Savater despierta-y-lee
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  • 1. FERNANDO SAVATER (San Sebastián, Guipúzcoa, 1947) es catedráti-co de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, trashaberlo sido de Etica en la Universidad del País Vasco. Ensayista,periodista, novelista y dramaturgo, ha publicado más de cuarenta ycinco libros, algunos de los cuales han sido traducidos a una docenade lenguas. Los más conocidos son La infancia recuperada, Eticapara Amador, Diccionario filosófico y El valor de educar. Entre otrosgalardones ha recibido el Premio Nacional de Ensayo, el PremioAnagrama, el Premio Cuco Cerecedo, otorgado por la Asociaciónde Periodistas Europeos, y quedó finalista del Premio Planeta con sunovela El jardín de las dudas, centrada en la figura de Voltaire.
  • 2. © 1998, Fernando Savater© De esta edición: 1998, Grupo Santillana de Ediciones, S. A. Torrelaguna, 60, 28043 Madrid Teléfono (91) 744 90 60 Telefax(91)744 92 24Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara S. A.Beazley 3860. 1437 Buenos AiresAguilar, Altea, Taurus, Alfaguara S. A. de C. V.Av. Universidad 767, Col. del Valle,México, D.F. C.P. 03100Distribuidora y Editora Aguilar, Altea,Taurus, Alfaguara S. A.Calle 80 N° 10-23Santafé de Bogotá, Colombia ISBN: 968-19-0586-5 Depósito legal: M. 18.551-1998 Impreso en México - Printed in México Diseño de interiores: Proyecto de Enric Satué© Diseño de cubierta: gráfica futura ©Logotipo de colección: José Luis Fajardo ©Fotografía de cubierta: Félix FuentesPrimera edición en México: junio de 1998 Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroópnco, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de la editorial.
  • 3. índicePrefacio 15Pórtico: La tierra natal 23PRIMERA PARTE: Tienes razónÉtica de la alegría 29Perplejidades éticas del siglo XX 40Hacia una ciudadanía caopolita 47Actualidad del humanismo 70Imaginación o barbarie 75Groethuysen: el antropólogo comohistoriador 80Los caracteres del espectáculo 88Cándido: el individuo sale 94de la historiaExpediente Wells 103La derrota de Julien Benda 110Ferlosio en comprimidos 116Regreso a Erich Fromm 125Un puritano libertino 130La verdadera historia 135de Gonzalo Guerrero
  • 4. Ángeles decapitados 158INTERMEDIO: CariñoscinematográficosEl rapto de la bestia 175La dignidad de lo frágil 180Tiburón: veinte años después 184Groucho y sus hermanos 189Buenas noches, doctor Phibes 193El ocaso de los héroes 196Jasón y los Argonautas 199Nostalgia de la fiera 201 SEGUNDA PARTE: Que corra la vozBoswell, el curioso 209impertinenteEl emboscado de Vinogrado 214Los ensueños de Hitler Rousseau 217Con Borges, sin Borges 222Vuelta a mi primer Cioran 225Un exquisito de la amargura 232Otra despedida 235Elogio del cuento de fantasmas 237Una joya tenebrosa 240El caos y los dinosaurios 242Brevísima teoría de Michael 245CrichtonOtra brevería crichtoniana 248
  • 5. Pensar lo irremediable 250Razones y pasiones de una dama 25Para rescatar la intimidad 4 258Cristianismo sin agonía 261Contra la cultura como identidad 26¿Mundo homogéneo? 5 26El mago de las semblanzas 9 272Dioses y leyes de la hospitalidad 276Filosofía sin aspavientos 279La terapia cartesiana 283Insulto chespiriano 286Guillermo el Temerario 289Instituciones devoradoras 29Izquierda y derecha 3 29Hermano animal 6 29África soñada 9 302El extraño caso del señor 305Edgar PoeFracaso y triunfo del terror 310Un contemporáneo esencial 31El yanki más irreverente 3 31Polémicas 6 32El animal más extraño 0 32El misántropo entre nosotros 3 32¡Viva Dario Fo! 6 32Un príncipe de la filosofía 9 33 1
  • 6. Los cabreados 334Un vasco ilustrado 337Los accidentes 339Lo perdido 343Adiós al pionero 346Ideoclips 349 DESPEDIDA: Los muertosLa mayoría 357
  • 7. A Sara, sin tregua
  • 8. «Por razones oscuras —aunque qui-zá triviales— me atraen los libros quereúnen cosas diversas: ensayos breves,diálogos, aforismos, reflexiones sobreun autor, confesiones inesperadas, elborrador de un poema, una bromao la explicación apasionada de unapreferencia.» ALEJANDRO ROSSI Manual del distraído
  • 9. Prefacio Cuando yo comencé a escribir, siendo muyjoven, estaba obsesionado por la voluntad de estilo.No sé dónde había aprendido ese estribillo, ni tam-poco creo que tuviese medianamente claro lo quequería decir con él, pero no se me caía de la boca nidel bolígrafo: «¡Lo importante es tener voluntad deestilo! ¡La filosofía académica carece de voluntad de es-tilo! ¡En el ensayo lo que cuenta es la voluntad deestilo!», etcétera. Empezó a curarme de esta tontuna un adver-sario fortuito que, polemizando conmigo, observócon tanta sorna como acierto: «A Savater la volun-tad desde luego no le falta; lo del estilo, en cambio,ya es otra cosa». Y terminó por despejarme comple-tamente una advertencia oracular de Verlaine: «Antetodo, evitar el estilo». En efecto, quienes se esfuer-zan por tener un estilo, quienes padecen esa voluntadde estilo que antaño me pareció tan esencial, escribenpendientes no de lo que quieren decir —muy bienpueden no querer decir nada—, sino sólo de los efec-tos idiosincrásicos que producirá en el lector su for-ma de decirlo. Lo principal para ellos no es que eldestinatario del texto comprenda lo dicho y lo valo-re, sino que sea muy consciente de que lo ha dichoFulano. Y por tanto la voluntad de estilo no será otracosa que el empeño que pone Fulano en ser enorme-mente Fulano, ese Fulano que él supone que debe
  • 10. ___________________ 16 ___________________ser: Fulano el Gran Pensador, Fulano el Poeta, Fula-no el Castizo, Fulano el Críptico, Fulano el CachondoDeslenguado, Fulano el Rebelde, etcétera. No cuentael asunto de que se escribe, no cuenta acertar o des-barrar, no cuenta ni siquiera lo literario como tal,sino que sólo cuenta Fulano. Fulano el Inconfundi-ble... porque se confunde solo. Si me permiten elsímil un tanto salaz, el voluntarioso estilista es comoesos amantes que en lo más animado de la coyundasólo piensan en lo inolvidable de la performance queestán llevando a cabo y en el seguro arrobo que hande suscitar en quien lo comparte: por querer meter-lo todo suelen meter también la pata. Cuando abandoné la voluntad de estilo, mepropuse algo más difícil todavía: escribir como todoel mundo. Es decir, como todo el mundo si todo elmundo supiera decir por escrito lo que piensa conperfecta naturalidad, tal como le apetece en cada mo-mento, a veces de modo risueño, otras patéticamente,frío o cálido a voluntad..., pero sin voluntad estilís-tica. No hace falta decir que tampoco este objetivome ha sido concedido, aunque nunca he dejado to-talmente de esforzarme por lograrlo. Al final la pe-reza decidió por mí y ahora mayormente escribocomo me sale, procurando evitar tan sólo los másnotorios despistes sintácticos o semánticos y no repe-tir tres veces la misma palabra en una sola línea. Locual también lleva su trabajo, justo es decirlo. ¿Mi relación con la prensa? Amor a primeravista, porque colaboro en ella desde los dieciséis añoscon tumultuoso entusiasmo. Dirigí durante un añola revista colegial Soy Pilarista, ocupación en la quese ejercitaron también por vez primera periodistasmás ilustres. De esa etapa recuerdo que lo informal de
  • 11. ____________________17____________________algunos de mis colaboradores me obligaba a susti-tuir las crónicas que no llegaban por apresuradasimprovisaciones mías sobre materias que desconocíatan concienzudamente como el hockey sobre pati-nes y que a veces firmaba con seudónimo. Esta forzadapolivalencia motivó que algunos guasones sugirie-sen cambiar el título de Soy Pilarista por un irreve-rente Soy Savater. Pero mi paso definitivo al periodismo hayque achacarlo, como tantas otras desventuras que aúnpadecemos, a la dictadura franquista. Recién aca-bada la carrera de filosofía y nada más comenzar mitrayectoria como profesor, me vi expulsado de la Uni-versidad Autónoma de Madrid y con escasas posibi-lidades de encontrar venia docendi en ninguna otra. Te-nía veintitrés años y estaba a punto de casarme, demodo que intenté ganarme la vida aprovechando lasdos únicas pasiones rentables que tengo desde peque-ño: la lengua francesa y escribir. Traduje a Cioran, aBataille, a Voltaire, a Diderot. Y también empecéa escribir más y más artículos. La orientación de estaspiezas alimenticias la determinó un amigo de aque-lla época, el único periodista que yo conocía y quecolaboraba en el diario Madrid. Acudí a él y le contémis cuitas pecuniarias. «Bueno, ¿sobre qué querríasescribir?», indagó generosamente. Le dije que sólome sentía competente en cuestiones hípicas y que meofrecía para cubrir la crónica de carreras del diario,incluso yendo a las seis de la mañana a los entrena-mientos en la Zarzuela si era preciso. Pero esa áreatenía ya en el periódico un profesional asignado des-de hacía años, de modo que como secondbest ofrecí laposibilidad de reseñar libros de pensamiento. Y asícomenzó todo: fugazmente en el Madrid y luego en
  • 12. ____________________18___________________Revista de Occidente, en Informaciones, en Triunfo..., so-bre todo en Triunfo, donde por fin pude colocar lascrónicas hípicas, que son mi verdadera vocación y lomejor que he escrito en mi vida. Más tarde llegóEl País y alcancé mi lugar natural, el espacio idóneodonde decir lo que a mi juicio podía y debía ser di-cho por mí. Aquí sigo estando, porque ese espaciopermanece abierto y más necesario que nunca. La ver-dad es que he tenido mucha suerte. Alguna vez, creyendo ofenderme, han dichode mí que yo no soy un filósofo, sino un periodista.A mucha honra. La verdad es que no soy un filósofo,sino un philosophe, con minúscula y si es posible enfrancés del ilustrado siglo XVIII. Cuando llegue elmomento de separar el trigo de la cizaña, quiero queme envíen por indigno que sea junto a Montaigne,Voltaire, Camus o Cioran. Junto a Hegel o Heideggerme aburriría demasiado. Para ser filósofo no sólo mefalta talento sino que me sobra guasa antisolemne o,si se prefiere, alegría escéptica. Suscribo plenamentelo que un tal Mr. Edwards comentó en cierta ocasiónal Dr. Johnson, si Boswell no nos engaña: «Johnson,usted es un filósofo. Yo también traté en mi tiempo deser un filósofo, pero no sé cómo la jovialidad siemprelo penetraba todo». La jovialidad hace que uno se lopase divinamente (a fin de cuentas la palabra jovial pro-viene del nombre del dios máximo en el panteón clá-sico), pero quizá cierra el camino para la más alta fi-losofía, que es cosa grave o al menos de pronósticoreservado. Afortunadamente en cambio esa jovialidadno me ha impedido ser periodista, hasta diría que meha ayudado a serlo más irremediablemente. La mayoría de los textos recogidos en estevolumen —cuya extensión oscila desde bastantes pá-
  • 13. ___________________ 19 ___________________ginas hasta unas pocas líneas— son artículos des-tinados a periódicos y revistas. Las excepciones lasconstituyen unas cuantas conferencias, algunos pró-logos, un retazo biográfico y mínimas concesionesal apunte casual o al aforismo que incluyo no sindubitaciones pudorosas. En general, este género lla-mado menor —me refiero al artículo de prensa— esel que practico con mayor agrado y creo que con menosdesacierto. A él se aplica con particular justeza aquelprecepto de Montesquieu que me parece admirable:«Para escribir bien, hay que saltarse las ideas inter-medias: lo bastante para no resultar aburrido, perono demasiado por miedo a que no nos comprendan».Quizá en alguno de los casos que ahora entrego a labenevolencia del lector he conseguido ese exquisitoequilibrio. A diferencia de otras de mis colecciones deescritos breves, motivados por urgencias políticas opolémicas sociales, los que forman esta reunión tie-nen su inspiración en libros o autores de libros (salvounas cuantas remembranzas cinematográficas a mo-do de interludio, para que los entusiastas de lo au-diovisual no se sientan del todo desplazados). Claroque tomar los libros como punto de partida no esnunca limitarse a ellos y cada testimonio de lecturase prolonga en una mirada sobre la política actual,sobre la historia, sobre la ciencia o sobre nuestrascostumbres. Incluso sobre la ética y la metafísica denuestra aperreada condición. Los que siempre se es-candalizan de mis tránsitos apresurados desde la cul-tura de élite hasta los géneros más populares tendránnuevas ocasiones de llevarse las manos a la cabeza(si es que la tienen). Quiero dedicarles la siguienteanécdota.
  • 14. ___________________ 20 __________________ En junio de 1997 tuvo lugar en la Sorbonauna jornada internacional sobre Bernard Groethuy-sen, a la que contribuí con una ponencia que inclu-yo en la primera parte de este libro. Después tuvolugar un almuerzo presidido por la rectora de esavenerable universidad, al que asistieron los más des-tacados participantes, entre ellos Jean-Toussaint De-santi, el octogenario maestro de la fenomenologíay la filosofía de la ciencia, que había sido amigo per-sonal de Groethuysen. En un momento de la comidasaltó a la palestra el tema cinematográfico y unprofesor italiano abogó por la defensa del cine cultoeuropeo frente a los engendros del comercial popu-lismo americano, representados para él por Parquejurásico. Dispuesto como siempre a morir de ridícu-lo por lo que amo, salí en defensa de los dinosauriosde Spielberg. Merecí atónitas miradas de conmise-ración pero también el inesperado apoyo de Desan-ti, al que la película le había encantado. «Hasta mecompré una corbata de dinosaurios y todo», comentóchupando beatíficamente su pipa. Me sentí redi-mido. Si alguien tan respetable como Desanti puedeponerse corbata de dinosaurios, los que somos muchomenos respetables no podemos hacer demasiado mala nadie hablando con elogio de ellos... ¿Es lícito componer un libro con textos bre-ves pensados para otro tipo de publicaciones? El únicorequisito que pone para ello Jean-Frangois Revel ensus estupendas memorias —Le voleur dans la maisonvide— es el de escribir cada página, cualquiera quesea su destino inmediato, teniendo en mente que an-tes o después formará parte de un libro. Tal es preci-samente mi caso, de modo que me considero discul-pado. Para esta edición he retocado todo lo que antes
  • 15. 21publiqué (incluyo también varios inéditos) hasta talpunto que a veces el texto conocido se ha convertidoen algo realmente diferente. En otras ocasiones mehe limitado a añadir una cita, una precisión o unamalicia que me vedaron las exigencias de espacio otono de la prensa diaria. Son a modo de bombonesque ofrezco como premio de consolación a los fieles queya los han leído y vuelven ahora a reincidir. Me alegra por fin entregar a mi viejo amigoy actual editor Juan Cruz, que tan cariñosa diligen-cia ha puesto en la reedición de mis obras anterio-res, un libro que puede considerarse en cuanto talcompletamente nuevo. Si pertenece a la buena o a lamala cosecha, son otros los que tienen que decirlo. FS. San Sebastián, 6 de septiembre de 1997
  • 16. Pórtico: La tierra natal Ante él Van Gogh sólo podía exclamar: «¡In-creíble! ¡Es increíble!». Todo un Marcel Proust se atre-vió a considerarlo «el cuadro más bello del mundo».Se ofrece a nuestros ojos, instantáneamente ena-morados, en el museo Mauritshuis de La Haya y fuepintado hace aproximadamente trescientos cincuentaaños por el holandés Jan Vermeer. ¿Su tema? Una vistade la pequeña ciudad de Delft, donde el secreto yprodigioso artista había nacido medio siglo antes.Las aguas de un canal que refleja el cielo nuboso, enparte plomizo; el perfil sin estridencias ni gigantis-mos de los edificios al fondo, casas, pináculos, embar-caciones; las pequeñas figuras en la orilla, nítidas ymodosas, destacándose merced a una raramente plá-cida luz amarilla, como amarillo es también «el pe-queño trozo de pared» que allí obsesionaba a Proust.Ni la más mínima concesión a la estridencia o alpintoresquismo. Todo se hace familiar a la primeraojeada, como si fuese el pedazo de mundo que ve-mos desde nuestra ventana día tras día, hace mu-chos años. Pero en su plena transparencia todo esenigmático. Sería pretencioso hasta lo ridículo por miparte, que no soy Marcel Proust ni tampoco Gom-brich, ofrecer una nueva clave conjetural de la sose-gada maravilla que nos fascina en este lienzo. Ciertascosas hay que verlas: y basta con verlas. Aunque si
  • 17. ____________________24___________________un amable impertinente me lo pregunta, le susurra-ré que Vermeer ha sabido pintar la tierra natal. Nosu tierra natal simplemente, sino la emoción de latierra natal en sí misma, la suya, la mía, la de todos.El escenario de la infancia, el rincón insustituibleen que se nos manifestó la vida. Algo sencillo, terri-ble como la fatalidad, hecho de gozo, rutina y lágri-mas. Lo que el tiempo borrará sin misericordia, comoa nosotros, pero lo que en nuestra memoria el tiem-po despiadado nunca podrá del todo borrar. La habilidad del artista no se contenta conreproducir un paisaje, sino el suave cariño que des-pierta en nosotros su contemplación. Es el rostro man-so de aquel lugar del que nunca saldremos, aunquejamás volvamos a él. Y esa emoción nada tiene quever con las contiendas políticas ni con el orgullo pa-triótico. Lo malo del nacionalismo —una de las co-sas malas, porque tiene muchas— es que conviertela entrañable y melancólica afición a la tierra natalen coartada de un proyecto institucional que no sa-be justificarse de otro modo. Quiere degradar unaforma de amor a documento nacional de identidad.Aún peor: la mirada nacionalista no acepta la tierranatal tal como es, en su limitación y su impureza rea-les, sino que exige su refrendo a partir de un idealpasado o futuro que extirpe de ella cuanto no se ade-cue al plan preconcebido. El nacionalista no ve niama lo que hay, sino que calcula lo que le sobra o loque le falta a lo efectivamente existente. En tal exi-gencia reivindicativa se desvanece la tierra natal, ar-monía sin condiciones, y nace la patria, siempre ame-nazada y oprimida. Aparecen sobre todo los enemigosde la patria, porque sin enemigos el patriota no seentiende a sí mismo.
  • 18. ___________________ 25___________________ Lo que más conmueve de la vista de Delft pin-tada por su hijo Vermeer es que no muestra una pers-pectiva especialmente bella o suntuosa. Lo que ofrecees lo que es y como es, ni más ni menos, en el tem-blor fugitivo de la conciencia que lo acata, que no pi-de nada más. «Aquí por vez primera entré en la luz»,parece suspirar el pintor: «Ni las sombras ni la nadapodrán arrebatarme la delicia de esa aurora, limpiay pequeña». Y el milagro imperecedero es que los pin-celes supieron decir mudamente «gracias» y tam-bién «bendita sea».
  • 19. PRIMERA PARTETIENES RAZÓN
  • 20. Ética de la alegría(soliloquio a partir de Spinoza) «Escuchad: ¿oís el mar?» (SHAKESPEARE, King Lear, Acto IV) En el principio está la muerte. No hablodel principio del cosmos, ni siquiera del principio delcaos, sino del principio de la conciencia humana. Unose vuelve humano cuando escucha y asume —nuncadel todo, siempre a medias— la certeza de la muer-te. Hablo por descontado de la muerte propia y delas muertes que nos son propias, la muerte de laindividualidad, es decir, de lo insustituible (la indi-vidualidad siempre es la propia, aunque incluya co-mo fases o secciones el puñado de individualidadesajenas que por amor o necesidad son también nues-tras): la muerte como lo irreparable. Morir de verases siempre morirme. Es la pérdida irrevocable de loque soy, no ese accidente que ocurrió a otros en elpasado «que es estación propicia a la muerte», segúnacotó irónicamente Borges. Morirme es perderme.Igual que el amor es el gran mecanismo individua-lizador del alma, que dota a la persona amada de esaaura de unicidad irrepetible que Walter Benjamínatribuyó también a ciertas obras de arte, las muertesde los que amo son algo así como ensayos o aperi-tivos de la mía, sus aledaños previos. El trasfondoominoso es siempre, empero, la caída del yo, la ful-minación inexplicable del individuo único que amocon amor propio. Inexplicable: imagino, vislumbro,fantaseo, pero no sé lo que es morir por mucho quela muerte de lo amado me prevenga. No sé lo que es
  • 21. ___________________ 30 ___________________morir pero sé que voy a morirme. Y nada más. Enesa certeza oscura se despierta antes o después nues-tra conciencia y allí queda pensativa. Cuando lo que se espera es la muerte (y todoslos humanos cuando esperan, esperen lo que espe-ren, esperan también la muerte), la primera y máslógica reacción en el sujeto —un sujeto que prime-ro, durante mucho tiempo, quizá en el fondo siem-pre, es colectivo y que sólo después, poco a poco, seindividualiza o parece individualizarse— consisteen la desesperación. La situación vital de los mortales(es decir, de quienes saben fehaciente y anticipada-mente que van a morir, pues los demás seres vivosmueren pero no son mortales, mueren inmortalmente)resulta desesperada y por tanto no otra cosa que de-sesperación cabría esperar de ellos. La desesperación,quede bien claro, nada tiene que ver directamentecon instintos suicidas ni con afanes enloquecidos deapocalipsis aniquilador. No, la desesperación no esmás que el rostro patético del instinto de conserva-ción. Conservarse, sobrevivir: desesperadamente.A los desesperados por sobrevivir —es decir, a losdesesperados porque saben que no van a sobrevi-vir— se les ofrecen mecanismos mortales de super-vivencia, como son el miedo, la codicia y el odio. Estas facetas de la desesperación responden auna estricta —demasiado estricta— lógica de la su-pervivencia, no a una maligna perversión de la vo-luntad. ¿El miedo? Nada más justificado que el temor,incluso el pánico, cuando se sabe de cierto que seestá amenazado por el mal inexorable de la aniqui-lación. Lo peor está siempre viniendo hacia nosotros.Todas las precauciones, todas las barreras, todas lasexclusiones, todas las fobias responden a la estrate-
  • 22. ___________________ 31 ___________________gia sobrecogida e inevitable del miedo. ¿La codicia?Primera y esencial derivación de ese pánico. Todo espoco para quien teme de un momento a otro conver-tirse en nada. Hay que acumular alimentos contra elhambre, armas contra el enemigo, techos y muroscontra el rigor de la intemperie, hijos que nos perpe-túen, poder social para prevenir el abandono siempreamenazador y peligroso de nuestros congéneres, asícomo prestigio para retrasar su olvido (el non omnis mo-riar de Horacio), etcétera. A este respecto, el dineroes lo más codiciado porque tiene una capacidad demetamorfosis que asemeja su defensa al ataque im-previsible y ubicuo de la muerte: ya que el golpe fatalpuede colarse por cualquier grieta, lo más seguro esacorazarse por medio del dinero, cuya ductilidad acudea remendar todos los huecos. El dinero se guarda encámaras acorazadas, pero él mismo constituye la cá-mara dentro de la cual pretendemos acorazarnos. Y para finalizar queda el odio, claro está. Elodio a cuanto nos entristece suscitando nuestro miedoy entorpeciendo o compitiendo con nuestra codicia.El odio contra lo que nos desmiente, contra lo que au-menta nuestra inseguridad, contra lo que nos cues-tiona, contra lo que se nos resiste, contra aquello tandistinto que no sabemos cómo asimilarlo. El odiocontra quienes no se nos parecen lo suficiente y cuyahostilidad nociva tememos, pero también contra losque se nos parecen demasiado y se apegan a sí mis-mos para conservar su propio yo en lugar de preferirel nuestro y ponerse diligentemente a su servicio.¡La vida es un bien escaso, que disminuye con cadalatido del corazón como la piel de zapa de Balzac!¡El afán de vivir de los otros compromete nuestra se-guridad obligándonos a repartir lo que ya se va acá-
  • 23. ___________________ 32 ___________________bando y dejándonos desguarnecidos (recuérdese queme refiero siempre a un sujeto que puede ser tantocolectivo como individual, que siempre es en ciertamedida colectivo y en parte individual)! Hay queagradecer la sinceridad de aquel príncipe que, al verretroceder a sus tropas haciendo peligrar su reino oal menos su victoria, los increpaba así: «¡Perros! ¿Aca-so queréis vivir eternamente?». En tan incómoda pre-tensión plebeya veía una amenaza para su propia y le-gítima aspiración de eternidad. Pero la desesperación mortal no basta paraconsolidar la vida. No me refiero a que siempre,antes o después, las garantías buscadas por el mie-do, la codicia y el odio terminen por ser derrotadaspor la muerte; aun antes de llegar a tal desenlace, lamera desesperación fracasa en el empeño de hacernossentir verdaderamente vivos, aún vivos, suficientementevivos pese a la muerte y frente a la muerte. Obsesio-nada por asegurar la supervivencia, permanentementehostigada e incierta, la desesperación descuida lavida misma, que se reclama mientras dura como pa-radójicamente invulnerable. El mortal sabe que hade perecer, pero ese conocimiento —aprendido de lalección cruel de quienes se le asemejan y de cuantole rodea— implica algo así como verse desde fuera, obli-gándole a considerarse en una trama que le excluyede antemano en su calidad de algo único, irrepeti-blemente vivo. Desde dentro, desde la vitalidad pro-tagonizada, el mortal es ante todo viviente y, pese alo que sabe de la muerte, no cree en ella como cosapropia. La presciencia de la muerte cubre como unoscuro barniz, pero sólo superficialmente, a la expe-riencia de la vida. Esa experiencia se nutre de unainvulnerabilidad que sentimos, aunque lo que sabe-
  • 24. ___________________ 33___________________mos la desmienta: de hecho, ni siquiera somos cons-cientes de ella y sólo se exterioriza a través de síntomastan vigorosos como variadamente estilizados. Unode los maestros menos engañosos de nuestro siglo,Franz Kafka, lo cuenta de modo aforístico así: «Elhombre no puede vivir sin una confianza permanenteen algo indestructible en sí mismo, aunque tanto elelemento indestructible como la confianza debenpermanecer ocultos para él. Una de las maneras quetiene de expresarse ese ocultamiento es mediante lafe en un dios personal». Queda aquí bien señalada la distancia entrela experiencia vitalista y el conocimiento mortal, cu-ya mediación intenta con mejor o peor fortuna elsíntoma explícito que recoge el ánimo de la primerapara narrarla de una forma racionalmente poco inte-ligible: tener fe en un dios personal que ha de resca-tarnos de la muerte, aboliéndola en nuestro favor,satisface la vocación de invulnerabilidad vital queexperimentamos, pero es irreconciliable con el cono-cimiento cierto de nuestra aniquilación personal quefunda la posibilidad humanizadora del pensamien-to. Es una forma balbuciente, engañosa en su auto-complacencia, de proclamar que pese a nuestra con-dena mortal estamos vitalmente a salvo de la muerte;que la muerte, lo más importante, es para quien sesiente vivir lo que menos importa. El equívoco de esteplanteamiento estriba en que pretende justificar nues-tro sentimiento de invulnerabilidad prometiendoque nos salvaremos de la muerte que viene —con-tradiciendo así nuestro saber más esencial— en lu-gar de confirmar que es la vida que tenemos, aunqueperecedera, la que nos ha rescatado para siempre dela muerte en que estábamos. Porque en verdad es la gra-
  • 25. ___________________ 34 __________________cia de nuestra vida mortal la que nos salva irrevoca-blemente de la muerte inmortal de que habló Lucre-cio. Al nacer, no nacemos para la muerte, sino a partirde la muerte, surgiendo triunfalmente de la tumbaeterna de lo que nunca fue ni será. La muerte puedeborrar lo que somos, pero no el hecho de que hemossido y de que aún estamos siendo. La vida de cada unode nosotros, mortales, ya ha derrotado a la muerteuna vez, la que más cuenta: y eso también lo sabemos,con la misma certeza que conocemos nuestro desti-no mortal. No existe vida que, aun por un instante, no sea inmortal. La muerte siempre llega con ese instante de retraso. En vano golpea con la aldaba en la puerta invisible. Lo ya vivido no se lo puede llevar. (W. SZYMBORSKA, Sobre la muerte, sin exagerar) De modo que por sabernos mortales senti-mos desesperación, pero por sentirnos vivos experi-mentamos alegría. ¿Qué es la alegría? La constataciónjubilosa de que lo más grave que podía ocurrimos(digo grave no sólo en el sentido de penoso o des-dichado, sino también en el de importante, serio eirrevocable) ya nos ha pasado al nacer; por lo tantoel resto de los incidentes que nos suceden o que nosaguardan no pueden ser para tanto. Hemos tenidosuerte, no especialmente buena suerte o mala suerte,
  • 26. ___________________ 35 ___________________sino posibilidad de ambas: en el sorteo decisivo, nostocó el ser frente al no ser. Claro que Sileno, preten-diendo asustar al rey que le hostigaba, pontificó queel mejor destino para el mortal sería no haber naci-do y the second best morir pronto. Desde el punto devista del conocimiento genérico de la mortalidad po-demos darle la razón, pero la experiencia del hechoindestructible de la vida en nosotros le desmiente.Como nítidamente percibió Nietzsche —que narróla anécdota de Sileno en su primer gran libro—, nues-tro conocimiento mortal hace balance negativo delos dolores y gozos de la vida, pero la voluntad no du-da y quiere vivir. Es más, se congratula incesantementede vivir, a despecho de los truenos y tormentas de laexistencia. Esa gratitud que el mero conocimiento noexplica, pero sin la cual la razón resulta exangüe eslo que puede denominarse alegría trágica. Porque elconocimiento es mortal, pero la razón es vital y portanto alegre, como razonó primero Spinoza, despuésNietzsche y en nuestro siglo Ortega y Gasset. ¿En qué consiste la alegría, es decir: cuál essu consistencia, su operatividad? De entre los efec-tos tonificantes de la alegría señalaremos tres, paramantener la hegeliana simetría con las consecuenciasantes mencionadas de la desesperación. Alegrarse con-siste en afirmar, aceptar y aligerar la existencia hu-mana. En primer término, afirmar la vida en su rea-lidad limitada pero intensamente efectiva frente alcúmulo de supersticiones que la ocultan o calumnian:negarse a desvalorizarla por no ser eterna —palabramitológica que oculta una brumosa ausencia de con-cepto—, sino irrepetible y frágil, rechazar el absur-do platónico que la decreta ilusoria por compara-ción a unas ideas cuya única entidad proviene de la
  • 27. ___________________ 36 ___________________vida misma, reconocerla como patrón de valoresy verdades frente a los que proclaman su miseria ysu mentira. Consecuencia de esta afirmación es la acep-tación de la vida que propongo como el segundo efec-to de la alegría: asumir su precio de dolor, frustra-ción, injusticia y —lo más indigerible de todo— lamuerte inseparable de ella. Afirmar la vida es negarsea ponerle condiciones, a exigirle requisitos de acep-tabilidad (me refiero a la vida humana como realidadglobal, aunque en cada caso individual precisamente elamor a determinados contenidos vitales puede jus-tificar la renuncia a la prolongación biológica de laexistencia). En una palabra, afirmar alegremente la vi-da es darla por buena, aunque ello no equivalga a consi-derar buenos cada uno de los episodios y factores queincidentalmente concurren en ella. Y de la primordial afirmación de la realidadde la vida y de su aceptación incondicional provienecomo consecuencia la tercera tarea de la alegría, lamás relacionada con la propia etimología de la pala-bra, si hemos de creer a Ortega: su función de alige-rar la situación humana. Dado que la muerte —quees lo que más pesa sobre la vida, lo que la convierteen cosa gravosa y grave— es fatalidad y sinsentido,la alegría aligera la existencia fomentando la liber-tad frente a lo fatal y también el sentido —lo huma-namente significativo, lo que entre humanos com-partimos— frente al absurdo mortífero. Así brotanesos artificios creadores de libertad y sentido que sonel arte, la poesía, el espectáculo, la ética, la política,incluso la santidad. El fondo de todos ellos es siemprela celebración gozosa de la vida como suceso paradóji-camente inmortalizador surgido en el ancho campode la muerte. Insisto: no se trata de negar o soslayar la
  • 28. ____________________37___________________evidencia de la muerte, sino de aligerar la vida de supeso desesperante. Incluso convirtiendo la muertemisma en tónico de la vida o sacando estímulo de loque también por otra parte nos desespera. Quien tieneel secreto de la alegría trágica, como Shakespeare,puede ser sombrío, pero nunca será deprimente...;nos hace más profundos, pero también más ligeros.El lema de esta actitud a la vez misteriosa y tónicanos lo dio, como tantas otras veces, Montaigne: je nejais ríen sans gaieté. De todas las iniciativas vitales promovidasdesde el sentimiento alegre de nuestra invulnerabi-lidad existencial, la más directamente opuesta a ladesesperación, sus pompas y sus obras (la menos con-taminada por ella) es la ética. Fue precisamente Lu-crecio el primero que señaló que la gran mayoría denuestros crímenes y abusos provienen del pánico de-sesperado de sabernos amenazados por la muerte. Portanto la actitud ética es adoptar la estrategia de lainmortalidad —dado que también somos vencedoresde la muerte, además de sus víctimas— y vivir co-mo quienes pueden imponer una impronta libre yun sentido compartido (valga la redundancia) a sudestino de fatalidad y absurdo. De tal modo que lamuerte queda asumida como límite, pero descartadacomo maestra de la vida. Es eso sin duda a lo queapunta Spinoza cuando establece que el sabio en na-da piensa menos que en la muerte y toda su sabidu-ría es sabiduría de la vida. El sabio espinozista —esdecir, quien es capaz de alegría racional— no practicala meditatio mortis, pues ésta sólo puede desembocaren dos conclusiones opuestas (aunque a veces secre-tamente cómplices): la desesperación racionalista ola esperanza irracional. Los cálculos de la primera
  • 29. ___________________ 38 __________________acarrean consecuentemente miedo, codicia y odio—como ya fue dicho—, o sea, lo que llamamos mal-dad (toda maldad es a la desesperada), mientras quelos fervores de la segunda promueven otra actitudindeseable, la superstición, que disfraza lo que sabemosbajo beneficios o maleficios de los que nada pode-mos saber. Por eso concluye Spinoza que no hay nadaque aprender de la muerte, que todas sus lecciones(a diferencia de las del dolor, que pueden ser muyútiles) son fatales y que más nos vale no saber nadade aquello de lo que nada vitalmente provechoso po-demos aprender. La ética no es pues un código, sino más bienuna perspectiva para la reflexión práctica sobre nues-tras acciones. Y también una de las estrategias deinmortalidad a disposición de los mortales, es decir,otra forma de arte. Por supuesto no consiste en unconjunto de normas, ni categóricas ni hipotéticas: en lavida moral todas las situaciones son excepcionales,porque se refieren a lo irrepetible y único de cada li-bertad individual. Tal libertad, desde luego, no esruptura de la infrangible cadena de las causas, sino lacreación de sentido que une, más allá de hostilida-des y diferencias, a todos los mortales conscientes deserlo. La ética consiste en poner nuestra libertad alservicio de la camaradería vital que nos emparentacon nuestros semejantes en desesperación y alegría...Tampoco las virtudes pueden definirse en abstracto,formando una especie de tarot de figuras ideales decomportamiento establecidas de una vez para siem-pre, pues la disposición ética consiste en una orien-tación armónica de las capacidades y no en apuntar-se a la lista más exhaustiva de ellas como quien seapunta a los aparatos musculadores más recomenda-
  • 30. ___________________ 39 ___________________dos de un gimnasio. Por eso Nietzsche habló de quelo moralmente difícil es hacernos dueños de nues-tras virtudes, no coleccionarlas. ¿Deberes, obligacio-nes, sanciones? La conciencia íntima de obligación y elrefuerzo externo de la sanción pueden tener efectossocialmente provechosos, pero no por ello dejan deconstituir prótesis para una voluntad ética que se sien-te ocasionalmente inválida, cuya alegría flaquea enfrecuente desconcierto. Porque la desesperación seguirá estando siem-pre también en nosotros, como la muerte misma apartir de la cual comienza nuestro pensamiento y cu-yas lecciones sólo relativamente podemos desoír. Nohay ética pura, sino intento de rememorar racional-mente la alegría frente al entristecimiento desespera-do que enloquece ante la muerte y contra ese otroenloquecimiento, a veces más amable, de la esperan-za supersticiosa a la que no basta el haber derrotadoya a la muerte naciendo y quiere vencerla también nomuriendo. Sostenerse en la alegría es el equilibrismomás arduo, pero el único capaz de conseguir que to-das las penas humanas merezcan efectivamente la pe-na. A eso llamamos ética: a penar alegremente.
  • 31. Perplejidades éticas del siglo XX 1. A lo largo del siglo XX se han enfrentadodos tipos de reflexiones éticas, que podríamos llamar respectivamente ética de la perspectiva restringiday ética de la perspectiva universal. La primera de esasperspectivas parte de la base de que efectivamenteno hay moral sino morales, las cuales dependen delgrupo humano al que se pertenece; la segunda perspectiva opina que hay un hecho moral único tras ladiversidad de morales efectivas (es decir, que existeno tanto una moralidad universal como unos universales morales, semejantes a los universales lingüísticosque subyacen a todas las lenguas) y que ese único hecho moral se funda en la común pertenencia a la humanidad. En una palabra, la primera perspectiva estudia los diversos razonamientos morales según lacomprensión propiciada por su contexto y solamentedesde ella, mientras la segunda considera que existeuna razón moral que puede ser percibida y justificada en cualquier contexto dado, pero aún más: quedebe percibirse y justificarse en cualquier contextomoral. Por supuesto, tanto una como otra perspectivano son inventos de nuestro siglo, sino que prolonganreflexiones tradicionales de signo divergente que sedebaten desde hace mucho tiempo. 2. La perspectiva ética que denomino restringida asigna la eficacia moral a la pertenencia a tal
  • 32. ___________________41___________________o cual grupo humano. Dichos grupos se caracterizanpor compartir determinadas condiciones étnicas, so-ciales o incluso biológicas, determinadas ideologíaso determinadas creencias. Algunos de esos grupos son excluyentes, es de-cir, se definen como cerrados y por oposición tajantea quienes no pertenecen a ellos. Por ejemplo, la mo-ral racista, la moral nacionalista —«con la patria conrazón o sin ella»—, la moral de cierto feminismo ra-dical (que los varones no pueden asumir por su pro-pia estructura psicológica varonil), la moral de clase(tal como la expone León Trotski en Su moral y la nues-tra), la moral según la versión heavy del comunita-rismo (las pautas y juicios morales sólo tienen senti-do pleno dentro de una determinada comunidad), lamoral religiosa de la gracia (los infieles sólo puedenser aparentemente morales pues les falta lo funda-mental, la fe, «las virtudes de los paganos son viciosmagníficos» según san Agustín, etcétera). Otros grupos, en cambio, son tendencial-mente inclusivos, es decir que ofrecen una posibili-dad de acogida a quienes no pertenecen a ellos paraque lleguen a merecer compartir sus valores: así seconstituye la moral existencialista de la situación yla autenticidad, la moral del esteticismo vitalista, laactitud antitotalitaria, el ecologismo razonable, etcé-tera. Digamos que en estos grupos inclusivos de laperspectiva ética restringida los trámites de afilia-ción no son imposibles o están bloqueados, como re-sultan estarlo en los grupos excluyentes. 3. La perspectiva ética universalista consi-dera que la ética consiste en un reconocimiento dela humanidad ajena desde la humanidad propia y que
  • 33. ___________________ 42 ___________________lo específicamente moral es colocar ese reconoci-miento por encima de cualquier otro concepto dife-renciador, como la raza, el sexo, la posición social, lasideologías, las religiones, la nacionalidad, etcétera.Según este punto de vista, la ética ha de buscar loque los humanos tenemos en común, no lo que nosdiferencia y singulariza. Desde luego el respeto ala diferencia es también parte de esta moral, pero encuanto reconocimiento de que todos somos diferen-tes y por tanto nuestras peculiaridades irreductiblesforman parte de lo que cimenta nuestra común con-dición. Tener diferencias es lo que nos hace pareci-dos... Hay un derecho moral a la diferencia, pero nouna diferencia de derechos morales. La ética universalista no es universal porquese empeñe en imponer su criterio al universo enteroen cuanto norma externa general, sino porque actúacomo la regla privada del sujeto moral consistenteen el compromiso de tratar a todos los humanos deacuerdo con el mismo baremo de dignidad. Es decir,es universal aquella moral que en sus pautas de tratoal prójimo ni quiere ni puede hacer excepciones. Alcontrario: obtiene su fuerza regulativa de la ausenciade excepciones. La ética universalista se ha constituido a lolargo de nuestro siglo en la busca de valores compar-tidos sin exclusiones ni más requisitos que la perte-nencia a la especie humana: el rechazo de la guerracomo medio de resolver las disputas internacionales,la aspiración a instituciones políticas de alcance mun-dial, el reconocimiento y defensa de los derechos hu-manos (es decir, de todo hombre como sujeto de unmínimo común denominador de demandas razona-bles a los demás hombres), la ética comunicacional
  • 34. ___________________ 43 __________________y dialógica de Habermas y Apel (apoyada en la uni-versalidad del lenguaje, lo que reformula el plantea-miento universalista kantiano), la búsqueda de uncódigo moral común a las principales religiones (lapropuesta de Hans Küng, aunque ésta excluye por lovisto a quienes no pertenecen a ninguna religión yquizá sería más propio situarla en el grupo inclusivodel apartado anterior), el humanitarismo sin fronterasde las Organizaciones No Gubernamentales, etcétera.La perspectiva ética universalista se sostienesiempre en la primacía moral del individuo sobrecualquiera de los grupos de afiliación de los que formaparte. Opta por la civilización (esfuerzo único de lahumanidad por salir de las pautas meramente natu-rales) frente a las culturas, cada una de las cuales pre-tende ser idiosincrásica. La ética universal consisteen el reconocimiento de que la problemática humananos hace a todos más semejantes de lo que las diver-gencias de nuestras culturas están dispuestas areconocer. Por decirlo de otro modo: reconoce laspertenencias culturales, pero como característicassolubles en la humanidad común cuando llega el casode ponerlas a prueba, no como determinaciones in-solubles que hacen a los humanos de un colectivoincomprensibles e inasimilables para quienes no per-tenecen a él. 4. Las éticas de la perspectiva, incluso lasmás razonables, encierran un principio de división yenfrentamiento dentro de lo humano, difícilmentecompatible con otras formas de globalización técnica,económica y científica alcanzadas en múltiples as-pectos a escala ya planetaria. La pregunta es si resultaposible establecer una razón práctica universal y cuá-
  • 35. ___________________ 44 __________________les serían sus criterios de convicción no ya en la me-ra teoría, sino en relación con los problemas históricosde la humanidad a finales de siglo. La principal oposi-ción a esta razón práctica universal proviene de quienessostienen que los valores de cada grupo humano soninconmensurables con los de los demás colectivos,puesto que no se comparten los mismos paradigmasaxiológicos: lo que Karl Popper llamó «el mito delmarco común». A esto cabe responder, en primer lugar, quela fuerza coercitiva de cualquier razonamiento éticonunca es como la de un axioma matemático ni tam-poco como la coacción legal establecida por las pe-nas de la ley. La ética no intenta promulgar un dogmaque permita separar en todo caso el bien del mal,sino una perspectiva desde la que pueda debatirsequé es lo preferible en el campo siempre abierto yúnico de cada ocasión; tampoco pretende suscitaruna conducta estratégicamente razonable, sino unaintención humanamente racional. En segundo lugar,no es cierto que falte entre los hombres un marco co-mún de razonamiento práctico, aunque para hallarlosea preciso aplicar la capacidad filosófica de abstrac-ción a la gran diversidad de las respuestas culturales(lo cual quizá suponga en cierto modo la opción poruna respuesta cultural determinada): los humanos nocompartimos supuestos ideológicos comunes, perosí problemas vitales comunes. Las costumbres valo-rativas de una comunidad pueden diferir sustancial-mente de las de otra (es decir, hay diversas morales),pero la legitimación ética de todas las morales puedereferirse al propósito único de aliviar los problemasvitales que compartimos, ya deriven de nuestro desti-no mortal o de la relación con los demás. En el esfuer-
  • 36. ___________________ 45 ___________________zo característicamente humano por hacer comprensi-ble la vida y el mundo, Popper señala dos compo-nentes: el primero es la inventiva poética que da lu-gar a los diversos mitos que estilizan en cada caso lascircunstancias antropológicas de una cultura deter-minada; el segundo es la invención de la discusióncrítica que argumentativamente pone en cuestión losmitos y pretende transformarlos hacia una mayorextensión y plenitud de los valores que de ellos se de-ducen. De modo muy grosero, podríamos decir quelas morales provienen del primer componente, mien-tras que la ética deriva del segundo. 5. Pues bien, quizá lo que revela aplicar laabstracción de la razón práctica a las diversas moralesculturales es el descubrimiento de una ética común dela hospitalidad. Como ha señalado Jacques Derrida enun texto reciente {Cosmopolitas de todos los países, ¡unesfuerzo más!, discurso pronunciado ante el Parlamen-to Internacional de Escritores en Estrasburgo, el 21de marzo de 1996) «la hospitalidad es la cultura mis-ma y no es una ética entre otras. En la medida en queatañe al ethos, a saber, a la morada, a la casa propia, allugar de residencia familiar tanto como a la manerade estar en él, a la manera de relacionarse consigomismo y con los demás, con los demás como con lossuyos o con extraños, la ética es hospitalidad, es to-da ella coextensiva a la experiencia de la hospitali-dad, sea cual sea el modelo en que la abramos o lalimitemos». Lo que está en juego, en este fin de siglomarcado por las exclusiones, los exilios, los destie-rros y las inmigraciones masivas en busca de hogary protección, es cómo lograr dar el paso desde unahospitalidad del nosotros entendida como no-a-otros
  • 37. ___________________ 46 ___________________(según el atinado pun de Xavier Rubert de Ventos)a la hospitalidad de un nosotros sin requisitos previosni exclusiones, un nosotros al que —según sentencióel clásico— nada humano le resulte ajeno.
