SlideShare una empresa de Scribd logo
1 de 96
Descargar para leer sin conexión
PENAL DE OCAÑA
Diario de una enfermera
(1954)
María Josefa Canellada
Edición:
Julio Pollino Tamayo
cinelacion@yahoo.es
2
3
LA TRASTIENDA DE LA GUERRA
No me gusta el cine bélico, no me gustan las novelas de guerra, no me gustan
los héroes de fusil al hombro, la primera línea de frente. De las guerras solo me
interesa la retaguardia, los sufridores, sean del bando que sean. De los miles de
libros que se han escrito sobre la Guerra Civil Española, los pocos, muy pocos,
que tienen algún interés, son aquellos que huyen del sectarismo, del
revanchismo, y que están escritos desde la verdad individual de lo vivido, de lo
sufrido, de lo reído («Celia en Revolución» Elena Fortún, «Yo fui feliz en la
guerra» Chumy Chúmez). Sobre la Guerra Civil no se puede escribir de segunda
mano, haciendo lecturas políticas desde el presente, haciendo literatura. Uno de
esos pocos es «Penal de Ocaña», en el que Josefa Canellada narra en forma de
diario su experiencia como enfermera voluntaria en el bando Republicano, en el
Hospital de Sangre situado en el Casino de Madrid, y el posterior traslado
forzoso al Penal de Ocaña (Toledo). Libro desconocido, y que estuvo a punto de
no serlo, porque quedó finalista del Premio Café de Gijón de 1955, que ganó «El
balneario» de Carmen Martín Gaite, la insulsa novela corta que supuso su
despegue, después ratificado por el Nadal a «Entre visillos». Por el contrario para
Josefa Canellada supuso el principio y el fin de su carrera literaria, iniciada en
1944 con dos cuentos infantiles, «El Tío Tanón, la Tía Tana y la historia de
Tanín» y «Suca y el Oso», agrupados bajo el epígrafe de «El libro del bosque».
El libro fue prohibido por la censura, estando ya en galeradas para ser publicado
por Ínsula (1955), y lo hizo por primera vez, censurado, en una pequeña editorial,
Bullón, en 1964, cuando el eco del casi premio ya ni existía. Después solo tuvo
una posterior edición de bolsillo sin censurar (solo auto-censura) en la prestigiosa
Austral en 1985, cuando el tema de la Guerra Civil ya no interesaba a casi nadie.
Más o menos lo mismo que le sucedió a «Celia en la Revolución», publicado casi
50 años después de su gestación, 1943-1987. A partir de ahí, salvo una
adaptación teatral elaborada por Ana Zamora ya en pleno siglo XXI, el silencio
editorial, crítico, más absoluto. Esta edición recoge la última revisada por la
autora, más el añadido entre corchetes de las partes suprimidas y alguna pequeña
traducción.
Julio Pollino Tamayo
4
Quirófano en el Hospital de Sangre del Casino de Madrid
Hospital de Sangre situado en el Casino de Madrid
5
[Transcribo, tal como las encuentro, las notas de un cuaderno de diarios
que llegó a mí por casualidad. Perteneció a María Eloína Carrandena,
de veinte años, estudiante universitaria en Madrid en 1936,
compañera mía que fue en la Facultad de Letras.
No he intentado siquiera retocarlo ni pulirlo para que no pierda
el agrio sabor de autenticidad que rezuma.
Por la transcripción,
M. J. C.]
Cuaderno de diarios de Maria Eloína Carrandena,
estudiante de Letras en Madrid en 1936.
6
Lo tenía todo. Completo. Atado.
Y me faltaba el empezar... Y aún
lo tengo todo — ¡qué desesperación! —
aquí, en la mano.
7
2 octubre 1936.
Necesito andar mucho, andar sola.
Hoy vivir es andar con los ojos abiertos, sola, con la boca apretada,
sintiendo en su sitio la columna vertebral. Luego, de tanto andar, solo es
uno un círculo vacío con unas cuantas extremidades. Este andar es lo que
me da hoy la seguridad mínima para vivir. Es como si llevara conmigo todo
lo mío y no pudiera perdérseme nada. Porque todo lo mío es hoy mi reloj,
apretado a la muñeca morena y huesosa, y mi chaquetilla de lana. No tengo
nada más. Ni padres, ni casa, ni libros, ni compañeros.
Mi hermano mayor, Arturo, en peligro de irse, movilizado ya. Y si
necesitan más gente, Juanillo, el pequeño, tendrá que irse también.
Paso por calles sucias, con faroles oscuros que han pintado de azul, y hay
colas de mujeres sentadas al borde de la acera, esperando leche o carbón.
Yo no espero nada. No es hora de esperar, sino de hacer.
4 octubre.
Andenes, luces, andenes.
Desdoblamiento apresurado y medroso de la pena en el aire. Arturo se va.
Hay un enorme barullo de hombres uniformados en la estación del Norte.
Se me van todos. ¡Sois todos míos!
Minutos anchos, medidos en una esfera enorme, donde el minutero
galopa y no acaba de llegar nunca. Se me hacía tan insoportable y tan larga
la espera, que tuve que marcharme llorando antes que arrancara el tren.
¡Señor! ¡Señor! ¡Esta exaltada alegría dolorosa de tener por quién sufrir
ya!...
8
6 octubre.
No ceno. En un bar automático de la carrera de San Jerónimo tomo un
bocadillo, y luego, uno tras otro, cuatro cafés sin leche, que me servirán
para no dormirme. ¡Tengo más miedo al sueño!...
Hago esta noche mi primera guardia en el Hospital de I. R. He pedido el
turno de noche y me destinan a la sala cuarta, en el piso bajo. Serán doce
horas seguidas de alerta en vilo.
Ana María, la delegada, alta, guapa, segura, va y viene dándome
instrucciones. Creo que lo sabré hacer todo. Por lo menos, apuraré toda mi
buena voluntad para lograrlo.
En las paredes hay por toda la casa letreros que dicen escuetamente
¡SILENCIO!
Yo ya lo tengo. Ando toda envuelta en un gran silencio íntimo, que
desborda de mí e inunda toda la sala. Pasaron ya aquellos días terribles de
confusión, de miedo revuelto, de soledad. Y ahora voy a dedicarme a hacer
algo. No puedo cruzarme de brazos ante todo esto que pasa. Tengo que
ayudar a alguien, a quien pueda, a mis hermanos y a estos que no lo son.
En el silencio de mi guardia caben esta noche diez hombres —carne
joven rota— que van a dormir. Pasaré la noche al lado del enfermo grave.
Es un muchacho catalán, herido el domingo último en Toledo. Tiene la cara
inflamadísima. Una bala le destrozó la boca, atravesándole de parte a parte.
Me pide por señas agua y me dice con los dedos cómo son de grandes sus
heridas. No habla ni se queja. Escupe sangre sin parar. Ana María me ha
dicho que no se mueva, que no se agache sobre todo, que no coja frío. Solo
toma un poco de leche tibia y un calmante tres veces en la noche.
La sala se queda a oscuras. En un extremo, sobre la mesa con cacharros y
medicinas, una lámpara pequeña nos deja el mundo en penumbra.
Intento leer y no puedo. Me estoy quieta, quieta. ¡Qué noche,
interminablemente larga! ¡Qué lenta madrugada, pálida de miedos!
Hay ruido de fusilería toda la noche en la calle y sirenas de alarma aérea.
9
7 octubre.
Anoche debí de tomar demasiado café, porque, a pesar de lo cansada que
me encontraba, no pude dormir en todo el día. Me bañé, me tumbé y esperé
el sueño, que no vino.
Hoy, mi segunda noche de guardia, tendré que recurrir de nuevo al café
para no dormirme.
El catalán herido está mejor. Yo tengo unos deseos confusos de ser buena,
limpia, serena, de vestirme de blanco por dentro también, de ponerme el
alma brillante.
Creo con firmeza que, siendo yo muy buena, mis heridos mejorarán
antes. Pero ¿cómo ser más o menos buena ahora? Habría que preguntárselo
a alguien que estuviera todavía fuera de esto, que pudiera disponer del
control de lo que se puede o no se debe hacer.
Mi segunda noche de guardia, bien.
Allá hacia el amanecer, se oyen por la calle de la Aduana risas
escandalosas de mujeres y voces roncas de hombres que cantan:
«¡Arriba los parias del mundo!»
Han traído un herido nuevo a mi sala. Amodorrado, sin abrir los ojos, sin
quejarse. Los camilleros lo echan en una cama vacía y nadie me da ninguna
instrucción sobre él.
l2 octubre.
Debería haber antenas de urgencia que emitieran llamadas de socorro
desesperado a los que pudieran ayudarnos. Pero ¿a quién llamaría yo esta
noche?
Me había juntado con bastante ropa sucia; había logrado un hermoso
trozo de jabón verde y me pasé la mañana lavando. Cuando me acosté eran
ya las cuatro de la tarde. Un solecillo cobarde entraba arrastrándose hasta
mi cama. El cartero me había traído las primeras noticias de Arturo, una
tarjeta rápida. Me puse dos mantas encima y, con la tarjeta debajo de la
almohada, me dormí. El despertador se paró. Nadie se preocupó de
llamarme. Quizá creyeron que estaba ya en el Hospital a la hora de la cena.
Cuando me desperté no sabía dónde estaba. Eran más de las once de la
noche y yo debía haber estado a las ocho en el Hospital. Y ¿para qué ir,
ya?
10
Esperé que de un momento a otro pasara algo, como si se fuera a hundir
la tierra que pisaba. Y no ocurría nada.
Cené una última onza de chocolate que quedaba por el cuarto solo. Hice
un llamamiento desesperado a mi serenidad y aplacé hasta el día siguiente
la solución de todo.
Fueron dieciocho horas de sueño seguido. Sobre mí pesaba al
despertarme el bochorno de la inconsciencia. Y ¿cómo me presentaré en el
Hospital?
A la entrada me tropecé con Ana María, que me saludó muy amable, sin
darse cuenta de mi confusión. Se había figurado que estaba enferma,
porque el día antes me había ido con muy mala cara.
Todos estuvieron cariñosos conmigo. Ángel Mozo, el guardia de Asalto
de la cama 3, me llenó el bolsillo grande de mi delantal de grageas.
Las cosas son siempre distintas a como uno se las imagina.
Lloraba yo de niña aquello que ya creía lo último.
¿Podré yo decir mañana —miedo negro de hoy— qué tragedias
menudas?
l6 octubre.
Mis heridos mejoran todos. El catalán ya habla. Hoy le presté mi pluma
para que escribiera a su casa. Luego, como las cartas se entregan abiertas
para la censura interna, no pude resistir la tentación de leerla. Letra muy
irregular. Copio exactamente:
«Señor Don Juan Romeo Solernou. San Juan de Vilatorada. Calle Mayor,
N.º 8 (Probincia de) Barcelona.»
Y después, envuelta en muchas rúbricas:
«MANRRESA.»
Queridos Padres: Sobareis que estoy bien de Salud como supongo de
bosotros. Padres savareis que escribíuna carta y no tengo contestazion.
Tam bien osdigo que estoy en el hospital herido de una bala en la boca
pero bamos no es nada aque llas muelas que hanto hos dezía que algún día
iria conel dentista porce me azian danño pues meles quito sin indicion ni
estenazas nadamas.
Salud.
11
Después de la firma pide ropa o dinero para comprarla, porque en el
frente le cortaron la «camisa somareta y nada más me dejaron los
pantalones pero no los lavan y si los lavan nose como ira porce estan
teñidos de sangre mía y de los compañeros que no se marcha».
Otro de los heridos es un viejecito simpático, menudo, agradable. No
puede dormir porque los hierros del aparato de su brazo roto se le clavan en
la carne. Me contó su historia. Pero ¿es que no lo sabía? ¡Si hasta había
venido en el papel! Es de allá, de los pinares de Balsaín, y sus tres hijos son
de la Casa del Pueblo. Estaba con otros cuatro encerrado en la escuela,
esperando que los fusilaran. Él era el más viejo de los detenidos, y el único
que se fugó. Toda la noche escapado por el monte con el brazo a rastras, y
por la mañana lo recogieron. Me gusta mucho oírle hablar; tiene el rostro
tostado como una corteza de pino casi. Tiene un gesto de mimo al buscar la
querencia de la almohada y el embozo blanco, tan moreno él.
Leopoldo, el herido de la cama 1, es un brigada. Hoy le han traído sus
compañeros una guerrera nueva para cuando se levante y he tenido que
coserle los galones en ella y en el gorro. Habla y se ríe mucho. Cuando no
lleva muletas anda a saltitos como un gorrión entre cama y cama.
Hoy, en la cena, contaba su historia cuando yo llegué. Le mataron a su
mujer y a sus dos hijos, todo cuanto tenía. Es mecánico. No sé de dónde
viene. Le ofrecen un buen sueldo y trabajo desde mañana mismo. No lo
quiere. Solo quiere salud para cobrarse lo que le quitaron. Por lo menos,
cinco por cada uno de los suyos.
20 octubre.
He pensado en lo mal que hice leyendo la carta del catalán herido. Las
cosas son o no son. Aquí son así y no vale darle vueltas. Yo no debía leer
una carta que no era para mí. Y todavía trato de disculparme conmigo
misma. No era simple curiosidad por leerla. Era por ver, por sorprender
desde dentro un aspecto más de la guerra. ¿Cómo sería una carta de un
herido de guerra a sus padres de verdad, fuera de las novelas? Además,
¿cómo era el catalán? Era un muchachote bruto; eso ya se veía. Pero ¿a qué
respondían los trazos finos de sus facciones? ¿Qué era además de aquel
montón de vendas y aquella piel tirante de la hinchazón horrible?
12
Luisa, que vino a verme por la tarde, me absolvió de mi pecado en la
calle. Se lo conté todo y me quedé descansada.
«No eras tú en aquel momento», me decía.
Pero yo sé que no llevaba razón al decirlo.
21 octubre.
La noche está demasiado fría para ser de un octubre madrileño. La gente
camina de prisa por la calle, con abrigo ya. En la plataforma del tranvía el
aire corta de frío. Los vendedores de periódicos gritaban: «... ¡con la
toma de Oviedo!» Y yo tengo miedo de que sea verdad y de que no lo sea.
De recibir noticias y de seguir sin tenerlas.
Sigue el viento de anoche, largo y silbón. ¿Qué viento es el que nos ha
traído la guerra? Ha venido a revolverlo todo. Las capas últimas salen
arriba, los miedos afloran. Aquello de lo que uno estaba más seguro se
bambolea como cartón.
Llegan claros los ruidos desde lejos y aquí es como si estuviera al mismo
tiempo vacío y no vacío. Se han revuelto todos los carteles, todos los
tableros, todas las fichas.
En el parque hay ramas rotas a fuerza de crujir bajo el viento, y ramitas
pequeñas arrancadas, y regueros de arena, como huellas de ladrones que le
hubieran robado al Retiro su arena y su verde.
30 octubre.
Se ha muerto. Las noches huecas de silencio allí, a su cabecera, no han
servido para nada.
Le habían traído con dos heridas en el pecho y no pudimos ni oírle hablar
siquiera. Luego, esta noche, un ir y venir rápido de las linternas de los
médicos por los pasillos. Cuando yo llegué le hacían una transfusión de
sangre, a la desesperada ya. Y se acabó.
Ángel, el de la cama 3, deliraba. Había que ir a poner fuego a una mina y
volar un puente aquella misma noche. Yo era la que tenía que ir a buscar
gasolina, y gritaba.
13
Al pobre muchacho muerto lo llevaron a un cuartito del piso bajo, vacío,
con unas sillas solo, con una ventana alta y sin luz. La camilla, cubierta con
una sábana, ocupa casi toda la habitación.
Muy temprano, casi al amanecer, vino una muchacha rubia, delgada
—¿novia o hermana?—. Entró acompañada de uno de los sanitarios de la
puerta. El rostro se le contraía en una mueca que no era llanto. Después fue
algo horrible. Unos gritos agudos, que se alargaban, que resonaban en todos
los pasillos, pegándose a las paredes, metiéndose por todos los resquicios;
unos gritos que nos sacudían y nos hacían llorar. Cerré todas las puertas, y
no valía de nada. Seguí oyéndolos otras noches todavía.
Necesito decírselo a alguien, gritarlo aquí para mí misma. Se murió y no
se podía hacer nada. No acabo de comprender esto. Yo quería que viviera.
Lo quería con toda el alma. Para arreglar los menores plieguecitos de su
colcha hubiera querido ser santa. Y hay que dejarlo morir así, sin remedio,
roto el pecho con pujanza de veinticinco años.
Si hubiera sido Arturo, o Juanillo, se hubiera muerto lo mismo. A Juanillo
también le rajarían su carne, sus manos, que yo levantaría al cielo como
una promesa de paz.
¡Señor! ¡Señor! ¡Yo con él a las trincheras!
Sigo yendo al Centro por la tarde.
El profesor N. me ha ofrecido su casa y le ha pedido a don Ramón que
me encargue de otro trabajo que no sea el del Índice, donde estoy sola. Me
han llevado a corregir pruebas toda la tarde.
Es curioso ver cómo en los mapas dialectales de las paredes, banderitas
pinchadas con alfileres van marcando ahora frentes y avances de las tropas.
También es interesante para mí ver cómo me siento un poco fuera de todo
eso, y cómo mi casa es el Hospital.
4 noviembre.
Anoche se murió otro herido de la sala segunda. Entramos Pepita Benito
y yo a buscar unos calentadores que no encontrábamos, y lo vimos.
Demacrado. Amarillo. Lo habían bajado al cuartito antes de morir porque
ya no tenía remedio.
14
Me daba un poco de miedo pasar la noche tan cerca de él. Soy muy tonta:
ya sé que los muertos no pueden hacer nada. Pero... ¡tan quieto!, ¡tan
rígido!, allí...
Dejé encendidas las luces del pasillo toda la noche. Y además encendí la
lámpara de pie en el rincón de junto a la puerta. Está prohibido tener tanta
luz, pero nadie me dijo nada ni nadie vino a apagarla.
Y también tuve toda la noche en el bolsillo del pecho la última tarjeta de
Arturo y la carta de mi madre.
7 noviembre.
Hoy me han trasladado a otra sala, en el piso principal. Son quince
muchachos con la mayor gana de juerga que yo he visto en mi vida. Todos
se han puesto apodos. Hay uno, Limahuevos, que charla sin cesar, que saca
punta de humor a todas las cosas. Cada vez que abre la boca le corean
catorce carcajadas. Uno es el Abuelo. Otro, el Pastorpoeta. Otro,
Fuensalida, un muchacho de este pueblo, pequeñito, que parece tuviera tan
solo catorce años, y tiene veinte. Le hacen hablar para escuchar un
vocabulario muy peculiar que tiene. Y de cada palabra se ríen. Y se ríen
hasta atragantarse. Y todo les vale para reír.
A uno le enyesaron esta tarde una pierna; le aprieta el vendaje al secarse,
y se queja. Hay que cambiarle la posición de la pierna y las almohadas casi
continuamente. Recoge firmas en el yeso. Le llaman Patamula. Ya le
firmaron médicos y enfermeras. También bajó a firmarle uno de los
cocineros. Le escriben cosas con lápiz antes de la firma y le pegan sellos en
su pata descomunal. Es de un pueblo de La Coruña. «Si no me arreglan
bien, lo que se dice bien, mi pobre pata, voy a parecer a uno de mi pueblo
que siempre anda escorado.»
Algunos le insultan desde la cama porque no les deja dormir. Yo apago
todas las luces, pero no puedo hacerles callar. Cuando, ya tarde, pasó la
ronda de los médicos, pusieron silencio muy severamente. Pero aún
quedaron mucho tiempo gastándose bromas de cama a cama.
15
11 noviembre.
Hoy hay mucho movimiento en la calle. Han repartido con gran
abundancia proclamas de una organización marxista-leninista pidiendo
ayuda a la juventud que todavía no está enrolada.
En las tapias largas del Retiro han puesto unos letreros que empiezan:
«Camarada Embajador: Dile al pueblo ruso que...» Otros pasquines
—¡tantos y tantos!— en las esquinas dicen: «Rusia tenía solo enemigos, ¡y
venció! ¡Nosotros tenemos a Rusia!»
Aviones que vuelan sobre Madrid tiran montones de hojas, que firma la
Aviación de la República: «Ya está aquí la Aviación del pueblo, reforzada y
poderosa, decidida a dar el último empuje que libre definitivamente a
Madrid.»
Pero otros aviones distintos tiran también otras hojas en que se anuncia al
pueblo madrileño «que no se deje engañar por los eternos explotadores de
las clases obreras». «Derrotas, solo derrotas pueden señalarse en el haber
de las hordas rojas». Está castigado el tener o guardar una sola de estas
hojas.
Y yo tengo un lejano regusto de escalofrío casi alegre al guardarme esta,
la mía, la que cayó del cielo encima de mí. Habla de la «criminalidad
organizada» y de la «salvación de España». Pero tampoco acabo de
entenderlo del todo.
Pasan sin parar camiones cargados de hombres. Por la calle de Alcalá
avanzaba esta mañana una manifestación de mujeres que gritaban y
alborotaban mucho. Si pidieran la paz, me uniría a ellas; pero piden odio y
muerte. Hay que saludar con el puño en alto al paso de la manifestación. A
mí no me gusta este saludo, pero hay que hacerlo. Levanto mi mano y
nadie sabe que no cierro el puño sino que aprieto en él el par de botitas
rosas de lana que tejí anoche para mandárselas a Mari Lola, la pequeñina
que yo bauticé un día de bombardeo horrible sobre Madrid y que está
evacuada con su madre en Molina de Segura.
Trajeron un herido nuevo para una cama libre. Viene herido en un brazo,
con entrada y salida de bala, sin rozar el hueso. Hay que hacerle una ficha
que, junto a una gráfica de temperatura, se fija a la cabecera de su cama.
Hay que bajar toda su ropa al lavadero, y subirle un pijama nuevo, un
peine, un cepillo, jabón y una toalla.
16
Le limpié el macuto por dentro y por fuera. Y cuando queda instalado y
tranquilo, yo me siento contenta. Le pedí el chusco que le quedaba en el
macuto y así, seco y todo, empecé a comérmelo pellizcando poco a poco, y
ya no pude parar. Era riquísimo. Olía a monte. Tenía un olor fuerte y
bronco. Es verdaderamente delicioso el pan de campaña.
Viene este herido de Robledo de Chavela, cerca de El Escorial. Huyeron
todos al sentir encima la caballería mora, y en seguida oyeron repicar
campanas, señal de que el pueblo quedaba ocupado. Se llama Nicolás Peña
Jiménez. Quiere darme dinero para que le busque una baraja. No se lo
tomo. Le he dicho que yo tengo una. Les compraré la más bonita que
encuentre para que se jueguen los cigarrillos.
Juanillo ha comprado muy caro un pato de estanque que debe de ser muy
viejo. Le da semillas de algarroba y gusarapitos que le cogen los niños.
El día que venga Arturo con permiso lo guisaremos con arroz en casa de
Luisa.
Hoy esta se ha empeñado en llevarme a comer a su casa, y me obsequió
con unas magníficas lentejas bien guisadas. Llevaba muchos días sin comer
nada caliente. Esto no importa nada. Pronto me darán la tarjeta de comidas
en el Hospital.
En Boadilla del Monte están emplazando artillería pesada.
El doctor F. nuestro director, dice que tiene motivos para cambiar
continuamente a las enfermeras de una sala a la otra. Yo ya voy, poco a
poco, recorriendo todas las salas del Casino. La de hoy es la sexta, la más
clara y la más amplia de todas. Sus ventanas, grandes, dan a la acera sobre
la calle de Alcalá.
Está la sala evacuada cuando yo entro. Solo hay en ella dos heridos recién
llegados, y a atenderlos con todo cuidado me dedico.
Uno de ellos se queja con unos gruñidos sordos, casi animales, y se
duerme en cuanto le inyecto Pantopón. Se llama Antonio Ortega. El otro es
un chiquillo rubio, de Huelva. Le hirieron ayer tarde en Illescas, en un pie.
Todas las muletas que hay en el Hospital son demasiado grandes para él.
Tuve que sacarle al water casi en brazos.
17
Me ha contestado con bastante gracia que los caramelos son «para los
niños» cuando le ofrecí unos que llevaba en el bolsillo. Me nacen
espontáneamente aquí, yo no los compro ni los busco. Y luego todo mi
vivir es ya esto: dar, cuidar, mimar. A quien sea, a quien esté a mi lado, a
quien encuentre, a quien Dios, por su maravilla, hizo estar junto a mí, al
alcance de mis manos grandotas.
Este andalucito rubio, que con sus quince años recién cumplidos se cree
todo un hombre, se llama Luis Acuyo Rodríguez. ¿Quién le habrá sacado
de su casa? ¡Si había de estar jugando! ¿Por qué viene él a tirar tiros, más
que por juego?
¿Qué locura empuja a los hombres y a los niños?
Doce horas seguidas de fatiga violenta. Empezaron a llegar heridos del
frente del Tajo, y bien pronto no quedó en la sala ni una cama libre.
Esperaban camillas cargadas por los pasillos y en los rellanos de la
escalera.
En quirófano operaron sin cesar los tres equipos hasta la madrugada. En
la sala era absolutamente imposible atender a todos. Había que estar al lado
de los anestesiados en los momentos angustiosos de volver en sí. Mudar
toallas, recoger vómitos, empujarlos a vivir.
Doblaron la guardia, y no bastábamos tampoco a correr de un lado a otro.
Cuando nos trajeron al de la cama 7 nos advirtieron que llegaba loco. Un
practicante le ató con sábanas a la cama. Más tarde le atamos con vendas
las manos y las piernas, por separado. Le inyectamos un calmante. Y se nos
desató igual que si fuera Gulliver, y quería tirarse de la cama. Yo luchando
con él, sujetándolo sin lograr calmarlo, y así me pasé el resto de la noche
ya. Estaba loco y ciego, y yo no podía con él. No me oía. Llevaba la cabeza
hecha un enorme lío de vendas.
—¡Madre! ¡Déjeme usté, que tengo que salir!
Me pedía agua y no acertaba a beberla, y seguía pidiéndola a grandes
gritos:
—¡Agua! ¡Agua del pozo! ¡En la jarra bonita! ¡En esa grande que tiene
usté, madre! ¡En la jarra bonita!
Hubo un momento de tanto escándalo, que los demás heridos se
incorporaron gritando también. No me explicaba yo esto, pero era así.
18
A pesar de todos mis esfuerzos, se soltó las manos, y entonces mis apuros
llegaron al colmo. Yo le miraba con horror llevarse las manos a la cabeza y
arrancarse el vendaje. Llamamos al médico de guardia, que no aparecía
por ninguna parte. Vino Rodríguez, el practicante ese, tranquilo y
parsimonioso, que lleva siempre pegado un cigarro al labio de abajo, y nos
tranquilizó:
—No importa. No pasa nada. No está ni siquiera operado. Tiene bastante
metralla alojada en el cerebro y no hay sino esperar a que se muera.
Le puso más calmante.
De vez en cuando, el muchacho gritaba con todas sus fuerzas:
—¡Malena! ¡Malenilla, ven acá!
Nadie pudo dormir en toda la noche, y yo me fui agotada, en cuanto llegó
mi relevo.
Hoy, nuestro herido loco está más calmado. No ve, pero oye. Le pusimos
una fuerte dosis de sedol y nos prometió no intentar marcharse de la cama
si lo desatábamos. No sabía dónde estaba ni por qué. Es mecánico. Dejó de
gritar en cuanto le dijimos que sus compañeros necesitaban descansar.
Ya llevo muchos días sin tener noticias de Arturo. Fue lo único que me
prometió en serio al marchar: que siempre tendría aunque no fueran más
que dos palabras de tranquilidad en una tarjeta. Y no me llegan. Pienso
que le pasa algo, y acabo el día completamente angustiada, con una gran
tristeza, que me ahoga de verdad y que no me deja moverme. Buena
preparación para la noche que me espera.
Esta tarde han bombardeado enormemente Madrid. Y nos han traído
muchos heridos nuevos. A mi sala quinta han llegado los más graves.
Parece que han destinado esta sala a los sin remedio. Uno de los nuevos
muere en seguida, sin identificar siquiera, con la cabeza casi deshecha. Se
le fue apagando la respiración aquella tan veloz que traía, y ya está. Aviso a
los camilleros, al médico de guardia. No bajé la ficha a la oficina porque ni
siquiera la tenía. Y vuelta a empezar con otro.
19
El encargado de los cafés «La Aurora», de la calle de Preciados. Estaba
en la tienda y un obús en la acera lo alcanzó de pleno. Tiene numerosas
perforaciones intestinales. Está pasando una noche malísima, y al amanecer
se morirá.
No hay quien resista catorce horas seguidas esperando que se mueran
unos hombres. La hora de mi relevo eran las ocho, y son las diez y estoy
todavía en la sala maldita. Estoy despeinada y me siento los ojos sucios de
sueño. Sin desayunar, ni manera de hacerlo ya a estas horas.
Me encuentro completamente rendida, con un zumbido raro dentro de la
cabeza, y tengo frío. Creo que si no viene pronto mi relevo voy a morirme
también en la sala quinta. Pero ya llega mi compañera, peripuesta y
coqueta, con su toca impecable y sus manos lindas.
Por la noche tengo fiebre, y pido permiso por teléfono para quedarme en
casa.
Voy a dormir, ¡a dormir!, y a curarme unas soberbias anginas con
glicerina yodada y con sueño cumplido.
Esta mañana el tranvía lleva un ruido extraño de tren cansado. Los
pregones de los periódicos pudieran ser los de las estaciones de esos
pueblos pequeñitos que se pasan de noche, en duermevela, y que tienen
tanto sueño en la voz.
He desayunado en la calle café amargo con churros fríos. Voy a los altos
del Hipódromo, donde está el cuartel de Arturo y donde espero que me den
alguna noticia suya. Hay que buscar la Compañía 34.
¡Qué raro es un cuartel por dentro! Unas camas de hierro, con las
colchonetas levantadas, dobladas a la mitad. No se ven sábanas. Doblada
encima de cada cama, una manta gris con rayas rosa.
A lo largo de toda la sala, a la cabecera de las camas, corre un soporte de
hierro, y junto a cada una, apoyado en el soporte, un fusil.
A la entrada de la sala, junto a la puerta, un cornetín muy brillante
colgado de un cordón rojo. Ir y venir agitado de muchos hombres sin
uniforme siquiera.
Nadie sabe dónde está la dirección de la Compañía 34. Sigo preguntando:
a un sanitario de bata blanca, a un sargento que pasa. Este me acompaña
por un laberinto de salas. Toda la Comandancia de la Compañía 34 es una
mesa modesta, con un banco de pino, y unos papeles encima de la mesa.
Todo en medio de un dormitorio. El sargento Ramírez me atiende. Debo
confesar que estuvo muy amable conmigo y que yo comprendía al hablar
que mis minúsculos problemas no tenían derecho a alterar en nada aquel
hormigueante ir y venir gigantesco.
20
—Sí, mi sargento. Busco noticias de las avanzadillas de Peguerinos.
Dije esto como si mi bata blanca me diera derecho a hurgar en los
secretos de campaña. Y el sargento Ramírez parecía estar de acuerdo,
porque no se enfadó.
Revolvió unos papeles. Di las gracias abarullada, marchándome a toda
prisa, a toda absurda prisa. El sargento Ramírez (Dios se lo pague) me
acompañó por el laberinto de salas otra vez hasta la puerta.
«¡Es imposible! No. ¡No puede ser!»
Me agarro desesperadamente a estas palabras y ando por medio de la
calle sintiendo mis lágrimas resbalar. No hago ni por limpiarme siquiera.
¡Qué sabéis vosotros! No puede ser. Arturo está en las listas de
desaparecidos. Pero no puede ser. ¿Cómo voy a imaginármelo muerto,
desangrándose poco a poco en la tierra? ¿Acaso amarillo, tieso, olvidado en
el fondo de una trinchera? ¡No! ¡No! ¡Todavía no! Tengo ganas de
pelearme con alguien y lloro, furiosa, por en medio de la calle.
¡Su alegría, su pelo rubio, sus veinticinco años! ¡Qué importan las
naciones, ni los Gobiernos, ni las formas diversas de esos mismos
Gobiernos? ¿Qué es un partido político más o menos que otro? ¿Qué puede
tener que ver todo eso con que se nos mate así a lo mejor de los nuestros?
¿Qué es, que no lo entiendo, la idea, que me decía aquel día una muchacha
comunista?
La única y evidente verdad es que a nosotras solas se nos hace pagar la
guerra. Con carne y sangre nuestra, con pedazos de vida nuestra, se pagan
todas las guerras del mundo.
¿Qué locura se ha apoderado de los hombres? ¿En nombre de qué,
blancos ni rojos, tenéis derecho a quitar la vida? ¿Por qué? Os lo pregunto
yo, que he recogido llorando gatitos sucios, recién nacidos, de las
alcantarillas de Madrid. Realmente yo creo que la Humanidad entera se
divide en dos mitades: la gente que mata a los gatitos recién nacidos, de
una parte, y de la otra, todos los demás.
En lo más alto de la calle habla una mujer desde un altavoz de un camión
militar de propaganda, como si me contestara:
«¡Tú solo, camarada; tú solo tienes derecho a matar. Tú solo tienes
derecho a vivir, camarada!»
Me parece tan absurdo, tan brutal, que lloro por todo lo que oigo igual
que porque Arturo no aparece. Tengo un desconsuelo hondo y pesado que
me agobia y me ahoga de verdad.
Al volver a casa me encontré que habían dejado un encargo para mí; una
cajita de bombones pequeña, atada con una cinta azul que yo conozco y
que yo tuve en mi mano: es la de la alpargata que no puede calzarse Luis
Acuyo.
21
Dentro, envuelta, una hoja arrancada de un cuadernito:
Apreciable camarada María: Nos alegramos al enterarnos de que está
usted mejor, y la felicitamos por su buen comportamiento.
Sala 6.ª Luis Acuyo y Antonio Ortega.
Una noche más de guardia en la sala sexta. Todo va bien. Todas las cosas,
en su sitio.
Llaman por teléfono. Un recado de la calle para mí, y no me sorprendía
demasiado cuando me lo dijeron:
«Que Arturo espera en casa de la tía.»
Corrí. Pedí un permiso rápido, de una hora solo, al director mismo.
Agarré un tranvía al vuelo. Otro en un cruce, en marcha. Tropecé con todo
lo que se me presentaba. Alguna persona me miró extrañada y otros me
dijeron cosas al pasar. Y yo, corriendo. A grandes zancadas, desenfrenada
por medio de la calle, sofocándome, con todo el pelo revuelto al aire.
Y allí estaba. Sucio, moreno, encarnado, con el bigote y la barba crecidos
de muchos días. Antes de que se moviera comprendí que estaba herido. Por
debajo de las rodilla derecha, el pantalón tenía un gran manchón de sangre
seca. Lo curaron de primera intención en El Escorial y lo mandaron al
hospital de El Pardo. Él agarró una ambulancia que venía. No sabe cómo
pudo escaparse, pero aquí está. Y yo lo miro, lo miro en silencio. Dice que
no es nada, pero yo ya le he visto la fiebre en la cara antes de tocarle. Y no
puede tenerse.
Me regala proyectiles: balas, unos como garbanzos de plomo que van
dentro de las granadas. Me tenía guardadas unas espoletas preciosas, como
relojes, de las que llevan las bombas alemanas de aviación. Tuvo que
dejarlas en el parapeto, y una que se le quedó en el bolsillo se la regaló al
médico que le curó en el hospital de El Escorial, que se había prendado de
ella.
Viene roto, sucio, deshecho, pero tiene el aspecto más fuerte que cuando
se fue. Mal que bien, ha sido un mes de sierra.
