Alianza Universidad
Martín Kitchen

El período de entreguerras
en Europa

Traducción de
Nazaret de Terán Bleibcrg

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Capítulo 1
LOS TRATADOS DE PAZ

Apenas se acababan de firmar los tratados de paz cuando ya
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14 El período de entreguerras en Europa

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16 El período de entreguerras en Europa

Gran Bretaña,  situación aún más complicada por la Declaración de
Balfour de 1917...
18 El período de entreguerras en Europa

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20 El período de entreguerras en Europa

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  1. 1. Alianza Universidad Martín Kitchen El período de entreguerras en Europa Traducción de Nazaret de Terán Bleibcrg 5 1 ïwi-«z; r v‘, ,. g ; _.Q. - a DE‘: 53' Í 5 : :3 - S? «J . 34€ Alianza Editorial
  2. 2. Esta uaducción de Europe Bcmeen the Wars, A Political History, firxt edition, se publica por acuerdo con Longman Group UK Limited, de Londres. Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el an. 534—bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización. Copyright © Longman Group UK Limited 1988 Copyright © Ed. cast; Alianza Editorial, S. A. , Madrid, 1992 Calle Milán, 38; 28043 Madrid; teléf. 200 00 45 ISBN: 84-206-0693-7 Depósito legal: M. 1557-1992 Fotocomposición EFCA Impreso en Lavel. Los Llanos, nave 6. Humanes (Madrid) Printed in Spain INDICE Lista de mapas . ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... .. Prefacio y agradecimientos . ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... .. . . 1. Los tratados de paz . ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... .. . . 2. Economía: inflación y crisis. 3. Seguridad colectiva, desarme y la Sociedad de Naciones . ... ... ... .. 4. La Unión 5. Europa del Este . ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... .. . . 6. Fascismo italiano . ... ... .. 7. La República de Weimar . ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... .. 8. Gran Bretaña . ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... .. 9. Francia . ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... . . . 97 127 159 188 219 247
  3. 3. Capítulo 1 LOS TRATADOS DE PAZ Apenas se acababan de firmar los tratados de paz cuando ya comenzaron a ser objeto de tales condenas que hasta los vencedores se empezaron a plantear si no habrían sido un poquito injustos. No tardó en quedar claro que no era probable que pudieran establecer el marco para una paz duradera. Dieron pie a tales recriminaciones, resentimientos y malentendidos que contribuyeron de forma impor- tante al estallido de otra guerra más terrible. El ataque más influyente, brillante, pero partidista, procedió de J. M. Keynes, en su libro Las consecuencias económicas de la paz. ofrecía unos retratos malintencionados de los principales hombres de Estado. El primer ministro francés, Clemenceau, obligaba a Key- nes a «adoptar una opinión distinta sobre la naturaleza del hombre civilizado, o a albergar, por lo menos, una esperanza distinta». Veía al presidente Woodrow Wilson como a un pastor presbiteriano ne- cio, equivocado y fundamentalmente hipócrita. En un ensayo aparte describía a Lloyd George como «esta sirena, este bardo con pies de cabra, este ser medio humano que visita nuestra era desde los bos- ques infestados de brujas, mágicos y encantados de la antigüedad celta». Según Keynes, el resultado de que estos tres hombres ex- traordinarios se encerraran juntos durante seis meses fue una serie 13
  4. 4. 14 El período de entreguerras en Europa de tratados que pasaban por alto los temas realmente importantes del restablecimiento económico, los alimentos, el combustible y las finanzas, y se concentraban en el acuerdo político y territorial. Tam- bién afirmaba que la intolerable carga impuesta a los derrotados alemanes, como castigo por sus fecl-iorías, empeoraría aún más la situación. Los alemanes afirmaban que habían sido engañados a la hora de aceptar un armisticio. Insistían en que se habían tomado los Catorce Puntos de Wilson en su sentido literal y estaban convencidos de que la Entente los trataría con moderación. En realidad el gobierno ale- mán se esperaba una paz dura y no se hacía ilusiones con respecto a Wilson. Keynes era menos realista. Estaba convencido de que el idealista y altruista Wilson había sido obligado por los malvados Clemenceau y Lloyd George a aceptar una paz cartaginesa. Los ale- manes no sabían que el presidente estaba decidido a castigarlos por sus crímenes, pero habían impuesto a los rusos el Tratado de Brest- Litovsk como castigo. Aparentemente lo habían hecho basándose en la fórmula del Soviet de Petrogrado para una paz sin reparaciones ni indemnizaciones y afirmaron que el Tratado estaba de acuerdo con el principio de la autodetermición de los pueblos. Por ello tenían experiencia de primera mano para la negociación de una paz venga- tiva afirmando al mismo tiempo que se respetaban elevados princi— pios. Durante las discusiones de las propuestas de armisticio en ¿’Ü Alto Mando alemán existía la convicción unánime de que la paz sería exageradamente dura. Los que deseaban emplear la crisis para desa- creditar totalmente a los partidos que tenían la mayoría en el Reichs» tag y al sistema completo de la democracia, en realidad querían que la paz fuera sumamente dura. Tenían la esperanza de que entonces se produjera una poderosa reacción en contra de la República que había aceptado tal humillación y que esto uniría a la nación en su decisión de reparar la vergüenza de noviembre de 1918. No es de sorprender que los tratados de paz suscitaran tales — pasiones, pues eran el final de cuatro años de una violencia sin pre- cedentes. Millones de personas habían muerto, los ideólogos habían alimentado las pasiones nacionales hasta unos niveles terribles de rencor irracional y sociedades enteras se habían visto directa o indi- rectamente implicadas. Dentro de los límites objetivos de la época había sido una guerra total. Las tres potencias principales de la En- tente eran democracias parlamentarias, cuyos enardecidos electores no tenían ganas de ser clernentes y exigían a sus dirigentes que los Los tratados de paz 15 malhechores fueran destruidos. Las elecciones generales británicas de diciembre de 1918 estuvieron marcadas por gritos a favor de que el Kaiser fuera ahorcado, que Alemania pagara y de que habia que exprimir el limón hasta la última gota. En Francia, el presidente Poincaré y el mariscal Foch contaron con el apoyo de la Cámara de Diputados al atacar a Clemenceau por lo que les parecía una indul- ' gencia excesiva por parte de éste hacia los alemanes. Woodrow Wii-i: Í son afirmaba que las opiniones del Congreso de los Estados Unidos no lo afectaban, pero las elecciones al Congreso tuvieron el resultado de que su partido perdiera el control sobre éste y por fin que el Senado rechazara los tratados. Se había hablado mucho de una «paz democrática» y de «pactos francos acordados con franqueza», lo cual haría que la Conferencia de París fuera tan distinta del aristocrático y represivo Congreso de Viena. Pocas personas se dieron cuenta de los efectos nocivos de una opinión pública agresiva y mal informada que había surgido tras años de propaganda de guerra y había sido azuzada por la prensa popular, como el horroroso Daily Mail de Northcliffe. Los Catorce Puntos de Wilson, imprecisos, poco prácticos y en gran medida inaceptables para sus aliados, no se tomaron al menos como un orden del día para la Conferencia, sino más bien como un esbozo de su elevado «nuevo orden de cosas», que sería garantimdo por el Pacto de la Sociedad de Naciones. La visión del presidente de un mundo libre del imperialismo, las prácticas comerciales res- trictivas y el dominio y la explotación de las minorías étnicas, fue considerada por casi todos los hombres de Estado europeos como un sueño imposible. Les gustaba verse a sí mismos como avezados practicantes de la Realpoliti/ e mientras otros, presos de una inusitada indignación moral, denunciaban los Catorce Puntos como una tapa- dera hipócrita para el maltrato de los negros americanos y como un intento de dejar a la economía nacional sin defensas ante el dominio del capital americano. Pero ante todo, los Catorce Puntos no enca- jaban en absoluto con el clima político imperante al final de la gue— rra. Ya se habían firmado unos tratados que suponían una clara violación del espíritu y la letra de los Catorce l’untosÁ; Los italianos habían exigido un elevado precio para entrar en la guerra y se habían asegurado la promesa, en el Tratado de Londres‘, del sur del Tirol, la costa de Dalmacia y Albania. Los japoneses habían conseguido el apoyo británico y francés para sus extensas reclamaciones en China. Bajo el Acuerdo Sykes-Picot, Siria sería para Francia y Palestina para
  5. 5. 16 El período de entreguerras en Europa Gran Bretaña, situación aún más complicada por la Declaración de Balfour de 1917, que aceptaba la demanda sionista de una patria judía en Palestina. Gran Bretaña y Francia habían llegado a acuerdos con Rumanía y Grecia, parecidos a los firmados con Italia, que eran prácticamente imposibles de reconciliar con los Catorce Puntos. El gobierno francés también estaba decidido a obtener una frontera segura en el Rin, ya fuera mediante la anexión o mediante la creación de un Estado tapón, y los Catorce Puntos no iban a disuadirlo de lograr este objetivo. '___C)tra grave complicación era la revolución bolchevique, que crea- ba el doble problema de la seguridad contra Alemania en el este y la contención del comunismo revolucionario. Esto reforzó la deci- sión de Francia de construir una Polonia fuerte, que incluyera gran- des extensiones de territorio aleman, para garantizar la enemistad de los dos estados. Una Polonia revivida también separarïa a Alemania de Rusia, lo cual haría que la cooperación entre estos dos estados parias fuera sumamente difícil. Tras el Tratado de Brest-Litovsk, los franceses reconocieron al Consejo Nacional Cbecoslovaco como el gobierno del futuro Estado checoslovaco, pero pasaron varios meses antes de que los británicos y los americanos reconocieran el derecho de este nuevo Estado a una existencia independiente. Los Aliados también aceptaron las exigencias de los serbios, los croatas y los eslovenos para formar un Estado unificado con una monarquía cons- titucional, pero esto a su vez provocó interminables dificultades con lo italianos, que insistían en reclamar la costa dálmata. . _Probablemente la razón principal del amplio desengaño con los tratados de paz fue que los idealistas pronunciamientos del presi- dente Wilson habían supuesto una auténtica inspiración para una Europa cansada de guerra. Frases como «la guerra que acabará con las guerras» y «la guerra para asegurar la democracia en el mundo» hacían que pareciera que tal vez, después de todo, la guerra tuvo algún sentido. Sus ataques a la diplomacia secreta, a la supresión de las minorías étnicas y a la autocracia fueron muy aplaudidos. Se esperaba con fervor que la Sociedad de Naciones garantizara una paz duradera hecha posible gracias a la eliminación de estas causas prin- cipales de la guerra. Para subrayar su compromiso con estos ideales, Wilson fue el primer presidente de la historia que dejó Estados Uni- dos durante su mandato y, ante el asombro y el enfado de no pocos de sus