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EL LIBRO DE LA EUCARISTÍA
2
Lawrence G. Lovasik
EL LIBRO DE LA EUCARISTÍA
EDICIONES RIALP, S.A.
MADRID
3
© by Lawrence G. Lovasik
© 2015 de la presente edición, by
EDICIONES RIALP, S. A., Colombia, 63.
28016 Madrid
(www.rialp.com)
No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma
o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopias, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por
escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita
reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
ISBN: 978-84-321-4586-5
ePub producido por Anzos, S. L.
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PRÓLOGO
La sagrada Eucaristía es la corona de todas las maravillas divinas: la más rica, la
más misteriosa, la más atrayente, la más amable. Este sacramento de sacramentos guarda
en su interior las insondables riquezas de Cristo. En él se derraman la bondad, la
sabiduría, el poder, la misericordia y la generosidad de Dios.
Por eso, la devoción a la sagrada Eucaristía constituye sin duda el mejor medio para
crecer en tu vida interior, para parecerte más a Cristo, pues es la fuente de la cual nunca
dejan de manar las gracias de la Redención para la humanidad.
En un radiomensaje difundido al mundo entero en 1943, el papa Pío XII decía: «El
centro de la fe, ahora como en los primeros siglos, es el pensamiento eucarístico. Su
difusión dentro de la Iglesia y su irradiación espiritual y vivificadora ha de ser aún más
viva y eficaz».
Estas palabras del Santo Padre marcan el objetivo de este libro: hacer más viva y
eficaz la influencia espiritual de la Eucaristía en la vida de los católicos.
Dios quiera que los católicos no desoigan la voz de la santa madre Iglesia y
recuperen el espíritu eucarístico de los primeros cristianos. Dios quiera que la última
voluntad de Jesucristo se cumpla hoy con la misma fidelidad de entonces. El ideal al que
aspira la Iglesia consiste en la santa misa y la sagrada comunión diarias. El altar es el
centro de la vida en Cristo: para el sacerdote que ofrece sobre él el sacrificio eucarístico
y para los fieles que se reúnen en torno a él en las iglesias y fortalecen sus almas en la
mesa del Señor. La Eucaristía es el alimento que da vida a los católicos: una vida que,
por eso, debe ser eucarística.
Confío estas páginas a la amorosa protección de Nuestra Señora del Santísimo
Sacramento.
P. Lawrence G. Lovasik
Fiesta de Cristo Rey
Seminario del Verbo Divino
Girard (Pennsylvania)
5
PRIMERA PARTE
LA PRESENCIA REAL DE CRISTO EN LA EUCARISTÍA
6
1. CREE EN LA PRESENCIA DE CRISTO EN LA
EUCARISTÍA
Un año antes de su muerte, Jesús reveló a sus discípulos la doctrina de la sagrada
Eucaristía. En el capítulo 6 del evangelio de san Juan, que se centra en recoger cómo
preparó Cristo a sus discípulos para la institución de la Eucaristía, aparece claramente
formulada la promesa que hizo de ella.
La mañana siguiente al milagroso reparto de comida entre la multitud, la gente sale
en busca de Jesús con la esperanza de que repita el prodigio y vuelva a saciar su hambre.
Pero Él les dice: «Vosotros me buscáis no por haber visto los signos, sino porque habéis
comido los panes y os habéis saciado»[1].
Luego intenta que sus pensamientos trasciendan el alimento material refiriéndose al
alimento espiritual del alma: «Obrad no por el alimento que se consume sino por el que
perdura hasta la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre»[2].
Los judíos le preguntan entonces qué deben hacer para obtener ese alimento
espiritual y Jesús les enseña que pueden recibirlo si creen que Él es el Mesías, el Hijo de
Dios enviado por el Padre, el único capaz de dárselo. Ellos exclaman entusiasmados:
«Señor, danos siempre de este pan»[3]. Aún piensan que se trata de una especie de pan
maravilloso, algo así como el maná del cielo que sostuvo a los israelitas en el desierto.
Jesús se refiere por primera vez a sí mismo como el Pan de Vida que el Padre ya ha
dado al mundo. Él es el Pan de Vida que el alma recibe en un acto de fe. Y les habla del
futuro, de algo que les dará más adelante. El Pan que Jesús promete es su Carne. No es
su Padre, sino Él mismo quien se lo dará a los discípulos que permanezcan fieles. Y no
lo recibirán de un modo meramente espiritual, es decir, creyendo que es el Mesías y el
verdadero Hijo de Dios hecho hombre, sino real y verdaderamente: comiéndolo.
Ese es el significado de las palabras de Cristo que se nos da a conocer también
cuando compara ese nuevo alimento con el maná celestial que alimentó a los israelitas en
el desierto: «Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron —les dice—.
Este es el pan que baja del cielo, para que si alguien lo come no muera»[4].
Y prosigue: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan
vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo»[5].
7
Cuando los judíos se ponen a discutir entre ellos preguntándose: «¿Cómo puede
este darnos a comer su carne?»[6], Jesús deja claro que sus palabras deben tomarse al pie
de la letra: «En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre
y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi
sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera
comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre
permanece en mí y yo en él. Igual que el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre,
así, aquel que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo, no como el
que comieron los padres y murieron: quien come este pan vivirá eternamente»[7].
Con estas palabras precedidas por un «en verdad, en verdad», Jesús insiste en la
idea de su Carne y de su Sangre, en la idea de comer y beber.
San Juan afirma que para muchos aquella enseñanza resultó difícil de creer: «Es
dura esta enseñanza, ¿quién puede escucharla?»[8]; y añade: «Muchos discípulos se
echaron atrás y ya no andaban con él»[9]. Sin embargo, Jesús no los hizo llamar para
explicarles que le habían entendido mal, sino que los dejó marchar. Y estaba dispuesto a
permitir que también los apóstoles se fueran si se negaban a creer en Él y en su Palabra;
por eso les preguntó: «¿También vosotros queréis marcharos?»[10]. Y Simón Pedro
contestó: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros hemos
creído y conocido que tú eres el Santo de Dios»[11].
Cristo instituyó la Eucaristía
Había pasado más de un año desde que Jesús nos prometiera el maravilloso Pan de
Vida celestial. Si bien para ganarnos la vida eterna debía padecer y morir, no quería
abandonar este mundo sin dejarnos un recuerdo de su amor por nosotros. Llevado por su
inmenso amor hacia la humanidad, Jesús halló una manera de enriquecernos
espiritualmente y de quedarse con nosotros hasta el fin del mundo. Antes de que sus
enemigos le quitaran la vida, su amor ya había previsto su presencia en la tierra de un
modo nuevo: instituyendo el Santísimo Sacramento del altar se entregó a nosotros en la
sagrada Eucaristía.
Había llegado la noche de la Pasión del Señor. Se acercaba la fiesta de la Pascua y
Jesús y los Doce estaban en Jerusalén, reunidos en una estancia para celebrar la cena
pascual.
El Señor eligió ese día para instituir el Santísimo Sacramento por una razón
importante. Cuando los israelitas ansiaban ser liberados del dominio del faraón y salir de
Egipto, Dios ordenó que cada padre de familia sacrificara un cordero sin mancha y que,
junto con todos los miembros de su familia, comiera su carne. Luego debía rociar las
jambas y el dintel de la puerta de su casa con la sangre del cordero para que las que
mostraran esa marca se libraran del ángel exterminador del Señor, quien dio muerte a
todos los primogénitos egipcios. En memoria de aquel suceso, todos los años los
israelitas celebraban la Pascua agradecidos[12].
8
Ese cordero pascual fue modelo y ejemplo del auténtico Cordero Pascual,
Jesucristo, quien permitió que le dieran muerte en la cruz como cordero sacrificial. De
ese modo nos liberó del dominio de Satanás. Con su Sangre quiso preservarnos de una
muerte eterna en el infierno y conducirnos a la tierra celestial prometida.
Jesús y sus apóstoles se sentaron en torno a la mesa para compartir el cordero
pascual. El Señor les dijo a sus apóstoles: «Ardientemente he deseado comer esta Pascua
con vosotros, antes de padecer»[13]. Sobre la mesa, junto con una copa de vino, había un
plato con el pan ácimo (sin levadura) que estaba prescrito que los judíos comieran en la
cena pascual. San Marcos describe lo que sucedió entonces: «Mientras cenaban, tomó
pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, se lo dio a ellos y dijo: “Tomad,
esto es mi cuerpo”. Y tomando el cáliz, habiendo dado gracias, se lo dio y todos
bebieron de él. Y les dijo: “Esta es mi sangre de la nueva alianza que es derramada por
muchos”»[14].
Cristo confirió a los apóstoles el poder de consagrar
Fue el mismo Jesucristo quien consagró por primera vez durante la última Cena. Y
pudo realizar ese milagro —más maravilloso aún que la creación del mundo— porque,
por ser Dios, es también omnipotente. Ahora, por voluntad de Cristo, son sus sacerdotes
los que llevan a cabo el milagro de transformar el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre
de Cristo cada vez que ofrecen la misa, ya que han recibido de Él ese sublime poder. El
Salvador, que continúa viviendo en su Iglesia, realiza de nuevo el milagro de la
consagración asociando a Él a un hombre consagrado y convertido en sacerdote suyo. Se
sirve de la voz de ese hombre, de su corazón —marcado con la imagen del Corazón de
Cristo por el sacerdocio sagrado— y de sus manos consagradas.
En la última Cena, cuando Jesús dijo: «Haced esto en memoria mía»[15], quería
decir: «Haced lo que me habéis visto y oído hacer a mí. Yo he transformado el pan y el
vino: también vosotros debéis transformarlos. Yo he ofrecido mi Carne y mi Sangre en
sacrificio: lo mismo tenéis que hacer vosotros. Yo he entregado mi Carne y mi Sangre en
la sagrada comunión: así vosotros debéis entregar mi Carne y mi Sangre a los fieles para
alimento de sus almas». Junto con este mandato, Dios otorgó a los apóstoles y a sus
sucesores —y solo a ellos— el poder de hacer lo que Él había hecho, sin el cual no
podrían poner por obra su mandato.
Después de que el Salvador los dejara, los apóstoles, haciendo uso de la facultad
recibida, cumplieron fielmente lo que Dios les había ordenado. Transformaban el pan y
el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, ofreciendo así el sacrificio eucarístico en la
santa misa y repartiendo la sagrada comunión a los fieles. El memorial que Jesús quiso
dejar de sí mismo no estaba destinado solamente a los apóstoles, sino a cuantos creyeran
en Él y le amaran. Su testamento y su última voluntad iban dirigidos a todos los tiempos.
Los apóstoles, que conocían la intención de Jesucristo, continuaron ordenando
sacerdotes y obispos a hombres dignos de serlo y les confirieron el poder de consagrar.
9
Los dos poderes más importantes de los sacerdotes son los que les permiten
perdonar los pecados y transformar el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
Al igual que el poder de perdonar los pecados será necesario para todas las generaciones
y por eso los apóstoles —los primeros obispos de la Iglesia— se lo transmitieron a otros,
y estos a su vez a los obispos que les sucedieron, así el poder de consagrar el pan y el
vino para convertirlos en el Cuerpo y la Sangre de Cristo ha sido transmitido a los
sacerdotes de generación en generación. Jesús prometió: «Yo estoy con vosotros todos
los días hasta el fin del mundo»[16].
El sacerdote ejerce el poder de transformar el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre
de Cristo solo durante la misa. No puede apropiarse nunca de un poder tan sublime.
Devuelve a Dios a esta tierra porque a través de él se renueva la Encarnación. Entre sus
manos sostiene realmente al Creador.
La Iglesia siempre ha creído y enseñado que, junto con el sacramento del Orden, el
sacerdote recibe el grandioso poder que lo sitúa al mismo nivel que los apóstoles, a
quienes Cristo dijo: «Haced esto en memoria mía». Ejercen este poder de consagrar
solamente «en la persona del mismo Cristo».
El pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo
Cuando Jesús, el Hijo de Dios, dijo «esto es mi cuerpo... esta es mi sangre», el pan
se convirtió en su Cuerpo y el vino en su Sangre. El Señor dijo exactamente lo que
quería decir y quería decir exactamente lo que dijo. Era la víspera de su muerte y dictó
solemnemente su testamento y su última voluntad. Las palabras que empleó fueron
totalmente intencionadas, claras e inconfundibles, y no simbólicas ni imprecisas.
San Juan Damasceno[17] escribió: «No son el pan y el vino figura meramente del
Cuerpo y la Sangre de Cristo —lejos de nosotros pensar tal cosa—, sino el mismo
Cuerpo divinizado del Señor, porque el Señor ha dicho “esto es mi cuerpo”, y no “esto es
una figura de mi cuerpo”; y “mi sangre”, y no “una figura de mi sangre”».
El Señor preparó a la gente prometiendo la Eucaristía. Si en la última Cena utilizó
estas palabras —que tanto Mateo como Lucas, Marcos y Pablo[18] recogen como salidas
de sus labios— sin querer decir lo que dijo, habría permitido deliberadamente que los
apóstoles y toda su Iglesia erraran el camino.
Esta fue la enseñanza de la Iglesia durante quince siglos. En el XVI, a raíz de la
reforma protestante, surgió una doctrina que negaba ese significado de las palabras de
Cristo y defendía otro totalmente distinto. Los protestantes discrepan sobre qué quiso
decir Jesús exactamente. Si su interpretación fuera la correcta, durante quinientos años
las «puertas del infierno» —un error terrible— habrían prevalecido contra la Iglesia
fundada por Jesucristo, pese a su solemne promesa[19]. Significaría que durante cerca de
1900 años y hasta el día de hoy, la inmensa mayoría de cristianos, incluidos los
católicos, la Iglesia ortodoxa y otros muchos, habrían vivido engañados por Cristo.
Por lo general, las Iglesias protestantes interpretan que lo que Cristo quiso decir no
era «esto es realmente mi cuerpo», sino algo así como «esto representa mi cuerpo», o
10
bien «me recordaréis mediante la repetición de este acto». Algunos afirman que solo en
el momento de la comunión, mientras el pan y el vino aún continúan presentes, junto a
ellos también está presente Cristo por la fe. No obstante, mucho hay que violentar los
textos para llegar a este significado, que no es el que el Señor quiso darles.
Los apóstoles y los primeros cristianos entendían las palabras pronunciadas por
Jesucristo durante la última Cena de acuerdo con lo que el Señor quiso expresar con
ellas, es decir, en sentido literal. Esto es lo que dice san Pablo cuando habla de beber el
vino consagrado —algo habitual en aquellos tiempos— y de comer el pan consagrado:
«El cáliz de bendición que bendecimos ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El
pan que partimos ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?»[20]. Por si quedara alguna
duda de que se refería a la sagrada comunión como el Cuerpo y la Sangre de Cristo
reales y verdaderos, afirma: «Así pues, quien coma el pan o beba el cáliz del Señor
indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor... Porque el que come y bebe
sin discernir el cuerpo, come y bebe su propia condenación»[21].
Es un hecho histórico que todos los cristianos, desde tiempos de Cristo hasta el día
de hoy, habrían entendido la Eucaristía del mismo modo que san Pablo y con la misma
fe que la Iglesia católica si no fuera porque los «reformadores» del siglo XVI
cuestionaron la doctrina. La Iglesia ortodoxa, que se separó de Roma hace novecientos
años y que cuenta actualmente con unos cien millones de fieles, siempre ha enseñado y
continúa enseñando la misma doctrina eucarística que la Iglesia católica. Durante los
últimos cuatrocientos años, muchos cristianos que únicamente admiten la guía de la
Biblia se han manifestado en desacuerdo con la clara enseñanza de las Escrituras.
Aun así, Martín Lutero afirmó una vez: «Si... hubiese podido alguien demostrarme
que [en la Eucaristía] no hay sino el pan y el vino, ciertamente me hubiese prestado un
gran servicio. He sido víctima de tan violentas tentaciones, he tenido que imponerme
tantas violencias, que de buen grado hubiese renunciado... Pero sus palabras [de Cristo]
“esto es mi cuerpo” son demasiado claras».
Ni siquiera Lutero fue capaz de hallar el modo de tergiversar unas palabras del
Señor tan claras, cosa que sí hicieron sus seguidores, rechazando la verdad de la
presencia real de Cristo en el Santísimo Sacramento.
En la consagración el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de
Cristo, algo que sabemos únicamente por la fe en Jesucristo, que es Dios y puede hacer
cuanto quiere, pero no puede engañarnos.
En una ocasión, los protestantes preguntaron a Daniel O’Connell, el libertador de
Irlanda, cómo era tan estúpido para creer que Jesucristo está verdaderamente presente en
la Eucaristía. Este hijo fiel de la Iglesia contestó sin vacilar: «Arreglad vosotros las
cuentas con el mismo Jesucristo. Pedidle responsabilidades a Él, que fue quien dijo que
aquello era su Cuerpo».
Cuando el Señor afirmó «esto es mi cuerpo», toda la sustancia del pan se convirtió
en su Cuerpo; y cuando afirmó «esta es mi sangre», toda la sustancia del vino se
convirtió en su Sangre.
11
Nosotros confesamos que en la sagrada Eucaristía está «real y verdaderamente»
presente el Señor para subrayar la diferencia entre la doctrina católica y lo que creen la
mayoría de los protestantes, quienes afirman que el Señor está presente en el sacramento
solo de modo figurativo: la Eucaristía no es más que pan y vino que representan el
Cuerpo y la Sangre de Cristo. Pero Jesús dijo «esto es mi cuerpo», y no «esto es un signo
de mi cuerpo»: sus palabras indican su presencia real y deben ser tomadas en sentido
literal.
Bajo las apariencias de un objeto existe una realidad —que los sentidos no pueden
percibir— que hace que ese objeto sea lo que es. Cuando Jesús, refiriéndose al pan, dijo
«esto es mi cuerpo», la apariencia o los accidentes permanecieron inalterados, pero la
sustancia del pan fue reemplazada por la sustancia del Cuerpo de Cristo, que a partir de
ese momento existió bajo la apariencia de pan. Esa transformación de la sustancia del
pan en la sustancia del Cuerpo de Cristo es lo que conocemos como «transustanciación».
Después de que Cristo pronunciara las palabras de la consagración, solo permaneció
la apariencia de pan. El aspecto, la textura y el gusto siguieron siendo los mismos:
únicamente cambió la sustancia. Los sentidos solo informan de lo que perciben. No son
capaces, ni antes ni después de la consagración, de juzgar qué es ese objeto. A los
católicos no se les pide que crean, en contra del testimonio de sus sentidos, que el pan
consagrado parece el Cuerpo de Cristo o que el vino consagrado parece su Sangre. Lo
que se les pide que crean es que ha cambiado la sustancia inaprehensible del pan y del
vino.
El Señor está total y enteramente presente hasta en la partícula más pequeña de la
sagrada Eucaristía bajo la apariencia tanto del pan como del vino, igual que nuestra alma
está total y enteramente presente hasta en la parte más pequeña de nuestro cuerpo. Jesús
permanece presente en la sagrada Eucaristía mientras el pan y el vino conservan su
apariencia.
El Cuerpo de Cristo está presente en la Eucaristía de una manera similar al modo en
que el alma está en el cuerpo. El alma está total y enteramente presente en cada parte de
nuestro cuerpo vivo. De igual modo, el Cuerpo de Cristo está presente, total y
enteramente, en cada parte de la Hostia consagrada antes y después de que la Hostia sea
partida.
Cuando el sacerdote parte o divide la sagrada Hostia, solo parte o divide las
especies: todo el cuerpo vivo de Cristo está presente en cada una de las partes.
Piensa en una madre que corta una rebanada de pan y le da un trozo a cada uno de
sus tres hijos. Las tres partes son más pequeñas que la rebanada, pero todos los niños
reciben pan. Cuando el sacerdote parte la Sagrada Hostia, también los trozos son más
pequeños, pero cada uno es el Cuerpo de Cristo.
Imagínate que te miras en un espejo. Si lo rompes en tres pedazos, verás tu cara en
cada uno de ellos. Y, si los juntas, volverás a ver tu cara, pero solo una. Cristo está total
y enteramente presente en toda la Hostia: cuando el sacerdote la parte en tres, se halla
total y enteramente presente en cada una de las partes. En la sagrada comunión el
sacerdote comulga bajo dos especies, pero a Cristo solo lo recibe una vez.
12
En la naturaleza podemos observar lo que se manifiesta como el cambio de una
sustancia en otra. Cuando tomamos alimento, este se transforma en la sustancia —
totalmente diferente— de nuestro cuerpo. Si nosotros, mediante el asombroso proceso de
la digestión, somos capaces de cambiar una sustancia en otra ¿por qué hemos de
cuestionar el poder de Dios para realizar un cambio sustancial de forma inmediata?
La presencia de Jesucristo en la Eucaristía es real, verdadera y milagrosa. Él puede
estar aquí, en el cielo y en mil sitios distintos. Para los sentidos corporales ha querido ser
solamente una pequeña porción de pan, viviendo al mismo tiempo en la plenitud y
belleza de su sagrada humanidad. Se hace tan pequeño que cabe en la mano de un niño,
cuando ni el cielo es capaz de contenerlo. Solo su amor y su poder pueden obrar tales
maravillas.
La fe te permite creer en el misterio de la Eucaristía
La fe es el primer paso para la unión con Jesucristo. Con nuestro entendimiento
conocemos y damos por cierta la revelación de que Él es Dios, nuestro bien supremo y
nuestro destino final. Jesús nos señala los motivos de esa unión con Él por medio de la
fe. Él mismo ha afirmado que es Dios, que obra milagros y que debemos acercarnos a Él
con fe si queremos dar frutos para la vida eterna. «Creéis en Dios, creed también en mí...
El que me ha visto a mí ha visto al Padre... ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre
en mí?... Y si no, creed por las obras mismas. En verdad, en verdad os digo: el que cree
en mí, también él hará las obras que yo hago, y las hará mayores que estas»[22]. «El que
permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. Si
alguno no permanece en mí es arrojado fuera, como los sarmientos, y se seca»[23].
Llamamos a la Eucaristía «misterio de fe». Un misterio es algo que creemos cierto,
aunque no lo podamos entender del todo, y quizá incluso tengamos que aceptarlo
fiándonos de la palabra de otro. La naturaleza está llena de misterios como el calor, la
luz y la electricidad.
La consagración es un misterio. No podemos entenderlo e incluso deberíamos evitar
la curiosidad. En la Imitación de Cristo leemos: «El que es escudriñador de la majestad,
será abrumado de su gloria... Acércate, pues, con una fe firme y sencilla, y llégate al
sacramento con suma reverencia; y todo lo que no puedas entender, encomiéndalo con
seguridad al Dios todopoderoso»[24].
Jesús quiere que creamos firmemente en su presencia en la sagrada Eucaristía para
que así nuestra fe inconmovible merezca una recompensa. El apóstol Tomás, que se
resistía a creer en la resurrección del Señor, dijo: «Si no le veo en las manos la marca de
los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado,
no creeré». Ocho días después, cuando Jesús volvió a aparecerse a los apóstoles, dijo a
Tomás: «“Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y
no seas incrédulo sino creyente”. Respondió Tomás y le dijo: “¡Señor mío y Dios
mío!”». Entonces el Señor le reprendió: «“Porque me has visto has creído;
bienaventurados los que sin haber visto hayan creído”»[25].
13
La fe no significa creer en lo que vemos y entendemos. La fe que algún día nos
premiarán en el cielo es la disposición a creer lo que no vemos ni entendemos.
Además, el Señor quiere que nos acerquemos a Él con la confianza de un niño.
Jesucristo ha sido glorificado: si apareciera en toda su gloria, su majestad cegaría
nuestros ojos. No desea que acudamos a Él con temor y temblor: quiere que hablemos
con Él de amigo a amigo.
No hay otro acto de fe en el que esta se pueda ejercer con más firmeza que en la
Eucaristía. No existe un homenaje de la fe más sublime que creer en Cristo cuya
divinidad y cuya humanidad permanecen ocultas bajo la apariencia de la Hostia. Cuando
Jesús te muestra un poco de pan y de vino, y te dice «esto es mi cuerpo... esta es mi
sangre», y tu inteligencia prescinde de lo que afirman tus sentidos y acepta esas palabras
de Cristo; cuando tu voluntad, llevada por la fe y el amor, te conduce hasta la mesa del
Señor, estás haciendo el mayor acto de fe que puede existir.