El tabardo tuvo que tirarlo al correr. Al termo le tocó la metralla y se
rompió el cristal. Ahora lo tiene lleno de pañuelos, todos negros. Las botas,
medio deshechas todas comidas por el borde. La cazadora, gastada del
todo. Tiene un chaleco de punto bastante bueno, que le dieron en El
Escorial. Y una muda de hace poco tiempo. Hasta que le dieron ésta trajo
los primeros calzoncillos, negros, me dice. No tiene calcetines.
22
Las heridas están un poco infectadas, pero no me parecen graves. Lo
demás no importa nada.
—Déjalo todo así. Yo te lo arreglaré. Te lavaré todo, te coseré todo. Lo
tiraremos. ¿Te duele? Acuéstate. Verás; en cuanto sea de día te llevaré a mi
hospital y te curarán bien.
Me vuelvo a mi sala y atiendo con todo mimo al pobre loco, que llora
como un crío porque no encuentra una postura cómoda en la cama. Lo
limpio, lo perfumo; le rodeo de almohadas y alguna almohadillita chica de
algodón en rama; le acaricio la frente hasta que le veo dormido. Creo que
me falta poco para cantarle y arrullarle. ¿Qué no haría yo, Señor, esta
noche, que me canta dentro una gran alegría salvaje?
¡Qué segura sube, como la del dolor, la marea de la alegría!
Arturo vive. Yo lo pondré bueno. Su vida, su vida solo es lo que importa.
¡Su vida, Virgencita mía, cuídamela tú!
Crujen las maderas de las ventanas como si las apretaran. ¿Por qué quiero
yo hoy que se callen todos los ruidos? ¿No sonaban lo mismo todas las
noches? De arriba, de uno de los pisos altos, llegan a través de patios y
galerías unos quejidos que no sé siquiera si lo son. Lo mismo podría ser
una máquina, un depósito, algo completamente mecánico. De vez en
cuando baja de tono y luego se vuelve a agudizar, y sigue, cansado y
monótono, rodeado del silencio de toda la noche. Luego supe que era un
niño que estaba muriéndose por haber tragado una moneda.
Oigo llamar de la sala de al lado al médico de guardia. Adivino en los
ruidos el ir y venir con prisas. Y llega, y habla, malhumorado.
Todos los rumores, pequeños y grandes, van alargando la noche como un
barco ciego hacia la mañana nueva. Yo abro los ojos y no hago nada.
Ahorro mis más insignificantes energías y me afirmo minuto a minuto, bajo
la luz pequeñita de mi noche, una cosa solamente:
AArturo no tiene que faltarle nada.
Los heridos de mi sala cuarta me han regalado entre todos una muñeca.
Dicen que es muy bonita. Eso ha dicho Ana María, y la tenienta, y todos los
que la ven. Ha debido de costarles mucho, más de lo necesario, porque es
grande. Pero a mí no me gusta. Tiene un pijama azul de raso y de tisú de
plata. El pelo, de seda brillante rosada, y los zapatos plateados.
A mí me gustan los muñecos que sean niños chicos, con las piernas
dobladas y no tiesas y que se puedan vestir y desnudar. No sé qué voy a
hacer con esta muñeca nueva. No encuentro a quién regalársela.
23
Cuando Arturo se vio instalado en mi sala sexta, atendido, limpio,
cuidado como el primero de mis heridos, me dijo que se encontraba
formidablemente.
Lo curaron el doctor C. y su ayudante Emilio. El director me dejó a mí el
cuidado de escoger la sala que más me gustara para él, y el mismo director
pasó una nota al cuartel dando cuenta de la situación de Arturo.
Le han extraído bastantes trozos de metralla de la pierna y quedará bueno
en seguida.
Pasé la mañana en su cuartel otra vez. Recogí su baja, cobré su mes, pedí
su carné de identidad y para este le compré una cubierta de primorosa piel
azul.
Por la tarde vinieron a vernos mis amigas Luisa y Marta Méndez.
También vino, toda cariñosa y alborozada, nuestra antigua vecina la señora
Justi, que se enteró por no sé quién. Le traía una bandejita de pasteles que
no le dejaron pasar de la puerta y que luego me subieron a mí. Por la
mañana temprano, antes de ir a buscar los desayunos y aun antes de abrir
las contraventanas, Arturo y yo nos comimos los pasteles a medias,
como si hiciéramos una travesura. Porque ¿cómo repartir estos seis pasteles
pequeños, de los de guerra, entre dieciocho hombres grandes? El papel de
seda cruje enormemente en la oscuridad. Es este uno de los recuerdos más
lejanos de mi infancia. Me habían comprado un muñeco y yo no quería
abandonarlo toda la noche. En cuanto me dormí, lo envolvieron otra vez en
el papel de la tienda, hasta la mañana siguiente. Pero yo me desperté
porque ya no estaba mi tesoro al lado, y salí en la oscuridad a buscarlo. El
papel crujía como ahora el de los pasteles, como tantas otras veces, y
siempre me deja una sensación igual de verdadera alarma, el ruido pequeño
que se agranda sin límites en la noche.
Me paso los días enteros en la sala sexta, y todo el mundo tiene
amabilidades conmigo. Lo que más me conmovió fue cuando el doctor F.,
nuestro director, vino a preguntarme cómo se encontraba Arturo, y a mí me
acarició limpiamente la cabeza, diciéndome si estaba contenta y
llamándome hija mía.
24
Día de mucho trabajo en el Hospital. Limpieza general, zafarrancho y
riada. Va a venir el general Miaja a vernos.
Pero la actividad desesperada de la mañana nos dejó una tarde larga,
soñolienta, inútil. Vino el general y —parece increíble— no visitó a los
heridos siquiera. Presenció el desfile de la Columna Internacional desde un
balcón y se largó en seguida.
La gente aplaudió frenética, y también desesperadamente, a los cascos de
los internacionales y a los tanques nuevos.
Una delicia de mañana, limpia y con sol. Llego hasta mi antigua casa.
Todo este tiempo atrás no se podía pasar hasta allí. Y hoy llego hasta mis
ventanas, un magnífico observatorio hacia Carabanchel.
El último día que estuve aquí, con Arturo, vimos emplazar una batería,
tomar una trinchera, avanzar un grupo de hombres en guerrilla y asaltar
unas casas aisladas.
Hoy no se ve nada. Hay una luz ingenua, casi de cuento infantil, como de
madrugada viajera. El campo todo, el río, el cementerio, todo está desierto,
lleno de escarcha, soñoliento; parece que nunca hubiera pasado aquí nada.
Por la Ronda veo avanzar un escuadrón de Caballería hacia abajo. Se
aleja el ruido y queda otra vez el campo en silencio. Luego, un bando de
estorninos —¿o no serán estorninos?— viene a posarse en la torre,
alborotando.
No recojo nada de casa. ¿Para qué? Me parece que es mucho mejor no
tener casa, ni ropas, ni familia siquiera.
Por las mañanas, cuando vuelvo del Hospital, me encuentro siempre con
un espectáculo que me subleva. Es el ver a estas caravanas de gentes que
suben de las barriadas extremas trayendo sus bártulos, lo que han podido
salvar de sus casas, que se quedan bajo los obuses.
Llevan chiquillos monísimos, regordetes, sucios, churretosos, que lo
miran todo con susto y sueño.
Éstos vienen de Villaverde; se lo pregunté. Dos colchones en una mula;
un niño y una niña encima, tapados con mantas. El padre lleva la mula de
las riendas. La madre arropa a otro pequeño en su mantón.
25
Otros van sentados en un carro; junto a mantas y colchones, la máquina
de coser, una maleta vieja y, asomando, un sable militar, y un cesto con
muy pobres cacharros de cocina. Detrás del carro, atadas y con aire casi
preocupado, dos cabras.
Otras familias enteras esperan al borde de las aceras, sentados, con sus
trastos, a que alguien los quiera llevar. ¿Adónde?
En este tiempo de calamidades es mucho mejor no tener nada: ni casa, ni
ropas, ni cabras, ni familia siquiera.
Recogí una carta que me llegó de Conchita, lejos. En la anterior me decía
que le había dado mucha pena dejar España. En ésta me dice que está
contentísima, que la Costa Azul es preciosa, que canta todo el día, que tiene
unos buenos amigos suizos. Y —¡claro!— me da consejos para que yo
también esté contenta. Me suena un poco a insulto todo esto.
¡Conchita! ¡Conchita, amiga mía! Yo también hubiera podido dejar
España. Pero entonces quizá no estaría cantando, más bien llorando. Mis
amigos argentinos me hubieran llevado con ellos. Me lo dijeron, y lo sabía
yo. Y desde fuera hubiera podido ir a reunirme —¡fíjate!— con mis padres.
Pero no quise. Yo, mientras sea yo, mientras tenga este fondo
insobornablemente mío, yo no podré nunca negar mi presente. Mira,
Conchita guapa, Conchita alegre, Conchita cantadora, mi vida es esto de
aquí, ahora. Tal como es. Y —¿quién te lo dijo?— «hay que darse a la vida
como el agua a la arena», o mejor «como al agua la arena».
Hace muy poco tiempo aún, muy poco —¡qué lejos queda!—, yo estaba
abstraída en otros cuidados. Era para mí lo más importante de mi vida
aquel rato de trabajo diario: sacar entre paréntesis lo que había de común en
dos textos. Acaso se llamaran Silense y Tudense. Acaso no fuera así; ya
casi no me acuerdo. Allí es donde quedaba mi mayor entusiasmo y mi
mayor atención. Apenas puedo decir que los míos, mi familia, se llevara
tanto cuidado ni tanto cariño como esto.
Y todo se vino abajo.
Hoy mi casa es el Hospital. Mis hermanos son una pena honda que se me
ablanda en lágrimas. Mi vida, el andar medio ahogada, con la tragedia
como el pan de cada día. Y el no ver claro. El querer resistir por encima de
todo. Y el echar mano de todos los restos de mi serenidad.
26
¿Qué será de mis compañeros de clase?
Solo veo de vez en cuando a Luisa Yravedra y a Miguel Ángel Arriola.
La otra tarde éste me acompañó a comprar ropa de invierno para mis
hermanos.
Arturo mejora rápidamente. Tiene un mes de permiso para su
convalecencia. Pero tendrá que irse de nuevo al frente, y empiezo ya a
preparar su macuto.
Cuando se marchó la otra vez llevaba en él dos pañuelos, dos botes de
leche, un bote de phoscao con azúcar, un termo, un cepillo de dientes y
perborato, un peine, una pastilla de Heno de Pravia grande, un tubo de
lacteol y otro de aspirina, un montón de tarjetas con mi dirección escrita ya,
un lápiz tinta, navaja, tijeras, cuchara, imperdibles, hilo y agujas y,
rellenando todos los huecos, caramelos.
Arturo no quería llevarse la mochila porque iba muy cargada y también
porque nadie la llevaba. Salieron así, precipitados, del cuartel, y yo la bajé
a la estación y se la dejé a la fuerza.
—Lo que te sobre, lo tiras; pero llévala.
Después le pregunté a un herido que llegó del frente y que me pidió que
le limpiara su macuto, hasta qué punto era útil allá, y me dijo que sin
mochila un hombre no puede vivir en la trinchera.
Luego Arturo me confesó que durante aquellos días en que todavía no
estaba organizado el abastecimiento de la avanzadilla, sus compañeros se
pasaron días enteros sin probar bocado mientras él se devoraba a
escondidas la leche y el phoscao. Que los caramelos allá eran riquísimos,
que cada día se tomaba uno de merienda. Que la navaja le había prestado
grandes servicios y que con el cepillo de dientes limpiaba estupendamente
la recámara de su fusil.
A la hora final de las cuentas, me preguntarán:
—Y tú, ¿qué títulos puedes presentar? ¿Qué es lo que has hecho?
—¿Yo? En la otra vida quiero peinar ángeles.
En ésta no he sido más que madrenovia de macutos de guerra.
27
Hoy ya sé las cosas que debo añadir a su macuto: un abrelatas chiquitín,
un tubo de comprimidos de exoformol, un eslabón con pedernal y mecha,
un bote de carne líquida que encontré por casualidad, una lata de
mantequilla salada, también de rara casualidad. Y todos los caramelos que
pueda. En un momento dado, un caramelo puede levantar un nivel de
glucosa agotado. Bueno, no lo sé, pero creo que debe de ser así.
Aprovecho todos los huecos y aún puedo meterle un par de guantes de
lana fuerte y otro de calcetines que le tejí. Una linternita pequeña con pila
de repuesto llena otro hueco. Por dentro de la tapa de la mochila va
prendido con un imperdible y colgado de un cordoncito verde mi diminuto
gato Félix, de cuerpo de cuentas negras y orejas de piel flexible. Esto, que
parece una tontería, creo que no lo es. Yo sé que en una retirada perdió
mucho tiempo precioso buscando un dado chiquitín blanco, que había
llevado en el bolsillo, antes de abandonarlo. Y hoy, cuando vio el gato
Félix, dijo:
—¡Ah, si yo hubiera tenido esto la otra vez!
Todo mi día de hoy ha sido este problema: la mochila de Arturo está
completa y pesa demasiado. Con el correaje, con el fusil, con el capote,
puede llegar un momento en que todo esto le estorbe y no quiera tirarlo. Si
le quito cosas también pueden hacerle falta en un caso dado.
Además, el termo de un litro es demasiado grande, y el de medio litro
lleva demasiado poco.
Después de mucho pensar he decido dejárselo todo. Todo puede hacer de
lastre. Que lo tire.
Lo vuelco encima de la cama y paso y repaso todos los chismes. Parece
mentira que quepan tantas cosas.
Se lo vuelvo a colocar todo con cuidado y me quedo contenta al ver que
aún puedo meter un bloc de papel de dibujo y un lápiz compuesto.
En la Puerta del Sol había muchos escombros, un boquete enorme que
calaba hasta el Metro, y casas ardiendo. No se podía llegar por allí hasta el
Hospital. Di la vuelta. En la mitad de la carrera de San Jerónimo han
levantado unos bloques inmensos de adoquines. Sale un humo espeso de
hacia Montera y Gran Vía. La plaza del Ángel está llena de montones de
escombros, y en Antón Martín también hay muchísimos.
Todo es desolación en la calle. Pero la vida sigue y los comercios tapan
las entradas casi del todo con sacos terreros y siguen vendiendo detrás de
sus parapetos, y los obuses caen sin parar.
28
Por la tarde vimos hacia Rosales un grandísimo resplandor en el cielo,
rojo, como de cientos de casas ardiendo. Era algo del cielo, una cosa
extrahumana, que daba miedo. Luego supe que todo aquello era una aurora
boreal.
Arturo se ha empeñado en llevarme al cine esta tarde. Ponen Hombres del
mañana. Dos bandos de muchachos que pelean por la posesión de un solar,
el de la calle de Paúl, para sus juegos. Es la guerra, una guerra más. Todas
las guerras son iguales.
Némechek, el chiquillo rubio, murió. Boka, el capitán, peleó bravamente.
Chonako se portó como un héroe. Es una broma de cine, un cuento. Sí, si
ya lo sé, pero yo estoy llorando.
Y sigo llorando sin poder contenerme todavía cuando, en la película
siguiente, Red, el hijo del jefe de los navajos, doma el potro negro que
dirige la manada, y al que ningún hombre blanco pudo acercarse sin morir.
Y sigo llorando —¡si serás tonta!— cuando al final quedan todos felices:
Red, la indiecita Wanima, el potro negro y su cría.
14 diciembre.
Fui a despedirme de él.
—No, no señor. Yo debo quedarme aquí, en mi sitio.
No llevaba el sombrero de siempre, sino una boina que yo no le había
visto nunca, y un abrigo nuevo. Pero tenía su sonrisa y su voz más
acogedoras que nunca, más paternales.
Tenía que decirle muchas cosas, y apenas si le dije nada:
(¿Y nuestras clases del aula pequeña, frente a la sierra? Yo tengo que
hacer mi tesis doctoral con usted. Y tengo que trabajar mucho con usted. Y
tengo que ponerle otra mañana de primavera flores de almendro encima de
su mesa...)
No le dije nada; pero le miraba, le miraba en silencio, porque quería
acordarme bien de todos sus detalles.
¡Cómo sabía yo que era la última vez que le veía!
—¿Quiere usted algo de mí?
29
30
—No, no señor; no necesito nada. Que vuelva usted pronto, que le vaya
bien.
Y lloraba otra vez, en la calle, como cuando Arturo se marchó al frente.
Por la tarde hace frío, llueve, y el agua escurre mansa en los cristales. No
apetece salir.
El carbón va menguando a toda prisa. Hacen falta unas cuantas horas de
cola para alcanzar un poco, y regañan porque nadie quiere ir.
—Yo voy. Dejadme el cubo. Hoy no me importa mojarme.
Y era verdad que me encontraba a gusto en la odiosa cola del carbón,
apoyada en la pared, sin moverme, mirando al cielo gris o a la casa de
enfrente, sin hacer nada, sin pensar en nada, dejándome empapar poco a
poco por el agua menuda.
Es casi de noche y me voy a mi guardia del Hospital. Como me sobra un
poco de tiempo, quiero dar una vuelta por las calles. La luna grande sube,
tiñendo de verde el cielo, y son como gigantes negros las chimeneas. Todo
puede ser lo que no es. ¿No hay un hermano negro y flaco, de largos brazos
en las esquinas?
Me da una pena enorme de Carmen Laujar, que era de mi grupo en la
Facultad. Le han matado a Toño, su novio, en el frente. Toño era
grandullón, tímido, infantil. Ella se ha vestido de negro. Su última carta a
Toño —que Toño no llegó a leer— era así:
«Toño, amor, querido mío: llevo dos días sin escribirte, y tú en el frente
pensarás que no te quiero, que debiera escribirte diariamente, que no me
acuerdo de ti. Sí, Toño, me acuerdo; te recuerdo a cada momento. Cuando
voy por la calle, infinidad de lugares, de cosas, me hacen recordarte. En
casa, tus dibujos, los libros, sobre todo Zaratustra, Miguel Angel, las obras
de Homero, así como cuadernos o utensilios de clase, te hacen estar ante
mí.
»Acabo de estar mirando la caja donde guardo el frasquito de esencia, el
pañuelo de la mariposa, cartas que me escribiste en mi viaje a Andalucía,
las de este verano, cosas que me escribiste durante el curso, y unas flores
mustias del último día que fuimos a nuestro jardín. Y al verlo todo, he
llorado; estoy llorando, chiquillo. Si no te escribo es porque siento como un
ahogo. Me parece que la guerra es una pesadilla y temo que no regreses de
ella. A veces tengo deseos de gritar, de decir que paren, que se termine
todo, que vuelvas. Y un sentimiento egoísta me sacude, y he llegado a
decírselo a mi padre:
31
»Ganaremos la guerra, pero si a Toño le matan, ¿qué me importa a mí
todo lo demás? ¡Canallas los que nos han llevado a esto!»
En una de las tapias del Retiro quedan pegados carteles de guerra
dibujados por Toño.
Llueve con viento frío.
Hoy empalmo noche y día en el Hospital. Casi todas las enfermeras se
han ido hacia Levante. Todo el que puede se va. Hasta Antoñita, que nos
daba aquellos mítines tan entusiastas y tan ardorosos, se marchó sin
despedirse.
Falta gente que atienda a los heridos. El pobre Ramón, el 8 de la sala dos,
que no puede moverse, lleva más de ocho días sin lavarse la cara.
Yo hago de todo lo que puedo. Barro, limpio, reparto comidas, ayudo en
las curas. Y los obuses caen bien cerca. Pero ¿qué otra cosa podría hacer
yo? ¿Cruzarme de brazos acaso?
Rafaela, mi compañera de hoy, es de lo más irresistible. Nadie aguanta
más de un día a su lado sin reñir con ella. No hace más que hablar, y
revolver, y mandar. Pero a mí no me importa. ¿A qué vengo yo aquí, sino a
trabajar, a trabajarme? ¿Qué haría yo si no me embalara en esta actividad
desenfrenada? Stajanovista me llaman ya en el Hospital.
Además, Rafaela come a hurtadillas todo lo que puede coger, y con eso
de que es del Partido, y con bastante cara dura, trae a su niño Jaime a cenar
todas las noches a su sala. Y hasta se lleva calcetines y pañuelos de los
nuevos.
Yo me he hecho cien veces mis cargos, y otras cien llego a la misma
conclusión: hay que resistir. Hay que vencer todo esto con espíritu. Hay
que sobrevivirlo. Algún día Dios querrá mandarnos su paz, y yo podré decir
entonces:
«Ayudé a mis hermanos. Ayudé a los que sufrían. Resistí el frío, el olor a
sangre, a pus, a fenol, todo junto. Señor, Señor, Tú mi ayuda, ahora y
siempre. Aquí me tienes, Señor. ¿Yo también fui roja?»
Todo es confusión. Los ánimos están exaltados. La gente, nerviosa. Nadie
ve claro nada de lo que pasa. Mis compañeras se pierden en líos y
discusiones. Que si el de la cama 2 dijo tal cosa; que si la tenienta dijo tal
otra. Hubo un momento en que se llegó a la mayor confusión y grosería. ¿Y
si yo me fuera de aquí?
32
Pero, ¿no era mi obligación aceptar todo, fuera lo que fuere? No sé si esto
es bueno o es ir demasiado lejos. Pero a mí me parece que es lo que debo
hacer. Mientras pueda resistir, resistiré. Quizá un Hospital de Sangre tenga
que ser así, forzosamente así, con sus chismes y todos sus inconvenientes.
En la galería se oían las discusiones toda la mañana. Estaban la tenienta,
Rafaela; Pepita y Antonio, el delegado de enfermos. Yo, trajinaba...
trajinaba... perdida en mi quehacer.
Andaba yo quitando el polvo a todos los travesaños bajos de las sillas,
cuando vino la tenienta a buscarme, esta mujer un poco rara, con sus
estrellitas siempre prendidas en el pecho.
—¿A buscarme a mí? Pero si yo no me meto en nada...
—Tienes que decir delante de todos si Rafaela es tan indeseable como
cuentan.
—¿Yo? ¿cómo voy a decir yo...?
Es verdad que tenía ganas de gritar que sí, que Rafaela era, por lo menos,
muy rabanera, muy mandona, muy inaguantable, muy aprovechada, pero se
me ocurrió de repente una solución. Y dije que nada tenía que decir, sino
que me dejaran a mí de turno con Rafaela siempre.
Estuvo toda la mañana tumbada en uno de los divanes de la galería, con
pose de disgusto horrible. En el comedor se acercó con los ojos hinchados
y rojos a darme las gracias porque la había defendido. Fue toda
amabilidades conmigo. Pero, después de todo, yo no dije nada en su favor.
Hoy, más que triste, estoy de mal humor. Sin saber bien por qué. Rompí
un termómetro al tomar temperaturas esta mañana.
El doctor Pérez, Dios le bendiga, cuando yo creía que iba a regañarme,
dijo que si no hubiera andado con él no lo hubiera roto.
Verdaderamente que Pero Grullo lo dijo también. Y también es verdad
que Rosi, «la Rubia», mi compañera de hoy —¿de dónde habrá salido esta
mujer?— no sabe leerlo.
Cuando vuelvo a casa por la noche está el Metro atestado de gentes de
todas clases que duermen en colchones y mantas extendidas en los andenes.
Arturo no estaba en casa. Llegó en seguida con Enrique y Ramón, los
primos. Habían ido a cantar, a «facer unos coriquinos», decía Ramón.
33
En cuanto cruzó la puerta, le noté la cara roja, los párpados caídos, la
mandíbula, sobre todo la mandíbula, tan desencajada. Le reñí, los reñí a
todos. Quisieron explicarme: es que encontraron una botella de ron y
bebieron cerveza encima. Arturo no decía nada; se reía solamente. Ramón
alborotaba. Trataba de convencerme a gritos de que necesitaban
emborracharse de vez en cuando, que si tomaban esta vida en serio era
como para suicidarse sin vacilar.
Yo sentía encima de mí toda la tajante realidad de la guerra. Estaba yo en
el fondo de una taberna oscura, con dos hermanos amenazados de todos los
males del mundo, de todos los males posibles, uno de ellos herido y
borracho. En la pared alguien había pegado unas escenas de la Revolución
rusa, recortadas de una revista vieja, y estaban muy en ambiente.
Ramón alborotaba de nuevo en la calle, tranquila, silenciosa ya y oscura:
—¡Somos la pequeña Rusia! ¡Somos los dueños del mundo! —gritaba.
Llevaba un enorme pistolón al cinto, que le habían dado en el Sindicato,
y amenazaba con despertar a tiros a todos los vecinos.
A la mañana siguiente, asturiano noblote después de todo, me pidió
perdón. Me dijo que, como mujer, acaso no comprendiera por qué se
emborrachaban, o acaso por eso mismo lo comprendería mejor. Lo
comprendí perfectamente al ver salir a Enrique por la mañana temprano
hacia un frente que no sabe cuál es. Nadie se preocupó de su mochila. Y se
iba cantando.
21 diciembre.
Esta mañana llevé al Hospital un termómetro nuevo en cambio del que
rompí ayer. La tenienta se extrañó mucho, y me felicitó por ello.
—Es el primer trasto roto que se paga en el Hospital.
Hacia mediodía vino a buscarme a la sala para confiarme una misión.
Sabe que yo —lo dice ella— trabajo bien, y quiere encomendarme un
hospitalizado de alta categoría. Es un miembro de la directiva del Partido
que ha ingresado con una gastritis desesperada.
Lo han puesto en una habitación pequeña y muy bonita. Al llegar desde el
ritmo activísimo de la sala me parece que aquí no hay nada o casi nada que
hacer.
¿Cómo me atenderán mientras tanto al nuevo herido de mi sala?
34
Hoy no ayudaré a curar al doctor R., ni veré los desgarrones del pecho del
catalán, ni le pondré la cebra de esparadrapo para que se ría.
No tengo que tocar la toalla sucia del nuevo anestesiado, ni remojar
poquito a poco sus labios resecos. Es absurdo, ya lo sé; pero aquello me
gustaba más que atender a este enfermo pálido y educado, que no blasfema,
y que tiene unas lindas y cuidadas manos blancas.
En vez de las sábanas dudosas y ásperas y cuarteleras de la sala, tiene en
la cama un hermoso juego de hilo, con un gran nombre bordado a realce en
el embozo: SOLEDAD.
Y tiene una colcha de raso azul, y, el colmo ya de la distinción, un
precioso cubrecama de piel de guanaco chico, que es una verdadera
maravilla de suavidad en la mano. (¡Ay, el régimen más o menos
comunista!)
En cuanto pude escaparme un momento, fui a ver al director, y le pedí
que me volviera a la sala.
Me contestó que no admite la dimisión, que tengo que obedecer y que
será cosa de cuatro días.
22 diciembre.
El nuevo hospitalizado es muy amable, y creo que llegaremos a ser
buenos amigos. Todo el personal del casino se desvive por complacerle.
Yo tengo amplios poderes para hacer lo que quiera. Empecé por suprimir
toda clase de visitas, colgando a la puerta un cartelito que yo me hice, y que
habla de severas prescripciones facultativas. Lo dejaré colgado estos
primeros días.
Después pude arreglar la habitación a mi gusto. Pido todo lo que me
parece y todo me lo dan. Antes tenía que pelearme con el encargado del
almacén cada vez que necesitaba más toallas limpias para la sala. Los vales
los firmo para la sala «especial».
Tengo un hervidor eléctrico nuevo y una estufilla eléctrica que calienta y
todo.
Todas las cosas están en su sitio: el termómetro y su gráfica de
temperatura, la leche en el hielo, el agua de Mondariz, el ozonopino. Le he
puesto sobre la mesita un libro de versos: La voz a ti debida, de Salinas con
la dedicatoria auténtica, y un muñequito pequeño que es un gato con botas
rojo, haciendo una pirueta sobre lo blanco del libro.
35
No tengo nada que hacer. Leerle algún artículo de la prensa diaria, o
escribirle unas cartas que me dicta porque aún no puede incorporarse.
Cuando viene la tenienta, o el director, o Montes, que es el médico que le
asiste, mi enfermo dice que soy «una enfermera excepcional». Esto me
hace ponerme un poquito —no mucho— hueca.
El doctor Montes me dice que le he puesto una cama de «recién parido».
Yo le digo que es así como habría que tener y que cuidar a cada uno de las
salas grandes. Lo único que he podido lograr es que se ponga un hervidor
nuevo en la sala segunda, y que la tenienta se cuide un poco más de ver
cómo suben las sábanas del lavadero.
23 diciembre.
¿No parece que hoy cayeran los obuses espaciados y como sin ganas? De
una de las salas altas, vacía, viene un rumor de vals de Chopin tocado al
piano; pero es como si viniera envuelto en un aire de ñoñez, o como si
trajera un perfume pasado de nardos mustios.
Un grupo de enfermeras y practicantes jóvenes van riéndose abrazados
por la galería de cristales. Hay algo raro en el aire. El director, en su visita
diaria a mi ilustre enfermo, dijo esta mañana que no le extrañaría nada que
la guerra terminase de un momento a otro. ¡Que sea verdad! Yo daría un
brazo, y una pierna y un ojo, porque se acabara esta locura. Que nuestra
juventud se muere destrozada por la metralla. ¿No es una locura el que
estos muchachos sanos, repletos de vida, tengan que morir así, sin ninguna
enfermedad, nada más que porque hayan desgarrado su carne?
Que nos socialicen a todos, que nos mecanicen, que nos vistan con mono
y nos hagan trabajar, pero que vivamos. Recuerdo ahora lo que decía el
muchacho enfermo amigo de Kolia:
«¡Lo importante es la vida, la vida únicamente! ¿Qué es cualquier
descubrimiento, al lado del descubrimiento incesante de la vida?»
Por la noche, en la taberna de casa de la tía, cenaban dos muchachitos
franceses de la Internacional. Uno de ellos rubio, pequeñito, casi un
chiquillo. Sabían muy pocas palabras españolas y manoteaban en medio de
un corro de milicianos. Querían decir algo que nadie les entendía. Entonces
Ramón vino a buscarme para que se lo tradujera.
36
Que cuando él era tout petit [muy pequeño], su madre molía café en un
molinillo, y se dormía con ese ruido. Ahora, ellos duermen mientras los
fascistas tiran, y en cuanto se hace el silencio, se levantan ojo avizor. El
mayor decía que había matado ya dos fascistas y un caballo; pero que esto
era muy poco. Hoy hicieron una falsa retirada. Pero entonces ellos volaron
la dinamita que un minero asturiano les había colocado en un túnel. Y voló
toda la Universidad. Lo dicen vanagloriándose con un aire canalla y ruin.
¿A qué habrán venido aquí estos chiquillos del tabardo gris y los cascos
de acero? La Universitaria es mía y nuestra.
24 diciembre.
Esta mañana, camino del Hospital, había una niebla dura y fría por debajo
del sol. Pasaban tanques, muchos tanques, llenando de estruendo la calle de
Alcalá. Y pasaban enormes camiones verdes nuevos con la columna
Internacional: muchachos fuertotes que alborotaban, puños en alto,
contestando al aplauso y al saludo de la gente.
Arribas, el herido de la sala cuarta, que todas las mañanas viene cojeando
a ver a mi enfermo, estaba contando cuando yo llegué:
«... la táctica estupenda de los otros: primero, la aviación, y pan... pan...
pan... toda la zona. Luego avanzan los tanques, y rrr... rrr... rrr, barren todo
el terreno, después de haber actuado allí mismo la artillería. Después,
todavía la caballería, la poderosa caballería. Y detrás, con el camino libre,
ellos, triunfales.
Nosotros, a pie firme, aguantamos pegados a la tierra de las trincheras,
como tontos, como idiotizados. No huimos, porque no podemos. Le
aseguro que pasamos un miedo horroroso, pero resistimos. ¡Ah! Pero ahora
han llegado tanques y refuerzos rusos. Se han emplazado treinta y dos
baterías alrededor de Madrid, y ya no puede pasar lo que en el desastre de
Talavera aquel, que íbamos a matar como corderos, sin fusil siquiera, a
pelear con palos contra las maravillas de la técnica alemana [las maravillas
técnicas de Alemania].
Por la tarde habían dispuesto las mesas del comedor de otra manera. El
practicante F., ese tan alto y delgado, y Julita, pensaban disfrazarse y no
dejar dormir a nadie en toda la noche. Los que tienen familia hoy no se van
con ella, porque su familia es el Hospital, y los que no la tienen la
improvisan aquí. Habrá música, y luego cena extraordinaria, y luego, baile.
37
Me dio mucha rabia de todos los que piensan divertirse de verdad. De
todas mis compañeras que tienen ya su plan para esta noche. Me parece
que estoy fuera de sitio junto a todos ellos. Como si tuviera algo que
ocultar de todos. Y no tengo nada.
En la comida, Claudina la de quirófano, abrazaba delante de todos a C., el
radiólogo. Bueno, y a mí, ¿qué?
Bajé al lavadero y no se trabajaba por falta de carbón.
La caldera estaba parada, y los grandes secadores de aire caliente no
funcionaban. Soto, el hombre de las máquinas, abrazaba con grandes
transportes de alegría a una de las planchadoras, gordita y fresca de ropa.
Hacia el anochecer, cayeron obuses en los altos de la casa, como
diariamente vienen cayendo desde hace poco tiempo. La guerra sigue aquí,
hoy como siempre, como el látigo de Dios deshaciendo vidas. [, un
día y otro. Y esta noche precisamente, y son ellos, católicos, los que tiran.
Siquiera por una noche debiera ocurrírseles mandarnos hoy cañonazos de
flores blancas, o de pan, o no tirar. ¿Es que sería esto una gran locura? ¡Y a
mí que me parece tan natural!]
Me sentí pobre niña chica, infelizmente perdida dentro de mi inseguridad,
con ausencias fuertes, con soledad aguda. Arrimada a la pared del pasillo,
ya oscuro, me dio por llorar. Lloré por todos, por los de acá, y por los de
allá, por los de las trincheras, por mis padres, lejos. Lloré mansamente por
todos y por mí. Por la Nochebuena feliz que yo podría pasar entre los míos
y en mi casa, esperando la hora de Dios, el minuto que separa los tiempos,
de rodillas. La vería ir floreciendo, pequeñita y blanca, como una semilla
de la luna grande que me hubiera traído el viento de la noche. Floreciendo
chiquita entre mis manos, mi buena voluntad.
Pasó Arribas, el de la sala cuarta, y me vio llorar. Vinieron en seguida a
buscarme Pepita Astor y la tenienta. Quisieron darme Bromural, y darme
vino para alegrarme, y que después de cenar me bajarían al baile. Que no;
que no eran nervios, que no era nada. Que me dejaran irme a la calle. Y me
fui, sin cenar siquiera.
AArturo no le pude dar de extraordinario más que el huevo frito que tenía
de racionamiento, y tres pastas secas de mi postre de tres días. Y para
Juanillo tenía una rebanada de pan con nata y azúcar, que le gusta tanto.
En el piso de arriba bailaron y cantaron toda la noche. En casa, Soledad,
la monjita camuflada, bailaba loca de contenta delante de un Niño Jesús. Y
cantaba y decía tonterías igual que una niña chica.
Sí, sí, baila, Soledad; pero ¿y los hombres que se mueren esta noche?
38
En esos momentos de largo reposo forzado, mi enfermo me cuenta cosas.
Es médico. Empezó varias carreras y acabó en médico por vocación.
Tiene un método de tratamiento de enfermedades completamente