compatriotas, se quedó en París durante seis meses. Por des- gracia, muy pocas personas estudiaron los discursos de Wilson o consig Los tratados de paz 17 pensaron con cuidado sobre las implicaciones de los Catorce Puntos, por lo que pasaron por alto totalmente sus repetidas aseveraciones de que Alemania tenía que ser seriamente castigada y que la Sociedad de Naciones estaría diseñada tanto para refrenar a Alemania y ase- gurar la Entente como para ofrecer un arbitraje y una justicia im- parciales. Este conflicto interior de Wilson entre sus elevados ideales y su arraigado odio por Alemania fue pasado por alto" incluso por comentadores tan sagaces como Keynes, con el resultado de que su ' ' e ' gaño fue aún más demoledor. La onferen "a se inauguró oficialmente el 18 de enero de 1919, pero ya se ran desarrollado importantes discusiones, en especial desde la llegada del presidente Wilson a mediados del mes anterior. El presidente Poincaré dio la bienvenida a los delegados señalando que cuarenta y ocho años antes, en el mismo día, se había procla- mado el Imperio alemán tras la derrota de Francia y que la tarea que esperaba a la Conferencia era «reparar el mal que ha causado y prevenir un resurgimiento del mismo». En realidad el primer tema importante de discusión no fue el destino de Alemania sino más bien qué hacer con los bolcheviqueskLosafranceses estaban convencidos de que había que aplastar alvbolichevismosmientras que los británicos y los americanos apoyaban lfmediaciïoñ en la guerra civil rusa. Unos desacuerdos parecidos surgieron entre Gran Bretaña y Franciaaoerca del apoyo a Polonia. Los franceses querían fortalecera i N los británicos temían que Polonia tuviera la intención 'ïl'e"a‘c p todo el territorio posible y de ofrecer a la Conferencia un fait ac- compli. Wilson, que pensaba que lo que más importaba a los polacos era protegerse de los bolcheviques, no intervino en esta discusión. Las fronteras de los estados de Europa del Este quedarían fijadas al permitir a cada país que defendiera su propio caso. Estas propues- tas se pasaban entonces a un comité de expertos que tomaba las decisiones finales. Con diferencia el caso más difícil fue el de Polo- nia. Mientras se discutía su caso en París estaba en conflicto con todos sus vecinos y luchaba contra los alemanes, los lituanos y los ucranianos. Tanto los franceses como los americanos abogaban por una Polonia grande y poderosa, mientras que los británicos temían que si absorbía a demasiada población no polaca el país podría con- vertirse en la fuente de posteriores conflictos. También cundía el temor de que las actividades polacas contra Alemania pudieran ali- mentar el espíritu del militarismo prusiano, además de socavar la autoridad del Consejo. Mientras que Estados Unidos y Francia es-
  6. 6. 18 El período de entreguerras en Europa taban dispuestos a aceptar las propuestas polacas para sus propias fronteras, Lloyd George objetaba con vehemencia que la inclusión de Danzig y Marienwerder podria desembocar en otra guerra. Wil- son replicó que los Catorce Puntos habían garantizado a Polonia el acceso al mar y que en zonas de población mezclada era imposible no defraudar a los que se encontraban en minoría. Los británicos también pensaban que el vociferado antibolchevismo de los polacos no era más que una excusa para anexionarse territorio en Galitzia Oriental. Lloyd George se oponía a la expansión polaca hacia el este porque todavía parecía bastante posible que los blancos ganaran la guerra civil. Los británicos y los americanos estaban de acuerdo con que Ga- litzia Oriental quedara bajo el control de la Sociedad, pero los fran- ceses exigían que se convirtiera en parte integrante del nuevo Estado polaco. Clemenceau aceptó de mala gana una propuesta británica de que Danzig fuera una ciudad libre bajo los auspicios de la Sociedad y de que se celebrara un plebiscito en Marienwerder. El tema de Galitzia no se soluciono hasta 1923, cuando los polacos se anexio- naron la zona por la fuerza. El gobierno británico siguió sin aceptar los razonamientos franceses y americanos de que los polacos tenían derecho a la provincia y sólo estuvieron dispuestos a conceder un mandato de veinticinco años. Otra zona disputada en Polonia era el ducado de Teschen, que estaba dividido por mutuo acuerdo entre los checos y los polacos. En noviembre de 1918 los checos expulsaron a los polacos de su parte. Entonces se les concedió Teschen Oriental, que incluía el fe- rrocarril y valiosos depósitos de carbón. El Consejo propuso que hubiera plebiscitos en el ducado, pero nunca se llegaron a celebrar. El tema de Teschen daría a Polonia un motivo de queja duradero contra Checoslovaquia, lo cual aumentó enormemente las dificulta- des de construir una eficaz alianza defensiva en Europa Central con- tra las ambiciones revisionistas de Alemania. Los checos apelaron directamente a la Entente, en lugar de in- tentar diïctamente forjar su propio destino. Su reclamación de los Sudetes, cuya población era predominantemeEaler-rizïnïfïlïaïaba 5oE3656ïrfimentoreconómreosïnávqueïestratégicos, aunque sí que señalaban que la zona era necesaria para una defensa eficaz contra Alemania. Los checos se salieron con la suya sin muchas dificultades, sobre todo porque los hombres de Estado reunidos en Versalles quedaron muy impresionados por Benes y sus colegas, a i l Los tratados de paz 19 quienes encontraron agradablemente razonables y concíliadores en comparación con la delegación polaca. Se pensó que a los alemanes sudetes les agradaría saber que ya no tenían nada más que ver con su endeudada patria y apenas se mostró el menor interés por las minorías de Cárpato-Rutenia y de Teschen. Wilson , e s ecialmente preocupado por el tema del futuro de las colonias alemanas. P nsaba que debían ser administradas como mandatosïlflaïfiociedad de Naciones. Lloyd George apoyaba las demandas de los dominios para efectuar la anexión total de las co» lonias alemanas y le dijo a Wilson que no firmaría el tratado si se aceptaba el principio de los mandatos. Wilson se ‘mostró igual de tajante y anunció que él no participaría en la division del mundo entre las grandes potencias. Lloyd George encontró una solución de compromiso para esta grave desavenencia entre los británicos y los americanos, al proponer que hubiera tres clases distintas de manda- tos y que las colonias alemanas adyacentes a Sudáfrica, Australia y Nueva Zelanda fueran entregadas a estos estados corno territorios bajo mandato. Esto era. aceptable para Wilson, ya que se atenía al sistema de mandatos, y para los dominios, porque fueron conven— cidos con mucha facilidad de que había muy poca diferencia real entre un mandato y una anexión total. «También hubo n; ' cusiones sobre las propuestas para crear una 50623521 ÏrÏaiciones. Había una resistencia comprensible a la idea e e Cïrïoïiela ociedad estuviera formado únicamente por las grande otencias. Había una división de opiniones en cuan- to a la forma de seleccionar a los estados miembros. El problema de los mandatos también provocó más desacuerdos entre Wilson y sus colegas más rapaces que tenían la esperanza de recoger los despojos de las colonias alemanas. Pero el temamásámportantedexodosem ‘ fl ' ' sanci9_r1_es_. _L ¿”fran- j , ,, iritweflr. naciortalapara. este propó to, pero flWilsondec-ïa-que-la-constituciórrde 3s otorgabaiial Congreso el derecho de defiïlfiïalïla, gQCXÜLSCLÏSÁLLFBM la paz/ y "esteideirecho era iiiialie El presidente comprendía la necesidadde Franciawdéiténeir garantías contra Alemania, pero pen- saba que esto se podía conseguir mejor mediante acuerdos de desarv me eficaces mediante tratados de defensa convencionales. El terna de una garantía de la igualdad racial, propuesto por la delegación japonesa, se postpuso oportunamente. Hubo un acuerdo general de que Alemania quedara excluida de la Sociedad para el futuro y se
  7. 7. 20 El período de entreguerras en Europa aceptó un primer pacto, sobre todo porque todos los temas contro- vertidos quedaron excluidos. Desde el inicio de la Conferencia fue evidente que uno de los temas más difíciles de resolver sería el del futuro de las provincias del Rin. En diciembre de 1918, el mariscal Foch había propuesto que Renania quedara separada Alemania y guamecida de tropas francesas. Esta propuesta se repitió en la Conferencia. Los británicos comprendían la necesidad de Francia de tener seguridad, pero temían que una paz demasiado punitiva alimentara el deseo de venganza de Alemania. Argumentaron que se podía hacer frente a una amenaza potencial de Alemania con otros medios menos perjudiciales. Aun- que el ayudante del presidente Wilson, el coronel House, compren- día en cierta medida el punto de vista francés, el presidente insistía en que habría que consultar al pueblo de Renania y que cualquier solución deberia basarse en el libre ejercicio del derecho del pueblo a la autodeterminación. Los franceses rechazaron la propuesta an- gloamericana de que la orilla izquierda del Rin fuera desmilitarizada. Ni siquiera la propuesta de que los puentes del Rin fueran contro- lados por tropas aliadas, que el Ejército alemán quedara drástica- mente reducido y que hubiera una garantía angloamericana para ayu- dar a Francia si ésta era atacada por Alemania, fue suficiente para hacer que los franceses cambiaran de opinión. Clcmenceau pensaba que los británicos y los americanos, con su obsesión por el desarme y lo lejos que estaban de Francia, no estaban en situación de ofrecer ayuda inmediata y eficaz. Pero ante la oposición conjunta de las otras dos grandes potencias, acabó por capitular. Por fin se acordó que las tropas aliadas ocuparan Renania durante quince años. Podría haber una retirada por fases, siempre y cuando los alemanes se por- taran bien y cumplieran las disposiciones del Tratado. Lloyd George pensaba que incluso esto era ir demasiado lejos. No quería que Fran- cia se hiciera demasiado poderosa, ni que Alemania fuera excesiva- mente humillada. Pero Clemenceau, ante la oposición conjunta del presidente Poincaré, los militares y la Cámara de Diputados, no ptodïa lméyderar sïslexigjencias. Por talnt: Lloyd George Éedió y en a ri e onsejo e os uatro ace tó a esmiitarización eRenania y una ocupación aliada durante dïuince años que se podría ampliar si los alemanes se saltaban las disposiciones del Tratado. Todo el mundo acordó que Alemania quedara desarmada, pero hubo considerables diferencias en cuanto a la mejor forma de lograr- lo. Se formó una comisión militar para discutir el problema. Esta i el ¿t 1 ; ; ,5 i ‘E kw“, i_ Los tratados de paz 21 propuso que se aboliera el Estado Mayor general, que se prohibieran una fuerza aérea militar, los submarinos, los tanques y el gas. La importación y exportación de materiales de guerra y armamentos también debían quedar prohibidas. La Armada estaría formada úni- camente por 15.000 oficiales y soldados, seis acorazados, seis cruceros ligeros, doce destructores y doce torpederas a motor. Al principio los franceses se inclinaron por un ejército de voluntarios basándose en que una armée de mélier sería un campo de cultivo para el mi- litarismo prusiano. Por fin aceptaron el razonamiento británico de que un ejército de reclutas haría que a los alemanes les resultara más difícil construir un ejército de reserva con hombres que habían ser- vido durante períodos cortos en las fuerzas armadas. Se acordó fi- nalmente que el ejército se limitara a 100.000 hombres que estarían obligados a servir durante doce años. El gobierno británico apoyaba las reclamaciones belgas de Mo- resnet, Malmédy y Eupen, que pertenecían a Prusia, de las zonas holandesas de Limburgo y Luxemburgo y la internacionalización del Scheldt. Esto se debía en parte a una auténtica simpatía por la «Va- liente y pequeña Bélgica», pero también al temor de que una Bélgica ofendida cayera dentro de la órbita francesa. Los franceses se opo- nían a estas reclamaciones y exigían un plebiscito en Luxemburgo, sabiendo muy bien que el resultado sería contrario a los belgas. Los británicos no sentían la menor simpatía por los holandeses, que se habían negado a entregar al Kaiser por crímenes de guerra y que habían obtenido sustanciosos beneficios de Alemania durante la gue- rra. La Conferencia fomento unas discusiones entre belgas y holan- deses que al final se quedaron en nada. Los franceses también se negaron a cambiar su postura y el tema de Luxemburgo se tuvo que dejar de lado cuando un referéndum celebrado en septiembre de 1919 mostró una mayoría abrumadora a favor de dejar las cosas como estaban. Woodrow Wilson, con mucho sentido común, se man- tuvo al margen de estas peleas anglofrancesas. La simpatía británica hacia Bélgica no llegaba al deseo de garantizar su independencia. En 1920 se firmó una alianza francobelga con muy poco entusiasmo por ambas partes. Las exigencias italianas de todo el territorio prometido en el Tra- tado de Londres del 26 de abril de 1915 eran claramente contrarias a los Catorce Puntos y crearían serios problemas entre los Aliados. El ministro italiano de Asuntos Exteriores, Sonnino, provocó una crisis de gobierno al insistir en que Italia reclamara Fiume e Istria
