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La Revista Sole es un medio de comunicación digital, escrito e independiente, que promueve el periodismo narrativo y de investigación en Colombia y en Latinoamérica.

Aquí encontrarán historias cercanas y remotas de personajes cotidianos, comunes y corrientes, que posiblemente jamás saldrán en los medios masivos de comunicación, a menos que sean protagonistas de una gran tragedia. Historias fascinantes y dignas de ser conocidas y leídas por buenos lectores que no se satisfacen con las noticias del día, despachadas con velocidad por las agencias informativas.

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Revista Sole (Fiesta del Libro y la Cultura, Medellín septiembre 12 - 21 - 2014)

  1. 1. /revistasole @revistasole Historias para leer de principio a fin www.revistasole.com El ventrílocuo que se enamoró de su muñeca Hace poco más de 30 años Carlos Domínguez se separó de su mujer y fabricó una muñeca de látex que definiría su historia. Se convertiría en ventrílocuo, la llevaría en una valija con él a todos lados, le compraría ropa, le haría zapatos a medida… Y se enamoraría de ella. PAG 5.
  2. 2. La Revista Sole es un medio de comunicación digital, escrito e independiente, que promueve el periodismo narrativo y de investigación apuesta Así como nos enseña el cronista colom-biano Ernesto McCausland (1961-2012), reivindicamos los géneros narrativos y la crónica en particular para dar cuenta de esa infinidad de historias que suceden a nuestro alrededor, porque creemos que a través de ellos nos aproximamos de manera genuina a esos personajes y a esas realidades que queremos entender. "No defiendo la crónica por algún motivo romántico, de poeta nostálgico –decía McCausland–. Lo hago porque creo que,a través del aprovechamiento pleno de los recursos del lenguaje, del vuelo del espíritu que ella implica, de las herramientas estilísticas que aporta, de la honestidad que demanda, de su exploración real del ser humano, nos aproximamos más a la verdad". Nuestra esencia, nuestro ADN, es el interés por buscar y contar historias que nos sorprendan, que nos conmue-van, que nos hagan reír o llorar, o las dos al mismo tiempo. Eso sí, con la intención de que nunca pasen desaper-cibidas. Historias bien contadas, con rigor, profundidad y contexto, para aproxi-marnos a ese complejo universo de realidades existentes en Latinoamérica y el mundo. Queremos publicar historias que sean leídas con interés en cualquier remoto lugar de nuestro continente y nuestro planeta, historias para leer con pasión de principio a fin. Aquí encontrarán historias cercanas y remotas de personajes cotidianos, comu-nes y corrientes, que posiblemente jamás saldrán en los medios masivos de comu-nicación, a menos que sean protagonistas de una gran tragedia. Historias fascinan-tes y dignas de ser conocidas y leídas por buenos lectores que no se satisfacen con las noticias del día, despachadas con velocidad por las agencias informativas. Filosofía 2 en Colombia y en Latinoamérica. Una el periodismo narrativo por Créditos: Edición: Rafael Alonso Mayo Impresión: Divegráficas Diseño: Angie Heredia Foto Pablo Tosco
  3. 3. Héctor Lavoe es contratado en Medellín por un grupo de mafiosos que le piden que cante una y otra vez la más popular de sus canciones. Lavoe se disgusta y junto con varios de sus músicos es retenido. ¿Qué ocurrió esa noche en la ciudad de la eterna primavera? La historia me la contó un taxista, después de la medianoche, mientras íbamos por la transversal superior en dirección sur - norte, de El Poblado hacia Medellín. En un comienzo, me costó trabajo creerla, pero luego la vida me dio pruebas más que suficientes de que era real. El taxista me dijo, señalando con un dedo un barranco, al lado de la avenida, que en medio de la