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La sabiduría cisterciense según san bernardo (4)

  1. 1. Situación del Espíritudivino y delespíritu humanoen su mutua búsqueda 2012 LA SABIDURÍA CISTERCIENSE SEGÚN SAN BERNARDO 4.- IMAGEN Y SEMEJANZA. ALEJAMIENTO Y RETORNO 09/09/2012
  2. 2. 2 Cuando dos seres se aman y se buscan mutuamente son espontáneamente conscientes desu situación del uno hacia el otro. Para san Bernardo el amor de Dios hacia su criatura espiritual esanterior, inmenso y gratuito1. Recíprocamente, en toda conciencia humana existe un sentimiento dejusticia innata, que le grita que debe amar con todo el corazón al que le debe cuanto es2. Laposibilidad de encuentro de estos dos amores se funda esencialmente en el hecho de la semejanzaentre el Creador y su criatura espiritual. Jamás se exagerará la importancia de “la doctrina de laimagen” en la enseñanza monástica de san Bernardo. La creación del hombre a imagen de Dios,según el capítulo primero del Génesis, es para él muy revelador, y no es excesivo afirmar que toda suascesis y mística, -y ambas son una sola cosa en él- se fundamentan en cómo desarrolla unaantropología desde esta verdad primordial. Se puede resumir así: creado a imagen y semejanza delser divino, el ser humano ha perdido parcialmente dicha semejanza, pero puede encontrarla de nuevoporque no ha perdido su verdadera naturaleza, el hecho de ser imagen de Dios. Ha conservado lacapacidad radical e inamisible de ser “como Dios”, aunque en dependencia a él. Capaz de Dios3 por ser su imagen, el alma puede recuperar por el amor su capacidad original de Dios, que es Amor. Existe, pues, cierta afinidad entre Dios y el alma. La metáfora de la imagen era para los antiguos mucho más expresiva que para nosotros. En la edad patrística, y todavía en la Edad Media, la imagen supone una relación dinámica y viva de causalidad, no sólo ejemplar sino también eficiente y formal. Apartarse del prototipo es, por ello, caer en la desemejanza. El poder espiritual de parecerse, ser conforme (la palabra adquirirá una gran importancia en san Bernardo), reside en la impronta original e inalienable del ser divino en el alma humana. Pero la imagen puede deformarse, volverse desemejante, y esto es lo que ocurrió desde el origen del hombre por el pecado. Tomando una expresión de la filosofíagriega utilizada por san Agustín: “la región de la desemejanza”, que se aplicará al evangelio del hijopródigo, se trata simplemente de situar a los seres más o menos alejados entre sí, indicando con su1 AmD 1.2 Id. 2.3 “Capax Dei”: SC 27, 10; Ded. II, 2. Podemos advertir ya aquí que esta capacidad del alma va unida, en elcontexto de estas dos citas, a la caridad fraterna.
  3. 3. 3distancia su mayor o menor semejanza cualitativa, moral o espiritual. Según el platonismo,especialmente Plotino, cuanto los seres están más lejos del Uno, del Bello y del Bien, es decir deDios, y cuanto más se acercan a la materia o al mal, más desemejantes son de él4. A pesar de la granvariedad de aplicaciones de esta doctrina de la imagen (se ha llegado a decir que existen en éldoctrinas sobre la imagen), existe “una doctrina subyacente, perfectamente coherente y unificada” 5. Según el antiguo proverbio, el semejante busca a su semejante; es un fenómeno natural, dice san Bernardo6, y disfruta con la seguridad que le da esta semejanza con Dios, porque aunque le aleja la sublimidad de Dios, la semejanza con él le acerca mucho más: ¿qué no osará un alma que se conoce por su origen tan próxima a Dios y parecida a él?7 Pero esta hermosa imagen de Dios que es la criatura espiritual, cayó al abismo desde su mismo origen, y ha quedado casi irreconocible, se ha deformado. El vigor del alma, que consiste en la razón, la voluntad y la memoria, quedó disminuido y debilitado. La razón no ve con claridad, la voluntad languidece y la memoria está llena de malos recuerdos8. Al no amar ya espontáneamente a su Creador por haber querido ser independiente, el almaya no conoce verdaderamente a Dios, y por ello tampoco se conoce a sí misma, ha olvidado su propiaidentidad. En esta región extranjera de la desemejanza, el alma perdió también el recuerdo de sudignidad. Al agravar con su miseria moral su condición de ser caído, se ha rebajado hasta el nivel delos animales, aunque permanezca en ella, como sello indeleble, la impronta de Dios 9. La conciencia tiene un vivo sentimiento de no poder ser lo que es, y siente por ello un profundomalestar. San Bernardo lo ha experimentado en toda su crudeza y lo ha descrito frecuentemente. Es4 S. AGUSTIN: Confesiones VII, 10, 16. Ver La Ciudad de Dios IX, 17, donde cita a Plotino, Enneidas I, 6,8: “Es necesario huir hacia la patria amada donde está el Padre... Llegar a ser semejantes a Dios”; y comenta:“Si cuanto más se acerca uno a Dios más se asemeja a él, la única manera de alejarse de él es ser desemejantea él”.5 M. STANDAERT: La Doctrine de l’image chez saint Bernard, en Ephemerides Theologicae Lovanienses,23 1947, 70-129. “Sin embargo, de una manera global, es oportuno designar este conjunto como “doctrina dela imagen”, cuya esencia se reduce a esto: el hombre es capaz - y lo será siempre- de alcanzar a Dios, deasemejarse a él” (p. 121).6 SC 82, 7.7 Id. 83, 1.8 Conv 11.9 De la veintena de citas sobre la regio dissimilitudinis, indicamos Div 32, 2-3, y SC 36, 5.
