Jean Giono 
El hombre que plantaba árboles 
(1953) 
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Era un día soleado de junio pero en esas tierras altas y sin abrigos el viento 
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Fue en ese momento cuando me preocupé de la edad de aquel hombre. 
Aparentaba más de cincuenta años. Cincuenta y cinco, me...
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la serenidad de espíritu habían proporcionado a ese anciano una salud casi 
solemne. Era un atleta de Dios. Me pregunté cu...
brutales que en otro tiempo me daban la bienvenida, ahora soplaba una suave 
brisa cargada de aromas. Un sonido como el de...
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El hombre que plantaba árboles

  1. 1. Jean Giono El hombre que plantaba árboles (1953) Vídeo de la animación: http://dotsub.com/view/2d7b8a37-4f64-4241-8019- 642e965d124f ara que el carácter de un ser humano muestre cualidades verdaderamente excepcionales, es necesario tener la suerte de observar sus actos durante largos años. Si esos actos están desprovistos de todo egoísmo, si la idea que le dirige es de una generosidad sin parangón, si es absolutamente cierto que no ha buscado recompensa en ningún lugar y que, por añadidura, ha dejado en el mundo marcas visibles, estamos entonces, sin temor a equivocarnos, ante un carácter inolvidable. Hace unos cuarenta años aproximadamente hice una travesía a pie por unas tierras de considerable altura, totalmente desconocidas para los turistas, por esa antiquísima comarca de los Alpes que se adentra en la Provenza. La región limita al sureste y al sur con el curso medio del Durance, entre Sisteron y Mirabeau; al norte con el curso superior del Drôme, desde su nacimiento hasta Die; al oeste con las planicies del Condado Venaissin y los contrafuertes del Monte Ventoux. Abarca toda la parte norte del departamento de Basses-Alpes, el sur del Drôme y un pequeño enclave del Vaucluse. En la época en que hice esa larga ruta por aquellos desiertos, eran páramos desnudos y monótonos, de unos 1200 o 1300 metros de altitud, adonde sólo crecían lavandas silvestres. Atravesé la comarca por su parte más ancha y después de tres días de marcha me encontré en un paraje de una desolación sin igual. Acampé al lado de un esqueleto de pueblo abandonado. No tenía agua desde el día anterior y lo necesitaba. Aquellas casas apiñadas, aunque en ruinas, como un viejo nido de avispas, me hicieron pensar que debía de haber habido allí, alguna vez, una fuente o un pozo. Había una fuente por supuesto, pero seca. Las cinco o seis casas, sin tejado, carcomidas por el viento y la lluvia, la capilla pequeña con el campanario derruido, estaban dispuestas tal y como lo están las casas y las capillas en los pueblos vivos, pero había desaparecido toda vida. 6 P
  2. 2. Era un día soleado de junio pero en esas tierras altas y sin abrigos el viento soplaba con una brutalidad insoportable. Sus rugidos en las ruinas de las casas eran como los de una fiera a la que se molesta cuando está comiendo. Tuve que levantar el campamento. A cinco horas de marcha de allí todavía no había encontrado agua y nada me daba esperanzas de poder encontrarla. Por todas partes la misma sequía, los mismos matorrales leñosos. Me pareció divisar a lo lejos una silueta pequeña y negra, de pie. La tomé por un tronco de árbol solitario. Sin pensarlo me dirigí hacia ella. Era un pastor. Una treintena de ovejas descansaban cerca de él recostadas sobre la tierra ardiente. Me dio de beber de su cantimplora y un poco más tarde me llevó a su majada, en una ondulación del páramo. Sacaba un agua excelente de un agujero natural muy profundo, sobre el que había instalado una polea rudimentaria. El hombre hablaba poco. Es lo propio de los solitarios, pero se le veía seguro de sí mismo y confiado en esa seguridad. Era insólito en ese país desprovisto de todo. No vivía en una cabaña sino en una casa de verdad, de piedra, en la que se podía comprobar cómo, gracias a su trabajo, había restaurado las ruinas que encontró a su llegada. El tejado era resistente e impermeable. El viento que lo golpeaba hacía sobre las tejas el mismo ruido que hace la mar sobre las playas. El interior estaba ordenado, los platos lavados, la tarima barrida, el fusil limpio y engrasado; la sopa hervía sobre el hogar. Me di cuenta entonces de que también estaba recién afeitado, que llevaba los botones bien cosidos, que su ropa estaba remendada con