  • 38. Hacia una ciudadanía caopolita «... la hermosa libertad de los seres racionales...» (I. KANT, La paz perpetua) Si sé me preguntase por una proposición es-trictamente filosófica, altamente significativa (es decir,susceptible de dar paso a muchas otras y de orientarla práctica vital), la cual me atreviese a suscribir contoda la certeza de que me considero capaz, sólo se mevendría a las mientes una candidata, atribuida no aun filósofo sino a un poeta, Meleagro de Gádara, quevivió en Siria cien años antes de Cristo, compusoelegantes epigramas eróticos y compiló una Guir-nalda de poetas que constituye el primer embriónde la Antología Palatina. La cita pertenece al epi-tafio que Meleagro compuso para sí mismo y dicemás o menos así: «La única patria, extranjero, es elmundo en que vivimos; un único caos produjo a to-dos los mortales». Desde que la leí por primera vez(mencionada por Julia Kristeva en su bello libroExtranjeros para nosotros mismos) no he dejado de darvueltas a este dictamen asombroso a la par que ob-vio, asombrosamente obvio. Más adelante volvere-mos sobre el contexto en que se inscribe, la invocaciónpóstuma con la que un muerto se dirige al vivo, losversos que la preceden y la prolongan. También sobresu tono interrogativo y su matiz irónico, indiscerni-bles en la versión abreviada ofrecida por Kristeva yque es la primera que yo conocí. De ésta, ignorandotodo lo demás, me gustó el tono apodíctico, imperioso,como una noticia urgente —mejor dicho, dos noti-
  • 39. ___________________ 48 ___________________cias urgentes, indisolublemente conectadas— que es-cupe sin miramientos el teletipo de la realidad quenos concierne. Es un aviso pero también tiene algo de de-creto; como quien proporciona dos datos de un pro-blema a partir de los cuales el examinando debe ob-tener el resto de las respuestas. En primer lugar, lonegativo («la única patria es el mundo en que vivi-mos»). No se funda una nueva patria, sino que quedanabolidas, o al menos relativizadas, todas las vigen-tes. Segundo, la revelación positiva («un único caosprodujo a todos los mortales»). Volvemos a compar-tir algo, pero no acogedor ni hogareño, sino más biendisgregador, errabundo, inquietante. Y lo que resultamás notable es que ambas llamadas de atención leson hechas a alguien designado como extranjero, con-dición que según la primera de ellas resulta imposi-ble y que a partir de la segunda viene a ser punto me-nos que inevitable. Con ese vocativo cifra Meleagrola paradoja encerrada en las dos partes de su adver-tencia: «¡Oh tú, que te crees extranjero por aquellomismo que nos hace compatriotas, pero que ignoraslo verdaderamente extraño y foráneo de tu condi-ción, que es lo que nos convierte en hermanos...!». Puede resultar interesante reflexionar sobreeste dictamen de Meleagro contrastándolo con lo quedice Kant en dos de los opúsculos más hermosos,sugestivos y radicalmente civilizadores de la moder-nidad: Idea de una historia universal en sentido cosmopo-lita (1784) y La paz perpetua (1795). En el primerode ellos, Kant plantea la posibilidad y aun la conve-niencia de estudiar el conjunto de la historia huma-na como el desarrollo de un plan de la Naturalezapara que todas las capacidades humanas alcancen su
  • 40. ___________________ 49 __________________sazón, si no en el nivel individual al menos en el co-lectivo. En otras especies animales, las disposicionesse van desarrollando de manera automática aunquegradual porque sería contradictorio que los órganosy las facultades existieran de un modo meramentelatente que nunca llegase a su manifestación eficaz.Para el filósofo de Kónigsberg, que escribe ochentaaños antes de la publicación por Charles Darwin deEl origen de las especies, «en la ciencia natural teleoló-gica un órgano que no ha de ser empleado, una dis-posición que no ha de alcanzar su fin, representa unacontradicción. Porque si renunciamos a este prin-cipio ya no nos encontramos con una Naturalezaregular, sino con un juego arbitrario». Pues bien, elpropósito que para el hombre ha concebido la Natu-raleza es el pleno desarrollo de todas aquellas dispo-siciones naturales que apuntan al uso de la razón, demodo que logre sobrepasar el ordenamiento mecá-nico de su existencia animal y llegue a participar dela feliz perfección que él mismo, libre del instinto,pueda procurarse por la vía racional. Dada la breve-dad de la existencia humana individual, este pro-yecto sólo puede llevarse a cabo en el plano de laespecie, por medio de sucesivos tanteos, ejercicios yacumulación de aprendizajes a lo largo de un tra-yecto que merecerá ser llamado —al menos cuandollegue a su inequívoca culminación—progreso. «Delo contrario —advierte Kant— habría que conside-rar las disposiciones naturales en su mayor parte co-mo ociosas y sin finalidad, lo cual cancelaría todos losprincipios prácticos y de este modo la Naturaleza,cuya sabiduría nos sirve de principio para juzgar elresto de las cosas, sólo por lo que respecta al hombrese haría sospechosa de estar desarrollando un juego
  • 41. ____________________50 __________________infantil». Por supuesto el ilustrado, una vez compren-dido este propósito natural del despliegue históricode la idea de hombre, colaborará cuanto pueda en suconsecución poniendo las potencias educativas y polí-ticas bajo la égida de este programa de la Naturale-za y rigiéndose de acuerdo con él. En tal camino, los humanos contamos conun instrumento privilegiado aunque sin duda para-dójico: el patente antagonismo de las diferentes dis-posiciones humanas, la hostilidad pugnaz entre nues-tras pasiones y fantasías; en una palabra, la insociablesociabilidad de los hombres que a la vez los inclina aformar una sociedad y amenaza permanentementecon disolverla. Así Kant subraya algo que ya habíamarcado en su momento Spinoza, a saber, que esprecisamente lo mismo que enfrenta a los humanos—el interés, aquello que se interpone entre ellos—lo que también los une y los hace cómplices sociales.Cada ser humano quiere lo que quieren los demás, en eldoble sentido de esta rica expresión: comparte el que-rer de los otros y gracias a ello puede convivir en so-ciedad, pero también compite con sus semejantes pa-ra obtener los mismos bienes que los demás apetecentanto como él... y que en demasiadas ocasiones nopueden tener más que un solo dueño. Gracias a estediscordante concierto la especie humana va desple-gando todas sus capacidades racionales de institucio-nalizarse como sociedad civil, tan alejada de la brutalbatalla de todos contra todos como de la no menosanimal monotonía del rebaño uniformizado por laausencia de esa libertad, que es lo único que podríapersonalizar a sus miembros. Según Kant, el proyecto de la Naturaleza esprecisamente esa obra de arte suprema de la insocia-
  • 42. ____________________51 __________________ble sociabilidad humana, la sociedad civil, que debesostener una conciliación animada entre lo que mantie-ne a la humanidad despierta y lo que impide que tan-ta animación pugnaz la despedace. Es decir, que so-mete la pluralidad de los planes de vida personalesa la comunidad de la ley pero sin desactivarlos. Lo-grado ya este objetivo más o menos plausiblementeen los países ordenados more republicano, el siguientepaso del plan natural es conseguir «un estado mun-dial civil o cosmopolita», dentro del cual pueda desa-rrollarse el tipo de ciudadanía que permitirá desple-gar todas las originarias potencialidades humanas.En una palabra, el plan de la Naturaleza —según elcual puede ser considerada toda la historia univer-sal— desembocará en «la asociación ciudadana com-pleta de la especie humana», o sea, «una sociedad enque se encuentre unida la máxima libertad bajo le-yes exteriores con el poder irresistible, es decir, unaconstitución perfectamente justa». En la actualidad—en la actualidad de Kant, pero también en la nues-tra todavía— la divergencia y antagonismo de losdiferentes Estados obstaculiza este objetivo final,que sin embargo antes o después ha de conducirnospara que se cumpla nuestro destino natural a «esa granfederación de naciones... que forzará a los Estados atomar la resolución (por muy duro que ello se leshaga) que también el individuo adopta tan a desga-na, a saber: a hacer dejación de su brutal libertad y abuscar tranquilidad y seguridad en una constituciónlegal». El segundo opúsculo kantiano mencionado,La paz perpetua, intenta vislumbrar precisamente lospasos esenciales del camino que nos llevará a tal con-sumación desde el derecho nacional que articula la
  • 43. ____________________52___________________libertad en cada país y el derecho internacional, elcual esboza cierto orden entre los países aún enfren-tados y potencialmente sometidos al dictamen dela guerra, hasta el verdadero tus gentium, el derechocosmopolita que propone una constitución supremapara todas las colectividades tras la renuncia de és-tas al uso de la fuerza armada entre sí. Este últimosería un derecho de gentes que tendría por sujetos alas personas concretas fueran de donde fuesen y noa las colectividades nacionales, como ocurre en el de-recho internacional que conocemos. Para este dere-cho cosmopolita propone el viejo filósofo una fórmu-la que aún nos conmueve por su noble sencillez: setratará de establecer «las condiciones de la hospita-lidad universal». Emociona y entristece leerlas a fi-nales de este siglo atrozmente inhóspito, rodeadosde campos de refugiados, de crueles exilios, de im-placables exclusiones... No imagina Kant esa conciliación legal bajoun Estado único o mundial en sentido estricto, pueseste Leviatán produciría un despotismo abrumadory/o una perpetua sed de sublevaciones de las co-munidades así abolidas bajo el poder total, sino unapermanente federación de naciones que conservansu independencia, pero saben doblegarla racional-mente al objetivo de la concordia. De este modo semoralizará finalmente la organización política delos pueblos y quedará probado que la inmoralidadprivada, al contradecirse y destruir sus propios pro-pósitos en el enfrentamiento con otros malvados, de-ja paso, por lentamente que sea, a la instauracióndel principio moral del bien. Este designio de la Na-turaleza debe ser hecho explícito y asumido por loshombres fieles a la razón, para colaborar a su más pron-
  • 44. ___________________ 53 __________________to advenimiento y aminorar los sufrimientos colec-tivos que a la majestuosa Naturaleza poco preocu-pan. Tal ha de ser, precisamente, el sentido final dela Ilustración. El segundo centenario de la publicación deLa paz perpetua ha propiciado la aparición de nume-rosos estudios y puestas al día de las justamente cé-lebres reflexiones kantianas, firmadas por pensado-res tan capaces como John Rawls, Jurgen Habermasy muchos otros. Quien desee ponerse al tanto de lomás esencial de este debate puede consultar el núme-ro 16 de la revista hegoría (editada por el Institutode Filosofía del CSIC) o la obra colectiva La paz y elideal cosmopolita de la Ilustración (compilada por Ro-berto Rodríguez Aramayo, Javier Muguerza y Con-cha Roldan para la editorial Tecnos). Lo único que seme ocurre echar de menos en tantos trabajos exce-lentes es el cuestionamiento del término mismo decosmopolitismo o cosmópolis que subyace en el plantea-miento de Kant... por contraposición a lo que diceMeleagro de Gádara en su apotegma antes citado. Misobras de consulta favoritas fallan a la hora de ilus-trarme sobre esos términos comprometidos. Ni la vozcosmos ni la voz cosmopolita figuran en el imprescindi-ble diccionario de Ferrater Mora, aunque sí cosmogonía;tampoco las encuentro en la Enciclopedia Británica nisiquiera en la Enciclopedia del pensamiento político deDavid Miller; en cuanto a mi venerada y casi nuncafilosóficamente decepcionante Encyclopaedia Univer-salis, compruebo que pasa con absoluta desenvolturade cosmonáutica a Costa Rica. Recurro pues a recuerdosimprecisos de mis años escolares, según cuyo tes-timonio nada fiable cosmos es el orden y la aseadacomposición de la realidad en que vivimos (de donde
  • 45. ____________________54___________________proviene obviamente cosmética, arte de aderezary organizar del mejor modo posible nuestra propiaapariencia física) y que me trae a las mientes al viejoDemócrito, según el cual el sabio es ante todo un ciu-dadano del mundo bien ordenado, es decir, un cos-mopolita (también el cínico Diógenes se declaró cos-mopolita y dijo, según Laercio, que el único ordenpúblico que le parecía respetable era el de la Natu-raleza). En esta última aseveración subyace la ideade que el mundo bien ordenado, el cosmos, es ya ensí mismo la polis primigenia, la ciudad humana porexcelencia. Es decir, que todo es polis, puesto que an-tes y más allá de que los humanos constituyeran susciudades según normas transitorias, perecederas, eluniverso mismo está todo él constituido como unamegalópolis de la cual cuantos somos humanos de-beríamos sabernos ciudadanos, aunque sólo el sabiosea capaz de advertirlo en un primer momento. ¿Nohay también algo de esta convicción en Kant cuan-do nos habla del designio que la Naturaleza tienepara nosotros, con la única pero importante diferen-cia de que sitúa como proyecto a largo plazo —conel cual deberíamos cooperar racional y voluntaria-mente aunque de un modo inconsciente acabaremossiempre por hacerlo, a trancas y barrancas— eso mis-mo que Demócrito parece plantear como dato ori-ginario y ya consumado? Sea por ordenamiento divino o designio dela Naturaleza —que es la primera forma conocidade la divinidad y la última a la cual la modernidad su-puestamente laica parece estar decidida a renunciar—el cosmopolita cree vivir en una realidad mundial, esdecir, ordenada, con límites bien establecidos, con unsentido y un telos, un fin último hacia el que enca-
  • 46. ___________________ 55 ___________________minarse. Pero ese cosmos es además polis, ciudad tras-cendental, paradigma de sistema político humana-mente suprahumano y rigurosamente extrahistóricocon cuyo patrón pueden medirse las ciudades con-tingentes, siempre indebidamente selladas por mu-tuos antagonismos a la vez creativos y destructores,que los hombres levantan día tras día. El cosmos esuna gran polis, de acuerdo con lo cual el destino decada polis es tender generosamente hacia lo cósmico.El cosmopolita es la avanzadilla política de quienesdesean que cuanto antes la Ciudad del origen se con-vierta en ideal práctico de la federación final de lasciudades históricas. Pero en cambio Meleagro deGádara —cuya actitud histórica también puede ca-lificarse de cosmopolita en cierto sentido— parece re-ferirse a algo distinto cuando nos afilia a ese caos queahora debemos considerar más de cerca. En primer lugar completemos el contexto dela cita, según la versión de Manuel Fernández-Ga-liano {Antología Palatina, tomo I, 777, BibliotecaClásica Gredos): La isla de Tiro me crió, fue mi tierra materna el Ática de Asiría, Gádara, y nací de Éucrates yo, Meleagro, a quien dieron antaño las Musas el poder cultivar las Gracias menipeas. Sirio soy. ¿Qué te asombra, extranjero, si el mundo es la patria en que todos vivimos, paridos por el Caos? Así traducidos, los versos han perdido algu-nos de los rasgos que me impactaron cuando los leíen francés en el libro de Kristeva, pero ganan otrosque tampoco me desagradan. El poeta comienza este
  • 47. ___________________ 56___________________autoepitafio mencionando con cierto orgullo su lu-gar de origen, pues Gádara es nada menos que «laÁtica de Asiria» (un poco como el Edimburgo die-ciochesco fue llamado «la Atenas del Norte»), perosospecha que su lector de la metrópoli —el extranje-ro que pasa sobre su tumba de versos— mirará concierto menosprecio este origen provinciano. Pues sí,dice Meleagro, soy sirio y a mucha honra: ¿acaso esimposible que un servidor de las Musas nazca lejosde la urbe? Y entonces, con un punto de dolida iro-nía, es cuando plantea como pregunta y en cierto modocomo desafío —«¡atrévete a decirme que no!»— loque yo había tomado por una aserción perentoria.La patria en la que todos vivimos es la misma aquí oallá, en la periferia o en el centro, en la urbe o en lacampiña, siempre la misma y única tierra, el mismomundo del que nadie puede escapar ni en el quenadie puede sentirse mejor localizado que sus seme-jantes (recuérdese la observación de Kant en La pazperpetua sobre la redondez de la tierra, la cual impi-de a los humanos alejarse indefinidamente unos deotros). Y nuestro origen común es el Caos, el Abis-mo, lo informe e impenetrable, lo por siempre des-conocido. Evidentemente Meleagro se pone al haceresta grandiosa afirmación bajo la tutela de Hesíodo,que comienza su Teogonia estableciendo que «antesde todo existió el Caos» y a partir de ahí va obte-niendo la progenie de los dioses y la de los mortales(porque para Hesíodo el principal parentesco entreunos y otros es su idéntico origen caótico, es decir,ininteligible). Pero Meleagro no pretende hacer me-tafísica, ni siquiera metafísica mitológica, es decir, loque suele llamarse religión. El mensaje que intentatransmitir desde el sepulcro, si no le comprendo mal,
  • 48. ___________________ 57___________________viene a ser más o menos el siguiente: «Mira, extranje-ro, no te equivoques, no creas que la poesía ni nadade lo que para los humanos cuenta, depende de ha-ber nacido en uno u otro lugar. La cuestión relevantees haber nacido y haber nacido humano, es decir, cons-ciente de la muerte y dotado de lenguaje para expresarel miedo y el deseo. A tales efectos, cualquier lugares patria y todas las patrias vienen a ser lo mismo, lamisma. Tampoco te fíes de la genealogía, porque mipadre fue Éucrates, pero podría haber sido cualquierotro, en el fondo todos venimos de lo desconocido,de lo aún no constituido ni ordenado, y volvemos aello. Lo único que cuenta es lo que logramos ordenary constituir nosotros entre lo uno y lo otro, durantela vida fugazmente frágil. Por lo demás, no reniegode mi padre y Gádara me parece una ciudad es-tupenda». ¿Qué tiene que ver esto con lo razonado porel también provinciano y periférico Kant de Konigs-berg? En aspectos fundamentales, sin duda ambosdeben estar de acuerdo. Los humanos somos todospor igual huéspedes unos de otros y no tenemos de-recho racional a menospreciarnos o maltratarnos porcuestiones de procedencia, sino que debemos aten-der solamente a nuestro parentesco esencial y juzgara cada cual de acuerdo con sus méritos o deméritosdemostrados en la liza de la vida. Pero también saltaa la vista que no puede ser lo mismo creerse engen-drado por una Naturaleza cósmica, dotada de unproyecto y ordenadora de lo real incluso a través delaparente desorden, que proclamarse parido por elCaos. En el primer caso, la existencia humana tieneque acomodarse en su despliegue al orden que lapreexiste, del cual proviene; en el segundo, a ningu-
  • 49. ___________________ 58 __________________na ordenación previa podemos referirnos ni tomarlacomo supuesto o guía, sino que debemos con nues-tra solas fuerzas instituir aliño y norma sobre el po-zo abismal, ignoto, del que todos por igual hemosbrotado. Es curioso, pero tengo la impresión de queel supuesto ontológico de Meleagro nos resulta a finde cuentas más contemporáneo que la propia moderni-dad kantiana... Se me responderá que el planteamiento deKant tiene la inconveniencia práctica de ofrecer unfundamento para esa ciudadanía no excluyente aescala planetaria que bastantes —muchos, meatrevo a decir— consideramos la culminaciónimprescindible de la modernidad revolucionaria.Pero supongamos que se dé justamente el caso deque quienes apetecemos racionalmente talciudadanía no creamos —también por motivosracionales— en esa Naturaleza gobernadora cuyoplan transcurriría históricamente y que tanto separece al Dios ordenador que ideológicamente laprecede... ¡y que en el mismo Kant aún laacompaña! Es más, puede que los acontecimientosdel pavoroso siglo XX ni siquiera nos permitan ya creeren esa otra advocación moderna de la divinidad, laHistoria, cuyo despliegue majestuoso desde lo na-cional a lo universal en ciertas épocas doradas por eloptimismo fue denominado progreso. Y es que la fi-losofía contemporánea es ante todo una filosofía atea,no sólo nacida bajo el sello al principio dubitativo yluego indeleble del «¡Dios ha muerto!» nietzschea-no, sino crecientemente despojada de todo lo teoló-gicamente absoluto —valga la redundancia— en elcampo del sentido. Las ideologías contemporáneas—como las de otras épocas, porque nada se acopla me-jor a lo atávico que las ideologías— siguen teniendo
  • 50. ____________________59___________________dioses justicieros, protectores, intervencionistas, ávi-dos de pureza y de sacrificios humanos, incluso eco-lógicamente victimistas o humanitariamente bene-factores; pero la filosofía contemporánea no tieneninguno: aun más, se define por negarlos todos y porir borrando cada vez más de su discurso la nostalgiao la queja por su ausencia. Los creyentes y los pensado-res cada vez están más escindidos, de lo cual son pre-cisamente buena prueba las actitudes filosóficas,digamos, posmodernas que tratan de convencernosideológicamente de que el debilitamiento de las ra-zones pro teístas y antiteístas nos permite ya optarpor la creencia fideísta, siempre que nos sea social-mente favorable —es decir, favorable al desarrollo denuestra identidad social—, sin padecer remordimien-tos especulativos. Una divinidad eclesial, naturalista,comunitaria, humanitaria o como fuere que se apo-ya en sus efectos sociales y se nutre por igual de lainconveniencia de negarla o de pretender fundarlaracionalmente conserva intactas sus virtudes ideo-lógicas, pero filosóficamente me temo que no tieneya ninguna. En resumen, al ciudadano filosóficamentecontemporáneo que concibe hoy su condición éticay política como búsqueda de una realización cos-mopolita le falta, para empezar, nada menos que elcosmos mismo, el ámbito ordenado y ordenador enprincipio, originario, a partir del cual comprender suproyecto planetario y universalista. Lo cual es unserio inconveniente, que nos remite otra vez al evi-dentemente antiguo pero quizá secretamente muycontemporáneo dictamen de Meleagro. Los ciuda-danos de este final de siglo pasablemente convulso(¡pero nada comparado a lo que hemos conocido ha-
  • 51. ___________________ 60 __________________ce cincuenta u ochenta años!) podemos reconocer-nos mucho más como hijos del caos que como here-deros de ningún tipo de cosmos. Caos, desde luego,en el plano exterior o más superficialmente histórico: elimperio bipolar del mundo ya no tiene curso, por loque se ha roto la sosegada versión maniquea de losproyectos de sociedad que estuvo vigente durantedécadas; las ideologías omnicomprensivas que conigual soltura resolvían las dudas políticas que las es-téticas o las económicas (los «grandes relatos» en ter-minología de Lyotard) han dado paso a puzzles idio-sincrásicos según los cuales cada cual intenta hacercasar según fórmula personal la psicología con laecología, los derechos humanos con las identidadesculturales, el liberalismo económico y el Estado debienestar, el laicismo estatal y la tolerancia a todotipo de creencias religiosas, el feminismo, el huma-nitarismo, la protección de la infancia, la permisivi-dad sexual, etcétera; el desarrollo del capitalismo sinenemigo externo visible empuja hacia una globali-zación reforzada por la extensión planetaria de losmedios de comunicación y transporte, con la consi-guiente obsolescencia de formas de producción ydistribución locales que hasta hace no mucho pare-cían naturales; los individuos viajan, emigran o se exi-lian a través de un mundo en el que podemos tropezarcon cualquier peculiaridad gastronómica o indumen-taria en el lugar menos apropiado, porque todo estádescentrado y diseminado, mientras a través de comu-nicaciones novísimas —Internet y lo que venga des-pués— se cultiva un nuevo tipo de mestizaje entrelo remoto y lo próximo, trabándose insólitas afinida-des electivas. En suma, todos sabemos que estamosnavegando —la necesidad de navegar es ya idéntica
  • 52. ___________________ 61 ___________________a la necesidad de vivir—, pero sin un punto de par-tida ni mucho menos un destino sólida y cósmica-mente determinados. Tampoco en el plano interior, digamos onto-lógico, las cosas están ordenadas de manera más esta-ble. Nadie puede atreverse a fundar creíblementepautas para enraizar el Bien o la Belleza de un modoque resulte sin apelación universalmente válido. Elanálisis de nuestros condicionamientos naturales ofre-ce regularidades necesarias, pero no valores distintosa simples constataciones de una eficacia determinadaen el marco de ciertas circunstancias, las cuales vanestando crecientemente comprometidas por las trans-formaciones del medio ambiente tal como lo hemosconocido hasta la fecha y por las posibilidades de in-tervenir con ánimo manipulador en los núcleos ge-néticos de todo lo viviente. Tal como dijo perfecta-mente Cioran de la historia, también la Naturalezatiene sólo «curso», pero no «sentido». Encontramoscada vez más el azar y lo aleatorio tanto cuando bu-ceamos hacia los orígenes como cuando sopesamosposibles desenlaces a nuestras actuales condiciones.Incluso el propio nombre de Caos ha hecho acto depresencia para caracterizar —con una analogía qui-zá no del todo filosóficamente apropiada, pero sinduda muy significativa— ciertos desarrollos cientí-ficos de la teoría más reciente. ¿Somos aún herede-ros del Cosmos, como un día se supuso, o debemosdespertar de esa ilusión y volver a la doctrina másantigua que nos hace hijos del Caos y hermanadospor tanto en la ausencia de sentido inaugural y dedestino? Podríamos en cualquier caso decir con cau-tela que, estando muy bien volver la mirada al cos-
  • 53. ___________________ 62____________________mopolita Kant, tampoco conviene olvidar del todoal poeta Meleagro. Porque lo significativo de éste esque también sostuvo una única patria común paratodos los hombres y por lo tanto un único derechode ciudadanía, el cual no habría de provenir de un cos-mos engendrador—sea religioso, natural, social...—,sino del caos, es decir, de la indeterminación azarosaen la cual no hay más orden humanamente rele-vante que el que los propios humanos decidamos yseamos capaces de instaurar. A partir de este plan-teamiento ¿podríamos hablar de una ciudadanía cao-polita, en lugar de cosmopolita, una ciudadanía quebuscase la superación de los distingos y barreras na-cionales en lo tocante a los derechos de la persona,pero no proclamándolos desde un cosmos previo, si-no desde la urgencia de salir fraternalmente de loimprevisto, de abandonar en la medida de nuestrasfuerzas el caos? A mi juicio, este caopolitismo res-ponde mejor a su designio que el cosmopolitismoa que estamos acostumbrados. Unir en una misma fórmula cosmos y polis esreduplicar la invocación del orden, haciendo que lohumanamente ordenado provenga de un ordenamientoextrahumano o lo remede. Se refuerza la garantía delordenamiento, pero se debilita su cualidad pro-piamente humana, su carácter abierto, pactado e in-ventivo. También nuestra capacidad de revocarlo ode ampliarlo para que acoja a los desconocidos. Encambio avecinar caos con polis nos obliga a «fundarnuestra causa en nada», según la notable expresiónacuñada a otro efecto por Max Stirner, pero certificaque el orden político es un producto típica e irreme-diablemente humano, nacido de la pugna contra loque no lo exige, ni lo facilita y quizá hasta lo desa-
  • 54. ____________________63 __________________conseja. Me refiero a un ordenamiento político uni-versal, es decir, aquel que reconoce ciudadanía —o sea,libertad e igualdad políticas, ya se sabe— a todas laspersonas en cuanto tales y no en cuanto miembrosde ciertos grupos o comunidades. Porque puede sos-tenerse con argumentos de cosmología naturalistaque el hombre es un animal social, pero nada menosevidente que la pretensión de que sea un animal univer-salmente social, dado que una de las primeras efica-cias de las sociedades es proteger a sus miembros delos elementos antisociales —que deben ser extermi-nados sin garantías sociales de ninguna especie— yde los miembros de las otras sociedades diferentesque de hecho existen. Si el hombre es sociable de mo-do preestablecido, lo será frente a los humanos so-cializados en otros grupos o los mal socializados:suponer que debe ser sociable y social a favor de todosexige una reflexión suplementaria que quizá el plan-teamiento cósmico no sea capaz (o no sea ya capaz)de ofrecer. Porque, en efecto, a escala humana todo cos-mos se reduce para efectos prácticos a microcosmos.Las modalidades cósmicas de relevancia política queconocemos son tan inclusivas como excluyentes: ca-da una aparta no menos de lo que integra y al orde-nar jerarquiza, somete, enfrenta. Si cada uno de esosmicrocosmos se presenta como heredero de un or-den cósmico fundador, parece inevitable que su nor-ma descarte de antemano una libertad y una igual-dad completas para todos los humanos a priori, puestal libertad e igualdad le parecerán a justo títulocaóticas. Quizá ése es precisamente el rasgo que a to-do espíritu ordenado, cosmológico, siempre ha desa-sosegado en el proyecto democrático. Ya que la esencia
  • 55. ___________________ 64 ___________________de la democracia, que desde luego en Solón o Clís-tenes y otros padres fundadores se apoya al principioen un fundamento religioso y por tanto cósmico, serevela más tarde a través del disolvente racionalis-mo ilustrado de los sofistas como un sistema políti-co de núcleo propiamente vacío, abierto a todo y atodos, abismal, caótico, sin otra sustancia legal quelos acuerdos permanentemente revocables y discuti-bles de los humanos que se incorporan desde lo inde-terminado a ella. Con acierto ha llamado GiacomoMarramao a la democracia moderna, acosmista o caó-tica, «la comunidad de los desarraigados», es decir,la comunidad de los que no provienen de una comu-nidad previa, la comunidad de los que ponen en co-mún sus decisiones porque no pueden remitirse (oporque renuncian a remitirse) a la comunidad de susorígenes. Cada uno de los microcosmos que quieresostenerse cosmopolitamente exige del orden quetenga raíces ya ordenadas, que provenga genealógica-mente de un orden inamovible preexistente, sea el dela tierra, el de la sangre, el de la religión, el de los do-tes genéticos, el del decurso histórico dotado de sen-tido, etcétera. En una palabra, el orden político debase cósmica pretende que todo debe ser como tie-ne que ser y no tal como vamos a discutir y proyectarque sea. Por eso el ordenamiento democrático siempreparece cosa de arribistas, de quienes llegan de fuera,del caos exterior. La democracia es un orden políticosin linaje, es el cosmos permanentemente proyectadohacia el futuro de aquellos que provienen del caos y alos que sólo el caos empuja hacia delante... Algo parecido podemos detectar en la inco-modidad y las paradojas que suscitan los intentos depensar desde un punto de vista cósmico o cosmopo-
  • 56. ___________________ 65___________________lita los derechos humanos. En tales derechos lo quese intenta reconocer y resguardar es la actualidad delo humano manifiesto en cada persona, más allá (omás acá) de las raíces genealógicas de cada cual. Losderechos humanos son tales porque no ponen requi-sitos, es decir, porque han de actualizarse ante la simplepresencia del semejante, venga de donde venga..., dadoque ya sabemos de dónde viene, de la matriz caóti-ca que con él compartimos. En cambio todos los mi-tificadores de un cosmos histórico, racial o nacionaloriginario supeditan tales derechos al linaje com-partido, a cierto parentesco étnico o religioso, inclusoal sufrimiento simbólico de los ultrajes del pasadoque se intentan paliar con discriminaciones actualesde signo inverso. Marca para ellos más a la sociedadactual el pasado ineluctable que el futuro aún abier-to, impredecible. Curiosamente suelen considerarabstracto al individuo real de carne y sangre, al queno conceden otra cualidad concreta que la que pue-da recibir de su pertenencia a uno u otro cosmos di-ferencial originario. El cosmos es lo concreto y fuerade ese cosmos comunitario el individuo es residuocaótico... Esa diversificación de orígenes hace a las perso-nas compatibles sólo con quienes visten el mismouniforme étnico, racial o nacional: con los demás sepuede estar respetuosamente yuxtapuesto, pero nuncaíntimamente mezclado. Y de aquí también el gravemalentendido (en el que han incurrido organismosinternacionales e incluso teóricos de altura) de con-siderar que puede haber derechos humanos colectivosy no sólo individuales. Esta posición encierra un con-trasentido, porque los derechos humanos colectivos exi-gen el reconocimiento de una peculiaridad, mien-
  • 57. ___________________ 66___________________tras que los derechos humanos individuales lo quereconocen es una comunidad básica sin restriccionesni condiciones. Precisamente lo que expresan los de-rechos humanos, a su modo quizá retórico, pero quese ha revelado más eficaz de lo que hace unas déca-das se supuso, son las demandas de libertades públi-cas y de amparo igualitario que cualquier persona es-tá legitimada para reclamar a cualquier Estado, loque no le puede ser negado en nombre de la sacrali-zación de ninguna colectividad so pena de abuso tirá-nico. A fin de cuentas, hay una profunda oposiciónentre esa ciudadanía sin fronteras cuyos derechos hu-manamente genéricos se reclaman y la insistenciaen la autoctonía como fuente de legalidad ciudadana.Frente a quienes insisten en cuestionar al forasteropor el cosmos autóctono del que proviene y del quedepende su reconocimiento ciudadano, sigue sin ha-ber otra respuesta que la hermosa de Meleagro yatantas veces referida, la que menciona como autoc-tonía común para todos los hombres una única pa-tria y el impreciso caos. Los humanos no somos hijos de lo fijo, loestable, lo ordenado, lo lleno de propósito, sino quetratamos de fijar, de estabilizar, de ordenar y de in-troducir proyectos allí donde todo es azaroso; preci-samente porque todo es azaroso, insondable. Baila-mos sobre el abismo, pero cogidos de la mano. Elcorro debe hacerse más y más amplio, no excluir anadie. Lo que importa no es el lugar de donde veni-mos, ni siquiera el lugar en que estamos, sino el va-y-ven. Lo que legitima nuestra ciudadanía humanaes el ir y venir, no el brotar ni el permanecer. AbajoHeidegger y sus émulos comunitaristas. Amamoslos lugares donde hemos crecido o disfrutado o su-
  • 58. ___________________ 67 ___________________frido, pero todos son lugares de paso: la polis es otracosa, es el lugar ideal de quienes perdieron su sitio ollegan de lejos. También quien nunca se ha movidode su hogar natal, como Kant de Konigsberg, es unforastero venido de no se sabe dónde y que no cesade viajar, de transcurrir: como observó Plutarco, «tam-bién nacer es arribar a un país extranjero». La polisquiere ser el lugar permanentemente humano que nosacoge, edificado sobre el bostezo caótico de la im-permanencia que nos expulsa: cosmos noetós, orden pen-sado e ideado por la cofradía de los hombres (al quetodo ser racional ha de tener acceso por el solo hechode serlo) con la mira puesta en el futuro impredeci-ble y no en ese origen perpetuamente reinventadopor los arbitristas de la exclusión. ¿Cuáles serían las cláusulas de la ciudadaníacaopolita cuyo reconocimiento aquí propongo? Sonbien sabidas: dignidad de cada persona, es decir, quesea tratada de acuerdo con sus propios méritos otransgresiones y no según aquellos factores consti-tutivos —caóticos— que no puede controlar: raza,lugar natal, lengua materna, sexo, clase social...; au-tonomía de cada persona, es decir, libertad para susplanes de vida y excelencia siempre que no colisio-nen de manera intersubjetivamente injustificablecon los de otros (las pautas de lo justificable no laspuede establecer más que el acuerdo mismo entrelos humanos y deben ser tanto respetadas mientrasestán en vigencia como revisadas o debatidas segúnlo pida el ágil paso del tiempo); inviolabilidad a cadapersona, que no puede ser sacrificada en su dig-nidad ni en su autonomía —ni mucho menos en suintegridad física— sólo por la suposición de que talinmolación beneficiará a una colectividad determi-
  • 59. ___________________68____________________nada; auxilio social a cada persona en tanto que pa-dece los males propios de nuestra condición, los ac-cidentes de la miseria y de la biología, la invalidezde nacer y morir débiles, la necesidad de aprendercuando no se sabe —cuando ni siquiera se sabe queno se sabe o se ignora que es importante saber— yde poder atender, por torpe que se sea, las exigenciasdel alimento, del vestido, del cobijo, de la procrea-ción, de la participación sin humillaciones ni discri-minaciones caprichosas en la vida común de la co-lectividad... A este último respecto, creer que la manociegamente providente del mercado podrá encau-zarlo todo es un definitivo y nefasto acto de fe enuna suerte de cosmos económico capaz de reparar opaliar automáticamente los azares que sólo la deli-beración cooperativa humana puede en realidad afron-tar. Admitir cualquier forma de exclusión en nombrede una tara originaria, una ineptitud sobrevenida oun percance del devenir histórico es incompatible conla ciudadanía caopolita, porque sólo se excluye des-de algún cosmos asumido como incontrovertible,mientras que el inabarcable caos a todos acoge en susatómicas diferencias. Las instituciones de la ciuda-danía son herramientas para integrar lo aparente-mente inconciliable, no para acorazar las semejanzasen identidades contrapuestas. El lema de la ciuda-danía que proviene del caos dice así: cada hombreno debe contentarse con reconocer la humanidad delos otros, sino que ha de aprender a reconocer su pro-pia humanidad en la de los otros, pues se parece mása ellos que al hipostasiado fantasma de sí mismo. A fin de cuentas, la ciudadanía caopolita sebasa en el designio de que lo que a los hombres con-viene no es producir más cosas, sino más humani-
  • 60. ___________________ 69___________________dad. No estriba en fabricar objetos cerrados sobre laidentidad de lo que son, sino reconocer sujetos abier-tos a la indeterminación de lo que quieren ser y de loque pueden llegar a ser. Porque la oscuridad nos em-puja queremos llegar a la luz o al menos a la pe-numbra civilizada, aun a sabiendas de que lo quenos hermana allá en el fondo de los fondos sin fondoes —como descubrió demasiado tarde para su bienMacbeth— «the season of all natures —sleep».
  • 61. Actualidad del humanismo (Discurso de agradecimiento al recibir el Premio Van Praag 1997, otorgado por la Humanistich Verbond de Holanda.) Tengo el gozoso deber de comenzar mis pala-bras expresando un sentimiento que, si bien no es es-pecíficamente humano pues los animales también loconocen, nunca puede faltar a la cita del humanismo:me refiero al agradecimiento. Agradezco al jurado el ho-nor que me ha conferido y a todos ustedes la generosaamabilidad de su compañía esta tarde, en un lugar (elPalacio de la Música de Amsterdam, el Concertge-bouw) cuyo nombre tiene para mí notables connota-ciones armónicas, a pesar de que hoy estoy en él porprimera vez. En efecto, cuando comencé a comprar dis-cos de música clásica hace más de treinta años, muchasde mis primeras adquisiciones fueron grabaciones dela orquesta del Concertgebouw dirigida por BernardHaitink. ¡Qué curioso resulta que yo haya debido tan-to tiempo después conocer esta sala prestigiosa no co-mo público de un concierto, sino como homenajeadopor una entidad cultural! Y por una entidad culturalademás cuyos propósitos fundacionales resumen muybien lo que el nombre de Holanda ha significado siem-pre para mí, como para muchos europeos desde hacemás de tres siglos: libertad de conciencia, ilustración,laicismo, tolerancia. En una palabra, espíritu espinozista,lo que a mi juicio representa el mayor elogio que pue-de hacerse de una comunidad o de una persona. Recibo este galardón de una Liga Humanis-ta. En efecto, creo que el humanismo sigue siendo
  • 62. ___________________71 __________________algo importante en nuestro mundo actual, no sólocomo tradición venerable a partir de Erasmo —el pri-mer gran europeo con vocación de serlo—, sino tam-bién como fundamento de valores para los europeosde hoy mismo. La perspectiva humanista nos resultaimprescindible para comprender mejor los valoresesenciales que he mencionado antes como ingre-dientes del espíritu espinozista: libertad de concien-cia entendida como respeto público a la autonomíaracional privada, no como ausencia insolidaria de es-píritu público; ilustración entendida como investi-gación, búsqueda, audacia y también como prudenciaintelectual, no como dogmatismo suicida; laicismoentendido como defensa de los intereses civiles de lasociedad comunes a creyentes y no creyentes, no comonegación o persecución de las creencias religiosas;tolerancia entendida como aceptación de la plura-lidad vital de la democracia y capacidad de convivircon lo que nos disgusta o desaprobamos, no como in-diferencia ante lo que pone en peligro el mismo sis-tema democrático que compartimos. El humanismodescarta la desconfianza oscurantista en lo humano,aunque también la confianza ciega en lo que es hu-mano, pero a veces —como diría Nietzsche— dema-siado humano: busca apreciar, elegir y sobre todocomprender. Para quienes nos hemos dedicado a cuestio-nes de reflexión ética, el tema de la religión es parti-cularmente importante. No es imposible manteneruna visión meramente naturalista y humanista delmito religioso, sin por ello negar su gran importan-cia simbólica dentro de nuestra cultura. Creo quefue André Gide quien mejor resumió la doble ima-gen que se presenta desde esta perspectiva: «Bajo el
  • 63. ___________________ 72 ___________________nombre de Dios, me guardo muy mucho de con-fundir dos cosas muy diferentes; diferentes hasta loopuesto: por una parte, el conjunto del cosmos y delas leyes naturales que lo rigen; materia y fuerzas,energías. Este es el lado Zeus y se le puede llamarDios, pero suprimiendo toda significación personal ymoral. Por otra parte, el conjunto de todos los es-fuerzos humanos hacia el bien, hacia lo bello, ellento dominio de esas fuerzas brutales y su puesta alservicio del bien y de lo bello sobre la tierra; éste esel lado Prometeo y también el lado Cristo, es la am-pliación del hombre y de todas las fuerzas que en élconcurren. Pero este Dios no habita de ningún modoen la naturaleza; no existe más que en el hombre ypara el hombre; ha sido creado por el hombre o, si lopreferís, se crea a través del hombre; y es vano todoesfuerzo para exteriorizarlo por medio de oraciones».El proyecto ético que pretende la filosofía es comouna prolongación laica de esta segunda divinidad.No se opone al símbolo religioso ni a la buena volun-tad de quienes lo practican, sino a la pretensión deunos cuantos clérigos de imponer (mediante amena-zas terrenales o ultraterrenales) sus supersticiones pri-vadas a todo el conjunto de la sociedad. Conviene recordar que esta actitud de inje-rencia eclesial en asuntos civiles no es cosa del pasa-do ni exclusiva hoy de teocracias como las islámicas:en gran parte de Estados Unidos, por ejemplo, eladulterio o la sodomía son considerados delitos pe-nados con la cárcel. La cruzada contra ciertas drogastambién encabezada por Estados Unidos, que tandesastrosos efectos tiene a escala mundial como mo-tor económico del narcogangsterismo, se originó enlas primeras décadas de nuestro siglo a partir del fun-
  • 64. ___________________73 __________________damentalismo religioso, y no con base en estudiosmédicos. Aunque quizá hoy la farmacocracia seatambién una nueva iglesia, para la cual la salud obliga-toria del cuerpo haya sustituido a la salud obli-gatoria del alma de los antiguos inquisidores... Mealegra pues especialmente que este galardón me loconceda una Liga Humanista, porque el humanis-mo no tiene demasiado glamour en nuestra época. Loque hoy está en alza, merced al trabajo de las ONGy a la difusión mediática de las grandes tragediascolectivas que ocurren en países del Tercer Mundo y aveces del primero, es el humanitarismo. Pero el hu-manismo no es la misma cosa que el humanitaris-mo. No niego ni mucho menos la importancia de lasempresas humanitarias en su asistencia a los ham-brientos, heridos, enfermos y desterrados del mundoatroz en que vivimos. Pero creo que el mejor destinode este planeta no es convertirse solamente en hospi-tal o en asilo: debe llegar a ser ciudad de los hombres,la casa y la empresa de todos. Para este objetivo es im-prescindible recuperar el aliento humanista, que luchano sólo por proteger las vidas sino por instituir laslibertades, por educar en valores universales, por ad-ministrar los asuntos humanos de una manera no tri-bal, sino supranacional. Sobre todo la educación meparece algo fundamental: si queremos ayudar a los paí-ses en desarrollo no basta con enviarles alimentos omedicinas, es necesario también proporcionarles maes-tros. En el siglo venidero, las grandes desigualdades noserán tanto las económicas en el sentido tradicionaldel término, sino las que distancien a los dueños de lainformación de los privados de ella... Por tanto no me parece suficiente con aspi-rar a una ética humanitaria, ni siquiera con preten-
  • 65. ___________________ 74 __________________der una ética humanista: hace falta reclamar una po-lítica humanista a escala planetaria que persiga co-rregir la raíz de los males y no sólo atenuar sus efectos.Ya Spinoza estableció que «no es el fin del Estadoconvertir a los hombres de seres racionales en bes-tias o autómatas, sino por el contrario que su espíri-tu y su cuerpo se desenvuelvan en todas sus funcio-nes y hagan libre uso de la razón sin rivalizar por elodio, la cólera o el engaño, ni se hagan la guerra conánimo injusto. Pues el fin del Estado es verdadera-mente la libertad» (Tractatus theologico-politicus, XX,12). Tal es precisamente el programa del humanismopolítico, al que no debemos renunciar por ambicio-so o ideal que parezca. Me alegra poderlo recordarhoy ante ustedes, queridos amigos, en este país y enesta ciudad de Amsterdam que el mismo filósofo, po-cas líneas después del párrafo citado, calificó como«floreciente república y ciudad eminente en dondeviven en la mayor concordia todos los hombres decualquier secta y de cualquier opinión que sean»(ibídem, 40). Muchas gracias por la distinción que meconfieren y por su generosa compañía en este acto.
  • 66. Imaginación o barbarie El año 1997 se las arregló para darme malasnoticias hasta el último minuto: la postrera fue lamuerte de Cornelius Castoriadis, filósofo, economis-ta, psicoanalista, uno de los maestros imprescindi-bles de la segunda mitad de nuestro siglo, a quien elmovimiento francés de mayo del 68 debe algunasde sus mejores claves intelectuales y quizá la inspi-ración de su lema más famoso: la imaginación al po-der. Además de formidable cabeza, Castoriadis fueun tipo simpático... al menos para aquellos, como Ra-fael Sánchez Ferlosio, a quienes caigan simpáticos losaparentemente antipáticos. Su amigo Edgar Morin—uno de los más veteranos, junto a Claude Lefort yJean-Francois Lyotard, que fueron compañeros su-yos en aquella interesante aventura teórica llamadaSocialismo o barbarie— le caracterizó una vez comoun «Aristóteles acalorado». No lo fue por fidelidada la ortodoxia aristotélica —Castoriadis no aceptabaninguna que coartase su libérrimo, orgulloso y exi-gente pensamiento propio, ni siquiera la de aquel aquien Dante llamó «maestro de todos los que sa-ben»—, sino por lo vasto de su campo teórico y poruna pujanza especulativa que demasiadas veces in-curría en quisquillosa vehemencia. También por su condición de ilustre mete-co, que compartía con el estagirita. Nacido en Estam-bul de padres griegos, cumplió su meritaje doctri-
  • 67. ___________________ 76 ___________________nal y político en Atenas para luego ejercer su ma-gisterio intelectual en París, en lengua francesa. Fueun verdadero cosmopolita europeo o quizá un caopo-lita, si debemos pensar como él lo hacía que todo cos-mos es sólo parcial y que los humanos brotamos delcaos. En tal sentido, cosmopolita no es quien por pe-dante ingenuidad seudoilustrada renuncia a cual-quier forma de identidad, sino quien concibe éstacomo una aventura personal, biográfica, creadora y seniega a dejarla administrar por ninguna burocracianacionalista. En esta época en que cierta imbecilidad rei-nante ha llegado a establecer que sólo las figurasintelectuales de la derecha son complejas e interesan-tes, es importante señalar que el complejo e inte-resantísimo Castoriadis siempre se encuadró en elpensamiento de la izquierda. Criticó a Marx a partirde un conocimiento exhaustivo de sus textos, perosin renunciar nunca del todo a su legado teórico, seopuso desde siempre al autoritarismo colectivista bol-chevique o maoísta sin dejar de reclamar la autoges-tión revolucionaria de la sociedad, reivindicó el mer-cado, pero en contra del capitalismo que según él loimposibilita, denunció que las hoy llamadas demo-cracias son todo lo más oligarquías liberales dondeel espacio público está secuestrado por empresas eintereses particulares nunca transparentes y cultivóun admirable fundamentalismo democrático querechaza la división del trabajo político entre gober-nantes especialistas en mandar y gobernados desti-nados a obedecer... tras haber elegido a los primerossegún menú previamente establecido. A la trampo-sa opción de hace unos años entre Mrs. Thatcher y elGulag (hoy las expectativas se han estrechado para
  • 68. ___________________ 77 __________________muchos a decidir entre la dama de hierro y HelmutKohl) respondió con un mismo y clarividente re-proche, tan válido para los integristas del comunis-mo como del neoliberalismo: convertir lo económicoen factor central (único, a fin de cuentas) de la vidasocial es incompatible con la libertad. Cuando mi hijo me informó por teléfono dela muerte de Castoriadis tenía yo delante el Duomode Milán, esa fantástica orfebrería pétrea que conge-la en mil símbolos la imaginación de varios siglos.Era algo así como una alegoría monumental de eseconcepto central en el pensamiento de Castoriadis, elde imaginación instituyente cuya capacidad creadoraregula y transforma las sociedades humanas. Cuandocolgué el teléfono, lo primero que me vino a la me-moria fue una de las ocasiones en que hice el ridícu-lo ante el gran hombre. Estábamos en el congreso deintelectuales que tuvo lugar en Valencia como con-memoración medio siglo después de aquel otro deintelectuales antifascistas realizado en la España y laEuropa convulsa de los treinta. Yo moderaba unamesa en la que debía intervenir Castoriadis y con midespiste habitual le presenté como promotor de larevista Socialismo y barbarie. Su rugido de protestapor esa «y» perversa aún estremece mis culpablespesadillas. Es la misma legítima indignación que sin-tió siempre cuando ante él se intentó hacer equiva-lente el proyecto emancipador del socialismo ima-ginativo cuyo objetivo es radicalizar la autonomíademocrática y el despotismo inepto de Lenin, Sta-lin, Ceaucescu y tutti quanti. Ese concepto social de imaginación al queCastoriadis dedicó su obra más importante (La ins-titución imaginaria de la sociedad) establece su ruptu-
  • 69. ___________________ 78 ___________________ra con cualquier determinismo que, de Platón a Marx,aplique su esencialismo al proceso histórico de lascomunidades humanas. Las sociedades no son el meroresultado de la conjunción de procesos necesarios,sino una permanente autoinvención que establecey deroga sus normas a partir de una realidad cuyodecurso simbólico nunca es irrevocable. No parecearriesgado señalar que esa permanente instituciona-lización y autoalteración pasa hoy por horas decidi-damente bajas. Al mecanicismo esencialista de lostotalitarismos le ha sustituido un pariente próximode sello boboliberal, según el cual la única forma dedespertar del sueño utópico que pretendía construirel paraíso en la tierra es aceptar que la mercantiliza-ción especulativa sin fronteras, pero con víctimas,es ya el paraíso antes inútilmente buscado. Lo irre-mediable no se flexibiliza por mucho que hable deflexibilización ni se hace más competente por másque predique el dogma de la competitividad... La exigencia de avivar la imaginación ador-mecida no es ahora patrimonio exclusivo de pensa-dores radicales como Castoriadis. En un reciente y muyinteresante ensayo (La cuadratura del círculo, editadopor Fondo de Cultura Económica), alguien tan pocovisionario y tan excelentemente informado como RalfDahrendorf habla en este tono: «Mientras algunospaíses sean pobres y, lo que es peor, mientras esténcondenados a permanecer así —por vivir totalmenteal margen del mercado mundial—, la prosperidadseguirá siendo una injusta ventaja. Mientras existanindividuos que carezcan de derechos de participa-ción social y política, no podrán considerarse legíti-mos los derechos de los pocos que gozan de ellos».El círculo que hay que intentar imaginativamente
  • 70. ___________________ 79 __________________cuadrar, según Dahrendorf, es el de hacer compati-bles bienestar económico, cohesión social y libertadespolíticas. Todas las latitudes están lejos de alcanzareste desiderátum, pues los países que han alcanzadodos de estos requisitos lo han hecho siempre a costadel tercero. Y ningún automatismo economicistaresolverá la situación, dado que en el sistema actualhay personas que desde el punto de vista meramenteeconómico sobran, es decir, que representan un costo yno un beneficio. Son ciudadanos superfluos, cada vezmás numerosos y más excluidos de esa base social deacceso a bienes imprescindibles que funda desde Ate-nas la verdadera ciudadanía. Por eso Robert Castelha hablado de un individualismo negativo, es decir,no el de los individuos libres y emprendedores, sinoel de aquellos confinados en su marginación perso-nal por la ausencia de oportunidades y por el debili-tamiento de formas públicas de protección que lespermitan esperar otras nuevas. Poco a poco van re-nunciando incluso a reclamar políticamente su deu-da con el sistema que los rechaza. Sólo una supremafalta de imaginación puede creer que tales excluidospreferirán los valores de la ciudadanía de la que nogozan a las opciones siniestras del terrorismo, el in-tegrismo o nuevas demagogias redentoras. De Cornelius Castoriadis, pensador irreduc-tible de la imaginación en marcha, ya no volve-remos a saber nada más. Lo único que podemostener por seguro es que a la puerta de lo oscuro, sise le ha planteado la pregunta ritual de los miste-rios órficos —«¿quién eres? ¿de dónde vienes?»—,habrá respondido también ritualmente con plenomerecimiento: «Soy hijo de la Tierra y del Cieloestrellado».
  • 71. Groethuysen: el antropólogo como historiador Una de las más desventuradas confusionesteóricas de nuestra época es la que ha llevado a iden-tificar antropología con etnografía. La tarea que hoyocupa a los llamados comúnmente antropólogos—de Frazer a Clifford Geertz, pasando por la mayo-ría de las obras de Lévi-Strauss— es investigaciónetnográfica, cosa desde luego muy sugestiva, perodistinta a la antropología. De modo que hoy, cuan-do alguien quiere hacer propiamente antropología,debe advertir que va a dedicarse a la antropología filo-sófica, lo cual es una redundancia semejante a si dijeraantropología antropológica o filosofía filosófica. Porquela antropología es precisamente uno de los camposdel pensamiento filosófico y quizá el más caracterís-ticamente filosófico de todos ellos. En cierto modo,el núcleo de la filosofía —lo que podríamos llamaren la jerga de hoy su disco duro— es la antropología,la cuestión del hombre: es decir, la cuestión que elhombre se plantea a sí mismo y sobre sí mismo. Todos los ¿qué es? o ¿por qué es? de la filoso-fía llevan implícito un recóndito ¿qué soy? o ¿por quéy para qué soy?: en esta pregunta sobrentendida, a laque en último término remiten todas las demás, con-siste la diferencia entre el pensamiento filosófico yel pensamiento científico. Aquél no trata de captarlos objetos en su desnudez misma, para describirlosy entenderlos mejor, sino que los considera en cuan-
  • 72. ___________________ 81 __________________to se refieren a una búsqueda más urgente, la de cuálsea la condición del hombre y su destino. El objetopropio de la filosofía es indagar sobre la posición delsujeto capaz de filosofar. El hombre necesita vivir en un mundo: no lebasta el simple latido de su pulso, los apremios dela supervivencia, la lluvia de las apariencias, lo evi-dente, lo fugaz. Tiene que convertir todo eso en pro-blema, tras haberlo convertido en enigma durantela edad en que regían los mitos. Y la respuesta a eseproblema es un mundo, un ordenamiento suficienteaunque nunca completo y desde luego jamás defi-nitivo de lo que pasa y lo que queda, de lo que duray lo que se desvanece. En castellano decimos hacerseun mundo de tal o cual cosa cuando alguien magnificaexageradamente un obstáculo o una contrariedad.Pues bien, el hombre —el sujeto humano converti-do en problema para sí mismo— se hace todo unmundo de ese obstáculo, de esa contrariedad insal-vable que es el conjunto de la realidad. En este puntoel hombre se convierte en el émulo y la réplica delos dioses que él mismo ha propugnado con tantafecundidad a su imagen y semejanza: esos dioses oDios crean el mundo como realidad, y el hombre lohace suyo —es decir, humanamente habitable, aun-que sea en el terror y la perplejidad— como tramasimbólica inteligible, como concepción mental. Asílo señala Bernard Groethuysen en el prólogo de suobra cimera (La formación de la conciencia burguesa enFrancia durante el siglo XVIII, traducida al castella-no por José Gaos para el Fondo de Cultura Económi-ca): «La visión del mundo es, en este sentido, siem-pre y ante todo creación del mundo, modelación delmundo». Algo parecido aseguró Hannah Arendt res-
  • 73. ___________________ 82 _____________________pecto al conocimiento (en El pensar y las reflexionesmorales): «La actividad de conocer es una actividadde construcción del mundo como lo es la activi-dad de construcción de casas». El conocimiento glo-bal construye el mundo en el paso mismo de com-prenderlo: y lo hace habitable. Esta concepción del mundo entra una y otravez en crisis por causa de la inadecuación de los ma-teriales con los que se teje. No sabemos de qué estáhecho el mundo, aunque quisiéramos que estuviesecompuesto de voluntad divina deliberada para quede ese modo se nos pareciera un poco más. Ciertopersonaje de Shakespeare en La tempestad señala quelos humanos estamos hechos «del mismo materialdel que se hacen los sueños»; resultaría oportuno ycómodo que la realidad compartiese tal sustancia,pero todo parece indicar que no es así. Nuestras con-cepciones del mundo, esos mundos simbólicos crea-dos y modelados por los hombres para que resultenhumanamente habitables, tienen una textura dis-tinta a la del mundo mismo que tratan de aprehen-der. Concebir el mundo con ideas y palabras es algoasí como tratar de reproducir con lápiz y papel en for-ma de dibujo la sinfonía que estamos escuchando.¿Puede dibujarse la música? ¿Puede pensarse el mun-do? El resultado, en ambos casos, será mediocre o porlo menos notablemente arbitrario. En suma, revisable. La música sigue sonando, misteriosa, y el di-bujo que ha satisfecho a una comunidad durante unaépoca es corregido, retocado, borrado, rehecho. Asíuna y otra vez. En cada uno de esos bosquejos apare-ce el semblante de quien dibuja con mayor nitidezque el rostro inabarcable de lo real. Creo recordar quecierto poema de Borges propone una alternativa plau-
  • 74. ___________________83 __________________sible a las doctrinas tradicionales acerca de las re-compensas y castigos del Más Allá. Dice el poeta quelos pasos de cada uno de los hombres a lo largo de lavida trazan con sus meandros laberínticos un retra-to, quizá el propio de ese individuo o el de la múltipledivinidad: contemplado tras la muerte para siempre,ese rostro será para unos hombres infierno y para otrosparaíso. Pues bien, las concepciones del mundo tam-bién provienen del deambular polémico y afanosode la mente humana de cada época, cuya imagen an-tropológica representan con sus miedos y sus anhe-los. Pero no son eternas, sino que se interrumpen, sesolapan y se sustituyen unas a otras. Huéspedes siem-pre del incesante universo, para el que no existealternativa posible, los hombres mudamos al menosde concepción simbólica de lo real... ya que no po-demos mudar de realidad. Siguiendo este planteamiento, la tarea delfilósofo es doble: por una parte, contribuye a acuñary estilizar la concepción del mundo que estará du-rante cierto lapso de tiempo vigente; por otra, estu-dia el tránsito de esas sucesivas concepciones, sustransformaciones graduales o radicales, los elemen-tos nuevos que se incorporan al diseño y los que per-duran, más o menos modificados, como rastro dura-dero de las anteriores. Según señala Groethuysen enel mismo prólogo de la obra antes citada, «lo que elfilósofo ve, lo que interpreta, no es, en efecto, el mun-do sin más, sino justo ese mundo de que él y todoslos demás hombres de su tiempo son nativos: el mundodel espíritu, patria de todos ellos». Pero ese mun-do del espíritu, a su vez, revela antes que nada elperfil de los hombres que allí habitan. También se-ñala este aspecto Groethuysen, ahora en la intro-
  • 75. ___________________ 84 ___________________ducción a su Antropología filosófica y lo emparentacon la tarea de la literatura: «La filosofía de la vidacrea una imagen del hombre. Su esfuerzo por repre-sentar el hombre y la vida del hombre le emparentacon el poeta, incluso le asegura un lugar importanteen el desarrollo de la literatura mundial. Cierto quelo que es sólo imagen no podría bastarle. Unavinculación muy particular liga en él la representa-ción a la cosa vivida. Quiere comprender su vida y lade los demás hombres. Su representación es siem-pre de algún modo una respuesta a la pregunta: ¿Quiénsoy? y ¿qué es en general la vida? Es precisamente esolo que le convierte en filósofo. Y sin embargo todasu filosofía no cesa de referirse únicamente a la fi-gura humana bajo cuyos rasgos se representa a símismo o al hombre. Esa filosofía no existe más queen su relación con la vida». Tal fue la tarea que aprendió Groethuysende su maestro Dilthey, quien conceptualizó en laErlebnis esa aprehensión característica de la vivenciahumana cuya expresión y comprensión constituyeel asunto de las llamadas ciencias del espíritu. Setrata sin duda de una antropología a medio caminoentre la imaginación literaria y el rigor científico o,más bien, deudora de las aportaciones de ambas, pe-ro creadora de una perspectiva propia. En esta línea,Groethuysen no se limita simplemente a repetir lalección ilustre de Dilthey, sino que aporta un estilopropio que, por un lado, refuerza y destaca aún másla vertiente expresiva —literaria, por tanto— de laconstrucción antropológica y por otro refuerza suenlace con la objetividad histórica. En primer lugar, Groethuysen es más exis-tencialista que su maestro. Como él mismo señala: «Lo
  • 76. ___________________ 85___________________que importa no puede ser en todo caso más que elpunto de vista de quien interroga, la pregunta queel hombre se plantea a sí mismo, y no la forma deresponderla». Su antropología nunca quiso ser unmero catálogo de soluciones mejor o peor articula-das, sino la crónica de las inquietudes que las con-vocan. En las palabras introductorias del apéndicede su obra principal, donde reúne los sermones reli-giosos que han sido su principal material de trabajopara llevarla a cabo, señala su método y su propósito:«Debe dejarse la palabra todo lo posible a los hom-bres mismos de aquel tiempo, a fin de tener cons-tantemente presente en la conciencia la relación desu pensar y sentir con su vida individual y social yescapar al peligro de pretender reducir lo variabley múltiple de una manifestación social, multitudi-naria, del espíritu, al esquema de una sucesión deideas susceptible de ser considerada objetivamente».Lo que cuenta desde el punto de vista humano es lavida como problema, la perpetua problematizaciónde la vida que ninguna respuesta zanja definitiva-mente de una vez por todas. Tener la última palabraque todo lo aclara es propósito de la religión, mien-tras que la filosofía se empeña más bien en mante-ner siempre abierta la indagación acuciante. Estaperspectiva vital, existencial, le da a todos los estu-dios de Groethuysen su peculiar tono narrativo: lasuya es una antropología escrita en primera persona,en la que toman la palabra uno tras otro Platón ysan Agustín, Petrarca y Nicolás de Cusa, etcétera,siempre con su voz propia, ligada a la perplejidad,al sufrimiento o a la acción política. Hay mucho depoético en estas expresiones que no reniegan de lasubjetividad de la que brotan.
  • 77. ___________________ 86 ___________________ Pero junto a este refuerzo del elemento exis-tencial y literario frente al más abstracto esquema-tismo diltheyano, también hay en la antropología deGroethuysen un renovado anclaje en la objetividadcientífica. Le viene de su conciencia histórica, a la queno son ajenas ni las aportaciones de Marx (que mere-cieron a Dilthey menos consideración teórica) ni lasde Max Weber. En particular es interesante comparara la caza de semejanzas y divergencias La ética protes-tante y el espíritu del capitalismo de este último con Laformación de la conciencia burguesa de Groethuysen, so-bre cuyo proyecto tuvo evidente influencia. Mientrasque Weber alcanza sin duda un vuelo especulativo másalto y audaz, el admirable estudio de Groethuysen seatiene paso a paso a lo concreto, a lo testimonial, enun magistral ejemplo de historia de las mentalidades.Si Weber es el clarividente y polémico profeta delfundamento ideológico del capitalismo en la concien-cia religiosa, Groethuysen es el minucioso cronista delas raíces antropológicas del nuevo tipo de hombreque había de culminar históricamente en la Revo-lución Francesa. En su obra se combina la investiga-ción acerca del hombre como estudio de su procesosimbólico con una aguda conciencia de la temporali-dad social sin cuya noticia ese proceso resulta inin-teligible. Para comprender la nueva burguesía ilus-trada recurrió a las arengas ideológicas que le dirigíanlos pastores de almas, cada vez más desazonados por larebelión incipiente que desembocó en revolución; ennuestros días quizá hubiese estudiado el contenido delos concursos televisivos o de la publicidad para mos-trar la evolución que aleja de los ideales ilustrados alsujeto de la nueva sociedad de masas..., proceso quedesembocará aún no sabemos dónde.
  • 78. ___________________ 87___________________ Ahora se cumplen cincuenta años de la muer-te de Bernard Groethuysen, nacido en Berlín de pa-dre holandés y madre rusa, que estudió en Alema-nia con Dilthey y fue condiscípulo de Heidegger yJaspers hasta que la llegada de Hitler al poder le hi-zo instalarse definitivamente en Francia, donde fuemaestro de Malraux, de Jean Paulhan, de Francis Pon-ge y de otros no menos ilustres. A quienes hoy vivi-mos en una época donde se suceden vertiginosamentelos relatos microhistóricos y casi nadie se atreve aproponer paradigmas de mayor calado, su obra nosresulta a la vez nostálgicamente lejana y ejemplar-mente necesaria.
  • 79. Los caracteres del espectáculo Por lo que se desprende de la lectura de suúnico libro y de los escasos apuntes biográficos queconocemos sobre él, Jean de La Bruyére —de cuyamuerte se cumplieron trescientos años el mes demayo de 1996— padeció una dolencia poco fre-cuente entre los maestros literarios de la sátira, encuya nómina más bien acerba figura sin disputa: de-bió de ser muy buena persona. No se percibe en suspáginas la presunción del sabio contrariado, al queparece ofender personalmente la patente imperfec-ción del género humano, ni el regodeo certeramenteresentido de quien se venga del mundo y sus desde-nes por medio de la pluma, ni la turbulencia concu-piscente de los que castigan en los demás las debili-dades que torturan su propia carne o humillan suespíritu. Tampoco sabemos que hiciera ningún es-fuerzo por ganarse gracias a la admiración, el temoro el respeto que pudiesen inspirar sus sátiras la pri-macía social que se le negaba por falta de linaje o deriqueza. Como señala Pierre Sipiriot, «La Bruyérees uno de los raros polemistas que no pretende ha-cerse más poderoso que los poderosos maldiciéndo-les». Un detalle simpático, contado por uno de suscontemporáneos, le retrata: durante años estuvo alservicio de los príncipes de Conde en Chantilly, pri-mero como preceptor, luego como bibliotecario yfinalmente como huésped de buen consejo, pero se
  • 80. ___________________ 89 ___________________las arregló para hacerse impopular ante valedores taninfluyentes por sus constantes esfuerzos por evitartoda pedantería. Insistía en restar originalidad o én-fasis a su obra diciendo que «sólo se trata de pensary hablar como es debido (juste)». Le rodeó el escán-dalo, desde luego, pero sin que él condescendieraa hacerlo rentable ni negociara provechosamente consu mordacidad. Y sin embargo Los caracteres, el libro que au-mentó y pulió durante toda su vida, es cualquiercosa menos una obra plácida o complaciente: encie-rra en una de las prosas francesas más perfectas y va-riadas del Gran Siglo un contenido vendaval deindignación contra la injusta ridiculez de la socie-dad en que vivía. Denuncia tanto más eficaz porapoyarse en atinadísimas descripciones concretas demodos, modas y actitudes. El moralismo de su coe-táneo La Rochefoucauld se basa en un presupuestoteológico, de raigambre agustiniana pasada por Jan-senius: el de que cada ser humano se prefiere siemprea sí mismo incluso cuando parece sacrificarse porotro y ese pecado original de amor propio corrompecualquier esfuerzo virtuoso. La historia y la sociedadson consecuencias de tal grieta perversa en nuestracondición, no sus causantes. En cambio La Bruyére,cuyo pesimismo es menos quietista, considera queel devenir de la sociedad ha causado la corrupciónde costumbres en la que vive. Nuestra mala índoleno proviene de una caída prístina, sino que vamospoco a poco cayendo, aunque cada vez más acele-radamente. Y no todo el mundo cae del mismomodo, ni siquiera es forzoso que todo el mundo cai-ga: los artesanos honrados, la gente modesta y cari-tativa, los que rechazan filosóficamente las ilusiones
  • 81. ___________________ 90 ___________________monstruosas de la sociedad actual resisten en la pen-diente. Mientras La Rochefoucauld va directamentea la íntima motivación de las personas y desdeña en-tretenerse en lo circunstancial de los gestos que larevelan, La Bruyére es un excelente pintor de las apa-riencias. Porque ahí está precisamente el pecado enque nos movemos, el primado de la apariencia sobrela sustancia, pues son apariencias la riqueza y la po-breza, la virtud y el vicio, la grandeza y el mérito in-telectual. La sociedad entera se nutre de apariencias,las persigue, las aplaude y se pavonea en perpetuarepresentación: todo es espectáculo social, tal comotrescientos años más tarde proclamará famosamenteGuy Debord. Por eso la crítica moral no puede sermeramente abstracta e íntima como la de La Roche-foucauld, sino que debe concretarse en paradigmasreconocibles. La Bruyére retrata con destreza los prin-cipales títeres de la farsa, los prototipos que se ba-rajan una y otra vez en el escenario de los salonesencarnados por actores que se creen inconfundible-mente originales... Crea auténticos personajes y al-gunos de ellos, como el distraído Menalco, son ver-daderos clásicos del humorismo universal. Por esohay algo de teatral en el moralismo de este contem-poráneo de Moliere, aunque sea un parentesco deestilo y no de fondo: nada menos moralista, inclusomás inmoralista a veces, que la óptica aristocrati-zante y sólo por ello antiburguesa del burlón dra-maturgo. Lo curioso para el lector actual es repasar loscaracteres viciosos amonestados por La Bruyére. Unolos habría imaginado distanciados por un costum-brismo cronológicamente remoto y de pronto com-
  • 82. ___________________ 91 __________________prueba que son demasiado familiares. En el terrenosocial, La Bruyére denuncia a los individuos aliena-dos por el dinero, que sustituye a todos los demásvalores respetables y puede comprar la carrera polí-tica, la estima pública y la benevolencia de los po-derosos, mientras corrompe el matrimonio o el afectofamiliar. En ese clima en que sólo cuenta lo pecunia-rio, el rico y el pobre —representados por Gitón yFedón— son cómplices de la misma degradaciónde la relación humana, el uno con su satisfacción os-tentosa y el otro con su inseguridad envidiosa, mez-quina. Prevalece la ambición de ser más porque setiene más, de destacar por la moda indumentaria(«si el mérito de Filemón son sus vestidos, que memanden los trajes y que se queden con él»), la hipo-cresía domesticada de los cortesanos arribistas. Enel campo intelectual, arremete La Bruyére contra elliterato moderno, que escribe sobre cualquier cosa atoda prisa y sin competencia real, deteriorando elbuen gusto con su artificiosidad efectista, contrael reseñista, que se cree capacitado para juzgar críti-camente obras que no entiende, y contra el panfle-tario satírico, que vive de chismes, de calumnias yde denuncias partidistas supuestamente justicieras.¿No les suenan a ustedes todos estos prototipos? Entiempos de La Bruyére corrieron diversas claves queponían nombre y apellido a cada personaje caracte-rizado: pero también hoy mismo podríamos jugar aidentificar en nuestro entorno estas caricaturas cen-soras... de hace tres siglos. La vigencia de la tipolo-gía y sobre todo de Informa de mirar de La Bruyére hadespertado la admiración y hasta el plagio de excelsoscostumbristas posteriores como Flaubert o Prousty neomoralistas como André Gide.
  • 83. ___________________ 92 ___________________ En ciertos aspectos, La Bruyére fue conser-vador, incluso reaccionario si se quiere. Su discursode entrada en la Academia fue un provocador enco-mio de la literatura del pasado, que soliviantó lasburlas del partido de los modernos como Fontenelie oThomas Corneille, originando una larga y recurrentepolémica. Defendió las creencias religiosas tradi-cionales y atacó a los esprits forts que preludiaban lasirreverencias enciclopedistas futuras, con argumentosdoctrinales que hicieron comentar a Voltaire «cuan-do habla de teología, La Bruyére está por debajo in-cluso de los propios teólogos». Fue monárquicoferviente y escamoteó a su príncipe de toda crítica,convirtiéndole en una advocación melancólicamenteimpune de una providencia cuyo reino no es de estemundo. Y sin embargo, en muchas ocasiones no sólose adelantó a los ilustrados, sino que fue más allá quela mayoría de ellos en sinceridad humana social-mente dolorida. Por ejemplo, su repulsión ante losprocedimientos brutales de la ley («dejando apartela justicia, las leyes y demás necesidades, se me hacesiempre cosa nueva contemplar con qué ferocidadunos hombres tratan a otros hombres»), su apuntedel gran señor que al salir de una espléndida comidabien regada firma un decreto que podría arruinar atoda una provincia («¿cómo va uno a concebir, en laprimera hora de la digestión, que haya gente mu-riéndose de hambre en algún sitio?»), su conviccióncosmopolita («la prevención del país, unida al orgu-llo de la nación, nos hace olvidar que la razón es cosade todos los climas y que se piensa como es debido entodas partes donde hay hombres»). También escribió estas líneas, que resu-men la perspectiva de su mirada implacable y justa:
  • 84. ___________________ 93 ___________________«El pueblo no tiene ingenio y los grandes no tienenalma: aquél tiene buen fondo y no tiene apariencias,éstos no tienen más que apariencias y simple su-perficie. ¿Hay que optar? Pues no vacilo: quiero serpueblo». Es el primer trueno, grave y sobrio, de latormenta revolucionaria que tardará un siglo enestallar.
  • 85. Cándido: el individuo sale de la historia «/ have a Garden of my nwn » (ANDREW MARVELL) Autor de una obra inmensa —algunos dirándesmesurada—, Voltaire es sin embargo uno de losclásicos cuya creación literaria es menos releída fue-ra de los circuitos académicos. Se vuelve de vez encuando sobre sus panfletos malintencionados y ner-viosos, a veces irresistiblemente cómicos; se recuperasu Diccionario filosófico, su extenso y conmovidoalegato en favor de la tolerancia, sus diatribas contralos fanáticos religiosos, contra las guerras, contra latortura o el racismo: es natural, porque sus enemi-gos siguen siendo los nuestros aunque los siglos ha-yan cambiado algunos nombres y muchas direccionesde quienes fueron destinatarios de sus dardos. Losaficionados a la historia continúan frecuentando Elsiglo de Luis XIV o el Ensayo sobre las costumbres y so-bre todo su correspondencia monumental, porqueconstituye el mejor fresco posible —a la vez ambi-cioso en su contorno y detallista hasta la minucia—de la vida cotidiana en el que mereció ser llamadosiglo de las luces. Por encima de todo, volvemos una yotra vez sobre la figura misma de Voltaire, el primerintelectual, combativo y pacífico, rencoroso y noble,cáustico y compasivo, presa de las pasiones y ena-morado del razonamiento: un paradigma de la mo-dernidad más que su mentor, a la par inquietante ynecesario. Lo dejó muy bien dicho en pocas líneasHeinrich Mann: «Voltaire, como la esperanza de la
  • 86. ____________________95___________________humanidad, se hunde en los estratos profundos desu pueblo, que no saben nada acerca de su cultura,que nada saben tampoco acerca de sus carencias y desus límites, y para los cuales él es siempre la libertadmisma». Pero ¿dónde ha quedado toda la producciónteatral y narrativa de Voltaire, sus poemas, sus fic-ciones didácticas, en suma: el grueso de su obra y loque le conquistó antes que nada el aprecio de suscontemporáneos? En su inmensa mayor parte, todoeso está ya olvidado salvo por los especialistas; un pu-ñado de obras breves, sin embargo, o de fragmentosde obras, siguen siendo estudiadas habitualmente enlos cursos medios y superiores de lengua francesa. Porúltimo hay tres o cuatro cuentos o novelitas brevesque los aficionados a la lectura sin blasón académicoaún degustan por puro placer: Candide, Zadig, Mi-crómegas y alguna otra. ¿Nada más? Nada más. En suestruendoso canon occidental, Harold Bloom sóloincluye los dos primeros cuentos citados, junto a lasCartas desde Inglaterra y el poema sobre el terremotode Lisboa. Por cierto que Bloom no cita más que dosveces a Voltaire y en ambas ocasiones como críticode Shakespeare, aunque sin mencionar que fue suprimer introductor en Francia. En cualquier caso,ya sabemos que la especialidad del crítico america-no suele ser subrayar obviedades a cañonazos... No creo que este decantamiento del juiciode la posteridad sea fundamentalmente equivocado.Voltaire es un gran escritor aunque no un gran au-tor de ficciones. Le gusta crear personajes, inclusodemasiados (¡Occam le reprocharía multiplicar losentes sin necesidad!), pero rara vez logra dotarlos deun espesor psicológico mínimamente convincente.
