SlideShare una empresa de Scribd logo
1 de 31
Descargar para leer sin conexión
151
Algo, una fuerza inexplicable, que parecía brotar
del propio, vacío, de la nada, le zarandeó
brutalmente, alzándolo en vilo, en una levitación
vertical, pasmosa. Movido por aquella energía
fantástica, pareció como si algo recorriera el
interior de su cuerpo, porque rugió como un
animal herido, boqueó extrañamente, y luego, de
súbito, soltó su aguja de acero, y cuando
forcejeaba con aquella invisible fuerza que le
sostenía en tan absurda situación, ocurrió lo peor y
más espeluznante de todo.
¡Sus huesos emitieron crujidos atroces, su cabeza
giró hacia atrás, sobre sí misma, hasta reventar
todos los huesos y cartílagos de su cuello, en un
chasquido horrendo! Cayó fláccida la cabeza a un
lado, tras aquel hecho alucinante, casi fuera de sus
órbitas los ojos, y por entre los labios crispados
brotó un chorro de sangre negruzca. Cayó como
un pelele a tierra, a mis pies, y observé que no
sólo su cuello, sino sus piernas y brazos, estaban
inarticulados, triturados todos sus huesos.
152
James Clayborn... Estaba segura de que nunca
había conocido a nadie llamado así. Clayborn,
Clayborn, Clayborn... No. Estaba segura de que
no. Y en tal caso..., ¿por qué le había cortado
ella el brazo, por qué lo había... apuñalado con
el cuchillo de cocina? ¿Y cómo había podido
hacer... semejante cosa? ¿Podía ser cierto que
hubiese matado a un nombre, le hubiese
cortado el brazo, y luego hubiese vuelto con
ese brazo a su apartamento, se hubiese
cambiado, se hubiese acostado con el brazo de
aquel hombre junto a ella...?
«Quizá debería ir a la policía... —pensó—. Pero
¿qué sería de mí? Oh, Dios mío, lo siento, lo
siento por ese pobre hombre, pero yo no tengo
la culpa, no tengo culpa de nada... ¡Es
imposible que yo hiciese eso! ¡Es imposible!»
153
Descargó sus manos. Con odio. Con asco. Con... ¡CON
MIEDO!
Porque el miedo da a veces una terrible fuerza, y la
muchacha sentía ahora, de pronto, que sus energías se
habían centuplicado. ¡Pegar! ¡Pegar! ¡Pegar!
Pero allí estaba ocurriendo algo espantoso. Su cara se
deshacía y saltaba en mil fragmentos diminutos en forma
de extrañas virutas blandas. Porque no era una cara
normal, hecha de músculos y piel. Era... ¡Era una
mascarilla de cera!
Y debajo de ella aparecía... ¡EL MONSTRUO! ¡La piel
destruida! ¡Corrompida! ¡Formando mil nudos grotescos,
negruzcos, repulsivos! ¡No era la piel de un ser humano!
¡Parecía la piel de un muerto! ¡De un ser del Más Allá!
De pronto, la muchacha dejó de pegar. Sus fuerzas cedían.
La falta de aire en los pulmones la ahogaba. Lanzó un
chillido. Y entonces recordó a las otras mujeres: las locas,
las suicidas en contra de su voluntad, las que sufrían
accidentes sin nombre. Lo recordó todo, porque se había
convertido en una de ellas, ahora. Porque de pronto todo
giraba en torno suyo. Porque ahora nada tenía importancia.
¡Nada! ¡Ni la propia vida ni la propia muerte!
154
—Pues es a ese hombre al que tengo que atrapar —
barbotó Bob Boone, crispando los puños—. Al jefe de
este siniestro tinglado... Porque aquí, señorita Pattsson
—quiso que lo supiera, ya que estaba metida con él en
el mismo fregado—, no matan los locos... No, no son
ellos los que matan. Estoy seguro de ello. Hay un
asesino monstruoso encubriéndose tras la demencia de
esos a quienes hace huir del manicomio... Hay un
diabólico asesino, quien, de forma obsesiva, alucinante,
terrorífica, busca la extirpación total de una familia...
Hay un asesino al que yo, ¡lo sé!, conozco... Pero no —
se corrigió a sí mismo— yo no conozco a nadie que
haya sufrido gravísimas quemaduras en su cuerpo... A
nadie que acabara carbonizado, o poco menos...
Así pues, cabía pensar que no sufrió quemaduras en la
cara. En tal caso, vestido, no debían vérsele.
¡Ya estaba! Su sensación no le engañaba, era real,
auténtica. ¡Conocía al asesino! ¡Le había tenido a su
lado, frente a sí...!
¡Por todos los demonios del averno!, ¿quién podía
ser...? ¿Quién?
155
Leonora apareció en la pantalla. Estaba sentada, tal como
la había visto aquella misma mañana. La joven se hallaba
en su sillón, con los ojos cerrados.
De pronto, se estremeció. Todo su cuerpo se agitó
violenta, epilépticamente. Abrió la boca, pero no los ojos.
Gritaba «¡no! ¡no!», con voz llena de desesperación. La
voz no se percibía, lógicamente, pero era fácil adivinar
sus frenéticas negativas a través del movimiento de los
labios.
Entonces, algo horrible apareció en la pantalla. Era una
forma indefinible, una especie de aura fosforescente que
envolvía por completo a la muchacha. Brotaba de todos
los poros de su boca y parecía tener mil tentáculos que la
rodeaban con abrazos de fuego. Creyeron soñar.
¿Estaba viendo la filmación de una posesión diabólica?
Las convulsiones de la joven alcanzaron un horrible
paroxismo. De súbito, se desplomó sobre el sillón. El aura
fantasmal desapareció. Entonces, algo parecido a una
baba, fluida, pero espesa, de color verdoso, surgió de su
boca, se deslizó por el mentón y llegó hasta su pecho.
156
El campanilleo repetido del carruaje de los bomberos
de Selkirk se fue aproximando hacia las cercas del
cementerio, que se alzaban a un lado del camino a la
estación del ferrocarril.
En las vías, dos convoyes ardían tras el brutal choque,
destrozadas sus locomotoras y vagones de cabeza,
pasto ahora de las llamas. Los gritos de heridos y
moribundos se mezclaban con el jadeo del vapor en
evasión, y el crujido de las maderas que cubrían entre
astillas a vivos y muertos, víctimas todos del
descarrilamiento.
Dos de las unidades del convoy habían saltado de las
vías, rodando por el terraplén y sumergiéndose, medio
destrozadas, con todos sus viajeros dentro, en las
profundas y oscuras aguas fangosas del Tweed River, a
su paso bajo el puente de Selkirk, a menos de media
milla de la población.
157
Todos se levantan de repente, todos vienen hacia
mí y chocan de verdad con el ataúd. Están a
punto de volcarlo. Todo mi cuerpo vibra, pero
esa brusca vibración no pueden ellos notarla.
Katty se apoya incluso en mí.
Me estremezco porque quizá se den cuenta de
que puedo verles. Supongo que mis ojos están
entrecerrados, pero quizá se han abierto un poco
más, y eso se nota. En todo caso yo no puedo
dominarlo, yo no puedo ser responsable. Mi
cuerpo no funciona, está paralizado. Mis ojos
tienen unos músculos que no me pertenecen. No
son realmente mis ojos…
158
—Los otros están ahí contigo. ¿Cuándo venís a
hacerme una visita? La vida en el panteón es
horriblemente tediosa.
Se oyó un «click». Casi se desmayó.
Dejó el teléfono. Su rostro aparecía lívido.
—E... era él...
Lanzó un juramento.
—No seas tonta —barbotó—. Se trata de un
bromista,... suponiendo que no sea la misma policía,
a fin de obligamos a dar un paso en falso.
«No es ninguna broma ni soy policía.»
Esta vez, ella lanzó un chillido y dio un salto hacia
atrás.
Él, por su parte, sintió que la frente se le inundaba
de un copioso sudor.
El teléfono estaba colgado y, sin embargo, la voz se
había percibido con toda claridad.
Ya no había más dudas al respecto: era la voz de un
hombre muerto semanas antes.
159
Vio avanzar paso a paso a aquel hombre con un solo
ojo. Le vio tender los retorcidos brazos, aquellos brazos
como sarmientos arrugados... como si le suplicara ole
pidiera ayuda... El ojo brillaba de un modo pavoroso,
alucinante. Un torpe gruñido brotaba de los labios
aplastados y rotos.
Al fin recobró la voz y el alarido que profirió fue tan
agudo que pareció incluso atravesar sus propios
tímpanos. De pronto recobró también el uso de sus
miembros. Dio un salto de costado tratando de ganar la
puerta...
Demasiado tarde. Una de aquellas garras la atrapó por
el vestido. La tela se desgarró de arriba abajo,
entorpeciendo sus movimientos...
No parecía agresivo. Trataba de decirle algo. Ella le
golpeó con los puños apretados, enloquecida, frenética.
Sintió bajo su mano la blanda masa de la cara aplastada
y todo empezó a girar a su alrededor.
Las zarpas extrañamente rígidas la sujetaron. Se
hincaron en su piel desnuda, desgarrándola. Entonces
perdió el conocimiento y se desplomó.
160
La tapa cayó sobre él.
Era una tapa que pesaba media tonelada. Una vez
asegurada, resultaba imposible abrirla desde dentro.
Pierre Lacombe gritó, aulló materialmente, pateó,
vomitó su propia agonía en aquel recinto estrecho,
oscuro, maloliente, mortífero...
Porque comprendió que iban a enterrarle vivo. Y en