Para poder recibir cada día la amable visita de Cristo en la sagrada comunión
cuentas con su palabra. Puedes escucharle cuando te habla de corazón a corazón y
puedes hablarle tú. No le verás con los ojos del cuerpo, pero Él te dice que está ahí, y
que mayor será tu recompensa si crees en su palabra. Precisamente por esa inmensa
reserva de méritos que puedes ganar, Dios quiere que, antes de contemplar a Cristo cara
a cara, hayas pasado cierto tiempo creyendo en Él y configurando tu vida con la suya.
14
1 Jn 6, 26.
2 Jn 6, 27.
3 Jn 6, 34.
4 Jn 6, 49-50.
5 Jn 6, 51.
6 Jn 6, 52.
7 Jn 6, 53-58.
8 Jn 6, 60.
9 Jn 6, 66.
10 Jn 6, 67.
11 Jn 6, 68-69.
12 Cf. Ex. 12, 1-14.
13 Lc 22, 15.
14 Mc 14, 22-24.
15 Lc 22, 19.
16 Mt 28, 20.
17 San Juan Damasceno (c.675-c.749), teólogo griego y Doctor de la Iglesia.
18 Cf. Mt 26, 26; 28. Mc 14, 22; 24. Lc 22, 19-20. 1Co 11, 24-25.
19 Cf. Mt 16, 18.
20 1Co 10, 16.
21 1Co 11, 27; 29.
22 Jn 14, 1; 9; 10-12.
23 Jn 15, 5-6.
24 Beato Tomás de Kempis (c.1380-1471; escritor ascético). Imitación de Cristo, libro IV, cap. 18, nº 1, 4.
25 Jn 20, 25; 27-28; 29.
15
2. ADORA A CRISTO EN LA EUCARISTÍA
Uno de los efectos de la Eucaristía es la presencia constante de Jesucristo aquí en la
tierra. Durante la santa misa el Salvador se halla presente en el altar desde la
consagración hasta la comunión. San Juan Crisóstomo[26], a quien la Iglesia venera
como «Doctor de la Eucaristía», escribe: «Esto que hay en el cáliz es aquello que manó
del costado, y de ello participamos... Los magos adoraron también este cuerpo recostado
en un pesebre... y al llegar, lo adoraron con gran temor y temblor... Tú, en cambio, no lo
ves en un pesebre, sino sobre un altar... Conoces todo su poder y su economía de
salvación... Este misterio transforma para ti la tierra en cielo... Te mostraré sobre la tierra
lo que en el cielo existe de más venerable... No solo lo ves, sino que lo tocas; no solo lo
tocas, sino que lo comes».
El sacramento y el sacrificio de la Eucaristía son inseparables. La presencia real de
Cristo en la Hostia es la consecuencia necesaria e inmediata de la transustanciación, cuya
principal finalidad consiste en hacer presente sobre el altar a Cristo, ofrecido en
sacrificio, a través de la consagración del pan y el vino por separado. Al mismo tiempo,
el sacrificio no puede estar completo sin que al menos el sacerdote celebrante comulgue
las especies consagradas. A quien adoramos en las visitas al Santísimo es al mismo
Jesucristo, permanentemente presente en la Hostia consagrada en el santo sacrificio, que
se recibirá en la comunión.
La fe nos enseña que Cristo está real, verdadera y esencialmente presente, con su
Cuerpo y con su Sangre, con su divinidad y con su humanidad, bajo el velo de las
especies sacramentales mientras estas siguen existiendo. Por eso, el Santísimo
Sacramento es como el vínculo que une el cielo y la tierra en una unión esencial.
Jesús nos dejó la Eucaristía con el fin de quedarse para siempre en nuestros altares
como prueba de su amor por nosotros y para que lo adoremos. Dice el Concilio de
Trento: «No queda, pues, motivo alguno de duda de que todos los fieles cristianos hayan
de venerar a este Santísimo Sacramento, y prestarle, según la costumbre recibida en la
Iglesia católica, el culto de latría que se debe al mismo Dios... Pues creemos que está
presente en él aquel mismo Dios de quien el Padre Eterno, introduciéndole en el mundo,
dice: Adórenle todos los ángeles de Dios; el mismo a quien los magos postrados
16
adoraron; y quien, finalmente, según el testimonio de la Escritura, fue adorado por los
apóstoles en Galilea».
Bajo la apariencia de pan, junto con el Cuerpo del Señor, están presentes su Sangre
y su alma; y bajo la apariencia de vino, junto con la Sangre del Señor, están presentes su
Cuerpo y su alma, porque la sagrada Eucaristía es el Cuerpo y la Sangre de Cristo
glorificado que está en el cielo, donde su Cuerpo, su Sangre y su alma se encuentran
inseparablemente unidos. La divinidad de Cristo está presente bajo la apariencia tanto de
pan como de vino, ya que desde el momento de la Encarnación la divinidad ha estado
unida constante e inseparablemente a toda la naturaleza humana de Cristo.
La presencia real de Jesús en la Eucaristía debe despertar en tu corazón un amor de
correspondencia. ¡Qué pequeño es el espacio que ocupa Cristo entre nosotros! ¡Qué poco
te pide!: solo que lo adores y lo recibas como alimento. Lo demás depende de tu amor y
de tu generosidad. Se conforma con los honores externos que tú le rindas.
En otro tiempo, cuando Jesús pasó por este mundo, los hombres le buscaban. Ahora
es Él quien los busca a ellos para poder hacerles felices no solo con su presencia, sino
con los innumerables bienes para el alma y el cuerpo que esa presencia conlleva.
La adoración se remonta a la iglesia primitiva
En la Iglesia primitiva la adoración al Santísimo se ceñía principalmente a la misa y
a la sagrada comunión. Pero, una vez que se permitió a los fieles comulgar fuera de la
misa, surgieron nuevas formas de adoración llenas de afecto.
La doctrina relativa a la presencia real de Jesús Sacramentado es de suma
importancia en la vida de la Iglesia, sobre todo en lo que al culto público se refiere. El
Concilio de Trento enseña que la costumbre católica de reservar la sagrada Eucaristía
data de muy antiguo: tanto como la de llevar la comunión a los enfermos y, con ese
motivo, conservar al Señor en las iglesias. La historia de la Iglesia revela que, en los
primeros tiempos, era normal que los fieles guardaran en sus casas la Eucaristía y
viajaran acompañados de ella, costumbre esta que en algunos lugares pervivió hasta el
siglo XII. Los diáconos solían llevar el Santísimo Sacramento a los presos, a los
enfermos y a los que no podían asistir a misa.
Acuérdate de la historia de la sacerdotisa pagana Domna de Nicomedia, quien se
convirtió al cristianismo leyendo los Hechos de los apóstoles. En tiempos de Diocleciano
estalló una cruel persecución y Domna y su criada Indes fueron denunciadas ante el juez;
cuando este fue en su busca, no encontró en la casa más que una copia del libro de los
Hechos, un crucifijo, un incensario, una lámpara y una caja de madera (o píxide) para el
Santísimo Sacramento. ¿Acaso no aluden claramente estos objetos al incienso y a la
lámpara del sagrario: en una palabra, a la adoración del Santísimo en la Iglesia del siglo
III?
En el siglo IV, san Gregorio Nacianceno[27] cuenta cómo su hermana santa
Gorgonia, aquejada de una enfermedad mortal, se levantó una noche del lecho y,
17
postrándose ante el altar, invocó a Aquel que es adorado en la Sagrada Hostia, sanando
en ese mismo momento.
Desde la época del emperador Constantino[28], como norma general la Eucaristía
se reservaba de forma permanente en las iglesias públicas. ¿A quién se le ocurriría
pensar que, en esa época de fe, la adoración del Dios eucarístico cesó una vez que la
Iglesia hubo surgido de las catacumbas? Escucha lo que dicen algunos Padres de la
Iglesia, testigos de la tradición, como san Agustín: «Nadie come esta carne (el Cuerpo
del Señor) sin antes adorarla». Y san Juan Crisóstomo escribe: «Si ellos [los magos]
hicieron tan largo viaje para verle recién nacido, ¿qué excusa pondrás tú, que no quieres
andar una calle para visitarle...? Hay entre nosotros mujeres tan muelles que ni una calle
son capaces de atravesar para ver a Cristo en su espiritual pesebre... Tú... ves a Cristo
reclinado sobre el pesebre y le abandonas... ¿Qué rayos no merece tal conducta?». ¿Qué
son estas palabras sino una vehemente exhortación a visitar a Jesús Sacramentado y una
elocuente indignación ante el descuido de esta práctica sagrada?
El canon IV del Concilio de Tours, celebrado en el año 567, prescribe que las
puertas del templo permanezcan abiertas para que los fieles puedan acercarse en
cualquier momento al altar a rezar. Entre la recopilación de anécdotas sacras reunida por
san Gregorio de Tours[29] no hay palabras más repetidas que «postrado ante el altar
sagrado»: tal era el lugar preferido para la oración más fervorosa. Los fieles sabían que
allí se reservaba el Santísimo: el Cuerpo de Cristo, unido siempre a su alma y a su
divinidad.
Los anglosajones rendían el máximo culto al contenido del cáliz o de la píxide: lo
llamaban «la Hostia adorada del Hijo de Dios» y reverenciaban con toda clase de signos
externos la iglesia en la que se hallaba y el altar sobre el que se ofrecía.
En aquellos años de fe se practicaba incluso la adoración perpetua. Los religiosos
cenobitas orientales del siglo V se consagraban para custodiar y rendir honor perpetuo al
Divino Rey. Se dividían en comunidades —a semejanza de las antiguas tribus de los
hijos de Israel—, cantaban salmos y oraban en el templo ininterrumpidamente. En
Occidente la historia ha demostrado que en el año 522 ya se practicaba esa adoración
perpetua en el monasterio de Agauno.
San Benito[30] y sus monjes, que desbrozaron los bosques, drenaron los pantanos y
erigieron magníficas iglesias donde moraba el Señor bajo el velo eucarístico, fueron los
primeros misioneros y apóstoles del Santísimo Sacramento y llevaron la fe a las hordas
de bárbaros, convirtiéndolos en fervientes adoradores del Dios escondido en la
Eucaristía.
A partir del siglo X, la devoción al Santísimo recibió un impulso extraordinario. En
1246, la institución de la fiesta del Corpus Christi por el papa Urbano VI a instancias de
santa Juliana de Lieja —urgida a ello en el transcurso de varias visiones— despertó un
entusiasmo desbordado. El gran santo Tomás de Aquino compuso himnos admirables
con ese motivo[31]. La nueva fiesta pasó a ser el primer eslabón de oro de la gloriosa
cadena de adoración, espléndidas devociones, procesiones triunfales e innumerables
visitas al Santísimo que han recorrido los siglos desde entonces hasta hoy.
18
En ese periodo, en los conventos y monasterios femeninos y masculinos se vivía la
práctica de la visita a Jesús Sacramentado, de la adoración silenciosa de la sagrada
Eucaristía y de la oración derramada ante el altar.
Tanto santo Tomás Moro como san Juan Fisher[32] recibieron fortaleza en vida y
se prepararon para el martirio y una muerte santa adorando con devoción el Santísimo
Sacramento. Afortunadamente, conservamos esta oración de santo Tomás Moro:
Oh, amado Salvador Jesucristo,
por los múltiples tormentos de tu Pasión amarguísima,
aparta de mí, oh Señor, esta tibieza,
esta fría manera de contemplación
y esta insensibilidad con que te rezo a ti.
Y concédeme la gracia de ansiar tus santos sacramentos,
pero ante todo de estar lleno de alegría en presencia de tu Cuerpo sagrado,
amado Salvador Jesucristo, en el santo sacramento del altar,
y de agradecerte debidamente tu gentil visita.
San Buenaventura[33], el Doctor seráfico, tenía la costumbre de acudir al pie del
sagrario para obtener de él la sabiduría y la santidad que adornaron su vida,
demostrándose con ello fiel discípulo de su humilde padre y fundador san Francisco de
Asís[34], quien solía confiar todos sus trabajos y empresas a Jesús Sacramentado. Santa
Clara[35], admirable compañera de san Francisco de Asís, estimaba en mucho las visitas
al Santísimo y se las recomendaba encarecidamente a sus hijas espirituales, las hermanas
pobres de Santa Clara.
Se dice que la sabiduría celestial que empapó a santo Tomás de Aquino, el Doctor
angélico, nacía del crucifijo y del sagrario, ante los que pasaba horas, reflejando así el
espíritu de su orden y de su ilustre padre santo Domingo[36].
Entre los siglos XVI y XX hubo cuatro factores que contribuyeron al crecimiento y
desarrollo de la adoración al Santísimo y de la práctica de las visitas diarias.
El primero fue el feroz ataque que los reformadores protestantes dirigieron contra
las prácticas sagradas de la Iglesia, la cual definió la verdadera doctrina católica en el
Concilio de Trento: entonces sus hijos, espoleados por el amor y la fe, procuraron
reparar los errores doctrinales mediante la piadosa adoración y las visitas al Dios
eucarístico.
La institución de la devoción de las cuarenta horas[37] se convirtió en el segundo
factor. Al parecer, un capuchino milanés, el padre José, fue el primero en celebrarla en
1534; rápidamente, le imitaron en Roma —entre otros— san Felipe Neri[38], y san
Carlos Borromeo[39] en Milán. En 1692 el papa Clemente VIII la instituyó en Roma con
carácter obligatorio.
El tercer factor fue la creación de órdenes, casas y cofradías de adoración perpetua
tal y como se practica en nuestros días. En 1652 la madre Mectilde del Santísimo
Sacramento fundó la Congregación de Benedictinas de la Adoración Perpetua.
La vida e influencia del papa san Pío X[40] fue el cuarto y último factor. En la
alocución pronunciada el 29 de mayo de 1954 con motivo de la canonización de su
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predecesor, el papa Pío XII decía: «Sacerdote ante todo en el ministerio eucarístico: he
aquí el retrato más fiel del santo Pío X. En el servir como sacerdote al misterio de la
Eucaristía y en el cumplir el precepto del Señor “haced esto en memoria mía” se
compendia su vida toda. Desde el día de su ordenación sacerdotal hasta su muerte como
Pontífice no conoció otro camino posible para llegar al amor heroico de Dios y a la
generosa correspondencia con el Redentor del mundo, el cual por medio de la Eucaristía
derramó las riquezas de su divino amor hacia los hombres. Una de las manifestaciones
más expresivas de su conciencia sacerdotal fue su ardiente solicitud por renovar la
dignidad del culto y especialmente por vencer los prejuicios de una práctica desviada.
Promovió resueltamente la frecuencia, aun diaria, de los fieles a la mesa del Señor, y
condujo a ella, sin vacilar, a los niños como en brazos para ofrecerlos al abrazo de Dios
escondido en los altares. Brotó así una nueva primavera de vida eucarística para la
Esposa de Cristo.
»Eucaristía y vida interior: he ahí la predicación suprema y más general que Pío X
dirige en la hora presente a todas las almas desde la altura de la gloria. Como apóstol de
la vida interior, él se sitúa en la era de la máquina, de la técnica y de la organización
como el santo y el guía de los hombres de hoy».
En la Eucaristía Cristo deja que te acerques a Él
Cuando llegó a su fin su paso mortal por este mundo, Jesús quiso volver al Padre
sin abandonarnos. ¡Qué maravilla de la sabiduría divina hacerlo en el santo sacramento
del altar! Si se hubiera quedado en el esplendor de su cuerpo glorificado, nuestros ojos
no serían capaces de soportarlo y no osaríamos acercarnos a Él. En la Eucaristía Jesús
oculta su esplendor bajo los velos sacramentales. Podría haberse escondido bajo otra
apariencia, pero eligió la del pan para hacernos entender que Él es el «Pan de Dios que
ha bajado del cielo y da la vida al mundo»[41] como alimento divino de nuestras almas.
A la apariencia de pan sumó la del vino para que comprendiéramos que la Eucaristía es
un banquete completo y la misa una prolongación del sacrificio del Calvario.
¡Cuánto desea Jesús estar con nosotros! No habita en un único templo, como en
Jerusalén, sino al alcance de cualquiera. No se recluye en un recinto íntimo como
antiguamente, cuando solo el Sumo Sacerdote podía acercarse a Él una vez al año; no
exige vivir en un edificio espléndido. Los judíos guardaban las Tablas de la Ley en su
tabernáculo, rodeado de la gloria visible de Dios; nosotros, sin embargo, en nuestro
tabernáculo guardamos a Jesús, el autor mismo de la Ley quien, junto con el Padre y el
Espíritu Santo, es el Ser Infinito, el Omnipotente, Creador de todas las cosas. Su
misericordia esconde la gloria de Dios, porque el hombre no puede contemplarla y seguir
viviendo.
Para darse a nosotros no se oculta bajo el velo de la carne mortal, sino bajo las
apariencias de pan y vino. Desciende de su trono celestial para vivir en pobreza y ser
adorado con sencillez, para que todos podamos visitarle, para entregarse hasta al pecador
más miserable. Renuncia incluso a la dignidad humana y se nos presenta indefenso, a
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entera disposición de los hombres. Se deleita con los hijos de Adán[42]. ¡Cuánta riqueza
escondida bajo el blanco y fino velo del pan! La Sagrada Hostia parece frágil y pequeña,
pero en su santuario sagrado descubrimos con los ojos de la fe a nuestro verdadero Dios,
¡nuestro Dios escondido!
Jesús se queda con nosotros en la Eucaristía
En la Eucaristía Jesús no solo se hace presente en nuestros altares para renovar el
sacrificio del Calvario de modo incruento y alimentar nuestras almas en la sagrada
comunión: también se queda físicamente entre nosotros mediante su presencia real en
nuestros sagrarios.
Jesús permanece en el sagrario día y noche: no inactivo, sino lleno de vida y
obrando constantemente. Se halla en íntima unión con su Padre celestial, se deleita
pensando qué grande y digno de amor es en Él, le honra con su humilde vida en la
Eucaristía. El honor que en todo momento le rinde Jesús en el sagrario es sublime,
porque no deja de hacerlo ni un solo instante del día o de la noche, y lo hace en cualquier
lugar. Ese honor tiene un valor infinito porque procede del mismo Hijo de Dios.
Al mismo tiempo, Jesús se preocupa de tus intereses más nobles: da gracias a Dios
en tu nombre y ora por ti constantemente, pide perdón de tus pecados y expía y repara
por ellos. Siempre se está ofreciendo a Dios en sacrificio y derrama sin cesar sus gracias
sobre toda la humanidad como Mediador eucarístico.
La sagrada Eucaristía prolonga la vida de Jesús en medio de nosotros. El Señor
vuelve a nacer cada día en un estado parecido al de la Encarnación: viene sobre el altar
como Dios y como Hombre por las palabras de un sacerdote; yace en sus manos
consagradas y se envuelve en el puro y blanco ropaje de la apariencia de pan.
Jesús renueva su vida oculta en la profunda quietud y el secreto con que esconde su
naturaleza humana, en la pobreza con que vive en el sagrario, en la obediencia a sus
sacerdotes y en su callada e invisible labor en las almas.
Y renueva su vida pública con su presencia en cualquier parte del mundo como
Maestro, Médico y Amigo. ¡Cuántos milagros obran en las almas la santa misa y la
sagrada comunión! ¡Cuántas almas instruidas, bendecidas, confortadas y sanadas por
ellas! Antes Jesús solo habitaba en un lugar: Palestina; ahora se encuentra en todas
partes, dispuesto a ayudarnos a todos. El Hijo de Dios está ahí, con todo su divino poder
y su amor infinito, para irradiar su influencia sagrada sobre nuestras almas y sobre el
mundo entero, para atraer a toda la humanidad, para ser la fuente de toda fuerza, de toda
vida, de toda alegría.
En la Eucaristía, memorial de su muerte, se contienen los misterios de su Pasión. La
santa misa es la repetición del sacrificio de la última Cena y del sacrificio de la cruz. ¡Y
cuántas veces se renuevan en ella también los sufrimientos de Jesús! Los sacrilegios, el
olvido y la falta de reverencia que padece tienen que herir su corazón, siempre encendido
de amor por nosotros; todo ese sufrimiento lo padeció arrodillado en el huerto de
21
Getsemaní y colgado en la cruz. La quietud del sagrario recuerda su reposo en el
sepulcro.
También la gloria de su vida resucitada se renueva en la Eucaristía. Jesús está
presente con su Cuerpo glorioso y transfigurado, tal y como se apareció después de su
Resurrección. Se queda con nosotros como se quedó con los apóstoles. Se convierte en
nuestro amigo y compañero de viaje, como hizo con los discípulos de Emaús[43]. Desde
el silencio del sagrario contempla nuestro paso por la vida, consolándonos y
animándonos, bendiciendo nuestro trabajo —por estéril que parezca— igual que bendijo
la pesca de Pedro[44].
Todos los misterios de la vida de Jesús se renuevan en la sagrada Eucaristía en bien
de nuestra alma. En el sagrario están Belén, Nazaret, el monte Tabor, el Calvario y el
cielo mismo. «Esta es la morada de Dios con los hombres: Habitará con ellos»[45]. En
nuestros altares hallamos a Jesús en la sagrada Eucaristía: accesible a cualquiera,
dispuesto a ayudar y a conversar en amorosa intimidad con todos sus hijos. Del trono
eucarístico se derraman torrentes de luz y de fuerza, de alegría y de paz, de consuelo y
bendiciones sobre incontables corazones humanos que acuden a Él con confianza,
humildad y amor encendido en momentos difíciles y de necesidad.
Que tu vida imite la de Jesús sacramentado
En el Santísimo Sacramento Jesús es tu modelo de una vida perfecta, tu camino
hacia la morada celestial. Su presencia en medio de nosotros te enseña la práctica de
muchas virtudes, y la primera de ellas es la caridad con Dios y con los hombres. Puedes
unir tus actos de devoción a la adoración, la acción de gracias, la expiación y la oración
perfectas que en el Sagrado Sacramento Jesús ofrece sin cesar a Dios como expresión de
su delicado amor hacia Él. Solo a través de Jesús, con Jesús y en Jesús, Dios es
conocido, honrado y glorificado como merece.
Puedes unir tus actos de caridad con tus hermanos al amor generoso y a la constante
protección que demuestra Cristo sacrificándose por ellos, asistiéndolos en sus
necesidades y orando fervorosamente por su salvación.
Jesús se pone a entera disposición de los hombres. ¡Con qué paciencia soporta
nuestra frialdad, nuestra irreverencia, nuestra negligencia! A nuestra ingratitud responde
con amor benevolente.
¡Con qué perfecta obediencia se hace presente en nuestros altares durante la santa
misa en virtud de las simples palabras de un sacerdote!
No hay modelo más hermoso de humildad que Jesús en el Santísimo Sacramento.
Glorioso es su Cuerpo resucitado y sublime su divinidad, pero el velo eucarístico lo
oculta todo. Rige el mundo desde la secreta quietud del sagrario. Es de verdad un Dios
escondido.
En el Santísimo Sacramento te exhorta a la castidad. Entregándote su Carne
virginal en la sagrada comunión, hace de tu cuerpo un templo y de tu alma el santuario
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del Dios infinitamente santo. La belleza de los vasos sagrados y la blancura de los
lienzos del altar te recuerdan la pureza con que debes recibir su Cuerpo sacratísimo.
Te instruye en la pobreza, porque se conforma con el humilde ropaje del pan y el
vino, constreñido dentro de los límites de una pequeña partícula.
Dios da su gracia a los sinceros y humildes. En la sagrada comunión y en la oración
—especialmente si es ante el Santísimo—, recibirás de Dios las gracias mayores y más
abundantes, porque Jesús en la Eucaristía no solo es tu modelo en la práctica de la virtud,
sino la fuente de todas las gracias que necesitas. Procura imitarle.
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26 San Juan Crisóstomo (c.347-407), obispo de Constantinopla.
27 San Gregorio Nacianceno (329-389), obispo de Nacianzo.
28 Constantino el Grande (m.337), emperador romano.
29 San Gregorio de Tours (c.540-549), obispo de Tours.
30 San Benito (c.480-c.550), padre del monacato occidental.
31 Santo Tomás de Aquino (c.1225-1274), filósofo y teólogo dominico, y Doctor de la Iglesia.
32 Santo Tomás Moro (1478-1535), lord canciller de Inglaterra, y san Juan Fisher (1469-1535), obispo de
Rochester, murieron mártires en tiempos de Enrique VIII.
33 San Buenaventura (c.1217-1274), teólogo franciscano.
34 San Francisco de Asís (1182-1226), fundador de la Orden Franciscana.
35 Santa Clara (1149-1523), fundadora de las Hermanas Pobres de Santa Clara (clarisas).
36 Santo Domingo (1170-1221), fundador de la Orden de Predicadores.
37 Exposición del Santísimo Sacramento durante cuarenta horas para que los fieles puedan adorarlo
ininterrumpidamente.
