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1
Cuentos de Varro
2
3
Cuentos de Varro
Sergio Fong
4
1ra Coedición: Varrio Xino – La Rueda Cartonera, 2017
Ilustración de Portada: Lorena Baker
Diseño Editorial: Jacobo Monraz
Editado, Impreso y Hecho en México
Coedición de Ediciones Del Varrio Xino y Editorial La Rueda
Cartonera
Prohibido prohibir la reproducción total o parcial de esta obra, siempre y
cuando se den los créditos correspondientes
Todos los izquierdos reservados
Esta obra está bajo una Licencia Creative
Commons Atribución 4.0 internacional
5
AMORIR
Intempestiva, sin pensar en la frugalidad del
avión, ahora fugaz en la memory.
Yacíamos después de haber consumido
nuestros sabores. El aullar de unos canes me
despertó, la baraña estaba tembleque, agria. Me
había quedado dormido después de haber sido
uno en esa caja de silencio lúgubre.
Habíamos brindando por el cumpleaños de
Dionisia, festejamos su tercer aniversario. Para
mí, Dionisia era la Dicha, el encuentro con su
despertar sexual era mi fuga de la sociedad
idiota. Su monomanía de sexo a morir me
asfixiaba, me envolvía en la atmósfera psíquica
del hedonismo. Su mundo aparte era maravilloso.
La depravación que sólo existe en el recóndito
inframundo del Ser, un pinche loco.
La noche que la conocí, una voz venida de la
esquizofrenia me repetía “¿Quién será esa ninfa
de ebria belleza que baila descalza? ¿A dónde
volará todas las noches? ¿A qué olerá su flor
amorosa?”. Me quedé despierto, acechando hasta
que todos los desarrapados de espíritu que la
acompañaban se fueron extinguiendo. El alcohol
se agotó y le sugerí pasar por algún aguaje para
conseguir más bebida espirituosa; me concedió la
petición y algo más, volamos río abajo. Fui presa
de sus pasiones, la lujuria de la ninfa me llevó a
conocer el mundo de los viles, la subterráquea
vida de los suburbios, el averno y sus delirios.
6
No hubo alcoba perfumada, ni cama, petate o
superficie algodonada, tampoco sábanas blancas
ni cafecito en la mañana, sólo sexo y más sexo.
Delirio fue su pureza, hasta que pude huir de
sus garfios de ninfómana.
Pasaron los días y hubo otro encuentro; me
llevó a recorrer las llecas del alma. Noctívagos
flotamos, bebiendo y atizando con la tripulación
de la noche, el viaje fue oscuro y denso. Tuve que
compartir con los buitres el amor de Dicha.
Bajamos y subimos los días sin contarlos, el
tiempo seguía su marcha al infinito. Miré el lastre
de tantos inseres perdidos, hasta topar fondo, sin
más voluntad que la locura o la muerte. ¡Salimos
a flote!
La vida siguió su cauce y nos reencontramos
en el río, Dicha seguía bailando descalza, su
belleza era una silueta trastocada en las bardas
de la urbe por los faros de los autos, sucedía
vertiginosa en la oscuridad, como graffiti fugaz,
como un tatús acicalando la piel de la city.
El carcomo de los años y el designio del
alcohol ultrajaron a Dicha, su flor se fue
marchitando y un día de agosto una ráfaga de
muerte se la llevó. No hubo funeral, ni rezo, si
acaso algún familiar pudo reconocer su fiambre y
aquí la sembraron en esta fosa común.
Ayer festejamos su tercer aniversario y me
dijo con sus hebras de voz, “vamos por algún
veneno para el espíritu”.
7
LA SINIESTRA
Lucha abrió la puerta del departamento, estaba
desdibujada, borrosa, incluso la sentí abatida.
—Pasa, pasa Gato, me convidó a entrar y me
preguntó en corto, ¿Buscas a Esteban?
—¡Claro!, afirmé.
Esteban había quedado de pasar a mi casa
para hablar sobre la venta de su departamento;
como no llegó, pensé que se podía rajar y dejarme
colgado de la brocha, preferí ir a buscarlo.
Le comenté a Lucha, y le pregunté ¿qué
pasaría con Esteban?, para sondear un poco.
—Salió temprano al trabajo, de que fuera a ir
contigo no me dijo nada —eso lo expresó como
molesta, luego agregó—. ¿Quieres algo de beber?
¿Ya almorzaste?
—Ya desayuné, te agradezco un vaso de
agua, por favor —volteé a verla y tenía ese tic
tembloroso en la quijada.
Oí el estruendo del cristal cuando se rompe.
Mientras me traía el agua mirujié el
departamento, alucinándome con la compra y
cubicando dónde colocaría los muebles; la sala
iba a ser mi estudio y uno de los cuartos el
laboratorio, el taller de taxidermia para trabajar
sobre el encogimiento de ciertos cadáveres de
animales. En eso estaba cuando llamaron mi
atención unas manchas pequeñas de sangre en
la pared, muy cerca del zoclo, como un ligero
riego, casi imperceptible. Seguí con la mirada a
Lucha y estaba sirviendo el agua con una sola
8
mano, le busqué la otra, la izquierda, la tenía
metida en la bolsa del abrigo. Seguí observando
el departamento y vi unos borrones de sanguaza
en el piso, eran marcas muy sutiles, como si
alguien las hubiera querido limpiar; el leve
manchón llegaba a la recámara principal, donde
iba a meter una ring size, pero la puerta estaba
cerrada. Lucha acercó el vaso de agua y lo
depositó en la mesa de centro. Se dio cuenta de
mi falta de discreción y dijo parcamente.
—La perrita anda en celo, ahora limpio.
Apañó un trapo de la cocina y con una sola
mano pasó la jerga por encima hasta que
desapareció la sangre, me volteó a ver retadora
como esperando alguna otra cuestión. Mientras
yo pensaba “¿Cuál perrita?, nunca le han
gustado los animales, ni disecados”, me ahorré la
pregunta.
Nos quedamos mirándonos un instante a los
ojos, yo sabía que estaba en crisis porque sus
labios temblaban sin control, y no emitían
palabras ni sonido alguno, tampoco parpadeaba,
era como una efigie, aunque su cuerpo estaba en
total descontrol. Temí que pudiera caer en un
ataque de nervios, tantos años bajo tratamiento
psiquiátrico, había momentos en que se
desconectaba por completo.
—¿Quieres sentarte? —le propuse señalando
un sillón de la sala.
—¡No! —contestó de modo cortante.
Se paró exactamente frente a mí, tomé el
vaso de agua y bebí, el agua estaba dulce,
demasiado azucarada y fría. Bajé el vaso a la
mesita y le pedí que me dejara pasar al baño. No
contestó pero entendí que podía hacerlo, tuve que
bordearla, casi hacerla a un lado, empujarla un
poco, estaba allí inmóvil como la Esfinge de Giza,
pero trepidando con la mano izquierda en la
bolsa del abrigo.
9
Antes de entrar al baño me di cuenta que la
perilla estaba embarrada de sangre, al mirar el
interior quise salir en chinga, pero soporté la
repulsión; había sanguaza por todos lados. Ya ni
oriné, no hice nada, miré el lavamanos y estaba
completamente teñido, respiré profundo y salí
fingiendo completa calma. Lucha seguía de una
sola pieza sin dejar de temblar y haciendo ruido
con los dientes.
—Creo que mejor me voy —le dije—, luego
busco a Esteban.
—Gato —me dijo en seco—, tú sabes que yo
no quiero que Esteban venda nuestro
departamento, ¿sí lo sabes, no?
—No, no lo sé, no lo sabía, me tengo que ir
Lucha —dije precipitado.
Se acercó para despedirse, yo abrí la puerta,
ella extendió su mano, la izquierda, la que había
mantenido en la bolsa del abrigo. Nos dijimos
adiós.
10
POR ENÉSIMA VEZ
Después de deambular medio día por toda la
Condesa buscando un cliente que ordeñar, el
espectro de Isis, la puta más tierna, se detuvo en
un teléfono público en la Alameda. El último
veinte, ayer era la reina del tugurio raspando la
suela y bebiendo mezcal. Recargó su
desvencijado cuerpo sobre la codera de la cabina,
todo era un presagio, tomó entre sus dedos la
moneda de metal y la depositó en la ranura del
aparato mientras imploraba mascullando una
oración, “Ojalá me conteste, ojalá me conteste él”.
Timbró su corazón acelerado. Recordó lo que el
brujo y tarotista de la mezcalería le había
mostrado en la tele del Tarot. Una voz de mujer al
otro lado de la línea la sacó de su atolondrada
mismidad preguntándole.
—¿Quién es, quién habla, conteste?
Isis se llevó el auricular al pecho, temblando
la maldita cruda sintió los gritos retumbar sobre
sus flácidas carnes y estallar en su tatema los
insultos desaforados de la doña de su cliente.
—¡Hija de tu, chingas a tu re puta madre! —
luego le gritó a su engendro—. Segura que es esa
pinche puta ramera arrastrada que busca a tu
padre, ¿cuándo nos dejará en paz?
Un joven veinteañero se detuvo frente a ella,
la miró detalladamente como cerciorándose de
que lo que veía era neta. Apenas dos horas en la
Ciudad de México y ahí estaba la mujer que lo
11
hizo pasar una tarde de frenesí e inolvidable
pasión.
—¿Isis, eres Isis? —le preguntó, deseoso de
que la respuesta fuera afirmativa.
Ella lo miró como queriendo reconocerlo, le
dio una escaneada, luego se acercó, lo olfateó
caninamente, cerró sus ojitos y contestó.
—Sí, soy Isis, ¿Tú quién eres?
—¿No te acuerdas de mí? ¡Soy Jesús! Vamos
a una cantina te invito una cerveza, un tequila, lo
que quieras.
A la dama le vidriaron las canicas, el corazón
se le inflamó de gusto, buchaca y canoa se le
hicieron agua fresca de manantial. Rolaron
rumbo a Bucarelli, se metieron a una fonda,
luego a un bar, después a una cantina, pidieron
de comer y bebieron chelas, luego siguieron los
rones y ya encaminados y encandilados, cayeron
rodando a una mezcalería, estaban hasta el tope,
en el clímax del pedo. Jesús, insistente le volvió a
preguntar.
—¿No te acuerdas de mí?, yo iba en el Metro,
te vi por la estación de Balderas, allí en corto
entre apretujones, nuestras miradas flashearon,
se cruzaron, nos dijimos everything con los ojos,
nos bajamos en Allende, te dije que traía varo,
que andaba festejando mis dieciocho abriles y
quería que fueras mi madrina, mi hada madrina.
Nos metimos al cinco letras, tú estabas hermosa
y cachonda; tu pantufla olía a versos, a dona
recién hechecita, a rocío nocturnal. Yo, yo, yo,
era mi primera vez; bebimos y cogimos toda la
tarde, toda la noche, prometí no enamorarme de
ti porque yo amaba a mi novia. ¿No te acuerdas?
¿No te acuerdas de mí?, fue hace dos años, dos
años Isis, dos años que te pienso y que te sueño.
Me regresé a Guanatos y no he podido olvidarte,
creí que no volvería a verte jamás y mírame, aquí
12
estoy otra vez. ¿De veras Isis, no te acuerdas de
mí?
Isis ya no pudo contestarle, cayó ebria sobre
la mesa.
En ese momento llegaron los meseros saca
borrachos con la cuenta en mano y le pidieron a
Jesús, con la cortesía diplomática de la ética
cantinera, que recogiera a su abuelita y se
marcharan. No hubo manera de defenderse, los
argumentos se habían deshecho junto con los
hielitos, de modo que pagó y como pudo, apoyado
por los pajes de Baco, salió de la mezcalería
abrazado de Isis. Ya en la calle de López y el
plenilunio de testigo Jesús reparó en que Isis, sí
estaba ruca, en la flor de la senectud, plena como
su gemela. Sin pensarlo la acarreó hasta una
cabina telefónica y la recargó ahí. Con mucha
cautela y discreción se fue yendo despacito
murmurando.
—Por enésima vez Isis, ¿de veras, no te
acuerdas de mí?
13
EL AMOR ES CIEGO
o BLIND BLUES MAN
Martes 30 de marzo.
Librada despertó a las 5:65 a.m., repasó todo el
itinerario del día mentalmente, siempre estaba
lista y puesta para servir a la señora desde muy
temprano. Preparó el baño de doña Rosario,
estaba contenta, se sentía en su cántico religioso
mientras abría los grifos del agua de la tina,
templó la caliente con la fría, colocó algunos
jugos y esencias de flores en la bañera, dispuso
las tollas frescas y perfumadas junto con la bata
de baño en el toallero. Salió del tocador para
dirigirse al guardarropa e iniciar el ritual para
elegir el traje que usaría la patrona, escogió un
sombrero de pajilla de ala ancha con una flor
artificial que se difuminaba de rojo atardecer
hasta llegar a un amarillo encendido, la blusa de
seda bermellón y la falda de lino amarillo; bolso,
cinturón y zapatillas rojas de ternera. “Se verá
muy linda mi ama”, sentenció para sus adentros.
Luego llegarán las asesoras y cultoras de
belleza para darle una manita y embellecer a la
dama, una práctica que nunca dejará de hacer,
para verse siempre joven y atractiva.
Después le pedirá a María prepare el
desayuno, extremadamente ligero con zumo de
naranja y zanahoria.
Lauro el chofer sabe, que el último martes de
cada mes es el día de la señora, pero ayer no
14
pudo evadir el juego con los cuates en el casino,
la suerte en el Black Jack le sonrió y la euforia lo
contagió al grado de olvidar irse a dormir
temprano. Julia lo despertó a gritos y jalones,
poco faltó para echarle agua en la cara,
“Despabílate Lauro, hoy no puedes darte el lujo
de levantarte a la hora que quieras”. Con
demasiado esfuerzo y de mal humor se incorporó
para dirigirse a la residencia de su patrona. Su
cabeza estaba a punto de estallar, le burbujeaba
el alma y los sesos se le cosían. Cuando llegó a la
mansión, iba más dormido que despierto, en
estado zombi. Entró directo al garaje y se puso a
limpiar el Mercedes Benz negro; lo enceró, le
checó el aceite, el líquido para frenos, calibró los
neumáticos pero la modorra continuaba. Fue a la
cocina para que María le preparara un café
cargado y de pasada lo regañara, “Lauro, te
trasnochaste, mira nomás la cara que traes, ojalá
y no se entere la jefa Librada, si no te pone de
patitas en la calle, ya sabes que es muy estricta”.
Le dio la taza de café y lo corrió de la cocina para
que no lo viera el ama de llaves.
La señora Rosario desayunó en compañía de
Librada, que se esmeraba en servirla y atenderla
en todo, hasta lo más mínimo, no quería que se
fuera a manchar su traje primaveral. ¡Tan linda!,
parecía una muñeca.
—Señora la esperamos temprano de regreso,
le preparé el vestido negro satín y sus alhajas,
este año no nos pillarán sus sobrinos, por muy
cenas sorpresas que le celebren.
—Librada, ¡eres un amor! —respondió
entusiasmada y con voz jactanciosa muy curada,
agregó—. ¡Quiero mi sombrero de plumas de
cacatúa inca!
Hicieron una pausa y soltaron la carcajada,
ja ja ja ja ja, no podían dejar de reírse, ja ja ja ja
ja ja ja. Librada se puso de pie, tocó la campana
15
con un dulce tintineo para llamar a María y
recogiera los cubiertos de la mesa. Ayudó a la
doña a levantarse, la tomó del brazo izquierdo
mientras con en el derecho le entregaba el bolso;
volvió a tocar la campana, esta vez con más
fuerza. María se adelantó para abrir la puerta
principal. Allí estaba el Mercedes Benz
acrisolado, Lauro con su uniforme de chofer
impecable y gafas oscuras para ocultar la resaca.
No pasó desapercibido del ama de llaves que
esbozó una mueca de coraje y le hizo el gesto de
que se quitara los lentes, pero Lauro de
inmediato abrió la puerta trasera del auto para
ayudar a la señora a subir. Bajó la cabeza para
no ver la cara enfurecida de Librada, apresuró el
paso, dio la vuelta al carro y subió en chinga
para arrancar.
—Buenos días doña Rosario, felicidades por
su cumpleaños —le dijo mientras la miraba por el
retrovisor.
—Muy buenos días Lauro, gracias, ¿cómo
están tus hijos y tu mujer?
—Bien señora, mi esposa le manda muchas
bendiciones y parabienes por su aniversario.
Lauro se dirigió al centro de la ciudad. El sol
ya estaba a las doce, ardía el asfalto, el tráfico
estaba pesado, sintió calor y sueño. En los
semáforos que se detenía cerraba los ojos,
parpadeaba y arrancaba, tenía mucha pesadez,
podría quedarse dormido en cualquier momento.
Al llegar al centro y dar la vuelta en una esquina
casi atropella a un viejo ciego que se abría paso
con un bastón y cargaba terciado un saxofón.
Tuvo que frenar intempestivamente, a la doña le
dio un vuelco el corazón. Lauro estuvo a punto de
gritarle al anciano que se fijara por dónde
caminaba pero se percató de su ceguera. La
dama preocupada, con las manos en el pecho le
preguntó.
16
—¿Qué pasa?
Lauro contestó que alguien se atravesó la
calle sin fijarse en la luz roja, pero que no había
problema.
—Gracias a Dios Santo —dijo la señora
mientras se persignaba—. Vete más despacio, te
siento alterado.
—Más despacio no se puede señora, estamos
en medio de un embotellamiento.
El músico ciego siguió su rumbo. Caminó
hasta el hotel San Luis, el pasillo estaba en
penumbras, una voz lo saludó, subió las
escaleras, recorrió el pasillo de la izquierda y en
la última habitación se detuvo, abrió la puerta y
entró. Se sentó a la orilla de la cama, sacó el sax
del estuche y se puso a tocar.
El Mercedes continuó su paso, viró por la
avenida San Luis, se detuvo frente al hotel, Lauro
bajó del auto, abrió la puerta trasera, le ayudó a
la señora a bajar. La tomó del brazo para
conducirla hasta el quicio del hotel. La recibió la
joven recepcionista, con una voz demasiado
familiar.
—Doña Rosario, ¡Feliz cumpleaños!, ¡Bien
venida!
Lauro se la entregó en sus manos, sacó un
pañuelo para secar el sudor de su frente. La
recepcionista ayudó a la señora a subir las
escaleras, recorrieron el pasillo de la izquierda y
en la última habitación se detuvieron.
El corazón de la señora Rosario se encendió,
detrás de la puerta vibraba un blues.
17
LA SONRISA DE MICIFUZ
Amanda sabía que la realidad era irreversible
pero rogaba al Santo Niño del Toncho, que si
existiera la posibilidad de cambiar el transcurso
de la vida, lo hiciera, “¡Por tu madrecita chula,
santo niño, hazme el paro!”. Nada, ¡cero!, no
ocurría ni madres que truequeara el curso de las
cosas.
Luego de meditarlo y de tratar de hablar con
su gato negro, que sólo la miraba, ella entendía,
en la profundidad de sus verdes ojos, que no
desfalleciera, que si en el acto de romper el
destino caía abatida sería con dignidad. De modo
que se armó de valor y su primer intento fue con
el brujo del varrio, el sabio arcano, de quien
nadie sabe su edad, sólo que ahí ha estado desde
tiempos inmemoriales. Al verla, frotó sus manos
bajo las de él, sintió su calor, su tibieza y le
comunicó que era una mujer blanca, limpia y
transparente.
—No te preocupes pequeña, ningún conjuro,
amarre o trabajo sucio te hará ningún daño, ni a
ti ni a tu gato.
De regreso a su casa iba meditando, ¿cómo
supo el pinche brujo que tenía un gato?, de
alguna artimaña se habrá válido. Siguió
cavilando y de pronto ese recuerdo culero, ¡esa
pinche punción en el hígado!, el encabronamiento
le subió del piso a la azotea; con su mano
derecha apañó el arete de su oreja izquierda y
jaló, luego con la izquierda el otro. El par de
18
aretes volaron hasta llegar al fondo de una
alcantarilla, sus lóbulos sangraban y aunque se
dañó las chorejas no le causó ningún dolor. Pero
muy en el fondo de su corazón sonaba una
serena mentada de madre para su ex, mientras
unas lágrimas rodaban por su mejilla hasta llegar
a sus labios, agüita dulce y refrescante. Rió, se
rió una leve, como acordándose de una maldad,
eso que dicen que quien sola se ríe de sus
maldades se acuerda. ¡Suspiro!, largo y tendido.
Llegó al cantón y el gato no apareció para
rondarle entre las piernas, “¡Micifuz, Micifuz,
dónde andas cabrón!”. El gato estaba muerto
entre los peluches del sofá. “Ja ja ja ja ja, ja ja ja,
ja ja”, al descubrirlo le ganó la risa, “ja ja ja ja ja
ja ja ja”, parecía histérica… Fue por una enorme
bolsa negra a la alacena, tomó los pinches
peluches, todos regalo de su amor, ex amor.
Mientras lloraba y reía los introdujo en la bolsa
de basura. Refunfuñaba cada que arrojaba un
peluche, “¡Chingas a tu madre, chingas a tu
madre, chingas a tu madre!”, había dolor, un
chingamadral de coraje, de rencor visceral. “¿Y
esto se curará?”, se auto preguntaba, “dicen que
el tiempo todo lo cura, hasta la locura. ¡Qué
cura!, pero me merezco esto y más por pendeja”.
Miraba a Micifuz y le decía con un chingo de
amor “Pinche Micifuz, mejor te moriste para no
verme chillar”.
Al gato no lo arrojó al bolsón, lo tomó entre
sus manos y comenzó a chiquearlo y acariciarlo,
sentía su maullar en el corazón, “Pinche gato,
hasta tú me abandonaste”.
Si no hubiera mandado el celular a la
chingada podría hablar con algún compa,
invitarlo al cine, a cenar o simplemente pasear
por el centro, tratar de convenir y dejar de tripear
pero no quería saber de nadie, ni hablar con
nadie, mejor que la dieran por muerta. No era la
19
primera vez que pensaba en tirarse de la azotea,
arrojarse a las vías del tren ligero o alguna
pendejada de ésas. Pero ella no se quería morir,
nomás quería que las cosas cambiaran, que su
situación diera ese giro del que le hablaban los
oráculos, los arcanos del tarot. Pero nasty, cero
en el marcador; no caminaba ni en reversa. Tomó
una Jeringa. Abrió los grifos del agua de la
bañera, las llaves del gas de la estufa, sacó del
closet tres corbatas, forjó un churro, encendió la
radio, sacó la botella de tonayán, puso hielos en
un vaso largo, miró al gato, “Pinche Micifuz te
cargó el payaso”. Se desnudó, tocó sus senos
como dice en el tríptico del sector salud, con las
yemas de sus dedos, sintió sus pezones, fue ante
el espejo, sentía unas pequeñas bolitas, como
canicas de grasa en sus bubis. Miró su rostro en
el espejo, aún tenía los surcos de las lágrimas en
sus mejillas, esbozó una sonrisa, levantó su
mano derecha por encima de su cabeza, luego la
bajó a la altura de la sien, con el índice hizo una
señal y se disparó. “¡Pum!”. Cerró los ojos y
empezó a reír.
Caminó a su habitación pintada de azul cielo,
puso mezcal tonayán en el vaso con hielo y tomó
el cigarro de mota, lo colocó en su boca, se
recostó en la cama, encendió la mecha, dio un
fuerte jalón, miró el techo lleno de calcas
fluorescentes, con pequeñas lunas, estrellas y
planetas, dejó escapar el humo poco a poco, tomó
el vaso de mezcal y de un sólo trago bebió todo el
espíritu, cargó con otro tanque de humo verde
sus pulmones, guachó la brasa del toque y con
un lengüetazo la apagó. Se relajó hasta quedar
dormida. Dos minutos después de estirar el
cuero. A las 6.16 de la tarde tembló en Guanatos,
se sintió un sismo de alto grado en la escala de
Richter, trepidatorio con un epicentro en la falla
de San Andrés, Etzatlán, Xalisco, y puntos
20
circunvecinos. Un movimiento telúrico cabrón. La
raza asustada, con temor en sus corazones y sin
confesarse aún lloraba e imploraban al cielo. La
gente salió a las calles, algunos edificios se
colapsaron, se derrumbaron y bajo los escombros
el Gato de Amanda, el Micifuz apachurrado.
Las cuadrillas de topos en busca de gente
viva o muerta no dieron con Amanda, la
reportaron desaparecida.
