LA ISLA DE LOS HOMBRES SOLOS (1967)             José León SánchezA mi hermano, hombre o mujer, que hoy sufre prisiónen don...
de Nicoya, en la isla del mismo nombre.     Entre mis compañeros algunos imploraron derodillas que no les llevaran a ese p...
Esta historia era necesario contarla para que anosotros, los hijos de Costa Rica, nos sea imposibleolvidar.    En 1950 hab...
torturante que es ansiar un ideal y encenagarnos en unarealidad miserable. Sacudiéndonos en la duda nosasienta en nuestras...
palabras. En verdad toda mi vida ha sido como esatristeza que se adivina en los ojos de un grupo degallinas cuando tienen ...
Presidio de San Lucas.     Además de las piedras y de los soldados —que sonfeas y que son malos— había allá algunas cosiqu...
tiene hambre y desde hace muchos días es el llover y elllover.     Yo vivía más allá del río Morote.     Es un río metido ...
en un vidrio y que para encenderlas no es necesarioprender un fósforo, bastando para hacerlo tocar unbotón negro como la p...
semanas en un florero de barro o metidas dentro de unatinaja de esas que de tanto frío se ponen a sudar al otrolado del fo...
habitantes en los ranchos de allá, recuerdo que sufríamucho porque los hombres ya mayores la miraban enuna forma muy rara,...
montaña, hasta lograr la captura del fugitivo.    Era don Miguel el Agente de Policía de nuestropueblo.    Gustaba de masc...
—Buen día le brinde Dios, don Miguel...    —¿Y cómo va la paloma de Reinita?    —Por ahí..., por ahí, cada día más muchach...
Pero él no respondía a mi saludo y me daban ganasde echarme atrás y gritarle cosas terribles hasta que seme hincharan las ...
la punta de mi cutacha, le advertí:    —No hable así, don Miguel, no diga eso, no...    El no me permitió terminar. De un ...
camino jamás debía interponerme; que era más hombreque yo, más lleno de mañas en el manejo del machete ymucho conocimiento...
con un recibo firmado por el patrón.     María Reina contaba que don Miguel varias veceshabía intentado tomarla por la fue...
luna clara como en el amanecido del día, me iba hasta lapróxima curva del bananal y sacando la cutacha hacíafintas y finta...
Pero es sabido que los pobres somos siempredesgraciantes y nunca tenemos suerte, pues a pesar deque todos votamos por un p...
temor a lo peor, llamó a las muchachas de donde sehabían escondido, las que se acercaron temblorosashasta Miguel. El hombr...
dejaré por el camino en el Alto del Zoncho, que vengapor ella, pero solo...     Todo el resto de la tarde pasé con el cora...
era que la montaña había llorado como lo hacen lasmujeres o si era el viento al pasar por el ramaje de losárboles.    Vari...
Un ruido de tanto en tanto, como quejido pequeño,salía no sé si del pecho de María Reina o si era el vientoque se iba tami...
Era una manita caliente como gallito de frijolesrecién sacados del comal y suave como el plumaje de unpollo de a mes.    D...
y los jardines. María Reina regó de flores el patio y unaenredadera azul se fue incrustando en las paredes delrancho. De l...
Siempre tenía para mí un adiós hermoso conaquellos sus ojos llenos de un escondidoagradecimiento, que guardaba dentro de e...
porque cuando la familia se iba, caía en una de esastristezas que ya muy de tarde en tarde le solían dar.    En un rincón ...
bogar, pero él como si no le diera importancia alencuentro, me lanzó un saludo de diablo diciendoademás:    —Hola —y una r...
por lado alguno, ni siquiera la huella de sus pies sehabía estancado en el barro. Lo único que estaba ahí erael bote que s...
la muerte como la merecen las serpientes que andan porahí entre los montes y en la orilla de las quebradas a laespera de q...
en la montaña para darme muerte como una fiera quehuye. No. No era necesario. Yo mismo sacaría elrevólver del cinto de don...
Era la espera más larga que imaginar se podía.   Creí en un principio que los minutos y las horas seiban a hacer muy corto...
El hombre fue pasando más..., un poco más.    Su espalda... ¡Era el momento!    Sentía los ojos de María Reina en mí y... ...
manos decía:     —Para la niña...     Cuando abría el envoltorio, luego que él se habíamarchado con la frente baja (como s...
con unas cabezas de agua que daban mucho miedo.     María Reina molía un poco de café en grano. Unolorcillo a café tostado...
arrastrada por el río y sin recordar que no sabía nadar,se había lanzado detrás de la niña que ya no se mirabapor parte al...
Reina y la niña.    Tenía la esperanza de que como lo hizo conmigo, loshubiera lanzado hasta alguna de las orillas y cuand...
un charco tomando agua— ataron las manos a laespalda y de esa forma me condujeron hasta el pueblo.Recuerdo que durante el ...
amigo, mucho después, me ayudó a reconstruir lo queestoy contando. Cuando me sacaron de la Agencia dePolicía de nuestro pu...
insultos y acercándose a una vara de distancia melanzaron tarros con orines y escupían en el rostro de losguardianes cuand...
eso estaba ahora así en la Cárcel del Cantón Central portres días sin alimento, sin poder casi ni dormir y llenode temores...
Se me dijo que estuviera preparado paratrasladarme al presidio de San Lucas.     ¿Prepararme? ¡Si no tenía nada que llevar...
engaño y la crueldad en todas sus manifestaciones. Y éldecía en palabras feas cosas terribles del presidio que lehacían a ...
reos. Era una carreta de hierro, como una jaula, jaladapor tres pares de bueyes que se usaban en ese tiempopara sacar a lo...
tienen que estar presos en la forma en que yo estuve:con piernas y manos atadas a las cadenas que seencontraban empotradas...
la indiferencia humana todavía no se me alojaba en elpecho. Con todo cariño limpié su boca con la manga demi camisa, aunqu...
de asesino.    El bongo que alquiló el gobierno para llevarnos aSan Lucas era de esos que sirven para llevar ganado aPunta...
ambos lados; parecían dos enterradores de cementeriocargando un ataúd: dentro de esos dos orificios unasargollas pendiente...
forme una úlcera en la piel el mismo día del herraje—que es como se llama la acción de darnos cadenas enpies y manos—, ent...
En verdad con los años sucedió un accidente comoel citado y nosotros vimos a quinientas varas delpresidio, cómo todos los ...
olas, advertía que tal iba a ser el tratamiento en el penalsi no obedecíamos formalmente todas las órdenes quenos iban a d...
se quejó: lo fuimos aceptando con los ojos cerrados,dientes apretados, acallado el sentir, sin pedir clemenciaal verdugo n...
Me enteré que nosotros siete éramos los acusadospor crímenes más negros entre toda la cuadrilla quevino de Puntarenas y qu...
a convertirse nuestros corazones también.     Creo que lo único hecho en madera eran los botes ylos bongos. Y para que no ...
significaba algo en aquel terrible horno que durante eldía era sólo brasa, y como sucede siempre junto al mar,hacía un frí...
pero al fin olvidé mi propósito por temor al grito deinsulto.    El gemido se fue haciendo más y más doloroso ysubió en su...
Imaginó el soldado que nuestra palabra era unafarsa y teníamos alguna intención mala para obligarle aabrir la puerta.    U...
reconocida y no era para menos: habían tenido querecoger los pedazos de más de un reo que en el libro dela Guardia se anot...
iban a durar años, no pasaron de los quince. Luegosupimos que es una prueba a la que es sometido elnovato para que se dé c...
Especialmente me impresionó un detalle de losprimeros días dentro del calabozo, en ese tiempo en queme estaba «estrenando»...
filas de los reos bajando de los cerros por los caminospedregosos o los fangos del invierno, se acercabanlentamente, tomad...
recordar de todo lo que el hombre sufre cuando sucondición está más baja que la de una bestia: un reo.     Empezaron a que...
el hombre aplica a sus semejantes cuando es director deun penal.    Conocí las horas, los días, los meses de horno queimpe...
hijos de la noche misma y que llevados por los vientossemejaban el último gritar de los coyotes con hambreque en las noche...
y que gozaba, eso sí, de máxima garantía. Ni siquiera eraobligado a llevar la cadena que mandaba la ley. Ennuestro pabelló...
amor, los papeles encendidos de ternura cuando habíapleitos, los pasos afeminados y provocativos y el cortejofervoroso de ...
Era como la mujer pública de nuestro salón y vestíaregularmente bien ya que cada noche recibía un clientecuando menos. Cua...
simple amenaza, por temor a informes contrarios queiban a acarrear graves castigos o sencillamente por elhambre y la neces...
cuando un hombre no caminaba rápido por el dolor delas cadenas o el cansancio en ese sol del Pacífico —quees único— nos de...
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la isla de los hombres solos

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  • Llevaba mucho tiemo buscando este libro, recuerdo que lo lei en una etapa de mi infancia, gracias a mi hermano, cruda realidad de los hermanos que carecen de libertad y que la pobreza y la falta de oportunidades los lleva a vivir esta lamentable experiencia. Gracias por compartirla..
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  1. 1. LA ISLA DE LOS HOMBRES SOLOS (1967) José León SánchezA mi hermano, hombre o mujer, que hoy sufre prisiónen donde prevalezcan situaciones de tortura similares aque describe este libro. En cualquier parte del mundo endonde no tengas libertad, sé que sueñas, sufres, callas,esperas y tienes corazón. Y también que no te puedesdefender. Por eso dedico este libro a los hermanos que sepudren en las cárceles del mundo donde no existeesperanza. JOSÉ LEÓN SÁNCHEZ, presidiario costarricense Prólogo del Autor a su Primera Edición Clandestina Penitenciaría Central de San José, 1950. Un calabozo en altas horas de la noche. Llavessonaron sobre los barrotes y se anunció que seríamostrasladados al Penal de San Lucas ubicado en el Golfo
  2. 2. de Nicoya, en la isla del mismo nombre. Entre mis compañeros algunos imploraron derodillas que no les llevaran a ese presidio. El gesto deviejos reos me llenó de sorpresa y me hizo preguntar: —¿Pero en realidad existe un lugar más inhumano,doloroso y horrible que esta penitenciaría? Saber la respuesta me costó muy pocos días. Efectivamente, San Lucas era para esos tiempos unsitio tan terrible, que recordar hace volver a sufrir.Desde que escribí este libro en 1963, no es sino hastaahora que lo he vuelto a leer. Sentí la misma angustia.El recuerdo me ha hecho llorar a veces, ya que estaspáginas no son invento. Sentí en mi propia carne elfuego del acero, los largos meses de calabozo, las manosatadas con hierros, el desprecio a mi condición de serhumano. En el presidio llegué a saber que el hombre puedellegar a descender hasta convertirse en perro o menosque un perro.Trabajaba en una cuadrilla de aseo cuando se nosencargó lanzar al mar un número grande de viejoslibracos donde en los penales se van anotando todo loque sucede: novedades, castigos, visitas, incidentes,órdenes. Todo. Uno de esos libros llamados de Guardiarescaté de la destrucción y así me fue posible conocerpasajes tremendos de una indiferencia para con el serhumano que parecía increíble. Si en ese tiempo, 1950, el penal era doloroso, ¿cómopodía dudar de lo que mis ojos estaban leyendo?
