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Como sujeto vivo. Como madre ida
Los días pasan, y mi vida en ellos. Lo de hoy es señuelo para atraer el olvido. De todo lo que he
sido. En mirar mirando, la rapiña en ese contexto tan vivido. Yo, andando en penumbras. Como
ansioso sujeto íngrimo. Sin lo justo para acceder al estado anhelado desde ha mucho tiempo. Este
recorrido lo inicié, cuando niño. En lejano día, que vi a la Luna engarzada en chubascos venidos,
todos los días. En veces en vuelo lúdico. En otros viniendo en loco albedrío punzante. Y sí que lo
sentí. Desde ese adentro del cuerpo de madre primera. Siendo, como en realidad fue, día de Sol
pleno. En la perpendicular situado. Sobre ese barriecito de ella, que empezó a ser mío. Cuando caí
en libre vuelo. Ella estaba, como casi todas las madres, con mirada puesta en calle angosta en que
vivíamos. Como mediodía era. Como que nubes pasando. Viajeras lúcidas, Con grises-negros
promeseros. Ella, con ojos asiduos visitantes de la montañita, a manera de cinturón envolvente.
Ciudad prisionera en ello. Ciudad manifiesta. Que había nacido antes que la mujer madre mía
sintiese presagio de conocerme.
Y me fui haciendo sujeto triste, como en ella prendido. Como bebé canguro esquivo. En cortedad
de camino, a pasos, enarbolando potencia de suspiro enfermizo. Yendo tras la imagen de ella. En
voltereta. Viviente como escarceos de pájaros vidriosos; en vitrales puestos por mano mágica. De
pintora bulliciosa en silencio. Yo viajero en pos de El Levante prodigioso. Imaginado. Yo niño
elucubrando. Yo sediento de alegría. Siendo, en eso, solo corresponsal estático, venido para
horadar en tierra. Para soportar la pulsión venida desde afuera del universo enfático en trazar
leyes, leyendas, caminos. Y me hice, en ese tiempo langaruto, personaje desarropado. Por lo
mismo que, la mujer amiga mía, no hallaba rumbo. Como menesterosa náufraga en mar violento.
En noche aciaga. Envolvente.
Tiempo pasado ese. Que fue perdiendo su ahínco brutal. Que fue siendo pasado, en luz carrera
acezante. Ella y yo, de por medio. Ella sujeto ajustada por los años y por la aspereza de enfática
persistencia. Y yo, volantón. De paso en paso. Como de rama en rama, pajarillo venido desde la
ilusión perdida ya, hace tiempo en nuestra ciudad creciente. De escenario ditirámbico. Como si
ensueño fuera de aquella locomoción habida en ceniciento paso de arroyo creciente. O lánguida
versión de hechizos. Contada por los gendarmes venidos, en procesión ampulosa. Como heredad
insensible. Como pasajera expresión de escorpión que se hizo hiriente, al no poder mirar la mujer
madre mía. Y, ella, en esa soledad y en ese silenció puro. En lo que pudo haber tenido como
enhebración crujiente, lúcida, colmada. De miles momentos depreciados. Una holgura de mensajes
brumosos. Aferrados a los códigos cantados. En ese ejercicio de miradas. En esa envolvente
juntura de caminos. Que estaban ahí. Desde antes de mi yo ser sujeto. Y que, ella, asumió como
preparación grata. Por lo mismo que como mujer no madre fue primera. Y que, en ese siendo
madre mujer, fue recortando su prisa. Sus ansias libertarias.
En este hoy que vivo, voy yendo en soledad agreste vestido. En ensimismamiento actuado.
Personaje hecho de mis miradas. Y las miradas de ella, mujer virtuosa, esclava ajena. A todos y
todas dada. En sintiéndose solidaria amuga. Mujer hecha potencia. De palabra y de orgullo suyo,
solo suyo. Viajero, yo, en ella. Como sumario juicio hecho por los césares pasados y en presentes.
Ávidos reyezuelos de vigencia plena. En el hoy que duele. En el hoy hecho escenario. De rapacería.
De doliente armadura vestidos.
Soy, eso sí, de ella venido. Siendo, eso sí, sujeto hoy envuelto en ese señuelo que se tornó en
lanza que mata. En armadura ciega. Que dilapida y que cercena los cuerpos. El mío y el de ella.
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Insumiso
Lo convenido es, para mí, la valoración de palabra hecha. Yo me fui por ahí. Tratando de precisar
lo que quería hacer, después de haber propuesto volar con la vida en ello. Y es bien convincente lo
que me dijiste ese día. Y yo me propuse transitar el camino que tú dijeras. Y, te entendí, que sería
el comienzo de una ilusión forjada a partir de validar lo nuestro como propósito de largo vuelo.
Ante todo, porque he sido tu amante desde siempre. Inclusive, desde que yo hice de mis pasos
nacientes, una conversadera sobre lo que somos y lo que fuimos. Sin temor al extravío, acepté que
no había regresión alguna. Que seríamos lo que nos propusimos ese día, siendo niño y niña; como
en realidad éramos. Y sí que arreció la bondad de tus palabras. Enhebrando los hilos de lo vivo y
vivido. Aun en ese lugar del tiempo en el cual apenas si estábamos en condición de realizar el
ilusionario. Un desarreglo, ungido como anarquía de sujetos. Sin detenernos a tratar de justificar
nada. Como andantes eternos. Como forjando el tejido, a manos llenas. Y, pensé yo, hay que dar
camino al mágico vuelo hacia la libertad, ayer y hoy perdida. Un vacío de esperanza atormentador.
Por lo mismo que era y es la suma de los pasado. Y, precisando en el aquí, que nos dejábamos
arropar de ese tipo de soledad acuciosa. Casi como enfermedad terminal. Como si nuestro
diagnóstico se lo hubiera llevado el viento. En ese tono de melancolía que suena solo cuando se
quiere ser cierto sin el protagonismo del diciente lenguaje habido como insumo perplejo. En todo
ese horizonte expandido de manera abrupta, imposible de eludir.
Un frío inmenso ha quedado. Ya, la nomenclatura de seres vivos, de ser amantes libertarios; se ha
perdido. Mirando lo existente como dos seres que han perdido todo aliciente. Un vendaval
potenciando lo que ya se iba de por sí. Fuerte temblor en eso que llamamos propuesta desde el
infinito hecho posible. Como circundando a la Tierra. En periodos diseñados por los mismos dos
que se abrazaron otrora. Cuando creímos ver en lo que pasaba, un futuro emancipador. Ajeno a
cualquier erosión brusca. Como alentando el don de vida, para seguir adelante. Hasta el otro
infinito. Pusimos, pues, los dos las apuestas nítidas, aunque complejas. Un unísono áspero. Pero
había disposición para elevar la imaginación. Dejar volar nuestros corazones. Como volantines sin el
hilo restrictivo. Y, si bien lo puedes recordar, hicimos de nuestros juegos de niño y niña, todo un
engranaje de lucidez y de abrazos cálidos, manifiestos.
Hoy siento que lo convenido en ese día primero del nacer los dos, ha caído en desuso. Porque, de
tu parte, no hay disposición. Que todo aquello hablado, en palabras gruesas, limpias, amatorias.
Solo queda un vaivén de cosas que sé yo. Un estar pasando el límite de lo vivo presente. Entrando
en una devastación absoluta. Y, este yo cansado, se fue por el camino avieso. Encontrando todo lo
habido, en términos de búsqueda. De los sollozos perdido. De mi madre envuelta en esos mantos
íngrimos de su religión por mi olvidada. Una figura parecida a la ternura asediada por los varones
grotescos. De la dominación profunda y acechante en todo el recorrido de vida.
Mi proclama, por lo tanto, ya no es válida para registrar el deseo libertario. Los sabuesos pérfidos
han arrasado con la poca esperanza que había. En una nube de sortilegios ingratos; por cuenta del
nuevo tiempo y de las nuevas formas de dominación en el universo que amenaza con rebelarse. De
dejar de girar. De cuestionar el dominio de Sol. Como pidiéndole que no haga sus cuentas de vida
en millo0nas de años más.
Y si, entonces, que lo convenido se convirtió en reclamación atropella. De nuevos compromisos. Tal
vez, el más importante: dejar de ser lo que somos. Y ser lo que, en el ayer, fingimos. Pura
nostalgia potenciada.
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Matar en silencio
Viviendo como he vivido en el tiempo; he originado un tipo de vida muy parecido a lo que fuimos
en otro tiempo. Como señuelo convencido de lo que es en sí. Trajinado por miles de hombres
puestos en devenir continuo. Con los pasos suyos enlagunados en lo que pudiera llamarse camino
enjuto. Y, siendo lo mismo, después de haber surtido todos los decires, en plenitud. Y, como
sumiso vértigo, me encuentro embelesado con mi yo. Como creyéndome sujeto proclamado al
comienzo del universo y de la vida en él. O, lo que es lo mismo, sujeto de mil voces y mil pasos y
mil figuras. Todas envueltas en lo sucinto. Sin ampliaciones vertebradas. Como simple hechura
compleja, más no profunda en lo que hace al compromiso con los otros y con las otras.
Esto que digo, es tanto como pretender descifrar el algoritmo de las pretensiones. Como si, estas,
pudiesen ser lanzadas al vuelo ignoto. Sin lugar y sin sombra. Más bien como concreción cerrada,
inoperante. Eso era yo, entonces, cuando conocí a Mayra Cifuentes Pelayo. Nos habíamos visto
antes en El Camellón. Barrio muy parecido a lo que son las hilaturas de toda vida compartida,
colectiva. Con grandes calles abiertas a lo que se pudiera llamar opciones de propuestas. Casitas
como puestas ahí, al garete. Un viento, su propio viento, soplando el polvo de los caminos, como
dice la canción.
Todas las puertas abiertas, convocantes. Ansiosas de ver entrar a alguien. Así fuese el tormento de
bandidos manifiestos. Un historial de vida, venido desde antes de ser sujetos. Y los zaguanes
impropios. Por lo mismo que fueron hechos al basto. Finitos esbozos de lo que se da, ahora, en
llamar el cuerpo de la cosa en sí. Sin entrar a la discrecionalidad de la palabra hecha por los
vencidos. Palabra seca, no protocolaria. Pero si dubitativa. En la lógica Hegeliana improvisada. De
aquí y de allá. Moldeada en compartimentos estancos. Sin color y sin vida. Solo en el transitar de
sus habitantes. En la noche y en el día.
Y sí que Mayra se hizo vida en plenitud, a partir de haber sido, antes, la novia del barrio. Tanto
como entender que todos la mirábamos con la esperanza puesta en ver su cuerpo desnudo. Para
hacer mucho más preciso el enamoramiento. Su tersura de piel convocante. Sus piernas absolutas.
Con un vuelo de pechos impecables. Y, la imaginación volaba en todos. Así fuera en la noche o en
el día, en cualquier hora. Con ese verla pasar en contoneo rojizo.
Su historia, la de Mayra, venía como recuerdo habido en todo tiempo y lugar. En danzantes hechos
de vida. Nacida en Valparaíso. De madre y padre ceñidos a lo mínimo permitido. En legendarias
brechas y surcos. Caminos impávidos. La escuelita como santuario de los saberes que no fueron
para ella. Por lo mismo que, siendo mujer, no era sujeta de posibilidades distinta a la de ser
soledad en casa. En los trajines propios. En ese tipo de deberes que le permitieron.
Yo la amaba. En ese silencio hermoso que discurre cuando pasa su cuerpo. Y que, para mí, era
como si pasara la vida en ella. Soñando que soñando con ella. Viéndola en el parquecito. O en la
calle hecha de polvo. Pero que, con ella, resurgía en cualquier tiempo. Recuerdo ese día en que la
vi abrazada a Miguel Rubiano. Muchacho entrañable. De buen cuerpo y de mirada aspaventosa.
Con sus ojos color café límpido. Casi sublime. Y la saludé a ella y lo saludé a él. Tratando de
disimular mi tristeza inmensa. Como dándole a eso de retorcer la vida, hasta la asfixia casi.
Ya, en la noche de ese mismo día, en medio de una intranquilidad crecida, me di al sueño.
Tratando de rescatarla. O de robarla. Diciéndole a Miguelito que me permitiera compartirla. Y salí a
la calle. Y lo busqué y la busque. Y con el fierro mío hecho lanza lacerante, dolorosa, la maté y lo
maté. Me fui yendo en el mismo silencio. La última mirada de mi Mayra, fue para Miguelito amante.
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Luna fugada
Tanto huirle a la vida. Es como evitar ser tu amante. Las dos cosas trascendentes. Una, por ser la
vida misma. Lo otro que sería igual a hurgar la tierra, en búsqueda del tesoro pedido, que sería
cual faro absoluto. Entre lo yerto y lo móvil vivamente vivido. Todo se aviene a que mi canto no
sea escuchado. Fundamentalmente por ti, diosa infinita. Por eso, me puse a esperar cualquier
vuelo. De cualquier ave pasajera. Nocturna o diurna. Sería, para mí el mismo impacto y el mismo
oficio. El de doliente sujeto que hizo de su vida; la no vida estando sin el refugio de tus brazos. Y,
al tiempo habido, le conté mi sentimiento. Y me respondió con la verdad del viento. Fugado, sin
poder asirlo. Y revolqué la tierra, en todo sitio. En cualquier lugar fecundo. Y el mismo tiempo y el
viento, hicieron una trenza para ahogar mis ímpetus. Para que yo no pudiera entrar en ese cuerpo
tuyo. Viajé en ellos, en el tiempo y el viento. Llegué, no recuero ni el día ni la hora. Simplemente,
bajé, otra vez, al sitio en que te he amado. Encontrándote, susurrando palabras. Como las de ese
Sol potente. Estaba en espacio frío. Y te fuiste, en el tiempo y el viento. Y te vi ascender.
Traspasando la línea que protege a la Tierra nuestra. No pude alzar vuelo contigo. Simplemente
porque, viento y tiempo, te arroparon y desecharon mi presencia, mi cuerpo.
En este otro día, En esta soledad tan manifiesta. Tan hecha de retazos de tu mundo ya fugado. Me
dije que ya era hora de ser libre. ¡Para qué libertad, sin estar contigo! Eso dije. Y retomé el camino
arado, por siglos. Por gentes sencillas. Bienamadas, solidarias. E hice andar mis piernas. Hice que
todo mi cuerpo te buscara. Y encontré a la vieja esperanza, maltrecha, pero nunca vencida. Al
tiempo encontré a la ternura toda.. Me dijo: si nos has de ir, mejor quédate ahí.
Llegando la noche, entonces, te vi dibujada en la Luna. Y gozabas, jugando con su arena inmensa.
Con su gravedad hecha cuerpo. Y, siendo ese cuerpo, tú. Me enviabas voces, palabras. Pero a
mitad de camino se perdían. Ruidoso rayo, envolvente. Dos en uno. Energía potente. Sonido
anclado en toda la energía hecha. Pasando la noche, pasando se, hizo más borrosa tu figura que
volví mis ojos al lado obscuro de tu hospedera Luna. Haciéndose fugaz lo que antes era
permanente para mí. Esa risa tuya. Esos tus ojos tiernos en pasado; ahora voraces y lacerantes
miradas. Mudez impávida, enervante ahora.
Hoy, camino. Yendo adonde? No sé. Como si se hubiese perdido la brújula. Esa que siempre
llevabas en tus manos. Y, siendo cierto esto, traté de retomar el camino perdido. Traté de alzar
vuelo. Pero seguía ahí mismo. En la yesca infame, Todos miraban mi dolor. Todos y todas,
mostrando su insolaridad por ti endosada. Tal vez como revancha absurda. Pero era eso y no otra
cosa. Era tu pulsión de vida. Perdida ya. Y recordé que, en otrora, éramos boyantes personajes.
Absorbiendo la luz y la ternura en ella.
En este sitio, para mi memorable, quedará escrito, con el lápiz de tus ojos, la pulsión de vida mía.
Pasajera. Casi irreal. Casi cenicienta simple, engañada. Y si digo esto ahora, es porque te fuiste. Y
está en esa Luna tuya, inmensa. Pero, para mí, Luna Fugaz. Luna hechicera
Peregrinar
Y sí que me postulé para ser concejal. En este territorio mío que me conoció desde que me crié
Antes, cuando estudié en el bachillerato y pregrado sociología, no me llamaba, para nada, la
atención, en lo que coloquialmente llaman, la política. Contaba mi madre que,” cuando era joven,
conoció muchas amarguras ante los muertos y muertas en ese cambalache de vida que nos tocó
vivir. Rojos y azules. Para nosotros esos era los colores. No había otros”. Desde Santander y
Bolívar.” Por mi cuenta me di a la tarea de seguirle la puntica del hilo, para aprender a discernir.
En la escuelita y en el colegio, la historia patria nos fue contada por sujetos que habían sido
preparados para esconder las verdades. No era culpa de ellos y ellas, es cierto. Pero a fe que lo
hacía muy bien. Lo que llaman al pie de la letra. Nos filtraban verdades que no eran verdades. Que
el Generalísimo Santander, llevaba las riendas para hacer las leyes. Que Simón Bolívar fue un héroe
absoluto y que merecía todos los oropeles que pudiese cargar. Según nuestros maestros y nuestras
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maestras, Policarpa Salavarrieta no fue heroína. Casi que dicen que era un insumo más. Que lo
suyo era pura logística. En general, las mujeres, solo eran personas de segunda categoría. Y así lo
plasmaron en esa hediondez de texto de historia. De Henao y Arrubla O el Catecismo del Padre
Astete. Toda una aureola perversa para reafirmar al catolicismo como religión oficial.
Mi papá Egnosodin me enseñó, desde muy temprano, a cantar el tango se Agustín Magaldi “Dios
te Salve mi Hijo”. Yo lo entonaba en la escuelita cuando estaba cursando tercero de primaria. Mi
papá había nacido en el municipio de El Bagre en Antioquia. Estuvo, desde muy niño, trabajando
para un señor de nombre Arturo Borrero. En eso que llaman oficios varios. Incluido el de vigilar su
casa, situada en el perímetro urbano. Se casaron, mi mamá y él, cuando ambos tenían dieciséis
años. Después de soportar el asedio del papá de mi mamá, por cuanto Egnosodin preñó a
Nicolasa. Había sucedido, entre los dos, una relación de pura pasión; muy bella por cierto, por lo
que supe. Yo nací, como consecuencia de esa preñez. Después de mucho tiempo, cuando yo tenía
diez años, empecé a vibrar con lo que me iban contando los otros niños. Uno de mis amigos, de
nombre Rolando Vaca, me contó, en uno de esos días que uno dice, puede pasar como anodinos,
que su mamá y su papá habían sido muertos tres años atrás. Sucedió que un grupo de hombres
armados, habían sitiado la casita en la finca. Los hicieron salir. Y, en el plenosol de junio los
fusilaron contra la pared. Rolando quedó solo. Después de un mes de estar andando por ahí, sin
rumbo, fue acogido por la familia Amazará, compuesta por don Eliseo, doña Belarmina y el hijo de
estos, de nombre Aureliano.
Entre tanto, conforme iban pasando los días, meses y años, me fui enterando de otras tropelías
ejercidas contra casi todas las familias. Los agresores se hacían llamar “Ejército Anti Comunista del
Nordeste”. Mi familia y yo tuvimos que abandonar el territorio que tanto amábamos. La situación se
tornó muy agria. Dejamos todo. Mi papá solo tenía cuatro mil pesos producto de la venta de varias
herramientas para la agricultura que le habían sido cedidas por don Arturo Borrero, como pago por
sus servicios.
Llegamos el cuatro de agosto de 1975, al municipio de Yarumal. Allí estuvimos, durante dos meses,
en casa de la familia Monsalve. Don Héctor, el jefe de familia, como se decía antes, había conocido
a un primo de mamá Nicolasa, cuando estuvieron trabajando juntos en el municipio de Turbo. Nos
hicimos, pues, a un cuartico y podíamos transitar por toda la casa y la finquita en la cual don
Héctor y su familia tenía seis vaquitas lecheras.
Un día cualquiera, martes por más señas, llegó a la casa un señor de nombre Ruperto Balasanián.
Era tío de doña Georgina, la esposa de don Héctor. Hablaron por mucho tiempo los tres mayores.
Nunca he podido saber el tema. Lo cierto es que mi papá viajó con don Balasanián con rumbo
desconocido. Mi mamá y yo quedamos con la señora Georgina. Se consolidó, con el paso de los
años, una amistad muy bonita. La señora Georgina tampoco supo lo que pasó. Y, don Héctor,
siguió sus labores; a pesar de sentirse muy preocupado. Esto lo leía en sus ojos.
Hoy, en este tiempo que sigue siendo muy amargo para todos y todas, recuerdo como me hice
sociólogo. Para mí es importante este hecho, ya que me posicioné muy bien en Medellín y Yarumal.
Me separé de mi familia putativa y de mi mamá, para desplazarme a Medellín. Allí vivía un cuñado
de doña Georgina. Ella me relacionó con don Euclides y con su esposa, doña Lorencita. Empecé mi
bachillerato en el Liceo Marco Fidel Suárez. Los fines de semana le ayudaban a don Euclides en la
cobranza de créditos. Tenía, él, un negocito de mercancías ofrecidas en el comercio casa a casa.
Vendía con el 5% de cuota inicial. Lo de más en pagos semanales.
Terminé el bachillerato e inicié la carrera en la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín. A
pesar de ser una universidad privada, me gané una beca concedida en cesión. Don Romualdo
Espinosa, hermano de la mamá de doña Lorencita. Algo así como entender que este señor
Romualdo era sacristán en la Iglesia Divina Providencia, en el municipio de Abejorral, en Antioquia.
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El párroco de dicha iglesia conoció de mi vocación por la solidaridad con los y las demás. Tramitó la
beca con el excelentímo señor rector.
Durante toda la campaña proselitista, tuve muchos inconvenientes Dos fundamentalmente. Las
querellas insinuadas por los otros candidatos. Y, la falta de dinero y padrinos políticos. Yo veía
como se compraban votos. Y como le hablaban de mí a los sufragantes. Diciéndoles que yo era un
subversivo. Todo como consecuencia de mi liderazgo en diferentes obras sociales en Medellín y en
Yarumal.
Conocí, en el entretanto, a varios sacerdotes animadores de la opción política de Camilo Torres
Restrepo. También, más de cerca, a Vicente Mejía, quien trabajaba con las personas que se
ganaban la vida con el reciclaje en el basurero de Moravia. Tenía su asiento, en el barrio Caribe. El
día de las elecciones fue, para mí, un día de mucha congoja. El sábado anterior, mi mamá y yo,
recibimos la noticia de la muerte violenta de mi papá, en el municipio de Liborina. Tal parece que
se trató de una riña callejera. A Egnosodin le habían robado el plante del negocio de venta de
frutas. El ejercía como intermediario. Quienes lo mataron, lo esperaron en la noche, cuando iba a la
casita que había alquilado. Todo por cuenta del hecho que mi papá los había denunciado.
Fui elegido como concejal. De una lista promovida por Don Rosendo Natagaima, liberal que se
había hecho militante del MRL, liderado por Alfonso López Michelsen. Empecé mi nuevo trabajo,
con la pasión que siempre me ha distinguido para enfrentar retos y superarlos.
Este día, estando en la puerta de la alcaldía de Yarumal, departiendo con ex compañeros del Liceo,
se nos acercó un hombre, con la ruana terciada, de tal manera que le tapaba la mitad de su cara;
sacó su revólver y nos atacó a todos. Así, terminó mi vida. Mi última memoria fue para mí mamá
Nicolasa y para doña Georgina.
Sol viejo. Tu radiante
Ejerciendo como violín de tu danza y canto, me ha dado por recorrer todo lo que vivimos antes.
Toda una expresión que vuelve a revivir el recuerdo. De mi parte te he adjudicado una línea en el
tiempo básico. Para que, conmigo, iniciemos la caminata hacia ese territorio efímero. Un ir y venir
absoluto tratando de encontrar la vida. Aquella que no veo desde el tiempo en que tratamos de
iniciar los pasos por el camino provistos de un y mil aventuras. Como esa, cuando yo tomé la
decisión de vincular mis ilusiones a la vastedad de perspectivas que me dijiste habías iniciado;
desde el mismo momento en que naciste.
Todo fue como arrebato de verdades sin localizar en el universo que ya, desde ese momento, había
empezado su carrera. Y, por lo mismo entonces, la noción de las cosas, no pasaba de ser
diminutivo centrado en posibles expresiones que no irían a fundamentar ninguna opción de vida.
Viendo a Natura explayarse por todos los territorios que han sido espléndidos. Uno a uno los fuimos
contando. Haciendo de ese inventario un emblema sucinto. A propósito de sonsacar a los tiernos
días que viajan. Unitarios y autónomos. En ese recorrido nos situamos en la misma línea habida.
Situada en posición de entender su dinámica.-
La vía nuestra, fue y ha sido, entonces, un bruma falsa. Que impide que veamos todos los indicios
manifiestos. Y que, en su lugar, incorpora a sus hábitos, todo aquello que se venía insinuando.
Desde ese mismo anchuroso rio benévolo. Y, de mi parte, insistí en navegar contracorriente.
Tratando de no eludir ninguna bronca. Todo a su tiempo, te dije. Y esperamos en esa pasadera de
tiempo. Y volvimos, en esos escarceos, a habilitar la doctrina de los ilusionistas inveterados. Todo,
en una gran holgura de haceres trascendentes.
