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Historias y Relatos Patagónicos

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MEMORIAS DE UN CARRERO PATAGÓNICO
ASENCIO ABEIJÓN
PROLOGO
¿Un nuevo libro de viajes? Tal vez sí, pero al mismo tiempo algo muy distinto. No en
galera como las descripciones de viajeros ingleses y algún francés o alemán por nuestras
pampas en el siglo pasado, o el de algún turista explorador mochilero de las presentes
décadas, en trenes, automóviles, aviones o buses. No, este viaje que emprenderá el lector lo
hará en carro, desde el pescante. Y el relator será un auténtico carrero con décadas de oficio
y manos callosas de tanto agitar las riendas.
Pocas veces se ha dado esto en la literatura de viajes, en los libros de memorias o
recuerdos: que un trabajador de uno de los oficios más rudos desgrane así sus apuntes,
como él mismo denominó a estas páginas, con un idioma tan rico que sirve hoy para medir
casi como único testimonio de las primeras décadas de este siglo qué palabras se empleaban
en ese rincón de nuestro Far South, cómo hacían entenderse las gentes que provenían de
todas las regiones del país y del mundo.
Pero empecemos por él. Por el carrero y autor Asencio Abeijón. Este patagónico de pura
cepa nació en Tandil (en Berlín existe el dicho: todo berlinés típico nació en Silesia o en
Sajonia). En nuestra Patagonia se da mucho eso, principalmente debido a los viejos
pobladores que vinieron de otras latitudes. Hoy, nuevas generaciones señalan con orgullo
que ellos son NIC, nacidos y criados en la Patagonia. Vio la luz en esa ciudad bonaerense,
igual que otro notable narrador patagónico: don Ramón Gorráiz
Beloqui, el conocido «cronista a caballa»'. Ya en 1903, los padres de Abeijón se trasladaron
a Comodoro –hacía apenas dos años que se había fundado esa ciudad chubutense– en busca
de mejor futuro. Pero oigámoslo a él mismo: «Mi papá vino para acá con cuatro hijos. Era
el 1903, y no había médicos ni farmacias; ni escuelas, nada. Había coraje». Sí, coraje, un
término en desuso, un término de un código fenecido en las actuales épocas. Un coraje con
un gran contenido de resignación. Resignación porque se sabía que la única manera de
seguir adelante era con eso: con coraje. Y si no preguntémosle a las parturientas en esas
soledades, a los ovejeros quebrados al caer del caballo, a las madres que veían volar de
fiebre a sus pequeños. «Conocíamos a todo el mundo –nos informa Abeijón poco antes de
morir– la gente que pasaba no era mucha. Papá puso un boliche en arroyo La Mata, un
paraje a quince kilómetros en el camino a Sarmiento. A nuestra llegada habría seis o siete
casitas en el pueblo, pero con cada llegada de barco se juntaban treinta o cuarenta carros de
lana. Venían los carritos de las aguadas de Rosales y la Mata con seis barriles de agua. Ese
trabajo de abastecimiento llevaba una jomada con buen tiempo. Otro problema era la falta
de escuela. En 1906 vino un médico, Carlos Canavechio: la familia Pereyra lo había hecho
venir y se le pagaba entre todos.», y seguirá con sus imágenes: «El día más alegre del
pueblo, de toda su historia fue el día en que llegó Isidro Quiroga. En cambio, cuando se
descubrió el petróleo, es mentira que la gente salió a golpear latas ni nada; más bien decían:
‘¡qué mala suerte! ¿vio?’ Porque era una frustración por el agua. Como todo chico, yo
miraba pasar la gente»1.
A leer y escribir aprenderá en la estancia Gastaldi. Luego seguirá estudios con los
salesianos en el pueblo de Deán Funes. De ahí pasará a Rawson y ya con 19 años, los curas
lo ponen como maestro para enseñar a los que recién comienzan. Un año después entrará en
Y.P.F. donde lo eligen delegado gremial. El general Mosconi lo cesantea no sólo por
sindicalista sino por sus artículos en un diario local. Comenzará entonces su vida errante
donde cosechará las experiencias que anotará pacientemente y que serán la base de sus
posteriores crónicas y libros: será carrero, resero, camionero y contratista de esquila.
Conocerá la cárcel, en Rawson, por motivos políticos. Más tarde funda los periódicos El
trueno y El crítico y desde ese momento alternará el periodismo con la política. Será
redactor en El Chubut y en El Patagónico y legislador provincial en dos períodos. En 1971,
en Comodoro Rivadavia se publica su primer libro: Apuntes de un carrero patagónico.
Cuando, en 1973, quien escribe estas líneas leyó esta edición propuso de inmediato a la
Editorial Galerna una edición nacional con el agregado de tres relatos más de Abeijón que
habían sido publicados en El Patagónico, de Comodoro Rivadavia: El derrumbe, El cruce
del Río Senguer y Fuego en Comodoro.
En el prólogo a esa primera edición nacional escribí, entre otros párrafos: «Tengo el
presentimiento de que este libro de Abeijón será, apoco, una lectura obligada en colegios
secundarios de las más apartadas regiones nuestras. Porque así como nosotros, cuando
jóvenes, conocimos Misiones a través de Horacio Quiroga, las pampas a través de Enrique
Guillermo Hudson y los cuentos de Benito Lynch, y Santa Fe por los relatos de Mateo Booz
así, muy pronto, nuestros adolescentes encerrados en las cuatro paredes de nuestras
monstruosas ciudades soñarán con la Patagonia viajando con el carrero Abeijón. Así como
los chilenos del norte conocieron el frío sur de su país por intermedio de los sencillos e
incisivos relatos de
Francisco Coloane (Tierra del Fuego, Cinco marineros y un ataúd verde, Rumbo a Puerto
Edén). Sí, mi mejor manera de sentirme en esas amadas tierras de la Patagonia de ambos
lados de la cordillera es leer, de vez en cuando, en voz alta, algunos renglones de Abeijón y
otros de Coloane. Ya mi querido Joseph Conrad ha empezado a juntar polvo: no lo necesito
tan seguido».
Abeijón no había leído a Conrad, sin embargo hay páginas que no tienen que envidiarle en
dramatismo y sugerencias, y parecen sacadas de Tifón: por ejemplo, Un embarque con mar
de fondo y Fuego en Comodoro.
Además del idioma nuevo formado en esas latitudes a principios de siglo, el valor principal
de Abeijón está en el haber descrito con detallismo de grabador los personajes de la estepa,
personajes que el tiempo ha hecho desaparecer: el chulenguiador, el carrero, el cazador de
leones, el campiador, el nutriador, el tumbiador, que son los protagonistas junto al mar
patagónico, el viento siempre constante, la nieve, las piedras, el polvo y la vegetación
achaparrada que no se rinde.
La literatura regional comenzó, muchas veces, en el siglo XVIII o XIX, con los relatos de
los viajeros europeos consignados en sus diarios de viaje. Muchos orígenes de pueblos se
pudieron reconstruir precisamente sobre la base de esos diarios de viaje o recuerdos. Un
ejemplar típico de ello es el libro Un poblador de las pampas, del estanciero inglés Richard
Arthur Seymour, que consigna sus experiencias entre 1865 y 1868 en la zona de Fraile
Muerto, la actual Bell Ville cordobesa .
Es interesante comparar el libro de Abeijón con el de Seymour, a pesar del distinto paisaje y
de la diferencia de épocas.
Mientras Abeijón nos relata de primera mano conceptos, opiniones y creencias de la gente
local, el inglés nos trasmite a través de su interpretación cuál era el pensamiento de los
pobladores con respecto a ciertos temas. El siguiente párrafo de Seymour es sugestivo.
Expresa que la estancia que compro estaba a «tresáentas millas de distancias de las tolderías
y se nos informó que los indios sentían el mayor terror por las armus de fuego, y que nunca
soñarían en atacar a unos ingleses bien armados y guarnecidos en una casa de verdad,
agregándosenos que aquellos se limitaban a hacer incursiones anuales en busca de caballos
o vacunos extraviados, fáciles de arrear. Se nos dijo también que nunca tocaban las ovejas,
y a que éstos no eran capaces de marchar tan rápidamente como lo efectuaban ellos. En
resumen, nos fueron presentados los salvajes más como unos pestilentes gitanos de los
solitarios alrededores de algún pueblo inglés, que como un serio peligra»5.
Un contemporáneo de Asencio Abeijón, Alfredo Fiori, uruguayo de nacimiento que como él
fue a vivir desde muy niño al sur argentino, en este caso a la zona de San Julián, escribió
páginas de gran valor histórico regional. Vivió allí hasta su madurez y fue, pese a su
juventud, uno de los dirigentes más activos de las huelgas rurales patagónicas del ‘21 y ‘22,
de trágico fin. Fue también carrero, ovejero, arreador y changador. Luego fue a residir a
Buenos Aires donde su vida cambió totalmente. Hizo una pequeña fortuna en el comercio y
fue benefactor de las letras y de las artes. Fundó el teatro Patagonia en el centro de la
ciudad, que se constituyó –en la década del cincuenta– en una de las salas más importantes
de la capital argentina. Escribió tres libros: La conciencia en el arte, Con el corazón en la
mano y Futuro gobierno del mundo. En el segundo de ellos dejó testimonio de su vida
patagónica. Es notable la descripción del carácter de dos mujeres patagónicas en el capítulo
Mujeres heroicas. Alfredo Fiori escribió, además, muchos folletos sobre la vida en el sur,
con el seudónimo de Juan Patagonia.
Larga sería la lista de autores patagónicos desconocidos en el resto del país. Pero me voy a
detener en uno: Elias Chucair, de la localidad rionegrina de Ingeniero Jacobacci. Si las
próximas generaciones sabrán cómo fueron los comienzos de esa población, su historia, y
sus personajes de todo este siglo, se lo deberán a él. Primero, por una publicación que sacó
a la luz regularmente donde fue reproduciendo los testimonios de viejos pobladores, y
luego la de los viajeros. Hasta los nombres de los viajantes de comercio de Buenos Aires
que pasaban regularmente por allí, el nombre de las posadas y hotelitos, la de los médicos y
abogados y la de los hijos que partieron hacia la gran ciudad. También sus investigaciones
históricas son notables como El maruchito hacedor de milagros en la meseta patagónica, La
inglesa bandolera y otros relatos patagónicos y Partidas sin regreso de árabes en la
Patagonia.
Pero, si no son descubiertos por Buenos Aires, los intelectuales patagónicos han decidido
descubrirse entre ellos. Fue así como comenzaron las ediciones patagónicas. Para dar una
muestra debemos mencionar al libro Sur del mundo, editado por el diario El Patagónico al
cumplir su primer cuarto de siglo, con textos de los narradores sureños Asencio Abeijón,
Gregorio Álvarez, Diego Angelino, David Aracena, Donald Borsella, Aquilino E. Isla,
Héctor Méndes, Luisa Peluffo y del santacruceño Héctor Peña . Pero, para conocer todo ese
mundo extremo y mágico hay que empezar a leer como guía un pequeño y sabio libro: El
otro lado de los viajes del etnólogo e iconólogo chubutense Rodolfo Casamiquela, que ha
editado la Editorial Universitaria de la Patagonia. En apenas 63 páginas está la trágica
historia de los habitantes primitivos, luego las relaciones de los blancos con los indios, las
etnias precolombinas e históricas y la caracterización de las culturas históricas. Tiene
juicios profundos –y a mi parecer definitivos– sobre las campañas de Rosas y Roca, y
acerca de la actuación de los salesianos y de otras religiones cristianas en la denominada
civilización del indígena.
Es decir, antes de subirse al pescante del carro lanero de don Asencio Abeijón; con la luz
del candil de la madrugada, repasar a Casamiquela para conocer la historia de esa magia
que se va a encontrar en el paisaje.
Al regreso empezará el gusto por lo nuestro: conocer la tierra a través de quienes la amaron
y sintieron. Por supuesto, tendré que volver una y otra vez al gran clásico, el Hudson de
Allá lejos y hace tiempo, Días de ocio en la Patagonia y En tierra purpúrea para después
solazarnos con Hudson a caballo, del olvidado Luis Franco. Y de Hudson, pegar la vuelta y
releer a Lucio V. Mansilla en Una excursión a los indios ranqueles. Y después buscar
sendas casi desconocidas como la que marcó Luis Armando Espeche en su Vida de
petroleros, a través de la selva salteña y del desierto patagónico, o gozar del paisaje cuyano
con El pájaro brujo, de Juan Draghi Lucero.
El epitafio de la tumba de Hudson, ese escritor traveller, reza así: «.Amó a los pájaros, los
lugares verdes, el viento en los matorrales y vio el brillo de la aureola de Dios». Se me
ocurre que la tumba de nuestro carrero patagónico, don Asencio, debería tener estas
palabras: «Amó el desierto, sostuvo la mirada del guanaco y siguió el rastro del león
cebado, escuchó a la gente sencilla, se asomó a las bahías luminosas y enfiló con su carro
hada la ruta final de las estrellas sureras».
