FERNANDO SAVATER (San Sebastián, Guipúzcoa, 1947) es catedráti-co de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, tr...
© 1998, Fernando Savater© De esta edición:  1998, Grupo Santillana de Ediciones, S. A.   Torrelaguna, 60, 28043 Madrid   T...
índicePrefacio                             15Pórtico: La tierra natal             23PRIMERA PARTE: Tienes razónÉtica de la...
Ángeles decapitados            158INTERMEDIO: CariñoscinematográficosEl rapto de la bestia          175La dignidad de lo f...
Pensar lo irremediable           250Razones y pasiones de una dama 25Para rescatar la intimidad     4                     ...
Los cabreados        334Un vasco ilustrado   337Los accidentes       339Lo perdido           343Adiós al pionero     346Id...
A Sara, sin tregua
«Por razones oscuras —aunque qui-zá triviales— me atraen los libros quereúnen cosas diversas: ensayos breves,diálogos, afo...
Prefacio         Cuando yo comencé a escribir, siendo muyjoven, estaba obsesionado por la voluntad de estilo.No sé dónde h...
___________________ 16 ___________________ser: Fulano el Gran Pensador, Fulano el Poeta, Fula-no el Castizo, Fulano el Crí...
____________________17____________________algunos de mis colaboradores me obligaba a susti-tuir las crónicas que no llegab...
____________________18___________________Revista de Occidente, en Informaciones, en Triunfo..., so-bre todo en Triunfo, do...
___________________ 19 ___________________ginas hasta unas pocas líneas— son artículos des-tinados a periódicos y revistas...
___________________ 20 __________________         En junio de 1997 tuvo lugar en la Sorbonauna jornada internacional sobre...
21publiqué (incluyo también varios inéditos) hasta talpunto que a veces el texto conocido se ha convertidoen algo realment...
Pórtico: La tierra natal         Ante él Van Gogh sólo podía exclamar: «¡In-creíble! ¡Es increíble!». Todo un Marcel Prous...
____________________24___________________un amable impertinente me lo pregunta, le susurra-ré que Vermeer ha sabido pintar...
___________________ 25___________________        Lo que más conmueve de la vista de Delft pin-tada por su hijo Vermeer es ...
PRIMERA PARTETIENES RAZÓN
Ética de la alegría(soliloquio a partir de Spinoza)                                   «Escuchad: ¿oís el mar?»            ...
___________________ 30 ___________________morir pero sé que voy a morirme. Y nada más. Enesa certeza oscura se despierta a...
___________________ 31 ___________________gia sobrecogida e inevitable del miedo. ¿La codicia?Primera y esencial derivació...
___________________ 32 ___________________bando y dejándonos desguarnecidos (recuérdese queme refiero siempre a un sujeto ...
___________________ 33___________________mos la desmienta: de hecho, ni siquiera somos cons-cientes de ella y sólo se exte...
___________________ 34 __________________cia de nuestra vida mortal la que nos salva irrevoca-blemente de la muerte inmort...
___________________ 35 ___________________sino posibilidad de ambas: en el sorteo decisivo, nostocó el ser frente al no se...
___________________ 36 ___________________vida misma, reconocerla como patrón de valoresy verdades frente a los que procla...
____________________37___________________evidencia de la muerte, sino de aligerar la vida de supeso desesperante. Incluso ...
___________________ 38 __________________acarrean consecuentemente miedo, codicia y odio—como ya fue dicho—, o sea, lo que...
___________________ 39 ___________________dos de un gimnasio. Por eso Nietzsche habló de quelo moralmente difícil es hacer...
Perplejidades éticas del siglo XX        1. A lo largo del siglo XX se han enfrentadodos tipos de reflexiones éticas, que ...
___________________41___________________o cual grupo humano. Dichos grupos se caracterizanpor compartir determinadas condi...
___________________ 42 ___________________lo específicamente moral es colocar ese reconoci-miento por encima de cualquier ...
___________________ 43 __________________y dialógica de Habermas y Apel (apoyada en la uni-versalidad del lenguaje, lo que...
___________________ 44 __________________les serían sus criterios de convicción no ya en la me-ra teoría, sino en relación...
___________________ 45 ___________________zo característicamente humano por hacer comprensi-ble la vida y el mundo, Popper...
___________________ 46 ___________________(según el atinado pun de Xavier Rubert de Ventos)a la hospitalidad de un nosotro...
Hacia una ciudadanía caopolita                 «... la hermosa libertad de los seres racionales...» (I.                   ...
___________________ 48 ___________________cias urgentes, indisolublemente conectadas— que es-cupe sin miramientos el telet...
___________________ 49 __________________sazón, si no en el nivel individual al menos en el co-lectivo. En otras especies ...
____________________50 __________________infantil». Por supuesto el ilustrado, una vez compren-dido este propósito natural...
____________________51 __________________ble sociabilidad humana, la sociedad civil, que debesostener una conciliación ani...
____________________52___________________libertad en cada país y el derecho internacional, elcual esboza cierto orden entr...
___________________ 53 __________________to advenimiento y aminorar los sufrimientos colec-tivos que a la majestuosa Natur...
____________________54___________________proviene obviamente cosmética, arte de aderezary organizar del mejor modo posible...
___________________ 55 ___________________minarse. Pero ese cosmos es además polis, ciudad tras-cendental, paradigma de si...
___________________ 56___________________autoepitafio mencionando con cierto orgullo su lu-gar de origen, pues Gádara es n...
___________________ 57___________________viene a ser más o menos el siguiente: «Mira, extranje-ro, no te equivoques, no cr...
___________________ 58 __________________na ordenación previa podemos referirnos ni tomarlacomo supuesto o guía, sino que ...
____________________59___________________dioses justicieros, protectores, intervencionistas, ávi-dos de pureza y de sacrif...
___________________ 60 __________________ce cincuenta u ochenta años!) podemos reconocer-nos mucho más como hijos del caos...
___________________ 61 ___________________a la necesidad de vivir—, pero sin un punto de par-tida ni mucho menos un destin...
___________________ 62____________________mopolita Kant, tampoco conviene olvidar del todoal poeta Meleagro. Porque lo sig...
____________________63 __________________conseja. Me refiero a un ordenamiento político uni-versal, es decir, aquel que re...
___________________ 64 ___________________de la democracia, que desde luego en Solón o Clís-tenes y otros padres fundadore...
___________________ 65___________________lita los derechos humanos. En tales derechos lo quese intenta reconocer y resguar...
___________________ 66___________________tras que los derechos humanos individuales lo quereconocen es una comunidad básic...
___________________ 67 ___________________frido, pero todos son lugares de paso: la polis es otracosa, es el lugar ideal d...
___________________68____________________nada; auxilio social a cada persona en tanto que pa-dece los males propios de nue...
___________________ 69___________________dad. No estriba en fabricar objetos cerrados sobre laidentidad de lo que son, sin...
Actualidad del humanismo                 (Discurso de agradecimiento al recibir el Premio                 Van Praag 1997, ...
___________________71 __________________algo importante en nuestro mundo actual, no sólocomo tradición venerable a partir ...
___________________ 72 ___________________nombre de Dios, me guardo muy mucho de con-fundir dos cosas muy diferentes; dife...
___________________73 __________________damentalismo religioso, y no con base en estudiosmédicos. Aunque quizá hoy la farm...
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  1. 1. FERNANDO SAVATER (San Sebastián, Guipúzcoa, 1947) es catedráti-co de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, trashaberlo sido de Etica en la Universidad del País Vasco. Ensayista,periodista, novelista y dramaturgo, ha publicado más de cuarenta ycinco libros, algunos de los cuales han sido traducidos a una docenade lenguas. Los más conocidos son La infancia recuperada, Eticapara Amador, Diccionario filosófico y El valor de educar. Entre otrosgalardones ha recibido el Premio Nacional de Ensayo, el PremioAnagrama, el Premio Cuco Cerecedo, otorgado por la Asociaciónde Periodistas Europeos, y quedó finalista del Premio Planeta con sunovela El jardín de las dudas, centrada en la figura de Voltaire.
  2. 2. © 1998, Fernando Savater© De esta edición: 1998, Grupo Santillana de Ediciones, S. A. Torrelaguna, 60, 28043 Madrid Teléfono (91) 744 90 60 Telefax(91)744 92 24Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara S. A.Beazley 3860. 1437 Buenos AiresAguilar, Altea, Taurus, Alfaguara S. A. de C. V.Av. Universidad 767, Col. del Valle,México, D.F. C.P. 03100Distribuidora y Editora Aguilar, Altea,Taurus, Alfaguara S. A.Calle 80 N° 10-23Santafé de Bogotá, Colombia ISBN: 968-19-0586-5 Depósito legal: M. 18.551-1998 Impreso en México - Printed in México Diseño de interiores: Proyecto de Enric Satué© Diseño de cubierta: gráfica futura ©Logotipo de colección: José Luis Fajardo ©Fotografía de cubierta: Félix FuentesPrimera edición en México: junio de 1998 Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroópnco, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de la editorial.
