Fábulas. para leer_en_voz_alta_[1]
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Fábulas. para leer_en_voz_alta_[1] Document Transcript

  • 1. Fábulaspara leer en voz alta Narración de Beatriz Barnes Ilustración de Marta Gaspar
  • 2. Sistema de clasificación Melvin Dewey D.G.B. I 398.24 F35 Fábulas. Para leer en voz alta/ texto de Beatriz Bearnes; ilustraciones de Marta Gaspar. Bs. As.: CEAL; Mé xico: Salvat: SEP, 1993. 160 p.: il. (Cuentos de Polidoro) ISBN 968-29-5764-8 1. Fábulas. 1. Barnes, Beatriz. II. Gaspar, Marta, il. III. Ser. Primera edición en Libros del Rincón: 1989 (en fascículos) Primera edición en Libros del Rincón: 1993 Primera Reimpresión: 1994 Coedición: CEAL/Hachette Lannoamérica/SEP Producción: SECRETARÍA DE EDUCACIÓN PÚBLICA Unidad de Publicaciones Educativas Isabel la Católica 1106 Col. Américas Unidas 03610 México, D.F. Te!. 674 32 22 / Fax 674 32 87 Diseño de portada: Adriana Esteve D.R. © de la edición Consejo Nacional de Fomento Educativo Av. Thiers 251-10° piso 11590 México, D.F. D.R. © Centro Editor de América Latina, S.A. Junio 981, Buenos Aires, Argentina Hachette Latinoamérica, S.A. de C.V. Mazarik 101-4° piso 11570 México, D.F. Tel. 203 43 93/Fax 531 87 73 ISBN 968-29-5764-8 Impreso y hecho en MéxicoFíbulas. Para leer en voz alta, se terminó de imprimir en el mesde octubre de 1994, en los talleres de Gráficas Monte Albán, S.A. de C.V.Se tiraron 19,000 ejemplares más sobrantes para reposición.
  • 3. LA TORTUGA Y LOS PATOSEste verano no me ocurrirá como los otros —dijoDoña Tortuga, mientras miraba una bandada depájaros silvestres que volaban hacia el horizonte.—Apenas pasen las fiestas de fin de año, me pondré en camino y saldré a conocer el mundo.El año anterior, cuando se disponía a partir, apareció Doña Rata con sus seis hijas a pasar lasvacaciones en su casa, y Doña Tortuga tuvo quedesistir de su viaje. Y el año de antes había tenido una angina que la mantuvo en cama durantetodo el verano. Y el año anterior al de antes eramuy chiquita para viajar sola.
  • 4. Pero, aunque a Doña Tortuga le gustaba muchoviajar, apenas salía de su casa. La laguna, losmatorrales* las cuevas que había cerca de su casaapenas los conocía. Doña Tortuga pensaba que,como aquellas cosas estaban tan cerca, no valíanla pena de moverse para ir a verlas.Doña Tortuga quería conocer otros países.Doña Tortuga quería llegar a donde ninguna tortuga hubiera llegado antes.Doña Tortuga hubiera querido tener alas, paravolar cuando se le diera la gana.Entonces una tarde llegó a la laguna y estuvoconversando con los patos silvestres.—Este verano partiré y no creo que vaya a volver —dijo.—¿Cómo viajarás? —le preguntaron los patos.—Andando —contestó la tortuga.—Parece que no se ha dado cuenta de que esuna tortuga —dijo un pato a otro, volviendo haciaél el pico para hablarle con disimulo y por lo bajo.Y agregaron después en voz alta:—Nos parece muy bien, Doña Tortuga, su entusiasmo por viajar. Nosotros también somos grandes viajeros.—Lo sé —dijo Doña Tortuga—. Siempre los mirocuando levantan el vuelo. ¡La de países que debende conocer!—¡No tanto, Doña Tortuga, no tanto! —contestaron los patos.
  • 5. TANTO DONA
  • 6. —Y como sé que tienen experiencia, sobre estomismo quería consultarles.—Lo que guste usted, Doña Tortuga —contestaronlos patos encantados.--Desearía saber cuál es el mejor camino parapartir.Los patos movieron la cabeza para todos lados yseñalaron con la pata un camino angostito y largo.—El mejor camino para partir es el que está bordeado de tréboles —dijeron. Y agregaron con vozllena de emoción:—¡Es el camino que lleva a los países lejanos!—Pero no te enojes, Doña Tortuga, si te decimosque tardarás 125 años en llegar.—No importa —dijo Doña Tortuga— yo vivo 500años.Los patos hablaron bajito un rato, y al final dijeron:
  • 7. —Doña Tortuga, hemos decidido una cosa. Viajaremos y tú serás nuestra compañera. Volaremosbien alto, sobre el camino de tréboles, hasta llegara los países del Lejano Oriente. Verás palacios,montañas, góndolas, volcanes y rascacielos, ascensores y grandísimas palmeras.—¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! —decía Doña Tortuga, llenade entusiasmo.—¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!..Doña Tortuga no cabía en sí de alegría y dabavueltas como un trompo. Se veía ya resbalandopor las montañas, bajando y subiendo en ascensor,cantando en góndola, comiendo dátiles. ¡Por finse alejaría de aquel lugar tan aburrido!—Tranquilízate —le dijeron los patos—. Ahoratenemos que pensar en construir la máquina.—¿Qué máquina? —preguntó Doña Tortuga.—La máquina para llevarte.
  • 8. —¿Tendrá motor?—El motor seremos nosotros —contestaron lospatos.—¡Entonces serán dos motores!—Hace falta una vara liviana y resistente —dijeron los patos.Y comenzaron a buscarla. Recorrieron los alrededores y en la otra orilla de la laguna encontraron un gran sauce. Cortaron una vara y leQuiitaron las hoias.— i a esiá pronta la máquina —anunciaron—. Abrela boca y te la colocaremos.Doña Tortuga abrió la boca y los patos le colocaron la vara.—¡A cerrar la boca! —dijeron—. Haremos unlargo trayecto, pero en todo el viaje no abrirásla boca ni para decir Mu. Sujétate bien, que yaemprenderemos vuelo. ¡Atención! ¡Y boca cerrada!Los patos levantaron vuelo, con Doña Tortugaprendida fuertemente de la vara. Se levantaron
  • 9. por el aire y Doña Tortuga miraba encantada todolo que iba pasando bajo sus ojos: con la bocabien apretada, se balanceaba en la máquina porencima de los árboles.Los demás animales, al verla pasar, no salían desu asombro.El cerdo, el burro, el chivo, el perro, comentabanen voz alta aquella maravillosa proeza:—¡Doña Tortuga es la reina de las tortugas! —decían—. ¡Elevarse por los aires con su casa acuestas! ¡Qué maravilla!—¡Doña Tortuga es la emperatriz de las Tortugas!Doña Tortuga los oía y se llenaba de orgullo.Tanto, que se olvidó de que tenía que tener laboca cerrada y gritó:—¡Sí, SOY LA REINA DE LAS TORTUGASY ME VOY A OTROS PAÍSES PORQUE AQUÍNO HAY NADA QUE MEREZCA SER VISTOPOR Mí!
  • 10. Claro que aquello fue lo que quiso decir, porqueapenas abrió la boca, empezó a caer por el aire,dando vueltas, y no tuvo tiempo de pronunciaruna sola palabra. Lo único que se le oyó fue:AAhhhhhhhhhhhhhhhh... ¡ Patapáfate!..Doña Tortuga cayó en mitad de la laguna. Cayóy rebotó: ¡Menos mal que sabía nadar! Muy agitada, llegó por fin a la orilla. Sus amigos lospatos se alejaban, a todo volar, rumbo a los lejanos países del Oriente y Doña Tortuga apenastuvo tiempo para hacerles adiós con la pata.Los otros animales se acercaron a socorrerla yla acompañaron hasta su casa. Doña Tortuga sesintió muy triste, y al otro día, para distraersey olvidar su pena, salió a dar una vuelta por losalrededores. Llegó al camino de los tréboles yse quedó un rato mirando los bichitos que pasaban, vestidos todos ellos con sus trajes de colores. Le gustaron tanto, que al otro día volvió,y al otro día fue a los matorrales, a ver las pruebas de salto que daban las liebres, y al otro fueal concierto de las ranas.. .Todos los días salió de su casa y caminó de aquípara allá, y todo lo que encontró era interesantey divertido.—Esto es tan lindo como los volcanes, las góndolas y los ascensores que hay en los lejanos países —comentó un día en rueda de animales—. Y
  • 11. además queda cerquita de mi casa. Y ademástengo tanto amigos, que no pienso salir de viajeesta temporada.Y no salió ni aquel año, ni al otro, ni al otro,porque cada vez encontró cosas nuevas que ver,amigos nuevos con quienes jugar, y distintas ocupaciones en que entretenerse. ¡Hacía trescientoscincuenta años que estaba en aquel lugar, y aúnno lo conocía del todo.Menos mal que le quedaban todavía ciento cuarenta y cinco años por delante, porque todo loanterior le ocurrió a Doña Tortuga cuando eraaún muy chiquita, y no sabía ver, ni apreciar bientodo lo bueno, y hermoso, y lindo, que la rodeaba.
