Alberto MéndezLos girasoles ciegos   Círculo de Lectores
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Los girasoles ciegos (texto del libro)

  1. 1. Alberto MéndezLos girasoles ciegos Círculo de Lectores
  2. 2. Alberto Méndez Los girasoles ciegos ÍNDICE PRIMERA DERROTA: 1939 o Si el corazón pensara dejaría de latir ........ 5 SEGUNDA DERROTA: 1940 o Manuscrito encontrado en el olvido ...... 16 TERCERA DERROTA: 1941 o El idioma de los muertos ....................... 26 CUARTA DERROTA: 1942 o Los girasoles ciegos ................................ 44 2
  3. 3. Alberto Méndez Los girasoles ciegos A Lucas Portilla (in memoriam) A Chema y Juan Portilla, que conocen la ausencia 3
  4. 4. Alberto Méndez Los girasoles ciegos Superar exige asumir, no pasar página o echar en el olvido. En el caso de una tragedia requiere, inexcusablemente, la labor del duelo, que es del todo independiente de que haya o no reconciliación y perdón. En España no se ha cumplido con el duelo, que es, entre otras cosas, el reconocimiento público de que algo es trágico y, sobre todo, de que es irreparable. Por el contrario, se festeja una vez y otra, en la relativa normalidad adquirida, la confusión entre el que algo sea ya materia de historia y el que no lo sea aún, y en cierto modo para siempre, de vida y ausencia de vida. El duelo no es ni siquiera cuestión de recuerdo: no corresponde al momento en que uno recuerda a un muerto, un recuerdo que puede ser doloroso o consolador, sino a aquel en que se patentiza su ausencia definitiva. Es hacer nuestra la existencia de un vacío. CARLOS PIERA, «Introducción» a Tomás Segovia: En los ojos del día: antología poética 4
  5. 5. Alberto Méndez Los girasoles ciegos PRIMERA DERROTA: 1939 o Si el corazón pensara dejaría de latir Ahora sabemos que el capitán Alegría eligió su propia muerte a ciegas, sin mirar el rostrofuribundo del futuro que aguarda a las vidas trazadas al contrario. Eligió entremorir sin pasiones niaspavientos, sin levantar la voz más allá del momento en que cruzó el campo de batalla, con lasmanos levantadas lo necesario para no parecer implorante y, ante un enemigo incrédulo, gritar una yotra vez «¡Soy un rendido!». Bajo un aire tibio, transparente como un aroma, Madrid nocheaba en un silencio melancólicoalterado sólo por el estallido apagado de los obuses cayendo sobre la ciudad con una cadencialitúrgica, no bélica. «Soy un rendido.» Durante dos o tres noches, nos consta, el capitán Alegríaestuvo definiendo este momento. Es probable que se negara a decir «me rindo» porque esa fraserespondería a algo congelado en un instante cuando la verdad es que él se había ido rindiendo pocoa poco. Primero se rindió, después se entregó al enemigo. Cuando tuvo oportunidad de hablar deello, definió su gesto como una victoria al revés. «Aunque todas las guerras se pagan con losmuertos, hace tiempo que luchamos por usura. Tendremos que elegir entre ganar una guerra oconquistar un cementerio», concluía en una carta que escribió a su novia Inés en enero de 1938.Ahora sabemos que él, sin saberlo, había rechazado de antemano ambas opciones. Sabiendo ahora lo que sabemos de Carlos Alegría, podemos afirmar que durante el tránsitoentre las dos trincheras sólo escuchó el alboroto de su pánico. Todos los ruidos, todas lasexplosiones, todos los gritos, fueron absorbidos por el silencio de la noche. Madrid estaba al fondocomo un escenario, salpicando la tibieza del aire con los perfiles de una ciudad apagada que la lunadibujaba a su pesar. Madrid se agazapaba. Así comenzó la derrota del capitán Alegría. Durante tres largos años había observado a eseenemigo desarrapado y paisano, resignado a que otro ejército, el suyo, anonadara esa ciudadinmóvil, silenciosa, que había trazado sus límites al azar, tras unas trincheras desde las que hacíatiempo nadie esperaba un ataque. «La violencia y el dolor, la rabia y la debilidad, se amalgamancon el tiempo en una religión de supervivencias, en un ritual de esperas donde entonan la mismasalmodia el que mata y el que muere, la víctima y su verdugo; ya sólo se habla la lengua de laespada o el idioma de la herida», escribió Alegría a su profesor de Derecho Natural en Salamancados meses antes de rendirse al enemigo. Tres años dedicado a la intendencia con el rigor maniático del agrimensor, con laintransigencia del hijo único, para que nadie obtuviera un proyectil sin la orden oportuna ni a nadiele faltara el rancho para seguir combatiendo. Fueron también tres años escrutando la derrota con losprismáticos verdosos que su centro de Intendencia distribuía regularmente entre los estrategas de laguerra, entre los observadores del combate, entre los curiosos de la muerte. Los horrores que no viose los habían contado. Desde su adarve, observaba al enemigo, le veía ir y venir de la oficina al frente, del frente altaller, del ejército a la familia, de la rutina a la muerte. Al principio pensó que era un ejército sinalma de ejército y que por ello debería ser vencido. Con el tiempo, llegó a la conclusión —y así loreflejó en sus cartas— de que era un ejército civil, «que es lo mismo que ser un ave subterránea ouna alimaña angélica». Finalmente, viéndoles guerrear como quien ayuda al vecino a cuidar a un 5
  6. 6. Alberto Méndez Los girasoles ciegosfamiliar enfermo, la idea de que eran hombres nacidos para la derrota convirtió a aquellosmilicianos en un inventario de cadáveres. Siempre lleva las de perder el que más muertos sepulta. La primera vez que el capitán Alegría estuvo cerca del riesgo fue, precisamente, el día quecomienza esta historia. Su decisión no fue la de unirse al enemigo sino rendirse, entregarseprisionero. Un desertor es un enemigo que ha dejado de serlo; un rendido es un enemigo derrotado,pero sigue siendo un enemigo. Alegría insistió varias veces sobre ello cuando fue acusado detraición. Pero eso ocurrió más tarde. En una confidencia inoportuna que días más tarde utilizaría el fiscal militar para pedir sumuerte con ignominia, Alegría confesó a un suboficial intachable que los defensores de laRepública hubieran humillado más al ejército de Franco rindiéndose el primer día de la guerra queresistiendo tenazmente, porque cada muerto de esa guerra, fuera del bando que fuera, había servidosólo para glorificar al que mataba. Sin muertos, dijo, no habría gloria, y sin gloria, sólo habríaderrotados. Aunque se unió al ejército sublevado en julio de 1936, al principio estuvo bajo la indecisiónde sus mandos, que no veían en aquel alférez provisional las cualidades de un guerrero y quedestinaron finalmente a Intendencia, donde su rectitud y su formación serían más útiles que en elcampo de batalla. Sin embargo, sabemos por los comentarios a sus compañeros de armas que uncansancio sumergido y el pasar de los muertos le transformó, según sus propias palabras, en un vivorutinario. Aun así, a finales de 1938, fue ascendido al grado de capitán para premiar su celo. Soy un rendido. Es probable que el tipógrafo armado con un fusil que desplazó el várgano dela alambrada para hacerse cargo de un capitán del ejército sublevado nunca llegara a saber que asícomenzaba otro caos que sólo tangencialmente tenía algo que ver con esa guerra. Nadie disparó. Cuando llegó al borde de una trinchera republicana, varios hombres vestidosde paisano le apuntaron con sus armas asustados y amenazantes. Obedeciendo una orden, saltó alinterior de la trinchera y alguien en la oscuridad le despojó de la pistola que llevaba al cinto. Noopuso resistencia. El arma estaba limpia, brillante y engatillada; jamás había disparado. Para elcapitán Alegría desprenderse de ella hubiera sido contravenir las ordenanzas. Se rendía, es cierto,pero en perfecto estado de revista. No había nada fiero ni castrense en su aspecto: más bien parecía un pasante de notariodisfrazado de soldado: una cara redonda y apelotonada alrededor de unas gafas también redondascoronaba un cuerpo que, de no ser por la gorra de plato, hubiera parecido diminuto. Todos lostestimonios que hemos encontrado hablan de cierta altivez en su actitud a pesar de su obediencia.Acató todas las órdenes como si las esperara en la misma secuencia en que se produjeron. Primero estuvo de rodillas con las manos en la nuca, luego boca abajo con las manos en lanuca, después tuvo que caminar con las manos en la nuca atravesando un dédalo de trincherasdonde hombres desarrapados vigilaban un horizonte oscuro e invisible y, por último, con las manosen la nuca, salió a un claro de la arboleda donde un capitán con abrigo de felpa le observó de arribaabajo a la luz de un candil de carburo. Todas las órdenes le habían sido susurradas por susapresadores, pero aquel militar desarbolado que tenía enfrente no tuvo ningún reparo en preguntarlea voz en grito qué cono hacía allí. —El Comité de Defensa de Madrid va a rendirse mañana o pasado mañana ^dijo Alegría enun tono que contrastaba con el de la pregunta. —¿Por eso te rindes? No jodas. —Por eso. La conversación se disipó en cuchicheos y frases susurradas por aquellos soldados sinuniforme, aunque hasta él sólo llegaban sus miradas curiosas y sus sonrisas condescendientes. Letomaron por un loco. 6
  7. 7. Alberto Méndez Los girasoles ciegos Hubiera querido explicar por qué abandonaba el ejército que iba a ganar la guerra, por qué serendía a unos vencidos, por qué no quería formar parte de la victoria. Pero la rudeza de esoshombres le desanimó y decidió guardar otra vez silencio. ¿Cómo podía ser la vida de esos hombres desastrados algo de valor para pagar una guerra?¿Acaso no sabían que morirían por usura? ¿Acaso ignoraban que la implacable disciplina se llevaríapor delante a cuantos estaban resistiendo? Recorriendo los pinares de la Dehesa de la Villa, fue conducido a pie hasta la calle FrancosRodríguez, donde aguardaron el paso de una camioneta que regresaba de repartir munición en elfrente noroeste de Madrid. Eran casi las tres de la madrugada. Le acomodaron sobre unos fardos enla caja sin entoldar y, vigilado por dos hombres armados, emprendieron la marcha. Ya era unprisionero. Donde se encuentran las calles Bravo Murillo y Alvarado, un grupo detuvo la camioneta. Conellos había un hombre herido que fue subido en andas y acomodado junto al capitán Alegría. Teníael hombro derecho destrozado por una bala y una cura de urgencia no lograba detener la sangre quemanaba a través de la compresa. Se quejaba sordamente, como si quisiera no molestar o pretendierapasar desapercibido. Gracias a él sabemos que el prisionero trató de ayudarle a contener lahemorragia de su herida. Al ver a Alegría, preguntó: —Y éste ¿qué hace aquí? —Es un desertor —dijo uno de los soldados. —Soy un rendido —corrigió Alegría. —Pégale un tiro —sugirió lacónicamente el herido. —Mañana o pasado Segismundo Casado va a rendirse —explicó Alegría. —Ya. Y por eso te has rendido. No me jodas. La camioneta se detuvo ante el Hospital General de Cuatro Caminos. Dos soldados, esta vezcon uniforme reglamentario, ayudaron a descender al herido y uno de ellos, al ver de cerca eluniforme de Alegría, preguntó: —¿Y ése? —Es un desertor. Silencio. Nadie le hizo caso. Los gestos de dolor, el hombro herido, la oscuridad y el ruido de lacamioneta impidieron otras aclaraciones. Destartaladamente se pusieron en marcha ydestartaladamente recorrieron el camino hasta la Capitanía General. Madrid estaba apagada, pero novacía. Aunque eran más de las tres de la madrugada había mucha gente en las aceras. A medida quese fueron acercando al centro, el número de transeúntes aumentaba y en la Puerta del Sol un ir yvenir de soldados y civiles —casi en silencio— confería a la plaza un aspecto de hormiguero. Embocaron la Calle Mayor y no se detuvieron hasta llegar al interior de la Capitanía General.Allí todos los hombres estaban uniformados, saludaban militarmente a sus superiores y lagraduación de cada uno de ellos estaba significada en los galones y en las estrellas reglamentarias.Estar otra vez entre militares profesionales tranquilizó al capitán Alegría porque con ellos sabíacómo comportarse, entendía sus gestos y sus claves. El ejército, fuera del bando que fuera, era paraél lo mismo que el mapa para el viajero: todos ocupaban su lugar en el espacio y estaban definidastodas las distancias. Aquel patio debió de parecerle un claustro desdicho por una actividad febril y un ajetreoimpropio del lugar. Uno de los soldados de su escolta se acercó a un comandante y hablaron delprisionero sin que Alegría pudiera oír lo que decían. Nadie le vigilaba, nadie advertía la disonanciade su uniforme a pesar de que allí dentro había luz suficiente para alumbrar tanta actividad. Noestaba atado, ni observado, ni temido, ni odiado. Era verdad, Casado iba a rendirse. En otracamioneta, algo más aseada que la suya, iban depositando sin orden ni concierto un sinfín de 7