personal. No quiere hablar de esto con los médicos ni con nadie, porque lo
toman a broma. Entonces ¿por qué me lo cuenta a mí?
Lo que se ve claro es que no es un iluso, ni es un maniaco. Habla con
experiencia y con datos y cifras. Yo empecé a escucharle un poco por
cortesía, y también por aprovechar lo que me pueda traer de bueno este
nuevo estado de cosas que no puede traer más que males.
Después he ido aficionándome a oírle, y creo que ha de tener algún poder
extraño para convencer, porque me quedo prendida de lo que dice.
Sabe muchísimas cosas de las fronteras de la Medicina que rayan con el
misterio.
—No sabemos nada los médicos. Estamos en pleno período de balbuceo.
Acertamos algunas cosas; pero saber, lo que se dice saber... ¡nada! Es
siempre la naturaleza la que, en definitiva, cura, a veces con nuestra ayuda.
Y luego se extiende en consideraciones y razonamientos sobre lo poco
que hay de seguro y cierto en una cosa tan diaria como el reuma.
No entiendo muchas cosas que dice de los «anti-cuerpos».
—¿Y el cáncer? Después de tantos trabajos y tantas investigaciones, ¿se
sabe siquiera lo que es? ¿De qué puede estar satisfecha la Medicina, si no
puede curar un cáncer? Pues ¿y la lepra? ¿Se sabe la relación indudable
que existe entre la alimentación y este mal?
¡Nada, nada! ¡No sabemos nada!
Hace frío. No hay calefacción ni manera de tenerla. Hoy no hay luz
siquiera. Esta mañana ha sido espantoso el cañoneo sobre Madrid. Subí a la
terraza buscando el sol de mediodía y vi las granadas rompedoras estallar
en el aire. Humo e incendios. Los ladrillos de la terraza de mi Facultad eran
como éstos. Tengo ganas de dejarme acariciar por el sol. Estoy cansada,
casi triste. ¿Para qué los coches? ¿Y las prisas? ¿Y los aniversarios? Si no
me importa nada ya. Voy como soñando al andar, ciega de lágrimas. He
perdido mi mañana.
Si mi mañana era como una bola de luz que rodaba por las alas de las
moscas, sobre la piedra, pálida de sol... Si mi mañana era aquel deseo
fuerte de que las cosas fueran como son, sin remedio y sin pena.
39
Me subo al sol de la terraza otra vez. Tengo media hora de descanso para
la comida y me entretengo mirando a las nubes. Ha ingresado un niño
pequeñín herido. Y tengo una pena extraña por él. Es como si yo fuera su
madre y como si esto hubiera tenido que suceder así, irremediablemente
así. Mejor, es como si el pequeñín hubiera nacido ya con la piernecita
cortada, pero como si me hubiera nacido a mí.
Guardo el postre de dulce de hoy con la viena del desayuno para Hipólito
Expósito.
Hipólito es un pobre miliciano medio tonto, el de la quemadura en el ojo,
que es motorista, y del que todos se burlan, que sale a buscarme por los
pasillos a la tarde.
A Carmen, que estaba de guardia ayer en su sala, le di un envoltorio
pequeño con un papel de seda azul para que se lo metiera debajo de la
almohada. Carmen me dio su palabra de honor de que no se lo diría a nadie.
Esta mañana, Hipólito, loco de contento, enseñaba a todo el mundo su
moto pequeñita, de colores, con sus faros brillantes y sus mandos y todos
los detalles.
Y Carmen, en cambio, volcó sobre mi cabeza un frasco casi entero de
esencia de jazmín...
Mi enfermo mejora; pero no del todo.
Me parece un hombre extraordinario. Hoy me ha seguido contando cosas
que no llego a entender por completo, pero que son interesantísimas y que
nadie, creo, sabe más que él.
—¿Qué se conoce de la fuerza que tienen algunas personas como
emanación de sus manos o de sus ojos?
—No. Desengáñese —me decía—; no es truco todo el misterio. Yo he
visto trazar un círculo con un dedo en la tierra alrededor de un alacrán
ponzoñoso, y, después, como si estuviera rodeado de fuego, quedar el
animal encerrado, sin poder traspasar el círculo, y retroceder espantado al
llegar a él. Las manos de este mismo hombre se acercaron a una gran
quemadura recién hecha, y, con acercarse solamente, la quemadura empezó
a secarse, sin levantar ampolla, en vías de curación.
40
¿Y el arcillismo? ¿Ha visto usted alguna vez curar con barro? Con barro
fue como Jesucristo dio vista a un ciego. ¿Recuerda?
Estamos rodeados de milagro. Y no queremos verlo.
Y las alusiones, medio veladas algunas, que hay en la Biblia a ciertas
enfermedades, ¿son también puro cuento? Cuando una mano leprosa sale
del seno contagiada y vuelve a entrar y a salir limpia ¿no querrá esto
decir nada? Por lo menos, el mal es de dentro, y no de fuera. Esto hay que
saberlo.
Y ¿usted cree que es puro capricho cuando la Biblia recomienda: «No
cozáis el cabrito con la leche de su madre»? ¿Puro capricho? También hay
que saberlo.
Y cuando la muchachita de Lourdes come verde de la tierra bajo la
mirada de la Virgen, ¿no querrá decir algo también? Por lo menos, habría
que buscar qué abismos de humildad y de verdad hay en las curaciones. No
hay que darle vueltas. Es que no nos queremos dar por enterados de que el
milagro nos rodea por todas partes. Y un método curativo no puede
prescindir de la limpieza del espíritu, de la desintoxicación del alma y
del cuerpo.
Anoche hubo escándalos mayúsculos en el Hospital. Esta mañana quedan
enfermeras con los ojos llorosos, y quedan muchísimos, infinitos
comentarios. Lo que nos llega oficialmente es que Arribas queda dado de
alta hoy. Que Mercedes y Juanita tienen un mes de suspenso en el cargo. Y
todo el mundo cuenta detalles, como si lo hubiera visto.
Arribas soñaba con Mercedes, llamándola en voz alta, y tuvo, más o
menos, un ataque de histerismo. Juanita se dio por ofendida porque él no
quería que le atendiese más que Mercedes. Regañaron y llegó incluso a
pegarle. Intervino Mercedes, y Juanita le pegó a ella también.
Creo que se oyeron cosas peregrinas.
Después de comer, Arribas se marchó arrastrando su pierna herida del
brazo de Mercedes, ancha, presumida y toda orgullosa. Por lo menos, a mí
me lo parecía. Y Juanita no apareció en todo el día.
Mientras tanto, los obuses caen sin parar en el Hospital. Hay rumores de
que tendremos que irnos.
41
Mi enfermo ha seguido hoy por el despeñadero de las confidencias. Es
verdad que cada día le encuentro más interesante.
Me ha contado todo el gran esfuerzo y la ingente tarea que le ha supuesto
el experimentar sus métodos curativos en el pabellón del Sanatorio
Rosmanil. Tuvo que luchar duramente hasta que le dieron el pabellón.
Entonces cogió enfermos de todos tipos: tuberculosos, diabéticos,
cancerosos incluso. Especialmente desahuciados.
La lucha con los médicos fue diaria y sin cuartel. Y luego la tarea inútil
de encontrar enfermeros conscientes y honrados. Sus esfuerzos, sus
desvelos por atender personalmente a todos. Y más que nada, su enorme
pelea contra el desaliento. Él solo.
Más tarde, la estupefacción de los doctores cuando vieron cómo la gente
iba quedando curada.
Y ahora, cuando estaba en vísperas de ir concretando y sacando
conclusiones en limpio, la guerra, que lo echa todo a rodar. El Rosmanil,
hecho Hospital Militar y evacuado. Él, movilizado. Sus papeles, perdidos
en un bombardeo. Ahora, para colmo, la enfermedad y el desasosiego. Pero
tiene que salvar sus experiencias, sus métodos, todo en su memoria, todo
pendiente ahora del finísimo hilo de su gastritis desesperada.
Yo tengo ganas de decirle que yo podría tal vez ayudarle, aunque no fuera
más que la mínima ayuda de mi buena voluntad. Quizá solamente el
copiarle cosas a máquina, el cogerle datos al dictado... Acaso podríamos
dejar en papeles todavía el tesoro que está todo en su memoria.
Pero no le digo nada. Le ayudo en lo que puedo, que es escribirle las
numerosas cartas que me dicta y llevárselas por mi mano al Correo central
para ganar fechas.
La guerra es una sacudida brutal que nos despoja de lo accesorio, del
adorno, de lo inútil. Las cosas en la guerra son de otro modo. O sirven para
algo, o no son nada. Hoy estoy contenta. Arturo me trajo de su cuartel un
impermeable militar igual que el suyo, y unos zapatones fuertes, un poco
más pequeños que los suyos.
Nadie sabe chapotear en el barro como yo.
Hoy llueve como llovía cuando bajaba andando camino de mi Facultad.
Voy dejando que la lluvia —agua del cielo— me empape y me bendiga la
cabeza.
42
Tengo todos los recuerdos agudizados, todas las ausencias agravadas,
todas las penas en presente. Escribo diciéndoselo a Conchita, lejos, y a
Miguel Ángel Arriola.
Dentro de dos días, a la sala otra vez. Mi enfermo se irá en seguida. Se irá
sin que el doctor Montes le dé de alta siquiera. Tiene que gestionar su
pasaporte para Méjico, donde parece que le ofrecen ayuda para empezar
a trabajar otra vez.
Es bastante difícil gestionar la salida, y llegar a un sitio donde haya
tranquilidad. Otros se van por dar seguridades a su vida. Él se va por salvar
sus métodos y su revolución.
¿Y yo le dejaré marchar así? ¿Sin decirle aquí tiene usted mis dos manos
para lo que necesite? ¿Sin decirle que yo creo en él y en sus cosas? No le
digo nada; pero me da mucha pena que este hombre se me pierda, y que
pase a mi lado (así es cómo van las cosas en la guerra) como una ráfaga de
ametralladora, como un viento suelto.
Marta Méndez vino a verme esta tarde, y a traerme novelas francesas que
yo le había pedido para Marcel, herido en mi sala, que se aburre mucho. Es
muy buena esta Marta Méndez, que yo conozco desde la escuela, y la
quiero mucho.
Se llama Marcel o Robert, o las dos cosas al tiempo. Tiene todo el pelo
blanco alrededor de la frente, aunque parece joven. Es bajito. Cada vez que
paso por delante de su cama me grita Marie [María]. No sabe nada de
español, y me resulta agradable oír toda la mañana el final agudo de sus
palabras prendido en alto. Es marsellés. A los catorce años se quedó sin
familia. Trabajó como camarero en barcos, y ha visto casi toda América. Es
verdad que tiene una cara avispada de aventurero o de pirata.
En la sala le quieren mucho. Le gastan bromas, que no entiende, y no se
enfada nunca.
Ayer pidió permiso para salir temprano. Llovía mucho. Yo quise
cambiarle sus alpargatas por mis zapatos bajos de lluvia, pero cuando le
busqué en la galería ya se había ido.
Llegó a la hora de la comida. Venía contento. Traía su paga —¡mucho
dinero!— y debajo del pañolón de la F.A.I. que le sirve de cabestrillo,
escondió de la guardia de la puerta una botella de Málaga.
43
Al atardecer tenía la cara toda roja y el aire de un borracho. Me llamaba
ma chérie [querida mía] para que le partiera la carne de la cena.
Durante la noche, Marcel se peleó con otro herido, pero por la mañana
estaba ya tranquilo y silencioso.
—Pas de permission aujourd'hui [Hoy no hay permiso]—y se paseaba
por el hall todo furioso.
—¡Yo no prisoniero!... —y no quiso subir a comer por más que se lo
rogamos.
¿Era Riola o Fuengirola, o un nombre parecido el del pueblo de Julio
Pont Torres? Ya no me acuerdo. Y de la calle tampoco, y eso que me la
repitió muchas veces esta mañana. Era, en verdad, un campesino brutote,
pero tenía una mirada limpia y una voz tibia y empañada de no sé qué, de
mimo, creo que pensaba yo cada vez que le oía.
Como estos días entran muchos heridos nuevos, se manda a los menos
graves hacia Levante, a reponerse, antes de marcharse al frente otra vez.
De verdad que estaba conmovido, cuando se despidió. Se me ofreció
«como un hermano, para todo lo que necesitara». Y decía:
—Si fuera en otras circunstancias, no me despediría yo así.
La verdad es que solo hace cuatro días que estoy en su sala. Cuatro días
antes no eran nada. Ahora sí.
Ahora pasamos unos al lado de los otros más deprisa que nunca, como las
amistades hechas en los barcos. Con los aledaños del alma más desnudos y
más al aire. Y algo nos prende, y nos empuja al mismo tiempo, sin poder
pararnos.
Le bajé el saquito de la ropa y el capote, empapado de sangre seca. Le
preparé la comida para el viaje. Le ayudé a subir sin que se hiciera daño. Le
estreché la mano con fuerza:
—¡Adiós, Julio Pont Torres!
El pobre muchacho lloraba de verdad cuando arrancó la ambulancia.
Ha ingresado una mujer malherida, que perdió a su marido en la voladura
de un polvorín. Ella no lo sabe todavía, y tiene un niño de pocos días.
Como hoy no hay mucho que hacer, subo después de la comida a pasearle
al sol de la terraza. Es esmirriadito y feucho, y le queda en la frentecilla el
vello del feto todavía. Los muchachos de la sala me gastan bromas, me
llaman «madrecita», me dicen muchísimas tonterías que no oigo siquiera;
pero, completamente en serio, me parece que en mi vida me sentiré más
contenta que hoy, con este monigotillo en los brazos.
44
Es tan menudo, tan frágil, tan sin peso...
A todas las innumerables cosas que hay para hacer en la sala, añadiremos
ahora la de bañar un bebé y preparar biberones.
Le llaman Paquito, pero no se bautizará nunca, porque su madre es una
pobre roja infeliz.
Hoy, mientras lo paseaba, entré en las galerías del piso primero, donde
están los lavabos, y le eché agua con el hueco de mi mano. Francisco, Juan,
Arturo, Miguel… como todos los míos, la letanía de todos mis nombres. Y
cada nombre era ya una oración. Nadie lo supo. Le eché poquita agua,
porque estaba muy fría, y el crío lloraba desaforadamente.
Por la noche, cuando salí a buscar los periódicos para la sala, me
llamaron en la calle. Eran Miguel Ángel y José Granados, que paseaban por
la calle de Alcalá, ¡hacía tan buena noche! Me quedé un buen rato
mirándolos sin conocerlos. Su voz era la misma; pero tenían los dos algo
raro, que no me parecían ellos. ¿O era el asombro que se había parado
encima de mis ojos?
No acertaba a marcharme, y fue Miguel Ángel el que me empujó
suavemente hacia la puerta.
Hacía rato ya que todos mis heridos esperaban que les sirviera la cena.
Se murió el muchacho de la cama 10, al rincón, junto a la pared. El día
que entró nos lo dijo él mismo, que se moría, pero no lo creímos. Y casi
todos suelen acertar.
Tenía una hermana de su madre por Delicias. Le gustaría verla, pero no
sabe más que a medias la calle, y no recuerda en absoluto el número. ¡Si yo
pudiera ir a avisarla! No. Yo no puedo, pero en cuanto salí del hospital
movilicé a cuanta gente pude para localizar a la tía del muchacho. Hubo
suerte y apareció.
—¿Está contento ahora?
—¿Cómo voy a estar contento, si sé que me voy a morir?
Ayer tenía mejor aspecto, pero el doctor M., en su visita, nos dijo que se
moría sin remedio.
Y se fue hoy, al amanecer, silenciosamente, sin que nadie se enterara.
Después, cuando a media mañana vino su novia, yo la acompañé al
cuartito de los muertos. Lloraba ella en silencio, y era yo la que tenía ganas
de gritar.
45
Por la tarde volvió otra vez y me trajo un pañuelo «por lo bien que le
había atendido». Me besó y se fue sin dejarme la dirección que yo le pedía.
Era valenciana y se llamaba Juanita.
El pañuelo es precioso, blanco como mi bata, rojo como la sangre y negro
de luto. Me lo pondré al cuello un día de primavera para llorar al sol la
pena de los muchachos muertos.
Tengo hoy dos cartas para mí. Arturo me escribe desde su nuevo frente:
Taracena, sector de Algora. Y yo sé muy bien que me miente tranquilidades
de su pueblo y de sus chozas de pastores.
La otra es un sobre grande que dejaron para mí en la portería del
Hospital. Prolongué el momento de rasgarlo, despacito, para sentir mejor lo
que había dentro, dentro de una carta inesperada para mí:
Tiempo de paz
«Estoy tranquilo. Llevo mi cartera bajo el brazo y voy camino de la
Facultad. Es tiempo de paz, de paz chiquita, porque tú lo has deseado.
Recuerdo vagamente el tiempo de la guerra... Los obuses no dejan dormir,
no dejan soñar. Tenemos las penas alejadas, los recuerdos ahogados en una
tibia melancolía. María Eloína y yo fuimos a comprar ropa de invierno para
sus hermanos.
»Por encima de toda idea —realidad— política, yo arrastraba mi
disciplina. Estuve —¿lo logré?— limpio de odio para todos, para todo...
Pude conservar mi alma ecuánime, limpia; ahogando mi creencia recién
nacida en un Dios fulminador, inexorable...
»Hoy me encuentro camino de la Facultad más alto, más depurado que en
otro tiempo. No sé qué tiempo es. No puedo comprender ya el halo poético
y romántico del campo quieto, pensativo... La guerra se ha llevado, entre
la metralla, el ansia romántica de los versos, de los crepúsculos magos.
»Sigo andando, andando. La sierra me huye, se aleja; llueve. No ha
pasado el tiempo. Las gotas bordan en nuestros impermeables —tu tabardo
militar y el mío— una sinfonía tenue, ancestral.
»Tu silencio ya no es blanco ni de ningún color. Somos dos espectros
batidos por la lucha…
46
»Yo te doy las gracias, húmedas y serenas, por tu carta, admirable como
tú... una carta que recibí cuando aún había guerra.
»Seguimos andando, callados. En el ambiente reposado y joven de esta
hora, muda y confidencial, yo recuerdo amargamente las cosas que escribí,
las que pude haber escrito.
»Es tiempo de paz, sí, de paz. No llueve. Sobre nosotros, un mediodía
diáfano, sonoroso, azul...
»M. A. A.»
Otra carta para el correo.
«Querida Luisilla:
Gracias por la historia de tu carta. Ya me figuro cómo ha de ser el puente
altísimo sobre el cauce muy hondo, seco todo él con solo un hilito de agua
en lo más profundo, y muchas lavanderas aprovechándolo. Y también
me imagino cómo será el paseo de todos hasta la Mallaeta.
A la vuelta, el islote de Benidorm estará todo envuelto en luces de rosa y
de oro, como encendido.
Y enfrente quedará la sierra Aitana, con nombre de diosa, envuelta en
velos transparentes y con resonancia de águilas reales, hermosísima, como
elegida y ungida de todas las gracias de todos los montes azules al
amanecer.
Y no tendréis frío, vosotros. No tendréis frío... Ahí te va, en cambio, mi
historia, más triste.
¿Sabes, Luisilla? Se iba a morir. Pronóstico gravísimo. Con numerosas
perforaciones intestinales. Sabía él que iba a morir, como lo saben todos.
Le daba miedo de la lámpara que colgaba en medio de la sala, que él había
visto una vez un muerto con aquella figura. Y sentía no poder moverse para
tirarle un zapatazo.
Hay abajo concierto hoy, y todos los que pueden bajar están allí. No está
en su sitio el practicante de guardia, y yo estoy sola con él.
Nadie me hará caso, porque ya no se puede hacer nada. Esto me lo dijo
el médico, y esto es precisamente lo que me subleva.
47
La jeringuilla rota de la sala segunda, una aguja del quirófano, el algodón
y el alcohol del carro de curas. Me costó correr todas las escaleras, y no
logré reanimarlo siquiera. ¿Y si esto no fuera la muerte definitiva, sino un
bache en ese misterioso terreno entre la muerte y la vida? ¿Y si con una
inyección, con un empujoncito, saliera otra vez a flote, camino ya de lo
seguro?
¿Tú comprendes, Luisilla? Tú que tienes para ti el sol, y los almendros, y
los olivos. Es uno cualquiera, Julián Pedrosa Lozano —este afán mío de
aprenderme bien los nombres de todos—. Un muchacho de un pueblecito
de Córdoba. Uno cualquiera que no tiene aquí a su madre. Uno cualquiera
de diecinueve, de veintiún años.
Quiso que le abriera el balcón, porque se ahogaba ya. Y toda la tarde
espléndida de primavera anticipada se nos entraba por allí, con gozo de
gritos, que jugaban los niños por la calle de la Aduana. Quería que lo sacara
al corral o al patio, y que le echara agua fresca en la nuca. Y yo sola con él.
Con él y con mi angustia, cara a cara.
Ahora está ya solo en el cuartito de los muertos.
Tiene la cara de cera de un Cristo. Le volqué encima de los ojos cerrados
—llenos de alegría los tenía hace unas horas— las flores de almendro todas
que me mandaste en tu carta de ayer.
¿Verdad que tú, querida Luisilla, tú comprendes esto que les extraña a
todos, que yo llore por uno cualquiera, cuando se mueren los hombres a
montones?
Traducimos Os Lusiadas Miguel Ángel y yo. Voy temprano a su casa,
antes de entrar en el Hospital. Es un modo de librarse un ratito de la guerra.
Nos aislamos un poco de todo, pero no podemos dejar de oír los obuses
que suenan bien cerca.
Hoy cambiamos impresiones: ¿Entrarán? ¿No entrarán?
Estamos de acuerdo completamente en una cosa: nosotros tenemos que
estar forzosamente con los nacionales, porque nuestra civilización es
cristiana, porque tenemos un pasado que es —querámoslo o no— una
cultura cristiana, y de la cual no podemos prescindir. Sería preciso que
hubiera un corte, una solución de continuidad en la Historia, que se acabara
por completo todo y que volviera aparecer el hombre de nuevo, para llegar
al comunismo. Rusia sí lo pudo hacer, porque es un pueblo reciente.
48
Me parece que Miguel Ángel Arriola se escapa de los «veinte millones de
idiotas» que decía el profesor M. que formamos España.
El director nos reunió a todas las enfermeras, y nos hizo un pequeño
discurso sobre disciplina y otras cosas así. Nos dijo que estábamos
militarizadas y debíamos obedecer todas como si fuésemos una sola. Nos
habló de los camaradas de las trincheras, que van a morir, y avanzan. Nos
dijo la enorme obra que tenemos que emprender en Ocaña.
—Es aquello una fábrica de matar hombres, yo lo he visto. Y tenemos
que levantar allí un Hospital de Sangre. Además, aquí no podemos seguir,
porque diariamente caen obuses en la casa, ya lo sabéis vosotras.
A mí no me convenció mucho lo de la obediencia, pero, ¿qué hago yo si
me quedo? ¿Qué haría yo si me quitaran este ajetreo de vida en que estoy
metida?
AArturo igual le puedo ayudar desde allí. A Juanillo, en cuanto pueda,
me lo llevo. Quizá aquello esté más calmado que el Madrid de los obuses.
Y Ocaña no está demasiado lejos. Me voy.
En pocas horas se solucionó la desaparición de todo el Hospital.
Vinieron unas ambulancias que se llevaron a los heridos todos que
quedaban. Dirigía la evacuación una señora extranjera, ya mayor, que yo no
había visto nunca, con una falda escocesa. Y la obedecían unos
muchachotes altos y rubios, que levantaban las camillas en vilo como si no
pesaran nada.
Me queda una visión rápida y última de aquel trajín de toda la mañana.
Todo envuelto en polvo.
Trastos viejos, sillas rotas, cosas inútiles, se van amontonando en el
centro de una sala. Los muebles que valen, van también a Ocaña. Unas
mujeres revuelven polvo y trapos sucios.
El viaje en un autobús de dos pisos, como los de la Universitaria.
El viaje se hizo larguísimo. Las carreteras están cortadas y hay que rodear
mucho. La gente joven va derrochando humor. Todos llevan abundantes
maletas. Yo llevo el equipaje reducido al mínimo. ¿Qué puede haber, digo
yo, que no se pueda tirar? Mi pobre maletita de cartón va casi vacía.
Se merienda. Se ríe, se charla. Pero todos tenemos un poco la inquietud
desvelada de avanzar sin saber a dónde.
49
Llueve muchísimo en el viaje y es como si tuviéramos que atravesar
grandes ríos al anochecer.
Llegamos ya de noche al Penal.
No hay luz, y todo queda en suspenso hasta que veamos y podamos
instalarnos. Solamente podemos apreciar que el edificio es enorme, porque
atravesamos patios grandísimos, medio inundados. Todo negro, sucio,
destartalado.
Vemos unas cuantas salas muy grandes, que serían dormitorios o talleres
de los presos. Aumenta mi malestar y mi terror, como si todo aquello se me
cayera encima, el ver que hay rejas de hierro en todas las puertas y en todas
las ventanas.
Antes de que se acaben las pocas velas que tenemos, hay ya colchones y
mantas tiradas en el suelo. No nos desnudamos. Cenamos un poco de carne
de bote, fría, grasienta, con la grasa blanca cuajada que se agarra al paladar,
sin pan ni nada.
Y mis compañeras alborotan todavía mucho tiempo tirándose almohadas
y ropas y cosas de colchón a colchón, en la gran oscuridad.
Yo no me puedo dormir de desasosiego, de frío, de ganas de volverme a
Madrid, de miedo de todo aquello. Quiero madrugar mañana para ver el
pueblo.
Madrugué. Oí las 5, las 6, en el reloj de una torre.
¡Madre de Dios! ¡Qué bien sonaba!
En cuanto hubo una pequeña claridad del día, me lancé fuera, a explorar.
Hace un frío horroroso. El Penal, tan grande, está vacío. Me aventuro por
escaleras y galerías que no conozco, y no encuentro a nadie. No puedo salir
al pueblo, como quería, porque hay gruesas verjas de hierro, dobles o
triples, a la entrada: rastrillo 1, rastrillo 2. Todo cerrado y desierto.
Desde una de las garitas altas vi, temblando de frío, salir el sol. Desde mi
altura descubrí torres viejas de iglesias y alcotanes que alborotaban en las
torres. Hay una preciosa iglesia vieja mismamente enfrente.
Hay aquí debajo una huerta grande con almendros, llenos ya de yemitas
nuevas. Y lejos, sin niebla, claros, montes azules. Son los Montes de
Toledo. Digo esto y me lo repito en alto, y tiene resonancias como de
romance viejo. Montes de Toledo. Detrás de esas palabras se me abren
todas las nostalgias imprecisas, todas las oraciones sin rezar, todas las
ausencias queridas. Todo está quieto y frío.
50
Esto es una verdadera catástrofe. Hay que hacer de esto un hospital. Es
verdad, pero ¿por dónde empezar?
Tenemos ya una ficha militar cada una, igual que un soldado más:
«Y el abandono de servicio se pena como la huida del soldado de su
trinchera.»
Trabajaremos siempre de dos en dos, que las salas son enormes.
Matilde Parga y yo hemos pedido la sala cuarta, en recuerdo de la que
tuvimos últimamente en Madrid. Pero queremos que sea siempre la nuestra,
que para eso la vamos a organizar nosotras. Dos muchachitas del pueblo,
sin nociones siquiera de lo que puede ser la higiene, nos la dejan. Y se van
dolidas y tristes. Ellas mismas se habían cosido dos tiras de paño rojo en
cruz sobre la manga. El personal todo queda despedido, y el director
procesado por haber dejado llegar las cosas a tal extremo.
Hay que empezar, sí, sí. Tenemos muchos ánimos, pero ¿por dónde se
empieza? Lo primero es quitar verdaderos montones de basura acumulados
debajo de las camas. Los heridos no tienen sábanas. Están a raíz sobre los
colchones, que no son colchones, sino las colchonetas de los presos, sacos
de una paja apelotonada y áspera, que huele muy mal. Exactamente a
cuadra. En muchos sitios el olor es insoportable. Y se curaba —¿se
curaba?— sin esterilizar nada.
No hay agua en la sala. Pero tenemos dos cubos.
Un camillero de la puerta me da una cuerda vieja, y ya tenemos con ella
dos hermosos estropajos. El agua habrá que subirla del piso bajo, a cubos.
Pero, antes de empezar a fregar, tenemos que raspar con una lata toda la
porquería.
Hace un frío inaguantable, y nos queda como perspectiva el empalmar la
noche de guardia cuando acabemos el día de trabajo.
25 enero.
De acarrear cubos de agua escaleras —tan grandes, tan amplias— arriba,
tengo los pies empapados. Pero hoy es un gran día. Me inunda de gloria la
bata sucia un sol brillante que se cuela por entre las rejas de nuestra sala.
Quiero anotar este momento que abre en mi vida nuevos caminos.
51
Se lo diría a todas las mujeres del mundo, a las que no saben qué hacer, y
a las que pierden su tiempo en pequeñeces.
¡Ah! Esta gran alegría de hoy, que está hecha, sólidamente trabada, de
contenido inexpugnable. Tiene como base toda la seguridad de la ciencia, y
toda la seriedad de un descubrimiento cabal. Es el paso de lo que está en las
nieblas de lo incierto a lo que se puede tocar y palpar.
Se frota, se frota. Se aprietan los músculos y las ganas. Y al cabo de toda
una mañana, rompe el gran contento que hoy desborda por encima de mi
cabeza.
Primero es el agua espesa, negra, dudosa de ser agua. Luego, la maravilla
de la espumilla blanca en el agua helada. Y, por fin —colmo del milagro,
inesperado y seguro asombro cierto—, brota el color rojo de las baldosas
oscuras, poco a poco, decidido y casi brillante.
No hay luz. Tienen que venir electricistas de Madrid a arreglar la
instalación. Mientras tanto, tenemos un candil en la sala, que da mucho
humo y muchas sombras que bailan. No sé si es petróleo o aceite de foca, o
de ballena, o de diablos quemados. Pero huele muy mal. Está nevando.
Hemos entrado a saqueo en el almacén y hemos requisado las
chaquetillas de paño gris, tieso y duro de los presidiarios.
El último descubrimiento es que tendré que cortarme el pelo casi al rape,
porque no es solo gangrena lo que ha invadido el hospital.
Cuando me tiro, vestida, encima de un colchón en esta celda grande con
barrotes y cerrojos enormes, completamente rendida de fatiga, pienso con
todo rigor que no me queda absolutamente ninguna diferencia con los
condenados a trabajos forzados.
Rafaela andaba todavía haciendo tonterías en pijama por en medio del
dormitorio. Creo que imitaba pasos de baile de una actriz, no recuerdo de
cuál, cuando las sirenas de alarma sonaron en el pueblo. No me muevo
siquiera. Empezaba a dejarme ganar por ese calorcillo suave de las agujetas
bien ganadas, y no salgo en la desbandada general. Prefiero sortear la
posible bomba desde aquí, a romperme con toda seguridad las narices por
las escaleras oscuras.
52
Antes de amanecer nos despierta un estruendo de bombas en el mismo
Hospital, junto con las sirenas de alarma del pueblo. Fue en el patio grande
central y no hubo víctimas.
Días más tarde hubo otras dos bombas de aviación en el Penal, que ya
tenía una bandera de la Cruz Roja bien visible en el tejado, y entonces una
de las bombas se llevó la cocina con el cocinero dentro.
Paso la mañana subiendo a la sala con mi compañera las camas y mesitas
llegadas de Madrid, y la tarde fregando pisos de nuevo, que ya van estando
más vistosos.
Aún no hay platos ni cucharas, ni funciona el comedor, pero hoy nos
reparten unas ricas judías calientes en los platos de lata de los presos. Cada
uno se friega su escudilla con arena, y empezamos a ver un lado gracioso
en las cosas.
Todos llevamos —hasta los señores médicos— la chaquetilla gris oscuro
de paño burdo de los presos, y se ha hecho corriente el tratamiento de
«camarada presidiario».
Desde mañana tendremos mujeres del pueblo que vengan a hacernos la
limpieza, y una nube de cerrajeros y albañiles ha empezado a liberarnos de
las rejas, arrancándolas, y a pintar de blanco todas las paredes de la casa.
En uno de los patios de atrás se van quemando en una gran pira los
malolientes colchones de los presos.
Matilde Parga, con su hermana y yo, hemos alquilado en el pueblo una
habitación limpita y soleada hasta que los dormitorios del Penal estén en
condiciones. Calle de Madre de Dios (medio borrado el letrero), cerca del
Hospital, dos calles y una esquina por medio. Paredes encaladas y grandes
portaladas manchegas para que entren los carros hasta el patio.
Tiene nuestro cuarto la gracia de las vigas viejas al aire, y una ventana
que da al patio con mucha hiedra. En el patio hay columnas de piedra
antigua, y arquitrabes de madera oscura.
La casa tiene también una cueva que puede servir de refugio, y la patrona
se empeña en hacernos bajar a verla. Guardan allí grandes cántaros de vino
y de aceite, y sacos de trigo y de pienso para las mulas. Hay también una
enorme pila de leña seca.
53
Las enfermeras que se quedan a dormir en el Penal emplean cada una
para dormitorio una de las celdas de castigo, que están en el sótano. Son
pequeñísimas, frías y húmedas, y no tienen ventilación, pero tienen la
ventaja de no necesitar más refugio contra los bombardeos.
Matilde y yo estuvimos viéndolas antes de empezar la guardia de la
noche. Llevábamos una linterna pequeñita, que apenas alumbraba, y en una
celda, un poco más grande que las demás, vimos algo como ropa blanca
amontonada. Quise mirar qué era y toqué inesperadamente una carne fría
que me puso los nervios en tensión violenta para toda la noche.
Estábamos, sin saberlo, en el depósito de cadáveres.
Paso miedo de verdad la noche entera.
En el piso de arriba, aislados de toda la vida del Hospital, que transcurre
en el piso primero, quedan unos cuantos enfermos graves. Son unos
cuantos gangrenosos que no se evacuaron porque parece que se van a morir
muy pronto.
Es lo que nos queda de la leyenda de terror que cundía en el Penal cuando
llegamos.
Sentí sus gritos y sus quejidos que acabaron de llenar mi noche de miedo.
Me pongo a escribir alguna carta, ahora que ya está mi sala tranquila, por
hacer algo, por entretenerme un poco este tiempo largo.
Desde mi miedo negro escribo a Miguel Ángel Arriola, tan grande, tan
fuerte, tan comprensivo. Solo con acordarme de él se me va pasando
aquella angustia seca de la garganta.
Medianoche. La hora de las brujas. No hay brujas, que son las sombras
del candil y el viento que mueve la llama. El viento que se cuela por todas
partes.
De repente entra, toda agitada, Julita Seseña. Viene deshecha, llorando a
mares, con hipo.
Julita Seseña, es de las recién ingresadas, y le han dado la guardia de los
gangrenosos, arriba.
Quiere irse, grita, llora. Quiere marcharse a Madrid esta misma noche, a
su casa. Ella no sabía que ser enfermera era esto.
(Y tú, María Eloína, ¿vas a tener miedo también? Avanza. Llega al límite.
Rebásale. Miedo, ¿a qué? ¿No llevas contigo todo lo tuyo?)
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada
PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada

Más contenido relacionado

Similar a PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada

Camilo josé cela 2
Camilo josé cela 2Camilo josé cela 2
Camilo josé cela 2
fgmezlpez
 

Similar a PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada (20)

PASAJE EN SOMBRA (1995) Mariateresa di Lascia
PASAJE EN SOMBRA (1995) Mariateresa di LasciaPASAJE EN SOMBRA (1995) Mariateresa di Lascia
PASAJE EN SOMBRA (1995) Mariateresa di Lascia
 
AQUELLOS POLVOS (1916) Joaquín Belda
AQUELLOS POLVOS (1916) Joaquín BeldaAQUELLOS POLVOS (1916) Joaquín Belda
AQUELLOS POLVOS (1916) Joaquín Belda
 
La celda
La celda La celda
La celda
 
Tiempo de la historia y del relato
Tiempo de la historia y del relatoTiempo de la historia y del relato
Tiempo de la historia y del relato
 
EL GENIO DEL MAL (1895) Carolina Invernizio
EL GENIO DEL MAL (1895) Carolina InvernizioEL GENIO DEL MAL (1895) Carolina Invernizio
EL GENIO DEL MAL (1895) Carolina Invernizio
 
Historia del portugués
Historia del portuguésHistoria del portugués
Historia del portugués
 
Cuentos
Cuentos Cuentos
Cuentos
 
La novela española de posguerra (40-70)
La novela española de posguerra (40-70)La novela española de posguerra (40-70)
La novela española de posguerra (40-70)
 
Camilo josé cela 2
Camilo josé cela 2Camilo josé cela 2
Camilo josé cela 2
 
Narrativa literaria para escritores aficionados: Un conflicto que viene de lejos
Narrativa literaria para escritores aficionados: Un conflicto que viene de lejosNarrativa literaria para escritores aficionados: Un conflicto que viene de lejos
Narrativa literaria para escritores aficionados: Un conflicto que viene de lejos
 
Microrrelatos 3º eso
Microrrelatos 3º esoMicrorrelatos 3º eso
Microrrelatos 3º eso
 
Proxección Nanocontos 2011 12
Proxección Nanocontos 2011 12Proxección Nanocontos 2011 12
Proxección Nanocontos 2011 12
 
'Creí que tendría miedo, pero no'
'Creí que tendría miedo, pero no''Creí que tendría miedo, pero no'
'Creí que tendría miedo, pero no'
 
Señalame un imbecil y me enamoro
Señalame un imbecil y me enamoroSeñalame un imbecil y me enamoro
Señalame un imbecil y me enamoro
 
...La casa...
...La casa......La casa...
...La casa...
 
