte de unmundo superior al de ellos. Yo era un capitándimisionario, gentilhombre de raza, independiente, etc.En cuanto a mi caja de préstamos, las tías no podríanpensar en ella sino con respeto. Tres años hacía que aquella muchacha estaba esclava encasa de sus tías. Cómo había podido salir bien en susexámenes, abrumada como estaba de trabajos manuales porsus parientas, era un misterio; pero había salido bien.Esto ya era una prueba de sus más que noblesinclinaciones. ¿Por qué, pues, quise casarme?... Pero, dejemos lo quea mí, se refiere; ya volveremos sobre ello dentro depoco. Aún no lo confundo todo. Daba lecciones a los niños de su tía; repasaba ropa, ypor último, a pesar de su debilidad, fregaba lossuelos. Hasta la golpeaban, y llegaban a echarle encara el pan que comía. En fin, hasta supe queproyectaban venderla. Pasd sobre el fango de losdetalles. Un gran almacenista, un droguero, de unoscincuenta y tantos, años de edad, que había enterrado ados mujeres, andaba buscando su tercera víctima y sehabía puesto en contacto con las tías. Al principio la
  8. 8. pequeña casi había consentido "por causa de loshuérfanos" (hay que decir que rico droguero tenía hijosde sus dos matrimonios); pero al fin le tomó miedo.Entonces cuando comenzó a venir a mi casa, con el finde procurarse dinero con que insertar anuncios en elGolos. Sus tías querían casarla con el droguero, y ellapara decidirse no había obtenido más que un cortoaplazamiento. La perseguían, la injuriaban. "No nossobra la comida para que vengas a tragar a nuestracasa" Conocía estos últimos detalles y fueron los queme decidieron. La noche de aquel día, el almacenista fue a verla y leofreció una caja de bombones de cincuenta kopeks lalibra. Yo encontré el modo de hablar con la criadaLoukeria en la cocina. Le rogué comunicarsesecretamente a la muchacha que la aguardaba en lapuerta y que tenía algo grave que decirle. ¡Quécontento estaba! Le expuse mis intenciones en presenciade Loukeria: "Yo era un hombre recto, bien educado, unpoco original tal vez. ¿Era aquello un pecado? Meconocía y me juzgaba ¡Caray!, yo no era ni un hombre detalento ni un hombre de ingenio; desgraciadamente eraun poco egoísta..." Todo aquello lo decía con ciertoorgullo, declarando todos mis defectos, pero no siendolo suficientemente torpe como para ocultar miscualidades: "Si tengo este defecto, en cambio poseoesto, lo otro.", etc. Al comienzo la chiquilla parecíabastante asustada; pero yo seguía adelante, aunque pormomentos me ensombreciese; así tenía un aire másverdadero. ¿Y qué importaba aquello, si le decíafrancamente que en casa comería cuanto tuviese ganas?Aquello bien valía los trajes, las visitas, el teatro ylos bailes que vendrían más tarde, cuando yo hubieratriunfado por completo en mis negocios. En cuanto a micaja de préstamos, le explicaba que si había tomado taloficio era porque tenía un fin, y era verdad: yo teníaun fin. Toda mi vida, señores, he sido el primero enodiar mi puerca profesión; pero no era verdad que, enefecto, "me vengaba de la sociedad", según ella mismahabía dicho bromeando aquella misma mañana. De todos
  9. 9. modos, estaba seguro de que el droguero debíarepugnarle más que yo, y yo le producía el efecto de unlibertador. ¡Comprendía todo eso! ¡Oh! ¡Qué bajezas secomprenden en la vida! Pero... ¿yo cometía una bajeza?¡Es preciso no juzgar tan pronto a un nombre! Por otraparte... ¿es que yo no amaba ya a la muchacha? ¡Esperen!... No, no le dije que me consideraba como unbienhechor, sino al contrario, le dije que era yo quiendebería estar reconocido a ella, y no ella a mí. Talvez lo dije torpemente, pues vi dibujarse en su rostroun gesto de duda. ¡Pero iba alcanzando mi victoria!¡Ah! A propósito, si es necesario remover todo aquelcieno, debo recordar aún una pequeña villanía mía. Para decidirla insistía sobre el punto de; que yodebía parecerle físicamente mucho mejor que eldroguero. Y, para mi interior, me decía: "Sí, tú noestás mal. Eres alto y, bien plantado, de buenasmaneras..." Y ¿queréis creer que allí, cerca de lapuerta, vaciló largo tiempo antes de decirme que sí?¿Podía ella poner en la balanza la figura del drogueroy la mía? Na me contuve más y con bastante brusquedadla llamé al orden con un "¡Bueno! ¿Qué hay?", nadaamable. Todavía vaciló un minuto... ¡Es cosa que aúnhoy no me la explico! Por fin se decidió... Loukeria,la criada, corrió tras de mí, viendo que me alejaba, ycasi sin aliento, me dijo: "Dios se lo pagará, señor;es usted muy bueno al salvar a nuestra señorita.¡Unicamente, no vaya usted a decírselo, es orgullosa!" ¡Bueno! ¿Qué? ¡Orgullosa! ¡Me gustan las muchachasorgullosas! ¡Las orgullosas se ponen muy bonitascuando... ya no les es posible dudar de nuestro podersobre ellas. ¡Qué hombre tan vil era yo! Pero ¡quécontento estaba! Pero se me había ocurrido una ideamientras ella vacilaba aún, de pie junto a la puerta:¡Eh —pensaba yo—, si, a pesar de todo, se dijese ella así misma: "De dos desgracias, vale más escoger la peor.Prefiero aceptar al almacenista. Se emborracha; perotanto mejor. En una de sus borracheras me matará!" ¿Eh?¿Creen ustedes que a ella pudiera habérsele ocurridoalgo por el estilo?
  10. 10. Aún me lo pregunto ahora. ¿Cuál de los dos era paraella peor partido? ¿Yo o el droguero? ¿El droguero o elprestamista que citaba a Goethe? ¡Es una pregunta! ¿Cómo una pregunta? Ahí está la respuesta, sobre lamesa, ¿y aún dices una pregunta? A propósito, ¿de quése trata actualmente, de mí o de ella? ¡Eh! ¡Me heescupido encima! Más me valdría acostarme. Me duele lacabeza. III EL MAS NOBLE DE LOS HOMBRES...; PERO NI YO MISMO LO CREO No he pegado ojo. Pero... ¿cómo es posible dormircuando hay algo que nos golpea en la cabeza como unmartillo? Siento deseos de hacer un montón con todoeste cieno que remuevo. ¡Oh, este cieno! Pero, no hayque decir, ¿fue también del cieno de donde saqué a ladesgraciada? Debiera haberlo comprendido así y estarmepor ello algo reconocida. Es verdad que había para míen ello algo más que el atractivo de hacer una buenaacción. Pensaba con cierto placer en que yo teníacuarenta y un años, y ella no más que diez y seis. Estome producía cierta impresión muy voluptuosa. Quise que nuestro matrimonio se hiciese "a lainglesa". Es decir, que después de una corta ceremonia,a la que no asistiríamos más que nosotros dos y dostestigos, uno de los cuales hubiera sido la criadaLoukeria, hubiéramos tomado el tren inmediatamente paraMoscú. (Precisamente tenía yo allí un negocio planteadoy hubiéramos pasado dos semanas en el hotel). Pero eilase negó, y tuve que presentarme a sus tías. Consentí enlo que deseaba y no le dije nada, para no entristecerladesde el principio. Hasta hice a aquellas enfadosastías un regalo de cien rublos a cada una y les prometíque mi esplendidez no acabaría allí. De inmediato una yotra se volvieron amables.
