El Dios de gracia ilimitada
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144 • El Dios de Jeremías
Judá en renovada relación de pacto con él: «Convertios, hijos rebeldes, dice
Jehová, porque yo s...
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Libro complementario | Capítulo 12 | El Dios de la gracia ilimitada | Escuela Sabática

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Libro complementario | Capítulo 12 | El Dios de la gracia ilimitada | Escuela Sabática

  1. 1. El Dios de gracia ilimitada E l Dios de Jeremías quiso salvar a Judá de la ruina nacional pero ellos rechazaron repetidamente los ofrecimientos de su gracia. Como resul­ tado se hizo inevitable su destrucción en manos de Babilonia. No obs­ tante, hubo un remanente que sobrevivió por gracia. Pero aun ese re­ manente fue infiel a la promesa de obediencia y lealtad con la cual se compro­ metieron delante de Dios. Rechazaron a Dios al rechazar a Jeremías, su mensajero, de manera abierta, decidida, directa, y dándole suficientes causas para llorar, al punto de hacer parecer su ministerio como un completo fracaso. Ante circunstancias como estas, cabe preguntamos, ¿tiene algún límite la gracia de Dios? ¿Es el Dios de Jeremías un Dios de gracia ilimitada? Anarquía política Después de destruir Jerusalén y deportar a la mayor parte de sus habitantes a Babilonia, Nabuzaradán, capitán del ejército de los caldeos, puso a Gedalías, hijo de Ahicam, como gobernante de las tierras de Judá y dejó bajo su cuidado a los hombres, mujeres y niños, incluyendo a los más pobres del país, que no habían sido deportados a Babilonia. Cuando los jefes y soldados que queda­ ban del ejército judío y que estaban en el campo se enteraron de que el rey de Babilonia había puesto a Gedalías como gobernador del país, vinieron y se presentaron ante él en Mizpa. Debido al gran temor que le tenían a los babilonios después de ver lo que le habían hecho a su amada tierra, el grupo quería saber si contaban con Gedalías como un aliado suyo o si la lealtad de este estaba con Nabucodonosor quien lo había puesto en el trono. Gedalías, después de asegurarles que podían contar con él como su aliado, los animó a no temerle a los babilonios, los envió a cosechar
  2. 2. 136 • El Dios de Jeremías los frutos de la tierra y establecerse de nuevo en las ciudades de Judá confiando en que todo les iba a salir bien. Él, por su parte, se comprometió a hacer la gestión política que le correspondía. Les dijo que él se quedaría en Mizpa para tratar con los caldeos y les aseguró que sería su representante ante los embajadores babilo­ nios cuando estos vinieran hasta allí (Jer. 40: 10). Sin embargo, Ismael hijo de Netanías, un descendiente del linaje real, permi­ tió que sus ambiciones personales por ocupar el trono de la caída nación ma­ lograran el acuerdo que se había hecho y lideró una conspiración para asesinar a Gedalías. Después de haber comido con él ocultando engañosamente sus malignos propósitos, Ismael y su grupo conspiratorio se levantaron y lo mata­ ron a espada, a él, a todos los judíos que con él estaban en Mizpa, y a los sol­ dados caldeos que allí se encontraban. Aunque Gedalías había sido advertido de los planes de Ismael, estaba tan confiado en su pacto con el pueblo y sus líderes militares que el grupo traidor terminó tomándolo por sorpresa. El remanente de la nación judía no fue fiel al pacto de sumisión al rey de Babilonia ni tampoco lo fue al Dios de Jeremías, Rey del universo. Los líderes de la conspiración ejercieron una influencia poderosamente negativa sobre el pueblo desencadenando una serie de acontecimientos negativos que nos per­ miten ver cómo los pecados de unos afectan a otros inocentes. A pesar de todas las apariencias, el Dios de Jeremías, en su providencia, seguía al control del mundo