38 San Felipe Neri (1515-1595), sacerdote italiano fundador de la Congregación del Oratorio.
39 San Carlos Borromeo (1538-1584), arzobispo de Milán.
40 San Pío X (1835-1914), papa desde 1903.
41 Jn 6, 33.
42 Cf. Pr 8, 31.
43 Cf. Lc 24, 13ss.
44 Cf. Jn 21, 6.
45 Ap 21, 3.
24
3. VISITA A JESÚS SACRAMENTADO
La última voluntad del Señor aparece expresada en las palabras que pronunció poco
antes del comienzo de su sagrada Pasión: «Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el
sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco
vosotros si no permanecéis en mí»[46]. La unión con Cristo se hace perfecta en la
sagrada comunión: de ahí que este sea el mejor medio divino para tu santificación.
Sin embargo, también después de la comunión puedes seguir muy unido a Jesús. El
acto de comulgar es pasajero, pero su efecto —la unión con Cristo— pretende ser
permanente. Aunque Jesús ya no habita en ti con su presencia física, lo hace por medio
de la efusión de su amor, de las luces y las gracias que no deja nunca de enviarte desde el
sagrario.
Santa María Magdalena de Pazzi[47] escribió: «Por la mañana el amigo va a visitar
al amigo para darle los buenos días, por la noche las buenas noches; y durante el día
aprovecha cualquier ocasión para hablar con él. Del mismo modo, si tus obligaciones te
lo permiten, visita a Jesús Sacramentado. Al pie del altar se reza especialmente bien. En
todas tus visitas al Salvador, ofrece con frecuencia al Padre Eterno su preciosa Sangre.
Estas visitas harán crecer en ti el divino amor».
Cuando visitas a Jesús Sacramentado, abres tu alma a su acción transformadora.
Comparte con Él tus penas y tus alegrías, tus sentimientos y tus afectos, tus proyectos y
tus deseos. Toda tu vida está llamada a participar de Cristo, transformándote poco a poco
en Él. Esta es la maravillosa consecuencia de la oración ante el sagrario.
Jesús quiere ser tu Amigo en el Santísimo Sacramento. En la amistad meramente
humana siempre falta algo. Tú necesitas su amistad divina, porque hay veces en que
estás muy solo, en que todo el mundo parece desentenderse de ti y te sientes desalentado.
Pero cerca de ti, en el sagrario, está Jesús, tu mejor Amigo, tu Compañero en el exilio,
con un Corazón humano como el tuyo, capaz de comprender tus penas y tus dificultades,
porque ha experimentado todo lo que sufres tú. En momentos de necesidad, su Corazón
puede entenderte y ser amigo tuyo, puede amarte con el amor del mejor de los amigos.
Como una auténtica hoguera, su Corazón entero arde por ti con un amor que no conoce
fin, pues tiene su origen en las profundidades de la Divinidad: solo por ti, como si no
hubiera nadie más con quien compartir su infinito calor. El tierno amor que derrama
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sobre las demás almas no disminuye en nada el que te tiene a ti. Incluso si tú le olvidas,
Él piensa en ti; si le ofendes o le decepcionas, se sacrifica por ti en la misa; si te
enfrentas a alguna prueba, está siempre dispuesto a consolarte y fortalecerte.
El Salvador ha traído el cielo a la tierra entregándose a ti en el Santísimo
Sacramento: es el mismo Dios que está en el cielo, rodeado de sus ángeles; y al pie del
altar puedes unirte a esa corte celestial que es como su escolta invisible. Te privas de la
dicha más dulce de la vida si dejas de acudir a Él y de volcar ante el sagrario tu amor y
tus peticiones. Él es el auténtico refugio de tu alma, donde hallas el consuelo, el consejo,
la fortaleza, la paz, la santidad y la felicidad. Aunque a veces el peso de la vida se te
haga casi insoportable, tienes un Amigo que nunca falla: tu Dios en la sagrada
Eucaristía, prisionero en el sagrario por amor. Y desde el sagrario te llama también su
Sagrado Corazón: «Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré»[48].
¡Qué hermosa la oración de san Buenaventura!: «Atráeme totalmente a tu Corazón.
A este fin fue, en efecto, perforado tu costado: para que quedara patente a nosotros tu
entrada. A este fin fue herido tu Corazón: para que, exentos de las turbaciones exteriores,
pudiéramos habitar en él».
Los santos, devotos del Cristo eucarístico
Los santos y las almas verdaderamente piadosas siempre han visitado con
frecuencia a Jesús Sacramentado. San Francisco Javier[49], después de dedicar todo el
día a trabajar por la salvación de las almas, solía pasar la noche en oración ante el
Santísimo. Cuando le vencía el sueño, se echaba a descansar un rato en las escaleras del
altar y luego continuaba su diálogo con el Divino Señor.
San Juan Francisco Regis[50], después de una jornada de trabajo agotador, hallaba
reposo junto al sagrario; y, si encontraba cerrada la iglesia, se arrodillaba delante de la
puerta.
San Francisco de Asís no empezaba nunca a trabajar sin acudir antes a pedir la
bendición de Jesús. Y santa María Magdalena de Pazzi hacía todos los días treinta visitas
a Jesús Sacramentado.
San Alfonso María de Ligorio[51], un apasionado de las visitas diarias al Santísimo
Sacramento, te ha dejado este consejo: «Apartándote del trato de los hombres, emplea...
todos los días algún tiempo, al menos media hora o un cuarto, en alguna iglesia ante
Jesús Sacramentado. Pruébalo por experiencia, y verás el provecho que sacarás de ello.
No olvides que el tiempo que gastares en conversar devotamente ante este divinísimo
sacramento será el más provechoso de la vida y el que más te consolará en la muerte y en
la eternidad. Y ten sabido también que tal vez ganes más en un cuarto de hora de oración
ante Jesús Sacramentado que en todos los demás ejercicios espirituales del día. Dios en
todo lugar, ciertamente, escucha las plegarias de quien le invoca, ya que prometió:
“Pedid y recibiréis”. Pero el discípulo enseña que Jesús en el Santísimo Sacramento
dispensa más abundantemente sus gracias a quien lo visita».
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El cura de Ars, san Juan Vianney[52], decía a sus fieles: «Nuestro Señor está allí
escondido en el sagrario, esperando que vayamos a visitarle y a pedirle: ved qué bueno
es, se acomoda a nuestra pequeñez. En el cielo, donde seremos triunfantes y gloriosos, le
veremos en toda su gloria, y si se hubiera presentado lleno de gloria delante de nosotros,
no nos hubiéramos atrevido a acercarnos. Pero Él se esconde como en la cárcel,
diciéndonos: “Vosotros no me veis, pero eso no importa: pedidme todo lo que queráis y
yo os lo concederé”. Está ahí para consolarnos; de esta forma, debemos visitarle a
menudo. ¡Cuánto le agrada ese pequeño rato que quitamos a nuestras ocupaciones o a
nuestros caprichos para ir a rezarle, a visitarle, a consolarle de todas las injurias que
recibe! ¡Y qué felicidad experimentamos en la presencia de Dios, cuando nos
encontramos solos a sus pies, delante de los santos sagrarios!».
Santa Teresa del Niño Jesús escribió: «Nadie se ocupaba de mí, de modo que yo
podía subir a la tribuna de la capilla y permanecer delante del Santísimo Sacramento
hasta que papá venía a buscarme: ese era mi único consuelo... Repetía siempre estas
palabras: “La vida es tu navío, no tu morada”».
Aprende a visitar a Jesús sacramentado
En cuanto a la manera de hacer la visita diaria, el padre Faber señala con acierto:
«Los modos de visitar al Santísimo son tan variados como las almas de los hombres. A
algunos les gusta acudir allí a escuchar, a otros a hablar, a otros a confesarse con Él
como si fuera el sacerdote; o a examinar su conciencia como en presencia de un juez; o a
honrarle como su Rey; o a estudiarle como su Doctor y Profeta; o a encontrar refugio en
Él como Creador suyo. Unos se gozan en su divinidad, otros en su sagrada humanidad,
otros en los misterios del tiempo litúrgico. Hay quienes le visitan bajo un título distinto
cada día: Dios, Padre, Hermano, Pastor, Cabeza de la Iglesia, etc. Algunos le visitan para
adorarle, otros para interceder, o para pedir, para darle gracias o hallar consuelo. Pero
todos le visitan para amarle»[53].
Sea cual sea el método que emplees, en tu visita deben abundar las acciones de
gracias, los actos de desagravio y la petición. La devoción al Santísimo Sacramento se
identifica prácticamente con la del Sagrado Corazón, que fomenta las visitas a Jesús
Sacramentado y, a su vez, se alimenta de ellas. Tu visita diaria será más grata al Sagrado
Corazón y a ti más provechosa si la haces con la intención expresa de agradecer a Jesús
los innumerables bienes que te concede a través de la Eucaristía, y con la de reparar,
pues Él se queda por nosotros en el altar día y noche y nosotros solemos dejarle solo.
El propósito de tu visita al Santísimo ha de ser el de manifestar tu amor a Jesús. Haz
profesión de tu fe en la presencia real de Cristo en la pequeña y blanca Hostia que
contiene su divinidad y su humanidad, todos los tesoros de su Sagrado Corazón, toda la
amabilidad y la bondad con que durante su vida mortal hizo infinitamente felices a
quienes se acercaban a Él.
Despierta en tu corazón la tierna confianza de un niño y encontrarás en Jesús todo
lo que necesitas: el perdón de tus pecados y de las penas que merecen; la gracia de no
27
volver a ofenderle nunca voluntariamente y de luchar siempre con valentía contra la
debilidad de la naturaleza y la atracción del demonio; de hacer tanta penitencia como
puedas con tu oración y con tu trabajo; de perseverar hasta el final en las buenas obras y,
después de una buena muerte, heredar la felicidad eterna. Su fidelidad no flaquea nunca;
su sabiduría, su bondad y su poder no fallan jamás.
Puedes presentar ante nuestro Salvador tus intenciones más especiales cuando
participas en algún acto de piedad en que esté el Santísimo expuesto o en el momento de
la Bendición. Esas intenciones escogidas deberían ser la remisión de toda culpa y castigo
por los pecados de tu vida pasada; la gracia de no volver a cometer nunca un pecado
deliberado y de disminuir en la medida de lo posible el número de tus faltas; de aprender
a buscar solamente lo que tiene valor de eternidad y no poner tu corazón en las cosas
materiales; de parecerte cada día más a Cristo; de seguir todas las inspiraciones de la
gracia; de crecer en un tierno amor a la Madre de Dios; o de ser generoso en la oración,
el trabajo y la penitencia. ¡Y piensa también en todo lo que puedes pedir para tu familia!
En la Bendición con el Santísimo es el mismo Jesús quien te bendice y su bendición es
tan poderosa y da tanto fruto ahora como durante su vida mortal. ¡Aprovéchala!
El beato Enrique Susón[54] escribió: «El tiempo que pasas devotamente al pie del
altar ante Jesucristo es el tiempo en el que obtendrás más gracias, y será tu mayor
consuelo en la hora de la muerte y durante la eternidad. En ninguna parte escucha
Jesucristo las oraciones con mayor complacencia como ante el Santísimo Sacramento».
Habla con Jesús como lo harías con tu mejor amigo: Él ya conoce todas tus
necesidades y preocupaciones y es el único que puede ayudarte de verdad. Cuéntale de
tu trabajo —te guste o no—, cuéntale tus tentaciones, tus fallos, tus dificultades,
esperanzas e inquietudes.
En tus visitas al sagrario, ofrece a Jesús al Padre celestial y ofrécete tú con Él. La
actitud constante de Cristo ante su Padre es la de ofrecerse Él y ofrecernos a nosotros; la
del cristiano ante Cristo consiste en ofrecerle a Él y ofrecerse a sí mismo con Jesús.
El Señor se entrega sin cesar a su Padre y le rinde un culto espléndido de acción de
gracias y de adoración sin límites. En cada instante del día el Hijo se Dios se dona al
Padre por la redención del mundo. Cada veinticuatro horas se celebran 360.000 misas y
cada segundo se hacen cuatro elevaciones del Santísimo. Puede decirse que, cada vez
que late tu corazón —e incluso con mayor frecuencia—, Jesús se ofrece a sí mismo. La
devoción a la Eucaristía incluye el deseo de ofrecer a Dios una acción de gracias y una
reparación infinitas a través de Jesús Sacramentado.
Si recibes una gracia, ofrece la Divina Hostia como la única acción de gracias
digna. Si cometes un pecado, ofrece en desagravio su preciosa Sangre. Si sufres, une tus
sacrificios al de la sagrada Víctima en el altar. Únete a la divina oración del Salvador y
pide por la Iglesia, por lo que Dios quiere de las almas, por los pecadores, por las
misiones, por los sacerdotes y por tu familia.
Ofrecer a Jesús a Dios significa ofrecer a Cristo entero: no solo al hijo de María,
sino a cada uno de nosotros, miembros de su Cuerpo Místico[55]. En Cristo se resumen
toda la humanidad redimida y todos los fieles, la Iglesia toda, la sociedad de los santos.
28
Es Jesús entero quien se ofrece a Dios. Tú eres «parte de Jesucristo», y eso explica por
qué puedes ofrecerlo al Padre y por qué puedes ofrecerte al Padre junto con Él.
Así describió Santa Margarita María[56] una vez su oración: «Suelo terminar sin
otra petición u ofrecimiento que la de Jesús a su Eterno Padre de este modo: Padre
Eterno, yo os ofrezco el Corazón de Jesús, vuestro Hijo muy amado, como se ofrece Él
mismo en sacrificio. Recibid por mí esta ofrenda juntamente con todos los deseos,
sentimientos, afectos, movimientos de ese Corazón Sagrado. Son todos míos, puesto que
se inmola por mí... Recibidlos en satisfacción de mis pecados y en acción de gracias por
todos vuestros beneficios... Recibidlos como otros tantos actos de amor, de adoración y
de alabanza que ofrecemos a vuestra divina Majestad, porque solo por el Corazón de
Jesús sois honrado y glorificado dignamente».
29
46 Jn 15, 4.
47 Santa María Magdalena de Pazzi (1566-1607), mística carmelita.
48 Mt 11, 28.
49 San Francisco Javier (1506-1552), misionero jesuita conocido como Apóstol de las Indias.
50 San Juan Francisco Regis (1597-1640), sacerdote jesuita dedicado al servicio de los pobres.
51 San Alfonso María de Ligorio (1696-1787), teólogo moral y fundador de los Redentoristas.
52 San Juan Vianney (1786-1859), santo patrono de los sacerdotes.
53 Frederick William Faber. El Santísimo Sacramento.
54 Beato Enrique Susón (c.1295-1366), místico alemán.
55 Es decir, la Iglesia (cf. 1Co 12, 27; Col 1, 18).
56 Santa Margarita María Alacoque (1647-1690), religiosa de la Visitación y principal iniciadora de la devoción al
Sagrado Corazón de Jesús.
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4. QUE LA EUCARISTÍA TE LLEVE AL SAGRADO
CORAZÓN
La devoción al Sagrado Corazón tal y como la conocemos hoy se inició en torno al
año 1672. En sus sucesivas apariciones a santa Margarita María, religiosa francesa de la
Visitación, Jesús explicó cómo quería que se viviera la devoción a su Sagrado Corazón:
pidió que se le honrara bajo la imagen o el símbolo de su Corazón de carne; pidió actos
de desagravio, la comunión frecuente y de los primeros viernes de mes, y la práctica de
la hora santa.
Cuando la Iglesia católica aprobó la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, no lo
hizo únicamente en virtud de las visiones de santa Margarita María, sino por su valor
intrínseco. Honramos al Sagrado Corazón no solo porque por él pasó cada gota de la
preciosa Sangre de Cristo durante los treinta y tres años de su vida en la tierra, ni porque
su Corazón latía en estrecha sintonía con cada movimiento de alegría o de tristeza, de
piedad y de amor de quien es nuestro mejor Amigo, sino por la íntima unión del Sagrado
Corazón de Jesús con su divinidad. En Jesús no hay más que una Persona y esa Persona
es al mismo tiempo Dios y hombre, de modo que cada parte de su Cuerpo es humana y
divina. También su Corazón es divino: es el Corazón de Dios.
Una devoción que se limitara al Corazón de Jesús como una noble parte de su
sagrado Cuerpo no sería la que ha entendido y aprobado la Iglesia. En ella han de
encontrarse siempre juntas dos cosas: el Corazón de carne de Cristo y su amor por
nosotros. La auténtica devoción al Sagrado Corazón significa la devoción al Sagrado
Corazón de Cristo en la medida en que ese Corazón representa y nos recuerda el amor
que Él nos tiene; y significa la devoción al amor de Jesucristo en la medida en que ese
amor se nos recuerda y se nos representa con su Corazón de carne.
En su espléndida carta encíclica sobre el culto al Sagrado Corazón de Jesús, el papa
Pío XII explicaba la verdadera naturaleza de esta devoción a la luz de la revelación
divina, su origen primero y las gracias que manan de ella: «Estamos persuadidos de que
estas nuestras reflexiones, dictadas por la enseñanza misma del Evangelio, han mostrado
claramente cómo este culto se identifica sustancialmente con el culto al amor divino y
humano del Verbo Encarnado, y también con el culto al amor mismo con que el Padre y
el Espíritu Santo aman a los hombres pecadores; porque, como observa el Doctor
31
Angélico, el amor de las tres Personas divinas es el principio y origen del misterio de la
Redención humana, ya que, desbordándose aquel poderosamente sobre la voluntad
humana de Jesucristo y, por lo tanto, sobre su Corazón adorable, le indujo con un
idéntico amor a derramar generosamente su Sangre para rescatarnos de la servidumbre
del pecado»[57].
La devoción al Sagrado Corazón conlleva algo universal. Al honrar el Corazón de
Cristo, nuestro culto no se detiene en el Jesús de la infancia o de la juventud, ni en Jesús
como víctima, sino en la Persona de Jesús en la plenitud de su amor.
Nuestra devoción, dirigida al amor que Cristo nos tiene, lo encuentra y lo descubre
todo en Él relacionado con su amor. Un amor que fue la fuerza motora de cuanto Cristo
hizo y padeció por nosotros: en el pesebre, en la cruz, en su entrega en el Santísimo
Sacramento, en su enseñanza, su oración y sus curaciones. Por eso, cuando hablamos del
Sagrado Corazón, nos referimos a Jesús que nos muestra su Corazón: Jesús que es todo
amor por nosotros y enteramente digno de adoración.
Descubre en la Eucaristía el amor con que te ama Cristo
Con el tiempo, el Corazón de Jesús se ha convertido en el símbolo del amor de Dios
por los hombres. Los amó mientras estuvo en la tierra y nunca deja de amarlos en el
cielo. Y, porque nos ama, nos santifica a través de los sacramentos, manantial inagotable
de gracia y santidad que nace del océano infinito del Sagrado Corazón de Jesús.
En la Eucaristía Jesús nos da la prueba mayor de su amor. Dice el Concilio de
Trento: «Nuestro Salvador, cuando estaba para salir de este mundo al Padre, instituyó
este sacramento en el que vino como a derramar las riquezas de su divino amor hacia los
hombres». Por eso, la sagrada Eucaristía es, ante todo, el sacramento del amor de Dios
por los hombres, ya que contiene a Dios Hombre, Jesucristo, cuyo Sagrado Corazón es
una ardiente hoguera de amor. Bajo la apariencia visible del pan y el vino, Jesús está
realmente presente no solo para que podamos ofrecerlo en la misa y acudir a Él como el
amigo visita al amigo: está ahí también para que podamos unirnos más íntimamente a Él.
En la sagrada Eucaristía nuestra unión con Jesús es más estrecha que la del alimento que
ingerimos con nuestro propio cuerpo. La fuerza de su amor nos hace transformarnos con
Él en un único Cuerpo Místico, compartiendo su vida y su amor. Así, la unión de vida
del alma con Dios que comenzó en el Bautismo y se robusteció en la Confirmación se
prolonga y se hace todavía más íntima en la sagrada comunión.
El papa Pío XII describe así el amor del Sagrado Corazón de Jesús que se entrega a
nosotros en la sagrada Eucaristía: «¿Quién podrá dignamente describir los latidos del
Corazón divino, signo de su infinito amor, en aquellos momentos en que dio a los
hombres sus más preciados dones: a sí mismo en el sacramento de la Eucaristía, a su
Madre Santísima y la participación en el oficio sacerdotal? Ya antes de celebrar la última
Cena con sus discípulos, solo al pensar en la institución del sacramento de su Cuerpo y
de su Sangre, con cuya efusión había de sellarse la Nueva Alianza, en su Corazón sintió
intensa conmoción, que manifestó a sus apóstoles con estas palabras: “Ardientemente he
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deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer” (Lc 22, 15); conmoción que,
sin duda, fue aún más vehemente cuando “tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a
ellos, diciendo: ‘Este es mi cuerpo, el cual se da por vosotros; haced esto en memoria
mía’. Y así hizo también con el cáliz, luego de haber cenado, y dijo: ‘Este cáliz es la
nueva alianza en mi sangre, que se derramará por vosotros’” (Lc 22, 19; 20). Con razón,
pues, debe afirmarse que la divina Eucaristía, como sacramento por el que Él se da a los
hombres y como sacrificio en el que Él mismo continuamente se inmola desde el
nacimiento del sol hasta su ocaso (Ml 1, 11) y también el sacerdocio, son clarísimos
dones del Sacratísimo Corazón de Jesús»[58].
El ardiente deseo de estar con los suyos lleva a Jesús a instituir este sacramento del
amor, que le permite quedarse con nosotros. Su presencia se esconde bajo las Especies
Sagradas porque no quiere que perdamos el mérito de la fe, las bendiciones prometidas a
quienes «sin haber visto hayan creído»[59].
¿Quién podría imaginar un regalo como este? Jesús se despoja totalmente de su
gloria para hacerse accesible a nosotros, pues nuestra débil naturaleza, tal y como es
ahora, no podría contemplar su majestad y seguir viviendo. Se acomoda a nuestra
debilidad porque nos ama con un amor infinito.
Durante veinte siglos Jesús ha estado con nosotros día y noche, como el padre que
no abandona a sus hijos, como el amigo que disfruta con el amigo, como el médico
celoso que no se separa del lecho del enfermo. Permanece siempre activo, adorando,
orando y glorificando a su Padre por nosotros, dándole gracias por todos los bienes que
no deja de concedernos, amándole en nuestro nombre, ofreciéndole sus propios méritos y
su reparación para expiar nuestros pecados y pidiéndole incesantemente que nos conceda
nuevos dones. Como dice san Pablo, Jesucristo «puede también salvar perfectamente a
los que se acercan a Dios a través de Él, ya que vive siempre para interceder por
nosotros»[60].
No deja de renovar sobre el altar el sacrificio del Calvario miles de veces al día, allí
donde haya un sacerdote que consagre las especies. Y lo hace por amor a nosotros, para
aplicar a cada uno los frutos de su santo sacrificio. No contento con inmolarse, se
entrega plena y enteramente a todo el que quiera recibirle en la sagrada comunión para
comunicarle sus gracias y sus virtudes.
Sigamos el consejo de san Pedro Canisio[61]: «En toda prueba halla un refugio
seguro en el amoroso Corazón de Cristo. Medita su bondad y su amor hacia ti, y
compáralos con tus culpas, tus infidelidades y tu falta de méritos. ¡Qué grande es el amor
de Cristo, que invita a todos a acudir a Él! “Venid a mí todos los fatigados y agobiados,
y yo os aliviaré”».
ȃl se muestra dispuesto e incluso deseoso de compartir los cuidados de todos y
cada uno, porque a todos nos ama. Por eso, con inmensa confianza, arroja tus delitos al
abismo de su amor y pronto hallarás consuelo».
No hay otro amor que pueda llegar tan lejos como el de Jesucristo muerto en la cruz
por nosotros. «Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus
amigos»[62]. Sin embargo, el Hijo de Dios concibió un modo todavía más sorprendente
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de manifestar su amor. Anhelaba identificarse con nosotros aún más estrechamente e
instituyó la sagrada Eucaristía para poder venir cada día bajo la forma del Pan de Vida.
Las palabras de la Escritura se le pueden aplicar con plena justicia: «Mi delicia era estar
con los hijos de los hombres»[63].
En la última Cena los apóstoles debieron de preguntarle a Jesús: «Señor, ¿qué va a
ser de nosotros cuando te vayas?». Seguramente, Jesús los tranquilizaría diciéndoles:
«No os dejaré. Mi Corazón se quedará con vosotros en la sagrada Eucaristía. Ese
Corazón lo será todo para vosotros en esta vida». También se refería a la Eucaristía
cuando pronunció sus últimas palabras antes de ascender al cielo: «Sabed que yo estoy
con vosotros todos los días hasta el fin del mundo»[64].