  11. 11. Tuvimos una pequeña discusión con motivo del equipo.Ella no tenía casi nada y nada quería. La obligué aaceptar una canastilla de boda. De no ser yo, ¿quiénpodía ofrecerle algo? ¡Pero no quiero ocuparme de mí! Para abreviar, le inculqué algunas de mis ideas, memostré solícito con ella, quizá demasiado solícito. Enfin, ella me quería mucho. Me contaba su infancia, medescribía la casa de sus padres... Pero pronto echéalgunas gotas de agua fría sobre ese entusiasmo: teníami idea. Sus transportes efusivos me hallabansilencioso, benévolo, pero frío. Pronto vio que éramosdistintos, que yo era un enigma para ella. ¡Y quizásólo por eso había hecho yo toda aquella tontería! Tenía un sistema con ella. No, escuchen. ¡No secondena a un hombre sin oírle! Escuchen... Pero...¿cómo voy a explicarles eso? Es muy difícil... En fin,miren: ella, por ejemplo, aborrecía y despreciaba eldinero como la mayor parte de los jóvenes. Yo no lehablaba más que de dinero. Ella abría de par en par losojos, escuchaba tristemente y no decía nada. Lajuventud es generosa, pero no es tolerante. Si se vacontra sus simpatías se atrae uno su desprecio... ¡Micaja de préstamos! Pues bien, yo he sufrido mucho conella, me he visto rechazado, arrojado a un rincón porsu causa, y mi mujer, esa chiquilla de dieciséis años,ha sabido (de algunos chismosos) detalles demasiadodesagradables para mí con relación a esa maldita cajade préstamos. Además, había en ello toda una historiaque yo callaba, como hombre orgulloso que soy. Preferíaque ella la supiese de labios de alguien que no fueseyo. Nada he dicho de ello hasta ayer. Quería que ellatuviese que adivinar qué hombre era yo, que mecompadeciese después y me estimase. De todo modos, yadesde el principio quise, en cierto modo, prepararlapara ello. Le expliqué que la generosidad de lajuventud es algo muy hermoso, pero que no vale uncéntimo. ¿Por qué? Porque la juventud la lleva en sí,cuando aún no ha vivido ni sufrido. ¡Es una generosidadbarata! ¡Ah! Tomen una acción verdaderamente magnánimaque no haya otorgado a su autor más que penas y
  12. 12. calumnias, sin una pizca de consideración. ¡Eso es loque yo estimo! Porque hay casos en que un individuobrillante, un hombre de gran valor, es presentado almundo entero como un cobarde, cuando es el hombre máshonrado que pueda existir en el mundo. Intenten algosemejante ¡Ah! ¡Caray! Veo que no me atienden... Bueno,pues yo no he hecho en toda mi vida más que llevar elpeso de una acción mal interpretada... Primero elladiscutió... ¡Cómo discutió! Después se calló, peroabría los ojos, ¡unos ojos inmensos! Y, súbitamente,descubrí en ella una sonrisa desconfiada, casimaligna... Con aquella sonrisa la metí en mi casa...¡Verdad es que no tenía ya dónde ir!... IV PROYECTOS Y MAS PROYECTOS ¿Quién de nosostros dos empezó? No lo sé.Indudablemente, aquello estaba en germen desde elcomienzo: era aún mi prometida cuando la previne de quese ocuparía, en mi oficina, de los empeños y de lospagos. No dijo nada entonces. (Fíjense en esto). Unavez en casa, hasta se puso a la tarea, con cierto celo. El alojamiento, el moblaje, todo continuó en el mismoestado. Había dos habitaciones: una para la caja, laotra donde dormíamos. Mis muebles eran pobres, hastainferiores a los de las tías de mi mujer. Mi nicho paralos iconos estaba en la habitación de la caja. Enaquella en que dormíamos había un armario donde seguardaban los objetos y algunos libros (yo guardaba lallave), una cama, una mesa, y algunas sillas. Desde laépoca en que aún éramos novios le había yo dicho que nopensaba gastar, por día, más de un rubro en la comida(comprendida la alimentación de Loukeria). Según lehice saber, necesitaba reunir treinta mil rublos paradentro de tres años, y no podía apartar ese dineromostrándome extravagante. No dijo palabra, y yo mismofui quien aumentaba en treinta kopeks el presupuestocotidiano. También me mostraba invariable con respecto
  13. 13. al asunto "teatro": había dicho que nos sería imposibleir a él. Sin embargo, la llevé una vez al mes, alocalidades decentes, a platea, íbamos en silencio yvolvíamos lo mismo ¿Cómo fue que tan pronto nosvolvimos taciturnos? Verdad es que yo lo era por algo.En cuanto la veía mirarme, acechando una palabra,encerraba en mí lo que de otro modo hubiera dicho. Aveces ella, mi mujer, mostrábase expansiva hasta teníaarrebatos que la impulsaban hacia mí; pero como esosarrebatos me parecían histéricos, enfermizos, y comodeseaba poseer una felicidad sana y sólida, sin hablardel respeto que exigía de su parte, reservaba a estasefusiones muy fría acogida. ¡Y cuánta razón tenía!Jamás, al día siguiente de esos días de ternura, dejabade haber alguna disputa. No, nada de disputas. Por suparte, una actitud insolente. Sí, aquel rostro, en otrotiempo tímido, adoptaba una expresión cada vez másarrogante. Me divertía entonces haciéndome todo loodioso que podía, y estoy seguro de que, más de unavez, logré exasperarla. ¡Sin embargo, ella no teníarazón! Bien sabía yo que lo que la excitaba era lapobreza de nuestra vida; pero... ¿no la había yo sacadodel cieno? ¡Era económico, pero no avaro! Gastaba lonecesario. Hasta consentía en pequeños gastos paracosas superfluas, por ejemplo, para la ropa. Lalimpieza, en el marido, agrada a la mujer. Dudaba queella se dijese: "Esa muestra de economía sistemáticahecha por el hombre que tiene un fin es unademostración de la firmeza de su carácter". Ella mismafue la que renunció al teatro, pero mostrando unasonrisa cada vez más burlona; yo me encerraba en elsilencio. Me guardaba también rencor por mi caja de préstamos.Pero una mujer que ama de verdad llega a excusar hastalos vicios de su marido, con más razón una profesiónpoco decorativa. Pero carecía de originalidad; lasmujeres carecen a menudo de originalidad. ¡Es originaleso que está sobre la mesa! ¡Oh! ¡Oh! Entonces estaba convencido de su amor. ¿No se colgabaa menudo de mi cuello? Si lo hacía es que me amaba, o,