la minuciosidad que vuelve invisibles los remiendos. Me invitó a compartir la sopa y cuando después le ofrecí mi petaca me contesto que no fumaba. Su perro, silencioso como él, era bonachón sin exageraciones. Se dio por supuesto enseguida que yo pasaría allí la noche; el pueblo más cercano estaba a más de día y medio de marcha. Y, para colmo, conocía perfectamente el carácter de las escasas aldeas de esa comarca. Hay cuatro o cinco dispersas alejadas unas de otras en las faldas de las montañas, en medio de claros de rebollos al final de las carreteras transitables. Allí viven leñadores que hacen carbón de roble. Son lugares en los que se malvive. Las familias, apiñadas unas contra otras en ese clima de una dureza excesiva, tanto en verano como en invierno, llevan hasta la exasperación su egoísmo de vaso cerrado. La ambición irracional alcanza la desmesura por el deseo permanente de escapar de ese lugar. Los hombres van a la ciudad a llevar el carbón en camiones y regresan. Las cualidades más sólidas se quiebran bajo esa eterna ducha escocesa. Las mujeres cuecen viejas rencillas. Hay competencia para todo, tanto para la venta del carbón como para los bancos de la iglesia, para las virtudes que se 6
  3. 3. combaten entre ellas, para los vicios que se combaten entre ellos y para la maraña general de vicios y virtudes, sin descanso. Por encima de todo ello el viento, que tampoco descansa, crispa los nervios. Hay epidemias de suicidios y numerosos casos de locura, casi siempre letal. El pastor, que no fumaba, fue a buscar una bolsita y volcó sobre la mesa un montón de bellotas. Se puso a examinarlas una tras otra con mucha atención, separando las sanas de las malas. Yo fumaba la pipa. Me ofrecí para ayudarlo. Me contestó que era tarea suya. Efectivamente, al ver el cuidado con que hacía su trabajo, no insistí. Esa fue toda nuestra conversación. Cuando tuvo en el lado de las sanas un montón bastante grande, las dividió en paquetes de diez. Al hacerlo seguía eliminando los frutos demasiado pequeños o los que estaban ligeramente rajados, pues los examinaba de muy cerca. Cuando tuvo ante él cien bellotas perfectas, paró y nos fuimos a acostar. El hombre transmitía paz. Por la mañana le pedí permiso para descansar todo el día en su casa. Lo encontró muy natural, o, para ser más exacto, me dio la impresión de que nada podía molestarlo. Este descanso no me era absolutamente necesario, pero estaba intrigado y quería saber un poco más. Sacó el rebaño y lo llevó a los pastos. Antes de salir, remojó en un cubo de agua la bolsa en la que había metido las bellotas cuidadosamente escogidas y contadas. Me fijé en que se llevaba como cayado una barra de hierro gruesa como el pulgar y de cerca de un metro cincuenta de largo. Hice como el que pasea a la vez que descansa y seguí un camino paralelo al suyo. Los pastos de los animales estaban en el fondo de una vaguada. Dejó el rebaño al cuidado del perro y subió hacia el lugar donde yo estaba. Temí que viniera a reprocharme mi indiscreción- En absoluto: era su camino y me invitó a acompañarlo si no tenía nada mejor que hacer. Iba a doscientos metros de allí sobre la cima. Llegado a donde quería ir, se puso a clavar el cayado en la tierra. Hacía un agujero en el que introducía una bellota, y tapaba el agujero. Plantaba robles. Le pregunté si la tierra le pertenecía. Me contestó que no. ¿Sabía de quién era? No lo sabía. Suponía que era un baldío, o ¿quizá era propiedad de gente que no se preocupaba? Él no estaba preocupado por no conocer a los propietarios. Plantó de esa forma sus cien bellotas con un cuidado exquisito. Después de la comida de mediodía volvió a seleccionar las semillas. Creo que insistí bastante con mis preguntas ya que me contestó. Desde hacía tres años plantaba árboles en ese desierto. Había plantado cien mil. De los cien mil habían brotado veinte mil. De los veinte mil calculaba que se iban a perder la mitad por culpa de los roedores o por todo lo que hay de imprevisible en los designios de la Providencia. Quedaban diez mil robles que iban a crecer en esa tierra en la que no había nada antes. 6