Alguien despistado, sin dejarse ver tomó el
cadáver del pinche gato.
21
EL GUAYABO DE DON RUTILIO
Por debajo de la puerta dejaron un recado, un
anónimo con letras recortadas del periódico y
muy mala ortografía, “LO SE TODO IJO DE TU
PUTaMaDRE, NO aBRa CoNPasION”. Era casi
idéntico a los mensajes que le llegaban dos o tres
veces por mes a don Rutilio, pero esta ocasión, la
mala ortografía, el hecho que no estuviera
firmado por su señora y que se hubieran tomado
la molestia de mancharlo con sangre, lo hacía
diferente y misterioso. Lo que más lo confundía,
incluso lo asustara, era una raya roja de sangre
por debajo de las letras, “NO aBRa CONPasION”.
De modo que a don Rutilio se le hizo puño el
asterisco.
Lo primero que se le vino a la mente fue
llamarle a Lola, la mujerzuela con la que le ponía
el cuerno a doña Baudelia. Estaba hasta
temblando de nervios, el teléfono timbró dos,
tres, cuatro veces y nada. “Contesta por favor
Lola”, reclamaba la voz interna del Don, pero el
teléfono seguía sonando.
—¡Chingada madre!, ahora qué hago, pinche
Baudelia, ¿A qué estará jugando, cada día está
más loca, o ahora sí será de verdad su amenaza?
Lola salió del baño y miró en la pantalla de
su celular que tenía una llamada perdida.
Carlitros, su amante, que estaba relajado en la
cama viendo una película en la telera, le
mencionó.
22
—Estaba timbrando tu teléfono amor, ha de
ser el pinche viejo arrastrado, seguramente ya
leyó el letrerito que le mandé.
—¿Cuál letrerito?, no vayas a salir con una
chingadera Carlos.
—Ja ja ja ja, solamente me estoy divirtiendo,
un sustito al hijo de su pinche madre que se está
cogiendo a mi vieja.
—Ja ja ja ja, idiota, pero bien que te tragas
todo lo que me da, ¿verdad?, y ¿qué tal la ropita?
—Déjame le saco un pedo, a la mera hasta
suelta un billete.
—Déjate de pendejadas cabrón —le señaló
Lola mientras se zafaba la toalla que traía
enrollada en el cuerpo para dejar las tetas al aire,
luego se agachó para secar sus pies poniéndole a
Carlitos la flor enervante en los bigotes.
—¡Umm que rica y deliciosa huele tu florecita
amor! —le susurró al oído mientras la tomaba de
la cintura para jalarla hasta la cama, cayeron en
clavado creando una pirueta de tres punto cinco
grados de dificultad, se besaron en el in pass
volátil rosando sus sexos ardientes y deseosos,
rodaron entre las sábanas hediondas y el colchón
viejo hasta que Charly sintió por enésima ocasión
el filo del alambre de uno de los resortes
calándole la nalga izquierda, pero en esta maldita
ocasión sí gritó de dolor. Lola se sacó de onda y
se levantó de un sólo tirón.
—¿Qué te pasó?
—¿Qué me pasó?, pinche colchón ora si se
vengó, se me enterró en el cachete izquierdo —
dijo mientras se colocaba un pedazo de la sábana
para detener la sangre.
El teléfono de Lola volvió a sonar. Le hizo la
seña a Carlos de que chitón para que se
mantuviera callado, no se fijó en la pantalla para
ver quién llamaba, cuando contestó.
—Bueno, ¿amorcito? —se llevó una sorpresa.
23
—¿Amorcito? Hija de tu pinche madre, soy
Baudelia, la esposa de Rutilio, ya sé que le estás
sacando dinero a mi marido, vividora hija de la
chingada, si te vuelves a meter con él te voy a
matar.
Carlitos le decía en voz baja a Lola que le
pidiera para un colchón nuevo, pero Lola estaba
sacadísima de onda, no sabía qué contestarle a la
ruca, siempre la bateaba, sabía del juego y de
alguna forma era considerada pero ahora la
agarró fuera de lugar, y se quedó muda, volteaba
a ver a Carlitos que con señas le decía que le
pidiera varo y le señalaba el colchón y luego
volteaba a verse la nalga rajada. Cuando Lola
volvió en sí, Baudelia ya le había colgado. Y como
para ella sola dijo, “Pinche vieja culera, ya me
tiene hasta la madre”. Luego miró a Carlitros y le
comentó media desencajada, que era la vieja de
Rutilio.
—Me llamó para amenazarme otra vez, está
bien locuaz, pero ya me harté de seguirle su
desmadre.
—¡Pasumauser!, ¿’ora qué vamos a hacer?,
adiós al colchón —gruñó Charlie.
—Me las va a pagar, pinche vieja loca, vas a
ver.
Le marcó a Rutilio.
—Bueno Lola —contestó el viejo—, te llamé
porque algo anda mal, muy mal.
—Ruti, necesitamos vernos, es urgente.
—Sí pero no vengas a mi despacho, algo está
mal, hoy me llegó un anónimo, pero estoy casi
seguro de que no es de Baudelia, te veo en el Café
La Rueda.
—Sí, en media hora estaré allí.
Carlitos, se puso en la puerta del cuartucho
para negarle el paso a Lola y le dijo.
—Ya vas a ir a ver al ruco, ¡deja eso ya!, si la
vieja está loca te puede chingar, una vieja
24
resentida es capaz de todo, lo mejor es que no
vayas y ya mandes a ese pinche viejo decrépito a
la verdolaga.
—Tú no tienes por qué meterte en mi vida,
todo lo que hay aquí es mío, yo me lo he ganado
con el sudor de mis nalgas, tú nomás eres mi
querido, a la hora que yo quiera te mando a la
mierda. Así que mientras vivas aquí, la que
manda soy yo padrotito, si no te late, ¡pues como
va! ¡A la chingada!
A Carlitos le salió lo cabrón y por esta vez no
quiso tragarse su orgullo, se hizo a un lado para
que pasara la morra, que salió como chispa a
encender el averno.
Rutilio tomó su bastón, se puso su sombrero
de ala del cinco y tomó las llaves del auto. Salió
de su casa rumbo al Varrio Xino.
Carlitos estaba enfurecido, echando sus
pocas garras en una mochila de campamento,
mientras arrojaba todo su encabronamiento y
resentimiento contra su morra y el viejo. “Pinche
par de ojetes, ojalá y se pudran en el puto
infierno”. Ya que tenía su bulto preparado y
estaba listo para salir, sacó una hoja 007 y
empezó a madrear el colchón, maldiciendo a
diestra y siniestra. Una vez que se hartó de
perforar y rasgar el lecho de amor, le vació una
botella de thiner, antes de salir del cuchitril le
arrojó un cerillo para que ardiera todo el
cuartucho de vecindad, aún no llegaba a la
puerta de la calle y las doñas que estaban en los
lavaderos empezaron a gritar “¡Fuego, fuego!,
fuego”. Carlitos alcanzó a echar un último vistazo
mientras les rayaba su madre levantando el
brazo, y su corazón de caifán se le rasgaba por
los ojitos.
En el café La Rueda don Rutilio le pedía a
Lola que ya se olvidaran del amor. Él sí se había
encariñado, a su ñora ni la tocaba, tenían veinte
25
años sin dormir en la misma habitación, si
seguían juntos era por los hijos y la maldita
costumbre convertida en esa manía a ultranza de
doña Baudelia de divertirse a placer, asustando y
desafanándole las novias a su marido, una o dos,
a veces tres por año, pero Lola se había
estancado y además sabía que la mantenía a ella
y a su amante, dos de sus hijos la tenían
informada de cuánto le daba, de dónde y cómo se
veían, todos sus movimientos los tenían
visualizados. Con Lola no podían, era más fuerte
que todos, decidida, sin nada qué perder.
—Está bien Ruti, me iré lejos de ti pero dame
medio millón, ya no quiero saber nada de ti ni de
tus hijos, ni de tu mujer, estoy hasta la madre de
sus juegos estúpidos, todos me llaman para que
te cuide, que te de tu medicina, que le siga el
juego a Baudelia, que esto, que aquello. Ya estoy
hasta la madre, me voy a ir a vivir a otra ciudad.
Rutilio, sacó la chequera y firmó un cheque
en blanco.
—Vete, yo también estoy cansado, ponle la
cantidad que quieras.
Timbró el teléfono de Lola, era doña Baudelia.
—¿Qué quiere?, vieja guanga.
—Ya sé dónde estás perra, estás con mi
marido en…
—Doña Baudelia, salga de donde esté, esto se
acabó, yo me largo. Si no sale yo misma la voy a
buscar y le voy a poner una chinga, estoy hasta
la madre de su jueguito de celos, de adúlteros y
señora resentida, esto se acabó.
La señora Baudelia salió de atrás del chino
barista, tenía una pequeña pistola calibre
veintidós, sus manos temblaban, iba directo
hacia Lola. Don Rutilio se levantó y la detuvo.
—Calma mujer, esto se acabó, Lola ya está
cansada, déjala que se vaya.
26
La morra se paró de su asiento, todo el café
se fastidió, los parroquianos se sacaron de onda
con todo el teatro, Lola tomó su bolso y el
cheque, salió huyendo. Don Rutilio les dijo a sus
hijos que estaban entre el público observando el
performance, que llevaran a su madre a casa.
El viejo esperó que se fueran todos y pagó la
cuenta.
Mientras manejaba rumbo a su cantón, a don
Rutilio se le nublaba la vista, sentía hormigueos
en sus piernas y brazos, abría la boca como
bacalao para jalar aire, sudaba en frío.
En la mente se le dibuja con mucha claridad
la imagen del Guayabo que está en el patio
trasero de su residencia.
27
TARDE DE SOLE
Dicen que el Roger brinca ebribody todo el tiempo
de rosal en rosal, que arranca con todo y tallo los
botones rojos, que las espinas se le encajan en
las palmas de las manos y le rasgan la piel; que
le arde ojete y sangra, luego chupa las pequeñas
heridas y el dolor merma una leve por sus ojos.
Dicen, que con un ramo de rosas rojas en la
izquierda y en la diestra una boya de espíritu
mezcalero se menea como pez en la marea gris de
la city, que trae en su coraza la ilusión de
cotorrear con su jaina, “su nena punk” como él le
dice.
Cuando la conoció, la morra se prendía
machín en las tocadas de rock, se destrampaba
en la danza, era de las pocas rucas que se
aventaban el ritual en el “Casino Popu” con toda
la banda creisy. Todos los domingos tocara quien
tocara. El Saico fue quien se la presentó, le dijo
acá en confianza, de carnales, “Vas a conocer
una nenita bien linda pinche Roger”, pero se
quedó corto, aparte de chula estaba rebuenota y
era bien chida. ¡Discutida!, eso debió haberle
dicho. Y hasta ahí llegaron como compas porque
el Roger mas trucha que el Saiquito, se la
langareó y en calor le puso un faje alucinógeno
que prendió machín a la ninfa rocanrolera,
entonces empezaron a andar (así se dice, andar
en las llecas de golfos, tirando chapopote,
consiguiendo algún jalón, una baisa, cualquier
cualquier, de varrio en varrio, para alivianar el
28
espíritu y liberar la loquera del corral, “chivas no
nos vamos a morir”). Y el Saico se tuvo que abrir
con su toncho a otro terruño y a seguirle jalando
el pescuezo al ganso. El Roger nel, él ya tiene su
bistec y siempre anda trovo y con varo, sabe
hacerla, tirar verbo, talonear para el vicio. Le
gustaba alborotar el gallinero, después le llegaba
con su morra y se iban a conseguir unas ruedas
pa’ viajar de ranas, algún Johny Winter, un
alcoholibarius, de mínimo unas celias. Siempre
bien armadillos.
Los domingos era el día más alto, día de
comulgar con la raza, netamente sagrados. Se
levantaban muy tempra, entre crudos, pachecos
y jarias, el borlo iniciaba en el Baratillo; el
tianguis legendario de las chácharas, pulgas
amaestradas, libros viejos sin leer, ropa de la
segunda guerra, tercera y reversa, animales vivos
en peligro de extensión, disecados, presecados y
en conserva, hierbas buenas y malas que sanan y
matan, relojes, joyas de con Rober, piezas sueltas
de autos, motos y rilas extraviadas en la
madrugada, tortas ahogadas, birria, tacos de
hígado, buche, chorizo en papas, aguas frescas
de la llave, pulque, tejuino, tepache y nieve de
garrafa entre gritos de los marchantes que no
marchan y un coctel de aromas con fondo de
música ambiental en cada cuadra, cumbias,
sones, boleros, salsa, guaracha, rock, punchis
punchis, hasta Chente y sus potrillos. ¡La pura
variedad, la pura sabrosura! De modo que el
jolgorio estaba puesto y dispuesto para conseguir
algodón de barbas o fiado, truequeado,
recuperado, bisneado, incluso hasta comprado
para calmar la sed y esas ansias de bebérsela
toda de un solo trago, escarchada, fría,
raspándole el gaznate en cascada para degustar
el suave y dulce cuerpo amargo, pero delicioso,
sentado con los compas y su lady en alguna
29
banqueta de la street treinta y ocho, esquina con
la que hacha, con un racimo de botes, unos
taquitos de chicharrón con guacamole y un
chilito verde de amor. Tirando cábula, echando
carro con la bandera para luego ir a retozar y
echarse un shawer, ponerse la garra más placa,
más facha, de frente y perfil y estar casi listo
para pasar por la morra a su cantón. Ella bien
chula con su cola de pato pintada de zorra y el
fleco; copete en flor, con sus tenientes vans y la
garra bien ajustada, en sus lindos caicos un buty
de rímel y delineador negros, sus labios negros,
su alma llena de estoperoles y su corazón
chanfainino rocanrolero.
La tarde surcaba la ciudad, la partía a raja
tabla con su último filo de luz, el Roger ya estaba
en la tienda de la esquina cheleando, tirando
varrio, esperando a su nena punk.
Ella viene ardiendo con la resolana,
desencajada del paisaje urbanesco, de una sola
pieza en alto relieve, en sus chorejas perforadas
cuelgan un par de plumas de águila reina y en
los audífonos escucha la rola Breaking The Law.
Su aroma a pachuli perfuma el arrabal.
Antes de llegarle a la tocada encienden el
flavio con la brasa del ocaso. La ciudad está bien
pacheca, dormita como un lagarto, los corazones
suenan al ritmo de Breaking The Law de Judas
Priest.
Cuando caen al Popular ya está un bandón
en el desequilibrio total, las bandas se discuten
con sus mejores rolas y covers de dos tres grupos
chingones, la flota destrampada armó la rueda y
sacaron a flote todos los espíritus ancestrales (del
bien y del mal). En la danza hubo roces y conatos
de bronca; la pandilla de los zopilotes se enfrenta
con los lagartos o al vesré. Eso era de todos los
domingos pero nunca pasaba de ahí, aunque,
también es cierto, que no falta un gorgojo en los
30
bincholes y ese mingo tampoco, un alucinado
prendió unos trapos con toncho y los arrojó a la
banda que estaba en el túnel de salida, todos
empezaron a correr, los ánimos se exaltaron,
había apretujones y todos querían salir, era una
turba a contra presión, empujando. El Roger y su
nena punk no se soltaban, estaban enlazados de
sus baisas, luego salieron a flote del hoyo pero en
la lleca había banda dándose de chingadazos. La
tira apañando a diestra y siniestra, era una
redada. El Roger y su jaina sin soltarse
empezaron a correr. A los que apañaban los
subían a trocas y carros de la policía, a algunos
los apaciguaron con dos tres macanazos y los
metían a las trullas. El tráfico era un caos, los
autos cantaban al compás de las sirenas junto
con los gritos y los ayes de dolor, rifaba la
anarquía. Un cuico chancho se fue tras ellos y
por quererla librar no se fijaron al cruzar la calle,
a la nena punk la alcanzó un camión, se la llevó
gacho, el Roger no la soltó de la mano y la morra
lo jaló uno o dos metros. Eso dijeron los que
vieron.
El Roger estaba ido y alucinaba que miró el
espíritu de su nena punk desprenderse del
cuerpo y despedirse. No había manera de
destrabarlos, las manos estaban atadas, hasta
que lograron convencerlo, inyectándole un
sedante, de que tenía que soltarla para que se la
llevara la ambulancia.
Los paramédicos exclamaron que la muerte
fue instantánea.
El Roger se tripeó cuando despertó, quedó
loco, zafado.
Dicen que su alma también se desprendió de
su cuerpo y se fue tras la de ella.
Que está vacío.
Dicen tantas cosas.
31
CRUDA DOMINICAL
Amanecía.
Entre las persianas se filtraban los filos de
luz madrigal.
¡Grrrrrhg, calaban ojete!
Y tristes deshelaban la oscuridad del alba.
El espécimen que había viajado conmigo en el
barco de la noche era una hembra dulce.
Me incorporé en automático, pedazo a
pedazo.
Escuché su estertor como trueno
desintonizado.
—Ya te vas.
No la pelé, ¿para qué? Caminé al baño, hacia
la regadera. Lo pensé dos, tres ¡cuántas veces!
¿Dónde chingados se me trepó esta ruca?
Mientras la lluvia de la ducha caía muy
reconfortable sobre mi descarapelada cabeza
recordé la fiesta. ¡De noche y ebrio todas las
pardas están buenas!
La morra como pudo llegó hasta el retrete, oí
su cuerpo desaguar música de esfínter, llover y
encender el día, muy afinada y armoniosa. ¡Que
con esa música me entierren!, escuché la voz de
mi tatema. El alucín me hizo pensar que esta
noche había durado varios meses, tal vez años.
¡Pinche morra!, la había visto en algún bus de la
ciudad, de azafata, en algún exhibidor de pieles y
artículos para caza y pesca, ofreciendo carnes
frías en alguna tienda de conveniencia. ¿Sepa el
quiote?, antes tenía memoria de sobra en mi cpu,
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un chingo de gigas, pero todo se acaba, hasta los
papelitos de Macondo se han borrado. Ja ja ja ja
ja ja, ja ja ja, ja ja. No pude aguantarme la risa.
Tienen miles de años viviendo entre nosotros,
se encendió el videotape celebral y miré imágenes
en retro, a madres, cómo eran cuando llegaron a
la fiesta, su evolución hasta llegar a apoderarse y
dominar las relaciones amorosas, y cómo se
fueron perdiendo a sí mismas, sólo por el poder,
ahora tienen hasta el control de la tele, el
dominio total.
Sus manos garfios armaban churros
chanchos, había ternura entre sus dedos que
construían el flavio, existía el acto amoroso. De
eso me acuerdo, sus uñas acrílicas tenían
pintada la bandera de Turquía, rememoré a Capa
Verde en su fortaleza convertida en el único y
verdadero manicomio del universo, los demás son
sanatorios psiquiátricos para enfermos mentales,
centros de rehabilitación para arrepentidos.
—Quédate otro ratito —dijo la ninfa, mientras
se metía a la ducha, y empezó a jugar.
Nos enredamos en el agua, su piel secretaba
una sutil fragancia, me erguí. Vino a mí una
revelación, La Facultad de Psicología, allí estaba
ella, en el prado, echada como una vaca, era
junio y el viento desplegaba sus alas, forjaba un
zeppelín para volar, su risa se ocultó mientras
ensalivaba el canuto. Sonrió y soltó el control,
miré en sus ojos de cordero la fuga, yo también
me abandone al vuelo. Recuperé la conciencia
cuando me preguntó “¿Te preparo un café?”, no
contesté, la chompeta me dio un vuelco, lo sabía,
era un truco. Salió flotando del baño, irradiante
con la sonrisa hiena. Cerré la llave de la ducha,
estaba atrapado, miré el cubo del baño, no había
forma de huir. Salí a la recámara, me seguía
preguntado ¿Quién es esta mujer? ¿De dónde
cabrones salió? Su aroma estaba impregnado en
33
todo el ambiente, me vestí y tuve miedo, terror de
salir al comedor. Seguro estaba allí, hermosa,
encendida con una nuez entre los dientes.
La puerta se abrió, la escena se iluminó, la
mesa estaba servida, había café y pan.
Dos niños preciosos sentados a la mesa
cuchicheaban como cocuyos.
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LA MUERTE DEL PUERCO
Un remolino de Basura y pedazos de inseres lo
trajeron hasta mis Pies, lo encontré por
casualidad, mientras caminaba sin prisa de ir a
ningún lugar, hacia ninguna parte. Estaba
Borrándose, sus letras Luz no estaban sucias
sino desdibujándose, como si el papel estuviera
Mojado y la Tinta se hubiera desparramado.
Era esa negra esperanza de querer y no poder
leerlo, mejor adivinar lo que decía, Padecía o
Parecía, era o sera o cera, tal vez acera.
Lo más curioso, incluso adusto, es que entre
las Calles mojadas del Papiro surgía una
inquietud entre las avenidas sucias de sus
palabras, una Aprensión. En Cada Mayúscula
estaba una Mujer Urgida (la misma ruca como
retrato de Warhol), en su rostro acumulaba el
colorante, en su boca un chingo de Lipstick y su
bolso lleno de condones, Recargada siempre en la
pared, esperando en el portal del Hotel Zaguán,
donde se señala con una Placa en bronce con
letras frías “Aquí vivió el Poeta”.
—Estaba hecho un Cerdo —clamó la dueña
de un chicle bomba que se contorsionaba entre
sus dientes, y continuó diciendo—. Sólo bebía,
siempre en la cuerda, de día y de noche. Un día
llegaron por él, dicen que su representante
artístico, yo no creo, que disque era Escritor y
Bailarín de tubo. Con esa Facha sólo le alcanzaba
para ser Macuarro, Apestaba a alcohol barato y
se fumaba hasta las colillas, ya tenía un camino
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hecho con tapas amarillas de las botellitas de
Tonayán, de su cuarto a la licorería de Don Aires,
la gente le daba por limosna morralla y siempre
les escupía palabras insensatas, rabiosas que se
adherían al pecho, a la espalda, a los cabellos y
la cabeza, a las piernas, a los pies y dedos, Al
culo de todo, de todos, como una etiqueta de
Supermercado. Eso pudiera tener más sentido
para mí —continuó su perorata la ninfa
callejera—, él Era un Mago del Verbo, de la
Cábula rasa. Pero vinieron por él. Yo los vi, eran
tres tipos verdes, pequeños, muy pequeños, a
veces lo venían a visitar y se marchaban pronto,
caminaban detrás de él, siempre jugueteaban a
su espalda, parecía como si los ignorara, pero
vinieron por él, como algún día vendrán por todos
nosotros…
Entonces vi las Fachadas de las fincas con
Grafitis, los Postes y las señalizaciones de
movilidad para el tráfico de Transeúntes y Autos,
los hidrantes, los puestos de Tacos, de Dogos, de
Revistas y Periódicos. Todos tenían esténciles,
imágenes, signos y símbolos, palabras sin
aparente sentido chorreando la tinta de su
espíritu que se derrama, no dice nada coherente,
preciso, textual. Pero con imperiosos mensajes de
informalidad vigorosa. ¡Agüevo que algo
describen, narran el inicio de los mutantes! Yo vi
en el Varrio un color fermentado, con rostro
amargo y un papelerío por todas partes, como
una ciudad de pergamino, papiros en todas sus
formas y tamaños reposando en las calles, en
bardas y banquetas, volaban y flotaban a la par
del viento o por la corriente provocada por los
autos en marcha.
El Terruño se convirtió en un epítome de
francachela y jolgorio. Los letreros en colores
Fosforescentes bailaban estridentes, palpitantes
al ritmo del corazón de la city. Me mimeticé,
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recobré el sentido de pertenecía, reaccioné y la
atmósfera cambió. La chica sacó de su Enorme
boca, con el Índice y el Pulgar, un hilo de Chicle y
lo enredó como Ovillo en su dedo medio. De su
buchaca carretonera salieron las palabras “¿Tons
qué papi, vas a probar la merca o nomás viniste a
fisgonear?”. Me di cuenta que en su cabello a
modo de moños, traía unos billetes verdes y
sobre su facineroso y festivo cuerpo de suripanta
un Micro vestido de papel periódico, impreso con
la noticia del día. Era la misma nota con la que
me había despertado “Murió el poeta del varrio”.
—Quiero conocer el cuarto del Puerco —le
dije sin pensar.
—En este momento lo han de estar
enterrando al desgraciado o haciéndolo carnitas
—Socarroneó la interfecta con una media
carcajada.
—¿Se puede? —le pregunté y le mostré un
billete de cincuenta pavos.
