33 y 1/tercio
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33 y 1/tercioPara clavar el instante: Ella ya muy lejos, la cabeza cubierta, un bulto bajo lacolcha, un cuerpo vencido por...
33 y 1/tercioNo, por supuesto que no quiero. Y acaricié sus nalgas de revista. Y el tatuajedel que ya tanta gente me había...
33 y 1/tercioCon una colcha todavía más grande.Un par de golpes me bastaron para ubicarme en el nuevo cuarto. De ciertafor...
33 y 1/tercioComo no sabían cuándo la volverían a ver, al salir mis dedos se pegaron a latarjeta de presentación con la fr...
33 y 1/tercioSaltamos adentro muertos de la risa. La cerca no estaba lo suficientementeelectrificada ni era lo suficientem...
33 y 1/tercio—¿Pero a quién se le ocurre darle niñas a los leones?Argumenté que los leones tenían que comer algo.Se oyó un...
33 y 1/tercioLe recordé: Tenemos una conversación pendiente. No lo olvides.Ella asintió: Pero ahora no, por favor. Más tar...
33 y 1/tercioSegún nuestro cómputo temporal, venía siendo más o menos en el siglo XXIV.Todo un asunto bien planeado, qué n...
33 y 1/tercioLaura llama desde Manhattan y me dice que un terremoto local ha tirado al marla Estatua de la Libertad. Habla...
33 y 1/tercioUn cuaderno en el brazo de vellos y músculos bien dibujados. Un lápiz entre losdedos de uñas bien pintadas. N...
33 y 1/tercioSandra botó el mocho de lápiz. Vino hasta mí y me dio el cuaderno y me mirófilosóficamente.—Yo también fui de...
33 y 1/tercioAparentemente, el cómic trataba sobre nosotros. Al principio se movía en lacuerda erótica soft pero después c...
33 y 1/tercioYo pensé: No importa. Estoy acostumbrado a caerme. Y tú lo sabes.Caí adentro de un salto. Mamá canguro no se ...
33 y 1/tercioSaltar hacia aquí o hacia allá. Frecuentar el suelo. Escurrirme. Recibir coletazos.Correr. Correr en vano.—TR...
33 y 1/terciomoretones, sucios arañazos, la sangre de mis manos—. Es un asunto viejo y losabes. Ya no tiene remedio y lo s...
33 y 1/tercioLa misma cantidad de veces ella me gritó que me fuera al carajo.Yo me pregunté adónde carajo iba ella.Recordé...
33 y 1/tercioLaura llama desde Manhattan y me dice que lo siente.Yo siento el impulso definitivo de colgar.Pero no cuelgo....
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Diseño de portada: Damián Flores Iriarte
Fotografía interior: Elena V. Molina

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  1. 1. 33 y 1/tercio
  2. 2. 33 y 1/tercio Equipo de redacción: 33 y 1/tercio Portada: composición de Raúl Flores Iriarte sobre fotografías de Robert Freeman y Yamel Santana Valdés-Hernández Diseño de portada: Damián Flores Iriarte Fotografía interior: Elena V. Molina Agradecimientos Ya Saben: Duanee Suárez, Yoansis Pérez, Yunior Figueredo, Ihoeldis Rodríguez, Yumey López, John, Paul, George, Ringo Orlando Luis Pardo, Elena V. Molina, Ahmel Echevarría, Lizabel Mónica, JAAD, Raúl Aguiar, Kmilo Valdés Fortes, Michel Encinosa, Adriana ZamoraLa publicación no se hace responsable de las opiniones expresadas por losautores.Los autores no nos hacemos responsables de las opiniones de la publicación.Los responsables de los autores no expresarán opiniones en público.Las opiniones que usted se haga no son responsabilidad de los autores y menossi las expresa públicamente.Si deseas contactar, dar opiniones, donar prosa, poesía, artículos, ensayos, (sincompromisos de publicación) escribe a 33y1tercio@gmail.com
  3. 3. 33 y 1/tercio«La censura no autorizará su novela y no podrá publicarla en ningún sitio. No laadmitirán ni en Amanecer ni en Aurora.–Ya lo sé –repliqué en tono firme.–Y sin embargo, me la llevo –prosiguió Rudolfi severamente (mi corazón dio unvuelco)–, le pagaré tanto (indicó una cifra misérrima) por pliego de imprenta.Mañana lo pasarán todo a limpio.–Son cuatrocientas páginas –exclamé.–Lo dividiré en partes –dijo Rudolfi con voz de hierro–, y doce mecanografas dela oficina tendrán listas las copias mañana por la tarde.Dejé de protestar y decidí someterme a la voluntad de Rudolfi.–Las copias serán por su cuenta –siguió él, limitándome por mi parte a asentircon un movimiento de la cabeza, como un muñeco–; y otra cosa: tendré quetachar tres palabras: están en la página primera, setentaiuna y trescientas dos.Miré los cuadernos y vi que la primera palabra era “apocalipsis”, la segunda“arcángeles”, y la tercera “diablo”. Las taché dócilmente: cierto, tuve deseos dedecir que se trataba de una ingenuidad, pero miré a Rudolfi y guardé silencio.–Luego –añadió Rudolfi– vendrá usted conmigo a la Censura. Y le ruego muyencarecidamente que mientras estemos allí, se abstenga de pronunciar ni unasola palabra.Acabé por ofenderme.–Si usted considera que soy capaz de decir algo … –empecé a balbucear en untono digno– puedo quedarme en casa.Rudolfi no prestó atención alguna a ese intento mío de irritarme y prosiguió:–No, usted no puede quedarse en casa, sino que vendrá conmigo.–¿Y que haré allí?–Se quedará sentado en la silla –ordenó Rudolfi– y a todo cuanto le digancontestará con una sonrisa amable.« Mijaíl Bulgakov Novela teatral
  4. 4. 33 y 1/tercio boulevard (a la green day) play todo es verde (david foster wallace ¿hay alguien allá afuera? (francisco ortega expediente polaroid 4cuentos (adriana zamora 2cuentos (jorge enrique lage 3cuentos (raúl flores iriarte nuevos cronistas del planeta de los simios (juan trejo álvarez poetry / poesía (bob dylan expediente king 2textos (stephen king poesía (lizabel mónicanew american cookbook: el aquí y el ahora en veinticinco libros cardinales (rodrigo fresán nunca llores delante del carpintero (ray loriga stop
  5. 5. 33 y 1/tercio playla mirada del cómplice, canciones puestas una y otra vez en la radio, los discoshi-fidelity de mamácomo cuando nos sentábamos de espaldas al sol, ojos en lalunapara ver en el fantasma de un L.P. girando en el plato de un tocadiscos: larespuesta a todasnuestras inquietudes.esa placa de acetato girando a 33 revolucionesy 1 tercionosllevabaaotradimensiónTommy, Abbey Road, Sounds of silence, Al final de este viaje, Blonde onblonde, Diamond dogs, Mediterráneo, Dark side of the moon.dABA IGUAL33 y 1/tercio no quiere ser una revista más33 y 1/tercio no quiere ser una revista(¿pasar revista? ¿revisionista?)simplemente trata de escapar de líneas(no por grande el concepto se amplían los horizontes)33 y 1/tercio quiere ser una revista menos¿equidistancia? ¿eclecticismo?NO... ¿o sí?las palabrasse transforman en jpgs,en tiffs,en mp3s,
  6. 6. 33 y 1/tercioadquieren alguna proximidad con el videoclipcon el tiempo de 3 minutos de una canciónenlaradioFiction is things happening not things described: dynamic, not static.Use your imagination or someone will use it for you. (R. Sukenick)ayer alexandra vio una vista nocturna de este pequeño planeta.japón era una mancha alegre y superpoblada de luz eléctrica,cuba no se divisaba(como siempre, estábamos completamente a OsCuRaS)literaturapop lit, thrash writing, paperback writers,splatterlight fictioncasitas de plástico reciclado entre todos los rascacielospercepción atomizada de multiverso cultural atomizadoampliar las fronteras que una vez fueron impuestasborrarlas«Entiendo», dice alexandra, «pero exactamente, ¿que intentas hacer?»Me encojo de hombros.«Algo», le digo, «no lo tengo muy claro todavía»«Mejor acláralo», dice ella, «y después me dices»Una oso panda queda embarazada tras mirar videos de sexo en China. (CNN)See how they fly like Lucy in the skySee how they runI´m crying I´m cryi-i-i-i-ii-i-i-i-i-ing I´m crying?
  7. 7. 33 y 1/tercio replay david foster wallace(new york, 1962. autor de the broom of the system y infinite jest. el presente cuento está tomado de la niña del pelo raro, mondadori, 2000) todo es verdeElla dice me da igual que me creas o no, es la verdad, puedes creer lo quequieras. Por tanto, está claro que está mintiendo. Cuando dice la verdad sevuelve loca intentando que la creas. Por tanto creo que la he pillado.Enciende un cigarrillo y aparta su mirada de mi, tiene un aspecto perverso conel cigarrillo encendido y mirando por la ventana mojada, y no sé muy bien quedecir.Le digo Mayfly, no sé muy bien que hacer ni que decir y ya no me creo nada deti. Pero hay cosas que sí sé. Sé que soy mayor y tú no. Y te doy todo lo quetengo que darte, con las manos y con el corazón. Todo lo que tengo dentro telo he dado. He estado aguantando y trabajando duro todos los días. Te heconvertido en la razón por la cual hago todo lo que hago. He intentadoconstruir una casa para dártela, para que vivas en ella, y he intentado que seaun sitio agradable.Enciendo otro cigarrillo y tiro la cerilla en el fregadero junto con otras cerillas,platos sucios, una esponja, y cosas de esas.Le digo Mayfly, mi corazón la ha pasado mal por ti, pero ya tengo cuarentiochoaños. Ya es hora de que no me deje arrastrar por las cosas. Tengo quetomarme una parte del tiempo que me queda para intentar sentirme bienconmigo mismo. Tengo que intentar sentirme como debería. Dentro de mitengo necesidades que tú ya ni siquiera puedes ver, porque tú tienesdemasiadas necesidades que te las tapan.Ella no dice nada y yo miro por su ventana y noto que ella sabe que yo sé laverdad, y cambia de postura en mi sofá de jardín. Lleva unos pantalones cortosy se sienta encima de las piernas.Le digo no importa en realidad lo que he visto o lo que he creído ver. Esa ya noes la cuestión. Sé que soy mayor y tú no. Pero ahora me siento como si yo te lodiera todo y tú ya no me dieras nada.Tiene el pelo recogido con un pasador y varias horquillas y la barbilla apoyadaen la mano, es muy temprano, parece que ella está fantaseando con salirafuera a la luz brillante que hay al otro lado de la ventana mojada junto a misofá de jardín.
  8. 8. 33 y 1/tercioTodo es verde dice ella. Mira que verde es todo Mitch. Como puedes decir quesientes todo eso cuando fuera todo es tan verde.La ventana que hay junto a mi cocina se ha limpiado gracias a las lluviastorrenciales de anoche y muestra una mañana soleada, todavía es temprano yfuera todo está muy verde. Los árboles son verdes y la hierba más allá de losbadenes es verde y está empapada. Pero no todo es verde. Las demáscaravanas no son verdes, y mi mesa de camping que está ahí fuera toda llenade agua y de latas de cerveza y de colillas flotando en los ceniceros no esverde, ni tampoco mi camión, ni la gravilla del aparcamiento, ni ese juguete deruedas enormes tirado de lado bajo una cuerda de tender vacía de ropa junto ala caravana de al lado, en donde vive un tipo con unos niños.Todo es verde dice ella. Lo dice con un susurro y yo sé que ese susurro ya noes para mí.Tiro mi cigarrillo y le doy la espalda a la mañana con el regusto en la boca dealgo que es del todo cierto. Me giro y la miro sentada bajo la luz en mi sofá dejardín.Ella está mirando fuera, sentada en el sofá, y yo la miro a ella, y hay algo en mique no consigue cicatrizar cuando la miro. Mayfly tiene un cuerpo hermoso. Yella es mi mañana. Digo su nombre.