  4. 4. Fue en ese momento cuando me preocupé de la edad de aquel hombre. Aparentaba más de cincuenta años. Cincuenta y cinco, me dijo. Se llamaba Elzéard Bouffier. Había tenido una granja en el llano. Allí había hecho su vida. Había perdido a su único hijo, y a su mujer. Se había retirado a la soledad en la que le gustaba vivir sin prisas, con sus ovejas y su perro. Creía que esa región se moría por falta de árboles. Añadió que, no teniendo ocupaciones muy importantes, había resuelto poner remedio a esa situación. Como yo también llevaba, en aquellos momentos, una vida solitaria, a pesar de mi juventud, sabía llegar con delicadeza al alma de los solitarios. Sin embargo cometí un error. Mi juventud, precisamente, me forzaba a imaginar el futuro en función de mí mismo y de una cierta búsqueda de la felicidad. Le dije que, dentro de treinta años, esos diez mil robles estarían imponentes. Me contestó con toda sencillez que, si Dios le daba vida, dentro de treinta años, habría plantado tantos que esos diez mil serían como una gota de agua en el mar. Además, ya estaba estudiando la reproducción de las hayas y tenía cerca de la casa un vivero procedente de las bellotas. Los ejemplares que había protegido de sus ovejas con una barrera de alambre enrejada eran de gran belleza. Estaba pensando también en abedules para los valles en los que, me dijo, dormía cierta humedad a pocos centímetros de la superficie del suelo. Nos despedimos al día siguiente. El año siguiente llegó la guerra del 14 en la que estuve movilizado durante cinco años. Allí un soldado de infantería no podía andar pensando en árboles. Para decir verdad ni siquiera había echado en falta el asunto: lo había considerado como una afición, una colección de sellos, y a olvidar. Acabada la guerra, me asignaron una pensión de desmovilización irrisoria pero tenía grandes deseos de respirar un poco de aire puro. Fue sin una idea preconcebida, salvo esta última, como volví a recorrer los caminos de aquellas tierras desiertas. La comarca no había cambiado, aunque más allá del pueblo abandonado, divisé en la lejanía una especie de niebla gris que cubría las cimas como una alfombra. Desde el día antes me puse a pensar en el pastor plantador de árboles. “Diez mil robles, me decía a mí mismo, tienen que ocupar un espacio considerable”. Había visto morir a demasiada gente durante cinco años como para no imaginarme fácilmente la muerte de Elzeard Bouffier; además cuando se tiene veinte años se considera a los hombres de cincuenta ancianos, a quienes no les queda más que morir. No estaba muerto; estaba incluso muy recio. Había 6
  5. 5. cambiado de oficio. Ya no poseía nada más que cuatro ovejas pero, sin embargo, tenía un centenar de colmenas. Se había deshecho de las ovejas que ponían en peligro sus plantaciones de árboles. Porque, me dijo (y yo lo comprobé), no se había preocupado de la guerra en absoluto. Había seguido plantando imperturbablemente Los robles de 1910 tenían entonces diez años y estaban más altos que él y que yo. El espectáculo era impresionante. Me quedé literalmente sin palabras y como él no hablaba, pasamos todo el día en silencio paseando por el bosque. Tenía, en tres tramos, once kilómetros en su mayor extensión. Cuando recordaba que todo había salido de las manos y de la mente de ese hombre, sin medios técnicos, comprendía que los hombres pudieran ser tan eficaces como Dios en otros ámbitos que no fueran el de la destrucción. Había seguido con su idea y lo atestiguaban las hayas, que me llegaban por el hombro, extendidas en la lejanía. Los robles estaban duros y habían pasado la edad de estar a merced de los roedores. En cuanto a los designios de la Providencia para destruir la obra creada, necesitaría recurrir a los ciclones. Me mostró admirables bosquecillos de abedules de hacía cinco años, es decir de 1915, la época en que yo combatía en Verdún. Los había mandado a ocupar todos los fondos en los que sospechaba, con razón, que había humedad a flor de tierra. Eran tiernos como adolescentes y muy decididos. La creación parecía, por otra parte, que se producía en cadena. No le preocupaba; proseguía con obstinación su tarea, que era muy sencilla. Pero a la vuelta por el pueblo, vi correr el agua en arroyos que desde tiempo inmemorial habían estado secos. Era la operación de reacción más extraordinaria que había sido llamado a ver. Esos arroyos secos habían tenido agua antaño, en tiempos muy antiguos. Algunos de aquellos pueblos tristes de los que he hablado al principio de mi relato habían sido construidos sobre antiguos asentamientos galorromanos de los que quedaban aún vestigios en los que los arqueólogos habían excavado y habían encontrado anzuelos en lugares donde, en el siglo veinte, se veían obligados a recurrir a cisternas para tener un poco de agua. El viento ayudaba a extender algunas semillas. A la par que el agua volvían a aparecer los sauces, los mimbreros, los prados, los jardines, las flores y cierta razón de vivir. Pero la transformación se producía con tanta lentitud que se introducía en los hábitos sin provocar extrañeza. Los cazadores que subían a los páramos en busca de liebres o de jabalíes se habían percatado de la abundancia de árboles bajos pero la habían achacado a la naturaleza áspera de la tierra; por eso nadie tocaba a la obra de ese hombre. Si hubieran sospechado algo, le 6