Una vez más afirma el papa Pío XII: «Una ferviente devoción al Corazón de Jesús
fomentará y promoverá, sobre todo, el culto a la santísima cruz, no menos que el amor al
augustísimo sacramento del altar... Ni será fácil entender el amor con que Jesucristo se
nos dio a sí mismo por alimento espiritual, si no es mediante la práctica de una especial
devoción al Corazón eucarístico de Jesús; la cual —para valernos de las palabras de
nuestro predecesor, de f. m., León XIII— nos recuerda “aquel acto de amor sumo con
que nuestro Redentor, derramando todas las riquezas de su Corazón, a fin de prolongar
su estancia con nosotros hasta la consumación de los siglos, instituyó el adorable
sacramento de la Eucaristía”. Ciertamente, “no es pequeña la parte que en la Eucaristía
tuvo su Corazón, por ser tan grande el amor de su Corazón con que nos la dio”»[65].
Ama al Sagrado Corazón de Jesús en la Eucaristía
La devoción al Sagrado Corazón en la Eucaristía se compone de dos ejercicios
fundamentales: el amor y la reparación.
De estos dos deberes el primero es el amor: el principal y más importante
mandamiento del Señor, el vínculo de la perfección. Dios nos pide amor porque a través
de él desea ser Dios y Señor de nuestros corazones. El sacrificio solo es un instrumento
para probar nuestro amor y nuestra fidelidad. El Señor nos ha amado con un amor
infinito, hasta la muerte, y sigue amándonos sin límite. Quiere que le amemos. Llama a
nuestros corazones y nos invita a corresponderle con nuestro amor.
Santa Margarita María escribe: «Me hizo ver que el ardiente deseo que tenía de ser
amado por los hombres y apartarlos del camino de la perdición... le había hecho formar
el designio de manifestar su Corazón a los hombres, con todos los tesoros de amor, de
misericordia, de gracias, de santificación y de salvación que contiene, a fin de que
cuantos quieran rendirle y procurarle todo el amor, el honor y la gloria que puedan,
queden enriquecidos abundante y profusamente con los divinos tesoros del Corazón de
Dios».
Y en una de sus cartas dice también: «Amemos, pues, a este único amor de nuestras
almas, ya que Él nos amó el primero y nos sigue amando con ese ardor que lo consume
continuamente en el Santísimo Sacramento. Basta amar al Santo de los Santos para
llegar a ser santos. ¿Quién nos puede impedir esto, si tenemos un corazón para amar y un
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cuerpo para sufrir?... Solo el puro amor de Dios es capaz de movernos a hacer todo
cuanto a Él place; y solo este perfecto amor nos lo hará hacer de la manera que le place,
y no es posible haya otro medio más para saberlo hacer todo cuando a Él le place».
Este acto de amor tiene un enorme poder santificador. Si te unes íntimamente al
Sagrado Corazón de Jesús, el amor te llevará a participar de sus virtudes y te infundirá
fortaleza para practicarlas pese a los obstáculos. Conocer y amar a Jesucristo es tu mayor
ganancia en esta vida y en la eternidad. Cualquier sacrificio es pequeño con tal de
lograrlo. Tu sabiduría, tu santidad y tu felicidad solo serán auténticas en la medida en
que conozcas y ames a Jesucristo.
Repara a través de la Eucaristía
La reparación es el segundo ejercicio fundamental de la devoción al Sagrado
Corazón. El amor de Jesús sufre la ofensa de la ingratitud de los hombres, como Él
mismo manifestó a santa Margarita María en su tercera aparición: «He aquí este Corazón
que tanto ha amado a los hombres, que nada ha perdonado hasta agotarse y consumirse
para demostrarles su amor, y en reconocimiento no recibo de la mayor parte más que
ingratitud, ya por sus irreverencias y sacrilegios, ya por la frialdad y desprecio con que
me tratan en este sacramento del amor».
Tu devoción al Sagrado Corazón debe ser un acto de expiación y reparación por tu
ingratitud y la de todos los hombres hacia el amor que Él nos tiene, especialmente en el
Santísimo Sacramento.
Recibe con frecuencia la sagrada comunión, sobre todo los primeros viernes de
nueves meses consecutivos; pasa tiempo ante Jesús Sacramentado; lleva a cabo pequeñas
penitencias para demostrar con obras tu deseo de reparar. Haz una hora santa de día o de
noche ante el Sagrado Corazón en el sagrario. Tu amor expiará el olvido humano de su
amor. El amor y la generosidad del Sagrado Corazón nunca se dejarán ganar.
La sagrada comunión frecuente —junto con la misa— es con diferencia la forma de
reparación más fácil y más perfecta que puedes ofrecer a Dios. Cuando comulgas, haces
un acto de fe, pues tu presencia ante la mesa del Señor demuestra que crees que Jesús
está verdaderamente en el Santísimo Sacramento. Haces un acto de esperanza, pues crees
en las promesas del Señor y esperas las gracias que conlleva recibirle. Haces un acto de
amor, porque comulgando agradas a Jesús, que ha instituido para nosotros este gran
sacramento del amor. Haces un acto de humildad, porque reconoces tu necesidad y tu
dependencia de Dios y la fuerza espiritual que recibes en la Eucaristía. Ofreces a Dios el
sacrificio puro y santo que más grato es a su Divina Majestad.
La santa misa y la comunión son las principales armas espirituales que Dios ha
puesto a nuestro alcance para ayudar a traer la paz: mucho más poderosas que cualquier
bomba atómica o de hidrógeno, que los misiles teledirigidos, los rifles, los aviones, los
tanques y los barcos juntos. A lo largo de su pontificado, el papa Pío XII insistió en
numerosas ocasiones en la sagrada comunión: «Los hombres siempre hallarán en la
Eucaristía el mejor remedio contra los graves males... Solo con la recepción frecuente de
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nuestro Divino Señor obtendrán la fuerza para ayudar a un mundo oscurecido por la
ignorancia y atrapado en el hielo de la indiferencia».
Nuestra Señora de Fátima pidió la comunión frecuente como medio de contrarrestar
el comunismo y las fuerzas del mal. En 1917, en la localidad portuguesa de Fátima,
quedó claramente manifestada la necesidad de reparar para aplacar la ira de Dios
Todopoderoso, justamente suscitada por los numerosos y horrendos pecados y
sacrilegios cometidos contra Él. En una ocasión, el Ángel Custodio de Portugal se
apareció a los tres niños llevando en una mano un cáliz de oro y una Hostia en la otra.
Los niños, asombrados, vieron cómo la Hostia derramaba gotas de sangre que cayeron
en el cáliz. Luego el ángel, dejando la Hostia y el cáliz suspendidos en el aire, se postró
en el suelo y pronunció esta hermosa oración: «Santísima Trinidad, Padre, Hijo y
Espíritu Santo, yo te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre,
alma y divinidad de nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios del mundo,
en reparación de los ultrajes con los que Él es ofendido. Por los méritos infinitos del
Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María, te pido la conversión de
los pecadores».
Si somos capaces de lograr que una mayoría de católicos —hombres, mujeres y
niños— ofrezcan cada comunión en reparación por sus propios pecados y por los
pecados y la conversión del mundo, ayudaremos a contrarrestar el odio de los enemigos
que intentan destruir la Iglesia de Dios. En virtud de ese amor, Dios no derramará sobre
ellos su justicia, sino su misericordia, y colmará de gracias sus corazones para que
descubran su error.
Este ejercicio de reparación tiene un gran poder santificador: encenderá aún más tu
fervor y te hará capaz de identificarte con los sufrimientos de Jesús. Te ayudará a
sobrellevar cualquier prueba que Dios te envíe; por amor a Él y unido a su dolor, traerá
la paz al mundo. La devoción al Sagrado Corazón conlleva una mezcla de amor y de
sacrificio que es el auténtico espíritu del cristianismo.
Descubre las gracias de la hora santa
La vida eucarística es indispensable para un buen católico. Las incontables gracias
y bendiciones que recibe en la santa misa, la comunión y las visitas frecuentes a Jesús
Sacramentado son la garantía más fiable de la paz y la felicidad de su vida. En la
Eucaristía Jesús llega a tu alma con una eficacia aún mayor que durante su vida en medio
de los hombres. La hora santa es un medio poderosísimo para desarrollar la vida
eucarística.
Santa Margarita María Alacoque fue el instrumento elegido para extender la
devoción al Sagrado Corazón de Jesús y la hora santa. En 1675, esta religiosa de la
Visitación estaba orando en éxtasis ante el altar cuando el Señor se le apareció glorioso:
sus cinco llagas resplandecían igual que cinco soles brillantes y su Sagrado Corazón era
un fuego encendido. Jesús le dijo: «He aquí este Corazón que tanto ha amado a los
hombres, que nada ha perdonado hasta agotarse y consumirse para demostrarles su amor,
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y en reconocimiento no recibo de la mayor parte más que ingratitud, ya por sus
irreverencias y sacrilegios, ya por la frialdad y desprecio con que me tratan en este
sacramento del amor». Una de las devociones que el Señor le enseñó fue la de la hora
santa.
Nuestro Salvador, durante la agonía en el huerto, fue a buscar algún consuelo en los
apóstoles Pedro, Santiago y Juan, y los encontró dormidos: «¿Ni siquiera habéis sido
capaces de velar una hora conmigo? Venid y orad para no caer en tentación»[66]. Jesús
pidió a santa Margarita María que honrara su Sagrado Corazón levantándose todos los
jueves a las once de la noche y permaneciendo postrada ante el Santísimo Sacramento
durante una hora que debía dedicar a implorar la misericordia de Dios para los
miserables pecadores y a aplacar la amargura que sintió cuando los apóstoles se
quedaron dormidos mientras Él padecía su agonía en el huerto de los Olivos.
Muchos sacerdotes podrían contar que deben su vocación a las piadosas oraciones
de sus madres: existen pocas dudas de que la del cardenal Herbert Vaughan, antiguo
arzobispo de Westminster, fue fruto de las oraciones de su madre ante Jesús
Sacramentado. Durante casi veinte años, Eliza Vaughan pasó una hora diaria en oración
ante el Santísimo pidiendo el sacerdocio para sus hijos. En respuesta a sus súplicas, de
los ocho seis se ordenaron sacerdotes —tres fueron obispos y uno cardenal— y sus cinco
hijas entraron en religión.
¿Hasta dónde es capaz de llegar la enorme influencia que ejerce en los hijos el buen
ejemplo de los padres si estos están dispuestos a dedicar algo de su tiempo al Señor
Sacramentado? El ejemplo vale más que mil palabras. Los frutos que los padres
obtendrán en sus deberes familiares siempre irán parejos con el grado de vida eucarística
que alcancen. La gran lección que aprenderán sus hijos es que su familia necesita a Jesús
Sacramentado. El padre y la madre acuden a Él para implorar su ayuda: no existirá un
aliciente mayor para que los hijos hagan lo mismo.
No hay palabras que describan los maravillosos efectos de la oración de los padres
sobre sus familias. La Eucaristía es la fuerza motriz de la gracia y un tesoro de
bendiciones, pero hay que vivir en contacto con ella. Los jóvenes crecerán en fortaleza y
mantendrán su alma sin tacha en medio del espíritu mundano en el que se mueven si
pasan más tiempo con quien tanto amó a los niños mientras vivió en la tierra, con quien
tan amablemente los bendecía y con quien hoy, en el sagrario, es Amigo de la juventud.
Las virtudes que la amistad con Jesús conlleva serán fuente de la mayor alegría para los
padres piadosos y un canal de bendiciones para las familias.
Si estás decidido a ayudar a tu alma y a las almas de quienes forman parte de tu
familia, proponte visitar al Salvador en la Eucaristía siempre que puedas. Si estás
decidido a reinstaurar a tu familia en Cristo, encontrarás tiempo durante la semana para
visitar a Jesús Sacramentado o para una hora santa. Por muy ocupado que estés, siempre
sacarás tiempo para rezar si de verdad quieres hacerlo. Tu visita también puede incluir el
rosario, el vía crucis o la lectura espiritual. Practícala asistiendo a algún acto de devoción
o a la Bendición en tu parroquia, llegando a la misa semanal media hora antes o
quedándote media hora después, o bien yendo a la iglesia el domingo por la tarde o el
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primer viernes de mes. Esta práctica será una fuente de inmensas bendiciones para ti y
para las almas. Permitirá que la influencia de Jesús penetre en tu hogar y que su paz y su
alegría llenen los corazones de tus seres queridos.
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57 Haurietis Aquas (15 de mayo de 1956), 25.
58 Haurietis Aquas, 20.
59 Jn 20, 29.
60 Hb 7, 25.
61 San Pedro Canisio (1521-1597), teólogo jesuita.
62 Jn 15, 13.
63 Pr 8, 31.
64 Cf. Mt 28, 20.
65 Haurietis Aquas, 35.
66 Mt 26, 40-41.
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SEGUNDA PARTE
EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA
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5. ENTIENDE EL SIGNIFICADO DEL SACRIFICIO DE
LA CRUZ
Para entender la misa, primero hay que entender en qué consiste un sacrificio: se
trata de la ofrenda presentada exclusivamente a Dios, a través de un sacerdote, de una
víctima que se destruye en reconocimiento de que Él es el Creador y Señor de todas las
cosas. La palabra sacrificio alude a «algo hecho sagrado»: en concreto, al don que ofrece
el sacerdote para indicar que los oferentes le pertenecen por entero a Él. Dicho don se
destruye con intención de mostrar su deseo de obedecer y pertenecer solo a Dios, y de
reparar el daño que le han hecho. De ahí que el sacrificio exprese obediencia y
expiación.
Un sacrificio exige un altar, un don visible —o víctima— y un sacerdote. Debe
presentarse únicamente a Dios y ser a la vez una ofrenda sacrificial externa —por la que
queda consagrada a Dios— y una ofrenda interior del corazón que reconoce a Dios como
Creador y Señor de todo.
Existe la posibilidad de que varias personas oren juntas por medio de signos,
ofreciendo algo a Dios en señal de sus disposiciones interiores. Y lo hacen a través de un
sacerdote elegido para actuar en su nombre. Cuando este realiza la ofrenda en nombre de
todos, coloca el don visible sobre el altar siguiendo un rito o unos gestos sagrados
concretos. De ese modo, el don pasa inmediatamente de ser propiedad de los oferentes a
pertenecer a Dios, y se convierte en sacro o consagrado. En otras palabras, se ofrece al
Señor como sacrificio. El sacrificio es más que una oración pública: es el acto supremo
de culto público por el que reconocemos que Dios es el Creador y Señor de todas las
cosas y que dependemos totalmente de Él.
La ofrenda externa del don representa la ofrenda interior o la consagración de
nuestra vida a Dios. Desde los primeros tiempos, los hombres le ofrecían dos clases de
dones: dones incruentos como maíz, aceite, pan o los primeros frutos del campo, o dones
cruentos como ovejas, corderos, becerros o novillos. Todos ellos simbolizaban la vida
humana y, al ofrecerlos públicamente, se deseaba expresar de manera figurada que se
consagraba o restituía a Dios la propia vida, recibida de Él.
Los hijos mayores de Adán y Eva fueron Caín y Abel. El primero cultivaba la tierra
y el segundo cuidaba del rebaño. Ambos ofrecían sus dones a Dios en sacrificio —Caín
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el grano y los frutos y Abel un cordero— y lo hacían quemándolos, manifestando así que
dependían en todo de Él, su Creador, y que estaban dispuestos a obedecer sus leyes.
Puesto que Abel no podía servirse de su propia vida para demostrar su dependencia de
Dios, ofrecía en su lugar la de un cordero para manifestar su intención de obedecerle y
de entregarle su persona y cuanto poseía.
Cuando Dios descubrió que el corazón de Caín estaba lleno de maldad, dejaron de
agradarle sus dones. Los de Abel, sin embargo, le complacían, ya que su corazón
rebosaba bondad y el espíritu con que los ofrecía era recto.
El sacrificio expresa la expiación del pecado. El pecado del hombre ofendía a Dios
y le hacía merecer la muerte. Ejecutando a un animal y ofreciéndoselo, el hombre
deseaba mostrar su disposición a entregar su vida en obediente servicio a Dios en
reparación por sus pecados.
En la ceremonia del día del sacrificio anual del Antiguo Testamento, el sumo
sacerdote posaba las manos en la cabeza de un macho cabrío indicando que ponía sobre
él todos los pecados de los asistentes. Luego le daba muerte en el desierto, haciendo ver
así que los pecados del pueblo quedaban destruidos junto con la vida del animal[67].
Después del diluvio, Noé construyó un altar y ofreció a Dios un sacrificio de acción
de gracias; Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo, un sacrificio de
pan y vino[68]. Abraham estuvo dispuesto a sacrificar a su único hijo[69]. También
Moisés construyó un altar al pie de la montaña y ofreció sacrificios al Señor[70]. En la
dedicación del Templo, el rey Salomón inmoló un importante número de víctimas[71].
El profeta Elías imploró a Dios que aceptara su sacrificio[72]. Y, obedeciendo el
mandato del Señor, en el Templo de Jerusalén los israelitas sacrificaban cada día dos
corderos, uno por la mañana y otro al atardecer[73].
El sacrificio de Cristo en la cruz te ha redimido
Si bien los sacrificios de animales que ofrecían tanto judíos como paganos no eran
capaces de quitar el pecado, expresaban el anhelo del hombre de una redención real.
Después de la caída de Adán, las almas de todos los hombres quedaron contaminadas
por el pecado original. Alguien debía venir del cielo a redimir al mundo.
Por la infinita misericordia de Dios, esa redención se llevó a cabo cuando
Jesucristo, el Hijo de Dios, se hizo Hombre y se ofreció a sí mismo en sacrificio para
quitar los pecados del mundo. Jesús podía representarnos porque era hombre y, como tal,
podía morir para expiar el pecado; y, como Dios, era capaz de ofrecer un sacrificio de
valor infinito. Nuestros pecados contra Dios exigían una reparación que solo Él podía
lograr, dado que la ofensa era infinita. Los sufrimientos y la muerte de Dios hecho
hombre en la cruz es el único sacrificio perfecto que quita los pecados del mundo.
San León Magno[74] escribió: «Él es nuestro verdadero y eterno Sumo Sacerdote,
cuya autoridad no puede cambiar ni tener fin. Él mismo es Aquel cuya figura
presignificaba el pontífice Melquisedec, que no ofrecía las oblaciones judaicas, sino que
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inmoló el sacrificio de aquel sacramento que nuestro Redentor consagró en su Cuerpo y
en su Sangre».
El sacrificio del Nuevo Testamento es el mismo Jesús que con su muerte en la cruz
se ofreció a sí mismo por nosotros a su Padre celestial. En él están presentes los seis
elementos que exige un sacrificio: el altar es la cruz; el don sacrificial, el Cuerpo y la
Sangre de Cristo, el cordero de Dios; el sacerdote, el propio Cristo, Sumo Sacerdote,
Mediador entre Dios y la humanidad pecadora. Movido por su amor y su misericordia
con nosotros, Él mismo se ofreció en sacrificio al Dios ofendido, la Santísima Trinidad.
La ofrenda externa se llevó a cabo cuando Jesús, como Redentor, entregó
libremente su Sangre en sacrificio, sometiéndose al derramamiento forzoso que sus
verdugos hicieron de ella. Sus torturadores sirvieron de instrumento; Cristo era el Sumo
Sacerdote y a Dios solo le complacía lo que hacía su Hijo. La ofrenda interior que Jesús
presentó a Dios en la cruz fue su Sagrado Corazón. El hombre, con sus pecados, había
deshonrado a Dios.
Mediante su sacrificio en la cruz, Jesús restituyó una vez más a Dios la honra que
merecía; aplacó su justa cólera, reconcilió con Él a quienes habíamos pecado y nos
redimió; y adoró a Dios como su Señor y le rindió alabanza y honor supremos.
El papa Pío XII afirma: «Al don incruento de Sí mismo bajo las especies del pan y
del vino quiso Jesucristo nuestro Salvador unir, como supremo testimonio de su amor
infinito, el sacrificio cruento de la cruz. Así daba ejemplo de aquella sublime caridad que
él propuso a sus discípulos como meta suprema del amor, con estas palabras: “Nadie
tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15, 13). De donde el
amor de Jesucristo, Hijo de Dios, revela en el sacrificio del Gólgota, del modo más
elocuente, el amor mismo de Dios: “En esto hemos conocido la caridad de Dios: en que
dio su vida por nosotros; y así nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos” (Jn
2, 16). Cierto es que nuestro Divino Redentor fue crucificado más por la vehemencia
interior de su amor que por la violencia exterior de sus verdugos: su sacrificio voluntario
es el don supremo que su Corazón hizo a cada uno de los hombres, según la concisa
expresión del Apóstol: “Me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Ga 2, 20)»[75].
43
67 Cf. Lv 16, 20-22.
68 Gn 14, 18.
69 Gn 22, 1ss.
70 Ex 24, 4.
71 2Cro 7, 5.
72 1R 18, 36-38.
73 Ex 29, 38-39.
74 San León Magno (m.461), papa desde 440.
75 Haurietis Aquas, 20.
44
6. REMEMORA EN LA MISA LA MUERTE
SACRIFICIAL DE CRISTO
El sacrificio no concluyó con la muerte de Jesús en la cruz. El Señor nos dejó la
sagrada Eucaristía como sacrificio visible para representar de un modo incesante lo que
una vez llevó a cabo en la cruz y para aplicar sus frutos a nuestras almas. Jesús quiso
hacer presente para siempre en la Iglesia su sacrificio en la cruz e instituyó el sacrificio
de la misa en la última Cena, cuando por primera vez ofreció su Cuerpo y su Sangre bajo
las apariencias de pan y vino. Al día siguiente, Viernes Santo, se ofreció a sí mismo de
manera cruenta en la cruz.
Nosotros no pudimos estar presentes en el Calvario para ofrecernos juntamente con
Él y, de ese modo, participar de los frutos de su sacrificio; por eso, Jesús trajo el
Calvario junto a nosotros. Pensando sobre todo en el Calvario dirigió el Señor estas
palabras a sus apóstoles: «Tomad y comed, esto es mi cuerpo. Bebed todos de él; porque
esta es mi sangre de la nueva alianza, que es derramada por muchos para remisión de los
pecados. Haced esto en memoria mía». Jesús nos entregó su Cuerpo y su Sangre en la
sagrada Eucaristía y mandó a sus apóstoles que hicieran lo mismo. De este modo, en la
misa el Señor continúa y renueva su sacrificio en la cruz. Todos cuantos participan en
ella y, sobre todo, todos cuantos reciben en la sagrada comunión su Cuerpo y su Sangre
sacrificiales, se hacen un único sacrificio con Él, compartiendo los frutos celestiales y
los méritos obtenidos con su muerte en la cruz.
Esto es lo que afirma el Concilio de Trento: «Aunque nuestro Señor debió ofrecerse
una vez a Dios su Padre al morir sobre el altar de la cruz para obrar en él la redención
eterna, sin embargo, por cuanto su sacerdocio no debía extinguirse con su muerte, para
dejar a la Iglesia un sacrificio visible cual lo requería la naturaleza de los hombres y por
el que estuviese representado el sacrificio sangriento de la cruz... en la última Cena, en la
noche misma que fue entregado, ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las dos
especies de pan y de vino y bajo los símbolos de las mismas cosas los dio a tomar a sus
apóstoles, a quienes en aquel acto establecía sacerdotes del nuevo testamento, y con
estas palabras: “Haced esto en memoria mía”, les ordenó a ellos y a sus sucesores ofrecer
este sacrosanto sacrificio según la Iglesia católica lo ha siempre entendido y enseñado».
45
La misa es un memorial vivo de la pasión de Jesús
La misa presenta ante los fieles mediante signos o símbolos la muerte en la cruz,
donde Cristo derramó por nosotros toda su preciosa Sangre. San Pablo insiste en este
aspecto de la Sangre derramada y, por lo tanto, completamente separada del Cuerpo.
Sobre el altar se da una separación sacramental o simbólica entre ambos: se trata de una
re-presentación sacramental de la auténtica separación que se dio en el Calvario.
Manifiesta la muerte en la cruz. De ahí que la Iglesia cante: «¡Oh, sagrado banquete en el
que se recibe al mismo Cristo, se renueva la memoria de su Pasión, el alma se llena de
gracia y se nos da una prenda de la gloria futura!».