  14. 14. en fin, que trataba de amarme. Entonces ¿qué? ¿Tan granculpable era yo porque prestase sobre prendas?¡Prestamista! ¡Prestamista! Pero... ¿no podía ellaadivinar que para que un hombre de una noblezaauténtica, de alta nobleza, se hubiese convertido enprestamista, debía de haber sus razones? ¡Las ideas,las ideas, señores, vean lo que llegaría a ser tal ideasi se la expresase con ayuda de ciertas palabras!¡Sería idiota, señores, completamente idiota! ¿Por qué?¡Porque somos todos unos ignorantes y no toleramos laverdad! Además, ¿sé algo? ¡Recontra! ¿No estaba en miderecho al querer asegurar mi porvenir abriendo aquellacaja? ¡Han renegado de mí ustedes —ustedes son loshombres—, me han arrojado de su lado cuando me sentíalleno de amor hacia ellos! ¡A mi sacrificio hanrespondido con una injuria que me despretigia para todami vida! ¿No tenía el derecho, entonces, de poner másadelante espacio entre ellos y yo, de retirarme aalguna parte con treinta mil rublos, sí, al Sur, aCrimea, no importa donde, a una propiedad comprada conesos treinta mil rublos, lejos de todos, con un idealen el alma, una mujer amada junto a mi corazón y unafamilia, si Dios lo quería? ¡Hubiera hecho bien a loscampesinos, en torno mío! Pero ya ven, esto, quecontado es tan hermoso, si se lo hubiese dicho a ellahubiera sido imbécil. Por eso me callaba,orgullosamente. ¿Me hubiera ella comprendido? ¿A losdieciséis años? ¿Con la ceguera, la falsa magnanimidadde las "almas hermosas"? ¡Ah, esa alma hermosa! ¡Era mitirano, mi verdugo! Sería injusto conmigo mismo si nolo dijese. ¡Ah! ¡La vida de los hombres está maldita!¡La mía más que las otras! ¿Qué había de reprensible en mi plan? Todo en él eraclaro, neto, honorable, puro como el cielo; severo,altivo, desdeñoso de los consuelos humanos, sufriría ensilencio. No mentiría jamás. Ella vería mimagnanimidad, más tarde, cuando lo comprendiese.Entonces caería a mis pies, de rodillas. Ese era miplan. Me olvidaba algo. Pero no, allí no podía...Basta, basta... Valor, hombre; sé orgulloso. Tú no eres
  15. 15. el culpable. ¿Y no he de decir la verdad? ¡La culpablees ella, ella! V LA TÍMIDA SE REBELA Estallaron las disputas. Quiso ella tasar por sucuenta, elevando el valor de los objetos empeñados.Sobre todo en el asunto de aquella maldita viuda de uncapitán. Se presentó a empeñar un medallón, un regalode su difunto esposo. Yo daba por él treinta rublos.Lloriqueaba para que le conservase el objeto. Pero,¡caray! , sí, se lo guardaríamos. Algunos días mástarde quiso cambiarlo por un brazalete que valdría unosocho rublos. Me negué terminantemente, como era justo.Era indudablemente que la muy picara debió ver algo enlos ojús de mi mujer, pues volvió en m? ausencia y mimujer le devolvió el medallón. Cuando supe el asunto, traté de razonar con mipródiga, despacio, con prudencia. En aquel momentoestaba sentada sobre su cama; con un pie golpeaba elsuelo, en el cual tenía fijos los ojos; aún seguía consu maligna sonrisa. Como no quería contestarme, le hiceobservar amablemente que el dinero era mío. Se pusobruscamente en pie, estremecióse toda y comenzó apatalear. Estaba como un animal rabioso. Señores, unafiera en el paroxismo de la furia. Me sentí asombrado,embrutecido; sin embargo, con la misma voz tranquilamanifestaba yo que, en lo sucesivo, no volvería a tomarparte en mis operaciones. Se me rió, en pleno rostro, ysalió, de nuestra casa. Está claro que, estabaacordado, no saldría nunca de casa sin mí; era uno delos artículos de nuestro pacto. Volvió por la noche; yno le dirigí la palabra. Al día siguiente volvió a salir lo mismo; al otro día,igualmente. Cerré mi caja, y me fui en busca de lastías. No las había vuelto a ver desde el día de laboda. ¡Cada uno en su casa! ¡Si mi mujer no estaba ensu casa se burlarían de mí! ¡Perfectamente! Pero, por
  16. 16. cien rublos, supe de la menor todo cuanto quería saber.Al otro día me puse al corriente: "El objeto de lasalida, me dijo, es un cierto teniente Efimovitch, uncompañero suyo de regimiento." Aquel Efimovitch habíasido mi encarnizado enemigo. Desde hacía algún tiemposimulaba venir a empeñar diferentes cosas a mi casa y areírse con mi mujer. No daba a aquello ningunaimportancia; sólo una vez le había rogado que se fuesea empeñar sus chucherías a otra parte. Por su parte noveía más que una insolencia. Pero la tía me reveló quehabía ya tenido una cita. Y que todo aquello estabaurdido por una de sus conocidas, una tal JuliaSamsonovna, viuda de un coronel. "A casa de esa Juliaes adonde va vuestra mujer". Abrevio: mis pasos me costaron trescientos rublos;pero, gracias a la tía, pude colocarme de manera quepudiera oír lo que se dijera entre mi mujer y eloficial, en la cita siguiente. Pero olvido que antes del día en que debía verificarseocurrió una escena en nuestra casa. Mi mujer volvió unanoche y se sentó sobre su cama. Su rostro tenía una expresión que me hizo recordar quedesde hacía dos meses se había transformado su habitualcarácter. Hubiérase dicho que meditaba una rebeldía, yque tan sólo su timidez la impedía pasar de lahostilidad muda a la lucha franca. Por fin, habló: —¿Es verdad que te expulsaron del regimiento porquetuviste miedo de batirte a duelo? —preguntó ella, conun tono violento. Sus ojos brillaban. —Es cierto. Los oficiales me rogaron que abandonase elregimiento, aunque yo había presentado mi dimisión, porescrito. —¡Te expulsaron... por cobardía! —En efecto; tuvieron el error de tachar mi conducta decobardía... Pero si me había negado a batirme no fueporque fuese cobarde, sino porque era demasiadoorgulloso para someterme a no sé qué sentencia que meobligaba a batirme entonces, cuando no me considerabaofendido. Daba prueba de mucho más valor al no obedecer
  17. 17. a un despotismo abusivo que al ir al terreno de duelo,por cualquier cosa. Había en aquellas palabras algo así como una excusa;eso era lo que ella quería; se echó a reírmaliciosamente... —¿Es cierto que después pisaste las aceras dePetersburgo durante tres años como un vagabundo? ¿Quepediste limosna, durmiendo en los billares? —También dormí en el asilo nocturno de Viaziemsky.Pasé días terribles, de mal en peor, después de misalida del regimiento; supe lo que era la miseria, perono lo que era perder la moral. Y ya ves que la suerteha cambiado. —¡Oh! ¡Ahora eres una especie de personaje! ¡Unfinancista! Aludía a mi caja de préstamos, pero supe contenerme.Vi que estaba deseosa de oírme detalles humillantespara mí, y tuve buen cuidado de no dárselos. Un clientellamó muy a tiempo. Una hora más tarde se vistió para salir, pero antes deirse se detuvo ante mí y me dijo: — ¡No me contaste nada de todo eso antes de nuestraboda! No contesté y salió. Al día siguiente me hallaba detrés de la puerta delcuarto donde ella estaba con Efimovitch. Tenía unrevólver en mi bolsillo. Pude... verles. Estabasentada, vestida del todo, cerca de la mesa, yEfimovitch se pavoneaba ante ella. No ocurrió más quelo que yo preveía; me apresuro a decirlo por mi honor.Evidentemente, mi mujer había meditado ofenderme delmodo más grave, pero, en el último instante, no podíaresignarse a semejante caída. Hasta acabó por burlarsedel teniente, por abrumarle a sarcasmos. El malvado,enteramente desconcertado, se sentó. Repito, por mihonor, que no esperaba otra cosa de su parte; había idoallí seguro de la falsedad de la acusación, aunquellevase el revólver. Cierto que pude saber hasta quépunto me odiaba, pero tuve también prueba absoluta desu pureza. Corté en seco la escena abriendo la puerta.
