ATLAS ARQUEOLOGICO DE ANTIOQUIA
JORGE LUIS ACEVEDO ZAPATA
SILVIA HELENA BOTERO ARCILA
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Atlas arqueológico de antioquia

  1. 1. ATLAS ARQUEOLOGICO DE ANTIOQUIA JORGE LUIS ACEVEDO ZAPATA SILVIA HELENA BOTERO ARCILA CARLO EMILIO PIAZZINI SUAREZ ASESOR: GUSTAVO SANTOS VECINO SECRETARIA DE EDUCACION Y CULTURA EXTENSION CULTURAL DEPARTAMENTAL INSTITUTO DE ESTUDIOS REGIONALES UNIVERSIDAD DE ANTIOQUIA MEDELLIN, MAYO DE 1995
  2. 2. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 2 2 AGRADECIMIENTOS Expresamos nuestro reconocimiento a la Secretaría de Educación y Cultura -Dirección de Extensión Cultural Departamental- por el impulso y los recursos destinados para la realización del Atlas Arqueológico de Antioquia. Al Instituto Nacional de Estudios Regionales (INER) y a La Asociación de Antropólogos Egresados de la U de A. por confiarnos la elaboración de la presente obra. Igualmente por facilitarnos las labores de digitación e impresión de los textos. A Gustavo Santos V. por sus oportunos comentarios y sugerencias en la asesoría brindada en el desarrollo de la investigación. A Claudia E. Agudelo, Angela M. López, Maryi Tobón, Juan G. Muñoz por la elaboración de los mapas; a Claudia Ruíz por la digitación de los cuadros. Por último, a todas aquellas personas que de una u otra forma colaboraron en la ejecución de éste trabajo.
  3. 3. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 3 3 PROLOGO El Atlas Arqueológico de Antioquia constituye un primer trabajo de sistematización y síntesis de la información arqueológica sobre Antioquia, que representa un gran esfuerzo, debido a las diferencias y a la disparidad de criterios o puntos de vista, de las metodologías empleadas, de la calidad y representatividad de la información, y de los alcances de los resultados, en las distintas fuentes consultadas, las cuales comprenden no sólo los estudios arqueológicos sino también los estudios o referencias de historiadores y etnohistoriadores, y los de anticuarios o aficionados a la arqueologia, desde el siglo pasado hasta el momento actual. Evidentemente, un trabajo de esta magnitud tiene dificultades y limitaciones, pero sus resultados constituyen, por un lado, un marco de referencia importante para el desarrollo de las investigaciones arqueológicas y para el establecimento de las políticas de rescate, preservación y protección del patrimonio histórico y cultural, y por otro lado, una visión integral, aunque provisional y particular, del pasado prehispánico de Antioquia, prácticamente desconocido hasta hace unas décadas . La elaboración del atlas implicó la discución e implementación de criterios metodológicos y conceptuales para la definición de los parámetros requeridos en la periodización y regionalización de un amplio conjunto de manifestaciones culturales prehispánicas, que es indicativo de las formas de vida y del auge económico y sociocultural logrado en las distintas épocas que se sucedieron desde hace por lo menos 10.000 años hasta la época de la Conquista, y de un amplio contexto que involucró en el pasado otras regiones y territorios del país y aún del continente americano. Así, la perspectiva histórica adoptada para la organización regional de la información arqueológica busca la comprensión de los procesos de cambio y desarrollo ocurridos durante un tiempo tan largo, en el que los eventos regionales se sucedieron en espacios variables o diferentes. La periodización propuesta, independientemente de las categorías utilizadas y de su extensión cronológica, muestra la existencia de largos procesos originados por cambios económicos y sociales de grandes repercusiones en amplios territorios, más o menos influenciados por factores y cambios climáticos, como la transición de los grupos de cazadores y recolectores a las sociedades agrícolas aldeanas, o bien, refleja momentos o fases de desarrollo dentro de un mismo proceso, como el incremento de la complejización social y de la diversidad cultural en las "sociedades agroalfareras tardías" después los siglos VIII y IX. La regionalización establecida de acuerdo con los distintos períodos y momentos históricos, aunque depende en buena parte de la información disponible para cada región, especialmente en los períodos más antiguos, puede representar variantes de desarrollos socioculturales dentro de grupos que comparten una misma tradición u horizonte cultural, como en el caso de las sociedades portadoras del estilo cerámico Marrón-Inciso, las cuales se extiendieron durante los seis primeros siglos de nuestra era por un amplio territorio de Antioquia, en el que se advierten variantes regionales hacia el Suroreste, el valle de Aburrá, y las vertientes de la cordillera occidental hacia el Atrato; o puede representar la existencia de grupos culturalmente distintos interaccionando en
  4. 4. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 4 4 grandes contextos macroregionales, como se deduce de la presencia de diferentes manifestaciones culturales que se distribuyen por todo el territorio antioqueño durante los últimos seis siglos anteriores a la conquista española, y que permiten diferenciar regiones como Urabá, norte del cañón del Cauca y Noroccidente, Nordeste, Valle de Aburrá y Suroeste, y Magdalena Medio. Estas variantes o unidades regionales son resultado de complejos procesos de diferenciación cultural, en los que uno de los factores importantes fue la especialización en la explotación de los recursos propios de cada región o zona de vida, como lo señalan las diferencias culturales que se observan, desde las épocas más antiguas hasta las más recientes, en regiones como el golfo de Urabá, el cañón del río Cauca, y valle del río Magdalena, cada una con características fisiográficas y ambientales muy peculiares. Varias problemáticas o temas de estudio interesantes e importantes surgen de esta integración de la información arqueológica en una perspectiva histórica y macroregional, entre ellos, los procesos de poblamiento del actual territorio antioqueño, para los cuales se establecen varias hipótesis , y la diversidad cultural que presenta en los dos últimos milenios, que se intensifica hacia el final de la época prehispánica, evidenciando un proceso de complejización social, y que supone una interacción en grandes contextos sociopolíticos de grupos con distintos niveles de desarrollo económico y social. Los planteamientos y las hipótesis que se establecieron para la elaboración del atlas o que han surgido de su realización, deberán ser debatidos por los arqueólogos y confrontados mediante la investigacion arqueológica de Antioquia y otros departamentos relacionados culturalmente en el pasado. La investigación ha tenido un crecimiento y un impulso en la última década, especialmente con el desarrollo de la "arqueología de rescate", pero sigue siendo inprescindible, para el estudio y la comprensión de la historia prehispánica, la investigación sistemática de problemáticas regionales y locales, que se realiza orientada por modelos e hipótesis resultantes de la adopción de marcos teórico-metodológicos o estrategias de investigación de la disciplina arqueológica. En este sentido, se espera que los resultados alcanzados en este estudio sean una base importante para el establecimiento de políticas o planes de recuperación y valoración del patrimonio histórico y cultural, por parte de las instituciones gubernamentales encargadas del desarrollo cultural y de las empresas oficiales y privadas que se enfrentan en sus proyectos de obras de infraestuctura al problema de la destrucción o afectación de los contextos y yacimientos arqueológicos que aún se conservan. Se espera que el Atlas Arqueológico de Antioquia llame la atención de funcionarios, estudiantes y del público en general, sobre la necesidad de conocer y valorar el pasado prehispánico, el cual, a pesar de la profundidad temporal, no es tan distante ni tan ajeno, como generalmente se cree, porque las costumbres, los conocimientos y los valores desarrollados durante miles de años por los grupos o sociedades indígenas fueron un referente importante para la conquista y un fundamento para el desarrollo de la sociedad colonial, y constituyen una herencia cultural, que de alguna manera, esta presente en la sociedad actual, como se percibe en las formas de apropiación del medio para la explotación de recursos bióticos y minerales, en las tecnologías agrarias, en las formas
  5. 5. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 5 5 de cooperación para el trabajo, y en las formas de pensamiento de algunos sectores de la sociedad. Este conjunto de manifestaciones expresa una unidad y una identidad de los pueblos latinoamericanos, verdaderos herederos de las culturas aborígenes. Gustavo Santos Vecino Antropólogo Departamento de Antropología Universidad de Antioquia Medellín, Mayo de 1995
  6. 6. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 6 6 INTRODUCCION Dentro de la propuesta general de elaboración del ATLAS CULTURAL DE ANTIOQUIA, la parte concerniente a la historia precolombina abarca los procesos sociales y culturales más antiguos y prolongados de la región, y en cierta medida los más desconocidos también. Actualmente se sabe que el hombre ha estado habitando algunas regiones del territorio antioqueño desde hace por lo menos diez mil años. De estos, los últimos quinientos han sido el objeto tradicional de los estudios históricos regionales, quedando para la arqueología la tarea de investigar y dar a conocer las características de los procesos históricos ocurridos en el gran lapso de tiempo restante. La arqueología, es una disciplina científica que se dedica al estudio de la historia y las características culturales y sociales de los grupos humanos del pasado, interpretando los vestigios materiales que persisten a través del tiempo (Cf. Trigger, 1992). Mediante una serie de técnicas y métodos, el arqueólogo recupera y analiza las evidencias materiales de los grupos humanos y de sus acciones sobre la naturaleza, y los datos ecológicos sobre el entorno físico que los rodeaba. En el medio antioqueño, el interés por los estudios arqueológicos ha estado presente desde finales del siglo XIX; sin embargo, es a partir de las últimas décadas cuando la arqueología se ha ido consolidando como una disciplina con continuidad investigativa. El volumen de datos e interpretaciones de carácter arqueológico disponible actualmente para Antioquia, permite la reconstrucción parcial de la historia precolombina, esencialmente en lo que tiene que ver con la localización geográfica y cronológica de diversos grupos humanos asentados en el área desde por lo menos el octavo milenio antes de la era cristiana, hasta la época de la conquista española. Así mismo, es posible realizar preguntas acerca de las relaciones sociales y de intercambio cultural que han podido darse al interior de estos grupos, entre sí mismos, y desde luego señalar vacíos de información para determinadas áreas geográficas, períodos históricos o temáticas específicas. La propuesta textual y gráfica que se presenta en el ATLAS ARQUEOLÓGICO DE ANTIOQUIA, tiene en cuenta -en la medida en que los datos lo permitan-, las relaciones existentes entre el hombre precolombino y el medio ambiente como también de los diversos grupos humanos entre sí, a través del espacio y del tiempo, con lo que se asegura una imagen dinámica de las regiones en el proceso histórico que se quiere abordar. El primer capítulo del ATLAS ARQUEOLOGICO, está dedicado a la presentación de los antecedentes sobre la investigación arqueológica en Antioquia, así como de su estado actual, permitiendo al lector acceder a un conocimiento general de los contextos
  7. 7. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 7 7 históricos, sociales y teóricos en los que se ha efectuado la recuperación y estudio del patrimonio arqueológico regional. A la exposición del conocimiento hoy disponible sobre la historia precolombina de la región antioqueña, se dedica el segundo capítulo, mediante el establecimiento de un modelo de periodización que tiene en cuenta la distribución regional de las evidencias de acuerdo a cada período histórico. Los vacíos de información existentes, se señalan en el curso de los mismos. De acuerdo al desarrollo de los capítulos anteriores, el tercer capitulo, se encarga de realizar un balance que sugiere líneas a seguir en la investigación arqueológica de la región antioqueña hacia el futuro; también se indica la importancia de un trabajo cordinado entre la comunidad científica, las instituciones y la sociedad en general, orientado a la protección y divulgación de los elementos que componen la historia prehispánica regional. De fundamental importancia para la comprensión de la parte textual del Atlas, resultan los mapas y los cuadros que el lector debe ir combinando al ritmo de su lectura. Se presentan dos cuadros sistematizados: el primero sobre el registro arqueológico recuperado hasta el momento para Antioquia (Cuadro No. 1), con una referencia de las interpretaciones propuestas y las respectivas fuentes bibliográficas. El segundo, contiene el total de las fechas de radiocarbono obtenidas en el transcurso de dichas investigaciones (Cuadro No. 2). Los mapas por su parte, han sido elaborados en tres tipos de formatos: los que se encargan de proporcionar un contexto macrorregional de las evidencias de Antioquia respecto de los hallazgos realizados en áreas adyacentes para cada período (Mapas Nos. 2, 5, 8, 11, 14 y 16), los mapas que señalan las áreas generales de dispersión de esas evidencias (Mapas 3, 6, 9, 12, 14 y 17) y por último los que otorgan una imagen esquemática del tipo de evidencias para cada región de Antioquia(Mapas Nos. 4, 7, 10, 11 y 16). Todos estos mapas, se elaboraron acorde con el modelo de periodización propuesto en el segundo capítulo. En la realización del Atlas, se ha tratado de emplear un lenguaje accequible tanto para el lector no especializado que quiere enterarse con cierto grado de detalle de la historia precolombina de la región, así como para el investigador que desea encontrar datos específicos para contrastar con sus propios estudios. Sin embargo, se ha creído conveniente incluir un glosario de términos de uso arqueológico, debido a que en ocasiones resulta difícil y poco adecuado traducir al lenguaje común, conceptos y nociones que ya tienen un significado preciso en la jerga especializada.