En la misa recordamos a Jesús y, especialmente, el inmenso amor que nos tiene,
demostrado con su pasión y muerte; y cumplimos su última voluntad, porque el pan y el
vino se transforman en su Cuerpo y su Sangre. La presencia viva del Salvador que murió
por nosotros sigue siendo real, pues Él mismo dijo en la última Cena: «Esto es mi
cuerpo, que se da por vosotros; esta es la sangre de la nueva alianza derramada por
vosotros»[76].
Su dolorosa muerte en la cruz queda representada en la misa por la doble
consagración del pan y del vino. La sagrada Hostia separada del cáliz nos recuerda el
lento derramamiento de su Sangre, separada de su Cuerpo en la cruz.
El sacrificio de Jesús, Cabeza de la humanidad, ha sido el sacrificio por excelencia
en este mundo: una elocuente declaración, hecha en nombre de toda la raza humana, de
que se arrepiente de sus ofensas y rechaza el pecado, y desea consagrarse a la gloria de
Dios. Es el único, verdadero y perfecto sacrificio aceptable en y por sí mismo por Dios.
La misión de la Iglesia consiste en dar a Dios el culto que se merece, y lo hace así a
través del sacrificio. El sacrificio de Jesús en la cruz es perpetuo: se ofrece sin cesar en la
Iglesia y seguirá ofreciéndose hasta el fin de los tiempos. El Calvario está re-presentado
—continuamente presente ante nuestros sentidos— en la misa, que es el memorial vivo
del Señor.
Encima de todos los altares católicos el crucifijo nos recuerda que la misa es el
mismo sacrificio que el de la cruz, cuya víctima y principal sacerdote es Jesucristo. Ese
crucifijo nos dice sin palabras: «He muerto por vosotros». La misa es un monumento, un
memorial de su muerte, mediante la cual ha salvado nuestras almas.
46
76 Cf. 1Co 11, 24-25.
47
El libro de la Eucaristía - Lawrence G. Lovasik
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El libro de la Eucaristía - Lawrence G. Lovasik

  • 1.
  • 2. EL LIBRO DE LA EUCARISTÍA 2
  • 3. Lawrence G. Lovasik EL LIBRO DE LA EUCARISTÍA EDICIONES RIALP, S.A. MADRID 3
  • 4. © by Lawrence G. Lovasik © 2015 de la presente edición, by EDICIONES RIALP, S. A., Colombia, 63. 28016 Madrid (www.rialp.com) No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopias, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. ISBN: 978-84-321-4586-5 ePub producido por Anzos, S. L. 4
  • 5. PRÓLOGO La sagrada Eucaristía es la corona de todas las maravillas divinas: la más rica, la más misteriosa, la más atrayente, la más amable. Este sacramento de sacramentos guarda en su interior las insondables riquezas de Cristo. En él se derraman la bondad, la sabiduría, el poder, la misericordia y la generosidad de Dios. Por eso, la devoción a la sagrada Eucaristía constituye sin duda el mejor medio para crecer en tu vida interior, para parecerte más a Cristo, pues es la fuente de la cual nunca dejan de manar las gracias de la Redención para la humanidad. En un radiomensaje difundido al mundo entero en 1943, el papa Pío XII decía: «El centro de la fe, ahora como en los primeros siglos, es el pensamiento eucarístico. Su difusión dentro de la Iglesia y su irradiación espiritual y vivificadora ha de ser aún más viva y eficaz». Estas palabras del Santo Padre marcan el objetivo de este libro: hacer más viva y eficaz la influencia espiritual de la Eucaristía en la vida de los católicos. Dios quiera que los católicos no desoigan la voz de la santa madre Iglesia y recuperen el espíritu eucarístico de los primeros cristianos. Dios quiera que la última voluntad de Jesucristo se cumpla hoy con la misma fidelidad de entonces. El ideal al que aspira la Iglesia consiste en la santa misa y la sagrada comunión diarias. El altar es el centro de la vida en Cristo: para el sacerdote que ofrece sobre él el sacrificio eucarístico y para los fieles que se reúnen en torno a él en las iglesias y fortalecen sus almas en la mesa del Señor. La Eucaristía es el alimento que da vida a los católicos: una vida que, por eso, debe ser eucarística. Confío estas páginas a la amorosa protección de Nuestra Señora del Santísimo Sacramento. P. Lawrence G. Lovasik Fiesta de Cristo Rey Seminario del Verbo Divino Girard (Pennsylvania) 5
  • 6. PRIMERA PARTE LA PRESENCIA REAL DE CRISTO EN LA EUCARISTÍA 6
  • 7. 1. CREE EN LA PRESENCIA DE CRISTO EN LA EUCARISTÍA Un año antes de su muerte, Jesús reveló a sus discípulos la doctrina de la sagrada Eucaristía. En el capítulo 6 del evangelio de san Juan, que se centra en recoger cómo preparó Cristo a sus discípulos para la institución de la Eucaristía, aparece claramente formulada la promesa que hizo de ella. La mañana siguiente al milagroso reparto de comida entre la multitud, la gente sale en busca de Jesús con la esperanza de que repita el prodigio y vuelva a saciar su hambre. Pero Él les dice: «Vosotros me buscáis no por haber visto los signos, sino porque habéis comido los panes y os habéis saciado»[1]. Luego intenta que sus pensamientos trasciendan el alimento material refiriéndose al alimento espiritual del alma: «Obrad no por el alimento que se consume sino por el que perdura hasta la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre»[2]. Los judíos le preguntan entonces qué deben hacer para obtener ese alimento espiritual y Jesús les enseña que pueden recibirlo si creen que Él es el Mesías, el Hijo de Dios enviado por el Padre, el único capaz de dárselo. Ellos exclaman entusiasmados: «Señor, danos siempre de este pan»[3]. Aún piensan que se trata de una especie de pan maravilloso, algo así como el maná del cielo que sostuvo a los israelitas en el desierto. Jesús se refiere por primera vez a sí mismo como el Pan de Vida que el Padre ya ha dado al mundo. Él es el Pan de Vida que el alma recibe en un acto de fe. Y les habla del futuro, de algo que les dará más adelante. El Pan que Jesús promete es su Carne. No es su Padre, sino Él mismo quien se lo dará a los discípulos que permanezcan fieles. Y no lo recibirán de un modo meramente espiritual, es decir, creyendo que es el Mesías y el verdadero Hijo de Dios hecho hombre, sino real y verdaderamente: comiéndolo. Ese es el significado de las palabras de Cristo que se nos da a conocer también cuando compara ese nuevo alimento con el maná celestial que alimentó a los israelitas en el desierto: «Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron —les dice—. Este es el pan que baja del cielo, para que si alguien lo come no muera»[4]. Y prosigue: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo»[5]. 7
  • 8. Cuando los judíos se ponen a discutir entre ellos preguntándose: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?»[6], Jesús deja claro que sus palabras deben tomarse al pie de la letra: «En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Igual que el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo, no como el que comieron los padres y murieron: quien come este pan vivirá eternamente»[7]. Con estas palabras precedidas por un «en verdad, en verdad», Jesús insiste en la idea de su Carne y de su Sangre, en la idea de comer y beber. San Juan afirma que para muchos aquella enseñanza resultó difícil de creer: «Es dura esta enseñanza, ¿quién puede escucharla?»[8]; y añade: «Muchos discípulos se echaron atrás y ya no andaban con él»[9]. Sin embargo, Jesús no los hizo llamar para explicarles que le habían entendido mal, sino que los dejó marchar. Y estaba dispuesto a permitir que también los apóstoles se fueran si se negaban a creer en Él y en su Palabra; por eso les preguntó: «¿También vosotros queréis marcharos?»[10]. Y Simón Pedro contestó: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios»[11]. Cristo instituyó la Eucaristía Había pasado más de un año desde que Jesús nos prometiera el maravilloso Pan de Vida celestial. Si bien para ganarnos la vida eterna debía padecer y morir, no quería abandonar este mundo sin dejarnos un recuerdo de su amor por nosotros. Llevado por su inmenso amor hacia la humanidad, Jesús halló una manera de enriquecernos espiritualmente y de quedarse con nosotros hasta el fin del mundo. Antes de que sus enemigos le quitaran la vida, su amor ya había previsto su presencia en la tierra de un modo nuevo: instituyendo el Santísimo Sacramento del altar se entregó a nosotros en la sagrada Eucaristía. Había llegado la noche de la Pasión del Señor. Se acercaba la fiesta de la Pascua y Jesús y los Doce estaban en Jerusalén, reunidos en una estancia para celebrar la cena pascual. El Señor eligió ese día para instituir el Santísimo Sacramento por una razón importante. Cuando los israelitas ansiaban ser liberados del dominio del faraón y salir de Egipto, Dios ordenó que cada padre de familia sacrificara un cordero sin mancha y que, junto con todos los miembros de su familia, comiera su carne. Luego debía rociar las jambas y el dintel de la puerta de su casa con la sangre del cordero para que las que mostraran esa marca se libraran del ángel exterminador del Señor, quien dio muerte a todos los primogénitos egipcios. En memoria de aquel suceso, todos los años los israelitas celebraban la Pascua agradecidos[12]. 8
  • 9. Ese cordero pascual fue modelo y ejemplo del auténtico Cordero Pascual, Jesucristo, quien permitió que le dieran muerte en la cruz como cordero sacrificial. De ese modo nos liberó del dominio de Satanás. Con su Sangre quiso preservarnos de una muerte eterna en el infierno y conducirnos a la tierra celestial prometida. Jesús y sus apóstoles se sentaron en torno a la mesa para compartir el cordero pascual. El Señor les dijo a sus apóstoles: «Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer»[13]. Sobre la mesa, junto con una copa de vino, había un plato con el pan ácimo (sin levadura) que estaba prescrito que los judíos comieran en la cena pascual. San Marcos describe lo que sucedió entonces: «Mientras cenaban, tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, se lo dio a ellos y dijo: “Tomad, esto es mi cuerpo”. Y tomando el cáliz, habiendo dado gracias, se lo dio y todos bebieron de él. Y les dijo: “Esta es mi sangre de la nueva alianza que es derramada por muchos”»[14]. Cristo confirió a los apóstoles el poder de consagrar Fue el mismo Jesucristo quien consagró por primera vez durante la última Cena. Y pudo realizar ese milagro —más maravilloso aún que la creación del mundo— porque, por ser Dios, es también omnipotente. Ahora, por voluntad de Cristo, son sus sacerdotes los que llevan a cabo el milagro de transformar el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo cada vez que ofrecen la misa, ya que han recibido de Él ese sublime poder. El Salvador, que continúa viviendo en su Iglesia, realiza de nuevo el milagro de la consagración asociando a Él a un hombre consagrado y convertido en sacerdote suyo. Se sirve de la voz de ese hombre, de su corazón —marcado con la imagen del Corazón de Cristo por el sacerdocio sagrado— y de sus manos consagradas. En la última Cena, cuando Jesús dijo: «Haced esto en memoria mía»[15], quería decir: «Haced lo que me habéis visto y oído hacer a mí. Yo he transformado el pan y el vino: también vosotros debéis transformarlos. Yo he ofrecido mi Carne y mi Sangre en sacrificio: lo mismo tenéis que hacer vosotros. Yo he entregado mi Carne y mi Sangre en la sagrada comunión: así vosotros debéis entregar mi Carne y mi Sangre a los fieles para alimento de sus almas». Junto con este mandato, Dios otorgó a los apóstoles y a sus sucesores —y solo a ellos— el poder de hacer lo que Él había hecho, sin el cual no podrían poner por obra su mandato. Después de que el Salvador los dejara, los apóstoles, haciendo uso de la facultad recibida, cumplieron fielmente lo que Dios les había ordenado. Transformaban el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, ofreciendo así el sacrificio eucarístico en la santa misa y repartiendo la sagrada comunión a los fieles. El memorial que Jesús quiso dejar de sí mismo no estaba destinado solamente a los apóstoles, sino a cuantos creyeran en Él y le amaran. Su testamento y su última voluntad iban dirigidos a todos los tiempos. Los apóstoles, que conocían la intención de Jesucristo, continuaron ordenando sacerdotes y obispos a hombres dignos de serlo y les confirieron el poder de consagrar. 9
  • 10. Los dos poderes más importantes de los sacerdotes son los que les permiten perdonar los pecados y transformar el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Al igual que el poder de perdonar los pecados será necesario para todas las generaciones y por eso los apóstoles —los primeros obispos de la Iglesia— se lo transmitieron a otros, y estos a su vez a los obispos que les sucedieron, así el poder de consagrar el pan y el vino para convertirlos en el Cuerpo y la Sangre de Cristo ha sido transmitido a los sacerdotes de generación en generación. Jesús prometió: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo»[16]. El sacerdote ejerce el poder de transformar el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo solo durante la misa. No puede apropiarse nunca de un poder tan sublime. Devuelve a Dios a esta tierra porque a través de él se renueva la Encarnación. Entre sus manos sostiene realmente al Creador. La Iglesia siempre ha creído y enseñado que, junto con el sacramento del Orden, el sacerdote recibe el grandioso poder que lo sitúa al mismo nivel que los apóstoles, a quienes Cristo dijo: «Haced esto en memoria mía». Ejercen este poder de consagrar solamente «en la persona del mismo Cristo». El pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo Cuando Jesús, el Hijo de Dios, dijo «esto es mi cuerpo... esta es mi sangre», el pan se convirtió en su Cuerpo y el vino en su Sangre. El Señor dijo exactamente lo que quería decir y quería decir exactamente lo que dijo. Era la víspera de su muerte y dictó solemnemente su testamento y su última voluntad. Las palabras que empleó fueron totalmente intencionadas, claras e inconfundibles, y no simbólicas ni imprecisas. San Juan Damasceno[17] escribió: «No son el pan y el vino figura meramente del Cuerpo y la Sangre de Cristo —lejos de nosotros pensar tal cosa—, sino el mismo Cuerpo divinizado del Señor, porque el Señor ha dicho “esto es mi cuerpo”, y no “esto es una figura de mi cuerpo”; y “mi sangre”, y no “una figura de mi sangre”». El Señor preparó a la gente prometiendo la Eucaristía. Si en la última Cena utilizó estas palabras —que tanto Mateo como Lucas, Marcos y Pablo[18] recogen como salidas de sus labios— sin querer decir lo que dijo, habría permitido deliberadamente que los apóstoles y toda su Iglesia erraran el camino. Esta fue la enseñanza de la Iglesia durante quince siglos. En el XVI, a raíz de la reforma protestante, surgió una doctrina que negaba ese significado de las palabras de Cristo y defendía otro totalmente distinto. Los protestantes discrepan sobre qué quiso decir Jesús exactamente. Si su interpretación fuera la correcta, durante quinientos años las «puertas del infierno» —un error terrible— habrían prevalecido contra la Iglesia fundada por Jesucristo, pese a su solemne promesa[19]. Significaría que durante cerca de 1900 años y hasta el día de hoy, la inmensa mayoría de cristianos, incluidos los católicos, la Iglesia ortodoxa y otros muchos, habrían vivido engañados por Cristo. Por lo general, las Iglesias protestantes interpretan que lo que Cristo quiso decir no era «esto es realmente mi cuerpo», sino algo así como «esto representa mi cuerpo», o 10
  • 11. bien «me recordaréis mediante la repetición de este acto». Algunos afirman que solo en el momento de la comunión, mientras el pan y el vino aún continúan presentes, junto a ellos también está presente Cristo por la fe. No obstante, mucho hay que violentar los textos para llegar a este significado, que no es el que el Señor quiso darles. Los apóstoles y los primeros cristianos entendían las palabras pronunciadas por Jesucristo durante la última Cena de acuerdo con lo que el Señor quiso expresar con ellas, es decir, en sentido literal. Esto es lo que dice san Pablo cuando habla de beber el vino consagrado —algo habitual en aquellos tiempos— y de comer el pan consagrado: «El cáliz de bendición que bendecimos ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?»[20]. Por si quedara alguna duda de que se refería a la sagrada comunión como el Cuerpo y la Sangre de Cristo reales y verdaderos, afirma: «Así pues, quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor... Porque el que come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propia condenación»[21]. Es un hecho histórico que todos los cristianos, desde tiempos de Cristo hasta el día de hoy, habrían entendido la Eucaristía del mismo modo que san Pablo y con la misma fe que la Iglesia católica si no fuera porque los «reformadores» del siglo XVI cuestionaron la doctrina. La Iglesia ortodoxa, que se separó de Roma hace novecientos años y que cuenta actualmente con unos cien millones de fieles, siempre ha enseñado y continúa enseñando la misma doctrina eucarística que la Iglesia católica. Durante los últimos cuatrocientos años, muchos cristianos que únicamente admiten la guía de la Biblia se han manifestado en desacuerdo con la clara enseñanza de las Escrituras. Aun así, Martín Lutero afirmó una vez: «Si... hubiese podido alguien demostrarme que [en la Eucaristía] no hay sino el pan y el vino, ciertamente me hubiese prestado un gran servicio. He sido víctima de tan violentas tentaciones, he tenido que imponerme tantas violencias, que de buen grado hubiese renunciado... Pero sus palabras [de Cristo] “esto es mi cuerpo” son demasiado claras». Ni siquiera Lutero fue capaz de hallar el modo de tergiversar unas palabras del Señor tan claras, cosa que sí hicieron sus seguidores, rechazando la verdad de la presencia real de Cristo en el Santísimo Sacramento. En la consagración el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, algo que sabemos únicamente por la fe en Jesucristo, que es Dios y puede hacer cuanto quiere, pero no puede engañarnos. En una ocasión, los protestantes preguntaron a Daniel O’Connell, el libertador de Irlanda, cómo era tan estúpido para creer que Jesucristo está verdaderamente presente en la Eucaristía. Este hijo fiel de la Iglesia contestó sin vacilar: «Arreglad vosotros las cuentas con el mismo Jesucristo. Pedidle responsabilidades a Él, que fue quien dijo que aquello era su Cuerpo». Cuando el Señor afirmó «esto es mi cuerpo», toda la sustancia del pan se convirtió en su Cuerpo; y cuando afirmó «esta es mi sangre», toda la sustancia del vino se convirtió en su Sangre. 11
  • 12. Nosotros confesamos que en la sagrada Eucaristía está «real y verdaderamente» presente el Señor para subrayar la diferencia entre la doctrina católica y lo que creen la mayoría de los protestantes, quienes afirman que el Señor está presente en el sacramento solo de modo figurativo: la Eucaristía no es más que pan y vino que representan el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Pero Jesús dijo «esto es mi cuerpo», y no «esto es un signo de mi cuerpo»: sus palabras indican su presencia real y deben ser tomadas en sentido literal. Bajo las apariencias de un objeto existe una realidad —que los sentidos no pueden percibir— que hace que ese objeto sea lo que es. Cuando Jesús, refiriéndose al pan, dijo «esto es mi cuerpo», la apariencia o los accidentes permanecieron inalterados, pero la sustancia del pan fue reemplazada por la sustancia del Cuerpo de Cristo, que a partir de ese momento existió bajo la apariencia de pan. Esa transformación de la sustancia del pan en la sustancia del Cuerpo de Cristo es lo que conocemos como «transustanciación». Después de que Cristo pronunciara las palabras de la consagración, solo permaneció la apariencia de pan. El aspecto, la textura y el gusto siguieron siendo los mismos: únicamente cambió la sustancia. Los sentidos solo informan de lo que perciben. No son capaces, ni antes ni después de la consagración, de juzgar qué es ese objeto. A los católicos no se les pide que crean, en contra del testimonio de sus sentidos, que el pan consagrado parece el Cuerpo de Cristo o que el vino consagrado parece su Sangre. Lo que se les pide que crean es que ha cambiado la sustancia inaprehensible del pan y del vino. El Señor está total y enteramente presente hasta en la partícula más pequeña de la sagrada Eucaristía bajo la apariencia tanto del pan como del vino, igual que nuestra alma está total y enteramente presente hasta en la parte más pequeña de nuestro cuerpo. Jesús permanece presente en la sagrada Eucaristía mientras el pan y el vino conservan su apariencia. El Cuerpo de Cristo está presente en la Eucaristía de una manera similar al modo en que el alma está en el cuerpo. El alma está total y enteramente presente en cada parte de nuestro cuerpo vivo. De igual modo, el Cuerpo de Cristo está presente, total y enteramente, en cada parte de la Hostia consagrada antes y después de que la Hostia sea partida. Cuando el sacerdote parte o divide la sagrada Hostia, solo parte o divide las especies: todo el cuerpo vivo de Cristo está presente en cada una de las partes. Piensa en una madre que corta una rebanada de pan y le da un trozo a cada uno de sus tres hijos. Las tres partes son más pequeñas que la rebanada, pero todos los niños reciben pan. Cuando el sacerdote parte la Sagrada Hostia, también los trozos son más pequeños, pero cada uno es el Cuerpo de Cristo. Imagínate que te miras en un espejo. Si lo rompes en tres pedazos, verás tu cara en cada uno de ellos. Y, si los juntas, volverás a ver tu cara, pero solo una. Cristo está total y enteramente presente en toda la Hostia: cuando el sacerdote la parte en tres, se halla total y enteramente presente en cada una de las partes. En la sagrada comunión el sacerdote comulga bajo dos especies, pero a Cristo solo lo recibe una vez. 12
  • 13. En la naturaleza podemos observar lo que se manifiesta como el cambio de una sustancia en otra. Cuando tomamos alimento, este se transforma en la sustancia — totalmente diferente— de nuestro cuerpo. Si nosotros, mediante el asombroso proceso de la digestión, somos capaces de cambiar una sustancia en otra ¿por qué hemos de cuestionar el poder de Dios para realizar un cambio sustancial de forma inmediata? La presencia de Jesucristo en la Eucaristía es real, verdadera y milagrosa. Él puede estar aquí, en el cielo y en mil sitios distintos. Para los sentidos corporales ha querido ser solamente una pequeña porción de pan, viviendo al mismo tiempo en la plenitud y belleza de su sagrada humanidad. Se hace tan pequeño que cabe en la mano de un niño, cuando ni el cielo es capaz de contenerlo. Solo su amor y su poder pueden obrar tales maravillas. La fe te permite creer en el misterio de la Eucaristía La fe es el primer paso para la unión con Jesucristo. Con nuestro entendimiento conocemos y damos por cierta la revelación de que Él es Dios, nuestro bien supremo y nuestro destino final. Jesús nos señala los motivos de esa unión con Él por medio de la fe. Él mismo ha afirmado que es Dios, que obra milagros y que debemos acercarnos a Él con fe si queremos dar frutos para la vida eterna. «Creéis en Dios, creed también en mí... El que me ha visto a mí ha visto al Padre... ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí?... Y si no, creed por las obras mismas. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y las hará mayores que estas»[22]. «El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí es arrojado fuera, como los sarmientos, y se seca»[23]. Llamamos a la Eucaristía «misterio de fe». Un misterio es algo que creemos cierto, aunque no lo podamos entender del todo, y quizá incluso tengamos que aceptarlo fiándonos de la palabra de otro. La naturaleza está llena de misterios como el calor, la luz y la electricidad. La consagración es un misterio. No podemos entenderlo e incluso deberíamos evitar la curiosidad. En la Imitación de Cristo leemos: «El que es escudriñador de la majestad, será abrumado de su gloria... Acércate, pues, con una fe firme y sencilla, y llégate al sacramento con suma reverencia; y todo lo que no puedas entender, encomiéndalo con seguridad al Dios todopoderoso»[24]. Jesús quiere que creamos firmemente en su presencia en la sagrada Eucaristía para que así nuestra fe inconmovible merezca una recompensa. El apóstol Tomás, que se resistía a creer en la resurrección del Señor, dijo: «Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré». Ocho días después, cuando Jesús volvió a aparecerse a los apóstoles, dijo a Tomás: «“Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente”. Respondió Tomás y le dijo: “¡Señor mío y Dios mío!”». Entonces el Señor le reprendió: «“Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído”»[25]. 13