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Y, ya que lo mío es ahora, una copia lánguida de todo lo que yo mismo había enunciado en ese
canto a capela. Y que traté de impulsar, como principio aludido y nunca indagado. En esa sordera
de vida. Solo comparable con el momento en que te fuiste. Y entendía que no escuchaba las
voces. Las ajenas y las nuestras, Como tiovivo enjuto. Varado en la primera vuelta. Y que tú
lloraste. Pero seguía el olvido de tus palabras. Porque ya se había instalado, en mí, la condición de
no hablante, no sujeto de escucha. Mil momentos tuve que pasar, antes de volver a escucharte. Y
paso, porque tú ya habías entendido y dominado el rol del silencio y de la vocinglería.
Contradictores frente a frente. Y que empezaste a enhebrar lo justo de las recomendaciones que te
hicieron los dioses chicaneros.
Tu irreverencia se hizo aún más propicia. Yendo para ese lugar que habías heredado de las otras
mujeres plenas. Hurgando, en ese espasmo doloroso, me encontré con tu otro nombre. No
iniciado. Pero que, estando ahí, sin uso. Lograste la licencia para actuar con él. En todas las
acechanzas que te siguieron desde ese día
Yo, entonces, me fui irguiendo como sujeto desamparado. Viviendo mi miseria de vida. Anclada en
suelo de los tuyos. Y me dijiste que era como plantar la esperanza. Para que, después que el Sol
deje de alumbrar; pudiésemos enrolarnos al ejército de los niños y las niñas que, a compás, de tu
música, iban implantando la ilusión en ver otro universo. Sin el mismo Sol. Muerto ya. Tú debes
elegir cual enana roja estrella nos alumbrará
Cáfila
Engarzado. Así decía mi papá Teodolindo, cuando trataba de expresar que tenía problemas, más o
menos graves. Éramos ocho hermanos y cuatro hermanas. Con par gemelos y par mellizos
incorporados. Llegamos a Medellín, en enero de 1958, En ese entonces habíamos nacido y crecido
Gualberto (el mayor) y yo que me llamo Eurípides. Todo un escenario lengaruto. Casitas apiñadas.
Casi una sobre otra. Y esas callecitas solo lodo y piedra. Yo me coloqué a trabajar como ayudante
de albañilería. Mi hermano Gualberto consiguió trabajo como mensajero en una droguería. La
bicicleta se la arrenda el dueño. Mi papá, siempre ha trabajado como comprador y vendedor de
chatarra. Así trabajaba en Liborina, municipio situado al occidente de Medellín,
Todo iba más o menos bien hasta que llegaron al barrio (Machado), una familia con más
dificultades que nosotros. Doce, entre hermanos y hermanas. Por partida doble. Con el tiempo los
apodaron “los bizcos” (las hermanitas también eran bizcas). Al cabo de seis años se volvieron
Traquetos. Le disparaban, con los changones, a lo que se moviera en la noche. Sobre todo
Pantaleón y Altagracia. Esta última era la mayor. Incursionaron en varios barrios aledaños, En
verdad no tiene ninguna justificación, matar a muchachas y muchachos tan pobres como nosotros
y nosotras. Por lo menos quince muertos pusieron en menos de dos años. Todos y todas les
teníamos físico miedo.
Un viernes cualquiera mataron a Altagracia. Tres policías que llegaron al barrio fueron los
responsables. Por dos o tres meses se calmaron. Pero, después, volvieron a arreciar sus fechorías.
Se dividieron en dos grupos. Pancracio, Benitín, Yurani y Bersarión, se desplazaron hasta Villa del
Socorro, un barrio situado al occidente de Machado. Jael, Ernestina, Idelfonso y Pedronel; se
fueron para el centro de la ciudad. Cogieron como parche la esquina de la calle San Juan y la
carrera Bolívar. Puro raponazo. A quienes se resistieran al atraco, se lo llevaban puesto. Como diez
personas muertas por ellos.
Entretanto yo seguía con mis labores. Trabajaba con el maestro Otoniel. No faltaba el trabajito.
Conseguí novia (Pamela).Con los “bizcos” y las bizcas”; nada de nada. Yo estaba en lo mío. De la
casa al trabajo y de este a la casa. Los domingos trabajamos hasta el mediodía. Con mi nena
hablaba casi todos los días. La esperaba al lado de las escuelita. Validó toda la primaria y hasta
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quinto de bachillerato. No siguió, porque quedó en embarazo. Y, después, la crianza de Abelardito.
Vivíamos en casa de papá y mamá. Con esa nacedera de hermanitos y hermanitas, nos fue
quedando espacio en la casita. Pamela y yo nos fuimos para una piecita en arriendo.
Y llegó mi segundo hijo Al año exactito. Lo llamamos Petronio, en honor a mi abuelo materno.
Estando en esa disciplina rigurosa; un día en que iba a coger transporte; me salieron Pancracio,
Benitín, Yurani y Bersarión. Siempre andaban, robaban y mataban en grupo. Yo he sido muy volao,
en eso que llaman ser frentero y no tenerle miedo a alguien. Me enfrenté con ellos y ellas. A pura
piedra me deshice de ellos y ellas. Fue como si hubiera asegurado mi muerte o de algunos de mi
familia. O de la familia de mi esposa.
Rompieron las puertecitas de la casa de mi papá y de mii mamá. La de nuestra piecita corrió la
misma suerte. Me conseguí un changón. Lo compré en la tienda de la esquina. Don Polidora no se
le negaba a nadie. Hizo de intermediario. Y listo.
Recién que habíamos cambiado puertas y ventana; una noche llegaron todos y todas “bizcos” y
bizcas”. Insultaban de una manera fea. Palabrotas groseras, ásperas. Yo salí y los frentié. El
primero que cayó fue Bersarión. Luego le disparé a Pedronel y a Ernestina. De una se murieron.
Cuando se percataron que conmigo no podrían, Corrieron. Y yo Tras ellos. Cuando llegó la tomba,
ya había pasado una hora.
Hoy estoy aquí. En la cárcel “La Ladera” de Medellín. Purgo pena de seis años. Pamelita tuvo que
ponerse a trabajar. Mis dos hijos han crecido harto. Mamá y papá me han visitado varias veces. . Si
pudiera regresar al pasado, haría lo mismo. Porque no se trata de fingir arrepentimiento. De lo que
se trata es vivir la vida como venga
Bella Martinica
Envolvente, como remolino aventajado. Así era mi relación con ella. Martinica Buriticá. La había
conocido en un paseo que hicieron las dos familias. La de ella y la mía. Muy joven. Bonita. Pero,
ante todo, de una prudencia infinita. No había ningún obsoleto para sus palabras. Estudiante en La
Institución Educativa Policarpa Salavarrieta. Ahí no más en la esquinita que visitábamos mis amigos
y yo. Bien parada, en esos términos de ahora que denotan hermoso cuerpo y bonita cara. Los dos
nacimos en el mismo barrio. Jerónimo Luis Tejelo, al occidente de Medellín. Yo un poco mayor que
ella. Nos separaban tres años. Ahora, el veintiuno de julio, cumplirá quince añitos. Empezamos a
frecuentar el mismo lugar para el divertimento. La canchita de baloncesto que queda ahí en el
centro del barrio. Martinica juega muy bien. Tanto que ha sido designada como capitana en el
equipo selección de las Instituciones Educativas, en la ciudad. Pero, más que jugar bien al
baloncesto, lo que la distingue es lo que llaman “su don de gentes”. Muy delicada al momento de
enfrentar los problemas. Habla por todas y por todos en el colegio. Tiene una visión absoluta,
acerca de la política educativa en Medellín y, en general, en el país. La pensadera la ubica en
profundas reflexiones al momento de cuestionar y sugerir alternativas.
Nació, según dice su mamá doña Eugenia, pensando. Desde pelaíta lo escrutaba todo. Mirando a su
alrededor. Como buscando explicación a lo habido y por haber. Al añito de haber nacido, ya era
capaz de entender lo que le hablábamos. Y trataba de hablar. Por lo mismo, empezó a hablar fluido
a los dieciocho meses. Casi como entablar conversación con nosotros y nosotras. Argumentaba su
palabra. Vivía en una opción y pulsión de vida, equilibrada. Pero, asimismo, capaz de contradecir a
quien fuera.; desde su lógica y perspectiva de vida.
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En esto de entender la vida, es difícil saber si algo es justo o injusto. Lo cierto es que, uno de los
médicos de la IPS, diagnosticó, algo así como un enfisema pulmonar, cuando recién cumplía diez
añitos. De ahí en adelante, como que nos cambió todo. La rutina dejó de ser la misma. Muy al
cuidado de todos y de todas en familia. A pesar del diagnóstico, Martinica no ha parado en la
hechura de su vida. Particularmente en su desarrollo académico y deportivo. Don Hipólito, el rector
del colegio, mantiene una observación constante alrededor de la evolución de la patología. Por
mucho que le hemos dicho, acerca de dosificar sus entrenamientos y sus juegos intercolegiados;
todo ha sido en vano.
Cada noche, mi amiguita sufre dolores muy fuertes. Además, un problema reiterado para conciliar
el sueño. Y para asumir una dinámica de vida no enfermiza. Si se quiere, en cada brevedad de los
minutos, se le va yendo su fuerza y su proclama por salir adelante. Una crisis manifiesta. Su mamá
Eugenia sufre más que ella. La ama tanto que, como dicen coloquialmente, “ve por los ojos de la
niña”.
El día de su cumpleaños, sufrió una crisis. Que fue definida como “benévola” por parte de los
médicos de la IPS. Pero, en verdad, nunca la había sentido tan enfermita como ese día. Habíamos
preparado todo para la celebración. Un protocolo discreto, como a ella le gustaba. El ritual iba a ser
el mismo. Misa solemne en la mañana; almuerzo en familia y con los más cercanos y cercanas
amigos y amigas. Y, en la tarde, un bailecito, casi privado. Siendo como las seis de la tarde, le vino
la crisis. Esta parecía más grave que las otras. Se desmayó en plena sala. Corrimos a auxiliarla. Le
empezamos a dar aire, despejando el sitio y soplándole con las toallas. Cuando llegaron los
paramédicos en la ambulancia, Martinica; parecía, en su cuerpo, como si le hubiese cortado el
calor de vida, durante todo el día.
Hoy, veintiocho de julio, estamos al lado de ella. Pero ya no nos habla ni nos hablará nunca más.
La rigidez de su cuerpo es absoluta. Su carita parece ser más bella que antes.. Sus ojitos ya no nos
mirarán, en ese bello mensaje que siempre nos otorgaba.
Y sí que, ahora, simplemente seguimos su huella. En una inmediatez de vida lánguida. Ya no es lo
mismo sin ella. Dicen que quien nos deja para siempre, merece un canto a la belleza. Y que,
debemos recordarlo o recordarla en lo que eran en lo cotidiano. Sin embargo, ´para mí, la
recordadera debe ser en tristeza. Porque, el solo hecho de saberla ida, de por sí, supone un vacío
sin reemplazo posible.
Caminando, por el camino de lo que somos
He vivido durante mucho tiempo aquí, en “La Aldea de Los tres Traidores”, como llaman a este
pueblito. Créanme que nunca he podido saber el porqué de este nombre. Solicité al señor
gobernador licencia para actuar como investigador honoris causa, para tratar de desatar el
entuerto.
Yo venía de sangre amiga como se dice ahora, al momento de las identificaciones sumarias en la
historia de nuestro país. Empecé por devolver la historia, cien años atrás. Era el tiempo de la
inventiva. Así estaba establecido en el libro de relatos e historia que había en la Biblioteca
Municipal. Empecé a delirar, luego de leer los dos primeros tomos. Un trasunto que me dejó
perplejo. Una historia, por ejemplo, de la niña Adriana Losada. Vivió casi setenta décadas. Y no
crecía ni se envejecía.
Un día, de ese cualquiera, me encontré en la biblioteca con Susana Arrabales, nieta del señor
alcalde, don Policarpo Sensini. Una mujer todo cuerpo. En una exuberancia magnificada. Vestía
jeans que apretaba sus piernas y su caderas; de tal manera que el imaginario volaba con relativa
facilidad. Sobre todo ahí, en donde terminaban sus bellas piernas. Me preguntó que donde había
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estudiado mi carrera de historiador. A la vez, me dijo que ella había estudiado lingüística en la
Universidad Claretiana de Occidente. Y, a decir verdad, era todo un universo de precisiones en lo
correspondiente a la vertebración de las palabras. Y, en general, de cómo se fueron formando las
palabras y el lenguaje escrito. Tenía una manera de conducir su discurso, que estuve absorto
durante su ceremoniosa intervención.
Para empezar, en lo concerniente a mi yo como sujeto activo, la primera impresión empezó a ser
corroborada por el trajín en el cual nos embarcamos. Nos veíamos todos los martes de cada
semana. Empleábamos la mayor parte del tiempo, en auscultar la relación de causa efecto. Algo
así como entender ambos, que la historia de cada hecho susceptible de ser comparado, tenía que
ver con la inmensa categorización de los valores comnductivistas, derivados de un primer
acercamiento con los huitotos. Seguimos, en esa línea de intervención, hasta que accedimos a lo
que ella llamó “la cuantificación de los hechos que propugnan por ser visibles en la historia del
país.”
Yo seguía absorto con esta niña. Tanto que le escribí a don Exequiel Peñarredonda, en el sentido
de acotar una información que yo le enviaba, como si fuera mía la categorización básica. A partir de
ahí, don Serapio Consuegra, el presidente de la Cámara de Estudios Sociales Comparados.; me
conoció Inmediatamente, fui convocado a la capital del país, para presentar los avances en una
conferencia que reuniría a los y las mejores historiadores (as) del continente.
Antes de partir, le hice saber a Susana, que debía asistir a un Seminario sobre “Los insumos
válidos para determinar la acidez del agua en entornos cercanos a las plantas de
procesamiento de pieles y de venados insulares “Quedamos en que nos veríamos en la
primera semana de noviembre. Así como le hablaba a la señorita Susana, iba orquestando los
trazos para que ella me pusiera al tanto de sus investigaciones.
Ya en la ciudad, hice público un primer documento acerca del tema encomendado, En el mismo
recaudaba muchos de los datos conseguidos por Susana. Pero, yo, los hacía parecer con
indagaciones mías. Un primer elemento, tenía que ver con la nomenclatura asignada a cada una de
las investigaciones. Por ejemplo, “el bilingüismo de los huitotos, al momento de expresar sus
opciones de vida, en el contexto de la formación y consolidación de nuestra Nación”. También, surtí
la versión propuesta por el profesor Artunduaga, quien ejercía como tutor absoluto en los estudios
de historia y lingüística. Todo en el entendido siguiente; “cada paso dado por los aborígenes
estudiados, hablaba de referentes biunívocos”
En los cuales se conocían por traidores a aquellos sujetos varones que decidieron comparar pares
entre la visión del paradigma de la Diosa Laguna. Y la condición de sujetos habidos después de la
muerte de la sacerdotisa “Manuelita del Socorro Góngora. Toda una expresión heterodoxa de lo
que implica la rebelión de los súbditos y súbditas. Y que, por lo mismo, los desertores fueron
expulsados hacía Villa Carmelo. Y que, por siempre, vivirían allí por los siglos de los siglos. El costo
de esa destinación corrió por cuenta de aquellos nativos que izaron la bandera de llibre expresión.
En esas estaban, cuando llegó Susana. Imperativa y tendenciosa, con respecto al fin del mundo y la
necesidad de no traicionar a nadie. Solo a los enemigos que pudieran aparecer a futuro…
El Elegido
Pongo a Midios como testigo. Lo tuyo había ido creciendo en el contexto escogido. Una iniciativa
venida a menos desde que dejaste amar. No lo digo por mí. Ya que he ofrecido mi alma al creador,
al todopoderoso, para que mi arrebato no pase desapercibido. Ofrecí mi vida, no la tuya. Por
doquier observo el mimetismo ordinario. Yo he trascendido lo primario tuyo. La manera como
retratas tu cuerpo; no es otra cosa que lujuria. De tal manera te entregas a cualquiera, que he
recordado cuando íbamos juntos a la escuelita. Y, más tarde, al colegio. No sé si recuerdas ahora,
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lo que hacíamos con los palos de guayaba y de mango biche. Supongo que no. Porque he
percibido, en ti, esa luciérnaga perdida, apagada. Te cuento, ahora, mi pasado después que nos
dejamos de amar. Es un tanto simple. Una brújula en mil pedazos rota. Fui creciendo en lo mío.
Estuve al mando de José Pedrera, cuando me abrí camino hacia las comunidades no reconocidas,
hasta entonces, por pléyade de comisionados enjutos. Yo me di cuenta de inmediato. Por lo mismo
que obro como vigía designado por el Padre Eterno. Estuve tres veces en Roma, la nuestra. En uno
de esos viajes, me entrevisté con Olmedo Vigoya. No sé si te acuerdas de él. Vivió en el mismo
barrio (Belén AltaVista, en nuestra Medellín pujante siempre) Resulta que Olmedito, como le
decíamos con cariño, se separó de Julieta Piñeres, Todo, por cuenta de sus arrebatos lujuriosos.
Rompió con Catalina, el día en que la encontró en la casita, con Saturnino Moscoso. Un tanto
dramático el cuadro.
Lo cierto es que vivo, con la bondad de mi Dios amado. Te cuento, además, que mi mamá murió.
En el tiempo ese de la inquisición forzada que impuso el padre Anselmo. Una cuestión misterio,
como decimos los adoradores de Dios Buen Pastor. Ella, Sarita como siempre la llamé, ejercía como
vocación primera en ese trono del Buen Dios Punzante. Siempre, en Semana Santa, mi mamá
entraba en esos que empezamos a llamar Trance Legítimo Para Los Iniciados. Su ayuno, esta vez,
fue extremo. Lo empezó el Domingo de Ramos. A mitad de la semana, le envió un mensaje al
Reverendo Anselmo. En el sentido que se sentía muy débil y que se sentía acosada por El Judío
Errante, designado por Mi Dios, para tentar a las almas votivas.
La respuesta nos dejó impresionados. Le dijo: bajo ningún pretexto Sarita debes de terminar el
Ayuno Supremo. Quédate ahí, en donde está ahora. Mi mamá murió el Jueves Santo. No pudo más.
Yo cero, en verdad, que el Reverendo tenía razón. Su muerte es excelsa demostración de lo que
puede el Divino Sacramento Único. Todos y todas salimos a la calle. Doña Hilduara, la Matrona del
Divino Salvador, nos arengó. Veía un mensaje en el amplio cielo azul. Y sí que miramos. Y aparecía
mamá Sarita. Una Asunción Hermosa. De la mano del Arcángel San Gabriel. Al volver a casa,
efectivamente, el cuerpo de mamá Sarita no estaba. Solo quedaron el ataúd y los candelabros.
Yo sigo en la Expiación Suprema. Al mando del Sumo Pontífice Aureliano Tercero. En verdad yo
siento, cada día, que voy aprendiendo a ser un Buen Cristiano. En el Tercer Año Conmovido,
abandoné todo lo terreno. Renuncié a mi trabajo como Vocinglero Primero. Cada día, en el pasado
reciente, era expresar, a capela, los Rituales Divinos para el día. También abandoné a Vitelina. Mi
noviecita de toda la vida. La repudié, por Mandato del Sumo Pontífice. Requisito penúltimo para
acceder al Título de Diácono Primero.
Ya el barrio no es lo que fue antes. Es como si todo se hubiera decantado. Sus calles están, todos
los días, cubiertas de flores. Todo en honor de mamá Sarita. En cada esquina se erigieron estatuas
de mi mamá, de doña Leopoldina y de doña Amparo de Gutiérrez. Todas ella las llevamos a Roma,
para ser bendecidas por el Sumo Pontífice. Vivos, todos y todas, en meditación continua. Vivimos
en estado casi cataléptico. Los vecinos y vecinas de los otros barrios nos traen frutas, legumbres y
aguapanela. De eso vivimos. Por Voluntad Divina.
Ya sabes, amada mí, del porqué de mi ausencia. Ya, en vida de Vitelina, te decía cómo el Buen
Dios, me eligió a mí para poseerlas a las dos. Y que, nuestro hijo ha de ser santo. Esa es mi
recompensa. Así lo quiso El Verbo Divino.
Bellos y bellas amigos y amigas míos
Como queriendo ofrecer insumos para futuro abierto. En una diáspora absoluta. Recorriendo esos
caminos que antes no conocía. Volviendo a ver tu imagen centrada, en semblanza habida antes.
Vertiendo lo que antes no poseía, pero que estaba en mí como en ósmosis prendida. Cierta. Un rol
que me acosa desde la cunita amada. Viviendo a mi madre en lo que llamaba incertidumbre de
género. Sin combinaciones posibles. Porque, lo suyo era ternura atada. Avergonzada por la
lapidaciones continuas. En un acezante grito de locura manifiesta. En el entorno vivo de ella antes.
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Y siempre aturdida por la vocinglería agobiante, inhóspita, apabullante. En un modelaje de porvenir
ansiado en esa conducta pérfida. Hecha como a pedazos. Entre miles vivas y decantación afanada
para imponer la holgura del suplicio eterno.
Y vine al mundo por esa vía. Como en enjuto saludo. O en la imposición sin remedio. Así te vi,
entonces, ese día nuestro. Aquel que logró emerger como sutura apenas, de la gran herida porfiada
y honda. Te vi en ese espacio extraño. Como que es del pueblito que añoramos. Lo viste tú y lo vi
yo en enérgica propuesta de trascender el ahora imponente, aciago. Y, en esa dupla del tu y yo,
enrutada al ejercicio de la vida diaria. Ahí en esas callecitas casi legendarias. Por lo mismo que
tienen y han tenido, como magia inspiradora del quehacer fundamental. Comoquiera que se va la
vida tuya y la mía, en ello. No sé si recuerdas el hospicio hecho para los dos. Por los viejos y las
viejas que veían en lo que éramos un puñado de esperanza. Tierna, libertaria. Y que empezamos a
construir desde ese antes de haber abandonado los vientres. Siendo tú, gozosa mía. Un cuerpo de
veracidad. De fresca nervadura potente. Y, siendo yo, niño de energías físicas amilanadas. Casi, mi
cuerpo, como pequeña ilusión, sin más.
Y surtió efecto lo que ellas y ellos dijeron, el día en que nos vieron de la mano, saliendo de la
escuelita viva. Con ese trasunto de iridiscencia amplia, otorgadora. Incesante vuelo hacia la
hermosura de cielo abierto. Con negras nubes, esperado hacerse presente con la lluvia anhelada. Y
como jugábamos a la golosa con niños y niñas de vivencia explosiva. Los negros y las negras del
vecindario. Orientándonos en el proceso de erigir los juegos como soporte de la lúdica ambiciosa.
Pristina, elocuente. Y, en esos cuentos hechos palabra del Pacífico libertario. Diciéndonos que ojala
pudiésemos jugar toda la vida. En eso de no hacernos grandes, adultos. En esa hechura de camino
de la Caperucita Roja, vuelta negra a partir de haber conocido a la Buenaventura inmensa; azotada
hoy por la amargura de la violencia. O de ese Quibdó enhiesto. Bañada por el Atrato imponente. O,
en Santander de Quilichao, brotando a los y las libertarios de siempre. Volcados a los campos
deshechos por los verdugos de ahora. De los vituperarios modernos. Aquellos que pretenden la
asimilación de los cantos de libertad, a partir de sus enjutas voces. Diatribas miserables, asesinas...
O, cuando socavamos la historia milenaria, hecha por los avezados dominadores de la ignominia.
Siendo así llamados, por nosotros, a aquellos que, con su poder alinearon los caminos. Enhebraron
con la violencia sátrapa, todo cuanto pudieron.
Y la Olegaria, en su brillantes negra. Y Serafín, el negro que se convirtió en el Diógenes de ahora.
Negro absoluto. Bravero, hermoso. Conjugando en muchos tiempos la libertad como verbo. O la
Isolina Santacruz que estuvo en Bojayá. Que vio como los trinos potentes de los negros y las
negras, se convirtió en lugar de agravio inenarrable.
Y caminamos, entonces todos, al unísono de la melodía cantarina del señuelo libre y del tratar de
amarrarlo a la estaca imaginaria. En visión plena. O, como cuando, nos hacíamos perseguir porque,
de frente a la pared, contaba hasta ochenta. O hasta apenas veinte. O hasta el mil galopero en que
dejábamos a los niños y las niñas de doña Susana. O ese ir al lago empalagoso del bosquecito
nuestro. Aní, no más, al lado de la llanurita cierta. Construidos por todos y todas.
Y sentimos el estruendo, cuando llegaron los gendarmes armados, asesinos. Robándolo todo.
Matando a todos y a todas. Simplemente por no saber el paradero de Los Mosquera. Los negros
que trajeron a nuestro barrio, el sabor del currulao. O la danza bailada y actuada por los mis e hijas
de la Negra potente. Nos enseñaron a bailar y a cantar, en susurro amplio “ven para acá
pajarito que soy tu estrellita matutina. Ven para acá perrito amable; que todos y todas
vamos a bailar. Y que la Anastasia tiene ganas de hablar contigo antes de que nazca el
hijo de vos y de ella…”
Hasta esa noche nos llegó la alegría. Se los y las llevaron a casi todos y todas. Un matoneo
rabioso. Un reguero de cuerpos dolidos, heridos. Y se fueron en las tanquetas repletas. Y, nosotros
y. Niños y niñas, envueltos en el velo aniquilador. Corriendo de un para allá y para acá. Como en
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ventarrón mañanero. Como en holgura puestos y puestas. En la distancia engañera, preciosa.