  8. 8. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 8 8 CAPITULO 1 LA ARQUEOLOGIA EN ANTIOQUIA: ANTECEDENTES Y ACTUALIDAD. La arqueología en Antioquia, puede ser vista como el resultado tanto de las características propias del contexto histórico y social dentro del cual se han movido sus autores, como de las influencias recibidas desde desarrollos teórico-metodológicos efectuados en otras partes del mundo y en particular de la arqueología colombiana. Es por ello que al tratar de identificar las características actuales y pasadas de la arqueología en Antioquia, se deben tener en cuenta tanto las relaciones entre la ciencia y el contexto social e histórico regional, como entre ciencia local, nacional e internacional. El presente capítulo se basa tanto en la información compilada como en los planteamientos elaborados en el transcurso de estudios recientes, que proponen el análisis de la arqueología antioqueña de acuerdo con tres períodos cronológicos, cada uno caracterizado por circunstancias históricas específicas y contenidos discursivos y teóricos particulares (Piazzini, 1993 y 1995). El primer período (1850-1942), se caracteriza por las actividades de anticuarios e historiadores aficionados, quienes se encargaron de recuperar la única información disponible sobre la gran cantidad de evidencias arqueológicas irremediablemente perdidas a raíz del auge de la guaquería durante el siglo XIX. El segundo período (1943- 1976), corresponde a la oficialización de la antropología y de la arqueología como subdisciplina de ésta, mediante la creación del Museo Universitario, el Servicio Etnológico y mas tarde del Instituto de Antropología, todas ellas dependencias de la Universidad de Antioquia. El tercer y último período (1977-1994), se caracteriza por la implementación de la docencia y la investigación como modelo básico para el desarrollo de una tradición de pensamiento que actualmente propende por su consolidación como comunidad científica. LA ÉPOCA COLONIAL E INICIOS DEL SIGLO XIX. Durante el prolongado lapso de tiempo que transcurrió desde el proceso de conquista y posterior colonización del actual territorio antioqueño, hasta los inicios de la vida republicana de la Nueva Granada, no se llevaron a cabo acciones expresas para recuperar y estudiar el patrimonio arqueológico. Los diversos factores de orden ideológico, social y económico que se conjugaron a raíz de los intereses españoles por el dominio del mundo americano, combatieron en principio y luego ignoraron, la historia y la cultura indígena de la región. A pesar de ello, existe valiosa información escrita desde la cual conocer acerca de la población indígena que en general ocupaba el territorio americano durante el proceso de la colonización española.
  9. 9. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 9 9 Durante el primer siglo de presencia española, fueron escritas las crónicas y relaciones de conquista por parte de funcionarios, escribanos, frailes y militares, al servicio de la Corona. Para el actual territorio antioqueño, las conocidas obras de Gonzalo Fernández de Oviedo, Pedro Cieza de León, Juan de Castellanos, Pedro Simón, Jorge Robledo, Juan Bautista Sardella y Pedro Sarmiento, entre otros, son hoy en día fuentes primordiales para el estudio de las características culturales e históricas del siglo XVI. Otras fuentes, adecuadas para estudiar las políticas de la dominación española y la resistencia indígena en el período colonial, son los documentos de visitas, demandas jurídicas y títulos sobre tierras y encomiendas que los funcionarios de la Corona producían para el mejor control de las provincias. Para Antioquia, por ejemplo, son muy interesantes los documentos relativos a la visita que Francisco Herrera y Campuzano realizó a principios del siglo XVII. Por lo general, este tipo de información ha sido poco empleada por los estudiosos, debido a que se trata en la mayoría de los casos de archivos inéditos. Con el advenimiento de la República, los nuevos intereses políticos encontraron en la historia prehispánica elementos adecuados para esgrimir una identidad propia. En Antioquia, desde principios del siglo XIX se dan antecedentes en el empleo de datos arqueológícos para la elaboración de discursos sobre las características del mundo precolombino y de conquista. Sin embargo, se trata de menciones y acciones esporádicas y aisladas, que no lograron el mantener un interés permanente, ni continuidad con generaciones posteriores. Entre ellas hay que mencionar la obra de José Manuel Restrepo, quien fue uno de los primeros intelectuales antioqueños en preocuparse por reconstruir la historia de la región y del país. Su "Ensayo sobre la geografía, producciones, industria y población de la Provincia de Antioquia en el Nuevo Reino de Granada" (1809), es la primera obra conocida, en donde a manera de evidencia, se exponen datos arqueológicos, para reconstruir la imagen de los indígenas prehispánicos de la región. El primer dato que se tiene sobre la conformación de una colección arqueológica corresponde a la de Don Manuel Vélez, quien además escribió algunas reflexiones sobre las poblaciones precolombinas del Valle de Aburrá (Vélez, 1833 en Zerda, 1947). Otro elemento que vale la pena resaltar para la época, es el reconocimiento empírico de la explotación prehispánica de oro de veta, realizado como parte de las actividades de asesoría técnica de los ingenieros y químicos extranjeros Carlos Segismundo de Greiff, Pedro Nisser y Juan Bautista Boussingault. Sin embargo, el hecho de hallar un elemento de continuidad entre la población prehispánica y una de las actividades más importantes de la historia económica de la provincia, no conllevó a un interés constante por el estudio de otras facetas de la cultura precolombina, ni a plantear el valor cultural de la tecnología indígena en las técnicas utilizadas posteriormente en la explotación aurífera. PRIMER PERÍODO (1850-1942).
  10. 10. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 10 10 Tanto en Antioquia como en otras regiones del país, el inicio de la tradición de los anticuarios, se da realmente desde la segunda mitad del siglo XIX, por cuanto es a partir de esta época que se logran identificar elementos de continuidad en las actividades, los escritos y las políticas que constituyeron las bases de lo que posteriormente vendría a llamarse arqueología. Este período se caracteriza por el auge de la guaquería dentro del proceso de expansión colonizadora; el surgimiento de la imagen del anticuario, quién va más allá del valor de mercancía que anteriormente poseían los objetos arqueológicos; y los historiadores aficionados quienes se encargaron de construir y divulgar los primeros discursos sobre el pasado prehispánico regional. A través del ejercicio de la guaquería, se desarrolló un conjunto de técnicas que incluían principios empíricos de lectura del relieve, estratigrafía comparada y modalidades de excavación, lo que repercutió en la invención de herramientas nuevas y la adopción de algunas utilizadas anteriormente para la minería artesanal y la agricultura. A su vez, el guaquero construyó tipologías con base en las características de los suelos y la estructura formal de las tumbas y de su contenido, permitiéndole desarrollar un sistema predictivo sobre la naturaleza del trabajo específico que debía realizar. En contraste con el guaquero, quien en general, otorgaba un valor estrictamente comercial a los objetos precolombinos, el anticuario les otorgaba un valor estético, sacándolos temporal ó definitivamente del círculo del mercado y colocándolos en colecciones privadas, conjuntamente con otras "curiosidades". Los anticuarios surgieron en Antioquia y el viejo Caldas, aprovechando su rol económico y social de comerciantes, en donde por una parte eran receptores directos de los objetos provenientes de guaquería, y por otra, estaban al tanto de los intereses intelectuales de la élite, circulo al cual pertenecían. Ello les permitió tomar disposiciones en lo tocante al tipo de piezas que valía la pena conservar, y comunicar sus predilecciones a los guaqueros. Es realmente poca la información disponible acerca de los anticuarios existentes en la Antioquia del siglo XIX. Se sabe que poseían colecciones arqueológicas los señores Luis Antonio Restrepo, Jesús María Restrepo, Vicente Restrepo, Manuel Uríbe Angel y Gregorio Gutiérrez González (Pérez de Barradas, 1965). Para la primera mitad del siglo XX, se conformaron otras colecciones por las siguientes personas: Elena Ospina de Ospina, Federico Restrepo, Ernesto Valenzuela, Leopoldo Borda Roldán y Félix Mejía Arango, quien sería una de las primeras personas en dirigirse a realizar excavaciones, con la finalidad de obtener datos para su estudio. Entre ellos sobresale el comerciante Leocadio María Arango, quien llegó a poseer una colección de fama internacional y representa la figura típica del anticuario antioqueño. Las piezas de oro que logró reunir durante muchos años de dedicación, fueron mas tarde la base del Museo del Oro del Banco de la República, mientras que las piezas
  11. 11. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 11 11 cerámicas hacen parte actualmente de la colección arqueológica del Museo Universitario de la Universidad de Antioquia (Pérez de Barradas, 1965 y Piazzini, 1992). A partir de la interpretación de las colecciones conformadas por los anticuarios, y en mayor medida de la lectura de las crónicas del descubrimiento, se desarrollaron las primeras construcciones sobre la historia precolombina de la región. Esta labor estuvo a cargo de individuos con una formación variada, que incluía principalmente la medicina, además de la ingeniería y la jurisprudencia, vinculados en una incipiente comunidad científica y agrupados en torno de universidades y academias, donde empezaron a escribir en publicaciones monográficas y seriadas. En 1873, el médico y naturalista Andrés Posada Arango publica en París el primer texto con referencia explícita a las etnias prehispánicas de la región de Antioquia, desde que se consignaran las impresiones de las crónicas del siglo XVI: "Essai ethnographique sur les aborigenes de l'Etat d'Antioquia en Colombie". Allí, retomando algunos datos etnohistóricos, establece la famosa trilogía de las etnias Catio, Nutabe y Tahamí. También médico, Manuel Uribe Angel constituye un personaje central entre los precursores de la historia regional. Su obra "Geografía general y compendio histórico del estado de Antioquia en Colombia" publicada en París en 1885, fue el referente obligado durante muchos años, de todo estudio sobre las sociedades indígenas del siglo XVI y la conquista del territorio antioqueño. Para Uribe Angel fue fundamental la lectura de los cronistas del siglo XVI; a partir de los datos referentes al medio geográfico, cotejó con los paisajes y los toponímicos actuales, para reforzar una regionalización cultural que existía implícitamente en la obra del cronista Castellanos y que ya había sido propuesta por Andrés Posada Arango. La ya mencionada división entre Catíos, Nutabes y Tahamíes como primitivos habitantes de Antioquia, nutrió la visión general que hasta épocas recientes prevalecía respecto a los grupos indígenas de Antioquia en el siglo XVI. Muy importante es además la obra de Vicente Restrepo: "Estudio sobre las minas de oro y plata en Colombia" (1883), cuyo primer capítulo está dedicado a las técnicas indígenas de explotación aurífera. El reconocimiento de que tal actividad se remontaba a épocas precolombinas no era nuevo, pero el autor lo ilustra como el origen de las técnicas usadas durante bastante tiempo en la minería regional. En 1892, su hijo, Ernesto Restrepo publicó el "Ensayo etnográfico y arqueológico de la Provincia de los Quimbayas en el Nuevo Reino de Granada", texto de singular importancia, por cuanto constituye el primer trabajo de carácter monográfico, realizado sobre los indígenas del occidente colombiano. Al iniciar el siglo XX y luego de la guerra de los mil días, la continuidad con las actividades anteriormente descritas es notoria aunque cuantitativamente inferior. Las características de los textos sobre historia precolombina y del siglo XVI son esencialmente las mismas; algunos de los personajes continúan desarrollando sus
