SlideShare una empresa de Scribd logo

La acera

historia

1 de 3
Descargar para leer sin conexión
La acera
Me quedé mirando al asfalto, a las pequeñas piedras o grietas que tenía. De las
farolas que había, tan solo una estaba encendida. No se veía muy bien, pero aún se
podía apreciar al coche que se encontraba aparcado al final de esa calle. Era un coche
rojo, viejo y casi habitante del vertedero; no me gusta ese coche.
Pasó un hombre con la mirada al frente, supuse que era el dueño del coche. Cuando
pasó por mi lado giró la cara hacia donde yo estaba, me miró con asombro y marchó
hacia adelante. Pasaron unos minutos y seguía incomodada por aquella mirada de ese
hombre, me miró como si le extrañara que yo estuviera allí, sentada, un día cualquiera,
en una calle desierta. El coche seguía ahí parado, a unos metros.
Un grupo de adolescentes apareció en frente mía, iban con la música demasiado alta.
Se acercó un chaval a pedirme un mechero, al ver que no tenía se fue con sus
amigos. Los demás me empezaron a mirar de reojo, como si no pintara nada en ese
lugar, tan sola.
El coche comenzó a moverse, había un hombre acostado en los asientos de atrás. El
hombre estaba ebrio, o eso creí apreciar al momento en el que bajo de esa chatarra.
Me miró, y se marchó por el lado contrario.
Ya era tarde, me levanté y me fui a casa. Me quedé pensando en lo raro que había
sido que me miraran así, con tanto descaro.
Al día siguiente me desperté tranquila, desayuné y me fui a trabajar. Últimamente
había tenido problemas con el dinero y no tuve más remedio que empezar a trabajar
de camarera en un bar de mi pueblo. No era tan duro como yo pensaba, no estaba
mal. Antes trabajaba en el turno de tarde, pero me lo he cambiado con mi compañero.
En verdad lo prefiero, así me lo quito de encima
No lo di mucha importancia, ni me enteré. Mi compañero Gonzalo me avisó de la
mirada descarada con la que, un hombre sentado al final del local, supuestamente me
comía con los ojos, o eso decía él. Ese hombre con bigote tenía una mirada
penetrante, fría y desafiante. Gonzalo es muy paradójico.
A partir de aquel día, ese hombre, fue viniendo todos los demás. Y siempre me
llamaba para que le atendiera.
Dejé el trabajo. No sé si fue por el agobio que me producía, por el cambio del horario o
por ese señor. Ya tenía suficiente dinero ahorrado y no necesitaba seguir trabajando.
Quería volver a vivir relajada, y eso hago ahora, tengo tiempo para todo, hasta he
vuelto a bailar.
Llevaba muchos años sin ir de vacaciones a la playa, echaba de menos la sensación
de la arena en mis pies. Lo mejor es la compañía. Los echaba de menos igual o más
que al mar. Llevaba sin ver a mi familia mucho tiempo, y si, para mí un mes es mucho
tiempo. No puedo estar sin ellos, no se estar sin ellos.
Tan rápido acabaron las vacaciones que ni me creo que hayan empezado. Como
siempre vuelta a la rutina.
No recordaba lo bien que me sentía sentada en esta acera, sola, pensando en mis
cosas. Todo seguía igual, las luces, el asfalto, hasta ese maldito coche que no se
descomponía.
Un hombre apareció por el principio de la calle. Andaba bastante deprisa. Me resultaba
familiar. Se acercó y me dijo:
-Niña, ¿no te acuerdas de mí?- Me sonrió.
Por unos segundos me quedé callada. En cuanto le oí hablar ya supe quien era, era
aquel señor del bar que siempre quería que le atendiera.
-Ah sí, hola, claro que le recuerdo.- Le dije nerviosa y con ganas de que se marchara.
-Pensaba que ya no me recordarías, después de tanto tiempo ¿por qué te fuiste del