  3. 3. índicePrefacio 15Pórtico: La tierra natal 23PRIMERA PARTE: Tienes razónÉtica de la alegría 29Perplejidades éticas del siglo XX 40Hacia una ciudadanía caopolita 47Actualidad del humanismo 70Imaginación o barbarie 75Groethuysen: el antropólogo comohistoriador 80Los caracteres del espectáculo 88Cándido: el individuo sale 94de la historiaExpediente Wells 103La derrota de Julien Benda 110Ferlosio en comprimidos 116Regreso a Erich Fromm 125Un puritano libertino 130La verdadera historia 135de Gonzalo Guerrero
  4. 4. Ángeles decapitados 158INTERMEDIO: CariñoscinematográficosEl rapto de la bestia 175La dignidad de lo frágil 180Tiburón: veinte años después 184Groucho y sus hermanos 189Buenas noches, doctor Phibes 193El ocaso de los héroes 196Jasón y los Argonautas 199Nostalgia de la fiera 201 SEGUNDA PARTE: Que corra la vozBoswell, el curioso 209impertinenteEl emboscado de Vinogrado 214Los ensueños de Hitler Rousseau 217Con Borges, sin Borges 222Vuelta a mi primer Cioran 225Un exquisito de la amargura 232Otra despedida 235Elogio del cuento de fantasmas 237Una joya tenebrosa 240El caos y los dinosaurios 242Brevísima teoría de Michael 245CrichtonOtra brevería crichtoniana 248
  5. 5. Pensar lo irremediable 250Razones y pasiones de una dama 25Para rescatar la intimidad 4 258Cristianismo sin agonía 261Contra la cultura como identidad 26¿Mundo homogéneo? 5 26El mago de las semblanzas 9 272Dioses y leyes de la hospitalidad 276Filosofía sin aspavientos 279La terapia cartesiana 283Insulto chespiriano 286Guillermo el Temerario 289Instituciones devoradoras 29Izquierda y derecha 3 29Hermano animal 6 29África soñada 9 302El extraño caso del señor 305Edgar PoeFracaso y triunfo del terror 310Un contemporáneo esencial 31El yanki más irreverente 3 31Polémicas 6 32El animal más extraño 0 32El misántropo entre nosotros 3 32¡Viva Dario Fo! 6 32Un príncipe de la filosofía 9 33 1
  6. 6. Los cabreados 334Un vasco ilustrado 337Los accidentes 339Lo perdido 343Adiós al pionero 346Ideoclips 349 DESPEDIDA: Los muertosLa mayoría 357
  7. 7. A Sara, sin tregua
  8. 8. «Por razones oscuras —aunque qui-zá triviales— me atraen los libros quereúnen cosas diversas: ensayos breves,diálogos, aforismos, reflexiones sobreun autor, confesiones inesperadas, elborrador de un poema, una bromao la explicación apasionada de unapreferencia.» ALEJANDRO ROSSI Manual del distraído
  9. 9. Prefacio Cuando yo comencé a escribir, siendo muyjoven, estaba obsesionado por la voluntad de estilo.No sé dónde había aprendido ese estribillo, ni tam-poco creo que tuviese medianamente claro lo quequería decir con él, pero no se me caía de la boca nidel bolígrafo: «¡Lo importante es tener voluntad deestilo! ¡La filosofía académica carece de voluntad de es-tilo! ¡En el ensayo lo que cuenta es la voluntad deestilo!», etcétera. Empezó a curarme de esta tontuna un adver-sario fortuito que, polemizando conmigo, observócon tanta sorna como acierto: «A Savater la volun-tad desde luego no le falta; lo del estilo, en cambio,ya es otra cosa». Y terminó por despejarme comple-tamente una advertencia oracular de Verlaine: «Antetodo, evitar el estilo». En efecto, quienes se esfuer-zan por tener un estilo, quienes padecen esa voluntadde estilo que antaño me pareció tan esencial, escribenpendientes no de lo que quieren decir —muy bienpueden no querer decir nada—, sino sólo de los efec-tos idiosincrásicos que producirá en el lector su for-ma de decirlo. Lo principal para ellos no es que eldestinatario del texto comprenda lo dicho y lo valo-re, sino que sea muy consciente de que lo ha dichoFulano. Y por tanto la voluntad de estilo no será otracosa que el empeño que pone Fulano en ser enorme-mente Fulano, ese Fulano que él supone que debe
  10. 10. ___________________ 16 ___________________ser: Fulano el Gran Pensador, Fulano el Poeta, Fula-no el Castizo, Fulano el Críptico, Fulano el CachondoDeslenguado, Fulano el Rebelde, etcétera. No cuentael asunto de que se escribe, no cuenta acertar o des-barrar, no cuenta ni siquiera lo literario como tal,sino que sólo cuenta Fulano. Fulano el Inconfundi-ble... porque se confunde solo. Si me permiten elsímil un tanto salaz, el voluntarioso estilista es comoesos amantes que en lo más animado de la coyundasólo piensan en lo inolvidable de la performance queestán llevando a cabo y en el seguro arrobo que hande suscitar en quien lo comparte: por querer meter-lo todo suelen meter también la pata. Cuando abandoné la voluntad de estilo, mepropuse algo más difícil todavía: escribir como todoel mundo. Es decir, como todo el mundo si todo elmundo supiera decir por escrito lo que piensa conperfecta naturalidad, tal como le apetece en cada mo-mento, a veces de modo risueño, otras patéticamente,frío o cálido a voluntad..., pero sin voluntad estilís-tica. No hace falta decir que tampoco este objetivome ha sido concedido, aunque nunca he dejado to-talmente de esforzarme por lograrlo. Al final la pe-reza decidió por mí y ahora mayormente escribocomo me sale, procurando evitar tan sólo los másnotorios despistes sintácticos o semánticos y no repe-tir tres veces la misma palabra en una sola línea. Locual también lleva su trabajo, justo es decirlo. ¿Mi relación con la prensa? Amor a primeravista, porque colaboro en ella desde los dieciséis añoscon tumultuoso entusiasmo. Dirigí durante un añola revista colegial Soy Pilarista, ocupación en la quese ejercitaron también por vez primera periodistasmás ilustres. De esa etapa recuerdo que lo informal de
  11. 11. ____________________17____________________algunos de mis colaboradores me obligaba a susti-tuir las crónicas que no llegaban por apresuradasimprovisaciones mías sobre materias que desconocíatan concienzudamente como el hockey sobre pati-nes y que a veces firmaba con seudónimo. Esta forzadapolivalencia motivó que algunos guasones sugirie-sen cambiar el título de Soy Pilarista por un irreve-rente Soy Savater. Pero mi paso definitivo al periodismo hayque achacarlo, como tantas otras desventuras que aúnpadecemos, a la dictadura franquista. Recién aca-bada la carrera de filosofía y nada más comenzar mitrayectoria como profesor, me vi expulsado de la Uni-versidad Autónoma de Madrid y con escasas posibi-lidades de encontrar venia docendi en ninguna otra. Te-nía veintitrés años y estaba a punto de casarme, demodo que intenté ganarme la vida aprovechando lasdos únicas pasiones rentables que tengo desde peque-ño: la lengua francesa y escribir. Traduje a Cioran, aBataille, a Voltaire, a Diderot. Y también empecéa escribir más y más artículos. La orientación de estaspiezas alimenticias la determinó un amigo de aque-lla época, el único periodista que yo conocía y quecolaboraba en el diario Madrid. Acudí a él y le contémis cuitas pecuniarias. «Bueno, ¿sobre qué querríasescribir?», indagó generosamente. Le dije que sólome sentía competente en cuestiones hípicas y que meofrecía para cubrir la crónica de carreras del diario,incluso yendo a las seis de la mañana a los entrena-mientos en la Zarzuela si era preciso. Pero esa áreatenía ya en el periódico un profesional asignado des-de hacía años, de modo que como secondbest ofrecí laposibilidad de reseñar libros de pensamiento. Y asícomenzó todo: fugazmente en el Madrid y luego en
  12. 12. ____________________18___________________Revista de Occidente, en Informaciones, en Triunfo..., so-bre todo en Triunfo, donde por fin pude colocar lascrónicas hípicas, que son mi verdadera vocación y lomejor que he escrito en mi vida. Más tarde llegóEl País y alcancé mi lugar natural, el espacio idóneodonde decir lo que a mi juicio podía y debía ser di-cho por mí. Aquí sigo estando, porque ese espaciopermanece abierto y más necesario que nunca. La ver-dad es que he tenido mucha suerte. Alguna vez, creyendo ofenderme, han dichode mí que yo no soy un filósofo, sino un periodista.A mucha honra. La verdad es que no soy un filósofo,sino un philosophe, con minúscula y si es posible enfrancés del ilustrado siglo XVIII. Cuando llegue elmomento de separar el trigo de la cizaña, quiero queme envíen por indigno que sea junto a Montaigne,Voltaire, Camus o Cioran. Junto a Hegel o Heideggerme aburriría demasiado. Para ser filósofo no sólo mefalta talento sino que me sobra guasa antisolemne o,si se prefiere, alegría escéptica. Suscribo plenamentelo que un tal Mr. Edwards comentó en cierta ocasiónal Dr. Johnson, si Boswell no nos engaña: «Johnson,usted es un filósofo. Yo también traté en mi tiempo deser un filósofo, pero no sé cómo la jovialidad siemprelo penetraba todo». La jovialidad hace que uno se lopase divinamente (a fin de cuentas la palabra jovial pro-viene del nombre del dios máximo en el panteón clá-sico), pero quizá cierra el camino para la más alta fi-losofía, que es cosa grave o al menos de pronósticoreservado. Afortunadamente en cambio esa jovialidadno me ha impedido ser periodista, hasta diría que meha ayudado a serlo más irremediablemente. La mayoría de los textos recogidos en estevolumen —cuya extensión oscila desde bastantes pá-
  13. 13. ___________________ 19 ___________________ginas hasta unas pocas líneas— son artículos des-tinados a periódicos y revistas. Las excepciones lasconstituyen unas cuantas conferencias, algunos pró-logos, un retazo biográfico y mínimas concesionesal apunte casual o al aforismo que incluyo no sindubitaciones pudorosas. En general, este género lla-mado menor —me refiero al artículo de prensa— esel que practico con mayor agrado y creo que con menosdesacierto. A él se aplica con particular justeza aquelprecepto de Montesquieu que me parece admirable:«Para escribir bien, hay que saltarse las ideas inter-medias: lo bastante para no resultar aburrido, perono demasiado por miedo a que no nos comprendan».Quizá en alguno de los casos que ahora entrego a labenevolencia del lector he conseguido ese exquisitoequilibrio. A diferencia de otras de mis colecciones deescritos breves, motivados por urgencias políticas opolémicas sociales, los que forman esta reunión tie-nen su inspiración en libros o autores de libros (salvounas cuantas remembranzas cinematográficas a mo-do de interludio, para que los entusiastas de lo au-diovisual no se sientan del todo desplazados). Claroque tomar los libros como punto de partida no esnunca limitarse a ellos y cada testimonio de lecturase prolonga en una mirada sobre la política actual,sobre la historia, sobre la ciencia o sobre nuestrascostumbres. Incluso sobre la ética y la metafísica denuestra aperreada condición. Los que siempre se es-candalizan de mis tránsitos apresurados desde la cul-tura de élite hasta los géneros más populares tendránnuevas ocasiones de llevarse las manos a la cabeza(si es que la tienen). Quiero dedicarles la siguienteanécdota.
  14. 14. ___________________ 20 __________________ En junio de 1997 tuvo lugar en la Sorbonauna jornada internacional sobre Bernard Groethuy-sen, a la que contribuí con una ponencia que inclu-yo en la primera parte de este libro. Después tuvolugar un almuerzo presidido por la rectora de esavenerable universidad, al que asistieron los más des-tacados participantes, entre ellos Jean-Toussaint De-santi, el octogenario maestro de la fenomenologíay la filosofía de la ciencia, que había sido amigo per-sonal de Groethuysen. En un momento de la comidasaltó a la palestra el tema cinematográfico y unprofesor italiano abogó por la defensa del cine cultoeuropeo frente a los engendros del comercial popu-lismo americano, representados para él por Parquejurásico. Dispuesto como siempre a morir de ridícu-lo por lo que amo, salí en defensa de los dinosauriosde Spielberg. Merecí atónitas miradas de conmise-ración pero también el inesperado apoyo de Desan-ti, al que la película le había encantado. «Hasta mecompré una corbata de dinosaurios y todo», comentóchupando beatíficamente su pipa. Me sentí redi-mido. Si alguien tan respetable como Desanti puedeponerse corbata de dinosaurios, los que somos muchomenos respetables no podemos hacer demasiado mala nadie hablando con elogio de ellos... ¿Es lícito componer un libro con textos bre-ves pensados para otro tipo de publicaciones? El únicorequisito que pone para ello Jean-Frangois Revel ensus estupendas memorias —Le voleur dans la maisonvide— es el de escribir cada página, cualquiera quesea su destino inmediato, teniendo en mente que an-tes o después formará parte de un libro. Tal es preci-samente mi caso, de modo que me considero discul-pado. Para esta edición he retocado todo lo que antes
  15. 15. 21publiqué (incluyo también varios inéditos) hasta talpunto que a veces el texto conocido se ha convertidoen algo realmente diferente. En otras ocasiones mehe limitado a añadir una cita, una precisión o unamalicia que me vedaron las exigencias de espacio otono de la prensa diaria. Son a modo de bombonesque ofrezco como premio de consolación a los fieles queya los han leído y vuelven ahora a reincidir. Me alegra por fin entregar a mi viejo amigoy actual editor Juan Cruz, que tan cariñosa diligen-cia ha puesto en la reedición de mis obras anterio-res, un libro que puede considerarse en cuanto talcompletamente nuevo. Si pertenece a la buena o a lamala cosecha, son otros los que tienen que decirlo. FS. San Sebastián, 6 de septiembre de 1997
  16. 16. Pórtico: La tierra natal Ante él Van Gogh sólo podía exclamar: «¡In-creíble! ¡Es increíble!». Todo un Marcel Proust se atre-vió a considerarlo «el cuadro más bello del mundo».Se ofrece a nuestros ojos, instantáneamente ena-morados, en el museo Mauritshuis de La Haya y fuepintado hace aproximadamente trescientos cincuentaaños por el holandés Jan Vermeer. ¿Su tema? Una vistade la pequeña ciudad de Delft, donde el secreto yprodigioso artista había nacido medio siglo antes.Las aguas de un canal que refleja el cielo nuboso, enparte plomizo; el perfil sin estridencias ni gigantis-mos de los edificios al fondo, casas, pináculos, embar-caciones; las pequeñas figuras en la orilla, nítidas ymodosas, destacándose merced a una raramente plá-cida luz amarilla, como amarillo es también «el pe-queño trozo de pared» que allí obsesionaba a Proust.Ni la más mínima concesión a la estridencia o alpintoresquismo. Todo se hace familiar a la primeraojeada, como si fuese el pedazo de mundo que ve-mos desde nuestra ventana día tras día, hace mu-chos años. Pero en su plena transparencia todo esenigmático. Sería pretencioso hasta lo ridículo por miparte, que no soy Marcel Proust ni tampoco Gom-brich, ofrecer una nueva clave conjetural de la sose-gada maravilla que nos fascina en este lienzo. Ciertascosas hay que verlas: y basta con verlas. Aunque si
  17. 17. ____________________24___________________un amable impertinente me lo pregunta, le susurra-ré que Vermeer ha sabido pintar la tierra natal. Nosu tierra natal simplemente, sino la emoción de latierra natal en sí misma, la suya, la mía, la de todos.El escenario de la infancia, el rincón insustituibleen que se nos manifestó la vida. Algo sencillo, terri-ble como la fatalidad, hecho de gozo, rutina y lágri-mas. Lo que el tiempo borrará sin misericordia, comoa nosotros, pero lo que en nuestra memoria el tiem-po despiadado nunca podrá del todo borrar. La habilidad del artista no se contenta conreproducir un paisaje, sino el suave cariño que des-pierta en nosotros su contemplación. Es el rostro man-so de aquel lugar del que nunca saldremos, aunquejamás volvamos a él. Y esa emoción nada tiene quever con las contiendas políticas ni con el orgullo pa-triótico. Lo malo del nacionalismo —una de las co-sas malas, porque tiene muchas— es que conviertela entrañable y melancólica afición a la tierra natalen coartada de un proyecto institucional que no sa-be justificarse de otro modo. Quiere degradar unaforma de amor a documento nacional de identidad.Aún peor: la mirada nacionalista no acepta la tierranatal tal como es, en su limitación y su impureza rea-les, sino que exige su refrendo a partir de un idealpasado o futuro que extirpe de ella cuanto no se ade-cue al plan preconcebido. El nacionalista no ve niama lo que hay, sino que calcula lo que le sobra o loque le falta a lo efectivamente existente. En tal exi-gencia reivindicativa se desvanece la tierra natal, ar-monía sin condiciones, y nace la patria, siempre ame-nazada y oprimida. Aparecen sobre todo los enemigosde la patria, porque sin enemigos el patriota no seentiende a sí mismo.
