Medea (textos)

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Medea (textos)

  1. 1. Según el texto de Eurípides Departamento de Griego IES María Cegarra Salcedo
  2. 2. Los colores de los textos identifican a los personajes: Medea Jasón Coro Nodriza y pedagogo Creonte Sirviente
  3. 10. Esta desgracia que inesperadamente se ha abatido sobre mí, ha desecho mi alma. […] Aquel en quien todo mi bien cifraba, bien lo sé, ha resultado ser el más perverso de los hombres. Y ese es mi marido. De todos los seres que poseen vida y razón, nosotras las mujeres somos la especie más desgraciada.
  4. 12. He dispuesto, Medea, que, con tu ceño y saña hacia tu marido, abandones, exiliada, esta ciudad llevándote contigo a tus hijos. […] Si la divina luz del día que viene os sorprende a ti o a tus hijos dentro de los límites de este país, morirás.
  5. 14. Juro por la diosa soberana […], Hécate, que mora en lo más recóndito de mi hogar, que no habrá alegría en ellos que cause dolor a mi corazón. Yo haré sus bodas amargas y luctuosas, amargo el enlace y amarga, también, mi expulsión de esta tierra. Somos mujeres, poco dotadas para el bien, pero habilísimas artífices de toda clase de males.
  6. 16. Ido está el respeto a los juramentos. Y no queda ya pudor en la ancha Grecia; de un vuelo se marchó al cielo. No tienes, infeliz, una casa paterna en donde encontrar refugio a tus penas. Otra mujer, con más poder sobre tu lecho, vino a esta casa para reinar en ella.
  7. 17. De todas las enfermedades humanas la más grave es la desvergüenza […] Yo te salvé, como saben todos los griegos que embarcaron en la nave Argo. […] Y fui yo la que traicioné a mi padre y a mi casa para seguirte. Y a pesar de haber recibido tantos beneficios de mí, tú, el más perverso de los hombres, me traicionaste, te buscaste un nuevo lecho, cuando ya habían nacido hijos nuestros.
  8. 19. Tú misma lo has querido así, no acuses a ningún otro.
  9. 20. Muerte sin gloria merece quien deshonra a sus seres queridos, por no abrirles, pura, la puerta de su corazón. Nunca será para mí un amigo.
  10. 22. Jamás volverá a ver vivos a los hijos que yo le di ni engendrará otros en su joven esposa, ya que esta va a sufrir necesariamente una muerte atroz, víctima de mis venenos. ¡Que nadie me juzgue vana, débil ni paciente! Muy al contrario, dura con mis enemigos y amiga de mis amigos.
  11. 24. ¿De dónde sacarás la osadía, necesaria a tu alma y a tu mano, para dirigir al corazón de tus hijos los terribles golpes temerarios? ¿Cómo, al mirar sus ojos, podrás perseverar, sin llanto, en tu propósito de darles muerte? No podrás, cuando, postrados, tus hijos te supliquen, conservar tanta audacia en tu corazón y hacer que tu mano se tiña con su sangre.
  12. 26. Tomad, hijos, en vuestras manos estos presentes nupciales e id a entregarlos a la princesa y feliz esposa. Va a recibir regalos que no son de despreciar No tengo esperanzas ya de que los niños vivan, no tengo esperanzas ya. Por la senda de la muerte marchan. Recibirá la joven infortunada la desgracia, recibirá la desventura de la áurea diadema. En su cabello rubio y con sus propias manos pondrá ella misma las joyas de la muerte .
  13. 27. ¿Por qué volvéis vuestros ojos hacia mí, hijos? ¿Por qué me dirigís vuestra última sonrisa? […] Mi valor se desvanece, amigas, al ver la clara mirada de mis hijos. ¡Ah, mano amadísima, amadísima boca! ¡Ah, hermosura y nobleza del rostro de mis hijos!¡Ojalá seáis felices… pero allí abajo! La felicidad de este mundo os quitó vuestro padre. ¡Ah, dulce abrazo, tierna piel y aliento suavísimo de mis hijos!
  14. 29. … la infortunada princesa, con gemidos de dolor, se recobró del estado de mutismo y de ceguera en el que se hallaba. Una doble tortura la asaltaba. La diadema de oro, que ceñía su cabeza, desprendía un potente torrente de fuego devorador. El fino velo, que tus hijos le regalaran, mordía las blancas carnes de la desdichada. Uno junto a otro yacen los cadáveres del padre y de la hija, una desgracia que merece ser llorada.
  15. 31. Soltad , cuanto antes, sirvientes, los cerrojos; quitad las trancas para que pueda contemplar mi doble desgracia, a los muertos y a aquella a quien voy a dar, como castigo, muerte. ¡Ah, abominación, mujer odiosa en grado sumo a los dioses, a mí y a todo el género humano! Tú osaste hundir el cuchillo en el cuerpo de los hijos que pariste […] ¡Mala muerte hayas!
  16. 33. He devuelto a tu corazón el golpe que el mío le debía.

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