  • 87. ___________________ 96 ___________________Las anécdotas y los incidentes argumentales de suspiezas también son variadísimos y con frecuencia muyingeniosos, aunque dan cierta impresión de delibe-ración excesiva y traslucen cierto abuso de cálculopedagógico o retórico: Voltaire es siempre demasiadointencionado para resultar buen narrador. Su mundoes por demás ordenado incluso cuando trata de re-producir lo caótico y apasionado de la existencia hu-mana. Sus personajes y sus tramas son constantemen-te ejemplos de algo, carecen de altibajos fortuitosy siempre dicen, pero nunca logran sugerir. WalterBenjamin señaló la ambigüedad como característicade la buena narración y Borges apostilla que los me-jores autores del género logran contar sus historiascomo si no las entendiesen del todo. Ninguno deestos dos criterios corresponde a la invención volte-riana, perceptiblemente dueña de sí misma en todossus detalles y clara tanto en planteamientos como enconsecuencias... aunque la consecuencia obtenidasea la confusión del mundo. Además, la búsquedapermanente de elegancia y buen gusto según crite-rios neoclásicos prohibe a Voltaire ese dejarse ir queconstituye el atractivo de Shakespeare o de Sterneen sus mejores obras. Sin embargo, aunque cada una de las obrasde ficción de Voltaire en la gran mayoría de los ca-sos no acaben de convencernos literariamente y pro-porcionen hoy al lector eventual un placer menosque moderado, su conjunto no puede dejar de suscitaradmiración. Como ha dicho Rene Pomeau, máximaautoridad en la materia, se trata de una auténtica co-media humana en la que se pasa revista a todos lospaíses, todas las épocas y todas las costumbres imagi-nables. Es increíble lo vasta y punzante que fue la
  • 88. ___________________97 __________________curiosidad de Voltaire. Pese a compartir con la ma-yoría de su siglo un eurocentrismo básico, su inte-rés por conocer lo remoto en el tiempo y en el espa-cio no se agota jamás. Su deseo hubiera sido pintar atodos los hombres y mujeres, sus gustos, sus capri-chos, sus raciocinios y supersticiones, sus costum-bres. A otros les fascina lo exótico como parte de loinsólito; a Voltaire lo que le interesa mostrar es quenosotros nos admiramos con sorpresa de lo que esrutina de muchos. Aún más: de lo que en el fondocoincide con la rutina de pasiones, codicias y te-mores que también nosotros practicamos. Simplifi-cando al máximo, Voltaire llega a la conclusión cos-mopolita por excelencia, la de que en todas partescuecen habas... incluso donde no hay habas o está prohi-bido comerlas. Pero esa convicción final no mitigasu interés por conocer los detalles peculiares y losmúltiples escenarios que rodean, como él mismo di-ce, a la representación en todas partes de la mismatragedia. Sus dramas y sus relatos pueden carecer deprofundidad en los análisis, pero nunca les falta in-quietud por la variedad circunstancial de la peripe-cia humana ni el propósito de abarcarla del modo máscompleto posible. A veces peca por abigarrado y re-ductor, pero no sabe ser localista. Los siglos, nuestroplaneta, incluso las estrellas y mundos más lejanos,todo se queda pequeño o todo resulta próximo parasu impaciente vivacidad peregrina. No hay nadiemenos pueblerino que Voltaire porque, si bien cre-yó ocupar el centro del mundo como nos suele pasara todos, al menos estuvo seguro de que dicho centropodía desplazarse junto con él. Solamente en un punto Voltaire consiguióque la posteridad haya sido unánime respecto a él:
  • 89. ___________________98 ___________________Cándido o el optimismo es su logro literario supremoen el campo de la ficción. Se trata de una obra demadurez puesto que la escribió en 1758, habiendorebasado ya los sesenta y cinco años de edad, y nodejó de retocarla prácticamente hasta el final de suvida. En Candide no sólo se da la plenitud de su esti-lo —uno de los más depurados y también inconfun-dibles de su tiempo—, sino la quintaesencia intelec-tual de la experiencia de una vida singularmente ricaen peripecias y conocimientos. También el género delcuento filosófico corresponde particularmente bienal arte volteriano, que exige brevedad —requisitode la malicia— y moraleja intelectual (a Voltaire legusta escribir siempre para actuar, para interveniren la organización social). Pero sobre todo Candidegoza de un especial estado de gracia, de una anima-ción jubilosa y feroz, de una fuerza sublevada quefinalmente se resigna a resignarse, pero sólo —comodiría el lobo del cuento— para rebelarse mejor... Estradición que el relato se escribió en pocos días y yono lo pongo en duda porque hay en él tanta endia-blada velocidad —como bien señaló ítalo Calvino—que resulta inimaginable una elaboración tediosa-mente prolongada. Hay escritores que tienen prisapor demostrar que son geniales, pero Voltaire de-mostraba que era genial sólo cuando tenía prisa. La segunda parte del título dice ... o el opti-mismo. Suele señalarse siempre como uno de los ras-gos característicos de la Ilustración su optimismometafísico y sobre todo social, lo que dos siglos ymuchas conflagraciones sanguinarias más tarde seha prestado a todo tipo de reproches burlones o do-loridos. Sin embargo el optimismo ilustrado, al me-nos el de los más notables representantes de la bata-
  • 90. ___________________ 99 ___________________lla de las luces (como Voltaire, Diderot y no digamosRousseau), no es beato ni ingenuo sino crítico, hastasuspicaz y más orientado a tonificar la militanciaque a repantigarse en el conformismo. Particular-mente Voltaire no puede ser adscrito sin reservas aningún triunfalismo optimista, ni en lo tocante a lospoderes de la razón, ni en lo referente a los límitesde la perfectibilidad humana —a su juicio bastanteestrechos— ni desde luego en cuanto a su cosmolo-gía. Basta para comprobarlo releer su poema sobre elterremoto de Lisboa, su Zadig o Los viajes de Scarmen-tado. Y por supuesto Candide: precisamente uno delos textos más emblemáticos de la Ilustración es unasátira del optimismo. Cuando Cacambo le preguntaa Cándido qué es el optimismo, obtiene la siguienterespuesta: «Es la manía, ay, de sostener que todo es-tá bien cuando se está mal». Voltaire no puede serhonradamente acusado de haberse dejado llevar pordicha manía, entre otras cosas porque hubiera para-lizado su afán combativo y regeneracionista. Lo únicoque puede decirse de Voltaire es que estuvo aún máslejos de la desesperación que de la beatería que todolo encuentra bien o en vías de llegar a estarlo. La mayoría de los cuentos filosóficos volte-rianos confrontan las doctrinas librescas con los cono-cimientos que aporta la experiencia vital. Los pro-tagonistas, sean Zadig o Memnon, se decepcionanmás bien antes que después de las grandes teoríastradicionales que glorifican la secreta armonía uni-versal. Incluso aunque sea un ángel quien se les apa-rece para intentar convencerles de lo positivo delrumbo cósmico, como sucede a los dos antes citados,ellos se fían mejor de las dolorosas lecciones empíri-cas brindadas por la vida. Aquí radica una diferen-
  • 91. ___________________ 100 __________________cia fundamental entre Voltaire y pensadores de suépoca más conservadores, como Pope. Según el poetainglés, es el orgullo lo que impulsa al hombre arazonar contra dogmas de fe oscuros pero en partenecesarios; para Voltaire, en cambio, los motores delraciocinio son el dolor y la dirá necessitas, la cruel ne-cesidad que sólo puede ser compensada por la claracomprensión de sus leyes nada indulgentes. Lejosde una manifestación de soberbia, el aprendizaje ra-cional que descree de la tranquilizadora mitologíade nuestros mayores proviene de la escarmentada hu-mildad ante lo real. A fin de cuentas, es en este pun-to donde Voltaire zanjará la disputa entre los anti-guos y los modernos, porque el verdadero debate seplantea entre los modernos que piensan como losantiguos y los modernos que han aprendido a pen-sar por sí mismos, a partir de su concreta experien-cia histórica. De todos los protagonistas de relatos volte-rianos, Cándido es el más imperturbablemente fiela la lección aprendida en su adolescencia. Como hasido adiestrado para no pensar nunca por sí mismo,se asombra de quienes lo hacen, pero también sientefascinación por ellos. De aquí su vinculación a Mar-tín y la atención, no por escandalizada menos aten-ta, que muestra en cada lugar a los denostadores delorden universal. Sin embargo Cándido no va a susti-tuir el sistema de la teodicea leibniziana que le en-señó Pangloss por otra doctrina omnicomprensivamás acorde con las revelaciones despiadadas que le vanhaciendo los acontecimientos de su vida. Sencilla-mente irá relegando el optimismo filosófico al limboque corresponde a toda teoría demasiado ambicio-sa que pretende conocer la clave oculta del devenir
  • 92. ___________________ 101 _________________universal. Conservará en cambio un cierto optimis-mo mitigado, ligado directamente al ejercicio abar-cable de las tareas cotidianas. No es posible justifi-car todo lo que ocurre, pero es posible y aconsejablelegitimar racionalmente lo que hacemos día a díapara conservarnos, evitando con prudencia los ma-les más evidentes. En una ocasión, ya a finales delrelato, Cándido pregunta a Martín: «¿Pero entoncescon qué fin ha sido creado el mundo?». Y Martín leresponde: «Para hacernos rabiar». Cándido no repli-ca, pero en silencio decide que tampoco rabiará, por-que rabiar es tan inconsistente como loar la armoníauniversal. Quizá la verdadera originalidad de Candidees mostrar por primera vez a un individuo humanoque se sustrae a la obligación avasalladora de lahistoria. Los protagonistas de los relatos del pasado,fuesen héroes o príncipes, actuaban como agentesdestacados del decurso histórico y de sus altos de-signios, encarnado en sus figuras. Los personajes dela narración picaresca, por su parte, maniobraban enlos intersticios de la historia, sin confirmarla ni des-mentirla, como parásitos astutos de su proceso gran-dilocuente. Pero pudiera ser Cándido la primera cria-tura literaria que comienza su peripecia convencidode que debe sostener ideológicamente el devenir delos sucesos mundiales y la armonía que coordina elcosmos natural y el social, para después irse pocoa poco desvinculando de tan ambiciosa pretensión.Cándido padece guerras, sufre inquisiciones, fatigalos países y los mares, causa muertes y recibe heri-das: incluso es huésped y beneficiario eventual deEldorado, es decir, de la utopía (un lugar entre losdemás, porque la imaginación anhelante contribuye
  • 93. ____________________102 ______________también a la cartografía irónica del mundo que ha-bitamos). En todo momento se esfuerza por con-servar el entramado dogmático que absuelve a losacontecimientos y los bendice contra toda eviden-cia. Pero paulatinamente, con lágrimas y sobresaltos,va perdiendo... ¿la inocencia o la candidez? No: laarrogancia historicista que quisiera coordinar en unaúnica trama inteligible, basada en la ponderación oel denuesto, el caos azaroso de sucesos en que nosmovemos y somos. Al final del relato, Cándido noabandona la acción que mejora y aprovecha lo queestá a nuestro alcance —como Voltaire, conoce la in-genuidad del optimismo juvenil, pero no esa otraingenuidad peor y senil: la desesperación—, sino lapresunción teórica que vincula cada acto individualcon la voracidad del delirio justificador que no dejacabos sueltos. De antemano, Cándido deserta de lavocación unánime hegeliana que prolongará la teo-dicea leibniziana pocas décadas más tarde. Y se re-signa al ideal casero y descaecido, Cunegunda, per-tinaz Dulcinea retrasada y dudosamente límpida deeste discreto don Quijote que no necesita morir pa-ra volverse definitivamente cuerdo.
  • 94. Expediente Wells Unos científicos americanos acaban de des-cubrir indicios de vida en Marte precisamente cuandose cumplen cincuenta años de la muerte de HerbertGeorge Wells, que introdujo la sombra amenaza-dora de los marcianos en la imaginación universal.Poco antes, a comienzos de verano, se estrenó conenorme éxito Independence Day en todas las pantallasgrandes, pequeñas y medianas de los EE UU. La pe-lícula, dotada de un guión políticamente correctoy patrióticamente entusiasta de imbecilidad modéli-ca, narra el catastrófico asalto de los marcianos alplaneta tierra —representado por su antonomasia, Es-tados Unidos— y su derrota final a manos del audazlíder que pernocta en la Casa Blanca. En la historiaoriginal, los invasores doblegaban todas las defensashumanas para perecer finalmente por obra de los hu-mildes microbios que protegen nuestra atmósfera;Independence Day sustituye a los virus mefíticos porel presidente y los muchachos del Pentágono, conacierto irónico sin duda involuntario. Está visto quelos yankis, más infantilmente autoafirmativos cuantomás civilmente retrógrados, se han empeñado en re-forzar el peor diagnóstico crítico de Vicente Verdúen su ensayo El planeta americano... He mencionado la historia original y serájusto recordarla de nuevo. Los exégetas fílmicos deIndependence Day han señalado como precedente La
  • 95. __________________ 104 ___________________guerra de los mundos de George Pal (1953), por lo co-mún sin decir que es abrumadoramente superior enemoción humana y originalidad visual a la películade hoy. Los más eruditos se han remontado al serialradiofónico del mismo título que causó un pánicofamoso a finales de los años treinta y comenzó la mere-cida celebridad de Orson Welles. Pero no fue Wellessino Wells quien patentó esta fábula aterradora y elorigen no está en una película ni en un guión radio-fónico, sino en una novela genial publicada en 1897.Bertrand Russell elogió la maestría con que Wellsdescribe en ella las reacciones de la multitud aterra-da por el ataque de un enemigo aparentemente in-vulnerable dotado de armas de destrucción masiva:la huida ciega, el desesperado heroísmo, la quiebra delos valores convencionales y la rutina social, el refugioen la oración o la orgía, etcétera. ¡Todo esto, escrito alas puertas del siglo en el que había de escenificarsedemasiadas veces esa tragedia aún inédita! La guerra de los mundos pertenece a la primerahornada literaria de H. G. Wells, cuando con ape-nas treinta años escribió una rápida sucesión de ma-ravillas que fascinó al público de la época: La má-quina del tiempo, La isla del doctor Moreau, El hombreinvisible (ensalzada por alguien tan reacio al enco-mio como Vladimir Nabokov), Los primeros hombresen la luna, Cuando el durmiente despierta... No son nimucho menos simple literatura de entretenimiento,aunque es difícil encontrar nada más entretenido.Para calibrar su rango basta compararlas con lasnovelas de Julio Verne, como hicieron los contem-poráneos: el simpático romanticismo del francés in-venta expediciones y aparatos que amplían las posi-bilidades de la aventura individual, mientras que
  • 96. ___________________ 105__________________Wells dedica su imaginación a pergeñar parábolassociales complejas y temibles. A Verne le apasiona loque los hombres pueden llegar a hacer con las cosas;Wells se interesa por lo que, a través de su dominiode las cosas, pueden hacerse unos a otros. Sea el viajea la luna, por ejemplo: el escritor francés dedica mu-chas ingeniosas páginas en De la tierra a la luna adescribir el cañón gigante que disparará el proyectiltripulado hacia nuestro satélite y calcular su trayec-toria, los efectos de la pérdida de la gravedad terres-tre, etcétera, mientras que los protagonistas debencontentarse con diseños arquetípicos y psicológi-camente planos; en Los primeros hombres en la luna,Wells no pierde el tiempo con minucias técnicas(postula una sustancia que repele la gravedad, la ca-vorita, tal como Cyrano dotó a su viajero de botellasllenas de rocío, que antaño se creía atraído por laluna) para centrarse en un sombrío alegato antiim-perialista y en la cruel traición de una amistad. Lageneración que hoy se deleita con Expediente X debesaber que las fábulas críticas de Mulder y Scullyprovienen directamente del estilo con el que H. G.Wells abordó la ciencia-ficción. Wells fue un gran novelista, a mi juicio unode los mayores de la historia del género, y no sólodestacó en lo fantástico, sino también por sus exce-lentes retratos de personajes de clase baja y medialuchando por hallar acomodo modestamente feliz enla sociedad implacable que conocemos demasiadobien (Kipps, Mr. Polly, El amor y el Sr. Levisham, TonoBungay...), así como en intentos de la siempre vi-driosa novela de ideas, algunos tan logrados como Lainvestigación sublime. En uno de sus relatos más cu-riosos y menos conocidos, Star Begotten (Progenie este-
  • 97. __________________ 106___________________lar), una serie de personas concibe una idea fantásti-ca —la de que supuestos marcianos estén alterandolos genes de recién nacidos con rayos cósmicos— ytal conjetura acaba por alterar de hecho su realidadvital. Pero él quería ser algo más que un novelista: unreformador social, un guía ideológico para la nuevaera tecnológica y masificada que los hombres abor-daban. En una palabra, un utopista. Como todos losmiembros de este gremio enérgicamente pedagógi-co, sentía viva impaciencia por la abulia desordena-da de los humanos, su cortedad de miras y la obtusasumisión ante prejuicios del pasado. Provenía de unmedio familiar muy humilde, era prácticamente au-todidacto y estaba convencido de que la determina-ción personal, ilustrada por la ciencia y animada porel tesón, puede derrotar a las convenciones gregarias.De ahí que acometiese una serie de relatos ensayísti-cos sobre la organización deseable de la sociedad ve-nidera. El primero de ellos y el que mejor resume elespinazo ideológico de toda su obra fue Anticipa-ciones, que apareció en 1901. Según Wells, los reinos y democracias tradi-cionales estaban ya moribundos y era preciso trazarel perfil de la Nueva República que los sustituiría aescala mundial. Iba a estar dirigida por una nuevaraza de hombres, unos samurais (así los llamó luego,supongo que para deleite del general Galindo) sinescrúpulos burgueses, dispuestos a limitar las liber-tades públicas y acabar con el desorden reinante. Laeducación controlada dirigiría las mentes y la inge-niería social reforzando la homogeneidad racial parahacer desaparecer las criaturas débiles, feas, perezo-sas o ineptas. Las razas inferiores —negros, amarillosy «esas termitas del mundo civilizado», los judíos—
  • 98. ___________________ 107 _________________tendrían que dejar de procrear, por las buenas o porlas malas. El suicidio de las personas presas de incu-rable melancolía o cualquier otra grave disfuncióndebería ser considerado como un gesto de altruis-mo social. «El mundo —subraya innecesariamenteWells— no es una institución caritativa»: para quelo mejor de la civilización se salve y progrese, hayque sacrificar sin contemplaciones el resto. Antici-paciones fue acogido por el pensamiento avanzado dela época con entusiasmo o al menos reverencia. Elfundador del socialismo fabiano, Sidney Webb, loproclamó su libro favorito del año y Arnold Bennettlo saludó con admiración levemente estremecida.Sólo algunos reaccionarios se atrevieron a disentir:el joven Chesterton consideró la obra «aterradora,incluso horripilante» y Conan Doyle, hablando poruna vez también como médico, dijo que «cualquieraque sepa algo de ciencia y medicina sabe que eselibro es basura mental; cualquiera que tenga huma-nidad sabe que es horrible». Décadas más tarde, Al-dous Huxley escribió Un mundo feliz directamentecontra otro de los proyectos futuristas de Wells, Elalimento de los dioses. Quienes hoy deploran sentida-mente el hundimiento de todas las utopías debe-rían recordar de vez en cuando la urdimbre inhuma-na con la que se tejieron los sueños radicales de estesiglo... En el cóctel ideológico de Wells se mezcla elmarxismo elemental con el darwinismo y la euge-nesia, pero probablemente lo que le hizo irresistiblepara tantos paladares de su tiempo fue otro ingre-diente: la anticipación del impacto político y socialde inventos apenas esbozados. Cuando el auto era po-co más que una atracción de feria, Wells escribió sobre
  • 99. __________________ 108___________________anchas autopistas por las que circulaban enormescamiones transportando mercancías; antes de que losprimeros aviones fueran una realidad efectiva, hablóde la importancia de la aviación e hizo a sus samu-rais aviadores como antaño otros dirigentes de élitefueron jinetes; en El mundo liberado, publicado en 1914,describe el colapso del orden social a causa del usode bombas atómicas en una guerra que comienza conla invasión de Francia por Alemania a través de Bél-gica y también que la invención de un motor atómi-co aumentará el paro de forma catastrófica allá por1956. Años después, en La forma de las cosas que ven-drán (1933), predice una guerra mundial que co-menzará en 1939 y en la que Alemania e Italia con-quistarán Europa occidental, mientras que la orientalse hace toda comunista; Japón seguirá intentandoapoderarse de China y por ello se enfrentará a Esta-dos Unidos en una batalla que perderá, etcétera. Pa-radójicamente, H. G. Wells tuvo a menudo más vi-sión para el futuro que para el presente. De su visitaa Stalin para hacerle una entrevista (publicada hacepoco por el dominical de El País), sacó esta impre-sión: «Nunca he hallado un hombre más cándido,limpio y honrado y son estas cualidades, no algooculto y siniestro, lo que le garantiza su tremendaascendencia indiscutida sobre Rusia». En los años cuarenta, su magisterio ideo-lógico había ya terminado. Desde tiempo atráspadecía ya la dolencia que él mismo había diagnos-ticado: «El hombre de letras lleva consigo, en sucabeza, una colección de útiles cortantes: su voca-bulario. Y a veces le sucede que se corta él mismo».Durante los bombardeos alemanes se negó a aban-donar su casa en el centro de Londres y desafió al
  • 100. ___________________ 109 _________________destino en Hanover Terrace, tomando té y leyendolos periódicos. Pero estaba poseído por un pesimis-mo atroz. Sus últimos pensamientos aseguran que«nuestro universo está en total bancarrota: no dejaningún dividendo... Cualquier intento de trazar unalínea de conducta es absolutamente fútil... Otrasespecies han acabado su historia con dignidad, ama-ble y generosamente, no como borrachos cobardes enun laberinto o como ratas en un saco. Pero es cues-tión de predilección individual que cada cual deberesolver por sí mismo». El territorio del futuro, quetanto exploró, cerraba por derribo. Se le diagnosticóun cáncer. El 13 de agosto de 1946, sentado en lacama, pidió a la criada un pijama limpio. Cuandoella le preguntó si necesitaba algo más, repuso: «No,siga usted, tengo ya de todo». Media hora más tardeHerbert George Wells, primer cronista de la guerrade los mundos, había pasado definitivamente a en-grosar el parte de bajas.
  • 101. La derrota de Julien Benda De cuantos intelectuales han ejercido unmagisterio influyente en la Europa de nuestro siglo,quizá no haya ninguno cuyas enseñanzas hayan sidotan conspicuamente abandonadas hoy como las deJulien Benda. Y sin embargo, según hizo constar sulúcido admirador José Bianco, «durante veinte añosJulien Benda ejerció un verdadero episcopado en laNouvelle Revue Frangaise, junto a Gide, Valéry, Clau-del, Alain, Suarés». Fue en el período de entregue-rras; después de la segunda gran contienda mundialsu prestigio comenzó a difuminarse, pero todavíacon ocasión de su muerte —en 1956, casi nonage-nario— Sartre le elogió desde la cima crítica queentonces ocupaba: «Vamos a echar en falta su vigi-lancia». Lo cierto es que ya estaba prácticamenteolvidado y sólo el título del más célebre de sus li-bros, La trahison des clercs (que con cierta inexactitudpuede traducirse como La traición de los intelectuales),flota aún por catálogos y bibliografías tras el naufra-gio del resto de su obra. Benda siempre fue no sólo polémico, sino tam-bién particularmente incómodo: sus adversarios tu-vieron que admirar la vivacidad de su estilo y su ima-ginación dialéctica, mientras que sus partidariosnunca pudieron aceptar del todo la radicalidad pa-radójica de las ideas que exponía. Fue maestro en elarte delicado de suscitar antagonismos. Su propia
  • 102. ___________________ 111 __________________figura los encierra y no pequeños: paladín de un in-telectual históricamente desencarnado y abstracto,por encima de toda toma de partido sectaria, batallócon denuedo en las grandes confrontaciones quedividieron a la época, desde el asunto Dreyfuss alCongreso de Intelectuales Antifascistas, adoptandoincluso posiciones tan controvertibles como su apoyoen 1949 a la farsa de los procesos de Moscú. Quiso serfrío, exacto y científico en sus argumentaciones, perolo más memorable de ellas es el apasionamiento sa-biamente retórico con que las razonó y lo desconcer-tante y a menudo caprichoso de la erudición queadujo en su apoyo. Una vez comentó que su sueñosería llevar una vida espiritualmente ascética en unmedio confortable: «Leer la Imitación de Cristo enun buen cuarto del Ritz». Pero no hizo ninguna con-cesión a lo populista o trivial a fin de recabar fondoscon los que financiar ese ideal. Se consideraba a símismo un intelectual de izquierdas y en cierta oca-sión comentó con razón las desventajas que para eldía a día de la notoriedad supone esa adscripción: «Elescritor de derecha no es sólo aprobado por sus parescon los ojos cerrados; por poco mérito que tenga, esexaltado por ellos con una atención y constancia deque el escritor de izquierda, con el mismo valor, estálejos de encontrar su equivalente cerca de sí (...). Asípodrá Bainville, durante veinte años más, repetir lu-gares comunes sin perder un solo lector, mientras queyo estoy condenado hasta el fin de mis días, si quieroguardar los míos, a tener ideas». Escribió estas líneasen 1930: a partir de entonces hemos llegado a fami-liarizarnos con un tipo de escritor de izquierdas alque se le puede aplicar el mismo comentario que elhonrado Benda reserva aquí para su adversario... a no
  • 103. ___________________112 __________________ ser que semejante modelo literario y el público que reiterativamente le alaba pertenezcan a la derecha eterna de la que habla Benda, aunque episódicamente travestida de izquierda. En realidad careció de discípulos y de inter-locutores (aunque no de imitadores: forman legiónquienes han querido o aún quieren reinventar el éxitode La trahison des clercs aplicando la fórmula censoraa uno u otro gremio) y quizá en eso mismo estriba lafascinación que ejerció sobre varios de sus más dis-tinguidos contemporáneos. El último número de laexcelente revista valenciana Debuts le dedica un dos-sier donde pueden leerse testimonios agridulces deAndré Gide, Walter Benjamin o Norberto Bobbio.Y no es del todo descabellado imaginar que si algu-no de sus libros pudiera ser encontrado ahora fuerade las librerías de viejo, quizá alcanzase una relativanotoriedad: la de sostener las ideas más desvergon-zadamente opuestas a las hoy mayoritarias que que-pa concebir. No me refiero a que Julien Benda seapolíticamente incorrecto, sino a que resulta políti-camente incomprensible, que es un pecado muchomás grave y la derrota definitiva ante el espíritu deeste siglo. Un fracaso que Benda previo y del que seenorgullecía, a juzgar por la carta que escribió en susúltimos años a un par de directores de revistas lite-rarias: «Mi sombra le quedará infinitamente gratasi puede usted conseguir que mis colegas no me de-diquen artículos necrológicos. Sólo he conocido, decasi todos ellos, hostilidad, malevolencia sistemáti-ca. Deseo que continúe ese tratamiento de favor y noquiero sufrir los miramientos hipócritas, hasta lospequeños elogios que las conveniencias les impon-drían necesariamente».
  • 104. ___________________ 113 __________________ Me hago estas consideraciones releyendo suDiscurso a la nación europea, respuesta en parte a losdedicados el siglo anterior por Fichte a la naciónalemana. El librito fue publicado en 1933 —nonecesito subrayar la importancia de la fecha— y res-ponde a una vocación europeísta ligada a su propiaidea del intelectual: el retrato de Erasmo siemprepresidió sus diversos cuartos de trabajo. Sin embargo¡qué remota y casi fantástica nos resulta la Europaque reclama Julien Benda! Algunos de nosotros po-demos simpatizar bastante con su antinacionalismo,expresado con virulencia casi profética: «Intelectualesde todos los países, debéis recordar a vuestras nacio-nes que están perpetuamente en el mal por el simplehecho de que son naciones... Plotino se avergonza-ba de tener un cuerpo; vosotros debéis avergonzarosde tener una nación... Atraed con todas vuestras fuer-zas el ridículo sobre la pasión nacionalista». Pero sólolos muy audaces le seguirán por aquí hasta las con-secuencias que le parecen evidentes. Nada reveren-cia tanto nuestra época como las diferencias entreculturas (o más bien, entre simples costumbres) y ladiversidad de sacrosantas identidades, cada una delas cuales cuenta con celosos adalides y administra-dores que defienden el distinguo porque en ello les vael poder; pues bien, Julien Benda previene contraesta proliferación de interesados narcisismos: «Cons-tructores de Europa, no os engañéis: todos los secta-rios de lo pintoresco están contra vosotros». ¡Pero esque un mundo del que se desvanece el pintoresquis-mo multiforme será mortalmente monótono! Me-jor, dice Benda: «Europa será seria o no será. Será mu-cho menos divertida que las naciones, las cuales lo sonya menos que las provincias». ¿No perderemos en-
  • 105. __________________ 114___________________tonces la calidez de lo entrañable, de lo hogareñoy nutricio? Necesariamente, concluye implacable:«Ahora tenéis hogares, esposas, hijos, bienes, ren-tas, colocaciones. Estas cosas... os ligan a vuestrasnaciones, os hacen solidarios con su suerte. No es asícomo haréis Europa. Europa es una idea. La haránlos devotos de la Idea, no los hombres que tienenhogar». Toma ya. Para ser justos, hagamos notar que Benda nose opone a la diversidad misma de lo pintoresco (que,como cualquier persona sensata, considera inevita-ble y perpetua), sino a la complacencia en ella, a subeatificación como la expresión más alta de lo hu-mano. Porque en cambio para él la más alta cota delo humano es el concepto, cuya inmaterialidad abarcalas diferencias en la unidad que las trasciende, no lasensibilidad que se regodea en el polimorfismo ma-terial de las apariencias. La ciencia se sitúa así porencima de la literatura: «El espíritu científico, comose ha dicho excelentemente, es la identificación delo diverso. Podría añadirse que, simétricamente, elespíritu literario (al menos moderno) es la diversifi-cación de lo idéntico». La conclusión no puede dejarlugar a dudas: «Europa será más científica que lite-raria, más intelectual que artística, más filosóficaque pintoresca». Y los grandes genios del espírituliterario son los que se pusieron al servicio de lo uni-versal, no de lo nacional. La objeción salta de inme-diato: esos talentos universales lo fueron desde el en-raizamiento en lo nacional. ¿Quién más inglés queShakespeare, más italiano que Dante, más españolque Cervantes, más francés que Voltaire? JulienBenda no lo cree así. No está claro que otros autoresmucho menores no hayan sido más nacionales que
  • 106. __________________ 115___________________ellos, aunque nos produzcan menor orgullo colecti-vo. Los grandes escritores han predicado lo universal,no lo nacional, fueran de donde fuesen: «Treischke yBarres eran eminentemente nacionales; no sirvierona lo universal. Erasmo y Spinoza lo sirvieron y notenían nación. Haréis Europa con lo que digáis, no conlo que seáis». Porque Europa provendrá del espíri-tu, que es voluntad libre, y no del ser, que es adscrip-ción necesaria: «No hay un Ser europeo». Y tambiénpor eso Europa no debe ser concebida según límitese intereses materiales, sino desde un principio espi-ritual permanentemente expansivo: recordemos elejemplo del imperio romano, que se hundió cuandonegó a los bárbaros el derecho tanto tiempo vigentede acogerse en su órbita... Fiel a estos criterios, Benda añora el latíncomo lengua común de cultura y deplora el momentoen que hasta la oración se hizo nacional. La Europaproyectada deberá tener también una lengua común,un lenguaje racional y preciso que sea más apto paraexpresar la clara objetividad del espíritu que la con-fusa diversidad de los subjetivismos sentimentales.Y esa lengua, afirma ufano Julien Benda, ya existe,no hay que inventarla: es el francés. ¡Ay, con lo bienque iba! ¡Después de habernos prevenido tan adecua-damente contra «la mala fe y la injusticia inheren-tes al nacionalismo»! El literato puede desprender-se de todos los parentescos carnales que le esclavizana lo particular, menos de la mística de su lengua. Peroquizá esta contradicción final es la que nos hace máspróxima la altivez de su discurso derrotado en favorde una Europa imposible.
  • 107. Ferlosio en comprimidos Caminito de Elea va una tortuga... El más inmediato reproche que al lector im-paciente —yo mismo, sin duda: ¡hay tanto que leer!—se le viene a las mientes ante la mayoría de los ar-tículos y ensayos de Rafael Sánchez Ferlosio es el deprolijidad. Voltaire aseguró que el secreto de ser abu-rrido es decirlo todo y según Oscar Wilde sólo losmediocres se empeñan en desarrollar cuanto tocan(ideas, tramas, etcétera), pero ni uno ni otro figuranentre los santos patrones del estilo ferlosiano. Cuan-do le interesa un tema o una perspectiva la persigueincansable por todos los meandros imaginables, di-vagando sin pudor, pero volviendo siempre a poner elmorro sobre el rastro de la pieza por la que inquiere,acumulando precisiones y testimonios, exprimien-do argumentos, embebido momentáneamente entrifulcas que le salen al paso, rehaciendo de prontocon un respingo cuatro párrafos después la argu-mentación extraviada... Retóricamente, carece decualquier malicia. No exige un lector, sino un cóm-plice infatigable, a la par interesado por los deva-neos intelectuales y sin urgencias prácticas, alarma-do por el universo, pero dispuesto a explorarlo porcompleto y en todas las direcciones a la vez, sin apre-mios, sin reloj. Oscar Wilde o Voltaire escriben paraseducir, dirigiéndose a remisos con cuya inquietaatención sólo se cuenta mientras están encandilados;Ferlosio escribe para los ya seducidos, para quienes
  • 108. ___________________ 117 _________________comparten no sus razonamientos, sino su entusias-mo por razonar. Vulgarmente hablando, nunca estádispuesto a cortar el rollo. Sobre todo en las colabora-ciones periodísticas esto suele ser excluyente y fatal.Se lo indiqué cariñosamente un día, pero me repusocon honrada contundencia: «A mí lo que me gustaes tejer, no hacer jerséis». Esta prolijidad es pues un método, una deri-vación de la pasión teórica, pero no debe tomarsecomo síntoma de incapacidad para la expresividadfulgurante que condensa a la vez fuerza y honduraen una breve fórmula. Casi todo lo que proviene deltelar raciocinante de Ferlosio, por informe o agobianteque sea en su conjunto, alcanza en algún momentoese tino feliz, aunque sea en una simple divagacióna pie de página. A veces se trata solamente de un ad-jetivo, en otras una imagen, quizá una a modo dejaculatoria reflexiva que invierte el ritual estérilde la rutina. Nunca olvidaré aquel pasaje de un ar-tículo... del cual he olvidado todo lo demás. Ferlosiocomentaba allí las palabras de un parlamentario vascoque pretendía atenuar la inquina del asesinato deunos guardias civiles por etarras diciendo que losterroristas iban contra el uniforme, pero que no te-nían nada personal contra sus víctimas. Rafael seña-ló: «Lo grave es que no tuvieran nada impersonal afavor». Es imposible señalar con mayor lucidez yconcisión lo específico de la perspectiva ética frentea las coartadas del fanatismo político. Sobran fárra-gos, vamos a la quintaesencia. Raro es que aun en elmás indigesto y enroscado texto de Ferlosio, cuandoel lector comienza ya a maldecir de confusa impa-ciencia, no tropiece con alguna joya como ésta —seael acierto teórico o mera y nunca desdeñable diana
  • 109. ___________________ 118 __________________ verbal, ambas cosas juntas las más de las veces— que le compense su esfuerzo de atención. Pero también en ocasiones Ferlosio sabe servoluntaria y hasta voluntariosamente breve. Son es-tos comprimidos de su maestría —que él suele lla-mar pecios— los que algunos de sus lectores impa-cientes pero devotos preferimos de él. ¿Pecios? Quizáporque cada uno de ellos es lo que queda del naufra-gio de un texto más largo que no llegó a ser y en elque debían haberse desarrollado hasta quedar exhaus-tos, vastamente perplejos. Buena parte de ellos (aun-que creo que en su mayoría anteriores al nombremismo de pecios con que luego los designó) están reu-nidos en el libro Vendrán más años malos y nos haránmás ciegos, junto a varios poemas y alguna parábola.Es superfluo decir que este libro de Ferlosio es muypersonal, quizá el más personal de todos los suyos.Superfluo porque Ferlosio sólo sabe ser personal cuan-do escribe: ignora dichosamente lo que es una pági-na de compromiso o cuanto dicta la impersonalidadadocenada, el formalismo de los géneros, de la imita-ción dictada por la moda. Excelente, bueno o regular,siempre lleva sobre sus propios hombros el mérito ola culpa de sí mismo. Cada obra de Ferlosio es inevi-tablemente ferlosiana, lo mismo que todo lo escritopor su coetáneo Agustín García Calvo es siempreinevitablemente garciacalvista: la única diferencia esque quizá a Ferlosio le gustaría de vez en cuando quefuese de otro modo y a García Calvo ciertamente no.De modo que ni más ni menos personal que los otros,lo único que cabe decir es que este libro de SánchezFerlosio es uno de los más hermosos, inquietantes yprofundos que se han publicado durante el últimocuarto de siglo en lengua castellana.
  • 110. ___________________119 __________________ Releo Vendrán más años malos y nos harán másciegos. Sería una traición directa a la obra (semejantea la de quienes acaban convirtiendo a Montaigne o aNietzsche en discurso académico) intentar obteneruna doctrina unitaria de estos apuntes episódicos.Equivaldría a convertir un puñado de ideas en ideo-logía, contra lo cual nos previene el mismo autor:«Tener ideología es no tener ideas. Éstas no son comolas cerezas, sino que vienen sueltas, hasta el puntode que una misma persona puede juntar varias quese hallan en conflicto unas con otras. Las ideologíasson, en cambio, como paquetes de ideas preestable-cidos, conjuntos de tics fisonómicamente coheren-tes, como rasgos clasificatorios que se copertenecenen una taxonomía o tipología personal socialmentecongelada». Y sin embargo no falta en esta silva devaria lección algo común, coherente, que provienede un mismo talante o, mejor, de una misma formade pensar. Dejo de lado la obvia unidad del estilo lite-rario, cuya fuerza no está solamente en la siemprejugosa y rica perspicacia verbal, sino también en elespléndido acuñamiento de imágenes difíciles deolvidar, como esa cabeza cortada que rueda desmonteabajo, rebotando, mientras anhela gritar al menos porúltima vez el nombre de la amada. Digamos que noexiste una ideología ferlosiana, pero ciertamente síuna perspectiva propia y reconocible desde la queavistar las ideas. Y esa atalaya garantiza un air defa-mille a todas ellas que si bien no las engarza comocerezas unas con otras tampoco las deja tan inocen-temente libres como parece suponer su autor. Desdesu perspectiva, Ferlosio alcanza a ver muchas cosasdiversas y aun contradictorias en el plano superfi-cial, pero nunca mira hacia otro lado, no gira el ángu-
  • 111. __________________ 120___________________lo intelectual, que sería lo único capaz de garantizarideas de calidad totalmente distinta. ¿En qué consiste esa forma de pensar? Po-dríamos decir que en un pensar a la contra, en unapermanente vocación negativa más que negadoracuyo manifiesto inmejorable es el precioso Villancicoque cierra el libro (el cual, de paso, condensa tam-bién de modo ágil y atractivo lo más propio de la ta-rea que ha llevado a cabo durante años Agustín Gar-cía Calvo). Pero esa disposición antagonista contralas afirmaciones positivas de nuestro mundo tieneen Ferlosio su propio sesgo peculiar. No hay en él, porejemplo, ni rastro de ese narcisismo lúgubre —y enel fondo bastante estulto— que lleva a algunos pre-bostes culturales de cierta edad a presentar su en-mienda a la totalidad de la contemporaneidad enque viven, sea desde posiciones de derecha (por ejem-plo Sábato) o desde la izquierda, como Haro Tec-glen o el tedioso Saramago. Por el contrario, en Fer-losio siempre bulle ese ímpetu juvenil que no seguarda las espaldas apuntándose insustancialmenteal más irrelevante de todos los partidos, el de losideales traicionados. Sus objeciones no son las delque posa de amargado por haber perdido una parti-da ética imaginaria con la chusma inferior y a partirde esa catástrofe augura o denuncia grandes males,sino la del que se resiste a jugar en ninguno de lostableros ontológicamente establecidos. En una palabra,su rebelión es contra la eficacia, llámese ésta con elnombre prestigioso de virtud o con el de verdad.Acepta Ferlosio la traducción más animosamenteadolescente del non serviam luciferino, la que con-vierte el no serviréen no serviré para nada, no seré útil.Aunque esta versión del grito rebelde la sabe, claro,
  • 112. ___________________ 121 __________________imposible, es decir necesariamente ineficaz (¡des-pués de todo, a Satán no le bastaba con no obedecer,sino que quería reinar!): por eso señala que quizátambién el niño que denuncia la desnudez del em-perador es a fin de cuentas un funcionario imperial.Pero es esa misma imposibilidad, incluso la sospe-cha de colusión en última instancia con el príncipepositivo de este mundo, lo que certifica para él la lim-pieza de su actitud: «Si tan poco aristocrática con-dición como la que expresa un lema semejante mehiciese acreedor a tener mi propio blasón, ese le-ma sería LADRO PERO NO MUERDO. Volverse el justotan eficaz como el injusto es volverse tan injusto co-mo él». La ineficacia como blasón detiene todas lascríticas anticipándose a ellas. Se apresura a renun-ciar a lo único que el censor puede echarle en caracomo deficiencia, al admitir que no pretende cola-borar a que lo bueno se abra paso. Y es que tambiénla virtud misma, como la verdad, resultan sospecho-sas de positividad afirmativa. Ferlosio se enorgulle-ce modestamente de no haber abogado nunca por lavirtud, cuyo fundamento ontológico no puede deri-var más que de la petulancia narcisista y a veces fari-saica de sus paladines, y ni siquiera tampoco por laverdad, perversión de la palabra puesto que ésta ha-bía nacido sólo para expresar la ficción. Los motivosque convierten a la virtud en virtud y a la verdad enverdad las anclan en el reino de este mundo, empa-rentándolas irremisiblemente con los motivos delvicio y de la falsedad o la mentira: no caen del cielo,como parecen pretender, sino que brotan del cieno co-mo todo lo demás. Esta contaminación es decisivapara Ferlosio, como antes que él para tantos acerbos
  • 113. ___________________122___________________denunciantes de lo real: se empieza afirmando elbien y se acaba asumiendo el mal como corolarioimprescindible, aún más, se afirma el mal desde quese empieza a afirmar el bien. La llamada virtud, el llamado vicio, la lla-mada verdad, la denominada mentira, todo provie-ne del mismo pozo: del soborno de lo existente, dela confirmación apasionada y sin miramientos de loque es y sigue queriéndose a sí mismo, del impío amorpropio que a veces se ciega sobre lo que le conviene,pero nunca renuncia a su conveniencia, caiga quiencaiga. Quizá fue La Rochefoucauld el primer dis-pensador de comprimidos aforísticos que denuncióclaramente esta complicidad entre lo alto y lo bajo,ya presente en el repudio de san Agustín a las virtu-des paganas que sustentaban la Jerusalén terrestrecomo vicios magníficos. El eco producido por esta de-nuncia jansenista lo recoge muy bien Saint-Beuve:«Los que habitan el primer piso en la casa del amorpropio pretenden no tener ninguna relación con losque ocupan el bajo. No le perdonan a La Rochefou-cauld haber demostrado que hay una escalera secretade comunicación». Debería haber añadido que elmismo La Rochefoucauld nunca perdonó a la reali-dad humana por ser lo que es, tras haber hecho esedescubrimiento. Ferlosio comparte el diagnóstico yla desolación, aunque su mirada nunca es altiva co-mo la del duque —todo lo contrario— y su tono esmás cordial, frecuentemente compasivo, con un agri-dulce pero excelente sentido del humor, teñido aratos por esa orientación progresista que sella la crí-tica en nuestro siglo: siendo como son los hombresy sus símbolos, tienen más culpa los que mandan quelos que obedecen, porque ellos representan el triun-
  • 114. ___________________ 123 __________________fo de la eficacia mejor que los otros. No falta tampo-co el matiz antiprogresista, paradójico pero tan ne-cesariamente moderno como el otro: lo de ayer noera bueno, pero sí menos malo que lo de hoy pormenos asentado y perfilado, más frágil. Sin duda lopresente es siempre mayor reo de eficacia que lo pa-sado, porque lo pasado ya ha perdido —se ha perdi-do— y lo presente aún no. De la letanía fúnebre de agravios contra laexistencia y del nihilismo como pose pedantementemetafísica que todo lo iguala en su derogación (de laprimera apenas se libra ni Cioran, del segundo fre-cuentemente no se libra García Calvo) escapa sin ce-sar Ferlosio por el milagro de una escritura dema-siado sabrosa para no ser constantemente cómplicede la vida y por una reflexión demasiado atenta a laminucia de lo que pocos saben ver como para con-tentarse con esquemas de refutación universal. To-das sus requisitorias aciertan en lo literario y mu-chas también en la denuncia concreta de peligrosasrutinas tiranizantes (verbigracia: la insuperable pá-gina sobre el «merecido descanso» y la «sana alegría»).Sin embargo, tan intelectualmente perversa es la me-ra negatividad que hasta él finalmente comete uncomprimido literalmente imperdonable, una conce-sión de este gran debelador de tópicos al más viejo,más ocioso, más insincero de todos ellos: «(Al Crea-dor). Señor, ¡tan uniforme, tan impasible, tan lisa, tanblanca, tan vacía, tan silenciosa, como era la nada,y tuvo que ocurrírsete organizar este tinglado horren-do, estrepitoso, incomprensible y lleno de dolor!».Tantas páginas contra el engaño impío de la eficaciano evitan esta triste zalema traidora a la única efica-cia universal que todo lo tritura, contra la cual alienta
  • 115. ___________________ 124 __________________—en el gozo dolorido de lo infructuoso— nuestroempeño finito. Por una vez, pero cuan significativa,vemos a Ferlosio del lado de lo más fuerte y de lomás cruel.
  • 116. Regreso a Erich Fromm Siempre tiembla uno un poco al volver a leerdécadas después los libros que nos inspiraron arre-batos en la primera juventud: tememos no recono-cernos, vernos ridículos en el espejo de tales preferen-cias, incluso detestarnos. Cuando se trata de novelaso poemas aún vale la excusa de que cada edad de lavida requiere sus propios clásicos, pero esto aliviapoco si los amores tempranos que nos repelen perte-necen al campo de la filosofía o la teoría social. Losentusiasmos literarios abandonados nos hacen sen-tir ingenuos, pero los doctrinales nos denuncian co-mo estúpidos. Y ello pese a que la terrible velocidadideológica de crucero de este siglo ofrece una acep-table coartada hasta para los desvaríos más sonro-jantes, con tal de que hayan pasado unos cuantosaños desde aquel obsoleto fervor. De modo que releo hoy con cierta aprensiónEl miedo a la libertad de Erich Fromm, el libro quesignificó tanto para mí y para otros muchachos de migeneración en vísperas del 68 (antes de que el epílo-go de Eros y civilización de Herbert Marcuse nos lopusiera en entredicho). Pues bien, creo que en líneasgenerales soporta la prueba con notable gallardía.Sigue siendo un diagnóstico preciso y nítido del con-flicto que enfrenta al individuo moderno con lasexigencias de la sociedad que lo posibilita, en el quese indica la raíz originaria de algunos de los peores
  • 117. ___________________126 __________________males del siglo que acaba..., los cuales todo pareceindicar que no acabarán con él. Ciertos méritos dellibro deben ser recordados previamente para aliviarcomentarios críticos más injustos que inmisericor-des: en primer lugar, lo temprano del análisis, pues laobra fue escrita antes de finalizar la segunda contiendamundial y conserva su vigencia gracias a la ampli-tud de un enfoque que sabe trascender el terrible mo-mento en que fue escrita. Pero también cuenta suinteligente corrección del punto de vista freudiano,no sólo al reprocharle justificadamente que infrava-lora la importancia de la posición sociohistórica enla génesis de los caracteres psíquicos, sino tambiéncuando hace una observación profunda y menos aten-dida: «Los actos libres —o espontáneos— son siem-pre fenómenos de abundancia. Y la de Freud es unapsicología de la escasez». La analítica freudiana uti-liza siempre como principio explicativo el afán de ali-viar tensiones y sosegar inquietudes, pero quizá se pier-de así la dimensión pletórica sin la cual aquello quedenominamos libertad deja de merecer ese nombre.Tiene Fromm en su contra ser un autor de lo quepodríamos considerar la línea clara del ensayismocontemporáneo y, para agravar las cosas, eviden-temente bienintencionado. No hay en él tenebrismo,ni truculencia ni esa global desesperación titánicaante la modernidad que tan picante excitación pro-picia en el plano siempre confortable de nuestrasacademias. Son serios inconvenientes porque el enig-ma verboso y la enmienda a la totalidad han tenidosin cesar premio de consolación en el clima ideoló-gico de la posguerra. Y hoy también, sin duda: mu-cho hemos hablado recientemente de los desvaríosracistas y reaccionarios de algunos profesores carcas,
  • 118. ___________________127 __________________pero yo conozco prédicas universitarias no menosantidemocráticas ni más sabias que como dicen apo-yarse en Foucault o Alain Badiou son tenidas en altaestima progresista. Desde luego Erich Fromm denun-cia también gran parte de los embelecos ideológicosvigentes, pero resulta obvio que está más interesadoen animar a la gente que en desolarla o abrumarla.Es inteligible, cautelosamente edificante..., ¿qué máshace falta para que los pedantes atrabiliarios le vuel-van la espalda con un gesto de conmiseración? Y aveces resulta sin duda insuficiente o se envuelve enpiadosas brumas, como en la parte final de El miedoa la libertad, cuando propone una «espontaneidad» cu-yas calidades resultan difíciles de precisar para luegoenredarse en un tibio elogio de la economía plani-ficada que no parece de modo inmediato compati-ble con ella ni aun advirtiendo que «una de las tareasprincipales de la sociedad es... la forma de combinar lacentralización con la descentralización». No debe-mos olvidar entonces que escribe a finales de los añoscuarenta y nosotros le leemos después de la caída delmuro de Berlín. El gran mérito de Fromm estriba en com-prender el individualismo no como el vicio insupera-ble de la modernidad, sino como su mayor innovaciónsocial, pero señalando también que potenciar al indi-viduo exige un reforzamiento de las estructuras inte-gradoras de la sociedad y no su abandono en provechoexclusivo de la ley del más fuerte. El problema de lasociedad contemporánea no es el exceso de individua-lismo, sino los cortocircuitos que lo bloquean aprove-chándose del miedo a la soledad y a la responsabili-dad que el uso de la libertad suscita en el convivir dela muchedumbre. Entonces la tentación es renunciar
  • 119. ___________________ 128 __________________a ella para aferrarse a la colectivización forzosa o a lajerarquía fascista: en el primer caso se aspira a supri-mir coactivamente las desigualdades y en el segundose las consagra como resultado de una mítica biolo-gía de los pueblos. Tanto la publicidad comercial co-mo la propaganda de los grandes partidos políticoscontribuyen a automatizar las reacciones individua-les, con promesas paradisíacas cuyo auténtico mensa-je oculto es el reposo en la uniformidad. El ciudadano de las sociedades inundadas porla información abrumadora —cuyos albores no lepasan inadvertidos a Fromm— se debate en una ma-sa caótica de datos a la espera del especialista que losdote del sentido que aceptará con más alivio que es-píritu crítico. Nace así esa complicidad característi-ca de nuestro tiempo entre el escepticismo que no secree nada de lo que lee o escucha y el cinismo queacepta siempre el puñetazo en la mesa autoritario,mientras todas las opiniones se hacen respetables por-que cada cual renuncia a argumentar las propias o aexaminar racionalmente las del vecino. Contra esteconformismo refunfuñante previene Fromm, así co-mo contra los supuestos rebeldes —encabezados ensu día por Hitler— en quienes se mezcla el resenti-miento de una clase media que sustituye la concien-cia política por la búsqueda de chivos expiatorioscon el oportunismo al servicio de la demagogia po-pulista. En fin, lo de sobra sabido entonces y ahora,principalmente ahora, aquí: basta con escuchar eldiscurso gubernamental vigente en nuestro país ysobre todo el periodismo insobornable que le ofrecelas coartadas. Sin duda esta valoración ha sido ya repetiday ampliada muchas veces desde que se publicó El
  • 120. ___________________ 129 __________________miedo a la libertad, por lo que hoy no suena con tanbrillante eficacia como cuando la leímos por prime-ra vez, hace varias décadas. El mismo Erich Frommprofundizó sus planteamientos teóricos en obras poste-riores, sobre todo en Manfor Himself (en español Éticay psicoanálisis, Fondo de Cultura Económica), que meparece su mejor libro. Considero, sin embargo, queleer o releer estas páginas sigue siendo un ejercicioque instruye, estimula y sugiere: lo cual no es botíndesdeñable en un mercado editorial en el que tantaletra caduca aparece diariamente. Si por una vez labuena moneda expulsara a la mala y no al revés —co-mo la lúgubre economía enseña que sucede— El miedoa la libertad debería de nuevo abrirse paso, sobre to-do entre los jóvenes. Pues son ellos los más interesadosen buscar respuesta urgente a las preguntas aparen-temente ingenuas que en él se plantean: «¿Inde-pendencia y libertad son inseparables de aislamiento ymiedo? ¿O existe, por el contrario, un estado de li-bertad positiva en el que el individuo vive como unyo independiente sin hallarse aislado, sino unido almundo, a los demás hombres, a la naturaleza?».
  • 121. Un puritano libertino Históricamente lo de los filósofos y el sexotiene ya poco arreglo, al menos hasta el siglo XX. Ma-las vibraciones. Los poetas se enamoran, los pintoresy escultores se deleitan en el desnudo, los novelistasanalizan los dramas del adulterio o la promiscuidad,incluso los curas contribuyen a la voluptuosidad dela especie con su morbo de confesionario. Los filóso-fos miran hacia otro lado y no hablan del asunto. Seatrincheran en el celibato, no por virtud, sino pordistracción: son anoréxicos eróticos. En vano Alcibía-des se mete bajo la misma manta que Sócrates, por-que saldrá tan intacto como entró. De la tumultuosavida doméstica de Sócrates y Jantipa, para qué aña-dir nada a lo ya señalado por Nietzsche: que un fi-lósofo casado es un personaje de comedia bufa. Supon-go que por eso prefirieron no casarse la mayoría delos demás y el propio Nietzsche, que propuso ma-trimonio a Lou Andreas Salomé, obtuvo profilácti-cas calabazas. Al amor que sublima su deseo hasta elpunto de no tocar la carne amada se le llama (conbastante inexactitud, justo es decirlo) amor platónico.Los pocos sabios que se salen de ese austero guiónpueden acabar castigados por do más pecado habían,al modo del reputado Abelardo. De modo que re-sulta lógico que los pensadores suelan ser tan pocoprolíficos como los mulos, aunque por distintas ra-zones. ¡Para uno que procrea varios hijos, el llamado
  • 122. __________________ 131___________________Juan Jacobo Rousseau, y los abandona a la puerta deuna iglesia! En fin, que de la mayoría de los inte-grantes del gremio puede decirse lo que Madame duDeffand comentó del filósofo DAlambert (que vi-vió durante años en casta pareja de hecho con Juliede Lespinasse): «Da la impresión de ser un alma quese ha encontrado en un cuerpo por casualidad y selas arregla como puede». Si la biografía erótica y matrimonial de losfilósofos es desoladora, tampoco sus teorías rebosansexo que digamos. Por lo general previenen de la con-cupiscencia por el simple expediente de desconocerla.Las excepciones a la regla suelen venir de franco-tiradores de la filosofía: un poeta como Lucrecio, undiletante como Montaigne, un literato como Di-derot se atrevieron a decir cosas notables sobre elescabroso asunto. En cuanto consejeros conyugales,los filósofos tampoco valen mucho más. Si alguieninsiste en casarse tras leer la definición kantiana delmatrimonio como «mutuo arrendamiento de los ór-ganos genitales», no cabe duda de que tiene autén-tica vocación... Hasta Schopenhauer no se produceuna auténtica reflexión filosófica en profundidad so-bre la dimensión sexual de lo humano, desde unpunto de vista realmente perspicaz, desprejuiciadoy adulto. Con Schopenhauer la filosofía abandona porfin su larga adolescencia griega y su infantilismo cris-tianoide a fin de convertirse en un ejercicio «paramayores formados» (como antes se decía en la clasi-ficación moral de las películas) donde la muerte y elsexo tienen un puesto condigno. Falta, ay, la alegría,que aportará luego Nietzsche, buen lector de Spi-noza. Más tarde aún la reflexión sobre la sexualidadserá el tema central del gran pensador que uncirá am-
  • 123. __________________132 ___________________ bos siglos, Sigmund Freud. Y después, en su traza, Bataille, Foucault... Bertrand Russell no se ocupó de la ontolo-gía de la sexualidad, sino de la moral y de las insti-tuciones políticas que regulan ese poderoso instin-to. A diferencia de la generalidad de sus colegas, enla vida de Russell la sexualidad sin duda ocupó unlugar predominante hasta una edad muy avanzada(murió con noventa y ocho años de edad, lúcido ycombativo). Se casó cuatro veces y tuvo numerososamoríos, uno de los cuales con su propia nuera si el gos-sip póstumo no miente. Nada verdaderamente insólitosi se le compara con personajes del cine, el deporte ola literatura, pero todo un récord en el ámbitofilosófico. En cualquier caso, el mundillo académico—siempre tan fácil de escandalizar con cualquiermuestra de vitalidad que parezca comprometer porcontraste su gestión mortecina— le consideró siem-pre un auténtico libertino. Y no sólo la Academia:su nombramiento como profesor en el City Collegede Nueva York fue impugnado por una dama ira-cunda cuya hija iba a estudiar en ese centro y quetemía verla seducida por semejante sátiro. En el jui-cio sobre el caso, el fiscal argüyó que los libros deRussell eran «libidinosos, salaces, venéreos, erotoma-níacos, afrodisíacos, ateos, irreverentes, de miras es-trechas, fanáticos falsos... y carentes de fibra moral».El lector o la lectora que cojan hoy en sus manos Viejay nueva moral sexual, uno de los títulos de Russellque en su día fueron más provocativos, quedará pro-bablemente muy confundido si se toma esa retahilade dicterios literalmente y los compara con lo que estáleyendo. Sea como fuere, el juez americano falló con-tra Russell y su nombramiento fue revocado.
  • 124. ___________________ 133 __________________ Sin embargo Bertrand Russell no fue en mo-do alguno un simple libertino, si entendemos portal alguien dedicado a obtener placer sexual a todacosta y caiga quien caiga. Los libertinos de verdadno suelen teorizar sobre sus hazañas eróticas: todo lomás se jactan de ellas o las rememoran en su vejezcon el bendito candor de un Casanova. Las cosas sonde tal modo que en cuanto alguien justifica teórica-mente su llamada inmoralidad la convierte de inme-diato en moral, como le ocurrió al marqués de Sade,a André Gide o a Bataille, auténticos puritanos delexceso y la transgresión. También hay en Russellcierto puritanismo de género mucho más tradicio-nal —del que suele ser consciente— que provienesin duda de una educación rigorista en la que semezclaron la Biblia y Stuart Mill. En modo algunocreyó nunca que cualquier comportamiento sexualfuese igualmente aceptable por la sociedad o que seairrelevante la perspectiva moral en tales asuntos pa-sionales. El supuesto libertinaje de Russell se basaen un principio subversivo que sostuvo toda su vidacon característica obstinación: sólo la más triste de lassupersticiones puede considerar malo que dos adultosconsientan en darse mutuo placer sin pedir permisoal clero ni a las fuerzas de orden público. Lo que élquería no era la inmoralidad sexual, sino una moralnueva que partiese de este principio y razonase con-secuentemente otro código de conducta. Ese código es ya, más o menos, el nuestro. Merefiero a los europeos menos fanáticos, porque en mu-chas zonas de Estados Unidos o en la mayoría delos países islámicos las cosas siguen funcionandode acuerdo con supersticiones acrisoladas. De mo-do que el lector español actual de Vieja y nueva moral
  • 125. ___________________ 134 __________________sexual, en la hermosa traducción de Manuel Azañaahora editada en Sevilla por Abelardo Linares, corre elriesgo de encontrar el libro algo obvio e incluso obso-leto en algunos aspectos. Le será difícil hacerse cargo—sobre todo si es dichosamente joven— del corajey la honradez intelectual que hicieron falta en sudía para publicarlo, así como le costará comprenderpor qué fue una de las pocas obras de Russell (junto aMatrimonio y moral o Por qué no soy cristiano) que era im-posible encontrar en las librerías durante la dicta-dura franquista. Créame si le digo que su afortunadaperplejidad se debe a que finalmente Bertrand Russelly unos cuantos más como él ganaron la más difícil delas batallas, la que lucha por hacer respetable lo evi-dente. No muchos filósofos de este siglo se rebajaron allevar a cabo una tarea tan trivial y tan emancipadora.Ahora se habla con frecuencia de educación sexualy, confidencialmente, debo susurrarles que no megusta demasiado ese nombre. Naturalmente creomuy oportuno que se informe a niños y adolescentesde ciertas verdades fisiológicas e higiénicas tanimprescindibles para una vida cuerda como saberque el fuego quema o el agua calma la sed. Pero nocreo que haga falta una especial educación paradisfrutar del sexo: cualquiera puede lograrlo de unmodo u otro siempre que no viva ensombrecido porel temor a inquisidores celestiales o perseguido por lapolicía. Lo importante, lo urgente, no es educar parael sexo, sino educar para el amor. Tarea mucho másdifícil hoy lo mismo que ayer, amenazados como es-tamos por nuevas supersticiones eróticas (el sexo comoprimer producto del gran bazar consumista), distintasde las que combatió valientemente Russell, pero nomenos tristemente dañinas.