  • 12. La PájaraCarpinteray el Viejo Roble
  • 13. Un día la pájara carpintera bajó y subió cientotreinta y cinco veces del mismo árbol, después delo cual se sentó a descansar. Pero, como estabamedio aturdida, se le empezaron a ocurrir cosasque nunca se le habían ocurrido.—Podría tener un negocio de muebles finos —pensó primeramente.—O podría poner un cartel que dijera:¡SUBO Y BAJO EN ASCENSOR,CUALQUIER FRUTO Y CUALQUIER FLOR!—Y también podría dar conciertos de tamboril.
  • 14. —Pero mejor voy a empollar, aunque, en vez deempollar mis huevos, empollaré huevos de tórtolay de picaflor, de perdiz y de gorrión.Y se puso tan contenta, que bajó y subió cientosetenta y nueve veces en dos minutos por el tronco del árbol.Al final, dijo:—Mañana mismo salgo de recorrida para reunirlos huevos.Y al otro día, bien tempranito, salió de recorridaa buscarlos.Esperó a que Doña Gorriona se estuviera bañandoen el charquito, y le sacó un huevlfo. Cuando elSol estaba alto, la perdiz salió a dar su paseoy aprovechó el momento para sacarle otro huevo.—Todas las demás pájaras me envidiarán por tener pichones tan variados —dijo, y se dirigió ala casa de Doña Tórtola; sabía que aquélla era lahora en que Doña Tórtola iba de compras al mer-
  • 15. cado de bichitos, y así, tranquilamente, pudo sacarleotro huevito.—Falta la Señora Picaflor —dijo—. Iré cuandoesté en los rosales.Y esperó un ratito, subiendo y bajando tres vecespor el viejo roble. Pero, al poco rato, se llevó también un huevito, chiquitísimo, de la Señora Picaflor.—Ahora están todos —dijo—. Y se sentó a empollarlos.Esperó ansiosa varios días sin bajar ni subir porel tronco del árbol, hasta que empezaron a aparecer los pichones y, cuando estuvieron todos nacidos, anunció en el tronco del roble viejo la buena nueva.
  • 16. Las aves del bosque acudieron volando al anuncioy cuando vieron lo que ocurría, empezaron a piartodas juntas:—¡Este pichón es mío! —gritó la perdiz.—¡Y éste es mío! ¡Lo reconozco porque se parecea sus hermanos! —dijo la tórtola.
  • 17. B—¡Éste es el mío! —dijo la gorriona, llevándoseloH)ajo el ala.■—¡Estoy segurísima de que éste es mío! ¡Tiene¡jni mismo color de cola! —dijo la Señora Picaflor.HT todas se retiraron indignadas, llevándose sus■•espectivos hijos.
  • 18. —¡Me quedé sin nada! ¡Ay, ay, ay! —lloróla pájara carpintera.—¡Quería tener hijos de todas las clases y mequedé sin ninguno! ¡Ay, ay, ay!—¿Y por qué no te conformas con tener los tuyos? —le preguntó el viejo roble.—¡No me conformo nada! ¡Y de enojada queestoy, no voy a empollar ya! —dijo la pájara carpintera.Y subió y bajó por el tronco, pero subía y bajabamuy despacio, para escuchar bien lo que le decía
  • 19. el roble, que, como tiene muchos años, sabe muchas cosas y da muy buenos consejos.—Cálmese, Doña —le dijo el roble—. ¿Qué es eso,que no va empollar nunca ya1? Si no tiene ustedhijos, tampoco tendrá nietos, y entonces... ¿aquién va usted a contar cuentos en las noches invernales? ¿En? ¿Quiere usted decirme1?—¡Tiene usted toda la razón del mundo, Don Roble! ¡Eso es algo muy importante, que hay quetener muy en cuenta! Me ha convencido. Heobrado como una aturdida que soy.
  • 20. Y a la semana siguiente se puso a empollar sietehuevos, y de los siete huevos salieron siete pichones. Aquellos siete pichones se hicieron grandes yle dieron cuarenta y nueve nietos. Ahora la pájara carpintera es la que más cuentos cuenta enlas noches invernales. Y el cuento que más lesgusta a los pichoncitos nietos es el que trata deuna pájara carpintera que empolló los huevos queno eran de ella. Siempre lo cuenta de distintamanera. Y también lo escribe, grabándolo con elpico en el tronco del viejo roble. Porque al viejoroble le gustan mucho las historias de pájaros. ¡Sobre todo ésta, que él mismo ayudó a inventar!
  • 21. Los Dos Tordos
  • 22. Había una vez un tordo pequeñito, tan pequeñito, que era tataranieto de un tordo viejo, tan viejo,que era tatarabuelo del tordo pequeñito. El tor-dito apenas estaba aprendiendo por entonces avolar y buscar alimentos, pero, como todos los tordos pequeños, creía que sabía todo de todo.El tordo viejo volaba y observaba, hablaba muypoco de lo que sabía, pero en verdad sabía todolo que tiene que saber un tordo.Un día, después de mirar a su tataranieto darvueltas y más vueltas, le dijo:—Querido tataranieto, anímate y vuela más lejos.Por aquí no encontrarás nada muy apetecible.Estas encinas son muy hermosas, sobre todo ahoraque llega el otoño y las hojitas comienzan a ponerse doradas, pero, si vuelas un poco más allá,encontrarás una viña cargada de racimos.El tordito fue, voló un poquito y al rato volviósin haber visto la viña. El tatarabuelo le preguntó:—¿Encontraste la viña?
  • 23. —¡No! ¡Volé y volé por ahí, pero no encontrénada! —respondió el tordito.—Es que no miras bien.—¿Cómo que no miro bien1? ¡Miré tanto, que encontré un fruto grande, grandísimo, que debe deser riquísimo!—Me parece que estás equivocado —le dijo elviejo tordo.—¿Equivocarme yo? —le dijo el tordito, que, como sabía muy poco, creía que no se equivocabanunca.
  • 24. —Ven —le dijo el tordo viejo—. Volaremos juntosy te mostraré la viña.Empezaron, pues, a volar, dejaron atrás el bos-quecillo y cruzaron como dos flechitas negras porel cielo azul.Llegaron a la viña y el tatarabuelo exclamó:—¡Mira, mira qué hermosas están las uvas, brillantes y moradas!—¡No me digas tatarabuelo, que ésa es la frutade que tanto me hablabas! ¡Tan chiquitita! ¡Novale la pena! ¡Y no debe de ser nada rica tampoco!
  • 25. ¡TOCÍ 1 ¡ToaNo me molestaré siquiera en probarla. Y te diréademás, tatarabuelo, que la fruta que yo vi, es como107 veces más grande que ésa. ¡Entonces tiene queser como 107 veces más rica también! ¡Vamos rápido a comerla! ¡Verás! ¡Verás!..—Me parece que estás equivocado. En mis ochen-
  • 26. ta años de tordo, lie probado todo lo que existede comestible por estos lugares, y estoy seguro deque no hay fruto, por grande que sea, que valgamás que un peqeñito grano de uva —dijo el tatarabuelo, que, como sabía muchas cosas, sabíatambién que podía equivocarse. Y otra vez vola-
  • 27. ron los dos tordos, como dos flechitas, por el cieloazul.Y de pronto exclama el tordito:—¡Ahí, ahí! ¡Ahí está la fruta! ¡Grandísima yriquísima!Y aterrizó sobre una gran calabaza. Comenzó apicotearla, y siguió picoteándola y picoteándola,pero era como si picoteara un buzón. Siguió picoteando y picoteando un rato todavía, pero depronto comprendió.. . ¡Y sin decir ni pío, volóa la viña!..En la viña picoteó y comió todo cuanto quiso, yel tatarabuelo se dio cuenta de que el tordito habíaaprendido lo que todo tordo tiene que saber.—En un fruto tan chiquito está concentrada todala dulzura —dijo el tordito.Y haciéndose el asombrado, le contestó su tatarabuelo:—¡Has dicho una gran verdad!