  8. 8. 22 El período de entreguerras en Europa además de la costa dálmata. Algunos de sus colegas propusieron que se abandonara la reclamación de la costa dálmata y que se aceptara Fiume como compensación. Las tropas italianas ocuparon Fiume, Valona y casi toda Albania y el gobierno se negó a tener en cuenta el menor compromiso. Aunque el ministro de Asuntos Exteriores británico, Balfour, le dijo a Woodrow Wilson que «un tratado es un tratado», la mayoría de los funcionarios británicos sentía poca sim- patía por los italianos. Pensaban que sus exigencias eran excesivas y despreciaban su contribución al esfuerzo bélico. Pero como le dijo Lloyd George al primer ministro italiano, Orlando, el gobierno bri- tánico, aunque estaba dispuesto a defender el Tratado de Londres, no podía apoyar la reclamación italiana de Fiume que no estaba incluida en dicho Tratado Las tres potencias occidentales estuvieron de acuerdo con que Yugoslavia se quedara con Fiume y la delegación británica en París se mostró enérgicamente partidaria de los yugos- lavos. En enero de 1919 la Armada Real impidió que los italianos enviaran tropas para restaurar al rey Nikita en el trono de Monte- negro y el oficial responsable comentó que a los montenegrinos «les debería estar permitido conservar su derecho inalienable de asesinar- se unos a otros, como y cuando lo consideren necesario, siempre y cuando por ello no se cause ningún inconveniente a los Aliados. » Para retrasar cualquier disgusto suscitado por las reclamaciones italianas de Fiume, Balfour propuso que se trataran primero todos los temas referentes a Alemania. Ante la oposición conjunta, Sonni- no finalmente se avino a esta propuesta, pero lo hizo con tan poca elegancia que se le consideró más un elemento perturbador que un aliado victorioso. Cuando en abril se trató el tema de Fíume los italianos se negaron a tener en cuenta todo tipo de compromiso, incluida la propuesta de que Fiume, al igual que Danzig, pudiera internacionalizarse y ser administrado por la Sociedad. Orlando, azu- zado por el creciente sentimiento nacionalista de su país, abandonó la Conferencia como protesta y regresó únicamente cuando Gran Bretaña y Francia amenazaron con renunciar al Tratado de Londres. Siguió una nueva ronda de discusiones, pero los italianos seguían sin querer llegar a un acuerdo, lo cual movió al subsecretario perma- nente del ministerio de Asuntos Exteriores, Sir Charles Hardinge, a comentar: «Por mucho que simpatice con Italia en todos los aspec- tos, en mi opinión son los colegas y Aliados más odiosos que se pueden tener en una conferencia y “los mendigos de Europa” son bien conocidos por sus lloriqueos alternados con agresividad. » Los tratados de paz 23 En septiembre el poeta y protofascista italiano Gabriele d’An- nunzio se apoderó de Fiume con una banda de filibusteros. Al ca- recer virtualmente del apoyo americano los yugoslavos fueron obli- gados por Francia y Gran Bretaña a negociar con los italianos la situación de ciudad libre para el puerto. Los italianos, cada vez más incómodos por las payasadas de d’Annunzio, ahora estaban dispues- tos a hablar. En 1920 Istria quedó dividida y Fiume fue declarada ciudad libre. Poco después el Ejército italiano expulsó a d’Annunzio. Este acuerdo no duró mucho. En 1923 Mussolini volvió a enviar tropas y se anexionó Fiume. A _ 1/« Aunque existía el acuerdo unánime entre los Aliados de qu Ale- ¿”mia/ Era la única responsable del estallido de la guerra, de q ese ¿1 var a cabo una indemnización total y de que el militarismo al án era un mal absoluto que tenía que ser erradicado, no consi- guieron llegar a ningún acuerdo sobre la forma en que se debía tratar a Alemania. Woodrow Wilson tenía la esperanza de que fuera po- sible aplicar los Catorce Puntos a Alemania. Los franceses, muy preocupados por su futura seguridad frente a Alemania, querían iri- mensas reparaciones, pese a las declaraciones de Wilson en su dis- curso de febrero de 1918 asegurando que no habría «ninguna ane- xión, ninguna contribución, ningún daño por castigo». Los británi- cos pensaban que las exigencias francesas eran peligrosamente exce- sivas, pero también ellos querían que su parte incluyera las colonias alemanas, control sobre Oriente Medio y sustanciosas reparaciones. Por ello no fueron capaces de llevar a cabo un papel eficaz como mediadores entre lo que a su entender era el idealismo poco práctico de Wilson y la codicia desenfrenada de Francia. Los franceses peri- saban que los británicos estaban adoptando una postura típicamente hipócrita, los americanos que eran imprudenternente egoístas y que carecían lamentablemente del espiritu de la nueva era postimperial. El Comité de indemnizaciones del Ministerio Imperial de la Gue- rra informó de que el coste total de la guerra para Gran Bretaña era de 24.000 millones de libras y que Alemania debía pagar la cuenta. Los franceses querían compensaciones por las terribles pérdidas que habían sufrido, pero también querían emplear las indemnizaciones como un medio para mantener a los alemanes en un estado de de- bilidad para el futuro. Desde el principio, las reparaciones fueron para ellos tanto una garantía de la seguridad nacional como com- pensaciones por pérdidas y agravios pasados. Wilson aceptaba la idea de que hubiera ciertas compensaciones por daños contra civiles y su
  9. 9. 24 El período de entreguerras en Europa propiedad e incluso contribuciones para ayudas a mutilados y pen- siones para viudas de guerra, pero le horrorizaba la magnitud de la suma propuesta por sus aliados principales. Por tanto, Francia y Gran Bretaña se encontraban enfrentadas a los americanos por el asunto de las reparaciones, pero también discutían violentamente en- tre sí a causa de las partes que les correspondían de la cantidad que se podía esperar que pagara Alemania. También había un amargo resentimiento por la magnitud de la deuda que los Aliados tenían con Estados Unidos, país del que se decía mordazmente que era el único que había sacado beneficios de la guerra. Se sugirió que si los americanos estaban dispuestos a cancelar esa deuda tal vez se podría mostrar mayor magnanimidad hacia Alemania y cumplir los eleva- dos principios de Wilson. Evidentemente el presidente nunca habría podido obtener la aprobación del Congreso para tal plan. Estas diferencias de planteamiento y de opinión se reflejaban en el Comité de reparaciones. Los franceses pensaban que había que obligar a los alemanes a pagar 200 billones de dólares, los británicos dejaban la suma en 120 billones de dólares, mientras que los ameri- canos creían que 22 billones de dólares era el máximo absoluto que se podía esperar. Había opiniones igualmente encontradas en cuanto a la cantidad que Alemania podría pagar realmente y en cuanto a la forma en que estos pagos por indemnización se debían dividir entre Francia y Gran Bretaña. Lloyd George estaba convencido de que era absurdo imponer exigencias a Alemania que superaban con creces su capacidad de pago, y temía que unas reparaciones excesivas resultaran dañinas para los intereses comerciales británicos en Alemania. El Daily Mail de Lord Northcliffe y una serie de diputados conservadores seguían agitando a la opinión pública a favor de las reparaciones como cas- tigo y el primer ministro se encontraba en una posición sumamente difícil. Por fin derrotó a la línea dura en la Cámara de los Comunes y el triunfo de algunos moderados en elecciones complementarias lo convenció de que podía permitirse adoptar una postura más mode- rada y razonable en París. El ministro francés de Economía, Klotz, propuso el 28 de marzo que la suma total de las reparaciones se calculara después de la Con- ferencia de Paz por medio de una Comisión de reparaciones especial. Hubo acuerdo general con respecto a esta propuesta, pero aún que- daba en el aire el tema de si ese total debía representar la cantidad que Alemania debía con respecto al daño que había causado o si era á a s Los tratados de paz 25 simplemente un cálculo de su capacidad de pago. Los americanos pensaban que había que obligar a Alemania a pagar lo que pudiera durante treinta años, pero los franceses ínsistían en que tenía que pagar todo lo que debía, por mucho que tardara. Lloyd George apoyaba la postura americana, pero estaba decidido a que Gran Bre- taña se llevara su parte de las reparaciones. Aún tenía que prestar atención a los que lo criticaban en su país, que seguían denunciando sin parar su caridad excesiva hacia los alemanes. Wilson amenazó con abandonar la Conferencia si los franceses no moderaban su pos- tura y como demostración ordenó al George Washington que se preparara para zarpar de Brest. Entonces los franceses aceptaron que las reparaciones se basaran en la capacidad de pago de Alemania, pero esto no hizo más que provocar una nueva ronda de discusiones sobre las sumas y los plazos de pago. El aplazamiento de la suma final de las reparaciones fue un com- promiso inseguro. Era demasiado blanda para la línea dura y dema- siado severa para los moderados. Fue causa de años de forcejeos en la Comisión de Reparaciones, debilitando por ello la unidad aliada y alimentando los resentimientos nacionalistas de Alemania. _ Evidentemente no se podían esperar indemnizaciones o compen- saciones por parte de los alemanes a menos que se demostrara que eran culpables. A los hombres de Estado reunidos en París no les cabía la menor duda de que así era y también se acordó en general que había que juzgar y castigar a algunos alemanes prominentes por sus crímenes. Lo que no estaba claro, sin embargo, era la mejor forma de llevar a juicio a estos criminales de guerra y se creó una comisión especial para investigar este problema. Había quienes, como Lloyd George, pensaban que el Kaiser debía ser juzgado y conde- nado por el «mayor crimen de la historia», pero Woodrow Wilson contestó que esto sólo serviría para convertirlo en un mártir. La Comisión informó de que la culpabilidad alemana se basaba en la flagrante violación del Tratado de 1839 que garantizaba la neu- tralidad de Bélgica y en actos individuales tales como obligar a las jóvenes a ejercer la prostitución y el hundimiento de barcos median- te submarinos. El debate en torno a si el Kaiser debía ser juzgado o no continuó y cuando por fin Wilson se avino a aceptar los argu- mentos a favor del juicio planteó si habría suficientes pruebas para asegurar la condena. Lloyd George perdió la paciencia con este ar- gumento y dijo que lo importante era enviarlo a «las islas Malvinas o a la isla del Infierno». Entonces se planteó el tema de si el vere-