  • 126. La verdadera historia de Gonzalo Guerrero La conquista de América por los españoles(pues de conquista se trató sin duda, atrevámonosa llamar a las cosas por su nombre y dejémonos deencuentro, descubrimiento y otros eufemismos) fue unaempresa en la que se mezclaron unos cuantos ele-mentos del espíritu medieval (el intransigente afánde propagar la fe católica, el fervor por localizar físi-camente el Jardín del Edén, el vasallaje leal a la coro-na de España —salvo excepciones tan aisladas comola de Lope de Aguirre— y el sueño caballeresco deganar gloria a sablazos) con otros muchos de selloinequívocamente renacentista: el ansia de lucro eco-nómico, la vocación por viajes y descubrimientos, laimpía curiosidad por lo desconocido, la afición a lasnovedades, el individualismo emprendedor y a me-nudo depredador, la utilización sin escrúpulos de latécnica en las artes de la guerra y en el dominio de losvencidos, la consagración política del éxito comolegitimación de los medios empleados para conse-guirlo, etcétera. Si el hombre medieval se caracteriza en con-junto por su fe y el hombre del Renacimiento por suinventiva y atrevimiento, ¿cómo juzgaremos a Gon-zalo Guerrero? Fue capaz de romper con su pasado,con sus fidelidades y creencias como cualquier rena-centista, pero reinventó una nueva lealtad a unaforma de vida arcaica y sin las posibilidades eviden-
  • 127. ___________________136 __________________tes de medro personal que le presentaban otras al-ternativas más acordes con los nuevos tiempos. Suadaptación a una sociedad completamente diferentea la que conocía y su apego a la nueva familia queallí se había creado le convierten en una figura real-mente distinta tanto de sus compañeros europeos co-mo de sus nuevos compatriotas mayas: algo así comoel protomártir de la futura América mestiza... Perolo más gracioso es que con seguridad (o casi con se-guridad) él no tuvo ningún atisbo de lo insólita-mente fructuoso que había de resultar el precedenteasí establecido: es muy probable que no se tuviera así mismo sino por alguien que se adapta más bienque mal a las irremediables circunstancias... ¿El comienzo? Todo empezó con un naufra-gio, como en tantas historias desde Homero hastaSalgari, pasando por Shakespeare. O quizá antes aún,en uno de los muchos enfrentamientos que solía haberentre los conquistadores, gentes de fuerte carácter, da-dos al exceso de orgullo y sobre todo al de codicia. Enel istmo de Darién las cosas estaban en 1511 suma-mente revueltas (el «desbarato» de Darién llama alconflicto fray Diego de Landa en su Relación de lascosas de Yucatán, que tanto tendremos que consultarde ahora en adelante) a causa de la enorme trifulcaque se traían don Diego de Nicuesa y don Vasco Nú-ñez de Balboa. El funcionario Valdivia salió de Da-rién hacia Santo Domingo para informar al Almiran-te y al gobernador de lo que pasaba, así como paratraer veinte mil ducados del rey. Al menos ésta es laversión que da de ese viaje fray Diego de Landa,porque Andrés de Tapia —que recoge el testimoniode Jerónimo de Aguilar, un personaje importanteen este verídico cuento y del que pronto tendremos
  • 128. __________________ 137__________________también que ocuparnos— dice que el trayecto se-guido por Valdivia en el momento de su naufragioera el inverso, es decir, de vuelta a Darién. Sea como fuere, Valdivia y su tripulación cru-zaban allá por el año de nuestro Señor de mil qui-nientos once las aguas frecuentemente traicioneras deun mar que aún no se llamaba el Caribe. Viajabanen una pequeña carabela. Detengámonos un momentoen este modelo de barco, auténtico fórmula uno de lanavegación de la época, sin el cual la travesía del Atlán-tico habría seguido siendo una empresa de duraciónprohibitiva. Las primeras carabelas aparecen enLisboa en la segunda mitad del siglo XV. Su nombrederiva probablemente del de un barquito árabe mu-cho menor, el cárabo, que fue utilizado en un comienzodurante el siglo XIII exclusivamente para labores depesca. Es un barco de tres palos, con un solo puente,que desplaza aproximadamente unas cincuenta to-neladas. La mayor originalidad de su concepción esque duplica la superficie total de velamen que sue-len llevar barcos de su mismo tamaño, lo que le per-mite remontar el viento y navegar velozmente poralta mar en lugar de limitarse a bordear las costas.La travesía de los océanos se hace así imaginable: sólose trata de echarle inmenso valor al asunto... A par-tir de sus inicios en Lisboa y durante todo el siglo,la carabela sigue perfeccionándose y extendiéndosepor toda Europa. Se le añade un palo más y se la uti-liza especialmente para viajes en los que cuenta másla rapidez que el volumen de las mercancías transpor-tadas. Pronto le saldrá un hermano mayor, el galeón,de un formato más robusto y con mayor capacidad decarga. La carabela no tiene más que un punto débil,lo que podríamos llamar una inevitable deuda con
  • 129. __________________ 138___________________su rapidez y ligereza: resiste mal las tormentas. Locual nos devuelve de nuevo a la historia que había-mos comenzado a narrar. Vaya de Darién a Santo Domingo, como pa-rece lo más probable, o regrese de Santo Domingo aDarién, como afirma el cronista informado por Jeró-nimo de Aguilar, lo cierto es que la nave de Valdivia,esa pequeña carabela especialmente apta para llevarinformación (la mercancía moderna por antonomasia,cuya primacía comenzaba precisamente en la épocarenacentista), naufragó en las proximidades de Ja-maica, al tropezar con unos bajíos que en la épocallamaban de Víboras. Sólo veinte hombres lograronsalvarse, entre los cuales figuraban el propio Valdivia,el ya varias veces mencionado Jerónimo de Aguilary un marino natural de Palos del que seguiremosocupándonos: Gonzalo Guerrero. Los náufragos se resguardan malamente delos rigores del mar en un batel sin velas «y con unosruines remos y sin mantenimiento alguno anduvie-ron trece días por la mar», según cuenta el puntualfray Diego de Landa. Durante esa travesía de pesa-dilla casi la mitad de ellos murieron de hambre. Porfin arribaron a tierras de Yucatán y con toda seguri-dad su mayor ansia, tras pisar tierra firme, debió deser encontrar algo con lo que llenar sus maltrechosestómagos. Pero su destino iba a ser más cruel, por-que lo que les esperaba a la mayoría de ellos en esapenínsula continental que sin saberlo estaban des-cubriendo no era precisamente comer, sino más bientodo lo contrario: ser comidos. Los náufragos arribaron en su frágil salvavi-das a algún punto de las costas orientales de Yucatán,no muy lejos de la isla de Zazil-Ha (a la que más tarde,
  • 130. ___________________ 139 __________________como después contaremos, se le dio el nombre en-gañosamente sugestivo de isla de las Mujeres o islaMujeres, que hoy todavía contribuye a realzar enla imaginación de los turistas los encantos de estamuy grata estación de recreo caribeña). Fray Diegode Landa comenta que llegaron a una provincia lla-mada de la Maya, de la cual recibe su nombre demayathan, la lengua maya que hablaban los yucate-cos y su propio grupo étnico. A comienzos del sigloXVI, los mayas se hallaban ya en franca decadenciarespecto a la grandeza de que habían disfrutado másde seis siglos atrás, en el período clásico de su es-plendor. Algunas grandes ciudades o lugares sagra-dos (Chichén Itzá, Uxmal...) estaban prácticamenteabandonados y eran contemplados con el mismo re-verente asombro por los tataranietos de sus cons-tructores como hoy lo son por los curiosos aficiona-dos a la antropología que los visitamos. La sociedadmaya era sumamente conservadora, un poco al mo-do egipcio, y la decadencia había probablementecontribuido a anquilosarla aún más. Los diversos lina-jes o castas sociales permanecían impermeables unosa otros, como en la cultura de los verdaderos indios,esos nativos del Indostán a los que Colón no llegó aencontrar jamás (pero ¿se propuso buscarlos algunavez de veras?). Todo el sistema maya descansaba so-bre tres pilares fundamentales: la monarquía másabsoluta que pueda imaginarse, de derecho divino,las estrictamente codificadas relaciones de parentes-co y el culto a los antepasados. El estudioso mexica-no Miguel León Portilla ha llegado a la conclusiónde que la vida entera de los mayas estaba orientadapor un patrón cultural fraguado esencialmente sobreel tema del tiempo, lo que explica la enorme impor-
  • 131. ___________________140_______________________tancia que la muerte merecía en su ideología (aun-que la verdad es que la muerte es idea fundamentalen toda cultura humana, tendencia que se agudizaal extremo en períodos de decadencia). Su ciencia in-cluía conocimientos astronómicos bastante desa-rrollados, pero orientados fundamentalmente, en unsentido religioso, pues imaginaban los acaeceres deltiempo sometidos a la dictadura impasible y cíclicade las estrellas. Por la época en la que Valdivia y sus restan-tes colegas náufragos fueron arrojados a esas costasyucatecas, la gran península estaba repartida en quinceseñoríos, cada uno con su correspondiente caciqueal frente. Ese cacique era señor con derecho absolutode muerte y vida sobre sus súbditos, como emisariodel orden celeste que representaba y jefatura supre-ma tanto en el terreno militar como religioso: unode los títulos que recibía era el de Halach Uinic, elhombre verdadero (lo que revelaba que la humani-dad de los demás quedaba sometida a ciertas nota-bles limitaciones...). El canibalismo, por desgraciapara los recién llegados, no era práctica infrecuenteen esos señoríos mayas. Los enemigos capturados (¡olos náufragos rescatados!) tenían muchas probabili-dades de ser sacrificados a los dioses y luego su carnecocinada y devorada en un gran banquete ritual.Nuestra prohibición cultural de la antropofagia estátan acendrada que apenas comprendemos cómo prác-ticas semejantes podían formar parte de una religióninstitucionalizada (aunque los cristianos deberíamosser un poco más comprensivos, pues el simbolismocaníbal de la eucaristía tiene gran importancia entrenuestros misterios sagrados). Como hasta que los es-pañoles llevaron a ese continente caballos, ovejas, cer-
  • 132. ___________________ 141 __________________dos, vacas, perros, cabras, etcétera, no abundabanen él los mamíferos comestibles de buen tamaño, an-tropólogos como Marvin Harris explican la antropo-fagia masiva de los aztecas y otros pueblos precolom-binos como una forma más bien cruel y expeditivade conseguir las proteínas animales necesarias parasu nutrición. Se diría que esta explicación, no dema-siado convincente, encubre un intento de convertiren racionalmente tolerable una práctica social quenos resulta demasiado repugnante... Desde un punto de vista mitológico, los ma-yas tenían ciertas leyendas que podían haberles pre-dispuesto a favor de los náufragos españoles. Conserva-ban la memoria de un rey ancestral, Kukulkán, degrandes virtudes y poder, que había reinado en unaépoca dorada del pasado y que luego partió haciaoriente por el gran mar con algunos de sus leales.Antes o después el gran Kukulkán debía volver yquizá rescatar a los mayas del marasmo decadenteen el que por entonces vivían. Esta leyenda tiene evi-dente parecido con la de Quetzalcóatl, la serpienteemplumada de los aztecas, de la que se predicabauna partida y un regreso triunfal semejantes. En am-bos casos se hacía especial mención de las barbas quedebían diferenciar a las huestes del rey retornantede los lampiños mayas o aztecas actuales, lo que ju-gaba en favor de los hirsutos hispánicos. Esta refe-rencia a las barbas ha hecho pensar a algunos estu-diosos si tales mitos serán noticias muy deformadasdel paso por esas tierras de antiguos viajeros nórdi-cos, pues sin duda fueron los vikingos los primerosnavegantes europeos que llegaron al continente ame-ricano aunque, como eran gente de pocas palabras,no hicieron demasiada alharaca sobre el asunto. Tam-
  • 133. ___________________142___________________bien se suponía que las huestes de Quetzalcóatl y/oKukulkán debían ir apoyadas por animales y admi-nículos asombrosos, creencia de la que no dejó desacar provecho luego Cortés con sus caballos y ar-cabuces, pero que de poco servía a los náufragos deValdivia. Resumiendo, todos estos relatos míticospodrían haber contribuido a una recepción favora-ble e incluso entusiasta de los españoles en Yucatán,pero el mecanismo no funcionó así. Quizá el peso detales leyendas no era muy grande y formaban partemás bien de un saber casi esotérico de los chilanes ma-yas, que más tarde empezó a difundirse poco a pocoal ver los éxitos de los invasores, pero que en prin-cipio no influyó para ganarles un trato especialmen-te deferente. En cualquier caso, Valdivia y sus compañe-ros tuvieron escaso tiempo para hacer trabajo antro-pológico de campo cuando cayeron en manos de unode los caciques mayas particularmente poco hospi-talario. De inmediato sacrificó a los dioses al probofuncionario y a otros cuatro españoles, cuyos restossirvieron de jubiloso pasto a la tribu, dejando al restode los supervivientes como reserva en la caponera, paraengordarlos, según lo cuenta el propio Jerónimo deAguilar con cierto humor negro. El grupo de pri-sioneros, cumplida su hora de comer con intenciónde engorde para el posterior consumo, no esperarona la de ser comidos y se escaparon de sus peligrososhuéspedes, juiciosa determinación que nadie podríareprocharles. De seis o siete de ellos perdemos en-tonces todo rastro y es lógico suponer que su suerte nofue mucho mejor que la de Valdivia y restantes pro-tomártires. En cambio los otros dos, Jerónimo deAguilar y Gonzalo Guerrero, se las arreglan mucho
  • 134. ___________________ 143 __________________mejor y son adoptados por grupos mayas de cos-tumbres alimenticias menos ominosas que los ante-riormente conocidos. Aguilar era natural de Erija y persona decierta instrucción, porque en su mocedad había es-tudiado para sacerdote y hasta recibió las órdenesmenores. Quedó como esclavo en la tribu que le aco-gió, pero sin recibir maltrato y hasta especialmentequerido por su cacique en razón de su notable casti-dad. Sin embargo, una vez salvado el pellejo, Agui-lar no piensa más que en volver con los suyos, comodemostrará en cuanto los españoles mandados porHernán Cortés lleguen a la península y le brindenoportunidad de unirse a ellos. Su caso es parecido alde Alvar Núñez Cabeza de Vaca, que vivió entre na-tivos de norteamérica e incluso ejerció como cha-mán de la tribu, pero sin renunciar nunca al objeti-vo de volver antes o después a reintegrarse entre suscompatriotas originarios. A su compañero Gonzalo Guerrero, protago-nista de esta breve crónica, las cosas le van de mododiferente y sin duda mucho más favorable. También esamistosamente acogido por el cacique Nachancán,pero no se integra al grupo como simple esclavo (apesar de que luego se presentará como tal ante Mon-tejo cuando éste le reclame para que abandone a losmayas y se les una en la conquista de la península),sino que llega nada menos que a casarse con la hijade Nachancán y adquiere un rango importante en latribu, sobre todo en el terreno militar. Guerrero eranatural de Palos y sin duda había intervenido acti-vamente en los enfrentamientos civiles de Darién,aunque los especialistas no se ponen de acuerdo sobresi era hombre de Vasco Núñez de Balboa o de Fran-
  • 135. __________________ 144___________________cisco Niño. Lo que parece claro es que hacía honora su apellido y que fue persona de armas tomar o, me-jor, de armas tomadas. Probablemente se sometió atodos los rituales de iniciación de los varones mayasantes de casarse con la hija de Nachancán. Segúncuenta fray Diego de Landa, comenzaban con unaceremonia de sentido parecido a la del bautismo, lla-mada caputzihil o nuevo nacimiento, a partir de la cualse consideraba al iniciado apto para formar parteprovechosamente de la comunidad. Pero GonzaloGuerrero no se contentó con ese primer rito de inte-gración en el grupo, sino que también se dejó largocabello al modo maya, tatuó su cuerpo según la do-lorosa exigencia con la que los guerreros yucatecasmostraban su fiereza viril y agujereó profundamentesus orejas para poder llevar zarcillos como el resto desus nuevos convecinos. Fray Diego añade escan-dalizado que «incluso es creíble que fuese idólatracomo ellos», problema teológico que no sabríamosdilucidar. En cambio no puede formularse sospechasemejante respecto al piadoso Aguilar, que se lasarregló para conservar su libro de horas, guardarmás o menos las fiestas y cumplir las restantes obli-gaciones cristianas a su alcance en tan desfavorablescircunstancias. Nachancán debía de ser un cacique más inte-ligentemente flexible que otros, más moderno. Enlugar de zamparse a Guerrero, sin obtener mayorprovecho de él, prefirió utilizar sus conocimientosmilitares: es curioso que incluso en las sociedades másestólidas y menos amigas de las innovaciones siem-pre hay cierto interés por los progresos de las artes de laguerra... También es posible que los chilanes (cha-manes o sacerdotes entre los mayas) de ese señorío
  • 136. ___________________ 145 __________________tuviesen particularmente presente la leyenda de Ku-kulkán que antes hemos mencionado... Lo cierto esque Gonzalo Guerrero se convirtió en algo así comoel arma secreta del cacique maya: el ejército rudimen-tario y decadente de Nachancán se vio reforzado porun hombre del renacimiento europeo, que les ense-ñó a fabricar fuertes y bastiones, así como la disci-plina operativa de los movimientos de tropas. Losquince señoríos mayas se hallaban en permanente es-tado de hostilidad unos contra otros: pronto la utili-dad de las enseñanzas de Guerrero se reveló en loscotidianos enfrentamientos y el encantado Nachan-cán pudo enorgullecerse de resonantes victorias so-bre los jefecillos vecinos. Pero la auténtica pruebade fuego de Guerrero llegó poco después, cuando letocó dirigir a sus huestes no contra otros caciques,sino contra sus antiguos compadres, los invasores ve-nidos de más allá de los mares... En el año del Señor de 1517, cuando Gon-zalo Guerrero y Jerónimo de Aguilar llevaban ya vi-viendo aproximadamente un lustro entre los mayas(caso admirable de supervivencia que no hubiesedejado de ser consignado en el Libro Guiness de losrécords si tan educativa publicación hubiese existi-do en aquellos tiempos), don Francisco Hernándezde Córdoba salió con tres navios de Santiago de Cu-ba hacia Yucatán. Aunque los bienpensados dicenque quizá saliese a descubrir nuevas tierras, vocaciónmuy del momento, los más realistas apuntan que suobjetivo era reclutar por la fuerza nuevos esclavos pa-ra las minas porque su número «se iba apocando»,como reconoce fray Diego de Landa, queriendo de-cir que los trabajos agotadores y los malos tratos ibanacabando masivamente con aquellos desdichados na-
  • 137. ___________________ 146 __________________tivos obligados a procurar la grandeza del imperioespañol (cada imperio tiene su propia forma de cani-balismo, como puede verse, y según dijo el guasón deMontaigne la elección está entre quienes matan a lagente para comérsela o se la van comiendo viva has-ta que se muere...) Para saber lo que apocaba el nú-mero de mineros forzosos entre los nativos sometidosa los rigores de aquel capitalismo naciente puedeconsultarse la Brevísima relación de la destrucción de lasIndias del obispo Bartolomé de Las Casas, crónica aveces exagerada de hechos demasiado ciertos y quedefiende principios de dignidad humana universalque honran tanto a la persona que se atrevió a sos-tenerlos como a la cultura innovadora que los fue po-niendo a punto. Hernández de Córdoba con sus tresnavios llegó a la isla de Mujeres y a él se debe, siLanda no miente, el glamuroso nombre de la misma,fundado en las grandes estatuas de diosas pétreas quehalló en los templos del enorme peñasco marino. Porcierto que tales edificaciones «le espantaron», siem-pre según fray Diego de Landa, pero también hallóalgunas cosas de oro y se las llevó, lo cual revela quesabía conservar la cabeza fría aun dentro del espantofrente a los desmanes de la idolatría... Prosiguieron viaje y llegaron a la península,para ser más precisos a Campeche, donde al princi-pio fueron bien recibidos por los indios, que se ad-miraban de sus trajes y de sus barbas (el asombro porlas barbas de los conquistadores españoles es una cons-tante en todos los encuentros con los nativos ameri-canos, de norte a sur del nuevo mundo y se daba aleyendas como la de Kukulkán o a la rareza fisioló-gica del hecho en sí mismo). Continuaron avanzan-do y los indios se volvieron menos amistosos: aun-
  • 138. ___________________147 __________________que no muy entusiasmado con la obligación de en-tablar combate, vista la obvia desproporción de nú-mero, Francisco Hernández terminó peleando y pesea recurrir a la artillería de las naves y a los arcabuces(espantables ingenios bélicos que por aquellas tie-rras desde luego debieron parecer armas horriblescomo las que los marcianos de las novelas de cien-cia-ficción contemporáneas suelen utilizar contra lospobres terrestres) no logró doblegar a los mayas. Tu-vo numerosas bajas, él mismo fue herido y hubo deretirarse otra vez a sus cuarteles de Cuba, donde murióa consecuencia de las heridas sufridas en la refriega,no sin proclamar que aquellas tierras eran muy bue-nas y que en ellas podía encontrarse el codiciado oroque tanto encandilaba a los invasores europeos. Unasegunda expedición poco después, en la que iba elfuturo Adelantado don Francisco de Montejo no al-canzó mejor fin que la primera. En ambos casos, sihemos de creer al acusica de Jerónimo de Aguilar(empeñado en que no le confundiesen con el renegadode su ex compañero) la culpa de estas derrotas espa-ñolas la tuvo la destreza bélica que Gonzalo Guerre-ro desplegaba a la cabeza de las tropas yucatecas. Qui-zá se trate de una exageración interesada, pero locierto es que así comenzó a fraguarse la leyenda deGuerrero. Pasan unos pocos años más. En 1519, co-mienza unos de los episodios cruciales de toda lagran epopeya de la conquista de América, tan llenade fechorías como de hazañas (o de hazañas que enel fondo fueron además fechorías): Hernán Cortészanja su larga querella con el gobernador DiegoVelázquez y —mitad engañándole, mitad desobe-deciéndole— parte de Cuba hacia Yucatán (que en-
  • 139. __________________ 148___________________tonces aún era considerada una isla) con once naves,quinientos hombres, varios caballos, todo bajo unaenseña de colores blancos y azules en honor de Nues-tra Señora y sellada con una cruz escarlata rodeadade la siguiente inscripción: «Amia sequamur crucen,& si nos habuerimus fidem in hoc signo vincemus». Asíempezaba la toma de Tenochtitlán, el final del im-perio azteca representado por Moctezuma y la his-toria moderna de ese gran país deslumbrante y dra-mático que primero se llamó Nueva España y ahorase llama México. De la expedición de Cortés for-maban también parte algunos veteranos de los via-jes anteriores a Yucatán: el piloto Alaminos, que lohabía sido con Francisco Hernández de Córdoba y enel viaje siguiente, Francisco de Montejo (cuyo pro-tagonismo en la toma de Yucatán será fundamentalmás adelante) y el indio Melchor, un intérprete quetambién los había acompañado en ambas ocasiones.La primera estación de su viaje fue la isla deCozumel, donde desembarcaron los expedicionariosy saquearon un poblado, para después hacerse ami-gos de la señora y los hijos del cacique del lugar ydevolverles todo lo expoliado. Ya iniciaba Cortés suhabitual táctica de dureza y flexibilidad que tan bue-nos resultados había de reportarle más adelante ensu increíble tarea de demolición de todo un mun-do. Al ver las barbas de los invasores, los nativos co-mentaban con reverente asombro «¡castillán, casti-llán!», por lo cual coligió Cortes de inmediato quedebía haber españoles viviendo en los señoríos deYucatán. Nada podía serle más útil al ambicioso ex-tremeño que compatriotas que conociesen bien lalengua de los pueblos a los que iban a enfrentarse, asícomo sus costumbres y añagazas. Decide pues en-
  • 140. __________________ 149___________________viarles una carta con los propios indios a los que yase había camelado para pedirles (ordenarles, más bien)que se incorporasen inmediatamente a su pequeñoejército. De la carta hay varias versiones según loscronistas; la que sigue es la de nuestro informadorhabitual, fray Diego de Landa: «Nobles señores: yopartí de Cuba con once navios de armada y quinien-tos españoles, y llegué aquí, a Cozumil, de donde osescribo esta carta. Los de esta isla me han certificadoque hay en esa tierra cinco o seis hombres barbadosy en todo a nosotros muy semejables. No me sabendecir otras señas, mas por éstas conjeturo y tengo porcierto que sois españoles. Yo y estos hidalgos queconmigo vienen a poblar y descubrir estas tierras, osrogamos mucho que dentro de seis días que recibie-reis ésta, os vengáis para nosotros sin poner otra di-lación ni excusa. Si viniereis, conoceremos y gratifi-caremos la buena obra que de vosotros recibirá estaarmada. Un bergantín envío para que vengáis en él,y dos naos para seguridad». Otras transcripciones delmensaje aluden a la condición de «prisioneros» dealgún cacique que padecían Aguilar y Guerrero, perotal mención se compadece mal con el ruego —casiorden— de incorporarse con la mayor brevedadposible a sus filas que constituye el núcleo de la llama-da de Cortés. En cualquier caso, el tono dominantey a la par seductor del conquistador extremeño —es-critor nada mediocre y retórico habilísimo de un prag-matismo político poco escrupuloso— está bien pre-sente en el texto que ofrece Landa. Los mensajeros llevaron esta misiva envuel-ta en su propio cabello a través del estrecho verda-deramente estrecho que separa Cozumel de la pe-nínsula yucateca. Desde nuestra óptica matasellada
  • 141. ___________________ 150 __________________por la agonía definitiva del correo (que da las bo-queadas entre las empresas privadas de mensajería yel fax), es sorprendente comprobar lo bien que mar-chaba la correspondencia en sus asilvestrados ini-cios: a Felipe II le llegaron sin duda las epístolas de-safiantes de Lope de Aguirre y Jerónimo de Aguilarrecibió en su momento con toda certeza la proclamareclutadora de Cortés. Pero el audaz capitán era hom-bre del Renacimiento y por tanto estaba ya in-ventando la más moderna de las pasiones, la prisa.Como los misteriosos barbudos no se presentabana filas, los dio por muertos y ordenó levar anclas.Afortunadamente una de las naves se accidentó ytuvo que volver a puerto para ser reparada, lo cualpermitió a Aguilar alcanzarla. Cruzó el estrecho deCozumel en canoa y acompañado por varios remerosindios; al principio, todos le tomaron por un nativomás, pues iba aderezado como cualquiera de ellos,hasta que lloroso y en un español «mal mascado ypeor pronunciado» (según cuenta Bernal Díaz delCastillo) exclamó: «¡Dios y Santa María y Sevilla!».Entonces fue acogido con todo el ceremonial reser-vado para los hijos pródigos. Según fray Diego de Landa transcribe, Jeró-nimo de Aguilar contó, en el relato de todas sus pe-ripecias que incluían el fin de Valdivia y los demáscompañeros, que no le había dado tiempo para avi-sar a Guerrero, pues se encontraba a más de ochentaleguas de él. Sin embargo, Bernal Díaz y otros cro-nistas atestiguan que Aguilar se encontró con Gue-rrero e intentó convencerle para que volviese con élal redil de sus compatriotas. La respuesta negativade Gonzalo Guerrero es uno de los documentos mássignificativos de esta insólita historia: «Hermano
  • 142. ___________________151 __________________Aguilar: yo soy casado y tengo tres hijos, y tiénen-me aquí por cacique y capitán cuando hay guerras;idos con Dios, que yo tengo labrada la cara y hora-dadas las orejas. ¡Qué dirán de mí desde que me veanesos españoles ir de esta manera! Y ya veis estos mishijitos cuan bonicos son. Por vida vuestra que me deisde esas cuentas verdes que traéis y diré a mis herma-nos que me las envían de mi tierra». La mujer indiade Guerrero intervino también en la discusión, apos-trofando al tentador Aguilar con un vigor que con-firma su principesco origen y la importancia que es-taba segura de tener en los afectos del renegado dePalos: «Mira con qué viene ese esclavo a llamar a mimarido; idos vos y no curéis de más pláticas». Elasombrado Aguilar, incapaz de comprender cómosu compañero de trajines rechazaba esta pintiparadaocasión de regresar a la normalidad, insistió con argu-mentos religiosos —«repara que eres cristiano, et-cétera»— e incluso le dijo que si el problema eransu mujer y sus hijos podía llevárselos consigo en buenahora. Pero por más que le dijo y amonestó, Guerrerosiguió negándose a acompañarle. Lo más interesante de todo este coloquio, delcual puede decirse que se non e vero, é ben trovato, esque representa el choque de una concepción públicade la vida con la noción privada de la misma. ParaAguilar (igual en esta perspectiva tradicionalista pro-bablemente a los propios mayas que despreciaba) elindividuo no puede lógicamente querer vivir másque entre quienes comparten su lugar de nacimientoy en el ámbito de la cultura a la que por tal origenpertenece, de la que recibe —según el detestabledogma tan repetido— su identidad. Nada puede ad-venirle posteriormente al sujeto como para borrar-
  • 143. __________________ 152___________________le esta impronta primordial, ni mucho menos nadapuede éste hacer con su vida para extirpársela. PeroGuerrero piensa de otro modo. Si las razones paranegarse a acompañarle hubieran sido (como quizáquisieran los ideólogos actuales del indigenismo)las de que prefiere la forma de vida de los mayas a lade los españoles o que considera que éstos cometenun injustificable atropello invadiendo tierras aje-nas, seguiría en el mismo terreno de la vida públicaque Aguilar y no haría sino optar por una identidadcolectiva frente a otra. Sus argumentos, en cambio,son de índole exclusivamente privada: el afecto a sumujer y a sus hijos, la adopción de señales externasde incorporación a un grupo que le harían presumi-blemente insoportable la vida en otro a causa de loshabituales prejuicios, el propio estatus alcanzado enla nueva comunidad de la que quiere formar parte,etcétera. Razones como las que daría cualquier ciu-dadano moderno para no dejar su actual empresa yla ciudad en la que vive a gusto por la exigencia devolver al trabajo en la villa natal que hace tiempoabandonó. Hasta solicita baratijas que puedan ayu-darle a mejorar su posición entre su nuevo grupo, loque revela que lo conocía bien sin haber olvidadolos usos de aquel al que perteneció anteriormen-te. Si la capacidad de romper con los vínculos delpasado y emprender individualmente una nueva an-dadura, por chocante que pueda parecerle a los in-movilistas, es uno de los rasgos característicamentemodernos del Renacimiento, no cabe duda de queGuerrero —tatuado y emplumado como cualquierindio— representa la modernidad mejor que el exseminarista Aguilar empeñado a toda costa en vol-ver a casita con los suyos...
  • 144. ___________________ 153 __________________ De modo que a fin de cuentas Jerónimo deAguilar marchó solo con Cortés a la desaforada em-presa de descalabrar el imperio azteca. Y su papel enlos acontecimientos no fue nada pequeño. En Ta-basco le hicieron los nativos a Cortés el mejor de losregalos: una india de noble cuna y naturalmente des-pejada inteligencia, llamada Malinche y que luegose convirtió en doña Marina. Malinche conocía lalengua maya de Yucatán, que también dominabapor obvias razones Jerónimo de Aguilar. Se estable-ció así el círculo de intérpretes que permitieron des-de un comienzo al conquistador extremeño la co-municación con los pueblos que invadía: Malinchetraducía del azteca al yucateco y Aguilar de éste alcastellano. Según Tzvetan Todorov, en su excelentelibro La conquista de América, la clave del éxito deHernán Cortés fue su flexible dominio de las comu-nicaciones, que le permitió descifrar a sus enemi-gos, argumentar con ellos, formular amenazas o há-biles engaños, en una palabra, dominarlos tambiény sobre todo desde dentro. En esa tarea, la aportacióndel náufrago Jerónimo de Aguilar fue sin duda de-cisiva por lo que una vez más el destino de grandesinstituciones y millones de personas fue decidido porincidentes aparentemente menores, como una dis-puta intestina entre ambiciosos, un tormenta mari-na y la terca capacidad de supervivencia de un solopersonaje, en sí mismo quizá nada grandioso. Partió pues Hernán Cortés con su pequeñoejército hacia el interior del continente, no sin ha-ber quedado convencido de que Gonzalo Guerreroera un peligroso traidor, causante de las dificultadesque los españoles habían encontrado en la conquistade Yucatán y previendo incluso el papel de astuto
  • 145. ___________________154___________________jefe militar entre los mayas que podría seguir de-sempeñando en el futuro. Bernal Díaz del Castilloseñala inequívocamente que Guerrero «fue el in-ventor de que diesen la guerra que nos dieron» y elpropio Cortés dictaminó ominosamente sobre el re-negado: «En verdad que le querría haber a las manosporque jamás será bueno». Más tarde, en efecto, laactividad de Gonzalo Guerrero confirmará con cre-ces estas prevenciones de los conquistadores sobre lapotencial amenaza que representaba para sus planes.Cuantos intenten dominar Yucatán han de saber a par-tir de entonces que lo primero es conseguir el apoyode Guerrero o destruirlo para que no siga dificul-tando su tarea. Durante seis años, Gonzalo Guerrero conti-núa viviendo sin interferencias en el señorío de Na-chancán. Tiempo sobrado para familiarizarse con sucomplejo calendario y para adquirir algunas nocionesde su astronomía, que era más bien astrología, por-que para los mayas, como hemos dicho, los cuerposcelestes determinaban férreamente todos los inci-dentes de las vidas humanas. Es muy probable quedurante ese tiempo asistiese a más de un sacrificiohumano y también que participase para no desen-tonar en banquetes caníbales rituales. Entre tanto,Cortés ultimaba la derrota y expolio de Tenochtitlán,fundando lo que por un largo tiempo debía llamarseNueva España. En 1527, Francisco de Montejo, nom-brado Adelantado de Yucatán, desembarca en la pe-nínsula con cuatrocientos hombres y ciento cincuen-ta caballos cerca de Tulum, que por entonces aúntenía el nombre de Zama. Imitando a su destacadomentor extremeño, quema sus naves y se aventura tie-rra adentro. Las enfermedades y las emboscadas van
  • 146. ___________________ 155 __________________mermando el número de sus fuerzas de forma alar-mante. Por fin se decide a dividir sus ya escasastropas en dos grupos: uno, encabezado por su lu-garteniente Alonso Dávila, marcha hacia Chetumal,mientras que el segundo, mandado por el propioMontejo, se encamina hacia el sur. De nuevo recuer-da Montejo al español renegado que vive entre losindios y envía a Guerrero una misiva exhortándole areunirse con él. La carta es zalamera, su encabeza-miento califica a Guerrero de «hermano e amigoespecial», y en ella le promete el más deferente delos tratos y la exculpación de toda posible represaliapor sus acciones anteriores. Como es de rigor, lerecuerda su condición de cristiano y los restantesvínculos de lealtad que le unen con las zarandeadascohortes expedicionarias. Pero Guerrero vuelve a ex-cusarse, con palabras sumisas en las que late ciertadoblez irónica: «Señor, yo beso las manos de vuesamerced; e como soy esclavo, no tengo libertad, aun-que soy casado e tengo mujer e hijos e me acuerdode Dios; e vos, señor, e los españoles tenéis buenamigo en mí...». Con amigos como éste, debió pen-sar Montejo, ya no hacen falta enemigos...; ¡el jefemilitar de los mayas, yerno dilectísimo de su caci-que, tenía la desfachatez de presentarse como unsimple esclavo!, ¡el mayor enemigo de los invasoresespañoles pretendía ofrecerse a éstos como un ami-go sincero, casi un hermano extraviado por las cir-cunstancias! El cronista Fernández de Oviedo relata la trampa urdida por Guerrero para desconcertar y de- bilitar a los españoles: tras fortificar Chetumal, hizo creer a Montejo que su lugarteniente había sido de- rrotado con todas sus tropas y de lo mismo respecto
  • 147. ___________________ 156 __________________al Adelantado logró convencer a Alonso Dávila. De-sesperados ambos, iniciaron cada cual por su lado unaretirada a lo sálvese el que pueda. Fue Dávila el prime-ro que se dio cuenta del engaño, por lo que siguióavanzando con mil penalidades y llegó hasta Chetu-mal, pero sólo para encontrar la ciudad abandonaday sin provisiones, lo que convirtió de nuevo su reti-rada en una pesadilla de hambre y hostigamiento.Como dice indignado González de Oviedo, Gonza-lo Guerrero «estaba ya convertido en un indio y muypeor que un indio...». Montejo decidió prudentemente que era me-jor iniciar la consolidación del poder hispánico sobreYucatán por Veracruz y Campeche, a partir del golfode México. Su avance se hizo mucho más lento y máscauto, aunque nunca cedió en un empeño en el que alargo plazo llevaba todas las de ganar. Años más tar-de, en 1536, llegamos al desenlace de esta histo-ria. Como los mayas de Higueras, en la bahía deHonduras, estaban siendo atacados por los españoles,Gonzalo Guerrero organizó toda una flotilla de ca-noas para ir en su ayuda. Fue su última batalla. An-drés de Cereceda, en su informe fechado el 14 de agostode ese año, da el siguiente parte: «El cacique Cicum-ba declaró que durante el combate que había tenidolugar dentro de la albarrada del día anterior, un cris-tiano español llamado Gonzalo Aroca Guerrero habíasido muerto de un arcabuzazo. Es el que vivía entrelos indios de la provincia de Yucatán por veinte añoso más. Es el que dicen que arruinó al AdelantadoMontejo. Este español que fue muerto estaba desnu-do, pintado su cuerpo y con apariencia de indio». Así acaba la biografía oficial de GonzaloGuerrero. De sus hijos y nietos nada sabemos, salvo
  • 148. ___________________ 157 __________________que los tuvo; unidos y enfrentados a los hijos y nietosde sus matadores, heredaron lo que hoy llamamosHispanoamérica. BIBLIOGRAFÍACHAMBERLAIN, ROBERT S.: Conquista y colonización de Yucatán, Porrúa, México.DÍAZ DEL CASTILLO, B.: Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, col. Historia 16, Madrid.FERNÁNDEZ DE OVIEDO Y VALDÉS, G.: Historia General y Na- tural de las Indias, islas y tierra firme del mar Océano, Bi- blioteca de Autores Españoles, Madrid, 1959.LANDA, DIEGO DE: Relación de las cosas de Yucatán, col. Historia 16, Madrid, 1985.LÓPEZ DE GOMARA, E: Historia de la conquista de México, Porrúa, México.THOMPSON, J. E.: Historia y religión de los mayas, Siglo XXI, México.TODOROV, T.: La conquista de América, Siglo XXI, México.
  • 149. Ángeles decapitados Una de las ventajas indudables de las dicta-duras es que convierten la cultura en algo sumamenteimportante para todo el mundo: para las autorida-des del régimen, que la controlan, reprimen y cen-suran como si de las opiniones vertidas en tal libro ode las escenas de tal película dependiera la estabili-dad del sistema; para los escritores y artistas, quecalculan el peso de cada pincelada o cada palabracomo asunto de vida o muerte, de prisión o libertad;y para el público en general, que busca con denuedoen las manifestaciones culturales la voz que políti-camente se le niega o la rebelión contra lo impuestoque necesita para respirar. Gracias a la dictadura,cada cual descubre que las artes plásticas, la litera-tura y hasta la música no son simples recreos paraociosos, sino potencias daimónicas, cargadas de vi-gor público positivo o negativo: escuelas inevitablesde domesticación, pero también de arrojo emancipa-dor. Lo malo —todo tiene su lado malo, incluso lasdictaduras— es que convierten la cultura en algoforzadamente militante y la cargan con un suplementoheroico que sólo raras veces la beneficia. Descubrirlas implicaciones sociales y políticas de la cultura,su trascendencia comunitaria, es cosa altamente be-neficiosa que propician los tiranos; la cruz fatal dela moneda es que gobernantes, creadores y usuariosacaben por medir los valores culturales con el único
  • 150. ___________________ 159 __________________criterio de la excitación política y social que puedenavivar. Tanto de ese reverso como de su anversohemos tenido experiencia los que crecimos bajo elfranquismo. Los que no vivieron la dictadura pueden com-prender, si tienen imaginación y sensibilidad política,los aspectos dramáticos de la pérdida de esas liber-tades básicas que hoy se dan en España por descon-tadas, pero difícilmente logran hacerse cargo de susaspectos ridículos. Hace poco, con motivo de una ca-ricatura del rey Juan Carlos aparecida en un perió-dico, comenté a mi hijo que yo vi mi primera cari-catura de Franco cuando estaba a punto de cumplirlos diecisiete años: fue en la revista francesa ParísMatch, que mi madre compraba en Biarritz todos losfines de semana cuando pasábamos a Francia desdeSan Sebastián. Mi hijo, que aún no tenía un año almorir el dictador, se quedó extrañado: ¿cómo puedevivirse tanto tiempo sin ver dibujos satíricos contralas autoridades, piensa él, que prácticamente no veotra cosa en cuanto abre un periódico? Le conté queuna simple caricatura podía llevar al cierre de unapublicación y al encarcelamiento de su autor; el chicome miró con un poco de escepticismo, convencidode que yo exageraba. Y es que, en efecto, hay algo deinverosímil, de ridículamente increíble, en que unpoder que cuenta con el ejército, la policía y todo elresto de la parafernalia represiva se dedique a perse-guir caricaturas o a prohibir un párrafo en un ar-tículo de periódico. Sin embargo, la tiranía no sólobusca obediencia, sino también unanimidad aparentey aun fervor entusiasta entre sus víctimas: desea nosólo ser temida, sino también respetada y aun amada,por lo que cualquier indicio de desafección despier-
  • 151. __________________ 160___________________ta sus iras. Como el amante celoso, ve en cualquierfruncimiento de ceño o cualquier guiño el comien-zo de la traición abosoluta... El régimen franquista debió ser en sus ini-cios tan fascista y tonante como su primo italiano,aunque cuando yo alcancé cierto uso de razón ya ha-bía sido desbastado por el tiempo y la necesidad deacomodarse a un contexto europeo que no marchabaal paso de la oca. En la cultura oficial todavía queda-ban sin embargo resabios del antiguo estilo y no fal-taban los que Borges llamó «gritadores» y definiócomo «hechos de espuma y patriotería y de insonda-ble nada» (Inquisiciones), cuyos representantes en latelevisión de finales de los años cincuenta y comien-zos de los sesenta pudieron ser un Jesús Suevos o unAdolfo Muñoz Alonso. La prosa periodística nutri-da por la retórica falangista abundaba también entales especímenes, descendiendo hacia lo canalla porefecto de una evolución inversa —del hombre haciael mono de imitación— desde talentos indudablespero políticamente repulsivos como César Gonzá-lez-Ruano, Eugenio Montes o Rafael García Serra-no hasta niveles ínfimos, de los cuales puede hoydar idea el superviviente Jaime Capmany, sorpren-dente maestro actual de columnistas papanatas quequizá le merecen como tal. Hablar de la cultura oficial sirve para recor-darnos que la dictadura quería extirpar las manifes-taciones culturales críticas o comprometedoras parasu hegemonía (la mayor parte de las más activas enaquella época), pero no renunciaba a establecer lassuyas propias. En efecto, el franquismo convirtió aEspaña en un desierto cultural, es decir, en un pára-mo unánime, estéril y monótono por el que aparen-
  • 152. ___________________ 161_______________________temente no circulaban más que los graves y adormi-lados dromedarios de la propaganda del régimen,algunos de los cuales jugaban a prudentemente crí-ticos dentro de la lealtad inquebrantable y que dife-rían de los más conformistas no en su garbo o en superfil general, sino en que tenían dos jorobas en lu-gar de una sola. Pero, como en todo desierto que seprecie, en el Sahara cultural del franquismo existíamucha más vida de lo que cabía vislumbrar a simplevista: pequeños seres que se escondían entre la arena,que se camuflaban como podían al paso de los dro-medarios de la censura o que sólo salían al aire libredurante las horas oscuras de la noche. Aún más: algu-nos de estos animalillos huidizos pero tenaces vivíancomo parásitos en las gibas de los camellos fascistoi-des, aprovechando sus descuidos o malinterpretandovoluntariosamente sus dictados. De este modo, cul-turalmente el franquismo fue un desierto, sin duda,pero un desierto viviente, como el de aquella películade Walt Disney que me gustó tanto de pequeño cuan-do la vi, en plenos años desérticos precisamente. Cuando alcancé la adolescencia, la políticacultural del régimen franquista era más prohibitivaque doctrinaria. Como queda indicado, durante losprimeros años de la dictadura no fue así y quien deseeconocer su faceta de imposición escolar a modo delavado de cerebro habrá de consultar El florido pensilde Andrés Sopeña, un justamente celebrado florile-gio de las barbaridades nacionalistas, del catolicis-mo integrista, de la fobia antiliberal y anticomunista,que fueron inculcadas durante aquellos años a quienesmenos podían defenderse contra ellas. Por esta víase pretendió crear la reserva espiritual de occidente,entendiendo la palabra reserva en su sentido más zoo-
  • 153. __________________ 162 __________________lógico: un espacio acotado donde vivieran en falsalibertad formas de vida artificialmente segregadasde la contaminación de la modernidad. Porque, enresumidas cuentas, el franquismo fue ante todo y so-bre todo antimoderno, a diferencia del nazismo y delfascismo mussoliniano que representaban una for-ma aciaga de la modernidad, pero moderna al fin y alcabo. La ideología franquista era un conservadurismopatriotero, militarista, gazmoño y clerical que odia-ba cuanto olía a modernidad, desde el individualis-mo a la emancipación sexual, desde los partidos po-líticos a la impiedad científica, desde la libertad deconciencia religiosa hasta las formas estéticas o sim-plemente indumentarias que disentían de lo tradi-cional. El franquismo fue reaccionario en el sentido másestricto y literal del término: quería impedir algomucho más que proponer algo. En su última década, eldesarrollo económico y la llegada de los tecnócratasdel Opus Dei al gobierno, así como el beneficiosocontagio del turismo europeo y sus corruptores ejem-plos, disolvieron o aliviaron lo más estrepitosa-mente antimoderno de este conglomerado ideoló-gico. Y no quedó nada después, porque nada máshabía. De aquí la facilidad con que a la muerte deFranco los rasgos externos del franquismo desapare-cieron de la vida pública y hasta de la memoria de lacasi totalidad de los españoles. Por cierto, que algu-nos rasgos de ese antimodernismo van renaciendoahora y no siempre desde la derecha conservado-ra, sino también con pretextos antiyankis, neoespi-ritualistas, ecologistas, nacionalistas, etcétera. Hayalgunos a los que no les molestaría hoy reinventaruna especie de franquismo... sin Franco, incluso unfranquismo de izquierdas.
  • 154. __________________ 163__________________ De modo que el franquismo de mi adoles-cencia proponía ya pocas cosas en el campo cultu-ral, pero en cambio prohibía muchas. Tomaré comoejemplo el terreno de la lectura, que es el que siem-pre me ha interesado prioritariamente. Durante elfranquismo había dos censuras, la eclesiástica y lapolítica, que se complementaban mutuamente, perono siempre se superponían. Por razones eclesiales seprohibían los libros críticos con la religión cristianay sobre todo con la Iglesia católica, así como las obraslicenciosas (¡qué paradoja semántica, prohibir la li-cencia!). El famoso índice de libros prohibidos, resi-duo del Santo Oficio, continuaba tan vigente comola Bula de la Santa Cruzada: cuando yo cursé la ca-rrera de Filosofía en la entonces llamada UniversidadCentral y hoy la Universidad Complutense de Ma-drid (en la segunda mitad de los años sesenta), losalumnos católicos aún tenían que pedir en la capilladispensa por estudios para leer obras tan escandalosascomo, por ejemplo, el Discurso del método de Descartes.Publicar en aquella época una edición del Diccio-nario filosófico de Voltaire era una hazaña de audaciacasi inimaginable, pues difícilmente hubiera alcan-zado el nihil obstat. Y para qué hablar de Albert Ca-mus o Jean-Paul Sartre... La Iglesia católica, hoytan celosamente preocupada por la libertad de con-ciencia, padecía entonces una curiosa amnesia al res-pecto. La censura política perseguía ante todo a losrojos hispanos de cualquiera de las tendencias, desdesimples republicanos o nacionalistas conservadoreshasta la extrema izquierda (era más fácil encontrarun libro de Trotski que de Azaña), a los historia-dores extranjeros que daban una versión de la gue-rra civil contraria a Franco o simplemente neutral
  • 155. ___________________164___________________y a los clásicos del anarquismo y del marxismo. Lasobras de autores españoles analizando la realidadsociopolítica de nuestro país no fueron tibia y vacilan-temente permitidas hasta los últimos años del fran-quismo, aunque se limitasen a explicar los funda-mentos del Estado de derecho o en qué consisten lospartidos políticos. Cuando por fin obtuvieron más quepermiso una saludable vista gorda, en los estertoresde Franco y del régimen, se produjeron best sellerscasi milagrosos, improbables en cualquier otro país:he conocido amigos que llegaron a comprar hastatres ediciones distintas de Materialismo y empiriocri-ticismo de Lenin, quiero suponer que sólo por purarevancha histórica... La censura nos vedaba el acceso a muchoslibros, pero también servía para revelarnos a contra-rio con sus interdictos los autores más dignos de serbuscados. Una guía insustituible en este sentido fuepara mí y para un grupo de amiguetes el anuario delecturas buenas y malas que publicaban los jesuitasde Deusto bajo la dirección sagaz del padre Garmen-dia de Otaola. La obra heredaba el inquisitorial em-peño de otra anterior a la guerra civil del padre La-drón de Guevara, que titulaba a la suya Lecturas malasy buenas, especificando que ese rótulo se debía a queabundaban mucho más las primeras que las segun-das. El padre Ladrón de Guevara no retrocedía en surepertorio alfabético a poner entradas tan rutilantescomo ésta: «Galdós: búsquese en Pérez cuan maloes este autor». La versión aggiornatta de Garmendiade Otaola tenía de bueno que resultaba completísi-ma y que incluía la mención de libros o autores quesólo podían ser alcanzados gracias al contrabando cul-tural. Las desviaciones religiosas, políticas o eróticas
  • 156. ___________________ 165 __________________de los autores eran detalladas con tal minuciosidad queal grupo de perversos alevines que lo manejábamosen conciliábulo nos brindó algunas inestimables cartasde recomendación. Gracias a ese prontuario de here-jías me enteré por ejemplo de la existencia de AndréGide, cuya producción era despachada con dicta-men tan rotundo y argumentación tan oscuramentesugestiva de lo nefando que el hallazgo de Si la semi-lla no muere en la edición argentina de Losada su-puso una de mis mayores emociones preuniversita-rias. Y es que el perverso viejo topo de la rebeliónsiempre sabe abrirse paso, alimentándose sobre todode la inquina de sus perseguidores... En ese contexto poco propicio, pero por ellomismo culturalmente estimulante, algunos aprendi-mos a sobrevivir gracias al conocimiento del idiomafrancés (el inglés no se había inventado todavía en lobibliográfico, aunque amanecía en el terreno musi-cal que yo no frecuentaba) y a las editoriales hispa-noamericanas. El francés era útilísimo sobre todo siuno, como era mi caso, vivía cerca de la frontera y po-día visitar con relativa frecuencia librerías cercanasen lo geográfico, pero separadas por subversivos añosluz de las españolas; también me resultó indispen-sable más tarde en las librerías de Madrid que ven-dían libros extranjeros, como las alemanas Bucholtzo Miessner o la francesa Henri Avellan, donde se con-seguían obras foráneas que jamás hubieran podidoexhibirse en lengua castellana. Pero la deuda másprofunda e imborrable la tenemos los que entoncesfuimos jóvenes con las ediciones de los países her-manos del otro lado del Atlántico. Sin el Fondo deCultura Económica, lo hubiéramos ignorado casitodo en el campo de la sociología, la antropología, la
  • 157. ___________________166 __________________economía y buena parte de lo más importante de lafilosofía (Ser y tiempo, La fenomenología del espíritu, et-cétera); sin la editorial Losada muchos nos habría-mos quedado sin Sartre, Gide, Kafka, Pasolini y unlargo y estimulante etcétera; gracias a Sur leímos laDialéctica del iluminismo de Adorno y Horkheimer, losprimeros ensayos de Walter Benjamin y otros pensa-dores alemanes relevantes, en las traducciones de H.Murena: ¿qué habría sido de nosotros sin ellas, y sinJoaquín Mortiz, Sudamericana, Emecé o sin lo pu-blicado en Argentina y México por Aguilar...? La lle-gada de algunos títulos de esas colecciones a Españaera irregular, no siempre por razones de censura, y enalgunas librerías nos los reservaban a los iniciados congesticulación semiclandestina que encandilaba miánimo adolescente. A mí me los guardaba en la libre-ría Aguilar de la calle Goya de Madrid un depen-diente llamado Ángel (¡bendito sea donde quiera queesté!), que me consiguió el tomo encuadernado enpiel de las obras completas de Baudelaire y el volu-men de André Gide en la colección de premios No-bel, ambos editados en ultramar por Aguilar y prohi-bidos en España. También me guardaba los libros deBorges editados por Emecé, que llegaban con cuenta-gotas o no llegaban. La parsimonia con la que me veíaobligado a leer a quien desde el primer momento seconvirtió en mi mayor pasión literaria —y sigue sién-dolo— me desesperaba, literalmente. Por tanto apro-veché una de mis visitas a Biarritz con mis padrespara conseguir en francés Historia de la infamia e His-toria de la eternidad en las traducciones de RogerCaillois. Cuando le conté a Borges que el original dealgunos de sus libros para mí estaba en francés se lotomó con su habitual sorpresa irónica...
  • 158. ___________________167 __________________ Pero también algunas editoriales españolasnos proporcionaban pábulo para el vicio a quienesno sabíamos hacer otra cosa que leer. En las novelasbaratas de kiosko de la colección Plaza y más tardede la colección Reno se hallaban maravillas junto aplúmbeos best sellers de la época. Por nada del mundoquisiera verme obligado a releer a Pearl S. Buck, La-jos Zilahy, Cecil Roberts o Louis Bromfield, aun asabiendas de que soy tan injusto con sus méritoscomo quien deja de comer macarrones toda su vidaporque es lo único que le ponían en el internado.Sin embargo sigo releyendo a Chesterton, a Somer-set Maugham, a Stefan Zweig y hasta puede quedisfrutase leyendo otra vez Sinuhé, el egipcio de MikaWaltari. Como lo subversivo de la cultura rara vezestá en la obra y casi siempre en la mirada del opri-mido, devoré obras no poco indigestas de autoresque mi madre, la gran lectora de la casa, me habíaseñalado como demasiado fuertes. Así por ejemploalgunas de Maxence Van der Meersch, cargadas deuna sombría problemática social afrontada desde laperspectiva más bien penitencial del catolicismoprogresista: en especial La máscara de carne, cuyo tra-tamiento de la vida y desdichas de un joven homo-sexual no me alejó desde luego de Gide ni de OscarWilde. Otra de estas drogas duras era Vicki Baum,prolífica y tediosa pero de enorme éxito en la épo-ca, cuyos libros hojeaba a toda velocidad intentan-do encontrar las escenas eróticas con mejores po-sibilidades masturbatorias. Me parece recordar queuna de sus novelas se llamaba El ángel sin cabeza yde ahí el título que he puesto a estas notas, porqueme parece que expresa bien lo que querían conse-guir las autoridades culturales franquistas de la po-
  • 159. ___________________ 168 __________________blación sometida: un rebaño de dóciles ángeles de-capitados. En la prensa los escritores hacían filigranaspara sobrevivir: recuerdo brumosamente un artículode Azorín dedicado a comentar las excelencias li-terarias del Caudillo. Sólo retengo una frase, de esasque convierten a un autor en parodia forzada de símismo: «La prosa del Caudillo es parca en adjeti-vos». El periódico que contaba con el mejor plantelde colaboradores culturales era ABC, que en laspostrimerías del franquismo fue desbancado por losbastante más avanzados Informaciones y Madrid. Aladolescente que fui le encantaban los artículos deCésar González-Ruano y me interesaban las rigorosascríticas de obras ensayísticas perpetradas por Gon-zalo Fernández de la Mora, que me orientaban a con-trario sobre lo que debía leer según el mecanismoantes indicado para el padre Garmendia de Otaola.En cuanto periódico, el ABC condensaba entonces ami juicio todas las esencias pomposamente retró-gradas, hipócritamente liberales y llenas de uncióncuril y castrense que representaban, ay, la faz máshumana del régimen. En sus páginas, aun antes dellegar a campañas tan abyectas como la que encu-brió el asesinato de Enrique Ruano por la policía,aprendimos algunos a detestar el empaque y aristo-crático señorío que se resuelve en insidias, complici-dad y mojigatería libidinosilla. Sin embargo y pesea que no parecía fácil, a partir de la muerte de Francoese periódico ha empeorado políticamente mucho.En semejante contexto, es difícil exagerar lo que enlas postrimerías del franquismo supusieron revistascomo Cuadernos para el diálogo o Triunfo y no sólopor sus análisis políticos semiembozados para tratar
  • 160. __________________ 169__________________de evitar los frecuentes secuestros, sino tambiénporque allí se hablaba con encomio liberador de es-critores, pintores, cineastas o pensadores que sólo ha-bíamos oído mencionar —¡si es que se los mencio-naba!— entre tergiversaciones y anatemas. Pero, como indiqué al comienzo, la aporta-ción positiva de la dictadura fue despertar un fervorcultural de oposición que algunos de los que lo vi-vimos no podemos menos de echar de menos... aun-que desde luego no sentimos la menor nostalgia porlas circunstancias políticas que lo provocaron. Si nohubiera sido por la censura dictatorial a tantos auto-res y tantas obras teatrales, no hubiéramos conocidoescalofríos tan deliciosos de transgresión emanci-padora al asistir a un estreno de Buero Vallejo o alMarat-Sade de Peter Weiss en versión de AlfonsoSastre y dirección de Adolfo Marsillach (¡el públicoaplaudía con emoción las soflamas de Marat y hastalanzaba octavillas en su favor, mientras la policía vigi-laba los accesos del teatro!). Sólo la censura cinema-tográfica, que convertía a la pareja de Mogambo enhermanos para evitar el adulterio y lo agravaba asíen incesto, justifica nuestras colas devotas a la puer-ta de los cines de Arte y Ensayo, donde nos tragába-mos luego bodrios aburridísimos pero también po-díamos descubrir To be or not to be o Repulsión. Graciasa la fastidiosa esterilidad de la universidad oficial,de la que fueron expulsados los representantes máscríticos como Aranguren, García Calvo, Tierno Gal-ván o Aguilar Navarro, descubrimos la magia de es-pacios alternativos de expresión y debate como elInstituto Alemán de Madrid. A su director, Herr Plin-ke, le estaremos algunos siempre agradecidos porhabernos abierto las puertas de la docta casa cuando
  • 161. __________________ 170___________________éramos algo así como hooligans juveniles de la filoso-fía, más dados al exabrupto y al etilismo que a so-brias meditaciones. Hasta un humilde recital de poesíapodía convertirse en una aventura subversiva másexaltante entonces de lo que hoy puede ser asistir ala más radical de las manifestaciones antiguberna-mentales. Y no hablemos de los recitales de cantau-tores como Raimon, Luis Llach o Pi de la Serra, al-gunos de los cuales (el celebérrimo de Raimon en laFacultad de Económicas de Madrid, por ejemplo)alcanzaron auténtica relevancia histórica, aunque lahistoria no fuese por aquellos tiempos más que la sumade esfuerzos que hacíamos algunos no tanto porderribar a la dictadura como por no dejarnos deltodo derribar por ella. El franquismo, como todas las dictaduras, te-mía a la cultura. Y es que las dictaduras —sea eldictador Franco, Pinochet o Castro, tanto da— sonuna cultura en sí mismas, una cultura de la unanimi-dad inocua, de la autocelebración, de la antimoder-nidad, del recelo ante la conspiración extranjera, delgregarismo patriótico, del puritanismo sexual, del en-trometimiento estatal en lo que piensan, sueñan odesean los ciudadanos amordazados. Y esta culturadictatorial nos sirve para dibujar al trasluz el perfilde la cultura libre: una cultura de la discordanciay aun de la cacofonía, crítica y autocrítica, defensoradel presente y promotora del futuro, internaciona-lista e incluso extranjerizante (todo menos la tribu,todo menos lo castizo, todo menos las esencias), indi-vidualista, libertina, a la vez íntima y pública, peronunca oficial. Yo añadiría por mi cuenta y riesgo unrasgo más: democrática. Porque frente a la cultura dela dictadura o la dictadura como cultura no puede
  • 162. __________________ 171__________________haber más que la cultura de la democracia, la demo-cracia como máximo logro cultural. La precisión esimportante puesto que, bajo Franco, había en el mun-do semiclandestino de la cultura muchos antifran-quistas, pero relativamente pocos demócratas; tras lamuerte del dictador, bastantes antifranquistas com-prendieron la importancia cultural de la democra-cia, pero otros se reciclaron en simples antiguberna-mentales... o en progubernamentales de la razón deEstado (aplicando éstos una máxima izquierdistaacrisolada: todo es puro si lo hace el puro en nombredel partido, aunque se manche las manos). Las con-secuencias a la vista están. Por ello el empeño eman-cipador y en su caso follonero de la cultura siguesiendo tan importante hoy como ayer. Pero que nadiese confunda ni confunda a los demás: los males delhoy no son homologables con los del ayer y la peordemocracia es mejor —políticamente mejor, perotambién culturalmente mejor— que la mejor dicta-dura. Quien lo probó, lo sabe.
  • 163. INTERMEDIOCARIÑOS CINEMATOGRÁFICOS
  • 164. El rapto de la bestia El sabio Spinoza razonó que no existen elMal y el Bien en términos absolutos, sólo lo maloy lo bueno según cada cual. ¿Qué es, entonces, lo ma-lo? Aquello que le sienta a uno mal. Las setas vene-nosas, por ejemplo, no son malas en sí mismas, perolas llamamos así porque pueden causar trastornosy hasta la muerte a quien las come. Para el que nopretende comérselas, son unas setas tan buenas comotodas las demás. Cómo no recordar a este respecto,ya que estamos en una revista para cinefilos*, la lec-ción de micología ética que les da Fernando FernánGómez a las niñas en El espíritu de la colmena... Y entonces ¿por qué son malas las mujeresmalas, a las que no hay que confundir con las malasmujeres, las cuales sólo son malas porque no puedenser otra cosa? Pues son malas porque sientan mal.¿A quién? Al que las quiere. Para el que no las quie-re, las mujeres malas son tan buenas, regulares oindiferentes como cualesquiera otras. Pero ¡ay de quienlas quiere! A ése se le indigestarán y hasta puedenllegar a resultarle fatales. Ellas no tienen la culpa,claro está: son inocentes y letales, como las setas ve-nenosas que se ofrecen en los bosques del Señor. ¡Notocar, no llevárselas a la boca, no besar, no acariciar!* Nosferatu, editada por el Donostiako Udal Patronatua. (N. del A.)