  9. 9. 33 y 1/tercioreplay
  10. 10. 33 y 1/tercio francisco ortega (es chileno y pone en su blog, fortegaverso.blogspot.com: Soy periodista y me he pasado la vida escribiendo, incluso de minas ricas. Soy un basurero ambulante de cultura pop.) ¿hay alguien allá afuera?La pregunta que usamos de título la cantó el grupo Pink Floyd en 1979 en lasegunda parte de su emblemático disco "The Wall". Y por más guitarras yorquestaciones que incluyó la banda, su bajista y letrista Roger Waters fueincapaz de responderla. "Is there Anybody Out There?", la frase es lo único quereza el tema homónimo. Sólo una pregunta. Nada más. Sin contestación. Y seentiende que no la haya. Es cosa de pensar un segundo en la pregunta, susrítmicas cuatro palabras (seis en inglés) suenan grandes, difíciles de aterrizar,más complicadas aún de aplicar. Por lo mismo funciona tan bien al momento deintroducirnos en la búsqueda de las nuevas voces de la narrativa mundial.¿Hay alguien allá afuera? Lo más probable es que en la superficie la respuestasea afirmativa y que de hecho abunden los "nuevos nombres". Lo complicadopasa por lo que viene de inmediato. Si tenemos claro que hay "alguienes", ¿quédemonios están haciendo (o mejor dicho escribiendo) esos "alguienes"? Hombres Post-XOtra interrogante: ¿Qué sucedió después de la Generación X? En la segundamitad de la década final del siglo veinte prácticamente todas las revistasliterarias del planeta trataron de contestarla. Cada escritor nuevo que aparecía,bendecido por medios tan influyentes como "The New Yorker" o la poderosavenia de Santa Amazon.com era levantado al sitial de la nueva esperanzablanca de la novelística. Pero lo cierto es que ningún autor joven post 1995logró el impacto medial - que no es lo mismo que artístico- de sus antecesoresde la era yuppie, de la época de la X.A estas alturas resulta obvio que la Generación X tuvo más de fenómenocomercial y sociológico que de literario, pero no puede negarse que algopotente nadaba bajo la superficie. Una serie de motivos y temas que unió agentes tan diversa (y dispersa) como Bret Easton Ellis, Douglas Coupland y JayMcInnerney. Sus novelas estuvieron lejos de marcar un precedente artísticopero vaya que supieron ser polaroids de su momento. Sobre críticas y gustos,un libro como American Psycho (Ediciones B, 1991) -por un lado- y un discocomo "Nevermind" de Nirvana - por el otro- existen como absolutos marcos deuna época, retratos lucidísimos de las formas de fines del siglo pasado. ¿Quépasó después? Muerta la X, un nuevo movimiento de narradores americanosasaltó la posta del relevo. Gente como Michael Chabon, Chuck Palahniuk yJonathan Frazer entre otros, surgieron como las nuevas glorias de la narrativa
  11. 11. 33 y 1/tercio"joven" americana. La calidad de éstos es indiscutible, pero carecen de aquelloque unió a los autores de la Generación X e hizo de ellos precisamente eso, unageneración: la obsesión común de redactar su presente, algo que hasta los másfuribundos opositores al movimiento deben reconocerle. No deja de sersignificativo que uno de los mejores retratos de la presente primera década delsiglo veintiuno se daba justamente a un jubilado de la X. Hey Nostradamus(Bloombury USA, 2003), la última novela de Douglas Coupland, narrada porfantasmas adolescentes inspirados en la matanza de Columbine, consigue unfresco de la América media más transparente y real que cualquier vuelointelectual y post todo de un David Foster Wallace o un Jeffrey Eugenides. Nuevas voces, demasiados mundosFuera de Norteamérica el dilema del relevo también ha sabido contestarse conpuntos suspensivos. Es verdad que tras los pasos de los Ray Lorigas y lasLucías Etxeberrías se han presentado nombres - como el potente NicolásCasariego- que han alimentado con savia nueva a la narrativa contemporáneaespañola, pero al igual que con los novísimos gringos no puede hablarse deellos como un movimiento de relevo y mucho menos de una generación. Lasmotivaciones son demasiado individuales y salvo el haber nacido después (yalrededor) de 1970, no hay algo realmente común entre ellos. Distinto es elcaso de los italianos, donde la llamada generación caníbal, integrada porautores como Niccolo Ammanitti (La última Nochevieja de la humanidad.Mondadori, 1997) supo aglutinar a una comunidad de autores novatosimpulsados por una escritura rápida, a lo fast food, llena de referencias a laanimación japonesa, nuevas drogas, la estética del cómic, del gore y delsplatter. El leit motiv del canibalismo fue tan concreto en sus temas comometafórico en lo estilístico. Similar es el caso de los no-muertos británicos,llamados así por la rutilante pero influyente revista "The Face" a partir del guiónde Alex Garland (La Playa. Ediciones B, 1999) para la película "28 días después:Exterminio". Estos, junto a sus colegas caníbales italianos, son de los pocosmovimientos de nuevos escritores de principios de siglo con una real temáticaen común. O lo que es lo mismo un verdadero concepto de generación a susespaldas. Los que están allá afueraTienen menos de treinta años, algunos incluso bajan de los veinte. No aparecenaglutinados en obsesiones comunes, ni cabe hablar de ellos como unageneración hecha y derecha. Algunos escriben desde el corazón más interno delas cosas, otros desde los mundos más alejados. Adeudan lo justo de suspredecesores, están conscientes de sus estímulos externos, de la velocidad desus cosas y les sobran las ganas de hacer (escribir) cosas. Y sobre todo dedecirlas con fuerza. Más que libros, estos nombres redactan las pautas haciadonde se moverá la literatura en las próximas décadas.
  12. 12. 33 y 1/tercioNacido en 1985, Nick McDonell es quien encabeza - al menos desde la miradamás rápida- al batallón norteamericano. Su novela Twelve (Anagrama, 2003)dibuja el retrato rudo de la Norteamérica adolescente más luminosa ysuperficial. Divagaciones internas, vicios, sexo rápido, vida fotografiada comoen el cine y nuevos tipos de droga, como la que da nombre a su novela, nadana estilo libre en sus párrafos. La receta lo construye como un narrador que sibien no cuenta nada muy nuevo es propietario de una envidiable lucidez. Cadacapítulo suyo es una instantánea de la vida adolescente gringa bien-gringa postmatanza de Columbine, post 11 de septiembre de 2001.Con 19 años recién cumplidos, Christopher Paolini está en una orilla muydistinta a la de su previo colega. Obsesionado con los videojuegos y los mundosde Tolkien, este casi púber autor se embarcó en la ambiciosa tarea de crearuna trilogía de fantasía heroica, con códigos ultra modernos. En su prosa haymagos y hechizos, pero también Playstation y Messenger. Original en supropuesta, su Inheritance Trilogy se inició el año pasado con Eragon (Knopf,2003), protagonizada por un skater adicto a Internet que posee el poder decontrolar un dragón.Nacido en 1977, Jonathan Safran Foer, autor de Todo está iluminado (Lumen,2002) va por un realismo mágico-no mágico gringo. Fan de García Márquez,Safran Foer ha declarado que su manía literaria apunta a huir de los excesos dela narrativa urbana en pos de la humildad que puede hallarse en el lado másíntimo y rural de Norteamérica, ese de los suburbios y los campos. Lo suyo noson ni las marcas, ni la velocidad, sino las personas. Destaca el sentido delhumor de este escritor, detalle no menor que le perdona muchas de susfalencias técnicas.Ya alejada de las pautas de la primera novela y las historias de iniciación, laneoyorquina Cecily Von Ziegesar (1979) apunta sus dardos a todas las formasde amor y de amistad que pueden experimentar las chicas de clase alta,alumnas de colegios y universidades privadas de la costa oeste. Definida comola Candace Bushnell (Sex and the City) de la era del Messenger, tras su debutcon la cínica You Know You Love Me: Gossip Girl 1 (Little Brown & Company,2001), esta señorita de anteojos y mirada de mala, camina cosechando mejoresventas y críticas con la segunda -Gossip Girl 2 (Little Brown & Company, 2002)-y tercera parte -All I Want is Everything: Gossip Girl 3 (Little Brown & Company,2003)- de la que ella misma ha llamado "gran saga superficial". Amante de lainteractividad, la autora administra en forma paralela el sitio www.gossip-girl.com donde invita a sus lectoras a aportar con ideas e historias para lasfuturas entregas de esta epopeya de tacos altos y conciertos de Britney Spears.Siguiendo lo libreteado en su celebrado debut, 10th Grade (Random House,2003), Joe Weisberg (1979) debería estar en una línea similar a la de NickMcDonell. Comparte con el autor de Twelve el deseo de retratar las formas deladolescente medio en los Estados Unidos de la era Bush hijo. Su historia esfrívola, estructurada a modo de serie de televisión, sin personajes principales,construido el todo como un gran y desordenado coro al interior de un colegiode clase media de Chicago. Telón que según su autor le sirve de vehículoperfecto para camuflar una sátira política bastante inteligente. Lo de Weisberg
  13. 13. 33 y 1/terciopuede apuntarse como un neominimalismo, mezclado con las formas de unaserie adolescente del canal Warner a lo "The OC".A sus 33 años Colson Whitehead es uno de los veteranos del grupo. Suaclamado debut The Intuitionist (Anchor, 2000) lo levantó como el alumno másaventajado de su clase. Su reconstrucción del género detectivesco a mediocamino entre un cuento de Borges y una película de Woody Allen le ha validoser comparado con el Paul Auster de Trilogía de Nueva York. Nombradocontinuamente entre los mejores autores nuevos, a fines de marzo presentóThe Colossus of New York: A City in 13 Parts (Doubleday, 2003), monumentalnovela río sobre un Manhattan construido a trazos de pura cultura pop.Por su edad, Jonathan Lethem (1964) bien podría ser el padre o el tío de NickMcDonell o Christopher Paolini. Su última novela, Fortress of Solitute(Doubleday, 2003) -que coge su nombre de la mítica fortaleza en el Polo Nortede Superman- sigue las miradas de dos amigos de Brooklyn a través de losúltimos 30 años. Las coordenadas de su ruta pasan por la irrupción del punk,del hip hop, de la televisión por cable y la eterna pasión por los cómics desuperhéroes.El más prolífico -ha publicado 11 libros desde 1998- de los autodenominadosno-muertos ingleses, Steve Aylett (1967) se presenta como una de las apuestasliterarias más novedosas venidas de las islas británicas tras Irvine Welsh(Trainspotting. Anagrama, 1996). Agrupado junto a su socio Jeff Noon ( Laaguja en el surco. Mondadori, 2003) en la misión de escribir según la técnicaque usa un DJ para armar su set, los libros de Aylett -como Automatanza(Mondadori, 1999)- son para bailarlos. Lo suyo no son palabras, sino beatescritos, con todo lo bueno y malo que ello acarrea. Es probable que laliteratura de Aylett no envejezca bien. Es tan de aquí, tan de ahora que se hacecomplejo visualizar cómo será leída en una década más, pero esa mismafalencia es su mayor encanto.Con gente como Alex de la Iglesia y Santiago Segura en el cine y CarlosPacheco en los cómics, España se las ha ingeniado para destacar fuerte alinterior de las fronteras de la llamada cultura freak. La televisión, el saberbasura y las historietas tienen un lugar privilegiado en su industria artística y laliteratura no es la excepción. El catalán Josán Hatero (1970) confiesa su abusoen sacar provecho a la cultura de la hamburguesa, plagando su obra - en laque destaca su volumen de relatos Tu parte del trato (Debate, 2003)- dereferencias a filmes de terror, dibujos animados viejos y el cine de Almodóvar.Pero es él mismo quien se apresura en declarar que en esta intertextualidad,más lejos han llegado sus colegas Javier Calvo (1973) y Eloy Fernández Porta(1974). Con El dios reflectante (Mondadori, 2003), Javier Calvo reluce comouno de los más originales autores españoles de los últimos años. Traductor,profesor de literatura y guionista ocasional de tiras cómicas, Calvo ha entendidola necesidad de llevar sus historias más allá de los límites geográficos deEspaña. Él mismo lo señaló respecto de su novela, "una historia puedetranscurrir en Japón o Australia y ser perfectamente española". Porque así pasaen la notable El dios reflectante, 368 páginas para un trayecto coral que siguela vida de un precoz genio japonés, convertido en cineasta de género y de culto