  18. 18. ___________________ 25___________________ Lo que más conmueve de la vista de Delft pin-tada por su hijo Vermeer es que no muestra una pers-pectiva especialmente bella o suntuosa. Lo que ofrecees lo que es y como es, ni más ni menos, en el tem-blor fugitivo de la conciencia que lo acata, que no pi-de nada más. «Aquí por vez primera entré en la luz»,parece suspirar el pintor: «Ni las sombras ni la nadapodrán arrebatarme la delicia de esa aurora, limpiay pequeña». Y el milagro imperecedero es que los pin-celes supieron decir mudamente «gracias» y tam-bién «bendita sea».
  19. 19. PRIMERA PARTETIENES RAZÓN
  20. 20. Ética de la alegría(soliloquio a partir de Spinoza) «Escuchad: ¿oís el mar?» (SHAKESPEARE, King Lear, Acto IV) En el principio está la muerte. No hablodel principio del cosmos, ni siquiera del principio delcaos, sino del principio de la conciencia humana. Unose vuelve humano cuando escucha y asume —nuncadel todo, siempre a medias— la certeza de la muer-te. Hablo por descontado de la muerte propia y delas muertes que nos son propias, la muerte de laindividualidad, es decir, de lo insustituible (la indi-vidualidad siempre es la propia, aunque incluya co-mo fases o secciones el puñado de individualidadesajenas que por amor o necesidad son también nues-tras): la muerte como lo irreparable. Morir de verases siempre morirme. Es la pérdida irrevocable de loque soy, no ese accidente que ocurrió a otros en elpasado «que es estación propicia a la muerte», segúnacotó irónicamente Borges. Morirme es perderme.Igual que el amor es el gran mecanismo individua-lizador del alma, que dota a la persona amada de esaaura de unicidad irrepetible que Walter Benjamínatribuyó también a ciertas obras de arte, las muertesde los que amo son algo así como ensayos o aperi-tivos de la mía, sus aledaños previos. El trasfondoominoso es siempre, empero, la caída del yo, la ful-minación inexplicable del individuo único que amocon amor propio. Inexplicable: imagino, vislumbro,fantaseo, pero no sé lo que es morir por mucho quela muerte de lo amado me prevenga. No sé lo que es
  21. 21. ___________________ 30 ___________________morir pero sé que voy a morirme. Y nada más. Enesa certeza oscura se despierta antes o después nues-tra conciencia y allí queda pensativa. Cuando lo que se espera es la muerte (y todoslos humanos cuando esperan, esperen lo que espe-ren, esperan también la muerte), la primera y máslógica reacción en el sujeto —un sujeto que prime-ro, durante mucho tiempo, quizá en el fondo siem-pre, es colectivo y que sólo después, poco a poco, seindividualiza o parece individualizarse— consisteen la desesperación. La situación vital de los mortales(es decir, de quienes saben fehaciente y anticipada-mente que van a morir, pues los demás seres vivosmueren pero no son mortales, mueren inmortalmente)resulta desesperada y por tanto no otra cosa que de-sesperación cabría esperar de ellos. La desesperación,quede bien claro, nada tiene que ver directamentecon instintos suicidas ni con afanes enloquecidos deapocalipsis aniquilador. No, la desesperación no esmás que el rostro patético del instinto de conserva-ción. Conservarse, sobrevivir: desesperadamente.A los desesperados por sobrevivir —es decir, a losdesesperados porque saben que no van a sobrevi-vir— se les ofrecen mecanismos mortales de super-vivencia, como son el miedo, la codicia y el odio. Estas facetas de la desesperación responden auna estricta —demasiado estricta— lógica de la su-pervivencia, no a una maligna perversión de la vo-luntad. ¿El miedo? Nada más justificado que el temor,incluso el pánico, cuando se sabe de cierto que seestá amenazado por el mal inexorable de la aniqui-lación. Lo peor está siempre viniendo hacia nosotros.Todas las precauciones, todas las barreras, todas lasexclusiones, todas las fobias responden a la estrate-
  22. 22. ___________________ 31 ___________________gia sobrecogida e inevitable del miedo. ¿La codicia?Primera y esencial derivación de ese pánico. Todo espoco para quien teme de un momento a otro conver-tirse en nada. Hay que acumular alimentos contra elhambre, armas contra el enemigo, techos y muroscontra el rigor de la intemperie, hijos que nos perpe-túen, poder social para prevenir el abandono siempreamenazador y peligroso de nuestros congéneres, asícomo prestigio para retrasar su olvido (el non omnis mo-riar de Horacio), etcétera. A este respecto, el dineroes lo más codiciado porque tiene una capacidad demetamorfosis que asemeja su defensa al ataque im-previsible y ubicuo de la muerte: ya que el golpe fatalpuede colarse por cualquier grieta, lo más seguro esacorazarse por medio del dinero, cuya ductilidad acudea remendar todos los huecos. El dinero se guarda encámaras acorazadas, pero él mismo constituye la cá-mara dentro de la cual pretendemos acorazarnos. Y para finalizar queda el odio, claro está. Elodio a cuanto nos entristece suscitando nuestro miedoy entorpeciendo o compitiendo con nuestra codicia.El odio contra lo que nos desmiente, contra lo que au-menta nuestra inseguridad, contra lo que nos cues-tiona, contra lo que se nos resiste, contra aquello tandistinto que no sabemos cómo asimilarlo. El odiocontra quienes no se nos parecen lo suficiente y cuyahostilidad nociva tememos, pero también contra losque se nos parecen demasiado y se apegan a sí mis-mos para conservar su propio yo en lugar de preferirel nuestro y ponerse diligentemente a su servicio.¡La vida es un bien escaso, que disminuye con cadalatido del corazón como la piel de zapa de Balzac!¡El afán de vivir de los otros compromete nuestra se-guridad obligándonos a repartir lo que ya se va acá-
  23. 23. ___________________ 32 ___________________bando y dejándonos desguarnecidos (recuérdese queme refiero siempre a un sujeto que puede ser tantocolectivo como individual, que siempre es en ciertamedida colectivo y en parte individual)! Hay queagradecer la sinceridad de aquel príncipe que, al verretroceder a sus tropas haciendo peligrar su reino oal menos su victoria, los increpaba así: «¡Perros! ¿Aca-so queréis vivir eternamente?». En tan incómoda pre-tensión plebeya veía una amenaza para su propia y le-gítima aspiración de eternidad. Pero la desesperación mortal no basta paraconsolidar la vida. No me refiero a que siempre,antes o después, las garantías buscadas por el mie-do, la codicia y el odio terminen por ser derrotadaspor la muerte; aun antes de llegar a tal desenlace, lamera desesperación fracasa en el empeño de hacernossentir verdaderamente vivos, aún vivos, suficientementevivos pese a la muerte y frente a la muerte. Obsesio-nada por asegurar la supervivencia, permanentementehostigada e incierta, la desesperación descuida lavida misma, que se reclama mientras dura como pa-radójicamente invulnerable. El mortal sabe que hade perecer, pero ese conocimiento —aprendido de lalección cruel de quienes se le asemejan y de cuantole rodea— implica algo así como verse desde fuera, obli-gándole a considerarse en una trama que le excluyede antemano en su calidad de algo único, irrepeti-blemente vivo. Desde dentro, desde la vitalidad pro-tagonizada, el mortal es ante todo viviente y, pese alo que sabe de la muerte, no cree en ella como cosapropia. La presciencia de la muerte cubre como unoscuro barniz, pero sólo superficialmente, a la expe-riencia de la vida. Esa experiencia se nutre de unainvulnerabilidad que sentimos, aunque lo que sabe-
  24. 24. ___________________ 33___________________mos la desmienta: de hecho, ni siquiera somos cons-cientes de ella y sólo se exterioriza a través de síntomastan vigorosos como variadamente estilizados. Unode los maestros menos engañosos de nuestro siglo,Franz Kafka, lo cuenta de modo aforístico así: «Elhombre no puede vivir sin una confianza permanenteen algo indestructible en sí mismo, aunque tanto elelemento indestructible como la confianza debenpermanecer ocultos para él. Una de las maneras quetiene de expresarse ese ocultamiento es mediante lafe en un dios personal». Queda aquí bien señalada la distancia entrela experiencia vitalista y el conocimiento mortal, cu-ya mediación intenta con mejor o peor fortuna elsíntoma explícito que recoge el ánimo de la primerapara narrarla de una forma racionalmente poco inte-ligible: tener fe en un dios personal que ha de resca-tarnos de la muerte, aboliéndola en nuestro favor,satisface la vocación de invulnerabilidad vital queexperimentamos, pero es irreconciliable con el cono-cimiento cierto de nuestra aniquilación personal quefunda la posibilidad humanizadora del pensamien-to. Es una forma balbuciente, engañosa en su auto-complacencia, de proclamar que pese a nuestra con-dena mortal estamos vitalmente a salvo de la muerte;que la muerte, lo más importante, es para quien sesiente vivir lo que menos importa. El equívoco de esteplanteamiento estriba en que pretende justificar nues-tro sentimiento de invulnerabilidad prometiendoque nos salvaremos de la muerte que viene —con-tradiciendo así nuestro saber más esencial— en lu-gar de confirmar que es la vida que tenemos, aunqueperecedera, la que nos ha rescatado para siempre dela muerte en que estábamos. Porque en verdad es la gra-
  25. 25. ___________________ 34 __________________cia de nuestra vida mortal la que nos salva irrevoca-blemente de la muerte inmortal de que habló Lucre-cio. Al nacer, no nacemos para la muerte, sino a partirde la muerte, surgiendo triunfalmente de la tumbaeterna de lo que nunca fue ni será. La muerte puedeborrar lo que somos, pero no el hecho de que hemossido y de que aún estamos siendo. La vida de cada unode nosotros, mortales, ya ha derrotado a la muerteuna vez, la que más cuenta: y eso también lo sabemos,con la misma certeza que conocemos nuestro desti-no mortal. No existe vida que, aun por un instante, no sea inmortal. La muerte siempre llega con ese instante de retraso. En vano golpea con la aldaba en la puerta invisible. Lo ya vivido no se lo puede llevar. (W. SZYMBORSKA, Sobre la muerte, sin exagerar) De modo que por sabernos mortales senti-mos desesperación, pero por sentirnos vivos experi-mentamos alegría. ¿Qué es la alegría? La constataciónjubilosa de que lo más grave que podía ocurrimos(digo grave no sólo en el sentido de penoso o des-dichado, sino también en el de importante, serio eirrevocable) ya nos ha pasado al nacer; por lo tantoel resto de los incidentes que nos suceden o que nosaguardan no pueden ser para tanto. Hemos tenidosuerte, no especialmente buena suerte o mala suerte,
  26. 26. ___________________ 35 ___________________sino posibilidad de ambas: en el sorteo decisivo, nostocó el ser frente al no ser. Claro que Sileno, preten-diendo asustar al rey que le hostigaba, pontificó queel mejor destino para el mortal sería no haber naci-do y the second best morir pronto. Desde el punto devista del conocimiento genérico de la mortalidad po-demos darle la razón, pero la experiencia del hechoindestructible de la vida en nosotros le desmiente.Como nítidamente percibió Nietzsche —que narróla anécdota de Sileno en su primer gran libro—, nues-tro conocimiento mortal hace balance negativo delos dolores y gozos de la vida, pero la voluntad no du-da y quiere vivir. Es más, se congratula incesantementede vivir, a despecho de los truenos y tormentas de laexistencia. Esa gratitud que el mero conocimiento noexplica, pero sin la cual la razón resulta exangüe eslo que puede denominarse alegría trágica. Porque elconocimiento es mortal, pero la razón es vital y portanto alegre, como razonó primero Spinoza, despuésNietzsche y en nuestro siglo Ortega y Gasset. ¿En qué consiste la alegría, es decir: cuál essu consistencia, su operatividad? De entre los efec-tos tonificantes de la alegría señalaremos tres, paramantener la hegeliana simetría con las consecuenciasantes mencionadas de la desesperación. Alegrarse con-siste en afirmar, aceptar y aligerar la existencia hu-mana. En primer término, afirmar la vida en su rea-lidad limitada pero intensamente efectiva frente alcúmulo de supersticiones que la ocultan o calumnian:negarse a desvalorizarla por no ser eterna —palabramitológica que oculta una brumosa ausencia de con-cepto—, sino irrepetible y frágil, rechazar el absur-do platónico que la decreta ilusoria por compara-ción a unas ideas cuya única entidad proviene de la