y de su pueblo. Le estaba permitiendo ver a sus hijos el cumplimiento de las profecías anunciadas por su siervo Jeremías y seguir recogiendo los amar­ gos frutos que ellos habían sembrado en desobediencia y regado con desleal­ tad. Era un patético cumplimiento de la ley de la siembra y la cosecha. Buscando la dirección del Dios de gracia La población remanente le había pedido a Jeremías que rogara a Dios por ellos a fin de conocer cuál era su voluntad respecto al camino que en adelante debían seguir y los dirigiera en todo cuanto habrían de hacer. Este es un pedido que halaga a todo líder espiritual que anhela ver a su pueblo aprender de sus expe­ riencias, volverse a Dios, y crecer espiritualmente; y Jeremías no era la excepción. Así que el profeta les prometió que en atención a su solicitud, oraría por ellos al Señor y les comunicaría todo lo que él le revelara como respuesta. Y así lo hizo. Notemos las palabras con las cuales ellos se habían dirigido al siervo del Dios Altísimo: «Jehová sea entre nosotros testigo de la verdad y de la lealtad, si no hacemos conforme a todo aquello para lo cual Jehová, tu Dios, te envíe a nosotros. Sea bueno o sea malo, a la voz de Jehová, nuestro Dios, al cual te enviamos, obedeceremos, para que, obedeciendo a la voz de Jehová, nuestro Dios, nos vaya bien» (Jer. 42: 5, 6).
  3. 3. 12. El Dios de gracia ilimitada * 137 Diez días después, les llegó la palabra de respuesta del Dios de Jeremías instruyéndoles a permanecer donde se encontraban y no emigrar a Egipto para escapar del rey de Babilonia al cual temían. El mensaje que recibieron decía: «No temáis de su presencia, ha dicho Jehová, porque con vosotros estoy yo para salvaros y libraros de su mano» (vers. 11). Como perfecto conocedor de la testarudez de su pueblo, el Dios de Jeremías le pidió a su fiel siervo que le comunicara la siguiente advertencia solemne al remanente de Judá: «Oíd la palabra de Jehová, resto de Judá, porque así ha di­ cho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: Si vosotros volvéis vuestros rostros para entrar en Egipto, y entráis para habitar allá, sucederá que la espada que teméis os alcanzará allí, en la tierra de Egipto, y el hambre que os asusta os per­ seguirá allá en Egipto, y allí moriréis» (vers. 15, 16). Esta no era una amenaza sino una advertencia. Las amenazas proceden de quienes procuran nuestro mal; las advertencias de quienes quieren nuestro bien. Así que esta clara advertencia revela el carácter de amor, de misericordia y de gracia del Dios de Jeremías. Tal como los padres advierten con amor a sus hijos de las consecuencias de la desobediencia y de su mal proceder con la finalidad de verlos libres de an­ gustias y de una destrucción final, así también el Dios de Jeremías fue claro y explícito en la advertencia enviada a sus hijos: «Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: Como se derramó mi enojo y mi ira sobre los habitan­ tes de Jerusalén, así se derramará mi ira sobre vosotros cuando entréis en Egip­ to; y seréis objeto de aversión, de espanto, de maldición y de afrenta; y no ve­ réis más este lugar. Jehová os dijo a vosotros, resto de Judá: No vayáis a Egipto. Sabed ciertamente que os lo advierto hoy» (vers. 18, 19). Sin embargo, a pesar del solemne compromiso a obedecer que habían he­ cho, y a pesar de las misericordias con las cuales Dios los había favorecido como sobrevivientes de la calamidad nacional, rechazaron la voluntad de Dios y procedieron según la suya propia. De regreso a Egipto Movido por el Espíritu de su Dios, Jeremías le hizo el siguiente reclamo al remanente de Judá: «¿Por qué hicisteis errar vuestras almas? Pues vosotros me enviasteis ante Jehová, vuestro Dios, diciendo: "Ruega por nosotros a Jehová, nuestro Dios, y haznos saber todas las cosas que diga Jehová, nuestro Dios, y lo haremos". Esto os lo he declarado hoy, pero no habéis obedecido a la voz de Jehová, vuestro Dios, ni a ninguna de las cosas por las cuales me envió a voso­ tros» (Jer. 42: 20, 21). Aunque el pueblo de Israel tuvo en su historia algunos contactos favorables con Egipto, tal como en el caso de la hambruna de Génesis 42 y los eventos que como consecuencia de la misma se desencadenaron en los capítulos siguientes por la providencia del Dios de Jeremías, y la migración de Abraham, más de
