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Sobre abogados y pastores - Franz Möller (Texto reflexivo)

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Sobre abogados y pastores - Franz Möller (Texto reflexivo)

  1. 1. INSTITUTO DE ESTUDIOS EVANGÉLICOS www.estudiosevangelicos.org SOBRE ABOGADOS Y PASTORES, (CONVERSACIÓN FRANCA ENTRE UN TÍO Y SU SOBRINO): SOBRE LA INTEGRACIÓN DE LA FE AL DERECHO Franz Möller “Sobrino, con total sinceridad, dígame por favor, ¿cuántas veces ha tenido que mentir desde que se recibió como abogado?” Fue esa -y no otra- la pregunta con la que mi tío llegó a opacar la felicidad de mis vacaciones de verano. Era mediodía, el sol ya quemaba con fuerza y pronto nos iríamos a la playa con mi mujer. Esas palabras retumbaron como campanas dentro de mi cabeza. Justo cuando “el tío sureño” y “el sobrino capitalino”, (los mismos que no se han visto durante todo un año), de pronto coinciden frente a una parrilla chispeante y ambos esperan con desesperación y ganas que el fuego termine de cocer unas carnes y longanizas. Tengo que reconocer que su pregunta me resultó incómoda. Y esto no porque tuviera que confesar pecados ocultos del tipo “Adán, -pregunta Dios- ¿dónde estás que no te veo?... (en circunstancias que su recién creada maravilla humana se escondía desnuda detrás de algún arbusto)”, o bien, “Caín, -otra vez Dios-, ¿dónde está tu hermano?... (siendo que no muy lejos de ahí yacía un cadáver cuya sangre destilaba todavía tibia por los dedos de un asesino que ahora se hacía el sordo)”. En mi caso, mi conciencia estaba tranquila. Nada de flagrancias ni huesos debajo de la alfombra. (A propósito, sigo soñando que algún día, cuando mi bebé ya sea grande, ella volverá de su colegio un poco deprimida porque habrá escuchado una serie de chistes trillados de boca de sus compañeritos por el solo hecho de haberles contado que su papá es abogado. Entonces quisiera decirle, mirándola directo a esos ojos claros, “Barbarita, la mentira no es mi herramienta de trabajo. Sí lo es el lenguaje”). Entonces, ¿por qué sentir tanta incomodidad ante una pregunta sincera de mi tío? Pues bien, pienso que si esa pregunta se me hizo de sumo intolerable es porque detrás de ella volví a percibir que subyace un prejuicio que nació el día que me matriculé en una Facultad de Derecho. Dicho prejuicio -una verdadera falacia de “generalización apresurada”- se disfraza más o menos de la siguiente manera: “los abogados no son personas honradas”, “quienes ejercen una profesión de esa calaña terminarán por echar a la basura todos sus nobles ideales de juventud”, o, dicho de manera más sórdida, “quien opte por la abogacía será una persona que a corto andar se verá forzada a prostituir sus valores y cauterizar su conciencia con tal de ganarse unos cuantos billetes”. Pero tan interesante como la pregunta en sí es advertir que, además, el bueno de mi tío ejerce un oficio muy particular que, en mi opinión, tiene mucho de parecido a mi tan vilipendiada carrera jurídica. Ocurre que mi tío es pastor (no de animalitos, sino de personas: es un ministro de la fe cristiana). -“¿Un pastor como alguien parecido a un abogado?”- dirá usted. -“¡Sí!”- diré yo. Permítame intentar demostrarlo. (1).- Cada vez que mi tío-pastor llega al templo y sube al púlpito lo hace en la más firme convicción de que sus palabras sólo serán válidas si están fundadas en otro tipo de Palabras (muy superiores a las que su sola ocurrencia podría llegar a descubrir). 1
  2. 2. INSTITUTO DE ESTUDIOS EVANGÉLICOS www.estudiosevangelicos.org (2).- En el mismo sentido, cada predicación de domingo significa para mi tío la posibilidad (y el imperativo) de renovar su compromiso con la verdad, pues estoy seguro de que él jamás querrá ponerse de pie delante de la congregación con el fin de compartir los frutos de su imaginación, divertir a los oyentes o relatarles sus aventuras y peripecias personales en el camino de la fe. No, nada de eso. Mi tío se toma en serio lo que dice. Si fuera necesario, entregaría su vida por ese mensaje. Para mí está claro: si está dispuesto a tanto es porque él está convencido que su trabajo versa sobre cuestiones fundamentales (cuestiones que de veras debieran importarle a toda persona sensible y pensante). 