  12. 12. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 12 12 estudios y las nuevas generaciones se forman en el mismo medio. Sin embargo, son de señalar los primeros esfuerzos oficiales por el estudio de la historia indígena. La fundación de la Academia Antioqueña de Historia en 1903, significa el establecimiento oficial del discurso histórico, de su reconocimiento como elemento constitutivo de la educación y de su valor para el conocimiento de las características humanas que conformaron la región. En el discurso de inauguración, a cargo de su primer presidente el ingeniero Tulio Ospina, se observan los avances de una visión del pasado prehispánico que ganaba en profundidad temporal, en actitudes críticas y sobre todo en el reconocimiento de lo indígena como elemento importante de la cultura antioqueña (Ospina, 1904). Para la misma época, Alvaro Restrepo Eusse, publicó su "Historia de Antioquia desde la conquista hasta 1900" un texto poco conocido y caracterizado por el tono satírico frente a las creencias sobre la pureza de sangre de las altas clases sociales de su época. Durante las décadas siguientes, se prestó poco interés al tema del pasado precolombino. En los pocos estudios realizados, se observa un cambio gradual hacia las referencias de un registro arqueológico más amplio, donde nuevas características del mismo son identificadas y un grupo de objetos hasta entonces ignorados o desconocidos, es incorporado a las colecciones y al discurso. Además, se comienza a tener en cuenta el trabajo de campo, como un método por el cual, se asegura la referencia espacial de los objetos recuperados y de los rasgos arqueológicos registrados en el paisaje. En 1919, el ingeniero de origen inglés Juan Enrique White, escribe un artículo titulado "Disertación sobre los indígenas de Occidente", y a partir de ese mismo año, el médico Juan Bautista Montoya y Flórez, comienza a publicar una serie de artículos sobre arqueología en el Repertorio Histórico de la Academia Antioqueña de Historia. En su primer artículo (1919), describió las características formales y decorativas de algunos rodillos de impresión provenientes de ajuares funerarios. Posteriormente (1922a), realizó un análisis detallado de la colección de cerámica de Leocadio María Arango, donde encontró que del total de 2968 piezas, 1500 correspondían a falsificaciones. La divulgación de estos resultados entre los americanistas franceses, permitió a su vez la identificación de piezas falsas dentro de colecciones provenientes de la región antioqueña y el Cauca medio, conformadas en el exterior. La fascinación que en Montoya y Florez, produjo el asunto del pasado precolombino, lo llevó a realizar un estudio (1922b) en su tierra natal, Titiribí. A partir de la lectura de las crónicas de conquista, cree identificar, mediante una prospección en terreno, los sitios de asentamiento de las provincias indígenas de Titiribí y Sinifaná, describiendo algunos de los rasgos presentes en el paisaje. Desde 1936, se producen de nuevo algunos textos con referencia exclusiva de datos arqueológicos, por parte del ingeniero Alfredo Cock Arango. Mediante la realización de un recorrido por los alrededores de Fredonia, el autor cree ver en las caprichosas formas
  13. 13. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 13 13 del Cerro de Tusa, una serie de monumentales construcciones indígenas y referencia la existencia de petroglífos en cercanías a las quebradas. Entre 1938 y 1939 el arquitecto Félix Mejía Arango, presenta ante la Academia de Historia sus "Apuntes sobre arqueología", dedicados a la descripción de instrumentos líti- cos, algunos de los cuales recuperó directamente en terreno. A pesar de la brevedad del documento, por primera vez en la región se registra material lítico procedente de excavaciones. En síntesis, durante este primer período de la arqueología en Antioquia, se parte, desde una visión general del pasado como "historia natural", hacia la adopción de las primeras actitudes que separan lo cultural de lo natural y otorgan cierta profundidad a la historia precolombina, intentando abandonar esa visión naturalista de la historia humana y reconociendo en los objetos arqueológicos un producto cultural temporalmente determinado. En el contexto social y político de la época, la referencia al pasado precolombino a través de los objetos o los discursos, funciona como pretexto para justificar la existencia histórica de un proceso universal hacia la civilización y la formación de clases sociales dominantes. Mas que un interés por exaltar los valores propios, se trata de asumir conductas foráneas, idealizadas en el hombre de ciencia, como ser civilizado por excelencia. En lo concerniente al desarrollo propiamente dicho de la arqueología, se puede identificar un transcurso gradual desde las descripciones de objetos aislados y suntuosos, hacia la implementación de prospecciones en terreno y la referencia de elementos no transportables del registro arqueológico. Respecto a la interpretación, primaron las hipótesis difusionistas, entre las que sobresale la teoría de las migraciones Caribe, como una elaboración local que luego tendría una repercusión importante en las teorías sobre el proceso de cambio cultural que vivía el mundo americano a la llegada de los españoles (Cf. Burcher, 1985). Gradualmente, esta hipótesis sería combinada con los planteamientos sobre el poblamiento de América desde Asia y la creencia en el desaparecido continente de la Atlantida, como un puente por tierra desde Africa y Asia, que permitía migraciones por el Atlántico. Algunos pasos se adelantaron en la aplicación de elementos evolucionistas, como cuando se trataban de ordenar los objetos arqueológicos en una secuencia de com- plejización de las formas, sin embargo, la poca profundidad temporal de las evidencias no permitía el desarrollo de series culturales de evolución. Finalmente, el desarrollo de la arqueología regional en esta período, se corresponde con el adelantado en otras regiones del país como el alto magdalena y el altiplano cundibo- yacense para la misma época, sin embargo, el advenimiento del nuevo siglo, fue marcando un descenso de los estudios, que no aparece en las regiones mencionadas (cf. oyuela y caycedo, 1994). es posible que esta crisis se deba al interés por otras
  14. 14. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 14 14 épocas de la historia, donde el origen de los antioqueños se explicaba en virtud de una supuesta ascendencia judía, árabe o vasca, pero nunca americana (cf.mesa, 1988). SEGUNDO PERÍODO (1943-1977) Este período posee en sus inicios bastantes similitudes con el cambio que en general se reconoce para la historia de la arqueología en Colombia. Sin embargo, sus relaciones con el período anterior, y el proceso histórico que lo enmarca hasta le década de los años setenta, difieren sustancialmente con los derroteros de la arqueología realizada en otras regiones del país. El inicio de este período se establece por el cambio fundamental que representa el carácter oficial de la arqueología, en contraste con la calidad de afición que tuvo en el período anterior. Por primera vez, el estado reconoce y apoya mediante la creación de instituciones, el estudio y preservación del patrimonio arqueológico. También por primera vez, se reconoce que la arqueología requiere de un profesional en la materia para su tratamiento, quien debe ser remunerado por el ejercicio de sus investigaciones. Este asunto, hace parte de un cambio que involucra diferentes aspectos de la vida política del país, y en general, coincide con el inicio de los estudios sociales de carácter profesional a nivel nacional. Las reformas educativas impulsadas por el nuevo gobierno liberal durante la década de los años treinta, tuvieron repercusiones directas con la creación de instituciones tales como el Servicio Arqueológico Nacional y la Escuela Normal Superior en Bogotá, marcando el inicio de un ambiente decisivo para el desarrollo de la sociología, la historia y la antropología en Colombia (Jimeno, 1984). En Antioquia, los esfuerzos por impartir una enseñanza profesional coherente con los modelos que a nivel nacional se adoptaban para le educación pública, se realizaron en la Universidad Nacional con su sede en Medellín y en la Universidad de Antioquia. A través de ésta última, se concentraron los intereses oficiales por estudiar y preservar el patrimonio arqueológico regional hasta la época actual. Por el contrario, la Academia Antioqueña de Historia, abandonaba gradualmente el interés por los aspectos del pasado precolombino, que anteriormente lideraba. El inicio y desarrollo de la obra profesional de un personaje particular, significa el origen y buena parte de la vida de la institución que por excelencia ha recopilado la mayor parte del patrimonio mueble arqueológico de Antioquia: el Museo Universitario de la Universi- dad de Antioquia. Graciliano Arcila Vélez, estudiante de provincia en Bogotá, estudió ciencias sociales y económicas en la Escuela Normal Superior y en 1942 recibió el título de licenciado en Antropología conjuntamente con la primera promoción del Instituto Etnológico Nacional, bajo la dirección de Paul Rivet (Arcila, 1987).