  8. 8. Alberto Méndez Los girasoles ciegoslegajos, carpetas, archivos y documentos sin enlegajar que los soldados estibadores recalcaban paraaprovechar al máximo la capacidad del vehículo. Otros documentos se utilizaban para alimentar unahoguera que crepitaba en el centro del patio donde, discriminadamente, iban arrojando los papelesque unos civiles seleccionaban. Permaneció bastante tiempo en posición de descanso observando aquella actividad febril desoldados y oficiales que ignoraban su presencia hasta que dos números armados le ordenaron queles acompañara. Descendieron a un sótano que olía a letrina y le encerraron en un calabozo muy espaciosodonde había ya una persona recluida. Hasta que se acostumbró a la penumbra no pudo ver que setrataba de un militar republicano con galones de cabo primero. Era un hombre enteco, que Alegríacalificó inmediatamente de desaliñado. A despecho de su superior graduación, le observaba condescaro, pero, como no corrían tiempos para disciplinas, se limitó a decir «buenos días» de la formamenos militar posible. Estaba amaneciendo. ¿Qué es un vencido por el vencido? Gracias a su testimonio, sabemos que aquel compañero de celda se limitó a pedirledesabridamente un poco de picadura para liar un pitillo y mostrar una indiferencia grosera cuandosupo que el recién llegado no fumaba. El capitán Alegría fue a acurrucarse lo más lejos posible de su compañero de celda y se dejócaer en un lugar sombrío de aquel sótano donde no llegara la luz que se insinuaba ya por lastroneras. Suponemos que el orden de los hechos tenía algo que ver con las previsiones del rendido,pero algo innoble estaba desvirtuando su valor real, algo deformaba los acontecimientos y reducíasu rendición, que él había concebido llena de sutilezas y matices morales, a lo más mezquino de sugesto. Presuponer lo que piensa el protagonista de nuestra historia es sólo una forma de explicar loshechos que nos consta que ocurrieron. Sabemos que Alegría estudió Derecho, primero en Madrid yluego en Salamanca. Sabemos por familiares suyos que recibió una educación de hacendado ruralen Huérmeces, provincia de Burgos, donde nació en 1912, en el seno de una familia de noblezaforamontana, y se crió en un caserón con dos arcos de piedra y un escudo que diferenciaba a lossuyos de los atarantapayos que hicieron su fortuna a costa de las hambrunas del sur cuando elganado, la vid, la mies y los olivos se dejaron vencer por el carbunco, la filoxera, el gorgojo, eloídio y otros cenizos. Fue un estudiante sin brillo pero tenaz y Jiménez de Asúa le enseñó que la Ley no tiene nadaque ver con la Naturaleza, que el legislador debe tomar partido, porque ésa es la única forma de serigualitarios. Al poderoso le basta con el poder. Pero después, ya en Salamanca, aprendió que la Ley está por encima de las leyes y esa Ley noelige nada. Le hablaron incluso de un derecho sacrosanto. Desde que apareciera el primer bozo,mantuvo una relación formal y grave con Inés Hoyuelos, hija única de unos abaceros acomodados,que ha contribuido generosamente a que podamos reconstruir esta historia. Nos consta que se unió al ejército sublevado en 1936 porque así defendía lo que había sidosiempre suyo. Para él fue una guerra sin batallas, sin gestas ni enemigos, dedicada sólo a las arrobasde trigo, a los cuarterones de tabaco, a las prendas de vestir, al recuento de los tahalíes, al estado delos correajes, a la administración de los proyectiles, de las mantas, del calzado y de la ropa interiorde los soldados. Su guerra fue estibar, distribuir, ordenar, repartir y administrar todo lo preciso paraque otros mataran, murieran y vencieran a un enemigo al que nunca vio de cerca aunque estabasiempre allí, como un paisaje, cada vez más estático, cada vez más petrificado. El último parte de Intendencia que, como era preceptivo, tuvo que redactar la noche en que serindió al enemigo, nos da la clave del estado de ánimo en el que se hallaba al cabo de tres años deguerra: «Hecho el recuento de existencias, todo cuadra cabalmente con los estadillos adjuntos, todo 8
  9. 9. Alberto Méndez Los girasoles ciegosmenos el oficial que esto firma, que se considera a sí mismo un círculo cuadrado, un espíritumetálico, que, abominando de nuestro enemigo, no quiere sentirse responsable de su derrota.Firmado Carlos Alegría, Capitán de Intendencia...». Pasó más de una hora antes de que una agitación de motores rompiera el silencio. —Se han rendido. ¿A que sí? —preguntó el cabo primero. Fuera había un silencio opaco que envolvía los ecos de una actividad febril pero callada ytriste. Estaban abandonando la Capitanía General. Nadie daba órdenes, todos sabían lo que teníanque hacer: huir lo antes posible. La agitación silenciosa fue poco a poco desvaneciéndose como sehabía desvanecido su proyecto y a las diez de la mañana —pudo comprobarlo en el Roskof quefuera de su abuelo— todo se había disuelto en una quietud de residuos y de olvidos. Supo queestaban solos. El hombre enteco y él eran los únicos habitantes de la Capitanía General. Franco estaba adueñándose de Madrid. Una o dos horas después, los nuevos ocupantesllegaron a la Capitanía General y se desplegaron ordenada y ruidosamente tomando posesión decada despacho, de cada pasillo, de cada corredor de piedra. El templo del mando ya era suyo. Había marcialidad en aquellos pasos, ritmo de poder y de obediencia, sumisión y jerarquía. Elcapitán Alegría identificó aquel ir y venir como algo familiar, la voz de lo propio. Pero estasensación no le aportó ningún consuelo. Al contrario. Era como regresar a un mundo al que noquería pertenecer, del que había huido: era como empezar de nuevo. Ruidos de puertas, cerrojos, aldabas y otras urgencias sacaron al capitán Alegría del reductode su memoria. La puerta de aquel sótano se abrió y un oficial escoltado por tres soldados sesorprendió al comprobar que aún quedaba alguien en aquel edificio abandonado. —¿Y vosotros? ¿Qué estáis haciendo aquí? Esta pregunta la presuponemos, porque nuestro testigo, el enteco cabo primero, debió deobviar en su relato cierta sumisión («yo, al cabo de tanta guerra, ya no iba ni con unos ni con otros»,nos dijo) pero sí recordaba la insistencia de nuestro protagonista en su cualidad de rendido. —¿A quién se ha rendido, capitán? —Al ejército republicano. —¿Cuándo? —Esta mañana, mi coronel. El coronel se volvió hacia sus escoltas para verificar que era cierto lo que acababa de oír. Losescoltas no movieron ni una ceja. Las situaciones insólitas, en el ejército, debe resolverlas el mando. Le pidió la cartilla militar, que ojeó con cierta incredulidad buscando una explicaciónreflejada en aquel documento que, al fin y al cabo, sólo consignaba su nombre, graduación y subreve historial en el ejército. Se la guardó en el bolsillo de la pechera y, más estupefacto queagresivo, preguntó: —¿De verdad se ha rendido esta mañana? —Sí, mi coronel, me he rendido esta mañana. —Tú eres un imbécil y un traidor. Serás juzgado por esto. Y volvieron a cerrar la puerta dejando a los presos donde estaban. El cabo primero no seatrevió a levantar la vista del suelo. Estar preso podía ser, y así fue, su salvación. Hubo silencios desparramados en un tiempo lento pero breve, porque empezaron a llegarprisioneros a aquel sótano con la cadencia con la que mana el agua en los manantiales. El capitán Alegría fue inventariando aquel acopio de derrotados a medida que los acarreabanal sótano de la Capitanía General hasta que reconoció a uno de los prisioneros: era el hombre que lehabía acompañado aquella madrugada desde la Dehesa de la Villa hasta el Hospital General deCuatro Caminos. Su hombro vendado, del que pendía un brazo inerte, y un gesto de dolordesesperado eran lo único familiar en aquel redil de sombras. Alegría buscó su proximidad y le 9
  10. 10. Alberto Méndez Los girasoles ciegospreguntó si le dolía. Nada más formular la pregunta es probable que sintiera un pudor adolescente:un hombro destrozado y una derrota siempre duelen. —¿Puedo ayudarte? —¡Coño! ¡El rendido! Aquella frase espontánea reconociendo su situación real debió de producirle ciertasatisfacción, porque, según nos ha contado el herido, que sobrevivió gracias a que le estabanamputando el brazo el mismo día en que iban a condenarle a muerte, se limitó a decir «gracias» y sedio media vuelta buscando el vacío. Por fin era lo que había decidido ser: su propio enemigo. Un aluvión de presos infestó aquel sótano y fueron incorporándose asombros nuevos, miedosdiversos, resignaciones diferentes. Cuando, al cabo de tres días, el aire se hizo irrespirable,comenzaron a trasladar presos. Del periplo de Alegría desde aquel sótano al pelotón de fusilamientotenemos sólo datos imprecisos. Los documentos que fueron generando los guardianes del laberinto y las pocas cartas queescribió son los únicos hechos ciertos, lo demás es la verdad. Pudo contarlo, porque tuvooportunidad de hacerlo, pero prefirió guardar silencio porque estaba saldando su deuda con losusureros de la guerra. Sabemos que fue trasladado a unos hangares del aeródromo de Barajas, donde el ejércitovencedor y su justicia fueron agrupando a los militares de graduación para someterles a juiciossumarísimos que acabaron, sin excepción, en condenas a muerte. Durante el periodo de su reclusión en el aeródromo de Barajas, los militares fieles a laRepública debieron de ignorarle e incluso evitarle, dado que en otra carta que escribe a su noviaInés, que llegó sólo tres meses más tarde por razones incomprensibles, describe crípticamente susituación como la de «una mónada de Leibniz». No le hablaron, desconfiaron de Alegría como sedesconfía de un enemigo, orillándole en aquellos momentos en que todos pensaban más en lo queabandonaban que en lo que les esperaba. Todo