Amanda y la red mundial

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Cuento infantil para educar en valores de las alumnas Laura de la Casa y Marta Navas de la Universidad de Jaén para el Proyecto de innovación docente Virtus inter pares

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Amanda y la red mundial

  1. 1. Amanda y la red mundial. Siendo Augusto emperador, en una pequeña villa cerca de la ciudad de Emerita Augusta, de la provincia llamada Lusitania, vivía una niña con su rica familia. También en esa casa convivían con ellos sus esclavos, quienes se ocupaban de servir a sus amos y realizar las tareas del hogar. La pequeña se llamaba Lelia. Era una niña inteligente, muy habladora y con la necesidad de saberlo todo: cualquier cosa que no supiese, se disponía ansiosa a preguntarle a sus padres o a Sofanor, el esclavo de confianza de la familia y el más anciano de todos ellos. Éste tenía un nieto de la misma edad que Lelia, llamado Mauro.
  2. 2. Ambos, todas las tardes, tenían por costumbre jugar un rato en el atrio de la casa que era bastante amplio, lleno de flores y con una gran fuente. En una de esas tardes, Mauro y Lelia estaban jugando a ser exploradores cuando, de repente, la pequeña dio un grito: - ¡Aahh! ¡Por Pólux! ¿Qué es esto? - No te preocupes mi querida Lelia, –respondió Mauro entre risas– es un insecto llamado araña. Este animalito vive entre las flores donde crea su tela de araña que es como la casa para nosotros. El pobre insecto, tras el susto y un largo silencio, se presentó ante los muchachos: - ¡Salve amici! ¿A qué viene ese alboroto? Soy Amanda, una araña que habita entre estas flores desde hace mucho tiempo.
  3. 3. - La araña Amanda tenía ocho patas, como todas las arañas, y era la más simpática de su especie. A partir de ese día, todas las tarde de juego solían los dos niños sentarse alrededor de Amanda para que le contara divertidas historias acerca de ella y su larga vida. Uno de esos días, Lelia fue corriendo a hablar con la araña porque estaba muy preocupada por Mauro: - ¡Amanda, Amanda! ¡sal, necesito tu ayuda! En seguida apareció la araña de entre los pétalos de un hermoso lirio.
  4. 4. - ¿Qué pasa Lelia? ¿qué ocurre? ¿por qué estás tan sobresaltada? - Es por Mauro. Lleva días sin querer hablar conmigo y cuando le pregunto por qué está así de triste, sólo me dice que él no sirve para nada. ¿Qué puedo hacer? – dijo Lelia mientras una pequeña lágrima se le escapaba de sus verdes ojos. Amanda, mirándola tiernamente, le contestó: - Recuerdo que en uno de mis viajes, en un rincón silvestre de un jardín, donde había mucha hierba, vivía una familia numerosa de conejillos. Mamá Conejo era muy querida por todos los pequeños conejillos ya que siempre los ayudaba en todo lo que podía. Se sabía todos sus nombres y las historias sobre el origen de ellos.
  5. 5. Cada noche, Mamá Conejo reunía a los pequeños para contarles cuentos antes de acostarse. Sus palabras dulces llenaban a los conejillos de cariño y asombro y les hacía sentirse especiales. - Comenzaba diciendo: “Copo de Nieve. Cuando los copos de nieve empapan la tierra a finales de los inviernos para anunciar con delicadeza el comienzo de la primavera, la naturaleza se alegra. Copo de Nieve, tú eres especial.
  6. 6. - Y tú, Palomita. Un puñado de maíz caliente, untado con mantequilla, que salta y explota y llena un cuenco de esponjosa suavidad. Es pura magia. Palomita, tú eres especial. Y tú, Semillita. Cuando el aroma de las flores de color rosa pálido y morado invade el jardín, han llegado los días más cálidos del verano. Semillita, tú eres especial.
  7. 7. - Y tú, Campanilla. Cuando al pasear por el campo nos encontramos con una alfombra de flores azules, siempre nos llevamos una agradable sorpresa. Campanilla, tú eres especial.”
  8. 8. - Y así con todos los demás conejillos. Sin embargo, había un nombre del que no conocía su procedencia, por eso lo dejaba para el final: “Talita, tú eres especial.” Pero Talita no se sentía especial. Quería saber de dónde venía su nombre. Y ella no se sentía mejor aunque le prestaran más atención. Yo, Amanda, estaba muy triste por Talita. No encontraba la forma de hacerla feliz hasta que una noche, mirando a las estrellas, vi una pequeña que me llamó la atención. Titilaba y titilaba y titilaba. Lanzaba destellos rojos y plateados y dorados. Entonces comprendí que se trataba de Talita, la estrella más simpática del cielo nocturno. Corrí a contarle a Mamá Conejo lo que había visto. Aquella noche, cuando ésta había acostado a los pequeños conejillos,