  15. 15. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 15 15 Arcila, regresó a Medellín en 1943, para ponerse al frente del estudio y crecimiento de una colección arqueológica, recientemente adquirida por la Universidad de Antioquia. Así mismo, Arcila fue la figura clave en la creación del Instituto de Antropología, mas tarde Departamento de Antropología de la Universidad de Antioquia y de la Sociedad Antioqueña de Antropología, entidades desde las cuales se fue conformando la base institucional de la arqueología en Antioquia. En 1945, fundó el Servicio Etnológico, como una forma de "conquistar categoría" para su actividad. Esta entidad, realmente no tuvo mayor resonancia, sin embargo, durante esta época, logró reunir en torno suyo algunos discípulos (Ibíd). Mientras las posibilidades de realizar estudios arqueológicos en la región antioqueña fueron esquivas, Arcila realizó investigaciones serológicas en comunidades indígenas Paéz y Caramantas y reconocimientos y excavaciones arqueológicas en la región del Carare en Santander. Desde 1953, año en que se crea el Instituto de Antropología, comienza el "ciclo de oro" de la antropología en Antioquia, y con ello la puesta en práctica de varias investigaciones arqueológicas (ibíd). A través de la Sociedad Antioqueña de Antropología, fundada en 1953, se logran canalizar las voluntades políticas y los recursos económicos y profesionales necesarios para sacar adelante la antropología regional dentro de un panorama de zozobras políticas a nivel nacional. De otro lado, el Instituto de Antropología, fundado ese mismo año, fue la base oficial de las actividades museográficas e investigativas y centro promotor del discurso antropológico mediante los cursos de servicio para pregrado y la publicación del Boletín del Instituto de Antropología. Aparte de las investigaciones realizadas por Graciliano Arcila, fueron pocos los trabajos desarrollados por los miembros de la Sociedad de Antropología, la mayoría de los cuales se realizaron en el campo de la Antropología física. Sin embargo, son de mencionar los trabajos teóricos sobre prehistoria efectuados por Emilio Robledo y el Hermano Daniel, así como las referencias empíricas efectuadas por Gustavo White Uribe. En 1955, Emilio Robledo publica "Las Migraciones Oceánicas en el Poblamiento de Colombia" un texto clásico, que pone la discusión sobre el poblamiento de América al tanto de las hipótesis de Max Uhle y Paul Rívet, sobre la existencia de evidencias humanas del paleolítico en América y especialmente en Colombia. Para confirmar estas tesis, hace referencia a los hallazgos realizados en Antioquia, el viejo Caldas y Huila, de puntas de proyectil, atribuidas ya en la época a los primeros pobladores del continente, por contraste con la "piedra pulimentada" propia de períodos más recientes. Además, apunta hacia la posibilidad de un poblamiento múltiple del continente, con sucesivas migraciones provenientes de Asia y Oceanía. Los méritos de la obra de Emilio Robledo, están en su capacidad para introducir hipótesis originales dentro de problemáticas vigentes en esos momentos para la arqueología americana.
  16. 16. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 16 16 Algo similar se puede decir de la obra del Hermano Daniel, quien ya desde 1948, en su texto: "Nociones de Geología y Prehistoria de Colombia", había realizado una síntesis sobre paleozoología y prehistoria mundial, donde lo relacionando con América se expone en concordancia con los planteamientos más recientes de la época. Las evidencias disponibles en ese momento para Colombia, son asociadas al paleolítico y al neolítico americanos, en un reconocimiento de antigüedad de las sociedades precolombinas, que en los medios locales no era frecuente. De otro lado, Gustavo White Uribe, publica en 1953 un artículo monográfico sobre la "Civilización Katía precolombina", producto de sus recorridos como ingeniero de minas en la región de Frontino. Por su parte Graciliano Arcila desarrolló numerosas investigaciones de carácter empírico desde finales de la década de los cuarenta. Entre 1948 y 1958, llevó a cabo una primera serie de investigaciones en Antioquia, cubriendo la región noroccidental en los municipios de Dabeiba, Chigorodó, Mutatá y Acandí en el Urabá Chocoano; en el Norte en los municipios de Tarazá, Ituango, Peque y San Andrés de Cuerquia; en el occidente en el municipio chocoano de Carmen de Atrato y hacia el sur en Támesis (Arcila, 1950, 1951, 1953, 1955, 1956 y 1960). Posteriormente, entre los años sesenta y setenta las investigaciones disminuyeron en intensidad y se realizaron en el Suroeste del Departamento, en los municipios de Titiribí y Venecia y en la región central en algunos municipios del Valle de Aburrá (Arcila, 1969, 1970 y 1977). Especial interés se prestó a los contextos funerarios, por cuanto permitían la consecución de piezas cerámicas completas para la colección del Museo Universitario, y a los petroglifos, elementos inmuebles del patrimonio arqueológico, que fueron registrados fotográficamente. El análisis realizado de los materiales recuperados, consistía en la separación de conjuntos de piezas que presentaran homogeneidad en sus aspectos formales, sin que ello necesariamente estuviera remitiendo a la existencia de diferencias culturales o temporales. Una constante en los informes de investigación es la descripción detallada, pieza por pieza, de sus características tecnológicas, formales, y decorativas. Luego, una vez se habían identificado y descrito los rasgos de cada una de las piezas, se trataba de vincularlas con conjuntos representativos de otras áreas geográficas, esbozando así la existencia de nexos culturales entre ellos. Así se plantearon los primeros conjuntos y asociaciones estilísticas de cerámica para la región antioqueña. En el área de Urabá se identificó la decoración "Incisa Relievada" (Arcila, 1955) y mas hacia el sur, en la cuenca del río Sucio, la decoración "Incisa con variante de Pastillaje" (Ibíd, 1953) como manifestaciones locales, mientras que la cerámica del Valle de Aburrá y Titiribí se asoció con material del área Quimbaya (Ibíd, 1977 y 1969) y la del bajo Cauca, con las urnas funerarias del Magdalena Medio (Ibíd, 1951).
  17. 17. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 17 17 Con respecto a los petroglífos, se desarrollaron dos propuestas para diferenciar su origen cultural. La primera de ellas, establecía que los petroglífos que se encontraban en las partes altas contenían representaciones de figuras humanas, mientras los de las partes bajas, en cercanías de los ríos, representaban figuras animales (Ibíd, 1956 y 1969). En una propuesta posterior, Arcila ve en las figuras en forma de espiral o sigma, un elemento iconográfico propio de grupos de origen Antillano, asentados en la región antes de que los grupos de filiación Caribe hubieran invadido el interior andino en épocas posteriores (1970 y 1977). Durante los años sesenta, Graciliano Arcila logró conformar un grupo de discípulos provenientes de diferentes programas académicos de la Universidad, y con quienes apoyó la idea de un programa específico de estudios en antropología. Contrató los servicios de antropólogos vinculados con otras entidades del país, para que dictaran cursos intensivos de poca duración y profesores de otros programas académicos de la Universidad de Antioquia y algunos de sus discípulos que bajo la modalidad de auxiliares de cátedra, dictaron cursos en algunas áreas (Arcila, 1992). Así nació en 1966 el Departamento de Antropología de la Universidad de Antioquia, cuyo plan de estudio propendía por la formación de antropólogos profesionales, y continuaba con el suministro de cursos de servicio para otras dependencias universitarias, en lo que se denominaba el Instituto de Estudios Generales (Cardona, 1967). Durante finales de los sesenta e inicios de los setenta, en consonancia con los factores de orden político y social que afectaron ampliamente la realidad nacional de la época, el esquema tradicional de la enseñanza de la Antropología fue duramente criticado en todas las Universidades donde se impartía tal disciplina (Uribe, 1980). En la Universidad de Antioquia, se dirigieron los ánimos revolucionarios en contra de la antropología tradicional de Graciliano Arcila. El movimiento de provincia logró la aprobación de un nuevo pensum de antropología en 1971 y Arcila decidió retirarse para dirigir el Museo Universitario, el que desde entonces funciona como una dependencia autónoma del Departamento de Antropología. El nuevo pensum, introdujo las modalidades de trabajo de campo como "una práctica orientada hacia la investigación" y de monografía de grado como "la investigación de un aspecto concreto", cambio sustancial pues anteriormente no se contemplaban las tesis de grado en antropología, ni se daba una clara orientación investigativa al estudiante (Pensum, Dpto. Antropología U. de A., 1971). Durante los años siguientes, se vivió la crisis propia de la universidad pública colombiana de inicios de los setenta. En el Departamento de Antropología de la Universidad de Antioquia, las esperanzas puestas en el nuevo pensum, se vieron alteradas por la zozobra que llevó al cierre de las inscripciones de nuevos alumnos entre 1973 y 1974. (Henao, 1987:65).
