Alain Badiou  EL DESPERTAR DE LA HISTORIA        AS       D as      N in    U g  G paSE 28  1                             ...
COLECCIÓN CLAVES    Dirigida por Hugo Vezzetti4
Alain Badiou                       EL     DESPERTAR                     DE LA     HISTORIAALAIN BADIOUEl despertar de la H...
Badiou, Alain       El despertrar de la Historia - 1ª ed. - Buenos Aires: Nueva       Visión, 2012       128 p.; 20x13 cm....
INTRODUCCIÓN¿Qué es lo que está pasando? ¿De qué estamos siendotestigos, entre fascinados y devastados? ¿De la conti-nuaci...
tomarlas por personajes de ficción. ¿Qué están dicien-do todos esos dirigentes, todos esos hacedores de opi-nión, todos es...
semanas, ¡bravo! ¡Rompamos con la rutina! ¡Abajo losarcaísmos!   Entonces cambiemos.   Pero de hecho, ¿cambiar qué? Si el ...
los innumerables «privilegios» sociales que engordan alpopulacho; que se monten sangrientas expedicionesmilitares un poco ...
capital». Para llegar a esto, todo lo que había inventadoentre 1860 y 1980 la existencia de las formas organiza-das del mo...
del Comunismo, revisada y alimentada con lo que nosenseña la vivaz diversidad de las revueltas, por muyprecarias que sean.12
I              EL CAPITALISMO HOYA menudo se me reprocha, incluso dentro del «campo»de mis posibles amigos políticos, el n...
disminuye la tasa de crecimiento. En cambio, pónganleante las narices la palabra «comunismo» y van a saltarpor los aires y...
plazamiento de muchos lugares de producción indus-trial a los países que ofrecen una mano de obra a bajocosto y de regímen...
los pillajes «occidentales» y, por consiguiente, de todaslas atrocidades? Conozco todo eso más o menos correc-tamente, com...
Mi posición es exactamente la contraria: el capitalis-mo contemporáneo tiene todos los rasgos del capitalismoclásico. Es e...
pertinencia de estos análisis, cuya demostración seencargaron de completar las guerras coloniales e inter-imperialistas. P...
de economía a los malos estudiantes, es a la vez burles-co y muy inquietante. Queridos electores, ¿así que hanpuesto en el...
derecha, Sarkozy o Merkel, y los «de izquierda», Oba-ma, Zapatero o Papandreu.   Por lo tanto, somos efectivamente testigo...
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II           LA REVUELTA INMEDIATAEn momentos en que escribo estas páginas, nos toca ensuerte asistir a los discursos de C...
Para terminar de sembrar el terror, la televisiónhace desfilar con complacencia imágenes de comandospoliciales, bestias br...
la indiscutible y auténtica víctima: al que (y, a menudo,a los que) la policía ha matado. De manera completa-mente uniform...
intelectuales que lloran de solo ver al millonario direc-tor del FMI esposado, les parece que, en los arrabales,el poder e...
codo a codo con los gendarmes ante nuestro patrimonioque codicia una gentuza extraña a nuestros valores,hostil al POL, pue...
sin concepto». Volveré sobre este punto con todavíamayor insistencia dado que se trata precisamente demi problema: si las ...
la población, casi siempre inmediatamente después deun episodio violento de la coerción del Estado. Inclusola famosa revue...
que la gente se encuentre de pronto en algún lugar,tanto como lo hace en la actualidad la electrónica delrebaño. Ante todo...
otorgado, no se convierte en el símbolo de su funciónparticular sino de la escasez general, y que es por esoque la revuelt...
limitamos a su dinámica inicial, sólo puede unir loca-lizaciones débiles (en el sitio de los revoltosos) a exten-siones re...
existe, el olor alegre de la pólvora y la guerrilla contralos polis no resulta fácil ver con claridad. El sujeto delas rev...
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III            LA REVUELTA LATENTELas revueltas históricas de los últimos tiempos, lasque señalan la posibilidad de una nu...
te satisfechos de su sistema de Estado, al que denomi-nan «democracia», sistema que, en efecto, es particular-mente apropi...
comensal. En sustancia, se trata de trabajar durantemucho más tiempo para ganar bastante menos. La«réplica» a esta medida,...
sobre todo, la invención de nuevas formas de acción denaturaleza virtualmente insurrecta, aun cuando no sehaya extendido, ...
ocupación. En cuarto lugar, debe prepararse para lallegada ineluctable de la policía, lo cual pone alorden del día el clás...
subjetividad insurrecta latente. Sin duda, habría bas-tado una chispa, un incidente espectacular, un derrapeviolento, y ha...
IV           LA REVUELTA HISTÓRICAInstruidos por la impactante novedad de las revueltasen los países árabes, en especial p...
durante las «grandes guerras»: una revuelta inmediatadura entre uno y cinco días como máximo. En su lugarmasivo, incluso e...
la revuelta. Más allá de un sentimiento destructor devenganza, el movimiento puede extenderse en el tiempo ala espera de u...
Sólo con esos hechos alcanza ya para que hablemos,con respecto a esas revueltas, de un «despertar de laHistoria». ¿Cuántos...
violencia anárquica –¿acaso se trataba de una colecciónde revueltas inmediatas?– en 1976, con la muerte deMao. Solos en el...
contexto ideológico, las revueltas en los países árabesabren una secuencia que deja a su propio contexto en laindecisión. ...
con los restauradores de la Santa Alianza, para quieneslas relaciones sociales feudales y su síntesis monárqui-ca constitu...
tiempo, no puede encontrar una forma política propia,debido a la imposibilidad, en primer lugar, de extraersu fuerza del h...
de la reviviscencia de la Idea, lo cual le habría dado ala revuelta un futuro político real. Esta ruptura decontacto es co...
una hipótesis crucial, para que la energía que ellas li-beran y los individuos que se comprometen con ellasconsigan hacer ...
V          LA REVUELTA Y OCCIDENTELa revuelta histórica es un desafío para el Estado en lamedida en que, al exigir la part...
reunión restringida previa que, en los hechos, serásecreta. Pero poco importa, lo cierto es que la decisiónserá casi siemp...
recursos necesarios para una toma inmediata delpoder.   Ésa es la razón por la cual en todas las épocas losinsurrectos se ...
ra que se proclamó apta para encarnar una alternativaal poder en plaza y para fundar un Estado nuevo trasla destrucción co...
A fin de cuentas, no podemos esquivar la pregunta:¿cuáles son los criterios que nos permiten juzgar unarevuelta y medir la...
deseo de que por fin se integren al «mundo civilizado»que los occidentales, descendientes incorregibles decolonos racistas...
Túnez bajo Ben Ali o Egipto bajo Mubarak, pero a losque aparecieron en el momento de los acontecimientosde Túnez o de Egip...
considerarse como una enorme confesión, afirma que«nosotros somos los que hicimos el trabajo») es lo que losoccidentales a...
za, habremos presenciado un fenómeno de inclusiónoccidental.   En nuestros países, la interpretación dominante delo que es...
todo caso, es lo que debemos soñar, porque ese sueñopermite atravesar, sin desdecirse ni hundirse en el «nofuture» del nih...
VI        REVUELTA, ACONTECIMIENTO,                 VERDADSe habrá comprendido que el valor que se le otorga alactual desp...
figuras de la acción colectiva, lo cual marcará suacontecer político.   Ya significa bastante constatar que, en la revuelt...
conciernen a su propio destino. Sólo una oligarquía, a lavez alejada y omnipresente, consigue ligar los episodiossucesivos...
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  1. 1. Alain Badiou EL DESPERTAR DE LA HISTORIA AS D as N in U g G paSE 28 1 3
  2. 2. COLECCIÓN CLAVES Dirigida por Hugo Vezzetti4
  3. 3. Alain Badiou EL DESPERTAR DE LA HISTORIAALAIN BADIOUEl despertar de la HistoriaTraducción de Pablo BeteshCircunstancias, 6 Ediciones Nueva Visión Buenos Aires 5
  4. 4. Badiou, Alain El despertrar de la Historia - 1ª ed. - Buenos Aires: Nueva Visión, 2012 128 p.; 20x13 cm. (Claves) ISBN 978-950-602- Traducción de Pablo Betesh 1. Análisis literario. 2. Estudios literarios I. Cardoso, Heber, trad. II. Titulo. CDD 801.95Título del original en francés:© Armand Colin, Paris, 2007Traducción de Pablo BeteshISBN 978-950-602-582-3 Toda reproducción total o parcial de esta obra por cualquier sistema –incluyendo el fotocopiado– que no haya sido expresamen- te autorizada por el editor constituye una infracción a los derechos del autor y será reprimida con penas de hasta seis años de prisión (art. 62 de la ley 11.723 y art. 172 del Código Penal).© 2012 por Ediciones Nueva Visión SAIC. Tucumán 3748, (1189)Buenos Aires, República Argentina. Queda hecho el depósito quemarca la ley 11.723. Impreso en la Argentina / Printed in Argentina6
  5. 5. INTRODUCCIÓN¿Qué es lo que está pasando? ¿De qué estamos siendotestigos, entre fascinados y devastados? ¿De la conti-nuación, cueste lo que cueste, de un mundo cansado?¿De una crisis benéfica del mundo, que ha caído presade su propia expansión victoriosa? ¿Del advenimientode otro mundo? ¿Qué es lo que nos está ocurriendo,pues, con el cambio de siglo, que no parece tener ningúnnombre claro en ninguna lengua tolerada? Consultemos a nuestros amos: banqueros discretos,figuras mediáticas, personas inciertas de las grandescomisiones, voceros de la «comunidad internacional»,presidentes atareados, nuevos filósofos, dueños de fá-bricas y de campos, hombres de la Bolsa y de losconsejos de administración, políticos charlatanes de laoposición, personalidades de las ciudades y las provin-cias, economistas del crecimiento, sociólogos de la ciu-dadanía, expertos en crisis de todo tipo, profetas de la«guerra de las civilizaciones», jefes principales de la po-licía, de la justicia y de la «penitenticia», evaluadoresde beneficios, calculadores de rendimientos, editoria-listas mesurados de diarios serios, directores de recur-sos humanos, personas que se consideran a sí mismashadas y magos y a las que habrá que estar atentos de no 7
  6. 6. tomarlas por personajes de ficción. ¿Qué están dicien-do todos esos dirigentes, todos esos hacedores de opi-nión, todos esos responsables, todos esos «sátrapas-engañabobos»?1 Todos dicen que el mundo está cambiando a unavelocidad vertiginosa, y que tenemos que adaptarnos aese cambio, so pena de caer en la ruina o de terminarmuertos (lo que, para ellos, es lo mismo), caso contrario,tal como van las cosas, no seremos más que la sombra denosotros mismos. Que debemos comprometernos enér-gicamente en la incesante «modernización» y aceptarsin chistar los inevitables sufrimientos. Dicen que,ante el áspero mundo competitivo que todos los días nosvuelve a desafiar, hay que escalar las pendientes escar-padas de los pasos de la productividad, de la reducciónde los presupuestos, de la innovación tecnológica, de labuena salud de nuestros bancos y de la flexibilizaciónlaboral. Toda competencia es, en su esencia, deportiva:para resumir, lo que tenemos que hacer es formar partede la última escapada de la carrera y ponernos junto alos campeones del momento (un as alemán, un outsidertailandés, un veterano británico, un chino recién llega-do, sin contar con el siempre vigoroso yanqui…) y noquedar jamás rezagados en la cola del pelotón. Para eso,todo el mundo tiene que ponerse a pedalear: moderni-zar, reformar, ¡cambiar! ¿Qué político en campañapuede prescindir de proponer la reforma, el cambio, lanovedad? La pelea entre el oficialismo gubernamentaly la oposición adopta siempre la siguiente forma: lo queel otro dice no es el cambio verdadero. Es un conser-vadurismo apenas retocado. ¡El verdadero cambiosoy yo! Basta con mirarme para que se den cuenta. Yoreformo y modernizo, llueven leyes nuevas todas las «Satrapes-nigauds»: juego de palabras intraducible entre «sá- 1trapa» y attrape-nigauds, engañabobos (N. del t.).8