  • 28. El León Reyy el LeopardoNarración de Beatriz BarnesIlustración de Marta Gaspar
  • 29. Hacía un montón de años que el Leopardo vivíaen la selva: una selva grandísima, toda verde, consubidas y bajadas, y toda llena de árboles y animales, flores y pájaros.El Leopardo, un día, se puso el traje de Sultány dijo:—¡Yo soy el dueño de toda la selva y de todoslos prados que hay en ella y de todas las ovejasque están en esos prados! ¡Y de todos los ríosque hay en la selva, y de los pescados que vivenen esos ríos! Un poco más lejos hay campos dondeviven grandes manadas de bueyes, y yo soy también el dueño de todos esos bueyes y de los pajaritos que se posan en los cuernos de los bueyes
  • 30. Ocurrió que un día, en una selva vecina, nació unLeón.El Leopardo se puso el gorro de Sultán y fue asaludar al León, recién nacido. Después volvió asu casa, y llamó al zorro, que era el ministro dela selva.—Señor ministro zorro —dijo el Leopardo—, lo,he llamado porque tengo muchas ganas de conversar con usted del calor que hace, del canto delas ranas, de los peces de colores, y...—Del León que acaba de nacer en la selva vecina—dijo el zorro.—¡Sí, también del León! —dijo el Leopardo Sultán.—Yo creo —dijo el zorro— que, en vez de hablar,tendríamos que pensar.—¿Pensar en qué? —preguntó el Leopardo.—Pensar qué vamos hacer con el León.—¿Y qué podemos hacer con el León? —dijo elLeopardo—. Es un León pequeñito y muy bonito.—¡Ah! ¿Sí? —dijo el zorro ministro—. ¿No sabeusted, señor Sultán Leopardo, que los días pasanunos tras otros y forman una semana, y las semanas pasan y forman los meses,, y los mesesvan pasando y forman los años, y los años vanuno tras otro hasta formar un siglo, que es comocien años juntos?
  • 31. —¡Qué montón de cosas que sabe usted, señorministro zorro! —dijo el Leopardo.—Lo que pasa es que yo tengo mucha selva —replicó el zorro—, y creo que usted no se ha dadocuenta de por qué le estoy hablando tan largamente de esa cosa que se llama TIEMPO.—No, la verdad que no, pero me gusta muchooírlo hablar de los años que pasan y se convierten,en semanas y de los siglos que se convierten endías. . .—Me parece que usted no entiende mucho de nada —dijo el zorro un poco fastidiado—, pero noimporta. Lo que quería decirle era que, cuando eltiempo pasa, los leones recién nacidos crecen, ytambién les crece la melena, y les crecen las garras, y el rugido se les hace más estruendoso, yun buen día se ponen el traje de Rey León y seconvierten en dueños de la selva. •crecen!,
  • 32. —¿De veras0? —dijo el Leopardo, sin poderlo creer.—Tal como se lo digo, señor Sultán —contestó elzorro ministro.El Leopardo pensó un poquito, y después dijo:—Entonces habrá que decirle al tiempo que nopase tan ligero.—¡Oh! —dijo el zorro, muy molesto—. Usted esmucho más tonto de lo que yo pensaba. Lo únicoposible es hacerse amigo del León, así cuando élsea rey, le deja a usted ponerse el traje de Sultán, para que lo miren con respecto las hormigas,los sapos y hasta todos los mosquitos de la selva.
  • 33. —Usted, señor ministro zorro, esta diciendo muchas cosas raras, que no me gustan nada. Yo tengo traje de Sultán, sombrero y guantes de Sultán.Y me miran con respeto todos los animales y yosoy el dueño de toda la selva. Y ahora me voya dormir, porque estoy muy cansado.—No se me duerma —dijo el zorro—. Yo queríaexplicarle que... ^Pero ya el Leopardo se había quedado dormido yel zorro ministro se fue a visitar al León reciénnacido: y como era un ministro muy zorro, alpoco tiempo era tan amigo del León, que el Leónle dijo:
  • 34. —Señor zorro, cuando yo sea grande y me pongael traje de Rey, usted va a ser mi ministro.
  • 35. El Leopardo durmió y durmió, hasta que lo despertaron los rugidos del León, que ya se habíaconvertido en un animal enorme, con garras ymelena grandísimas, y se estaba mirando en elespejo lo bien que le quedaba el traje de ReyLeón. Rápidamente mandó el Leopardo a buscaral zorro ministro. OOÜ
  • 36. —Eso mismo —dijo el León— y no pienso quitarme el traje de Rey en muchos años.—¿No? —preguntó el Leopardo.—¡No! —contestó el Rey León.—Yo se lo avisé —le dijo el zorro al Leopardomuy bajito—. Entregúele usted esos regalitos. EL REYEntonces el Leopardo le entregó al León la colección de medallas y la flauta, y el León se pusotan contento, que habló sin rugir:
  • 37. Muysorprendido el Leopardo se quitó el gorro de¡Sultán y contestó:—Puede decirme todas las cosas que quiera, peroantes me gustaría darle unos regalitos que tengoen el bolsillo.—Muchas gracias —contestó el León—. Pero tengo tantas cosas, que no creo que me haga faltaningún regalito. Mire, soy el dueño de toda laselva grande y de la selva chiquita, y de los pradosy de las ovejas, de los ríos y de los pescados y...—De los campos, de los bueyes, y de los pajaritosque se posan en los cuernos de los bueyes —prosiguió el zorro ministro.
  • 38. —No me parece. Creo que lo mejor será que lemande usted una oveja, algún buey y, si tiene unelefante que le sobre, mejor que mejor.—¡Ah! ¡No, no y no! —«lijo el Leopardo—. Yaestá usted diciendo cosas raras. Con las medallasy la flauta el León se quedará muy contento.—Hágame caso, señor Leopardo, mándele todas lasovejas y todos los bueyes y todos los elefantesque pueda. ¿No oye que el León está rugiendocada vez más cerquita?—No. Yo creo que ese que se oye ahora es el ecodel rugido de esta mañana.—¡¡ES EL RUGIDO DE AHORA!! —rugió el León,vestido de Rey—. Y se lo estoy haciendo biencerquita de su oreja, señor Leopardo. Lo que pasa,es que tiene usted el gorro de Sultán puesto yno oye ni ve nada de lo que pasa a su alrededor.Quíteselo, que quiero decirle unas cuantas cosas. ^¿T
  • 39. —¿Qué hago ahora? —preguntó—. Me quedé dormido y no me hice amigo del León, ni hablé siquiera con el Tiempo.—Eso ya no tiene remedio —le dijo el zorro—. ElLeón acaba de lanzar su rugido más fuerte, y esoquiere decir que ya es Rey y que se viene paraacá. Mejor será que le haga usted, unos regalitos.—Tiene usted razón —asintió el Leopardo—. Leregalaré mi colección de medallas y la flauta.
  • 40. —Muchas gracias —dijo—, señor Leopardo, puedeusted usar el traje de Sultán todos los días defiesta. Mañana, por ejemplo, es la fiesta de lasabejas, y pasado mañana la de las cebras, y eljueves el cumpleaños de la jirafa. Pero eso sí:¡el Rey de la selva soy yo! ¡Yo!. . .El Leopardo se volvió a poner el gorro de Sultány se fue caminando, despacito, despacito, con el.zorro. Después de pensar un ratito como de treso cuatro horas, dijo:—¡Pero mire que pasan cosas raras en la selva!—Esto tenía que pasar —le contestó el zorro—.En las selvas siempre se visa un León como Rey,y no un Leopardo como Sultán.
  • 41. —Bueno —dijo el Leopardo—, yo he sido, soyy seré el único Sultán Leopardo en la historia dela selva, y eso, señor ministro zorro, se lo contaréa todos los que pasen por acá.Tantas, tantas veces lo contó, que el cuento, talcomo yo se lo he contado a ustedes, llegó hastami casa, que queda un poquito lejos de la selva.