OSVALDO BAYER

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  • 1. MEMORIAS DE UN CARRERO PATAGÓNICO ASENCIO ABEIJÓN
  • 2. PROLOGO ¿Un nuevo libro de viajes? Tal vez sí, pero al mismo tiempo algo muy distinto. No en galera como las descripciones de viajeros ingleses y algún francés o alemán por nuestras pampas en el siglo pasado, o el de algún turista explorador mochilero de las presentes décadas, en trenes, automóviles, aviones o buses. No, este viaje que emprenderá el lector lo hará en carro, desde el pescante. Y el relator será un auténtico carrero con décadas de oficio y manos callosas de tanto agitar las riendas. Pocas veces se ha dado esto en la literatura de viajes, en los libros de memorias o recuerdos: que un trabajador de uno de los oficios más rudos desgrane así sus apuntes, como él mismo denominó a estas páginas, con un idioma tan rico que sirve hoy para medir casi como único testimonio de las primeras décadas de este siglo qué palabras se empleaban en ese rincón de nuestro Far South, cómo hacían entenderse las gentes que provenían de todas las regiones del país y del mundo. Pero empecemos por él. Por el carrero y autor Asencio Abeijón. Este patagónico de pura cepa nació en Tandil (en Berlín existe el dicho: todo berlinés típico nació en Silesia o en Sajonia). En nuestra Patagonia se da mucho eso, principalmente debido a los viejos pobladores que vinieron de otras latitudes. Hoy, nuevas generaciones señalan con orgullo que ellos son NIC, nacidos y criados en la Patagonia. Vio la luz en esa ciudad bonaerense, igual que otro notable narrador patagónico: don Ramón Gorráiz Beloqui, el conocido «cronista a caballa»'. Ya en 1903, los padres de Abeijón se trasladaron a Comodoro –hacía apenas dos años que se había fundado esa ciudad chubutense– en busca de mejor futuro. Pero oigámoslo a él mismo: «Mi papá vino para acá con cuatro hijos. Era el 1903, y no había médicos ni farmacias; ni escuelas, nada. Había coraje». Sí, coraje, un término en desuso, un término de un código fenecido en las actuales épocas. Un coraje con un gran contenido de resignación. Resignación porque se sabía que la única manera de seguir adelante era con eso: con coraje. Y si no preguntémosle a las parturientas en esas soledades, a los ovejeros quebrados al caer del caballo, a las madres que veían volar de fiebre a sus pequeños. «Conocíamos a todo el mundo –nos informa Abeijón poco antes de morir– la gente que pasaba no era mucha. Papá puso un boliche en arroyo La Mata, un paraje a quince kilómetros en el camino a Sarmiento. A nuestra llegada habría seis o siete casitas en el pueblo, pero con cada llegada de barco se juntaban treinta o cuarenta carros de lana. Venían los carritos de las aguadas de Rosales y la Mata con seis barriles de agua. Ese trabajo de abastecimiento llevaba una jomada con buen tiempo. Otro problema era la falta de escuela. En 1906 vino un médico, Carlos Canavechio: la familia Pereyra lo había hecho venir y se le pagaba entre todos.», y seguirá con sus imágenes: «El día más alegre del pueblo, de toda su historia fue el día en que llegó Isidro Quiroga. En cambio, cuando se descubrió el petróleo, es mentira que la gente salió a golpear latas ni nada; más bien decían:
  • 3. ‘¡qué mala suerte! ¿vio?’ Porque era una frustración por el agua. Como todo chico, yo miraba pasar la gente»1. A leer y escribir aprenderá en la estancia Gastaldi. Luego seguirá estudios con los salesianos en el pueblo de Deán Funes. De ahí pasará a Rawson y ya con 19 años, los curas lo ponen como maestro para enseñar a los que recién comienzan. Un año después entrará en Y.P.F. donde lo eligen delegado gremial. El general Mosconi lo cesantea no sólo por sindicalista sino por sus artículos en un diario local. Comenzará entonces su vida errante donde cosechará las experiencias que anotará pacientemente y que serán la base de sus posteriores crónicas y libros: será carrero, resero, camionero y contratista de esquila. Conocerá la cárcel, en Rawson, por motivos políticos. Más tarde funda los periódicos El trueno y El crítico y desde ese momento alternará el periodismo con la política. Será redactor en El Chubut y en El Patagónico y legislador provincial en dos períodos. En 1971, en Comodoro Rivadavia se publica su primer libro: Apuntes de un carrero patagónico. Cuando, en 1973, quien escribe estas líneas leyó esta edición propuso de inmediato a la Editorial Galerna una edición nacional con el agregado de tres relatos más de Abeijón que habían sido publicados en El Patagónico, de Comodoro Rivadavia: El derrumbe, El cruce del Río Senguer y Fuego en Comodoro. En el prólogo a esa primera edición nacional escribí, entre otros párrafos: «Tengo el presentimiento de que este libro de Abeijón será, apoco, una lectura obligada en colegios secundarios de las más apartadas regiones nuestras. Porque así como nosotros, cuando jóvenes, conocimos Misiones a través de Horacio Quiroga, las pampas a través de Enrique Guillermo Hudson y los cuentos de Benito Lynch, y Santa Fe por los relatos de Mateo Booz así, muy pronto, nuestros adolescentes encerrados en las cuatro paredes de nuestras monstruosas ciudades soñarán con la Patagonia viajando con el carrero Abeijón. Así como los chilenos del norte conocieron el frío sur de su país por intermedio de los sencillos e incisivos relatos de Francisco Coloane (Tierra del Fuego, Cinco marineros y un ataúd verde, Rumbo a Puerto Edén). Sí, mi mejor manera de sentirme en esas amadas tierras de la Patagonia de ambos lados de la cordillera es leer, de vez en cuando, en voz alta, algunos renglones de Abeijón y otros de Coloane. Ya mi querido Joseph Conrad ha empezado a juntar polvo: no lo necesito tan seguido». Abeijón no había leído a Conrad, sin embargo hay páginas que no tienen que envidiarle en dramatismo y sugerencias, y parecen sacadas de Tifón: por ejemplo, Un embarque con mar de fondo y Fuego en Comodoro. Además del idioma nuevo formado en esas latitudes a principios de siglo, el valor principal de Abeijón está en el haber descrito con detallismo de grabador los personajes de la estepa, personajes que el tiempo ha hecho desaparecer: el chulenguiador, el carrero, el cazador de
  • 4. leones, el campiador, el nutriador, el tumbiador, que son los protagonistas junto al mar patagónico, el viento siempre constante, la nieve, las piedras, el polvo y la vegetación achaparrada que no se rinde. La literatura regional comenzó, muchas veces, en el siglo XVIII o XIX, con los relatos de los viajeros europeos consignados en sus diarios de viaje. Muchos orígenes de pueblos se pudieron reconstruir precisamente sobre la base de esos diarios de viaje o recuerdos. Un ejemplar típico de ello es el libro Un poblador de las pampas, del estanciero inglés Richard Arthur Seymour, que consigna sus experiencias entre 1865 y 1868 en la zona de Fraile Muerto, la actual Bell Ville cordobesa . Es interesante comparar el libro de Abeijón con el de Seymour, a pesar del distinto paisaje y de la diferencia de épocas. Mientras Abeijón nos relata de primera mano conceptos, opiniones y creencias de la gente local, el inglés nos trasmite a través de su interpretación cuál era el pensamiento de los pobladores con respecto a ciertos temas. El siguiente párrafo de Seymour es sugestivo. Expresa que la estancia que compro estaba a «tresáentas millas de distancias de las tolderías y se nos informó que los indios sentían el mayor terror por las armus de fuego, y que nunca soñarían en atacar a unos ingleses bien armados y guarnecidos en una casa de verdad, agregándosenos que aquellos se limitaban a hacer incursiones anuales en busca de caballos o vacunos extraviados, fáciles de arrear. Se nos dijo también que nunca tocaban las ovejas, y a que éstos no eran capaces de marchar tan rápidamente como lo efectuaban ellos. En resumen, nos fueron presentados los salvajes más como unos pestilentes gitanos de los solitarios alrededores de algún pueblo inglés, que como un serio peligra»5. Un contemporáneo de Asencio Abeijón, Alfredo Fiori, uruguayo de nacimiento que como él fue a vivir desde muy niño al sur argentino, en este caso a la zona de San Julián, escribió páginas de gran valor histórico regional. Vivió allí hasta su madurez y fue, pese a su juventud, uno de los dirigentes más activos de las huelgas rurales patagónicas del ‘21 y ‘22, de trágico fin. Fue también carrero, ovejero, arreador y changador. Luego fue a residir a Buenos Aires donde su vida cambió totalmente. Hizo una pequeña fortuna en el comercio y fue benefactor de las letras y de las artes. Fundó el teatro Patagonia en el centro de la ciudad, que se constituyó –en la década del cincuenta– en una de las salas más importantes de la capital argentina. Escribió tres libros: La conciencia en el arte, Con el corazón en la mano y Futuro gobierno del mundo. En el segundo de ellos dejó testimonio de su vida patagónica. Es notable la descripción del carácter de dos mujeres patagónicas en el capítulo Mujeres heroicas. Alfredo Fiori escribió, además, muchos folletos sobre la vida en el sur, con el seudónimo de Juan Patagonia. Larga sería la lista de autores patagónicos desconocidos en el resto del país. Pero me voy a detener en uno: Elias Chucair, de la localidad rionegrina de Ingeniero Jacobacci. Si las próximas generaciones sabrán cómo fueron los comienzos de esa población, su historia, y
  • 5. sus personajes de todo este siglo, se lo deberán a él. Primero, por una publicación que sacó a la luz regularmente donde fue reproduciendo los testimonios de viejos pobladores, y luego la de los viajeros. Hasta los nombres de los viajantes de comercio de Buenos Aires que pasaban regularmente por allí, el nombre de las posadas y hotelitos, la de los médicos y abogados y la de los hijos que partieron hacia la gran ciudad. También sus investigaciones históricas son notables como El maruchito hacedor de milagros en la meseta patagónica, La inglesa bandolera y otros relatos patagónicos y Partidas sin regreso de árabes en la Patagonia. Pero, si no son descubiertos por Buenos Aires, los intelectuales patagónicos han decidido descubrirse entre ellos. Fue así como comenzaron las ediciones patagónicas. Para dar una muestra debemos mencionar al libro Sur del mundo, editado por el diario El Patagónico al cumplir su primer cuarto de siglo, con textos de los narradores sureños Asencio Abeijón, Gregorio Álvarez, Diego Angelino, David Aracena, Donald Borsella, Aquilino E. Isla, Héctor Méndes, Luisa Peluffo y del santacruceño Héctor Peña . Pero, para conocer todo ese mundo extremo y mágico hay que empezar a leer como guía un pequeño y sabio libro: El otro lado de los viajes del etnólogo e iconólogo chubutense Rodolfo Casamiquela, que ha editado la Editorial Universitaria de la Patagonia. En apenas 63 páginas está la trágica historia de los habitantes primitivos, luego las relaciones de los blancos con los indios, las etnias precolombinas e históricas y la caracterización de las culturas históricas. Tiene juicios profundos –y a mi parecer definitivos– sobre las campañas de Rosas y Roca, y acerca de la actuación de los salesianos y de otras religiones cristianas en la denominada civilización del indígena. Es decir, antes de subirse al pescante del carro lanero de don Asencio Abeijón; con la luz del candil de la madrugada, repasar a Casamiquela para conocer la historia de esa magia que se va a encontrar en el paisaje. Al regreso empezará el gusto por lo nuestro: conocer la tierra a través de quienes la amaron y sintieron. Por supuesto, tendré que volver una y otra vez al gran clásico, el Hudson de Allá lejos y hace tiempo, Días de ocio en la Patagonia y En tierra purpúrea para después solazarnos con Hudson a caballo, del olvidado Luis Franco. Y de Hudson, pegar la vuelta y releer a Lucio V. Mansilla en Una excursión a los indios ranqueles. Y después buscar sendas casi desconocidas como la que marcó Luis Armando Espeche en su Vida de petroleros, a través de la selva salteña y del desierto patagónico, o gozar del paisaje cuyano con El pájaro brujo, de Juan Draghi Lucero. El epitafio de la tumba de Hudson, ese escritor traveller, reza así: «.Amó a los pájaros, los lugares verdes, el viento en los matorrales y vio el brillo de la aureola de Dios». Se me ocurre que la tumba de nuestro carrero patagónico, don Asencio, debería tener estas palabras: «Amó el desierto, sostuvo la mirada del guanaco y siguió el rastro del león
  • 6. cebado, escuchó a la gente sencilla, se asomó a las bahías luminosas y enfiló con su carro hada la ruta final de las estrellas sureras». OSVALDO BAYER