  7. 7. semanas, ¡bravo! ¡Rompamos con la rutina! ¡Abajo losarcaísmos! Entonces cambiemos. Pero de hecho, ¿cambiar qué? Si el cambio debe serperpetuo, su dirección, según parece, es constante.Conviene tomar urgentemente todas las medidas nece-sarias que nos impone la coyuntura con el objeto de quelos ricos sigan enriqueciéndose, al tiempo que paganmenos impuestos; que los efectivos de las empresasdisminuyan gracias a una artillería de despidos y deplanes sociales; que todo lo que es público se privaticey contribuya así, por fin, no al bien público (categoríaparticularmente «antieconómica»), sino a la riquezade los ricos y al mantenimiento, por desgracia costoso, delas clases medias que forman el ejército de socorro de losricos en cuestión; que las escuelas, los hospitales, lavivienda, el transporte y las comunicaciones, esos cincopilares de la vida aceptable para todo el mundo, prime-ro se regionalicen (es un paso hacia delante), luego selos ponga en liza (algo crucial), con el objeto de que loslugares y los medios, donde y gracias a los cuales seeducan, se curan, habitan y se transportan los ricos ylos semi ricos, no puedan confundirse con aquellos en losque sudan la gota gorda los pobres y los asimilados; quelos obreros de proveniencia extranjera que viven ytrabajan aquí a menudo desde hace décadas adviertanque sus derechos se ven reducidos a nada, que persi-guen a sus hijos, que se rescinden sus papeles regla-mentarios, y que soporten campañas furiosas en sucontra a favor de la «civilización» y de «nuestros valo-res»; que, en particular las mujeres jóvenes, salgan a lacalle únicamente con la cabeza descubierta, y las de-más también, preocupadas, como deben estarlo, porreafirmar su «laicismo»; que los enfermos mentalessean encerrados en la cárcel de por vida; que se acosen 9
  8. 8. los innumerables «privilegios» sociales que engordan alpopulacho; que se monten sangrientas expedicionesmilitares un poco por todas partes, pero sobre todo enÁfrica, para hacer que se respeten los «derechos huma-nos», es decir, los derechos que tienen los poderosos adescuartizar los Estados, a poner en el poder en todaspartes –por medio de una ocupación violenta y de«elecciones» fantasmagóricas– a sirvientes corruptos,quienes entregarán por nada a los susodichos podero-sos la totalidad de los recursos del país. Aquellos que,sean cuales fueren sus razones, e incluso si en el pasadofueron útiles para la «modernización», incluso si fueronsirvientes solícitos, de pronto se opongan al despedaza-miento de su país, al pillaje por parte de los poderososy a los «derechos humanos» que vienen en el mismopaquete, serán llevados ante los tribunales de la mo-dernización y, de ser posible, ahorcados. Tal es la verdad invariable del «cambio», la actuali-dad de la «reforma», la dimensión concreta de la «mo-dernización». Tal es para nuestros amos la ley delmundo. Este librito pretende oponer una visión un tantodiferente, que resumiremos acá en tres puntos: 1. Bajo los nombres intercambiables de «moderniza-ción», «reforma», «democracia», «Occidente», «comuni-dad internacional», «derechos humanos», «laicidad», yotros más, no encontramos sino la tentativa históricade una regresión sin precedentes que apunta a que eldesarrollo del capitalismo mundializado y la acción desus sirvientes políticos se ajusten a las normas de sunacimiento: el liberalismo puro y duro de mediados delsiglo XIX, el poder ilimitado de una oligarquía financie-ra e imperial y un parlamentarismo de fachada com-puesto, como decía Marx, por «los apoderados del10
  9. 9. capital». Para llegar a esto, todo lo que había inventadoentre 1860 y 1980 la existencia de las formas organiza-das del movimiento obrero, del comunismo y del socia-lismo auténtico, e impuesto a escala mundial, poniendoasí al capitalismo liberal a la defensiva, debe ser des-piadadamente destruido para dar lugar a la recons-trucción del derecho de los imperialismos: los célebres«valores». Ése es el único contenido de la «moderniza-ción» que se halla en curso. 2. El momento actual en realidad es el del primermomento de una revuelta popular mundial que seopone a esa regresión. Todavía ciega, ingenua, disper-sa, sin un concepto fuerte ni una organización durade-ra, se parece naturalmente a los primeros levanta-mientos obreros del siglo XIX. Propongo, por lo tanto, quedigamos que nos hallamos en el tiempo de las revueltas,a través del cual se denuncia y se conforma un desper-tar de la Historia contra la pura y simple repetición delo peor. Nuestros amos lo saben mejor que nosotros:tiemblan en secreto y refuerzan sus armamentos, tantobajo la forma del arsenal judicial como bajo la de lasavanzadas armadas que se encargan de mantener elorden planetario. Resulta urgente reconstituir o inven-tar las nuestras. 3. Para que este momento no se estanque en episodiosde masa gloriosos pero vencidos, ni en el interminableoportunismo de las organizaciones «representativas»,de los sindicatos corruptos o de los partidos parlamen-tarios, el despertar de la Historia también debe ser eldespertar de la Idea. La única Idea capaz de enfrentar-se a la versión corrompida e inexpresiva de la «demo-cracia» –que se ha convertido en la bandera de loslegionarios del Capital– tanto como a los vaticiniosraciales y nacionales de un pequeño fascismo al que lacrisis le da una oportunidad en el plano local, es la idea 11
  10. 10. del Comunismo, revisada y alimentada con lo que nosenseña la vivaz diversidad de las revueltas, por muyprecarias que sean.12
  11. 11. I EL CAPITALISMO HOYA menudo se me reprocha, incluso dentro del «campo»de mis posibles amigos políticos, el no tener en cuentaciertas características del capitalismo contemporáneoy no proponer un «análisis marxista». Como consecuen-cia de ello el comunismo sería para mí una idea suspen-dida en el aire, y yo sería un idealista sin anclaje en larealidad. Además, no estaría prestándole debida aten-ción a las sorprendentes mutaciones del capitalismo,mutaciones que permiten que se hable, con un aire decodicia, de un «capitalismo posmoderno». Antonio Negri, por ejemplo, con motivo de una confe-rencia internacional sobre la idea del comunismo –mesentí muy contento de que haya participado, y lo sigoestando– me tomó públicamente como ejemplo de aque-llas personas que pretenden ser comunistas sin siquie-ra ser marxistas. En pocas palabras, le respondí quemás valía eso que pretender ser marxista sin siquieraser comunista. Dado que, para la opinión vulgar, elmarxismo consiste en otorgar un papel determinante ala economía y a las contradicciones sociales que surgende ella, entonces ¿quién no es marxista hoy? Los prime-ros «marxistas» son todos nuestros amos, que tiemblany se reúnen por la noche apenas se tambalea la Bolsa o 13
  12. 12. disminuye la tasa de crecimiento. En cambio, pónganleante las narices la palabra «comunismo» y van a saltarpor los aires y lo van a tratar igual que a un criminal. Sin que ya me inquieten adversarios ni rivales, megustaría decir acá que yo también soy marxista, y lo soyinocente y completamente, de manera tan natural queno hace falta que lo repita. ¿Debería preocuparse unmatemático contemporáneo por demostrar que siguemanteniéndose fiel a Euclides o a Euler? El marxismoreal, que se identifica con el combate político racionalque apunta a una organización social igualitaria, co-menzó sin duda hacia 1848 con Marx y Engels, perodesde entonces ha recorrido un largo camino, con Le-nin, con Mao, con algunos otros. Me hallo imbuido enesas enseñanzas históricas y teóricas. Creo conocerbien los problemas resueltos, cuya instrucción no valela pena recomenzar, los problemas en suspenso, queexigen reflexión y experiencia, y los problemas malconsiderados, que nos imponen rectificaciones radica-les e invenciones difíciles. Todo conocimiento vivo estáhecho de problemas que han sido o deben ser construi-dos o reconstruidos, y no descripciones repetitivas. Elmarxismo no es ninguna excepción. No es ni una ramade la economía (teoría de las relaciones de producción),ni una rama de la sociología (descripción objetiva de la«realidad social»), ni una filosofía (pensamiento dialéc-tico de las contradicciones). Se trata, volvamos a decir-lo, del conocimiento organizado de los medios políticosrequeridos para deshacer la sociedad existente y des-plegar una figura por fin igualitaria y racional de laorganización colectiva, cuyo nombre es «comunismo». No obstante, me gustaría agregar, puesto que setrata de los datos «objetivos» del capitalismo contempo-ráneo, que al respecto no creo estar particularmentedesinformado. ¿Globalización, universalización? ¿Des-14
  13. 13. plazamiento de muchos lugares de producción indus-trial a los países que ofrecen una mano de obra a bajocosto y de regímenes políticos autoritarios? ¿El paso – du-rante los años 1980– en nuestros viejos países desarro-llados, de una economía volcada hacia el interior, conun aumento continuo del salario del trabajador y unaredistribución social organizada por el Estado y lossindicatos, a una economía liberal integrada con losintercambios mundiales y, por lo tanto, exportadora,especializada, que privatiza los beneficios, socializa losriesgos y carga con el aumento de las desigualdades enla escala planetaria? ¿Concentración muy rápida delcapital bajo la dirección del capital financiero? ¿Utili-zación de nuevos medios gracias a los cuales la veloci-dad de rotación de capitales, ante todo y, luego, demercancías, se ha acelerado considerablemente (gene-ralización del transporte aéreo, telefonía universal,máquinas financieras, Internet, programas que apun-tan a asegurar el éxito de decisiones tomadas de mane-ra instantánea, etc.)? ¿Sofisticación de la especulacióngracias a nuevos productos derivados y a una matemá-tica sutil que combina los riesgos? ¿Debilitamientoespectacular, en nuestros países, del campesinado y detoda la organización rural de la sociedad? ¿Necesidadabsoluta, por eso mismo, de establecer a la pequeñaburguesía urbana como pilar del régimen social ypolítico existente? ¿Resurrección, a gran escala, y antetodo entre los grandes burgueses extremadamente ri-cos, de la convicción, que se remonta a la época deAristóteles, según la cual las clases medias son la alfay la omega de la vida «democrática»? ¿Lucha planeta-ria, por momentos atenuada, por momentos de unaviolencia extrema, para garantizarse el acceso a bajoprecio de las materias primas y de las fuentes deenergía, sobre todo en África, ese continente de todos 15
  14. 14. los pillajes «occidentales» y, por consiguiente, de todaslas atrocidades? Conozco todo eso más o menos correc-tamente, como, a decir verdad, todo el mundo.2 La cuestión consiste en saber si este conjuntoanecdótico constituye un capitalismo «posmoderno»,un capitalismo nuevo, un capitalismo digno de lasmáquinas deseantes de Deleuze-Guattari, un capi-talismo que engendra por sí mismo una inteligenciacolectiva de tipo nuevo, que suscita el levantamientode un poder constituyente hasta aquí sometido, uncapitalismo que supera el viejo poder de los Estados,un capitalismo que proletariza a la multitud y hacede los pequeñoburgueses obreros del intelecto inma-terial, en una palabra, un capitalismo cuyo reversoinmediato es el comunismo, un capitalismo cuyoSujeto es, en cierta medida, el mismo que el delcomunismo latente que sostiene su existencia para-dójica. Un capitalismo que está en vísperas de meta-morfosearse en comunismo. Ésa es, exagerada perofiel, la posición de Negri. Pero, más generalmente, esla posición de todos los que se sienten fascinados porlas mutaciones tecnológicas y la expansión continuadel capitalismo de los últimos treinta años, y que,crédulos ante la ideología dominante, («todo cambiatodo el tiempo y estamos corriendo detrás de estecambio memorable»), se imaginan que están asistien-do a una secuencia prodigiosa de la Historia –seacual fuere el juicio final sobre la calidad de dichasecuencia–. Para una visión muy clara de las formas del capitalismo 2contemporáneo, sugiero la lectura de dos libros de Pierre-NoëlGiraud: L’Inégalité du monde contemporain (Paris, Gallimard, 2001)y La Mondialisation (2008). Giraud dilucida de manera muy convin-cente la modificación global (y reactiva) del capitalismo planetarioa partir de fines de los años 1970.16