3).- En fin, este mismo pastor se empeñará en que sus palabras produzcan acciones concretas en la vida de sus oyentes. De hecho, su gran frustración sería saber que todo lo que ha dicho no ha logrado transformarse en compromisos de cambio o “decisiones de vida” (me refiero a esos compromisos que los feligreses deberían comenzar a practicar desde la mañana del lunes siguiente al culto y, sobre todo, seguir ejercitando durante la tarde del miércoles de la misma semana, para luego, -¡cómo olvidarlo!-, seguir actuando de la misma manera aun cuando ya es viernes por la noche). En una frase breve les diría que mi tío-pastor anhela hacerle bien a su comunidad y, para eso, se esforzará en entregar cada domingo un mensaje que sea relevante a las necesidades de sus miembros. -“¿Y qué tiene que ver esto con los abogados y los juristas?”- dirá usted. -“Creo que mucho”- le diré yo. Al primer punto (1) lo llamaré “la necesidad de contar con un fundamento”. Al segundo (2) lo denominaré “la convicción de estar trabajando en materias de suma importancia”. Al tercero (3) me referiré como “el imperativo de servir a personas necesitadas”. (1).- Sobre la necesidad de contar con un fundamento. Dije en un principio que las palabras contenidas en un sermón dominical predicado por un pastor sólo tendrán valor si se inspiran en otra Palabra. Las palabras (con minúsculas y en plural) son relativas y cambiantes, mientras que la Palabra (con mayúscula y en singular) sugiere un mensaje universal e inmutable. En otros términos, los sermones de un pastor sólo serán disfrutados por los creyentes, y puestos en práctica durante la semana, si estos guardan relación y armonía con la fuente perfecta de todo mensaje que los humanos debiéramos escuchar: Dios. De la misma manera, los abogados y abogadas que ejercen a diario su profesión (ya sea como jueces/juezas, litigantes o asesores/asesoras), -sin olvidar, por cierto, a quienes se dedican a la enseñanza del Derecho-, deben ser capaces de construir sus argumentos “bien desde abajo”, esto es: desde los principios o valores que sustentan todo el ordenamiento jurídico. No se trata de revivir aquí el clásico debate entre escuelas ius-naturalistas versus tradiciones ius-positivistas en punto a si acaso existe tal cosa como una justicia universal, absoluta e inmutable frente a ese otro Derecho “más pedestre” que los humanos comienzan a crear una vez que se organizan como comunidades políticas. Más bien, al más puro estilo del destacado profesor de Oxford H.L.A. Hart, es importante reconocer que -seamos creyentes o 2
  3. 3. INSTITUTO DE ESTUDIOS EVANGÉLICOS www.estudiosevangelicos.org no, teístas o antiteístas-, con todo, parece que en las sociedades humanas se encuentran un conjunto de “verdades obvias o evidentes” a las cuales el Derecho, al igual que la moral, hacen bien en reconocer y regular. Me refiero a ese “núcleo de buen sentido” que el mismo Hart dice poder hallar en las doctrinas del así llamado Derecho Natural. Entre esas se cuentan las siguientes: la persona humana apostará siempre por preservar la vida; hará lo posible para evitar el daño y el maltrato; se molestará si otro se apodera de mala manera de los recursos que consiguió con esfuerzo y trabajo; y se sentirá ofendida si descubre que su prójimo le estaba mintiendo cuando fingía empeñar su palabra de honor en una promesa que creía de verdad. Tales “verdades evidentes” (insisto: el valor de la vida humana, el respeto por la integridad física, el repudio al pirateo y la rapiña y la necesidad de jugar con personas honestas que respeten las reglas), constituyen -en opinión del profesor Hart- cuestiones tan obvias que sin ellas las sociedades humanas no podrían permanecer en el tiempo. Hart -y muchos otros positivistas anteriores, contemporáneos y posteriores a él- nos dirán que este conjunto de “verdades/principios/valores” los podemos descubrir por medio de la observación atenta y metódica de nuestra propia naturaleza humana. Otros, como Pablo de Tarso y Tomás de Aquino, (a quienes en estricto rigor técnico tendríamos que llamar ius-naturalistas judeocristianos), nos dirán que existe un Dios que anhela revelarle a los mortales qué es bueno y qué es malo por medio de la creación, de la conciencia y