  4. 4. 138 • El Dios de Jeremías cuatrocientos años antes, por razones similares (Gén. 12: 10-20), también reci­ bieron los hijos de Dios la influencia negativa del imperio de los faraones. Más tarde en la historia, después de las conquistas y de la muerte de Alejandro, numerosos judíos se establecieron en Egipto, mayormente en Alejandría, y re­ cibieron un tratamiento favorable de parte de la dinastía de los Ptolomeos.1 En esta ocasión, la clara indicación de Dios a través de Jeremías para el re­ manente de Judá era no regresar allá. A pesar del claro «Así dice el Señor» sobre no volver a Egipto, ¿qué hizo el pueblo? «Aconteció que cuando Jeremías aca­ bó de hablar a todo el pueblo todas las palabras de Jehová, su Dios, todas estas palabras que Jehová, su Dios, le había enviado a decirles, Azarías hijo de Osaías, Johanán hijo de Careay todos los hombres soberbios dijeron a Jeremías: "¡Men­ tira dices! No te ha enviado Jehová, nuestro Dios, para decimos: 'No vayáis a Egipto para habitar allí'"» (Jer. 43: 1, 2). Y no solo acusaron a Jeremías de ser mentiroso sino que, además, inculparon a su secretario Baruc de incitarlo en contra de ellos a fin de que cayeran en manos de los caldeos y hacerlos deportar a Babilonia como había ocurrido con la mayoría de la población (vers. 3). Así habían hecho sus antepasados quienes se revelaron en el desierto contra Moisés y acusaron falsamente al siervo de Dios que solo procuraba su bien (Núm. 16: 3, 13; cf. Éxo. 16: 3). Es evidente que las circunstancias habían cam­ biado pero no el corazón del pueblo. Su reacción ante el mensaje divino que no querían escuchar revela, como una radiografía, las características de nuestra naturaleza como seres caídos: buscamos siempre a quién culpar por nuestros problemas y errores; y siempre encontramos una excusa para hacer lo que final­ mente queremos hacer. Como pueblo de Dios en la actualidad, también peregrinos y militantes en este mundo de pecado, hemos de recordar siempre que «aunque andamos en la carne, no militamos según la carne, porque las armas de nuestra milicia no son car­ nales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argu­ mentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo», Dios de Jeremías (2 Cor. 10: 3-5). Debemos tener este consejo inspirado en cuenta y, a diferencia del re­ manente de Judá, mantener nuestros sentimientos, emociones y pasiones bajo el control del Dios de la gracia. De nuevo al exilio «Ni Johanán hijo de Carea, ni los jefes militares, ni nadie del pueblo, obe­ decieron el mandato del Señor, de quedarse a vivir en el país de Judá. Por el contrario, Johanán hijo de Carea y todos los jefes militares se llevaron a la
  5. 5. 12. El Dios de grada ilimitada * 139 gente que aún quedaba en Judá, es decir, a los que habían vuelto para vivir en Judá luego de haber sido dispersados por todas las naciones: los hombres, las mujeres y los niños, las hijas del rey, y toda la gente que Nabuzaradán, coman­ dante de la guardia, había confiado a Gedalías hijo de Ahicán, nieto de Safán, y también [se llevaron] a Jeremías el profeta y a Baruc hijo de Nenas; y contra­ riando el mandato del Señor se dirigieron al país de Egipto, llegando hasta la ciudad de Tafnes» (Jer. 43: 4-7, NVI). Mientras que la gran mayoría del pueblo había sido transportada a un exilio