  18. 18. Efimovitch tembló; tomé a mi mujer por la mano y lainvité a salir de allí conmigo. Recobrando su presenciade ánimo, Efimovitch se retorcía de risa. —¡Oh! —dijo éste—, no protesto contra los sagradosderechos del esposo; llévesela, llévesela. Pero —seaproximó a mí un poco calmado— aunque un hombre honradono deba batirse con usted, me pongo a sus órdenes porrespeto a la señora, si es que usted consiente enexponer su piel. —¿Lo oyes? —dije a mi mujer; y la hice salir conmigo.No me opuso la menor resistencia. Parecía sumamentedigustada. Pero la impresión le duró muy poco. Alentrar en casa recobró su irónica sonrisa, aunquesiguiese estando pálida como una muerta y tuviese laconvicción de que iba a matarla. ¡Sería capaz dejurarlo! Pero sencillamente saqué el revólver delbolsillo y lo arrojé sobre la mesa. Este revólver,recuérdenlo bien, ella lo conocía, sabía que estabasiempre cargado por causa de mi caja. Porque, en micasa, no quiero ni monstruosos perros de guarda, nicriados gigantes, como, por ejemplo, el de Moser. Lacocinera es quien abre a mis clientes. De todos modos,una persona de nuestra profesión no puede permanecersin un medio cualquiera de defensa. De ahí el revólver.Aquel revólver mi mujer lo conocía; recuérdenlo bien:le había explicado su mecanismo, hasta le había hechouna vez tirar con él al blanco. Seguía estando muy inquieta, lo veía claramente, enpie, sin pensar en desnudarse. Sin embargo, al cabo deuna hora se acostó, pero vestida, sobre un sofá. Era laprimera vez que no compartía mi lecho. Recuerdentambién este detalle. VI UN RECUERDO TERRIBLE Al día siguiente, por la mañana, me desperté a eso delas ocho. El cuarto estaba muy claro; vi a mi mujer enpie, cerca de la mesa, con el revólver en la mano. No
  19. 19. se dio cuenta de que me había despertado y de que laestaba mirando. De repente se aproximó a mí, siemprecon el revólver en la mano. Cerré rápidamente los ojosy fingí dormir profundamente. Vino hasta la cama y se detuvo ante mí. No hacía ruidoalguno, pero "yo escuchaba el silencio". Aún abrí losojos, a pesar mío, pero apenas. Sus ojos se encontraroncon los míos, que volví en seguida a cerrar, resuelto ano moverme más, pasase lo que pasase. El cañón delrevólver estaba apoyado sobre mi sien. Suele ocurrirque un nombre dormido abra los párpados algunossegundos sin despertarse por eso. Pero que un hombredespierto cierre los ojos después de lo que yo habíavisto; es increíble, ¿verdad? Sin embargo, quizá ella pudo darse cuenta de algo.¡Oh! ¡Qué torbellino de ideas agitó mi desgraciadacabeza! Si ha comprendido, me dije, la aplasta ya lagrandeza de mi alma, i ¿Qué piensa de mi valor? Aceptarde este modo el recibir la muerte de su mano sin unaítentativa de resistencia, ni espanto, evidentemente...¡Su mano es la que va a temblar! La conciencia de quelo he visto todo puede detener su dedo, puesto ya sobreel gatillo... Continuó el silencio; sentí el frío cañóndel revólver apoyarse más fuertemente sobre mi sien,junto a mis cabellos. Me preguntarán ustedes si tuve esperanza de salvarme;les responderé, como si estuviese ante Dios, que todolo más que veía era una probabilidad de escapar a lamuerte contra cien probabilidades de recibir el fatalgolpe. ¿Luego me resigné a morir?, me -seguiránpreguntando. ¡No sé! , les responderé. ¿Qué valía lavida desde el momento en que era el ser adorado quienquería matarme? Si adivinó que no dormía, debiócomprender el extraño duelo que se desarrollabaentonces entre nosotros dos: entre ella y el "cobarde",expulsado del regimiento por sus compañeros. Quizá no pasaba nada de todo esto; hasta tal vez nopensase yo todo eso en aquel instante; pero, entonces,¿cómo es que desde entonces, apenas si he pensado enotra cosa?
  20. 20. Aún me harán ustedes otra pregunta: ¿Por qué no lasalvaba yo de su crimen? Más tarde me interroguémuchísimas veces en esa forma, cuando, dejándome heladoaún el recuerdo, pensaba en aquel instante. Pero... ¿cómo podía salvarla yo, que iba a perecer?¿Quería yo tal cosa, por lo menos? ¿Quién sería capazde decir lo que yo sentía entonces? Sin embargo, el tiempo pasaba; reinaba un silencio demuerte. Ella seguía estando de pie, junto a mí, y...bruscamente me estremeció una esperanza. Abrí losojos... ¡Ya no estaba en el cuarto! Salté de la cama.Había vencido. Estaba derrotada para siempre. Fui a tomar el té. Me senté en silencio a la mesa. Derepente, la miré. También ella, más pálida aún que eldía anterior. Tuvo una sonrisa indefinible. En sus ojosleí una duda: "¿Lo sabe? ¿Sí o no? ¿Ha visto? " Apartémis miradas con una actitud de indiferencia. Después del té cerré mi caja. Me fue al bazar acomprar una cama de hierro y un biombo. Hice poneraquella cama en el salón y la rodeé con el biombo.Aquella cama era para ella. Pero no se lo dije. Ella,viéndola, comprendió que yo lo había visto todo. ¡Y nohabía duda! A la noche siguiente dejé mi revólver sobre la mesa,como siempre. Acostóse en silencio en su nuevo lecho.El matrimonio quedaba roto. Estaba "vencida y noperdonada". Aquella misma noche tuvo el ataque. Guardó camadurante seis semanas.
