Revista trimestral publicada 
por la Unesco 
Vol. X X X V I (1984), n.° 4 
Redactor jefe p.L: Ali Kazancigil 
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Pero vale la pena, para el fin que persegui­mos, 
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"El efecto Pirandello" consiste en reducir la distinción entre los actor...
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Pero no es así, ni muchísimo menos. Aunque 
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observación de la realidad social, y esto es lo 
que la distingue de la naturaleza. 
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que tienen lugar e...
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Y nuestra vida colectiva sería mucho más 
pobre sin ellos. 
Esto en cuanto al carácter científico de 
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Notas 
1. Sir Karl Popper ha expuesto 
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Prentice Hall, 1967. Para 
comentarios críticos, véase un 
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A . R . Louc...
Escuelas filosóficas 
y métodos de trabajo 
científicos en ciencias sociales 
Stefan Nowak 
Las orientaciones filosóficas ...
624 Stefan Nowak 
Este párrafo pone de relieve el hecho de que 
los análisis de los supuestos —algunos de los 
cuales, por...
Escuelas filosóficas y métodos de trabajo científicos en ciencias sociales 625 
están en desacuerdo con los emergetistas, ...
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  1. 1. Revista trimestral publicada por la Unesco Vol. X X X V I (1984), n.° 4 Redactor jefe p.L: Ali Kazancigil Maquetista: Jacques Carrasco Documentación fotográfica: Florence Bonjean Corresponsales Bangkok: Yogesh Atal Beijing : Li Xuekun Belgrado: Balsa Spadijer Buenos Aires: Norberto Rodríguez Bustamante Canberra: Geoffrey Caldwell Colonia: Alphons Silbermann Delhi: André Béteille Estados Unidos de América: Gene M . Lyons Florencia: Francesco Margiotta Broglio Harare: Chen Chimutengwende Hong Kong: Peter Chen Londres: Cyril S. Smith México: Pablo González Casanova Moscú: Marien Gapotchka Nigeria: Akinsola Akiwowo Ottawa: Paul Lamy Singapur: S. H . Alatas Tokio: Hiroshi Ohta Túnez: A . Bouhdiba Temas de los próximos números: Comparaciones internacionales Sistemas alimentarios Educación y ciencias sociales Los jóvenes Cubierta: Globo ocular en el que se refleja un teatro (dibujo de Nicolás Ledoux [1736-1806], arquitecto francés). Edimcdia A la derecha: El misterio de.la mente humana (dibujo de Robert Fludd, Utriusque Cosmi Historia, 1619). Explorer
  2. 2. REVISTA INTERNACIONAL ,s™0 7 62 DE CIENCIAS SOCIALES EPISTEMOLOGÍA DE LAS CIENCIAS Ernest Gellner Stefan Nowak Emérita S. Quito Claude Ake Philippe Braillard Edmund Burke. Ill Milton Santos T. V . Sathyamurthy G . B . Benko Jacques Lombard SOCIALES 102 Editorial Análisis general El rango científico de las ciencias sociales Escuelas filosóficas y métodos de trabajo científicos en ciencias sociales El valor como factor de la acción social La transformación de las ciencias sociales en mercancía Disciplinas Las ciencias sociales y el estudio de las relaciones internacionales La institucionalización de las ciencias sociales: su trascendencia social y política La geografía a fines del siglo x x : nuevas funciones de una disciplina amenazada El á m b i t o d e las ciencias sociales La investigación sobre el desarrollo y las ciencias sociales en la India La ciencia regional: treinta años de evolución La enseñanza de la antropología: estudio comparativo Servicios profesionales y d o c u m e n t a l es Libros recibidos Publicaciones recientes de la Unesco 599 601 623 639 651 663 679 . 693 711 739 755 766 769
  3. 3. Editorial En cierto m o d o , la actividad científica podría compararse con la práctica de un deporte. U n deportista debe observar los gestos que rea­liza y analizarlos en detalle con el fin de perfeccionarlos y de obtener mejores resulta­dos. D e igual manera, el investigador no debe menospreciar el autoanálisis profesional, la reflexión sobre la orientación y el alcance de su trabajo, así como sobre los medios teóricos y metodológicos que le permitirían mejorar sus resultados, a fin de dominar más completa­mente su tema. En realidad, dicha reflexión no puede separarse de la actividad de investigación en sí misma. Reviste especial importancia en las ciencias del hombre y de la sociedad, en las que la relación entre el investigador y su objeto de estudio tienen características parti­culares, distintas de las que existen en las ciencias relativas a la vida y la naturaleza. N o obstante, los fundamentos epistemológicos de las investigaciones vinculadas a las ciencias sociales no siempre se explicitan, ni son ob­jeto de un análisis sistemático con la frecuen­cia que sería conveniente. L a teoría del conoci­miento ofrece la posibilidad de echar una provechosa mirada a las ciencias sociales, con la condición de evitar el Caribdis de la obse­sión epistemológica, por un lado, y el Escila de un empirismo estrecho, por otro. La mayor parte de los artículos publica­dos en el presente número se dedican a un autoanálisis de las ciencias sociales y exponen puntos de vista sobre ciertos aspectos episte­mológicos e institucionales de tales discipli­nas. Ernest Gellner se pregunta si las ciencias sociales pueden ser admitidas en el club exclusivo de las ciencias. ¿Puede el universo social ser estudiado científicamente, o bien debe dejarse dicho estudio a los filósofos y los poetas? Gellner no propone una respuesta definitiva, pero demuestra con elocuencia la inconsistencia de los argumentos tendientes a excluir las ciencias sociales del paraíso cientí­fico. Stefan N o w a k examina las relaciones entre los métodos científicos utilizados en la sociología y diversas corrientes filosóficas, y demuestra que las elecciones metodológicas reflejan orientaciones filosóficas y epistemoló­gicas. E n su contribución, Emérita Quito analiza las relaciones existentes entre los va­lores, como objetos de estudio y como fac­tores que influyen en las investigaciones en las ciencias sociales. Claude A k e propone un enfoque que puede calificarse de economía política de las ciencias sociales; se desprende del mismo que estas últimas, por estar sujetas a las leyes del mercado y operar en un contexto en el que predomina el valor de intercambio y no el valor de uso, se transfor­man en mercancía. Los tres últimos artículos de la sección temática son análisis epistemoló­gicos de algunas disciplinas, tomadas en dife­rentes contextos. E d m u n d Burke III estudia las fuerzas económicas y sociales que orienta­ron la institucionalización de la sociología en Francia, a fines del siglo pasado. Philippe Braillard se refiere al estudio de las relaciones internacionales, y Milton Santos se ocupa de la geografía.
  4. 4. 600 Editorial Los artículos de la sección "El ámbito de las ciencias sociales" presentan puntos en común con los de la sección temática. T . V . Sathyamurthy describe el notable auge de las ciencias sociales en la India, desde que dicho país accedió a la independencia; G . B . Benko relata el nacimiento de la ciencia regional, un campo de estudio interdisciplinario que se ha desarrollado en el transcurso de las últimas décadas; Jacques Lombard presenta una reseña histórica comparada de la enseñanza de la antropología en Bélgica, en la República Federal de Alemania, en Francia, en el Reino Unido y en los Países Bajos. En el pasado, la RICS ha dedicado varios números a temas vinculados al del presente número. Cabe mencionar los volúmenes xvi, n.° 4, 1964; xx, n.° 2, 1968; xxn, n.° 1, 1970; xxiv, n.° 4 , 1972 y xxix, n.° 4, 1977. La lista de los números publicados figura al final del volumen. Aprovechamos esta oportunidad para infor­mar a nuestros lectores acerca de un reciente cambio en el equipo de redacción. Peter Lengyel, redactor jefe de la Revista desde 1963, ha dejado la Unesco en la que había ingresado en 1953. E n su carrera al servicio de la Organización, dedicada a los diversos aspec­tos de la cooperación internacional en el ámbito de las ciencias sociales, se destaca particularmente la labor que ha realizado en la dirección de la RICS. A. K. Traducido del francés
  5. 5. El rango científico de las ciencias sociales Ernest Gellner La idea de lo "científico' El problema de si las ciencias sociales son auténticamente científicas plantea de inme­diato dos preguntas: ¿qué son las ciencias sociales? ¿qué es lo científico? La primera de estas dos preguntas no plantea grandes dificultades y puede ser con­testada nombrando o enumerando las ciencias sociales, que son simple­mente el objeto de la práctica profesional de sus especialistas. La de­finición contiene así una referencia encubierta (pero no demasiado) a los juicios consensúales, o mayoritarios, o indiscu-tidos, que imperan en las sociedades contemporá­neas e identifican, por su clasificación tácita o ex­presa, qué universidades, asociaciones profesiona­les e individuos son, por Ernest Gellner enseñó en la London School of Economics and Political Science, y es hoy catedrático de antro­pología en el King's College, Cam­bridge, Reino Unido. Sus publica­ciones más importantes son Words and things (1959), Thought and chan­ge (1965), Saints of the Atlas (1969), Muslim society (1981) y Nations and nationalism (1983). decirlo así, establecedores de normas o para­digmáticos, con lo que efectivamente definen, mediante su propia asignación de etiquetas, la naturaleza y el alcance de las ciencias sociales. Esta referencia encubierta a la opinión o al consenso público no vicia la definición ni la hace tautológica. Mayorías, consenso, solidari­dad cultural general, todas estas nociones no son, por supuesto, ni infalibles, ni estables, ni desprovistas de ambigüedad. N o hay contra­dicción alguna en la sugerencia de que la opinión pública, en una fecha dada, se halla en error. Si tales fuentes pueden estar equivo­cadas, ¿podrían acaso engañarnos, identifi­cando falsamente el objeto o conjunto de objetos de los que vamos a ocuparnos, es decir las ciencias sociales? N o . El objeto central de nuestra indagación es, justamente, las ciencias sociales tal como realmente son practicadas y reconocidas en las sociedades contemporáneas. La opi­nión publica, por m u y amplia que sea su defini­ción, no puede inducir­nos a error en esto, por­que el objeto de nuestro interés es, precisamente,, un objeto definido por referencia a las normas culturales corrientes. N a ­turalmente, también po­demos estar interesados por una ciencia social ideal, trans-social, cultu­ralmente neutral, si es que existe; pero nuestra preocupación fundamental radica en las prácti­cas concretas actualmente reconocidas como "ciencias sociales". Pero la situación es muy distinta cuando pasamos al segundo término que ha de ser definido: el de "científico". Aquí, ni la denomi­nación ni la enumeración sirven absoluta­mente de nada. N o nos interesa especialmente saber qué es lo que la sociedad ha dado en llamar "científico", y por otra parte, el uso
