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LA DORADA PONZOÑA (1924) Mary Webb

Novela de MARY WEBB

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LA DORADA
PONZOÑA
(1924)
Mary Webb
Traducción:
Ramón Setantí
Edición:
Julio Tamayo
2
3
A mi querido H. B. L. W.
4
5
LIBRO PRIMERO
CAPÍTULO PRIMERO
LA LAGUNA DE SARN
LA primera vez que vi a Kester fue en una «velada de amor». Y si
en estos tiempos en que nos invaden tantas invenciones singulares, al
punto de que, según oigo decir, ya empiezan a usarse en varios puntos
de esta comarca máquinas para segar y hacer gavillas, alguno de los
que leyeren no sabe lo que es una «velada de amor», pronto lo
averiguará si continúa la lectura. Ello sucedió en la «velada de amor»
de Jancis Beguildy, que tenía entonces veintitrés años, o sea, dos más
que yo. Pero no es este el comienzo de la historia que quiero contaros.
Dice Kester que todas las historias, verdaderas o inventadas,
empiezan antes de los días de la más tierna infancia, y aun antes de
que el niño duerma en su cuna de juncos. Tal vez nunca hayáis
dormido en una cuna de juncos, pero en Sarn todos habíamos
dormido en una de ellas. Allí hay juncos por todas partes, y la vieja
Beguildy sabía tejerlos como nadie sobre unos aros de tonel. Se les
ponían luego un par de balancines, y resultaba una preciosa cuna
verde y suave, dentro de la cual el recién nacido se sentía tan bien
como una oruguita en su capullo, o, según decía Kester, como una
mariposa a punto de nacer. Kester tiene la manía de hablar de este
modo. Nunca dice orugas, sino: «Prue, en nuestras coles hay muchas
mariposas a punto de nacer.» Tampoco habla de que ha llegado el
invierno, sino: «El verano duerme.» Y en cuanto aparece el capullo
más chiquito y escuálido, ya dice que empiezan a florecer las plantas.
6
Pero todavía no ha llegado la hora de hablar de Kester. Lo que me
propongo contaros es la historia de todos nosotros en Sarn, es decir, la
de Madre, la de Gedeón, la mía, la de Jancis (que era tan bonita), la
del hechicero Beguildy, y la de otras dos o tres personas que por allí
vivían. No eran muy numerosas, y supongo que no aumentarán
fácilmente, porque el país no es excesivamente atractivo. Debe ser a
causa del agua que lo empapa todo: desde que el año empieza hasta
que termina podéis mirar o escuchar hacia donde queráis: todo es
agua, siempre agua. A no ser que ello se deba a los grandes árboles
inmóviles y meditabundos que aparecen a diestro y siniestro; o a la
inanimada calma del lugar, que parece acabado de crear y no hecho
para el que lo contempla. O probablemente se deberá a que el suelo es
pobre y pantanoso, y la hierba mezquina, como suele suceder cuando
crecen con demasiada abundancia cañas y juncos, y también flores de
«paigle». Tal vez vosotros las llaméis velloritas, pero nosotros les
dábamos siempre el nombre de «paigles», o llaves del cielo. Nuestros
prados, en Sarn, tomaban un maravilloso aspecto cuando florecían las
velloritas. Aparecían cubiertos de oro, hasta tal punto que hacían
pensar que ni los pies de un ángel eran dignos de posarse en ellos.
Con menos tiempo del que necesita un tordo para cantar dos veces su
canción, podíamos coger un gran manojo de estas flores, porque sólo
hacía falta inclinarse para tomarlas. En todas direcciones aparecía el
campo de color de oro, excepto hacia Sarn, porque allí empezaban los
bosques y la gran extensión de agua gris que brillaba y se estremecía
bajo el sol. Ni el bosque ni el agua tenían un aspecto sombrío en los
bellos días de primavera, cuando el follaje era reciente y los botones
del abedul eran de color de trigo. Tan sólo nuestro robledal
conservaba el color de la estación pasada, con sus tiernas hojas
pardas. Por esto quedaba siempre un soplo de Octubre en nuestro
Mayo. Aun así, era agradable sentarse en el prado y contemplar las
colinas lejanas. Los alerces crecían con su verde vivaz, el oro de las
velloritas halagaba el corazón, y la misma laguna de Sarn era tan sólo
como una niebla azul entre la bruma amarilla de los abedules.

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  • 3. 3 A mi querido H. B. L. W.
  • 4. 4
  • 5. 5 LIBRO PRIMERO CAPÍTULO PRIMERO LA LAGUNA DE SARN LA primera vez que vi a Kester fue en una «velada de amor». Y si en estos tiempos en que nos invaden tantas invenciones singulares, al punto de que, según oigo decir, ya empiezan a usarse en varios puntos de esta comarca máquinas para segar y hacer gavillas, alguno de los que leyeren no sabe lo que es una «velada de amor», pronto lo averiguará si continúa la lectura. Ello sucedió en la «velada de amor» de Jancis Beguildy, que tenía entonces veintitrés años, o sea, dos más que yo. Pero no es este el comienzo de la historia que quiero contaros. Dice Kester que todas las historias, verdaderas o inventadas, empiezan antes de los días de la más tierna infancia, y aun antes de que el niño duerma en su cuna de juncos. Tal vez nunca hayáis dormido en una cuna de juncos, pero en Sarn todos habíamos dormido en una de ellas. Allí hay juncos por todas partes, y la vieja Beguildy sabía tejerlos como nadie sobre unos aros de tonel. Se les ponían luego un par de balancines, y resultaba una preciosa cuna verde y suave, dentro de la cual el recién nacido se sentía tan bien como una oruguita en su capullo, o, según decía Kester, como una mariposa a punto de nacer. Kester tiene la manía de hablar de este modo. Nunca dice orugas, sino: «Prue, en nuestras coles hay muchas mariposas a punto de nacer.» Tampoco habla de que ha llegado el invierno, sino: «El verano duerme.» Y en cuanto aparece el capullo más chiquito y escuálido, ya dice que empiezan a florecer las plantas.
  • 6. 6 Pero todavía no ha llegado la hora de hablar de Kester. Lo que me propongo contaros es la historia de todos nosotros en Sarn, es decir, la de Madre, la de Gedeón, la mía, la de Jancis (que era tan bonita), la del hechicero Beguildy, y la de otras dos o tres personas que por allí vivían. No eran muy numerosas, y supongo que no aumentarán fácilmente, porque el país no es excesivamente atractivo. Debe ser a causa del agua que lo empapa todo: desde que el año empieza hasta que termina podéis mirar o escuchar hacia donde queráis: todo es agua, siempre agua. A no ser que ello se deba a los grandes árboles inmóviles y meditabundos que aparecen a diestro y siniestro; o a la inanimada calma del lugar, que parece acabado de crear y no hecho para el que lo contempla. O probablemente se deberá a que el suelo es pobre y pantanoso, y la hierba mezquina, como suele suceder cuando crecen con demasiada abundancia cañas y juncos, y también flores de «paigle». Tal vez vosotros las llaméis velloritas, pero nosotros les dábamos siempre el nombre de «paigles», o llaves del cielo. Nuestros prados, en Sarn, tomaban un maravilloso aspecto cuando florecían las velloritas. Aparecían cubiertos de oro, hasta tal punto que hacían pensar que ni los pies de un ángel eran dignos de posarse en ellos. Con menos tiempo del que necesita un tordo para cantar dos veces su canción, podíamos coger un gran manojo de estas flores, porque sólo hacía falta inclinarse para tomarlas. En todas direcciones aparecía el campo de color de oro, excepto hacia Sarn, porque allí empezaban los bosques y la gran extensión de agua gris que brillaba y se estremecía bajo el sol. Ni el bosque ni el agua tenían un aspecto sombrío en los bellos días de primavera, cuando el follaje era reciente y los botones del abedul eran de color de trigo. Tan sólo nuestro robledal conservaba el color de la estación pasada, con sus tiernas hojas pardas. Por esto quedaba siempre un soplo de Octubre en nuestro Mayo. Aun así, era agradable sentarse en el prado y contemplar las colinas lejanas. Los alerces crecían con su verde vivaz, el oro de las velloritas halagaba el corazón, y la misma laguna de Sarn era tan sólo como una niebla azul entre la bruma amarilla de los abedules.
  • 7. 7 Reinaba por todas partes una tal atmósfera soñolienta que el simple vuelo de una abeja nos hacía estremecer como un grito. Todavía hoy basta que una abeja se acerque volando a los alelíes de mi ventana para que todo ello reaparezca ante mí con los más claros colores y con Plash tendido bajo el sol poniente, detrás de los árboles, como un trozo de cristal de botella. La laguna de Plash era mayor que la de Sarn, y carecía de árboles, de modo que en la parte que no estaba rodeada de colinas parecía que las nubes nacían de la misma laguna, y esto me recordaba los grandes nenúfares que crecían en las riberas de Sarn durante casi todo el verano. La laguna de Plash en nada se diferenciaba de los demás lagos o estanques. No había en ella aguas inquietas como en la de Sarn, ni las campanas de una aldea sumergida que sonaran en sus profundidades. Bien cierto era que Sarn producía una impresión muy distinta. Los Beguildy vivían junto a Plash, y fue en su casa, mitad mansión de piedra, mitad cueva, donde yo aprendí a leer. Puede pareceros raro que una mujer de mi condición sepa leer, escribir y explicar en un libro todo lo que os estoy contando. Ciertamente, cuando yo era joven eran pocas las grandes señoras capaces de garabatear algo más que una carta de amor; la mayor parte apenas sabían escribir en sus tarros de confitura: «Esto es membrillo, o manzana», y otras se veían en un apuro para firmar en el registro matrimonial. ¡Cuántas de ellas vinieron a pedirme que les escribiera cartas para sus enamorados! ¡Y cuán amarga tarea es escribir las cartas de amor de otras mujeres si el propio corazón está ardiendo! Sin maese Beguildy nunca hubiera podido pergeñar esta narración. Él me enseñó a leer, a escribir y a contar. Era un réprobo; se decía capaz de hacer innumerables cosas, aunque, por otra parte, jamás le creí; se mezclaba en cuestiones en que es mejor que no nos metamos; pero nunca dejaré de dar gracias a Dios por haberle conocido. Me parece ahora que fue una gracia especialísima del divino poder que Beguildy tuviera la buena idea de darme lecciones. Porque no puede decirse que un hechicero sea realmente un siervo de Dios, sino más bien un súbdito de Lucifer. No es que Beguildy fuese malo, pero carecía de bondad, como si en él todo el bien hubiese sido reducido a cenizas por el fuego de un espíritu ardiente que quería saberlo todo y penetrar el sentido de todos los misterios. En cuanto al amor, ni tan sólo de nombre lo conocía. Sabía leer en los astros, adivinaba el porvenir, y tenía la pretensión de invocar los espíritus. Le pregunté un día dónde estaba el porvenir para que él pudiera verlo tan fácilmente.
  • 8. 8 Me contestó: «Está junto al pasado, hija mía, detrás del Tiempo.» No había modo de confundir a maese Beguildy; siempre decía la última palabra. Pero cuando he repetido a Kester lo que el hechicero me decía, Kester no le ha dado crédito alguno. Él dice que el pasado y el porvenir son dos lanzaderas que en manos del Señor tejen la Eternidad. Como Kestee es tejedor, tal vez haya sacado de su oficio esta idea. Pero ¿cómo vamos a imaginar lo que son el pasado y el porvenir? Somos demasiado pequeños, demasiado débiles en este mundo, en esta cuna de juncos donde la humanidad reposa mirando hacia las estrellas sin saber lo que son. En cuanto supe escribir me fabriqué un cuaderno forrado de indiana, y cada domingo escribía en él todos los momentos felices y todos los sucesos de la semana para recordarlos luego. Si habían transcurrido horas turbias o desgraciadas, las anotaba igualmente y ello apaciguaba mi ánimo. Gracias a mi cuaderno, cuando nuestro pastor, Conociendo las mentiras que sobre mí se contaban, me pidió que escribiera un libro con todos mis recuerdos y que dijera la verdad y nada más que la verdad, pude refrescar mi memoria leyendo todo cuanto había ido anotando cada domingo. Gracias a Dios todo pasó ya, la turbación y la lucha. Los tiempos son tranquilos como una de esas pacíficas noches que siguen a una nevada, cuando el firmamento toma un color verde y los corderos balan. Estoy sentada junto al fuego con la Biblia al alcance de mi mano; soy ya una pobre vieja, muy cansada, y con una tarea a realizar antes de dar las buenas noches a este mundo. Cuando por la ventana contemplo la llanura y el ancho cielo con sus nubes por encima de las montañas, recuerdo los espesos bosques de Sarn, el murmullo de la laguna cuando empezaba a helarse, y el agua que invadía la alacena, debajo de la escalera, cuando llegaba el deshielo. Poco cielo veíamos desde allí, salvo el que se reflejaba en la laguna; pero el cielo que se ve en el agua no es el verdadero cielo. Parece como si se reflejara en un espejo obscuro en el cual las largas sombras de los cañaverales lanzan sus puntas contra las movedizas estrellas. E incluso el sol y la luna pueden faltar entonces en el paisaje, porque a lo mejor la luna se pierde entre las hojas de los nenúfares, y una garza se levanta frente al sol.