  • 42. El León Preparasu Ejército t ro . »y
  • 43. Pasó un tiempo y pasó otro tiempo, y un día deltercer tiempo decidió el León formar un gran ejército. En aquella selva no había nadie que quisierapelear, pero por las dudas, dijo el León, si alguna vez, cruzando los mares, llega hasta aquí unejército con ganas de pelear, nos entrontrará bienpreparados.—Esto es bastante improbable—se dijo de nuevoel León—, ya que para llegar a esta selva hayque cruzar tres grandes mares y un montón decadenas de montañas, con volcanes y todo, peroigual tengo ganas de formar un gran ejército.Así dijo el León, y todos los animales estuvieronde acuerdo.Entonces se reunieron bajo un gran alcornoque,y el León les dijo:—Esto de formar un ejército debe de ser una cosa importante. Me parece, pues, que lo mejor seráque cada uno cumpla sus funciones de acuerdocon su especial manera de ser. Pero, entretanto,pensaremos, conversaremos y al final decidiremos.Así estuvieron durante muchas horas de aqueldía y durante muchas horas del día siguiente,
  • 44. hasta que de común acuerdo decidieron:—Primero los proyectiles.—A mover las encinas y las palmeras, que caigantodos los .coquitos y todas las bellotas, y a colocarlos encima del lomo del elefante. El llevarátodos los pertrechos y utensilios que necesitemos.Así lo hicieron y después de colocar el últimoproyectil, fueron disponiendo con cuidado también,sobre el lomo del elefante, los pertrechos y utensilios que el León iba enumerando en voz alta:
  • 45. —Anteojos larga vista.—Papel de envolver.—Compás y brújula.—El almanaque del año que viene.—Trozos de cordel de cinco y ocho centímetros.—La lata de tabaco sin tabaco.—El patín.—El astrolabio.—El acordeón.—Las cantimploras con granadina.
  • 46. Se detuvo el León de enumerar y dejaron los demás animales de colocar utensilios sobre el lomodel elefante.—Todavía puedo llevar algo más —dijo el elefante con gran delicadeza.—Pues que vayan arriba los lobos, encima de todo —dijo el León—. Su función será aullar y aullar,para que todo el mundo sepa que estamos acá. Déahora el oso un paso adelante y recibirá las instrucciones.Se colocó el oso en el centro y el León prosiguió:—Tú, en caso de asalto, asaltarás.—¿Cómo? —preguntó el oso.—Muy sencillo, asaltando.—Encantado, así lo haré —contestó el oso. *
  • 47. —Adelántese el zorro —dio el León.—Aparte de mi función como simple soldado eneste ejército magnífico —preguntó el zorro, haciendo una reverencia—, ¿qué otra cosa tenéis queencomendarme %—Toma este portafolio —dijo el León—, hemosdecidido que tu tarea sea la diplomacia secreta.Ahí dentro tienes un par de guantes, un frasco deagua de colonia y un aparato a transistores connuestras claves secretas.—Estoy un poco fatigado de dar tantas órdenes,pero prosigamos —dijo el León—f. secándose lafrente.
  • 48. —Los monos distraerán al enemigo siempre quesea necesario, para que los mosquitos, siempre aJa ofensiva, puedan descargar su artillería porsorpresa.—Estamos bien dispuestos —contestaron monos ymosquitos al unísono.—Prosigamos. La cigarra y el grillo, el sapo yla rana, formarán nuestra banda musical. Susinstrumentos estarán siempre en forma, cuerdasafinadas y clavijas apretadas. La rata será laencargada de liberar con sus dientes a todo aquelque caiga en alguna trampa enemiga.Ya estaba hecho el reparto, cuando alguien, quenunca falta, dijo:—El asno y la liebre mejor será que se quedenen sus casa, el uno por torpe y la otra pormiedosa.
  • 49. —¿Cómo es eso? —preguntó el León.—Digo —respondió alguien— que la liebre y elasno mejor sería que se quedaran en sus casas.—Está usted muy equivocado, señor mío. El asnoy la liebre tendrán su empleo también en estaarmada. Y si alguna vez llega el enemigo. . .No acabó el León de completar la frase, cuandoun terrible ruido conmovió la selva por el ladoOeste. ^—¡Todos a sus puestos! —rugió el León.
  • 50. Y todos los que se hallaban presentes comenzaron aaprontarse para la lucha. Pero faltaban muchosanimales todavía.—La liebre —llamó el León.—Presente —dijo ésta, algo aturdida.—¡Pronto! Nadie más rápida que tú. ¡Ve, pues,y avisa casa por casa, a la cebra, a la jirafa, a las
  • 51. hormigas, que el momento de la lucha ha llegado!Y que todos los que no han acudido, que venganen seguida.Y la liebre partió tan presurosa, que en un periquete llegaron todos los animales que faltaban. Ycomenzaron a marchar cuando el ruido que veníadel Oeste se hacía más estruendoso.
  • 52. —¡A anunciar que llegamos! —dijo el León—. Usted, señor burro, lance el mejor y más fuerte desus rebuznos.El burro comenzó a rebuznar tanto, tan sostenidoy tan fuerte, que cuando al cabo de treinta ysiete minutos interrumpió su rebuzno, en la selvareinaba un completo silencio, como de estupor, yno se oía ni un ruidito, ni por el Oeste, ni por elSur, ni por el Este, ni por el Norte.
  • 53. —El enemigo ha huido espantado —anunció elLeón solemnemente—. Y que sirva esto de lección a los charlatanes. La liebre será para siempre nuestro correo, y el burro infundirá pavor alas tropas enemigas. Ahora descansemos —agregóel León— y mañana proseguiremos.—Me parece que metí la pata —dijo el loro, queera quien había dicho lo de la liebre y el asno.El comandante en jefe, señor León, ha dado pruebas de buen sentido y prudencia. Veremos quépapel me toca desempeñar a mí, cuando me llegueel turno.
  • 54. Porque así ocurre en ese ejército: todos tienen un,empleo útil. Loro y jirafa, cebra y tucán, liebrey asno, todos ocupan sus puestos. Y si un día,del otro lado de los tres grandes mares, o del otrolado de las largas cadenas de montañas con susvolcanes, llega hasta esa selva alguien con ganagde pelear, tendrá que vérselas con el poderoso ydisciplinado ejército del comandante en jefe, señor León... ¡que los mandará de vuelta, a puntapiés, con la velocidad de los aviones a chorro!... ^
  • 55. El Zapateroy el Hacendado
  • 56. Y así fue. Al otro día el hacendado oyó a Gregorio cantar desde el amanecer hastabien entradala noche.El hacendado, en cambio, era un hombre muysimple y nada listo. Tenía montones de cientosde monedas que cuidar, y en eso se pasaba eltiempo.Y siempre se lamentaba:—¡Ay! ¡Cómo hará mi vecino, el pobre zapatero,para dormir y ^
  • 57. —Muchas gracias, señor hacendado —dijo—. Acále dejo las cien monedas de oro que usted meregaló.—¿QUÉ?.. —preguntó el hacendado, abriendodos ojos grandísimos, de pura sorpresa.—¡Que acá le traigo las monedas de oro! —repitió Gregorio—. No las quiero tener más. Por cuidarlas, no hago otra cosa, ni tengo un momentode tranquilidad. Téngalas usted, que está acostumbrado a eso. Yo quiero trabajar en paz, dormir de noche y cantar de día.
  • 58. Sacó, pues, una tabla del piso y colocó allí labolsa con las cien monedas de oro.Pero a la noche siguiente volvió a pensar en lasmonedas, y decidió:—¡No! Las colocaré en el pozo. Allí estarán másseguras.Entonces las puso dentro del balde y bajó el balde al pozo.
  • 59. Pero, cuando estaba durmiendo, lo despertó unruido y se levantó alarmadisimo, pensando queestaban robándole las cien monedas de oro. Pero,por más que buscó y buscó, lo único que encontrófue al perro, royendo un hueso y las monedas,tranquilitas, quietas, en su lugar.Se acostó otra vez y al rato lo despertó otro rui-
  • 60. do. Salió y buscó y encontró al caballo... ¡espantándose las moscas con la cola!Después se levantó por el cerdo y por las gallinas y por la lluvia que comenzó a caer... ¡Y yaera hora de levantarse a trabajar y no había dormido nada, ni un poquito!..
