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Notas de Elena | Lección 4 | Ser y hacer | Escuela Sabática

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Notas de Elena | Lección 4 | Ser y hacer | Escuela Sabática

  1. 1. www.EscuelaSabatica.es IV Trimestre de 2014 La Epístola de Santiago Notas de Elena G. de White Lección 4 25 de octubre 2014 Ser y hacer: Sábado 18 de octubre En Dusseldorf cambiamos de tren [se refiere a un viaje realizado mien- tras trabajaba en Europa], y fue forzoso esperar dos horas en la estación. Aquí tuvimos oportunidad de estudiar la naturaleza humana. Entraron las damas, se quitaron las ropas exteriores, y luego se miraron desde todos los ángulos para ver que sus vestidos estuvieran impecables. Luego volvieron a empolvarse la cara. Permanecieron largo tiempo frente al espejo para orde- nar su apariencia exterior satisfactoriamente, con el propósito de estar lo mejor posible cuando fueran contempladas por los ojos humanos. Pensé en la ley de Dios, el gran espejo moral en el que el pecador debe mirarse para descubrir los defectos de su carácter. Si todos estudiaran la ley de Dios, la norma moral del carácter, con tanta diligencia y espíritu crítico como mu- chos estudian su apariencia exterior frente al espejo, con el propósito de corregir y reformar cada defecto de carácter, qué transformaciones ocurri- rían en ellos: “Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natu- ral. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era” (Santiago 1:23, 24). Hay muchos que ven su carácter defectuoso cuando se contemplan en el espejo moral de Dios, su ley: pero han oído hablar tanto de que “Todo lo que tienes que hacer es creer...”, que después de mirarse al espejo se alejan con todos sus defectos, diciendo: “Jesús lo ha hecho todo”. Estas personas están representadas por la figura que emplea Santiago, del hombre que se mira al espejo y luego se va olvidándose de cómo es... La fe y las obras son los dos remos que deben emplearse para impulsar el barco contra la corrien- te de la mundanalidad, el orgullo y la vanidad (A fin de conocerle, p. 297). Domingo 19 de octubre: Conoce a tu enemigo Por todos lados hay atracciones que intentan desviar la mente de la con- templación de la pronta venida de nuestro Señor y Salvador; pero es absolu-
  2. 2. www.EscuelaSabatica.es tamente necesario tener en mente que el gran día del Señor está cerca, muy cerca. El Dios del cielo ha multiplicado advertencias, súplicas e instruccio- nes, para que nos preparemos para estar firmes cuando llegue la destruc- ción. No somos dejados a oscuras. Los que mediten y obren de acuerdo a las instrucciones de Dios, se limpiarán de toda inmundicia de la carne y el espíritu, y buscarán con diligencia ser santos en conversación y vida. Un precio infinito ha sido pagado por nuestra redención para que tengamos la oportunidad de volvemos a Dios y perfeccionar caracteres que puedan ser aprobados por el Cielo. Como el doctor de la ley, debemos preguntar: “¿Haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?”. Y Cristo respondió: “¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?” A lo que el doctor replicó: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuer- zas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo”. Y Jesús le dijo: “Bien has respondido; haz esto, y vivirás” (Lucas 10:25-28). Cristo presentó al doctor de la ley la gran norma moral de justicia. La vi- da de cada uno será probada por esta medida en el juicio. Estás invitado a mirar esa ley de los Diez Mandamientos, que indica cómo mostrar amor a Dios y al prójimo, y ver si estás en armonía con sus requerimientos. Si no estás quebrantando ninguno de ellos, puedes preguntar que más debes ha- cer, y te será hecho, porque cuentas con el favor divino. La única forma de determinar si eres justo o no, es examinar tu corazón a la luz de la ley y del Espíritu de Dios. Así como te miras en el espejo para que te revele los de- fectos en tu apariencia, debes mirarte en el espejo moral de la ley que te mostrará las imperfecciones de tu carácter y la verdadera condición de tu corazón. Todos los que buscan estar preparados para el cielo, verán enton- ces su necesidad de ayuda divina y se los encontrará a menudo postrados ante Dios en oración (Signs of the Times, 10 de febrero de 1888). La ley de Dios es el espejo que presenta una imagen completa del hom- bre tal cual es, y sostiene delante de él el modelo correcto. Algunos se aleja- rán y olvidarán este cuadro, mientras otros emplearán epítetos injuriosos contra la ley, como si esto pudiera remediar sus defectos de carácter. Pero otros, al verse condenados por la ley, se arrepentirán de su transgresión y, mediante la fe en los méritos de Cristo, perfeccionarán el carácter cristiano (Fe y obras, p. 31). Hay muchos oidores pero pocos hacedores de las palabras de Cristo. Sus palabras pueden ser aceptadas teóricamente, pero si no son estampadas en el alma, y entretejidas en la vida, no tendrán efecto santificador sobre el carác- ter. Una cosa es aceptar la verdad, y otra practicarla en la vida diaria. En aquellos que solo oyen, la palabra de Dios no produce una respuesta agra- decida. El mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu tuerza”, es reconocido como justo, pero sus requerimientos no son admitidos; sus principios no son llevados a cabo (Re- flejemos a Jesús, p. 47). Lunes 20 de octubre: Ser un hacedor Existe el peligro de no hacer un asunto personal de las enseñanzas de