  6. 6. 602 Ernest Gellner real de esta etiqueta por nuestros contemporá­neos no es concluyente. A decir verdad, las opiniones parecen estar muy divididas con respecto a este punto, y se observan debates muy significativos acerca precisamente de los límites de su campo de aplicación. Pero no tenemos ningún interés en convocar un refe­réndum sobre el caso, ni en ver cuál de los muchos grupos contendientes consigue impo­ner su punto de vista en un momento u otro. Estamos profundamente interesados, en cam­bio, en hallar una noción de lo "científico" realmente normativa, auténticamente autori­zada. Deseamos descubrir si las ciencias socia­les son realmente científicas. Éste es en sí mismo un punto interesante y significativo. Al formular nuestra pregunta: ¿son científicas las ciencias sociales? emplea­mos al parecer como sujeto un término que es definido convencionalmente o por denotación —todo lo que es llamado de hecho por ese nombre se incluye ipso facto en el mismo—, mientras que nuestro predicado es platónico o normativo y concebido como algo que no debe estar a merced de las convenciones o el capricho humanos. Se supone que las reglas de aplicación están basadas en una autoridad superior e independiente. Nuestra frase parece así lógicamente un híbrido: el sujeto es nominalista o convencio­nal, el predicado es platónico, esencialista y prescriptivo. ¿Es permisible esta ambigüe­dad? N o creo que la situación sea en realidad tan anómala o desacostumbrada. Pero es significativa. Si ambos términos se definieran conven­cionalmente, por referencia al uso real, o mayoritario, o convenido, de cada uno de ellos, la pregunta sería fácil de contestar y carecería de toda profundidad o importancia. Bastaría con hacer una encuesta, averiguar si y en qué medida la gente usa una de las etiquetas ("ciencias sociales") de m o d o tal que caiga dentro del radio de aplicación de otra etiqueta de más amplio espectro ("científi­co"). Pero ninguna encuesta de este tipo se estimaría en realidad pertinente ni, en todo caso, válida y definitiva, con respecto a la pregunta que efectivamente hacemos. Este "platonismo del predicado", que nos obliga a tratar el término en cuestión como si­se refiriera a algo constituido de forma total­mente independiente de nuestro albedrío y costumbre y dotado de autoridad sobre noso­tros, es interesante y significativo. Repárese en que ésta es una antigua y constante característica de los análisis y deba­tes referentes a las delimitaciones de "ciencia" o "significado". Aquellas famosas disputas por las demarcaciones tenían toda la pasión e intensidad de circunscribir lo salvado y lo condenado, de definir lo lícito y lo ilícito, de descubrir una verdad importante y dada, y no simplemente de asignar etiquetas. El convencionalismo con respecto a la delimitación de conceptos sólo se invocaba, con algún apuro y visible falta de convicción, cuando el teórico se veía acorralado, por ejemplo, por la insistente pregunta acerca de la legitimidad del principio de verificación mismo. ¿Era éste un informe experimental o una convención que definía los límites de un término? Se mantenía la ficción de que la demarca­ción de verificabilidad del significado o de la ciencia era meramente una convención nues­tra. Pero el verdadero espíritu en que se inspiraba esta delimitación era evidentemente muy distinto. Se propugnaba como una norma objetiva, autorizada, platónica. Circunscribía el ámbito de la salvación cognoscitiva. No cabe la menor duda de que las discu­siones acerca de lo que es y no es "científico" se sostienen dentro de este espíritu manifiesta­mente platónico, normativo y no convenciona-lista. Se trata de saber si algo es verdadera­mente, realmente científico. Los debates pare­cen basarse en el supuesto de que lo que se ventila es una importante frontera conceptual, en la naturaleza misma de las cosas y total­mente fuera del alcance de lo que nosotros optemos por llamar lo que sea. Hay otra explicación posible: no somos conceptualmente rígidos porque somos plató­nicos, sino que llegamos a ser platónicos porque somos conceptualmente rígidos. Cuan­do los conceptos nos apremian nos volvemos platónicos malgré-nous. N o siempre nos es
  7. 7. El rango científico de las ciencias sociales 603 dado elegir nuestros conceptos, y en cambio éstos sí tienen a menudo autoridad sobre nosotros. El hombre puede hacer lo que quiere, pero no puede desear lo que quiere, y no siempre puede elegir libremente sus con­ceptos. A veces éstos tienen sobre nosotros una autoridad irresistible. ¿Y por qué somos . en algunos casos tan rígidos conceptualmen­te? ¿Por qué consentimos en ser esclavos de los valores e imperativos que encierran ciertas ideas? Genéricamente, puede decirse que esto sucede porque cierto conglomerado o síndro­me de rasgos, encerrados unos con otros en este o aquel concepto de una lengua o estilo de pensamiento dado, tienen buenas razones, por decirlo así, para mantenerse encerrados en mutua compañía justamente de esa mane­ra, con esa particular combinación de ingre­dientes, y para tener alguna especie de domi­nio compulsivo sobre nuestro pensamiento. Además, la carga moral, positiva o negativa, con que tales conceptos están lastrados no puede ser arrancada de ellos. Las razones que conducen a la cristaliza­ción de tales conceptos, en los que se aglutina un conjunto de rasgos, pueden ser generales o específicas; pueden ser inherentes a la condi­ción humana como tal o guardar relación con alguna situación social o histórica concreta. Pero la fórmula general correspondiente a este caso tiene que ser algo así: surgen (y a veces persisten) situaciones que impelen a una comunidad lingüística y conceptual a pensar en términos de un concepto T, definido en términos de atributos, a, b, c, etc.; y, además, es de suma importancia para esa comunidad establecer si un objeto dado o una práctica determinada se inscribe o no en el marco del concepto T, si es parte integrante de la vida misma, del uso y, con ello, de la definición operacional de tal concepto. Eso es lo que ocurre con su carga moral. Algunas fronteras conceptuales tienen para determinadas socie­dades una importancia que dimana de la índole misma de su situación y no pueden ser abrogadas por decreto. Es obvio que, en nuestra sociedad moder­na, el concepto de lo "científico" es precisa­mente de esa clase. Lo necesitamos, y sólo puede ser una noción importante y autori­zada; C o m o tantas veces ocurre, seremos o no capaces de especificar exactamente qué es lo que entendemos por él; lo que podríamos llamar paradoja de Sócrates, a saber, utilizar una noción sin ser capaces de definirla, tiene aplicación aquí, como en tantos otros casos. Pero cualesquiera sean los componentes del conjunto de rasgos que la idea define, ésta es indiscutiblemente importante, y no es, por decirlo así, discrecional. N o sabemos lo que es exactamente, pero sí que es importante y que no podemos tomarla a la ligera. La idea de "científico" es una noción de esta clase. Pero no siempre ha sido así. Sin duda posee alguna leve afinidad con el viejo deseo de definir el verdadero saber por oposi­ción a la mera opinión, y con la preocupación aún más vehemente de identificar la verda­dera fe. E n este último caso, sabemos muy bien por qué la noción era tan importante: la salvación y la condenación personal depen­dían de ella. Pero las fronteras de lo científi­co, aunque puedan tal vez superponerse, no coinciden en extensión (y menos aún en intensidad) ni con el verdadero saber ni con la verdadera fe. La "sociologización" de la ciencia en segundo grado: Popper y Kuhn Si convenimos en lo afirmado más arriba, ¿en qué consiste, pues, lo científico? L o "científi­co" no ha sido una noción decisiva y definitiva en todos los tiempos y todas las sociedades. En las sociedades en que se hallaba bien establecida la institución del "sabio" era natu­ral que adquiriese gran difusión la preocupa­ción por distinguir entre saber verdadero y espurio, entre acceso genuino y fraudulento a recetas y fórmulas de excelencia y estilos de vida virtuosa. Constituía una especie de "pro­tección del consumidor" para aquellos que entraban en el mercado en busca de sabiduría y servicios de asesoramiento para acceder a la vida virtuosa; y al parecer esto dio el primer
  8. 8. 604 Ernest Cellner estímulo poderoso para él desarrollo de la teoría del conocimiento. E n aquellos tiempos de presuntos mesías en competencia, los crite­rios para identificar al verdadero parecían ser más de carácter demostrativo y espectacular que de naturaleza puramente epistemológica. Cuando la revelación llegó a estar monopoli­zada y codificada en escrituras, la preocupa­ción central pasó a ser, naturalmente, la identificación del único o casi único punto de revelación y de la autenticidad del supuesta­mente único mensaje, o mensajero, o de la institución permanente o serie de vínculos personales entre el punto de comunicación auténtico y el presente. Sobre el telón de fondo de estos diversos supuestos institucio­nales y doctrinales, cada una de las cuestiones planteadas, y sin duda otras variantes de las mismas, tenían sentido. Aunque, en efecto, : presentan alguna coincidencia limitada y cierta afinidad con la cuestión que aquí nos ocupa, evidentemente no son idénticas a ella. El punto principal de coincidencia es que, en todas estas cuestiones, los hombres esta­ban interesados por la validación o legitima­ción de postulados más específicos en virtud de un criterio más general. Cuando determina­mos que algo es "científico" o no lo es, estamos ipso facto decidiendo si tiene o no cierto derecho legítimo a merecer nuestra atención y quizá incluso a que le demos crédito. La condición de ser "científico" no es necesariamente la forma exclusiva o domi­nante de conferir tal autoridad a postulados específicos; pero es, sin duda, al menos una de las formas de validación universalmente reco­nocidas y respetadas. H u b o un tiempo en que ni siquiera era una entre muchas; en que era, de hecho, desconocida. Esto, a mi entender, constituye una clave decisiva. Ante todo es indispensable iden­tificar aquellas condiciones sociales de origen o de fondo que han engendrado esta forma particular de validación, que crea así esta nueva y potente noción de "científico" y la dotan de autoridad. Esto imprime automáticamente a nuestra indagación una orientación sociológica, obli­gándola a tomar conciencia de las diferencias generales entre clases de sociedad y a inte­resarse por ellas. Cuando menos, tendremos que ocuparnos de las diferencias existentes entre las sociedades que engendran esta no­ción y las que no lo hacen. Hay por lo menos dos maneras de abor­dar el problema de la definición de "ciencia": la filosófica y la sociológica. Podemos caracte­rizar a la primera del siguiente modo: el investigador que opta por este enfoque actúa con arreglo a un tipo u otro de modelo de investigación o de adquisición del saber, modelo cuyos elementos serán tomados de las actividades individuales, como el tener ideas, experiencias, montar experimentos, relacio­nar las lecciones de la experiencia o los resultados de los experimentos con generaliza­ciones basadas en las ideas iniciales, y así sucesivamente. Una teoría extremadamente individualista de la ciencia sería aquella que ofreciese una teoría y una demarcación de la ciencia sin traspasar nunca los confines de un modelo construido de esta manera. Semejante teoría estaría dispuesta acaso a conceder, o incluso a hacer resaltar, el hecho de que, en realidad, los científicos son m u y numerosos y habitualmente cooperan y se comunican entre sí, pero esto sólo sería un elemento contin­gente e inesencial. Conforme a tal teoría, un Robinson Crusoe podría practicar la ciencia. Con los recursos, la longevidad, el ingenió y la aptitud pertinentes, ningún logro de la cien­cia, tal como nosotros lo conocemos, estaría "en principio" más allá de sus facultades. Los que sustentan teorías de esta clase no tienen inconveniente en admitir que, en efecto, la crítica, la verificación, la corroboración, son, en términos generales, actividades sociales, y que dependen, para su eficacia, de una infraes­tructura matemática, tecnológica e institucio­nal que se halla, con mucho, más allá del poder y de los medios de cualquier individuo; pero se sienten, supongo yo, obligados a sostener que la circunstancia de que un medio social ofrezca o no estas condiciones previas es, por decirlo así, una condición externa de la ciencia, pero no, de ningún modo, una parte esencial de ella.1 Hay varios modos y grados de introducir
  9. 9. El rango científico de las ciencias sociales 605 LE PROVOCATEUR DE PLUIE La ciencia de Prometeo: el provocador de lluvias, D . R .