  3. 3. Esta historia era necesario contarla para que anosotros, los hijos de Costa Rica, nos sea imposibleolvidar. En 1950 había presos en el penal que tenía más de28 años de estar ahí. No era sino remedo de persona. Me fue fácil reconstruir la historia con toda suintensa tristeza. El historiador costarricense don Anastasio Alfaro,en su libro Arqueología Criminal Americana, dedicaunas páginas a San Lucas y nos cuenta: «Las fiebrespalúdicas dañan en tal forma el organismo de los reos,que los que no sucumben en el presidio contraen dañospermanentes que los imposibilitan para volver a entraren el concierto de los hombres libres... »...Con una proporción así de un veinte por cientode muertes cada año, el criminal que vaya a San Lucaspor cinco años o más lleva todas las probabilidades dedejar ahí sus huesos». Todo en conjunto, hasta el mínimo pensamiento dereo impuesto en estas páginas, forman lo que para mimodesto entender consiste en una tragedia que es yaenfermedad de la sociedad: el fruto de la indiferenciapara con el ser humano encerrado entre las rejas, noimporta el lugar o el nombre que lleve la instituciónpenal. El escritor Ernesto Helio ha dicho algo sobre eloficio de escribir y creo muy oportuno copiar en estapágina: «El escritor siente en sí mismo la paradoja
  4. 4. torturante que es ansiar un ideal y encenagarnos en unarealidad miserable. Sacudiéndonos en la duda nosasienta en nuestras creencias. »Haciéndonos ver a lo vivo la realidad de la vida,nos enciende en ansias de ser mejores». Presento en este libro el San Lucas desde principiosde un siglo. El látigo y la cadena retumban sobre laespalda de reos que se creen muy hombres; losdegenerados, los seminiños, y también alcanza a unoque otro inocente. He querido marcar la personalidad huidiza y terriblede seres encerrados en una isla como fieras. La finalidad de esta obra no es sembrar la amargurasobre un recuerdo pasado. Es una invitación parameditar en el futuro. Cárcel de Alajuela, 25 de enero, 1967. Me dice usted que ya se lo habían contado. Bueno,es cierto que no sé leer ni escribir. Pero alguna persona tiene que dar a conocer estaspenas que le he de ir contando a usted y que iránsaliendo poco a poco. De cosas como un libro no he sabido nunca nada. Pero sé muy bien hablar y hablar de todo lo que hevivido y siempre lo hago con este tono de penar en mis
  5. 5. palabras. En verdad toda mi vida ha sido como esatristeza que se adivina en los ojos de un grupo degallinas cuando tienen hambre y está lloviendo y desdehace muchos días han estado esperando que pase esellover y llover. Mil veces yo he contado esta historia. ¡Es que no sé cuántas veces! Recuerdo que son muchas, y casi ahora la vuelvo arepetir de memoria como si fueran mil letras escritas enuno de esos periódicos de la capital. Pero nadie antes me ha solicitado que le cuente lahistoria para dejarla entre las páginas de un libro llenocon todo lo que son mis penas y donde hombres muysabidos, mujeres bonitas y personas humildes como yo,puedan llegar a saber lo que es la forma de vivir en unlugar donde no hay más que un mar por la derecha; untrozo de mar por allá al frente, mar aquí, a este lado, yun río verde, largo, grande y ancho todo lleno de mar. Y nosotros metidos en esta isla donde además de loshombres solamente existe la tierra con sal, y piedras,tantas como para hacer bueno lo que es un caminomaluco en mi pueblo y a todos los pueblos de miprovincia. Es la historia de los hombres que hemos pasadomuchos años llenos de soledad. Donde cada día tuve que pasarlo más lleno desoledad que en ninguna otra parte o puede queacompañado por los recuerdos buenos un momento opor los recuerdos malos que nos hicieron llegar hasta el
  6. 6. Presidio de San Lucas. Además de las piedras y de los soldados —que sonfeas y que son malos— había allá algunas cosiquillasbuenas: los caminos polvorientos y terronudos delverano; mañanitas frías; tardes de calor de una violetaen que el sol como una flor que se revienta hace uncamino sobre el mar por el que se va y se va lentamente,poco a poco —como son todas las cosas aquí— hasta queviene una noche de humo, negra como los barriales delinvierno, en que alguna vez se asoma la luna blancacomo una de esas conchas del ostión flotando en elviene y en el va de la olas que tiene el cielo. Pero antesque le cuente todo lo que fue mi vida en ese presidioinfernal, usted tiene que prometerme que por estaspalabras nadie me ha de pegar otra vez. Nadie ha dehacer un impulso para regresarme de nuevo. Nadie seha de sentir herido. Y se lo ruego mucho porque seríaterrible que por decirle este montón de verdades austed, como me lo ha solicitado, tuviera entonces quellorar de nuevo. ¡Es tan amargo el presidio y hay tanto sabor afiera entre sus paredes! Bueno, ya que usted me asegura que no debo tenermiedo, le he de ir contando poco a poco, a como yo losé, esta manera de contar y contar lo que le sucede a unoen toda una vida. Y usted me ha de perdonar este acento que voyteniendo en mis palabras y que se parece mucho a esatristeza que se adivina en los ojos de una gallina cuando
  7. 7. tiene hambre y desde hace muchos días es el llover y elllover. Yo vivía más allá del río Morote. Es un río metido en una de las tantas montañas adías muy lejos desde el Golfo de Nicoya. En la orilla de sus aguas, cuidando el ganado de donBeto desde que era pequeño y recolectando bejuco de«tarzana» para vender en la tienda de los chinos, mehice muchacho y después hombre. El río es pequeño pero largo, como uno de esosbejucos que aparecen en todos los rincones de lamontaña y son parte de una madeja que la aprisionatoda y que se eleva desde las hojas negras del suelohasta perderse en el arriba de las enramadas. Tiene, eso,sí, un poco hondo, en los lugares donde los lagartos hanhecho una cueva y por eso cuando cuidaba el ganado dedon Beto, me preocupaba mucho de los sitios dondecreía que uno de los toros o caballos podía encontrar lamuerte entre los colmillos del animal cuando seacercaba a tomar agua. Es un río que no tiene nada de pesca pero sí muchaleña en cada una de sus orillas. A pesar de vivir en unrancho muy pobre, puedo decir que cuando cumplí lostrece años ya era un hombre feliz. Cierto que no tenía lasuerte de otros que ya a los doce años habían salido aconocer Santa Cruz, Cañas, Bagaces, Las Juntas deAbangares y otras ciudades más donde hay cosas tanraras que extrañaban a la gente sencilla y buena denuestro pueblo, como aquello de las candelas metidas
  8. 8. en un vidrio y que para encenderlas no es necesarioprender un fósforo, bastando para hacerlo tocar unbotón negro como la punta de los cachos que tiene elvenado. Tampoco llegué a conocer esas cajas que danmúsica de guitarra como si dentro de su corazón sehubiera metido un conjunto de marimberos y cantores. A pesar de no conocer mucho de esas cosas nuevasde que la gente habla cuando regresa de los puebloslejanos, en cambio tenía una novia. A ella no me fueposible hacerle un regalo de cosas caras, pero alguna vezmarchaba a lo largo de la montaña, más arriba de dondenacen los ríos y las nubes cubren cada colina, con el finde regresar con un puñado de esas lindas flores delmadroño que tanto le gustaban a ella. Se llamaba MaríaReina. ¿Sabe usted lo que es el madroño? Es un árbol quecada mes, cuando la luna se arrastra por el cielo comodel tamaño de una colita de venado, llegan las brujas avisitar —las que son buenas— para hacer reunión yfabricar la alegría con la que viven esas mujeres yhombres que habitan en el centro de la montaña, losgrandes ríos y más allá de donde queda el bajar de loscerros. Y cuenta, la gente que sabe, y que son las quetienen un cabello tan blanco como ceniza del maíz, quelas flores del madroño por ese motivo en cada lunanueva llevan el canto llenito de la buena suerte quedejaron las brujas en su última visita. Y era así como yome iba para la montaña y regresaba con un manojo delmadroño, que cuando se cortan en tales días duran por
  9. 9. semanas en un florero de barro o metidas dentro de unatinaja de esas que de tanto frío se ponen a sudar al otrolado del fogón, o pender desde los horcones como sifueran un racimo de banano perseguido por las abejas. María Reina era blanca, y de ojos tan azules como elazulenco a donde van a pastar las nubes en las tardesdel Veranillo de San Juan, en mitad de todos los años. Su pelo era rubio y de un lindo tal que muchas vecesen mi recuerdo lo he comparado con un rayito de soltomando alivio sobre una piedra en mitad de laquebrada y que cuando vienen los amanecidos son losprimeros en prenderse hasta en los rincones másíntimos que cuenta el río o en la chamarasca húmedaque sale por encima de las aguas. También era largo ysuave como esa seda bonita que crían las begonias en laorilla de todos los remansos y triques de la selva. Sussenos redondos como dos piedrecillas que vienenrodando desde la cabecera del río y que están ahí enmitad de la corriente ,todo frescura y empezando anacer. No sé qué sería lo que ella miró en mí, pero esverdad que a pesar de la piel morena, como un pan quese pasó de tiempo que yo tengo, y este mi pelo comohilos turbios o crin de caballo; estos ojos achinados tanrequemados por el sol y que andaba siempre con lospantalones rotos de ruedos para arriba y rotos tambiéndesde arriba hasta los ruedos, ella me quería. Tenía hermanas, pero ninguna así de tan bonitacomo ella. Cuando nosotros íbamos a algún bailecelebrado en la ocasión cualquiera que inventan los
  10. 10. habitantes en los ranchos de allá, recuerdo que sufríamucho porque los hombres ya mayores la miraban enuna forma muy rara, le decían palabras coquetonasdelante de mí y declaradas en forma tan bonita como nolograba hacerlo yo, que en esos tiempos de piropos nosabía nada. Los marimberos se levantaban de puntillas porencima del cedro de sus marimbas y tocaban más ybonito con los ojos pegados, muy pegados, en el cuerpode mimbre y rosa, movimiento y ternura, que tenía lanovia mía. Había un hombre que la perseguía más que todosjuntos y se llamaba con mucho respeto don Miguel. Nadie tenía más poder que él en todo el pueblo porusar un revólver con el permiso del señor Presidente.Era todo un Señor Autoridad y metía a la gente opuestaal Gobierno en un calabozo con las manos para atrás; lomismo que así enviaba hasta la cabecera del Cantón alos que solía encontrar sacando guaro de contrabandoen alguna de las vueltas que tenía el Arroyo Grande queera como un río chiquito, muy de horas y horas adentrode nuestro caserío.Tenía tanto poder que bastaba una palabra diciendo quenecesitaba diez hombres para ir tras de algún cristianoque huía por robo o haber dado muerte a otro vecino,para que de inmediato los diez voluntarios escogidos,armados para perseguirlo durante días y noches por laspeñas de la serranía, en las quebradas más ocultas ohaciendas desperdigadas en el corazón mismo de la
  11. 11. montaña, hasta lograr la captura del fugitivo. Era don Miguel el Agente de Policía de nuestropueblo. Gustaba de mascar pedazos de breva y se pasabaescupiendo siempre hasta el extremo de que cada puntade su bigote se le había puesto tensa y negra como unacola de alacrán, echadas para abajo, y le caían sobre loslabios. Era alto, fuerte, valiente y feo. Por su fama devaliente todas las mujeres soñaban con hacerlo suhombre y recogerse las enaguas en algún rancho parasiempre junto a su compañía, ya que así era como sejuntaban las parejas en un lugar como nuestro pueblodonde una vez cada año, para el tiempo de canícula, erala visita del señor sacerdote para casar legalmente atodos los que durante el año no habían tenido paciencia. Lucía unos ojos negros como hoyancos, caminabadescalzo pero con unas polainas negras bien apretadasque terminaban en un par de espuelas de plata, quealguna persona murmuraba era un regalo del señorPresidente. Al cinto pendía el arma de fuego y al otrolado la filosa cutacha de la que nunca se desprendía. No era de nuestro pueblo. Un día llegó hasta el Comisariato del Chino Juandiciendo que desde ese momento en adelante era laAutoridad y enseñó las llaves de la cárcel, un papel quenadie supo leer, y ya. Nada más. A los pocos días de llegar el Señor Autoridad seacercó al padre de María Reina y le dijo: —Días, buenos días, ñor Gumercindo.
  12. 12. —Buen día le brinde Dios, don Miguel... —¿Y cómo va la paloma de Reinita? —Por ahí..., por ahí, cada día más muchacha. —Ya lo veo, ya lo veo que se le está poniendojugosita la muchacha. Y contaba ñor Gumercindo que dijo: «se estáponiendo jugosita», en un tono que cuando lo repitieronsonó a mis oídos como los primeros vientos negros quevienen delante de las tormentas en el mes denoviembre. Los ojos se me llenaban de cólera cuando en elComisariato lo escuchaba hablar de María Reina conuna suficiencia a pesar de que él sabía que era mi novia.Para don Miguel era como si yo no existiera y cuando serefería a mi persona decía: —Jacinto está todavía muy pollo como para cargarcon la paloma. Entonces me mordía los labios y hubiera queridopararle en el bote cuando me lo encontraba por el ríocargado de mangle e invitarlo a una lucha en la pozamás honda, para agarrarle por el cuello y hacerle saberque yo era el mismo que sabiendo derribar en cuatrohoras el árbol más grande de la montaña a punta dehacha, también le podía dar la mano a una mujer yllevarla por toda la montaña sin hambre y sin miedo. En alguna oportunidad trataba de ser humilde yrespetuoso. Cuando me lo topaba en el camino le decíacon un saludo muy cordial: —Que el Señor sea con usted, don Miguel...