su cerebro se formuló la misma pregunta, la
pregunta que se había hecho centenares de veces
hasta tener la sensación de que acabaría volviéndose
loco:
¿POR QUÉ?
No obtuvo respuesta. No la obtendría jamás.
El ataúd fue depositado en el hueco que dejaba la
losa, donde realmente había estado siempre. Luego
la losa cayó. El entierro en vida se había
consumado.
Las luces de la iglesia se extinguieron.
La quietud volvió a hacerse.
Los acordes melodiosos del órgano se fueron
apagando lentamente.
161
El alarido de la mujer quebró bruscamente el silencio
nocturno.
Sobresaltado, se arrojó de la cama. La mujer volvió a
chillar, frenética, desesperadamente.
—¡Ahí va la bestia...!
Se puso la bata y salió a la terraza. La bestia caminaba
por el centro de la calle, emitiendo gruñidos inarticulados,
a la vez que miraba a derecha e izquierda, como si
buscase alguna presa para su apetito insaciable.
«Es preciso impedir que ese pobre infeliz cometa alguna
salvajada», pensó, mientras entraba para vestirse.
Momentos después salía del dormitorio.
—¿Qué sucede? —le preguntaron.
—Anda suelto —contestó él, mientras se dirigía hacia la
escalera.
Llegó a la calle. Ya se habían formado algunos corrillos,
en los que se comentaba excitadamente lo sucedido.
Pero ninguno de los presentes daba muestras de actuar. Se
dio cuenta de que estaban poseídos por un terror absoluto.
162
Todo parecía preparado para causar efecto, mas no era así.
Por el techo del escenario, cayendo desde lo alto, apareció
una figura humana vestida con un sayal negro y el rostro
cubierto por una máscara que representaba una calavera.
Lo desagradable fue que al extremo llevaba atada una
soga. Antes de que la figura entre humana y fantástica,
espectral sin duda alguna, tocara el suelo de tablas de
madera, la cuerda pegó un tirón brusco, como no dando
más de sí, y el lazo corredizo se cerró alrededor de la
garganta de aquel ser que quería representar la muerte, su
propia muerte.
El cuerpo del ahorcado tocaba ligeramente la madera con
sus pies. Ello era posible porque el violentísimo tirón de la
soga casi le había arrancado la cabeza del tronco. Había
separado la osamenta, reventando venas y arterias, nervios
y tendones. Apenas se sostenía por unos músculos
desgarrados y alargados hasta lo inverosímil. Aquellos
músculos, empapados en la sangre que salpicaba
alrededor, eran los que habían evitado que en vez de un
ahorcado tuvieran un decapitado en el escenario.
En la sala, además de gritos, hubieron desmayos.
—¡Abajo el telón!
163
De pronto, notó un leve roce en uno de los tobillos. Alzó la
cabeza. Una cosa oscura, cilíndrica, reptaba hacia él,
enroscándose como una serpiente en su pierna derecha.
Otra cuerda subió y pasó por encima de su cintura. La
arrojó lejos de un manotazo. Luego saltó al suelo, pero, de
pronto, la liana que tenía enroscada en la pierna tiró de él y
le hizo caer de bruces.
Forcejeó con la segunda de las lianas, que buscaba su
cintura. Haciendo, un terrible esfuerzo, consiguió ponerse
en pie.
Una tercera serpiente avanzó hacia él, oscilando
espantosamente en el aire. Quería llegar a la cocina, a
alguna parte donde encontrase un arma cortante, pero las
enredaderas gigantizadas se lo impidieron.
De pronto, sintió un terrible tirón y cayó de espaldas. Una
liana buscó su cuello. Agarrándola con ambas manos, se
esforzó por partirla en dos, sin conseguirlo.
Otra serpiente vegetal se enroscó en torno a su muslo
izquierdo. Se sentía desesperado, dándose cuenta de que
su derrota era cuestión de minutos…
164
Se adentró entre varias tumbas más. La desesperación la
acometió y de repente, exhaló un gemido, porque la
oscuridad era ahora casi impenetrable, casi completa, casi
angustiosa.
De pronto vio la figura. Vio la muerte.
Y en su garganta se formó una única, una desesperada
pregunta: «¿POR QUÉ?» Aquella figura nada podía tener
contra ella. Al contrario. En aquel rostro había algo que...
¡Algo que le hubiera debido hacer confiar!
Pero la muerte estaba allí. La muerte estaba en las manos,
en el aire. Estaba en aquellos ojos conocidos. En aquella
boca. Cayó de rodillas.
No entendía nada, y precisamente porque no entendía
nada, el horror había penetrado hasta su sangre y hasta sus
nervios. De su garganta escapó un leve gemido.
Solamente dijo:
—Noooo...
El cuchillo penetró poco a poco. Como una caricia.
El acero era una maldición, pero era una maldición casi
dulce.
Lo último que vio fue aquella figura sinuosa. Lo último
que vio fue que había caído casi debajo de la serpiente.
165
La rata no era pequeña y se defendió
desesperadamente. En la pelea, empujaron la
puerta, que no estaba cerrada por completo. Eso
es lo que usted vio primeramente. Luego el otro
ruido... Bien, los gatos tienen unas mandíbulas
más fuertes de lo que parece al morder, rompía
algunos huesecillos de su presa. ¿Satisfecha de la
explicación?
—Sí, ahora parece todo completamente lógico.
—De cualquier manera, yo también me
impresioné muchísimo cuando oí el ruidito de los
huesos triturados. Pero no tiene nada de
particular que haya ratas en una casa
abandonada. Y los gatos, sobre todo en los
pueblos pequeños, se van mucho al campo, con
el fin de cazar y aumentar su dieta…
166
«Hailey ha muerto ya... Soy la sombra
vengadora... Una vez, la muerte surgió del
agua, Stella... De nuevo la Muerte viene con
el agua. Es el Terror. El Terror Acuático que
va hacia ti... También tu hermoso cuerpo... se
verá convertido en simples huesos
descarnados... Muy pronto... Te retorcerás en
el agua mientras eres devorada por el propio
monstruo que tú ayudaste a crear... ¡Estás
sentenciada sin remedio, Stella...! Recuerda
una noche de agosto... Recuérdala mientras
vivas..., que será ya tan poco...»
167
Tomó el disco en su mano y lo golpeó contra el canto
de un mueble, pero el disco no se rompió. La recién
llegada se echó a reír.
—No vas a librarte tan fácilmente de ese moscón.
Este disco es de los blandos, no se rompen.
Molesta, Ofelia Taylor arrojó el disco haciéndolo
girar sobre sí mismo. El single voló con gran
velocidad en dirección a la ventana, hacia uno de los
cristales que aún no había cubierto con la cortina.
Ambas esperaban que el disco rebotara contra el
grueso cristal, pero sucedió algo insólito,
sorprendente: El disco de Paganini salió volando
fuera del edificio y lo curioso es que al cristal no le
había sucedido nada.
—Uau, ¿cómo has hecho ese truco tan bueno?
Ofelia Taylor quedó sorprendida; sólo pudo balbucir:
—Es que me estoy volviendo un poco bruja, o quizá
sólo un poco loca…
168
Se pegó contra el tronco del abeto. A diez pasos de
distancia, y a la izquierda del seto, fuera ya de éste,
había un hombre con una escopeta en las manos. El
arma apuntaba hacia la ventana en donde dos
figuras estaban a punto de confundirse en una sola.
—¡Maldita, maldita zorra! —gritó.
Pero, de súbito, antes de que pudiera apretar los
gatillos del arma, una enorme llamarada brotó del
suelo y lo envolvió en sus lenguas fuego.
Lanzó un alarido desgarrador. Las luces del castillo
se apagaron instantáneamente.
Aterrado, permaneció unos momentos indeciso.
Delante suyo, un hombre ardía como una antorcha,
con llamas que se alzaban a varios metros de altura.
Los gritos que emitía el desdichado eran
horripilantes.
169
—Se está quedando frío por segundos... —oyó a
Henry.
Al oír esto, Connie sufrió un espasmo, una
violentísima arcada. No pudo evitarlo y sus ojos se
llenaron de lágrimas mientras vomitaba sobre el
cadáver de su primo.
—No te muevas —jadeaba Henry—... Yo terminaré
con esto.
Sabía que estaba tendida en el suelo... Sobre la
alfombra. Y se sentía helada de nuevo, y con mal
gusto de boca. No veía nada, pero oía la
entrecortada respiración de Henry envolviendo a
Leonard en la manta. Ya no pensaba nada, ya no
sentía nada.
—Vamos... —oyó luego la voz de Henry—.
Tenemos que ir a los pantanos ahora.
Connie se puso en pie lentamente.
Sí.
Tenían que ir a los pantanos.
170
Mall-Hillmelsson era una casa muy grande, blanca, que
asomaba entre el verdor de aquella zona prolífera en
arbolado. Una casa que, se mirara por donde se mirara,
carecía de puertas y ventanas.
Un detalle, empero, que no solía llamar la atención. Si
alguien cruzaba por allí, veía un flanco del edificio, no los
restantes. Siempre suponían, claro está, que ventanas y
puertas se hallaban por la otra parte…
… Lex Reeves no tardó en llegar a una conclusión. Había
que abandonar Inmediatamente aquella casa.
No iban a permanecer allí, como estúpidos, mientras el