  • 7. LA CHULENGUIADA Antes de que el Sol de ese diciembre de 1910 refleje sus rayos en los filos y puntas de los cerros más altos, el chulenguiador., polvoriento y andrajoso, ensilla su caballo al que, en el transcurso de la breve noche del verano patagónico, ha dejado atado a soga, para que no se aleje mucho del lugar ni se llene de pasto hasta el punto de no poder sobrellevar bien las violentas corridas a que lo ha de someter en las primeras horas de la madrugada. Para el trajín violento, y hasta peligroso, que significa la caza del ágil y veloz guanaquito de pocos días, es imprescindible aprovechar al máximo el fresco de la mañana, y un buen estado físico del caballo. Después que el sol calienta, no hay cabalgadura capaz de resistir por mucho rato esa enloquecida persecución de las cuadrillas de guanacos con crías, ágiles y resistentes, huyendo con velocidad que asombra, a través de campos dilatados y desprovistos de agua, quebrados, montosos y pedregosos en partes, y en otras arenosos hasta dificultar la marcha. Además, las cuadrillas de guanacos con crías que defender, fogueados en las corridas que, año tras año les destruye la descendencia, adquieren extraordinario sentido para elegir en su fuga los terrenos de características más adecuadas para dificultar la persecución del tenaz chulenguiador, también fogueado en las artimañas defensivas de los animales. En el atardecer del día anterior, el hombre ha divisado desde mangrullos distantes la ubicación de las distintas cuadrillas, y su experiencia le hace saber con precisión en qué lugar podrá sorprenderlos al amanecer del día siguiente. Por ello, sabe también el número de chulenguitos que hay en cada cuadrilla, las horas o días que cada uno puede tener de edad, y la resistencia que podrán oponer a su persecución. Con tales observaciones se forma su plan de trabajo para el día siguiente, y, al tranco, para reservar caballo, regresa a su campamento, hábilmente disimulado en una hondonada con matorrales espesos, muy adecuada para evitarle encuentros con el dueño del campo, que no tolera chulenguiadores en su predio. Después de comer un asadito, plato único de todo buen chulenguiador, prepara su cama con el recado, y duerme hasta que el brillo de las estrellas, al debilitarse, indica que la aurora se aproxima. Nuevamente su menú, de asado y mate amargo, y con las primeras claridades del alba, está en marcha para aprovechar la fresca. Son incomparablemente hermosos los amaneceres patagónicos, cuando no hay viento. Desde lejos y debilitado por la distancia, llega el bullicio que indica faenas de esquila, en
  • 8. una estancia que las quebradas ocultan, y que sólo la serenidad de esas mañanas diáfanas hace posible escuchar. Lamentoso balar de ovejas y corderos en el corral; ladrar de los perros que trabajan; agudos silbidos de los ovejeros, y sus enérgicas voces de mando a los perros, siempre acompañadas de palabras gruesas, que los ecos repiten. Todo esto ha roto la tranquilidad silenciosa de la noche que sólo un levísimo trepidar de la tierra interrumpía, casi imperceptible, motivado por un pozo de gas en llamas en las proximidades de Comodoro Rivadavia, y que, pese a la distancia de más de cuatro o cinco leguas, reflejaba, hacia el Este, un tenue fulgor rojizo, que se pierde con los primeros vestigios de la aurora. Indiferente a todo, el chulenguiador repecha al trotecito de su caballo una cuesta suave, a cuyo final se forma una planicie en la que él calcula hallar a una de las cuadrillas que observó en el atardecer del día anterior. Sabe que, en la época de cría, los guanacos pastan en los faldeos y lugares altos, desde donde les resulta fácil vigilar, a la distancia, cualquier peligro que se avecine. Demuestran preferencia por los lugares en que el color de su piel se adapta al del terreno y los matorrales que lo circundan, lo cual los hace menos visibles a los ojos de los poco expertos. Sus cálculos no engañan al chulenguiador. A unos dos mil metros de distancia ve a la cuadrilla que pasta esparcida. Es mucha distancia para emprender una persecución exitosa, puesto que el chulengo, al día de haber nacido, ya es corredor y resistente. El hombre se oculta con gran premura, buscando la oportunidad de acercarse algo más sin ser visto, para darles la atropellada inicial por sorpresa, pero al instante, el relincho peculiar del vigilante mascota (guanaco macho, jefe y cuidador de la cuadrilla, de la cual ha desplazado en tremenda y ruidosa pelea a los rivales de su sexo); le indica que éste ya lo ha descubierto, y con su grito de alerta pone sobre aviso a las hembras y a sus crías. Desde ese momento se entabla un duelo de astucia entre el hombre y el animal, tratando cada cual de hacerse el zonzo, pero siempre con la intención de desorientar al adversario. Sabiendo que iniciar la persecución desde esa distancia sólo le servirá para cansar caballo inútilmente, el chulenguiador cambia de rumbo, en un simulado alejamiento. Su intención es dar un rodeo siguiendo un cañadoncito que lo oculta a la vista de los guanacos, para tomarlos desde menor distancia. Después de su relincho de advertencia el guanaco mascota simula pastar, como creyendo en el simulado retiro del hombre, pero apenas éste desaparece de la vista, el animal, siempre
  • 9. haciendo como que come, se dirige al tranco hasta el filo de la planicie para observar el rumbo que sigue el cazador. Su vista y sus oídos penetrantes están en permanente observación y de tanto en tanto levanta su largo cogote negro, haciendo como que mira a la cuadrilla a su cargo, pero sus ojos observan de soslayo al cazador que se cree invisible. La simulación en la lucha por la vida. El hombre desaparece en una quebrada, y al suave galope de su caballito criollo bordea el cañadón siguiendo una cuesta poco empinada, por la cual espera subir con mayor rapidez y menos desgaste de caballo a la cercana pampita, tomando desprevenida a la cuadrilla, pero apenas ha recorrido un corto trecho, de nuevo ve frente a sí, en el filo de la planicie, emerger el cogote tieso del guanaco que lo vigila. Ante esto, el hombre sigue simulando indiferencia, pero deja escapar una interjección gruesa, propia del lugar y la impaciencia, que le ocasiona el hecho de ver descubiertas sus intenciones. Sabe que, si hubiese podido iniciar el ataque desde ese lugar, y por sorpresa, en esa atropellada le habría sido fácil atrapar cuatro o cinco chulenguitos y, a la vez, hacer que la cuadrilla, en su huida, se desplazara en dirección al lugar en que él tenía su tropilla, lo cual le habría permitido cambiar caballo de refresco, con muy poca pérdida de tiempo. Una verdadera lucha entre veteranos patagónicos. Da un nuevo relincho el mascota, y la cuadrilla, que pasta dispersa, con suave y elegante galopito, se concentra nerviosa cerca de él, pero no inicia la fuga, ni lo hará, hasta que el mascota le indique la dirección en que deba hacerlo. Reunida en vigilante expectativa, cada hembra con su cría al lado, colocada de forma que su cuerpo la oculta a la vista del chulenguiador, la cuadrilla observa con los cogotes enhiestos, a la espera de que el mascota, en un relincho, emita la orden final. Comprende el chulenguiador que ya ha perdido las ventajas de la sorpresa, pero antes de apurar la situación, efectúa una nueva tentativa para hacer prevalecer su astucia. Da vuelta su caballo y comienza a galopar, alejándose de la cuadrilla. Desaparece en un zanjón, y luego reaparece unos cien metros más adelante, siempre alejándose, a la vez que observa cómo el guanaco mascota no lo pierde de vista. El cazador supone que con esta estratagema el animal creerá en su alejamiento definitivo, y se confiará. En cuanto llega a una hondonada que lo oculta a la vista del guanaco, varía de dirección, tomando nuevamente rumbo hacia la cuadrilla. Se interna sin que lo vean, en el zanjón, e inclinado sobre el recado aprovecha el terreno arenoso para galopar sin hacer ruido, y
  • 10. dando un rodeo de más de dos mil metros, siempre oculto, encara al fin la subida a la planicie; por el lado opuesto al de antes. Pero lo primero que ve frente a él, parado en el filo de la loma, es al guanaco mascota, el cual ha ido bordeando la altura de la meseta disimulándose en cada mata, mientras observa al enemigo y adivina sus intenciones. Ya seguro del ataque, el mascota emite un nuevo relincho, más corto que los anteriores y, al mismo tiempo, en un elegante movimiento se abalanza y gira a la vez sobre sus patas traseras galopando unos treinta metros en dirección opuesta al chulenguiador, con lo cual le indica a la cuadrilla hacia qué lado debe emprender la fuga. Luego disminuye un tanto su galope, retrasándose un poco y variando levemente de rumbo, a la espera de que el perseguidor, al hacer su aparición en el borde de la cima y verlo tan cerca, se engañe y lo persiga a él. El hombre deja de lado toda simulación que ya sabe inútil, y dando a su caballo un sonoro rebencazo, inicia el ataque en forma directa, por la pendiente elegida con un pesado galope. Cuando llega al borde de la planicie, ya la cuadrilla, que ha sacado ventaja mientras el cazador subía, se va alejando a galope lento, como reservando energías, mientras que el mascota que cubre la retirada sigue su galope más lento y, a ratos, hace como que se halla rengo, dejando que el hombre se le acerque hasta menos de diez metros, en una desesperada tentativa de que, creyéndolo presa fácil, se entusiasme en su persecución y se desvíe de la dirección que sigue la cuadrilla. Esta galopa en forma ordenada, graduando su velocidad con la de los pequeños chulengos, a los cuales, mientras corren, ubican de forma que con su cuerpo lo tapan a la vista del chulenguiador. Ya en plena planicie, el perseguidor lanza su caballo a toda rienda en pos de la fugitiva cuadrilla, la cual se agrupa más y aumenta la velocidad de su fuga, obedeciendo a un nuevo y breve relincho del mascota. Este sigue en forma desesperada sus tretas tendientes a atraer sobre sí al cazador. Se desvía y cuando ve que el hombre, sin ocuparse de él, sigue persiguiendo a la cuadrilla, vuelve a gran velocidad, cruza por delante del chulenguiador a menos de cinco metros de distancia y, en ese preciso instante, finge un tropiezo y de inmediato una simulada renquera que, por supuesto, no tiene éxito. Antes de diez minutos de carrera, un chulenguito de pocas lloras comienza a rezagarse, con gran desesperación de la madre que se rezaga con él, emitiendo de tanto en tanto gemidos lamentosos que son una afligida invitación a realizar un esfuerzo supremo, hasta que la llegada del perseguidor la obliga a abandonarlo ante la seguridad de una defensa inútil.
  • 11. Violentamente llega el hombre y sofrena su caballo, arrojándose de él antes que termine de detenerse y, sobre el mismo movimiento, con el cabo del rebenque aplica un fuerte golpe en la débil cabeza del animalito, que se desploma con un corto y penoso gemido de criatura. Antes de medio minuto el jinete ha montado nuevamente a caballo y parece volar en pos de la cuadrilla, que ha sacado alguna ventaja. De golpe, la persecución se ha tornado ruidosa y endiablada. Gambeteando obstáculos y saltando matorrales y zanjones, la cuadrilla desciende velocísima por una pendiente pronunciada y pedregosa, elegida intencionalmente porque saben que así aumentan las dificultades del implacable perseguidor. Cruzan un pequeño valle y encaran una cuesta arriba, que les resulta ventajosa porque en ella se desplazan con relativa facilidad. Pero el chulenguiador conoce al detalle el terreno en que actúa, y realiza una cortada que le disminuye la distancia y la dificultad de la cuesta arriba. En enloquecida carrera, avanzan zigzagueando entre mogotes y matorrales con su jadeante y sudoroso caballo y, en el calor de la persecución, ni siquiera se da cuenta que los espinosos molles, la mala espina y los calafates hacen jirones sus ropas y desgarran sus carnes. El ruido de la persecución ha ahogado todos los rumores típicos del lugar, terminando con el orden y la tranquilidad mañaneros. Casi de entre las patas del veloz caballo remonta asustado y ruidoso vuelo en varias direcciones una bandada de martinetas, que intercalan silbidos en su vuelo y hacen dar una espantada al caballo que casi despide de su lomo al chulenguiador; quien se enoja e insulta. Un zorrino rezagado, que se dirige a descansar a su cueva, se detiene, con sorpresa y enojo, frente a ese sonoro tropel, rodar de piedras y crujir de ramas. Alza amenazante su peluda cola rosilla y se abalanza con su característico desafío fanfarrón. La avalancha de animales en fuga lo envuelve en un torbellino de patas y de polvo, haciéndolo rodar como pelota de trapo, y el hermoso y simpático, pero maloliente animalito, huye derrengado por pisotones perdidos, después de lanzar su rociada de líquido de un olor nauseabundo. Perseguidos y perseguidor pasan como bólidos por entre un rebaño de ovejas con corderos que pastan extendidos, produciendo entre ellos un gran desparramo, con extravío y estropear de corderaje. Si el dueño del campo viera tamaño entrevero entre sus ovejas y el daño que le ocasiona, se pondría furioso y el chulenguiador se vería obligado a pelear o disparar igual que los guanacos.