involuntario, el remanente de Judá em­ prendió su camino a un nuevo exilio, pero esta vez, un exilio voluntario. Pero el omnipresente Dios de Jeremías se manifestó en Tafnes. Mediante un mensaje profético dramatizado dado a su siervo, Jehová les ilustró cuáles serían las consecuencias de la desobediencia. Actuar en contra de la voluntad de Dios siempre trae resultados negativos sin importar cuán seguro consideremos el lugar donde nos encontremos o cuán influyentes y poderosos sean los indivi­ duos en quienes nos apoyemos. Jeremías recibió instrucciones de su Dios para conseguir unas piedras gran­ des y, a la vista de los judíos que vivían en la ciudad, enterrarlas con sus propias manos fijándolas con argamasa debajo del pavimento justo al frente de la en­ trada del palacio del faraón en Tafnes. Luego, en medio del ambiente de curio­ sidad y asombro generado por su extraña actuación, debía alzar su voz y pro­ clamar el mensaje recibido de su Dios para el pueblo desobediente. «Así dice el Señor Todopoderoso, el Dios de Israel: "Voy a mandar a buscar a mi siervo Nabucodonosor, rey de Babilonia; voy a colocar su trono sobre estas piedras que he enterrado, y él armará sobre ellas su toldo real"» (vers. 10, NVI). La acción ejecutada por Jeremías no era tan extraña, después de todo, y la proclamación oral que la acompañaba era para hacer el propósito de la misma meridianamente claro para todos los que la observaran. Comúnmente, los re­ yes invasores de una nación, después de haber ganado el acceso a la capital atacada, levantaban su toldo real en un lugar estratégico de la misma. Debajo del toldo se sentaba en su trono el rey o, en su ausencia, el comandante general de su ejército, rodeado por su guardia personal fuertemente armada. Por enci­ ma del toldo, a la vista de todos, ondeaba su estandarte nacional. Desde allí, el monarca invasor mantenía y dirigía el control de las operaciones de su ejército. La acción representaba entonces no solo una amenaza constante sino que era presagio de la caída inminente de la ciudad y del país. La acción de Jeremías era una profecía actuada, y la señalización visible de un lugar específico indicaba que lo profetizado era seguro y ocurriría en cumpli­ miento de la predicción divina. Cuando los eventos anunciados por el profeta
  6. 6. 140 • El Dios de Jeremías ocurrieran, el pueblo no tendría argumentos para atribuirlos a un curso natural de las cosas. El Dios de Jeremías, el Señor de la historia, el Rey de reyes y Señor de señores, estaba cumpliendo sus propósitos. Jeremías proclamó también los resultados de que Nabucodonosor se senta­ ra en su trono sobre el sitio que había sido señalado por él: «Vendrá al país de Egipto y lo atacará: el que esté destinado a la muerte, morirá; el que esté desti­ nado al exilio, será exiliado; el que esté destinado a la guerra, a la guerra irá. Prenderá fuego a los templos de los dioses de Egipto; los quemará y los llevará cautivos. Sacudirá a Egipto, como un pastor que se sacude los piojos de la ropa, y luego se irá de allí sin inmutarse. Destruirá los obeliscos de Bet-Semes, y prenderá fuego a los templos de los dioses de Egipto» (vers.11-13, NVI). Desafío abierto Los judíos que en abierta desobediencia al mandato divino emigraron a Egipto, se entregaron allí al grotesco pecado de la idolatría. El camino espiri­ tual descendente que habían iniciado aun antes del ataque de Nabucodonosor contra Jerusalén, no se había detenido; habían continuado avanzando hasta tocar fondo en prácticas que para el Dios de Jeremías eran detestables hasta lo sumo, puesto que ofendían su santidad, negaban la verdadera religión y degra­ daban el carácter de los hijos de su pueblo. El Dios de Jeremías aborrece la idolatría. La palabra del Dios de Jeremías vino a él acerca de todos los judíos que habitaban