  13. 13. Pero él no respondía a mi saludo y me daban ganasde echarme atrás y gritarle cosas terribles hasta que seme hincharan las venas del cuello de tanto gritar. Perono.Desgraciadamente era el hombre al que el señorPresidente había mandado a nuestro pueblo para serAutoridad. ¿Quién iba a intentar contra un hombre con chapade Autoridad en el pecho? Bastaba un pequeño mensajeenviado a San José para llenar la montaña de hombresarmados en busca de alguno que huía; si yo le pegabaera seguro que tenía que lanzarme de fuga al momento. Una no; fueron docenas, las humillaciones que mebrindó. Una tarde cuando llegué hasta el pueblo a dejarquesos al Comisariato del Chino Juan, le encontrésemiarrecostado en el mostrador y diciendo: —¿La paloma de ñor Gumercindo? A esa en la demenos la monto en la grupa de mi caballo y la revuelcoen el monte. El dependiente del Chino me vio entrar y como paraavivar el asunto preguntó: —¿Qué será de Jacinto cuando se entere? —¿Jacinto?—e hizo una mueca de desprecio alpronunciar mi nombre en tanto movía de un lugar aotro en su jeta de burro el tarugo de breva—. Pues comosé que la quiere mucho se la regreso cuando ya no sirva.Para los perros se han hecho las sobras. Fue tanta la cólera, que tocándole por la espalda con
  14. 14. la punta de mi cutacha, le advertí: —No hable así, don Miguel, no diga eso, no... El no me permitió terminar. De un manotazo melanzó al suelo y cayendo sobre una de las piedras quesostenían un pilón de sacar arroz, me rompí la cabeza.Rápido y lleno de odio me levanté y esgrimiendo lacutacha en alto me lancé sobre él. Repitió la acción yotra vez caí llenando de sangre el entarimado delComisariato. Ya dispuesto a todo, tomé con las dosmanos la cutacha y le tiré un lance dispuesto a partirlela cabeza en dos como si fuera una mata de cuadrados.Al mismo tiempo le gritaba: —Vas a ver hijo de... Pero él, con un giro rápido, como un poco del vientoque abanica una planta débil y hace remolino en lostiempos del otoño, sacó el cuerpo y tomando su cutachame lanzó una finta a la derecha y otra a la izquierda. Elmachete de mis mallos rodó hasta el suelo como unalata de sardinas. Quedé indefenso, frente a frente, y vien sus ojos un raro misterio que hasta entonces nuncaantes miré en los ojos de otro hombre. Levantó lacutacha entre sus manos y yo me cubrí la cabeza con lasmías. Y me miraba fijamente. Eran sus ojos como esosque muestran los cerdos de monte cuando en unacacería se les encuentra solos y ya en días pasados se lesha arrebatado una cría o balaceado a compañeros. Eranojos de un odio negro como un camino de noche dondesuelen asomar los espantos. Me gritaba su acción que era él un hombre en cuyo
  15. 15. camino jamás debía interponerme; que era más hombreque yo, más lleno de mañas en el manejo del machete ymucho conocimiento en la pelea. Pero en vez departirme la cabeza lo lanzó de plan sobre mi espaldauna y otra vez hasta el extremo que acudió el dueño delComisariato pidiendo a gritos que no me fuera a matar. Todos sabían que don Miguel era un hombre dotadode cien males juntos dentro del pecho como las patas deun ciempiés. Pero él no hacía caso y amenazó conpartirle la cabeza al primero que se interpusiera. Ya cansado de castigarme, tomó mi cutacha delsuelo y lanzándola a mitad de la calle, y mi cuerpo trasdel arma gritó: —¡No sos tigre que asusta a mis vacadas, maricón! Y como un final se fue por mitad de la calle,carcajiento y bailoso como un trompo, cuesta abajo,contando a todos los hombre lo que me había hecho. Los hombres del Comisariato acudieron alevantarme y a volverme en mí poniendo para ellocompresas de guaro sobre la frente. La espalda era unsolo manchón de sangre. ¡Ay, cómo lloré de coraje! De verdad que no significaba mi persona ni siquieraun cachorro de tigre, para un hombre que como él teníacien males metidos corazón adentro. Se refería a esostigres cebados que asuelan la manada en alguna de lasfincas del pueblo y que ni siquiera el toro de los afiladoscachos a punta de lima, puede evitar que aparezca y semarche con una novilla tierna como si hubiera llegado
  16. 16. con un recibo firmado por el patrón. María Reina contaba que don Miguel varias veceshabía intentado tomarla por la fuerza cuando ella iba alavar la ropa a la orilla del río. Un día, cuando ellaregresaba de dejar el almuerzo desde la zocola donde supadre y un hermano trabajan picando para regarfrijoles, la interceptó muy sola e intentó besarla, y comoella le escupió la cara, el sacó la cutacha y le dio de plansobre la espalda como en otra oportunidad lo hizoconmigo. También le golpeó los pies desnudos hastahacerle tal daño que la pobrecilla renqueó durantevarias semanas.Pero don Miguel era un hombre de los cien malesdentro del corazón, como un animal que camina por lavida con cien pares de pies. Y desde entonces, ya todofue odio con miedo del que empezamos a padecer ñorGumercindo, los hermanos de María Reina y yo. El buen viejo me decía: —¿Por qué no te casas con ella? Ya cumplió los treceaños y así puede que ese hombre nos deje en paz. Pero yo tenía catorce años y no podía pensar encasarme sino cuando estuviera un poco más hombre,mucho más hombre; cuando lograra la seguridad dedominarla cutacha y ningún tigre por lo mucho que lofuera quisiera llegar hasta los aleros de mi rancho parahacerle canciones de amor a la mujer que yo tenía. Por eso, únicamente por eso, era que todos los díastrabajaba con más amor sobre la tierra sabiendo que eltrabajo lo hace a uno mejor hombre; y en la noche de
  17. 17. luna clara como en el amanecido del día, me iba hasta lapróxima curva del bananal y sacando la cutacha hacíafintas y fintas a mi propia sombra estampada en latierra, tirando a fondo y lanzando el filo al aire tratandode cortar de pasada el valor de los cocuyos tempraneros.Luego rato después, ya cansado, soñaba el día en quefuera posible llegar hasta el Comisariato y estando donMiguel con su mirada puesta en el fondo de un vaso yavacío, le tocaría el hombro y en alta voz para que loescuchara el pueblo, le diría: —Don Miguel, aquí está su nene, ¿quiere hacerse denuevo el tigre? Pasaron semanas, meses, y cumplí un año más. María Reina se ponía con el pasar de cada día máslinda y estaba engordando un cerdo que le regalé parael tiempo de San Francisco. Cuando el chanchoestuviera gordo —decía ella—, con el dinero nos seríaposible comprar un montón de cosas pues deseaba ir aPuntarenas y regresar con objetos lindos: zapatos, unvelo blanco y telas suaves. Todo para nuestromatrimonio que iba a ser el ocho de diciembre cuandoel sacerdote hiciera su recorrido para la celebración dela Inmaculada Concepción. Teníamos mucha fe en el cambio que iba a venir conlas próximas elecciones en que con la marcha delPresidente, seguro nos iban a enviar un hombre de unpoco más honradez para ser autoridad en nuestropueblo. Sabíamos que a don Miguel una vez que se lequitara el revólver tendría que marcharse bien lejos.
  18. 18. Pero es sabido que los pobres somos siempredesgraciantes y nunca tenemos suerte, pues a pesar deque todos votamos por un partido que no era elgobiernista, éste ganó las elecciones. Don Miguel nosólo se quedó en el puesto nombrado para cuatro añosmás, sino que le aumentaron el sueldo a treinta colonesmensuales y hasta le enviaron como obsequio un riflenuevo que desde entonces él usaba para cazar chanchosde monte. Al igual que hoy. Lo mismo que en este momento.Como si hubiera sucedido anoche lo que sucedió enaquella mañana, lo tengo pegado en mitad de los ojoscomo una de esas cosas que no se pueden y no se debenolvidar. Ñor Gumercindo y su esposa llegaron en un llantosuelto al rancho de papá y contaron que había llegadodon Miguel preguntando a gritos por María Reina. Lasmuchachas salieron corriendo a esconderse en elmomento y después de ñor Gumercindo no había otroen la casa. Y aprovechando la vejez del pobre hombresacó el revólver y colocándoselo en la cabeza le advirtió: —Si no aparece María Reina dentro de cincominutos le abro la jupa como si fuera un chancho demonte. Ñor Gumercindo le preguntó temblando el motivopor el cual quería ver a su hija, a lo que respondió elmatón que eso al viejo no le importaba y que solamentedeseaba verla sin tratar de hacerle daño alguno. Doña Margarita, ante las amenazas del bruto y por
  19. 19. temor a lo peor, llamó a las muchachas de donde sehabían escondido, las que se acercaron temblorosashasta Miguel. El hombre al ver a María Reina metió surevólver en la cartuchera y a la fuerza le pasó un mecatepor las manos y atándola a la grupa del caballo subió deun brinco, diciendo que la conducía presa en nombre dela autoridad, y al mismo tiempo volvía a amenazar conel arma al primero que se interpusiera. Así, María Reina, con las manos atadas, fue obligadaa ir tras el bandido. Todo lo contaba ñor Gumercindo con ladesesperación metida en los ojos y tomándose lasmanos en ademán de impotencia. Pasaron tres días. Todo el pueblo comentaba con indignación lo quedon Miguel había hecho. Algunos proponían que fuerauna comitiva ante el señor Presidente, pero al recordarque nuestra Autoridad fue uno de los hombres que máslucharon en la pasada Revolución y que contaba con laayuda sin límites del Jefe, se llenaron de temor ante lasconsecuencias. Algunos decían que de la audiencia enCasa Presidencial iban a pasar a la cárcel con grilloshasta en el cuello. Ñor Gumercindo, miedoso y agobiadopor los achaques y la vergüenza, le visitó donde él estabacon María Reina y le pidió que se casara con ella. —¿Estás loco, Gumercindo? —Le preguntó consorna en la voz—. Y además ella no quiere casarseconmigo..., ; ni a mí me interesa ya como mujer! Digausted al cuida chanchos de Jacinto que esta noche se la
  20. 20. dejaré por el camino en el Alto del Zoncho, que vengapor ella, pero solo... Todo el resto de la tarde pasé con el corazón hechoun tronco en mitad de la garganta. No había aprendidoni siquiera a llorar para desahogar los sentimientos, demanera que se me fueron las horas pensando ypensando sin que quedara cepa de banano que norecibiera una estocada de mi cutacha a fondo, derecha,al otro lado... Y fui al Alto del Zoncho donde se me citó, con unacarretada de malos deseos entre pecho y espalda. Con elfilo del machete me hubiera sido fácil cortar hasta unpensamiento. En el rancho de mis padres se quedaronesperando ñor Gumercindo, ña Margarita y loshermanos de mi novia. Llegué convertido en un temblorde tierra por la cólera. Cerca del árbol de aguacatedonde era la cita, me encontré a María Reina sentadasobre una raíz en tanto que don Miguel, con aires deimpertinencia, sobre la montura del caballo y con lamano derecha en la funda del arma, me saludó en lasiguiente forma: —¿Cómo te va cuida chanchas...? ¿No te dije quepara los que sobran como hombres es que se han hecholas sobras.. .? ¡Ahí la tienes! Y dando grupas al caballo se perdió en losmatorrales. María Reina continuaba sentada con la cara entresus manos y llorando de aquedito. Un ruido como dequejidos salía también de la montaña entera. Yo no sé si
  21. 21. era que la montaña había llorado como lo hacen lasmujeres o si era el viento al pasar por el ramaje de losárboles. Varios días don Miguel había tenido a María Reinaescondida en el rancho que fabricó con tiempo para suproyecto de robarse a la muchacha. En todos esos díasme preguntaba qué me iba a decir cuando meencontrara frente a ella nuevamente. Me acerqué junto a su cuerpo, tomé su cara bonitaentre mis manos para que levantando los ojos pudieraver cómo iban naciendo ya las estrellas y le dije: —Ya es muy noche, Reina mía...¡Mira cómo está elcielo llenito de estrellas.. .! En el rancho nos estánesperando. Juntos, en cada noche de muchas estrellas, nosíbamos a la orilla del río para hacer planes y entoncestomándole el rostro bonito entre mis manos le rogabaque contara estrellas. Reíamos bastante porque las lucesque tiene el cielo son muchas, y al llegar a cien,perdíamos la cuenta un poco errada por los besos oquizá también porque entre María Reina y yo solamentesabíamos contar hasta cien. Ahora estaba indiferente: no observó las estrellas nilevantó sus ojos hasta mis ojos; hizo un ademáninvitándome a caminar delante de ella. Escuchaba lasuavidad de sus pasos sobre la hojarasca húmeda delcamino. Varias veces tropezó contra pedazos de troncosmedio muertos, pero no dijo ¡ay!; ni dijo «si», ni dijo«no», ni decía nada.