  • 12. Más adelante, tropiezan con una bandada de avestruces, sembrando entre ellas el pánico y el desparramo. En todas direcciones se desplazan corriendo los asustados choiques, zigzagueando entre matas y coirones, con pronunciadas inclinaciones de cuerpo a izquierda y derecha, timoneando estas maniobras con rápidos movimientos del cogote y de las alas. Por momento, se asemejan a remolinos de plumas que el viento arrastra a ras de tierra. Un chulenguito, cuya vista no ha adquirido aún suficiente desarrollo, se rezaga y galopando sin rumbo se acerca incauto al cazador, confundiendo su silueta con la de un guanaco. Sin desmontar, el hombre lo mata de un talerazo en la cabeza y prosigue la persecución buscando nuevas presas. Un vistazo relámpago a un matorral, un médano o una protuberancia del terreno, le basta para ubicar más tarde, el lugar en que deberá hallar las piezas cobradas, para venir más tarde a cuerearlas. Si el terreno es tan uniforme que resulta difícil de distinguir, el hombre arroja su boina, su pañuelo o su saco, sobre un matorral que lo haga visible con facilidad y así localizará luego los chulenguitos muertos. En una hondonada montosa, la cuadrilla desaparece a la vista del jinete, para reaparecer casi de inmediato en el extremo opuesto. Nota el cazador que, en esos pocos segundos, uno de los chulenguitos que huían en el entrevero, ha desaparecido como tragado por la tierra y, de inmediato, sabe la causa de ello: se trata de una tentativa extrema y conmovedora a que recurren las madres como último recurso para tratar de salvar a la cría, cuando la notan agotada de cansancio por la violenta carrera. Aprovechando cualquier desnivel del terreno y en el momento en que se saben fuera de la vista del perseguidor, sin disminuir su carrera, dan al chulenguito un empellón de costado, arrojándolo entre el matorral que lo oculta. ¡Prodigio de la naturaleza! Pese a que aún no tiene treinta y seis horas de edad, ya el instinto del animalito le hace entender que ese empelloncito del amor maternal le indica que se trata de la única posibilidad de salvación que le queda. De ahí no se moverá. Disimulado en el matorral, echada a ras de tierra con el cogote extendido en el piso, consciente del peligro, permanecerá hasta que la madre vuelva a buscarlo, siempre que el rebenque o el cuchillo del chulenguiadora, quien difícilmente engaña la estratagema, no lo haya sacrificado. Acosada en extremo, la cuadrilla comienza a dispersarse. Abriéndose en abanico los animales toman distintas direcciones y el desparramo obliga al hombre a decidirse por una determinada pieza, alejándose de las demás. Es como si
  • 13. hubiesen dejado librado al destino el señalar a quién le ha de tocar la desdicha de atraer sobre sí el interés del despiadado perseguidor. Este se decide por una hembra cuya cría parece denotar mayor cansancio y tras ella exige al máximo su caballo comenzando a acortar distancia sin hacer caso del mascota, que trata de defender a su congénere, cruzando nuevamente frente al cazador, fingiendo un galope cansado. En plena velocidad, el caballo pisa en una cueva de tucutucu y rueda violentamente, arrojando al jinete a tres metros de distancia entre nubes de tierra, matorrales espinosos y malas palabras, pero con la gran suerte de no ser apretado por el animal en su caída. El caballo se incorpora masticando arena y el hombre también lo hace al instante, lleno de espinas, tierra y rabia. Recoge el rebenque y la rotosa gorra y monta en el acto renovando la carrera. Debido al acaloramiento no siente el dolor del golpe, aunque más tarde lo ha de sentir con creces, porque las rodadas son frecuentes y, aun en el caso de no resultar con quebraduras graves, los golpes arruinarán su cuerpo en pocos años. Aún logra atrapar otro chulenguito y persigue a otro, pero los guanacos, ahora dispersos, han obtenido ventaja y galopan moderados dando resuello a las crías que se han salvado, pero antes de detenerse totalmente observan si el chulenguiador, detenido a unos mil metros de distancia con el fin de acomodar el recado, cambia realmente de rumbo. Conoce la cuadrilla y el guanaco mascota, que el caballo, totalmente cubierto de sudor espumoso, jadeante y tembloroso por el enorme esfuerzo realizado, ya no está en condiciones de darles alcance. Las guanacas madres de los chulengos perdidos, en cuanto se ven separadas de su cría, se desvían a un costado de la cuadrilla fugitiva y luego, dando un rodeo vuelven al lugar en que se vieron separadas de ellos. Si lo hallan vivo en el escondite en que lo han dejado en veloz fuga, cosa común, lo hacen levantar y se alejan con él en alegre galopito, tratando de no ser observados por el cazador. Cuando lo hallan muerto lo olfatean y luego lentamente se alejan a una prudente distancia y se ubican en alguna pequeña elevación del terreno. Así se quedan en completa inmovilidad, con el cuerpo medio encogido, como si tuvieran frío, vuelto hacia el lugar de su tragedia, echando hacia atrás el cogote medio formando una «S» de modo que los ojos miren a lo alto. Parece que en medio de silencioso llanto clamaran al cielo reclamando contra la persecución de que se les hace objeto.
  • 14. La corrida ha durado más de dos horas sin cambio de caballo, por lo cual el chulenguiador, en vista de que el sol ya comienza a apretar, resuelve regresar hasta conseguir caballo de refresco. Vuelve al tranco, por el camino andado, cuereando al paso los chulengos que fue volteando en la corrida. Tres chulengos en la primera atropellada de la mañana no es para estar disconforme, aún cuando la caza habría sido más que duplicada si el guanaco macho, cuidador de la cuadrilla, no le hubiera impedido tomarla de sorpresa. Si su tropilla no se halla cerca, cualquier caballo ajeno que encuentre a mano le servirá al hombre para no perder tiempo. El chulenguiador, por lo general, es hábil para agarrar caballo a campo y poco delicado en lo concerniente a los certificados de propiedad. En su marcha de regreso al campamento observa a la distancia, con vista de águila, la ubicación de nuevas cuadrillas de guanacos con crías y hace cálculos sobre la que le ha de resultar más conveniente para la próxima corrida de la tarde. Su campamento es de lo más simple. Al reparo de una mata de molle, restos de un fogón y, a un costado, una cabeza de vaca que hallada de casualidad hace de asiento, y una pequeña bolsa de lona con algo de agua. Cerca del fogón una pequeña pavita ahumada y un mate con forro de vejiga y sobre las ramas del molle, un piche asado a las brasas, bastante sucio de ceniza y una bolsita con yerba. La cama la lleva en el recado. Calienta el agua y toma mate, mientras estaquea los cueritos de chulengo a la sombra de las matas y, más tarde, un pedazo de piche frío, sin vino ni galleta, le servirá de almuerzo y tal vez de cena. Hace fuego con leña bien seca, para que el humo no lo delate ante el dueño del campo. Más tarde, cuando refresque, saldrá a efectuar nuevas corridas, para lo cual ha tomado, de antemano, la precaución de ubicar sus caballos en un lugar estratégico que le permita cambiar caballo en el menor tiempo posible. Salvo un encuentro con el dueño del campo, las corridas se desarrollan con más o menos los incidentes ya descriptos. La chulenguiada es la caza típica de la Patagonia. Violenta, peligrosa, emotiva y casi siempre clandestina, tiene el sabor de lo prohibido, el aliciente de la ganancia y la tranquilidad triste del desierto. Sería el deporte ideal para los magnates ociosos tan aficionados a la caza del zorro artificiosa y ventajera, pero se lo impiden las incomodidades y privaciones que le son propias.
  • 15. Quienes ante las vidrieras de los negocios de las ciudades contemplan embelesados los abrigados y hermosos quillangos de guanaquitos patagónicos, mundialmente famosos, casi siempre ignoran las vicisitudes de su origen y los dolores de cabera que ocasionan. El chulenguiador constituye una pesadilla para los hacendados grandes o pequeños en el sur de nuestra Patagonia. Cuando la época de la chulenguiada se aproxima es frecuente oír comentarios sobre que, en tal o cual establecimiento ganadero, grande o pequeño ha desaparecido un caballo o una tropilla. Si cuando ésta vuelve a aparecer en la querencia (muchas veces no vuelve más) lo hace en el más deplorable estado físico, es señal segura de que la han utilizado sin permiso para correr chulengos. El chulenguiador clandestino no guarda para con los caballos ajenos las consideraciones que tiene con el propio. Tampoco la tiene para con los alambrados, ni pierde tiempo en cerrar una tranquera, si con ello corre el riesgo de que se le escape un chulengo. Además, la chulenguiada coincide con la fecha de las faenas de esquila entre noviembre y diciembre, momentos en que los hacendados se ven en la necesidad de reforzar el personal de trabajo tomando peones por día o por contrata, demostrando mayor interés por aquellos que tienen perro y caballo. Pero ya sea porque la chulenguiada se considere más libre, más aliviada y productiva o por esa inclinación nata de nuestros hombres de campo a ser libres y no trabajar bajo patrón, invariablemente se da el caso de que, a la iniciación de las esquilas, la mayoría de los brazos disponibles, aun aquellos que han pasado todo el invierno tumbiando en las estancias y engordando los caballos en sus potreros, se alejan con cualquier pretexto y la mayoría se va a chulenguiar. También el chulenguiador tiene tropiezos en su oficio. El más temido por ellos es el policía ventajero que, obedeciendo a denuncias de los dueños de campos o a sus apremios financieros motivados por sus farras o sus familias numerosas y sus sueldos bajos, se presenta de improviso en el campamento del chulenguiador. Casi por regla general, la presentación del policía se produce cuando ya la campaña del chulenguiador está casi al final o sea cuando ya tiene un buen número de pieles acumuladas en su campamento. Como primera exigencia pide que le presente el permiso para chulenguiar en la zona. Si el hombre lo tiene, le pide los documentos personales y si éstos están en regla (cosa poco común) le pide el certificado de propiedad de los caballos. El noventa y cinco por ciento de los chulenguiadores es atrapado en alguna de estas infracciones o en las tres y así se encuentra, de golpe y porrazo, en dificultades de orden
  • 16. legal ante la autoridad, lo mismo que suele acontecerle a los nutriadores de los lagos de Sarmiento o costa del río Deseado. En tales circunstancias, el chulenguiador se halla en la ilternativa de ser conducido preso, perdiendo a la vez las pieles y los caballos, más la oportunidad de hacer algunas changas antes (¡ue llegue el invierno, o compartir sus cueros de chulengo con el policía, dándose por muy contento si es a vamos y vamos (mitad y mitad). Como no es raro que el chulenguiador tenga también alguna cuenta vieja con autoridades de más al Norte, siempre termina aceptando como socio ventajero al policía que lo apremia. Por ello, los chulenguiadores evitan en lo posible actuar en jurisdicción donde hay autoridad afecta a chulenguiar sin cansar caballo. Estas sutilezas de la chulenguiada han adquirido relieve nacional. A ello se debe que la palabra chulenguiar haya tomado fama en las ciudades con un doble sentido, o sea como algo que se adquiere por medios poco lícitos, más con astucia que con legalidad y que, sin ser un delito grave, es algo que se hace perjudicando los intereses de un segundo. Pese a los edictos prohibitivos y a su aplicación legal o ilegal por parte de la autoridad, en cada año no se salva ni el cinco por ciento de los chulengos, por lo cual el guanaco, extraordinariamente abundante en la Patagonia, comienza a disminuir en forma visible. El día que su extinción sea total habrá desaparecido la parte principal de la fauna patagónica y una gran fuente de riqueza. Entonces, en todo el mundo pasarán a ser una reliquia del pasado esos vistosos e incomparables abrigos de cama, conocidos con el nombre de quillangos patagónicos.
  • 17. UN EMBARQUE CON MAR DE FONDO Llovizna del Sur. En la rada del golfo San Jorge, embravecido, frente a Comodoro Rivadavia en 1910, el vapor Camarones cabecea, violentamente sacudido por la marejada gruesa. Sujeto al ancla y dando el frente a la tormenta, parece un potro encabritado, tironeando del palenque. Las aguas se agitan, enturbiadas por el mar de fondo, y en lo que abarca la vista la playa aparece ribeteada de blanco por la espuma de las rompientes que braman con monótona persistencia. Más de doscientas personas, de las más diversas nacionalidades, pero con neto predominio de españoles, se han reunido en la playa para despedir a los que viajan y presenciar el emocionante embarque con mar de fondo, en el cual la competencia entre dos empresas navieras rivales, por ganar tiempo, exponen la vida de los pasajeros. Desapareciendo en las hondonadas de agua y emergiendo en las crestas de las olas, se acerca la chata de embarque, atada al costado de la pequeña lancha remolcadora que la conduce como a caballo ladero. Ya en la orilla le arrojan desde la playa las livianas sogas, para que atados en ellas, manden los cabos de amarre y al tiempo que se intercambian gritos de saludos en dialectos españoles entre los marineros de la chata, hispanos en un ciento por ciento y la gente de la playa, mayoría de igual nacionalidad, los avezados lobos del mar Cantábrico saltan de la embarcación insensibles al agua fría que les llega casi hasta la cintura, ya listos para iniciar el embarque, que debe hacerse a pulmón. Sujeta a los gruesos cabos de amarre, la chata es juguete de las olas; se abalanza con la proa en alto, se lanza sobre la playa a impulso de la marejada ruidosa, golpea contra los bancos de pedregullo suelto y sigue luego a las olas en su retroceso violento, hasta que el tirón de los cabos la sujeta, repitiendo después el movimiento, como si con ello pretendiera liberarse. Con mar tan malo, no es posible colocar la planchada ni afirmar la chata contra la playa para que el pasaje suba por sí solo, porque las olas la destrozarían inmediatamente. Habrá que alzar a pulso a más de ochenta personas, en lo cual los avezados marineros son expertos. A los hombres los llevan a horcajadas, y a las mujeres, entre dos marinos, con las manos enlazadas, formando asiento, hasta depositarlas en la sacudida chata, donde otros las reciben. Se generalizan los diálogos, con tanto acento español, que por momentos se tiene la impresión de hallarse en una región de España, aunque las palabras poco recomendables se pronuncian en criollo neto.