Amarrada al poste. Y, recordamos todos y todas, el volantín de tela que nos hizo doña Amaranta
Mosquera. Y, a ella, fue a la primera que sacaron a empellones. Hablábamos de todo. Allá en el
toldito que don Genaro Tuberquia nos levantó el diciembre pasado. A éste lo golpearon con los
zurriagos que traán los petulantes. Enfermizos azotadores.
Y, al día siguiente; solo quedó la soledad sola. Ese vacío tan inmenso que dejaron nuestras madres
y nuestros hermanos y nuestras mujeres hermanas y padres. Y todo empezó a pasar como viento
helado, ruin. Y nosotras y nosotros allí. Dándole al juego benévolo. Entendiendo que la tristeza,
iban en nuestros juegos. Solapadamente, íntegros. Auspiciados por nosotros y nosotras,
detentadores y detentadores de la vida expuesta. Mañanera y “nochesera”, como le dio por llamar
al atardecer y la noche plena, el negro Hamilton, bulloso y bailador sin par.
Y sí que nos fuimos hasta “La Quinta del Diablo”, como Esthercita y Mónica llamaron al lugar en
que los encerraron. Y surtimos todos los barrios y la ciudad de tronera punzante. De heréticos y
heréticas personajes. De ventolera creciente. Y gritábamos LIBERTAD, en un vuelo de palabras
escandalosas por lo expresivas del desafío que proponíamos a los injuriosos patronos. Los
hacedores de patria, como mera réplica de la torcida comunión entre reyezuelos vergonzantes.
Ese mismo día, ¿te acuerdas Lunita?, todos y todas fuimos cayendo. Atravesados y atravesadas,
por las lanzas aceradas de los asesinos. Y, esas balas, entrando en nuestros cuerpos. Hasta que
cerré mis ojos. No sé si los tuyos también. Solo sé que estando muertos y muertas ahora,
ascendimos al piso de la libertad. Entre montañas y ríos creciendo todavía.
El negro Saltarín
Saltarín Pereira llegó a esta ciudad el veinticinco de mayo, del año pasado. Desde que llegó al
barrio Chagualo, se hospedó en casa de los Benavides. De inmediato me impresionó su talante
físico. Aproximadamente de un metro con noventa centímetros. Brillante negrura, Y unas manos
inmensas. Todo empezó cuando Beatriz Iriarte comentó a varias vecinas que “el negro” Saltarín,
como lo bautizó doña Helena Monsalve desde el momento que llegó; había estado donde doña
Rubiela Salazar, leyéndole la palma de la mano. Y es que empezaba a tomar fuerza su condición de
adivinador. Sin mayores aspavientos, todas las señoras se agolparon en la puerta de doña Rubiela,
Desde un mes atrás, don Israel Perdomo había advertido de unos pájaros agoreros estaban
rondando su casa. Todos negros. Del tamaño de un gallinazo. Pero no eran ese tipo de aves, las
que se posan en el tejado de su casa. Su cantar era como escuchar el ruido de gallinas en celo.
Todas las noches llegaban. Y empezaba la serenata, hasta las cuatro de la mañana. Muy enojado,
decía que eran mensajeras de la muerte.
Don Alfonso Elizondo entró a la conversa que inició, ese sábado tres de octubre: ahí no más en la
tiendecita de don Rogelio y de la señora Berenice, su esposa. Relatos se expresaron para todos los
gustos. Uno de ellos, el de don Omar Segrera, hablaba del día en que vio al negro Saltarín, sentado
al pie de la puerta de la casa en que vivía. Tenía, según don Omar, un rosario negro en sus manos.
Parecía contando arvejas. Y, acompañaba el conteo, con frases ininteligibles. Como cuando uno
escucha los alararidos de una persona en trance. Contaba, además el vecino Omar, que siendo,
aproximadamente del tres de la mañana, salió corriendo calle arriba, riéndose y desplegando una
capa blanca.
Y empezó a tejerse la versión, en el sentido de asociar al negro Saltarín con la muerte de perros y
gatos en la vecindad. Cada mañana se encontraban esos animalitos, expuestos al sol y al agua. Y
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una hediondez solo comparable a la que se sintió el día en que aparecieron muertas las dos
vaquitas de don Aureliano Sanclemente.
Ese día, en que las vecinas se asomaron a las puertas para ver pasar al padre Benjamín con el
hisopo y con la canequita del agua bendecida en la misa solemne del Domingo de Resurrección;
fueron testigos de algo que parecía inaudito; empezó a teñirse el cielo de colores rojo obscuro azul
celeste. Como una bruma densa que fue a depositarse en el techo de la casa en donde vivía
Saltarín. Tanto así que el padre Benjamín no pudo realizar lo que él y las gentes llamaban
Exorcismo Transitorio”, Un remedio que se había usado por décadas y que se justificaba cuando
existía sospecha ante lo designado por las matronas, como hechicería blanca Casi siempre
asociada con la aparición de hombres negros del tamaño de Saltarín. Y la coincidencia en la
aparición de aves negras desconocidas.
Durante todo el día no paró de llover y de sentirse “un helaje insoportable”. En la noche, las nubes
se pusieron mucho más negras que de costumbre. Y una lluvia pesada y salada como agua de mar.
Doña Betulia arengó a todos y a todas para que se reunieran en el atrio de la iglesia; para rendirle
tributo a la Virgen del Apogeo, patrona del barrio. Ya reunidas, empezaron con el Rosario de
Aurora. Y los cánticos “tu reinaras dios de los cielos. Reine por Jesús por siempre, reine en
mi corazón. Que nuestra patria y nuestro suelo, es de María la Nación” Luego siguieron
con las palabras: Hazte Atrás Satanás, que conmigo no contarás; que el día de la Santa
Cruz, grité un a mil veces. Jesús, Jesús…
Don Venancio Tortoriero, había estado reducido a una silla de ruedas. Sucedió que, después de
haber tomado como esposa a doña Saturnina Benítez, trabajando en altura, reparando el techo de
la Casa Cural, perdió el equilibrio y cayó al vacío. Dos vértebras se partieron y no hubo más que
sentarlo en su sillita, que le regaló don Ambrosio Buriticá, a poco de haberse ganado la Lotería de
San Liberto. A doña Saturnia no le faltaban ganas de comprometer al negro Saltarín, en una sesión
de rosario compartido, como le decía a lo que Saltarín hacía. Obviamente le tenía temor a lo que
dirían l sus vecinos. Y, mucho más aún, a lo que pudiera hacer el padre Benjamín.
Cierto es, también, que la señora Saturnina no alcanzó a sentir lo de don Venancio adentro. Cosas
de la vida. Una ironía absoluta. Justo despuesito del matrimonio, el señor Venancio quedó
incapacitado de por vida. Es inenarrable el sufrimiento de la señora Saturnina. Cambiándole las
mudas a cada nada. Bañándole a cada nada. Era, en verdad, una frustración absoluta. Con mayor
razón, cuando le veía lo de él. Ahí fláccido, de manera permanente. Muchas noches, lloraba antes
de dormirse. Y claudicó varias veces ante las ganas de sentir placer.. Se masturbaba. Y sentía un
descanso incomparable. Amanecía con los bríos necesarios para hacer lo que fuera.
Doña Saturnina era muy joven. Cuando pasó lo que pasó lo de su esposo. Apenas si, había
cumplido veintitrés años A decir verdad, en opinión de Saturnina, no era lo mismo. Sus vecinas, de
manera bastante indiscreta, le contaban de sus excursiones por la tierra del placer. De ver lo de sus
esposos hinchados. Duros como piedra. Varias veces le confesó al padre Benjamín lo que hacía y lo
que deseaba. Todo esto derivaba en penitencias muy duras, Y que las tenía que cumplir
Hasta que no aguantó más servir de esa manera a un tullido, que disfrutaba el placer de verse
atendido de un todo y por todo. Ella había visto al negro Saltarion, rezando y cantando. Con
palabras no entendidas por ella. Y, además, había conocido varias versiones en términos de
sanación. A Eloísa, la hija de doña Amparo le había curado las paperas. A Simoncito, el nieto de
doña Clemencia, le había curado el mal de ojo que lo agobiada. Esa babeadera y movimientos de
cabeza la hacían sentir muy triste.
Cierto día le preguntó a Eloisita acerca de lo que hacía el negro en el ritual, Esta le comentó, hasta
cierto punto. De ahí en adelante, sus palabras parecían barullo, expresiones discordantes. Entraba
como en trance y empieza la lloradera.
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Por fin, el día 6 de enero, sufrió un arrebato de ansiedad. Se decidió por ir hasta la casa de
Saltarín. Le comentó todo lo que pasaba con su esposo. Y la impotencia para hacer algo más. Por
él y por ella. Se sentía frustrada como mujer. Saltarín accedió a ir hasta las casa. Sugirió las siete
de la noche para la visita.
Cuando llegó el negro Saltarín, observó a don Venancio, por largo rato. Le dijo, creo que sí puedo
hacer algo por él. Le preguntó a Saturnina por el cuarto del baño. No dijo el motivo. Entró, y cerró
la puerta. Cuando volvió al sitio de Venancio Saturnina, estaba cubierto solo por la capa blanca
Todo lo demás del cuerpo estaba al desnudo. La señora quedó muda. Con sus ojitos bien abiertos.
Nunca había visto algo tan grande.
Al otro día un hervidero de palabras que se parecían más que lo que pasó con Babel. Todas y todos
hablando del milagro que le hizo dios a don Venancio. La señora Saturnia estaba adentro, según
decía don Venancio, que estaba en el patio trasero de la casa. Todo quedó así. Entonces iban
surgiendo más combinaciones de palabras y conjeturas. La gente se extrañaba por la ausencia del
negro Saltarín. Hasta ese día infame en que aparecieron los cuerpos de Belarmina y Saltarín. Lo de
él, cortado. A más exhibía un corte profundo en su garganta. Ella, con lo suyo con herida amplia y
con sus pechos quemados. Nunca más volvieron a saber de Venancio, Solo, muchos años después,
se supo que había sido colgado del limonero. Esa casa fue declarada casa maldita, por orden del
señor Obispo, a ruego del reverendo Benjamín,
Lucerito, alma mía
Había pasado mucho tiempo, desde la última vez que me encontré con Venus Alexandra. Tanto
que, inclusive, no podía relacionar su cuerpo y su memoria, al vuelo. Precisé de más de unos
minutos, antes de recuperar su figura e insertarla en mi memoria, de por sí, un tanto lánguida. En
verdad que ha cambiado, Sus ojos aparecen, ahora, profundamente tristes, dentro de ese verde
apasionado. No tengo muy claro si antes tenía ese lunarcito en el mentón. Sea lo que fuere, le da a
su cara un carácter fuerte. Como de entender que, esos sus ojos y esa su cara, parecían un imán
biológico impresionado. Es como cuando una asume una determinada doctrina, en lo que respecta
a lectura de cuerpo, de tal manera que el impacto de visión primera lo deja a uno como en
espasmos idolatras. Recordé, después de, mucho tiempo, los lugarcitos en los que nos conocimos.
Esa impronta de la escuela, pasada y presente. En una relación de tiempos absolutamente
cercanos. En ese ir a la locura primera de lo que éramos. Ella, en esa intención de vida palpitante.
Yo, en una holgura de actuar un tanto desafinado. Por lo mismo que mi palabras era, en ese
tiempo, un tanto empalagosas. Como queriendo demostrar con ellas el índice del breviario de vida.
A la par de la habladuría que iniciamos, se fue tejiendo la recordadera. De parcial al total de lo
habido. Contándome, ella, la brusquedad de su presente. Me decía que era, algo así, como
engalanar los manifiestos absorbidos en esa brevedad de tiempo. Una cotejación, me decía, entre
anclar la memoria como simple inventario de los quehaceres inmediatos, Y las secuencia, un tanto
peyorativas de lo que somos y fuimos. Volvió, a mí, una tenue lucidez. Tratando de revolcar, otra
vez, el tiempo y sus vivientes. Localizando la divina ternura, en una perspectiva inane. Le dije, en
ese afán de imitar a los silentes idos. En esa condición de sujetos, así en masculino, porque
siempre estoy predispuesto a buscarlos como pares de género. En esa hechura de enamoramiento,
al brete. O al galope, como decía Dionisio Fuentes. Siempre lo amé. Creo, inclusive, que desde
antes de nacer. Lo mío se lo expresé ese día de octubre, en que lo tuve en mis abrazos y mis
elucubraciones. No me importó ser rechazo con vehemencia histriónica y de brutalidad física. A ese
encuentro le debo una fractura en mi nariz. Fui azotado. No solo por mi bello Mauricio; sino
también por su familia, mi familia. Y, en fin, por todos los machos del barrio.
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Para las mujeres, entre ellas, Venus Alexandra, me convertí en un susodicho espécimen que no
valía la pena, siquiera mencionarlo. Ni tratarlo. Pero, así como era de fuerte el extrañamiento; así
mismo ,era mi perdición. Con mi memoria embolatada. Como persiguiendo una quimera impúdica.
En una exacerbación de instantes y de tiempos prolongados. Las otras mujeres, en el barrio, se
prodigaban de epítetos hacia mí. Como “torcido”, “malparido marica”, “Lola Flórez ambiciosa de
roscones”. Hijueputa cacorro”, Y muchos etcéteras más.
Y, ese domingo qn que la encontré, iba ella paseando con su novio. Vulcano Mejía. A él lo conocía
desde que estudiamos juntos el bachillerato. Para mí, era un sin ton ni son, como llamaba mi mamá
a quienes no pasaban el corte, en términos de estar posicionado. Las diatribas que él me decía, las
fui asimilando con el correr del tiempo.
Y volví a la recordadera. Tal vez, el hecho fundamental que marcó mi vida, tuvo que ver con mi
enamoramiento tempranero con Lucerito. Un niño hermoso, en todo el absoluto sentido. Lo
empecé a amar y buscar, desde el mismo día en que él y su familia llegaron al barriecito Altamira.
No sé cómo fue el tiempo. Solo sé que lo seguía a todas partes y en todos los momentos. Era diez
años menor que yo. Y empezó esa fuera de tósigo de todos y todas en mi contra. Con mayor razón,
cuando Lucerito se enfermó. Empezó a verter sangre por su ano. En verdad, yo no lo tuve de
manera brusca. Inclusive, entre él y yo, compramos vaselina y condones. Nos veíamos casi todas
las tardes en el solarcito de su casa. No olvidábamos de todos y de todas. Una pulsión de amantes
empeñados en convertirnos en un solo cuerpo.
Todo se fue agriando, para mí. Mi Lucerito negaba cualquier vinculación mía con lo que estaba
sucediendo. Se fueron agravando sus dolores y la hemorragia. Mi familia sufrió mucho. Atacaban
nuestra casa. Violentaron a mi hermano Adolfo. Un día de tantos azarosos, iba para la universidad.
Ahí mismo, en el paradero de los buses, me encontré con un grupo de muchachos y señores
vecinos del barrio. Tenían en sus manos bates de beisbol y cuchillos. Me atacaron al unísono. Recibí
dos heridas mortales en mi vientre. Y la vida se me empezó a ir. No entendía nada de lo que me
hablaban, en insultos, Mi última mirada fue para Venus, quien empezó a acariciarme el cabello. Lo
último que escuché fue su voz, carga de palabras de ternura.
Mi pulsión, Diego y Demetrio
Llegué temprano, en la mañana. Un sol sin asomarse, por lo cuajado de las nubes. Traía mochila
llena de ropa y par zapatos. Lo único que pude recoger, antes de salir fugado de casa. Casi tres
días caminando, por territorio árido y estrecho. Nunca supuse que lo haría de esta manera. Siendo,
como fue mi infancia; tenía la certeza de hacerme adulto con mi familia al lado. Con la solidaridad
advertida, siempre, en mi madre. Recordé anécdotas de mi temprana vida. Siempre ahí envuelto en
la precariedad de alegrías. Me llamó mucho la atención ese lugar de juegos. A la pelota, a las
escondidas, a la rayuela, a las cometas. Repasé mi amistad con Diego Alfonso Bejarano, mi amigo
del alma y de siempre. Me conmovió, otra vez, la manera en que éste partió para Liborina, allá, en
el occidente antioqueño. Los dos vivíamos en el barrio Manrique. Desde los tres años. Nos
correspondió palpar los inicios del crecimiento de Medellín. Todo a pesar de no haber traspasado la
frontera entre los barrios. Menos aún, recuerdo que hubiésemos llegado al centro de la ciudad.
Tolo lo sabíamos en palabras de nuestras mamás. Doña Augusta, la de Diego. Rosario, la mía.
Cuando iniciamos la escolaridad, los hicimos en la escuela Porfirio Barba Jacob. O, simplemente,
“La Jacobo”, como la llamábamos coloquialmente. Lo nuestro universo de palabras. Unas
aprendidas en diccionario. Otras aprendidas al lado de amigos mayores. Fuimos incendiarios en
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voces. Para describir lo que veíamos y lo imaginado. En los teatros Manrique y Lux, asistíamos a
películas de todo tipo. Inclusive, engañando a los vigilantes, entraron a aquellas cuya opción válida,
permitida estaba reservada a mayores de veintiún años. En los periódicos “El Correo” y “El
Colombiano”, aparecían las clasificaciones ordenadas por la cúpula eclesiástica católica. Nos
llamaba la atención esas que eran prohibidas para todo católico, en la perspectiva moral que los
orientaba.
Cuando cumplimos catorce años, empezamos a masturbarnos él y yo. Ahí en el solarcito de su
casa. Un veinte de julio, exploramos más nuestros cuerpos. Acariciábamos nuestros penes. Él a mí
y Yo a él. Inclusive succionándolos, hasta ver salir ese líquido gris pálido. Cada día íbamos más allá.
Recuerdo cuando lo penetré. A él le gustaba así. Que yo lo hiciera siempre. Teníamos algunos
problemas, cuando, Diego, empezó a sangrar. A pesar de tomar todas las medidas necesarias, de
todas maneras, su mamá empezó a notarlo cada que lavaba su ropa interior.
Fuimos creciendo, así. Cada día nos necesitábamos más. Tanto que, en veces, nos fugábamos de la
escuela. Nos íbamos para la canchita en donde jugábamos fútbol. Nos metíamos al rastrojo
cercano. Allí lo hacíamos una y otra vez. Los recreos eran, para nosotros, un martirio. Porque
estábamos siempre juntos. Ya los muchachos de los otros grados, sobre todo los de quinto,
empezaron a sospechar nuestro amorío. Y fue en un octubre, cuando celebramos lo que se
denominaba “la fiesta de los niños y niñas”, el profesor don Raimundo, de tercero, nos vio
besándonos en el salón de clase, cuando creíamos que estábamos solos; pues los otros alumnos
estaban de parranda en el patio, matando el marrano que la dirección de la escuela compró con
los recursos de la venta de boletas para la rifa de una valija de puro cuero..
Raimundo nos hizo ir hasta la oficina del director general. Allí, de manera explícita, le contó a don
Eufrasio lo que había visto. Nuestras mamás tuvieron que ir a una reunión entre don Raimundo,
don Eufrasio y el párroco de la iglesia de “El Calvario”. Sobre todo éste último (el padre Eugenio),
hizo todo un drama. Nos acusó de ser anti-natura. Pervertidos, poseídos por el demonio, inmorales,
pecadores azotadores de Jesús. La reunión término con la declaración en dos partes: una la
expulsión inmediata de la escuela. Dos con la orden para que nuestras mamás nos encerraran en
las casas, amarados y sin “pisar la puerta”, como dijeron el señor Eufrasio, el señor Raimundo y el
párroco Eugenio.
A partir de ahí, nuestras mamás empezaron a sufrir mucho. Con todo el valor incluido, nunca le
contaron a mi papá Virginio. Y al papá de Diego, non Hildo. Simplemente, cuando ambos, por
separado, indagaron con ellas el porqué de no ir a la escuela; ellas dijeron que el curso nuestro
había sido suspendido hasta el año siguiente; ya que doña Heliodora, la maestra, se había
enfermado. Que la iban a operar y no podía regresar a sus labores este año.
Nos sentíamos desmoronados, espiritualmente. La separación fue, para Diego y para mí, un castigo
absoluto. Un hervidero de pasión, tanto en él, como en mí, se fue extendiendo por todo el cuerpo.
Un anhelo de vernos. Como si necesitáramos, cada vez más juntarnos como lo veníamos
haciéndolo. Un espasmo de locura. Una gritería sofocada. Mis sueños y los de él, se cruzaban.
Empezamos a querer estar dormidos siempre. En sueños nos acercábamos. Nos tocábamos. Nos
besábamos, nos poseíamos. Siempre yo dentro de él. Y me vaciaba hasta quedar cansado. Divino
cansancio, diría yo.
Un día, viernes por cierto, mi papá Virginio fue a la casa cural de la iglesia. Un vecino, don
Romualdo. El papá de nuestra amiga en común, Berenice; le dijo que no era cierto lo de la
suspensión de clases. Su hijo Doroteo, estaba en el mismo curso nuestro y estaba yendo a
estudiar. Fue directo donde el señor párroco, ya que la directora encargada en la escuela, le dijo
“mejor hable con el padre Eugenio. Él le puede contar mejor que yo lo que pasó”.
Inmediatamente llegó a casa, golpeó mi mamá de manera brutal. A mí me azotó con el cuero que
servía para enlazar a los caballos que compraba y vendía en la feria de ganados en Medellín, Sata
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Fe de Antioquia y Sopetrán. Me dejó lacerado. Mis heridas sangraban e hicieron pústulas
rápidamente. Sobre poniéndose a su dolor físico y de alma, mi madre me las lavaba y me aplicaba
mertiolate, para desinfectarlas. La orden fue fulminante; “este marica, cacorro, se va de la casa”.
Al papá de Diego, don Hildo, mi papá se encargó de contarle lo que pasaba. Este señor, también
agredió a doña Augusta. A Dieguito lo amarró el papayo que había en el solar. “De una vez te digo
maricón; te vas para Liborina a la casa de tus tía Hermelinda y Altagracia. Es lo único que merecés.
Allá te vamos a encerrar en el cuarto de los trebejos. Ya hablé con ellas”
No sabía para dónde coger. A duras penas, mi mamá, pudo decirle a don Ismael y a doña Josefina
(su esposa) y pedirle el favor que me recibiera. Le dijo, algo así como que yo necesitaba de un
respiro en el campo. Y que, esas pústulas, como consecuencia de una caída, se pueden aliviar con
el vientecito de San Roque.
Claro está que, ni don Ismael; ni doña Hermelinda se tragaron el cuento. Pero, con una bondad
linda, le dijeron a mi mamá Rosario que me recibirían. A los diez minutos llegó don Ismael, al
parque del municipio. Así habían acordado con mi mamá, él y doña Hermelinda. Una casita
hermosa, con tejado antiguo. Amplia. Todo en ella olía a eucalipto y a café recién molido. Conocí,
ese mismo día, a Demetrio, el único hijo del matrimonio. Me recibió con mucha amabilidad. Él ya
estaba cursando bachillerato en el colegio “Divina Providencia”.
Tuve todo el día, tiempo para organizar mis cositas en el escaparate que me indicaron. Desayuné.
Dormí tanto que, al levantarme ya estaba dando las ocho de la noche. Al otro día, después del
baño, fui con Demetrio hasta el colegio. Habló con el señor rector. Le dijo”…este es mi primo Egidio
Va a estar en casa por algunos años. Quisiera que se pudiera matricular aquí. Estaba cursando
cuarto de primaria. Se enfermó y, mi familia y yo, creemos que aquí se puede recuperar. Su mamá,
doña Rosario es amiga de mi mamá Hermelinda, desde que estaban chiquitas…”. Don Onofre, el
rector, me recibió con palabras de afecto muy sinceras. Y, a la otra semana ya estaba estudiando.
Doña Leonor, la maestra, me presentó a los otros muchachos. Yo les dije que quería estar bien con
todos.
De mi Diego no he vuelto a saber nada. Nos separaron, de por vida. Yo, aduras penas, me
enteraba que doña Augusta se había recuperado de sus heridas. Ni siquiera ella sabía cómo estaba
Dieguito.
Llegó diciembre. A pesar de no ser muy creyente, de todas maneras, sentía mucha alegría durante
todo el mes. La Navidad me parecía momento espléndido. Veía y sentía la calidez. No solo en casa
de doña Hermelinda, de don Ismael y de Demetrio; sino en el barriecito en que vivíamos. Aprendí a
conocer el campo. Salía con quienes se hicieron mis amigos y amigas. Íbamos hasta la vereda
“Palomares” a recoger bichos. A coger pomas y naranjas. Ayudaba a Demetrio en la despulpadora.
Y, en este mes especialmente, a coger musco y a cortar pino para el pesebre. Con Eloísa
Peñaranda, vecina de la casa jugaba parqués y damas chinas. Fabricábamos sonajeros hechos con
tapas de gaseosa y cerveza, martilladas. Le abríamos huecos con clavos y las ensartábamos en
alambre. Así amenizábamos las novenas al niño Jesús.