  21. 21. SEGUNDA PARTE I EL SUEÑO DEL ORGULLO Hace un momento me ha declarado Loukeria que noseguirá en mi casa, quese marchará en seguida, despuésdel entierro de Ia señora. He intentado rogar, pero en vez de rogar he pensado, ytodos mis pensamientos son enfermizos. Es también muyextraño que no pueda dormir. Después de las grandespenas, siempre se sufre una crisis de sueño. Dicentambién que los condenados a muerte duermen con unsueño profundo su última noche. Es casi cosa obligada.La naturaleza lo quiere así. Me he echado sobre el sofáy... no he podido dormirme. * * * Durante las seis semanas de la enfermedad de mi mujerla hemos cuidado Loukeria y yo, con ayuda de unahermana del hospital. No he economizado dinero alguno.Quería gastar todo cuanto fuera preciso y —más— porella. Llamé como médico a Schréder, pagándole lasvisitas a diez rublos cada una. Cuando recobró el conocimiento, me dejé ver menos ensu cuarto. Por otra parte, ¿por qué cuento yo todoesto? Cuando pudo ya levantarse se sentó en mi cuarto,en una mesa separada, una mesa que le compré entonces.Apenas hablábamos, y nada más que de los sucesoscotidianos. Mi taciturnidad era algo buscada, pero vique tampoco ella tenía deseos de hablar. Aún sientedemasiado viva su derrota, pensaba yo; es preciso queolvide y se acostumbre a su nueva situación. Así, pues,casi siempre callábamos. Nadie sabrá nunca hasta qué punto sufrí por tener queocultar mi pena durante su enfermedad. Lloraba en miinterior sin que la misma Loukeria pudiera darse cuentade mis angustias. Cuando mi mujer estuvo mejor, resolví
  22. 22. callarme el mayor tiempo posible acerca de nuestroporvenir, dejarlo todo en el mismo estado. De este modopasó todo el invierno. Ya ven que desde que dejé el regimiento, después dehaber perdido mi reputación de hombre de honor, hesufrido constantemente. Se habían también portadoconmigo de la manera más tiránica posible. Es necesariodecir que mis compañeros no me querían, según decían, acausa de mi carácter difícil, ridículo. Lo que parecehermoso y elevado, no sé por qué, hace reír a nuestroscompañeros. Además, hay que decir que nunca me hanquerido en lugar alguno: en la escuela como fuera deella. La misma Loukeria no me puede sufrir. Lo que meocurrió no hubiera sido nada a no ser por laanimadversión de mis compañeros. Y es cosa bastantetriste, para un hombre inteligente, el ver destrozadasu carrera por una tontería. He aquí la desgracia de que he sido víctima. Unanoche, en el teatro, durante el entreacto, entré en elbuffet. Un oficial de húsares, A..., penetró en lacantina y, en voz alta, en presencia de variosoficiales y de otros espectadores, comenzó a hablar condos de sus compañeros de graduación de un capitán de miregimiento, llamado Bezoumetsev. Afirmaba que estecapitán estaba borracho y había producido un escándalo.En aquello había un error. El capitán Bezoumetsev noestaba borracho ni había hecho nada escandaloso. Losoficiales pusiéronse a hablar de otra cosa y elincidente terminó allí. Pero al día siguiente se supola historia en el cuartel, y en seguida corrió laespecie de que era yo un único oficial del regimientopresente cuando A... se había ocupado taninsolentemente de Bezoumetsev, y que no le habíadesmentido. ¿Por qué iba yo a intervenir? Si A...estaba agraviado contra Bezoumetsev eso era cuentasuya, y yo no tenía por qué mezclarme en la querella.Pero se les ocurrió pensar que el asunto tenía que vercon el honor del regimiento, y que había obrado mal nosaliendo en defensa de Bezoumetsev; que dirían quenuestro regimiento contaba con oficiales menos
  23. 23. puntillosos que los demás sobre el honor; que no teníamás que un medio de rehabilitarme: pedir unaexplicación a A... Me negué a ello, y como me sentíairritado por el tono de mis compañeros, mi negativatomó una forma bastante altiva. Presenté en seguida midimisión y me fui de allí, orgulloso, pero con elcorazón destrozado. Conmovióse mi espíritu hondamente,me abandonó mi energía. Aquel momento fue escogido pormi cuñado de Moscú para disipar el poco capital que nosquedaba. Mi parte era muy reducida, pero como no teníaotra cosa me encontré en la calle, sin ni siquiera uncuarto. Hubiera podido encontrar algún empleo, pero nolo busqué. Después de haber vestido tan brillanteuniforme no podía resignarme a ser empleado en algunaoficina del ferrocarril. Si era para mí una vergüenza,que fuese una vergüenza; ¡tanto peor! Después de estotengo tres años de horribles recuerdos; en aquéllaépoca es cuando conocí el asilo de Viaziemski. Un año ymedio hace que murió en Moscú mi madrina. Era unaanciana muy rica, y, con gran sorpresa mía, me dejótres mil rublos. Reflexioné, y en seguida quedó fijadami suerte. Me decidí a abrir esta caja de préstamos sinpreocuparme de lo que de mí pudiera, pensarse; ganardinero, con el fin de poder retirarme a alguna parte,lejos de los recuerdos antiguos —tal fue mi plan—. Y,sin embargo, mi triste pasado y la conciencia de mideshonor me han perseguido siempre, me han hecho sufriren todo momento. Entonces fue cuando me casé. Al llevar a mi mujer a micasa creí introducir una amiga en mi vida. ¡Estaba tannecesitado de amistad! Pero comprendí que era precisopreparar a esta amiga a la verdad, que no podíacomprender claramente ¡con sus dieciséis años y contantos prejuicios! Sin ayuda de la casualidad, sinjaquella escena del revólver, ¿cómo hubiera podidodemostrarle que no era un cobarde? Desafiando aquelrevólver rescaté todo mi pasado, Eso no se supo fuera,pero lo supo ella, y eso me bastó. ¿No lo era ella todopara mí? ¡Ah! ¿Por qué se enteró de la otra historia,por qué se unió a mis enemigos?