  • 18. La lancha remolcadora se aleja hacia el zarandeado barco en busca de otra chata, para cargar el abundante equipaje. Navega con gran agilidad, ya elevada sobre las aguas, que se alzan como infladas desde el fondo, ya perdida en los embudos que se forman, como si las mismas fuesen absorbidas desde abajo. Da la impresión de haber sido tragada por las olas, hasta que reaparece en las crestas de ellas. En la playa se inicia el embarque, en medio de la expectativa propia de las cosas difíciles. Hay inquietud, que los hombres disimulan y las mujeres no; hay abrazos de despedida y llantos, mientras los marineros se imparten a gritos las instrucciones en su acento inconfundible de gallegos, según el decir del público patagónico, que no hace distingos de provincias entre los españoles: a todos los llaman gallegos o vascos. En el vaivén del trabajo, prosigue el intercambio de noticias con los españoles de tierra, hacendados, carreros, comerciantes, alambradores y también policías; la palabra Bilbao, Coruña, Asturias, Abelleira, Barcelona y tantas regiones de España son mencionadas en ruidoso parloteo, a la vez que se maldice a la condenada guerra de Melilla, mientras la chata, siempre juguete del temporal, prosigue sus corcovos, sus balanceos, su tironear de los cabos. Cada aproximación a la orilla es aprovechada por los marineros que, en parejas, con el agua hasta cerca de la cintura, llevando a las mujeres en los brazos como hamaca, apuran a depositarlas en la chata donde son recibidas por otros marineros empapados, antes que las olas alejen la embarcación a aguas más profundas. Los niños lloran a gritos cuando los acercan al agua. Se aferran furiosos a los marineros; patalean y rasguñan, hasta que son recibidos en la chata por manos cariñosas. A los hombres los arrojan al interior de la chata, sin extremar mucho la suavidad. De tanto en tanto, estallan carcajadas entre la concurrencia de la playa a causa de la acumulación de pedregullo suelto que la marejada mueve, algún marinero que conduce a un hombre a horcajadas resbala y cae al oleaje, entre cuyas espumas el pasajero se revuelve desesperado hasta que aquél se incorpora con presteza y, tomándolo de nuevo, lo deposita empapado en la chata y encara nuevamente la cuesta de pedregullo en busca de otro. El público comenta risueñamente estos episodios y afirma que la resbalada al agua o la llegada feliz a la chata dependen en mucho del monto de la propina y que los más amarretes son los que más se mojan: al marinero, ya totalmente empapado, poco le importa un chapuzón más, si con ello alecciona a un mezquino. Se trabaja entre ruido de marejada y vociferaciones. Tendido en un catre de cuero que oficia de camilla, seis marineros luchan por embarcar a un hombre enfermo y dolorido. Las ruedas de una carreta le han roto las dos piernas, que
  • 19. luego se le infectaron durante el trayecto de cincuenta leguas recorrido con la áspera lentitud de un carro, mientras la gangrena avanza. Internados en las olas, que los azotan, los marineros sostienen el catre en alto para evitarle mojaduras, mientras lo animan con respeto y un silencio compasivo se ha hecho entre el público. El intento falla tres veces consecutivas, dificultado por el fuerte balanceo y los alejamientos de la embarcación. El hombre se contorsiona de dolor y se esfuerza por no gritar. Suda, y su rostro está amarillento por lo que sufre. A la cuarta tentativa, logran ubicarlo en la ya casi repleta chata. Esta se está convirtiendo en un infierno a causa del mareo: vómitos, arcadas, llantos de niños, gritos. El viento cambia al Este y con ello arrecia la tormenta. Las olas agrandadas se suceden casi ininterrumpidamente. Se lanzan potentes y ruidosas sobre la playa. Se estrellan en la restinga y las barrancas cercanas con ruido apagado, como explosión subterránea, después se alejan, arrastrando con ellas toneladas de pedregullo, con fragor semejante al que produce el viento cuando azota una montaña. La noche no está lejos, y se apresura el embarque antes que llegue la oscuridad. El buque debe seguir viaje antes que la empresa rival le tome mucha delantera. Inesperadamente llega el contratiempo: uno de los gruesos cabos de amarre, que sujetan a la chata, cede a los violentos tirones y comienza a cortarse. Se alarma el capataz de maniobras, pues sabe que el otro cabo solo no podrá resistir el esfuerzo a que lo someten las olas. Los marineros tratan de disimular la situación de apremio, pero en tierra hay demasiados expertos en el oficio y pronto el peligro, con sensación de angustia, se contagia al público. Todos comprenden que con la rotura inevitable del segundo cabo, la chata quedará a la deriva ya merced de las olas que no tardarán en darle vuelta campana, encerrando bajo ella a toda su carga humana. En el mástil de la Subprefectura se iza el gallardete de advertencia urgente al buque y a la lancha de remolque. En la chata y en el público de la playa estalla simultáneo un clamoreo de alarma y gesticulaciones desesperadas. «¡A bordo!», «¡A bordo!», «¡A bordo!», «¡Se rompe el cabo!... ¡A bordo!... ¡A bordo!» Gritos y silbidos agudos de llamadas tratan de sobreponerse al fragor de la tormenta para llegar hasta la lancha remolcadora, la que se halla casi a un kilómetro de distancia en marcha hacia el buque, capeando el temporal, ajena al peligro que se cierne sobre la zarandeada chata. El griterío acrece por instantes: «¡A bordo!... ¡Apura lanchero!... ¡A bordo!», «Se da vuelta la chata!... ¡A bordo, timonel!».
  • 20. Brazos, pañuelos, sacos y sombreros se agitan al aire en llamamiento desesperado y de pronto más de cien revólveres comienzan a atronar el aire con sus disparos, para advertir a la lancha, que sigue alejándose. Pero de pronto se la ve detenerse: al ser izada sobre una ola parece haber oído el bullicio, advirtiendo el peligro. Se la ve maniobrar dificultosamente, tratando de dar vuelta, mientras el timonel hace señales de que ya acude. La situación de la chata empeora con cada golpe de mar. Un pasajero con una niña en brazos se arroja al mar para ganar la orilla. Las olas lo derriban, lo envuelven, le arrebatan la niña, pero desde la playa, dos marineros se internan en el agua y los rescatan a tiempo. Por suerte, nadie imita esa actitud de pánico. En la playa, tres mujeres se han arrodillado y rezan mirando al cielo, mientras en la orilla pedregosa, prácticamente todo el pueblo de Comodoro Rivadavia se ha unido en tres minutos a los pedidos de auxilio: «¡A bordo!... ¡A bordo!» «¡Fuerza la máquina lanchero!... ¡A bordo que se ha roto el cabo!». En medio de tanta algarabía y pánico, sólo dos hombres parecen insensibles a todo lo que no sea su trabajo: son los dos marinos que, de pie en el interior de la chata, manejan los cabos casi trágicos. Con serenidad que admira, realizan prodigios de pericia para demorar en lo posible la rotura total de los dos, dando lugar con ello a que la lancha remolcadora llegue a tiempo para prestar auxilio. Cuando la chata avanza sobre la playa al lomo de las olas, ellos toman cabo envolviéndolo con rapidez en el cabrestante, y cuando el oleaje retrocede con fuerza de ciclón, arrastrando consigo a la embarcación, los marinos aflojan los cabos poco a poco, dando soga para mantener la tensión regulada, haciendo que el cabo bueno soporte el mayor esfuerzo, evitando así, que un tirón seco los corte como piolines. Entre sí, se imparten las instrucciones con precisión. Sólo se refleja su sensación de inquietud, en las rápidas y sucesivas miradas hacia el mar, para observar a la lancha remolcadora que, a seiscientos metros más lejos y, en lucha despareja, se bate contra el oleaje que pretende detenerla. Describe un semicírculo peligrosamente cerrado para ganar minutos y enfila con fuerza hacia el lugar de peligro. Hunde la proa en las olas, desaparece en las hondonadas de agua, reaparece luego en lo alto de las crestas, chorreando espuma y se desliza de las mesetas líquidas cuesta abajo en los embudos; siempre en su pequeña cubierta que las olas barren, un tripulante ya de pie firme a pesar del balanceo, con las piernas separadas a modo de tijera, y dando la impresión de estar atornillado a la lancha, lleva en las manos una soga a modo de lazo, con la cual lanzará el cabo de auxilio a la chata, en caso de llegar a tiempo. Jadea la caldera exigida al máximo, mientras en la playa la confusión aumenta en la misma proporción en que disminuye la resistencia de los cabos, uno de los cuales ya se ha cortado totalmente,
  • 21. tornando problemática la resistencia del otro, que desde ese momento soporta el esfuerzo solo. La chata recibe ahora el embate de las olas en posición sesgada, y el cabo comienza a cortarse. Aumentan los pedidos de auxilio, las señas desesperadas, el remolineo de gente sin ton ni son. Parece que los minutos fueran horas, que la lancha que corre en auxilio forzando máquina, nunca hubiera andado tan lerda, que la borrasca aumenta por instantes, como apurada por terminar con todo. Parece ya imposible que la ayuda pueda llegar a tiempo. Hay desesperado furor contra la empresa del buque: «¡A bordo!... ¡A bordo!... ¡Apura lanchero, que llegas tarde!... ¡A bordo!». (¡Muera la Compañía!... ¡Al agua el capitán!... ¡A bordo!... ¡A bordo pronto!». La marea, en su máxima altura, comienza a arrastrar algunos equipajes estibados en la orilla, pero nadie se fija en ello. Un nuevo sacudón, y el cabo restante se corta con crujido seco. La chata, ya sin gobierno, es arrastrada por la tormenta diez metros mar adentro, girando a la deriva... La gente se agolpa como fascinada, hasta la orilla misma de las aguas, atronando con los gritos de auxilio y los disparos de las armas. «¡Pronto!... ¡Pronto, por favor!... ¡A bordo, lanchero!». Aunque por momentos la lancha de remolque, oculta por las hondonadas de agua, no se ve, el intenso humo de su pequeña chimenea indica que corre encarando la borrasca. Un golpe de mar toma a la chata sin gobierno. La inclina embarcando agua, pero no llega a volcarla porque la tomó medio de frente. Quedó atravesada a merced de la próxima ola, que avanza con furia mientras aumenta de tamaño con presagio de tragedia, pero en su cresta apareció también la lancha remolcadora, entre nubes de espuma y humo. Se lanza veloz por esa pendiente de agua, tomándole una pequeña ventaja y desde cinco metros le arroja un cabo de amarre que manos hábiles envuelven con rapidez en el cabrestante de la chata, y sobre el mismo movimiento, la lancha retrocede, poniendo el cabo en tensión para que la ola tome a la chata de frente. El golpe de mar fue violento. La chata aún no enfrentada totalmente a la avalancha de agua escoró peligrosamente y de su interior se elevó un pavoroso clamor de miedo. Crujió el maderamen por la fuerza del impacto potente, como si fuese a quebrarse, pero el cabo nuevo resistió bien y la chata quedó de frente a la lanchita y a la tormenta, como un bagual al que el lazo sujeta de golpe en su carrera. Increíblemente, por menos de un minuto se ha evitado la tragedia. Los gritos de auxilio, que en los últimos segundos habían cedido a un silencio de horror, se transformaron de improviso en aplausos, vivas y gritos de aprobación a la labor hábil y valiente de los marineros españoles. Con silbidos de su caldera a punto de reventar, la lanchita tira, remolcando a la repleta chata hacia mar abierto, fuera del peligro de las rompientes. Después, aprovechando el intervalo entre dos olas, la aborda de costado, se afirman rápido los cabos laterales, y en un
  • 22. subir y bajar entre la marejada, toma rumbo hacia el Camarones, desde el cual, mediante los catalejos, se han seguido con inquietud los detalles del peligroso contratiempo.
  • 23. El TUMBIADOR Después de un recorrido agotador, de casi cuatro leguas, la tropa de chatas ha acampado en las inmediaciones de un zanjón provisto de agua algo salobre pero pasable para tomar mate, casi a la puesta del sol, con tiempo muy bueno, y que se aprecia más, luego de varios días de ventarrones. Diez carreros, y algunos pasajeros que viajan con sus familias en la caravana, rodean el agradable fogón en que chirrían los asados, mientras circulan los últimos mates que preceden a la cena. Sin mucho apuro llega en ese momento un jinete, que se baja del caballo después de pedir permiso, pero antes de que se lo concedan. Recorre la rueda de personas que circundan el fogón, saludando a todos, uno por uno, con extrema amabilidad, como si se tratara de viejos conocidos, y dando la mano incluso a los niños de menos de dos años. Acepta sin hacérsela repetir, y al tiempo que recibe un mate, la invitación a desensillar y pegar un tajo, pero aclara que lo hace por no despreciar, y para que no lo tomen por rogado, porque la verdad es que está muy apurado y tiene mucho que hacer. Siempre con la palabra en la boca, agrega que a pesar de lo mucho que tiene que hacer y de tantas preocupaciones, que lo tienen sin apetito, ya que se ha encontrado con buenos amigos, los va a acompañar en la churrasqueada. Sobre la misma conversación, saca el cuchillo de la cintura, y con singular maestría, corta un buen pedazo de asado, alabando la habilidad del cocinero, mientras que con el rabo del ojo observa por dónde anda en circulación la bota de vino para ponérsele lo más cerca posible, encontrándose con ella como por pura casualidad. Algunos de los carreros, que lo conocían, en voz baja hicieron saber a los demás que se trataba de un tumbiador profesional. El tumbiador es un tipo característico de la Patagonia, llamado así por su permanente costumbre de recorrer, con su caballo, su perro y sus mañas, amplias zonas de la región, parando varios días en cada casa, siempre sin trabajar, comiendo tumba de arriba, hasta que los dueños de casa empiezan a ponerle mala cara. Abunda bastante, y es un verdadero maestro de la simulación y la vagancia caminera, no carente de gracia. Anda siempre en busca de trabajo, pero nunca lo encuentra por su gran habilidad en esquivarle: antes de llegar a un puesto o estancia, por disimuladas averiguaciones hechas de antemano, ya sabe que en ese lugar no necesitan a nadie para trabajar.