bar? Eras muy buena camarera.- Me dijo mientras se acercaba cada vez un poco más.
-Ya tenía suficiente dinero ahorrado y no necesitaba trabajar más.-Le contesté un poco
incomodada.
-Pues que pena que te marcharas, te eché de menos.- Me contestó con la mirada fija
en mí y acercándose cada vez un poco más.
En esa situación, me sentí tan incómoda que le puse una excusa y me fui. Nunca
había sentido tanta vergüenza ni había estado tan nerviosa.
Pasaron los días. No quería volver a ir a esa calle, aunque me encantara estar allí. No
quería volverle a ver.
Llegó la semana santa y me subía por las paredes, ya no sabía ni que hacer. Estaba
harta de estar en casa encerrada como una tonta. Decidí ir a sentarme a la acera de la
calle donde solía ir, era ridículo que no fuera por miedo a que ese hombre estuviera
ahí. Efectivamente, no estaba. Me sentí ridícula, tanto tiempo casi sin pisar la calle sin
motivos.
En esa calle es como si no pasara el tiempo, todo siempre es igual; ahí estaba el
coche, los chavales estaban de fiesta en frente mía, las luces casi inexistentes…
Se hizo más tarde de lo habitual, así que me fui a casa. Cuando llegué me tumbé un
ratito en el sofá para descansar y ver la televisión. Estaba muy contenta. Me quedé
dormida pero me despertó un ruido. Fui a ver que había sido, estaba tan adormilada
que me tropezaba con cualquier cosita que me cruzara por la casa. Había entrado
alguien, oía su respiración. Tenía muchísimo miedo. Volví lo más rápido que pude al
salón para coger el teléfono y llamar a la policía pero no me dio tiempo. Noté un golpe
en la nuca y me desmayé.
Cuando me desperté ya no estaba en mi casa. Estaba en la calle tirada, en la acera,
siendo socorrida por aquel hombre ebrio que dormía en el coche rojo y viejo, por el
hombre que pasaba por mi lado y me miraba con extrañeza, por los chavales que
quedaban para fumar y me miraban de reojo. Esos en los que tanto desconfié son en
los que menos debí hacerlo. Pese a su ayuda, nada pudo salvarme. Todavía recuerdo
sus miradas de preocupación.
Estaba muy equivocada. Esa calle estaba cambiando constantemente, pero no me
daba cuenta. Cada día había sentimientos o propósitos diferentes, sin embargo, yo no
sabía apreciarlos. A lo mejor el hombre que me hizo tanto daño tampoco supo verlos,
ver los míos. No supo ver que me quitó lo que más necesitaba, todo lo que tenía.
Todavía recuerdo la mirada de mi madre cuando me avisaba de los peligros que podía
encontrarme, la mirada de miedo de solo pensar que alguien podría hacerme algo.
Esa mirada que ponía Gabriel a ese hombre. La mirada asustada de aquellos que me
socorrieron. Miedo que debería de ser innecesario, miedo provocado por el posible
error de una persona, sea intencionado o no sea intencionado. Tan solo un miedo
causado por hechos que ya han ocurrido. Miedo que nos hace prevenir para no tener
que llegar a curar, en vez de radicar que estos hechos pasen.
Hasta ahora muchas chicas han muerto a causa de estos actos y siguen muriendo.
Creo que estas prevenciones no deben de funcionar muy bien.
No obstante, mi vida no era muy emocionante. Disfrutaba de los pequeños detalles,
esos en los que nadie se detenía porque tenía cosas más importantes que hacer. En
pequeños placeres como despegarme el pegamento de las manos cuando se secaba
o explotar las burbujas del papel para envolver. Mi vida era muy monótona y simple,
pero era mi vida y no tenía derecho a quitármela.
Ese fue mi último día en esa acera.