  22. 22. Un ruido de tanto en tanto, como quejido pequeño,salía no sé si del pecho de María Reina o si era el vientoque se iba tamizando al cruzar las palmas del coyolar.Tampoco deseaba volver a ver. Mis pensamientoscaminaban quietecitos. ¡Corazón, éramos dos! Alguna palabra sucia, fea, de venganza, asquerosa sise quiere, como la grupera de una mula, también seguíadentro de mi cerebro al recordar la acción del matón. Un frío de noche, con viento como el que sentítantas veces en los desolados potreros en tiempo de lasvacadas, helaba mi rostro y las manos. Allá, saliendodesde el rancho de ñor Gumercindo se miraban unasluces que señalaban lámparas de canfín que de lasmanos de papá y un hermano de María Reina pendían,moviéndose, como diciendo algo, o esperando. Sentí su mano suave que se posaba en mi hombro.Volví a ver y sorprendí en cada uno de sus ojos unasúplica; al igual que cuando se le terminaban laspalabras y con la mirada deseaba expresar muchascosas. Su mano apretaba fuertemente. Entendí su ruego ygritando a ñor Gumercindo que su hija iba conmigo,crucé con ella por entre los tallos del coyolar y tomandoun camino que conocía me dirigí al rancho de losJuanes, que había quedado en abandono durante laúltima fiebre amarilla que asoló toa la región desde elrío hasta la costa lejana. Su manita cálida iba acurrucada entre mis manos.
  23. 23. Era una manita caliente como gallito de frijolesrecién sacados del comal y suave como el plumaje de unpollo de a mes. Detrás de nosotros el viento seguía llorando alcruzar entre las ramas como si también intentara gritaruna pena escondida. Ella nunca lo decía, pero yo le adivinaba un dolorcallado que la hacía sufrir y no faltaba nunca bajo lasombra de sus ojos llorosos como es el gotear por entrelas hojas del rancho cuando se eterniza el temporal. Caminaba siempre triste por nuestro rancho conaquellos sus zapatos de hombre que le compré en elComisariato, para que los yuyos no siguieran haciendofiesta en sus pies blancos como la cáscara del huevo. Durante noches que nunca podría terminar decontar, entre tanto ella no podía dormir, yo simulabahacerlo al escuchar a lo lejos el gritar de un grillo queintentaba desesperadamente hacer un hueco quetaladrara la selva; que sonaba a veces cerquita y otraslejano como la mañana y siempre el mismo como unaoración a la tristeza, marcando minutos en el horario demi no poder dormir; y entonces le adivinaba en sus ojoscerrados el martirio de su mente con el recuerdo, que micariño no fue posible la hiciera olvidar. Vinieron los meses y se fueron los meses. Llegaron las alegrías tras de los meses y con ellas semarcharon las penas. Siempre me han gustado las flores
  24. 24. y los jardines. María Reina regó de flores el patio y unaenredadera azul se fue incrustando en las paredes delrancho. De la tranquera al arroyo, desde donde hacíallegar el agua hasta el brevadero por medio de unamitad del corazón del bambú y lo mismo que allá pordonde nace el sendero que iba hasta el camino real, todoeran flores. Teníamos un horno donde María Reina asaba el ricopan que aprendió de los cartagos y un cerro de gallinasa colores con un cerral de pollitos. Cada vez que salía alpueblo trataba de conseguir almanaques con figuraslindas de flores, animales y dibujos que mi mujer fuecolocando en la esquina de los tres cuartos del rancho. Ella estaba más linda que antes y más que comonunca yo la había admirado. Me gustaba mucho sorprenderla en la quebradapeinando aquel su cabello de oro todo chirlos como lospétalos de las flores del frijolar y que caían a un lado desu frente. Cuando la tarde era bonita y nos íbamos al río parapescar mojarras, yo le contaba historias y entonces reíaasomando unos dientes más blancos que el reventar enflor de naranjo; y en las mañanas, cuando con mi hachaiba para la socola, antes de recoger del horcón micalabazo de agua, en la que ella ponía unas hojitas dehierbabuena, siempre me daba un beso regalón ysabroso que era para mí como el alivio del tiempo duroque tenía adelante del día en los tocotales, en la milpadel maíz o por dentro de las aguadas regando el arroz.
  25. 25. Siempre tenía para mí un adiós hermoso conaquellos sus ojos llenos de un escondidoagradecimiento, que guardaba dentro de esas pestañaslimpias y juguetonas como las cortinas en casita defiesta donde se iba a celebrar algo así como el cumple delos años. El rancho es lejos del lugar donde estaba el puebloy mucho más lejano que la última cuesta por donde seempieza a bajar al caserío y está la calle tan llena deniñas casaderas que la gente la ha bautizado con elnombre Calle de las Solteras. Estaba mi rancho un pococerca del río y no se podía llegar a caballo, ya que eranecesario bogar un tanto en bote a fuerza de remo. Nunca salíamos hasta el pueblo porque, como muybien lo sabía, el rumor de la deshonra de mi mujercorría siempre de boca en boca al no verla la gente, conesa terquedad con que en los pueblos pequeños nadaolvidan. La gente de mi pueblo era torpe al juzgar y allá habíapecados que duran toda una vida cuando se lanzansobre una mujer aunque como en el caso de MaríaReina, ella no hubiera tenido la culpa. Una vez al mes recibíamos la visita de ñorGumercindo o alguna de las muchachas hermanas de mimujer, y entonces nos llenaban de bromas porquepasaba el tiempo y no venía nuestro primer hijo. MaríaReina hacía eco a cada broma de sus hermanasrespondiendo que éramos muy jóvenes aún. Pero yosabía que también esas bromas la molestaban un poco
  26. 26. porque cuando la familia se iba, caía en una de esastristezas que ya muy de tarde en tarde le solían dar. En un rincón del rancho y adornada con muselinade colores estaba una cuna de niño que María Reinacompró yo no sé dónde y llena de trapitos también decolores que ella bordaba en sus ratos de no hacer nada:eran escarpines, capas y mantillas. Un año pasó desde nuestra tragedia y el cuento ya seestaba quedando dormido a no ser que salía entre lasconversaciones de las viejas beatas que anidan loscuentos en el corazón y que cuando se lo sacan de ahíduelen a poquitos. Una y otra vez me marchaba con María Reina parael corazón de la montaña y regresábamos con sientatinajas, tepezcuintes y flores de varios colores paranuestro jardín. Eramos dos corazones y nada más deseábamos en lavida. ¿Verdad que a usted no le molesta que cuente losdías felices que he pasado en mi vida? Bueno, estábueno Y fue en una tarde. Una tarde como esta, y no se me ha vuelto a apartarde los ojos porque hizo un hueco en la vida como elhoyo que el pico del pájaro carpintero hace en la duracorteza de los altos pejibayes. Venía río arriba bogando. De repente vi frente a mí,bajando en un bote verde, a don Miguel. Verle yllenarme de dolor y de miedo fue todo uno. Dejé de
  27. 27. bogar, pero él como si no le diera importancia alencuentro, me lanzó un saludo de diablo diciendoademás: —Hola —y una risa que llegó hasta el fondo delrío—.¿Cómo te va con mi paloma? Y pronunció mi paloma con vidrio en la voz. No respondí nada y entonces él se echó unacarcajada con aquella su mueca negra y torcida como elhorcón de un rancho abandonado. Un presentimiento terrible me agarró con las dosmanos por la frente. Me acerqué a tierra y dejando elbote para que se lo llevara la corriente eché a correr porel pedazo de picada que conducía a mi rancho. Encontré a María Reina tirada sobre el cuero denuestra cama. Lloraba desesperada con la cabezametida entre sus manos y completamente desnuda.Enaguas, blusa, el delantal, todo estaba hecho pedazosy los muebles sacados de sus campos, lo que indicabauna terrible lucha entre esta chiquilla y la fiereza delhombre. En una esquina del rancho, debajo del fogón, el gatojugaba con la pantaleta rosa de mi mujer también hechajirones. Todo su cuerpo estaba lleno de cardenales. Tomé el machete y corrí hasta el río. Ya no era posible perdonar al bandido la segundachanchada que me hacía. Pero por más que corrísolamente encontré al final de la carrera un boteamarrado en el linde de un viscoyal como si también seestuviera riendo de mi persona. El hombre no apareció
  28. 28. por lado alguno, ni siquiera la huella de sus pies sehabía estancado en el barro. Lo único que estaba ahí erael bote que se mecía mansamente y con el que meensañé hasta dejarle convertido en astillas. Mi propio bote lo encontré haciendo arrumacos enuna orilla del río que lo había retenido pegado a unraicerío de bijagual. Mucho tiempo después me enteré por boca de unamigo de oficio que en tanto yo desahogaba mi furorcontra el maderamen del bote, el bandido violador seescondía tras de una macolla de raicilla, riéndosecalladito. Regresé al rancho y tomando a María Reina entremis brazos la cubrí con una manta y luego la acosté.Pasé varios días convenciéndola de que para mí eracomo si nada hubiese pasado. Pero ya jamás volvió a ser la mujer que yo habíaconocido. Su rostro olvidó para siempre las risassabrosas y juguetonas como esa espuma que hace el ríoal chocar contra las piedras. Ella, mi reina, que tenía lasmanos limpias como una orilla del río, se juzgabamanchada, desesperada y definitivamente humillada.Su alegría se había ido para siempre como van las hojasen la corriente del agua, río abajo quién sabe hastadónde y para ya nunca regresar. ¡Matar! Matar como se hace con lo que no sirve en lamontaña y que hace mal. Eso era lo que ya no podía dejar de hacer. Merecía
  29. 29. la muerte como la merecen las serpientes que andan porahí entre los montes y en la orilla de las quebradas a laespera de que uno vuelva la mirada para otro lado,clavarle el colmillo y dejar el veneno en la carne hastaque el hombre eche espuma por la boca como si lohubiera mordido un coyote con rabia. Hasta entonces eran tantas las muertes de animalesque tenía a mi haber que uno más entre esas fieras, nocontaba. Pero algo dentro de mí llamaba al miedo: —¿Cómo sería matar a un ser humano? Imaginaba que podría llegar por delante, por detrás,y como se hace con la serpiente, darle un solo filazohasta saber que ya queda con los ojos mirando paraarriba... Tal vez le daría tiempo para pedir perdón aDios por lo malo que él se ha portado en la vida. Peromeditando bien en el asunto pensé que hay hombres alos que en la hora de matarlos no hay que darles laoportunidad de arrepentirse para que así, al entregar elalma, tengan que rendir cuentas en las puertas delinfierno. Las idas y venidas de don Miguel las conocía dememoria. De nadar no sabía ni jota. Era fácil volcarle elbote en una de las tantas ocasiones en que...Y más fáciltodavía llegar a la cantina, y al descuido (cuando estabatomado), partirle el cráneo. Con gran cuidado lo preparé todo como cuando unova a la caza de los cerdos por la montaña. Después ya no sería necesario que me acorralaran
  30. 30. en la montaña para darme muerte como una fiera quehuye. No. No era necesario. Yo mismo sacaría elrevólver del cinto de don Miguel y... ¿Tendría el valor de hacerlo todo? De no ser así me atarían las manos para atrás y porcordillera me llevarían hasta donde el señor Presidente,para que conozca al hombre que dio muerte a uno desus amigos y entonces de nada valdría contarle que yoera un hombre feliz y que todo pasó por las garantíasque él daba a los pillos con premio de Señor Autoridad. Esa misma mañana llegaría uno de mis amigos,Zacarías, para decirle que allá, por el camino de LasSolteras, rumbo a la Vuelta del Coyote, vio a un hombresacando un barril de guaro. No era necesario más para que el Señor Autoridadse echara a correr por esa nueva víctima. Y yo le esperaría en una de las tantas vueltas del ríoque tendría él que tomar, luego de terminarse la Vueltadel Coyote, para apuntarle como se hace con el tigrecebado con el ganado... Ella, silenciosa, como lo hacía desde hacía muchotiempo, colocó sobre el plato una tajada de guinea asadaal horno y como si supiera algo miró en una forma másque rara y me dijo casi con un hilo de voz: —Voy a tener un hijo... de él... Cada murmullo de la montaña me erizaba losnervios.
  31. 31. Era la espera más larga que imaginar se podía. Creí en un principio que los minutos y las horas seiban a hacer muy cortos y ya está. ¡Ya está! María Reina era una niña con cabello de oro. Diga a ese cuida chanchas que... Y vamos a tener un rancho y muchos hijos como... ¿Casarme yo? Si ya no me interesa como mujer. Somos dos corazones... Hay un mundo nuevo en elrefugio de sus besos. Aquí la tienes..., es la sobra de vida. Escuché un remo que daba movimientos quedossobre el agua. Era Miguel. Faltaba poco para llegar hasta donde desemboca laQuebrada Muerta. Aquí, como a dos metros de eseparedón, él tenía que pasar. Pasaría... Y una piedra en la cabeza y después picadillo dealacrán con el machete. El bote seguía acercándose,acercándose. Ya tenía el bote a pocos metros... Mis manos dejaronde temblar. Una nube de odio cubría el instante. En ese momento escuché un ruido junto a mí. Volvírápida la mirada y vi los ojos de María Reina que sehundían entre mis ojos. No me dijeron sí. Ella mirabacomo desde un dolor más lleno de angustia que mi odio.