—Tu dinero aquí no vale —me dijo. Y frotó mi
pene con su muslo izquierdo por encima del
pantalón—. No has entendido nada Muchacho —
continuó espetándome… pero su voz enmudeció
cuando de una de las ventanas del tercer piso de
Hotel Salió una Ruca volando y cayó a un lado de
nosotros.
La Damisela de Eros me hizo a un lado, se
agachó para ayudar a levantarse a la Mujer
Voladora que había tenido un mal Aterrizaje. La
dama volantín Se incorporó y matraqueó su
esqueleto, su economía corporal estaba desnuda,
volvió corriendo a su Cuarto del Zaguán mal
diciendo palabras que revoloteaban y caían
muertas.
Un auto compacto blanco se detuvo frente a
nosotros y llamó a la Ninfa, ella se acercó; creí
que estaba conviniendo con los tipos del Bocho,
el copiloto abrió la puerta del carrito, salió y sacó
37
un Bulto enorme envuelto en una sábana,
parecía un cadáver, cuando menos a eso
apestaba.
El bochito Arrancó y Desapareció Calle
Arriba. La Meretriz con una voz chillona escupió
unas letras que formaron una palabra al revés
que no alcancé a leer. A mí me gruñó en corto.
—¿Qué putas con este par de Maricas?
Culeros ojetes, eso es lo que son —y empezó a
patear el bulto amorfo que arrojaron los Jotos del
Volkswagen, Alguien se quejaba dentro del
envoltorio.
—¡Hey tú puto, a callar! —Gritó el hada del
mal. Mientras volteó conmigo para retarme.
—¿Entonces quieres conocer el Apartamento
del Poeta?
—No sé —le dije medio Confucio.
Me tomó de la mano y me jaló a la puerta del
Hotel, entramos al Zaguán, estaba oscuro, un
Ruquito en una mecedora extendió la mano
huesuda a nuestro paso y le entregó a la Fémina
una llave con un llavero en forma de Bat de beis-
bol pequeño, la morra me soltó de la mano y pegó
con el Bat sobre su palma izquierda en varias
ocasiones como una señal Masoca.
Se detuvo frente a la puerta del cuarto
número tres al revés.
—Aquí es —dijo y abrió un candado que
quedó colgado a una cadena oxidada—. Adelante
—me susurró. O ¿fue una palomita que se escapó
de su boca en forma de palabra dulce y
cachonda?
¡Uta Madre! El interior de la covacha
Apestaba a mierda. Me dio una contracción y una
puta nausea, vomité “Aaauuuuuhhhggggg, auhg,
ahggg”; arrojé los intestinos y hasta jugo gástrico
lagrimearon mis ojos. Quise salir, pero la Edecán
de Inframundo, Virgen Luzbelina, reía como una
Poseída y tapaba el acceso a la puerta mientras
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meneaba el pequeño Bate entre sus piernas como
si fuera una enorme Verga.
Le grité que se hiciera a un lado para salir.
—Ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja.
—Ja ja ja ja ja ja ja ja —retumbaba en las
paredes de mi chompeta y se repetía el eco
arrastrándose por los muros de la habitación.
Se encendieron las luces como en una
Discoteca, brillaban como estrobos y giraban
multicolores.
Detrás de la consagrada hembra salieron tres
pequeños seres, verdes, muy verdes, y no
paraban de carcajearse.
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MIRINDA
Nadie sabe por qué Mirinda nació tan chiquita,
tan pequeñita, tan hermosa, pero su condición de
niña homúnculo la entristecía demasiado abajo,
al grado de enfermarse y dejar de ir a la escuela.
Estábamos en el mismo salón y ningún
compañero se burlaba de ella, la maestra nos lo
había advertido, “Quien satirice el estado físico
de Mirinda será expulsado de la clase”. Valiendo
madre cualquier influencia o parentesco con el
director del plantel, esa actitud de la maira nos
asustaba cabrón. Pero, había un no sé qué en mi
interior, que lejos de querer dañarla o hacer
algún chiste en contra de ella me generaba
ternura, la sentía tan mí, que en ocasiones a
escondidas lloraba porque mi alma se
acongojaba. Mirinda era tan frágil e indefensa,
nunca quería jugar, ni le gustaba estar
acompañada. Estudiaba un chingo, sacaba
buenas notas pero su pesimismo la doblegaba.
Su mamá era fuerte, pero algo pasó, yo la veía
cuando venía a recogerla a la salida, nos
mirábamos a los ojos como cómplices del amor
por Mirinda, su luz era clara, reconfortante; me
abrazaba y me besaba con ese calor de mamá
que me hacía tanta falta. Un día (catorce de
febrero, para ser exacto de mil novecientos
sesenta y siete) decidió sacarla de la escuela. La
quería tanto y le lastimaba en lo profundo de su
ser maternal pero no quería verla sufrir, yo
tampoco. Siempre quiso que se sintiera como una
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niña normal, pero el destino es canela y el dolor
no cesa.
A nosotros nos invitaba a sus fiestas de
cumpleaños, pero cada año la celebración
terminaba en un mar de llanto, Mirinda padecía y
no comprendía los porqués ella era diferente, no
quería ser festejada. Doña Rosa no volvió a
hacerle fiestas a partir de sus diez años. Y yo en
la sufridera.
A mí me causaba mucha intriga, un
sentimiento de ahogo, ansias gachas, pesadillas
culeras, días de zozobra. Tanta pena,
compunción y angustia me abarataban con sólo
pensar en ella. Sin embargo, también esto lo
empecé a sentir cuando tenía once, había algo en
ella (en mí) que me atraía y algo que la (me)
repelía, un sentimiento ambivalente, quería estar
con ella para platicar, ser su amigo y deseaba no
tener nada qué ver con ella. Me atraía su cuerpo
y me preguntaba ¿dónde le cabrá tanta tristeza?
Su torso era una cajita de suplicio, a veces
soñaba que ella era una muñeca gigante, una
mujer con rictus malévolos y me perseguía, yo
me ocultaba en el ropero y cosa curiosa, cuando
resucitaba del sueño, despertaba dentro del
closet, todo meado. Mi manía empezaba a tener
brotes de enloquecimiento, me trepaba a la
azotea a fisgonearla; la veía divertirse con sus
amigos imaginarios y yo no estaba allí. Cuánta
alegría desbordaba en sus juegos que se
inventaba. “Ja ja ja ja” la escuchaba y la miraba
botarse de risa, aquello parecía un escenario
donde ella daba funciones a un público ausente.
Cuando salía con su jefa al mercado, a la
plaza o al templo la seguíamos en parvada, ella
siempre se daba cuenta y le decía a su mamá que
nosotros las perseguíamos. La ñora muy
frondosa meneaba sus manos para saludarnos.
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Le decía que éramos los niños del varrio que
queríamos ser sus cuates.
Cuando pasamos a sexto de primaria
Miranda ya no salía de su casa, se enclaustró y
sólo los domingos su mamá la llevaba al templo.
Su caja torácica se deformó, sus extremidades
eran pequeñas en relación a su cabeza, que
parecía una pelota.
Doña Rosa cosía, remendaba, planchaba y
lavaba ropa ajena en su casa para las señoras del
vecindario, así no la dejaba sola.
Un día, de abril del sesenta y nueve, pasaron
por el barrio los hombres del circo, a todos nos
regalaron boletos para la función inaugural. Era
viernes, exactamente viernes dieciséis de abril,
¿cómo olvidarlo? La función de las seis de la
tarde; la primera de la temporada del Circo
Palitos, todos estábamos allí, incluyendo a
Mirinda y su mamá, todos prendidos esperando a
que diera inicio el espectáculo.
Cuando salieron los payasos la algarabía era
de fábula, yo volteaba a ver a Mirinda y era la
única que no reía, luego vinieron los caballos, los
elefantes, los leones, los trapecistas, todo nos
parecía maravilloso y fantástico, pero a Mirinda
nada le ocasionaba ninguna sorpresa o
admiración.
El anunciador y domador de leones se habían
reservado el mejor número circense, y después de
unas fanfarrias, redobles de tarola, bombos y
platillos, gritó como sólo él sabía hacerlo, con
todo el aire de sus pulmones “¡El Shoooow de
Chooooooriii!”.
Las luces estrambóticas se encendieron,
volaron papelitos multicolores por toda la pista y
entraron los enanitos al escenario, haciendo
piruetas, saltando, echando maromas; cantando
y bailando.
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Todo un estallido de emociones y la euforia al
máximo, entonces volteé a ver a Mirinda.
Ella había desaparecido.
43
MALA LECHE, CAFÉ
o EL LUGAR EQUIVOCADO
Hay una tensa calma en el Mala Leche.
Son las seis setenta de la mañana.
Hace un frío espeluznante, de la chingada,
matraca la dentadura.
Roy el andrógino le pone dos cucharadas de
azúcar a su café, aspira el aroma, siente un poco
de calor, con la cuchara incorpora el dulce en lo
amargo del americano.
Se nota fastidiado, espera a Refugio.
Hay una incertidumbre que lo hostiga, pero
vino preparado para cualquier cosa, toca sobre
su saco la pistola que trae en la sobaquera. Bebe
el café pausadamente, la adrenalina lo mantiene
alerta, su mirada en panóptico observa a la fauna
matinal. Él generalmente acude al Café del Mala
por las tardes a escuchar jazz, a esta hora de la
mañana se siente un extraño, en el lugar que
visita con frecuencia, incluso el mesero lo retrae,
observa que su desplazamiento no es el habitual,
le carcome la sospecha. La atmósfera lo agobia.
Refugio lo citó para decirle algo demasiado
importante, en persona, se lo recalcó, “es de vida
o muerte”. “Así o más exagerado”, pensaba Roy,
cuando reconstruía la conversación telefónica.
Pero acudió para ponerle fin a su relación
pasada, no se arrepentía de su vida en pareja
pero eso lo aburrió, lo llevó al límite, al final la
costumbre termina por darle en la madre a todo,
44
se raya el disco y alguien tiene que largarse a la
mierda y la bola gira y gira sin novedad, de modo
que tuvo que recoger sus canicas, las muñecas,
sus garras y decir adiós.
Refugio se reculó en la fiesta, tenía luto, un
chingo de dolor en su corazón. El alcohol con
nieve le hacía más llevadero el abandono
amoroso, pero el culo, “el culo” decía, “si no es
para Roy que se lo traguen los gusanos”, y
gusanos encontraba en cada esquina de su vida.
Como en un acto teatral el escenario del café
se iluminó, Refugio irrumpió como una sombra
de las catacumbas de la city, su figura incomodó
a los clientes y al personal del changarro. Un
pordiosero, un indigente, un desquiciado, un
zombi, nada era comparable a la imagen de su
fiambre mutante. Sus pies parecían garras, sus
andrajos destilaban la mugre de la ciudad, su
rostro reflejaba la miseria humana, la cabellera
era urdimbre de bichos. Sus miradas se
encontraron. Roy se puso de pie y empuñó dentro
del saco la cacha de la pistola.
Todo se detuvo, las manecillas del reloj, los
comensales, meseros, pajes, cocineros, baristas,
todos los que habían salido a mirar al espécimen
gótico quedaron aislados en el tiempo.
Refugio no lo pensó, él creyó que su
juventud, sus ropajes de príncipe de alcantarillas
y su perfume de drenajes habían congelado el
tiempo. Caminó con garbo hacía Roy. Intentó
abrazarlo, besarlo, ahí mismo tirarlo y reinventar
el amor. Roy detuvo la embestida de Refugio.
Refugio se derramó en llanto, “We, lo
encontraron en su casa muerto, desnudo con
más de cien heridas, dicen que fue en venganza,
lo asesinaron con la peor de la sañas, ¿tú sabes
quién lo mató?”.
Atrás de Refugio entraron los servicios
sanitarios, asaltando la cafetería; la cruz roja, el
45
ministerio público, los bomberos, la policía,
perros investigadores, peritos criminólogos, la
prensa con cámaras y micrófonos y una partida
de homosexuales en manifestación.
—¿Sabes que hay detrás del arco iris?
Todo mundo empezó a movilizarse, Roy se
quedó helado. El mesero que lo atendía condujo a
los del ministerio público, a todo el ejército que
invadió el changarro al sanitario.
Encontraron a un tipo ahorcado.
Tomaron fotos, lo entrevistaron pero no dijo
nada, ninguno de los parroquianos sabía nada,
nadie conocía al difunto. A todos les tomaron sus
datos, llenaron las actas y los citaron a declarar a
la procuraduría.
Roy y Refugio seguían estáticos en un mundo
aparte.
—No, we.
—Sí, we.
—No, we.
—Te digo que sí, we.
—Pero, por teléfono me dijiste otra cosa we,
vamos a terminar con esto de una vez.
—Sí we, ya lo pensé bien, quiero que estemos
juntos de nuevo.
—Nel we, ya no we.
—Ya lo pensé bien we, ya lo pensé tres meses
y aunque me duela.
—No we, eso me dices porque andas hasta el
culo de drogas.
—No we.
—Sí we, andas bien hasta la madre, hasta el
metaculo we.
—No we, te lo prometo, me cae que no.
—Mejor ya estuvo we.
—No we.
—No chilles we, aguántala we.
—Sí we,
46
—No we, mejor ahí le dejamos, no quiero
volverte a ver, nunca.
—No we, créeme que me la voy a cortar.
—¿Qué, qué? No we.
—Sí we, por ti sí we.
—Mañana vas a decirme otra cosa we.
—No we, ya te dije. Aunque me duela.
—No te creo we.
—Sí we, por ti, te lo prometo we.
—Por mí, por mi vete a la mierda we.
La policía y el Ministerio Público sacaron a
todos los clientes y personal de la cafetería,
pusieron sellos y cintas de clausura, no había
nada más qué hacer.
47
ALBATROS
En el varrio periferia, allá donde nació don Celso,
se respira la miseria sólo por sobrevivir.
La luz del astro mayor resplandecía sobre
nuestras tatemadas testas, a media calle,
mientras jugábamos a las canicas, un auto largo
como limosina se detuvo, era negro de un
costado y del otro blanco, se estacionó
exactamente frente al cantón de la tía de Juan, él
estaba apuntando con su tiro a mi canica y dijo,
mientras se limpiaba un moco con el antebrazo.
—Son los Albatros.
Había un grupo de música pop que sonaba
en la radio con ese nombre, sus rolas románticas
los domingos reunían a los tórtolos cursis en la
Terraza Rosa a un lado del templo de la Merced,
muy cerca del Palacio Municipal de Guanatos.
Pero estos hombres no tenían nada qué ver con
este conjunto rocanrolero, ni con los pájaros
marinos, estos locos andaban en otro cuento.
La tía Yuya salió de su casa para meter a la
abuela de Juan que ya estaba tostada de tanto
sol. Yo vi en la cara de la tía un gesto de
desesperanza y en el rostro de la abuela una
máscara rosita de cartón, como las de la danza
de los ruquitos de Michoacán, acartonada y fría a
pesar del solazo. La Yuya lo hizo muy rápido,
como quien deja de hacer su labor doméstica y se
apura a sacar la basura cuando escucha la
campana del catecismo de Skiner o la tercera
llamada a misa. Dio un portazo pero los Albatros
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ya estaban allí con una seriedad adusta tocando
y empujando la puerta. Yuya se asomó por una
rendija de la ventana y abrió con desánimo. El
viejo truco de ver quien toca cuando ya sabes
quién está allí y qué chingados quiere y que de
nada sirve. Los negro con blanco pasaron al
recibidor. Allí estaba la abuela tiesa,
balanceándose en una mecedora frente al
televisor, no echaba aire por las narices ni vaho
por la boca, sus ojos estaban pelones y sin brillo.
Yuya se quiso oponer pero los blanco con negro
la hicieron a un lado.
—Quítese de en medio señora, su madre ya
está en otro mundo.
—¿Quién los llamo?
—Ja ja ja ja ja, eso no importa, usted ya está
haciendo uso de la bonificación —dijo mientras
miraba en su entorno todo reluciente de nuevo,
hasta la mecedora de bejuco de la abuela era
nueva.
—No es justo —sollozaba la tía.
—Lo sentimos, es mejor que se despida y nos
facilite el trabajo.
Habíamos dejado de jugar para chingarnos
todo el chisme, todo lo veíamos de afuera hacia
adentro del cantón.
Le pregunté a Juan, cómo sabían esto tipos
que su abuela se iba a pirar, dijo que su Má ya
tenía dos días fría pero su tía no quería
reportarla al SEMEFO por cuestiones de varo,
algo así como una pensión pública.
—¡Qué caray! ¿Y que van hacer con tu
abuela?
—Creo que jabón.
Sacaron a la vieja en una bolsa negra con
blanco, o blanca con negro.
Uno de los tipos sacó un paquete de dulces y
nos regaló a todos los mirones un puño de
caramelos.
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La tía Yuya salió de la casa llorando, nosotros
estábamos disfrutando de las golosinas, ella nos
arrancó los dulces que traíamos en las manos y
nos gritó desaforada, “¡Escúpanlos! ¡Son de
muerto!”.
Seguimos jugando a las canicas.
50
EL LIBRO MÁGICO
Casi todos los domingos me lanzo a recorrer los
pasillos del tianguis de la treinta y ocho,
antiquísimo baratillo, con su chingo de voces y
chácharas por todas partes, entre olores y
sabores, miles de máscaras y ese inser que en
esencia no termina de enterarse de su unicidad.
¡Qué belleza de anarquía indómita, se respira
y palpita como corazón de anfibio en el estanque!,
¡qué fluidez de vapores desmitifican la estulticia
de los inútiles menesteres, de ese aferramiento
por ser un número más de la máquina y alimento
del joder!
Iba cavilando en esas mafufadas y en busca
de los gloriosos taquitos de ollita, ese manjar de
hígado encebollado con chilito martajado. Ya me
andaba por emitirle la orden al taquero de
“échame cuatro con todano y una agüita de limón
con chía”, algo así resonaba en mi cerebro de
crudo y llegaba hasta el corazón de mi estómago,
cuando a mis espaldas con el ojo que tenemos en
la nuca ¡lo vi! Ahí estaba el mamotreto del
tamaño de una biblia con sus miles de páginas,
cosidas a lomo y empastadas en cuero, piel
genuina de nonato y sus filos de oro. Ése es, me
dije mientras retrocedía, estaba en el piso, como
vil basura, quieto con poca luz propia, reposando
sus cientos de años entre herrumbre y baratijas,
algunas piezas de porcelana, canastitas de
mimbre y monedas viejas. Con todas las letras de
su título grabadas con polvo de oro “El Libro
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Mágico”. En mi vida una sola vez lo había tenido
en mis manos por escasos minutos o segundos,
todavía lo recuerdo. Mi memoria viajó en breve en
retro treinta años. Mil novecientos ochenta,
Agosto, Avenida Juárez y Federalismo, una
taquería “Tacos Especiales”, diez de la noche.
Estaba sentado en la última mesa de la primera
fila cenando unos taquitos al pastor con tortilla
recién hecha. Afuera la lluvia torrencial como un
gran manto de agua. La figura de Eleonor se hace
presente, como la imagen de una bruja de cuento
de hadas; su estampa de mujer ciega
desangelada y anciana empareja a los personajes
andrajosos de ciudades perdidas, con sus
muertos vivientes del post apocalipsis conocidos
como los olvidados de Deus. Inmediatamente uno
de los meseros, muy en su papel, intenta sacarla
del local, arrojarla a la calle. Me levanté ipso facto
de mi asiento y caminé hacia ellos, con
amabilidad enteré a Eleonor de mi presencia, ella
me tocó la chompeta y me dijo “Ya te reconocí
Gato, invítame unos tacos”. Le pedí al mesero
sirviera una orden de taquitos a Eleonor y en un
momento depositó un suculento y rebosante
plato con tacos. Charlamos un poco, no mucho,
mientras degustábamos la cena, cuando
terminamos y pedí la cuenta me preguntó.
—Vas a dejar propina.
—Sí, le contesté.
—¿Cuánto?
—Veinte pesos.
—Dámelos a mí y te invito una cerveza en mi
casa, por aquí vivo cerca.
Me reí y dije, “Vamos a tu casa”.
Caminamos por Mariano de la Bárcena, el
alumbrado público estaba muy jodido, la poca
luz se sentía nebulosa, Eleonor debido a su
ceguera se conducía muy bien y ella era la que
me llevaba de la mano por la obscuridad. Nos
52
detuvimos frente a un portón de madera
demasiado viejo y quejumbroso, lo abrimos
empujando una de sus alas, dentro olía a grasa y
gasolina, deduje con mi olfato que era un garaje o
taller mecánico.
—Aquí trabaja mi nieto Elías, ¿te acuerdas de
él? es de tu edad, mi hijo José le heredó este
taller, Elías es abogado, pero le gusta más la
mecánica —hablaba Eleonor mientras me
conducía dentro del taller esquivando autos,
herramientas y otros enseres hasta llegar a un
tejaban al fondo del corral.
Adivinaba cómo estaban acomodadas sus
pertenecías en el cuartucho. Advertí que se sentó
en una orilla de la cama y me comentó que por
ahí estaba un banco de madera, traté de
ubicarlo, encontré una silla vieja y ahí me senté,
también me dijo que las chelas estaban junto al
buró. Esas las liqué en caliente.
—Pásame una caguama.
A tientas la tomé y extendí mi brazo hacia
donde provenía su voz, sentí que la destapó con
sus dientes, pero pensé “eso no puede ser”. Me
reí y ella conmigo, nuestra risa se convirtió en
una carcajada al unísono. Estuvimos bebiendo y
charlando con algo de humo verde, veía muy
poco en la habitación, casi nada. Luego me pidió
que sacara una caja jitomatera de abajo de la
cama.
—Te voy a enseñar algo que nunca más
podrás volver a ver —me susurró—, ahí sobre el
buró esta una vela, enciéndela.
La prendí y se hizo la luz, ella continúo
diciéndome.
—Saca el libro más grande de la caja, el que
está forrado en piel.
Estaba muy pesado, lo tuve que levantar con
las dos manos.
—Siéntate —me ordenó.
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Acomodé sobre mis piernas el librote y pude
leer, tocando sus letras doradas en relieve, “El
Libro Mágico”, el mismo libro que estaba ahí
tirado entre tanta bazofia en el baratillo y que me
tentaba a recogerlo.
—Busca la página mil cuatrocientos
sesentaidós y lee el cuarto párrafo.
—¿Qué? —le contesté.
—Pon atención, me reclamó, estás pensando
en el futuro, ¡Ábrelo en la página mil
cuatrocientos sesentaidós y lee el cuarto párrafo!
Acerqué la vela y quise leer pero la luz era
umbrosa, lo más loco es que mi mente iluminó a
través de mis ojos la página y la hoja estaba
totalmente en blanco.
—¡Lee el cuarto párrafo Gato! —me exigió.
Entonces empezaron a aparecer las letras en
un idioma no entendible para mí, ¿sánscrito,
hebreo, griego, qué chingados sé? Las letras en
su ideograma se modificaban y de repente podía
reconocer algunas pero nada era posible de leer.
Estaba como dopado, las palabras volaban en un
paisaje desértico, eran pájaros infames. ¡No
entendía ni madres!
Eleonor me arrebató el libro de las manos y
en las suyas no pareciera pesar tanto. Me
sentenció que había perdido mi oportunidad de
leer el libro.
—Nunca más lo tendrás en tus manos —me
refunfuñó.
Ahora estaba ahí, en el puesto de baratijas.
Volteé a ver al custodio del changarro
callejero que me observaba en mi introspección,
clavaba su mirada en el libro sin quitarme el ojo
de encima como queriendo encontrar lazos
invisibles.
Al cruzar nuestras miradas pensé en Elías.
54
Retomé el camino a los tacos, el olor a hígado
encebollado inundó mi cerebro, me fui tras ese
exquisito aroma.
55
LOS LIBROS VIEJOS
Arrival Ciudad Capital.
Me transportaron a la Zona 1, Mercado
Barrios, Estaba a hielo la Capital, cuatro grados
bajo cero, lo constaté en el termómetro de una
tienda de conveniencia, cuando entré para no
congelarme.
Pedí un café, sabía a caldo de calcetín pero
necesitaba de inmediato algo caliente en mi
organismo.
¡Frío, pinche frío!, tiritaba el esqueleto. Desde
que me carrucharon al trasbordador lo sentí
hasta la médula ósea aún enfundado en ropa
térmica, con plumas de ganso.
En el display pulsaba el objetivo de la misión,
recorrer las calles de la Ciudad Capital en busca
de librerías de viejo.