  • 9. 9 CAPÍTULO II EL AVISO A LAS ABEJAS MI hermano Gedeón nació en el mismo año en que empezó la guerra con los franceses. Por esto mi padre quiso llamarle Gedeón, que es un nombre guerrero. Jancis solía decir que el nombre le iba muy bien porque no podía formarse con él ningún diminutivo. Con la mayor parte de los nombres pueden formarse apodos amistosos, del mismo modo que se puede cortar de un abrigo o un traje de hombre un vestidito para un niño. Pero con Gedeón nada podía hacerse. El nombre era como el hombre. Quería yo a Gedeón más de lo que suelen querer las jóvenes a sus hermanos, pero no podía dejar de darme cuenta de ello. Si nadie nos llama por nuestro nombre, éste acaba por quedar olvidado. Sólo que sucedió que la mayor parte de las gentes lo hicieron: le llamaban Sarn. Mientras vivió mi padre existieron Sarn el viejo y Sarn el joven, pero después de la muerte de mi padre pareció como si Gedeón ocupase todo el lugar para él solo. Me acuerdo muy bien de cómo salió aquella noche de verano, y de cómo parecía que fuese a comer y beber toda la granja, devorándola con los ojos. Y no era por amor, sino pensando en el provecho que de ella podría sacar. Ya entonces se parecía en todo a nuestro padre, pero cada año se le fue pareciendo más, por fuera y por dentro. Excepto en que era menos colérico y más obstinado, era igual a nuestro padre hasta la médula. Padre se ponía furioso en seguida, y parecía entonces un león rugiente. Tal vez fue eso lo que dio a Madre su mirada de esposa resignada. En cambio a Gedeón sólo le vi furioso, lo que se dice furioso, tres veces. Las otras sólo manifestaba su cólera con una mirada, y ella bastaba. Lanzaba una mirada que cortaba como el filo de un cuchillo, y todos le dejábamos que hiciese su voluntad. He visto a su perro llorar y arrastrarse ante él sólo por una de esas miradas. Los Sarn tenemos casi todos los ojos grises —de un gris frío como el estanque en invierno—, y los hombres son taciturnos y sombríos.
  • 10. 10 «Ceñudo como un Sarn», dicen en aquellas tierras. Aseguran que esta particularidad existe en la familia desde que Timoteo Sarn fue herido dos veces por un rayo en tiempos de las guerras de religión. Ya entonces existían los Sarn en la región, y siempre han existido desde que el país estuvo habitado. Timoteo, pues, desoyó los consejos de los suyos y de un hombre de Dios y se pasó al partido de los malos, que poco nos importa ahora cuál fuese. El rayo le hirió y le dejó como muerto. Cuando volvió en sí, el hombre de Dios volvió a aconsejarle que se pasara a la buena causa y que escapara así a los rayos del cielo. Pero los Sarn son obstinados. No abandonó su partido, y al volver a su casa pasando por el robledal fue herido de nuevo. Por lo visto el rayo debió encender su sangre, porque después de aquella aventura sentía cuándo se acercaba la tempestad y la anunciaba mucho antes de que estallase, y se decía que en plena tormenta los relámpagos crepitaban de tal modo modo a su alrededor que nadie podía acercársele. Desde entonces los Sarn llevan el rayo en su sangre. A veces pienso si toda esta historia será verdad, o si es demasiado antigua para creerla cierta. Me imaginaba a veces que la comarca toda era demasiado vieja para ser verdad. Los bosques, la alquería y la iglesia al otro extremo de la laguna, tenían tal aspecto de antigüedad que parecían salir de un sueño. De todo el lugar emanaba una angustia indefinible. Muchos tenían miedo de transitar por allí al caer el día. El ligero rumor de un pez que saltaba en el agua, la barca de Gedeón que golpeaba suavemente los escalones como si llamara a una puerta, la calzada que desde la valla de nuestro jardín se hundía directamente en la laguna y se perdía en sus profundidades, todo contribuía a hacer sentir la soledad del lugar. Muchas veces, al anochecer del domingo, un leve sonido de campanas pasaba por encima de las aguas. Creíamos entonces que eran las de un pueblo sumergido, pero ahora me parece que debía ser el eco de las campanas de nuestra iglesia; porque, según dicen, existen lugares en que un sonido tropieza con una fila de árboles y sale rechazado como una pelota. Fue en uno de esos atardeceres de domingo, mientras aquellos sones ahogados se mezclaban con el repique de nuestras cuatro campanas, cuando por segunda vez faltamos al servicio religioso.
  • 11. 11 La noche era tan hermosa, y nuestros padres estaban tan atareados con el enjambrado de las abejas, que mi hermano y yo nos pusimos de acuerdo para escapar y esperar a Jancis en el portillo del cementerio para que viniera con nosotros. El viejo. Beguildy no se preocupaba demasiado por la asiduidad de su hija a la iglesia, ni estaba él mismo en muy buenas relaciones con el pastor. La hacía salir cuando el reloj de sol marcaba las cuatro, de cuatro en cuatro domingos (porque sólo teníamos servicio una vez al mes, ya que el pastor regentaba una iglesia en Brampton, donde vivía, y otra más, cosa que nos hacía aún más culpables si no asistíamos al servicio), pero si Jancis llegaba a la hora o con retraso, si iba a la iglesia o no iba, su padre no se lo preguntaba nunca, y con mayor razón no le interrogaba jamás sobre lo que había dicho el predicador. Nuestro padre nos lo preguntaba antes de acostarnos, cuando estábamos ya en camisa de noche. Se sentaba en el banco, la fusta en la mano, y el banco, que durante la semana nos parecía tan grande, parecía entonces tan pequeño como un mueble de muñecas. Cuándo mi padre se sentaba, el asiento parecía siempre minúsculo. Estábamos delante de él, con los pies desnudos sobre las frías losas, con nuestras camisas limpias y bastas cuyo hilo había hilado nuestra madre y tejido el tejedor de jornada en nuestro telar, arriba en el granero, entre las manzanas. Entonces Padre nos interrogaba, y cuando nos equivocábamos hacía una marca en el banco; y por cada marca recibíamos un golpe de fusta al terminar la lección. Él no sabía leer, pero no olvidaba nunca nada. Parecía que lo rumiara todo en su cabeza mientras trabajaba. Yo creo que era un hombre muy inteligente que no tenía con qué ocupar suficientemente su cabeza. Si hubiese podido ocuparse en vigilar una de esas nuevas máquinas de tejer de que tanto se habla ahora, ello le hubiera llenado y satisfecho, pero entonces no se conocían todavía esas cosas. No tenía para ocuparse otras máquinas que nosotros, y cada cuatro domingos, como en Navidad y por Pascua, nos hubiera gustado mucho más ser los hijos de Beguildy, a pesar de que nuestro pastor hablara tan mal de él, e incluso se permitiera censurarle desde el púlpito.
  • 12. 12 Me acuerdo de un día, cuando Gedeón tenía siete años y yo cinco, en que mi padre llegó a azotarnos de tal modo, después del larguísimo sermón de Pascua, que Gedeón, de pie en el centro de la cocina, exclamó: «¡Quiero y deseo ser el hijo del maestro Beguildy, y que el diablo se lleve mi alma, amén!». Mi padre se puso furioso aquella noche y la emprendió con mi madre de un modo terrible, diciéndole que sus hijos le habían salido muy mal porque la hija llevaba encima la marca del diablo, y el chico parecía entonces que hubiera salido de la misma caldera. Lo sé porque mi madre me lo contó más tarde; pero recuerdo muy bien que ella pareció volverse pequeñita, pequeñita (y como ya lo era mucho, parecía un hada), y exclamó: —¿Tengo yo acaso la culpa de que la liebre se cruzara en mi camino? ¿Tengo yo la culpa? ¡Resultaba tan raro oírle repetir sin cesar estas palabras! Todavía, cerrando los ojos, me parece ver la gran sala, sobre todo si tengo a mi lado un ramo de velloritas. Porque aquel año la Pascua debió venir muy tarde o en una semana calurosa, y como las velloritas crecían prematuramente en los rincones resguardados, habíamos podido coger un ramo muy grande. La sala estaba obscura como una caverna, y la llama roja del hogar, tranquila y vigilante, parecía el ojo del Señor. Su reflejo formaba también como un pequeño ojo brillante en cada uno de los cacharros barnizados del anaquel. Muchas veces, más tarde, he vuelto a contemplar aquellos reflejos rojizos, ecos del fuego como las campanas fantasmas eran el reflejo de las verdaderas, y he pensado que las pompas de este mundo son también, como ellas, sólo reflejos. Hileras de fuegos purpúreos, pero sólo imagen del fuego. Repiques de alegres campanas, y tan sólo eco de campanas; un simple suspiro devuelto por un muro cubierto de follaje o por la superficie lisa y pulida del agua. También en los ojos de mi padre aparecía el reflejo, y en los de Gedeón igualmente, pero no en los de mi madre, que daba la espalda al fuego, en pie junto a la mesa adornada con velloritas, y recogía los platos y los vasos de la cena.
  • 13. 13 Si os pareciese raro que una pequeñuela como yo era entonces se acuerde tan claramente del pasado, tenéis que pensar que el tiempo graba sus imágenes en nuestra memoria como un chico graba letras en la madera con su cuchillo; cuanto menos letras, tanto más profundamente quedan grabadas. Mientras vivimos en Sarn nos sucedían tan pocas cosas que no era posible olvidarlas. La voz de mi madre se aferra a mi corazón como esas espigas pegadizas que se prenden a nuestra ropa en los senderos. Tenía una voz dulce y plañidera. Todo lo que decía semejaba tener un sentido más profundo que sus palabras, y a veces, al oírla, parecía que viésemos a alguien que anduviese a tientas en la obscuridad, o avanzando por sombríos pasadizos, con una mano tendida a cada lado. Era así como decía: «¿Tengo acaso la culpa de que la liebre se cruzara en mi camino? ¿Tengo yo la culpa?». Cuando hablaba, aunque lo que decía no tuviera nada de alegre, sonreía ligeramente, como se sonríe cuando se quiere apaciguar la cólera de otra persona, o cuando se ha hecho uno daño y no quiere mostrarlo. Era una sonrisa muy triste. Y así, cuando mi padre azotó de nuevo a Gedeón porque había deseado ser el hijo de Beguildy, Madre, desde la mesa, exclamó: —¡Oh! ¡No, Sarn! ¡Detén tu mano, Sarn! Y sonreía al mismo tiempo, como si hubiese detenido la mano de Padre con su dulce voz. ¡Pobre madre! ¡Oh, mi pobre madre! ¿Nos encontraremos algún día,'alma querida, en otro mundo donde podamos reparar nuestra negligencia? Nunca olvidaré aquella fiesta de Pascua; pero parece que Gedeón la había olvidado, porque el día que se la recordé diciéndole que no podríamos repetir nuestra escapada, me contestó: —No importa. Le diremos a Tivvy, la del Sacristán, que escuche el sermón por nosotros, y así podremos contestar. Y tanto me importa que me azoten si puedo encontrar buenas conchas y ganarle a Jancis, que me ganó la última vez.
  • 14. 14 Estas conchas, como tal vez os figuréis, eran las de los caracoles que los niños recogen cuando están vacías para ensartarlas como se hace con las castañas. Nuestros bosques están llenos de caracoles, y Gedeón organizaba concursos con chicos que vivían a veces hasta cinco millas más allá de plash. Tenía en todo el vecindario la fama de jugar de un modo salvaje, como si no se tratase de un juego. Todas las campanas sonaban en el aire de aquel domingo de junio cuando nos pusimos en marcha; las cuatro de bronce de la iglesia y las cuatro campanas fantasmas de no sé dónde. Madre ayudaba a Padre a cuidar las abejas, y preparaba una nueva colmena cerca del gran castaño para meter en ella el enjambre. Habían enjambrado en un grosellero seco, y Madre dijo, con su extraña sonrisa: —¡Signo de muerte! Pero Gedeón exclamó: —Abejas en Mayo son dignas de un rey; Abejas en Junio, buena grey. Y añadió: —Puesto que tenemos las abejas, Madre, tanto mejor para nosotros, y que se muera quien quiera. ¡Señor! Me parece que Gedeón se mostraba muy apegado a lo suyo. Pero Padre le juzgó por esta respuesta un muchacho aprovechado, y dijo riendo: —A fe mía tenemos tantas abejas que espero que no seré yo quien tenga que darles la noticia si alguien muere. —¿Dónde están vuestros ramitos de romero, y vuestro libro de oraciones, y vuestros pañuelos limpios? —nos preguntó Madre. Gedeón había confiado en poder dejarlo todo en casa, pero fue corriendo a buscarlo, y Madre ajustó mi pañoleta sobre mis hombros. La fijó luego por medio del macizo broche con una piedra negra, que ella llevó, al morir Jorge II; y mientras lo abrochaba murmuró: —Esto no impide que la pobre pequeña vaya bien emperifollada. ¡Pobre de mí! ¿Tengo acaso yo la culpa de que la liebre se cruzara en mi camino? ¿Tengo yo la culpa?