  32. 32. El hombre fue pasando más..., un poco más. Su espalda... ¡Era el momento! Sentía los ojos de María Reina en mí y... La piedra se quedó ahí junto a las hojas secas en laorilla del río. La niña empezó a crecer en un ambiente de cariño.Me era imposible mirar con ojos malos a la hija deMaría Reina. En un principio ella creyó que yo iba a ser distinto,pero no podía cambiar. Para mí todo fue como una deesas tragedias, una más, de las que pasan en lamontaña: que nos pica una serpiente; que el río se salede madre y corre rumbo al mar llevándose todos losranchos; que las ratas se desmandan a lo largo delfrijolar y lo destrozan; que el tigre en un descuido seencuentra a un niño en abandono, o a un hombre viejoy lo devora; que el tejón, esa gran fierecilla de lamontaña, llega hasta el rancho donde un recién nacidoduerme en tanto que la madre lava en el río y... Y eso fue lo que sucedió en mi rancho: una fiera semetió bajo nuestro alero y al irse nos dejó esto... Dichosamente, todos los rasgos de la niña eran losmismos de María Reina y francamente no podía dejarde amarla y la amaba mucho. El desgraciado quién sabe cómo se llegó a enterar dela verdad y cuando me encontraba en el pueblo seacercaba a mi lado y poniendo un paquete entre mi
  33. 33. manos decía: —Para la niña... Cuando abría el envoltorio, luego que él se habíamarchado con la frente baja (como si ahora le dieravergüenza de la acción) encontraba dinero y algún otroregalo para la chiquita. Entonces tiraba el dinero al ríoy le daba el regalo a la niña. Pero María Reina se enteródel asunto y tomando también la muñeca de regalo lalanzó a la corriente. Así en una forma común íbamospasando la vida cada día. María Reina se hizo mujer y yo más hombre, comoque ya andaba por los 16 años. El denuncio del terrenoque primeramente fui a sacarlo de la selva también sefue haciendo más grande hasta que llegué a contar conveinte manzanas. Ya para esos tiempos pensaba hacer un viaje aPuntarenas para conversar con uno de esos señores quemiden la tierra y que cuando es de uno le dan despuésuna carta de propiedad. Y la niña cumplió los dos años. Y ya para ese tiempo, como si no fuera suficientetodo lo que pasó, el dolor volvió a tocar las puertas demi vida y esta vez para siempre. Eran los finales del mes de diciembre y el río dejó decrecer. El invierno se quedó dormido tras el último día deltemporal. Pero allá en el alto de las montañas seguro seguíalloviendo porque de tarde en tarde el río se dejaba venir
  34. 34. con unas cabezas de agua que daban mucho miedo. María Reina molía un poco de café en grano. Unolorcillo a café tostado se desprendía del comal de barroal que mi mujer acudía, daba tres vueltas, y seguía sobrela máquina moliendo y tarareando una cancioncilla quele gustaba mucho. Yo, sentado sobre un banco, trataba de hacer con lacuchilla una tajona de bizcoyo. La niña jugaba con un frasco de vidrio lleno depastillas de las que sirven para los dolores de cabezaaquí cerca del fogón y en ese instante el vaso golpeósobre las patas del moledero y se quebró. Escuché la vozde María Reina que decía a la chiquita sin dejar demover la manivela de la máquina: —No deje los vidrios por ahí pues se puede cortar,tírelos al río... El río murmurante ya he dicho que estaba por eselado como a unos treinta metros del rancho y conducíaa él una picada sembrada en ambos lados por matas deyuca. Observé cómo la niña los lanzó al río pero con tanmala suerte que se fue de cabeza. María Reina que la observaba vio el ademán de lachiquita y corrió antes de que yo intentara levantarme,al apresurarme detrás de mi mujer tropecé entre laspatas de un banco y caí. Cuando me levanté miré lasilueta de María Reina que daba tumbos en el ríolevantando los brazos y lanzando gritos de socorro. Ella ante la desesperación de ver a nuestra hija
  35. 35. arrastrada por el río y sin recordar que no sabía nadar,se había lanzado detrás de la niña que ya no se mirabapor parte alguna. Yo empecé a correr por la orilla en tanto que condesesperación esperaba que la corriente la acercara a laorilla o encontrara algo que poder lanzarle. A veces su cuerpo chocaba contra las piedras y elgolpe la sumía entre la espuma para levantarla un pocomás allá. Cuando comprendí que no la atraería a laorilla sino que por el contrario la corriente la conducíaal centro del río, me quité los burros de mis pies y melancé al agua. Nadé todo lo que me fue posible pero envano, ya que no pude darle alcance: la fuerza de lasaguas también me zarandeaba como si yo fuera unarama de hojas desgajada de alguna orilla. El río jugabaconmigo como si mi cuerpo fuera un trompo y a milvaras de nuestro rancho me lanzó con fuerza sobre unaroca en la que me detuve un poco para tomar aliento yobservar. María Reina no se hallaba por parte alguna.Solamente el rostro indiferente y negro de las piedrasera el que se veía hasta muy lejos, río abajo. El golpeseco y retumbón del río llenaba de terror mi corazónpues más que sonaba rugía como el grito de un león enuna noche de silencio que hubiera recibido una herida. Haciendo a un lado el cuerpo solté la roca y melancé de nuevo a la corriente la que fue arrastrándomehasta que me dejó en la orilla opuesta. Todo el resto del día caminé con un ansioso temorde encontrar pegados a las piedras los cuerpos de María
  36. 36. Reina y la niña. Tenía la esperanza de que como lo hizo conmigo, loshubiera lanzado hasta alguna de las orillas y cuandomás estuvieran con los ojos abiertos y sus manosaferradas a un bejuco o alguna piedra. Otros tiempos y con la ayuda de varios hombresanduve yo en busca de personas arrastradas por el río yme sabía de memoria aquellos lugares donde suelenquedarse estancados los cadáveres. Aunque siempreexiste el temor de que un lagarto se nos hayaadelantado. Y luego no sé qué pasó. Cayó la noche que pasé entera sentado en unapiedra a la orilla del río y escuchando el grito de lasnutrias que jugaban en las piedras a la luz de la luna.Poco a poco vino el amanecido. Las manos, el rostrotodo era una sola roncha ya que en toda la noche loszancudos se habían hartado de mi sangre. Amaneció. La frente y los brazos me ardían. Pasé horaspescando imágenes sobre el agua, quieto, sin hacer unsolo movimiento, como esperando que los brazosabiertos del río ya cansados de jugar, lanzaran loscuerpos hasta mis propias manos. Luego, levantándome caminé por la montaña... Una patrulla de voluntarios organizada por el SeñorAutoridad me encontró. Se habían hallado a uno de misperros que los condujo hasta donde me encontraba. Desde que dieron conmigo —dicen que tirado sobre
  37. 37. un charco tomando agua— ataron las manos a laespalda y de esa forma me condujeron hasta el pueblo.Recuerdo que durante el camino me hacían muchaspreguntas a las que yo con una repetición de locuradecía siempre que sí, que era cierto, que yo había sido elculpable, que me mataran porque lancé a la madre al ríoy luego a la niña. El cuerpo de María Reina apareció después devarios días destrozado. Un hombre de los que buscanhierbas raras, por casualidad lo encontró un día amuchas horas río abajo de nuestro caserío. La niña noapareció por parte alguna. La gente dijo que yo había dado a María Reina unapaliza antes de lanzarla al río y a cada preguntarespondía que eso era cierto. Y no entendía por qué megolpeaban cada vez que respondía que sí o que no. Miguel, el Señor Autoridad, llegó a la conclusión deque yo había cometido un asesinato doble. —Estaba celoso de mí y de ella —decía explicando,a ñor Gumercindo, y cuando él hablaba yo le miraba conlos ojos vidriosos y decía que era cierto—, él sabía que laniña era mi hija y por eso me vengó. Me odia, perocomo es un perro suficiente cobarde como paramatarme, aunque sea por la espalda, fue depositando suodio en la pobre María Reina y nuestra hija. Y dicen que cuando Miguel hablaba, sus palabras,estaban llenas de lástima y desde los ojos le rodabanlágrimas. De lo que estaba pasando no recuerdo casi nada. Un
  38. 38. amigo, mucho después, me ayudó a reconstruir lo queestoy contando. Cuando me sacaron de la Agencia dePolicía de nuestro pueblo para llevarme a la cabeceradel Cantón, los vecinos que fueron mis amigos durantetoda una vida, ahora me lanzaban palos, piedras,insultos y salivas. Yo, muy agobiado, no entendía mucholo que me estaba pasando, pero como mi propia genteestaba tan enojada, me dije que lo mejor era dejar laexplicación para después. No entendí que todos ellos habían estado presentescuando me interrogaban y por eso fue que despuésfirmaron un papel rogando a la Justicia que no medejaran salir nunca de la cárcel y hasta mi propiafamilia llegó a firmar el pliego. Mis padres tampococreían en mi inocencia, puesto que cuando en unaesquina me dieron un minuto de tiempo para conversarcon ellos y le dije a mamá que era inocente, respondiómi madre entre sollozos: —¡Sí, hijito, sí! Mi padre por el contrario dijo: —¡Has hecho mal, muy mal, Jacinto...! Pasé tres días encerrado en la cárcel del Cantón conpies y manos atados a una cadena y en ese tiempo no seme brindó alimento o bebida de ninguna clase. Pero laverdad es que nadita tenía yo de hambre o de sed. Loúnico que anhelaba era morirme. En todo el camino,por cada caserío que me tocó pasar, la gente me llenó de
  39. 39. insultos y acercándose a una vara de distancia melanzaron tarros con orines y escupían en el rostro de losguardianes cuando ellos intentaban defenderme. Escuchaba palabras como estas: —¡En San Lucas te van a hacer m..., pedazo de...! —¡Déjenme a ese hijo de... para sacarle los ojos!—gritaba una mujer al mismo tiempo que hacíaademanes extraños con los brazos extendidos. El SeñorAutoridad no me decía nada. Casi he llegado a pensar side verdad él estaba creyendo la acusación que me hizo.No hay duda de que sentía gran cariño por María Reinay la niña. Galopaba triste lanzando de vez en cuandomiradas de odio para conmigo. Tenía que apresurar mipaso cuando él picaba el caballo, para no caer y serarrastrado ya que por todo el camino fui con las manosatadas por un mecate de metro y medio a la grupa delcaballo. Una vez, junto a alguna de las quebradas queencontramos en camino, se acercó a revisar la atadurade mis manos y entonces traté de decirle que erainocente, pero él por toda respuesta me dio con su vergade toro sobre la cara. El camino fue duro. El barro a veces atascaba a las bestias más arriba dela barriga y me hacían arrastrado sobre el lodazal. Cuando llegué hasta la cárcel era una sola pelota delodo y en el calabozo se fue secando; quedé como si mehubieran usado de molde para hacer una olla y todomovimiento para desprender la costra me dolía. Y por
  40. 40. eso estaba ahora así en la Cárcel del Cantón Central portres días sin alimento, sin poder casi ni dormir y llenode temores. Cuando se me hizo presente ante el señor Alcalde yle narré lo que había pasado, éste, con un dejo debondad en las palabras, me advirtió: —Ya le he dicho, Jacinto, que la verdad expresada lefavorece y toda mentira se le ha de tomar comoagravante a la hora de imponer una sentencia. Ustednos cuenta ahora una historia bastante buena..., peroaquí tengo una declaración suya dicha ante eltestimonio de la mitad de un pueblo. Mire: aquí tiene elexpediente y estas son las firmas: si no me equivoco estafirma es la de su hermano que estaba presente y quefirmó con todos los demás vecinos haciendo constarhaber escuchado de sus labios la forma en que lanzó asu mujer y luego a la niña sobre el cauce del río. Aquíestá bien claro que a todas las preguntas respondióusted afirmativamente y que por lo tanto los hechos queahora me declara tienen que ser tomados por esteTribunal como fuera de la realidad... ¿Me pregunta usted si no tuve abogado? Uno de ellos me visitó, hizo muchas preguntas sobrelo que yo tenía en mi rancho. Pero todo mi capital eranestas dos manos sucias y duras sobre una tierra que nome pertenecía por no tener cartas de venta o escrituras.Y después de estas dos manos duras y sucias no tenía yanada más en el mundo, por lo que el abogado entendióque con mi causa ni iba a sacar fama ni dinero.