  18. 18. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 18 18 Para 1975, las políticas nacionales para la educación pública, privilegiaron la masificación de la formación profesional sobre los planes de investigación, vinculando gran cantidad de profesores para que se dedicaran exclusivamente a la labor docente (Arocha, 1984). Esta ausencia de estímulo a las investigaciones, hizo que la arqueología en Antioquia se restringiera a las exposiciones magistrales en las aulas de clase, por lo que no se formaron profesionales interesados en efectuar trabajos de campo. Además, el lugar de la arqueología dentro del plan de estudios era secundario frente al tono de importancia que en general se le prestó a la etnología dentro de la antropología de los setenta en Colombia: "..la urgencia de estudiar lo social vivo, no daba cabida al estudio de los social muerto" (Chaves, 1990). Por lo demás, el discurso socializante de la etnología comprometida de la época tuvo una influencia leve y postrera sobre la temática arqueológica. Como era de esperar, la producción de textos con referencia exclusiva a temas arqueológicos también decayó notablemente, señalando el fin del segundo período de la arqueología en Antioquia. En síntesis, durante este período, se encuentran bastantes elementos de continuidad en cuanto a los fundamentos conceptuales con la etapa anterior. Específicamente, el discurso sobre el pasado prehispánico siguió siendo manejado por un selecto grupo de aficionados -si bien estuvo liderado por un profesional en el área de la antropología-. En cuanto a las características de la percepción del pasado indígena, los discursos no superaron la imagen de grupos cultural y biológicamente atrasados, que en general venía funcionando desde la etapa anterior. Por el contrario, el mito de la tenacidad paisa se fortaleció, de tal manera que la influencia del elemento indígena en la conformación de las características de la población actual nunca fue argumentada. En el campo específico de la arqueología, se vivió un cambio significativo con la creación del Museo Universitario, desde el cual y en torno del cual se realizó una importante labor de recuperación y preservación del patrimonio arqueológico y de divulgación de la imagen del pasado indígena expresada en el discurso de los objetos museales. Además, se incrementó notablemente el registro de proveniencia regional de los datos, mediante la implementación de la fase de campo como condición previa a la recuperación de los mismos. Sin embargo, no se prestó importancia a la disposición espacial de las evidencias dentro de conjuntos cerrados, ni se avanzó hacia la documentación de las características deposicionales del material, técnicas que comenzaban a ser aplicadas con éxito en otras regiones del país. Ello tiene que ver con un enfoque teórico en el que los objetos y rasgos arqueológicos por si solos agotaban la capacidad de cuestionamiento y análisis, considerándose por lo tanto, de poco valor la información relativa a las características contextuales del registro arqueológico. Dentro del panorama nacional, la arqueología regional de este período ofrece una imagen estática en su desarrollo teórico-metodológico. A pesar de que el empleo de
  19. 19. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 19 19 algunas técnicas de prospección y preservación del material presentaron un cambio notable respecto del período anterior, nuevas implementaciones de este tipo no se realizaron posteriormente. Otro aspecto que diferencia notablemente la arqueología regional durante este período, es la relativa ausencia de investigaciones por parte de estudiosos que no fueran antio- queños, mientras que en otras partes del país, existía el flujo de investigadores locales entre varias zonas arqueológicas y una fuerte influencia por parte de investigadores extranjeros que trabajaron en el país. En Antioquia, aparte de las minuciosas investigaciones de carácter etnohistórico realizadas por el alemán Hermann Trimborn (1943, 1944, 1949 y 1953), no existieron esfuerzos decisivos por incorporar la arqueología regional dentro del panorama general de la historia prehispánica. TERCER PERIODO (1977-1994) Si bien es cierto que durante la década de los años sesenta la convulsionada política de educación pública prácticamente impidió la investigación a los docentes, gradualmente la disposición de la Universidad pública cambió hacia el presente. Este cambio puede ser claramente identificado en el desarrollo de las reformas del pensum de Antropología. Entre 1965 y 1970, los únicos elementos relacionados con la actividad investigativa, eran impartidos en las clases de técnicas de investigación arqueológica y en las clases de antropología física. Entre 1971 y 1979, el nuevo pensum ya incluía prácticas de arqueología y etnografía y trabajo de campo, y la posibilidad no reglamentada de realizar monografía de grado. Posteriormente y hasta el presente, la presentación de un proyecto de investigación y su realización es el requisito de grado para los estudiantes. Este paso gradual desde la docencia exclusiva hacia la investigación, resultó fundamen- tal para el desarrollo de la arqueología, por cuanto se pudo vincular la experiencia investigativa a la actividad docente de los profesores y al programa de estudios de los alumnos. Como resultado de ello, se propiciaron dos asuntos esenciales: en primer lugar, la enseñanza de las técnicas y métodos de excavación y análisis, vitales para garantizar la formación de futuros arqueólogos. En segundo lugar, la realización de investigaciones, que bajo la modalidad de monografías de grado y trabajos de campo, se constituyeron en un aporte importante al esclarecimiento de problemáticas regionales desarrolladas desde las investigaciones-piloto, efectuadas por los profesores. Además de esto, se logró una cierta dinámica en la vida académica, que ha nutrido y puesto en contacto las experiencias teóricas y empíricas de alumnos y profesores. En general, desde finales de la década de los años setenta y hasta el presente, se puede decir que las investigaciones se realizan mediante un modelo metodológico basado en problemáticas regionalmente planteadas.
  20. 20. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 20 20 En 1977 se inicia la Primera Campaña de Investigaciones del Golfo de Urabá, a cargo del denominado Grupo de Investigaciones Arqueológicas y Prehistóricas GIAP. Significa este el primer precedente en la realización de excavaciones arqueológicamente controladas en Antioquia, entendiendo por tales, excavaciones previamente planeadas para recuperar datos arqueológicos y ecodatos, así como su contexto horizontal y ver- tical de deposición. GIAP estaba compuesto por un grupo interdisciplinario de investigación que incluía como investigadores asociados a profesionales en las áreas de antropología, zoología, botánica, geología, topografía, dibujo y fotografía, todos ellos vinculados a diferentes facultades e institutos de la Universidad de Antioquia. La dirección del proyecto estaba a cargo de los antropólogos recién graduados en la Universidad Nacional de Bogotá, Alvaro Botiva y Gustavo Santos. La recuperación e identificación de macrorrestos animales y de polen fosilizado durante los trabajos de terreno, fueron implementaciones novedosas en ese entonces, y extrañas a la arqueología regional hasta hace muy pocos años, así como el equipo interdisciplinario que desarrollaba la investigación (GIAP, 1980). Las fechas de radiocarbono, desafortunadamente fueron analizadas defectuosamente en laboratorio, lo que se supo después de haberlas incorporado a las interpretaciones, causando un error de unos mil años de antigüedad en la cronología del yacimiento. Por consiguiente, las correlaciones regionales se plantearon desfasadamente. A partir de 1981 y hasta 1983, una vez el Grupo de Investigaciones Arqueológicas y Prehistóricas se hubo disuelto, el antropólogo Gustavo Santos, emprendió la Segunda Campaña de Investigaciones en el mismo yacimiento, en compañía de algunos estudiantes de la campaña anterior y otros nuevos. En esta ocasión, el equipo inter- disciplinario, se restringió a las áreas de suelos, biología y fotografía. Esta segunda campaña, además de ampliar las excavaciones anteriores y desarrollar prospecciones mediante investigaciones satélites por parte de estudiantes, reordenó la clasificación cerámica y reformuló la cronología errónea de la campaña anterior, lo que permitió la definición de una fase arqueológica, como parte de un complejo cultural, y su correlación con la problemática arqueológica tardía de la costa Atlántica y Panamá (Santos, 1989). En su conjunto, las dos campañas de investigación desarrolladas en Urabá, entre 1977 y 1983, sirvieron como laboratorio experimental para la formación de alumnos de antropología, algunos de los cuales adelantaron monografía de grado sobre la problemática arqueológica de la región: Carmen Bedoya y Elena Naranjo en Capurganá (1985); Gustavo Román en Turbo (1985); Dora Mejía, Helda Otero y Héctor Ramírez en Necoclí (1991) y Hernán Morales en Tarena (1985). De otra parte, los alcances conseguidos en el conocimiento de los aspectos relativos a las sociedades prehispánicas del Golfo de Urabá, y sus consiguientes interrogantes, generaron la realización de investigaciones arqueológicas en áreas geográficamente
  21. 21. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 21 21 cercanas, en el marco de un convenio interinstitucional Colombo-holandés, denominado Arqueocaribe (Santos y Troncoso, 1986). El interés de Gustavo Santos por el estudio de las actividades económicas de producción e intercambio en épocas precolombinas, llevó también a la realización de investigaciones en torno a la explotación de fuentes salinas en la región central de Antioquia (Santos, 1986), generando a su vez el interés por parte de algunos estudiantes, hacia el conocimiento de la explotación de este recurso en épocas prehispánicas (v.g. Restrepo, 1990), y la realización de prácticas de arqueología donde las prospecciones se desarrollaron en busca de sitios de explotación de sal y fuentes termales (Santos, 1992). Mientras se efectuaban las investigaciones en Urabá y el Oriente antioqueño, estudios de otra índole, pero de pertinencia arqueológica, también se llevaban a cabo. Después de varias décadas de total abandono de la etnohistoria regional, se realizó una monografía de grado sobre la "Resistencia indígena en la conquista de Antioquia" (González, 1982). Así mismo, se desarrolló uno de los escasos trabajos de carácter teórico sobre la arqueología de la región: "Las teorías sobre las migraciones Karib", por la antropóloga y prehistoriadora Priscilla Burcher (1983), profesora del Departamento de Antropología desde 1975. Se trata de un análisis exhaustivo del desarrollo de ésta hipótesis, espina vertebral de un sinnúmero de interpretaciones sobre las sociedades indígenas del norte de Suramérica, desde el siglo XVI, hasta el presente. En otro entorno geográfico, entre 1983 y 1989, se llevó a cabo otro conjunto de investigaciones regionalmente planeadas, y realizadas bajo el mencionado modelo operativo, docencia-investigación. En esta ocasión, la dirección de las investigaciones estuvo a cargo de la antropóloga Neyla Castillo, egresada de la Universidad Nacional de Bogotá en 1980 y vinculada al Departamento de Antropología de la Universidad de Antioquia dos años más tarde. Su primera investigación en Antioquia (Castillo, 1984), se efectuó en 1983, como acción de salvamento de un cementerio prehispánico en el municipio de Sopetrán. Los datos obtenidos, fueron complementados posteriormente con la excavación de un sitio de habitación cercano, obteniendo así una interpretación tipo para contrastar con las evidencias que luego se obtendrían mediante amplias prospecciones en otras áreas del cañón del Cauca y el análisis de las colecciones cerámicas del Museo Universitario. Debido a que gran parte de las evidencias parecían corresponder a la época terminal de la historia prehispánica, los datos arqueológicos fueron correlacionados con la información etnohistórica del siglo XVI para el occidente antioqueño, tratando de hallar grupos culturalmente afines o "macroetnias" (Cf. Castillo, 1988a y 1988b). Esta correlación entre los datos arqueológicos y etnohistóricos, conformó la esencia de la problemática y la metodología de varias practicas arqueológicas y tesis de grado emprendidas en la región por parte de los estudiantes. Con la excepción de una investigación realizada en Buriticá (Girón, 1985) cuando aún no se habían definido dichas unidades, las investigaciones desarrolladas en Santafé de Antioquia por Henry Arboleda (1988), por Luz Elena Martínez en Peque (1990) y Marta Montoya en Anzá
  22. 22. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 22 22 (1992), emplearon el concepto de macroetnia como referente analítico en la caracterización social de las sociedades que para el siglo XVI habitaban los territorios estudiados. Además, una de las finalidades expresas en todos estos estudios, era la de rastrear mediante extensas prospecciones, la dispersión de los complejos culturales y los tipos cerámicos, definidos inicialmente en Sopetrán. El producto de gran parte de las investigaciones mencionadas, conjuntamente con los resultados de Urabá, fueron sintetizados por Neyla Castillo (1988a), dentro de una obra general sobre la historia de antioquia. Este hecho, significó la incorporación de una visión nueva del mundo indígena precolombino en la historia regional, con lo que se logró una cierta oficialización y reconocimiento del discurso arqueológico dentro del ámbito de los historiadores locales, hecho que no se daba desde la primera época de la arqueología en Antioquia. En épocas posteriores, el área del occidente antioqueño y el cañón del Cauca, fue objeto de muy pocas investigaciones, las que siguieron retomando los planteamientos anteriormente mencionados (Nieto, 1991 y Castrillón, 1993. A partir de la década de los noventa, la arqueología regional experimenta un cambio gradual hacia el desarrollo de proyectos inscritos en varias modalidades de investigación: se continuaron realizando trabajos de campo y monografías; aumentaron las investigaciones básicas por parte de recientes egresados y profesores del Departa- mento, y la novedad la constituyeron los programas de arqueología de rescate en el marco de los estudios de impacto ambiental en obras de infraestructura energética. En total, las investigaciones se han multiplicado en grado tal que se podría hablar de un auge súbito en la arqueología regional. Si durante la década anterior el número de investigaciones no llegó a una decena, en los primeros cuatro años de la presente, se podrían contabilizar más de quince proyectos de pertinencia arqueológica. Una opción nueva de ejercicio práctico para los estudiantes, se tiene en el establecimiento de convenios interinstitucionales entre el Departamento de Antropología y otros estamentos, permitiendo un intercambio académico y científico más fluido entre arqueología regional y arqueología nacional. De otro lado, el Museo Universitario viene apoyando logísticamente la realización de investigaciones basadas en el análisis de sus colecciones cerámicas, en una serie de estudios estilísticos efectuados por estudiantes (Lema, 1993; Betancur, 1994 y Aristizabal, 1994). Además, pone a disposición el espacio físico para la realización de la fase de laboratorio de varias investigaciones. Durante los primeros años de la década, se incorporaron dos nuevos profesores de arqueología al departamento de Antropología: Carlos López y Sofía Botero, antropólogos egresados de la Universidad Nacional de Bogotá, quienes también han desarrollado investigaciones articuladas al modelo docencia-investigación, introduciendo nuevos elementos dentro de las perspectivas regionales de estudio.