de una ley indeleble “escrita en los corazones”. ¿Alguna preferencia personal? Sea que creamos o no que Moisés bajó del Sinaí con tablas de piedra firmadas por la mano del Creador, no podremos negar que si queremos seguir siendo seres vivientes que se precien de ser agentes apacibles y racionales entonces deberemos aprender a tomarnos muy en serio la protección y promoción del respeto hacia las demás personas, a sus propiedades y a las promesas que celebremos con ellas. Por lo tanto, sugiero que el ejercicio de la abogacía y la enseñanza del Derecho tienen mucho que ver con aprender a construir argumentos particulares sobre premisas generales, a tomar una decisión relativa sobre la base de una cuestión objetiva, en fin, a descubrir que los miles de preceptos que nutren nuestros sistemas jurídicos deben poder justificar su existencia y eficacia en función de un conjunto pequeño de principios básicos y esenciales para la vida social. A esto me refiero cuando, pensando en mi profesión jurídica, hablo de la importancia de contar con un fundamento. Si se trata de conocer las “verdades/principios/valores” que sirven como fundamento del sistema jurídico creo que entonces todo abogado(a) y estudiante de Derecho estará de acuerdo -matices más, matices menos- en sostener que la paz social (entendida como la supresión de la violencia como una forma legítima de resolución de conflictos a la vez que se enfatiza la administración racional de la fuerza por parte del Estado), la certeza o seguridad jurídica (definida, según don Jorge Millas, como “el orden consistente en que los individuos y las instituciones ocupen el lugar y desempeñen las funciones que les corresponden, de acuerdo con un principio superior de organización social”) y la justicia (virtud pública necesaria tanto a la hora de distribuir cargas y beneficios en una sociedad de personas y grupos diferentes que quieren tratarse como iguales, como así también en casos donde existen víctimas que esperan ser indemnizadas por sus agresores del mal que se les ha causado) merecen todavía seguir siendo considerados como ciertos fines a cuya concreción el Derecho debe tender. 3
  4. 4. INSTITUTO DE ESTUDIOS EVANGÉLICOS www.estudiosevangelicos.org Sin esta triada de fines específicos (paz/certeza/justicia) presentes en cada escrito, alegato o sesión de estudio pienso que, tanto profesionales como aprendices, estamos muy próximos a transformarnos en personas cínicas -¡y desencantadas!-, las mismas que de pronto despertaremos una mañana y -¡gran sorpresa!- descubriremos que ya ni recordamos porqué decidimos estudiar Derecho y luego ejercer la abogacía. Ese día la pesadilla será darse cuenta que -querámoslo o no- el dinero, el prestigio y el poder no son suficientes a la hora de mirarnos desnudos en el espejo de nuestra conciencia y preguntarnos por el sentido de todo lo que hacemos “debajo del sol”. Mi experiencia como abogado que ejerce en materias de justicia criminal y en algunos casos de derechos humanos me fuerza a pensar que después de tanto escuchar las quejas de las víctimas, presenciar la indolencia de los imputados, constatar los desatinos judiciales, lamentar los abusos policiales; después de tanto ver sangre, cadáveres y carne humana sin vida; en fin, después de tanto andar en la calles, los tribunales y la oficina, de pronto uno tiende a olvidar que existen ciertos fines del Derecho a los cuales nuestras acciones y decisiones siempre deben apuntar. (Y hay que advertir que el problema de la búsqueda de un fundamento para el Derecho se agudiza en la medida que la justicia, la paz y la certeza son ese tipo de cosas que no se las encuentra a menos que se las busque con intención y a propósito, es decir: por medio de la reflexión crítica, la lectura de teorías, el ensayo de paradigmas, el debate de ideas y la abstracción del pensamiento). Si en estos instantes yo estuviera tomando una taza de café con uno de esos tantos mechones a quienes veo cada semana llegar a la Facultad con cara de evidente desgano y de notoria apatía, pienso que le diría lo mismo, pero de esta manera: “Cuando sales a las calles ves al delincuente, no al Derecho Penal; cuando vas a un Tribunal ves a un juez, no a la justicia; tus sentidos perciben las protestas, los gritos y el fuego, pero no la existencia de la paz. De este modo, pareciera como si la realidad te gritara en la cara: “¡esto es todo lo que existe!”