  10. 10. í l i i 26 El período de entreguerras en Europa dicto se debía basar en una decisión unánime o en el voto de la mayoría. Lloyd George no confiaba lo suficiente en los japoneses como para apoyar la idea del voto unánime. Pese a todas estas di- ferencias hubo total acuerdo con respecto a que se debía juzgar al Kaiser y el tratado declaraba que: «Las Potencias Aliadas y Asocia- das acusan públicamente a Guillermo II de Hohenzollern, antes Em- perador alemán, de un delito supremo contra la moralidad interna- cional y la inviolabilidad de los tratados. » El tratado también incluía tres menciones a la culpabilidad alemana: en el preámbulo y en las secciones sobre reparaciones y sanciones. - Como jamás se juzgó a ninguno de los criminales de guerra, la cláusula sobre la culpabilidad de guerra sólo tenía importancia en el sentido de que proporcionaba la base legal para la serie de repara- ciones. Por esta razón, y también porque era una cuestión de honor nacional, en Alemania se la consideró como la sección más insultante y difamatoria de todo el Tratado. No sólo se pensaba que era enor- memente hipócrita, también se dijo que era ilegal porque suponía una violación de la máxima legal 7114114 poema sine lege. Los acusados eran considerados culpables de unos crímenes que no habian existido en la ley internacional en el momento que se decía que habían sido cometidos. Como representante del gobierno alemán, Brockdorfí- Rantzau exigió ver las pruebas de la culpabilidad alemana, insistió en que la guerra había sido una defensa contra la agresión y la tiranía zaristas y reclamó un tribunal imparcial que investigara los orígenes de la guerra. Los Aliados no soportaron estos argumentos. Consi- deraban la invasión de Bélgica como un crimen y dijeron que ante la ley todos los crímenes debían ser expiados, En Alemania la Cláu- sula sobre la culpabilidad de guerra sigue siendo un tema que des- pierta grandes pasiones incluso hoy día. Ni Gran Bretaña ni Estados Unidos tenían una política coherente con respecto a los nuevos estados de Europa del Este. Sólo Francia los apoyaba plenamente y estaba decidida a que fueran viables desde el punto de vista económico y defensibles desde el punto de vista estratégico. Había sospechas, expresadas sobre todo por los italia- nos, de que los franceses estuvieran tratando de recrear el Imperio de los Habsburgo con su capital en París en lugar de en Viena. Los americanos tenían dificultades para reconciliar el principio de la au- todeterminación de los pueblos con la necesidad de la viabilidad económica y estratégica. A los británicos les preocupaba la inclusión de importantes minorías étnicas en los nuevos estados, pero tendían Los tratados de paz 27 a ponerse del lado de los franceses, con la esperanza de actuar como mediadores, ganar influencia en Europa del Este y fomentar sus intereses comerciales. Pensaban que la mejor forma de conseguirlo sería dentro de una federación del Danubio, una especie de Imperio de los Habsburgo sin los Habsburgo, pero este plan era totalmente contrario a la decisión de los nuevos estados de conservar y forta- lecer su recién ganada independencia. Otra dificultad era que las grandes potencias no tenían prácticamente tropas en la zona. Los británicos retiraron sus fuerzas para servir en Oriente Medio y los franceses mantenían una presencia muy modesta. Los estados suce- sores no tardaron en disponerse a agarrar todo el territorio que pu- dieran y estos continuos incidentes fronterizos movieron al Congre- so a lanzar una serie de severas advertencias, todas las cuales fueron cuidadosamente pasadas por alto. A Rumanía se le había prometido un gran pedazo de Transilva- nia, el Banato y Bucovina, según las disposiciones del Tratado de Bucarest firmado con la Entente en agosto de 1916. Ahora los Aliados decían que como los rumanos habían contribuido modestísimamente al esfuerzo bélico estas disposiciones eran demasiado generosas, aña- diendo que las reclamaciones de Serbia con respecto al Banato Oc- cidental estaban justificadas. Los rumanos avanzaron con creces por encima de la línea aprobada en el Tratado de Bucarest y precipitaron una crisis que contribuyó a que Béla Kun y los comunistas subieran al poder en Hungría. Con los comunistas al mando de Hungría el tema de la frontera rumano-húngara se mezcló con el tema de cómo detener la expan- sión del bolchevismo. Lloyd George y Woodrow Wilson se plan- tearon la idea de expulsar a Rumanía de la Conferencia por violar el Tratado de Bucarest, pero en cambio se le impuso un bloqueo a la Hungría comunista. En el ministerio de Asuntos Exteriores bri- tánico, en la Cámara de Diputados francesa y entre firmes antibol- cheviques como Poincaré había muchas personas que apoyaban las reclamaciones rumanas. Se discutió la idea de enviar una fuerza alia- da conjunta a Budapest para derrocar el régimen de Béla Kun, pero no se llegó a nada. Por fin el odio hacia el comunismo abogó los sentimientos hostiles contra los rumanos y el Congreso dio a Ru- manía prácticamente carte blanc/ Je para expulsar a los comunistas húngaros. Así lo hicieron, pero entonces el problema fue hacer que los rumanos se fueran de Hungría y evitar que saquearan el país. El primer ministro rumano, Bratianu, insistía en que las tropas rumanas
  11. 11. _. .. 28 El período de entreguerras en Europa sólo se irían de Hungría si las potencias aceptaban las fronteras de 1916. Unicamente tras recibir repetidas amenazas aliadas, incluida la de romper relaciones diplomáticas, aceptaron los rumanos retirarse tras el río Tisza. El 25 de noviembre Sir George Clerk, como representante del Consejo Supremo, reconocía al nuevo gobierno de coalición húnga- ro. Los húngaros bombardearon a los hombres de Estado reunidos en Paris con una serie de notas en las que se pedía que se redujeran las reparaciones y que el arreglo territorial fuera menos draconiano. El conde Apponyi insistía en que las condiciones impuestas a Hun- gría eran mucho más severas que las impuestas a cualquier otro país vencido y que al haber perdido dos tercios de su población Hungría no estaba en condiciones de responder a las exigencias aliadas. Los gobiernos británico e italiano escucharon comprensivamente a los húngaros, pero no estaban dispuestos a hacer mucho sobre el tema. Los franceses estaban ansiosos por acabar de una vez con la Con- ferencia de Paz y el definitivo Tratado de Trianon, firmado el 4 de junio de 1920, hacía unas cuantas concesiones sin importancia con respecto a las reparaciones, pero por lo demás era prácticamente idéntico a las condiciones originales. Los austriacos, al haber perdido su imperio, pensaban que su única esperanza de supervivencia era unirse a Alemania. Los britá- nicos y los americanos simpatizaban con esta idea, porque pensaban que esto diluiria el elemento prusiano de Alemania, que se conside- raba como la fuente de todos los males. Es más, como era evidente que la Federación del Danubio no se iba a realizar, se pensaba que una federación de estados alemanes podría ser una alternativa que funcionara. Francia e Italia se oponían totalmente a esta idea, así como los estados sucesores. Querían que la separación permanente de los dos países constata por escrito en los tratados y que los Aliados se ocuparan de detener por la fuerza cualquier movimiento hacia una 1471561711455. Al final, los tratados sí que incluían una refe- rencia a la posibilidad de revisar este artículo, pero todo el mundo dio por sentado que una vez que la economía austriaca estuviera bien encarrilada el entusiasmo por una unión con Alemania se apagaría. Hubo más revisiones del arreglo territorial cuando Klagenfurt fue devuelto a Austria tras un plebiscito, al haber sido ocupado por el Ejército yugoslavo. Burgenland también fue devuelta a Austria, s0- bre todo para debilitar a una Hungría todavía controlada por los comunistas. N. nlawu. n4r‘e. ».av. tnmiuonmvanwmhmmauaa». «vn-risk: gülélbihFdósmlruéhuvlwdwetflkLvn Los tratados de paz 29 Se le exigieron indemnizaciones a Austria y también hubo una cláusula sobre la culpabilidad de guerra. Se recibió con especial re- sentimiento la afirmación aliada de que sólo los ciudadanos de len- gua alemana del Imperio Habsburgo habían apoyado la guerra y como era de esperar las austriacos dijeron que las reparaciones eran de todo punto excesivas y poco realistas. Sólo se hicieron unas con- cesiones muy pequeñas en el Tratado de St. Germain, firmado el 1_O de septiembre de 1919, y hasta 1921 no se acordó quedas indemni- zaciones exigidas a Austria superaban con mucho su capacidad de pago. De todos los estados de Europa del Este, Bulgaria era el que más detestaban los Aliados. Pensaban que Bulgaria era la Prusia de los Balcanes, como lo expresó el primer ministro griego Venizelos, y que continuamente había actuado por los motivos más viles. Tras haberse hecho con un territorio en la Segunda Guerra Balcánica de 1913, los búlgaros se habían unido a las potencias centrales con la esperanza de recoger algo más de botín y habían llevado la guerra de una forma brutal y cobarde. El odio hacia Bulgaria se fortalecía aún más por el deseo de tener las mejores relaciones posibles con los enemigos tradicionales de Bulgaria, Grecia y el nuevo Estado de Yugoslavia. Una Vez más, los italianos fueron la excepción. Decidi- dos a frustrar a los yugoslavos y a los griegos, comenzaron a intrigar con los búlgaros. Los americanos, con su obsesión por la autode- terminación de los pueblos, también se inclinaban a ser más clemen- tes con los búlgaros que los británicos o los franceses. Al discutir si la Tracia Occidental, casi toda arrebatada por los búlgaros a los turcos en 1913, debía ser para Grecia, los británicos y los franceses se encontraron enfrentados a los italianos y losamew ricanos. Los italianos esgrimían argumentos étnicos y económicos a favor de que la Tracia Occidental siguiera siendo parte deABulgaria. Los americanos afirmaban que la pérdida de este territorio provo- caría tal resentimiento que empujaría a los búlgaros a lanzarse a la guerra una vez más. Los británicos y los franceses insistían en que había que castigar a Bulgaria y que no se podía esperar que Veni- zelos regresara a Atenas con las manos vacías. Discutieron los argu- mentos de Italia señalando que Bulgaria aún tendría. acceso al mar Negro y por tanto al Egeo, ya que los estrechos se‘ iban a interna- cionalizar. Los griegos también eran el grupo minoritario mas gran- de de la Tracia Occidental. Al final se acordó que la Tracia Occi- dental fuera ocupada por los Aliados, quienes se la entregaron a los griegos en 1920, ante la furia de los búlgaros.
