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línea roja

Línea roja
José Luis García Martín
Impronta
José Luis García Martín

línea roja

Impronta
COSAS QUE NUNCA DIRÍA

Domingo, 27 de septiembre
DOCTOR MENGELE

Nunca me ha molestado en exceso engañar a los demás, siempre
que fuera con buen fin. Lo que no soporto es engañarme a mí
mismo, y creo que me he pasado la vida haciéndolo.
	 Ahora que estoy a punto de cruzar la línea roja tras de la cual el
único cambio que se admite es el acelerado deterioro, he decidido
afrontar un programa serio de reformas. Pero para ello lo primero que hace falta es observarse con rigor y sin autocomplacencias.
Algo especialmente difícil. Si me miro a mí mismo, siempre me
veo mucho mejor de lo que soy. Para verme bien necesito mirar a
los demás. Por eso desde hace unos meses he comenzado a hacer
una ficha de cada persona mayor de cincuenta y cinco años que conozco. En ella voy anotando el resultado de todas mis observaciones con la mayor objetividad de que soy capaz, como si se tratara
de cobayas en un laboratorio. Muchos enemigos me ganaría si esas
fichas se divulgaran, pero el rigor científico no admite la piedad.
	 A mí me resultan muy útiles. ¿Hay algo en común en todos
esos sujetos que someto a mi observación? Todos nos creemos
mejores de lo que somos. No solo yo. Y gracias a eso nos soportamos a nosotros mismos.
	 Ahora que voy a cumplir sesenta años quiero verme sin complacientes veladuras. Una hazaña de la que pocos son capaces. Y
seguir aprendiendo con cada tropezón.
	 Nunca condescenderé con las abusivas generalizaciones, el pensamiento en blanco y negro, la empobrecedora rutina, la falta de
13
curiosidad. Haré todo lo posible por seguir siendo un exigente
alumno, un adolescente inseguro y curioso y nada complaciente
hasta el final.
Lunes, 28 de septiembre
CIRCOLO DEI FORESTIERI

Llovía cada vez con más fuerza. Bajo los toldos, en la alta terraza
del Circolo dei Forestieri, todas las mesas estaban ocupadas, pero
solo dos de ellas con una sola persona. Éramos los únicos solitarios y eso hizo que nos miráramos más de una vez con simpatía.
Los dos teníamos delante un café, un libro y un cuaderno. No sé
lo que escribiría ella en su negro moleskine. Yo anoté, como hago
siempre que me sobra el tiempo y no tengo ganas de pensar en
nada, unos cuantos haikus. Entre la lluvia, sobre el fosco mar, se
entreveía la silueta de Capri. Abro ahora el cuaderno y me entretengo en descifrar los garabatos de entonces:
Vuelvo a mirarte. / Ya no estás, eras sueño, / y aún me sonríes.
Qué lentamente / de la luz a la sombra / el mar, el cielo.
Ese alto pino / de Ulises supo y supo / de mí contigo.
Oigo tus pasos, / reloj que no descansas / hasta alcanzarme.
A nadie espero /y en esta mesa sola / sigo esperando.
Ese ladrón / cada día que pasa / me roba un día.
Tortuga inmóvil, / ¿acaso esperas / que llegue Aquiles?
Tanta luz fuera / y en los ojos que miro / toda la noche.
La noche entera / en la cama muy juntos / el tiempo y yo.
Se sienta con nosotros. / No sabe que está muerto. / ¿Quién se
lo dice?
Sé que prefieres / la plena luz del día / para asustarme.
Sobre la mesa / el queso el vino el pan / y unos limones.