  15. 15. Mi posición es exactamente la contraria: el capitalis-mo contemporáneo tiene todos los rasgos del capitalismoclásico. Es estrictamente acorde con lo que se podíaesperar de él, a partir del momento en que su lógica yano se ve contrariada por acciones de clase decididas ylocalmente victoriosas. Tomemos, en lo que respecta aldevenir del Capital, todas las categorías que predijoMarx y veremos que solo ahora su evidencia ha quedadoplenamente demostrada. ¿Acaso Marx no habló del«mercado mundial»? Pero ¿qué mercado mundial era elde 1860 en comparación con lo que es en la actualidad,al que en vano han querido rebautizar como «globaliza-ción»? ¿No pensó Marx en el carácter ineluctable de laconcentración del capital? ¿Qué concentración era ésa,qué tamaño tenían esas empresas y esas institucionesfinancieras en la época de esa predicción, en compara-ción con los monstruos que cada día gestan las nuevasfusiones? Por mucho tiempo se le objetó a Marx que laagricultura seguía estando dentro del régimen de laexplotación familiar, cuando él anunciaba que la con-centración alcanzaría sin duda alguna a la propiedadinmobiliaria. Pero en la actualidad sabemos que, enefecto, la fracción de la población que vive de la agricul-tura, en los países denominados desarrollados (aqué-llos en que el capitalismo imperial se ha instalado sintrabas), es, por así decir, insignificante. ¿Y cuál es hoy,en promedio, la extensión de las propiedades inmobi-liarias, comparada con lo que era cuando el campesina-do en Francia representaba el 40 % de la poblacióntotal? Marx analizó con rigor el carácter inevitable delas crisis cíclicas que demuestran, entre otras cosas, lairracionalidad innata del capitalismo y el carácterobligatorio tanto de las actividades imperiales como delas guerras. Diversas crisis de extrema gravedad veri-ficaron, incluso cuando él todavía estaba en vida, la 17
  16. 16. pertinencia de estos análisis, cuya demostración seencargaron de completar las guerras coloniales e inter-imperialistas. Pero todo esto, en lo que hace referenciaa la cantidad de valor que se hizo humo, no fue nada encomparación con la crisis de los años 1930 o a la crisisactual, y en comparación con las dos guerras mundia-les del siglo XX, a las feroces guerras coloniales, a las«intervenciones» occidentales de hoy y de mañana. Nolo será siempre que la pauperización de enormes masasde la población que, considerada la situación en elmundo en su totalidad y no sólo en la puerta de ingreso,no se convierta en una evidencia cada vez mayor. En el fondo, el mundo actual es exactamente aquelque anunciaba Marx, mediante una anticipación ge-nial, una suerte de ciencia ficción verdadera, comodespliegue integral de las virtualidades irracionales, ya decir verdad monstruosas, del capitalismo. El capitalismo encomienda el destino de los pueblosa los apetitos financieros de una minúscula oligarquía.En cierto sentido, es un régimen de delincuentes. ¿Cómose puede volver aceptable que la ley del mundo estéconformada por los intereses despiadados de una ca-marilla de herederos y de nuevos ricos? ¿No es razona-blemente posible llamar «delincuentes» a aquellos indi-viduos cuya única norma es el provecho? ¿Y quienes,para servir a esta norma, están dispuestos a pisotear,si fuera necesario, a millones de personas? En efecto,que el destino de millones de personas dependa de loscálculos de tales delincuentes se volvió algo tan mani-fiesto, se hizo tan visible, que la aceptación de esta«realidad», como dicen los plumíferos de los delincuen-tes, resulta cada vez más sorprendente. El espectáculode Estados penosamente desconcertados debido a queun grupito anónimo de autoproclamados evaluadoresles ha puesto una mala nota, como lo haría un profesor18
  17. 17. de economía a los malos estudiantes, es a la vez burles-co y muy inquietante. Queridos electores, ¿así que hanpuesto en el poder a unos cuantos individuos que, desólo pensar que a la mañana siguiente se podríanenterar que los representantes del «mercado», es decir,los especuladores y los parásitos del mundo de lapropiedad y del patrimonio, les han puesto como notauna AAB en lugar de una AAA, tiemblan de noche comocolegiales? ¿No es bárbara esta influencia consensualque ejercen sobre nuestros amos oficiales esos amosoficiosos cuya única preocupación es saber cuáles son ycuáles serán sus beneficios en la lotería en que ponen enjuego sus millones? Sin contar con que su angustiantemugido –«¡Ah! ¡Ah! ¡Be!»– se pagará con una obedienciaa las órdenes de la mafia, que invariablemente son deltipo: «Privaticen todo. Supriman la ayuda a los débiles,a los solitarios, a los enfermos, a los desocupados. Su-priman toda la ayuda que sea a quien sea, excepto a losbancos. No curen más a los pobres, dejen morir a losviejos. Bajen los salarios de los pobres, pero tambiénbajen los impuestos a los ricos. Que todo el mundotrabaje hasta los 90 años. Enseñen matemática sola-mente a los traders, lectura sólo a los grandes propie-tarios, historia sólo a los ideólogos de turno.» Y laejecución de esas órdenes de hecho arruinará la vida demillones de personas. Pero, una vez más, nuestra realidad validó la previ-sión de Marx, y hasta la superó. A los gobiernos de losaños 1840-1850, Marx los había calificado como «apode-rados del Capital». Lo que da la clave del misterio: endefinitiva, los gobernantes y los delincuentes de lasfinanzas comparten el mismo universo. La fórmula«apoderados del capital» sólo hoy se vuelve enteramen-te exacta, y todavía más en la medida en que no hayninguna diferencia en este punto entre los gobiernos de 19
  18. 18. derecha, Sarkozy o Merkel, y los «de izquierda», Oba-ma, Zapatero o Papandreu. Por lo tanto, somos efectivamente testigos del cum-plimiento retrógrado de la esencia del capitalismo, deun retorno al espíritu de los años 1850, que vino des-pués de la restauración de las ideas reaccionarias quesiguió a los «años rojos» (1960-1980), del mismo modoque los años 1850 fueron posibles debido a la Restaura-ción contrarrevolucionaria de los años 1815-1840, trasla Gran Revolución de 1792-1794. Desde luego, Marx pensaba que la revolución prole-taria, bajo la bandera del comunismo, terminaría brus-camente y nos ahorraría ese despliegue integral cuyohorror percibía con toda lucidez. En su espíritu setrataba efectivamente del comunismo o la barbarie. Losintentos formidables por darle la razón en este puntodurante los dos primeros tercios del siglo XX de hechohan frenado y desviado considerablemente la lógicacapitalista, de manera singular después de la SegundaGuerra Mundial. Desde hace aproximadamente unostreinta años, tras el desmoronamiento de los Estadossocialistas como figuras alternativas viables (como esel caso de la URSS) o su subversión por un virulentocapitalismo de Estado tras el fracaso de un movimientode masas explícitamente comunista (como es el caso dela China de los años 1965-1968), tenemos por fin eldudoso privilegio de asistir a la verificación de todaslas predicciones de Marx referentes a la esencia realdel capitalismo y de las sociedades en las que rige. Encuanto a la barbarie, allí es en donde estamos y a dondenos vamos a adentrar un buen trecho. Pero coincide,hasta en el detalle, con la irrupción de lo que Marxesperaba que impidiera el poder del proletariado orga-nizado. El capitalismo contemporáneo, por lo tanto, no es de20
  19. 19. ninguna manera creador y posmoderno: como juzga quese ha desembarazado de sus enemigos comunistas,avanza a su propio ritmo según una línea cuyos aspec-tos generales Marx advirtió en los economistas clásicosy cuya obra continuó desde una perspectiva crítica.Desde luego, no son el capitalismo y sus sirvientespolíticos quienes despiertan la Historia, si entendemosel «despertar» como el surgimiento de una capacidaddestructiva y creadora a la vez cuya meta es salirrealmente del orden establecido. En ese sentido, Fuku-yama no estaba equivocado: el mundo moderno, una vezcompletado su desarrollo y consciente que deberá mo-rir –aunque sea, como resulta desgraciadamente pro-bable, en violencias suicidas–, sólo tiene que pensar en«el fin de la Historia», del mismo modo que, en elsegundo acto de Las valquirias de Wagner, Wotanexplica a su hija Brunehilda que su único pensamientoes «¡el fin!, ¡el fin!». Si se diera un despertar de la Historia, no habría quebuscarlo por el lado del conservadurismo bárbaro delcapitalismo ni del encarnizamiento de todos los apara-tos estatales para mantener su ritmo frenético. Elúnico despertar posible es el de la iniciativa popular,allí donde arraigará la potencia de una Idea. 21
  20. 20. 22
  21. 21. II LA REVUELTA INMEDIATAEn momentos en que escribo estas páginas, nos toca ensuerte asistir a los discursos de Cameron, PrimerMinistro inglés, ya comprometido en diversos asuntossospechosos, a propósito de las revueltas en los barriospobres de Londres. En este caso, una vez más, el retornoa la fraseología antipopular del siglo XIX es impresio-nante. No se trata sino de bandas, matones, ladrones,rufianes y delincuentes, en suma, las «clases peligro-sas» que se oponen –como en los tiempos de la reinaVictoria– a un culto mórbido de la propiedad, de ladefensa de los bienes y de los ciudadanos honestos (losque nunca se sublevan contra lo que sea). El conjuntoviene acompañado por el anuncio de una represióndespiadada, prolongada y, por una cuestión de princi-pios, ciega. En este punto, podemos confiar en Came-ron: el Reino Unido, que corre en pos de un uso de laprisión como en los Estados Unidos, que poco falta paraque sea un campo de concentración, ha elaborado, en laépoca del «socialista» Blair, una legislación feroz ycuenta en términos de proporción de la población conmuchos más prisioneros que Francia que, sin embargo,cuando se trata de encarcelar a los jóvenes, no se andacon chiquitas. 23
  22. 22. Para terminar de sembrar el terror, la televisiónhace desfilar con complacencia imágenes de comandospoliciales, bestias brutas ataviadas y armadas hastalos dientes que pulverizan voluptuosamente las puer-tas a golpes de ariete (advertimos que los bienes de lospobres no les importan en lo más mínimo) y se arrojandentro de los departamentos para sacar con una bruta-lidad espectacular a un joven que sin duda fue denun-ciado no se sabe por quién o que fue entrevisto en una delas innumerables cámaras con que el gobierno de suMajestad ha llenado el espacio público, transformán-dolo en un escenario gigantesco con la policía cualmirón perpetuo. Al mismo tiempo, los tribunales con-denan a penas asombrosas, en un desorden total, a losque tiran botellas, a los ladrones de latas de betún, a losque cacheteaban a las fuerzas del orden, a los queprendían fuego a los tachos de basura, a los vocingleros,a los que tenían una navaja en el bolsillo, a los queinsultaban al gobierno, a los que corrían, a los que, parahacer lo mismo que los vecinos, rompían las vidrieras,a los que decían malas palabras, a los que se quedabanquietos con las manos en los bolsillos, a los que nohacían nada, lo cual es algo muy sospechoso, e inclusoa los que no se encontraban en el lugar y a los que lajusticia por supuesto debe preguntarles en dónde esta-ban. Es que, tal como lo ha dicho noblemente Cameron,superando a su propia policía: «No se trataba de man-tener el orden, se trataba de criminalidad.» Para Ca-meron, que tiene previsto iniciarles juicio a unas tresmil personas, para su policía, que ha declarado estarbuscando unas treinta mil personas, de pronto, fenó-meno extraño, han visto que en las calles surgíandecenas de miles de criminales… Como siempre, como en Francia, el olvidado de todoel asunto es el crimen verdadero, al mismo tiempo que24
  23. 23. la indiscutible y auténtica víctima: al que (y, a menudo,a los que) la policía ha matado. De manera completa-mente uniforme, las revueltas de la juventud popularde los «arrabales» (palabra que designa, como ataño, alos «suburbios», la inmensa parte trabajadora y pobrede nuestras flamantes ciudades, el continente negro denuestras megalópolis) son provocadas por la actuaciónde la policía. La chispa que «prende fuego al llano»siempre es un crimen de Estado. De manera igualmen-te uniforme, el gobierno y su policía, no sólo rechazancategóricamente reconocer la menor responsabilidaden todo el asunto, sino que toman la revuelta comopretexto para reforzar de nuevo el arsenal judicial ypolicial. Gracias a esta perspectiva, los «arrabales» sonespacios en que se yuxtaponen un desinterés despecti-vo del poder público por esas zonas desesperadas y lascargadas y violentas incursiones represivas. Todo ellosegún el modelo de los «barrios indígenas» de las ciuda-des coloniales, de los guetos de negros de los días degloria de Estados Unidos o de las reservas de palesti-nos en Cisjordania. Intelectuales serviles vuelan enayuda de la represión, viendo en todos los jóvenes máso menos tostados una gentuza «islamista», hostil a«nuestros valores». ¿Cuáles son esos famosos valores?Nadie los ignora: se llaman Patrimonio, Occidente yLaicismo. Es el espantoso P.O.L., la ideología dominan-te de todos los países que se presentan como civilizados. Cuando se trata de nuestros conciudadanos de lospresuntos arrabales, «la opinión» exigirá, en nombredel POL, una «tolerancia cero». Observemos al pasarque si hay «tolerancia cero» para el joven negro que robaun destornillador, existe en cambio una toleranciainfinita para los delitos de los banqueros y los prevari-cadores gubernamentales, a pesar de que su accionarafecta la vida de millones de personas. A los sutiles 25