  24. 24. Sin embargo, yo no podía pasar por más tiempo ante susojos como un cobarde. De este modo transcurrió todo elinvierno. Siempre aguardaba yo algo que no venía. Megustaba mirar, a escondidas, a mi mujer, sentada antesu mesita. Se ocupaba en coser ropa blanca o leía,sobre todo, por la noche. Jamás iba a parte alguna, yano salía nunca. A veces, sin embargo, le hacía dar una vuelta al caerla tarde. No nos paseábamos sin hablar como antes. Yotrataba de entablar conversación, sin abordar ningunaexplicación, pues todo aquello lo guardaba para másadelante. Jamás vi durante todo el invierno detenerseen mí su mirada. "¡Es timidez, pensaba yo; esdebilidad; déjala hacer y por sí misma volverá a ti! " Me gustaba mucho halagarme con esa esperanza. Algunasveces, sin embargo, me divertía en cierto modorecordando mis agravios, excitándome en contra suya.Pero jamás logré odiarla. Comprendía que era en mí unjuego aquel atizar mis oídos... Había roto elmatrimonio al comprar la cama y el biombo; pero nosabía mirarla como enemiga, como a una criminal. Lehabía perdonado completamente su crimen desde el primerdía, aún antes de haber comprado la cama. En suma, yomismo me asombraba, pues tengo un carácter más biensevero. ¿Era aquello por verla tan humillada, tanvencida? La compadecía, aunque la idea de suhumillación me agradase. Durante este invierno hice expresamente algunas buenasacciones. Perdoné sus deudas a los deudores insolventesy adelanté dinero a una pobre mujer sin exigirle nada.Si mi mujer lo supo no fue por mí; no deseaba que ellalo supiese; pero la pobre desgraciada vinovoluntariamente a darme las gracias, casi de rodillas,en su presencia. Me pareció que mi mujer habíaapreciado mi procedimiento. Pero volvió la primavera. El sol iluminó de nuevonuestra melancólica vivienda. Y entonces fue cuando lavenda se desprendió de mis ojos. Vi claro en mi almaoscura y torpe, comprendí lo que mi orgullo tenía dediabólico. Y fue entonces, de pronto, cuando aquello
  25. 25. sucedió, una tarde, a eso de las cinco, antes de lacena. II EL VELO CAE SÚBITAMENTE Hace un mes noté en mi mujer una melancolía másprofunda que lo habitual. Trabajaba sentada, inclinadasu cabeza sobre un bordado, y no vio que la estabamirando. La examiné con más atención de lo que solíaotras veces hacerlo, y me conmovió su delgadez y sucolor pálido. Desde hacía algún tiempo la oía toser conuna tosecilla seca, sobre todo durante la noche; perono me cuidaba de ello... Pero aquel día corrí a casa deSchréder para rogarle que viniese en seguida. No pudohacer su visita hasta el día siguiente. Asombróse mucho al verle. —Pero... ¡si estoy muy bien! —dijo, con una vagasonrisa. A Schréder no pareció preocuparle mucho su estado(estos médicos son muchas veces de una despreocupaciónque me hace despreciarles); pero cuando quedó soloconmigo, en otra habitación, me dijo que aquello eranresiduos de la enfermedad que había tenido; queconvendría marchar fuera en primavera, instalarnos aorillas del mar o en el campo. En suma, no derrochópalabras. Cuando hubo partido, mi mujer me repitió: —Pero ¡si estoy bien, completamente bien...! Enrojeció, y no comprendí aún por qué enrojecía.Avergonzábase de que fuese todavía su marido. Peroentonces no la comprendí. Un mes más tarde, en una tarde clara de sol, yo mehallaba sentado ante la caja haciendo mis cuentas. Depronto oí a mi mujer que cantaba muy bajito en sucuarto. Aquello me causó una impresión fulminante.Jamás había cantado desde los primeros días de nuestraboda, cuando podía entretenernos estar tirando alblanco o niñerías por el estilo. En aquella, época su
  26. 26. voz era bastante fuerte, no muy afinada, pero fresca yagradable. Pero entonces aquella voz era muy débil,tenía algo roto, estropeado... Tosió, luego volvió acantar más bajo aún. Se burlarán de mi inquietud, perono es posible decir lo que me preocupó aquello. Siustedes quieren, no es que le tuviese compasión;aquello era en mí algo como una extraña y terribleperplejidad. Había también en. mi sentimiento algo deherido, de hostil. "¡Cómo canta! ¿Es que se ha olvidadode lo ocurrido entre nosotros?" Completamente agitado, tomé mi sombrero y salí.Loukeria me ayudó a ponerme el abrigo. —¡Está cantando! —le dije sin querer. La criada me miró sin comprender. —¿Es la primera vez que canta? —repuse. —¡No! Canta algunas veces, cuando usted no está encasa. Me acuerdo bien de todo. Bajé la escalera, salí a lacalle y caminé al azar. Llegué a la esquina de lacalle, me detuve y miré a los transeúntes. Tropezabanconmigo, pero yo no me preocupaba. Llamé a un cochero yle dije que me llevara al Puente de la Policía. ¿Porqué? Después me rehice bruscamente, di veinte kopeks alcochero por su molestia y me alejé de allí hacia casa,como en éxtasis. La nota cascada de la voz sonaba en mialma. Y el velo cayó. Si cantaba tan cerca de mí eraque me había olvidado. Aquello era terrible, pero meextasiaba. ¡Y había yo pasado todo el invierno sindarme cuenta! ¡Ya no sabía dónde estaba mi alma! Subíprecipitadamente a casa, entré con timidez. Seguíasentada junto a su labor, pero ya no cantaba. ¡Con quéindiferencia me miró! ¡Como se mira al primer reciénllegado! Me senté junto a ella. Intenté decirle loprimero que se me ocurrió: "Hablemos... sabes...",balbuceé. Le tomé la mano. Ella se echó hacia atrás,como atemorizada, y después me miró con severaextrañeza; sí, era severa, severa su extrañeza. Parecíadecirme: " ¡Cómo, aún te atreves a pedirme amor! "Callaba, pero yo comprendía su silencio. Me arrojé asus pies. Ella se levantó, pero yo la retuve. ¡Ah, qué