. El drama pasa -al menos en el ámbito jurídico- por ignorar que el Derecho no sólo emana de la realidad material y contingente, sino que además se compone de un enorme legado de principios, fines y valores -casi milenarios y universales- que te permiten no tan sólo entender esa realidad inmediata y tratar de interpretarla, sino que además analizarla críticamente e, incluso más, animarte a cambiarla si fuera necesario porque sabes justificadamente que otro tipo de sociedad (una más libre, solidaria e igualitaria) sí es posible. Sin ese regreso consciente a los pilares fundamentales del sistema jurídico únicamente te quedan los Códigos, los artículos, los incisos, las ordenanzas, -y miles de miles de otras leyes- con las cuales no serás capaz de construir una respuesta seria para un problema real. A lo más podrías proponer las llamadas “medidas parches”, “soluciones a lo compadre” y hacer ofertas de “maestro chasquilla”. En muy resumidas cuentas, si me permite hacer una afirmación casi al estilo de un aforismo jurídico, diría lo siguiente: la práctica embrutece. El ejercicio diario de la profesión legal puede tender a convertirnos en personas pragmáticas, ultra-prácticas, simplonas. En ese escenario lo peor sería caer en el error de creer que sólo existe e importa aquello que se puede percibir por medio de la experiencia sensorial. Aplicando todo lo anterior a la práctica pastoral, (¡que me perdone mi tío por la obsesión de perseguirlo!) me pregunto si después de tanto visitar enfermos, encarcelados, 4
  5. 5. INSTITUTO DE ESTUDIOS EVANGÉLICOS www.estudiosevangelicos.org empobrecidos, endemoniados y divorciados, queda tiempo para la reflexión crítica de la realidad y la búsqueda sincera para una renovación espiritual. ¿En qué fuentes ir a beber para enseñar una lección de Escuela Dominical, predicar un sermón, acompañar en una conserjería y entonar de manera inspirada una autentica alabanza? ¿Es posible percibir y descubrir la presencia misma de Dios ahí donde toda la evidencia indica que él es el gran ausente en medio del conflicto? Temo que de tanto enseñar, escribir y predicar sobre la existencia de Dios, uno podría terminar enamorándose de la idea de Dios, pero despreciando su persona, carácter y naturaleza. Al respecto, C. S. Lewis, en su novela de ficción titulada “El gran divorcio”, sostiene que “ya ha habido hombres tan interesados en probar la existencia de Dios que terminan sin que Dios mismo les importe nada…, como si el buen Dios no tuviera otra cosa que hacer que existir… Hubo más de alguien tan interesado en la expansión del cristianismo que nunca pensó en Cristo. ¡Hombre! Lo puedes ver en los detalles. ¿No has conocido a un amante de los libros que, con todas sus primeras ediciones y ejemplares firmados, ha perdido la capacidad de leerlos? ¿O a un organizador de obras de caridad que perdió el amor a los pobres? Es la más sutil de las trampas.” Advierto el mismo peligro -de la teología y del pastorado- pero esta vez aplicado al campo de las ciencias jurídicas y de la profesión legal. Así, por ejemplo, ¿qué hay de los jueces que todos los días escuchan a las dos partes de un conflicto en notable contradicción pero reclamando una sola y misma cosa: justicia? ¿Qué sucede con esos abogados incapaces de acercar posiciones y de negociar un acuerdo porque después de tanto litigar ante los tribunales dudan si acaso existen otras formas pacíficas y racionales de resolución de conflictos distintas a un juicio contradictorio? ¿Puede hoy en día un profesor(a) enseñar siquiera algo sobre la “certeza” en medio de una generación de jóvenes universitarios que ha sido formada (¡y deformada!) por la cultura popular para creer que “todo es interpretación”, “que lo que es verdad para uno no tiene que serlo para el otro”, en fin, “que lo bueno y lo malo dependen de los gustos personales de cada quien”? ¿Temas difíciles? Creo que sí. Pero no necesariamente material para volvernos más escépticos, cínicos e indolentes. La teología y el derecho siguen reclamando algo sólido sobre lo cual poder edificar. (2).