  • 165. __________________ 176___________________La culpa, si es que donde hay dolor siempre debehaber alguna culpa, será del que las quiso, del ena-morado. Y no es que este buen hombre opere entretinieblas, sin vislumbrar lo que le espera: todo lo con-trario. La mujer le sienta mal porque la quiere, peroél, aquí está la gracia, la quiere porque sabe que lesienta mal. Al final de Los tres mosqueteros, cuandoMilady de Winter (Lana Turner) ve acercarse el hachadel verdugo, intenta conmover a su traicionado mari-do Athos (Van Heflin) recordándole que un día laquiso: «Sí, te he querido —responde el mosquete-ro—. Te he amado como he amado la guerra, comohe amado el vino, como he amado todo lo que me hahecho daño». Amar para algunos (¿para todo el queama de veras, quizá?) significa que uno ha decididono poder vivir sin aquello que más le duele. Para no andarnos por las ramas tomemos elejemplo de King Kong, el mono que por razones depeso más dificultades tuvo siempre para subirse alos árboles. El rey de los gorilas vivía respetado y temi-do en su isla, como un auténtico pacha. No padecíacarestía de doncellas: en lugar de tener una novia encada puerto, como ciertos marinos salaces de la marsalada, él mismo se había convertido en el puertofinal de las más exquisitas novias de la tribu que leveneraba. Todas morenas, ay. Como bien observó al-guien, en aquella isla no abundaban mucho las ru-bias... hasta que llegó Fay Wray. La verdad es que noabundaron ni siquiera cuando llegó Fay Wray, por-que entonces la única rubia de los alrededores fueella. Pero para King Kong eso resultó suficiente: sele inauguraba un mundo nuevo, el paraíso imposibledel deseo de lo insólito que luego siempre se con-vierte en infierno de lo inasequible. Puede que ina-
  • 166. ___________________ 177__________________sequible, debió decirse el animoso Kong, y sin em-bargo también yo soy inasequible al desaliento. Pero ¿por qué una rubia resultó tan infinita-mente preferible a las infinitas morenas de la ofren-da anual (o mensual: ignoro la frecuencia del débitoconyugal de Kong, pero le supondremos sometido ala luna llena del mes, hasta el punto de que sus no-vias, al verse arrastradas al poste del sacrificio, se loexplicaban a sí mismas diciendo: «Estoy con la mons-truación»)? Tranquilicemos a los irritables vigilan-tes de lo políticamente correcto: King Kong no eraracista. Para él todas las mujeres pertenecían a la mis-ma raza y esa raza era la raza de lo que le gustaba,precisamente porque no era la suya. Pero como a todobuen salvaje, diga lo que diga el moralista Rous-seau, a Kong le apetecía lo nunca visto ni palpado,lo exótico, lo inédito. Si hubiese vivido en Escandi-navia, se habría ido detrás de la única negraza querompiera la monotonía blonda del paisaje. En losanuncios eróticos de los periódicos suelen ofrecersejugosas compañías cuyo atractivo es regional: ¡ga-llega cachonda!, asturiana madurita, etcétera. Segúnparece se dirigen a nostálgicos que más que mal deamores padecen el mal de su país. Pues bien, nues-tro Kong nunca hubiera picado. Leería gorila sumisay diría para otro; ¿morena ardiente? de eso ya tengo; pe-ro si se le ofrece una rubia... a esa llamada desde suselva no podía dejar de responder. ¡Pobre Kong, mi semejante, mi hermano!Creyó que la preciosa novedad era para él y que erapara siempre. Probablemente incluso estaba dispues-to a convertirse en un mono monógamo, no monó-gamo sucesivo, como había sido hasta entonces, si-no monógamo definitivo y monoteísta de una nueva
  • 167. ___________________ 178 __________________divinidad por la que estaba dispuesto gustosamentea renunciar a la suya. Creyó que para conservar a unarubia bastaban los mismos ejercicios atléticos quecon tanto éxito utilizaba para apropiarse de sus mo-renas: ajusticiar a un tiranosaurio, estrangular a unaserpiente gigante o aporrear concienzudamente a unpterodáctilo. Simples pero insuficientes monerías.Las rubias vienen de lejos y las carga el diablo. ¡Conqué dulce torpeza de su enorme índice fálico la fuedesnudando en su mano, como quien va pelandouna cebolla que pronto te hará llorar! Y ella mien-tras gritaba, gritaba irresistiblemente la muy mala,para ponerle aún más a punto. En el disparadero. Tras la dama perdida, perdida desde que lavio porque el que estaba perdido era él, King Kongviajó drogado y cubierto de cadenas —¿podía ser deotro modo?— hacia la otra jungla, la del asfalto, dondeya no le correspondía ser el rey. Sólo viajó una vez ensu vida, pero hizo el único viaje que cuenta: no el delturista ni el del explorador, sino el que tiene comometa reunirnos con lo que amamos. De ese viaje nosuele volverse, pero eso es lo que menos importa.Frente a la multitud de mirones que rugía él tam-bién rugió su deseo inmenso y rompió sus cadenas:para que ella, sin cadenas de otros, le encadenasemejor... Hizo descarrilar los trenes de cercanías quetransitan de la rutina al hastío, fracturó las ventanastras las que se esconde lo que más nos tienta, desafióa los aviones asesinos y todo lo hizo con brío y sinqueja, como los machos que no pueden ganar. Porfin allá arriba descubrió que ningún rascacielos, poralto que sea, llega hasta el cielo: sólo se sube a ellospara que la caída sea aún más dura, más solitaria.Entonces la dejó delicadamente en lugar seguro y la
  • 168. ___________________ 179 __________________miró por última vez, como si la viera por primera vez.Tan rubia, tan chiquitina, tan mala, tan de todos losdemás. Fue su único suspiro: ¡ay de mi hay! Después,la guerra desigual y la muerte que todo lo iguala. Alfinal de su ensayo El mito de Sísifo, Albert Camusasegura que debemos imaginarnos a Sísifo feliz ensu condena eterna. También yo imagino feliz a KingKong mientras caía desde el Empire State, porqueesos malvados amores que matan son los únicosque hacen de veras vivir.
  • 169. La dignidad de lo frágil Como otras pasiones menos confesables, elamor por John Carradine tiene junto a jubilosas gran-dezas, no pocas servidumbres. Durante años mi de-voción por él me ha llevado a tragarme las másdisparatadas series sub-Z tanto europeas como ame-ricanas, en las que el viejo actor —sabedor del pró-ximo final no ya de su carrera, sino de su vida— acep-taba aparecer casi gratuitamente. Digo aparecer (notrabajar o interpretar) porque Carradine se limitaba ainsinuarse brevemente como un fantasma, a vecessólo pocos segundos, en la cinta —que para mayorfantasmagoría solía ser de género terrorífico— conel fin de que su nombre pudiese aparecer en los títu-los de crédito y así se promocionase algo más elbodrio. Que conste que no lo cuento como un repro-che, al contrario. Me parece muy simpática esta dis-posición nunca desmentida y generosa en exceso delviejo John a echarle una mano a los principiantes.Es como si dijese: «A fin de cuentas, a mí que más meda ya: ¡adelante, chicos!». En cierto modo, se parece ala anécdota más traviesa que conozco de Michel Fou-cault: recibía invitaciones de todos los continentespor lo que su agenda era la más repleta y complica-da del mundo, pero cuando supo que iba a morirenvió cartas aceptando todos los compromisos a lavez. Como ya no iba a cumplir con nadie, por lo me-nos quiso dar una última satisfacción a los organiza-
  • 170. ___________________ 181 __________________dores y figurar en todos los programas: «¡Adelante,chicos, buena suerte!». Por cierto, John Carradinemurió mientras asistía como estrella invitada a unpequeño festival europeo de cine fantástico... En cine, el amor a algunas grandes actrices yactores se funda en la predilección por inolvidablespapeles protagonistas que han interpretado; pero elamor verdaderamente sublime en el sentido cinema-tográfico del término, que es el amor a los secunda-rios, se apoya ante todo en su estilo personal de hacerel que les tocase en suerte, por pequeño que fuera.Hay actores imborrables sobre los que siempre nos ca-brá una pequeña —pequeñísima, si prefieren— sos-pecha de que quizá fueron inferiores a los personajesque representaron (verbigracia: Humphrey Bogart).En cambio los buenos secundarios siempre son ma-yores que sus papeles y alguno como Claude Rainsha sido capaz de mostrar su estilo propio incluso ha-ciendo de hombre invisible. El secreto de John Carradine —es decir, laclave de su estilo— fue potenciar al máximo el cora-je y también la amenaza que encierra la fragilidad.Delgado y alto, un poco encorvado, constantementeparece a punto de romperse contra el oleaje de larealidad circundante. Sus personajes siempre son emi-nentemente vulnerables, por eso tantas veces fue ca-paz de morirse inolvidablemente en escena. Si inter-preta a alguien bondadoso, el espectador se identificaangustiadamente con él porque presiente que a cadapaso se está jugando la vida; si su papel es maligno,los espectadores sentimos pánico porque está tan pró-ximo a desintegrarse que no ha de tener reparo enllevarse a cualquiera con él a la tumba; y si su personajees cómico, nos mata de la risa porque se diría desde
  • 171. ___________________ 182 __________________que sale a escena que la risa de todos nosotros estáa punto de matarle a él. Cabe recordar, por supuesto,que este escuálido moribundo vivió más de ochentaaños y enterró a la mayoría de sus mejores compañe-ros de reparto... Como sucede con la Virgen Santísima, quees una sola, pero cada devoto reza a la advocaciónque le resulta más entrañable, también yo cultivomi propio John Carradine preferido de los muchos po-sibles. Es el elegante jugador sureño, probablemen-te pistolero y sin duda ventajista pero depositariode una peculiar nobleza, que viaja en aquella inolvi-dable Diligencia de John Ford y que muere defen-diéndola. Aquí se me cruzan dos idolatrías, la cine-matográfica con la literaria, porque John Carradineen esa película se parece enormemente a los mejoresdaguerrotipos que conozco de otro de mis grandesamores, Robert Louis Stevenson: el rostro afilado yenérgico, con un leve toque soñador en los ojos, elbigote y la perilla, el cabello largo... Se trata de me-ra chaladura mía, pero cada vez que vuelvo a ver Ladiligencia —lo que por motivos de higiene mentalprocuro hacer al menos una vez al año— me gustasuponer que el valiente RLS viaja en esa carroza épi-ca y pelea a su favor contra la horda que la amenaza.Estoy seguro de que si el propio RLS hubiera podi-do cambiar su destino por otro habría elegido algomuy parecido... Después de ese Carradine stevensoniano, lesigue en mis preferencias otro también de John Ford(¡qué casualidad, ejem!), el politicastro que lanza suarenga al final de El hombre que mató a Liberty Valanceapoyándose en un puñado de hojas en blanco: «Traíaun discurso preparado...». Nunca he podido ver a nin-
  • 172. ___________________ 183 __________________gún hombre público sacar su mazo de hojas para sol-tar la consabida soflama —y he aguantado varias—sin recordar la magistral truculencia de Carradine enaquella película... y añorar sus hojas en blanco. Porcierto, ¡qué estupendos actores de comedia, inclusoqué grandes cómicos fueron los mejores intérpretesdel cine de terror clásico: Carradine, Vincent Price,Boris Karloff, Peter Lorre...! El más entrañable ho-menaje que se les ha dedicado es la preciosa Ed Woodde Tim Burton. En otra de sus muertes memorables, enJohnny Guitar, también Carradine cae defendiendoa su dama, de la que es discreto y abnegado paladín.Durante la agonía mira a su alrededor y nota quetodos los protagonistas se inclinan pendientessobre él: «Por fin todos se fijan en mí», suspira conmás ironía que vanidad. Estas líneas también hansido escritas para que nos fijemos por un momentotodos otra vez en él, tan frágil, tan digno deadmiración y cariño. Suerte para siempre, John.
  • 173. Tiburón: veinte años después Hace muchos años, a raíz de una ruptura amo-rosa, me compré mi primer vídeo. Siempre he creí-do que a través de las puertas dolorosas de la frustra-ción puede uno salir a explorar deseos inéditos quecuando estamos satisfechos no tienen fuerza paratentarnos. Fernando Trueba me orientó sobre el mo-delo a comprar: Betamax, orientación parcialmentedesorientada porque el vídeo Beta era excelentepero sin futuro (a diferencia del propio Fernando,que tenía y tiene un futuro excelente). También através suyo conseguí las tres primeras películas demi videoteca: King Kong, El hombre que mató a LibertyValance y Tiburón. Ya está, pensé, nuevo plan de vi-da: desechado el error de creer que la felicidad eraestar con ella, ahora he hallado una más habitableprovincia de la dicha. Encerrado en casa, noche trasnoche viajaré del oeste al mar y del mar a la selva, delpistolero al arponero y del arponero al gorila, pasaréde John Wayne a Bruce Cabot y luego me encontra-ré con Robert Shaw. Así lo tendré todo seguro eimperdible y ya no necesitaré a nadie jamás. Crasoerror, porque para empezar no paré en casa ni unanoche atormentada y tormentosa, luego descubríque necesitaba muchas más películas que las tresiniciales y finalmente vine a parar en que la felici-dad no era estar con ella, pero sí estar con otra. Meequivoqué en todo, de acuerdo, hasta en seguir el con-
  • 174. ___________________ 185 __________________sejo de Fernando y comprar un Beta. Pero aquellastres primeras películas, eso sí que me enorgullece.Un acierto magistral. El inagotable atractivo del mar no sólo es-triba en que es enorme y peligroso, sino también enque oculta bajo la ubicuidad suntuosa de su pielazul seres enormes y peligrosos. Dadle lápiz y papela un niño para que dibuje el mar: hará primero la rayi-ta ondulada que separa cielos y tierra. Si es japonés,hasta puede que pinte una ola. Luego el ineludiblebarquito: tá güeno. Enseguida, el lomo redondea-do de una ballena coronado por su bífido surtidor.Y después, inmediatamente después, o quizá antes,la aleta triangular del tiburón. Si es de los míos, in-cluirá en el fondo también un pulpo gigante. Y yaestá el mar listo para todos los sueños, para las pesa-dillas: ¡ay del descuidado nadador! En Moby Dick,en Veinte mil leguas de viaje submarino, en El mundosilencioso, en Viaje al fondo del mar y en muchas otrasse levanta un poco la piel del mar, como hace la niñaen el cuadro de Dalí, para que podamos verles la ca-ra a las sombras que se deslizan sin tregua bajo ella.La sombra de Tiburón es una fiera tremendamentevigorosa y tenaz, una fiera dedicada a cazar hombrescomo tantos hombres se han dedicado a lo largo delos siglos a cazar fieras. Es una tentación casi irresistible compararla historia de Tiburón con la de Moby Dick. Desde elpunto de vista literario, no hay parangón posible.La epopeya que escribió Hermann Melville es unade las más altas cimas de la cultura moderna, mien-tras que el best seller de Peter Benchley es una sim-plicísima manufactura funcional que desarrolla sinalardes su eficaz esquema narrativo. Ni siquiera se
  • 175. ___________________186 __________________trata de una obra maestra del género popular deaventuras, como Parque jurásico de Michael Crich-ton, cuya perfección resiste ventajosamente en suterreno a la estupenda película edificada a partir deella. Benchley se enreda además a lo largo de dema-siadas páginas en una peripecia erótica entre la es-posa insatisfecha del jefe Brody (¡quién lo diría,viéndola tan abnegada y maternal en la pantalla!) yel ictiólogo Hooper, al que más tarde devora el ti-burón como castigo por su adulterio. Ray Bradbury,cuando escribió el guión de la versión de Moby Dickdirigida por John Huston (antes hubo otras varias,una de ellas muda y creo que con John Barrymorehaciendo de Ahab), se las vio y se las deseó para re-ducir tantas cosas como hay en el libro de Melville aun razonable formato cinematográfico; en cambio,el mérito de la película de Spielberg es lograr unahistoria intensa, compacta y rica a partir de algopoco mejor que la habitual quincalla de quiosco. Pero si la novela de Benchley no resiste lacomparación con Melville (pese a algunos guiñosobvios, como la caza en tres jornadas al final de laobra o la muerte de Quint, arrastrado por la cuerdade un arpón), en cambio la película de Spielberg sítiene más de un parentesco con la saga de Ahab eIsmael. Lo que en Moby Dick era contienda metafísi-ca (la voluntad prometeica del hombre luchandocontra la resistencia de lo natural) en Tiburón es algomenos sublime pero no menos dramático: la rutina-ria avidez del ciudadano actual en un país desarro-llado enfrentada a una ciega voracidad aún mayorque la suya. El apetito incansable de la gran bestiamarina es la metáfora de ese otro apetito de lucro ynotoriedad que caracteriza al alcalde de Amity, a los
  • 176. ___________________187 __________________reporteros que le acosan y a todos los cazadores espon-táneos que se lanzan a lo loco en persecución del ti-burón. El excelente secundario Murray Hamiltonpersonifica al yuppie playero encargado de la alcal-día, mientras el inolvidable Robert Shaw es ya parasiempre Quint, intransigente y encallecido, que in-tenta rentabilizar a lo macho el miedo de los otrospuesto que ha sido brutalmente entrenado para ello.Una gesta épica protagonizada por individuoscomunes y corrientes, con un final feliz quizáporque sólo para los verdaderos héroes no hay salva-ción. Pero Spielberg se encarga de contar magis-tralmente la aventura, sin añadirle estas considera-ciones que propongo y que a lo peor resultan serociosas. Cuando se estrenó, algunos críticos ameri-canos de esos que quieren parecer europeos a fuerzade pedanterías dijeron que Tiburón no era más que«un intento trivial de recuperar aquellos sustos mo-destos de las películas de monstruos de los años cin-cuenta» ... como si tan excelente programa fuese al-go desdeñable. Pero en ese desdén lo importante esla palabra modestia pues sólo a partir de esa modestiapuede narrarse bien: el director nunca debería po-nerse por encima de la historia que cuenta añadién-dole sus propios guiños hermenéuticos, como haceCoppola en la ampulosa brillantez de su Drácula oKenneth Brannagh en su a veces un poquito fasti-dioso Frankenstein. Estos últimos filmes gustan aquienes creen que todos los géneros mejoran cuan-do se los trascendentaliza, como hay quien cree quePlácido Domingo es el mejor intérprete para tangosy rancheras. Los que cuando preparan una películade terror o una película de aventuras especifican queserá algo más que una película de terror o de aventu-
  • 177. ___________________ 188 __________________ras siempre terminan cortando la mayonesa por ba-tir los huevos con demasiados aspavientos. Afortu-nadamente de ello se salvó Steven Spielberg en Ti-burón, logrando la que a mi juicio sigue siendo la másalta y redonda de sus obras. Fue hace veinte añosy ya ven: no me resigno a que ustedes lo olviden.
  • 178. Groucho y sus hermanos Si la anticipación con la que debo prepararesta página —que es de ustedes— no me induce aerror, calculo que cuando tengan la bondad de leerlaestará a punto de cumplirse el ciento cinco aniversa-rio de Groucho Marx, nacido en octubre de 1890.¡Groucho, centenario! Con lo invulnerablemente jo-ven que sigue resultando... Nadie puede saber concerteza qué figuras representarán en la imaginaciónde nuestros descendientes este siglo que hemos vi-vido y que ya comenzamos a despedir. ¿Proust, Kafka,Picasso? ¿Orson Welles, Bertrand Russell, Einstein?¿Hitler y Stalin, con una mención a pie de páginapara Gandhi? En cualquier caso, si a mí me pregun-taran desde el futuro con quién quedarse (consultaque no parece probable) yo les aconsejaría que op-tasen por Groucho y lo demás se lo dejaran a losespecialistas. El siglo de Groucho Marx: con eso basta,realmente. Pero no tendremos tanta suerte... (En efec-to, no parece que vayamos a tenerla. Aunque proba-blemente sea mejor así. Un año después de escribirestas líneas coincidieron el mismo verano el vigési-mo aniversario de la muerte de Groucho y la deElvis Presley. En torno a la tumba del segundo seacumularon las más horrendas romerías, acompaña-das de la venta de reliquias y estampitas. Para el pri-mero no hubo flores, ni arpegios: por sus frutos losconoceréis. Claro que cualquiera se atreve a enflorar
  • 179. __________________ 190___________________una lápida cuyo epitafio es una simple excusa: «Per-done que no me levante».) Sin pretensión doctoral, porque eso tambiénconstituye mal síntoma, Groucho diagnosticó comonadie la peor plaga que hace estragos a nuestro alre-dedor y en cada uno de nosotros: tomarse demasia-do en serio a sí mismo. El arrogante que sólo se rea-firma humillando al vecino, el vanidoso que quiereque todo el universo esté pendiente de su capricho ode su look, el violento que está dispuesto a matar porsu manía favorita (lo que él llama su derecho, identi-dad, patria, proyecto de futuro, etcétera), el rapaz con-vencido de que la menor de sus comodidades mere-ce pagarse con una montaña de privaciones ajenas,el que se considera sabio porque tiene cien títulos yuna oratoria pomposa o sublime...; todos ellos soncasos terminales de seriedad letal, una seriedad cen-trada en la idolatría del propio ego. Y lo malo delque se toma en serio a sí mismo es que ya no tieneganas ni tiempo para tomar un poquito en serio anadie más. Porque lo único verdaderamente serio esque nada puede ser absolutamente serio, que todomonopolio de la seriedad es perverso, que la serie-dad bien entendida empieza por cualquiera menospor uno mismo. No hay seriedad autosuficiente que resista lacercanía de Groucho: su figura agachada y veloz depatinador loco funciona primero como detector de esagrave dolencia para luego servir de antídoto contraella. Las personas que se toman a sí mismas con per-fecta seriedad van muy erguidas, inflexiblementetiesas... por fuera y por dentro. En cambio Grouchose desliza doblado entre los rígidos, como una alca-yata sarcástica donde cada cual puede colgar el gorro
  • 180. ___________________ 191 __________________de carnaval de su falsa cordura. En este mundo lleno deagitación y trajín, pero en el fondo desoladoramentepasivo porque cada cual no hace más que imitar losdeseos ajenos, Groucho es una fiera dinámica queproduce sin cesar cortocircuitos en todas las rutinascon las que se enfrenta, sea en unos grandes almace-nes o en un trasatlántico, en plena guerra o en unadespiadada escena de amor. Su lenguaje irreverente,inconsecuente e imprudente puede que no sea unarma cargada de futuro, pero desde luego hace volaren confeti cualquier presente vigente y decente. A loque más se parece es a ese tren del Far West que ali-menta sus calderas con la sustancia de sus propiosvagones y que corre fuera de las vías libremente, através del campo. ¡Más madera y menos martirio! Groucho Marx es el único personaje del mun-do moderno con el que hubiese simpatizado Dió-genes, que también debía de andar algo encorva-do de tanto habitar en un tonel; Groucho es OscarWilde, pero sin darle importancia ni siquiera a lla-marse Ernesto, es el Newton que descubrió la ley dela falta universal de gravedad y luego se comió lamanzana, es como Proust pero sin tiempo que per-der, es Marx aunque sin renunciar a ser Groucho. Para llorar puedes esconderte en un rincóndonde nadie te vea, pero reír necesita cómplices.O, lágrimas aparte, recordemos lo indicado por R.L. Stevenson: «Si lo deseas, puedes leer a Kant tú solo;pero una broma tienes que compartirla con alguienmás». Groucho compartió las suyas con sus muchoshermanos: con Chico, Harpo y Zeppo, con la incom-bustible Margaret Dumont, con Louis Calhern (elhombre que se perdió en la jungla del asfalto porculpa de Marilyn Monroe y en Roma por culpa de
  • 181. ___________________ 192 __________________los idus de marzo), con niños negros o tenores ita-lianos, con los espectadores presentes y venideros.Desde hace más de un siglo, todos formamos partede los hermanos Marx.
  • 182. Buenas noches, doctor Phibes La primera película que no vi de VincentPrice fue Los crímenes del museo de cera. La proyecta-ban en el hoy desaparecido cine Novedades de SanSebastián, junto al portal de mi casa, pero no eratolerada. Suplicio de Tántalo, pasar cada mañana ycada tarde frente al anuncio sobrecogedor, escrutarmil veces los seis fotogramas que en el vestíbulo delcine anunciaban la sombría maravilla, ver que losdías pasaban, que iban a quitarla y que yo me que-daría sin verla... La película era en relieve y mi ma-dre me guardó las gafas de cartón, un cristal rojoy otro azul, que le habían dado cuando asistió a lafunción. Yo me las ponía por casa y miraba los obje-tos familiares teñidos, desenfocados, esperando qui-zá que cobrasen el gótico esplendor que me estabavedado contemplar en la pantalla. Como propagan-da, se ofrecían mil pesetas de las de entonces a quiense atreviese a presenciar completamente solo la pro-yección del Museo de cera. Rumores colegiales asegu-raban que un espectador temerario lo intentó y pe-reció de un ataque de espanto, roto el corazón alescuchar en el pasillo sombrío del cine lo que tomópor los crujidos de una silla de ruedas avanzandolentamente. Unos situaban este trágico suceso enMurcia, pero los más en Zaragoza. Yo tanteé con mispadres la posibilidad de prestarme voluntario al ex-perimento, suponiendo que sacrificio tan dramático
  • 183. ___________________ 194 __________________no estaría sometido a ninguna restricción de edad.El riesgo de morir de pánico me parecía mucho me-nor que el de que quitaran la película sin poder verla.¡Hasta estaba dispuesto a renunciar a las mil pesetassi salía con vida del cine! Nada, heroísmo inútil: tu-ve que esperar diez años antes de contemplar la som-bra amenazadora —chambergo, capa negra, paso tras-tabillante— persiguiendo a la joven aterrada por lasbrumas de Londres. A Vincent Price le llamaban en Hollywooduna de esas cosas que sólo suenan bien en inglés: theMerchant of Menace. En efecto, nadie ha sabido enar-car una ceja o respingar un poco tan ominosamentecomo él. Sus personajes solían ser crueles, altaneros,apasionados por la corrupción ferviente de la carne,pero también presas de la repulsión que suscita.Y solitarios, como el protagonista de El último hombresobre la tierra, una curiosa película filmada en Italiaa comienzos de los sesenta sobre la novela de Ri-chard Matheson Soy leyenda y que es un precedentedirecto de La noche de los muertos vivientes. Además,desde luego, en su trabajo siempre estuvo presenteel humor. Cuando rodaba con Boris Karloff una delas joyas de Roger Corman, El cuervo, ambos juga-ban a hacerse reír uno a otro en las escenas más tru-culentas para desesperación del director, nunca so-brado de días de filmación... En una de las escenasmás famosas de La mosca, Herbert Marshall y Vin-cent Price tienen que inclinarse al unísono sobreuna telaraña en la que una mosca con cabeza y brazohumanos espera al monstruo que va a devorarle gri-tando: «Help me!». En el rodaje no había por supues-to ninguna mosca humana en la telaraña, de modoque cada vez que Marshall y Price juntaban sus ca-
  • 184. ___________________195 __________________ras con expresión de susto se partían de risa; despuésde varios intentos fallidos tuvieron que rodar la es-cena ¡espalda contra espalda, para no verse! El puntorisueño del sobresalto a lo Price se manifestó abier-tamente en La comedia del terror, la deliciosa comediade Jacques Tourner en la que fue acompañado nadamenos que por Boris Karloff, Peter Lorre, Basil Rath-bone y Joe E. Brown (aquel tolerante millonario alque no le importaba casarse con Jack Lemmon aunqueno fuese mujer, pues «nadie es perfecto»). Lo mejorde lo mejor. Karloff, Rathbone, Peter Lorre, John Carradi-ne, Vincent Price... Sin duda grandes actores: algunosde ellos se sintieron frustrados por verse desperdiciadosen películas de miedo, cuando habían demostradoser capaces de empeños académicamente más respe-tables. Pero no los amaríamos más ni los recordaría-mos mejor en otro caso. Todos han ido cayendo: fueronlos últimos hombres de una cierta tierra en la queviví mi adolescencia. Ahora ha muerto Vincent Pri-ce, the Price of Fear, con sólo ochenta y dos años. ¡Dios!¿Es que no hay cosa buena en este mundo que sepadurar cuanto es debido?
  • 185. El ocaso de los héroes Fue a comienzos de este verano cuando mu-rieron, pero yo prefiero recordarlos ahora que llegaseptiembre, el mes durante el cual tienen lugar losfestivales cinematográficos de Venecia y San Sebas-tián. Precisamente en el festival donostiarra vi porprimera y última vez en carne mortal, ay, a RobertMitchum. Al otro, a Jimmy Stewart, mi actor favo-rito desde la niñez, nunca le encontré en esta tierra,sino siempre en la gloria, es decir, en la pantalla. Nohace falta recordar que fueron héroes para muchos,entre los que me cuento, y que su muerte nos dejauna incómoda sensación de orfandad, como si ahoradebiéramos morirnos también para seguir siendodignos de ellos. Pero claro, como nosotros no somoshéroes nadie nos hará después retrospectivas... A los doce años yo quería ser como JimmyStewart. Anhelo francamente difícil de satisfacer, por-que él era muy alto y muy delgado mientras que yoera —y soy— más bien rechoncho, él tenía agudosojos azules de piloto y yo soy un miope estrábico, a élse le rendían Grace Kelly o Vera Miles mientras que amí..., pero para qué seguir. Ni el más caprichoso delos Plutarcos se hubiera atrevido a convertirnos enfiguras paralelas. Además lo que yo apetecía conse-guir iba más allá de su inalcanzable físico y resultabaquizá aún menos alcanzable para mí: la ingenua rec-titud que derrota los turbios manejos del cinismo, la
  • 186. ___________________ 197 __________________energía de una fuerza que no se complace en la vio-lencia, el humor algo desvalido del benevolentelarguirucho, su justa cólera alejada de cualquier bru-talidad pero intransigente con los brutos. Ser ecuáni-me, sincero, apasionado, valiente... y que finalmentealguien se encargase de matar a Liberty Valance enmi lugar. ¿Imposible? Desde luego, pero los héroes sir-ven para anhelar lo imposible. También los otros me brindaron ideales y nome hubiese disgustado conseguir la mirada soñolientade borracho digno que enarbolaba Robert Mitchum,saber estar con el aplomo de Henry Fonda, llegar atiempo a grandes zancadas como John Wayne o ir-me al trote hacia el horizonte como Alan Ladd, re-nunciando al fácil gozo de la victoria. Pero ya digo,mi ideal fue Jimmy Stewart, al que siempre le sentóbien ese diminutivo que denota fragilidad y cama-radería (nadie se atrevería a hablar de Johnny Way-ne...). La oferta de los héroes es múltiple, contradicto-ria, luminosa a veces y otras sombría, porque la vidarequiere muy distintos modelos. Pero es inevitableque de todos los santos patronos alguno se apoderemejor que los demás de nuestros sueños y nos sea máspropicio, es decir: más propio. El mío fue aquel caba-llero sin espada que ahora echo en falta. Cuando muere uno de nuestros héroes cine-matográficos repetimos compungidos que era el pe-núltimo de los grandes y que ya no hay actores así.No es cierto. Hoy están entre nosotros los héroesque la nostalgia mitómana de nuestros nietos año-rará, llámense Harrison Ford, Harvey Keitel, Ro-bert de Niro o Kevin Kostner. Aún recuerdo cuántose burlaron de mí cariñosamente los amigos hace vein-te años cuando escribí en una revista de cine que
  • 187. ___________________198 __________________Sean Connery sería tan venerado por las generacio-nes futuras como Humphrey Bogart... Que esta ve-neración continúe no es sólo mérito de los actores(comparables, por otra parte, a los mejores del pasa-do: en el cine actual faltan directores y sobre todoguionistas, no buenos actores), sino milagro debidoal cine mismo, gran abastecedor de esas leyendas sinlas que el alma humana languidece. Corresponde a losintérpretes poner rostro y gesto a un ideal que lestrasciende, como antaño cualquier simple oasis enel desierto fue capaz de evocar en las imaginaciones eleterno paraíso que aspiramos a merecer.
  • 188. Jasón y los Argonautas Pese a beneméritos esfuerzos divulgadorescomo el programa televisivo El desafío de los dioses, laignorancia juvenil en cuestiones mitológicas es tangrande que no me extrañaría si algún adolescente, alver el título de esta película, la toma por la enésimasecuela de Viernes 13. En realidad, tampoco el filmplantea una aproximación a la mitología griega de-masiado seria o profunda, por lo que un hipotéticoprofesor de lenguas clásicas que vaya a verla puedesentirse tan decepcionado como el adolescente quebuscara en él asesinatos de colegialas chillonas. Sinembargo, también los profesores suelen equivocarse.Estoy convencido de que la mayoría de los ciudada-nos griegos contemporáneos de Pericles considerabanlas leyendas mitológicas como una sarta de cuentosamables o terroríficos, confundían los héroes unos conotros y mezclaban o trastocaban sus aventuras. Creoque al griego corriente y moliente le hubiera resulta-do más familiar la mitología vista según Jasón y losArgonautas que a través de las páginas preciosas perodemasiado sutiles de Las bodas de Cadmo y Armonía, elmagnífico libro de Roberto Calasso. De las quince películas fantásticas en las queha colaborado con sus inolvidables criaturas, Jasóny los Argonautas es la preferida de Ray Harryhausen.Algunos de sus humildes fans discrepamos de nues-tro mago favorito (para mí la mejor de todas será
  • 189. __________________ 200___________________siempre Simbad y la princesa), pero es preciso admi-tir que varios de los hijos de Harryhausen que apare-cen en esta película son de lo más logrado: las rapa-ces y sucias arpías, la broncínea estatua animada deTalos, el dragón que guarda el vellocino de oro... Y so-bre todo el ejército de esqueletos que acosa a Jasóny sus amigos hasta arrojarlos al mar. Cuando Ha-rryhausen visitó hace poco Donosti, trajo su esque-leto en un pequeño ataúd. Entiéndanme bien: Rayllevaba puesto su propio e intransferible esqueleto,pero el otro (su hijo cinematográfico) lo trajo en unacajita para enseñarlo a sus hechizados admiradoresdonostiarras. Demostró así su preferencia por estadelicada pero también maligna criatura. Para acabar, un último cotilleo. Gran partedel rodaje de este film se realizó en Palinuro, unpequeño pueblo costero al sur de Nápoles (cercanotambién a Paestum, en las ruinas de uno de cuyostemplos se rodó la impresionante escena de las arpías).Pues bien, Palinuro era el nombre del piloto de lanave de Eneas, un gran navegante que tuvo que sa-crificar su vida al dios del mar —quizá celoso de sudestreza— para que respetara después al resto de lostripulantes de la expedición (tomando como eje mí-tico esa desaparición escribió Cyril Connolly uno delos libros más extraños y hermosos del siglo xx: Latumba sin sosiego). ¿Veis cómo todo es mitología, ci-nematográfica o literaria, en el viejo Mediterráneode nuestra cultura?
  • 190. Nostalgia de la fiera Se puede hacer toda una tipología de la estul-ticia cinematográfica sólo con las opiniones que co-sechó en su día Parque jurásico, esa obra maestra per-fecta del cine para adolescentes. Los pontífices seindignaron ante su sencillez y su eficacia, lamentan-do no encontrar en ella todas las complejidades psi-cológicas o las denuncias sociales que la hubieranhecho complicada y fallida, pero digna. Algunos de-ploraron que no fuese más que un simple homenajea las películas de monstruos de los años cincuenta,cuando en realidad no sólo es un homenaje, sino lacontinuación con medios actuales de lo que enton-ces se hizo con simpática artesanía. Otros precisa-mente censuraron esa pérdida de torpe inocencia tec-nológica, olvidando que intentar repetir cuarentaaños más tarde la inocencia deliberadamente hubierasido una vulgar chapuza. Hubo alguno que la descartó como una idio-tez «sólo apta para niños de doce años». Admito quelos adultos a los que nos gustan las películas aptaspara los niños de doce años seamos idiotas, pero notanto como esos otros que se indignan cuando las pe-lículas para niños de doce años gustan mucho a losniños de doce años... que no por tener doce años sonidiotas. La prueba de esto último es que no todas laspelículas que se les destinan les gustan del mismomodo ni en el mismo grado. Y no minimicemos la
  • 191. ___________________202 __________________importancia de ese tipo de cine: una de las razonesde la perpetua minusvalía de la industria cinemato-gráfica europea frente a la norteamericana es suincapacidad crónica para hacer un cine destinado aniños y adolescentes reales o vocacionales. Por eso laafición al cine se nutre siempre en origen con pelí-culas norteamericanas, fidelidad a la que luego nun-ca se renuncia del todo, con los resultados comercia-les sobradamente conocidos. No contentos con haberse equivocado unavez, algunos críticos españoles adelantaron sus lú-gubres vaticinios al estreno de la segunda parte deParque jurásico. Mucho se temían, ay, que ahora tam-poco lograse Spielberg trazar inolvidables caracte-res humanos que le rescataran de la vulgaridad co-mercial... Además ¿por qué volver a los dinosauriosdespués de La lista de Schindler? Y sobre todo seindignaron virtuosamente del alto costo de El mun-do perdido, como si los millones invertidos hubiesensido sustraídos a una organización benéfica. De he-cho, lo único que podía asegurarse de antemano res-pecto a El mundo perdido —aparte de la impiedad desu título— es que se trata de una de las películas másbaratas de la historia del cine. En efecto, tras el es-treno en EE UU ha recuperado su presupuesto enun par de fines de semana y a partir de ese momentono ha hecho más que ganar dinero, parte del cualserá sin duda empleado en buenas obras. Las películasrealmente caras son las que, cuesten lo que cuesten,no logran cubrir gastos... y no dan ni para limosnas. Como era de esperar, las opiniones de los críti-cos al estrenarse El mundo perdido prolongaron en lamayoría de los casos la línea de desconocimiento dog-mático del género que los maliciosos suponíamos.
  • 192. ___________________203 __________________Por tomar el asunto en su más alto nivel, alguientan justificadamente estimado como Ángel Fernán-dez-Santos iniciaba su crítica en El País deplorandoque Spielberg no hubiese sabido o querido redimir enesta segunda parte con buen cine «el olvido —en tresaños se ha convertido en una antigualla— que en-vuelve aquella rentabilísima mediocridad» que fueParque jurásico. ¿De dónde se habrá sacado el ilustrecomentarista dicho olvido y dicha antigüedad de unapelícula a la que todos los aficionados y no pocos delos que en su día la menospreciaron (repitiendo elcélebre caso de Tiburón del mismo director) tienenya por un clásico indisputable? Sin duda del em-peño contra viento y marea de «sostenella y no en-mendalla». Claro que unas líneas después Fernán-dez-Santos atribuye este efímero éxito a una de esas«erupciones de patología colectiva aplicada al en-tretenimiento disfrazado de película». Por lo vistoconsidera imposible que el entretenimiento y laspelículas vayan juntas, estableciendo que si el pri-mero está presente la creación cinematográfica debeser espuria. Este criterio explica mejor los agobiospatéticos del cine europeo que varios volúmenes de-dicados al mecanismo perverso de las grandes mul-tinacionales. Completa ignorancia de que el cine esante todo distracción, en el sentido señalado a otrorespecto por Octavio Paz en El arco y la lira, o sea:atracción por el reverso de este mundo, por lo quehay detrás de la vigilia y la razón. A pesar de su displicencia, El mundo perdidoparece haber gustado más que Parque jurásico a loscríticos a los que aquí estamos jubilosamente criti-cando. Cosa muy lógica, puesto que es bastante peor.Precisamente a esta segunda entrega le cuadran al-
  • 193. __________________ 204 ___________________gunos de los reproches que se le hicieron injusta-mente a la primera: personajes de entidad borrosao estereotipada, debilísimo argumento confuso y re-petitivo, exclusivo énfasis en la perfección realistade las bestias prehistóricas. En una palabra, tienedemasiado de juego de ordenador, y no sólo por lautilización de este instrumento para revivir fabulo-samente a los dinosaurios, sino también por la con-cepción narrativa de la pieza. Pero como resultasuperficialmente más tenebrista y los despistadospueden tomarla por más adulta que la otra (cuandoen realidad es mucho más blanda en todos los senti-dos que la primera), le han dado a regañadientes unplácet condicional que confirma con mayor nitidezsi cabe su extravío. De lo cual no debe deducirse, nimucho menos, que El mundo perdido sea un entrete-nimiento desdeñable, es decir, una mala película.Pero se nota que los momentos geniales que atesorason sólo eso: momentos discontinuos. La completaperfección está lejos, esa cima que Spielberg ha al-canzado sólo (¡y nada menos!) tres veces: con Tibu-rón, ET y Parque jurásico. ¿Por qué nos atraen los dinosaurios? SegúnBruce Chatwin, la sociedad humana nació como unaalianza contra las grandes fieras que tenían a nues-tros ancestros por presa favorita. Llevamos en la me-moria genética la nostalgia por la Bestia frente a laque nos unimos y vivimos nuestra primera aventurajuntos. Ahora que todos los animales parecen do-mesticados, soñamos con criaturas realmente feroces,previas a cualquier domesticación y al señorío quehemos logrado sobre las demás. No nos resignamosa la pérdida definitiva de ese archienemigo que des-pertó y dio su primer —¿su único?— sentido a la
  • 194. ___________________205___________________comunidad que a partir de entonces formamos. Quizátememos que ahora nuestro destino de civilizadosse resuma en aquellos versos de Borges: Nada esperes, ni siquiera en el negro crepúsculo la fiera.
  • 195. SEGUNDA PARTEQUE CORRA LA VOZ
  • 196. Boswell, el curioso impertinente Con notable ingratitud, los suplementosculturales de los periódicos hispanos no se han ocu-pado nada o muy poco —seré cauteloso— del cen-tenario de James Boswell (1740-1795). Olvido in-justo, porque Boswell fue algo así como el padre delperiodismo cultural y desde luego el inventor de esegénero literario tan apasionante, superfluo e inexac-to: la entrevista. No fueron éstos sus únicos pecados.Como otros protagonistas del siglo XVIII (Voltaire ala cabeza), lo estupendo de Boswell es el contrasteentre sus indudables vicios y sus irrefutables logros.Según señala con tino malicioso Lytton Strachey, labiografía de Boswell es un rotundo mentís a las pautasdel moralismo barato: «Uno de los éxitos más nota-bles de la historia de la civilización lo consiguió unapersona que era un vago, un lascivo, un borracho yun esnob» (lo dice en sus Retratos en miniatura, mag-níficamente traducidos por Dámaso López Garcíapara Valdemar). Nada más edificante que compro-bar cómo personas indecentes fueron capaces de algomejor que la decencia. Además de las características señaladas porStrachey, de un confuso anhelo de sobresalir a todacosta quizá derivado de su pertenencia a la pequeñanobleza escocesa y del gusto por los viajes educati-vos, Boswell poseyó otros dos rasgos afortunados decarácter: la curiosidad y la impertinencia. Con tales
  • 197. __________________ 210___________________mimbres se fabricó el primer reportero. Y el granreportaje que le ha ganado fama mientras no desa-parezcan por completo los aficionados a la literaturase titula La vida del doctor Samuel Johnson. Recuerdoque hace años, paseando por Cérisy cuando asistía-mos a un seminario sobre Diderot, me instó a que loleyera Félix de Azúa (¡qué delicia mordaz y profundasu reciente Diccionario de las artesl). Como casi siem- pre, le hice caso y recurrí a la edición abreviada de la obra preparada por Antonio Dorta para la vieja e insustituible colección Austral. He vuelto frecuen- temente a ella desde entonces y nunca sin gozo. A los veintidós años Boswell conoció al doc-tor Johnson, ya reputado filólogo, autor de un excelentediccionario de la lengua inglesa, de algunas biografíasde poetas y de divagaciones moralizantes que en sudía tuvieron éxito. También fue crítico literario, elmejor de todos los tiempos en lengua inglesa sihemos de creer (pero no hemos de creer) a HaroldBloom. Durante otros veintidós años, Boswell se con-virtió en su sombra y en el cronista de su círculo deamigos: Oliver Goldsmith, Sheridan, Wilkes, el actorDavid Garrick, etcétera. Tras la muerte de Johnsony poco antes de la suya propia publicó su Vida deJohnson, escrita a partir de las anotaciones minu-ciosas de su diario y de su portentosa memoria. Lomás admirable de este libro admirable es la notableinsignificancia de casi todo lo que Johnson dijo ohizo en su vida. En una época de ingenios libertinosy subversivos, los comentarios del bueno de Johnsonson los de un cascarrabias conservador y xenófobo,monógamo, infaliblemente filisteo (sólo detesta alos mejores: Lawrence Sterne, Adam Smith, DavidHume, los revolucionarios americanos...) aunque a ve-
  • 198. __________________ 211 __________________es capaz de sentido común: «no hay nada de lo idea-do hasta ahora por los hombres que produzca tantafelicidad como una taberna», «el patriotismo es elúltimo refugio de los bribones», etcétera. Pero Bos-well consigue el arrobo del lector a base de una im-perturbable acumulación de minucias. Nada escapaa su recensión detallista, ni la dieta de Jonhson, nila apariencia y calidad de su peluca, ni sus momen-tos joviales o enfurruñados, ni la cháchara venial consus amigos, ni el trayecto de sus paseos, ni sus rela-ciones con la servidumbre, ni sus indigestiones, ni...Pegado a los talones del insoportable erudito, Bos-well todo lo ve, todo lo oye y todo lo cuenta en suprosa cristalinamente exacta, como un omniscientedios cotilla. Cuando le falta material, azuza a su vigila-do con preguntas triviales o desconcertantes («si leencerraran a usted en un castillo con un recién naci-do ¿qué haría?») a las que hoy sus herederos nos tie-nen ya acostumbrados. El resultado es tal apoteosisde la indiscreción irrelevante que el lector se sumeen una especie de éxtasis, como cuando lees de cabo arabo cinco periódicos seguidos y se te va toda la ma-ñana sin notarlo. Pero Johnson no fue el único paciente al quededicó sus pesquisas el insaciable escocés. En Mo-tiers entrevistó a Rousseau, tras preparar un memo-rándum con las cuestiones que pensaba plantearle(«Suicidio. Hipocondría. ¿Es hoy practicable el Emi-lio?, ¿podría vivir en nuestro mundo actual? ¿Quépiensa de Mahoma?», etcétera). Le espetó al ginebri-no la definición de los innovadores dada por John-son: «Son esos que cuando se le acaba la leche a lavaca se empeñan en ordeñar al toro». Con melancolía,Rousseau admitió: «Pues si me conociese a mí me
  • 199. __________________ 212 ___________________tendría por un corruptor, porque soy de los que hanintentado ordeñar al toro». También entrevistó aVoltaire y jugó al ajedrez con él, anotando sin escrú-pulo todas las procacidades joviales que profirió eninglés el gran hombre al perder la partida. A ningu-no de ellos le regateó Boswell su admiración, quequizá fue aún mayor por otro de sus interrogados,el general Paoli, héroe del independentismo corso,de quien obtuvo el siguiente comentario: «Si lograsehacer feliz a este pueblo no me importaría ser ol-vidado. Soy de un orgullo indecible: me basta con laaprobación de mi corazón». También mosconeó entorno al moribundo Hume, acosándole con preguntassobre la inmortalidad y sorprendido por la imper-turbable serenidad con que el filósofo afrontó lanada de la que estaba cierto. «Pero —insistió el re-portero— ¿no le gustaría a usted hallar a Fulano yZutano, sus buenos amigos, en una vida futura?».Y Hume repuso tranquilamente: «Me sorprenderíahallarlos allí, porque ninguno creía en ella». Algunos, entre los que no me cuento, hanllegado a la conclusión de que el secreto de Boswellestriba en que era imbécil. De ahí su impudicia y laextraña diafanidad de su trato con grandes y peque-ños. En cambio nadie duda de que fue sin duda todala vida un auténtico salido. Sus diarios suelen repe-tir con variantes la misma peripecia: en casa de ami-gos respetables Boswell se extralimita con el opor-to; sale a la calle enardecido («no puedo contener miardor» anota el pobrecillo) y dando tumbos, para liarsecon una o varias putas; días después se descubre po-seedor de una hermosa blenorragia. Eso le aleja porun tiempo dei female sport, como él lo llama. Acudeentonces a Childs, se sienta junto a Johnson y otros
  • 200. __________________ 213___________________caballeros, anota cuanto dicen y los cuestiona paraque digan más. Un dibujo humorístico publicado enun periódico británico con motivo de su centenariorecoge la escena: los caballeros empelucados ponti-ficando en torno a la mesa y el camarero que grita«¡más cerveza para el doctor Johnson y más tinta paraBoswell!». Así marchan ambos, caricaturescos y subli-mes, rumbo a la eternidad.
  • 201. El emboscado de Vinogrado Tengo una relación bastante acomplejada conla poesía. Me gusta mucho, pero no me gusta quetanto me guste. Me siento casi humillado por la faci-lidad con que un verso me emociona, me riega losojos de lágrimas o me hace trepidar de euforia. Soyun hombre demasiado fácil para la poesía (y desdeluego tengo por muy poéticas a las mujeres dema-siado fáciles). A veces me da rabia estar siempre tanpronto a renegar de la primogenitura crítica y racio-nal por un plato de lentejuelas versificadas. De mo-do que me busco coartadas para hacer quedar bien ami ego y poder decirle paternalmente: «Ego, anda,te absolvo». Lo explicó muy bien explicado Montherlant,aunque a respecto relativamente otro: «No amamosá tal o cual persona por su belleza, sino que desea-mos que tal o cual persona sea bella para justificarasí nuestro amor». Y yo, que sin duda no me emo-ciono con tal o cual poeta porque sea inteligente, cáus-tico, desgarrado o irónicamente metafísico, deseovehementemente que mis poetas preferidos tengantales atributos (y como todo atributo, de Spinoza alporno duro, cuanto más grandes mejor) para legiti-mar así mi emoción. Pequeñas miserias de no que-rer nunca sentirse pequeño ni miserable... De mis poetas actuales favoritos, aquel conquien disfruto más a conciencia y con mejor con-
  • 202. ___________________ 215 __________________ciencia es Jon Juaristi. Dejo que me emocione sinsentir escrúpulo ninguno en tal abandono, porque sele notan agradablemente mucho esos atributos ex-culpatorios (inteligencia, sarcasmo, desgarro, metafí-sica con guiño: ¡abultados atributos!) que convier-ten la entrega irracional en algo más racional que noentregarse. Sobre todo, me congratulo de la ampli-tud de registros que tiene su ironía. Porque no sóloes irónico en cuanto a los contenidos mismos del poe-ma (jugando a ignorar lo que muy bien sabe, a vene-rar lo que desprecia, a menospreciar lo que más esti-ma y a refutar aquello en lo que cree, dado que si nose cree no se crea); es que también ironiza con las for-mas cuando versifica, jugando con todos los metrosde modo ora patente, ora subterráneo (ésta es la me-jor forma de jugar con cualquier metro) y sin dudaora pro nobis. Por no hablar de sus juegos con el léxi-co, que es de lo que voy a hablar ahora: palabras quese retrucan en sonidos para desconcertarte mejor,cultismos que se avasallan, vulgaridades que obtie-nen exquisita licencia de armas y se visten para ma-tar... Sólo quien ha leído prácticamente todo lo queimporta en la res poética puede ser cuatrero tan eficazy marcar sus propias reses con tantos hierros falsos,sin falsearse jamás. Pues ni siquiera Jon Juaristi escapaz de serlo todo para todos (como el dúctil sanPablo): no sabe ser tonto —la betise nest pas sonfort,ni ñoño, ni pedante. Servidumbres del talento, parael que lo más fácil resulta imposible. Claro que estoy hablando de meras coarta-das. A mí me emociona Jon Juaristi por poeta y nopor inteligente, sarcástico, irónico, etcétera. Le agra-dezco, desde luego, que sepa emocionarme con el mí-nimo de humillaciones necesarias. A veces, pienso que
  • 203. __________________ 216 ___________________a él cuando escribe poesía le pasa lo mismo que a mícuando la leo: se emociona tan hondamente que pa-ra salvar la cara racional y desenfadada del hombrede mundo (aunque sea de este mundo, qué le vamosa hacer) ironiza y juega y guiña los dos ojos para ver-te mejor. Hipócrita escritor, mi semejante, mi her-mano... Guiño final, esta vez por mi parte. Veo a JonJuaristi —ahora que no le veo desde hace muchoy que debo evocarle en esta página como si le estu-viese viendo— subido en la trainera de Ahab, elúltimo día de la caza del gran cachalote blanco. ¿Re-cordáis la escena? «¡Remad más deprisa! ¡Remad,remad!» Las palas de los remos se hundían con fe-bril revoleo en las aguas trastornadas mientras enor-mes tiburones nadaban a sus flancos, arrancando adentelladas grandes pedazos de madera. Los remosse hacían más y más pequeños, pero la velocidad nodisminuía y la caza continuaba. Continúa, malditasea: no tiene otro fin que el fin.
  • 204. Los ensueños de Hitler Rousseau En las recientes elecciones municipales co-lombianas, uno de los candidatos a la alcaldía deBogotá se llamaba Hitler Rousseau. Su propagandaelectoral mostraba la foto de un morenito adusto bajoel nombre asombroso y luego un lema que encerra-ba guiño: «Me suena». A mí también me ha sonadobastante en la memoria el nombre de ese político enoferta, que desde luego a alcalde no llegó, mientrasleía el deslumbrante ensayo de Jon Juaristi ganadoreste año del premio Espasa Hoy. Porque en cual-quier nacionalismo —y sin duda en el nacionalismovasco, a cuyo desentrañamiento mítico-político de-dica Juaristi su libro— hay mucho del oxímoronencerrado en esos dos apellidos superpuestos. Algode prístino, igualitario y esencialmente bondadoso,acompañado de algo persecutorio y excluyente; la uto-pía originaria de lo mejor como coartada para la ac-tualización lamentable de lo peor; la nostalgia de unaintención que se vuelve históricamente mala a fuer-za de añorar su derecho genealógico a la bondad in-discutible. Una melancolía verdaderamente incurable,la que echa de menos lo que nunca fue, y se vengaentonces exigiendo insaciable todo lo demás. El candi-dato Hitler Rousseau, como otro que podría llamarseStalin Kant si los caprichos onomásticos nos fueranfavorables, nunca ha faltado a los comicios trági-cos de este siglo. Porque el nacionalismo no sólo es
  • 205. ___________________218 __________________atávico, sino también desesperadamente moder-no y por lo visto va a ser contemporáneo hasta la ex-tenuación... Jon Juaristi pertenece al gremio de los exce-lentes poetas actuales que también son magníficosensayistas, como Félix de Azúa, Octavio Paz o JosifBrodsky. Especialmente con Azúa le une, amén dela proximidad generacional, un humor despiadadoy lúcido que puede desembocar igual en la comici-dad esperpéntica que en lo más inesperadamenteconmovedor, así como el simpático gusto algo ado-lescente por la henorrrmidad provocativa. Todo elloservido en una prosa envidiablemente suculenta yreforzado por una erudición literaria que no consientereferencias ociosas o fallidas. Aunque ya Juaristi ha-bía demostrado ampliamente estas cualidades en susensayos anteriores (El linaje de Aitor, Vestigios de Ba-bel, El Chimbo expiatorio, todos ellos centrados más omenos en la construcción ideológica de los naciona-lismos), es quizá en este bucle melancólico donde al-canza su mejor logro hasta la fecha. La obra no propone una historia del nacio-nalismo vasco sino que, como explicita su subtítu-lo, en ella se brindan historias de nacionalistas vascos.Este planteamiento es ya una consideración teóricasobre el tema tratado, porque Juaristi parte de quela historia del nacionalismo está precisamente cons-truida a base de historias o biografías de nacionalis-tas. Así debe entenderse su tono peculiarmente ge-nealógico y hagiográfico, oscilando siempre desde ladepresión del agravio hasta la exaltación de la gestaheroica y vuelta a empezar, lo mismo que su gloriosainvulnerabilidad al razonamiento crítico: «En rigor,el núcleo del discurso nacionalista es inmune a la crí-
  • 206. __________________ 219___________________tica porque se trata de una historia, no de una argu-mentación: una historia que prolifera, que vive en va-riantes, que se multiplica en historias generacionalesy, sobre todo, individuales: en biografías, es decir,en historias de nacionalistas». De aquí proviene, digá-moslo al paso, el conflicto de la enseñanza de la historiaen el bachillerato que actualmente levanta tanta po-lémica en este país de múltiples nacionalismos con-trapuestos en que vivimos. Las historias contadas por Juaristi resultanrealmente apasionantes por su esfuerzo en aunar losrasgos personales y el discurso político de los prota-gonistas. Unas veces revela aspectos poco o mal conoci-dos de figuras consagradas como Sabino Arana o elmismo Unamuno —cuya contribución al incipientenacionalismo vasco ha sido mucho menos estudia-da que la que luego hizo al nacionalismo español—y en otras ocasiones descubre personajes notables ma-yoritariamente ignorados como Jon Mirande, atribu-lado y sulfúreo autor de una modesta Lolita en salsavasca. Este sesgo biográfico no impide a Juaristi con-sideraciones teóricas de orden más general, como sudiscutible y por tanto interesante suposición de queel nacionalismo vasco nace como reacción directafrente a la disolución noventayochista del imperioespañol en vez de, como suele creerse, frente a la in-dustrialización que pone en jaque la sociedad tradi-cional. También son estupendas —y no menos suges-tivamente discutibles— sus deconstrucciones filológicasde textos literarios significativos de la tradición na-cionalista vasca, que sabe vincular a otros relevantesen contextos diferentes de la poética contemporánea. Las historias de El bucle melancólico llegan hastalos primeros tiempos de ETA —en la cual militó el
  • 207. __________________ 220 ___________________propio Jon Juaristi, cuya autobiografía también estápresente al menos en filigrana desde la primera pá-gina— y hasta la actual línea oficial del PNV, per-sonificada por Xabier Arzallus, para concluir con uninolvidable capítulo sobre el asesinato de Miguel Án-gel Blanco, el concejal de Ermua. A juzgar por lasprimeras reacciones enfurecidas de los nacionalistasvascos, este gremio tan irascible como poco sutil hadecidido descalificar sin rodeos al libro y a su autor.En especial Xabier Arzallus, cuya respuesta en Deiaa algo que evidentemente ni siquiera aún ha leídoconfirma como retrato lo que hubiera podido ser te-nido por caricatura. Pero hacen mal los nacionalis-tas en tomarse a la tremenda una obra en la que seles afronta tan en serio y con una comprensión visce-ral, aunque a menudo maliciosa, que nunca reniegade su parentesco con ellos. En primer lugar, porqueJuaristi no regatea el reconocimiento de lo positivoen las actitudes nacionalistas, como cuando dice queni siquiera en Sabino Arana ha estado nunca el dis-curso abertzale desprovisto por completo de ingre-dientes progresistas o que ni un solo gudari cometióactos de saqueos o venganzas en los tiempos atro-ces de la contienda civil. En segundo lugar y sobretodo, porque a través de esta radiografía históricadel nacionalismo vasco, Juaristi se pregunta por al-go de mucho mayor alcance y generalidad. «Hayuna herida melancólica irrestañable en todos los hu-manos —establece hacia el final— porque la vidaes pérdida y conduce a la nada». Para luego cuestio-narnos o cuestionarse así: «Ideología burguesa. Deacuerdo, camarada. Y ahora, dime por qué, despuésde treinta años de marxismo, de estructuralismo, depsicoanálisis, de deconstrucción, dime por qué no
  • 208. ___________________ 221 __________________se han callado las voces ancestrales». Apuesto a quela respuesta a este enigma no se atreve a darla nimonseñor Setién. BIBLIOGRAFÍAJON JUARISTI: El bucle melancólico, Espasa Calpe, Madrid, 1997.
  • 209. Con Borges, sin Borges Este mes de junio los lectores cumplimos diezaños sin Borges. Me refiero a la ausencia de la perso-na física: afortunadamente sus libros siguen connosotros e incluso se han incrementado al rescatarsealgunas obras primerizas que arrinconó por un ex-cesivo celo autocrítico. Resulta duro sin embargopara quienes durante años hemos vivido acechándolesaber que, salvo el hallazgo ocasional de unas pocaspáginas, ya no habrá más Borges: la irrevocablemuerte cercenó la posibilidad de un nuevo libro decuentos o de otros poemas. Solemos resignarnos sinespecial esfuerzo a esta mutilación cuando se tratade autores a quienes comenzamos a leer después desu muerte, como un episodio glorioso pero cerradodel acervo literario. Sólo retóricamente deploramoslos dramas conjeturales que Shakespeare hubiera po-dido también escribir o el silencio temprano de Rim-baud. Pero a los escritores que hemos conocido yamado cuando aún creaban nos cuesta imaginarloscomo parte de la memoria, no del futuro. Hemosesperado tanto de ellos que nos desespera no poderya esperar... De ciertos autores nos gusta tal o cual de susobras: han acertado a emocionarnos literariamenteuna, dos o diez veces y no les pedimos más. A veceshasta nos sorprende que hayan sido capaces de escri-bir algo tan bueno junto a mucho que no nos intere-
  • 210. ___________________ 223 __________________sa. En cambio hay otros a los que amamos no por al-guno de sus logros, sino por la totalidad de su empeño:nos gusta cómo han escrito cada una de sus páginas,hasta las páginas que menos nos gustan. Cuando de-saparecen, es su voz lo que echamos en falta, no suslibros futuros. Sé que la buena novela de mañanarenovará el arrobo de la que hoy he concluido con unsuspiro satisfecho; pero ninguna voz sustituirá pa-ra mí la de Cioran, la de Thomas Bernhard ni la deBorges. Sobre todo la de Borges. ¿Por qué? El amor lo explica todo, pero nosabe explicarse a sí mismo. Aventuraré empero unabreve tentativa aclaratoria. En la mejor de las pro-sas, a veces hasta en la mejor de las poesías, se cuelade vez en cuando algo de inerte. Es la grasa o el se-rrín de relleno, lo que hace bulto, lo que infla el mu-ñeco y hay que pagar al peso con lo demás, por lamisma razón que no podemos exigir a quien nos ven-de una chuleta o un pescado que renuncie a cobrar-nos en la báscula los desperdicios que no queremosy a veces hasta el papel que todo lo envuelve. El pro-pio Borges señaló muy bien que hay pasajes en Proust(digamos que también en Balzac, en Dostoievski oen Pablo Neruda) a los que nos resignamos como alo insulso y rutinario de cada día, a la espera del mo-mento de éxtasis brioso que los rescatará. No diré queBorges carece totalmente de esas flojas estaciones, peroconsidero que su escritura es quizá la menos inerteque conozco, de donde proviene sin duda la necesa-ria y también mágica concisión de sus textos. Hay más: el raro encanto de un aventureroque ha explorado las bibliotecas con el ingenuo arrojoy la curtida astucia con la que otros han frecuentadolas selvas, los mares, los enredos políticos, las bata-
  • 211. __________________ 224___________________llas o los lechos del amor. Y que desde los libros, condesesperada nostalgia y lucidez, habla de mares y sel-vas, de la muerte en la guerra y de la agonía enamo-rada. Pocos escritores exigen tanta complicidad en ellector como Borges: ninguno le recompensa mejorcuando se la concede. Los entusiastas que rehusa-mos acatar del todo su pérdida podemos prolongarnuestro coloquio con él a través del excelente Borgestotal (Temas de Hoy) en que revive cordialmente sutrayectoria Marcos Barnatán y del testimonio perso-nal, a menudo indiscreto, que aporta en su tambiénreciente biografía de Borges María Esther Vázquez(Tusquets).