  12. 12. 30 El período de entreguerras en Europa Las peticiones americanas de que el principio de 1a autodeter- minación se aplicara a Macedonia fueron rechazadas, pues habría conducido a un estado de caos aún mayor, y Yugoslavia y Grecia conservaron la posesión del territorio que habían ganado en 1913. Mucho más difícil era el problema de Dobrudja del Sur, que los rumanos habían arrebatado a Bulgaria en 1913. Los rumanos eran una minoría minúscula y los americanos insistían en que el territorio fuera devuelto a Bulgaria. Los británicos y los franceses se atenían al principio de que un aliado no debía ser obligado a entregar terri- torio a un enemigo, aunque esto no pareciera equitativo ni contri- buyera a una paz duradera. Este difícil tema quedó archivado y Dobrudja del Sur ni siquiera se mencionaba en el Tratado de Neuilly del 27 de noviembre de 1919. El Tratado de Neuilly llenó a los búlgaros de amargura y resen- timiento y los convirtió en una fuente de inestabilidad en potencia en los Balcanes. Pero sus rivales habían quedado muy fortalecidos. Rumanía salió de la guerra con el doble de territorio y de población. Serbia se transformó en Yugoslavia, que tenía tres veces su tamaño original, y Grecia había aumentado en un 50%. La economía de Bulgaria estaba en ruinas y no podía hacer frente a los pagos de las indemnizaciones que se le exigían. Con la prohibición del recluta- miento, Bulgaria prácticamente no tenía ejército con el que reparar sus agravios. El futuro de los estados bálticos era otro tema que exacerbó la rivalidad anglofrancesa. Dada la posición predominante de Francia en Polonia, los británicos estaban decididos a establecer un co peso en los estados bálticos. El problema inmediato era que se vie- ron obligados a apoyarse en las tropas alemanas para mantener a los bolcheviques fuera de la zona. Estas tropas no resultaron muy efi- caces y los bolcheviques se hicieron con parte de Estonia y ocuparon Letonia. Una contraofensiva de las fuerzas contrarrevolucionarias, en la que la brigada alemana de von der Goltz jugó un papel im- portante, logró hacer retroceder a los bolcheviques, pero esto no resolvió el problema del futuro de los estados. Los blancos, que actuaban como observadores en París, insistían en que los estados bálticos quedaran como parte integrante de una Rusia liberada del bolchevismo. Los polacos ayudaron a echar a los bolcheviques de Lituania, pero luego se negaron a marcharse de Vilna. Von der Goltz derrocó al gobierno de Letonia. Se formó una comisión báltica para ocuparse de estos problemas, que pidió la retirada de los alemanes Los tratados de paz 31 105 polacos y la formación de ejércitos locales bajo la supervisión dg la Misión Militar británica. El tema de las. futuras relaciones con Rusia quedó decidido cuando el Ejército báltico de rusos blancos de Yudenich fue aplastado por el Ejército Royo en elotorio de 1919. Las fuerzas alemanas y polacas se retiraron, y a principios de i920 los soviéticos reconocieron la independencia de Estonia, Letonia y Lituania. Aunque en Gran Bretaña había unos cuantos defensores entu- siastas de una sociedad de naciones, eran obieto de desconfianza por parte de Whitehall, donde se consideraba qiie el equilibrio de poder y la fuerza de la armada eran garantías mas seguras de la paz y la estabilidad. Pero la firme creencia del presidente Wilson en ‘un mun- do de postguerra salvaguardado por una sociedad de naciones era compartida por algunas personalidades influyentes, entre ellas Lord Robert Cecil y el general Smuts. La opinión pública apoyaba el plan y Lloyd George empezó a pensar que el apoyo a la Sociedad era un precio pequeño a pagar por la amistad de Estados Unidos y para calmar a sus críticos radicales en su país. _ ‘¡Los franceses pensaban que el propósito de la Sociedad vera ga- rantizar los tratados de paz, salvar al mundo de las agresiones y hacer respetar la justicia internacional. Los americanos pensaban que la mejor forma de asegurar esto era mediante el desarme y mediante la aplicación de sanciones contra las naciones culpable/ s. Esto no era suficiente en absoluto para los franceses, quienes queriarruna fuerza internacional, propuesta que a Lloyd George le parecía intolerable. No entendía por que la función principal de la Sociedad debia ser la protección de Francia contra la agresion alemana y dudaba de que alguna Vez pudiera crear una fuerza de policia internacional eficaz. Los franceses apoyaban la petición de los estados más pequenos de que se los incluyera en el Consejo dela Sociedad de ‘NKCIOIICS, pues pensaban que tendrían más probabilidades de resistir los mo- vimientos revisionistas alemanes y que tendrían mas interes en res- petar los tratados que 'las grandes potencias anglosayonas. Pero la idea de que la Sociedad tuviera un poder real y que representara los intereses de las naciones más pequeñas resultaba inaceptable para los británicos y los americanos tenían serias reservas al respecto, en es- pecial porque ello suponía una interferencia con la sacrosanta Doc- trina Monroe. Tras muchas discusiones, se acordó ‘que los estados más pequeños estuvieran representados en el ‘Conseio, pero se dejo en el aire el terna de su selección. Hubo unanimidad con respecto a
  13. 13. 32 E] período de entreguerras en Europa un tema: la Sociedad estaba diseñada fundamentalmente para man- tener bajo control a los alemanes y Alemania no sería admitida en la Sociedad hasta que no acabara un período vagamente definido de reconstrucción postbélica. Se rechazó una propuesta francesa de que la culpabilidad de guerra de Alemania constara por escrito en el Pacto de la Sociedad, por ser considerada contraria al espíritu de «unión y concordia entre los pueblos», como comentó con cierta mojigatería el representante portugués. Las discusiones acerca de la Sociedad también se vieron envene- nadas por la creciente rivalidad naval entre Gran Bretaña y Estados ‘ Unidos. Los británicos estaban furiosos porque el programa ameri- cano de construcción naval aspiraba a crear una flota más grande que la Armada Real. Los americanos dijeron que estarían dispuestos a reducir el tamaño de su armada cuando la Sociedad comenzara a funcionar debidamente, pero como Lloyd George y casi todos sus consejeros dudaban de que esto fuera a ocurrir alguna vez, apenas se sintieron reconfortados. Los americanos aceptaron una modifica- ción de su programa de construcción naval cuando Lloyd George amenazó veladamente con oponerse a los esfuerzos de Wilson por hacer valer la Doctrina Monroe contra cualquier intento por parte de la Sociedad de interferir en los asuntos panamericanos. Por fin se aceptó un pacto, pero se trataba de un documento insípido que evitaba todos los temas contenciosos. Pero iba dema- siado lejos para los que, como Lloyd George, temían que la inclu- sión de los estados más pequeños en el Consejo, unida a la obliga- ción de los miembros de llevar a cabo acciones contra cualquier estado que atacara a otro o que amenazara con la agresión, llevara a los estados más pequeños a arrastrar a las grandes potencias a guerras en las que sus propios intereses no corrían peligro. Otros, corno los franceses, pensaban que estas obligaciones estaban tan os- curamente definidas que prácticamente carecían de valor. La Socie- dad de Naciones surgió, pues, con poco entusiasmo, y las probabi- lidades de éxito no estaban muy claras. Detrás de todos los problemas del acuerdo de paz estaba la in- capacidad de comprender que las certidumbres anteriores a la guerra habían sido destruidas. Los hombres de Estado reunidos en París no eran miopes ni estúpidos. Una civilización se había hundido a su alrededor a tal velocidad que estaban aturdidos y no podían com- prender lo que les estaba pasando. La era del liberalismo se había acabado y el futuro iba a ser heredado por los dictadores: hombres Los tratados de paz 33 resueltos y pobres de espíritu cuyo total desprecio por los valores liberales era tal que los hombres de Estado con una mentalidad más gradicional se quedaban absolutamente desconcertados. Los torpes compromisos que habían realizado en el pasado eran ahora consi- derados por muchos como crímenes, eri lugar de sellos del arte del diplomático. La etiqueta de pacificador, en tiempos honrosa, iba a convertirse, pues, en un término de oprobio. _ Los principios liberales quedaron inevitablemente comprometi- dos en el acuerdo de paz, aunque casi todos los hombres responsa- bles de dar forma a los tratados tenían impecables credenciales libe- rales. Para asegurar que nunca volviera a ocurrir algo tan espantoso como la última guerra, estaban decididos a que los principios libe- rales democráticos se aplicaran en todo el mundo mediante los ofi- cios de la Sociedad de Naciones. Al parecer estaban ‘convencidos de que los principios liberales eran ‘tan evidentes y ciertos y que el respeto a la ley estaba tan extendido que serian aceptados de buen grado. Por desgracia, había estados que pensaban que estas verdades aparentemente obvias eran fraudes y engaños para tapar la explota- ción y la represión despiadadas. Aún mas grave era la contradiccion dentro del pensamiento liberal entre un profundo rechazo a la vio- lencia y la necesidad de utilizar la fuerza para hacer respetar la ley. La paz era la virtud más grande, por tanto el empleo de la violencia para asegurar el imperio de la justicia era algo que a los hombres de Estado reunidos en Versalles les costaba aceptar. Es más, pese a todo lo que se decía sobre el imperio de la justicia, cada Estado estaba decidido a preservar su soberanía y a ocultar del escrutinio interna- cional sus propias injusticias y violaciones de los principios que ala- baban sin acatar. Los que estaban dispuestos a destruir el acuerdo de paz, enca- bezados por los dictadores, se apresuraron a utilizar estas contradic- ciones contra los que lo habían diseñado, con un efecto devastador. ¡ban a apuntarse sus mayores triunfos con el tema de las nacionali- dades. Al fin y al cabo, si la creencia liberal en la autodeterminación de los pueblos era correcta, entonces el acuerdo de paz era una tremenda injusticia; muchas personas bienintencionadas se mostra- ron de acuerdo con esto. Si había una injusticia, o la posibilidad siquiera de una injusticia, entonces habia que someterlo a negocia- ción y solucionarlo por la vía del compromiso en lugar de la vio- lencia. No importaba que el porcentaje de personas en Europa obli- gadas a vivir en una tierra extranjera fuera un simple 4%, ni que la
  14. 14. ‘it 34 El período de entreguerras en Europa mayoría de ellas estuviera razonablemente satisfecha hasta que los demagogos sin escrúpulos les hacían tomar conciencia de los horro- res de su destino. Tampoco tenía gran importancia que en una zona pequeña como Europa, con tantos idiomas y culturas distintos, los problemas de este tipo fueran inevitables. Había de por medio una cuestión de principios que les daba mala conciencia a los hombres de Estado de mentalidad liberal, lo cual a su vez los llenaba de deseos de negociar, deshaciendo asi el acuerdo de paz y entregando la iniciativa a los que se oponían implacablemente a todo lo que representaba. XSi no se podía hacer respetar el imperio de la justicia internacio- nal y si el problema de las minorías no se podía resolver satisfacto- riamente dentro del marco de los tratados de paz, ¿cómo, pues, se podía asegurar la paz de Europa? Los que pensaban que la fe en la eficacia final de la Sociedad de Naciones era un triste engaño vol- vieron a la políúca tradicional del equilibrio de poder‘ Pero faltaba un componente clave para poder contener eficazmente a Alemaniai Los Aliados estaban interviniendo en la guerra civil rusa y estaban dispuestos a aislar al régimen soviético y a detener cualquier tipo de expansión hacia el oeste. Rusia era ahora una nación tan proscrita como Alemania, pero sin la alianza con Rusia la Entente tenía que apoyarse en los estados mucho más débiles de Checoslovaquia y Polonia. Pero por débil que resultara ser tal alianza, se veía aún más debilitada por las rivalidades entre estos dos estados y entre las gran- des potencias, las cuales a su vez eran en gran medida resultado de la Conferencia de Paz. gParadójicamente, la Alemania derrotada se vio enormemente for- talïécida desde el punto de vista estratégico, pese a las interminables quejas en sentido contrarioïfiRusia se encontraba en un estado de caos casi total. Polonia y Checoslovaquia nunca podrían hacer el papel de Rusia como barrera contra la expansión de Alemania hacia el este. La economía de Francia había quedado devastada por la guerra. Los Aliados eran absolutamente incapaces de llegar a un acuerdo sobre una política común, ya fuera sobre el carácter del acuerdo de paz o sobre los medios para llevarlo a cabo. Alemania quedó en potencia como el Estado más fuerte con diferencia de toda Europa y desde el mismo inicio de la República de Weimar estuvo dispuesta no sólo a que el acuerdo de paz fuera destruido, sino a que el mapa de Europa se volviera a dibujar de forma que Alemania fuera aún más poderosa de lo que lo había sido en 1914. Hasta las reparaciones se quedaron cortas con respecto a la «paz Los tratados de paz 35 cartaginesa» que tanto temía Keynes y que, segun pensaba él, em- Pujaría a los alemanes a los brazos de los comunistas. Los alemanes se negaron a aceptar que tuvieran que pagar ninguna reparacion o Perder territorio alguno, porque no querian reconocer el hecho de que en realidad habían perdido la guerra. The Economic Consequence: of the Peace de Keynes les proporcionó todos los argumentos que necesitaban para aplastar a sus criticos y remover su conciencia liberal. La clásica refinación a Keynes The Economic Consequemes of M7 Keynes, de Etienne Mantoux, no fue escrita hasta que Alemania estuvo de nuevo en guerra y Francia se encontraba al borde ‘del colapso. En ningún momento las reparaciones fueron la carga sadica e intolerable ¿E 1a que se quejaban los alemanes con tanto iestrepito, y tras 1f)21 fueron reducidas de tal forma que ya no constituyeron un gravenm- pedimento para el crecimiento económico. Alemania tenía la capacidad deygo, pero ciertamente no tenía el deseo de hacer los sacrificios. » En el fondo, por muchas enmiendas que se hubieran hecho, los alemanes no se habrían sentido satisfechos e incluso es dudoso ‘que una vuelta a la situación de 1914 hubiera sido suficiente. Tal idea era impensable en 1919, pues nadie tenía la menor sobre la culpabilidad de guerra y ningún político habría sobrevivido Sl l-ru- biera sugerido que se perdonara a Alemaniamna vez que los Alia- dos occidentales comenzaron a dudar del acuerdo, a pensar en en- mendarlo e incluso a tener remordimientos al pensar que tal vez era demasiado duro e injusto, todo el sistema empezó a tambalearser Los elevados ideales de los que estaban convencidos de que el acuerdo de paz y la Sociedad de Naciones que estaba diseñada para llevarlo a cabo asegurarían un futuro tranquilo y justo resultaron ser meras ilusiones. Pero fue un noble sueño liberal que siguió viviendo, mo- derado por la triste conciencia gradual de que los sueños de los hombres, por nobles y elevados que sean, tienen que estar mezclados con un frío realismo para no ser destruidos. Pero los yencidos. no opiriaban así en absoluto. Pensaban que se les estaba haciendo objeto de un castigo monstruoso por un crimen que no habían cometido. Estaban furiosos por la forma en que fueron juzgados y Condenados por los términos del Diktat que les fueron impuestos. Pensaban que los ideales de la Sociedad de Naciones eran pura palabrería y que había que destruir todo el sistema. Así pues, con la excusarde deshacer agravios, se cometieron crímenes inimaginables. El camino de Versalles a Munich fue corto y estuvo allanado por las contra- dicciones inherentes al acuerdo de paz.