  6. 6. habrían contrariado. Estaba fuera de toda sospecha. ¿Quién se habría podido imaginar en los pueblos y en la administración tamaña obstinación en la espléndida generosidad? A partir de 1920 nunca dejé pasar más de un año sin hacer una visita a Elzéard Bouffier. Jamás le vi caer en el desánimo y sólo Dios sabe lo fácil que resulta que Él nos empuje a ello. No se cuentan sus desventuras. Se entiende fácilmente que para conseguir un éxito semejante se haya tenido que vencer a la adversidad, que para asegurarse la victoria de un anhelo como ese haya sido necesario luchar con la desesperanza. Durante un año había plantado más de diez mil abedules. Se murieron todos. Al año siguiente dejó los abedules para retomar las hayas, que prendieron mejor que los robles. Para darse una idea aproximada de ese carácter excepcional no hay que olvidar que actuaba en la más absoluta soledad, tan grande que al final de su vida había perdido el hábito de hablar o ¿quizá no le veía la necesidad? En 1933 recibió la visita de un guarda forestal asombrado. El funcionario le conminó a no encender fuego en el exterior por miedo a poner en peligro el crecimiento de aquel bosque natural. Era la primera vez, le dijo aquel hombre ingenuo, que se veía crecer un bosque solo. En aquella época iba a plantar hayas a doce kilómetros de su casa. Para evitar el trayecto de ida y vuelta, ya que tenía entonces setenta y cinco años, tenía la intención de construir una cabaña de piedra en los lugares mismos de su plantación, cosa que hizo al año siguiente. En 1935 una auténtica delegación ministerial vino a examinar el bosque natural. Había un pez gordo del Ministerio de Aguas y Bosques, un diputado, unos técnicos. Pronunciaron un montón de palabras inútiles, decidieron hacer algo y, afortunadamente, no hicieron nada, salvo la única cosa de utilidad: poner el bosque bajo la custodia del Estado y prohibir el carboneo. Es que era imposible no ser cautivado por la belleza de aquellos árboles jóvenes rebosantes de salud. Y ejerció su poder de seducción incluso sobre el diputado. Tenía yo un amigo entre los capitanes forestales que estaban en la delegación. Le expliqué el misterio. Un día de la semana siguiente fuimos los dos a buscar a Elzéard Bouffier. Lo encontramos trabajando a veinte kilómetros del lugar donde se hizo la inspección. Ese capitán de forestales no era amigo mío por casualidad; sabía lo que valían las cosas. Supo permanecer en silencio. Ofrecí unos huevos que había traído como regalo. Repartimos nuestra merienda entre los tres y pasamos unas horas contemplando el paisaje en silencio. El paraje de donde veníamos estaba cubierto de árboles de seis a siete metros de altura. Me acordaba del aspecto de la comarca en 1913, el desierto… El trabajo apacible y regular, el aire puro de las alturas, la frugalidad y sobre todo 6
  7. 7. la serenidad de espíritu habían proporcionado a ese anciano una salud casi solemne. Era un atleta de Dios. Me pregunté cuántas hectáreas más iba a cubrir de árboles. Antes de marcharse mi amigo le hizo simplemente una breve sugerencia sobre ciertas esencias naturales a las que parecía convenir el terreno. No insistió. “Por la sencilla razón, me dijo después, de que ese buen hombre sabe más que yo.” Al cabo de una hora de marcha, en la que había estado dándole vueltas a esa idea, añadió: “De hecho sabe más que todo el mundo. ¡Ha encontrado un método encomiable para ser feliz!” Gracias al capitán quedaron protegidos no sólo el bosque, sino también la felicidad de ese hombre. Para ese fin hizo que se asignaran tres guardas y los aterrorizó hasta el punto de hacerlos inmunes a los sobornos que pudieran ofrecerles los leñadores. La obra sólo corrió serio peligro una vez, durante la guerra de 1939. Los automóviles funcionaban en aquella época con gasógeno, y nunca había bastante leña. Empezó la tala de algunos robles de 1910, pero la empresa resultó no ser rentable