miedo les atenazaba. Y mientras el asesino les iba
liquidando... Porque todo hacía presumir que el tío Paul no
iba a ser el último en morir.
Esperar a que Maximiliano arreglara la avería del
helicóptero, era pedir demasiado a unos y a otros. Era,
indudablemente, afrontar un riesgo excesivo e innecesario.
—Pero de aquí no se puede salir —le dijo Susan—. Esta
casa no tiene puertas ni ventanas, usted ya lo sabe.
—Me inclinarla a suponer —apuntó Lex con la mirada
taladrante— que al construir esta edificación, se construyó,
asimismo, alguna salida secreta. En tal caso, usted lo sabría...
171
Desde luego, debía tratarse de un cementerio de la
Edad Media. En otros tiempos había sido cercado por
una pared de rústicos ladrillos de tierra sin cocer, que
ahora estaba caída y arruinada, a grandes trechos.
Caminó por entre las lápidas, tratando de leer los
caracteres extraños de sus inscripciones. Se
sorprendió de que no hubiera ninguna cruz en todo el
recinto mortuorio.
De pronto se detuvo, intrigado por la extraña
sensación que culebreaba por su espalda. Miró en
torno. No cabía duda de que estaba solo allí. No
obstante, tenía la desagradable sensación de que unos
ojos ocultos le espiaban; unos ojos malignos que de
algún modo podían constituir una amenaza...
172
—¿Qué vio, señorita?—. ¿Qué puede ser peor que un
nuevo cadáver bañado en sangre?
—Era..., era la calavera...
—¡La calavera!
—Les juro que era cierto. No me creerán, pero..., ¡pero
vi un cráneo humano, moviéndose por el suelo, como si
estuviese vivo..., alejándose de la mujer muerta! ¡Luego
vino hacia acá, como persiguiéndome a mí! ¡Era un
cráneo, una cabeza descarnada y horrible, dotada de
movimiento, de vida! ¡Les juro que era eso!
—Absurdo, por Dios —rechazó él, pálido, pero con
gesto incrédulo—. Sin duda, su imaginación le jugó una
mala pasada... No pudo ver un disparate así... ¡Es
imposible!
—¡No lo es! —clamó ella, exasperada—. ¡Lo vi tan
claramente como ahora les veo a ustedes dos! Es más,
cuando oí la rotura de vidrios abajo, y sentí sus pisadas,
su modo de aproximarse hasta aquí... estaba segura de
que no era un ser humano moviéndose por mi casa...,
sino la propia calavera andante...
173
—¿Qué puedo hacer? —preguntó mirándolo a los
ojos—. Me tiene esclavizada, estoy en sus manos.
Puede descuartizarme como a mi tía;
Posiblemente, lo que quería era heredar pronto la
mansión, cuando mi tía se había limitado a
cedérsela en testamento, lo que fue fatal para ella,
porque entonces la escogió como víctima para
poder heredarla. Mi tía, quizá intuyéndolo, me
exigió que velara junto a su cama todas las noches
y ya ves, no sirvió de nada. Aunque haya alguien
velando, consigue su propósito.
—Habrá alguna forma de impedírselo.
—Ninguna, no hay ninguna. Me ha marcado en la
espalda con su símbolo de penitentes. Todos ellos
lo llevaban en oro y hasta es posible que hayan
sido marcados en la piel como yo lo estoy ahora.
Me siento en sus manos y eso me aterra.
174
—Era como un profundo, sibilante jadeo, el sonido de
una voz inhumana o acaso de una bestia desconocida.
Un arrastrar siniestro llegó del fondo del oscuro sótano.
Todo el sótano olía a humedad, a abandono. Y a algo
más.
Algo que, de momento, no logró identificar, pero que le
causó profundas náuseas. Luego, comprendió que era el
hedor de la propia Muerte, el fuerte olor nauseabundo a
carne putrefacta, a corrupción, a hediondez...
Descubrió primero a ella, encogida, petrificada, con ojos
dilatados de horror, allá en un rincón del sótano, tras
unos quinqués hechos añicos y de una lata de keroseno
volcada. El color de su rostro, de sus manos temblorosas
era níveo.
Tenía motivos para sentir terror, para mostrar aquel
rostro despavorido, aquella mirada extraviada, fija en el
horror viviente que se movía hacia ella...
Si es que «aquello» era, en realidad, un ser viviente y no
un cadáver ambulante, un cuerpo corrompido, surgido de
la tumba, regresando de la Muerte...
175
Pamela Bromfield era la persona más rica y de mayor
influencia en la aldea. Era una mujer anciana e impedida,
que no podía moverse de su cama o de su silla de ruedas.
Al atardecer, apareció la primera rata.
Una mujer vio al roedor, enorme, casi como un gato, en
medio de la calle, y lanzó un agudo grito. Luego agarró
una escoba y quiso alejar al intruso, pero la rata, de
pronto, se irguió sobre sus patas traseras y enseñó sus
aguzados colmillos, a la vez que emitía un feroz chillido.
La mujer, acobardada, retrocedió. Entonces, un gato se
precipitó sobre la rata, pero, casi en el acto, un segundo
roedor saltó sobre el lomo del felino y empezó a morderle
ferozmente en la parte posterior del cuello.
En la taberna, el dueño se disponía a servir una cerveza a
su único cliente cuando, de súbito, vieron tres ratas que
empezaban a saltar por el interior del local. El tabernero
agarró un grueso bastón, pero, de pronto, sintió un atroz
dolor en la pantorrilla derecha…
176
Aquel rostro horrible, espectral, fosforescente, mostraba
una sonrisa macabra. Tenía la piel retorcida y putrefacta,
como si fuera un cadáver surgido de las entrañas del
pequeño buque. Aquel rostro estaba como suspendido en
el aire, mirándola fijamente y no era una ilusión óptica ni
una mala pesadilla.
El rostro comenzó a avanzar hacia ella. La joven quiso
gritar, pero ningún sonido salió de su garganta y aquel
espectro se le echaba encima, sonriendo.
En el aire apareció una maza de madera. Ante el ya
inminente mazazo, la joven gritó, como si un tapón
hubiera obturado su garganta y ahora saltara
bruscamente.
Todo lo que no había podido gritar antes, gritaba ahora,
mas sus gritos no evitaron que la maza cayera sobre ella.
La linterna rodó por el suelo, apagándose…
177
—No seas ilusa —resonó de nuevo la voz
estremeciéndola—. Sólo estás prolongando tu
agonía. De un modo u otro, tienes que morir.
Ven y deja que acabe contigo como hice con las
otras. Tengo que hacerlo, ¿comprendes?
¿Acaso prefieres quedarte aquí abajo para
siempre, y que él te devore? Yo te ofrezco algo
mucho mejor: una muerte lo bastante rápida, y
luego te llevaré arriba, y te dejaré en la
carretera, para que te recojan... Vendrán a
buscarte los tuyos, y te enterrarán en el bonito
panteón familiar, o quizá te incineren y te tiren
al mar... ¿No es mejor esto que ser comida
viva?
178
—La Bestia... Dios mío, no puede ser posible... ¡No
puede ser!
Pero instintivamente sus ojos se dirigieron a un punto
de su gabinete donde un reflejo del sol nublado,
filtrándose entre los cortinajes, hacía brillar
extrañamente unos ojos de vidrio de color rojizo.
Unos ojos que, sin embargo, nada reflejaban, porque
eran sólo cuentas de vidrio en una figurilla situada
encima de una repisa.
Una figurilla de extraña, atroz fealdad. En cuya peana
o soporte de madera se leía sobre una pequeña placa
de plata el nombre grabado:
«LA BESTIA DE LOS BOSQUES DEL NORTE DE
CALIFORNIA»
Richard Graves, repentinamente, parecía sentir miedo
de algo. Sus ojos no se apartaban de las dos cuentas
de rojo vidrio que eran los ojos de aquella abominable
figura...
179
El sonido de la deglución de saliva llegó
claramente a sus oídos. Casi en el mismo
instante, se produjo otro sonido.
Eran huesos partidos y destrozados por unas
potentes mandíbulas. De repente, concibió
una horrible sospecha.
Casi se mareó.
«No, no puede ser...», pensó, espeluznado.
Pero el instinto le dijo que los huesos que
crujían en las mandíbulas de los fieros
doberman-pinscher no eran de un animal
precisamente.
180
Cuando ya se retiraba, le llegó aquel susurro
escalofriante:
—Por... favorrrr... Porrr... Diosssss... Ayu... ayuda...
pron... pronto...
Esta vez sí que sintió erizarse sus cabellos hasta el
límite. Angustiada, incrédula, contempló aquella puerta
cerrada, el enigma viviente que encerraba, la voz que
respondía desde la sombra del sótano...
Dominó sus terrores. Se pegó a la hoja de madera.
Musitó, trémula:
—Entonces..., entonces, hay alguien... ¿Quién, quién es?
¿Qué puedo yo hacer?
Esperó un segundo, dos, acaso tres. Luego, la respuesta
en el murmullo estremecedor:
—Maldi... tos... Tengo sed..., tengo necesidad... de... sa...
salir... ¡Salir...! Quiero... luz..., luz... Quiero... morir...,
morir... y ma... matar...
Matar...
—Le ayudaré —prometió en un sollozo, casi sintiéndose
al borde del histerismo—. Le ayudaré..., quienquiera que
sea..., necesite lo que necesite... Mi misión es ayudar...,
ayudar a la gente... que me necesite, que me reclame...