Mi mamá pudo visitarme. Llegó a casa de mis protectores, el día 8 de diciembre. Aprovechando que
mi papá había viajado a Cañas Gordas a comprar una recua de mulas para vender en Sopetrán. Me
trajo una ropita nueva. Y unos zapatos-botas de charol. Lloré de felicidad. Dormimos juntos en la
camita que la familia me había cedido. Tuvo que irse al otro día, el nueve de diciembre, porque la
angustiaba que llegara mi papá y no la encontrara en casa. Después supe que la ropita y las botas,
las había comprado con dinero recaudado en la venta, secreta para mi papá, de buñuelos y
empanadas entre las vecinas.
Eloísa me confesó, exactamente el día tres de enero, cuando subimos al cerrito cerca a la casa, que
estaba enamorada de mí. De manera espontánea me besó en los labios. En verdad, sentí su boca
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perfumada. Con una hermosura de dientes que le lucían al reír. Y reía, casi siempre. Yo le dije que
no quería tener novia tan joven. Que la quería mucho como amiga, pero no más. Y, en ese instante
recordé los besos de Dieguito. Recordé que, siempre lo veía. En esos sueños mágicos. Que lo
besaba y que me besaba. Que le transmitía mi líquido grisáceo. En una ternura absoluta. Que le
cogía su penecito. Y que me lo llevaba a la boca. Y que saboreaba su líquido hermoso. Me sabía a
gloria. Terminábamos exhaustos. Él y Yo, entregados totalmente.
Recién empezaba el año escolar, cuando don Onofre me citó en su oficinita. Un cuartico pequeño,
pero muy cálido. Conocí a su esposa y a sus dos hijas. Las tres aparecían en el retrato enmarcado
que adornaba el sitio. Había un crucifijo y una réplica en yeso de la Virgen de la Mercedes, patrona
del pueblo. Me hizo sentar. Muy calmado me leyó una carta que le había enviado don Eufrasio.
Parecía una diatriba perversa, antes que un escrito de un maestro de escuela. Don Onofre me dijo
que era una obligación entre pares pedir referencias de los alumnos y alumnas, cada vez que se
producía un cambio de colegio. Conocí de su interpretación de hechos como ése de mi relación con
Diego. Me dijo no tener ese tipo de escrúpulos y de falsa moral. Simplemente, me advirtió que
quedaba entre los dos. Que, ni siquiera Demetrio lo iba a conocer. Pero, de todas maneras, me hizo
saber que, al menos en su colegio, no toleraría algo parecido.
Ya íbamos por la mitad de febrero. Todo había seguido un curso normal. Yo cumpliendo con mis
deberes en la familia. Asistiendo a clase y esforzándome por saber más. Entre otras cosas, resulté
muy bueno para geometría y aritmética. Cierto día, yendo con Demetrio para el cafetal, a fumigar
contra la broca, Demetrio me cogió de la mano. Me la apretó con fuerza. Luego me abrazó y me
besó. Me dijo que yo era hermoso en todo cuerpo. Que me había visto desnudo en el baño que
queda contiguo a su cuarto. Sentí pulsión de vida. Volví a recordar a Dieguito. Sus besos
permanecían en mí acicalados más, en mis sueños que, de seguro eran los suyos. Como atontado
le respondí a Demetrio que él también me gustaba. Nos tiramos al piso. Retozamos un rato. Luego,
desnudos, lo hicimos. Un pene hermoso el de Demetrio. Grueso, erecto a más no poder y con un
olor a las diosas de las flores. Esta vez fue el quien me penetró. Un inmenso placer, solo
comparable con el que sentía al lado de mi Diego. Todo el rato pensé en él. Sintiendo como si fuera
él y no Demetrio. Sangre un poco. Pero feliz estuve. Demetrio succionó lo mío. Me vacié no sé
cuántas veces él me hablaba cosas hermosas. ..Eres mío. Mi Egidio del alma. Móntate tú.
Penétrame amor mío. Y lo hice. Todavía me quedaban fuerzas para hacerlo. Y lo inundé no sé
cuántas veces.
De regreso a casa, almorzamos solos. Doña Hermelinda y don Ismael, había salido para misa. Nos
dejaron una nota que hablaba de limpiar nuestros cuartos; de lavar los baños y de poner el maíz
al fogón, con bastante agua. Pudo más lo nuestro. Seguimos en su cama. Me besaba. Yo lo besaba.
Metía su falo en mi boca. Se lo apretaba, cuidando no lastimarlo. Me montó tres veces. Lo monté
otras tantas. Terminamos en un cansancio absoluto. Bello. Nos quedamos dormidos, desnudos.
Nos despertó el ruido de las aldabas de la puerta de enfrente. Corrí a mi cuarto y empecé a fingir
que estaba sacudiendo la cama y la mesita de noche. Nos regañaron porque no habíamos cumplido
ninguno de los requerimientos. Pero, al fin, no pasó nada más. Eso si no pudimos comer arepas en
la cena. De ahí en adelante, siguió pasando lo mismo que entre Dieguito y Yo. Pensaba en él todo
el tiempo. Con mayor énfasis, cuando Demetrio y yo nos besábamos. O cuando me montaba y
sentía la tibieza de su líquido. Mi Dieguito esta en mí. No era Demetrio. Era él. Mi Dieguito querido.
Te sueño todas las noches. Te siento. Succiono tu penecito. Te penetro a toda hora.
Demetrio empezó a sospechar algo, desde la noche que estuvimos, otra vez, en su cuarto. Estaba
un poco confundido. Había peleado con Dieguito, en uno de mis sueños. Simplemente le grité.
Llamando a Diego y no a Demetrio. Inmediatamente sacó su pene. Por la brusquedad con que lo
hizo, me dolió mucho. De ahí en adelante no me buscaba como antes. Hice todo lo posible para
reconquistarlo. Porque él mi Diego y no Demetrio. Me rehuía. Pasaba por mi lado sin saludarme o
decirme algo. Se iba solo para el colegio y no me esperaba al salir. Doña Hermelinda y don Ismael
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notaron nuestro distanciamiento. Pero supusieron que habíamos peleado por algo. Menos por lo
que, en realidad, era.
El primero de octubre, día de mi cumpleaños diecisiete, su mamá y su papá, como siempre lo
habían hecho desde que estaba en su casa, celebraron con nosotros y con Dorita. Después, al
terminar, me acosté. Pero no pude conciliar el sueño, como dicen las mamás. Sentí que entro a mi
cuarto, sigiloso. Me creía dormido. Un punzón sentí en mi vientre. Luego en mi cuello. Empecé a
sangrar a borbotones. Me sentía mudo. No tenía fuerzas para gritar. Simplemente me fui yendo. Lo
último que vi fue la imagen de mi Dieguito. Y la de Demetrio que clavaba el punzón en su cuello y
caía a mi lado.
Yo, Universo herido
Quizá estoy enfermo. Es como si todo el cuerpo, estuviera impregnado de ese manto de luz
brillante en tono amarillo. Una agudeza de dolor antes no sentido. Y, el cuerpo, daba vueltas. Y yo
traté de correr. Pero mis piernas se negaban a responder. Como si no fuese su dueño., en el
entendido que soy cuerpo uno. Descendí a lo inapropiado en entorno no visto, por mí, antes.
Siguiendo la huella de quienes ya han pasado. Por todo lo habido como tierra y como sujeto
necesario para ejercer reflexión. Una voladura de percepciones. Dibujando, en el espectro, una
ilusión siquiera. Yendo por ahí, con fruición primera. Apelmazada, siendo memoria abierta. Pero no
fluida. Hecha de material insoluble. Ese cuerpo mío, entonces, dándole vuelta al corcho. Siendo,
hasta cierto punto, proclive al hoy. Succionando todo lo material. Yo, dando la impresión de sujeto
precluido. Un rumbo de vida inane. Por lo mismo sometido a ir y venir en concurrencia con todos y
todas quienes han iniciado su periplo aquietante. Como inmóvil cuerda de la mano de muchos y
muchas, queriendo que sea alondra simultánea. En un oficio de voladura ya callado. Ya no
percibido como elocuente voz. Ni como móvil corriendo hacia la Luna. Tal vez, en el sentido de
espacio exterior vuelto colmena. Y, en esa Luna mía, en contra sosiego inmediato. Para dejar de
ser cuerpo de estigmas dolorosas. Que se aferra a la piel. Consumiéndola. En una indicación del
estar, derritiéndose. Una visión desamparada, Como demiurgo intentando sopesar al tiempo.
Escalando el universo. En esa presencia, Luna lunita pasajera. Exacerbándose el dolor manifiesto.
Como impávido averno dantesco. Sin exhibir largo vuelo. Simplemente, avejentado como
explorador inicuo.
Y empezó, entonces, la cabalgata hacia lo ignorado. Una visibilidad de objetos distorsionados.
Mirando, con los ojos embelesados. Nutridos, también, por la heridas vergonzantes. Por lo mismo
que ha sido sima vuelta, envolvente. Al vacío yendo. Una nomenclatura desleída. Simples fijaciones
en ese mismo estar. Y, yo, dándole, otra vez, vuelta a la tuerca. Llegando a una torcedura
inmediata. Tornando inmóvil todo asunto de tierra en piso. Y, en esa elongación cimera, tratando
de ver todo el espacio, asfixiado por esas notas mías. Todas consumidas en la hoguera primera. De
los Cruzados retornando en felicidad, después de haber cubierto de oprobios todo lo que insinuara
desarraigo, herejía o simple yunta milenaria. Volviendo a los dioses idos desde antes de haber
nacido.
Y sí que he tornado al cuerpo mío. Centrado en sufrimiento. Vertiendo sombras acezantes. Sin el
faro de Palas Atenea, para orientar mí paso. Como esperando quien empujara el carruaje de Zeus.
Para poder dar nombre al camino. Sin el horizonte perplejo. O el sonido de un violín para una
cantata de Chopin. O para melodía espléndida de Mozart viviendo aún.
Lo cierto, entonces, es mi desarreglo ávido de sentar pies y cabeza en la Tierra viva. Volviendo
desde allá, desde la Luna hospedante. Blanca o gris. O cualquier color asimilado como propio.
Dejando que el Sol ilumine solo su cara punzante. Dándole a la otra el eterno obscuro.
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Por fin entiendo lo que quise ser. Sujeto benevolente consigo mismo. Brújula de mi cuerpo,
convertido en móvil tardío. Que echó vuelo trepidante, pero silencioso. Como ave perdida. En
remolino de viento, ultrajada. Sintiendo, cada nada, la volatilidad subsumida en mí mismo. Como
cuerpo magnánimo fracasado. Por lo que quise ser en tiempo pasado. Como Hermes violentado.
Tal vez, haciendo de mi voz, solo un paraíso perdido. Sin canarios ni gorriones embelleciendo con
sus trinos la doble vía. Expandiéndolos en el confín mismo. Desde acá, huyendo a cualquier galaxia
escondida. O perdida por la fuerza subyugante de la energía consumida toda. Hasta dar lugar a la
absoluta explosión. La última, antes de perder la vida.
Encélado
Cuando observé la fuga hacia el universo todo. Y, casi en simultánea, la amiguita enciende
motores. Cada uno por su lado. Pero, en sabiendo, que disponía de opciones amarradas al centro
técnico, impulsador y origen supremo. Como defendiendo lo suyo. Entendiendo que es sumatoria
de saberes. Por vía de haber adquirido de tiempo atrás. Fuerza, en física exponencial. Y de labores
ciertas, válidas en tanto que es el eterno desafío a Natura., desde aquí, desde esta porción de vida.
Y ya venía en camino, después de haberse fugado mii Valentina, hecha todo diosa como quiera que
forzó la la gravedad de Newton. Y, lo de ella, como ávida mujer. Poniendo un punto más alto
posible. Con esa iluminación dada. Una opción de herejía. Homenaje a todas las mujeres.
Tendiendo al infinito. Como proclama encendida.
Y, entonces el móvil, es impulsado por miles de caballos de fuerza venidos desde ese día.
Condensado en el hidrógeno embellecido en surtidor helado. Por lo mismo que encendido en
momentos, con pulsión de ególatra empedernido. Y, ya hendiendo su fuerza en el límite
atmosférico,. Pasando a resarcir los datos de historia del infinito volcado sobre ella. Y, surcando, el
escenario no conocido. No palpado. Y, en el que sigue, siguiendo, viajó por universos multiplicados
por setenta veces siete. Y, siguió de largo, opacando los virtuosos cuerpos iridiscentes. Palpando
cada cuerpo. En obscurana pendenciera. Por lo mismo, que ella se hizo imagen del potente
cerebro. Ese que insinúa lo potencia que late por sí misma, sin haber terminado el infinito
desarrollo posible. Pasó por una de las lunas del gran cuerpo. Enhebrando, con sus anillos, la
inversión de la física. Como agente que no se inhibe para expeler un fuego benigno. Teniendo a su
Sol como infame tragaluz vivo. Espléndido.
Y, un yo manifiesto, se hizo impronta de tiempo. Como habiendo sido olvidado, por su padre. En
millones de estancia, ahí. En rotación asimilada, desde el momento luz hacia atrás. En ese vibrato
que todo lo puede. Un tanto lujuriosa, se exhibe con moronas de hielo. En ese misterio de su
origen. Empezó, entonces, a decantarse. Y la viajera ahí. Observándola desde lejos. Como
temiendo alguna succión. Como perentoria advertencia. Ella hizo la luz necesaria para obturar,
acosada por la ciencia en tierra.
No sé en qué momento, dijo ella, se me exigió encontrar el rumbo, y las coordenadas hechas para
interactuar. Para ilustrar el camino cierto. En ese universo atravesado por dardos en todo sentido.
Y con toda la fuerza otorgada. Mientras tanto, esa luna lunita nueva, empieza su cortejo. Tratando
de cautivar a aquel móvil extraño. Convencida, tal vez, en que no la herirá, al menos por ahora.¿
más adelante?, no sé. Solo veo lo de ahora. Que se hizo un posible heredado, vivo.
Y, esa fuga inmensa, creciendo fue. Se hizo partitura abierta. Para que, los pianos y trompetas
permitan ser tocados, por el verbo empalagoso de la vida, sedienta de confines. Y, ella, la otra luna
tierna. Se erige como respuesta a lo habido hasta aquí. Con un prontuarios inmenso. Tratando de
hacer lo que vendrá, un simple trazado geométrico, astronómico. De quienes han heredado, desde
hace siglos, la votiva como incesante creación habida en Tierra. Y anudada, como nunca a la
sinrazón perdida.; hallada después. Cuando creció el homenaje a la vida, en vida
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Viajero perdido
En vela pasé la noche. Acompañada, no más, por el travieso reloj. Dando cuenta de las horas
perdidas, ya pasadas. En rigor, para mí, las señales del tiempo, no son otra cosa que vivir
ensimismada en mi misma. Con un sinnúmero de cargas expuestas. Hasta que maduren. En
dejación del espacio. Por lo mismo, succionado por el eterno vagar, cada quien, haciendo del
cuerpo mismo un latir constantes.
Y es que tenía pensado jugar a la ruleta. Esperando perder la vida en eso. Y este día que comienza.
Tan ávido de la última proclama del Gran Jefe. En verdad, me siento cansada. Con los residuos de
la madrugada hechos trizas. Y más ahora, que debería tener el cerebro limpio. Para poder ensayar
lo que soy. Al pie del día que no entendido. Se vinieron los momentos juntos. Como tósigos
inveteradas, parsimoniosos.
También recuerdo a Ariel, mi amante en las sombras milenarias, acompañadas por los estigmas
insaciables. En tiempo pasado, lo amé con la fuerzas de Hércules. Siendo, este sujeto, mi yo
prima. Adquirida a fuerza de vivir su nostalgia. Por los tiempos idos. Ariel engarzado por los hilos de
la vida. Desde el mar hasta el obscuro cielo, hasta el obscuro velo. Con sus diminutos puntos
iridiscentes, A cada momento infinito. Sin reconocer la holgura de tiempo pasado. Demás, viviendo
entre el estrecho camino al Sol y camino, en vaivén, hasta pasar, de lejos, viajando hasta el límite
de la galaxia nuestra. Tal vez, con ganas de traspasarla hendiendo mi cuerpo, en su cénit
ampuloso. Dotado de una y mil maneras de ser invariancia pertinente, al momento de localizar la
bruma, entretejida en los hilos gruesos de los celestes móviles. Los hechos antes y. los ahora
renovados. Siguiendo la huella de los mundos no conocidos.
Y sí, que me quedé perdido en tanta infinitud hecha. Buscándola a ella penitente extraviada. Una
luciérnaga que nació con solo andar pétreo. Acuciosa mujer mía. Dotada de los frutos todos. En
madre natura viviente. Repasé mi bitácora. Como anhelante sujeto que no regresaré nunca más a
mi entorno recordado, querido. Pero, ahora, convertido en simple sujeto, al garete, Como si no
hubiese vivido en él; c con la potencia de cuerpo, indisoluble, erguido. Como prepotente sujeto.
Lo de ahora, en mi, no es aspaviento en palabras torcidas. Es, más bien, una juntura de fuerzas
adormecidas. Como ir yendo hasta que todo mi ser se escurra; en la medianía soterrada. Con o sin
viento a favor del viaje, Simplemente, entiendo que soy expósito ser. Naufragado en esa totalidad
de espacio abierto. En espera de mi Ámbar vivida en mi, desde que este escenario fue creado. Y,
ella, no está conmigo; precisamente porque hizo de su viaje eterno, una constante topológica.
Como venida a menos. Sola, con su cuerpo pegado a las lunas encontradas en la Vía Láctea como
soporte de lo que ya vino y lo que vendrá para ella, Insumisa novia querida. Allá en los atardeceres
vividos a dúo. Acicalados con el viento sereno, a veces. Explosión de mares, otras.
Mi yo viajero milenario, se hizo hospedante sonoro. A fuerza de escuchar los trinos de los cantores
todos. Como tratando de ilusionar mii sujeto entero. Vivido de premoniciones baldíos. Allá donde
viví la vida, Y que no será más la tuya, ni la mía.
La Mujer Soñada
En ese tiempo yo estaba en el municipio de Varadero. Decidí ir allí, porque ya sabía de las
condiciones en mi barrio, en mi casa y en la ciudad. Se había tejido una hilatura de versiones, en
términos de lo que era mi presencia, a cada nada, en la casa de los Beltrán. Un tiempo de nunca
acabar. Y todo, porque yo tenía suficientes elementos teóricos para acercarme a ellos y a ellas.
23
Habían venido desde Mutatá, Antioquia. Campesinos absolutos. Con el énfasis de prodigar
solidaridad a quien o quienes la necesitaban-. A su vez, herederos y herederas de las tierritas de su
bisabuelo. Un tanto descuidadas, sí. Pero pusieron empeño a pura pulsión. Destacando las
bondades de la ganadería y de los plátanos. En esto último, don Feliciano Beltrán, puso ojo avizor,
en las posibilidades que estaban ahí. En ciernes. El mercado internacional y las posibilidades de
comprar otra tierrita en Chigoorodó. Había conocido a don Apolinar Cifuentes. Otro macho para el
trabajo. Decidieron intercambiar ilusiones.
El día en que llegaron al barrio Aranjuez, en la ciudad de Medellín, yo los y las observé. Digo yo,
ahora, detecté su talante. De las ganas que todavía tenían para trabajar. Una de ellas, Betsabé
empezó a estudiar en la Universidad Pontificia Bolivariana. De buen cuerpo, pero de mejor talento.
Me contó, después, que se había decidido por la Sociología, en razón a que se había hecho las
promesa de investigar a fondo, la situación de nuestro país y de la interacción con la situación en
América Latina. Particularmente, en lo referido a la noción de poder político y su incidencia en el
curso de los hecho económicos y sociales. Ella me decía, algo así como énfasis en la condición de
dependencia de nuestros países que ella llamaba periféricos, con respecto a lo que llamaba “el
nuevo imperio”, haciendo alusión a los Estados Unidos de Norteamérica.
Yo me hice amigo de ella. Me gustaba escuchar sus palabras. En eso que, hemos dado en llamar,
don de la palabra. Tanto así que, los sábados, yo iba a su casa. Y conversábamos hasta bien
entrada la noche. Me fui entusiasmando con su didáctica y compromiso con la historia. Y con el
presente,
Valga anotar que, yo, fui siempre un obrero. Trabajaba en una empresa de textiles de la ciudad.
Mi formación académica no iba más allá de ser bachiller, egresado del Liceo Marco Fidel Suárez. Mi
actividad laboral era muy cambiante. Todo, en razón a los horarios. Unas veces en turno de la
mañana. Otras, en el turno de amanecida, que llamábamos en ese entonces.
Ezequiel y Luz Marina alternaban sus oficios regulares en la casa, con la asistencia a la escuela
nocturna. Así terminaron su formación secundaria. Pero, tal vez lo más relevante, en ese entonces
era la vinculación de toda la familia, al quehacer en el barrio y en la ciudad. Mamá Laurentina,
trabajaba día y noche, para garantizar la manutención de la familia. Don Iznardo, papá esposo,
consiguió un trabajito como vigilante en el aeropuerto Olaya Herrera. Con los ahorritos que
hicieron, fueron levantando la casita. De tener un piso, pasó a ser una casita de tres pisos.
Lo cierto es que, en el barrio, empezó a descarozarse un tipo de relación y de manifestaciones, de
cercanía con la irrupción de hechos no habidos antes. Betsabé, empezó un trabajo de reflexión y de
empoderamiento con las vecinas y vecinos. Esto fue mal recibido por los que se empezaron a
llamar “Custodios de la Paz”. Tanto así que, en el correr de los días, se fue tornando, el barrio, en
un vividero agrio. Tanto como entender que, todas las noches, se presentaban allanamientos de las
casas, por parte de supuestos o reales funcionarios de la policía y el ejército.
Para ese entonces, yo le había declarado mi amor a Betsabé. Ella respondió con buen ánimo. Nos
veíamos, a más de los sábados, los jueves, cuando ella tenía horas libres en la universidad y , yo
disfrutaba de tiempo compensatorio en la empresa.. Un día cualquiera, mientras yo estaba
laborando, los policías y militares, entraron a la fuerza a la casita de Betsabé. Se los llevaron a
todos y a todas.
Un año después, sigo sin saber nada de ellos y ellas. Solo sé, y estoy seguro, es que no volveré a
verlos ni a verlas. Simplemente porque, siguieron conmigo. Por eso estoy aquí. En este sitio que
elegí como lugar de estadía. Huyendo de las amenazas impartidas por “Los Templarios Modernos”.
Grupo de asesinos, al servicio del gobernante de turno. Y, por esto mismo, declaro mi condición de
guerrero. A nombre del pueblo y de la dignidad de los y las luchadores (as) por la libertad.
24
Extravío
Siempre que vuelvo encuentro lo mismo. Es decir que, Puerto Valbuena sigue siendo eso que yo he
dado en llamar “Pueblo de siempre”. Como si nada, ese pasado sigue siendo el presente. Por lo
mismo que el hilo conductor tiene que ver con su condición violenta. Miles de muertos, por toda
parte. Una opción de vida cosida, pegada a la piel. Con la mente puesta en la sangría. Como que,
sin esto, se desvaneciera su razón de ser.
Con personajes imbuidos de esa visión guerrera pérfida. Como quiera que, lo suyo, fue y ha sido el
control. Ahí a bocajarro. Penetrante pulsión construida a partir de negar derechos y de implementar
el homicidio como sucesión de quehaceres. Como estableciendo el paradigma de lo mendaz,
asociado a cacería. Casi que es una lobotomía generalizada. Para que los sueños sean lapidados.
Desde el comienzo. Con hilaturas centradas en vejar a los sujetos. De hacerles creer que la
extirpación de las ilusiones es punto de partida necesario. Si se quiere construir una civilización
inédita. En la cual la vida sea pensada y actuada de otra manera. Ya no soportada en el entendido
de que lo humano, es esa esencia, proclive a la belleza de fondo. Más bien con un ícono nuevo
como referente: La atadura. El velo denso que se va imponiendo. Nutriendo el día a día, de lo
infame. En donde esto último sea elevado a la categoría de valor. Significando que la siembra y la
cosecha, ya no sea de esperanza bienamada. Más bien, sea una locución continua de palabras
avaladas como únicas. Las de la adulación y el desvanecimiento. Ilusión convertida en camino
tortuoso. Adulación de la verdad impuesta. Una moral fundamentada en el hechizo. En la dejación
del yo, en posibilidad de internalizar el goce, por los avatares de la incertidumbre. En cuanto esta
es ya horizonte. Palabra hendida en los cuerpos. Como mordiendo al sujeto. Con fauces distintivas
de lo enervante y lo atroz.
Una vida proyectada, desde el comienzo, al camino torcido. Sin ninguna arista placentera. Más bien
es enseñanza del vituperio. Como condensación de toda visión. Decantada en lo que esta tiene de
posibilidad única. Comienzo tardío. En lo que eso supone horas pasadas, horas idas y horas vueltas
al ahora. En repetición permanente. Una circularidad refleja. Siendo el espacio. Siendo los
escenarios. Simples afanes. Simples aplicaciones de los rótulos ya impresos. Una orientación
cáustica. Que penetra. Que quema y que hace trizas cualquier herejía. Una descomunal máquina
mata pasiones. En lo que esta fue, hace ya mucho tiempo, la aspiración a vivir viviendo, creciendo
y enarbolando las voluntades vecinas amigas del feliz verbo, que otrora conjugado era convocante.