  3. 3. www.EscuelaSabatica.es Cristo, de no recibirlas como si se nos dirigieran personalmente. Jesús se dirige a mí en sus palabras de instrucción. Puedo apropiarme de sus méritos, su muerte, su sangre purificadora, tan plenamente como si no hubiera otro pecador en el mundo por quien hubiera muerto Cristo... Para todos hay esfuerzos, conflictos y abnegación. Nadie escapara de ellos. Debemos recorrer la senda que Jesús recorrió; puede significar lágri- mas, pruebas, privaciones, pesar por el pecado, o procurar el dominio de los deseos depravados, del carácter desequilibrado y del temperamento violen- to. Se requiere un esfuerzo decidido para presentamos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Comprende a todo el ser. No hay lugar en la men- te donde Satanás pueda dominar y realizar sus designios. El yo debe ser crucificado. Hay que realizar una consagración, una sumisión y un sacrifi- cio tan intensos como si se quitara la sangre del corazón (A fin de conocer- le, p. 282). Someter completamente a Jesús todos nuestros caminos, es muy sabio; seguir la senda del Señor es el secreto del perfecto descanso en su amor. Darle la vida significa mucho más de lo que podemos imaginar. Debemos aprender de su mansedumbre y humildad antes de que podamos damos cuenta de lo que significa el cumplimiento de la promesa: “Y hallaréis des- canso para vuestras almas” (S. Mateo 11:29). Como resultado de haber aprendido los hábitos de Jesús, su humildad y su docilidad, cuando se toma el yugo, el yo es transformado y nace entonces el deseo de saber más. No existe nadie que no tenga mucho que aprender. Todos deben ser enseñados por el Maestro. Cuando el creyente se entrega en las manos del Señor, cada obstáculo del carácter heredado o cultivado es eliminado. Así es como llega a ser participante de la naturaleza divina. Solo cuando muere el yo, Cristo puede vivir en el agente humano. El creyente habita en Cristo, y Jesús en él (Recibiréis poder, p. 64). Estos dos discípulos [Juan y Judas] representan el mundo cristiano. To- dos profesan ser seguidores de Cristo; pero mientras unos caminan en hu- mildad y mansedumbre aprendidas de Jesús, otros muestran que no son hacedores de la Palabra: son solamente oidores. Mientras unos son santifi- cados por la verdad, otros no muestran nada del poder transformador de la gracia divina. Los primeros mueren diariamente al yo y vencen al pecado; los últimos siguen sus propias concupiscencias y se transforman en siervos de Satanás (Review and Herald, 15 de febrero de 1881). “Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañán- doos a vosotros mismos” (Santiago 1:22). El Señor quiere que toda alma lo sirva. Aquellos para quienes se han abierto los oráculos sagrados, que ven la verdad, y se entregan a Dios en cuerpo, alma y espíritu, comprenderán que las palabras del Salvador: “Ve hoy a trabajar en mi viña” (Mateo 21:28), son un requerimiento, aunque no una obligación. La voluntad de Dios se manifiesta en su Palabra y los que creen en Cristo pondrán en práctica sus creencias. Serán hacedores de la Palabra. La prueba de la sinceridad no depende de lo que se dice, sino de los he- chos. Cristo no le pregunta a nadie: “¿Hablas tú más que los demás?”, sino: “¿Haces tú más que los demás?” Estas palabras suyas están llenas de signi- ficado: “Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis” (Juan
  4. 4. www.EscuelaSabatica.es 13:17). Las palabras no tienen valor a menos que sean sinceras y veraces. El talento de la palabra resulta eficaz y de valor cuando está acompañado de los hechos correspondientes. Es vital para cada alma que escuche la Palabra y la ponga en práctica... Por medio de nuestras buenas obras no podemos adquirir el amor de Dios, pero podemos demostrar que lo poseemos. Si so- metemos nuestra voluntad y nuestra conducta a Dios, no obraremos para conseguir el amor del Señor, en cambio, obedeceremos sus mandamientos porque es justo hacerlo. Juan, el discípulo, escribió: “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19). La verdadera vida espiritual se manifestará en toda alma que esté sirviendo a Cristo. Los que estén vivos en el Señor estarán llenos de su Espíritu, y no podrán hacer otra cosa sino trabajar en su viña. Pondrán en práctica las palabras de Dios. Medite cada alma con oración para que pueda obrar consecuentemente (Cada día con Dios, p. 244). Martes 21 de octubre: La ley de la libertad Los demás no pueden leer nuestros corazones pero pueden observar nuestras vidas, examinar nuestras acciones, comparar nuestros modales y pesarlas en la balanza del juicio humano. Somos, “espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres” (1 Corintios 4:9). Puede parecemos que pode- mos estudiar nuestro propio corazón y adecuar nuestras acciones a nuestras