  14. 14. 33 y 1/tercioque al inicio de su historia se ve de pie ante la disyuntiva de tener que filmar susegunda película y no tener las ganas ni las patas de hacerlo. El escritor usa lasreferencias y las citas para construir una trama desbordante en originalidad ynuevas formas estéticas. Actores pornos, telépatas lunáticos y monstruosmutantes desfilan por una prosa rica en elementos imaginativos, en extremocontemporánea. En su moral literaria, el escritor asegura no hacer más quehablar de los miedos y violencias cotidianas usando máscaras de monstruosimposibles.Antologado en colecciones como Invasores de Marte (Mondadori, 2001), a sus29 años Eloy Fernández Porta comparte con Javier Calvo -quien además es suespecie de padrino literario- la fijación por el lado más bizarro del pop. Su prosarebosa de citas al cine de horror, la space opera (subgénero de la cienciaficción poblado de naves espaciales) y anacronismos a lo Julio Verne. El cóctelllega a ser subversivo, pero coherente con su línea e ideología narrativa. Eldesorden post todo de Fernández Porta lo ha hecho firmar los libros de relatosLos minutos de la basura (Montesinos, 1997) y el notable Caras B: De la músicade las esferas (Debate, 2001), poblada de cuentos desarmables y ensayosliterarios protagonizados por dibujos animados y criaturas imaginarias. No esgratuita la ostentosa adjetivación que lo define como el David Foster Wallacehispano.Un regreso a la belleza de los escándalos familiares es lo que propone AndrésBarba (1975). Ahora tocan música de baile (Anagrama, 2004), su terceranovela, le ha valido críticas ensordecedoras en su país, la mayoría seducidospor la limpia belleza de una prosa directa, sin concesiones, concentrada ennada más que contar una buena historia. Crítico de Ray Loriga y otros autoresde la Generación X hispana, Barba ha argumentado que el gran pecado de losautores jóvenes españoles es que en su búsqueda de querer ser originales, dedesear contar algo totalmente nuevo, se han vuelto predecibles y, lo que espeor, cada vez más lejanos a la ansiada originalidad.A sus 28 años, Marcos Rebollo se detiene en medio de las propuestas de Barbay Calvo. Sus cuentos se concentran en dramas de familia, sobre todo en lasrelaciones padres e hijos, pero tampoco rehuyen del recetario pop. Los hijosdel mundo (Ediciones del Cobre, 2003) su más reciente novela nos traslada auna anónima ciudad del norte español, en la que un profesor que acaba de ver"Paris Texas" de Win Wenders empieza a alucinar con el fin del mundo mientrasen forma paralela su hijo drogadicto busca maneras de acabar con su vida enlas calles nocturnas de esa ciudad invisible que parece no estar en ningunaparte.Es una lástima -y también un hecho detonante- que el representante mexicanoen esta lista, Gerardo Sifuentes, de 29 años, hiciera más noticia por un confusoincidente policial que lo puso tras las rejas que por su promisoria carreraliteraria. Tras un par de novelas cortas, Sifuentes publicó Pilotos infernales(Ediciones ViD, 2001), una de las mejores colecciones de relatos de cienciaficción escritas en nuestro idioma. Quizás porque Sifuentes entendió que a unmundo no industrializado como Latinoamérica nada le es más ajeno que laanticipación científica, que en nuestra geografía no es válido hablar de
  15. 15. 33 y 1/terciorealidades virtuales ni de avances de última tecnología, pero sí de un postrealismo mágico como forma de futuro, los mundos de Pilotos infernales pasanpor un D.F. poblado de pandillas neopunk adoradoras de dioses aztecas,telenovelas de Televisa protagonizadas por actrices operadas cientos de vecescon tal de conseguir la juventud eterna y cielos mexicanos donde los Ovnis vany vienen, como manifestaciones de nuevas religiones. Sifuentes es originalidadmarginal y atrevida, a medio tiempo en la literatura, dice que prefiere escribircolumnas subversivas por Internet.Una generación (o degeneración) nueva. En el código binario de la eraelectrónica, quizás cabría llamarla 2.0. o 3.0. Esa es tarea de los relacionadorespúblicos y la gente de marketing del mundo editorial. (tomado de Revista de Libros, suplemento de El Mercurio) replay
  16. 16. 33 y 1/tercio expediente polaroidpolaroid(marca registrada)m. Material plástico transparente que polariza la luz.2 f. Cámara fotográfica de revelado instantáneo.3 m. Grupo literario fundado en La Habana hacia noviembre/2003...hacia 1926, un joven estadounidense llamado Edwin Herbert Land abandonóla universidad y desarrolló un nuevo tipo de polarizador de luz al que llamóPolaroid....el Polaroid está formado por cristales de pequeño tamaño incrustados enplástico. Si la luz incidente es no polarizada, el Polaroid absorbeaproximadamente la mitad de la luz. Los reflejos de grandes superficies planas,como un lago o una carretera mojada, están compuestos por luz parcialmentepolarizada, y un Polaroid con la orientación adecuada puede absorberlos enmás de la mitad. Este es el principio de las gafas o anteojos de sol Polaroid.(la luz polarizada está formada por fotones cuyos vectores de campo eléctricoestán alineados en la misma dirección. La luz normal es no polarizada, porquelos fotones se emiten de forma aleatoria, mientras que la luz láser es polarizadaporque los fotones se emiten coherentemente. Cuando la luz atraviesa un filtropolarizador, el campo eléctrico interactúa más intensamente con las moléculasorientadas en una determinada dirección.)...Edwin Herbert Land regresó a la universidad pero abandonó la carrera en elúltimo año para instalar por su cuenta un Laboratorio junto con otros jóvenes.Años después, este grupo se convirtió en la Corporación Polaroid, que en 1947introdujo al mercado la cámara fotográfica de revelado instantáneo....instantáneas polaroid.Remember Leonard Shelby.Más de 50 años después, el protagonista de la película Memento (2001), deChristopher Nolan, utiliza estas fotos para orientarse en un mundo que siguefluyendo más allá de su memoria. Cine independiente, le llaman....retinex, llamó E.H.Land al sistema formado por la retina y el córtex cerebral.No se ve bien sino con el cerebro, lo esencial es invisible para cualquier órganode percepción. ***(Esbozo contraliterario.)En su Historia abreviada de la literatura portátil , el barcelonés Enrique Vila-Matas nos habla de una conspiración cuyos miembros (los portátiles) no sabían
  17. 17. 33 y 1/terciode qué trataba la conspiración; el concepto central, digamos (la supuestaliteratura portátil), era totalmente ignorado por los supuestos conspiradores.Me viene esto a la cabeza cuando pienso en Espacio Polaroid. Lo demás sonrecuerdos.Recuerdo, en una de las tantas rpm, haberle preguntado con ciertapreocupación a R: ¿Qué narrar? ¿Y cómo narrarlo? Peor aún: ¿Hay algún signode vida en el planeta Cuba? ¿Un territorio líquido hi-tech entre el desiertorocoso y el espejismo? Silencio. R no hizo más que ese gesto tan R de rascarsela nuca (todavía lo hace).También recuerdo: una casa casi sin muebles en Malecón, madrugada de salitrey música y todos en el suelo; la tabla periódica de los elementos químicos; setsabandonados y lecturas: lanzar y lanzar otra vez una red black; un ventiladorde luces, un trípode, una cámara digital que filmaba las cosas tal como eran:salteadas y a saltos; una postal con un jerbo; noches Alamar y una noche enHolguín sin agua, sin rock, sin fitzcarraldo; el color de la sangre diluida; la malatraducción de una mala traducción de Stephen King; retórica punk en capsulitasde colores con gafas oscuras; pensar que se triunfa vivir de esa ilusión ; C. Riccien bata de dormir sosteniendo la sierra eléctrica como quien sostiene un ositode peluche; un cake, un diccionario, un huracán, un partido de fútbol; el eternalsunshine de una spotless mind; un tren larguísimo y dos niñas en el trenviajando solas por la patria; Jay and The Silent Bob; down with The Beatles; larana mexicana de mirada fija del sur de Sri Lanka; sueños de tartamudeo brit-brit-brit; sueños terroristas; Dreams of Californication; dioses de neón; lamúsica de una gaitera; por favor rebobinar; cabinas de radio, Coppelia,parques, flash, flash; un gel de baño ridículo: pure & vegetal; micropolítica &supermercado; un control remoto inservible; el plan para un asesinato mútipley falaz; splatterpop derretido; fragmentos encontrados en el cine La Rampa;una revista digital (no es ésta); más ojos de fuego verde; otros días de lluvia;colisiones afectivas, efectivas, inefectivas (las hermosas vísceras de Alicia en lasparedes y el techo y...); encuentros o despedidas; malos puntos suspensivos...interminable línea de etcéteras.(Nada de esto es literatura.)JE ***Tuvimos un 30 de octubre del 2003, unos quince, mucha música y pocos deseosde bailar.Sentados en sillones y el mar dándonos en la cara. Por aquí cerca vive CésarLópez. ¿Y él que tiene que ver con esto?Nada.Tuvimos la idea de un espacio para promoción propia y ajena (no Peña, sinoEspacio)
  18. 18. 33 y 1/tercioTuvimos nombre, y novela, y autor.(…una chica con vestido de flores y botas del ejercito, tirándole polaroids a lanada...)Un bronceado de luna, unos ojos de fuego verde, un rayo de luz, adolescentesladrones de tumbas en estos días de lluvias cuando es de noche en la ciudad.Tuvimos una mística vestida de negro, y un audio defectuoso (a veces) y deseosde hacer cosas sin saber bien cómo hacerlas.Tuvimos canciones, y conciertos, y concursos.Tuvimos giras por Holguín y Matanzas, como rock stars.Tuvimos ausencia de agua, y suficiencia de gladiolos.Tuvimos a JAAD, Orlando Luis Pardo, Michel Encinosa, Yordanka Almaguer, RaúlAguiar, Yoss, Livio Conesa, Luis Eligio Pérez, Adriana Normand, Ahmel Echevarría,Rito Ramón Aroche, Demis Menéndez, Lizabel Mónica como invitados.Tuvimos tardes de Coppelia, y sesiones de fotografía, y modelos Polaroid.Tuvimos a Stephen King, Ray Loriga, Douglas Coupland.Kurt Vonnegut, Philip K. Dick, Paul Auster.Tuvimos las canciones de los Beatles, Joaquín Sabina, David Bowie.Las películas de Tim Burton, Woody, Kevin Smith, Quentin Tarantino.Tuvimos a Adriana Zamora, a JE, a RFI.Y, por supuesto, también tuvimos un 17 de noviembre del 2004, porque todo loque empieza tiene que terminar.Sabíamos que poco a poco a poco nos llegaríamos a aburrir de todo esto y detodo lo demás.Todo cambia.Ya deberías de saber eso. RFI replay
  19. 19. 33 y 1/tercio adriana zamora (habana, 1979) Ana y los dinosaurios 1Para él abrir los ojos y ver a Ana es lo mismo. Puede verla con los ojos abiertos,con los ojos cerrados, con los ojos en blanco.Puede verla, eso es lo principal y también es extraño porque Ana es un fantasma.Un fantasma que lo ronda día a día y lo hace recordar. Y él recuerda.–Yo soy Ana – dice ella como si fuera la única en el mundo.–Me llamo Eduardo – responde él, mucho más modesto.Ella es Ana y va vestida con ropa muy ancha, dentro de una saya donde cabríantres iguales a ella. Pero no existe nadie igual. Entonces, mientras la mira, letiende su mano irrepetible una y otra vez hasta confundirlo, hasta hacerle dudarde la realidad. De su realidad.Eduardo camina por la ciudad y el fantasma va con él. No lo persigue, sólo le hacecompañía. Sabe que él la necesita tanto tanto que todo se vuelve trágico derepente, o todo es trágico ya. El no sabe distinguir.Ella sí que sabía, por eso él le contaba sus sueños.–Tus sueños son de loco – sonreía ella tristemente.–¿Y los tuyos, Ana? ¿Cómo son tus sueños? –piensa él pero no se atreve apreguntar.Ana no le cuenta, no le dice como son sus sueños. Al menos hasta ahora sólo selimita a observarlo, escuchar sus pocas palabras. Pequeñas frases de quien sesiente inútil y poco inteligente. 2Sospecho que no sirvo para nada.Sé mirar por las ventanas en la mañana y ver a la gente vestirse para ir al trabajo.Ver a la esposa-madre-abuela preparar el desayuno de su esposo-hijo-nieto.Sé escuchar cuando me hablan como la niña Momo, pero los efectos nunca sonlos mismos.Sé preparar el café aguado y sacarle pulgas a mi gato. Incluso puedo decirmentiras que nadie cree, sólo yo mismo.Aprendí a sentarme en un parque y ver la gente caminar. Caminar rápido,despacio, cojeando de una pierna. Soy un maestro en el arte de pasar inadvertido.