  24. 24. intelectuales que lloran de solo ver al millonario direc-tor del FMI esposado, les parece que, en los arrabales,el poder es «flojo» y que nunca habrá en las cadenassuficientes árabes y negros. En nombre del mismo POL, y cuando se trata de esospaíses débiles de África en los que «tenemos intereses»,la misma opinión pedirá que se ejerza el «derecho a laingerencia». Nuestros gobernantes, valientes campeo-nes de los valores que valen de verdad, aplastarán bajolas bombas a un pequeño déspota que antes adorabanpero que se ha vuelto un tanto reacio o inútil. Porsupuesto, no será cuestión de tocar a los más poderososy más astutos que disponen de recursos cruciales,están armados hasta los dientes y, al darse cuenta quecambiaba el viento, han llevado a cabo a tiempo oportu-nas «reformas». Lo cual quiere decir que han agitadoante las plácidas narices de la opinión occidental algu-nas declaraciones a favor del POL. Bajo nuestros valores, bajo el POL, leamos siempre:POLicía. En este proceso en que el Estado muestra su rostromás espantoso se forja un consenso no menos detestableen torno a una concepción particularmente reactivaque es posible resumir en estos términos: la destruc-ción o el robo de algunos bienes durante el furor de larevuelta es infinitamente más censurable que el asesi-nato de un joven por parte de la policía, asesinato queestá en el origen de la revuelta. Muy rápidamente, elgobierno y la prensa cifran los daños. Y ahí está la idearepulsiva que difunde todo eso: la muerte del muchacho–un «negro sinvergüenza», sin duda, o un árabe «cono-cido por los servicios de la policía»– no es nada encomparación con esos gastos extraordinarios. Llore-mos, no por el muerto, sino por las compañías de seguro.Contra las bandas y los ladrones, montemos guardia26
  25. 25. codo a codo con los gendarmes ante nuestro patrimonioque codicia una gentuza extraña a nuestros valores,hostil al POL, puesto que está despojada (no tienePatrimonio), viene de África (no de Occidente) y esislamista (no es Laica). Aquí se afirmará, a contrario, que la vida de un jovenno tiene precio, y todavía más en la medida en que setrata de uno de los innumerables abandonados denuestra sociedad. Suponer que el crimen intolerable esquemar algunos autos y saquear negocios, mientrasque matar a un muchacho es anecdótico, concuerda demanera típica con lo que Marx consideraba como laalienación central del capitalismo: la primacía de lascosas con respecto a la existencia,3 de mercaderías conrespecto a la vida y de las máquinas con respecto a losobreros, que su fórmula resumía afirmando que «elmuerto atrapa al vivo». Los Cameron y los Sarkozy sonlos polis celosos de esta dimensión mortífera del capi-talismo. Entiendo que la revuelta provocada por los crímenesde Estado, como por ejemplo en París en 2005 o enLondres en 2011, es violenta, anárquica y finalmentesin verdad duradera. Tengo para mí que destruye ysaquea sin concepto, como lo Bello, según Kant, «gusta 3 Para una versión literaria moderna y rigurosa del tema marxis-ta de la alienación, sobre todo de la prevalencia de las cosas conrespecto a la existencia y, por lo tanto, de las consecuencias subje-tivas de que «el muerto atrapa al vivo», se puede leer o releer el librode Georges Perec Les Choses. Une histoire des années soixante (1965)[Existe edición en castellano: (2008) Las cosas. Una historia de losaños sesenta, Barcelona, Anagrama]. Recordemos que, en el vocabu-lario de la época, la influencia social del capitalismo se llama«sociedad de consumo» o, en su versión situacionista, «sociedad delespectáculo». Pero cuarenta años más tarde, vamos a experimentarel hecho de que, bajo la tutela del Capital, es posible tener la másferoz desagregación subjetiva sin consumo (excepto de productospodridos) ni espectáculo (excepto de bomberos). 27
  26. 26. sin concepto». Volveré sobre este punto con todavíamayor insistencia dado que se trata precisamente demi problema: si las revueltas deben señalar el desper-tar de la Historia, será necesario que estén de acuerdocon una Idea. Ahora bien, por el momento se permitirá al filósofoque preste atención a la señal, antes que ir corriendo ala comisaría. Desde las revueltas obreras y campesinas en Chinaa las de la juventud en Inglaterra, desde la sorprenden-te tenacidad bajo la metralla de la muchedumbre enSiria a las protestas masivas en Irán, desde los pales-tinos que exigen la unidad de Fatah y Hamas a loschicanos sin papeles de los Estados Unidos, en laactualidad, las revueltas se cuentan en el mundo ente-ro. Hay de todas las clases, a menudo muy violentas, aveces apenas esbozadas, a veces movilizan grupos so-ciales determinados o bien poblaciones enteras; sonprovocadas por decisiones gubernamentales y/o patro-nales, por coyunturas electorales, por actuaciones de lapolicía o de un ejército de ocupación, e incluso porsimples episodios de la vida popular; adquieren deinmediato un sesgo activista o bien se desarrollan a lasombra de una protesta más oficial; ciegamente pro-gresistas o ciegamente reaccionarias (no todas las re-vueltas vienen bien…). Todas tienen en común el hechode que sublevan a una gran cantidad de personas con lacuestión de que las cosas, tal como están, hay queconsiderarlas como inaceptables. Es posible distinguir tres tipos de revueltas, quellamaré respectivamente la revuelta inmediata, la re-vuelta latente y la revuelta histórica. En este capítulohablaré del primer tipo. Los otros dos serán considera-dos respectivamente en los dos capítulos que siguen. La revuelta inmediata es la agitación de una parte de28
  27. 27. la población, casi siempre inmediatamente después deun episodio violento de la coerción del Estado. Inclusola famosa revuelta tunecina que a comienzos del año2011 ha desencadenado el proceso denominado como«revoluciones árabes», en un primer momento fue unarevuelta inmediata (como reacción al suicidio de unvendedor ambulante, al que no lo dejaron vender y loabofeteó una agente de la policía). Algunos de los rasgos constitutivos de una revueltade esa naturaleza tienen un alcance general en la me-dida en que la revuelta inmediata a menudo es la formaprimitiva de una revuelta histórica. En principio, la punta de lanza de la revuelta inme-diata, sobre todo en los enfrentamientos inevitables conlas fuerzas del orden, está conformada por la juventud.Algunos cronistas han considerado como un hallazgosociológico el papel que cumplieron los «jóvenes» en lasrevueltas del mundo árabe y lo conectaron con el uso deFacebook u otras pavadas de la supuesta innovacióntécnica de la edad posmoderna. Pero ¿quién ha vistoalguna vez una revuelta que conformara sus primerosrangos con ancianos? La juventud popular y estudiantecomo se la pudo ver en China en 1966-1967, en Franciaen 1968, pero también en 1848, en tiempos de la Fronda,durante la revuelta de los Taipings y, al fin y al cabo,siempre y en todos lados, ha sido universalmente elnúcleo de las revueltas. Entre las constantes de laacción de las masas se cuentan su capacidad paraaglutinarse, para movilizarse, para inventar lenguajesy tácticas, tanto como sus insuficiencias en cuanto a ladisciplina, a la tenacidad estratégica y a la moderacióncuando resulta necesaria. Por lo demás, los tambores,el fuego, los papeles incendiarios, las corridas por lascallejuelas, las palabras que circulan, las campanasque suenan, durante siglos han sido suficientes para 29
  28. 28. que la gente se encuentre de pronto en algún lugar,tanto como lo hace en la actualidad la electrónica delrebaño. Ante todo, la revuelta es un aglutinamientotumultuoso de la juventud que casi siempre reaccionaante un crimen abominable, real o supuesto, del Estadodespótico (aunque las revueltas nos muestran que, encierta medida, todo Estado es despótico; ésa es la razónpor la cual el comunismo está llamado a organizar sucaída). Luego, la revuelta inmediata se localiza en el territo-rio de quienes participan en ella. Como veremos, lacuestión de la localización de las revueltas es absoluta-mente fundamental. Cuando la revuelta se circunscri-be a los lugares en donde viven sus participantes (porlo general, los barrios decadentes de las ciudades), semantiene en su figura inmediata. Únicamente cuandollega a un lugar nuevo, que por lo general se encuentraen pleno centro de la ciudad, en donde permanece y seextiende, es cuando se convierte en una revuelta histó-rica. Estancada en su propio espacio social, la revueltainmediata no constituye un recorrido subjetivo fuerte.Se enfurece consigo misma, destruye lo que acostum-bra. Se las agarra con los magros símbolos de la vida«rica» que frecuenta a diario, sobre todo con los autos,los negocios o las agencias de la circulación monetaria.Si puede hacerlo, devasta los escasos símbolos delEstado, con lo cual termina de arruinar su muy exiguapresencia: comisarías casi abandonadas, escuelas sinningún prestigio, centros sociales inútiles que se vencomo un yeso paternalista en la pata de palo del aban-dono. Todo lo cual no hace sino alimentar la hostilidadde la opinión del tipo POL contra los agitadores. «¡Mi-ren! ¡Están destruyendo las pocas cosas que tienen!».Lo que esta opinión no quiere ver es que cuando algoforma parte de las escasas «ventajas» que se les han30
  29. 29. otorgado, no se convierte en el símbolo de su funciónparticular sino de la escasez general, y que es por esoque la revuelta lo detesta. De allí surgen las destruccio-nes y los saqueos enceguecidos en los lugares mismos enque viven los insurrectos, una característica universalde las revueltas inmediatas. En lo que a nosotrosrespecta, diremos que todo ello lleva a cabo una locali-zación débil, una incapacidad por parte de la revueltapara desplazarse. Lo cual no quiere decir que la revuelta inmediatapermanezca en un único lugar. Por el contrario, seadvierte un fenómeno al que se ha considerado comocontagio: la revuelta inmediata no se propaga pordesplazamientos sino por imitación. Y esta imitaciónse instala en lugares semejantes y hasta ampliamenteidénticos al espacio inicial. Los jóvenes de una aglome-ración de Saint-Ouen van a hacer lo mismo que los deuna aglomeración de Aulnay-sous-Bois. Todos los ba-rrios populares de Londres van a dejarse ganar por lafiebre colectiva. Cada cual permanece en su casa, peroallí hace lo que ha oído que hacía el otro. Este procesoes en efecto una extensión de la revuelta, pero tambiéndiremos que en esos casos se trata de una extensiónrestringida, característica de la revuelta inmediata ode la fase inmediata de la revuelta. Sólo adquiere unadimensión histórica cuando la revuelta encuentra losmedios para alcanzar una extensión que no se dejallevar por la imitación. Fundamentalmente, una ver-dadera dimensión histórica llega a la orden del díacuando la revuelta inmediata se extiende a sectores dela población que, por el estatus, la composición social,el sexo o la edad, se hallan alejados del núcleo constitu-tivo. La entrada en escena de las mujeres del pueblo escasi siempre la primera señal de una extensión genera-lizada de esa naturaleza. La revuelta inmediata, si nos 31
  30. 30. limitamos a su dinámica inicial, sólo puede unir loca-lizaciones débiles (en el sitio de los revoltosos) a exten-siones restringidas (por imitación). Finalmente, la revuelta inmediata siempre es indis-tinta en cuanto al tipo subjetivo que convoca y suscita.A partir del momento en que esta subjetividad no estáhecha sólo de revuelta, que se halla dominada por lanegación y la destrucción, no permite que se distingacon claridad aquello que depende de una intención quepuede universalizarse parcialmente, de lo que perma-nece encerrado en una rabia sin más finalidad que lasatisfacción de haber podido cobrar forma y encontrarsus malos objetos para destruir o para consumir. Deallí que, como es sabido, a una masa de jóvenes indigna-dos por la muerte de su «hermano» se mezclan indistin-tamente los innumerables grados de contubernio con elhampa que existe en todas partes en que la pobreza, elabandono social, la ausencia de toda atención estatal y,sobre todo, la carencia de una organización políticaarraigada y con consignas fuertes, provocan una dislo-cación de la unidad popular y la tentación de losdespachantes dudosos que ponen en circulación dinerodonde no lo hay. El hampa, grande o chica, es una formaimportante de corrupción de la subjetividad popularpor parte de la ideología dominante del provecho. Lapresencia del hampa en la revuelta inmediata, en dosismás o menos elevadas según las circunstancias, esinevitable. Desde luego, los insurrectos deberían reco-nocerlo como una forma de complicidad con el ordendominante: después de todo, el capitalismo no es otracosa que el poder social de un hampa «honorable». Peroen la medida en que es inmediata, la revuelta realmen-te no puede organizar su propia depuración. De allíque, entre las destrucciones de los símbolos detestados,los saqueos rentables, la pura alegría de romper lo que32