había tenido lugar con tal vértigo, se habíaprecipitado de tal manera que la vida del capitán Alegría se desvaneció en sentimientoscrepusculares, en soledades hostiles, en miedos irreverentes. No se atrevió a rezar para no llamar laatención de Dios y de su ira. Estuvo en el desabrido hangar de Barajas desde el día cuatro al ocho de abril, debilitándose,ajándose como un odre seco, desparramando su eterna compostura en cada vómito, en cadadesmayo, en cada tiritona, en cada retortijón del hambre. Un grupo de falangistas tomó la filiación acada uno de los presos, que, en posición de firmes, recibieron ultrajes, golpes y humillaciones antesde ser despojados de los distintivos del grado militar en sus uniformes, de su documentación y detodos sus objetos personales. El coronel Luzón —no constan más datos en su filiación— se negó aentregar las estrellas de su grado porque las había conseguido merecidamente en el campo debatalla, y un pistoletazo le arrancó de cuajo el rango, las estrellas y la vida. Intento de fuga, rezaescuetamente el registro de su muerte. Pero el día ocho fue cuando, por fin, llegó el momento que el capitán Alegría tanto habíaesperado. A media mañana, cuando la luz del día convertía aquel hangar en una jaula de nostalgiasrezadas en voz baja, en el silencio imposible de centenares de hombres hacinados, se oyeron losprimeros nombres. Éste es el documento más real que tenemos de lo realmente ocurrido, la única verdad querefrenda nuestra historia, que, probablemente, tuvo bastante semejanza con lo que estamoscontando. De no haber temido que nuestra narración fuera malinterpretada, nos habríamos limitadoa transcribir el acta del juicio donde se condenó a Carlos Alegría a morir fusilado por traidor ycriminal de lesa patria. Voluntariamente omitimos la primera parte del acta del juicio sumarísimo, atenido al CódigoMilitar aplicable en periodo de guerra, en la que se toma filiación al capitán Alegría, se le degrada,se le expulsa del ejército y es calificado, a todos los efectos, de traidor militar en tiempos de guerra. 10
  11. 11. Alberto Méndez Los girasoles ciegos Tras varias consideraciones en las que no se habla de su hoja de servicios sino de algunasactitudes significativas que se desprenden de informaciones recabadas de sus mandos directos, elacta reza así: «Preguntado por la fecha en que decide pasarse a las líneas enemigas traicionando alGlorioso Ejército Nacional, contesta: la madrugada del día uno de abril del presente año de laVictoria. »Preguntado por las razones que le movieron a tal acto de traición a la Patria contesta: quelo hizo porque los tenientes coroneles Telia y Barran tomaron en noviembre de 1937 laspoblaciones de Villaverde y ambos Carabancheles de Madrid. Que lo hizo porque las fuerzas deAsensio y Castejón tomaron la Casa de Campo de Madrid defendida por la primera y oncenaBrigadas Internacionales que se limitaron a retroceder hasta las orillas del río Manzanares. »Preguntado si el degradado Carlos Alegría consideraba que los avances descritos eranrazón suficiente para traicionar al Glorioso Ejército Nacional contesta: que lo hizo también porqueel General Varela ordena a Asensio sobrepasar con sus tanques el río Manzanares, cosa queconsigue el día 15 de noviembre de 1937, el mismo día en que Barrón se apodera del HospitalMilitar de Carabanchel Bajo. »Que lo hizo porque el Gobierno del Frente Popular abandona ese día Madrid dado que loconsidera tomado y encarece su defensa al General Miaja que sólo cuenta con un ejércitocompuesto fundamentalmente por las Brigadas Internacionales mandadas por el inexperto GeneralCléber. »Que lo hizo porque Asensio Cabanilles tomó el mismo día 15 la Ciudad Universitaria deMadrid al mando de una compañía de las Tropas Regulares de Tetuán, que llegaron hasta elParque de la Moncha y el propio General Asensio Cabanilles tomó el edificio en construcción delHospital Clínico de Madrid. »El declarante es mandado callar y lo hace. »Preguntado por las razones de su conocimiento de los hechos referidos, el procesadoresponde que porque de él dependía la Intendencia para el Frente Sur y Suroeste, bajo las órdenesdirectas del General Várela. Y que por eso sabe que en noviembre de 1937 el coronel Ríos Capapéy Mohamed el Mizzian llegaron hasta la parte alta de la calle Ferraz, en el centro de Madrid,donde sólo encontraron una resistencia de francotiradores en retirada. »El declarante es mandado callar y lo hace. »Preguntado acerca de si son las gloriosas gestas del Ejército Nacional la razón paratraicionar a la Patria, responde: que no, que la verdadera razón es que no quisimos entoncesganar la guerra al Frente Popular. »Preguntado que si no queríamos ganar la Gloriosa Cruzada, qué es lo que queríamos, elprocesado responde: queríamos matarlos.» A continuación, se le expulsa del ejército y se le declara culpable del delito de traición yconnivencia con el enemigo. Es condenado a muerte. Hay una rúbrica y un sello, ambos ilegibles. El degradado capitán Alegría, por fin, había hablado de la usura a sus superiores jerárquicos. A partir de este documento, todos los hechos que relatamos se confunden en una amalgama deinformaciones dispersas, de hechos a veces contrastados y a veces fruto de memorias neblinosascontadas por testigos que prefirieron olvidar. Hemos dado crédito sin embargo a vagos recuerdossobre frases susurradas durante ensueños angustiosos que también tienen cabida en el horror de laverdad, aunque no sean ciertos. El capitán Alegría, ya paisano, ya traidor, ya muerto, debió de regresar al hangar donde tantosotros habían sido o iban a ser sentenciados. Escribió, al menos, tres cartas: una a su novia Inés, queha llegado a nuestras manos, otra a sus padres en Huérmeces, cuya casa fue destruida por una 11
  12. 12. Alberto Méndez Los girasoles ciegoscrecida del río Urbel que se llevó entre sus aguas la memoria, la hacienda y las ganas de vivir dedos ancianos que, al saber del arrebato de su hijo, fijaron sus miradas en un punto indiferente delpaisaje y enmudecieron de tal modo que ni siquiera antes de morir quisieron confesarse. La terceracarta la dirigió al Generalísimo Franco, Caudillo de España. Sabemos de esta última porque serefiere a ella en la que escribió a Inés. «Le he escrito no para implorar su perdón, ni mostrarmearrepentido, sino para decirle que lo que yo he visto otros lo han vivido y es imposible que quedeentre las azucenas olvidado.» En otra carta a Inés, que era maestra en Ubierna, habla crípticamente de la soledad que le estáconvirtiendo en un despojo y, al igual que antes lo hiciera con San Juan de la Cruz, tiene querecurrir a frases de otros para hablar de sí mismo, como si no se atreviera a utilizar sus sentimientos:«Soy un fue, y un será, y un es cansado».No hay pasión en su despedida, ni siquiera amor, sólo unplañido difuso, una reconvención a lo coetáneo, el lamento de una vida inoportuna: «No tuve tiempopara hacer planes porque otros horrores suspendieron mi futuro, pero ten por seguro que, dehaberlos hecho, tú hubieras sido la columna vertebral de mi proyecto». Si tuviéramos que imaginar en qué se convirtió la vida para el capitán Alegría, deberíamoshablar de un torbellino de aceite: lento, pastoso, inexorable. Paseando su soledad en aquel hangar deangustias, envuelto en el vacío, trasladando consigo la distancia entre él y el universo, aguardó elmomento que precede al final ignorando que el final no estaba escrito. Nueve días estuvo esperando su turno. Cada madrugada, al azar, como recuas, un grupo deprisioneros era obligado a formar en el hangar y conducido, de a dos en fondo, hasta unos camionesque se perdían ruidosamente en un paisaje tibio y desolado. Pocos se despedían. Los más se iban ensilencio. Es probable que a Alegría, acostumbrado a observar a su enemigo, la muerte sinaspavientos le resultara familiar, pero la vida aprisionada en la casualidad de estar o no estar en elrincón elegido para designar los muertos debió de resultarle insoportable. Alegría rechazaba el azar,necesitaba el orden. Podemos suponer cierto alivio cuando el día dieciocho, exhausto bajo una lluvia inclemente,fue él uno de los miembros de la recua. En el camión, hacinados y guardando el equilibrio, todos loscondenados se miraban a los ojos, se cogían de la mano, se apretaban unos contra otros. A mitad decamino, una mano buscó la suya y su soledad se desvaneció en un apretón silencioso, prolongado,intenso, que le dio cabida en la comunidad de los vencidos. Tras la mano, una mirada. Otrasmiradas, otros ojos enrojecidos por la debilidad y el llanto sofocado. «Perdonadme», dijo, y sezambulló en aquel tumulto de cuerpos desolados. Serían ya las ocho de la mañana cuando llegaron a Arganda del Rey. Todo estaba preparado.Un muro de mampostería, resto de un establo derruido, una explanada, un pelotón de fusilamiento yuna cadena de guardianes aportaron todo lo necesario para la ejecución. Otros camiones, otroscondenados, otras desesperaciones se sumaron a la ceremonia. Un sacerdote con estola moradarezaba en latín rutinarias imploraciones de misericordia. Eran casi un centenar y tuvieron queagolparse para no exceder la dimensión del muro. Unos instantes de silencio para que el sacerdoteterminara su plegaria que concluyó con una bendición trazada en el aire con la languidez de unadiós entristecido e inmediatamente «Pelotón», silencio, «Apunten», silencio, «Fuego». Si alguien gritó, nadie pudo oírlo. Cuando el capitán Alegría recobró el conocimiento, estabasepultado en una fosa común amalgamado en un caos de muertos y de tierra. Tardó tiempo, pero,desoyendo el dolor, supo que había transgredido, de nuevo, las leyes del mundo donde el retornoestá prohibido. Estaba vivo. Un universo de médulas, cartílagos inertes, sangre coagulada, heces,alientos detenidos y corazones sorprendidos por la muerte conservaron bolsas de aire en aqueldesajuste de difuntos que le permitió respirar aun enterrado. Estaba vivo. Hay una oscuridad para los vivos y otra oscuridad para los muertos y Alegría las confundióporque no trató de abrir los ojos, pero al oír su propio llanto supo que aquél no era el silencio de losmuertos. Estaba vivo. 12