  • 14. La fe no significa creer en lo que vemos y entendemos. La fe que algún día nos premiarán en el cielo es la disposición a creer lo que no vemos ni entendemos. Además, el Señor quiere que nos acerquemos a Él con la confianza de un niño. Jesucristo ha sido glorificado: si apareciera en toda su gloria, su majestad cegaría nuestros ojos. No desea que acudamos a Él con temor y temblor: quiere que hablemos con Él de amigo a amigo. No hay otro acto de fe en el que esta se pueda ejercer con más firmeza que en la Eucaristía. No existe un homenaje de la fe más sublime que creer en Cristo cuya divinidad y cuya humanidad permanecen ocultas bajo la apariencia de la Hostia. Cuando Jesús te muestra un poco de pan y de vino, y te dice «esto es mi cuerpo... esta es mi sangre», y tu inteligencia prescinde de lo que afirman tus sentidos y acepta esas palabras de Cristo; cuando tu voluntad, llevada por la fe y el amor, te conduce hasta la mesa del Señor, estás haciendo el mayor acto de fe que puede existir. Para poder recibir cada día la amable visita de Cristo en la sagrada comunión cuentas con su palabra. Puedes escucharle cuando te habla de corazón a corazón y puedes hablarle tú. No le verás con los ojos del cuerpo, pero Él te dice que está ahí, y que mayor será tu recompensa si crees en su palabra. Precisamente por esa inmensa reserva de méritos que puedes ganar, Dios quiere que, antes de contemplar a Cristo cara a cara, hayas pasado cierto tiempo creyendo en Él y configurando tu vida con la suya. 14
  • 15. 1 Jn 6, 26. 2 Jn 6, 27. 3 Jn 6, 34. 4 Jn 6, 49-50. 5 Jn 6, 51. 6 Jn 6, 52. 7 Jn 6, 53-58. 8 Jn 6, 60. 9 Jn 6, 66. 10 Jn 6, 67. 11 Jn 6, 68-69. 12 Cf. Ex. 12, 1-14. 13 Lc 22, 15. 14 Mc 14, 22-24. 15 Lc 22, 19. 16 Mt 28, 20. 17 San Juan Damasceno (c.675-c.749), teólogo griego y Doctor de la Iglesia. 18 Cf. Mt 26, 26; 28. Mc 14, 22; 24. Lc 22, 19-20. 1Co 11, 24-25. 19 Cf. Mt 16, 18. 20 1Co 10, 16. 21 1Co 11, 27; 29. 22 Jn 14, 1; 9; 10-12. 23 Jn 15, 5-6. 24 Beato Tomás de Kempis (c.1380-1471; escritor ascético). Imitación de Cristo, libro IV, cap. 18, nº 1, 4. 25 Jn 20, 25; 27-28; 29. 15
  • 16. 2. ADORA A CRISTO EN LA EUCARISTÍA Uno de los efectos de la Eucaristía es la presencia constante de Jesucristo aquí en la tierra. Durante la santa misa el Salvador se halla presente en el altar desde la consagración hasta la comunión. San Juan Crisóstomo[26], a quien la Iglesia venera como «Doctor de la Eucaristía», escribe: «Esto que hay en el cáliz es aquello que manó del costado, y de ello participamos... Los magos adoraron también este cuerpo recostado en un pesebre... y al llegar, lo adoraron con gran temor y temblor... Tú, en cambio, no lo ves en un pesebre, sino sobre un altar... Conoces todo su poder y su economía de salvación... Este misterio transforma para ti la tierra en cielo... Te mostraré sobre la tierra lo que en el cielo existe de más venerable... No solo lo ves, sino que lo tocas; no solo lo tocas, sino que lo comes». El sacramento y el sacrificio de la Eucaristía son inseparables. La presencia real de Cristo en la Hostia es la consecuencia necesaria e inmediata de la transustanciación, cuya principal finalidad consiste en hacer presente sobre el altar a Cristo, ofrecido en sacrificio, a través de la consagración del pan y el vino por separado. Al mismo tiempo, el sacrificio no puede estar completo sin que al menos el sacerdote celebrante comulgue las especies consagradas. A quien adoramos en las visitas al Santísimo es al mismo Jesucristo, permanentemente presente en la Hostia consagrada en el santo sacrificio, que se recibirá en la comunión. La fe nos enseña que Cristo está real, verdadera y esencialmente presente, con su Cuerpo y con su Sangre, con su divinidad y con su humanidad, bajo el velo de las especies sacramentales mientras estas siguen existiendo. Por eso, el Santísimo Sacramento es como el vínculo que une el cielo y la tierra en una unión esencial. Jesús nos dejó la Eucaristía con el fin de quedarse para siempre en nuestros altares como prueba de su amor por nosotros y para que lo adoremos. Dice el Concilio de Trento: «No queda, pues, motivo alguno de duda de que todos los fieles cristianos hayan de venerar a este Santísimo Sacramento, y prestarle, según la costumbre recibida en la Iglesia católica, el culto de latría que se debe al mismo Dios... Pues creemos que está presente en él aquel mismo Dios de quien el Padre Eterno, introduciéndole en el mundo, dice: Adórenle todos los ángeles de Dios; el mismo a quien los magos postrados 16
  • 17. adoraron; y quien, finalmente, según el testimonio de la Escritura, fue adorado por los apóstoles en Galilea». Bajo la apariencia de pan, junto con el Cuerpo del Señor, están presentes su Sangre y su alma; y bajo la apariencia de vino, junto con la Sangre del Señor, están presentes su Cuerpo y su alma, porque la sagrada Eucaristía es el Cuerpo y la Sangre de Cristo glorificado que está en el cielo, donde su Cuerpo, su Sangre y su alma se encuentran inseparablemente unidos. La divinidad de Cristo está presente bajo la apariencia tanto de pan como de vino, ya que desde el momento de la Encarnación la divinidad ha estado unida constante e inseparablemente a toda la naturaleza humana de Cristo. La presencia real de Jesús en la Eucaristía debe despertar en tu corazón un amor de correspondencia. ¡Qué pequeño es el espacio que ocupa Cristo entre nosotros! ¡Qué poco te pide!: solo que lo adores y lo recibas como alimento. Lo demás depende de tu amor y de tu generosidad. Se conforma con los honores externos que tú le rindas. En otro tiempo, cuando Jesús pasó por este mundo, los hombres le buscaban. Ahora es Él quien los busca a ellos para poder hacerles felices no solo con su presencia, sino con los innumerables bienes para el alma y el cuerpo que esa presencia conlleva. La adoración se remonta a la iglesia primitiva En la Iglesia primitiva la adoración al Santísimo se ceñía principalmente a la misa y a la sagrada comunión. Pero, una vez que se permitió a los fieles comulgar fuera de la misa, surgieron nuevas formas de adoración llenas de afecto. La doctrina relativa a la presencia real de Jesús Sacramentado es de suma importancia en la vida de la Iglesia, sobre todo en lo que al culto público se refiere. El Concilio de Trento enseña que la costumbre católica de reservar la sagrada Eucaristía data de muy antiguo: tanto como la de llevar la comunión a los enfermos y, con ese motivo, conservar al Señor en las iglesias. La historia de la Iglesia revela que, en los primeros tiempos, era normal que los fieles guardaran en sus casas la Eucaristía y viajaran acompañados de ella, costumbre esta que en algunos lugares pervivió hasta el siglo XII. Los diáconos solían llevar el Santísimo Sacramento a los presos, a los enfermos y a los que no podían asistir a misa. Acuérdate de la historia de la sacerdotisa pagana Domna de Nicomedia, quien se convirtió al cristianismo leyendo los Hechos de los apóstoles. En tiempos de Diocleciano estalló una cruel persecución y Domna y su criada Indes fueron denunciadas ante el juez; cuando este fue en su busca, no encontró en la casa más que una copia del libro de los Hechos, un crucifijo, un incensario, una lámpara y una caja de madera (o píxide) para el Santísimo Sacramento. ¿Acaso no aluden claramente estos objetos al incienso y a la lámpara del sagrario: en una palabra, a la adoración del Santísimo en la Iglesia del siglo III? En el siglo IV, san Gregorio Nacianceno[27] cuenta cómo su hermana santa Gorgonia, aquejada de una enfermedad mortal, se levantó una noche del lecho y, 17
  • 18. postrándose ante el altar, invocó a Aquel que es adorado en la Sagrada Hostia, sanando en ese mismo momento. Desde la época del emperador Constantino[28], como norma general la Eucaristía se reservaba de forma permanente en las iglesias públicas. ¿A quién se le ocurriría pensar que, en esa época de fe, la adoración del Dios eucarístico cesó una vez que la Iglesia hubo surgido de las catacumbas? Escucha lo que dicen algunos Padres de la Iglesia, testigos de la tradición, como san Agustín: «Nadie come esta carne (el Cuerpo del Señor) sin antes adorarla». Y san Juan Crisóstomo escribe: «Si ellos [los magos] hicieron tan largo viaje para verle recién nacido, ¿qué excusa pondrás tú, que no quieres andar una calle para visitarle...? Hay entre nosotros mujeres tan muelles que ni una calle son capaces de atravesar para ver a Cristo en su espiritual pesebre... Tú... ves a Cristo reclinado sobre el pesebre y le abandonas... ¿Qué rayos no merece tal conducta?». ¿Qué son estas palabras sino una vehemente exhortación a visitar a Jesús Sacramentado y una elocuente indignación ante el descuido de esta práctica sagrada? El canon IV del Concilio de Tours, celebrado en el año 567, prescribe que las puertas del templo permanezcan abiertas para que los fieles puedan acercarse en cualquier momento al altar a rezar. Entre la recopilación de anécdotas sacras reunida por san Gregorio de Tours[29] no hay palabras más repetidas que «postrado ante el altar sagrado»: tal era el lugar preferido para la oración más fervorosa. Los fieles sabían que allí se reservaba el Santísimo: el Cuerpo de Cristo, unido siempre a su alma y a su divinidad. Los anglosajones rendían el máximo culto al contenido del cáliz o de la píxide: lo llamaban «la Hostia adorada del Hijo de Dios» y reverenciaban con toda clase de signos externos la iglesia en la que se hallaba y el altar sobre el que se ofrecía. En aquellos años de fe se practicaba incluso la adoración perpetua. Los religiosos cenobitas orientales del siglo V se consagraban para custodiar y rendir honor perpetuo al Divino Rey. Se dividían en comunidades —a semejanza de las antiguas tribus de los hijos de Israel—, cantaban salmos y oraban en el templo ininterrumpidamente. En Occidente la historia ha demostrado que en el año 522 ya se practicaba esa adoración perpetua en el monasterio de Agauno. San Benito[30] y sus monjes, que desbrozaron los bosques, drenaron los pantanos y erigieron magníficas iglesias donde moraba el Señor bajo el velo eucarístico, fueron los primeros misioneros y apóstoles del Santísimo Sacramento y llevaron la fe a las hordas de bárbaros, convirtiéndolos en fervientes adoradores del Dios escondido en la Eucaristía. A partir del siglo X, la devoción al Santísimo recibió un impulso extraordinario. En 1246, la institución de la fiesta del Corpus Christi por el papa Urbano VI a instancias de santa Juliana de Lieja —urgida a ello en el transcurso de varias visiones— despertó un entusiasmo desbordado. El gran santo Tomás de Aquino compuso himnos admirables con ese motivo[31]. La nueva fiesta pasó a ser el primer eslabón de oro de la gloriosa cadena de adoración, espléndidas devociones, procesiones triunfales e innumerables visitas al Santísimo que han recorrido los siglos desde entonces hasta hoy. 18
  • 19. En ese periodo, en los conventos y monasterios femeninos y masculinos se vivía la práctica de la visita a Jesús Sacramentado, de la adoración silenciosa de la sagrada Eucaristía y de la oración derramada ante el altar. Tanto santo Tomás Moro como san Juan Fisher[32] recibieron fortaleza en vida y se prepararon para el martirio y una muerte santa adorando con devoción el Santísimo Sacramento. Afortunadamente, conservamos esta oración de santo Tomás Moro: Oh, amado Salvador Jesucristo, por los múltiples tormentos de tu Pasión amarguísima, aparta de mí, oh Señor, esta tibieza, esta fría manera de contemplación y esta insensibilidad con que te rezo a ti. Y concédeme la gracia de ansiar tus santos sacramentos, pero ante todo de estar lleno de alegría en presencia de tu Cuerpo sagrado, amado Salvador Jesucristo, en el santo sacramento del altar, y de agradecerte debidamente tu gentil visita. San Buenaventura[33], el Doctor seráfico, tenía la costumbre de acudir al pie del sagrario para obtener de él la sabiduría y la santidad que adornaron su vida, demostrándose con ello fiel discípulo de su humilde padre y fundador san Francisco de Asís[34], quien solía confiar todos sus trabajos y empresas a Jesús Sacramentado. Santa Clara[35], admirable compañera de san Francisco de Asís, estimaba en mucho las visitas al Santísimo y se las recomendaba encarecidamente a sus hijas espirituales, las hermanas pobres de Santa Clara. Se dice que la sabiduría celestial que empapó a santo Tomás de Aquino, el Doctor angélico, nacía del crucifijo y del sagrario, ante los que pasaba horas, reflejando así el espíritu de su orden y de su ilustre padre santo Domingo[36]. Entre los siglos XVI y XX hubo cuatro factores que contribuyeron al crecimiento y desarrollo de la adoración al Santísimo y de la práctica de las visitas diarias. El primero fue el feroz ataque que los reformadores protestantes dirigieron contra las prácticas sagradas de la Iglesia, la cual definió la verdadera doctrina católica en el Concilio de Trento: entonces sus hijos, espoleados por el amor y la fe, procuraron reparar los errores doctrinales mediante la piadosa adoración y las visitas al Dios eucarístico. La institución de la devoción de las cuarenta horas[37] se convirtió en el segundo factor. Al parecer, un capuchino milanés, el padre José, fue el primero en celebrarla en 1534; rápidamente, le imitaron en Roma —entre otros— san Felipe Neri[38], y san Carlos Borromeo[39] en Milán. En 1692 el papa Clemente VIII la instituyó en Roma con carácter obligatorio. El tercer factor fue la creación de órdenes, casas y cofradías de adoración perpetua tal y como se practica en nuestros días. En 1652 la madre Mectilde del Santísimo Sacramento fundó la Congregación de Benedictinas de la Adoración Perpetua. La vida e influencia del papa san Pío X[40] fue el cuarto y último factor. En la alocución pronunciada el 29 de mayo de 1954 con motivo de la canonización de su 19
  • 20. predecesor, el papa Pío XII decía: «Sacerdote ante todo en el ministerio eucarístico: he aquí el retrato más fiel del santo Pío X. En el servir como sacerdote al misterio de la Eucaristía y en el cumplir el precepto del Señor “haced esto en memoria mía” se compendia su vida toda. Desde el día de su ordenación sacerdotal hasta su muerte como Pontífice no conoció otro camino posible para llegar al amor heroico de Dios y a la generosa correspondencia con el Redentor del mundo, el cual por medio de la Eucaristía derramó las riquezas de su divino amor hacia los hombres. Una de las manifestaciones más expresivas de su conciencia sacerdotal fue su ardiente solicitud por renovar la dignidad del culto y especialmente por vencer los prejuicios de una práctica desviada. Promovió resueltamente la frecuencia, aun diaria, de los fieles a la mesa del Señor, y condujo a ella, sin vacilar, a los niños como en brazos para ofrecerlos al abrazo de Dios escondido en los altares. Brotó así una nueva primavera de vida eucarística para la Esposa de Cristo. »Eucaristía y vida interior: he ahí la predicación suprema y más general que Pío X dirige en la hora presente a todas las almas desde la altura de la gloria. Como apóstol de la vida interior, él se sitúa en la era de la máquina, de la técnica y de la organización como el santo y el guía de los hombres de hoy». En la Eucaristía Cristo deja que te acerques a Él Cuando llegó a su fin su paso mortal por este mundo, Jesús quiso volver al Padre sin abandonarnos. ¡Qué maravilla de la sabiduría divina hacerlo en el santo sacramento del altar! Si se hubiera quedado en el esplendor de su cuerpo glorificado, nuestros ojos no serían capaces de soportarlo y no osaríamos acercarnos a Él. En la Eucaristía Jesús oculta su esplendor bajo los velos sacramentales. Podría haberse escondido bajo otra apariencia, pero eligió la del pan para hacernos entender que Él es el «Pan de Dios que ha bajado del cielo y da la vida al mundo»[41] como alimento divino de nuestras almas. A la apariencia de pan sumó la del vino para que comprendiéramos que la Eucaristía es un banquete completo y la misa una prolongación del sacrificio del Calvario. ¡Cuánto desea Jesús estar con nosotros! No habita en un único templo, como en Jerusalén, sino al alcance de cualquiera. No se recluye en un recinto íntimo como antiguamente, cuando solo el Sumo Sacerdote podía acercarse a Él una vez al año; no exige vivir en un edificio espléndido. Los judíos guardaban las Tablas de la Ley en su tabernáculo, rodeado de la gloria visible de Dios; nosotros, sin embargo, en nuestro tabernáculo guardamos a Jesús, el autor mismo de la Ley quien, junto con el Padre y el Espíritu Santo, es el Ser Infinito, el Omnipotente, Creador de todas las cosas. Su misericordia esconde la gloria de Dios, porque el hombre no puede contemplarla y seguir viviendo. Para darse a nosotros no se oculta bajo el velo de la carne mortal, sino bajo las apariencias de pan y vino. Desciende de su trono celestial para vivir en pobreza y ser adorado con sencillez, para que todos podamos visitarle, para entregarse hasta al pecador más miserable. Renuncia incluso a la dignidad humana y se nos presenta indefenso, a 20
  • 21. entera disposición de los hombres. Se deleita con los hijos de Adán[42]. ¡Cuánta riqueza escondida bajo el blanco y fino velo del pan! La Sagrada Hostia parece frágil y pequeña, pero en su santuario sagrado descubrimos con los ojos de la fe a nuestro verdadero Dios, ¡nuestro Dios escondido! Jesús se queda con nosotros en la Eucaristía En la Eucaristía Jesús no solo se hace presente en nuestros altares para renovar el sacrificio del Calvario de modo incruento y alimentar nuestras almas en la sagrada comunión: también se queda físicamente entre nosotros mediante su presencia real en nuestros sagrarios. Jesús permanece en el sagrario día y noche: no inactivo, sino lleno de vida y obrando constantemente. Se halla en íntima unión con su Padre celestial, se deleita pensando qué grande y digno de amor es en Él, le honra con su humilde vida en la Eucaristía. El honor que en todo momento le rinde Jesús en el sagrario es sublime, porque no deja de hacerlo ni un solo instante del día o de la noche, y lo hace en cualquier lugar. Ese honor tiene un valor infinito porque procede del mismo Hijo de Dios. Al mismo tiempo, Jesús se preocupa de tus intereses más nobles: da gracias a Dios en tu nombre y ora por ti constantemente, pide perdón de tus pecados y expía y repara por ellos. Siempre se está ofreciendo a Dios en sacrificio y derrama sin cesar sus gracias sobre toda la humanidad como Mediador eucarístico. La sagrada Eucaristía prolonga la vida de Jesús en medio de nosotros. El Señor vuelve a nacer cada día en un estado parecido al de la Encarnación: viene sobre el altar como Dios y como Hombre por las palabras de un sacerdote; yace en sus manos consagradas y se envuelve en el puro y blanco ropaje de la apariencia de pan. Jesús renueva su vida oculta en la profunda quietud y el secreto con que esconde su naturaleza humana, en la pobreza con que vive en el sagrario, en la obediencia a sus sacerdotes y en su callada e invisible labor en las almas. Y renueva su vida pública con su presencia en cualquier parte del mundo como Maestro, Médico y Amigo. ¡Cuántos milagros obran en las almas la santa misa y la sagrada comunión! ¡Cuántas almas instruidas, bendecidas, confortadas y sanadas por ellas! Antes Jesús solo habitaba en un lugar: Palestina; ahora se encuentra en todas partes, dispuesto a ayudarnos a todos. El Hijo de Dios está ahí, con todo su divino poder y su amor infinito, para irradiar su influencia sagrada sobre nuestras almas y sobre el mundo entero, para atraer a toda la humanidad, para ser la fuente de toda fuerza, de toda vida, de toda alegría. En la Eucaristía, memorial de su muerte, se contienen los misterios de su Pasión. La santa misa es la repetición del sacrificio de la última Cena y del sacrificio de la cruz. ¡Y cuántas veces se renuevan en ella también los sufrimientos de Jesús! Los sacrilegios, el olvido y la falta de reverencia que padece tienen que herir su corazón, siempre encendido de amor por nosotros; todo ese sufrimiento lo padeció arrodillado en el huerto de 21
  • 22. Getsemaní y colgado en la cruz. La quietud del sagrario recuerda su reposo en el sepulcro. También la gloria de su vida resucitada se renueva en la Eucaristía. Jesús está presente con su Cuerpo glorioso y transfigurado, tal y como se apareció después de su Resurrección. Se queda con nosotros como se quedó con los apóstoles. Se convierte en nuestro amigo y compañero de viaje, como hizo con los discípulos de Emaús[43]. Desde el silencio del sagrario contempla nuestro paso por la vida, consolándonos y animándonos, bendiciendo nuestro trabajo —por estéril que parezca— igual que bendijo la pesca de Pedro[44]. Todos los misterios de la vida de Jesús se renuevan en la sagrada Eucaristía en bien de nuestra alma. En el sagrario están Belén, Nazaret, el monte Tabor, el Calvario y el cielo mismo. «Esta es la morada de Dios con los hombres: Habitará con ellos»[45]. En nuestros altares hallamos a Jesús en la sagrada Eucaristía: accesible a cualquiera, dispuesto a ayudar y a conversar en amorosa intimidad con todos sus hijos. Del trono eucarístico se derraman torrentes de luz y de fuerza, de alegría y de paz, de consuelo y bendiciones sobre incontables corazones humanos que acuden a Él con confianza, humildad y amor encendido en momentos difíciles y de necesidad. Que tu vida imite la de Jesús sacramentado En el Santísimo Sacramento Jesús es tu modelo de una vida perfecta, tu camino hacia la morada celestial. Su presencia en medio de nosotros te enseña la práctica de muchas virtudes, y la primera de ellas es la caridad con Dios y con los hombres. Puedes unir tus actos de devoción a la adoración, la acción de gracias, la expiación y la oración perfectas que en el Sagrado Sacramento Jesús ofrece sin cesar a Dios como expresión de su delicado amor hacia Él. Solo a través de Jesús, con Jesús y en Jesús, Dios es conocido, honrado y glorificado como merece. Puedes unir tus actos de caridad con tus hermanos al amor generoso y a la constante protección que demuestra Cristo sacrificándose por ellos, asistiéndolos en sus necesidades y orando fervorosamente por su salvación. Jesús se pone a entera disposición de los hombres. ¡Con qué paciencia soporta nuestra frialdad, nuestra irreverencia, nuestra negligencia! A nuestra ingratitud responde con amor benevolente. ¡Con qué perfecta obediencia se hace presente en nuestros altares durante la santa misa en virtud de las simples palabras de un sacerdote! No hay modelo más hermoso de humildad que Jesús en el Santísimo Sacramento. Glorioso es su Cuerpo resucitado y sublime su divinidad, pero el velo eucarístico lo oculta todo. Rige el mundo desde la secreta quietud del sagrario. Es de verdad un Dios escondido. En el Santísimo Sacramento te exhorta a la castidad. Entregándote su Carne virginal en la sagrada comunión, hace de tu cuerpo un templo y de tu alma el santuario 22
  • 23. del Dios infinitamente santo. La belleza de los vasos sagrados y la blancura de los lienzos del altar te recuerdan la pureza con que debes recibir su Cuerpo sacratísimo. Te instruye en la pobreza, porque se conforma con el humilde ropaje del pan y el vino, constreñido dentro de los límites de una pequeña partícula. Dios da su gracia a los sinceros y humildes. En la sagrada comunión y en la oración —especialmente si es ante el Santísimo—, recibirás de Dios las gracias mayores y más abundantes, porque Jesús en la Eucaristía no solo es tu modelo en la práctica de la virtud, sino la fuente de todas las gracias que necesitas. Procura imitarle. 23
  • 24. 26 San Juan Crisóstomo (c.347-407), obispo de Constantinopla. 27 San Gregorio Nacianceno (329-389), obispo de Nacianzo. 28 Constantino el Grande (m.337), emperador romano. 29 San Gregorio de Tours (c.540-549), obispo de Tours. 30 San Benito (c.480-c.550), padre del monacato occidental. 31 Santo Tomás de Aquino (c.1225-1274), filósofo y teólogo dominico, y Doctor de la Iglesia. 32 Santo Tomás Moro (1478-1535), lord canciller de Inglaterra, y san Juan Fisher (1469-1535), obispo de Rochester, murieron mártires en tiempos de Enrique VIII. 33 San Buenaventura (c.1217-1274), teólogo franciscano. 34 San Francisco de Asís (1182-1226), fundador de la Orden Franciscana. 35 Santa Clara (1149-1523), fundadora de las Hermanas Pobres de Santa Clara (clarisas). 36 Santo Domingo (1170-1221), fundador de la Orden de Predicadores. 37 Exposición del Santísimo Sacramento durante cuarenta horas para que los fieles puedan adorarlo ininterrumpidamente. 38 San Felipe Neri (1515-1595), sacerdote italiano fundador de la Congregación del Oratorio. 39 San Carlos Borromeo (1538-1584), arzobispo de Milán. 40 San Pío X (1835-1914), papa desde 1903. 41 Jn 6, 33. 42 Cf. Pr 8, 31. 43 Cf. Lc 24, 13ss. 44 Cf. Jn 21, 6. 45 Ap 21, 3. 24