14
Eso es lo que yo escribí, sin pensar en lo que escribía, mientras
fantaseaba una novela con aquella mujer todavía joven y solitaria
que en Sorrento leía los Sonnets from the Portuguese, de Elizabeth
Barrett Browning, y que quizá a su vez soñaba una novela en la
que yo era el protagonista. Soñemos, alma, soñemos.
Martes, 29 de septiembre
SECRETOS INCONFESABLES

Hay verdades que resultan ofensivas y, por eso, una persona bien
educada lo primero que debe aprender es a callar buena parte de
lo que piensa.
	 Como todo el mundo, yo también tengo mis secretos inconfesables. Ni siquiera a mis amigos más íntimos me atrevería a
decirles que me sobra el dinero (y no porque gane mucho sino
porque necesito menos), que me gusta pagar impuestos (y siempre pago el máximo correspondiente sin recurrir a ninguna argucia legal para rebajarlos), que con nada disfruto más que con la
vuelta al trabajo tras las vacaciones.
	 Si yo dijera algo así, perdería las pocas simpatías que tengo.
Pero qué le vamos a hacer, cada uno es como es. De sobra sé
que nada resulta más rentable que el victimismo y la ramplona
demagogia.
	 Cuando entro en un museo, en una biblioteca pública, cuando cruzo un elevado viaducto o paso delante de un bullicioso
centro escolar a la hora del recreo, siento la satisfacción de saber
que todas esas maravillas las estoy costeando yo en la medida de
mis posibilidades. Nada de lo que pudiera comprar con el tercio
de mis ingresos que se lleva hacienda me haría más feliz.
	 Y cuando tras las interminables vacaciones entro otra vez en
clase, saludo a los alumnos que me miran atentos, comienzo a
hablar de historia y de literatura, siento siempre –como me ha
ocurrido hoy– que el mundo vuelve a estar bien hecho.
15
Pero si yo dijera en público estas cosas, cuánta gente se ofendería. Por eso hago lo que todos: quejarme. Que nadie se entere
de que con insultante frecuencia soy feliz.
Miércoles, 30 de septiembre
UNA FIESTA EN LA NOCHE

A veces, mientras tomo el café de la mañana o de la tarde, algún desconocido se acerca a saludarme. Es lo que ha ocurrido
hoy en Los Porches. «Perdone que le moleste. Su escrito de ayer,
esa especie de diario, me ha traído tantos recuerdos… Yo también estuve en Ischia, pero de eso hace medio siglo. Allí tuve un
encuentro que decidió mi vida. Estudiaba ingeniería en Italia,
de donde es parte de mi familia, y un día decidí dejarlo todo
y hacerme sacerdote, con gran disgusto de buena parte de mis
amigos. Un tío abuelo mío, que era párroco en Santa María de
Portosalvo, estaba un poco enfermo, y allá me fui durante el
verano para hacerle compañía. Una noche en que no podía dormir me dio por pasear por el estrecho camino que avanza hacia
el centro de la isla por detrás de la iglesia y las termas militares,
que usted conocerá. A un lado y otro, hay casas de campo y
villas de recreo. En una de las más hermosas daban una fiesta. El jardín estaba lleno de jóvenes elegantes y de jovencitas
en traje de noche. Bebían y reían, charlaban en grupos, sonaba
una música no estridente, como en sordina. Yo me quedé parado ante la verja, mirando con cierta envidia aquella imagen de
la felicidad (la vida en la isla, sin más mundo que mi tío y las
beatas que frecuentaban la iglesia, comenzaba a aburrirme). Al
notar que la puerta estaba entreabierta, sin pensarlo dos veces,
me colé dentro. Un sirviente pasó con una bandeja y yo cogí
una copa. Deambulé entre los grupos. De pronto, un hombre
algo mayor que los demás invitados, me hizo una seña: «Ven
conmigo». En una ventana del primer piso creí entrever el brillo
16
de dos ojos que me observaban. Entramos en la casa, penumbrosa (toda la luz y la animación parecía concentrarse en el jardín),
subimos unas escaleras, abrió la puerta de una habitación, me
invitó a entrar y la cerró suavemente tras de mí. Él se quedó fuera. Una mujer se me acercó bruscamente, casi podría decir que
se abalanzó sobre mí. Lo que ocurrió después no hace falta que
lo cuente. Al salir, el hombre me entregó un sobre. Lo guardé en
el bolsillo del pantalón en un gesto inconsciente. Cuando lo abrí
más tarde, vi que contenía dinero. No demasiado. Naturalmente
aquella historia, que me dejó tan confuso como satisfecho, todo
hay que decirlo, fue el fin de mi vocación religiosa. Entendí lo
ocurrido bastantes años después, hojeando, antes de entrar a ver
los cuadros, el catálogo de una gran exposición que se celebraba
en el Reina Sofía. Resulta que el pintor había pasado un verano
en Italia, precisamente en Ischia. Las fechas coincidían. Ahora
estoy jubilado, tengo tres hijos, cinco nietos, y sonrío al pensar
que toda esa felicidad se la debo a que una mujer, Gala Dalí, se
encaprichó una noche de fiesta del aturdido seminarista que se
había colado en su jardín».
Jueves, 1 de octubre
ENVEJECER