  • 15. 15 Cada vez que lo decía, su voz sonaba fúnebremente, y otra vez me parecía ver a alguien que avanzase a tientas por un sombrío pasadizo. —¡Vamos, madre! Sostén la colmena mientras yo levanto la rama —dijo mi padre—. Han enjambrado demasiado cerca del suelo. No me hubiera importado quedarme para ver la gran bola que formaban las abejas, dorada como un pastel de Navidad, y para oír su zumbido. Partimos pasando por la barrera y la calzada, que era el camino más corto para ir a la iglesia, pues queríamos alcanzar a Tivvy antes de que entrase. Las gallinas de agua jugueteaban ya por la superficie de la laguna, que tenía el color de la luz y estaba llena de estrías como lanzas. —Ahora —dijo Gedeón— hemos de correr todo lo que podamos. —¿Quién nos persigue? —Los duendes de la laguna. Echamos a correr como locos y llegamos a la iglesia en el momento en que las dos últimas campanas empezaban sus: «¡Din, don! ¡Din, don!», que me recordaban siempre los golpes de la fusta. Nos recostamos encima de la tumba chata en que solíamos sentarnos para jugar a Los Conquistadores, y como la iglesia se levantaba en lo alto de una loma veíamos desde allí a los tres o cuatro fieles que se iban acercando a través de los campos. Allí estaba Tivvy con su padre, viniendo de Coppy del Este, y Jancis en las praderas junto al agua, donde los grandes setos de espinas estaban llenos de flores. Jancis era pequeñita, mucho más pequeña que yo, pero siempre se la veía antes que a los demás, porque parecía que la luz se concentrara en ella. Sus cabellos eran dorados, y parecía que reflejasen su color en todas las sombras de su pálido rostro. Yo siempre la veía como si fuese un nenúfar blanco lleno de polen amarillo o de miel. Su piel era blanca, de un blanco lechoso, sin nada de color, excepto cuando estaba intimidada o excitada, y su rostro era infinitamente redondo y dulce. Su boca era roja, fresca y sonriente; sus hoyuelos se movían juntándose unos con otros. A veces yo la hubiera ahogado sólo por aquel modo que tenía de sonreír. La vimos llegar a nosotros, muy recatada con su vestido azul; llevaba un ramito en el corpiño que le sujetaba la pañoleta.
  • 16. 16 Sólo tenía dos años más que yo, puesto que era de la misma edad que Gedeón, pero parecía mucho mayor, y empezaba ya a sonreír a los muchachos que la miraban, cosa que hacía decir a las vecinas: «La Jancis de Beguildy pronto tendrá novio.» Pero yo sabía que el viejo Beguildy no quería casarla. Prefería conservarla como un anzuelo para atraer a los jóvenes, porque de lo contrario sólo iban a consultarle pobres chicas sin dinero y viejos que querían echar maldiciones a los demás sin gastar mucho. Por eso, cuando se dio cuenta de que Jancis se convertía en una linda chiquilla blanca y florida, la animó para que se ataviara y procuró que se sentase junto a la ventana de su covacha por si alguien pasaba por el camino. Esto sólo sucedía un domingo cada mes, porque Plash era tan solitario como Sarn, pero a pesar de ello el viejo se preocupó en construir una lámpara de cristal de un color entre rosado y rojizo, y cuando Jancis se sentaba junto al alféizar de su ventana colgaba encima de ella la lámpara a la que daba luz una gran vela, cosa desconocida en nuestros parajes, donde sólo se quemaban mechas de junco. Beguildy tenía metida en la cabeza la idea de que un gran señor pasaría, caminando hacia la feria o hacia la riña de gallos en la otra vertiente del monte, y que se enamoraría de ella; entonces le haría entrar, le daría buena cerveza, le hablaría de hechizos y encantamientos y le ofrecería, finalmente, hacerle contemplar el nacimiento de Venus. Era algo que estaba escrito en sus libros: se entraba en un salón obscuro y se daban cinco monedas de oro al hechicero; él pronunciaba una fórmula mágica, y al cabo de un instante aparecía una luz rosada, y entre un perfume de rosas. Venus se elevaba desnuda en medio del salón. Sólo que en vez de Venus hubiera sido Jancis. Pero el gran señor no llegaba, y el único hombre que la vio en la ventana fue Gedeón, que volvía una noche de invierno del mercado por aquel camino, porque el otro estaba inundado. Se enamoró de ella como un loco, y me lo contó millares de veces, hasta darme dolor de cabeza. Esto sucedió cuando él tuvo diecinueve años, que es una edad muy estúpida para los chicos. Hasta entonces él nunca había hecho caso a Jancis, salvo para charlar con ella como charlaba conmigo. Pero a partir de aquel día parecía un tonto cuando se le acercaba. Nunca hubiera creído que un mozo tan resuelto y tan astuto pudiera quedarse tan cortado ante una muchacha.
  • 17. 17 La tarde de que hablábamos, cuando sólo tenía diecisiete años, se dirigió a ella y le dijo: —Escápate, Jancis, y ven a buscar conchas con nosotros. —¡Oh! —dijo Jancis—, yo quería jugar al Verde Arenal. Tenía un modo de decir: «¡Oh!» al empezar sus frases que daba a su boca el aspecto de una rosa. Si lo hacía por esta razón, o porque fuera tímida y lenta al expresarse, yo no sabría decirlo. —No se gana nada jugando al Verde Arenal —dijo Gedeón—. Vamos a jugar a Los Conquistadores. —¡Oh! ¡Yo preferiría el Verde Arenal! Si jugamos a Los Conquistadores, vas a pegarme. —¡Claro! Por eso quiero ese juego. En aquel momento Tivvy se acercó por el portillo, y Gedeón le dijo lo que esperábamos de ella. Era una pobre criatura estúpida que a veces no se acordaba ni de su propio nombre, a pesar de que tenía un sonido forastero, y, por tanto, mucho menos se iba a acordar de un sermón. Pero Gedeón le dijo que si le hacía un resumen, él pondría lo demás. Y añadió que si no se acordaba por lo menos un poco, le torcería un brazo como él sabía. La pobre chica se echó a llorar. En aquel momento vimos al sacristán que llegaba muy solemne por el campo arado, con su gran bastón rayado de blanco y negro, y oímos por el camino el trote del caballito del Pastor; en seguida escapamos los tres, dejando a Tivvy con la redonda barbilla temblorosa y una mueca de aprensión en la boca, porque sabía muy bien que no se acordaría del sermón ni poco ni mucho. Tivvy, escuchando al predicador, me recordaba a nuestro perro cuando lo lavábamos. Se tendía en el suelo y dejaba que el agua corriera por encima de él. Lo mismo hacía Tivvy con el sermón. Así, pensé que las cosas podían salir muy mal. La tarde era magnífica, las golondrinas volaban a gran altura y el aire estaba cargado del perfume de los espinos floridos. Cuando las campanas se callaron (las nuestras y las otras), fuimos a mirar el agua como casi todos los domingos, para ver en ella nuestro pueblo. Pero, como siempre, sólo vimos en ella la iglesia vuelta al revés, junto con dos o tres tumbas, y el caballito del Pastor, que pacía cabeza abajo. A veces, en los atardeceres de verano, cuando el sol bajaba, la sombra del campanario atravesaba el agua y llegaba hasta nuestra casa, y entonces me parecía ver el dedo del Señor tendido hacia nosotros.
  • 18. 18 Fuimos hasta el pantano, donde las conchas eran abundantes. Gedeón ganaba siempre a Jancis, y ello tuvo la ventaja de que luego él aceptó que jugáramos al Verde Arenal, y los dos quedaron contentos. Sólo que nos retrasamos y por poco no encontramos ya a Tivvy. —¡Vamos, cuenta! —le dijo Gedeón. Ella se echó a llorar y dijo que no se acordaba de nada. Gedeón le retorció el brazo, y ella gritó: —¡Fuego eterno! Sin duda se acordaba de esta frase, que el sacristán repetía con frecuencia mientras llevaba el compás con su bastón. —¿Y qué más? —Nada más. —Si no te acuerdas de más, te voy a retorcer el brazo hasta arrancártelo. Tivvy tomó una expresión llena de malicie, como un gato en una lechería. —El Pastor ha hablado de Adán y Eva, de Noé y de Semamjafet, de Jesús en el pesebre y de treinta monedas de plata. El rostro de Gedeón se ensombreció. —Eso no tiene sentido —dijo. —Pero te ha contestado; tienes que soltarla. Volvimos, pues, a casa, mientras la sombra del campanario se recostaba a lo largo de la laguna. —¿De qué ha tratado el sermón? —dijo Padre. —Del fuego eterno. —¿De qué trataba el sermón? El pobre Gedeón fabricó una larga historia con lo que le había soltado Tivvy. No podéis imaginaros qué historia fue aquélla. Padre no se movía, y Madre sonreía tristemente, de pie junto al fuego, mientras asaba un trozo de tocino. De pronto, Padre gritó: —¡Mentiroso! ¡Mentiroso! El Pastor ha venido luego a preguntar si había algún enfermo, porque en la iglesia no había casi nadie. No sólo te has ido de paseo y has mentido, sino que has querido burlarte de mí.
  • 19. 19 Su rostro pasó del rojo al escarlata; se veían en él las venas como en la carne cruda. Era horrible. Fue entonces y tomó la fusta diciendo: —¡Voy a darte la mayor paliza que has recibido en tu vida, grandullón! Y atravesó la cocina para acercarse a Gedeón. Pero éste le embistió con la cabeza baja y, sorprendiéndole con su golpe, le tumbó de espaldas. Si fue porque Padre había comido demasiado después de un día entero de trabajar con sus abejas, o si fue la sorpresa y la ira por su caída, jamás lo hemos sabido. El caso es que le dio un ataque. No se movía, y permanecía tendido sobre las rojas losas, respirando tan fuerte que el ruido llenaba la casa como cuando roncamos por la noche. Madre le desató la corbata de los domingos, le incorporó, le roció el rostro con agua fría. Todo era inútil. El horrible ronquido continuaba y parecía como si sumergiese todos los demás ruidos, que se apagaban como candelas bajo el viento. Ya no se oía el péndulo del reloj, ni el ronroneo del gato, ni el susurro del tocino en el fuego, ni el zumbido de las abejas en la ventana. Pero también sumergía la luz y el perfume de las rosas blancas del jardín, y las sensaciones de mi cuerpo, y todos los pensamientos que hasta entonces había tenido. Era como si todos formáramos parte de aquel ronquido fúnebre. —¡Sarn, Sarn! —gritaba Madre—. ¡Oh, Sarn, viejo mío, vuelve en ti! E intentó verter un poco de ginebra entre sus labios. pero estaban demasiado apretados. Pronto el ronquido se convirtió en un estertor que daba horror oírlo; y poco después se detuvo y cesó. Hubo entonces un silencio espantoso, como si el mundo entero hubiese enmudecido. Durante este rato Gedeón se había quedado petrificado, sin acordarse de otra cosa, según luego me dijo, que del látigo con que Padre quiso pegarle. A pesar de que no había visto nunca morir a nadie, cuando vio a Padre silencioso y todas las cosas mudas a su alrededor, habló con su voz de siempre, que sólo le temblaba un poco, y dijo: —Ha muerto, Madre. Voy a decírselo a las abejas, porque, si no, podríamos perderlas.
  • 20. 20 Madre y yo lloramos largo rato, y cuando ya no nos quedaron lágrimas, los pequeños ruidos volvieron a oírse: los latidos del reloj, las ascuas que caían del fuego, la respiración del gato que dormía. Cuando Gedeón volvió, entre los tres pusimos a Padre encima de un colchón y le amortajamos con una sábana limpia. Su rostro había vuelto a hacerse bello al dejar de estar violáceo. Gedeón cerró las puertas y fue a ver si el ganado y la casa entera estaban en orden. —Es mejor que vayas a acostarte ahora, Madre —dijo al volver—. Todo va bien, los animales están recogidos. He avisado ya a las abejas y sé que están contentas y que les parece bien que yo sea el dueño.
  • 21. 21 CAPÍTULO III PRUE REPARTE LAS INVITACIONES EN aquella época a la familia del muerto no le quedaba mucho tiempo para pensar en su dolor hasta que se había efectuado el entierro. Había demasiadas cosas que hacer: preparar el luto, y para ello, si el tejedor no había estado recientemente en la casa, era necesario tejer y teñir. Es lo que a nosotros nos sucedía, y nuestra provisión de tela era escasa. Madre rogó a Gedeón que fuese a buscar al viejo que vivía en Lullingford, cerca de las montañas, y que iba a tejer a jornal o por una cantidad a la semana. Gedeón ensilló a «Bendigo», el caballo de Padre, y cogió la fusta con una extraña sonrisa. Tan pronto como hubo partido, Madre y yo empezamos a cocer el pan, porque no sólo había que dar de comer al tejedor, sino también a las mujeres que debíamos invitar para que nos ayudaran a coser el luto. Según la costumbre, vendrían sin cobrar nada, pero teníamos que darles comida. Aquella noche nos sentimos muy solas sin Gedeón, que tenía que cenar y dormir en Lullingford; pero él volvió a la mañana siguiente, temprano, y oí el ruido de los cascos de su caballo en el patio mientras estaba hilando. Nos apresurábamos para que el viejo encontrara dispuesto todo el hilo necesario para tejer. Llegó poco después que Gedeón, montado en un gran caballo blanco que sólo tenía piel y huesos; me recordaba así el jinete del Apocalipsis. Era el hombre más viejo que pueda uno imaginarse. Andaba a saltitos como un pájaro, husmeando todos los rincones del telar, y examinando la lanzadera con los ojos de una urraca que se sintiera feliz por haber encontrado un objeto brillante. Tuve que subirle la comida al granero, porque él no quería perder tiempo ni dejar su trabajo. Fue una suerte que no hubiera ya manzanas en los cañizos, porque así pudo dar vueltas a su gusto por el desván.