  10. 10. 606 Ernest Gellner un elemento sociológico en esta visión indivi­dualista. Siempre se puede alegar que la sociedad constituye una condición previa esen­cial, pero sólo la sociedad como tal, y no necesariamente esta o aquella clase de socie­dad. E . Durkheim sería un ejemplo de esta posición. Sostenía que el pensamiento era imposible sin una compulsión conceptual, la que a su vez dependía de la existencia de la sociedad y, sobre todo, del ritual colectivo. Esto, de ser cierto, convierte a la sociedad en una condición previa esencial de la ciencia y, en realidad, de todo pensamiento; un indivi­duo auténticamente presocial, por capaz que fuera, por mucho tiempo que viviera y por bien equipado que estuviese, jamás podría elevarse a la formulación de una idea gene­ral. 2 U n segundo grado en la sociologización de la teoría de la ciencia supone insistir no meramente en la existencia de una sociedad, sino de una determinada clase de sociedad. L a teoría de la ciencia de Popper parece ser de esta índole: la sociedad no es suficiente, la generación de la ciencia requiere el "espíritu crítico". Las sociedades cerradas no pueden engendrar ciencia, pero una sociedad abierta sí puede hacerlo. Sociedad abierta es aquella en la que los hombres someten sus opiniones a la crítica mutua, y que, o bien posee apoyo institucional para dicha práctica o, al menos, carece de medios institucionales para inhi­birla. Las ideas de Popper sobre este asunto presentan algunos aspectos que acaso no se hallen enteramente en armonía. Cuando se destaca la continuidad del proceso de ensayo y error como base de todo avance cognoscitivo en la historia de cualquier ser vivo, diríase que el hombre comparte el quid secreto del método científico con toda la vida orgánica y que jamás precisó apren­derlo. (Sólo hemos aprendido en cierto modo a acelerar un poco el proceso y a tener piedad de los portadores de ideas que no prosperan.) N o parecen requerirse instituciones especiales de ninguna clase. Sin embargo, en el contexto de su refutación de los relativistas que invo­can la incapacidad humana para superar el prejuicio y el interés, Popper parece dispuesto a conceder que muchos (¿quizá la mayor parte?) de los hombres se muestran reacios a corregir sus opiniones propias a la luz de consideraciones en contrario y tal vez incluso necesiten el prejuicio para hacer descubrimien­tos; pero insiste en que la ciencia es precisa­mente el tipo de institución que no está a merced de las virtudes o vicios de las personas que la sirven. La verificación pública, por parte de una comunidad de científicos diversificada e incon-' trolable, garantiza la eliminación última de las ideas erróneas, por dogmáticos e irracionales que sean sus partidarios. Según este análisis, la ciencia y su adelanto dependen claramente del apoyo institucional aportado por esta verificación plural y pública. Por otra parte, nuevamente en el contexto de la discusión sobre el origen del espíritu científico, Popper se inclina a invocar las figuras de los heroicos fundadores-liberadores prometeicos jónicos, que de alguna manera vencieron su proclivi­dad humana al dogmatismo e incitaron a sus discípulos a ejercitar la crítica, inventando con ello la ciencia. El filósofo jónico precur­sor de Popper desempeña en este sistema un papel similar al del filósofo en La Repú­blica: él, y sólo él, con su aparición un tanto misteriosa, puede romper el círculo vicioso del que, de no ser así, el hombre no podría escapar. La filosofía general de Popper llama la atención sobre el hecho de que la ciencia tuviera que ser inventada en la historia humana, donde la vemos como el gran acto liberador que nos redime de la sociedad cerrada, aunque originariamente no hubiera necesitado invención, en la historia general de las especies, pues la ameba la poseía como privilegio innato. E n la naturaleza, los organis­mos eliminaban las hipótesis erróneas elimi­nándose entre sí. Los hombres salvajes, pre-científicos, también se eliminaban alegre­mente unos a otros, pero no eliminaban las hipótesis; por alguna razón, dejaban sobrevi­vir las ideas, o mejor dicho, las preservaban sin discriminación, en vez de eliminarlas. Implacables entre ellos, manifestaban una tierna solicitud por las ideas. Los científicos
  11. 11. El rango científico de las ciencias sociales 607 modernos eliminan las hipótesis, pero no se eliminan entre sí, por lo menos cuando obser­van su comportamiento óptimo. La curiosa consecuencia de esta filosofía de la historia es que existe una especie de edad de las tinieblas o caída, que tuvo lugar entre la aparición de la humanidad sobre la tierra y los albores de la ciencia y de la sociedad abierta. El privilegio innato de la ameba se perdió durante el periodo primitivo de la historia humana, tribal y supercolectivista, y se recobró, heroica y milagrosamente, en Jonia. Es interesante la coincidencia de que esta teoría de la edad de las tinieblas sea compartida, aunque de forma distinta, por el cristianismo, por el marxismo y por Popper. El segundo filósofo de la ciencia más influyente en nuestros días, Thomas Kuhn, al parecer también sociologiza la materia en segundo grado. En su opinión, la sociedad resulta esencial para la existencia y el pro­greso de la ciencia, pero no precisamente cualquier sociedad, sino aquélla dotada de un paradigma. Aparentemente, hay sociedades que no poseen esta cualidad: por ejemplo, la comunidad de los especialistas en ciencias sociales.3 Hasta donde podemos discernir, la dife­rencia decisiva entre sociedades capaces y sociedades incapaces de hacer ciencia, según este modo de ver, será, lisa y llanamente, la ausencia o presencia de un paradigma. Kuhn no parece tener opinión con respecto a la diferencia entre paradigmas científicos y no científicos, y a mi entender, es ésta una debilidad decisiva en su posición. Los paradig­mas parecen no sólo ser inconmensurables, sino también constituir una clase curiosamente indiferenciada. El profeta de su inconmensura­bilidad parece tener escaso sentido de su profunda diferencia de naturaleza, de que algunos de ellos son más inconmensurables que otros. Pero en tanto que la importancia de los paradigmas, y el hecho de que sean socialmente transmitidos, perpetuados e im­puestos, le lleva abierta y confesadamente a dirigirse a la sociología, se ve expuesto al sarcasmo de Popper: ¿qué sociología va a utilizar el filósofo de la ciencia? ¿En qué paradigma sociológico podrá confiar cuando se valga de la sociología para abordar el problema general de la naturaleza de la cien­cia, con objeto de esclarecer la posición de todas las ciencias, incluida la sociología mis­ma? Al referir toda actividad científica a los paradigmas, y supeditar la filosofía de la ciencia a la sociología (que presumiblemente no está más exenta de la dependencia de los paradigmas que cualquier otra ciencia o inves­tigación), diríase que en su actitud hay un elemento de círculo vicioso.4 Lo que nos interesa aquí es que tanto Popper como Kuhn sociologizan la filosofía de la ciencia en segundo grado, es decir, hacen depender la ciencia no sólo de la mera existen­cia de la sociedad, sino de la presencia de un tipo particular de sociedad. La forma en que lo hacen, sin embargo, es muy distinta y, en realidad, diametralmente opuesta. Para Popper, la única sociedad capaz de hacer ciencia será aquella cuyo control i social es tan laxo que permite la crítica incluso de sus sabios más respetados (o mejor todavía, quizás, aquélla dotada de garantías institucio­nales que posibilitan o incluso estimulan seme­jante crítica); para Kuhn, la ciencia sólo es posible si existe un control social conceptual suficientemente estricto para imponer un para­digma a sus miembros en casi todos (aunque no absolutamente todos) los momentos, no obstante el hecho de que los paradigmas no son lógicamente o, por decirlo así, objetiva­mente coactivos. Es la presión social la que los impone, haciendo posible de este modo la ciencia. A menos que las cuestiones profundas se prejuzguen arbitrariamente, la ciencia no puede progresar: aparece. Pero al igual que Thomas Hobbes insistía en que cualquier soberano es preferible a la anarquía, así también Thomas Kuhn destaca que cualquier paradigma es preferible a la terrible libertad de los especialistas en ciencias sociales contem­poráneos, que siempre debaten y ponen en tela de juicio principios fundamentales y, por esa misma razón, merced a su gran "aper­tura", inhiben el nacimiento de ciencia genuina en su propio seno. No es preciso optar aquí entre el filoanar-
  12. 12. 608 Ernest Gellner quismo de Popper y el autoritarismo de Kuhn, que recomienda lealtad, a los paradigmas en • casi todos los momentos, aunque evidente­mente reservándose el derecho de rebelión ocasional (durante unas igualmente mal defini­das, y creo que en principio indefinibles condiciones de "revolución científica"). Lo que sí es pertinente para nuestro propósito es señalar un error común a ambos. Para definir la ciencia, es preciso sociologizar la filosofía de la ciencia en tercer grado, y no meramente en segundo grado. N o basta con reconocer la función de la sociedad y distinguir entre sociedades capaces y sociedades incapaces de hacer ciencia; es necesario también efectuar esta distinción con arreglo a características de la sociedad que no correspondan solamente a sus actividades cognoscitivas, y considerar esas sociedades cuando participan en otras actividades. Tendremos que examinar las repercusiones de las primeras sobre las segun­das. Esto, en mi terminología, es sociologizar la materia en tercer grado, y es algo que debe hacerse. ¿De qué manera? Características de las sociedades capaces de hacer ciencia Para comprender por qué la noción de lo científico es tan influyente, por qué esta señal de aprobación es tan significativa, habremos de examinar qué es lo que la "ciencia" hace a la sociedad, y olvidar por un momento la usual y fascinante cuestión de cómo logra hacerlo. Las teorías filosóficas de la ciencia, como las incorporadas en las diversas tentati­vas filosóficas de demarcar el hecho científico, se esfuerzan básicamente por responder a la pregunta relativa a cómo actúa la ciencia, de qué manera se logra el gran milagro del progreso y el consenso científico. Pero para determinar qué es lo que confiere a la ciencia tal poder taumatúrgico, tal hechizo, no debe­mos mirar tanto cómo opera, sino qué es ese efecto mágico. ¿Por qué la ciencia entraña tanta diferencia para la sociedad, que asigna un prestigio especial a toda actividad suscepti­ble de ser incluida dentro de su círculo mágico y sustraída de todo aquello no calificable como "científico"? Este contraste, como acabo de formu­larlo, simplifica un poco una realidad más compleja: los filósofos de la ciencia, natural­mente, también se interesan por las caracterís­ticas de la producción de la ciencia, por la clase de teoría que ésta produce. D e todos modos, tienden a considerar dicha producción como un dato. Su problema es determinar cómo se consigue. Es el sociólogo quien se interesa primordialmente por los efectos y las consecuencias de las diversas clases de conoci­miento que proporciona la ciencia. Para sim­plificar la exposición, fingiré que esta división del trabajo es más neta de lo que es en realidad. Así planteada la cuestión, la mejor m a ­nera de responder a ella es ofrecer un breve bosquejo de la historia de la humanidad, esquemático pero pertinente, que divida dicha historia en tres grandes fases. Lãs filosofías trinitarias de la historia son bastante corrien­tes. Está, por ejemplo, la teoría de Auguste Comte con sus tres etapas históricas: la reli­giosa, la metafísica y la positiva, o la doctrina de la dominación sucesiva de la magia, la religión y la ciencia, postulada por Sir James Frazer, o la versión, menos intelectualista, de Karl Polanyi, que establece la sucesión de tres formas de sociedad: comunitaria, redistribu­tiva y de mercado. El nuevo patrón de la historia universal que está ya cristalizando en nuestros días y que constituye, creo yo, la concepción de la historia de nuestra era no oficial, no formulada y a veces inconfesada, pero tácitamente reconocida, es un tanto diferente. Comparte con los esquemas de Comte y Frazer algo de su intelectualismo y de su alta valoración de la ciencia, aunque se muestra más preocupada —que Frazer, por lo menos— por los efectos de la ciencia sobre el ordenamiento de la sociedad. Las etapas cruciales de la historia de la humanidad son las siguientes: primera, la de la caza y recolección de frutos silvestres; a continuación, la de la producción de. alimen­tos (agricultura y pastoreo), por último, la
  13. 13. El rango científico de las ciencias sociales 609 La desesperación cognoscitiva. Roger-vioiiet.