Recomendados

Más contenido relacionado

La actualidad más candente

La actualidad más candente (10)

Aquel día
Aquel díaAquel día
Aquel día
 
Nuevas experiencias
Nuevas experienciasNuevas experiencias
Nuevas experiencias
 
Booktrailer El guardián entre el centeno
Booktrailer El guardián entre el centenoBooktrailer El guardián entre el centeno
Booktrailer El guardián entre el centeno
 
Proyectos Finales
Proyectos FinalesProyectos Finales
Proyectos Finales
 
Mi idolo
Mi idoloMi idolo
Mi idolo
 
Historia de un amor prohibido
Historia de un amor prohibidoHistoria de un amor prohibido
Historia de un amor prohibido
 
Fotos comentadas
Fotos comentadasFotos comentadas
Fotos comentadas
 
La noche más larga
La noche más largaLa noche más larga
La noche más larga
 
La noche más larga
La noche más largaLa noche más larga
La noche más larga
 
Shala lala
Shala lalaShala lala
Shala lala
 

Similar a La acera

Un sobre, una dirección
Un sobre, una direcciónUn sobre, una dirección
Un sobre, una dirección;)
 
Un sobre, una dirección
Un sobre, una direcciónUn sobre, una dirección
Un sobre, una dirección:)
 
those-days-kookmin-fanfic-b281279.pdf
those-days-kookmin-fanfic-b281279.pdfthose-days-kookmin-fanfic-b281279.pdf
those-days-kookmin-fanfic-b281279.pdfGabrielaGuapi
 
Besacalles-de-Andres-Caicedo.pdf
Besacalles-de-Andres-Caicedo.pdfBesacalles-de-Andres-Caicedo.pdf
Besacalles-de-Andres-Caicedo.pdfAngelPea960294
 
Buen propósito
Buen propósitoBuen propósito
Buen propósitogloria
 
El niño que enloqueció de amor
El niño que enloqueció de amor El niño que enloqueció de amor
El niño que enloqueció de amor Carla Arévalo
 
El niño que enloqueció de amor
El niño que enloqueció de amorEl niño que enloqueció de amor
El niño que enloqueció de amorPoulette P
 
El nino-que-enloquecio-de-amor2
El nino-que-enloquecio-de-amor2El nino-que-enloquecio-de-amor2
El nino-que-enloquecio-de-amor2Claudia Soto
 
La rutina de los muertos
La rutina de los muertosLa rutina de los muertos
La rutina de los muertosJuan Merchán
 
Khalid B. T. - Falsas promesas
Khalid B. T. - Falsas promesasKhalid B. T. - Falsas promesas
Khalid B. T. - Falsas promesasKhalid B. T.
 
El niño que enloqueció de amor eduardo barrios
El niño que enloqueció de amor   eduardo barriosEl niño que enloqueció de amor   eduardo barrios
El niño que enloqueció de amor eduardo barriosMarcos Duran Gomez
 
Fidel Egas y la tarjeta diners
Fidel Egas y la tarjeta dinersFidel Egas y la tarjeta diners
Fidel Egas y la tarjeta dinersjblopez33
 
Tras las huellas de alba hugo y nico elisabet benavent
Tras las huellas de alba hugo y nico   elisabet benaventTras las huellas de alba hugo y nico   elisabet benavent
Tras las huellas de alba hugo y nico elisabet benaventvmmedellin
 

Similar a La acera (20)

Olvido novela
Olvido novelaOlvido novela
Olvido novela
 
26-03
26-0326-03
26-03
 
Un sobre, una dirección
Un sobre, una direcciónUn sobre, una dirección
Un sobre, una dirección
 
Un sobre, una dirección
Un sobre, una direcciónUn sobre, una dirección
Un sobre, una dirección
 
those-days-kookmin-fanfic-b281279.pdf
those-days-kookmin-fanfic-b281279.pdfthose-days-kookmin-fanfic-b281279.pdf
those-days-kookmin-fanfic-b281279.pdf
 
solo basta con imaginarlo
solo basta con imaginarlosolo basta con imaginarlo
solo basta con imaginarlo
 
Besacalles-de-Andres-Caicedo.pdf
Besacalles-de-Andres-Caicedo.pdfBesacalles-de-Andres-Caicedo.pdf
Besacalles-de-Andres-Caicedo.pdf
 
Propositos1
Propositos1Propositos1
Propositos1
 
Buen propósito
Buen propósitoBuen propósito
Buen propósito
 
El extranjero
El extranjero  El extranjero
El extranjero
 
El niño que enloqueció de amor
El niño que enloqueció de amor El niño que enloqueció de amor
El niño que enloqueció de amor
 
El niño que enloqueció de amor
El niño que enloqueció de amorEl niño que enloqueció de amor
El niño que enloqueció de amor
 
El nino-que-enloquecio-de-amor2
El nino-que-enloquecio-de-amor2El nino-que-enloquecio-de-amor2
El nino-que-enloquecio-de-amor2
 
