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Título de la obra: Mujeres Bajo Fuego
Seudónimo: Emilio Arturo
MUJERES BAJO FUEGO
Novela
Presentación:
Tres mujeres, Luxila Elizondo, Adriana Lucìa Peñaranda y Antonia Benjumea; habitantes de
Versalles, ciudad intermedia en la República Región Pacífico; conformaron una organización de
mujeres. En su primer manifiesto: “…una organización cuya razón de ser será la lucha por los
derechos de las mujeres en Región Pacífico. Además, en esa perspectiva, la cotidianidad. El día a
da, supone acciones en contra de la discriminación, la violencia contra las mujeres y la educación
constante y la promoción del empoderamiento. Como asunto vital, sin el cual no será posible
alcanzar nuestras reivindicaciones. Un proyecto que, de por sí, incluye una opción política, en tanto
que postulamos la necesidad que el Estado la asuma como propia; de tal manera que se convierta
en política pública.
Corriendo el tiempo, a partir de este manifiesto y su difusión, otras mujeres adhieren a la
organización; convirtiéndose en dirigentes. Entre ellas, Bertha Consuelo Amasará, Isolina del
Recuerdo Rentería, Valentina Tabares. Negra Dolores Mesa
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Región Pacífico es un país localizado geográficamente en el centro de un universo imaginario. El
poder económico, politico y militar està en manos de sujetos que ejercen su mandato apoyados en
la represión, tejida con los hilos de propios de una política de inteligencia, en la intención de detectar
cualquier asomo de lucha en contra de sus intereses. Por esa misma vìa aparecen opciones como
las de Rosendo Peñaranda, el padre de Adriana Lucìa. Quien convierte todo su quehacer cotidiano
en odio hacia las mujeres que según él, fueron responsables de la “pérdida” de su hija, como mujer
que “traiciona” los valores de “los mayores”
Los negocios ilícitos en busca de un mayor enriquecimiento de sus huestes; la traición a principios
básicos constitucionales; la filtración de la organización de las mujeres que, con el paso del tiempo
y de su lucha, se iría convirtiendo en punta de lanza. Ya no solo en términos de la lucha por las
reivindicaciones femeninas; sino también en una organización que ejercerá como referente para la
postulación de reivindicaciones sociales, económicas y políticas de todos y todas. En el contexto del
cuestionamiento de las relaciones de dominio y de explotación cada día màs onerosas en el país
Región Pacífico.
Todo el entramado. El hilo conductor y las vivencias cotidianas de las mujeres. Sus fortalezas. Las
debilidades propias de quienes van pasando de la sumisión a valores morales caducos. Soportados
en opciones hipócritas de inquisidores que se parapetan en los mismos, pretendiendo hacer de esa
sumisión un insumo perenne. A la insumisión libertaria. En todos los ámbitos de sus vidas. Van
pasando hechos, en veces asociados a expresiones como el entendido de ser amantes. De la lucha
por ser amadas. De aquellos momentos en los cuales pareciera que se derrumban sus propósitos
libertarios iniciales. Por esa vìa, entonces, van apareciendo nuevas opciones y nuevos atributos. El
caso de Negra Dolores Mesa Peñaranda; de Itayosara Escalante; Pedro Arenas Monserrat; Luis
Alejandro Ampuero; Eloísa Valverde; Mariana Vásquez Agüero, Epigmenio Morales Cuenca; Patrolco
Manrique. Además de quien, en principio, sería cuerpo del relato; Olegario Elizondo. La trama va
decantando pasiones; gozos, desvelos. Cada quien empezará a ser cada quien. En un imaginario
tejido a partir de sueños; melancolías; ternura, pasiones; erotismo, amor por los niños y las niñas,
traiciones, vendettas.
Entretanto, quienes controlan el poder, también van posicionando sus opciones. El nervio de todo
el propósito por ahogar el grito libertario, será Macario Verdùn y su hija Andrea Amparo. Él y ella,
han tenido antecesores que van discurriendo, conforme la memoria individual y colectiva se va
ensanchando hasta llegar a tiempos idos. Los interludios, aparecerán como decantadores de esa
memoria; pero también del ideario de valores. Casi como contextos ideológicos y culturales.
Se van sucediendo acciones directas de represión. De violencias infames; en donde los cuerpos de
las y los herejes, son destrozados. Como queriendo que ese hecho en sí, sea constitutivo del
exterminio de los postulados de ternura, insumisión, libertad y equidad.
Los y las personajes, van yendo en sí mismos y mismas. Como dije antes. Cada quien empezará a
ser cada quien. Desgarradores momentos de tristeza; soledad; dolor físico y dolor de alma. Pero,
asì mismo, momentos de absoluta belleza vivencial, política e ideológica.
Son propósitos temporales e intemporales. Las secuencias van y vienen. Relatos en primera
persona. Luego, los mismos, diluyen al o la sujeto que habla y dirige la orquestación…Hasta llegar
a la convocatoria para que quienes lean el texto en toda su extensión, tengan insumos para sus
propias reflexiones. La filosofía, la pedagogía, la sicología. El yo kantiano y hegeliano. El y la sujeto
que se zambullen en la versión freudiana de la culpabilidad. De los sueños que revierten en
realidades fallidas.
Los documentos de trabajo de algunos y algunas personajes; dan cuenta de investigaciones
realizadas con el propósito de afirmar o desmentir temas. La educación de los niños y las niñas; la
educación especial a niños y niñas con patologías que obligan a opciones pedagógicas fuera del
aula regular: particularmente destaco el trabajo de Itayosara Escalante y su amante Jeremías. El
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trabajo de Viridiana, Numael e Isolina del Recuerdo en lo pertinente de los niños y niñas autistas.
El trabajo de Ponciano Valverde, hermano de Eloísa, dirigido a entender expresiones de la religión
y la ciencia.
Entonces, “Mujeres Bajo Fuego” es una historia que cuenta historias en su mismo contexto. El amor,
la pasión. Los desamores; promiscuidad. Las lealtades y deslealtades de los y las amantes; son
ubicadas en su exacta dimensión; a partir del mismo contexto del entendido de la liberación
femenina. Del nexo con las obsesiones de hombres y mujeres. De los idearios. De la simpleza de
las cosas complejas. Los cantos y rondas para los niños y las niñas. La contextualización de las
luchas de hombres y mujeres. En lo puntual de las opciones en contra del racismo. De las etnias
sometidas por milenios. Todo esto va pasando y se entiende a partir de las realizaciones de la
organización de mujeres del país “Región Pacífico”.
De por sí, entonces, los trozos literarios que dan vida a momentos de absoluta belleza y pulcritud
ética.; se constituyen en plena convocatoria a vivir la vida como ella es; pero con la mirada puesta
en la revolucionarizaciòn de lo cotidiano.
“Mujeres Bajo Fuego” es una sucesión de relatos que se enhebran en sí mismos. Tiene un comienzo
intemporal y un epílogo intemporal. Quiero decir, algo asì, como un comienzo que luego se va
diluyendo. Que es retomado en el curso mismo del relato, por relatos que desdicen lo que antes
pudo haber sido. Y…el final no es otra cosa que la reivindicación de “Trono Mezquino”, como
usufructuario del poder, también intemporal.
Libro Uno
Primera parte
Prólogo
Con razón estoy en el desvarío ampliado. Sí, no más, ayer daría cuenta de lo que pasó con la
Negra. La niñita mía que amo. Desde antes que ella naciera. Porque la vi en los trazos del
vientre de su madre, Amatista. Y la empecé a cautivar desde el momento mismo en que
empezó a gozar y a reír. Ahí en el caballito de carrusel primario, íntimo. Cuando, en el cuerpo
de su madre, montaba y giraba. Ella, en esa erudición que tienen los niños y las niñas antes
de nacer; se erigió en guía suprema. Yo, viéndola en ese ir y venir momentáneo, le dije que,
en este yo anciano taciturno, prosperaba la ilusión de verla cuando naciera. O de arrebatarla
a su madre, desde ahí. Desde ese cuerpo hecho mujer primera. Y le dije, como susurrante
sujeto, que todo empezaría a nacer cuando ella lo hiciera. Y le seguí hablando aun cuando
escucharme no podía. Simplemente porque su madre, amiga, mujer, se alejó del parquecito
en donde estábamos. Y me quedé mirando a Amatista madre, en poco tiempo concretada. Y
la vi subir al busecito escolar que ella tenía. Pintado de anaranjadas jirafas. Y de verdes hojas
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nuevas. Y se alejó, en dirección a casa. Y yo la seguí con mi mirada. Traspasando las líneas
del tiempo y de los territorios. Sin cesar me empinaba para dar rienda suelta a mi vehemente
rechazo por haberte alejado de mí. Niña bella. Niña mañanera
.
Y, en el otro día siguiente. Ella, tu madre, volvió a estar donde nos vimos ayer. Amatista madre.
Como voladora alondra prístina, se sentó en el mismo sitio. En ese pedacito de cielo que había
solo para ella y para ti. Y me miró. Como extrañada madre que iba a ser pronto. Y me dijo, con
sus palabras como volantines libertarios surcando el aire, qué ella nunca me dejaría llevarte al
lugar que he hecho para los dos. Que, según ella madre, ese lugar tendría que albergar tres
cuerpos. Uno inmenso, el de ella. Otro, en originalidad absoluta y tierna, el tuyo. Y, el mío, sería
solo rinconcito desde el cual podría verlas regatear el lenguaje. Elevándolo a más no poder. Casi,
entre nubes ciegas, umbrías. Y que, ella, tejería tus vestiditos azules, rojos, morados, infinitos
los colores. Y que, su mano, extendería hasta el más lejano universo. Para que, siendo dos, me
dijeran desde arriba que yo no podría ser tu dueño. Ni nada. Solo vago recuerdo de cuerpo visto
en la calle. En el parque. Más nunca en el aire ensimismado
Otra tarde hoy. Yo aquí. Esperándolas. Tú en el cuerpo de ella. Y las vi acercarse, desde la
distancia prófuga, Viniendo del barriecito amado por las dos. El de las callecitas amplias.
Benévolas. Desde esa casita impregnada por el arrebato de las dos mujeres vivas.
Transparentes. Orgullosas de lo que son. Y, tú y ella, con los ojos puestos en una negrura
vorazmente bella. Amplia, dadivosa. Y las vi en el agua hendidas. Como en baño sonoro, puro.
Imborrable. Y agucé mis sentidos. El olor fresco de sus cuerpos. Y el escuchar las risas y las
palabras que se decían las dos.
Hoy, en este sábado lento, estoy acá. Esperándolas como siempre. Y veo que llegan mujeres
otras. Con sus hijos y con sus hijas. Niños y niñas nuevos y nuevas aquí. Pero, mi mirada,
buscaba otros cuerpos. El de Amatista y de Anita, como decidí llamarte. Buscándolas por todo
el espacio abierto. Sentí que no podía más con la nostalgia de no verlas. Y me pesaban las
piernas. Como hechas de plomo basto. Y, mis ojos, horadando todo el territorio. Y miraba el
aire que bramaba. Como sujeto celoso. Como fuerza envolvente,
Pero no llegaron. Ni ella. Ni tu cuerpo en ella. Pasando que pasaban las horas, todo estaba
como hendido en la espesura de bosque embrujado. Y me monté, con mi mirada, en los
carritos pintados que veía. Como siguiendo la huella de su cuerpo y el tuyo en el de ella.
Viajero sumiso. Con el vahído espeso de la tristeza, pegado en mí. Viendo calles. Cerradas
ahora, para cualquier asomo de alegría. Así fuese pasajera, Y llegó la noche. Y, el frío con
ella. Eché a caminar. Llegué a la casita mía. Y las encontré. Dibujadas en la pared. Ella riendo
y tú también. Pero eran solo eso. Dos cuerpos hechos. Ahí. Sin vida. Y, esa misma noche,
decidí no vivir más. Y me maté con metal brilloso. Y mis manos embadurnar on con mi sangre
los cuerpos dibujados por no sé quien
Capitulo uno
Del primer sueño de Olegario, siendo el enamorado de la niña Negra Dolores, antes de
haber nacido:
Cuando empecé a correr detrás de Negra Dolores. Era un domingo en la tarde. Yo ya me
había despedido de mamá Luxila. Una ceremonia benévola. En pura exposición de
palabras, tiernas.
Después de tanto caminar, encontraría a su abuela Làzara, en la cuarenta y seis con
treinta. Ahí en el barrio Fátima. “Hola, diría ella. ¿Todavía buscando a Negra Dolores?. “,
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“pues si señora, le respondí”
No habían pasado seis meses, cuando la encontré. Ese mismo día, en el cual su madre
Adriana Lucìa Peñaranda, me hiciera saber que casi todos los hombres del barrio había n
tratado de seducirla. Empezando por los mellizos hijos de doña Luciana. Ella, inclusive,
estuvo aquí en mi casa. Tratando de interceder por ellos.”… Me ofrecieron, una dote.
Incluidas tres casas heredadas por la madre de Segismundo…”
La mamà de los tíos y de Luxila, Izquierda María, , había nacido, comenzando el siglo XX. Única hija
en el hogar de abuelo Olegario y abuela Ninfa del Carmen. Justo cuando cumplió tres añitos, quedó
huérfana; ya que el abuelo y la abuela perecieron en un incendio que consumiría toda la casita en la
cual vivían. Iletrada a más no poder, encontraría refugio en casa de su madrina Apolonia. Crecería
con ese abrigo. Pero dándole a la lavada de ropa y al quehacer como cocinera de la madrina Apolonia
y sus tres hijas. Betsabé, Ilduara del Socorro y Benita Alejandra. Siempre fiel, a quienes se
constituyeron en su familia. Hasta 1930 año en que conoció a Elcònides, con quien casó ese mismo
año.
Corriendo el tiempo heredó, de mi bisabuelo una tierrita áspera, apenas para solventar las
necesidades. Y empezaría a crecer la familia. Primero tío Fabiàn, luego tío Misael, después tío
Venancio y por último mi mamá Luxila.
Era un tiempo raro, por llamarlo de alguna manera. Fueron tres hijos varones y mamá. Siempre como
dando tumbos. De aquí para allá. Una zozobra permanente. Una constante brega con la vida. La
finca, heredada de Ninfa del Carmen y Elcònides, aunque de gran extensión, apenas producía lo
necesario para sobrevivir.
En correr de tiempo, decía, tío Fabián, nos iríamos habituando a la carencia de recursos. Por lo
mismo, ellos y mamá Luxila apenas asistieron a la escuela hasta el tercer grado de primaria. En la
escuelita, solo había hasta quinto de primaria. En un hecho extraño, para ese tiempo, era mixta. Un
adoctrinamiento absolutamente retardatario. Solo eran tres maestros. Ellos se encargaban de la
enseñanza en todas las materias. Menos la de religión que estaba al mando de Cristo José Bermúdez,
el sacerdote del municipio.
Mamá Luxila destacaba por ser una mujer inteligente. A pesar de haber cursado sólo hasta tercero
de primaria; gustaba la lectura. En casa había pocos libros. Pero ella se ingeniaba muchas maneras
para acceder a los libros que guardaban bajo llaves en la casa cural. En casa de su amiga Antonia
Benjumea Insignares, había libros de libre acceso, en razón al carácter heterodoxo de su mamà y su
papá. De la misma edad de mamá, era cómplice benévola. Casi todo el tiempo permanecían juntas.
Inclusive, Antonia y su familia invitaban a Luxila a desayunar, casi todos los días. Los Benjumea
Insignares eran lo que se dicen acomodados. El abuelo había logrado acumular tierras y dinero.
Mantenía comunicación constante con las familias más ricas de la región. Era un proveedor de ganado
de engorde y de vacas lecheras. Por lo mismo, entonces, el papá de Antonia, don Angélico Iroldo
Benjumea, consolidaría, en Versalles, su condición comerciante de ganado. La mamà, doña Bonifacia
Bolena Insignares, atendía todo lo relacionado con la contabilidad del negocio.
En tiempo aventajado, todo el itinerario de madre, estaría cifrado en aquello que daban en llamar
“las vueltas que da la vida”. Por lo mismo que, ella y Antonia, empezarían a localizar momentos de
mucha travesía. Un imaginario siempre veloz. Estarían siempre en constante comunicación con
quienes llegaban a Versalles. Indagaban por sus historias. Y por las actividades que fueran a realizar;
para orientarlas y brindarles apoyo. Una de tantas personas, sería, con el transcurso de los días y
años, consejera de las dos. Adriana Lucía Peñaranda Cienfuegos; había llegado desde ciudad
Cervantes, y traía un gran acumulado de saberes y destrezas. Era hija única del matrimonio de don
Rosendo Peñaranda y doña Epimenia Cienfuegos. De mucha trayectoria. Comoquiera que don
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Rosendo, había andado por muchos territorios y vivencias. Se hizo rico, juntando capacidad para
intuir los mejores negocios y la disposición para desarrollarlos. Tal vez, el de mayor desarrollo era la
ganadería.
Y sí que ahora eran tres. Luxila, Antonia y Adriana Lucía. Irían realizando cantidad de acciones,
dirigidas a establecer condiciones propicias para la aventura. Todos los días, , enhebraban palabras
y hechos. Por la vía de aplicar su talante en cada momento. Irían construyendo escenarios diversos.
Desde establecer grupos de lectura en toda la ciudad, incluida la zona rural. Hasta la realización de
desfiles de comparsas, en fechas que ellas mismas habían elegido. Un derroche de imaginación
nunca antes vista en ciudad Versalles.
Tío Venancio lograría entender la dinámica del tiempo, cuando estuvo trabajando en una de las
haciendas de don Rosendo Peñaranda. Tendría que aprender el oficio de marcar terneros. Efraím
Piernagorda, sería el encargado del adiestramiento. Él había estado al lado de la familia de don
Rosendo, desde muchos años antes de nacer Adriana Lucía. El mismo año que naciera Adrianita;
acordó con el patrón la fecha de su retiro. Fundamentalmente por sus dolencias y por haber cumplido
setenta y tres años. Rosendo lo indemnizó, tratando que el viejo tuviera, al menos, lo necesario para
seguir viviendo. Efraím tenía diez hijos, era viudo. Ninguno de sus hijos había asistido a la escuela.
A duras penas, Heliodoro y Germán, aprendieron a leer. Todos trabajaban en haciendas ubicadas en
Puerto Abuchaibe ubicado a quinientos kilómetros de Versalles. La esposa, doña Manzana Lourdes
Manosalva, moriría, tres días después del nacimiento del último hijo de la pareja, Anacoreto
Piernagorda Manosalva.
El tempo iría arropando, a Efraím, en esa brega que es vivir anclado en un territorio ya conocido
desde antes de haber nacido. Simplemente asumía lo justo para poder vivir.
Venancio era el menor de los varones. Por mucho tiempo estuvo al lado de su mamà Izquierda
María. Ella, siempre dijo que “… Venancio no tendría nunca el ánimo, ni la capacidad para enfrentar
la vida…” Por lo tanto, el tío menor. Iría estableciendo, con los demás, una relación un tanto
impropia. Como cuando las cosas se van sucediendo sin poder aprender el camino y las
circunstancias que depararían la seguidilla de momentos por venir.
Pues sí que, cuando, mucho tiempo después, aprendió el oficio, de la mano de Efraím; tío Venancio
ya estaba muy entrado en años. Ni que decir de la paciencia que tuvo que aplicar Efraím; para lograr
adiestrar al tío.
No he podido precisar el tiempo en el cual mamá Luxila y sus amigas Antonia y Adriana Lucía; alzaron
vuelo. Lo cierto es que las tres harían amigas con la familia de Bertha Consuelo Amasará Ojeda. Ella
les brindaría asilo transitorio. En todo Puerto Abuchaibe, las conocerían como “las tres viajeras”.
Nadie diera cuenta de la motivación para emprender la huida. Lo que si se sabría después, es que
el cura Cristo José tuvo algo que ver. Y me pareciera lógico. Porque las andanzas de mi madre y sus
dos amigas, de todo tendrían, menos de sumisión a las enseñanzas de la iglesia. Ya estaba escrito y
dicho el mandato vergonzante; que constituía la única verdad: El comportamiento de las mujeres
tendría que ser ajustado a las directrices trazadas por Cristo José, Tal vez, en lo que sería mi reflexión
posterior, lo que no soportarían las tres viajeras, sería el mandato relacionado con la aceptación como
dogma absoluto, que las mujeres nunca podrían actuar por fuera de la confesión devota ante el
sacerdote. Y que no podrían nunca establecer relaciones con los hombres, sin que sus familias y él
mismo (Cristo José), las avalaran.
Mucho tiempo después, dijo el tío Misael, mamá Luxila y sus dos amigas, conformaron un grupo de
mujeres herejes. Tanto como decir que, fueron ampliando la vocería de sus mensajes por fuera del
orden establecido. Tanto social, como religioso. Bertha Consuelo había logrado estudiar más allá de
lo posible. Es decir, llegaría hasta estudios universitarios en sociología, en la Universidad Autónoma
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de Palermo. Una institución que se iría haciendo famosa por facilitar a las mujeres el acceso. Inclusive
patrocinándolas con becas que incluían no solo el valor de las matrículas; sino también la vivienda
en las residencias que había dispuesto y habilitado, el Consejo Superior, en la ciudad.
Cuando la familia de Adriana Lucía amplió la búsqueda, la encontraron en casa de Benjamina Augusta
Aparicio, una compañera de estudio de Bertha Consuelo. Una algarabía absolutamente impertinente,
Como si se hubiera convertido en una mujer perversa. Dirían a cuatro vientos que eran malvadas sus
amigas Antonia y Luxila que la habían inducido con sus costumbres malsanas. Más que nada, porque,
¿qué será de ella, ahora cuando todo el pueblo la repudia?. A ella le endilgarían el haber actuado de
manera ignominiosa en contra de “los valores que había heredado de sus mayores”.
Mientras tanto, mamá Luxila, Antonia y Bertha Consuelo Amasará, habían logrado convertir su afugias
en acicate para potenciar la organización de mujeres. Una vez supieron lo de Adriana Lucía. Y que
su familia había difundido su versión, la cual sería aceptada por casi todas las familias de la región.
Tanto así que conectarían a todos los párrocos y a la feligresía para infundirles el odio por las tres
mujeres. Las harían culpables de pecado mortal en ellas y a Adriana Lucía la habían convertido en
víctima, aprovechándose de su buena fe.
Rosendo Peñaranda, como represalia, despediría a tío Venancio. Él mismo se encargaría de
promocionar entre vecinos y vecinas, acciones en contra de mi familia y la familia de Antonia. Todo
lo iría tejiendo; con el hilo del resentimiento. Una aguja malvada. Trataría, por todos los medios de
llevar a la ruina a mis tíos y al señor Benjumea. Izaría la doctrina que se convertiría en punta de
lanza. Todo esto con la absoluta colaboración del cura Cristo José.
Entre Antonia, mamá Luxila y Bertha Consuelo, lograrían minimizar el impacto causado. Una dolorosa
espina que había sido clavada, por la vía más hostigante. Escogerían como sitio de reposo y de
acción, ciudad Palermo. Aprovecharían al máximo el don de la palabra de Bertha Consuelo; además
el hecho que amigos y amigas de Bertha aportarían de todos los recursos necesarios. Incluyendo la
posibilidad de otorgarles albergue en las residencias universitarias.
La organización de mujeres, lograría establecerse como unción válida para atraer más y más mujeres.
Casi todas mujeres jóvenes escogieron libremente la organización como suya. Y las acciones como
pertinentes y necesarias para sacudirse el yugo que las mantenían casi como esclavas..
Durante todo el tiempo del mundo, mantendrían lealtad entre ellas y con quienes se fueran
adhiriendo a sus postulados de solidaridad, lucha por derechos y ternura.