Subrayo unas líneas de Eugenio Montes: «De eso iba a escribir
cuando tomé la pluma y hablé de otras cosas. Uno se va haciendo
viejo y envejecer es dejar que los recuerdos se enreden unos con
otros, divagar sin llegar nunca a ninguna parte, o quizá sufrir
que los demás le llamen divagación a lo que es sustancia última
de una vida». Y otras de Somerset Maugham: «Está bien que un
caballero, pasados los sesenta años, tenga vida sexual, pero no
resulta correcto que hable de ella».

17
Viernes, 2 de octubre
MI FAI VOLARE

Hay un rincón en Nápoles que a mí me gusta especialmente.
Está en el Vomero, pasado el parque de la Floridiana, al final
de la calle Luca Jordano. En el Vomero, mucho antes de que
existiera el funicular, vivió el filósofo Benedetto Croce y cuando
bajaba a la ciudad lo hacía calmosamente en burro. Desde allí
se ve el puerto de Mergellina, la deslumbrante bahía, las islas
misteriosas. A este rincón acostumbran a venir los enamorados.
En el suelo y en los peldaños de las escaleras escriben sus declaraciones de amor con grandes letras: «Solo tu mi fai volare, senza
mai cadere giù, mi dai sempre de più, del passato no m’importa,
ció que conta é averti qui». Solo tú me haces volar… Las parejas
se abrazan contra la barandilla y a veces parece que van a salir
verdaderamente volando sobre el azul del mar.
	 Antonio Beccadelli hizo lo mismo que estos enamorados en
un gozoso libro y en el latín lustral de los humanistas. Entre procaces bromas que emulaban a Marcial y a los Carmina priapea
escribió: «Ardo, el corazón se me consume de llamas secretas. / Y
cuanto más callo, más crece mi dolor».
	 Hizo lo que hacemos todos con un amor secreto: callarlo a
gritos.

18
índice
Instrucciones de uso . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .	5
Sobre un secreto amor . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 	​ 7
Cosas que nunca diría .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  . 	 13
Una naranja y un limón de oro .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  . 	 19
Sin discusión .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  . 	 25
La tentación  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  . 	31
Aventura y abismo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 	 37
Un engaño piadoso . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 	​4 3
Deprisa, deprisa  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 	​ 49
Del tiempo aquel . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 	​55
Viajes e historias . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 	​ 61
De ayer y de hoy . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 	​ 67
Con cien candados . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 	​ 73
Libre te quiero . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 	​7 9
Historias reales . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 	 ​8 5
Contra este y aquel . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 	​ 91
El faro y yo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 	​ 97
La mujer de negro . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 	​ 103
Jugar al escondite  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 	​ 109
La aventura del reloj . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 	​ 115
Siempre ocurre lo inesperado . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .	​1 21
Donde tropieces y caigas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 	​ 127
Café con libros  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 	​ 133
El invierno en las ciudades  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 	​ 139
De momento . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 	​ 145
Una casa en Cerdeña . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 	​151
Decir sin estar diciendo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 	​1 57
El omligo del universo  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 	​1 63
Quién está de fiesta . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 	​ 169
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Ritos y revelaciones . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 	​1 87
Diorama . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 	​ 193
Vida mía . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 	​ 199
El arte de quedarse solo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 	​ 205
Algunas cosas que nunca diría  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 	 ​211
Su rutina de amor, de ocio y de muerte . . . . . . . . . . . . . . 	​ 217
El coleccionista . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 	​ 223
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Al final de la escalera . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 	​ 241
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254