  20. 20. 33 y 1/tercioPuedo convertirme en fantasma y aparecer por las noches en tus sueños, perosólo en tus sueños, porque debo desaparecer obligatoriamente en la mañana.Fumo bastante magistralmente, aunque sin hacer aros de humo como los galanesde las películas. También pongo una letra después de otra para formar palabras,una palabra después de otra para formar oraciones. Agrupo oraciones hasta tenerpárrafos y agrupo párrafos tal como me enseñaron en la escuela.Sé bañarme en la lluvia, sobre todo cuando la gente anda escondida, guardandosu pulcritud bajo techos.Sé respirar.Pero de repente he comenzado a sospechar que no sirvo para nada, que de nadavale saber mirar por las ventanas y hacer café aguado. Sobre todo porque a nadiele gusta que lo espíen y a nadie le gusta el café aguado.Fumar magistralmente entraña con toda seguridad hacer aros de humo como losgalanes de las películas. En el mundo de hoy nadie tiene tiempo para sentarse enlos parques y el hecho de pasar inadvertido es mal visto, muy mal visto.La gente moderna suele odiar a los fantasmas.Incluso sospecho que no puedo respirar tan bien como creía.Cada vez que alguien me pregunta a qué me dedico enmudezco. Todos losalguien esperan que el resto se dedique a algo. Pero no así de simple. Debe seralgo Grande y Glorioso, como construir puentes o inventar vacunas.Absolutamente nadie espera escuchar que sabes mojarte en la lluvia. Un alguienmás comprensivo podría darle un poco de importancia al asunto y decir: «¡Oh!,¡Qué maravillosa ocupación, MUY ÚTIL PARA LA HUMANIDAD!»Pero lo que más me preocupa es que yo mismo parezco encerrado en un circulovicioso. Cada vez que me pregunto Bueno, y tú, ¿qué haces?, Automáticamenteme respondo: Sé mirar por las ventanas en la mañana y ver a la gente… 3–Ana, ¿tú eres un fantasma? –pregunta él en el presente pasado.–No, pero pronto lo seré –responde ella y él no sabe cuando se lo dice.Ana sueña con cosas grandes, tal vez infinitas.–¿Sueñas conmigo? –pregunta Eduardo, el niño que se siente inútil y pocointeligente.–¿Por qué no? –dice ella–. Tú también eres algo grande, tal vez infinito. Pero a lavez eres pequeño, ¿sabes? Nunca supe lo pequeña que puede ser una cosainfinita hasta que soñé con dinosaurios.Ella sueña con dinosaurios grandes y verdes con patas poderosas y ojos delicados.Los dinosaurios son pesados y ambiguos, como si de repente pudieran echar avolar.«Dinosaurios», piensa él. Pero no puede imaginar cómo serán los sueños de Ana.
  21. 21. 33 y 1/tercioEduardo camina por la ciudad en un tránsito infinito porque no tiene dónde llegar.No tiene un lugar donde quepan él y Ana, que continúa a su lado. La ciudad es unlaberinto lleno de encrucijadas y Eduardo se pierde sin lástima porque no tieneotra opción.–¿Tú eres un fantasma? –pregunta Eduardo en el futuro.–Sí –responde ella en el pasado presente. 4Hace varios años que estoy muerta. Hormigas y gusanos caminan sobre mishuesos mientras trato de hacerte creer que existo.Siento que respiro, el aire se cuela por todas mis rendijas. Siento el sol que quemami cabeza. Siento el agua que de unas manos ensucia y de otras purifica. Sientolas hormigas y gusanos que caminan encima de mis huesos.Tengo miedos, como cualquier persona que sobrevive muerta, y amores, comocualquier muerto que sobrevive. Por las tardes camino sin rumbo hasta cansarme,hasta no sentirme los pies, o hasta sentírmelos. No sé qué busco, pero debe ser lavida. ¿Qué más habría de buscar?Pero soy un cadáver, aunque no quiera saberlo. Soy un cadáver perdido en unrincón lleno de insectos. Hormigas sobre tierra roja. Hormigas que cargan sualimento y se miran unas a otras y respiran. ¿O es que no respiran las hormigas?Tengo preguntas. Muchas preguntas que debo, por fuerza, responderme a mímisma, pues no hay nadie alrededor para hacerlo. Las preguntas, tal vez, seresponden por sí solas, como yo armo y desarmo mis huesos húmedos que son miúnico entretenimiento.La humedad tiene olor y sabor. El mundo de los muertos es húmedo, y es húmedoel mundo de los vivos.En el mundo de los muertos existen los árboles, el mar y las hormigas. Existe latierra e incluso los cementerios.Cuando mueres en el mundo de los muertos vas a otro lugar. Tal vez sea un lugarde paredes blancas con una mesa servida modestamente y una foto sobre elaparador comido de comején. Tal vez allí todo sea increíble y normal. Tal vez allíencuentre la paz que no encontré en dos mundos.Pero todo no es más que una ilusión, ese lugar no existe. Cuando dejé la vidahallé la misma humedad y todo el silencio. Cuando deje la muerte hallaré sólohabitaciones vacías.Estar vivo es muy aburrido. Es como levantar granitos de arena, uno a uno, yvolverlos a transformar en piedra. Es el juego de nunca acabar, la locura, elhambre. Ya no sé dónde está la diferencia porque hace años que estoy muerta y,la verdad, no estoy muy segura.
  22. 22. 33 y 1/tercio 5Ana no le teme a la muerte. Nunca la ha temido. Él no entiende cómo y ella notrata de explicarlo. Sonríe y piensa en sus dinosaurios verdes. Sonríe y piensa quetal vez él tenga su hora, su tiempo escondido.Eduardo se ha convertido en un deshacedor de laberintos, profesión poco honrosaa sus ojos de persona que se siente inútil.–Y tú ¿eres un fantasma? –(no) pregunta ella.–No –(no) responde él rotundamente.Eduardo espera siempre pero Ana no hace preguntas. Tal vez lo sepa todo, piensaél. Pero ella lo niega por ser imposible.Ella sigue respondiendo en el futuro, en el pasado presente. Ella siempre allí,esperando ser interrogada, probando a llevar la carga pesada que es sumergirseen ese mundo creado por los dos. Más pesada aún porque uno de los dos es unfantasma.Eduardo sigue preguntando, pidiendo casi a gritos que lo saquen de su duda en elpresente, en el futuro pasado. Es entonces cuando ella se va, se pierde en loslaberintos que él ha deshecho. Lo deja solo, completamente solo.Mientras, él sueña por primera vez con dinosaurios. *** Cuando es de noche en la ciudadCuando se pone el sol, detrás de todas las puertas de la ciudad se escuchanjadeos.Si a esas horas hubiese alguien caminado por la ciudad (digamos un hombresolo) encontraría las calles vacías, sin ningún policía en las esquinas, sin unperro, sin una bicicleta.El hombre solo viviría en un apartamento minúsculo en la parte sur, allí dondeel aire es irrespirable por las noches.El apartamento tendría una habitación, un bañito, una cocina de cuatrocuadrículas con hornilla eléctrica. Debajo del lavamanos habría una palanganaverde ( de un verde claro y dudoso ). Dentro viviría una jicotea pequeña, parano desentonar con el conjunto.Una hora después del comienzo de la noche ya el hombre empezaría a sentir laopresión en los pulmones y la jicotea guardaría la cabecita dentro delcarapacho echando sólo una burbuja de vez en cuando al exterior.
  23. 23. 33 y 1/tercioLos gemidos detrás de la puerta de sus vecinos ( una pareja joven ) acabaríanpor convencer al hombre de que el aire es irrespirable. Entonces se pondría suchaleco marrón y saldría a caminar.En la calle vacía se siente el ruido del viento moviendo los árboles. Las farolasdel alumbrado público apenas trazan espacios de claridad en las esquinas.El hombre cruzaría las calles mirando a los dos lados, cuidándose de un autoque nunca aparece. Caminaría despacio hacia en norte, en busca del mar.Ni siquiera se escuchan televisores encendidos en la ciudad. Los que trabajanen la televisión están muy ocupados gimiendo tras las puertas de sus casas.Nada perturbaría la tranquilidad del hombre del chaleco marrón. Losasaltadores nocturnos siempre son atrapados por el río de gemidos y terminanunos con otros abrazados bajo las escaleras de cualquier edificio.De un callejón oscuro salen maullidos de gatos en celo, pero el hombre apenaslos escucharía.Sobre el único banco sano del parque se amontonan las hojas secas. El hombrelas apartaría para sentarse.En el edificio vecino una ventana ha quedado abierta. La luz se proyecta sobrela acera, justo frente al banco donde el hombre solitario estaría sentado.En medio de la luz, sombras negras se mueven. Si el hombre se fijara biendistinguiría los torsos, la cabeza y los brazos de los amantes.La cabeza de él se acerca lentamente al pecho femenino, se pierde allí y poco apoco baja, dejando ver la sombra de los pezones. Ella apoya las manos en lacabeza de su amante. Los pezones vuelven a desaparecer tras la sombra de susbrazos. La cabeza del hombre se pierde fuera del cuadro de luz. La sombra dela mujer levanta la barbilla y se pasa la lengua por los labios, una lengua que severía tal vez grotesca si no fuera sólo una mancha de sombra en el pavimento.El hombre del chaleco marrón trazaría con una ramita seca los contornos de laventana primero, luego, muy suavemente, los del cuerpo de la mujer.La mujer gime escandalosa cuando la ramita le roza la sombra del pezón. Gimemás alto y más seguido. Seguramente sus gemidos terminarán en un grito,pero el hombre no la escucharía, ya se habría levantado del banco y caminaríacalle abajo con las manos en los bolsillos del chaleco.Las hojas secas se amontonan otra vez en el banco.Cerca del mar hay una casa donde no se escuchan gemidos. La luz del portalestá encendida todas las noches, y en un sillón de mimbre se sienta unamuchacha. La muchacha teje un abrigo de lana para el invierno que seaproxima y tararea una canción desafinada.Hasta allí llegaría el hombre solitario y se pararía tras los arbustos demarpacífico para mirarla.Ella tararea y teje. Mira de vez en cuando a un gato gris que duerme en elcantero de las violetas. Sonríe y lo hace sin saber que está sonriendo para unhombre de chaleco marrón que tal vez la mira detrás de la cerca.