propias reglas; pero este no es el caso, porque entonces, en lugar de refor- mamos, nos llevará a deformamos. La obra debe comenzar en el corazón; entonces las palabras, las expresiones del rostro, el espíritu y las acciones de la vida manifestarán que se ha producido un cambio. Mediante la gracia de Cristo, la que él ofrece abundantemente, somos cambiados. El carácter es santificado, la vida interior se fortalece, y la conducta se comporta de acuerdo con la voluntad de Dios. Debe cultivarse la humildad para sentir nuestra debilidad y comprender nuestra dependencia de Dios. Debemos recordar que hemos sido comprados con el precio de la sangre del Hijo de Dios, y cada facultad de nuestro ser debe ser puesta en cautividad a Cristo para poder glorificarlo (The Youth’s Instructor, 31 de agosto de 1893). Toda verdadera obediencia proviene del corazón. La de Cristo procedía del corazón. Y si nosotros consentimos, se identificará de tal manera con nuestros pensamientos y fines, amoldará de tal manera nuestro corazón y mente en conformidad con su voluntad, que cuando le obedezcamos esta- remos tan solo ejecutando nuestros propios impulsos. La voluntad, refinada y santificada, hallará su más alto deleite en servirle. Cuando conozcamos a Dios como es nuestro privilegio conocerle, nuestra vida será una vida de continua obediencia. Si apreciamos el carácter de Cristo y tenemos comu- nión con Dios, el pecado llegará a sernos odioso (El Deseado de todas las gentes, p. 621). El hombre que trata de guardar los mandamientos de Dios solamente por un sentido de obligación —porque se le exige que lo haga— nunca en- trará en el gozo de la obediencia. El no obedece. Cuando los requerimientos de Dios son considerados como una carga porque se oponen a la inclinación humana, podemos saber que la vida no es una vida cristiana. La verdadera
  5. 5. www.EscuelaSabatica.es obediencia es el resultado de la obra efectuada por un principio implantado dentro. Nace del amor a la justicia, el amor a la ley de Dios. La esencia de toda justicia es la lealtad a nuestro Redentor. Esto nos inducirá a hacer lo bueno porque es bueno, porque el hacer el bien agrada a Dios (Palabras de vida del gran Maestro, p. 70). Miércoles 22 de octubre: ¿Útiles o inútiles? La gracia es un favor inmerecido y el creyente es justificado sin ningún mérito de su parte, sin ningún derecho que presentar ante Dios. Es justifica- do mediante la redención que es en Cristo Jesús, quien está en las cortes del cielo como el sustituto y la garantía del pecador. Pero si bien es cierto que es justificado por los méritos de Cristo, no está en libertad de proceder in- justamente. La fe obra por el amor y purifica el alma. La fe brota, florece y da una cosecha de precioso fruto. Donde está la fe, aparecen las buenas obras. Los enfermos son visitados, se cuida de los pobres, no se descuida a los huérfanos ni a las viudas, se viste a los desnudos, se alimenta a los des- heredados. Cristo anduvo haciendo bienes, y cuando los hombres se unen con él, aman a los hijos de Dios, y la humildad y la verdad guían sus pasos. La expresión del rostro revela su experiencia y los hombres advierten que han estado con Jesús y que han aprendido de él. Cristo y el creyente se ha- cen uno, y la belleza del carácter de Cristo se revela en los que están vital- mente relacionados con la Fuente de poder y de amor. Cristo es el gran de- positario de la rectitud que justifica y de la gracia santificante (Mensajes selectos, tomo 1, p. 465, 466). Convertirse en un obrero que persevera pacientemente en ese bien- ha- cer que implica labores abnegadas, es una tarea gloriosa que merece las sonrisas del cielo. El trabajo fiel es más aceptable por parte de Dios que el culto más celoso y considerado más santo. Las oraciones, las exhortaciones y las charlas son frutos baratos que frecuentemente están vinculados entre sí; pero los frutos que se manifiestan mediante buenas obras, en atención de los necesitados, los huérfanos y las viudas, son frutos genuinos, y crecen naturalmente en un buen árbol. La religión pura y sin mácula delante del Padre es ésta: “Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha en este mundo” (Santiago 1:27). Las buenas obras son los frutos que Cristo quiere que produzcamos; palabras amables, hechos generosos, de tierna consideración por los pobres, los necesitados, los afligidos. Cuando los co- razones simpatizan con otros corazones abrumados por el desánimo y el pesar, cuando la mano se abre en favor de los necesitados, cuando se viste al desnudo, cuando se da la bienvenida al extranjero para que ocupe su lu- gar en la casa y en el corazón, los ángeles se acercan, y un acorde parecido resuena en los cielos. Todo acto de justicia, misericordia y benevolencia produce melodías en el cielo. El Padre desde su trono observa a los que llevan a cabo estos actos de misericordia, y los cuenta entre sus más precio- sos tesoros. “Y serán míos, dice Jehová de los ejércitos, en aquel día cuando reúna mis joyas”. Todo acto misericordioso, realizado en favor de los nece- sitados y los que sufren es considerado como si se lo hubiera hecho a Jesús.