  31. 31. existe, el olor alegre de la pólvora y la guerrilla contralos polis no resulta fácil ver con claridad. El sujeto delas revueltas inmediatas es siempre impuro. Es porello que no es político, ni siquiera prepolítico. En elmejor de los casos, y ya es bastante, se contenta conabrir el camino para una revuelta histórica; en el peor,con dar la señal de que la sociedad existente, quesiempre es una conformación estatal del Capital, notiene los medios suficientes como para prohibir demanera absoluta el surgimiento de una señal históricade rebelión en los espacios desolados de los que esresponsable. 33
  32. 32. 34
  33. 33. III LA REVUELTA LATENTELas revueltas históricas de los últimos tiempos, lasque señalan la posibilidad de una nueva distribuciónde la historia de las políticas –sin que, por el momen-to, sean capaces de llevar a cabo esa posibilidad– sonevidentemente las sublevaciones multiformes que sehan presentado en varios países árabes. En el próxi-mo capítulo me voy a basar en esas sublevacionespara definir precisamente lo que es una revueltahistórica: una revuelta que no es, más acá de ella,una revuelta inmediata ni, más allá de ella, el surgi-miento de una nueva política a gran escala. ¿Qué decir de nuestros países «occidentales»? Llamamos «occidentales» a los países que orgullosa-mente se llaman a sí mismos con ese nombre: paísessituados desde el punto de vista histórico en la puntadel desarrollo capitalista, que se reconocen dentro deuna vigorosa tradición imperial y guerrera, que toda-vía se encuentran dotados de un poder de disuasióneconómico y financiero que les permite comprar gobier-nos corruptos en casi todas partes del mundo y unpoder de disuasión militar que les permite intimidar atodos los enemigos potenciales de su dominación. Debe-mos agregar que esos países se sienten extremadamen- 35
  34. 34. te satisfechos de su sistema de Estado, al que denomi-nan «democracia», sistema que, en efecto, es particular-mente apropiado para la convivencia pacífica de diver-sas facciones de la oligarquía en el poder, las cuales,aunque estén de acuerdo en las cuestiones de fondo(economía de mercado, régimen parlamentario, hostili-dad vigilante contra todo lo que no son ellas y cuyonombre genérico es «comunismo»), no por ello estánmenos separadas por distintos matices. Los países occidentales han tenido revueltas históri-cas, y las tendrán sin duda alguna a una escala muchomayor a todo lo que hemos presenciado en los últimosdiez años. Desde hace aproximadamente cuarenta añosno han tenido ninguna revuelta histórica. Opino que seha abierto la época, si no de su posibilidad, por lo menosde que sea posible su posibilidad. Entendamos con estouna ruptura acontecimental4 que cree la posibilidad deun imprevisto despliegue histórico de tal o cual revuel-ta inmediata. Lo que me anima a arriesgar esta hipótesis (optimis-ta…) es lo que denomino la existencia, en nuestrospaíses pudientes, aunque en crisis, y contentos consigomismos, aunque sepulcrales, de una revuelta latente. Empezaré dando un ejemplo. Entre las innumerables fechorías antipopulares delgobierno de Sarkozy, que muy probablemente ha sidoel gobierno más reaccionario que Francia haya conoci-do desde Pétain, se incluye, como lo sabe todo el mundo,una reforma de la jubilación que ruidosamente exigen«los mercados» de los que Sarkozy es un obediente Neologismo que suele usarse para traducir el adjetivo événe- 4mentiel, que en las Ciencias Sociales hace referencia a lo que secircunscribe a una descripción de los acontecimientos, sin hacerningún comentario o reflexión (Cf. Alain Badiou (2002): Condiciones,México, siglo XXI editores) (N. del T.).36
  35. 35. comensal. En sustancia, se trata de trabajar durantemucho más tiempo para ganar bastante menos. La«réplica» a esta medida, de la que se hicieron cargo lossindicatos, fue a la vez muy masiva y muy blanda.Millones de personas desfilaron por las calles, pero lasdirecciones sindicales empezaban la lucha visiblemen-te derrotadas. Su objetivo real se limitaba a la necesi-dad de controlar a las masas y a evitar los «derrapes»,para llegar tranquilamente a los días mejores, cuandose elija como presidente a un miembro del aparato «deizquierda». Sin embargo, en el interior de ese movimiento, tandesarticulado en su interior por sus jefes como lo estabael ejército francés en 1940 por sus propios generales –quede lejos preferían a Hitler antes a los comunistas– sehan constatado varios síntomas que implícitamentetendían hacia la revuelta. En primer lugar, el gritoreiterado de «Sarkozy renuncia», que como veremos estípico de las revueltas históricas, fue proferido enmúltiples oportunidades, a pesar de las indicaciones«apolíticas» de las burocracias dirigentes. Luego, se hapodido constatar la evidente disidencia, en las mar-chas, de diversas grandes columnas sindicales, muchomás furiosas que sus jefes, que querían mucho más y loquerían ya. En esta constatación, hay que incluir lasorprendente decisión del sindicato de trabajadores derefinerías de petróleo, que durante algunos días man-tuvo un bloqueo en la entrega de naftas, una acción deuna brutalidad muy real y capaz de tener consecuen-cias a largo plazo (por lo demás, la policía intervinoenseguida). Sin duda, esos hechos daban comienzo a loque siempre sucede en tiempos de revueltas: la divisiónde los aparatos, sean cuales fueren, bajo la presiónsubjetiva de consignas por medio de las cuales la accióncolectiva tiende a unificar al pueblo. Finalmente y 37
  36. 36. sobre todo, la invención de nuevas formas de acción denaturaleza virtualmente insurrecta, aun cuando no sehaya extendido, ha preparado el futuro. En particular,cabe citar la práctica de huelgas «por procuración» ohuelgas «gratuitas»: esa fábrica o ese establecimientohacen huelga, aunque sus asalariados dicen que estánen el trabajo. Es que, con el evidente acuerdo de dichosasalariados, una avanzada popular exterior, compues-ta principalmente por personas que no están obligadasa trabajar (jubilados, estudiantes, veraneantes, des-ocupados…), ha ocupado el lugar y ha bloqueado laproducción. De esta manera, la condición de huelga espor completo real, aunque los asalariados no esténlegalmente en huelga y puedan cobrar su paga. Esteprocedimiento permite hacer que una huelga con ocu-pación se extienda en el tiempo, una duración que, porlo general, sigue siendo inaccesible, en la mayoría delos casos, más allá de algunos días, sobre todo en laactualidad, en la medida en que la vida se ha vueltomuy difícil para los pequeños asalariados y que lossindicatos están por demás debilitados como para sos-tener un fondo de huelga. Por diversas razones, este tipo de acción es casi-insurrecta. En primer lugar, hace caso omiso a laopinión reaccionaria usual según la cual los asuntos de unsitio son de sus asalariados y exclusivamente de ellos.Luego, enfrenta sin ceder el juicio no menos reacciona-rio según el cual es inmoral estar haciendo huelga y almismo tiempo declararse no huelguista. En tercerlugar, vincula de manera absoluta «huelga» y «ocupa-ción», que habitualmente están separadas por un esca-lón, por lo menos en la escala de la violencia y de laacción. De esta manera, crea una localización compar-tida, y no sólo una localización restringida, como seríael caso si únicamente los asalariados participaran de la38
  37. 37. ocupación. En cuarto lugar, debe prepararse para lallegada ineluctable de la policía, lo cual pone alorden del día el clásico debate insurrecto entre elabandono pacífico del sitio o la continuidad y laresistencia en el lugar. Finalmente, y sobre todo, operaen la acción el vínculo entre diversos estratos socialesque por lo general se hallan separados, lo que de estemodo crea en el mismo lugar un tipo subjetivo nuevo,más allá de los fraccionamientos alimentados tanto porel Estado como por sus aprendices sindicales. La mejorprueba de ello es que las acciones de una envergadurade este tipo, como, por ejemplo, la toma de algunosaeropuertos o la suspensión de actividades en las fábri-cas de tratamiento de la basura, han sido preparadasy decididas por comités que adoptan diversos nombrespero cuya característica principal ha sido la de amal-gamar a estudiantes, jóvenes, asalariados, agremiadoso no, jubilados, intelectuales… Así se realizaba a nivellocal, y en la mira de acciones inmediatas, una dimen-sión importante de las revueltas más significativas: lacreación de un nuevo tipo de unidad popular, indife-rente a las estratificaciones estatales y que se constitu-ye como resultado de trayectos subjetivos aparente-mente dispares. A favor de la latencia insurrecta de estas acciones,también cabe considerar que los principales medios decomunicación, servidores de la «prudencia democráti-ca» –dicho en otros términos, de la ideología POL– secuidaron muy bien de ver en ello la única verdaderanovedad de la situación, la única promesa de futuro deun movimiento tan blando como vasto, y lo menciona-ran lo menos posible. Podemos afirmar que la «movilización» (penosa pala-bra…) contra la ley Sarkozy sobre las jubilaciones hacontenido, más allá de su ampulosidad derrotista, una 39
  38. 38. subjetividad insurrecta latente. Sin duda, habría bas-tado una chispa, un incidente espectacular, un derrapeviolento, y hasta una consigna sindical mal comprendi-da para que dicha «movilización» adquiriese un carizmucho más decidido, para que saliera local y fuerte-mente del consenso capital-parlamentario y constitu-yese lugares populares inexpugnables. De esta manera, incluso en nuestros países angus-tiados y tentados por la reacción más extrema, lalatencia de la revuelta demuestra que las circunstan-cias pueden extraer de nuestra atonía un imprevisiblemás allá de nuestras «democracias» mortíferas.40
  39. 39. IV LA REVUELTA HISTÓRICAInstruidos por la impactante novedad de las revueltasen los países árabes, en especial por su duración, suencarnizamiento, su consistencia desarmada y por suimprevisible independencia, creo que, en primer tér-mino, es posible proponer una definición simple de larevuelta histórica: es el resultado de la transformaciónde una revuelta inmediata, más nihilista que política,en una revuelta prepolítica. Para lo cual, el caso de lospaíses árabes nos enseña entonces que se requieren: 1. El paso de la localización restringida (manifesta-ciones, asaltos y destrucciones en el sitio mismo de losinsurrectos) a la construcción de un lugar centraldurable, en el que los insurrectos se instalen de maneraesencialmente pacífica, afirmando que permaneceránen el lugar hasta que se vean satisfechas sus exigen-cias. De pronto, también pasamos del tiempo limitadoy, en cierta medida, consumado de la revuelta inmedia-ta, que es un asalto informe y arriesgado, al tiempolargo de la revuelta histórica, que más bien se parece alas viejas ciudades sitiadas, excepto por el hecho de queahora se trata de sitiar al Estado. En realidad, todo elmundo sabe que destruir no puede durar mucho, salvo 41