Narrativa de posguerra
Narrativa de posguerraNarrativa de posguerra
Narrativa de posguerra
 
Antologia
AntologiaAntologia
Antologia
 
Cuentos que cortan el aliento
Cuentos que cortan el alientoCuentos que cortan el aliento
Cuentos que cortan el aliento
 
Bella conchita y otros relatos
Bella conchita y otros relatosBella conchita y otros relatos
Bella conchita y otros relatos
 
Sariak dbh narración
Sariak dbh narraciónSariak dbh narración
Sariak dbh narración
 

Más de JulioPollinoTamayo

Más de JulioPollinoTamayo (20)

LA DORADA PONZOÑA (1924) Mary Webb
LA DORADA PONZOÑA (1924) Mary WebbLA DORADA PONZOÑA (1924) Mary Webb
LA DORADA PONZOÑA (1924) Mary Webb
 
LA CULPA (1963) Margarita Aguirre
LA CULPA (1963) Margarita AguirreLA CULPA (1963) Margarita Aguirre
LA CULPA (1963) Margarita Aguirre
 
LA CASA DEL PECADO (1902) Marcelle Tinayre
LA CASA DEL PECADO (1902) Marcelle TinayreLA CASA DEL PECADO (1902) Marcelle Tinayre
LA CASA DEL PECADO (1902) Marcelle Tinayre
 
LA ABUELITA (1950-1957) Palop
LA ABUELITA (1950-1957) PalopLA ABUELITA (1950-1957) Palop
LA ABUELITA (1950-1957) Palop
 
ANTOCOLLOGÍA (1956-2001) José Luis Coll
ANTOCOLLOGÍA (1956-2001) José Luis Coll ANTOCOLLOGÍA (1956-2001) José Luis Coll
ANTOCOLLOGÍA (1956-2001) José Luis Coll
 
JAIME DE ARMIÑÁN (Dossier)
JAIME DE ARMIÑÁN (Dossier)JAIME DE ARMIÑÁN (Dossier)
JAIME DE ARMIÑÁN (Dossier)
 
CORAZÓN LOCO (1980-1987) Isa Feu
CORAZÓN LOCO (1980-1987) Isa FeuCORAZÓN LOCO (1980-1987) Isa Feu
CORAZÓN LOCO (1980-1987) Isa Feu
 
HELADA EN MAYO (1933) Antonia White
HELADA EN MAYO (1933) Antonia WhiteHELADA EN MAYO (1933) Antonia White
HELADA EN MAYO (1933) Antonia White
 
GRANDES DIBUJANTAS DE LA TRANSICIÓN (Antología)
GRANDES DIBUJANTAS DE LA TRANSICIÓN (Antología)GRANDES DIBUJANTAS DE LA TRANSICIÓN (Antología)
GRANDES DIBUJANTAS DE LA TRANSICIÓN (Antología)
 
POESÍA COMPLETA (1960-1990) Francisca Perujo
POESÍA COMPLETA (1960-1990) Francisca PerujoPOESÍA COMPLETA (1960-1990) Francisca Perujo
POESÍA COMPLETA (1960-1990) Francisca Perujo
 
FLAMENCO PARA SUBNORMALES (100 discos 100)
FLAMENCO PARA SUBNORMALES (100 discos 100)FLAMENCO PARA SUBNORMALES (100 discos 100)
FLAMENCO PARA SUBNORMALES (100 discos 100)
 
FILMS SELECTOS (1930-1937) María Luz Morales
FILMS SELECTOS (1930-1937) María Luz MoralesFILMS SELECTOS (1930-1937) María Luz Morales
FILMS SELECTOS (1930-1937) María Luz Morales
 
ES LA VIDA (1954) Ramón Cajade
ES LA VIDA (1954) Ramón CajadeES LA VIDA (1954) Ramón Cajade
ES LA VIDA (1954) Ramón Cajade
 
EL TRIUNFO DE LOS DERROTADOS (1957) Ramón Cajade
EL TRIUNFO DE LOS DERROTADOS (1957) Ramón CajadeEL TRIUNFO DE LOS DERROTADOS (1957) Ramón Cajade
EL TRIUNFO DE LOS DERROTADOS (1957) Ramón Cajade
 
EL RAPTO DEL SANTO GRIAL (1978-1982) Paloma Diaz-Mas
EL RAPTO DEL SANTO GRIAL (1978-1982) Paloma Diaz-MasEL RAPTO DEL SANTO GRIAL (1978-1982) Paloma Diaz-Mas
EL RAPTO DEL SANTO GRIAL (1978-1982) Paloma Diaz-Mas
 
EL DIARIO SECRETO DE ADRIAN MOLE (1982) Sue Townsend
EL DIARIO SECRETO DE ADRIAN MOLE (1982) Sue TownsendEL DIARIO SECRETO DE ADRIAN MOLE (1982) Sue Townsend
EL DIARIO SECRETO DE ADRIAN MOLE (1982) Sue Townsend
 
EL BORRADOR (1960) Manuel San Martín
EL BORRADOR (1960) Manuel San MartínEL BORRADOR (1960) Manuel San Martín
EL BORRADOR (1960) Manuel San Martín
 
DIARIO (1971-1972) Carmen Laforet
DIARIO (1971-1972) Carmen LaforetDIARIO (1971-1972) Carmen Laforet
DIARIO (1971-1972) Carmen Laforet
 
DAISY, LA MECANOGRAFA FATAL (1930-1932) Salvador Bartolozzi
DAISY, LA MECANOGRAFA FATAL (1930-1932) Salvador BartolozziDAISY, LA MECANOGRAFA FATAL (1930-1932) Salvador Bartolozzi
DAISY, LA MECANOGRAFA FATAL (1930-1932) Salvador Bartolozzi
 
LA ENTRETENIDA INDISCRETA (1918) Ana Díaz (Pedro González-Blanco)
LA ENTRETENIDA INDISCRETA (1918) Ana Díaz (Pedro González-Blanco)LA ENTRETENIDA INDISCRETA (1918) Ana Díaz (Pedro González-Blanco)
LA ENTRETENIDA INDISCRETA (1918) Ana Díaz (Pedro González-Blanco)
 

Último

TAREA - LINEA DE TIEMPO DEL INTERNET - ANTONY ASISCLO - CICLO 1 - CONTA-1.pdf
TAREA - LINEA DE TIEMPO DEL INTERNET - ANTONY ASISCLO - CICLO 1 - CONTA-1.pdfTAREA - LINEA DE TIEMPO DEL INTERNET - ANTONY ASISCLO - CICLO 1 - CONTA-1.pdf
TAREA - LINEA DE TIEMPO DEL INTERNET - ANTONY ASISCLO - CICLO 1 - CONTA-1.pdf
markasisclo
 
Presentación Proyecto Creativo Moderno Azul.pptx
Presentación Proyecto Creativo Moderno Azul.pptxPresentación Proyecto Creativo Moderno Azul.pptx
Presentación Proyecto Creativo Moderno Azul.pptx
marlongeovx2008
 
441339938-Descripciones-descriptivas-de-3ro-y-4to-grado-primaria.pdf
441339938-Descripciones-descriptivas-de-3ro-y-4to-grado-primaria.pdf441339938-Descripciones-descriptivas-de-3ro-y-4to-grado-primaria.pdf
441339938-Descripciones-descriptivas-de-3ro-y-4to-grado-primaria.pdf
MIGUEL733142
 

Último (20)

El rol de las Mujeres en la Música de México.pdf
El rol de las Mujeres en la Música de México.pdfEl rol de las Mujeres en la Música de México.pdf
El rol de las Mujeres en la Música de México.pdf
 
Byung Chul han historia de como abarcó la filosofía
Byung Chul han historia de como abarcó la filosofíaByung Chul han historia de como abarcó la filosofía
Byung Chul han historia de como abarcó la filosofía
 
📝5o Repaso matemática Dino primaria ✨.pdf
📝5o Repaso matemática Dino primaria ✨.pdf📝5o Repaso matemática Dino primaria ✨.pdf
📝5o Repaso matemática Dino primaria ✨.pdf
 
La fotografía en accidentes de tránsito.pdf
La fotografía en accidentes de tránsito.pdfLa fotografía en accidentes de tránsito.pdf
La fotografía en accidentes de tránsito.pdf
 
TODO LO QUE TIENES QUE SABER SOBRE EL MAQUILLAJE
TODO LO QUE TIENES QUE SABER SOBRE EL MAQUILLAJETODO LO QUE TIENES QUE SABER SOBRE EL MAQUILLAJE
TODO LO QUE TIENES QUE SABER SOBRE EL MAQUILLAJE
 
TAREA - LINEA DE TIEMPO DEL INTERNET - ANTONY ASISCLO - CICLO 1 - CONTA-1.pdf
TAREA - LINEA DE TIEMPO DEL INTERNET - ANTONY ASISCLO - CICLO 1 - CONTA-1.pdfTAREA - LINEA DE TIEMPO DEL INTERNET - ANTONY ASISCLO - CICLO 1 - CONTA-1.pdf
TAREA - LINEA DE TIEMPO DEL INTERNET - ANTONY ASISCLO - CICLO 1 - CONTA-1.pdf
 
SESIÓN 02 - 1° - CONOCIENDO LA MITOLOGÍA ANDINA.docx
SESIÓN 02 - 1° - CONOCIENDO LA MITOLOGÍA ANDINA.docxSESIÓN 02 - 1° - CONOCIENDO LA MITOLOGÍA ANDINA.docx
SESIÓN 02 - 1° - CONOCIENDO LA MITOLOGÍA ANDINA.docx
 
Artes Visuales: origen, que son, para que sirven, clasificacion, tipos de tec...
Artes Visuales: origen, que son, para que sirven, clasificacion, tipos de tec...Artes Visuales: origen, que son, para que sirven, clasificacion, tipos de tec...
Artes Visuales: origen, que son, para que sirven, clasificacion, tipos de tec...
 
428926353-Conclusiones-Descriptivas-Por-Areas-v-Ciclo.pdf
428926353-Conclusiones-Descriptivas-Por-Areas-v-Ciclo.pdf428926353-Conclusiones-Descriptivas-Por-Areas-v-Ciclo.pdf
428926353-Conclusiones-Descriptivas-Por-Areas-v-Ciclo.pdf
 
Documentacion de indicios balisticos.pdf
Documentacion de indicios balisticos.pdfDocumentacion de indicios balisticos.pdf
Documentacion de indicios balisticos.pdf
 
OrtegaCarrillo_LuisManuel_M001S2AI6.pptx
OrtegaCarrillo_LuisManuel_M001S2AI6.pptxOrtegaCarrillo_LuisManuel_M001S2AI6.pptx
OrtegaCarrillo_LuisManuel_M001S2AI6.pptx
 
Curso de Fotografia digital. Unidad 1. 2024
Curso de Fotografia digital. Unidad 1. 2024Curso de Fotografia digital. Unidad 1. 2024
Curso de Fotografia digital. Unidad 1. 2024
 
ENCUENTRO DE DIBUJOS - PROGRAMA RED LOCAL DE APOYOS Y CUIDADOS HUALQUI
ENCUENTRO DE DIBUJOS - PROGRAMA RED LOCAL DE APOYOS Y CUIDADOS HUALQUIENCUENTRO DE DIBUJOS - PROGRAMA RED LOCAL DE APOYOS Y CUIDADOS HUALQUI
ENCUENTRO DE DIBUJOS - PROGRAMA RED LOCAL DE APOYOS Y CUIDADOS HUALQUI
 
Convenio para la Ronda Sur de Elche firmado entre Generalitat y Ayuntamiento
Convenio para la Ronda Sur de Elche firmado entre Generalitat y AyuntamientoConvenio para la Ronda Sur de Elche firmado entre Generalitat y Ayuntamiento
Convenio para la Ronda Sur de Elche firmado entre Generalitat y Ayuntamiento
 
Presentación Proyecto Creativo Moderno Azul.pptx
Presentación Proyecto Creativo Moderno Azul.pptxPresentación Proyecto Creativo Moderno Azul.pptx
Presentación Proyecto Creativo Moderno Azul.pptx
 
TRIPTICO 2024 ANIVERSARIO................
TRIPTICO 2024 ANIVERSARIO................TRIPTICO 2024 ANIVERSARIO................
TRIPTICO 2024 ANIVERSARIO................
 
infografia lugares para visitar en Colombia fotografico beige.pdf
infografia lugares para visitar en Colombia fotografico beige.pdfinfografia lugares para visitar en Colombia fotografico beige.pdf
infografia lugares para visitar en Colombia fotografico beige.pdf
 
esquema con 8 características del gobierno del Gral. Maximiliano Hernández.pdf
esquema con 8 características del gobierno del Gral. Maximiliano Hernández.pdfesquema con 8 características del gobierno del Gral. Maximiliano Hernández.pdf
esquema con 8 características del gobierno del Gral. Maximiliano Hernández.pdf
 
441339938-Descripciones-descriptivas-de-3ro-y-4to-grado-primaria.pdf
441339938-Descripciones-descriptivas-de-3ro-y-4to-grado-primaria.pdf441339938-Descripciones-descriptivas-de-3ro-y-4to-grado-primaria.pdf
441339938-Descripciones-descriptivas-de-3ro-y-4to-grado-primaria.pdf
 
Modulo_1_Fundamentos_de_la_Criminalistica.pdf
Modulo_1_Fundamentos_de_la_Criminalistica.pdfModulo_1_Fundamentos_de_la_Criminalistica.pdf
Modulo_1_Fundamentos_de_la_Criminalistica.pdf
 