  • 212. Vuelta a mi primer Cioran Debo admitir, no sin sonrojo, que hace uncuarto de siglo yo era más que nada suscriptor deLe Monde. Tan característico de mi personalidad de-bió llegar a ser este rasgo que, en el interrogatoriosubsiguiente a alguna detención, el acusador de la bri-gada político-social lo mencionó como uno de losprincipales cargos de mi abultado dossier. Dado quela policía suele ser en las dictaduras (e incluso en lasdemocracias) la más directa encargada de precisar laidentidad verdadera de cada quien, debo asumir quehace venticinco años yo era nada menos (pero desdeluego muy poco más) que un suscriptor de Le Mondeante los ojos del Altísimo. El gran diario parisino me proporcionabaregularmente dos motivos de contento: casi a dia-rio, la crónica de los sucesos de España, firmada porJosé Antonio Nováis, en la que se recensionaban congratificante énfasis los diminutos incordios que obre-ros, intelectuales, estudiantes y otras gentes de malvivir intentábamos causarle al régimen franquista;y una vez a la semana, la doble página dedicada a loslibros. Soy uno de los últimos ejemplares vivos deun malentendido en extinción: para mí, la palabracultura es un bendito galicismo y el río Sena llevaun fluido mágico que hace pensar y escribir bien alos hombres, sobre todo a los de su orilla izquier-da... El caso es que cierto jueves (puede que fuese un
  • 213. ___________________ 226 __________________viernes, porque no estoy seguro del día de la semanaen que aparecía el suplemento literario) leí un titularinsoslayable: ¿Acaso Cioran es el diablo? El artículo lofirmaba el filósofo cristiano-existencialista GabrielMarcel y venía motivado por la aparición de Elaciago demiurgo, última obra de un para mí plenamentedesconocido E. M. Cioran. De su lectura saqué enconclusión que Cioran no debía de ser precisamentediabólico, pero que en cambio Gabriel Marcel eraun santo, el pobre. Fundido en negro. Secuencia número dos.Una tarde, no mucho después de aquel jueves (¡oviernes!) me encontraba en la casi recién inauguradalibrería Miessner, sita en la madrileña calle de Ortegay Gasset, provista con irregularidad pero abundan-cia de novedades editoriales francesas. Por aquel en-tonces las autoridades habían tenido a bien privar-me de pasaporte, por lo que la sección francófona deMiessner era la única librería del Barrio Latino queme resultaba accesible. Tomándome mi tiempo pa-ra leer solapas y hojear, rebuscaba en los estantes.De pronto tropecé con la rugosa cubierta gris de unvolumen de la colección de ensayo de Gallimard,titulado Le Mauvais Demiurgue. ¡Vaya, pero si era ellibro escrito por el candidato a diablo según Marcel!Cualquiera capaz de parecerle Satanás a un cristianode París se ganaba por aquellos años mi atención, aun-que fuese con reservas. De modo que compré el libroy así pude leer por primera vez a Cioran. Fue el flechazo del amor a primera página. En-contré a un gnóstico contemporáneo, el archimandritadesesperado e irónico de la inviabilidad de nuestra exis-tencia, nostálgico del decadentismo pagano, debeladorde las legitimaciones que apuntalan la buena concien-
  • 214. ___________________227 _________________cia metafísica, obsesionado por la pirueta definitivadel suicidio, pero estilísticamente todo vivacidad, lanegación misma de lo mortecino: deambulando desdelos rigores trascendentales a la susceptibilidad másirritable de lo intrascendente cotidiano. Truculentoy sagaz, irreconciliable, caprichoso, contundente, lomenos parecido que pueda imaginarse a la filosofíaque se empeñaban en asestarme en la facultad a la quepor mis pecados asistía cada mañana. Me enamoréde él, ya digo, decidí que tenía que conseguir cuan-to antes todos sus restantes libros, empecé a ciora-nizar en mis ratos libres de palabra y por escrito, loelegí ya no como maestro ni siquiera sólo comomodelo, sino más bien como mi daimon, como midemonio interior... no en el sentido cristiano de Ga-briel Marcel, claro está, sino en el socrático. La vozque pone el implacable no en la boca y sobre todo enel alma cuando la tentación de asentir y de aceptarse nos hace demasiado fuerte. ¿He mencionado antesque yo tenía por entonces muy poco más de veinteaños? Mi onda ha sido siempre expansiva, como lade las explosiones. Quiero decir que ni lo que me gustani lo que me disgusta soy capaz de guardármelo paramí. Otro menos estruendoso que yo hubiese pre-ferido continuar manteniendo en secreto el descu-brimiento de este escritor que tanto se presta a lacita encubierta o la paráfrasis. En un país en el quepor así decirlo nadie le había leído (salvo Ricardo Gu-llón, según supe después) pude quedarme con Cio-ran como con una mina privadísima e ir gastándomelopoco a poco, sin contar a nadie de dónde proveníanlas pepitas de oro que ponía sobre la mesa. ¡Pude serCioran en España, al menos durante unos cuantos
  • 215. ___________________ 228 __________________años! En cierto modo, como luego contaré, incluso seme acusó de serlo... Pero nada, imposible: no estoyhecho para la discreción. Tengo vocación de hombreanuncio, de heraldo, de voceador, de Juan el Bautis-ta: en una palabra, tengo mala cabeza. De inmediatome puse a pregonar la buena nueva, no sin tropezarcon ciertas dificultades. Comencé por proponer a la editorial Taurusun librito sobre el pensamiento de mi rumano favo-rito. Con sobrado sentido común, el director litera-rio de la casa —Jesús Aguirre— me indicó que elinterés que podía despertar un estudio sobre un ru-mano desconocido escrito por un inédito joven es-pañol tenía que ser forzosamente bastante reducido.Me propuso la generosa alternativa de publicarmeun libro sobre otro tema y también alguna traduc-ción de Cioran: así iríamos saliendo ambos de las ti-nieblas estigias que nos ninguneaban. En quince díasescribí Nihilismo y acción (aunque entonces se lo ofrecía Jesús como si ya estuviera concluido y sólo nece-sitara un último repaso), en el que por supuestoaparecía abundante y elogiosamente citado mi Cio-ran. A la par conseguí su dirección y le escribí parapreguntarle si autorizaba que yo seleccionara y tra-dujera una selección de textos suyos, tomados de to-dos sus libros. Cioran me contestó con mucha ama-bilidad que eso no era posible porque Gallimard nopermitía tales antologías de libros que aún no ha-bían sido traducidos en toda su extensión. Con esacarta comenzamos una correspondencia que ha duradoya más de dos décadas y una amistad de igual dura-ción, que no cambio por ninguna otra. Decidí empezar por el principio, que es uncomienzo tan bueno como cualquier otro, y elegí co-
  • 216. ___________________229 __________________mo víctima de la primera traducción de mi vida Précisde décomposition, el libro con el que Cioran comenzósu carrera de escritor en Francia. Los títulos de Cio-ran siempre me han dado quebraderos de cabeza yen ese caso resolví traducirlo como Breviario de po-dredumbre: de ese modo evitaba el sonido demasiadointestinal de descomposición en castellano y aprove-chaba en cambio el blasfemo relente eclesiástico debreviario... Luego, animado por el sorprendente ecopúblico de esa primera traducción (que culminócuando un camarero del bar de la facultad de filoso-fía me preguntó si pensaba traducir algún otro librode Cioran, anécdota que encantó al autor), me de-diqué al que había sido mi primer contacto consu obra: Le mauvais demiurgue. ¿Mauvais? Tras darlemuchas vueltas, opté por convertirlo en aciago. Cio-ran, que lee y comprende bastante bien español, noestaba muy convencido. ¿No sería una palabra de-masiado rebuscada, demasiado culta? Para salir dedudas, interrogó a una bonne española que vivía ensu mismo edificio: ¿emplearía ella alguna vez la pa-labra aciago? Claro que sí, señor, repuso la domésti-ca: para decir, por ejemplo, un día aciago. Cioran meescribió de inmediato para dar su visto bueno a latraducción. De este modo logré que aparecieran en cas-tellano y en una editorial de primera fila varias obrasde mi mentor. Al descubrirle, me descubrí. Comopor aquel entonces solía imitarle sin rebozo en mispropios escritos, los peor intencionados rugieron: «¡ Ah,de modo que de ahí lo has sacado todo!». Otros, unpoco más rebuscados o con más sentido del humor,lanzaron la especie (muy halagadora para mí) de queCioran no existía y que se trataba ni más ni menos
  • 217. ___________________230 __________________que de un heterónimo que yo me había inventado,en la traza ilustre de Kierkegaard, Pessoa o AntonioMachado. ¡Qué más hubiese querido yo! Le escribí:«Cioran, por aquí dicen que usted no existe». Merepuso a vuelta de correo: «¡Por favor, no les desmien-ta!». Pero, siempre comprensivo, accedió a escribirla carta prefacio que encabezó mi tesis para disiparunas dudas que podían hacer peligrar la viabilidaddel trabajo académico que le estaba dedicando. Porque entonces yo acababa de emprendernada menos que toda una tesis doctoral sobre Cio-ran, paradójico cumplimiento de aquel propósito ini-cial —el primero de mi vida literaria— consistenteen centrar sobre su obra el más personal y arrebata-do de los libros. La decisión de escribir una tesis yaera en sí misma de rango heroico y a la vez humi-llante: se trataba de acatar el rito iniciático quepodía resultarme más opuesto para tener derecho aformar parte de la tribu a la que menos deseaba per-tenecer. Dicho sea de una vez por todas: me desa-grada la seriedad académica de los profesores de fi-losofía y de sus alevines, la timorata y pretenciosasuficiencia de sus asideros bio-bibliográficos, susnotas a pie de página, sus incomprensibles rencillasde tarados, su enemistad gruñona con todo lo quereluce... Sigo pensando lo mismo hoy que ya soy unode ellos (aunque nunca me han reconocido del todocomo uno de los suyos, favor que me hacen, porquepara mi vergüenza sé muy bien que lo soy) que cuan-do tenía dieciocho años y odiaba hasta el ridículoretintín bizantino de la palabra catedrático. Debe serde las pocas cosas en que aún pienso exactamente lomismo. Pero, como decía con mejor ocasión Valéry,«il faut tenter de vivre...».
  • 218. ___________________ 231 __________________ En fin, vuelvo a la tesis: ¿cómo cumplir elrito y desmentirlo juntamente?, ¿cómo hacerles unareverencia y a la vez sacarles la lengua? El mejormedio era dedicar la tesis al estudio de Cioran: no setrataba de un filósofo serio, no le gustaba ni a losmarxistas, ni a los analíticos, ni a los tomistas, ni aninguna de las otras sectas vigentes, casi nadie ha-bía escrito antes sobre él (¡lo cual resolvía el tediosoproblema de la bibliografía!) y además se le podíadespachar en poco más de un centenar de páginasporque era ridículo dedicar tres mil a comentar a unescritor de aforismos, cuyos modelos lacónicos eranel juramento y el epitafio... Puse manos a la obra ydel modo más impertinente de que fui capaz. En-seguida comenzaron las dificultades, aun antes deque el tribunal conociera el texto de mi soflama: ¡al-guien había filtrado que Cioran era un invento míopara ridiculizar a la sacrosanta institución! Entoncesle solicité la carta-prólogo, a modo de certificado deexistencia. De las mil incidencias posteriores de latesis, que tardó meses y meses en leerse, con episo-dios grotescos y macabros, puro franquismo filosó-fico...; de eso ya hablaremos en otra ocasión.
  • 219. Un exquisito de la amargura (En la muerte de E. M. doran, junio de 1995) Después de pronunciar cualquier certeraenormidad contra el universo, Cioran entrecerrabalos ojos vivaces y lanzaba una carcajada breve, afó-nica y triunfal. A la vez celebraba así la diana y lequitaba importancia a su sentencia. Digamos lo quedigamos, todo va a seguir igual. Nadie fue menoslúgubre, nadie se rodeó de menos prosopopeya, na-die formuló diagnósticos más aterradores con un ai-re menos intimidatorio. ¿Podemos imaginar amableal ángel exterminador? Cioran lo era y, tal como cuen-tan los teólogos de los otros ángeles, su individuali-dad agotó la especie a la que pertenecía. No se lepuede encasillar en ningún movimiento literario ofilosófico, en ninguna escuela ni en ninguna moda.Es imposible imaginarle hablando de la deconstruc-ción, el neobarroco, la posmodernidad o el retorno del sujeto.Sólo le preocupaban los temas que podemos com-partir con Montaigne o con Buda. ¿Por qué escribía? Quizá por ansia de com-poner «un libro ligero e irrespirable, que llegase allímite de todo y no se dirigiera a nadie». Insistió una yotra vez en las mismas cuestiones, hurgando de milmaneras en la estremecedora fragilidad de lo que so-mos y en el inabarcable delirio de lo que apetecemos,rezongando irónicamente contra su propio empe-ño, pero sin cansarse nunca de él ni aburrirnos conél. Hay que ser un estilista del mayor calibre para lo-
  • 220. ___________________ 233 __________________grar tal proeza «pues no hay progreso en la idea dela vanidad de todo, ni desenlace; y, por más lejos quenos arriesguemos en tal meditación, nuestro conoci-miento no crece en modo alguno: es en su momentopresente tan rico y tan nulo como lo era en un prin-cipio. Es un alto en lo incurable, una lepra del es-píritu, una revelación por el estupor». Por su dominiode la abreviatura fulgurante en la cual se condensano ya un tratado —que es poca cosa— sino toda unarama del saber que nadie ha explorado, sólo puedecompararse en nuestro siglo con Elias Canetti. Cio-ran es un escritor literalmente insustituible: cuandouno se aficiona a su tono, no consiente reemplazarlopor ningún paliativo. Así logró la estima de algu-nos adictos no desdeñables (Octavio Paz, SusanSontag, Paul Celan, Clément Rosset...) y también lareprobación de otros (Eduardo Subirats, Luis Racio-nero, Javier Sádaba...): la lista de sus cómplices y lade sus adversarios le honran por igual. ¿Tiene su obraalguna moraleja? Evidentemente ninguna y portanto puedo proponer dos. La primera pertenece alcampo ontológico: «Hemos perdido naciendo tantocomo perderemos muriendo. Todo». La segunda esde orden práctico: «Somos y seguiremos siendo es-clavos mientras no estemos curados de la manía deesperar». Fuimos amigos durante más de venticincoaños. Nunca he conocido a un maestro menos so-lemne, a un compañero más acogedor y más ameno.Fue la única persona de alto rango intelectual total-mente carente de pedantería con la que he tratado. Suforma de vida era tan poco ostentosa que ni siquierahacía ostentación de su falta de ostentación. Y esque no había renunciado a nada: simplemente sabía
  • 221. __________________ 234___________________lo que importaba y daba de lado el resto sin alhara-cas. Vivía a su modo, pero jamás hacía reproches a laforma de vivir de los demás: al contrario, celebrabasinceramente que un escritor al que apreciaba reci-biera el premio que él había rechazado discreta-mente la semana anterior. Tenía una generosidadcasi risible con todo, con su tiempo, con su hospita-lidad, con ropas o comida o libros de segunda mano,con sus consejos, sorprendentemente atinados y lle-nos de sentido común. Por lo que yo sé, no carecíade ninguno de los tics de la santidad aunque paraser santo le faltaba la tara de la fe y le sobraba hu-mor. Mantuvo inalterada su agilidad mental y físicahasta un par de años antes de morir, cuando le de-molió bruscamente el mal de Alzheimer: «¡Haberproferido más blasfemias que todos los demoniosjuntos y verse maltratado por los órganos, por loscaprichos de un cuerpo, de un escombro!». Alguna de aquellas noches de sábado a co-mienzos de octubre, cuando cada año solía ir a verle,tras la deliciosa velada con la incomparable Simoney con él, Cioran me escoltaba hasta el metro de laplaza del Odeón. Se inquietaba por mi seguridad enla jungla urbana: mire que aquí el metro es muy pe-ligroso, no estamos en España, ¿de veras no quiereque le acompañe? Así le recuerdo ahora, su figurillafrágil envuelta en un abrigo gastado y cubierto consu gorro de piel de espía moscovita, despidiéndosede mí con una sonrisa preocupada mientras yo em-pezaba a descender las escaleras del metro. No, Emil,amigo mío, no puedes acompañarme ni yo puedoacompañarte ahora: a las tinieblas inferiores cadacual tiene que bajar solo.
  • 222. Otra despedida Simone Boué, profesora de liceo y compañerade E. M. Cioran durante más de cincuenta años, falle-ció ahogada en una playa francesa el pasado mes deseptiembre (1997). Dice Stendhal que «hacen falta almenos diez líneas en francés para alabar a una mujercon delicadeza». Yo necesitaría muchas más en españolpara hacer medianamente justicia a Simone en estadespedida. Era inteligente, vivaz, irónica, discreta. So-bre todo era la elegancia misma, la encarnación de esechic parisién que puede pasarse de pasarelas y que no seadquiere derrochando dinero en casa de los modistos.A ella le bastaba —tenía que bastarle, porque eran po-bres— con un pañuelo, una sencilla rebeca, con cam-biar de sitio una flor. En la casa minúscula de la Rué delOdeon todo era perfecto y humilde, como pintadopor Vermeer. «¡Agáchese!», me decía Cioran al entrar,«¡cuidado con la cabeza, la puerta es muy baja!». Partedel gozo de su hospitalidad generosa y cordial era oír-les contar las anécdotas a medias, lanzándose tiernaspullas, él criticando a Francia sin la cual no podía vivir,ella francesa a más no poder. Al final, cuando Cioranempezaba a perder la cabeza, ella completaba sin quese notara sus balbuceos y desempeñaba ambos papeles,el censor amable y la amable réplica. Entonces yo re-cordaba lo que una vez me dijo el filósofo ClémentRosset, también amigo de ambos: «Pongo a Simoneincluso por encima de Cioran».
  • 223. ___________________ 236 __________________ La vi por última vez en junio, en el segundoaniversario de la muerte de Cioran. «Por favor, cui-dado con la cabeza», me dijo al entrar. Estaba termi-nando de transcribir para la editorial Gallimard loscuadernos inéditos de Cioran, que recogen cientosde páginas, entre borradores y textos aún no publica-dos. Era una tarea que sólo ella podía llevar a cabo,porque había mecanografiado todos los manuscritosde Cioran y nadie más podía entender del todo sudifícil caligrafía. También me contó su amargura poruna biografía reciente de Cioran, no tanto a causa dela insistencia escandalosa en sus veleidades fascistasjuveniles como por la pedante bobada de compararle¡con Wittgenstein! Luego nos despedimos y era parasiempre. No sé quién será el próximo inquilino delpequeño apartamento en el corazón del Barrio La-tino, no sé si sabrá que en esas tres habitaciones sevivió una tan larga y preciosa historia de amor. Porfavor, agachen la cabeza. Y descúbranse.
  • 224. Elogio del cuento de fantasmas ¿ Quién viene hacia mí desde allá lejos, a través de los árboles? Nadie. ¿ Quién anda sobre las hojas? Almas sin cuerpo. (JULES RENARD) Cada cual tiene su ideal de momento perfecto,ese breve lapso de tiempo en el que uno se imaginahaciendo algo que realmente le gusta, no una acti-vidad gloriosa o rentable o benéfica para la sociedady la especie humana, sino un pasatiempo íntimamentesatisfactorio. Mi ideal podría ser así: recién acos-tado una noche de invierno, aún con el calorcillo delúltimo whisky en las venas, encender la luz de la me-silla y comenzar a saborear la lectura de un buen cuen-to de fantasmas. Me dirán ustedes que se trata de uncapricho anticuado y anglosajón: admito ambos de-fectos, si es que lo son. En efecto, comparto con mu-chos anglosajones (ingleses, irlandeses y escoceses,sobre todo) la afición por las carreras de caballos ypor los espectros. Y acepto que estos últimos perte-necen más bien a una época pretérita, decimonóni-ca, cuando el ánimo científico del positivismo aún sedebatía contra los estremecedores residuos del mun-do sobrenatural tantos siglos vigente, y que suelenaparecerse en viejos caserones alumbrados con can-delabros o con picos de gas. Los fantasmas parecen re-fractarios a la electricidad, no digamos ya a la ener-gía atómica o a los ordenadores portátiles. Y quizáen eso consiste parte de su fascinación. En los cuen-tos, el fantasma es alguien o algo que —a pesar de estaroficialmente muerto— vuelve desde el pasado, en lamayoría de los casos para amedrentar y castigar a los
  • 225. ___________________238 __________________vivos, a veces para ayudarlos. Bueno, pues eso es preci-samente lo que hacen los propios relatos de fantas-mas en el plano literario: parecen difuntos, olvidados,incompatibles con el gusto actual, pero insisten envolver. Los cuentos de fantasmas son los fantasmasde la literatura. Un relato de fantasmas es como un truco deilusionismo: o sale bien o deja en ridículo al presti-digitador. Y también como en el ilusionismo, cuandoel juego tiene éxito, el espectador disfruta sin quepor ello crea lo más mínimo en la intervención defuerzas sobrenaturales. Por eso me ha sorprendidoun poco saber, leyendo el boletín de la Ghost Story So-ciety (un club literario al que me suscribió mi amigofantasmólogo Javier Marías), que la mayoría de miscolegas de asociación —exactamente un 43%— creenen la existencia de fantasmas, contra un 26% de incré-dulos y un 31% de indecisos. Lo más notable es quealgunos de los descreídos confiesan que les gustaríacreer en espectros sobrenaturales, mientras que va-rios creyentes afirman sin trepidar que los han vistopersonalmente... Un buen cuento de fantasmas debe insinuarmás de lo que afirma, debe sugerir sin apenas mos-trar. Ha de acercarse a su climax por medio de pe-queños sobresaltos inquietantes: el relato de fantas-mas no pertenece exactamente al género del terror,sino al de la aprensión. Puede dejar abierto al final unpequeño resquicio para que todo lo ocurrido seaexplicado sin recurrir al más allá, pero un resquiciomuy estrecho, casi impracticable. Y tiene otra simi-litud con los juegos de manos: su efecto mejora si sele añade un poco de humor, lo justo para que el lec-tor sonría mientras siente un escalofrío... Los miem-
  • 226. ___________________ 239 __________________bros de la Ghost Story Society estamos unánimes, co-mo diría Guillermo Brown, en quiénes son los gran-des maestros: por encima de todos, M. R. James, cuyostreinta y un cuentos son al género de fantasmas loque los relatos de Sherlock Holmes al policíaco (es-tán editados en castellano por Alianza y por Siruela,amén de figurar en todas las buenas antologías). Lesiguen en nuestro común aprecio J. S. Le Fanu y E.F. Benson (publicados en España por la editorial Val-demar en su serie Gótica, junto a otros títulos im-prescindibles). Por cierto, si no me equivoco aún nose han traducido a nuestra lengua los cuentos deA. N. L. Mumby, cuya colección —titulada La ma-no de alabastro— es también de lo mejorcito en cuan-to a espectrales estremecimientos se refiere. Y aúnhay mucho más donde elegir. El cuento de fantasmas admite la miniatura.Les propongo dos de mis preferidas, la primera ins-pirada por M. R. James y la segunda por Arthur Co-nan Doyle y contadas a mi modo. Una: «¡Qué gratoconfort! Me arrellano en mi sillón, junto a la chime-nea donde crepita el fuego, con la copa de coñac enla mano derecha y la izquierda caída descuidada-mente, acariciando la cabeza peluda de mi perro...hasta que recuerdo que no tengo perro». Dos. «Des-pierto después del tremendo choque entre los restosretorcidos de mi coche. Sobre mí se inclina Frank,mi amigo de la infancia, tratando de reanimarme. "Pe-ro Frank", murmuro débilmente, "si tú estás muer-to...". Frank me responde, sonriendo con amableembarazo: "Y tú también".» Coda para pesimistas (o simplemente parareflexivos): todas las historias humanas son historiasde fantasmas, ¿no?
  • 227. Una joya tenebrosa Después de emplear gozosamente cerca demedio siglo en leer literatura fantástica, he llegadoa una conclusión que quizá pueda servir de precep-tiva a futuros autores: el secreto de las mejores na-rraciones fantásticas consiste en que no son demasia-do fantásticas. Es decir, que no son constantementefantásticas ni absolutamente fantásticas o, en otraspalabras, que son fantásticas del modo más realistaposible. Nada cansa antes que una fantasía perma-nentemente fantasiosa, sin ancla ni asidero en lo ve-rosímil o lo familiar, que se prodiga en maravillasestentóreamente chocantes en lugar de dosificar lomilagroso sobre el cañamazo del más aparente res-peto por lo real. Tal es la indudable superioridad li-teraria de la Biblia sobre el Libro de los Muertos egip-cio o el tibetano Bardo Tohdol. Y también el aciertomayor de M. R. James, Lovecraft, Tolkien o Brad-bury, que los eleva por encima de sus frondosos, in-cansables, prolijos y conspicuos imitadores. A partir del éxito obtenido por El señor de losanillos, las novelas de espada y brujería suelen ane-gar a sus lectores con interminables sagas, copio-sísimas en magos, hechiceros, dragones, entidadescuasidivinas malas o benéficas, etcétera. En fin, unalata. Los juegos de rol y los de ordenador han pro-longado hasta la parodia esta agotadora proliferaciónde asombros, que por ser tantos ya ni asombran ni
  • 228. ___________________ 241 __________________mucho menos inquietan a casi nadie. De ahí que devez en cuando convenga volver a épocas narrativas másausteras. El agujero del infierno, publicado por pri-mera vez en 1914, es una de las obras de terror so-brenatural más perfectas que conozco, tanto por sutono como por la graduación de sus efectos y porsu longitud. Ambientada impecablemente en la gue-rra civil inglesa del siglo XVII, logra una rara inten-sidad a la vez moral y carnal que la convierte en inol-vidable pesadilla. En sus mejores momentos recuerdaa un Shakespeare tal como podría haberlo filmado elPaul Verhoeven de Los señores del acero. Pese a la de-dicatoria a M. R. James, se emparenta más bien conel imaginario de Lovecraft, Robert E. Howard y des-de luego Tolkien, quien indudablemente conocióy apreció este relato. Adrián Ross es el seudónimo de Arthur ReedRopes, un catedrático de Cambridge cuya carrera li-teraria se sustentó en poemas líricos y libretos paracomedias musicales que tengo el gusto de descono-cer por completo. Esta novela es su única contribu-ción al género fantástico, pero basta para declararlemaestro indiscutible de lo sobrecogedor. No sé si escierto que una sola buena obra puede salvar un alma,pero es seguro que basta para ganarse el agradeci-miento de estos diosecillos secundarios —los lecto-res— que también tenemos nuestro propio santoral. BIBLIOGRAFÍAADRIÁN ROSS: El agujero del infierno, trad. Javier Sánchez García-Gutiérrez, Valdemar, Madrid, 1997.
  • 229. El caos y los dinosaurios Como la cultura está formada tanto de prejui-cios como de juicios, no voy a pretender discutir aquí lalicitud de los suyos, hermano lector. Me limitaré aadvertirle que si tiene usted animadversión por la lite-ratura popular en general o contra la ciencia-ficción enparticular, la lectura de esta nota —prescindible en to-do caso— va a resultarle especialmente superflua. Perosi usted asume, como yo, que escritores que jamás ga-narán el premio Nobel ni merecerán estudios de Ha-rold Bloom o George Steiner pueden también com-poner auténticas obras maestras, permítame darle labuena noticia de que acabo de leer una joya de artemenor en el rango de la fantasía científica (nota bene:consiéntanme el pequeño orgullo de recordar aquí queesta reseña fue escrita antes de que Spielberg hicieraabrumadoramente célebre esta novela por medio de sumagnífica versión cinematográfica). Su autor es Michael Crichton, también esti-mable director de cine en sus ratos libres, que haceunos años escribió Entre caníbales y vikingos, historiade un educado moro del siglo IX raptado por los fe-roces guerreros escandinavos y que acaba peleandojunto a Beowulf y sus compañeros contra el monstruoGrendel. Otra simpática preciosidad de esas que a lospedantes siempre se les escapan (¡oh, perdón, prometíno hablar contra los prejuicios de nadie!). Pero el libroque ahora les recomiendo, Parque jurásico, representa
  • 230. ___________________243 __________________sin duda un logro superior. Para empezar a elogiarlo,podríamos decir que se trata de la mejor novela condinosaurios desde que Conan Doyle compuso inmor-talmente El mundo perdido. Por supuesto las novelascon dinosaurios forman todo un subgénero propio y quecualquier paladar literario sano estima especialísima-mente, de modo que si a ustedes les parece irrelevanteque haya o no haya dinosaurios en una novela no sé quédiablos... (vaya, lo siento, les juro que me había im-puesto parecer tolerante). El caso es que actualmentelos dinosaurios y sus primos un poco más cursis, losdragones, saturan en exceso los productos mediocresde la novelería fantástica, quizá por culpa sin culpabi-lidad del propio Conan Doyle y de Tolkien, benditassean sus almas trovadoras. Pero Parque jurásico nadatiene que ver con este adocenamiento mimético: des-de su comienzo el lector avisado se da cuenta de quese le ofrece un auténtico tocino de cielo y, tras anulartodos sus restantes compromisos inmediatos, corre abuscar su enciclopedia de dinosaurios para no perder-se ni un detalle. Doy por hecho que ustedes cuentanen casa con una buena enciclopedia de dinosaurios, por-que en caso contrario... nada, nada, perdón. La hipótesis metacientífica que sustenta estanovela se presta peligrosamente al disparate: un mi-llonario yanki decide financiar las investigaciones gené-ticas sobre el ADN de los dinosaurios (conservado en elinterior de los insectos prehistóricos que les picaron yque han llegado hasta nosotros dentro de sarcófagosde ámbar) con el fin de revivirlos clónicamente y crearcon ellos un incomparable parque de atracciones, la másirresistible de las Disneylandias. No sabe uno qué mere-ce mayor admiración, si la verosimilitud minuciosa queCrichton sabe ir dando al desarrollo asombroso de esta
  • 231. __________________ 244___________________idea o las posibilidades de la más pura estirpe del relatoaventurero que logra sacar de ella. El caso es que el inte-rés de la narración se mantiene sin decaer a través de unnúmero más que respetable de páginas. Pero queda el siempre raro más difícil todavía,porqué. Parque jurásico comprende también una limpiaparábola sobre la perversión espuria (cuidado: no digola perversidad intrínseca) de la ciencia moderna en susaplicaciones técnico-comerciales. Alarmas farrago-samente expresadas por Heidegger, Arnold Gehlen ytantas bellas almas del ecologismo literario que nuncaha faltado este siglo en la ciencia-ficción más sermo-neadora encuentran en la novela de Michael Crichtonun eco suavemente irónico, nada empachoso. Su lec-ción básica se refiere al delirio de control omnipo-tente y recuerda que cuanto más congestión dominantey planificadora se alcance, con más inevitable rigorhará su labor de zapa el desorden de lo imprevisto; uti-lizando una doctrina de moda, Crichton nos reco-mienda aplicarnos en la ciencia del caos si queremossaber dónde parará antes o después el caos de la ciencia.Escribir una buena novela de imaginación y aventurases ya cosa muy notable, pero lograr que destile unamoraleja razonable y que consiga ser apocalíptica sinoscurantismo es algo en verdad casi milagroso. En re-sumen y repitiendo a Lichtemberg: si usted tiene dospares de pantalones, venda uno y cómprese este libro. BIBLIOGRAFÍAMICHAEL CRICHTON: Parque jurásico, trad. Daniel Yagolkows-ki, Plaza & Janes, Barcelona, 1991
  • 232. Brevísima teoría de Michael Crichton Los autores de best sellers populares prospe-ran acompañados por dos equívocos contrapuestos,uno de ellos sostenido por sus lectores más ingenuosy otro convertido en dogma por los altivos pedantesque se niegan a leerlos. El primero de ellos asegu-ra que escriben muy bien y el segundo proclama queno saben escribir. La realidad, como a veces pasa, esalgo más compleja de lo que dejan traslucir estosdictámenes. Resulta que escribir es la denominacióngenérica que reciben actividades literarias tan di-versas como las de Agatha Christie y Franz Kafka.En cierto sentido —en el sentido de lograr lo queconsigue Kafka— la señora Christie escribe muy mal,pero si nos ponemos en el punto de vista de la crea-dora de Poirot es el bueno de Kafka quien no sabepor dónde se anda. Ocurre algo parecido en ciertas discusionesmusicales entre padres e hijos: el chico sostiene quenadie canta como Kurt Cobain y el padre le oponetriunfalmente un aria de Pavarotti. Puro malenten-dido. Como el que tuvo lugar entre Stendhal y unamigo suyo cuando paseaban por Roma. Se detuvie-ron frente a la basílica de San Pedro y Stendhal seextasió ante la cúpula diseñada por Miguel Ángel.Escéptico, el amigo comentó: «Bueno, pero eso ¿pa-ra qué sirve?». Y el escritor respondió: «Para con-mover el corazón humano». Y de eso es de lo que se
  • 233. __________________ 246 ___________________trata, de conmover nuestro corazón como quien agitauna botella de loción capilar antes de usarla. A veces elcorazón necesita intriga y asombro, mientras que enotras ocasiones requiere perplejidad metafísica; haymomentos en que pide ritmo desgarrado y en otrosexige armonía celestial; ahora quiere temor ytemblor, luego carcajadas. A veces somos ingenuoscomo párvulos —¡cuéntame un cuento con drago-nes!— y más tarde, viejos como la historia, nos lan-zamos a bucear en los recursos del lenguaje en buscade la palabra nunca dicha que nos aliviará de la muer-te. ¿Por qué privarse de nada hasta que la nada nosprive de todo? De modo que leamos a Michael Crichton,uno de los narradores de cuentos fantásticos más no-tables de los últimos años. Yo no me pierdo ningu-no de sus libros desde aquel ya antiguo que primerose llamó en español Entre caníbales y vikingos y ahoraDecoradores de cadáveres, una ingeniosa recreación dela gesta de Beowulf que encierra una parábola sobre ladisparidad de las culturas y el coraje humano que apesar de ella todos compartimos. También me pare-cen recomendables Congo, Esfera, Acoso... y sobre todoParque jurásico, donde mezcla la anticipación cien-tífica, la aventura maravillosa y hasta la moralinacontra los excesos de la técnica en una combinaciónde eficaz ingenuidad que no desmerece de la líneainaugurada por Julio Verne. Esta novela y la película vibrante que sobreella realizó Spielberg, captando muy bien su espírituaunque no toda su complejidad, conectaron inme-jorablemente con la ya antigua fascinación que mu-chos niños y bastantes adultos sentimos por los di-nosaurios. No seré yo quien se queje por tanto de
  • 234. __________________ 247 __________________que Crichton haya reincidido en el tema con unacontinuación de Parque jurásico ni mucho menosprotestaré cuando Spielberg ruede la secuela de supropio film millonario. Para ser sincero he de obser-var, sin embargo, que esta última novela de Crich-ton es notablemente inferior a la precedente. Y noporque haya sido escrita pensando en su irremedia-ble puesta en escena cinematográfica, sino porque laimaginación de Crichton se alimenta demasiado conla anterior película de Spielberg: el ojo del tirano-saurio en la ventana del vehículo, la garra del velo-cirraptor atrapada por una puerta, la enorme pataque hace temblar el lodo junto al perseguido... Lomalo no es que la novela espere su película, sino quese inspire en una película. Pero lo verdaderamente intolerable es su tí-tulo: El mundo perdido. Por favor, un respeto. Llamara una novela de dinosaurios así es como titular MobyDick a un relato sobre ballenas o bautizar La guerrade los mundos a otra crónica de una invasión marcia-na. Porque El mundo perdido es la obra maestra fun-dacional del género y además el mejor relato de sirArthur Conan Doyle. Y en cuestión de novela po-pular y cuentos de emoción aventurera, Conan Doylees... el rey Arturo. Sus títulos no deben ser mencio-nados en vano ni siquiera por afán demasiado lite-ral de homenaje. Como penitencia para Crichtonpropongo a los lectores que olviden su Mundo per-dido y relean otra vez el de Conan Doyle. Le está bienempleado.
  • 235. Otra brevería crichtoniana El primer escritor que vendió en Europa másde un millón de ejemplares de sus libros fue EmilioSalgari, aquel entrañable novelista popular en cuyassagas de piratas malayos y selvas amazónicas descu-brimos los niños de varias generaciones (creo que lamía fue de las últimas) la hermosa geografía de la aven-tura. Naturalmente los críticos literarios de aquellaépoca, ocupados con Tolstói y Rimbaud, sólo tuvie-ron frío desdén para Salgari... por no hablar de lossubsalgaris que le imitaban, como Luigi Motta. ¡Li-teratura ínfima y para colmo sumamente comercial!Sin embargo en esos libros aprendimos algunos nosólo a leer, sino sobre todo a amar la lectura. Si hubiera que elegir hoy un sustituto parahacer de Salgari entre nosotros, yo propondría a Mi-chael Crichton. Las diferencias son obvias: para em-pezar, al viejo novelista turinés le engañaban sus edi-tores, que se enriquecieron a su costa mientras élacabó suicidándose agobiado por las deudas y lasdesdichas familiares; en cambio parece que Crich-ton lleva sus negocios editoriales de modo muchomás eficaz. Salgari se documentaba con atlas y enci-clopedias para dar a sus relatos el atractivo de paisa-jes exóticos de inédita flora y fauna; Crichton tam-bién prepara minuciosamente sus libros, pero nobusca el exotismo en la geografía, sino en los avan-ces científicos o los conflictos entre nuevas actitu-
  • 236. ___________________ 249 __________________des sociales. Su hasta hoy mejor novela, Parque jurá-sico, combina la experimentación genética con el temade los límites de la técnica; Congo es más salgarianapor su decorado y en ella se habla de la inteligenciade los antropoides frente a la imbecilidad bestial dealgunos humanos. No menos entretenido que Salgariy más lúcido, Crichton es capaz de algo que nuncaintentó aquél con sus lectores: crearnos desasosiego.
  • 237. Pensar lo irremediable El vínculo intrínseco que liga la filosofía conla muerte se establece desde el mismo origen de esatradición intelectual característica de Occidente.Y no sólo porque Platón dijese que filosofar es pre-pararse para morir, ni porque la meditatio mortis hayaocupado a tantos de los mejores (con la excepciónrebelde de Spinoza: «el hombre libre en nada piensamenos que en la muerte y toda su sabiduría versasobre la vida»), sino principalmente porque la ur-gencia misma que nos hace filosofar proviene de esaenormidad asombrosa, la convicción de nuestra muer-te irremediable. No toda filosofía versa sobre el mo-rir, pero no hay filosofía que no sepa que vamos amorir y que no reaccione ante tal provocación aunquesea pensándolo todo menos la propia muerte. Cio-ran reprochó con cierta razón a la mayoría de losgrandes filósofos el haber «escamoteado el cadáver»en sus sistemas ocupados de lo imperecedero, comohábiles asesinos que hacen desaparecer el compro-metedor despojo de su víctima. Y sin embargo esesa caducidad putrefacta la que les impelió a edifi-car eternidades especulativas... La certidumbre de la muerte es la única quetenemos en el confuso mar de nuestras dudas y tan-teos, pero ofrece nulo asidero intelectual a quien seesfuerza en pensar. Mala suerte. No queda otro re-medio que recaer en la vida, sea para preocuparse ex-
  • 238. __________________ 251 ___________________elusivamente de ella como recomienda Spinoza o pa-ra proyectarla ilusoriamente más allá de la muerte,eternizando su rutinario ajetreo de premios y castigos,placeres y dolores. La muerte puede ser el límite, peronunca la maestra de la vida ni su dueña. Es sano man-tenerse escandalizados y no sólo asustados frente aella. Me asombra que morir «sea una costumbre quesabe tener la gente», como apunta irónicamente Bor-ges en una de sus milongas. A mi pobre juicio, acos-tumbrarse a la muerte es la peor de las traiciones ode las hipocresías, como supongo que ya vislumbra elpaciente lector de estas páginas misceláneas (si aún noha caído en ello será porque, a pesar del título del li-bro, ha comenzado a leer sin despertarse antes). Volviendo a la reflexión sobre la muerte, quizálo mejor sea merodear en torno a ella en vez de inten-tar afrontarla directamente. Es lo que hace GabrielAlbiac en este libro, utilizando como pistas de sudeambular algunas de las mejores obras literarias yfilosóficas de nuestra cultura. El criterio de Albiaces certero y lúcido no sólo en la elección de autores(Hegel, Borges, Keats, Conrad, Baudelaire, Yeats...),sino sobre todo en los textos elegidos y bien comen-tados. ¡Es tan corriente que esos nombres se men-cionen en vano, aportando su cita más repetida omenos relevante! Paladeando este excelente itinera-rio confieso mi sorpresa por la ausencia de Elias Ca-netti, guerrillero perpetuo contra la muerte cuyaobra desde luego no puede ignorar ese gran conoce-dor de la heterodoxia judaica europea que es Albiac.La exposición de documentos biográficos que reciente-mente dedicó el Centro Pompidou a Canetti se titu-laba El enemigo de la muerte. Me parece el más hermosoblasón postumo porque morir sin resignarse a la muer-
  • 239. ___________________ 252 __________________te —sin beatificarla sumisamente como algo natu-ral— es el punto de locura imprescindible para quela cordura no sea insípido fatalismo. En un librosobre la muerte la voz antiestoica de Elias Canetti—al igual que la de Unamuno— no debería faltarcomo la oposición radical que presenta la imposibleenmienda a la totalidad a un parlamento estremeci-do pero a veces demasiado aquiescente. En cuanto alos intérpretes de rock también mencionados por Al-biac con sus letras a menudo sugestivas, desde la másperfecta indigencia en ese tema proclamo mi con-fianza en la selección ofrecida. Voy a insinuar algunas quejas. En tiemposde tanta majadería ultramundana y esotérica me pa-rece reconfortante que Albiac nunca ceda a la moda deconsuelos nigrománticos, pero deploro que no nostonifique más contra ella explorando el coraje de la vi-da o su alegría y no sólo la desesperación de la muer-te. Si se establece que no hay vida después de la muertepero que tampoco la hay antes, es la muerte la quegana y con ella —inevitablemente— la religión, ensu faceta menos supersticiosa pero más tenebrosa-mente tentadora. El ateísmo no consiste sólo en re-chazar lo superfluo o lo pueril, sino también en noecharlo de menos... Segunda objeción: la perfecta au-sencia de humor de Albiac pudiera parecerle al lec-tor una demostración de malhumor. Y nada estropeatanto el clamor trágico como proferirlo con ceñofruncido y enfurruñado. Degrada a dispepsia la que-ja existencial. Para convencernos de que su desola-ción no es pose —como estoy seguro de que no loes— a Gabriel Albiac le hubiera bastado sonreír unpoquito. A fin de cuentas nos enfrentamos con unacolosal broma macabra a la que debemos pagar con
  • 240. ___________________ 253 __________________su misma moneda y muy conscientes de ello, talcomo constató Paul Valéry: Qui ne conait, et qui ni les refuse, ce crdne vide et ce rire eternel! BIBLIOGRAFÍAGABRIEL ALBIAC: La muerte, Biblioteca del Presente, Paidós, Barcelona, 1996.
  • 241. Razones y pasiones de una dama Fue Cioran quien me enseñó que los perso-najes verdaderamente representativos del ilustradosiglo XVIII francés son un puñado de mujeres, porencima incluso de los más claros varones. Cualquierlista de ellas, por corta que sea, no puede omitir aGabriela-Emilia le Tonelier de Breteuil, marquesade Chátelet. Esta señora tuvo la suerte de ser hija deun libertino acomodado que la educó sin prejuiciosy no sólo permitió sino incluso fomentó su predis-posición natural al estudio. Emilia obtuvo una no-table formación en lenguas clásicas y en ciencias,que la década larga de amorosa amistad con Voltairey la relación con otros sabios como Maupertuis, Ber-noulli o Koenig contribuirían a ampliar. Tradujoexcelentemente a Newton del latín (su versión hasido la más útil en francés hasta hace pocos años), yescribió sobre física, filosofía y crítica de la religión.Pero además fue también una mujer apasionada,audaz en sus amores, madre, mundana y jugadora.Despertó admiraciones ilustres y hostilidades queno lo fueron menos; de ella tuvieron celos otras mu-jeres notables, como la corrosiva Madame du Deffand,Madame du Graffigny o Madame Staal-Delaunay,y un rey semifilósofo que le disputó el afecto deVoltaire: Federico de Prusia. Madame du Chátelet quiso ser sabia. ¿Pedan-tería? No, porque «quien dice sabio dice feliz, al me-
  • 242. ___________________ 255 __________________nos en mi diccionario». El resultado de sus esfuer-zos por conciliar sabiduría y dicha lo expone en lasbreves páginas del Discurso sobre la felicidad que es-cribió al final de su vida, poco antes de que su jovenamante Saint-Lambert la dejase embarazada con másde cuarenta años, lo cual en aquella época equivalíacasi con certeza a una condena a muerte. La concep-ción de la felicidad que tiene Emilia no es tanto he-donista como antiestoica: ansía sensaciones y senti-mientos placenteros, desde luego, pero sobre todointensos, aunque comporten incidencias dolorosas.El miedo y la esperanza, las dos cabezas de la hidraque el héroe estoico cree vencer, le parecen estímu-los deliciosos de una vida que sin ellos sería insípi-da: «Nuestra alma desea ser conmovida por la espe-ranza o el temor; sólo es feliz con las cosas que lehacen sentir su existencia». Por eso ella, la raciona-lista convencida, defiende las pasiones, aunque sue-la decirse que producen más desdichados que personasfelices. Señala oportunamente que ese cálculo im-posible puede verse viciado porque los desgraciados sehacen notar más dado que necesitan a los otros, mien-tras que los felices permanecen ignorados (prefiguraasí la sentencia con que, un siglo después, Tolstóiiniciará la historia de otra mujer apasionada). También aboga por la ilusión, en lo cual serebela contra Voltaire: puesto que debemos la ma-yoría de nuestros placeres al toque brillante con elque la ilusión barniza lo rutinario o lo inevitable, ¡aydel que la pierda! De modo que la tibieza desenga-ñada de la amistad —que es lo único que recibía yade su tanto tiempo querido Voltaire— le parece unsentimiento demasiado apacible y débil para colmarsu corazón sensible: necesita un Saint-Lambert, aun-
  • 243. ___________________256 __________________que en ello le vaya la vida. Porque en ello le va la vida.Y confiesa que, si la oración fuese plausible, habría-mos de pedir a Dios no sólo que nos dejase caer enla tentación, sino que nos ofreciese tentaciones nue-vas. El estudio es sin duda una de ellas, y resultaparticularmente injusto que los varones —que tienenotras vías para satisfacer su pasión de gloria, como laguerra o la política— priven de esta oportunidad deexcelencia a la mitad femenina de la humanidad,que es quien más la necesita. La tentación del juego(que entusiasmaba a Voltaire poco más que al presi-dente de la Comunidad de Madrid que ha prohibido elpoker para evitar adicciones) merece también su aproba-ción, aunque recomiende reservarla para la épocaotoñal de la vida, cuando ya escaseen otras vías máscarnales de emoción... Es sin duda un acierto que la siempre intere-sante colección Feminismos ofrezca al lector españolesta característica reflexión dieciochesca sobre la bue-na gestión de la vida. En el discurso no sólo se en-cuentran las ideas, sino también la personalidad dela singular señora que lo escribió. La excelente tra-ducción se debe a Alicia Martorell y la acompañauna larga y competente introducción de Isabel Mo-rant Deusa sobre la dama y su época. Sólo un simpá-tico lapsus: en la página 47 se dice que un libro deAlgarotti de título casi posmoderno (El newtonismopara las damas) apareció ilustrado con la fotografíade Madame du Chátelet. Me parece que Emilia erauna mujer avanzada para su tiempo, pero no tanto...La edición se completa con una amplia selección desu correspondencia, tan significativa por lo que dicecomo por lo que sólo insinúa. Una de sus cartas aca-ba: «No puedo creer que haya nacido para ser des-
  • 244. __________________ 257___________________graciada». Emociona leer esta ingenuidad tan sabia,tan valiente, primera voz de la modernidad que nosreclama pese a lo ya mustio y lo irreparable. BIBLIOGRAFÍAMADAME DU CHÁTELET: Discurso sobre la felicidad, Cátedra, col. Feminismos, Madrid, 1996.
  • 245. Para rescatar la intimidad Hoy se derrochan proclamas y se hacen as-pavientos supuestamente en favor de la intimidad:la reivindicación del derecho a la intimidad, las alar-mas frente a los atentados contra la intimidad, las cen-suras contra quienes venden su intimidad... están a laorden del día. Recientemente la muerte de Dianade Gales en accidente ha despertado una colosal his-teria colectiva contra los paparazzi que la hostiga-ban, como si no fueran esos mismos moscones los queconvirtieron a tan prescindible dama en un iconocasero para tantos papanatas. Se confunde casi siem-pre en tales ocasiones intimidad con privacidad, sien-do esta última deudora necesaria (y a menudo renta-ble) de la publicidad, mientras que lo íntimo escapapor igual a la esfera de lo privado y a la de lo público.Es el primer equívoco sobre la intimidad que denunciaJosé Luis Pardo en este excelente libro, junto a otrosno menos dañinos, como el que confunde lo íntimocon lo inefable e inexpresable —hurtándolo a lo lin-güístico— o el que lo vincula a la soledad, dandopor sentado que la intimidad es lo que nos desata detoda compañía en lugar de lo que nos ata a la quenos ha de resultar imprescindible. Por el contrario, la intimidad es lo que quie-re decirse o callarse a través del lenguaje, convirtien-do a éste en plenamente humano (así se distingue ala comunicación mecánica de la personal no por la
  • 246. ___________________ 259 __________________ausencia de razones, sino de intimidad). Y no exclu-ye a los otros o a lo otro, sino que precisamente nosinclina hacia ellos, marcando los límites que perfilannuestra vida y nos permiten saborearla con concien-cia mortal. Tampoco es la intimidad equivalente aidentidad —al yo constituido explícitamente, seaétnico, ideológico o como mi verdad natural— porqueprecisamente es la intimidad lo que nos impide seridénticos y nos mantiene diferentes y a la vez vacan-tes: «Que mi nombre sea Nadie, como el de Ulises...»,dijo Borges en uno de sus versos íntimamente afor-tunados. La raíz de la intimidad, explica Pardo, es el«tenerse a sí mismo» del hombre, lo cual no implicaidentidad, naturaleza o propiedad, sino el desequili-brio y la tensión de quien se esfuerza por mantenerseerguido. Recuerdo al leerlo que Schopenhauer com-paró la vida humana con un paso en falso: penetra-mos en el mundo como dando un tropezón y nos es-forzamos con bandazos y trompicones por guardarla vertical, hasta la inevitable caída final. La brevedad de esta nota no puede hacer jus-ticia a todos los meandros de este libro suculento,inusualmente bien escrito (no me refiero sólo a susméritos literarios, sino a su prosa filosófica), incrus-tado de preciosos análisis tangenciales acerca de lacomplicidad actual entre lo privado y lo público enmedios de comunicación, en espacios políticos yen actitudes morales. Sólo quisiera constatar una au-sencia pero, eso sí, clamorosa: la del tema de la liber-tad. Si Pardo me permite la malicia, este déficit re-sulta muy posheideggeriano. Porque precisamente esen relación con las dificultades de la voluntad librey el doblez de su mismidad («querer en parte y enparte no querer», dice san Agustín en el libro VIII
  • 247. ___________________260 ___________________de sus Confesiones) donde a mi juicio nace la refle-xión acerca de la intimidad. La sede de la libertad eslo íntimo, no la exterioridad de la Ley, tal como lue-go decreta la politización moderna de la concienciaética que de pasada critica Pardo. Situar de nuevo eldebate de la libertad en la esfera de lo íntimo habríasido un paso para rescatarla de los adversarios teóri-cos que comparte con la intimidad misma: «Los re-dentores de toda especie, aquellos que están dispuestosa cualquier precio a salvar al hombre del pecado deser inocente». Pero sería una descortesía y una in-gratitud menospreciar un libro que ofrece tanto conel reproche de lo que uno de sus lectores, quizá con ar-bitrariedad subjetiva, echa en falta. BIBLIOGRAFÍAJOSÉ LUIS PARDO: La intimidad, Pre-Textos, Valencia, 1996.
  • 248. Cristianismo sin agonía Cierto día, hace varios años, Gianni Vattimosostuvo desde un teléfono público de una heladeríamilanesa una conversación con otro distinguido pro-fesor de filosofía italiano, católico tomista. La charladebía versar sobre una oposición a cátedra de cuyo tri-bunal formaban parte ambos, pero el interlocutor sedesvió del tema de los manejos académicos y le pre-guntó a Vattimo si todavía seguía creyendo en Dios.Cogido de improviso entre señoras acaloradas que de-gustaban sus helados y niños que bebían naranjada,Vattimo repuso que «creía creer». Ahora ha publicadoun librito breve y sincero, razonando filosóficamenteaquella respuesta a bote pronto. Con sutileza y estudio penetrante, GianniVattimo ha sabido desde hace años obtener leccio-nes democráticamente moderadas de autores que enprincipio se prestan poco a este trato civilizado, co-mo Nietzsche o Heidegger. Especialmente en el casode este último, ha seguido con provecho las leccio-nes de su maestro Gadamer que se dedicó —segúnla celebrada ironía de Habermas— a urbanizar la te-lúrica boscosidad heideggeriana. Ahora se diría queen la parcela así desbrozada, Vattimo se encarga delevantar (un poco tongue in cheek, justo es decirlo) unadiscreta capilla, lo que contribuye a hacer el paisajemás acogedor. ¿Sus motivos? Vattimo no retrocedeante la mención pudorosa de razones biográficas en
  • 249. __________________ 262___________________este retorno al redil cristiano, como pueden ser lamuerte de algún ser querido con quien esperaba com-partir lo mejor de la vida o incluso la proximidad dela vejez. Pero también señala argumentos de índoleno más filosófica —la pérdida de un ser amado o elenvejecimiento son insuperables a este respecto—,sino más técnicamente filosóficos. Según Vattimo, en el pasado reciente la creen-cia ontológicamente fuerte en una realidad materialdescrita suficientemente por la ciencia fue la causadel rechazo ilustrado de los dogmas cristianos. Perola posmodernidad ha debilitado progresivamente laontología materialista, de modo que la proposición«Dios existe» ya no puede ser rechazada sin más porsu falta de respaldo empírico, sino que ha de sometersemás bien a un debate hermenéutico entre interpreta-ciones sabiamente graduadas. En una palabra, cuan-do la ontoteología cristiana ya ha perdido su radica-lismo metafísico, es absurdo que el ateísmo pretendaocupar su puesto con otra metafísica fuerte, la del rea-lismo científico. Quedan pues abiertos cautamentediversos caminos en vez del «todo o nada» de la apuestapascaliana. De hecho, la vía que prefiere Vattimo con-vierte el dogma central del cristianismo en alegoríade la ontología débil posmoderna: la divinidad sedebilita al encarnar, dándonos a todos ejemplo demodestia metafísica. Y esa apuesta por la fragilidades el verdadero contenido del cristianismo, cuyo nú-cleo intelectual es la exigencia de reducir la violen-cia y aumentar el amor: la caridad. Vattimo no ocul-ta su aprecio estético por el ceremonial eclesiásticoque custodia ese mensaje esencial, pero es muy cons-ciente de que junto al oro evangélico se nos impo-
  • 250. __________________ 263___________________nen desde el pulpito auténticas supersticiones encuestiones de filosofía y de moral que fundamenta-listas como Juan Pablo II no contribuyen precisa-mente a suavizar. Recurriendo de nuevo a la expe-riencia biográfica, menciona Vattimo la agobianteactitud ortodoxa ante la homosexualidad o la irra-cionalidad de la condena del preservativo en los tiem-pos del sida. Concluye empero reivindicando suderecho a una nueva lectura del cristianismo evan-gélico desde el mandamiento supremo de la cari-dad, que rechaza las violencias inquisitoriales, peroacepta pese a todo débilmente el cobijo de la Iglesiacatólica. Creer que se cree: este título le suena al lectorespañol inevitablemente unamuniano, aunque el fe-roz don Miguel fue más allá y habló de «crear lo quese cree». Nada más lejano, desde luego, que el ag-nosticismo trágico de Unamuno del sereno y to-lerante catolicismo de Vattimo, que a veces duda, pe-ro nunca ofende y explícitamente descarta como cosasuperada la agonía existencial que antaño enturbióestas cuestiones. Y sin embargo... Sin embargo, elateo —yo mismo— que simpatiza plenamente conel logro civilizador de la caridad, la tolerancia y laantiviolencia no deja de preguntarse si puede lla-marse religioso a algo tan razonable. Unamuno, porvolver a él, no quería morir: anhelaba la fe que pro-mete la inmortalidad y la resurrección y de esa fecreía descreer. En la reflexión de Gianni Vattimo talpunto fundamental está curiosamente ausente, pro-bablemente porque es más fácil urbanizar la parcelaheideggeriana que convertir el ser-para-la-muerteen ser-para-la-inmortalidad. ¿Es demasiado fuerte es-ta agonía en nuestros claustros ontológicamente de-
  • 251. __________________ 264 __________________bilitados, pero nostálgicos de estética espiritualis-ta? Wojtyla sostiene que un Dios disparatadamentepreocupado por la obstetricia condena a quienes usancondón para follar o lo hacen contra natura; pero tam-bién asegura que ese Dios increíble rescata para siem-pre de la muerte a sus fieles, contra toda inteligibi-lidad racional. Y el ateo, por una vez, simpatiza conel energúmeno: no por lo que cree, sino por creer quees eso y no otra cosa más débil lo que merece la penade creerse... puestos a creer. BIBLIOGRAFÍAGIANNI VATTIMO: Credere di credere, Garzanti, Milán, 1996 (trad. esp. en Paidós).
  • 252. Contra la cultura como identidad ¿Existe una cultura europea? La preguntahace ya bostezar, por muy buena que sea la disposi-ción con que se la afronte. Todos queremos creer queaún vive ese mítico unicornio y que antes o despuésvendrá a reclinar la blanca cabeza armada en el rega-zo de la doncella que le espera sin suerte. ¡Una cul-tura, a pesar de todo, europea! No me atrevería a de-cir cómo debe narrarse esa leyenda, pero creo dentrode mis posibilidades recomendarla por vía negativa,como siempre hicieron con sus dioses los teólogosprudentes. La cultura europea no puede constituir elargumento ontológico destinado a refrendar ningu-na identidad nacional, sea francesa o italiana, catala-na o inglesa, polaca, vasca, croata o rusa... ¡ni siquierauna identidad europea! Ya sabemos, desde luego, queel uso y sobre todo abuso más común de las llama-das culturas nacionales es servir de pruebas ontoló-gicas de tal ambición identitaria, pero ahí no hay nadade específicamente europeo: en todas partes cuecenese género flatulento de habas. Si algo podría ser lla-mado propiamente europeo como empeño cultural,consistirá en la negación de la cultura reducida amero soporte y legitimación de cualquier identidad.Y eso a despecho de que los administradores oficia-les de las culturas europeas sigan viéndolas a travésde semejante prisma deformador.
  • 253. __________________ 266___________________ Porque lo que algunos europeos de ayer y desiempre atisbaron es que la cultura nunca puede serun simple mecanismo de identificación étnica o na-cional. La identidad, ese conjunto de ritos y mitosidolatrado por los gestores de la rutina, archivadopor los burócratas esencialistas y ensalzado entre ca-ñonazos por los padres de la patria, es lo más cultu-ralmente antieuropeo que pueda imaginarse. Laauténtica cultura no es la identidad que consagranuestros parecidos gregarios, sino la desidentifica-ción que nos permite cuestionarlos, desmentirlos ysobre todo entremezclarlos con lo que viene de fuera,con lo que se nos parece, pero nunca del todo. Cul-tura es la curiosidad por lo ajeno, no la celebraciónmaniática de lo propio; es lo que ofrecemos a los demásy lo que buscamos en ellos, no la mera repetición delo que hemos decretado como insolublemente nues-tro. Nadie llama culto al que conoce su lengua, sinoal que es capaz de hablar o leer en varias; ni al que losabe todo de su barrio, sino al que se interesa porconectarlo con el inabarcable universo. El verdaderohecho diferencial en materia de cultura es el que dis-tingue a los buscadores de lo universal de los beati-ficadores de lo propio. La peor agresión que hoy sufre el conceptoeuropeo de cultura es la educación que en ocasionescada vez más frecuentes pretende darse en ciertos paí-ses o en ciertas regiones aspirantes a países: formar alos jóvenes en el glorioso deber de parecerse a ul-tranza a lo que no tienen nacionalmente más reme-dio que ser, en lugar de emanciparlos de ello abrién-doles a lo remoto, a lo diverso, a lo cambiante. Serun europeo culto es no conformarse con ser culto so-lamente como se es en casa o en Europa: es buscar la
  • 254. ___________________267 __________________razón común frente a la mera peculiaridad divergentedel folklore. Lo demás se queda en simple identidad,efectivamente, eso que con tanto celo pretende veri-ficar en todas partes la policía nativa... Acabo de recibir un buen ejemplo de lo queyo considero la mejor cultura europea. Y no me llegade ningún punto de la geografía europea, sino desdeAmérica. Me lo envía mi amigo Josu Landa, hoyprofesor en la Universidad Autónoma mexicana y aquien conocí hace muchos años en Venezuela, cuan-do era un joven licenciado contestatario que se rebe-laba contra las limitaciones de la enseñanza acadé-mica y de la sociedad clasista, siguiendo la mejortradición situacionista de mayo del 68. Josu Landaes poeta en euskera y en castellano: acaba de realizaruna traducción que todos juzgan muy meritoria delgran poema de Octavio Paz Piedra de sol, una de laspiezas capitales de la poesía de nuestro siglo. Hojeo con emoción este cuaderno gris, bi-fronte: Piedra de sol/Eguzki Harria. En sus páginas seentrelazan y responden, desnudos como los cuerposen el amor, los versos de las dos lenguas. En ellos sehabla sin renunciar a nada de los mitos de las cultu-ras mesoamericanas y de los dioses de Grecia, de laEspaña renacentista y del Barroco, de la Ilustracióny de las doctrinas revolucionarias del siglo XIX o delnuestro. También de las uvas de Bidart y de las gar-denias de Perote. Pero sobre todo de la tragedia pro-fana y sacra, racional y pasional, sensual y angélicaque es la vida del hombre, de cualquier hombre, detodos los hombres. Veo aquí que caen «las máscaraspodridas / que dividen al hombre de los hombres / alhombre de sí mismo, / se derrumban por un instanteinmenso y vislumbramos / nuestra unidad perdida,
  • 255. ___________________268 __________________el desamparo / que es ser hombres, la gloria que es serhombres / y compartir el pan, el sol, la muerte, / elolvidado asombro de estar vivos». ¿Cultura europea,americana? Cultura a secas: la que a través de la dis-tancia de lenguas y países habla de lo que de verasimporta.