en Egipto, no solo en Tafhes, sino también en Migdol, Menfis, y Parios, diciendo: «Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: "Vosotros habéis visto todo el mal que traje sobre Jerusalén y sobre todas las ciudades de Judá. Ahora están asoladas, y no hay quien habite en ellas a causa de la maldad que ellos cometieron para enojarme, yendo a ofrecer incienso, honrando a dioses extraños que ni ellos habían conocido, ni vosotros ni vuestros padres"» (Jer. 44: 2, 3). El Dios de Jeremías, quien detesta la idolatría, les recordó enton­ ces que él es un Dios paciente y misericordioso y que como tal los había trata­ do. Les dijo: «Envié a vosotros todos mis siervos los profetas, desde el principio y sin cesar, para deciros: "¡No hagáis esta cosa abominable que yo aborrezco!". Pero no oyeron ni inclinaron su oído para convertirse de su maldad, para dejar de ofrecer incienso a dioses extraños» (vers. 4, 5). La apostasía idolátrica de los judíos que enriaron en Egipto ocasionó una amenaza tan seria a su supervivencia, que podía terminar en la extinción del
  7. 7. 12. El Dios de gracia ¡limitada • 141 remanente del pueblo de Dios. Y el Dios de Jeremías se los advirtió: «Y del res­ to de los de Judá que entraron en la tierra de Egipto para habitar allí, no habrá quien escape ni quien quede vivo para volver a la tierra de Judá, a la cual ansian volver para habitar allí; porque no volverán sino algunos fugitivos» (vers. 14). La actitud desafiante. A pesar de esta y otras solemnes advertencias, el pueblo abiertamente rechazó a Jeremías, y así, a Aquél que lo había enviado. Desafian- temente le respondieron: «No escucharemos de ti la palabra que nos has habla­ do en nombre de Jehová, sino que ciertamente pondremos por obra toda pala­ bra que ha salido de nuestra boca, para ofrecer incienso a la reina del cielo y derramarle libaciones, como hemos hecho nosotros y nuestros padres, nues­ tros reyes y nuestros jefes, en las ciudades de Judá y en las plazas de Jerusalén. Entonces tuvimos abundancia de pan, fuimos felices y no vimos mal alguno» (vers. 16, 17). Razonaron equivocadamente que cuando adoraban a dioses falsos les iba bien y que cuando dejaron de hacerlo les iba mal. Su problema era que las bendiciones que Dios les concedía en su misericordia, se las atribuían a los falsos dioses de los cuales estaban rodeados, y cuando por causa de su idolatría Dios retenía esas bendiciones, por lo cual ellos se apartaban temporalmente del culto equivocado, no le atribuían el cambio de su situación a Dios sino al desagrado de las divinidades falsas. Además, las mujeres del grupo, que eran las que se dedicaban a tejer, amasar tortas y ofrecer libaciones delante de los ídolos, se excusaron en sus maridos por su actitud desafiante argumentándole a Jeremías que todo lo hacían con el consentimiento de ellos. La respuesta de Jeremías. El profeta de Dios les dejó claro que la lamentable condición en la que ahora se encontraban era el resultado del desagrado de Dios por sus pecados. «Por cuanto ofrecisteis incienso y pecasteis contra Jeho­ vá, y no obedecisteis a la voz de Jehová ni anduvisteis en su ley, en sus estatutos y en sus testimonios, por eso ha venido sobre vosotros este mal, como hasta hoy» (vers. 23), afirmó. Jeremías les aseguró que su desobediencia desafiante no quedaría sin castigo. «Por tanto, oíd palabra de Jehová todos los de Judá que habitáis en tierra de Egip­ to: Yo he jurado por mi gran nombre, dice Jehová, que mi nombre no será invo­ cado más en toda la tierra de Egipto por boca de ningún hombre de Judá, dicien­ do: "¡Vive Jehová, el Señor!", porque yo vigilo sobre ellos para mal y no para bien. Todos los hombres de Judá que están en la tierra de Egipto serán extermina­ dos por la espada y el hambre, hasta que no quede ninguno» (vers. 26, 27).