La rutina de los muertos
La rutina de los muertosLa rutina de los muertos
La rutina de los muertos
 
Maria y Juanito
Maria y JuanitoMaria y Juanito
Maria y Juanito
 
Khalid B. T. - Falsas promesas
Khalid B. T. - Falsas promesasKhalid B. T. - Falsas promesas
Khalid B. T. - Falsas promesas
 
El niño que enloqueció de amor eduardo barrios
El niño que enloqueció de amor   eduardo barriosEl niño que enloqueció de amor   eduardo barrios
El niño que enloqueció de amor eduardo barrios
 
Bitácora 2
Bitácora 2Bitácora 2
Bitácora 2
 
Fidel Egas y la tarjeta diners
Fidel Egas y la tarjeta dinersFidel Egas y la tarjeta diners
Fidel Egas y la tarjeta diners
 
Tras las huellas de alba hugo y nico elisabet benavent
Tras las huellas de alba hugo y nico   elisabet benaventTras las huellas de alba hugo y nico   elisabet benavent
Tras las huellas de alba hugo y nico elisabet benavent
 

La acera

  • 1. La acera Me quedé mirando al asfalto, a las pequeñas piedras o grietas que tenía. De las farolas que había, tan solo una estaba encendida. No se veía muy bien, pero aún se podía apreciar al coche que se encontraba aparcado al final de esa calle. Era un coche rojo, viejo y casi habitante del vertedero; no me gusta ese coche. Pasó un hombre con la mirada al frente, supuse que era el dueño del coche. Cuando pasó por mi lado giró la cara hacia donde yo estaba, me miró con asombro y marchó hacia adelante. Pasaron unos minutos y seguía incomodada por aquella mirada de ese hombre, me miró como si le extrañara que yo estuviera allí, sentada, un día cualquiera, en una calle desierta. El coche seguía ahí parado, a unos metros. Un grupo de adolescentes apareció en frente mía, iban con la música demasiado alta. Se acercó un chaval a pedirme un mechero, al ver que no tenía se fue con sus amigos. Los demás me empezaron a mirar de reojo, como si no pintara nada en ese lugar, tan sola. El coche comenzó a moverse, había un hombre acostado en los asientos de atrás. El hombre estaba ebrio, o eso creí apreciar al momento en el que bajo de esa chatarra. Me miró, y se marchó por el lado contrario. Ya era tarde, me levanté y me fui a casa. Me quedé pensando en lo raro que había sido que me miraran así, con tanto descaro. Al día siguiente me desperté tranquila, desayuné y me fui a trabajar. Últimamente había tenido problemas con el dinero y no tuve más remedio que empezar a trabajar de camarera en un bar de mi pueblo. No era tan duro como yo pensaba, no estaba mal. Antes trabajaba en el turno de tarde, pero me lo he cambiado con mi compañero. En verdad lo prefiero, así me lo quito de encima No lo di mucha importancia, ni me enteré. Mi compañero Gonzalo me avisó de la mirada descarada con la que, un hombre sentado al final del local, supuestamente me comía con los ojos, o eso decía él. Ese hombre con bigote tenía una mirada penetrante, fría y desafiante. Gonzalo es muy paradójico. A partir de aquel día, ese hombre, fue viniendo todos los demás. Y siempre me llamaba para que le atendiera. Dejé el trabajo. No sé si fue por el agobio que me producía, por el cambio del horario o por ese señor. Ya tenía suficiente dinero ahorrado y no necesitaba seguir trabajando. Quería volver a vivir relajada, y eso hago ahora, tengo tiempo para todo, hasta he vuelto a bailar. Llevaba muchos años sin ir de vacaciones a la playa, echaba de menos la sensación de la arena en mis pies. Lo mejor es la compañía. Los echaba de menos igual o más que al mar. Llevaba sin ver a mi familia mucho tiempo, y si, para mí un mes es mucho tiempo. No puedo estar sin ellos, no se estar sin ellos.