noche, junto a un resalto en el pavimento, tuvo que disminuir la veloci-dad y se le apareció un tipo vestido de frac y descalzo. El hombre saltó a la vía como si fuera un gato y se quedó parado en la mitad. Se veía que estaba asustado. Le dijo que lo llevara a un hotel. Que iba sin un dólar. Le dijo que era Héctor Lavoe. Que estaba cantando en una fiesta de mafiosos y la cosa se había puesto muy pesada. Que estuviera tranquilo, que en el hotel le pagaban la carrera. El taxista no le creyó. Sin embargo, le abrió la puerta, lo dejó subir y se quedó mirándolo por el espejo retrovisor. Luego, le dijo: -Qué pena, señor, pero para yo creerle ese embuste, me va a tener que cantar “Yo soy el cantante” si quiere que lo lleve al hotel. Héctor Lavoe se mostró contrariado y después se indignó: -Mi pana, ¡pero si por eso fue el problema! ¡Un tipo de esos me hizo repetir como diez veces esa canción, amenazándome con una pistola! ¡Y yo me mamé y le dije a la orquesta no canto más, apaguen los equipos! El taxista insistió. Trató de explicarle que el de ellos era otro caso. Qué él estaba haciéndole un favor. Que lo había recogido sin saber quién era él. Que había acepta-do llevarlo hasta el hotel sin que le pagara la carrera y que la única manera que tenía de comprobar que él sí era Héctor Lavoe, era oyéndolo cantar esa canción. Héctor Lavoe no discutió más y empezó a cantar: Yo soy el cantante / que hoy han Por Juan José Hoyos Crónica 3 venido a escuchar / lo mejor del reperto-rio a ustedes voy a brindar. / Y canto a la vida / de risas y penas / de momentos malos / y de cosas buenas. Vinieron a divertirse / y pagaron en la puerta / no hay tiempo para la tristeza /vamos, cantante, comienza. El taxista dice que cuando oyó la primera estrofa se le pusieron los pelos de punta. ¡El que cantaba era el mismísimo Héctor Lavoe! ¡Nadie más podía cantar así! Lavoe, tal vez sintiéndose un poco humillado, pero contento porque el taxi por fin lo llevaba hacia el hotel, siguió cantando: Y nadie pregunta / si sufro si lloro / si tengo una pena /que hiere muy hondo. Yo soy el Cantante / porque lo mío es cantar / y el público paga / para poderme escuchar. El taxista dice que esa noche, mientras llegaban al Hotel Intercontinental, Lavoe cantó toda la canción, de principio a fin. Cuando él estacionó el taxi junto a la puerta principal del hotel, tal como el cantante le había prometido, uno de los managers del conjunto bajó de su habita-ción y le pagó la carrera. Se despidieron como un par de amigos. -No se le olvide: recogí a Héctor Lavoe en el mismo punto donde lo recogí a usted. El tipo salió de un matorral –me dijo el taxista, cuando nos despedimos. Un tiempo después, le conté la historia a Umberto Valverde, en Cali, donde Lavoe era un ídolo. Él dijo, abriendo los ojos: ¡Todo eso es cierto! Y me mostró unos testimonios de varios músicos de la orquesta de Héctor Lavoe. Gilberto Colon Jr. recuerda así el episodio: “Para llegar a la casa era necesario viajar por helicóptero o ir a pie. Al llegar a la montaña, el conductor del autobús dejó a la banda. De ahí en adelante, tuvimos que caminar, subiendo una colina empinada, por más de media hora, para llegar a la residencia. No había otra manera de llegar a ese lugar tan privado y distante...” Eddie Montalvo, el conguero, también estaba presente y recuerda: “Como Larry Landa perdió su vuelo, no pudo llegar a tiempo para ver el espectáculo. Su ausencia causó un problema para Héctor. Los músicos no tenían un repre-sentante para protegerles contra los guardaespaldas en esa residencia. El contrato les exigía a Héctor Lavoe, Vicentico Valdés e Ismael Miranda que tocaran hasta las dos de la mañana, pero antes de comenzar, el organizador le pidió a Héctor que su banda tocara hasta las seis. Debido a la naturaleza amena-zante de la propuesta, Héctor