  8. 8. 142 • El Dios de Jeremías El Dios de Jeremías, Dios de gracia, está siempre dispuesto a perdonar a sus hijos que habiendo pecado se vuelven a él en actitud humilde; pero detesta la rebelión y altivez de corazón. De ahí que respondiera al desafío de los judíos con otro desafío: «Sabrá, pues, todo el resto de Judá que ha entrado en Egipto a vivir allí, cuál palabra se cumplirá: si la mía o la suya» (vers. 28). Les dio, además, una señal del seguro cumplimiento de su palabra, y era la derrota que Nabucodonosor infligiría al faraón Hofra, rey de Egipto, tal como la había in­ fligido antes a Sedequías, el último rey de Judá (vers. 29, 30). Sin embargo, el increíble Dios de Jeremías seguía siendo el mismo: Dios de amor, hacedor de misericordias e invencible en el cumplimiento de sus buenos propósitos para con sus hijos errantes. A pesar de todo lo descrito, por su gracia inagotable, él preservaría un remanente del remanente emigrado a Egipto; unos pocos que escaparían de la espada volverían de Egipto a la tierra de Judá (vers. 28). La gracia del Dios de Jeremías no es limitada, puesto que la gracia forma parte de los atributos de su carácter. Es parte de la esencia de su persona. No obstante, cuando es despreciada y finalmente rechazada por el pecador, este hace que la obra de la gracia sea inefectiva en su vida. Entonces es cuando la gracia cede su lugar a la justicia que hace que las consecuencias del quebranta­ miento de la ley de Dios (Rom. 6: 23), sin ser impedidas por la misericordia, caigan sobre el pecador impenitente (véase Jer. 1: 16; 6: 18, 19). Vislumbres adicionales del Dios de Jeremías El Dios de Jeremías espera que cooperemos con él. Él es Dios omnipotente, y sin embargo, no nos impone su voluntad violentando la nuestra. Es un Padre que espera que cooperemos con él para poder salvamos. Es, por lo tanto, erróneo suponer que su gracia nos llega sin condición alguna, o que estará siempre a nuestra disposición independientemente de nuestra actitud hacia él. Él es el mismo Dios que se para a la puerta de nuestro corazón y llama. No fuerza su entrada. Como Testigo fiel, el Dios de Jeremías nos dice: «Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él y él conmigo» (Apoc. 3: 20). Pero la puerta del corazón debe ser abierta desde adentro. Él, el mismo que condujo al pueblo de Israel por el desierto, es el Dios paciente que espera que le abramos hoy. «Por eso, como dice el Espíritu Santo: "Si oís hoy su voz, no en­ durezcáis vuestros corazones como en la provocación, en el día de la tentación
  9. 9. 12. El Dios de gracia ilimitada • 143 en el desierto, donde me tentaron vuestros padres; me pusieron a prueba aun­ que vieron mis obras cuarenta años Por lo cual dice: "Si oís hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones como en la provocación"» (Heb. 3: 7-9, 15). El Dios de Jeremías le da importancia a su santa ley y espera que la obedezcamos. Le dijo a su pueblo en los días de Jeremías: «Así ha dicho Jehová: "Guardaos por vuestra vida de llevar carga en sábado y de meterla por las puertas de Jerusalén. No saquéis carga de vuestras casas en sábado, ni hagáis trabajo alguno, sino santificad el sábado, como mandé a vuestros padres. Pero ellos no escucharon ni inclinaron su oído, sino que endurecieron su corazón para no escuchar ni recibir corrección"» (Jer. 17: 21-23). Y a nosotros hoy nos dice: «No obstante, si vosotros me obedecéis, dice Je­ hová, no metiendo carga por las