  13. 13. Alberto Méndez Los girasoles ciegos Alegría siempre habló de ese momento como de un parto. Exhausto, tardó tiempo en definirlos perfiles de su cuerpo, desmadejado y oprimido por cadáveres enredados unos con otros. Unescozor en la cabeza enmarcaba un punto tan doloroso que pensó que tenía abierto el cráneo en dosmitades. Lentamente, procurando no alterar la quietud de aquellos muertos, fue arrimando susbrazos a su cuerpo, deteniéndose tras cada esfuerzo para no jadear porque temía que se acabara elaire, fue haciendo acopio de la fuerza necesaria para zafarse del peso que le inmovilizaba. Habíavisto la fosa en la que estaba enterrado antes de la ejecución y, dada su profundidad, no podía tenermuchos cadáveres encima. Lo intentó varias veces y, en cada intento, comprobó que algo sedesplazaba y dejaba de oprimirle, hasta que, al fin, todo cedió y se encontró a cielo raso. La tierraocupó su puesto y se arrastró hasta llegar a un terraplén por el que se dejó caer procurando sofocarsu llanto. Estaba todo él menos sus gafas. Una bala le había dado en la parte alta de la frente de tal suerte que resbaló sobre su cráneo,abriendo una profunda herida casi hasta la nuca, sin romper la calavera. Tenía sangre en el rostro,en las sienes, en el cuello, pero la tierra había servido de cauterio y, aunque ahora sangraba denuevo, mientras estuvo inconsciente su corazón tuvo una razón para latir además de la del miedo. Estaba anocheciendo. Aquí comienza una peripecia de Alegría de la que apenas sabemos los detalles, porque,aunque a veces toleró hablar de lo ocurrido antes de su resurrección, raramente consistió en contarlea nadie cómo llegó desde Arganda del Rey hasta La Acebeda, un pueblo de montaña que está en lavertiente sur del alto de Somosierra. Granito, jara y montaña rodean este pueblo de adobe y pizarraaletargado bajo la nieve durante todo el invierno y que se desparrama en labores como el cantuesocuando llegan las primeras templanzas de la primavera. En alguna ocasión comentó a uno de sus carceleros que, excepto los animales, todos huían deél, escapaban al ver que aquel hombre sucio, macilento, con el dolor cristalizado en su mirada,estaba vivo. Eran tiempos aquéllos en que sólo los muertos no asustaban. En los campos de La Acebeda le encontraron, exhausto y agonizando, unos labriegos que, alprincipio, le creyeron muerto, pero cuando decidieron descalzarle para hacerse con las botas delcadáver, oyeron cómo aquella cabeza ensangrentada pedía agua. Iba vestido con el uniforme delejército que acababa de ganar la guerra y tiritaba con estertores de vencido. Ahora sabemos que se consideraron varias alternativas, desde enterrarle vivo porque a saberquién le había disparado, hasta dejarle morir entre la jara y, después de muerto, informar a lasautoridades del hallazgo. Pero una anciana resoluta decidió darle el agua que pedía y limpiarle lacara con su refajo. «Todos somos hijos de Dios, hasta éstos», dijo. Comenzó así una sucesión de atenciones alherido que se prolongó durante tres días y logró mantener vivo a aquel muerto. Todo se conjurabapara que le resultara imposible abdicar de la vida como se abdica de un sueño al despertar. Le mantuvieron allí, entre la jara, en parte por miedo y en parte para evitar el riesgo de quemuriera en el traslado. Trataron la herida con inútiles ungüentos, le abrigaron con una manta y leproporcionaron agua y un poco de alimento. Hoy sabemos que, en los tiempos que corrían, todoaquello fue un derroche de misericordia que Alegría agradeció evitando mencionar sus nombres. Que alguien se acercara a .un hombre agusanado, pastoso de excrementos y de sangre,levantase su cabeza y pusiera agua en sus labios suavemente, dosificase a cucharadas sopicaldosdigeribles por los muertos y pronunciara alguna frase de consuelo, todo aquello, pensó, era señal deque algo humano había sobrevivido a los estragos de la guerra. De no haber sido por las grietas desus labios resecos, Alegría habría sonreído. Así lo contó y así lo reflejamos. Y también contó a los enfermeros que velaron por él en las prisiones donde estuvo más tardeque, mientras estuvo allí tendido, desoyendo las llamadas de la tierra que reclamaba lo que es suyo,no era el temor a la muerte lo que más le torturaba sino el pudor de que le vieran tan podrido, lavergüenza de que olieran su aliento nauseabundo o de que sus samaritanos se mancharan con lapodre que segregaban sus heridas. Se tapaba con la manta cuando iban a llevarle el alimento y no 13
  14. 14. Alberto Méndez Los girasoles ciegospermitía que nadie se acercara. Ahora pensamos que era, también, una forma de no darexplicaciones. El cuarto día amaneció deshecho en nieblas y la manta tan salpicada de rocío que la fiebre nose apiadó ni de sus huesos. Quería morir en Huérmeces y la vida se le quedaba a jirones en aquellosparajes tan hostiles. Acopió todas sus fuerzas, utilizó hasta las sacudidas del temblor para ponerseen movimiento y, tras doblar cuidadosamente la manta para demostrar que estaba agradecido, pusoel agua y las patatas hervidas en el talego que utilizaban para traerle la comida. Emprendió elcamino hacia su pueblo, que estaba detrás de las montañas que ocultaban su ferocidad entre lasnubes. Comenzó a caminar monte arriba en dirección a Somosierra. Esas montañas surgen allí para partir España en dos mitades y ahora se nos antoja que elesfuerzo brutal de atravesarlas fue otra forma de ignorar lo que separa, de querer estar siempre enlos dos lados. Buscó el camino perdido en la desorientación de la fiebre y remontó aquella pendiente aorillas de la carretera para no ser visto por quienes transitaban; eran siempre tropas del ejército quetrasladaban víveres, soldados, armamento y todo lo necesario para mantener controlada la tierraconquistada. Inercias de una guerra que, como otras guerras, acaban pero nunca se resuelven. Sólode vez en cuando pasaba un vehículo civil y nadie podría afirmar que no hubiera sido confiscado.Alegría sabía que todos los que tenían la potestad de desplazarse libremente podían ser susadversarios. Esto no significaba que los inmóviles, los silenciosos, no fueran sus contrarios, porqueignoraba qué bando debe tomar un soldado que gana una guerra y la pierde al mismo tiempo. Sin embargo, aun queriendo ocultarse, no se atrevió a alejarse de la carretera, porque temíaque le abandonaran las fuerzas necesarias para seguir viviendo y, en ese caso, se tendería en elcamino para que le encontraran y le dieran cristiana sepultura o, al menos, no permitieran que susdespojos terminaran alimentando a los lobos y a los perros asilvestrados que merodeaban pacientesesperando el final de aquel peregrinaje. La resurrección de la carne, pensaba, requería ciertapulcritud en los difuntos y a él sólo le quedaba una podredumbre nauseabunda y humillada. Suhedor era tal que resultaba imposible pasar desapercibido a pesar del brezo, la jara, la primavera y eltomillo. Todas estas precauciones retrasaron el camino otros tres días en los que las patatas hervidas yel agua abastecieron el primero, pero después, con el frío de la cumbre, tuvo sólo el talego comoprenda de abrigo por las noches y como protector de la calentura de la herida cuando el solarreciaba al mediodía. Por fin, llegó a Somosierra, un pueblo de granito y pizarra que necesita el paisaje para serhermoso. Llegó al atardecer, con un sol oblicuo y denso a sus espaldas que le permitió acercarse a lacaseta del fielato donde los guardianes del camino habían instalado sus reales. Allí estaban lossoldados del ejército que había ganado la última batalla, con los uniformes, las botas, los tabardos ylas armas que él había administrado tantos años. No sintió ni nostalgia ni arrepentimiento, pero símelancolía. Les observó tras su difusa miopía durante horas, incluso cuando la noche se echó encima y lossoldados tuvieron que encender hogueras para iluminar el camino y calentarse. Observó la parodiade un cambio de guardia, hecho al buen tuntún y con una desgana que reflejaba más hastío quevictoria. Debió de ser entonces cuando nació la reflexión que recogió en unas notas encontradas en subolsillo el día de su segunda muerte, la real, que tuvo lugar más tarde, cuando se levantó la tapa dela vida con un fusil arrebatado a sus guardianes. «¿Son estos soldados que veo lánguidos y hastiados los que han ganado la guerra? No, ellosquieren regresar a sus hogares adonde no llegarán como militares victoriosos sino como extrañosde la vida, como ausentes de lo propio, y se convertirán, poco a poco, en carne de vencidos. Seamalgamarán con quienes han sido derrotados, de los que sólo se diferenciarán por el estigma desus rencores contrapuestos. Terminarán temiendo, como el vencido, al vencedor real, que venció al 14
  15. 15. Alberto Méndez Los girasoles ciegosejército enemigo y al propio. Sólo algunos muertos serán considerados protagonistas de laguerra.» Todos los pensamientos y con ellos la memoria debieron de quedar sepultados bajo la fiebre,bajo el hambre, bajo el asco que sentía de sí mismo, porque haciendo acopio de la poca fuerza queaún le quedaba, arrastrándose ya, pues ni siquiera incorporarse pudo en el último momento, seaproximó al cuerpo de guardia lentamente, sin importarle el asombro y la repulsión que sintieron lossoldados al ver arrastrarse esos despojos. Cuando el llanto se lo permitió, dijo: —Soy de los vuestros. 15
  16. 16. Alberto Méndez Los girasoles ciegos SEGUNDA DERROTA: 1940 o Manuscrito encontrado en el olvido1 Este texto fue encontrado en 1940 en una braña de los altos de Somiedo, donde se enfrentan Asturias y León. Se encontraron un esqueleto adulto y el cuerpo desnudo de un niño de pecho sorprendentemente conservado sobre unos sacos de arpillera tendidos en un jergón; una piel de lobo y lana de cabra montesa, pelos de jabalí y unos helechos secos les cobijaban. Los dos cuerpos estaban juntos y envueltos en una colcha blanca, «como formando un nido», reza el atestado, cuya limpieza contrastaba con el resto del habitáculo, sucio, maloliente y miserable. Resecos pero aún hediondos, los restos de una vaca a la que le faltaba una pata y la cabeza. En 1952, buscando otros documentos en el Archivo General de la Guardia Civil, encontré un sobre amarillo clasificado como DD (difunto desconocido). Dentro había un cuaderno con pastas de hule, de pocas páginas y cuadriculado, cuyo contenido transcribo. Estaba enteramente escrito con una caligrafía meliflua y ordenada. Al principio la escritura es de mayor tamaño, pero poco a poco se va reduciendo, como si el autor hubiera tenido más cosas que contar de las que cabían en el cuaderno. A veces, los márgenes aparecen ribeteados por signos incomprensibles o comentarios escritos en otro momento posterior. Esto se deduce en primer lugar por la caligrafía (que como digo se va haciendo cada vez más pequeña y minuciosa) y en segundo lugar porque refleja claramente estados de ánimo distintos. En cualquier caso recojo estos comentarios en sus páginas correspondientes. El cuaderno fue descubierto por un pastor sobre un taburete bajo una pesada piedra que nadie hubiera podido dejar allí descuidadamente. Un zurrón de cuero vacío, un hacha, un camastro sin colchón y dos pocillos de barro sobre el hogar apagado es lo único que inventarió el guardia civil que levantó el atestado. Del techo colgaba un sencillo vestido negro de mujer. No había más señal de vida, pero el informe sí recoge —y eso es lo que me indujo a leer el manuscrito— que, en la pared, había una frase que rezaba: «Infame turba de nocturnas aves». El texto es éste: PÁGINA 1 Elena ha muerto durante el parto. No he sido capaz de mantenerla a este lado de la vida.Sorprendentemente el niño está vivo. Ahí está, desmadejado y convulsivo sobre un lienzo limpio al lado de su madre muerta. Y yono sé qué hacer. No me atrevo a tocarlo. Seguramente le dejaré morir junto a su madre, que sabrácuidar de un alma niña y le enseñará a reír, si es que hay un sitio para que las almas rían. Ya nohuiremos a Francia. Sin Elena no quiero llegar hasta el fin del camino. Sin Elena no hay camino. 1 Este capítulo, modificado, fue finalista del Premio Internacional de Cuentos Max Aub 2002 ypublicado por la Fundación Max Aub. Agradezco la autorización para incorporarlo a su lugar original. 16