PENAL DE OCAÑA (Diario de una enfermera) (1954) María Josefa Canellada

  • 1. PENAL DE OCAÑA Diario de una enfermera (1954) María Josefa Canellada Edición: Julio Pollino Tamayo cinelacion@yahoo.es
  • 2. 2
  • 3. 3 LA TRASTIENDA DE LA GUERRA No me gusta el cine bélico, no me gustan las novelas de guerra, no me gustan los héroes de fusil al hombro, la primera línea de frente. De las guerras solo me interesa la retaguardia, los sufridores, sean del bando que sean. De los miles de libros que se han escrito sobre la Guerra Civil Española, los pocos, muy pocos, que tienen algún interés, son aquellos que huyen del sectarismo, del revanchismo, y que están escritos desde la verdad individual de lo vivido, de lo sufrido, de lo reído («Celia en Revolución» Elena Fortún, «Yo fui feliz en la guerra» Chumy Chúmez). Sobre la Guerra Civil no se puede escribir de segunda mano, haciendo lecturas políticas desde el presente, haciendo literatura. Uno de esos pocos es «Penal de Ocaña», en el que Josefa Canellada narra en forma de diario su experiencia como enfermera voluntaria en el bando Republicano, en el Hospital de Sangre situado en el Casino de Madrid, y el posterior traslado forzoso al Penal de Ocaña (Toledo). Libro desconocido, y que estuvo a punto de no serlo, porque quedó finalista del Premio Café de Gijón de 1955, que ganó «El balneario» de Carmen Martín Gaite, la insulsa novela corta que supuso su despegue, después ratificado por el Nadal a «Entre visillos». Por el contrario para Josefa Canellada supuso el principio y el fin de su carrera literaria, iniciada en 1944 con dos cuentos infantiles, «El Tío Tanón, la Tía Tana y la historia de Tanín» y «Suca y el Oso», agrupados bajo el epígrafe de «El libro del bosque». El libro fue prohibido por la censura, estando ya en galeradas para ser publicado por Ínsula (1955), y lo hizo por primera vez, censurado, en una pequeña editorial, Bullón, en 1964, cuando el eco del casi premio ya ni existía. Después solo tuvo una posterior edición de bolsillo sin censurar (solo auto-censura) en la prestigiosa Austral en 1985, cuando el tema de la Guerra Civil ya no interesaba a casi nadie. Más o menos lo mismo que le sucedió a «Celia en la Revolución», publicado casi 50 años después de su gestación, 1943-1987. A partir de ahí, salvo una adaptación teatral elaborada por Ana Zamora ya en pleno siglo XXI, el silencio editorial, crítico, más absoluto. Esta edición recoge la última revisada por la autora, más el añadido entre corchetes de las partes suprimidas y alguna pequeña traducción. Julio Pollino Tamayo
  • 4. 4 Quirófano en el Hospital de Sangre del Casino de Madrid Hospital de Sangre situado en el Casino de Madrid
  • 5. 5 [Transcribo, tal como las encuentro, las notas de un cuaderno de diarios que llegó a mí por casualidad. Perteneció a María Eloína Carrandena, de veinte años, estudiante universitaria en Madrid en 1936, compañera mía que fue en la Facultad de Letras. No he intentado siquiera retocarlo ni pulirlo para que no pierda el agrio sabor de autenticidad que rezuma. Por la transcripción, M. J. C.] Cuaderno de diarios de Maria Eloína Carrandena, estudiante de Letras en Madrid en 1936.
  • 6. 6 Lo tenía todo. Completo. Atado. Y me faltaba el empezar... Y aún lo tengo todo — ¡qué desesperación! — aquí, en la mano.
  • 7. 7 2 octubre 1936. Necesito andar mucho, andar sola. Hoy vivir es andar con los ojos abiertos, sola, con la boca apretada, sintiendo en su sitio la columna vertebral. Luego, de tanto andar, solo es uno un círculo vacío con unas cuantas extremidades. Este andar es lo que me da hoy la seguridad mínima para vivir. Es como si llevara conmigo todo lo mío y no pudiera perdérseme nada. Porque todo lo mío es hoy mi reloj, apretado a la muñeca morena y huesosa, y mi chaquetilla de lana. No tengo nada más. Ni padres, ni casa, ni libros, ni compañeros. Mi hermano mayor, Arturo, en peligro de irse, movilizado ya. Y si necesitan más gente, Juanillo, el pequeño, tendrá que irse también. Paso por calles sucias, con faroles oscuros que han pintado de azul, y hay colas de mujeres sentadas al borde de la acera, esperando leche o carbón. Yo no espero nada. No es hora de esperar, sino de hacer. 4 octubre. Andenes, luces, andenes. Desdoblamiento apresurado y medroso de la pena en el aire. Arturo se va. Hay un enorme barullo de hombres uniformados en la estación del Norte. Se me van todos. ¡Sois todos míos! Minutos anchos, medidos en una esfera enorme, donde el minutero galopa y no acaba de llegar nunca. Se me hacía tan insoportable y tan larga la espera, que tuve que marcharme llorando antes que arrancara el tren. ¡Señor! ¡Señor! ¡Esta exaltada alegría dolorosa de tener por quién sufrir ya!...
  • 8. 8 6 octubre. No ceno. En un bar automático de la carrera de San Jerónimo tomo un bocadillo, y luego, uno tras otro, cuatro cafés sin leche, que me servirán para no dormirme. ¡Tengo más miedo al sueño!... Hago esta noche mi primera guardia en el Hospital de I. R. He pedido el turno de noche y me destinan a la sala cuarta, en el piso bajo. Serán doce horas seguidas de alerta en vilo. Ana María, la delegada, alta, guapa, segura, va y viene dándome instrucciones. Creo que lo sabré hacer todo. Por lo menos, apuraré toda mi buena voluntad para lograrlo. En las paredes hay por toda la casa letreros que dicen escuetamente ¡SILENCIO! Yo ya lo tengo. Ando toda envuelta en un gran silencio íntimo, que desborda de mí e inunda toda la sala. Pasaron ya aquellos días terribles de confusión, de miedo revuelto, de soledad. Y ahora voy a dedicarme a hacer algo. No puedo cruzarme de brazos ante todo esto que pasa. Tengo que ayudar a alguien, a quien pueda, a mis hermanos y a estos que no lo son. En el silencio de mi guardia caben esta noche diez hombres —carne joven rota— que van a dormir. Pasaré la noche al lado del enfermo grave. Es un muchacho catalán, herido el domingo último en Toledo. Tiene la cara inflamadísima. Una bala le destrozó la boca, atravesándole de parte a parte. Me pide por señas agua y me dice con los dedos cómo son de grandes sus heridas. No habla ni se queja. Escupe sangre sin parar. Ana María me ha dicho que no se mueva, que no se agache sobre todo, que no coja frío. Solo toma un poco de leche tibia y un calmante tres veces en la noche. La sala se queda a oscuras. En un extremo, sobre la mesa con cacharros y medicinas, una lámpara pequeña nos deja el mundo en penumbra. Intento leer y no puedo. Me estoy quieta, quieta. ¡Qué noche, interminablemente larga! ¡Qué lenta madrugada, pálida de miedos! Hay ruido de fusilería toda la noche en la calle y sirenas de alarma aérea.
  • 9. 9 7 octubre. Anoche debí de tomar demasiado café, porque, a pesar de lo cansada que me encontraba, no pude dormir en todo el día. Me bañé, me tumbé y esperé el sueño, que no vino. Hoy, mi segunda noche de guardia, tendré que recurrir de nuevo al café para no dormirme. El catalán herido está mejor. Yo tengo unos deseos confusos de ser buena, limpia, serena, de vestirme de blanco por dentro también, de ponerme el alma brillante. Creo con firmeza que, siendo yo muy buena, mis heridos mejorarán antes. Pero ¿cómo ser más o menos buena ahora? Habría que preguntárselo a alguien que estuviera todavía fuera de esto, que pudiera disponer del control de lo que se puede o no se debe hacer. Mi segunda noche de guardia, bien. Allá hacia el amanecer, se oyen por la calle de la Aduana risas escandalosas de mujeres y voces roncas de hombres que cantan: «¡Arriba los parias del mundo!» Han traído un herido nuevo a mi sala. Amodorrado, sin abrir los ojos, sin quejarse. Los camilleros lo echan en una cama vacía y nadie me da ninguna instrucción sobre él. l2 octubre. Debería haber antenas de urgencia que emitieran llamadas de socorro desesperado a los que pudieran ayudarnos. Pero ¿a quién llamaría yo esta noche? Me había juntado con bastante ropa sucia; había logrado un hermoso trozo de jabón verde y me pasé la mañana lavando. Cuando me acosté eran ya las cuatro de la tarde. Un solecillo cobarde entraba arrastrándose hasta mi cama. El cartero me había traído las primeras noticias de Arturo, una tarjeta rápida. Me puse dos mantas encima y, con la tarjeta debajo de la almohada, me dormí. El despertador se paró. Nadie se preocupó de llamarme. Quizá creyeron que estaba ya en el Hospital a la hora de la cena. Cuando me desperté no sabía dónde estaba. Eran más de las once de la noche y yo debía haber estado a las ocho en el Hospital. Y ¿para qué ir, ya?
  • 10. 10 Esperé que de un momento a otro pasara algo, como si se fuera a hundir la tierra que pisaba. Y no ocurría nada. Cené una última onza de chocolate que quedaba por el cuarto solo. Hice un llamamiento desesperado a mi serenidad y aplacé hasta el día siguiente la solución de todo. Fueron dieciocho horas de sueño seguido. Sobre mí pesaba al despertarme el bochorno de la inconsciencia. Y ¿cómo me presentaré en el Hospital? A la entrada me tropecé con Ana María, que me saludó muy amable, sin darse cuenta de mi confusión. Se había figurado que estaba enferma, porque el día antes me había ido con muy mala cara. Todos estuvieron cariñosos conmigo. Ángel Mozo, el guardia de Asalto de la cama 3, me llenó el bolsillo grande de mi delantal de grageas. Las cosas son siempre distintas a como uno se las imagina. Lloraba yo de niña aquello que ya creía lo último. ¿Podré yo decir mañana —miedo negro de hoy— qué tragedias menudas? l6 octubre. Mis heridos mejoran todos. El catalán ya habla. Hoy le presté mi pluma para que escribiera a su casa. Luego, como las cartas se entregan abiertas para la censura interna, no pude resistir la tentación de leerla. Letra muy irregular. Copio exactamente: «Señor Don Juan Romeo Solernou. San Juan de Vilatorada. Calle Mayor, N.º 8 (Probincia de) Barcelona.» Y después, envuelta en muchas rúbricas: «MANRRESA.» Queridos Padres: Sobareis que estoy bien de Salud como supongo de bosotros. Padres savareis que escribíuna carta y no tengo contestazion. Tam bien osdigo que estoy en el hospital herido de una bala en la boca pero bamos no es nada aque llas muelas que hanto hos dezía que algún día iria conel dentista porce me azian danño pues meles quito sin indicion ni estenazas nadamas. Salud.
  • 11. 11 Después de la firma pide ropa o dinero para comprarla, porque en el frente le cortaron la «camisa somareta y nada más me dejaron los pantalones pero no los lavan y si los lavan nose como ira porce estan teñidos de sangre mía y de los compañeros que no se marcha». Otro de los heridos es un viejecito simpático, menudo, agradable. No puede dormir porque los hierros del aparato de su brazo roto se le clavan en la carne. Me contó su historia. Pero ¿es que no lo sabía? ¡Si hasta había venido en el papel! Es de allá, de los pinares de Balsaín, y sus tres hijos son de la Casa del Pueblo. Estaba con otros cuatro encerrado en la escuela, esperando que los fusilaran. Él era el más viejo de los detenidos, y el único que se fugó. Toda la noche escapado por el monte con el brazo a rastras, y por la mañana lo recogieron. Me gusta mucho oírle hablar; tiene el rostro tostado como una corteza de pino casi. Tiene un gesto de mimo al buscar la querencia de la almohada y el embozo blanco, tan moreno él. Leopoldo, el herido de la cama 1, es un brigada. Hoy le han traído sus compañeros una guerrera nueva para cuando se levante y he tenido que coserle los galones en ella y en el gorro. Habla y se ríe mucho. Cuando no lleva muletas anda a saltitos como un gorrión entre cama y cama. Hoy, en la cena, contaba su historia cuando yo llegué. Le mataron a su mujer y a sus dos hijos, todo cuanto tenía. Es mecánico. No sé de dónde viene. Le ofrecen un buen sueldo y trabajo desde mañana mismo. No lo quiere. Solo quiere salud para cobrarse lo que le quitaron. Por lo menos, cinco por cada uno de los suyos. 20 octubre. He pensado en lo mal que hice leyendo la carta del catalán herido. Las cosas son o no son. Aquí son así y no vale darle vueltas. Yo no debía leer una carta que no era para mí. Y todavía trato de disculparme conmigo misma. No era simple curiosidad por leerla. Era por ver, por sorprender desde dentro un aspecto más de la guerra. ¿Cómo sería una carta de un herido de guerra a sus padres de verdad, fuera de las novelas? Además, ¿cómo era el catalán? Era un muchachote bruto; eso ya se veía. Pero ¿a qué respondían los trazos finos de sus facciones? ¿Qué era además de aquel montón de vendas y aquella piel tirante de la hinchazón horrible?
  • 12. 12 Luisa, que vino a verme por la tarde, me absolvió de mi pecado en la calle. Se lo conté todo y me quedé descansada. «No eras tú en aquel momento», me decía. Pero yo sé que no llevaba razón al decirlo. 21 octubre. La noche está demasiado fría para ser de un octubre madrileño. La gente camina de prisa por la calle, con abrigo ya. En la plataforma del tranvía el aire corta de frío. Los vendedores de periódicos gritaban: «... ¡con la toma de Oviedo!» Y yo tengo miedo de que sea verdad y de que no lo sea. De recibir noticias y de seguir sin tenerlas. Sigue el viento de anoche, largo y silbón. ¿Qué viento es el que nos ha traído la guerra? Ha venido a revolverlo todo. Las capas últimas salen arriba, los miedos afloran. Aquello de lo que uno estaba más seguro se bambolea como cartón. Llegan claros los ruidos desde lejos y aquí es como si estuviera al mismo tiempo vacío y no vacío. Se han revuelto todos los carteles, todos los tableros, todas las fichas. En el parque hay ramas rotas a fuerza de crujir bajo el viento, y ramitas pequeñas arrancadas, y regueros de arena, como huellas de ladrones que le hubieran robado al Retiro su arena y su verde. 30 octubre. Se ha muerto. Las noches huecas de silencio allí, a su cabecera, no han servido para nada. Le habían traído con dos heridas en el pecho y no pudimos ni oírle hablar siquiera. Luego, esta noche, un ir y venir rápido de las linternas de los médicos por los pasillos. Cuando yo llegué le hacían una transfusión de sangre, a la desesperada ya. Y se acabó. Ángel, el de la cama 3, deliraba. Había que ir a poner fuego a una mina y volar un puente aquella misma noche. Yo era la que tenía que ir a buscar gasolina, y gritaba.
  • 13. 13 Al pobre muchacho muerto lo llevaron a un cuartito del piso bajo, vacío, con unas sillas solo, con una ventana alta y sin luz. La camilla, cubierta con una sábana, ocupa casi toda la habitación. Muy temprano, casi al amanecer, vino una muchacha rubia, delgada —¿novia o hermana?—. Entró acompañada de uno de los sanitarios de la puerta. El rostro se le contraía en una mueca que no era llanto. Después fue algo horrible. Unos gritos agudos, que se alargaban, que resonaban en todos los pasillos, pegándose a las paredes, metiéndose por todos los resquicios; unos gritos que nos sacudían y nos hacían llorar. Cerré todas las puertas, y no valía de nada. Seguí oyéndolos otras noches todavía. Necesito decírselo a alguien, gritarlo aquí para mí misma. Se murió y no se podía hacer nada. No acabo de comprender esto. Yo quería que viviera. Lo quería con toda el alma. Para arreglar los menores plieguecitos de su colcha hubiera querido ser santa. Y hay que dejarlo morir así, sin remedio, roto el pecho con pujanza de veinticinco años. Si hubiera sido Arturo, o Juanillo, se hubiera muerto lo mismo. A Juanillo también le rajarían su carne, sus manos, que yo levantaría al cielo como una promesa de paz. ¡Señor! ¡Señor! ¡Yo con él a las trincheras! Sigo yendo al Centro por la tarde. El profesor N. me ha ofrecido su casa y le ha pedido a don Ramón que me encargue de otro trabajo que no sea el del Índice, donde estoy sola. Me han llevado a corregir pruebas toda la tarde. Es curioso ver cómo en los mapas dialectales de las paredes, banderitas pinchadas con alfileres van marcando ahora frentes y avances de las tropas. También es interesante para mí ver cómo me siento un poco fuera de todo eso, y cómo mi casa es el Hospital. 4 noviembre. Anoche se murió otro herido de la sala segunda. Entramos Pepita Benito y yo a buscar unos calentadores que no encontrábamos, y lo vimos. Demacrado. Amarillo. Lo habían bajado al cuartito antes de morir porque ya no tenía remedio.
  • 14. 14 Me daba un poco de miedo pasar la noche tan cerca de él. Soy muy tonta: ya sé que los muertos no pueden hacer nada. Pero... ¡tan quieto!, ¡tan rígido!, allí... Dejé encendidas las luces del pasillo toda la noche. Y además encendí la lámpara de pie en el rincón de junto a la puerta. Está prohibido tener tanta luz, pero nadie me dijo nada ni nadie vino a apagarla. Y también tuve toda la noche en el bolsillo del pecho la última tarjeta de Arturo y la carta de mi madre. 7 noviembre. Hoy me han trasladado a otra sala, en el piso principal. Son quince muchachos con la mayor gana de juerga que yo he visto en mi vida. Todos se han puesto apodos. Hay uno, Limahuevos, que charla sin cesar, que saca punta de humor a todas las cosas. Cada vez que abre la boca le corean catorce carcajadas. Uno es el Abuelo. Otro, el Pastorpoeta. Otro, Fuensalida, un muchacho de este pueblo, pequeñito, que parece tuviera tan solo catorce años, y tiene veinte. Le hacen hablar para escuchar un vocabulario muy peculiar que tiene. Y de cada palabra se ríen. Y se ríen hasta atragantarse. Y todo les vale para reír. A uno le enyesaron esta tarde una pierna; le aprieta el vendaje al secarse, y se queja. Hay que cambiarle la posición de la pierna y las almohadas casi continuamente. Recoge firmas en el yeso. Le llaman Patamula. Ya le firmaron médicos y enfermeras. También bajó a firmarle uno de los cocineros. Le escriben cosas con lápiz antes de la firma y le pegan sellos en su pata descomunal. Es de un pueblo de La Coruña. «Si no me arreglan bien, lo que se dice bien, mi pobre pata, voy a parecer a uno de mi pueblo que siempre anda escorado.» Algunos le insultan desde la cama porque no les deja dormir. Yo apago todas las luces, pero no puedo hacerles callar. Cuando, ya tarde, pasó la ronda de los médicos, pusieron silencio muy severamente. Pero aún quedaron mucho tiempo gastándose bromas de cama a cama.
  • 15. 15 11 noviembre. Hoy hay mucho movimiento en la calle. Han repartido con gran abundancia proclamas de una organización marxista-leninista pidiendo ayuda a la juventud que todavía no está enrolada. En las tapias largas del Retiro han puesto unos letreros que empiezan: «Camarada Embajador: Dile al pueblo ruso que...» Otros pasquines —¡tantos y tantos!— en las esquinas dicen: «Rusia tenía solo enemigos, ¡y venció! ¡Nosotros tenemos a Rusia!» Aviones que vuelan sobre Madrid tiran montones de hojas, que firma la Aviación de la República: «Ya está aquí la Aviación del pueblo, reforzada y poderosa, decidida a dar el último empuje que libre definitivamente a Madrid.» Pero otros aviones distintos tiran también otras hojas en que se anuncia al pueblo madrileño «que no se deje engañar por los eternos explotadores de las clases obreras». «Derrotas, solo derrotas pueden señalarse en el haber de las hordas rojas». Está castigado el tener o guardar una sola de estas hojas. Y yo tengo un lejano regusto de escalofrío casi alegre al guardarme esta, la mía, la que cayó del cielo encima de mí. Habla de la «criminalidad organizada» y de la «salvación de España». Pero tampoco acabo de entenderlo del todo. Pasan sin parar camiones cargados de hombres. Por la calle de Alcalá avanzaba esta mañana una manifestación de mujeres que gritaban y alborotaban mucho. Si pidieran la paz, me uniría a ellas; pero piden odio y muerte. Hay que saludar con el puño en alto al paso de la manifestación. A mí no me gusta este saludo, pero hay que hacerlo. Levanto mi mano y nadie sabe que no cierro el puño sino que aprieto en él el par de botitas rosas de lana que tejí anoche para mandárselas a Mari Lola, la pequeñina que yo bauticé un día de bombardeo horrible sobre Madrid y que está evacuada con su madre en Molina de Segura. Trajeron un herido nuevo para una cama libre. Viene herido en un brazo, con entrada y salida de bala, sin rozar el hueso. Hay que hacerle una ficha que, junto a una gráfica de temperatura, se fija a la cabecera de su cama. Hay que bajar toda su ropa al lavadero, y subirle un pijama nuevo, un peine, un cepillo, jabón y una toalla.
  • 16. 16 Le limpié el macuto por dentro y por fuera. Y cuando queda instalado y tranquilo, yo me siento contenta. Le pedí el chusco que le quedaba en el macuto y así, seco y todo, empecé a comérmelo pellizcando poco a poco, y ya no pude parar. Era riquísimo. Olía a monte. Tenía un olor fuerte y bronco. Es verdaderamente delicioso el pan de campaña. Viene este herido de Robledo de Chavela, cerca de El Escorial. Huyeron todos al sentir encima la caballería mora, y en seguida oyeron repicar campanas, señal de que el pueblo quedaba ocupado. Se llama Nicolás Peña Jiménez. Quiere darme dinero para que le busque una baraja. No se lo tomo. Le he dicho que yo tengo una. Les compraré la más bonita que encuentre para que se jueguen los cigarrillos. Juanillo ha comprado muy caro un pato de estanque que debe de ser muy viejo. Le da semillas de algarroba y gusarapitos que le cogen los niños. El día que venga Arturo con permiso lo guisaremos con arroz en casa de Luisa. Hoy esta se ha empeñado en llevarme a comer a su casa, y me obsequió con unas magníficas lentejas bien guisadas. Llevaba muchos días sin comer nada caliente. Esto no importa nada. Pronto me darán la tarjeta de comidas en el Hospital. En Boadilla del Monte están emplazando artillería pesada. El doctor F. nuestro director, dice que tiene motivos para cambiar continuamente a las enfermeras de una sala a la otra. Yo ya voy, poco a poco, recorriendo todas las salas del Casino. La de hoy es la sexta, la más clara y la más amplia de todas. Sus ventanas, grandes, dan a la acera sobre la calle de Alcalá. Está la sala evacuada cuando yo entro. Solo hay en ella dos heridos recién llegados, y a atenderlos con todo cuidado me dedico. Uno de ellos se queja con unos gruñidos sordos, casi animales, y se duerme en cuanto le inyecto Pantopón. Se llama Antonio Ortega. El otro es un chiquillo rubio, de Huelva. Le hirieron ayer tarde en Illescas, en un pie. Todas las muletas que hay en el Hospital son demasiado grandes para él. Tuve que sacarle al water casi en brazos.
  • 17. 17 Me ha contestado con bastante gracia que los caramelos son «para los niños» cuando le ofrecí unos que llevaba en el bolsillo. Me nacen espontáneamente aquí, yo no los compro ni los busco. Y luego todo mi vivir es ya esto: dar, cuidar, mimar. A quien sea, a quien esté a mi lado, a quien encuentre, a quien Dios, por su maravilla, hizo estar junto a mí, al alcance de mis manos grandotas. Este andalucito rubio, que con sus quince años recién cumplidos se cree todo un hombre, se llama Luis Acuyo Rodríguez. ¿Quién le habrá sacado de su casa? ¡Si había de estar jugando! ¿Por qué viene él a tirar tiros, más que por juego? ¿Qué locura empuja a los hombres y a los niños? Doce horas seguidas de fatiga violenta. Empezaron a llegar heridos del frente del Tajo, y bien pronto no quedó en la sala ni una cama libre. Esperaban camillas cargadas por los pasillos y en los rellanos de la escalera. En quirófano operaron sin cesar los tres equipos hasta la madrugada. En la sala era absolutamente imposible atender a todos. Había que estar al lado de los anestesiados en los momentos angustiosos de volver en sí. Mudar toallas, recoger vómitos, empujarlos a vivir. Doblaron la guardia, y no bastábamos tampoco a correr de un lado a otro. Cuando nos trajeron al de la cama 7 nos advirtieron que llegaba loco. Un practicante le ató con sábanas a la cama. Más tarde le atamos con vendas las manos y las piernas, por separado. Le inyectamos un calmante. Y se nos desató igual que si fuera Gulliver, y quería tirarse de la cama. Yo luchando con él, sujetándolo sin lograr calmarlo, y así me pasé el resto de la noche ya. Estaba loco y ciego, y yo no podía con él. No me oía. Llevaba la cabeza hecha un enorme lío de vendas. —¡Madre! ¡Déjeme usté, que tengo que salir! Me pedía agua y no acertaba a beberla, y seguía pidiéndola a grandes gritos: —¡Agua! ¡Agua del pozo! ¡En la jarra bonita! ¡En esa grande que tiene usté, madre! ¡En la jarra bonita! Hubo un momento de tanto escándalo, que los demás heridos se incorporaron gritando también. No me explicaba yo esto, pero era así.
  • 18. 18 A pesar de todos mis esfuerzos, se soltó las manos, y entonces mis apuros llegaron al colmo. Yo le miraba con horror llevarse las manos a la cabeza y arrancarse el vendaje. Llamamos al médico de guardia, que no aparecía por ninguna parte. Vino Rodríguez, el practicante ese, tranquilo y parsimonioso, que lleva siempre pegado un cigarro al labio de abajo, y nos tranquilizó: —No importa. No pasa nada. No está ni siquiera operado. Tiene bastante metralla alojada en el cerebro y no hay sino esperar a que se muera. Le puso más calmante. De vez en cuando, el muchacho gritaba con todas sus fuerzas: —¡Malena! ¡Malenilla, ven acá! Nadie pudo dormir en toda la noche, y yo me fui agotada, en cuanto llegó mi relevo. Hoy, nuestro herido loco está más calmado. No ve, pero oye. Le pusimos una fuerte dosis de sedol y nos prometió no intentar marcharse de la cama si lo desatábamos. No sabía dónde estaba ni por qué. Es mecánico. Dejó de gritar en cuanto le dijimos que sus compañeros necesitaban descansar. Ya llevo muchos días sin tener noticias de Arturo. Fue lo único que me prometió en serio al marchar: que siempre tendría aunque no fueran más que dos palabras de tranquilidad en una tarjeta. Y no me llegan. Pienso que le pasa algo, y acabo el día completamente angustiada, con una gran tristeza, que me ahoga de verdad y que no me deja moverme. Buena preparación para la noche que me espera. Esta tarde han bombardeado enormemente Madrid. Y nos han traído muchos heridos nuevos. A mi sala quinta han llegado los más graves. Parece que han destinado esta sala a los sin remedio. Uno de los nuevos muere en seguida, sin identificar siquiera, con la cabeza casi deshecha. Se le fue apagando la respiración aquella tan veloz que traía, y ya está. Aviso a los camilleros, al médico de guardia. No bajé la ficha a la oficina porque ni siquiera la tenía. Y vuelta a empezar con otro.
  • 19. 19 El encargado de los cafés «La Aurora», de la calle de Preciados. Estaba en la tienda y un obús en la acera lo alcanzó de pleno. Tiene numerosas perforaciones intestinales. Está pasando una noche malísima, y al amanecer se morirá. No hay quien resista catorce horas seguidas esperando que se mueran unos hombres. La hora de mi relevo eran las ocho, y son las diez y estoy todavía en la sala maldita. Estoy despeinada y me siento los ojos sucios de sueño. Sin desayunar, ni manera de hacerlo ya a estas horas. Me encuentro completamente rendida, con un zumbido raro dentro de la cabeza, y tengo frío. Creo que si no viene pronto mi relevo voy a morirme también en la sala quinta. Pero ya llega mi compañera, peripuesta y coqueta, con su toca impecable y sus manos lindas. Por la noche tengo fiebre, y pido permiso por teléfono para quedarme en casa. Voy a dormir, ¡a dormir!, y a curarme unas soberbias anginas con glicerina yodada y con sueño cumplido. Esta mañana el tranvía lleva un ruido extraño de tren cansado. Los pregones de los periódicos pudieran ser los de las estaciones de esos pueblos pequeñitos que se pasan de noche, en duermevela, y que tienen tanto sueño en la voz. He desayunado en la calle café amargo con churros fríos. Voy a los altos del Hipódromo, donde está el cuartel de Arturo y donde espero que me den alguna noticia suya. Hay que buscar la Compañía 34. ¡Qué raro es un cuartel por dentro! Unas camas de hierro, con las colchonetas levantadas, dobladas a la mitad. No se ven sábanas. Doblada encima de cada cama, una manta gris con rayas rosa. A lo largo de toda la sala, a la cabecera de las camas, corre un soporte de hierro, y junto a cada una, apoyado en el soporte, un fusil. A la entrada de la sala, junto a la puerta, un cornetín muy brillante colgado de un cordón rojo. Ir y venir agitado de muchos hombres sin uniforme siquiera. Nadie sabe dónde está la dirección de la Compañía 34. Sigo preguntando: a un sanitario de bata blanca, a un sargento que pasa. Este me acompaña por un laberinto de salas. Toda la Comandancia de la Compañía 34 es una mesa modesta, con un banco de pino, y unos papeles encima de la mesa. Todo en medio de un dormitorio. El sargento Ramírez me atiende. Debo confesar que estuvo muy amable conmigo y que yo comprendía al hablar que mis minúsculos problemas no tenían derecho a alterar en nada aquel hormigueante ir y venir gigantesco.
  • 20. 20 —Sí, mi sargento. Busco noticias de las avanzadillas de Peguerinos. Dije esto como si mi bata blanca me diera derecho a hurgar en los secretos de campaña. Y el sargento Ramírez parecía estar de acuerdo, porque no se enfadó. Revolvió unos papeles. Di las gracias abarullada, marchándome a toda prisa, a toda absurda prisa. El sargento Ramírez (Dios se lo pague) me acompañó por el laberinto de salas otra vez hasta la puerta. «¡Es imposible! No. ¡No puede ser!» Me agarro desesperadamente a estas palabras y ando por medio de la calle sintiendo mis lágrimas resbalar. No hago ni por limpiarme siquiera. ¡Qué sabéis vosotros! No puede ser. Arturo está en las listas de desaparecidos. Pero no puede ser. ¿Cómo voy a imaginármelo muerto, desangrándose poco a poco en la tierra? ¿Acaso amarillo, tieso, olvidado en el fondo de una trinchera? ¡No! ¡No! ¡Todavía no! Tengo ganas de pelearme con alguien y lloro, furiosa, por en medio de la calle. ¡Su alegría, su pelo rubio, sus veinticinco años! ¡Qué importan las naciones, ni los Gobiernos, ni las formas diversas de esos mismos Gobiernos? ¿Qué es un partido político más o menos que otro? ¿Qué puede tener que ver todo eso con que se nos mate así a lo mejor de los nuestros? ¿Qué es, que no lo entiendo, la idea, que me decía aquel día una muchacha comunista? La única y evidente verdad es que a nosotras solas se nos hace pagar la guerra. Con carne y sangre nuestra, con pedazos de vida nuestra, se pagan todas las guerras del mundo. ¿Qué locura se ha apoderado de los hombres? ¿En nombre de qué, blancos ni rojos, tenéis derecho a quitar la vida? ¿Por qué? Os lo pregunto yo, que he recogido llorando gatitos sucios, recién nacidos, de las alcantarillas de Madrid. Realmente yo creo que la Humanidad entera se divide en dos mitades: la gente que mata a los gatitos recién nacidos, de una parte, y de la otra, todos los demás. En lo más alto de la calle habla una mujer desde un altavoz de un camión militar de propaganda, como si me contestara: «¡Tú solo, camarada; tú solo tienes derecho a matar. Tú solo tienes derecho a vivir, camarada!» Me parece tan absurdo, tan brutal, que lloro por todo lo que oigo igual que porque Arturo no aparece. Tengo un desconsuelo hondo y pesado que me agobia y me ahoga de verdad. Al volver a casa me encontré que habían dejado un encargo para mí; una cajita de bombones pequeña, atada con una cinta azul que yo conozco y que yo tuve en mi mano: es la de la alpargata que no puede calzarse Luis Acuyo.
  • 21. 21 Dentro, envuelta, una hoja arrancada de un cuadernito: Apreciable camarada María: Nos alegramos al enterarnos de que está usted mejor, y la felicitamos por su buen comportamiento. Sala 6.ª Luis Acuyo y Antonio Ortega. Una noche más de guardia en la sala sexta. Todo va bien. Todas las cosas, en su sitio. Llaman por teléfono. Un recado de la calle para mí, y no me sorprendía demasiado cuando me lo dijeron: «Que Arturo espera en casa de la tía.» Corrí. Pedí un permiso rápido, de una hora solo, al director mismo. Agarré un tranvía al vuelo. Otro en un cruce, en marcha. Tropecé con todo lo que se me presentaba. Alguna persona me miró extrañada y otros me dijeron cosas al pasar. Y yo, corriendo. A grandes zancadas, desenfrenada por medio de la calle, sofocándome, con todo el pelo revuelto al aire. Y allí estaba. Sucio, moreno, encarnado, con el bigote y la barba crecidos de muchos días. Antes de que se moviera comprendí que estaba herido. Por debajo de las rodilla derecha, el pantalón tenía un gran manchón de sangre seca. Lo curaron de primera intención en El Escorial y lo mandaron al hospital de El Pardo. Él agarró una ambulancia que venía. No sabe cómo pudo escaparse, pero aquí está. Y yo lo miro, lo miro en silencio. Dice que no es nada, pero yo ya le he visto la fiebre en la cara antes de tocarle. Y no puede tenerse. Me regala proyectiles: balas, unos como garbanzos de plomo que van dentro de las granadas. Me tenía guardadas unas espoletas preciosas, como relojes, de las que llevan las bombas alemanas de aviación. Tuvo que dejarlas en el parapeto, y una que se le quedó en el bolsillo se la regaló al médico que le curó en el hospital de El Escorial, que se había prendado de ella. Viene roto, sucio, deshecho, pero tiene el aspecto más fuerte que cuando se fue. Mal que bien, ha sido un mes de sierra. El tabardo tuvo que tirarlo al correr. Al termo le tocó la metralla y se rompió el cristal. Ahora lo tiene lleno de pañuelos, todos negros. Las botas, medio deshechas todas comidas por el borde. La cazadora, gastada del todo. Tiene un chaleco de punto bastante bueno, que le dieron en El Escorial. Y una muda de hace poco tiempo. Hasta que le dieron ésta trajo los primeros calzoncillos, negros, me dice. No tiene calcetines.