Capitulo dos
Adriana Lucía se casaría cuando recién había cumplido veintiún años, con Marcelo Mesa Era hijo
de doña Lucrecia Metaute Arredondo y de don Simón Mesa Ricaurte
El mismo día de la boda, marcharon hacia ciudad Fonseca. Marcelo ya estaba advertido, respecto a
la conducta inmoral de Antonia Benjumea, de Luxila Elizondo y de Bertha Consuelo Amasará. Tendría
claro, entonces, Marcelo que no le estaría permitido buscarlas. Ni aunque Adriana Lucìa le rogara
hacerlo.
Este Marcelo se había enamorado de Adriana Lucìa, desde que ella tenía doce años. Todavía
estudiaba en la escuelita mixta. Él tenía una educación básica. Lo suficiente para encargarse de los
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negocios de don Simón. Que fuera aprendiendo la contabilidad por partida doble, viendo y oyendo
a Saulo Arboleda Benavides, quien trabajaba casi desde los quince años con papá Simón. Además
leyendo principios básicos de Lucas Pacciolo. Marcelo visitaba casi a diario a la familia Peñaranda.
Por lo mismo, iría logrando cierta confianza. Por lo menos para acercarse a Adrianita, como la
llamaban en casa. Podría decirse, entonces, que la vería crecer, año tras año. Precisamente, cuando
Adriana Lucìa empezó sus estudios de básica primaria, la acompañó hasta la puerta de entrada. Y le
dijo a Don Onofre Carrizo Gutiérrez: “maestro, Adrianita es hija de Rosendo Peñaranda y su esposa
Epimenia Cienfuegos. Le solicitan a usted, comedidamente, mucha paciencia con la niña; ya que es
bastante imperiosa y juguetona…”
Ese día que se enamoró de Adrianita, le dijo a don Rosendo que le gustaría estar más tiempo al lado
de la niña. “Le prometo, señor Rosendo que siempre respetaré y acatatarè los principios morales y
religiosos de su familia…”
Adriana Lucìa celebró su aniversario doce, en medio de gran jolgorio. Su familia contrató una de las
mejores orquestas conocidas hasta ahora en Versalles. Invitaron a casi todo el municipio. Alquilaron
El Salón Púrpura, bastante amplio y moderno para eventos como ese. La familia de Marcelo fueron
huéspedes de honor. Así lo manifestaron don Rosendo y doña Epimenia. Marcelo bailó toda la noche
con la cumpleañera. Contaría mil y una historias. Todas por el mismo estilo de Scherezada
Casi al año de casarse, nacería una nena negra absoluta. Tan bonita como su mamá Adrianita. Como
sin saber explicar por qué la bautizaron con el nombre de Negra Dolores Inès.A partir de ahí. Todo
empezaría a girar en torno a la niña Dolores. Iría creciendo de manera tan rápida; que no daría
cuenta para establecer una relación con ella, como con las otras niñas. Casi de inmediato, cumplió
cinco años.
Un día, de esos en que uno recordaría siempre como la plenitud de la lucidez; Adriana Lucìa estaba
recogiendo a la niña Dolores en la puerta del colegio, se encontró con Antonia, su vieja y querida
amiga. Hablaron casi dos horas, Tanto así que Negra Dolores se durmió en los brazos de Adrianita.
Miles de recuerdos pasarían como ráfagas. Anecdotario rico en sucesos. Expresado todos en palabras
bien intercambiadas y pulcras. Comenzarían por desnudar todos los eventos relacionados con la
organización de mujeres y del rol que cada una venía cumpliendo en el proceso de divulgación y
educación en derechos.
De mamá Luxila hablaron poco. De corrido, Antonia, logró hilvanar algunas palabras cortas, pero
sinceras. Por ejemplo Antonia refirió los momentos de mayor dificultad para Luxila, Concretamente ,
cuando estuvo ejerciendo como mujer activa en los procesos que comprometían derechos de las
mujeres. Particularmente en lo puntual de mujeres cabeza de familia. Su función era de amplio
espectro. Tanto como entender que trabajaba de tiempo completo, visitando barrios y viviendas en
los cuales se había informado de agresiones.
Adriana Lucía presentó, a Antonia, su hija. Expresándole absoluta felicidad. Agregando, además, que
su relación con Marcelo iba más o menos bien. Le precisó cómo y en donde lo conoció. Tal vez, diría
Adrianita, tú no lo alcanzaste a conocer. Por lo mismo que, en ese entonces, la familia Mesa Metaute
no era, todavía, conocida por nosotros. Recién habían llegado desde Loboteruel. Mi familia conoció
a don Simón y a doña Lucrecia, casi de manera fortuita. Un día que papá necesitó comprar algunos
implementos para la hacienda. Don Simón tenía el almacén más grande en la ciudad. Además de ser
distribuidor exclusivo de aperos de labranza; de sogas y cabezales para ganado. Desde ese mismo
día entablaron amistad; la cual ha permanecido en el transcurso del tiempo. Tanto así que, cuando
yo hice mi primera comunión, papá Rosendo le solicitó que él y doña Lucrecia sirvieran de padrino y
madrina.
Sin embargo, diría Adriana Lucìa, no todo sería tan simple. No sé si recuerdas el día aquel en que
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estuvimos de paseo en la finca de don Eudoro Arzate. Allí estaba Marcelo. Yo nunca les diría que su
familia era conocida de mamá y papá. Pues sí que bailé con él. Muchacho ya entrado en sus quince
años. Ese mismo día estaba presente Andrea Amparo Verdùn. Una niña mayor que Marcelo. De
veinticinco años. Había nacido en ciudad Morazán. De familia muy rica. Su papá Macario Verdùn,
tenía ocho haciendas. Sembrados de naranjas, melones, maracuyá, mandarinas. Además cultivos en
zonas menos cálidas de café. Por sus manos pasaba todo el dinero del mundo. Cuando la familia
Verdùn se trasladó a Versalles, Andrea Amparo quedaría estudiando en Morazán. Graduada en
ingeniería civil, decidió establecerse acá, en Versalles. Inicialmente se incorporó a la secretaría de
obras públicas. Ya, que, para entonces, el pulso de Macario Verdùn, ejercía bastante influencia en
las autoridades de la ciudad.
Conoció a Marcelo, cuando don Simón estuvo con él tramitando unos permisos para construir la
bodega en la cual almacenaría algunos productos importados. Andrea Amparo atendió la solicitud.
Inmediatamente fijó su mirada en Marcelo. Se produjo lo que los abuelos decían “amor a primera
vista”. Esto permitió que la solicitud fuera aprobada en solo tres días. Cuando lo normal, según el
reglamento interno de la secretaría, no es menos de treinta días calendario. Cuando Andrea supo
que Marcelo empezó a visitarme en casa; se indignó al extremo. Y eso que yo apenas tenía doce
años.
Pasó, entonces, que Andrea Amparo, agotaría todos los recursos que disponía para tratar de seducir
a Marcelo. Inclusive asumiendo expresiones un tanto fastidiosas. Como, por ejemplo, retener
documentos necesarios para legalizar parte de la mercancía importada por la empresa de don Simón.
Cuando supo que Marcelo formalizó la petición de mi mano a papá Rosendo y a mamá Epimenia;
entraría casi en trance cataléptico y juraría hacerme la vida imposible.
El día de mi parto, hizo presencia en la clínica Manjarrez. A pesar que no la dejaron entrar, hasta mi
habitación. Haría todo un bochornoso acto de histeria. Días después, supe de su intento de suicidio.
Yo interpreté esa acción como el resumen de una vida que no ha tenido sosiego en el transcurso del
tiempo. Lo que tú no percataste Antonia, ese día del baile en casa de don Eudoro; constituiría para
mí y para Marcelo un perenne desasosiego. Como si el tiempo y las vidas en él, transitara de manera
lenta. Con esa melancolía propia del día a día.
Antonia, acompañó a Adriana Lucìa hasta el parqueadero en donde tenía el carro de la familia. Me
diría, después de muchos años, que en ese breve tiempo de conversación con Adriana Lucìa, logró
entender la insensatez de algunas mujeres. Percibí, me dijo, que la agobiaba la desazón relacionada
con la falta de confianza en su marido. Podría considerarse, de paso, que era solo intuición mía. Pero,
a decir verdad, Olegario, con el paso de los años, he confirmado lo que te estoy contando. Sabría, a
manera de ejemplo, que la familia de Marcelo estaba detrás del dinero y del poder político de la
familia Verdùn. Te cuento, además, que después de haber conversado con Adriana Lucìa, regresé a
casa. En ese entonces yo estaba sola. Quiero decir sola en el sentido que no tenía ni novio, ni esposo.
Simplemente vivía al ritmo de la dejadez de cualquier otra cosa que no fuera lo relacionado con
nuestra organización feminista. Bertha Consuelo llegaba a mi casa casi todos los sábados. Con ella
compartía muchos de mis desvelos y tristezas. No tanto en términos de lo que llaman ahora
“desahogar” en palabras lo que llevaba por dentro. Como una sensación de soledad constante. Bertha
siempre había sido estudiosa en esos temas. Con ella aprendí a leer, interpretar y entender casi todos
los escritos de Freud. Por una vía absolutamente desprevenida. Me contó, en ese entonces, de sus
afugias. Resulta que, después de haber salido de su casa, se produjo una ruptura con toda su familia.
Dijo ella, en su momento, “…Estoy como pasajera en la nave del olvido. Por lo mucho que he vivido.
Sin saber lo mucho que hice en una sinrazón casi aciaga. Y lo que he logrado adquirir, simplemente,
es entender que la pulsión de vida, no ha estado del todo conmigo. Cuando conocí a Juan Salvador
Iriarte, pensé que estaba hecho a mi medida. Él y yo en pos del futuro, que considerábamos estarían
de nuestra parte. De gozos y desvelos. De entender que lo que somos no es otra cosa que recorrer
caminos, atados a la ilusión que, necesariamente, tendría que llegar. Por lo mismo Antonia, el brete
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de vivir solo es comparable al vacío que se siente cuando nos damos cuenta que hemos caminado;
pero sin avanzar. Como si los caminos fueran, simplemente, una polea sobre la que andas, pero
nunca avanzas…”
Interludio Uno
Tal parece que echó en bolsillo roto, la promesa que le había hecho a la niña, Esa, de ojazos
color negro intrépido, Ella había conocido al negro sin nombre, en una visita que su familia
hizo a Puerto Escondido, en la región Matacandelas. Hicieron migas de inmediato. El negro
trabajaba para el alcalde Arcesio Nieto Molinares. Servicios generales. Desde amarrar los
perros para que no mordieran, a los visitantes. Hasta colaborar con los zootecnistas en la
elaboración de queso y suero costeño.
El negro había nacido en San José de Pironieta. Capital de la región Esperanza Viva. Desde
muy niño le tocó darle al camello. Su familia era tan pobre, como la mayoría y un poco más.
Con esfuerzo casi sobrehumano, logró terminar la básica primaria. Se separó de su papá
Eliodoro Guasca, cuando mamá Leopoldina falleció, debido a la mordedura de serpiente coral.
De todas maneras, desde ahí, supo que es la tristeza y la melancolía. Trajinó mil un caminos,
Dando tumbos, sin lograr deshacerse de ese reguero de días punzantes.
Lo de la Negra surgió así. Como cuando, las cosas se van dando, casi sin percibirlas. La nena
lo conmovió de inmediato. En una mirada absorbente. Bellamente pegajosa. En el escenario
que se ensanchaba, con la complicidad del mar abierto. La familia de la niña, venía desde
ciudad Perdida. En la intención de acceder a este territorio. En el cual se vive, con la sensación
de estar en la alegría perenne.
El papá de la Negra, había conocido al señor alcalde, cuando éste fungía como estudiante
ávido de conocimiento. Anselmo, estudiaba en el mismo colegio. Y, los dos, se hicieron amigos
y cómplices. En proceso de consolidar una perspectiva para alcanzar opciones benévolas.
La mamá de la Niña, había conocido al papá, en una fiesta. Allí mismo en el barrio en el cual
vivían. Una sensación de placer, sentían en mirarse mutuamente. Y en el bailoteo, Sus
palabras, empezaron a ser susurros tiernos. Tanto así que se sentían sujetos que ascendían
al espacio medio. Entrelazaban sus manos. En una sensación de vocería tierna. Más allá de
la solitaria simpleza, engañosa.
La Negra le habló, por primera vez, al negro que estaba como su custodio, cuando éste bajó
las maletas y las colocó en fila, al pie del cuarto que iban a ocupar. Le dijo; “señor le pido el
favor que me ayude a entrarlas al cuarto…”.se cruzaron sus miradas. Ella percibió la
melancolía del negro. Como si hiciera lectura de su pasado, en esos ojos grises.
La niña empezó a ubicar su ropa y de mamá y papá. El negro se sintió un tanto extraño.
Como sujeto en vuelo, sin contacto con la vida terrena. Una vez pasaron los segundos de
encantamiento, se retiró. Se dirigió al extenso solar de la casa, tratando de serenarse. Para
continuar el deshierbe que le había solicitado el señor alcalde. Pero, el azadón y las tijeras las
sentía pesadas. Sintió un espasmo corporal que, nunca antes había sentido. Dejó el oficio a
medio empezar y se dirigió a su cuarto, en el propósito de descansar un rato. Tratando de
alejar el sentimiento de soledad que lo acompañaba, en mucha más profundidad.
Al día siguiente, muy temprano, empezó su labor como cocinero. Preparó el desayuno, tal y
como le había dicho el doctor Arcesio. Suero, arepas, huevos revueltos con tomate y cebolla
y café con leche. Él mismo puso la mesa a la espera de la niña, don Anselmo, mamá Rosa y
el propio anfitrión.
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El negro, una vez servida la comida mañanera. Se retiró al cobertizo, para preparar los aperos
de los caballos que iban a utilizar, la familia de la Negra y el señor alcalde. De antemano,
habían acordado un recorrido por toda la sabana. Además, visitar el sembrado de naranjas,
plátanos, guanábanas y melones.
Una vez se retiraron los viajeros y las viajeras, el negro fue hasta la plaza de mercado. Compró
la carne de res, las gallinas, el ñame, el arroz y los condimentos necesarios para el almuerzo,
programado. Lo seguía acompañando la soledad profunda. Esas ganas de llorar.
Además, el tósigo del cuerpo de la niña. El cual había visto, en plena desnudez, mientras ella
se bañaba. Tal vez, en ese ritual propio de quienes se sienten, como él, convocados a apreciar
la belleza. No en la intención burda de la lascivia. Era algo que lo había acompañado desde
pequeño, cuando se bañaba en las aguas del río Manso, en compañía de sus primas Adelaida
e Isabel. Él y ellas en desnudez preciosa. Por lo mismo, entonces, cuando el señor alcalde, la
niña, mamá y papá regresaron; el negro estaba todavía excitado. Pero ya había preparado el
almuerzo. Lo sirvió con mucha emoción y pulcritud. Era, el negro, especialista en la preparación
de la limonada fría.
Los días pasaban con la rutina propia de la familia de la niña y el señor alcalde. Algo así como
la cultura construida con el pasar de los años. El martes dos de junio, empezaron los
preparativos para el viaje de regreso. Pandolfi, en la mañana, había visto a la niña en su
desnudez, cuando se bañaba. Se le acercó y la envolvió en un abrazo puro. Anastasita se dejó
llevar en ese torbellino de sensaciones nunca antes conocidas. La llevó hasta el cuarto que
ocupaba la familia de la niña. La ayudó a vestirse. No sin antes haberla arropado con la toalla.
Le prometió a la niña que viajaría cualquier día hasta su casa en ciudad Escarlata. Y que
repetiría su torbellino de abrazos. La secaría y la vestiría. Y que, después, les diría a papá y
mamá, que le permitieran llevarla hasta el horizonte lejano y que ascendería con ella, hasta
el medio universo. Y que allí, una vez la Negra cumpliera la edad requerida, la haría suya. Y
que, ese día el sol iluminaria con mucha mayor fuerza. Y que nacerían hijos e hijas que se
encargarían de hacer crecer el otro medio universo, en compañía de la Luna.
La Negra empezó a soñar con ese momento. Con ansia pura. Con alucinaciones benévolas.
Pero, el negro Pandolfi, nunca cumplió su compromiso. Porque, simplemente, se fue mar
adentro. Y, nunca más, se supo de él.
Capítulo tres
Llegué a casa de mamá Luxila, un tres de marzo.. Fue algo fortuito. Simplemente yo estaba de paso
para el distrito Francisco Tejada. Desde mucho tiempo atrás había comprometido mi participación
en un foro convocado por la Universidad Nacional de Normandía, que tenía una sede allí…”He andado
muchos caminos, sin encontrar el camino”. La frase no es del todo mía. Más bien es como simple
adecuación de palabras de Machado. Antes de ser quien soy hoy, estuve en condición de sujeto ávido
de conocimientos. Empecé, como alumno de Deogracias Fonseca. Lo había decidido así en razón que
no hallaba certezas, siendo alumno en el Colegio Velásquez. Allí había llegado desde Loboteruel .
Siendo muy niño, escuché a tío Fabián hablar de “…lo que no se aprenda en edad temprana, ya no
se aprenderá nunca”. Pues sí que, a esta misma conclusión llegué, conociendo la realidad académica
en el Colegio Villa Páez, situado ahí cerquita. Siempre asistí como sujeto alumno que iba en busca de
lo desconocido: “…No es otra cosa que las versiones maniqueas de lo que casi todos y todas
conoceremos en el tránsito a lomo de la lectura e interpretación imperfecta de lo que leemos…”
Tal vez la ruptura se haría manifiesta el mismo día que conocí a la niña más linda antes vista. Ni
por mí ni por nadie. Una piel negra absoluta. Ojazos negros, escrutadores de todo lo habido y por
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haber. Hija de Adriana Lucìa Peñaranda y de quien fuera su esposo Marcelo, antes de abandonarlas,
yendo en búsqueda de Andrea Amparo Verdùn, quien había decidido viajar a Palermo, capital de
Región Pacífico. Decisión tomada, una vez Marcelo le dijo que “… la amaba y la amaría hasta el fin
de los tiempos...”…
Yo me fui convirtiendo en sujeto ansioso. No tanto, ya, por la sucesión de hechos y acciones
inherentes a mi relación con la academia y el conocimiento. Lo que empecé a vivir y sentir como
insumo asociado, en futuro, a Negra Dolores Mesa. Siempre en procura de su estampa. Casi que se
convertiría, para mí, en pura sensación impávida y alucinante.
A partir de ahí, visitaría varias veces a Adriana Lucìa y a la niña Negra Dolores. Me iría enterando,
de las ilusiones perdidas. Además, de cómo mamá Luxila iría creciendo en cuerpo, tiempo y espacio;
después que estuvo en Versalles al lado de Antonia y Bertha Consuelo, expandiría su vida a territorios
no conocidos, al menos por mí ni por Adriana. Sabría, además, que Negra Dolores se estaba haciendo
mujer, en velocidad casi de rayo. Estaba matriculada en un Colegio de Versalles. Ya iba por el
segundo grado de básica primaria. Con sus seis años era considerada la mejor alumna.
Fundamentalmente en motricidad fina y en lectura e interpretación.
El caso de Marcelo era algo así como sujeto que ha ido perdiendo la locomoción espiritual. Por lo
mismo que no atinaba a diferenciar entre la plenitud del amor que le otorgaba Adriana y el cariño de
Negra Dolores; con la pasión insensata que otorgaba Andrea Amparo Verdùn. De cómo se iba
tejiendo la deslealtad de la familia de Marcelo. Como fueron abochornando la relación entre él, su
esposa y su hija.
El primer día de mis conferencias no logré hilvanar el tema. Es como si estuviera agarrotado el
cerebro, Como pura ensoñación perversa. Mis giros lingüísticos no supe precisarlos. Y más parecía
un profesor desconectado con el conocimiento. Fundamentalmente en todo lo asociado con el origen
de las religiones y su difusión. No alcanzaría a dimensionar de manera plena la relación religión-
filosofía. Me quedaría engarzado en el aristotelismo, lo socrático y la evolución posible en términos
del conocimiento del ser y la conciencia. Un tanto parecido a quienes nunca han podido desanudar
el ovillo relacional entre Hegel y Kant. Un entramado teórico que yo no podía explicar. El público no
salía de su asombro. ¡ Cómo era eso que planteaba el conferencista!. No atinaban a encontrar mi
libreto preciso. Como si yo estuviera proponiendo una relación causal entre la totalidad del universo;
pero extraviado a la hora de proponer la condicionalidad del sujeto; en razón a que éste (el sujeto),
en mis palabras parecería más bien un demiurgo obsoleto, Encasillado en las traducciones bíblicas y
la responsabilidad endilgada a Wycliffe, Jan Hus, William Trundale y Jacob Van Liesveldt. Por la misma
senda que la inquisición y los inquisidores en diferentes momentos históricos. Los estudiantes
llegarían, inclusive a endilgarme como si fuera vocero desmirriado de éstos y no profesor que estaba
en obligación de dilucidar opciones a partir del cuerpo mismo de lo expuesto. Al menos en la
convocatoria que había realizado la Universidad de Normandía, en la Sede, se decía que asì serìa.
Capitulo cuarto
Lo de Luxila todavía estaba ahí. El cuento ese que le inventaron hace días. Que estaba en tinieblas,
cuando apareció el Gran Señor. Ese que, según dicen, la tuvo primero. Antes de ser ella hoy lo que
antes era. Y me di a la tarea de buscarla para escuchar de palabra suya, si era verdad o mentira. Fui
hasta donde vivía antes. Y me dijeron que no; que desde el siete de febrero se mudó. Que no saben
para dónde. Y qué razón alguna dejó. Ni para mí ni para nadie. Solo que se iba y que no la buscaran
más. Ni aquí ni allá. Ni en ninguna parte tampoco.
En verdad tenía afán de encontrarla. Fui por ahí caminando. Preguntando si la han visto siquiera. Por
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lo mismo, vuelvo y digo, “…que pasaría con ella. Abandonó su lugar sin decir adiós ni nada. Sin
siquiera expresar por qué camino cogió. Recuerdo si, que una noche cualquiera, me dijo no voy más;
porque en este mundo voraz no quiero ni vivir ni estar. Que mi dolor es profundo me dijo. Que no
me podía contar lo que en otro lugar pasó con ella…”
Y del mismo recuerdo aquel, entresaqué una verdad que deduje cuando de tanto hablar, ataría cabos
sin par. Y leí lo que logré entrelazar. Siendo una historia absurda y triste a la vez”… Que se hizo
mujer en brevedad de tiempo. Que, por lo tanto, no tuvo hogar seguro. Ni siquiera como simple
apoyo para ayudarla a caminar en la vida. Que no tuvo edad para amar. Que, por lo mismo, entraría
en eso de dar su cuerpo al postor primero y mejor….”
“…Y que seguiría yéndose. Andando pasos perdidos; sin lograr nunca sentir ser amada. Sin encontrar
refugio, que al menos su pulsión descansara. Que, al menos, consuelo fuera. Para ella y para quien
llegó a ser fruto sin ella quererlo. Y de camino en camino, estuvo en la otra orilla. Brincó el océano
rauda. Como rápido es soñar que va a enderezar lo habido. Buscaría atajos siempre; tratando de no
perder la punta del hilo para volver. Aun así, de dolor en dolor, llegó al punto de no retorno. Como
queriendo decir con eso, que tocando fondo estaban su pasión y su albedrío. Y, con ella, y por
supuesto Olegario que crecería; sin hallar lo que quisiera. Que no era otra cosa que ser sí mismo. Su
estructura mental iba más allá que el perfil todo de Luxila. Era algo así como un dotado extremo. De
esos que no se encuentran ahí no más. Diría yo, ahora, ni cada doscientos años.