Después de procurarme calor salí o entré a la
herrumbrosa ciudad, había miseria en los
rostros, delimitaba el hambre y la escoria. Podría
hacer un balance sobre la situación social
terrible, la milicia estaba apoderada de las calles,
de los negocios, los bancos y las casas de cambio
se encontraban clausurados, había rapiña,
desechos de inseres a la venta. La verdadera
frontera de la inopia, Infelicidad y decadencia
mundana.
Energúmenos, locos exasperados raspaban la
pared con las uñas, con los dientes rasgan esa
piel calosa y fría para sentirse vivos.
56
A lo lejos miré la primera librería, tomé una
foto al muro, “La Ilustrada”. Estaba marcada con
pintura roja sobre una placa de madera. Me
introduje, los libros estaban resguardados tras
rejas de metal, un ser pequeño asomó su
cabecita y me preguntó.
—¿En qué puedo servirle, señor?
—Necesito hacerle algunas preguntas —dije.
Mi séptimo sentido observó una mujer joven que
tenía sus narices dentro de un libro antiguo, se
escuchaba su aspiración como queriendo
esnifearse todas las letras labradas sobre el
papiro, recorría su linda nariz sobre las líneas de
tinta.
—¿Qué tipo de preguntas? —contestó
mientras volteaba a ver también a la dama
aspiradora, que al sentirse percibida levantó un
poco la vista y pude ver en sus ojos un hermoso
cielo rojo.
—Estoy haciendo una investigación sobre
librerías de usado en esta zona, necesito de su
apoyo, ¿puedo tomar algunas fotografías? ¿Me
puede dar algunos datos sobre el propietario?
¿Qué tipos de libros venden aquí? ¿Cuánto
tiempo tiene la librería?
Sentí una absorción enorme tras de mí que
me obligó a voltear, la chica que recogía las
palabras con sus fosas nasales estaba cerrando
el libro, lo entregó a la empleada que estaba tras
las rejas. Su nariz estaba pigmentada de tinta,
sus ojos desorbitados, salió de la librería a
traspiés en estado hipnótico como bailando
ballet.
La librería es propiedad del señor Avel Pérez,
tenemos libros antiguos y usados de educación,
literatura, obras maestras, clásicos… la librería
tiene veinte años y tome las fotografías que
quiera.
—¿Tienes autores mexicanos?
57
—Detrás de aquella reja hay algunos.
Chequé el anaquel y me di cuenta que no
podía alcanzarlos ni haciendo un esfuerzo con mi
brazo extendido.
Seguí preguntando.
—¿Cuántas librerías de usado hay por esta
zona?
—Está colmado, más de veinte.
—Muchas gracias, regreso después —dije
para despedirme.
Al salir de “La Ilustrada” me sorprendió el
cuerpo tirado en la acera de la chava que estaba
esnifeando el libro antiguo. No me detuve.
En la calle había mucho ruido, un chingo de
ruido, el sol ya se arrastraba entre la
muchedumbre, había un mar de gente en la
ciudad, tenía que arrojarme y luchar contra los
contingentes; como pude llegué a la banqueta de
enfrente donde ubiqué otra librería, “La Popular”,
acá los libros a diferencia de “La Ilustrada”
estaban en vitrinas y bajo llave, pero la
dependiente estaba en una jaula pequeña. Una
hilera de jóvenes, cinco tal vez seis, inhalaban
con sus narices el conocimiento impregnado en
las hojas, daban rienda suelta a sus nasales y
absorbían la sangre, el polvo, la mugre de los
antiguos bloques de papel.
—¿A sus órdenes? —me increpó la minúscula
empleada.
—Quiero, ¡Perdón!, Buen día ¿puedo hacer
algunas fotografías de su negocio?, estoy
investigando sobre las librerías de viejo en esta
zona, necesito algunos datos.
Quería fotografiar a los jóvenes en esa
condición sui generis de estarle dando duro a la
sabiduría ancestral. Creaban un sonido
sincronizado sin llegar a ser armonioso con su
esnifiar colectivo.
58
Me contestó con un rotundo ¡No! y llamó a
unos milicos que estaban firmes en la puerta, me
dijo: “si no va a consumir, es mejor que se vaya”.
Me sentí extranjero, impropio, intruso y me
largué.
Seguí mi camino a contracorriente, crucé la
acera y tomé un poco distanciado una foto de la
fachada de la “La Popular”, continúe mi paso
entre la jauría que me jaloneaba; me pedía
monedas, comida o me intentaba vender algo.
Llegué a “La Casa de Don K”, la librería que
yo buscaba desde mi llegada, el único dato que
tenía era que se encontraba entre la Quinta y la
Cinco, era la que me habían recomendado. Aquí a
diferencia de las otras, los libros no estaban bajo
llave, ni tras las rejas. Me pareció un espacio
bien acondicionado y de buen gusto.
Pregunté a una pequeña mujer de cabello
cano por Victoria Pacheco y me contestó con otra
pregunta, “¿Eres Sergei?”.
—Sí, ¿tú eres Victoria?
Me distraje viendo una buena cantidad de
lectoaspiradores en cubículos transparentes de
diseño ergonómico. En la atmósfera se escuchaba
música de Stravinski. Todo ésta puesto y
dispuesto para que los esnifeantes encapsulados
experimenten un excelente viajesote.
Victoria se me quedó mirando como
esperando alguna reacción.
No dije nada, me sentí en confianza y me
relajé. Bebimos café y charlamos de su librería
sui generis en la capital, de las nuevas
adquisiciones, de libros de otras partes del
mundo, de autores nuevos y editoriales
independientes, hasta de cartoneras y otras
rarezas.
—¿Y la sección de libros viejos? —le pregunté
en corto.
59
Esbozó una sonrisa realmente dramática, di
en el clavo, metió su manita derecha entre sus
senos y sacó un llavero, luego hizo una señal con
una minúscula llave, como abriendo una puerta
invisible en el aire.
Con los ojos me señaló un quicio tras la
barra, tenía una puerta labrada en cedro blanco,
con motivos muy fumados, un hermoso cuadro
erótico en relieve de Las Mil y Una Noche.
Me reí, como nunca me había reído, Victoria
Pacheco estaba incandescente, había una luz
inmaculada en sus enormes ojos por donde podía
traspasar su ser.
60
LA MALETA
Roberto llegó herido, tocó la puerta, como se dice,
queriéndola tumbar a chingadazos. Antes asomé
la chompeta por la claraboya. Él miró hacia
arriba y me di color que en su rostro había un
rictus de dolor, su cara maniaca imploraba un
paro. Mientras bajaba la escalera para abrir
escuché el canto de las sirenas urbanas.
Emputiza me malaugurié.
Abrí el portón y antes de saludar o pedir el
paro me arrolló al entrar, “Cierra, ciérrale loco”
me gritó con una voz ahogada, mientras se
derrumbaba. Tenía en su mano derecha una
maleta negra de deportista marca Nike, me la
pasó diciéndome, guárdala. Me la tercié y le
ayudé a levantarse para subir los escalones, fue
entonces que me di cuenta que sangraba machín
del costado izquierdo.
Me malviajé, exasperado lo interrogué sin
atinar qué chingados iba a hacer con este cabrón
herido.
—¿Qué te paso loco?
—Me plomearon, traigo un balazo entre las
costillas.
—¡Uuuta madre! Un plomazo no mames.
¿Cómo fue? —insistí queriendo que me contara
todo.
—Orita te platico —expresó mordiendo el
dolor que lo doblegaba.
61
Subimos la escalera y lo recosté en el sillón
de la sala, no dejaba de bramar, yo sentía en el
pecho una quemazón, ardía culero.
—Clava la maleta locotropo —me insistió—,
¡clávala bien!
Me fui al cuarto, seguía confundido, quise
abrir la maleta pero no había tiempo y la arrojé al
closet.
Estaba queriendo hilar la secuencia de los
hechos, mientras en el ambiente el clamor de las
sirenas era más fuerte y constante, hacían
bastante ruido.
¿Qué habrá hecho este cabrón?, pensé
mientras agarré una toalla para limpiarle la
herida, Roberto estaba como desmayado, traté de
reanimarlo sin conseguirlo, le abrí el párpado del
ojo izquierdo, luego el derecho, no tenían brillo.
No sentía su respiración. ¡Uta madre, qué voy a
hacer si se muere este cabrón aquí!
Le grité, no respondía, me cansé de
vociferarle estupideces.
Definitivamente el hijo de la chingada estaba
tieso.
62
HISTORIA DEL OJO
Conocí a Lorenza cuando trabajé en el Banco de
Sangre de Cd. Juárez, éramos compañeros. Yo
había tenido que salirme, largarme de la casa de
huéspedes de doña Yiyí por cuestiones
sentimentales demasiado desastrosas, no quise
que Lorenza se enterara. Don Cano envileció por
celos infundados y toda la cantona se enfermó,
de modo que empezamos a huir los huéspedes.
Sólo le comenté que necesitaba un lugar dónde
pasar la noche o rentar una habitación con
urgencia.
—Yastá —me dijo condescendiente—,
quédate hoy en mi casa, y si te late te rento un
cuarto.
Me dio mucho gusto encontrar en ella ese
respaldo porque de no ser así tendría que
regresarme a mi ciudad con las manos vacías. Me
pasó los datos y saliendo del trabajo regresé con
doña Yiyí, tomé mis cosas y me despedí deseando
no volver. Me dirigí con Lorenza, no fue difícil dar
con su cantón.
Me recibió un tipo mal encarado, incluso me
causó una leve repulsión, le pregunté por
Lorenza, se hizo a un lado y me invitó a pasar
con una voz aguda.
Lorenza estaba nerviosa, se frotaba las
manos en su mandil como si se las secara, me
instó a sentarme en un sillón de la sala, yo
miraba en forma aleatoria toda la casa y me
senté en el individual; el compa, que estaba
63
detrás de mí, se sentó en otro sillón a observarme
displicente. Lorenza me ofreció algo de beber, su
ansiedad estaba bloqueando su habla.
—Él es Eduardo —le dijo al Mono observador,
luego volteó conmigo y queriendo sonreír
mencionó temblorosa el nombre de Guillermo,
agregando—, es mi marido —pero yo entendí mi
yugo. Pensé en que resultaría difícil estar ahí,
convivir con un demente, empiné el agua del
vaso. Mientras seguía mirujiando todo el entorno
advertí que toda la sala-comedor estaba
sobrepoblada encabronadamente de cromos de
santos y vírgenes católicos. Mono observador se
dio cuenta de mí desacato y se rió como un
maniático.
¡Uta qué horrible ésta el cabrón! Tiene una
cara muy curada, es pelón a tope, y orejón. Se ríe
de una manera desquiciada. Me conmovió cañón,
pensé en algún personaje para cuento de miedo.
Su personalidad desencajada de lo real es un
alucín. ¡Pinche orate!
La voz de Lorenza me sacó de mi estado
estupefacto, su friqués se había relajado y en
tono familiar me dijo.
—Ven Lalo, te voy enseñar el cuarto.
Me levanté en automático y la seguí, atrás de
mí el pinche loco.
—¿Cómo ves, te late?
—Sí, está bien —contesté en calor.
—Bueno, pos aquí te quedas y mañana
hablamos.
—Gracias —respondí.
Se cerró la puerta y observé con calma todo
el interior, no estaba mal, al centro y arriba de la
cabecera de la cama estaba un Air Jordán,
También había una ventana que daba al patio,
recorrí la cortina y sí, ahí estaba la máscara
idiota del saico escudriñando. Se rió a carcajadas
y huyó como un niño que hace una travesura.
64
Acomodé mis cosas y me tiré en la cama.
Cerré mis párpados y me quedé dormido, empecé
a soñar con el tipo de Lorenza. “Ja ja ja ja ja ja ja
ja ja ja”, se oía su risa por toda la casa, “ja ja ja
ja ja”, abrí la puerta y había un chingo de velas
encendidas, parecía procesión, el loco estaba
disfrazado de sacerdote y oficiaba misa, Lorenza
estaba sobre la mesa desnuda y herida, de las
bocas de sus pequeñas excoriaciones destilaba
sangre que se vertía en copas de oro. El sacerdote
del horror me invitó a brindar y alzó la copa
hasta mis labios, el sabor era amargo y seco,
empecé a sentir un daño en el cerebro hasta que
estalló mi cabeza y desperté. Estaba sudando y
tenía mucha sed, iba a salir a servirme agua en
la cocina pero escuché una fuerte discusión del
mono con Lorenza.
La bronca era que porqué traía hombres a la
casa y no mujeres, la disputa estaba acalorada,
los tonos subían y yo sin saber qué chingados
hacer. De repente se escuchó un golpe cabrón,
luego vino la calma. Me volví a recostar y ya no
me pude dormir.
Pasaron las horas largas pero amaneció en
calma.
En la mañana Lorenza me llamó a
desayunar. Llegué al comedor, ahí estaba el
monstruo agazapado, Lorenza trajo café y pan,
me preguntó si quería huevos o chilaquiles.
—Chilaquiles —le contesté.
Llegó con los chilaquiles y me preguntó
directamente.
—¿Te quedas o te vas?
Volteé a ver al simio que estaba levantando la
cara para mirarme, tenía un chingadazo en el ojo,
fue entonces que me di cuenta que era un
cíclope.
65
EL MUDO
Tenía los dientes amarillos, su mirada era
amenazante; si tenía alma, seguro en ella no
había paz. Era punk original de rostro
desencajado, le decíamos el mudo, fumaba mota
lo que era un contento, a destajo; también hojas
del guayabo que estaba en el patio de la
vecindad, pétalos de rosa, hojitas del rosal y
cuanta hierba topaba en las macetas de las
doñas. Se forjaba unos chanchos de zacate, de
ése que se da al borde de la banqueta, y la raza lo
cabuleaba dándole chingadera y media para que
se atizara.
Nosotros despachábamos en la banqueta del
varrio, tirando barra, salíamos a las dos de la
tarde a comer y regresábamos a las cuatro. Él se
sentaba en cuclillas frente a nosotros; de orilla a
orilla nos hacía el iris aventándonos sus energías
macabras como queriéndonos hipnotizar. Entre
muecas, señas y guturaciones arcaicas y
chemisticas se daba a entender.
—Que le pases el toque —me decía Toribio.
—Aguanta loco, ahorita se lo rolo.
Sus greñas estaban tiesas de mugre, sangre,
lodo, pero bien erizas. Hasta los punk del varrio
dejaron de usar geles, grenetinas, zumos,
melcochas, pegamentos de estética punk rock
jodido para utilizar las técnicas del Mudo, incluso
lo adoptaron como mascota, le rolaron un
chamarrón negro con lentejuela y canutillo, unas
botonas de macuarro y le pusieron su collar de
66
estoperoles para llevárselo a los tokines. Eso era
demasiado grotesco pero había style. En los
conciertos le quitaban el collar y se destrampaba
cabrón, giraba como trompo tirando madrazos y
patines en el slam. Eso sí, llegaba a terreno todo
puteado pero como un héroe lleno de medallas
que luego se convertían en cicatrices.
El Alucín de las tocadas le duraba días,
agarraba escobas, tablas, palos, todo lo que
pareciera una lira y se ponía a tocar y brincar
como poseído.
Un día llegó el verdadero Punk Rock al varrio,
en el cantón de la Güera Polvos se iba a armar el
borlo por las quince primaveras de la Güerita,
contrataron a un grupo conocido en las
tardeadas como los Sex Pack (no había otros, dijo
la Güera Polvos). Los Sex tocaban con el yoyo, de
veras culero, pero a quién chingados le
importaba, seguramente por eso se hicieron
punks.
Después de misa pidieron la coopera para
armar unos pollos asados, la Güera hizo una
sopa de arroz roja y compraron un garrafón de
Tonayán. El Toribio fue por unas bolsas de hielo
y unos kooleys de fresa; en una olla pozolera
fabricó un guachicol conocido en el inframundo
como agua loca.
Los Sex Pack llegaron en una troca, eran
como treinta cabrones entre vatos y rucas
cargando instrumentos, bocinas y bafles. Se
instalaron en chinga y pronto dieron cuenta del
agua saica, abrevando como descosidos cosacos.
Toribio, anfitrión maldito, armó otra agüita loca
pero esta vez le puso un frasco de rivotril.
La Güera, en su papiro de yo soy la chida del
borlo, quiso apañar el micro para decir unas
palabras, pero el Animal que era el vocalista de la
banda la abrió, diciéndole que ellos se
encargaban de felicitar a la quinceañera.
67
—Tons, toquen el vals Danubio azul —
alcanzó a decir mientras la bajaban del
escenario.
“¡Qué vals ni qué la chingada!” Empezaron a
hacer ruido con los instrumentos y a mentar
madres a los putos políticos por ojetes y desde
luego a tirar cagada contra los burgueses y su
aliada la iglesia, “y esta va con dedicatoria para el
pinche Papa por culero y arrastrado”.
El desmadre empezó a degenerar machín,
pero a los treinta minutos ya habían tocado todo
el repertorio.
Después del slam llegó el Mudo hasta donde
estábamos pisteando, se hacía pendejo o le
jugaba al inteligente, como dicen “para tragar a
puños”, yo lo veía inquieto, yendo y viniendo del
escenario como queriendo hacer alguna daga.
La raza empezó a gritarles a los Sex para que
tocaran de nuevo y los vatos, como todos unos
artistas comprometidos con sus grupis, se
treparon otra vez. Las rolas eran las mismas pero
con improvisaciones y de repente se subían dos
tres changos a gritar obscenidades como los
megapoetas del megáfono. El Mudo ya no
brincaba, ahora estaba atento, clavado con el
guitarrista; extendía la mano para tocar la lira, el
compa le daba quebrada de rascar las cuerdas
desde abajo y luego se retiraba, así estuvieron
por un buen rato haciéndole al orate.
Luego ya no supe en qué momento todo el
bandón estaba sumergido en el desmadre, hasta
el asterisco, felices en el pandemónium. Fue
cuando se me acercó el Mudo y me dijo con voz
aguardentosa en medio del aquelarre.
—Quiero tocar la lira y ese güey no me la
presta.
Yo estaba hasta Full y me le quedé viendo al
pinche inser de las catacumbas de Guanatos,
seguro que puse cara de pendejo porque todos
68
soltaron la carcajada y el Toribio me dijo “No ésta
mudo güey, de eso chamba”. Entonces le
pregunté en mi confusión y medio encabronado.
—¿De veras pinche mudo, quieres subirte a
tocar la guitarra?
Lo agarré y lo llevé hasta arriba del escenario,
le di el arpa del Poncho, prendí el amplificador y
le grité encabronado “¡Toca!”.
Hubo un momento en que todos voltearon a
verlo, el Mudo estaba ahí parado como un
sacerdote, un chamán ungido por el gran
espíritu.
Estuvo chingón mientras duró la expectación.
El pinche Mudo estrelló la guitarra contra el
escenario hasta hacerla pedazos.
69
EL PATIO DE LOS PÉREZ
—¡Allí están otra vez Má!
—Deja de estar husmeando Tavo.
—¿Los Pérez son malos Má?
—Son extraños Tavo, muy extraños, están
locos viendo al cielo todo el tiempo.
Tocaron la puerta, Má se asomó
discretamente por la ventana, recorriendo un
tramo de la cortina con la esperanza de que fuera
su marido y trajera algo de comer, eran las
cuatro de la tarde y aún no almorzaban, ni ella ni
Tavo. Miró a los hombres de traje oscuro, gafas
negras y maletín frente a su puerta. No hizo
ningún aspaviento, regresó al sofá para tirase y
seguir viendo la televisión.
Tavo le preguntó.
—Má, ¿por qué no abres la puerta?
—¡Cállate!
Tavo acarició a su gatortuga Tonchi que traía
entre sus brazos, Tonchi lo miró con sus grandes
ojos llenos de ternura, echó un brinco al piso y
salió corriendo al patio, Tavo fue tras ella.
Pá estaba allí, demasiado ebrio, tirado en el
piso bebiendo directamente de la botella de
mezcal. Tavo intentó decirle que Má lo estaba
buscando pero el ruco catarro le hizo una señal
con el índice en la boca para que se mantuviera
chitón, mientras pensaba “Pinche chiquillo
imbécil, sólo ocasionas problemas”.
—Pá, mi Má…
70
—¡Qué te calles Idiota!, y no hagas ruido, ya
sé que tu madre me busca, por eso me brinque la
barda.
Volvieron a tocar la puerta, ahora con
demasiada fuerza.
—¡Salgan! Sabemos que están ahí, gritaron
los hombres de negro, es inútil que se escondan,
traemos una orden judicial incluso para derribar
la puerta si es necesario.
Los golpes se escuchaban en todo el
vecindario, la señora Pérez se asomó desde el
balcón de su terraza y advirtió mucha raza en el
umbral de los Gómez, se puso de muy buen
humor y retornó con su marido que estaba
avistando desde el patio la estratósfera a través
del telescopio.
—Hay mucha gente en la casa de los Gómez
—le chismeó canturreando a su esposo y
continúo diciendo en forma acalorada—,
seguramente hoy será el gran día.
—Eso parece —respondió el señor Pérez—, ya
hemos esperado bastante tiempo.
Luego llamó a su mujer apartándose del
miralejos para que ella pudiera observar el
cosmos.
Tavo cumplirá veinticinco años en Abril, pero
desde hace diecinueve actúa como idiota, el
mundo siguió girando y él se quedó en su sexta
vuelta. Aquel día salió a jugar al patio, había un
viento terrible que levantaba enormes tolvaneras,
de pronto como si el cielo fuera de cristal se
quebró; una raja de fuego bajó zigzagueante.
Tavo quedó helado al mirar la centella sacudir y
estremecer el cuerpo de su amigo Angeluz hasta
desaparecerlo. El esplendor cubrió todo el patio
de los Pérez, al centro Angeluz como un fulgor
incandescente. Tavo se paralizó, perdió el habla
por más de quince años. Un día antes de cumplir
los veintiuno, una voz que escuchó en su cabeza
71
lo llamó al patio, era Angeluz, tenía un regalo; era
una gatortuga que sólo él podía ver y escuchar, le
regresó el habla. Pero nunca aprendió más
palabras, jamás.
Sus padres conjeturaron desde entonces, el
niño tiene retraso mental.
Los Pérez buscaron a Angeluz por todo el
vecindario, dieron aviso a la autoridad, colocaron
carteles por todas partes, llamaron a familiares y
vecinos. Nada, nunca apareció el niño. Recibieron
apoyo y condolencias de todos pero nunca se
resignaron. Angeluz era hijo único. Tavo se
debatía entre la vida y la muerte, la fiebre lo
invadió con vértigos y alucinaciones, los médicos
le rezaban a cuanto mono o santo se
encontraban, no había muchas posibilidades. A
los cinco días Tavo regresó del infierno. La vida
trascurrió casi normal, los Gómez aceptaron el
trauma de sobrellevar a un hijo con una secuela
mental y su pérdida total del habla y la memoria.
La desaparición material de Angeluz los Pérez
nunca la aceptaron, porque en su mente, alma y
corazón estaba vivo y ellos, al igual que Tavo,
recibían mensajes telepáticos de su hijo. Los
padres de Tavo creían que esas supuestas voces
eran consecuencia de su trastorno y que se
inventaba amigos inimaginados. En cambio los
Pérez entendían que había un hilo, un lazo
amoroso que aún no se rompía, y sus esperanzas
eran una llama encendida. Siempre deseando
volver a estar juntos.
Tavo siempre que salía al patio veía al señor
Pérez clavado en el firmamento, y luego a la
señora asomarse al ojo del telescopio. Insistente
Tavo llamaba a su Madre para que los viera, y su
mamá le decía que ellos estaban bien pinches
locos, chiflados por un dolor vivo. Pero Tavo no
entendía, aunque sabía que el punto donde ellos
72
enfocaban era esa parte del cielo por donde vino
el relámpago inmaculado.
Todos los días, a toda hora podía repetirse la
escena, los diálogos.
—Allí están de nuevo Má.
—¿Qué hacen hijo?
—Están mirando el cielo. ¿Allá vive Angeluz?
—No sé hijo, lo único que creo es que esos
Pérez están locos de verdad.
La puerta de la casa se abrió con
brusquedad, la señora Gómez pensó que era su
esposo que regresaba, pero no, los hombres de
traje oscuro habían contratado un cerrajero para
no tener que derrumbar la puerta, traían la orden
de desalojo.