  23. 23. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 23 23 En Antioquia, López inició sus investigaciones en el marco de la arqueología de rescate, como parte de la evaluación de impacto del oleoducto Vasconia-Coveñas, registrando las primeras evidencias irrefutables sobre la existencia del hombre del paleolítico en Antioquia (López, 1991). Este proyecto, fue la base para la realización de otra investigación, que financiada por FIAN, amplió las referencias cronológicas y deposicio- nales de los hallazgos anteriores (Ibíd, 1989), en una suerte de complementación entre la arqueología de rescate y las investigaciones básicas. Por su parte, y en el marco operativo de las investigaciones básicas, la profesora Sofía Botero, antropóloga y master en arqueología, ha venido aportando en la formación de estudiantes desde 1991, articulando la docencia con un proyecto a largo plazo, sobre prácticas agrícolas precolombínas en el oriente antioqueño (Botero, 1994). De otro lado, Neyla Castillo y Gustavo Santos, efectuaron en 1991 el "Proyecto Arqueológico Valle de Aburrá", investigación financiada por la Secretaría de Educación del Municipio de Medellín. Esta, fue desarrollada en dos frentes autónomos de trabajo: mientras Castillo realizaba prospecciones en sitios de habitación por los entornos rurales del Valle, Santos se encargó del reconocimiento de sitios de habitación y la excavación de tumbas en el cerro el Volador. En conjunto, el proyecto permitió el establecimiento de un esquema cronológico y cultural básico para el conocimiento de la historia precolombina del Valle de Aburrá. A- demás, significó el primer antecedente de cooperación entre la Universidad y una entidad municipal, para el desarrollo de estudios arqueológicos. Actualmente, Gustavo Santos y la antropóloga Helda Otero, formada en la Universidad de Antioquia, dan continuidad a las investigaciones del cerro el Volador, dentro de un plan municipal que a largo plazo pretende la creación de un arqueoparque turístico en el sitio. Por el momento, una avance significativo se ha logrado con el reconocimiento del Cerro como parte del patrimonio histórico de la nación. Por su parte, Neyla Castillo en compañía del arqueólogo Carlos Múnera de formación Mexicana, adelanta un programa a largo plazo de arqueología de rescate en el Proyecto Hidroeléctrico Porce II. Esta investigación se ha constituido en una escuela práctica de técnicas de excavación para un nutrido grupo de estudiantes que ha venido participado en las fases de prospección y excavación. Actualmente, en este proyecto se efectúan excavaciones en área tendientes a la recuperación de evidencias arqueológicas y paleoambientales, y su distribución dentro de áreas de actividad, coherente con una arqueología cuantitatíva y funcional que da prioridad al análisis de características intrasitio. También se han efectuado proyectos de investigación básica por parte de investigadores independientes egresados del Departamento (Nieto, 1991 y Otero,1994) y profesores (Santos, 1994), con la financiación de la Fundación de Investigaciones Arqueológicas del Banco de la República y el Instituto Colombiano de Antropología. Estas investigaciones,
  24. 24. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 24 24 se han dirigido hacia el rastreo de complejos cerámicos específicos en áreas virtual- mente desconocidas y bajo un modelo previo de problemáticas regionales. Dentro de la modalidad de rescate, además de los mencionados estudios (López, 1991 y Castillo, 1993), se han efectuado hasta el momento tres proyectos de evaluación de impacto en líneas de interconexión eléctrica, desarrollados por egresados del Departamento (Mejía y Montoya, 1992), y profesores y estudiantes del mismo (López, 1994 y Castillo y Piazzini, 1994). Las características de estos estudios han requerido del reconocimiento y prospección de grandes transeptos geográficos, aportando en la refinación de la distribución geográfica y cronológica de problemáticas regionales previa- mente planteadas. En general, las características metodológicas de las investigaciones efectuadas en la presente década, han estado en consonancia con el estado diferencial de los conoci- mientos para cada área estudiada, la orientación teórica de los investigadores y el monto de los recursos económicos disponibles. Sin embargo se podrían diferenciar dos tipos fundamentales de estudios: prospecciones arqueológicas en áreas virtualmente inexploradas para determinar la dispersión y cronología de complejos cerámicos, tradiciones líticas y pautas de enterramiento (Castillo y Santos 1992; Nieto, 1991; López, 1991 y 1994; Mejía y Montoya, 1992; Otero, 1994; Santos, 1994 y Castillo y Piazzini, 1994) y prospecciones y excavaciones sistemáticas en contextos domésticos, funerarios y sistemas de cultivo, buscando identificar las características internas del registro arqueológico en áreas de actividad específicas, y en regiones para las que ya se disponía de prospecciones y datos (Castillo, 1992; Santos, 1992 y 1994 y Botero, 1994). Las primeras, pueden incluirse dentro de un enfoque histórico-cultural, y se dirigen al análisis intersitios de las evidencias, mientras que las segundas van introduciendo gradualmente un nuevo modelo funcional y cuantitativo, para el análisis intrasitios de las evidencias arqueológicas y paleoambientales. Los presupuestos teóricos de las investigaciones de los noventa, no son para nada explícitos, pero se nota una tendencia hacia la adopción de planteamientos ecológicos y en menor medida de análisis funcionales sobre áreas de actividad. Paradójicamente, han sido muy pocas las investigaciones en implementar técnicas para la recuperación de ecodatos como polen fosilizado, fitolítos ó macrorrestos orgánicos (v.g. Castillo, 1992 y Botero, 1994), mientras el análisis de microhuellas de uso en artefactos, es todavía un propósito en la arqueología regional. Ello se explica en gran medida, por la falta de suficientes fondos económicos. Salvo en lo relativo a la explotación de sal (Santos, 1986) y a las prácticas de adecuación de sitios para el cultivo (Botero, 1994) las pruebas sobre la apropiación del medio ambiente por parte de las sociedades precolombinas, son pues, muy débiles. La implementación de los enfoques funcionalístas que comienzan a influenciar la arqueología regional, parecen ser la vía por la cual acceder a un conocimiento más real
  25. 25. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 25 25 de las características medioambientales y su apropiación efectiva por parte del hombre precolombino. En cuanto a las relaciones que a nivel teórico-metodológico se puedan establecer entre la arqueología regional y nacional, no existe hasta el momento un estudio comparativo que permita identificar las características de la arqueología colombiana para las últimas décadas. Sin embargo, respecto del estado actual de la arqueología colombiana, el arqueólogo Cristóbal Gnecco apunta lo siguiente: " Aunque la praxis empirísta todavía es apoyada, la madurez de la arqueología colombiana ha sido señalada por la conciencia de que la investigación debe trascender el ordenamiento empírico de fenómenos pasados para explicar los procesos dinámicos responsables de su producción" (1994). Esta imagen, dándole un poco más de énfasis al peso del empirísmo, es válida para el estado actual de la arqueología antioqueña, y permite establecer un paralelo de similitud con la arqueología que se realiza actualmente en Suramérica "cuya preocupación rebasa los límites de la acumulación para ingresar en el terreno de la búsqueda sistemática de una historia que requiere explicación" (Lumbreras, 1992).
  26. 26. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 26 26 CAPITULO 2 2.1 EL MODELO DE PERIODIZACIÓN Y REGIONALIZACIÓN. Con la finalidad de lograr el ordenamiento de los datos arqueológicos existentes actualmente para Antioquia, se ha diseñado un modelo de periodización y regionalización que busca contextualizar las evidencias locales dentro de problemáticas macro-regionales de amplia ocurrencia, sin perder de vista las particularidades regionales. Aspectos tales como el proceso de poblamiento temprano de Suramérica septentrional, los inicios de selección y domesticación de especies vegetales por parte del hombre prehispánico, o el incremento de la complejidad social durante los dos últimos milenios antes de la llegada de los españoles, constituyen problemáticas de fondo, que involucran a un numeroso conjunto de sociedades prehispánicas del norte de Suramérica a través de su historia. Sin embargo, el énfasis se dirige hacia el conjunto de rasgos particulares que permiten diferenciar los aspectos propios de las sociedades locales y regionales. La diversidad cultural que a menudo se señala como una característica fundamental de las regiones colombianas, tiene ya un punto de partida importante en el largo proceso de configuración de identidades étnicas, de estrategias económicas y apropiación territorial, observable en la historia precolombina. Ante presiones y coyunturas de orden ambiental y social de amplia ocurrencia, las respuestas individuales y colectivas de las sociedades precolombinas no fueron siempre las mismas, desembocando en desarrollos desiguales, pero fuertemente ligados entre sí. Identificar esta suerte de síntesis entre problemáticas extensas y respuestas locales, es pues el objetivo que se pretende lograr con el empleo del modelo de periodización y regionalización propuesto para el Atlas Arqueológico de Antioquia. Para exponer las características del modelo que aquí se propone, se tendrán en cuenta dos dimensiones básicas: una temporal en la que los datos son ordenados por períodos y una espacial que se refiere a las regiones definidas para cada período. Respecto de la dimensión temporal se han definido tres períodos históricos, cada uno de ellos correspondiente con un proceso importante para la evolución socio-cultural de los grupos en cuestión. El período inicial (8000 a 5000 a.c.), se caracteriza por la existencia de sociedades con un modo de vida de bandas de cazadores-recolectores en proceso de poblamiento de nuevos espacios y para las cuales la cacería, la pesca y la recolección constituyeron las principales actividades económicas.