  • 24. Cuando los lugares de su predilección no abundan, porque en todas partes hay trabajo y requieren peones, el tumbiador llega simulando que campea un caballo, o cualquier otro animal, con mucha urgencia, con lo cual deja el terreno preparado para una alejada oportuna, en caso de que le ofrezcan trabajo con insistencia. Para el buen tumbiador, no hay secretos en lo referente a las mañas necesarias para prolongar todo lo posible su permanencia en un lugar que le resulta cómodo. Si en la casa hay niños, el tumbiador siempre busca la forma de hacérseles simpático. Su viveza de vago experimentado, y que dispone de tiempo para observarlo todo, le indica que en los niños, está la debilidad de los padres. Casi siempre tiene la precaución de llegar cerca del anochecer, cuando ya está cercana la hora de cenar. Mientras está en la cocina, afanándose en dar conversación interesante a los presentes, observa con disimulo cuando en la mesa ponen un plato más. El, que mentalmente ha contado cuántos son en la casa, sabe que ese plato es para él, pero se hace el desentendido y sigue charlando. Recién cuando los de la casa se aprestan a sentarse a la mesa, el tumbiador se levanta y tiende la mano como para despedirse. Cuando le dicen que se quede a comer, medio se hace el interesante y exclama: «Pero, ¿No se me hará tarde?», y cuando le dicen que ya le han puesto el plato en la mesa se hace el sorprendido y acepta la invitación diciendo: «Pero, ¡No se hubieran molestado!... ¡Y bueno, ya que está», y se sienta a la mesa, y se seguirá sentando por muchos días, si los dueños de casa no lo echan o le ofrecen trabajo. Si en la casa nota muy buena predisposición para invitarlo, se hace repetir la invitación dos o tres veces, pero si nota que hay algo de frialdad, entonces acepta al primer invite, para evitar el riesgo de que no se lo repitan y lo dejen ir. La llegada de un tumbiador a una casa de campaña equivale a la llegada de un correo noticioso: el trae noticias de toda clase, y si no las tiene las inventa. Procura siempre que éstas sean de la conveniencia o agrado de los dueños de casa. Por el tumbiador se sabe que Fulano está por vender las ovejas y poner boliche. Que a Zutano le robaron un caballo, y que no dio cuenta a la policía porque no tenía los certificados del animal. Que la viuda de Mengano se está por casar con un hombre mucho más joven que ella y que a Perengano le pegaron una puñalada, porque lo encontraron carneando ajeno. En el transcurso de la primera comida, el tumbiador sondea el ambiente creado por su llegada, y si lo halla favorable, de inmediato comienza a preparar el terreno para prolongar
  • 25. su estada por el mayor tiempo posible, siempre que no se le atraviese el fantasma del trabajo. Una de sus tretas, por ejemplo, es la de decir que Fulano le había dicho que, sin falta para esta fecha, lo iba a esperar en este lugar. Dice que le extrañó mucho no encontrarlo allí, porque había quedado en traerle unos certificados de mucha urgencia y unos pesos que le debe desde hace tiempo. Agrega que el tal Fulano le recomendó mucho que no dejara de venir a ese lugar, y que, en caso de que él no hubiera llegado, lo esperara, porque seguramente iba a llegar de un momento a otro. Con fingida preocupación manifiesta que la impuntualidad de Fulano lo perjudica mucho, porque tiene mucho que hacer, y no puede perder tiempo. Que de ninguna manera hubiese venido, si no fuera porque Fulano le aseguró que estaría esperándolo aquí. A lo mejor le ha pasado algo. Lo de los pesos por cobrar, dice que no le interesaría tanto, pero lo que siente son los certificados y el tiempo que pierde, teniendo tanto que hacer. Por supuesto, todo lo que dice con respecto a Fulano son mentiras, pero le sirven al tumbiador como pretexto para pedir permiso por unos días de estada hasta que llegue Fulano que, a lo mejor, «llega esta misma noche, como puede llegar dentro de unos días», «porque me está pareciendo que es algo macaneador». Y así, con poca diferencia de pretextos en cada lugar, inicia siempre el tumbiador cada racha de tumbiada. Generalmente, el tumbiador es madrugador, lujo que puede permitirse, porque siempre está descansado, pero su madrugada, aunque él hace alarde continuo de ella, es una cosa inútil, ya que se pasa la mañana sin hacer nada, sentado al lado del fuego, gastando la leña que no corta y la yerba que no paga. Cuando la patrona se apresta para ir hasta el pozo a traer un balde de agua, el tumbiador, muy diligente, le toma el balde de las manos y se apresura a traer el agua. Rara vez llega a cortar unos palos de leña para la cocina: por lo general, sus tareas de comedido las limita a afilar los cuchillos, carnear un capón, hacerle un banquito al nene, traer la vaca y otros trabajitos que no requieren sudor. La psicología de un tumbiador experimentado le indica que la forma más práctica para pasarse los días comiendo tumba en casa ajena es no caer en desgracia ante la patrona de la casa. Por lo tanto, trata por todos los medios de congraciarse con ella. Sabe que, aun cuando el hombre es el que da las órdenes en la casa, siempre lo hace procurando no contrariar lo que piensa la mujer y que por lo mismo, si alguien en la casa no es muy del agrado del patrón, no por ello debe tener miedo de que lo echen; pero si ese alguien le es antipático a la patrona, ya puede ir preparando las pilchas, porque en cuestión de días, tendrá que salir con ellas al hombro cañadón arriba, espantando teros, porque el patrón lo ha echado.
  • 26. Por ello, en forma disimulada o por intermedio de terceros, estudia el carácter e inclinaciones de la patrona de casa. El hijo predilecto de ésta es también el preferido del tumbiador. A él le hace pequeñas atenciones, y cede a sus caprichos. Ya le construye un pequeño látigo, o unas boleadoras de juguete, lo pasea en su caballo, le caza un pajarito o lo lleva a traer la vaca. Si se entera que la patrona aborrece a determinada persona de la vecindad, el tumbiador no desperdicia oportunidad de hablar mal de esa persona, en su afán de congraciarse. Es muy habituado a dormir a la intemperie, pero cuando tiene pocas pilchas, acepta dormir en el galpón o en alguna pieza destinada a guardar cachivaches, en la cual cuelga la infaltable cola de vaca para sostener el peine grueso de peinarse y el fino para despiojarse, a la cabecera de la cama, tendida en el piso, y junto al también infaltable espejito, con un dibujo femenino que, según él, le regaló Fulana. Si de casualidad tiene pilchas buenas, tal como un quillango o una lona, entonces prefiere dormir a campo raso, y se alegra si llueve o hace frío, porque ello le da oportunidad de hablar de lo buenas que son sus pilchas, en especial el quillango, hecho con cueritos de chulengo, «que cazó él» y que le cosió Mengana, y con el cual «se ríe del viento y las heladas». Así pasa los días, comiendo de arriba, sin trabajar, y mintiendo a gusto. De tanto en tanto, se sube a alguna meseta, y desde allí otea el horizonte lejano, como demostrando su impaciencia, porque Fulano no llega. Después regresa fingiéndose enojado y como hablando solo, pero en la seguridad de que los chicos lo oyen y que luego se lo contarán a los padres, se pasea nervioso, diciendo que Fulano, con su tardanza, lo ha jodido, porque le está haciendo perder una punta de pesos y «¡teniendo tanto que hacer!». Algún fingido malestar, que quién sabe qué puede ser, es también un motivo que utiliza el tumbiador para quedarse unos días más en tal o cual lugar. Pero esta estratagema la usa poco porque el malestar para ser bien fingido tiene que demostrarlo también con falta de apetito a la hora de comer, lo cual no es del agrado de ningún tumbiador. Finalmente, cuando se entera de que tal o cual día el dueño de casa tiene que limpiar una aguada, traer unas carretas de leña o encerrar las ovejas para curar sarna, resuelve cambiar de aires. Si el dueño le ofrece pagarle para que se quede unos días más y le ayude a realizar esos trabajos, elude el compromiso diciendo que él, de buenas ganas, se quedaría a ayudarle sin cobrarle nada, pero que le es completamente imposible hacerlo, porque para estos días quedó comprometido para ir a tal estancia, a construir un corral o una aguada y que de
  • 27. ninguna manera puede demorarse un día más porque tiene mucho que hacer y el estanciero se le va a enojar si se demora, porque no quiere que nadie le haga los trabajos si no es él. Dice que la culpa es de Fulano, porque le hizo perder tantos días por esperarlo; de lo contrario tendría tiempo de hacer los trabajos en los dos lugares. «En cuanto lo encuentre, voy a cantar las cuarenta y capaz que hasta le pego unos planazos, para que no sea macaneador.». En ocasiones, el tumbiador llega. a una estancia donde están trabajando, pero lo hace justo cuando las tareas tocan a su fin. Ayuda a hacer lo muy poco que falta, lamentándose a cada momento por no haber llegado antes, por culpa de Fulano, que no lo dejaba salir de su casa, porque sin él no sabía hacer unos trabajos que tenía entre manos. También culpa a Fulano diciendo que «lo engañó para que no sefuera sin terminarle esos trabajos». Que también le dijo que los trabajos en esta estancia recién comenzaban mañana y que, por eso, él llegó cuando terminaban las tareas, creyendo que recién empezaban, y haciéndose el afligido exclama a cada momento: «¡Qué lástima que llegué tarde!». Estratagemas parecidas usa siempre. En oportunidades, pasa todo un invierno en determinada casa, sin trabajar, comiendo en la mesa con los dueños y engordando el caballo en el potrero ajeno. Los dueños lo soportan porque la escasez de peones es mucha en la Patagonia y tienen la esperanza de que al llegar la época de los trabajos puedan contratarlo como operario, porque el tumbiador, según él, sabe hacer de todo. Pero al aproximarse la época de actividad, fingiendo haber recibido una carta urgente de un amigo o familiar que «se halla muy enfermo y quiere que él se vaya a poner al frente de la estancia.», ensilla su caballo y se manda a mudar, lamentando la mala suerte de que justo ahora, que viene la época de los trabajos y que él iba a ayudar sin cobrarle nada, le llega esta mala noticia que lo obliga a marcharse. Esto no impide que, meses más tarde, y con nuevos pretextos, llegue de nuevo a esa estancia, a repetir la tumbiada, trayendo ya en su mente la disculpa necesaria para irse cuando comience la temporada de tareas. Por lo general, la conversación del tumbiador es insulsa y alabanciosa; habla casi siempre de sí mismo, contando sus propias hazañas, comúnmente imaginarias. Los éxitos que ha visto realizar a otras personas, los cuenta como hazañas hechas por él y los numerosos papelones que él ha hecho se los atribuye a otros. Su charla versa, casi
  • 28. siempre, sobre peleas, domas, carreras, trabajos fuertes, éxitos amorosos, etc., en los cuales siempre se coloca como el personaje sobresaliente. A veces tiene un pañuelo o una tabaquera vistosamente bordada, que la ha comprado o bien, en algunas de las veces que ha estado preso en Rawson, se la ha hecho algún compañero de pabellón. Con ella se hace el indiferente y la exhibe seguido, con fingido disimulo. Si se la piden para verla, la entrega con fantasía diciendo que se la regaló Fulana o Zutana, que casi siempre son muchachas lindas y admiradas en amplias regiones, pero que al tumbiador nunca le han dado ni los buenos días. Cuando de alguna estancia lo han echado por flojo o por charlatán nunca lo cuenta, pero si nota que el asunto ha trascendido, él se hace el reservado y misterioso, y en forma indirecta y como haciéndose el que no quiere decirlo, charla en forma ambigua, como para que se crea que lo han echado por amores afortunados, por envidia, debido a su gran habilidad en todos los trabajos y porque él no es amigo de andar con cuentos. Las estancias grandes, especialmente cuando el mayordomo es inglés o alemán, son terreno prohibido para el tumbiador. Si llega antes de la puesta del sol, pidiendo permiso para desensillar y pasar la noche, le contestan que todavía el sol está alto y que, por lo tanto, aún tiene tiempo de llegar hasta el puesto de Fulano o hasta el boliche de Mengano. Cuando el tumbiador es zorro viejo y llega justo a la puesta del sol y con el pretexto de que tiene el caballo cansado, le dan permiso para pasar la noche, pero a la mañana siguiente, en cuanto sale el sol, le arriman el caballo al palenque, lo cual, en el campo, significa una insinuación terminante a que, en cuanto termine de tomar mate y churrasquear, ensille su caballo y se mande a mudar a otra parte. El tumbiador nunca cuenta que en tal estancia lo echaron o no le dieron permiso para desensillar, porque ello indicaría que es persona mal vista y serviría de mofa. El cuenta que el míster (mayordomo) es muy amigo suyo y que le insistió mucho para que se quedara unos días en la estancia, cosa que él, pese a la gran amistad que lo une al mayordomo, no pudo aceptar porque tiene mucho que hacer. Agrega que el míster le rogó mucho para que se quedara de capataz, aunque sea por unos meses, pagándole muy buen sueldo y una habitación en la estancia, pero que él no lo aceptó porque esa plata él la saca en dos patadas en cualquier lugar en que se ponga. El tumbiador siempre acompañado de un perro, tan inútil como el dueño, al cual alaba continuamente como insuperable perro ovejero, diciendo que es capaz de salir solo al campo, solo repunta las ovejas, solo corta rastro y solo trae las haciendas al corral.