Más contenido relacionado

La actualidad más candente

601 617 - st-flash
601 617 - st-flash601 617 - st-flash
601 617 - st-flashDonGilgamesh
 
Un ángel y un demonio entran a un café parte 1
Un ángel y un demonio entran a un café parte 1Un ángel y un demonio entran a un café parte 1
Un ángel y un demonio entran a un café parte 1Hush Hush Perú ClubOficial
 
61 90 - seleccion terror
61   90 - seleccion terror61   90 - seleccion terror
61 90 - seleccion terrorDonGilgamesh
 
Poemas Radio Web Edicion03 Programade Ingrid Odgers
Poemas Radio Web Edicion03 Programade Ingrid OdgersPoemas Radio Web Edicion03 Programade Ingrid Odgers
Poemas Radio Web Edicion03 Programade Ingrid OdgersIngrid Odgers
 
Charles dickens historias de fantasmas imprimir
Charles dickens   historias de fantasmas imprimirCharles dickens   historias de fantasmas imprimir
Charles dickens historias de fantasmas imprimirgemelastraviesas
 
Los cuentos del doctor blood
Los cuentos del doctor bloodLos cuentos del doctor blood
Los cuentos del doctor bloodJorge Blood
 
EL MANUSCRITO DE UN LOCO -CHARLES DICKENS
EL MANUSCRITO DE UN LOCO -CHARLES DICKENSEL MANUSCRITO DE UN LOCO -CHARLES DICKENS
EL MANUSCRITO DE UN LOCO -CHARLES DICKENSRonald Jesus
 
Almas Perdidas - M.Francisco
Almas Perdidas - M.FranciscoAlmas Perdidas - M.Francisco
Almas Perdidas - M.FranciscoMila Francisco
 
391 420 - st-flash
391 420 - st-flash391 420 - st-flash
391 420 - st-flashDonGilgamesh
 
Ensayo sobre los locos de mi pueblo
Ensayo sobre los locos de mi puebloEnsayo sobre los locos de mi pueblo
Ensayo sobre los locos de mi pueblofayobarrios
 
áNgeles ibirika antes y después de odiarte
áNgeles ibirika   antes y después de odiarteáNgeles ibirika   antes y después de odiarte
áNgeles ibirika antes y después de odiarteCarina Godoy
 

La actualidad más candente (18)

601 617 - st-flash
601 617 - st-flash601 617 - st-flash
601 617 - st-flash
 
Un ángel y un demonio entran a un café parte 1
Un ángel y un demonio entran a un café parte 1Un ángel y un demonio entran a un café parte 1
Un ángel y un demonio entran a un café parte 1
 
61 90 - seleccion terror
61   90 - seleccion terror61   90 - seleccion terror
61 90 - seleccion terror
 
Poemas Radio Web Edicion03 Programade Ingrid Odgers
Poemas Radio Web Edicion03 Programade Ingrid OdgersPoemas Radio Web Edicion03 Programade Ingrid Odgers
Poemas Radio Web Edicion03 Programade Ingrid Odgers
 
Charles dickens historias de fantasmas imprimir
Charles dickens   historias de fantasmas imprimirCharles dickens   historias de fantasmas imprimir
Charles dickens historias de fantasmas imprimir
 
Los cuentos del doctor blood
Los cuentos del doctor bloodLos cuentos del doctor blood
Los cuentos del doctor blood
 
La gran miseria humana
La gran miseria humana La gran miseria humana
La gran miseria humana
 
EL MANUSCRITO DE UN LOCO -CHARLES DICKENS
EL MANUSCRITO DE UN LOCO -CHARLES DICKENSEL MANUSCRITO DE UN LOCO -CHARLES DICKENS
EL MANUSCRITO DE UN LOCO -CHARLES DICKENS
 
Almas Perdidas - M.Francisco
Almas Perdidas - M.FranciscoAlmas Perdidas - M.Francisco
Almas Perdidas - M.Francisco
 
Cortázar julio la noche boca arriba
Cortázar julio la noche boca arribaCortázar julio la noche boca arriba
Cortázar julio la noche boca arriba
 
DOCENTE
DOCENTEDOCENTE
DOCENTE
 
391 420 - st-flash
391 420 - st-flash391 420 - st-flash
391 420 - st-flash
 
ESPEJISMOS (2007) Rosa Romá
ESPEJISMOS (2007) Rosa RomáESPEJISMOS (2007) Rosa Romá
ESPEJISMOS (2007) Rosa Romá
 
DOCENTE
DOCENTEDOCENTE
DOCENTE
 
Ensayo sobre los locos de mi pueblo
Ensayo sobre los locos de mi puebloEnsayo sobre los locos de mi pueblo
Ensayo sobre los locos de mi pueblo
 