  6. 6. www.EscuelaSabatica.es Cuando socorréis al pobre, simpatizáis con el afligido y el oprimido, y cul- tiváis la amistad del huérfano, entabláis una relación más estrecha con Jesús (Testimonios para la iglesia, tomo 2, pp. 23, 24). Jueves 23 de octubre: Diferentes del mundo Hemos sido invitados a ser el pueblo especial del Señor en un sentido mucho más elevado de lo que muchos comprenden. El mundo yace en mal- dad y el pueblo de Dios tiene que salir de él y mantenerse separado. Tiene que estar libre de las costumbres y los hábitos mundanos. No debe concor- dar con los sentimientos del mundo; por el contrario, los suyos deben ser distintos, como pueblo peculiar del Señor que es, manifestando fervor en todos sus servicios. No tiene que comulgar con las obras de las tinieblas (Dios nos cuida, p. 273). La abnegación, el sacrificio propio, la benevolencia, la bondad, el amor, la paciencia, la fortaleza y la confianza cristiana son los frutos cotidianos que llevan aquellos que están realmente vinculados con Dios. Sus actos pueden no ser publicados al mundo, pero ellos están luchando todos los días contra el mal, ganando preciosas victorias contra la tentación y el error (La maravillosa gracia de Dios, p. 31). El Señor está más dispuesto a dar el Espíritu Santo a los que se lo piden de lo que los padres están a dar buenas dádivas a sus hijos. Pedid entonces; creed en lo que Dios ha dicho. El seguramente cumplirá su palabra. Decid desde lo profundo del corazón: “Mi carne y mi corazón desfallecen, mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre” (Salmo 73:26). La victoria debe obtenerse día tras día. Como seguidores de Cristo debemos colocamos en posición ventajosa delante del mundo, como representantes de él. Ocupémonos en la lucha cristiana, venciendo decididamente cada debilidad de carácter... El Señor ha tenido hombres y mujeres de corazón íntegro que sacrifica- damente hicieron un pacto con él. No se apartaron de su integridad. Se man- tuvieron sin mancha en el mundo. Fueron guiados por la Luz de vida para derrotar los propósitos del astuto enemigo. ¿Estarán dispuestos los seres humanos ahora a desempeñar su parte en resistir al diablo? Si lo hacen así, él huirá seguramente de ellos. Hay ángeles que están esperando que ustedes cooperen, y que harán por ustedes lo que no pueden hacer por ustedes mis- mos... Si tienen el deseo de resistir al diablo y oran sinceramente: “Líbrame de la tentación”, recibirán fortaleza para cada día. La obra de los ángeles celestiales consiste en aproximarse a los que pasan por pruebas, a los que sufren, a los tentados. Todos los que se hayan revestido del manto de la justicia de Cristo subsistirán delante de él como escogidos fieles y veraces. Satanás no puede arrancarlos de la mano de Cristo. Este no dejará que una sola alma que con arrepentimiento y fe haya pedido su protección caiga bajo el poder del enemigo (Alza tus ojos, p. 66). Es el propósito de Dios manifestar por su pueblo los principios de su reino. A fin de que en su vida y carácter se revelen estos principios, él desea separarlos de las costumbres, hábitos y prácticas del mundo. Procura acer- carlos más a sí, a fin de hacerles conocer su voluntad. Su propósito hacia su
  7. 7. www.EscuelaSabatica.es pueblo de hoy es el mismo que tuvo para con Israel cuando lo sacó de Egip- to. Contemplando la bondad, la misericordia y el amor de Dios revelados en su iglesia, el mundo ha de tener una representación de su carácter (Refleje- mos a Jesús, p. 340). Material facilitado por JESÚS PADILLA © http://escuelasabatica.es/ www.facebook.com/EscuelaSabatica.es Suscríbase para recibir gratuitamente recursos para la Escuela Sabática

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