  15. 15. Capítulo 2 ECONOMIA: INFLACIÓN Y CRISIS Aunque los historiadores de la economíasin duda seguirán dis- cutiendo los efectos a largo plazo de la guerra, en especial el tema de si fue o no directamente responsable de la gran crisis, no puede caber la menor duda de que sus efectos inmediatos sobre la vida económica y social fueron profundos y demoledores. La más evi- dente e inmediata de estas consecuencias fue la terrible pérdida de vidas. Unos 60 millones de europeos fueron movilizados durante la guerra y de éstos murieron unos ocho millones, siete millones que- daron permanentemente inhabilitados y 15 millones fueron grave- mente heridos. Evidentemente fueron los hombres jóvenes los que más sufrieron. En Alemania el 40% de los muertos se situaba entre los 20 y los 24 años y el 63% entre los 20 y los 30. Sólo el 4,5% pasaba de los 40 años. También había disparidades sociales entre estas cifras. Los obreros especializados, muchos de los cuales fueron eximidos del servicio militar, fueron los que menos sufrieron. La clase media, que en todos los países beligerantes constituyó el grueso del cuerpo de oficiales, sufrió las pérdidas más grandes. Aunque las estadísticas distan mucho de ser satisfactorias, se ha calculado que Alemania perdió el 15,1% de su población activa mas- 36 onomía: inflación Y “¿sis 37 i . ‘ _H ’ el 17,1"/ , Francia el 10,5% y Gran Bretaña clfllgnïáfiáïïiosutfiígl: que miirieron dejaron viudas y huérfanos. e g , o . _ . '11 d franceses. Quedaron 680.000 viudas y, , MÉÏÏJO: uïénïjlceogïssnaïalidad notablemente bajo, la cantidad re- , ‘¿Zvlamenge pequeña de 760.000 huérfanos. En Europa en total que- da on unos 4 25 millones de viudas y posiblemente hasta ocho rni- r , florïíïsniegiliddriiaiïïesinento de la mortalidad civil fue el resultado de 1:‘ d snutrición las deficientes condiciones sanitarias, las privaciones , a e > ‘ ja terrible epidemia de la gripe española. La mortalidad infantil, Y, b‘ n indicador del nivel general de salud, aumentó marcadamente . ue en 1918. Unos cinco millones de civiles murieron por estas causas roducidas por la guerra. La población se vio además afectada por l) brusca caída de la natalidad durante los años de guerra. En 1916 1: natalidad francesa estaba a la mitad que en 1913 y la natalidad alemana bajó el mismo porcentaje al año siguiente. Si la natalidad se hubiera mantenido al nivel de 1913 la población de Alemania habría aumentado en 3,7 millones, la de Francia en 911.000 y la de Gran Brelïarlialofinarïiïaïigfiïerïores a la guerra había un ligero predominio del ' ero de mujeres sobre el de hombres en Europa y esta tendencia num‘ acentuada como consecuencia de la guerra. Hacia 1921, el E: 4:32 de la población alemana era femenino. En Francia la cifra era del 52,5% y en Gran Bretaña del 52,3°/ c¡. Hacía 1921, el 36,8% de las mujeres de Francia estaban solteras, un aumento con respecto al 31 3% de 1911. En parte esto se debió a un aumento de la tasa de divorcios a causa de las tensiones producidas por las largas separa- ciones durante la guerra y a un relajamiento de las costumbres ¡‘no- rales en el mundo de postguerra. EnAlemania tasa de divorcios se duplicó a principios de los años veinte y lo mismo se puede decir de Francia y Gran Bretaña. Así pues, hubo un ligero incremento de los grupos de edad avan- zada y de la proporción de mujeres. Una cantidad de mujeres lige- ramente mayor que antes de la guerra ocupaba puestos de direccion y profesionales, pero ciertamente esto no significaba en absolut/ o una revolución en la situación de las mujeres. Los hombres eran medicos y las mujeres eran comadronas y las empresas dingidas por mujeres eran sin duda menos importantes que las llevadas por hombres. El porcentaje de mujeres que trabajaban en la industria cayo sensible- mente tras la guerra ya que los hombres que regresaban del frente
  16. 16. 38 El período de entreguems en Europ volvieron a sus anteriores puestos de trabajo y las mujeres encon traron trabajo en el sector de servicios y en la agricultura. Esto trabajos industriales habían cambiado como consecuencia de la me canización y la racionalización, lo cual hizo que para los soldado i licenciados fuera aún más difícil adaptarse a la vida civil. La guerra también había acelerado enormemente el proceso de urbanización fue en las ciudades donde se notaron más los cambios y las tensiones sociales provocados por la guerra. A pesar de la horrible e innecesaria pérdida de vidas durante la guerra sería un grave error atribuir los fallos del período de entre- guerras a la falta de una «generación perdida». Según este mito la élite intelectual fue destruida en la guerra y sólo quedaron los me diocres para convertirse en políticos de segunda fila, capitalistas sin imaginación y rígidos burócratas que fueron incapaces de superar las sucesivas crisis y que fueron directamente responsables de otra gue- rra mundial. Es cierto que los hombres jóvenes de la élite sufrieron las peores pérdidas, pero si murieron 2.680 graduados de Oxford también habría que recordar que también sobrevivieron 14.650 (80%) de los que lucharon. En brutales términos económicos, dado que aquél fue un período de un alto nivel de desempleo se puede aducir y que estas grandes pérdidas en realidad aliviaron la situación pese a la merma de los especialistas, los inteligentes y los emprendedores. La guerra también había causado una destrucción material sin precedentes. En Francia fueron destruidos 250.000 edificios y otros 500.000 sufrieron daños; 6.000 millas cuadradas quedaron devastadas y esta área equivalía al 20% de la agricultura del país, el 70% de su producción de carbón y el 65% de su acero. Se ha calculado que el valor total de las pérdidas de bienes durante la guerra fue de 30.000 millones de dólares. Alemania fue la que menos sufrió y sólo perdió unos 1.750 millones de dólares. Estas cifras pueden ser engañosas. En términos del valor del dólar países como Polonia no salieron tan mal parados, pero 11 millones de acres de tierra de cultivo y seis millones de acres de bosque quedaron asolados, murió el 60% de la cabaña de ganado y 1,8 millones de edificios fueron destruidos. La destrucción por todo el resto de Europa del Este y los Balcanes fue a una escala parecida y en Rusia la pérdida de vidas y bienes durante la guerra mundial y la guerra civil es algo imposible de describir. El coste de cuatro años de guerra casi total fue brutal, ya que estaba 6,5 veces por encima de las deudas nacionales totales del mun- do desde finales del siglo XVIII hasta 1914. Del total de 260 billones Economía: inflación Y “¡sis 39 ' ares los Aliados debían 176 billones. La mayoría de estos n , a. 9. i había sido cubierta por la financiación deficitaria y las rentas ilcosics’ oca habían bastado tan sólo para cubrir una mínima fracción Ï ‘¿el a ‘iio total Esto tuvo como consecuencia un enorme incremento e ga ‘ ¿e ¡a5 existencias de dinero y las reservas de oro y plata disminuye« casi todos los países beligerantes abandonaron el patron oro ‘qu. monedas perdieron valor rápidamente. La inflación aumento sus > omemmte de forma imposible de controlar hacia el final de la - en ' erra. Unas fuertes políticas gubernamentales podrían haber refre- gud la inflación crónica de los inmediatos años de postguerra. im Zunque las potencias centrales no sufrieron muchos daños ma- renales, durante la guerra fueron obligadas a pagar fuertes sumas según los términos de los tratados de paz. Alemania, por ejemplo, perdió un 15% de su capacidad anterior a la guerra, todas sus iái- versiones en el extranyero y el 90% de su flota mercante. El acuer q territorial provocó una serie de graves dislocaciones y la suma tota d 1 or re araciones aunque no estaba especificada, se e os pagos p P i , . consideraba en general como una carga intolerable. ‘Sin duda el Tra- tado de Versalles era duro, pero no se puede decir quefuera res- ponsable de todos los problemas económicos de Alemania. Los efectos del acuerdo de paz también fueron graves en Aus- tria-Hungría. La producción agrícola había caído en un y hacia 1919 Austria prácticamente se moría de hambre. El pais soplo tenia 6,5 millones de habitantes, pero deéstos’ 615.900 eran funcionarios que en otro tiempo habían dirigido un imperio de 52 millones de habitantes. Lo aprendido por casi. todos los austriacos era que este patético resto de un otroralgran imperio, muerto de hambre y se- parado de sus fuentes tradicionales de materias primas y de sus mer» cados tradicionales, a cuyas instituciones financieras les negaba un fácil acceso a la mayoría de sus salidas para la inversion, era incapaz de sobrevivir. Hungría, que entregó ‘grandes territorios a Rumania, Yugoslavia y Checoslovaquia, no salió mejor librada. ’ _ Desde el punto de vista territorial las grandes beneficiadas fueron Polonia, Checoslovaquia, Yugoslavia y Rumanía’. PCI‘ 0 5° enïreïïm‘ ban al problema de convertir sus territorios en entidades economicas únicas y viables. Incluso los países neutrales, donde se habian hecho muchas fortunas importantes durante la guerra, sufrieron grave es- casez, altas tasas de inflación y un elevado nivel de desempleo. Dos países se beneficiaron enormemente de la guerra: Estados Unidos y Japón. El primero había convertido una deuda neta de 3.700 millo-
  17. 17. 40 El período de entreguerras en Europ’ nes de dólares, sin contar las deudas intergubemamentales, en u’ crédito neto de aproximadamente la misma cantidad. La producción industrial se había visto estimulada gracias a la demanda aliada d‘ productos americanos y Estados Unidos también había concedido enormes créditos de forma que al final de la guerra sólo estaba detrá de Gran Bretaña como nación acreedora. Japón sólo había desem peñado un papel pequeño en la guerra y había logrado un aumento espectacular de la producción industrial. Entre 1913 y 1918 las ex. portaciones japonesas se triplicaron. Incluso Estados Unidos y Japón sufrieron los efectos de la con- fusión económica de la guerra. Los americanos tenían que encontrar trabajo para cuatro millones de soldados licenciados y los granjeros se vieron gravemente afectados por la caída de los precios agrícolas que habian aumentado de modo excesivo durante la guerra. La ex- portación de productos industriales del nuevo mundo al viejo sólo era posible si los americanos estaban dispuestos a otorgar sustancia- sas líneas de crédito y los hombres de negocios a menudo se dejaban arrastrar tanto por el dicho de «los negocios como de costumbre» que parecían estar ciegos ante el hecho de que el mundo había cam- biado radicalmente como consecuencia de la guerra. Hasta los japo neses sufrieron al principio por la reducción del comercio mundial y por los efectos de la inflación nacional. ' Por muchas ganas que tuvieran todos los estados europeos de volver a los negocios como de costumbre, esto resultó ser especial- mente difícil. Se había abandonado el patrón oro, las monedas ha- bían alcanzado depreciaciones muy distintas y la reconstrucción y restauración del comercio mundial no era posible sin la estabiliza- ción de estas monedas. Con inmensas deudas, reparaciones y dislo— caciones causadas por la destrucción de la guerra y la reestructura- ción de las fronteras de Europa, la tarea de restaurar las monedas se hacía excepcionalmente difícil y los gobiernos, advirtiendo ciertas ventajas a corto plazo, a menudo se mostraban poco deseosos de acometer seriamente el problema de la inflación. La guerra trajo como consecuencia un gran aumento de la de- manda de hierro, acero y carbón y las industrias de ingeniería y de construcción naval progresaron mucho. Una vez terminada la guerra g esto provocó graves problemas de excedente pues era imposible man- tener unos niveles de demanda tan altos. Lo mismo se aplicaba a las materias primas y a los productos agrícolas. Ambos sectores habían conocido una enorme expansión