  • 256. ¿Mundo homogéneo? Dijo Albert Camus que hay dos tipos de in-teligencia, la lista y la tonta. La lista sirve para com-prender, prevenir y remediar; la tonta para deplorarlo que se entiende a medias y dar falsas alarmas.Uno de los tópicos más sobados de la inteligenciatonta actual (junto a la crisis de los valores y el re-torno de lo sagrado) es el pánico ante la homogenei-zación universal. Por lo visto, el mundo pierde susdiferencias y pronto será todo idéntico, alternándo-se en cada trecho un McDonalds con un anuncio lu-minoso de Sanyo, seguidos por una oferta de Coca-Cola y un Pizza Hut. ¡Adiós a la diversidad de gustose indumentarias, a lo exótico que a nada se parece, alos indígenas incorruptibles que rechazan la tarjetade crédito porque no es comestible! Pobres viajeros:por muy lejos que vayan en pos de lo insólito, siem-pre deambularán de lo mismo a lo mismo. Ahogo un sollozo y seco mis lágrimas a finde intentar ver más claro. Para empezar, la supuestauniformidad universal no implica desgraciadamen-te el fin de las desigualdades. Las perspectivas vita-les del niño que nace en Guatemala siguen siendobastante diversas de las del que nace en Suecia, por nohablar de las de la niña argelina frente a la niña fran-cesa. El reparto de la asistencia médica, de la ofertaeducativa o de las libertades públicas se mantienedispar no sólo a escala internacional, sino incluso
  • 257. ___________________270 __________________dentro de un mismo país: ¡hasta en una misma ciu-dad, a poco grande que sea! Por ese lado no haymiedo de que la monotonía nos agobie. Lástima, por-que no todas las diferencias son buenas por el sim-ple hecho de ser diferencias, ¿verdad? Pero también es cierto que uno encuentra enlos rincones más inesperados del planeta pantalonesvaqueros o un transistor que inflige melodías de Ju-lio Iglesias. Cualquier color local se ve contagiadopor la lepra de colores foráneos, ninguna selva es yadel todo virgen, los indígenas del Matto Grosso pre-guntan por Butragueño a los españoles y en la con-vención demócrata se bailó al son de Macarena. Enlos pasados mundiales de fútbol en EE UU, un niñopakistaní intentó suicidarse al saber que habían ex-pulsado a Maradona... Los ídolos y los fetiches seinternacionalizan, gracias a la televisión por satélitey a las multinacionales discográficas. Los clérigos ira-níes persiguen las antenas parabólicas como si fuesenlos cuernos del nuevo Satán, pero seguro que antes odespués perderán la partida. Ustedes o yo nos pare-cemos ya más a aquellos de nuestros antípodas quecomparten nuestros vicios o aficiones que al vecinoencastillado en su casticismo: esto es válido para loshabitantes de la gran ciudad, pero también para elmiembro de la remota tribu... Un personaje de JosephRoth, el conde Morstin, aristócrata cosmopolita alque su creador atribuye una conjetura que toda miexperiencia personal me inclina a compartir («lateoría de Darwin me parece incompleta. Quizá elmono descienda de los nacionalistas, pues el monosignifica un progreso»), ofrece el modelo ideal en elpasado que debería inspirarnos para lo porvenir:«Como cada austríaco de aquellos tiempos, Morstin
  • 258. ___________________ 271 __________________amaba lo permanente en constante variabilidad, lohabitual en el cambio y lo familiar en medio delo inusual. Así, lo extranjero se le hacía más íntimosin perder su colorido y el terruño tenía el encanto eter-no de lo extraño» (El busto del emperador). ¿Creéis en la transmigración de las almas?Yo sí, pero no en el tiempo, sino en el espacio. Encuanto conocemos a alguien antes lejano nos con-vertimos un poco en él. La (relativa) uniformaciónplanetaria no se debe a la conspiración imperialistade las multinacionales yankis, sino a la mundializa-ción de las comunicaciones y a la moda (beata o atroz,tanto da) del turismo popular. Para desesperaciónde los puristas y de los amantes de las esencias, a loshumanos nos encanta imitarnos unos a otros. Lo he-mos hecho siempre que hemos podido, durante siglos:precisamente a esa manía debemos la civilización.Pero que nadie se preocupe por la diversidad, puessabe reproducirse sola. Del muy homogeneizadorimperio romano venimos españoles, franceses, ingle-ses, alemanes... ¡Hasta los vascos, si me apuran!
  • 259. El mago de las semblanzas Hay biografías notables por la informaciónque aportan sobre el personaje estudiado, aunquecomo la documentación que existe sobre cualquiervida medianamente insigne siempre resulta suscep-tible de ampliación nunca son definitivas. Otrosbiógrafos optan por aprovechar su tema para hacerun estudio de la época histórica en que se movió suprotagonista, convirtiéndolo en síntoma, en héroe,en víctima de las circunstancias, en villano presti-gioso, etcétera. Cada una de esas perspectivas admi-te y a veces suscita un punto de vista contrario, detal modo que todo hagiógrafo estimula a los no me-nos entusiastas detractores: tras los de «era más queun hombre» o «era todo un hombre» vienen los de«no era más que un hombre» e incluso «¡vaya, hom-bre!». Biografías exhaustivas, biografías a la contrao a favor, biografías historizantes... Los aficionados algénero no rehusamos ninguna de estas modalidades. Quedan aparte otros biógrafos: los capacesde convertir la narración de una vida en obra de arteliteraria. No me refiero a los autores de biografías no-veladas, sino a quienes son capaces de conseguir laemoción estética con el drama o la farsa de una exis-tencia humana aunque sin dejar de atenerse al rigorde los datos de que sobre ella disponemos. En espa-ñol ha escrito buenas biografías de este tipo RamónGómez de la Serna, pero las mejores a mi modo de
  • 260. ___________________273 ________________ver tienen autores ingleses: Chesterton o Lytton Stra-chey. Las de Chesterton son auténticos ensayos enlos que, con motivo de la trayectoria del biografiado,reflexiona sobre ética o metafísica con su caracterís-tico humor paradójico, nunca grave y casi siempreprofundo. Lytton Strachey, al que muchos han lle-gado a conocer o vuelto a recordar gracias a la pelí-cula Carrington, opta más bien por convertir cada unade sus semblanzas en un relato con los ingredien-tes de emoción, absurdo y enigma que buscamos enlas obras maestras del género. En ambos casos susobras nos interesan aunque los personajes de quetratan nos sean indiferentes (la biografía de RobertBrowning que Chesterton compuso es memorablehasta para quienes nunca soportaron un verso deBrowning, lo mismo que la del Cardenal Newmande Strachey no requiere para ser disfrutada la míni-ma curiosidad previa por la trayectoria de dicho pre-lado); en ambos casos también los estudiosos seriosprevienen contra una gozosa heterodoxia que no lo-gran emular. Ambos autores, por último, saben poneren práctica lo que recomendaba otro gran biógrafoaunque éste de existencias imaginarias, el formidableMarcel Schowb: «La vida no está en lo general, sinoen lo particular; el arte consiste en dar a lo particu-lar la ilusión de lo general». Pongamos reparos a lo admirable: puede queVictorianos eminentes, el primer libro de Strachey, pro-penda en demasía a la irreverencia caricaturesca yquizá sus deliciosos Retratos en miniatura acentúenventajistamente lo pintoresco, mientras Isabel y Essexes tan psicológica que mereció el encomio sabio pe-ro sospechoso de Freud. En cualquier caso es difíciloponer reservas a su retrato de la Reina Victoria, la
  • 261. ___________________ 274 __________________más equilibradamente madura de sus biografías queno por ello deja de ser también irreverente, pinto-resca y psicológica. Los lectores ingleses de la épocala acogieron con morbo y la leyeron con alivio, pues ladesmitificación de esa dama ñoña pero eficaz que lospastoreó durante más de medio siglo no está exentaal fin y al cabo de condescendencia benevolente, a pe-sar de todos los pesares. También en ese cuento áci-do y poético, como en las grandes películas de Holly-wood, los secundarios roban a veces la escena a laprotagonista: el príncipe Albert, Melbourne o Pal-merston tienen un acabado tan intenso en el cuadrocomo la propia soberana. Es muy de agradecer eldesvelo frecuentemente inspirado de Dámaso LópezGarcía, al que debemos ésta y las demás traduc-ciones de Lytton Strachey. La única objeción menorque se me ocurre es la utilización del término consti-tución para la carta de derechos en tiempos de Victo-ria: como Inglaterra carece de constitución propia-mente dicha, quizá hubiera merecido una pequeñanota de las que con tino y discreción añade en otrasocasiones. Strachey sin duda merece a su vez atenciónbiográfica, como la que le ha prestado Michael Holy-rod en el libro que ha dado origen a la película men-cionada. El propio Lytton caracterizó sus años deCambridge con dos palabras —paradoja y pederas-tía— que valen además para sintetizar su vida ente-ra. Del lánguido y genial clan de Bloomsbury fue elmás capaz de obtener un cierto éxito popular sinrenunciar a su elitismo, lo que le valió la sátira enOrlando de Virginia Woolf, que le reprochaba su es-tilo periodístico. No se inmutó por ello este admira-dor señorial del elitista y popular Voltaire, a cuyo
  • 262. ___________________ 275 __________________reverenciado fantasma lega en su testamento «susgafas, su mente y su retrete». El alma, en cambio, sela deja al diablo: a cada cual lo suyo. Cuenta su ami-go Clive Bell que en cierta ocasión, al verle pasaramanerado y excéntrico, el portero del Trinity Co-llege le comentó: «Parece mentira que sea el hijo deun general». BIBLIOGRAFÍALYTTON STRACHEY: La reina Victoria, trad. de Dámaso López García, Valdemar, Madrid, 1997.
  • 263. Dioses y leyes de la hospitalidad El inmigrante, el forastero, el otro, los quellegan de lejos y en manada, sin papeles, con identi-dades confusas o amenazadoras, la invasión de losbárbaros... Estos son los principales enemigos de unaEuropa que se va utopizando a sí misma como una es-pecie de cámara acorazada, tal como las de los ban-cos ¡y por los mismos motivos! Francia en particulares planteada ya por muchos como una isla: la isla dePasqua. Otros resisten, quieren por el contrario abrirlaa todos los vientos, descerrajarla: entre ellos ReneSchérer, un veterano filósofo que ha dedicado ma-gistrales estudios al pensamiento de Charles Fouriery también subversivos análisis al erotismo infantil yadolescente, como su estudio pedagógico provocati-vamente titulado Emile pervertí. Por lo común, el problema de la extranjeríase sitúa en el plano de los cupos de inmigración, lospermisos laborales y otras cuestiones sin duda urgen-tes, pero quizá no las más fundamentales si de lo quese trata es de pensar a fondo la cuestión. ¿Por qué nocomenzar por preguntarnos acerca de la hospitali-dad? ¿No podríamos intentar comprender el devenirhumanizador de la humanidad —cómo los hombresnos hemos ido autoinventando como humanos—desde un punto de vista hospitalario. Encontramos los mitos y rituales de la hos-pitalidad en la Odisea y también en la parábola del
  • 264. ___________________ 277 __________________buen samaritano, en los pueblos llamados primiti-vos sometidos a la colonización (que fue sin duda unabuso de hospitalidad), entre los bárbaros de Atila ytambién en la obra de modernos como Kant o Fou-rier. La hospitalidad precede a los estados y las na-ciones: en cierto modo, los desafía. Su normativa esanterior a las legislaciones positivas y a la rigidez delos códigos; proviene más bien del prudente respetoante lo sagrado, pues sabido es que los dioses gustanpresentarse en figura de errantes forasteros, y de esaley del corazón que nos compromete con una formade reconocer lo humano más ambiciosa que la vi-gente bajo cualquier tutela estatal. Kant aspiró aconvertir el imperativo hospitalario en el equivalentejurídico-político del imperativo categórico moral:«El derecho cosmopolítico debe limitarse a las con-diciones de una hospitalidad universal». Por su par-te Fourier concibe su falansterio como el lugar de lahospitalidad absoluta en el que cualquier diferenciay apetencia tienen lugar, no a partir de rígidas ar-mazones legales, sino por expansión de la voluptuo-sidad imaginativa. Rene Schérer discurre a través de estas dife-rentes etapas con sutileza y brío a veces casi proféti-co. Acude también a obras que figuran entre lo másinquietante del arte contemporáneo, como la tri-logía novelesca Las leyes de la hospitalidad de PierreKlossowski o Teorema de Pier Paolo Pasolini. En ellas,el juego de hospedaje rompe los estereotipos de ladecencia y desmonta las ideas prefabricadas que elaposentado cultivaba sobre sí mismo. Y una hipóte-sis radical se va insinuando a través de sus análisis:la de que las identidades consolidadas, sean naciona-les, familiares, sexuales, profesionales, etcétera, no son
  • 265. ___________________ 278 __________________más que defensas contra una hospitalidad que nosdesnudaría plenamente ante el otro y transgredi-ría todos los límites con que cuidadosamente vamosamurallando nuestras vidas. Se puede reprochar a este ensayo de Schérerel prestar poca atención a una importante serie dedificultades prácticas que hoy se plantean al perge-ñar la nueva ciudadanía de una Europa tambaleantee insegura. Las sociedades de masas en las que vivimosno pueden ser hospitalarias del mismo modo que lofueron los griegos clásicos o los pueblos bárbarosporque deben brindar a todos protección y digni-dad ciudadana. Pero Schérer tiene razón en lo esen-cial: la hospitalidad no sólo es la tarea humana y hu-manizadora por excelencia, sino también la ocasiónde las grandes metamorfosis históricas. En lugar dever la extranjería como pura amenaza, quizá sea elmomento de utilizarla para replantearnos las contra-dicciones de lo nacional y lo estatal, buscando nue-vas vías de comunidad. Y para reflexionar tambiénsobre el exilio en el que lo personal se constituye,según el dictamen de Empédocles: «El alma mismaestá exiliada, errante y viene de fuera. El nacimientoes un viaje al extranjero». BIBLIOGRAFÍARENE SCHÉRER: Zeus Hospitalier. É/oge de Ihospitalité, Armand Colin, París, 1993.
  • 266. Filosofía sin aspavientos En el apartado de la filosofía digamos pura(la que no propone ninguna acción ni omisión, sinosólo la reconstrucción mental de lo que hay) me gustaun tipo de pensador actualmente en vías de extin-ción: conoce bien la tradición filosófica, pero hablamás de las ideas que de sus avatares epistémicos; di-ce cosas sustanciales, pero de forma tan precisa ylimpia de jerga académica que desanima a los glosa-dores y estrangula en la cuna a los discípulos; nuncahace aspavientos oraculares, sobre todo cuando re-flexiona sobre temas cuya grandeza cuasiteológicase presta a ahuecar la voz; ilustra sus textos con refe-rencias culturales que no desdeñan avecinar a Tin-tin junto a Lord Chandos, a Schomberg junto a SexPistols; puede carecer de afán polémico o de ironía,pero nunca de cierta humorística malicia... a cuyo tó-nico arañazo se ofrece gustoso como primera vícti-ma. Supongo que este tipo de filósofo se extinguefalto de audiencia: la academia lo desdeña por su re-nuncia a pedantes meandros y los medios de comu-nicación nunca logran convertirle en cabeza de algúnmovimiento publicitable ni pueden atribuirle cual-quier diagnóstico fatal sobre los sinsabores con fa-ma de actuales. Mi superviviente preferido de esta ya infre-cuente escuela es el francés Clément Rosset, cuyaobra sigo con deleitada fidelidad desde hace aproxi-
  • 267. __________________ 280 __________________madamente un cuarto de siglo. Primero conocí deél dos preciosos estudios sobre Schopenhauer, Scho-penhauer, filósofo del absurdo y La estética de Schopenhauer.Más tarde, La filosofía trágica, El mundo y sus remedios(que me sigue pareciendo una de las más perversas einteligentes denegaciones de la presunción moralque se hayan escrito), Lógica de lo peor, La antinatura-leza (creo que éstos son los dos únicos traducidos, yahace bastantes años, al castellano), Lo real y su doble,La fuerza mayor (donde se encuentran algunas de lasmejores páginas sobre Nietzsche de la filosofía fran-cesa reciente), El filósofo y los sortilegios, El principio decrueldad... Libros invariablemente parcos de exten-sión (pertenecen a lo que podríamos llamar el formatocortés de la filosofía), excelentemente escritos y aje-nos por tanto a la fiebre por los neologismos y elculto a la filología germánica. ¿Su música de fondo?Los elementos de la posición trágica: azar, artificio,invulnerabilidad de lo real por la idea, rechazo de laspalinodias edificantes, la alegría como fuerza mayorporque «su causa está basada en nada» (si se me con-siente esta paráfrasis de Stirner). Cada una de sus obrasestablece la perspectiva general en unos cuantos tra-zos rápidos y profundos, para luego zambullirse enbreves calas puntuales que a veces resultan algo ca-prichosas, pero otras son lo mejor del texto. En su último libro, Principios de sabiduría yde locura, se atreve nada menos que con el tema ofi-cialmente más sobrecogedor de la asignatura meta-física: la existencia. Toma como punto de partida aParménides, de cuyo más célebre dictamen ofrece estaversión: «Es preciso decir y pensar que lo que es, es,pues lo que existe existe y lo que no existe no existe».Genial perogrullada que puso en marcha el talento
  • 268. __________________ 281 ___________________de una ilustre retahila de pensadores, empezando porPlatón y Aristóteles, pasando entre otros muchospor Kant y llegando hasta Heidegger, Severino y losque vengan. La mayoría de ellos, sobre todo en la lí-nea platónica, dieron en pensar que ese «lo que es olo que existe» a que se refiere Parménides consiste enun ser ontológico de características inmutables y sem-piternas, diferente a las diversas realidades mutablesy perecederas que constatamos por medio de los sen-tidos. El Ser parmenídeo resulta así una suerte deesfera inmóvil, inengendrada, imperecedera, en to-do opuesto a las apariencias transeúntes y transformis-tas que nos brinda el discurso de la común opinión.Pero Rosset afirma que nada en el poema de Parmé-nides abona definitivamente esa lectura. El viejogriego habló de lo que hay, de las cosas reales tal co-mo por medio de los sentidos las conocemos, y su-brayó ese carácter de evidencia inamovible e irrefu-table que tiene lo existente en cuanto que existe. Pormuchas opiniones que podamos expresar acerca deldevenir de lo que hay, siempre se asienta en su mo-mento con una presencia invulnerable y, por ello mis-mo, sumamente perturbadora. A partir de aquí, Rosset explora algunos delos rasgos que adquiere esta pertinacia de la existen-cia («la única cosa en el mundo a la que nunca pue-de uno acostumbrarse»), y los refugios antirreales queelegimos para esquivarla, sea la modificación temporal(pasado o futuro), sea la locura o sea la desvergüenzamisma. Los temas quedan nada más esbozados, perosiempre de un modo sugerente y, sobre todo, carentede unción. No conozco pensador con menos resabiosteológicos ni nostalgia perceptible por ellos. Los apén-dices del libro también son muy jugosos, en espe-
  • 269. __________________ 282 ___________________cial El espejo de la muerte (una meditación sobre la ca-lavera como retrato perfecto) o Moral y crápula, notaque hubiera encantado a aquel simpático gángsterkantiano que sacaron los hermanos Coen en MillersCrossing... BIBLIOGRAFÍACLÉMENT ROSSET: Principes de sagesse et de la folie, Les Éditions de Minuit, París, 1991.
  • 270. La terapia cartesiana Rene Descartes se preocupaba mucho por susalud. En el Discurso del método asegura que la con-servación de la salud «es el primer bien y el funda-mento de todos los restantes bienes de esta vida».Al marqués de Newcastle le escribe: «La conservaciónde la salud ha sido en todo momento la principalmeta de mis estudios». Y a Huygens le comunicaque ya no es cosa de malgastar el tiempo escribien-do teorías para la imprenta, pues hay algo más urgen-te: «Las canas que me van apareciendo velozmenteme advierten que no debo estudiar otra cosa que losmedios de retrasarlas». Nacido de una madre quemurió tuberculosa poco después de darle a luz, Des-cartes heredó de ella una tos seca y la tez pálida queconservó hasta los veinte años de modo que, segúnél mismo cuenta, todos los médicos que trató con-cluyeron que moriría joven. Sin embargo se sobre-puso a este diagnóstico poco esperanzador gracias aun método terapéutico que al principio comenzóa aplicar espontáneamente, como una consecuenciano reflexiva de su forma de ser, pero que luego teori-zó con trazo leve en algunas de sus cartas. El caso esque este robustecimiento no hizo más que aumen-tar la preocupación por su salud, dada la promesa delongevidad que comportaba: «Nunca he tenido ma-yor preocupación de conservarme que ahora, puesantaño pensaba que la muerte no podría quitarme
  • 271. ___________________284___________________sino treinta o cuarenta años todo lo más, pero ahorano me sorprendería que me quitase la esperanza demás de un siglo». La terapia cartesiana incluía experimentos yestudios propiamente médicos, destinados a evitar«ciertas faltas que solemos cometer en el régimen denuestra vida», pero sobre todo consideraciones de hi-giene moral. Para empezar, dos rasgos de su caráctertuvieron efectos sanadores: «Creo que la inclinaciónque siempre he tenido a mirar las cosas que se pre-sentaban desde el ángulo que me las podía volvermás agradables y a hacer que mi principal contentodependiese solamente de mí mismo fue la causa de queesta indisposición [su mala salud juvenil. F. S.],que parecía serme natural, se me haya pasado poco apoco enteramente». Convencido así por experienciapropia, Descartes convertirá en principios de su mo-ral provisional estas dos tendencias salutíferas. A finde que el principal contento venga de uno mismo,recomendará desarrollar el alcance y la firmeza de larazón como guías de la vida activa, renunciando ala permanente desazón de anhelar lo que por el ordennatural de las cosas está fuera de nuestro alcance.Y para seguir considerándolo todo desde el ángulomás favorable, cuidará de no navegar contra el vientoen los asuntos públicos, obedecerá a las leyes y cos-tumbres de su país (o del país en que eventualmentese halle, acatando en caso de duda el criterio de losconsejeros más moderados) y buscará en todo mo-mento ese ánimo sereno que se satisface con cuanto leocurre, sea mejor o peor, «así como las historias tris-tes y lamentables que vemos representar en el teatronos producen a menudo tanto recreo como las ale-gres, a pesar de llenarnos los ojos de lágrimas».
  • 272. ___________________285 __________________ Sus preferencias, sin embargo, se decantannetamente por la alegría, pues esta pasión amabledel espíritu mejora la salud del cuerpo, hace que to-do objeto presente parezca más agradable e inclusoayuda a vencer (o a creer que vencemos) al indoma-ble azar: «Me atrevo a creer que la alegría interiortiene cierta fuerza secreta que hace a la fortuna másfavorable», pues la experiencia a menudo le ha pro-bado que «las cosas que hago con un corazón alegrey sin ninguna repugnancia exterior tienen la cos-tumbre de sucederme felizmente, hasta tal puntoque en los juegos de azar, donde sólo reina la fortu-na, siempre la he tenido más favorable cuando meacompañaban motivos de alegría que de tristeza».Con esta última en cambio hay que tener cuidado:en una carta advierte a su querida princesa Elisabethque la «fiebre lenta» que la dama padecía es pro-ducto de la tristeza. Sin embargo, Descartes no llegó a centenario.Por obediencia a la reina Cristina de Suecia cruzó lasheladas calles de Estocolmo a las cinco de la ma-drugada (hora quizá alegre para acostarse, pero tristepara levantarse) hacia un máster filosófico de conse-cuencias fatales. Murió con sólo cincuenta y cuatroaños. Quizá mientras patinaba rumbo al palacio de sureal alumna se animaba recordando otro precepto desu moral fragmentaria, el único infaliblemente tera-péutico aunque no añada ni un día a la duración denuestra existencia: «Amar la vida sin temer a la muer-te». A quienes así viven, el fin les llega siempre en lavía regia.
  • 273. Insulto chespiriano Sucede en el acto I, escena IV, de El rey Lear,esa insondable tragedia de tragedias que Tolstói seempeñó ostentosamente en despreciar (¡qué aliviopara nosotros los segundones!, ¡ni siquiera escribien-do King Lear está uno a salvo de malas críticas!). Loprofiere Kent contra Oswald, cuando el innoble ma-yordomo se atreve a ofender a Lear: «¡Vil jugadorde fútbol!» («base Foot-ballplaier!»). Ángel Luis Pu-jante, el muy competente traductor que edita la obraen la colección Austral, lo transforma en «¡vil ple-beyo! », anotando que en aquella época el fútbol se con-sideraba un deporte para gente de baja estofa. No,amigo Pujante, permíteme que discrepe por una vezde tu vasto conocimiento y buena maña literaria: Sha-kespeare dice «vil jugador de fútbol» y yo quieroleer «vil jugador de fútbol» o, aún mejor: «¡Vil fut-bolista! ». También me gustaría oír sobre el escena-rio ese insulto magnífico del gran especialista (cuandoestuve en Stratford adquirí un diccionario de insul-tos chespirianos y lo repaso a veces para desahogar-me contra mis enemigos: pero no los merecen): «¡Viljugador de fútbol!». Debería montarse otra vez Elrey Lear sólo para que ese bravo exabrupto estallasenoche tras noche ante el público. Descodificado. Por principio no tengo nada contra el fút-bol, aunque la única vez que recuerdo haber pisadoun estadio no fue para ver un partido, sino como parte
  • 274. ___________________ 287 __________________de aquella manifestación que solicitaba la libertad deun secuestrado por ETA. Debe haber cosas bellas enese deporte: amigos cuyo criterio siempre respeto asíme lo han asegurado y no acostumbro a dudar de supalabra. Creo recordar que en mi juventud me emo-cioné con los últimos minutos televisados de la finaldel campeonato del mundo entre Inglaterra y Alema-nia, pero es probable que mi anglofilia confundieseese evento con la II Guerra Mundial. Lo mismo me pa-só, aunque más razonablemente, con Evasión o victo-ria del entrañable John Huston... ¡y eso a pesar deSylvester Stallone! Por cierto, los amigos aficionadosme indican que el partido de la película es tan dis-paratado como otras formas de hermosura poética.En cualquier caso, siempre he simpatizado más conla masa que ruge cuando el delantero avanza que conel exquisito que tuerce el gesto y recurre a la esenciade violetas para no olfatear la peste a sobaquina delos entusiastas. Y aún me fastidian más, con perdóndel maestro Sánchez Ferlosio, los teóricos de laenemistad contra todo deporte competitivo, porembrutecedor, despersonalizador, fomentador de laemulación predatoria y qué sé yo. A mi juicio,quienes desdeñan la fascinación competitiva centra-da en el reto muscular del aquí y ahora se pierdenun dato esencial del código genético democrático.Pero no hay que ensañarse con tales intransigentes,porque su número se ha reducido prodigiosamenteen los últimos tiempos. A partir de la muerte de Fran-co, ni siquiera los intelectuales más progresistas serecatan a la hora de expresar sus pasiones deporti-vas. En especial la épica, la lírica y la geoestrategiadel fútbol conforman ya un género literario políti-camente correcto. Y a veces enigmático, como cuando
  • 275. __________________ 288___________________Bruce Chatwin asegura que «los jugadores de fút-bol no saben que también ellos son peregrinos; la pelo-ta que patean simboliza un ave migratoria». Quizápor eso se coticen tanto ciertos traspasos... Sin embargo, me alegra visceralmente el insul-to chespiriano. Compensa un poco la tabarra nacio-nalista de los ultras futboleros, la más agresiva ydescerebrada de las aficiones; la grosería de los pre-sidentes de los clubs, entre quienes abundan mañososcuyo trato habría suscitado escrúpulos al mismísi-mo Lucky Luciano; la sobredosis televisual de ba-lompié, todos los días, en todos los canales, a cualquierhora; y el baile obsceno de millones que convierteal fútbol en un negocio parejo al tráfico de armas oel narcotráfico, probablemente por motivos no mu-cho mejores. Aunque estoy seguro de que ahora Sha-kespeare corregiría su dicterio, diciendo: «¡Vil espec-tador de fútbol!». Sí, así queda mejor. Gracias, dulcecisne, el mérito es todo tuyo.
  • 276. Guillermo el Temerario En mi vida de lector —no sé si debería deciren mi vida, sin más—han ocupado el trono tres Gui-llermos a lo largo de casi medio siglo. Los mencio-naré por el orden cronológico del comienzo de sureinado sobre mí, aunque por suerte en la existenciade un lector no son forzosos los destronamientos nicelosos los monarcas, de modo que siguen coexis-tiendo en mí esas tres majestades junto con otrospríncipes a los que soy no menos leal. El primero detodos fue Guillermo Brown, llamado el Proscrito, quepromulga sus decretos filibusteros desde el coberti-zo del jardín y tiene como cetro una botella de aguade regaliz. El segundo —siempre en mi cronología,porque de nadie puede ser segundo bajo otro crite-rio— es Guillermo Shakespeare, que merece ser lla-mado el Magno y a quien Víctor Hugo comparó conel mar. Al tercero comencé a leerle hace sólo treintaaños y tengo además la suerte de poder llamarleamigo: es Guillermo Cabrera Infante, que merece serexaltado como el Temerario y a quien acaban de con-ceder el premio Cervantes de literatura. Aunque estegalardón proviene de sus méritos pero no puedeaumentarlos, servirá de pretexto a mi homenaje. ¿Por qué ensalzar como temerario el princi-pado literario de Cabrera Infante? Para empezar, haelegido el registro de escritura más comprometido,el que enseguida hace culpable de trivialidad o gusto
  • 277. __________________ 290___________________plebeyo: el humor que juega con las palabras. Paralos filósofos es malo que se los llame brillantes por-que ese elogio letal significa que no tienen razón; alos narradores suele hundirlos que se les encomie comoingeniosos pues ello es dar por supuesto que sacrifi-can lo hondo y lo veraz a la pirotecnia. No acepte-mos los límites establecidos por la incompetencia delos dómines o por el rencor. Guillermo Cabrera In-fante es un narrador sumamente ingenioso y por ellomismo de una honda veracidad que no habría podi-do alcanzar por ningún otro medio. Escribe como enbroma y entre bromas sobre verdades que son bro-mas terribles, las bromas de las que nadie se recuperay que sólo el ingenio literario puede en cierta me-dida devolver: las de la carne, del deseo y de la muer-te, las del exilio, las de la tiranía, las del arte fugaz quenos rescata sin salvarnos. Son las verdades del otrogran Guillermo humorista, las verdades de Shakes-peare. Ambos bromean porque comprenden el chas-carrillo fatal y jubiloso en que nos debatimos: soningeniosos en defensa propia. Cabrera Infante no sólo es veraz sino que sutemeridad sonriente —me refiero al efecto de su pro-sa en el lector: él permanece serio, es el valiente BusterKeaton de las letras actuales— logra el más auténti-co realismo narrativo. Me atrevería a decir que es elúnico que merece ser llamado realista mágico, no por-que condescienda a contar milagros entreverados derealidad, sino porque cuenta la realidad desde el cons-ciente milagro de un lenguaje que conoce sus para-dojas, sus equívocos y su desamparo. Por eso tambiéneste escritor que presume de frío sabe ser emocionantecomo pocos. Del estupendo Lichtemberg dijo Kantque debajo de cada uno de sus chistes siempre había
  • 278. ___________________291 __________________un problema. Bajo cada uno de los calembours de Ca-brera Infante suele haber un anhelo reprimido queel solemne pasa por alto, sea lo que el amor no al-canza o la queja contrariada de la libertad. Allí don-de pone el ingenio travieso y en apariencia gratuitoestá precisamente la llaga, y en la llaga el dedo de supluma que señala, que hurga o que acaricia. En cuantoa conquista expresiva, sólo Borges se le puede com-parar en el último medio siglo. Otras temeridades ha cometido también Ca-brera Infante, además de su opción estilística. Porejemplo, su rutilante y mil veces explícita pasión tantopor el cinematógrafo como por las pasiones cinema-tográficas. Los remilgados siguen aún convencidosde que el cine es arte menor o que sólo puede ser acep-tado por alguien intelectualmente adulto cuando vie-ne firmado por Dreyer, Bresson y pocos más. Suelenser los mismos convencidos de que la literatura seinventó para llegar a Proust y que a Conan Doyle hayque soportarlo como un mal inevitable. En lo to-cante a escribir sobre cuestión cinematográfica, estaturba melindrosa aceptará como mucho las escarpa-das cogitaciones de Deleuze, pero de ahí abajo, nin-guno. Menospreciarán por tanto las maravilladas pá-ginas que primero G. Caín y luego el propio Infantehan dedicado a todas las películas grandes o chicas,para grandes o para chicos, que en el mundo han si-do. ¡Qué sabrán ellos! Para nuestro temerario Ca-brera, el cine no es epistemología ni deconstrucciónsino una forma de vivir a pesar de la vida. Y quienha escrito Arcadia todas las noches, aunque no hubie-ra escrito nada más ya podría dormir tranquilo. Temeridad de temeridades: Cabrera Infan-te luchó primero contra Batista y luego se enfrentó
  • 279. __________________ 292 __________________a Fidel Castro. Por razones muy parecidas además,pero que resultan ofensivas para quienes distinguenentre las dictaduras indignantes y las dictaduras quesostienen la dignidad popular. Durante mucho tiem-po, Cabrera Infante ha sido un proscrito por agua-fiestas: algo parecido a lo que ocurre hoy en el PaísVasco, donde la diferencia entre ser un intelectualdistinguido y un sedicente intelectual viene marcadapor la proximidad o lejanía con el discurso naciona-lista. Sin duda Cabrera Infante es visceral en estacuestión, prodiga la mala leche y hasta la bilis ne-gra, pero así es siempre el amor que no renuncia yque combate. ¡Qué fácil es ser ecuánime para quiensólo pretende adaptarse a lo que pinta, sean oros obastos! Contra todos, Guillermo ha sostenido consu escritura la Cuba que le arrebataron, de la que haexiliado sin misericordia a los que antes le exiliarona él. Allí está, guardada en sus libros, y a ella volve-rán los cubanos antes o después, esperemos que yasin exilios ni exclusiones de ninguna clase. Sea cualfuere el juicio político que merezca, no se olvidarásu temeridad. Ni su literatura.
  • 280. Instituciones devoradoras «Hay una raza nueva de hombres nacidosayer, sin patria ni tradiciones, asociados entre sí con-tra todas las instituciones religiosas y civiles, perse-guidos por la justicia, universalmente cubiertos deinfamia, pero autoglorificándose de la común exe-cración: son los cristianos.» Con estas palabras se abreel Discurso verdadero contra los cristianos que escribió elfilósofo platónico Celso en el siglo II de nuestra era.He vuelto a releerlo estos días, mientras la televi-sión pasaba una y otra vez las imágenes del suicidioen masa de la secta Puerta del Paraíso y los perió-dicos rebosaban de artículos sobre el caso. ¡Qué sen-satez la de Celso, qué atinados son todos sus argu-mentos filosóficos o de sentido común contra la nuevapeligrosa secta que amenazaba la estabilidad del im-perio romano! Su esfuerzo por comprender al cris-tianismo es leal, el tono general de su diatriba escortés y pocas veces le invade el malhumor ante elagresivo absurdo de sus oponentes. Está claro queel bueno de Celso y quienes razonaban como él nopodían ganar en la contienda: les faltaba delirio y agre-sividad. A quienes hoy se llevan las manos a la cabezaante la autoinmolación de los miembros de la sectacaliforniana se les ha recordado oportunamente elescándalo que levantó en su día la doctrina de los pri-meros cristianos. Ellos responden que el cristianis-
  • 281. __________________ 294___________________ mo nunca ha predicado el suicidio, lo cual sólo es cier- to a nivel individual: en el plano colectivo, la ten- dencia mayoritaria en los tiempos iniciales —que ha estudiado muy bien el historiador Peter Brown— era la plena renuncia a la sexualidad y sobre todo a la procreación. Las actuales asociaciones pro vida hu- bieran hecho pocos prosélitos en aquellos tiempos, cuando el sabio Orígenes llegó a castrarse en un ex- ceso de entusiasmo. La creencia general de aquellos innovadores fue que se acercaba el fin de los tiempos y que cuanto acelerase la liquidación del viejo orden (no olvidemos que el derecho romano reposaba en la institución de la familia) había de ser bienvenido. Los primeros cristianos esperaban el fin delmundo y la vuelta del Mesías: lo que llegó en cam-bio fue la Iglesia. Y entre una secta y una iglesia ladiferencia es fundamental, porque la secta está dise-ñada para el arrebato y el rápido cumplimiento delas profecías mientras que el objetivo de las iglesiases durar. De modo que la perfecta castidad se con-virtió en resignado matrimonio, el rechazo de todaslas instituciones terrenales en alianza entre el tronoy el altar, el César fue bautizado, etcétera. Las sectaspueden abominar de la procreación, la propiedad yrecomendar el suicidio, pero las iglesias tienen quetener criterios menos estruendosos. Están compro-metidas con el tiempo, no con la consumación delos tiempos. Y cuando el plazo se alarga, el instintode vivir siempre es más fuerte que cualquier misti-cismo autodestructivo de los que exigen inmolarseen aras de la perfección. Lo dijo muy bien el biólogoJean Rostand: «El propio instinto de la vida apartaal incrédulo de la desesperación y al creyente de lasantidad».
  • 282. __________________ 295 __________________ Es curioso y significativo el desdén con quelos fieles de la iglesia establecida contemplan a losmiembros de las sectas, como si todas las iglesias nofueran sectas envejecidas. Personas que creen seria-mente en la resurrección de los muertos considerandisparatado suponer que por la vía del suicidio pue-de abandonarse la envoltura carnal para renacer enun cometa fugitivo; otros, muy sesudos, sostienen quetodo es culpa de la pérdida de valores y les hacen esereproche a los pobres sectarios, cuyos valores estabantan claros como para dar la vida por ellos. A veces casiestaría uno a punto de simpatizar más con las sectasque con la iglesia, aunque evitando pertenecer ni aunas ni a la otra, claro está. Pero lo malo es que lassectas funcionan como lo que el sociólogo LewisCoser llamó «instituciones voraces». Es decir, gru-pos que exigen un compromiso total de sus miem-bros y que pretenden acaparar en exclusiva su leal-tad, proscribiendo fulminantemente los coqueteosdel recluta con aquello que la secta anatematiza o nocontrola. La verdad es que resulta mejor ser comidoa poquitos por una iglesia veterana, a la que los si-glos han hecho perder los dientes, que padecer lasimpacientes dentelladas de una secta demasiado jo-ven para tolerar escépticos. De todos los violentos de este mundo, los sui-cidas son los menos peligrosos... al menos para losdemás. Son preferibles quienes están dispuestos a ma-tarse por ciertos desvarios que los capaces de matarpor ellos. De modo que respetemos piadosamentea los sectarios que se suicidan para probarnos triun-falmente su sincero inconformismo y preocupémo-nos de los otros, los malos de verdad, los que asesi-nan para salvar al prójimo e imponer su fe.
  • 283. Izquierda y derecha El más distinguido maestro actual del pen-samiento político italiano, Norberto Bobbio, ha es-crito un breve libro titulado Izquierda y derecha queha alcanzado un enorme éxito de ventas en su país yque acaba de ser traducido al castellano (ed. Taurus).La voz de Bobbio merece ser escuchada y meditada:son ochenta y cuatro años de compromiso políticoracional, progresista sin aspavientos, pesimista sinabandonismo. Como todos quienes durante muchotiempo han estudiado los valores e instituciones po-líticas en el torbellino histórico de nuestro siglo,participando a la vez en sus luchas, Bobbio ha co-metido errores: pero, a diferencia de tantos otros, noha dicho ni hecho disparates. En el libro menciona-do sostiene que la diferencia política entre izquier-da y derecha aún sigue siendo significativa, en con-tra de tantos que la dan por obsoleta y la tienen porun mero residuo del pasado. El éxito popular desu obrita (tanto más notable cuanto que NorbertoBobbio escribe claramente, pero del modo menos po-pulista y más antidemagógico que pueda desearse)demuestra que acierta al menos en algo importante:los términos de izquierda y derecha continúan intere-sando a los ciudadanos, sobre todo en países dondela democracia se ve zarandeada por la corrupción, eldesprestigio de los antiguos gerifaltes políticos y laaparición de sospechosos recambios procedentes de
  • 284. ___________________ 297 _________________los medios de comunicación o la judicatura, comoen Italia... y en España. Las reflexiones sobre esta extraña pareja de latopografía política nos tocan a muchos una fibra sen-sible de ese refugio interior, asediado y vacilante, quellamamos conciencia. Les cuento mi caso, no dema-siado original. Como tantos de los que nos criamosy pasamos gran parte de la juventud bajo el franquis-mo, siempre me he considerado más bien de izquier-das. Hay que ser imbécil, abyecto o masoquista paravivir bajo una dictadura derechista y reaccionar deotro modo. Pero no por ello he sentido jamás la másmínima simpatía por las dictaduras de izquierda,fueran las de la Unión Soviética, China o Cuba. Co-nozco personas que vivieron o viven bajo tales re-gímenes y que me han confirmado lo obvio: quetambién en este caso hay que ser imbécil, abyecto omasoquista para haberlos padecido y sin embargodisculparlos. Lamentar el hundimiento de estos au-toritarismos como el final de la utopía me parece tanpoco cuerdo como tener nostalgia de las promesasradiantes del nazismo. Creo que una persona de iz-quierdas tiene que alegrarse tanto del final del fran-quismo como del final del estalinismo o del castrismo.Pero entonces ¿qué significa hoy ser políticamentede izquierdas? Para Norberto Bobbio, la izquierda se dis-tingue por su insistencia en la igualdad; su políticapretende corregir, merced a la redistribución econó-mica y la educación, los escandalosos privilegios yventajas que una minoría de los humanos tienen so-bre la gran mayoría: los dueños sobre sus emplea-dos, los hijos de los ricos sobre los hijos de los po-bres, los hombres sobre las mujeres, el Norte sobre
  • 285. __________________ 298___________________el Sur, etcétera. Sin rechazar este punto de vista,claro está, para mí ser de izquierdas es ante todobuscar la plena libertad política: pero una libertadque no sólo emancipe a los hombres de las tiraníasde los dictadores de cualquier tipo, sino también dela tiranía de la miseria (que proviene de catástrofesde la historia o de la naturaleza), de la tiranía de laignorancia, de la tiranía de los prejuicios raciales onacionales, incluso de la tiranía de un mercado que—como otras fuerzas modernas: la energía nuclear,por ejemplo— resulta indispensable para el desarro-llo de las democracias contemporáneas, pero cuandofunciona sin control social primero las contaminay mañana quizá las pulverice. Sobre todo, permítanme ser tendencioso: serde izquierdas es no ser de derechas. Y la derecha, seacual fuere la justificación partidista en que se ampa-re, consiste hoy —a finales del turbio siglo XX— enutilizar políticamente la brutalidad criminal y lamentira para lograr objetivos en sí mismos quizáloables; en alentar la discriminación social o étnicaen nombre de razonamientos científicos, nacionalis-tas o religiosos; en fomentar el puritanismo pater-nalista en lugar de educar para la responsabilidad;en sacrificar cualquier miramiento o ternura humanaal logro del máximo desarrollo económico, el triun-fo de la propia identidad cultural, la extensión delreino de Dios sobre la tierra o cualquier otra grancausa. Es de derechas querer que los países sean ho-mogéneos, invulnerables y ultraproductivos a cual-quier precio; la izquierda se resigna a lo diverso, a loincierto y a lo frágil, pero exige que ningún humanoolvide nunca la preocupación por los humanos, clavede su humanidad misma.
  • 286. Hermano animal Un amable lector me escribe desde Soria paracontarme un siniestro incidente ocurrido durante lacelebración local de los carnavales. Un perro pastoralemán, aparentemente extraviado de su dueño, pa-só toda la noche festiva correteando por la calle ybuscando la amistad de los vecinos: a la mañanasiguiente apareció ahorcado en una grúa. Mi corres-ponsal se pregunta (y me pregunta): «¿No es este ac-to una de las expresiones más claras de pura maldad,de maldad gratuita?; ¿por qué hay gente así, insensi-ble ante el sufrimiento de un ser, mientras que otrossufren cuando ven sufrir?». Recibo esta carta el mismodía en que leo la noticia de que una niña ha muertoasfixiada en el incendio de su casa al tratar de resca-tar a su hámster en lugar de ponerse a salvo. Los suce-sos se las arreglan para formar parejas misteriosamentesignificativas en el poker vital de cada día... Durante mi infancia y gran parte de mi ado-1escencia viví embobado en la fascinación por losanimales llamados salvajes (como rezaba el título deun célebre libro de André Demaison que por enton-ces me gustaba mucho). No había colección de cro-mos con bichos que no se ganase mi devoción —miálbum favorito fue De la selva misteriosa a los abismosdel mar— y películas como El desierto viviente y Elmundo silencioso tuvieron tanta culpa de mi educa-ción sentimental como John Ford. Lo primero que
  • 287. __________________ 300 ___________________visitaba en una ciudad forastera era el zoo, que enMadrid tenía entonces el sugestivo nombre de Casade Fieras. Hoy todavía me encanta ver documentaleszoológicos en televisión, impecables en la mayoríade los casos pese a la manía de programarlos a la ho-ra sagrada de la siesta. Con los animales domésticos,en cambio, siempre he sido más receloso, salvo si setrata de caballos de carreras (que no son propiamen-te domésticos, sino domesticados): nada me repug-na más que el tono entre mandón y paternalista conque los amos suelen dirigirse a sus perros, a los cualesse empieza por insultar quizá merecidamente lla-mándolos los mejores amigos del hombre. Dentro de ca-da uno de nosotros dormita un sargento, una estric-ta gobernanta y la melosa tía solterona empeñada enatiborrar de dulces al niño inapetente, monstruosque despiertan en cuanto ven agitarse dócilmente elrabo de un perro, por poco faldero que sea. Me parece que es precisamente esa fascina-ción antigua que siento por los animales lo que mepone en guardia contra la suposición de que poseenderechos morales semejantes a los humanos, tal comohan defendido elocuentemente en nuestro país Je-sús Mosterín y Jorge Riechmann (Animales y ciudada-nos, Talasa ed., Madrid, 1995). No creo que los ani-males tengan derechos porque me niego a suponerque tengan deberes: son lo que son, no lo que debenser. Lo que muestran a nuestra imaginación y a nuestrasensibilidad ética (también estética) es el ejemplode una vitalidad que no legisla sobre sus propios lí-mites —estableciendo la pauta de las transgresio-nes— sino que los asume por necesidad. Ya es suficien-te razón para preocuparnos por ellos, para atenderlosen la medida de lo posible. La simple observación
  • 288. __________________ 301 __________________de los seres naturales enriquece sin duda filosófica-mente a quien la practica. Por eso Rilke recomendó asu joven poeta el ver «a los animales y a las plantasacoplarse, multiplicarse y crecer, con paciencia ydocilidad, no para servir a la ley del placer y del sufri-miento, sino a una ley que va más allá del placer ydel sufrimiento y prevalece sobre toda voluntad oresistencia». Los animales sufren y hacen sufrir a otrosbichos, pero no son crueles: los únicos que podemosserlo somos los humanos, porque sabemos lo quesignifica sufrir. Y sobre todo porque podemos com-prender la abyección que supone querer que otro su-fra. ¿Se han fijado ustedes que llamamos animalessuperiores precisamente a los que nos parecen más ca-paces de sufrir? Es que la conciencia del sufrimientoestablece a nuestro modo de ver la jerarquía en elorden de la naturaleza: cuanto más pueden sufrir,más se nos parecen. De modo, amigo lector, que tie-ne usted mucha razón en llamar con todas las letrasmaldad al capricho de hacer sufrir al animal que buscónuestra compañía. Y la niña que penetró entre lasllamas para buscar a su hámster... ¡ay, fue ingenua,imprudente y noble como santa Juana de Arco!
  • 289. África soñada Yo también soñé en mi infancia el sueñoafricano del que habla, muy bien por cierto, JavierReverte en su agridulce libro El sueño de África (Much-nick ed.) Devoraba las novelas de Tarzán y las de sirHenry Rider Haggard, autor de aquel «modesto ypuntual relato de una portentosa aventura» que setituló Las minas del rey Salomón. Por supuesto no meperdía ninguna colección de cromos en la que abun-dasen leones, rinocerontes y los extravagantes ñus(¿o habrá que decir núes?, ¡vaya usted a saber!), quepadecen accesos temporales de chaladura como sifueran humanos. Aún recuerdo muy bien la frustra-ción que tuve cuando a un amigo de la familia quequería hacerme un regalo le pareció Caza mayor de-masiado caro y me compró otro libro más barato, queya no me ilusionaba igual. Conseguí más tarde Ca-za mayor y ahí aprendí por primera vez los nombresde Samuel Baker (que viajaba acompañado por sumuy victoriana esposa, quien preparaba el té des-pués de haber salido a nado sin perder la pamela deun río revuelto a fuerza de cocodrilos) o FrederickCourteney Selous, a quienes he vuelto a encontrartantos años después en el libro de Reverte. Mi afi-ción a los relatos sobre el continente misterioso mellevó incluso a dirigir una colección titulada La aven-tura africana, en la que edité y prologué todos mis favo-ritos —desde Tartarín de Tarascón de Daudet y A través
  • 290. __________________ 303___________________de la estepa y de la selva de Sienkiewicz hasta La trage-dia del Korosko de Conan Doyle— elegantementepresentados, con el resultado final de muchas horasde trabajo ilusionado y una inexorable bancarrotaeditorial. Pero esa pequeña frustración no fue nadacomparada con la que padecí poco tiempo después,a los nueve o diez años. Un día, hojeando el periódi-co, encontré el anuncio de un safari por Tanganika,ilustrado con el dibujo de un elefante. Hasta enton-ces yo había pensado que ir a África era algo tanimposible para el común de los mortales como des-cender al fondo del mar o viajar a la luna: no porrazones económicas (que a esa edad parecen poca co-sa), sino por requerirse un misterioso pasaporte quelos dioses de la aventura sólo debían expedir a unosescasísimos bienaventurados. Quedé asombrado deque cumplir el más alto de mis sueños fuese tan sen-cillo como pasarse por la agencia de viajes y reservarel correspondiente billete. Loco de contento (o másbien: loco y por tanto muy contento) corrí a darle labuena nueva a mi padre, sin dudar un momento deque esta oportunidad que se nos ofrecía iba a entu-siasmarle tanto como a mí. Por alguna razón tiernay despistada, mi padre no me llevó la contraria: re-cortó muy serio el anuncio y me comunicó que empe-zaba las gestiones que nos llevarían hacia las fierasdeseadas, hacia la noche rumorosa y viril que rodeael fuego de los campamentos. Cuando volvió después del trabajo, mi ma-dre le informó de que yo llevaba toda la tarde prepa-rando el equipaje. Tenía abierta sobre la cama mipequeña maleta de cartón, dentro de la cual habíaguardado ya dos o tres libros esenciales para docu-
  • 291. ___________________304 __________________mentar el viaje, mi pistola de aire comprimido consu munición de corchos, una cantimplora de plásti-co que vino alguna vez de Lourdes llena de aguamilagrosa, etcétera. Dudaba si incluir también micámara fotográfica de juguete cuando los vi a ambosen la puerta, mirándome entre divertidos y alarma-dos. Aun antes de escuchar sus explicaciones com-prendí que no habría safari, que los dioses negabansu permiso, y se me saltaron las lágrimas mientrastrataba de disimularlas con falsas sonrisas despreo-cupadas porque creía entonces, idota de mí, que losgrandes exploradores nunca lloran. «El sueño de África —dice Reverte— tal vezno sea más que un afán de aventura, la resistenciainfantil del corazón a aceptar la vulgaridad y rutinadel mundo». Así será, ay. Pero mientras tanto el Áfricareal muere día a día, asesinada por las falsas fronte-ras, por las guerras tribales que alientan los traficantesde armas, por el sida, por una descolonización he-cha de abandono como la colonización estuvo hechade rapiña. Envejecidos, los niños que soñamos conel Kilimanjaro nos miramos con horror en los ojosde esos otros niños africanos, cuyo sueño aún másromántico que el nuestro pide amparo, comida, edu-cación y paz.
  • 292. El extraño caso del señor Edgar Poe En alguna parte dejó escrito Cioran que sólotiene sentido ser poeta, matemático o general. Puesbien, quizá si combinásemos esas tres vocaciones endosis gradualmente decrecientes podríamos obteneralgo parecido a lo que fue Edgar Allan Poe. Antetodo poeta, desde luego, en el sentido más exaltadoy taumatúrgico del término, un profeta de la bellezasonora, de lo imposible y de la muerte; pero tam-bién matemático, poseído por el demonio exactodel cálculo, aficionado a urdir y desmontar mecanis-mos deductivos cuyo rigor parece resguardarnos delcaos; y un poco general, por qué no, un militar del Sur,arrogante, mitómano, pendenciero y galanteador. Enel caso de Poe, esta mezcla peculiar de ingredientesprodujo efectos estéticamente singulares en su obraliteraria, pero fue nefasta para su vida. Cuando unorepasa los incidentes de su biografía breve y desdi-chada («si es que la desdicha puede ser breve», aco-tó certeramente Borges) queda sorprendido por elmal tino con el que llevó casi siempre sus asuntos ypor la mala suerte que los desbarató cuando acertó amanejarlos mejor. Se diría que la existencia de Poefue como una partida de cartas con la Sombra, conesa Sombra hecha de miseria, desvarío y mediocreresentimiento que todo suele engullirlo: en cuantosu adversario parece perder una baza, Poe se encargade regalarle la siguiente.
  • 293. __________________ 306 ___________________ Este sino adverso persiguió a Poe inclusodespués de su muerte: el perfil humano que duran-te mucho tiempo fue tenido como su retrato ofi-cial no es en verdad más que una caricatura, elabo-rada por un falso amigo que quiso desprestigiarle eidealizada por un sincero admirador que pretendióelevarle a la beata categoría de emblema. El trai-dor se llamaba Griswold y era, como podía espe-rarse, un clérigo: este Yago literario fue nombradopor Poe su albacea literario y al día siguiente de lamuerte del escritor publicó un artículo necroló-gico en el que quedaba acuñado maliciosamenteel estereotipo alcohólico, demente, atrabiliario, vi-cioso y fullero que debía disfrazar durante años alautor de El cuervo. El admirador fue nada menosque Charles Baudelaire, traductor al francés de Poey su entusiasta álter ego, que aceptó el falso este-reotipo, pero cambiándolo de negativo a positivo:Edgar Poe quedó convertido en el héroe bohemiode la poesía, cuya pureza estética insobornable fuemartirizada hasta la inmolación por los prejuiciosburgueses de la América democrática. La realidadno responde sin embargo a este maniqueísmo te-nebrista. Edgar Poe no sintió ninguna simpatíaluciferina por el desenfreno y la amoralidad, todolo contrario: sus principios eran de una rectitudcasi puritana. Le gustaba la vida hogareña y matri-monial, no el vagabundeo, al que en ocasiones se vioforzado por su crónica ausencia de recursos econó-micos. Fue un artista concienzudo y exigente, asícomo un gran trabajador (la amplitud de sus cola-boraciones periodísticas lo demuestra), pero no unfanático de la pureza literaria: intentó ser comer-cial, por lo que cambió los poemas por los cuentos
  • 294. __________________ 307___________________emocionantes y emprendió giras de conferencias.Tampoco es verdad que sus contemporáneos le ig-norasen o ni siquiera que le menospreciaran: llegóa ser una figura muy destacada del mundillo lite-rario de la costa Este, que se codeaba con CharlesDickens y frecuentaba los salones de poetisas dis-tinguidas. Su talento era admitido incluso por quie-nes más detestaron su carácter. En cuanto a su pro-pensión alcohólica, se debió no tanto a caprichosorgiásticos como a la debilidad orgánica que le ha-cía perder la cabeza a los pocos tragos. La gran biografía de Georges Walter narracon garbo y detalle esta existencia frecuentementemalinterpretada. Walter simpatiza evidentementecon Poe, pero no incurre en la hagiografía ni esca-motea los aspectos menos simpáticos de un perso-naje que padeció demasiado como para ser siempreamable o conveniente. Su obra puede completarsecon la lectura de las cartas del poeta seleccionadaspor Barbara Lanati en las que aparecen al desnudotodas sus tribulaciones de huérfano enfrentado a supadre adoptivo, de enamorado tierno y algo decla-matorio, de lúcido analista de los problemas de laliteratura norteamericana de su tiempo y sobre todode perpetuo indigente en busca de unos pocos dóla-res para sobrevivir y mantener a los suyos. Es difícilleer sin congoja la crónica de este forcejeo con la adver-sidad durante el cual se gestaron un puñado de obrasmaestras y se abocetaron géneros luego tan popula-res como la ciencia-ficción o la novela policíaca. Pero hasta en los esfuerzos más honradamenteesclarecedores parece perseguir a Poe la sombra delmalentendido. Georges Walter recurre en varias ocasio-nes, como metáfora de la vida del propio Poe, a uno
  • 295. ___________________ 308 __________________de sus cuentos más conocidos: Hop Frog, el bufón de-forme que enloquece cuando se le obliga a beber yque, para defender a su amiga la joven bailarina Tri-petta, termina vengándose terriblemente del rey cruely sus cortesanos. Walter insiste en que Hop Frog perecevoluntariamente en el incendio justiciero que cul-mina su venganza. Pues bien, no es cierto. En el cuen-to, el bufón ha planeado su huida y logra escaparse amejores tierras en compañía de Tripetta. ¿Cómo ungran conocedor de Poe como Georges Walter equi-voca así el mensaje del relato, a no ser por el conta-gio del mito de malditismo autodestructivo que pe-se a todos los esfuerzos sigue rodeando al escritor?No, Poe no deseaba morir y por eso mismo estabafascinado por el invencible maelstrom de la muerte quetodo lo arrastra. Soñaba con escapar de él, con burlar ala miseria definitivamente y con lograr una com-pañera dulcemente invulnerable. El médico que leatendió en su delirio de agonizante, tras haberle reco-gido en las calles de Baltimore, anota que balbuceabaun nombre: Reynolds. Se refería sin duda a JeremiahReynolds, el explorador del Antartico cuya gesta ha-bía inspirado su Narración extraordinaria de ArthurGordon Pym. ¿Llamaba quizá al viajero triunfal paraque le guiase a través de lo desconocido hasta dondevuelve a verse la luz, a oírse la voz y hallamos compa-ñía? Bueno, es igual: ahora por fin está a salvo. BIBLIOGRAFÍAGEORGES WALTER: Poe, trad. Alberto Clavería, Anaya & Mario Muchnick, Madrid, 1995.
  • 296. ___________________309___________________EDGAR ALLAN POE: Cartas de un poeta, ed. Barbara Lanati, trad. Miguel Martínez-Lage, Grijalbo- Mondadori, Barcelona, 1995.
  • 297. Fracaso y triunfo del terror Rosa Regás, que hace veinte años lanzó unacolección de breviarios de gran éxito sobre cuestionesde la vida política y social española, vuelve ahora aplantear esas preguntas esenciales para que sean res-pondidas con solvente concisión. De tales interro-gantes quizá el que más reflexión histórica exige es eldel terrorismo etarra porque se nutre del desconoci-miento interesado de la distancia política entre loque hubo y lo que hay, así como del olvido sistemá-tico de las víctimas. Y cuando hablo de distanciapolítica me refiero no sólo a la que media entre dic-tadura y democracia (sin apellidar ésta, con cautelaimbécil, de imperfecta, defectuosa, etcétera, como si nisiquiera hubiese en teoría un modelo perfecto e im-pecable de democracia), sino al propio devenir de ETAdesde organización armada antifranquista a gruposalvaje. Nadie mejor que Patxo Unzueta para anali-zar con brevedad periodística y hondura política es-te trágico trayecto, condensando en poco menos decien páginas lo medular del peor conflicto que hoyasedia a nuestra convivencia institucional. Las pági-nas de su librito pueden servir de complemento teó-rico a esa otra obra necesaria escrita por José MaríaCalleja, Contra la barbarie, donde se narra con brío elinfortunio de las víctimas, ensordecedor pese a quetantos quieran ponerle sordina.
  • 298. __________________ 311 _________________ Al buscar calificativos que descalifiquen a laviolencia terrorista, los más repetidos no suelen serlos de mayor tino: ciega, absurda, irracional, odiosa... Enefecto, la violencia terrorista es odiosa, pero eso ya losaben quienes la ejercen y por eso mismo la emplean:si fuera amable no les serviría. Su ciega sinrazón y suabsurdo son bastante relativos porque sólo atañen alos grandes fines que dicen pretender: en nada ha me-jorado ETA desde luego la condición social de los tra-bajadores vascos ni la convivencia libre del pueblo queasegura querer emancipar, todo lo contrario, pero encambio ha logrado convertirse en el centro políticodel país y conquistar para su grupo de apoyo un si-niestro protagonismo que jamás habría conseguidopor otros medios. El terrorismo nunca derrotará al po-der democráticamente establecido, pero sabe obtenerpara los suyos un poder antidemocrático nada desde-ñable y administrarlo con hábil saña. Además contó ycuenta con la complicidad ocasional del propio Esta-do, cuyos funcionarios menos lúcidos o más brutosquieren combatirlo con sus propias armas, consiguien-do sólo legitimarlo aún más ante sus fieles, mientraslos más timoratos lo dejan que campe por sus respetospara no provocar. Unzueta resume bien el resultado deesta suma de errores: «La combinación entre ese terro-rismo de Estado —que otorgó credibilidad a la teoríaetarra de las dos violencias simétricas— y la impuni-dad de que se ha beneficiado el radicalismo violentoen el País Vasco —sobre todo a causa de la actitudambigua del nacionalismo democrático— ha favore-cido la transmisión de la cultura de la violencia a unageneración que no ha conocido el franquismo y que hainteriorizado como normal el derecho de la minoríaactiva a imponerse por la fuerza a la mayoría».