  27. 27. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 27 27 El período siguiente (5000 a último milenio a.c.) corresponde con los inicios de la vida sedentaria, la agricultura y la alfarería, y un mayor poblamiento de las áreas montañosas. El último período (primeros siglos d.c a siglo XVI) es el escenario temporal de un incremento demográfico importante, así como de la complejización de las estructuras sociales, económicas y políticas de algunos grupos y de la dinamización de la interacción regional. Es importante aclarar que la información relativa al siglo XVI, se presenta de manera separada, no en virtud de que constituya un nuevo período histórico, sino en cuanto la mayoría de los datos están constituidos por fuentes de carácter etnohistórico y no arqueológico. Desde luego, los límites que separan un período de otro, deben ser concebidos de manera elástica, pues no todas las sociedades incluidas sufrieron transformaciones en el mismo momento ni en igual dirección. Estas tres etapas, encuentran referentes muy similares en los modelos de periodización de mayor cobertura propuestos para Colombia, si bien tienen unos límites temporales más específicos para Antioquia. Así, respecto de la clásica propuesta de Reichel- Dolmatoff (1982), el primer período planteado aquí para Antioquia corresponde con su etapa paleoindia, el segundo con la etapa formativa y el tercero con el advenimiento de los cacicazgos. La cuarta etapa del autor: las federaciones de aldeas, no representa un período especial en el caso antioqueño por considerase que los cambios respecto del período anterior no fueron tan acentuados. Algo parecido se puede decir respecto del modelo propuesto recientemente por Karl Langebaek (1992), para el Noreste colombiano y el Noroeste de Venezuela. Sus dos primeras etapas: cacería de megafauna y cacería y recolección especializadas, corresponden a grandes trazos con el primer período para Antioquia. Sus dos siguientes etapas: recolección especializada y desarrollos a partir del siglo XI a.c, son equiparables, guardadas las proporciones, con los períodos segundo y tercero de la historia precolombina para Antioquia. Las semejanzas que se observan entre el modelo de periodización para Antioquia y los expuestos para áreas mayores, están dadas en virtud de las importantes transformaciones sociales y culturales que para épocas mas o menos iguales, ocurrieron en amplias áreas del norte de Suramérica y que por supuesto tuvieron su propia expresión para la región antioqueña. Así pues, la similitud con las propuestas mencionadas, y aún el empleo de conceptos desarrollados por sus autores, no corresponden a la adopción de la totalidad de los presupuestos teóricos que dan fundamento a las mismas. De otra parte, la dimensión espacial en la que se sucedieron los períodos históricos propuestos, tiene en cuenta la definición tentativa de ciertas regiones ocupadas por los grupos precolombinos.
  28. 28. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 28 28 La magnitud espacial del largo proceso histórico precolombino, involucra en mayor o menor medida segmentos geográficos que actualmente no pertenecen al Departamento de Antioquia, pero que fueron escenario común de los desarrollos culturales que se dieron en épocas prehispánicas y aún en los siglos XVI y XVII. Por ello al hablar de las sociedades precolombinas de Antioquia, se está haciendo una abstracción y se debe comprender que tal referencia territorial es empleada como una herramienta: Antioquia es aquí una unidad espacial de carácter operativo, cuya continuidad histórica con los territorios de los grupos precolombinos no siempre está presente. Por ello, ésta característica operativa y analítica del concepto de región en arqueología, se encuentra íntimamente ligado a los modelos teóricos empleados para su estudio y a la cantidad y calidad de los datos disponibles. Así por ejemplo, la arqueología de la primera mitad del siglo, empleaba el concepto de área cultural para referirse a la distribución espacial de un conjunto homogéneo de evidencias. Esta concepción, en varios casos implicaba una visión estática de las regiones, dadas las dificultades para identificar profundidades históricas en los grupos estudiados. Por consiguiente, los mapas o atlas arqueológicos de la época presentaban secciones geográficas etiquetadas con el nombre de una cultura arqueológica que en últimas tan solo había habitado ése territorio en una época determinada. Es este el origen de las denominadas áreas o regiones arqueológicas Calima, Quimbaya, Sinú, etc, empleadas en Colombia desde principios del siglo para diferenciar geográficamente las evidencias arqueológicas. A partir de mediados del siglo, con la implementación de técnicas y métodos físico- químicos para saber la edad de las evidencias, y el incremento de las mismas para períodos más antiguos, los arqueólogos comenzaron a identificar una mayor diversidad en el tiempo y en las manifestaciones culturales de las sociedades estudiadas, por consiguiente de los territorios por ellas ocupados. Para tratar de explicar estas diferencias en el tiempo y en el espacio, además de distribuir geográficamente conjuntos homogéneos de evidencias, se comenzó a dar gran importancia al medioambiente y a los cambios climáticos como factores influyentes en los desarrollos culturales y las particularidades de las sociedades. Desde entonces, las regiones arqueológicas se han venido concibiendo en estrecha relación con las unidades fisiográficas (paisaje, clima, vegetación y suelos). Bajo esta concepción se han elaborado las propuestas más conocidas de regionalización y de periodización para la arqueología colombiana y regional: se ha diferenciado entre las características de las sociedades asentadas en las tierras bajas tropicales y aquellas localizadas sobre las tierras altas de los Andes (Trimborn, 1949; Reichel-Dolmatoff 1984 y Langebaek, 1992), y se han elaborado modelos de apropiación e intercambio de recursos bióticos de acuerdo a su distribución altitudinal en los pisos térmicos (Murra, 1975 y Reichel-Dolmatoff, 1984).
  29. 29. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 29 29 Así mismo, las características fisiográficas de ciertas áreas han sido tenidas en cuenta para proponer rutas naturales que facilitaron el desplazamiento humano en sus procesos de poblamiento por corredores costeros, valles interandinos o depresiones cordilleranas (Duque, 1965 y Reichel-Dolmatoff, 1982), lo mismo que para señalar ciertos escenarios físicos que por excelencia sirvieron para dar inicio a la agricultura y su desarrollo tecnológico a gran escala (Reichel-Dolmatoff, 1982 y Langebaek, 1992). En general, este tipo de tratamiento del concepto de región ha dirigido su atención hacia las relaciones entre el hombre y el medio ambiente, asunto muy importante sin lugar a dudas, pero ha dado poca importancia a los fenómenos de interacción y cambio social, tan fundamentales como los anteriores en cualquier proceso histórico. La apropiación de determinados recursos por parte de un grupo humano dado, genera sentimientos de pertenencia, actitudes de defensa y sistemas de control territorial, así como relaciones de intercambio económico e interacción cultural, pues las sociedades aisladas nunca han existido (Schortman, 1987). Así entonces, los aspectos ecológicos deben integrarse a los de carácter social y cultural para efectuar de manera adecuada los estudios regionales en arqueología. Actualmente, tanto los arqueólogos como los etnólogos parecen estar de acuerdo en el valor operativo del concepto de región, como una unidad espacial de análisis que necesariamente pretende configurar un territorio humanamente significativo, ya por el uso y apropiación de recursos económicos, ya por la importancia de rutas de intercambio, o por procesos de poblamiento e interacción regional, todo ello en una dinámica histórica que combina la permanencia y el cambio. El concepto de región en Arqueología no debe circunscribirse necesariamente a unidades fisiográficas o al territorio ocupado por un grupo cultural homogéneo, si no que también se debe utilizar para definir áreas de frontera entre los mismos, y hacer referencia de la importancia de los procesos de interacción regional (Schortman, 1987). La ausencia de un cuerpo suficiente de datos que permita al arqueólogo reconstruir precisamente la distribución espacial y temporal de un conjunto determinado de evidencias y profundizar en las esferas sociales, políticas y simbólicas de las sociedades estudiadas, hacen que cualquier categoría de región se emplee siempre de manera provisional para elaborar hipótesis que guíen las investigaciones futuras y en ello estriba su validez y utilidad. En tal sentido el concepto de región empleado en El Atlas Arqueológico, debe ser entendido como una categoría espacial utilizada para ordenar, analizar y explicar los datos y surge de una síntesis entre lo que se sabe del territorio realmente apropiado por las sociedades precolombinas y la manera en que el arqueólogo concibe dicho territorio. Generalmente, entre más atrás en el tiempo, las evidencias arqueológicas suelen ser más escasas y por consiguiente para los períodos más tempranos la identificación de regiones culturalmente significativas se hace más difícil. A ello se suma la dificultad inherente al tipo de evidencias que por excelencia han logrado conservarse de la cultura
  30. 30. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 30 30 material perteneciente a dichos períodos: artefactos y deshechos de piedra. Estos, aportan más información sobre la tecnología y la economía de los grupos que los emplearon, que sobre sus características culturales, haciéndose más problemático el tratar de identificar diferencias regionales. Por contraste, las evidencias más comunes para los períodos tardíos (cerámica, orfebreria, textiles, petroglifos, etc.), tanto por sus características formales como por su mayor frecuencia, permiten una identificación más precisa de las diferencias de carácter social y cultural de los grupos que las produjeron. La forma y decoración de las vasijas cerámicas y las piezas de oro por ejemplo, permiten acceder a los contenidos simbólicos que son más expresivos de la identidad y diversidad cultural y de algunos aspectos de la organización social de sus artífices, esfera esta de la vida cultural en la que pueden quedar plasmados los referentes de identidad que diferencian o asemejan a un grupo específico respecto de otro u otros en el tiempo y en el espacio. Es así como la identificación de unicidades regionales para las épocas tempranas, se basa fundamentalmente en la distribución espacial de rasgos tecno-económicos, mientras que a medida que el registro arqueológico se hace más numeroso e incorpora elementos simbólicos, se puede avanzar en la identificación de características culturales más específicas y territorialidades efectivas que no solo corresponden con el área investigada por los arqueólogos. En concordancia con lo anterior, para las épocas más tempranas ha sido preciso tener en cuenta contextos macro-regionales de gran amplitud, compensando así la escacez de datos y las dificultades interpretativas observables a escala regional. Para las épocas más recientes, el contexto macro-regional se reduce, sin dejar de lado la existencia los desarrollos culturales adyacentes a la región antioqueña. Así pues, el cruce de las dimensiones temporal y espacial, en la búsqueda de particularidades sociales y culturales y de sus relaciones entre sí, desemboca en la adopción de un concepto de región como unidad dinámica de análisis. De bastante utilidad resultan otros conceptos desarrollados por la arqueología para tratar de diferenciar y explicar los procesos históricos que aquí se quieren dar a conocer. Así, la categoría de modo de vida propuesta por Iraida Vargas (1989) y Mario Sanoja (1983), como una formación económico-social específica para cada tipo de desarrollo cultural, es una herramienta útil para identificar las características económicas de cada grupo social estudiado, teniendo en cuenta las evidencias que presenta. De Sanoja (1981) también resultan útiles los conceptos de vegecultura y semicultura para diferenciar dos importantes sistemas de cultivo con fuertes implicaciones en los desarrollados sociales precolombinos de los últimos milenios. Igualmente, resultan de gran valor operativo los conceptos de interacción regional (Schortman, 1987) e intercambio entre centro y periferia (Langebaek, 1992), por cuanto permiten el análisis de las relaciones entre diferentes sociedades y de estas con la apropiación de determinados recursos bióticos, minerales y aún políticos.