  14. 14. 610 Ernest Cellner basada en la producción directamente vincu­lada al auge del saber científico. Las teorías que presentan las fases históri­cas en términos de organización social no sirven: es la base productiva cognoscitiva la que parece depararnos la gran línea divisoria; y a un lado y a otro de esta gran línea hallamos una diversidad de formas sociales. En el presente contexto, el mundo de los cazadores y recolectores no nos interesa mayormente. Pero la diferencia entre el mundo agrario y el científico-industrial nos importa considerablemente. La noción de una sociedad agraria plena­mente desarrollada incluye no solamente el hecho de contar con la producción de alimen­tos, sino también otras dos características importantes: la-alfabetización y la centraliza­ción política. Las sociedades agrarias desarro­lladas se distinguen por una división del tra­bajo bastante compleja pero relativamente estable. Pero es un error tratar la división del trabajo como un producto homogéneo: sus consecuencias para la sociedad varían según, precisamente, qué es lo que se convierte en una especialidad. La alfabetización y la centra­lización política, la aparición de una clase ilustrada y de un régimen de gobierno tienen consecuencias m u y distintivas, que no pueden asimilarse sin más a las especializaciones eco­nómicas menores que intervienen en el pro­ceso de producción tomado aisladamente. Los regímenes de las sociedades agrarias ilustradas no son todos iguales. E n realidad, difieren muchísimo entre sí. Es de sobra conocida la diversidad de los regímenes políti­cos agrarios. Las clases de funcionarios y burócratas de los regímenes agrarios también varían enormemente en su organización, reclu­tamiento y modos de ser. E n un sitio pueden formar parte de una organización única, cen­tralizada y celosamente monopolista; en otro, pueden constituir un gremio holgado y liberal abierto a todos los hombres instruidos y devotos. E n un lugar diferente, pueden for­mar una casta estricta, mas no centralizada, o constituir una burocracia seleccionada m e ­diante oposiciones, con un monopolio adminis­trativo pero no religioso. Ahora bien, no obstante esta variedad, pueden observarse algunos rasgos comunes o genéricos importantes. E n tales sociedades, el saber registrado y archivado se utiliza para los documentos administrativos, especialmente los que atañen a la imposición fiscal; para la comunicación entre toda una jerarquía polí­tica y religiosa; como parte del ritual y para la codificación de la doctrina religiosa, la cual proyecta una especie de sombra en forma dé magia de la palabra, pleitesía rendida por la magia manipuladora a la religión fundada en las Escrituras. La conservación de la verdad escrita, y posiblemente su cumplimiento en la práctica, son preocupaciones centrales, antes que su expansión en forma de adquisición de más verdad. (Todavía no es un ideal plausible la ampliación del saber.) Pese a su compleji­dad interna, a veces muy considerable, tanto el sistema de jerarquización social como los sistemas cognoscitivos dentro de sociedades como éstas tienden a ser bastante estables, y lo mismo suele ocurrir con su sistema pro­ductivo. El peso normativo y conservador con­fiado a la palabra escrita, a cargo de las clases ilustradas, tiende a producir un dualismo o pluralismo cultural en semejante sociedad, una diferenciación entre la tradición grande (culta) y la tradición o tradiciones pequeñas. Algunos elementos de la gran tradición escrita pueden contener ideas generales de una pene­tración y potencialidad considerables, observa­ciones agudas y exactas de la realidad o sistemas deductivos de gran rigor; no obs­tante, genéricamente hablando, puede decirse que un cuerpo de esta clase no posee ninguna comprensión sólida, ningún conocimiento pro­fundo y acumulativo de la naturaleza. Su principal función y significación estriba en la legitimación social, la edificación de las perso­nas, la conservación de documentos y su comunicación, antes que en una verdadera exploración cognoscitiva de la naturaleza. Con respecto a la manipulación y al conoci­miento de las cosas, el contenido cognoscitivo del cuerpo en cuestión suele ser inferior a los saberes prácticos del artesano, el trabajador manual o el profesional en ejercicio. La ansiedad de saber expresada con tanto vigor
  15. 15. El rango científico de las ciencias sociales 611 en el discurso inicial del Fausto de Goethe es, evidentemente, una manifestación suscitada por esta situación. Con menos angustia y acaso más indigna­ción, y con auténtico cela misionero en nom­bre de una presunta alternativa, hallamos un sentimiento análogo, por ejemplo, en lo que podríamos llamar populismo panhumano o carte blanche de Michel Oakeshott.s La obra de Oakeshott estuvo muy en boga en la Inglaterra de posguerra, y probablemente continúe siendo el principal filósofo político conservador del Reino Unido. Su obra viene muy a propósito para el fin que nos ocupa porque, como base, ostenta una premisa que es mitad epistemológica, mitad sociológica, y que puede resumirse así: el saber auténtico es "práctico", lo cual quiere decir que se con­serva y transmite merced a la práctica de un arte, y sólo puede perpetuarse a través de una tradición viva; su contenido no puede ser nunca captado adecuadamente en documen­tos escritos y, desde luego, no puede ser transmitido de un hombre a otro solamente por la escritura. A la ilusión de que esto es posible, que confiere una autoridad indepen­diente a los asertos abstractos y escritos, él la llama "racionalismo", en un sentido muy peyorativo, y sostiene abiertamente que éste es el azote y la ruina de la vida moderna. La doctrina de Oakeshott oscila un tanto entre, por una parte, un panpopulismo global que da por buenas todas las tradiciones y condena todos sus escolasticismos, los cuales surgen y prosperan cuando aquéllas adoptan la escri­tura y la imprenta tomándolas demasiado en serio, y, por otra parte, el apoyo resuelto a una tradición concreta y bienaventurada que, gracias presumiblemente a una constitución no escrita, a un derecho consuetudinario y a la pragmática sabiduría de los políticos conserva­dores, ha resistido al "racionalismo" algo mejor que otras, aunque, hacia 1945, no lo hizo todo lo bien que debiera y despertó las iras del doctrinario. Si es éste el logro de una tradición peculiar, ¿podrá ser también una receta válida para todas las demás, sin contra­decir implícitamente su propio principio esen­cial, a saber, la ausencia de cualquier clase de principios abstractos y universales válidos? La posición de Oakeshott es pertinente para nuestro argumento porque, ofrezca o no un buen diagnóstico de la difícil situación política del hombre moderno, nos brinda, sin proponérselo, una exposición esquemática muy exacta de la función del saber abstracto en el régimen político de las sociedades agra­rias ilustradas. Es una descripción bastante aceptable de la relación existente entre el saber codificado y las competencias prácticas de estas sociedades, pero sólo de ellas. Las escrituras, los códigos legislativos, las epo­peyas, los manuales, etc., confiados a la custodia de sus escribas, celosamente preser­vados y m u y estables a lo largo del tiempo, no son superiores a la sabiduría práctica inarticu­lada del miembro vitalicio del clan o del gremio. Aquellos formalizan, falsean, paro­dian, se hacen eco de esta sabiduría; y aun­que, contra lo prescrito por la diatriba anti "racionalista", el respeto reverencial por la versión codificada del saber puede en oca­siones ser beneficioso —ya que, por ejemplo, este respeto por la norma codificada la hace menos dúctil a la manipulación oportunista—, es cierto que la autoridad absoluta reclamada para lo escrito bajo custodia del escriba no está justificada. La teoría escrita es parasitaria de la praxis vivida. Sea, pues, así; o, por lo menos, así fue, en otro tiempo, en las socie­dades agrarias ilustradas. N o en nuestros días. Es visiblemente falso respecto a la ciencia moderna y la sociedad en ella basada. C o mo fenómeno social, la ciencia natural moderna posee una serie de rasgos característicos: Sin ser enteramente consensual, lo es en un grado asombroso. Es intercultural. Aunque prospera más en ciertos países que en otros, parece capaz de subsistir en una amplia variedad de climas culturales y políticos y de ser, en gran medida, independiente de ellos. Es acumulativa. Su ritmo de crecimiento es pasmoso. Éste es también un rasgo único entre los sistemas cognoscitivos en gene­ral. Aunque evidentemente puede enseñarse a hombres procedentes de cualquier sus-
  16. 16. 612 Ernest Cellner trato cultural, requiere una ardua y pro­longada capacitación para adquirir m o ­dos y técnicas de pensamiento que no ofrecen continuidad alguna con los de la vida cotidiana y que con frecuencia van totalmente en contra de la intuición. La tecnología en constante crecimiento que esta ciencia engendra es inmensurable­mente superior a las técnicas y los sabe­res prácticos de los artesanos de la socie­dad agraria, y cualitativamente distinta de ellos. Son estos rasgos, u otros estrechamente rela­cionados con ellos, los que han engendrado la persistente y obsesionante pregunta acerca de qué es la ciencia. N o se trata ya, en rigor, de qué es la verdad, la sabiduría o el conoci­miento verdadero. Los hombres obsesionados por la pregunta respecto a la naturaleza de la ciencia no niegan necesariamente que el saber y la verdad existen también fuera de la ciencia; no todos dicen, como lo enunciaba irónicamente el autor de un libro en contra de la ciencia en cierta ocasión: Extra scientiam nulla saliis.6 Mas por lo general están imbui­dos por el sentido del carácter distintivo de esta especie de saber y desean localizar su fuente. N o es que quieran matar la gallina de los huevos de oro, lo único que anhelan es descubrirla, con objeto de utilizarla al máxi­m o y tal vez guiarla hacia nuevos campos. (Algunos sí desean equiparar saber con saber científico, no porque desprecien los modos cognoscitivos precientíficos y abjuren de ellos, sino porque los consideran básicamente análo­gos a la ciencia, sólo que más primitivos y más endebles, y entienden que merecen la misma etiqueta. Personalmente considero errónea esta suerte de "tesis de la continuidad".) Esta definición, digámoslo así, externa, sociológica, de la ciencia, elaborada desde el punto de vista de sus efectos sobre la topo­grafía y los procesos productivos cognoscitivos de la sociedad (dejando aparte la cuestión de su mecánica interna, el secreto de su éxito), puede, naturalmente, ser impugnada. Puede negarse que la ciencia constituya la victoria del saber trans-social, explícito, formalizado y • abstracto sobre las intuiciones, o competen­cias, o sensibilidades, comunicadas por otras vías que el discurso en privado. Puede afir­marse que la gallina de los huevos de oro no es, al fin de cuentas, radicalmente distinta de las viejas técnicas y saberes prácticos. Puede alegarse que la percepción y comprensión de un problema científico, la capacidad de propo­ner y verificar una solución requieren cierto instinto especial, sagacidad