  • 299. ___________________312 __________________ No es fácil saber cómo puede erradicarse elterrorismo de ETA; sabemos en cambio con toda clari-dad cómo perpetuarlo: cediendo a sus planteamientos,accidentales o esenciales, y probando así que sus mé-todos son rentables. El apetito de Cerbero, el can in-fernal, se apaciguaba con unas cuantas galletas votivaspero el hambre de los terroristas se aviva con cadabocado que se les otorga. A quienes creen en la eficaciade la lucha armada no se los disuade confirmándola...En cambio es prudente que el sistema democrático re-compense de inmediato políticamente cuantas actitu-des del entorno terrorista revelen la opción neta porvías alternativas a la violencia. Unzueta se pregunta,con razón, hasta cuándo debe mantenerse abierta lapuerta reconciliadora para quienes abandonen las ar-mas, un seguro cuyo efecto perverso puede ser que suseventuales beneficiarios sigan sin decidirse a abando-narlas al tener la retaguardia indefinidamente cubier-ta. A mi juicio esa puerta nunca debe cerrarse, pese atodos los pesares, pero dejando siempre bien estableci-do que quien renuncie a la violencia deberá integrarseen el sistema político que el resto de los ciudadanos hadefendido contra él y no en un orden modificado a sugusto por obra del terror que utilizó contra la mayoría.Por lo demás, aunque la solución no pueda ser mera-mente policial, sería excelente que las soluciones poli-ciales funcionasen un poquito mejor... BIBLIOGRAFÍAPATXO UNZUETA: El terrorismo. ETA y el problema vasco, col. ¿Qué era?¿Qué es?, Destino, Barcelona, 199.7-
  • 300. Un contemporáneo esencial Decía André Gide que él nunca quiso sermaestro ni profeta para nadie, sino que aspiraba a quelos lectores lo considerasen su contemporáneo esen-cial, es decir, el contemporáneo que tanto por lo pers-picaz de sus inquietudes estéticas y éticas como porlo renovador de su lenguaje les sirviese de punto dereferencia en su travesía del siglo. En una palabra, al-guien que se adelantase con sus preguntas a las pre-guntas que oscuramente ellos también pugnaban porplantear y que en vez de brindarles las inapelablesrespuestas verdaderas les ayudase a descartar las res-puestas falsas hasta entonces inapelables. Convertirse en el contemporáneo esencial devarias generaciones de lectores es algo más —o, almenos, algo distinto— que ser un gran poeta, ungran novelista o un gran filósofo. Exige una proxi-midad carnal con los demás, exige realismo e imagi-nación, exige inquietud por lo cotidiano y no sólopor lo sublimé o lo grandioso, exige un raciocinio queconozca la pasión y el éxtasis, pero que no se desen-tienda de la justicia civil. Requiere capacidad parasorprender, pero es incompatible con la arbitrarie-dad o el capricho, con la abstracción pura que nuncahace concesiones, con el tono inflamado de quien sesiente llamado a denigrar o a burlarse antes que acomprender o que a orientar. El contemporáneo esen-cial no sólo tiene ciertas ideas, sino también cierta
  • 301. __________________ 314 ___________________sensibilidad práctica. Borges o Nabokov son magnífi-cos escritores a los que admiramos sin esperar de ellosclarividencia política, ni siquiera preceptos litera-rios fiables; las quejas de Cioran son metafísicamenteasumibles pero nos dejan sin salida, como las estu-pendas diatribas de Thomas Bernhard. Cuando que-remos preguntar por lo viable —en ética, en estética,en política— hemos acudido más bien a un AndréGide, una Hannah Arendt... o a Octavio Paz. Sobre todo a Paz. Aporto mi testimonio per-sonal, por insignificante que sea, el de alguien quecomenzó a intentar pensar por sí mismo en torno alcarismático año 68. Vivía en una dictadura y soñabacon todas las emancipaciones: política, desde luego,pero también en los terrenos de la experiencia vital,de la reflexión filosófica, de la transgresión poética delo teológico. En libros como El arco y la lira y des-pués Corriente alterna encontré un mundo de suge-rencias no domesticado por la ortodoxia marxista opsicoanalítica, en el que cabían Sade, Fourier, las dro-gas enteogénicas, los escollos de la modernidad de-mocrática, Baudelaire y William Blake, la lecciónde un Oriente sin aditamentos florales, la nueva plás-tica y la alquimia poderosamente espiritual de lacarne sexuada, el empeñoso forcejeo entre libertad yjusticia..., toda una antropología cuerda de la rebe-lión que quiere construir a favor de lo vivo y no sóloaniquilar lo muerto. Y siempre sin recetas definiti-vas, con la perplejidad sensata de quien acompañaen la búsqueda en vez de impartir de una vez por to-das doctrinas absolutas. Señalando lo intolerable pero descartando quedeba ser curado por algún remedio atroz que se leparezca demasiado, Paz eligió muy pronto la intem-
  • 302. __________________ 315 ___________________perie de la libertad a las acogedoras fórmulas totalesque la garantizan en la teoría mientras prácticamentela avasallan. Haber sido demasiado lúcido en su consi-deración política de los regímenes comunistas o an-te la mitificación beata de la guerrilla latinoamericanale granjeó el antagonismo eterno incluso de algunosque hoy comparten tardíamente su diagnóstico. Yaadvirtió Rivarol que quien dice veinticuatro horasantes lo que todo el mundo llegará a saber veinticua-tro horas después, pasa durante veinticuatro horas porchalado o por traidor... También en esta actitud desabia desconfianza ante los dudosos grandes reme-dios que se propusieron a los indudables grandes ma-les nos ha sido muy útil a los españoles que salíamosde una dictadura derechista y podíamos sentirnos ten-tados por maximalismos de signo opuesto. Ni maestro sabelotodo ni gurú profético niesteta aventajado pero caprichoso hasta lo irrespon-sable: el contemporáneo esencial es ante todo un hom-bre de buen consejo, como se decía antaño. Es decir, aquélhacia el cual nuestros ojos y oídos se vuelven en losmomentos de crisis, al iniciar los tanteos de un nue-vo camino o al sentir el primer desasosiego que llevaa salirse del demasiado trillado. Además del gozoreflexivo que su poesía nos proporciona, somos mu-chos los que hemos obtenido de Paz a través de susartículos y ensayos esta tutela tan generosa comoestimulante. Y también ahora, ante cada nueva ca-tástrofe, ante la nueva conquista o la moda contagio-sa, seguimos preguntándonos: «¿Qué pensará él deesto?».
  • 303. El yanki más irreverente Los semicultos europeos más ramplones sue-len descartar con displicencia la mera posibilidad deque Estados Unidos haya producido o pueda pro-ducir intelectuales de valía (en el sentido europeode los términos intelectuales y valía, claro está). De in-mediato se le vienen a uno a las mientes los nombresde por lo menos una docena de grandes periodistas cu-ya perspicacia ético-política, unida a su capacidad dedivulgar eficazmente sus puntos de vista e influir enlos lectores, los convierten sin duda en muy efica-ces intelectuales, diferentes tan sólo de sus colegas delotro lado del Atlántico por su menor fascinaciónhacia las ideas a priori y por su mayor atención paracon los hechos públicamente comprobables. Desdeluego, no hay peligro de que tal enumeración con-venza a los semicultos antedichos, porque éstos sue-len caracterizarse por su olímpico desprecio por lapalabra misma periodista. ¡Vaya, conque los grandesintelectuales americanos no son sino meros perio-distas! Lo dicho: nada que valga la pena... Sin embargo, el buen intelectual-periodistaes el ápice de la intelectualidad democrática moder-na (lo mismo que su colega mucho más numeroso,el malo, es el peor avatar actual del gremio clericaloide:corruptio optimipessima). ¿Acaso el Voltaire que ahoramás nos interesa fue otra cosa que el padre genial detodos los periodistas? A esta ilustre estirpe que los
  • 304. ___________________ 317 __________________pedantes ignoran pertenece sin duda Henry LouisMencken. Los posmodernos que hoy ponen los ojosen blanco leyendo a Tom Wolfe (si es que se puede leercon los ojos en blanco) no saben nada de Mencken,sin duda uno de los ancestros anímicos y estilísticosde su ídolo... Ante todo, H. L. Mencken fue un gran pe-riodista en toda la extensión de la palabra. Magníficodirector y animador de publicaciones, sin duda: susaños al frente del American Mercury o de los Sunpa-pers supusieron toda una revolución en la forma dehacer periodismo de calidad en su país... y por im-pregnación, en el resto. También destacó como cro-nista, como observador social y como crítico litera-rio y musical (aunque en esta última doble funcióntiene más importancia su fuerza estilística que loincontrovertible de sus juicios, a menudo más tem-peramentalmente caprichosos que atinados). Comodivulgador, obtuvo su mayor logro analizando supropio instrumento de trabajo: el lenguaje. El estu-dio que dedicó al idioma de los americanos compa-rado con el inglés europeo quizá no convenza demasia-do a los especialistas académicos, pero es el esfuerzode un aficionado con talento y está lleno de observa-ciones agudas y útiles. Sin embargo lo que convirtió a H. L. Menc-ken en uno de los personajes más influyentes, ad-mirados y desde luego de los más detestados en laNorteamérica de las primeras décadas de nuestro si-glo fue su osadía irreverente y desmitificadora. Enlos Estados Unidos las opiniones públicamente ex-presadas, para no resultar intolerables, si son cínicasdeben ser conformistas («¡no nos engañemos, así esel mundo en que vivimos, procuremos aprovechar-
  • 305. ___________________318 __________________nos!») y si son inconformistas deben por lo menossonar bienintencionadas y edificantes («¡qué detes-table es aquel o este aspecto del mundo! ¡denuncié-moslo para mejorarlo!»). En sus sátiras, H. L. Menc-ken logró parecer a la vez como cínico, inconformistay netamente destructivo. Se le perdonó —¡cuandose le perdonó!— por el ropaje humorístico de sus re-flexiones, un humor que es más bien malhumor, sar-casmo agresivo, pero siempre con algo adolescente,incluso con una chispa un poco escolar. Sus maestrosfueron Mark Twain y Ambrose Bierce (otros dos colo-sales periodistas), pero ambos resultan en el fondomucho más amargos y demoledores que Mencken,además de ser sin duda dos artistas de un rango enor-memente superior. Porque lo cierto es que Menckenpracticó una iconoclastia a veces desabrida y trucu-lenta, pero bajo la cual hay todo tipo de buenas in-tenciones. H. L. Mencken es a su modo un nieto dela Ilustración, enemigo de prejuicios, de supersti-ciones, de militarismos y de todas las institucionesque coaccionan a los hombres... por su bien. Mark Twaino Ambrose Bierce deploran la condición humana yse burlan de ella, pero la tienen por irremediable;Mencken arremete a diestro y siniestro contra esamisma condición humana, pero con el secreto pro-pósito —y aun la esperanza— de enmendarla. Los mayores defectos de Mencken provienensin duda de su condición de autodidacto (sólo tuvoestudios elementales): una erudición superficial, unsentido común alimentado a veces con simplifica-ciones, poca sensibilidad para los aspectos simbóli-cos o poéticos profundos del espíritu, más compla-cencia en la enormidad que en la precisión o en losmatices... Pero destaca en cambio su enorme coraje
  • 306. ___________________319 __________________intelectual y su contundencia expresiva. A partir deReagan y Bush estamos tristemente acostumbradosa una Norteamérica pacata, que censura las películas(casi todas se ruedan ya en doble o triple versión), quepersigue las exposiciones artísticas obscenas, que exaltalos valores más retrógrados de la familia patriarcal,que maneja a Dios como justificación de ambicionespolíticas o de empresas bélicas, etcétera. Este marcode presiones antiliberales puede ayudarnos a compren-der lo que tuvo que significar hace sesenta o setentaaños la actitud de Mencken, criticando los dogmasreligiosos, los lemas políticos, las buenas costumbres, losarrebatos militares, etcétera. Al releerle hoy, sobre to-do en la antología de sus mejores ferocidades prepa-rada por él mismo, siente uno dudas de que un pe-riodista tan asilvestrado como H. L. Mencken fueseconcebible en los EE UU de ahora mismo... ni tam-poco en la mayoría de los actuales países europeos.
  • 307. Polémicas El lector de periódicos siempre ha disfruta-do con una buena polémica, incluso cuando es un po-co más agria de lo conveniente, aunque a veces di-simule virtuosamente esta afición morbosa. Y es quela polémica se parece al champán: un par de copasalegran y estimulan la picardía, media docena pue-den despertar al bruto que todos llevamos dentro(algunos, fuera) y de ahí en adelante ya sólo cabe es-perar repeticiones pastosas hasta el dolor de cabeza.Cuestión de medida, como siempre. El caso es queel cuerpo a cuerpo lo hace todo más interesante, tantoen los antagonismos como desde luego en el amor.Ya sé que las ideas o las opiniones no tienen cuerpo,pero nosotros les prestamos gustosamente el nues-tro llegado el caso... A veces se deplora el tono personal que per-vierte antes o después esos enfrentamientos dialéc-ticos. Lamento vano, porque toda polémica es nece-sariamente personal, aunque lo personal no sea larelación a priori entre los polemistas mismos, sinola que une al menos a uno de ellos con el asunto dis-cutido. Quien no está interesado personalmente porun tema, quien no se siente concernido por la cues-tión en apariencia abstracta, seguro que no polemi-za. La prensa diaria está llena de puntos de vista queno compartimos o que tenemos por falsos sin que esasimple discrepancia nos lleve a polemizar. Hace falta
  • 308. ___________________ 321 __________________además un acicate de irritación y de ofensa en elasunto, ya provenga de nuestra afición a lo debatidoo de nuestra enemistad con quien lo debate. En unapalabra, sólo polemizamos sobre lo que personalmen-te nos atañe. Bueno, dicen los más formales, pero esa im-plicación no excusa los ataques personales al otro, elpropinar juicios de intención malévolos en vez derefutar los argumentos, los insultos, etcétera. Claro,claro. Y sin embargo ¡con qué deliciosa competen-cia hacen uso los grandes polemistas, como Voltaireo Marx, de estas malas artes! Es precisamente en elintercambio de ataques personales cuando se esta-blece la mayor diferencia entre quien sólo posee losrecursos denigratorios de la lengua común y quiencuenta con el auxilio del arte literario. La diferenciaes la misma que la existente entre salpicar a otroechándole agua con la mano o aplicarle el chorro apresión de una manguera. Ciertos villanos insigni-ficantes que han sido deslumbrantemente insulta-dos por buenos polemistas deberían estarles agrade-cidos: se les recordará al menos por lo atinado de lainfamia que cayó sobre ellos. Y al revés, también cier-tas réplicas insultantes dadas a los famosos merecenacompañarles en el mármol de su monumento juntoa los loores. Por ejemplo lo que repuso a Mirabeaucierto modesto abate cuando el gran tribuno anun-ció que pensaba encerrarle en un círculo vicioso:«¿Acaso va usted a abrazarme, señor Mirabeau?». Quiero decir que hay una estética de la polé-mica, más allá de quien lleve la razón en la cuestiónde fondo que se discute. Y un buen aficionado al gé-nero puede saborear una hábil estocada del adver-sario aunque no por eso se incline a compartir sus
  • 309. ___________________ 322 __________________razones. ¡Cuánto debió disfrutar, por ejemplo, aquelantagonista de Chesterton empeñado en demostrar-le que hay que combatir al enemigo con sus propiasarmas cuando leyó esta réplica: «Entonces, señor mío,¿cómo se las arregla usted para picar a una avispa?»!Es este ingenio, aunque no siempre quiera ni puedaser cortés, el que uno echa de menos cuando asistehoy en los llamados programas de debate de nues-tras desdichadas televisiones al zafio y obtuso grite-río entre rufianes. Hasta en el garbo de la coz difie-ren el caballo y la mula...
  • 310. El animal más extraño Nuestro siglo ha abundado en bestias insóli-tas, en fabulosas fieras, en mascotas dóciles y emble-máticas, en mutantes provocados por la manipulacióngenética o la radiación atómica..., incluso últimamen-te se habla de animales dotados de derechos, retoñospolíticamente correctos de una mutación jurídica. Pe-ro el bicho más extraño de nuestra época fue conce-bido por Franz Kafka la noche del 17 de noviembrede 1912 y, tras una gestación de tres semanas, nacióen su guarida de papel el 7 de diciembre. Se llamó—se llama para siempre— Gregorio Samsa y es unasuerte de ciempiés o escarabajo («un insecto mons-truoso», informa lacónicamente Kafka) con memoriahumana, es decir con memoria de haber sido humano,de serlo todavía oscura e imposiblemente. Junto a esamemoria comprometedora, todo cuanto la refuerza:sentido del deber, obligaciones familiares, afectos nocorrespondidos, frustración, culpabilidad. La aparien-cia bestial suscita en los otros espanto, asco, rechazo ydescarta la camaradería comprensiva que la memoria,abierta como una llaga, insiste mansamente en recla-mar. Gregorio Samsa es el animal más extraño delsiglo, pero también el que mejor lo caracteriza: en-gendrado por la coyunda entre el miedo y el agobio, sealimenta de soledad. La metamorfosis es uno de los escasos textosque Kafka consintió en publicar durante su vida. Quie-
  • 311. ___________________324 __________________nes ahora lo leemos encuadrado en el resto de su obrapostumamente editada, el testamento literario másgeneroso y necesario que nos ha sido concedido,quizá difuminamos un poco por tan ilustre conta-gio la energía única y completa de este relato. Tan-tas interpretaciones lo sobrecargan con símbolos yalegorías prestigiosas que es difícil acercarse a él conla disponibilidad intacta capaz de suscitar auténticafascinación, como si nada supiésemos aún de su au-tor ni del resto de su bibliografía. Yo tuve la suertede leer por vez primera La metamorfosis precisamenteasí antes de haber oído mencionar el nombre deKafka y además ignorando que se trataba de un textoculto: lo descubrí a los catorce o quince años enuna antología de cuentos de terror a los que siemprehe sido aficionado, flanqueado por El horror de Dun-wich de H. P. Lovecraft (que también me fue presen-tado en esa eximia ocasión) y por relatos de Poe,Blackwood, M. R. James y otros muchos nombresmenores o no tan menores. De modo que no meacerqué a él intimidado por el resplandor algo fasti-dioso de la gran literatura —que nos asusta, antetodo, por miedo a aburrirnos con lo que hace a losprofesores poner los ojos en blanco—, sino con la avi-dez de placenteros escalofríos con la que hoy un adoles-cente se dirige hacia la última novela de StephenKing. Y desde luego no quedé decepcionado. No loleí como un relato culto, sino como un cuento ocul-to que para mí se convirtió en objeto de culto... Supongo que algún pedante gruñirá «¡blas-femia!» al ver La metamorfosis clasificada en el géne-ro (o subgénero, precisará el auténtico pedante) terro-rífico. ¿Me aceptará por lo menos que pertenece algénero fantástico? Porque es una de las mejores narra-
  • 312. __________________ 325 _________________ciones fantásticas que nunca se han escrito. Comolas demás cumbres literarias de ese campo, combinasabiamente lo que rompe las pautas de la realidadcon lo que confirma minuciosamente la rutina coti-diana. Hay dos modos principales de componer his-torias fantásticas: uno de ellos, el de Tolkien en Elseñor de los anillos, presenta un mundo copiosamentemágico por el que transcurren unos protagonistasbanales como boy-scouts; el otro es el de La metamor-fosis kafkiana, donde un solo suceso inverosímil seestrella contra la realidad y denuncia o comprometesu lógica toda. La maestría del primer modo estre-mece al lector confrontando su cordura con lo mara-villoso o la pesadilla, mientras que en el segundo sele obliga a identificarse con lo que es asombro y ame-naza para la conspiración de los normales. Por si quienatiende a esta breve nota no pertenece al gremio delos pedantes señalaré que Richard Matheson (autormenor, desde luego, pero ¿por qué no amar a los her-manos o a los autores menores?) escribió un cuentode muy pocas páginas, Nacido de hombre y mujer, querepite en clave gore el enigma de La metamorfosis. Cierto día Kafka anotó: «Nada hay más tris- te que enviar una carta a una dirección insegura, no es una carta, es más bien un suspiro». Toda su obra puede ser vista como una misiva que padece esa mis- ma incertidumbre y en ello reside, para quienes por azar la hemos recibido, su fatalidad y su conmove- dora grandeza.
  • 313. El misántropo entre nosotros Cuando Adolfo Marsillach me ofreció la po-sibilidad de poner en castellano una obra de Molieretan emblemática como El misántropo, el aparente re-galo resultó tener cierta dosis de veneno. Por un la-do, es difícil no sentir alborozo ante la perspectivade pasar unos meses en compañía de uno de los espí-ritus más vivos y mordaces de la cultura europea;pero por otro, la conciencia de que un relativo fraca-so es inevitable en tareas como ésta me amargó untanto la fiesta. Cuando estaba concluyendo mi ver-sión cometí el error de ver un vídeo de El misántroporepresentado por la Comedie Francaise y aumentómi desazón: tras haber escuchado el sonido de losversos molierescos, la esforzada prosa en que yo in-tentaba trasvasarlos se me antojó incurablementepedestre. Ni siquiera me quedaba la excusa de po-der adaptar la dramaturgia de la obra a los usos con-temporáneos, porque El misántropo es una de las pie-zas de Moliere, que se sostiene perfectamente hoycomo ayer sin andaderas modernizantes. De modoque no tuve más remedio que disfrutar de la compa-ñía de Moliere, pero sin la ilusión halagadora de quele estaba haciendo un gran favor... Por tanto mi tarea ha sido grata y no carentede dificultades, pero modesta: poner el excelenteverso francés en una prosa castellana que no rechi-nara ni en la boca del actor ni en el oído del especta-
  • 314. ___________________327 __________________dor. No he suprimido ni añadido absolutamentenada en el texto original, no he cambiado de lugarni la menor réplica: si alguna abreviatura o altera-ción debe hacerse en vistas al resultado final de lafunción corresponde decidirla al director, no a mí.Mis únicos retoques han intentado aclarar el sentidode algunas referencias históricas o literarias, facilitaren cualquier caso la comprensión actual del texto yalguna vez subrayar un efecto cómico que una tra-ducción demasiado fiel habría distanciado en extesode los espectadores. Por lo demás, todo tal cual: Mo-liere no tiene ni requiere enmienda. Al estrenar de nuevo una obra clásica sueleinsistirse siempre en su gran actualidad, dando aentender que encierra una lección del pasado paralos problemas del presente: se da por supuesto que aningún espectador le interesa conocer cuáles fueronlas perplejidades en las que vivían antaño otros hom-bres si tienen poco o nada que ver con nuestras ur-gencias de hoy. Me temo que es una muestra más deincultura, es decir de una educación que nos desinte-resa de la tradición de modos y modas de la que de-riva nuestra cotidianidad, achatándola y dejándonosciegos frente al porvenir. Pues bien, quizá a El mi-sántropo se le puedan encontrar vínculos con las in-quietudes de nuestra época, pero no creo que sean lomás relevante de la obra. En cambio se nos dan al-gunas referencias sobre una sociedad ya periclita-da, en la que el exceso de sinceridad era visto comoegoísmo —no como revolucionario espíritu críti-co— y la exclusividad posesiva del afecto parecíauna obstinación burguesa contraria a la agilidad delplacer. ¿Lección actual? Quizá que no todo tiempopasado fue mejor. O tal vez que lo peor del pasado
  • 315. ___________________ 328 ________________vuelve, mientras lo que fue mejor se nos hace in-comprensible. En cualquier caso queda un dramacómico insólito cuyo efecto es la congoja tras la son-risa, como en el Quijote, con un protagonista que pa-dece el inconformismo como prepotencia y la nece-sidad absorbente de amor como desamparo final. Nisiquiera Moliere, el genial ridiculizador, se atrevióa ridiculizarle del todo.
  • 316. ¡Viva Dario Fo! La academia sueca parece estar últimamenteen estado de gracia: a este paso, acabará reconcilián-donos con el premio Nobel. Después de habernossorprendido el pasado año a muchos ignorantes conel magnífico hallazgo de Wistlava Szymborska, unregalo que nunca le agradeceremos bastante, ahora—octubre de 1997— nos proporciona una nuevaalegría premiando también inesperadamente al granDario Fo. En vez de seguir el habitual recorrido poráreas nacionales o idiomáticas, ha preferido distin-guir al más olvidado de los géneros, a la cenicientade la literatura, al área minusvalorada a la que per-tenecen sin embargo Sófocles, Shakespeare y Moliere:el teatro. A comienzos de siglo abundaban los gran-des dramaturgos premiados (Bernard Shaw, Piran-dello, ONeill...), pero se fueron haciendo más y másescasos como síntoma de la decadencia del teatro enlas preferencias del público crecientemente audio-visualizado. Quizá el último gran escritor de teatro—es decir, conocido ante todo por su teatro y no porhaber escrito también alguna pieza entre otros me-nesteres literarios— distinguido con el Nobel fueSamuel Beckett. Pero sigamos con el acierto de la academia sue-ca: en vez de ocuparse de algún tedioso Gran-Hombre-De-Letras-Y-Conciencia-De-Nuestro-Tiempo, de losque se pasan la vida calculando en sus diarios isleños
  • 317. ___________________ 330 __________________las posibilidades que tienen de obtener al fin la in-mortalidad que otorga Estocolmo, han premiado aun bufón genial, a un cómico de la legua irreverente,iconoclasta, sensual, rabelesiano, anticlerical y jubilo-samente vulgar. Pero con esa vulgaridad inteligenteque es de todos los que aspiran a ser insumisos, nocon la estupidez soez de los perezosos y los esclavossatisfechos. De este premio afortunadísimo se escandali-zarán los que hubieran negado el Nobel a Shakes-peare por ser actor y ya ha cosechado la protesta dela odiosa clericanalla vaticana, corporación de payasosdesgraciados —es decir, sin gracia— que no puedesoportar a este bromista que tanto se ha reído y hahecho reír estupendamente a su costa. Aún mejor,aún mejor. Con Dario Fo el Nobel recae sobre lapalabra teatral, es decir, sobre la palabra hecha cuer-po, gesto, invectiva y carcajada. Si de vez en cuandola vitalidad arrolladura de su monólogo ha cometi-do errores en sus tomas de partido o incurrió en al-guna exageración a la hora de las denuncias, es por-que los errores y la exageración forman parte de lavida y sólo las literaturas litúrgicas o plastificadas,las literaturas de la vida en suspenso, pueden evitarlosdel todo. Evidentemente Dario Fo no es un gran es-critor en el sentido en que lo han sido Joseph Con-rad o Marcel Proust (por citar solamente a dos de losque se quedaron sin el Nobel), pero sin duda es unverdadero artista literario, es decir, alguien que hadespertado la emoción y la rabia de muchos por me-dio de la palabra. Quizá la literatura sea algo dema-siado serio para dejársela sólo a los escritores... No,afortunadamente nada hay de accidental en el mere-cido triunfo de este anarquista.
  • 318. Un príncipe de la filosofía En el mágico reino de Filosofilandia, paísmaravilloso que por empeño ministerial (y pedante-ría de los profesores) va siendo cada vez más deserta-do por los tours operators, hay enanitos trabajadoresque le dan al pico y la pala bibliográfica, juglares quecantan trinos piadosos, inquisidores del Santo Ofi-cio Académico, hadas madrinas, brujas malvadas, ale-gres bufones (como quien esto firma) y hasta ogrostruculentos de enorme bocaza a lo Gustavo Bueno.Faltan, ay, príncipes. Y sobre todo príncipes estu-diantes, de esos que no esperan heredar ningún reinoni alancear algún populoso dragón, sino que sólo gus-tan de vagabundear libres de aquí para allá y luegonarran lo que vieron o aprendieron a los pocos oyen-tes casuales que reclutan junto al fuego en la posadadel camino. A esta rara estirpe principesca, de alti-vez mitigada por la cordura del humor, perteneceJorge Santayana. Conviene no perdérselo. Ningún acontecimiento filosófico de los ocu-rridos últimamente en nuestro país puede compararseen importancia a la recuperación de los principaleslibros de Santayana, en pulcras ediciones fiablementetraducidas y prologadas por el principal responsablede esta benemérita iniciativa, el profesor ManuelGarrido, titular de la cátedra Santayana de la Uni-versidad Complutense. Los lectores debemos grati-tud por ello a la editorial Tecnos, al Ateneo de Ma-
  • 319. ___________________ 332 __________________drid y a la Consejería de Educación y Cultura de laComunidad Autónoma de Madrid (esta última pre-para también en régimen de coedición críticamenteanotada las Obras completas de Jorge Santayana). Asívuelve por fin entre sus compatriotas y a la lenguacastellana la obra escrita en inglés de este madrileñocosmopolita, abulense de corazón y vocación, educa-do en Boston, que vivió en Francia e Inglaterra y pasósus últimos años en Roma, donde está enterrado.Su peripecia biográfica, cuyos sucesivos y voluntariosexilios nada tienen que ver con los dramas políticosdel siglo —a diferencia de tantos otros— la narramejor que nadie el propio Santayana en los tres vo-lúmenes de su autobiografía, que figura junto a la deBertrand Russell, la de Malraux y muy poquitas másentre las intelectualmente mejores de nuestra épo-ca. Por cierto que sería interesante traducir tambiénla biografía de Santayana escrita por John McCor-mick, ya que se ocupa de ciertos detalles íntimos nocarentes de interés que la discreción reticente delfilósofo poeta pasa por alto. Sin embargo el minu-cioso escrutamiento biográfico rara vez le sienta biena ningún filósofo (¿a ningún ser humano?), con laexcepción de Spinoza y pocos más. Entre estos bie-naventurados ciertamente no se cuenta Santayanaaunque no sea de los que sale peor librado en estesiglo inclemente para los sabios... y en el que tantohan abundado los sabios inclementes. Por una vez, esta tardía recuperación globalde Santayana no señala nuestro atraso respecto al ni-vel filosófico de otros países europeos pues, por raroque parezca, Santayana tampoco es conocido ni tie-ne vigencia efectiva en Francia, Italia, Alemania ocualquier otro país no anglófono. Curioso destino el
  • 320. __________________ 333___________________de este príncipe filosófico: su pensamiento está for-mulado con tan limpia fuerza literaria que se resistea la exégesis redundante de los profesores, cuyo ali-mento son los neologismos y la jerga que requiere sercitada en idioma original entre paréntesis; como ade-más rehuyó las modas, no perteneció a ningún mo-vimiento y no predicó ninguna buena —ni mala—nueva, es indigesto para el periodismo cultural. Demodo que hoy, más de cuarenta años después de sumuerte, Santayana sigue entre bastidores en nuestroteatro intelectual, contemplando desde ahí elegan-temente las evoluciones de viejas y nuevas viceti-ples con más ironía que deseo. Quien no esté preparando oposiciones, quienno pretenda ante todo estar al día, quien se sienta me-diocremente apasionado por las grandes cuestionesmomentáneas (¿es posible aún la filosofía?, etcétera)hará bien leyendo a Santayana. Volverá a la compañíade los grandes poetas filósofos, considerados por unespíritu que no desmerece junto a ellos, y dialogaráen el limbo racional con espíritus a los que la muerteha dado especial agilidad sobre la locura necesaria denuestras ilusiones patéticas y la insobornable realidadsin patetismo de la que formamos parte. Leerá y des-pués releerá: para él, no para el escenario, pues para ély no para el escenario pensó Santayana. BIBLIOGRAFÍAJORGE SANTAYANA: Tres poetas filósofos, trad. J. Ferrater Mora, Tecnos, Madrid, 1995. Diálogos en el limbo, trad. Carmen García Trevijano, Tecnos, Madrid, 1996.
  • 321. Los cabreados Ustedes sin duda los conocen: son ese músi-co, aquel poeta, tal novelista, este pintor o arquitectoo filósofo o lo que sea... La mayoría de ellos tienenlogros ciertos en sus respectivos campos aunque notan universalmente distinguidos y aclamados comoellos mismos creen merecer. Digo que ustedes losconocen porque no hay más remedio que conocer-los: cada dos por tres aparecen en revistas o periódicos,siempre voceando su orgullosa marginación insobor-nable y denunciando el ostracismo a que los sometela conjura de los mediocres. Suelen proporcionar bue-nos titulares, sobre todo con sus denuncias de esa vul-gar superstición periodística: el afán de notoriedad.Ganan premios y los reciben declarando su amargurapor no haberlos ganado antes; se les dedican cursosen las universidades de verano, que aprovechan paradenunciar ofendidos la conspiración de silencio querodea sus obras y sobre todo la indebida celebraciónque festeja las trivialidades de sus colegas. Digo cole-gas y digo mal, porque ellos no los tienen en esta época—la nuestra, ay, la única que vivimos—, sino quesólo se reconocen en la parentela de siglos más dora-dos: si se trata de un pintor su último camarada esGoya, el novelista no reconoce a nadie desde La Celes-tina y Quevedo hacia aquí y el filósofo perdió su úl-timo hermano espiritual con el lamentado falleci-miento de Francisco Suárez en 1617.
  • 322. ___________________335 __________________ Recuerden los retratos fotográficos de estosatrabiliarios caballeros (habrá entre ellos alguna da-ma, pero son varones cuantos ahora me vienen a lamemoria). Todos muestran un rasgo común, la expre-sión seria y hasta ceñuda de quien soporta con dignacontrariedad los ultrajes de sus contemporáneos. Antesde condescender a una sonrisa o a un rasgo de humorque no sea malhumor prefieren sufrir un infarto. Lascosas van mal, muy mal: por doquier banalidad, ve-nalidad, abuso, servilismo... Y todo precisamentecontra ellos, para fastidiarles, como una ofensa per-sonal. Ni la época ni la patria los merecen: ¡con la mo-lestia que se han tomado ellos para hacernos el favorde nacer en el siglo XX y precisamente aquí, cerqui-ta! A sabiendas de que los florentinos del siglo XV,por ejemplo, les hubieran tributado grandes home-najes para agradecer el honor de su visita... Por esolos cabreados exhiben siempre algún título o distin-ción concedida en foro foráneo, ya que la decadenciaes universal, desde luego, pero en ninguna parte tanhiriente como en el solar patrio del que periódica-mente se exilian para que se los eche de menos. Jus-tamente a eso dedican ellos lo mejor de sus esfuer-zos: a favorecer que se los eche de menos, repitiendoque todo lo que hacen quienes no les rinden sufi-ciente pleitesía está de más. De vez en cuando, pre-vio aviso a los medios, vuelven a esta tierra injusta conellos, proclaman el dolor de su exilio, reciben algu-nas condolencias y voces de indignado ánimo de susincondicionales. Después retornan a la universidadextranjera que mejor les pague o a su exótica casa derecreo en algún lugar grato y remoto. Suelen proclamar que la historia de Españales tiene seriamente descontentos y que la maldad
  • 323. __________________ 336___________________humana les preocupa de modo tan íntimo e intrans-ferible como un dolor de muelas. Es curioso com-probar la cantidad de incondicionales que puedenreclutarse reiterando una y otra vez tales quejas. Enel fondo, a la gente que se sospecha detestable le ali-via saber que aún peores son su época o las autorida-des. Repiten satisfechos al oír las censuras del ca-breado: «Ya ves lo que dice este señor. ¡Menos malque aún queda gente que no se vende!». Sin dudaabundan los argumentos válidos contra todo lo quepasa y a favor de lo que no pasa. Pero esa pose de ca-breado... Confieso que, por mucho que valgan en sucampo, a los eternos cabreados carentes de humorlos tengo fundamentalmente por nobles energúmenoso tristes majaderos. Pero cuidado, porque se acerca el98 y tal conmemoración peligrosa puede ser fechapropicia para que los cabreados se explayen, sea repi-tiendo a los agoreros de antaño («estamos igual queentonces, peor, mucho peor») o despotricando contraellos («lo peor del 98 fue precisamente la generacióndel 98... ¡y así seguimos!»). En una palabra, nos ame-naza al menos por un año la plena goitisolización deEspaña. Que Jove, que es dios jovial, quiera ampa-rarnos de tanto narcisismo lúgubre...
  • 324. Un vasco ilustrado A don Julio le ponían nervioso los que diceneso de «a los vascos no nos entienden». «¡Pero cómono le van a entender a usted, hombre! —apostrofa-ba con su mejor voz de cascarrabias a un interlocu-tor imaginario— ¡A usted le entiende cualquiera!¡A usted lo que le pasa es que es tonto!». En lugarde quejarse de incomprensiones imaginarias, él síque había dedicado muchas horas a entender a losvascos: a los de antes y también a los de ahora. Co-mo todos los que han estudiado a fondo esa comuni-dad, rechazaba la mitología esencialista y sabía queninguna identidad colectiva es emanación necesariay permanente de un ser nacional, sino un conjuntode opciones accidentales o interesadas cuya genea-logía puede rastrearse. Y don Julio se dedicó a esedesentrañamiento paciente de lo que los milenaris-tas dan por supuesto, desvelando ficciones históri-cas y añadiendo aquí o allá unas gotas salutíferas deironía. Pero su propio perfil humano e intelectualera el mejor mentís a cualquier estereotipo risibledel vasco atávico. Don Julio Caro Baroja fue un vas-co muy vasco, sí, y por tanto un vasco italianizado,un vasco abierto, madrileño, europeo, un vasco ilus-trado y dieciochesco como aquellos que charlabanen Vergara acerca de todos los temas de la Enciclo-pedia y se escribían con Voltaire. El otro día, Félix
  • 325. ___________________ 338 __________________de Azúa bosquejaba en este mismo periódico el es-perpento divertido y cruel de la España bárbara enla que chapoteamos, a cuya miseria moral y políticalos vascos que se consideran más antiespañoles no sonprecisamente ajenos. Pues bien, don Julio fue vascoy español en el sentido menos bárbaro de ambos tér-minos, en ese sentido que no agita banderas sinoque visita bibliotecas, que no escupe por el colmillosino que desdramatiza los símbolos y relativiza laspasiones gregarias. Otros podrán hablar mejor de suscontribuciones científicas a la antropología, de la re-catada contención de sus ensayos, en los que se pue-de aprender de todo menos a berrear disparates: yoprefiero recordar aquí su socarronería escéptica y tole-rante, un día que bajamos juntos charlando la cuestade Zorroaga desde la Facultad, disfrutando el tími-do —¿barojiano?— sol de la primavera donostiarra.
  • 326. Los accidentes Según han repetido con lúgubre alarma losmedios de comunicación, este verano ha sido pródigoen accidentes de carretera. Ochocientas, novecien-tas víctimas, yo qué sé cuántas... En cada uno de losmomentos cruciales de las vacaciones la alarma sepuso en rojo: una vez concluidas las inevitablemen-te llamadas operación salida y operación regreso, se hizoel cómputo de bajas y la televisión tuvo que mostrarla debida ración de chatarra despanzurrada, ambu-lancias y familiares desconsolados. Los más tenacesdamnificados de la inacabable serie han sido losautocares, cuya fragilidad es en particular causa depreocupación para quienes no tenemos automóvil yviajamos mucho en ellos. Pero sin duda la estrellaentre tanto estrellado fue Lady Di, pobrecita, uste-des ya saben, no se habla de otra cosa. Con un pocode suerte, será beatificada y convertida en la patronamártir de los caídos por exceso de velocidad: ¡SantaDiana de los Impacientes, frena por nosotros...! Ante esta carnicería la gente seria pone caracompungida y busca culpables o al menos respon-sables subsidiarios: el primero de los villanos es elalcohol, pero también el cansancio de los conducto-res, lo anticuado de los vehículos (en el caso de losautocares), la deficiencia de las carreteras o de su señali-zación, tantas cosas. No se menciona —sería excesi-vo radicalismo— la existencia misma de automóvi-
  • 327. ___________________ 340 __________________les, el afán de viajar caiga quien caiga, las malditasvacaciones. Si los novecientos muertos hubiesen fa-llecido por ingestión de drogas, sería buen momentopara insistir en la necesaria prohibición de tanletales productos. Pero resultaría raro promover unacampaña televisiva recomendando decir simplementeno a los vehículos de motor o a la manía de salir decasa. No hay que extralimitarse en las precaucionesni crear alarma social. El espectáculo luctuoso y lasadmoniciones de las autoridades son imprescindi-bles para la edificación colectiva, pero también lo esel negocio al por mayor y la estructura misma de nues-tra vida que ha de seguir su curso, como con razónsuele decirse. La más sencilla observación revela que la fa-talidad accidental nos llega por aquello mismo quenos hace disfrutar o que nos permite vivir. No sólola carretera es pródiga en accidentes, también lo sonandamios y fábricas, los electrodomésticos y los avio-nes, las comilonas, la sexualidad... Al alpinista le ma-ta la codiciada montaña como a los antiguos pesca-dores de perlas los exterminaban los tiburones o lafalta de oxígeno, como mañana se pondrán de modalos accidentes en las estaciones espaciales que ya prelu-dian las desventuras actuales de la nave Mir. El quese queda en casa para no exponerse a los peligros dela carretera perece electrocutado por su lavadora oatropellado en un paso de cebra. A los borrachos nosliquida el abuso de la buena uva y a los abstemiosuna sobredosis de la mala. Y a la ensalzada Lady Diha terminado asesinándola su afición a los ricos, queson quienes tienen coches más potentes, y tambiénlos paparazzi, cuyo celo la había hecho imprescindi-ble o al menos notoria para todos esos horteras del
  • 328. __________________ 341___________________mundo entero que hoy los culpan airadamente detan desaforada pérdida. Lo más conmovedor de todo el asunto es quela minada de accidentes viene enjuiciada no sólo conlamentos, sino también con un punto de escándalo.Los accidentes ocurren, pero no deberían ocurrir: sonsuperfluos, ofenden a nuestro sentido de la buenamarcha del mundo. Si todos nos portásemos comoes debido, si todo estuviese en buen orden, no ocu-rrirían accidentes. ¿No es bonita una fe tan acendra-da en que lo que nos pasa no depende de lo que so-mos y de lo que apetecemos, sino de la casualidad odel error? ¿Acaso podríamos, ser los mismos, con losmismos afanes y los mismos caprichos; estar, en unapalabra, vivos tal como estamos..., pero impunemen-te? Ya lo advirtió en su día Montaigne, desaniman-do de antemano a los higienistas futuros: «No mo-rimos por estar enfermos, sino por estar vivos». Delmismo modo uno quisiera advertir a tantos previso-res empeñados en erradicar los encontronazos viariosque es la vida la que trae los accidentes, no la im-prudencia. Quizá pueda curarse la mayoría de las en-fermedades particulares que a usted o a mí nos afli-gen, sin duda cada uno de los accidentes en concretohubiera sido evitable, pero no lo son ni la enferme-dad ni el accidente en sí mismos. De modo que lu-chemos por nuestra vida, pero sabiendo que es la viday la lucha misma por disfrutarla lo que finalmentenos mata. Seamos precavidos sin aspavientos ni re-convenciones públicas. Aunque también yo ahora es-toy incurriendo en una reconvención tan superfluacomo todas las demás... Mi estrellado favorito del verano es ese mexi-cano condenado a muerte en Estados Unidos (la pe-
  • 329. ___________________342 __________________na de muerte: ¡ése es el primer accidente que a todacosta habría que evitar!) que fue indultado al com-probarse su inocencia, volvió a su hogar y pocos díasmás tarde murió en un accidente de tráfico. Me re-cuerda aquella historia oriental que leí hace tiempoen Jean Cocteau y luego oí contar con pocas varian-tes al gran Boris Karloff en su última película y laprimera de Peter Bogdanovich, Targets. Un criadollega pálido de miedo ante el sultán de Bagdad y ledice: «Acabo de encontrarme con la muerte en tujardín y me ha hecho un gesto de amenaza. Estoyseguro de que viene a por mí. Por favor, déjame par-tir inmediatamente para Samara a fin de que no meencuentre». El sultán accede y hasta le presta el me-jor de sus caballos. Más tarde, es él quien encuentraa la muerte paseando por el jardín y le pregunta:«¿Por qué has amenazado a mi pobre criado?». Lamuerte responde: «¿Amenazar, yo? Sólo hice un gestode sorpresa al verle en Bagdad, porque esta nochedebo apoderarme de él en Samara».
  • 330. Lo perdido A los cuatro o cinco años yo era feliz posee-dor de una foca negra de goma, de tamaño igual almío, a la que permanezco golosamente abrazado enalguna foto de la época tomada en el paseo donostia-rra de la Concha. Son imágenes en las que mi uni-forme suele consistir en boina, foca y grandes orejasdesabrochadas, por lo visto la moda del día. Recuerdobien aquella foca y recuerdo el contento posesivoque me producía cuando chapoteábamos juntos enel júbilo estival. Puesto que ahora ya no tengo foca(ni boina, y mis orejas se han adherido conveniente-mente a las sienes donde el pelo entrecano ralea) esclaro deducir que en algún momento, con mayor omenor trauma, tuve que separarme de ella. Preguntacrucial: ¿dónde estará mi foca? (música de ManoloEscobar). Si la materia ni se crea ni se destruye, co-mo cuentan, las moléculas de caucho de mi compa-ñera siguen presentes en el inabarcable universo,quién sabe dónde, quizá bajo otra forma, bajo otrocielo, respondiendo a distintas urgencias o caricias.A veces recuerdo a mi foquita y me gustaría podersituarla hoy, reconocerla un poco, desearle buen via-je... Chaladuras. Cosas triviales, como solemos lla-mar a lo inmenso. ¿Adonde fue cuanto perdimos? Los objetosextraviados o sustraídos, los detritus del cuerpo o delalma macerados por el tiempo, los amores y amista-
  • 331. ___________________344 __________________des que ya no son, ellas y ellos, los sueños agotados.Vivir es perder. También ganar o conseguir, a veces,pero ya nunca del todo recuperar. Esto de la vida esperdición y en aprenderlo consiste la mansedumbrede la cordura y la insurgencia de la rebelión. Supon-drán ustedes que les escribo desde la melancolía algoebria del año nuevo y aciertan. Pero también influ-yen, como siempre en mi caso, unos cuantos librosque acabo de leer. Del primero es autor mi queridoamigo Luis Antonio de Villena (claro que no te olvi-do, Luis Antonio, a mí sólo el afecto me ancla ya lamemoria). El libro se llama Biografía del fracaso (ed. Pla-neta) y es una estupenda meditación sobre las bio-grafías de varios perdedores, desde Caravaggio o Rim-baud hasta Jim Morrison y Sal Mineo. La lección dela obra es que cualesquiera otros podrían o podría-mos haber sido sus protagonistas, porque perdedo-res son todos los que lo parecen, pero sólo como ca-sos ejemplares de quienes no lo parecen tanto. Cadacual pierde lo que busca, pero además se pierde en loque busca. Los casos recensionados por Villena no sonmas que highlights estéticos de un destino común.Quizá por eso la mejor preparación para sobrellevarla vida sea aprender el arte de romper con lo quenos resulta adorable o aparentemente impres-cindible. Sobre esa difícil materia dicta su curso unescritor francés tan vehemente como raro, GabrielMatzneff, con quien comparto al menos dos afectospersonales, Cioran y Rene Schérer, además de la ad-miración por Hergé, el padre de Tintin. Su últimolibro se titula De la rupture (ed. Payot) y concibe lavida como serie de rupturas o mejor ruptura en se-rie: la que separa a los amantes y a los amigos, la deperder al pariente fallecido, el hurto o extravío de obje-
  • 332. ___________________345___________________tos apreciados, el régimen terapéutico que nos vedaalimentos o bebidas preferidos, la renuncia al mundodel asceta y también (aunque Matzneff no la men-ciona) la que abandona el sueño del paraíso eternopor el goce instantáneo. Desde luego el tratado deMatzneff concede la parte del león a las rupturasamorosas, especializándose en las que rasgan la pasiónentre un varón maduro y jovencitas con pocas inhi-biciones. Son las que conoce por experiencia propiay hasta llega a proponer con animoso impudor unrepertorio de cartas de ruptura verídicas, para ejem-plo de ellas y ellos. Quizá no todo el mundo conceda a las ban-carrotas eróticas, dietéticas o religiosas el predomi-nio que les concede Gabriel Matzneff. En cualquiercaso es indiscutible que faltan muchas otras, glosadastambién por diversos autores a través de los siglos:la quiebra de ilusiones políticas o sueños gloriosos, lasaficiones rehusadas, los paisajes que ya nunca másveremos, el envejecer que nos quita posibilidadesfísicas y probabilidades sociales, el principado irre-futable de la muerte que va a separarnos de nosotrosmismos y de todo lo demás. Quien quiera saber unpoco de vivir debe adiestrarse mucho en romper, ha-cerse perito en despedidas, tiene que aprender a re-nunciar con más curiosidad alegre que resignación.Preparaos porque el día se acerca...
  • 333. Adiós al pionero No hace falta recordar que la nostalgia es ca-prichosa. Ella elige los auténticos acontecimientoshistóricos para cada uno de nosotros, que rara vezcoinciden con los oficialmente consagrados como ta-les. El aniversario de los primeros veinte años trans-curridos desde la primera vez que voté democrática-mente en mi vida me ha dejado frío, a pesar de quecomprendo y acato la importancia de la efeméride.En cambio he sentido una punzada de emoción alenterarme de que la NASA ha decidido cortar todacomunicación con el Pioneer X, que lanzó al espaciohace ahora veinticinco años. Este ingenio ha enviado alo largo de un cuarto de siglo puntuales noticias acer-ca de nuestros planetas vecinos y sobre el cosmos, pe-ro hoy sólo emite puntitos ininteligibles o negruramientras se aleja irremediablemente del sistema solar.De modo que los científicos determinan que ha llega-do el momento de prescindir definitivamente de susservicios. El Pioneer X seguirá en silencio su viaje hacianinguna parte a través de esos abismos infinitos cuyosilencio, precisamente, espantaba a Pascal... No sé demasiado bien por qué esta noticiamínima de la crónica científica me ha conmovido.Pese a que soy de la generación en cuya niñez se lan-zaron los primeros Sputniks y que despidió su adoles-cencia con la llegada del hombre a la luna, he segui-do con entusiasmo más bien lánguido la aventura
  • 334. ___________________ 347 __________________espacial. Me refiero a sus aspectos verídicos como partede la crónica tecno-propagandística de la guerra fría,en ordagos sucesivos entre americanos y rusos: veo tusatélite y pongo tres más, subo de un tripulante acuatro en mi estación espacial, etcétera. En cambioallí donde la ciencia se hacía ficción permanecí em-belesado y fiel, desde el cañonazo que fue De la tie-rra a la luna según Julio Verne y Los primeros hombresen la luna de H. G. Wells (una fascinante crónica deviaje interplanetario en la que el viaje propiamentedicho cuenta tan poco como en Cyrano de Bergerac),hasta las poéticas Crónicas marcianas de Ray Brad-bury —obra que es uno de los clásicos indudables delsiglo XX, por mucho que los críticos del meñique tie-so se escandalicen— o Las arenas de Marte de ArthurC. Clarke, por no hablar del cuadriculado cohete blancoy rojo en el que viajaron o aún viajan hacia nuestrosatélite los personajes de Tintin. Más tarde, tam-bién la ficción científica engordó barrocamente hastala tumefacción cyberpunk y mi alma retrógrada sehastió de ella. ¿Viaje espacial? Bueno, a fin de cuentas, co-mo señaló con guasa suave el viejo Borges a un entre-vistador entusiasta, «todo viaje es espacial, ¿no?». Pe-ro la travesía del Pioneer X cubre no sólo el espaciosino también el tiempo; y no un tiempo cualquiera,abstracto, sino mi tiempo. Eso es lo que me atañe desu aventura y la convierte en modesta metáfora vi-tal. Hace veinticinco años salió potente como unchorro de fuego hacia lo alto, con todos sus instru-mentos sofisticados en estado de alerta, telecomuni-cando jubilosamente buenas nuevas del universo aquien quisiera escucharlas y desvelando misterios queya no debían seguir siéndolo. Ahora, desvencijado,
  • 335. ___________________ 348 __________________pero quizá más sabio, sólo es capaz de balbucir y deperderse en lo oscuro. No tiene por qué arrepentirsede lo que entonces petulantemente dijo ni de lo queahora escarmentadamente calla. Conozco también aun muchacho que hace un cuarto de siglo, más o me-nos, buscaba su órbita excéntrica a despecho de lagravedad mortífera reinante mientras lanzaba men-sajes llenos de furia y estruendo, quizá algo idio-tas... Bendito seas, Pioneer, y sigue tu viaje.
  • 336. Ideoclips «Muerte, para ti no vivo.» JORGE GUILLEN Años que no son de luz: pasan a través de no-sotros rompiéndonos y manchándonos. Los años: cuantos más tenemos, menos nues-tros nos parecen. Nacer tiene inmediatas consecuencias clíni-cas y de hospedaje: en ambos aspectos quedamosdesahuciados. Me interesa la ética porque hace la vida hu-manamente aceptable; y la estética porque la hace huma-namente deseable. ¡Sentir esa sensación de vida nueva que nosda el estrenar una cuchilla de afeitar! Aquel ateo iracundo bautizó (¡oh, paradoja!)su libro definitivo contra el cristianismo con este tí-tulo: Fe de ratas. Detesto tanto ese bostezante tormento lla-mado vida social que no me extrañaría si, tras miexistencia pecaminosa, en lugar de ir al infierno mecondenasen a un cóctel...
  • 337. __________________ 350___________________ ¡Pensar la de tiempo que hemos pasado, ma-ñana tras mañana, frotando con un cepillo los dien-tes de nuestra calavera). Fue dichoso en cuanto renunció a la felicidad. Ciertas líneas literarias que conozco de me-moria —el dístico de Simónides («caminante que vashacia Esparta...») o las últimas palabras de Ótelo,por ejemplo— me avergonzaría llegar a ser capaz derepetirlas sin lágrimas en los ojos. Sufrió un accidente y nació. Un alma con goteras. Periodista ideal: el que hace notar sin hacer-se notar. Inalcanzable, como cualquier otro ideal. ¿Su atractivo? Se limita a esa cualidad que pue-de hacer olvidar la ausencia de cualquier otra, pe-ro a la que ninguna sustituye plenamente: la extre-ma juventud. Tumbado en la cama boca arriba me entrenodiciendo: aquí yace, aquí yace su cuerpo... Es inútil,no puedo acostumbrarme. Debemos preguntar —siempre— con los fi-lósofos y responder —de vez en cuando— con loscientíficos. El desarrollo físico y el intelectual se pare-cen en que ambos exigen mucho tiempo empleado
  • 338. ____________ _____351 ____________________en ejercicios. Pero difieren en que la gimnasia o elentrenamiento atlético son muy aburridos, mien-tras que la exhibición del cuerpo que resulta es glo-riosa; en cambio, lo mejor de la vida intelectual esla preparación —leer, estudiar, pensar, dialogar conlos sabios—, pero la demostración final de lo ad-quirido (oposiciones, conferencias, tratados magis-trales...) es tan fastidiosa y monótona como hacermil flexiones. Placeres de agosto. Chesterton dice en uno desus artículos: «Los hombres podemos acostumbrarnosa todo. Hasta nos hemos acostumbrado al sol». Cosaen efecto más terrible que hermosa, el sol: convieneno acostumbrarse nunca del todo a él, a su majestad,a su cariño que amodorra y calcinaba su enorme ame-naza pendiente sobre nosotros. Una de las alegríasde agosto es poder meditar —a la sombra, desdeluego— sobre el sol. Otro gozo agosteño: las fiestas. Sobre todo siuno pone esmero en evitar ir a ellas. Es delicioso sa-ber que la gente lo está pasando bien y aún más deli-cioso no tener que acompañarla en ese trance. Nadamás grato que tener conciencia de que todo el mundobaila, se apretuja en los bares, se besa y se pellizcapor los rincones en penumbra, disfruta con los fue-gos artificiales, grita por las calles «¡Patxi! ¡Paaatxiii!»a las cinco de la mañana, mientras uno —sentado enel cuarto oscuro— sigue pensando en el sol. En este mundo de herramientas y necesidad,el juego es lo que más se nos parece: tampoco sirvepara nada.
  • 339. __________________ 352___________________ La mayor tontería del año, proferida por el crí-tico halagador: el gran metafísico ha conseguido consu último libro un aforismo de quinientas páginas... La unión de esa comunidad que denomina-mos (que siniestramente otros denominan) pueblo sebasa en su esencia o su naturaleza; los ciudadanos,en cambio, permanecen unidos —¿frente al pue-blo?— por sus derechos. Abandonado a la pura y divina libertad desu naturaleza, el hombre amablemente inteligentesólo leería a Chesterton. El hombre mira, pero no ve; cuando ve, noalcanza; si alcanza, no puede retener. (Desconfiar deeste tipo de sentencias que empiezan diciendo: «Elhombre...».) Lamentamos el acabarse de la vida como losniños lloran al final de la larga tarde de cumpleañosque se les ha pasado en un vuelo, sin querer volver acasa a pesar de tener ya mucho sueño y nada nuevoa qué jugar. ¿En qué consiste ser positivo? Positivo es elque cuando no tiene se enorgullece de no tener ycuando tiene se complace en conservar. ¡Y pensar que el interés por la filosofía co-mienza con el sobrecogimiento ante el abismo dela muerte inexorable y concluye buscando biblio-grafía^.
  • 340. ___________________ 353 __________________ ¿Ideas? Así llamamos a prolongar rutinasadquiridas, obcecarnos en combinaciones de pala-bras que entraron por el altavoz de las orejas, atrin-cherarnos —los más originales— en algún capricho.La idea, cuando llega, nos agarra por el cuello y nonos permite la vanidad ni el respiro. Se nota que esuna idea porque nos quiebra. Las ideas no nos dejanhacer pie. Por eso es un alivio que escaseen y preferi-mos llamar pensar a calcular gastos y beneficios. «Sise presiente un abismo bajo la verdad, uno se aferra ala mentira y a la injusticia» (Heinrich Mann). Lo envidiable de la belleza es que no necesi-ta explicaciones. Piélagos íntimos: ni los seres que más que-remos y con quienes más queremos volverían con-tentos de una travesía exploratoria por el zarzal denuestros pensamientos cotidianos, algunos de loscuales se refieren a ellos... Primer esbozo de epitafio: «Sus palabras a ve-ces le ayudaron o ayudaron quizá a otros, pero no sal-varon a nadie, ni siquiera a él mismo. Perdurarándurante breve plazo retazos suyos, repetidos por quie-nes quisieron rnalinterpretarle y los que le malinter-pretaron porque le quisieron. Cabe proponer unaenmienda cósmica, aunque a él ya no le beneficie porcarecer de efectos retroactivos: los que disfrutan losiempre poco de la vida sin plantear quejas ni exigirrequisitos merecen una segunda oportunidad».
  • 341. DESPEDIDALOS MUERTOS
  • 342. La mayoría Los romanos utilizaban una fórmula muyhermosa, por lo discreta y nada truculenta, para de-signar la muerte de alguien. Decían: «Se fue conla mayoría». En efecto, el número de los muertos esmayor que el de los vivos, de modo que la muerte es laúnica verdadera instancia democrática en este mun-do: además de imponer la igualdad entre grandes ychicos, tiene siempre a la mayoría de su parte. Pa-rece sin embargo que este predominio en el vasto par-lamento universal humano de los muertos sobre losvivos está a punto de sufrir un vuelco en el siglo ve-nidero, si es verdad un dato que he leído y que meha impresionado. De seguir el actual crecimientodemográfico, a finales de la próxima centuria habi-tará la tierra un número de hombres que será porprimera vez superior al de todos los humanos muer-tos desde los orígenes de nuestra especie. La mayo-ría ya no serán los muertos, sino los vivos: «Reu-nirse con la mayoría» será una forma de referirse alnacimiento y no a la defunción. Supongo que este tipo de cálculos no sonfáciles de establecer, de modo que los tomo con ciertoescepticismo. Su exactitud depende de dónde pon-gamos la frontera entre los humanos como es debi-do y los homínidos prometedores, pero a los que aúnles quedaba mucho que aprender. A algunos de nues-tros antepasados, si los encontrásemos hoy en la ca-
  • 343. ___________________358 __________________lle, los enjaularíamos sin miramientos; otros en cam-bio, tras un buen afeitado, podrían ir tranquilamentea dar clase en la universidad, junto al catedráticoQuintana y otros sabios maestros. ¿En qué puntoexacto comenzar la cuenta de nuestras bajas? El historiador francés Pierre Chaunu, en susombrío pero sugestivo Historia y decadencia, afirma:«Trescientos billones de hombres consumados hanenterrado a sus muertos, han llorado la muerte delser querido, sabiendo que ellos mismos un día ten-drían que morir. Pues bien, ninguno era idéntico aotro». Cuánta gente, ¿verdad? Y cómo se nos parecie-ron todos, en eso de ser distintos a cualquiera de losdemás. Tomando como referencia esta cifra de Chau-nu, habría que suponer más de trescientos mil mi-llones de humanos pululando por el planeta a finesdel siglo XXI (en la actualidad nos aproximamos aseis mil millones). Claro que, como de aquí a en-tonces ya habrán —habremos— muerto muchos más(por no contar los fallecidos desde la aparición deHistoria y decadencia en 1981), harán falta aún másvivos para compensar la ventaja del partido cadavé-rico. En fin, no sé: yo con esto de las cifras me pier-do siempre. Para siempre. Supongamos que sí, que es verdad, que en elsiglo xxi alcanzará la mayoría de vivos sobre muer-tos, que ganarán los ánimos sobre las ánimas porprimera vez. Siempre se ha dicho que es el lastre delos agravios y ambiciones frustradas de los muer-tos los que frenan el cambio social hacia lo inédito,como en la «línea de sombra» de Conrad el capitánfallecido obstaculizaba el avance de su barco desdeel fondo del mar. Heredamos sus rencores y sus mez-quindades: como son más, nos imponen saldar sus
  • 344. ___________________359 __________________cuentas y nunca podemos escribir libremente la pá-gina limpia con la que soñamos. Desperdiciamosnuestra vida vengándolos, para que luego nuestroshijos tengan que hacer lo mismo con nosotros. Au-gusto Comte escribió que los muertos nos gobier-nan. Se impone el prestigio de los sepulcros y suiracunda muchedumbre. Pero si un día los vivos pu-diesen imponer su votación a los muertos, si los de-rrotaran en las urnas del presente, si lograsen hacertriunfar sus derechos positivos sobre la negación ren-corosa que llega desde lo oscuro, desde la herida fal-sedad de la memoria... ¡Ah, entonces, quizá enton-ces! Lástima que yo ese día estaré en minoría otra vez.