declaró firmemente: nosotros fuimos contrata-dos para tocar hasta las dos de la mañana. Lo toma o lo deja…” “Cuando fueron las dos de la mañana, Héctor le dijo a la banda que pararan. El organizador los amenazó a punta de pistola para obligarlos a continuar cantando. Quería que Héctor repitiera Yo soy el cantante. Ismael Miranda se envalentonó y los guardaespaldas también. Hasta que los llevaron a un cuarto pequeño que cerraron con llave el resto de la noche”. El taxista me dijo que el cuarto era un inodoro. Montalvo cuenta: “Después de una hora, Héctor rompió una ventana y con la ayuda de los otros músicos salieron uno por uno por ahí, sin sus instrumentos, en la oscuridad y con miedo. Por treinta minutos se resbalaron, se cayeron, hasta que salieron a la carretera. Mientras caminaban, Ismael dijo: En la vida, Dios nos aprieta, pero no nos ahoga”. Después convinieron que Héctor parara un taxi y fuera hasta el hotel a pedir ayuda. “Al otro día vino al hotel alguien de esa familia y nos devolvió los instrumentos, pero los pasaportes no. Tuvimos que acudir a las autoridades para salir del país”. soyel cantante Yo
  4. 4. Crónica 4 Los héroes cansados de Alepo Una decena de hombres vocifera en lo alto de un montículo de escombros en el barrio de Ard Al-Hamra de Alepo. Cubier-tos de cal y arena tratan de levantar uno de los tabiques del edificio que antes se erigía en ese lugar. Se doblan sobre sí y empujan hacia arriba con fuerza. Resoplan, se azuzan con nuevos gritos y desisten por enésima vez. Es inútil, el muro no se mueve. Están exhaustos. Uno de ellos se aleja y regresa al momento con un pico, caminando entre hierros retorcidos y oxidados, jirones de ropa, cortinas desgarradas y enseres de plástico. Se turnan la herramienta y golpean con rabia a la voz de Allahu Akbar. La pared se desmorona lentamente descubriendo el cuerpo pálido y apenas sin ropa de una pequeña de no más de cinco años. Un familiar envuelve el cadáver en una manta y se lo lleva consigo mientras los hombres de la pila de escombros prosiguen sus ruegos a Alá. Ellos mismos encontrarán minutos después y bajo parte del mismo muro un segundo cuerpo, el de la hermana mayor, de unos siete años. Ambas dormían la noche anterior cuando un misil Scud procedente de las posiciones militares del régimen de Bashar Al-Assad caía en el vecindario dejando decenas de muertos, todos ellos civiles, y engrosando la cifra de más de 125.000 víctimas que se han cobra-do casi tres años de conflicto. Los civiles parecen haberse convertido en las últimas semanas en objetivo explícito de las tropas gubernamentales sirias. Varios misiles tierra-tierra han impactado en barrios en los que prácticamente la presen-cia del Ejército Libre Sirio (ELS) era nula. Abu Mahmod no da crédito. Es un hombre que pasa la cincuentena, viste una camisola verde oliva y va tocado por una kufiya roja y blanca. "Fue terrible. No teníamos cómo sacar a los muertos ni a los heridos", masculla entre dientes visiblemente altera-do. "No entiendo nada. Podemos aguantar los disparos de los soldados, incluso los tanques, pero esto es imposible". Imposible también parece el hecho que sostiene la ONG International Rescue Committee en su informe Siria: una crisis regional en el que se habla de la existencia de una "campaña sistemática" basada en "bombardeos estratégicos" sobre hospita-les, así como de "intimidación, tortura y asesinatos” de doctores como represalias por atender heridos. No solo milicianos sino también civiles en contra del régimen. "De los 5.000 médicos que había en Alepo antes del conflicto, hoy quedan sólo alrededor de 35", reza el estudio. "Los médicos sirios nos hemos convertido en objetivo para el régimen. Doctores, enfermeras y todo el personal sanitario que trabajamos en el Alepo controlado por los rebeldes estamos