  40. 40. durante las «grandes guerras»: una revuelta inmediatadura entre uno y cinco días como máximo. En su lugarmasivo, incluso encerrado y hostigado por los policías,o en las grandes avenidas que ocupa ritualmente un díafijo de la semana, con la muchedumbre que no deja decrecer, la revuelta histórica se sostiene semanas o meses. 2. Para ello, se requiere pasar de la extensión porimitación a la extensión cualitativa. Lo que quieredecir que, en un sitio construido de esa manera, se vanunificando progresivamente casi todos los componen-tes del pueblo: la juventud popular y estudiante, porsupuesto, pero también los obreros de las fábricas, losintelectuales de toda suerte, familias enteras, gran can-tidad de mujeres, empleados, funcionarios, y hastapolicías y soldados… Personas de diferentes religionesdiferentes se protegen mutuamente durante los mo-mentos destinados a los rezos, personas de provenien-cia opuesta conversan tranquilamente como si se cono-cieran desde siempre. Y el habla múltiple, ausente ocasi ausente en las vociferaciones de la revuelta inme-diata, se afirma, los carteles cuentan y exigen, lasbanderas levantan a la multitud. Hasta la prensamundial reaccionaria terminará hablando del «puebloegipcio» con respecto a los que ocupan la plaza Tahrir.Es en ese momento cuando el umbral de la revueltahistórica se ha traspasado: localización establecida,duración posible prolongada, intensidad de la presen-cia compacta, multitud multiforme que vale por todo elpueblo: como habría dicho Trotsky, que algo de esto sabía:«Las masas se han subido al escenario de la Historia». 3. También fue necesario pasar del alboroto nihilistadel asalto insurrecto a la invención de una consigna únicaque envolviese todas las voces dispares: «¡Mubarak, anda-te!». Así es como se creó la posibilidad de la victoria, en lamedida en que ha quedado fijada la apuesta inmediata de42
  41. 41. la revuelta. Más allá de un sentimiento destructor devenganza, el movimiento puede extenderse en el tiempo ala espera de una satisfacción precisa, material: la partidade un hombre cuyo nombre se repite, casi no hay tabú alrespecto, hoy condenado en el plano público a que lo tachela gente ignominiosamente. De todo lo que hemos podido ver estos últimos meses,retengamos esto: la revuelta se vuelve histórica cuando sulocalización deja de ser restringida y, en cambio, en elespacio ocupado funda la promesa de una temporalidadnueva y de largo alcance; cuando su composición deja deser uniforme y, en cambio, esboza poco a poco una repre-sentación del mosaico unificado de todo el pueblo; cuando,finalmente, las quejas negativas de la revuelta pura se venreemplazadas por la afirmación de una demanda común, cu-ya satisfacción da un primer sentido a la palabra «victoria». En este marco muy general, de entrada hay queinsistir en lo que conforma la rareza propiamentehistórica de las revueltas tunecina y egipcia de princi-pios del año 2011: además de que nos enseñaron o nosrecordaron las leyes del pasaje de la revuelta inmedia-ta a la revuelta histórica, han sido victoriosas con bas-tante rapidez. Esos países contaban con regímenes queparecían estar bien emplazados desde hacía muchotiempo, que habían organizado una vigilancia policialpermanente y que practicaba la tortura sin ningúnremordimiento, que estaban rodeados por la amabilidadde todas las potencias «democráticas» imperiales, gran-des o minúsculas, que estaban irrigados de manera cons-tante por el maná corruptor de esas potencias y, de pronto,helos allí derribados, o por lo menos los que resultabanmás emblemáticos –Ben Ali y Mubarak– por accionespopulares absolutamente imprevisibles y sin que lasdirigiera ninguna organización existente, lo que vuelveindudable la dimensión insurrecta de esas acciones. 43
  42. 42. Sólo con esos hechos alcanza ya para que hablemos,con respecto a esas revueltas, de un «despertar de laHistoria». ¿Cuántos años son los que habría que remon-tarse para encontrar el derrocamiento de un podercentralizado y bien armado llevado a cabo por parte deuna inmensa multitud que lo enfrentaba sin nada enlas manos? Treinta y dos años: la época en que gigantes-cas manifestaciones callejeras, contra las cuales lasfuerzas armadas nada pudieron hacer, derrocaron alSah de Irán que, al igual que Ben Ali, era consideradoun occidentalista y un modernizador, y que, como a él,nuestros gobernantes habían adorado, habían subven-cionado y habían armado. Pero en ese entonces nosencontrábamos precisamente en el final de una largasecuencia histórica en que las revueltas, las guerras deliberación nacional, las tentativas revolucionarias,las guerrillas y las sublevaciones de la juventudhabían otorgado un sentido pleno a la idea de Histo-ria, encargada de sostener y validar opciones políti-cas radicales. Para una gran cantidad de gente,entre 1950 como muy temprano y 1980 como muytarde, las ideas de revolución y de comunismo cons-tituyen en todo el mundo evidencias triviales. Sinembargo, en nuestros países, a partir de comienzosde los años 1970 muchos militantes tiran la toalla,dando inicio al penoso camino de la renegación y dela adhesión al orden establecido, bajo la banderaapolillada del «antitotalitarismo». La Revolución cul-tural en China, esa Comuna de Paris de la época delos Estados socialistas, 5 fracasó debido a su propia 5 Para un análisis sintético de la Revolución Cultural que, amenos que no se quiera comprender nada de la historia del proyectocomunista, es el punto histórico a partir del cual hay que volver apartir, señalo las páginas que le consagro en L’Hypothèse communis-te (Lignes, 2009).44
  43. 43. violencia anárquica –¿acaso se trataba de una colecciónde revueltas inmediatas?– en 1976, con la muerte deMao. Solos en el mundo, algunos grupos intentaronpreservar los medios de una nueva duración. En estesentido, la revolución iraní era terminal y no inaugu-ral. A través de su oscura paradoja (una revolucióndirigida por un ayatolah, una sublevación popular quese hallaba como encastrada en un contexto teocrático),anunciaba el fin del tiempo claro de las revoluciones.En ello, coincidía con el movimiento obrero Solidarnoscde Polonia. Este alzamiento popular de gran importan-cia contra un Estado socialista corrupto y crepuscularha recordado que siempre es posible la acción de lasmasas populares, incluso en una situación devastadapor la ocupación extranjera y un régimen político im-puesto desde afuera. Solidarnosc también nos ha recor-dado que tales acciones sacan una fuerza singularcuando se centran en las fábricas y sus obreros. Pero almargen de su fuerza crítica, el movimiento polacoseguía estando desprovisto de toda idea nueva referidaal posible destino del país y extrañamente lo alentabanun futuro papa y un clero absolutamente reaccionarios.Por lo demás, el resultado de la revolución iraní, eloxímoron que conforma la expresión «República islámi-ca», como su nombre lo indica, no tiene ninguna vocaciónuniversal. Menos todavía el triste destino del Estadopolaco «liberado» del comunismo: capitalismo rabioso,xenófobo y servilmente proestadounidense. Naturalmente, no sabemos a dónde irán a parar lasrevueltas históricas de Túnez, de Egipto, de Siria y deotros países árabes: nos encontramos en la primera faseposinsurrecta y todo sigue siendo muy incierto. Peroresulta claro que, a diferencia de la revuelta históricapolaca o de la revolución iraní, que clausuraban unasecuencia con una cerrazón violenta y paradójica de su 45
  44. 44. contexto ideológico, las revueltas en los países árabesabren una secuencia que deja a su propio contexto en laindecisión. Remueven y modifican las posibilidadeshistóricas de manera tal que el sentido que despuésadquirirán sus pocas victorias iniciales en gran medi-da fijará el sentido de nuestro futuro. Al tiempo que mantenemos su dimensión puramenteacontecimental y, por lo tanto, sustraída de la previ-sión «científica», creo que podemos inscribir estas dis-posiciones insurrectas como acciones característicasde lo que llamaré periodos de intervalo. ¿Qué es un periodo de intervalo? Es lo que vienedespués de un periodo durante el cual la concepciónrevolucionaria de la acción política ha sido clarificadalo suficiente como para que se haya presentado demanera explícita como una alternativa al mundo domi-nante y haya obtenido al respecto apoyos masivos ydisciplinados, a pesar de las luchas internas que mar-can su desarrollo. En un periodo de intervalo, por elcontrario, la idea revolucionaria del periodo preceden-te, que desde luego se ha topado con obstáculos muyserios –enemigos encarnizados en el exterior e incapa-cidad provisoria para resolver importantes problemasque se suscitan en el interior– ha dejado vacante suherencia. Todavía no ha sido sustituida por un nuevocurso en su desarrollo. Está faltando una figura de laemancipación que sea abierta, compartida y practicableen una escala universal. El tiempo histórico, por lo menospara los que no aceptan venderse a la dominación, sedefine por una suerte de intervalo incierto de la Idea. En el transcurso de tales periodos, justamente debi-do a que el camino revolucionario se ha debilitado o que,incluso, se ha vuelto ilegible, es posible que los reaccio-narios digan que las cosas han retomado su cursonatural. Es lo que ha ocurrido de manera típica en 181546
  45. 45. con los restauradores de la Santa Alianza, para quieneslas relaciones sociales feudales y su síntesis monárqui-ca constituían el único orden digno de Dios, mientrasque la revolución republicana y plebeya no era más queuna monstruosidad que se resumía en el Terror y en lafigura diabólica de Robespierre. Y es también de mane-ra típica lo que nos quieren hacer creer desde hacetreinta años: la aberración totalitaria, el poder ideoló-gico mortífero, los Estados socialistas, el marxismo, elleninismo, el maoísmo y todos los movimientos del pen-samiento y de la acción que encontraron allí el principiode una vida intensa, sabemos de fuentes seguras –dicenlos devotos demócratas y los nuevos tartufos– que noeran más que imposturas ineficientes y criminales quese resumen en la figura diabólica de Stalin. La natura-leza pacífica de las cosas, la única proposición que vale,es la armonía natural entre el capitalismo desenfrena-do y la democracia impotente. Impotente debido a que,del lado del verdadero poder, el del Capital, es servil y dellado de la ambición trabajadora y popular, está estrecha-mente «controlada». La «democracia liberal» es el periodo de intervalo enque todavía estamos, es decir, entre 1980 y 2011 (¿y aunmás?) –periodo en que el capitalismo clásico se hareactivado como consecuencia del hundimiento de lasformas estatales de la vía comunista surgidas de larevolución bolchevique– lo que era la «monarquía liberal»en el periodo de intervalo durante el cual el capitalismomoderno se desarrolló tras el aplastamiento de los últi-mos temores de la revolución republicana (1815-1850). Sin embargo, durante esos periodos de intervalo, losdescontentos, las revueltas, la convicción de que elmundo no debería ser lo que es, que el capital-parla-mentarismo no es de ninguna manera «natural» sinoperfectamente siniestro, todo eso existe. Al mismo 47
  46. 46. tiempo, no puede encontrar una forma política propia,debido a la imposibilidad, en primer lugar, de extraersu fuerza del hecho de que comparten una Idea. Lafuerza de las revueltas, incluso cuando aquellas ad-quieren un alcance histórico, sigue siendo esencial-mente negativa («que se vayan todos», «afuera Ben Ali»,«Mubarak, andate»). La fuerza no despliega la consignaen el elemento afirmativo de la Idea. Es por esta razónque la forma de la acción de masa colectiva sólo puedeser la revuelta, conducida en el mejor de los casos haciasu forma histórica, lo que también se denomina un«movimiento de masas». Recapitulemos: en periodos de intervalo, la revueltaes la guardiana de la historia de la emancipación. Volvamos al periodo 1815-1850, en Francia y enEuropa, pues nuestro propio intervalo extrañamentese parece a esa Restauración. Viene a ocupar el lugar dela Gran Revolución y se encuentra vertebrado, al igualque nuestros últimos treinta años, por una restaura-ción reaccionaria virulenta, que al mismo tiempo espolíticamente constitucionalista y económicamente li-beral. Sin embargo, también ha sido un gran periodo derevueltas, que a menudo fueron momentánea o aparen-temente victoriosas (las Tres Gloriosas de 1830, lasrevueltas obreras que se dieron un poco por todaspartes, la «revolución» de 1848…), sobre todo a partirde los años 1830. Se trata en todos los casos de revuel-tas, a veces inmediatas, a veces más históricas, carac-terísticas de un periodo de intervalo: a la idea republi-cana, insuficiente de allí en adelante para lograr des-prenderse de la reacción burguesa, le deberá suceder,a partir de 1850, la Idea comunista. Una vieja constatación indica que el despertar de laHistoria, bajo la forma de la revuelta y de su posiblevictoria inmediata, por lo general no es contemporáneo48