Verbo del vivir en el ahí. En esos valores en movimiento. Reivindicando posibilidades vinculadas con
la alegría de su mismo significado. Que ahora cancelado. Suprimido. Con una siembra nueva
anexada a la linealidad de los seres. Como sujetos por ahí. Andando. Repitiendo lo que los “nuevos
colonizadores” quieren escuchar cada minuto, cada segundo.
Y, entonces, no más comienzan los días, se extinguen en lo que se conoce como muerte al pie de
cada vivencia. Convirtiéndolo en insania. En repetición alargada. Con la expansión como mera
locomoción con idearios ya vejados. Desde antes de ser ellos mismos. Los nuestros y el mío.
Conduciendo la vida en perspectiva de la decantación proclive a la desaparición de lo que antes
pudo haber sido exuberante escenario. Esperanza habida. Sin eso que hoy nos abruma.
Es decir que, venimos siendo, ahora, lo mismo que fuimos en la barbarie. Enfrentados a hechos y
realidades en natura asfixiante. Sin ese agregado que habíamos logrado construir. El ser, en sí,
envuelto en visiones heréticas. Visiones de universalidad. Siguiéndola a cada momento. Horadando
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NIVELES TRÓFICOS DE UN ECOSISTEMA (ecologia)
 

Como sujeto vivo y otros relatos

  • 1. 1 Como sujeto vivo. Como madre ida Los días pasan, y mi vida en ellos. Lo de hoy es señuelo para atraer el olvido. De todo lo que he sido. En mirar mirando, la rapiña en ese contexto tan vivido. Yo, andando en penumbras. Como ansioso sujeto íngrimo. Sin lo justo para acceder al estado anhelado desde ha mucho tiempo. Este recorrido lo inicié, cuando niño. En lejano día, que vi a la Luna engarzada en chubascos venidos, todos los días. En veces en vuelo lúdico. En otros viniendo en loco albedrío punzante. Y sí que lo sentí. Desde ese adentro del cuerpo de madre primera. Siendo, como en realidad fue, día de Sol pleno. En la perpendicular situado. Sobre ese barriecito de ella, que empezó a ser mío. Cuando caí en libre vuelo. Ella estaba, como casi todas las madres, con mirada puesta en calle angosta en que vivíamos. Como mediodía era. Como que nubes pasando. Viajeras lúcidas, Con grises-negros promeseros. Ella, con ojos asiduos visitantes de la montañita, a manera de cinturón envolvente. Ciudad prisionera en ello. Ciudad manifiesta. Que había nacido antes que la mujer madre mía sintiese presagio de conocerme. Y me fui haciendo sujeto triste, como en ella prendido. Como bebé canguro esquivo. En cortedad de camino, a pasos, enarbolando potencia de suspiro enfermizo. Yendo tras la imagen de ella. En voltereta. Viviente como escarceos de pájaros vidriosos; en vitrales puestos por mano mágica. De pintora bulliciosa en silencio. Yo viajero en pos de El Levante prodigioso. Imaginado. Yo niño elucubrando. Yo sediento de alegría. Siendo, en eso, solo corresponsal estático, venido para horadar en tierra. Para soportar la pulsión venida desde afuera del universo enfático en trazar leyes, leyendas, caminos. Y me hice, en ese tiempo langaruto, personaje desarropado. Por lo mismo que, la mujer amiga mía, no hallaba rumbo. Como menesterosa náufraga en mar violento. En noche aciaga. Envolvente. Tiempo pasado ese. Que fue perdiendo su ahínco brutal. Que fue siendo pasado, en luz carrera acezante. Ella y yo, de por medio. Ella sujeto ajustada por los años y por la aspereza de enfática persistencia. Y yo, volantón. De paso en paso. Como de rama en rama, pajarillo venido desde la ilusión perdida ya, hace tiempo en nuestra ciudad creciente. De escenario ditirámbico. Como si ensueño fuera de aquella locomoción habida en ceniciento paso de arroyo creciente. O lánguida versión de hechizos. Contada por los gendarmes venidos, en procesión ampulosa. Como heredad insensible. Como pasajera expresión de escorpión que se hizo hiriente, al no poder mirar la mujer madre mía. Y, ella, en esa soledad y en ese silenció puro. En lo que pudo haber tenido como enhebración crujiente, lúcida, colmada. De miles momentos depreciados. Una holgura de mensajes brumosos. Aferrados a los códigos cantados. En ese ejercicio de miradas. En esa envolvente juntura de caminos. Que estaban ahí. Desde antes de mi yo ser sujeto. Y que, ella, asumió como preparación grata. Por lo mismo que como mujer no madre fue primera. Y que, en ese siendo madre mujer, fue recortando su prisa. Sus ansias libertarias. En este hoy que vivo, voy yendo en soledad agreste vestido. En ensimismamiento actuado. Personaje hecho de mis miradas. Y las miradas de ella, mujer virtuosa, esclava ajena. A todos y todas dada. En sintiéndose solidaria amuga. Mujer hecha potencia. De palabra y de orgullo suyo, solo suyo. Viajero, yo, en ella. Como sumario juicio hecho por los césares pasados y en presentes. Ávidos reyezuelos de vigencia plena. En el hoy que duele. En el hoy hecho escenario. De rapacería. De doliente armadura vestidos. Soy, eso sí, de ella venido. Siendo, eso sí, sujeto hoy envuelto en ese señuelo que se tornó en lanza que mata. En armadura ciega. Que dilapida y que cercena los cuerpos. El mío y el de ella.
  • 2. 2 Insumiso Lo convenido es, para mí, la valoración de palabra hecha. Yo me fui por ahí. Tratando de precisar lo que quería hacer, después de haber propuesto volar con la vida en ello. Y es bien convincente lo que me dijiste ese día. Y yo me propuse transitar el camino que tú dijeras. Y, te entendí, que sería el comienzo de una ilusión forjada a partir de validar lo nuestro como propósito de largo vuelo. Ante todo, porque he sido tu amante desde siempre. Inclusive, desde que yo hice de mis pasos nacientes, una conversadera sobre lo que somos y lo que fuimos. Sin temor al extravío, acepté que no había regresión alguna. Que seríamos lo que nos propusimos ese día, siendo niño y niña; como en realidad éramos. Y sí que arreció la bondad de tus palabras. Enhebrando los hilos de lo vivo y vivido. Aun en ese lugar del tiempo en el cual apenas si estábamos en condición de realizar el ilusionario. Un desarreglo, ungido como anarquía de sujetos. Sin detenernos a tratar de justificar nada. Como andantes eternos. Como forjando el tejido, a manos llenas. Y, pensé yo, hay que dar camino al mágico vuelo hacia la libertad, ayer y hoy perdida. Un vacío de esperanza atormentador. Por lo mismo que era y es la suma de los pasado. Y, precisando en el aquí, que nos dejábamos arropar de ese tipo de soledad acuciosa. Casi como enfermedad terminal. Como si nuestro diagnóstico se lo hubiera llevado el viento. En ese tono de melancolía que suena solo cuando se quiere ser cierto sin el protagonismo del diciente lenguaje habido como insumo perplejo. En todo ese horizonte expandido de manera abrupta, imposible de eludir. Un frío inmenso ha quedado. Ya, la nomenclatura de seres vivos, de ser amantes libertarios; se ha perdido. Mirando lo existente como dos seres que han perdido todo aliciente. Un vendaval potenciando lo que ya se iba de por sí. Fuerte temblor en eso que llamamos propuesta desde el infinito hecho posible. Como circundando a la Tierra. En periodos diseñados por los mismos dos que se abrazaron otrora. Cuando creímos ver en lo que pasaba, un futuro emancipador. Ajeno a cualquier erosión brusca. Como alentando el don de vida, para seguir adelante. Hasta el otro infinito. Pusimos, pues, los dos las apuestas nítidas, aunque complejas. Un unísono áspero. Pero había disposición para elevar la imaginación. Dejar volar nuestros corazones. Como volantines sin el hilo restrictivo. Y, si bien lo puedes recordar, hicimos de nuestros juegos de niño y niña, todo un engranaje de lucidez y de abrazos cálidos, manifiestos. Hoy siento que lo convenido en ese día primero del nacer los dos, ha caído en desuso. Porque, de tu parte, no hay disposición. Que todo aquello hablado, en palabras gruesas, limpias, amatorias. Solo queda un vaivén de cosas que sé yo. Un estar pasando el límite de lo vivo presente. Entrando en una devastación absoluta. Y, este yo cansado, se fue por el camino avieso. Encontrando todo lo habido, en términos de búsqueda. De los sollozos perdido. De mi madre envuelta en esos mantos íngrimos de su religión por mi olvidada. Una figura parecida a la ternura asediada por los varones grotescos. De la dominación profunda y acechante en todo el recorrido de vida. Mi proclama, por lo tanto, ya no es válida para registrar el deseo libertario. Los sabuesos pérfidos han arrasado con la poca esperanza que había. En una nube de sortilegios ingratos; por cuenta del nuevo tiempo y de las nuevas formas de dominación en el universo que amenaza con rebelarse. De dejar de girar. De cuestionar el dominio de Sol. Como pidiéndole que no haga sus cuentas de vida en millo0nas de años más. Y si, entonces, que lo convenido se convirtió en reclamación atropella. De nuevos compromisos. Tal vez, el más importante: dejar de ser lo que somos. Y ser lo que, en el ayer, fingimos. Pura nostalgia potenciada.
  • 3. 3 Matar en silencio Viviendo como he vivido en el tiempo; he originado un tipo de vida muy parecido a lo que fuimos en otro tiempo. Como señuelo convencido de lo que es en sí. Trajinado por miles de hombres puestos en devenir continuo. Con los pasos suyos enlagunados en lo que pudiera llamarse camino enjuto. Y, siendo lo mismo, después de haber surtido todos los decires, en plenitud. Y, como sumiso vértigo, me encuentro embelesado con mi yo. Como creyéndome sujeto proclamado al comienzo del universo y de la vida en él. O, lo que es lo mismo, sujeto de mil voces y mil pasos y mil figuras. Todas envueltas en lo sucinto. Sin ampliaciones vertebradas. Como simple hechura compleja, más no profunda en lo que hace al compromiso con los otros y con las otras. Esto que digo, es tanto como pretender descifrar el algoritmo de las pretensiones. Como si, estas, pudiesen ser lanzadas al vuelo ignoto. Sin lugar y sin sombra. Más bien como concreción cerrada, inoperante. Eso era yo, entonces, cuando conocí a Mayra Cifuentes Pelayo. Nos habíamos visto antes en El Camellón. Barrio muy parecido a lo que son las hilaturas de toda vida compartida, colectiva. Con grandes calles abiertas a lo que se pudiera llamar opciones de propuestas. Casitas como puestas ahí, al garete. Un viento, su propio viento, soplando el polvo de los caminos, como dice la canción. Todas las puertas abiertas, convocantes. Ansiosas de ver entrar a alguien. Así fuese el tormento de bandidos manifiestos. Un historial de vida, venido desde antes de ser sujetos. Y los zaguanes impropios. Por lo mismo que fueron hechos al basto. Finitos esbozos de lo que se da, ahora, en llamar el cuerpo de la cosa en sí. Sin entrar a la discrecionalidad de la palabra hecha por los vencidos. Palabra seca, no protocolaria. Pero si dubitativa. En la lógica Hegeliana improvisada. De aquí y de allá. Moldeada en compartimentos estancos. Sin color y sin vida. Solo en el transitar de sus habitantes. En la noche y en el día. Y sí que Mayra se hizo vida en plenitud, a partir de haber sido, antes, la novia del barrio. Tanto como entender que todos la mirábamos con la esperanza puesta en ver su cuerpo desnudo. Para hacer mucho más preciso el enamoramiento. Su tersura de piel convocante. Sus piernas absolutas. Con un vuelo de pechos impecables. Y, la imaginación volaba en todos. Así fuera en la noche o en el día, en cualquier hora. Con ese verla pasar en contoneo rojizo. Su historia, la de Mayra, venía como recuerdo habido en todo tiempo y lugar. En danzantes hechos de vida. Nacida en Valparaíso. De madre y padre ceñidos a lo mínimo permitido. En legendarias brechas y surcos. Caminos impávidos. La escuelita como santuario de los saberes que no fueron para ella. Por lo mismo que, siendo mujer, no era sujeta de posibilidades distinta a la de ser soledad en casa. En los trajines propios. En ese tipo de deberes que le permitieron. Yo la amaba. En ese silencio hermoso que discurre cuando pasa su cuerpo. Y que, para mí, era como si pasara la vida en ella. Soñando que soñando con ella. Viéndola en el parquecito. O en la calle hecha de polvo. Pero que, con ella, resurgía en cualquier tiempo. Recuerdo ese día en que la vi abrazada a Miguel Rubiano. Muchacho entrañable. De buen cuerpo y de mirada aspaventosa. Con sus ojos color café límpido. Casi sublime. Y la saludé a ella y lo saludé a él. Tratando de disimular mi tristeza inmensa. Como dándole a eso de retorcer la vida, hasta la asfixia casi. Ya, en la noche de ese mismo día, en medio de una intranquilidad crecida, me di al sueño. Tratando de rescatarla. O de robarla. Diciéndole a Miguelito que me permitiera compartirla. Y salí a la calle. Y lo busqué y la busque. Y con el fierro mío hecho lanza lacerante, dolorosa, la maté y lo maté. Me fui yendo en el mismo silencio. La última mirada de mi Mayra, fue para Miguelito amante.
  • 4. 4 Luna fugada Tanto huirle a la vida. Es como evitar ser tu amante. Las dos cosas trascendentes. Una, por ser la vida misma. Lo otro que sería igual a hurgar la tierra, en búsqueda del tesoro pedido, que sería cual faro absoluto. Entre lo yerto y lo móvil vivamente vivido. Todo se aviene a que mi canto no sea escuchado. Fundamentalmente por ti, diosa infinita. Por eso, me puse a esperar cualquier vuelo. De cualquier ave pasajera. Nocturna o diurna. Sería, para mí el mismo impacto y el mismo oficio. El de doliente sujeto que hizo de su vida; la no vida estando sin el refugio de tus brazos. Y, al tiempo habido, le conté mi sentimiento. Y me respondió con la verdad del viento. Fugado, sin poder asirlo. Y revolqué la tierra, en todo sitio. En cualquier lugar fecundo. Y el mismo tiempo y el viento, hicieron una trenza para ahogar mis ímpetus. Para que yo no pudiera entrar en ese cuerpo tuyo. Viajé en ellos, en el tiempo y el viento. Llegué, no recuero ni el día ni la hora. Simplemente, bajé, otra vez, al sitio en que te he amado. Encontrándote, susurrando palabras. Como las de ese Sol potente. Estaba en espacio frío. Y te fuiste, en el tiempo y el viento. Y te vi ascender. Traspasando la línea que protege a la Tierra nuestra. No pude alzar vuelo contigo. Simplemente porque, viento y tiempo, te arroparon y desecharon mi presencia, mi cuerpo. En este otro día, En esta soledad tan manifiesta. Tan hecha de retazos de tu mundo ya fugado. Me dije que ya era hora de ser libre. ¡Para qué libertad, sin estar contigo! Eso dije. Y retomé el camino arado, por siglos. Por gentes sencillas. Bienamadas, solidarias. E hice andar mis piernas. Hice que todo mi cuerpo te buscara. Y encontré a la vieja esperanza, maltrecha, pero nunca vencida. Al tiempo encontré a la ternura toda.. Me dijo: si nos has de ir, mejor quédate ahí. Llegando la noche, entonces, te vi dibujada en la Luna. Y gozabas, jugando con su arena inmensa. Con su gravedad hecha cuerpo. Y, siendo ese cuerpo, tú. Me enviabas voces, palabras. Pero a mitad de camino se perdían. Ruidoso rayo, envolvente. Dos en uno. Energía potente. Sonido anclado en toda la energía hecha. Pasando la noche, pasando se, hizo más borrosa tu figura que volví mis ojos al lado obscuro de tu hospedera Luna. Haciéndose fugaz lo que antes era permanente para mí. Esa risa tuya. Esos tus ojos tiernos en pasado; ahora voraces y lacerantes miradas. Mudez impávida, enervante ahora. Hoy, camino. Yendo adonde? No sé. Como si se hubiese perdido la brújula. Esa que siempre llevabas en tus manos. Y, siendo cierto esto, traté de retomar el camino perdido. Traté de alzar vuelo. Pero seguía ahí mismo. En la yesca infame, Todos miraban mi dolor. Todos y todas, mostrando su insolaridad por ti endosada. Tal vez como revancha absurda. Pero era eso y no otra cosa. Era tu pulsión de vida. Perdida ya. Y recordé que, en otrora, éramos boyantes personajes. Absorbiendo la luz y la ternura en ella. En este sitio, para mi memorable, quedará escrito, con el lápiz de tus ojos, la pulsión de vida mía. Pasajera. Casi irreal. Casi cenicienta simple, engañada. Y si digo esto ahora, es porque te fuiste. Y está en esa Luna tuya, inmensa. Pero, para mí, Luna Fugaz. Luna hechicera Peregrinar Y sí que me postulé para ser concejal. En este territorio mío que me conoció desde que me crié Antes, cuando estudié en el bachillerato y pregrado sociología, no me llamaba, para nada, la atención, en lo que coloquialmente llaman, la política. Contaba mi madre que,” cuando era joven, conoció muchas amarguras ante los muertos y muertas en ese cambalache de vida que nos tocó vivir. Rojos y azules. Para nosotros esos era los colores. No había otros”. Desde Santander y Bolívar.” Por mi cuenta me di a la tarea de seguirle la puntica del hilo, para aprender a discernir. En la escuelita y en el colegio, la historia patria nos fue contada por sujetos que habían sido preparados para esconder las verdades. No era culpa de ellos y ellas, es cierto. Pero a fe que lo hacía muy bien. Lo que llaman al pie de la letra. Nos filtraban verdades que no eran verdades. Que el Generalísimo Santander, llevaba las riendas para hacer las leyes. Que Simón Bolívar fue un héroe absoluto y que merecía todos los oropeles que pudiese cargar. Según nuestros maestros y nuestras
  • 5. 5 maestras, Policarpa Salavarrieta no fue heroína. Casi que dicen que era un insumo más. Que lo suyo era pura logística. En general, las mujeres, solo eran personas de segunda categoría. Y así lo plasmaron en esa hediondez de texto de historia. De Henao y Arrubla O el Catecismo del Padre Astete. Toda una aureola perversa para reafirmar al catolicismo como religión oficial. Mi papá Egnosodin me enseñó, desde muy temprano, a cantar el tango se Agustín Magaldi “Dios te Salve mi Hijo”. Yo lo entonaba en la escuelita cuando estaba cursando tercero de primaria. Mi papá había nacido en el municipio de El Bagre en Antioquia. Estuvo, desde muy niño, trabajando para un señor de nombre Arturo Borrero. En eso que llaman oficios varios. Incluido el de vigilar su casa, situada en el perímetro urbano. Se casaron, mi mamá y él, cuando ambos tenían dieciséis años. Después de soportar el asedio del papá de mi mamá, por cuanto Egnosodin preñó a Nicolasa. Había sucedido, entre los dos, una relación de pura pasión; muy bella por cierto, por lo que supe. Yo nací, como consecuencia de esa preñez. Después de mucho tiempo, cuando yo tenía diez años, empecé a vibrar con lo que me iban contando los otros niños. Uno de mis amigos, de nombre Rolando Vaca, me contó, en uno de esos días que uno dice, puede pasar como anodinos, que su mamá y su papá habían sido muertos tres años atrás. Sucedió que un grupo de hombres armados, habían sitiado la casita en la finca. Los hicieron salir. Y, en el plenosol de junio los fusilaron contra la pared. Rolando quedó solo. Después de un mes de estar andando por ahí, sin rumbo, fue acogido por la familia Amazará, compuesta por don Eliseo, doña Belarmina y el hijo de estos, de nombre Aureliano. Entre tanto, conforme iban pasando los días, meses y años, me fui enterando de otras tropelías ejercidas contra casi todas las familias. Los agresores se hacían llamar “Ejército Anti Comunista del Nordeste”. Mi familia y yo tuvimos que abandonar el territorio que tanto amábamos. La situación se tornó muy agria. Dejamos todo. Mi papá solo tenía cuatro mil pesos producto de la venta de varias herramientas para la agricultura que le habían sido cedidas por don Arturo Borrero, como pago por sus servicios. Llegamos el cuatro de agosto de 1975, al municipio de Yarumal. Allí estuvimos, durante dos meses, en casa de la familia Monsalve. Don Héctor, el jefe de familia, como se decía antes, había conocido a un primo de mamá Nicolasa, cuando estuvieron trabajando juntos en el municipio de Turbo. Nos hicimos, pues, a un cuartico y podíamos transitar por toda la casa y la finquita en la cual don Héctor y su familia tenía seis vaquitas lecheras. Un día cualquiera, martes por más señas, llegó a la casa un señor de nombre Ruperto Balasanián. Era tío de doña Georgina, la esposa de don Héctor. Hablaron por mucho tiempo los tres mayores. Nunca he podido saber el tema. Lo cierto es que mi papá viajó con don Balasanián con rumbo desconocido. Mi mamá y yo quedamos con la señora Georgina. Se consolidó, con el paso de los años, una amistad muy bonita. La señora Georgina tampoco supo lo que pasó. Y, don Héctor, siguió sus labores; a pesar de sentirse muy preocupado. Esto lo leía en sus ojos. Hoy, en este tiempo que sigue siendo muy amargo para todos y todas, recuerdo como me hice sociólogo. Para mí es importante este hecho, ya que me posicioné muy bien en Medellín y Yarumal. Me separé de mi familia putativa y de mi mamá, para desplazarme a Medellín. Allí vivía un cuñado de doña Georgina. Ella me relacionó con don Euclides y con su esposa, doña Lorencita. Empecé mi bachillerato en el Liceo Marco Fidel Suárez. Los fines de semana le ayudaban a don Euclides en la cobranza de créditos. Tenía, él, un negocito de mercancías ofrecidas en el comercio casa a casa. Vendía con el 5% de cuota inicial. Lo de más en pagos semanales. Terminé el bachillerato e inicié la carrera en la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín. A pesar de ser una universidad privada, me gané una beca concedida en cesión. Don Romualdo Espinosa, hermano de la mamá de doña Lorencita. Algo así como entender que este señor Romualdo era sacristán en la Iglesia Divina Providencia, en el municipio de Abejorral, en Antioquia.
  • 6. 6 El párroco de dicha iglesia conoció de mi vocación por la solidaridad con los y las demás. Tramitó la beca con el excelentímo señor rector. Durante toda la campaña proselitista, tuve muchos inconvenientes Dos fundamentalmente. Las querellas insinuadas por los otros candidatos. Y, la falta de dinero y padrinos políticos. Yo veía como se compraban votos. Y como le hablaban de mí a los sufragantes. Diciéndoles que yo era un subversivo. Todo como consecuencia de mi liderazgo en diferentes obras sociales en Medellín y en Yarumal. Conocí, en el entretanto, a varios sacerdotes animadores de la opción política de Camilo Torres Restrepo. También, más de cerca, a Vicente Mejía, quien trabajaba con las personas que se ganaban la vida con el reciclaje en el basurero de Moravia. Tenía su asiento, en el barrio Caribe. El día de las elecciones fue, para mí, un día de mucha congoja. El sábado anterior, mi mamá y yo, recibimos la noticia de la muerte violenta de mi papá, en el municipio de Liborina. Tal parece que se trató de una riña callejera. A Egnosodin le habían robado el plante del negocio de venta de frutas. El ejercía como intermediario. Quienes lo mataron, lo esperaron en la noche, cuando iba a la casita que había alquilado. Todo por cuenta del hecho que mi papá los había denunciado. Fui elegido como concejal. De una lista promovida por Don Rosendo Natagaima, liberal que se había hecho militante del MRL, liderado por Alfonso López Michelsen. Empecé mi nuevo trabajo, con la pasión que siempre me ha distinguido para enfrentar retos y superarlos. Este día, estando en la puerta de la alcaldía de Yarumal, departiendo con ex compañeros del Liceo, se nos acercó un hombre, con la ruana terciada, de tal manera que le tapaba la mitad de su cara; sacó su revólver y nos atacó a todos. Así, terminó mi vida. Mi última memoria fue para mí mamá Nicolasa y para doña Georgina. Sol viejo. Tu radiante Ejerciendo como violín de tu danza y canto, me ha dado por recorrer todo lo que vivimos antes. Toda una expresión que vuelve a revivir el recuerdo. De mi parte te he adjudicado una línea en el tiempo básico. Para que, conmigo, iniciemos la caminata hacia ese territorio efímero. Un ir y venir absoluto tratando de encontrar la vida. Aquella que no veo desde el tiempo en que tratamos de iniciar los pasos por el camino provistos de un y mil aventuras. Como esa, cuando yo tomé la decisión de vincular mis ilusiones a la vastedad de perspectivas que me dijiste habías iniciado; desde el mismo momento en que naciste. Todo fue como arrebato de verdades sin localizar en el universo que ya, desde ese momento, había empezado su carrera. Y, por lo mismo entonces, la noción de las cosas, no pasaba de ser diminutivo centrado en posibles expresiones que no irían a fundamentar ninguna opción de vida. Viendo a Natura explayarse por todos los territorios que han sido espléndidos. Uno a uno los fuimos contando. Haciendo de ese inventario un emblema sucinto. A propósito de sonsacar a los tiernos días que viajan. Unitarios y autónomos. En ese recorrido nos situamos en la misma línea habida. Situada en posición de entender su dinámica.- La vía nuestra, fue y ha sido, entonces, un bruma falsa. Que impide que veamos todos los indicios manifiestos. Y que, en su lugar, incorpora a sus hábitos, todo aquello que se venía insinuando. Desde ese mismo anchuroso rio benévolo. Y, de mi parte, insistí en navegar contracorriente. Tratando de no eludir ninguna bronca. Todo a su tiempo, te dije. Y esperamos en esa pasadera de tiempo. Y volvimos, en esos escarceos, a habilitar la doctrina de los ilusionistas inveterados. Todo, en una gran holgura de haceres trascendentes.