  17. 17. Alberto Méndez Los girasoles ciegos ¿Cómo se corrige el error de estar vivo? ¡He visto muchos muertos pero no he aprendidocómo se muere uno! PÁGINA 2 No es justo que comience la muerte tan temprano, ahora que aún no ha habido tiempo paraque la vida se diera por nacida. He dejado todo como estaba. Nadie podrá decir que he intervenido. La madre muerta, el niñoagitadamente vivo y yo inmóvil por el miedo. Es gris el color de la huida y triste el rumor de laderrota. (Hay un poema tachado del que se leen sólo algunas palabras: «vigoroso», «sin luz» [o «miluz», no está claro] y «olvidar el estruendo». Al margen y con letra más pequeña hay una frase: «¿Es este niño lacausa de la muerte o es su fruto?».) PÁGINA 3 Quiero dejar todo escrito para explicar a quien nos encuentre que él también es culpable, a noser que sea otra víctima. Quien lea lo que escribo, por favor, que esparza nuestros restos por elmonte. Elena no pudo llegar más lejos y el niño y yo queremos permanecer a su lado. Sólo soyculpable de no haber evitado que ocurriera lo ocurrido. No aprendí a sortear la pena y la pena me haamputado a Elena con su dalle. Además yo sólo sé escribir y contar cuentos. Nadie me enseñó ahablar estando solo ni nadie me enseñó a proteger la vida de la muerte. Escribo porque no quierorecordar cómo se reza ni cómo se maldice. ¿Cómo puede terminar una historia tan hermosa en una montaña sacudida por el viento? Essólo octubre pero aquí arriba el otoño se convierte en invierno cada noche. El niño ha llorado todo el día, con una fuerza sorprendente. Ha conseguido que piense en él,aunque he claveteado mi mirada en el rostro de Elena muerta y he pasado toda la mañana sinprestarle atención. Ahora caigo en que no he derramado ni una sola lágrima, probablemente porqueel llanto del niño es suficiente. Y necesario. Yo no hubiera conseguido llorar con tanto desconsuelo,no hubiera logrado gritar con tanta rabia. Elena ha sido llorada sin mi esfuerzo. ¿Cómo puede llorarun hombre y desvanecerse al mismo tiempo? Ahora parece que el niño ha perdido los sentidos. Mehe acercado a mirarle y he comprobado que aún respira, aunque, al intentar moverle, he tenido lasensación de que alguien le había arrancado el esqueleto. PÁGINA 4 He observado atentamente el rostro blanco de Elena. Su palidez ya no es tan macilenta comoen el momento de la muerte. Sencillamente ha perdido todos los colores. Quizá la muerte seatransparente. Y heladora. Durante las primeras horas he sentido la necesidad de mantener su manoentre las mías, pero poco a poco me he encontrado unos dedos sin caricias y he sentido miedo deque fuera ése el recuerdo que quedara grabado en mi piel insatisfecha. Llevo varias horas sin tocarlay ya no soy capaz de reposar junto a su cuerpo. El niño sí. Ahora yace exhausto acurrucado junto asu madre. Por un momento he pensado que pretendía devolver el calor al cuerpo inerte que le sirvióde refugio mientras duró el zumbido de la guerra. Sí. Hemos perdido una guerra y dejarnos atrapar por los fascistas sería lo mismo queregalarles otra vez otra victoria. Elena ha querido seguirme y ahora sabemos que nuestra decisión hasido errónea. Quiero pensar que jamás se cometió un error tan generoso. Debimos hacer caso a sus padres, a los que pido perdón por permitir que Elena meacompañase en mi huida. 17
  18. 18. Alberto Méndez Los girasoles ciegos Que te quedes, no te harán daño, le dije. Que te sigo. Que me matan. Que me muero.Hablábamos de la muerte para dejar la vida al descubierto. Pero nos equivocábamos. Nuncadebimos emprender un viaje tan interminable estando ella de ocho meses. El niño no vivirá y yo medejaré caer en los pastos que cubrirá la nieve para que de las cuencas de mis ojos nazcan flores queirriten a quienes prefirieron la muerte a la poesía. ¡Miguel, se cumplirá tu profecía! ¿Dónde estarás ahora, Miguel, que no puedes consolarme?Daría una eternidad por poder escuchar otra vez tus versos líquidos, tu palabra templada, tusconsejos de amigo. Quizá tanto dolor me convierta en un poeta, Miguel, y puede que ya no tengasque rezumar tanta benevolencia. ¿Recuerdas cuando me llamabas el arquero proletario? Elena tequería por eso y te seguirá queriendo aunque esté muerta. PÁGINA 5 ¿Hubiera preferido Elena que separara al niño de la placenta que le rodea, atara su cordónumbilical con una de mis botas e intentara que humilláramos a los vencedores con la vida germinalde la revancha? Pienso que ella no hubiera querido un hijo derrotado. Yo no quiero un hijo nacidode la huida. Mi hijo no quiere una vida nacida de la muerte. ¿O sí? Si el dios del que me han hablado fuera un dios bueno, nos permitiría elegir nuestro pasado,pero ni Elena ni su hijo podrán desandar el camino que nos ha traído hasta esta braña que será susepultura. Esta madrugada me venció el sueño y me quedé dormido apoyado en la mesa. Me despertó elllanto del niño, ahora menos vigoroso, más convaleciente. Su rabia de ayer me producíaindiferencia, su lamento de hoy me ha dado pena. No sé si es que estaba aturdido por el sueño y elfrío o que a mí también comienzan a faltarme las fuerzas al cabo de tres días sin comer nada, perolo cierto es que, impensadamente, me he encontrado dándole a chupar un trapo mojado en lechedesleída en agua. Al principio no sabía si vivir o dejarse llevar por mi proyecto, pero al cabo de unrato ha comenzado a sorber el líquido del trapo. Ha vomitado, pero ha seguido chupando conavidez. La vida se le impone a toda costa. Creo que ha sido un error tenerle en brazos. Creo que ha sido un error alejarle un instante dela muerte, pero el calor de mi cuerpo y el alimento que ha logrado ingerir le han sumido en unsueño desmadejado y profundo. PÁGINA 6 Con unos sacos para el heno he hecho una cuna abrigada y la he cubierto con la colcha deganchillo heredada de su abuela y que Elena insistió en llevar consigo como si en ella estuvieraresumido su pasado. No es ya tan acogedora como lo fue cuando compartíamos la huida pero dacalor al niño y es probable que aún quede algo en ella del aroma de su madre. Debo confesar que no he soportado la comparación de la vida y de la muerte. Verles a los dos en la misma cama, boca arriba, Elena tan acabada y él tan sin hacer, ha sidocomo trazar una raya entre lo verdadero y lo falso. Repentinamente la muerte era muerte, nada másque muerte, sin los candores del cuerpo, sin lo animal de la vida. Un cadáver, al cabo de tres días, esun mineral sin la humedad del aliento, sin la fragilidad de las flores. Ni siquiera es algo indefenso.Es algo que no puede sentirse acorralado y, sin embargo, se agazapa como si quisiera pasardesapercibido. Un cadáver, al cabo de tres días, es sólo soledad y ni siquiera tiene el don de latristeza. Al niño se le está secando el cordón umbilical. Y llora. (Alrededor de este texto hay un dibujo muy sutil en el que se adivina una estrella fugaz, o larepresentación infantil de un cometa, que choca violentamente contra una luna menguante quellora.) 18
  19. 19. Alberto Méndez Los girasoles ciegos PÁGINA 7 No he comido. Aún tengo un poco de pan seco y unas conservas de pescado que trajimos en lahuida. El niño ha vuelto a tomar leche desleída. Parece que se sacia. Hoy enterraré a su madre juntoal roble. No tengo fuerzas para ordeñar las vacas pero se están poniendo enfermas y sus mugidostampoco me dejan pensar en Elena. Quisiera que subieran del valle a recoger el ganado para notener que decidir si me alimento o me dejo caer rodando muerte abajo. Pero, en este tiempo dehorror, incluso el ganado está resolviendo la vida a su manera. Mientras no llegue el invierno estosanimales ignorarán que existe el lobo, el frío y la correlación de fuerzas. Hoy por hoy, estamoscorriendo la misma suerte. Las cuatro o cinco que deben ser ordeñadas morirán si alguien no lohace. ¿Cómo ha podido desaparecer quien las cuidaba, justo ahora? Pero eso qué más da en estostiempos tan aciagos. Además, mientras tomo una decisión, necesitaré leche para el niño. Llueve. Mejor así. Nadie se atreverá a subir hasta esta braña con un tiempo tan desapacible.He logrado acorralar dos vacas. Una de ellas tiene mastitis. Tendré que matarla para que no sufra.Hoy el niño ha comido tres veces. PÁGINA 8 Ayer enterré a Elena bajo un haya. Es más frágil que el roble y más desvencijada. El ruido dela tierra cayendo sobre su cuerpo rígido y el olor de su cuerpo en descomposición provocaron en míun llanto tan sofocante que por un momento tuve la sensación de que también yo iba a morir. Peromorir no es contagioso. La derrota sí. Y me siento transmisor de esa epidemia. Allá adonde yo vayaolerá a derrota. Y de derrota ha muerto Elena y de derrota morirá mi hijo al que todavía no hepodido poner nombre. Yo he perdido una guerra y Elena, a la que nadie jamás hubiera pensado enconsiderar un enemigo, ha muerto derrotada. Mi hijo, nuestro hijo, que ni siquiera sabe que fueconcebido en el fulgor del miedo, morirá enfermo de derrota. He puesto una gran piedra blanca sobre su tumba. No he escrito su nombre porque, si aún hayángeles, sé que reconocerán el alma bondadosa de Elena entre un mar de almas bondadosas. Trato de recordar versos de Garcilaso para orar sobre tu tumba, Elena, pero ya no recuerdo nisiquiera la memoria. ¿Cómo eran? (Hay varios intentos fallidos de transcribir el poema, pero todo está tachado aunque aún sonlegibles los siguientes versos: Las lágrimas que en esta sepultura se vierten hoy en día y se vertieron recibe, aunque sin frutoallá te sean, hasta que aquella eterna noche oscura me cierre aquestos ojos que te vieron, dejándomecon otros que te vean.) PÁGINA 9 No sé por qué estoy escribiendo este cuaderno. Sin embargo me alegro de haberlo traídoconmigo. Si tuviera alguien con quien hablar probablemente no lo haría; siento cierto placermorboso pensando en que alguien leerá lo que escribo cuando nos encuentren muertos al niño y amí. He puesto una lápida de piedra sobre la tumba de Elena para que sean tres los remordimientos,si bien es cierto que ya ha pasado el tiempo de la compasión. Hace mucho frío. Pronto empezará anevar y se cerrarán todos los caminos de acceso a esta braña. Tendré todo el invierno para decidirde qué muerte moriremos. Sí, creo que el tiempo de la compasión ha terminado. PÁGINA 10 (Una serie de rostros muy mal dibujados pero evidentemente retratos, éntrelos que aparecetres veces un rostro de niño, dos uno de mujer —la misma mujer en ambos casos— y diversosrostros de ancianos de ambos sexos, unos con boina, otras con pañoletas atadas al cuello y unperro, este de cuerpo entero. Bajo todos estos dibujos una frase: «¿Dónde yacéis?») 19