  • 25. 3. VISITA A JESÚS SACRAMENTADO La última voluntad del Señor aparece expresada en las palabras que pronunció poco antes del comienzo de su sagrada Pasión: «Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí»[46]. La unión con Cristo se hace perfecta en la sagrada comunión: de ahí que este sea el mejor medio divino para tu santificación. Sin embargo, también después de la comunión puedes seguir muy unido a Jesús. El acto de comulgar es pasajero, pero su efecto —la unión con Cristo— pretende ser permanente. Aunque Jesús ya no habita en ti con su presencia física, lo hace por medio de la efusión de su amor, de las luces y las gracias que no deja nunca de enviarte desde el sagrario. Santa María Magdalena de Pazzi[47] escribió: «Por la mañana el amigo va a visitar al amigo para darle los buenos días, por la noche las buenas noches; y durante el día aprovecha cualquier ocasión para hablar con él. Del mismo modo, si tus obligaciones te lo permiten, visita a Jesús Sacramentado. Al pie del altar se reza especialmente bien. En todas tus visitas al Salvador, ofrece con frecuencia al Padre Eterno su preciosa Sangre. Estas visitas harán crecer en ti el divino amor». Cuando visitas a Jesús Sacramentado, abres tu alma a su acción transformadora. Comparte con Él tus penas y tus alegrías, tus sentimientos y tus afectos, tus proyectos y tus deseos. Toda tu vida está llamada a participar de Cristo, transformándote poco a poco en Él. Esta es la maravillosa consecuencia de la oración ante el sagrario. Jesús quiere ser tu Amigo en el Santísimo Sacramento. En la amistad meramente humana siempre falta algo. Tú necesitas su amistad divina, porque hay veces en que estás muy solo, en que todo el mundo parece desentenderse de ti y te sientes desalentado. Pero cerca de ti, en el sagrario, está Jesús, tu mejor Amigo, tu Compañero en el exilio, con un Corazón humano como el tuyo, capaz de comprender tus penas y tus dificultades, porque ha experimentado todo lo que sufres tú. En momentos de necesidad, su Corazón puede entenderte y ser amigo tuyo, puede amarte con el amor del mejor de los amigos. Como una auténtica hoguera, su Corazón entero arde por ti con un amor que no conoce fin, pues tiene su origen en las profundidades de la Divinidad: solo por ti, como si no hubiera nadie más con quien compartir su infinito calor. El tierno amor que derrama 25
  • 26. sobre las demás almas no disminuye en nada el que te tiene a ti. Incluso si tú le olvidas, Él piensa en ti; si le ofendes o le decepcionas, se sacrifica por ti en la misa; si te enfrentas a alguna prueba, está siempre dispuesto a consolarte y fortalecerte. El Salvador ha traído el cielo a la tierra entregándose a ti en el Santísimo Sacramento: es el mismo Dios que está en el cielo, rodeado de sus ángeles; y al pie del altar puedes unirte a esa corte celestial que es como su escolta invisible. Te privas de la dicha más dulce de la vida si dejas de acudir a Él y de volcar ante el sagrario tu amor y tus peticiones. Él es el auténtico refugio de tu alma, donde hallas el consuelo, el consejo, la fortaleza, la paz, la santidad y la felicidad. Aunque a veces el peso de la vida se te haga casi insoportable, tienes un Amigo que nunca falla: tu Dios en la sagrada Eucaristía, prisionero en el sagrario por amor. Y desde el sagrario te llama también su Sagrado Corazón: «Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré»[48]. ¡Qué hermosa la oración de san Buenaventura!: «Atráeme totalmente a tu Corazón. A este fin fue, en efecto, perforado tu costado: para que quedara patente a nosotros tu entrada. A este fin fue herido tu Corazón: para que, exentos de las turbaciones exteriores, pudiéramos habitar en él». Los santos, devotos del Cristo eucarístico Los santos y las almas verdaderamente piadosas siempre han visitado con frecuencia a Jesús Sacramentado. San Francisco Javier[49], después de dedicar todo el día a trabajar por la salvación de las almas, solía pasar la noche en oración ante el Santísimo. Cuando le vencía el sueño, se echaba a descansar un rato en las escaleras del altar y luego continuaba su diálogo con el Divino Señor. San Juan Francisco Regis[50], después de una jornada de trabajo agotador, hallaba reposo junto al sagrario; y, si encontraba cerrada la iglesia, se arrodillaba delante de la puerta. San Francisco de Asís no empezaba nunca a trabajar sin acudir antes a pedir la bendición de Jesús. Y santa María Magdalena de Pazzi hacía todos los días treinta visitas a Jesús Sacramentado. San Alfonso María de Ligorio[51], un apasionado de las visitas diarias al Santísimo Sacramento, te ha dejado este consejo: «Apartándote del trato de los hombres, emplea... todos los días algún tiempo, al menos media hora o un cuarto, en alguna iglesia ante Jesús Sacramentado. Pruébalo por experiencia, y verás el provecho que sacarás de ello. No olvides que el tiempo que gastares en conversar devotamente ante este divinísimo sacramento será el más provechoso de la vida y el que más te consolará en la muerte y en la eternidad. Y ten sabido también que tal vez ganes más en un cuarto de hora de oración ante Jesús Sacramentado que en todos los demás ejercicios espirituales del día. Dios en todo lugar, ciertamente, escucha las plegarias de quien le invoca, ya que prometió: “Pedid y recibiréis”. Pero el discípulo enseña que Jesús en el Santísimo Sacramento dispensa más abundantemente sus gracias a quien lo visita». 26
  • 27. El cura de Ars, san Juan Vianney[52], decía a sus fieles: «Nuestro Señor está allí escondido en el sagrario, esperando que vayamos a visitarle y a pedirle: ved qué bueno es, se acomoda a nuestra pequeñez. En el cielo, donde seremos triunfantes y gloriosos, le veremos en toda su gloria, y si se hubiera presentado lleno de gloria delante de nosotros, no nos hubiéramos atrevido a acercarnos. Pero Él se esconde como en la cárcel, diciéndonos: “Vosotros no me veis, pero eso no importa: pedidme todo lo que queráis y yo os lo concederé”. Está ahí para consolarnos; de esta forma, debemos visitarle a menudo. ¡Cuánto le agrada ese pequeño rato que quitamos a nuestras ocupaciones o a nuestros caprichos para ir a rezarle, a visitarle, a consolarle de todas las injurias que recibe! ¡Y qué felicidad experimentamos en la presencia de Dios, cuando nos encontramos solos a sus pies, delante de los santos sagrarios!». Santa Teresa del Niño Jesús escribió: «Nadie se ocupaba de mí, de modo que yo podía subir a la tribuna de la capilla y permanecer delante del Santísimo Sacramento hasta que papá venía a buscarme: ese era mi único consuelo... Repetía siempre estas palabras: “La vida es tu navío, no tu morada”». Aprende a visitar a Jesús sacramentado En cuanto a la manera de hacer la visita diaria, el padre Faber señala con acierto: «Los modos de visitar al Santísimo son tan variados como las almas de los hombres. A algunos les gusta acudir allí a escuchar, a otros a hablar, a otros a confesarse con Él como si fuera el sacerdote; o a examinar su conciencia como en presencia de un juez; o a honrarle como su Rey; o a estudiarle como su Doctor y Profeta; o a encontrar refugio en Él como Creador suyo. Unos se gozan en su divinidad, otros en su sagrada humanidad, otros en los misterios del tiempo litúrgico. Hay quienes le visitan bajo un título distinto cada día: Dios, Padre, Hermano, Pastor, Cabeza de la Iglesia, etc. Algunos le visitan para adorarle, otros para interceder, o para pedir, para darle gracias o hallar consuelo. Pero todos le visitan para amarle»[53]. Sea cual sea el método que emplees, en tu visita deben abundar las acciones de gracias, los actos de desagravio y la petición. La devoción al Santísimo Sacramento se identifica prácticamente con la del Sagrado Corazón, que fomenta las visitas a Jesús Sacramentado y, a su vez, se alimenta de ellas. Tu visita diaria será más grata al Sagrado Corazón y a ti más provechosa si la haces con la intención expresa de agradecer a Jesús los innumerables bienes que te concede a través de la Eucaristía, y con la de reparar, pues Él se queda por nosotros en el altar día y noche y nosotros solemos dejarle solo. El propósito de tu visita al Santísimo ha de ser el de manifestar tu amor a Jesús. Haz profesión de tu fe en la presencia real de Cristo en la pequeña y blanca Hostia que contiene su divinidad y su humanidad, todos los tesoros de su Sagrado Corazón, toda la amabilidad y la bondad con que durante su vida mortal hizo infinitamente felices a quienes se acercaban a Él. Despierta en tu corazón la tierna confianza de un niño y encontrarás en Jesús todo lo que necesitas: el perdón de tus pecados y de las penas que merecen; la gracia de no 27
  • 28. volver a ofenderle nunca voluntariamente y de luchar siempre con valentía contra la debilidad de la naturaleza y la atracción del demonio; de hacer tanta penitencia como puedas con tu oración y con tu trabajo; de perseverar hasta el final en las buenas obras y, después de una buena muerte, heredar la felicidad eterna. Su fidelidad no flaquea nunca; su sabiduría, su bondad y su poder no fallan jamás. Puedes presentar ante nuestro Salvador tus intenciones más especiales cuando participas en algún acto de piedad en que esté el Santísimo expuesto o en el momento de la Bendición. Esas intenciones escogidas deberían ser la remisión de toda culpa y castigo por los pecados de tu vida pasada; la gracia de no volver a cometer nunca un pecado deliberado y de disminuir en la medida de lo posible el número de tus faltas; de aprender a buscar solamente lo que tiene valor de eternidad y no poner tu corazón en las cosas materiales; de parecerte cada día más a Cristo; de seguir todas las inspiraciones de la gracia; de crecer en un tierno amor a la Madre de Dios; o de ser generoso en la oración, el trabajo y la penitencia. ¡Y piensa también en todo lo que puedes pedir para tu familia! En la Bendición con el Santísimo es el mismo Jesús quien te bendice y su bendición es tan poderosa y da tanto fruto ahora como durante su vida mortal. ¡Aprovéchala! El beato Enrique Susón[54] escribió: «El tiempo que pasas devotamente al pie del altar ante Jesucristo es el tiempo en el que obtendrás más gracias, y será tu mayor consuelo en la hora de la muerte y durante la eternidad. En ninguna parte escucha Jesucristo las oraciones con mayor complacencia como ante el Santísimo Sacramento». Habla con Jesús como lo harías con tu mejor amigo: Él ya conoce todas tus necesidades y preocupaciones y es el único que puede ayudarte de verdad. Cuéntale de tu trabajo —te guste o no—, cuéntale tus tentaciones, tus fallos, tus dificultades, esperanzas e inquietudes. En tus visitas al sagrario, ofrece a Jesús al Padre celestial y ofrécete tú con Él. La actitud constante de Cristo ante su Padre es la de ofrecerse Él y ofrecernos a nosotros; la del cristiano ante Cristo consiste en ofrecerle a Él y ofrecerse a sí mismo con Jesús. El Señor se entrega sin cesar a su Padre y le rinde un culto espléndido de acción de gracias y de adoración sin límites. En cada instante del día el Hijo se Dios se dona al Padre por la redención del mundo. Cada veinticuatro horas se celebran 360.000 misas y cada segundo se hacen cuatro elevaciones del Santísimo. Puede decirse que, cada vez que late tu corazón —e incluso con mayor frecuencia—, Jesús se ofrece a sí mismo. La devoción a la Eucaristía incluye el deseo de ofrecer a Dios una acción de gracias y una reparación infinitas a través de Jesús Sacramentado. Si recibes una gracia, ofrece la Divina Hostia como la única acción de gracias digna. Si cometes un pecado, ofrece en desagravio su preciosa Sangre. Si sufres, une tus sacrificios al de la sagrada Víctima en el altar. Únete a la divina oración del Salvador y pide por la Iglesia, por lo que Dios quiere de las almas, por los pecadores, por las misiones, por los sacerdotes y por tu familia. Ofrecer a Jesús a Dios significa ofrecer a Cristo entero: no solo al hijo de María, sino a cada uno de nosotros, miembros de su Cuerpo Místico[55]. En Cristo se resumen toda la humanidad redimida y todos los fieles, la Iglesia toda, la sociedad de los santos. 28
  • 29. Es Jesús entero quien se ofrece a Dios. Tú eres «parte de Jesucristo», y eso explica por qué puedes ofrecerlo al Padre y por qué puedes ofrecerte al Padre junto con Él. Así describió Santa Margarita María[56] una vez su oración: «Suelo terminar sin otra petición u ofrecimiento que la de Jesús a su Eterno Padre de este modo: Padre Eterno, yo os ofrezco el Corazón de Jesús, vuestro Hijo muy amado, como se ofrece Él mismo en sacrificio. Recibid por mí esta ofrenda juntamente con todos los deseos, sentimientos, afectos, movimientos de ese Corazón Sagrado. Son todos míos, puesto que se inmola por mí... Recibidlos en satisfacción de mis pecados y en acción de gracias por todos vuestros beneficios... Recibidlos como otros tantos actos de amor, de adoración y de alabanza que ofrecemos a vuestra divina Majestad, porque solo por el Corazón de Jesús sois honrado y glorificado dignamente». 29
  • 30. 46 Jn 15, 4. 47 Santa María Magdalena de Pazzi (1566-1607), mística carmelita. 48 Mt 11, 28. 49 San Francisco Javier (1506-1552), misionero jesuita conocido como Apóstol de las Indias. 50 San Juan Francisco Regis (1597-1640), sacerdote jesuita dedicado al servicio de los pobres. 51 San Alfonso María de Ligorio (1696-1787), teólogo moral y fundador de los Redentoristas. 52 San Juan Vianney (1786-1859), santo patrono de los sacerdotes. 53 Frederick William Faber. El Santísimo Sacramento. 54 Beato Enrique Susón (c.1295-1366), místico alemán. 55 Es decir, la Iglesia (cf. 1Co 12, 27; Col 1, 18). 56 Santa Margarita María Alacoque (1647-1690), religiosa de la Visitación y principal iniciadora de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. 30
  • 31. 4. QUE LA EUCARISTÍA TE LLEVE AL SAGRADO CORAZÓN La devoción al Sagrado Corazón tal y como la conocemos hoy se inició en torno al año 1672. En sus sucesivas apariciones a santa Margarita María, religiosa francesa de la Visitación, Jesús explicó cómo quería que se viviera la devoción a su Sagrado Corazón: pidió que se le honrara bajo la imagen o el símbolo de su Corazón de carne; pidió actos de desagravio, la comunión frecuente y de los primeros viernes de mes, y la práctica de la hora santa. Cuando la Iglesia católica aprobó la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, no lo hizo únicamente en virtud de las visiones de santa Margarita María, sino por su valor intrínseco. Honramos al Sagrado Corazón no solo porque por él pasó cada gota de la preciosa Sangre de Cristo durante los treinta y tres años de su vida en la tierra, ni porque su Corazón latía en estrecha sintonía con cada movimiento de alegría o de tristeza, de piedad y de amor de quien es nuestro mejor Amigo, sino por la íntima unión del Sagrado Corazón de Jesús con su divinidad. En Jesús no hay más que una Persona y esa Persona es al mismo tiempo Dios y hombre, de modo que cada parte de su Cuerpo es humana y divina. También su Corazón es divino: es el Corazón de Dios. Una devoción que se limitara al Corazón de Jesús como una noble parte de su sagrado Cuerpo no sería la que ha entendido y aprobado la Iglesia. En ella han de encontrarse siempre juntas dos cosas: el Corazón de carne de Cristo y su amor por nosotros. La auténtica devoción al Sagrado Corazón significa la devoción al Sagrado Corazón de Cristo en la medida en que ese Corazón representa y nos recuerda el amor que Él nos tiene; y significa la devoción al amor de Jesucristo en la medida en que ese amor se nos recuerda y se nos representa con su Corazón de carne. En su espléndida carta encíclica sobre el culto al Sagrado Corazón de Jesús, el papa Pío XII explicaba la verdadera naturaleza de esta devoción a la luz de la revelación divina, su origen primero y las gracias que manan de ella: «Estamos persuadidos de que estas nuestras reflexiones, dictadas por la enseñanza misma del Evangelio, han mostrado claramente cómo este culto se identifica sustancialmente con el culto al amor divino y humano del Verbo Encarnado, y también con el culto al amor mismo con que el Padre y el Espíritu Santo aman a los hombres pecadores; porque, como observa el Doctor 31
  • 32. Angélico, el amor de las tres Personas divinas es el principio y origen del misterio de la Redención humana, ya que, desbordándose aquel poderosamente sobre la voluntad humana de Jesucristo y, por lo tanto, sobre su Corazón adorable, le indujo con un idéntico amor a derramar generosamente su Sangre para rescatarnos de la servidumbre del pecado»[57]. La devoción al Sagrado Corazón conlleva algo universal. Al honrar el Corazón de Cristo, nuestro culto no se detiene en el Jesús de la infancia o de la juventud, ni en Jesús como víctima, sino en la Persona de Jesús en la plenitud de su amor. Nuestra devoción, dirigida al amor que Cristo nos tiene, lo encuentra y lo descubre todo en Él relacionado con su amor. Un amor que fue la fuerza motora de cuanto Cristo hizo y padeció por nosotros: en el pesebre, en la cruz, en su entrega en el Santísimo Sacramento, en su enseñanza, su oración y sus curaciones. Por eso, cuando hablamos del Sagrado Corazón, nos referimos a Jesús que nos muestra su Corazón: Jesús que es todo amor por nosotros y enteramente digno de adoración. Descubre en la Eucaristía el amor con que te ama Cristo Con el tiempo, el Corazón de Jesús se ha convertido en el símbolo del amor de Dios por los hombres. Los amó mientras estuvo en la tierra y nunca deja de amarlos en el cielo. Y, porque nos ama, nos santifica a través de los sacramentos, manantial inagotable de gracia y santidad que nace del océano infinito del Sagrado Corazón de Jesús. En la Eucaristía Jesús nos da la prueba mayor de su amor. Dice el Concilio de Trento: «Nuestro Salvador, cuando estaba para salir de este mundo al Padre, instituyó este sacramento en el que vino como a derramar las riquezas de su divino amor hacia los hombres». Por eso, la sagrada Eucaristía es, ante todo, el sacramento del amor de Dios por los hombres, ya que contiene a Dios Hombre, Jesucristo, cuyo Sagrado Corazón es una ardiente hoguera de amor. Bajo la apariencia visible del pan y el vino, Jesús está realmente presente no solo para que podamos ofrecerlo en la misa y acudir a Él como el amigo visita al amigo: está ahí también para que podamos unirnos más íntimamente a Él. En la sagrada Eucaristía nuestra unión con Jesús es más estrecha que la del alimento que ingerimos con nuestro propio cuerpo. La fuerza de su amor nos hace transformarnos con Él en un único Cuerpo Místico, compartiendo su vida y su amor. Así, la unión de vida del alma con Dios que comenzó en el Bautismo y se robusteció en la Confirmación se prolonga y se hace todavía más íntima en la sagrada comunión. El papa Pío XII describe así el amor del Sagrado Corazón de Jesús que se entrega a nosotros en la sagrada Eucaristía: «¿Quién podrá dignamente describir los latidos del Corazón divino, signo de su infinito amor, en aquellos momentos en que dio a los hombres sus más preciados dones: a sí mismo en el sacramento de la Eucaristía, a su Madre Santísima y la participación en el oficio sacerdotal? Ya antes de celebrar la última Cena con sus discípulos, solo al pensar en la institución del sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, con cuya efusión había de sellarse la Nueva Alianza, en su Corazón sintió intensa conmoción, que manifestó a sus apóstoles con estas palabras: “Ardientemente he 32
  • 33. deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer” (Lc 22, 15); conmoción que, sin duda, fue aún más vehemente cuando “tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a ellos, diciendo: ‘Este es mi cuerpo, el cual se da por vosotros; haced esto en memoria mía’. Y así hizo también con el cáliz, luego de haber cenado, y dijo: ‘Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que se derramará por vosotros’” (Lc 22, 19; 20). Con razón, pues, debe afirmarse que la divina Eucaristía, como sacramento por el que Él se da a los hombres y como sacrificio en el que Él mismo continuamente se inmola desde el nacimiento del sol hasta su ocaso (Ml 1, 11) y también el sacerdocio, son clarísimos dones del Sacratísimo Corazón de Jesús»[58]. El ardiente deseo de estar con los suyos lleva a Jesús a instituir este sacramento del amor, que le permite quedarse con nosotros. Su presencia se esconde bajo las Especies Sagradas porque no quiere que perdamos el mérito de la fe, las bendiciones prometidas a quienes «sin haber visto hayan creído»[59]. ¿Quién podría imaginar un regalo como este? Jesús se despoja totalmente de su gloria para hacerse accesible a nosotros, pues nuestra débil naturaleza, tal y como es ahora, no podría contemplar su majestad y seguir viviendo. Se acomoda a nuestra debilidad porque nos ama con un amor infinito. Durante veinte siglos Jesús ha estado con nosotros día y noche, como el padre que no abandona a sus hijos, como el amigo que disfruta con el amigo, como el médico celoso que no se separa del lecho del enfermo. Permanece siempre activo, adorando, orando y glorificando a su Padre por nosotros, dándole gracias por todos los bienes que no deja de concedernos, amándole en nuestro nombre, ofreciéndole sus propios méritos y su reparación para expiar nuestros pecados y pidiéndole incesantemente que nos conceda nuevos dones. Como dice san Pablo, Jesucristo «puede también salvar perfectamente a los que se acercan a Dios a través de Él, ya que vive siempre para interceder por nosotros»[60]. No deja de renovar sobre el altar el sacrificio del Calvario miles de veces al día, allí donde haya un sacerdote que consagre las especies. Y lo hace por amor a nosotros, para aplicar a cada uno los frutos de su santo sacrificio. No contento con inmolarse, se entrega plena y enteramente a todo el que quiera recibirle en la sagrada comunión para comunicarle sus gracias y sus virtudes. Sigamos el consejo de san Pedro Canisio[61]: «En toda prueba halla un refugio seguro en el amoroso Corazón de Cristo. Medita su bondad y su amor hacia ti, y compáralos con tus culpas, tus infidelidades y tu falta de méritos. ¡Qué grande es el amor de Cristo, que invita a todos a acudir a Él! “Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré”». »Él se muestra dispuesto e incluso deseoso de compartir los cuidados de todos y cada uno, porque a todos nos ama. Por eso, con inmensa confianza, arroja tus delitos al abismo de su amor y pronto hallarás consuelo». No hay otro amor que pueda llegar tan lejos como el de Jesucristo muerto en la cruz por nosotros. «Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos»[62]. Sin embargo, el Hijo de Dios concibió un modo todavía más sorprendente 33