  • 7. 7 Y, ya que lo mío es ahora, una copia lánguida de todo lo que yo mismo había enunciado en ese canto a capela. Y que traté de impulsar, como principio aludido y nunca indagado. En esa sordera de vida. Solo comparable con el momento en que te fuiste. Y entendía que no escuchaba las voces. Las ajenas y las nuestras, Como tiovivo enjuto. Varado en la primera vuelta. Y que tú lloraste. Pero seguía el olvido de tus palabras. Porque ya se había instalado, en mí, la condición de no hablante, no sujeto de escucha. Mil momentos tuve que pasar, antes de volver a escucharte. Y paso, porque tú ya habías entendido y dominado el rol del silencio y de la vocinglería. Contradictores frente a frente. Y que empezaste a enhebrar lo justo de las recomendaciones que te hicieron los dioses chicaneros. Tu irreverencia se hizo aún más propicia. Yendo para ese lugar que habías heredado de las otras mujeres plenas. Hurgando, en ese espasmo doloroso, me encontré con tu otro nombre. No iniciado. Pero que, estando ahí, sin uso. Lograste la licencia para actuar con él. En todas las acechanzas que te siguieron desde ese día Yo, entonces, me fui irguiendo como sujeto desamparado. Viviendo mi miseria de vida. Anclada en suelo de los tuyos. Y me dijiste que era como plantar la esperanza. Para que, después que el Sol deje de alumbrar; pudiésemos enrolarnos al ejército de los niños y las niñas que, a compás, de tu música, iban implantando la ilusión en ver otro universo. Sin el mismo Sol. Muerto ya. Tú debes elegir cual enana roja estrella nos alumbrará Cáfila Engarzado. Así decía mi papá Teodolindo, cuando trataba de expresar que tenía problemas, más o menos graves. Éramos ocho hermanos y cuatro hermanas. Con par gemelos y par mellizos incorporados. Llegamos a Medellín, en enero de 1958, En ese entonces habíamos nacido y crecido Gualberto (el mayor) y yo que me llamo Eurípides. Todo un escenario lengaruto. Casitas apiñadas. Casi una sobre otra. Y esas callecitas solo lodo y piedra. Yo me coloqué a trabajar como ayudante de albañilería. Mi hermano Gualberto consiguió trabajo como mensajero en una droguería. La bicicleta se la arrenda el dueño. Mi papá, siempre ha trabajado como comprador y vendedor de chatarra. Así trabajaba en Liborina, municipio situado al occidente de Medellín, Todo iba más o menos bien hasta que llegaron al barrio (Machado), una familia con más dificultades que nosotros. Doce, entre hermanos y hermanas. Por partida doble. Con el tiempo los apodaron “los bizcos” (las hermanitas también eran bizcas). Al cabo de seis años se volvieron Traquetos. Le disparaban, con los changones, a lo que se moviera en la noche. Sobre todo Pantaleón y Altagracia. Esta última era la mayor. Incursionaron en varios barrios aledaños, En verdad no tiene ninguna justificación, matar a muchachas y muchachos tan pobres como nosotros y nosotras. Por lo menos quince muertos pusieron en menos de dos años. Todos y todas les teníamos físico miedo. Un viernes cualquiera mataron a Altagracia. Tres policías que llegaron al barrio fueron los responsables. Por dos o tres meses se calmaron. Pero, después, volvieron a arreciar sus fechorías. Se dividieron en dos grupos. Pancracio, Benitín, Yurani y Bersarión, se desplazaron hasta Villa del Socorro, un barrio situado al occidente de Machado. Jael, Ernestina, Idelfonso y Pedronel; se fueron para el centro de la ciudad. Cogieron como parche la esquina de la calle San Juan y la carrera Bolívar. Puro raponazo. A quienes se resistieran al atraco, se lo llevaban puesto. Como diez personas muertas por ellos. Entretanto yo seguía con mis labores. Trabajaba con el maestro Otoniel. No faltaba el trabajito. Conseguí novia (Pamela).Con los “bizcos” y las bizcas”; nada de nada. Yo estaba en lo mío. De la casa al trabajo y de este a la casa. Los domingos trabajamos hasta el mediodía. Con mi nena hablaba casi todos los días. La esperaba al lado de las escuelita. Validó toda la primaria y hasta
  • 8. 8 quinto de bachillerato. No siguió, porque quedó en embarazo. Y, después, la crianza de Abelardito. Vivíamos en casa de papá y mamá. Con esa nacedera de hermanitos y hermanitas, nos fue quedando espacio en la casita. Pamela y yo nos fuimos para una piecita en arriendo. Y llegó mi segundo hijo Al año exactito. Lo llamamos Petronio, en honor a mi abuelo materno. Estando en esa disciplina rigurosa; un día en que iba a coger transporte; me salieron Pancracio, Benitín, Yurani y Bersarión. Siempre andaban, robaban y mataban en grupo. Yo he sido muy volao, en eso que llaman ser frentero y no tenerle miedo a alguien. Me enfrenté con ellos y ellas. A pura piedra me deshice de ellos y ellas. Fue como si hubiera asegurado mi muerte o de algunos de mi familia. O de la familia de mi esposa. Rompieron las puertecitas de la casa de mi papá y de mii mamá. La de nuestra piecita corrió la misma suerte. Me conseguí un changón. Lo compré en la tienda de la esquina. Don Polidora no se le negaba a nadie. Hizo de intermediario. Y listo. Recién que habíamos cambiado puertas y ventana; una noche llegaron todos y todas “bizcos” y bizcas”. Insultaban de una manera fea. Palabrotas groseras, ásperas. Yo salí y los frentié. El primero que cayó fue Bersarión. Luego le disparé a Pedronel y a Ernestina. De una se murieron. Cuando se percataron que conmigo no podrían, Corrieron. Y yo Tras ellos. Cuando llegó la tomba, ya había pasado una hora. Hoy estoy aquí. En la cárcel “La Ladera” de Medellín. Purgo pena de seis años. Pamelita tuvo que ponerse a trabajar. Mis dos hijos han crecido harto. Mamá y papá me han visitado varias veces. . Si pudiera regresar al pasado, haría lo mismo. Porque no se trata de fingir arrepentimiento. De lo que se trata es vivir la vida como venga Bella Martinica Envolvente, como remolino aventajado. Así era mi relación con ella. Martinica Buriticá. La había conocido en un paseo que hicieron las dos familias. La de ella y la mía. Muy joven. Bonita. Pero, ante todo, de una prudencia infinita. No había ningún obsoleto para sus palabras. Estudiante en La Institución Educativa Policarpa Salavarrieta. Ahí no más en la esquinita que visitábamos mis amigos y yo. Bien parada, en esos términos de ahora que denotan hermoso cuerpo y bonita cara. Los dos nacimos en el mismo barrio. Jerónimo Luis Tejelo, al occidente de Medellín. Yo un poco mayor que ella. Nos separaban tres años. Ahora, el veintiuno de julio, cumplirá quince añitos. Empezamos a frecuentar el mismo lugar para el divertimento. La canchita de baloncesto que queda ahí en el centro del barrio. Martinica juega muy bien. Tanto que ha sido designada como capitana en el equipo selección de las Instituciones Educativas, en la ciudad. Pero, más que jugar bien al baloncesto, lo que la distingue es lo que llaman “su don de gentes”. Muy delicada al momento de enfrentar los problemas. Habla por todas y por todos en el colegio. Tiene una visión absoluta, acerca de la política educativa en Medellín y, en general, en el país. La pensadera la ubica en profundas reflexiones al momento de cuestionar y sugerir alternativas. Nació, según dice su mamá doña Eugenia, pensando. Desde pelaíta lo escrutaba todo. Mirando a su alrededor. Como buscando explicación a lo habido y por haber. Al añito de haber nacido, ya era capaz de entender lo que le hablábamos. Y trataba de hablar. Por lo mismo, empezó a hablar fluido a los dieciocho meses. Casi como entablar conversación con nosotros y nosotras. Argumentaba su palabra. Vivía en una opción y pulsión de vida, equilibrada. Pero, asimismo, capaz de contradecir a quien fuera.; desde su lógica y perspectiva de vida.
  • 9. 9 En esto de entender la vida, es difícil saber si algo es justo o injusto. Lo cierto es que, uno de los médicos de la IPS, diagnosticó, algo así como un enfisema pulmonar, cuando recién cumplía diez añitos. De ahí en adelante, como que nos cambió todo. La rutina dejó de ser la misma. Muy al cuidado de todos y de todas en familia. A pesar del diagnóstico, Martinica no ha parado en la hechura de su vida. Particularmente en su desarrollo académico y deportivo. Don Hipólito, el rector del colegio, mantiene una observación constante alrededor de la evolución de la patología. Por mucho que le hemos dicho, acerca de dosificar sus entrenamientos y sus juegos intercolegiados; todo ha sido en vano. Cada noche, mi amiguita sufre dolores muy fuertes. Además, un problema reiterado para conciliar el sueño. Y para asumir una dinámica de vida no enfermiza. Si se quiere, en cada brevedad de los minutos, se le va yendo su fuerza y su proclama por salir adelante. Una crisis manifiesta. Su mamá Eugenia sufre más que ella. La ama tanto que, como dicen coloquialmente, “ve por los ojos de la niña”. El día de su cumpleaños, sufrió una crisis. Que fue definida como “benévola” por parte de los médicos de la IPS. Pero, en verdad, nunca la había sentido tan enfermita como ese día. Habíamos preparado todo para la celebración. Un protocolo discreto, como a ella le gustaba. El ritual iba a ser el mismo. Misa solemne en la mañana; almuerzo en familia y con los más cercanos y cercanas amigos y amigas. Y, en la tarde, un bailecito, casi privado. Siendo como las seis de la tarde, le vino la crisis. Esta parecía más grave que las otras. Se desmayó en plena sala. Corrimos a auxiliarla. Le empezamos a dar aire, despejando el sitio y soplándole con las toallas. Cuando llegaron los paramédicos en la ambulancia, Martinica; parecía, en su cuerpo, como si le hubiese cortado el calor de vida, durante todo el día. Hoy, veintiocho de julio, estamos al lado de ella. Pero ya no nos habla ni nos hablará nunca más. La rigidez de su cuerpo es absoluta. Su carita parece ser más bella que antes.. Sus ojitos ya no nos mirarán, en ese bello mensaje que siempre nos otorgaba. Y sí que, ahora, simplemente seguimos su huella. En una inmediatez de vida lánguida. Ya no es lo mismo sin ella. Dicen que quien nos deja para siempre, merece un canto a la belleza. Y que, debemos recordarlo o recordarla en lo que eran en lo cotidiano. Sin embargo, ´para mí, la recordadera debe ser en tristeza. Porque, el solo hecho de saberla ida, de por sí, supone un vacío sin reemplazo posible. Caminando, por el camino de lo que somos He vivido durante mucho tiempo aquí, en “La Aldea de Los tres Traidores”, como llaman a este pueblito. Créanme que nunca he podido saber el porqué de este nombre. Solicité al señor gobernador licencia para actuar como investigador honoris causa, para tratar de desatar el entuerto. Yo venía de sangre amiga como se dice ahora, al momento de las identificaciones sumarias en la historia de nuestro país. Empecé por devolver la historia, cien años atrás. Era el tiempo de la inventiva. Así estaba establecido en el libro de relatos e historia que había en la Biblioteca Municipal. Empecé a delirar, luego de leer los dos primeros tomos. Un trasunto que me dejó perplejo. Una historia, por ejemplo, de la niña Adriana Losada. Vivió casi setenta décadas. Y no crecía ni se envejecía. Un día, de ese cualquiera, me encontré en la biblioteca con Susana Arrabales, nieta del señor alcalde, don Policarpo Sensini. Una mujer todo cuerpo. En una exuberancia magnificada. Vestía jeans que apretaba sus piernas y su caderas; de tal manera que el imaginario volaba con relativa facilidad. Sobre todo ahí, en donde terminaban sus bellas piernas. Me preguntó que donde había
  • 10. 10 estudiado mi carrera de historiador. A la vez, me dijo que ella había estudiado lingüística en la Universidad Claretiana de Occidente. Y, a decir verdad, era todo un universo de precisiones en lo correspondiente a la vertebración de las palabras. Y, en general, de cómo se fueron formando las palabras y el lenguaje escrito. Tenía una manera de conducir su discurso, que estuve absorto durante su ceremoniosa intervención. Para empezar, en lo concerniente a mi yo como sujeto activo, la primera impresión empezó a ser corroborada por el trajín en el cual nos embarcamos. Nos veíamos todos los martes de cada semana. Empleábamos la mayor parte del tiempo, en auscultar la relación de causa efecto. Algo así como entender ambos, que la historia de cada hecho susceptible de ser comparado, tenía que ver con la inmensa categorización de los valores comnductivistas, derivados de un primer acercamiento con los huitotos. Seguimos, en esa línea de intervención, hasta que accedimos a lo que ella llamó “la cuantificación de los hechos que propugnan por ser visibles en la historia del país.” Yo seguía absorto con esta niña. Tanto que le escribí a don Exequiel Peñarredonda, en el sentido de acotar una información que yo le enviaba, como si fuera mía la categorización básica. A partir de ahí, don Serapio Consuegra, el presidente de la Cámara de Estudios Sociales Comparados.; me conoció Inmediatamente, fui convocado a la capital del país, para presentar los avances en una conferencia que reuniría a los y las mejores historiadores (as) del continente. Antes de partir, le hice saber a Susana, que debía asistir a un Seminario sobre “Los insumos válidos para determinar la acidez del agua en entornos cercanos a las plantas de procesamiento de pieles y de venados insulares “Quedamos en que nos veríamos en la primera semana de noviembre. Así como le hablaba a la señorita Susana, iba orquestando los trazos para que ella me pusiera al tanto de sus investigaciones. Ya en la ciudad, hice público un primer documento acerca del tema encomendado, En el mismo recaudaba muchos de los datos conseguidos por Susana. Pero, yo, los hacía parecer con indagaciones mías. Un primer elemento, tenía que ver con la nomenclatura asignada a cada una de las investigaciones. Por ejemplo, “el bilingüismo de los huitotos, al momento de expresar sus opciones de vida, en el contexto de la formación y consolidación de nuestra Nación”. También, surtí la versión propuesta por el profesor Artunduaga, quien ejercía como tutor absoluto en los estudios de historia y lingüística. Todo en el entendido siguiente; “cada paso dado por los aborígenes estudiados, hablaba de referentes biunívocos” En los cuales se conocían por traidores a aquellos sujetos varones que decidieron comparar pares entre la visión del paradigma de la Diosa Laguna. Y la condición de sujetos habidos después de la muerte de la sacerdotisa “Manuelita del Socorro Góngora. Toda una expresión heterodoxa de lo que implica la rebelión de los súbditos y súbditas. Y que, por lo mismo, los desertores fueron expulsados hacía Villa Carmelo. Y que, por siempre, vivirían allí por los siglos de los siglos. El costo de esa destinación corrió por cuenta de aquellos nativos que izaron la bandera de llibre expresión. En esas estaban, cuando llegó Susana. Imperativa y tendenciosa, con respecto al fin del mundo y la necesidad de no traicionar a nadie. Solo a los enemigos que pudieran aparecer a futuro… El Elegido Pongo a Midios como testigo. Lo tuyo había ido creciendo en el contexto escogido. Una iniciativa venida a menos desde que dejaste amar. No lo digo por mí. Ya que he ofrecido mi alma al creador, al todopoderoso, para que mi arrebato no pase desapercibido. Ofrecí mi vida, no la tuya. Por doquier observo el mimetismo ordinario. Yo he trascendido lo primario tuyo. La manera como retratas tu cuerpo; no es otra cosa que lujuria. De tal manera te entregas a cualquiera, que he recordado cuando íbamos juntos a la escuelita. Y, más tarde, al colegio. No sé si recuerdas ahora,
  • 11. 11 lo que hacíamos con los palos de guayaba y de mango biche. Supongo que no. Porque he percibido, en ti, esa luciérnaga perdida, apagada. Te cuento, ahora, mi pasado después que nos dejamos de amar. Es un tanto simple. Una brújula en mil pedazos rota. Fui creciendo en lo mío. Estuve al mando de José Pedrera, cuando me abrí camino hacia las comunidades no reconocidas, hasta entonces, por pléyade de comisionados enjutos. Yo me di cuenta de inmediato. Por lo mismo que obro como vigía designado por el Padre Eterno. Estuve tres veces en Roma, la nuestra. En uno de esos viajes, me entrevisté con Olmedo Vigoya. No sé si te acuerdas de él. Vivió en el mismo barrio (Belén AltaVista, en nuestra Medellín pujante siempre) Resulta que Olmedito, como le decíamos con cariño, se separó de Julieta Piñeres, Todo, por cuenta de sus arrebatos lujuriosos. Rompió con Catalina, el día en que la encontró en la casita, con Saturnino Moscoso. Un tanto dramático el cuadro. Lo cierto es que vivo, con la bondad de mi Dios amado. Te cuento, además, que mi mamá murió. En el tiempo ese de la inquisición forzada que impuso el padre Anselmo. Una cuestión misterio, como decimos los adoradores de Dios Buen Pastor. Ella, Sarita como siempre la llamé, ejercía como vocación primera en ese trono del Buen Dios Punzante. Siempre, en Semana Santa, mi mamá entraba en esos que empezamos a llamar Trance Legítimo Para Los Iniciados. Su ayuno, esta vez, fue extremo. Lo empezó el Domingo de Ramos. A mitad de la semana, le envió un mensaje al Reverendo Anselmo. En el sentido que se sentía muy débil y que se sentía acosada por El Judío Errante, designado por Mi Dios, para tentar a las almas votivas. La respuesta nos dejó impresionados. Le dijo: bajo ningún pretexto Sarita debes de terminar el Ayuno Supremo. Quédate ahí, en donde está ahora. Mi mamá murió el Jueves Santo. No pudo más. Yo cero, en verdad, que el Reverendo tenía razón. Su muerte es excelsa demostración de lo que puede el Divino Sacramento Único. Todos y todas salimos a la calle. Doña Hilduara, la Matrona del Divino Salvador, nos arengó. Veía un mensaje en el amplio cielo azul. Y sí que miramos. Y aparecía mamá Sarita. Una Asunción Hermosa. De la mano del Arcángel San Gabriel. Al volver a casa, efectivamente, el cuerpo de mamá Sarita no estaba. Solo quedaron el ataúd y los candelabros. Yo sigo en la Expiación Suprema. Al mando del Sumo Pontífice Aureliano Tercero. En verdad yo siento, cada día, que voy aprendiendo a ser un Buen Cristiano. En el Tercer Año Conmovido, abandoné todo lo terreno. Renuncié a mi trabajo como Vocinglero Primero. Cada día, en el pasado reciente, era expresar, a capela, los Rituales Divinos para el día. También abandoné a Vitelina. Mi noviecita de toda la vida. La repudié, por Mandato del Sumo Pontífice. Requisito penúltimo para acceder al Título de Diácono Primero. Ya el barrio no es lo que fue antes. Es como si todo se hubiera decantado. Sus calles están, todos los días, cubiertas de flores. Todo en honor de mamá Sarita. En cada esquina se erigieron estatuas de mi mamá, de doña Leopoldina y de doña Amparo de Gutiérrez. Todas ella las llevamos a Roma, para ser bendecidas por el Sumo Pontífice. Vivos, todos y todas, en meditación continua. Vivimos en estado casi cataléptico. Los vecinos y vecinas de los otros barrios nos traen frutas, legumbres y aguapanela. De eso vivimos. Por Voluntad Divina. Ya sabes, amada mí, del porqué de mi ausencia. Ya, en vida de Vitelina, te decía cómo el Buen Dios, me eligió a mí para poseerlas a las dos. Y que, nuestro hijo ha de ser santo. Esa es mi recompensa. Así lo quiso El Verbo Divino. Bellos y bellas amigos y amigas míos Como queriendo ofrecer insumos para futuro abierto. En una diáspora absoluta. Recorriendo esos caminos que antes no conocía. Volviendo a ver tu imagen centrada, en semblanza habida antes. Vertiendo lo que antes no poseía, pero que estaba en mí como en ósmosis prendida. Cierta. Un rol que me acosa desde la cunita amada. Viviendo a mi madre en lo que llamaba incertidumbre de género. Sin combinaciones posibles. Porque, lo suyo era ternura atada. Avergonzada por la lapidaciones continuas. En un acezante grito de locura manifiesta. En el entorno vivo de ella antes.