como resultado de la creciente pre- Egonomía: inflación y crisis 41 on de la demanda. Cuando la demanda cayó no había mercado ¿una para el excedente de producción del azucar cubano, el caucho malayo, el estaño boliviano o el cereal ‘americano y en consecuencia los precios, cayeron los beneficios y con ellos la demanda e Productos manufacturados europeos. La sustitución de importa- .2. E? o t: . ¿íoneg que comenzó como exigencia de la guerra, continuó en el período de postguerra, lo cual condujo a laerosion del dominio de industrias tales como los tintes de Alemamao el algodón de Lan- 7 cashire. Igualmente las nuevas tecnologías debilitaron a las industrias ‘ ‘ os nitratos sintéticos su usieron el fin del comercio gfadlClofl es. _ P , ) de nitratos chileno y el petróleo sustituye al carbon como combus- fible básico. Las tecnologias innovadoras aprovecharon las oportu- ' riidades ofrecidas durante la guerra, pero los sectores tradicionales se oponían y se resistían a ellas amargamente, lo cual hizo que sur- gieran graves problemas de adaptación a una economía basada en la . itecnología. Casi todos los hombres de Estado eran tan conservado- res como estos tradicionalistas hombres de negocios, de modo que muchas de las oportunidades de crear un nuevo orden económico, moderno y dinámico, se perdieron en un intento decidido de recu- iperar un mundo que habia desaparecido para siempre. Se puede aducir que, eri cualquier caso, este mundo estaba ya por acabar y que la guerra simplemente aceleró el proceso. El libre cambio estaba dando paso al proteccionismo y los mercados estaban dominados por carteles y monopolios. El poder de adquisición de las monedas europeas estaba destinado a cambiar con distintas tasas, ya que el comportamiento de las economías nacionales difería enor- memente. Ni siquiera el mágico patrón oro podría haber mantenido indefinidamente la notable estabilidad de los tipos de cambio. La intervención estatal en la economía de los años anteriores a la guerra ya era frecuente y el perfil de lo que Hilferding iba a llamar «capi- talismo organizado» ya era claramente visible. gEl gasto masivo en bienes y servicios improductivos y destruc- tores es característico de todas las guerras y conduce inevitablemente a la inflación. Los efectos inflacionistas de la Gran Guerra no tenían, sin embargo, precedente alguno y los expertos no supieron calibrar la enorme demanda reprimida que se desencadenaría una vez se aca- baran el racionamiento, los cupos y los controles. Europa carecía de materias primas, capital y bienes de consumo. Había escasez de bu- ques y la mayoría de los sistemas de carretera y ferrocarril funcio- naba muy por debajo de su capacidad. Los intentos del Consejo
  18. 18. 42 El período de entreguerras en Europ Supremo de Economía, la Comisión Europea del Carbón y el Pla ‘ Meulen por superar estas insuficiencias no tuvieron el menor éxito La búsqueda frenética de materias primas alimento la inflación, hizo — que la recuperación fuera aún más lenta y provocó una mayor de- preciación de las monedas. Entre 1919 y 1920 la Europa continental importó productos por un valor de 17,5 billones de dólares y sólo exportó el equivalente a cinco billones de dólares. Los gobiernos hacian poco por cerrar esta creciente sima y trataban frenéticamente de cumplir con los excesivos pagos de deudas entregando grandes cantidades de moneda al mercado especulativo y negociando présta- mos a corto plazo con unos acreedores cada vez menos dispuestos. Los hombres de negocios querían que se acabaran los irritantes con- troles de la época de la guerra, los gobiernos lo aceptaron y las tasas de inflación subieron aún más, Hacia 1920 los precios en Gran Bre- taña estaban tres veces por encima del nivel de 1913, en Alemania se habían quintuplicado. En Europa del Este la situación era catas- trófica. Los precios en Austria estaban 14.000 veces por encima del nivel anterior a la guerra, en Hungría se multíplicaban por 23.000, en Polonia por 2,5 millones y en Rusia por cuatro billones. A principios de 1920 se redujo la repentina prosperidad. Se ad- virtió primero en los países donde la recuperación industrial fue más rápida. Dando a la actividad manufacturera un nivel de 100 en 1913, Estados Unidos había alcanzado un nivel de 122, Japón 176, Gran Bretaña 93, Francia 70 y Alemania 59. La actividad negociadora disminuyó notablemente en Estados Unidos en enero y en marzo se hundió la bolsa de Tokio, al caer drásticamente el precio de produc- tos básicos como el arroz. Por toda Europa cayeron los precios, aumentó el desempleo y se recortó la producción. Sólo los países cuya moneda no tenía prácticamente ningún valor consiguieron man- tener tasas de producción, ya que sus precios de exportación atraían por lo bajos que eran. La crisis fue más rápida y grave en Estados Unidos en 1920-21 que en la gran crisis de 1929, pero por fortuna duró relativamente poco. Existe mucha incertidumbre entre los historiadores de la econo- mía sobre la razón de que los precios cayeran de forma tan drástica. El razonamiento de que el tema de los suministros fue la causa principal no resulta especialmente convincente. El precio de las ma- terias primas cayó, efectivamente, pero sólo después de que los pre- cios de los productos industriales hubieran empezado a bajar y no hay una auténtica razón para explicar por que unas materias primas Economía; inflación y crisis 43 ’ baratas deberían haber causado una recesión industrial. Hay "las ' d' aciones de que la resistencia de los consumidores forzo 03”? ‘ :1 i; recios pero esto apenas bastaba para haber tenido un la bala e draïlátlco iMucho más importantes fueron las severas po- ¿ido mnfl ‘ ' t ‘de los obiernos de Estados Unidos y Gran fincas’ deEaïixíllllï Ïecididos í equilibrar el presupuesto, reducir el Bretanall‘ s estrin ir el crédito. Tales medidas, adoptadas en un gasto mi liar y ri a líbía comenzado una recesión de la economía ma“? ?? en qláïo}; enormemente este efecto. Otros países como muii‘: ‘¡Ïïgzïía Polonia y Rusia, pero aún más Alemania, optaron , aii-s una politica inflacioiiista. , p _ La caída de los precios de los articuloshizo que a los paises d res les fuera cada vez más difícil cubrir sus obligaciones con deu o d u oniendo que tuvieran la intención seria de hacer sus acrlee Obels’ Sa [de las deudas y reparaciones entre aliados se hizo lo, ’ y e/ plosoitïle La severa política deflacionista del gobierno de Éliiiadïfïdïiiiidos tuvo como consecuencia una fuerte baja de las eit- portacioncs a ese valioso mercado y hubo una grave escasez de do- lares en Europa que sólo se podía contrarrestar en parte mediante la Venta de las reservas de oro, lo cual a su vez retraso la estabili- un de las monedas europeas. Los problemas de las economias zaúlvnales europeas se Complicaban porque habían contraído deudas Ziiciion momento en que los precios estaban altos “m? ” que Pa’ rlas cuando los precios habian bajado una media del 40%. LOS igritentos de aumentar la producción para cubrir estos pagos de deu» das hicieron que los precios bajaran aún más. Cuando empezó la crisis, poco se habia acordado sobre re- paraciones que debía pagar Alemania, salvo un acuerdt? Pmlvïsgmal de que debia a cuenta 1.000.000.000 de libras esterlinas. Enla Onrl ferencia de Spa de julio de 1920 se acorde que ‘Francia se levaraoe 52% del total de las indemnizaciones, ‘ el Imperio britanico el 22 (o: Italia el 10% y Bélgica el 8%. En abril debano siguiente el Comite de reparaciones decidió que Alemania debia pagar un total de 132 billones de marcos de oro, unos 6.600.000.000 de libras esterlinas. Los gobiernos aliados sabían perfectamente que se trataba de una suma irrealmente grande y por tanto retrasaron de hechode forma indefinida el pago de dos tercios de esta cantidad permitiendo (¿ue esta parte del total se cobrara sólo cuando Alemania diera prue as claras de su capacidad de pago. _ _ Los alemanes debían pagar dos billones de marcos oro P“ ¿“Oi
  19. 19. 44 El período de entreguerras en Europ; pero en breve informaron a la Comisión de que esto era imposible. La inflación en Alemania había sido alimentada por la negativa de] gobierno a subir los impuestos sobre las rentas y los beneficios de las empresas durante la guerra y se había visto aumentada por la subida del coste de la mano de obra, que había conseguido obtener sueldos más altos y menos horas de trabajo en el período inmedia- tamente posteríor a la guerra. El problema básico era distribuir la carga de la reconstrucción, las reparaciones y el reabastecímiento. Los partidos de derechas no aceptaban tasas de impuestos más altas y la izquierda no estaba de acuerdo con la deflación. Tras una serie de débiles gobiernos de coalición no se pudo resolver nada. Los esfuerzos de Erzberger para aclarar las finanzas y aumentar los im- puestos fracasaron y él fue víctima de las balas de un asesino. Los i ingresos eran sumamente inadecuados y la deuda nacional aumentó de forma alarmante. La bajada de los costes de importación al recu- perarse el marco se trastocó ahora mientras los pagos eri especie se hacían cada vez más difíciles. Las reservas de oro y de divisas se agotaron y el marco entró en una rápida caída frente a las monedas más importantes. Los británicos estaban dispuestos a aceptar una moratoria de dos años sobre los pagos al contado de Alemania, pero los franceses no estaban de acuerdo, pues no veían razón alguna por la que los ale- manes no debieran pagar por la guerra que habían empezado y co- menzaron a pensar en términos de «garantías productivas», con lo que se referían a la ocupación del Ruhr, para asegurarse de que se cumplían los pagos de las reparaciones. Así pues, cuando los alema- nes solicitaron en julio de 1922 una moratoria de dos años sobre los pagos al contado los gobiernos francés y británico no consiguieron ponerse de acuerdo sobre una política común. Los alemanes lo in- tentaron de nuevo en noviembre, con la esperanza de que fuera posible convencer a los Aliados de que una moratoria era esencial para la estabilización del marco. Una vez más los franceses se nega- ron. En diciembre Alemania no pudo hacer los pagos al contado requeridos y el Hide enero de 1927 los franceses y los belgas en- traron en el Rulir. Antes de la ocupación del Rulir el Reichsbank había estado acu- ñando dinero frenéticamente para cubrir la necesidad de divisas y para mantener la liquidez del sistema bancario. Esto continuó tras la ocupación, pues el gobierno adoptó una política de resistencia. pasiva y de alguna manera había que pagar a los atacantes. El resul— Economia: inflación y crisis 45 ¡ado fue un colapso total de la moneda que obligó al gobierno a ¡enunciar a la resistencia pasiva y a crear una nueva moneda, el Rentenmark, _ . , . E1 Comité de reparaciones nombró doslsubcomites para estudiar ¿1 Problema de las reparaciones y ‘en abril de 1924 aceptaron las recomendaciones del Comité presidido por el general, financiero y posteriormente vicepresidente americano Charles C. Dawes. _El Plan Dawes dejaba intacta la cantidad total que debía Alemania, pues Cualquier reducción habría sido inaceptable para los franceses, pero reducía drásticamente la cantidad de los pagos anuales, pasando de los iniciales 1.000 millones de marcos oro a 2.500 billones en 1929, momento en que irónicamente se calculó que la economía alemana se habria recuperado del todo. Para ayudar a Alemania a ponerse de nuevo en pie se ofreció un préstamo de 800 millones de marcos oro. Al principio el Plan Dawes funcionó exuaordinariamente bien. Las anualidades se pagaban a tiempo, el nuevo marco era extraordi- nariamente estable y los franceses ya no podían dominar el Comité de reparaciones y exigir el pago a los alemanes unilateralmente. Pero la mayor parte de esto se hizo con dinero prestado, casi todo en forma de préstamos a corto plazo. Entre 1924 y 1930 Alemania pidio prestados al extranjero unos Z8 billones de marcos y pagó 10,3 bi- llones de marcos en reparaciones. A Alemania llegó mucho más di- nero tras la Gran Guerra que el que llegaría con el Plan Marshall. Esto iba a crear problemas en el futuro, pues incluso si no hubiera habido una crisis en 1929 es inconcebible que los préstamos a esta escala, mayores que la cantidad pagada como reparaciones y sufi- cientes para cubrir los pagos de intereses de deudas anteriores, pu- dieran haber continuado de forma indefinida. Estos préstamos ani- maron a los alemanes a importar productos y redujo el deseo de los países acreedores de comprar productos alemanes. La fácil disponi- bilidad de capital en Alemania estimuló el mercado nacional a eit- pensas de las exportaciones. Como resultado los efectos dela crisis se amplificaron enormemente por el grado de dependencia de la economía alemana de cantidades tan grandes de capital prestado a corto plazo. Comparado con el problema de las reparaciones el tema de las ‘deudas de guerra entre los Aliados carecía relativamente de impor- tancia, pero sí que dio pie a una serie de dificultades. De un total dc unos 23 billones de dólares, lo cual excluía la deuda rusa, a Es- tados Unidos se le debía aproximadamente la mitad. Gran Bretaña