en el punto de mira de Bashar Al-Assad", dice Monhannad Abdulqader, cirujano de 36 años, desde su sobrio despacho -apenas un escritorio, dos sofás y un desvencijado mueble con un televisor encendido pero sin volumen- del hospital Al Dakkak, en el barrio de Al Sha'ar. "La explicación es simple: Al-Assad quiere muerta a toda la gente que está en su contra. Así que también a todos aquellos que atendemos a esa gente", argumenta mientras deja a un lado media rebanada de pan árabe con la que hasta hace un momento daba buena cuenta de varias presas de pollo asado servidas en un recipiente de papel metálico. El pelo castaño claro, los ojos azules y unos pómulos pronunciados y levemente sonrojados le confieren un aire de chico de buena familia. Educado y algo desabri-do en el trato. Viste un mono de quirófa-no -pantalón y blusa livianos- celeste, del mismo tono que sus zuecos de goma. El izquierdo, con un par de manchas de yodo en la puntera. En las muñecas luce sendas pulseras cuyo idéntico trenzado conforma la bandera de la “nueva Siria libre”. Extiende su mano izquierda y alcanza un paquete de Gauloises Blondes, cajetilla roja. Enciende un cigarro y expulsa una bocanada rápida. "Hasta hace dos meses trabajaba en Arabia Saudí. Un buen puesto, una vida tranquila. Pero decidí regresar a Alepo. Son jornadas larguísimas y no se cobra nada. Aunque eso no importa, pues no hay cirujanos en Alepo. De hecho, tampoco quedan ya doctores", apunta sin drama, del mismo modo que si estuviera cansado de repetir-lo o de pensar en ello una y otra vez. Te invitamos a leer la historia completa en www.revistasole.com Un cirujano que ha regresado a Siria para operar en uno de los pocos hospitales que quedan en pie, un desertor del ejército que distribuye alimentos junto a otros voluntarios, una profesora que ha vuelto a dar clase tras ser perseguida por el régimen y un hombre que arriesga su vida bajo los francotiradores solo para recoger las basuras de la ciudad, tratan de fijar los cimientos de lo que será la nueva Siria. Por Ivan M. García. Foto Pablo Tosco La guerra en Siria ha cobrado la vida de más de 125 mil personas en los últimos tres años
  5. 5. El ventrílocuo que se enamoró de su muñeca Hace poco más de 30 años Carlos Domínguez se separó de su mujer y fabricó una muñeca de látex que definiría su historia. Se convertiría en ventrílocuo, la llevaría en una valija con él a todos lados, le compraría ropa, le haría zapa-tos a medida… Y se enamoraría de ella. Por Malvina Liberatore. Foto Nolberto Campora Crónica 5 Era el año 1997 y las 12 de la noche de un día de invierno. Carlos Domínguez –Charly– caminaba por el centro de Bahía Blanca con la valija en la mano hasta que llegó al cabaret. Se puso el traje en el camarín, subió al escenario e hizo lo que venía haciendo cada noche en distintos pueblos del interior: sentar a su muñeca Rosita en la falda y hacerla hablar. -Pequeña niña de ojitos azules, quisiera que un día pudieras caminar —dijo Charly y la miró sin mover los labios. -Pequeño señor, no soy una niña, no podré caminar —se lamentó Rosita, y bajó la mirada. -Mi sueño es ver a una niña que quiera reír, que quiera cantar… -Yo quisiera reír y quisiera cantar y ser esa niña que te haga soñar… En la primera mesa frente al escenario, una pareja llamó con una seña al mozo y pidió la tercera botella de cerveza. Charly llevaba diez minutos de show y el diálogo empezaba a subir de tono. -Mirá cómo te beso, viejo calentón -Rosita apoyó sus labios en los de Charly. -¡Rosita! ¡¿Qué hacés?! ¿Sabés que están diciendo que nosotros nos besamos en el camarín? -¡Entonces nos vieron! -remató la muñeca. El público reía. Hasta que el hombre de la primera mesa se puso de pie, tambaleó, y gritó interrumpiendo el show: -Oíme, Rosita, ¿cuánto me cobrás por un pete (mamada)? -¡Lo mismo que me cobra tu madre, maldito borracho!