por estar estos bosques demasiado apartados de la red de carreteras. El pastor nunca se enteró de lo que pasó. Se encontraba a treinta kilómetros de allí, plantando árboles apaciblemente, ajeno a la guerra del 39 como lo fue a la del 14. La última vez que vi a Elzéard Bouffier fue en junio de 1945. Tenía entonces ochenta y siete años. Me dirigí una vez más al páramo, pero ahora, a pesar de que la guerra había dejado el país en un estado de desolación, había un autocar que hacía el recorrido entre el valle del Durance y la montaña. Atribuí a la relativa rapidez de este medio de transporte el hecho de que no pudiera reconocer los lugares de mis últimas caminatas. Me pareció también que pasábamos por lugares totalmente nuevos. Tuve que averiguar el nombre de uno de los pueblos para asegurarme de que era la misma región que otrora estaba desolada y en ruinas. El autocar me dejó en Vergons. En 1913, esta aldea de diez o doce casas tenía tres habitantes, gentes salvajes que se odiaban y se ganaban la vida como tramperos, en un estado físico y moral cercano al del hombre prehistórico. A su alrededor, las ortigas devoraban las casas abandonadas. Su condición era desesperada. No les quedaba más que esperar a la muerte, situación que no predispone en modo alguno a la virtud. Todo estaba cambiado. Incluso el aire mismo. En lugar de las ráfagas secas y 6
  8. 8. brutales que en otro tiempo me daban la bienvenida, ahora soplaba una suave brisa cargada de aromas. Un sonido como el del agua me llegaba de las colinas: era el viento entre los árboles. Pero, para mi asombro, escuché realmente el auténtico sonido del agua cayendo en un estanque. Pude ver que habían construido una fuente con abundante agua y, lo que me emocionó aún más, habían plantado cerca un tilo que a juzgar por su grosor podía tener unos cuatro años, símbolo indiscutible de una resurrección. Además, Vergons mostraba signos de un trabajo que no podía haberse realizado sin esperanza. Esto significaba que la esperanza había vuelto. Las ruinas y los muros medio derruidos habían desaparecido, y en su lugar había cinco casas nuevas. La aldea tenía entonces veintiocho habitantes, incluyendo cuatro matrimonios jóvenes. Las nuevas casas, recién enlucidas, estaban rodeadas de huertos donde crecían entremezclados pero de forma ordenada las legumbres y las flores, las coles y los rosales, los puerros y los dragoncillos, los apios y las anémonas. Se había transformado en un lugar donde daban ganas de vivir. A partir de allí, seguí mi camino a pie. La guerra que apenas acababa de terminar no nos había permitido vivir con plenitud, pero al menos Lázaro estaba fuera de la tumba. Sobre las laderas más bajas de la montaña se divisaban pequeños campos de cebada y centeno; en el fondo de los estrechos valles algunas praderas se tornaban de color verde. Habían pasado sólo ocho años y ya toda la región rebosa de salud y bienestar. En lugar de las ruinas que vi en 1913 se levantan ahora granjas cuidadas y prósperas, prueba de una vida feliz y confortable. Los antiguos manantiales, alimentados por la lluvia y la nieve que retienen las raíces de los árboles, han vuelto a brotar. Se han canalizado las aguas. Al lado de cada granja, en los bosquecillos de arces, los manantiales están flanqueados de matas de menta fresca. Los pueblos se han ido reconstruyendo poco a poco. Una población proveniente de las llanuras donde la tierra se vende cara se ha establecido aquí, trayendo con ellos juventud, movimiento y espíritu de aventura. En los caminos se ven hombres y mujeres bien alimentados, muchachos y muchachas que saben reír y que de nuevo se deleitan en asistir a las fiestas campesinas. Contando los antiguos habitantes, irreconocibles ahora que llevan una vida dulce, y los recién llegados, son más de diez mil personas las que deben su felicidad a Elzéard Bouffier. Cuando pienso que un hombre solo, contando sólo con limitados recursos físicos y morales, ha bastado para transformar este desierto en la tierra de 6
  9. 9. Canaán, llego a la conclusión de que, a pesar de todo, la condición humana es admirable. Pero cuando considero la constancia y la dedicación que ha debido de tener esa alma generosa para obtener este resultado, me embarga un inmenso respeto por ese viejo campesino sin estudios que supo llevar a bien esta obra digna de Dios. Elzéard Bouffier murió apaciblemente en 1947 en el asilo de Banon. 6

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