  27. 27. ___________________ 36 ___________________vida misma, reconocerla como patrón de valoresy verdades frente a los que proclaman su miseria ysu mentira. Consecuencia de esta afirmación es la acep-tación de la vida que propongo como el segundo efec-to de la alegría: asumir su precio de dolor, frustra-ción, injusticia y —lo más indigerible de todo— lamuerte inseparable de ella. Afirmar la vida es negarsea ponerle condiciones, a exigirle requisitos de acep-tabilidad (me refiero a la vida humana como realidadglobal, aunque en cada caso individual precisamente elamor a determinados contenidos vitales puede jus-tificar la renuncia a la prolongación biológica de laexistencia). En una palabra, afirmar alegremente la vi-da es darla por buena, aunque ello no equivalga a consi-derar buenos cada uno de los episodios y factores queincidentalmente concurren en ella. Y de la primordial afirmación de la realidadde la vida y de su aceptación incondicional provienecomo consecuencia la tercera tarea de la alegría, lamás relacionada con la propia etimología de la pala-bra, si hemos de creer a Ortega: su función de alige-rar la situación humana. Dado que la muerte —quees lo que más pesa sobre la vida, lo que la convierteen cosa gravosa y grave— es fatalidad y sinsentido,la alegría aligera la existencia fomentando la liber-tad frente a lo fatal y también el sentido —lo huma-namente significativo, lo que entre humanos com-partimos— frente al absurdo mortífero. Así brotanesos artificios creadores de libertad y sentido que sonel arte, la poesía, el espectáculo, la ética, la política,incluso la santidad. El fondo de todos ellos es siemprela celebración gozosa de la vida como suceso paradóji-camente inmortalizador surgido en el ancho campode la muerte. Insisto: no se trata de negar o soslayar la
  28. 28. ____________________37___________________evidencia de la muerte, sino de aligerar la vida de supeso desesperante. Incluso convirtiendo la muertemisma en tónico de la vida o sacando estímulo de loque también por otra parte nos desespera. Quien tieneel secreto de la alegría trágica, como Shakespeare,puede ser sombrío, pero nunca será deprimente...;nos hace más profundos, pero también más ligeros.El lema de esta actitud a la vez misteriosa y tónicanos lo dio, como tantas otras veces, Montaigne: je nejais ríen sans gaieté. De todas las iniciativas vitales promovidasdesde el sentimiento alegre de nuestra invulnerabi-lidad existencial, la más directamente opuesta a ladesesperación, sus pompas y sus obras (la menos con-taminada por ella) es la ética. Fue precisamente Lu-crecio el primero que señaló que la gran mayoría denuestros crímenes y abusos provienen del pánico de-sesperado de sabernos amenazados por la muerte. Portanto la actitud ética es adoptar la estrategia de lainmortalidad —dado que también somos vencedoresde la muerte, además de sus víctimas— y vivir co-mo quienes pueden imponer una impronta libre yun sentido compartido (valga la redundancia) a sudestino de fatalidad y absurdo. De tal modo que lamuerte queda asumida como límite, pero descartadacomo maestra de la vida. Es eso sin duda a lo queapunta Spinoza cuando establece que el sabio en na-da piensa menos que en la muerte y toda su sabidu-ría es sabiduría de la vida. El sabio espinozista —esdecir, quien es capaz de alegría racional— no practicala meditatio mortis, pues ésta sólo puede desembocaren dos conclusiones opuestas (aunque a veces secre-tamente cómplices): la desesperación racionalista ola esperanza irracional. Los cálculos de la primera
  29. 29. ___________________ 38 __________________acarrean consecuentemente miedo, codicia y odio—como ya fue dicho—, o sea, lo que llamamos mal-dad (toda maldad es a la desesperada), mientras quelos fervores de la segunda promueven otra actitudindeseable, la superstición, que disfraza lo que sabemosbajo beneficios o maleficios de los que nada pode-mos saber. Por eso concluye Spinoza que no hay nadaque aprender de la muerte, que todas sus lecciones(a diferencia de las del dolor, que pueden ser muyútiles) son fatales y que más nos vale no saber nadade aquello de lo que nada vitalmente provechoso po-demos aprender. La ética no es pues un código, sino más bienuna perspectiva para la reflexión práctica sobre nues-tras acciones. Y también una de las estrategias deinmortalidad a disposición de los mortales, es decir,otra forma de arte. Por supuesto no consiste en unconjunto de normas, ni categóricas ni hipotéticas: en lavida moral todas las situaciones son excepcionales,porque se refieren a lo irrepetible y único de cada li-bertad individual. Tal libertad, desde luego, no esruptura de la infrangible cadena de las causas, sino lacreación de sentido que une, más allá de hostilida-des y diferencias, a todos los mortales conscientes deserlo. La ética consiste en poner nuestra libertad alservicio de la camaradería vital que nos emparentacon nuestros semejantes en desesperación y alegría...Tampoco las virtudes pueden definirse en abstracto,formando una especie de tarot de figuras ideales decomportamiento establecidas de una vez para siem-pre, pues la disposición ética consiste en una orien-tación armónica de las capacidades y no en apuntar-se a la lista más exhaustiva de ellas como quien seapunta a los aparatos musculadores más recomenda-
  30. 30. ___________________ 39 ___________________dos de un gimnasio. Por eso Nietzsche habló de quelo moralmente difícil es hacernos dueños de nues-tras virtudes, no coleccionarlas. ¿Deberes, obligacio-nes, sanciones? La conciencia íntima de obligación y elrefuerzo externo de la sanción pueden tener efectossocialmente provechosos, pero no por ello dejan deconstituir prótesis para una voluntad ética que se sien-te ocasionalmente inválida, cuya alegría flaquea enfrecuente desconcierto. Porque la desesperación seguirá estando siem-pre también en nosotros, como la muerte misma apartir de la cual comienza nuestro pensamiento y cu-yas lecciones sólo relativamente podemos desoír. Nohay ética pura, sino intento de rememorar racional-mente la alegría frente al entristecimiento desespera-do que enloquece ante la muerte y contra ese otroenloquecimiento, a veces más amable, de la esperan-za supersticiosa a la que no basta el haber derrotadoya a la muerte naciendo y quiere vencerla también nomuriendo. Sostenerse en la alegría es el equilibrismomás arduo, pero el único capaz de conseguir que to-das las penas humanas merezcan efectivamente la pe-na. A eso llamamos ética: a penar alegremente.
  31. 31. Perplejidades éticas del siglo XX 1. A lo largo del siglo XX se han enfrentadodos tipos de reflexiones éticas, que podríamos llamar respectivamente ética de la perspectiva restringiday ética de la perspectiva universal. La primera de esasperspectivas parte de la base de que efectivamenteno hay moral sino morales, las cuales dependen delgrupo humano al que se pertenece; la segunda perspectiva opina que hay un hecho moral único tras ladiversidad de morales efectivas (es decir, que existeno tanto una moralidad universal como unos universales morales, semejantes a los universales lingüísticosque subyacen a todas las lenguas) y que ese único hecho moral se funda en la común pertenencia a la humanidad. En una palabra, la primera perspectiva estudia los diversos razonamientos morales según lacomprensión propiciada por su contexto y solamentedesde ella, mientras la segunda considera que existeuna razón moral que puede ser percibida y justificada en cualquier contexto dado, pero aún más: quedebe percibirse y justificarse en cualquier contextomoral. Por supuesto, tanto una como otra perspectivano son inventos de nuestro siglo, sino que prolonganreflexiones tradicionales de signo divergente que sedebaten desde hace mucho tiempo. 2. La perspectiva ética que denomino restringida asigna la eficacia moral a la pertenencia a tal
  32. 32. ___________________41___________________o cual grupo humano. Dichos grupos se caracterizanpor compartir determinadas condiciones étnicas, so-ciales o incluso biológicas, determinadas ideologíaso determinadas creencias. Algunos de esos grupos son excluyentes, es de-cir, se definen como cerrados y por oposición tajantea quienes no pertenecen a ellos. Por ejemplo, la mo-ral racista, la moral nacionalista —«con la patria conrazón o sin ella»—, la moral de cierto feminismo ra-dical (que los varones no pueden asumir por su pro-pia estructura psicológica varonil), la moral de clase(tal como la expone León Trotski en Su moral y la nues-tra), la moral según la versión heavy del comunita-rismo (las pautas y juicios morales sólo tienen senti-do pleno dentro de una determinada comunidad), lamoral religiosa de la gracia (los infieles sólo puedenser aparentemente morales pues les falta lo funda-mental, la fe, «las virtudes de los paganos son viciosmagníficos» según san Agustín, etcétera). Otros grupos, en cambio, son tendencial-mente inclusivos, es decir que ofrecen una posibili-dad de acogida a quienes no pertenecen a ellos paraque lleguen a merecer compartir sus valores: así seconstituye la moral existencialista de la situación yla autenticidad, la moral del esteticismo vitalista, laactitud antitotalitaria, el ecologismo razonable, etcé-tera. Digamos que en estos grupos inclusivos de laperspectiva ética restringida los trámites de afilia-ción no son imposibles o están bloqueados, como re-sultan estarlo en los grupos excluyentes. 3. La perspectiva ética universalista consi-dera que la ética consiste en un reconocimiento dela humanidad ajena desde la humanidad propia y que
  33. 33. ___________________ 42 ___________________lo específicamente moral es colocar ese reconoci-miento por encima de cualquier otro concepto dife-renciador, como la raza, el sexo, la posición social, lasideologías, las religiones, la nacionalidad, etcétera.Según este punto de vista, la ética ha de buscar loque los humanos tenemos en común, no lo que nosdiferencia y singulariza. Desde luego el respeto ala diferencia es también parte de esta moral, pero encuanto reconocimiento de que todos somos diferen-tes y por tanto nuestras peculiaridades irreductiblesforman parte de lo que cimenta nuestra común con-dición. Tener diferencias es lo que nos hace pareci-dos... Hay un derecho moral a la diferencia, pero nouna diferencia de derechos morales. La ética universalista no es universal porquese empeñe en imponer su criterio al universo enteroen cuanto norma externa general, sino porque actúacomo la regla privada del sujeto moral consistenteen el compromiso de tratar a todos los humanos deacuerdo con el mismo baremo de dignidad. Es decir,es universal aquella moral que en sus pautas de tratoal prójimo ni quiere ni puede hacer excepciones. Alcontrario: obtiene su fuerza regulativa de la ausenciade excepciones. La ética universalista se ha constituido a lolargo de nuestro siglo en la busca de valores compar-tidos sin exclusiones ni más requisitos que la perte-nencia a la especie humana: el rechazo de la guerracomo medio de resolver las disputas internacionales,la aspiración a instituciones políticas de alcance mun-dial, el reconocimiento y defensa de los derechos hu-manos (es decir, de todo hombre como sujeto de unmínimo común denominador de demandas razona-bles a los demás hombres), la ética comunicacional
  34. 34. ___________________ 43 __________________y dialógica de Habermas y Apel (apoyada en la uni-versalidad del lenguaje, lo que reformula el plantea-miento universalista kantiano), la búsqueda de uncódigo moral común a las principales religiones (lapropuesta de Hans Küng, aunque ésta excluye por lovisto a quienes no pertenecen a ninguna religión yquizá sería más propio situarla en el grupo inclusivodel apartado anterior), el humanitarismo sin fronterasde las Organizaciones No Gubernamentales, etcétera.La perspectiva ética universalista se sostienesiempre en la primacía moral del individuo sobrecualquiera de los grupos de afiliación de los que formaparte. Opta por la civilización (esfuerzo único de lahumanidad por salir de las pautas meramente natu-rales) frente a las culturas, cada una de las cuales pre-tende ser idiosincrásica. La ética universal consisteen el reconocimiento de que la problemática humananos hace a todos más semejantes de lo que las diver-gencias de nuestras culturas están dispuestas areconocer. Por decirlo de otro modo: reconoce laspertenencias culturales, pero como característicassolubles en la humanidad común cuando llega el casode ponerlas a prueba, no como determinaciones in-solubles que hacen a los humanos de un colectivoincomprensibles e inasimilables para quienes no per-tenecen a él. 4. Las éticas de la perspectiva, incluso lasmás razonables, encierran un principio de división yenfrentamiento dentro de lo humano, difícilmentecompatible con otras formas de globalización técnica,económica y científica alcanzadas en múltiples as-pectos a escala ya planetaria. La pregunta es si resultaposible establecer una razón práctica universal y cuá-