  • 22. 22 Las heridas están un poco infectadas, pero no me parecen graves. Lo demás no importa nada. —Déjalo todo así. Yo te lo arreglaré. Te lavaré todo, te coseré todo. Lo tiraremos. ¿Te duele? Acuéstate. Verás; en cuanto sea de día te llevaré a mi hospital y te curarán bien. Me vuelvo a mi sala y atiendo con todo mimo al pobre loco, que llora como un crío porque no encuentra una postura cómoda en la cama. Lo limpio, lo perfumo; le rodeo de almohadas y alguna almohadillita chica de algodón en rama; le acaricio la frente hasta que le veo dormido. Creo que me falta poco para cantarle y arrullarle. ¿Qué no haría yo, Señor, esta noche, que me canta dentro una gran alegría salvaje? ¡Qué segura sube, como la del dolor, la marea de la alegría! Arturo vive. Yo lo pondré bueno. Su vida, su vida solo es lo que importa. ¡Su vida, Virgencita mía, cuídamela tú! Crujen las maderas de las ventanas como si las apretaran. ¿Por qué quiero yo hoy que se callen todos los ruidos? ¿No sonaban lo mismo todas las noches? De arriba, de uno de los pisos altos, llegan a través de patios y galerías unos quejidos que no sé siquiera si lo son. Lo mismo podría ser una máquina, un depósito, algo completamente mecánico. De vez en cuando baja de tono y luego se vuelve a agudizar, y sigue, cansado y monótono, rodeado del silencio de toda la noche. Luego supe que era un niño que estaba muriéndose por haber tragado una moneda. Oigo llamar de la sala de al lado al médico de guardia. Adivino en los ruidos el ir y venir con prisas. Y llega, y habla, malhumorado. Todos los rumores, pequeños y grandes, van alargando la noche como un barco ciego hacia la mañana nueva. Yo abro los ojos y no hago nada. Ahorro mis más insignificantes energías y me afirmo minuto a minuto, bajo la luz pequeñita de mi noche, una cosa solamente: AArturo no tiene que faltarle nada. Los heridos de mi sala cuarta me han regalado entre todos una muñeca. Dicen que es muy bonita. Eso ha dicho Ana María, y la tenienta, y todos los que la ven. Ha debido de costarles mucho, más de lo necesario, porque es grande. Pero a mí no me gusta. Tiene un pijama azul de raso y de tisú de plata. El pelo, de seda brillante rosada, y los zapatos plateados. A mí me gustan los muñecos que sean niños chicos, con las piernas dobladas y no tiesas y que se puedan vestir y desnudar. No sé qué voy a hacer con esta muñeca nueva. No encuentro a quién regalársela.
  • 23. 23 Cuando Arturo se vio instalado en mi sala sexta, atendido, limpio, cuidado como el primero de mis heridos, me dijo que se encontraba formidablemente. Lo curaron el doctor C. y su ayudante Emilio. El director me dejó a mí el cuidado de escoger la sala que más me gustara para él, y el mismo director pasó una nota al cuartel dando cuenta de la situación de Arturo. Le han extraído bastantes trozos de metralla de la pierna y quedará bueno en seguida. Pasé la mañana en su cuartel otra vez. Recogí su baja, cobré su mes, pedí su carné de identidad y para este le compré una cubierta de primorosa piel azul. Por la tarde vinieron a vernos mis amigas Luisa y Marta Méndez. También vino, toda cariñosa y alborozada, nuestra antigua vecina la señora Justi, que se enteró por no sé quién. Le traía una bandejita de pasteles que no le dejaron pasar de la puerta y que luego me subieron a mí. Por la mañana temprano, antes de ir a buscar los desayunos y aun antes de abrir las contraventanas, Arturo y yo nos comimos los pasteles a medias, como si hiciéramos una travesura. Porque ¿cómo repartir estos seis pasteles pequeños, de los de guerra, entre dieciocho hombres grandes? El papel de seda cruje enormemente en la oscuridad. Es este uno de los recuerdos más lejanos de mi infancia. Me habían comprado un muñeco y yo no quería abandonarlo toda la noche. En cuanto me dormí, lo envolvieron otra vez en el papel de la tienda, hasta la mañana siguiente. Pero yo me desperté porque ya no estaba mi tesoro al lado, y salí en la oscuridad a buscarlo. El papel crujía como ahora el de los pasteles, como tantas otras veces, y siempre me deja una sensación igual de verdadera alarma, el ruido pequeño que se agranda sin límites en la noche. Me paso los días enteros en la sala sexta, y todo el mundo tiene amabilidades conmigo. Lo que más me conmovió fue cuando el doctor F., nuestro director, vino a preguntarme cómo se encontraba Arturo, y a mí me acarició limpiamente la cabeza, diciéndome si estaba contenta y llamándome hija mía.
  • 24. 24 Día de mucho trabajo en el Hospital. Limpieza general, zafarrancho y riada. Va a venir el general Miaja a vernos. Pero la actividad desesperada de la mañana nos dejó una tarde larga, soñolienta, inútil. Vino el general y —parece increíble— no visitó a los heridos siquiera. Presenció el desfile de la Columna Internacional desde un balcón y se largó en seguida. La gente aplaudió frenética, y también desesperadamente, a los cascos de los internacionales y a los tanques nuevos. Una delicia de mañana, limpia y con sol. Llego hasta mi antigua casa. Todo este tiempo atrás no se podía pasar hasta allí. Y hoy llego hasta mis ventanas, un magnífico observatorio hacia Carabanchel. El último día que estuve aquí, con Arturo, vimos emplazar una batería, tomar una trinchera, avanzar un grupo de hombres en guerrilla y asaltar unas casas aisladas. Hoy no se ve nada. Hay una luz ingenua, casi de cuento infantil, como de madrugada viajera. El campo todo, el río, el cementerio, todo está desierto, lleno de escarcha, soñoliento; parece que nunca hubiera pasado aquí nada. Por la Ronda veo avanzar un escuadrón de Caballería hacia abajo. Se aleja el ruido y queda otra vez el campo en silencio. Luego, un bando de estorninos —¿o no serán estorninos?— viene a posarse en la torre, alborotando. No recojo nada de casa. ¿Para qué? Me parece que es mucho mejor no tener casa, ni ropas, ni familia siquiera. Por las mañanas, cuando vuelvo del Hospital, me encuentro siempre con un espectáculo que me subleva. Es el ver a estas caravanas de gentes que suben de las barriadas extremas trayendo sus bártulos, lo que han podido salvar de sus casas, que se quedan bajo los obuses. Llevan chiquillos monísimos, regordetes, sucios, churretosos, que lo miran todo con susto y sueño. Éstos vienen de Villaverde; se lo pregunté. Dos colchones en una mula; un niño y una niña encima, tapados con mantas. El padre lleva la mula de las riendas. La madre arropa a otro pequeño en su mantón.
  • 25. 25 Otros van sentados en un carro; junto a mantas y colchones, la máquina de coser, una maleta vieja y, asomando, un sable militar, y un cesto con muy pobres cacharros de cocina. Detrás del carro, atadas y con aire casi preocupado, dos cabras. Otras familias enteras esperan al borde de las aceras, sentados, con sus trastos, a que alguien los quiera llevar. ¿Adónde? En este tiempo de calamidades es mucho mejor no tener nada: ni casa, ni ropas, ni cabras, ni familia siquiera. Recogí una carta que me llegó de Conchita, lejos. En la anterior me decía que le había dado mucha pena dejar España. En ésta me dice que está contentísima, que la Costa Azul es preciosa, que canta todo el día, que tiene unos buenos amigos suizos. Y —¡claro!— me da consejos para que yo también esté contenta. Me suena un poco a insulto todo esto. ¡Conchita! ¡Conchita, amiga mía! Yo también hubiera podido dejar España. Pero entonces quizá no estaría cantando, más bien llorando. Mis amigos argentinos me hubieran llevado con ellos. Me lo dijeron, y lo sabía yo. Y desde fuera hubiera podido ir a reunirme —¡fíjate!— con mis padres. Pero no quise. Yo, mientras sea yo, mientras tenga este fondo insobornablemente mío, yo no podré nunca negar mi presente. Mira, Conchita guapa, Conchita alegre, Conchita cantadora, mi vida es esto de aquí, ahora. Tal como es. Y —¿quién te lo dijo?— «hay que darse a la vida como el agua a la arena», o mejor «como al agua la arena». Hace muy poco tiempo aún, muy poco —¡qué lejos queda!—, yo estaba abstraída en otros cuidados. Era para mí lo más importante de mi vida aquel rato de trabajo diario: sacar entre paréntesis lo que había de común en dos textos. Acaso se llamaran Silense y Tudense. Acaso no fuera así; ya casi no me acuerdo. Allí es donde quedaba mi mayor entusiasmo y mi mayor atención. Apenas puedo decir que los míos, mi familia, se llevara tanto cuidado ni tanto cariño como esto. Y todo se vino abajo. Hoy mi casa es el Hospital. Mis hermanos son una pena honda que se me ablanda en lágrimas. Mi vida, el andar medio ahogada, con la tragedia como el pan de cada día. Y el no ver claro. El querer resistir por encima de todo. Y el echar mano de todos los restos de mi serenidad.
  • 26. 26 ¿Qué será de mis compañeros de clase? Solo veo de vez en cuando a Luisa Yravedra y a Miguel Ángel Arriola. La otra tarde éste me acompañó a comprar ropa de invierno para mis hermanos. Arturo mejora rápidamente. Tiene un mes de permiso para su convalecencia. Pero tendrá que irse de nuevo al frente, y empiezo ya a preparar su macuto. Cuando se marchó la otra vez llevaba en él dos pañuelos, dos botes de leche, un bote de phoscao con azúcar, un termo, un cepillo de dientes y perborato, un peine, una pastilla de Heno de Pravia grande, un tubo de lacteol y otro de aspirina, un montón de tarjetas con mi dirección escrita ya, un lápiz tinta, navaja, tijeras, cuchara, imperdibles, hilo y agujas y, rellenando todos los huecos, caramelos. Arturo no quería llevarse la mochila porque iba muy cargada y también porque nadie la llevaba. Salieron así, precipitados, del cuartel, y yo la bajé a la estación y se la dejé a la fuerza. —Lo que te sobre, lo tiras; pero llévala. Después le pregunté a un herido que llegó del frente y que me pidió que le limpiara su macuto, hasta qué punto era útil allá, y me dijo que sin mochila un hombre no puede vivir en la trinchera. Luego Arturo me confesó que durante aquellos días en que todavía no estaba organizado el abastecimiento de la avanzadilla, sus compañeros se pasaron días enteros sin probar bocado mientras él se devoraba a escondidas la leche y el phoscao. Que los caramelos allá eran riquísimos, que cada día se tomaba uno de merienda. Que la navaja le había prestado grandes servicios y que con el cepillo de dientes limpiaba estupendamente la recámara de su fusil. A la hora final de las cuentas, me preguntarán: —Y tú, ¿qué títulos puedes presentar? ¿Qué es lo que has hecho? —¿Yo? En la otra vida quiero peinar ángeles. En ésta no he sido más que madrenovia de macutos de guerra.
  • 27. 27 Hoy ya sé las cosas que debo añadir a su macuto: un abrelatas chiquitín, un tubo de comprimidos de exoformol, un eslabón con pedernal y mecha, un bote de carne líquida que encontré por casualidad, una lata de mantequilla salada, también de rara casualidad. Y todos los caramelos que pueda. En un momento dado, un caramelo puede levantar un nivel de glucosa agotado. Bueno, no lo sé, pero creo que debe de ser así. Aprovecho todos los huecos y aún puedo meterle un par de guantes de lana fuerte y otro de calcetines que le tejí. Una linternita pequeña con pila de repuesto llena otro hueco. Por dentro de la tapa de la mochila va prendido con un imperdible y colgado de un cordoncito verde mi diminuto gato Félix, de cuerpo de cuentas negras y orejas de piel flexible. Esto, que parece una tontería, creo que no lo es. Yo sé que en una retirada perdió mucho tiempo precioso buscando un dado chiquitín blanco, que había llevado en el bolsillo, antes de abandonarlo. Y hoy, cuando vio el gato Félix, dijo: —¡Ah, si yo hubiera tenido esto la otra vez! Todo mi día de hoy ha sido este problema: la mochila de Arturo está completa y pesa demasiado. Con el correaje, con el fusil, con el capote, puede llegar un momento en que todo esto le estorbe y no quiera tirarlo. Si le quito cosas también pueden hacerle falta en un caso dado. Además, el termo de un litro es demasiado grande, y el de medio litro lleva demasiado poco. Después de mucho pensar he decido dejárselo todo. Todo puede hacer de lastre. Que lo tire. Lo vuelco encima de la cama y paso y repaso todos los chismes. Parece mentira que quepan tantas cosas. Se lo vuelvo a colocar todo con cuidado y me quedo contenta al ver que aún puedo meter un bloc de papel de dibujo y un lápiz compuesto. En la Puerta del Sol había muchos escombros, un boquete enorme que calaba hasta el Metro, y casas ardiendo. No se podía llegar por allí hasta el Hospital. Di la vuelta. En la mitad de la carrera de San Jerónimo han levantado unos bloques inmensos de adoquines. Sale un humo espeso de hacia Montera y Gran Vía. La plaza del Ángel está llena de montones de escombros, y en Antón Martín también hay muchísimos. Todo es desolación en la calle. Pero la vida sigue y los comercios tapan las entradas casi del todo con sacos terreros y siguen vendiendo detrás de sus parapetos, y los obuses caen sin parar.
  • 28. 28 Por la tarde vimos hacia Rosales un grandísimo resplandor en el cielo, rojo, como de cientos de casas ardiendo. Era algo del cielo, una cosa extrahumana, que daba miedo. Luego supe que todo aquello era una aurora boreal. Arturo se ha empeñado en llevarme al cine esta tarde. Ponen Hombres del mañana. Dos bandos de muchachos que pelean por la posesión de un solar, el de la calle de Paúl, para sus juegos. Es la guerra, una guerra más. Todas las guerras son iguales. Némechek, el chiquillo rubio, murió. Boka, el capitán, peleó bravamente. Chonako se portó como un héroe. Es una broma de cine, un cuento. Sí, si ya lo sé, pero yo estoy llorando. Y sigo llorando sin poder contenerme todavía cuando, en la película siguiente, Red, el hijo del jefe de los navajos, doma el potro negro que dirige la manada, y al que ningún hombre blanco pudo acercarse sin morir. Y sigo llorando —¡si serás tonta!— cuando al final quedan todos felices: Red, la indiecita Wanima, el potro negro y su cría. 14 diciembre. Fui a despedirme de él. —No, no señor. Yo debo quedarme aquí, en mi sitio. No llevaba el sombrero de siempre, sino una boina que yo no le había visto nunca, y un abrigo nuevo. Pero tenía su sonrisa y su voz más acogedoras que nunca, más paternales. Tenía que decirle muchas cosas, y apenas si le dije nada: (¿Y nuestras clases del aula pequeña, frente a la sierra? Yo tengo que hacer mi tesis doctoral con usted. Y tengo que trabajar mucho con usted. Y tengo que ponerle otra mañana de primavera flores de almendro encima de su mesa...) No le dije nada; pero le miraba, le miraba en silencio, porque quería acordarme bien de todos sus detalles. ¡Cómo sabía yo que era la última vez que le veía! —¿Quiere usted algo de mí?
  • 29. 29
  • 30. 30 —No, no señor; no necesito nada. Que vuelva usted pronto, que le vaya bien. Y lloraba otra vez, en la calle, como cuando Arturo se marchó al frente. Por la tarde hace frío, llueve, y el agua escurre mansa en los cristales. No apetece salir. El carbón va menguando a toda prisa. Hacen falta unas cuantas horas de cola para alcanzar un poco, y regañan porque nadie quiere ir. —Yo voy. Dejadme el cubo. Hoy no me importa mojarme. Y era verdad que me encontraba a gusto en la odiosa cola del carbón, apoyada en la pared, sin moverme, mirando al cielo gris o a la casa de enfrente, sin hacer nada, sin pensar en nada, dejándome empapar poco a poco por el agua menuda. Es casi de noche y me voy a mi guardia del Hospital. Como me sobra un poco de tiempo, quiero dar una vuelta por las calles. La luna grande sube, tiñendo de verde el cielo, y son como gigantes negros las chimeneas. Todo puede ser lo que no es. ¿No hay un hermano negro y flaco, de largos brazos en las esquinas? Me da una pena enorme de Carmen Laujar, que era de mi grupo en la Facultad. Le han matado a Toño, su novio, en el frente. Toño era grandullón, tímido, infantil. Ella se ha vestido de negro. Su última carta a Toño —que Toño no llegó a leer— era así: «Toño, amor, querido mío: llevo dos días sin escribirte, y tú en el frente pensarás que no te quiero, que debiera escribirte diariamente, que no me acuerdo de ti. Sí, Toño, me acuerdo; te recuerdo a cada momento. Cuando voy por la calle, infinidad de lugares, de cosas, me hacen recordarte. En casa, tus dibujos, los libros, sobre todo Zaratustra, Miguel Angel, las obras de Homero, así como cuadernos o utensilios de clase, te hacen estar ante mí. »Acabo de estar mirando la caja donde guardo el frasquito de esencia, el pañuelo de la mariposa, cartas que me escribiste en mi viaje a Andalucía, las de este verano, cosas que me escribiste durante el curso, y unas flores mustias del último día que fuimos a nuestro jardín. Y al verlo todo, he llorado; estoy llorando, chiquillo. Si no te escribo es porque siento como un ahogo. Me parece que la guerra es una pesadilla y temo que no regreses de ella. A veces tengo deseos de gritar, de decir que paren, que se termine todo, que vuelvas. Y un sentimiento egoísta me sacude, y he llegado a decírselo a mi padre:
  • 31. 31 »Ganaremos la guerra, pero si a Toño le matan, ¿qué me importa a mí todo lo demás? ¡Canallas los que nos han llevado a esto!» En una de las tapias del Retiro quedan pegados carteles de guerra dibujados por Toño. Llueve con viento frío. Hoy empalmo noche y día en el Hospital. Casi todas las enfermeras se han ido hacia Levante. Todo el que puede se va. Hasta Antoñita, que nos daba aquellos mítines tan entusiastas y tan ardorosos, se marchó sin despedirse. Falta gente que atienda a los heridos. El pobre Ramón, el 8 de la sala dos, que no puede moverse, lleva más de ocho días sin lavarse la cara. Yo hago de todo lo que puedo. Barro, limpio, reparto comidas, ayudo en las curas. Y los obuses caen bien cerca. Pero ¿qué otra cosa podría hacer yo? ¿Cruzarme de brazos acaso? Rafaela, mi compañera de hoy, es de lo más irresistible. Nadie aguanta más de un día a su lado sin reñir con ella. No hace más que hablar, y revolver, y mandar. Pero a mí no me importa. ¿A qué vengo yo aquí, sino a trabajar, a trabajarme? ¿Qué haría yo si no me embalara en esta actividad desenfrenada? Stajanovista me llaman ya en el Hospital. Además, Rafaela come a hurtadillas todo lo que puede coger, y con eso de que es del Partido, y con bastante cara dura, trae a su niño Jaime a cenar todas las noches a su sala. Y hasta se lleva calcetines y pañuelos de los nuevos. Yo me he hecho cien veces mis cargos, y otras cien llego a la misma conclusión: hay que resistir. Hay que vencer todo esto con espíritu. Hay que sobrevivirlo. Algún día Dios querrá mandarnos su paz, y yo podré decir entonces: «Ayudé a mis hermanos. Ayudé a los que sufrían. Resistí el frío, el olor a sangre, a pus, a fenol, todo junto. Señor, Señor, Tú mi ayuda, ahora y siempre. Aquí me tienes, Señor. ¿Yo también fui roja?» Todo es confusión. Los ánimos están exaltados. La gente, nerviosa. Nadie ve claro nada de lo que pasa. Mis compañeras se pierden en líos y discusiones. Que si el de la cama 2 dijo tal cosa; que si la tenienta dijo tal otra. Hubo un momento en que se llegó a la mayor confusión y grosería. ¿Y si yo me fuera de aquí?
  • 32. 32 Pero, ¿no era mi obligación aceptar todo, fuera lo que fuere? No sé si esto es bueno o es ir demasiado lejos. Pero a mí me parece que es lo que debo hacer. Mientras pueda resistir, resistiré. Quizá un Hospital de Sangre tenga que ser así, forzosamente así, con sus chismes y todos sus inconvenientes. En la galería se oían las discusiones toda la mañana. Estaban la tenienta, Rafaela; Pepita y Antonio, el delegado de enfermos. Yo, trajinaba... trajinaba... perdida en mi quehacer. Andaba yo quitando el polvo a todos los travesaños bajos de las sillas, cuando vino la tenienta a buscarme, esta mujer un poco rara, con sus estrellitas siempre prendidas en el pecho. —¿A buscarme a mí? Pero si yo no me meto en nada... —Tienes que decir delante de todos si Rafaela es tan indeseable como cuentan. —¿Yo? ¿cómo voy a decir yo...? Es verdad que tenía ganas de gritar que sí, que Rafaela era, por lo menos, muy rabanera, muy mandona, muy inaguantable, muy aprovechada, pero se me ocurrió de repente una solución. Y dije que nada tenía que decir, sino que me dejaran a mí de turno con Rafaela siempre. Estuvo toda la mañana tumbada en uno de los divanes de la galería, con pose de disgusto horrible. En el comedor se acercó con los ojos hinchados y rojos a darme las gracias porque la había defendido. Fue toda amabilidades conmigo. Pero, después de todo, yo no dije nada en su favor. Hoy, más que triste, estoy de mal humor. Sin saber bien por qué. Rompí un termómetro al tomar temperaturas esta mañana. El doctor Pérez, Dios le bendiga, cuando yo creía que iba a regañarme, dijo que si no hubiera andado con él no lo hubiera roto. Verdaderamente que Pero Grullo lo dijo también. Y también es verdad que Rosi, «la Rubia», mi compañera de hoy —¿de dónde habrá salido esta mujer?— no sabe leerlo. Cuando vuelvo a casa por la noche está el Metro atestado de gentes de todas clases que duermen en colchones y mantas extendidas en los andenes. Arturo no estaba en casa. Llegó en seguida con Enrique y Ramón, los primos. Habían ido a cantar, a «facer unos coriquinos», decía Ramón.
  • 33. 33 En cuanto cruzó la puerta, le noté la cara roja, los párpados caídos, la mandíbula, sobre todo la mandíbula, tan desencajada. Le reñí, los reñí a todos. Quisieron explicarme: es que encontraron una botella de ron y bebieron cerveza encima. Arturo no decía nada; se reía solamente. Ramón alborotaba. Trataba de convencerme a gritos de que necesitaban emborracharse de vez en cuando, que si tomaban esta vida en serio era como para suicidarse sin vacilar. Yo sentía encima de mí toda la tajante realidad de la guerra. Estaba yo en el fondo de una taberna oscura, con dos hermanos amenazados de todos los males del mundo, de todos los males posibles, uno de ellos herido y borracho. En la pared alguien había pegado unas escenas de la Revolución rusa, recortadas de una revista vieja, y estaban muy en ambiente. Ramón alborotaba de nuevo en la calle, tranquila, silenciosa ya y oscura: —¡Somos la pequeña Rusia! ¡Somos los dueños del mundo! —gritaba. Llevaba un enorme pistolón al cinto, que le habían dado en el Sindicato, y amenazaba con despertar a tiros a todos los vecinos. A la mañana siguiente, asturiano noblote después de todo, me pidió perdón. Me dijo que, como mujer, acaso no comprendiera por qué se emborrachaban, o acaso por eso mismo lo comprendería mejor. Lo comprendí perfectamente al ver salir a Enrique por la mañana temprano hacia un frente que no sabe cuál es. Nadie se preocupó de su mochila. Y se iba cantando. 21 diciembre. Esta mañana llevé al Hospital un termómetro nuevo en cambio del que rompí ayer. La tenienta se extrañó mucho, y me felicitó por ello. —Es el primer trasto roto que se paga en el Hospital. Hacia mediodía vino a buscarme a la sala para confiarme una misión. Sabe que yo —lo dice ella— trabajo bien, y quiere encomendarme un hospitalizado de alta categoría. Es un miembro de la directiva del Partido que ha ingresado con una gastritis desesperada. Lo han puesto en una habitación pequeña y muy bonita. Al llegar desde el ritmo activísimo de la sala me parece que aquí no hay nada o casi nada que hacer. ¿Cómo me atenderán mientras tanto al nuevo herido de mi sala?
  • 34. 34 Hoy no ayudaré a curar al doctor R., ni veré los desgarrones del pecho del catalán, ni le pondré la cebra de esparadrapo para que se ría. No tengo que tocar la toalla sucia del nuevo anestesiado, ni remojar poquito a poco sus labios resecos. Es absurdo, ya lo sé; pero aquello me gustaba más que atender a este enfermo pálido y educado, que no blasfema, y que tiene unas lindas y cuidadas manos blancas. En vez de las sábanas dudosas y ásperas y cuarteleras de la sala, tiene en la cama un hermoso juego de hilo, con un gran nombre bordado a realce en el embozo: SOLEDAD. Y tiene una colcha de raso azul, y, el colmo ya de la distinción, un precioso cubrecama de piel de guanaco chico, que es una verdadera maravilla de suavidad en la mano. (¡Ay, el régimen más o menos comunista!) En cuanto pude escaparme un momento, fui a ver al director, y le pedí que me volviera a la sala. Me contestó que no admite la dimisión, que tengo que obedecer y que será cosa de cuatro días. 22 diciembre. El nuevo hospitalizado es muy amable, y creo que llegaremos a ser buenos amigos. Todo el personal del casino se desvive por complacerle. Yo tengo amplios poderes para hacer lo que quiera. Empecé por suprimir toda clase de visitas, colgando a la puerta un cartelito que yo me hice, y que habla de severas prescripciones facultativas. Lo dejaré colgado estos primeros días. Después pude arreglar la habitación a mi gusto. Pido todo lo que me parece y todo me lo dan. Antes tenía que pelearme con el encargado del almacén cada vez que necesitaba más toallas limpias para la sala. Los vales los firmo para la sala «especial». Tengo un hervidor eléctrico nuevo y una estufilla eléctrica que calienta y todo. Todas las cosas están en su sitio: el termómetro y su gráfica de temperatura, la leche en el hielo, el agua de Mondariz, el ozonopino. Le he puesto sobre la mesita un libro de versos: La voz a ti debida, de Salinas con la dedicatoria auténtica, y un muñequito pequeño que es un gato con botas rojo, haciendo una pirueta sobre lo blanco del libro.
  • 35. 35 No tengo nada que hacer. Leerle algún artículo de la prensa diaria, o escribirle unas cartas que me dicta porque aún no puede incorporarse. Cuando viene la tenienta, o el director, o Montes, que es el médico que le asiste, mi enfermo dice que soy «una enfermera excepcional». Esto me hace ponerme un poquito —no mucho— hueca. El doctor Montes me dice que le he puesto una cama de «recién parido». Yo le digo que es así como habría que tener y que cuidar a cada uno de las salas grandes. Lo único que he podido lograr es que se ponga un hervidor nuevo en la sala segunda, y que la tenienta se cuide un poco más de ver cómo suben las sábanas del lavadero. 23 diciembre. ¿No parece que hoy cayeran los obuses espaciados y como sin ganas? De una de las salas altas, vacía, viene un rumor de vals de Chopin tocado al piano; pero es como si viniera envuelto en un aire de ñoñez, o como si trajera un perfume pasado de nardos mustios. Un grupo de enfermeras y practicantes jóvenes van riéndose abrazados por la galería de cristales. Hay algo raro en el aire. El director, en su visita diaria a mi ilustre enfermo, dijo esta mañana que no le extrañaría nada que la guerra terminase de un momento a otro. ¡Que sea verdad! Yo daría un brazo, y una pierna y un ojo, porque se acabara esta locura. Que nuestra juventud se muere destrozada por la metralla. ¿No es una locura el que estos muchachos sanos, repletos de vida, tengan que morir así, sin ninguna enfermedad, nada más que porque hayan desgarrado su carne? Que nos socialicen a todos, que nos mecanicen, que nos vistan con mono y nos hagan trabajar, pero que vivamos. Recuerdo ahora lo que decía el muchacho enfermo amigo de Kolia: «¡Lo importante es la vida, la vida únicamente! ¿Qué es cualquier descubrimiento, al lado del descubrimiento incesante de la vida?» Por la noche, en la taberna de casa de la tía, cenaban dos muchachitos franceses de la Internacional. Uno de ellos rubio, pequeñito, casi un chiquillo. Sabían muy pocas palabras españolas y manoteaban en medio de un corro de milicianos. Querían decir algo que nadie les entendía. Entonces Ramón vino a buscarme para que se lo tradujera.
  • 36. 36 Que cuando él era tout petit [muy pequeño], su madre molía café en un molinillo, y se dormía con ese ruido. Ahora, ellos duermen mientras los fascistas tiran, y en cuanto se hace el silencio, se levantan ojo avizor. El mayor decía que había matado ya dos fascistas y un caballo; pero que esto era muy poco. Hoy hicieron una falsa retirada. Pero entonces ellos volaron la dinamita que un minero asturiano les había colocado en un túnel. Y voló toda la Universidad. Lo dicen vanagloriándose con un aire canalla y ruin. ¿A qué habrán venido aquí estos chiquillos del tabardo gris y los cascos de acero? La Universitaria es mía y nuestra. 24 diciembre. Esta mañana, camino del Hospital, había una niebla dura y fría por debajo del sol. Pasaban tanques, muchos tanques, llenando de estruendo la calle de Alcalá. Y pasaban enormes camiones verdes nuevos con la columna Internacional: muchachos fuertotes que alborotaban, puños en alto, contestando al aplauso y al saludo de la gente. Arribas, el herido de la sala cuarta, que todas las mañanas viene cojeando a ver a mi enfermo, estaba contando cuando yo llegué: «... la táctica estupenda de los otros: primero, la aviación, y pan... pan... pan... toda la zona. Luego avanzan los tanques, y rrr... rrr... rrr, barren todo el terreno, después de haber actuado allí mismo la artillería. Después, todavía la caballería, la poderosa caballería. Y detrás, con el camino libre, ellos, triunfales. Nosotros, a pie firme, aguantamos pegados a la tierra de las trincheras, como tontos, como idiotizados. No huimos, porque no podemos. Le aseguro que pasamos un miedo horroroso, pero resistimos. ¡Ah! Pero ahora han llegado tanques y refuerzos rusos. Se han emplazado treinta y dos baterías alrededor de Madrid, y ya no puede pasar lo que en el desastre de Talavera aquel, que íbamos a matar como corderos, sin fusil siquiera, a pelear con palos contra las maravillas de la técnica alemana [las maravillas técnicas de Alemania]. Por la tarde habían dispuesto las mesas del comedor de otra manera. El practicante F., ese tan alto y delgado, y Julita, pensaban disfrazarse y no dejar dormir a nadie en toda la noche. Los que tienen familia hoy no se van con ella, porque su familia es el Hospital, y los que no la tienen la improvisan aquí. Habrá música, y luego cena extraordinaria, y luego, baile.
  • 37. 37 Me dio mucha rabia de todos los que piensan divertirse de verdad. De todas mis compañeras que tienen ya su plan para esta noche. Me parece que estoy fuera de sitio junto a todos ellos. Como si tuviera algo que ocultar de todos. Y no tengo nada. En la comida, Claudina la de quirófano, abrazaba delante de todos a C., el radiólogo. Bueno, y a mí, ¿qué? Bajé al lavadero y no se trabajaba por falta de carbón. La caldera estaba parada, y los grandes secadores de aire caliente no funcionaban. Soto, el hombre de las máquinas, abrazaba con grandes transportes de alegría a una de las planchadoras, gordita y fresca de ropa. Hacia el anochecer, cayeron obuses en los altos de la casa, como diariamente vienen cayendo desde hace poco tiempo. La guerra sigue aquí, hoy como siempre, como el látigo de Dios deshaciendo vidas. [, un día y otro. Y esta noche precisamente, y son ellos, católicos, los que tiran. Siquiera por una noche debiera ocurrírseles mandarnos hoy cañonazos de flores blancas, o de pan, o no tirar. ¿Es que sería esto una gran locura? ¡Y a mí que me parece tan natural!] Me sentí pobre niña chica, infelizmente perdida dentro de mi inseguridad, con ausencias fuertes, con soledad aguda. Arrimada a la pared del pasillo, ya oscuro, me dio por llorar. Lloré por todos, por los de acá, y por los de allá, por los de las trincheras, por mis padres, lejos. Lloré mansamente por todos y por mí. Por la Nochebuena feliz que yo podría pasar entre los míos y en mi casa, esperando la hora de Dios, el minuto que separa los tiempos, de rodillas. La vería ir floreciendo, pequeñita y blanca, como una semilla de la luna grande que me hubiera traído el viento de la noche. Floreciendo chiquita entre mis manos, mi buena voluntad. Pasó Arribas, el de la sala cuarta, y me vio llorar. Vinieron en seguida a buscarme Pepita Astor y la tenienta. Quisieron darme Bromural, y darme vino para alegrarme, y que después de cenar me bajarían al baile. Que no; que no eran nervios, que no era nada. Que me dejaran irme a la calle. Y me fui, sin cenar siquiera. AArturo no le pude dar de extraordinario más que el huevo frito que tenía de racionamiento, y tres pastas secas de mi postre de tres días. Y para Juanillo tenía una rebanada de pan con nata y azúcar, que le gusta tanto. En el piso de arriba bailaron y cantaron toda la noche. En casa, Soledad, la monjita camuflada, bailaba loca de contenta delante de un Niño Jesús. Y cantaba y decía tonterías igual que una niña chica. Sí, sí, baila, Soledad; pero ¿y los hombres que se mueren esta noche?