  • 12. 12 Y siempre aturdida por la vocinglería agobiante, inhóspita, apabullante. En un modelaje de porvenir ansiado en esa conducta pérfida. Hecha como a pedazos. Entre miles vivas y decantación afanada para imponer la holgura del suplicio eterno. Y vine al mundo por esa vía. Como en enjuto saludo. O en la imposición sin remedio. Así te vi, entonces, ese día nuestro. Aquel que logró emerger como sutura apenas, de la gran herida porfiada y honda. Te vi en ese espacio extraño. Como que es del pueblito que añoramos. Lo viste tú y lo vi yo en enérgica propuesta de trascender el ahora imponente, aciago. Y, en esa dupla del tu y yo, enrutada al ejercicio de la vida diaria. Ahí en esas callecitas casi legendarias. Por lo mismo que tienen y han tenido, como magia inspiradora del quehacer fundamental. Comoquiera que se va la vida tuya y la mía, en ello. No sé si recuerdas el hospicio hecho para los dos. Por los viejos y las viejas que veían en lo que éramos un puñado de esperanza. Tierna, libertaria. Y que empezamos a construir desde ese antes de haber abandonado los vientres. Siendo tú, gozosa mía. Un cuerpo de veracidad. De fresca nervadura potente. Y, siendo yo, niño de energías físicas amilanadas. Casi, mi cuerpo, como pequeña ilusión, sin más. Y surtió efecto lo que ellas y ellos dijeron, el día en que nos vieron de la mano, saliendo de la escuelita viva. Con ese trasunto de iridiscencia amplia, otorgadora. Incesante vuelo hacia la hermosura de cielo abierto. Con negras nubes, esperado hacerse presente con la lluvia anhelada. Y como jugábamos a la golosa con niños y niñas de vivencia explosiva. Los negros y las negras del vecindario. Orientándonos en el proceso de erigir los juegos como soporte de la lúdica ambiciosa. Pristina, elocuente. Y, en esos cuentos hechos palabra del Pacífico libertario. Diciéndonos que ojala pudiésemos jugar toda la vida. En eso de no hacernos grandes, adultos. En esa hechura de camino de la Caperucita Roja, vuelta negra a partir de haber conocido a la Buenaventura inmensa; azotada hoy por la amargura de la violencia. O de ese Quibdó enhiesto. Bañada por el Atrato imponente. O, en Santander de Quilichao, brotando a los y las libertarios de siempre. Volcados a los campos deshechos por los verdugos de ahora. De los vituperarios modernos. Aquellos que pretenden la asimilación de los cantos de libertad, a partir de sus enjutas voces. Diatribas miserables, asesinas... O, cuando socavamos la historia milenaria, hecha por los avezados dominadores de la ignominia. Siendo así llamados, por nosotros, a aquellos que, con su poder alinearon los caminos. Enhebraron con la violencia sátrapa, todo cuanto pudieron. Y la Olegaria, en su brillantes negra. Y Serafín, el negro que se convirtió en el Diógenes de ahora. Negro absoluto. Bravero, hermoso. Conjugando en muchos tiempos la libertad como verbo. O la Isolina Santacruz que estuvo en Bojayá. Que vio como los trinos potentes de los negros y las negras, se convirtió en lugar de agravio inenarrable. Y caminamos, entonces todos, al unísono de la melodía cantarina del señuelo libre y del tratar de amarrarlo a la estaca imaginaria. En visión plena. O, como cuando, nos hacíamos perseguir porque, de frente a la pared, contaba hasta ochenta. O hasta apenas veinte. O hasta el mil galopero en que dejábamos a los niños y las niñas de doña Susana. O ese ir al lago empalagoso del bosquecito nuestro. Aní, no más, al lado de la llanurita cierta. Construidos por todos y todas. Y sentimos el estruendo, cuando llegaron los gendarmes armados, asesinos. Robándolo todo. Matando a todos y a todas. Simplemente por no saber el paradero de Los Mosquera. Los negros que trajeron a nuestro barrio, el sabor del currulao. O la danza bailada y actuada por los mis e hijas de la Negra potente. Nos enseñaron a bailar y a cantar, en susurro amplio “ven para acá pajarito que soy tu estrellita matutina. Ven para acá perrito amable; que todos y todas vamos a bailar. Y que la Anastasia tiene ganas de hablar contigo antes de que nazca el hijo de vos y de ella…” Hasta esa noche nos llegó la alegría. Se los y las llevaron a casi todos y todas. Un matoneo rabioso. Un reguero de cuerpos dolidos, heridos. Y se fueron en las tanquetas repletas. Y, nosotros y. Niños y niñas, envueltos en el velo aniquilador. Corriendo de un para allá y para acá. Como en
  • 13. 13 ventarrón mañanero. Como en holgura puestos y puestas. En la distancia engañera, preciosa. Amarrada al poste. Y, recordamos todos y todas, el volantín de tela que nos hizo doña Amaranta Mosquera. Y, a ella, fue a la primera que sacaron a empellones. Hablábamos de todo. Allá en el toldito que don Genaro Tuberquia nos levantó el diciembre pasado. A éste lo golpearon con los zurriagos que traán los petulantes. Enfermizos azotadores. Y, al día siguiente; solo quedó la soledad sola. Ese vacío tan inmenso que dejaron nuestras madres y nuestros hermanos y nuestras mujeres hermanas y padres. Y todo empezó a pasar como viento helado, ruin. Y nosotras y nosotros allí. Dándole al juego benévolo. Entendiendo que la tristeza, iban en nuestros juegos. Solapadamente, íntegros. Auspiciados por nosotros y nosotras, detentadores y detentadores de la vida expuesta. Mañanera y “nochesera”, como le dio por llamar al atardecer y la noche plena, el negro Hamilton, bulloso y bailador sin par. Y sí que nos fuimos hasta “La Quinta del Diablo”, como Esthercita y Mónica llamaron al lugar en que los encerraron. Y surtimos todos los barrios y la ciudad de tronera punzante. De heréticos y heréticas personajes. De ventolera creciente. Y gritábamos LIBERTAD, en un vuelo de palabras escandalosas por lo expresivas del desafío que proponíamos a los injuriosos patronos. Los hacedores de patria, como mera réplica de la torcida comunión entre reyezuelos vergonzantes. Ese mismo día, ¿te acuerdas Lunita?, todos y todas fuimos cayendo. Atravesados y atravesadas, por las lanzas aceradas de los asesinos. Y, esas balas, entrando en nuestros cuerpos. Hasta que cerré mis ojos. No sé si los tuyos también. Solo sé que estando muertos y muertas ahora, ascendimos al piso de la libertad. Entre montañas y ríos creciendo todavía. El negro Saltarín Saltarín Pereira llegó a esta ciudad el veinticinco de mayo, del año pasado. Desde que llegó al barrio Chagualo, se hospedó en casa de los Benavides. De inmediato me impresionó su talante físico. Aproximadamente de un metro con noventa centímetros. Brillante negrura, Y unas manos inmensas. Todo empezó cuando Beatriz Iriarte comentó a varias vecinas que “el negro” Saltarín, como lo bautizó doña Helena Monsalve desde el momento que llegó; había estado donde doña Rubiela Salazar, leyéndole la palma de la mano. Y es que empezaba a tomar fuerza su condición de adivinador. Sin mayores aspavientos, todas las señoras se agolparon en la puerta de doña Rubiela, Desde un mes atrás, don Israel Perdomo había advertido de unos pájaros agoreros estaban rondando su casa. Todos negros. Del tamaño de un gallinazo. Pero no eran ese tipo de aves, las que se posan en el tejado de su casa. Su cantar era como escuchar el ruido de gallinas en celo. Todas las noches llegaban. Y empezaba la serenata, hasta las cuatro de la mañana. Muy enojado, decía que eran mensajeras de la muerte. Don Alfonso Elizondo entró a la conversa que inició, ese sábado tres de octubre: ahí no más en la tiendecita de don Rogelio y de la señora Berenice, su esposa. Relatos se expresaron para todos los gustos. Uno de ellos, el de don Omar Segrera, hablaba del día en que vio al negro Saltarín, sentado al pie de la puerta de la casa en que vivía. Tenía, según don Omar, un rosario negro en sus manos. Parecía contando arvejas. Y, acompañaba el conteo, con frases ininteligibles. Como cuando uno escucha los alararidos de una persona en trance. Contaba, además el vecino Omar, que siendo, aproximadamente del tres de la mañana, salió corriendo calle arriba, riéndose y desplegando una capa blanca. Y empezó a tejerse la versión, en el sentido de asociar al negro Saltarín con la muerte de perros y gatos en la vecindad. Cada mañana se encontraban esos animalitos, expuestos al sol y al agua. Y
  • 14. 14 una hediondez solo comparable a la que se sintió el día en que aparecieron muertas las dos vaquitas de don Aureliano Sanclemente. Ese día, en que las vecinas se asomaron a las puertas para ver pasar al padre Benjamín con el hisopo y con la canequita del agua bendecida en la misa solemne del Domingo de Resurrección; fueron testigos de algo que parecía inaudito; empezó a teñirse el cielo de colores rojo obscuro azul celeste. Como una bruma densa que fue a depositarse en el techo de la casa en donde vivía Saltarín. Tanto así que el padre Benjamín no pudo realizar lo que él y las gentes llamaban Exorcismo Transitorio”, Un remedio que se había usado por décadas y que se justificaba cuando existía sospecha ante lo designado por las matronas, como hechicería blanca Casi siempre asociada con la aparición de hombres negros del tamaño de Saltarín. Y la coincidencia en la aparición de aves negras desconocidas. Durante todo el día no paró de llover y de sentirse “un helaje insoportable”. En la noche, las nubes se pusieron mucho más negras que de costumbre. Y una lluvia pesada y salada como agua de mar. Doña Betulia arengó a todos y a todas para que se reunieran en el atrio de la iglesia; para rendirle tributo a la Virgen del Apogeo, patrona del barrio. Ya reunidas, empezaron con el Rosario de Aurora. Y los cánticos “tu reinaras dios de los cielos. Reine por Jesús por siempre, reine en mi corazón. Que nuestra patria y nuestro suelo, es de María la Nación” Luego siguieron con las palabras: Hazte Atrás Satanás, que conmigo no contarás; que el día de la Santa Cruz, grité un a mil veces. Jesús, Jesús… Don Venancio Tortoriero, había estado reducido a una silla de ruedas. Sucedió que, después de haber tomado como esposa a doña Saturnina Benítez, trabajando en altura, reparando el techo de la Casa Cural, perdió el equilibrio y cayó al vacío. Dos vértebras se partieron y no hubo más que sentarlo en su sillita, que le regaló don Ambrosio Buriticá, a poco de haberse ganado la Lotería de San Liberto. A doña Saturnia no le faltaban ganas de comprometer al negro Saltarín, en una sesión de rosario compartido, como le decía a lo que Saltarín hacía. Obviamente le tenía temor a lo que dirían l sus vecinos. Y, mucho más aún, a lo que pudiera hacer el padre Benjamín. Cierto es, también, que la señora Saturnina no alcanzó a sentir lo de don Venancio adentro. Cosas de la vida. Una ironía absoluta. Justo despuesito del matrimonio, el señor Venancio quedó incapacitado de por vida. Es inenarrable el sufrimiento de la señora Saturnina. Cambiándole las mudas a cada nada. Bañándole a cada nada. Era, en verdad, una frustración absoluta. Con mayor razón, cuando le veía lo de él. Ahí fláccido, de manera permanente. Muchas noches, lloraba antes de dormirse. Y claudicó varias veces ante las ganas de sentir placer.. Se masturbaba. Y sentía un descanso incomparable. Amanecía con los bríos necesarios para hacer lo que fuera. Doña Saturnina era muy joven. Cuando pasó lo que pasó lo de su esposo. Apenas si, había cumplido veintitrés años A decir verdad, en opinión de Saturnina, no era lo mismo. Sus vecinas, de manera bastante indiscreta, le contaban de sus excursiones por la tierra del placer. De ver lo de sus esposos hinchados. Duros como piedra. Varias veces le confesó al padre Benjamín lo que hacía y lo que deseaba. Todo esto derivaba en penitencias muy duras, Y que las tenía que cumplir Hasta que no aguantó más servir de esa manera a un tullido, que disfrutaba el placer de verse atendido de un todo y por todo. Ella había visto al negro Saltarion, rezando y cantando. Con palabras no entendidas por ella. Y, además, había conocido varias versiones en términos de sanación. A Eloísa, la hija de doña Amparo le había curado las paperas. A Simoncito, el nieto de doña Clemencia, le había curado el mal de ojo que lo agobiada. Esa babeadera y movimientos de cabeza la hacían sentir muy triste. Cierto día le preguntó a Eloisita acerca de lo que hacía el negro en el ritual, Esta le comentó, hasta cierto punto. De ahí en adelante, sus palabras parecían barullo, expresiones discordantes. Entraba como en trance y empieza la lloradera.
  • 15. 15 Por fin, el día 6 de enero, sufrió un arrebato de ansiedad. Se decidió por ir hasta la casa de Saltarín. Le comentó todo lo que pasaba con su esposo. Y la impotencia para hacer algo más. Por él y por ella. Se sentía frustrada como mujer. Saltarín accedió a ir hasta las casa. Sugirió las siete de la noche para la visita. Cuando llegó el negro Saltarín, observó a don Venancio, por largo rato. Le dijo, creo que sí puedo hacer algo por él. Le preguntó a Saturnina por el cuarto del baño. No dijo el motivo. Entró, y cerró la puerta. Cuando volvió al sitio de Venancio Saturnina, estaba cubierto solo por la capa blanca Todo lo demás del cuerpo estaba al desnudo. La señora quedó muda. Con sus ojitos bien abiertos. Nunca había visto algo tan grande. Al otro día un hervidero de palabras que se parecían más que lo que pasó con Babel. Todas y todos hablando del milagro que le hizo dios a don Venancio. La señora Saturnia estaba adentro, según decía don Venancio, que estaba en el patio trasero de la casa. Todo quedó así. Entonces iban surgiendo más combinaciones de palabras y conjeturas. La gente se extrañaba por la ausencia del negro Saltarín. Hasta ese día infame en que aparecieron los cuerpos de Belarmina y Saltarín. Lo de él, cortado. A más exhibía un corte profundo en su garganta. Ella, con lo suyo con herida amplia y con sus pechos quemados. Nunca más volvieron a saber de Venancio, Solo, muchos años después, se supo que había sido colgado del limonero. Esa casa fue declarada casa maldita, por orden del señor Obispo, a ruego del reverendo Benjamín, Lucerito, alma mía Había pasado mucho tiempo, desde la última vez que me encontré con Venus Alexandra. Tanto que, inclusive, no podía relacionar su cuerpo y su memoria, al vuelo. Precisé de más de unos minutos, antes de recuperar su figura e insertarla en mi memoria, de por sí, un tanto lánguida. En verdad que ha cambiado, Sus ojos aparecen, ahora, profundamente tristes, dentro de ese verde apasionado. No tengo muy claro si antes tenía ese lunarcito en el mentón. Sea lo que fuere, le da a su cara un carácter fuerte. Como de entender que, esos sus ojos y esa su cara, parecían un imán biológico impresionado. Es como cuando una asume una determinada doctrina, en lo que respecta a lectura de cuerpo, de tal manera que el impacto de visión primera lo deja a uno como en espasmos idolatras. Recordé, después de, mucho tiempo, los lugarcitos en los que nos conocimos. Esa impronta de la escuela, pasada y presente. En una relación de tiempos absolutamente cercanos. En ese ir a la locura primera de lo que éramos. Ella, en esa intención de vida palpitante. Yo, en una holgura de actuar un tanto desafinado. Por lo mismo que mi palabras era, en ese tiempo, un tanto empalagosas. Como queriendo demostrar con ellas el índice del breviario de vida. A la par de la habladuría que iniciamos, se fue tejiendo la recordadera. De parcial al total de lo habido. Contándome, ella, la brusquedad de su presente. Me decía que era, algo así, como engalanar los manifiestos absorbidos en esa brevedad de tiempo. Una cotejación, me decía, entre anclar la memoria como simple inventario de los quehaceres inmediatos, Y las secuencia, un tanto peyorativas de lo que somos y fuimos. Volvió, a mí, una tenue lucidez. Tratando de revolcar, otra vez, el tiempo y sus vivientes. Localizando la divina ternura, en una perspectiva inane. Le dije, en ese afán de imitar a los silentes idos. En esa condición de sujetos, así en masculino, porque siempre estoy predispuesto a buscarlos como pares de género. En esa hechura de enamoramiento, al brete. O al galope, como decía Dionisio Fuentes. Siempre lo amé. Creo, inclusive, que desde antes de nacer. Lo mío se lo expresé ese día de octubre, en que lo tuve en mis abrazos y mis elucubraciones. No me importó ser rechazo con vehemencia histriónica y de brutalidad física. A ese encuentro le debo una fractura en mi nariz. Fui azotado. No solo por mi bello Mauricio; sino también por su familia, mi familia. Y, en fin, por todos los machos del barrio.
  • 16. 16 Para las mujeres, entre ellas, Venus Alexandra, me convertí en un susodicho espécimen que no valía la pena, siquiera mencionarlo. Ni tratarlo. Pero, así como era de fuerte el extrañamiento; así mismo ,era mi perdición. Con mi memoria embolatada. Como persiguiendo una quimera impúdica. En una exacerbación de instantes y de tiempos prolongados. Las otras mujeres, en el barrio, se prodigaban de epítetos hacia mí. Como “torcido”, “malparido marica”, “Lola Flórez ambiciosa de roscones”. Hijueputa cacorro”, Y muchos etcéteras más. Y, ese domingo qn que la encontré, iba ella paseando con su novio. Vulcano Mejía. A él lo conocía desde que estudiamos juntos el bachillerato. Para mí, era un sin ton ni son, como llamaba mi mamá a quienes no pasaban el corte, en términos de estar posicionado. Las diatribas que él me decía, las fui asimilando con el correr del tiempo. Y volví a la recordadera. Tal vez, el hecho fundamental que marcó mi vida, tuvo que ver con mi enamoramiento tempranero con Lucerito. Un niño hermoso, en todo el absoluto sentido. Lo empecé a amar y buscar, desde el mismo día en que él y su familia llegaron al barriecito Altamira. No sé cómo fue el tiempo. Solo sé que lo seguía a todas partes y en todos los momentos. Era diez años menor que yo. Y empezó esa fuera de tósigo de todos y todas en mi contra. Con mayor razón, cuando Lucerito se enfermó. Empezó a verter sangre por su ano. En verdad, yo no lo tuve de manera brusca. Inclusive, entre él y yo, compramos vaselina y condones. Nos veíamos casi todas las tardes en el solarcito de su casa. No olvidábamos de todos y de todas. Una pulsión de amantes empeñados en convertirnos en un solo cuerpo. Todo se fue agriando, para mí. Mi Lucerito negaba cualquier vinculación mía con lo que estaba sucediendo. Se fueron agravando sus dolores y la hemorragia. Mi familia sufrió mucho. Atacaban nuestra casa. Violentaron a mi hermano Adolfo. Un día de tantos azarosos, iba para la universidad. Ahí mismo, en el paradero de los buses, me encontré con un grupo de muchachos y señores vecinos del barrio. Tenían en sus manos bates de beisbol y cuchillos. Me atacaron al unísono. Recibí dos heridas mortales en mi vientre. Y la vida se me empezó a ir. No entendía nada de lo que me hablaban, en insultos, Mi última mirada fue para Venus, quien empezó a acariciarme el cabello. Lo último que escuché fue su voz, carga de palabras de ternura. Mi pulsión, Diego y Demetrio Llegué temprano, en la mañana. Un sol sin asomarse, por lo cuajado de las nubes. Traía mochila llena de ropa y par zapatos. Lo único que pude recoger, antes de salir fugado de casa. Casi tres días caminando, por territorio árido y estrecho. Nunca supuse que lo haría de esta manera. Siendo, como fue mi infancia; tenía la certeza de hacerme adulto con mi familia al lado. Con la solidaridad advertida, siempre, en mi madre. Recordé anécdotas de mi temprana vida. Siempre ahí envuelto en la precariedad de alegrías. Me llamó mucho la atención ese lugar de juegos. A la pelota, a las escondidas, a la rayuela, a las cometas. Repasé mi amistad con Diego Alfonso Bejarano, mi amigo del alma y de siempre. Me conmovió, otra vez, la manera en que éste partió para Liborina, allá, en el occidente antioqueño. Los dos vivíamos en el barrio Manrique. Desde los tres años. Nos correspondió palpar los inicios del crecimiento de Medellín. Todo a pesar de no haber traspasado la frontera entre los barrios. Menos aún, recuerdo que hubiésemos llegado al centro de la ciudad. Tolo lo sabíamos en palabras de nuestras mamás. Doña Augusta, la de Diego. Rosario, la mía. Cuando iniciamos la escolaridad, los hicimos en la escuela Porfirio Barba Jacob. O, simplemente, “La Jacobo”, como la llamábamos coloquialmente. Lo nuestro universo de palabras. Unas aprendidas en diccionario. Otras aprendidas al lado de amigos mayores. Fuimos incendiarios en
  • 17. 17 voces. Para describir lo que veíamos y lo imaginado. En los teatros Manrique y Lux, asistíamos a películas de todo tipo. Inclusive, engañando a los vigilantes, entraron a aquellas cuya opción válida, permitida estaba reservada a mayores de veintiún años. En los periódicos “El Correo” y “El Colombiano”, aparecían las clasificaciones ordenadas por la cúpula eclesiástica católica. Nos llamaba la atención esas que eran prohibidas para todo católico, en la perspectiva moral que los orientaba. Cuando cumplimos catorce años, empezamos a masturbarnos él y yo. Ahí en el solarcito de su casa. Un veinte de julio, exploramos más nuestros cuerpos. Acariciábamos nuestros penes. Él a mí y Yo a él. Inclusive succionándolos, hasta ver salir ese líquido gris pálido. Cada día íbamos más allá. Recuerdo cuando lo penetré. A él le gustaba así. Que yo lo hiciera siempre. Teníamos algunos problemas, cuando, Diego, empezó a sangrar. A pesar de tomar todas las medidas necesarias, de todas maneras, su mamá empezó a notarlo cada que lavaba su ropa interior. Fuimos creciendo, así. Cada día nos necesitábamos más. Tanto que, en veces, nos fugábamos de la escuela. Nos íbamos para la canchita en donde jugábamos fútbol. Nos metíamos al rastrojo cercano. Allí lo hacíamos una y otra vez. Los recreos eran, para nosotros, un martirio. Porque estábamos siempre juntos. Ya los muchachos de los otros grados, sobre todo los de quinto, empezaron a sospechar nuestro amorío. Y fue en un octubre, cuando celebramos lo que se denominaba “la fiesta de los niños y niñas”, el profesor don Raimundo, de tercero, nos vio besándonos en el salón de clase, cuando creíamos que estábamos solos; pues los otros alumnos estaban de parranda en el patio, matando el marrano que la dirección de la escuela compró con los recursos de la venta de boletas para la rifa de una valija de puro cuero.. Raimundo nos hizo ir hasta la oficina del director general. Allí, de manera explícita, le contó a don Eufrasio lo que había visto. Nuestras mamás tuvieron que ir a una reunión entre don Raimundo, don Eufrasio y el párroco de la iglesia de “El Calvario”. Sobre todo éste último (el padre Eugenio), hizo todo un drama. Nos acusó de ser anti-natura. Pervertidos, poseídos por el demonio, inmorales, pecadores azotadores de Jesús. La reunión término con la declaración en dos partes: una la expulsión inmediata de la escuela. Dos con la orden para que nuestras mamás nos encerraran en las casas, amarados y sin “pisar la puerta”, como dijeron el señor Eufrasio, el señor Raimundo y el párroco Eugenio. A partir de ahí, nuestras mamás empezaron a sufrir mucho. Con todo el valor incluido, nunca le contaron a mi papá Virginio. Y al papá de Diego, non Hildo. Simplemente, cuando ambos, por separado, indagaron con ellas el porqué de no ir a la escuela; ellas dijeron que el curso nuestro había sido suspendido hasta el año siguiente; ya que doña Heliodora, la maestra, se había enfermado. Que la iban a operar y no podía regresar a sus labores este año. Nos sentíamos desmoronados, espiritualmente. La separación fue, para Diego y para mí, un castigo absoluto. Un hervidero de pasión, tanto en él, como en mí, se fue extendiendo por todo el cuerpo. Un anhelo de vernos. Como si necesitáramos, cada vez más juntarnos como lo veníamos haciéndolo. Un espasmo de locura. Una gritería sofocada. Mis sueños y los de él, se cruzaban. Empezamos a querer estar dormidos siempre. En sueños nos acercábamos. Nos tocábamos. Nos besábamos, nos poseíamos. Siempre yo dentro de él. Y me vaciaba hasta quedar cansado. Divino cansancio, diría yo. Un día, viernes por cierto, mi papá Virginio fue a la casa cural de la iglesia. Un vecino, don Romualdo. El papá de nuestra amiga en común, Berenice; le dijo que no era cierto lo de la suspensión de clases. Su hijo Doroteo, estaba en el mismo curso nuestro y estaba yendo a estudiar. Fue directo donde el señor párroco, ya que la directora encargada en la escuela, le dijo “mejor hable con el padre Eugenio. Él le puede contar mejor que yo lo que pasó”. Inmediatamente llegó a casa, golpeó mi mamá de manera brutal. A mí me azotó con el cuero que servía para enlazar a los caballos que compraba y vendía en la feria de ganados en Medellín, Sata