—Señora Gómez, fuimos lo más tolerantes
posible, la paciencia se acabó, nuestros clientes
no están de acuerdo en esperar ni un minuto
más, ya le dimos demasiado tiempo y ha hecho
caso omiso. Todas las letras de la hipoteca están
vencidas. Tenemos la ordenanza de lanzamiento
—le dijo mientras le mostraba el documento con
la resolución del Juez.
—Esperen a que venga mi marido, no tarda,
el pagará todo. Partida de imbéciles, creen que
asustando a una mujer y a mi pobre bebé me van
a sacar de mi propia casa, primero me matan.
El Sr. Gómez entró del patio a la sala, estaba
completamente borracho, quiso hablar, insultar
al secretario del juzgado pero no pudo, pretendió
golpear a quien se pusiera enfrente, trató de tirar
chingadazos, madrear al licenciado, a los
cargadores y hasta a los tiras, tampoco pudo,
sólo hizo el pancho más grueso. Tuvieron que
someterlo, lo maniataron y lo treparon como
puerco a una patrulla.
Tavo apareció con su mascota imaginaria, su
jefa lo abrazó mientras sacaban todas sus
pertenecían a la calle.
73
CUENTOS DE VARRO
Amorir………………………………………………….…5
La Siniestra………………………………………….….7
Por Enésima Vez……………………………………...10
El Amor Es Ciego o Blind Blues Man……………13
La Sonrisa de Micifuz………………………………..17
El Guayabo de Don Rutilio…………………………21
Tarde de Sole………………………………………….27
Cruda Dominical……………………………………..31
La Muerte del Puerco………………………………..34
Mirinda………………………………………………….39
Mala Leche, Café o El Lugar Equivocado……….43
Albatros…………………………………………………47
El Libro Mágico……………………………………….50
Los Libros Viejos……………………………………..55
La Maleta……………………………………………….60
Historia del Ojo……………………………………….62
El Mudo…………………………………………………65
El Patio de los Pérez………………………………….69
74
Cuentos de Varro, de Sergio Fong, se terminó de
imprimir en agosto de 2017, en el Varrio Xino de
Guanatos, Xalisco, Mégico.
El tiraje consta de 50 ejemplares.

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  • 2. 2
  • 4. 4 1ra Coedición: Varrio Xino – La Rueda Cartonera, 2017 Ilustración de Portada: Lorena Baker Diseño Editorial: Jacobo Monraz Editado, Impreso y Hecho en México Coedición de Ediciones Del Varrio Xino y Editorial La Rueda Cartonera Prohibido prohibir la reproducción total o parcial de esta obra, siempre y cuando se den los créditos correspondientes Todos los izquierdos reservados Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución 4.0 internacional
  • 5. 5 AMORIR Intempestiva, sin pensar en la frugalidad del avión, ahora fugaz en la memory. Yacíamos después de haber consumido nuestros sabores. El aullar de unos canes me despertó, la baraña estaba tembleque, agria. Me había quedado dormido después de haber sido uno en esa caja de silencio lúgubre. Habíamos brindando por el cumpleaños de Dionisia, festejamos su tercer aniversario. Para mí, Dionisia era la Dicha, el encuentro con su despertar sexual era mi fuga de la sociedad idiota. Su monomanía de sexo a morir me asfixiaba, me envolvía en la atmósfera psíquica del hedonismo. Su mundo aparte era maravilloso. La depravación que sólo existe en el recóndito inframundo del Ser, un pinche loco. La noche que la conocí, una voz venida de la esquizofrenia me repetía “¿Quién será esa ninfa de ebria belleza que baila descalza? ¿A dónde volará todas las noches? ¿A qué olerá su flor amorosa?”. Me quedé despierto, acechando hasta que todos los desarrapados de espíritu que la acompañaban se fueron extinguiendo. El alcohol se agotó y le sugerí pasar por algún aguaje para conseguir más bebida espirituosa; me concedió la petición y algo más, volamos río abajo. Fui presa de sus pasiones, la lujuria de la ninfa me llevó a conocer el mundo de los viles, la subterráquea vida de los suburbios, el averno y sus delirios.
  • 6. 6 No hubo alcoba perfumada, ni cama, petate o superficie algodonada, tampoco sábanas blancas ni cafecito en la mañana, sólo sexo y más sexo. Delirio fue su pureza, hasta que pude huir de sus garfios de ninfómana. Pasaron los días y hubo otro encuentro; me llevó a recorrer las llecas del alma. Noctívagos flotamos, bebiendo y atizando con la tripulación de la noche, el viaje fue oscuro y denso. Tuve que compartir con los buitres el amor de Dicha. Bajamos y subimos los días sin contarlos, el tiempo seguía su marcha al infinito. Miré el lastre de tantos inseres perdidos, hasta topar fondo, sin más voluntad que la locura o la muerte. ¡Salimos a flote! La vida siguió su cauce y nos reencontramos en el río, Dicha seguía bailando descalza, su belleza era una silueta trastocada en las bardas de la urbe por los faros de los autos, sucedía vertiginosa en la oscuridad, como graffiti fugaz, como un tatús acicalando la piel de la city. El carcomo de los años y el designio del alcohol ultrajaron a Dicha, su flor se fue marchitando y un día de agosto una ráfaga de muerte se la llevó. No hubo funeral, ni rezo, si acaso algún familiar pudo reconocer su fiambre y aquí la sembraron en esta fosa común. Ayer festejamos su tercer aniversario y me dijo con sus hebras de voz, “vamos por algún veneno para el espíritu”.
  • 7. 7 LA SINIESTRA Lucha abrió la puerta del departamento, estaba desdibujada, borrosa, incluso la sentí abatida. —Pasa, pasa Gato, me convidó a entrar y me preguntó en corto, ¿Buscas a Esteban? —¡Claro!, afirmé. Esteban había quedado de pasar a mi casa para hablar sobre la venta de su departamento; como no llegó, pensé que se podía rajar y dejarme colgado de la brocha, preferí ir a buscarlo. Le comenté a Lucha, y le pregunté ¿qué pasaría con Esteban?, para sondear un poco. —Salió temprano al trabajo, de que fuera a ir contigo no me dijo nada —eso lo expresó como molesta, luego agregó—. ¿Quieres algo de beber? ¿Ya almorzaste? —Ya desayuné, te agradezco un vaso de agua, por favor —volteé a verla y tenía ese tic tembloroso en la quijada. Oí el estruendo del cristal cuando se rompe. Mientras me traía el agua mirujié el departamento, alucinándome con la compra y cubicando dónde colocaría los muebles; la sala iba a ser mi estudio y uno de los cuartos el laboratorio, el taller de taxidermia para trabajar sobre el encogimiento de ciertos cadáveres de animales. En eso estaba cuando llamaron mi atención unas manchas pequeñas de sangre en la pared, muy cerca del zoclo, como un ligero riego, casi imperceptible. Seguí con la mirada a Lucha y estaba sirviendo el agua con una sola
  • 8. 8 mano, le busqué la otra, la izquierda, la tenía metida en la bolsa del abrigo. Seguí observando el departamento y vi unos borrones de sanguaza en el piso, eran marcas muy sutiles, como si alguien las hubiera querido limpiar; el leve manchón llegaba a la recámara principal, donde iba a meter una ring size, pero la puerta estaba cerrada. Lucha acercó el vaso de agua y lo depositó en la mesa de centro. Se dio cuenta de mi falta de discreción y dijo parcamente. —La perrita anda en celo, ahora limpio. Apañó un trapo de la cocina y con una sola mano pasó la jerga por encima hasta que desapareció la sangre, me volteó a ver retadora como esperando alguna otra cuestión. Mientras yo pensaba “¿Cuál perrita?, nunca le han gustado los animales, ni disecados”, me ahorré la pregunta. Nos quedamos mirándonos un instante a los ojos, yo sabía que estaba en crisis porque sus labios temblaban sin control, y no emitían palabras ni sonido alguno, tampoco parpadeaba, era como una efigie, aunque su cuerpo estaba en total descontrol. Temí que pudiera caer en un ataque de nervios, tantos años bajo tratamiento psiquiátrico, había momentos en que se desconectaba por completo. —¿Quieres sentarte? —le propuse señalando un sillón de la sala. —¡No! —contestó de modo cortante. Se paró exactamente frente a mí, tomé el vaso de agua y bebí, el agua estaba dulce, demasiado azucarada y fría. Bajé el vaso a la mesita y le pedí que me dejara pasar al baño. No contestó pero entendí que podía hacerlo, tuve que bordearla, casi hacerla a un lado, empujarla un poco, estaba allí inmóvil como la Esfinge de Giza, pero trepidando con la mano izquierda en la bolsa del abrigo.
  • 9. 9 Antes de entrar al baño me di cuenta que la perilla estaba embarrada de sangre, al mirar el interior quise salir en chinga, pero soporté la repulsión; había sanguaza por todos lados. Ya ni oriné, no hice nada, miré el lavamanos y estaba completamente teñido, respiré profundo y salí fingiendo completa calma. Lucha seguía de una sola pieza sin dejar de temblar y haciendo ruido con los dientes. —Creo que mejor me voy —le dije—, luego busco a Esteban. —Gato —me dijo en seco—, tú sabes que yo no quiero que Esteban venda nuestro departamento, ¿sí lo sabes, no? —No, no lo sé, no lo sabía, me tengo que ir Lucha —dije precipitado. Se acercó para despedirse, yo abrí la puerta, ella extendió su mano, la izquierda, la que había mantenido en la bolsa del abrigo. Nos dijimos adiós.
  • 10. 10 POR ENÉSIMA VEZ Después de deambular medio día por toda la Condesa buscando un cliente que ordeñar, el espectro de Isis, la puta más tierna, se detuvo en un teléfono público en la Alameda. El último veinte, ayer era la reina del tugurio raspando la suela y bebiendo mezcal. Recargó su desvencijado cuerpo sobre la codera de la cabina, todo era un presagio, tomó entre sus dedos la moneda de metal y la depositó en la ranura del aparato mientras imploraba mascullando una oración, “Ojalá me conteste, ojalá me conteste él”. Timbró su corazón acelerado. Recordó lo que el brujo y tarotista de la mezcalería le había mostrado en la tele del Tarot. Una voz de mujer al otro lado de la línea la sacó de su atolondrada mismidad preguntándole. —¿Quién es, quién habla, conteste? Isis se llevó el auricular al pecho, temblando la maldita cruda sintió los gritos retumbar sobre sus flácidas carnes y estallar en su tatema los insultos desaforados de la doña de su cliente. —¡Hija de tu, chingas a tu re puta madre! — luego le gritó a su engendro—. Segura que es esa pinche puta ramera arrastrada que busca a tu padre, ¿cuándo nos dejará en paz? Un joven veinteañero se detuvo frente a ella, la miró detalladamente como cerciorándose de que lo que veía era neta. Apenas dos horas en la Ciudad de México y ahí estaba la mujer que lo
  • 11. 11 hizo pasar una tarde de frenesí e inolvidable pasión. —¿Isis, eres Isis? —le preguntó, deseoso de que la respuesta fuera afirmativa. Ella lo miró como queriendo reconocerlo, le dio una escaneada, luego se acercó, lo olfateó caninamente, cerró sus ojitos y contestó. —Sí, soy Isis, ¿Tú quién eres? —¿No te acuerdas de mí? ¡Soy Jesús! Vamos a una cantina te invito una cerveza, un tequila, lo que quieras. A la dama le vidriaron las canicas, el corazón se le inflamó de gusto, buchaca y canoa se le hicieron agua fresca de manantial. Rolaron rumbo a Bucarelli, se metieron a una fonda, luego a un bar, después a una cantina, pidieron de comer y bebieron chelas, luego siguieron los rones y ya encaminados y encandilados, cayeron rodando a una mezcalería, estaban hasta el tope, en el clímax del pedo. Jesús, insistente le volvió a preguntar. —¿No te acuerdas de mí?, yo iba en el Metro, te vi por la estación de Balderas, allí en corto entre apretujones, nuestras miradas flashearon, se cruzaron, nos dijimos everything con los ojos, nos bajamos en Allende, te dije que traía varo, que andaba festejando mis dieciocho abriles y quería que fueras mi madrina, mi hada madrina. Nos metimos al cinco letras, tú estabas hermosa y cachonda; tu pantufla olía a versos, a dona recién hechecita, a rocío nocturnal. Yo, yo, yo, era mi primera vez; bebimos y cogimos toda la tarde, toda la noche, prometí no enamorarme de ti porque yo amaba a mi novia. ¿No te acuerdas? ¿No te acuerdas de mí?, fue hace dos años, dos años Isis, dos años que te pienso y que te sueño. Me regresé a Guanatos y no he podido olvidarte, creí que no volvería a verte jamás y mírame, aquí
  • 12. 12 estoy otra vez. ¿De veras Isis, no te acuerdas de mí? Isis ya no pudo contestarle, cayó ebria sobre la mesa. En ese momento llegaron los meseros saca borrachos con la cuenta en mano y le pidieron a Jesús, con la cortesía diplomática de la ética cantinera, que recogiera a su abuelita y se marcharan. No hubo manera de defenderse, los argumentos se habían deshecho junto con los hielitos, de modo que pagó y como pudo, apoyado por los pajes de Baco, salió de la mezcalería abrazado de Isis. Ya en la calle de López y el plenilunio de testigo Jesús reparó en que Isis, sí estaba ruca, en la flor de la senectud, plena como su gemela. Sin pensarlo la acarreó hasta una cabina telefónica y la recargó ahí. Con mucha cautela y discreción se fue yendo despacito murmurando. —Por enésima vez Isis, ¿de veras, no te acuerdas de mí?
  • 13. 13 EL AMOR ES CIEGO o BLIND BLUES MAN Martes 30 de marzo. Librada despertó a las 5:65 a.m., repasó todo el itinerario del día mentalmente, siempre estaba lista y puesta para servir a la señora desde muy temprano. Preparó el baño de doña Rosario, estaba contenta, se sentía en su cántico religioso mientras abría los grifos del agua de la tina, templó la caliente con la fría, colocó algunos jugos y esencias de flores en la bañera, dispuso las tollas frescas y perfumadas junto con la bata de baño en el toallero. Salió del tocador para dirigirse al guardarropa e iniciar el ritual para elegir el traje que usaría la patrona, escogió un sombrero de pajilla de ala ancha con una flor artificial que se difuminaba de rojo atardecer hasta llegar a un amarillo encendido, la blusa de seda bermellón y la falda de lino amarillo; bolso, cinturón y zapatillas rojas de ternera. “Se verá muy linda mi ama”, sentenció para sus adentros. Luego llegarán las asesoras y cultoras de belleza para darle una manita y embellecer a la dama, una práctica que nunca dejará de hacer, para verse siempre joven y atractiva. Después le pedirá a María prepare el desayuno, extremadamente ligero con zumo de naranja y zanahoria. Lauro el chofer sabe, que el último martes de cada mes es el día de la señora, pero ayer no
  • 14. 14 pudo evadir el juego con los cuates en el casino, la suerte en el Black Jack le sonrió y la euforia lo contagió al grado de olvidar irse a dormir temprano. Julia lo despertó a gritos y jalones, poco faltó para echarle agua en la cara, “Despabílate Lauro, hoy no puedes darte el lujo de levantarte a la hora que quieras”. Con demasiado esfuerzo y de mal humor se incorporó para dirigirse a la residencia de su patrona. Su cabeza estaba a punto de estallar, le burbujeaba el alma y los sesos se le cosían. Cuando llegó a la mansión, iba más dormido que despierto, en estado zombi. Entró directo al garaje y se puso a limpiar el Mercedes Benz negro; lo enceró, le checó el aceite, el líquido para frenos, calibró los neumáticos pero la modorra continuaba. Fue a la cocina para que María le preparara un café cargado y de pasada lo regañara, “Lauro, te trasnochaste, mira nomás la cara que traes, ojalá y no se entere la jefa Librada, si no te pone de patitas en la calle, ya sabes que es muy estricta”. Le dio la taza de café y lo corrió de la cocina para que no lo viera el ama de llaves. La señora Rosario desayunó en compañía de Librada, que se esmeraba en servirla y atenderla en todo, hasta lo más mínimo, no quería que se fuera a manchar su traje primaveral. ¡Tan linda!, parecía una muñeca. —Señora la esperamos temprano de regreso, le preparé el vestido negro satín y sus alhajas, este año no nos pillarán sus sobrinos, por muy cenas sorpresas que le celebren. —Librada, ¡eres un amor! —respondió entusiasmada y con voz jactanciosa muy curada, agregó—. ¡Quiero mi sombrero de plumas de cacatúa inca! Hicieron una pausa y soltaron la carcajada, ja ja ja ja ja, no podían dejar de reírse, ja ja ja ja ja ja ja. Librada se puso de pie, tocó la campana
  • 15. 15 con un dulce tintineo para llamar a María y recogiera los cubiertos de la mesa. Ayudó a la doña a levantarse, la tomó del brazo izquierdo mientras con en el derecho le entregaba el bolso; volvió a tocar la campana, esta vez con más fuerza. María se adelantó para abrir la puerta principal. Allí estaba el Mercedes Benz acrisolado, Lauro con su uniforme de chofer impecable y gafas oscuras para ocultar la resaca. No pasó desapercibido del ama de llaves que esbozó una mueca de coraje y le hizo el gesto de que se quitara los lentes, pero Lauro de inmediato abrió la puerta trasera del auto para ayudar a la señora a subir. Bajó la cabeza para no ver la cara enfurecida de Librada, apresuró el paso, dio la vuelta al carro y subió en chinga para arrancar. —Buenos días doña Rosario, felicidades por su cumpleaños —le dijo mientras la miraba por el retrovisor. —Muy buenos días Lauro, gracias, ¿cómo están tus hijos y tu mujer? —Bien señora, mi esposa le manda muchas bendiciones y parabienes por su aniversario. Lauro se dirigió al centro de la ciudad. El sol ya estaba a las doce, ardía el asfalto, el tráfico estaba pesado, sintió calor y sueño. En los semáforos que se detenía cerraba los ojos, parpadeaba y arrancaba, tenía mucha pesadez, podría quedarse dormido en cualquier momento. Al llegar al centro y dar la vuelta en una esquina casi atropella a un viejo ciego que se abría paso con un bastón y cargaba terciado un saxofón. Tuvo que frenar intempestivamente, a la doña le dio un vuelco el corazón. Lauro estuvo a punto de gritarle al anciano que se fijara por dónde caminaba pero se percató de su ceguera. La dama preocupada, con las manos en el pecho le preguntó.
  • 16. 16 —¿Qué pasa? Lauro contestó que alguien se atravesó la calle sin fijarse en la luz roja, pero que no había problema. —Gracias a Dios Santo —dijo la señora mientras se persignaba—. Vete más despacio, te siento alterado. —Más despacio no se puede señora, estamos en medio de un embotellamiento. El músico ciego siguió su rumbo. Caminó hasta el hotel San Luis, el pasillo estaba en penumbras, una voz lo saludó, subió las escaleras, recorrió el pasillo de la izquierda y en la última habitación se detuvo, abrió la puerta y entró. Se sentó a la orilla de la cama, sacó el sax del estuche y se puso a tocar. El Mercedes continuó su paso, viró por la avenida San Luis, se detuvo frente al hotel, Lauro bajó del auto, abrió la puerta trasera, le ayudó a la señora a bajar. La tomó del brazo para conducirla hasta el quicio del hotel. La recibió la joven recepcionista, con una voz demasiado familiar. —Doña Rosario, ¡Feliz cumpleaños!, ¡Bien venida! Lauro se la entregó en sus manos, sacó un pañuelo para secar el sudor de su frente. La recepcionista ayudó a la señora a subir las escaleras, recorrieron el pasillo de la izquierda y en la última habitación se detuvieron. El corazón de la señora Rosario se encendió, detrás de la puerta vibraba un blues.
  • 17. 17 LA SONRISA DE MICIFUZ Amanda sabía que la realidad era irreversible pero rogaba al Santo Niño del Toncho, que si existiera la posibilidad de cambiar el transcurso de la vida, lo hiciera, “¡Por tu madrecita chula, santo niño, hazme el paro!”. Nada, ¡cero!, no ocurría ni madres que truequeara el curso de las cosas. Luego de meditarlo y de tratar de hablar con su gato negro, que sólo la miraba, ella entendía, en la profundidad de sus verdes ojos, que no desfalleciera, que si en el acto de romper el destino caía abatida sería con dignidad. De modo que se armó de valor y su primer intento fue con el brujo del varrio, el sabio arcano, de quien nadie sabe su edad, sólo que ahí ha estado desde tiempos inmemoriales. Al verla, frotó sus manos bajo las de él, sintió su calor, su tibieza y le comunicó que era una mujer blanca, limpia y transparente. —No te preocupes pequeña, ningún conjuro, amarre o trabajo sucio te hará ningún daño, ni a ti ni a tu gato. De regreso a su casa iba meditando, ¿cómo supo el pinche brujo que tenía un gato?, de alguna artimaña se habrá válido. Siguió cavilando y de pronto ese recuerdo culero, ¡esa pinche punción en el hígado!, el encabronamiento le subió del piso a la azotea; con su mano derecha apañó el arete de su oreja izquierda y jaló, luego con la izquierda el otro. El par de
  • 18. 18 aretes volaron hasta llegar al fondo de una alcantarilla, sus lóbulos sangraban y aunque se dañó las chorejas no le causó ningún dolor. Pero muy en el fondo de su corazón sonaba una serena mentada de madre para su ex, mientras unas lágrimas rodaban por su mejilla hasta llegar a sus labios, agüita dulce y refrescante. Rió, se rió una leve, como acordándose de una maldad, eso que dicen que quien sola se ríe de sus maldades se acuerda. ¡Suspiro!, largo y tendido. Llegó al cantón y el gato no apareció para rondarle entre las piernas, “¡Micifuz, Micifuz, dónde andas cabrón!”. El gato estaba muerto entre los peluches del sofá. “Ja ja ja ja ja, ja ja ja, ja ja”, al descubrirlo le ganó la risa, “ja ja ja ja ja ja ja ja”, parecía histérica… Fue por una enorme bolsa negra a la alacena, tomó los pinches peluches, todos regalo de su amor, ex amor. Mientras lloraba y reía los introdujo en la bolsa de basura. Refunfuñaba cada que arrojaba un peluche, “¡Chingas a tu madre, chingas a tu madre, chingas a tu madre!”, había dolor, un chingamadral de coraje, de rencor visceral. “¿Y esto se curará?”, se auto preguntaba, “dicen que el tiempo todo lo cura, hasta la locura. ¡Qué cura!, pero me merezco esto y más por pendeja”. Miraba a Micifuz y le decía con un chingo de amor “Pinche Micifuz, mejor te moriste para no verme chillar”. Al gato no lo arrojó al bolsón, lo tomó entre sus manos y comenzó a chiquearlo y acariciarlo, sentía su maullar en el corazón, “Pinche gato, hasta tú me abandonaste”. Si no hubiera mandado el celular a la chingada podría hablar con algún compa, invitarlo al cine, a cenar o simplemente pasear por el centro, tratar de convenir y dejar de tripear pero no quería saber de nadie, ni hablar con nadie, mejor que la dieran por muerta. No era la
  • 19. 19 primera vez que pensaba en tirarse de la azotea, arrojarse a las vías del tren ligero o alguna pendejada de ésas. Pero ella no se quería morir, nomás quería que las cosas cambiaran, que su situación diera ese giro del que le hablaban los oráculos, los arcanos del tarot. Pero nasty, cero en el marcador; no caminaba ni en reversa. Tomó una Jeringa. Abrió los grifos del agua de la bañera, las llaves del gas de la estufa, sacó del closet tres corbatas, forjó un churro, encendió la radio, sacó la botella de tonayán, puso hielos en un vaso largo, miró al gato, “Pinche Micifuz te cargó el payaso”. Se desnudó, tocó sus senos como dice en el tríptico del sector salud, con las yemas de sus dedos, sintió sus pezones, fue ante el espejo, sentía unas pequeñas bolitas, como canicas de grasa en sus bubis. Miró su rostro en el espejo, aún tenía los surcos de las lágrimas en sus mejillas, esbozó una sonrisa, levantó su mano derecha por encima de su cabeza, luego la bajó a la altura de la sien, con el índice hizo una señal y se disparó. “¡Pum!”. Cerró los ojos y empezó a reír. Caminó a su habitación pintada de azul cielo, puso mezcal tonayán en el vaso con hielo y tomó el cigarro de mota, lo colocó en su boca, se recostó en la cama, encendió la mecha, dio un fuerte jalón, miró el techo lleno de calcas fluorescentes, con pequeñas lunas, estrellas y planetas, dejó escapar el humo poco a poco, tomó el vaso de mezcal y de un sólo trago bebió todo el espíritu, cargó con otro tanque de humo verde sus pulmones, guachó la brasa del toque y con un lengüetazo la apagó. Se relajó hasta quedar dormida. Dos minutos después de estirar el cuero. A las 6.16 de la tarde tembló en Guanatos, se sintió un sismo de alto grado en la escala de Richter, trepidatorio con un epicentro en la falla de San Andrés, Etzatlán, Xalisco, y puntos
  • 20. 20 circunvecinos. Un movimiento telúrico cabrón. La raza asustada, con temor en sus corazones y sin confesarse aún lloraba e imploraban al cielo. La gente salió a las calles, algunos edificios se colapsaron, se derrumbaron y bajo los escombros el Gato de Amanda, el Micifuz apachurrado. Las cuadrillas de topos en busca de gente viva o muerta no dieron con Amanda, la reportaron desaparecida. Alguien despistado, sin dejarse ver tomó el cadáver del pinche gato.