  41. 41. Se me dijo que estuviera preparado paratrasladarme al presidio de San Lucas. ¿Prepararme? ¡Si no tenía nada que llevar! Mis vestidos llenos de remiendos se quedaron en elrancho y los chanchos y las gallinas y dos fotografías yun mundo bonito que mis ojos ya nunca más iban avolver a ver. Estaba, pues, listo para iniciar el camino que jamássoñé fuera tan largo, tan infame, lleno de miedo ymaldosidad. Alguna vez durante mi vida vi a los seres que llevanpresos. En un rancho vecino, una vez encontré metido enuna jaula de bejucos a un pajarillo azul y rojo calladitoen su percha con un río de triste en cada uno de susojos. Pero nunca pude adivinar el porqué de la hondatristeza del pájaro. Ahora sé lo que es tener durante muchos años unamano atada a la otra mano, una pierna a la otra piernay el alma entera amarrada a la miseria. Ahora sé cuál esel valor de los hombres que por estar solos son. ¿cómo es que somos nosotros los reos? Alguna tarde en el comisariato de Don Abel escuchéhablar sobre el presidio de San Lucas. Aprendí por el decir de un hombre, que sentadosobre un saco de arroz daba sorbos y más sorbos amedia botella de ron, contaba las cosas más extrañassobre un lugar donde imperaba el miedo, el dolor, el
  42. 42. engaño y la crueldad en todas sus manifestaciones. Y éldecía en palabras feas cosas terribles del presidio que lehacían a uno parar los pelos y que luego daban frío alrecordar. Así llegué a saber que no había pena de muerte enCosta Rica, pero a los reos les enviaban a una isla dondede todas formas se iban muriendo poco a poco por lasenfermedades o por el verdugo encargado de dar palosal reo por la más insignificante de las causas. Por todo lo que escuché, ya sabía, pues, a dóndeeran enviados los hombres más malos del mundo hastael tiempo en que, si no se han muerto, es necesariohacerles regresar a todos los lugares de donde vinieron.Y sigan matando, robando y cometiendo violacionespara vengarse de la saña y el mal con que los trataronrejas adentro. Después me enteré de que era tan cierto el horrordel penal, que no había en todo Costa Rica ni siquierauna iglesia dedicada al Santo de los Médicos ni tampocouna escuela, un caserío o un pueblo llamado San Lucas. La mente de las personas asocia a San Lucas con lomás bajo, lo más fiero y torpe que la creación humanaha dado. En mitad de una noche me sacaron del calabozo dela cárcel en Puntarenas hasta donde se me había traídodesde mi pueblo. Un bongo tan grande como una lancha de vela nosestaba esperando. En la puerta de la cárcel nos recibió la carreta de los
  43. 43. reos. Era una carreta de hierro, como una jaula, jaladapor tres pares de bueyes que se usaban en ese tiempopara sacar a los reos de la cárcel con todo y sus grillos yconducirlos al destino donde se tenía que trabajar.También era la manera como se traía a los reos desdetodos los pueblos de la república hasta Puntarenas, paraluego enviarlos a San Lucas. Esa carreta servía también como de cocinaambulante, ya que una vez descargados los reos yapartados los bueyes, se jalaban unas planchas de hierrocon huecos y poniendo pedazos de madera bajo de ellas,se iniciaba la cocinada. A las cuatro de la tarde esa misma carreta uncía lastres parejas de bueyes y regresaba con los reos hasta lacárcel. Iban entonces los reos cansados, como monos,con las manos crispadas sobre los hierros y extendiendosus garras cuando alguien se acercaba, para que lesdiera un peso de plata o una media libra de tabaco. Era corriente ver ese espectáculo de las manos de losreos salidas en espera de que los que pasaban junto aellos en un acto de condolencia les diera algo. Pues esa fue también la forma en que se nos condujoal muellecito de la Punta y en cuatro viajes fuimostrasladados los cincuenta reos. Otros compañeros venían diciendo que tuve unagran suerte ya que solamente tres días pasé en loscalabozos de Puntarenas, porque casi siempre se esperaun mes en reunir la cuota de hombres para enviar hastala Isla Infernal y es cuando todos los pobres diablos
  44. 44. tienen que estar presos en la forma en que yo estuve:con piernas y manos atadas a las cadenas que seencontraban empotradas en la pared y las que secerraban sobre mis carnes con un candado grande comodel tamaño de un plato de comer. Tres días tirados sobre el saloso líquido del queestaba lleno el calabozo, ya que los que nos apiñábamosen él y que éramos como una docena, teníamos quehacer nuestras necesidades ahí mismo. El hedor era terrible y cuando nos tiraban en unostarros viejos un poco de frijoles sin sal y una tortilla,tenía que hacer esfuerzos para comer, aunque era tanpoco que en verdad podemos decir que no comíamos. Con el pasar de los años se acostumbra uno a esascosas como el pan de cada día. Estaba con nosotros un tal Generoso, muchacho decatorce años nativo de San Ramón y se encontraba muyenfermo. El viaje de tantos días encadenado en unacarreta de presos ramonenses le empeoró la enfermedadque padecía y ahora se, pasaba vomitando. En esas situaciones la consideración humana notiene razón de ser. Nos trataban como cerdos y como talpensábamos y nos llegamos a sentir al juzgar por elaspecto asqueroso y gruñón que se va adquiriendo. Poreso cuando Generoso vomitó sobre uno de nuestroscompañeros, éste tomó sus cadenas y le pegófuertemente en la cabeza. Conmigo también lo hizoGeneroso cuando horas después se acurrucó a mi lado;pero mi tiempo de estar preso era poco y el infierno de
  45. 45. la indiferencia humana todavía no se me alojaba en elpecho. Con todo cariño limpié su boca con la manga demi camisa, aunque él, al sentir mi ademán, se acurrucósobre sí mismo esperando lo peor. Era muy diferente este mi estado de ánimo con otrosaños después en que apostaba mi papa de cada semanaa que un viejo se iba a morir y si eso no sucedía, llegabaa donde estaba el enfermo y le escupía la cara por habersido el culpable de que yo perdiera lo mejor en la raciónde la comida una vez cada semana. Junto a Generoso venía también Juan Antonio, suhermano un poco mayor que él y me enteré de esoporque cuando un compañero maltrataba a Generoso,intentaba romper la cadena para lanzarse sobre el quemolestaba al enfermo. Aunque era un intento vanocomo de toro después de la capada. Estos dos hermanos habían dado muerte a unamujer y a pesar de sus trece años y medio de Generosoy los quince de Juan Antonio, les condenaron a la penaindeterminada, lo que quería decir para siempre en lacárcel, que era la misma pena que se me impuso por lamuerte de María Reina y mi chiquita. Generoso era un muchacho apacible y puede quefuera así por su propia enfermedad. Juan en cambio norevelaba nada de paz. Nunca me enteré de lospormenores de cómo se había cometido el crimen, perocasi estaba seguro de que la persona que planeó todo fueel hermano mayor de Generoso, pues éste con su caritade niña y sus formas amables no denunciaba estampa
  46. 46. de asesino. El bongo que alquiló el gobierno para llevarnos aSan Lucas era de esos que sirven para llevar ganado aPuntarenas desde todos los puertos del golfo de Nicoya. Un oficial de vara con grado de sargento estabaparado en el muelle de piedras que existe en la Punta, elpotrero más avanzado de Puntarenas, y tenía unalámpara de aceite de ballena en sus manos con la quealumbraba un papel donde está escrito nuestro nombreo apodo. Con el reflejo de una luz debilucha de esa lámpara via mis compañeros: reses todos como yo que poco a pocoíbamos enfilando hasta el centro de la ganadera. Iba un anciano muy blanco y muy triste que a mí seme antojó se parecía mucho a esa semblanza del PadreEterno que ocupa el centro en las imágenes de laSantísima Trinidad. En un lado, allá, vi a otro de loscompañeros que le faltaban los pies y se arrastraba conmuletas de palo. Era el único que no portaba cadena. Lamayoría eran hombres de aspecto pensativo y saludable.Generoso, Juan Antonio y yo éramos los más jóvenes dela comitiva. Dos hombres a los que cuidaban con sumaespecialidad un par de soldados, me llamaron laatención. En vez de estar como todos nosotros con lospies o las manos atados a una cadena, llevaban por elcontrario las manos metidas en un artefacto de lo másextraño que conocí: se trataba de un par de varillas dehierro con una plancha en el centro y dos orificios en
  47. 47. ambos lados; parecían dos enterradores de cementeriocargando un ataúd: dentro de esos dos orificios unasargollas pendientes de las mismas varillas. Llegué asaber que esos hierros de forma tan extraña se lesllamaba carlancas de hombro, y luego en el presidioencontraría más de diez parejas que caminaban,trabajaban y dormían con esa carlanca doble al hombro.Todo, absolutamente todo, tenían que hacerlo ambos almismo tiempo. Si era necesario el hacer una necesidadentonces ambos tenían que ponerse de cuclillas almismo tiempo y cuando uno de ellos se cansaba de estaren una posición cuando dormía, le era necesariodespertar al otro para que cambiara también. Me enteréque esas carlancas de hombro eran destinadas comouna medida de seguridad para los hombres que habíanintentado la fuga o los que fueron capturados despuésde fugarse, o simplemente si a un hombre se le teníasospechas de ser peligroso para la fuga. Y lo más que meextrañó fue que esos hombres se hubieran fugadoestando antes como nosotros con los hierros que llevabayo atados al pie o a las manos. Una fuga con estos pesosme parecía tanto más imposible cuando pesaban hastatres cargas de maíz algunas de esas cadenas. Con el tiempo también entendí que era posible lafuga con tales cadenas. El equilibrio del ser humano seacostumbra tanto a los hierros que el peso adicional seva formando como parte de sí mismo y deja de sentirsecon el pasar de los años. Si es que no ha tenido ladesgracia de que el pegar constante de la cadena no le
  48. 48. forme una úlcera en la piel el mismo día del herraje—que es como se llama la acción de darnos cadenas enpies y manos—, entonces hasta se puede jugar pelota obrincar con la cadena, correr o nadar. Los condenados a la carlanca de hombro mueven sucuerpo en tal forma que llegan a obtener una precisióntan admirable hasta el extremo de que el que caminadetrás coloca su pie en la huella exacta que dejó elcompañero de adelante. Dos horas duró el viaje desde Puntarenas al presidiode San Lucas. Un pequeño inconveniente le sucedió alteniente que mandaba nuestra manada de reos. Al salirde la confluencia que hacen las aguas del Estero, unhombre, no se sabe ni cómo, logró aflojar una de lastablas en el costado de la ganadera y se lanzó al mar.Hubo movimiento. El reo asomó la cabeza. Sonaron lasarmas. La ganadera siguió adelante. Desde las tablasentreabiertas vimos cómo los tiburones se daban unbanquete con el reo. El mar se embraveció por un rato y altas olasbrincaban y se metían de lleno colándonos de arribaabajo. —¿Nos quitarán las cadenas si intenta hundirse estelanchón? —le pregunté a un compañero. —Hay que estar loco para pensar en eso —merespondió—. Si hay posibilidad de que esta cacharpa sehunda, los soldados usarán los salvavidas y a los reosque nos embista un perro... ¡Nos iremos a pique! Y no esla primera vez que sucede eso.
  49. 49. En verdad con los años sucedió un accidente comoel citado y nosotros vimos a quinientas varas delpresidio, cómo todos los reos lanzaban gritosdesesperados ante la mirada indiferente del coronel. —Aquí todos somos como ganado. ¡Somos ganado! Con el tiempo me llegaría a dar cuenta de la verdadque encerraban las palabras de amargo dichas por micompañero. En la madrugada llegamos hasta el muelle de SanLucas. Todo estaba iluminado con las ya citadas lámparasde aceite de ballena que lanzaban sobre la obscuridadun reír de sombras, como el de las almas que penan porlas noches en la calle de los pueblos donde no tienencementerio. Un grupo de soldados, arma presente, nos estabanesperando. Un reo con una olla de café caliente empezóa repartir entre los custodios. A nosotros ni siquiera nosmiraban a pesar de que temblábamos de frío. Un momento después llegó un hombre moreno alque todos llamaban Felipón y que después nosenteramos era uno de los verdugos oficiales del penalcon grado de sargento en la armería. Este hombre con un látigo en la mano y sin queninguno de nosotros le diera motivo, empezó a lanzarlatigazos a diestra y siniestra sobre nuestras espaldas yal mismo tiempo con gritos aullantes como de congoque rompían en dos el silencio calmoso ahora de las
  50. 50. olas, advertía que tal iba a ser el tratamiento en el penalsi no obedecíamos formalmente todas las órdenes quenos iban a dar. Cuando el castigo injusto cayó en mi espalda,intenté lanzarme sobre el mulato y quebrarle la cara conmis cadenas, pero un vecino me contuvo. La experienciale había dicho a él que no hay nada más omnipotente enel mundo que un hombre armado de un rebenque anteun grupo de hombres que no se pueden defender. También a Generoso que estaba tirado sobre laspiedras le tocó su «ración de prueba». —¿Por qué nos han pegado? —le pregunté alcompañero que antes había estado preso en esta isla. —¿No te lo dije?... Porque somos ganado..., somosbestias. Para estos hombres nosotros solamenteentendemos por el miedo y por eso, para que desde elprimer momento nos enteremos de su poder, nosreciben con la ración de «verga». Así desean no seolvide que ellos son la Ley, los hombres muy hombres yencargados de llenarnos el corazón de odio; a los quepaga la sociedad para que ignoren el dolor ajeno porquejamás nadie les ha agarrado por el pescuezo o les hadespedazado el hocico a patadas.. . Estos sonrepresentantes de los niños, doctores, abogados,madres, hombres de bien que después, cuando unhombre sale de aquí desesperado para hacerles muchomal, no entienden que todo eso se le debe a tipos comoéste que ahora nos brinda su prueba de terror. Vi que de todos los que recibimos el ultraje ninguno
  51. 51. se quejó: lo fuimos aceptando con los ojos cerrados,dientes apretados, acallado el sentir, sin pedir clemenciaal verdugo ni siquiera con la mirada para que no sintieraplacer al humillar dos veces a nuestro ya miedosocorazón. Cuando ingresamos al presidio faltaba poco para lahora en que los reos salen con rumbo a los Destinos, quees el lugar donde cada uno trabaja por grupos. Así, pues,al poco rato se nos dijo que iban a destinar a los reciénllegados en sus respectivas cuadrillas de trabajo. Y ahímismo sin movernos, en línea, se presentaron reos conun par de grandes ollas conteniendo un agua que nopodía definir si eran enjuagues de ropa sucia con unpoco de dulce. A cada uno además se nos daba un mediopan de una onza, duro como la corteza del coco. Pronto se presentaron unos señores llamados cabode vara o capataces de trabajo que eran también reospero que se distinguían por un servilismo sin límites yun odio terrible para sus compañeros. Eran escogidosentre los más fieros criminales. De hecho, todo hombrecon más de cinco crímenes en la espalda, tenía granoportunidad de recibir una jugosa designación comocabo de vara. Hablaban muy poco y la segunda vezaplicaban la vara, de donde les venía el nombre. Diez reclusos tomaron por un lado, quince por elotro; veinte fueron sacados en un bote y el resto denuestra caravana fue obligado a estar ahí sin mover unamano ni conversar. Luego hicieron otra clasificación desiete hombres entre los que fui separado.