  20. 20. Alberto Méndez Los girasoles ciegos La vaca enferma muge y muge y ya no está dando leche. No me atrevo a matarla todavíaporque necesito que se formen neveros para conservarla. Leña hay abundante y conseguiréalimentar la otra desenterrando hierba bajo la nieve. Sólo me preocupa el lápiz. Tengo uno yquisiera escribir lo necesario para que quien nos encuentre en primavera sepa qué muertos haencontrado. (Escrito todo en mayúsculas e imitando letra de imprenta, la siguiente frase: «SOY UNPOETA SIN VERSOS».) PÁGINA 11 Hoy ha nevado todo el día. Estas montañas deben de ser la residencia de todos los inviernos. El niño sigue vivo y la nieve a nuestro alrededor parece una mortaja. Tenemos carnesuficiente con la vaca muerta que en parte mantengo ahumada y en parte el invierno prematuromantiene congelada. Afortunadamente disponemos de leche abundante gracias a la vaca viva, queahora comparte con nosotros el refugio y nos da calor. Los boniatos que robamos al pasar porPerlunes se conservan perfectamente bajo la nieve y al niño parecen gustarle, a juzgar por la avidezcon la que toma la sopa que logro hacerle. Es sorprendente cómo va ocupando lugar en el espacio.Recuerdo cuando era algo extraño dentro de la cabaña, algo que no debería estar allí. Ahora toda lacabaña gira alrededor a él, como si él fuera el centro. Los días de sol, que son pocos, nuestra camarefleja la luz como un espejo y todo el silencio se acumula en torno a los sonidos queconstantemente emite el niño, ya sea porque llora, porque se sorprende de que exista un pie desnudovolando por el aire o una vaca mustia y resignada donde debiera haber un hogar alumbrando a unafamilia. Su respiración apacible y rítmica pone coto a la soledad que, de no ser por él, me vencería. PÁGINA 12 He encontrado una cabra montes medio comida por los lobos. Todavía quedaban restosabundantes y hoy comeremos sus despojos. Con los huesos y las vísceras he logrado hacer una sopamuy suave que el niño acepta bien. (Aquí se produce un significativo cambio de caligrafía. Aunque la pulcritud de la escritura semantiene, los trazos son algo más apresurados. O, cuando menos, más indecisos. Probablementeha transcurrido bastante tiempo.) ¿Me reconocerían mis padres si me vieran? No puedo verme pero me siento sucio ydegradado porque, en realidad, ya soy también hijo de esa guerra que ellos pretendieron ignorarpero que inundó de miedo sus establos, sus vacas famélicas y sus sembrados. Recuerdo mi aldeasilenciosa y pobre ajena a todo menos al miedo que cerró sus ojos cuando mataron a don Servando,mi maestro, quemaron todos sus libros y desterraron para siempre a todos los poetas que él conocíade memoria. He perdido. Pero pudiera haber vencido. ¿Habría otro en mi lugar? Voy a contarle a mi hijo,que me mira como si me comprendiera, que yo no hubiera dejado que mis enemigos huyerandesvalidos, que yo no hubiera condenado a nadie por ser sólo un poeta. Con un lápiz y un papel melancé al campo de batalla y de mi cuerpo surgieron palabras a borbotones que consolaron a losheridos y del consuelo que yo dibujaba salieron generales bestiales que justificaron los heridos.Heridos, generales, generales, heridos. Y yo, en medio, con mi poesía. Cómplice. Y, además, losmuertos. PÁGINA 13 (Hay una frase tachada y, por tanto, ilegible. El texto de esta página está sobre el contornode una mano infantil. Probablemente la mano del niño le sirvió de plantilla. Aun así escribióencima:) 20
  21. 21. Alberto Méndez Los girasoles ciegos Ha pasado el tiempo y no sabría contar los días porque se parecen unos a otros de tal maneraque me sorprende que el niño crezca. Releo mi cuaderno y veo que ya no estoy donde estaba. Y sipierdo la ira, ¿qué me queda? El invierno es una caja cerrada donde se atropellan las tormentas denieve y estas montañas siguen pareciendo el lugar donde pasan el invierno los inviernos. Tambiénmi tristeza se ha solidificado con el frío. Sólo tengo el miedo que tanto miedo me daba. Tengomiedo de que el niño enferme, tengo miedo de que muera la vaca a la que apenas logro alimentardesenterrando raíces y la poca hierba que la nieve sorprendió aún viva. Tengo miedo de enfermar.Tengo miedo de que alguien descubra que estamos aquí arriba en la montaña. Tengo miedo de tantomiedo. Pero el niño no lo sabe. ¡Elena! El viento por las noches grita entre estos montes con un alarido casi humano, como siestuviera enseñándonos al niño y a mí cómo debiera ser el lamento de los hombres.Afortunadamente, esta braña resiste bien todas las tormentas. PÁGINA 14 ¡Hoy he matado un lobo! Han llegado cuatro a merodear en torno a la cabana. Al principio mehe asustado porque su necesidad de comer les confiere una fiereza casi humana, pero luego hepensado que podrían ser una fuente de alimento. Cuando el lobo más grande se ha puesto a rascar lapuerta con las, patas, he abierto cuidadosamente una rendija suficientemente grande como para quemetiera la cabeza y le he aprisionado el cuello con la puerta. Un solo hachazo ha sido suficiente.Con el hacha que utilizo de falleba le he asestado un golpe tal que su voracidad se ha derramadocon su sangre. Me lo comeré y utilizaré sus entrañas para hacer algo comestible para el niño. Eso esbueno. Pero he vuelto a revivir el olor de la sangre, he vuelto a oír el ruido de la muerte, he vistootra vez el color de las víctimas. Y eso es malo. (En esta página hay un dibujo donde se ve la figura de un lobo con un niño a la grupa; elaspecto de ambos es risueño y levitan sobre un campo florido, como si volaran.) PÁGINA 15 Un lobo le dijo a un niño que con su carne tierna iba a pasar el invierno. El niño le dijo al lobo que sólo comiera una pierna porque siendo aún tan tierno iba a necesitar muy pronto que estuviera bien cebado pues llegaría un momento en que, aunque cojito, necesitaría un asado de lobo como alimento. Se miraron, se olisquearon y sintieron tanta pena de tener que hacerse daño que se pusieron de acuerdo para repetir la escena evitándose el engaño de que para sobrevivir dos personas que se quieran sea siempre necesario que, al margen de sus afectos, unos vivan y otros [mueran. (Y como corolario:) Ambos murieron de hambre. 21
  22. 22. Alberto Méndez Los girasoles ciegos (Bajo estos versos aparece un pentagrama y una notación musical que no corresponde anada que se pueda transcribir en música. Han sido varios los técnicos que han tratado de descifraresa pretendida partitura, pero ninguno lo ha logrado.) PÁGINA 16 Nieva. Nieva. Nieva. Con mi debilidad me resulta cada vez más penoso cortar leña paracalentar la choza donde vivimos la vaca, el niño y yo. Los tres estamos cada vez más débiles. Sinembargo el niño, al que todavía no he puesto nombre, tiene una vivacidad sorprendente. Emiteruidos guturales cuando está despierto, como gorjeos. Por una parte me gusta que esté despiertoporque su total dependencia de mí me otorga una importancia que nunca nadie me había concedido,excepto Elena. Por otra, me aniquilan sus ojos desbordando las órbitas hasta parecer enormes y susmejillas hundidas buscando la calavera. Está muy delgado. La vaca también está muy delgada,aunque sigue dando leche suficiente para él y para mí. Yo estoy muy delgado y aterido. No sé en qué mes estamos. ¿Serán ya las navidades? Hoy, siguiendo las huellas de un animal, he descendido monte abajo hacia Sotre y he vistounos leñadores al fondo del valle. He sentido revivir en mí un miedo familiar y denso. Ahora estoyorgulloso de mi miedo, porque al final de esta guerra monstruosa he visto morir a demasiada gentepor su arrojo. Si sigo aquí moriremos la vaca, el niño y yo. Si descendemos al valle moriremos lavaca, el niño y yo. PÁGINA 17 He pensado mucho en ello pero no quiero darles la última satisfacción de la victoria. Quemuera yo puede ser justo, porque sólo he sido un mal poeta que ha cantado la vida en las trincherasdonde anidaba la muerte. Pero que muera el niño es sólo necesario. ¿Quién va a hablarle del colordel pelo de su madre, de su sonrisa, de la gracilidad con la que sorteaba el aire a cada paso paraevitar rozarlo? ¿Quién le va a pedir perdón por haberle concebido? Y si sobrevivo, ¿qué le voy acontar de mí? Que Caviedes es un pueblo colgado de una montaña que olía a mar y a leña, que tuveun maestro que me recitaba de memoria a Góngora y a Machado, que tuve unos padres que nofueron capaces de retenerme junto a su establo, que no sé qué buscaba yo en Madrid en plenaguerra..., ¿un rapsoda entre las balas? ¡Eso es, hijo mío! ¡Yo quería ser un rapsoda entre las balas!¡Y ahora tu sepulturero! (Un trazo firme, profundo, subraya esta última frase, desgarrando incluso el papelcuadriculado del cuaderno de hule negro.) PÁGINA 18 Soy incapaz de seguir alimentando a la vaca y la vaca es incapaz de seguir alimentando alniño. Escarbo bajo la nieve buscando briznas de hierba, cada vez más escuálidas, cada vez másescasas. He encontrado un tubérculo en las raíces de los avellanos yertos y con ellos logro hacer unapasta que no sabe a nada pero que, hervida y aplastada, doy a la vaca y al niño. No sé si sirve comoalimento, pero le estoy dando mi saliva y sobrevive. Aunque está muy débil ya trata de moverse,pero le faltan fuerzas. Se arquea, apoyándose sólo en la cabeza y en los pies. Pero inmediatamentese derrumba. Si pudiera descendería al valle para pedir comida, pero es imposible salir de estasmontañas. Yo nací en un pueblo donde jamás nevaba y nadie me enseñó a desentrañar la nievesilenciosa. Cuando me alejo de la braña más de lo habitual me hundo hasta la cintura y tardo unaeternidad en salir de la trampa blanca. Lo que han dejado los lobos de la vaca que murió está tanduro que ni siquiera con el hacha logro rebanar nada. Está cubierta de nieve, afortunadamente,porque ayer traté de desenterrarla para buscar algo de magro en sus despojos y 22
  23. 23. Alberto Méndez Los girasoles ciegos PÁGINA 19 descubrí un animal, mitad carne desgarrada, mitad esqueleto, que estiraba el cuello como sitratara de escapar inútilmente. Sus costillas, las pocas que aún le quedan, forman un recinto queparece reservado para el alma. Pero el alma también se la han comido los lobos. Y yo. Y el niño. (Aquí hay un dibujo que quiere representar la cabeza estilizada de una vaca, alargada comouna flecha, surcando el aire. Debajo una leyenda: «¿Dónde estará el cielo de las vacas?») Mataría la otra vaca, ahora que todavía le queda alguna carne. Pero no podría conservarla. Sila dejo en los neveros, los lobos, que merodean continuamente, terminarían olfateándola. Dentro dela braña logro mantener una temperatura que pudriría rápidamente lo que queda de su cuerpo.¿Pensará la vaca que yo le estoy salvando de los lobos o sabrá que los lobos la están salvando de mihacha? Quizá sabe la verdad y por eso no da leche. (Aquí hay una serie de hojas, nueve, arrancadas al mismo tiempo, porque el perfil rasgado esexactamente igual en todas. Es un corte cuidadoso, no hay desgarros. En la numeración de laspáginas que viene a continuación no se han tenido en cuenta las hojas que faltan del cuaderno.) PÁGINA 20 El niño está enfermo. Casi no se mueve. He matado la vaca y le estoy dando su sangre. Peroapenas logra tragar algo. He hervido trozos de carne y huesos hasta hacer un caldo espeso y oscuro.Se lo estoy dando disuelto en agua de nieve. Todo huele, otra vez, a muerte. Está muy caliente. Ahora escribo con él en mi regazo y duerme. ¡Cuánto le quiero! Le hecantado una canción triste de Federico Llanto de una calavera que espera un beso de oro. (Fuera viento sombrío y estrellas turbias). Ya no recuerdo los poemas que recitaba a los soldados. Con el hambre lo primero que semuere es la memoria. No logro escribir un solo verso y, sin embargo, en mi cabeza resuenan milnanas para mi hijo. Todas tienen la misma letra: ¡Elena! Hoy le he besado. Por primera vez le he besado. Se me habían olvidado mis labios de nousarlos. ¿Qué habrá sentido él ante el primer contacto con el frío? Es terrible, pero debe de tener yatres o cuatro meses y nadie le había besado hasta hoy. Él y yo sabemos qué largo es el tiempo sin unbeso y ahora, probablemente, no nos quede suficiente para resarcirnos. El miedo, el frío, el hambre,la rabia y la soledad desalojan la ternura. Sólo regresa como un cuervo cuando olisquea el amor y lamuerte. Y ahora ha regresado confundida. Olfatea ambas cosas. ¿Hay ternuras blancas y ternurasnegras? Elena, ¿de qué color era tu ternura? Ya no lo recuerdo, ni siquiera sé si lo .que siento espena. Pero le he besado sin tratar de suplantarte. PÁGINA 21 Huele a podrido. Sin embargo yo sólo recuerdo el olor del hinojo. (En letras grandes, muy grandes, el resto de la página está cubierto por un AH, SIN TI NOHAY NADA trazado con rasgos imprecisos.) PÁGINA 22 23
