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Ciudad Fortuna I: Dados de cristal - Fragmento 1

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Ciudad Fortuna I: Dados de cristal - Fragmento 1

  1. 1. © 2015 David Fernández-Cañaveral Rodríguez. Todos los derechos reservados. Descubre Dados de cristal en www.davidfcanaveral.es 1 CAPÍTULO I El primer dogma 1 Ciudad Fortuna es arcana, misteriosa, legendaria y atrayente. Es la ur- be del contraste; utopía y distopía; discorde y dispar. Es el polo de un mundo gobernado por la suerte. La arquitectura se eleva hacia un firmamento nebuloso y refulgente. Lo neoclásico se intercala con reminiscencias de otras épocas. Las aveni- das son anchas y las calles son estrechas. La mitología es profusa e im- ponente. Los relojes son escasos, pero solemnes. La ciudad se extiende sin término. No existen horizontes. No hay límites. El ocaso transforma días vivaces y auténticos en noches de neón, oní- ricas y sinuosas. Existen sombríos recodos, lugares para el enigma, mo- radas para los secretos. Los barrios se contraponen. En los ricos, un pro- verbial pergamino se oculta con recelo. En los pobres, un gato negro busca amo y sustento. En alguna parte, alguien muere. En el otoño del año trece, manchas de un color rojo oscuro ensucian las yemas de los dedos de algunos infelices olvidados de Ciudad Fortuna. 2 Un lento, puntual y sempiterno goteo despertó a Alexander, que abrió los ojos sobresaltado. Aspiró una honda bocanada de aire. Acababa de recobrar la consciencia. Y se preguntó si ese goteo sería de agua, de su- dor o de sangre. Estaba sentado en una incómoda silla metálica. Le dolía todo, en es- pecial la cabeza. Notaba el cuello agarrotado a causa de la mala postura en la que había permanecido. Intentó moverse, pero enseguida com- prendió que se hallaba maniatado a la espalda de esa silla, sujeto con lo
  2. 2. © 2015 David Fernández-Cañaveral Rodríguez. Todos los derechos reservados. 2 Descubre Dados de cristal en www.davidfcanaveral.es que le pareció palpar como algún tipo de atador de nailon, y que le ha- bían inmovilizado los pies con cinta adhesiva. Estaba atrapado. Echó una rápida ojeada al lugar donde se encontraba cautivo. Se tra- taba de una sala carente de ventanas, con las paredes de hormigón, los suelos sucios y los techos altos. Daba la impresión de ser un taller que hacía tiempo que ya no se utilizaba. Los muros, desnudos, mostraban humedad. Él se encontraba casi en el centro de la estancia. Contó dos puertas: una en la pared de en frente, otra en la de su derecha. Vio bido- nes y planchas de metal apoyadas en las paredes laterales. A su espalda, atisbó un grifo a baja altura, aunque se percató de que este no era aquel que goteaba. El goteo procedía de una larga encimera que había al fondo. De un panel colocado sobre ella colgaban viejas herramientas. La única luz provenía de una solitaria bombilla que pendía del techo, encima de Alexander, así como del haz de la bombilla colocada en un casco de mi- nero que vio en la encimera. En esa encimera, Alexander reparó en un objeto singular que reflejaba la luz del casco de minero. Era cúbico y pequeño, con una apariencia azulada y cristalina, y puntos blancos en sus seis caras. Intuyó que se tra- taría de un dado. El descubrimiento de ese dado llamó su atención por lo impropio de su presencia en un sitio como aquel. También le hizo recordar algo im- portante. Miró hacia abajo, y se aseguró con sosiego de que no le habían quitado su amuleto. Este, un pequeño trébol de cuatro hojas, tallado en madera oscura, colgaba como siempre de su cuello y reposaba sobre el leve vello de su pecho. Aparte de eso, no tenía la sensación de que le hubieran sustraído na- da. En cualquier caso, comprobó su ropa. Calzaba sus gruesas botas ne- gras. Vestía sus rígidos vaqueros oscuros, su cinturón con la enorme he- billa plateada, y su inseparable cazadora de cuero, abierta sobre una camisa blanca en la que ahora se veían unas manchas marrones, con se- guridad de la sangre que se coagulaba en su cara, alrededor de la nariz y los labios. Notaba un amargo sabor metálico en la boca. Y, aparte de las contusiones en cabeza y cervicales, también le dolían las manos, las mu- ñecas y las rodillas. Entonces, el tipo de los pantalones rojos hizo su aparición. Entró por la puerta situada delante de Alexander. Se apoyó en la encimera. Exhibía
  3. 3. © 2015 David Fernández-Cañaveral Rodríguez. Todos los derechos reservados. Descubre Dados de cristal en www.davidfcanaveral.es 3 una actitud que se intuía chulesca, pero en la cual se podía captar cierta incomodidad. Era un veinteañero, más joven que Alexander. Se le adivi- naba guapo, un tanto engreído y poco corpulento. Su camiseta estaba hecha jirones. El tipo miró a Alexander. Este le sostuvo la mirada. Y el tipo preguntó: –¿Quién eres? Alexander no se inmutó. No abrió la boca, sino que le miró con en- tereza. –¿Por qué me vigilabas? –volvió a interrogar el de los pantalones rojos. Alexander persistió en su imperturbable actitud. El tipo se le acercó. –No sabes dónde te estás metiendo –anotó. Pretendía intimidarle. –Tú sí que no lo sabes –le espetó, en ese momento, Alexander. Esa inesperada contestación contrarió al joven, quien contempló a Alexander con un momentáneo asombro. Aunque, sin duda, lo que le turbó más fueron la media sonrisa que Alexander le dedicó y las palabras que pronunció con lentitud y frialdad: –Estás tentando a tu suerte. Con una nueva inquietud en su talante, el tipo caminó de regreso a la encimera. Sus movimientos evidenciaban su vacilación. Alexander aún escuchaba aquel goteo. Se preguntó cómo había llegado hasta allí. Los recuerdos más inmediatos parecían bloqueados en su mente. El tipo de los pantalones rojos giró el casco de minero hacia él. Y el duro haz de su bombilla le dio de lleno en los ojos. Le cegó igual que un Sol del que no se podía huir. 3 El día es muy luminoso. El Sol parece bañar el mundo entero con una luz radiante y cegadora que quema. Todo es rojo, naranja y amarillo. En algún lugar, se oye el discurrir de un riachuelo. Alexander es un niño. Debe tener cuatro o cinco años, no más. No le im- portan ni el calor ni el sudor ni esa abrasadora luz matinal. A esa edad, muy pocas cosas pueden afligirle. Se dedica a correr y jugar. Está en un campo de cereales. Trota por las interminables e idénticas hi- leras del maíz. La plantación es más alta que el crío. Este ríe y sonríe. Ya no percibe el riachuelo. Ahora canta un grillo. Y él se encamina al caserío.
  4. 4. © 2015 David Fernández-Cañaveral Rodríguez. Todos los derechos reservados. 4 Descubre Dados de cristal en www.davidfcanaveral.es De repente, se detiene. Cree haber escuchado algo. Mas, entonces, surge el silencio; un silencio que le incomoda. Súbitamente, una mano adulta le toma por el hombro y le gira hacía sí. El niño se asusta y ahoga un grito.

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