puertas de esta ciudad en sábado, sino que santificáis el sábado y no hacéis en él ningún trabajo, entrarán por las puertas de esta ciudad, en carros y en caballos, los reyes y los príncipes que se sientan sobre el trono de David, ellos y sus príncipes, los hombres de Judá y los habi­ tantes de Jerusalén; y esta ciudad será habitada para siempre» (vers. 24). Nos corresponde a ti y a mí, querido lector, hacer la aplicación de estas palabras a nuestra vida actual. Él desea habitar en la ciudadela de nuestro corazón y lle­ vamos a vivir con él a la nueva y eterna Jerusalén. He aquí la alternativa que el Dios de Jeremías les ofrece a quienes insisten en desobedecer su ley: «Así ha dicho Jehová: "Si no me obedecéis para andar en mi ley, la cual puse ante vosotros, y para atender a las palabras de mis siervos los profetas, que yo os he enviado desde el principio y sin cesar, a los cuales no habéis escuchado, yo trataré a esta casa como a Silo, y a esta ciudad la pondré por maldición ante todas las naciones de la tierra» (Jer. 26: 4-6). Nuestra única seguridad está en que, desconfiando de nosotros mismos, pongamos toda nues­ tra confianza en el Dios de gracia y obedezcamos sus mandamientos. El Dios de Jeremías, Dios de gracia, aborrece la fornicación y el adulterio. «Dicho está: "Si alguno deja a su mujer, y esta se va de él y se junta a otro hombre, ¿volverá de nuevo a ella? ¿No será tal tierra del todo mancillada?". Tú, pues, que has for­ nicado con muchos amigos, ¿habrás de volver a mí?, dice Jehová» (Jer. 3: 1, 2). Y sin embargo, si nos volvemos a él arrepentidos, nos perdonará por su gracia. El Dios de Jeremías detesta el divorcio. El divorcio era permitido en Israel por in­ fidelidad conyugal, pero el volverse a casar con la pareja original después de haber contraído otro matrimonio, no lo era (Deut. 24: 1-4). A pesar de todo, el Dios de Jeremías, por su gracia, estaba dispuesto a recibir de vuelta a la infiel
  10. 10. 144 • El Dios de Jeremías Judá en renovada relación de pacto con él: «Convertios, hijos rebeldes, dice Jehová, porque yo soy vuestro esposo; os tomaré, uno de cada ciudad y dos de cada familia, y os introduciré en Sion» (Jer. 3: 14). El, que es un Dios inmuta­ ble, nos hace hoy la misma oferta. Y no solo nos acepta de vuelta sino que nos sana. El Dios de Jeremías nos mega y nos exhorta: «¡Convertios, hijos rebeldes, y os sanaré de vuestras rebeliones!». Nuestra respuesta ha de ser: «Aquí esta­ mos, venimos a ti, porque tú, Jehová, eres nuestro Dios» (vers. 22). El nos aceptará, no porque lo merezcamos sino por su gracia. El Dios de Jeremías es un Dios que ama la justicia, la equidad y la compasión. Como tal, él espera que nosotros, sus hijos, mejoremos en la práctica de estas virtudes. «Pero si de veras mejoráis vuestros caminos y vuestras obras; si en verdad prac­ ticáis la justicia entre el hombre y su prójimo, y no oprimís al extranjero, al huérfano y a la viuda, ni en este lugar derramáis la sangre inocente, ni vais en pos de dioses extraños para mal vuestro, yo os haré habitar en este lugar, en la tierra que di a vuestros padres para siempre» (Jer. 7: 5-7). Así como la perma­ nencia de Judá en la tierra prometida dependía de que vivieran según esta nor­ ma, nuestro lugar en la tierra nueva también dependerá de que las obras de nuestra vida demuestren que nuestra fe es genuina (Sant. 3: 14-18). Referencias 1. Unger, «Egypt», p. 292.

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