  4. 4. 4dolorosa la confrontación de estas dos evidencias: semejanza y desemejanza; y el sufrimiento delespíritu es mayor cuando experimenta los extremos, pues vive entre la desesperanza y la esperanza 10.La proximidad de los contrarios hace más sensible su diferencia, lo mismo que la cercanía del blancoy el negro11. “¡Qué coherencia en el hombre de cosas tan incoherentes!... Si observas atentamente su maldad y su inmensa capacidad de bien, te parecerá un verdadero milagro la fusión de realidades tan dispares”12. Esta mezcla, esta confusión y este desorden son insoportables. La desarmonía interior apareceevidente a san Bernardo en la pérdida de nuestra simplicidad original, mezclada ya para siempre de lainevitable duplicidad, así como en la pérdida de la prerrogativa de la inmortalidad que estáinseparablemente unida a la necesidad de morir 13. Pero es en la libertad, hecha prisionera parasiempre, donde se halla para san Bernardo el cambio más flagrante, y se debe a que, en su opinión, espor la libertad donde el hombre se asemeja más a Dios. Y es también ahí, en el malestar de unalibertad maniatada, donde nos resulta más sensible el conflicto entre lo que somos y lo que nopodemos ser en plenitud...14 La vida del monje es, pues, un camino de retorno a Dios, de conversión. En esta conversión laprofesión monástica es el signo sagrado. Es tradicionalmente un “segundo bautismo”. Cuando sanBernardo habla expresamente de ello, dice que se llama así a la vida monástica por su renunciaradical al mundo, por la excelencia de vida espiritual que fomenta, y sobre todo (immo) porque“reforma en el hombre la imagen divina, configurando al monje a Cristo como el bautismo” 15.Hablando en otro lugar de este “segundo bautismo de conversión”, acentúa la renuncia a la voluntadpropia, por la cual el hombre rompió la alianza original y con ello perdió su libertad 16. Larestauración de la imagen divina en nosotros dependerá esencialmente de esta renuncia a una libertadque ha llegado a ser insignificante, por haberse separado de su alianza de amor con una libertadinfinita. Este itinerario de retorno a Dios por la obediencia es largo y arduo. La liberación del espíritu deservidumbre es necesariamente progresivo en el tiempo. Al comienzo -afirma san Bernardo- laconciencia oscila entre el temor y la confianza, y el contraste aumenta el tormento. Pero poco a poco10 SC 82, 7.11 SLXC, 8, 9; Ver Cart 78, 5.12 Ded 5, 7.13 SC 82, 3-4.14 Id. 82, 5.15 Pr 54.16 Div 11, 3.
  5. 5. 5disminuye el estremecimiento, domina la gracia, la esperanza renace y crece, hasta que la caridadexpulsa el temor y el alma duerme tranquila en la esperanza 17. Pasar de la servidumbre a la libertad de los hijos de Dios, y del temor a la paz, tal es el camino delevangelio y de restauración de la alianza. La sabiduría del amor consiste en que al concordar nuestravoluntad con la de Dios, recuperamos la unidad, la belleza y la paz interiores de nuestro ser. Se tratade una conversión de corazón al corazón de Dios. Fr. Abdón de la Cruz, OCSO17 SC 51, 9.

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