La noche boca arriba
La noche boca arribaLa noche boca arriba
La noche boca arriba
 
áNgeles ibirika antes y después de odiarte
áNgeles ibirika   antes y después de odiarteáNgeles ibirika   antes y después de odiarte
áNgeles ibirika antes y después de odiarte
 
Kronos diversitas
Kronos diversitasKronos diversitas
Kronos diversitas
 

Similar a 151 180 - seleccion terror

Similar a 151 180 - seleccion terror (20)

541 570 - st-flash
541 570 - st-flash541 570 - st-flash
541 570 - st-flash
 
271 300 - st-flash
271 300 - st-flash271 300 - st-flash
271 300 - st-flash
 
241 270 - st-flash
241 270 - st-flash241 270 - st-flash
241 270 - st-flash
 
451 480 - st-flash
451 480 - st-flash451 480 - st-flash
451 480 - st-flash
 
331 360 - st-flash
331 360 - st-flash331 360 - st-flash
331 360 - st-flash
 
DOCENTE
DOCENTEDOCENTE
DOCENTE
 
361 390 - st-flash
361 390 - st-flash361 390 - st-flash
361 390 - st-flash
 
El vampiro
El vampiroEl vampiro
El vampiro
 
421 450 - st-flash
421 450 - st-flash421 450 - st-flash
421 450 - st-flash
 
El hombre-del-labio-retorcido
El hombre-del-labio-retorcidoEl hombre-del-labio-retorcido
El hombre-del-labio-retorcido
 
Memorias delirio es
Memorias delirio esMemorias delirio es
Memorias delirio es
 
571 600 - st-flash
571 600 - st-flash571 600 - st-flash
571 600 - st-flash
 
LA UMA - PLAN LECTOR (1).pdf
LA UMA - PLAN LECTOR (1).pdfLA UMA - PLAN LECTOR (1).pdf
LA UMA - PLAN LECTOR (1).pdf
 
Cuentos de miedos a miedos
Cuentos de miedos a miedosCuentos de miedos a miedos
Cuentos de miedos a miedos
 
Ganadores III Certamen de Microrrelatos de Terror 2013 del Museo del Romantic...
Ganadores III Certamen de Microrrelatos de Terror 2013 del Museo del Romantic...Ganadores III Certamen de Microrrelatos de Terror 2013 del Museo del Romantic...
Ganadores III Certamen de Microrrelatos de Terror 2013 del Museo del Romantic...
 
Pesadilla en un campo de cabezas
Pesadilla en un campo de cabezasPesadilla en un campo de cabezas
Pesadilla en un campo de cabezas
 
Todos los cuentos - Gabriel García Márquez.pdf
Todos los cuentos - Gabriel García Márquez.pdfTodos los cuentos - Gabriel García Márquez.pdf
Todos los cuentos - Gabriel García Márquez.pdf
 
181 210 - st - flash
181 210 - st - flash181 210 - st - flash
181 210 - st - flash
 
Requiem por mi alma
Requiem por mi almaRequiem por mi alma
Requiem por mi alma
 
Libro cuarto “La Historia de Kurt Von Subermann”
Libro  cuarto “La Historia de Kurt Von Subermann”Libro  cuarto “La Historia de Kurt Von Subermann”
Libro cuarto “La Historia de Kurt Von Subermann”
 

Más de DonGilgamesh

511 540 - st-flash
511 540 - st-flash511 540 - st-flash
511 540 - st-flashDonGilgamesh
 
301 330 - st-flash
301 330 - st-flash301 330 - st-flash
301 330 - st-flashDonGilgamesh
 
211 240 - st-flash
211 240 - st-flash211 240 - st-flash
211 240 - st-flashDonGilgamesh
 
Decreto de nueva planta
Decreto de nueva plantaDecreto de nueva planta
Decreto de nueva plantaDonGilgamesh
 
Para alguien muy especial 2
Para alguien muy especial 2Para alguien muy especial 2
Para alguien muy especial 2DonGilgamesh
 
Para alguien muy especial
Para alguien muy especialPara alguien muy especial
Para alguien muy especialDonGilgamesh
 
Gallo, alejandro m. morir bajo dos banderas
Gallo, alejandro m.   morir bajo dos banderasGallo, alejandro m.   morir bajo dos banderas
Gallo, alejandro m. morir bajo dos banderasDonGilgamesh
 

Más de DonGilgamesh (9)

511 540 - st-flash
511 540 - st-flash511 540 - st-flash
511 540 - st-flash
 
301 330 - st-flash
301 330 - st-flash301 330 - st-flash
301 330 - st-flash
 
211 240 - st-flash
211 240 - st-flash211 240 - st-flash
211 240 - st-flash
 
Pelotari Juan II
Pelotari Juan IIPelotari Juan II
Pelotari Juan II
 
Decreto de nueva planta
Decreto de nueva plantaDecreto de nueva planta
Decreto de nueva planta
 
Para alguien muy especial 2
Para alguien muy especial 2Para alguien muy especial 2
Para alguien muy especial 2
 
Para alguien muy especial
Para alguien muy especialPara alguien muy especial
Para alguien muy especial
 
Gallo, alejandro m. morir bajo dos banderas
Gallo, alejandro m.   morir bajo dos banderasGallo, alejandro m.   morir bajo dos banderas
Gallo, alejandro m. morir bajo dos banderas
 