- Sobre la convicción de estar trabajando en materias de suma importancia. Para explicar este punto pienso en esos circos chinos que cada cierto tiempo llegan a nuestro país. Entre las muchas pruebas que ofrecen para demostrar sus destrezas hay una que siempre ha llamado mi atención. Es aquella en la que una persona debe mantener girando -¡al mismo tiempo!- varios platos de cerámica sobre unas varillas altas, delgadas y flexibles. ¿Ha notado como el público se entusiasma, grita y aplaude cuando contempla al chinito correr de un lado para otro sobre el escenario para darle impulso a cada vara y así mantener todos los platos en movimiento? Creo que la comparación es evidente con la tarea diaria de un(a) abogado(a): somos profesionales que tenemos que mantener muchos casos activos -¡al mismo tiempo!- sin que se 5
  6. 6. INSTITUTO DE ESTUDIOS EVANGÉLICOS www.estudiosevangelicos.org nos pasen los plazos para contestar una demanda civil, interponer un recurso de apelación, adherir a una acusación criminal, etc. La única gran diferencia entre ese chinito circense y el litigante profesional es que si al primero se le cae un plato sólo producirá el rompimiento de un artefacto de loza (junto con tener que escuchar, por cierto, algunos abucheos de parte del respetable público), mientras que si al abogado se le “cae una causa” entonces hará trizas cuestiones infinitamente más frágiles y más valiosas. Me refiero a cuestiones tan específicas y meritorias como la libertad de una persona, su patrimonio y, en ocasiones, hasta su integridad o vida misma. Llamaré bienes jurídicos a este tipo de cosas (vida, integridad, libertad, propiedad, etc.) Quienes trabajan a diario en el sistema jurídico son personas que se hallan comprometidas con la defensa de ciertos bienes esenciales para el desarrollo de la vida en sociedad. Dicho de otra manera: cada precepto legal, resolución judicial o teoría académica tiende hacía la protección y promoción de ciertos bienes de máxima importancia. Así, por ejemplo, si es importante que unos a otros nos hablemos siempre con la verdad (a fin de cuentas la vida es mucho más que una partida de póker donde el bluff es algo permitido), y si en nombre de esa misma verdad se nos impone el deber de que cada cual obtenga los recursos necesarios para su subsistencia de una forma honesta (evitando entre nosotros volvernos unos parásitos que practiquen la rapiña y la piratería), entonces es necesario que el Derecho regule -¡con detalle!- los contratos que las personas puedan celebrar. ¿Por qué regular los contratos? (Y, sobre todo, “¿por qué estudiarlos hasta la madrugada?”- se preguntará un atribulado aprendiz de abogado entre una y otra taza de café con Coca-Cola). Pues bien, porque al hacerlo el Derecho deja en evidencia que la palabra empeñada es algo serio (al punto que se la honra reconociéndola como una fuente generadora de obligaciones) y así también porque la institución misma del contrato constituye una forma pacífica y racional de intercambiar recursos. Así las cosas, cada vez que un abogado se empeña en revisar hasta la última coma de un contrato cualquiera, o cuando un juez civil declara que un contrato será anulado por haberse obtenido mediante engaño, pienso que estamos tratando con materias de la misma relevancia e importancia social que aquellas que Moisés traía consigo cuando descendía del Sinaí: “No robes” y “No des falso testimonio en contra de tu prójimo”. Por eso como profesor de Derecho siento tanta decepción cuando los estudiantes llegan a la universidad a responder pruebas y exámenes sin haber leído a los autores clásicos y lo hacen confiando que sus intuiciones personales serán certeras y que sus improvisaciones son tan profundas como las reflexiones de aquellos juristas del pasado. Siempre les digo que esa actitud es uno de los mayores actos de arrogancia humana que se pueda cometer. Es como si me dijeran: “no necesito de la ayuda intelectual de los demás, todo está dentro de mí”. (De paso, con esa mentalidad tan “anti-estudio” mejor ni pensar que los flojos estudiantes de hoy llegarán a ser los jueces y ministros de Corte del mañana. Parafraseando a Ronald Dworkin, profesor de Derecho en Harvard y Yale, me permito sostener que una de las peores experiencias que una sociedad pudiera llegar a sufrir es vivir en tiempos peligrosos cuando la judicatura es ejercida por sujetos arrogantes y con ínfulas de autosuficiencia que se niegan a consultar las normas vigentes, que desconocen la utilidad práctica de los precedentes 6