  35. 35. ___________________ 44 __________________les serían sus criterios de convicción no ya en la me-ra teoría, sino en relación con los problemas históricosde la humanidad a finales de siglo. La principal oposi-ción a esta razón práctica universal proviene de quienessostienen que los valores de cada grupo humano soninconmensurables con los de los demás colectivos,puesto que no se comparten los mismos paradigmasaxiológicos: lo que Karl Popper llamó «el mito delmarco común». A esto cabe responder, en primer lugar, quela fuerza coercitiva de cualquier razonamiento éticonunca es como la de un axioma matemático ni tam-poco como la coacción legal establecida por las pe-nas de la ley. La ética no intenta promulgar un dogmaque permita separar en todo caso el bien del mal,sino una perspectiva desde la que pueda debatirsequé es lo preferible en el campo siempre abierto yúnico de cada ocasión; tampoco pretende suscitaruna conducta estratégicamente razonable, sino unaintención humanamente racional. En segundo lugar,no es cierto que falte entre los hombres un marco co-mún de razonamiento práctico, aunque para hallarlosea preciso aplicar la capacidad filosófica de abstrac-ción a la gran diversidad de las respuestas culturales(lo cual quizá suponga en cierto modo la opción poruna respuesta cultural determinada): los humanos nocompartimos supuestos ideológicos comunes, perosí problemas vitales comunes. Las costumbres valo-rativas de una comunidad pueden diferir sustancial-mente de las de otra (es decir, hay diversas morales),pero la legitimación ética de todas las morales puedereferirse al propósito único de aliviar los problemasvitales que compartimos, ya deriven de nuestro desti-no mortal o de la relación con los demás. En el esfuer-
  36. 36. ___________________ 45 ___________________zo característicamente humano por hacer comprensi-ble la vida y el mundo, Popper señala dos compo-nentes: el primero es la inventiva poética que da lu-gar a los diversos mitos que estilizan en cada caso lascircunstancias antropológicas de una cultura deter-minada; el segundo es la invención de la discusióncrítica que argumentativamente pone en cuestión losmitos y pretende transformarlos hacia una mayorextensión y plenitud de los valores que de ellos se de-ducen. De modo muy grosero, podríamos decir quelas morales provienen del primer componente, mien-tras que la ética deriva del segundo. 5. Pues bien, quizá lo que revela aplicar laabstracción de la razón práctica a las diversas moralesculturales es el descubrimiento de una ética común dela hospitalidad. Como ha señalado Jacques Derrida enun texto reciente {Cosmopolitas de todos los países, ¡unesfuerzo más!, discurso pronunciado ante el Parlamen-to Internacional de Escritores en Estrasburgo, el 21de marzo de 1996) «la hospitalidad es la cultura mis-ma y no es una ética entre otras. En la medida en queatañe al ethos, a saber, a la morada, a la casa propia, allugar de residencia familiar tanto como a la manerade estar en él, a la manera de relacionarse consigomismo y con los demás, con los demás como con lossuyos o con extraños, la ética es hospitalidad, es to-da ella coextensiva a la experiencia de la hospitali-dad, sea cual sea el modelo en que la abramos o lalimitemos». Lo que está en juego, en este fin de siglomarcado por las exclusiones, los exilios, los destie-rros y las inmigraciones masivas en busca de hogary protección, es cómo lograr dar el paso desde unahospitalidad del nosotros entendida como no-a-otros
  37. 37. ___________________ 46 ___________________(según el atinado pun de Xavier Rubert de Ventos)a la hospitalidad de un nosotros sin requisitos previosni exclusiones, un nosotros al que —según sentencióel clásico— nada humano le resulte ajeno.
  38. 38. Hacia una ciudadanía caopolita «... la hermosa libertad de los seres racionales...» (I. KANT, La paz perpetua) Si sé me preguntase por una proposición es-trictamente filosófica, altamente significativa (es decir,susceptible de dar paso a muchas otras y de orientarla práctica vital), la cual me atreviese a suscribir contoda la certeza de que me considero capaz, sólo se mevendría a las mientes una candidata, atribuida no aun filósofo sino a un poeta, Meleagro de Gádara, quevivió en Siria cien años antes de Cristo, compusoelegantes epigramas eróticos y compiló una Guir-nalda de poetas que constituye el primer embriónde la Antología Palatina. La cita pertenece al epi-tafio que Meleagro compuso para sí mismo y dicemás o menos así: «La única patria, extranjero, es elmundo en que vivimos; un único caos produjo a to-dos los mortales». Desde que la leí por primera vez(mencionada por Julia Kristeva en su bello libroExtranjeros para nosotros mismos) no he dejado de darvueltas a este dictamen asombroso a la par que ob-vio, asombrosamente obvio. Más adelante volvere-mos sobre el contexto en que se inscribe, la invocaciónpóstuma con la que un muerto se dirige al vivo, losversos que la preceden y la prolongan. También sobresu tono interrogativo y su matiz irónico, indiscerni-bles en la versión abreviada ofrecida por Kristeva yque es la primera que yo conocí. De ésta, ignorandotodo lo demás, me gustó el tono apodíctico, imperioso,como una noticia urgente —mejor dicho, dos noti-
  39. 39. ___________________ 48 ___________________cias urgentes, indisolublemente conectadas— que es-cupe sin miramientos el teletipo de la realidad quenos concierne. Es un aviso pero también tiene algo de de-creto; como quien proporciona dos datos de un pro-blema a partir de los cuales el examinando debe ob-tener el resto de las respuestas. En primer lugar, lonegativo («la única patria es el mundo en que vivi-mos»). No se funda una nueva patria, sino que quedanabolidas, o al menos relativizadas, todas las vigen-tes. Segundo, la revelación positiva («un único caosprodujo a todos los mortales»). Volvemos a compar-tir algo, pero no acogedor ni hogareño, sino más biendisgregador, errabundo, inquietante. Y lo que resultamás notable es que ambas llamadas de atención leson hechas a alguien designado como extranjero, con-dición que según la primera de ellas resulta imposi-ble y que a partir de la segunda viene a ser punto me-nos que inevitable. Con ese vocativo cifra Meleagrola paradoja encerrada en las dos partes de su adver-tencia: «¡Oh tú, que te crees extranjero por aquellomismo que nos hace compatriotas, pero que ignoraslo verdaderamente extraño y foráneo de tu condi-ción, que es lo que nos convierte en hermanos...!». Puede resultar interesante reflexionar sobreeste dictamen de Meleagro contrastándolo con lo quedice Kant en dos de los opúsculos más hermosos,sugestivos y radicalmente civilizadores de la moder-nidad: Idea de una historia universal en sentido cosmopo-lita (1784) y La paz perpetua (1795). En el primerode ellos, Kant plantea la posibilidad y aun la conve-niencia de estudiar el conjunto de la historia huma-na como el desarrollo de un plan de la Naturalezapara que todas las capacidades humanas alcancen su
  40. 40. ___________________ 49 __________________sazón, si no en el nivel individual al menos en el co-lectivo. En otras especies animales, las disposicionesse van desarrollando de manera automática aunquegradual porque sería contradictorio que los órganosy las facultades existieran de un modo meramentelatente que nunca llegase a su manifestación eficaz.Para el filósofo de Kónigsberg, que escribe ochentaaños antes de la publicación por Charles Darwin deEl origen de las especies, «en la ciencia natural teleoló-gica un órgano que no ha de ser empleado, una dis-posición que no ha de alcanzar su fin, representa unacontradicción. Porque si renunciamos a este prin-cipio ya no nos encontramos con una Naturalezaregular, sino con un juego arbitrario». Pues bien, elpropósito que para el hombre ha concebido la Natu-raleza es el pleno desarrollo de todas aquellas dispo-siciones naturales que apuntan al uso de la razón, demodo que logre sobrepasar el ordenamiento mecá-nico de su existencia animal y llegue a participar dela feliz perfección que él mismo, libre del instinto,pueda procurarse por la vía racional. Dada la breve-dad de la existencia humana individual, este pro-yecto sólo puede llevarse a cabo en el plano de laespecie, por medio de sucesivos tanteos, ejercicios yacumulación de aprendizajes a lo largo de un tra-yecto que merecerá ser llamado —al menos cuandollegue a su inequívoca culminación—progreso. «Delo contrario —advierte Kant— habría que conside-rar las disposiciones naturales en su mayor parte co-mo ociosas y sin finalidad, lo cual cancelaría todos losprincipios prácticos y de este modo la Naturaleza,cuya sabiduría nos sirve de principio para juzgar elresto de las cosas, sólo por lo que respecta al hombrese haría sospechosa de estar desarrollando un juego
  41. 41. ____________________50 __________________infantil». Por supuesto el ilustrado, una vez compren-dido este propósito natural del despliegue históricode la idea de hombre, colaborará cuanto pueda en suconsecución poniendo las potencias educativas y polí-ticas bajo la égida de este programa de la Naturale-za y rigiéndose de acuerdo con él. En tal camino, los humanos contamos conun instrumento privilegiado aunque sin duda para-dójico: el patente antagonismo de las diferentes dis-posiciones humanas, la hostilidad pugnaz entre nues-tras pasiones y fantasías; en una palabra, la insociablesociabilidad de los hombres que a la vez los inclina aformar una sociedad y amenaza permanentementecon disolverla. Así Kant subraya algo que ya habíamarcado en su momento Spinoza, a saber, que esprecisamente lo mismo que enfrenta a los humanos—el interés, aquello que se interpone entre ellos—lo que también los une y los hace cómplices sociales.Cada ser humano quiere lo que quieren los demás, en eldoble sentido de esta rica expresión: comparte el que-rer de los otros y gracias a ello puede convivir en so-ciedad, pero también compite con sus semejantes pa-ra obtener los mismos bienes que los demás apetecentanto como él... y que en demasiadas ocasiones nopueden tener más que un solo dueño. Gracias a estediscordante concierto la especie humana va desple-gando todas sus capacidades racionales de institucio-nalizarse como sociedad civil, tan alejada de la brutalbatalla de todos contra todos como de la no menosanimal monotonía del rebaño uniformizado por laausencia de esa libertad, que es lo único que podríapersonalizar a sus miembros. Según Kant, el proyecto de la Naturaleza esprecisamente esa obra de arte suprema de la insocia-
  42. 42. ____________________51 __________________ble sociabilidad humana, la sociedad civil, que debesostener una conciliación animada entre lo que mantie-ne a la humanidad despierta y lo que impide que tan-ta animación pugnaz la despedace. Es decir, que so-mete la pluralidad de los planes de vida personalesa la comunidad de la ley pero sin desactivarlos. Lo-grado ya este objetivo más o menos plausiblementeen los países ordenados more republicano, el siguientepaso del plan natural es conseguir «un estado mun-dial civil o cosmopolita», dentro del cual pueda desa-rrollarse el tipo de ciudadanía que permitirá desple-gar todas las originarias potencialidades humanas.En una palabra, el plan de la Naturaleza —según elcual puede ser considerada toda la historia univer-sal— desembocará en «la asociación ciudadana com-pleta de la especie humana», o sea, «una sociedad enque se encuentre unida la máxima libertad bajo le-yes exteriores con el poder irresistible, es decir, unaconstitución perfectamente justa». En la actualidad—en la actualidad de Kant, pero también en la nues-tra todavía— la divergencia y antagonismo de losdiferentes Estados obstaculiza este objetivo final,que sin embargo antes o después ha de conducirnospara que se cumpla nuestro destino natural a «esa granfederación de naciones... que forzará a los Estados atomar la resolución (por muy duro que ello se leshaga) que también el individuo adopta tan a desga-na, a saber: a hacer dejación de su brutal libertad y abuscar tranquilidad y seguridad en una constituciónlegal». El segundo opúsculo kantiano mencionado,La paz perpetua, intenta vislumbrar precisamente lospasos esenciales del camino que nos llevará a tal con-sumación desde el derecho nacional que articula la