-respondió airadamen-te Charly y bajó de un salto del escenario. Lo que siguió fueron botellas desparrama-das en el piso, trompadas, gente separando al ventrílocuo del borracho y una muñeca tirada en el piso. Pasaron 16 años y Charly está de pie en la cocina de su casa, con una mano en la nuca de la muñeca y la otra en el marco de sus lentes. Recuerda esa noche y la define como un punto de inflexión en su carrera: ese día supo que estaba enamorado de Rosita. -Pensé que me volvía loco. Casi lo mato a trompadas. ¿Cómo voy a reaccionar así? Después el tipo fue al camarín, me pidió disculpas y yo le dije que él tenía que disculparme a mí. Volví a Buenos Aires y fui al psicólogo. Le dije que creía que me pasaban cosas con la muñeca. El psicólogo me dijo que tenía dos opciones: dejar este trabajo o hacerme cargo de lo que me pasaba y seguir. “¿Vas a dejar de ser ventrí-locuo?”, me dijo. “No, pienso seguir con ella”, le respondí. Y acá estamos… Si Rosita tomara vida –la clásica fantasía de todo ventrílocuo– sería una hermosa prostituta. Tres momentos hicieron de Charly un ventrílocuo único en el país. Primero, que su herramienta de trabajo no es un muñeco sino una muñeca; segundo, que la fabricó él mismo inspirado en lo que es su ideal de mujer; y tercero, que se enamoró de su propia creación. Durante 20 años viajó por pueblos y ciudades del interior del país haciendo shows de ventriloquía en los cabarets; los dueños de estos lugares solían pedir mujeres a los dueños de los cabarets de Buenos Aires y, cuando no llegaban con el número de chicas que pedían, les mandaban un ventrílocuo para completar el paquete; así Charly se hacía conocer y firmaba contratos por uno, dos, tres meses o hasta el día en que sus chistes aburrieran. Pasó buena parte de su vida lejos de sus hijos, rodeado de prostitutas, coperas, bailarinas y hombres de mala vida. Sus shows consistían en dialogar con Rosita, hacer chistes subidos de tono e interac-tuar con el público sobre temas de actua-lidad. Charly tiene hoy 66 años, trabaja como electricista y vende veladores artesanales por Mercado libre. Cuando tenía 28 años se separó de su esposa, creó a Rosita y no volvió a estar en pareja nunca más en su vida. Lo argumenta ahora, en su casa, mientras besa el rostro de látex: “ No hay mujer en el mundo que sea igual a esta muñeca” Te invitamos a leer la historia completa en www.revistasole.com Tres momentos hicieron de Charly un ventrílocuo único en el país. Primero, que su herramienta de trabajo no es un muñeco sino una muñeca; segundo, que la fabricó él mismo inspirado en lo que es su ideal de mujer; y tercero, que se enamoró de su propia creación.
  6. 6. Un francés en Perú quiere revolucionar el mundo de la moda desde la cárcel. Thomas Jacob ha creado ‘Pietà’, una marca de ropa que rompe con los esquemas tradicionales y ya es reconocida por su calidad y rebeldía. Por Jhonny Valle. Foto Andrés Valle Crónica 6 Rosa Luz Apaza está sentada en un rincón del taller de tejido recordando el instante en que el juez dictó su sentencia: 30 años de prisión por secuestro y tráfico de niños. Pero ella niega los cargos y jura su inocencia. Está en el penal de mujeres Santa Mónica, en Chorrillos, al sur de Lima. Aquí ocho mujeres confeccionan chompas, polos, guantes y gorras y hacen los bordados de ‘Pietà’ (‘Piedad’, en castellano). “Todos a mano”, explica el creador de la marca: Thomas Jacob, un francés de 26 años que ama el mar. “Me demoro una semana en hacer una chompa. Me gusta tejer, lo hago desde niña. Vivo de esto”, cuenta Rosa Luz, madre de dos hijas a quienes no ha visto desde su encierro. Se trata de prendas sin etiquetas, ni tallas, unisex, hechas con materiales orgánicos y diseños exclusivos que ya se están comercia-lizando en Norteamérica y Europa. Un