Prueba 1
Prueba 1Prueba 1
Prueba 1
 

151 180 - seleccion terror

  • 1.
  • 2. 151 Algo, una fuerza inexplicable, que parecía brotar del propio, vacío, de la nada, le zarandeó brutalmente, alzándolo en vilo, en una levitación vertical, pasmosa. Movido por aquella energía fantástica, pareció como si algo recorriera el interior de su cuerpo, porque rugió como un animal herido, boqueó extrañamente, y luego, de súbito, soltó su aguja de acero, y cuando forcejeaba con aquella invisible fuerza que le sostenía en tan absurda situación, ocurrió lo peor y más espeluznante de todo. ¡Sus huesos emitieron crujidos atroces, su cabeza giró hacia atrás, sobre sí misma, hasta reventar todos los huesos y cartílagos de su cuello, en un chasquido horrendo! Cayó fláccida la cabeza a un lado, tras aquel hecho alucinante, casi fuera de sus órbitas los ojos, y por entre los labios crispados brotó un chorro de sangre negruzca. Cayó como un pelele a tierra, a mis pies, y observé que no sólo su cuello, sino sus piernas y brazos, estaban inarticulados, triturados todos sus huesos.
  • 3. 152 James Clayborn... Estaba segura de que nunca había conocido a nadie llamado así. Clayborn, Clayborn, Clayborn... No. Estaba segura de que no. Y en tal caso..., ¿por qué le había cortado ella el brazo, por qué lo había... apuñalado con el cuchillo de cocina? ¿Y cómo había podido hacer... semejante cosa? ¿Podía ser cierto que hubiese matado a un nombre, le hubiese cortado el brazo, y luego hubiese vuelto con ese brazo a su apartamento, se hubiese cambiado, se hubiese acostado con el brazo de aquel hombre junto a ella...? «Quizá debería ir a la policía... —pensó—. Pero ¿qué sería de mí? Oh, Dios mío, lo siento, lo siento por ese pobre hombre, pero yo no tengo la culpa, no tengo culpa de nada... ¡Es imposible que yo hiciese eso! ¡Es imposible!»
  • 4. 153 Descargó sus manos. Con odio. Con asco. Con... ¡CON MIEDO! Porque el miedo da a veces una terrible fuerza, y la muchacha sentía ahora, de pronto, que sus energías se habían centuplicado. ¡Pegar! ¡Pegar! ¡Pegar! Pero allí estaba ocurriendo algo espantoso. Su cara se deshacía y saltaba en mil fragmentos diminutos en forma de extrañas virutas blandas. Porque no era una cara normal, hecha de músculos y piel. Era... ¡Era una mascarilla de cera! Y debajo de ella aparecía... ¡EL MONSTRUO! ¡La piel destruida! ¡Corrompida! ¡Formando mil nudos grotescos, negruzcos, repulsivos! ¡No era la piel de un ser humano! ¡Parecía la piel de un muerto! ¡De un ser del Más Allá! De pronto, la muchacha dejó de pegar. Sus fuerzas cedían. La falta de aire en los pulmones la ahogaba. Lanzó un chillido. Y entonces recordó a las otras mujeres: las locas, las suicidas en contra de su voluntad, las que sufrían accidentes sin nombre. Lo recordó todo, porque se había convertido en una de ellas, ahora. Porque de pronto todo giraba en torno suyo. Porque ahora nada tenía importancia. ¡Nada! ¡Ni la propia vida ni la propia muerte!
  • 5. 154 —Pues es a ese hombre al que tengo que atrapar — barbotó Bob Boone, crispando los puños—. Al jefe de este siniestro tinglado... Porque aquí, señorita Pattsson —quiso que lo supiera, ya que estaba metida con él en el mismo fregado—, no matan los locos... No, no son ellos los que matan. Estoy seguro de ello. Hay un asesino monstruoso encubriéndose tras la demencia de esos a quienes hace huir del manicomio... Hay un diabólico asesino, quien, de forma obsesiva, alucinante, terrorífica, busca la extirpación total de una familia... Hay un asesino al que yo, ¡lo sé!, conozco... Pero no — se corrigió a sí mismo— yo no conozco a nadie que haya sufrido gravísimas quemaduras en su cuerpo... A nadie que acabara carbonizado, o poco menos... Así pues, cabía pensar que no sufrió quemaduras en la cara. En tal caso, vestido, no debían vérsele. ¡Ya estaba! Su sensación no le engañaba, era real, auténtica. ¡Conocía al asesino! ¡Le había tenido a su lado, frente a sí...! ¡Por todos los demonios del averno!, ¿quién podía ser...? ¿Quién?
  • 6. 155 Leonora apareció en la pantalla. Estaba sentada, tal como la había visto aquella misma mañana. La joven se hallaba en su sillón, con los ojos cerrados. De pronto, se estremeció. Todo su cuerpo se agitó violenta, epilépticamente. Abrió la boca, pero no los ojos. Gritaba «¡no! ¡no!», con voz llena de desesperación. La voz no se percibía, lógicamente, pero era fácil adivinar sus frenéticas negativas a través del movimiento de los labios. Entonces, algo horrible apareció en la pantalla. Era una forma indefinible, una especie de aura fosforescente que envolvía por completo a la muchacha. Brotaba de todos los poros de su boca y parecía tener mil tentáculos que la rodeaban con abrazos de fuego. Creyeron soñar. ¿Estaba viendo la filmación de una posesión diabólica? Las convulsiones de la joven alcanzaron un horrible paroxismo. De súbito, se desplomó sobre el sillón. El aura fantasmal desapareció. Entonces, algo parecido a una baba, fluida, pero espesa, de color verdoso, surgió de su boca, se deslizó por el mentón y llegó hasta su pecho.
  • 7. 156 El campanilleo repetido del carruaje de los bomberos de Selkirk se fue aproximando hacia las cercas del cementerio, que se alzaban a un lado del camino a la estación del ferrocarril. En las vías, dos convoyes ardían tras el brutal choque, destrozadas sus locomotoras y vagones de cabeza, pasto ahora de las llamas. Los gritos de heridos y moribundos se mezclaban con el jadeo del vapor en evasión, y el crujido de las maderas que cubrían entre astillas a vivos y muertos, víctimas todos del descarrilamiento. Dos de las unidades del convoy habían saltado de las vías, rodando por el terraplén y sumergiéndose, medio destrozadas, con todos sus viajeros dentro, en las profundas y oscuras aguas fangosas del Tweed River, a su paso bajo el puente de Selkirk, a menos de media milla de la población.
  • 8. 157 Todos se levantan de repente, todos vienen hacia mí y chocan de verdad con el ataúd. Están a punto de volcarlo. Todo mi cuerpo vibra, pero esa brusca vibración no pueden ellos notarla. Katty se apoya incluso en mí. Me estremezco porque quizá se den cuenta de que puedo verles. Supongo que mis ojos están entrecerrados, pero quizá se han abierto un poco más, y eso se nota. En todo caso yo no puedo dominarlo, yo no puedo ser responsable. Mi cuerpo no funciona, está paralizado. Mis ojos tienen unos músculos que no me pertenecen. No son realmente mis ojos…
  • 9. 158 —Los otros están ahí contigo. ¿Cuándo venís a hacerme una visita? La vida en el panteón es horriblemente tediosa. Se oyó un «click». Casi se desmayó. Dejó el teléfono. Su rostro aparecía lívido. —E... era él... Lanzó un juramento. —No seas tonta —barbotó—. Se trata de un bromista,... suponiendo que no sea la misma policía, a fin de obligamos a dar un paso en falso. «No es ninguna broma ni soy policía.» Esta vez, ella lanzó un chillido y dio un salto hacia atrás. Él, por su parte, sintió que la frente se le inundaba de un copioso sudor. El teléfono estaba colgado y, sin embargo, la voz se había percibido con toda claridad. Ya no había más dudas al respecto: era la voz de un hombre muerto semanas antes.
  • 10. 159 Vio avanzar paso a paso a aquel hombre con un solo ojo. Le vio tender los retorcidos brazos, aquellos brazos como sarmientos arrugados... como si le suplicara ole pidiera ayuda... El ojo brillaba de un modo pavoroso, alucinante. Un torpe gruñido brotaba de los labios aplastados y rotos. Al fin recobró la voz y el alarido que profirió fue tan agudo que pareció incluso atravesar sus propios tímpanos. De pronto recobró también el uso de sus miembros. Dio un salto de costado tratando de ganar la puerta... Demasiado tarde. Una de aquellas garras la atrapó por el vestido. La tela se desgarró de arriba abajo, entorpeciendo sus movimientos... No parecía agresivo. Trataba de decirle algo. Ella le golpeó con los puños apretados, enloquecida, frenética. Sintió bajo su mano la blanda masa de la cara aplastada y todo empezó a girar a su alrededor. Las zarpas extrañamente rígidas la sujetaron. Se hincaron en su piel desnuda, desgarrándola. Entonces perdió el conocimiento y se desplomó.