o "sapiencia per­sonal" que está más allá del alcance de las palabras o la escritura y que no puede forma­lizarse. El Fingerspitzengefühl (tino, habili­dad) goza de perfecta vigencia, y, lo que es más importante, sigue siendo indispensable. Michael Polanyi no fue sino un adepto más, aunque posiblemente el más célebre, de esta manera de entender las cosas.7 Es difícil decir cómo podría evaluarse esta interpretación. A veces se funda en argumentos como el de la regresión infinita de la formalización, que nunca logra estar a la par de sí misma;8 se afirme lo que se afirme, será sólo un caso de "saber qué", y presupon­drá un nuevo y práctico "saber cómo" apli­carlo, y si eso a su vez se articula y se hace explícito, entrará en juego el argumento ini­cial, y así indefinidamente. O bien suele sustentarse mediante la plausible y difundida opinión de que aunque exista una lógica de la verificación, no hay ninguna lógica del descu­brimiento: sólo la inspiración, fluctuante e incontrolable, que acude o no acude según su antojo, pero que parece mejor dispuesta a manifestarse en presencia de tradiciones de investigación bien asentadas, aunque elusivas e indefinibles. Pero aun cuando se admita todo esto, lo que importa desde el punto de vista social es que la proporción, el equilibrio que existe entre el saber práctico o el instinto inefable, por una parte, y el conocimiento formal explícito, por la otra, se transforme, hasta ser irreconocible, en una sociedad industrial que se sirve de la ciencia. A u n cuando un ele­mento de intuición o tradición, situado más allá de las palabras, sea decisivo para el gran descubrimiento excepcional y sobresaliente, o necesario en pequeñas dosis regulares para mantener una tradición de investigación vigo-
  17. 17. El rango científico de las ciencias sociales 613 rosa, la enorme masa de investigación co­rriente y de actividad tecnológica funciona de modo muy diferente: se parece más bien a los viejos escolasticismos explícitos de las socie­dades agrarias ilustradas, salvo en un solo aspecto crucial: toda esta actividad funciona. El escolasticismo, pese a toda su ineficacia, parece haber sido una magnífica preparación para un vigor auténticamente productivo. Las sociedades talmúdicas se dan con alacridad a la ciencia. Las consecuencias generales para la socie­dad que se sirve de la ciencia son también bastante obvias. Toda sociedad dotada de una tecnología pujante y en constante crecimiento vive de la innovación, y su estructura laboral profesional se halla en evolución perpetua. Esto determina una movilidad profesional bastante notable, y, con ello, un grado de igualitarismo que, aunque insuficiente para satisfacer del todo a los igualitarios, es e m ­pero bastante mayor que el de la mayoría de las sociedades agrarias. Es igualitario porque es móvil, no móvil porque sea igualitario. La movilidad, la frecuente transmisión abstracta de ideas y la necesidad de alfabetización universal, es decir, una comunicación razona­blemente desvinculada de los contextos, tam­bién conducen a una función enteramente nueva de la cultura en la sociedad: la cultura aparece ligada a la escuela más que al hogar y tiene que ser razonablemente homogénea en todo el ámbito cubierto por un sistema edu­cativo. Al fin, las grandes tradiciones real­mente dominan y en gran medida reemplazan a las pequeñas tradiciones. Así, el Estado, que otrora se presentara como el defensor de la fe, hoy deviene en efecto el protector de una cultura. En otras palabras, el Estado nacional moderno (basado en el principio: un Estado, una cultura) se convierte en la norma, y surgen nacionalismos irredentistas allí donde esta norma no se satisface. El potencial de crecimiento sin precedentes conduce a una política de, la abundancia: el intento de apla­car con la prosperidad material el descontento y de atenuar los conflictos sociales con rega­lías y ventajas económicas en todo y para todo, se convierte, como es sabido, en una trampa terrible, cuando, tras haberse transfor­mado esas ventajas en una expectativa incul­cada, como de algo debido por derecho, el cuerno de la abundancia temporalmente se seca o simplemente reduce su caudal, como es natural de cuando en cuando. Éstos parecen ser los rasgos genéricos de la sociedad que se sirve de la ciencia. Dichos rasgos la diferencian profundamente de la mayor parte o de todas las sociedades agra­rias, que son malthusianas en vez de orienta­das al crecimiento, y se caracterizan por la estabilidad cognoscitiva y productiva más que por su expansión (las innovaciones, cuando se producen, suponen cambios de grado más que de clase, y en cualquier caso llegan como apariciones furtivas, aisladas). Las teorías de las fases o épocas históricas de la organización social (capitalismo/socialismo es la más popu­lar) parecen haber fallado, por cuanto la sociedad que hace uso de la ciencia (es decir, la industrial) resulta ser compatible con diver­sas formas de organización, dentro de los límites de sus rasgos genéricos compartidos; pero esos rasgos, a su vez, la distinguen de todas sus predecesoras. La cuestión sobre la naturaleza de la ciencia es, en realidad, la del modo peculiar de cognición, que a su vez define una etapa completa de la historia del género humano. Algunas teorías filosóficas de la ciencia Las teorías filosóficas de la ciencia, tal como aquí se las entiende, no definen la ciencia a la manera sociológica presentada en las páginas anteriores, en términos de su efecto sobre la sociedad, a la que tienden a ignorar, sino que tratan de descubrir el secreto que la faculta para hacerlo. Es imposible enumerar aquí todas las teorías que rivalizan en este campo, y aun cuando hiciéramos una lista de todas, no tendríamos medio alguno para elegir entre ellas. N o existe consenso en este ámbito. La ciencia puede ser consensual; la teoría de la ciencia no lo es.
  18. 18. 614 Ernest Gellner Pero vale la pena, para el fin que persegui­mos, reseñar algunos de los principales conten­dientes: 1. El ultraempirismo, apegado a los he­chos observables, acumula las observaciones; únicamente va más allá de ellas cuando los datos acumulados apuntan firmemente en al­guna dirección; y, más que nada ¡no irrumpe en lo trascendente! Esta cauta versión del empirismo, asociada con Bacon o H u m e y que sobrevive hoy "día en el conductismo moderno, se ha visto muy desacreditada últimamente. Sus detractores no siempre saben apreciar el valor que ha tenido este veto de la transgre­sión cognoscitiva. Los sistemas de creencias de las sociedades agrarias solían estar construi­dos de tal suerte que se perpetuaban a sí mismos mediante una circularidad, y el veto de la transgresión era la mejor forma de eliminarlos. 2. El diagnóstico kantiano, que combina el veto de la transgresión con cierta osadía recomendada dentro de límites apropiados y en un marco conceptual presuntamente impuesto por la estructura de la mente hu­mana. 3. La autopropulsión colectiva mediante la resolución de las contradicciones internas, respetando una praxis privilegiada (de la que la praxis de la clase privilegiada es un ejem­plo) y la dirección de un desarrollo social prescrito. Esta es la mejor aproximación que puedo encontrar para formular una de las teorías del conocimiento comúnmente asocia­das con el marxismo. 4. Máxima audacia de las hipótesis den­tro de los límites de la verificabilidad: la teoría de Popper. 5. La obediencia a una concepción de fondo (eliminando así el caos característico de los temas no científicos y garantizando el quehacer comparativo y de este modo la acumulación de conocimientos), excepto en raras ocasiones "revolucionarias", que no pue­den ser genéricamente caracterizadas ni presu­miblemente vaticinadas, y que después condu­cen a la progresiva substitución de una concep­ción de fondo por otra. Dentro de los límites de esta teoría, que declara que estas sucesivas concepciones de fondo son inconmensurables, es imposible, empero, demostrar racional­mente que la concepción pos-revolucionaria es superior a la substituida. Aunque la idea de progreso científico es un supuesto, y en reali­dad fija los términos del problema, no puede afirmarse coherentemente, pues esto exigiría comparar sucesivos "paradigmas", que se nos dice son inconmensurables, por referencia a algún metaparadigma, que, ex hypothesi, no poseemos ni podemos poseer. Esta es la discutidísima teoría propugnada por Thomas Kuhn.9 6. La mejora sucesiva de conjuntos de proposiciones con miras a refinar tanto las predicciones y la manipulación externas como la coherencia y la elegancia internas por medio de métodos que, según se afirma, ofrecen perfecta continuidad con los que han regido la evolución biológica. Esto es el prag­matismo, eficientemente representado en nuestro tiempo por W . van O . Quine,10 quien enuncia la tesis de la continuidad más coheren­temente que Popper (en cuya obra choca con la discontinuidad entre pensamiento abierto y pensamiento cerrado). Si hubiera de produ­cirse una ruptura fundamental en la historia del conocimiento, según esta versión lógico-pragmatista, surgiría en el punto en que empezaron a utilizarse entidades abstractas y, en cierta manera, adquieran realidad, permi­tiendo así el espectacular desarrollo de las matemáticas. No es éste lugar adecuado para debatir los méritos de las citadas teorías. Hay otras, sin duda. Pero habremos de referirnos a los temas que en ellas se debaten: observación exacta, verificación, matematización, valores conceptuales comunes, rechazo de la trascen­dencia o circularidad. Mi tesis consiste en que por "ciencia" se entiende un tipo de cognición que ha transfor­mado radicalmente, cualitativamente, la rela­ción del hombre con las cosas: la naturaleza ha dejado de ser una referencia para pasar a ser objeto de auténtico conocimiento y mani­pulación. La ciencia es un sistema cognosci­tivo peculiar con cierto misterioso mecanismo interno que asegura su crecimiento sostenido
  19. 19. El rango científico de las ciencias sociales 615 "El efecto Pirandello" consiste en reducir la distinción entre los actores y los espectadores de una obra. Una escena de la obra de Pirandello Seis personajes en busca de autor, interpretada por la compañía Pitoeff en 1936, en París. Rogcr-vioiiet. y perpetuo, el cual ha sido profundamente beneficio para los sistemas productivos h u m a ­nos y corrosivo para nuestros sistemas de legitimación social. E n realidad no sabemos c ó m o se alcanza este crecimiento sostenido y consensual, pero sí sabemos que se alcanza, y "ciencia" es. el nombre que designa el m o d o en que se logra, sea cual sea. Por eso la cuestión concerniente a si es o n o apropiado incluir los estudios sociales en el ámbito de la ciencia no es, en m o d o alguno, meramente terminológica: se trata de determinar si n o está sucediendo lo m i s m o con nuestra c o m ­prensión y manipulación de la sociedad. Pero esta forma de exponer el problema encierra "una simplificación importante. D a a entender q u e la carga valorativa contenida en la denominación "ciencia", debido a su pro­mesa implícita de conocimiento y control, es entera, total e inequívocamente positiva.