  27. 27. bien comprendía mi desesperación! Pero al mismo tiempoexperimentaba un arrebato tal, que me creí morir.Lloraba, hablaba, sin saber lo que decía... Parecíaavergonzada por verme postrado ante ella. Besaba suspies; retrocedió y besé el sitio que sus pies habíanocupado sobre el suelo. Ella se echó a reir, a reir devergüenza, creo yo. ¡Ah! ¡Risa de vergüenza! Seaproximaba un ataque de nervios, lo estaba viendo, perono podía dejar de balbucir. —¡Dame el borde tu vestido para que lo bese! ¡Quieropasarme la vida así, a tus pies! De repente se presentó el ataque. Comenzó a sollozar,temblando de la cabeza a los pies. La llevé a su cama. Cuando se sintió un poco mástranquila tomó mis manos y me rogó que me calmase.Volvió otra vez a llorar. En toda la velada no meaparté de su lado. Le dije que la llevaría a los bañosde mar, a Boulogne, dentro de dos semanas; que teníauna vocecilla tan débil, tan destrozada; que venderíami caja de préstamos a Dobronvavov; que en Boulognecomenzaría una vida nueva... Me escuchaba, pero cadavez más asustada. Sentía un loco deseo de besar suspies. —No te pediré nada más, nada más —repetía yo—. No mecontestes, no te preocupes de mí; permíteme únicamentemirarte. Quiero ser para ti como una cosa, como unperrillo. —¡Y yo que pensaba que me dejarías... aparte! —dijoella sin querer... ¡Oh! Fueron aquellas las.palabras más decisivas, lasmás fatales de la velada, las que me hicieroncomprenderlo todo. Al hacerse de no-che estaba sinfuerzas. Le supliqué que se acostase. Durmióprofundamente. Yo, hasta la mañana no pude descansar. Acada instante me levantaba, en silencio, para ir amirarla. Me retorcía las manos viendo a aquel pobre serenfermo sobre aquella humilde camita de hierro que mehabía costado tres rublos. Me ponía de rodillas, perono me atrevía a besar sus pies mientras dormía (¡sin supermiso!). Loukeria no se acostó. Parecía vigilarme;
  28. 28. salía a cada momento de la cocina. Le dije que seacostase, que se tranquilizase, que al día siguiente"empezaría una nueva vida". Creía en lo que decía. Creía locamente, ciegamente.¡Me inundaba el éxtasis! ¡No aguardaba más que laaurora del siguiente día! No creía en ninguna inminentedesgracia, a pesar de lo que había visto. "Mañana sedespertará, me dije, y le explicaré todo; todo locomprenderá." Y el proyecto del viaje a Boulogne meentusiasmaba; Boulogne era la salud, el remedio detodo; ¡en Boulogne estaba la esperanza! ¡Con quéansiedad esperaba la mañana! III LO COMPRENDO DEMASIADO ¡De todo esto no hace más que cinco días! Al díasiguiente me oyó sonriendo, a pesar de estar asustada,y durante cinco días siguió asustada y comoavergonzada. En algunas ocasiones hasta se mostró presade un gran miedo. ¡Habíamos llegado a ser tan extrañosel uno al otro! Pero no me detuvieron sus temores, puesbrillaba en mí la nueva esperanza. Debo decir quecuando se despertó (era el miércoles por la mañana)cometí un gran error; le hice una confesión demasiadobrutal y sincera. No, le oculté lo que hasta entoncesme había casi ocultado a mí mismo. Le dije que durantetodo el invierno había seguido creyendo en su amor; quela caja de préstamos era una especie de expiación queyo me imponía. En la cantina del teatro, en efecto,había sentido miedo, pero miedo de mi propio carácter,y además, el lugar donde me hallaba parecíame un sitiomal escogido para una provocación, un sitio idiota, ytemía, no al duelo, sino a la apariencia idiota de unduelo nacido allí, en una cantina. Había sufridodespués con aquella historia miles de tormentos, y talvez no me había casado con ella más que paraatormentarla, para vengarme sobre alguien de mis
  29. 29. propias torturas. Hablaba como si delirase, mientrasella me tomaba las manos, pidiéndome que me callase. —¡Exageras! —decía—, te atormentas voluntariamente. Lloraba y me suplicaba que tratase de olvidar. Pero yono callaba. Volvía a mi idea de Boulogne, donde nuestrodestino se iluminaría con un nuevo rayo de sol.Desatinaba. Traspasé mi caja de préstamos a Dobronvovov. Propuse ami mujer repartir entre los pobres todo cuanto habíaganado, no conservar más que los tres mil rublos de mimadrina, con los cuales nos iríamos a Boulogne. Despuésvolveríamos a Rusia e intentaríamos vivir de nuestrotrabajo. Me detuve en aquello porque no decía nada encontra. Callaba y sonreía. Creo ahora que sonrió sólopor delicadeza, para no afligirme. Comprendí que meexcedía, pero no supe callarme. Le hablaba de ella y demí sin cesar. Llegué hasta a contarle yo no sé qué deLoukeria; pero siempre volvía a insistir en aquello queme atormentaba. Durante estos cinco días ella misma se animó una o dosveces; me habló de libros, se echó a reir al pensar enla escena de Gil Blas con el arzobispo de Granada, quehabía leído. ¡Qué risa infantil la suya! ¡La risa deltiempo en que todavía éramos novios! Pero, ¡ay! , antemi entusiasmo, creyó que le pedía amor, yo, el marido,cuando ella no había ocultado que esperaba "ser dejadaaparte". ¡Sí, qué mal hice mirándola extasiado! Sinembargo, ni una vez me manifesté como marido quéreclamaba sus derechos. Era, sencillamente, como siestuviera rezando ante ella. Pero le dije, tontamente,que su conversación me transportaba, que la considerabamucho más instruida e inteligente que yo. Fui lobastante loco para exaltar ante ella mis sentimientosde alegría y de orgullo en el momento en que, ocultotras la puerta, había escuchado su conversación conEfimovitch, cuando había asistido a aquel duelo de lainocencia contra el vicio. ¡Cuánto había admirado suingenio, saboreado sus burlas, sus finos sarcasmos! Mecontestó que seguía exagerando; pero, de repente, setapó la cara con las manos y se echó a llorar. Volví a
  30. 30. caer a sus pies, y todo acabó en un ataque de nervios,que dio en el suelo con ella... Era ayer de noche, ayernoche... y la mañana... ¡Qué loco estoy! ¡La mañana eraesta mañana, hoy, hace un momento! Cuando, un pocorehecha, levantóse esta mañana, tomamos el té juntos.Su tranquilidad era admirable; pero bruscamente selevantó, y aproximándose a mí, juntó las manos,diciendo que era una criminal, que lo sabía, que sucrimen la había atormentado durante todo el invierno,que la atormentaba aún, y se sentía abrumada por migenerosidad. —¡Oh! ¡Ahora seré siempre una mujer fiel! ¡Te amaré yte estimaré! Me colgué de su cuello, la besé, besé sus labios comoun marido que vuelve a encontrar a su mujer después deuna larga separación. ¿Para qué la abandoné entonces durante dos horas, eltiempo de ir en busca de nuestros pasaportes para irnosal extranjero? ¡Oh, Dios mío, si hubiese vuelto cincominutos antes!... ¡Oh, aquel grupo de gente junto anuestra puerta! ¡Aquellas gentes que me miraban! ¡Oh,Dios mío! Loukeria dijo (¡ahora ya no me separaré de Loukeriapor nada del mundo! ¡Loukeria lo ha visto todo esteinvierno!) que durante mi ausencia, quizá veinteminutos antes de mi regreso, había entrado en el cuartode mi mujer para pedirle algo, no sé qué, y que mimujer había sacado del armario el icono, la santaimagen de que ya he hablado... El icono estaba anteella, sobre la mesa... Mi mujer debía de haberrezado... Loukeria le preguntó: —¿Qué tiene usted, señora? — ¡Nada, Loukeria, nada!... Espere usted, Loukeria... Y la besó. —¿Es usted feliz, señora? —Sí, Loukeria. —Hace mucho tiempo que el señor debiera haberle pedidoa usted perdón. ¡Más vale así, que se hayan ustedesreconciliado! ¡Alabado sea Dios! —Está bien, Loukeria, está bien. Vayase usted.