Luego que perdiera su rastro. No tendría sosiego. Lo mío hacia ella, siempre ha sido y será verla
mía. No más, ahora, vuelven a mí esos dos días en Loboteruel. Ella y yo, en la sola piel. Revoloteando
a lo torbellino. Una danza herética de no acabar nunca. De torsiones ajenas. De esas que ella y yo
vimos cualquier da; en sueños dos. El de ella y el mío. Ella avasallada, como diosa que se otorga.
Yo, como sátiro en bosque, buscando cualquier sexo perdido.
Fui hasta su océano; el mismo que atravesó otrora. Y pregunté por ella al viento. No supo que decir.
Lo increpé por su no recuerdo. Y me devolvió el silencio, como única respuesta. Bajé en profundo.
De agua y sal fue mi bebida. Todo para no encontrarla. Todo para ella seguir perdida.
En cualquier lugar, un día cualquiera, encontraría a su hijo Olegario. Y me dijo”… no la he visto. Ya
casi ni la recuerdo. Por lo mismo que mi madre me dejó en el camino. Sin notar siquiera que yo la
amaba.
y que en disposición estaba de buscar a su lado mi destino. O el de ella. O el de los dos. Y vagué por
el mundo, me dijo. Desde el Pacifico violento. De mar a mar. De Puerto Abuchaibe a Malasia. Desde
Antofagasta hasta la India. No vería huella de ella. Pero escucharía su voz a todo momento. La veía
en sueño recurrente. Recordaría sus espasmos; sus gritos; sus susurros. Como cuando a mi padre
amaba. Por lo menos eso diría una noche. Entre sueños y desvelos…”
Dejaría a Olegario sin rumbo. Yo cogería el mío. No otro que el mismo, enrutado por mi brújula
doliente. De amor y de vértigo. De ternura y de deseo. Iría a recabar en Angola. Conocería sus
pesares y sus soledades. De Colonia abandonada a su suerte. Una vez saqueada; arrasada,
violentada. Nadie, allí, supo que fue de ella. Ni la conocieron siquiera.
La mañana en que me contaron lo que, según dicen pasó, estuve yendo y viniendo en lo que hacía.
No me interesé al comienzo. Pero, en el mediodía entré en el tósigo de los celos. Revolqué mi silencio.
Una copa tras otra para ahogar, como en la canción, la pena de no tenerla. Odié a quienes vinieron.
A los que, según dicen, la vieron al Gran Señor atada. Como a remolque. Como suplicante mujer
que juntando mil palabras haría de lo dicho un sonajero de expresiones, como doliente insaciada.
Como náufraga asida a cualquier trozo de viento amigo y cálido.
Noche aciaga esa. Perdido en las calles. Con pasos de caminante perverso. Que busca lo que ha
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perdido y que, a conjuro, envalentonado quiere hacer venganza; así sea lo que fuere; no
importándole si en ella muriera Luxila o su amante. En esas estaba, cuando en la penumbra de una
esquina, encontré a quien fuera su amigo del alma. Santiago era su nombre. Uno de los mellizos de
Luciana Aponte,. El mismo que Làzara había visto. Porque haría que así fuera; como quiera que en
su cuerpo clavara tres veces el puñal que llevaba en cinto desde la víspera. Desde ese día anterior;
o desde el mismo día, no sabría decirlo
Capitulo Cinco
En uno de mis sueños clandestinos…soñaría:”… Estuve visitando a Negra Dolores. No le veía desde
el día en que terminó el bachillerato, en el Colegio Abaunza. Recuerdo todo lo que hicimos. Años de
buena lúdica. Estando aquí y allá. En todo el barrio. Que, para ella y yo, era igual al universo todo.
Mauricio y Valquiria siempre fueron nuestros cómplices. En todo lo habido y por haber. Todo un
trasunto de vida imborrable. Las caminatas en fines de semana. Los juegos diversos, siendo niños y
niñas. El trompo volando, zafándose de la pita envuelta en toda su barriga. Y la hilatura de haceres
en los patios de nuestras casas. Leyendo todo libro que se cruzaba. Aprendimos a anestesiar las
afugias. Con algo simple, las adivinanzas y las expresiones corporales. En elongaciones de cuerpo.
Como danzas magnificadas. Y el ilusionismo que aprendimos como arte. En todas las calles hiriendo,
con la lanza de los relatos, los sinsabores de la tristeza Como cuenteros y cuenteras ya hechos y
hechas. Con la palabra viva. Lo que llaman “a flor de labios”. Y la población ahí, divirtiéndose con lo
que decíamos y actuábamos…”
“…La vida, en nosotros y nosotras, no era solo alegrías. Estaba, como aún están ahora, los
raspones en piel. Cisuras endémicas. En todo escenario. Negra Dolores, como espasmos agudos,
vibratorios, en lo que esto tiene de relativizar todo lo corporal, por la vía de sentir que vamos
cayendo al piso. Conocimos las tragedias familiares. Por la vía de entender la dinámico de lo
societario. En la perspectiva que anunciaban los rigores. Las violencias lejanas y cercanas.
Veíamos como iban llegando al barrio centenares de familias. Con sus niños y niñas. Con los viejos
y viejas todo ternura. Como se diluía la esperanza. Las casitas de cartón, pegadas con la cinta de
la ilusión en un mejor vivir. O, al menos, no tan lacerante…”
“…Los días festivos, en estricto, eran para nosotros y nosotras, darle cabida a los pasos alegres.
Hacia donde nos llevara el impulso primario. Andaregueando con nuestras propias musas
alebrestadas. Una tiradera de ocio solo comparable con esos momentos en los cuales decimos,
¡por fin soy feliz! Cuando nos reuníamos a intercambiar saberes; lo hacíamos con la mayor
estética posible. En limpieza para transmitir lo que cada uno o cada una sabía. En esos ejercicios
interminables en sistemas de ecuaciones. O en los ejercicios de física que comprometía el
cálculo de la caída libre. O los del tiro parabólico. En esa estridencia del lenguaje. Tratando de
conjugar verbos, O de descifrar los adverbios y los adjetivos. El gerundio, nunca bien aprendido.
O, en ese recorrido por la historia nuestra y la historia universal. En ese mirar e interpretar la
llegada de los saqueadores (así los tratábamos en las reuniones casi clandestinas). O
siguiéndole el rastro a los griegos. O los romanos. Siguiendo de cerca a los perversos cruzados.
Leyendo el Cid Campeador. O, más cerca aún, hablando y discerniendo acerca del día de la
independencia. O tratando de entender el verdadero aporte del llamado libertador al contexto
de la lucha libertaria. O de las disputas de este con sus contradictores…”.
“…Las tardes de junio. A veces con esos solazos hermosos. Alumbrándolo todo en esa potencia
de energía. O yendo al charquito verde. Estrenando camisita o vestidito. O haciéndoles la
encerrona a las aves cercanas. Subiéndonos a los árboles para conocer sus nidos. O tumbando
mangos biches. O las pomas y las algarrobas. O estando como espectadores y espectadoras
en los teátricos de los barrios. Haciendo énfasis en el diagrama de la vida; en aquellos dibujos
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a la intemperie. En las cartulinas coloreadas. O insistiendo en lo bacano que era jugar fútbol.
Casando picaitos mixtos. Para reírnos de Graciela (a la que llamábamos “la brincona
marimacha”) y de Abelardo, al que le decíamos “chapín”…”
“…En fin que estuvimos casi tres horas echando carreta, Negra Dolores y yo. Y se nos fue
acabando la chispa magnifica. Como que se nos agotaron los recuerdos. Y sí que, notaría en
ella un deje de tristeza. Y me arriesgué a preguntarle qué le pasaba. Y conocería su respuesta,
vehemente. Es por lo de Carlos, me dijo. Que no lo volvería a ver. . Más aun, que la
manutención, la escuela, los problemas en el crecimiento; le ha correspondido a ella y a su
mamá Adriana asumirlos en toda su extensión. Y sí que es duro esto, me dijo...”
“…Cuando nos despedimos, le apreté fuerte la mano. Y la abracé. Y, en ese abrazo vino el
recuerdo de esos días pasados en los que fuéramos novio y novia. Y que, yo sé, que nunca ella
lo ha olvidado. Y yo tampoco. Salí a la calle con la tristeza misma. Como que volvieron a mí las
desilusiones. De esos días en que la quise tanto. En los mismos días en que ella no me quiso
como pareja. Pero que me amaba, y me sigue amando, como el amigo más sólido que ha
tenido. Lo de Carlos fue otro cuento. Como esos en que uno siente que se le quebró la vida en
ser sin ser. O, lo que es lo mismo, ser amante amigo. Y ser amante novio. Siendo este último
“Carlitos”, como le decíamos todos. El que nunca fue cómplice con nosotros y nosotras. Pero
supo cautivar, hasta el infinito, a la Dolores mía. La que nunca pude tener como mujer mía…y
de nadie más.
Capitulo seis
Conocería a mi padre. Sucedió que yo estaba como maestro itinerante. Andando por todo el
territorio de Versalles y de Villa Pomares. De tiempo atrás había tenido el pálpito que algún día
lo encontraría. Sobre todo a partir de lo que Bertha Consuelo me contó. Ella supo, por cuenta
de mamá Luxila,”… que se había enamorado de Patrolco Bocanumen. Lo conocería uno de
tantos días en que viajaba por todo Versalles y Varadero. Asuntos relacionados con la difusión
del Manifiesto de las Mujeres. Luxila siempre ha sido muy activa. Llevaba la vocería de todas
nosotras…”
“…Patrolco, según la descripción que nos haría después tu madre, era un estudiante de
medicina en la Universidad Normandía. Asistió a una de las conferencias acerca de la Política
Criminal del Estado como instrumento jurídico al momento de referenciar y entender los
procesos vejatorios a que estamos sometidas las mujeres. El ideario suscrito por nosotras
supone convocar al desarrollo de acciones vinculadas con la defensa y promoción de derechos
que, a nuestro entender, han sido soslayadas por parte de la sociedad. Entendida como
conjunto de sujetos que adhieren a un determinado escenario cambiante, en razón a lo que es
propio de las comunidades que encuentran identidad con respecto a la vida, como proceso que
se expresa y valida en diferentes momentos históricos. Por lo mismo, Olegario, es de resaltar
siempre lo de Luxila, en términos de su entereza y compromiso. Permíteme ampliar en este
momento todo lo que ha sido y será nuestro horizonte…”
“…Las acciones colectivas, suponen la existencia de elementos asociados que permiten su
concreción y delimitación. No solo en términos del periodo de tiempo en que se realizan; sino
también en lo que hace referencia a su significado y alcance; en el contexto de una
determinada sociedad. Aquí, significado y alcance, constituyen conceptos necesarios para
acceder a la tipificación. Es algo así como establecer una dinámica propia, soportada en
algunos insumos generales derivados de análisis sociológicos, filosóficos, antropológicos y
políticos, en lo que respecta a contenidos, pautas y motivaciones de los conglomera dos
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humanos, al momento de definir unos objetivos precisos y los procedimientos para
alcanzarlos. En esto es importante, también, recabar acerca del nexo entre individualidad y
colectivo; comoquiera que esto último no es posible sin una condición previa: la interacción
entre los (as) sujetos (as) individualmente considerados (as), en uno o varios escenarios….”
“…Ahora bien, investigar en torno a estas acciones colectivas (en la definición e interpretaci ón
inherente a este trabajo, es lo mismo que movimiento colectivo), permite establecer un marco
conceptual, como norte. Esto, a su vez, introduce un perfil que obra como elemento de
diferenciación. Tanto en lo que se refiere a las particularidades propias de la tipificación; como
también en cuanto a determinados objetos concretos. Lo anterior explica, a manera de
ejemplo, la vigencia de líneas específicas, en la investigación social e histórica. Porque, solo
a partir de reivindicar los conceptos de especialización y énfasis, se hace posible identificar
aspectos particulares; en la intención de exhibirlos como identidad, con repercusione s
irrepetibles e, incluso, como horizonte de referencia…”
“…En el caso de los movimientos sociales, políticos y populares; es posible asumir variables
diversas al momento de efectuar seguimiento y análisis; a través de periodos históricos y a
partir de contextos sociales específicos. De hecho, en términos generales, abundan estudios e
interpretaciones, desde diferentes disciplinas de las ciencias sociales. Lo anterior incluye, el
desarrollo y consolidación de líneas y/o escuelas de pensamiento. En este sentido, basta recordar
la incidencia de teorías como las de: Alexis de Tocqueville (La democracia en América, El antiguo
régimen y la Revolución Francesa); Raymond Aron (Introducción a la Filosofía de la Historia,
Democracia y totalitarismo); Max Weber (La ética protestante y el desarrollo del capitalismo);
Errico Malatesta (Anarquismo y gobierno); Manuel Castell (Movimientos sociales urbanos), etc. Se
trata, entonces, de efectuar un recorrido que permita establecer algunos insumos de referencia;
sin que ello implique subsumirse en los mismos. Por el contrario, debe implicar (como lo dije
antes) la asunción de una interpretación que ejerza como perfil, en el proceso de diferenciación…”
“…En nuestro proyecto, tanto a nivel general; como los temas y asuntos específicos; retomamos
algunos conceptos que vinculan la lucha por reivindicar los derechos de nosotras las mujeres ,
en cuanto al entendido de las acciones colectivas (movimientos), precisando denominaci ones
como: movimientos sociales, políticos y populares; con las diferenciaciones inherentes cada
una de ellas, como tipificación. Sin embargo, introducimos una variable para el análisis,
vinculada con la condición y la perspectiva de género. Concretamente, en lo que tiene que ver
con la participación de las mujeres en esos movimientos…..”
“…Esta especificidad supone, en consecuencia, la introducción de conceptos relacionados con
diferentes disciplinas de la ciencia social. Pero, no como opción generalizante. Más bien como
contribución para la construcción de una teoría precisa, en torno al significado y alcance de
los roles asumidos por las mujeres; como sujetos diferenciados…”
“…Como puedes deducir, Olegario, nuestra perspectiva como movimiento estará asociada con
la reivindicación de nuestros derechos; así como también con promover la identidad de
género. Queriendo decir esto, la convocatoria a toda la sociedad y a los estados para que,
efectivamente, esto constituya política pública….”
“…Retomando lo que te decía con respecto a Patrolco, Luxila y él empezaron una relación
muy bonita. Màs que nada, irían profundizando en palabras y acciones, màs allá de nuestro
movimiento. Tú madre visitaba frecuentemente a la familia de “Patro”, como lo llamaba
coloquialmente. Habían llegado acá a Versalles en el mes de enero de 1962. Procedían de la
provincia llamada Belalcázar. “Patro” era hijo único. Nelson Bocanumen, su papá, había
casado con Sofía Espinosa. Don Nelson es ingeniero de petróleos y trabaja, actualmente, con
una empresa petrolera pública en Región Pacífico….”
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“…Luxila iría dando rienda suelta a su condición de mujer apasionada por tejer amistad sincera
y de una gran lealtad. A pesar de ser casi seis años mayor que “Patro”, nunca tuvieron ningún
problema para ir decantando su relación. Todo, entre los dos, empezó a desenvolverse, como
aquello que yo llamo equilibrar ternura, conocimientos ya capacidad para asumir compromisos
de largo aliento….”
“…Corriendo el tiempo “Patro” terminó la carrera de medicina. Posteriormente empezó
estudios de especialización en neurología. En transcurrir de los años llegaría el momento en
el cual pasaron de la amistad formal; a un idilio potente. Luxila embarazó justo cuando
cumplió 32 años. Todo el tiempo, sería asistida en lo pertinente. Tanto don Nelson, como su
esposa Sofía apoyarían todo lo relacionado con la maternidad de tu mamá. Además, exhibirían
una gran calidad humana, incluido todo aquello inherente a la actividad de Luxila….”
“… Después que naciste, paulatinamente, se fortalecería el amor entre tu mamá y tu papá.
Conseguirían una casita en las afueras de Versalles. Con el trabajo de “Patro” en el hospital
de la provincia de San Juan; alcanzarían a pagar la vivienda y financiar todos los gastos
inherentes a una familia de tres. Durante tus primeros tres añitos, se produjeron situaciones
de mucha preocupación para Luxila y “Patro”, motivadas por tus continuas afectaciones en
salud. ..”
“…Ya, cumplidos cinco años, se produciría la ruptura entre tu mamá y tu papa. Sucedió casi
de un día para otro. Patro” venía ocultando a Luxila un amorío con una colega, que también
trabajaba en el hospital. Valentina Tabares, había sido contratada por la dirección de salud,
el año anterior. Esta situación, vendría a conocerse casi de manera fortuita. “Patro” había
concertado con Luxila un encuentro el día de su regreso. Estaba en comisión de una brigada
de salud coordinada la seccional de salud de la provincia Varadero. En la misma comisión
había sido incluida Valentina. Pasaría, entonces, que don Pedro Tabares, padre de Valentina,
era un funcionario de la sección sanitaria de Versalles. Esto en razón a su profesión de
ingeniero sanitario. De manera coincidencial estuvo en el mismo sitio de encuentro de Luxila
y “Patro”. Ya se conocían, ya que Luxila trabajaba como maestra en el Colegio Carpinelo.
Bruno José era discípulo suyo. En una de las reuniones de padres y madres de familia, don
Pedro había intercambiado algunas palabras con Luxila y quedaría muy impresionado por la
manera como ella trabajaba con los diferentes grupos…”
“….Ese, el día que te refiero, don Pedro encontró a Luxila mientras ella esperaba a “Patro”. Él
no sabía que Luxila era la esposa de “Patro”. Cuando llegaron Valentina y tu papá; don Pedro
le diría a Luxila “profesora le presento a mi hija, la novia del doctor Patrolco, el médico director
del hospital…”
“…Para tu madre fue como si el mundo se viniera encima. Sin embargo logró controlarse y,
simplemente, abandonó el sitio sin mediar ninguna palabra. Ese mismo día se marchó contigo
de Versalles, rumbo a ciudad Fonseca. Allí Trabajaba Antonia, como asistente social en el
Colegio Romano. Ahí se pierde todo contacto entre Luxila y tú, con tu papá…”
Segundo interludio
“... He resuelto comenzar a desandar lo andado. Porque tengo afán. El declive es insoslayable. Como
anti-ícono. O mejor como ícono que está ahí. Pero que no significa otra cosa que el regreso. Al
comienzo. Como lo fue ese día en que nací. Para mí, sin quererlo, fue el día en que nacimos todos y
todas. Porque, en fin de cuentas, para quienes nacemos algún día, es como si la vida comenzara ahí.
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Lo cierto es que accedí a vivir. Ya, estando en el territorio asociado al entorno y a la complejidad de
ser uno. Pronto me di cuenta de que ser yo, implica la asunción de un recorrido. Y que este supone
convocarse a sí mismo a recorrer el camino trazado. Tal vez no de manera absoluta. Pero si en
términos relativos; como quiera que no sea posible eludir la pertenencia a una condición de sujeto
que otear el horizonte. En la finitud, o en la infinitud. Qué más da. Si, en fin de cuentas, lo hecho es
tal, en razón a esa misma posibilidad que nos circunda. Bien como prototipo. O bien como lugares y
situaciones que se localizan. Aquí y allá, como cuando se está, en veces sin estar. O, por lo menos,
sin ser conscientes de eso.
Cualquier día, entré en lo que llaman la razón de ser de la existencia. No recuerdo como ni cuando
me dio por exaltar lo cotidiano, como principio. Es decir, me vi abocado a ser en sí. Entendiendo esto
último como el escenario de vida que acompaña a cada quien. Pero que, en mí, no fue crecer, Ni
mucho menos construir los escenarios necesarios para actuar como sujeto válido.
Un quehacer sin ton ni son. Como ese estar ahí que es tan común a quienes no podemos ni queremos
descifrar los códigos que son necesarios para vivir ahí, al lado de los otros y de las otras. Duro es
decirlo, pero es así. La vida no es otra cosa que saber leer lo que es necesario para el postulado de
la asociación. De conceptos y de vivencias. De lazos que atan y que ejercen como yuntas, Por fuera
todo es inhóspito. Simple relación de ideas y de vicisitudes. Y de calendas y de establecer
comunicación soportada en el exterminio del yo, por la vía de endosarlo a quienes ejercen como
gendarmes. O a ese ente etéreo denominado Estado. O a quienes posan como gendarmes de todo,
incluida la vida de todos y todas.
Y, sin ser consciente de ello, me embarqué en el cuestionamiento y en la intención de confrontar y
transformar. Como anarquista absoluto. Pero, corrido un tiempo, me di cuenta de mi verdadero
alcance. No más allá de la esquina de la formalidad. Sí, de esa esquina que obra como filtro. En
donde encontramos a esos y esas que lo intuyen todo. A esos y esas que han construido todo un
acervo de explicaciones y de posiciones alrededor de lo que son los otros y las otras. Y de sus
posibilidades y de su interioridad. Y de sus conexiones con la vida y con la muerte.
Esas esquinas que están y son así, en todas las ciudades y en todos los escenarios. Y yo, como es
apenas obvio, encarretado conmigo mismo y con mis ilusiones. Y con mis asomos a la libertad. En
ellas se descubrieron mis filtreos con la desesperanza. Y mis expresiones recónditas, en las cuales
exhibía una disponibilidad precaria a enrolarme en la vida, en el paseo que está orientado, hacia la
muerte.
Y estando así, obnubilado, me dispuse a ver crecer la vecindad. A ver cómo crecían, alrededor de mi
estancia, las mujeres y los hombres que conocí cuando eran niños y niñas. Y, estando en vecindad
de la vecindad, conocí lo perdulario. Ese ente que posa siempre latente. Que está ahí; en cualquier
parte; esperando ser reconocido y por parte de quienes ejercen como mascotas del poder. Como
ilusionistas soportados en las artes de hacer creer que lo que vemos y/o creemos no es así; porque
ver y creer es tanto como dejarse embaucar por lo que se ve y se cree. Una disociación de conceptos,
asociados a la sociedad de los que disocian a la sociedad civil y la convierten en la sociedad mariana
y en la sociedad trinitaria y confesional. Y, siendo ellos y ellas ilusionistas que ilusionan acerca de
la posibilidad de correr el velo de la ilusión para dar paso al ilusionismo que es redentor de la mentira
que aspira a ser verdad y la mentira que es sobornada por quienes son solidarios y consultores para
construir verdades.
Y, estando en esas me sorprendió la verdadera verdad. Justo cuando empezaba a creer en el
ilusionismo y en los ilusionistas. Verdadera verdad que me convocó a reconocerme en lo que soy en
verdad. Sujeto que va y viene. Que se enajena ante cualquier soplo de realidad verdadera. Que ha
recorrido todos los caminos vecinales. En lo cuales he conocido a magos y videntes de la otra orilla.
Con sus exploraciones nocturnas, cazando aventureros que caminan atados a la vocinglería que
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reclama ser reconocida con voz de los itinerantes. Y, estando en esas, me sorprendió la incapacidad
para protestar por la infamia de los desaparecedores. De los dioses de los días pasados y de los días
por venir y de los días perdidos.
Y volví a pensar en mí. Como tratando de localizar mi yo perdido, desde que conocí y hablé con los
magos y videntes de la otra orilla. Un yo endeble. Entre kantiano y hegeliano. Entre socrático y
aristotélico. Entre kafkiano y nietzscheano. Pero, sobre todo, entre herético y confesional. Ese yo mío
tan original. Filibustero. Pirata de mí mismo. Y, sin embargo, tan posicionado en los escenarios de
piruetas y encantadores de serpientes. Saltimbanquis que me convocan a cantarle a la luna, desde
mi lecho de enfermo terminal. La enfermedad de la tristeza envalentonada. Sintiéndome poseído por
los avatares increados; pero vigentes. Artilugios de día y noche. Soñando con Dolores, la negra
hermosa que ha empezado a estar en mí…”
Capitulo siete
Versalles había crecido. Un cruce de caminos necesario. Ya sus jardines como que se han evaporado.