  • 21. 21 EL GUAYABO DE DON RUTILIO Por debajo de la puerta dejaron un recado, un anónimo con letras recortadas del periódico y muy mala ortografía, “LO SE TODO IJO DE TU PUTaMaDRE, NO aBRa CoNPasION”. Era casi idéntico a los mensajes que le llegaban dos o tres veces por mes a don Rutilio, pero esta ocasión, la mala ortografía, el hecho que no estuviera firmado por su señora y que se hubieran tomado la molestia de mancharlo con sangre, lo hacía diferente y misterioso. Lo que más lo confundía, incluso lo asustara, era una raya roja de sangre por debajo de las letras, “NO aBRa CONPasION”. De modo que a don Rutilio se le hizo puño el asterisco. Lo primero que se le vino a la mente fue llamarle a Lola, la mujerzuela con la que le ponía el cuerno a doña Baudelia. Estaba hasta temblando de nervios, el teléfono timbró dos, tres, cuatro veces y nada. “Contesta por favor Lola”, reclamaba la voz interna del Don, pero el teléfono seguía sonando. —¡Chingada madre!, ahora qué hago, pinche Baudelia, ¿A qué estará jugando, cada día está más loca, o ahora sí será de verdad su amenaza? Lola salió del baño y miró en la pantalla de su celular que tenía una llamada perdida. Carlitros, su amante, que estaba relajado en la cama viendo una película en la telera, le mencionó.
  • 22. 22 —Estaba timbrando tu teléfono amor, ha de ser el pinche viejo arrastrado, seguramente ya leyó el letrerito que le mandé. —¿Cuál letrerito?, no vayas a salir con una chingadera Carlos. —Ja ja ja ja, solamente me estoy divirtiendo, un sustito al hijo de su pinche madre que se está cogiendo a mi vieja. —Ja ja ja ja, idiota, pero bien que te tragas todo lo que me da, ¿verdad?, y ¿qué tal la ropita? —Déjame le saco un pedo, a la mera hasta suelta un billete. —Déjate de pendejadas cabrón —le señaló Lola mientras se zafaba la toalla que traía enrollada en el cuerpo para dejar las tetas al aire, luego se agachó para secar sus pies poniéndole a Carlitos la flor enervante en los bigotes. —¡Umm que rica y deliciosa huele tu florecita amor! —le susurró al oído mientras la tomaba de la cintura para jalarla hasta la cama, cayeron en clavado creando una pirueta de tres punto cinco grados de dificultad, se besaron en el in pass volátil rosando sus sexos ardientes y deseosos, rodaron entre las sábanas hediondas y el colchón viejo hasta que Charly sintió por enésima ocasión el filo del alambre de uno de los resortes calándole la nalga izquierda, pero en esta maldita ocasión sí gritó de dolor. Lola se sacó de onda y se levantó de un sólo tirón. —¿Qué te pasó? —¿Qué me pasó?, pinche colchón ora si se vengó, se me enterró en el cachete izquierdo — dijo mientras se colocaba un pedazo de la sábana para detener la sangre. El teléfono de Lola volvió a sonar. Le hizo la seña a Carlos de que chitón para que se mantuviera callado, no se fijó en la pantalla para ver quién llamaba, cuando contestó. —Bueno, ¿amorcito? —se llevó una sorpresa.
  • 23. 23 —¿Amorcito? Hija de tu pinche madre, soy Baudelia, la esposa de Rutilio, ya sé que le estás sacando dinero a mi marido, vividora hija de la chingada, si te vuelves a meter con él te voy a matar. Carlitos le decía en voz baja a Lola que le pidiera para un colchón nuevo, pero Lola estaba sacadísima de onda, no sabía qué contestarle a la ruca, siempre la bateaba, sabía del juego y de alguna forma era considerada pero ahora la agarró fuera de lugar, y se quedó muda, volteaba a ver a Carlitos que con señas le decía que le pidiera varo y le señalaba el colchón y luego volteaba a verse la nalga rajada. Cuando Lola volvió en sí, Baudelia ya le había colgado. Y como para ella sola dijo, “Pinche vieja culera, ya me tiene hasta la madre”. Luego miró a Carlitros y le comentó media desencajada, que era la vieja de Rutilio. —Me llamó para amenazarme otra vez, está bien locuaz, pero ya me harté de seguirle su desmadre. —¡Pasumauser!, ¿’ora qué vamos a hacer?, adiós al colchón —gruñó Charlie. —Me las va a pagar, pinche vieja loca, vas a ver. Le marcó a Rutilio. —Bueno Lola —contestó el viejo—, te llamé porque algo anda mal, muy mal. —Ruti, necesitamos vernos, es urgente. —Sí pero no vengas a mi despacho, algo está mal, hoy me llegó un anónimo, pero estoy casi seguro de que no es de Baudelia, te veo en el Café La Rueda. —Sí, en media hora estaré allí. Carlitos, se puso en la puerta del cuartucho para negarle el paso a Lola y le dijo. —Ya vas a ir a ver al ruco, ¡deja eso ya!, si la vieja está loca te puede chingar, una vieja
  • 24. 24 resentida es capaz de todo, lo mejor es que no vayas y ya mandes a ese pinche viejo decrépito a la verdolaga. —Tú no tienes por qué meterte en mi vida, todo lo que hay aquí es mío, yo me lo he ganado con el sudor de mis nalgas, tú nomás eres mi querido, a la hora que yo quiera te mando a la mierda. Así que mientras vivas aquí, la que manda soy yo padrotito, si no te late, ¡pues como va! ¡A la chingada! A Carlitos le salió lo cabrón y por esta vez no quiso tragarse su orgullo, se hizo a un lado para que pasara la morra, que salió como chispa a encender el averno. Rutilio tomó su bastón, se puso su sombrero de ala del cinco y tomó las llaves del auto. Salió de su casa rumbo al Varrio Xino. Carlitos estaba enfurecido, echando sus pocas garras en una mochila de campamento, mientras arrojaba todo su encabronamiento y resentimiento contra su morra y el viejo. “Pinche par de ojetes, ojalá y se pudran en el puto infierno”. Ya que tenía su bulto preparado y estaba listo para salir, sacó una hoja 007 y empezó a madrear el colchón, maldiciendo a diestra y siniestra. Una vez que se hartó de perforar y rasgar el lecho de amor, le vació una botella de thiner, antes de salir del cuchitril le arrojó un cerillo para que ardiera todo el cuartucho de vecindad, aún no llegaba a la puerta de la calle y las doñas que estaban en los lavaderos empezaron a gritar “¡Fuego, fuego!, fuego”. Carlitos alcanzó a echar un último vistazo mientras les rayaba su madre levantando el brazo, y su corazón de caifán se le rasgaba por los ojitos. En el café La Rueda don Rutilio le pedía a Lola que ya se olvidaran del amor. Él sí se había encariñado, a su ñora ni la tocaba, tenían veinte
  • 25. 25 años sin dormir en la misma habitación, si seguían juntos era por los hijos y la maldita costumbre convertida en esa manía a ultranza de doña Baudelia de divertirse a placer, asustando y desafanándole las novias a su marido, una o dos, a veces tres por año, pero Lola se había estancado y además sabía que la mantenía a ella y a su amante, dos de sus hijos la tenían informada de cuánto le daba, de dónde y cómo se veían, todos sus movimientos los tenían visualizados. Con Lola no podían, era más fuerte que todos, decidida, sin nada qué perder. —Está bien Ruti, me iré lejos de ti pero dame medio millón, ya no quiero saber nada de ti ni de tus hijos, ni de tu mujer, estoy hasta la madre de sus juegos estúpidos, todos me llaman para que te cuide, que te de tu medicina, que le siga el juego a Baudelia, que esto, que aquello. Ya estoy hasta la madre, me voy a ir a vivir a otra ciudad. Rutilio, sacó la chequera y firmó un cheque en blanco. —Vete, yo también estoy cansado, ponle la cantidad que quieras. Timbró el teléfono de Lola, era doña Baudelia. —¿Qué quiere?, vieja guanga. —Ya sé dónde estás perra, estás con mi marido en… —Doña Baudelia, salga de donde esté, esto se acabó, yo me largo. Si no sale yo misma la voy a buscar y le voy a poner una chinga, estoy hasta la madre de su jueguito de celos, de adúlteros y señora resentida, esto se acabó. La señora Baudelia salió de atrás del chino barista, tenía una pequeña pistola calibre veintidós, sus manos temblaban, iba directo hacia Lola. Don Rutilio se levantó y la detuvo. —Calma mujer, esto se acabó, Lola ya está cansada, déjala que se vaya.
  • 26. 26 La morra se paró de su asiento, todo el café se fastidió, los parroquianos se sacaron de onda con todo el teatro, Lola tomó su bolso y el cheque, salió huyendo. Don Rutilio les dijo a sus hijos que estaban entre el público observando el performance, que llevaran a su madre a casa. El viejo esperó que se fueran todos y pagó la cuenta. Mientras manejaba rumbo a su cantón, a don Rutilio se le nublaba la vista, sentía hormigueos en sus piernas y brazos, abría la boca como bacalao para jalar aire, sudaba en frío. En la mente se le dibuja con mucha claridad la imagen del Guayabo que está en el patio trasero de su residencia.
  • 27. 27 TARDE DE SOLE Dicen que el Roger brinca ebribody todo el tiempo de rosal en rosal, que arranca con todo y tallo los botones rojos, que las espinas se le encajan en las palmas de las manos y le rasgan la piel; que le arde ojete y sangra, luego chupa las pequeñas heridas y el dolor merma una leve por sus ojos. Dicen, que con un ramo de rosas rojas en la izquierda y en la diestra una boya de espíritu mezcalero se menea como pez en la marea gris de la city, que trae en su coraza la ilusión de cotorrear con su jaina, “su nena punk” como él le dice. Cuando la conoció, la morra se prendía machín en las tocadas de rock, se destrampaba en la danza, era de las pocas rucas que se aventaban el ritual en el “Casino Popu” con toda la banda creisy. Todos los domingos tocara quien tocara. El Saico fue quien se la presentó, le dijo acá en confianza, de carnales, “Vas a conocer una nenita bien linda pinche Roger”, pero se quedó corto, aparte de chula estaba rebuenota y era bien chida. ¡Discutida!, eso debió haberle dicho. Y hasta ahí llegaron como compas porque el Roger mas trucha que el Saiquito, se la langareó y en calor le puso un faje alucinógeno que prendió machín a la ninfa rocanrolera, entonces empezaron a andar (así se dice, andar en las llecas de golfos, tirando chapopote, consiguiendo algún jalón, una baisa, cualquier cualquier, de varrio en varrio, para alivianar el
  • 28. 28 espíritu y liberar la loquera del corral, “chivas no nos vamos a morir”). Y el Saico se tuvo que abrir con su toncho a otro terruño y a seguirle jalando el pescuezo al ganso. El Roger nel, él ya tiene su bistec y siempre anda trovo y con varo, sabe hacerla, tirar verbo, talonear para el vicio. Le gustaba alborotar el gallinero, después le llegaba con su morra y se iban a conseguir unas ruedas pa’ viajar de ranas, algún Johny Winter, un alcoholibarius, de mínimo unas celias. Siempre bien armadillos. Los domingos era el día más alto, día de comulgar con la raza, netamente sagrados. Se levantaban muy tempra, entre crudos, pachecos y jarias, el borlo iniciaba en el Baratillo; el tianguis legendario de las chácharas, pulgas amaestradas, libros viejos sin leer, ropa de la segunda guerra, tercera y reversa, animales vivos en peligro de extensión, disecados, presecados y en conserva, hierbas buenas y malas que sanan y matan, relojes, joyas de con Rober, piezas sueltas de autos, motos y rilas extraviadas en la madrugada, tortas ahogadas, birria, tacos de hígado, buche, chorizo en papas, aguas frescas de la llave, pulque, tejuino, tepache y nieve de garrafa entre gritos de los marchantes que no marchan y un coctel de aromas con fondo de música ambiental en cada cuadra, cumbias, sones, boleros, salsa, guaracha, rock, punchis punchis, hasta Chente y sus potrillos. ¡La pura variedad, la pura sabrosura! De modo que el jolgorio estaba puesto y dispuesto para conseguir algodón de barbas o fiado, truequeado, recuperado, bisneado, incluso hasta comprado para calmar la sed y esas ansias de bebérsela toda de un solo trago, escarchada, fría, raspándole el gaznate en cascada para degustar el suave y dulce cuerpo amargo, pero delicioso, sentado con los compas y su lady en alguna
  • 29. 29 banqueta de la street treinta y ocho, esquina con la que hacha, con un racimo de botes, unos taquitos de chicharrón con guacamole y un chilito verde de amor. Tirando cábula, echando carro con la bandera para luego ir a retozar y echarse un shawer, ponerse la garra más placa, más facha, de frente y perfil y estar casi listo para pasar por la morra a su cantón. Ella bien chula con su cola de pato pintada de zorra y el fleco; copete en flor, con sus tenientes vans y la garra bien ajustada, en sus lindos caicos un buty de rímel y delineador negros, sus labios negros, su alma llena de estoperoles y su corazón chanfainino rocanrolero. La tarde surcaba la ciudad, la partía a raja tabla con su último filo de luz, el Roger ya estaba en la tienda de la esquina cheleando, tirando varrio, esperando a su nena punk. Ella viene ardiendo con la resolana, desencajada del paisaje urbanesco, de una sola pieza en alto relieve, en sus chorejas perforadas cuelgan un par de plumas de águila reina y en los audífonos escucha la rola Breaking The Law. Su aroma a pachuli perfuma el arrabal. Antes de llegarle a la tocada encienden el flavio con la brasa del ocaso. La ciudad está bien pacheca, dormita como un lagarto, los corazones suenan al ritmo de Breaking The Law de Judas Priest. Cuando caen al Popular ya está un bandón en el desequilibrio total, las bandas se discuten con sus mejores rolas y covers de dos tres grupos chingones, la flota destrampada armó la rueda y sacaron a flote todos los espíritus ancestrales (del bien y del mal). En la danza hubo roces y conatos de bronca; la pandilla de los zopilotes se enfrenta con los lagartos o al vesré. Eso era de todos los domingos pero nunca pasaba de ahí, aunque, también es cierto, que no falta un gorgojo en los
  • 30. 30 bincholes y ese mingo tampoco, un alucinado prendió unos trapos con toncho y los arrojó a la banda que estaba en el túnel de salida, todos empezaron a correr, los ánimos se exaltaron, había apretujones y todos querían salir, era una turba a contra presión, empujando. El Roger y su nena punk no se soltaban, estaban enlazados de sus baisas, luego salieron a flote del hoyo pero en la lleca había banda dándose de chingadazos. La tira apañando a diestra y siniestra, era una redada. El Roger y su jaina sin soltarse empezaron a correr. A los que apañaban los subían a trocas y carros de la policía, a algunos los apaciguaron con dos tres macanazos y los metían a las trullas. El tráfico era un caos, los autos cantaban al compás de las sirenas junto con los gritos y los ayes de dolor, rifaba la anarquía. Un cuico chancho se fue tras ellos y por quererla librar no se fijaron al cruzar la calle, a la nena punk la alcanzó un camión, se la llevó gacho, el Roger no la soltó de la mano y la morra lo jaló uno o dos metros. Eso dijeron los que vieron. El Roger estaba ido y alucinaba que miró el espíritu de su nena punk desprenderse del cuerpo y despedirse. No había manera de destrabarlos, las manos estaban atadas, hasta que lograron convencerlo, inyectándole un sedante, de que tenía que soltarla para que se la llevara la ambulancia. Los paramédicos exclamaron que la muerte fue instantánea. El Roger se tripeó cuando despertó, quedó loco, zafado. Dicen que su alma también se desprendió de su cuerpo y se fue tras la de ella. Que está vacío. Dicen tantas cosas.
  • 31. 31 CRUDA DOMINICAL Amanecía. Entre las persianas se filtraban los filos de luz madrigal. ¡Grrrrrhg, calaban ojete! Y tristes deshelaban la oscuridad del alba. El espécimen que había viajado conmigo en el barco de la noche era una hembra dulce. Me incorporé en automático, pedazo a pedazo. Escuché su estertor como trueno desintonizado. —Ya te vas. No la pelé, ¿para qué? Caminé al baño, hacia la regadera. Lo pensé dos, tres ¡cuántas veces! ¿Dónde chingados se me trepó esta ruca? Mientras la lluvia de la ducha caía muy reconfortable sobre mi descarapelada cabeza recordé la fiesta. ¡De noche y ebrio todas las pardas están buenas! La morra como pudo llegó hasta el retrete, oí su cuerpo desaguar música de esfínter, llover y encender el día, muy afinada y armoniosa. ¡Que con esa música me entierren!, escuché la voz de mi tatema. El alucín me hizo pensar que esta noche había durado varios meses, tal vez años. ¡Pinche morra!, la había visto en algún bus de la ciudad, de azafata, en algún exhibidor de pieles y artículos para caza y pesca, ofreciendo carnes frías en alguna tienda de conveniencia. ¿Sepa el quiote?, antes tenía memoria de sobra en mi cpu,
  • 32. 32 un chingo de gigas, pero todo se acaba, hasta los papelitos de Macondo se han borrado. Ja ja ja ja ja ja, ja ja ja, ja ja. No pude aguantarme la risa. Tienen miles de años viviendo entre nosotros, se encendió el videotape celebral y miré imágenes en retro, a madres, cómo eran cuando llegaron a la fiesta, su evolución hasta llegar a apoderarse y dominar las relaciones amorosas, y cómo se fueron perdiendo a sí mismas, sólo por el poder, ahora tienen hasta el control de la tele, el dominio total. Sus manos garfios armaban churros chanchos, había ternura entre sus dedos que construían el flavio, existía el acto amoroso. De eso me acuerdo, sus uñas acrílicas tenían pintada la bandera de Turquía, rememoré a Capa Verde en su fortaleza convertida en el único y verdadero manicomio del universo, los demás son sanatorios psiquiátricos para enfermos mentales, centros de rehabilitación para arrepentidos. —Quédate otro ratito —dijo la ninfa, mientras se metía a la ducha, y empezó a jugar. Nos enredamos en el agua, su piel secretaba una sutil fragancia, me erguí. Vino a mí una revelación, La Facultad de Psicología, allí estaba ella, en el prado, echada como una vaca, era junio y el viento desplegaba sus alas, forjaba un zeppelín para volar, su risa se ocultó mientras ensalivaba el canuto. Sonrió y soltó el control, miré en sus ojos de cordero la fuga, yo también me abandone al vuelo. Recuperé la conciencia cuando me preguntó “¿Te preparo un café?”, no contesté, la chompeta me dio un vuelco, lo sabía, era un truco. Salió flotando del baño, irradiante con la sonrisa hiena. Cerré la llave de la ducha, estaba atrapado, miré el cubo del baño, no había forma de huir. Salí a la recámara, me seguía preguntado ¿Quién es esta mujer? ¿De dónde cabrones salió? Su aroma estaba impregnado en
  • 33. 33 todo el ambiente, me vestí y tuve miedo, terror de salir al comedor. Seguro estaba allí, hermosa, encendida con una nuez entre los dientes. La puerta se abrió, la escena se iluminó, la mesa estaba servida, había café y pan. Dos niños preciosos sentados a la mesa cuchicheaban como cocuyos.
  • 34. 34 LA MUERTE DEL PUERCO Un remolino de Basura y pedazos de inseres lo trajeron hasta mis Pies, lo encontré por casualidad, mientras caminaba sin prisa de ir a ningún lugar, hacia ninguna parte. Estaba Borrándose, sus letras Luz no estaban sucias sino desdibujándose, como si el papel estuviera Mojado y la Tinta se hubiera desparramado. Era esa negra esperanza de querer y no poder leerlo, mejor adivinar lo que decía, Padecía o Parecía, era o sera o cera, tal vez acera. Lo más curioso, incluso adusto, es que entre las Calles mojadas del Papiro surgía una inquietud entre las avenidas sucias de sus palabras, una Aprensión. En Cada Mayúscula estaba una Mujer Urgida (la misma ruca como retrato de Warhol), en su rostro acumulaba el colorante, en su boca un chingo de Lipstick y su bolso lleno de condones, Recargada siempre en la pared, esperando en el portal del Hotel Zaguán, donde se señala con una Placa en bronce con letras frías “Aquí vivió el Poeta”. —Estaba hecho un Cerdo —clamó la dueña de un chicle bomba que se contorsionaba entre sus dientes, y continuó diciendo—. Sólo bebía, siempre en la cuerda, de día y de noche. Un día llegaron por él, dicen que su representante artístico, yo no creo, que disque era Escritor y Bailarín de tubo. Con esa Facha sólo le alcanzaba para ser Macuarro, Apestaba a alcohol barato y se fumaba hasta las colillas, ya tenía un camino
  • 35. 35 hecho con tapas amarillas de las botellitas de Tonayán, de su cuarto a la licorería de Don Aires, la gente le daba por limosna morralla y siempre les escupía palabras insensatas, rabiosas que se adherían al pecho, a la espalda, a los cabellos y la cabeza, a las piernas, a los pies y dedos, Al culo de todo, de todos, como una etiqueta de Supermercado. Eso pudiera tener más sentido para mí —continuó su perorata la ninfa callejera—, él Era un Mago del Verbo, de la Cábula rasa. Pero vinieron por él. Yo los vi, eran tres tipos verdes, pequeños, muy pequeños, a veces lo venían a visitar y se marchaban pronto, caminaban detrás de él, siempre jugueteaban a su espalda, parecía como si los ignorara, pero vinieron por él, como algún día vendrán por todos nosotros… Entonces vi las Fachadas de las fincas con Grafitis, los Postes y las señalizaciones de movilidad para el tráfico de Transeúntes y Autos, los hidrantes, los puestos de Tacos, de Dogos, de Revistas y Periódicos. Todos tenían esténciles, imágenes, signos y símbolos, palabras sin aparente sentido chorreando la tinta de su espíritu que se derrama, no dice nada coherente, preciso, textual. Pero con imperiosos mensajes de informalidad vigorosa. ¡Agüevo que algo describen, narran el inicio de los mutantes! Yo vi en el Varrio un color fermentado, con rostro amargo y un papelerío por todas partes, como una ciudad de pergamino, papiros en todas sus formas y tamaños reposando en las calles, en bardas y banquetas, volaban y flotaban a la par del viento o por la corriente provocada por los autos en marcha. El Terruño se convirtió en un epítome de francachela y jolgorio. Los letreros en colores Fosforescentes bailaban estridentes, palpitantes al ritmo del corazón de la city. Me mimeticé,
  • 36. 36 recobré el sentido de pertenecía, reaccioné y la atmósfera cambió. La chica sacó de su Enorme boca, con el Índice y el Pulgar, un hilo de Chicle y lo enredó como Ovillo en su dedo medio. De su buchaca carretonera salieron las palabras “¿Tons qué papi, vas a probar la merca o nomás viniste a fisgonear?”. Me di cuenta que en su cabello a modo de moños, traía unos billetes verdes y sobre su facineroso y festivo cuerpo de suripanta un Micro vestido de papel periódico, impreso con la noticia del día. Era la misma nota con la que me había despertado “Murió el poeta del varrio”. —Quiero conocer el cuarto del Puerco —le dije sin pensar. —En este momento lo han de estar enterrando al desgraciado o haciéndolo carnitas —Socarroneó la interfecta con una media carcajada. —¿Se puede? —le pregunté y le mostré un billete de cincuenta pavos. —Tu dinero aquí no vale —me dijo. Y frotó mi pene con su muslo izquierdo por encima del pantalón—. No has entendido nada Muchacho — continuó espetándome… pero su voz enmudeció cuando de una de las ventanas del tercer piso de Hotel Salió una Ruca volando y cayó a un lado de nosotros. La Damisela de Eros me hizo a un lado, se agachó para ayudar a levantarse a la Mujer Voladora que había tenido un mal Aterrizaje. La dama volantín Se incorporó y matraqueó su esqueleto, su economía corporal estaba desnuda, volvió corriendo a su Cuarto del Zaguán mal diciendo palabras que revoloteaban y caían muertas. Un auto compacto blanco se detuvo frente a nosotros y llamó a la Ninfa, ella se acercó; creí que estaba conviniendo con los tipos del Bocho, el copiloto abrió la puerta del carrito, salió y sacó
  • 37. 37 un Bulto enorme envuelto en una sábana, parecía un cadáver, cuando menos a eso apestaba. El bochito Arrancó y Desapareció Calle Arriba. La Meretriz con una voz chillona escupió unas letras que formaron una palabra al revés que no alcancé a leer. A mí me gruñó en corto. —¿Qué putas con este par de Maricas? Culeros ojetes, eso es lo que son —y empezó a patear el bulto amorfo que arrojaron los Jotos del Volkswagen, Alguien se quejaba dentro del envoltorio. —¡Hey tú puto, a callar! —Gritó el hada del mal. Mientras volteó conmigo para retarme. —¿Entonces quieres conocer el Apartamento del Poeta? —No sé —le dije medio Confucio. Me tomó de la mano y me jaló a la puerta del Hotel, entramos al Zaguán, estaba oscuro, un Ruquito en una mecedora extendió la mano huesuda a nuestro paso y le entregó a la Fémina una llave con un llavero en forma de Bat de beis- bol pequeño, la morra me soltó de la mano y pegó con el Bat sobre su palma izquierda en varias ocasiones como una señal Masoca. Se detuvo frente a la puerta del cuarto número tres al revés. —Aquí es —dijo y abrió un candado que quedó colgado a una cadena oxidada—. Adelante —me susurró. O ¿fue una palomita que se escapó de su boca en forma de palabra dulce y cachonda? ¡Uta Madre! El interior de la covacha Apestaba a mierda. Me dio una contracción y una puta nausea, vomité “Aaauuuuuhhhggggg, auhg, ahggg”; arrojé los intestinos y hasta jugo gástrico lagrimearon mis ojos. Quise salir, pero la Edecán de Inframundo, Virgen Luzbelina, reía como una Poseída y tapaba el acceso a la puerta mientras
  • 38. 38 meneaba el pequeño Bate entre sus piernas como si fuera una enorme Verga. Le grité que se hiciera a un lado para salir. —Ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja. —Ja ja ja ja ja ja ja ja —retumbaba en las paredes de mi chompeta y se repetía el eco arrastrándose por los muros de la habitación. Se encendieron las luces como en una Discoteca, brillaban como estrobos y giraban multicolores. Detrás de la consagrada hembra salieron tres pequeños seres, verdes, muy verdes, y no paraban de carcajearse.