  • 22. 22 —Ahora hay que repartir las invitaciones para la costura, Prue —me dijo mi madre. —¿Puedo llevarle una a Jancis? —No, no es necesario hacer el gasto por Jancis. Pero de todos modos puede venir, y será bienvenida. —Se lo voy a decir. Cose muy bien. —No tan bien como tú, hija mía. A pesar de que no todo vaya bien en ti, haces bonitas costuras muy rectas, Prue. Me marché corriendo, contentísima con aquellas alabanzas, que no eran muy frecuentes. Encontré a Gedeón cerca de la laguna. —¿Las invitaciones? —dijo. —Sí. —¿Viene Jancis? —Sí. —Bien. Cuando estés en su casa pídele a Beguildy que nos preste el buey blanco para el entierro, ¿no? —¿Para llevar a Padre a la iglesia? —Sí. Y cuando hayamos enterrado a Padre tenemos que hablar un rato. Hay que cambiar muchas cosas para el porvenir. Todo esto de las cartas de invitación, por ejemplo; hubieras podido escribirlas tú y habríamos ahorrado un escudo. Me pregunté qué querría decir, porque sabía muy bien que yo no podía escribirlas; pero pensé que, según su costumbre, me lo explicaría en el momento que le pareciera oportuno y no antes. Nadie hubiera creído que tuviera diecisiete años; parecía un hombre de veinticinco por su modo de hablar, vivo y a tirones, aunque calmoso. Cuando llegué a Plash, Jancis hilaba sentada en el jardín. Me dijo que nos dejarían los animales. Le pertenecían a ella, porque se los había regalado su abuelo, aunque nunca se había sentido bastante fuerte para conducir la yunta ni para arar como yo tuve que hacerlo después. Pero sacaba de ellos pequeños beneficios alquilándolos para las fiestas. Adornados con flores y cintas, después de bien almohazados, aquellos animales estaban soberbios. Entré en la casa para hablar con Beguildy. —Maese Beguildy, Padre ha muerto —le dije.
  • 23. 23 —¿Y qué? ¡Te figuras que eso me interesa, tontuela! Era un hombre raro aquel Beguildy. —¿Acaso lo sabía ya? —Claro que sabía que tu padre había muerto. ¿No comprendes que vi su fantasma arrastrado por el viento, el domingo pasado? Me gritaba con su voz seca y maligna: «¡Me debes una corona, Beguildy!». Cuéntáme algo nuevo, hija mía; algo que sea interesante y raro. Si me contaras que todas las hojas han caído de los árboles en este día de junio, y que mis ciruelas rojas están ya maduras para llevarlas al mercado, o bien que la laguna se ha secado, o que el hombre no procura ya herir a la que ama, o que Jancis no se mira ya en el agua del estanque de Plash, entonces valdría la pena de oírte, en verdad. Pero tu padre no tiene importancia. Yo no tenía amistad con él. Y cogiendo un martillito, golpeó con él los pedazos de sílex que tenía alineados, hasta que la habitación quedó convertida en una cueva mágica. Cada sílex tenía su voz propia; él los conocía como un pastor conoce sus ovejas, y cuando la conversación no le interesaba acostumbraba a hacerlos sonar como campanillas. —He venido para ver si nos dejaría los animales para nuestro carro. Jancis me ha dicho que sí. —Hay que pagar. —¿Cuánto? —Como para las fiestas: un penique por cabeza. ¿Y tú llevas las invitaciones? ¿A quién ha pagado tu madre para que las hiciera? —El Pastor las ha escrito para nosotros, y Madre ha metido una corona en el cepillo de los pobres. —¡Tontuela! ¡Qué despilfarro! Yo os las hubiera escrito, bien limpias y bien hermosas, por la mitad del dinero. Yo sé escribir con letras grandes y con letras pequeñas, con redondilla y adorno, en rojo y en negro. El Pastor sólo sabe escribir con letras de iglesia, y aun bastante mal. —¡Quisiera saber escribir, maese Beguildy! —¡Oh, tú! Se echó a reír a su modo, que era muy particular, dulce y ligero a la vez, y en tono agudo. —Eso no es para chiquillas —dijo.
  • 24. 24 Pero yo estuve pensando en ello largo rato. Me imaginaba lo hermoso que sería sentarse cerca del fuego, en un rincón del banco, y escribir cartas de invitación, y cartas de amor, y las cuentas del mercado, e incluso un versículo para una tumba, y saber hacer redondilla y gótica, mayúsculas y pequeñas, y aun letras de iglesia si me viniera en gana. Pensaba que si alguien, como Jancis, me hacia enfadar con su cara bonita, haría sus cartas con una letra grosera y no pondría en ella nada de tinta roja. Pero pensé también que esto estaría muy feo de mi parte, porque la pobre Jancis no podía evitar ser tan linda. Entonces Beguildy se marchó para ir a curar a un viejo sus ojos de gallo, y Jancis y yo jugamos a los enamorados; pero Jancis me dijo que yo hacía muy mal mi papel, y que sin duda Gedeón lo haría mucho mejor que yo.
  • 25. 25 CAPÍTULO IV ANTORCHAS Y ROMERO ENTERRAMOS a mi padre en una tranquila noche de verano. En aquella época la costumbre de nuestro país de Sarn era hacer los entierros de noche. Así se había hecho en nuestra familia desde hacía siglos. Estuve ocupada todo el día adornando el carro con ramas de tejo y con esos laureles florecidos cuyo perfume es tan denso y tan dulce. Cogí todas las rosas blancas y algunos claveles bien abiertos y los mezclé con las margaritas del prado. Mientras las recogía pensaba en lo que se hubiera enfadado mi padre si me hubiera visto pisoteando la hierba, y varias veces estuve a punto de volver la cabeza para ver si venía. Después de ordeñar, Gedeon fue a buscar los bueyes; yo les puse banderolas negras en el cuello y até ramas de tejo a sus cuernos. Había que hacerlo con cuidado, porque eran de raza Longhorn, y si se les irrita dan una cornada mortal en menos que canta un gallo. El molinero era uno de los que llevaban el ataúd; otro era maese Callard, del valle de Callard, que era el que cultivaba todas las tierras entre Sarn y Plash. Los otros dos eran tíos nuestros de más allá de las montañas. Gedeón, que presidía el duelo, llevaba un alto sombrero guarnecido con cintas negras, unos guantes negros y un bastón de madera retorcida adornado con un lazo de cintas. Necesitaron bastante rato para sacar el ataúd de la casa, porque era muy grande y muy pesado, y las puertas eran demasiado estrechas. Cada vez que se enterraba a un Sarn había las mismas dificultades, a pesar de lo cual a nadie se le había ocurrido ensanchar las puertas.
  • 26. 26 El sacristán abría la marcha, llevando el sombrero en una mano y en la otra una gran antorcha. Detrás de él venía el carro, con el hijo del molinero y un amigo suyo, que conducían los animales. El carro estaba lleno de hojas y ramas, y todo el mundo me felicitó por lo bien que lo había adornado. Pero yo sólo pensaba en que mi pobre padre me decía siempre que sacara de la casa todas aquellas malas hierbas; y ahora era a él a quien sacábamos, traqueteándole por la calzada, fuera de la casa donde había sido el dueño. Esta idea me turbaba; me parecía duro e irrespetuoso abandonar así al pobre hombre, solo, al otro extremo de la laguna. Y me era agradable ver que la noche era una dulce noche de junio, y no demasiado obscura. Tuvimos que tomar por el camino más largo, porque el atajo no era más que un sendero. Cuando estuvimos ya fuera del patio del ganado, pasado el estercolero, cada uno tomó su sitio en la comitiva. Primero Gedeón, solo detrás del carro; después mi madre y yo, con nuestros chales negros y nuestros gorros enlutados, y llevando en las manos el libro de oraciones y una ramita de romero. Luego seguían los tíos, el molinero y maese Callard, llevando grandes antorchas y ramos como los nuestros. El camino era bueno, mejor que la mayor parte de los caminos; era el de Lullingford. Nuestro Pastor decía que había sido construido por unos hombres que vivían en tiempo del Redentor, y que se llamaban romanos. Llamáranse así o de otro modo, no hay duda de que sabían hacer caminos. Este contorneaba la laguna siguiendo por encima del ribazo; y mientras avanzábamos solemnemente, vi nuestro reflejo en el agua. Formábamos un cuadro indistinto, sólo iluminado por las antorchas y por una luna decreciente que las nubes obscurecían. Pero en el agua negra aparecía de cuando en cuando un movimiento, un resplandor, un chispazo; y si la luna daba un poco más de luz se veían nuestras formas, que resbalaban por las profundidades como sombras acuáticas; una gran masa negra, que era el carro; los bueyes, como nubes bajas, y luego las antorchas vueltas al revés en el agua, como para apagarlas.
  • 27. 27 Mientras avanzábamos oíamos sin cesar las campanas que llamaban al cuerpo hacia su morada. Resonaban de un modo extraño por encima del agua en la vasta noche, y los ecos eran más extraños aún. Un mochuelo blanco nos siguió un rato, dulce y ligero como una pluma que volase. Madre dijo que era el alma de Padre que buscaba su cuerpo. No se oía más ruido que el redoblar de las campanas y el rechinar de las ruedas, hasta que el caballito del Pastor, que pacía por aquellos campos, al ver de lejos las formas imprecisas de los bueyes, se puso a relinchar, creyendo sin duda que eran otros caballos, con la satisfacción de sentir en la soledad de la noche que unos semejantes suyos pasaban cerca de él. Por fin cesó el rechinar; estábamos en la valla. Se bajó el ataúd, que fue colocado sobre unos caballetes, y entre la pesada respiración de los portantes se oyeron las palabras de esperanza: Yo soy la Resurrección y la Vida. Hacían el efecto de una lluvia después de la sequía. Me pregunté entonces en qué forma renaceríamos en el momento de la resurrección. ¿Nuestros cuerpos se verían netamente, o bien serían borrosos como si se reflejaran en el agua? ¿Volvería Padre en un acceso de ira, como en el instante de su muerte, o como un pequeñín que corre hacia su abuela con un ramito de prímulas en la mano? ¿Sonreiría Madre con su sonrisa tan triste, o habría encontrado una luz en el sombrío pasadizo? ¿Estaría yo todavía ligada a un cuerpo que no me gustara, o se nos permitiría tejernos uno nuevo a nuestro gusto y según la trama de nuestras almas? Pusieron el ataúd sobre un caballete, junto a la tumba, y lo cubrieron con un lienzo blanco. Era nuestro mejor mantel. Luego colocaron encima el gran cántaro de metal lleno de vino de bayas de saúco, la única ofrenda que podía hacer mi madre; afortunadamente tenía de este vino una provisión suficiente para la comida fúnebre y lo demás, gracias a la gran cosecha de bayas que hicimos el año anterior. Hacía un extraño efecto ver, a la dudosa luz de la luna, nuestro gran cántaro encima del ataúd estábamos acostumbrados a verlo en nuestra mesa, iluminado por el reflejo del leño de Navidad.
  • 28. 28 El Pastor se adelantó y, alzando el cántaro, exclamó: —Bebo por la paz de aquel que nos ha dejado. Luego los demás, avanzando por turno, bebieron por el alma de mi padre. Al pie del ataúd estaba nuestra pequeña medida de estaño llena de vino, y un trozo de pan, pero nadie los tocó. Entonces el sacristán se acercó y dijo: —¿Hay aquí algún Comedor de Pecados? —¡Ay, no! —exclamó mi madre—. ¡Desgraciada de mí! ¡No hay ningún comedor de pecados para este pobre Sarn! Gedeón no lo ha querido. Todavía se acostumbraba en aquella época en nuestra comarca, cuando moría alguien, a alquilar un pobre que viniera a tomar el pan y el vino que se le tendía por encima del ataúd. Comía y bebía entonces, mientras decía: Te doy ahora paz y reposo, pobre hombre, para que no vuelvas por los campos y por los caminos. Y para que tengas la paz, doy mi alma en prenda. Y luego se marchaba con aire tranquilo y doliente. Mi abuelo decía que los Comedores de Pecados acostumbraban a ser viejos llenos de saber o exorcizadores que habían sufrido alguna desgracia. A veces eran pobres infelices que, a causa de algún crimen, habían sido alejados de la vida común, con quienes nadie quería tratos y cuyo alimento era muchas veces sólo aquel pan y aquel vino que así se les ofrecía por encima del ataúd. Pero en aquel tiempo no había ya ninguno en todo el país de Sarn. Casi todos habían muerto, y era necesario mandar a buscar uno más allá de las montañas. Era muy lejos, y pedían un buen precio en vez de hacerlo de balde como en el tiempo viejo. Y Gedeón había dicho: «Guardemos nuestro dinero; ¿para qué va a servirnos ese hombre?». Pero Madre lloró y gimió toda la noche, y cuando el sacristán gritó: «¿Hay aquí algún Comedor de Pecados?», Madre se echó de nuevo a llorar de un modo que daba pena, porque Padre había muerto encolerizado, cargado de pecados, y además, con las botas puestas, cosa que nada bueno presagiaba. Por eso pensaba ella que tenía mucha necesidad de un Comedor de Pecados, y no había modo de consolarla.