  • 38. 38 En esos momentos de largo reposo forzado, mi enfermo me cuenta cosas. Es médico. Empezó varias carreras y acabó en médico por vocación. Tiene un método de tratamiento de enfermedades completamente personal. No quiere hablar de esto con los médicos ni con nadie, porque lo toman a broma. Entonces ¿por qué me lo cuenta a mí? Lo que se ve claro es que no es un iluso, ni es un maniaco. Habla con experiencia y con datos y cifras. Yo empecé a escucharle un poco por cortesía, y también por aprovechar lo que me pueda traer de bueno este nuevo estado de cosas que no puede traer más que males. Después he ido aficionándome a oírle, y creo que ha de tener algún poder extraño para convencer, porque me quedo prendida de lo que dice. Sabe muchísimas cosas de las fronteras de la Medicina que rayan con el misterio. —No sabemos nada los médicos. Estamos en pleno período de balbuceo. Acertamos algunas cosas; pero saber, lo que se dice saber... ¡nada! Es siempre la naturaleza la que, en definitiva, cura, a veces con nuestra ayuda. Y luego se extiende en consideraciones y razonamientos sobre lo poco que hay de seguro y cierto en una cosa tan diaria como el reuma. No entiendo muchas cosas que dice de los «anti-cuerpos». —¿Y el cáncer? Después de tantos trabajos y tantas investigaciones, ¿se sabe siquiera lo que es? ¿De qué puede estar satisfecha la Medicina, si no puede curar un cáncer? Pues ¿y la lepra? ¿Se sabe la relación indudable que existe entre la alimentación y este mal? ¡Nada, nada! ¡No sabemos nada! Hace frío. No hay calefacción ni manera de tenerla. Hoy no hay luz siquiera. Esta mañana ha sido espantoso el cañoneo sobre Madrid. Subí a la terraza buscando el sol de mediodía y vi las granadas rompedoras estallar en el aire. Humo e incendios. Los ladrillos de la terraza de mi Facultad eran como éstos. Tengo ganas de dejarme acariciar por el sol. Estoy cansada, casi triste. ¿Para qué los coches? ¿Y las prisas? ¿Y los aniversarios? Si no me importa nada ya. Voy como soñando al andar, ciega de lágrimas. He perdido mi mañana. Si mi mañana era como una bola de luz que rodaba por las alas de las moscas, sobre la piedra, pálida de sol... Si mi mañana era aquel deseo fuerte de que las cosas fueran como son, sin remedio y sin pena.
  • 39. 39 Me subo al sol de la terraza otra vez. Tengo media hora de descanso para la comida y me entretengo mirando a las nubes. Ha ingresado un niño pequeñín herido. Y tengo una pena extraña por él. Es como si yo fuera su madre y como si esto hubiera tenido que suceder así, irremediablemente así. Mejor, es como si el pequeñín hubiera nacido ya con la piernecita cortada, pero como si me hubiera nacido a mí. Guardo el postre de dulce de hoy con la viena del desayuno para Hipólito Expósito. Hipólito es un pobre miliciano medio tonto, el de la quemadura en el ojo, que es motorista, y del que todos se burlan, que sale a buscarme por los pasillos a la tarde. A Carmen, que estaba de guardia ayer en su sala, le di un envoltorio pequeño con un papel de seda azul para que se lo metiera debajo de la almohada. Carmen me dio su palabra de honor de que no se lo diría a nadie. Esta mañana, Hipólito, loco de contento, enseñaba a todo el mundo su moto pequeñita, de colores, con sus faros brillantes y sus mandos y todos los detalles. Y Carmen, en cambio, volcó sobre mi cabeza un frasco casi entero de esencia de jazmín... Mi enfermo mejora; pero no del todo. Me parece un hombre extraordinario. Hoy me ha seguido contando cosas que no llego a entender por completo, pero que son interesantísimas y que nadie, creo, sabe más que él. —¿Qué se conoce de la fuerza que tienen algunas personas como emanación de sus manos o de sus ojos? —No. Desengáñese —me decía—; no es truco todo el misterio. Yo he visto trazar un círculo con un dedo en la tierra alrededor de un alacrán ponzoñoso, y, después, como si estuviera rodeado de fuego, quedar el animal encerrado, sin poder traspasar el círculo, y retroceder espantado al llegar a él. Las manos de este mismo hombre se acercaron a una gran quemadura recién hecha, y, con acercarse solamente, la quemadura empezó a secarse, sin levantar ampolla, en vías de curación.
  • 40. 40 ¿Y el arcillismo? ¿Ha visto usted alguna vez curar con barro? Con barro fue como Jesucristo dio vista a un ciego. ¿Recuerda? Estamos rodeados de milagro. Y no queremos verlo. Y las alusiones, medio veladas algunas, que hay en la Biblia a ciertas enfermedades, ¿son también puro cuento? Cuando una mano leprosa sale del seno contagiada y vuelve a entrar y a salir limpia ¿no querrá esto decir nada? Por lo menos, el mal es de dentro, y no de fuera. Esto hay que saberlo. Y ¿usted cree que es puro capricho cuando la Biblia recomienda: «No cozáis el cabrito con la leche de su madre»? ¿Puro capricho? También hay que saberlo. Y cuando la muchachita de Lourdes come verde de la tierra bajo la mirada de la Virgen, ¿no querrá decir algo también? Por lo menos, habría que buscar qué abismos de humildad y de verdad hay en las curaciones. No hay que darle vueltas. Es que no nos queremos dar por enterados de que el milagro nos rodea por todas partes. Y un método curativo no puede prescindir de la limpieza del espíritu, de la desintoxicación del alma y del cuerpo. Anoche hubo escándalos mayúsculos en el Hospital. Esta mañana quedan enfermeras con los ojos llorosos, y quedan muchísimos, infinitos comentarios. Lo que nos llega oficialmente es que Arribas queda dado de alta hoy. Que Mercedes y Juanita tienen un mes de suspenso en el cargo. Y todo el mundo cuenta detalles, como si lo hubiera visto. Arribas soñaba con Mercedes, llamándola en voz alta, y tuvo, más o menos, un ataque de histerismo. Juanita se dio por ofendida porque él no quería que le atendiese más que Mercedes. Regañaron y llegó incluso a pegarle. Intervino Mercedes, y Juanita le pegó a ella también. Creo que se oyeron cosas peregrinas. Después de comer, Arribas se marchó arrastrando su pierna herida del brazo de Mercedes, ancha, presumida y toda orgullosa. Por lo menos, a mí me lo parecía. Y Juanita no apareció en todo el día. Mientras tanto, los obuses caen sin parar en el Hospital. Hay rumores de que tendremos que irnos.
  • 41. 41 Mi enfermo ha seguido hoy por el despeñadero de las confidencias. Es verdad que cada día le encuentro más interesante. Me ha contado todo el gran esfuerzo y la ingente tarea que le ha supuesto el experimentar sus métodos curativos en el pabellón del Sanatorio Rosmanil. Tuvo que luchar duramente hasta que le dieron el pabellón. Entonces cogió enfermos de todos tipos: tuberculosos, diabéticos, cancerosos incluso. Especialmente desahuciados. La lucha con los médicos fue diaria y sin cuartel. Y luego la tarea inútil de encontrar enfermeros conscientes y honrados. Sus esfuerzos, sus desvelos por atender personalmente a todos. Y más que nada, su enorme pelea contra el desaliento. Él solo. Más tarde, la estupefacción de los doctores cuando vieron cómo la gente iba quedando curada. Y ahora, cuando estaba en vísperas de ir concretando y sacando conclusiones en limpio, la guerra, que lo echa todo a rodar. El Rosmanil, hecho Hospital Militar y evacuado. Él, movilizado. Sus papeles, perdidos en un bombardeo. Ahora, para colmo, la enfermedad y el desasosiego. Pero tiene que salvar sus experiencias, sus métodos, todo en su memoria, todo pendiente ahora del finísimo hilo de su gastritis desesperada. Yo tengo ganas de decirle que yo podría tal vez ayudarle, aunque no fuera más que la mínima ayuda de mi buena voluntad. Quizá solamente el copiarle cosas a máquina, el cogerle datos al dictado... Acaso podríamos dejar en papeles todavía el tesoro que está todo en su memoria. Pero no le digo nada. Le ayudo en lo que puedo, que es escribirle las numerosas cartas que me dicta y llevárselas por mi mano al Correo central para ganar fechas. La guerra es una sacudida brutal que nos despoja de lo accesorio, del adorno, de lo inútil. Las cosas en la guerra son de otro modo. O sirven para algo, o no son nada. Hoy estoy contenta. Arturo me trajo de su cuartel un impermeable militar igual que el suyo, y unos zapatones fuertes, un poco más pequeños que los suyos. Nadie sabe chapotear en el barro como yo. Hoy llueve como llovía cuando bajaba andando camino de mi Facultad. Voy dejando que la lluvia —agua del cielo— me empape y me bendiga la cabeza.
  • 42. 42 Tengo todos los recuerdos agudizados, todas las ausencias agravadas, todas las penas en presente. Escribo diciéndoselo a Conchita, lejos, y a Miguel Ángel Arriola. Dentro de dos días, a la sala otra vez. Mi enfermo se irá en seguida. Se irá sin que el doctor Montes le dé de alta siquiera. Tiene que gestionar su pasaporte para Méjico, donde parece que le ofrecen ayuda para empezar a trabajar otra vez. Es bastante difícil gestionar la salida, y llegar a un sitio donde haya tranquilidad. Otros se van por dar seguridades a su vida. Él se va por salvar sus métodos y su revolución. ¿Y yo le dejaré marchar así? ¿Sin decirle aquí tiene usted mis dos manos para lo que necesite? ¿Sin decirle que yo creo en él y en sus cosas? No le digo nada; pero me da mucha pena que este hombre se me pierda, y que pase a mi lado (así es cómo van las cosas en la guerra) como una ráfaga de ametralladora, como un viento suelto. Marta Méndez vino a verme esta tarde, y a traerme novelas francesas que yo le había pedido para Marcel, herido en mi sala, que se aburre mucho. Es muy buena esta Marta Méndez, que yo conozco desde la escuela, y la quiero mucho. Se llama Marcel o Robert, o las dos cosas al tiempo. Tiene todo el pelo blanco alrededor de la frente, aunque parece joven. Es bajito. Cada vez que paso por delante de su cama me grita Marie [María]. No sabe nada de español, y me resulta agradable oír toda la mañana el final agudo de sus palabras prendido en alto. Es marsellés. A los catorce años se quedó sin familia. Trabajó como camarero en barcos, y ha visto casi toda América. Es verdad que tiene una cara avispada de aventurero o de pirata. En la sala le quieren mucho. Le gastan bromas, que no entiende, y no se enfada nunca. Ayer pidió permiso para salir temprano. Llovía mucho. Yo quise cambiarle sus alpargatas por mis zapatos bajos de lluvia, pero cuando le busqué en la galería ya se había ido. Llegó a la hora de la comida. Venía contento. Traía su paga —¡mucho dinero!— y debajo del pañolón de la F.A.I. que le sirve de cabestrillo, escondió de la guardia de la puerta una botella de Málaga.
  • 43. 43 Al atardecer tenía la cara toda roja y el aire de un borracho. Me llamaba ma chérie [querida mía] para que le partiera la carne de la cena. Durante la noche, Marcel se peleó con otro herido, pero por la mañana estaba ya tranquilo y silencioso. —Pas de permission aujourd'hui [Hoy no hay permiso]—y se paseaba por el hall todo furioso. —¡Yo no prisoniero!... —y no quiso subir a comer por más que se lo rogamos. ¿Era Riola o Fuengirola, o un nombre parecido el del pueblo de Julio Pont Torres? Ya no me acuerdo. Y de la calle tampoco, y eso que me la repitió muchas veces esta mañana. Era, en verdad, un campesino brutote, pero tenía una mirada limpia y una voz tibia y empañada de no sé qué, de mimo, creo que pensaba yo cada vez que le oía. Como estos días entran muchos heridos nuevos, se manda a los menos graves hacia Levante, a reponerse, antes de marcharse al frente otra vez. De verdad que estaba conmovido, cuando se despidió. Se me ofreció «como un hermano, para todo lo que necesitara». Y decía: —Si fuera en otras circunstancias, no me despediría yo así. La verdad es que solo hace cuatro días que estoy en su sala. Cuatro días antes no eran nada. Ahora sí. Ahora pasamos unos al lado de los otros más deprisa que nunca, como las amistades hechas en los barcos. Con los aledaños del alma más desnudos y más al aire. Y algo nos prende, y nos empuja al mismo tiempo, sin poder pararnos. Le bajé el saquito de la ropa y el capote, empapado de sangre seca. Le preparé la comida para el viaje. Le ayudé a subir sin que se hiciera daño. Le estreché la mano con fuerza: —¡Adiós, Julio Pont Torres! El pobre muchacho lloraba de verdad cuando arrancó la ambulancia. Ha ingresado una mujer malherida, que perdió a su marido en la voladura de un polvorín. Ella no lo sabe todavía, y tiene un niño de pocos días. Como hoy no hay mucho que hacer, subo después de la comida a pasearle al sol de la terraza. Es esmirriadito y feucho, y le queda en la frentecilla el vello del feto todavía. Los muchachos de la sala me gastan bromas, me llaman «madrecita», me dicen muchísimas tonterías que no oigo siquiera; pero, completamente en serio, me parece que en mi vida me sentiré más contenta que hoy, con este monigotillo en los brazos.
  • 44. 44 Es tan menudo, tan frágil, tan sin peso... A todas las innumerables cosas que hay para hacer en la sala, añadiremos ahora la de bañar un bebé y preparar biberones. Le llaman Paquito, pero no se bautizará nunca, porque su madre es una pobre roja infeliz. Hoy, mientras lo paseaba, entré en las galerías del piso primero, donde están los lavabos, y le eché agua con el hueco de mi mano. Francisco, Juan, Arturo, Miguel… como todos los míos, la letanía de todos mis nombres. Y cada nombre era ya una oración. Nadie lo supo. Le eché poquita agua, porque estaba muy fría, y el crío lloraba desaforadamente. Por la noche, cuando salí a buscar los periódicos para la sala, me llamaron en la calle. Eran Miguel Ángel y José Granados, que paseaban por la calle de Alcalá, ¡hacía tan buena noche! Me quedé un buen rato mirándolos sin conocerlos. Su voz era la misma; pero tenían los dos algo raro, que no me parecían ellos. ¿O era el asombro que se había parado encima de mis ojos? No acertaba a marcharme, y fue Miguel Ángel el que me empujó suavemente hacia la puerta. Hacía rato ya que todos mis heridos esperaban que les sirviera la cena. Se murió el muchacho de la cama 10, al rincón, junto a la pared. El día que entró nos lo dijo él mismo, que se moría, pero no lo creímos. Y casi todos suelen acertar. Tenía una hermana de su madre por Delicias. Le gustaría verla, pero no sabe más que a medias la calle, y no recuerda en absoluto el número. ¡Si yo pudiera ir a avisarla! No. Yo no puedo, pero en cuanto salí del hospital movilicé a cuanta gente pude para localizar a la tía del muchacho. Hubo suerte y apareció. —¿Está contento ahora? —¿Cómo voy a estar contento, si sé que me voy a morir? Ayer tenía mejor aspecto, pero el doctor M., en su visita, nos dijo que se moría sin remedio. Y se fue hoy, al amanecer, silenciosamente, sin que nadie se enterara. Después, cuando a media mañana vino su novia, yo la acompañé al cuartito de los muertos. Lloraba ella en silencio, y era yo la que tenía ganas de gritar.
  • 45. 45 Por la tarde volvió otra vez y me trajo un pañuelo «por lo bien que le había atendido». Me besó y se fue sin dejarme la dirección que yo le pedía. Era valenciana y se llamaba Juanita. El pañuelo es precioso, blanco como mi bata, rojo como la sangre y negro de luto. Me lo pondré al cuello un día de primavera para llorar al sol la pena de los muchachos muertos. Tengo hoy dos cartas para mí. Arturo me escribe desde su nuevo frente: Taracena, sector de Algora. Y yo sé muy bien que me miente tranquilidades de su pueblo y de sus chozas de pastores. La otra es un sobre grande que dejaron para mí en la portería del Hospital. Prolongué el momento de rasgarlo, despacito, para sentir mejor lo que había dentro, dentro de una carta inesperada para mí: Tiempo de paz «Estoy tranquilo. Llevo mi cartera bajo el brazo y voy camino de la Facultad. Es tiempo de paz, de paz chiquita, porque tú lo has deseado. Recuerdo vagamente el tiempo de la guerra... Los obuses no dejan dormir, no dejan soñar. Tenemos las penas alejadas, los recuerdos ahogados en una tibia melancolía. María Eloína y yo fuimos a comprar ropa de invierno para sus hermanos. »Por encima de toda idea —realidad— política, yo arrastraba mi disciplina. Estuve —¿lo logré?— limpio de odio para todos, para todo... Pude conservar mi alma ecuánime, limpia; ahogando mi creencia recién nacida en un Dios fulminador, inexorable... »Hoy me encuentro camino de la Facultad más alto, más depurado que en otro tiempo. No sé qué tiempo es. No puedo comprender ya el halo poético y romántico del campo quieto, pensativo... La guerra se ha llevado, entre la metralla, el ansia romántica de los versos, de los crepúsculos magos. »Sigo andando, andando. La sierra me huye, se aleja; llueve. No ha pasado el tiempo. Las gotas bordan en nuestros impermeables —tu tabardo militar y el mío— una sinfonía tenue, ancestral. »Tu silencio ya no es blanco ni de ningún color. Somos dos espectros batidos por la lucha…
  • 46. 46 »Yo te doy las gracias, húmedas y serenas, por tu carta, admirable como tú... una carta que recibí cuando aún había guerra. »Seguimos andando, callados. En el ambiente reposado y joven de esta hora, muda y confidencial, yo recuerdo amargamente las cosas que escribí, las que pude haber escrito. »Es tiempo de paz, sí, de paz. No llueve. Sobre nosotros, un mediodía diáfano, sonoroso, azul... »M. A. A.» Otra carta para el correo. «Querida Luisilla: Gracias por la historia de tu carta. Ya me figuro cómo ha de ser el puente altísimo sobre el cauce muy hondo, seco todo él con solo un hilito de agua en lo más profundo, y muchas lavanderas aprovechándolo. Y también me imagino cómo será el paseo de todos hasta la Mallaeta. A la vuelta, el islote de Benidorm estará todo envuelto en luces de rosa y de oro, como encendido. Y enfrente quedará la sierra Aitana, con nombre de diosa, envuelta en velos transparentes y con resonancia de águilas reales, hermosísima, como elegida y ungida de todas las gracias de todos los montes azules al amanecer. Y no tendréis frío, vosotros. No tendréis frío... Ahí te va, en cambio, mi historia, más triste. ¿Sabes, Luisilla? Se iba a morir. Pronóstico gravísimo. Con numerosas perforaciones intestinales. Sabía él que iba a morir, como lo saben todos. Le daba miedo de la lámpara que colgaba en medio de la sala, que él había visto una vez un muerto con aquella figura. Y sentía no poder moverse para tirarle un zapatazo. Hay abajo concierto hoy, y todos los que pueden bajar están allí. No está en su sitio el practicante de guardia, y yo estoy sola con él. Nadie me hará caso, porque ya no se puede hacer nada. Esto me lo dijo el médico, y esto es precisamente lo que me subleva.
  • 47. 47 La jeringuilla rota de la sala segunda, una aguja del quirófano, el algodón y el alcohol del carro de curas. Me costó correr todas las escaleras, y no logré reanimarlo siquiera. ¿Y si esto no fuera la muerte definitiva, sino un bache en ese misterioso terreno entre la muerte y la vida? ¿Y si con una inyección, con un empujoncito, saliera otra vez a flote, camino ya de lo seguro? ¿Tú comprendes, Luisilla? Tú que tienes para ti el sol, y los almendros, y los olivos. Es uno cualquiera, Julián Pedrosa Lozano —este afán mío de aprenderme bien los nombres de todos—. Un muchacho de un pueblecito de Córdoba. Uno cualquiera que no tiene aquí a su madre. Uno cualquiera de diecinueve, de veintiún años. Quiso que le abriera el balcón, porque se ahogaba ya. Y toda la tarde espléndida de primavera anticipada se nos entraba por allí, con gozo de gritos, que jugaban los niños por la calle de la Aduana. Quería que lo sacara al corral o al patio, y que le echara agua fresca en la nuca. Y yo sola con él. Con él y con mi angustia, cara a cara. Ahora está ya solo en el cuartito de los muertos. Tiene la cara de cera de un Cristo. Le volqué encima de los ojos cerrados —llenos de alegría los tenía hace unas horas— las flores de almendro todas que me mandaste en tu carta de ayer. ¿Verdad que tú, querida Luisilla, tú comprendes esto que les extraña a todos, que yo llore por uno cualquiera, cuando se mueren los hombres a montones? Traducimos Os Lusiadas Miguel Ángel y yo. Voy temprano a su casa, antes de entrar en el Hospital. Es un modo de librarse un ratito de la guerra. Nos aislamos un poco de todo, pero no podemos dejar de oír los obuses que suenan bien cerca. Hoy cambiamos impresiones: ¿Entrarán? ¿No entrarán? Estamos de acuerdo completamente en una cosa: nosotros tenemos que estar forzosamente con los nacionales, porque nuestra civilización es cristiana, porque tenemos un pasado que es —querámoslo o no— una cultura cristiana, y de la cual no podemos prescindir. Sería preciso que hubiera un corte, una solución de continuidad en la Historia, que se acabara por completo todo y que volviera aparecer el hombre de nuevo, para llegar al comunismo. Rusia sí lo pudo hacer, porque es un pueblo reciente.
  • 48. 48 Me parece que Miguel Ángel Arriola se escapa de los «veinte millones de idiotas» que decía el profesor M. que formamos España. El director nos reunió a todas las enfermeras, y nos hizo un pequeño discurso sobre disciplina y otras cosas así. Nos dijo que estábamos militarizadas y debíamos obedecer todas como si fuésemos una sola. Nos habló de los camaradas de las trincheras, que van a morir, y avanzan. Nos dijo la enorme obra que tenemos que emprender en Ocaña. —Es aquello una fábrica de matar hombres, yo lo he visto. Y tenemos que levantar allí un Hospital de Sangre. Además, aquí no podemos seguir, porque diariamente caen obuses en la casa, ya lo sabéis vosotras. A mí no me convenció mucho lo de la obediencia, pero, ¿qué hago yo si me quedo? ¿Qué haría yo si me quitaran este ajetreo de vida en que estoy metida? AArturo igual le puedo ayudar desde allí. A Juanillo, en cuanto pueda, me lo llevo. Quizá aquello esté más calmado que el Madrid de los obuses. Y Ocaña no está demasiado lejos. Me voy. En pocas horas se solucionó la desaparición de todo el Hospital. Vinieron unas ambulancias que se llevaron a los heridos todos que quedaban. Dirigía la evacuación una señora extranjera, ya mayor, que yo no había visto nunca, con una falda escocesa. Y la obedecían unos muchachotes altos y rubios, que levantaban las camillas en vilo como si no pesaran nada. Me queda una visión rápida y última de aquel trajín de toda la mañana. Todo envuelto en polvo. Trastos viejos, sillas rotas, cosas inútiles, se van amontonando en el centro de una sala. Los muebles que valen, van también a Ocaña. Unas mujeres revuelven polvo y trapos sucios. El viaje en un autobús de dos pisos, como los de la Universitaria. El viaje se hizo larguísimo. Las carreteras están cortadas y hay que rodear mucho. La gente joven va derrochando humor. Todos llevan abundantes maletas. Yo llevo el equipaje reducido al mínimo. ¿Qué puede haber, digo yo, que no se pueda tirar? Mi pobre maletita de cartón va casi vacía. Se merienda. Se ríe, se charla. Pero todos tenemos un poco la inquietud desvelada de avanzar sin saber a dónde.
  • 49. 49 Llueve muchísimo en el viaje y es como si tuviéramos que atravesar grandes ríos al anochecer. Llegamos ya de noche al Penal. No hay luz, y todo queda en suspenso hasta que veamos y podamos instalarnos. Solamente podemos apreciar que el edificio es enorme, porque atravesamos patios grandísimos, medio inundados. Todo negro, sucio, destartalado. Vemos unas cuantas salas muy grandes, que serían dormitorios o talleres de los presos. Aumenta mi malestar y mi terror, como si todo aquello se me cayera encima, el ver que hay rejas de hierro en todas las puertas y en todas las ventanas. Antes de que se acaben las pocas velas que tenemos, hay ya colchones y mantas tiradas en el suelo. No nos desnudamos. Cenamos un poco de carne de bote, fría, grasienta, con la grasa blanca cuajada que se agarra al paladar, sin pan ni nada. Y mis compañeras alborotan todavía mucho tiempo tirándose almohadas y ropas y cosas de colchón a colchón, en la gran oscuridad. Yo no me puedo dormir de desasosiego, de frío, de ganas de volverme a Madrid, de miedo de todo aquello. Quiero madrugar mañana para ver el pueblo. Madrugué. Oí las 5, las 6, en el reloj de una torre. ¡Madre de Dios! ¡Qué bien sonaba! En cuanto hubo una pequeña claridad del día, me lancé fuera, a explorar. Hace un frío horroroso. El Penal, tan grande, está vacío. Me aventuro por escaleras y galerías que no conozco, y no encuentro a nadie. No puedo salir al pueblo, como quería, porque hay gruesas verjas de hierro, dobles o triples, a la entrada: rastrillo 1, rastrillo 2. Todo cerrado y desierto. Desde una de las garitas altas vi, temblando de frío, salir el sol. Desde mi altura descubrí torres viejas de iglesias y alcotanes que alborotaban en las torres. Hay una preciosa iglesia vieja mismamente enfrente. Hay aquí debajo una huerta grande con almendros, llenos ya de yemitas nuevas. Y lejos, sin niebla, claros, montes azules. Son los Montes de Toledo. Digo esto y me lo repito en alto, y tiene resonancias como de romance viejo. Montes de Toledo. Detrás de esas palabras se me abren todas las nostalgias imprecisas, todas las oraciones sin rezar, todas las ausencias queridas. Todo está quieto y frío.
  • 50. 50 Esto es una verdadera catástrofe. Hay que hacer de esto un hospital. Es verdad, pero ¿por dónde empezar? Tenemos ya una ficha militar cada una, igual que un soldado más: «Y el abandono de servicio se pena como la huida del soldado de su trinchera.» Trabajaremos siempre de dos en dos, que las salas son enormes. Matilde Parga y yo hemos pedido la sala cuarta, en recuerdo de la que tuvimos últimamente en Madrid. Pero queremos que sea siempre la nuestra, que para eso la vamos a organizar nosotras. Dos muchachitas del pueblo, sin nociones siquiera de lo que puede ser la higiene, nos la dejan. Y se van dolidas y tristes. Ellas mismas se habían cosido dos tiras de paño rojo en cruz sobre la manga. El personal todo queda despedido, y el director procesado por haber dejado llegar las cosas a tal extremo. Hay que empezar, sí, sí. Tenemos muchos ánimos, pero ¿por dónde se empieza? Lo primero es quitar verdaderos montones de basura acumulados debajo de las camas. Los heridos no tienen sábanas. Están a raíz sobre los colchones, que no son colchones, sino las colchonetas de los presos, sacos de una paja apelotonada y áspera, que huele muy mal. Exactamente a cuadra. En muchos sitios el olor es insoportable. Y se curaba —¿se curaba?— sin esterilizar nada. No hay agua en la sala. Pero tenemos dos cubos. Un camillero de la puerta me da una cuerda vieja, y ya tenemos con ella dos hermosos estropajos. El agua habrá que subirla del piso bajo, a cubos. Pero, antes de empezar a fregar, tenemos que raspar con una lata toda la porquería. Hace un frío inaguantable, y nos queda como perspectiva el empalmar la noche de guardia cuando acabemos el día de trabajo. 25 enero. De acarrear cubos de agua escaleras —tan grandes, tan amplias— arriba, tengo los pies empapados. Pero hoy es un gran día. Me inunda de gloria la bata sucia un sol brillante que se cuela por entre las rejas de nuestra sala. Quiero anotar este momento que abre en mi vida nuevos caminos.
  • 51. 51 Se lo diría a todas las mujeres del mundo, a las que no saben qué hacer, y a las que pierden su tiempo en pequeñeces. ¡Ah! Esta gran alegría de hoy, que está hecha, sólidamente trabada, de contenido inexpugnable. Tiene como base toda la seguridad de la ciencia, y toda la seriedad de un descubrimiento cabal. Es el paso de lo que está en las nieblas de lo incierto a lo que se puede tocar y palpar. Se frota, se frota. Se aprietan los músculos y las ganas. Y al cabo de toda una mañana, rompe el gran contento que hoy desborda por encima de mi cabeza. Primero es el agua espesa, negra, dudosa de ser agua. Luego, la maravilla de la espumilla blanca en el agua helada. Y, por fin —colmo del milagro, inesperado y seguro asombro cierto—, brota el color rojo de las baldosas oscuras, poco a poco, decidido y casi brillante. No hay luz. Tienen que venir electricistas de Madrid a arreglar la instalación. Mientras tanto, tenemos un candil en la sala, que da mucho humo y muchas sombras que bailan. No sé si es petróleo o aceite de foca, o de ballena, o de diablos quemados. Pero huele muy mal. Está nevando. Hemos entrado a saqueo en el almacén y hemos requisado las chaquetillas de paño gris, tieso y duro de los presidiarios. El último descubrimiento es que tendré que cortarme el pelo casi al rape, porque no es solo gangrena lo que ha invadido el hospital. Cuando me tiro, vestida, encima de un colchón en esta celda grande con barrotes y cerrojos enormes, completamente rendida de fatiga, pienso con todo rigor que no me queda absolutamente ninguna diferencia con los condenados a trabajos forzados. Rafaela andaba todavía haciendo tonterías en pijama por en medio del dormitorio. Creo que imitaba pasos de baile de una actriz, no recuerdo de cuál, cuando las sirenas de alarma sonaron en el pueblo. No me muevo siquiera. Empezaba a dejarme ganar por ese calorcillo suave de las agujetas bien ganadas, y no salgo en la desbandada general. Prefiero sortear la posible bomba desde aquí, a romperme con toda seguridad las narices por las escaleras oscuras.
  • 52. 52 Antes de amanecer nos despierta un estruendo de bombas en el mismo Hospital, junto con las sirenas de alarma del pueblo. Fue en el patio grande central y no hubo víctimas. Días más tarde hubo otras dos bombas de aviación en el Penal, que ya tenía una bandera de la Cruz Roja bien visible en el tejado, y entonces una de las bombas se llevó la cocina con el cocinero dentro. Paso la mañana subiendo a la sala con mi compañera las camas y mesitas llegadas de Madrid, y la tarde fregando pisos de nuevo, que ya van estando más vistosos. Aún no hay platos ni cucharas, ni funciona el comedor, pero hoy nos reparten unas ricas judías calientes en los platos de lata de los presos. Cada uno se friega su escudilla con arena, y empezamos a ver un lado gracioso en las cosas. Todos llevamos —hasta los señores médicos— la chaquetilla gris oscuro de paño burdo de los presos, y se ha hecho corriente el tratamiento de «camarada presidiario». Desde mañana tendremos mujeres del pueblo que vengan a hacernos la limpieza, y una nube de cerrajeros y albañiles ha empezado a liberarnos de las rejas, arrancándolas, y a pintar de blanco todas las paredes de la casa. En uno de los patios de atrás se van quemando en una gran pira los malolientes colchones de los presos. Matilde Parga, con su hermana y yo, hemos alquilado en el pueblo una habitación limpita y soleada hasta que los dormitorios del Penal estén en condiciones. Calle de Madre de Dios (medio borrado el letrero), cerca del Hospital, dos calles y una esquina por medio. Paredes encaladas y grandes portaladas manchegas para que entren los carros hasta el patio. Tiene nuestro cuarto la gracia de las vigas viejas al aire, y una ventana que da al patio con mucha hiedra. En el patio hay columnas de piedra antigua, y arquitrabes de madera oscura. La casa tiene también una cueva que puede servir de refugio, y la patrona se empeña en hacernos bajar a verla. Guardan allí grandes cántaros de vino y de aceite, y sacos de trigo y de pienso para las mulas. Hay también una enorme pila de leña seca.
  • 53. 53 Las enfermeras que se quedan a dormir en el Penal emplean cada una para dormitorio una de las celdas de castigo, que están en el sótano. Son pequeñísimas, frías y húmedas, y no tienen ventilación, pero tienen la ventaja de no necesitar más refugio contra los bombardeos. Matilde y yo estuvimos viéndolas antes de empezar la guardia de la noche. Llevábamos una linterna pequeñita, que apenas alumbraba, y en una celda, un poco más grande que las demás, vimos algo como ropa blanca amontonada. Quise mirar qué era y toqué inesperadamente una carne fría que me puso los nervios en tensión violenta para toda la noche. Estábamos, sin saberlo, en el depósito de cadáveres. Paso miedo de verdad la noche entera. En el piso de arriba, aislados de toda la vida del Hospital, que transcurre en el piso primero, quedan unos cuantos enfermos graves. Son unos cuantos gangrenosos que no se evacuaron porque parece que se van a morir muy pronto. Es lo que nos queda de la leyenda de terror que cundía en el Penal cuando llegamos. Sentí sus gritos y sus quejidos que acabaron de llenar mi noche de miedo. Me pongo a escribir alguna carta, ahora que ya está mi sala tranquila, por hacer algo, por entretenerme un poco este tiempo largo. Desde mi miedo negro escribo a Miguel Ángel Arriola, tan grande, tan fuerte, tan comprensivo. Solo con acordarme de él se me va pasando aquella angustia seca de la garganta. Medianoche. La hora de las brujas. No hay brujas, que son las sombras del candil y el viento que mueve la llama. El viento que se cuela por todas partes. De repente entra, toda agitada, Julita Seseña. Viene deshecha, llorando a mares, con hipo. Julita Seseña, es de las recién ingresadas, y le han dado la guardia de los gangrenosos, arriba. Quiere irse, grita, llora. Quiere marcharse a Madrid esta misma noche, a su casa. Ella no sabía que ser enfermera era esto. (Y tú, María Eloína, ¿vas a tener miedo también? Avanza. Llega al límite. Rebásale. Miedo, ¿a qué? ¿No llevas contigo todo lo tuyo?)