  24. 24. 33 y 1/tercioEl hombre sentiría deseos de hablar con ella, pero sería muy difícil para élperturbar su paz. Y se iría. Regresaría a su casa en la parte sur, pidiendo ensilencio que los jadeos de sus vecinos hayan cesado.No notaría siquiera que la ciudad está callada, que la gente ya no gime tras lasventanas.Llegaría a su casa y, sentado en el baño, esperaría a que su jicotea asomara lacabeza para ver la hoja seca que le trajo de regalo. *** Lucía o noLa muchacha abre los ojos y se encuentra con unas paredes blancas hastaahora desconocidas. La ventana abierta deja entrar la claridad libremente. Ellase acerca.El resto de las ventanas del edificio están cerradas, menos una, de la quecuelga una sábana. En la sábana se balancea un muchacho delgado. Oscilaunos segundos y luego se suelta para caer en el jardín. Ella ve cómo emerge delas flores, acomoda sus huesos salidos de lugar y camina hasta la entrada deledificio.ESCENA RETROSPECTIVA: La niña, de unos tres años, corre por el patio en sutriciclo rojo con cabeza de caballo. Se para frente a la puerta de la cocina. Laabuela bate unas chirimoyas. La niña se relame, le encantan las chirimoyas. Laanciana la mira, sonríe y le alcanza un vaso con el batido espumeando en losbordes.Desde el baño la muchacha observa a una mujer que ha entrado en suhabitación. Trae un ramo de flores. Lo coloca en la jarra de cristal verde sobrela mesita de noche.Nadia estuvo está tarde y le trajo un potecito con gelatina verdelimón. Lamuchacha ríe divertida mirando la montañita dulce que temblequea bajo lacuchara. Mientras ella come, Nadia le acaricia los pies con ternura.ESCENA RETROSPECTIVA: La niña juega en el patio con otro niño más pequeñoque ella. Desde la casa se escucha la voz de la abuela, llamándolos. Ellos seesconden. Esperan que la anciana pase por su lado y entonces saltan riendo. Laabuela ríe también.Cuando despierta, el sol ya está en el medio del cielo. Se pone las sandalias ysale a caminar. Un adolescente rapado toca una flauta dulce en el balconcito.Una mujer despeinada conversa en los rincones con los fantasmas. Dos
  25. 25. 33 y 1/terciojovencitas saludan a la muchacha entre saltos. Ésta sonríe, pero se niega acorretear con ellas.Otra vez vino a verla la mujer de las flores. La muchacha permite que la peine yle ponga margaritas en la trenza.–Tienes un pelo precioso, me hubiese gustado tenerlo así.ESCENA RETROSPECTIVA: Afuera nieva sobre calles extrañas. Dentro de lahabitación la niña sopla las once velitas de su torta de cumpleaños, sonríe condesgana a la cámara que empuña su madre. Luego corta el dulce y pone losplatos frente a los muñecos de peluche, sus invitados.La muchacha abre la gaveta de la mesa de noche y saca las tijeras. Se parafrente al espejo y toma su trenza con la mano izquierda. Está decidida.ESCENA RETROSPECTIVA: La ventana del baño hace un ruido insoportable. Seabre, se cierra, se abre. Nadia arrastra el cuerpo de la muchacha por el pisodejando manchas de sangre. Murmura: estúpida, estúpida, estúpida.La muchacha espera que apaguen las luces y luego sale al pasillo. Entra en lahabitación contigua. En la cama duerme la mujer de las flores.La muchacha saca su tesoro y lo pone al lado de la almohada.ESCENA RETROSPECTIVA: Nadia corta los últimos mechones.–¿Te gusta así?La muchacha sonríe.–El médico dice que aún no puedes irte. Hay cosas que debieras recordar. ¿Esque no te acuerdas del triciclo rojo? ¿Y de la abuela?La muchacha mira al techo, indiferente. Lo recuerda todo, pero no quierehablar.Nadia la mira con tristeza y sale a llorar al pasillo.La cabeza roja del caballo hace años se está pudriendo en un patio ajeno.La muchacha se descuelga por la ventana. Mientras oscila siente la brisanocturna acariciando su nuca, ahora desnuda. Pronto la sábana se suelta y elcuerpo cae ruidosamente al jardín. Es entonces, allí entre las flores, cuandodescubre que nunca supo en realidad dónde estaban sus huesos. ***
  26. 26. 33 y 1/tercio LenaLena hablaba conmigo y esta vez, para variar, el tema no era una de sushabituales paranoias adolescentes. Ni siquiera sé de qué hablaba porque no laestaba escuchando. Pero eso no se notaba. Mi vista estuvo todo el tiempo fijaen ella. Yo no sé por qué la gente piensa que cuando uno la mira le estáprestando atención. Si se hubiese dado cuenta sólo serviría para aumentaraquellas habituales paranoias.En realidad yo la estaba mirando de pies a cabeza porque Lena es linda,lindísima, preciosa.Por eso, en un impulso incontrolable, la abracé y le di un beso en la boca. Unbeso grandote en su boquita linda.Primero ella se asombró y quedó paralizada. Después empezó a gritarme eresuna tortillera cochinapuerca y de nada sirvió que le dijera que es muy lindacuando no está histérica. Lo peor fue después cuando me sonó la tremendabofetada y desapareció al doblar de la esquina.Me sentí tan mal que fui a parar en casa de Dani. Siempre que me siento malaparezco en casa de Dani como por arte de magia.Le conté a Dani muy coherentemente lo preciosa que es Lena y lo mal quehabía hecho dejándome plantada en aquella esquina.Él trató de explicarme algo muy tonto sobre la impresión que debía dar unamujer besando a otra en la boca en pleno 23. Le pregunté a Dani dónde queríaque la besara. Tal vez él pensaba que existe otro lugar mejor para que unamujer bese a otra sin que ésta le suene una buena bofetada.No sé por qué cuando dije eso Dani se llevó las manos a la cabeza y respondióalgo que tenía que ver con dejarme por incorregible. Yo no entendí mucho, enrealidad no entendía casi nada de lo que estaba pasando.Dani me pregunta por qué no le doy un beso a un hombre y yo le di uno ahímismo. Un beso grandote en su boquita linda.Me dijo que yo estaba loca y se fue a orinar. replay
  27. 27. 33 y 1/tercio jorge enrique lage (habana, 1979) ilusiones y artefactosSu nombre era Violeta.Violeta Venus.Pero todos le decían La Catapulta.—¿Por qué? —le pregunté por fin esa noche, en su casa, ella sentada en unacama (su cama) llena de peluches, ella misma un peluche grande con eseabrigo de piel en el que cabía dos veces.Aproximadamente una hora atrás la había vuelto a ver, después deaproximadamente unas 20 mil horas sin verla, y pensé: Qué flaca se ha puesto,y pensé: No hace tanto frío, y ella –oh, sorpresa– tuvo la inspiración dereconocerme al instante: Se me acercó tambaleando por un pasillo de luz suciade un lugar llamado La Madriguera, nombre bien puesto. Enredados en unaesquina, asexuados y pálidos, dos vampiros se lamían los labios. Había unfondo de rock oscuro. Y en medio de todo aquello sus ojos ojerosos, nubladosde azul bajo una lluvia de pelo revuelto y sin lavar, y yo pensando cuánto megustaría robarle esa imagen tan definitiva y a la vez qué diablos podría hacercon ella –nada, lo juro, no se me ocurrió nada. Cuando la tuve entera frente amí, le dije: Te pareces a Liv Tyler después de incendiar una farmacia (hubierabastado Liv Tyler en La Madriguera), y ella sonrisa y alcohol en la voz, depronto diciéndome: Anda, mi amor, sácame de aquí.—¿Por qué qué? —dijo expulsando las sandalias con un movimiento brusco deambas piernas que también expulsó mi mirada. Luego se quitó el abrigoinmenso, como una tercera o cuarta piel.Observé con cierto nerviosismo que las libras que había perdido, ni tantas nitan importantes, no la hacían menos deseable. Quizás todo lo contrario.El abrigo voló y se hizo un bulto en una esquina del piso.Yo me senté hecho un bulto en esa misma esquina y precisé la cuestión:—Por qué te dicen así.Ella miró la tarjetica en mi mano y dijo un Aaah que era todo un himno alcansancio.Habíamos caminado mucho, por calles demasiado vacías. Yo al lado de esaimagen que se iba corporeizando poco a poco. Ella mareada y soñolienta,colgada de mi brazo. (En algún momento sentí que era mucho más que unamujer. Junto a mí caminaba la resaca tardía de toda una década, de todo ununiverso que no volverá a vomitar nunca más.) Hablamos, con medianacoherencia, de un montón de cosas. Todas en pasado. Como el hielo de lamadrugada nunca es para tanto, le pregunté y ella dijo: Nunca en mi vida habíatenido tanto frío, créeme. Y le creí. Y le hubiera creído cualquier cosa. El abrigo
  28. 28. 33 y 1/tercioera de piel de oso panda gigante de los bosques de bambú del centro de China.Su casa era un apartamento con vista al mar en uno de los seudorrascacielosdel Vedado. Por el momento vivía sola. Me invitó a pasar y yo decliné lainvitación enérgicamente. Cuando entramos a su cuarto, de pura adrenalina misdedos se pegaron a la tarjetica de presentación que reposaba sobre la cómoda.Leí, otra vez, lo que ya tanta gente me había dado a leer: VIOLETA VENUS lacatapulta@cubasi.cu Si encuentran malo este mundo, deberían ver alguno de los otros.La frase era de Philip K. Dick. No consideré apropiado señalárselo.—Tú no quieres saberlo —dijo a continuación del Aaah, y al instante estuve deacuerdo con ella. Yo no quería saberlo. Yo no quería saber nada. Pero dealguna forma, no sé cómo, yo siempre termino sabiendo.Por ejemplo: minutos atrás había escuchado de sus labios (por primera vez desus labios) la versión oficial de ciertos hechos1.Algo sucedido en la prehistoria, aquella psicosis depresiva de los primerosnoventa.Un relato digamos que real, devenido leyenda urbana.Ella, una amiga gorda, un pintor loco que la volvía loca y era el amante de laamiga gorda y en ocasiones su amante.A partir de ahí todo es confuso, aún en sus labios por primera vez. Hayliteratura, fotos pornográficas, decapitaciones. Algo así como una guillotina oartefacto similar que no supe exactamente qué pintaba en todo aquello, dedónde salía, dónde meterlo. En cualquier caso, estaba relacionado con unaexperiencia terrible para ella. Dijo: Grité todo lo que iba a gritar el resto de mivida. El pintor se fue a Francia, huyendo de algo que no era la policía. Su firmapuede hallarse en las escasas copias digitales de un óleo a medio hacer, dondelas manchas simulan con precisión una mujer muñeca inflable. Y todo eso habíasucedido justamente ahí abajo, tres pisos downstairs y otras manchas pero node pintura, y lo único que faltaba por sugerir era que aquel apartamento recibíavisitas regulares de ciertos fantasmas.En fin, una historia completamente idiota.Solté la tarjeta antes que mis dedos tomaran la decisión de hacerla pedacitos.Violeta había saltado de la cama, descalza, y ahora registraba dentro de uncloset.—Cierra los ojos.Obedecí.En determinadas circunstancias lo más excitante, lo extraordinario, es no ver auna mujer desvistiéndose.1 La no oficial, la torpe ficción, es un relato que lleva por título “La Máquina” (2001), de Jorge EnriqueLage.
  29. 29. 33 y 1/tercioCuando volví a mirar ella estaba acostada, los ojos cerrados, cubierta hasta labarbilla por una colcha espeluznante.Diáspora de peluches en el suelo:Una pantera rosa.Un hipopótamo travesti.Un dinosaurio con la lengua afuera.Pensé: Tengo que salir de aquí.Claustrofobia: Ella se ha quedado dormida y yo me he quedado encerrado aquídentro con ella, qué miedo.Voz de sonámbula en off: ¿Me traes un poco de agua?—Hay vasos encima del refrigerador —aclaró.Sólo que yo no sabía dónde estaba el refrigerador. Anduve por el apartamentoencontrando otras cosas, como un libro de poemas escrito con musas que sehan movido y cuya dedicatoria leí obsesivamente, tres o cuatro veces seguidashasta dar con la cocina. Para Violeta V., que entiende de estas cosas mucho másCuando volví al cuarto encontré la cama vacía.Sin el menor asombro, me dije: Ha desaparecido.Al fin. Ya era hora. Apago la luz y me voy.—¿Te asustaste? —preguntó, cerrando la puerta detrás de ella—. Estaba en elbaño —me quitó el vaso de la mano—. Gracias.El rostro mojado. Un pulóver blanco del Che hasta los muslos. Le miré losmuslos y los pies. Temblaba.A la mitad del agua (de pronto deseé con demasiada fuerza verla beber de unbiberón) reconoció el libro en mi mano y dijo, con hincapié burlón en lascomas:—Hay, al sur de la Habana, entre el verdor y el oro, un sitio destinado a losjuegos. Es un sitio tranquilo, dicen, muy bueno para las mutaciones...—Yo nunca he ido a ese lugar, sólo por temor a no volver —atajé de memoria—. Conozco el poema.—Y yo conozco al poeta —terminó de chuparse el agua y me devolvió elbiberón—. Una vez estuvo aquí.Y diciendo eso saltó a la cama. El pulóver decía por atrás: HASTA LA VICTORIASIEMPRE. Bajo él se reveló un filo de blúmer del color de la pantera.—Apaga la luz y ven —susurró.Apaga la luz y ven: Aquí debo hacer una pausa.
