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HERMÉTICO
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Así, conducido por la furibunda irracionalidad, comencé a golpear las paredes de mi
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Hermético

  1. 1. 1 HERMÉTICO
  2. 2. 2 Estaba sentado en un rincón cuando abrí los ojos. El habitáculo era un cubo perfecto de cuatro metros de lado aproximadamente, formado por uniformes paredes grises. Estaba completamente vacío y carecía de cualquier suerte de apertura, puerta o ventana. Yo era el único elemento. No recordaba nada. Ni quien, ni como era yo, ni que estaba haciendo ahí. Las preguntas acuchillaban mi mente desde múltiples direcciones. Particularmente, una de las preguntas parecía no tener respuesta lógica posible: ¿Cómo podía haber entrado en el habitáculo? ¿Había sido construido en torno a mí? ¿Era yo el que había sido creado dentro?...¡Imposible, no tenía el más mínimo sentido! Mi memoria no aportaba ningún dato que arrojase un poco de luz sobre este misterio. Sentía la indeleble impresión de que, más que haber sido borrada, ésta no había existido nunca, no tenía un pasado que rememorar; todo reducido a simple presente. Examiné minuciosamente, palmo a palmo, cada centímetro cuadrado de mi sepulcro en vida, buscando algún tipo de resorte oculto. Pero vano fue mi esfuerzo: las paredes se fundían con el suelo y el techo mediante una suave curvatura, la estancia había sido construida en una sola pieza. No había posibilidad de escape desde el interior, y comencé incluso a dudar de que más allá de las paredes grises hubiese un exterior. Era una pesadilla anclada en la realidad. La situación alcanzaba estadios de absurdo demencial, contra cualquier fenómeno acotado por las fronteras de la lógica. ¿Qué podía esperar más, sino el abyecto abrazo de la locura?
  3. 3. 3 Así, conducido por la furibunda irracionalidad, comencé a golpear las paredes de mi encierro, ignorando el dolor, con la vaga esperanza de que alguien ahí fuera escucharía mi llamamiento desde la más honda desesperación. Grité y golpeé hasta que la razón y el dolor físico se aliaron para apaciguar a la bestia desatada del instinto. Caí exhausto sobre el suelo firme, magullado y sin hálito de voluntad. Pero...¿Qué importancia tendría que alguien conociese mi existencia si se encontraba en mi idéntica circunstancia? Nada podría hacer por salvarme e imposible resultaría el acto comunicativo, aunque al menos, ya no me sentiría solo, único en esta detestable realidad. Conocer el dolor de otros haría de mi sufrimiento algo compartido, despojándolo de su insoportable excepcionalidad, ¡Qué estúpido y egoísta sentimiento éste que surge de las entrañas!, ¡cuan odioso ante mis propios ojos albergar en el corazón semejante bajeza, pueril consuelo anhelante de unión ilusoria! –pensé sombrío. Si el tiempo transcurría, fuera de mi posibilidad estaba el saberlo, al no disponer de un sistema de referencias. Podría haber pasado una eternidad o un solo segundo, lo mismo daba entre estos muros. No me atormentaba el organismo con necesidades que yo le supuse en orden a mantenerse vivo, conservándose por sí mismo en inexplicable equilibrio. Razonamiento lógico fue el pensar que el aire que respiraba terminaría por convertirse en gas letal dentro de mi celda hermética; pero una vez más, la razón se declaró incompetente en tan funesto lugar.
  4. 4. 4 Pensamientos recurrentes, girando en círculo, delineando las paredes un número infinito de veces; lo idéntico por siempre idéntico, muerte a la razón que jamás debió existir. Ya podía sentir como las paredes fluctuaban, diluyéndose junto a los últimos restos de cordura, para dejar paso a los enajenados sentidos que se proyectaron con avidez sobre el vórtice de la creación, donde se fundieron con superficiales impresiones carentes de esencia que fluyeron inundando la oquedad existente entre los muros orgánicos de un cerebro vacío. Cuentos de terror de Luis Bermer

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