Dejando ver la desidia de quienes siempre han vivido ahí. La furia de la expansión, solo ofrece, hoy
por hoy, el hálito de nostalgia que siempre està presente, cuando los lugares han sido invadidos por
los edificios y las carreteras ávidas de sentir sobre ellas la locomoción, constante. Ya sus habitantes
han venido acostumbrándose al aire pegajoso traído por decenas de miles tósigos emparentados con
el llamado progreso. Cada quien aprendió a ser cada quien. La heredad de lo colectivo, de la
socialización humana; ha sido reemplazada por los vítores al consumo. la brújula limpia que antes
orientaba a los caminantes, ha sido olvidada, casi destruida.
En ese escenario inhóspito encontré ayer tarde a Negra Dolores. Su madre, Adriana Lucìa, había
construido una casita. Como albergue tierno, insumiso. Conservando el paisaje inmediato. Sauces,
eucaliptos. Sembrados de rosas, claveles y orquídeas. Dándole al entorno una esperanza de vida
prolongada.
Negra Dolores recién había llegado del colegio. Su mamá trabajaba todas las tardes como consejera
social en la secretaría de salud. En verdad ha pasado mucho tiempo. La última vez que las visité; fue
justo el día en que asistí a la seccional de la Universidad Normandía. Pero lo cierto, asimismo, es que
la nena ha venido copando mis sueños. Recuerdo que, en días pasados, estuve con ella. Como en
pura evocación limpia. Fue esa misma noche, cuando me convertiría en soñador itinerante. En un
entramado nítido, aunque triste. Como haciendo inventario de mi vida. Con corte en cualquier
brevedad de tiempo.
Ya estaba bastante crecida. Cursaba segundo grado de educación media. El tono de su voz había
cambiado un poco. Pero sus ojos seguían siendo réplica del negro màs y más profundo, azabache.
De cuerpo esbelto. Un porte de mujer, un poco màs allá de la pubertad. Vestía una batica muy
ajustada. Tanto que hacía ver sus formas bien pronunciadas. La saludé como siempre. Un beso en
su mejilla y un fuerte abrazo. Pregunté cómo iba en su año escolar. A lo que la Negrita Dolores,
respondió:..” màs o menos tengo notas muy bajas en matemáticas e historia. Diría, yo, un tanto màs
bajas que el promedio. Tal vez me hace falta màs compromiso y disciplina. Mamá me ha colaborado
en el tiempo que le queda libre…” Pregunté por su papá Marcelo. “…él nos ha tenido muy olvidadas.
Sobre todo a mí que soy su hija. Pero lo cierto es que cada mes nos gira dinero. Pero yo necesito,
fundamentalmente, es su cariño…”
Me quedé largo rato con ella; hasta que llegó Adriana. Muy efusiva en su saludo. Un abrazo inmenso.
Se nos aguaron los ojos a los dos. Ya no estaba con ellas Lourdes. Le ayudé a cocinar. Cenamos
juntos.
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“…Bertha Consuelo, empezó a contarme, ha estado muy alejada últimamente. Supongo que ha sido
por la enfermedad de su madre. Como también, por el vacío inmenso que la acompaña después de
la ruptura con Carlos Samaniego. Le ha dado muy duro. Dejó de participar en la organización de
mujeres. Mantiene en casa. Casi no sale…”
“…Por acá estuvo Rosa Mercedes. Tú no la conoces. Ella adhirió a la organización, tan pronto conoció
nuestro manifiesto. Una obrera guerrera. Està empleada en la textilera Tejidos Única. Te cuento que
su hijo Daniel es muy amigo de Negra Dolores. Estudian en el mismo grado y mismo colegio. Pasamos
horas hablando sábados y domingos. Conversamos de todo. Pero, fundamentalmente, de la situación
de las mujeres y de la política social. Pueda ser que algún día coincidan tú y ella, en una visita…”
Despedí de Negra Dolores y su mamá Adriana Lucìa. Ya estaba bien entrada la noche. Diría como
la canción”…sin rumbo alguno…”. Fui a parar en casa de Fortunato Grisales. Lo conocí cuando estuve
como maestro itinerante. Su hija Daniela, fue alumna mía hasta que cumplió doce años. Fortunato
siempre ha sido mecánico industrial. Su esposa Sonia es mucho màs joven que él. Llegaría un tanto
cansado. Fortunato, dijo a la señora Sonia que por favor me preparara la cama que està en el cuarto
reservado para personas como yo, de confianza.
Dormí casi ocho horas. Me despertó la señora Sonia, con un cafecito caliente. Fortunato había salido
a trabajar, tenía asignado el turno llamado por los obreros, coloquialmente,…” desde las seis sin
pereza, hasta las dos con entereza..”. Daniela también había salido. En su colegio la jornada es desde
las siete de la mañana, hasta las tres de la tarde.
No quise desayunar. Así se lo dije a la señora Sonia. Me dio mucha pena con ella; pero se me había
hecho tarde. Tenía que estar a las nueve en casa de Alma Beatriz Alameda, una alumna a quien le
enseño matemáticas a domicilio.
Interludio tres
“…Sí que, ese día, la vi en paralelo con su hija. Habíamos estado, hace ya mucho tiempo, en la
quietud lejana del inicio. Áspera desde que nació. Un montón de cosas fue construyendo. En ese
barrio nuestro, travieso. Y, cuando fuimos creciendo, empezamos a entender, en didáctica cierta, el
entono amado, La recuerdo en ese juego de calendas. Como engolosinados, ella y yo, sin compartir
con los otros y las otras. Lidiábamos las venturas y las desventuras. En ese solarcito equipado con
brevos amplios, generosos. Lo de la escuela iba siendo una aproximación a la ciencia de los conceptos
y de los hechos. La geometría acosándonos siempre. En lectura y cálculo de triángulos y sus
hipotenusas. La geografía anidando en la memoria. Identificando sitios, con sus ríos y sus montañas.
Y, yendo más lejos, el viejo mar anchuroso y profundo. Una filosofía de la nada. Y fuimos engarzando
íconos sobre el conocimiento. Aristóteles, por ahí, dándole vueltas a su ética maniquea. Un Platón
esforzado. Perpendicular a la madre naturaleza. Y, el amplio y sutil Sócrates, dirigiendo la orquesta
en tocata a la vida, por siempre. Y, ni que hablar tiene, la hechura castellana. Como lengua que fue
voraz, cuando llegaron los invasores. Sustantivos y adjetivos. Verbos con ínfulas de dominarlo todo.
Y la empalagosa historia. Con datos enanos, por lo mismo que maestros y maestras eran tímidos
viajeros con nosotros y nosotras a bordo. Historia de país, achatada. Historia de lo lejos, muy lejos,
apenas como ramplones ejecuciones en lectura a medias. Esa religión dándole vueltas a la creación.
Al origen del universo todo. Con un solo dios como referente. Cruzándonos el alma y el cuerpo con
desvencijadas ilusiones del más allá. Un catecismo infame. Metido a la fuerza como doctrina que
asfixia la vida. Sin permitir respiro. Sin opciones diferentes. La aritmética. Con ella empezamos a
contar. Los números mágicos. Enteros, naturales, fraccionarios, complejos. Con las raíces cuadradas
y cúbicas. Con las vivencias en cálculo de todo lo habido, hecho material. Álgebra virtuosa. Efímera,
a veces, por lo mismo que no dábamos con las respuestas. Talleres descritos y luego interpretados.
La fuga de las ecuaciones. Y de las potencias. Y de los logaritmos. Y las funciones. La recta. Las
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cuadráticas. Memoria casi virgen para alojar las gráficas…”
“…En medio estaba, nuestra cotidianidad. Sábados de gloria lúdica. Domingos acuciosos. Dándole
largas a la interpretación de las volátiles horas. Estando, ella y yo, en esas casa amplias.
Hospederas vivos. Todos y todas en proclamas hechas a punta de saber quererlos. Y
transferíamos, en veces, amarguras. Como esas de estar en el brete impositivo, autoritario…”
“…Por lo mismo, cuando la vi, en esa línea de tiempo y de vida, recordé que había soñado con Negra
Dolores Que habían pasado, en lento caminar, por el camino mío. Y que, a las dos las amé desde ese
instante…”
“…Yo dije, en el pasado temprano. Quiero sentir el vibrato de la tierra. Tal vez para recordar, en ese
silencio eterno que se avecina, lo que fui pasando por ahí cerca. Un volver a lo que fuera mi latir
antes de nacer. En una extensión brumosa. Acicalada. Y, recuerdo, por cierto hoy, ese tránsito
aventajado. En trajín envolvente. De silencio abigarrado, en nostalgias idas. He ido, siempre, por lo
bajo del espectro presente. Porque, siendo así, he sentido lo que ha sido, hasta ahora, palabras de
aquí y de allá. Y, como en simultánea, viviendo la vida mía con acezante temple del yo sin heredad
amiga. Por lo menos manifiesta. En lo que esto tiene de empuñadura apenas tenue. Casi sin rozar la
vida de los otros y las otras. No más, para el ejemplo, lo inmediato venidero puede dar cuenta de
mis hechuras un tanto brutales, como si estuviera prefigurando. Lo que seré en bajo tierra.
Hablándole a quienes había, en el entonces, sujetos hechos para la habladera. Y señalando a las
mujeres que estuvieron conmigo. En esos espacios plenos de una pulsión grata. Y, ahí, en ese mismo
espacio, con el cual dotaron a este yo insumiso. Oyendo lo que antes lo oí en físico. En ese tránsito
espaciado, benévolo. Y empecé a ver, desde el piso conmigo en su vertical. Y, con esas sombras
que trajo la tierrita misma. Y, yo, en esa vocinglería niños y niñas esplendorosas y esplendorosas,
contándome los hechos de allá afuera. En ese recreo libre. En las escuelitas. Jugando a la locura. En
la cual yo era su consejero. Y ellos y ellas, siendo potenciada habladuría…”
“…Y, en ese dicho mío perentorio empezaría a ajustar mis acciones. Para que todo quedara, después
de mí, como gobernanzas sinceras. Y, en ese sueñito, recreaba lo que podría ser. En ese final amplio.
A pesar de la estrechura medida con plomadas y estructura que encontré. Hoy, estoy en eso.
Suplicándole a la mujer que me soportó en los tiempos que dimos a volar, desde el primer día.
Diciéndole que me llevará allí. Que me dejara ser cuerpo, no polvo inmediato. En horno crematorio
con el poder del Sol, por la vía aciaga. Que me llevara, en romería estando ella conformada por mis
cercanos amores. Mi hija y mis hijos. Y allá en remoto físico a quien tanto quise. Y, la mujer de
ahora, con pañuelo de color negro. Porque negrura definí yo que fuera, el color punzante, por lo
sincero, no efímero. Mis últimas palabras son aquellas en que nombre a Negra Dolores…”
Capitulo nueve
Mi padre Patrolco, llegó tarde a la cita. “Siempre te he buscado. Desde ese día en que Luxila alzó
vuelo contigo:. A decir verdad, nunca entendería a tu mamá. De un sitio a otro. Yo sé que no pudo
aceptar lo que ella llamaría i deslealtad. De todas maneras yo no lo consideraría en ese entonces,
ni aun ahora de esa manera. Tal vez, fuera falta de sinceridad, no contarle que estaba amando a dos
mujeres al mismo tiempo. Te he amado todo el tiempo. Aun en la forzada ausencia. Tu abuela y tu
abuelo desvelarían cada momento. Él y ella, tampoco aceptaron, en vida la actitud mía. Pero, al
mismo tiempo, no perdonaron a tu mamá Luxila. Esto, porque no había lugar a separarlos de ellos.
Un vacío que iría creciendo con el paso del tiempo. Ella y él murieron en un tiempo relativamente
corto. Casi se podría decir que papá no pudo superar la ausencia de mi madre…De lo que ha sido
mi vida puedo contarte que he vivido como en constante desasosiego. Como entrever que mi vida
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se ha ido agrietando. Es como intuir que el futuro vendrá de la mano de no sé quién. Pero me siento
advertido que no será de la mano amiga de una mujer como Luxila. He querido retrotraer el tiempo
cruzado por el albedrio benévolo. Es decir, tanto como el punto de ruptura, Como volver a Luxila
antes de saber que la amaba..”.
“…Lo que había, en mi vida, era algo así como un sorbete. Sumatoria de decires y haceres.
Acumulados en todo lo habido de vida. Entre potente y simple expresión aviesa. Yendo por ahí.
En una locura. Desenfreno brutal. Como diciéndome a mí mismo que no podría, nunca, acceder a
la libertad. Que, mi ejercicio y mi impronta; era algo así como si la vida volviera a empezar cada
día. En esa elíptica no entendida. Como distanciada de los recuerdos. Y de las palabras primeras…”
“…Cierto día como que daría cuenta de La aridez. De la pestilencia. De lo profundamente triste y
oneroso. Que, en el camino entregado, a la historia. Mi yo ejercía como mero periplo con
significante igual al cero profundo. Íngrimo sujeto. Viajero perenne. Bordador de ilusiones
maléficas. Como existiendo en mil y una dimensiones. Plegado a la visión de sucesiones
imprevistas…”
“..En esto de ir despertando a la realidad. Me fui posicionando como logotipo pendenciero. Viajero
envuelto en la pócima vigente. Embadurnado con ese líquido viscoso. Como desasosiego continuo.
Embriagado en la amargura. En el tósigo de los hechos burdos..”.
“…Una disociación constante. Una convocatoria al arrasamiento imperativo. Vinculado con la
impávida misoginia ampliada. En cada sitio. En cada lugar y acción. Como profundizando la
erosión. De la memoria. Y de la perplejidad. Sujeto exhibiendo la palabra infecunda. Como
maromero insigne, Envuelto en la ironía ponzoñosa…”
“…Y sí que navegué en el tiempo. Modelando la diatriba punzante. Como locomoción propuesta.
Como si fuera la única posible. Válida al momento de la identificación. En el instante mismo de
empezar a hacer de los sueños, fugas al albedrío dañino. Inmerso, yo sujeto, en el vuelo perdido.
Asediando al viento cálido…”.
“…En verdad, nunca hubiera imaginado que mi padre fuera capaz de hilvanar semejantes
conceptos. Como cuando sientes que la decantación de la vida, de lo que somos y seremos.
Simplemente le di un abrazo fuerte y prolongado como tratando transmitir calor, en lo que yo soy.
Como tratando que él volara conmigo hacia el universo nítido y elocuente, comoquiera que yo he
aprendido de mamá Luxila el anhelo de ternura constante. Siendo ella, mi madre, locomoción
benévola e inacabada..”.
Juntamos nuestras manos. En la esperanza de volver a vernos algún día. Por lo pronto he conocido
su voz y su don de vida potenciado, Él me pidió que llevara a Luxila su mensaje amatorio
Interludio cuatro
“…Como casi todo en la vida, hablar de tristeza, no es otra cosa que dejar volar la imaginación hacia
los lugares no tocados antes. Por esas expresiones vivificantes y lúcidas. Es tanto como discernir que
no hemos sido constantes, en eso de potenciar nuestra relación con el otro o la otra; de tal manera
que se expanda y concrete el concepto de ternura. Es decir, en un ir yendo, reclamando nuestra
condición de humanos. Forjados en el desenvolvimiento del hacer y del pensar. En relación con
natura. Con el acento en la transformación. Con la mirada límpida. Con el abrazo abierto siempre. En
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pos de reconocernos. De tal manera que se exacerbe el viaje continuo. Desde la simpleza ávida de
la palabra propuesta como reto. Hasta la complejidad desatada. Por lo mismo que ampliamos la
cobertura del conocimiento y de la vida en él…”
“…Viéndola así, entonces, su recorrido ha estado expuesto al significante suyo en cada periplo. En
cada recodo visto como en soledad. Como en la sombra aviesa prolongada. Y, en ese aliento
entonces, se va escapando el ser uno o una. Por una vía impropia. En tanto que se torna en dolencia
originada. Aquí, ahora. O, en los siglos pasados. En esa hechura silente, en veces. O hablada a gritos
otras. Es algo así como sentir que quien ha estado con nosotros y nosotras, ya no está. Como
entender que emigró a otro lado. Hacia esa punta geográfica. No física. Más bien entendido como
lugar cimero de lo profundo y no entendido. Es ese haber hecho, en el pasado, relación con la
mixtura. Entre lo que somos como cuerpo venido de cuerpo. Y lo que no alcanzamos a percibir. A
dimensionar en lo cierto. Pero que lo percibimos casi como etérea figura. O sumatoria de vidas
cruzadas. Ya idas. Pero que, con todo, anhelamos volver a ver. Así sea en esa propuesta íngrima.
Una soledad vista con los ojos de quienes quedamos. Y que, por lo mismo, duele como dolor profundo
siempre…”
“…Y si seremos algo mañana. Después de haber terminado el camino vivo. No lo sé. Lo que sí sé que
es cierto, es el amor dispuesto que hicimos. El recuerdo del ayer y del anterior a ese. Hasta haber
vivido el después. En visión de quien quisimos. Qué más da. Si lo que propusimos, antes, como
historia de vida incompleta, aparece en el día a día como concreción. Como si hubiese sido a mitad
del camino físico, biológico. Pero que fue. Y sólo eso nos conmueve. Como motivación para entender
el ahora. Con esa pulsión de soledad. Como si, en esa, estuviera anclado el tiempo. Como si el
calendario numérico, no hubiera seguido su curso. Como que lo sentimos o la sentimos en presencia
puntual. Cierta…”
“…Y sí entonces que, a quien voló victimado por sujeto pérfido, lo vemos en el escenario. Del
imaginario vivo. Como si, a quien ya no vemos, estuviera ahí. Al lado nuestro. Respirando la honda
herida suya. Que es también nuestra. Y que nos duele tanto que no hemos perdido su impronta como
ser que ya estuvo. Y que está, ahora. En esa cimera recordación. Volátil. Giratoria. Re-inventando la
vida en cada aliento…”
“…Cómo es la vida, En la lógica es ser o no ser. Pero es que la vivencia nuestra es trascendente. Es
ilógica. En tanto que estamos hechos de hilatura gruesa. Como fuerte fue el nudo de Ariadna que
sirvió de insumo a Prometeo para re-lanzar su libertad…”
“…Y, como es la vida, hoy estamos aquí. En trascendente recuerdo de quien voló antes que nosotros
y nosotras. Y estamos, como a la espera del ir yendo, sin el olvido como soporte. Más bien con la
simpleza propia de la ternura. Tanto como verlo en la distancia. En el no físico yerto. Pero en el sí
imaginado siempre...”
Capitulo diez
Luxila no admitiría nunca que su universo decantara su vida, de tal manera que su rol entrase en
hipoteca. Siendo como ha sido, las condiciones conducirían a una forma de disyuntiva. Los
propósitos claudicados en relación a la vida como constante pérdida de referentes.
“…Precisamente el día en que le transmitiera el mensaje de papá Patrolco, la encontró ensimismada.
Como realizando inventario de sensaciones, imaginarios y desvelos. Ahora vivía en casa de Virgelina
Castaño. Una alumna en tiempo pasado. “….Sucedió, Olegario, que la enhebraciòn de mi discurso
como ideario fèmino, empezaría a desmoronarse, a partir de una situación un tanto extraña. Resulta
que, en el Colegio Venturiano, conocí a Luis Alejandro Ampuero. Maestro, igual que yo. También
vinculado a la cátedra de humanidades. Por lo mismo de la afinidad de nuestro trabajo, teníamos
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que compartir aula de clase. Cada lunes nos veíamos obligados a realizar planeación académica. Luis
Alejandro había estado en la Zona Quinta de Nueva Esperanza, una ciudad distante casi 400
kilómetros de Versalles. Allí desempeñaba el cargo de consejero adscrito al Consejo Superior
Académico de la Universidad Nuevo Horizonte. Entre sus funciones, estaba la de investigar acerca de
las necesidades tendenciales de la población màs joven, con aspiraciones universitarias. En esa
perspectiva, tenía que visitar colegios que imparten educación media en la región…”
“…Conocería a una joven estudiante de último grado de educación media. Itayosara Escalante, de
unos 16 años en ese entonces. La primera visita que haría al Colegio Giordano Bruno, permitiría
seleccionar un grupo de estudiantes mixto. En el proceso inicial de selección, incidiría de manera
notable las condiciones en que se desarrollaban los talleres de aprestamiento en ciencias sociales.
Justo por eso, Luis Alejandro, empezaría a desenvolver su trabajo, a partir de ahí. Previamente,
había leído los cuadernos relacionados con las actividades académicas anteriores. Algo así como
las memorias. Por esto mismo, ya sabía que Itayosara, ejercía un liderazgo sólido en colegio
Particularmente con sus pares académicos vinculados al grupo principal, denominados Semilleros
en Ciencias Sociales…”
“…Al terminar la sesión de la mañana, Luis Alejandro encontraría a Itayosara a la salida del colegio
Tal parece que no fuera tan fortuito el encuentro; Más bien como león herido en sus ínfulas de
intelectual prístino. Pero, a su vez, ese pulso latente que convoca a volver a mirar a la mujer que
deseas. En esto iba mucho la noción que, Luis Alejandro, tenía aparentemente claro. Itayosara
mucho menor que él. Casi podría ser su padre. Cuando Itayosara salió, Luis Alejandro la abordó.
El pretexto, tenía que ver con un libro titulado “De las cosas que pasan en nuestra vida”. Un autor
no muy conocido, Epaminondas Sanjuán. Un texto que, aunque farragoso, expone una intención,
más allá de la simple historia etérea. Más bien un posicionamiento en la hora temprana de Sigmund
Freud. Cuando éste recorría las fuentes de Sócrates. Su ética y su perspectiva de los sujetos. Como
cuando, el discípulo del maestro. Aristóteles, se embriagaría de un insumo de potencia ideológica.
Similar a la de Aristófanes, en su seguidilla de expresiones de la democracia ateniense…”
“…Itayosara saludó a Luis Alejandro, con una risa sincera., expectante. Quería profundizar con
él, eso de la doctrina asociada a la teoría de la historia, cuando se cuenta con documentos
heredados de fuentes más o menos veraces. Así como los recursos teóricos a partir de las
intuiciones derivadas de lo inmediato soportado en la hilatura cotidiana, contada por hombres y
mujeres partícipes de momentos, preferiblemente espontáneos. De eso que requiere de la vivencia
y su entendido. Más allá de cualquier especulación hegeliana….”
Luis Alejandro la invitó a recorrer el parque. Aun siendo conocedor de la disciplina a la que estaba
acostumbrada, en términos de las exigencias de papá Martiniano y mamá Cristina. No siendo un
hogar autoritario, de todas maneras era màs que a una rutina coloquial, inmersa en principios
obvios de cuidado elemental. Itayosara estuvo de acuerdo con la invitación. Pero solo por una
hora.
Un envolvente universo de decires y expresiones relacionadas con la internalización de los sujetos.
Pero, asumiendo como punto de partida el exterior como exógeno principio e insumo. Itayosara
expuso su teoría simple, pero de gran dimensión. Algo así como lo social construido a partir del
quehacer de los y las sujetos. Nunca en aceptación del llamado recurso premonitorio y/o de los
haceres predestinados. En su clase de “historia de las religiones”, compartía permanentemente
este tipo de expresiones con el profesor Asdrúbal. Un bello sujeto, en el cual la ternura, iba
acompañada de solidez conceptual y teórica. En una de sus clases, antes de terminar el primer
periodo académico, hizo una lectura y reflexión de un texto escrito por él en el proceso de una
investigación acerca del rol asumido por los cristianos, unos años después de la muerte de Jesús.