  31. 31. Mi mujer sonrió, pero sonrió de una manera rara, tanrara, que Loukeria no permaneció más que diez minutosfuera de la habitación, volviendo inopinadamente paraver lo que hacía. Estaba de pie, muy cerca de la ventana, y tanpensativa, que no la oyó entrar. Se volvió sin verla;seguía sonriendo. Salió. Pero apenas la había perdidode vista, oyó abrir la ventana. Volvió para decirle quehacía fresco, que podía enfriarse. Pero se había subidosobre el alféizar, estaba de pie, rígida, teniendo enla mano la imagen santa. Asustada, la llamó: "¡Señora,señora!" Hizo un movimiento como para volverse haciaella; pero en lugar de eso pasó la pierna sobre elbarrote del antepecho, apretó la imagen contra su pechoy se lanzó al espacio. * * * Cuando entré, todavía estaba caliente. Había allígente que se me quedó mirando. De pronto me abrieronpaso. Me aproximé a ella. Estaba tendida. La imagen,sobre ella. La miré largo tiempo. Todo el mundo merodeó, me habló. Dicen que hablé con Loukeria, pero nome acuerdo más que de un hombrecito que se repetíaincesantemente: —Le ha brotado de la boca un chorro de sangre como unpuño de grueso. Me mostraba la sangre en el cuarto y volvía a decir: —¡Como el puño! ¡Como el puño! Toqué la sangre con el dedo, miré el dedo, mientras elotro insistía: —¡Como el puño! ¡Como el puño! IV ME RETRASE CINCO MINUTOS ¡Oh, no es posible! ¡Es inverosímil! ¿Por qué hamuerto esta mujer?... ¡Comprendo, comprendo!Pero...¿por qué ha muerto? Ha tenido miedo de mi amor.Se diría: "¿Puedo someterme a él? ¿Sí o no?" Y esta
  32. 32. pregunta la habrá enloquecido, prefiriendo morir. Losé, lo sé. ¡No era cosa de romperse la cabeza! Pero...había prometido demasiado y pensaba que no le eraposible cumplir sus promesas. Pero... ¿por qué ha muerto? Yo la hubiese "dejadoaparte" si así lo hubiera deseado. Pero no, no es eso. Pensó que tendría que quererme a las buenas,honestamente, no como si se hubiese casado con elprestamista. No ha querido engañarme queriéndome amedias. Era demasiado honrada, y eso ha sido todo. ¡Yyo que trataba de inculcarle cierta amplitud deconciencia! ¿Se acuerdan ustedes? ¡Qué extraña idea! ¿Me estimaba? ¿Me despreciaba? ¡Y decir que en todo elinvierno se me ha ocurrido la idea de que podíadespreciarme! Estaba completamente convencido de todolo contrario hasta el momento en que me miró tanextrañada, ya recuerdan ustedes, con aquella severaextrañeza. Entonces fue cuando comprendí que podíadespreciarme. ¡Ah! ¡Cómo consentiría en que medespreciase eternamente, con tal de que viviese! Hacepoco hablaba aún, andaba, estaba ahí. Pero... ¿por quéarrojarse por la ventana? ¡Ah! ¡Qué poco pensaba yo enello hace apenas cinco minutos! He llamado a Loukeria.Por nada del mundo dejaría que se fuese. ¡Ahora, pornada del mundo! Pero ¡podíamos tan bien recobrar la costumbre deentendernos! No había más que una cosa: lo muydeshabituados que estábamos el uno del otro. Pero esolo hubiéramos vencido. Hubiéramos comenzado una vidanueva. Yo tenía buen corazón; ella, también. ¡En dosdías todo lo hubiese comprendido! ¡Oh, qué bárbara, qué ciega casualidad! ¡Cincominutos! Si hubiese llegado cinco minutos antes, lahorrible tentación del suicidio se hubiera entoncesdisipado en ella. Hubiera ya comprendido. ¡Y he aquí denuevo mis habitaciones vacías! ¡Otra vez solo! Elpéndulo del reloj sigue oscilando, oscilando... Paraella, todo es ya indiferente. No tiene compasión denada. ¡Ya no tengo a nadie! Ando, ando sin cesar. ¡Ah!Les parecerá a ustedes ridículo el que me queje de la
  33. 33. casualidad y de esos cinco minutos de retraso. Peroreflexionen ustedes. No me ha dejado una tarjeta: "Queno se acuse a nadie de mi muerte", como todo el mundodeja. ¿Y si hubiesen sospechado de Loukeria? ¡Podíandecir que estaba con ella, que la había empujado! Verdad es que ha habido cuatro personas que la hanvisto de pie sobre la ventana; con el icono en la mano,y que han sabido que se había arrojado al espacio, quese había tirado ella, que nadie la había empujado. Peroha sido una casualidad el que allí estuviesen esascuatro personas. ¡Y si no ha sido más que unmalentendido! ¿Si se ha engañado al creer que no podíaya vivir conmigo? Tal vez ha habido en su caso algo deanemia cerebral, una disminución de energía vital. Sedebilitó este invierno, y eso ha sido todo. ¡Y yo, queme retrasé cinco minutos! ¡Qué delgada está en su ataúd! ¡Cómo se ha afilado sunaricilla! Sus cejas son como agujas. ¡Y de qué modotan raro ha caído! ¡No se ha roto nada, no ha aplastadonada! No ha hecho más que arrojar un chorro de sangre"como un puño". ¡Una lesión interna! ¡Ah, si se pudiese no enterrarla! Porque si se laentierra se la van a llevar. No, no se la llevarán, esimposible. Pero sí, bien sé que es preciso llevársela(no estoy loco). Pero aquí estoy otra vez, solo entrelos préstamos. No, lo que me enloquece es pensar en loque la he hecho sufrir todo este invierno. ¿Qué me importan ahora vuestras leyes? ¡Qué meimportan vuestras costumbres, vuestros hábitos, elEstado, la Fe! Que me condene vuestro juez, que mearrastren ante vuestro tribunal, y gritaré que noreconozco ningún tribunal. El juez rugirá: "¡Cálleseusted!" Yo le responderé: "¿Qué derecho tiene parahacerme callar, cuando una injusticia tremenda me haprivado de lo que más quería? ¿Qué pueden importarmevuestras leyes?” Me pondrán en libertad y me dará lomismo. ¡Ciega! ¡Estaba ciega! ¡Muerta, no me oyes! ¡No sabesen qué paraíso te hubiera hecho vivir! ¿No me habríasamado? Bueno. Pero estarías ahí. Me habrías hablado
  34. 34. como a un amigo — ¡qué alegría! — y nos hubiéramosreído, mirándonos cara a cara. Hubiéramos vivido de esemodo. ¿Hubieras querido amar a otro? Yo te hubiesedicho: "Amalo", y te hubiera mirado desde lejossumamente dichoso. Porque estarías ahí... ¡Oh! ¡Todo,todo, todo, pero que abra los ojos una sola vez! Por uninstante, ¡sólo un momento! ¡Que me mire como antes, depie, frente a frente, cuando me juraba ser una mujerfiel! ¡Oh! ¡Lo hubiese comprendido todo con sólo unamirada. O carácter, o azar. Los hombres están solos en elmundo. Yo grito como el héroe ruso: "¿Hay algún hombrevivo en este campo?" Lo grito yo, que soy un héroe, ynadie me contesta... Dicen que el sol vivifica elUniverso. Se levantará el sol y, ¡miren! , ¿no hay ahíun cadáver? Todo está muerto; no hay más que cadáveres.Hombres solos, y en torno de ellos, el silencio. ¡Esaes la tierra! "¡Hombres, amaos los unos a los otros!" ¿Quién hadicho tal cosa? ¡El reloj va contando los segundos,indiferente, odiosamente! ¡Las dos de la madrugada! Sus pequeños zapatos están ahí, cerca de la cama, comosi la aguardasen... ¡No, por favor!... Mañana, cuando se la lleven, ¿quéserá de mí?

×