  • 61. Tan cansado estaba, que apenas pudo trabajar, ymenos que menos cantar. ¡Qué iba a cantar!Al otro día tampoco cantó, ni a la noche durmió.Cuidaba día y noche el bolso con las cien monedas de oro y el tiempo apenas si le alcanzabapara eso nada más. Apenas trabajaba.. ., ni miraba los aviones..., ni nadaba..., ni se tiraba enel pasto..., ni dormía. .., ni cantaba.. .Pero, como era un hombre muy listo, un día sedijo:—¡BASTA! ¡BASTA! ¡BASTA! ¡BASTA!..Sacó las monedas del pozo y se las llevó al hacendado.
  • 62. —¿Todas para mil —preguntó el zapatero.—Todas para ti —respondió el hacendado, y regresó a suGregorio el zapatero empezó a buscar un lugarseguro donde guardar las monedas.—Las guardaré encima del ropero —dijo—, y subiéndose en un banco, las coloco con gran cuidado.: -■]•—í
  • 63. Pero, poi la noche pensó: creo que estarán másseguras debajo de la cama.Entonces las sacó de encima del ropero y las puso debajo de la cama.Pero al otro día, mientras trabajaba, se dijo:—Creo que estarán más seguras bajo una tabladel piso.
  • 64. Hay muchos días en los que no se trabaja, porque es fiesta, la Navidad, la Pascua, la batalla deSan Lorenzo, el carnaval y tantas fiestas más.Además, hay un montón de días en que no haytrabajo, y otros en que, en vez de trabajar, esmejor tirarse en el pasto, nadar, mirar todos losbichitos que vuelan, las florcitas del campo y losaviones que pasan... V *mim
  • 65. —Este hombre es un simple —pensó el hacendado—. Creí que tendría algún motivo para cantarcomo canta y dormir como duerme, pero no tienenada de nada. Le daré unas monedas de oro paraque las guarde.—Aquí tienes Gregorio. Cien monedas de oro para ti. Guárdalas bien para cuando las necesites.
  • 66. Había una vez un zapatero, pobre, que cantabatodo el día y dormía toda la noche.Y había también un hacendado, muy rico, que nocantaba nunca y no dormía casi nada.—¡Ay! —dijo el hacendado—. ¿Cómo hará mi vecino, el zapatero, tan pobre, para cantar y dormir? Yo, con todo el dinero que tengo, apenas sipego los ojos y no sé cantar ni "el arroz conleche". ¡Si pudiera ir al almacén y comprar un
  • 67. kilo de sueño bien servido! Pero, como eso no esposible todavía, a pesar de todos los inventos quese están haciendo todos los días, lo único que mequeda por hacer es ir a preguntarle a mi vecinocómo se las arregla para cantar todo el día y dormir toda la noche.Llamó el hacendado a la puerta del zapatero yle preguntó:—¿Cómo te llamas?—Dime, Gregorio, tú cantas todo el día y duermes toda la noche, ¿no es así?—Es verdad —dijo el zapatero.—Gregorio, dime. ¿Cuánto dinero guardas poraño?—¿Que qué? ¿Que cuánto dinero guardo por año?No guardo nada. Lo que gano con mi trabajo,me alcanza justito, justito para comer.—Dime Gregorio, ¿cuánto dinero ganas en un díade trabajo?—Y. . . —dijo Gregorio el zapatero—. A vecesgano un poco más y a veces gano un poco menos.
  • 68. tengo unas ganas locas de llorar. ¡Ji, ji, ji, ji!—Bueno, bueno, cálmate —dijo la hormiga, tendiéndole un pañuelo—. Suénate. Algo te prestaré, pero espero que lo que te ocurre te sirva delección. Creo que si cantas un poco y trabajasun poquito también en el buen tiempo, no te verás más en esta fea situación y te convertirás enla primera cigarra trabajadora del mundo. A lomejor hasta podrás trabajar cantando. ¿Tú sabes? A mí me gustaría hacerlo, pero para el canto soy una tonta. No sé cantar ni el pío pío.—Si quieres, algo te puedo enseñar yo —dijo lacigarra—. Y si aprendes, te convertirás en la primera hormiga cantadora.—Podríamos intentarlo —dijeron las dos a dúo.Y allí se quedaron, ensayando y practicando.Veremos qué pasa, pues, este verano. Si es queno las contrata algún circo para llevarlas al extranjero, tendremos por primera vez en nuestrojardín una hormiga cantadora y una cigarra trabajadora, f^
  • 69. La Cigarray la HormigaNarración de Beatriz BarnesIlustración de Marta Gaspar
  • 70. *.* *
  • 71. —¡Un momento, señora cigarra, un momento! —dijo la hormiga—. A usted el tiempo se le hizocorto, porque no hizo nada más que cantar y bailar, pero para mí fue muy largo porque no hiceotra cosa que trabajar y trabajar, y recuerdo ahora que el día aquel que acarreaba la madreselvadel cerro, usted me vio pasar varias veces y ni sele movió un pelo, digo una antena, para ayudarme.—¡No la habría visto, doña hormiga! —dijo la cigarra—. Créame usted, la habría confundido conotra hormiga. Aquel día estaba ensayando precisamente "La torre en guardia", que siempre mesale mal.—Bueno —dijo la hormiga—, sigue ensayándolaahpra. Yo estoy cansada, cansadísima de tantotrabajar, y me voy a retirar a mi cuarto, a descansar unos meses.—¿Pero qué me dice de mi pedido? —preguntóla cigarra.—Nada —dijo la hormiga—. Si te bastó el cantoen el verano, que te baste el baile ahora, en invierno. ¡Baila, baila!. . ¡A lo mejor entretienesasí un poco el hambre!—Pero es que en el verano yo cantaba para míy para todos los que pasaban, pero ahora es invierno y no pasa nadie. Y además tengo muchofrío, y además tengo mucho hambre, y además
  • 72. éstos de cebada, estos pétalos de malvón y todala madreselva del céreo, varias doeenitas de alasde mosca azul y pa.jitas de todo grosor.—Bueno, por eso, doña hormiga, por eso es, precisamente, que me permito pedirle prestado esascositas para poder pasar el invierno.Y sacó de nuevo la libreta del bolsillo.
  • 73. —¡Un momento, un momento! —dijo la hormiga—, No cree confusiones. Y no me distraiga. Yole preguntaba a usted por qué no había guardadoen todo el verano un solo grano de trigo para elinvierno.—Bueno, dos o tres guardé, pero, como le decía,el tiempo no me alcanzó.—¡Qué extraño! —dijo la hormiga—. Fue el mismo tiempo que tuve yo, y a mí me bastó perfectamente para juntar todos estos granos de trigo,
  • 74. /•—Pues a mí no —dijo la hormiga—. Yo trabajatoda la noche. De día descansaba un poco, y vuelta a cargar los fardos a la espalda. ¡Todo el tiempo trajinando por los senderos del jardín!—¡Ah! ¿Sí? —dijo la cigarra—. Entonces me habría oído cantar alguna vez. ¿No1?
  • 75. —¿Alguna vez1? Te oí todo el verano, dale quedale, todo tu repertorio: La farolera tropezó, Estaba la pájara pinta y Cu cu cu cú, cantaba larana.—También cantaba Mambrú se fue a la guerra. .. rrSi no lo oyó, se lo puedo cantar ahora mismo—dijo la cigarra, y empezó:—MAMBRÚ SE FUE A LA GUERRA, CHIRI-B1N
  • 76. —Un momento —dijo la hormiga—. No tantoejém, ejéni, ejém. Contésteme con precisión. ¿Cómo es que, con tan buena cosecha, no tiene ustedun solo grano de nada?—Bueno, bueno... A eso iba. Resulta que esteverano se me pasó muy ligero. Por la mañana medespertaba y cantaba, al mediodía comía y cantaba, de noche bailaba y cantaba. Después. . . lie-
  • 77. gaba la hora de descansar un poco hasta el otrodía, en que me despertaba y cantaba, comía ycantaba, bailaba y cantaba... ¡Y ya se había pasado otro día!... ¿Ve usted, doña hormiga, lo li-gerito que se me pasaban a mí los días?