  9. 9. - comenzó… “Talita. Hay millones y millones de estrellas en el cielo pero solo una estrella pequeña puede titilar y titilar y titilar y siempre llamar la atención. Se llama Talita. Talita, tú eres especial”. A partir de este momento, Talita siempre se sintió especial y feliz consigo misma.
  10. 10. Tras haber escuchado con gran atención la historia de Amanda, Lelia salió corriendo en busca de Mauro. - ¡¿A dónde vas?! – dijo la sabia araña. - ¡¡A buscar a Mauro!! ¡Ahora ya sé qué puedo hacer para remediar su infelicidad! ¡Gracias, mea cara amica! Y llegaron las Saturnales. Durante esta festividad, que coincidían con las vacaciones escolares, los esclavos eran frecuentemente liberados de sus obligaciones por lo que Lelia y Mauro pasaban mucho más tiempo juntos. Ahora el niño podía disfrutar de sus juegos sin pensar en las obligaciones que tenía que atender en casa de sus amos.
  11. 11. Uno de esos días de festividad, después del prandium, los niños se reunieron con su peluda amiga y conversaron toda la tarde sobre los sentimientos de cada uno. Cuando le llegó el turno a Mauro, dijo emocionado: - ¡Qué bien me siento! Ahora sé lo que es ser un igual y que no me traten como un esclavo más. ¡Lástima que dure tan poco…! - Yo nunca te trataré como a alguien diferente. Yo quiero a todo el mundo sin ninguna excepción. – dijo Amanda. - ¿A todo el mundo sin excepción? – respondieron ambos niños a la vez. - Sí. – respondió la araña firmemente. – Nosotras, las arañas, vivimos en una tela de araña, que es un espacio donde no existe ni la intolerancia ni el racismo. Lelia y Mauro no tenían ni idea de qué apariencia tenía la tolerancia y el racismo, pero se les ocurrió una idea: - ¿Puedes tejer una enorme tela de araña mundial?
  12. 12. - Amanda se quedó pensativa un momento y luego dijo: - Sí, sí. Creo que sí. - ¿De verdad crees que podrás hacerlo? –preguntaron los muchachos entusiasmados. - Tengo amigos en puestos muy elevados. Estoy segura de que podré hacerlo. No os preocupéis si desaparezco unos días… ¡volveré! Mauro y Lelia esperaron…esperaron… y esperaron… Entonces, una mañana, nada más despertarse Lelia miró por la ventana y quedó asombrada. Tras unos minutos paralizada, corrió en busca de su amigo para mostrarle la maravilla que se escondía fuera. Salieron y sus bocas se abrieron al contemplar una enorme tela de araña que se extendía a lo largo de toda la ciudad, de montaña a montaña, de Oriente a Occidente, de Norte a Sur.
  13. 13. Y en el mismo lugar del jardín donde todas las tardes se encontraban los tres amigos, dieron con una escalera construida con fino hilo de araña, por donde se podía subir hasta la enorme red mundial. Al lado de la escalera había un cartel en el que estaba escrito: “Por favor: para entrar debe abandonar la intolerancia, el racismo y sus sandalias. Gracias.” Día tras día, Lelia y Mauro hacían nuevos amigos procedentes de todo el mundo: Roma, Atenas, Alejandría, Cartago, Egipto, Las Galias, Germania, … Estuvieron atentos por si veían a Intolerancia y Racismo, pero no los encontraron
  14. 14. . Una noche, hubo una tormenta muy violenta. Los pequeños escucharon golpes muy fuertes, producidos por el ruido de un millón de pares de sandalias chocando contra las paredes de la domus. Oían el viento que ululaba entre los árboles, y temieron por Amanda, que aún no había aparecido. Al día siguiente se despertaron y entristecidos comprobaron que la tela de araña había sido destruida por la fuerza del aire. Y para su sorpresa encontraron a su vieja amiga Amanda que les consoló diciendo:
  15. 15. - No os preocupéis por mí. Puedo construir una nueva red en nada de tiempo. Y lo hizo. - No tengo que preocuparme por vosotros. –continuó el animal– Habéis tejido una red de amigos por todo el mundo. Una violenta tormenta tampoco puede cambiar eso. - ¿Y qué pasa con nuestras sandalias? –preguntaron disgustados los niños– No los encontramos por ninguna parte. Amanda se quedó pensativa un instante y, al fin, dijo: - Cuando uno se mete en las sandalias de otra persona, llega a comprenderla de verdad. –dijo llena de sabiduría– Y así, podréis aplastar para siempre la intolerancia y el racismo. Mauro estaba agusto con sus nuevas sandalias. Lelia también. Se sintieron afortunados, porque entre sus nuevos amigos no había ni racismo ni intolerancia. Y es que no querían aplastar a nadie.

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