  52. 52. Me enteré que nosotros siete éramos los acusadospor crímenes más negros entre toda la cuadrilla quevino de Puntarenas y que esa madrugada ingresamos alpresidio de San Lucas. Por mi clase de delito se me apodó El Monstruo yesa fue la única forma en que se me llamó durante lamitad de los años pasados ahí. Yo mismo que llegué aextrañar cuando me citaban por nombre propio. También se llamaba monstruos a lossemimuchachos que incitados por el diablo mismohabían dado muerte a una mujer. Al hombre de la patade palo y al que tenía la cadena aprisionada al cuello, seles acusaba de haber dado muerte a una hermana. Nosotros siete fuimos llevados a un calabozopequeño ubicado en la entrada misma del muelle dondehabía dos fortines estilo español custodiados por unaguardia de soldados y un cañón de los tiempos de laguerra de 1856. El aire adentro era fétido y entraba como hilos poruna rendija pequeñita y tan delgada como las hojas deun cuaderno. Un medio estañón en una esquina quehedía a demonios; era el destino a nuestras necesidades. El suelo y las paredes eran de piedra redonda, lo quehacía incómodo hasta el estar sentado. Con el tiempome di cuenta de que ahí todo lo hacían de piedra: loscaminos, las casas, los calabozos, los soldados eran deroca por la forma de obedecer y dar órdenes, y engeneral todo el ambiente era duro y rocoso. Y en piedra —piedra durísima— estaban destinados
  53. 53. a convertirse nuestros corazones también. Creo que lo único hecho en madera eran los botes ylos bongos. Y para que no se quede como un olvido, demadera eran la culata de los rifles y los platos y cucharasque los reos usaban para recibir su alimento. Se me hizo cuesta arriba comprender el por qué noshabían internado en este calabozo en vez de enviarnoshasta las cuadrillas de trabajadores como a los otroscompañeros. Nos vimos obligados a despojarnos denuestra ropa y quedar desnudos, ya que el calor ahídentro era insoportable y uno de los vecinos dijo que erapeligroso morir de tanto sudar y sudar. Estábamosapretujados por la estrechez del calabozo. En el lugardonde nos sentábamos, o teníamos que pasar horas enel mismo sitio, sin movernos, al hacernos a un lado,quedaba un charco de sudor. ¡Quince días! Distinguíamos el día de la noche al abrirse unarejilla dos veces al día, por donde nos pasaban un pocode frijoles duros y una tortilla más una botella de agua.Nuestro cuerpo abotagado por el calor casi no llamabael hambre. Pero la sed era espantosa. Los muros delcalabozo estaban empotrados cerca del mar hasta elextremo que continuamente se escuchaba el retumbarde las olas contra la muralla. Y cuando una ola grandedaba de lleno sobre lo alto del muro entonces se filtrabaun chorrito en la pared. Era el momento en que porturnos pegábamos los labios a la piedra para sorber esefresco hilo de mar que aunque salobre y malo,
  54. 54. significaba algo en aquel terrible horno que durante eldía era sólo brasa, y como sucede siempre junto al mar,hacía un frío tremendo en altas horas de la madrugada.Entonces nuestro único remedio era el temblar yapretujarnos el uno contra el otro, puesto que entrenuestro grupo ninguno tenía ni siquiera un pedazo degangoche como cobija. Con la finalidad de hacer más extensa la comida, medaba el trabajo de contar los frijoles que nos servían ycomo hoy recuerdo, eran 200 y la tortilla que pesabauna onza. Algunas veces las tortillas tenían la orilla horadadacon signo evidente del lugar donde las ratas habíanmerodeado, pero para un presidiario esos principios dehigiene, de asco, de aseo, no tienen la menorimportancia: también se suelen comer las ratas y deverdad que tienen una carne muy sabrosa. Al tercer día murió Generoso. Nos dimos cuenta que estaba muerto porque elsilencio aterrador de las horas con aquel monótonochillar del oleaje allá abajo chocando contra el muro,empezó a ser taladrado por un gemido que se fuehaciendo intermitente hasta que alguien gritó: ¿Quién es el perro que llora? Y el que hizo la pregunta era otro de los esclavos.Seguro era un hombre duro que no gustaba que nadiellorara. Yo, que hacía ya muchos días tenía unos deseosinmensos de llorar a gritos, quise seguir la corriente delque gemía para lograr así un escape a mi amargura;
  55. 55. pero al fin olvidé mi propósito por temor al grito deinsulto. El gemido se fue haciendo más y más doloroso ysubió en su tono hiriente hasta que nos dimos cuentaque era Juan, hermano de Generoso, el enfermo, quienlloraba. A tientas me acerqué a él hasta entender quemantenía la cabeza de Generoso entre sus piernasdesnudas en tanto que acariciándole el cabellomurmuraba quedito: —¡Pobrecito, yo te maté, yo te maté! El soldado que cuidaba nuestra puerta escuchó elllanto por largo rato y después gritó: —¿Qué es lo que pasa ahí adentro culiolos? —Aquí hay un muerto, hay un muerto, abran lapuerta para sacarlo. —¿Qué dice, qué pasa? —¡Aquí hay un muerto! Generoso estaba ahí desnudo y su hermano decíahaciendo coro: —¡Aquí hay un muerto..., un muerto..., un muerto!—como si se tratara de repetir el golpe de las olas contrael muro. —¡Cuando se pudra lo tiran al estañón! respondió elsoldado, y luego la misma voz añadió—: Sigan con sustrucos y verán que ha de haber más de uno para meterdentro de ese estañón. Se refería al estañón lleno de excrementos ubicadoen una esquina del calabozo y que solamente era sacadode ahí cuando rebasaba.
  56. 56. Imaginó el soldado que nuestra palabra era unafarsa y teníamos alguna intención mala para obligarle aabrir la puerta. Una voz entre los compañeros empezó a hablarsobre esa carroña que no era posible quedarse entrenosotros porque se iba a poner todo pestífero. —Delicado mi lindo —respondió otro con ironía enla voz. Y entendía la pulla ya que más hediondez de laemanada desde el estañón era posible que existiera. En la tarde, cuando se nos vino a dar el pan, el pocode frijoles y agua —pues una vez a la semana se nosdaba pan en vez de tortilla— hubo un desacuerdo entrenosotros de proporciones tales que casi hay otrodifunto. Se trataba que tanto Juan como yo queríamos sacara Generoso, y otros cuyo rostro no miraba, insistían enque más hediondo que el estañón no podía estar elmuerto y que escondiéndolo por unos cuatro días o másen cada tiempo de comida podíamos recibir la raciónque le tocaba a Generoso. Reconocí que la proposición no dejaba de sertentadora, pero también era posible un contagio quehiciera ahorrar la ración de nosotros en toda una vida. Al final se resolvió que gritando todos sacarían elcadáver. Vino una cuadrilla de enterradores que eran los reosencargados de las labores en el cementerio. Eranhombres que gozaban en el penal de una confianza
  57. 57. reconocida y no era para menos: habían tenido querecoger los pedazos de más de un reo que en el libro dela Guardia se anotó como muerte por la fiebre... Eran hombres con cara dura que no tenían cadenasen los pies y que andaban sin camisa. Generoso —lo vimos cuando abrieron la puerta yayudam os a sacarlo del calabozo— estabacompletamente desnudo. Los enterradores al colocarloen una camilla de madera le miraban en una forma quea mí me pareció sumamente extraña. Había muerto consu rostro hermoso de mujer que él tenía y la fiebre siacaso le acentuó más los colores ahora de un tenue colorrosa ya pálido y sobre los labios se había prendido uncolor como de vino rancio. Su cuerpo recto como uncuate y flaco como el hueso, estaba ahí custodiado porsus dos manos fláccidas y marchitas, desgajadas comomiembros cortados que le caían a los costados. El resultado de la mirada extraña de losenterradores lo conocí por Juan que a su vez lo llegó asaber de labios de un confidente y es que se habíanllevado a Generoso al cementerio; pero antes lodetuvieron en un rancho abandonado en donde lebañaron, le vistieron con una vieja bata de mujer que nose sabe ni cómo llegó hasta el presidio y luego los cuatrobestias, uno después del otro... ¡Ay!, ¡es que muros adentro el hombre llega aolvidar muy pronto que tiene de herencia un corazónhumano para volverse zopilote o menos que un zopilote! Esos días de calabozo que para nuestro pensamiento
  58. 58. iban a durar años, no pasaron de los quince. Luegosupimos que es una prueba a la que es sometido elnovato para que se dé cuenta del castigo que le esperabaen caso de cometer alguna falta, y eso cuando ha llegadohasta el penal acusado de un gran crimen. Los castigos, como los vamos a ver, eran varios, peroel más corriente era sentenciar a un hombre para quetuviere que permanecer tres meses, seis, o un añometido en esa inhumanidad que son los calabozos hastael extremo que a veces, cuando salía del castigo, la luzdel día hería los ojos dejándole cegado para siempre. En alguna otra oportunidad en que el ideal eramatar a un reo en una forma diplomática, se lecondenaba al castigo a base de pan y agua una vez al díasolamente, hasta que... Hoy, en lo lejano del tiempo que ha pasado, se mehace el recuerdo que fueron muchas las ocasiones enque pasé a base de pan y agua como castigo y en igualessituaciones a las que he dejado narradas, pero portiempo muy poco ya que entonces no se quería atentarcontra mi vida. Es la verdad para decirla y hay que citar que en elambiente extraño en que se desarrollaba el presidio, loposible no era llevar una falta que mereciera castigo,sino dejar de cometerla. Yo vi alguna vez un reo al que se le dio una ración depalos, más un mes de calabozo, por mirar de hurtadillasa las piernas de la esposa del señor comandante cuandoella pasaba a su lado.
  59. 59. Especialmente me impresionó un detalle de losprimeros días dentro del calabozo, en ese tiempo en queme estaba «estrenando» como presidiario: en elinstante en que el centinela daba tres toques sobre elriel anunciando las tres de la mañana, se iniciaba en laisla un ruido que iba creciendo poco a poco como lohace el río en las llenas hasta convertirse en unescándalo al por mayor. Era en el principio como unacampana que sonaba, luego otra y al final todas juntassonaran formando el carillón de la miseria. Y así de momento como se inició, poco a poco, la vozde silencio impuesta por los cabos de vara ibamermando las conversaciones hasta que la madrugadaquedaba como despojada de cadenas. Eran los reos que después de formar filas de acincuenta empezaban a mover los pies y sus cadenaspegaban sobre las piedras. Casi por el sonido delarrastrar de la cadena por sobre las piedras, se puedeadivinar qué clase de reo es su portador: si ducho, viejoo joven, enfermo o rebelde. Cada uno de ellos teníaforma de tratar a su compañera cuando la ibaarrastrando por los caminos. Eran cadenas de quinientos reos que marchaban alos Destinos de Tumba Bote; Destino Caleta; DestinoInfiernillo; Destino Pedregal, La Cuesta, Cirial, etcétera.Así eran los nombres de las salinas, canteras de piedra,caminos carreteros, y demás. Ese mismo ruido ensordecedor no se volvía aescuchar sino a las cuatro o cinco de la tarde, en que las
  60. 60. filas de los reos bajando de los cerros por los caminospedregosos o los fangos del invierno, se acercabanlentamente, tomados de la mano cuando estabanenfermos, con la misma tristeza de su partida, comoúnicamente sabe caminar el reo que lleva la amarga cruzde una cadena y le baja desde el hombro cuando eslarga, o que se le enreda entre las piedras y los palos delsendero, cuando es corta. Para las personas que todavía no conocíamos elsonido aterrador de los hierros en tan gran cantidad,cuando se mueven como uno solo en fila, era algo queno llegábamos a comprender muy bien. Ninguna fila deganado, de cerdos, de cabras, es igual a una fila de reos. Sus cadenas gritan piedad, llaman a la oración comocampanarios de iglesia, como si sobre yunquessiniestros estuvieran a una sola vez martillando todaslas campanas del mundo hasta convertirlas en pedazos. Y puede que no esté muy errada la comparación:dentro del yunque de la indiferencia del hombre paracon el hombre que ha perdido la libertad, aquellas filasguiadas por el punto suspensivo de un látigo rientecuando la sangre brinca, va marcando también la pausa,pasito a pie, en que se nos va desmoralizando a fuerzade mazo hasta quedar convertido en una pieza más delpresidio: al igual que una verga de toro..., la punta deuna bayoneta, el anillo de la cadena, una bola redondade hierro; como no sé qué de todo lo siniestro que elpresidio es y que la palabra no da para definir, ni paracontar; como no se puede hablar y escribir, decir y
  61. 61. recordar de todo lo que el hombre sufre cuando sucondición está más baja que la de una bestia: un reo. Empezaron a quedar lejos los recuerdos quepoblaron mis días de libertad. El presidio es una montaña donde hay que luchar ysi bien se vive la mitad de todas las cosas, se debe servaliente para conservar la vida entera. Me fue necesarioun aprendizaje nuevo. ¡Todo nuevo! Lejos ya el rostro de mis cosas lindas. Lejanos recuerdos de mi bote, de mi rancho y de mirío. Ahora serían los tiempos de las crecidas del mar consu ir y venir hasta la playa para sacar piedras de la costa. Antes eran los meses de esperar para sembrar elmaíz, criar cerdos, cosechar el arroz, ser feliz y creer enla alegría de María Reina. Ahora todo se me había quedado atrás y parasiempre: la única compañera fiel que me quedaba era lacadena para llevarla por todas partes y en muchos añoscomo si ella fuera parte de mi carne, de mis manos, demis pies; dejándome en pocos meses la huella de subesar sobre mi piel y una llaga naciente y repetida quese hacía cruz sobre la carne. Aprendía todo lo nuevo enun mundo en el que no se me tomaba como un hombre,sino como un número; en que la comida tendría querecibirla en papeles y hojas de plátano o en la cuenca demis manos hasta lograr un tarro y saber, día con día,que el hambre es la más cruel de todas las torturas que
  62. 62. el hombre aplica a sus semejantes cuando es director deun penal. Conocí las horas, los días, los meses de horno queimperan en los calabozos y las noches de frío. Si la gente anda desnuda, sin más que un trapo en lacintura y su inseparable cadena, es porque no tienenada para ponerse. Cada seis años nos daban ununiforme a rayas que usábamos hasta caerse a pedazosporque en todos esos años era imposible lograr unpedazo de jabón para lavarlo. ¿Jabón he dicho? Allá donde el baño de agua sin sal es un lujo y elbaño de agua de mar un sueño porque nadando sepuede llegar a ser libre, el jabón es algo imposible deconocer y casi se olvida hasta el olor que tiene. Los días de prueba pasaron y fuimos llevados alpabellón de los reos de más alta pena. En el lugar donde duermen hay una serie de salonesanchos colocados en semicírculo y alrededor de unhueco que alguna vez fue pozo para recoger las aguasdel invierno, y que era largo para abajo como un bejucode tarzana, grueso como el árbol de tamarindo y hondo.. más hondo de lo que es posible que sea la boca delos infiernos. En ese pozo había una tapa de madera y sobre ellapasaban los reos arrastrando las cadenas. En las noches,de ese pozo (ahora usado como supercalabozo paracasos de extrema peligrosidad o maldad), brotabanquejidos temerosos y lamentos de angustia que parecían
  63. 63. hijos de la noche misma y que llevados por los vientossemejaban el último gritar de los coyotes con hambreque en las noches se escuchaban horadando en paznocturna, de colina en colina, hasta más allá de laúltima curva del camino. Dentro de ese hueco tapado con una gruesa rueda decedro y atada con cadenas, estaban los hombres pormuy poco tiempo ya que por más de un mes conseguridad encontraban la muerte. Estaban ahí entreotros los que mataron a un compañero, a un guardia, ysobrevivieron al flagelo. Pero ya lo he dicho, siempre terminaba el reo encadáver. Los salones eran pequeños y dormíamos tiradossobre ladrillos. En el centro estaba un medio estañónque servía de sanitario y que cada día era sacado por losreos más viejos. Cuando alguno hacía algo que el cabo de varaspensaba que era mal hecho, se le obligaba a sacar losexcrementos y orines del estañón con sus propiasmanos. El Director se había negado una y otra vez a permitircamones en cada salón, con el dicho de que ello iría aestorbar las cadenas, ya que era duro molestar a los quedormían, con el movimiento de subir y bajar cadacadena desde la tarima. La autoridad dentro de cada salón o por los trabajos,era un mismo recluso. El famoso cabo de vara la mayorde las veces era un archicriminal con una pena perpetua
  64. 64. y que gozaba, eso sí, de máxima garantía. Ni siquiera eraobligado a llevar la cadena que mandaba la ley. Ennuestro pabellón, donde en un campo de diez metros defondo por cinco de ancho y tres de alto se hacinabancien hombres, únicamente el cabo de vara tenía camón. Uno a la par de otro hasta llegar a cien, era comodormíamos. Dos o tres tenían una estera debajo, tirada sobre elsuelo, toda llena de piojos, de alepates, que erancompañeros de nuestra desgracia por una cantidad demil y de miles. Por eso todos teníamos sarna, tratada por elencargado del botiquín con frotaciones de carbolina alláde tanto en tanto, cuando solía llegar un poco de eselíquido. Pronto me enteré que a los cabos de vara se lestoleraba algo que fue terriblemente extraño para mí, yaque entre todas las cosas malas que existen en el mundojamás llegué a saber de eso que llaman vicio y es cuandolos hombres se convierten en mujeres. Todas las noches un muchacho joven se acercabahasta donde estaba el cabo de vara y dormía junto a él.El amor entre los hombres por demás, en aquelambiente, no tenía en la mirada de nadie nada derepugnante: ni siquiera para el comandante. Al noexistir mujeres, sencillamente se toleraba con laexcepción de casos extremos que fueran llevados a caboante la mirada de los soldados. Pero, aunque alprincipio me pareció repugnante, luego esas miradas de
  65. 65. amor, los papeles encendidos de ternura cuando habíapleitos, los pasos afeminados y provocativos y el cortejofervoroso de algún hombre para con otro al que deseabaconquistar, y hasta besarse dulce y tiernamente ante lamirada de todos los demás compañeros, era cosacorriente. En nuestro salón se daban besos al regresar deltrabajo, se trataban con cariño las parejas establecidas,había momentos de celos y «la mujer» guardabacelosamente las cartitas de amor, los regalos delamante, y cuando el afeminado miraba a su «hombre»lo hacía con la misma forma de mirar firme yacariciante con que María Reina solía mirarme. Alguna entre las noches, como ratones quemordisquean algo se escuchaba un lento y acompasadoondular de las cadenas chocando en la obscuridad y quedecía muy bien lo que estaba pasando. Durante la noche, como en nuestro salón eran variaslas parejas, a cualquiera hora uno escuchaba el ruido dela cadena. Es más: había una «señora» que antes de que pasarael soldado apagando la luz de aquella lámpara delcentro, sacaba un espejito redondo quebrado por unlado y de un cajón un poco de polvos que «ella mismahabía hecho» con sólo moler arroz entre dos piedras yretocándose aquí y retocándose allá, se ponía uncamisón blanco (o que alguna vez fue blanco) y hacíaademanes de «estar lista» en tanto que varios ojosávidos «la miraban».
  66. 66. Era como la mujer pública de nuestro salón y vestíaregularmente bien ya que cada noche recibía un clientecuando menos. Cuando la luz del candil se apagaba (alas siete de la noche) un ir del sexo se desplazaba hastadonde esa mujer pública. Aunque no se podía mirar, seadivinaban marchar hasta su esquina. El precio, eso sí,era algo prohibitivo como «ella solía decir». —La mujer que no se estime, no vale nada —decíapasando su mano endurecida por el machete, sobre sucabeza pelada de rape—; por eso el que quiera estarconmigo tiene que darme diez panes o media libra detabaco. Y hacía el negocio. Temblando entre mis manos alguna noche sentía eleco ondulado y cálido de las formas de María Reina, mimujercita de quince años. Su cabello era un ovillito deamor que se prendía entre los pliegues de mi hombro.Un perfume barato inundaba nuestro rancho y susbesos de aquella boca dulce y abierta me recorrían elalma. Y ahora yo pensaba, cómo era posible, Dios mío,cómo era posible. Un tiempo de días, de años, de meses, de angustiassin fin llegó a contarme que en San Lucas, isla de loshombres solos, todo era posible. Los hombres que ejercían negocio de ramera eranmuchachos de 14, 15 o 18 años. Cuando éstos ingresaban al presidio eran seducidospor los cabos de vara, una vez, dos veces, y luego laefervescencia del sexo hacía todo lo demás. Bien por la
  67. 67. simple amenaza, por temor a informes contrarios queiban a acarrear graves castigos o sencillamente por elhambre y la necesidad, los muchachos caían en el vicio.Primero oponían algún reparo. Luego una noche lesdespierta un ruido de cadenas y sienten junto a lagarganta el filo de un puñal y luego un par de manosgolosas que le corren apretándole las piernas, elfondillo, y después... ¡Ah, en el presidio todo termina en vicio! Alguna vez nos tocó un cabo de vara que solía jugaren los dos casos: el femenino y el masculino. En los destinos, durante el trabajo, cuando unomiraba a ese hombre montado en cólera por cualquiercosa; dando duro con la verga sobre la espalda decualquiera de nosotros, sin importarle que tuviéramoso no un machete entre las manos; me extrañaba quefuera el mismo que en las noches, una vez pasado elcontar de los reos y cerrada la bartolina, se empolvaralas piernas e hiciera ademanes sugestivos con los ojos,las manos, la boca abierta que no tenía dientes... y queante cualquier hombre, de responderle a una mirada deansia, ya se desmayaba de amor. Estos cabos de vara eran los niños mimados de lacomandancia. Poseedores de un terrible mando queellos usaban a su saber y placer. Caminaban con unaverga de toro en la cintura y cuando se trataba de unpleito o un amago de motín, sin contemplacionesentraban dando vergazos a diestra y siniestra. También era tal el proceder en los trabajos, que
  68. 68. cuando un hombre no caminaba rápido por el dolor delas cadenas o el cansancio en ese sol del Pacífico —quees único— nos dejaba con la lengua por fuera sin darnosaliento para continuar el trabajo, el cabo de vara con sulátigo caía sobre nuestros cuerpos hasta que su fuerzano diera más. Cuando eso sucedía, el soldado máspróximo dirigía la boca de su rifle ante la víctima por sisacaba un puñal o algo parecido, para dejarle muerto alinstante. Raro el día en que un hombre no fuera tratado de talforma y por culpa de tales flagelos cada semana unpreso era entregado a la cuadrilla de enterradores. Nuestra ropa era mala, sucia, hedionda y llena depiojos. Por supuesto que algunos andaban totalmentedesnudos ya fuera por haber gastado el uniforme, oporque sencillamente lo jugaron a los dados y no hanvuelto a tener suerte para rescatarlo. El uniforme era un vestido que no tenía bolsa, nicuello, ni pasaderas para la faja o mecate que a nosotrosnos servía como tal. El pantalón y la camisa, de estilopijama. Estaba la tela cruzada de franjas al través comouno de esos peces o «mojarras» que tanto ronronean enlos tajamares. Cuando uno ingresa, el cabo de vara le decomisa laropa «para guardarla», y si por casualidad usted la miradespués en el cuerpo de algún soldado, no hay queimaginar que el cabo de vara la ha vendido. ¡SálveleDios de semejante pensamiento! Sencillamente sigueguardada... La ropa mía pude mirarla tres días después

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