  • 18. 18 Fe de Antioquia y Sopetrán. Me dejó lacerado. Mis heridas sangraban e hicieron pústulas rápidamente. Sobre poniéndose a su dolor físico y de alma, mi madre me las lavaba y me aplicaba mertiolate, para desinfectarlas. La orden fue fulminante; “este marica, cacorro, se va de la casa”. Al papá de Diego, don Hildo, mi papá se encargó de contarle lo que pasaba. Este señor, también agredió a doña Augusta. A Dieguito lo amarró el papayo que había en el solar. “De una vez te digo maricón; te vas para Liborina a la casa de tus tía Hermelinda y Altagracia. Es lo único que merecés. Allá te vamos a encerrar en el cuarto de los trebejos. Ya hablé con ellas” No sabía para dónde coger. A duras penas, mi mamá, pudo decirle a don Ismael y a doña Josefina (su esposa) y pedirle el favor que me recibiera. Le dijo, algo así como que yo necesitaba de un respiro en el campo. Y que, esas pústulas, como consecuencia de una caída, se pueden aliviar con el vientecito de San Roque. Claro está que, ni don Ismael; ni doña Hermelinda se tragaron el cuento. Pero, con una bondad linda, le dijeron a mi mamá Rosario que me recibirían. A los diez minutos llegó don Ismael, al parque del municipio. Así habían acordado con mi mamá, él y doña Hermelinda. Una casita hermosa, con tejado antiguo. Amplia. Todo en ella olía a eucalipto y a café recién molido. Conocí, ese mismo día, a Demetrio, el único hijo del matrimonio. Me recibió con mucha amabilidad. Él ya estaba cursando bachillerato en el colegio “Divina Providencia”. Tuve todo el día, tiempo para organizar mis cositas en el escaparate que me indicaron. Desayuné. Dormí tanto que, al levantarme ya estaba dando las ocho de la noche. Al otro día, después del baño, fui con Demetrio hasta el colegio. Habló con el señor rector. Le dijo”…este es mi primo Egidio Va a estar en casa por algunos años. Quisiera que se pudiera matricular aquí. Estaba cursando cuarto de primaria. Se enfermó y, mi familia y yo, creemos que aquí se puede recuperar. Su mamá, doña Rosario es amiga de mi mamá Hermelinda, desde que estaban chiquitas…”. Don Onofre, el rector, me recibió con palabras de afecto muy sinceras. Y, a la otra semana ya estaba estudiando. Doña Leonor, la maestra, me presentó a los otros muchachos. Yo les dije que quería estar bien con todos. De mi Diego no he vuelto a saber nada. Nos separaron, de por vida. Yo, aduras penas, me enteraba que doña Augusta se había recuperado de sus heridas. Ni siquiera ella sabía cómo estaba Dieguito. Llegó diciembre. A pesar de no ser muy creyente, de todas maneras, sentía mucha alegría durante todo el mes. La Navidad me parecía momento espléndido. Veía y sentía la calidez. No solo en casa de doña Hermelinda, de don Ismael y de Demetrio; sino en el barriecito en que vivíamos. Aprendí a conocer el campo. Salía con quienes se hicieron mis amigos y amigas. Íbamos hasta la vereda “Palomares” a recoger bichos. A coger pomas y naranjas. Ayudaba a Demetrio en la despulpadora. Y, en este mes especialmente, a coger musco y a cortar pino para el pesebre. Con Eloísa Peñaranda, vecina de la casa jugaba parqués y damas chinas. Fabricábamos sonajeros hechos con tapas de gaseosa y cerveza, martilladas. Le abríamos huecos con clavos y las ensartábamos en alambre. Así amenizábamos las novenas al niño Jesús. Mi mamá pudo visitarme. Llegó a casa de mis protectores, el día 8 de diciembre. Aprovechando que mi papá había viajado a Cañas Gordas a comprar una recua de mulas para vender en Sopetrán. Me trajo una ropita nueva. Y unos zapatos-botas de charol. Lloré de felicidad. Dormimos juntos en la camita que la familia me había cedido. Tuvo que irse al otro día, el nueve de diciembre, porque la angustiaba que llegara mi papá y no la encontrara en casa. Después supe que la ropita y las botas, las había comprado con dinero recaudado en la venta, secreta para mi papá, de buñuelos y empanadas entre las vecinas. Eloísa me confesó, exactamente el día tres de enero, cuando subimos al cerrito cerca a la casa, que estaba enamorada de mí. De manera espontánea me besó en los labios. En verdad, sentí su boca
  • 19. 19 perfumada. Con una hermosura de dientes que le lucían al reír. Y reía, casi siempre. Yo le dije que no quería tener novia tan joven. Que la quería mucho como amiga, pero no más. Y, en ese instante recordé los besos de Dieguito. Recordé que, siempre lo veía. En esos sueños mágicos. Que lo besaba y que me besaba. Que le transmitía mi líquido grisáceo. En una ternura absoluta. Que le cogía su penecito. Y que me lo llevaba a la boca. Y que saboreaba su líquido hermoso. Me sabía a gloria. Terminábamos exhaustos. Él y Yo, entregados totalmente. Recién empezaba el año escolar, cuando don Onofre me citó en su oficinita. Un cuartico pequeño, pero muy cálido. Conocí a su esposa y a sus dos hijas. Las tres aparecían en el retrato enmarcado que adornaba el sitio. Había un crucifijo y una réplica en yeso de la Virgen de la Mercedes, patrona del pueblo. Me hizo sentar. Muy calmado me leyó una carta que le había enviado don Eufrasio. Parecía una diatriba perversa, antes que un escrito de un maestro de escuela. Don Onofre me dijo que era una obligación entre pares pedir referencias de los alumnos y alumnas, cada vez que se producía un cambio de colegio. Conocí de su interpretación de hechos como ése de mi relación con Diego. Me dijo no tener ese tipo de escrúpulos y de falsa moral. Simplemente, me advirtió que quedaba entre los dos. Que, ni siquiera Demetrio lo iba a conocer. Pero, de todas maneras, me hizo saber que, al menos en su colegio, no toleraría algo parecido. Ya íbamos por la mitad de febrero. Todo había seguido un curso normal. Yo cumpliendo con mis deberes en la familia. Asistiendo a clase y esforzándome por saber más. Entre otras cosas, resulté muy bueno para geometría y aritmética. Cierto día, yendo con Demetrio para el cafetal, a fumigar contra la broca, Demetrio me cogió de la mano. Me la apretó con fuerza. Luego me abrazó y me besó. Me dijo que yo era hermoso en todo cuerpo. Que me había visto desnudo en el baño que queda contiguo a su cuarto. Sentí pulsión de vida. Volví a recordar a Dieguito. Sus besos permanecían en mí acicalados más, en mis sueños que, de seguro eran los suyos. Como atontado le respondí a Demetrio que él también me gustaba. Nos tiramos al piso. Retozamos un rato. Luego, desnudos, lo hicimos. Un pene hermoso el de Demetrio. Grueso, erecto a más no poder y con un olor a las diosas de las flores. Esta vez fue el quien me penetró. Un inmenso placer, solo comparable con el que sentía al lado de mi Diego. Todo el rato pensé en él. Sintiendo como si fuera él y no Demetrio. Sangre un poco. Pero feliz estuve. Demetrio succionó lo mío. Me vacié no sé cuántas veces él me hablaba cosas hermosas. ..Eres mío. Mi Egidio del alma. Móntate tú. Penétrame amor mío. Y lo hice. Todavía me quedaban fuerzas para hacerlo. Y lo inundé no sé cuántas veces. De regreso a casa, almorzamos solos. Doña Hermelinda y don Ismael, había salido para misa. Nos dejaron una nota que hablaba de limpiar nuestros cuartos; de lavar los baños y de poner el maíz al fogón, con bastante agua. Pudo más lo nuestro. Seguimos en su cama. Me besaba. Yo lo besaba. Metía su falo en mi boca. Se lo apretaba, cuidando no lastimarlo. Me montó tres veces. Lo monté otras tantas. Terminamos en un cansancio absoluto. Bello. Nos quedamos dormidos, desnudos. Nos despertó el ruido de las aldabas de la puerta de enfrente. Corrí a mi cuarto y empecé a fingir que estaba sacudiendo la cama y la mesita de noche. Nos regañaron porque no habíamos cumplido ninguno de los requerimientos. Pero, al fin, no pasó nada más. Eso si no pudimos comer arepas en la cena. De ahí en adelante, siguió pasando lo mismo que entre Dieguito y Yo. Pensaba en él todo el tiempo. Con mayor énfasis, cuando Demetrio y yo nos besábamos. O cuando me montaba y sentía la tibieza de su líquido. Mi Dieguito esta en mí. No era Demetrio. Era él. Mi Dieguito querido. Te sueño todas las noches. Te siento. Succiono tu penecito. Te penetro a toda hora. Demetrio empezó a sospechar algo, desde la noche que estuvimos, otra vez, en su cuarto. Estaba un poco confundido. Había peleado con Dieguito, en uno de mis sueños. Simplemente le grité. Llamando a Diego y no a Demetrio. Inmediatamente sacó su pene. Por la brusquedad con que lo hizo, me dolió mucho. De ahí en adelante no me buscaba como antes. Hice todo lo posible para reconquistarlo. Porque él mi Diego y no Demetrio. Me rehuía. Pasaba por mi lado sin saludarme o decirme algo. Se iba solo para el colegio y no me esperaba al salir. Doña Hermelinda y don Ismael
  • 20. 20 notaron nuestro distanciamiento. Pero supusieron que habíamos peleado por algo. Menos por lo que, en realidad, era. El primero de octubre, día de mi cumpleaños diecisiete, su mamá y su papá, como siempre lo habían hecho desde que estaba en su casa, celebraron con nosotros y con Dorita. Después, al terminar, me acosté. Pero no pude conciliar el sueño, como dicen las mamás. Sentí que entro a mi cuarto, sigiloso. Me creía dormido. Un punzón sentí en mi vientre. Luego en mi cuello. Empecé a sangrar a borbotones. Me sentía mudo. No tenía fuerzas para gritar. Simplemente me fui yendo. Lo último que vi fue la imagen de mi Dieguito. Y la de Demetrio que clavaba el punzón en su cuello y caía a mi lado. Yo, Universo herido Quizá estoy enfermo. Es como si todo el cuerpo, estuviera impregnado de ese manto de luz brillante en tono amarillo. Una agudeza de dolor antes no sentido. Y, el cuerpo, daba vueltas. Y yo traté de correr. Pero mis piernas se negaban a responder. Como si no fuese su dueño., en el entendido que soy cuerpo uno. Descendí a lo inapropiado en entorno no visto, por mí, antes. Siguiendo la huella de quienes ya han pasado. Por todo lo habido como tierra y como sujeto necesario para ejercer reflexión. Una voladura de percepciones. Dibujando, en el espectro, una ilusión siquiera. Yendo por ahí, con fruición primera. Apelmazada, siendo memoria abierta. Pero no fluida. Hecha de material insoluble. Ese cuerpo mío, entonces, dándole vuelta al corcho. Siendo, hasta cierto punto, proclive al hoy. Succionando todo lo material. Yo, dando la impresión de sujeto precluido. Un rumbo de vida inane. Por lo mismo sometido a ir y venir en concurrencia con todos y todas quienes han iniciado su periplo aquietante. Como inmóvil cuerda de la mano de muchos y muchas, queriendo que sea alondra simultánea. En un oficio de voladura ya callado. Ya no percibido como elocuente voz. Ni como móvil corriendo hacia la Luna. Tal vez, en el sentido de espacio exterior vuelto colmena. Y, en esa Luna mía, en contra sosiego inmediato. Para dejar de ser cuerpo de estigmas dolorosas. Que se aferra a la piel. Consumiéndola. En una indicación del estar, derritiéndose. Una visión desamparada, Como demiurgo intentando sopesar al tiempo. Escalando el universo. En esa presencia, Luna lunita pasajera. Exacerbándose el dolor manifiesto. Como impávido averno dantesco. Sin exhibir largo vuelo. Simplemente, avejentado como explorador inicuo. Y empezó, entonces, la cabalgata hacia lo ignorado. Una visibilidad de objetos distorsionados. Mirando, con los ojos embelesados. Nutridos, también, por la heridas vergonzantes. Por lo mismo que ha sido sima vuelta, envolvente. Al vacío yendo. Una nomenclatura desleída. Simples fijaciones en ese mismo estar. Y, yo, dándole, otra vez, vuelta a la tuerca. Llegando a una torcedura inmediata. Tornando inmóvil todo asunto de tierra en piso. Y, en esa elongación cimera, tratando de ver todo el espacio, asfixiado por esas notas mías. Todas consumidas en la hoguera primera. De los Cruzados retornando en felicidad, después de haber cubierto de oprobios todo lo que insinuara desarraigo, herejía o simple yunta milenaria. Volviendo a los dioses idos desde antes de haber nacido. Y sí que he tornado al cuerpo mío. Centrado en sufrimiento. Vertiendo sombras acezantes. Sin el faro de Palas Atenea, para orientar mí paso. Como esperando quien empujara el carruaje de Zeus. Para poder dar nombre al camino. Sin el horizonte perplejo. O el sonido de un violín para una cantata de Chopin. O para melodía espléndida de Mozart viviendo aún. Lo cierto, entonces, es mi desarreglo ávido de sentar pies y cabeza en la Tierra viva. Volviendo desde allá, desde la Luna hospedante. Blanca o gris. O cualquier color asimilado como propio. Dejando que el Sol ilumine solo su cara punzante. Dándole a la otra el eterno obscuro.
  • 21. 21 Por fin entiendo lo que quise ser. Sujeto benevolente consigo mismo. Brújula de mi cuerpo, convertido en móvil tardío. Que echó vuelo trepidante, pero silencioso. Como ave perdida. En remolino de viento, ultrajada. Sintiendo, cada nada, la volatilidad subsumida en mí mismo. Como cuerpo magnánimo fracasado. Por lo que quise ser en tiempo pasado. Como Hermes violentado. Tal vez, haciendo de mi voz, solo un paraíso perdido. Sin canarios ni gorriones embelleciendo con sus trinos la doble vía. Expandiéndolos en el confín mismo. Desde acá, huyendo a cualquier galaxia escondida. O perdida por la fuerza subyugante de la energía consumida toda. Hasta dar lugar a la absoluta explosión. La última, antes de perder la vida. Encélado Cuando observé la fuga hacia el universo todo. Y, casi en simultánea, la amiguita enciende motores. Cada uno por su lado. Pero, en sabiendo, que disponía de opciones amarradas al centro técnico, impulsador y origen supremo. Como defendiendo lo suyo. Entendiendo que es sumatoria de saberes. Por vía de haber adquirido de tiempo atrás. Fuerza, en física exponencial. Y de labores ciertas, válidas en tanto que es el eterno desafío a Natura., desde aquí, desde esta porción de vida. Y ya venía en camino, después de haberse fugado mii Valentina, hecha todo diosa como quiera que forzó la la gravedad de Newton. Y, lo de ella, como ávida mujer. Poniendo un punto más alto posible. Con esa iluminación dada. Una opción de herejía. Homenaje a todas las mujeres. Tendiendo al infinito. Como proclama encendida. Y, entonces el móvil, es impulsado por miles de caballos de fuerza venidos desde ese día. Condensado en el hidrógeno embellecido en surtidor helado. Por lo mismo que encendido en momentos, con pulsión de ególatra empedernido. Y, ya hendiendo su fuerza en el límite atmosférico,. Pasando a resarcir los datos de historia del infinito volcado sobre ella. Y, surcando, el escenario no conocido. No palpado. Y, en el que sigue, siguiendo, viajó por universos multiplicados por setenta veces siete. Y, siguió de largo, opacando los virtuosos cuerpos iridiscentes. Palpando cada cuerpo. En obscurana pendenciera. Por lo mismo, que ella se hizo imagen del potente cerebro. Ese que insinúa lo potencia que late por sí misma, sin haber terminado el infinito desarrollo posible. Pasó por una de las lunas del gran cuerpo. Enhebrando, con sus anillos, la inversión de la física. Como agente que no se inhibe para expeler un fuego benigno. Teniendo a su Sol como infame tragaluz vivo. Espléndido. Y, un yo manifiesto, se hizo impronta de tiempo. Como habiendo sido olvidado, por su padre. En millones de estancia, ahí. En rotación asimilada, desde el momento luz hacia atrás. En ese vibrato que todo lo puede. Un tanto lujuriosa, se exhibe con moronas de hielo. En ese misterio de su origen. Empezó, entonces, a decantarse. Y la viajera ahí. Observándola desde lejos. Como temiendo alguna succión. Como perentoria advertencia. Ella hizo la luz necesaria para obturar, acosada por la ciencia en tierra. No sé en qué momento, dijo ella, se me exigió encontrar el rumbo, y las coordenadas hechas para interactuar. Para ilustrar el camino cierto. En ese universo atravesado por dardos en todo sentido. Y con toda la fuerza otorgada. Mientras tanto, esa luna lunita nueva, empieza su cortejo. Tratando de cautivar a aquel móvil extraño. Convencida, tal vez, en que no la herirá, al menos por ahora.¿ más adelante?, no sé. Solo veo lo de ahora. Que se hizo un posible heredado, vivo. Y, esa fuga inmensa, creciendo fue. Se hizo partitura abierta. Para que, los pianos y trompetas permitan ser tocados, por el verbo empalagoso de la vida, sedienta de confines. Y, ella, la otra luna tierna. Se erige como respuesta a lo habido hasta aquí. Con un prontuarios inmenso. Tratando de hacer lo que vendrá, un simple trazado geométrico, astronómico. De quienes han heredado, desde hace siglos, la votiva como incesante creación habida en Tierra. Y anudada, como nunca a la sinrazón perdida.; hallada después. Cuando creció el homenaje a la vida, en vida
  • 22. 22 Viajero perdido En vela pasé la noche. Acompañada, no más, por el travieso reloj. Dando cuenta de las horas perdidas, ya pasadas. En rigor, para mí, las señales del tiempo, no son otra cosa que vivir ensimismada en mi misma. Con un sinnúmero de cargas expuestas. Hasta que maduren. En dejación del espacio. Por lo mismo, succionado por el eterno vagar, cada quien, haciendo del cuerpo mismo un latir constantes. Y es que tenía pensado jugar a la ruleta. Esperando perder la vida en eso. Y este día que comienza. Tan ávido de la última proclama del Gran Jefe. En verdad, me siento cansada. Con los residuos de la madrugada hechos trizas. Y más ahora, que debería tener el cerebro limpio. Para poder ensayar lo que soy. Al pie del día que no entendido. Se vinieron los momentos juntos. Como tósigos inveteradas, parsimoniosos. También recuerdo a Ariel, mi amante en las sombras milenarias, acompañadas por los estigmas insaciables. En tiempo pasado, lo amé con la fuerzas de Hércules. Siendo, este sujeto, mi yo prima. Adquirida a fuerza de vivir su nostalgia. Por los tiempos idos. Ariel engarzado por los hilos de la vida. Desde el mar hasta el obscuro cielo, hasta el obscuro velo. Con sus diminutos puntos iridiscentes, A cada momento infinito. Sin reconocer la holgura de tiempo pasado. Demás, viviendo entre el estrecho camino al Sol y camino, en vaivén, hasta pasar, de lejos, viajando hasta el límite de la galaxia nuestra. Tal vez, con ganas de traspasarla hendiendo mi cuerpo, en su cénit ampuloso. Dotado de una y mil maneras de ser invariancia pertinente, al momento de localizar la bruma, entretejida en los hilos gruesos de los celestes móviles. Los hechos antes y. los ahora renovados. Siguiendo la huella de los mundos no conocidos. Y sí, que me quedé perdido en tanta infinitud hecha. Buscándola a ella penitente extraviada. Una luciérnaga que nació con solo andar pétreo. Acuciosa mujer mía. Dotada de los frutos todos. En madre natura viviente. Repasé mi bitácora. Como anhelante sujeto que no regresaré nunca más a mi entorno recordado, querido. Pero, ahora, convertido en simple sujeto, al garete, Como si no hubiese vivido en él; c con la potencia de cuerpo, indisoluble, erguido. Como prepotente sujeto. Lo de ahora, en mi, no es aspaviento en palabras torcidas. Es, más bien, una juntura de fuerzas adormecidas. Como ir yendo hasta que todo mi ser se escurra; en la medianía soterrada. Con o sin viento a favor del viaje, Simplemente, entiendo que soy expósito ser. Naufragado en esa totalidad de espacio abierto. En espera de mi Ámbar vivida en mi, desde que este escenario fue creado. Y, ella, no está conmigo; precisamente porque hizo de su viaje eterno, una constante topológica. Como venida a menos. Sola, con su cuerpo pegado a las lunas encontradas en la Vía Láctea como soporte de lo que ya vino y lo que vendrá para ella, Insumisa novia querida. Allá en los atardeceres vividos a dúo. Acicalados con el viento sereno, a veces. Explosión de mares, otras. Mi yo viajero milenario, se hizo hospedante sonoro. A fuerza de escuchar los trinos de los cantores todos. Como tratando de ilusionar mii sujeto entero. Vivido de premoniciones baldíos. Allá donde viví la vida, Y que no será más la tuya, ni la mía. La Mujer Soñada En ese tiempo yo estaba en el municipio de Varadero. Decidí ir allí, porque ya sabía de las condiciones en mi barrio, en mi casa y en la ciudad. Se había tejido una hilatura de versiones, en términos de lo que era mi presencia, a cada nada, en la casa de los Beltrán. Un tiempo de nunca acabar. Y todo, porque yo tenía suficientes elementos teóricos para acercarme a ellos y a ellas.
  • 23. 23 Habían venido desde Mutatá, Antioquia. Campesinos absolutos. Con el énfasis de prodigar solidaridad a quien o quienes la necesitaban-. A su vez, herederos y herederas de las tierritas de su bisabuelo. Un tanto descuidadas, sí. Pero pusieron empeño a pura pulsión. Destacando las bondades de la ganadería y de los plátanos. En esto último, don Feliciano Beltrán, puso ojo avizor, en las posibilidades que estaban ahí. En ciernes. El mercado internacional y las posibilidades de comprar otra tierrita en Chigoorodó. Había conocido a don Apolinar Cifuentes. Otro macho para el trabajo. Decidieron intercambiar ilusiones. El día en que llegaron al barrio Aranjuez, en la ciudad de Medellín, yo los y las observé. Digo yo, ahora, detecté su talante. De las ganas que todavía tenían para trabajar. Una de ellas, Betsabé empezó a estudiar en la Universidad Pontificia Bolivariana. De buen cuerpo, pero de mejor talento. Me contó, después, que se había decidido por la Sociología, en razón a que se había hecho las promesa de investigar a fondo, la situación de nuestro país y de la interacción con la situación en América Latina. Particularmente, en lo referido a la noción de poder político y su incidencia en el curso de los hecho económicos y sociales. Ella me decía, algo así como énfasis en la condición de dependencia de nuestros países que ella llamaba periféricos, con respecto a lo que llamaba “el nuevo imperio”, haciendo alusión a los Estados Unidos de Norteamérica. Yo me hice amigo de ella. Me gustaba escuchar sus palabras. En eso que, hemos dado en llamar, don de la palabra. Tanto así que, los sábados, yo iba a su casa. Y conversábamos hasta bien entrada la noche. Me fui entusiasmando con su didáctica y compromiso con la historia. Y con el presente, Valga anotar que, yo, fui siempre un obrero. Trabajaba en una empresa de textiles de la ciudad. Mi formación académica no iba más allá de ser bachiller, egresado del Liceo Marco Fidel Suárez. Mi actividad laboral era muy cambiante. Todo, en razón a los horarios. Unas veces en turno de la mañana. Otras, en el turno de amanecida, que llamábamos en ese entonces. Ezequiel y Luz Marina alternaban sus oficios regulares en la casa, con la asistencia a la escuela nocturna. Así terminaron su formación secundaria. Pero, tal vez lo más relevante, en ese entonces era la vinculación de toda la familia, al quehacer en el barrio y en la ciudad. Mamá Laurentina, trabajaba día y noche, para garantizar la manutención de la familia. Don Iznardo, papá esposo, consiguió un trabajito como vigilante en el aeropuerto Olaya Herrera. Con los ahorritos que hicieron, fueron levantando la casita. De tener un piso, pasó a ser una casita de tres pisos. Lo cierto es que, en el barrio, empezó a descarozarse un tipo de relación y de manifestaciones, de cercanía con la irrupción de hechos no habidos antes. Betsabé, empezó un trabajo de reflexión y de empoderamiento con las vecinas y vecinos. Esto fue mal recibido por los que se empezaron a llamar “Custodios de la Paz”. Tanto así que, en el correr de los días, se fue tornando, el barrio, en un vividero agrio. Tanto como entender que, todas las noches, se presentaban allanamientos de las casas, por parte de supuestos o reales funcionarios de la policía y el ejército. Para ese entonces, yo le había declarado mi amor a Betsabé. Ella respondió con buen ánimo. Nos veíamos, a más de los sábados, los jueves, cuando ella tenía horas libres en la universidad y , yo disfrutaba de tiempo compensatorio en la empresa.. Un día cualquiera, mientras yo estaba laborando, los policías y militares, entraron a la fuerza a la casita de Betsabé. Se los llevaron a todos y a todas. Un año después, sigo sin saber nada de ellos y ellas. Solo sé, y estoy seguro, es que no volveré a verlos ni a verlas. Simplemente porque, siguieron conmigo. Por eso estoy aquí. En este sitio que elegí como lugar de estadía. Huyendo de las amenazas impartidas por “Los Templarios Modernos”. Grupo de asesinos, al servicio del gobernante de turno. Y, por esto mismo, declaro mi condición de guerrero. A nombre del pueblo y de la dignidad de los y las luchadores (as) por la libertad.
  • 24. 24 Extravío Siempre que vuelvo encuentro lo mismo. Es decir que, Puerto Valbuena sigue siendo eso que yo he dado en llamar “Pueblo de siempre”. Como si nada, ese pasado sigue siendo el presente. Por lo mismo que el hilo conductor tiene que ver con su condición violenta. Miles de muertos, por toda parte. Una opción de vida cosida, pegada a la piel. Con la mente puesta en la sangría. Como que, sin esto, se desvaneciera su razón de ser. Con personajes imbuidos de esa visión guerrera pérfida. Como quiera que, lo suyo, fue y ha sido el control. Ahí a bocajarro. Penetrante pulsión construida a partir de negar derechos y de implementar el homicidio como sucesión de quehaceres. Como estableciendo el paradigma de lo mendaz, asociado a cacería. Casi que es una lobotomía generalizada. Para que los sueños sean lapidados. Desde el comienzo. Con hilaturas centradas en vejar a los sujetos. De hacerles creer que la extirpación de las ilusiones es punto de partida necesario. Si se quiere construir una civilización inédita. En la cual la vida sea pensada y actuada de otra manera. Ya no soportada en el entendido de que lo humano, es esa esencia, proclive a la belleza de fondo. Más bien con un ícono nuevo como referente: La atadura. El velo denso que se va imponiendo. Nutriendo el día a día, de lo infame. En donde esto último sea elevado a la categoría de valor. Significando que la siembra y la cosecha, ya no sea de esperanza bienamada. Más bien, sea una locución continua de palabras avaladas como únicas. Las de la adulación y el desvanecimiento. Ilusión convertida en camino tortuoso. Adulación de la verdad impuesta. Una moral fundamentada en el hechizo. En la dejación del yo, en posibilidad de internalizar el goce, por los avatares de la incertidumbre. En cuanto esta es ya horizonte. Palabra hendida en los cuerpos. Como mordiendo al sujeto. Con fauces distintivas de lo enervante y lo atroz. Una vida proyectada, desde el comienzo, al camino torcido. Sin ninguna arista placentera. Más bien es enseñanza del vituperio. Como condensación de toda visión. Decantada en lo que esta tiene de posibilidad única. Comienzo tardío. En lo que eso supone horas pasadas, horas idas y horas vueltas al ahora. En repetición permanente. Una circularidad refleja. Siendo el espacio. Siendo los escenarios. Simples afanes. Simples aplicaciones de los rótulos ya impresos. Una orientación cáustica. Que penetra. Que quema y que hace trizas cualquier herejía. Una descomunal máquina mata pasiones. En lo que esta fue, hace ya mucho tiempo, la aspiración a vivir viviendo, creciendo y enarbolando las voluntades vecinas amigas del feliz verbo, que otrora conjugado era convocante. Verbo del vivir en el ahí. En esos valores en movimiento. Reivindicando posibilidades vinculadas con la alegría de su mismo significado. Que ahora cancelado. Suprimido. Con una siembra nueva anexada a la linealidad de los seres. Como sujetos por ahí. Andando. Repitiendo lo que los “nuevos colonizadores” quieren escuchar cada minuto, cada segundo. Y, entonces, no más comienzan los días, se extinguen en lo que se conoce como muerte al pie de cada vivencia. Convirtiéndolo en insania. En repetición alargada. Con la expansión como mera locomoción con idearios ya vejados. Desde antes de ser ellos mismos. Los nuestros y el mío. Conduciendo la vida en perspectiva de la decantación proclive a la desaparición de lo que antes pudo haber sido exuberante escenario. Esperanza habida. Sin eso que hoy nos abruma. Es decir que, venimos siendo, ahora, lo mismo que fuimos en la barbarie. Enfrentados a hechos y realidades en natura asfixiante. Sin ese agregado que habíamos logrado construir. El ser, en sí, envuelto en visiones heréticas. Visiones de universalidad. Siguiéndola a cada momento. Horadando