  43. 43. ____________________52___________________libertad en cada país y el derecho internacional, elcual esboza cierto orden entre los países aún enfren-tados y potencialmente sometidos al dictamen dela guerra, hasta el verdadero tus gentium, el derechocosmopolita que propone una constitución supremapara todas las colectividades tras la renuncia de és-tas al uso de la fuerza armada entre sí. Este últimosería un derecho de gentes que tendría por sujetos alas personas concretas fueran de donde fuesen y noa las colectividades nacionales, como ocurre en el de-recho internacional que conocemos. Para este dere-cho cosmopolita propone el viejo filósofo una fórmu-la que aún nos conmueve por su noble sencillez: setratará de establecer «las condiciones de la hospita-lidad universal». Emociona y entristece leerlas a fi-nales de este siglo atrozmente inhóspito, rodeadosde campos de refugiados, de crueles exilios, de im-placables exclusiones... No imagina Kant esa conciliación legal bajoun Estado único o mundial en sentido estricto, pueseste Leviatán produciría un despotismo abrumadory/o una perpetua sed de sublevaciones de las co-munidades así abolidas bajo el poder total, sino unapermanente federación de naciones que conservansu independencia, pero saben doblegarla racional-mente al objetivo de la concordia. De este modo semoralizará finalmente la organización política delos pueblos y quedará probado que la inmoralidadprivada, al contradecirse y destruir sus propios pro-pósitos en el enfrentamiento con otros malvados, de-ja paso, por lentamente que sea, a la instauracióndel principio moral del bien. Este designio de la Na-turaleza debe ser hecho explícito y asumido por loshombres fieles a la razón, para colaborar a su más pron-
  44. 44. ___________________ 53 __________________to advenimiento y aminorar los sufrimientos colec-tivos que a la majestuosa Naturaleza poco preocu-pan. Tal ha de ser, precisamente, el sentido final dela Ilustración. El segundo centenario de la publicación deLa paz perpetua ha propiciado la aparición de nume-rosos estudios y puestas al día de las justamente cé-lebres reflexiones kantianas, firmadas por pensado-res tan capaces como John Rawls, Jurgen Habermasy muchos otros. Quien desee ponerse al tanto de lomás esencial de este debate puede consultar el núme-ro 16 de la revista hegoría (editada por el Institutode Filosofía del CSIC) o la obra colectiva La paz y elideal cosmopolita de la Ilustración (compilada por Ro-berto Rodríguez Aramayo, Javier Muguerza y Con-cha Roldan para la editorial Tecnos). Lo único que seme ocurre echar de menos en tantos trabajos exce-lentes es el cuestionamiento del término mismo decosmopolitismo o cosmópolis que subyace en el plantea-miento de Kant... por contraposición a lo que diceMeleagro de Gádara en su apotegma antes citado. Misobras de consulta favoritas fallan a la hora de ilus-trarme sobre esos términos comprometidos. Ni la vozcosmos ni la voz cosmopolita figuran en el imprescindi-ble diccionario de Ferrater Mora, aunque sí cosmogonía;tampoco las encuentro en la Enciclopedia Británica nisiquiera en la Enciclopedia del pensamiento político deDavid Miller; en cuanto a mi venerada y casi nuncafilosóficamente decepcionante Encyclopaedia Univer-salis, compruebo que pasa con absoluta desenvolturade cosmonáutica a Costa Rica. Recurro pues a recuerdosimprecisos de mis años escolares, según cuyo tes-timonio nada fiable cosmos es el orden y la aseadacomposición de la realidad en que vivimos (de donde
  45. 45. ____________________54___________________proviene obviamente cosmética, arte de aderezary organizar del mejor modo posible nuestra propiaapariencia física) y que me trae a las mientes al viejoDemócrito, según el cual el sabio es ante todo un ciu-dadano del mundo bien ordenado, es decir, un cos-mopolita (también el cínico Diógenes se declaró cos-mopolita y dijo, según Laercio, que el único ordenpúblico que le parecía respetable era el de la Natu-raleza). En esta última aseveración subyace la ideade que el mundo bien ordenado, el cosmos, es ya ensí mismo la polis primigenia, la ciudad humana porexcelencia. Es decir, que todo es polis, puesto que an-tes y más allá de que los humanos constituyeran susciudades según normas transitorias, perecederas, eluniverso mismo está todo él constituido como unamegalópolis de la cual cuantos somos humanos de-beríamos sabernos ciudadanos, aunque sólo el sabiosea capaz de advertirlo en un primer momento. ¿Nohay también algo de esta convicción en Kant cuan-do nos habla del designio que la Naturaleza tienepara nosotros, con la única pero importante diferen-cia de que sitúa como proyecto a largo plazo —conel cual deberíamos cooperar racional y voluntaria-mente aunque de un modo inconsciente acabaremossiempre por hacerlo, a trancas y barrancas— eso mis-mo que Demócrito parece plantear como dato ori-ginario y ya consumado? Sea por ordenamiento divino o designio dela Naturaleza —que es la primera forma conocidade la divinidad y la última a la cual la modernidad su-puestamente laica parece estar decidida a renunciar—el cosmopolita cree vivir en una realidad mundial, esdecir, ordenada, con límites bien establecidos, con unsentido y un telos, un fin último hacia el que enca-
  46. 46. ___________________ 55 ___________________minarse. Pero ese cosmos es además polis, ciudad tras-cendental, paradigma de sistema político humana-mente suprahumano y rigurosamente extrahistóricocon cuyo patrón pueden medirse las ciudades con-tingentes, siempre indebidamente selladas por mu-tuos antagonismos a la vez creativos y destructores,que los hombres levantan día tras día. El cosmos esuna gran polis, de acuerdo con lo cual el destino decada polis es tender generosamente hacia lo cósmico.El cosmopolita es la avanzadilla política de quienesdesean que cuanto antes la Ciudad del origen se con-vierta en ideal práctico de la federación final de lasciudades históricas. Pero en cambio Meleagro deGádara —cuya actitud histórica también puede ca-lificarse de cosmopolita en cierto sentido— parece re-ferirse a algo distinto cuando nos afilia a ese caos queahora debemos considerar más de cerca. En primer lugar completemos el contexto dela cita, según la versión de Manuel Fernández-Ga-liano {Antología Palatina, tomo I, 777, BibliotecaClásica Gredos): La isla de Tiro me crió, fue mi tierra materna el Ática de Asiría, Gádara, y nací de Éucrates yo, Meleagro, a quien dieron antaño las Musas el poder cultivar las Gracias menipeas. Sirio soy. ¿Qué te asombra, extranjero, si el mundo es la patria en que todos vivimos, paridos por el Caos? Así traducidos, los versos han perdido algu-nos de los rasgos que me impactaron cuando los leíen francés en el libro de Kristeva, pero ganan otrosque tampoco me desagradan. El poeta comienza este
  47. 47. ___________________ 56___________________autoepitafio mencionando con cierto orgullo su lu-gar de origen, pues Gádara es nada menos que «laÁtica de Asiria» (un poco como el Edimburgo die-ciochesco fue llamado «la Atenas del Norte»), perosospecha que su lector de la metrópoli —el extranje-ro que pasa sobre su tumba de versos— mirará concierto menosprecio este origen provinciano. Pues sí,dice Meleagro, soy sirio y a mucha honra: ¿acaso esimposible que un servidor de las Musas nazca lejosde la urbe? Y entonces, con un punto de dolida iro-nía, es cuando plantea como pregunta y en cierto modocomo desafío —«¡atrévete a decirme que no!»— loque yo había tomado por una aserción perentoria.La patria en la que todos vivimos es la misma aquí oallá, en la periferia o en el centro, en la urbe o en lacampiña, siempre la misma y única tierra, el mismomundo del que nadie puede escapar ni en el quenadie puede sentirse mejor localizado que sus seme-jantes (recuérdese la observación de Kant en La pazperpetua sobre la redondez de la tierra, la cual impi-de a los humanos alejarse indefinidamente unos deotros). Y nuestro origen común es el Caos, el Abis-mo, lo informe e impenetrable, lo por siempre des-conocido. Evidentemente Meleagro se pone al haceresta grandiosa afirmación bajo la tutela de Hesíodo,que comienza su Teogonia estableciendo que «antesde todo existió el Caos» y a partir de ahí va obte-niendo la progenie de los dioses y la de los mortales(porque para Hesíodo el principal parentesco entreunos y otros es su idéntico origen caótico, es decir,ininteligible). Pero Meleagro no pretende hacer me-tafísica, ni siquiera metafísica mitológica, es decir, loque suele llamarse religión. El mensaje que intentatransmitir desde el sepulcro, si no le comprendo mal,
  48. 48. ___________________ 57___________________viene a ser más o menos el siguiente: «Mira, extranje-ro, no te equivoques, no creas que la poesía ni nadade lo que para los humanos cuenta, depende de ha-ber nacido en uno u otro lugar. La cuestión relevantees haber nacido y haber nacido humano, es decir, cons-ciente de la muerte y dotado de lenguaje para expresarel miedo y el deseo. A tales efectos, cualquier lugares patria y todas las patrias vienen a ser lo mismo, lamisma. Tampoco te fíes de la genealogía, porque mipadre fue Éucrates, pero podría haber sido cualquierotro, en el fondo todos venimos de lo desconocido,de lo aún no constituido ni ordenado, y volvemos aello. Lo único que cuenta es lo que logramos ordenary constituir nosotros entre lo uno y lo otro, durantela vida fugazmente frágil. Por lo demás, no reniegode mi padre y Gádara me parece una ciudad es-tupenda». ¿Qué tiene que ver esto con lo razonado porel también provinciano y periférico Kant de Konigs-berg? En aspectos fundamentales, sin duda ambosdeben estar de acuerdo. Los humanos somos todospor igual huéspedes unos de otros y no tenemos de-recho racional a menospreciarnos o maltratarnos porcuestiones de procedencia, sino que debemos aten-der solamente a nuestro parentesco esencial y juzgara cada cual de acuerdo con sus méritos o deméritosdemostrados en la liza de la vida. Pero también saltaa la vista que no puede ser lo mismo creerse engen-drado por una Naturaleza cósmica, dotada de unproyecto y ordenadora de lo real incluso a través delaparente desorden, que proclamarse parido por elCaos. En el primer caso, la existencia humana tieneque acomodarse en su despliegue al orden que lapreexiste, del cual proviene; en el segundo, a ningu-
  49. 49. ___________________ 58 __________________na ordenación previa podemos referirnos ni tomarlacomo supuesto o guía, sino que debemos con nues-tra solas fuerzas instituir aliño y norma sobre el po-zo abismal, ignoto, del que todos por igual hemosbrotado. Es curioso, pero tengo la impresión de queel supuesto ontológico de Meleagro nos resulta a finde cuentas más contemporáneo que la propia moderni-dad kantiana... Se me responderá que el planteamiento deKant tiene la inconveniencia práctica de ofrecer unfundamento para esa ciudadanía no excluyente aescala planetaria que bastantes —muchos, meatrevo a decir— consideramos la culminaciónimprescindible de la modernidad revolucionaria.Pero supongamos que se dé justamente el caso deque quienes apetecemos racionalmente talciudadanía no creamos —también por motivosracionales— en esa Naturaleza gobernadora cuyoplan transcurriría históricamente y que tanto separece al Dios ordenador que ideológicamente laprecede... ¡y que en el mismo Kant aún laacompaña! Es más, puede que los acontecimientosdel pavoroso siglo XX ni siquiera nos permitan ya creeren esa otra advocación moderna de la divinidad, laHistoria, cuyo despliegue majestuoso desde lo na-cional a lo universal en ciertas épocas doradas por eloptimismo fue denominado progreso. Y es que la fi-losofía contemporánea es ante todo una filosofía atea,no sólo nacida bajo el sello al principio dubitativo yluego indeleble del «¡Dios ha muerto!» nietzschea-no, sino crecientemente despojada de todo lo teoló-gicamente absoluto —valga la redundancia— en elcampo del sentido. Las ideologías contemporáneas—como las de otras épocas, porque nada se acopla me-jor a lo atávico que las ideologías— siguen teniendo