  • 29. 29 Pero entonces sucedió algo inesperado que nos dejó atónitos. Gedeón avanzó hasta ponerse junto al ataúd y dijo: —Hay un Comedor de Pecados. —¿Quién es? Yo no veo ninguno —dijo el sacristán. —Soy yo. Yo seré el Comedor de Pecados. Y levantó la pequeña medida de estaño llena de vino obscuro mientras miraba a Madre. —¿Me cederás el cortijo y la granja y todo lo demás si soy yo el Comedor de Pecados? —dijo. —¡Pero los Comedores de Pecados están malditos! —¿Qué cosa mala puede suceder por beber un trago de tu vino y comer un pedazo de tu pan? ¡Pero si no lo quieres, tanto peor! Que Padre se vaya con sus Pecados. —¡No, no! ¡Haz que pueda partir en paz, Gedeón! ¡Que pueda reposar, el pobre! Tú eres joven y vives, y él está frío y sin defensa entre las garras de Satanás. ¡Marchó cargado de pecados y con las botas puestas, el pobre viejo! ¡Si nadie nos ayuda, que su hijo tenga piedad de él! —¿Y me darás la granja, Madre? —¡Sí, sí, hijo mío! ¿Quién piensa en la granja? Puedes tomarlo todo según te parezca. Entonces Gedeón bebió el vino de un solo trago y comió el pan. No se oía otro ruido que el que hacían sus dientes rompiendo la corteza. Después puso la mano encima del féretro, y con el cuerpo erguido, con su talla que parecía mayor por el alto sombrero negro, y con el rostro pálido y brillante, dijo: —Te doy paz y reposo ahora, hombre querido. No vuelvas por nuestros senderos ni por nuestros prados. Y para que tengas la paz, doy mi alma en prenda, Amén. Un suspiro circuló entre todos los presentes, como una brisa por el heno seco. Me pareció como si en el rumiar de los bueyes se hubiera mezclado también un suspiro. Pero cuando Gedeón había dicho: No vuelvas por nuestros senderos ni por nuestros prados, había parecido que daba un aviso a un merodeador.
  • 30. 30 Había llegado el momento de echar en la fosa los ramos de romero. Luego fue colocado en ella el ataúd, y todos inclinaron encima de él las antorchas llameantes para apagarlas. Todo había terminado. Volvimos hacia casa por el camino más corto. Sólo Gedeón se fue por el otro camino con el carro. Formábamos una comitiva bastante numerosa, porque todos los que habían estado en la iglesia nos acompañaban para asistir a la comida de funerales. Allí estaba el herrero, y el boyero de la granja de Plash, y el pastor de la montaña, y el criado del molinero, y las mujeres, además de todos aquellos de que ya he hablado. Madre había encargado a Tivvy que vigilara el fuego y los calderos que hervían para hacer el «posset» y la cerveza con especias, porque el aire era helado, a aquella hora, a orillas del agua. Cuando llegamos a casa, la señora Beguildy y Jancis estaban también allí. El fuego ardía alegremente y el cazo de la cerveza se calentaba. Era una buena persona la señora Beguildy, pero cordialmente detestada por muchos por ser la mujer de un hechicero, de un hereje. Nunca se la invitaba a las bodas ni a los bautizos, pero de invitarla a un entierro, cuando la desgracia ha caído ya sobre la casa, nada malo podía resultar. Y a ella le gustaban mucho las distracciones. Le hubiera agradado vivir en Lullingford, tener una tienda, ir a la iglesia dos veces los domingos y cantar en el coro. No tenía la menor fe en los sortilegios de su marido, aunque no lo dijera a nadie, salvo a mí y a dos o tres íntimos. Un día, mucho tiempo después de estos sucesos, cuando surgieron dificultades en la Casa de piedra (que ya conoceréis en el momento oportuno), y ella se peleó con Beguildy, entré en su casa por casualidad y vi entre sus manos el frasco de lady Camperdine (en el cual Beguildy pretendía guardar el espíritu de la anciana señora). Su mujer lo sacudía como si fuese una salsa cortada, hasta el punto de que creí que iba a saltar el tapón, y gritaba: —¡Ya te enseñaré yo! ¡Ya te enseñaré! ¿Conque lady Camperdine, eh? ¡Agua de Plash! He aquí lo que hay en esta botella: ¡agua de Plash!
  • 31. 31 Se la veía muy raramente. Siempre estaba fuera, ocupada cuidando las gallinas y los patos, o arreglando el jardín, o pescando. Era una pescadora excelente. Sin ella hubieran muerto todos de hambre, porque Beguildy no hacía nada, aparte de sus hechicerías. Aquel día nos había cocido una hornada de pasteles funerarios, por si nos hacían falta. Rubia y redondita como Jancis, era tan amable y tan servicial, y la bebida que había preparado era tan buena, que todo el mundo, incluso el Pastor, olvidó que era la mujer del hechicero. —Voy a llevarme nuestros animales, querida —dijo a mi madre—; nos hacen mucha falta para recoger el heno. —¿Habéis empezado ya? —Sí. ¿Y vosotros? —Yo empiezo mañana —dijo Gedeón. Todos se volvieron hacia él. Bajo el dintel de la puerta se le veía muy alto y daba una impresión de fuerza. Pareció como si todos retrocedieran un poco, como si estuvieran ante una cosa desagradable. El Pastor se levantó para marcharse. —Ahora es ya mañana, joven Sarn —dijo—. Condúcete bien mañana y en todos los días siguientes. —¡Mañana! ¡Oh, mañana! —dijo Jancis—. Es una palabra llena de promesas. Bostezó, y su boca se convirtió en una rosa. Y yo sentí que no podía soportarla. —¡Un canto! —dijo el sacristán con gran solemnidad—. Un canto sagrado antes de separarnos. Todos nos pusimos en pie alrededor de la mesa donde se fundían las dos bujías, y cantamos: La hierba cubre tu cabeza, la hierba cubre tus pies. Tus buenas y malas acciones se encontrarán en presencia del Señor. Como los hombres eran un poco más numerosos que las mujeres, el canto sonaba grave y recordaba el zumbido de las abejas en un tilo. Jancis y Tivvy cantaban con voz clara y límpida, sin emoción, como indiferentes al recuerdo del pobre hombre acostado allá lejos, sin más compañía que la hierba.
  • 32. 32 Luego empezaron las idas y venidas y todos se marcharon, mientras Madre, en el umbral, les iba ofreciendo los pasteles fúnebres. Eran buenos pasteles de una pasta ligera, hecha con muchos huevos; tenían la forma de un ataúd y estaban rodeados de papel negro. En aquel momento los pájaros cantaron con altas y claras voces, mezcladas con sonoros ecos. Las chimeneas de nuestra casa se reflejaban en la laguna, porque el sol empezaba a salir. Se oía el cuclillo en el robledal, y la primera codorniz charlaba imperiosamente entre el heno. —Es demasiado tarde para dormir —me dijo Gedeón—. Mañana ha llegado ya. Vente conmigo al huerto. Quiero hablarte de los proyectos que he formado. Cuando le seguí hacia el huerto, todavía sin flores ni frutos, estaba muy lejos de prever lo que estos proyectos iban a significar para todos nosotros.
  • 33. 33 CAPÍTULO V CAE LA PRIMERA GAVILLA NOS subimos los dos al viejo manzano, entre cuyas ramas teníamos ya nuestros asientos favoritos, y yo me puse a mirar el rostro de Gedeón, entre las hojas relucientes, pensando con cierta angustia en todos los pecados que había tomado a su cargo. Todo el mal que hubiera hecho Padre, desde que era un pequeñuelo que gritaba y se agitaba en su cuna, hasta que fue mayor, y faltó a la iglesia, y fue a las riñas de gallos, y cortejó a las mozas, todo tenía que soportarlo Gedeón. Todas sus cóleras habían pasado a ser 1as cóleras de Gedeón. —Vamos, Prue —dijo él—; oye lo que voy a decirte. Tú y yo hemos de ser ricos. —¿Y Madre? —Madre también, claro. Pero es vieja. —Seguramente le gustaría también ser rica como nosotros. —Yo no pienso en eso. Si somos ricos, ella lo será también. Tú y yo tenemos mucho trabajo, Prue. —El trabajo no me asusta. —Bien, lo tendrás. Quiero sacar mucho dinero de la granja, montones de dinero. Y cuando llegue el momento la venderemos. Entonces compraremos una casa en Lullingford, te codearás con los más encopetados y serás una gran señora. —No me hace perder el sueño eso de ser rica y de codearme con quien sea.
  • 34. 34 —Pues no ha de serte indiferente. Y yo seré de la junta parroquial y le daré mi parecer al cura, y diré a quién hay que poner en la picota y a quién hay que meter en el hospicio, y podré votar para el Parlamento. Y cuando alguna moza tenga un rorro que sea hijo del amor, tú irás a sermonearla. —Preferiría ir a jugar con el rorro. —Cualquiera puede jugar con un niño, pero sólo una gran señora puede sermonear. Y compraremos una hermosa casa. No la he escogido todavía, pero ya nos quedará tiempo. Y un jardín con un jardinero que lo cuide, y criadas, y hermosos muebles por todas partes, con servicios de plata y porcelanas. —Las porcelanas sí me gustan —dije yo—. ¿Tendremos tazas de esas del Staffordshire con muñequitos pintados? —Tendrás todo lo que quieras, y también un dedal de oro y un armario lleno de vestidos. Sólo que has de empezar por ayudarme. Hacen falta años y años. —Pero, ¿no podríamos quedarnos en Sarn y tener sólo unos cuantos muebles y unas porcelanas, y ahorrarnos tantas criadas y criados? —No. No hay bastante gente en Sarn, excepto para la Feria, y esto sólo una vez al año. ¿Y qué es un día al año? ¿Para qué sirve ser el dueño si no se puede mandar a nadie? «Dueño entre diez mil»; estas son hermosas palabras. Quisiera ser el dueño entre diez mil. —¿Será el rayo que hay en tu sangre lo que te hace hablar de esta manera? Siempre parecía que el rayo estuviera en él cuando sucedían cosas extraordinarias. Sus ojos centelleaban con un fulgor helado, y arrastraba a los demás a querer lo mismo que él aunque desearan otra cosa. A veces, cuando se le metía en la cabeza ir al bosque a buscar madrigueras de tejones, acababa por hacerme creer que yo también lo deseaba. Y eso que mi deseo hubiera sido irme a coger prímulas y margaritas. —Pues me va a hacer falta un buen rayo en la sangre para hacer todo lo que llevo en mi cabeza —me contestó—. Madre ha dicho que la granja siempre había producido lo justo para vivir; y Padre no ha dejado nada, nada más que lo que hacía falta para pagar al tejedor y al sacristán y comprar los cirios y los guantes y lo demás para el entierro.
  • 35. 35 —Pues si no tenemos más que lo necesario como antes, ¿qué vamos a poder hacer ahora? —le dije—. Y entonces Padre trabajaba para nosotros. Me parece, chico, que no vamos nunca a ahorrar un penique. —Haré lo que él hacía, y mucho más. —No lo conseguirás nunca. —Yo puedo todo lo que quiero. Llevo algo dentro que sólo la muerte podrá amordazar. Y contigo para ayudarme... Se detuvo, arrancó una hoja y la trituró entre sus dedos. —Por lo que me parece, tú no te casarás, Prue. Mi corazón latió dolorosamente. Pensé que no casarse era un horrible sino. Todas las muchachas se casan. Jancis se casaría, y Tivvy también, y aun Polly, la del molinero, que siempre tenía granos, y el muermo, o tiña, o lo que fuese. Y cuando una muchacha se casa tiene una casa para ella, y una luz que enciende por la noche a la hora en que su marido vuelve; si no tiene más que una vela, lo mismo da, porque puede ponerla junto a la ventana; y entonces él puede decir: «Mi mujer está en casa, porque ha encendido la luz». Y luego llega el día en que la señora Beguildy le hace una cunita de juncos; y luego, allí está el rorro, serio y hermoso; y se mandan invitaciones para el bautizo; y los vecinos acuden alrededor de la madre como las abejas que rodean a su reina. Por eso muchas veces, en los días malos, me decía a mí misma: «¡Animo, Prue Sarn! Llegará un día en que tú serás también reina en tu propia colmena». Y por eso le contesté: —¿Que no me casaré, Gedeón? ¡Pues claro que me casaré! —Me temo que nadie te lo propondrá. —¿Que no? ¿Y por qué no? —Porque... Bueno, pronto lo sabrás. Pero igualmente puedes tener una casa y muebles y todo, si me ayudas a ganarlo. —¿Pero no tendré marido, ni un pequeño en la cunita? —No. —¿Y por qué? —Habrás de preguntárselo a Madre. Tal vez ella sepa decirte por qué la liebre cruzó su camino. Pero todo esto me duele, Prue; yo he de hacerte rica, y cuando tengamos mucho dinero podremos comprar un ungüento para curarte. Pero eso costará muy caro; es necesario que trabajes mucho y que hagas todo lo que yo te diga. Eres una buena moza, garrida y airosa, Prue, y si no fuera por aquello que te decía, los mozos te cortejarían como a Jancis.