  24. 24. Alberto Méndez Los girasoles ciegos No encontraba mi lápiz (lo poco que queda de él) y he estado muchos días sin poder escribirnada. También eso es silencio, también eso es mordaza. Pero hoy, cuando lo he encontrado bajo unmontón de leña, he tenido la sensación de que recobraba el don de la palabra. No sé lo que sientohasta que lo formulo, debe de ser mi educación campesina. Hoy he estado encaramado muchotiempo en un tronco deshojado tratando de buscar huellas de algún animal que pueda servirnos dealimento. He visto un paisaje blanco y sin aristas, extenso, interminable, acunado por un vientopertinaz y frío cuyo zumbido sólo sirve para reafirmar el silencio. Y mientras estaba allí,observando, sentía algo que no lograba identificar, algo que ni siquiera sabía si era bueno o malo.Ahora que ya he encontrado mi lápiz, sé lo que era: soledad. Tengo la sensación de que todo terminará cuando se me termine el cuaderno. Por eso escribosólo de tarde en tarde. Mi lápiz también debió de perder la guerra y probablemente la última palabraque escribirá será «melancolía». PÁGINA 23 El niño ha muerto y le llamaré Rafael, como mi padre. No he tenido calor suficiente paramantenerle vivo. Aprendió de su madre a morir sin aspavientos y esta mañana no ha queridoescuchar mis palabras de aliento. (El resto de la página, con una caligrafía mucho más cuidada que lo escrito hasta elmomento, casi primorosa, repite «Rafael», «Rafael», «Rafael» hasta sesenta y tres veces. La R deRafael es siempre una floritura vertical a la que envuelve un trazo panzudo que comienza en laizquierda, asciende por encima y se hincha en la derecha describiendo una curva que se junta altrazo vertical más o menos a media altura para volver a separarse de él como una faldaalmidonada y desvanecerse hacia abajo en un rasgo que se pierde. Es una R inglesa y gótica almismo tiempo.) PÁGINA 24 (Vuelve a repetir «Rafael», «Rafael» hasta sesenta y dos veces.) PÁGINA 25 (Repite «Rafael», con el mismo tipo de letra, pero mucho más pequeño ciento diecinueveveces.) PÁGINA 26 (Ya no está escrita con el mismo lápiz, pues es muy probable que se terminara, sino con untizón apagado o algo parecido. Cuesta leerlo porque, después de escribirlo, el autor pasó la manopor encima como si hubiera intentado borrarlo. Creemos, pues, que hemos leído correctamente loescrito, que transcribimos hechas estas salvedades. «Infame turba de nocturnas aves.» (NOTA DEL EDITOR: El año 1954 fui a una aldea de la provincia de Santander llamadaCaviedes. Efectivamente está colgada de la montaña y huele al mar próximo aunque desde él nopuede divisarse porque se asoma hacia el interior de un valle. Pregunté aquí y allá y supe que elmaestro, al que llamaban don Servando, fue ajusticiado por republicano en 1937y que su mejoralumno, que tenía una afición desmedida por la poesía, había huido con dieciséis años, en 1937, azona republicana para unirse al ejército que perdió la guerra. Ni sus padres, que se llamabanRafael y Felisa y murieron al terminar la contienda, ni nadie del pueblo volvieron a saber de él.Tenía fama de loco porque escribía y recitaba poesías. Se llamaba Eulalio Ceballos Suárez. Si fue 24
  25. 25. Alberto Méndez Los girasoles ciegosél el autor de este cuaderno, lo escribió cuando tenía dieciocho años y creo que ésa no es edadpara tanto sufrimiento.) 25
  26. 26. Alberto Méndez Los girasoles ciegos TERCERA DERROTA: 1941 o El idioma de los muertos Con la turbación con que se pronuncia un sortilegio, Juan Senra, profesor de chelo, dijo sí y,sin saberlo, salvó momentáneamente su vida. —¿De verdad le conoció? —preguntó el coronel Eymar, sacudiendo su somnolencia einiciando un gesto de aproximación al acusado, algo parecido al interés de un entomólogo que sefija en algo diminuto que se mueve. —Sí. —¡Sí, mi coronel! —tronó atiplado su coronel. —Sí, mi coronel. Juan Senra llevaba en pie desde el alba, vestido con un mono azul y un jersey raído quedejaba entrar el frío y manar el miedo. Su extremada delgadez, la nuez que saltaba asustada cadavez que tragaba saliva y un abatimiento que enarcaba sus espaldas hasta hacer de él algo convexo,le habían convertido en una cicatriz de hombre incapaz ya de fijar la mirada sin sentir náuseas. —¿Dónde? —En la cárcel de Porlier. El coronel Eymar era diminuto. Sus manos asomaban por las bocamangas lo justo para tenersiempre un cigarrillo encendido en la punta de sus dedos índice y anular que terminaban en unasuñas color ambarino sucio, como soasadas por el calor del tabaco. Un pescuezo enjuto de ave demal agüero sobresalía por el alzacuellos que coronaba su guerrera demasiado grande, demasiadoraída para pertenecer a un guerrero. Sin embargo, como contraste viril a tanta decrepitud, un bigotefino y horizontal, perfectamente paralelo al suelo le dotaba si no de fiereza, de cierta incapacidadpara la sonrisa. Además, medallas, una panoplia de medallas que más acorazaban su pecho que lohonraban. —En la cárcel de Porlier, ¡mi coronel! —ordenó tajante. —En la cárcel de Porlier, mi coronel. —¿Cuándo? —Le trasladaron de la checa de Chamberí en mayo de 1938. Mi coronel. Aunque el tribunal lo componían tres militares, el capitán Martínez y el alférez Rioboodejaron de hacer preguntas y se relegaron en los respaldos de sus sillas otorgando con este gestotodo el protagonismo a su superior jerárquico. Junto al acusado, que sólo el rigor del miedo lograba mantener enhiesto, el teniente Alonso,que ejercía cansinamente de secretario del tribunal, distraído por las respuestas del reo, interrumpiómomentáneamente sus abigarrados dibujos de banderas superpuestas unas sobre otras creando uncampo infinito de estandartes drapeados como si jamás hubiera existido el viento. Estaba sentado enun pupitre escolar y, quizá debido al mueble, mantenía una postura de alumno aplicado. Miró alcoronel Eymar y, al no encontrar su mirada, inmediatamente se entregó de nuevo a la densa labor de 26
  27. 27. Alberto Méndez Los girasoles ciegossombrear la moharra que coronaba la pica de la última bandera dibujada. Era albino y grueso,cualidades éstas que suelen ser contradictorias pero que en este caso coincidían para dar al tenienteAlonso cierto aspecto de muñeco de nieve. —Y usted se llama... Juan Senra dijo su nombre, calló su graduación y explicó que había pertenecido al cuerpo deenfermeros del servicio de prisiones. No era toda la verdad, pero no mentía. «En 1936 yo estudiabaen el conservatorio y tercero de Medicina y por eso me adjudicaron esté servicio. Mi coronel.» Pero su coronel no le estaba prestando demasiada atención porque buscaba en la lista quetenía ante sus ojos el nombre del acusado. No estaba ganando tiempo, no lo necesitaba, pero queríasaber algo más de ese vencido al que iba a condenar a muerte y había conocido a su hijo. Juan SenraSama, masón, organizador del presidio popular, comunista, soltero y criminal de guerra. Nacido enMiraflores de la Sierra, Madrid, en 1906. Hijo de Ricardo Senra, masón, y de Servanda Sama,fallecida. —¿Y habló con él? —Sí, en varias ocasiones. La última el día en que fue fusilado. —¡Mi coronel! —insistió el coronel a pesar de su zozobra. —En varias ocasiones, mi coronel. Y. entonces el pensamiento turbio de Eymar cristalizó aristado y punzante como los añicos dela loza trizada. Todas las mañanas, cuando su mujer, Violeta, le ayudaba a calzarse el tabardodesvaído sobre sus desvaídas espaldas, le repetía «Acuérdate de Miguelito». Mientras su asistente letrasladaba en el sidecar hasta el tribunal de Represión de la Masonería y el Comunismo quepresidía, pensaba en Miguelito. ¿Cómo iba a olvidar a Miguelito? El héroe de su estirpe que habíamuerto sólo para ser vengado. El hábito de acortar los trámites procesales le impedía detenerse en sutilezas, porque lajusticia militar se resuelve sin colores y, quizá por eso, se sonrojó cuando informó al reo de queMiguel Eymar era su hijo. —¿Y de qué habló? —De usted, mi coronel. —¡De usía, mi coronel! —corrigió agriamente el militar desvencijado para dejar bien sentadoque era juez antes que padre. —De usía, mi coronel —repitió mansamente Senra. El tiempo se detuvo unos instantes. Los tres miembros del tribunal permanecieron inmóviles,presos en un fogonazo de silencio y quietud que sólo desdecía un tenue temblor en la barbilla deEymar. La nuez de Juan subiendo y bajando cada vez que buscaba saliva para aliviar la sequedad desu boca era lo único que se movía en aquella sala. —¿Y de la patria habló? ¿Habló de España? —preguntó sólo para disimular la ansiedad quetrepaba por su garganta atiplando aquella voz autoritaria con los balbuceos que preceden al llanto. Senra sintió cierto miedo al introducir algo de verdad en sus respuestas, como si el contrastepudiera delatarle, pero admitió que de España no, mi coronel. Y el tiempo recuperó su curso: elsecretario albino volvió a dibujar banderas y los miembros del tribunal se miraron cómplicesapoyados los tres en los respaldos de sus sillas concediéndose unos instantes para reflexionar.Habían interrogado y condenado a muerte a cientos de enemigos de la patria y a todos ellos se leshabía preguntado en algún momento si habían conocido a Miguel Eymar. La respuesta siemprehabía sido la misma y ahora, de repente, no sabían qué hacer con la contestación de Juan Senra. El alférez Rioboo, meritorio de más altos designios, atajó con un oye tú, rojo de mierda,¿quieres explicarte o te mandamos a la Almudena ahora mismo? Para terminar con una miradasumisa al coronel buscando una aprobación que obtuvo emboscada en un silencio autoritario yperplejo. 27