  50. 50. ____________________59___________________dioses justicieros, protectores, intervencionistas, ávi-dos de pureza y de sacrificios humanos, incluso eco-lógicamente victimistas o humanitariamente bene-factores; pero la filosofía contemporánea no tieneninguno: aun más, se define por negarlos todos y porir borrando cada vez más de su discurso la nostalgiao la queja por su ausencia. Los creyentes y los pensado-res cada vez están más escindidos, de lo cual son pre-cisamente buena prueba las actitudes filosóficas,digamos, posmodernas que tratan de convencernosideológicamente de que el debilitamiento de las ra-zones pro teístas y antiteístas nos permite ya optarpor la creencia fideísta, siempre que nos sea social-mente favorable —es decir, favorable al desarrollo denuestra identidad social—, sin padecer remordimien-tos especulativos. Una divinidad eclesial, naturalista,comunitaria, humanitaria o como fuere que se apo-ya en sus efectos sociales y se nutre por igual de lainconveniencia de negarla o de pretender fundarlaracionalmente conserva intactas sus virtudes ideo-lógicas, pero filosóficamente me temo que no tieneya ninguna. En resumen, al ciudadano filosóficamentecontemporáneo que concibe hoy su condición éticay política como búsqueda de una realización cos-mopolita le falta, para empezar, nada menos que elcosmos mismo, el ámbito ordenado y ordenador enprincipio, originario, a partir del cual comprender suproyecto planetario y universalista. Lo cual es unserio inconveniente, que nos remite otra vez al evi-dentemente antiguo pero quizá secretamente muycontemporáneo dictamen de Meleagro. Los ciuda-danos de este final de siglo pasablemente convulso(¡pero nada comparado a lo que hemos conocido ha-
  51. 51. ___________________ 60 __________________ce cincuenta u ochenta años!) podemos reconocer-nos mucho más como hijos del caos que como here-deros de ningún tipo de cosmos. Caos, desde luego,en el plano exterior o más superficialmente histórico: elimperio bipolar del mundo ya no tiene curso, por loque se ha roto la sosegada versión maniquea de losproyectos de sociedad que estuvo vigente durantedécadas; las ideologías omnicomprensivas que conigual soltura resolvían las dudas políticas que las es-téticas o las económicas (los «grandes relatos» en ter-minología de Lyotard) han dado paso a puzzles idio-sincrásicos según los cuales cada cual intenta hacercasar según fórmula personal la psicología con laecología, los derechos humanos con las identidadesculturales, el liberalismo económico y el Estado debienestar, el laicismo estatal y la tolerancia a todotipo de creencias religiosas, el feminismo, el huma-nitarismo, la protección de la infancia, la permisivi-dad sexual, etcétera; el desarrollo del capitalismo sinenemigo externo visible empuja hacia una globali-zación reforzada por la extensión planetaria de losmedios de comunicación y transporte, con la consi-guiente obsolescencia de formas de producción ydistribución locales que hasta hace no mucho pare-cían naturales; los individuos viajan, emigran o se exi-lian a través de un mundo en el que podemos tropezarcon cualquier peculiaridad gastronómica o indumen-taria en el lugar menos apropiado, porque todo estádescentrado y diseminado, mientras a través de comu-nicaciones novísimas —Internet y lo que venga des-pués— se cultiva un nuevo tipo de mestizaje entrelo remoto y lo próximo, trabándose insólitas afinida-des electivas. En suma, todos sabemos que estamosnavegando —la necesidad de navegar es ya idéntica
  52. 52. ___________________ 61 ___________________a la necesidad de vivir—, pero sin un punto de par-tida ni mucho menos un destino sólida y cósmica-mente determinados. Tampoco en el plano interior, digamos onto-lógico, las cosas están ordenadas de manera más esta-ble. Nadie puede atreverse a fundar creíblementepautas para enraizar el Bien o la Belleza de un modoque resulte sin apelación universalmente válido. Elanálisis de nuestros condicionamientos naturales ofre-ce regularidades necesarias, pero no valores distintosa simples constataciones de una eficacia determinadaen el marco de ciertas circunstancias, las cuales vanestando crecientemente comprometidas por las trans-formaciones del medio ambiente tal como lo hemosconocido hasta la fecha y por las posibilidades de in-tervenir con ánimo manipulador en los núcleos ge-néticos de todo lo viviente. Tal como dijo perfecta-mente Cioran de la historia, también la Naturalezatiene sólo «curso», pero no «sentido». Encontramoscada vez más el azar y lo aleatorio tanto cuando bu-ceamos hacia los orígenes como cuando sopesamosposibles desenlaces a nuestras actuales condiciones.Incluso el propio nombre de Caos ha hecho acto depresencia para caracterizar —con una analogía qui-zá no del todo filosóficamente apropiada, pero sinduda muy significativa— ciertos desarrollos cientí-ficos de la teoría más reciente. ¿Somos aún herede-ros del Cosmos, como un día se supuso, o debemosdespertar de esa ilusión y volver a la doctrina másantigua que nos hace hijos del Caos y hermanadospor tanto en la ausencia de sentido inaugural y dedestino? Podríamos en cualquier caso decir con cau-tela que, estando muy bien volver la mirada al cos-
  53. 53. ___________________ 62____________________mopolita Kant, tampoco conviene olvidar del todoal poeta Meleagro. Porque lo significativo de éste esque también sostuvo una única patria común paratodos los hombres y por lo tanto un único derechode ciudadanía, el cual no habría de provenir de un cos-mos engendrador—sea religioso, natural, social...—,sino del caos, es decir, de la indeterminación azarosaen la cual no hay más orden humanamente rele-vante que el que los propios humanos decidamos yseamos capaces de instaurar. A partir de este plan-teamiento ¿podríamos hablar de una ciudadanía cao-polita, en lugar de cosmopolita, una ciudadanía quebuscase la superación de los distingos y barreras na-cionales en lo tocante a los derechos de la persona,pero no proclamándolos desde un cosmos previo, si-no desde la urgencia de salir fraternalmente de loimprevisto, de abandonar en la medida de nuestrasfuerzas el caos? A mi juicio, este caopolitismo res-ponde mejor a su designio que el cosmopolitismoa que estamos acostumbrados. Unir en una misma fórmula cosmos y polis esreduplicar la invocación del orden, haciendo que lohumanamente ordenado provenga de un ordenamientoextrahumano o lo remede. Se refuerza la garantía delordenamiento, pero se debilita su cualidad pro-piamente humana, su carácter abierto, pactado e in-ventivo. También nuestra capacidad de revocarlo ode ampliarlo para que acoja a los desconocidos. Encambio avecinar caos con polis nos obliga a «fundarnuestra causa en nada», según la notable expresiónacuñada a otro efecto por Max Stirner, pero certificaque el orden político es un producto típica e irreme-diablemente humano, nacido de la pugna contra loque no lo exige, ni lo facilita y quizá hasta lo desa-
  54. 54. ____________________63 __________________conseja. Me refiero a un ordenamiento político uni-versal, es decir, aquel que reconoce ciudadanía —o sea,libertad e igualdad políticas, ya se sabe— a todas laspersonas en cuanto tales y no en cuanto miembrosde ciertos grupos o comunidades. Porque puede sos-tenerse con argumentos de cosmología naturalistaque el hombre es un animal social, pero nada menosevidente que la pretensión de que sea un animal univer-salmente social, dado que una de las primeras efica-cias de las sociedades es proteger a sus miembros delos elementos antisociales —que deben ser extermi-nados sin garantías sociales de ninguna especie— yde los miembros de las otras sociedades diferentesque de hecho existen. Si el hombre es sociable de mo-do preestablecido, lo será frente a los humanos so-cializados en otros grupos o los mal socializados:suponer que debe ser sociable y social a favor de todosexige una reflexión suplementaria que quizá el plan-teamiento cósmico no sea capaz (o no sea ya capaz)de ofrecer. Porque, en efecto, a escala humana todo cos-mos se reduce para efectos prácticos a microcosmos.Las modalidades cósmicas de relevancia política queconocemos son tan inclusivas como excluyentes: ca-da una aparta no menos de lo que integra y al orde-nar jerarquiza, somete, enfrenta. Si cada uno de esosmicrocosmos se presenta como heredero de un or-den cósmico fundador, parece inevitable que su nor-ma descarte de antemano una libertad y una igual-dad completas para todos los humanos a priori, puestal libertad e igualdad le parecerán a justo títulocaóticas. Quizá ése es precisamente el rasgo que a to-do espíritu ordenado, cosmológico, siempre ha desa-sosegado en el proyecto democrático. Ya que la esencia
  55. 55. ___________________ 64 ___________________de la democracia, que desde luego en Solón o Clís-tenes y otros padres fundadores se apoya al principioen un fundamento religioso y por tanto cósmico, serevela más tarde a través del disolvente racionalis-mo ilustrado de los sofistas como un sistema políti-co de núcleo propiamente vacío, abierto a todo y atodos, abismal, caótico, sin otra sustancia legal quelos acuerdos permanentemente revocables y discuti-bles de los humanos que se incorporan desde lo inde-terminado a ella. Con acierto ha llamado GiacomoMarramao a la democracia moderna, acosmista o caó-tica, «la comunidad de los desarraigados», es decir,la comunidad de los que no provienen de una comu-nidad previa, la comunidad de los que ponen en co-mún sus decisiones porque no pueden remitirse (oporque renuncian a remitirse) a la comunidad de susorígenes. Cada uno de los microcosmos que quieresostenerse cosmopolitamente exige del orden quetenga raíces ya ordenadas, que provenga genealógica-mente de un orden inamovible preexistente, sea el dela tierra, el de la sangre, el de la religión, el de los do-tes genéticos, el del decurso histórico dotado de sen-tido, etcétera. En una palabra, el orden político debase cósmica pretende que todo debe ser como tie-ne que ser y no tal como vamos a discutir y proyectarque sea. Por eso el ordenamiento democrático siempreparece cosa de arribistas, de quienes llegan de fuera,del caos exterior. La democracia es un orden políticosin linaje, es el cosmos permanentemente proyectadohacia el futuro de aquellos que provienen del caos y alos que sólo el caos empuja hacia delante... Algo parecido podemos detectar en la inco-modidad y las paradojas que suscitan los intentos depensar desde un punto de vista cósmico o cosmopo-
  56. 56. ___________________ 65___________________lita los derechos humanos. En tales derechos lo quese intenta reconocer y resguardar es la actualidad delo humano manifiesto en cada persona, más allá (omás acá) de las raíces genealógicas de cada cual. Losderechos humanos son tales porque no ponen requi-sitos, es decir, porque han de actualizarse ante la simplepresencia del semejante, venga de donde venga..., dadoque ya sabemos de dónde viene, de la matriz caóti-ca que con él compartimos. En cambio todos los mi-tificadores de un cosmos histórico, racial o nacionaloriginario supeditan tales derechos al linaje com-partido, a cierto parentesco étnico o religioso, inclusoal sufrimiento simbólico de los ultrajes del pasadoque se intentan paliar con discriminaciones actualesde signo inverso. Marca para ellos más a la sociedadactual el pasado ineluctable que el futuro aún abier-to, impredecible. Curiosamente suelen considerarabstracto al individuo real de carne y sangre, al queno conceden otra cualidad concreta que la que pue-da recibir de su pertenencia a uno u otro cosmos di-ferencial originario. El cosmos es lo concreto y fuerade ese cosmos comunitario el individuo es residuocaótico... Esa diversificación de orígenes hace a las perso-nas compatibles sólo con quienes visten el mismouniforme étnico, racial o nacional: con los demás sepuede estar respetuosamente yuxtapuesto, pero nuncaíntimamente mezclado. Y de aquí también el gravemalentendido (en el que han incurrido organismosinternacionales e incluso teóricos de altura) de con-siderar que puede haber derechos humanos colectivosy no sólo individuales. Esta posición encierra un con-trasentido, porque los derechos humanos colectivos exi-gen el reconocimiento de una peculiaridad, mien-