  • 29. Asegura que en muchas partes le han querido cambiar una majada por el perro, pero que él no aceptó el cambio porque, como tiene tanto que hacer, el perro le es indispensable. Otro tanto hace con el caballo, que muchas veces es ajeno, pero si es de su propiedad a cada momento y con cualquier pretexto, muestra el certificado del Juez de Paz. Exagera el monto de la suma en que lo ha comprado, como también las condiciones sobresalientes del animal. Repite que en tal o cual región (siempre lejana para que no le averigüen la verdad), corriendo carreras con su caballo, ganó plata como agua y que se vino de esos lugares porque ya nadie le quería correr y porque en esta zona en que se halla, tiene mucho que hacer. Si en el apero o la vestimenta tiene alguna prenda buena la exhibe jactanciosamente, muy en especial en presencia de mujeres. Las prendas ordinarias que tiene, ya se trate del rebenque, las riendas, las botas, etc., el tumbiador siempre, y con cualquier motivo, dice que no son suyas. Que las suyas se las prestó a Fulano o Mengano por hacerle una gauchada y que después éste en lugar de devolverle las suyas, que eran de mejor calidad, le devolvió estas porquerías después de mucho tiempo. Dice que estas cosas le pasan a él por ser demasiado bueno, pero que desde hoy no le va a prestar nada a nadie. Es difícil establecer, por conversación, de qué lugar es un tumbiador, porque de cualquier región que se hable el tumbiador siempre asegura que él conoce esos lugares como la palma de la mano. Lógicamente, en su condición de vago ambulante conoce mucho, pero ni la mitad de lo que él asegura conocer. Cuando escucha conversaciones referentes a regiones distantes, presta una disimulada atención, grabando en su memoria nombres de personas, lugares y acontecimientos. Esto después le sirve para mencionarlos como cosas vividas o presenciadas por él, asegurando que ha estado en esas zonas y citando nombres como prueba de ello. Por estas causas es que si a un tumbiador se le cuentan los años de vida por el tiempo y la cantidad de lugares en que asegura haber estado, siempre resulta que tiene noventa o cien años más de los que figuran en sus documentos personales. Nunca falta en la charla imaginativa de un tumbiador la mención de una tía muy rica, un padre estanciero o un hermano doctor, de familia muy distinguida, que se hallan en lugares lejanos y que vuelta a vuelta le escriben para que vaya con ellos, pero él no quiere ir porque
  • 30. gracias a Dios y a sus buenos brazos y habilidad para el trabajo nunca le faltan sus buenos pesos en el bolsillo. De inmediato y como atajándose con tiempo, agrega: «únicamente en este momento me encuentro sin plata, por habérsela prestado a Fulano, pero creo que hoy ha de llegar a devolvérmela, aunque, me parece que ya está tardando demasiado». El tumbiador es muy poco afecto a albergarse en los pueblos por la razón de que los fonderos casi siempre lo tienen catalogado por alguna cuenta atrasada que él había quedado en pagar sin falta en cuanto venda la lana, cobre unos miles de pesos que le debe esta o aquella gran estancia por fletes que le hizo con su tropa de diez chatas o reciba un giro que le manda su tía millonaria para que le vaya a administrar las estancias. Le asegura al fondero que el giro, seguramente, va a llegar mañana o pasado, pero que él no puede quedarse a esperarlo, porque tiene mucho que hacer. Para completar la farsa sale un momento a recorrer los boliches del pueblo a la espera de que le paguen las copas y al poco rato llega de nuevo al hotel, con aires de que ha solucionado el problema. Le dice al fondero que recién viene del banco y que le dejó orden al gerente para que mañana, en cuanto llegue el giro, se lo pague al hotelero, para que éste se cobre su cuenta y el resto se lo tenga hasta que él vuelva. Luego le pide al fondero que le preste unos pesos para el viaje y que luego también se los descuente de la plata del giro, que va a llegar mañana o pasado. Le dice que el sobrante se lo guarde hasta que él vuelva, pero que si en caso le llega a hacer falta plata que la use no más sin reparo y que después arreglarán porque él no lo va a apurar. De este modo, si el fondero no tiene la suficiente cancha en lo que es un tumbiador, además del dinero del hospedaje, perderá lo que le preste para el camino y hasta que llegue el giro imaginario. Suele trasladarse al pueblo con motivo de los festejos de alguna fecha patria, en la que se realizan actos populares con sus correspondientes asados con cuero, carreras, sortijas y tabeadas. En estas últimas, actuando como grupí de algún jugador ventajero en tabeadas o carreras, no le es difícil armarse de algunos pesos, que le ayudan a aumentar sus fanfarronadas. Pero de pronto la noticia llega a oídos del comisario, quien hace traer a su despacho al tumbiador y luego de unas horas de calabozo y un buen sermón le da unas horas de plazo para que desaparezca del pueblo o trabaje. El tumbiador opta, sin vacilar, por desaparecer del pueblo y de la zona si es necesario.
  • 31. De nuevo en el campo, en cada población en que hace escala, cuenta profusamente y con exageración su estada en el pueblo; sus grandes gastos; lo caro que cuestan los hoteles; sus hazañas en las domas y carreras; sus éxitos amorosos, etcétera. Sólo omite contar la verdad sobre el emplazamiento policial. A cambio de ello, dice que en el pueblo todos le pedían que se quedara y que el Comisario, del que es muy conocido, se puso muy contento en cuanto lo vio y que a la fuerza lo llevó a su casa, para que no anduviera gastando en hotel. Con gran soltura cuenta que por nada lo quería dejar salir, ofreciéndole su casa por todo el tiempo que quisiera quedarse. Asegura que posiblemente el Comisario se quedó resentido por el desaire que le hizo al no aceptarle la invitación, pero que a él no le importa porque, aunque son muy conocidos desde hace tiempo, él no la va con los milicos, y además no podía demorarse más porque tiene mucho que hacer. Alguna changa muy aliviada, algún cuerito de zorro o chulengo, cazados sin mucho esfuerzo y algunos pesos prestados (que devolverá en cuanto le paguen una tropilla de un pelo que vendió, pero que todavía no le han pagado un peso) forman el presupuesto con que el tumbiador va tirando. Esto, en lo que se relaciona con su presupuesto real, porque en lo referente al imaginativo, lo forman la venta de lana, de la estancia tal o la herencia que está por recibir. El tumbiador a fuerza de mentir y contar grandezas llega, con el tiempo, a creer sus propias mentiras y en la convicción de que también los demás se las creen y lo consideran personaje de importancia, se posesiona en tal forma del papel, y en lugar del pobre diablo que en realidad es, él se imagina un ser valiente, trabajador, rico y muy listo. El tumbiador que .se menciona al principio de estas líneas y que es una calcomanía de todos los de su especie no demuestra mucho apuro por acostarse o seguir viaje: repleto de mate, asado y con buenos tragos de vino, sentado cerca del fogón, con un auditorio en el que no faltaban las damas y que según a él le parecía se admiraban de las cosas que contaba, se hallaba como en un paraíso y seguía su charla alabanciosa. Algunos de los presentes, europeos novicios en las modalidades patagónicas y que no conocían aún a este espécimen, le creían sus exageraciones: no llegaban a entender las guiñadas de ojos y frases irónicas de los que ya llevaban varios meses o años en el Sur, ni las tiradas de lengua que los carreros le hacían al tumbiador; para divertirse con sus embustes.
  • 32. Finalmente, el patrón de la tropa de carros, gran conocedor del ambiente patagónico, se pone de pie y guiñando un ojo a los presentes por sobre el hombro del tumbiador; dice: «Bueno, muchachos: vamos a dormir porque mañana al amanecer tenemos que remover la carga de algunas chatas. Tal vez el amigo que nos acompaña en el fogón nos pueda dar una mano en ese trabajo tan pesado. ¿Verdad, amigo?». No le falló el tiro al veterano carrero. El tumbiador se puso de pie diciendo: «Muy bien pensado, patrón. Lástima que yo no les podré ayudar porque ahora que me acuerdo, mañana al amanecer tengo que estar sin falta en el establecimiento de Zutano, quien desde hace tiempo me anda insistiendo para que le tome las ovejas a medias». «Yo no quiero, porque tengo mucho que hacer, pero la hija de Zutano, que tiene dieciocho años, es la que más me insiste para que me quede con ellos. Tengo que seguir viaje esta misma noche.». «¡Quémacana... que no nos pueda ayudar!» dicen a coro los carreros. Saben que al amanecer, el tumbiador estará muy lejos de donde haya trabajo.
  • 33. VIAJANDO DE CARA AL VENTARRÓN La puesta del Sol, con su horizonte oeste rojo, fue un seguro presagio de mal tiempo para los carreros, el ventarrón se acercaba. AI desatar los caballos de tiro, se adoptan las precauciones. El aparejo es amontonado entre las varas de los carros y atado para que no sea volado por el viento. Las improvisadas camas a la intemperie se tienden debajo de los carros o al reparo de las matas. Antes de acostarse los más rezagados, ya se insinúan los primeros vestigios del viento, en forma de brisa suave y un tenue rumor que desaparece y reaparece, aumentando cada vez su fuerza. Las nubes corren en el firmamento y con ello dan la impresión de que fuera la Luna la que corre. El rumor de los matorrales sacudidos por la brisa en aumento se hace más notable y a ello se agrega, de pronto, las molestias de las arenas en movimiento, que dan en la cara de los incautos que duermen sin taparse la cabeza. Comienzan a oírse algunas voces de impaciencia provenientes de los bisoños. Algunas ollas, platos y baldes vacíos que no han sido puestos a recaudo comienzan a rodar sobre el suelo pedregoso a impulsos del viento, con su latoso ruido. Es apagado el fogón para que el viento al esparcir sus chispas no ocasione algún incendio y los últimos carreros rumbean a sus pilchas con groseras imprecaciones contra el viento, a la vez que pronostican la posibilidad de que dure quince días seguidos. Una hora más tarde, el vendaval ha adquirido toda la violencia ruidosa que le ha valido la fama de infernal. Con zumbido ululante, baja de los elevados cerros que bordean el cañadón, cayendo sobre la tropa en descanso con mil silbidos de distintas tonalidades, al pasar con fuerza por entre las hendiduras y cordajes de las chatas y carretas. Siempre, como acompasados por el bramido, se suceden los ruidos más diversos, golpeteo continuo de los látigos colgados de los elevados pescantes de las chatas, rodar de tachos vacíos de un lado a otro, repiqueteo de millones de granos de arena al estrellarse contra todos los objetos, empujados con furia por el viento, semejando una fuerte granizada. Las grandes lonas que cubren la mercadería de las chatas, sacudidas con violencia por las ráfagas, producen continuos y sonoros chicotazos, como si fueran enormes mantas mojadas, sacudidas por manos de gigantes. En las cimas y faldeos de los cerros próximos, el rugido del huracán, al castigar peñascos y matorrales con una velocidad de ciento cuarenta kilómetros por hora, llega con bramar de temporal marino. Parece el rumor producido por la caída de agua de una gigantesca catarata distante. En el radio ocupado por los carros hay rezongos entre los bisoños que no han sabido preparar sus camas de acuerdo con las indicaciones de los veteranos y ahora el viento les arrebata las pilchas que deben buscar a tientas y a medio vestir en las tinieblas, hallando sólo pinchazos y rasguños en los matorrales. Tratan de encender fósforos, que el viento apaga, y vociferan furiosos con criollas malas palabras, que es lo primero que aprenden,
  • 34. hasta que la voz de algún veterano les dice a gritos, desde sus pilchas, que deben aguardar al amanecer y las hallarán enganchadas en los matorrales. Sólo los habituados a las circunstancias, duermen bien. Para los demás, la noche resulta larga, entre el ruido del temporal, el fresco y las molestias de la arena que se filtra en todos los recovecos. Por ello sienten alivio cuando el rojizo resplandor del fogón, oscilante por el viento, es encendido por el madrugador caballerizo que con inmovilidad de estatua toma mate sentado junto al fuego antes de salir a buscar la caballada. Ello les indica que pronto llegará el día. Una hora más tarde, cuando el amanecer ya se insinúa, se oye el rumor típico de la caballada, que se acerca arreada por el caballerizo. Tintineo de campanillas de las yeguas madrinas, crujir del matorral aplastado, relinchos, sonar de las basaduras en suelo pedregoso, silbar del caballerizo y sus gritos a los animales, ladrar de algún perro. La caballada es rodeada cerca de los carros. Mascullando su mal humor contra el mal tiempo, los carreros se acercan a la caballada con cabestros en mano, para ir atando los caballos a los tiros. Ya han tomado mate y comido churrasco sazonado por la arena. Los pasajeros reunidos en torno del fuego semiapagado toman mate lavado y casi frío, después de haberse afanado en buscar la ropa que el viento les ha llevado en la noche. Tienen la cara cubierta de polvo. Algunos desafiando el agua fría se lavan la cara en un manantial, pero esto resulta contraproducente, porque de inmediato la tierra que levanta el viento, se les pega al rostro húmedo, formando un revoque más molesto que el polvo. Hay gran confusión en la búsqueda de las prendas perdidas. Las mujeres se afanan en tranquilizar a las criaturas que lloran por el frío y las molestias del viento. Algunos alcanzan a tomar café con tierra y comer un bocado de asado medio frío, casi crudo, cuya arena les hace rechinar los dientes, y se apresuran a recoger sus cosas para colocarlas sobre los carros. Es tarea difícil atar los caballos a los carros cuando hay viento. Aparte de la ceguera y empuje del viento sobre la persona, su impulso arranca de las manos las piezas que se van colocando sobre el caballo, de modo que cada movimiento hay que repetirlo dos o tres veces o solicitar la ayuda de alguien que se las sostenga mientras colocan otra. En el lugar del rodeo, de la caballada inquieta por el viento y el fresco de la madrugada, todo se vuelve silbidos de apaciguamiento a los caballos que no se dejan agarrar, amenazas contra este o aquel animal mañero, nombres de caballos, groseras maldiciones. Una babel de malas palabras dichas en los más raros acentos extranjeros. Todo hay que hablarlo a gritos para sobreponerse al ruido del viento. AI fin, con casi una hora de atraso sobre lo normal, los carros están listos para emprender la marcha. Los carreros, de pie, sobre los elevados pescantes, se calan las antiparras. Las familias se acomodan como mejor pueden al reparo de las lonas y la primera chata se pone en marcha con ruido de piedras trituradas por las llantas de acero y bamboleándose con peligro de vuelco, en un camino sembrado de zanjas y laderas. Una por una van entrando al camino, y forman una larga fila zigzagueante, manteniendo una distancia de cien metros entre carro, para que la polvareda que levanta la marcha del delantero moleste lo menos