  28. 28. Alberto Méndez Los girasoles ciegos El secretario inane ya no dibujaba banderas pero mantenía la mirada sobre los papeles quetenía en el tablero inclinado de su pupitre. Juan Senra también necesitaba tiempo para reconstruir unrecuerdo sin memoria porque ni la debilidad ni el pánico conseguían que olvidase la verdaderahistoria de Miguel Eymar. Una fotografía del general Franco con gorro cuartelero colgaba, sonriente y fiera, de la pareddel fondo junto a un crucifijo de madera. Aquella sala vacía, antes aula escolar a juzgar por elenorme encerado que cubría la pared del fondo, recogía el sonido de una actividad enérgica en elexterior que se traducía en el eco incesante de portazos, órdenes tajantes y pasos apresurados. Peroallí dentro prevalecía el silencio. Los tres soldados de custodia permanecían como estatuas al fondodel aula, no como estatuas guerreras sino con la inmovilidad de la fatiga, sin épica. Juan recordó demasiadas cosas al mismo tiempo y sintió demasiados miedos para seguirenhiesto. Apoyó una mano sobre el pupitre del secretario que estaba a su derecha, tratando de nodejarse llevar por el vértigo, pero un manotazo inmisericorde del ilustrador de estandartes le hizoperder el equilibrio y caer de costado sobre el cuaderno. Recibió otro golpe, esta vez en la espalda,mientras el albino le gritaba que tú firmes, hijo de puta. Podía haberlo hecho más rápidamente, perose incorporó con una premiosidad dolorosa. Sí, señor, acertó a decir. Se dejó caer con la suavidadde los párpados del bebedor de éter y quedó tendido en el suelo, enrollado sobre sí mismo como unbejuco. Hacía mucho frío. En parte el hambre, en parte el dolor, en parte el miedo, en parte su condición de vencido,mantuvieron a Juan Senra en un estado de semiinconsciencia en el que penetraban los movimientos,pero no las palabras. Dos hombres le arrastraban por los pies hasta un lugar húmedo y oscuro dondehabía otras personas inmóviles. La puerta se cerró con estruendo y, antes de perder completamenteel sentido, alguien le pasó un brazo por la espalda, le levantó suavemente y le preguntó Juan, ¿quéte han hecho? Se sintió protegido cuando oyó que le llamaban por su nombre y se dejó rodar por lainconsciencia. Cuando le trasladaron al anochecer junto con una reata de presos a la cárcel, no supo bien porqué todos fueron enviados a la cuarta galería y él, sin embargo, a la segunda. La cárcel tenía unajerarquía perfectamente establecida: en la segunda galería esperaban los que iban a ser condenadosa muerte, en la cuarta contaban los minutos quienes ya habían sido condenados. De los casitrescientos hombres que se hacinaban en el corredor habilitado como celda colectiva, más de lamitad le rodearon al verle entrar acosándole con preguntas que pretendían explicar lo inexplicable.¿Te han absuelto? ¿Qué te ha pasado? ¿Cómo te has librado? ¿Qué te han hecho...? Tenía que haberuna razón muy poderosa para regresar a la segunda galería. —No sé, me he desmayado y me han traído aquí otra vez. —¿Te han torturado? —No, ha sido el miedo, me imagino. Si hubiera tenido aliento suficiente, habría tratado de explicar lo sucedido, pero no superó elpudor y guardó silencio. Cuando algo es inexplicable, aventurar una razón plausible es lo mismoque mentir porque los que necesitan administrar verdades suelen llamar a la confusión mentira. Poreso guardó silencio, para que Eduardo López pudiera clasificar los hechos sin tener quecomprenderlos. Eduardo López era miembro del buró político del Partido Comunista y su trabajo comoorganizador de la resistencia de Madrid le había granjeado cierta popularidad durante los últimosmeses de la guerra. Fue hecho prisionero en el frente Sur y no tenía la menor duda de cuál era sudestino. Pese a ello, trataba denodadamente de organizar la vida entre los presos, de distribuir lastareas de asistencia a los más desesperados y, sobre todo, de dar una razón política a sussufrimientos. 28
  29. 29. Alberto Méndez Los girasoles ciegos Para ello, mantenía cierta disciplina en las conversaciones colectivas que él mismopropiciaba, exigía a los más formados que dieran charlas sobre temas que pudieran entretener a losprisioneros y utilizaba como lenitivo de tanta desesperación la idea de que estaban allí por defenderalgo justo. A nadie le servía de consuelo, pero todos agradecían que hubiera alguien que quisieramantener vivas aquellas almas muertas. Como él dio por buenas sus respuestas, aquellos hombres pálidos, demacrados, ateridos defrío, dieron su curiosidad por satisfecha. El miedo explica casi todo. Juan Senra fue a acurrucarse junto a sus compañeros conservando la escudilla de aluminiocontra su pecho. Era la señal de que todavía comería otra vez y eso era algo muy parecido a estarvivo. El dolor del golpe que le propinó el albino se desvanecía entre un sinfín de dolores y, además,la memoria le acuciaba con otras penas tan estériles como la melancolía. Había escrito a su hermano para decirle adiós sin despedirse y lamentaba haberlo hecho.Tenía muchas cosas que decirle y, sin embargo, se había limitado a enumerar recuerdoscompartidos como si la complicidad estuviera sólo en la memoria. Ahora que había comparecidoante aquella parodia de tribunal, ahora que había visto la boca del infierno, supo que fue un error nohablar de los afectos. Añoró a su hermano adolescente, ajeno a todo, capacitado ya para observar todos los horrorese inepto aún para incorporarlos a su vida. El silencio se impuso sobre el silencio y todas las conversaciones se diluyeron en unaoscuridad llena de resonancias distantes. Hasta el alba no volvería a haber vida y la vida iniciabasiendo heraldo de la muerte. Sabían que a las cinco de la mañana comenzarían a oírse nombres yapellidos en el patio y que los nombrados subirían a unos camiones para ir al cementerio de laAlmudena de donde nunca volverían. Pero esos nombres eran sólo para los de la cuarta galería, aellos, los de la segunda, les quedaba un trámite: pasar ante el coronel Eymar para serirremisiblemente condenados, lo cual significaba tiempo y el tiempo sólo transcurre para los queestán vivos. Sabían por el alférez capellán que no todos los condenados a muerte eran ya fusilados.Intervenciones de familiares, recomendaciones especiales, gestos arbitrarios de gracia, ibanreduciendo el número de ejecutados a medida que pasaban los meses. Se sabía de muchos que ibande la cuarta galería a la Prisión de Dueso, o a Ocaña o a Burgos. Por eso sólo pensaban en quepasara el tiempo, que discurriera todo lo lenta y brutalmente que quisiera, pero que hubiera unasemana más, un día más, incluso una hora más. Seguramente ésa era la razón por la que todosintentaban pasar desapercibidos, desleídos en el gris sucio de las paredes de la celda colectiva. Los primeros meses, cuando todavía el frío estaba fuera de sus huesos, había siempre alguienque, encaramado a los barrotes de la ventana que daba al patio, gritaba ¡Viva la República! cuandolos de la cuarta, al amanecer, iban subiendo a los camiones. Adiós, compañero, adiós, amigo. Tevengaremos. Sin embargo, poco a poco, esos gestos se fueron apagando, se hicieron oscuros comose fue oscureciendo el alba. Al día siguiente Juan Senra no fue llamado a juicio. Fueron otros y ninguno regresó. Juancomió dos veces más aquel sopicaldo templado y ayudó a despiojar a un muchacho imberbe que seestaba llenando de pústulas la cabeza a fuerza de rascarse. Como sigas así te vas a quedar calvo, ledijo. El muchacho adujo algo sobre la calavera que Juan Senra no entendió, pero sonrió como si lehubiera hecho gracia. Alguien le dijo que el cabo Sánchez tenía una lendrera y se aplicó con esmeroa rastrillar las liendres del muchacho, que, en agradecimiento, le enseñó la foto de su novia. —Está buena, ¿eh? Es segoviana, pero vino a servir a Madrid y ya ves... —E hizo un gestoprocaz y tierno al mismo tiempo. No pudieron continuar la conversación porque alguien reclamó su presencia junto a la verjade entrada. Un cabo primero envejecido por el miedo y desdentado por el hambre le devolvía unsobre abierto con una dirección escrita a lápiz. Era la carta que Juan había escrito a su hermanoantes de comparecer ante el coronel Eymar. Ahora se la devolvían abierta y tachada. 29
  30. 30. Alberto Méndez Los girasoles ciegos —Esta carta no se puede enviar. Tienes suerte si todavía puedes escribir otra. —¿Quién lo dice? —El alférez capellán. Menos «Querido hermano Luis» y «acuérdate siempre de mí, tu hermano Juan» todas lasfrases habían sido tajantemente tachadas, incluso aquellas que hablaban del frío y de la saludprecaria, de la dulzura de su madre muerta o de los chopos en las alamedas de Miraflores. No habíaespacio para lo humano. Era como si no le dejaran despedirse. Regresó junto al muchacho de las liendres, bromeó acerca de su caligrafía y continuó la tareainterrumpida. Juan observó sus manos, incapaces de devastar aquella pelambrera llena de piojos. ¿Cómopudieron alguna vez recorrer con precisión el glisando tras el que se ocultaba Bach? Ahora lossabañones habían eliminado cualquier destreza. Ya sólo eran hábiles para la lendrera. Aun asíintentó un gesto de ternura sobre la coronilla del muchacho imberbe, que no hizo nada por eludirle.Charlaron. Se llamaba Eugenio Paz, tenía dieciséis años y había nacido en Brunete. Su tío era elpropietario del único bar del pueblo, donde servía su madre, que, aun siendo la hermana delpropietario, recibía un trato humillante a pesar de su abnegada dedicación a la cocina y a la limpiezadel local. Como el campo la nieve tenía que tenerlo. ¡En un pueblucho de mierda! Cuando estalló laguerra esperó a que su tío tomara partido para tomar él el contrario. Fue así como proclamó sufidelidad a la República. Tenía el aspecto de un niño incapaz de envejecer. Como si la sombra desarrapada de aquellaprisión no le afectara, no había en su rostro atezado nada rectilíneo, nada angular, porque laseveridad y la tristeza también le estaban negadas. Rechoncho y de mediana estatura, hablabasiempre frunciendo los labios, como si se arrepintiese de decir lo que decía. Pero no era así, porquesus ojos azules miraban fijamente los de su interlocutor convirtiendo cualquier banalidad enverdades como puños. Algo amigable y tierno se desprendía de cada una de sus frases, que,inevitablemente, trufaba de casticismos y sucedáneos de blasfemias. Participó en la guerra como quien juega, sólo para que no ganara el adversario, sin ideales, sinpensar en las razones de su toma de postura. Y, como en un juego, cumplió las reglas hasta el final,disparando como francotirador cuando las tropas de Franco entraron en Madrid llevándose pordelante a todos los que se encontraban a su paso. Desde las azoteas de los edificios acosaba alejército contrario con estratagemas de francotirador que mantuvieron en jaque a los vencedoreshasta el tercer día de la Victoria. Al final le detuvieron, pero no haciendo la guerra sino violando eltoque de queda impuesto por las nuevas autoridades cuando iba a ver a su novia, que le esperaba enun portal del barrio de Salamanca donde habían instalado su tálamo nupcial apasionado, oscuro,frecuente y silencioso. Aun así, estaba satisfecho porque mientras disfrutó de libertad dispuso de tres días de juegoen los que él puso las normas, dictaminó quién era bueno y quién era malo, juzgó y absolvió,condenó y ajustició, de acuerdo con un reglamento que, creía, otros habían inventado. Ahora, ya en la cárcel, sabía que todo lo ocurrido se llamaba guerra y que él, a pesar de suhabilidad para escabullirse por los aleros de las casas, de su agilidad para saltar de tejado en tejado,de su satisfacción cada vez que disparaba a un contrincante, ahora, había aprendido que aquello erauna derrota. Y lo que más sentía era que su novia segoviana estaba embarazada. «Como es unapaleta, igual se cree que me he liado con otra...», concluía con nostalgia. Juan supo que, en otras circunstancias, le hubiera tomado cariño. Ahora se conformaba con sucompañía, que era algo suave y primordial entre la viscosidad de la tristeza colectiva. Como sihubiera perdido al marro, Eugenio no pensaba que los contrarios eran sus enemigos. Esta vez lehabía tocado perder a él, pero ganaría en otra ocasión. Era como un juego de azar, sin revancha niculpables. «No tengo el mal perder de todos estos.» 30

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