  57. 57. ___________________ 66___________________tras que los derechos humanos individuales lo quereconocen es una comunidad básica sin restriccionesni condiciones. Precisamente lo que expresan los de-rechos humanos, a su modo quizá retórico, pero quese ha revelado más eficaz de lo que hace unas déca-das se supuso, son las demandas de libertades públi-cas y de amparo igualitario que cualquier persona es-tá legitimada para reclamar a cualquier Estado, loque no le puede ser negado en nombre de la sacrali-zación de ninguna colectividad so pena de abuso tirá-nico. A fin de cuentas, hay una profunda oposiciónentre esa ciudadanía sin fronteras cuyos derechos hu-manamente genéricos se reclaman y la insistenciaen la autoctonía como fuente de legalidad ciudadana.Frente a quienes insisten en cuestionar al forasteropor el cosmos autóctono del que proviene y del quedepende su reconocimiento ciudadano, sigue sin ha-ber otra respuesta que la hermosa de Meleagro yatantas veces referida, la que menciona como autoc-tonía común para todos los hombres una única pa-tria y el impreciso caos. Los humanos no somos hijos de lo fijo, loestable, lo ordenado, lo lleno de propósito, sino quetratamos de fijar, de estabilizar, de ordenar y de in-troducir proyectos allí donde todo es azaroso; preci-samente porque todo es azaroso, insondable. Baila-mos sobre el abismo, pero cogidos de la mano. Elcorro debe hacerse más y más amplio, no excluir anadie. Lo que importa no es el lugar de donde veni-mos, ni siquiera el lugar en que estamos, sino el va-y-ven. Lo que legitima nuestra ciudadanía humanaes el ir y venir, no el brotar ni el permanecer. AbajoHeidegger y sus émulos comunitaristas. Amamoslos lugares donde hemos crecido o disfrutado o su-
  58. 58. ___________________ 67 ___________________frido, pero todos son lugares de paso: la polis es otracosa, es el lugar ideal de quienes perdieron su sitio ollegan de lejos. También quien nunca se ha movidode su hogar natal, como Kant de Konigsberg, es unforastero venido de no se sabe dónde y que no cesade viajar, de transcurrir: como observó Plutarco, «tam-bién nacer es arribar a un país extranjero». La polisquiere ser el lugar permanentemente humano que nosacoge, edificado sobre el bostezo caótico de la im-permanencia que nos expulsa: cosmos noetós, orden pen-sado e ideado por la cofradía de los hombres (al quetodo ser racional ha de tener acceso por el solo hechode serlo) con la mira puesta en el futuro impredeci-ble y no en ese origen perpetuamente reinventadopor los arbitristas de la exclusión. ¿Cuáles serían las cláusulas de la ciudadaníacaopolita cuyo reconocimiento aquí propongo? Sonbien sabidas: dignidad de cada persona, es decir, quesea tratada de acuerdo con sus propios méritos otransgresiones y no según aquellos factores consti-tutivos —caóticos— que no puede controlar: raza,lugar natal, lengua materna, sexo, clase social...; au-tonomía de cada persona, es decir, libertad para susplanes de vida y excelencia siempre que no colisio-nen de manera intersubjetivamente injustificablecon los de otros (las pautas de lo justificable no laspuede establecer más que el acuerdo mismo entrelos humanos y deben ser tanto respetadas mientrasestán en vigencia como revisadas o debatidas segúnlo pida el ágil paso del tiempo); inviolabilidad a cadapersona, que no puede ser sacrificada en su dig-nidad ni en su autonomía —ni mucho menos en suintegridad física— sólo por la suposición de que talinmolación beneficiará a una colectividad determi-
  59. 59. ___________________68____________________nada; auxilio social a cada persona en tanto que pa-dece los males propios de nuestra condición, los ac-cidentes de la miseria y de la biología, la invalidezde nacer y morir débiles, la necesidad de aprendercuando no se sabe —cuando ni siquiera se sabe queno se sabe o se ignora que es importante saber— yde poder atender, por torpe que se sea, las exigenciasdel alimento, del vestido, del cobijo, de la procrea-ción, de la participación sin humillaciones ni discri-minaciones caprichosas en la vida común de la co-lectividad... A este último respecto, creer que la manociegamente providente del mercado podrá encau-zarlo todo es un definitivo y nefasto acto de fe enuna suerte de cosmos económico capaz de reparar opaliar automáticamente los azares que sólo la deli-beración cooperativa humana puede en realidad afron-tar. Admitir cualquier forma de exclusión en nombrede una tara originaria, una ineptitud sobrevenida oun percance del devenir histórico es incompatible conla ciudadanía caopolita, porque sólo se excluye des-de algún cosmos asumido como incontrovertible,mientras que el inabarcable caos a todos acoge en susatómicas diferencias. Las instituciones de la ciuda-danía son herramientas para integrar lo aparente-mente inconciliable, no para acorazar las semejanzasen identidades contrapuestas. El lema de la ciuda-danía que proviene del caos dice así: cada hombreno debe contentarse con reconocer la humanidad delos otros, sino que ha de aprender a reconocer su pro-pia humanidad en la de los otros, pues se parece mása ellos que al hipostasiado fantasma de sí mismo. A fin de cuentas, la ciudadanía caopolita sebasa en el designio de que lo que a los hombres con-viene no es producir más cosas, sino más humani-
  60. 60. ___________________ 69___________________dad. No estriba en fabricar objetos cerrados sobre laidentidad de lo que son, sino reconocer sujetos abier-tos a la indeterminación de lo que quieren ser y de loque pueden llegar a ser. Porque la oscuridad nos em-puja queremos llegar a la luz o al menos a la pe-numbra civilizada, aun a sabiendas de que lo quenos hermana allá en el fondo de los fondos sin fondoes —como descubrió demasiado tarde para su bienMacbeth— «the season of all natures —sleep».
  61. 61. Actualidad del humanismo (Discurso de agradecimiento al recibir el Premio Van Praag 1997, otorgado por la Humanistich Verbond de Holanda.) Tengo el gozoso deber de comenzar mis pala-bras expresando un sentimiento que, si bien no es es-pecíficamente humano pues los animales también loconocen, nunca puede faltar a la cita del humanismo:me refiero al agradecimiento. Agradezco al jurado el ho-nor que me ha conferido y a todos ustedes la generosaamabilidad de su compañía esta tarde, en un lugar (elPalacio de la Música de Amsterdam, el Concertge-bouw) cuyo nombre tiene para mí notables connota-ciones armónicas, a pesar de que hoy estoy en él porprimera vez. En efecto, cuando comencé a comprar dis-cos de música clásica hace más de treinta años, muchasde mis primeras adquisiciones fueron grabaciones dela orquesta del Concertgebouw dirigida por BernardHaitink. ¡Qué curioso resulta que yo haya debido tan-to tiempo después conocer esta sala prestigiosa no co-mo público de un concierto, sino como homenajeadopor una entidad cultural! Y por una entidad culturalademás cuyos propósitos fundacionales resumen muybien lo que el nombre de Holanda ha significado siem-pre para mí, como para muchos europeos desde hacemás de tres siglos: libertad de conciencia, ilustración,laicismo, tolerancia. En una palabra, espíritu espinozista,lo que a mi juicio representa el mayor elogio que pue-de hacerse de una comunidad o de una persona. Recibo este galardón de una Liga Humanis-ta. En efecto, creo que el humanismo sigue siendo
  62. 62. ___________________71 __________________algo importante en nuestro mundo actual, no sólocomo tradición venerable a partir de Erasmo —el pri-mer gran europeo con vocación de serlo—, sino tam-bién como fundamento de valores para los europeosde hoy mismo. La perspectiva humanista nos resultaimprescindible para comprender mejor los valoresesenciales que he mencionado antes como ingre-dientes del espíritu espinozista: libertad de concien-cia entendida como respeto público a la autonomíaracional privada, no como ausencia insolidaria de es-píritu público; ilustración entendida como investi-gación, búsqueda, audacia y también como prudenciaintelectual, no como dogmatismo suicida; laicismoentendido como defensa de los intereses civiles de lasociedad comunes a creyentes y no creyentes, no comonegación o persecución de las creencias religiosas;tolerancia entendida como aceptación de la plura-lidad vital de la democracia y capacidad de convivircon lo que nos disgusta o desaprobamos, no como in-diferencia ante lo que pone en peligro el mismo sis-tema democrático que compartimos. El humanismodescarta la desconfianza oscurantista en lo humano,aunque también la confianza ciega en lo que es hu-mano, pero a veces —como diría Nietzsche— dema-siado humano: busca apreciar, elegir y sobre todocomprender. Para quienes nos hemos dedicado a cuestio-nes de reflexión ética, el tema de la religión es parti-cularmente importante. No es imposible manteneruna visión meramente naturalista y humanista delmito religioso, sin por ello negar su gran importan-cia simbólica dentro de nuestra cultura. Creo quefue André Gide quien mejor resumió la doble ima-gen que se presenta desde esta perspectiva: «Bajo el
  63. 63. ___________________ 72 ___________________nombre de Dios, me guardo muy mucho de con-fundir dos cosas muy diferentes; diferentes hasta loopuesto: por una parte, el conjunto del cosmos y delas leyes naturales que lo rigen; materia y fuerzas,energías. Este es el lado Zeus y se le puede llamarDios, pero suprimiendo toda significación personal ymoral. Por otra parte, el conjunto de todos los es-fuerzos humanos hacia el bien, hacia lo bello, ellento dominio de esas fuerzas brutales y su puesta alservicio del bien y de lo bello sobre la tierra; éste esel lado Prometeo y también el lado Cristo, es la am-pliación del hombre y de todas las fuerzas que en élconcurren. Pero este Dios no habita de ningún modoen la naturaleza; no existe más que en el hombre ypara el hombre; ha sido creado por el hombre o, si lopreferís, se crea a través del hombre; y es vano todoesfuerzo para exteriorizarlo por medio de oraciones».El proyecto ético que pretende la filosofía es comouna prolongación laica de esta segunda divinidad.No se opone al símbolo religioso ni a la buena volun-tad de quienes lo practican, sino a la pretensión deunos cuantos clérigos de imponer (mediante amena-zas terrenales o ultraterrenales) sus supersticiones pri-vadas a todo el conjunto de la sociedad. Conviene recordar que esta actitud de inje-rencia eclesial en asuntos civiles no es cosa del pasa-do ni exclusiva hoy de teocracias como las islámicas:en gran parte de Estados Unidos, por ejemplo, eladulterio o la sodomía son considerados delitos pe-nados con la cárcel. La cruzada contra ciertas drogastambién encabezada por Estados Unidos, que tandesastrosos efectos tiene a escala mundial como mo-tor económico del narcogangsterismo, se originó enlas primeras décadas de nuestro siglo a partir del fun-
  64. 64. ___________________73 __________________damentalismo religioso, y no con base en estudiosmédicos. Aunque quizá hoy la farmacocracia seatambién una nueva iglesia, para la cual la salud obliga-toria del cuerpo haya sustituido a la salud obli-gatoria del alma de los antiguos inquisidores... Mealegra pues especialmente que este galardón me loconceda una Liga Humanista, porque el humanis-mo no tiene demasiado glamour en nuestra época. Loque hoy está en alza, merced al trabajo de las ONGy a la difusión mediática de las grandes tragediascolectivas que ocurren en países del Tercer Mundo y aveces del primero, es el humanitarismo. Pero el hu-manismo no es la misma cosa que el humanitaris-mo. No niego ni mucho menos la importancia de lasempresas humanitarias en su asistencia a los ham-brientos, heridos, enfermos y desterrados del mundoatroz en que vivimos. Pero creo que el mejor destinode este planeta no es convertirse solamente en hospi-tal o en asilo: debe llegar a ser ciudad de los hombres,la casa y la empresa de todos. Para este objetivo es im-prescindible recuperar el aliento humanista, que luchano sólo por proteger las vidas sino por instituir laslibertades, por educar en valores universales, por ad-ministrar los asuntos humanos de una manera no tri-bal, sino supranacional. Sobre todo la educación meparece algo fundamental: si queremos ayudar a los paí-ses en desarrollo no basta con enviarles alimentos omedicinas, es necesario también proporcionarles maes-tros. En el siglo venidero, las grandes desigualdades noserán tanto las económicas en el sentido tradicionaldel término, sino las que distancien a los dueños de lainformación de los privados de ella... Por tanto no me parece suficiente con aspi-rar a una ética humanitaria, ni siquiera con preten-

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