  20. 20. 616 Ernest Gellner Pero no es así, ni muchísimo menos. Aunque existe una importante industria académica de producción de libros que explican a los espe­cialistas en ciencias sociales lo que realmente es la ciencia y cómo deben convertirse en auténticos científicos, existe también otra, con una producción no menos floreciente, que pretende que el estudio de la sociedad y del hombre no puede ser científico, o bien, si ha de conservarse el término "científico" con carga positiva, que sí se trata de ciencia pero en un sentido radicalmente distinto del que rige en la ciencia natural. La idea de que los métodos de las ciencias naturales y sociales son básicamente idénticos es, hoy por hoy, casi una definición de "positivismo", y el positivismo es un término que en los últimos años se ha usado peyorativamente con dema­siada frecuencia. Esto es significativo: original­mente, el tema central del positivismo era la interdicción de la trascendencia. Los antiposi­tivistas modernos tratan de escapar de las debilidades inherentes al hombre y de los hechos (principalmente la contingencia y la corregibilidad), rio ya para descubrir una región trascendente de verdades puras e impe­recederas, como era uso establecido en los tiempos agrarios, sino para acceder a la región de lo social y lo humano; y, a tal fin, deben insistir en que lo humano o cultural es radical­mente distinto de la naturaleza. U n o también tiene a veces la impresión de que "positivista" es cualquier persona dispuesta a someter una teoría predilecta a la indignidad de la verifica­ción por los meros hechos. Los argumentos que pretenden demos­trar que el estudio del hombre y de la sociedad no puede ser científico (y su variante de que sólo puede ser científico en un sentido radicalmente distinto del aplicable al estudio de la naturaleza) pueden también catalogarse. Los autores que sostienen esta tesis suelen combinar, por supuesto, en distinta propor­ción estos distintos elementos. D e todos m o ­dos, es conveniente enumerarlos por separado. 1. El argumento basado en la ideografía: los fenómenos humanos, sociales o históricos, o bien son intrínsecamente individuales, o bien nuestro interés recae en sus aspectos individuales e idiosincrásicos; o, natural­mente, ambas cosas. 2. El argumento basado en el holismo. La sociedad es una unidad; el. "principio de las relaciones internas", que hace hincapié en que todo es lo que es en virtud de sus relaciones con todo lo demás dentro del mismo sistema, se aplica a ella. Si el lema principal de la antigua metafísica era la realidad de los obje­tos abstractos, entonces esta idea, en diversas terminologías, es el lema central de la socio-metafísica moderna. La investigación empí­rica, sin embargo, sólo puede ocuparse, ex hypothesi, de hechos aislados y no puede captar ninguna totalidad. D e ahí que deforme y tergiverse, esencialmente, la realidad social. Esta doctrina puede combinarse con la idea de que es función efectiva, consciente o latente de la investigación empírica de hechos objectivos ocultar la realidad social y falsear nuestra percepción de la misma, al servicio del orden establecido, cuyos representantes tienen motivos fundados para temer la percep­ción clarividente de la realidad social por parte de los miembros de la sociedad menos favorecidos. Naturalmente, esta tesis puede también combinarse con una dispensa especial para su promotor mismo y los que piensan como él, que poseen medios de acceso privile­giados al conocimiento de la naturaleza real de la sociedad, visiones de fondo que les permiten ir más allá de los meros átomos que son los hechos empíricos, bien custodiados por los perros guardianes ideológicos del orden establecido.11 3. El argumento basado en la compleji­dad de los fenómenos sociales puede utilizarse para reforzar los dos argumentos precedentes. 4. El argumento basado en el significado. Las acciones e instituciones humanas no se definen por ciertos rasgos materiales comu­nes, sino en términos de lo que significan para los participantes. Este hecho (si es tal) puede esgrimirse, total o parcialmente, para deducir de él que los fenómenos humanos o sociales están exentos ya de la causalidad, ya de la investigación empírica externa y comparativa, o ya, naturalmente, de ambas cosas. Este argumento puede exponerse así: el
  21. 21. El rango científico de las ciencias sociales 617 nexo que existe entre los fenómenos o clases de acontecimientos naturales es independien­te de cualquier sociedad, común a todas ellas, e impermeable a los significados imperantes en una u otra. Pero las acciones se definen por lo que significan para los participantes, y los significados que las identifican se extraen del fondo semántico común de una cultura dada, que no se identifica necesariamente, y quizás nunca, con el de otra cultura. D e ahí que no pueda existir ninguna generalización causal válida en la que uno de los eslabones sea una clase de acciones determinada, es decir, acontecimientos reunidos solamente en virtud de los significados, por así decir colecti­vamente privados, que resultan estar en uso en una cultura dada, pues no guardan rela­ción alguna con ninguna especie o categoría natural. La naturaleza no sabría reconocer­los ni identificarlos y, en consecuencia, no puede aplicarles ninguna relación de causali­dad. En cuanto a los nexos que es costumbre observar entre dos o más de tales categorías portadoras de un significado social, son esta­blecidos en virtud de la semántica de la cultura en cuestión y sólo pueden aprehen­derse penetrando a fondo ese sistema, y no mediante una investigación externa. La inves­tigación intersocial y las generalizaciones com­parativas son absurdas e imposibles por cuanto los sistemas de significados de las diversas culturas no son comparables ni coincidentes o bien sólo lo son de forma contingente y parcial.12 Si se contempla esta tesis desde una perspectiva histórica, puede decirse que el idealismo goza de perfecta vigencia actual­mente y se ampara en el nombre de la hermenéutica. Las ideas que en otro tiempo se articularan con la ayuda de términos como Geist o espíritu, hoy ven la luz en términos de "significado" o de "cultura". 5. La construcción social de la reali­dad. 13 Este argumento se superpone clara­mente con el precedente; tal vez sea idéntico a él, diferenciándose sólo en el modo de presen­tación y en su estirpe filosófica. La formula­ción anterior está enraizada sobre todo en la obra de L . Wittgenstein, mientras que esta otra proviene de las ideas de E . Husserl y A . Schutz. 6. La llamada construcción individual de la realidad. Esta designación, aunque no utili­zada realmente, que yo sepa, por el movi­miento en cuestión, podría emplearse para caracterizar la tesis de una escuela última­mente en boga, conocida como etnometodo-logía y asociada con el nombre de Garfin-kel. 14 La doctrina central de este movimiento resulta ser que nuestra aptitud para describir (hacer "explicables") los hechos es exclusiva­mente individual, y que, en consecuencia, el único conocimiento científico que podemos alcanzar es la descripción (?) o la puesta de relieve (?) o la ejemplificación de los actos mismos de creación-explicabilidad individual. El movimiento no se distingue ni por la claridad de expresión ni por su disposición al análisis racional (renuencia ésta que puede a su vez racionalizarse mediante su visión central, que excluiría la verificación de la generalización interpersonal, puesto que no existe, pero que también sitúa convenien­temente al movimiento fuera del alcance de la crítica). Este movimiento es a la "cons­trucción social de la realidad" lo que Fichte a Hegel; el ego desarrolla su propio mundo, en vez de desarrollarse el mundo gracias a una especie de esfuerzo colectivo. Pero el orden temporal parece invertirse esta vez diametralmente, ya que Fichte precedió a Hegel. Esta tesis combina idealismo con ideo-grafismo. 7. El efecto Pirandello. L a alusión hace referencia al artificio tan magistralmente crea­do por Luigi Pirandello para suprimir la neta distinción entre personajes, actores, produc­tores, autores y espectadores de una obra de teatro. Sus obras, en las que los personajes discuten el ulterior desarrollo de la trama argumentai entre ellos y, aparentemente, con el autor y con el público, se proponen sin duda provocar el desconcierto en los especta­dores echando abajo la confortable separa­ción entre el escenario y la sala, forzando así la participación del espectador. La obra, pa­rece decir este autor, no es un espectáculo sino una situación. Otro tanto ocurre en la
  22. 22. 618 Ernest Gellner observación de la realidad social, y esto es lo que la distingue de la naturaleza. U n o de los cargos que se han imputado a la investigación social empirista o cientificista (aunque todavía no se ha formulado con estas palabras) es que pretende que una sociedad puede ser un espectáculo, y no una situación, para el investigador. Esto es falso, insisten los críticos, constituye un engaño de los demás y, si se es sincero, constituye un autoengaño por añadidura. E n nuestra elección de ideas, o problemas, o interpretaciones, contraemos un compromiso, y la elección no es ni puede ser imparcial, ni estar guiada exclusivamente por criterios lógicos, ni, quizá, en absoluto. D e esta manera, la ineludible participación del investigador en su materia de estudio torna espuria toda pretensión de "objetividad cientí­fica". Cuando se invoca realmente, este argu­mento aparece generalmente fundido con va­rios otros de la lista precedente. 8. También puede reclamarse uri status cognoscitivo especial para la investigación de la sociedad y del hombre, no tanto en virtud de consideraciones generales, como las enumera­das hasta ahora, sino de supuestas característi­cas sustantivas especiales del objeto o el modo de investigación específico. Por ejemplo, en el vivo debate sostenido respecto al carácter científico del psicoanálisis, se reivindica a veces (en defensa de la legitimidad de esta técnica) que los métodos tan excéntricos en ella empleados (según las normas corrientes en otras investigaciones) se justifican por la peculiarísima naturaleza del objeto investi­gado, es decir, el inconsciente. Su astucia y disimulación ante la investigación, a la que trata de eludir y de burlar, justifican la aplicación de medidas cognoscitivas de emer­gencia, que serían consideradas ilícitas confor­m e a las reglas de prueba y demostración vigentes en los tribunales normales de la ciencia. Frente a un enemigo tan despiadado, se conceden poderes especiales al magistrado investigador y se le dispensa de las habituales restricciones que pesan sobre los métodos de investigación. El inconsciente no puede ser aprehendido de ningún otro m o d o , y la dificul­tad y urgencia de la tarea justifican métodos extremos. (Que éstos realmente sirvan para engañar a la presa o meramente protejan la reputación del cazador, garantizando que nun­ca pueda culpársele de error fundamental, ya es otra cuestión.) No hay aquí espacio para intentar ningún tipo de evaluación cabal de todos estos argumen­tos negativos. Baste con decir que ninguno de ellos m e parece remotamente convincente. Tomemos, por ejemplo, el que quizá parezca más sólido de todos, aquel que propugna que las categorías de acciones o acontecimientos de una cultura dada se definen con arreglo a los significados vigentes en esa cultura, que son, por decirlo así, privativos de ella, y no coextensivos a las "categorías naturales". Por cierto, pero ello no excluye en m o d o alguno la existencia de un determinismo incluso físico respecto a. los hechos acontecidos dentro de la cultura en cuestión. Simplemente, excluye la identificación de los hechos determinados (si son tales) por referencia a los significados vigentes en la cultura. Las fuerzas determi­nantes seleccionarán de alguna manera los hechos que sacan a luz con arreglo a unas u otras características que sólo accidental y contingentemente se superpondrán a los signi­ficados que acompañan a los acontecimientos y que parecen guiarlos. Por ejemplo, cuando vemos una película, sabemos perfectamente que lo que va a ocurrir está ya determinado, y está determinado por la serie de secuencias recogidas en los carretes y que está trasmitién­dose desde la cabina de proyección. Las relaciones significativas que nos interesan y que parecen guiar y dar sentido a la serie de hechos observados en la ficción que se desa­rrolla en la pantalla son en realidad epifeno-ménicas e impotentes. Nosotros no sabemos verdaderamente si nuestra vida es así, y la mayoría esperamos que en realidad no lo sea; pero el argumento basado en la significación de la vida social no demuestra lamentable­mente en m o d o alguno que no pueda serlo. Si, por una parte, los argumentos que pretenden demostrar que la vida humana y social no puede ser objeto de explicación científica no son válidos, por otro lado, cual-