  7. 7. INSTITUTO DE ESTUDIOS EVANGÉLICOS www.estudiosevangelicos.org dictados en el pasado y que se hallan incapacitados -por falta de entrenamiento intelectual- para teorizar sobre los principios jurídicos en boga en una comunidad política concreta. Este tipo de jueces [casi auténticos chamanes] sólo tienen como única fuente de solución para los conflictos que deben resolver -¡nada más y nada menos!- que a sus meras intuiciones [“puras tincadas”], sus propios prejuicios y sus caprichos personales. A fin de cuentas, aun cuando tengan un martillo en su mano, hayan envejecido un poco y tengan el poder de tomar decisiones coactivas, con todo, seguirán pensando igual como lo hacían cuando eran estudiantes: “mi opinión personal es tan válida como la de otros jueces, legisladores o juristas”. ¡Horror! Esa mezcla de arrogancia y poder es una de las cruzas incestuosas más nocivas que pueden ocurrir dentro de la vida en sociedad). A modo de síntesis, sugiero que toda persona que estudie Derecho o ejerza la abogacía (sea como litigante, asesor[a] o sentenciador[a]) debe ser consciente de que está trabajando - valga otra vez la comparación- con materiales explosivos y, por lo mismo, debe tratarlos con sumo cuidado si no quiere salir dañado ni perjudicar a terceros inocentes. Un abogado negligente que se distrae durante la tramitación de un juicio y omite la entrega oportuna de ciertas pruebas o evidencias puede estar a punto de empobrecer a su cliente, exponerlo a una severa privación de libertad o perjudicar de forma intensa su calidad de vida. Un juez desatento que no valora la prueba de manera rigurosa puede tomar una decisión que acabe por expropiar los bienes de una familia sencilla o permitir que salga en libertad una persona astuta que sólo piensa ocupar su salida para fugarse de la acción de los tribunales y frustrar los anhelos de justicia de las víctimas. Un asesor que no actualiza sus conocimientos en las materias sobre las cuales es consultado puede ser una de las peores inversiones en términos de rentabilidad para aquellos micro-empresarios que lo visitan de buena fe (¡y, encima de todo, pagan caro por entrar en su despacho!). (3).- Sobre el imperativo de servir a personas necesitadas. Quisiera terminar este breve ensayo volviendo a pensar en mi tío-pastor, el mismo que me provocó a escribir. Dije de él que me parece ser una persona que con sinceridad intenta hacerle bien a la comunidad para la cual trabaja. Por eso visita los hospitales, predica sermones, entierra a sus muertos y casa a los novios. La pasión de su vida es ver vidas cambiadas para bien en esa experiencia que los creyentes llaman “conversión”. Modestamente creo que el estudio del Derecho y el ejercicio de la abogacía también pueden ser analizados y ejecutados en función del bien y del provecho que se les puede brindar a personas necesitadas. Ya desde los tiempos de la Colonia, durante los trescientos años de gobierno español, en nuestra región hubo quienes advirtieron que los descendientes de los conquistadores se estaban relacionando de forma abusiva con los indígenas que habitaban apaciblemente estas tierras desde mucho antes del sorpresivo arribo de los enviados de la Corona de Castilla. Por lo tanto, junto con denunciar tales abusos y excesos, se procedió además a reconocer un conjunto de garantías y libertades básicas a favor del nativo, las mismas que -pese a no resultar del completo agrado del europeo- vinieron a impactar de tal modo al naciente “Derecho Indiano” 7