proyecto que incluso ha llamado la atención del reconocido fotógrafo de modas Mario Testino y del diario español El País, que le ha dedicado una entrevista a Thomas. Más que una empresa, este proyecto es una oportuni-dad para los que cumplen una condena: por participar en el taller le rebajan un día de condena. Además reciben un porcentaje del atuendo que se vende. Entre los crochés y Rosa Luz hay un vínculo especial: teje para no caer en depresión, teje para olvidar que aún le quedan 28 años sin libertad. Teje para mantenerse viva y de pie. -¿Qué es lo que más extraña de afuera? - A mis hijas, porque no las veo hace dos años. - ¿Y no la llaman? -Yo las llamo, pero no es igual que abrazarlas y decirles cuánto las amo -enmudece. Su sonrisa se transfigura hasta convertirse en una mueca de dolor. Baja la mirada. Una lágrima intrusa cae sobre la chompa que teje durante esta mañana de cielo plomizo en la capital peruana. La primera vez que pisó una cárcel fue en Perú, en junio de 2012. Llegó por invitación de una amiga para presenciar la obra teatral ‘Notre Dame de París’ de Víctor Hugo. Thomas quedó tan fascinado con la cordialidad y hospitalidad de los presos que todos sus prejuicios se derrumbaron al instante. Conversando con ellos supo que existían herramientas de costura y zapatería. Y, claro, personas talentosas que han sabido perfeccionar sus técnicas a punta de soledad y arrepentimiento. Sin rodeos propuso su proyecto a las autoridades del Inpe (Insti-tuto Nacional Penitenciario): crear una marca que rompiera con los esquemas tradicionales, con prendas bordadas y tejidas a mano; diseños que no se repitieran y prendas que pudieran vestir tanto hombres como mujeres. Ellos aceptaron con tranquilidad, sin pensar que aquella iniciativa se expandiría en poco tiempo y llegaría a países como Estados Unidos, Dinamar-ca, Alemania, España e Italia, donde ‘Pietà’ ya tiene un público cautivo. “Para mí esto es un reto humano”, dice Thomas, quien se ha rebelado desde siempre: renunció a la carrera de derecho para estudiar diseño gráfico, y abandonó el romanticismo parisino para vivir en medio del caos limeño. Prefiere pasar más horas en prisión capacitan-do a los reclusos que en su casa en San Isidro escuchando música electrónica. -No quiero que la gente compre por lástima –explica con su castellano masticado−, quiero que la gente compre la ropa porque es de primera calidad. La empresa que ha formado este francés, que bien podría estar vacacionando en las playas más exclusivas del mundo, está calculada al milímetro. Más allá de que el nombre de ‘Pietà’ - venerada escultura de mármol del italiano Miguel Ángel donde se observa a la virgen María sosteniendo a Cristo muerto- suene melodioso, tiene un motivo: -‘Pietá’ representa al destino, a la voluntad de Dios - explica. Te invitamos a leer la historia completa en www.revistasole.com “No quiero que la gente compre por lástima, quiero que la gente compre la ropa porque es de primera calidad”
  7. 7. Durante poco menos de dos años - entre 1946 y 1947, y en 1952 - el Premio Nobel de literatura vivió en la ciudad peruana de Piura. Allí pasó parte de su niñez y adolescencia, estrenó su primera obra de teatro, avivó su interés intelectual, su deseo de ser escri-tor, y supo que su padre no estaba muerto, como se lo había hecho Crónica 7 Una tarde de 1946 ó 1947 Dora Llosa tomó del brazo a su hijo Mario Vargas Llosa, de apenas diez años de edad, lo sacó a la calle, lo llevó caminando hacia el Hotel de Turistas, en el Malecón Eguigu-ren de la calurosa Piura, y allí le hizo una gran revelación: - Tú ya lo sabes, por supuesto - dijo su madre - ¿No es cierto? - ¿Qué cosa? - respondió Mario. - Que tu papá no estaba muerto. - ¿No me estás mintiendo, mamá? - ¿Crees que te voy a mentir en una cosa así? - ¿De veras está