  • 2. Tan rápido acabaron las vacaciones que ni me creo que hayan empezado. Como siempre vuelta a la rutina. No recordaba lo bien que me sentía sentada en esta acera, sola, pensando en mis cosas. Todo seguía igual, las luces, el asfalto, hasta ese maldito coche que no se descomponía. Un hombre apareció por el principio de la calle. Andaba bastante deprisa. Me resultaba familiar. Se acercó y me dijo: -Niña, ¿no te acuerdas de mí?- Me sonrió. Por unos segundos me quedé callada. En cuanto le oí hablar ya supe quien era, era aquel señor del bar que siempre quería que le atendiera. -Ah sí, hola, claro que le recuerdo.- Le dije nerviosa y con ganas de que se marchara. -Pensaba que ya no me recordarías, después de tanto tiempo ¿por qué te fuiste del bar? Eras muy buena camarera.- Me dijo mientras se acercaba cada vez un poco más. -Ya tenía suficiente dinero ahorrado y no necesitaba trabajar más.-Le contesté un poco incomodada. -Pues que pena que te marcharas, te eché de menos.- Me contestó con la mirada fija en mí y acercándose cada vez un poco más. En esa situación, me sentí tan incómoda que le puse una excusa y me fui. Nunca había sentido tanta vergüenza ni había estado tan nerviosa. Pasaron los días. No quería volver a ir a esa calle, aunque me encantara estar allí. No quería volverle a ver. Llegó la semana santa y me subía por las paredes, ya no sabía ni que hacer. Estaba harta de estar en casa encerrada como una tonta. Decidí ir a sentarme a la acera de la calle donde solía ir, era ridículo que no fuera por miedo a que ese hombre estuviera ahí. Efectivamente, no estaba. Me sentí ridícula, tanto tiempo casi sin pisar la calle sin motivos. En esa calle es como si no pasara el tiempo, todo siempre es igual; ahí estaba el coche, los chavales estaban de fiesta en frente mía, las luces casi inexistentes… Se hizo más tarde de lo habitual, así que me fui a casa. Cuando llegué me tumbé un ratito en el sofá para descansar y ver la televisión. Estaba muy contenta. Me quedé dormida pero me despertó un ruido. Fui a ver que había sido, estaba tan adormilada que me tropezaba con cualquier cosita que me cruzara por la casa. Había entrado alguien, oía su respiración. Tenía muchísimo miedo. Volví lo más rápido que pude al salón para coger el teléfono y llamar a la policía pero no me dio tiempo. Noté un golpe en la nuca y me desmayé. Cuando me desperté ya no estaba en mi casa. Estaba en la calle tirada, en la acera, siendo socorrida por aquel hombre ebrio que dormía en el coche rojo y viejo, por el hombre que pasaba por mi lado y me miraba con extrañeza, por los chavales que
  • 3. quedaban para fumar y me miraban de reojo. Esos en los que tanto desconfié son en los que menos debí hacerlo. Pese a su ayuda, nada pudo salvarme. Todavía recuerdo sus miradas de preocupación. Estaba muy equivocada. Esa calle estaba cambiando constantemente, pero no me daba cuenta. Cada día había sentimientos o propósitos diferentes, sin embargo, yo no sabía apreciarlos. A lo mejor el hombre que me hizo tanto daño tampoco supo verlos, ver los míos. No supo ver que me quitó lo que más necesitaba, todo lo que tenía. Todavía recuerdo la mirada de mi madre cuando me avisaba de los peligros que podía encontrarme, la mirada de miedo de solo pensar que alguien podría hacerme algo. Esa mirada que ponía Gabriel a ese hombre. La mirada asustada de aquellos que me socorrieron. Miedo que debería de ser innecesario, miedo provocado por el posible error de una persona, sea intencionado o no sea intencionado. Tan solo un miedo causado por hechos que ya han ocurrido. Miedo que nos hace prevenir para no tener que llegar a curar, en vez de radicar que estos hechos pasen. Hasta ahora muchas chicas han muerto a causa de estos actos y siguen muriendo. Creo que estas prevenciones no deben de funcionar muy bien. No obstante, mi vida no era muy emocionante. Disfrutaba de los pequeños detalles, esos en los que nadie se detenía porque tenía cosas más importantes que hacer. En pequeños placeres como despegarme el pegamento de las manos cuando se secaba o explotar las burbujas del papel para envolver. Mi vida era muy monótona y simple, pero era mi vida y no tenía derecho a quitármela. Ese fue mi último día en esa acera.