  20. 20. 46 El periodo de entreguerras en Europ tenía una deuda con Estados Unidos de 4,7 billones de dólares, pero a su vez otros países le debían 11,1 billones de dólares, por lo que‘ era una acreedora neta. Francia debía a Estados Unidos y a Gran , Bretaña siete billones de dólares, pero sólo había prestado 3,5 bi. llones y era con diferencia la mayor deudora neta entre los Alia— ' dos, de ahí su determinación de sacar lo máximo posible a los alemanes. Una serie de hombres de Estado británicos recogió la propuesta, ofrecida por Keynes, de que se cancelaran todas las deudas, pero Estados Unidos no estaba de acuerdo e insistía con mucha razón en que habían sido contraídas de buena fe y que los Aliados tenían la obligación legal de devolver el dinero que se les había adelantado. i Los americanos no aceptaron un plan para redistribuir la deuda entre los Aliados que fue propuesto por Sir Josiah Stamp y también se rechazó la propuesta de unir las reparaciones a la deuda entre los Aliados y hacer que los alemanes pagaran a los americanos directa- mente. Gran Bretaña y Francia hicieron algunas concesiones a sus deudores y señalaron que sólo necesitaban el dinero para pagar a los — americanos. Poco a poco los americanos empezaron a reducir sus demandas y hacia 1926 la deuda que tenían Francia y Bélgica se redujo en un 50%, la deuda de Italia en un 80% y la de Gran‘ Bretaña en un 30%. A los Aliados se les dieron hasta sesenta años para devolver las deudas que les quedaban y el tipo de interés era muy bajo. Puesto que los americanos insistían en que se les pagase en oro y en dólares y los países acreedores no querían el pago en especie, por temor a que perjudicara a la industria nacional, el principal pro- blema era encontrar la moneda para pagar estas deudas. En la prác- tica los países acreedores prestaban un dinero que después regresaba a Estados Unidos a través de los Aliados europeos. Era una situación absurda que se acabó tan pronto como el crédito americano se secó tras el hundimiento de Wall Street. Para 1931 los americanos reci- bieron sólo 2,6 billones de dólares de los Aliados de una deuda total de 12 billones y estos pagos fueron ampliamente cubiertos por las reparaciones pagadas por Alemania, las cuales a su vez no eran más que una fracción de la cantidad exigida originalmente. Los franceses obtuvieron de Alemania tres veces más de la cantidad que pagaron a los americanos. Sólo Gran Bretaña acabó como perdedora neta en esta transferencia de reparaciones y deudas de guerra. Aunque había un sentimiento generalizado de que 1925, el año Economía: inflación y crisis 47 e Locamo, era un año que marcaba una ‘línea divisoria y en el que Europa eng-gba en un periodo de prosperidad, no se deberia exage- 1 ¡ado de esa recuperacion. La produccion manufacturera solo mr É g brado el nivel de 1913 y en los países de Europa del Este h? ” f; había llegado a eso. En Alemania todavía estaba un 10% nipiildlejbaio, en Gran Bretaña y Francia sólo un 10% por encima. El id ‘ m leo era un problema grave y persistente. En Gran Bretaña un Éslleónpde trabajadores estuvo sin empleo durante todo ese período . mi el paro nunca bajó del 9%. En Alemania la situación era aún peor. Y Enpwzó e] 18% de la fuerza de trabajo estaba sin empleo y tres años ' tarde cuando la depresión todavía no había empezado a tener más ‘o iinpacto sobre la economía, había dos millones de parados. E: Ésrdandinavia más del 10% estaba sin trabajo a finales de los años Veinte. Por toda Europa las cifras del paro continuaron siendo altas incluso en Períodos de relativa prosperidad. j h Este alto nivel de desempleo se debía en parte a las politlcas ¿eflacionístas adoptadas por muchos gobiernos, a la racionalización ly la concentración de la industria y al declive del sector agricola. Es más la población aumentaba más deprisa que el índice de crecimien- to por lo que incrementaba los niveles de desempleo. La recupera- y l‘ ción también se veía impedida por las inestables cotizaciones de la lmoneda la especulación sobre los futuros tipos de cambio y por las ) deficiencias en el campo del abastecimiento que hacían que a los países cuya moneda se había depreciado les resultara dificilísimo be- neficiarse del aumento de las exportaciones. Los bajos tipos de cam- bio hacían más difícil aún la compra de equipamiento y materias primas necesarios para la reconstrucción en los mercados extranyeros y la escasez de capital nacional era un impedimento más. En tal situación las únicas alternativas parecían ser o una feroz y dictatorial economía controlada como la de la Unión Soviética o mendigar a las naciones más ricas. El modelo stalinista no tema mucho atractivo y el sector privado estaba muy poco dispuesto a prestar dinero a perspectivas tan dudosas como los países de Europa del Este. Las naciones acreedoras como Estados Unidos Gran Bretana se mois- traban igualmente poco entusiastas y la Sociedad de Naciones so o ‘ íntervenía durante las crisis, ofreciendo préstamos para la recons- trucción a Austria en 1922, a Hungría en 1924 y a Bulgaria y a Estonia en 1926. í Francia tenía la esperanza de que su fuerte deuda externa se pu- diera saldar exigiendo reparaciones a Alemania. Pero 1'11 el total de
  21. 21. 48 El período de entreguerras en Euro ¿anomíaz inflación y crisis 49 la deuda ni la cantidad de las reparaciones quedaron fijados hasta 51 Plan Dawes y los acuerdos con Estados Unidos y Gran Bretaña en 1926. Con un alto índice de inflación los inversores no estaban mu dispuestos a renovar sus obligaciones con el gobierno, era imposible equilibrar el presupuesto y había pocos incentivos para el ahorro; Entre septiembre de 1924 y julio de 1926 hubo diez ministros s ‘ guidos de Economia, ninguno de los cuales pudo tomar medidas‘ eficaces o ganarse la confianza de los financieros, que preferían in; vertir en el extranjero. El franco cayó de 18,5 puntos con respecto al dólar, a finales de 1924 a 49 puntos el 21 de julio de 1926. Poi caré dio la vuelta a esta tendencia con una estricta política deílacio- nista que era aceptable para los banqueros, quienes se sintieron al viados porque la época del cartel des gaucbes se hubiera terminad Cuando se estaban esfcrzando por repatriar su capital la economía británica comenzó a tener serios problemas como consecuencia de la vuelta al patrón oro y la consiguiente huelga general. Incluso con estas dificultades algunos sectores de la economía francesa habían sacado provecho. El comercio de las exportaciones había prosperado a principios de los años veinte y dado que estas exportaciones se enviaban sobre todo a los países más ricos y a menudo eran pro- ductos de poca necesidad que se veían menos afectados por las Hue tuaciones de los precios, no sufrieron grandes daños por la estabili zación del franco, pues a 25 puntos oon respecto al dólar nodavía estaba sobrevalorado. Los valores del Banco de Francia en divisas aumentaron de 5,3 millones de libras en noviembre de 1926 a 120 millones de libras a finales de mayo del año siguiente, pues los es—' peculadores aseguraban que pronto habría una revaluación. Moreau, gobemador del Banco de Francia, comenzó a convertir la libra es- terlina en oro a tal velocidad que parecía que Gran Bretaña iba a ser excluida del patrón oro. La intervención americana contribuyó a diluir esta peligrosa situación, pero las sospechas continuaron, con toda la razón, según resultaron las cosas, pues los británicos no tenían la menor idea de hasta qué punto llegaban las exigencias de oro por parte de Francia. Tras estos desacuerdos subyacía una profunda diferencia con res- pecto al tema de la estabilización de las monedas. Había un acuerdo general de que había que devolver la estabilidad a los tipos de cam- bio, pero las opiniones diferían enormemente en cuanto a la mejor forma de llevarlo a cabo. Sir Charles Hawtrey, el gurú oficial del ministerio de Hacienda, estaba convencido de que la estabilización ¿dos se podía lograr mediante créditos internacionales que, prfuemn inflacionistas, contrarrestarían los efectos del ciclo “nque. 1 Esta opinión gra muy aceptada y entre los estabilizacio- (Ïmercsï ‘contaban personas importantes como Moreau, Keynes, el 5m o austriaco Louis Rothschild, Benes y sobre todo Beniamm “quer obemador del Banco de la Reserva Federal. Los americanos s onïíag inmensos préstamos internacionales como medio de fo- m l, l; exportaciones americanas, aumentar el empleo y fortale- ema deroso dólar aunque muchos de estos préstamos eran tan 3 r almpeïlte especulaúvos y moralmente dudosos como las peores sullïulaciones de Wall Street que recibían 1a rotunda condena de 105 - ‘ a . smos funcionarios que l” aPÏyab z la vuelta del programa de estabilizacion tema que ver con _ 1:32; om, pero no se trataba del tradicional en que un cliente P’ ' ir oro al banco central a cambio de un billete. Con la “ha Élïlgde Eflados Unidos, donde por lo menos en teoría fue cepa‘) - » " S ecia los ' exigir dolares de oro hasta 1933, y ¿ambien opel cuál los , - t o oro en arras» 31535 33m5’ se trataba de‘ un «pa r n l ' al P'blico de sus bancos centrales poseian lingotes de oro y exc iáian f bl - . » ' e cam io avora e» egocmsi otro? Paises adgiptarondublalifliïïdgnal nflgociar en los men i. ” el cua] el “P0 de Cam lo que a’ d’ bi stante con otra ¿ados de divisas para mantener un tipo e earn io con _ j d ue s uía el patrón oro. Esta combinación de expansion 3236:1325}: la rÏÏgativa de permitir al públictï tener llïlfllïflClá algun; - v ' com ra eoro sia i sobre la determinacion del valor medflinte iiionetfristas como Ha- i lo deseaba) fue condenada’ Por eclïnomlsï: como Halmar Schacht . , t - , ' V51‘ Y m“ M1565 y tambien Flor incluir ' J de hombres ‘que no veían con buenos oyos los po eres excclzesïvoï ‘como Strong y Montague Norman, del 331100 e 118 “terra-llamen ve - Moreau estaba de acuerdofcon Sc/ hacht y se opuso conr las cia a un sistema que convertia al dolar y a la libra ester ina e; únicas monedas de primer orden y qu: permitia a Sïzïgaga; drï: __ man reunirse a puerta cerrada y tomar ‘ecisiones que b a los demás ¿camente a la economia mundial. Un sistema asi priva a b Sado x países de una auténtica soberania financiera y corno esta algergrítá para cuidar de los egoistas intereses de los americanos y 5 nicos a la larga estaba destinado a fracasar. _ fu . ba k __ A finales de los años veinte parecia que el, sistema 'nCl1:;1asin i‘ rmuy bien. El comercio mundial se expansiono a unos nive . precedentes. Los precios se mantenian estables y los economistas B‘ v: 0 Q 9L n

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