  23. 23. El rango científico de las ciencias sociales 619 quier análisis de las vivas y vigorosas discu­siones que tienen lugar en el campo de.la filosofía de la ciencia revela indiscutiblemente una cosa: que el problema de la naturaleza de la ciencia, del descubrimiento de ese secreto que ha hecho posible el ritmo de crecimiento cognoscitivo del siglo xvn a nuestros días, absolutamente singular y sin precedentes en la historia humana, continúa sin resolverse. Hemos reunido, sin embargo, algunas tentati­vas de explicación m u y notables, convincentes y elegantemente expuestas. Pero seleccionar algunos candidatos brillantes es una cosa, y contar con un ganador claramente identifi­cado, reconocido y aclamado es otra muy distinta. Y no lo tenemos. La situación, lisa y llanamente, es que la ciencia es consensual, y la filosofía de la ciencia no lo es. Las dos tesis que hemos afirmado —la invalidez de las supuestas demostraciones de la imposibilidad de la ciencia en las esferas sociales y la ausencia de una explicación unánimemente aceptada de por qué y cómo funciona la ciencia en los campos en que sin duda alguna funciona— van a ser decisivas para responder a la pregunta a que hemos dedicado este ensayo: ¿Son las ciencias socia­les realmente científicas? Conclusión La pregunta se contesta por sí sola, una vez que la hemos desmembrado en sus distintas subpreguntas o variantes de interpretación, normalmente amalgamadas. Podemos ante todo examinar las activi­dades de las ciencias sociales en busca de la presencia o ausencia de los distintos rasgos que aparecen, destacados, en diversas teorías de la ciencia. 'Dichos rasgos son: a) presencia de hipótesis bien articuladas y puesta a prueba sistemática de las mismas; b) medición cuan­titativa precisa, y operacionalización de los conceptos; c) observación meticulosa con arreglo a métodos públicamente comproba­bles; d) estructuras conceptuales complejas y rigurosas; é) paradigmas compartidos, al menos por grandes comunidades académicas, que resisten a la prueba del tiempo. No cabe la menor duda de que todos estos rasgos, frecuentemente combinados, pueden hallarse en diversas ramas de las ciencias sociales. Individualmente o dentro de una comunidad, es dudoso que los especialis­tas en ciencias sociales sean inferiores, en iniciativa e inventiva intelectual, rigor formal, o precisión de observación, a los practicantes de disciplinas cuyo rango científico normal­mente no se pone en duda; y para retomar la observación entre irónica y compasiva de Hilary Putnan, distinguido filósofo de la cien­cia, ¡los pobrecillos se esfuerzan tanto más en su tarea!15 C o m o queda dicho, no conocemos el secreto de la ciencia; no sabemos exacta­mente cuál de las muchas señales que brillan ante nosotros es en realidad el fuego sagrado. Sí sabemos que muchas de estas señales son deslumbrantes, y dado lo breve de la lista que los filósofos de la ciencia ponen a nuestra disposición, nos inclinamos a pensar que una de ellas (o quizá varias conjuntamente) lo es. Pero ¿cuál? Más concretamente, sabemos que m u ­chas de las características indiscutibles de la ciencia están presentes con frecuencia en la investigación social. Los aspectos de la vida social que son intrínsecamente cuantitativos u observables con precisión (por ejemplo, en ámbitos como la demografía o la geografía social) se investigan efectivamente con preci­sión y mediante técnicas complejas y refina­das; sabemos, por otra parte, que en diversas esferas de estas ciencias se elaboran modelos abstractos, también de gran perfección y suti­leza, que sirven como paradigmas comunes a vastas comunidades de estudiosos (por ejem­plo, los economistas); y, además, en ámbitos donde el aparato conceptual no dista dema­siado de las ideas de mero sentido común, sabemos no obstante que un profesional de la especialidad bien preparado posee informa­ciones y conocimientos nuevos y de primera mano para el desarrollo de la materia en cuestión. E n todos estos sentidos, los estudios sociales son efectivamente científicos. Exten­sos sectores de los mismos satisfacen plena­mente una u otra de las muchas teorías existentes, y convincentes, del fuego sagrado.
  24. 24. 620 Ernest Gellner Y nuestra vida colectiva sería mucho más pobre sin ellos. Esto en cuanto al carácter científico de las ciencias sociales', tal como lo especifica la filosofía de la ciencia. Pero obtendremos un cuadro distinto si lo miramos desde el punto de vista, no de los métodos empleados, sino de la repercusión sobre nuestro universo cog­noscitivo: si preguntamos si existe una activi­dad cognoscitiva consensual y generalizada, radicalmente discontinua respecto de las per­cepciones y técnicas del pensamiento ordina­rio, y que permite inequívocamente acumular conocimientos a un ritmo sorprendente e inconfundible. La respuesta es obvia. E n este sentido decisivo, en términos de sus efectos sobre nuestro orden social, los estudios socia­les no son científicos, por mucho que preten­dan serlo, y no sin razón, con arreglo al criterio o criterios precedentes. Pretenden haber robado el fuego sagrado. ¿No les hará nadie el obsequio de desear robárselo a ellos? Podemos intentar analizar este fracaso descomponiéndolo en sus partes esenciales. Las técnicas descriptivas, cuantitativamente exactas, no se acompañan de la correspon­diente teoría convincente ni de una predicción igualmente exacta. Los modelos abstractos muy elaborados no se arraigan firmemente en el material empírico. Las grandes visiones de fondo no son consensúales. Existen y reinan paradigmas, pero sólo en comunidades reduci­das, y cuando se reemplazan unos a otros, la situación es muy distinta de lo que común­mente sucede en las ciencias naturales. En éstas, generalmente estamos seguros de que hay progreso, pero tenemos grandes dificul­tades para explicar cómo es posible que sepa­mos que es así, dado que no existe ninguna medida común para comparar visiones sucesi­vas. Las ciencias sociales nos ahorran esta molestia. N o tenemos por qué inquietarnos acerca de cómo es posible que logremos saber que progresamos, ya que no estamos muy seguros de que hayamos progresado en reali­dad. Naturalmente, los defensores de un nuevo paradigma podrán estar seguros de haber progresado (generalmente lo están); pero raras veces muestran la misma certeza en relación con la serie completa de etapas que constituye la historia de su disciplina. Todo lo contrario, su propio avance es, muy a menudo, un salto atrás, el retorno a un modelo anterior. Si estoy acertado respecto a la insuficien­cia lógica de las supuestas pruebas de inade­cuación del mundo social a los principios y métodos de la ciencia, no tenemos por qué concluir desesperanzadamente (o esperar con­fiados, como también puede ser el caso) que esto no vaya a cambiar. Si, a decir verdad, el fuego sagrado de la ciencia no ha sido descu­bierto hasta la fecha, no sabemos cómo reme­diar esta situación. La cuestión sigue en pie. Pero sospecho que sabremos que las ciencias sociales se han hecho científicas cuando sus especialistas dejen de pretender que han roba­do por fin el fuego sagrado, pero haya otros que intenten robárselo a ellos; cuando la filosofía de las ciencias sociales se convierta en búsqueda de explicación retroactiva de un milagro científico cognoscitivo, en vez de perseguir una promesa o una receta para realizarlo. Traducido del inglés
  25. 25. El rango científico de las ciencias sociales 621 Notas 1. Sir Karl Popper ha expuesto la discutida doctrina del individualismo metodológico, que remite finalmente todas las explicaciones de las ciencias sociales a los objetivos y las creencias de los individuos, y que excluye la invocación de entidades sociales holistas, si no es para la comodidad de la exposición (véase, por ejemplo, Karl Popper, The open society and its enemies, Princeton University Press, 1966). Al mismo tiempo, Popper ha polemizado más recientemente en favor de un "tercer mundo" {Objective knowledge, Clarendon Press, 1972), un ámbito de objetos del pensamiento, que se suma a los relativamente bien establecidos mundos cartesianos de los objetos externos y de las experiencias internas. Es interesante que algunos de los argumentos invocados para apoyar esta doctrina —la incorporación en una tradición social y su bagaje de una riqueza de ideas jamás accesible al individuo— sean precisamente aquellos que llevaron a otros a dejarse tentar por el holismo social. ¿Se ha ganado mucho al optar por una terminología esencialista, en vez de holista, para señalar los mismos hechos? Supongo que dependerá de si todos esos mundos culturales son simples partes de un solo y mismo tercer mundo, o bien si se permite a cada uno hacer el suyo propio, que no tiene por qué ser comparable ni compatible con otros. E n el primer caso, parecería más apropiado un lenguaje platónico para describirlo; en el segundo, un lenguaje sociológico-holístico. Conviene añadir que su individualismo no le obliga a ver la ciencia como sólo contingentemente social; al contrario, en el sentido apropiado, la ve como esencialmente social. Esto se analiza posteriormente en el presente artículo. 2. Emile Durkheim, Elementary forms of religious life, Free Press, 1954. El principal contraste entre los dos grandes sociólogos, Durkheim y Weber, se halla precisamente en su actitud respecto al pensamiento racional: Durkheim ve éste como una característica de toda sociedad que está en correlación con la vida social como tal, mientras que Weber lo contempla como un rasgo diferencial, cuya presencia es mucho más acusada en ciertas tradiciones que en otras. Así, uno ve la racionalidad como algo constante y su explicación es, ipso facto, la explicación de la sociedad: hubo, ciertamente, un contrato social, pero asumió la forma de un ritual, no de un pacto. El otro la ve presente de una manera desigual, y su explicación la hace coextensiva no a la sociedad como tal, sino a la aparición y al carácter distintivo de una determinada clase de sociedad, a saber, la que más nos interesa a nosotros, la nuestra propia. 3. Thomas Kuhn, The structure of scientific revolutions, 2.a ed., University of Chicago Press, 1970. 4. Ibid., p. vii-viii. 5. Michael Oakeshott, Rationalism in politics and other essays, Methuen and C o . , 1962. 6. Paul Feyerabend, Against method, N L B , 1975. 7. Michael Polanyi, Personal knowledge: toward a post critical philosophy, University of Chicago Press, 1974. 8. Gilbert Ryle, "Knowing how and knowing that", Presidential Address, Aristotelian Society, Proceedings, vol. X L V I, 1945-1946, p. 1-16; Lewis Carroll, "Achilles and the tortoise", The complete works of Lewis Carroll, Random House, 1939. 9. Thomas Kuhn, op. cit. 10. Wiilard van Orman Quine, From a logical point of view: nine logico-philosophical essays, 2.a ed. rev., Harvard University Press, 1961. 11. Theodor Adorno y otros, "Sociology and empirical research", The positivist dispute in German sociology, p. 68-86, Heinemann, 1976. 12. Hallamos un argumento de esta clase en la obra de P. Winch, The idea of a social science and its relation to philosophy, Humanities Press, 1970. Encontramos una formulación de esta tesis aún más extremada, combinada con un ideografismo a ultranza, en A . R . Louch, Explanation and human action, Blackwell. Esta posición ha sido frecuentemente criticada; véase, por ejemplo, Robin Horton, "Professor Winch on safari", Archives européennes de sociologie, tomo xvii, n.° 1, 1976; o Percy Cohen, "The very idea of a social science", en I. Lakatos y A . Musgrave (dir. publ.), Problems in the philosophy of science, North Holland Press, 1968; o mi propia contribución "The new idealism", en I. C . Jarvie y J. Agassi (dir. publ.) Cause and meaning in the social sciences, Routledge and Kegan Paul, 1973. 13. Peter L . Berger y Thomas Luckman, 77ie social construction of reality: a treatise on the sociology of knowledge, Irvington Press, 1980. 14. Véase Harold Garfinkel, Studies in ethnomethodology,
  26. 26. 622 Ernest Gellner Prentice Hall, 1967. Para comentarios críticos, véase un artículo m u y inteligente de A . R . Louch, "Against theorizing", Philosophy of the social sciences, vol. v, 1975, p. 481-487, o mi propia contribución, "Ethnomethodology; the re-enchantment industry or the Californian way of subjectivity", Spectacles and predicaments, Cambridge University Press, 1979. 15. Bryan Magee (dir. publ.) Men of ideas, p. 233, Viking Press, 1979.