  • 39. 39 MIRINDA Nadie sabe por qué Mirinda nació tan chiquita, tan pequeñita, tan hermosa, pero su condición de niña homúnculo la entristecía demasiado abajo, al grado de enfermarse y dejar de ir a la escuela. Estábamos en el mismo salón y ningún compañero se burlaba de ella, la maestra nos lo había advertido, “Quien satirice el estado físico de Mirinda será expulsado de la clase”. Valiendo madre cualquier influencia o parentesco con el director del plantel, esa actitud de la maira nos asustaba cabrón. Pero, había un no sé qué en mi interior, que lejos de querer dañarla o hacer algún chiste en contra de ella me generaba ternura, la sentía tan mí, que en ocasiones a escondidas lloraba porque mi alma se acongojaba. Mirinda era tan frágil e indefensa, nunca quería jugar, ni le gustaba estar acompañada. Estudiaba un chingo, sacaba buenas notas pero su pesimismo la doblegaba. Su mamá era fuerte, pero algo pasó, yo la veía cuando venía a recogerla a la salida, nos mirábamos a los ojos como cómplices del amor por Mirinda, su luz era clara, reconfortante; me abrazaba y me besaba con ese calor de mamá que me hacía tanta falta. Un día (catorce de febrero, para ser exacto de mil novecientos sesenta y siete) decidió sacarla de la escuela. La quería tanto y le lastimaba en lo profundo de su ser maternal pero no quería verla sufrir, yo tampoco. Siempre quiso que se sintiera como una
  • 40. 40 niña normal, pero el destino es canela y el dolor no cesa. A nosotros nos invitaba a sus fiestas de cumpleaños, pero cada año la celebración terminaba en un mar de llanto, Mirinda padecía y no comprendía los porqués ella era diferente, no quería ser festejada. Doña Rosa no volvió a hacerle fiestas a partir de sus diez años. Y yo en la sufridera. A mí me causaba mucha intriga, un sentimiento de ahogo, ansias gachas, pesadillas culeras, días de zozobra. Tanta pena, compunción y angustia me abarataban con sólo pensar en ella. Sin embargo, también esto lo empecé a sentir cuando tenía once, había algo en ella (en mí) que me atraía y algo que la (me) repelía, un sentimiento ambivalente, quería estar con ella para platicar, ser su amigo y deseaba no tener nada qué ver con ella. Me atraía su cuerpo y me preguntaba ¿dónde le cabrá tanta tristeza? Su torso era una cajita de suplicio, a veces soñaba que ella era una muñeca gigante, una mujer con rictus malévolos y me perseguía, yo me ocultaba en el ropero y cosa curiosa, cuando resucitaba del sueño, despertaba dentro del closet, todo meado. Mi manía empezaba a tener brotes de enloquecimiento, me trepaba a la azotea a fisgonearla; la veía divertirse con sus amigos imaginarios y yo no estaba allí. Cuánta alegría desbordaba en sus juegos que se inventaba. “Ja ja ja ja” la escuchaba y la miraba botarse de risa, aquello parecía un escenario donde ella daba funciones a un público ausente. Cuando salía con su jefa al mercado, a la plaza o al templo la seguíamos en parvada, ella siempre se daba cuenta y le decía a su mamá que nosotros las perseguíamos. La ñora muy frondosa meneaba sus manos para saludarnos.
  • 41. 41 Le decía que éramos los niños del varrio que queríamos ser sus cuates. Cuando pasamos a sexto de primaria Miranda ya no salía de su casa, se enclaustró y sólo los domingos su mamá la llevaba al templo. Su caja torácica se deformó, sus extremidades eran pequeñas en relación a su cabeza, que parecía una pelota. Doña Rosa cosía, remendaba, planchaba y lavaba ropa ajena en su casa para las señoras del vecindario, así no la dejaba sola. Un día, de abril del sesenta y nueve, pasaron por el barrio los hombres del circo, a todos nos regalaron boletos para la función inaugural. Era viernes, exactamente viernes dieciséis de abril, ¿cómo olvidarlo? La función de las seis de la tarde; la primera de la temporada del Circo Palitos, todos estábamos allí, incluyendo a Mirinda y su mamá, todos prendidos esperando a que diera inicio el espectáculo. Cuando salieron los payasos la algarabía era de fábula, yo volteaba a ver a Mirinda y era la única que no reía, luego vinieron los caballos, los elefantes, los leones, los trapecistas, todo nos parecía maravilloso y fantástico, pero a Mirinda nada le ocasionaba ninguna sorpresa o admiración. El anunciador y domador de leones se habían reservado el mejor número circense, y después de unas fanfarrias, redobles de tarola, bombos y platillos, gritó como sólo él sabía hacerlo, con todo el aire de sus pulmones “¡El Shoooow de Chooooooriii!”. Las luces estrambóticas se encendieron, volaron papelitos multicolores por toda la pista y entraron los enanitos al escenario, haciendo piruetas, saltando, echando maromas; cantando y bailando.
  • 42. 42 Todo un estallido de emociones y la euforia al máximo, entonces volteé a ver a Mirinda. Ella había desaparecido.
  • 43. 43 MALA LECHE, CAFÉ o EL LUGAR EQUIVOCADO Hay una tensa calma en el Mala Leche. Son las seis setenta de la mañana. Hace un frío espeluznante, de la chingada, matraca la dentadura. Roy el andrógino le pone dos cucharadas de azúcar a su café, aspira el aroma, siente un poco de calor, con la cuchara incorpora el dulce en lo amargo del americano. Se nota fastidiado, espera a Refugio. Hay una incertidumbre que lo hostiga, pero vino preparado para cualquier cosa, toca sobre su saco la pistola que trae en la sobaquera. Bebe el café pausadamente, la adrenalina lo mantiene alerta, su mirada en panóptico observa a la fauna matinal. Él generalmente acude al Café del Mala por las tardes a escuchar jazz, a esta hora de la mañana se siente un extraño, en el lugar que visita con frecuencia, incluso el mesero lo retrae, observa que su desplazamiento no es el habitual, le carcome la sospecha. La atmósfera lo agobia. Refugio lo citó para decirle algo demasiado importante, en persona, se lo recalcó, “es de vida o muerte”. “Así o más exagerado”, pensaba Roy, cuando reconstruía la conversación telefónica. Pero acudió para ponerle fin a su relación pasada, no se arrepentía de su vida en pareja pero eso lo aburrió, lo llevó al límite, al final la costumbre termina por darle en la madre a todo,
  • 44. 44 se raya el disco y alguien tiene que largarse a la mierda y la bola gira y gira sin novedad, de modo que tuvo que recoger sus canicas, las muñecas, sus garras y decir adiós. Refugio se reculó en la fiesta, tenía luto, un chingo de dolor en su corazón. El alcohol con nieve le hacía más llevadero el abandono amoroso, pero el culo, “el culo” decía, “si no es para Roy que se lo traguen los gusanos”, y gusanos encontraba en cada esquina de su vida. Como en un acto teatral el escenario del café se iluminó, Refugio irrumpió como una sombra de las catacumbas de la city, su figura incomodó a los clientes y al personal del changarro. Un pordiosero, un indigente, un desquiciado, un zombi, nada era comparable a la imagen de su fiambre mutante. Sus pies parecían garras, sus andrajos destilaban la mugre de la ciudad, su rostro reflejaba la miseria humana, la cabellera era urdimbre de bichos. Sus miradas se encontraron. Roy se puso de pie y empuñó dentro del saco la cacha de la pistola. Todo se detuvo, las manecillas del reloj, los comensales, meseros, pajes, cocineros, baristas, todos los que habían salido a mirar al espécimen gótico quedaron aislados en el tiempo. Refugio no lo pensó, él creyó que su juventud, sus ropajes de príncipe de alcantarillas y su perfume de drenajes habían congelado el tiempo. Caminó con garbo hacía Roy. Intentó abrazarlo, besarlo, ahí mismo tirarlo y reinventar el amor. Roy detuvo la embestida de Refugio. Refugio se derramó en llanto, “We, lo encontraron en su casa muerto, desnudo con más de cien heridas, dicen que fue en venganza, lo asesinaron con la peor de la sañas, ¿tú sabes quién lo mató?”. Atrás de Refugio entraron los servicios sanitarios, asaltando la cafetería; la cruz roja, el
  • 45. 45 ministerio público, los bomberos, la policía, perros investigadores, peritos criminólogos, la prensa con cámaras y micrófonos y una partida de homosexuales en manifestación. —¿Sabes que hay detrás del arco iris? Todo mundo empezó a movilizarse, Roy se quedó helado. El mesero que lo atendía condujo a los del ministerio público, a todo el ejército que invadió el changarro al sanitario. Encontraron a un tipo ahorcado. Tomaron fotos, lo entrevistaron pero no dijo nada, ninguno de los parroquianos sabía nada, nadie conocía al difunto. A todos les tomaron sus datos, llenaron las actas y los citaron a declarar a la procuraduría. Roy y Refugio seguían estáticos en un mundo aparte. —No, we. —Sí, we. —No, we. —Te digo que sí, we. —Pero, por teléfono me dijiste otra cosa we, vamos a terminar con esto de una vez. —Sí we, ya lo pensé bien, quiero que estemos juntos de nuevo. —Nel we, ya no we. —Ya lo pensé bien we, ya lo pensé tres meses y aunque me duela. —No we, eso me dices porque andas hasta el culo de drogas. —No we. —Sí we, andas bien hasta la madre, hasta el metaculo we. —No we, te lo prometo, me cae que no. —Mejor ya estuvo we. —No we. —No chilles we, aguántala we. —Sí we,
  • 46. 46 —No we, mejor ahí le dejamos, no quiero volverte a ver, nunca. —No we, créeme que me la voy a cortar. —¿Qué, qué? No we. —Sí we, por ti sí we. —Mañana vas a decirme otra cosa we. —No we, ya te dije. Aunque me duela. —No te creo we. —Sí we, por ti, te lo prometo we. —Por mí, por mi vete a la mierda we. La policía y el Ministerio Público sacaron a todos los clientes y personal de la cafetería, pusieron sellos y cintas de clausura, no había nada más qué hacer.
  • 47. 47 ALBATROS En el varrio periferia, allá donde nació don Celso, se respira la miseria sólo por sobrevivir. La luz del astro mayor resplandecía sobre nuestras tatemadas testas, a media calle, mientras jugábamos a las canicas, un auto largo como limosina se detuvo, era negro de un costado y del otro blanco, se estacionó exactamente frente al cantón de la tía de Juan, él estaba apuntando con su tiro a mi canica y dijo, mientras se limpiaba un moco con el antebrazo. —Son los Albatros. Había un grupo de música pop que sonaba en la radio con ese nombre, sus rolas románticas los domingos reunían a los tórtolos cursis en la Terraza Rosa a un lado del templo de la Merced, muy cerca del Palacio Municipal de Guanatos. Pero estos hombres no tenían nada qué ver con este conjunto rocanrolero, ni con los pájaros marinos, estos locos andaban en otro cuento. La tía Yuya salió de su casa para meter a la abuela de Juan que ya estaba tostada de tanto sol. Yo vi en la cara de la tía un gesto de desesperanza y en el rostro de la abuela una máscara rosita de cartón, como las de la danza de los ruquitos de Michoacán, acartonada y fría a pesar del solazo. La Yuya lo hizo muy rápido, como quien deja de hacer su labor doméstica y se apura a sacar la basura cuando escucha la campana del catecismo de Skiner o la tercera llamada a misa. Dio un portazo pero los Albatros
  • 48. 48 ya estaban allí con una seriedad adusta tocando y empujando la puerta. Yuya se asomó por una rendija de la ventana y abrió con desánimo. El viejo truco de ver quien toca cuando ya sabes quién está allí y qué chingados quiere y que de nada sirve. Los negro con blanco pasaron al recibidor. Allí estaba la abuela tiesa, balanceándose en una mecedora frente al televisor, no echaba aire por las narices ni vaho por la boca, sus ojos estaban pelones y sin brillo. Yuya se quiso oponer pero los blanco con negro la hicieron a un lado. —Quítese de en medio señora, su madre ya está en otro mundo. —¿Quién los llamo? —Ja ja ja ja ja, eso no importa, usted ya está haciendo uso de la bonificación —dijo mientras miraba en su entorno todo reluciente de nuevo, hasta la mecedora de bejuco de la abuela era nueva. —No es justo —sollozaba la tía. —Lo sentimos, es mejor que se despida y nos facilite el trabajo. Habíamos dejado de jugar para chingarnos todo el chisme, todo lo veíamos de afuera hacia adentro del cantón. Le pregunté a Juan, cómo sabían esto tipos que su abuela se iba a pirar, dijo que su Má ya tenía dos días fría pero su tía no quería reportarla al SEMEFO por cuestiones de varo, algo así como una pensión pública. —¡Qué caray! ¿Y que van hacer con tu abuela? —Creo que jabón. Sacaron a la vieja en una bolsa negra con blanco, o blanca con negro. Uno de los tipos sacó un paquete de dulces y nos regaló a todos los mirones un puño de caramelos.
  • 49. 49 La tía Yuya salió de la casa llorando, nosotros estábamos disfrutando de las golosinas, ella nos arrancó los dulces que traíamos en las manos y nos gritó desaforada, “¡Escúpanlos! ¡Son de muerto!”. Seguimos jugando a las canicas.
  • 50. 50 EL LIBRO MÁGICO Casi todos los domingos me lanzo a recorrer los pasillos del tianguis de la treinta y ocho, antiquísimo baratillo, con su chingo de voces y chácharas por todas partes, entre olores y sabores, miles de máscaras y ese inser que en esencia no termina de enterarse de su unicidad. ¡Qué belleza de anarquía indómita, se respira y palpita como corazón de anfibio en el estanque!, ¡qué fluidez de vapores desmitifican la estulticia de los inútiles menesteres, de ese aferramiento por ser un número más de la máquina y alimento del joder! Iba cavilando en esas mafufadas y en busca de los gloriosos taquitos de ollita, ese manjar de hígado encebollado con chilito martajado. Ya me andaba por emitirle la orden al taquero de “échame cuatro con todano y una agüita de limón con chía”, algo así resonaba en mi cerebro de crudo y llegaba hasta el corazón de mi estómago, cuando a mis espaldas con el ojo que tenemos en la nuca ¡lo vi! Ahí estaba el mamotreto del tamaño de una biblia con sus miles de páginas, cosidas a lomo y empastadas en cuero, piel genuina de nonato y sus filos de oro. Ése es, me dije mientras retrocedía, estaba en el piso, como vil basura, quieto con poca luz propia, reposando sus cientos de años entre herrumbre y baratijas, algunas piezas de porcelana, canastitas de mimbre y monedas viejas. Con todas las letras de su título grabadas con polvo de oro “El Libro
  • 51. 51 Mágico”. En mi vida una sola vez lo había tenido en mis manos por escasos minutos o segundos, todavía lo recuerdo. Mi memoria viajó en breve en retro treinta años. Mil novecientos ochenta, Agosto, Avenida Juárez y Federalismo, una taquería “Tacos Especiales”, diez de la noche. Estaba sentado en la última mesa de la primera fila cenando unos taquitos al pastor con tortilla recién hecha. Afuera la lluvia torrencial como un gran manto de agua. La figura de Eleonor se hace presente, como la imagen de una bruja de cuento de hadas; su estampa de mujer ciega desangelada y anciana empareja a los personajes andrajosos de ciudades perdidas, con sus muertos vivientes del post apocalipsis conocidos como los olvidados de Deus. Inmediatamente uno de los meseros, muy en su papel, intenta sacarla del local, arrojarla a la calle. Me levanté ipso facto de mi asiento y caminé hacia ellos, con amabilidad enteré a Eleonor de mi presencia, ella me tocó la chompeta y me dijo “Ya te reconocí Gato, invítame unos tacos”. Le pedí al mesero sirviera una orden de taquitos a Eleonor y en un momento depositó un suculento y rebosante plato con tacos. Charlamos un poco, no mucho, mientras degustábamos la cena, cuando terminamos y pedí la cuenta me preguntó. —Vas a dejar propina. —Sí, le contesté. —¿Cuánto? —Veinte pesos. —Dámelos a mí y te invito una cerveza en mi casa, por aquí vivo cerca. Me reí y dije, “Vamos a tu casa”. Caminamos por Mariano de la Bárcena, el alumbrado público estaba muy jodido, la poca luz se sentía nebulosa, Eleonor debido a su ceguera se conducía muy bien y ella era la que me llevaba de la mano por la obscuridad. Nos
  • 52. 52 detuvimos frente a un portón de madera demasiado viejo y quejumbroso, lo abrimos empujando una de sus alas, dentro olía a grasa y gasolina, deduje con mi olfato que era un garaje o taller mecánico. —Aquí trabaja mi nieto Elías, ¿te acuerdas de él? es de tu edad, mi hijo José le heredó este taller, Elías es abogado, pero le gusta más la mecánica —hablaba Eleonor mientras me conducía dentro del taller esquivando autos, herramientas y otros enseres hasta llegar a un tejaban al fondo del corral. Adivinaba cómo estaban acomodadas sus pertenecías en el cuartucho. Advertí que se sentó en una orilla de la cama y me comentó que por ahí estaba un banco de madera, traté de ubicarlo, encontré una silla vieja y ahí me senté, también me dijo que las chelas estaban junto al buró. Esas las liqué en caliente. —Pásame una caguama. A tientas la tomé y extendí mi brazo hacia donde provenía su voz, sentí que la destapó con sus dientes, pero pensé “eso no puede ser”. Me reí y ella conmigo, nuestra risa se convirtió en una carcajada al unísono. Estuvimos bebiendo y charlando con algo de humo verde, veía muy poco en la habitación, casi nada. Luego me pidió que sacara una caja jitomatera de abajo de la cama. —Te voy a enseñar algo que nunca más podrás volver a ver —me susurró—, ahí sobre el buró esta una vela, enciéndela. La prendí y se hizo la luz, ella continúo diciéndome. —Saca el libro más grande de la caja, el que está forrado en piel. Estaba muy pesado, lo tuve que levantar con las dos manos. —Siéntate —me ordenó.
  • 53. 53 Acomodé sobre mis piernas el librote y pude leer, tocando sus letras doradas en relieve, “El Libro Mágico”, el mismo libro que estaba ahí tirado entre tanta bazofia en el baratillo y que me tentaba a recogerlo. —Busca la página mil cuatrocientos sesentaidós y lee el cuarto párrafo. —¿Qué? —le contesté. —Pon atención, me reclamó, estás pensando en el futuro, ¡Ábrelo en la página mil cuatrocientos sesentaidós y lee el cuarto párrafo! Acerqué la vela y quise leer pero la luz era umbrosa, lo más loco es que mi mente iluminó a través de mis ojos la página y la hoja estaba totalmente en blanco. —¡Lee el cuarto párrafo Gato! —me exigió. Entonces empezaron a aparecer las letras en un idioma no entendible para mí, ¿sánscrito, hebreo, griego, qué chingados sé? Las letras en su ideograma se modificaban y de repente podía reconocer algunas pero nada era posible de leer. Estaba como dopado, las palabras volaban en un paisaje desértico, eran pájaros infames. ¡No entendía ni madres! Eleonor me arrebató el libro de las manos y en las suyas no pareciera pesar tanto. Me sentenció que había perdido mi oportunidad de leer el libro. —Nunca más lo tendrás en tus manos —me refunfuñó. Ahora estaba ahí, en el puesto de baratijas. Volteé a ver al custodio del changarro callejero que me observaba en mi introspección, clavaba su mirada en el libro sin quitarme el ojo de encima como queriendo encontrar lazos invisibles. Al cruzar nuestras miradas pensé en Elías.
  • 54. 54 Retomé el camino a los tacos, el olor a hígado encebollado inundó mi cerebro, me fui tras ese exquisito aroma.
  • 55. 55 LOS LIBROS VIEJOS Arrival Ciudad Capital. Me transportaron a la Zona 1, Mercado Barrios, Estaba a hielo la Capital, cuatro grados bajo cero, lo constaté en el termómetro de una tienda de conveniencia, cuando entré para no congelarme. Pedí un café, sabía a caldo de calcetín pero necesitaba de inmediato algo caliente en mi organismo. ¡Frío, pinche frío!, tiritaba el esqueleto. Desde que me carrucharon al trasbordador lo sentí hasta la médula ósea aún enfundado en ropa térmica, con plumas de ganso. En el display pulsaba el objetivo de la misión, recorrer las calles de la Ciudad Capital en busca de librerías de viejo. Después de procurarme calor salí o entré a la herrumbrosa ciudad, había miseria en los rostros, delimitaba el hambre y la escoria. Podría hacer un balance sobre la situación social terrible, la milicia estaba apoderada de las calles, de los negocios, los bancos y las casas de cambio se encontraban clausurados, había rapiña, desechos de inseres a la venta. La verdadera frontera de la inopia, Infelicidad y decadencia mundana. Energúmenos, locos exasperados raspaban la pared con las uñas, con los dientes rasgan esa piel calosa y fría para sentirse vivos.