  • 78. —En el departamento de al lado vive la hormiga.Le pediré prestado algo para comer.Y golpeó a la puerta, hasta que la hormiga leabrió.—Buenas tardes, doña hormiga —dijo la cigarra—.Querría hablar con usted de un pequeño problema. Resulta que se me han acabado las provisiones, el invierno promete ser largo y duro y, comosé que tiene usted su despensa llenita y no dudode su buena voluntad, me permito hacer el siguiente pedido.Sacó de su bolsillo una libreta y, poniéndose loslentes, leyó: 5 docenas y media de granos de trigo 33 granos de cebada sin cascara 33 cascaras de granos de cebada 10 docenas y media de gusanitos finos 29 hojas de...—¡Un momento, un momento! —dijo la hormiga—.Por lo que veo, esa lista que usted piensa leerme,pide cinco pies de hombre y tres de niño. No creausted que voy a escuchársela aquí, de pie, en lapuerta de mi casa, con este frío. Pase y siéntese.—¡Qué suerte! —pensó la cigarra—. Parece queestá de buen humor. A lo mejor, hasta me daunas florecitas de malvón, para celebrar mi cumpleaños.
  • 79. OPero una vez que estuvieron dentro, sentadas enla sala, y cuando la cigarra se disponía a continuar leyendo su lista, la hormiga la interrumpió:—Vamos a ver, señora cigarra. ¿Cómo es que usted se ha quedado sin un grano? ¡Mire que esteaño la cosecha ha sido muy buena!—¡Ejém! ¡Ejém! ¡Ejém! —dijo la cigarra—. Loque pasa es que... ¡Ejém! ¡Ejém! ¡Ejém!...
  • 80. Aquel verano la cigarra cantó más que nunca.Cantó por la mañana, cantó por la tarde y cantópor la noche. Pero, a medida que se iba el verano, pasaba el otoño y llegaba el invierno, fue dejando de cantar porque, con el frío, el canto, apenas salía de su garganta, se transformaba en untornillito congelado.—Bueno —dijo—, por ahora no cantaré más. Memeteré en mi casa y esperaré a que vuelva el hermoso verano.Durante algunos días comió un poquito de gusanoy algún poquito de trigo, que había en la despensa, pero a eso de los tres o cuatro días, toda lapoquita comida se le acabó. Y entonces dijo:
  • 81. El Labradory sus Hijos
  • 82. —En algún lugar hay un tesoro escondido. Nosé dónde se encuentra. Pero , con un poco de trabajo, lo hallaréis.—Nunca nos habías hablado de eso antes —dijeron los hijos.—Esperaba este momento —les respondió el anciano padre—. Ahora os diré lo que tenéis quehacer.—Cuando terminéis de cosechar el trigo, el linoy el maíz que se ha sembrado este año, cavad, registrad, removed la tierra palmo a palmo. . . ¡Nodejéis ni un pedacito sin remover y de seguroque encontraréis el tesoro enterrado!. . El viejo labrador murió y sus dos hijos esperaron hasta la cosecha.Cuando los campos estuvieron maduros, comenzóla siega y los hijos trabajaron con más ahíncoque nunca, para terminar de una vez y ponersea buscar el tesoro. No les gustaba mucho trabajar, pero eran bastante ambiciosos. Cuando terminó la cosecha, uno de ellos le dijo al otro:—Nos repartiremos el trabajo; tú removerás elcampo de trigo y el de girasol, yo, el de lino yel de maíz.El otro aceptó e inmediatamente se pusieron acavar.Trabajaron todos los días de muchos meses congran entusiasmo. A cada golpe de azadón les pa-
  • 83. recia que iba a aparecer el tesoro y así seguían /Vremoviendo y removiendo la tierra,
  • 84. Cuando el viejo labrador estaba para morir, llamóa sus dos hijos y les dijo:—Quiero hablaros a solas y con tranquilidad; estoy muy viejo, así que voy a morir; pero antesquiero deciros un secreto. Esta tierra fue de mitatarabuelo, y después de mi bisabuelo. Cuandoél murió, la recibió mi abuelo, y después mi padre. Ahora ha sido mía, pero yo ya no puedotrabajarla. Así que, en adelante, vosotros seréislos dueños de la tierra, y todo lo que hay en ellaos pertenecerá.— Y agregó:
  • 85. —¿Qué te parece si, ya que tenemos el campo tanremovido, sembramos un poco1? ¡Así, mientras seguimos buscando, crecerá el trigo! Y podemossembrar también lino, maíz, girasol. . . ¡De todo!..—Me parece muy bien —dijo el otro.Y mientras uno sembraba, el otro seguía removiendo y removiendo, hasta que no quedó más queun pedacito de tierra de la extensión de un zapato.Entonces uno le dijo al otro:—Queda solamente este pedazo de tierra, no creoque haya aquí ningún tesoro.Y era verdad, removieron aquel pedacito de tierray no había nada.Pero, mientras tanto, el trigo, el lino, el maíz yel girasol habían crecido y, de la tierra tan removida y trabajada, habían salido espigas y mazorcas que parecían de oro; las flores rojas y azulesdel lino brillaban como piedras preciosas bajo laluz del Sol: los girasoles eran enormes y brillantes como las monedas que guardan los piratas ensus cofres. . .Entonces uno de los hermanos le dijo al otro:—¡Mira el campo! ¡No parece el mismo de antes!¡Parece un!. .—¡Parece un tesoro! —dijo el otro.—¡Sí! ¡Un enorme tesoro!—¡Y lo hemos hecho nosotros!
  • 86. Cuando les faltaba un poquito para terminar y aúnno habían encontrado nada, uno le dijo al otro:
  • 87. —¡Removiendo la tierra palmo a palmo!—¡Un tesoro que lia salido del fondo de la tierra!—¿Te parece que sabría esto nuestro padre %Y en aquello pensaban aún, mientras recogían laespléndida cosecha.Así que, año tras año, volvieron a remover latierra bien a fondo, y a sembrar y a recoger.Hasta que estuvieron viejos y cansados.Entonces llamaron ellos a sus hijos y les dijeronbajito:—En el campo hay un tesoro escondido.. .Y los hijos removían la tierra con tanto vigor yentusiasmo, que todo lo que nacía, crecía fuertey hermoso, y brillaba al Sol como un tesoro.. .Entonces los hijos se daban cuenta, pero siemprese preguntaban, mientras recogían las cosechas:—¿Sabrían nuestros padres de estas cosas?Y el trigo y el lino y el maíz y el girasol lesdaban la respuesta.1
  • 88. El Carreteroy Atlas
  • 89. Había una vez un campesino que se llamaba JuanEra un hombre muy bueno, pero un poco distraído y muy protesten. Si una mosca lo picaba,Juan protestaba como si un elefante le hubierapisado un pie; si tropezaba con una piedrecita enel camino, refunfuñaba como si hubiera chocadocon un buzón.Lo llamaban Juan Kegaña.
  • 90. Juan Regaña tenía una carreta, y con su carretaiba a todas partes. Si cosechaba papas, en la carreta las llevaba al mercado. Cuando necesitabaleña, al bosque iba con su carreta a buscar losleños. Y cuando el trigo maduraba, cargaba Juanen su carreta las gavillas doradas y las llevabaal molino. Claro que siempre le ocurría algo. Algoque a los otros campesinos nunca les ocurría.Entonces Juan apretaba los puños y saltaba hastael techo, bajaba y volvía a saltar. Protestaba todolo que podía, y tan fuerte, que los vecinos decían:—¡Ahí está otra vez regañando, Juan regaña!Un día cargó la carreta con leña, se puso el sombrero hasta las orejas, subió y tomó las riendas,diciendo:—¡Ale, ale, caballos!
  • 91. Pero la carreta no se movió. Juan apretó lospuños, tiró el sombrero al suelo, y vio entoncesque los caballos comían muy tranquilos en el prado. ¡Se había olvidado de engancharlos al carro!Otro día sacó una rueda y la limpió hasta dejarla reluciente. Después subió a la carreta e intentó hacerla marchar, pero la carreta no se movió.Juan protestó y regañó, hasta que vio la ruedasobre el pasto. ¡Claro, se había olvidado de colocarla!Así iban las cosas hasta que un día Juan cargóla carreta con heno y salió rumbo al pueblo. Lacarreta estaba completa y los caballos enganchados a la carreta. Era una mañana preciosa y Juanse encontraba de muy buen humor. Bueno, notanto como muy bueno, pero sí bastante bueno,tratándose de Juan Regaña.