Era algo así como la relevancia de estudiar y comparar los escritos antiguos con las realizaciones
de este tiempo. Itayosara conservaba el texto original escrito por el profesor Asdrúbal. Leyeron
algunos apartes del texto, juntos…
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Para Luis Alejandro, el texto era algo asì como arrebato de verdades sin localizar en el universo que
ya, desde ese momento, había empezado su carrera. Y, por lo mismo entonces, la noción de las
cosas, no pasaba de ser diminutivo centrado en posibles expresiones que no conducía a
fundamentar ninguna opción de vida diferente. Viendo a Natura explayarse por todos los territorios
que han sido espléndidos. Uno a uno los iría contando. Haciendo de ese inventario un emblema
sucinto. Con el propósito de sonsacar a los tiernos días que viajan. Unitarios y autónomos. En ese
recorrido, el documento, induce a pensar en la misma línea habida. Sin situarse en posición de
entender su dinámica.-
Y, ya que, en ese momento, constituía una copia lánguida de todo lo que el mismo autor había
enunciado, como canto a capela, en la introducción. Y que trataba de impulsar, como principio
aludido y nunca indagado. En esa sordera de vida. Solo comparable con el momento en que
entendiera que no escuchaba las voces. Las ajenas y las de los demás, Como tiovivo enjuto. Varado
en la primera vuelta. Pero, aún asì, seguía el olvido de las palabras.
“…A partir de ahí, se producía en él una ruptura.
Pero, Luis Alejandro arrugaba su cerebro. Tanto como entender que, una cosa era su análisis. Y
otra, bien distinta, su arrogancia y su intención de centrar todo su instinto seductor, en el cuerpo
de Itayosara. De por si, esto fue advertido por la joven. Y asì lo expresó a su maestro y tutor.
Para Luis Alejandro, todo se iría diluyendo; al menos en lo que se esperaba de él. Renunció a su
cargo como consejero. Estuvo por mucho tiempo como itinerante sujeto emboscado por su propia
línea de conducta. Pasaría mucho tiempo, antes de sosegarse y emprender de nuevo…”
“…Al llegar a su nuevo colegio; empezaría una nueva ruta. Y es aquí, en donde retomo el hilo con
respecto a nuestro trabajo. Te decía, Olegario, que por lo mismo de nuestro oficio relacionado con
las cátedras de ciencias sociales y humanas; se iría dando una relación entre cálida y distanciada.
Casi al año de estar trabajando juntos; me visitó en la casa que antes habitaba. Cierto día, un
tanto tomado, con mucha aprensión, me diría literalmente:
“… Porque ya se había instalado, en mí, la condición de no hablante; pero no sujeto de escucha.
Mil momentos tuve que pasar, antes de volver a escucharte. Y paso, porque tú ya habías entendido
y dominado el rol del silencio. Y empezaste a enhebrar lo justo de las recomendaciones que te
hicieron los dioses chicaneros…”
“…Tu irreverencia se hizo aún más propicia. Yendo para ese lugar que habías heredado de las
otras mujeres plenas. Hurgando, en ese espasmo doloroso, me encontré con tu otro nombre. No
iniciado. Pero que, estando ahí, sin uso. Lograste la licencia para actuar con él. En todas las
acechanzas que te siguieron desde ese día…”
“…Yo, entonces, me fui irguiendo como sujeto desamparado. Viviendo mi miseria de vida. Anclada
en suelo de los tuyos. Y me dijiste que era como plantar la esperanza. Para que, después que el
sol deje de alumbrar; pudiésemos enrolarnos al ejército de los niños y las niñas que, a compás,
de tu música, iban implantando la ilusión en ver otro universo. Sin el mismo sol. Muerto ya. Tú
debes elegir cual enana roja estrella nos alumbrará…”
“…Insípido tiempo. Este que deambula por ahí como si nada. Aun sabiendo que lleva en sí, ese
tejido nefasto de violencia. De insania viva a toda hora y día. Con esos niños y esas niñas que van
y vienen sin horizonte. A cuenta de opciones de vida y de conceptos, que la y la sitúan en posición
de ser vulnerados por vejámenes. Abiertos, asincrónicos. De aquí y de allá. Como si fuese único
horizonte habido y posible. O con esas mujeres nuestras, matadas. Vulneradas. Como sopladura
en ese vahído maldito. Que nos cruza. Que las infiere como simples expresiones de vida sin pulsión
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Mujeres bajo fuego

  • 1. 1 Título de la obra: Mujeres Bajo Fuego Seudónimo: Emilio Arturo MUJERES BAJO FUEGO Novela Presentación: Tres mujeres, Luxila Elizondo, Adriana Lucìa Peñaranda y Antonia Benjumea; habitantes de Versalles, ciudad intermedia en la República Región Pacífico; conformaron una organización de mujeres. En su primer manifiesto: “…una organización cuya razón de ser será la lucha por los derechos de las mujeres en Región Pacífico. Además, en esa perspectiva, la cotidianidad. El día a da, supone acciones en contra de la discriminación, la violencia contra las mujeres y la educación constante y la promoción del empoderamiento. Como asunto vital, sin el cual no será posible alcanzar nuestras reivindicaciones. Un proyecto que, de por sí, incluye una opción política, en tanto que postulamos la necesidad que el Estado la asuma como propia; de tal manera que se convierta en política pública. Corriendo el tiempo, a partir de este manifiesto y su difusión, otras mujeres adhieren a la organización; convirtiéndose en dirigentes. Entre ellas, Bertha Consuelo Amasará, Isolina del Recuerdo Rentería, Valentina Tabares. Negra Dolores Mesa
  • 2. 2 Región Pacífico es un país localizado geográficamente en el centro de un universo imaginario. El poder económico, politico y militar està en manos de sujetos que ejercen su mandato apoyados en la represión, tejida con los hilos de propios de una política de inteligencia, en la intención de detectar cualquier asomo de lucha en contra de sus intereses. Por esa misma vìa aparecen opciones como las de Rosendo Peñaranda, el padre de Adriana Lucìa. Quien convierte todo su quehacer cotidiano en odio hacia las mujeres que según él, fueron responsables de la “pérdida” de su hija, como mujer que “traiciona” los valores de “los mayores” Los negocios ilícitos en busca de un mayor enriquecimiento de sus huestes; la traición a principios básicos constitucionales; la filtración de la organización de las mujeres que, con el paso del tiempo y de su lucha, se iría convirtiendo en punta de lanza. Ya no solo en términos de la lucha por las reivindicaciones femeninas; sino también en una organización que ejercerá como referente para la postulación de reivindicaciones sociales, económicas y políticas de todos y todas. En el contexto del cuestionamiento de las relaciones de dominio y de explotación cada día màs onerosas en el país Región Pacífico. Todo el entramado. El hilo conductor y las vivencias cotidianas de las mujeres. Sus fortalezas. Las debilidades propias de quienes van pasando de la sumisión a valores morales caducos. Soportados en opciones hipócritas de inquisidores que se parapetan en los mismos, pretendiendo hacer de esa sumisión un insumo perenne. A la insumisión libertaria. En todos los ámbitos de sus vidas. Van pasando hechos, en veces asociados a expresiones como el entendido de ser amantes. De la lucha por ser amadas. De aquellos momentos en los cuales pareciera que se derrumban sus propósitos libertarios iniciales. Por esa vìa, entonces, van apareciendo nuevas opciones y nuevos atributos. El caso de Negra Dolores Mesa Peñaranda; de Itayosara Escalante; Pedro Arenas Monserrat; Luis Alejandro Ampuero; Eloísa Valverde; Mariana Vásquez Agüero, Epigmenio Morales Cuenca; Patrolco Manrique. Además de quien, en principio, sería cuerpo del relato; Olegario Elizondo. La trama va decantando pasiones; gozos, desvelos. Cada quien empezará a ser cada quien. En un imaginario tejido a partir de sueños; melancolías; ternura, pasiones; erotismo, amor por los niños y las niñas, traiciones, vendettas. Entretanto, quienes controlan el poder, también van posicionando sus opciones. El nervio de todo el propósito por ahogar el grito libertario, será Macario Verdùn y su hija Andrea Amparo. Él y ella, han tenido antecesores que van discurriendo, conforme la memoria individual y colectiva se va ensanchando hasta llegar a tiempos idos. Los interludios, aparecerán como decantadores de esa memoria; pero también del ideario de valores. Casi como contextos ideológicos y culturales. Se van sucediendo acciones directas de represión. De violencias infames; en donde los cuerpos de las y los herejes, son destrozados. Como queriendo que ese hecho en sí, sea constitutivo del exterminio de los postulados de ternura, insumisión, libertad y equidad. Los y las personajes, van yendo en sí mismos y mismas. Como dije antes. Cada quien empezará a ser cada quien. Desgarradores momentos de tristeza; soledad; dolor físico y dolor de alma. Pero, asì mismo, momentos de absoluta belleza vivencial, política e ideológica. Son propósitos temporales e intemporales. Las secuencias van y vienen. Relatos en primera persona. Luego, los mismos, diluyen al o la sujeto que habla y dirige la orquestación…Hasta llegar a la convocatoria para que quienes lean el texto en toda su extensión, tengan insumos para sus propias reflexiones. La filosofía, la pedagogía, la sicología. El yo kantiano y hegeliano. El y la sujeto que se zambullen en la versión freudiana de la culpabilidad. De los sueños que revierten en realidades fallidas. Los documentos de trabajo de algunos y algunas personajes; dan cuenta de investigaciones realizadas con el propósito de afirmar o desmentir temas. La educación de los niños y las niñas; la educación especial a niños y niñas con patologías que obligan a opciones pedagógicas fuera del aula regular: particularmente destaco el trabajo de Itayosara Escalante y su amante Jeremías. El
  • 3. 3 trabajo de Viridiana, Numael e Isolina del Recuerdo en lo pertinente de los niños y niñas autistas. El trabajo de Ponciano Valverde, hermano de Eloísa, dirigido a entender expresiones de la religión y la ciencia. Entonces, “Mujeres Bajo Fuego” es una historia que cuenta historias en su mismo contexto. El amor, la pasión. Los desamores; promiscuidad. Las lealtades y deslealtades de los y las amantes; son ubicadas en su exacta dimensión; a partir del mismo contexto del entendido de la liberación femenina. Del nexo con las obsesiones de hombres y mujeres. De los idearios. De la simpleza de las cosas complejas. Los cantos y rondas para los niños y las niñas. La contextualización de las luchas de hombres y mujeres. En lo puntual de las opciones en contra del racismo. De las etnias sometidas por milenios. Todo esto va pasando y se entiende a partir de las realizaciones de la organización de mujeres del país “Región Pacífico”. De por sí, entonces, los trozos literarios que dan vida a momentos de absoluta belleza y pulcritud ética.; se constituyen en plena convocatoria a vivir la vida como ella es; pero con la mirada puesta en la revolucionarizaciòn de lo cotidiano. “Mujeres Bajo Fuego” es una sucesión de relatos que se enhebran en sí mismos. Tiene un comienzo intemporal y un epílogo intemporal. Quiero decir, algo asì, como un comienzo que luego se va diluyendo. Que es retomado en el curso mismo del relato, por relatos que desdicen lo que antes pudo haber sido. Y…el final no es otra cosa que la reivindicación de “Trono Mezquino”, como usufructuario del poder, también intemporal. Libro Uno Primera parte Prólogo Con razón estoy en el desvarío ampliado. Sí, no más, ayer daría cuenta de lo que pasó con la Negra. La niñita mía que amo. Desde antes que ella naciera. Porque la vi en los trazos del vientre de su madre, Amatista. Y la empecé a cautivar desde el momento mismo en que empezó a gozar y a reír. Ahí en el caballito de carrusel primario, íntimo. Cuando, en el cuerpo de su madre, montaba y giraba. Ella, en esa erudición que tienen los niños y las niñas antes de nacer; se erigió en guía suprema. Yo, viéndola en ese ir y venir momentáneo, le dije que, en este yo anciano taciturno, prosperaba la ilusión de verla cuando naciera. O de arrebatarla a su madre, desde ahí. Desde ese cuerpo hecho mujer primera. Y le dije, como susurrante sujeto, que todo empezaría a nacer cuando ella lo hiciera. Y le seguí hablando aun cuando escucharme no podía. Simplemente porque su madre, amiga, mujer, se alejó del parquecito en donde estábamos. Y me quedé mirando a Amatista madre, en poco tiempo concretada. Y la vi subir al busecito escolar que ella tenía. Pintado de anaranjadas jirafas. Y de verdes hojas
  • 4. 4 nuevas. Y se alejó, en dirección a casa. Y yo la seguí con mi mirada. Traspasando las líneas del tiempo y de los territorios. Sin cesar me empinaba para dar rienda suelta a mi vehemente rechazo por haberte alejado de mí. Niña bella. Niña mañanera . Y, en el otro día siguiente. Ella, tu madre, volvió a estar donde nos vimos ayer. Amatista madre. Como voladora alondra prístina, se sentó en el mismo sitio. En ese pedacito de cielo que había solo para ella y para ti. Y me miró. Como extrañada madre que iba a ser pronto. Y me dijo, con sus palabras como volantines libertarios surcando el aire, qué ella nunca me dejaría llevarte al lugar que he hecho para los dos. Que, según ella madre, ese lugar tendría que albergar tres cuerpos. Uno inmenso, el de ella. Otro, en originalidad absoluta y tierna, el tuyo. Y, el mío, sería solo rinconcito desde el cual podría verlas regatear el lenguaje. Elevándolo a más no poder. Casi, entre nubes ciegas, umbrías. Y que, ella, tejería tus vestiditos azules, rojos, morados, infinitos los colores. Y que, su mano, extendería hasta el más lejano universo. Para que, siendo dos, me dijeran desde arriba que yo no podría ser tu dueño. Ni nada. Solo vago recuerdo de cuerpo visto en la calle. En el parque. Más nunca en el aire ensimismado Otra tarde hoy. Yo aquí. Esperándolas. Tú en el cuerpo de ella. Y las vi acercarse, desde la distancia prófuga, Viniendo del barriecito amado por las dos. El de las callecitas amplias. Benévolas. Desde esa casita impregnada por el arrebato de las dos mujeres vivas. Transparentes. Orgullosas de lo que son. Y, tú y ella, con los ojos puestos en una negrura vorazmente bella. Amplia, dadivosa. Y las vi en el agua hendidas. Como en baño sonoro, puro. Imborrable. Y agucé mis sentidos. El olor fresco de sus cuerpos. Y el escuchar las risas y las palabras que se decían las dos. Hoy, en este sábado lento, estoy acá. Esperándolas como siempre. Y veo que llegan mujeres otras. Con sus hijos y con sus hijas. Niños y niñas nuevos y nuevas aquí. Pero, mi mirada, buscaba otros cuerpos. El de Amatista y de Anita, como decidí llamarte. Buscándolas por todo el espacio abierto. Sentí que no podía más con la nostalgia de no verlas. Y me pesaban las piernas. Como hechas de plomo basto. Y, mis ojos, horadando todo el territorio. Y miraba el aire que bramaba. Como sujeto celoso. Como fuerza envolvente, Pero no llegaron. Ni ella. Ni tu cuerpo en ella. Pasando que pasaban las horas, todo estaba como hendido en la espesura de bosque embrujado. Y me monté, con mi mirada, en los carritos pintados que veía. Como siguiendo la huella de su cuerpo y el tuyo en el de ella. Viajero sumiso. Con el vahído espeso de la tristeza, pegado en mí. Viendo calles. Cerradas ahora, para cualquier asomo de alegría. Así fuese pasajera, Y llegó la noche. Y, el frío con ella. Eché a caminar. Llegué a la casita mía. Y las encontré. Dibujadas en la pared. Ella riendo y tú también. Pero eran solo eso. Dos cuerpos hechos. Ahí. Sin vida. Y, esa misma noche, decidí no vivir más. Y me maté con metal brilloso. Y mis manos embadurnar on con mi sangre los cuerpos dibujados por no sé quien Capitulo uno Del primer sueño de Olegario, siendo el enamorado de la niña Negra Dolores, antes de haber nacido: Cuando empecé a correr detrás de Negra Dolores. Era un domingo en la tarde. Yo ya me había despedido de mamá Luxila. Una ceremonia benévola. En pura exposición de palabras, tiernas. Después de tanto caminar, encontraría a su abuela Làzara, en la cuarenta y seis con treinta. Ahí en el barrio Fátima. “Hola, diría ella. ¿Todavía buscando a Negra Dolores?. “,
  • 5. 5 “pues si señora, le respondí” No habían pasado seis meses, cuando la encontré. Ese mismo día, en el cual su madre Adriana Lucìa Peñaranda, me hiciera saber que casi todos los hombres del barrio había n tratado de seducirla. Empezando por los mellizos hijos de doña Luciana. Ella, inclusive, estuvo aquí en mi casa. Tratando de interceder por ellos.”… Me ofrecieron, una dote. Incluidas tres casas heredadas por la madre de Segismundo…” La mamà de los tíos y de Luxila, Izquierda María, , había nacido, comenzando el siglo XX. Única hija en el hogar de abuelo Olegario y abuela Ninfa del Carmen. Justo cuando cumplió tres añitos, quedó huérfana; ya que el abuelo y la abuela perecieron en un incendio que consumiría toda la casita en la cual vivían. Iletrada a más no poder, encontraría refugio en casa de su madrina Apolonia. Crecería con ese abrigo. Pero dándole a la lavada de ropa y al quehacer como cocinera de la madrina Apolonia y sus tres hijas. Betsabé, Ilduara del Socorro y Benita Alejandra. Siempre fiel, a quienes se constituyeron en su familia. Hasta 1930 año en que conoció a Elcònides, con quien casó ese mismo año. Corriendo el tiempo heredó, de mi bisabuelo una tierrita áspera, apenas para solventar las necesidades. Y empezaría a crecer la familia. Primero tío Fabiàn, luego tío Misael, después tío Venancio y por último mi mamá Luxila. Era un tiempo raro, por llamarlo de alguna manera. Fueron tres hijos varones y mamá. Siempre como dando tumbos. De aquí para allá. Una zozobra permanente. Una constante brega con la vida. La finca, heredada de Ninfa del Carmen y Elcònides, aunque de gran extensión, apenas producía lo necesario para sobrevivir. En correr de tiempo, decía, tío Fabián, nos iríamos habituando a la carencia de recursos. Por lo mismo, ellos y mamá Luxila apenas asistieron a la escuela hasta el tercer grado de primaria. En la escuelita, solo había hasta quinto de primaria. En un hecho extraño, para ese tiempo, era mixta. Un adoctrinamiento absolutamente retardatario. Solo eran tres maestros. Ellos se encargaban de la enseñanza en todas las materias. Menos la de religión que estaba al mando de Cristo José Bermúdez, el sacerdote del municipio. Mamá Luxila destacaba por ser una mujer inteligente. A pesar de haber cursado sólo hasta tercero de primaria; gustaba la lectura. En casa había pocos libros. Pero ella se ingeniaba muchas maneras para acceder a los libros que guardaban bajo llaves en la casa cural. En casa de su amiga Antonia Benjumea Insignares, había libros de libre acceso, en razón al carácter heterodoxo de su mamà y su papá. De la misma edad de mamá, era cómplice benévola. Casi todo el tiempo permanecían juntas. Inclusive, Antonia y su familia invitaban a Luxila a desayunar, casi todos los días. Los Benjumea Insignares eran lo que se dicen acomodados. El abuelo había logrado acumular tierras y dinero. Mantenía comunicación constante con las familias más ricas de la región. Era un proveedor de ganado de engorde y de vacas lecheras. Por lo mismo, entonces, el papá de Antonia, don Angélico Iroldo Benjumea, consolidaría, en Versalles, su condición comerciante de ganado. La mamà, doña Bonifacia Bolena Insignares, atendía todo lo relacionado con la contabilidad del negocio. En tiempo aventajado, todo el itinerario de madre, estaría cifrado en aquello que daban en llamar “las vueltas que da la vida”. Por lo mismo que, ella y Antonia, empezarían a localizar momentos de mucha travesía. Un imaginario siempre veloz. Estarían siempre en constante comunicación con quienes llegaban a Versalles. Indagaban por sus historias. Y por las actividades que fueran a realizar; para orientarlas y brindarles apoyo. Una de tantas personas, sería, con el transcurso de los días y años, consejera de las dos. Adriana Lucía Peñaranda Cienfuegos; había llegado desde ciudad Cervantes, y traía un gran acumulado de saberes y destrezas. Era hija única del matrimonio de don Rosendo Peñaranda y doña Epimenia Cienfuegos. De mucha trayectoria. Comoquiera que don