  • 11. 160 La tapa cayó sobre él. Era una tapa que pesaba media tonelada. Una vez asegurada, resultaba imposible abrirla desde dentro. Pierre Lacombe gritó, aulló materialmente, pateó, vomitó su propia agonía en aquel recinto estrecho, oscuro, maloliente, mortífero... Porque comprendió que iban a enterrarle vivo. Y en su cerebro se formuló la misma pregunta, la pregunta que se había hecho centenares de veces hasta tener la sensación de que acabaría volviéndose loco: ¿POR QUÉ? No obtuvo respuesta. No la obtendría jamás. El ataúd fue depositado en el hueco que dejaba la losa, donde realmente había estado siempre. Luego la losa cayó. El entierro en vida se había consumado. Las luces de la iglesia se extinguieron. La quietud volvió a hacerse. Los acordes melodiosos del órgano se fueron apagando lentamente.
  • 12. 161 El alarido de la mujer quebró bruscamente el silencio nocturno. Sobresaltado, se arrojó de la cama. La mujer volvió a chillar, frenética, desesperadamente. —¡Ahí va la bestia...! Se puso la bata y salió a la terraza. La bestia caminaba por el centro de la calle, emitiendo gruñidos inarticulados, a la vez que miraba a derecha e izquierda, como si buscase alguna presa para su apetito insaciable. «Es preciso impedir que ese pobre infeliz cometa alguna salvajada», pensó, mientras entraba para vestirse. Momentos después salía del dormitorio. —¿Qué sucede? —le preguntaron. —Anda suelto —contestó él, mientras se dirigía hacia la escalera. Llegó a la calle. Ya se habían formado algunos corrillos, en los que se comentaba excitadamente lo sucedido. Pero ninguno de los presentes daba muestras de actuar. Se dio cuenta de que estaban poseídos por un terror absoluto.
  • 13. 162 Todo parecía preparado para causar efecto, mas no era así. Por el techo del escenario, cayendo desde lo alto, apareció una figura humana vestida con un sayal negro y el rostro cubierto por una máscara que representaba una calavera. Lo desagradable fue que al extremo llevaba atada una soga. Antes de que la figura entre humana y fantástica, espectral sin duda alguna, tocara el suelo de tablas de madera, la cuerda pegó un tirón brusco, como no dando más de sí, y el lazo corredizo se cerró alrededor de la garganta de aquel ser que quería representar la muerte, su propia muerte. El cuerpo del ahorcado tocaba ligeramente la madera con sus pies. Ello era posible porque el violentísimo tirón de la soga casi le había arrancado la cabeza del tronco. Había separado la osamenta, reventando venas y arterias, nervios y tendones. Apenas se sostenía por unos músculos desgarrados y alargados hasta lo inverosímil. Aquellos músculos, empapados en la sangre que salpicaba alrededor, eran los que habían evitado que en vez de un ahorcado tuvieran un decapitado en el escenario. En la sala, además de gritos, hubieron desmayos. —¡Abajo el telón!
  • 14. 163 De pronto, notó un leve roce en uno de los tobillos. Alzó la cabeza. Una cosa oscura, cilíndrica, reptaba hacia él, enroscándose como una serpiente en su pierna derecha. Otra cuerda subió y pasó por encima de su cintura. La arrojó lejos de un manotazo. Luego saltó al suelo, pero, de pronto, la liana que tenía enroscada en la pierna tiró de él y le hizo caer de bruces. Forcejeó con la segunda de las lianas, que buscaba su cintura. Haciendo, un terrible esfuerzo, consiguió ponerse en pie. Una tercera serpiente avanzó hacia él, oscilando espantosamente en el aire. Quería llegar a la cocina, a alguna parte donde encontrase un arma cortante, pero las enredaderas gigantizadas se lo impidieron. De pronto, sintió un terrible tirón y cayó de espaldas. Una liana buscó su cuello. Agarrándola con ambas manos, se esforzó por partirla en dos, sin conseguirlo. Otra serpiente vegetal se enroscó en torno a su muslo izquierdo. Se sentía desesperado, dándose cuenta de que su derrota era cuestión de minutos…
  • 15. 164 Se adentró entre varias tumbas más. La desesperación la acometió y de repente, exhaló un gemido, porque la oscuridad era ahora casi impenetrable, casi completa, casi angustiosa. De pronto vio la figura. Vio la muerte. Y en su garganta se formó una única, una desesperada pregunta: «¿POR QUÉ?» Aquella figura nada podía tener contra ella. Al contrario. En aquel rostro había algo que... ¡Algo que le hubiera debido hacer confiar! Pero la muerte estaba allí. La muerte estaba en las manos, en el aire. Estaba en aquellos ojos conocidos. En aquella boca. Cayó de rodillas. No entendía nada, y precisamente porque no entendía nada, el horror había penetrado hasta su sangre y hasta sus nervios. De su garganta escapó un leve gemido. Solamente dijo: —Noooo... El cuchillo penetró poco a poco. Como una caricia. El acero era una maldición, pero era una maldición casi dulce. Lo último que vio fue aquella figura sinuosa. Lo último que vio fue que había caído casi debajo de la serpiente.
  • 16. 165 La rata no era pequeña y se defendió desesperadamente. En la pelea, empujaron la puerta, que no estaba cerrada por completo. Eso es lo que usted vio primeramente. Luego el otro ruido... Bien, los gatos tienen unas mandíbulas más fuertes de lo que parece al morder, rompía algunos huesecillos de su presa. ¿Satisfecha de la explicación? —Sí, ahora parece todo completamente lógico. —De cualquier manera, yo también me impresioné muchísimo cuando oí el ruidito de los huesos triturados. Pero no tiene nada de particular que haya ratas en una casa abandonada. Y los gatos, sobre todo en los pueblos pequeños, se van mucho al campo, con el fin de cazar y aumentar su dieta…
  • 17. 166 «Hailey ha muerto ya... Soy la sombra vengadora... Una vez, la muerte surgió del agua, Stella... De nuevo la Muerte viene con el agua. Es el Terror. El Terror Acuático que va hacia ti... También tu hermoso cuerpo... se verá convertido en simples huesos descarnados... Muy pronto... Te retorcerás en el agua mientras eres devorada por el propio monstruo que tú ayudaste a crear... ¡Estás sentenciada sin remedio, Stella...! Recuerda una noche de agosto... Recuérdala mientras vivas..., que será ya tan poco...»
  • 18. 167 Tomó el disco en su mano y lo golpeó contra el canto de un mueble, pero el disco no se rompió. La recién llegada se echó a reír. —No vas a librarte tan fácilmente de ese moscón. Este disco es de los blandos, no se rompen. Molesta, Ofelia Taylor arrojó el disco haciéndolo girar sobre sí mismo. El single voló con gran velocidad en dirección a la ventana, hacia uno de los cristales que aún no había cubierto con la cortina. Ambas esperaban que el disco rebotara contra el grueso cristal, pero sucedió algo insólito, sorprendente: El disco de Paganini salió volando fuera del edificio y lo curioso es que al cristal no le había sucedido nada. —Uau, ¿cómo has hecho ese truco tan bueno? Ofelia Taylor quedó sorprendida; sólo pudo balbucir: —Es que me estoy volviendo un poco bruja, o quizá sólo un poco loca…
  • 19. 168 Se pegó contra el tronco del abeto. A diez pasos de distancia, y a la izquierda del seto, fuera ya de éste, había un hombre con una escopeta en las manos. El arma apuntaba hacia la ventana en donde dos figuras estaban a punto de confundirse en una sola. —¡Maldita, maldita zorra! —gritó. Pero, de súbito, antes de que pudiera apretar los gatillos del arma, una enorme llamarada brotó del suelo y lo envolvió en sus lenguas fuego. Lanzó un alarido desgarrador. Las luces del castillo se apagaron instantáneamente. Aterrado, permaneció unos momentos indeciso. Delante suyo, un hombre ardía como una antorcha, con llamas que se alzaban a varios metros de altura. Los gritos que emitía el desdichado eran horripilantes.
  • 20. 169 —Se está quedando frío por segundos... —oyó a Henry. Al oír esto, Connie sufrió un espasmo, una violentísima arcada. No pudo evitarlo y sus ojos se llenaron de lágrimas mientras vomitaba sobre el cadáver de su primo. —No te muevas —jadeaba Henry—... Yo terminaré con esto. Sabía que estaba tendida en el suelo... Sobre la alfombra. Y se sentía helada de nuevo, y con mal gusto de boca. No veía nada, pero oía la entrecortada respiración de Henry envolviendo a Leonard en la manta. Ya no pensaba nada, ya no sentía nada. —Vamos... —oyó luego la voz de Henry—. Tenemos que ir a los pantanos ahora. Connie se puso en pie lentamente. Sí. Tenían que ir a los pantanos.