  • 92. —¡Atlas! —seguía llamando Juan Regaña.—¿Para qué gritas tanto, si te estoy oyendo1?—dijo Atlas.—¡ATLAS! —seguía gritando Juan, tan fuerte ycon tanta rabia, que no veía nada de nada—. ¡Maldición de las maldiciones malditas! —tronaba yvociferaba Juan, dando saltos y brincos de rabia.Y de pronto, en un salto de aquellos, dio con lacabeza en la copa del gran roble y vio allí a Atlassentado. A pesar de que hacía más de dos horasy media que llamaba y gritaba, se soprendió tantode verlo, que cayó sentado y no se levantó.—¿Qué te ocurre"? —le preguntó Atlas.—¿No ves lo que me está ocurriendo? —replicóJuan Regaña.—Lo que veo es que no pasas de ese roble yhace rato que estás ahí vociferando.—¿Cómo voy a pasarlo, si eso es lo que me ocurre,que se me atascó la carreta y no va ni para atrásni para adelante?—¿Has probado otra cosa que no sea gritar ymaldecir? —preguntó Atlas.Pero ya Juan no lo oía. Clamaba, saltaba, gritaba:—¡Tú, Atlas, sólo tú, puedes ayudarme!—¿Yo? —dijo Atlas—. Si fuera para levantar unmundo, todavía. Pero de carretas entiendes tú,que eres carretero. ¿Por qué no tienes calma y
  • 93. miras bien? La rueda está llena de barro, lím-piala, por lo pronto, Juan.Y Juan limpió la rueda de prisa.—Hay una piedra muy grande. Toma, pues, elpico y pícala, Juan.Y Juan picó la piedra, ¡bien picadita!—Hay un pozo, cúbrelo de tierra.Y Juan lo cubrió de tierra hasta el tope.—Ahora toma el látigo.
  • 94. Mientras iba en su carreta, disfrutaba del cantode los pájaros y de las encinas movidas por elviento. En el camino se cruzó con el panadero,con el pastor y con el lechero, que estaban haciendo su trabajo, y a todos los saludó amablemente.Al rato de marchar y marchar llegó a ciertopunto del camino donde, al pasar al lado del granroble, se le atascó la carreta.Juan estaba de buen humor. . . y no protestó. Bajó,miró la carreta por todos lados, habló en voz bajacon los caballos, y volvió a subirse a la carreta.Pero la carreta no se movió.Entonces Juan tiró su sombrero, que salió volando, y junto con el sombrero voló el buen humorde Juan Regaña.Dijo y gritó tantas maldiciones, que mejor seráno reproducirlas aquí. Llenaríamos como tres páginas y media y resultaría muy aburrido leer trespáginas y media de las maldiciones de Juan Regaña, ^r^Pero, aparte de maldecir, Juan se acordaba deAtlas, un dios muy forzudo y grandote que hacemuchísimos millones de años dicen que llevó uninundo entero sobre sus hombros.—¡ATLAS! —gritaba Juan Regaña—. ¡Tú, quetienes tanta fuerza y una vez llevaste un mundosobre tus hombros, bien puedes ayudarme a sacarla carreta de este atolladero!
  • 95. / I I
  • 96. —Atlas, ayúdame porque ya estoy perdiendo toda lamucha, muchísima paciencia que tengo!Durante dos horas y media Juan gritó tanto ytan fuerte, que a pesar de que Atlas no levantamás mundos y hace montones de años que andavolando por ahí, muy tranquilo, oyó las protestasy las súplicas de Juan Regaña atascado en elcamino.Entonces se fue para abajo volando y se sentóen el gran roble.
  • 97. Juan tomó entonces el látigo y la carreta partióligerito, ligerito.—¡Gracias, xtlas! ¡Cómo me lias ayudado! —decíaJuan, que ni cuenta se daba de que todo el trabajo lo había hecho él mismo, pero razonando ysin quejarse, con la cabeza serena. ¡Te llamarétodas las veces que te necesite!—¿Qué? —dijo Atlas—. ¿Hacerme venir volandopor estas simplezas1? Cuando te ocurran esas co-
  • 98. sas, mejor te llamas a ti mismo a la calma.—¿La calma? ¡No la conozco! —dijo Juan.—Te vendrá bien conocerla, porque gritas y maldices como si fueras JUAN REGAÑA.—¿Juan Regaña? ¡Ese soy yo! —dijo boquiabiertoJuan.Pero ya Atlas volaba tan alto, que no lo oyó. Asíque nunca supo que sí, que en verdad Juan erael verdadero Juan Regaña.Claro que desde aquel día Juan recurrió a la calma, y entonces protestó cada vez menos. Hastaque ya no fue más Juan Regaña, sino Juan...¡Juan a secas!. .Q
  • 99. La Lecheray el CántaroNarración de Beatriz BarnesIlustración de Marta Gaspar
  • 100. f t 1 I lili M I ( I I / I 11 I I p r r t t / I I I I t I I I I I /11 i i 11 t ,,, ,t i t r r * r r t11 / ,r 11 t r t t r l r • r > r r r r t iHabía una vez una lechera que tenía un cántaropara llevar la leche.Una mañana colocó el cántaro sobre su cabeza y,muy contenta, se encaminó hacia el pueblo.Como era una muchacha muy ágil, llevaba el cántaro con la misma comodidad con que nosotrosllevamos el pelo. Y aunque el camino bajaba ysubía, subía y bajaba, ella iba muy derechita, mirando para un lado y para otro, para arriba ypara abajo, sin que el cántaro se le cayera. Mi-
  • 101. raba y pensaba. Pensaba que iba a cumplir añosotra vez. Pensaba que se acercaba el tiempo decomer otra vez helados. Pensaba que tenía queaprender la tabla del seis... Y de pronto pensóen el cántaro, en la leche y en el dinero que sacaría de la venta de la leche. ..Entonces caminó un poquito más ligero.—Con el dinero que saque de la venta de la leche, compraré..., compraré diez huevos... ¡Sí,me compraré diez huevos! ¡Y me los comeré batidos con azúcar!..—O mejor, no, me compraré cincuenta huevos.¡No! ¡Mejor me compro cien huevos! ¡Y en elverano tendré cien pollos!..Y caminó más ligero, pensando en los hermosospollos que la rodearían en el verano, haciendo pío,pío, pío...—¡Tendré que hacerles una buena casa cerca demi cabana, no vaya a ser que el zorro me loscoma!..Y cuando crezcan, los venderé... Y con el dinerode la venta me compraré un cerdo... ¡Sí, mecompraré un cerdo y lo alimentaré con las bellotas de la encina grande! ¡Y el cerdo crecerá tanto, tanto, tanto, que tendré que hacerle un corralde cinco metros de largo y de tres metros y medio de ancho! ¡Y cuando sea el cerdo más grandedel pueblo, lo llevaré y lo venderé y sacaré un
  • 102. enorme montón de dinero! ¡Mucho, mucho dinero!..Y caminaba más ligero y paliiioteaba de alegría.—¡Será un montón de dinero grande como el cerdo! ¡Y con el montón de dinero me compraré unternero y una vaca! ¡Sí, sí, sí! ¡Una vaca y unternero! ¡Una vaca y un ternero!. .
  • 103. fMMülj//MU I MI // /// /yY ya la lechera corría y saltaba.—¡La vaca cuidará al ternero! ¡El ternero brincará y saltará! ¡Será gordo y lustroso! ¡Gordo ylustroso!..Y ya veía al ternero y a la vaca corriendo porel prado. Lo cual le produjo tal alegría, que empezó a saltar y girar como un trompo. . . Tanto
  • 104. y tanto saltó y giró, que el cántaro... al suelocayó!. .Entonces la lechera se detuvo. Se detuvo y mi-ró.. . Miró cómo la leche se había derramado.. .Y junto con la leche, la vaca y el ternero, elcerdo y los pollos, los pollos y los huevos.. . ¡Todo, todo, había desaparecido de un golpe !..M — CL.
  • 105. La Zorray las Uvas LNarración de Beatriz BarnesIlustración de Marta Gaspar
  • 106. DQDEn Normandía, un lugar que queda bastante lejos,hubo una vez una zorra muy arrogante.Tenía la cola lustrosa, los ojos brillantes y unprecioso modo de caminar. Deseosa de conocer elmundo, la zorra decidió salir de viaje, siempre caminando, sin rumbo fijo, para un lado y para otro.