  • 35. posible al que le sigue. Es dificultosa la marcha de las chatas contra el viento. El pescante de conducción, a casi tres metros de altura, para mejor visual y manejo de los tiros, es el más expuesto a la furia del ventarrón y en cualquier descuido o barquinazo una ráfaga puede arrebatar de su asiento al carrero, arrojándolo entre las patas de los caballos y las ruedas del carro. Hay experiencias. Las ocho o diez largas riendas de soga con que se dirige a los principales tiros, son sacudidas y enredadas entre sí con tirones falsos, que siembran desconcierto entre los catorce caballos que, aturdidos también por el viento, tratan de salirse del camino con peligro de vuelco. El látigo, de cabo flexible, larga cuerda y una sotera en la punta, utilizado para castigar y mantener pareja la tensión de los tiros, resulta ineficaz, porque al tratar de utilizarlo, la fuerza del viento vuelve hacia atrás la cuerda y la envuelve en el cuerpo del conductor. Los gruesos granos de arena que el viento levanta, se estrellan por momentos en las caras de los carreros, arrancándoles maldiciones impublicables. Se calan las antiparras, pero su eficacia es relativa porque con el calor de los ojos y el frío del exterior se empañan y hay que limpiarlas seguido, lo que resulta difícil teniendo las manos ocupadas por las riendas y el látigo, cosas que no deben descuidarse, dada la nerviosidad de los caballos azotados por el vendaval. Así, el manejo que con tiempo bueno se hace con facilidad, alternándolo a veces con canciones, en días de viento resulta penosamente difícil. El día es frío, por momentos sin sol, ligeramente oscurecido por la gran cantidad de arena que flota en el aire semejante a niebla. A la distancia y en distintos puntos se elevan grandes remolinos de tierra que asemejan columnas blanquecinas buscando el cielo, y son indicios de que en esos lugares hay médanos en formación, salinas o lechos de aguas secas. La tropa se detuvo. Marchando en sentido contrario a los carros, venía a pie una mujer con una criatura ensangrentada en brazos. Cien metros más atrás la seguía un niño que lloraba y la llamaba sin ser oído y, distante trescientos metros, venía una niña de unos nueve años, tratando de ayudar a un hermanito menor a quien el viento derribaba de tanto en tanto. La desesperación de la mujer rayaba casi en la locura. Mientras guardaba una pistola, salió un disparo que fue a herir a la niña de seis años. Como el marido andaba recorriendo el campo, la desventurada madre, con la hijita herida en brazos, se lanzó al camino corriendo hacia Comodoro, distante diez leguas, clamando por un médico, sin advertir que los demás hijos la seguían detrás. La herida se desangraba. Las mujeres bajaron de los carros para auxiliarla. Una vagoneta liviana que venía atada a la culata de una de las chatas, fue de inmediato atada con cuatro de los mejores caballos y en ella se hizo subir a la mujer y a sus hijitos. Un matrimonio de pasajeros se ofreció para conducirlos hasta Comodoro y la vagoneta arrancó con galope de urgencia hacia el auxilio médico. El caballerizo salió a recorrer el campo en busca del padre de la criatura herida para darle la noticia, mientras la tropa reanudó el viaje, siempre castigada por el ventarrón. La depresión lógica que los efectos del ventarrón ocasionan sobre el ánimo de los patagónicos bisoños se ha
  • 36. transformado en amargura y desaliento frente al cuadro doloroso que en forma tan cruda e imprevista se ha presentado en el camino. Dos horas después, ya sobre la pampa elevada, el efecto del viento se hace sentir con mayor intensidad, como si duplicara su violencia aprovechando la falta de cordonadas que constituyen reparos. Los caballos de tiro marchan bajando la cabeza como buscando abrigo y los conductores inclinan la misma para resguardarse de un verdadero bombardeo de arena gruesa y piedrecillas finas que el viento levanta. La pampa ofrece un aspecto desolador, como falta de toda manifestación de vida. Sólo algunas ovejas, de acuerdo a su costumbre atávica, pastan enfrentando al viento y aprovechando, porque su altura se los permite, el reparo rasante de los coirones violentamente sacudidos por el huracán. Toda manifestación de fauna silvestre, avestruces, guanacos y hasta el zorro, busca refugio en las quebradas, incluso el piche, el zorrino y la martineta se quedan en sus refugios, a la espera de que amaine la tormenta, para salir en busca de alimento. El mejor paliativo para el carrero que va al pescante, el cigarrillo, tampoco puede permitírselo con el viento, porque este se lo apaga o se lo enciende con exceso y luego le produce quemaduras arrojándole las chispas a la cara. Sólo algunos gringos con sus pipas con tapa se permiten el lujo de fumar mientras manejan. Las horas se hacen largas. A veces la caravana en su pesada marcha efectúa pronunciadas curvas para bordear algunos profundos cañadones y evitar laderas, pendientes o peligrosas subidas. Entonces la variación del rumbo, la coloca de forma que recibe el huracán de costado, lo cual resulta más aliviado, pero como la meta es al Oeste, pese a las continuas curvas de la güeya, casi siempre la marcha es de cara al viento. Desde lo alto, se ven en los profundos cañadones grupos de caballos que se apretujan al reparo de los matorrales, mientras los vacunos, echados al abrigo de las matas, rumean con paciencia, esperando que calme para pastar. En alguna casa lejana se ve una gran polvareda de corral, que indica la penosa tarea de trabajar la hacienda, cuyo movimiento ayuda al vendaval a levantar nubes de polvo de arena y estiércol seco. El patrón de la tropa ha resuelto no efectuar la parada del mediodía, debido a la gran dificultad y pérdida de tiempo que significa atar y desatar los caballos con día de viento y armar campamento tan sólo por dos horas. AI pasar por el campamento de algunas tropas de carros que por el mal tiempo o por haber perdido algunos animales de tiro no marchan ese día, se detienen un momento para preguntar desde el pescante por el estado del camino más adelante o por la cantidad de agua de tal o cual manantial o laguna y a la vez insultar al tiempo reinante. Los acampados, a su vez, luego de hablar pestes del tiempo, preguntan si no han visto por casualidad caballos de tal color y tal marca que se les han perdido desde ayer. No aceptan la invitación a tomar mate y la tropa sigue su marcha. Dos de los acampados se arriman con sendos porrones de ginebra y, conforme pasan las chatas, convidan a los ocupantes con un trago.
  • 37. Acampan poco después de media tarde porque los caballos, debido al doble esfuerzo a que los somete el viento, demuestran cansancio. Hay que darles tiempo para que pasten algo y descansen hasta el día siguiente. A falta de matorrales para reparo, extienden lonas al costado de las chatas. Escasea el agua, sólo utilizan para cocinar y tomar mate. Unicamente a las mujeres y a los niños se les permite lavarse la cara. A los hombres que pretenden hacerlo, les dicen que no sean mariquitas o que no se las den de hijos de Anchorena y que los males de la güeya hay que afrontarlos como vengan. Es increíble el efecto que estas pullas hacen en los bisoños, quienes por no sufrirlas, se adaptan en poco tiempo a las más rudas dificultades. No se pueden hacer asados, porque el viento los cubre de arena. Se cocina puchero en grandes ollas. Los remolinos de viento invaden por momentos el refugio del campamento. Sacuden el fuego levantando nubes de arena y ceniza. Arrastran brasas encendidas, que parecen estrellitas corriendo por el suelo en la oscuridad de la noche y que hay que apagar para evitar el incendio de alguna chata. En esas noches de pesadillas que se prolongan por días o por semanas seguidas, sólo los muy habituados duermen casi normalmente. En las mujeres el ventarrón produce invariablemente efectos nocivos. Una gran depresión de ánimo, con crisis nerviosas, tristeza y nostalgias de pagos y familia, con convulsión de llanto que tratan de evitar. Y más de un hombre novicio se tapa la cabeza con las pilchas, para verter lágrimas acobardado por la continuidad del viento. Quince días de viento fuerte, aturden a todos y dificultan los trabajos, amontona arena en el camino haciéndolo pesado, tapa las aguadas, seca los campos, enflaquece las caballadas y la hacienda. La partida y marcha del día siguiente, al igual que las de los tres días que siguen, son desarrolladas con las dificultades del primer día. Los ánimos están tensos, las mujeres casi histéricas y el viento sin miras de parar. Al quinto día de marcha, llegan al filo de la pampa, en Cañadón Pedro. Desde el alto filo se divisa el gran bajo del Valle Hermoso, incluso los lagos y la cordonada de San Bernardo. Inmensas ráfagas de viento convierten el extenso valle en un furioso mar de arena, que por momentos tapa a la vista toda su superficie. Entre ráfaga y ráfaga puede verse en el largo camino que se pierde en la lejanía, la polvareda levantada por alguna tropa de carros y algún arreo en marcha, que pronto vuelven a perderse entre el polvo. Para bajar la pronunciada pendiente del Cañadón Pedro es necesario trabar las ruedas de las chatas y, a veces, atarle caballos en la culata, para que tirando hacia atrás impidan que se desbarranque. Como el cañadón es tomado de costado por el viento, en él se siente un agradable reparo, mientras que arriba en la pampa que terminan de dejar, continúa fragoroso el temporal. Dos horas después, están en el boliche de Cañadón Pedro, lugar bastante reparado, donde resuelven descansar unos días, hasta que calme el viento. En el bajo, aunque hay bastante polvareda y viento, no es comparable al temporal cuyo fragor de cataratas llega desde
  • 38. arriba y que hace decir a una mujer, mientras se persigna, que se parece al llanto penoso de millares de condenados al infierno. En ese lugar los alcanza de vuelta la vagoneta que había regresado hasta Comodoro Rivadavia llevando a la niñita gravemente herida.
  • 39. LA CAMPEADA PATAGÓNICA El descanso de dos días que la tropa de chatas tomó en Cañadón Pedro para dar un alivio a la caballada y que, de paso será aprovechado por los carreros para reparar algunos arneses (aperos), no puede ser aprovechado por el caballerizo, que tiene que salir a campear los animales perdidos, hasta hallarlos. La tarea de campear, o sea recorrer en detalle extensas y quebradas zonas del campo en busca de animales extraviados, es uno de los más pesados y aborrecidos trabajos del campo especialmente cuando hay que hacerlo con tiempo ventoso. Todavía no han desaparecido las estrellas cuando el caballerizo, sentado cerca del fuego que termina de encender en el campamento, toma mate mientras sobre las brasas se hace un churrasco, que será su comida de todo el día. Mientras sorbe el mate, el hombre está inmóvil, como una estatua, con la vista puesta en el fuego, sin preocuparse de las molestias del viento. Su imaginación, por fuerza del oficio de años, recorre los lugares por los que deberá campear los caballos y barajando posibilidades sobre el rumbo que puedan haber tomado. Después ensilla el nochero y sale al campo. Lo hace de mal humor porque, ducho en esas lides, sabe que su tarea ha de resultar muy difícil, a causa del mal tiempo. Con el ventarrón los animales buscan los bajos con matorrales y a su reparo pasan largas horas. A esta dificultad se agrega la niebla de arena que levanta el viento, lo cual hace que sea imposible divisarlos desde una distancia relativa y sólo la casualidad y mucho andar y andar puede hacer que se los halle, cuando ya prácticamente el campeador se encuentra encima de ellos. Marcha hacia el Oeste, porque siendo en ese rumbo la querencia de los caballos supone que, casi con seguridad, han tomado esa dirección al separarse del grueso de la tropilla. Desecha la costumbre de cortar rastro. Este es el medio más eficaz para guiarse en las campeadas; consiste en seguir los rastros de los animales hasta dar con ellos, que a veces son los que se buscan y otras no, pero ahora, con el viento que sopla y tratándose de campos arenosos, los rastros son borrados en menos de media hora. Al tranco sube una meseta, en cuya cima se forma una pampita y desde esa altura divisa con suma atención una amplia zona baja. Luego, a tranco lento, bordea el filo de la mesetita, siempre mirando hacia los bajos observando atentamente con sus ojos irritados
  • 40. por la tierra y llorosos por el fresco de la mañana, cada matorral, cada peñasco, cada montículo de tierra, cada animal que se distinga a la distancia que da su vista. A distancia y con neblina de tierra cualquier caballo puede parecer un matorral y cualquier matorral puede parecer un caballo. No viendo nada de lo que busca desciende de la meseta, siempre al tranco y volviendo seguido la cabeza a un lado y otro con lentitud atenta, siempre observando cuidadosamente cada ondulación de terreno, cada grupo de matorrales... siempre temeroso de pasar de largo cerca de los animales o errarlos en alguna quebrada engañosa, lo cual para un buen campeador sería un desprestigio ante todos los carreros y caballerizos a lo largo de toda la güeya que pronto empezarían a llamarlo Ojo de piche. Revisa algunos zanjones y hondonadas pequeñas pasando cerca de algunos grupos de yeguarizos para convencerse de que entre ellos no hay ninguno de los que él campea. Luego sube a un cerro elevado y puntiagudo, especie de mangrullo natural y gigantesco, cuyas laderas cubiertas de pedregullo suelto dificultan la marcha del caballo con riesgo de cansarlo. Desmonta y sube a pie llevando al caballo del cabestro y una vez en la cima vuelve a montar para divisar desde mayor altura. Estrecha y sin vegetación es la cúspide del cerro, y en ella el viento sopla con fuerza arrolladora como si pretendiera arrojar del lugar al jinete con su caballo. Silba el vendaval agitando las cerdas del caballo y el poncho del campeador se sacude con estrépito; inmóvil en la alta cima, oteando con fijeza el horizonte, parece un monumento en un pedestal gigante. Desde esa altura, con sólo hacer girar lentamente al caballo, abarca hacia los cuatro puntos cardinales una amplia extensión de campo. Ni señal de sus animales. En lontananza, como a unas tres leguas, mezcladas entre las nubes de polvo, se distinguen apenas dos tropas de carros marchando a poca distancia una de otra por el camino del Valle Hermoso. En un faldeo distante, algo borroso por la lejanía, divisa ocho animales yeguarizos y tiene un sobresalto de alegría porque el número coincide con los que él busca. Observa con mayor fijeza y sufre una decepción al notar entre ellos la presencia de uno de color blanco y otro tobiano: no hay coincidencia en los colores de los caballos que él busca, y por lo tanto, no son los que anda campeando. De no haber sido por los animales con color blanco, visibles a mayor distancia, aun con tiempo poco claro, habría tenido que galopar casi dos horas llegando casi hasta ellos antes de convencerse de que no eran los campeados. Por lo menos se ahorró ese tiempo.