  • 6. 6 Rosendo, había andado por muchos territorios y vivencias. Se hizo rico, juntando capacidad para intuir los mejores negocios y la disposición para desarrollarlos. Tal vez, el de mayor desarrollo era la ganadería. Y sí que ahora eran tres. Luxila, Antonia y Adriana Lucía. Irían realizando cantidad de acciones, dirigidas a establecer condiciones propicias para la aventura. Todos los días, , enhebraban palabras y hechos. Por la vía de aplicar su talante en cada momento. Irían construyendo escenarios diversos. Desde establecer grupos de lectura en toda la ciudad, incluida la zona rural. Hasta la realización de desfiles de comparsas, en fechas que ellas mismas habían elegido. Un derroche de imaginación nunca antes vista en ciudad Versalles. Tío Venancio lograría entender la dinámica del tiempo, cuando estuvo trabajando en una de las haciendas de don Rosendo Peñaranda. Tendría que aprender el oficio de marcar terneros. Efraím Piernagorda, sería el encargado del adiestramiento. Él había estado al lado de la familia de don Rosendo, desde muchos años antes de nacer Adriana Lucía. El mismo año que naciera Adrianita; acordó con el patrón la fecha de su retiro. Fundamentalmente por sus dolencias y por haber cumplido setenta y tres años. Rosendo lo indemnizó, tratando que el viejo tuviera, al menos, lo necesario para seguir viviendo. Efraím tenía diez hijos, era viudo. Ninguno de sus hijos había asistido a la escuela. A duras penas, Heliodoro y Germán, aprendieron a leer. Todos trabajaban en haciendas ubicadas en Puerto Abuchaibe ubicado a quinientos kilómetros de Versalles. La esposa, doña Manzana Lourdes Manosalva, moriría, tres días después del nacimiento del último hijo de la pareja, Anacoreto Piernagorda Manosalva. El tempo iría arropando, a Efraím, en esa brega que es vivir anclado en un territorio ya conocido desde antes de haber nacido. Simplemente asumía lo justo para poder vivir. Venancio era el menor de los varones. Por mucho tiempo estuvo al lado de su mamà Izquierda María. Ella, siempre dijo que “… Venancio no tendría nunca el ánimo, ni la capacidad para enfrentar la vida…” Por lo tanto, el tío menor. Iría estableciendo, con los demás, una relación un tanto impropia. Como cuando las cosas se van sucediendo sin poder aprender el camino y las circunstancias que depararían la seguidilla de momentos por venir. Pues sí que, cuando, mucho tiempo después, aprendió el oficio, de la mano de Efraím; tío Venancio ya estaba muy entrado en años. Ni que decir de la paciencia que tuvo que aplicar Efraím; para lograr adiestrar al tío. No he podido precisar el tiempo en el cual mamá Luxila y sus amigas Antonia y Adriana Lucía; alzaron vuelo. Lo cierto es que las tres harían amigas con la familia de Bertha Consuelo Amasará Ojeda. Ella les brindaría asilo transitorio. En todo Puerto Abuchaibe, las conocerían como “las tres viajeras”. Nadie diera cuenta de la motivación para emprender la huida. Lo que si se sabría después, es que el cura Cristo José tuvo algo que ver. Y me pareciera lógico. Porque las andanzas de mi madre y sus dos amigas, de todo tendrían, menos de sumisión a las enseñanzas de la iglesia. Ya estaba escrito y dicho el mandato vergonzante; que constituía la única verdad: El comportamiento de las mujeres tendría que ser ajustado a las directrices trazadas por Cristo José, Tal vez, en lo que sería mi reflexión posterior, lo que no soportarían las tres viajeras, sería el mandato relacionado con la aceptación como dogma absoluto, que las mujeres nunca podrían actuar por fuera de la confesión devota ante el sacerdote. Y que no podrían nunca establecer relaciones con los hombres, sin que sus familias y él mismo (Cristo José), las avalaran. Mucho tiempo después, dijo el tío Misael, mamá Luxila y sus dos amigas, conformaron un grupo de mujeres herejes. Tanto como decir que, fueron ampliando la vocería de sus mensajes por fuera del orden establecido. Tanto social, como religioso. Bertha Consuelo había logrado estudiar más allá de lo posible. Es decir, llegaría hasta estudios universitarios en sociología, en la Universidad Autónoma
  • 7. 7 de Palermo. Una institución que se iría haciendo famosa por facilitar a las mujeres el acceso. Inclusive patrocinándolas con becas que incluían no solo el valor de las matrículas; sino también la vivienda en las residencias que había dispuesto y habilitado, el Consejo Superior, en la ciudad. Cuando la familia de Adriana Lucía amplió la búsqueda, la encontraron en casa de Benjamina Augusta Aparicio, una compañera de estudio de Bertha Consuelo. Una algarabía absolutamente impertinente, Como si se hubiera convertido en una mujer perversa. Dirían a cuatro vientos que eran malvadas sus amigas Antonia y Luxila que la habían inducido con sus costumbres malsanas. Más que nada, porque, ¿qué será de ella, ahora cuando todo el pueblo la repudia?. A ella le endilgarían el haber actuado de manera ignominiosa en contra de “los valores que había heredado de sus mayores”. Mientras tanto, mamá Luxila, Antonia y Bertha Consuelo Amasará, habían logrado convertir su afugias en acicate para potenciar la organización de mujeres. Una vez supieron lo de Adriana Lucía. Y que su familia había difundido su versión, la cual sería aceptada por casi todas las familias de la región. Tanto así que conectarían a todos los párrocos y a la feligresía para infundirles el odio por las tres mujeres. Las harían culpables de pecado mortal en ellas y a Adriana Lucía la habían convertido en víctima, aprovechándose de su buena fe. Rosendo Peñaranda, como represalia, despediría a tío Venancio. Él mismo se encargaría de promocionar entre vecinos y vecinas, acciones en contra de mi familia y la familia de Antonia. Todo lo iría tejiendo; con el hilo del resentimiento. Una aguja malvada. Trataría, por todos los medios de llevar a la ruina a mis tíos y al señor Benjumea. Izaría la doctrina que se convertiría en punta de lanza. Todo esto con la absoluta colaboración del cura Cristo José. Entre Antonia, mamá Luxila y Bertha Consuelo, lograrían minimizar el impacto causado. Una dolorosa espina que había sido clavada, por la vía más hostigante. Escogerían como sitio de reposo y de acción, ciudad Palermo. Aprovecharían al máximo el don de la palabra de Bertha Consuelo; además el hecho que amigos y amigas de Bertha aportarían de todos los recursos necesarios. Incluyendo la posibilidad de otorgarles albergue en las residencias universitarias. La organización de mujeres, lograría establecerse como unción válida para atraer más y más mujeres. Casi todas mujeres jóvenes escogieron libremente la organización como suya. Y las acciones como pertinentes y necesarias para sacudirse el yugo que las mantenían casi como esclavas.. Durante todo el tiempo del mundo, mantendrían lealtad entre ellas y con quienes se fueran adhiriendo a sus postulados de solidaridad, lucha por derechos y ternura. Capitulo dos Adriana Lucía se casaría cuando recién había cumplido veintiún años, con Marcelo Mesa Era hijo de doña Lucrecia Metaute Arredondo y de don Simón Mesa Ricaurte El mismo día de la boda, marcharon hacia ciudad Fonseca. Marcelo ya estaba advertido, respecto a la conducta inmoral de Antonia Benjumea, de Luxila Elizondo y de Bertha Consuelo Amasará. Tendría claro, entonces, Marcelo que no le estaría permitido buscarlas. Ni aunque Adriana Lucìa le rogara hacerlo. Este Marcelo se había enamorado de Adriana Lucìa, desde que ella tenía doce años. Todavía estudiaba en la escuelita mixta. Él tenía una educación básica. Lo suficiente para encargarse de los
  • 8. 8 negocios de don Simón. Que fuera aprendiendo la contabilidad por partida doble, viendo y oyendo a Saulo Arboleda Benavides, quien trabajaba casi desde los quince años con papá Simón. Además leyendo principios básicos de Lucas Pacciolo. Marcelo visitaba casi a diario a la familia Peñaranda. Por lo mismo, iría logrando cierta confianza. Por lo menos para acercarse a Adrianita, como la llamaban en casa. Podría decirse, entonces, que la vería crecer, año tras año. Precisamente, cuando Adriana Lucìa empezó sus estudios de básica primaria, la acompañó hasta la puerta de entrada. Y le dijo a Don Onofre Carrizo Gutiérrez: “maestro, Adrianita es hija de Rosendo Peñaranda y su esposa Epimenia Cienfuegos. Le solicitan a usted, comedidamente, mucha paciencia con la niña; ya que es bastante imperiosa y juguetona…” Ese día que se enamoró de Adrianita, le dijo a don Rosendo que le gustaría estar más tiempo al lado de la niña. “Le prometo, señor Rosendo que siempre respetaré y acatatarè los principios morales y religiosos de su familia…” Adriana Lucìa celebró su aniversario doce, en medio de gran jolgorio. Su familia contrató una de las mejores orquestas conocidas hasta ahora en Versalles. Invitaron a casi todo el municipio. Alquilaron El Salón Púrpura, bastante amplio y moderno para eventos como ese. La familia de Marcelo fueron huéspedes de honor. Así lo manifestaron don Rosendo y doña Epimenia. Marcelo bailó toda la noche con la cumpleañera. Contaría mil y una historias. Todas por el mismo estilo de Scherezada Casi al año de casarse, nacería una nena negra absoluta. Tan bonita como su mamá Adrianita. Como sin saber explicar por qué la bautizaron con el nombre de Negra Dolores Inès.A partir de ahí. Todo empezaría a girar en torno a la niña Dolores. Iría creciendo de manera tan rápida; que no daría cuenta para establecer una relación con ella, como con las otras niñas. Casi de inmediato, cumplió cinco años. Un día, de esos en que uno recordaría siempre como la plenitud de la lucidez; Adriana Lucìa estaba recogiendo a la niña Dolores en la puerta del colegio, se encontró con Antonia, su vieja y querida amiga. Hablaron casi dos horas, Tanto así que Negra Dolores se durmió en los brazos de Adrianita. Miles de recuerdos pasarían como ráfagas. Anecdotario rico en sucesos. Expresado todos en palabras bien intercambiadas y pulcras. Comenzarían por desnudar todos los eventos relacionados con la organización de mujeres y del rol que cada una venía cumpliendo en el proceso de divulgación y educación en derechos. De mamá Luxila hablaron poco. De corrido, Antonia, logró hilvanar algunas palabras cortas, pero sinceras. Por ejemplo Antonia refirió los momentos de mayor dificultad para Luxila, Concretamente , cuando estuvo ejerciendo como mujer activa en los procesos que comprometían derechos de las mujeres. Particularmente en lo puntual de mujeres cabeza de familia. Su función era de amplio espectro. Tanto como entender que trabajaba de tiempo completo, visitando barrios y viviendas en los cuales se había informado de agresiones. Adriana Lucía presentó, a Antonia, su hija. Expresándole absoluta felicidad. Agregando, además, que su relación con Marcelo iba más o menos bien. Le precisó cómo y en donde lo conoció. Tal vez, diría Adrianita, tú no lo alcanzaste a conocer. Por lo mismo que, en ese entonces, la familia Mesa Metaute no era, todavía, conocida por nosotros. Recién habían llegado desde Loboteruel. Mi familia conoció a don Simón y a doña Lucrecia, casi de manera fortuita. Un día que papá necesitó comprar algunos implementos para la hacienda. Don Simón tenía el almacén más grande en la ciudad. Además de ser distribuidor exclusivo de aperos de labranza; de sogas y cabezales para ganado. Desde ese mismo día entablaron amistad; la cual ha permanecido en el transcurso del tiempo. Tanto así que, cuando yo hice mi primera comunión, papá Rosendo le solicitó que él y doña Lucrecia sirvieran de padrino y madrina. Sin embargo, diría Adriana Lucìa, no todo sería tan simple. No sé si recuerdas el día aquel en que
  • 9. 9 estuvimos de paseo en la finca de don Eudoro Arzate. Allí estaba Marcelo. Yo nunca les diría que su familia era conocida de mamá y papá. Pues sí que bailé con él. Muchacho ya entrado en sus quince años. Ese mismo día estaba presente Andrea Amparo Verdùn. Una niña mayor que Marcelo. De veinticinco años. Había nacido en ciudad Morazán. De familia muy rica. Su papá Macario Verdùn, tenía ocho haciendas. Sembrados de naranjas, melones, maracuyá, mandarinas. Además cultivos en zonas menos cálidas de café. Por sus manos pasaba todo el dinero del mundo. Cuando la familia Verdùn se trasladó a Versalles, Andrea Amparo quedaría estudiando en Morazán. Graduada en ingeniería civil, decidió establecerse acá, en Versalles. Inicialmente se incorporó a la secretaría de obras públicas. Ya, que, para entonces, el pulso de Macario Verdùn, ejercía bastante influencia en las autoridades de la ciudad. Conoció a Marcelo, cuando don Simón estuvo con él tramitando unos permisos para construir la bodega en la cual almacenaría algunos productos importados. Andrea Amparo atendió la solicitud. Inmediatamente fijó su mirada en Marcelo. Se produjo lo que los abuelos decían “amor a primera vista”. Esto permitió que la solicitud fuera aprobada en solo tres días. Cuando lo normal, según el reglamento interno de la secretaría, no es menos de treinta días calendario. Cuando Andrea supo que Marcelo empezó a visitarme en casa; se indignó al extremo. Y eso que yo apenas tenía doce años. Pasó, entonces, que Andrea Amparo, agotaría todos los recursos que disponía para tratar de seducir a Marcelo. Inclusive asumiendo expresiones un tanto fastidiosas. Como, por ejemplo, retener documentos necesarios para legalizar parte de la mercancía importada por la empresa de don Simón. Cuando supo que Marcelo formalizó la petición de mi mano a papá Rosendo y a mamá Epimenia; entraría casi en trance cataléptico y juraría hacerme la vida imposible. El día de mi parto, hizo presencia en la clínica Manjarrez. A pesar que no la dejaron entrar, hasta mi habitación. Haría todo un bochornoso acto de histeria. Días después, supe de su intento de suicidio. Yo interpreté esa acción como el resumen de una vida que no ha tenido sosiego en el transcurso del tiempo. Lo que tú no percataste Antonia, ese día del baile en casa de don Eudoro; constituiría para mí y para Marcelo un perenne desasosiego. Como si el tiempo y las vidas en él, transitara de manera lenta. Con esa melancolía propia del día a día. Antonia, acompañó a Adriana Lucìa hasta el parqueadero en donde tenía el carro de la familia. Me diría, después de muchos años, que en ese breve tiempo de conversación con Adriana Lucìa, logró entender la insensatez de algunas mujeres. Percibí, me dijo, que la agobiaba la desazón relacionada con la falta de confianza en su marido. Podría considerarse, de paso, que era solo intuición mía. Pero, a decir verdad, Olegario, con el paso de los años, he confirmado lo que te estoy contando. Sabría, a manera de ejemplo, que la familia de Marcelo estaba detrás del dinero y del poder político de la familia Verdùn. Te cuento, además, que después de haber conversado con Adriana Lucìa, regresé a casa. En ese entonces yo estaba sola. Quiero decir sola en el sentido que no tenía ni novio, ni esposo. Simplemente vivía al ritmo de la dejadez de cualquier otra cosa que no fuera lo relacionado con nuestra organización feminista. Bertha Consuelo llegaba a mi casa casi todos los sábados. Con ella compartía muchos de mis desvelos y tristezas. No tanto en términos de lo que llaman ahora “desahogar” en palabras lo que llevaba por dentro. Como una sensación de soledad constante. Bertha siempre había sido estudiosa en esos temas. Con ella aprendí a leer, interpretar y entender casi todos los escritos de Freud. Por una vía absolutamente desprevenida. Me contó, en ese entonces, de sus afugias. Resulta que, después de haber salido de su casa, se produjo una ruptura con toda su familia. Dijo ella, en su momento, “…Estoy como pasajera en la nave del olvido. Por lo mucho que he vivido. Sin saber lo mucho que hice en una sinrazón casi aciaga. Y lo que he logrado adquirir, simplemente, es entender que la pulsión de vida, no ha estado del todo conmigo. Cuando conocí a Juan Salvador Iriarte, pensé que estaba hecho a mi medida. Él y yo en pos del futuro, que considerábamos estarían de nuestra parte. De gozos y desvelos. De entender que lo que somos no es otra cosa que recorrer caminos, atados a la ilusión que, necesariamente, tendría que llegar. Por lo mismo Antonia, el brete
  • 10. 10 de vivir solo es comparable al vacío que se siente cuando nos damos cuenta que hemos caminado; pero sin avanzar. Como si los caminos fueran, simplemente, una polea sobre la que andas, pero nunca avanzas…” Interludio Uno Tal parece que echó en bolsillo roto, la promesa que le había hecho a la niña, Esa, de ojazos color negro intrépido, Ella había conocido al negro sin nombre, en una visita que su familia hizo a Puerto Escondido, en la región Matacandelas. Hicieron migas de inmediato. El negro trabajaba para el alcalde Arcesio Nieto Molinares. Servicios generales. Desde amarrar los perros para que no mordieran, a los visitantes. Hasta colaborar con los zootecnistas en la elaboración de queso y suero costeño. El negro había nacido en San José de Pironieta. Capital de la región Esperanza Viva. Desde muy niño le tocó darle al camello. Su familia era tan pobre, como la mayoría y un poco más. Con esfuerzo casi sobrehumano, logró terminar la básica primaria. Se separó de su papá Eliodoro Guasca, cuando mamá Leopoldina falleció, debido a la mordedura de serpiente coral. De todas maneras, desde ahí, supo que es la tristeza y la melancolía. Trajinó mil un caminos, Dando tumbos, sin lograr deshacerse de ese reguero de días punzantes. Lo de la Negra surgió así. Como cuando, las cosas se van dando, casi sin percibirlas. La nena lo conmovió de inmediato. En una mirada absorbente. Bellamente pegajosa. En el escenario que se ensanchaba, con la complicidad del mar abierto. La familia de la niña, venía desde ciudad Perdida. En la intención de acceder a este territorio. En el cual se vive, con la sensación de estar en la alegría perenne. El papá de la Negra, había conocido al señor alcalde, cuando éste fungía como estudiante ávido de conocimiento. Anselmo, estudiaba en el mismo colegio. Y, los dos, se hicieron amigos y cómplices. En proceso de consolidar una perspectiva para alcanzar opciones benévolas. La mamá de la Niña, había conocido al papá, en una fiesta. Allí mismo en el barrio en el cual vivían. Una sensación de placer, sentían en mirarse mutuamente. Y en el bailoteo, Sus palabras, empezaron a ser susurros tiernos. Tanto así que se sentían sujetos que ascendían al espacio medio. Entrelazaban sus manos. En una sensación de vocería tierna. Más allá de la solitaria simpleza, engañosa. La Negra le habló, por primera vez, al negro que estaba como su custodio, cuando éste bajó las maletas y las colocó en fila, al pie del cuarto que iban a ocupar. Le dijo; “señor le pido el favor que me ayude a entrarlas al cuarto…”.se cruzaron sus miradas. Ella percibió la melancolía del negro. Como si hiciera lectura de su pasado, en esos ojos grises. La niña empezó a ubicar su ropa y de mamá y papá. El negro se sintió un tanto extraño. Como sujeto en vuelo, sin contacto con la vida terrena. Una vez pasaron los segundos de encantamiento, se retiró. Se dirigió al extenso solar de la casa, tratando de serenarse. Para continuar el deshierbe que le había solicitado el señor alcalde. Pero, el azadón y las tijeras las sentía pesadas. Sintió un espasmo corporal que, nunca antes había sentido. Dejó el oficio a medio empezar y se dirigió a su cuarto, en el propósito de descansar un rato. Tratando de alejar el sentimiento de soledad que lo acompañaba, en mucha más profundidad. Al día siguiente, muy temprano, empezó su labor como cocinero. Preparó el desayuno, tal y como le había dicho el doctor Arcesio. Suero, arepas, huevos revueltos con tomate y cebolla y café con leche. Él mismo puso la mesa a la espera de la niña, don Anselmo, mamá Rosa y el propio anfitrión.