  • 56. 56 A lo lejos miré la primera librería, tomé una foto al muro, “La Ilustrada”. Estaba marcada con pintura roja sobre una placa de madera. Me introduje, los libros estaban resguardados tras rejas de metal, un ser pequeño asomó su cabecita y me preguntó. —¿En qué puedo servirle, señor? —Necesito hacerle algunas preguntas —dije. Mi séptimo sentido observó una mujer joven que tenía sus narices dentro de un libro antiguo, se escuchaba su aspiración como queriendo esnifearse todas las letras labradas sobre el papiro, recorría su linda nariz sobre las líneas de tinta. —¿Qué tipo de preguntas? —contestó mientras volteaba a ver también a la dama aspiradora, que al sentirse percibida levantó un poco la vista y pude ver en sus ojos un hermoso cielo rojo. —Estoy haciendo una investigación sobre librerías de usado en esta zona, necesito de su apoyo, ¿puedo tomar algunas fotografías? ¿Me puede dar algunos datos sobre el propietario? ¿Qué tipos de libros venden aquí? ¿Cuánto tiempo tiene la librería? Sentí una absorción enorme tras de mí que me obligó a voltear, la chica que recogía las palabras con sus fosas nasales estaba cerrando el libro, lo entregó a la empleada que estaba tras las rejas. Su nariz estaba pigmentada de tinta, sus ojos desorbitados, salió de la librería a traspiés en estado hipnótico como bailando ballet. La librería es propiedad del señor Avel Pérez, tenemos libros antiguos y usados de educación, literatura, obras maestras, clásicos… la librería tiene veinte años y tome las fotografías que quiera. —¿Tienes autores mexicanos?
  • 57. 57 —Detrás de aquella reja hay algunos. Chequé el anaquel y me di cuenta que no podía alcanzarlos ni haciendo un esfuerzo con mi brazo extendido. Seguí preguntando. —¿Cuántas librerías de usado hay por esta zona? —Está colmado, más de veinte. —Muchas gracias, regreso después —dije para despedirme. Al salir de “La Ilustrada” me sorprendió el cuerpo tirado en la acera de la chava que estaba esnifeando el libro antiguo. No me detuve. En la calle había mucho ruido, un chingo de ruido, el sol ya se arrastraba entre la muchedumbre, había un mar de gente en la ciudad, tenía que arrojarme y luchar contra los contingentes; como pude llegué a la banqueta de enfrente donde ubiqué otra librería, “La Popular”, acá los libros a diferencia de “La Ilustrada” estaban en vitrinas y bajo llave, pero la dependiente estaba en una jaula pequeña. Una hilera de jóvenes, cinco tal vez seis, inhalaban con sus narices el conocimiento impregnado en las hojas, daban rienda suelta a sus nasales y absorbían la sangre, el polvo, la mugre de los antiguos bloques de papel. —¿A sus órdenes? —me increpó la minúscula empleada. —Quiero, ¡Perdón!, Buen día ¿puedo hacer algunas fotografías de su negocio?, estoy investigando sobre las librerías de viejo en esta zona, necesito algunos datos. Quería fotografiar a los jóvenes en esa condición sui generis de estarle dando duro a la sabiduría ancestral. Creaban un sonido sincronizado sin llegar a ser armonioso con su esnifiar colectivo.
  • 58. 58 Me contestó con un rotundo ¡No! y llamó a unos milicos que estaban firmes en la puerta, me dijo: “si no va a consumir, es mejor que se vaya”. Me sentí extranjero, impropio, intruso y me largué. Seguí mi camino a contracorriente, crucé la acera y tomé un poco distanciado una foto de la fachada de la “La Popular”, continúe mi paso entre la jauría que me jaloneaba; me pedía monedas, comida o me intentaba vender algo. Llegué a “La Casa de Don K”, la librería que yo buscaba desde mi llegada, el único dato que tenía era que se encontraba entre la Quinta y la Cinco, era la que me habían recomendado. Aquí a diferencia de las otras, los libros no estaban bajo llave, ni tras las rejas. Me pareció un espacio bien acondicionado y de buen gusto. Pregunté a una pequeña mujer de cabello cano por Victoria Pacheco y me contestó con otra pregunta, “¿Eres Sergei?”. —Sí, ¿tú eres Victoria? Me distraje viendo una buena cantidad de lectoaspiradores en cubículos transparentes de diseño ergonómico. En la atmósfera se escuchaba música de Stravinski. Todo ésta puesto y dispuesto para que los esnifeantes encapsulados experimenten un excelente viajesote. Victoria se me quedó mirando como esperando alguna reacción. No dije nada, me sentí en confianza y me relajé. Bebimos café y charlamos de su librería sui generis en la capital, de las nuevas adquisiciones, de libros de otras partes del mundo, de autores nuevos y editoriales independientes, hasta de cartoneras y otras rarezas. —¿Y la sección de libros viejos? —le pregunté en corto.
  • 59. 59 Esbozó una sonrisa realmente dramática, di en el clavo, metió su manita derecha entre sus senos y sacó un llavero, luego hizo una señal con una minúscula llave, como abriendo una puerta invisible en el aire. Con los ojos me señaló un quicio tras la barra, tenía una puerta labrada en cedro blanco, con motivos muy fumados, un hermoso cuadro erótico en relieve de Las Mil y Una Noche. Me reí, como nunca me había reído, Victoria Pacheco estaba incandescente, había una luz inmaculada en sus enormes ojos por donde podía traspasar su ser.
  • 60. 60 LA MALETA Roberto llegó herido, tocó la puerta, como se dice, queriéndola tumbar a chingadazos. Antes asomé la chompeta por la claraboya. Él miró hacia arriba y me di color que en su rostro había un rictus de dolor, su cara maniaca imploraba un paro. Mientras bajaba la escalera para abrir escuché el canto de las sirenas urbanas. Emputiza me malaugurié. Abrí el portón y antes de saludar o pedir el paro me arrolló al entrar, “Cierra, ciérrale loco” me gritó con una voz ahogada, mientras se derrumbaba. Tenía en su mano derecha una maleta negra de deportista marca Nike, me la pasó diciéndome, guárdala. Me la tercié y le ayudé a levantarse para subir los escalones, fue entonces que me di cuenta que sangraba machín del costado izquierdo. Me malviajé, exasperado lo interrogué sin atinar qué chingados iba a hacer con este cabrón herido. —¿Qué te paso loco? —Me plomearon, traigo un balazo entre las costillas. —¡Uuuta madre! Un plomazo no mames. ¿Cómo fue? —insistí queriendo que me contara todo. —Orita te platico —expresó mordiendo el dolor que lo doblegaba.
  • 61. 61 Subimos la escalera y lo recosté en el sillón de la sala, no dejaba de bramar, yo sentía en el pecho una quemazón, ardía culero. —Clava la maleta locotropo —me insistió—, ¡clávala bien! Me fui al cuarto, seguía confundido, quise abrir la maleta pero no había tiempo y la arrojé al closet. Estaba queriendo hilar la secuencia de los hechos, mientras en el ambiente el clamor de las sirenas era más fuerte y constante, hacían bastante ruido. ¿Qué habrá hecho este cabrón?, pensé mientras agarré una toalla para limpiarle la herida, Roberto estaba como desmayado, traté de reanimarlo sin conseguirlo, le abrí el párpado del ojo izquierdo, luego el derecho, no tenían brillo. No sentía su respiración. ¡Uta madre, qué voy a hacer si se muere este cabrón aquí! Le grité, no respondía, me cansé de vociferarle estupideces. Definitivamente el hijo de la chingada estaba tieso.
  • 62. 62 HISTORIA DEL OJO Conocí a Lorenza cuando trabajé en el Banco de Sangre de Cd. Juárez, éramos compañeros. Yo había tenido que salirme, largarme de la casa de huéspedes de doña Yiyí por cuestiones sentimentales demasiado desastrosas, no quise que Lorenza se enterara. Don Cano envileció por celos infundados y toda la cantona se enfermó, de modo que empezamos a huir los huéspedes. Sólo le comenté que necesitaba un lugar dónde pasar la noche o rentar una habitación con urgencia. —Yastá —me dijo condescendiente—, quédate hoy en mi casa, y si te late te rento un cuarto. Me dio mucho gusto encontrar en ella ese respaldo porque de no ser así tendría que regresarme a mi ciudad con las manos vacías. Me pasó los datos y saliendo del trabajo regresé con doña Yiyí, tomé mis cosas y me despedí deseando no volver. Me dirigí con Lorenza, no fue difícil dar con su cantón. Me recibió un tipo mal encarado, incluso me causó una leve repulsión, le pregunté por Lorenza, se hizo a un lado y me invitó a pasar con una voz aguda. Lorenza estaba nerviosa, se frotaba las manos en su mandil como si se las secara, me instó a sentarme en un sillón de la sala, yo miraba en forma aleatoria toda la casa y me senté en el individual; el compa, que estaba
  • 63. 63 detrás de mí, se sentó en otro sillón a observarme displicente. Lorenza me ofreció algo de beber, su ansiedad estaba bloqueando su habla. —Él es Eduardo —le dijo al Mono observador, luego volteó conmigo y queriendo sonreír mencionó temblorosa el nombre de Guillermo, agregando—, es mi marido —pero yo entendí mi yugo. Pensé en que resultaría difícil estar ahí, convivir con un demente, empiné el agua del vaso. Mientras seguía mirujiando todo el entorno advertí que toda la sala-comedor estaba sobrepoblada encabronadamente de cromos de santos y vírgenes católicos. Mono observador se dio cuenta de mí desacato y se rió como un maniático. ¡Uta qué horrible ésta el cabrón! Tiene una cara muy curada, es pelón a tope, y orejón. Se ríe de una manera desquiciada. Me conmovió cañón, pensé en algún personaje para cuento de miedo. Su personalidad desencajada de lo real es un alucín. ¡Pinche orate! La voz de Lorenza me sacó de mi estado estupefacto, su friqués se había relajado y en tono familiar me dijo. —Ven Lalo, te voy enseñar el cuarto. Me levanté en automático y la seguí, atrás de mí el pinche loco. —¿Cómo ves, te late? —Sí, está bien —contesté en calor. —Bueno, pos aquí te quedas y mañana hablamos. —Gracias —respondí. Se cerró la puerta y observé con calma todo el interior, no estaba mal, al centro y arriba de la cabecera de la cama estaba un Air Jordán, También había una ventana que daba al patio, recorrí la cortina y sí, ahí estaba la máscara idiota del saico escudriñando. Se rió a carcajadas y huyó como un niño que hace una travesura.
  • 64. 64 Acomodé mis cosas y me tiré en la cama. Cerré mis párpados y me quedé dormido, empecé a soñar con el tipo de Lorenza. “Ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja”, se oía su risa por toda la casa, “ja ja ja ja ja”, abrí la puerta y había un chingo de velas encendidas, parecía procesión, el loco estaba disfrazado de sacerdote y oficiaba misa, Lorenza estaba sobre la mesa desnuda y herida, de las bocas de sus pequeñas excoriaciones destilaba sangre que se vertía en copas de oro. El sacerdote del horror me invitó a brindar y alzó la copa hasta mis labios, el sabor era amargo y seco, empecé a sentir un daño en el cerebro hasta que estalló mi cabeza y desperté. Estaba sudando y tenía mucha sed, iba a salir a servirme agua en la cocina pero escuché una fuerte discusión del mono con Lorenza. La bronca era que porqué traía hombres a la casa y no mujeres, la disputa estaba acalorada, los tonos subían y yo sin saber qué chingados hacer. De repente se escuchó un golpe cabrón, luego vino la calma. Me volví a recostar y ya no me pude dormir. Pasaron las horas largas pero amaneció en calma. En la mañana Lorenza me llamó a desayunar. Llegué al comedor, ahí estaba el monstruo agazapado, Lorenza trajo café y pan, me preguntó si quería huevos o chilaquiles. —Chilaquiles —le contesté. Llegó con los chilaquiles y me preguntó directamente. —¿Te quedas o te vas? Volteé a ver al simio que estaba levantando la cara para mirarme, tenía un chingadazo en el ojo, fue entonces que me di cuenta que era un cíclope.
  • 65. 65 EL MUDO Tenía los dientes amarillos, su mirada era amenazante; si tenía alma, seguro en ella no había paz. Era punk original de rostro desencajado, le decíamos el mudo, fumaba mota lo que era un contento, a destajo; también hojas del guayabo que estaba en el patio de la vecindad, pétalos de rosa, hojitas del rosal y cuanta hierba topaba en las macetas de las doñas. Se forjaba unos chanchos de zacate, de ése que se da al borde de la banqueta, y la raza lo cabuleaba dándole chingadera y media para que se atizara. Nosotros despachábamos en la banqueta del varrio, tirando barra, salíamos a las dos de la tarde a comer y regresábamos a las cuatro. Él se sentaba en cuclillas frente a nosotros; de orilla a orilla nos hacía el iris aventándonos sus energías macabras como queriéndonos hipnotizar. Entre muecas, señas y guturaciones arcaicas y chemisticas se daba a entender. —Que le pases el toque —me decía Toribio. —Aguanta loco, ahorita se lo rolo. Sus greñas estaban tiesas de mugre, sangre, lodo, pero bien erizas. Hasta los punk del varrio dejaron de usar geles, grenetinas, zumos, melcochas, pegamentos de estética punk rock jodido para utilizar las técnicas del Mudo, incluso lo adoptaron como mascota, le rolaron un chamarrón negro con lentejuela y canutillo, unas botonas de macuarro y le pusieron su collar de
  • 66. 66 estoperoles para llevárselo a los tokines. Eso era demasiado grotesco pero había style. En los conciertos le quitaban el collar y se destrampaba cabrón, giraba como trompo tirando madrazos y patines en el slam. Eso sí, llegaba a terreno todo puteado pero como un héroe lleno de medallas que luego se convertían en cicatrices. El Alucín de las tocadas le duraba días, agarraba escobas, tablas, palos, todo lo que pareciera una lira y se ponía a tocar y brincar como poseído. Un día llegó el verdadero Punk Rock al varrio, en el cantón de la Güera Polvos se iba a armar el borlo por las quince primaveras de la Güerita, contrataron a un grupo conocido en las tardeadas como los Sex Pack (no había otros, dijo la Güera Polvos). Los Sex tocaban con el yoyo, de veras culero, pero a quién chingados le importaba, seguramente por eso se hicieron punks. Después de misa pidieron la coopera para armar unos pollos asados, la Güera hizo una sopa de arroz roja y compraron un garrafón de Tonayán. El Toribio fue por unas bolsas de hielo y unos kooleys de fresa; en una olla pozolera fabricó un guachicol conocido en el inframundo como agua loca. Los Sex Pack llegaron en una troca, eran como treinta cabrones entre vatos y rucas cargando instrumentos, bocinas y bafles. Se instalaron en chinga y pronto dieron cuenta del agua saica, abrevando como descosidos cosacos. Toribio, anfitrión maldito, armó otra agüita loca pero esta vez le puso un frasco de rivotril. La Güera, en su papiro de yo soy la chida del borlo, quiso apañar el micro para decir unas palabras, pero el Animal que era el vocalista de la banda la abrió, diciéndole que ellos se encargaban de felicitar a la quinceañera.
  • 67. 67 —Tons, toquen el vals Danubio azul — alcanzó a decir mientras la bajaban del escenario. “¡Qué vals ni qué la chingada!” Empezaron a hacer ruido con los instrumentos y a mentar madres a los putos políticos por ojetes y desde luego a tirar cagada contra los burgueses y su aliada la iglesia, “y esta va con dedicatoria para el pinche Papa por culero y arrastrado”. El desmadre empezó a degenerar machín, pero a los treinta minutos ya habían tocado todo el repertorio. Después del slam llegó el Mudo hasta donde estábamos pisteando, se hacía pendejo o le jugaba al inteligente, como dicen “para tragar a puños”, yo lo veía inquieto, yendo y viniendo del escenario como queriendo hacer alguna daga. La raza empezó a gritarles a los Sex para que tocaran de nuevo y los vatos, como todos unos artistas comprometidos con sus grupis, se treparon otra vez. Las rolas eran las mismas pero con improvisaciones y de repente se subían dos tres changos a gritar obscenidades como los megapoetas del megáfono. El Mudo ya no brincaba, ahora estaba atento, clavado con el guitarrista; extendía la mano para tocar la lira, el compa le daba quebrada de rascar las cuerdas desde abajo y luego se retiraba, así estuvieron por un buen rato haciéndole al orate. Luego ya no supe en qué momento todo el bandón estaba sumergido en el desmadre, hasta el asterisco, felices en el pandemónium. Fue cuando se me acercó el Mudo y me dijo con voz aguardentosa en medio del aquelarre. —Quiero tocar la lira y ese güey no me la presta. Yo estaba hasta Full y me le quedé viendo al pinche inser de las catacumbas de Guanatos, seguro que puse cara de pendejo porque todos
  • 68. 68 soltaron la carcajada y el Toribio me dijo “No ésta mudo güey, de eso chamba”. Entonces le pregunté en mi confusión y medio encabronado. —¿De veras pinche mudo, quieres subirte a tocar la guitarra? Lo agarré y lo llevé hasta arriba del escenario, le di el arpa del Poncho, prendí el amplificador y le grité encabronado “¡Toca!”. Hubo un momento en que todos voltearon a verlo, el Mudo estaba ahí parado como un sacerdote, un chamán ungido por el gran espíritu. Estuvo chingón mientras duró la expectación. El pinche Mudo estrelló la guitarra contra el escenario hasta hacerla pedazos.
  • 69. 69 EL PATIO DE LOS PÉREZ —¡Allí están otra vez Má! —Deja de estar husmeando Tavo. —¿Los Pérez son malos Má? —Son extraños Tavo, muy extraños, están locos viendo al cielo todo el tiempo. Tocaron la puerta, Má se asomó discretamente por la ventana, recorriendo un tramo de la cortina con la esperanza de que fuera su marido y trajera algo de comer, eran las cuatro de la tarde y aún no almorzaban, ni ella ni Tavo. Miró a los hombres de traje oscuro, gafas negras y maletín frente a su puerta. No hizo ningún aspaviento, regresó al sofá para tirase y seguir viendo la televisión. Tavo le preguntó. —Má, ¿por qué no abres la puerta? —¡Cállate! Tavo acarició a su gatortuga Tonchi que traía entre sus brazos, Tonchi lo miró con sus grandes ojos llenos de ternura, echó un brinco al piso y salió corriendo al patio, Tavo fue tras ella. Pá estaba allí, demasiado ebrio, tirado en el piso bebiendo directamente de la botella de mezcal. Tavo intentó decirle que Má lo estaba buscando pero el ruco catarro le hizo una señal con el índice en la boca para que se mantuviera chitón, mientras pensaba “Pinche chiquillo imbécil, sólo ocasionas problemas”. —Pá, mi Má…
  • 70. 70 —¡Qué te calles Idiota!, y no hagas ruido, ya sé que tu madre me busca, por eso me brinque la barda. Volvieron a tocar la puerta, ahora con demasiada fuerza. —¡Salgan! Sabemos que están ahí, gritaron los hombres de negro, es inútil que se escondan, traemos una orden judicial incluso para derribar la puerta si es necesario. Los golpes se escuchaban en todo el vecindario, la señora Pérez se asomó desde el balcón de su terraza y advirtió mucha raza en el umbral de los Gómez, se puso de muy buen humor y retornó con su marido que estaba avistando desde el patio la estratósfera a través del telescopio. —Hay mucha gente en la casa de los Gómez —le chismeó canturreando a su esposo y continúo diciendo en forma acalorada—, seguramente hoy será el gran día. —Eso parece —respondió el señor Pérez—, ya hemos esperado bastante tiempo. Luego llamó a su mujer apartándose del miralejos para que ella pudiera observar el cosmos. Tavo cumplirá veinticinco años en Abril, pero desde hace diecinueve actúa como idiota, el mundo siguió girando y él se quedó en su sexta vuelta. Aquel día salió a jugar al patio, había un viento terrible que levantaba enormes tolvaneras, de pronto como si el cielo fuera de cristal se quebró; una raja de fuego bajó zigzagueante. Tavo quedó helado al mirar la centella sacudir y estremecer el cuerpo de su amigo Angeluz hasta desaparecerlo. El esplendor cubrió todo el patio de los Pérez, al centro Angeluz como un fulgor incandescente. Tavo se paralizó, perdió el habla por más de quince años. Un día antes de cumplir los veintiuno, una voz que escuchó en su cabeza
  • 71. 71 lo llamó al patio, era Angeluz, tenía un regalo; era una gatortuga que sólo él podía ver y escuchar, le regresó el habla. Pero nunca aprendió más palabras, jamás. Sus padres conjeturaron desde entonces, el niño tiene retraso mental. Los Pérez buscaron a Angeluz por todo el vecindario, dieron aviso a la autoridad, colocaron carteles por todas partes, llamaron a familiares y vecinos. Nada, nunca apareció el niño. Recibieron apoyo y condolencias de todos pero nunca se resignaron. Angeluz era hijo único. Tavo se debatía entre la vida y la muerte, la fiebre lo invadió con vértigos y alucinaciones, los médicos le rezaban a cuanto mono o santo se encontraban, no había muchas posibilidades. A los cinco días Tavo regresó del infierno. La vida trascurrió casi normal, los Gómez aceptaron el trauma de sobrellevar a un hijo con una secuela mental y su pérdida total del habla y la memoria. La desaparición material de Angeluz los Pérez nunca la aceptaron, porque en su mente, alma y corazón estaba vivo y ellos, al igual que Tavo, recibían mensajes telepáticos de su hijo. Los padres de Tavo creían que esas supuestas voces eran consecuencia de su trastorno y que se inventaba amigos inimaginados. En cambio los Pérez entendían que había un hilo, un lazo amoroso que aún no se rompía, y sus esperanzas eran una llama encendida. Siempre deseando volver a estar juntos. Tavo siempre que salía al patio veía al señor Pérez clavado en el firmamento, y luego a la señora asomarse al ojo del telescopio. Insistente Tavo llamaba a su Madre para que los viera, y su mamá le decía que ellos estaban bien pinches locos, chiflados por un dolor vivo. Pero Tavo no entendía, aunque sabía que el punto donde ellos
  • 72. 72 enfocaban era esa parte del cielo por donde vino el relámpago inmaculado. Todos los días, a toda hora podía repetirse la escena, los diálogos. —Allí están de nuevo Má. —¿Qué hacen hijo? —Están mirando el cielo. ¿Allá vive Angeluz? —No sé hijo, lo único que creo es que esos Pérez están locos de verdad. La puerta de la casa se abrió con brusquedad, la señora Gómez pensó que era su esposo que regresaba, pero no, los hombres de traje oscuro habían contratado un cerrajero para no tener que derrumbar la puerta, traían la orden de desalojo. —Señora Gómez, fuimos lo más tolerantes posible, la paciencia se acabó, nuestros clientes no están de acuerdo en esperar ni un minuto más, ya le dimos demasiado tiempo y ha hecho caso omiso. Todas las letras de la hipoteca están vencidas. Tenemos la ordenanza de lanzamiento —le dijo mientras le mostraba el documento con la resolución del Juez. —Esperen a que venga mi marido, no tarda, el pagará todo. Partida de imbéciles, creen que asustando a una mujer y a mi pobre bebé me van a sacar de mi propia casa, primero me matan. El Sr. Gómez entró del patio a la sala, estaba completamente borracho, quiso hablar, insultar al secretario del juzgado pero no pudo, pretendió golpear a quien se pusiera enfrente, trató de tirar chingadazos, madrear al licenciado, a los cargadores y hasta a los tiras, tampoco pudo, sólo hizo el pancho más grueso. Tuvieron que someterlo, lo maniataron y lo treparon como puerco a una patrulla. Tavo apareció con su mascota imaginaria, su jefa lo abrazó mientras sacaban todas sus pertenecían a la calle.
  • 73. 73 CUENTOS DE VARRO Amorir………………………………………………….…5 La Siniestra………………………………………….….7 Por Enésima Vez……………………………………...10 El Amor Es Ciego o Blind Blues Man……………13 La Sonrisa de Micifuz………………………………..17 El Guayabo de Don Rutilio…………………………21 Tarde de Sole………………………………………….27 Cruda Dominical……………………………………..31 La Muerte del Puerco………………………………..34 Mirinda………………………………………………….39 Mala Leche, Café o El Lugar Equivocado……….43 Albatros…………………………………………………47 El Libro Mágico……………………………………….50 Los Libros Viejos……………………………………..55 La Maleta……………………………………………….60 Historia del Ojo……………………………………….62 El Mudo…………………………………………………65 El Patio de los Pérez………………………………….69
  • 74. 74 Cuentos de Varro, de Sergio Fong, se terminó de imprimir en agosto de 2017, en el Varrio Xino de Guanatos, Xalisco, Mégico. El tiraje consta de 50 ejemplares.