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  • 1. línea roja Línea roja José Luis García Martín Impronta
  • 2. José Luis García Martín línea roja Impronta
  • 3. COSAS QUE NUNCA DIRÍA Domingo, 27 de septiembre DOCTOR MENGELE Nunca me ha molestado en exceso engañar a los demás, siempre que fuera con buen fin. Lo que no soporto es engañarme a mí mismo, y creo que me he pasado la vida haciéndolo. Ahora que estoy a punto de cruzar la línea roja tras de la cual el único cambio que se admite es el acelerado deterioro, he decidido afrontar un programa serio de reformas. Pero para ello lo primero que hace falta es observarse con rigor y sin autocomplacencias. Algo especialmente difícil. Si me miro a mí mismo, siempre me veo mucho mejor de lo que soy. Para verme bien necesito mirar a los demás. Por eso desde hace unos meses he comenzado a hacer una ficha de cada persona mayor de cincuenta y cinco años que conozco. En ella voy anotando el resultado de todas mis observaciones con la mayor objetividad de que soy capaz, como si se tratara de cobayas en un laboratorio. Muchos enemigos me ganaría si esas fichas se divulgaran, pero el rigor científico no admite la piedad. A mí me resultan muy útiles. ¿Hay algo en común en todos esos sujetos que someto a mi observación? Todos nos creemos mejores de lo que somos. No solo yo. Y gracias a eso nos soportamos a nosotros mismos. Ahora que voy a cumplir sesenta años quiero verme sin complacientes veladuras. Una hazaña de la que pocos son capaces. Y seguir aprendiendo con cada tropezón. Nunca condescenderé con las abusivas generalizaciones, el pensamiento en blanco y negro, la empobrecedora rutina, la falta de 13
  • 4. curiosidad. Haré todo lo posible por seguir siendo un exigente alumno, un adolescente inseguro y curioso y nada complaciente hasta el final. Lunes, 28 de septiembre CIRCOLO DEI FORESTIERI Llovía cada vez con más fuerza. Bajo los toldos, en la alta terraza del Circolo dei Forestieri, todas las mesas estaban ocupadas, pero solo dos de ellas con una sola persona. Éramos los únicos solitarios y eso hizo que nos miráramos más de una vez con simpatía. Los dos teníamos delante un café, un libro y un cuaderno. No sé lo que escribiría ella en su negro moleskine. Yo anoté, como hago siempre que me sobra el tiempo y no tengo ganas de pensar en nada, unos cuantos haikus. Entre la lluvia, sobre el fosco mar, se entreveía la silueta de Capri. Abro ahora el cuaderno y me entretengo en descifrar los garabatos de entonces: Vuelvo a mirarte. / Ya no estás, eras sueño, / y aún me sonríes. Qué lentamente / de la luz a la sombra / el mar, el cielo. Ese alto pino / de Ulises supo y supo / de mí contigo. Oigo tus pasos, / reloj que no descansas / hasta alcanzarme. A nadie espero /y en esta mesa sola / sigo esperando. Ese ladrón / cada día que pasa / me roba un día. Tortuga inmóvil, / ¿acaso esperas / que llegue Aquiles? Tanta luz fuera / y en los ojos que miro / toda la noche. La noche entera / en la cama muy juntos / el tiempo y yo. Se sienta con nosotros. / No sabe que está muerto. / ¿Quién se lo dice? Sé que prefieres / la plena luz del día / para asustarme. Sobre la mesa / el queso el vino el pan / y unos limones. 14
  • 5. Eso es lo que yo escribí, sin pensar en lo que escribía, mientras fantaseaba una novela con aquella mujer todavía joven y solitaria que en Sorrento leía los Sonnets from the Portuguese, de Elizabeth Barrett Browning, y que quizá a su vez soñaba una novela en la que yo era el protagonista. Soñemos, alma, soñemos. Martes, 29 de septiembre SECRETOS INCONFESABLES Hay verdades que resultan ofensivas y, por eso, una persona bien educada lo primero que debe aprender es a callar buena parte de lo que piensa. Como todo el mundo, yo también tengo mis secretos inconfesables. Ni siquiera a mis amigos más íntimos me atrevería a decirles que me sobra el dinero (y no porque gane mucho sino porque necesito menos), que me gusta pagar impuestos (y siempre pago el máximo correspondiente sin recurrir a ninguna argucia legal para rebajarlos), que con nada disfruto más que con la vuelta al trabajo tras las vacaciones. Si yo dijera algo así, perdería las pocas simpatías que tengo. Pero qué le vamos a hacer, cada uno es como es. De sobra sé que nada resulta más rentable que el victimismo y la ramplona demagogia. Cuando entro en un museo, en una biblioteca pública, cuando cruzo un elevado viaducto o paso delante de un bullicioso centro escolar a la hora del recreo, siento la satisfacción de saber que todas esas maravillas las estoy costeando yo en la medida de mis posibilidades. Nada de lo que pudiera comprar con el tercio de mis ingresos que se lleva hacienda me haría más feliz. Y cuando tras las interminables vacaciones entro otra vez en clase, saludo a los alumnos que me miran atentos, comienzo a hablar de historia y de literatura, siento siempre –como me ha ocurrido hoy– que el mundo vuelve a estar bien hecho. 15