  • 11. 11 El negro, una vez servida la comida mañanera. Se retiró al cobertizo, para preparar los aperos de los caballos que iban a utilizar, la familia de la Negra y el señor alcalde. De antemano, habían acordado un recorrido por toda la sabana. Además, visitar el sembrado de naranjas, plátanos, guanábanas y melones. Una vez se retiraron los viajeros y las viajeras, el negro fue hasta la plaza de mercado. Compró la carne de res, las gallinas, el ñame, el arroz y los condimentos necesarios para el almuerzo, programado. Lo seguía acompañando la soledad profunda. Esas ganas de llorar. Además, el tósigo del cuerpo de la niña. El cual había visto, en plena desnudez, mientras ella se bañaba. Tal vez, en ese ritual propio de quienes se sienten, como él, convocados a apreciar la belleza. No en la intención burda de la lascivia. Era algo que lo había acompañado desde pequeño, cuando se bañaba en las aguas del río Manso, en compañía de sus primas Adelaida e Isabel. Él y ellas en desnudez preciosa. Por lo mismo, entonces, cuando el señor alcalde, la niña, mamá y papá regresaron; el negro estaba todavía excitado. Pero ya había preparado el almuerzo. Lo sirvió con mucha emoción y pulcritud. Era, el negro, especialista en la preparación de la limonada fría. Los días pasaban con la rutina propia de la familia de la niña y el señor alcalde. Algo así como la cultura construida con el pasar de los años. El martes dos de junio, empezaron los preparativos para el viaje de regreso. Pandolfi, en la mañana, había visto a la niña en su desnudez, cuando se bañaba. Se le acercó y la envolvió en un abrazo puro. Anastasita se dejó llevar en ese torbellino de sensaciones nunca antes conocidas. La llevó hasta el cuarto que ocupaba la familia de la niña. La ayudó a vestirse. No sin antes haberla arropado con la toalla. Le prometió a la niña que viajaría cualquier día hasta su casa en ciudad Escarlata. Y que repetiría su torbellino de abrazos. La secaría y la vestiría. Y que, después, les diría a papá y mamá, que le permitieran llevarla hasta el horizonte lejano y que ascendería con ella, hasta el medio universo. Y que allí, una vez la Negra cumpliera la edad requerida, la haría suya. Y que, ese día el sol iluminaria con mucha mayor fuerza. Y que nacerían hijos e hijas que se encargarían de hacer crecer el otro medio universo, en compañía de la Luna. La Negra empezó a soñar con ese momento. Con ansia pura. Con alucinaciones benévolas. Pero, el negro Pandolfi, nunca cumplió su compromiso. Porque, simplemente, se fue mar adentro. Y, nunca más, se supo de él. Capítulo tres Llegué a casa de mamá Luxila, un tres de marzo.. Fue algo fortuito. Simplemente yo estaba de paso para el distrito Francisco Tejada. Desde mucho tiempo atrás había comprometido mi participación en un foro convocado por la Universidad Nacional de Normandía, que tenía una sede allí…”He andado muchos caminos, sin encontrar el camino”. La frase no es del todo mía. Más bien es como simple adecuación de palabras de Machado. Antes de ser quien soy hoy, estuve en condición de sujeto ávido de conocimientos. Empecé, como alumno de Deogracias Fonseca. Lo había decidido así en razón que no hallaba certezas, siendo alumno en el Colegio Velásquez. Allí había llegado desde Loboteruel . Siendo muy niño, escuché a tío Fabián hablar de “…lo que no se aprenda en edad temprana, ya no se aprenderá nunca”. Pues sí que, a esta misma conclusión llegué, conociendo la realidad académica en el Colegio Villa Páez, situado ahí cerquita. Siempre asistí como sujeto alumno que iba en busca de lo desconocido: “…No es otra cosa que las versiones maniqueas de lo que casi todos y todas conoceremos en el tránsito a lomo de la lectura e interpretación imperfecta de lo que leemos…” Tal vez la ruptura se haría manifiesta el mismo día que conocí a la niña más linda antes vista. Ni por mí ni por nadie. Una piel negra absoluta. Ojazos negros, escrutadores de todo lo habido y por
  • 12. 12 haber. Hija de Adriana Lucìa Peñaranda y de quien fuera su esposo Marcelo, antes de abandonarlas, yendo en búsqueda de Andrea Amparo Verdùn, quien había decidido viajar a Palermo, capital de Región Pacífico. Decisión tomada, una vez Marcelo le dijo que “… la amaba y la amaría hasta el fin de los tiempos...”… Yo me fui convirtiendo en sujeto ansioso. No tanto, ya, por la sucesión de hechos y acciones inherentes a mi relación con la academia y el conocimiento. Lo que empecé a vivir y sentir como insumo asociado, en futuro, a Negra Dolores Mesa. Siempre en procura de su estampa. Casi que se convertiría, para mí, en pura sensación impávida y alucinante. A partir de ahí, visitaría varias veces a Adriana Lucìa y a la niña Negra Dolores. Me iría enterando, de las ilusiones perdidas. Además, de cómo mamá Luxila iría creciendo en cuerpo, tiempo y espacio; después que estuvo en Versalles al lado de Antonia y Bertha Consuelo, expandiría su vida a territorios no conocidos, al menos por mí ni por Adriana. Sabría, además, que Negra Dolores se estaba haciendo mujer, en velocidad casi de rayo. Estaba matriculada en un Colegio de Versalles. Ya iba por el segundo grado de básica primaria. Con sus seis años era considerada la mejor alumna. Fundamentalmente en motricidad fina y en lectura e interpretación. El caso de Marcelo era algo así como sujeto que ha ido perdiendo la locomoción espiritual. Por lo mismo que no atinaba a diferenciar entre la plenitud del amor que le otorgaba Adriana y el cariño de Negra Dolores; con la pasión insensata que otorgaba Andrea Amparo Verdùn. De cómo se iba tejiendo la deslealtad de la familia de Marcelo. Como fueron abochornando la relación entre él, su esposa y su hija. El primer día de mis conferencias no logré hilvanar el tema. Es como si estuviera agarrotado el cerebro, Como pura ensoñación perversa. Mis giros lingüísticos no supe precisarlos. Y más parecía un profesor desconectado con el conocimiento. Fundamentalmente en todo lo asociado con el origen de las religiones y su difusión. No alcanzaría a dimensionar de manera plena la relación religión- filosofía. Me quedaría engarzado en el aristotelismo, lo socrático y la evolución posible en términos del conocimiento del ser y la conciencia. Un tanto parecido a quienes nunca han podido desanudar el ovillo relacional entre Hegel y Kant. Un entramado teórico que yo no podía explicar. El público no salía de su asombro. ¡ Cómo era eso que planteaba el conferencista!. No atinaban a encontrar mi libreto preciso. Como si yo estuviera proponiendo una relación causal entre la totalidad del universo; pero extraviado a la hora de proponer la condicionalidad del sujeto; en razón a que éste (el sujeto), en mis palabras parecería más bien un demiurgo obsoleto, Encasillado en las traducciones bíblicas y la responsabilidad endilgada a Wycliffe, Jan Hus, William Trundale y Jacob Van Liesveldt. Por la misma senda que la inquisición y los inquisidores en diferentes momentos históricos. Los estudiantes llegarían, inclusive a endilgarme como si fuera vocero desmirriado de éstos y no profesor que estaba en obligación de dilucidar opciones a partir del cuerpo mismo de lo expuesto. Al menos en la convocatoria que había realizado la Universidad de Normandía, en la Sede, se decía que asì serìa. Capitulo cuarto Lo de Luxila todavía estaba ahí. El cuento ese que le inventaron hace días. Que estaba en tinieblas, cuando apareció el Gran Señor. Ese que, según dicen, la tuvo primero. Antes de ser ella hoy lo que antes era. Y me di a la tarea de buscarla para escuchar de palabra suya, si era verdad o mentira. Fui hasta donde vivía antes. Y me dijeron que no; que desde el siete de febrero se mudó. Que no saben para dónde. Y qué razón alguna dejó. Ni para mí ni para nadie. Solo que se iba y que no la buscaran más. Ni aquí ni allá. Ni en ninguna parte tampoco. En verdad tenía afán de encontrarla. Fui por ahí caminando. Preguntando si la han visto siquiera. Por
  • 13. 13 lo mismo, vuelvo y digo, “…que pasaría con ella. Abandonó su lugar sin decir adiós ni nada. Sin siquiera expresar por qué camino cogió. Recuerdo si, que una noche cualquiera, me dijo no voy más; porque en este mundo voraz no quiero ni vivir ni estar. Que mi dolor es profundo me dijo. Que no me podía contar lo que en otro lugar pasó con ella…” Y del mismo recuerdo aquel, entresaqué una verdad que deduje cuando de tanto hablar, ataría cabos sin par. Y leí lo que logré entrelazar. Siendo una historia absurda y triste a la vez”… Que se hizo mujer en brevedad de tiempo. Que, por lo tanto, no tuvo hogar seguro. Ni siquiera como simple apoyo para ayudarla a caminar en la vida. Que no tuvo edad para amar. Que, por lo mismo, entraría en eso de dar su cuerpo al postor primero y mejor….” “…Y que seguiría yéndose. Andando pasos perdidos; sin lograr nunca sentir ser amada. Sin encontrar refugio, que al menos su pulsión descansara. Que, al menos, consuelo fuera. Para ella y para quien llegó a ser fruto sin ella quererlo. Y de camino en camino, estuvo en la otra orilla. Brincó el océano rauda. Como rápido es soñar que va a enderezar lo habido. Buscaría atajos siempre; tratando de no perder la punta del hilo para volver. Aun así, de dolor en dolor, llegó al punto de no retorno. Como queriendo decir con eso, que tocando fondo estaban su pasión y su albedrío. Y, con ella, y por supuesto Olegario que crecería; sin hallar lo que quisiera. Que no era otra cosa que ser sí mismo. Su estructura mental iba más allá que el perfil todo de Luxila. Era algo así como un dotado extremo. De esos que no se encuentran ahí no más. Diría yo, ahora, ni cada doscientos años. Luego que perdiera su rastro. No tendría sosiego. Lo mío hacia ella, siempre ha sido y será verla mía. No más, ahora, vuelven a mí esos dos días en Loboteruel. Ella y yo, en la sola piel. Revoloteando a lo torbellino. Una danza herética de no acabar nunca. De torsiones ajenas. De esas que ella y yo vimos cualquier da; en sueños dos. El de ella y el mío. Ella avasallada, como diosa que se otorga. Yo, como sátiro en bosque, buscando cualquier sexo perdido. Fui hasta su océano; el mismo que atravesó otrora. Y pregunté por ella al viento. No supo que decir. Lo increpé por su no recuerdo. Y me devolvió el silencio, como única respuesta. Bajé en profundo. De agua y sal fue mi bebida. Todo para no encontrarla. Todo para ella seguir perdida. En cualquier lugar, un día cualquiera, encontraría a su hijo Olegario. Y me dijo”… no la he visto. Ya casi ni la recuerdo. Por lo mismo que mi madre me dejó en el camino. Sin notar siquiera que yo la amaba. y que en disposición estaba de buscar a su lado mi destino. O el de ella. O el de los dos. Y vagué por el mundo, me dijo. Desde el Pacifico violento. De mar a mar. De Puerto Abuchaibe a Malasia. Desde Antofagasta hasta la India. No vería huella de ella. Pero escucharía su voz a todo momento. La veía en sueño recurrente. Recordaría sus espasmos; sus gritos; sus susurros. Como cuando a mi padre amaba. Por lo menos eso diría una noche. Entre sueños y desvelos…” Dejaría a Olegario sin rumbo. Yo cogería el mío. No otro que el mismo, enrutado por mi brújula doliente. De amor y de vértigo. De ternura y de deseo. Iría a recabar en Angola. Conocería sus pesares y sus soledades. De Colonia abandonada a su suerte. Una vez saqueada; arrasada, violentada. Nadie, allí, supo que fue de ella. Ni la conocieron siquiera. La mañana en que me contaron lo que, según dicen pasó, estuve yendo y viniendo en lo que hacía. No me interesé al comienzo. Pero, en el mediodía entré en el tósigo de los celos. Revolqué mi silencio. Una copa tras otra para ahogar, como en la canción, la pena de no tenerla. Odié a quienes vinieron. A los que, según dicen, la vieron al Gran Señor atada. Como a remolque. Como suplicante mujer que juntando mil palabras haría de lo dicho un sonajero de expresiones, como doliente insaciada. Como náufraga asida a cualquier trozo de viento amigo y cálido. Noche aciaga esa. Perdido en las calles. Con pasos de caminante perverso. Que busca lo que ha
  • 14. 14 perdido y que, a conjuro, envalentonado quiere hacer venganza; así sea lo que fuere; no importándole si en ella muriera Luxila o su amante. En esas estaba, cuando en la penumbra de una esquina, encontré a quien fuera su amigo del alma. Santiago era su nombre. Uno de los mellizos de Luciana Aponte,. El mismo que Làzara había visto. Porque haría que así fuera; como quiera que en su cuerpo clavara tres veces el puñal que llevaba en cinto desde la víspera. Desde ese día anterior; o desde el mismo día, no sabría decirlo Capitulo Cinco En uno de mis sueños clandestinos…soñaría:”… Estuve visitando a Negra Dolores. No le veía desde el día en que terminó el bachillerato, en el Colegio Abaunza. Recuerdo todo lo que hicimos. Años de buena lúdica. Estando aquí y allá. En todo el barrio. Que, para ella y yo, era igual al universo todo. Mauricio y Valquiria siempre fueron nuestros cómplices. En todo lo habido y por haber. Todo un trasunto de vida imborrable. Las caminatas en fines de semana. Los juegos diversos, siendo niños y niñas. El trompo volando, zafándose de la pita envuelta en toda su barriga. Y la hilatura de haceres en los patios de nuestras casas. Leyendo todo libro que se cruzaba. Aprendimos a anestesiar las afugias. Con algo simple, las adivinanzas y las expresiones corporales. En elongaciones de cuerpo. Como danzas magnificadas. Y el ilusionismo que aprendimos como arte. En todas las calles hiriendo, con la lanza de los relatos, los sinsabores de la tristeza Como cuenteros y cuenteras ya hechos y hechas. Con la palabra viva. Lo que llaman “a flor de labios”. Y la población ahí, divirtiéndose con lo que decíamos y actuábamos…” “…La vida, en nosotros y nosotras, no era solo alegrías. Estaba, como aún están ahora, los raspones en piel. Cisuras endémicas. En todo escenario. Negra Dolores, como espasmos agudos, vibratorios, en lo que esto tiene de relativizar todo lo corporal, por la vía de sentir que vamos cayendo al piso. Conocimos las tragedias familiares. Por la vía de entender la dinámico de lo societario. En la perspectiva que anunciaban los rigores. Las violencias lejanas y cercanas. Veíamos como iban llegando al barrio centenares de familias. Con sus niños y niñas. Con los viejos y viejas todo ternura. Como se diluía la esperanza. Las casitas de cartón, pegadas con la cinta de la ilusión en un mejor vivir. O, al menos, no tan lacerante…” “…Los días festivos, en estricto, eran para nosotros y nosotras, darle cabida a los pasos alegres. Hacia donde nos llevara el impulso primario. Andaregueando con nuestras propias musas alebrestadas. Una tiradera de ocio solo comparable con esos momentos en los cuales decimos, ¡por fin soy feliz! Cuando nos reuníamos a intercambiar saberes; lo hacíamos con la mayor estética posible. En limpieza para transmitir lo que cada uno o cada una sabía. En esos ejercicios interminables en sistemas de ecuaciones. O en los ejercicios de física que comprometía el cálculo de la caída libre. O los del tiro parabólico. En esa estridencia del lenguaje. Tratando de conjugar verbos, O de descifrar los adverbios y los adjetivos. El gerundio, nunca bien aprendido. O, en ese recorrido por la historia nuestra y la historia universal. En ese mirar e interpretar la llegada de los saqueadores (así los tratábamos en las reuniones casi clandestinas). O siguiéndole el rastro a los griegos. O los romanos. Siguiendo de cerca a los perversos cruzados. Leyendo el Cid Campeador. O, más cerca aún, hablando y discerniendo acerca del día de la independencia. O tratando de entender el verdadero aporte del llamado libertador al contexto de la lucha libertaria. O de las disputas de este con sus contradictores…”. “…Las tardes de junio. A veces con esos solazos hermosos. Alumbrándolo todo en esa potencia de energía. O yendo al charquito verde. Estrenando camisita o vestidito. O haciéndoles la encerrona a las aves cercanas. Subiéndonos a los árboles para conocer sus nidos. O tumbando mangos biches. O las pomas y las algarrobas. O estando como espectadores y espectadoras en los teátricos de los barrios. Haciendo énfasis en el diagrama de la vida; en aquellos dibujos
  • 15. 15 a la intemperie. En las cartulinas coloreadas. O insistiendo en lo bacano que era jugar fútbol. Casando picaitos mixtos. Para reírnos de Graciela (a la que llamábamos “la brincona marimacha”) y de Abelardo, al que le decíamos “chapín”…” “…En fin que estuvimos casi tres horas echando carreta, Negra Dolores y yo. Y se nos fue acabando la chispa magnifica. Como que se nos agotaron los recuerdos. Y sí que, notaría en ella un deje de tristeza. Y me arriesgué a preguntarle qué le pasaba. Y conocería su respuesta, vehemente. Es por lo de Carlos, me dijo. Que no lo volvería a ver. . Más aun, que la manutención, la escuela, los problemas en el crecimiento; le ha correspondido a ella y a su mamá Adriana asumirlos en toda su extensión. Y sí que es duro esto, me dijo...” “…Cuando nos despedimos, le apreté fuerte la mano. Y la abracé. Y, en ese abrazo vino el recuerdo de esos días pasados en los que fuéramos novio y novia. Y que, yo sé, que nunca ella lo ha olvidado. Y yo tampoco. Salí a la calle con la tristeza misma. Como que volvieron a mí las desilusiones. De esos días en que la quise tanto. En los mismos días en que ella no me quiso como pareja. Pero que me amaba, y me sigue amando, como el amigo más sólido que ha tenido. Lo de Carlos fue otro cuento. Como esos en que uno siente que se le quebró la vida en ser sin ser. O, lo que es lo mismo, ser amante amigo. Y ser amante novio. Siendo este último “Carlitos”, como le decíamos todos. El que nunca fue cómplice con nosotros y nosotras. Pero supo cautivar, hasta el infinito, a la Dolores mía. La que nunca pude tener como mujer mía…y de nadie más. Capitulo seis Conocería a mi padre. Sucedió que yo estaba como maestro itinerante. Andando por todo el territorio de Versalles y de Villa Pomares. De tiempo atrás había tenido el pálpito que algún día lo encontraría. Sobre todo a partir de lo que Bertha Consuelo me contó. Ella supo, por cuenta de mamá Luxila,”… que se había enamorado de Patrolco Bocanumen. Lo conocería uno de tantos días en que viajaba por todo Versalles y Varadero. Asuntos relacionados con la difusión del Manifiesto de las Mujeres. Luxila siempre ha sido muy activa. Llevaba la vocería de todas nosotras…” “…Patrolco, según la descripción que nos haría después tu madre, era un estudiante de medicina en la Universidad Normandía. Asistió a una de las conferencias acerca de la Política Criminal del Estado como instrumento jurídico al momento de referenciar y entender los procesos vejatorios a que estamos sometidas las mujeres. El ideario suscrito por nosotras supone convocar al desarrollo de acciones vinculadas con la defensa y promoción de derechos que, a nuestro entender, han sido soslayadas por parte de la sociedad. Entendida como conjunto de sujetos que adhieren a un determinado escenario cambiante, en razón a lo que es propio de las comunidades que encuentran identidad con respecto a la vida, como proceso que se expresa y valida en diferentes momentos históricos. Por lo mismo, Olegario, es de resaltar siempre lo de Luxila, en términos de su entereza y compromiso. Permíteme ampliar en este momento todo lo que ha sido y será nuestro horizonte…” “…Las acciones colectivas, suponen la existencia de elementos asociados que permiten su concreción y delimitación. No solo en términos del periodo de tiempo en que se realizan; sino también en lo que hace referencia a su significado y alcance; en el contexto de una determinada sociedad. Aquí, significado y alcance, constituyen conceptos necesarios para acceder a la tipificación. Es algo así como establecer una dinámica propia, soportada en algunos insumos generales derivados de análisis sociológicos, filosóficos, antropológicos y políticos, en lo que respecta a contenidos, pautas y motivaciones de los conglomera dos
  • 16. 16 humanos, al momento de definir unos objetivos precisos y los procedimientos para alcanzarlos. En esto es importante, también, recabar acerca del nexo entre individualidad y colectivo; comoquiera que esto último no es posible sin una condición previa: la interacción entre los (as) sujetos (as) individualmente considerados (as), en uno o varios escenarios….” “…Ahora bien, investigar en torno a estas acciones colectivas (en la definición e interpretaci ón inherente a este trabajo, es lo mismo que movimiento colectivo), permite establecer un marco conceptual, como norte. Esto, a su vez, introduce un perfil que obra como elemento de diferenciación. Tanto en lo que se refiere a las particularidades propias de la tipificación; como también en cuanto a determinados objetos concretos. Lo anterior explica, a manera de ejemplo, la vigencia de líneas específicas, en la investigación social e histórica. Porque, solo a partir de reivindicar los conceptos de especialización y énfasis, se hace posible identificar aspectos particulares; en la intención de exhibirlos como identidad, con repercusione s irrepetibles e, incluso, como horizonte de referencia…” “…En el caso de los movimientos sociales, políticos y populares; es posible asumir variables diversas al momento de efectuar seguimiento y análisis; a través de periodos históricos y a partir de contextos sociales específicos. De hecho, en términos generales, abundan estudios e interpretaciones, desde diferentes disciplinas de las ciencias sociales. Lo anterior incluye, el desarrollo y consolidación de líneas y/o escuelas de pensamiento. En este sentido, basta recordar la incidencia de teorías como las de: Alexis de Tocqueville (La democracia en América, El antiguo régimen y la Revolución Francesa); Raymond Aron (Introducción a la Filosofía de la Historia, Democracia y totalitarismo); Max Weber (La ética protestante y el desarrollo del capitalismo); Errico Malatesta (Anarquismo y gobierno); Manuel Castell (Movimientos sociales urbanos), etc. Se trata, entonces, de efectuar un recorrido que permita establecer algunos insumos de referencia; sin que ello implique subsumirse en los mismos. Por el contrario, debe implicar (como lo dije antes) la asunción de una interpretación que ejerza como perfil, en el proceso de diferenciación…” “…En nuestro proyecto, tanto a nivel general; como los temas y asuntos específicos; retomamos algunos conceptos que vinculan la lucha por reivindicar los derechos de nosotras las mujeres , en cuanto al entendido de las acciones colectivas (movimientos), precisando denominaci ones como: movimientos sociales, políticos y populares; con las diferenciaciones inherentes cada una de ellas, como tipificación. Sin embargo, introducimos una variable para el análisis, vinculada con la condición y la perspectiva de género. Concretamente, en lo que tiene que ver con la participación de las mujeres en esos movimientos…..” “…Esta especificidad supone, en consecuencia, la introducción de conceptos relacionados con diferentes disciplinas de la ciencia social. Pero, no como opción generalizante. Más bien como contribución para la construcción de una teoría precisa, en torno al significado y alcance de los roles asumidos por las mujeres; como sujetos diferenciados…” “…Como puedes deducir, Olegario, nuestra perspectiva como movimiento estará asociada con la reivindicación de nuestros derechos; así como también con promover la identidad de género. Queriendo decir esto, la convocatoria a toda la sociedad y a los estados para que, efectivamente, esto constituya política pública….” “…Retomando lo que te decía con respecto a Patrolco, Luxila y él empezaron una relación muy bonita. Màs que nada, irían profundizando en palabras y acciones, màs allá de nuestro movimiento. Tú madre visitaba frecuentemente a la familia de “Patro”, como lo llamaba coloquialmente. Habían llegado acá a Versalles en el mes de enero de 1962. Procedían de la provincia llamada Belalcázar. “Patro” era hijo único. Nelson Bocanumen, su papá, había casado con Sofía Espinosa. Don Nelson es ingeniero de petróleos y trabaja, actualmente, con una empresa petrolera pública en Región Pacífico….”
  • 17. 17 “…Luxila iría dando rienda suelta a su condición de mujer apasionada por tejer amistad sincera y de una gran lealtad. A pesar de ser casi seis años mayor que “Patro”, nunca tuvieron ningún problema para ir decantando su relación. Todo, entre los dos, empezó a desenvolverse, como aquello que yo llamo equilibrar ternura, conocimientos ya capacidad para asumir compromisos de largo aliento….” “…Corriendo el tiempo “Patro” terminó la carrera de medicina. Posteriormente empezó estudios de especialización en neurología. En transcurrir de los años llegaría el momento en el cual pasaron de la amistad formal; a un idilio potente. Luxila embarazó justo cuando cumplió 32 años. Todo el tiempo, sería asistida en lo pertinente. Tanto don Nelson, como su esposa Sofía apoyarían todo lo relacionado con la maternidad de tu mamá. Además, exhibirían una gran calidad humana, incluido todo aquello inherente a la actividad de Luxila….” “… Después que naciste, paulatinamente, se fortalecería el amor entre tu mamá y tu papá. Conseguirían una casita en las afueras de Versalles. Con el trabajo de “Patro” en el hospital de la provincia de San Juan; alcanzarían a pagar la vivienda y financiar todos los gastos inherentes a una familia de tres. Durante tus primeros tres añitos, se produjeron situaciones de mucha preocupación para Luxila y “Patro”, motivadas por tus continuas afectaciones en salud. ..” “…Ya, cumplidos cinco años, se produciría la ruptura entre tu mamá y tu papa. Sucedió casi de un día para otro. Patro” venía ocultando a Luxila un amorío con una colega, que también trabajaba en el hospital. Valentina Tabares, había sido contratada por la dirección de salud, el año anterior. Esta situación, vendría a conocerse casi de manera fortuita. “Patro” había concertado con Luxila un encuentro el día de su regreso. Estaba en comisión de una brigada de salud coordinada la seccional de salud de la provincia Varadero. En la misma comisión había sido incluida Valentina. Pasaría, entonces, que don Pedro Tabares, padre de Valentina, era un funcionario de la sección sanitaria de Versalles. Esto en razón a su profesión de ingeniero sanitario. De manera coincidencial estuvo en el mismo sitio de encuentro de Luxila y “Patro”. Ya se conocían, ya que Luxila trabajaba como maestra en el Colegio Carpinelo. Bruno José era discípulo suyo. En una de las reuniones de padres y madres de familia, don Pedro había intercambiado algunas palabras con Luxila y quedaría muy impresionado por la manera como ella trabajaba con los diferentes grupos…” “….Ese, el día que te refiero, don Pedro encontró a Luxila mientras ella esperaba a “Patro”. Él no sabía que Luxila era la esposa de “Patro”. Cuando llegaron Valentina y tu papá; don Pedro le diría a Luxila “profesora le presento a mi hija, la novia del doctor Patrolco, el médico director del hospital…” “…Para tu madre fue como si el mundo se viniera encima. Sin embargo logró controlarse y, simplemente, abandonó el sitio sin mediar ninguna palabra. Ese mismo día se marchó contigo de Versalles, rumbo a ciudad Fonseca. Allí Trabajaba Antonia, como asistente social en el Colegio Romano. Ahí se pierde todo contacto entre Luxila y tú, con tu papá…” Segundo interludio “... He resuelto comenzar a desandar lo andado. Porque tengo afán. El declive es insoslayable. Como anti-ícono. O mejor como ícono que está ahí. Pero que no significa otra cosa que el regreso. Al comienzo. Como lo fue ese día en que nací. Para mí, sin quererlo, fue el día en que nacimos todos y todas. Porque, en fin de cuentas, para quienes nacemos algún día, es como si la vida comenzara ahí.