vivo? - Sí. - ¿Lo voy a ver? ¿Lo voy a conocer? ¿Dónde está, pues? - Aquí, en Piura. Lo vas a conocer ahora mismo. Aquella noticia paralizó a Mario, quien hasta ese momento creyó que su padre había muerto y estaba en el cielo. Su madre, sus abuelos y tíos le habían oculta-do la verdad hasta ese día del cual, asegura el escritor, aún no se ha recuperado. La imagen que Mario tenía de su padre era la de un hombre “alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalana-ba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir”. Ese día la imagen de su padre cambiaría para siempre, una vez que ingresó con su madre al hotel y vio que un hombre vestido de terno beige y corbata verde se acercaba a ellos. La idea que tenía, del apuesto joven de la foto que acompa-ñó su niñez, cambió rápidamente a la de “un hombre de carne y hueso, con canas en las sienes y el cabello ralo”. Tenía como el sentimiento de una estafa, recuerda Mario Vargas Llosa en su libro de memorias “El pez en el agua” (1993). “Este papá no se parecía al que yo creía muerto”, enfatiza. “¿Éste es mi hijo?”, le escuchó decir Mario. “Se inclinó, me abrazó y me besó. Yo estaba desconcertado y no sabía qué hacer. Tenía una sonrisa falsa, congelada en la cara”. La Piura de esa época, que Mario Vargas Llosa abandonó el mismo día que conoció a su padre para viajar con él y su madre a Lima, ya empezaba a dejar una huella en su vida. Son las 11 de la mañana de un día de inicios de enero y en Piura hace calor. El termó-metro registra 32 grados en esta ciudad rodeada de desiertos; o mejor dicho, plantada en medio del desierto del norte peruano, a unos mil kilómetros de Lima. Los árboles de algarrobo le dan un poco de frescura a la ciudad. Las carreras de la Navidad han pasado y todo parece tomar su curso cotidiano. La avenida Grau, esa calle donde se ubican tiendas de ropa, bancos, farmacias, almacenes de zapatos y otros negocios, está más sosegada que durante la última semana de diciembre. Por estas mismas calles caminó durante su niñez y juventud Mario Vargas Llosa, durante los casi dos años que vivió al lado de su abuelo Pedro, su madre Dora y sus tíos Luis y Olga. El abuelo había sido nombrado como prefecto (gobernador) de la ciudad y viajó con parte de su familia desde Cochabamba, Bolivia, donde Mario había vivido sus primeros años. Por estas mismas calles caminó Vargas Llosa con el sueño de ser un gran escritor, viajar a Paris y hacer su vida como dramaturgo o novelis-ta, pues sabía que difícilmente en un país como Perú podría salir adelante. Por estas mismas calles caminó el escritor que más adelante un compañero suyo del Colegio Militar Leoncio Prado describi-rá como “un mozo que nació con un don”. Son estas mismas calles las que el ahora Premio Nobel ha vuelto a recordar en su novela “El héroe discreto”, publicada en septiembre de 2013, y en la que cuenta la historia de Felicito Yanaqué, un empre-sario piurano dueño de una empresa de transportes que es extorsionado por unos mafiosos: “… Volvió a sumergirse en el centro de la ciudad, lleno de gente, bocinas, calor, altoparlantes, mototaxis, autos y ruido-sas carretillas. Cruzó la avenida Grau, la sombra de los tamarindos de la Plaza de Armas y, resistiendo a la tentación de entrar a tomarse una cremolada en El Chalán, enrumbó hacia el antiguo barrio del camal, el de su adolescencia, La Gallinacera…” Te invitamos a leer la historia completa en www.revistasole.com La ciudad que A inicios de marzo de 2012 Mario Vargas Llosa regresó a Piura. Durante varias horas caminó por sus calles, visitó pueblos vecinos y conversó con algunas personas. Observaba los escenarios de la que sería su siguiente novela, “El héroe discreto”. creer su familia. Por Rafael Alonso Mayo le cambió la vida a MarioVargas Llosa

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