  30. 30. 33 y 1/tercioPara clavar el instante: Ella ya muy lejos, la cabeza cubierta, un bulto bajo lacolcha, un cuerpo vencido por el sueño, un sueño vencido por la anarquía.Yo de pie y de vuelta a la claustrofobia.En una mano el librito de poemas, triste como una bomba desactivada.En la otra, el tete que ella había humedecido con su boca, la huella que dejaronsus labios expertos al acariciar la goma como un pezón.Solté las dos cosas, pezón y bomba, y me desvestí lentamente.Mirando por la ventana: la luna, el oleaje, los helicópteros.Apagué la luz y fui.Ella se despertó en cuanto la toqué. Debajo de aquella colcha hacía un calorespeluznante y se lo dije al oído, procurando que sonara lo menos eróticoposible.—Pues yo estoy muerta de frío —me recordó.—Tú ya estás muerta de todo —me pasó por la cabeza decirle, pero ellaempezó a besarme la boca, manteniéndola ocupada con mil ejercicios hastaque abrió los ojos para mirarme como si me reconociera después de muchotiempo: expresión idéntica a la de una hora atrás en un pasillo de luz sucia deun lugar llamado La Madriguera.Entonces preguntó si ya me había contado Aquello. Tres pisos downstairs perono, por favor, le pedí. Con una sola vez es suficiente.Ella hizo una mueca: Se lo cuento a todo el mundo, no lo puedo evitar.Yo pensé: Estás traumatizada hasta los huesos, se nota.Y por decir algo, dije: A lo mejor es un peso que no te has logrado quitar deencima.—No, un peso no —dijo—. Quizás un contrapeso. Los pesos van y vienen, loscontrapesos son mucho más difíciles de mover.Era una teoría interesantísima.El cerebro como cajón de falsos equilibrios mecánicos. Nada más.—Disculpa, ¿de dónde sacaste eso?Ni me escuchó. A besarme otra vez.A besarnos más veces. Por todas partes.Tú no quieres hacerlo, dijo. Pero ya era demasiado tarde para estar de acuerdocon ella.No, yo no quiero hacer nada, dije. Y comencé a desnudarla.El pulóver del Che por el piso. Mis manos atrapadas en el blúmer.Tú no quieres hacerlo, insistió. Frotándose contra mí como una veinteañeravenenosa.
  31. 31. 33 y 1/tercioNo, por supuesto que no quiero. Y acaricié sus nalgas de revista. Y el tatuajedel que ya tanta gente me había hablado: la dobleuve inicial de su nombre: elsímbolo de uno de los metales más duros.La penetré. Sentí su apresurada humedad.En algún momento sentí que era mucho más que una mujer.Debajo de mí se movía una ilusión de todos los sentidos.Realidad química con uñas largas.Leyenda convertida en leyenda.Una especie superior.En plena subida, comenzó a pedirme que terminara. Pero yo quería provocarle(no sé por qué) el orgasmo más estrepitoso de esa hora en el planeta.En plena subida, me decía que no, no, no. No podía. Ella no podía.Pero pudo. Claro que pudo. Precisamente por eso es que lo estoy contando.Dejó escapar fragmentos de voz, arañándome la espalda, sus piernas cerradassobre mí como una gigantesca tenaza de metal blanco, apretándome, y yo salídisparado dentro de ella, en el vaivén creciente de sus contracciones, y acontinuación salí disparado fuera de ella.Por los aires.Literalmente.Como un proyectil.Volando.Fuera de mí.Hasta caer muy lejos.El impacto, menos mal, fue contra un colchón. Una cama desconocida con unamujer desconocida. Justo debajo de mi cuerpo (me dolía como si tuvierafracturas en lugar de huesos) había una trigueña que se parecíaaceptablemente a Liv Tyler. Algo se me deslizó allá dentro, en el cajón delcerebro. Su nombre era Violeta.Violeta Venus.Pero todos le decían La Catapulta.Me miró unos segundos.Disfruté unos segundos de su respiración agitada.Cerró los ojos.Me pidió que me fuera.Yo no encontré qué pedir y al levantarme le lancé un vistazo despedida a sucuerpo: Había engordado. No vi el tatuaje al final de su espalda, allí dondedebía estar. Ella volvió a cubrirse.
  32. 32. 33 y 1/tercioCon una colcha todavía más grande.Un par de golpes me bastaron para ubicarme en el nuevo cuarto. De ciertaforma, todo estaba igual que antes. Hasta mi deseo.No había sucedido NADA.Y escribiendo como los locos: ¿Cuál deseo?O peor aún: ¿Deseo de qué?Me vestí rápidamente. Mirando por la ventana: el amanecer ya había disuelto laluna. Sustituyendo al mar, qué gran detalle, una planicie fangosa y sin oleaje seextendía hasta más allá del horizonte. En el suelo,(un murciélago bizco)(una conejita con las orejas manchadas de sangre)(un oso panda gigante de los bosques de bambú del centro de China)los peluches tenían ahora el intenso look de las cosas que te persiguen ypueden matarte.Y de pronto Violeta, desde su eterna madriguera, con voz de sonámbula:—Perdóname.—No sé de qué estás hablando.—Sí, sí lo sabes.No sé por qué razón en ese momento decidí ocuparme un poco del reguero.Borrar de aquel cuarto toda huella de espectáculo sexual. Acaso porque noquería salir de allí sin la seguridad de sentirla dormida.Dormida dormida.Acomodé, mecánicamente, hasta las cosas que nada habían tenido que verconmigo y que yo ni siquiera recordaba. Como cajas de cigarros y cajas debalas de colores.Ceniceros.Pistolas.Pastillas.Acomodé su ropa. No estaba aquel pulóver blanco del Che hasta los muslossiempre.Aunque supongo que eso ya no hay que decirlo.O peor aún: supongo que nunca había estado.W volvió a hablar: Que tuviera mucho cuidado. Que eso-allá-afuera iba a estarlleno de túneles. Muchos túneles. (Tenía razón.) Y seudorrascacielos vacíos,también. Y ruinas bajo helicópteros. Y temperaturas bajo cero. Y que por favoracabara de irme porque si no no iba a poder dormir.Así que acabé de irme.
  33. 33. 33 y 1/tercioComo no sabían cuándo la volverían a ver, al salir mis dedos se pegaron a latarjeta de presentación con la frase de Philip K. Dick.El lema de un visionario vencido.Si encuentran malo este mundo…Mientras caminaba hacia la planicie fangosa y sin oleaje, pensé varias veces:¿Cuál mundo?, y pensé por última vez: Qué remedio, tengo que hablarle de ellaa alguien. Tengo que hablarle de esto a alguien.Porque a alguien tengo que encontrar en esto-aquí-afuera.¿O no? *** laura llama desde manhattan THIS IS NOT AN EXIT Bret Easton Ellis (American Psycho)Laura llama desde Manhattan y me dice que lo siente. A ella nunca le pasó porla cabeza llegar tan lejos. Yo le pregunto qué quiere decir con lejos, dónde (ycuándo) estableció el maldito punto de referencia. Laura respira hondo, merepite que lo siente, ¿la iba a perdonar, sí o no? Yo abro el cuaderno de nuestravieja historieta: adentro está la foto que me mandó. Le digo que quedó de lomás bien, con ese fondo de rascacielos fantasmas y acariciando a unabestiecilla peluda del Central Park, indudablemente un canguro, ¿no es cierto?Laura hace silencio, me pregunta de qué demonios estoy hablando.La situación era ésta:Un cartel hasta la avenida 26 que decía cerrado closed pero ella, de todasformas, quería entrar:—Saltemos la cerca —dijo.—¿Saltemos? —dije.Después de mucho trabajo no logré convencerla de que no me iba a convencer.Rendido, la escuché fabular:—Tú verás cómo nos vamos a divertir allá adentro —con un guiño de ojo queprometía.Y efectivamente, nos divertimos mucho.(¿Qué entienden ustedes por diversión?)
  34. 34. 33 y 1/tercioSaltamos adentro muertos de la risa. La cerca no estaba lo suficientementeelectrificada ni era lo suficientemente alta como para matarnos.Ella quería ver los lemmings. Yo, en el papel de guía, le dije que no teníamoslemmings.Ella me preguntó si sabía que los lemmings se suicidaban en masa. Yo le dijeque los lemmings no son ninguna secta religiosa, sencillamente se ahogan porno saber la diferencia que hay entre el mar y un lago cualquiera.En esas y otras divagaciones similares llegamos al foso de los leones.Anochecía.—¿Qué es eso? —preguntó ella, señalando un bulto más o menos deformetirado en el suelo. Inmediatamente después soltó un grito.Nos acercamos hasta confirmar que era…Pues sí, un niña descuartizada.Le calculé unos cinco, seis años.Le faltaba un brazo. Las piernas eran dos muñoncitos secos. El vestido, cuyatela exhibía señales de zarpazos rojos, no alcanzaba a cubrir una costillita poraquí, una tripita por allá. Conectada al cuerpo por breves tiras de músculo, lacabeza (abiertos en susto los ojos azules, trenzas rubias) era el detalle másperturbador.—Tiene cara de llamarse Alicia —observé.Ninguna de las dos dijo nada.Se oyó un rugido. Y otro.Hasta ese momento no se me había ocurrido relacionar el hallazgo con losinquilinos del foso.—Fueron ellos —señalé.—Hay una reja por el medio. ¿No te has dado cuenta?Su voz estaba representando el descuartizamiento. Con las cuerdas vocales.—A lo mejor es que estuvo adentro, jugando al safari.—¿Y por qué ahora está afuera? ¿Quién la sacó?Le pedí que visualizara a los leones (algún tipo de huelga) arrojando con unmovimiento poderoso de la cabeza, estilo reyes de África, sus sobras porencima de la reja.Bastante alta, por cierto.—Absurdo. Nadie puede entrar ahí. Y mucho menos los niños.—¿Absurdo? ¿Estás segura?No, claro que no lo estaba. Yo descubrí que ya era tarde, ya me era imposibleparar y me escuché decirle que, sin duda alguna, Alicia no entró sola: los ogroscuidadores del foso la acompañaron para luego dejarla adentro.
  35. 35. 33 y 1/tercio—¿Pero a quién se le ocurre darle niñas a los leones?Argumenté que los leones tenían que comer algo.Se oyó un tercer rugido, más lejano, que podía provenir de casi cualquieranimal. Entonces ella, en un ejercicio de frialdad desafiante, dijo que había quedevolver la niña al lado de allá. Para que se la terminaran.—Aquí no se puede quedar —me miró.—Aquí no se puede quedar —repetí, tratando de leer su mirada, repitiéndomeque algo andaba definitivamente mal entre nosotros, todo intento de lecturaera de antemano un intento equivocado y aquello parecía no tener remedio.Levanté el cuerpo por el bracito y éste se desprendió. Escuché el sobresalto demi supervisora y el golpe seco del cráneo contra el suelo. Simultáneamente.Arrojé el bracito al foso sin mayores dificultades. Ahora no tenía por dóndeagarrar firme. Alcé a la niña por los muñones y de pronto la niña no pesaba,como si estuviera vacía por dentro. Como si fuera una muñeca de plástico roto.—Ten cuidado.—Descuida, no te la voy a tirar arriba.No, aquello ya no tenía remedio, créanme. Éramos dos soledades de plásticocada vez más duro.O sea: cada vez más mutante.Ejecuté un par de giros impulsores, estilo lanzamiento del martillo, y solté elcuerpo al aire.La cabeza se desprendió, pero para entonces ya se había elevado a una alturamás o menos correcta.Ambas piezas se estrellaron al otro lado de la reja, rodando sobre las piedras.Los leones no se movieron.Me di la vuelta y la miré: tensa belleza, sonrisa tensa, aplausos sin especialenergía. Era el fin. Dije:—Bienvenida al zoológico de las maravillas.—Yo no me llamo Alicia, corazón —y vino hasta mí despacio, como calculandodemorar el abrazo que iba a darme.Laura llama desde Manhattan y me dice que ha visto, de lejos, a Bret EastonEllis. Lucía viejo, me dice. Muy viejo. Se veía cansado. Releo al psicópata dehace unos veinte años: «La de cosas que podría hacerle a esta chica con unmartillo, las palabras que podría grabarle en el cuerpo con un punzón para elhielo.» Nunca fuiste un chico malo de verdad, pienso. Siempre fuiste unescritor.