  • 34. de manifestar su amor. Anhelaba identificarse con nosotros aún más estrechamente e instituyó la sagrada Eucaristía para poder venir cada día bajo la forma del Pan de Vida. Las palabras de la Escritura se le pueden aplicar con plena justicia: «Mi delicia era estar con los hijos de los hombres»[63]. En la última Cena los apóstoles debieron de preguntarle a Jesús: «Señor, ¿qué va a ser de nosotros cuando te vayas?». Seguramente, Jesús los tranquilizaría diciéndoles: «No os dejaré. Mi Corazón se quedará con vosotros en la sagrada Eucaristía. Ese Corazón lo será todo para vosotros en esta vida». También se refería a la Eucaristía cuando pronunció sus últimas palabras antes de ascender al cielo: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo»[64]. Una vez más afirma el papa Pío XII: «Una ferviente devoción al Corazón de Jesús fomentará y promoverá, sobre todo, el culto a la santísima cruz, no menos que el amor al augustísimo sacramento del altar... Ni será fácil entender el amor con que Jesucristo se nos dio a sí mismo por alimento espiritual, si no es mediante la práctica de una especial devoción al Corazón eucarístico de Jesús; la cual —para valernos de las palabras de nuestro predecesor, de f. m., León XIII— nos recuerda “aquel acto de amor sumo con que nuestro Redentor, derramando todas las riquezas de su Corazón, a fin de prolongar su estancia con nosotros hasta la consumación de los siglos, instituyó el adorable sacramento de la Eucaristía”. Ciertamente, “no es pequeña la parte que en la Eucaristía tuvo su Corazón, por ser tan grande el amor de su Corazón con que nos la dio”»[65]. Ama al Sagrado Corazón de Jesús en la Eucaristía La devoción al Sagrado Corazón en la Eucaristía se compone de dos ejercicios fundamentales: el amor y la reparación. De estos dos deberes el primero es el amor: el principal y más importante mandamiento del Señor, el vínculo de la perfección. Dios nos pide amor porque a través de él desea ser Dios y Señor de nuestros corazones. El sacrificio solo es un instrumento para probar nuestro amor y nuestra fidelidad. El Señor nos ha amado con un amor infinito, hasta la muerte, y sigue amándonos sin límite. Quiere que le amemos. Llama a nuestros corazones y nos invita a corresponderle con nuestro amor. Santa Margarita María escribe: «Me hizo ver que el ardiente deseo que tenía de ser amado por los hombres y apartarlos del camino de la perdición... le había hecho formar el designio de manifestar su Corazón a los hombres, con todos los tesoros de amor, de misericordia, de gracias, de santificación y de salvación que contiene, a fin de que cuantos quieran rendirle y procurarle todo el amor, el honor y la gloria que puedan, queden enriquecidos abundante y profusamente con los divinos tesoros del Corazón de Dios». Y en una de sus cartas dice también: «Amemos, pues, a este único amor de nuestras almas, ya que Él nos amó el primero y nos sigue amando con ese ardor que lo consume continuamente en el Santísimo Sacramento. Basta amar al Santo de los Santos para llegar a ser santos. ¿Quién nos puede impedir esto, si tenemos un corazón para amar y un 34
  • 35. cuerpo para sufrir?... Solo el puro amor de Dios es capaz de movernos a hacer todo cuanto a Él place; y solo este perfecto amor nos lo hará hacer de la manera que le place, y no es posible haya otro medio más para saberlo hacer todo cuando a Él le place». Este acto de amor tiene un enorme poder santificador. Si te unes íntimamente al Sagrado Corazón de Jesús, el amor te llevará a participar de sus virtudes y te infundirá fortaleza para practicarlas pese a los obstáculos. Conocer y amar a Jesucristo es tu mayor ganancia en esta vida y en la eternidad. Cualquier sacrificio es pequeño con tal de lograrlo. Tu sabiduría, tu santidad y tu felicidad solo serán auténticas en la medida en que conozcas y ames a Jesucristo. Repara a través de la Eucaristía La reparación es el segundo ejercicio fundamental de la devoción al Sagrado Corazón. El amor de Jesús sufre la ofensa de la ingratitud de los hombres, como Él mismo manifestó a santa Margarita María en su tercera aparición: «He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres, que nada ha perdonado hasta agotarse y consumirse para demostrarles su amor, y en reconocimiento no recibo de la mayor parte más que ingratitud, ya por sus irreverencias y sacrilegios, ya por la frialdad y desprecio con que me tratan en este sacramento del amor». Tu devoción al Sagrado Corazón debe ser un acto de expiación y reparación por tu ingratitud y la de todos los hombres hacia el amor que Él nos tiene, especialmente en el Santísimo Sacramento. Recibe con frecuencia la sagrada comunión, sobre todo los primeros viernes de nueves meses consecutivos; pasa tiempo ante Jesús Sacramentado; lleva a cabo pequeñas penitencias para demostrar con obras tu deseo de reparar. Haz una hora santa de día o de noche ante el Sagrado Corazón en el sagrario. Tu amor expiará el olvido humano de su amor. El amor y la generosidad del Sagrado Corazón nunca se dejarán ganar. La sagrada comunión frecuente —junto con la misa— es con diferencia la forma de reparación más fácil y más perfecta que puedes ofrecer a Dios. Cuando comulgas, haces un acto de fe, pues tu presencia ante la mesa del Señor demuestra que crees que Jesús está verdaderamente en el Santísimo Sacramento. Haces un acto de esperanza, pues crees en las promesas del Señor y esperas las gracias que conlleva recibirle. Haces un acto de amor, porque comulgando agradas a Jesús, que ha instituido para nosotros este gran sacramento del amor. Haces un acto de humildad, porque reconoces tu necesidad y tu dependencia de Dios y la fuerza espiritual que recibes en la Eucaristía. Ofreces a Dios el sacrificio puro y santo que más grato es a su Divina Majestad. La santa misa y la comunión son las principales armas espirituales que Dios ha puesto a nuestro alcance para ayudar a traer la paz: mucho más poderosas que cualquier bomba atómica o de hidrógeno, que los misiles teledirigidos, los rifles, los aviones, los tanques y los barcos juntos. A lo largo de su pontificado, el papa Pío XII insistió en numerosas ocasiones en la sagrada comunión: «Los hombres siempre hallarán en la Eucaristía el mejor remedio contra los graves males... Solo con la recepción frecuente de 35
  • 36. nuestro Divino Señor obtendrán la fuerza para ayudar a un mundo oscurecido por la ignorancia y atrapado en el hielo de la indiferencia». Nuestra Señora de Fátima pidió la comunión frecuente como medio de contrarrestar el comunismo y las fuerzas del mal. En 1917, en la localidad portuguesa de Fátima, quedó claramente manifestada la necesidad de reparar para aplacar la ira de Dios Todopoderoso, justamente suscitada por los numerosos y horrendos pecados y sacrilegios cometidos contra Él. En una ocasión, el Ángel Custodio de Portugal se apareció a los tres niños llevando en una mano un cáliz de oro y una Hostia en la otra. Los niños, asombrados, vieron cómo la Hostia derramaba gotas de sangre que cayeron en el cáliz. Luego el ángel, dejando la Hostia y el cáliz suspendidos en el aire, se postró en el suelo y pronunció esta hermosa oración: «Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, alma y divinidad de nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación de los ultrajes con los que Él es ofendido. Por los méritos infinitos del Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María, te pido la conversión de los pecadores». Si somos capaces de lograr que una mayoría de católicos —hombres, mujeres y niños— ofrezcan cada comunión en reparación por sus propios pecados y por los pecados y la conversión del mundo, ayudaremos a contrarrestar el odio de los enemigos que intentan destruir la Iglesia de Dios. En virtud de ese amor, Dios no derramará sobre ellos su justicia, sino su misericordia, y colmará de gracias sus corazones para que descubran su error. Este ejercicio de reparación tiene un gran poder santificador: encenderá aún más tu fervor y te hará capaz de identificarte con los sufrimientos de Jesús. Te ayudará a sobrellevar cualquier prueba que Dios te envíe; por amor a Él y unido a su dolor, traerá la paz al mundo. La devoción al Sagrado Corazón conlleva una mezcla de amor y de sacrificio que es el auténtico espíritu del cristianismo. Descubre las gracias de la hora santa La vida eucarística es indispensable para un buen católico. Las incontables gracias y bendiciones que recibe en la santa misa, la comunión y las visitas frecuentes a Jesús Sacramentado son la garantía más fiable de la paz y la felicidad de su vida. En la Eucaristía Jesús llega a tu alma con una eficacia aún mayor que durante su vida en medio de los hombres. La hora santa es un medio poderosísimo para desarrollar la vida eucarística. Santa Margarita María Alacoque fue el instrumento elegido para extender la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y la hora santa. En 1675, esta religiosa de la Visitación estaba orando en éxtasis ante el altar cuando el Señor se le apareció glorioso: sus cinco llagas resplandecían igual que cinco soles brillantes y su Sagrado Corazón era un fuego encendido. Jesús le dijo: «He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres, que nada ha perdonado hasta agotarse y consumirse para demostrarles su amor, 36
  • 37. y en reconocimiento no recibo de la mayor parte más que ingratitud, ya por sus irreverencias y sacrilegios, ya por la frialdad y desprecio con que me tratan en este sacramento del amor». Una de las devociones que el Señor le enseñó fue la de la hora santa. Nuestro Salvador, durante la agonía en el huerto, fue a buscar algún consuelo en los apóstoles Pedro, Santiago y Juan, y los encontró dormidos: «¿Ni siquiera habéis sido capaces de velar una hora conmigo? Venid y orad para no caer en tentación»[66]. Jesús pidió a santa Margarita María que honrara su Sagrado Corazón levantándose todos los jueves a las once de la noche y permaneciendo postrada ante el Santísimo Sacramento durante una hora que debía dedicar a implorar la misericordia de Dios para los miserables pecadores y a aplacar la amargura que sintió cuando los apóstoles se quedaron dormidos mientras Él padecía su agonía en el huerto de los Olivos. Muchos sacerdotes podrían contar que deben su vocación a las piadosas oraciones de sus madres: existen pocas dudas de que la del cardenal Herbert Vaughan, antiguo arzobispo de Westminster, fue fruto de las oraciones de su madre ante Jesús Sacramentado. Durante casi veinte años, Eliza Vaughan pasó una hora diaria en oración ante el Santísimo pidiendo el sacerdocio para sus hijos. En respuesta a sus súplicas, de los ocho seis se ordenaron sacerdotes —tres fueron obispos y uno cardenal— y sus cinco hijas entraron en religión. ¿Hasta dónde es capaz de llegar la enorme influencia que ejerce en los hijos el buen ejemplo de los padres si estos están dispuestos a dedicar algo de su tiempo al Señor Sacramentado? El ejemplo vale más que mil palabras. Los frutos que los padres obtendrán en sus deberes familiares siempre irán parejos con el grado de vida eucarística que alcancen. La gran lección que aprenderán sus hijos es que su familia necesita a Jesús Sacramentado. El padre y la madre acuden a Él para implorar su ayuda: no existirá un aliciente mayor para que los hijos hagan lo mismo. No hay palabras que describan los maravillosos efectos de la oración de los padres sobre sus familias. La Eucaristía es la fuerza motriz de la gracia y un tesoro de bendiciones, pero hay que vivir en contacto con ella. Los jóvenes crecerán en fortaleza y mantendrán su alma sin tacha en medio del espíritu mundano en el que se mueven si pasan más tiempo con quien tanto amó a los niños mientras vivió en la tierra, con quien tan amablemente los bendecía y con quien hoy, en el sagrario, es Amigo de la juventud. Las virtudes que la amistad con Jesús conlleva serán fuente de la mayor alegría para los padres piadosos y un canal de bendiciones para las familias. Si estás decidido a ayudar a tu alma y a las almas de quienes forman parte de tu familia, proponte visitar al Salvador en la Eucaristía siempre que puedas. Si estás decidido a reinstaurar a tu familia en Cristo, encontrarás tiempo durante la semana para visitar a Jesús Sacramentado o para una hora santa. Por muy ocupado que estés, siempre sacarás tiempo para rezar si de verdad quieres hacerlo. Tu visita también puede incluir el rosario, el vía crucis o la lectura espiritual. Practícala asistiendo a algún acto de devoción o a la Bendición en tu parroquia, llegando a la misa semanal media hora antes o quedándote media hora después, o bien yendo a la iglesia el domingo por la tarde o el 37
  • 38. primer viernes de mes. Esta práctica será una fuente de inmensas bendiciones para ti y para las almas. Permitirá que la influencia de Jesús penetre en tu hogar y que su paz y su alegría llenen los corazones de tus seres queridos. 38
  • 39. 57 Haurietis Aquas (15 de mayo de 1956), 25. 58 Haurietis Aquas, 20. 59 Jn 20, 29. 60 Hb 7, 25. 61 San Pedro Canisio (1521-1597), teólogo jesuita. 62 Jn 15, 13. 63 Pr 8, 31. 64 Cf. Mt 28, 20. 65 Haurietis Aquas, 35. 66 Mt 26, 40-41. 39
  • 40. SEGUNDA PARTE EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA 40
  • 41. 5. ENTIENDE EL SIGNIFICADO DEL SACRIFICIO DE LA CRUZ Para entender la misa, primero hay que entender en qué consiste un sacrificio: se trata de la ofrenda presentada exclusivamente a Dios, a través de un sacerdote, de una víctima que se destruye en reconocimiento de que Él es el Creador y Señor de todas las cosas. La palabra sacrificio alude a «algo hecho sagrado»: en concreto, al don que ofrece el sacerdote para indicar que los oferentes le pertenecen por entero a Él. Dicho don se destruye con intención de mostrar su deseo de obedecer y pertenecer solo a Dios, y de reparar el daño que le han hecho. De ahí que el sacrificio exprese obediencia y expiación. Un sacrificio exige un altar, un don visible —o víctima— y un sacerdote. Debe presentarse únicamente a Dios y ser a la vez una ofrenda sacrificial externa —por la que queda consagrada a Dios— y una ofrenda interior del corazón que reconoce a Dios como Creador y Señor de todo. Existe la posibilidad de que varias personas oren juntas por medio de signos, ofreciendo algo a Dios en señal de sus disposiciones interiores. Y lo hacen a través de un sacerdote elegido para actuar en su nombre. Cuando este realiza la ofrenda en nombre de todos, coloca el don visible sobre el altar siguiendo un rito o unos gestos sagrados concretos. De ese modo, el don pasa inmediatamente de ser propiedad de los oferentes a pertenecer a Dios, y se convierte en sacro o consagrado. En otras palabras, se ofrece al Señor como sacrificio. El sacrificio es más que una oración pública: es el acto supremo de culto público por el que reconocemos que Dios es el Creador y Señor de todas las cosas y que dependemos totalmente de Él. La ofrenda externa del don representa la ofrenda interior o la consagración de nuestra vida a Dios. Desde los primeros tiempos, los hombres le ofrecían dos clases de dones: dones incruentos como maíz, aceite, pan o los primeros frutos del campo, o dones cruentos como ovejas, corderos, becerros o novillos. Todos ellos simbolizaban la vida humana y, al ofrecerlos públicamente, se deseaba expresar de manera figurada que se consagraba o restituía a Dios la propia vida, recibida de Él. Los hijos mayores de Adán y Eva fueron Caín y Abel. El primero cultivaba la tierra y el segundo cuidaba del rebaño. Ambos ofrecían sus dones a Dios en sacrificio —Caín 41
  • 42. el grano y los frutos y Abel un cordero— y lo hacían quemándolos, manifestando así que dependían en todo de Él, su Creador, y que estaban dispuestos a obedecer sus leyes. Puesto que Abel no podía servirse de su propia vida para demostrar su dependencia de Dios, ofrecía en su lugar la de un cordero para manifestar su intención de obedecerle y de entregarle su persona y cuanto poseía. Cuando Dios descubrió que el corazón de Caín estaba lleno de maldad, dejaron de agradarle sus dones. Los de Abel, sin embargo, le complacían, ya que su corazón rebosaba bondad y el espíritu con que los ofrecía era recto. El sacrificio expresa la expiación del pecado. El pecado del hombre ofendía a Dios y le hacía merecer la muerte. Ejecutando a un animal y ofreciéndoselo, el hombre deseaba mostrar su disposición a entregar su vida en obediente servicio a Dios en reparación por sus pecados. En la ceremonia del día del sacrificio anual del Antiguo Testamento, el sumo sacerdote posaba las manos en la cabeza de un macho cabrío indicando que ponía sobre él todos los pecados de los asistentes. Luego le daba muerte en el desierto, haciendo ver así que los pecados del pueblo quedaban destruidos junto con la vida del animal[67]. Después del diluvio, Noé construyó un altar y ofreció a Dios un sacrificio de acción de gracias; Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo, un sacrificio de pan y vino[68]. Abraham estuvo dispuesto a sacrificar a su único hijo[69]. También Moisés construyó un altar al pie de la montaña y ofreció sacrificios al Señor[70]. En la dedicación del Templo, el rey Salomón inmoló un importante número de víctimas[71]. El profeta Elías imploró a Dios que aceptara su sacrificio[72]. Y, obedeciendo el mandato del Señor, en el Templo de Jerusalén los israelitas sacrificaban cada día dos corderos, uno por la mañana y otro al atardecer[73]. El sacrificio de Cristo en la cruz te ha redimido Si bien los sacrificios de animales que ofrecían tanto judíos como paganos no eran capaces de quitar el pecado, expresaban el anhelo del hombre de una redención real. Después de la caída de Adán, las almas de todos los hombres quedaron contaminadas por el pecado original. Alguien debía venir del cielo a redimir al mundo. Por la infinita misericordia de Dios, esa redención se llevó a cabo cuando Jesucristo, el Hijo de Dios, se hizo Hombre y se ofreció a sí mismo en sacrificio para quitar los pecados del mundo. Jesús podía representarnos porque era hombre y, como tal, podía morir para expiar el pecado; y, como Dios, era capaz de ofrecer un sacrificio de valor infinito. Nuestros pecados contra Dios exigían una reparación que solo Él podía lograr, dado que la ofensa era infinita. Los sufrimientos y la muerte de Dios hecho hombre en la cruz es el único sacrificio perfecto que quita los pecados del mundo. San León Magno[74] escribió: «Él es nuestro verdadero y eterno Sumo Sacerdote, cuya autoridad no puede cambiar ni tener fin. Él mismo es Aquel cuya figura presignificaba el pontífice Melquisedec, que no ofrecía las oblaciones judaicas, sino que 42
  • 43. inmoló el sacrificio de aquel sacramento que nuestro Redentor consagró en su Cuerpo y en su Sangre». El sacrificio del Nuevo Testamento es el mismo Jesús que con su muerte en la cruz se ofreció a sí mismo por nosotros a su Padre celestial. En él están presentes los seis elementos que exige un sacrificio: el altar es la cruz; el don sacrificial, el Cuerpo y la Sangre de Cristo, el cordero de Dios; el sacerdote, el propio Cristo, Sumo Sacerdote, Mediador entre Dios y la humanidad pecadora. Movido por su amor y su misericordia con nosotros, Él mismo se ofreció en sacrificio al Dios ofendido, la Santísima Trinidad. La ofrenda externa se llevó a cabo cuando Jesús, como Redentor, entregó libremente su Sangre en sacrificio, sometiéndose al derramamiento forzoso que sus verdugos hicieron de ella. Sus torturadores sirvieron de instrumento; Cristo era el Sumo Sacerdote y a Dios solo le complacía lo que hacía su Hijo. La ofrenda interior que Jesús presentó a Dios en la cruz fue su Sagrado Corazón. El hombre, con sus pecados, había deshonrado a Dios. Mediante su sacrificio en la cruz, Jesús restituyó una vez más a Dios la honra que merecía; aplacó su justa cólera, reconcilió con Él a quienes habíamos pecado y nos redimió; y adoró a Dios como su Señor y le rindió alabanza y honor supremos. El papa Pío XII afirma: «Al don incruento de Sí mismo bajo las especies del pan y del vino quiso Jesucristo nuestro Salvador unir, como supremo testimonio de su amor infinito, el sacrificio cruento de la cruz. Así daba ejemplo de aquella sublime caridad que él propuso a sus discípulos como meta suprema del amor, con estas palabras: “Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15, 13). De donde el amor de Jesucristo, Hijo de Dios, revela en el sacrificio del Gólgota, del modo más elocuente, el amor mismo de Dios: “En esto hemos conocido la caridad de Dios: en que dio su vida por nosotros; y así nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos” (Jn 2, 16). Cierto es que nuestro Divino Redentor fue crucificado más por la vehemencia interior de su amor que por la violencia exterior de sus verdugos: su sacrificio voluntario es el don supremo que su Corazón hizo a cada uno de los hombres, según la concisa expresión del Apóstol: “Me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Ga 2, 20)»[75]. 43
  • 44. 67 Cf. Lv 16, 20-22. 68 Gn 14, 18. 69 Gn 22, 1ss. 70 Ex 24, 4. 71 2Cro 7, 5. 72 1R 18, 36-38. 73 Ex 29, 38-39. 74 San León Magno (m.461), papa desde 440. 75 Haurietis Aquas, 20. 44
  • 45. 6. REMEMORA EN LA MISA LA MUERTE SACRIFICIAL DE CRISTO El sacrificio no concluyó con la muerte de Jesús en la cruz. El Señor nos dejó la sagrada Eucaristía como sacrificio visible para representar de un modo incesante lo que una vez llevó a cabo en la cruz y para aplicar sus frutos a nuestras almas. Jesús quiso hacer presente para siempre en la Iglesia su sacrificio en la cruz e instituyó el sacrificio de la misa en la última Cena, cuando por primera vez ofreció su Cuerpo y su Sangre bajo las apariencias de pan y vino. Al día siguiente, Viernes Santo, se ofreció a sí mismo de manera cruenta en la cruz. Nosotros no pudimos estar presentes en el Calvario para ofrecernos juntamente con Él y, de ese modo, participar de los frutos de su sacrificio; por eso, Jesús trajo el Calvario junto a nosotros. Pensando sobre todo en el Calvario dirigió el Señor estas palabras a sus apóstoles: «Tomad y comed, esto es mi cuerpo. Bebed todos de él; porque esta es mi sangre de la nueva alianza, que es derramada por muchos para remisión de los pecados. Haced esto en memoria mía». Jesús nos entregó su Cuerpo y su Sangre en la sagrada Eucaristía y mandó a sus apóstoles que hicieran lo mismo. De este modo, en la misa el Señor continúa y renueva su sacrificio en la cruz. Todos cuantos participan en ella y, sobre todo, todos cuantos reciben en la sagrada comunión su Cuerpo y su Sangre sacrificiales, se hacen un único sacrificio con Él, compartiendo los frutos celestiales y los méritos obtenidos con su muerte en la cruz. Esto es lo que afirma el Concilio de Trento: «Aunque nuestro Señor debió ofrecerse una vez a Dios su Padre al morir sobre el altar de la cruz para obrar en él la redención eterna, sin embargo, por cuanto su sacerdocio no debía extinguirse con su muerte, para dejar a la Iglesia un sacrificio visible cual lo requería la naturaleza de los hombres y por el que estuviese representado el sacrificio sangriento de la cruz... en la última Cena, en la noche misma que fue entregado, ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las dos especies de pan y de vino y bajo los símbolos de las mismas cosas los dio a tomar a sus apóstoles, a quienes en aquel acto establecía sacerdotes del nuevo testamento, y con estas palabras: “Haced esto en memoria mía”, les ordenó a ellos y a sus sucesores ofrecer este sacrosanto sacrificio según la Iglesia católica lo ha siempre entendido y enseñado». 45
  • 46. La misa es un memorial vivo de la pasión de Jesús La misa presenta ante los fieles mediante signos o símbolos la muerte en la cruz, donde Cristo derramó por nosotros toda su preciosa Sangre. San Pablo insiste en este aspecto de la Sangre derramada y, por lo tanto, completamente separada del Cuerpo. Sobre el altar se da una separación sacramental o simbólica entre ambos: se trata de una re-presentación sacramental de la auténtica separación que se dio en el Calvario. Manifiesta la muerte en la cruz. De ahí que la Iglesia cante: «¡Oh, sagrado banquete en el que se recibe al mismo Cristo, se renueva la memoria de su Pasión, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura!». En la misa recordamos a Jesús y, especialmente, el inmenso amor que nos tiene, demostrado con su pasión y muerte; y cumplimos su última voluntad, porque el pan y el vino se transforman en su Cuerpo y su Sangre. La presencia viva del Salvador que murió por nosotros sigue siendo real, pues Él mismo dijo en la última Cena: «Esto es mi cuerpo, que se da por vosotros; esta es la sangre de la nueva alianza derramada por vosotros»[76]. Su dolorosa muerte en la cruz queda representada en la misa por la doble consagración del pan y del vino. La sagrada Hostia separada del cáliz nos recuerda el lento derramamiento de su Sangre, separada de su Cuerpo en la cruz. El sacrificio de Jesús, Cabeza de la humanidad, ha sido el sacrificio por excelencia en este mundo: una elocuente declaración, hecha en nombre de toda la raza humana, de que se arrepiente de sus ofensas y rechaza el pecado, y desea consagrarse a la gloria de Dios. Es el único, verdadero y perfecto sacrificio aceptable en y por sí mismo por Dios. La misión de la Iglesia consiste en dar a Dios el culto que se merece, y lo hace así a través del sacrificio. El sacrificio de Jesús en la cruz es perpetuo: se ofrece sin cesar en la Iglesia y seguirá ofreciéndose hasta el fin de los tiempos. El Calvario está re-presentado —continuamente presente ante nuestros sentidos— en la misa, que es el memorial vivo del Señor. Encima de todos los altares católicos el crucifijo nos recuerda que la misa es el mismo sacrificio que el de la cruz, cuya víctima y principal sacerdote es Jesucristo. Ese crucifijo nos dice sin palabras: «He muerto por vosotros». La misa es un monumento, un memorial de su muerte, mediante la cual ha salvado nuestras almas. 46
  • 47. 76 Cf. 1Co 11, 24-25. 47