  27. 27. Escuelas filosóficas y métodos de trabajo científicos en ciencias sociales Stefan Nowak Las orientaciones filosóficas de las ciencias sociales empíricas C o m o lo indica el título, este artículo presenta un análisis de las relaciones que existen entre los "métodos de trabajo" de las ciencias sociales, por un lado, y las "escuelas filosófi­cas" por el otro. Entre estas últimas, nos ocuparemos sólo de aquellas que son (o se cree que son) de aplica­ción para las ciencias so­ciales y especialmente para las formas de encau­zar los estudios sociológi­cos. El término "méto­dos de trabajo" denota aquí para nosotros: a) las distintas maneras (pautas normalizadas) de hacer preguntas acerca de la realidad social; b) las distintas maneras nor­malizadas de dar respues­tas a estas preguntas, o sea, tanto la estructura Por escuelas filosóficas, desde el punto de vista de la sociología, entendemos aquí las diferentes orientaciones metasociológicas. Los compiladores de un volumen de estudios metasociológicos caracterizan este término de la siguiente manera: "Metasociología", término popularizado por Paul Furley en The scope and method of sociology; a metasociological treatise, hace referencia a aque­lla Stefan Nowak es titular de la cátedra de metodología de las investigaciones sociológicas en el Instituto de Socio­logía de la Universidad de Varsóvia. Ha publicado, entre otras obras: Me­thodology of sociological research (1977) y Sociology: the state of art (1982). rama de la sociología que se ocupa de investigar los supuestos y los juicios de valor en los que se fundamentan las teorías y métodos empleados por los sociólogos. Tales supuestos y juicios de valor suelen empezar por la afirmación de que la sociología es una ciencia y prosiguen incor­porando las diversas opcio­nes teóricas (ontológicas) y metodológicas (episte­mológicas) que se escogen diariamente. Huelga decir que tales opciones afectan lógica de las proposiciones que constituyen tales respuestas como los modos de comproba­ción de dichas proposiciones (deductiva e in­ductivamente); c) por último, las distintas maneras normalizadas de organizar los conjun­tos enteros de estas proposiciones en represen­taciones descriptivas o teóricas más completas y (en los diferentes significados del término), más coherentes de la realidad respecto a la cual se han hecho las preguntas iniciales. directamente al contenido mismo de la socio­logía, haciendo, con ello, de la metasociología un ámbito de investigación de considerable im­portancia y alcance. En muchos aspectos, la metasociología re­presenta un mecanismo para organizar la disci­plina de la sociología [. . .] Al hacerlo así, las argumentaciones en apoyo de los supuestos se distinguen analíticamente de las consideraciones propiamente sociológicas.1
  28. 28. 624 Stefan Nowak Este párrafo pone de relieve el hecho de que los análisis de los supuestos —algunos de los cuales, por lo menos, son ontológicos— y de los juicios de valor pertenecen a la sociología. Por mi parte convengo en que es correcta la afirmación de que esos supuestos se utilizan a menudo para organizar diferentes "enfoques teóricos" del estudio de las fenómenos socia­les, y son entonces generalmente considera­dos como componentes suyos esenciales. E n palabras de J. H . Turner: Gran parte de lo que se incluye bajo la etiqueta de teoría sociológica no es, en realidad, más que una acumulación inconsistente de supuestos im­plícitos, conceptos insuficientemente definidos y proposiciones vagas y sin conexión lógica. A veces los supuestos se formulan expresamente y sirven para inspirar enunciados teóricos abstrac­tos que contienen conceptos bien definidos, pero la mayor parte de la teoría sociológica constituye una "imagen de la sociedad" verbal, en vez de un conjunto rigurosamente construido de formu­laciones teóricas organizadas en esquemas lógica­mente coherentes. Así, esta presunta teoría es más bien una "perspectiva" u "orientación" general para examinar las diversas características del proceso de institucionalización que, si todo sale bien, podrá finalmente traducirse en teoría científica verdadera. El hecho de que en sociología existan muchas perspectivas de esta índole plantea pro­blemas de exposición, y estos problemas, a su vez, se ven complicados por el hecho de que las perspectivas se mezclan y combinan entre sí, haciendo a veces difícil su análisis por separado.2 Por estas razones, parece más conveniente no analizar aquí todos los "enfoques teórico-filosóficos" del estudio de la sociedad, sino, preferentemente, los supuestos concretos que son, o pueden ser fundamentales para más de una de tales escuelas. Por fortuna, estos supuestos vienen siendo objeto de análisis y discusión desde hace ya muchos años, tanto en el marco de la filosofía de la ciencia como en el de la filosofía de las ciencias sociales. En este último ámbito se ha logrado cristalizar un cierto número de preguntas formuladas en sentido general, las respuestas a las cuales pueden considerarse equivalentes a los supues­tos antes mencionados. Cualquier monografía razonablemente completa sobre filosofía de las ciencias sociales3 ofrece por lo común un catálogo más o menos extenso de las "dimen­siones" de los problemas y define cierto nú­mero de actitudes posibles respecto a cada una de ellas. Mencionaremos aquí algunas de las más frecuentemente debatidas. 1. E n un extremo de la primera dimen­sión situamos a quienes creen que el hombre es un ser que piensa y siente y cuyos sentimien­tos y modos de pensar sobre el mundo, la sociedad y sí mismo constituyen componentes tan esenciales de la realidad social que sin "comprender" (Verstehen) adecuadamente es­tos fenómenos, en la forma en que Dilthey, Weber o Znaniecki querían que los compren­diésemos, todo intento de estudiar los fenóme­nos sociales es infructuoso. E n el extremo contrario situamos habitualmente a los con-ductistas, con Skinner a la cabeza, y a aque­llos teóricos de la sociología positivista primi­tiva (como D o d d o Lundberg) para quienes el estudio de la sociedad y el de la naturaleza tienen un importantísimo rasgo en común: ambos deben basarse única y exclusivamente en la observación de la realidad, y cualquier otro método, como el del Verstehen, no es más que misticismo precien tífico.4 2. La segunda dimensión más frecuente­mente evocada contempla la cuestión de si los grupos son reales o si el atributo de existencia real debe reservarse solamente para los indi­viduos. A veces esta cuestión no se refiere a grupos u otras colectividades sino a las propie­dades de los mismos. Aquí se enfrentan los holistas (llamados a veces "realistas") y los individualistas metodológicos (o, en otros con­textos, "nominalistas").5 3. La tercera dimensión —frecuentemen­te debatida junto con la segunda— es la que plantea en qué grado pueden explicarse las diferentes proposiciones, y especialmente las diversas generalizaciones y leyes sobre los agregados humanos y sistemas sociales, por las proposiciones y leyes relativas a las "uni­dades de nivel inferior" y sobre todo por las leyes psicológicas del comportamiento hu­mano. Aquí nuevamente los reduccionistas
  29. 29. Escuelas filosóficas y métodos de trabajo científicos en ciencias sociales 625 están en desacuerdo con los emergetistas, es decir, con aquellos que creen que en cada nivel de análisis pueden surgir ("emerger") nuevas regularidades y propiedades básica­mente irreductibles a las propiedades y meca­nismos del nivel inferior.6 4. A continuación está la vieja disputa entre deterministas e indeterministas sobre la aplicabilidad de la noción de causalidad al mundo en general y a la vida social en particular. La aplicabilidad del pensamiento causal a los fenómenos sociales puede recha­zarse ya sea por principio ("el hombre está dotado de libre albedrío"), ya sea por motivos más prácticos: demostrando que la causalidad implica, en las regularidades descubiertas, un carácter de regla sin excepciones (o sea, de generalidad) y de ¡limitación espacio-temporal (o sea, de universalidad), mientras que en las ciencias sociales por lo común se descubren regularidades que son estadísticas e "históri­cas", es decir, limitadas a algún área espacio-temporal. E n otras palabras, los filósofos de la ciencia (y los sociólogos mismos) difieren en su opinión respecto al grado de aplicabilidad del modelo determinista universal, tan venta­joso en algunas ciencias de la naturaleza, al mundo del pensamiento y las acciones huma­nas y al funcionamiento y la evolución de los sistemas sociales.7. 5. A un nivel de abstracción del discurso filosófico ligeramente inferior hallamos la pola­ridad de dos enfoques con respecto al estudio de grandes grupos de seres humanos. U n o de ellos (llamado "conductismo pluralista" por Don Martindale)8 supone más o menos cons­cientemente que la sociedad es una suerte de agregado de individuos, cada uno de los cuales puede explicarse por sus propias "carac­terísticas de origen" consideradas indepen­dientemente de las características y comporta­miento de otras personas, como en el análisis de los datos de encuestas. El otro enfoque da por supuesto que la sociedad o los grupos e instituciones sociales constituyen un sistema de elementosjnterdependientes, cuya natura­leza sólo puede conocerse adecuadamente tomando en cuenta sus contextos sistémicos.9 6. A u n cuando los científicos estén de acuerdo en que es esencial una perspectiva sistemática, algunos se muestran más inclina­dos a creer (siguiendo en esto a Spencer, Durkheim, Malinovski o Parsons) que las relaciones internas dominantes son aquellas que garantizan el funcionamiento armonioso y el equilibrio homeostático del sistema, mien­tras que otros manifiestan más simpatía por la idea tan plenamente destacada por Marx, Simmel, Coser, Dahrendorf y los neomarxis-tas contemporáneos de que el conflicto y la disfunción internos son las características esen­ciales de todo sistema social, en los niveles del macro y el microanálisis. 7. Si contemplamos las teorías que tratan del comportamiento social y de los modos de pensar y sentir del hombre acerca de sí mismo y del mundo social externo, también hallare­mos cierto número de dimensiones polariza­das que permiten situar diferentes enfoques y teorías. Por ejemplo, podemos creer (con Skinner y algunos conductistas radicales) que la naturaleza humana es básicamente reactiva, que los individuos reaccionan a estímulos externos y que los esquemas de recompensas y castigos que conforman las pautas de conduc­ta social aprendidas pueden ser captados de un modo similar al comportamiento de las ratas en un laboratorio experimental. Pero también podemos estimar, como los "psicólo­gos humanistas", que la naturaleza humana posee un potencial creativo y que el impulso hacia la autorrealización es más importante que la reacción al laberinto de trabas y coacciones impuestas por la estructura social y que la necesidad de intercambiar premios y castigos con otros conforme a determinadas reglas de justicia distributiva. 8. Otro aspecto distinto del compor­tamiento humano es el que se analiza gene­ralmente en la dimensión "racional-irracio­nal". 10 Aquí podemos creer, siguiendo a muchos "teóricos de la acción intencional", de Weber a Parsons y a los propugnadores con­temporáneos de la aplicación de modelos normativos de la teoría matemática de las decisiones a la explicación de las acciones humanas reales, que es el análisis de los motivos conscientes del comportamiento hu-

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