  47. 47. de la reviviscencia de la Idea, lo cual le habría dado ala revuelta un futuro político real. Esta ruptura decontacto es completamente perceptible en algunas re-vueltas de los Sans-culottes y de los «Bras nus» durantela misma Revolución Francesa. Esas revueltas no ha-brían podido contentarse con la ideología revoluciona-ria bajo su estricta forma republicana. Suponen un másallá ideológico que aún no se ha constituido. A falta deuna Idea subjetiva realmente compartida, de allí enmás les será imposible resolver el problema que signi-fica pasar de la revuelta, incluso la que es histórica, ala consistencia de una política organizada. Sin duda, la prueba empírica más impactante de quela Historia no lleva consigo la solución a los problemasque, sin embargo, pone al orden del día la constituyeeste inevitable retraso de las revueltas –en la medidaen que son la señal de masa de una reapertura de laHistoria– sobre las cuestiones más contemporáneas dela política, transmitidas ellas también por el momentoprevio al intervalo, mientras existió una visión ampliade la política de la emancipación. Por muy brillantes ymemorables que sean las revueltas históricas del mun-do árabe, al final acaban tropezando con problemasuniversales de la política que quedaron en suspenso enel periodo anterior, en el centro de los cuales se halla loque constituye el problema por antonomasia de lapolítica, a saber, el de la organización. Sólo que, como lodice Mao, «para tener orden en la organización, hay quetenerlo en la ideología». Sin embargo, la ideología siemprees sólo el conjunto de consecuencias abstractas de unaIdea o, si se prefiere, de uno o de varios principios. En suma, en tanto que guardianas de la historia dela emancipación durante los periodos de intervalo, lasrevueltas históricas señalan la urgencia de una propo-sición ideológica reformulada, de una Idea fuerte, de 49
  48. 48. una hipótesis crucial, para que la energía que ellas li-beran y los individuos que se comprometen con ellasconsigan hacer que acontezca, más acá y más allá delmovimiento de masas y del despertar de la Historia queseñala, una nueva figura de la organización y, por lotanto, de la política. Para que el día político que sigueal despertar de la Historia también sea nuevo. Para queel mañana difiera realmente del hoy. Para que, ensuma, se valide enteramente la lección que contiene elúltimo verso de un famoso poema de Brecht, Elogio dela dialéctica, que cito aquí en su totalidad: Hoy la injusticia se pavonea con paso seguro. Los opresores hacen planes por diez mil años. La violencia asegura: «Todo seguirá como está». No suena otra voz más que la de los que dominan y en todos los mercados la explotación proclama: «Ahora me toca a mí». Pero entre los oprimidos, muchos ahora dicen: «Lo que nosotros queremos, nunca ocurrirá». ¡El que está todavía vivo, que no diga: «nunca»! Lo seguro no es seguro. Nada quedará como está. Cuando hayan hablado los que dominan hablarán los dominados. ¿Quién se atreve a decir «nunca»? ¿De quién depende que la opresión continúe? De nosotros. ¿De quién depende que se la aplaste? De nosotros. El que es derribado, ¡que se levante! El que está perdido, ¡que luche! Al que ha comprendido por qué está así, ¿cómo habrían de detenerlo? Los vencidos de hoy son los vencedores de mañana y ese «nunca» será: hoy mismo.50
  49. 49. V LA REVUELTA Y OCCIDENTELa revuelta histórica es un desafío para el Estado en lamedida en que, al exigir la partida de los hombres quelo dirigen, casi siempre lo expone a un cambio brutal eimprevisto que puede incluso llegar a hundirse porcompleto (es lo que efectivamente ocurrió en Irán, hacetreinta años, con el régimen monárquico del Sah). Almismo tiempo, la revuelta no posee todas las claves, –muylejos de ello– de la naturaleza y de la extensión delcambio al que está exponiendo al Estado. La revuelta noha prefigurado en lo más mínimo lo que va a ocurrir enel Estado. Desde luego, en los movimientos de masas con di-mensión histórica siempre hay gente que cree sincera-mente lo contrario. Piensan que las prácticas democrá-ticas populares del movimiento (de cualquier revueltahistórica, dónde y cuando sea) forman una suerte deparadigma para el Estado futuro. Se organizan asam-bleas igualitarias, todo el mundo tiene derecho a tomarla palabra y las diferencias sociales, religiosas, racia-les, nacionales, sexuales e intelectuales ya no tienenninguna importancia. La decisión es siempre colectiva.Por lo menos en apariencia: los militantes aguerridossaben cómo preparar una asamblea a través de una 51
  50. 50. reunión restringida previa que, en los hechos, serásecreta. Pero poco importa, lo cierto es que la decisiónserá casi siempre unánime porque de la discusión sedesprenderá la proposición más fuerte y más justa. Yentonces es posible decir que el poder «legislativo», elque formula la nueva directiva, no sólo coincide con elpoder «ejecutivo», el que organiza las consecuenciasprácticas, sino también con todo el pueblo activo quesimboliza la asamblea. ¿Por qué no extender a todo el Estado esos caracteresde la democracia de masas que son tan fuertes y quedespiertan tanto entusiasmo? Muy simplemente por-que entre la democracia insurrecta y el sistema rutina-rio, represivo y ciego de las decisiones estatales –in-cluso, y sobre todo, cuando pretenden ser «democráti-cas»– existe un abismo tan importante que Marx sólopodía imaginar subsanarlo al término de un proceso dedebilitamiento del Estado. Y ese proceso exigía, paraser bien dirigido hasta su meta, no una democracia demasas por todas partes sino su contrario dialéctico:una dictadura transitoria, cerrada e implacable. Sin que quepa duda alguna, Marx tenía razón, y másadelante volveré sobre esta paradoja racional de unacontinuidad inevitable entre la democracia igualitariainstaurada por la revuelta histórica en su propio senoy la dictadura popular ejercida hacia el exterior, diri-gida contra los enemigos y los sospechosos, por mediode la cual se intenta llevar a cabo lo que implica unafidelidad política a la revuelta. Por el momento, nos alcanza constatar que unarevuelta histórica no propone por sí misma ningunaalternativa al poder que pretende derribar. Hay unadiferencia muy importante entre «revuelta históri-ca» y «revolución»: se supone, por lo menos desdeLenin, que la segunda dispone en sí misma de los52
  51. 51. recursos necesarios para una toma inmediata delpoder. Ésa es la razón por la cual en todas las épocas losinsurrectos se han quejado de que el nuevo régimen,siguiente al derrocamiento insurrecto del anterior, seaen lo esencial idéntico a aquel. El prototipo de estasimilitud, tras la caída de Napoleón III, como conse-cuencia de la guerra perdida y a las revueltas del 4 deseptiembre de 1870, es la conformación de un régimencuyo personal político había surgido en su mayoría dela pretendida «oposición» al Imperio. Para que se supie-ra exactamente de qué lado estaba ubicado, este «nue-vo» poder mostrará su particular ferocidad antipopu-lar algunos meses más tarde, al masacrar sin el másmínimo remordimiento a miles de trabajadores parti-darios de la Comuna.6 El Partido Comunista, tal como fue concebido por elPOSDR7 y luego por los bolcheviques, era una estructu- 6 Resulta esencial reconstruir la génesis del concepto (parlamen-tario) de «la izquierda» a partir de su origen «republicano», a saber:el gobierno compuesto por la oposición a Napoleón III que tomó elpoder en 1870. Los Thiers y los tres Jules, como dice Guillemin(Jules Ferry, Jules Grévy y Jules Simon) son los tristes héroes deeste asunto, que obtuvo por saldo en primer lugar la capitulaciónante los prusianos y luego la feroz masacre de los partidarios de laComuna. La izquierda francesa (colonialismo, unión sagrada en 14-18, amplia adhesión a Pétain, guerra de Argelia, participación en elgolpe de estado gaullista de 1958, universalización financiera bajoMitterrand, trato represivo hacia los trabajadores de origen africa-no, por citar algunas cosas) ha sido fiel desde entonces a susorígenes. Sobre el anudamiento de la palabra «izquierda» a unaconstante contrarrevolucionaria propongo algunas pistas en elcapítulo que dedico a la Comuna de Paris en L’Hypothèse communis-te, op. cit. 7 Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. El POSDR, unaorganización marxista revolucionaria fundada en marzo de 1898, sedividirá más tarde en dos facciones: los bolcheviques y los menche-viques (N. d. E.). 53
  52. 52. ra que se proclamó apta para encarnar una alternativaal poder en plaza y para fundar un Estado nuevo trasla destrucción completa del viejo aparato zarista, comoresultado de un análisis riguroso que llevó a cabo Leninde la Comuna de Paris. Cuando la figura insurrecta se convierte en unafigura política o, dicho en otros términos, cuando dis-pone en sí misma del personal político que necesita ycuando recurrir a los viejos caballos profesionales delEstado se vuelve claramente inútil, es posible decir que hallegado el fin del periodo de intervalo debido a que unanueva política ha conseguido apropiarse del despertar dela Historia que una revuelta histórica había simbolizado. Para volver a las revueltas históricas del mundoárabe, en particular en Egipto y en Túnez, sabemos yaque van a continuar y que se van a dividir. Una partede los insurrectos, los más jóvenes, los más determina-dos o los que están mejor organizados, va a proclamarque los poderes de transición que penosamente fueronpuestos en funciones y que a menudo enmascaran lapermanencia de las instituciones más importantes delantiguo régimen (el ejército en Egipto, por ejemplo)están tan alejados del movimiento popular que no losquiere, como tampoco a Ben Ali o a Mubarak. Pero estasprotestas, por el momento, no producen la idea a partirde la cual será posible organizar la fidelidad a larevuelta. De donde surge una animada indecisión que,desde un punto de vista puramente formal, coloca lasituación en el mundo árabe muy cerca de lo que ya sevio en el siglo XIX.8 Uno de los signos dialécticos que indican que el capitalismo 8contemporáneo está regresando generalizadamente a la forma puradel capitalismo tal como se lo podía ver operar hacia mediados delsiglo XIX lo constituye el fascinante parecido que tienen entre sí lasrevueltas en el mundo árabe y la «revolución» de 1848 en Europa. Un54
  53. 53. A fin de cuentas, no podemos esquivar la pregunta:¿cuáles son los criterios que nos permiten juzgar unarevuelta y medir la importancia del despertar históri-co que encarna? Las potencias occidentales y los medios de comuni-cación que dependen de ellas tienen desde el comienzouna respuesta bien preparada: según ellos, el deseo queanima a las revueltas en los países árabes es el de la«libertad», en el sentido que los occidentales le dan aesa palabra, a saber, la «libertad de opinión» dentro delmarco fijo del capitalismo desenfrenado («libertad deemprender») y del Estado fundado sobre la base de larepresentación parlamentaria (las «elecciones libres»que dan a elegir entre diversos administradores, prác-ticamente indiscernibles, del sistema en plaza). En el fondo, nuestros gobernantes y nuestros mediosde comunicación dominantes han propuesto una inter-pretación simple de las revueltas en el mundo árabe: loque allí se ha expresado es lo que se podría denominarun deseo de Occidente. Un deseo de que «se beneficien»con todo lo que nosotros, hartos y somnolientos indivi-duos de los países pudientes, ya «nos beneficiamos». Un————mismo origen aparentemente anecdótico, una misma sublevacióngeneral, una misma extensión en todo un espacio histórico (en 1848era Europa), mismas diferenciaciones según los países, mismasdeclaraciones colectivas ardientes e imprecisas, una misma orien-tación antidespótica, mismas incertidumbres, una misma tensiónsorda entre el componente intelectual y pequeñoburgués y el com-ponente obrero… Es sabido que ninguna de esas revoluciones logrórealmente desembocar en una nueva situación estatal y social. Perotambién se sabe que a partir de ellas se abrió una secuenciahistórica completamente nueva que apenas concluye en los añosochenta del siglo XX. Es que la Idea está atada a los acontecimientos.Tras haber sido derrotados en las barricadas de las insurreccionesalemanas, Marx y Engels firmaron uno de los textos más victoriososde la Historia: el Manifiesto del Partido Comunista. 55