  • 18. 18 Lo cierto es que accedí a vivir. Ya, estando en el territorio asociado al entorno y a la complejidad de ser uno. Pronto me di cuenta de que ser yo, implica la asunción de un recorrido. Y que este supone convocarse a sí mismo a recorrer el camino trazado. Tal vez no de manera absoluta. Pero si en términos relativos; como quiera que no sea posible eludir la pertenencia a una condición de sujeto que otear el horizonte. En la finitud, o en la infinitud. Qué más da. Si, en fin de cuentas, lo hecho es tal, en razón a esa misma posibilidad que nos circunda. Bien como prototipo. O bien como lugares y situaciones que se localizan. Aquí y allá, como cuando se está, en veces sin estar. O, por lo menos, sin ser conscientes de eso. Cualquier día, entré en lo que llaman la razón de ser de la existencia. No recuerdo como ni cuando me dio por exaltar lo cotidiano, como principio. Es decir, me vi abocado a ser en sí. Entendiendo esto último como el escenario de vida que acompaña a cada quien. Pero que, en mí, no fue crecer, Ni mucho menos construir los escenarios necesarios para actuar como sujeto válido. Un quehacer sin ton ni son. Como ese estar ahí que es tan común a quienes no podemos ni queremos descifrar los códigos que son necesarios para vivir ahí, al lado de los otros y de las otras. Duro es decirlo, pero es así. La vida no es otra cosa que saber leer lo que es necesario para el postulado de la asociación. De conceptos y de vivencias. De lazos que atan y que ejercen como yuntas, Por fuera todo es inhóspito. Simple relación de ideas y de vicisitudes. Y de calendas y de establecer comunicación soportada en el exterminio del yo, por la vía de endosarlo a quienes ejercen como gendarmes. O a ese ente etéreo denominado Estado. O a quienes posan como gendarmes de todo, incluida la vida de todos y todas. Y, sin ser consciente de ello, me embarqué en el cuestionamiento y en la intención de confrontar y transformar. Como anarquista absoluto. Pero, corrido un tiempo, me di cuenta de mi verdadero alcance. No más allá de la esquina de la formalidad. Sí, de esa esquina que obra como filtro. En donde encontramos a esos y esas que lo intuyen todo. A esos y esas que han construido todo un acervo de explicaciones y de posiciones alrededor de lo que son los otros y las otras. Y de sus posibilidades y de su interioridad. Y de sus conexiones con la vida y con la muerte. Esas esquinas que están y son así, en todas las ciudades y en todos los escenarios. Y yo, como es apenas obvio, encarretado conmigo mismo y con mis ilusiones. Y con mis asomos a la libertad. En ellas se descubrieron mis filtreos con la desesperanza. Y mis expresiones recónditas, en las cuales exhibía una disponibilidad precaria a enrolarme en la vida, en el paseo que está orientado, hacia la muerte. Y estando así, obnubilado, me dispuse a ver crecer la vecindad. A ver cómo crecían, alrededor de mi estancia, las mujeres y los hombres que conocí cuando eran niños y niñas. Y, estando en vecindad de la vecindad, conocí lo perdulario. Ese ente que posa siempre latente. Que está ahí; en cualquier parte; esperando ser reconocido y por parte de quienes ejercen como mascotas del poder. Como ilusionistas soportados en las artes de hacer creer que lo que vemos y/o creemos no es así; porque ver y creer es tanto como dejarse embaucar por lo que se ve y se cree. Una disociación de conceptos, asociados a la sociedad de los que disocian a la sociedad civil y la convierten en la sociedad mariana y en la sociedad trinitaria y confesional. Y, siendo ellos y ellas ilusionistas que ilusionan acerca de la posibilidad de correr el velo de la ilusión para dar paso al ilusionismo que es redentor de la mentira que aspira a ser verdad y la mentira que es sobornada por quienes son solidarios y consultores para construir verdades. Y, estando en esas me sorprendió la verdadera verdad. Justo cuando empezaba a creer en el ilusionismo y en los ilusionistas. Verdadera verdad que me convocó a reconocerme en lo que soy en verdad. Sujeto que va y viene. Que se enajena ante cualquier soplo de realidad verdadera. Que ha recorrido todos los caminos vecinales. En lo cuales he conocido a magos y videntes de la otra orilla. Con sus exploraciones nocturnas, cazando aventureros que caminan atados a la vocinglería que
  • 19. 19 reclama ser reconocida con voz de los itinerantes. Y, estando en esas, me sorprendió la incapacidad para protestar por la infamia de los desaparecedores. De los dioses de los días pasados y de los días por venir y de los días perdidos. Y volví a pensar en mí. Como tratando de localizar mi yo perdido, desde que conocí y hablé con los magos y videntes de la otra orilla. Un yo endeble. Entre kantiano y hegeliano. Entre socrático y aristotélico. Entre kafkiano y nietzscheano. Pero, sobre todo, entre herético y confesional. Ese yo mío tan original. Filibustero. Pirata de mí mismo. Y, sin embargo, tan posicionado en los escenarios de piruetas y encantadores de serpientes. Saltimbanquis que me convocan a cantarle a la luna, desde mi lecho de enfermo terminal. La enfermedad de la tristeza envalentonada. Sintiéndome poseído por los avatares increados; pero vigentes. Artilugios de día y noche. Soñando con Dolores, la negra hermosa que ha empezado a estar en mí…” Capitulo siete Versalles había crecido. Un cruce de caminos necesario. Ya sus jardines como que se han evaporado. Dejando ver la desidia de quienes siempre han vivido ahí. La furia de la expansión, solo ofrece, hoy por hoy, el hálito de nostalgia que siempre està presente, cuando los lugares han sido invadidos por los edificios y las carreteras ávidas de sentir sobre ellas la locomoción, constante. Ya sus habitantes han venido acostumbrándose al aire pegajoso traído por decenas de miles tósigos emparentados con el llamado progreso. Cada quien aprendió a ser cada quien. La heredad de lo colectivo, de la socialización humana; ha sido reemplazada por los vítores al consumo. la brújula limpia que antes orientaba a los caminantes, ha sido olvidada, casi destruida. En ese escenario inhóspito encontré ayer tarde a Negra Dolores. Su madre, Adriana Lucìa, había construido una casita. Como albergue tierno, insumiso. Conservando el paisaje inmediato. Sauces, eucaliptos. Sembrados de rosas, claveles y orquídeas. Dándole al entorno una esperanza de vida prolongada. Negra Dolores recién había llegado del colegio. Su mamá trabajaba todas las tardes como consejera social en la secretaría de salud. En verdad ha pasado mucho tiempo. La última vez que las visité; fue justo el día en que asistí a la seccional de la Universidad Normandía. Pero lo cierto, asimismo, es que la nena ha venido copando mis sueños. Recuerdo que, en días pasados, estuve con ella. Como en pura evocación limpia. Fue esa misma noche, cuando me convertiría en soñador itinerante. En un entramado nítido, aunque triste. Como haciendo inventario de mi vida. Con corte en cualquier brevedad de tiempo. Ya estaba bastante crecida. Cursaba segundo grado de educación media. El tono de su voz había cambiado un poco. Pero sus ojos seguían siendo réplica del negro màs y más profundo, azabache. De cuerpo esbelto. Un porte de mujer, un poco màs allá de la pubertad. Vestía una batica muy ajustada. Tanto que hacía ver sus formas bien pronunciadas. La saludé como siempre. Un beso en su mejilla y un fuerte abrazo. Pregunté cómo iba en su año escolar. A lo que la Negrita Dolores, respondió:..” màs o menos tengo notas muy bajas en matemáticas e historia. Diría, yo, un tanto màs bajas que el promedio. Tal vez me hace falta màs compromiso y disciplina. Mamá me ha colaborado en el tiempo que le queda libre…” Pregunté por su papá Marcelo. “…él nos ha tenido muy olvidadas. Sobre todo a mí que soy su hija. Pero lo cierto es que cada mes nos gira dinero. Pero yo necesito, fundamentalmente, es su cariño…” Me quedé largo rato con ella; hasta que llegó Adriana. Muy efusiva en su saludo. Un abrazo inmenso. Se nos aguaron los ojos a los dos. Ya no estaba con ellas Lourdes. Le ayudé a cocinar. Cenamos juntos.
  • 20. 20 “…Bertha Consuelo, empezó a contarme, ha estado muy alejada últimamente. Supongo que ha sido por la enfermedad de su madre. Como también, por el vacío inmenso que la acompaña después de la ruptura con Carlos Samaniego. Le ha dado muy duro. Dejó de participar en la organización de mujeres. Mantiene en casa. Casi no sale…” “…Por acá estuvo Rosa Mercedes. Tú no la conoces. Ella adhirió a la organización, tan pronto conoció nuestro manifiesto. Una obrera guerrera. Està empleada en la textilera Tejidos Única. Te cuento que su hijo Daniel es muy amigo de Negra Dolores. Estudian en el mismo grado y mismo colegio. Pasamos horas hablando sábados y domingos. Conversamos de todo. Pero, fundamentalmente, de la situación de las mujeres y de la política social. Pueda ser que algún día coincidan tú y ella, en una visita…” Despedí de Negra Dolores y su mamá Adriana Lucìa. Ya estaba bien entrada la noche. Diría como la canción”…sin rumbo alguno…”. Fui a parar en casa de Fortunato Grisales. Lo conocí cuando estuve como maestro itinerante. Su hija Daniela, fue alumna mía hasta que cumplió doce años. Fortunato siempre ha sido mecánico industrial. Su esposa Sonia es mucho màs joven que él. Llegaría un tanto cansado. Fortunato, dijo a la señora Sonia que por favor me preparara la cama que està en el cuarto reservado para personas como yo, de confianza. Dormí casi ocho horas. Me despertó la señora Sonia, con un cafecito caliente. Fortunato había salido a trabajar, tenía asignado el turno llamado por los obreros, coloquialmente,…” desde las seis sin pereza, hasta las dos con entereza..”. Daniela también había salido. En su colegio la jornada es desde las siete de la mañana, hasta las tres de la tarde. No quise desayunar. Así se lo dije a la señora Sonia. Me dio mucha pena con ella; pero se me había hecho tarde. Tenía que estar a las nueve en casa de Alma Beatriz Alameda, una alumna a quien le enseño matemáticas a domicilio. Interludio tres “…Sí que, ese día, la vi en paralelo con su hija. Habíamos estado, hace ya mucho tiempo, en la quietud lejana del inicio. Áspera desde que nació. Un montón de cosas fue construyendo. En ese barrio nuestro, travieso. Y, cuando fuimos creciendo, empezamos a entender, en didáctica cierta, el entono amado, La recuerdo en ese juego de calendas. Como engolosinados, ella y yo, sin compartir con los otros y las otras. Lidiábamos las venturas y las desventuras. En ese solarcito equipado con brevos amplios, generosos. Lo de la escuela iba siendo una aproximación a la ciencia de los conceptos y de los hechos. La geometría acosándonos siempre. En lectura y cálculo de triángulos y sus hipotenusas. La geografía anidando en la memoria. Identificando sitios, con sus ríos y sus montañas. Y, yendo más lejos, el viejo mar anchuroso y profundo. Una filosofía de la nada. Y fuimos engarzando íconos sobre el conocimiento. Aristóteles, por ahí, dándole vueltas a su ética maniquea. Un Platón esforzado. Perpendicular a la madre naturaleza. Y, el amplio y sutil Sócrates, dirigiendo la orquesta en tocata a la vida, por siempre. Y, ni que hablar tiene, la hechura castellana. Como lengua que fue voraz, cuando llegaron los invasores. Sustantivos y adjetivos. Verbos con ínfulas de dominarlo todo. Y la empalagosa historia. Con datos enanos, por lo mismo que maestros y maestras eran tímidos viajeros con nosotros y nosotras a bordo. Historia de país, achatada. Historia de lo lejos, muy lejos, apenas como ramplones ejecuciones en lectura a medias. Esa religión dándole vueltas a la creación. Al origen del universo todo. Con un solo dios como referente. Cruzándonos el alma y el cuerpo con desvencijadas ilusiones del más allá. Un catecismo infame. Metido a la fuerza como doctrina que asfixia la vida. Sin permitir respiro. Sin opciones diferentes. La aritmética. Con ella empezamos a contar. Los números mágicos. Enteros, naturales, fraccionarios, complejos. Con las raíces cuadradas y cúbicas. Con las vivencias en cálculo de todo lo habido, hecho material. Álgebra virtuosa. Efímera, a veces, por lo mismo que no dábamos con las respuestas. Talleres descritos y luego interpretados. La fuga de las ecuaciones. Y de las potencias. Y de los logaritmos. Y las funciones. La recta. Las
  • 21. 21 cuadráticas. Memoria casi virgen para alojar las gráficas…” “…En medio estaba, nuestra cotidianidad. Sábados de gloria lúdica. Domingos acuciosos. Dándole largas a la interpretación de las volátiles horas. Estando, ella y yo, en esas casa amplias. Hospederas vivos. Todos y todas en proclamas hechas a punta de saber quererlos. Y transferíamos, en veces, amarguras. Como esas de estar en el brete impositivo, autoritario…” “…Por lo mismo, cuando la vi, en esa línea de tiempo y de vida, recordé que había soñado con Negra Dolores Que habían pasado, en lento caminar, por el camino mío. Y que, a las dos las amé desde ese instante…” “…Yo dije, en el pasado temprano. Quiero sentir el vibrato de la tierra. Tal vez para recordar, en ese silencio eterno que se avecina, lo que fui pasando por ahí cerca. Un volver a lo que fuera mi latir antes de nacer. En una extensión brumosa. Acicalada. Y, recuerdo, por cierto hoy, ese tránsito aventajado. En trajín envolvente. De silencio abigarrado, en nostalgias idas. He ido, siempre, por lo bajo del espectro presente. Porque, siendo así, he sentido lo que ha sido, hasta ahora, palabras de aquí y de allá. Y, como en simultánea, viviendo la vida mía con acezante temple del yo sin heredad amiga. Por lo menos manifiesta. En lo que esto tiene de empuñadura apenas tenue. Casi sin rozar la vida de los otros y las otras. No más, para el ejemplo, lo inmediato venidero puede dar cuenta de mis hechuras un tanto brutales, como si estuviera prefigurando. Lo que seré en bajo tierra. Hablándole a quienes había, en el entonces, sujetos hechos para la habladera. Y señalando a las mujeres que estuvieron conmigo. En esos espacios plenos de una pulsión grata. Y, ahí, en ese mismo espacio, con el cual dotaron a este yo insumiso. Oyendo lo que antes lo oí en físico. En ese tránsito espaciado, benévolo. Y empecé a ver, desde el piso conmigo en su vertical. Y, con esas sombras que trajo la tierrita misma. Y, yo, en esa vocinglería niños y niñas esplendorosas y esplendorosas, contándome los hechos de allá afuera. En ese recreo libre. En las escuelitas. Jugando a la locura. En la cual yo era su consejero. Y ellos y ellas, siendo potenciada habladuría…” “…Y, en ese dicho mío perentorio empezaría a ajustar mis acciones. Para que todo quedara, después de mí, como gobernanzas sinceras. Y, en ese sueñito, recreaba lo que podría ser. En ese final amplio. A pesar de la estrechura medida con plomadas y estructura que encontré. Hoy, estoy en eso. Suplicándole a la mujer que me soportó en los tiempos que dimos a volar, desde el primer día. Diciéndole que me llevará allí. Que me dejara ser cuerpo, no polvo inmediato. En horno crematorio con el poder del Sol, por la vía aciaga. Que me llevara, en romería estando ella conformada por mis cercanos amores. Mi hija y mis hijos. Y allá en remoto físico a quien tanto quise. Y, la mujer de ahora, con pañuelo de color negro. Porque negrura definí yo que fuera, el color punzante, por lo sincero, no efímero. Mis últimas palabras son aquellas en que nombre a Negra Dolores…” Capitulo nueve Mi padre Patrolco, llegó tarde a la cita. “Siempre te he buscado. Desde ese día en que Luxila alzó vuelo contigo:. A decir verdad, nunca entendería a tu mamá. De un sitio a otro. Yo sé que no pudo aceptar lo que ella llamaría i deslealtad. De todas maneras yo no lo consideraría en ese entonces, ni aun ahora de esa manera. Tal vez, fuera falta de sinceridad, no contarle que estaba amando a dos mujeres al mismo tiempo. Te he amado todo el tiempo. Aun en la forzada ausencia. Tu abuela y tu abuelo desvelarían cada momento. Él y ella, tampoco aceptaron, en vida la actitud mía. Pero, al mismo tiempo, no perdonaron a tu mamá Luxila. Esto, porque no había lugar a separarlos de ellos. Un vacío que iría creciendo con el paso del tiempo. Ella y él murieron en un tiempo relativamente corto. Casi se podría decir que papá no pudo superar la ausencia de mi madre…De lo que ha sido mi vida puedo contarte que he vivido como en constante desasosiego. Como entrever que mi vida
  • 22. 22 se ha ido agrietando. Es como intuir que el futuro vendrá de la mano de no sé quién. Pero me siento advertido que no será de la mano amiga de una mujer como Luxila. He querido retrotraer el tiempo cruzado por el albedrio benévolo. Es decir, tanto como el punto de ruptura, Como volver a Luxila antes de saber que la amaba..”. “…Lo que había, en mi vida, era algo así como un sorbete. Sumatoria de decires y haceres. Acumulados en todo lo habido de vida. Entre potente y simple expresión aviesa. Yendo por ahí. En una locura. Desenfreno brutal. Como diciéndome a mí mismo que no podría, nunca, acceder a la libertad. Que, mi ejercicio y mi impronta; era algo así como si la vida volviera a empezar cada día. En esa elíptica no entendida. Como distanciada de los recuerdos. Y de las palabras primeras…” “…Cierto día como que daría cuenta de La aridez. De la pestilencia. De lo profundamente triste y oneroso. Que, en el camino entregado, a la historia. Mi yo ejercía como mero periplo con significante igual al cero profundo. Íngrimo sujeto. Viajero perenne. Bordador de ilusiones maléficas. Como existiendo en mil y una dimensiones. Plegado a la visión de sucesiones imprevistas…” “..En esto de ir despertando a la realidad. Me fui posicionando como logotipo pendenciero. Viajero envuelto en la pócima vigente. Embadurnado con ese líquido viscoso. Como desasosiego continuo. Embriagado en la amargura. En el tósigo de los hechos burdos..”. “…Una disociación constante. Una convocatoria al arrasamiento imperativo. Vinculado con la impávida misoginia ampliada. En cada sitio. En cada lugar y acción. Como profundizando la erosión. De la memoria. Y de la perplejidad. Sujeto exhibiendo la palabra infecunda. Como maromero insigne, Envuelto en la ironía ponzoñosa…” “…Y sí que navegué en el tiempo. Modelando la diatriba punzante. Como locomoción propuesta. Como si fuera la única posible. Válida al momento de la identificación. En el instante mismo de empezar a hacer de los sueños, fugas al albedrío dañino. Inmerso, yo sujeto, en el vuelo perdido. Asediando al viento cálido…”. “…En verdad, nunca hubiera imaginado que mi padre fuera capaz de hilvanar semejantes conceptos. Como cuando sientes que la decantación de la vida, de lo que somos y seremos. Simplemente le di un abrazo fuerte y prolongado como tratando transmitir calor, en lo que yo soy. Como tratando que él volara conmigo hacia el universo nítido y elocuente, comoquiera que yo he aprendido de mamá Luxila el anhelo de ternura constante. Siendo ella, mi madre, locomoción benévola e inacabada..”. Juntamos nuestras manos. En la esperanza de volver a vernos algún día. Por lo pronto he conocido su voz y su don de vida potenciado, Él me pidió que llevara a Luxila su mensaje amatorio Interludio cuatro “…Como casi todo en la vida, hablar de tristeza, no es otra cosa que dejar volar la imaginación hacia los lugares no tocados antes. Por esas expresiones vivificantes y lúcidas. Es tanto como discernir que no hemos sido constantes, en eso de potenciar nuestra relación con el otro o la otra; de tal manera que se expanda y concrete el concepto de ternura. Es decir, en un ir yendo, reclamando nuestra condición de humanos. Forjados en el desenvolvimiento del hacer y del pensar. En relación con natura. Con el acento en la transformación. Con la mirada límpida. Con el abrazo abierto siempre. En
  • 23. 23 pos de reconocernos. De tal manera que se exacerbe el viaje continuo. Desde la simpleza ávida de la palabra propuesta como reto. Hasta la complejidad desatada. Por lo mismo que ampliamos la cobertura del conocimiento y de la vida en él…” “…Viéndola así, entonces, su recorrido ha estado expuesto al significante suyo en cada periplo. En cada recodo visto como en soledad. Como en la sombra aviesa prolongada. Y, en ese aliento entonces, se va escapando el ser uno o una. Por una vía impropia. En tanto que se torna en dolencia originada. Aquí, ahora. O, en los siglos pasados. En esa hechura silente, en veces. O hablada a gritos otras. Es algo así como sentir que quien ha estado con nosotros y nosotras, ya no está. Como entender que emigró a otro lado. Hacia esa punta geográfica. No física. Más bien entendido como lugar cimero de lo profundo y no entendido. Es ese haber hecho, en el pasado, relación con la mixtura. Entre lo que somos como cuerpo venido de cuerpo. Y lo que no alcanzamos a percibir. A dimensionar en lo cierto. Pero que lo percibimos casi como etérea figura. O sumatoria de vidas cruzadas. Ya idas. Pero que, con todo, anhelamos volver a ver. Así sea en esa propuesta íngrima. Una soledad vista con los ojos de quienes quedamos. Y que, por lo mismo, duele como dolor profundo siempre…” “…Y si seremos algo mañana. Después de haber terminado el camino vivo. No lo sé. Lo que sí sé que es cierto, es el amor dispuesto que hicimos. El recuerdo del ayer y del anterior a ese. Hasta haber vivido el después. En visión de quien quisimos. Qué más da. Si lo que propusimos, antes, como historia de vida incompleta, aparece en el día a día como concreción. Como si hubiese sido a mitad del camino físico, biológico. Pero que fue. Y sólo eso nos conmueve. Como motivación para entender el ahora. Con esa pulsión de soledad. Como si, en esa, estuviera anclado el tiempo. Como si el calendario numérico, no hubiera seguido su curso. Como que lo sentimos o la sentimos en presencia puntual. Cierta…” “…Y sí entonces que, a quien voló victimado por sujeto pérfido, lo vemos en el escenario. Del imaginario vivo. Como si, a quien ya no vemos, estuviera ahí. Al lado nuestro. Respirando la honda herida suya. Que es también nuestra. Y que nos duele tanto que no hemos perdido su impronta como ser que ya estuvo. Y que está, ahora. En esa cimera recordación. Volátil. Giratoria. Re-inventando la vida en cada aliento…” “…Cómo es la vida, En la lógica es ser o no ser. Pero es que la vivencia nuestra es trascendente. Es ilógica. En tanto que estamos hechos de hilatura gruesa. Como fuerte fue el nudo de Ariadna que sirvió de insumo a Prometeo para re-lanzar su libertad…” “…Y, como es la vida, hoy estamos aquí. En trascendente recuerdo de quien voló antes que nosotros y nosotras. Y estamos, como a la espera del ir yendo, sin el olvido como soporte. Más bien con la simpleza propia de la ternura. Tanto como verlo en la distancia. En el no físico yerto. Pero en el sí imaginado siempre...” Capitulo diez Luxila no admitiría nunca que su universo decantara su vida, de tal manera que su rol entrase en hipoteca. Siendo como ha sido, las condiciones conducirían a una forma de disyuntiva. Los propósitos claudicados en relación a la vida como constante pérdida de referentes. “…Precisamente el día en que le transmitiera el mensaje de papá Patrolco, la encontró ensimismada. Como realizando inventario de sensaciones, imaginarios y desvelos. Ahora vivía en casa de Virgelina Castaño. Una alumna en tiempo pasado. “….Sucedió, Olegario, que la enhebraciòn de mi discurso como ideario fèmino, empezaría a desmoronarse, a partir de una situación un tanto extraña. Resulta que, en el Colegio Venturiano, conocí a Luis Alejandro Ampuero. Maestro, igual que yo. También vinculado a la cátedra de humanidades. Por lo mismo de la afinidad de nuestro trabajo, teníamos
  • 24. 24 que compartir aula de clase. Cada lunes nos veíamos obligados a realizar planeación académica. Luis Alejandro había estado en la Zona Quinta de Nueva Esperanza, una ciudad distante casi 400 kilómetros de Versalles. Allí desempeñaba el cargo de consejero adscrito al Consejo Superior Académico de la Universidad Nuevo Horizonte. Entre sus funciones, estaba la de investigar acerca de las necesidades tendenciales de la población màs joven, con aspiraciones universitarias. En esa perspectiva, tenía que visitar colegios que imparten educación media en la región…” “…Conocería a una joven estudiante de último grado de educación media. Itayosara Escalante, de unos 16 años en ese entonces. La primera visita que haría al Colegio Giordano Bruno, permitiría seleccionar un grupo de estudiantes mixto. En el proceso inicial de selección, incidiría de manera notable las condiciones en que se desarrollaban los talleres de aprestamiento en ciencias sociales. Justo por eso, Luis Alejandro, empezaría a desenvolver su trabajo, a partir de ahí. Previamente, había leído los cuadernos relacionados con las actividades académicas anteriores. Algo así como las memorias. Por esto mismo, ya sabía que Itayosara, ejercía un liderazgo sólido en colegio Particularmente con sus pares académicos vinculados al grupo principal, denominados Semilleros en Ciencias Sociales…” “…Al terminar la sesión de la mañana, Luis Alejandro encontraría a Itayosara a la salida del colegio Tal parece que no fuera tan fortuito el encuentro; Más bien como león herido en sus ínfulas de intelectual prístino. Pero, a su vez, ese pulso latente que convoca a volver a mirar a la mujer que deseas. En esto iba mucho la noción que, Luis Alejandro, tenía aparentemente claro. Itayosara mucho menor que él. Casi podría ser su padre. Cuando Itayosara salió, Luis Alejandro la abordó. El pretexto, tenía que ver con un libro titulado “De las cosas que pasan en nuestra vida”. