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A Pilar Marlin,  Conchi VIÍZQWÉ
y Manoli Pena. 

I.  IDIBUS IIMRHIS
(En las idas de auna)
([5 de marzo)

EN aquel acingo d...
—Me envia vuestro tio Mario. 

—-Y bien. ..

»Vuestro tío dice que ní tú ni tu hermana salgáis de casa, 
joven Druso. 

—¿...
—Aqui no hay nadie ——respondió otra vo7.—.  Habrán aban-
donado la casa. 

—Una cosa es segura:  Mario Dimitio no eseapará...
ambiente cantado de tension. .. Seria la hora tercia.  Cuando los
senadores se han levantado para honrarlo.  los conjurado...
-—Tú mismo tendrás que decidir en su momento. 

—¿Cómo sabré que’ decidir y mando? 

—Cuando llegue el momento lo sabrás. ...
Tnigué saliva varias veces,  pero no me salia la voz.  Al lin, 
sorprendido,  me oi decir a mi mismo esta frase,  que me b...
Recité mecánicamente la oracion ante el altar de los manes. 
Todos se posuaron y oraron por el muerto.  Los lamentos se
co...
Nos cnvolrimos cn las capas de lana,  nos cubrimos la cabeza
con las Capuchas y salimos a la calle.  Oimos cómo corrían lo...
mo.  Además -—dijo Membo señalzindome—.  te regalo esta es-
pecie de mastuerzo que mi ama me ha colocado. 

El gordo me mi...
a uno de sus discursos y habia quedado deslumbrado por el in-
genio de sus palabras‘;  el lïlu de su lengua era reputadisi...
[21 casa del senador Flavio Valerio cm una villa lujosa y con»
[onablc que sc alïaba en la falda del Ouirinal y a la que s...
lu tío «staba demasiado implicado en la conjuracion.  Es mejor
que te vayas a Hispania n vivir con tu madre. 

—¡ Pero si ...
«No.  Iré a Hispania con vosotros:  siempre me ha gustado
la aventura, 

Decididainente,  eran tiempos somrcsivos. 

Nos m...
—Tictics que aceptarlo. 

.  “Alit-‘Plal’,  ¿qué?  ¿Que mi hennana dc trece años anda per-
dida cn la noche?  ¿Ouc mi únic...
36

He interrogado a Eunice.  Sin resultado. 

Se lo he preguntado a Epiduro.  No ha soltado prenda. 

He abordada a la do...
—No quiera. 

— Pardo mi madre me ha dada media vueha para que
esluviéramos Irenrt a ÍRHI&—,  tendrás que aceptarlo.  Asi
...
Yo también recordaba los dias del divorcio de mis padres. 
Fueron dim muy tristes para todos.  Recuerdo que,  al principio...
Aqui acababa el último rollo. 
¡Quizá Porcia nunca podria retomar aquel diario!  ¡Quizá lo
único que ahora quedaba de ella...
astillas,  zscandalizando la noche,  y mios ojos brillantes perio-
rarort las sombras.  Retrocedi instintivamente. 

«Quie...
¿[memos que marchamos ya,  joven arno.  Debo colgar la
nave en ¿a ¡“gar que mi:  indicó Sextina,  antes de que se levanten...
—¡Qué tonteria,  Sextina! 

—Tonteria. .. Si.  si,  tontería. .. Ya he vivido estas cosas otras
veces" Si,  si,  tonteria....
El senador paseó por la estancia. 

‘¿mi “¡N0 que quiso ¿lejana fixem de esto. 

me. 

Su mirada destiló ternura. 

Ïfláflím ...
6. VALERIA

VALERIA contempló la campiña que se extendía bajo el in-
tenso azul y se cubrió con el chal nafranado que la v...
la matrona Servilia,  hermana del senador Flavio Valerio. 
trabajaba cn la meca cuando su sobrina entró en el telar. 

—Bu...
7. ANTE DIEM XIV KAIENDAS APRILIS
(l!  de nnrzn)

1408 invitados empezaron a llegar hacia las cuatro.  los
criados les cog...
pañía de los tíltimos invitados,  y uno de ellos era cl asesino.  Re
lrocedí.  pero el senador me habia visto ya. 

—No te...
—Pero ¿por qué.  por qué?  —se lamentó Apio. 

—Por c!  documento —dijo Cinna. 

Ahora si que me sobresallé. 

—Metelo no ...
8. ANTE Dfll XIII KALENDAS APRILIS
(Otura Vigilia.  Madmguln del l!  c120 de marzo)

VINIERON a medianoche,  como las alima...
Ma“,  trajo nuestras capas de (sitúa y me metió la capucha
baila los 0505-

D,  nuevo nos adentramos cnlamche,  pero ¿sia ...
y que lo encontraría cn ima tumba. 
nodrizzi la miró sobrecogida. 
> —Eunice. ..,  ahora estamos en la llflflba. .. Tengo qu...
Por el agita c-azninard mire las sombras
‘ "¿mara a la lic-rra que genuina
v a ella servirá. 

1;:  nodnïgx,  pcnclrada po...
—Ata bien el cabo,  Eunice,  y ve desem-ollando el ovíllo con
cuidado. 

¿Qué pretendes hacer con el? 
—Si tenemos que vol...
—Dormircmos y recuperanemos fuerzas ——diio Porcia. 
—Nunca saldremos de aqui. 
—Si que saldremos.  Recuerda la profecía: 
...
Guardate de los idus
Guardate de los idus
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  1. 1. GUÁRDATE 203:: . . GUÁRDATE ÉÉÏ ( DE LOS IDUS am r DE LOS IDUS am >| .1í"1 : Lola ()'Z1¡1(l; u‘a Lola (hïtulurn
  2. 2. GUÁRDATE ne LOS IDUS LOLA GÁNDARA
  3. 3. Pmumu ¡Jun-n mn Nin/ ur ¿(x13 ‘Iiwunm n/ u nm Ju ¡cm/ rw mi I Ifirrunu: cdinnml: I lu águuv lung‘ n (lc (Ilhlrrïu Su Lmsrcurc Ahn. » TJJcuu C) Lulu Cantina, ¡WS v’) lzduuuurx SM. ¡‘FH lmprrsun s, l LHlxunnu ¡un ¡'. ... I.. .1.-| n-spm. 12mm) lhudalh dr] Manu Ikhdnd: wwwgrupnn NI" llllll All Nh ¡vw ‘l IIJINTI TCL ‘¡U1 Ill LH luv ‘Ml 2.4112.‘ L1HL| Il1kl¡(‘I| Íl'I¡J'gÍlÍ]7U'5lILlllll ISHN. ‘l 73.54»- ¡43-45! 3 ‘Ï Ücpmuo lrgal- M i‘ I lÏllHll Imprrsn un LA UI: I‘ Pura/ wlan LI’ u. ..¡. ,.. ..-. mu“. .1.‘ . .¡. .«. ¡.. ..¡. ... ‘.¡. u.. o-. u-. ... .. . ... ... ... ... .. Iflll ¡vúMu¡ . . xum¡. ,.x. ... ... ... .1, m «t. .. wn, mu. a r nflïhlldJnlixl1.l| |l4|rl‘l. ll’lfilldl' m. Inulurcx. qnmuu, “ . ... . ¡"nm ¡un 1.1., lïmuu . , cuuu» u . -.u¡. .x: .p. ..‘. l . u- Urnnlm» nq». .., ¿¡. .s. ..¡«. www Lnhnul}; . .¡. . . ... ... .¡. ... . . . . .-. .-. . . .I‘, -.. .. ¡. ,.. ,¡. ..n. .., .¡. .. ... . . .¡. ... > ¡um lo C Ma- __ L ‘ dv a 1 ‘ _ , ¡‘fifa (ie/ Ca ‘ mí“ , J 7' Lonmrdxa Templo de SaLurnu fimíóflljé“‘‘ 1 7 4 _lpsgofiïóï-___ f’ i’ aguas ïoïcfi’ ’ ¡ f Beam-cn Ermi. Fuente de f Yu turna Tcmpla de L Castor y Pólux ï , , i l
  4. 4. MONTE PINCIO fl. ..- ‘ ‘ y Í COLINA DÚ- , ' y ‘y ‘ y 3 QUIRINAL - y ‘ y _ - - y ¿my CAMPO VA11CANO y y¿counivbit‘ VIMINAL K0" ¿ y‘ y ol) lx m n. yy CAMPO DE MARTE . . . MONÍE . ' Mmm ‘ y csauyuno . - (ISHO y ‘ y _ y y y ‘y Í ymvtyyy Pmy-yuwuuly "yyMyLL-yp r y lv‘ll‘rvr}ll‘l v , _ y y y y y uy. " I‘! “: ¡’r-yycrylrflry ¿”At u- yy rr: .; y-y. yy du yy; fly. yy yyv _ _ ".7 ’_ ¡yzrwyh . -: _«. _ munymyx cr, «o yyu u, y‘) In. Uvum‘ ' Mon-u . , y y y‘ ‘ lux-mm °"° '_ » ‘ ysy-y vom ‘N ‘j y M: ' CAMPO L‘: ww MONTE ‘ ‘y Wi" . ' Muuütyyyr Mmmm y . ' g PALANNQ y yyy . _- Suvyyyyvfiuy . _y. v v‘_. E Luny-y. ‘ ¡Armuiyy-m y y y_. '. mom: ‘hi AVENÏINO Nnuw. .'- y M” y" dem. " y ‘ya’, y y” ¡ws-yo m 2mm y ‘y; Myyr-yvy n y ‘y ‘y y y ‘ Anuyrne-a ríy ‘I : -y fa yy y MONYEDE '-, ¿Í. ."yyÏyi'. y.'. y y y y tosnisïos a. u‘ ‘ Nuyydrynyanl Pu- v| .y dr mmm
  5. 5. A Pilar Marlin, Conchi VIÍZQWÉ y Manoli Pena. I. IDIBUS IIMRHIS (En las idas de auna) ([5 de marzo) EN aquel acingo día dc nyano, el so! llegó al ocaso a la hom acostumbrada. Sentado en la vieja silla dc cuero, yo trataba de asimilar lo que estaba sucediendo, sin comprender lcxlavia que la sangre vertida aquella mañana en el Senado nos iba a salpicar a todos nosotros. —Han asesinado a César. Julio César ha muerto ——habia y_. rri« lado el joven Mambo, irrumpicndo en la estancia como un ca- ballo desbocado. Scrían las once de la mañana. Porcia y yo leiamcrs a Hesíotío. Miramos a Membo creyendo que había perdido el juicio. —Vcintilrés. Vcinlilrús son las heyidas «gritó el líbcrto. —Sc ha vuelto loco —dijo Porcía. Pero (ras él cntramn algunos esclavos y también Epiduro, nuestro pcdagogo griego. —Han dado mucne a César. —¡ No es posible! —Es(a mañana, a la hom tcrcin. .. En cl Senado. Porcia palídcció y me miró como un pájaro asustado. Algo me dijo que las Fuñas sc habían dcszylado sobre Roma cn aquel día IS del (ercer mes del inviemo, los idus dc mar/ n. Una media hora más tarde, y ames de que ninguno de nosotros hubicsu reaccionado, un nwnsajcro cmró prccipitadamcnlc.
  6. 6. —Me envia vuestro tio Mario. —-Y bien. .. »Vuestro tío dice que ní tú ni tu hermana salgáis de casa, joven Druso. —¿Por que? —-Roma está dcsquiciatla. la revuelta estalla por todas par- tes. Los veteranos de las legiones de Cesar clamnn venganza, y algunos ciudadanos ya persiguen a los astrsinos. .. Com-rá la san- gre, joven Druso. —Eso lo entiendo. Lo que no comprendo es la inquietud de mi tio: no voy a nteteritie debajo de ninguna laura ni a ¡nez- clannc en ningún motin callejero. lil mensajero vaciló un instante, y enseguida ÑVuest ro tio cslá preocupado por vuestra seguridad. Quiere que los criados atmnquen las puertas. que no abrais a nadie y que os alcjéis del atrio y de los patios. El vendrá despues y se ocupará de todo. Porcia, que seguia atentamente la conversación, se adelantó y, tintes de que yo pudiese decir nada, respondió: —Decid a nuestro tio que seguiremos sus instmcciones. Yu iba u protestar cuando senti la presion de la mano de Porcia. El mensajero nos saludó con una breve inclinación de caben. —¿Cuándo vendrá nuestro tio? —prcgunté. «A la tarde. .. Hacia la hora nona. El mensajero abandono la estancia. Durante unos minutos pennanccimtis en silencio escuchan- do el mido de la calle, que crecía por momentos. Luego, Forcia llamó a Eunice. su antigua nodriïa. «Di a los esclavos que ciem-n las puertas. —¡0h, por Isis! —sollozó Eunice—. la venganza de este dia maldito caerá sobre nuestras Cabezas. "No digas tonterias - impacientó mi hcrmanam, y vete a disponer lam cosas. IO —Druso —-mi hennana habló de forma Pclïuawm‘ aunq‘? yo percibi en su tono un cierto nmtiz de alanna-q haremos 0 que dice tio Mario. —No lo entiendo —protcsté- A tengo edad para cuidar de mi mismo. está en las calles. Escucha, Porcia. .., escucha Ürl albÉmlf" ' El ruido se habia convenido en tstrúPlw- _l‘ “É” rreras. galopar de caballos . En la calle hablo mas ¡lllllïidtlotl que un dia de circo. y yo. ¡maldita Seal. lema que lll-It 47"“ en —V0y a salir. —No harás tal. ¡Si lo Han matado a Julio César. —-Por eso mismo. «Es un día aciago, Druao. . v. —F. s un dia historico: en Roma no habia sucedido nada ¡Ls! desde los tiempos de Sila. y yo quiero verlo- _ _l Me ceñí el cíngulo sobre la toga Y Pfll‘ u" manlÏ" Pcmlmf‘ preciso momento en que cruzaba el comedor camino de‘ a s8- lida, unos luertos golpes sacudierun la Well“ de] VeÏlÏ-hulï" ¡ ¡Abñd! — gritaban desaforadamcillcm ¡Abml a “S "' gioms! _ Mc detuvc en el acto. Porcia 311080 “fl plomo en el banco de piedra que había Junio clavos me miraron. _ _ H y ¡Soldados! ¿Que diablos buscaban en mi casa los veteranos del ejercito? _ Poreia, palidisima, nos pidió silencio P07 y‘ mui vidos por un resorte, retruccdimos todos hacia las habltdtlonch interiores con el sigilo propio de los “Wall” Los soldados continuaron golpcflfld‘! la P“°"“' —ld por detrás —griló alguien. _y ¿Por que no puedo salir? Ya ¿amy media Roma grito, Eunice se des- a] portal, los es-
  7. 7. —Aqui no hay nadie ——respondió otra vo7.—. Habrán aban- donado la casa. —Una cosa es segura: Mario Dimitio no eseapará. Durante un tiempo los scntínros alrededor de la casa. Des- pues se marchamn. Oimos cómo sus botas pisaban los adoqui- nesy los cascos de los caballos retumhaban sobre las losas del pavimento. El resto del dia transcurrió sin incidentes, pero todos sentia- mos que la cara trscura del peligro nos accchaba y el miedo cre- cía por momentos. Tio Mario no vino a la hora nona, y Poesia, como obedeciendo a un extraño presagio, ordenó a las mlavas que preparasen dos baúles de iviaje. —¿Para qué? —pmgunte. —No lo se. pero tengo un presentimiento. «¿Crees que tendremos que salir de Roma? —0_ial: i no más que eso. Me enceiré en el despacho de mi padre, que ahora utilizaba tio Mario, y me senté en la vieja silla de patas curvadas en lonna de S que mi padre había traido de una de sus campañas en las fronteras del este. Ahora mi padre estaba muerto, en la silla se sentaba tio Mario y yo era un adolescente orgulloso que soñaba con un alto puesto en el Senado. La voz de Poncia me devolvió a la realidad: —Druso. .. Druwoo. —¿0ué? ÁVen. ha llegado lio Mario. Toda mi vida recordaré aquella noche. Pasanin los años y seguire nrcordando aquella noche. Seré un hombre y continuará escuchando la voz de tio Mario, aquella voz desgarrada. .. Seré un anciano y seguiré viendo la cam de Porcia. la angustia de la cam de Pontia, la lividez de la cara de Porcia. .. Estaré muerto y oire una y otra ver. a tio Mario, y una y otra vez percibirá la crispación de su rostro y escuchará el solemne tono de su voz al relatarnus aquella increible historia. 12 —Escuehad ——empezó tio Mario-z al principio Julio César era un hombre justo. .. Un hombre que gobemaba con equidad. Pero a medida que crecieron sus victorias, su ambición se hizo desmedida. .. Aquel año, en su quinto consulado, habia conseguido el nombramiento de cónsul a perpetuidad, concentrando todos los poderes en sus manos. —Entonoes —intervine debilmente—, el Senado. los Comidas. .. ¿El Senado, Druso. .., un títere en sus manos. En cuanto a las otras instituciones. .. A Julio —siguió— solo le faltaba el titulo de rey. —l’ero, lio ——internrmpi—, hace unos días, en las LupercaA les, Marco Antonio le ofrecio una corona durante el desfile triunfal, y él la rechazó enérgicamente. Yu lo vi. —No se atrevió a tontarla: lo observaba todo cl pueblo. —Se la ofreció tres veces —insistí—, y el la rechazó otras tantas. —¿Y que ¡ha a Iiacer, coronarse delante de la multitud? Crea-me, Drusu: Julio Cesar queria restaurar la monarquía, una monarquía absoluta y hereditaria. —l’ero Roma es republicana. —l'recisamente. Y para salvar la República se habia hecho indispensable eliminar a César. -—¿Por eso le han matado? —Si, Druso, por eso. —¿Ouién lo ha matarlo? —Ha sido una conjuración. Todo se ha llevado a cabo según un plan cuidadosamente elaborado. Muchos trabajaron durante meses ardiendo la conjura, se entretejio la trama sutilmente. .. El otro dia, cuando Marco Antonio le olireio la corona, todo fue tan evidente. .. 0 se hacia ahora o la República estaria perdida. —¿Cómo lo han hecho? —mi vor. temblabsi. —Esta mañana, César ha llegado al Senado en medio de un l3
  8. 8. ambiente cantado de tension. .. Seria la hora tercia. Cuando los senadores se han levantado para honrarlo. los conjurados han rodeado su sitial. Metelo Clmber se ha adelantado, al frente de un grupo, para presentar una pClÍCÍÚnZ el perdón de su henna- no, que como sabes ha sido desterrado. .. se ha mostrado inflexible, y ellos han redoblado sus instancias. Cesar se ha sen- tado, contrariado. y ha manifestado a cada uno su panicular descontento. Entonces, Metelo lc ha cogido la toga con las dos manos y le ha descubierto lo alto de la espalda. Esa era la señal. Casca ha sido el primero en agredido. —¡l’or Castor! wxclamo Porcia. tuibada. —los pañales lo han herido en los QÍUS y en el rostro, y el se ha revuelto como un animal acumulado, pero por todas par- tes estaban los cuchillos. —¡Veinlitrés son las heridas! (rc-cite, recordando el grito del liberto. -—¿Cóm0? - Veintitns puñaladas, le han dado veintitrés puñaladas. «Bueno. no Puede. —¿Se ha delendido? —Al principio. .. Pero eran muchas las hojas que rasgabtm su cuerpo, y cuando Bnito le ha clavado el puñal en la ingle y el lo ha visto. .. «¡ Bruto, Bruto Deeio! «me sobresaltea ¡Su hijo adoptivo! (‘Sus OJOS se han entristcwídti tanto. .. Ya no ha intentado luchar. se ha echado la toga por la cabeza y se ha euhieno la cara. .. Asi es como se ha abandonado al hieno de los con- jurados. —Pero nadie. .. ¿nadie ha intentado defenderlo? wregiinto’ mi hermana. —Nadie. El Senado ha quedado sobrecogido. (Es curioso —dijo dc pronto mi tio—. ¿Sabeis donde ha caido muerto? Al pie de la mutua de Pompeya, alli yace su ca- dáver. ¿Y sabéis otra cosa? La CSIBÍUHM, la estatua esta loda ensangrentada. Mi lio guardo silencio. Se lc habia quebrado la voz y tenía húmeda la mirada. Entonces. Porcia hizo la pregunta que nos queniaba eri los labios: —Tío Mario, ¿que tienes que ver tu en todo esto? r-Soy uno delos coniurados. Trague saliva. »Tio. ¿has participado tú en ese crimen? «No ha sido un crimen, Druso. lira un deber“, un penoso deber de ciudadano. .. Yo no lie blandido el puñal, pero habia participado activamente en la conjura. Estaba en el grupo de Metelo Címbcr. (¿Por ¡rw han venido los soldados? (Si, por eso. « ¿Y que va a pasar ahora, lio? —Desgraciadamente, se han ton-ido las cosas. Bruto, Casio y los otros no han conseguido controlar la situacion como se esperaba. los veteranos de las legiones de Cesar los persiguen, muchos ciudadanos se toman la justicia por su mano, y ya han empezado los incendios. .. Teneis que salir de Roma. Tío Mario se levantó despacio y dirigió al despacho o tablinio. «Ven conmigo, Druso. lo segui. Cogio una llave diminuta y abrio un cajon del escritorio. Saco un pergamino enrollado y lacnido, lo att’) con una cinta verde y nie lo tendió. —Guárdalo. “¿Qué es? —L'n documento sc-ereto. Un escrito de valor incalculable. No lo entrcgues a nadie y no reveles nunca que lo tienes. .. Y ten cuidado: muchos lo codícian. «¿One debo hacer con el? r H 15 l
  9. 9. -—Tú mismo tendrás que decidir en su momento. —¿Cómo sabré que’ decidir y mando? —Cuando llegue el momento lo sabrás. —¿Y si me equivoco? _ —Enlonccs. Dnm, ¡que los dioses te ayuden“! Porque na- die más podrá ayudarte. Porcin entró con paso npresurado, —He preparado dos baúlcs de viaje. Podemos partir ahora mismo. —Partiréis al alba: es más segtuo. _ j-¿POT qui‘ dices paninéis. tio Mario? —mi hermana estaba inquiela—. ¿Es que no vas a venir con nosotros? Tio Manonos miró y sonrió con pesadumble. Comprendi- mas. ‘ Nos abno sus brazos y nos precipitamos en ellos. Los tres. lundidos cn un abralo desmedido, lloramos amargamente nues- tm desventurai —-Sc' que es muy duro. pero tiene que ser mi. No hay otra salida. —¿É. .slás segun). tio? ——gritó Porcia en medio de un llanto €°mflllS| V0-. Quim lo logremos. .. Quizá puedas escondertc cn alguna parte. Tio Mario negó con la cabeza. Yo apreté los puños y me mordi los labios hasta hacenne sangre. ——Alli donde vaya. ellos me perscguinïn. Alli dondc me es, cunda. ellos me buscarán. —l’em tus Habrá gente dispuesta a echarte una mano. —l: lo puedo buscar la ruina de nadie. _x' mucho menos poner en ¡religm vuestras vidas. Escuchadmc: siempre he vivido con dignidad, y ahora me ha llegado el momento de morir con ho- nor. ’ pespues tu. Dmso. cscribirás esto en el libro de las gustas Íannltans, para que qucdu constancia de ello. ¿lo comprendes. Druso? ló Si, lo compnendia. Habia sido educado para cumprendcrlo, Pero ¡su no impidió que se aducñase de mi un sentimiento de rabia e impotencia. Luego me miró, y yo supe lo que quería. Porcia se tapó la cara con las manos y yo senti que la náusea me subía desde la boca del estómago. —Druso. eres un patricio y ya tienes diecisiete años. Actúa, pues, como un romano. Su voz se dulcilicti. —Ahora gustaremos del vino y brindaremos por la vida. Des- pués reunirás a los servidores de esta casa, porque habrá llegado mi hora. la náusca se me hizo bilis en la boca. corri alas lavatrínas y vomitú. Me lave la cara varias voces, fui a mi habitación y prepare mi toga. Rcconlé con cuánto orgullo la había llevado el dia de mi investidura, cuando mi padre me condujo al Foro y luego subimos hasta el templo de Júpiter. en el Capitolio, donde mi padre ofreció un buey en sacrificio y cl augur le_x'ó en las vísceras mi [ormidable Íuturo. Y ahora. .. ahora me la iba a poner para aquella terrible ce- rcmonia. Cuando llegué al triclinio. mi lío, vestido con una túnica de seda blanca y mangas cortas. de esas que sólo se usan para las ficstas y los banquetes, se hallaba rcïlinado en cl lecho central. Mambo mezclaba el xúno con la miel y sc lo escanciaba en la copa. Yo apenas bcbia todavia, pero él dijo: --Bebe, Druso. Y tú también, Poivia. Membu nos tendió una copa, y mi hennana y yo saboreamtis aquel mulso. que nos supo a hicl y a aeibar. Porcia rompió a llorar. —No lo hagas, tio Mario ——suplicó la chiquilla—. No nos dc- jes, por favor. Tio Mario acaricio los cabellos de mi hermana. —No llons. pequeña Porcia. No llores o flaqucará mi ánimo. l7
  10. 10. Tnigué saliva varias veces, pero no me salia la voz. Al lin, sorprendido, me oi decir a mi mismo esta frase, que me borboto en las labios como algo ajeno: «¿Piensas hacerlo con la espada o comme las venas? —Las venas. Pero tendrás que ayudarme. 4x: haria Era ya bien entrada la noche cuando todo estuvo dispuesto. Mcmbo habia preparado el baño mortuorio, y la ceremonia se celebro con el ritual acostumbrado. Los esclavos cubrieron a tio Mario con una rogar pieta recamzrda en oro. Em una prenda pro- pin de los triunfadores, y la usaban los generales en los desfiles. Aquella había sido de mi padre. que la lució cuando hizo su entrada triunfal al volver de la Galia Cisalpina. Tio Mario salió del triclinio y se dirigió al atrio caminando muy despacio. Nosotros y todos los de la casa le seguimos. Se detuvo en el porche, donde estaban las estatuas, los dioses se conlundían con las czaberas y los bustos de nuestros antepasa- do; y las ninfas se alincaban en medio de nuestros abuelos. En la pared del londo se hallaba el pequeño altar consagrado a los dioses del hogar, los lares y los penales’. y al lado, en una hor- nacina, las máscaras de cera y las cfigics de los iraronvss ilustres de la familia. aquellos que habian conquistado gioria y honor para los Manlio. Allí, el tio Mario se despojo de sus ropas. leyó su testamento y. siguiendo la costumbre de los antiguos patri- eios, concedió la miei-tad a los esclavos. Patria, ayudada por las dos criadas de mayor edad, encendió una lucema y ungiú con mirrn el cuerpo desnudo de mi tio; los esclavos trajeron el gran bai-reno de madera que se usaba como baño, y él metio en el agua, Menrbo acerco a mi y me tendió la daga. Tome" la mu- ñeca ¡le mi tio, pero me faltó valor. —No puedo zsollocik. No puedo hacerlo. Mi tio cogió entonces la daga y hilo un corte superficial. Broto un hilo de sangre. lll Jyúdame. Druso. No dejes que pierda mi valor. Entonces volvió Porcia, que acababa de salir del atrio. Vestia una dzrlmáticu, los cabellos sueltos le caían sobre la espalda y llevaba en la mano uno de los vasos de ónice que sólo se usan en las grandes mansiones. —Bebe. tio. Es tino del Rin. E entendio. Sus ojos se tomaron acuosos. Porcirr le acercó lzr copa a los labios. —Gracias. queridos mios. Ahora tú. Druso. dentro de un instante. cuando el veneno haya surtido efecto. .. eórtame las venas. Apuró la bebida _' cerro los ojos. «Ahora. Druso "apremio mi hennarra. «No puedo. «Vamos, Druso. Es el momento: dentro de un instante. el veneno será luego en sus entrañas. Ahora, Druso. Hundi la daga en su muñeca. y la sangre me empapó las manos. Sumergimos su brazo en el agua caliente. Poco ¡r poco, la tastancia llenó de gente. Todos los esclavos y servidores de la casa de los Manlio contemplaron el cuerpo cxangiie de Mario Dimitio Manlio. quinto hijo de Severo Dimi- tio, que había inmolado a la edad de veintinueve años para no morir con deshonor. Epiduro me toco el brazo. —Tienes que pronunciar la oración. -—¿l. a oración? —Sí. la oración de los muertos. Li dice el paterfamilizur. Ahora el pareriamilias eres tú, y debes oficiar como tal. Era cierto: acababa de eonvertinne en el jefe de aquella casa. Se suponía que ahora yo debia cuidar de (alos ellos y velar por mi hermana Forcitr. En ese momento se me reveló lo terri- ble de mi desamparo, el dia se volvio más aeiagti y la noche se hizo más wsscura. l9
  11. 11. Recité mecánicamente la oracion ante el altar de los manes. Todos se posuaron y oraron por el muerto. Los lamentos se confundienon con el mmor de la noche, Porcia extendió sobre el cadáver ungüento de nardo, y Mario Dimitio penetró en cl reino de las sombras. .. Fuera, el resplandor de los incendios. —Partimmos a] alba ——dijo l’orcía—. saldremos por la puer- ta Capena, nos purificarventos en la fuente Canncncia y toma- remos la via Apia. —No. Nos volvimos. Fpidum habló con la sabiduría que lo carac» terizaba. esa sabiduría que se adquiere con los años y que es fruto del dolor y de la experiencia. —No mtentéis salir de Roma: habrá controles en todas las puertas de la ciudad. Los veteranos. sedicntos dc sangre, buscan a los asesinos directos. .. Vuestro tio estaba demasiado involu- crado. —¿0ué ltaccmos, entonces? ¿Nos quedamos aquí? —No. Ellos volverán. —¡0h, Druso! —gimió Porcia——. Nos malarán a todos, y a mi me violarán primero. Me estremecí. Epiduro habló rápidamente: —Tú. Druso, irás a casa de Marco Tulio Cicerón, que es ami- go de ¡u familia y te protegerá. —¿No está implicado en la conjunción? HNo lo creo. Está cn favor de la República, pero es dama siado pmcavido. Membo ira contigo, él conoce perfectamente el barrio. —¿Y Porcia? —Pon: in no puede atcompañarte: levantanais soswchas. 20 A Porcía la escondercmos en la cueva hasta que se lranquiliccn las cosas. Membo la bajara por el pozo. Porcia se sobresaltó. —No quiero bajar. la cueva cs un lugar terrible. —Pero seguro —dijo Epiduro—. Somos muy pocos los que conocemos su existencia. Allí no te encontrarán. Abracé a mi hennana y la senti temblar entre mis brazos. —Cálmale. Porcia. —El subtenánct) es un lugar siniestro. Druso. No quiero me- terme allí. —E. s necesario. Volveré a buscane enseguida. Te lo prome- to, hermana. —No cnxtarás sola —dijo Eunice—. Yo bajare contigo. —¿Lo harás? —preguntó Porcia, cspcranzada. —Tc vi nacer, niña mía. y no pienso vane morir, te lo aseguro. -Va a amanecer pronto -—dijo Membo—. El joven Druso y yo debemos partir. Abracé a mi hennana por tiltinta vc7. y sentimos que el dolor nos desgarraba las carnes. —Cuídala, nodrlza. No deies que caiga en manos de la sol- dadesea. —Antcs la malaria con mis propias martes; te lo juro. joven Druso. —Date prisa. amo —aprcmió Membo—. Tengo que bajarlas por el pozo. Poco antes de la salida del sol, Mambo llegó con dos ca- pas de lana ntarrún, de esas que usan los esclavos en las faenas agrícolas. —Poncos las capas —dijo Epidum —. Así os tomaran por cs- clavos. 21
  12. 12. Nos cnvolrimos cn las capas de lana, nos cubrimos la cabeza con las Capuchas y salimos a la calle. Oimos cómo corrían los CCYWIÜS y sentimos el corazón destrozado, pero no volvimos la cabeza. Mis pasos y los de Mcmbo rcstrnaron a la par en el em» Pedrado, y el aire nos azotó ln cara. La opaca humareda de los incendios eelipsaba las primeras luces del dia. Una densa niebla subía del Trlicr. ¿ú—. .—. pz—u--. «— 2. POSTRIDIE IDUS MARTMS (16 de marzo) LA luz del alba se extendía por un cielo oscurocido. Se alza- ban por doquier columnas de humo negro, y el aire. a pesar de lo bario dc la temperatura, era denso. —Son los incendios —dijo Membo- . Ha sido una noche te- rrible. Caminamm en linea recta durante largo rato por las calles desiertas y tomamos el camino de la Cuesta Pública. A los pocos ¡rusos vimos el printer control. —¿0ué hacemos? —Nada. Seguir con toda naturalidad. —Y si nos paran. .. —Dcjadme a mi. señor. los soldados nos dieron el alto, y uno de ellos, un tipo grue- so y sudorosu, acerco a nosotros. «¿Adonde vais? —Al Foro Boario. Somos rsclzrvos del senador lirpido Catulo y vamos al mercado. —¿A estas horas? Membo le lanzó una mirada de imitación. —Si yo fuese soldado como tú, no me tendria que levantar al alba. Pero soy esclavo v a la hora lercia he de tener las lo» gumhres en la cocina. —Ah, si —dijo el soldado, olendido—. ¿Y a que hora crees tú que se levanta un soldado? —Tcmpmno, supongo. Pero te cambio el puesto ahora mis- 23
  13. 13. mo. Además -—dijo Membo señalzindome—. te regalo esta es- pecie de mastuerzo que mi ama me ha colocado. El gordo me miró con curiosidad, y a mi me flaquearon las pic-mas: yo no acertaba a comprender que’ se pmponia Membo con aquel juego peligmso. —-¿Lo vas? —Membo alzó un poco mi capucha y aparecie- ron mis ojos astistadtis—. Acaba de llegar a Roma. y a n1i me han colocado de niñera. Tengo que llevarlo conmigo a todas partes. enseñarle las calles, los baños, el mercado. .. Si fuese lis- to. lr: ensenada otras mafias. Pero ¿lo veis, veis esta cara de mentecato? ¡Por Júpiter que me va a dar la mañana! Los soldados se habían congzegado a nuestro alrededor, y Membo subía y bajaba mi capucha. Mi cara, que debia de ser la imagen del espanto, divirtió de tal suerte a los soldados que nos dejaron pasar sin ningún problema. Manluvimos el paso hasta aleimnos del control. Luego echa- mos a correr como si nos pcrsiguiese todo la oohorte prctoriana, y no paramos hasta llegar a una arboleda en la que nos dejamos caer. exhaustos. —F. stás loco, Membo. ¿Cómo se te ha ocurrido una cosa se- mejante? —Se me ha ocurrido sobre la marcha. y en verdad que te- níais earn de mentccato, joven Dntso. —¿Y quién es ese senador‘ [rápido Catulo? —¡0h, no direis que no me ha salido un nombre bien eom- puesto! Nos aiii-zumos. los ojos de Membo eran oscuros y picaros. Yo le tendí la mano, _v el la apretó con fuerza. —Gmcias —dije únicamente. Membo me sonrió y bajó la cabeza, como avcrgonzado. la casa de Cicerón estaba situada cn el Palatine, no lejos del Gemialio. Cruzando la Cuesta de ia Victoria hubiéramos podido 24 llegar en menos de dos horas. Pero preferimos ir dando un ro deo, ¡si que bordeamos el Circo Maximo y tomamos la via Triunfal. El camino era mucho más largo. pero estábamos guros de que por allí exitariamtis a la guardia. y asi sucedió. Cicerón nos recibió en el tablinio y me escuchó muy serio. Cuando le relató la muerte de lio Mario sc llevó la mano a la frente y, con la palma extendida. se cubrió los ojos e inclinó la caben. —Druso, quisiera acogene. pero aqui corres peligro. —¿Acaso tú también has participado en la conjura? —No. no —sc apresuró—. No se u-ata de eso. Pero Marco Antonio, el lugarteniente de Cesar, mc odia, y no es conveniente que puedan relacionarmc con lu lio. Asi que era eso: los amigos de tío Mario, por miedo. le no gabnn. ——Creo que esto será cosa de un dia, y que Roma reeobrara pronto la calma. Pero hay que ser cantos, muy caulos. .. En un solo dia de revueltas mi cabeza podria acabar ensartada en una pica. —¿Y luego? «Luego habrá que esperar. Si hay listas de proscrilos. cae- rán muchos; si no. ias cosas retomarán a su curso. .. Pero dc- jémonos de conjeturas. Urge resolver tu situación. —Y la de mi hcnnana. —Y la de tu hermana. —Veamos: ¿habéis comido? —No —dijo Membo prcsurom. —Entonccs os servirán una buena colación en la cocina —me guiño un ojo—, En la cocina es donde comen los esclavos. Yo era un personaje conocido en aquella casa, y Cicerón no quería que nadie dcscubñese mi presencia. Pero no lo hacía por mi: era su propia seguridad lo que estaba protegiendo. lo miré con asombro. Aquel hombre era un orador gnmdio so. Cuando el hablaba, el Senado enmudecki. Yo había asistido 25
  14. 14. a uno de sus discursos y habia quedado deslumbrado por el in- genio de sus palabras‘; el lïlu de su lengua era reputadisimo. y sus enemigos temblaban ante diatribas. Y ahora aquel hom« bre, aquel hiio preclaro a quien Roma llamaba ilustre. estaba ante mi temblando y escondiéndose como un conejo asustado. Pense que, llegado el momento, Cicerón no tendría cl valor de quitarse la vida, como habia hecho tío Mario. ¿Hasta que punto trstziis involucrado cn rsslo? —le pregun- re a bocajarro, “No quiero hablar de ello —fue su respuesta seca y tajante. Comimos huevos con tocino lresco _v pan con manteca. Membo, que nunca perdia el humor, se scilazo con una «esclava ÍUVCH, de largas piemas y senos trwgenres. Yo, decepcionado hasta la médula, apenas lui capaz de tragar bocado. No volvimos a ver a nuestro anfitrión hasta la caida de la tarde. A esa hora vino a buscamos un criado. Esta vez, Cicerón nos esperaba en el peristilo. —Nos va a poner de patitas en la calle «mascullo Membo. El senador tenia una carta cn la manu y no se anduvo con rodeos. ——Druso, he enviado un com-o zi casa del senador Flavio Va- lerio Ari-io. Era un gran amigo de tu abuelo. — —l. o era —aseguré. recordando la bondadosa cara del se nador. —Él te acogerá. Acabo de recibir su respuesta. — ¿Debo marthar ahora mismo? (Si, el senador te espera. La perspectiva de encontrarnos de nuevo en la mile no me resultaba precisamente halagüeña. máxime cuando la casa de Flavio se hallaba en la colina del Ouirinal. —De haberlo sabido flrczongo Membo por lo bajo A. nos hubiésemos ahorrado la caminata. Cicerón hizo una seña alertado. y este salió y regreso al pun- ro con un hombre bajo y u-jijunto. Z6 A¿Eres el cochera? —pregunró Cicerón. —Si. mi señor. —¿Sabes por dónde debes conducidos? —Me lo han explicado, señor. —Druso, lardaréis en llegar. pero no us inquieteis. lrúis guros. —Asi que vamos a ir en coche. —Si, es mucho más seguro. No me atrevi a preguntar si el coche era suyo o de Flavio. Cicerón me abrazó y yo, fnamente. conesrxrndi a su abrazo. —Él coche es del senador Flavio, y es él quien lo ha man- dado -—me explicó Membo. —¿Te lo ha dicho el cochero? —Si, y me ha dicho más cosas‘. —¿Oue cosas? —Bueno. pues que en casa de los Arrio anda todo revuelto. - La ciudad entera anda revuelta, Membo. _Ya_ ya. Peru allí hay un aietmo de cuidado. El cochera dice que el senador ha despachadu más de veinte mensajes _v que hace dias que envió a su nieta Valeria a una casa de campo en la Umbria. «Ya ves —rraté de quitarle inipor1ancia—: hace dias. Julio César todavia estaba vivo. ——Vuestro senador es, sin duda, un hombre precavido. »Vamns. Membo, Flavio Valerio no puede estar metido en la conjura: es un anciano. ¡Neto a saber! Nunca supe por donde fuimos ni lo que hizo aquel cochcro, pero el viaje rrasultó intenninable. aunque ni una sola ver nos dieron el alto. Cuando nos apt-amos del coche y entramos en ln villa de los Carmenes, residencia de krs Arrio, era ya muy de noche. 27
  15. 15. [21 casa del senador Flavio Valerio cm una villa lujosa y con» [onablc que sc alïaba en la falda del Ouirinal y a la que se ptadía acceder desde la Cuesta de la Salud, calle a la que daba la fa- chada principal. Como la mayoría dc las casas de Roma. tenia el pavimento dos gradas más alto que la acera. y la entrada, enmarcada por pilastras con lujosos capita-les. formaba un pe- queño vestíbulo. En la cara intema de las anchas columnas, una puerta de madera labrada, con dos hoja quc se abrían hacia adentro. daba acceso a las íauces. un pequeño corredor que conducía al primer atrio. Ei atrio era un patio cuadrangular ro- deado de un pórtico, en cl que se alineaban las habitaciones del servicio, con los tejados inclinados hacia el interior y los alcros profusamente decorados. En medio de los tejados sc abria cl compluvio. a través del mal entraba la luz y se veia cl cielo, y justo debajo dc cl, cl impluvio. de forma rectangular y con suelo de mosaico. Detrás dcl impluvio. frente a la puerta de entrada, se halla- ban cl comedor. a la iïquicrda, y a la derecha el tablinio, en cl que cl senador Flavio Valerio recibía por la mañana a sus clien- tes y líbenus. Adosado al atrio estaba cl pcristilo, que en la villa de los Cár ¡nenes no cm un simple patio porticado, sino un auténtico jar- dín con árboles, cn cuyo ccntro se encontraba una gran piscina con una fucntc. Alrededor de todo ello sc levantaba una mag- nifica columnnta dórica, a la que sc abrían las habitaciones de ln familia y estancias como la biblioteca y la sala de banquetes. AI fondo, cl huerto y un bosquccillo que subía hasta el mismo corazón del Quirinal. Budrinio, un fomido esclavo germano, mc condujo a la ha- bitación que mc había sido destinada. Al sepan-anne dc Mcmbo senti una cierta aprcnsión. Mcmbo era un libeno egipcio de mi 2B tio: lo habia comprado mi padre a unos piratas de la Cilicia y sc lo había regalado a tio Mario. Habia vivido a mi lado durante años, y en cl transcurso de las ultimas horas se habia convenido cn mi único referente seguro. Yo no quería 59Wmm° de ¿'- Scxtina, la vieja ama de llaves. me preparo cl baño. Aseado ya. me puse las ropas que encontré preparadas: una túnica con ta y sandalias dc cuero. Al ccñirtnc cl cingulo rccobrc’ un poco de mi aplomo. Aun así, entré temblando a la estancia en la quo me aguardaba Flavio Valerio. El senador estaba solo. Al vcnnc abrio los brazos. y yo mc prccipité en ellos sollozando: era la primera muestra dc calor en aquel intenninable y atroz dia. Hablamos largo y tendido. DCS- alioguc con él mi rabia y mi impotencia. —Lo primero cs solucionar la situación de lu hennana. Hay que sacada de allí cuanto antes. b: expliqué lo que habia que hacer, como era la cueva y dónde estaba cl pavo. —-¿La tracnéis mañana? —ln procurará. En cuanto a ti, Dmso, no podrás salir dc estas cLmtro paredes: todo cl mundo deberá creer que habéis huido de Roma. —No será tliiicil. A estas horas. la noticia del suicidio de mi tío correrá dc boca cn boca. A Mc invadió la angustia. Flavio lo noto y me envió a mi cuano. rVetc a dormir, Druso. .. Y no lc preocupes: esto durará poco. -Scnador. ¿no habrá ptoscripcioncs? —No lo Eso dependerá dci joven Octavio. stibrino de Cé- sar. que viene ya hacia Roma para hacerse con el podcr. —¿Y qué actitud tomarán Marco Antonio y lúpido, los otros cúnsules? —De momento obedecen al Senado. .. No (ibstantc. Ümsu, 29
  16. 16. lu tío «staba demasiado implicado en la conjuracion. Es mejor que te vayas a Hispania n vivir con tu madre. —¡ Pero si nosotros no tenemos nada que ver con la conjura! —g11'té exasperado—. Ni siquiera conocíamos su existencia. —Lo sé. Pero las cosas son así en Roma. —¿0ué voy a hacer? —bo planeado. «Pero Porcia tiene que venir conmigo. «—No adelantos acontecimientos, muchacho. Se hani lo que haya que hacer, y en el momento oportuno. Cumprcndi que tenia razón. Saludé y me retire al cubiculo que me habian indicado. En vano traté de conciliar el sueño. súbitamente me acordé de mi casa y. al pensar en Porcia rne- tida en aquella cámara subterránea. senti tanta angustia que apenas podia respirar. Tomé lo lance al fondo de los pul- mones y espire despacio; repeti el ejercicio varias veces. Me lo habia enseñado mi preceptor griego. Conscgui relajar-me, pero estaba demasiado abatido para conciliar el El recuerdo de tio Mario era una llaga viva, y yo sentia sus venas en mis manos. Cene’ los ojos y mi tio apareció entre bru- mas acuosas. Toda la bañera se tino de roio. Quise abrir los ojos, pen) en: como si tuviese los párpados cosidtrs. Al lado de la cara de mi tio emergió la de Fortín, y de nuevo vi la lividez del ros- tm de mi hcnnana y los labios de Mario Dimilio. abriéndose y Lenúndose sobre veintitrés heridas abiertas en un cuerpo caido a los pies de una estatua. Oi la voz de tio Mario: «¿Sabes Druso? la estatua. .. ¡La estatua de Pompeyo está loda ensan- grentazlauin. 30 3. ANTE DIEM XVI KALENDAS APRILÏS (17 de mano) DESPERTÉ al alba. Membo preparaba mi ropa. —Me han asignado a vuestro servicio particular. —Tc rucompensare. Ahora soy puterlámilias y dispongo de todos los bienes de mi casa. Mambo sonrió, y yo me sorprendi de mis propias palabras. Acabnba dc hablar como un patricio. y mi situación no era pre- cisamente Ia de un privilegado. Recordé que, en tiempos del dictador Sila, muchos proscrittis habían perdido Ia vida, y a sus familiares les habian arrebatado las tierras, los bienes e incluso la ciudadanía. Asi que resultaba chocante que en aquellos mo- mentos, en los que mi vida no valia un sextercio, estuviese ofre- ciendo algo a un libcrto que me tenia a su merced. puesto que podia delatanne. Membo me acerco la túnica. —Yo tengo mi pcculio —dijo. —¿Te pagaba bien mi tío? —Espléndidamcnte. —No me digas que eres rico. —No me puedo quejar. —El'll0nCeS, ¿por que te has quedado conmigo? —l¿- prometí a vuestro tio cuidar de vos y de vuestra her- mana. Yo soy fiel a mis promesas. —¿Oué edad tienes? —Diocinueve años. —Cttairdo esto tennine ¡rodrás establecene en Roma. 3|
  17. 17. «No. Iré a Hispania con vosotros: siempre me ha gustado la aventura, Decididainente, eran tiempos somrcsivos. Nos miramos. Sentimos los dos el mismo impulso y nos abrazamm con fuerza. .. En aquel abrazo deianros de ser amo y liberlo para convertimos en dos muchachos de diecisiete y die» cinuevc años que solo se tenían cl uno al otro. Acabábamos dc sellar sin palabras un fuerte pacto. A la hora primera, el senador Flmio Valerio salió en busca dc mi hennana POITÍB, cn compañia de algunos esclavos. A mi no se me permitió acompañados, y me loda la mañana deambulando ocioso por la casa. Consultaba una y otra ver la clcpsidra del patio. pero el tiempo dusgrartaba lentamente. Acababan de servir la comida cuando Flavio regreso con su gen- te. Sali .1 su encuentro y algo, no sé si su gesto o la palidcï. dc su rostro. me dio a entender que las cosas no ntarchaban bien. —Dmso, ven a mi despacho. Lo seguí. Fstaba de espaldas a la puerta, mirando hacia cl atrio, y su figura, un poco cncowada, se me antojo más pe- queña. Habia comenmdo a llover, y el agua de la lluvia caía sobre el mosaico ocre y amarillo que lapizaba el fondo del estanque. —Roma recobrar la calma «lija el anciano sin 'olversc—. las legiones vmclvcn a los cuarteles. .. Dentro de tres días inci- Herman a César y le mndirán honores en cl Capitolio. Marco ¡‘intonio dirá la oracion fúnebre. .. Será el único momento peli- groso. Calló. Prcsenti que habia algo más. Contuvc el aliento, _v el prosiguió sin mirarme: —Han confiscado vuestras propiedades y han precintado la Casa. 32 -Erttonces. .., ¿habék estado alli? _ _ Asíntió con la cabeza. Pero siguió, obstinado, mirando html! el atrio, como si estuviera fascinado por 0| 8803 ¿"l ""P¡"V¡°' No me atrevía a preguntarle. Sabía qui‘ c‘ ¡“al 95'35“ c" aquella pregunta y no deseaba oir la respuesta. Creo que lo supe en el preciso momento en que entré en el despacho y w al su- nador vuelto de espaldas ' _ _¿y porcia? —pregunté muy bajo—. ¿Dónde asta Poma? El siguió callado, siempre mirando hacia cl estanque. Ahora no pude contenenne. ¿y m¡ hcnnana? ¿Qué le ha pasado a mi hermana? «Drum. .. Porcia ha. .. desaparecido. —No. .. no os entiendo. ' Por toda respuesta, fue hacia la mesa y mc alamo u" ¡“"0 hecho con tiras de papiro. AToma. Estaba en cl subteminco. Reconoci el diario de mi hermana. 4 4a han matado, ¿verdad? —gn'tr'» . Mi hermana esta muerta _ —No, no. ¡Por Júpiter, Dmso! ¿Quieres calmar-te. ’ —¡No ha muerto? —mi grito se convirtio en un anhelrr . ¿En verdad no ha muerto? . _ «No lo se wal ver mi cara espantada, continuoí: ver- dad, no lo He hecho averiguaciones. y no ha sido asesinada ninguna muchacha, ni sc conoce ninguna tropclla de kw "P0- ¡Y yo tengo buenos informadores! ¿Entonces? _ —Dnrso, lo único que es que ella no está en esc maldito pow- . —Puede que no os lo explicara bien. Es posible que vuestra gente no haya encontrado el lugar exacto. .. ¿Y cn la casa? ¿l-la» béis mirado enla casa? —Lo hemos registrado todo. Me dcsmorone. Havio dijo: 33
  18. 18. —Tictics que aceptarlo. . “Alit-‘Plal’, ¿qué? ¿Que mi hennana dc trece años anda per- dida cn la noche? ¿Ouc mi única humana puede esta: muem yen el regado de un camino? ¡Aceptada decis! ¿Aceptar que ul tnfortunto sc ha ccbado cn mi mtirpe? ‘ligne me min’) de frente y. con ojos metálicos, contestó: u. pando dcmtmbé sollomndo. Él salió de la estancia muy des- )0. Sentado junto a la fuente, bajo la luz del cumpluvio, fui dv: - scnvolvtcndo con sumo cuidado una de las tiras de papito del diario de mi hcmuma. El pensamiento dc habexin perdido mc hacta tanto que sc mu: cncpgia cl mrazón. Palpc’ los trams dc sus lctrlzas y acanctc el papel, sabado cn las esqui. nas. ‘ Aspire el olor familiar: cl papiru olía a albahaca y a esplie- 80» ‘¿Mi que Ci Pdo de mi hcnmuta. Yu mismo lc había rega- la“ ‘¡P-WWE “¡"05 POrquc le gustaba (scribir. Purcia cumplía doce anos. Fragmentos del diario de la joven Ford: Vmnodel nñolól, ponreguenuo. LUNAE MES (Luna. Dia de l: Luna) HI. ‘ cumplido dave aliux. Drum mc ha regalado lira: de Wifi"? Para que escriba un diaria. Piensa apuntar en él uy dos las aFlInIEfÍHlÍt'nlUS impartan/ ets. ¡’GN ha dicha que ccltbrarczuos una ¡(run ficxlu para [cs- Ieiur mi cumplearias‘. Manta‘ ha mado muy callada, y asu es extraín. AMRTIS DIES (Murtas. DÍI de Mano) Las preparativos para mi lima de cumpleaños están en marcha. Ermita se pasa al dia dando órdenes y llanta perc- ¿usas a las esclava: jóvenes. Yo me ria, para ella se enfada porque piensa que las casas no van a rstur a puma para el sdbadu. El sábado es c! diu de mi fiesla. MERCURII DIE? (Míémoles. Din de Mat-mia) Nu se’ lo que sucede. pero en esta casa andan tndm mn la Irwscu demís de la oreja. Mi hermano Dmso está de un humor de perras y se pasa el día encerrada entre sus libros. Cuando intento charlar u jugar um él. me echa con el pre’ texto de que tiene que preparar xus lewíanes, com extraña y sospechosa, pau Drum es un vago redomadti. Papá, aun- que ala’ cariñoso mnmigo, también m: evita. Y a mamá la he vLsIo llorar esta mariana. IOVIS D135 (luna. Dia de Júpiter) Sólo {al/ an dm dias para cl sábado. y no ven min Itingúlt pwparalivo. Eunice da voces todo el dia. VENEJHS D155 (Viernes. Da‘: de Venus) Pur fin ha eslallada ¡a bavnba. Mama’ mc ha Hanxadn para decirme qua mañana no habrá [iexla de cuntplcaños. ¿Por qué? JL’ he preguntado. — Tn padre ¡e la dira’. 35
  19. 19. 36 He interrogado a Eunice. Sin resultado. Se lo he preguntado a Epiduro. No ha soltado prenda. He abordada a la doncella de mi madre. Muda. Tengo miedo de que estemos en la ruina o algo parecido. A la maior tiene qm. - marcharse papú a otra de sus horribles guerras. le he dicho a Drusa que no quiero que de nmytir xau mflitar. Prefiero que se dtdurue sóla a Ia politica. como cl tin Mario. Pero El dice que eso no es posible, que todos h» ciudadana: tienen que ser nzilitarev. No lo entiendo. sur/ moras (Sábado. m a. Saturno} Hoy era el dia de mi fiesta. Pero en realidad ha sido el día más triste de mi vida. Papá nos ha llamado a su despacho a Drusa y a mi Ñ¿0ué pasa? el: he preguntado a mi hermana. Pero ¿L por toda respuesta, me ha dado una de sus odiosas patada: en la cspinilla. ÑAhara —he pensadt», ahora es cuantía nos va a decir que estamm" en la ruina. Pero no era esa. Era algo mttchtkimo peor. lo peor de tada. Papá va y nos dice, asida pronto: AVues/ ra madre y yo nos divoreiamm. Yo he abierto los cios como platos _v he mirada a Drum esperando que diiese algo. Pero nada. Es que Drum ya lo sabia y por ¿to se encerraba con los libros. Me he echado a llorar y papa’ nos ha largadu una de su: 38777107135. Nos ha hablado de las diferencias de los esposos, de na sé que‘ de la cotwivencia. y de todo un montón de estupide- ces que no me interesan la ma’: minimo. La única que he entendido cs que mamá se va de casa y que yo ya no voy a vivir con mis dos padres. y eso es más de lo que puedo soportar. Aqui terminaba la primera tira dc papíro. la cnrollé conex- 'to cuidado y desenvolví la segunda. Era de fecha postenor. l-‘rlgoientoa del diario de lljaven Ford: fiulotoúodelmpostmguexxlm sentaba‘ Ya ha sucedido. Hay se han dívomiado mis padres. lo han hecho por la fónnula de repudio. que consixte en que el marido firma un papel en el que se halla escrita la [me curvditimie tua non uxor, o sea. «tu condición ya no es la de esposa», y se lo manda a ht mujer por medio de un Iihcrta. ¡El colmo. vamos. ‘ —¿0u¿ significa rcpudiar? 4: he preguntado a Eunice. —l’ues es cuando el marido le manda decir a ht muier que ¡ante su ropa y salgo de la casa. porque ho dejado ¡le ser su esposa. -¿E. w es lo que ha hecho mi padre. ’ — Pues si. Me he puerta furiosa. He cruzado el jardin corriendo y he entrado como una tromba en el cuarto de estar de mi madre. «¿Conte pueda estar aqui tan tranquila cuando tu ma- rido te acaba de hacer una faena xenrejantt? whe gritatln. wCálmalc. Porcia me ha contestado mi madre ten- diéndome los brazos» . Ven aqui. Yo lo he abrazado llorando a mares. y ella. muy triste. me ha acariciado los cabellos. —Nimca se la perdonan’. Jamás se lo perdonan‘ a mi padre. —Eres demasiada pequeña para entender ciertas cosas. la serenidad de mi madre me ha exasperada aún más. Cuanto más hacia ella por culmarrne, más lloraba yo. —lntenta Lvmprenderla.
  20. 20. —No quiera. — Pardo mi madre me ha dada media vueha para que esluviéramos Irenrt a ÍRHI&—, tendrás que aceptarlo. Asi que empieza a mnlormarte. El tono cortante en que me ha hablado me ha dejada eslupcfacta. Mi llanto ha casado en el aaa. —¿Fs que a li na rc imparta que le hayan dada el libelo de repudio? —No demasiado. E ¡narices ha apurado rni hanna no Drum y ha ¡nur-vertida en la conversación. —Pues a mi si “ha d¡cho—. Si qutriais divarviams, pu- diais haber elegida alra fórmula. Na mt agrada que mr’ ma- dre sea una rcpudiada. —¿Por qui, Druso? ¿Es que esa hiere tu dignidad? —Si. Un diwrcnïa por consenso Irabria sida más hanmw. Jíscuchad, niños: vuestra padre es ei palerlamilias. Él decide lo que debe hacerse en esta casa, y nadie puede apa- nme a su auluridad. Cm’ que la sabiais. —La sabemos —mi dicho mi Iiermamr. Pero jamás hu- biésemos esperado esta. —Sobreviv¡ré 4ra suapirado mi madrr- . Tenga mi dore, y eso me penuirirá llevar una existencia desuhogada. No av preocupéis por mi. —-¿Y navarros. ’ —he griIado-m ¿Oué va a ser de ¡rosa- Irar? ¿Es que eso no le importa a nadie? A-Vasalros seguüéis aqui. cama siempre —mamd ha sanreído. y a mí me ha parecido muy Ieiana- . Nada alle- rara’ vuestras vidas. Yo quiero ir canligo. —l1¡ sé, Porcia. ¡’tro es imposible. Tu sirio esta cu la casa de m padre. (krober La vimos salir u! alba, sigilosa. como hacen las ladrones. Los criadas cargaron sus baúles, y ella se metió en el ca- rruaie sin volver la irisla. Yo m’ que. a pesar de su apariencia serena y contenida, se mana de pena. Se {ue sin un lamento. ni una sola vez volvió la cabeza. ‘Es una nuria/ ica patricia ‘dijo Eunice—. digna ¿‘mu- la de Corutlía Graco. Yo na se. ‘ que’ quiere decir «¿mulas ni quién es esa (‘or- nelia Gram, de la que todo el mundo irabla y a la que sicmv pre ponen mma ejemplo. pero pienso emeranne November Ya me ha enterado de quién vs la dichosa Camelia Gra- co. Epidum mi: ha dicha que es una rumana célebre porqur educa «lla mln a un montón d: hijas‘ y [ue siemprc un espejo de virtudes. ¡Vaya cosa. ’ Odin a (‘czmeiia Graw. Odio todas y cada una de las vir- rudcv mmanas. Desde el dia en que mi madre se marchó de caxo como si fuese una ladrona, yo deseo hacenm: plabeya o bárbara. Duran/ xr ‘He tomada una decixión. Jura que ya, Porcia, jamás me someterá a Ia voluntad dc rxingún hombre (aunque de momento quizá rm- varmnga di- símuiarlo. ... pero ya llegara’ mi hora). La ium. Y para que emma, lo anula aquí, en «sir diario‘ Fbrcia, hiia dr Drusa Dimílio y de Tcrcncia. De la gmc Manlio. Me invadió una oleada de temura, enmllé la segunda hoja de papito y el aire de la tarde. Mi madre partía’ hace dos dias, y a Drusa y a mi se nos . _ _ ——¡Oh. Poma, Porciam, pequena hermana mía! ha parridu el corazán. 39
  21. 21. Yo también recordaba los dias del divorcio de mis padres. Fueron dim muy tristes para todos. Recuerdo que, al principio, mí padre nos evitaba, y la casa carecía de alegría. Pero el tiempo volvió a poner las cosas en su sitio, y aprendimos a vivir en aquella casa sin madre. Un dia. Eunice nos anunció que nuestro padre iba a casarse dc nuevo. —¿A sus años? —dijo Porcia. —Sólo tiene cincuenta y cuatro años. —¿Te parecen pocos? —Asr' son las costumbrm romanas. Además, un hombre nun- ca cs viejo. .. Ya veis, vuestra futura madmstra sólo tiene vein- ticuatro años. —¡Por Marte! —juró Porcia. —En realidad —-siguió Eunice—. vuestros padres no se di- vorciaron por las desavenencias. ni por esa tonteria di: que tu padre andaba de guerra en guerra. que eso a vtrestra ntadre le daba lo mismo; ella es una patricia auténtica y ya sabe que kts son para tener hijos y posición. —Ah, ¿son para (so? —sc asombro ml hennana. —Clam. ¿Para qué, si no? —Pucs me alegro de saberlo. Yo nunca me casará. —No digas tonterías. —Claro que no. A mí ningún rancio me llenará dc hijos, ni me mandará cl libelo dc repudio. Eunice dijo que las damas romanas, cuando les resulta lc- dirssa la vida conyugal. siempre pueden buscarse un amante o meter en cl lecho a un esclavo apuesto. Entonces yo mc cnfadé y la amenacé con contárselo a mi padre para que la hiciese mo- lcr a palos. Ella puso hocico de liebre, y Porcia y yo nos mimos y nos olvidamos de nuestra futura madrastra, la de los veinti- cuatro años. Pero la proyectada boda nunca se llevó a cabo: estalló la gue- rra entre César y los hijos de Pompeyo, y mi padre se puso de nuevo al ironia: de la cuarta legión y partió una fria 40 Después, los hadas se torciemn. Entonces comenzamos a vivir con tio Mario. Refrescaba. Soplaba un viento frio del norcstc, que traia una lluvia fina. Me guareci bajo la oolumnata del patio y ici los úl— timos fragmentos del Fngrmnlosdeldiaflodclnjovmhnün Vennoáalflápostrteguenctaa flMabUrbeoondill) Sextilb He estado mucho tiempo sin escribir este diario, Media año exactamente. Ahora tengo irene años. y esta casa ha pasado por iran- ces muy tristes, Mi padre nrurió en la batalla de Mundo. y se le iiibtitaA ron honores de héroe. El propio Julia Cesar y su iiirrier. Cal- pumia, nos honromn con su visita, y Calprrmia me regalo‘ un anillo en [anna de escarabajo. Mamá nos escribe con frecuencia. Se ha vuelto a casar y ahora vive en la Hispania Citerior, donde su marido ocupa un alto cargo. Pronto ¡rentas a visitarla, Dicen que Hispania es un par‘: muy hennoso. Ya tengo muchas ganas de cono verlo y. sobre todo. de ¿star voir mi madre. Tio Murio me lia dicho que, si la deseo, pierdo quedarme a vivir con ella, y eso es seguramente lo que hare". Druso ira puede: él tiene que quedarse en Ronro para hacerse militar y luego senador, o sea, para cunvenirsi: en uno dtl los rancioc. Ya no quiera separarme du él. ¿Por qué tendremos qua vivir siempre voi: el corazon di- vidida? 4|
  22. 22. Aqui acababa el último rollo. ¡Quizá Porcia nunca podria retomar aquel diario! ¡Quizá lo único que ahora quedaba de ella eran aquellas tiras de papim! l No pude reprimir los SOÜOZDS. Durante largo rato lloré por mr, por ella y por los adversos dias de nuestro infonunio. —¡Juro ante los dioses que te encontrará. pequeña Porcia, aunque para ello tenga que horadar la tierra! lo decidi en aquel momento. —Membo —le dije en cuanto awmó—. esta noche regresa- remos a casa. Diriase que lo esperaba. Asintió con la cabeza y desapareció sin hacer ruido. ‘Í. ANTE DIEMXVKAIENDÁS APRHJS (Terri: vigilia. Prürreras han: del Mde mano) Y llegó la noche. Era la del tercer dia de la muene de César. Mambo apareció a la hora convenida. Sextína lc habia dado la llave de la pequeña puerta del fundo del jardin. Era una salida disimular! » que se abria detrás de los grandes nracizos de hor- tersias y daba a la parte posterior de la casa. Esperamos. Cuando se agotaron las luce-mas y calculamos que todos se habían retirado a descansar, saiimos sigilosos. Pa- samos por ¡talante del tablinio y vimos que un candelabro de mármol iluminaba la figura del anciano senador, acodado en su escritorio. Flavio trabajaba; me pareció que ponía en orden sus ¡esmas ‘ por la suave pendiente de la colina y tomamos el erario entre los Cedros. Al pasar junto a ima tapia, ladramn los canes. El cielo estaba claro. y las gotas de rocio ponian en las injas un punto de cristales. Pronto sería ¡una nueva. Nuestra casa apareció entre los árboles como una mole tétrica‘ Todo era silencio. las puerta estaban precintadas. Membo cogió una piedra y rompió la contraventana. la madera sc hizo 43
  23. 23. astillas, zscandalizando la noche, y mios ojos brillantes perio- rarort las sombras. Retrocedi instintivamente. «Quiero —diju Membo—. Tan sólo es un gato. El felino pasó a nuestro lado bufando, y nosotros entramos en la casa. Todo estaba revuelto. Membo registró los muebles. los cofres y lis areas. Estaban vacías. —0s han dejado limpios —silbó Membo. —Es evidente que han pasado por aqui. Por más que buscamos, no encontramos ninguna pista quc nos condujese a Porcia: ni un objeto que pudiéramos rcconticer. ni una tablilla con una nota". Nada. —Bajemos al refugio. —¿Para qué? —0uiero cerciorarme por mi mismo. Puslmos la escalera y descendimos con cuidado, aganán- donos a los salientes de la pared. —No comprendo cómo no se ha matado Eunice —-rezongó Membo—. Das un paso cn falsoy te abres la crisma. FJ pozo tendria unos cincuenta pies de profundidad. Se tm- taba de un pum seco que terminaba en un círculo de piedra. y habia que buscar la anilla a ticntas. Membo tiró y desplazó cl cuadrado que, como una galera, se abría a ras de suelo. Entra- mos reptando a la estancia cuadrada. Era un recinto perfecta- mente habilitado. Alli estaban los jergoncs. la mesa, las anto En la pared. una alaccna para guardar comida. Recorrimos la cripta en todas las direcciones. Yo paseaba por la estancia como un tigre enjaulado. Gritaha y yitaba como si alguien pudiese oírme en aquel panteón. —l’oreiaaaa. .. Euniceecee. .. —E5 inútil «dijo Membo, que mientras yo gritaba habia re- gislrado todo concienzudamcnte—. No están. Pero una cosa es segura: no las ha encontrado nadie. —¿Por qué lo dices? —No hay señal dc violencia. 44 Ni siquiera había señales de que aquello hubiese sido ha- bitado. —Mcmbo. ¿estás seguro de que bajaron? —l¿s traje yo mismo y aquí se quedaron. —No lo entiendo. ‘tienen que haber salido. No hay otra ex- plicación. .. Pero ¿por qué? Membo abrió la alacerra. —Se han llevado la comida. —¿Cómo lo sabes? _[¿5 dgjé provisiones para una semana. .. Mira, no hay nada. Sólo cuencas vacíos. .. También se han llevado cl agua. y faltan algunas vasijas pequeñas. —¿Y adonde se habrán ido? —Dnrso. .., aqui tiene que haber otra salida. -¿Otra salida? —U otra entrada, si quieres. lo he pensado siempre: seria absurdo que un escondite subterráneo tuviera una sola entrada. y por un Supón que te esoondcs aquí y que los enemigos están arriba aoechando". No podrias salir. —No, no podria. —Pues es Esto tiene que tener acceso por otra parte. .. Lo buscamos, tantcamos las paredes. rastreamos los rinco nes, tiramos de cuanta argolla, pico o saliente sospechoso en- contrarnos. Nada cedió: la supuesta salida altemativa no apo- reció por ninguna parte. —-Convéncete, Membo, el acceso es el pozo. Si se fueron, lo hicieron por ahi. —E. s imposible subir sin la tscalera. —Se las arreglar-inn de alguna loma. —¿Sin la escalera? Eso no me lo pttedo creer. .. No me con- vence, no señor. Cuando salimos, la luna ¡staba ya muy alta. Yo qui-W dm" nerrnc otra ver. en la casa, pero Mcmbo no lo consintió. 45
  24. 24. ¿[memos que marchamos ya, joven arno. Debo colgar la nave en ¿a ¡“gar que mi: indicó Sextina, antes de que se levanten los criados. l . No me apetecía volver. ouena quulamw en tasa y 959m“ el olor ¡[c105 mios, su recuerdo. Peru Membo se mostro infle- xíblc; ¡“flama que regresar antes de que nadie notase nuestra salida. A _ _ El camino de vuelta se nos him intenmnable. Avisübamijs ya la villa de los Amo cuando oinio unos Mundos por una confusa sensación de peligro, nos ocultamos detrás de unos arbustos. Un hombre venia caminando muy de- prisa en dirección contraria a la nuestra. Todo muriió en un ¡"mmm un cncapucllallo surgió de las sombras y prcclpllo sobre c| desconocido. la daga se matenalizo en el aire, el hom- bre emífió un qucjido. doblú como un mimbre y cayo. LI figura dc ¡a capa retiró cl puñal con un movimiento bnrsco; de Profile. la capucha resbaló, dcjándole la cara al descubierto, y la luna ¡[uninó a la vez el filo del acero y rostro del Sicario. Mambo cambio de postura, y una hora cruiiofiaio sus wes- El asesino vote-ii‘; súbitamente la caben, y su mirada y la mía se cruzaron Emprcndimos una veloz eanera hasta la casa. Membo ¿glgú la llave en el lugar indicado. Justo a tiempo: Yo gama ¡m guano, me descalze’ y, sindesnudarme. me meti debajo de ¡x mantas. El corazon me latia como un caballo des- bocado; ¡o sentía cn la gnreaflíït c" ¡m M11808- en el Pecho-y Traté de conciliar el sueño, pero la cara del sieario me pciseguia desde e| grmario. Me tape la caben con las mantas, y la cara del sicario seguía allï- , u¡]>o¡- Mana, tengo que dormir! No puedo soportar otm dia de insomfim, me dije. pero el maldito Sicario no dfijflbfl de pcr< seguirmg, Al Fin w098i“ 340mm“: PC“? “¡Wes “mi” mmnmdos cotidianos de la casa. w 5. ANTEDIEMXVKALENDAS APRILIS (¡Ide mmm) HACIA la hora cuarta, trajeron un despacho para Flavio Valerio. —Han dejado esto para el amo —me sccreteó Sextina, que además de ama de llaves era la chismosa mayor de la Reptibliea. —Ya lo he visto. —Pero seguro que no sabes lo que ha pasado hoy. «No. ¿Qué ha pasado? —Han asesinado al senador Metelo Scrtorio. El coraïbn me dio un vuelco. —¿Cuándo? —De Muy cerca de aquí. .. Apenas i115 casas más abajo. El corazón me dio otro vuelco. Sextina, encantada, se extendió en todo lujo de detalles. Te- nía un alto cargo cn cl Senado y era muy amigo de Flavio. Nadie sabia qué hacia en la calle a aquellas horas de la noche. Habían encontrado el cadáver a primera hora, y cl cuerpo aún estaba caliente. —Habra'n querido robarle —dije por decir algo. —l’ucs no ——la vieja estaba bien informada—. Tenia la bolsa encima, y bien repleta de dinero. Sc inclinó y me cuchícheó al oido: —Fsto es algo politico. ¿Y sabéis qué os digo? ——miró a to- dos lados—. Oue nos traerá complicaciones. 47
  25. 25. —¡Qué tonteria, Sextina! —Tonteria. .. Si. si, tontería. .. Ya he vivido estas cosas otras veces" Si, si, tonteria. Sexliraa miró el sobre con aprensión y lo dejó encima dc la mesa. Espere impaciente a Flavio, que se retraso más que de cos- tumbre. Llegó pasado el atardecer. Yo le aguardaba en el atrio con un libro de poesía entre las tiranos. aunque no leía absolu- tamente nada. —Hola, Druso —me saludó. —Han traido un mensaje para vos —anuncié precipitada- mente. -¿Dónde está? —En la mesa del despacho. Esperad, os lo tmigo. Pero ya se acercaba Sextina. —¿0ué haces levantada, mujer? —E. speraros. —No son horas para ti. A estas horas, una mujer de tu edad deberia estar dcsumsando. sin hacerle el menor caso, Sextinu lc entregó el mensaje. —¿Quién lo ha traido? —Unos. .. —Scxtina hablaba con un desprecio irnpcrtincntc—. Ya Ellos. Ante mi asombm, Flavio pasó por alto la impcnincncia y abrió la carta con evidente nerviosismo. la leyó con atención, luego acercó el pliego a la llama de un Iampadario. .. El papel ardió lentamente. y cl aire esparció las pausas por cl patio. ——Mañana —dijo el scnador- habrá una reunión en esta casa. Manda preparar una buena cena. —No lo —suplicó SCXÜÏIG-‘z Por favor. amo. no lo hagáis. 48 —Mañalta dispondrás todo —repitió paciente Flavio-n Abu ra vete a la cama. —No me hagáis caso ——rezongó ln vicja—. Si no queréis, no me hagáis Nunca me lo hacéis, pero yo sé bien que esto va a traer complicaciones. .. Complicaciones y más compli- caciones. —Vcn, Druso —me ordenó Flavio Valerio, haciendo caso omiso de la anciana. lo segui al despacho. -Han asesinado al senador Metelo Sci-torio. ——No lo conocia. —Tu tío Mario. si. —-Comprendo. ¿Crea que buscaban su dinero? —No. Esto es otra cosa. -¿P0lilÍCa? ——Siénlate, Druso. y cscúchame con atención. ¿Has visto la carta que acabo de quemar? —Si. señor. —En de alguien que me mandaba un aviso. Ahora yo tengo que avisar a otros: el peligro acecha. —¿Es por eso por lo que vais a dar un banquete? —Por eso, si. Hablaremos de lo que hay que hacer y obra- remos todos con la máxima prudencia. Y ahora voy a hacerte unas preguntas. Tc ruego que me respondas con sinceridad. pues está en juego la vida de muchas personas. —Y la mía. —Si, y la tuya. Si las cosas no se resuelven, podemos salir todos malparadm. —Comprcndo. —Tu tio nunca te habló dc la conjura para acabar con Julio César. —Nunca hasta el día dc su muerte. —¿No hubo munioncs en tu casa? —No. que yo recuerde. Bueno. lo habitual: gentes conoci- das, banquetes. .. Pero nada que llamase mi atencion. 49
  26. 26. El senador paseó por la estancia. ‘¿mi “¡N0 que quiso ¿lejana fixem de esto. me. Su mirada destiló ternura. Ïfláflím ‘¡"9 110 haya podido ser, Druso! ""9 una pausa y prosiguió: 731€". ahora escuchame. .. En esta conspiración ha ima. venido mucha gente, ‘Unas sesenta personas. según dicen. másjfiïm has COmIWDDado en (u propia carne, los implicados toehan desaparecido: unos han puesto fin a su vida, 9"“ ha“ ¡“"40 Y ya 618m leios, otros se ocultan debajo de las piedras. .. Y ahora. cuando ya el peligro parece haber pasado “we” '35 ¡"W835 y surgen los traidores. —l’cro ¿por qué? ‘Mi. Druso. el hombre es un ser frágil, y a menudo lo de. ga“ ¡‘lmbmón Y la codicia. El que no ha sabido medrar por sus nlentos intenta hacerlo por medio dc “¿Que queréis decir. señor? a yet-Sue el armgo ventleal amiga. y hasta el lujo puede llegar er a su padre. Vivimos en liempos de decadencia y no W011i! miro de las antiguas vinudcs. Druso —cmit. ió un pro- fimd” 5"SP¡1'0—. en Roma ha muerto el honor. Se paró frente a mi. —H°y ha sido asesinado uno de los nuestros. H ‘d . q“ “me” ¡’usaba “¡E0 que Uría que él lcnía. a w o por “¿Qué buscaban? —Un documento. .. Me miró y Lragué saliva. -Un documento muy valioso. .. Dai-á un inmenso poder a] (¡uf ¡O Pero también encierra un gmn peligro, Un escalofrío me rectorríó la médula; no obstante mi rostro Pennancció imperlurbable: a estas alturas de mi yo era ya maestro en el am: de disimular. S0 —¿Peligro? —Si. si cae en manos indignas. ——l’ero ¿qué hay en ese documento? —pn: gunlé dando a mi voz un ¡uno de indiferencia-. ¿Qué lo hace lan valioso? —En) no puedo revelánelo. —Enlonces. ¿por que me lo conláis, Flavio? —Pomue Mario Dímitio era un hombre de honor. Me miró a los ojos, y a duras penas sosluve su mirada. al» saben, «Sabe que Mario me entregó a mi el do» cumenlo». —Só| o queria que lo supieras. Dmso. Aguardé que dijera algo más, pero no añadió nada. De nuevo me acoslé sobnxogido. Varias veces quise levar» (arme y correr al cuarto de Flavio Valerio Arrio para decirle que yo tenia el manuscrito, y otras tantas pemianecí inmóvil en el Icxho. Repasé las palabras de n1i lio: «Guárdalo». «No revclcs nunca que lo tienes». cMuchos lo anidan». «Puede salvan-le la vida», «Tendrás que decidir en su momento». «Tendrás que Me movía en un mar de incertidumbres. ¿Debía decírselo a Flavio? ¿Por qué lo habia tenido Mario Dimilio y no Flavio Va- lerio? Por aquel documento habían matado a Sei-torio, ¡Por Jú- piter! ¿Qué debía hacer yo? Dormirme. eso era lo que debía hacer; donnirme para poder estar alentc y vigilante al día si- guienle. . ¡Oh, Porcia, Poreiam! ¡Si al menos supiesc que estás viva! » Ou: vel la tensa Peru era ¡al mi agotamiento, y lan fuertes las sensaciones de los tíllimos (res que el sueño llegó suavemcnle, y cuando empeznmn los ruidos de la casa. ni siquiera los oí porque llevaba varias horas dormido.
  27. 27. 6. VALERIA VALERIA contempló la campiña que se extendía bajo el in- tenso azul y se cubrió con el chal nafranado que la vieja Sextina habia tejido para ella. H viento de mano era frío, allá en la Umbría, y aunque habian empevado a brotar las hojas de algu- nos árboles, la primavera parecia netrasarsc. «Pronto estarán los man/ anos en flora, pensó la joven. ¡Qui 7a entonces pueda regresar a Roma. ..» Valeria era una muchacha alta, dc cabellos rojims y ojos profundos; su cuerpo. grácil y csbclto como un Junco, inadiaba la cálida fragancia del refinamiento. Pronto se casaría: tenía dieciséis años y su abuelo, cl senador Flavio Valerio, la habia prometido al muy ilustre patricio Quinto Sempronio Cinna, que a sus veimínueve años aspiraba al cargo de cucstor. los esponsales estaban previstos para los idus de abril. Entonces, el novio le entregaría a la novia el anillo y las monedas de plata que constituían las arms; habría un banquete, y la ya prometida recibiría regalos de amigos y parientes. Luego, pasado cl vtïano, se cclcbraría la boda. y la muchacha dejaria dc estar bajo la potestad del abuelo para someterse a la del ma- rido, que ejcrceria sobre ella toda la autoridad y el ¡xxlcr que la ley le otorgaba. La pareja se casaria según la fonna solemne de la confarreutio: el sacerdote más importante de Roma, cl llamen dialis, ofmceria al dios Júpiter un pan dc trigo, y cl abuelo de la novia pronunciada las palabras rituales: «Mi hija doy a tu hijo. .. Hágansc las nupcias; S2 Valeria no deseaba casarse con Cinna, pero aquel matrimu nio había sido decidido por las familias de ambos y parecía ya inevitable. —A los dieciocho años —sollan decirle sus tías—. una mu- chacha debe tener un esposo. Te vas a hacer vieja. No es bon ¡oso que cumplas los diecisiete sin estar dcsposada. Valeria suspiró y evocó la figura de Sempronio Cinna. Era un hombre apuesto y no demasiado mayor. Sos amigas le de- cian que habia tenido suerte: la pobre Citelln se habia desposado con un tribuno de sesenta años. padre de tres hijos mayores que ella. y Calpumia acababa dc promctcrsc a un senador de cua- renta y cinco. las amigas lc aseguraban a Valeria que Cinna era muy guapo. —Un tipazo —bmmcaba Citella—. Te lo cambio por mi an- ciano. —Tu noche de bodas será todo un acontecimiento —reia la pícaro Calpumia—. Nos la contarás con todo lujo dc detalles. -—¿Para que? —pmtestaba Citella—. ¿Para que nos mura- mos de envidia? Y las tres muchachas reían divenidas. A Citclla y a Calpumia no les preocupaba demasiado la edad dc sus nraridos: el matri- monio era una simple cumtión de alianzas. y las aspiraciones de una joven se ccntraban cn lograr un marido ilustre y una posi- ción privilegiada. Pero Valeria no queria ser una mauona sin más distracción que el telar. Ella soñaba con el amor. Volvió a evocar la figura de Cinna. Sin duda era apuesto. pero cn su rostro habia algo —Valeria no habría sabido decir quc'— que la rcpelía, y cuando imaginaba sus caricias. se lc re- volvian las entrañas. —Nunca lo amaré —dijo en voz alta—. Tengo que encontrar algún pretexto para romper el compromiso matrimonial. Pero ¿cónm podré persuadir al abuelo? Es preciso que regrese a Roma. S3
  28. 28. la matrona Servilia, hermana del senador Flavio Valerio. trabajaba cn la meca cuando su sobrina entró en el telar. —Bucna9 tardes, lia Scrvilia. -—Hola. Valeria. Ven. Siéntate a n1i lado y ayúdume con la mota. La muchacha tomó el huso entre las manos y torció la habra. Scrvilia la observaba. —¿0ué la: pasa, sobrina? —Tengo un problema. lia Scrvilia. -0uc sc llama Quinto Sempronio. —¿Etes adivina? —Bueno. No es dificil. A tu edad, yo luve un problema pa- nacido. —¿Y cómo lo wlucíonasle? ‘Pia Servilia colocó cn la rueca cl hilo dcvanado. —No lo solucioné. —¿Ouiercs decir que tu problem sc llamaba Cayo Ennio? —Exaclamenle. Ambas ricron. —¡0h! —se regocijo Valeria-m ¡El pobre lio Cayo! Pero lc casasle con él, a pesar dc todo. —Cumo (ú le casarás con Cinna. jovencita. —No lo amo, lia Scnrilia. —¡Ah, cl amor! Vamos a ver. niña. ¿quién le ha nwlido cn la cabeza esas tonterias? Eso del amor y otras lindczas. .. Has leido demasiada poesia griega. muchachila. —No es eso. ¡im es que ni siquiera me gusta. —Es joven, en eso has tenido suene: guapo y arístócrala. Nu lc entiendo. sobrina. —Verás: hay algo en sus cios. No Tengo un mal pm- scntimicnto, tía Servilia. —lbcucha. Valeria: si no le casas con Cinna. tendrás pro- blemas. porque Cinna es ptxicroso. 54 —No me importan los problemas. Dime: ¿hay alguna alter- nativa? Tenninaron dc hilar. La mauona recogió el ovíllo y guardó el lino en el coslurero. Después lomo entre las suyas las manos de Valeria. —No, no la hay. 0 al menos yo no la conozco. la muchacha besó a su lia y se despidió. Ya desde la puerta. preguntó: —Dime una cosa, lia r —¿Oué quieres ahora? —A pesar de todo, ¿fuiste feliz con cl tío Cayo? —No, querida, no fui feliz. .. Pero ¿qué imporlancia tiene eso? Valeria miró a la mairena como si la viesc por plimera vez en la vida y com") la puerta suavemente.
  29. 29. 7. ANTE DIEM XIV KAIENDAS APRILIS (l! de nnrzn) 1408 invitados empezaron a llegar hacia las cuatro. los criados les cogian las togm, los descaluban y les ofrecían cal- cetines. Comenzaron por encontrarse en la biblioteca, donde cele- braron una reunión que duró muy poco, como si todos los asun- tos estuvieran ya tratados. Luego pasaron al comedor. La cena se sirvio en la gran sala de banquetes que se abria al fondo del segtmdo atrio. los comensales se recostamn en los triclinios, y los esclavos entraron llevando la comida en grandes bandejas de plata. Como se trataba dc un banquete para gentes ilustres. enla cocina se habian esmerada: hubo más de una do- cena de platos, desde higados de pata salteados hasta venado relleno, pasando por las albóndigas de pescado. Unos mc gus raton; otros apenas pude comerlos. En mi casa me pasaba lo mismo, y Eunice decia que yo era muy mal comedor. Me había sentado en uno de los triclinios cercanos a la puer- ta, lejos del anfitrión, y procuraba pasar desapercibido, tal como correspondía a mi rango y juventud. la comida dun‘) más de tres horas. Al final se sirvieron los postres: pasteles rellenos de frutas, cremas variadas y queso de Siracusa. Eso si era de mi agrado y. por tanto. di buena cuenta de ello. El vino corría generoso y todos se esíorzaban por man- tener una conversación fluida, pen) en el ambiente flotuba la tensión. 56 Cuando los esclavos empezaron a retirar la mesa, Flavio se levantó y todos se dispusieron a escuchar. —Hoy no habrá discursos, amigos mios. Ahora, antes de sc- pararnos, guardemos un minuto de silencio en memoria de Me Ho Ser-torio y de Mario Dimitio, que han cruïado cn la barca de Caronte el rio del olvido. ¡Qué Rómulo los reciba como augustos compañeros de deaino! la sala enmudeció al instante. Pamció como si las estatuas de Dafne y de Apolo que ndomaban la entrada guardaran tam- bién el silencio debido a los difuntos. El aire podía cortarse con un cuchillo. Una mariposa noctuma fue a estrellarse contra los lampadarios y se abrasó en una de las velas. Yo levanté la ca- beza. Y entonces lo vi. Estaba en el segundo triclinio, con los ojos fijos en un punto ' de la estancia. Por un instante crei estar soñando. Pero no: él se encontraba alli. sentado entre nosotros. compartiendo aquel mi- nuto de respu-to, ultrajando a los muertos y a los vivos. Si, era él: la figura emcrglda de la noche, la sombra asesina. Quise gri- tar, señalado, acusado allí mismo, pero pennanecí mudo y comprendí que Flavio Valerio estaba en lo cierto: en Roma ha- bia muerto el honor. Enseguida se formaron corrillos. Unos y otros comentaban los sucesos, la inlonnación cambiaba de mano y el nerviosismo crecía por momentos. Los invitados bieron abandonando la casa en pequeños gm- pos. mucho más deprisa de lo que habian llegado. Algunos se despedian como si fuesen a emprender un largo viaje, otros se juraban lealtad, pero se miraban con recelo. y todos los mstrus reflejaban miedo. Me acerqué a la biblioteca. Alli se encontraba Flavio en com- 57
  30. 30. pañía de los tíltimos invitados, y uno de ellos era cl asesino. Re lrocedí. pero el senador me habia visto ya. —No te matches, Drum. .. Ven, voy a presentarte. «Dmso Dimítio, el sobrino de Mario. .. Éste es Quinto Sem- pronio Cinna, uno de nuestros jóvenes más brillantes y un ami- gu leal. Cinna me tendió la mano mientras sus ojos me escrutaban, Me estudió atentamente. y su perlida sonrisa no logró ocultar- me un rictus inquietante. —-¿No nos hemos visto antes? -Quizá —tcspondt' con el mayor aplorno que pude- . He ido un par de veces a los comicios. .. ¡Ah, no. ..! ¡Ya me acuerdo! Creo que os saludó un dia en las temtas. Estabais con mi tío, el senador Mario Dimitio. lncliné gentilmente la caben: y saludé il otro invitado. Cinna me siguió con la mirada «Se está preguntando dónde me ha visto y por qué le resulta conocida mi cara», pensé. «Em significa que no me ha recono cido. Clam que ptlode recordarlo en cualquier momento-o. Fm cuanto pude, me escabulli y busqué a Mambo. Lo encon- tre. cómo no, en la cocina rcquebrando a Trasea. una jovenci- sima esclava sii-ia. «Membo, ven. —Vaya. ¡Qué oportuno! rezongó el egipcio. “Tengo que hablar contigo. —No puedes dejarlo para más tarde ——protestó, mirando a la siria con ojos lastimeros- . ¿Por que no vuelves con los ¡nvi- lados? —De eso se trata. —-¿De los invitados? —Si. ¿Tc acuerda-t del Sicario? ¿Por qué me recuerdas ahora una cosa tan desagradable? AEStzi aquí. ‘¿Quién? 58 —EI sicario. ‘No puede ser. —l’ues lo es. F5 uno de los invitados. Mc miró con ojos extraviados. —¿F. stás seguro? ¿No tc equivocas? —No. Es a. ¿Recuerdos sus ojos? —Fríos como cuchillos. Azules como los de un pescado. —Y además no cs un Sicario. ¿No lo es? No. Es un patricio, y muy ilustre. Se llama Quinto Sem- pronio Cinna. Júpiter. Jano, Baco. .. ¿Cómo puede ocurrir una cosa se- meiante? ¿Tc ha reconocido? —Cn: u que no. Le suena mi cara. pero no recuerda de quem, por el momento. —¿Que vamos a hacer? —No lo Ven luego a mi habitación. Tenemos que pensar con claridad y actuar con la maxima prudencia. Regrese a la biblioteca y me mezcle con lus pocos invitados que aun quedaban. Todos hablaban del asesinato de Señorío. del suicidio de Mario, de la huida de Dccio Bruto, el hijo adop- tivu de Cesar, que le había apuñalado; de las exequias que al dia siguiente se le tributarian al tirano. Vi cómo Valerio hacia un aparte con Cinna y con el anciano senador Apio Emiliano. los segui disimuladantente y me ocultó ¡ms una cortina de terciopelo. la cortina cm muy gruesa _ amortiguaba el sonido, pero yo estaba muy cerca. «Cinna, ¿estás seguro? Asi. senador. [o he comprobado. Mis fuentes son fiables. »No puedo creerlo. liviano ha sido siempre un hombre de principios. vPues él lo ha matado, y si no acabamos con el nos matarzi a todos. Con una deslachatez increible, Cinna estaba culpando a otm de su pmpio crimen. S9
  31. 31. —Pero ¿por qué. por qué? —se lamentó Apio. —Por c! documento —dijo Cinna. Ahora si que me sobresallé. —Metelo no tenía el documento —dijo Valerio. -»¿Estáis seguro? —preguntó el sícario, y mc pareció que su tono reflejaba ahora irlquietud —lnestay. Eldocumeruocstáabuenrocaudo. Me slffigflnlé detrás dc la cortina. Enesemomcntopasóamiladolaviejnsexfiiaa. —Es de mala educación escuchar lo que otros dicen. —-Cállale, sextina—laaganédeunbrazoynosalejamos—. Esto es un astimo turbio. —Un agoré. Dije que nos traería complicaciones, y nos trae- rá complicaciones. Hace tiempo que lo veo venir. ¡Ojalá los par- ties: un rayo a todos dios! «Ellos», naturalmente, eran los invitados. Por un momento som-ei. ¡Contdemda vieja! Valerio estaba jugando con fuego, y Scxtina lo sabía. —Yonomefiaríaunpelo, denínguno. —Hnrías bien. —Tú eres listo, amo Druso. Cuida al anciano Valerio: es la bondad personificada y no se da cuenta de que ellos son lobos. —Un cuidaré, Salina. Lo apaflaré de esa jauria. te lo juro. Yesa era miintención, pemel destino noestabademi parte. Cunndoseapagamnlaslámparasylacasamcobrólacalma, Mambo entró en mi cubiculo. —Todos duermen. —He tomado una decisión, Mambo: vay a hablar con el se nador Valerio. l: contare’ lo que hemos visto. Relnté a Mambo la conversación que había sorprendido. y él companies mi opinión. También Membo pensaba, igual que la vieja Sexlina. que Havio estaba en peligro. 60 -Se lo diré mañana. Me levantará temprana y le contaré todo. Mr. - desnudé más tranquilo. Ahora sabia lo que tenia que ha- cer. la contaría lodo al senador y le diria que yo guardaba d documento. ¡El documento! Me levanté de un salto y mgstré el colchón. Palpé los rugosos bordes. y me brotó del pecho tm sm- piro de alivio. Cuando me Iendi en la cama, mi tsoncicncia se habia librado de un gran peso. Sentí d comacto tibio de las s5; banas. —Mañana se lo diré. Mañana. Pero esc mañana nunca llegó.
  32. 32. 8. ANTE Dfll XIII KALENDAS APRILIS (Otura Vigilia. Madmguln del l! c120 de marzo) VINIERON a medianoche, como las alimañas. Primero se oyeron golpes; después. gritos y carteras atacadas. y gemidos. .. y cmjir de dientes en los patios. Primero resonó el estampida de la estatuas y el estallido del mármol contra el suelo. .. Des- pués, el bronce. .. y el acero. Al principio crei que softaba y vi de nuevo la caia del sicario. Pero el grito de dolor de la vieja Sextina me despertó de golpe. y salte dcl lecho. lha a salir cuando se abrió la puerta y apareció Membo. Quédate donde estás. Obstmyó la puerta con su cuerpo y me impidió la salida. —¿0ue' pasa. Mambo? ¿Qué sucede? —Malhechores —Déjarrte Tengo que buscar al senador. Sus brazos, musculosos y fuertes, atennzaron los míos. —No saldrás. Dmso. No pcnnirire que te maten. Ctsamn las carreras, el ruido de los bronces y los gritos. Oímos cómo la noche se poblaba de cascos de caballos. .. Des- pués, el silencio. .. Membo abrio la puerta y me dejó la confusión reinaba por doquier. Algunos esclavos yacian muertos; otros, malheridos. Me dirigí. ciego, al mbiculo de Fla- vio. Todavia alentaba, pero tenia un gran tajo en la cabeza. La anciana Sextirta lo sostenía entre sus brazos y lo acunaba como a un niño. 62 —Se lo adverti —murmuxaba la anciana—. Se lo dije. pero - nunca me hizo caso. l —Druso —-Ia voz del moribundo me llegó entrecortada—, él menso que era yo quien guardaba el documento. Pero yo no lo 1‘ lülgo. —No paséis cuidado. senador —susune muy bajo-. El do ‘comento lo tengo yu. —Un suponía —su respiración se convirtió en un jadco—. fiGuárdalo. muchacho. .. No se lo entregues a ellos por nada del ‘mundo. .. Y ahora huye. huye antes de que vuelvan. .. Cinna se g’ dará cuenta de que sólo tú puedes tener el escrito que custodia "ba Mario. .. Te hasta debajo de las piedras. —Senador —dije en un susun'o—. Sempronio Cinna es el ¿‘asesino de Metelo: lo vi cometer ¡se crimen. Asintió. —Prcguntaba por li sin cesar. .. Te está buscando. Su voz se quebró en un quejido _ —¡Valeriai ¡Ay de Valeria"! ¡Pobre niña mia! ¿Druso —trató de incolporarse, pero no lo logró—. tú eres noble. Ïlúrame que salvarás a Valeria de la desgracia en la que la he precipitado. Júramelo, muchacho. —0s lo juro sin entender una sola palabra. Edson’) una sonrisa, pero su laz era ya una máscara de Ïmuene. —Gracias, Dmso. Ahora puedo morir en paz. Sed felices. Intento tocamte la mejilla, pero expiró antes dc que sus de- dos alcanzasen mi cara. ignoro el tiempo que pcmtanecí junto al caciáver. Sólo re- _, erdo que Mambo me sacudió un brazo. —Druso, tenemos que ¡mos de aquí. No me movi. Mambo me rgó Fflbfl! sus hombros. lavó mi tara en la fuente del atrio y mc llevó a mi cuarto. Como un tómata, recogi el documento y me lo guarde’ cn el pecho. 63
  33. 33. Ma“, trajo nuestras capas de (sitúa y me metió la capucha baila los 0505- D, nuevo nos adentramos cnlamche, pero ¿sia vc7. nos akjáwnos de] CogimmlnCuesta de la Salud y subi- mos hast, 1a; murallas _Servianas¡| ,¡l abrigo de los grandes ba- wnmm de piedra. baualnos haclcl Capitolio. En ¡a primera hora del dia. mncrelamos con la mama dc gente que sc dirigía al Foro. Eraclzo de ¡timo y. a los ¿n00 días d‘ su mucne. Julio César ibaascr incincrado. Y cinco dias después dc los íúis, yo nada sabía de mi her- mana Parcia- 9. FORCE RRCIA su: sentó en el banco de madera, y Eunice preparó unas Viandas. —Va a amanecer. —¿Cómo puedes saberlo en esta oscuridad? -Lo sé porque han cesado los ruidos de la noche. .. mancha iel silencio. Fortín escuchó. escuchó el silencio, y el silencio era (errible. :L| evaban horas encerrada? allí abaio y tenían los huesos entu- ‘mecidos. De promo. el silencio dejó de ser terrible, y a los oidos dc ia llegó un murmullo, = —¿0ué es eso? —Ha amanecido. r —Cn: ía que el amanecer cra una cuestión de luz. l —Ln noche tiene sus sonidos; el día. lambién. Sólo en el ins- “ e de la aurora reina el silencio. l -—¿0uién le ha enseñado esas cosas, Eunice? ——Mimadre, ylamadrcdemimazlrc, Dcpequeñanyosiem _ escuchaba el silencio de la aurora. —Es un silencio terrible. —Cuando se está en las profundidadés de la ricm. Al aire es un silencio hermoso. —Eunicc —dijo Porcia muy bajilo—, hace un año, poco an- de su muerte, mi padre me llevó a Cunas. e ver a la Sibila. —Ya recuerdo. Por aquel entonces andabns muy interesada ïtu futuro. 65
  34. 34. y que lo encontraría cn ima tumba. nodrizzi la miró sobrecogida. > —Eunice. .., ahora estamos en la llflflba. .. Tengo que recor- la profecía. .. Pero era tan larga. .. y yo estoy tan cansada. .. —Descansa. niña mia. Eunice, la nodrizzi, velará tu sueño. Porcia cerró los ojos, y el sueño la devolvió n aquel y —l. a Sibila me dijo que mi destino estaba ligado al agua y al Era verano cn la Compania cuando fuimos a Cumas a VÍ- sitar a la Sibilu. subimos al monte Gauro y unimos en el tem- plo de Apolo. Mi padre ntandó sacrificar a Artemisa dos ovejas blancas para que los attgurios nu- fttcxeit propicios. Me acom- pañó ltasta la puerta de la caverna en la que vivia el oráculo y me esperó sentado en lu gran piedra ritual, bajo la higuera, porque una tiene que entrar solo xi ita en bttsca de su proiecia. Yo estaba tnuy nerviosa y senti iriuchu miedo al penetrar en la cueva. Era uii lugar tcnelmtso, un agitiero treat/ ado en la roca viva y oculto por una [random vegetación, Ian Iupida que impedía el paso de la luz. La voz de la Sibila me guió en la tisettridad. Yo apenas po- dia distinguir cl brillo de sus ojos de Iechuut. —¿Cámo te llantas? r mi: pregunto — Porciu. -¿Cua'ritos años tienes? HL’ cutttplido los doce. —Ace'rcute, Porvia. Arrodillatc u la derecha de mi trono y tnuéstrame las palmas de tus tiranos. Hice Io que decia, y la vislumbra’ etitre las sombras, sett- tada en su alto trono. «¿Qué quieres saber? «Quiero hallar mi destino. Mostradtne, oh Sibilu, el ca- mino de ini libertad. No quiero depender de otros. 66 lA Sibila tomo’ entre las sityas lux palmas de mis tiranos. y yo senti el punzuttre iria dc la vida. Mi dolor fue Ian grande que me dastrozó el corazón. — Eres valiente, niña. Püdflii hallar el cantina. Pero, te la ad- vierto, huhrds dc guiarte tii milstna ltacia la luz. _v estarás sola. —No tm: intporta, oh Sibilu. —Escucha, pides, Porcia, que ésta es tu profecía. La Sibila ratito’ sus largos versos, pero yo no los entendía. .. Cuando temiimi de decir el verso, un silencio canto de ini- nutos se extendió por al antro. la adivina fue presa d: grandes convulsiones y ¡gritó agitando la cabeza. » Altora griibalos en tu ntcnte hasta que llegue el dia. Puro tengo que decirle una cosa: gtuirdate del buitre viagra y de la espada. Ygttárdatc de lux ¡dos de marzo, Porcia, de los itlus. Tras una breve pattsa, añadió: —Levántate y regresa con tu padre «y con esta dio por concluida lu ctitisttlta. Lu sulutlé irtclinando la cabeza y sali cainittatulo de espal- das. tal como me habian indicado. Porcia se despertó wbrcsaltada y llevó lil mano a la gar- ganta para contener el grito. Habia recordado muchas veces la profecía uzitando de descubrir algo de su sentido. .. Luego, con el paso del tiempo, habia olvidado las palabras. Y ahora, en aquella soledad atctTadora, todo resultaba nítido. Los versos surgieron uno a uno. la muchacha se puso en pie y habló con voi muy clara. Cuando la itunlia gire y se abra, ella bttscarú el agua, el agua que no apaga el luego, pero puri/ ica. 67
  35. 35. Por el agita c-azninard mire las sombras ‘ "¿mara a la lic-rra que genuina v a ella servirá. 1;: nodnïgx, pcnclrada por cI ruspcto alo sagrado, ln conlrnu plabn con dcvmión. Su cuerpo ardua‘ un cl fuego que trunca su consume. Sólo así sera’ alla libran Íllürlt’ y rxxlcmsa. Lu que (¡ww el imperia lv iznlregirrd el bdculo v ella avivurá la llanta rlurnaniun/ c sala. que ¿"sv L'. ' el precio del poder, —Pon: ia —gimió Eunicc. asmtadzk, Porcia. vuelve m ¡¡ ¡xqucña mín. ¡Pera ay de ti, si no tu ¡{Martins del builrc uciagn qm: sobra Ii lcmlcni sus alas ul diu de los ¡dns! ¡(íuárdale de los idas de marzo, de los ¡dns! Al acabar dc ¡recitar los versos. Porcia reaccionó dc ¡amm compulsiva. —Eunicc. tenemos que salir de aqui. No rcsislírc un día cn‘ luru cn asias Pmlufldidfldcs, y mucho monos otra noche. Por cicno. mc Pn-‘SUNO Cómo mudos distinguidos. , ¿El qué? «El dia de lu noche. - Ya lo aprenderás. —No picnw quedarme para avcriguarlo. Jem lu hermano dijo. . 68 -Mi hermano sc marchó. —Vo| vcrá. «No podrá. Yo que no podrá, o que tardará demasiado. hmicc, lú _' yo lcndremos que aneglámoslm stylus: cada uuu tluhc hacerse caigo dc su suene. ——Pem ¿qué vamos a haccr. niña? Reliramn lu escalera, x- vun escalera no podemos subir. —Lo ln hicieron por si volvían los vclcranm. Pero tiene que haber olm salida. —Escucha: en los tiempos de Ambas]. cuando la ciudad cs- luvo rodeada por los cannginescs, u: construyeron muchos pa- sos sublcnáneos, y por ellos cnlraban y salian los espías; lo he «rsludiado en los libros dc hisloriu. Éste dcbc dc ser uno dc ¿‘>03 pasos; si no, ¿qué sentido lcndria? Así quc buscaremos la salida. Dumnlc largo licmpo buscaron u lienlas por el suelo y las paredes. pero no encontraron nada. Eunicc v: CÁHISÓ, pero Por- ciu no dcsiallecízn. ‘Vamos, Eunice. Tiene que estar en alguna panc. -No puedo más —4liju cl aya apoyándose contra la cfiglv dc bronce quu rcprcscnlaba a la diosa Cerca. In estatua cedió ¿uuu su pesa. —Eslo sc mucvc. «Empujcmos. la estatua dc mánnol travcnino giró sobre si misma, s cn el manto desplegado dc Ceres abrió un largo pasadita. AAhÍ está —griló Porcia». Prepara comida y agua, nccilc para las lámparas y ovíllos dc cordcl. Habñan dado unos quinientos pasos cuando escucharon un rumor como de agua. «Hay un rio —díjo Porcia. —Tengo miedo —se quejó cl aya. “Yo también, pero cl miedo no va a dclencnnc. Caminaron con prudencia. El rumor del agua crecía. .. Por- cia lc pidió a la esclava un ovíllo dc cerda], cogió un cabo y lc devolvió las dos cosas. 69
  36. 36. —Ata bien el cabo, Eunice, y ve desem-ollando el ovíllo con cuidado. ¿Qué pretendes hacer con el? —Si tenemos que volver, no errarerntrs el camino. —Pcro si vamos en línea recta. .. —Por ahora. Porcia caminaba delante e iluminaba con la lámpara los trar mos del CSIFCCHO corredor. De pronto encontraron con cua- tro galerias‘, que se entrecnuaban. ¿Y ahora? Ahora, tú te quedas aquí mientras yo voy hacia la izquier- da, miro y vuelvo. No tardes. Porcla regreso unos minutos después. ¿Oue hay? —Una estancia cuadrada. No veu nada más. Explolarcmos otra galeria, ¿Cuál? —É. sta, ln que sale de frente. —Voy contigo. Pereibieron un fuerte olor a moho y, casi al mismo tiempo. sus pies tocaron algo húmedo. -0uicta ¡‘rito Porcia— . El agua casta aquí mismo. Adelanto la lámpara y vio el canal de agua negrisima que discurrir: perpendicular al pasadízo. AEspcra —dijo la ntxlrira» . Se está ¿icabando el ovíllo. Saca otro y átalo al primero. El pasadiro lorciú a la derecha y luego a la izquierda. Volvió a ser recto y a torcer a la derecha, a la izquierda y de nuevo a la derecha. Luego fue recto otra vez, y al cabo de unos mil pies tmpemron con su pmpio cordel. ¡Por Juno! exclamó la tsclavzr . No hemos avanzado nada. Hemos atado dando vueltas para regrcsar al mismo lugar. 70 —¿l. o ves, Eunice? ¿Ves cómo era necesario ir soltando los ovíllos? Estaban de nuevo en la bifurcación. —Tomemos el de la derecha: puede que sea el camino co- rrccto. Caminaron durante horas. El pasillo era ahora un túnel. y su longitud parecía infinita. Eunice cmpalmaba un ovíllo tras otro. Al cabo exclamó: —l’orc¡a. este es el último ovíllo. En est: momento, un soplo de aire apagó la lámpara, y la nodrim no pudo reprimir un grito de pánico. Un segundo soplo de aire les dio de lleno en la cam. ¡El viento! Es el viento, Eunice. ¿Te dns cuenta? ‘No «gimió la esclava. Si. El viento no penetra bajo llena; este es el camino, aho m resto)‘ segura, ‘Pero ¿adónde conduce? —No lo pero la salida es ésta. Eme es el camino correcto. venga de donde venga y vaya a donde vaya. Anduvieron horas y horas por aquel pasadizo sin fin. Tenían los pics llenos de ampollas, y las picmas apenas las sostenían. Además, la humedad de la tierra lts entumecia los músculos. No habian vuelto a sentir el viento ni una sola vez; pero el aire cra fluido y rtspiraban sin dificultad: era como si estuvieran muy cerca de la superficie, encerrada: en una inmensa jaula de tierra. No tenían aceite ni cordel. y habian consumido sus últi- mas Viandas. —Eunice, ¿crees que fuera será de noche? Eunice no lo sabía: habla perdido la facultad de oír cualquier ruido que no fuera el de sus —Estoy agotada, no puedo seguir. —Yo tampoco, Se dejaron caer, cxhaustzus y rcndidas. Se lundieron cn un abrazo, y el calor de los cuerpos las reconfortó un poco. 7l
  37. 37. —Dormircmos y recuperanemos fuerzas ——diio Porcia. —Nunca saldremos de aqui. —Si que saldremos. Recuerda la profecía: Cuando la rumba se abra, ella buscará el agua. Luego, Porcia añadió: —Nosotras hemos abierto la tumba y seguimos el agua. “ ¿Me oyes, Eunice? Pero Eunice habla sido vencida por el maña. Acurrucada contra la nndrim, la muchacha buscó el descan- so en aquella oscuridad y, pese al terror que infundia la tene brosidad del lugar. a los pocos minutos la envolvia una espesa somnolencia. pues habia llegado al limite de sus fLlCFLBS. Cuando Porcia volvió a abrir los ojos, ln lámpara centelleó delante de sus pupilas. luego, el haz de luz la cegó. y tuvo que cntomar los párpados. Alargó la mano buscando el cuerpo de Eunice, pero no encontró más que el vacío. Abrió los ojos muy despacio y vio una cara afilada encima de su rostro. Ahogó un gemido. Entonces, la cara se apartó y una voz dijo: —Ha vuelto en si. Ahora habia más voces, numerosas voces, y mido de pasos y de puertas que se abrían. Ella volvio a cerrar los ojos. —Es un sueño —se dijo—. No quiero despertar. Una mano se posó sobre su frente, y la vom sonó cálida, dul- ce. .. Una voz que acariciaba su rostro y una mano que susurra ba en su oído. —Es un sueño —musilar0n sus labios. Y la luz sc him. —No temas, niña. —¿Dónde estoy? —En el templo de Vesta —respondió la mujer vestida de blanco. 72 10. ANTE 011mm KALENDAS APRHJS (N de marzo) LAS humus fúnebres en honor de César se celebraron en el Foro. Manco Antonio, con una barba corta. subió a los Roslm de cincuenta codos, la gran tribuna de oradores, con agilidad deportiva. Inició su discurso con prudencia. pero el tono se fue elevando, y la alocución, al principio comedida, se u-ansformo en una inllamada arenga A medida que Antonio hablaba, la emoción se iba apoderan- do de la multitud. y cuando, al lin. el cónsul leyó el testamento de César, en el que éste legaba a la ciudad sus villas y sus tierras, y veinticinco dracmas a cada ciudadano, ya nada pudo calmar a la enardccida plebe. En tuto de los Roslra contiguos a la tribuna principal, mis ojos descubrieron a Cinna, con las insignias de cuestor. —Mira quién (sta alli —le dije a Membo. —¡Por Júpiter! ¡Si cs Cinna! —De han nombrado cuestor de la ciudad. .. Y pensar que hace apenas unas horas. ” —Además está implicado. —Efectivamente, pero Marco Antonio no lo sabe, y seguro que él no se lo va a decir. ¡Traidor! —mascullé. —Druso, vamonos de aqui. No me gusta estar cerca dc esc hombre. —-Aqui no puede verme. —Aun asi, es mejor que nos vayamos. Marco Antonio terminó el elogio fúnebre con un himno a ln 73

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