  • 36. 36 Pensé un momento en todo lo que me había dicho, mientras el agua lamía el ribazo al pie de la huerta. Y luego le dije a Gedeón que estaba dispuesta a hacer cuanto él quisiera. —Hay que jurarlo, Prue; hace falta un juramento solemne sobre la Biblia. De lo contrario podrías cansarte y dejarlo todo muy pronto. Yo también juraré todo lo que te he prometido. Se fue a casa a buscar la Biblia. Me quedé sentada, inmóvil, oyendo las cornejas que volaban hacia sus nidos, más allá del jardín y del patio. Volvían de picotear por los campos, del lado de Plash. Pensaba también en mi desayuno, porque aunque los nuestros se mueran, también nos hace falta comer. Y mientras oía el sonido apagado de los graznidos de las cornejas y el batir de sus alas cuando se acercaban al suelo, pensaba que era el nuestro un mundo muy extraño, en que se enterraba al padre por la noche, y luego, a las primeras luces del alba, pensábamos ya en el desayuno y en tener casas y dinero; en que nos caía encima una maldición para toda la vida sólo porque una mísera liebre había mirado a nuestra madre antes de nuestro nacimiento; y en que un muchacho, sólo comiendo un pastel cocido por su madre y bebiendo el vino de casa podía cargar su alma con todos los pecados cometidos por su padre. Gedeón volvió a todo correr; traía consigo la Biblia, que era muy pesada y estaba adornada con un cierre de plata. —Vamos, Prue, jura —dijo—. Toma el libro. Le pregunté si creía que Madre iba a permitirnos obrar de aquel modo. —¿Permitirnos? No es ella quien nos lo ha de permitir. No puede impedir que lo hagamos. Soy el dueño de la granja. ¿No oíste cómo lo decía cuando tomé los pecados a mi cargo? —Pero, ¿es que vas a obligarla a mantener su promesa? —¿Tú crees que voy a dar mi alma en prenda por nada? ¿Te figuras que los pecados de los demás son tan apetitosos que voy a tragarlos por menos de eso? La granja me pertenece para siempre, hasta que quiera venderla. Vamos, jura. Repite mis palabras: —Prometo y juro obedecer a mi hermano Ged.eón Sarn y contratarme sin cobrar nada a su servicio, como criada, hasta que todas sus voluntades se hayan cumplido. Y que seré tan sumisa como una criada, como una esposa y como un perro. Lo juro por este Libro Santo. Amén.
  • 37. 37 Dije estas palabras. Y entonces Gedeón dijo a su vez: —Juro ser fiel, a mi hermana Prue Sarn, y partirlo todo con ella cuando hayamos llegado a hacer fortuna, y darle por lo menos cincuenta libras para curarle cuando vendamos Sarn. Amén. Cuando hubo terminado me pareció como si la laguna de Sarn nos sumergiera, y me estremecí cual en un acceso de fiebre. —¿Qué te pasa ahora? —dijo Gedeón—. Vete a encender el fuego si tienes frío, y prepara el desayuno. Podemos hablar mientras comemos. Madre duerme, y tenemos que decirnos muchas cosas. Entré en casa, encendí el fuego y puse la mesa lo mejor que supe para alegrar la gran sala sombría. Me dije si sería indecente adornarla con algunos capullos de rosa, pero pensé que si no era indecoroso comer y beber, no habría ciertamente nada malo en coger un par de rosas. Cuando Gedeón volvió de ordeñar las vacas nos sentamos y me dijo todo lo que había pensado. En primer lugar, yo tenía que aprender a hacer quesos y mantequilla. Luego él iba a fabricar unas banastas para «Bendigo», y los días de mercado iría a Lullingford llevándose el queso, los huevos, la mantequilla, los pasteles de miel, las frutas, las legumbres, e incluso las flores. —Con estas rosas —dijo— puedes hacer ramitos, y también nos darán algo que ganar. Y a no tardar podríamos añadirles volatería, patos, conejos, pescados, setas. —Ya lo verás, Prue; ganaremos mucho dinero. —Pero, ¡qué viaje tan largo! ¡Treinta millas en un día! —Araré un poco de tierra para darle avena a «Bendigo». Y en cuanto a mí, ya sabes que nunca suelo cansarme. Con las primeras economías compraríamos otra vaca. En primavera pariría una ternera, y así podríamos tener dos vacas con leche cuando la otra se secase. Así habría más mantequilla para el mercado. Luego compraríamos una yunta de bueyes para arar, para la trilladora y para trasladar el estiércol, y ya no haría falta alquilar los animales de Beguildy. Cuando la cerda diera a luz, conservaríamos los lechones y los dejaríamos correr por el robledal; Madre los iría a guardar mientras hacía calceta. Entonces tendríamos una provisión de
  • 38. 38 tocino para el mercado, además del que comiéramos. No teníamos más que cinco ovejas, pero esto se arreglaría guardando todos los corderillos, y así pronto habría lana para vender y un buen rebaño para el año próximo. Madre y yo tendríamos que hilar todo el invierno, y Gedeón vendería nuestro trabajo al pañero, o bien lo cambiaría por lo que nos hiciera falta en la abacería: sal para las conservas, levadura, azúcar. El jabón lo hacíamos nosotros mismos con cenizas. Las bujías las fabricábamos con sebo y juncos secos. Teníamos ya centeno, y también un pequeño campo de trigo. Padre, para disponer de harina, acostumbraba a llevar varios sacos a la vez al molino donde vivía el tío de Tivvy. —Haré más trigo —dijo—, muchos acres de trigo, y lo llevaré al molino en la carreta y los bueyes. Hagan los franceses lo que quieran, el trigo nunca será inútil. Ahora vale poco dinero, pero esto va a cambiar si lo tasan, y es muy fácil que lo hagan. Y entonces valdrá más tener un acre de trigo que quedarse con veinte acres de otra cosa. Cosecharemos también lúpulo, y nunca nos faltará un trago de buena cerveza; porque, si bien quiero hacerte trabajar, Prue, no por eso voy a matarte de hambre. Buena comida, sencilla y tanta como quieras, pero sin caprichos. La miel que nos quede cuando hayamos tomado lo mejor para el mercado, la fruta cuando esté barata, tocino, patatas y pan y luego la mantequilla y los huevos cuando los caminos estén demasiado malos para ir al mercado. —Rezaré para que estén malos —dije yo. Gedeón me dirigió una mirada penetrante, mas al ver que bromeaba se echó a reír. —Muy bien; pero te advierto que habrá de ser muy malo el tiempo para detenerme. Figuraba también entre sus planes el que yo aprendiera a calcular, a llevar las cuentas y a escribir. Me puse muy contenta, y aun más al pensar que podría leer libros y en especial la Biblia. Siempre me había dolido, cuando iba a la iglesia, oír como el sacristán leía los textos, porque fuesen los que fuesen, siempre me parecía oír el zumbido de una abeja dentro de una botella. Esto no tenía importancia cuando leía: «Tomó una mujer y engendró a Aminadab», porque este personaje me dejaba indiferente; pero cuando leía aquellas páginas que llevan consigo el murmullo del viento entre los álamos me parecía triste oír como deletreaba, mientras se engallaba con su sabiduría.
  • 39. 39 Yo quería poder leer: «Que la cadena de plata sea desatada», y saborearlo a solas. También me parecía hermoso saber escribir y poder fijar en el papel lo que quería guardar en mi cabeza. Por ello, cuando Gedeón me dijo que tenía que aprender todas esas cosas, acepté con alegría sus planes, y le pregunté: —Pero si maese Beguildy me lo enseña, ¿cómo voy a pagarle? —Puedes arrancarle sus patatas, y ayudarle a segar el heno, y aun a arar de cuando en cuando. Beguildy es un perezoso de marca mayor, y está tan orgulloso de ser hechicero que no sabe trabajar con sus propias manos. Vive en la luna. Tendrá quizá un remedio contra todos los males, pero no contra la pereza. Pero tú eres fuerte. Casi puedes medírtelas conmigo azadón contra azadón. Págale de ese modo. Y si te parece, puedes ponerte tu ropa de luto e ir a verle esta misma tarde. Se fue a los prados con su guadaña, y yo me puse a trabajar con energía. Tal vez hubiera cantado un poco si no me lo hubiera impedido el recuerdo de nuestro pobre padre. La esperanza de recibir un poco de educación ¡me ponía tan contenta! Era como si ante mí se abriese una gran ventana; y por esa ventana, ¡quién sabe lo que podría ver! Cuando fui a llevar la comida a Gedeón pasé por el bosque de las cornejas y se me ocurrió que no las habíamos avisado de nuestro luto. Advertirlas es una antigua costumbre; dicen que si no se hace se disgustan, caen en una especie de melancolía y no vuelven más. Entonces siguen viéndose en los olmos los oídos colgantes como frutos sombríos sobre el cielo, pero estos nidos están desiertos y silenciosos. Y aunque las cornejas hagan no pocos estropicios, es una gran desgracia perderlas, porque la casa que ellas dejan no vuelve a prosperar nunca más. Así se lo recordé a Gedeón, y los dos nos dirigimos hacia el bosque. Nunca se habían visto olmos tan grandes, ni entre los de la clase corriente ni entre los montañeses. A sus pies, la sombra era muy profunda a causa del follaje veraniego. El suelo verdeaba de celidonias apenas florecidas, y de hierba mota a punto de florecer. Las hojas bajas aparecían blanqueadas por el estiércol de las cornejas.
  • 40. 40 El día era caluroso y tranquilo; sólo se oía el rumor de una brisa ligera que balanceaba las copas de los árboles, y un lento graznar que bajaba de cuando en cuando hasta nosotros. Me gustaba ir a ver las cornejas en días como aquél, después del té, y de adecentarme un poco. Especialmente me gustaba ir el día de la Ascensión para ver si trabajaban, porque dicen que las cornejas no trabajan nunca el día de la Ascensión. Y es bien cierto que nunca vi que aquel día llevaran ni una ramita para sus nidos; parecía que todas estuvieran devotamente recogidas, cada una en su rama, como el Pastor en su púlpito. —¡Eh! ¡Cornejas! —gritó Gedeón—. Padre ha muerto, y yo soy el dueño. He venido a decíroslo para que viváis en paz en vuestros nidos. Os protegeré contra todo, excepto contra mi propia carabina, y os invito a que os quedéis. Las cornejas la miraban desde lo alto de sus nidos, y cuando se calló, se oyó un rápido ruido de alas que barrían el cielo, acompañado de un coro de graznidos, como si consideraran entre ellas lo que acababan de oír. Al poco rato volvieron todas a los árboles y quedaron inmóviles y silenciosas. Así comprendimos que habían decidido quedarse. Cuando volvimos al prado, Gedeón se rió un poco mientras afilaba su guadaña sobre una piedra, y me dijo: —Estoy contento de que se queden. Me gusta mucho el pastel de corneja. Y al decirlo lanzó la guadaña en medio de la hierba, de donde se elevó una especie de breve suspiro. Como la hierba era fría podía distinguirse a cada golpe la hoja, como un relámpago de acero, tras los tallos erguidos que iban a caer. Y ahora me parece que este espectáculo era la representación de la voluntad fatal de Dios, que espera sin cesar detrás de nosotros que suene la hora señalada para segarnos; no por crueldad ni por falta de compasión, sino porque es mejor que ya no continuemos creciendo en la pradera y que seamos reunidos en sus seguras haces para ser agavillados bajo el techo de su eterna misericordia.
  • 41. 41 CAPÍTULO VI ENSILLA TUS SUEÑOS ANTES DE CABALGAR EN ELLOS EN cuanto acabé de ordeñar las vacas dejé que Gedeón siguiera su trabajo en la pradera y subí a ponerme mi vestido y mi cofia de luto. No la llevaba para trabajar a fin de economizar el lavado; y como iba sin cofia, sin zapatos ni medias, y casi siempre con los pies desnudos o con zuecos, las gentes me consideraban poco menos que como una pagana. Gedeón sabía fabricar muy buenos zuecos, a propósito para la labor, bastante sucia, que yo tenía a mi cargo. Yo misma me había arreglado una especie de blusón de tela de saco que me llegaba a las rodillas, y que me metía por encima de la ropa cuando tenía que limpiar los establos. Sabía que me llamaban la salvaje de la granja de Sarn; pero cuando pensaba en la hermosa casa que tendría en Lullingford, en las telas recamadas, en las cortinas de bombasí y en las porcelanas, poco me preocupaba lo que pudieran decir de mí. Estaba muy orgullosa de mi vestido de grueso paño tejido en casa, con el corpiño cruzado, y de mi nuevo sombrero guarnecido con una especie de salchicha de tafetán, a la última moda. Así, pues, me peiné aquella tarde con bucles, uno a cada lado y dos que me caían por detrás hasta la cintura. Con el ánimo tranquilo, soñaba en el día en que compraríamos medicinas que me harían tan hermosa como un hada. Pensaba en ello mientras ordeñaba las vacas, y mientras limpiaba la pocilga, o fregaba las losas de la cocina.
  • 42. 42 Madre protestó un poco cuando supo que me iba a Plash, porque estaba triste y melancólica a fuerza de vivir bajo la sombra de la muerte. Tanto se había acostumbrado a tener que apaciguar a un hombre violento, que se sentía ahora desconcertada, como sucede cuando uno acaba de darle el último punto a un par de medias. Pasaba la vida sentada sin moverse junto al hogar, al lado de su rueca, que murmuraba dulcemente como una gallinita. Luego, de pronto, abandonaba su trabajo, y retorciendo sus manos, que me recordaban siempre las patitas, alzadas hacia Dios, de un topo caído en la trampa, decía: —El domingo hizo una semana él se quedó sin tocino para su cena. El domingo hizo quince días que no le gustaron los pastelillos, y no es extraño, porque no valían nada, Prue. Y por dos veces, esta última semana, hice cocer demasiado sus huevos pasados por agua, y su blusa nueva, Prue... Al llegar a este punto sollozaba un rato. —Tanto me entretuve y remoloneé para terminarla que ha muerto sin poderla estrenar. ¡Oh, hija mía, cuando lo pienso! Sólo le faltaban las hombreras y los puños y hubiera sido la mejor blusa de todas las que le he hecho. Pero me entretuve, y él no ha podido esperar más. Oyó la poderosa voz que le llamaba, hija mía, allá lejos, tras los olmos, y no iba a esperar que terminara su blusa, pobre viejo mío. Y ahora, todos mis puntos han sido inútiles. —Vamos, madre, hay que terminarla para Gedeón —le dije yo—; le caerá muy bien. Es un guapo mozo, aunque no sea tan ancho como Padre; pero se va poniendo cada vez más corpulento. Cuando cumpla los dieciocho años, no me extrañaría que le viniese que ni pintada. Si has de creerme, la terminarás lo más pronto que puedas. —¡A fe mía —me contestó—, que hay algo de verdad en lo que dices! Tomó sus pecados para llevarlos toda la vida. La blusa será para él. Y se fue a buscar la chaqueta que usaba los domingos Gedeón, y sacó la blusa del cajón para compararlas. Deseé que las dos piezas fuesen lo más semejantes posible; y, en efecto, lo fueron. Mi madre se calmó, y volvió a su rueca, que murmuró de nuevo como una gallinita.