  • 6. Pero si yo dijera en público estas cosas, cuánta gente se ofendería. Por eso hago lo que todos: quejarme. Que nadie se entere de que con insultante frecuencia soy feliz. Miércoles, 30 de septiembre UNA FIESTA EN LA NOCHE A veces, mientras tomo el café de la mañana o de la tarde, algún desconocido se acerca a saludarme. Es lo que ha ocurrido hoy en Los Porches. «Perdone que le moleste. Su escrito de ayer, esa especie de diario, me ha traído tantos recuerdos… Yo también estuve en Ischia, pero de eso hace medio siglo. Allí tuve un encuentro que decidió mi vida. Estudiaba ingeniería en Italia, de donde es parte de mi familia, y un día decidí dejarlo todo y hacerme sacerdote, con gran disgusto de buena parte de mis amigos. Un tío abuelo mío, que era párroco en Santa María de Portosalvo, estaba un poco enfermo, y allá me fui durante el verano para hacerle compañía. Una noche en que no podía dormir me dio por pasear por el estrecho camino que avanza hacia el centro de la isla por detrás de la iglesia y las termas militares, que usted conocerá. A un lado y otro, hay casas de campo y villas de recreo. En una de las más hermosas daban una fiesta. El jardín estaba lleno de jóvenes elegantes y de jovencitas en traje de noche. Bebían y reían, charlaban en grupos, sonaba una música no estridente, como en sordina. Yo me quedé parado ante la verja, mirando con cierta envidia aquella imagen de la felicidad (la vida en la isla, sin más mundo que mi tío y las beatas que frecuentaban la iglesia, comenzaba a aburrirme). Al notar que la puerta estaba entreabierta, sin pensarlo dos veces, me colé dentro. Un sirviente pasó con una bandeja y yo cogí una copa. Deambulé entre los grupos. De pronto, un hombre algo mayor que los demás invitados, me hizo una seña: «Ven conmigo». En una ventana del primer piso creí entrever el brillo 16
  • 7. de dos ojos que me observaban. Entramos en la casa, penumbrosa (toda la luz y la animación parecía concentrarse en el jardín), subimos unas escaleras, abrió la puerta de una habitación, me invitó a entrar y la cerró suavemente tras de mí. Él se quedó fuera. Una mujer se me acercó bruscamente, casi podría decir que se abalanzó sobre mí. Lo que ocurrió después no hace falta que lo cuente. Al salir, el hombre me entregó un sobre. Lo guardé en el bolsillo del pantalón en un gesto inconsciente. Cuando lo abrí más tarde, vi que contenía dinero. No demasiado. Naturalmente aquella historia, que me dejó tan confuso como satisfecho, todo hay que decirlo, fue el fin de mi vocación religiosa. Entendí lo ocurrido bastantes años después, hojeando, antes de entrar a ver los cuadros, el catálogo de una gran exposición que se celebraba en el Reina Sofía. Resulta que el pintor había pasado un verano en Italia, precisamente en Ischia. Las fechas coincidían. Ahora estoy jubilado, tengo tres hijos, cinco nietos, y sonrío al pensar que toda esa felicidad se la debo a que una mujer, Gala Dalí, se encaprichó una noche de fiesta del aturdido seminarista que se había colado en su jardín». Jueves, 1 de octubre ENVEJECER Subrayo unas líneas de Eugenio Montes: «De eso iba a escribir cuando tomé la pluma y hablé de otras cosas. Uno se va haciendo viejo y envejecer es dejar que los recuerdos se enreden unos con otros, divagar sin llegar nunca a ninguna parte, o quizá sufrir que los demás le llamen divagación a lo que es sustancia última de una vida». Y otras de Somerset Maugham: «Está bien que un caballero, pasados los sesenta años, tenga vida sexual, pero no resulta correcto que hable de ella». 17