  • 107. Anduvo y anduvo, comiendo lo que podía, pero alcabo de algún tiempo, le empezó a resultar difícilencontrar alimento.Cada vez pasaba más hambre y cada vez sus ojosbrillaban menos y cada vez su cola era menos lustrosa; hasta su modo de caminar era menos lindoque antes, pero igual seguía siendo una zorra deNormandía muy arrogante.Llegó un día en que tuvo una hambre grandísima,buscó más afanosamente todavía que los días an-
  • 108. teriores. No encontró nada digno de ser comido,pero de pronto, al mirar para arriba, vio una vidque crecía entre las piedras, cargada de uvas riquísimas.
  • 109. Tenían un color rojizo tan hermoso, que la zorrade Normandía las miró y se relamió. Levantó unapata y la bajó, después levantó la otra y la estiró todo lo que pudo, pero ni siquiera las pudorozar. Entonces trató de saltar, pero nada, las uvasparecían cada vez más altas y el Sol las hacíabrillar con reflejos más multicolores. Saltó y saltóla zorra, pero, al no poder alcanzar las uvas, dijopor fin:—¡Están verdes!
  • 110. Pero las miró y las uvas brillaban cada vez más.—Es un espejismo —dijo la zorra—. Es mentira.¡Están verdes!Las miró otra vez, y la verdad era que estabanmás rojas, y debían de estar muy ricas.—Todavía les falta mucho para madurar —dijo lazorra—. Y a pesar de estar tan cerquita de mi patano las agarro porque no me gustan las uvas verdes.¡Y ni siquiera las voy a mirar más!Pero las miró un poquito otra vez: las uvas estaban bien, ¡pero muy bien maduras!..
  • 111. —Y ya en seguida me voy a ir —continuó diciendo la zorra—, porque no vale la pena que me quede acá parada, mirando unas uvas que se estánponiendo cada vez más verdes.Después, dio media vuelta y se alejó. Y al llegara un recodo, dobló la cabeza y las miró por última vez.—¡Uyyyyyyy, ahora están más verdes todavía quenunca! —dijo.Y las uvas seguían reluciendo bajo el Sol del verano.
  • 112. —¡Estaban verdes, estaban cada vez más verdes,estaban verdes del todo y no las comí porque nome gustan las uvas verdes!..Yo no sé si en verdad la zorra aquella creía loque decía. ¿Pero qué otra cosa podía hacer aquella pobre zorra de Normandía?1
  • 113. El Cuervoy el Zorro
  • 114. La otra mañana, muy tempranito, el cuervo salióa desayunar. Miró y miró y al final eligió la ramade un roble y allí se posó. Sacó un queso de debajo del ala y se lo puso en el pico.El zorro, que también se había levantado temprano y andaba por allí, dando vueltas, sintió el olordel queso y siguiendo el olor, derechito, derechito,doblando un poquito para acá y otro poquito paraallá, y otra vez derechito, llegó hasta el roble enel cual estaba el cuervo.
  • 115. —Buenos días —dijo el zorro—. Linda mañana.¿Verdad? Mire usted, apenas me desperté, oí unoscantos tan preciosos, que me pregunté: ¿cuál seráel pájaro que canta tan lindo? Busqué y busquéy no encontré nada. Llegué hasta aquí y ahoraque lo veo a usted, tan elegante, tan lustroso, tanbien parado, tan, tan, tan... La verdad es que nohay palabras para decir lo hermoso que usted seve, don Cuervo. Solamente digo: Esas cancionesque oí, sólo de su garganta, de su pico, puedensalir. En fin, señor Cuervo, yo creo que habríaque nombrarlo a usted emperador de estos bosques y también de los otros, y de los de más allá.
  • 116. —Aquí estoy, ansioso, esperando a que cante usted
  • 117. para tener el privilegio de oirlo en la primera fila.
  • 118. ¡Adelante!Es un poco extraño, pensó el cuervo, jamás entoda mi vida de cuervo, me pidió nadie que cantara, y a lo mejor lo hago muy bien. Si el zorro,que tiene tanto mundo, lo dice, debe de ser verdad.¿Qué canción cantaré? Podría ser aquella que sabía de chico. ¡Claro! ¡Cantaré aquélla! Creo que
  • 119. la recuerdo toda muy bien.—Pronto, don Cuervo, pronto. Nunca sentí tantaansiedad —dijo el zorro.Se atusó el cuervo las plumas, se irguió, abrió elnegro pico y... ¡el queso cayó justo, justito, enla boca del zorro!
  • 120. —¡Qué tonto fui! —se dijo el cuervo— ¡Creermetodo lo que me dijo! Se está comiendo el queso yyo sin nada. Eso me pasa por vanidoso. Mejorme voy ligerito, antes de que se me ría en lacara, que eso sí que no podría soportarlo.Y se fue disimulando, silbando bajito, pues silbares una cosa que este cuervo sabe hacer bastante
  • 121. El Burroy el Lobo
  • 122. Por un camino verde, verde, verde, iba Don Burro caminando.Mira para arriba, mira para un lado, mira parael otro, mira para atrás... Y de pronto pisa unclavo, que estaba en el camino verde, verde, verde, y se lo clava en la pata, justo, justito, cuando iba a mirar para abajo.—¡Paaa! —dijo don Burro, y se sentó.—¡Lo que me viene a pasar! No me duele mucho,pero igual tengo ganas de llorar, así que llorarécon todas las ganas que tengo.Lloró y lloró, con la pata en el aire, hasta que secansó. Entonces apoyó la pata en el suelo paraseguir caminando y ¡Ayyyyyy! ¡Cómo le dolió!..Entonces lloró con muchas más ganas todavía.
  • 123. Miró para arriba, miró para abajo, miró para unlado, miró para el otro.¿Y quién estaba allí, muy orondo, frotándose lasuñas?.. ¡El Lobo!
  • 124. Claro, Don Burro no podía escapar, ni podía siquiera tenerse en pie, así que movía la pata, lacola, lloraba y gemía, se agarraba la cabeza conlas dos manos y decía:
  • 125. —¡Ay, Ay, Ay, señor Lobo!.. —(pero, mientrastanto, pensaba: de alguna manera tengo que salvarme).—¡Ay, Ay, Ay, señor Lobo!. . —(pero, mientrastanto, pensaba: ya sé, le diré que él es tan bueno,etc., etc., y que sabe tantas cosas, etc., etc., quea lo mejor hasta de médico
  • 126. —¡Ay, Ay, Ay, señor Lobo! ¡Mire usted cómo meestoy muriendo! ¡No me deje morir así, sufriendo tanto! ¡Ay, señor Lobo, qué dientes tan grandes y preciosos que tiene usted! Parecen hechosa propósito para sacar clavos!—¿Te parece? —preguntó el lobo.—Claro que sí. Antes de que muera, pruebe, sá-
  • 127. queme el clavo de la pata, y después, cuando memuera tranquilo, porque con clavo o sin clavoigual me voy a morir, cómame usted en recompensa, todo, enterito, de la cabeza a los pies.—Y si te saco el clavo, ¿por qué te vas a morir?—¡Porque sí! —contestó Don Burro—. ¡Porqueestoy muy mal! ¡Ay, Ayyyy! ¡Haga usted rápido lo que tiene que hacer, que lo único queinteresa acá es que yo pueda morir tranquilo, sineste dolor!..—Bueno, si es así —dijo el Lobo—, sacaré dosdientes de mi estuche y una uña bisturí... ¡Aver, déme la pata!..—Esta es una operación de cuidado, pero, paramí, que tengo tanta práctica, es sólo una patacu-ritis sencilla.—¿Dolerá mucho? —preguntó Don Burro.—Alargue bien esa pata y no se me acobarde.Procederé. ? TAC £¡TS
  • 128. —¡AY, AY, AY! —decía el burro, y pensaba:ahora es el momento, mientras tiene mi pata derecha, no, la izquierda, no, la derecha, qué lío...Bueno, cuando me saque el clavo de esta pata, yocon la otra le doy una...Y, en efecto, el buen Don Burro le dio tal directoa la mandíbula del Lobo, con su guante de boxeador, que todos los dientes del Lobo cayeron desu estuche con gran estrépito. V 1 É 5¿ i 1 PJ
  • 129. Aprovechó entonces Don Burro, corre que te corre, escapando por el camino verde, verde, verde,y el Lobo se quedó solo, muy solo, con unas ganas de llorar...Y ya que tenía tantas ganas de llorar, lloró:—¡Ay,Ay! ¡Infeliz de mí! ¡Yo, que tenía un buenoficio como lobo carnicero, ahora he quedado sinlos dientes, por meterme a lobo curandero!1