  • 43. 43 Pero la calma no duró mucho. Mientras yo me calzaba los mitones me estuvo mirando, y me dijo: —Esos bucles te caen muy bien, Prue. Tienes un hermoso cuerpo, hija mía. Y en seguida, inclinándose sobre la rueca, repitió su antigua y dolorosa exclamación: —¿Tengo yo acaso la culpa si la liebre cruzó mi camino? ¿Tengo yo la culpa? —¡Oh, madre, madre! —imploré yo—. Deja de desesperarte por lo que no podemos reparar. No puedo soportar que llores así, madre mía. ¡Mira! Tanto me importa. Vamos, vamos, corderito mío (así la llamaba yo muchas veces, tan pequeña y desamparada la veía), vamos, ¡no llores más! Oye lo que voy a decirte: ¡Tanto mejor si tengo el labio hendido! ¡Tanto mejor si tengo un hocico de liebre! Y entonces huí de la casa por la puerta pequeña, hacia el sendero del bosque, mientras los sollozos me destrozaban el pecho. Tan fuertes eran que a mi alrededor se fueron levantando ruidos de alas, y en un claro del bosque un conejo se sentó en mitad del sendero con una patita levantada, como el Pastor cuando da la bendición. ¡Y era una maldición lo que me había lanzado su prima la liebre! A veces me preguntaba a mi misma por qué me habría lanzado su maldición. ¿Era ella, la propia liebre, o el diablo la había empujado? ¡Acaso Dios, al dejarla hacer, quería negarme celosamente un marido y una cuna de juncos? Más tarde hubo de parecerme extraño tener que trabajar semanas enteras, los domingos inclusive, para reparar los estragos que había causado en mí una estúpida liebre; sabía muy bien que haría falta mucho dinero para curar mi deformidad. Y cuando lo pensaba me acudía una risa amarga, siniestra como el grito del gallo silvestre cuando en los obscuros crepúsculos de otoño se alza en los pantanos y vuela entre los brezos marchitos y el cielo frío. Risa de viejos ásperos que van a humillar a un enemigo, o de buenas damas ciudadanas que, envaradas en rígidas sedas floreadas y con hijos perfectamente legítimos, van con sus abanicos a ver azotar en la cárcel a las mujeres perdidas. De aquel modo como pueden reír los que hieren por causa del rey, y que luego acuden cuando el Pastor reza por los agonizantes y exclama: «El rey les premió en su señorío, y les manda llamar a su palacio».
  • 44. 44 Sí, así ríe el gallo silvestre, y así reía yo en aquellos días. Pero ahora estoy sentada entre el hogar y la ventana, mientras el té se está preparando para alguien que volverá a casa antes de que se ponga el sol. Las nubes están inmóviles encima de los montes, y cuando me río lo hago tan a gusto como el picamaderos en primavera. Porque el picamaderos ríe, y ríe alegremente; revolotea por el olmo y ríe al verlo tan verde; luego vuela hacia el fresno y ríe al verlo tan desnudo, con sólo sus brotes negruzcos y sin hojas. Luego vuela hasta el roble y ríe al ver las nuevas hojas pardas. El picamaderos es un alegre vividor, y su risa es fresca como una cereza. Cuando al llegar al fin de una vida podemos reír de este modo, es que no hemos vivido en vano. Pero aquella noche mi risa era como la del gallo silvestre, y mi corazón se rebelaba dentro de mí. Y no obstante, estaba contenta cuando pensaba en las lecciones de escritura. Me alegraba también pensando en que iba a tener un modo de aguantar a Gedeón, porque si se ponía demasiado duro con Madre o conmigo, le haría sentir el bocado con mis escritos. Corría a lo largo del agua con mis zapatos más finos, que me hacían andar ligera, e iba pensando en cómo trabajaría para obtener el ungüento que me haría más bella que una hada. Entonces, me decía a mí misma, aparecerá un enamorado; luego las proclamas serán leídas en la iglesia, y un día estaré sentada en mi casa, con un pie apoyado en la cuna y tendré en mis rodillas un pequeñuelo serio y hermoso, más perfecto que las muñecas de cera francesas de que tanto había oído hablar, que nunca había visto, y que tan vivamente deseaba. Estaba contenta viendo a las gallinas de agua bogar dejando tras sí una estela de pequeñuelos que parecían ensartados en un cordel. Y reía al ver la garza real que habitaba en el otro lado del agua, donde tenía una esposa y un nido; allí estaba, como petrificada, entre los nenúfares. Más adelante vi muchas veces cómo Gedeón tomaba esta misma actitud cuando quería decirle algo a Jancis y no podía sacar ni una palabra de su gaznate, o cuando quería ponerse su más bella corbata y no había modo de que le saliera bien el nudo.
  • 45. 45 Encontré a Jancis poco antes de llegar a la Casa de piedra. Volvía con los bueyes, porque se los habían alquilado para una feria y tenían que ir a recogérselos al amanecer. Entre los dos grandes animales blancos, con una mano encima de cada uno de ellos, y con sus cabellos de oro deslumbradores y su rostro de color de rosa pálido, semejaba una aparecida, como la bella dama muerta en otro tiempo que volvía cada año por San Juan y desaparecía al cantar el gallo. —¡Oh! —me dijo—. ¡Llevas bucles, Prue! ¿Crees que debo ponérmelos yo para la velada de Sarn? —Como quieras —le contesté ásperamente. ¡Estaba ya demasiado linda sin ellos, con su boca que parecía más que nunca una rosa! Pensé que sus bucles serían maravillosos, colgando como los racimos de grosellas de oro cuando se apiñan a lo largo de las ramas, y me imaginé que la veía diciendo «¡Oh !» de aquel modo que a todos los mozos les inspiraba deseos de besarla. Cuando hubo dejado los bueyes en el establo entramos las dos en la casa. —Maese Beguildy —grité al entrar—, deseo que me enseñe usted a leer, a escribir y a contar, y todo lo que sepa. Le pagaré con mi trabajo. Gedeón y yo vamos a hacernos ricos, y compraremos una casa en Lullingford, y tendremos criados, y telas recamadas para mí, y porcelanas… Beguildy me miró por encima del borde de un gran vaso de hidromiel. —Ensilla tus sueños antes de cabalgar en ellos, hija mía —me dijo. —¿Qué quiere usted decir, maese Beguildy? —La respuesta está debajo de tu gorro. Si te enseño no ha de haber discusión, ni pregunta, ni respuesta. Yo te diré la cosa, pero tú tendrás que encontrar el sentido. Vamos, vuelve dentro de ocho días y me dirás lo que yo he querido decirte. Entonces, para distraerte un poco, te enseñaré la botella en que está encerrado el viejo castellano, el viejo Camperdine, el tatarabuelo del nuestro, aquel que volvía hecho un hereje cada fiesta de la siega y cantaba canciones demasiado alegres escondido en cierto rincón de la iglesia. Y como nadie le veía, nadie podía echarle el guante. —Excepto usted.
  • 46. 46 Beguildy sonrió. Tenía una sonrisa lenta y furtiva que se formaba como un pliegue en el agua y duraba largo rato. —Sí, excepto yo. Lo atrapé como había que atraparlo. —¿Y cómo fue? —Si te lo digo, Prue Sarn, sabrás tanto como yo. —Pero, ¿cómo se las compuso para meterlo en la botella? —Niña, niña, ¿has olvidado el trato? ¡Nada de preguntas! Cogió un martillo y golpeando sus guijarros alineados hizo sonar una cancioncilla. En el acto entró la señora Beguildy, como la bailarina de la feria aparece en cuanto suena el tambor. Llevaba en su cesto truchas frescas y un par de pollos que se dispuso a preparar para la «velada» a que debían llevarse los bueyes. Se tocaba con un alto sombrero verde que había pertenecido a Beguildy; esta clase de sombreros estaba de moda entre los salteadores de caminos, y puesto encima de sus rizados cabellos grises le daba un aspecto muy extraño. —¿Sabes las noticias? —dijo. Estaba demasiado atareada para hablar mucho, y así todo lo que decía con su voz grave y solemne tomaba gran importancia, como si lo hubiese dicho el pregonero del pueblo, erguido dentro de su uniforme, a la entrada del mercado. —He oído decir que el diablo había muerto —repuso Beguildy—, pero no es verdad, porque ayer le vi; es muy amable y está muy contento de tener la compañía de tu padre, Prue. —Vamos, acaba de charlar —dijo la señora Beguildy, mientras desplumaba sus pollos con tanta energía que toda la habitación quedó como sumergida en una ráfaga de nieve. —¿Has oído decir, Prue, que el pobre John, el tejedor, se perdió por el bosque la noche pasada y que se ahogó en el estanque negro? ¡La muerte es contagiosa! ¡Pobre viejo! —¡Pero si sólo faltaba una hora para que amaneciera cuando se marchó! —exclamé yo. —Fue bastante, fue bastante. Allá lejos el bosque estaba tan obscuro como en Egipto. —¿Quién le reemplazará?
  • 47. 47 —Dicen que tenía un sobrino y que le enseñaba el oficio, pero le faltan uno o dos años de aprendizaje. Entre tanto, supongo que habrá que alquilar a otro —dijo la señora Beguildy. Y luego añadió: —Quizá, en vez de tantos hechizos, sería mejor que te encargaras tú de ese oficio. Sacó el tizón del fuego y chamuscó su pollo con un aire tan rencoroso como si la víctima hubiese sido su marido. —Mujer, otras cosas tengo en que pensar antes que ponerme a tejer hierbas para cubrir los pobres cuerpos mortales. ¿Acaso no aprisiono las almas como si fueran conejos para impedir que puedan perturbar la vida de los hombres? Las bendigo, y benditas quedan; las maldigo, y quedan malditas. ¿Acaso no curo las verrugas, la tos ferina, la esterilidad y el dolor reumático? Y predigo el porvenir, y encuentro el agua aunque esté en lo más profundo de la tierra. ¿Y acaso los gallos que yo bendigo no vencen a todos los demás en las riñas? Sí, y si quisiera podría hacer una figura de cera de todos los hombres de la parroquia, y luego quemarlos, cera y hombres y todo. ¿He de dejar de hacer estas cosas, mujer? —Eso es lo que dices tú, alma mía. La señora Beguildy ataba las patas del pollo, y las atravesaba con una aguja de lardear para que no se movieran de sitio. Viendo que el hechicero empezaba a enfadarse, me puse a contar mis propósitos de aprender a leer y a escribir. —¿Lo aguantará tu cabeza, chiquilla? —dijo ella. Porque, como mucha gente, ella se imaginaba que si algo parece que no marcha bien en una persona es debido siempre a la cabeza. Por este camino, Jancis, que era tan tonta que llegaba a la simpleza, hubiera debido ser una mujer listísima. —¡Oh! La cabeza de Prue es firme —dijo Beguildy—. Sólo que tiene en ella demasiadas preguntas. Pero va a ser una buena alumna. Empezaremos dentro de ocho días, Prue. Oye, Jancis, coge la escoba y limpia un poco mi habitación. Pon los libros juntos, ve a buscarme plumas, y ten cuidado con mis frascos, que nunca se sabe lo que puede haber dentro. Maldita la falta que nos hacen aquí los fantasmas. Y puedes quitar los sapos de detrás del armario; han muerto todos.
  • 48. 48 —Prue —me dijo Jancis cuando yo salía—, si me cuentas cómo se hacen los bucles que tú llevas, te diré lo que significa la adivinanza de mi padre. Lo sé porque la ha repetido muchas veces, y he oído algunas la respuesta que le daban. —Los enrollo en un tizón, chica —le contesté—. Mira que no esté demasiado caliente, y sécalo bien antes. Pero no es menester que me digas la respuesta de la adivinanza; prefiero sacarla yo misma. Cuando al pasar la valla rocé el ramaje de los rosales silvestres, el rocío que contenían las flores en sus pétalos cayó como una lluvia sobre mi vestido. La noche estaba tan tranquila que se oía el susurro de los carneros que pacían en el campo, al otro lado del estanque, y el rumor de los peces que saltaban en la superficie, y el agua que chapoteaba contra las cañas rígidas de la orilla. Vestida como iba con mis mejores ropas en día de trabajo, me imaginaba que era una señora. Pocas veces podía hacer escapadas como aquélla, y ello iba a ser aun más raro en lo sucesivo. Por eso me ponía contenta al pensar que a Gedeón le parecía bien que yo fuese una persona instruida, y que ello me permitiría salir de casa una vez por semana, al atardecer. Cuando se alzó la brisa, las hojas lamieron el silencio como las lenguas de los animalitos cuando beben. Corrían por el cielo nubes que parecían los encajes del vestido de novia de mi madre, y una luna menguante tan verde como una hoja tierna de haya. Bajo el agua lisa aparecía otra luna algo menos brillante, otras nubes un poco borrosas, y la sombra del campanario, vaga y misteriosa, cuya punta se dirigía hacia nosotros.