  • 21. 170 Mall-Hillmelsson era una casa muy grande, blanca, que asomaba entre el verdor de aquella zona prolífera en arbolado. Una casa que, se mirara por donde se mirara, carecía de puertas y ventanas. Un detalle, empero, que no solía llamar la atención. Si alguien cruzaba por allí, veía un flanco del edificio, no los restantes. Siempre suponían, claro está, que ventanas y puertas se hallaban por la otra parte… … Lex Reeves no tardó en llegar a una conclusión. Había que abandonar Inmediatamente aquella casa. No iban a permanecer allí, como estúpidos, mientras el miedo les atenazaba. Y mientras el asesino les iba liquidando... Porque todo hacía presumir que el tío Paul no iba a ser el último en morir. Esperar a que Maximiliano arreglara la avería del helicóptero, era pedir demasiado a unos y a otros. Era, indudablemente, afrontar un riesgo excesivo e innecesario. —Pero de aquí no se puede salir —le dijo Susan—. Esta casa no tiene puertas ni ventanas, usted ya lo sabe. —Me inclinarla a suponer —apuntó Lex con la mirada taladrante— que al construir esta edificación, se construyó, asimismo, alguna salida secreta. En tal caso, usted lo sabría...
  • 22. 171 Desde luego, debía tratarse de un cementerio de la Edad Media. En otros tiempos había sido cercado por una pared de rústicos ladrillos de tierra sin cocer, que ahora estaba caída y arruinada, a grandes trechos. Caminó por entre las lápidas, tratando de leer los caracteres extraños de sus inscripciones. Se sorprendió de que no hubiera ninguna cruz en todo el recinto mortuorio. De pronto se detuvo, intrigado por la extraña sensación que culebreaba por su espalda. Miró en torno. No cabía duda de que estaba solo allí. No obstante, tenía la desagradable sensación de que unos ojos ocultos le espiaban; unos ojos malignos que de algún modo podían constituir una amenaza...
  • 23. 172 —¿Qué vio, señorita?—. ¿Qué puede ser peor que un nuevo cadáver bañado en sangre? —Era..., era la calavera... —¡La calavera! —Les juro que era cierto. No me creerán, pero..., ¡pero vi un cráneo humano, moviéndose por el suelo, como si estuviese vivo..., alejándose de la mujer muerta! ¡Luego vino hacia acá, como persiguiéndome a mí! ¡Era un cráneo, una cabeza descarnada y horrible, dotada de movimiento, de vida! ¡Les juro que era eso! —Absurdo, por Dios —rechazó él, pálido, pero con gesto incrédulo—. Sin duda, su imaginación le jugó una mala pasada... No pudo ver un disparate así... ¡Es imposible! —¡No lo es! —clamó ella, exasperada—. ¡Lo vi tan claramente como ahora les veo a ustedes dos! Es más, cuando oí la rotura de vidrios abajo, y sentí sus pisadas, su modo de aproximarse hasta aquí... estaba segura de que no era un ser humano moviéndose por mi casa..., sino la propia calavera andante...
  • 24. 173 —¿Qué puedo hacer? —preguntó mirándolo a los ojos—. Me tiene esclavizada, estoy en sus manos. Puede descuartizarme como a mi tía; Posiblemente, lo que quería era heredar pronto la mansión, cuando mi tía se había limitado a cedérsela en testamento, lo que fue fatal para ella, porque entonces la escogió como víctima para poder heredarla. Mi tía, quizá intuyéndolo, me exigió que velara junto a su cama todas las noches y ya ves, no sirvió de nada. Aunque haya alguien velando, consigue su propósito. —Habrá alguna forma de impedírselo. —Ninguna, no hay ninguna. Me ha marcado en la espalda con su símbolo de penitentes. Todos ellos lo llevaban en oro y hasta es posible que hayan sido marcados en la piel como yo lo estoy ahora. Me siento en sus manos y eso me aterra.
  • 25. 174 —Era como un profundo, sibilante jadeo, el sonido de una voz inhumana o acaso de una bestia desconocida. Un arrastrar siniestro llegó del fondo del oscuro sótano. Todo el sótano olía a humedad, a abandono. Y a algo más. Algo que, de momento, no logró identificar, pero que le causó profundas náuseas. Luego, comprendió que era el hedor de la propia Muerte, el fuerte olor nauseabundo a carne putrefacta, a corrupción, a hediondez... Descubrió primero a ella, encogida, petrificada, con ojos dilatados de horror, allá en un rincón del sótano, tras unos quinqués hechos añicos y de una lata de keroseno volcada. El color de su rostro, de sus manos temblorosas era níveo. Tenía motivos para sentir terror, para mostrar aquel rostro despavorido, aquella mirada extraviada, fija en el horror viviente que se movía hacia ella... Si es que «aquello» era, en realidad, un ser viviente y no un cadáver ambulante, un cuerpo corrompido, surgido de la tumba, regresando de la Muerte...
  • 26. 175 Pamela Bromfield era la persona más rica y de mayor influencia en la aldea. Era una mujer anciana e impedida, que no podía moverse de su cama o de su silla de ruedas. Al atardecer, apareció la primera rata. Una mujer vio al roedor, enorme, casi como un gato, en medio de la calle, y lanzó un agudo grito. Luego agarró una escoba y quiso alejar al intruso, pero la rata, de pronto, se irguió sobre sus patas traseras y enseñó sus aguzados colmillos, a la vez que emitía un feroz chillido. La mujer, acobardada, retrocedió. Entonces, un gato se precipitó sobre la rata, pero, casi en el acto, un segundo roedor saltó sobre el lomo del felino y empezó a morderle ferozmente en la parte posterior del cuello. En la taberna, el dueño se disponía a servir una cerveza a su único cliente cuando, de súbito, vieron tres ratas que empezaban a saltar por el interior del local. El tabernero agarró un grueso bastón, pero, de pronto, sintió un atroz dolor en la pantorrilla derecha…
  • 27. 176 Aquel rostro horrible, espectral, fosforescente, mostraba una sonrisa macabra. Tenía la piel retorcida y putrefacta, como si fuera un cadáver surgido de las entrañas del pequeño buque. Aquel rostro estaba como suspendido en el aire, mirándola fijamente y no era una ilusión óptica ni una mala pesadilla. El rostro comenzó a avanzar hacia ella. La joven quiso gritar, pero ningún sonido salió de su garganta y aquel espectro se le echaba encima, sonriendo. En el aire apareció una maza de madera. Ante el ya inminente mazazo, la joven gritó, como si un tapón hubiera obturado su garganta y ahora saltara bruscamente. Todo lo que no había podido gritar antes, gritaba ahora, mas sus gritos no evitaron que la maza cayera sobre ella. La linterna rodó por el suelo, apagándose…
  • 28. 177 —No seas ilusa —resonó de nuevo la voz estremeciéndola—. Sólo estás prolongando tu agonía. De un modo u otro, tienes que morir. Ven y deja que acabe contigo como hice con las otras. Tengo que hacerlo, ¿comprendes? ¿Acaso prefieres quedarte aquí abajo para siempre, y que él te devore? Yo te ofrezco algo mucho mejor: una muerte lo bastante rápida, y luego te llevaré arriba, y te dejaré en la carretera, para que te recojan... Vendrán a buscarte los tuyos, y te enterrarán en el bonito panteón familiar, o quizá te incineren y te tiren al mar... ¿No es mejor esto que ser comida viva?
  • 29. 178 —La Bestia... Dios mío, no puede ser posible... ¡No puede ser! Pero instintivamente sus ojos se dirigieron a un punto de su gabinete donde un reflejo del sol nublado, filtrándose entre los cortinajes, hacía brillar extrañamente unos ojos de vidrio de color rojizo. Unos ojos que, sin embargo, nada reflejaban, porque eran sólo cuentas de vidrio en una figurilla situada encima de una repisa. Una figurilla de extraña, atroz fealdad. En cuya peana o soporte de madera se leía sobre una pequeña placa de plata el nombre grabado: «LA BESTIA DE LOS BOSQUES DEL NORTE DE CALIFORNIA» Richard Graves, repentinamente, parecía sentir miedo de algo. Sus ojos no se apartaban de las dos cuentas de rojo vidrio que eran los ojos de aquella abominable figura...
  • 30. 179 El sonido de la deglución de saliva llegó claramente a sus oídos. Casi en el mismo instante, se produjo otro sonido. Eran huesos partidos y destrozados por unas potentes mandíbulas. De repente, concibió una horrible sospecha. Casi se mareó. «No, no puede ser...», pensó, espeluznado. Pero el instinto le dijo que los huesos que crujían en las mandíbulas de los fieros doberman-pinscher no eran de un animal precisamente.
  • 31. 180 Cuando ya se retiraba, le llegó aquel susurro escalofriante: —Por... favorrrr... Porrr... Diosssss... Ayu... ayuda... pron... pronto... Esta vez sí que sintió erizarse sus cabellos hasta el límite. Angustiada, incrédula, contempló aquella puerta cerrada, el enigma viviente que encerraba, la voz que respondía desde la sombra del sótano... Dominó sus terrores. Se pegó a la hoja de madera. Musitó, trémula: —Entonces..., entonces, hay alguien... ¿Quién, quién es? ¿Qué puedo yo hacer? Esperó un segundo, dos, acaso tres. Luego, la respuesta en el murmullo estremecedor: —Maldi... tos... Tengo sed..., tengo necesidad... de... sa... salir... ¡Salir...! Quiero... luz..., luz... Quiero... morir..., morir... y ma... matar... Matar... —Le ayudaré —prometió en un sollozo, casi sintiéndose al borde del histerismo—. Le ayudaré..., quienquiera que sea..., necesite lo que necesite... Mi misión es ayudar..., ayudar a la gente... que me necesite, que me reclame...