  31. 31. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 31 31 De empleo mucho mas problemático resulta la categoría de cacicazgo, referida comúnmente a aquellas sociedades con una organización social, política y económica a medio camino entre las comunidades igualitarias y las sociedades estatales. Sin embargo, tanto por la visión evolucionista unilineal que implica, como por su poca utilidad para tratar de identificar importantes variables en la constitución particular de las sociedades a que se refiere, el concepto de Cacicazgo ha recibido múltiples críticas (v.g. Drennan y Uribe, 1986). De todas maneras, para aquellas áreas en las cuales las secuencias cronológicas y los análisis de cambio social y cultural están poco o nada desarrollados -como es el caso de Antioquia- el concepto de cacicazgo resulta útil como herramienta de análisis más no como modelo explicativo (Ibid). Con estas aclaraciones, se utiliza aquí el concepto de cacicazgo en la acepción que desde la década de los sesenta le habían otorgado autores como E. Service (1966) y M. Sahlins (1977) y que se refiere a la existencia de sociedades con una marcada jerarquización social y especialización económica, donde cada individuo cumple una función social ya sea como artesano, sacerdote o curandero, guerrero, comerciante,etc, inmersos en una organización sociopolítica controlada por un cacique principal al cual se subordinan otros de rango menor. De esta manera el sociedad establece una red de relaciones intra y extra comunitarias que le permite acceder a una amplia gama de recursos y productos aún de apartadas regiones. Por último, es necesario hacer énfasis en el carácter provisional del modelo de regionalización y periodización empleado para el Atlas Arqueológico de Antioquia, hasta que nuevas propuestas basadas en las investigaciones futuras permitan modificarlo o revaluarlo. 2.2 PRIMER PERIODO. LAS SOCIEDADES MAS ANTIGUAS. (8.000 - 2.500 a.c). En Antioquia el estudio sobre las sociedades más antiguas ha dependido de situaciones más o menos fortuitas y no a partir de un plan académico o científico de investigaciones para tal fin. Inicialmente y hasta épocas muy recientes la mayoría de las referencias obtenidas, provenían de hallazgos superficiales sin mayores datos y por lo tanto sin adecuadas bases para su interpretación. La puesta en marcha en épocas recientes de proyectos de arqueología de rescate en pro de la salvaguarda y preservación del patrimonio arqueológico, ha permitido acceder al conocimiento de algunas características de dichas sociedades tales como su forma de vida, los sitios de vivienda, las herramientas utilizadas, etc. Esto no quiere decir que en épocas anteriores no se hubiesen dado reflexiones sobre el tema, sino que el alcance de las mismas era limitado en tanto la existencia de técnicas y métodos para la recuperación de las evidencias y su análisis, no habían sido incorporadas dentro de la construcción de la historia regional.
  32. 32. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 32 32 Por tal motivo, se presenta en primer lugar una síntesis histórica sobre la evolución y transformación que ha sufrido la concepción sobre las sociedades más antiguas de la región, desde las primeras elaboraciones de los historiadores de principios del siglo XX, hasta nuestros días. Además, y teniendo en cuenta el desarrollo actual de la disciplina arqueológica, el estudio de los procesos socio- culturales prehispánicos y en particular de aquellas primeras sociedades, debe hacerse sobre un contexto amplio que cubra extensas áreas geográficas de carácter continental, pues entre más se avanza hacia el pasado más amplios son los territorios apropiados por aquellas sociedades humanas. Difícilmente una zona o región investigada puede dar cuenta por si sola de la totalidad de los procesos de cambio histórico en ella acontecidos. Por ejemplo, el presupuesto sobre la ruta de penetración en sentido norte-sur de las primeras sociedades humanas a Suramérica, hace pensar en que el actual territorio antioqueño fue una de las primeras áreas ocupadas del continente. Ello se confirma parcialmente al tener en cuenta los recientes hallazgos sobre sociedades de este período efectuados en Antioquia y los cuales parecen estar relacionados con las evidencias obtenidas en la Costa norte del país, el valle del Magdalena y la sabana de Bogotá. Así mismo, deben ser contemplados los resultados de los estudios realizados en el sur- occidente de Colombia y la Amazonia, los que vienen señalando desarrollos contemporáneos pero diferentes en sus expresiones culturales. Aunque en Antioquia desde comienzos del presente siglo reconocidos académicos han venido formulando algunas hipótesis sobre la antigüedad y forma de vida de las primeras sociedades llegadas a este territorio, es solo a partir de la presente década cuando se empieza a configurar un cuerpo de datos provenientes de excavaciones arqueológicas controladas y con un registro confiable para su interpretación. Los datos hasta ahora obtenidos revelan la existencia de dinámicas culturales, desde hace por lo menos 10500 años para zonas como el valle intermedio del río Magdalena y desde hace unos 6500 para el curso medio del río Porce. Dinámicas que son el fundamento de desarrollos sociales posteriores, relacionados con el inicio de la agricultura, un período sobre el cual apenas se está comenzando a investigar. Es quizá don Tulio Ospina (1905) el primero en relacionar algunos vestigios arqueológicos y paleontológicos hallados en Antioquia, con la existencia de un hombre del cuaternario, contemporáneo de las especies extintas de mastodonte y caballo curvidente. Tales planteamientos se correspondían con los postulados teóricos sobre el poblamiento del continente Americano, que comenzaron a generalizarse a inicios del presente siglo. El más conocido de ellos, se basaba en comparaciones etnográficas entre algunos rasgos físicos de los pueblos indígenas americanos con sociedades asiáticas de ascendencia Mongoloide, que llevaban a considerar el ingreso del hombre al continente Americano por el estrecho de Bering, procedente del sureste asiático (Hrdlicka, 1915).
  33. 33. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 33 33 Además, los estudios geológicos brindaban bases para sustentar la idea de un poblamiento desde el continente asiático: la última de las glaciaciones (llamada de Wisconsin, ocurrida entre el 70.000 y 10.000 A.P.), permitió la formación de un puente natural entre Siberia y Alaska, por donde pudo ingresar el hombre tras las manadas de animales, principalmente de grandes mamíferos, base de su sustento (Burcher, 1985). Esta perspectiva, dejaba de lado una serie de explicaciones que en siglos anteriores sostenían el origen bíblico de las sociedades americanas al considerarlas descendientes de algunas de la diez tribus de Israel o de los sobrevivientes del diluvio universal. Igualmente, descartaba cualquier origen autóctono o local del hombre americano, propuesta ampliamente defendida durante el siglo XIX por Ameghino, científico argentino, quien sostenía el surgimiento del hombre en las amplias pampas situadas al sur del continente americano (Salazar, 1984). Para la misma época, se planteaba la ocupación del continente desde hacía no más de 10.000 a 8.000 años, cuando grupos migrantes se desplazaron en dirección Norte-Sur, ocupándolo en un lapso aproximado de 1.000 años. Con ello, se presumía la existencia de un sustrato cultural común y una sola filación racial para todas las sociedades indígenas desarrolladas en el continente americano (Salazar, 1984). Otro tipo de interpretación, hacía énfasis en la existencia de un poblamiento múltiple del continente: además del ingreso del hombre por el estrecho de Bering, también este habría llegado por otras vías, a través del Océano Pacífico, desde la Melanesia, Australia y la Polinesia (Rivet, 1939). Este enfoque dejó sentadas las bases, hasta hoy día aceptadas, de un origen multirracial y multicultural de las primeras sociedades llegadas a América. De todas maneras, la idea del poblamiento del continente americano en sentido norte-sur no perdió vigencia, por lo cual resultaba coherente pensar que el actual territorio colombiano y en particular Antioquia, había sido paso obligado del hombre en su ruta migratoria desde Centro a Suramérica. Una vez en Colombia, utilizando vías naturales como las zonas costeras y los valles de los grandes ríos, el hombre se desplazó hacia el interior del país y el continente. La verificación del anterior supuesto se basaba en el hallazgo de algunas puntas de proyectil, artefactos generalmente asociados a grupos de cazadores tempranos del Nuevo Mundo y registrados en hallazgos realizados para varias regiones, tanto al norte como al sur del continente. En este sentido, varios autores construyeron un modelo explicativo, según el cual, el poblamiento de América se habría dado rápidamente, por parte de grupos especializados en la cacería de grandes animales como el mamut y el caballo americano; dichos cazadores serían portadores de una desarrollada tradición para la talla de puntas de proyectil, y asentados en espacios al aire libre, poseían una movilidad condicionada por el desplazamiento de las manadas de animales. Este modelo,
  34. 34. Acevedo, Botero y Piazzini Atlas arqueológico de Antioquia 34 34 denominado Paleoindio, se generalizó para referirse al primer período de la historia del hombre Americano (Cf. Gnecco, 1991). Durante las décadas de los años treinta y cuarenta, se reseñaron algunos hallazgos fortuitos de puntas de proyectil en diferentes sitios de Colombia tales como Manizales, El Espinal e Ibagué, datos que permitieron corroborar parcialmente los planteamientos anteriores (Robledo, 1955). De igual manera, para Antioquia se contaba con el hallazgo de dos puntas de proyectil en el municipio de Bello que indicaban la existencia desde épocas tempranas del hombre en el valle del Aburrá (Mejía, 1938). Sin embargo, las condiciones de estos hallazgos, generalmente superficiales y descontextualizados, no permitieron avanzar sobre un conocimiento más preciso de las sociedades que las produjeron, sus relaciones entre sí y con otros grupos del continente. Si bien en el lapso de tiempo comprendido entre los años 60 y finales de la década de los 80 se realizaron en Antioquia una serie de investigaciones arqueológicas, las mismas no abordaron la problemática sobre las sociedades más antiguas en la región. No obstante es importante considerar el avance dado a la temática en otras áreas el país y América ya que los resultados obtenidos se constituyeron en un nuevo marco general de interpretación para las investigaciones desarrolladas posteriormente a nivel local. 2.2.1 Las sociedades mas antiguas en el Noroccidente de Suramérica. Durante el transcurso de las décadas de los años 60 y 70 investigaciones arqueológicas efectuadas en suramérica ofrecieron nuevas perspectivas de análisis sobre aquellas primeras sociedades. De un lado, sitios como Taima-taima en Venezuela, el Inga en el Ecuador, Tagua-tagua en Chile indican que entre los 9.000 y 11.000 años a.c. existieron grupos portadores de una tradición lítica de artefactos bien tallados y de compleja elaboración, representados por puntas de proyectil utilizadas para la caza de grandes animales. Por otra parte, sitios como Ayacucho en el Perú y el Abra en Colombia evidenciaron un período, posiblemente anterior a los 11.000-12.000 años a.c, en el cual vivieron grupos con tradiciones líticas de artefactos obtenidos con técnicas simples de elaboración (utensilios sobre nódulos y lascas) orientados al aprovechamiento del medio a través de la caza, la pesca y la recolección (Ardila & Politis, 1989 y Gnecco, 1990) (Mapa No.2). Particularmente en Colombia, se implementó un programa de investigaciones en la sabana de Bogotá, específicamente para indagar sobre la presencia inicial del hombre y las condiciones del medio ambiente que habitó. Las investigaciones efectuadas en los abrigos rocosos de el Abra, permitieron recrear un marco ecológico para describir el medio ambiente de la sabana de Bogotá en aquellas épocas y los sucesivos cambios: Entre los 20.000 y 13.000 A.P. el clima era muy frío y seco con una vegetación de páramo con grandes áreas abiertas. Hacia los 12.500 A.P. aumenta la temperatura y la humedad, apareciendo en la sabana una vegetación de especies arbustivas (bosques de

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