  • 49. 49 CAPÍTULO VII PERAS Y MANZANAS MADRE levantó la cabeza cuando entré. Estaba bordando la blusa. —Hija, ¡te estás poniendo muy alta! ¡Y eso que no tienes aún dieciséis años! Le pregunté dónde estaba Gedeón. —Está segando a la luz de la luna. ¡Nunca había visto un muchacho como él! Se afana y suda como si alguien le forzara a hacerlo. —Bien —dije yo—. La luna va a esconderse detrás de la pared de la iglesia, madre; pronto va a terminar. Me fui hacia el prado. Mi hermano había ya segado tanto como hubiera podido hacerlo un hombre en la plenitud de la edad, y cuando llegué estaba frotando su guadaña con un puñado de hierba y afilándola antes de guardarla. Me daba gusto andar entre las gavillas húmedas y casi mezcladas, pero resultaba también un poco melancólico. Cuando pensaba en la carga que el muchacho había puesto sobre sus hombros me entristecía por él. —Ven a cenar, Gedeón —le dije. —¡Caramba! ¡Pareces un fantasma cuando sales así por entre el seto obscuro, vestida toda de negro y con esa cara tan blanca! Luego pareció que se acordaba de todo lo que teníamos entre manos, y comenzó a interrogarme sobre el trabajo: —¿Has encerrado ya las gallinas? —No. —Pues hazlo en seguida. Ya tendría que estar hecho. ¿Has repasado las trampas? —No; creía que ibas a hacerlo tú. —Cuándo estoy segando no puedo hacer otra cosa, salvo aquellas que son demasiado pesadas para ti.
  • 50. 50 —No son muchas. —Cuando termines con el gallinero y las trampas, ve a tender dos o tres sedales en el estanque. Yo tengo todavía que aserrar la leña. —Tardaré mucho rato, y no sé tender sedales por la noche —le dije yo medio llorosa, porque estaba ya muy cansada, era muy tarde, y me parecía que iba a empezar otra jornada de trabajo. —¿Hemos hecho un trato, o no lo hemos hecho? —Sí, lo hemos hecho. —Pues entonces no te quejes. Mientras iba y venía por la granja, antes de que Gedeón volviera del campo, me sentí muy sola. Hubiera querido encontrar un modo más rápido de volverme tan bella como un hada. De pronto se me ocurrió una idea. Incluso me extrañó que no se me hubiera ocurrido antes, pero es que nunca mi labio hendido me había hecho sufrir tanto. Muchas veces sucede que cuando los demás empiezan a compadecernos por una desgracia es cuando ésta empieza a hacernos sufrir. Estoy segura de que si Eva hubiese tenido el labio hendido, sólo hubiera empezado a padecer por ello cuando Adán se le hubiese acercado con una mirada tímida, y el Señor la hubiese mirado frunciendo el ceño ante su obra estropeada. He aquí mi idea: ¿por qué yo, que tanto necesitaba ser curada, no había de hacer lo que hacían las pobres gentes de Sarn en otro tiempo, y aun entonces? En el momento en que se enturbian las aguas, cada año por agosto, entrar en el estanque, vistiendo un blusón blanco, en presencia de todos los que asisten a la fiesta. Había quien pretendía que aquel movimiento de las aguas era el mismo que el de Bethesda; y aunque no fuese tan poderoso como éste, que cura cada año las más terribles enfermedades porque ocurre en Tierra Santa, donde los milagros son el pan nuestro de cada día, de todos modos decían que cada siete años curaba a una persona, si su enfermedad no era demasiado grave. Había que entrar en el agua en ayunas, y rezando unas oraciones muy antiguas y muy raras. Me sería fácil aprenderlas cuando supiera leer, porque estaban escritas en un libro viejísimo que nuestro Pastor guardaba en la sacristía. No es que el Pastor creyera en ellas, ni tampoco que dejara de creer del todo, pero el libro era raro y curioso.
  • 51. 51 Lo único que me hacía dudar era que la cosa tenía que hacerse en público. Hacía falta mucho atrevimiento para exhibirme así, como una mujer mala o una bruja a quien sumergieran por castigo. Y cuando hablé de ello a Madre y a Gedeón, no les gustó ni poco ni mucho. —¿Por qué exponerte a las burlas de trescientas personas? ¡Como si fueras a enseñarte en la feria como una mujer barbuda! —Pero yo no soy una mujer barbuda —le contesté. —¡Qué tiene que ver!... Todo el mundo hablaría de ti, desde Sarn a Lullingford y desde Plash a Brampton. ¿Meterte en el agua como una pobre apestada cualquiera que no tuviera un real? Todos dirían: mira la hermana de Sarn en el agua como los mendigos, porque Sarn es demasiado tacaño para llamar al ayudante del doctor, o al mismo doctor. Y cuando yo fuera al mercado se burlarían de mí y me volverían la cara. ¡Nunca intentes una cosa tan desvergonzada! Dedícate a cocer galletas de menta y a preparar cerveza con especias para la próxima feria, tal como las solía preparar nuestra madre, y así sacarás algún provecho para ti. —Sí, hija mía —dijo mi madre—, escucha lo que te dice Sarn. Sacarás algún provecho y verás en la feria todo lo que haya por ver, cosa que no podrías hacer de otro modo a causa del luto, porque no hace todavía dos meses que enterramos a tu padre. ¿Y no comprendes lo que sería para una pobre viuda como yo oír como me echaban en cara delante de todo el mundo que mi hija tenga un hocico de liebre? Se puso a retorcerse las manos diminutas, y comprendí que iba a lanzarse de nuevo en sus viejas lamentaciones; por eso cedí en seguida. —Tienes que prometerme que nunca harás tal cosa —ordenó Sarn. —Te lo prometo por este año, pero nada más. —Eres terca como tú sola, pero tanto si lo prometes como si no, yo te aseguro que no lo harás mientras vivas. —Y cuando me muera, tanto me va a importar —le contesté—, porque si me porto bien y voy al cielo, me van a rehacer de nuevo y seré tan hermosa como un nenúfar sobre el estanque. Y si me porto mal, venderé mil veces mi alma para comprar un rostro bellísimo, y seré feliz aunque me condene.
  • 52. 52 Entonces me escondí en el granero y lloré amargamente. Al cabo de un rato, la paz y la soledad de aquel rincón acabaron por calmarme. Abrí el postigo que daba a la huerta, junto al cual se alzaba un peral enorme; luego saqué mi calceta del bolso. Porque fue un sábado al atardecer cuando hablé de las aguas que se enturbian, y el trabajo de la semana estaba terminado, y yo llevaba mi ropa limpia y mi bolso del mismo color que el vestido. Me senté y me puse a contemplar los árboles verdes y a aspirar el olor de nuestro heno, al cual se mezclaba el perfume de los jazmines y de las ulmarias que florecían en los taludes de la huerta. Escuchaba el canto de los mirlos, cercanos y lejanos; cuando estaban lejos se hacía difícil distinguir su voz de la de los otros pájaros, tordos, reyezuelos, jilgueros, pinzones y abejarucos que formaban como un círculo mágico. Era un tejido hecho de muchos hilos, con un hilo principal de oro claro; era una música que apaciguaba el ánimo. Tal vez sea así el amor, me decía yo, un conjunto de hilos de todos los colores con un hilo principal de oro puro. El granero estaba junto al tejado de paja, en el borde del cual había innumerables nidos, de los cuales se escapaba el gorjeo incesante de las golondrinas. La ventana del granero se abría bajo un alero puntiagudo que por uno de sus costados bajaba hasta el suelo; en lo alto se levantaba una ancha chimenea. En un rincón de las vigas que lo sostenían se escondía un nido de abejas silvestres que dejaban oír su dulce murmullo y que salían mañana y tarde para ir a beber al estanque. En aquella hora la calma era tan perfecta, el huerto estaba tan solitario, sin otro movimiento que el de las sombras claras de los manzanos, tan solitarios también los prados vecinos (porque Gedeón estaba hacinando las gavillas en el último campo, allí donde debía estar yo para ayudarle), que no sé de dónde vino hacia mí un sentimiento de una dulzura inmensa, tal como en mi vida lo había experimentado. No era un sentimiento religioso, como el que pudiera nacer de un texto oído en el sermón. Era mucho más profundo. Parecía como si un ser deslumbrador venido de muy lejos hubiese invadido de súbito mi corazón. Todo tomaba otro aspecto, más claro, más bello, como sucede a veces en las mañanas brillantes que suceden al tiempo lluvioso y hacen exclamar: «¡Cuán bello es el día! ¡El cuclillo va a alzarse hasta el cielo!».
  • 53. 53 Sólo que aquello no tenía nada que ver con el día; era algo muy distinto. No me preocupé de saber qué era. Cuando el pájaro del bosque llega a su árbol no pregunta quién lo plantó ni qué nombre le dan los hombres, porque aquél árbol lo es todo para él. Del mismo modo, aquello que yo experimentaba en aquel instante lo era todo para mí. Más tarde, cuando supe leer, leí en la Biblia: Su bandera sobre mí es el amor. Y me acordé entonces de aquel atardecer. Pero si me hubiesen preguntado: «¿La bandera de quién?», no hubiera sabido qué contestar. Hoy mismo, cuando nuestro Pastor dice: «Era la voluntad del Señor que se manifestaba sobre ti» no estoy segura de ello; porque nada en aquella emoción recordaba la iglesia ni los fieles, la plegaria ni la acción de gracias, el pecado ni el arrepentimiento. Más bien tenía relación con cosas como el canto de los pájaros o el murmullo de los narcisos balanceados por el viento, e iba y venía a placer como pasa la brisa por encima de los trigales. Era cosa singular que una mujer vestida de tela de saco que había de limpiar todos los días la pocilga y el establo y que vivía estrechamente, ahorrando hasta el último penique, conociera de pronto una tal maravilla. Porque, a pesar de la paz de aquella hora, fue un gran milagro que transformó en adelante toda mi vida. Desde entonces, cuando no sabía a quién encomendarme, subía al granero, y aquello era para mí como un dulce fruto hallado dentro de una amarga cáscara. La aparición se manifestaba muy raramente, pero el granero conservaba su perfume. Me bastaba subir hasta allí, escuchar el murmullo de las abejas, respirar el perfume agreste y dulzón de las manzanas sobre los cañizos, oír las hojas que rozaban suavemente el antepecho, contemplar las ramas grises retorcidas sobre el cielo, y en el acto reaparecía el recuerdo y yo olvidaba todo lo demás. La puerta tenía un gran pestillo de madera que yo solía cerrar, sin motivo alguno, porque el granero era un rincón perdido donde sólo entraban el tejedor cuando venía, Gedeón en el tiempo de la cosecha de manzanas, o yo misma. A nadie se le hubiera ocurrido irme a buscar allí, y me servía a la vez como salón y como templo.
  • 54. 54 La techumbre bajaba inclinada hasta el suelo, las vigas y los travesaños eran de roble, y el piso estaba lleno de gibas como un mar agitado. Las manzanas y las peras tenían cada una su lugar, según la especie, a lo largo de la estancia. Allí estaban las camuesas, las asperiegas doradas o grises, las chicas y coloradas, las «sin par» y las reales, las grandes y verdes para cocer en el horno, las de color de rosa y todas las demás. Allí teníamos también gran cantidad de peras, porque en el huerto que había pertenecido siempre a nuestra familia, cada generación plantaba un nuevo árbol. Allí estaban las Worcesters, las mantecosas, las de San Juan, las bergamotas y las cristianas. Después de la cosecha, el granero resplandecía como una vidriera de colores con sus rojos y sus dorados; y aquellos colores evocaban mi aparición, porque, aunque en aquella ocasión el granero estuviera vacío, los colores iban ligados al perfume de que el granero estaba impregnado hacía siglos. Y cada una de aquellas mejillas rojas y redondas sonreía a la pobre Prue Sarn, sentada entre la ventana y el viejo telar y sumida en su soledad. Un día descubrí un viejo cofre abandonado a los ratones; lo froté y limpié, le puse una cerradura, y allí guardé en adelante mi tinta, mis plumas, mi cuaderno y la Biblia que mi madre me dio, porque ni ella ni Gedeón sabían leer. Allí estaba yo sentada en un anochecer de octubre, iluminada por una bujía de junco, haciendo mis ejercicios de escritura. La luna ocupaba todo el hueco de la ventana, como si hubieran colgado ante ella un plato de estaño. Las manzanas se arremolinaban a mi alrededor como una muchedumbre que en la feria esperase algo maravilloso. Me parecía como si las oyese decirse unas a otras: «¡Estaos quietas, no metáis ruido, no empujéis así». Y entonces me puse a pensar en que el estado de beatitud de que allí gozaba me provenía del hecho de estar maldita. Porque sin mi terrible hocico de liebre, que me había obligado a buscar un refugio en el fondo de mi pobre alma abandonada, nada de todo aquello hubiera sucedido. Las manzanas se hubieran apretujado en vano esperando ver una maravilla, y nunca hubiera yo conocido las cosas esplendorosas que pueden surgir de la otra orilla del silencio. Mientras estaba meditando en estas cosas, aquel sentimiento adorable se manifestó de nuevo, venido de quién sabe dónde, y anidó en mi corazón como una semilla caída del fruto del amor.