  36. 36. 33 y 1/tercioLe recordé: Tenemos una conversación pendiente. No lo olvides.Ella asintió: Pero ahora no, por favor. Más tarde. Antes de irnos.Pasamos jaulas, quioscos, se encendieron las farolas. Los grillos.Postes con flechas con dibujos de animales. Hechos por animales. Por todaspartes el bombardeo de información: Nombre común, Nombre científico, Lugarde procedencia y Currículum.Ella y yo éramos lo más parecido a una especie superior en un radio dequinientos metros.(Dentro de muy poco nos daríamos cuenta de que no estábamos solos.)Ella quería ir al pabellón de las aves. Yo le dije que no soportaba más de dos otres minutos el zumbido de los pájaros electroacústicos.—A esta hora deben estar dormidos.—Dormidos también zumban, lo que menos.—Nené, ¿por qué eres tan neurótico?—No lo soy. No sé por qué la gente la tiene cogida con eso.—Silencio —ordenó de pronto, en voz baja—. ¡Mira!Sí, ya lo había visto: una figura gruesa a la que le costaba trabajo caminarhacia nosotros.Un borracho en el lugar equivocado, comentó ella.Un extraterrestre en el lugar inevitable, pensé yo.Era las dos cosas.—Buenas noches —pronunciar no era su fuerte—. Encantado de conocerlos —alzó una botella de agua mineral—. ¿Quieren un trago?Ella aceptó. Se empinó la botella y yo deseé estar dentro de una de esasburbujitas que surfeaban los pliegues de su lengua y bajaban por su esófagohacia otras profundidades.Los intestinos, la sangre.Con un poco de suerte: su corazón.—Mi nombre es Bruce. Soy del planeta Arachnoid.Lo miré sonriendo. Usaba una especie de traje de buzo, plateado. Sin motivonatural, de pronto perdió el equilibrio y cayó al suelo, con un ruido como el queharía una babosa gigante al caer.Mientras lo ayudábamos a levantarse, siguió: Vamos a invadir dentro de muypoco. Mi misión consiste en recoger la mayor cantidad de datos que puedansernos útiles en la conquista y colonización de la Tierra.—No estás en el mejor lugar para hacer tu trabajo —dije.—¿Cuándo sería dentro de muy poco? —indagó ella.
  37. 37. 33 y 1/tercioSegún nuestro cómputo temporal, venía siendo más o menos en el siglo XXIV.Todo un asunto bien planeado, qué nos creíamos (puro tópico, hay quecreérselo). Por supuesto, él no era el único explorador, estamos hablando demuchos extraterrestres encubiertos, infiltrados, caminando por ahí como si talcosa (lo cual no era ninguna noticia). Por el momento, a manera de ensayo,habrá líneas de fuga fractal y pequeños terremotos (no nos explicó qué era una«línea de fuga fractal» ni qué podía ensayarse con un terremoto). Ah, ynosotros no imaginábamos cuánto le gustaba el sabor del líquido, le hacía sentiren otra galaxia (de hecho, estaba en otra galaxia).Otro picotazo a la botella de agua mineral.Otro tambaleo que no terminó en el piso porque intervinimos.De pronto éramos grandes compañeros de juerga o algo así.Él preguntó por dónde se salía del zoológico.(¿Alguna vez han preguntado ustedes por una salida?)Yo le dije que, una vez adentro, ya no había forma de salir.Ella, amorosa con todos, vengan del planeta que vengan, le indicó el caminohacia una cerca o muro que de todas formas él no iba a poder saltar.Cuando Bruce se fue, me dijo: Siglo XXIV, ¿te das cuenta? Hay tiempo de sobrapara conversaciones pendientes. Y para muchas otras cosas...Sonrió. Sonreí. Le acaricié una mejilla iluminada por la linterna llena de la luna.Había una linterna en el suelo. Nos besamos. Igual podíamos prescindir de esebeso.La linterna, dejada por Bruce al caer, estaba al lado de una zona de humedadpegajosa, también dejada por Bruce al caer. La recogimos. Nos serviría parailuminar las caras emplumadas de los habitantes del pabellón.Papagayos. Gavilanes. Buitres. Rapaces con alzheimer. Cacatúas que parecíanbarcos de vela naufragados. Y el chorro de luz de la linterna de pronto adquirióuna consistencia cegadora.Los alambres metálicos retrocedieron a la nada. En la reja iluminadacircularmente se abrió un hueco circular. Apagué.—¿Qué hiciste? —casi gritó ella.—Nada. Mover el interruptor de esta mierda para ver si alumbraba más.Entonces, sonando y volando a todo volumen, la jauría de pájaroselectroacústicos escapó por el hueco de la jaula.Ella y yo los vimos separarse en el cielo, contra la luna, trazando líneas entrelas estrellas.Ella tapándome los oídos y yo mirando el cielo, la luna y las estrellas con lapreocupación de quien ve libres, en fuga, las líneas de su propia neurosis.
  38. 38. 33 y 1/tercioLaura llama desde Manhattan y me dice que un terremoto local ha tirado al marla Estatua de la Libertad. Habla como si hubiera acabado de ocurrir al lado deella, como si aún tuviera el corazón húmedo de adrenalina y el vestidosalpicado de agua. Puedo contar las gotas de felicidad en su voz, como si notuviera otra persona con quien compartir esa afición tan suya a ver caer lasestatuas, como si por fin se hubiera decidido a salvar algo de nosotros: tal veznuestra afición a ver caer las estatuas, no importa de quiénes sean ni quiéneslas levanten.Seguimos divagando:Porque resulta que no eran sólo los lemmings, esa partida de locos raros. Otrosroedores habían sido convenientemente excluidos:Los conejos, porque no hay que exhibir a los destinados a ser comida, carne,proveedores de órganos para estudiantes asqueados.Las ardillas, porque allí en los árboles, bien controladitas, cumplían mejor sufunción de distraer a los niños y a las niñas, algunos de ellos tambiénasqueados.Y sobre todo, las ratas, por el delito mayor de ser ratas, esos bichos periféricosy fuera de control, casi tan resistentes como las cucarachas.Ah no, claro, ningún insecto. Nada de insectos. Y mucho menos las cucarachas.¿No era ese lugar una violencia? ¿Un intento de mostrar la fauna que no es?—No le des más vueltas, mi amor —me interrumpió ella—. Eso ya no es elzoológico, es todo. En todas partes es lo mismo.—Ese es el problema. No puede ser lo mismo en todas partes.Etcétera. Agotada su lista de cosas interesantes que había que ver allí dentro,nos quedaban esos pasatiempos en voz alta.Interpretar en la oscuridad.Caminar en la oscuridad.Demorar el otro diálogo, el que podía ser el último.Entonces apareció otro alguien delante de nosotros: una silueta inmóvil serecortó bajo la luz mal combinada de un farol y la luna.Al acercarnos, vimos lo que podía interpretarse como una mujer.Con voz profunda, sin disimulo masculina:—Buenas noches. ¿Paseando? ¿Una nochecita romántica?—Ah, sí —le dije—, muy romántica —conteniendo las ganas de explorarle lacara con la linterna (supuse que bastaría el dedo mal puesto para pulverizarlelas facciones) y volviendo la vista a mi compañera de paseo.Ella le sonrió a ella. O a él, porque de mujer-mujer sólo tenía algo de maquillajey la ropa: un vestido elegante, largo y sin mangas.
  39. 39. 33 y 1/tercioUn cuaderno en el brazo de vellos y músculos bien dibujados. Un lápiz entre losdedos de uñas bien pintadas. Nos dijo que era dibujante. Y pintora. Su nombreera Sandra. Mucho gusto.—Ahora mismo iba a tomar unos bocetos de los monos —explicó, y los monosse pegaron a sus barrotes para vernos mejor, hacer mejores bocetos denosotros.—Qué fácil perderse a estas horas por aquí, ¿verdad? —dijo cuando ya todoindicaba que iniciaríamos una larga conversación con un ser terrícola.—Me gustaría dibujarte —confesó después (y por supuesto que no se refería amí), al final de esa larga conversación donde supimos de sus viajes por elplaneta Tierra: Sandra hablando de países y lugares, Europa, Asia, aguas ydesiertos, y ella confrontando su lista de cosas interesantes que había que verallá-afuera, quiero decir, mucho más afuera del zoológico aunque en todaspartes sea lo mismo.Al final de una conversación que bordeó el coqueteo: Sandra recorriendo conmiradas furtivas cada curva de ella, hasta las curvas menos peligrosas, altiempo que disfrazaba palabras de elogio a su belleza, muy merecidas porcierto, y yo escuchando y observando de lo más callado y divertido. No tenía lamenor idea de cómo reaccionar.—¿Dibujarme? ¿Ahora?—Sí. Pero desnuda.Ella se pusa seria. Yo me puse serio.Sandra también se puso serio. Dijo:—Soy una artista profesional. ¿No se nota?Ella me miró. Él me miró. Yo las miré a las dos.No dije nada porque comprendí que esperaban que yo dijera algo.Me limité a reponer la sonrisa. A sostener la ropa que ella me daba a medidaque se la iba quitando.La blusa, los jeans, etcétera y etcétera. Todo.Sandra sugirió una postura y empezó a dibujar. Muy rápido.Los monos empezaron a masturbarse. Un poco más lentos.El lápiz de Sandra pasó de la velocidad a la violencia. Las páginas del cuadernopasaron a llenarse a un ritmo increíble.(El ritmo impuesto por una desnudez increíble.)Otra página. Y otra. Y otra más. ¿Con qué demonios las estaba llenandoSandra? ¿Cuántos miles de desnudos se proponía hacer?Distintas variaciones en la postura de la modelo.Perfecta blanquísima la piel en la luna.Hacia el final de la sesión ya casi todos los monos habían eyaculado.
  40. 40. 33 y 1/tercioSandra botó el mocho de lápiz. Vino hasta mí y me dio el cuaderno y me mirófilosóficamente.—Yo también fui deleuziano —dijo.(¿Ustedes me pueden explicar qué significa eso?)—Deleuziana —le rectifiqué de todas formas.—Da igual como lo digas —sonrió—. No vas a cambiar nada.Unos minutos después estábamos sentados. Sandra ya se había ido. Yohojeaba el cuaderno. Ella, recién vestida y al parecer molesta, le tiraba cosas alos monos (los monos también le tiraban cosas a ella). Los dibujos de Sandra,mala sorpresa, no eran desnudos a lápiz sino viñetas de cómic: una historietafuriosa que ocupaba casi todas las páginas en blanco.Ella preguntó:—¿Qué harías tú si yo me fuera?—¿Si te fueras adónde?—No sé. Lejos. A Nueva York. Siempre he querido ir a Nueva York.—Me entero ahora.—Dime, ¿Qué harías?—Nada —le dije—. No haría absolutamente nada.Laura llama desde Manhattan y me dice que en una boutique de la Torre Eiffelsubastaron las cenizas de Paris Hilton. Que por alguna razón la Muralla Chinaya no está en China (y tú sabes bien dónde está, me dice). Que en cierta aldeaescondida del Himalaya habló de Literatura Y con el Yeti. Que las cataratas delNiágara son mucho ruido y poca agua, lo más lindo son los suicidas plateadosen traje de buzo. Que ha tenido sexo de casi todos los colores en casi todos loshoteles de Venecia. Que dentro de una de las pirámides de Egipto perdió lalinterna del extraterrestre y un rato después, al salir, se dio cuenta de queestaba llorando.—¿Te excitaste allí, mientras él me dibujaba?Llegó un momento en que estábamos, literalmente, perdidos.Perdidos en el zoológico, quiero decir.O a causa del zoológico.—¿Todavía te excita verme desnuda?Ella conocía las respuestas (No a la primera y doble Sí a la segunda: vestidatambién), de modo que no hice caso a las preguntas. Dejé que me acariciarauna dudosa erección.