  8. 8. INSTITUTO DE ESTUDIOS EVANGÉLICOS www.estudiosevangelicos.org que, en la actualidad, los historiadores convienen en resaltar como una de sus características más sobresalientes el hecho de haberse puesto -de forma intencional- a favor del aborigen y de sus intereses concretos. (Una clara suerte de “opción preferencial” del Derecho por el indio, si algunos teólogos me permiten usar esta frase notable). Sin tener que retroceder tantos siglos en el calendario (cuestión que tiende a aburrir al estudiante de esta nueva generación acostumbraba al uso del Ipod, del Power-Point y del MP3) basta con recordar que cada disciplina jurídica tiene como finalidad última proteger a un tipo especial de persona y promover sus legítimos intereses. Esto es lo que llamo “el Derecho a favor de personas necesitadas”. Aquí van sólo unos pocos ejemplos. (1). El derecho de familia se ocupará, entre otras cosas, de proteger las necesidades del “cónyuge más débil” cuando se trate de poner fin a una relación matrimonial en juicios de divorcio o de nulidad. (Se está pensando en aquella persona que durante los años de vigencia del matrimonio, y mientras el otro cónyuge tuvo la oportunidad de ejercer un trabajo remunerado, haya optado más bien por dedicarse a la crianza de los hijos y quedarse en el hogar para cumplir las tareas domésticas). (2). El derecho de la infancia y de la juventud (contenido, principalmente, en un conjunto de tratados internacionales sobre derechos humanos ratificados por Chile y en actual vigencia) velará para que, sea cual sea, la decisión que deban adoptar los jueces respecto de la suerte de las relaciones personales de los padres (“el mundo adulto”), dicha decisión se haga cargo -de alguna manera- de los intereses superiores de cada niño o niña de esa familia. (3). El derecho laboral se ocupará -mediante la aplicación práctica del denominado “principio pro operario”- de la promoción y protección de los intereses concretos del trabajador (desatendiendo incluso, cuando la situación así lo amerite, las necesidades de la empresa empleadora). (4). El derecho internacional público siempre se mostrará más favorable a las libertades individuales de la persona que habita dentro de las fronteras de un determinado Estado que a las restricciones legales que éste último quiera implementar a los derechos civiles y políticos, aun invocando motivos de utilidad pública o “estados de excepción”. (5). El derecho penal tiene entre uno de sus principios rectores el imperativo de fallar siempre a favor del imputado o del acusado cuando, aun habiéndose realizado un enjuiciamiento criminal en su contra, subsistan pese a ello algunas dudas razonables sobre la real ocurrencia de los hechos o bien sobre la autoría o participación de esa persona en los hechos que se califican como delito. (6). Por último, el derecho constitucional contemporáneo (propio de sociedades que pretendan ser consideradas democráticas y respetuosas de los derechos esenciales de la persona humana) no permite ni tolera que el Estado pueda hacer cualquier cosa con el poder soberano en sus manos. Por el contrario, hoy existe una clara conciencia de que todo el aparataje 8
  9. 9. INSTITUTO DE ESTUDIOS EVANGÉLICOS www.estudiosevangelicos.org 9 político-público (el temido “Leviatán” de Hobbes) existe pare fines específicos y bien concretos: servir al ser humano, proteger a su familia y a la población en general y -para el deleite de Aristóteles y de Tomás de Aquino- para promover el bien común. Entonces, a modo de conclusión, así como mi tío-pastor entiende que el ejercicio de su trabajo es una opción de vida a través de la cual puede darle más gloria al nombre de Dios y la vez constituye una forma de manifestar amor al prójimo por medio de un servicio desinteresado a su favor, pues de la misma manera yo creo que el estudio del Derecho y el ejercicio de la abogacía se hacen más interesantes, a la vez que más satisfactorios y desafiantes, en la medida que todo se haga no por meras recompensas monetarias ni ascensos de grados en las jerarquías sociales, -(si acaso éstas cosas existen e importan hoy en Chile dado el número tan grande como creciente de profesionales jurídicos)-, sino más bien por el anhelo sincero de servir a personas que sufren alguna injusticia y con urgencia necesitan de alguien que actúe a su favor. Generalmente serán viudas, huérfanos y extranjeros quienes más necesiten de una persona entendida en Derecho. Y creo que mi tío-pastor deberá decir “¡Amén!”, pues antes de que yo siquiera hubiera pensado escribir sobre estas personas, de ellas ya se habla en las leyes de Moisés, en las profecías de Israel y en las parábolas de Jesús de Nazaret. ¿O me equivoco?

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