  • 8. Viernes, 2 de octubre MI FAI VOLARE Hay un rincón en Nápoles que a mí me gusta especialmente. Está en el Vomero, pasado el parque de la Floridiana, al final de la calle Luca Jordano. En el Vomero, mucho antes de que existiera el funicular, vivió el filósofo Benedetto Croce y cuando bajaba a la ciudad lo hacía calmosamente en burro. Desde allí se ve el puerto de Mergellina, la deslumbrante bahía, las islas misteriosas. A este rincón acostumbran a venir los enamorados. En el suelo y en los peldaños de las escaleras escriben sus declaraciones de amor con grandes letras: «Solo tu mi fai volare, senza mai cadere giù, mi dai sempre de più, del passato no m’importa, ció que conta é averti qui». Solo tú me haces volar… Las parejas se abrazan contra la barandilla y a veces parece que van a salir verdaderamente volando sobre el azul del mar. Antonio Beccadelli hizo lo mismo que estos enamorados en un gozoso libro y en el latín lustral de los humanistas. Entre procaces bromas que emulaban a Marcial y a los Carmina priapea escribió: «Ardo, el corazón se me consume de llamas secretas. / Y cuanto más callo, más crece mi dolor». Hizo lo que hacemos todos con un amor secreto: callarlo a gritos. 18
  • 9. índice Instrucciones de uso . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 5 Sobre un secreto amor . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​ 7 Cosas que nunca diría . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 13 Una naranja y un limón de oro . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 19 Sin discusión . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 25 La tentación . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 31 Aventura y abismo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 37 Un engaño piadoso . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​4 3 Deprisa, deprisa . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​ 49 Del tiempo aquel . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​55 Viajes e historias . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​ 61 De ayer y de hoy . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​ 67 Con cien candados . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​ 73 Libre te quiero . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​7 9 Historias reales . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​8 5 Contra este y aquel . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​ 91 El faro y yo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​ 97 La mujer de negro . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​ 103 Jugar al escondite . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​ 109 La aventura del reloj . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​ 115 Siempre ocurre lo inesperado . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​1 21 Donde tropieces y caigas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​ 127 Café con libros . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​ 133 El invierno en las ciudades . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​ 139 De momento . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​ 145 Una casa en Cerdeña . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​151 Decir sin estar diciendo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​1 57 El omligo del universo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​1 63 Quién está de fiesta . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​ 169 253
  • 10. Cuanto sé de mí . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​ 175 Historias con historia . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​181 Ritos y revelaciones . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​1 87 Diorama . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​ 193 Vida mía . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​ 199 El arte de quedarse solo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​ 205 Algunas cosas que nunca diría . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​211 Su rutina de amor, de ocio y de muerte . . . . . . . . . . . . . . ​ 217 El coleccionista . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​ 223 Ley de vida . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​229 Flor y dinosaurio . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​ 235 Al final de la escalera . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​ 241 Ochenta mundos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ​ 247 254