  41. 41. 33 y 1/tercioAparentemente, el cómic trataba sobre nosotros. Al principio se movía en lacuerda erótica soft pero después comenzaban a entrar y salir dibujitosextraños, monstruos de marca mutante, caracteres y personajes ilegibles. Elguión se enroscaba frenético. Ella había opinado que era algo así como una«historieta del absurdo fractal en clave ciencia-ficción y terror pulp». Dios mío.Pero qué va: escapaba de todo eso.Escapaba, creo, hasta de sí mismo.Y por supuesto, no había ningún final.Ahora nos besábamos. Habíamos dejado de caminar y nos besábamos casi conrabia.Le toqué los senos bajo la blusa, metí las dos manos y le acaricié las nalgas y elsexo bajo el blúmer.Ella hizo cosas parecidas conmigo. Siempre ganaba.Era muy hábil, muy precisa. Antes de darme cuenta ya correteaban por delantede mis ojos los especímenes de la peor fauna lasciva. Cada vez más rápido.Atropellándose.Sus manos contuvieron el chorrazo de semen.—Dame el pañuelo —pidió.Se lo di. Se limpió. Luego dijo:—Me vas a hacer un último favor, ¿verdad? —y enganchó un gesto a la cercamás próxima, tras la cual dormitaban dos canguros: uno grande y unopequeño. Madre e hijo, supuse.Lo que no supuse fue lo que ella tenía en mente. Me lo hizo saber.—¿Estás loca? —dije—. Yo no me voy a robar ningún marsupial. Ni siquierasabía que estaban aquí... A propósito, ¿dónde coño estamos?Aquello se me pareció de repente a un cuento de pésima antología de jóvenescaníbales italianos. Ya no tan jóvenes y nunca tan caníbales.—Oye, yo acabo de tener un detalle contigo. ¿Qué te cuesta traerme elcangurito?—¿Pero qué razonamiento es ese? —exploté—. Me haces un paja y tengo quetraerte un canguro. ¿Si lo hubiéramos hecho que te tengo que traer? ¿Elmamut?—Nunca lo hubiéramos hecho —se puso seria—. No aquí dentro. Y tú lo sabes.Nos miramos largamente. De pronto no estuve seguro del significado de eseaquí-dentro, su verdadero alcance. De pronto no estuve seguro de ningúnsignificado. Entonces, ¿para qué seguir? ¿Y por qué no seguir?Le di la espalda y me encaminé hacia la jaula.Trabé las manos en la reja. Subí. Nada más fácil.Ella repetía: Ten cuidado, Ten cuidado, Ten cuidado.
  42. 42. 33 y 1/tercioYo pensé: No importa. Estoy acostumbrado a caerme. Y tú lo sabes.Caí adentro de un salto. Mamá canguro no se dio por enterada.El cangurito dormía a unos pasos de la bolsa de mamá. Alrededor todo era pielamarilla de hierba muerta, con pústulas de tierra. Me acerqué con estilo.El cangurito no protestó, no abrió los ojos. Ni falta que hacía. Ya yo lo estabacargando y me retiraba a pasos inaudibles.Ella me animaba desde afuera con gestos también inaudibles.Ella, de pronto, dio una altísima voz de alarma. Paralizado, me volví para vercómo la canguro terminaba de despertarse.Era grande. Muy grande. Me miró sin el menor asomo de comprensión osimpatía. Demasiado instinto maternal a la vista.—Buenas noches —le dije, pensando que no valía la pena correr: un salto suyocubriría cualquier distancia.—CORRE CORRE —me gritaban desde el otro lado, y ni siquiera me pasó por lacabeza negociar el cangurito: sin dejar de mirar a su madre, inicié una lentamarcha atrás.Error al cuadrado.Esquivé el ataque rodando por el suelo.La bestiecilla peluda se escurrió de mis brazos.—SAL DE AHÍ.Qué fácil se dice. Me levanté vestido de polvo y sin tiempo para pensar. Lacanguro volvió a embestirme. Me libré con un modesto saltico hacia un lado.Corrí.Alcancé la cerca.Ella golpeaba la cerca y mis dedos.—SUBE SUBE SUBE.Sí, comenzar a trepar. Pero había un detalle: antes de que pasara un segundomi espalda indefensa iba a recibir un buen trastazo, quizás un mordisco. Me dila vuelta.Esquivé de nuevo. Cuando la canguro pateó la cerca, mi espectadora soltó ungrito que debió haberse oído en otro planeta.En Arachnoid, probablemente.El cangurito asomó la cabeza. El hecho de que ya se hubiera metido en la bolsano suponía el fin de las hostilidades.—NO TE QUEDES PARADO.En algún momento pensé, casi indiferente, que aquella basura podía volverseeterna.
  43. 43. 33 y 1/tercioSaltar hacia aquí o hacia allá. Frecuentar el suelo. Escurrirme. Recibir coletazos.Correr. Correr en vano.—TRATA DE SUBIR AHORA.Pensé que no conocía ni había conocido nunca a esa mujer que gritaba y corría(también en vano) del otro lado de la reja. Pensé que los canguros son comojerbos gigantes. Que los jerbos eran otros roedores excluidos. Que un amigodijo una vez que los jerbos son rizomas. Y que nunca me interesó saber quécarajo eran los rizomas. ¿A alguien le interesa?(¿Ustedes se consideran una especie superior?)Aquí la especie superior soy yo, me dije, esto se tiene que acabar, y en esemomento vi a la infatigable canguro detenida, estirando las patas delanteras,poniéndose un par de guantes de boxeo color rojo chillón. Muchos años dedibujos animados detrás de ese gesto.Volvió a saltarme arriba. Recogí del suelo un puñado de tierra y se lo lancé alos ojos. Luego, me lancé a escalar la reja. Dio resultado.El cangurito gritándome insultos en un inglés de bolsa mientras la madredejaba sus ojos en los guantes de tanto frotar.Afuera me recibieron los ojos de ella.Sus ojos cargados. Quizás de angustia.Quizás de sueño.Laura llama desde Manhattan y me dice que ha despertado con ganas deverme. Yo le digo que es probable que no haya despertado todavía. Despuéssoy yo el que despierto.Desayuno imágenes, fragmentos encontrados. Laura en pedazos mordidos ydispersos, la huella de mis dientes, Laura collage, Laura lejos.Laura fantasma entre rascacielos.Me enjuago la cara y el sueño y trato de mirarme en el espejo pero el espejoestá defectuoso. Froto el cristal. Nada. Sigue empañado. Vuelvo a frotar y depronto descubro que en realidad no tengo ganas de verla, y me digo: No, tú notienes ganas de verla a ella.(Ha pasado tiempo.)Tú tienes ganas de verte en ella.Empecé a hablar:Empecé a hablar del fin:Empecé (ya era hora) a ponerle fin a esta historia:—Pero por favor, obviemos las últimas viñetas, no es porque algo acaba desuceder en esa jaula, no tiene nada que ver con esto, mira —le enseñé
  44. 44. 33 y 1/terciomoretones, sucios arañazos, la sangre de mis manos—. Es un asunto viejo y losabes. Ya no tiene remedio y lo sabes.Ella asintió:—Tampoco hay que estar buscándole remedio a todo. Es ridículo.—Bueno —respiré—, pues ya va siendo hora de salir de aquí, ¿no te parece?—Me voy a ir yo sola. Pero antes quiero que me digas...Puntos suspensivos: quería que le dijera lo que pensaba escribir. Quería sabersi yo iba a escribir sobre ella. Si alguna vez había pensado escribir algo sobreella. Qué cosas había pensado y cuándo y hasta dónde sería yo capaz de llegar.Todos los borradores pasados en limpio dentro de mi cabeza.O sea: lo único que yo no podía regalarle.Ni siquiera como souvenir, estatuillas de mi libertad.Y sin embargo lo hice. De pronto me sorprendí diciéndoselo todo y de prontodescubrí que ya era tarde, ya me era imposible parar y seguí fabulandosuicidamente, como hasta hoy, esperando que ella no entendiera nada.(¿Ustedes han entendido algo?)Ahora, como es lógico, viene la parte en que ella se enfurece y me cae agolpes.Primero una galleta. Durísima, mas pura introducción. Quedé dócilmente a laespera de lo demás, pensando en todas las cosas que podría hacerle a unachica con un martillo...Las palabras que podría grabarle en el cuerpo con un punzón para el hielo.Un piñazo boca nariz. Otro (sin guantes) directo al ojo. Un tercero al abdomen.Me doblé. Terminé de caer al suelo tras la infaltable y muy precisa patadita enla entrepierna. Un poco más de pateadura (espalda, costillas) y se agachó paraagarrarme la cabeza por el pelo, buscando mi rostro.—Eres un insoportable morboso hijo de puta —me susurró al oído.O una combinación similar. Yo hubiera aprobado cualquier orden de adjetivos.Me levanté. Sangre nuevecita, ahora en los labios, ahora sí estaba hecho todoun nervio de dolor, sin adrenalina.La vi alejarse. Salí tras ella.Me zumbaban los tímpanos.Unos pájaros electroacústicos sacudieron unas ramas.Ella casi corría. Yo casi no podía correr.Pasamos quioscos, postes con flechas, nombre comunes y científicos. A esasalturas ya daba igual. A estas alturas ya da igual si de pronto les digo, porejemplo, que el zoológico había mutado y la persecución se desarrollaba en ungigantesco espacio de roedores, sin más jerarquías, sin una sola jaula.La llamé varias veces.
  45. 45. 33 y 1/tercioLa misma cantidad de veces ella me gritó que me fuera al carajo.Yo me pregunté adónde carajo iba ella.Recordé: Me voy a ir yo sola.Recordé: ¿Qué harías tú si yo me fuera?Nos separaban ya pocos metros cuando llegamos al foso de los leones.Amanecía.Los pájaros electroacústicos llegaron detrás de nosotros. Detrás de mí.Ella se detuvo. Yo pensé: Sí, hazlo. Es fácil. Tan fácil como saltar una cerca.Permanecí en silencio mientras ella dudaba. El cuerpo de Alicia en tresunidades, bracito y cabeza y banquete de moscas, estaba afuera de nuevo.Finalmente, lo hizo. No la vi saltar. De pronto dejó de estar en un lado paraestar en el otro, así de simple, como si la reja se hubiera desplazado a travésde su cuerpo. Aunque igual pudo haber saltado a una velocidad increíble, no losé. En ese momento no me importó no saberlo.Repito: a esas alturas ya daba igual cualquier cosa.Me acerqué. Ella se dio la vuelta y me miró y nos miramos como quizás habíasido siempre: con una reja por el medio.O quizás no.No hubo diálogo último.O quizás, de alguna forma, sí lo hubo:Me fabriqué este que termina más o menos así:—Si los leones siguen en huelga, ¿recogerías mi cadáver?—Hasta el último pedazo.(Demasiado a lo greatests hits.)Demasiado instinto de conservación a la vista, pensé. ¿Lo hará?Tres o cuatro o cinco comenzaban a acercarse, estilo coto de caza. Yo deseéser el último de la manada, el imperceptible, el de las sobras, el que llegaríapara encontrar solamente las hilachas o algún órgano.Los nervios, el sexo.Con un poco de suerte: su corazón.Cuando ella me dio la espalda y comenzó a descender, internándose en el fosocon tanta energía que los leones, maravillados, se detuvieron a esperarla, a mísólo me quedó cerrar los ojos y frotarme las manos y quizás aplaudir.Lo hará, pensé.Yo sé que lo hará.Tengo confianza en esta mujer.
  46. 46. 33 y 1/tercioLaura llama desde Manhattan y me dice que lo siente.Yo siento el impulso definitivo de colgar.Pero no cuelgo. replay

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