  54. 54. deseo de que por fin se integren al «mundo civilizado»que los occidentales, descendientes incorregibles decolonos racistas, están tan seguros de representar quemontan «tribunales» internacionales para juzgar a quien-quiera que sostenga otros valores –cierto es que a veces, enefecto, son poco recomendables– o apenas haga como siquisiera sacarse la pesada tutela de la «comunidad inter-nacional» –desde luego, a veces de manera puramenteinteresada–. Al hacerlo, los occidentales que se cobijantras el escudo del Derecho olvidan que su pretendidopoder de decir el Bien no es más que el nombre moderni-zado del intervencionismo imperial. Todo movimiento de masas es, a ciencia cierta, unaexigencia apremiante de liberación. En relación conregímenes tan despóticos, corruptos y sometidos a losdeseos imperiales como los de Ben Ali y de Mubarak,una exigencia de esa naturaleza no podría ser máslegítima. Que ese deseo como tal sea un deseo deOccidente es algo infinitamente más problemático. Hay que recordar que Occidente, en tanto potencia,no ha dado hasta ahora ninguna prueba de estar pre-ocupado de la manera que sea por organizar la libertaden los lugares en que interviene, lo que a menudo llevaa cabo por las armas. Lo que cuenta para nosotros,«civilizados», es: «¿Ustedes están con nosotros o no?»,dándole a la expresión «estar con nosotros» el significa-do de una interioridad servil hacia la economía demercado planetario, organizada en los países en cues-tión por un personal corrupto que colabora estrecha-mente con una policía y un ejército contrarrevoluciona-rios, formados, armados y dirigidos por oficiales, agen-tes secretos y traficantes que son típicamente nuestros.«Países amigos» como Arabia Saudita, Pakistán, Nige-ria, México y muchos otros son tan despóticos y corrup-tos, cuando no mucho más todavía, que lo que eran56
  55. 55. Túnez bajo Ben Ali o Egipto bajo Mubarak, pero a losque aparecieron en el momento de los acontecimientosde Túnez o de Egipto como ardientes defensores detodas las revueltas a favor de la libertad casi no se losescucha mencionar este tema. Resulta más que claroque nuestros Estados prefieren la calma firme quegarantizan los amigos déspotas a la incertidumbre dela revuelta. Pero en la medida en que la revuelta se dejainterpretar como un deseo de Occidente, y aun más sitermina siéndolo, los políticos y los medios de comuni-cación de nuestros países le darán la bienvenida. Sin embargo, este desenlace no está asegurado. Elhecho mismo de que los franceses y los ingleses hayanido a Libia, bajo el megáfono oportuno de Bernard-Henri Lévy, para inventar pura y llanamente unoscuantos «rebeldes» de acá y de allá –entre los cuales, losúnicos que resultaron ser verdaderamente eficacesprobaron ser ex miembros de Al Qaeda, ¡imagínensequé paradoja!– pero, a cuyos pies, por el momento todosse rinden (Libia es, en efecto, el único lugar en el mundoen que a la gente le viene la descabellada idea de gritar«viva Sarkozy»), para armarlos, para dirigirlos y paragarantizarles apoyo aéreo a sus fuerzas aéreas, mues-tra hasta qué punto, en definitiva, temen nuestrosgobernantes que en las verdaderas revueltas se expresealgo que no sea un amor desmesurado por las civiliza-ciones imperiales. Que tras cinco meses de acción de lasaviaciones francesas e inglesas bajo la logística estado-unidense con sus helicópteros de asalto, con sus oficia-les y agentes en el terreno, se esté hablando de unaemocionante «victoria de los rebeldes» es francamenteridículo. Pero este tipo de victoria (Juppé,9 en lo que debe 9 Alain Juppé, ministro de Relaciones Exteriores del gobierno deSarkozy (N. del T.). 57
  56. 56. considerarse como una enorme confesión, afirma que«nosotros somos los que hicimos el trabajo») es lo que losoccidentales adoran. Pues cuando se trata de verdade-ras revueltas populares, no consiguen reprimir imagi-narse que, tal vez, después de todo, se las tengan quever con personas que no desean quedar roncas de tantogritar a favor de Cameron, de Sarkozy o de Obama. ¿Talvez –y su angustia empieza a aumentar– se tratará entodos esos episodios de una Idea todavía no formuladapero para ellos muy desagradable? ¿De una concepciónde la democracia por completo opuesta a la suya? Anteesta incertidumbre, concluyen, preparemos nuestrasametralladoras y verifiquemos, aquí y allá, que esténlistas por si hay que usarlas. En estas condiciones, es necesario intentar definircon mayor precisión lo que es o lo que sería un movi-miento popular reductible a un «deseo de Occidente», ylo que bien podrían ser las revueltas actuales, más alláde esta tentación mortífera. Intentémoslo: una revuelta sometida al deseo deOccidente adquiere de inmediato la forma de unarevuelta antidespótica, cuya potencia negativa y popu-lar es en efecto la de la multitud, pero cuya potenciaafirmativa no tiene una norma distinta de aquellas delas que se vale Occidente. Un movimiento popular queresponde a esta definición tiene todas las posibilidadesde concluir con muy modestas reformas constituciona-les y con elecciones bien controladas por la «comunidadinternacional», de las que saldrán vencedores, parasorpresa general de los simpatizantes de la revuelta, obien sicarios muy conocidos de los intereses occidenta-les o bien un refrito de esos «islamistas moderados» dequienes nuestros gobernantes están aprendiendo pocoa poco que no tienen gran cosa a la que temer. Propongoafirmar que, al término de un proceso de esa naturale-58
  57. 57. za, habremos presenciado un fenómeno de inclusiónoccidental. En nuestros países, la interpretación dominante delo que está ocurriendo apunta a que ese fenómenoconstituya el desenlace natural y legítimo, bajo elnombre de «victoria democrática», de los procesos insu-rrectos que se presentan en los países árabes. Lo cual, por lo demás, echa luz al hecho de que lasrevueltas, por el contrario, se reprimen y se deshonrande manera brutal cuando se presentan en países comolos nuestros. Si una «buena revuelta» reclama unainclusión occidental, ¿por qué cuernos sublevarse allídonde esta inclusión está bien establecida, en nuestrasólida democracia civilizada? Los piojosos, los árabes,los negros, los orientales y otros trabajadores venidosdel infierno pueden, de tanto en tanto y sin exagerar,exigir ser «como nosotros», máxime que no será mañanaque lo conseguirán y que, entretanto, el buen saqueocolonial que alimenta nuestra serenidad persistirábajo diversas formas. En nuestros países, por el contra-rio, sólo tienen derecho a trabajar y a votar en silencio.Si no, ¡cuidado! Cameron y su pequeño gulag londinen-se reservado a los jóvenes de los barrios, Sarkozy y suKärcher antigentuza, velan por los muros de la civili-zación. Si es cierto que, tal como Marx lo había previsto, elámbito de realización de las ideas emancipadoras es elespacio mundial (lo cual, dicho entre paréntesis, no hasido realmente el caso de las revoluciones del siglo XX),entonces, un fenómeno de inclusión occidental no pue-de considerarse un cambio verdadero. Lo que constitui-ría un cambio verdadero sería una salida de Occidente,una «desoccidentalización» que adquiriría la forma deuna exclusión. Me dirán que es una ensoñación. Peropuede ser que se presente así bajo nuestros ojos. Y en 59
  58. 58. todo caso, es lo que debemos soñar, porque ese sueñopermite atravesar, sin desdecirse ni hundirse en el «nofuture» del nihilismo, los penosos años de un periodo deintervalo.60
  59. 59. VI REVUELTA, ACONTECIMIENTO, VERDADSe habrá comprendido que el valor que se le otorga alactual despertar insurrecto de la Historia se debe a laposibilidad que posee de dar lugar a las fidelidadespolíticas que se mantienen indiferentes al deseo deOccidente. ¿Qué es lo que nos puede garantizar que el aconte-cimiento, la revuelta histórica, produzca en efectoesta posibilidad? ¿Quién nos protegerá de la fuerzasubjetiva, bien real, del deseo de Occidente? No esposible dar aquí ninguna respuesta formal. El análi-sis minucioso del largo y tortuoso proceso estatal nonos será de gran ayuda. A corto plazo, desembocaráen elecciones que carecen de verdad. Lo que tenemosque hacer es una investigación paciente y minuciosajunto a la gente, en la búsqueda de lo que habrá deafirmar, al cabo de un proceso de división inevitable(pues el portador de verdad siempre es el Dos y no elUno), la fracción irreductible del movimiento, a sa-ber, los enunciados. Cuestiones dichas que no seansolubles en la inclusión occidental. Cuando esos enun-ciados existen, se los reconoce fácilmente. Y es bajo lacondición de que existan esos enunciados como resul-ta posible concebir un proceso de organización de las 61
  60. 60. figuras de la acción colectiva, lo cual marcará suacontecer político. Ya significa bastante constatar que, en la revueltahistórica egipcia, la más importante y consistente detodas, nada da cuenta de manera irreversible que seesté tratando de un deseo masivo de Occidente. Aque-llas personas que, día tras día, han leído en lenguaárabe las banderolas de la plaza Tahrir, han constata-do, a menudo para su gran sorpresa, que la palabra«democracia» no aparece prácticamente nunca. Lostemas principales, más allá del «¡Andate!» unánime,son el país, Egipto, la restitución del país a su pueblolevantado (lo que explica la presencia por todas partesde la bandera nacional) y, por lo tanto, precisamente elfin de su servilismo con respecto a Occidente y a sucomponente israelí; el fin de la corrupción y de la des-igualdad monstruosa entre un puñado de corruptos yla masa de trabajadores ordinarios; la voluntad deconstruir un Estado social que ponga fin a la terriblemiseria de millones de personas. Es posible integrartodo esto en una gran Idea política nueva, en continui-dad con lo que he denominado el «comunismo de movi-miento», propio a todos los movimientos de ese tipo,mucho más fácilmente que al ardid electoral, esa tram-pa que tiende el viejo opresor histórico. Puedo retomar todo esto de un modo a la vez másabstracto y más simple. En un mundo estructurado porla explotación y la opresión, hay masas de personas queno tienen, estrictamente hablando, ninguna existen-cia. No cuentan para nada. En el mundo actual, casitodos los africanos, por ejemplo, no cuentan para nada.E incluso en nuestras comarcas pudientes, en el fondo,la mayoría de las personas, la masa de trabajadorescomunes no decide absolutamente nada, no tiene sinouna voz ficticia en el capítulo de las decisiones que62
  61. 61. conciernen a su propio destino. Sólo una oligarquía, a lavez alejada y omnipresente, consigue ligar los episodiossucesivos de la vida de la gente mediante un parámetrounificado, a saber, el provecho con el que se alimentaesa oligarquía. A esas personas que se hallan presentes en el mundopero que están ausentes en su sentido y en las decisio-nes que conciernen a su futuro, las llamaremos elinexistente del mundo. Diremos entonces que un cam-bio de mundo es real cuando un inexistente del mundocomienza a existir en este mismo mundo con una inten-sidad máxima. Exactamente eso es lo que decía ytodavía dice la gente en las manifestaciones popularesen Egipto: no existíamos y ahora existimos, podemosdeterminar la historia del país. Este hecho subjetivoestá provisto de una fuerza extraordinaria. El inexis-tente se ha puesto de pie. Es por eso que se habla desublevación: estaban acostados, plegados, se levantan,se ponen de pie, se sublevan. Este levantamiento es unlevantamiento de la existencia misma: los pobres no sevolvieron ricos, la gente desarmada no está armada,etc. En el fondo, nada ha cambiado. Lo que ha ocurridoes que se ha puesto de pie la existencia del inexistente,condicionado por lo que denomino un acontecimiento.Sin ignorar que, a diferencia del ponerse de pie delinexistente, el acontecimiento mismo casi siempre esinaprehensible. La definición del acontecimiento como lo que vuelveposible el ponerse de pie del inexistente es una defini-ción abstracta aunque irrefutable, muy simplementeporque el ponerse de pie se proclama: es inmediata-mente lo que dice la gente. ¿Qué es lo que se observaobjetivamente? La determinación de un lugar cumpleun papel decisivo: en unos pocos días, una plaza delCairo adquiere una fama planetaria. Resulta funda- 63

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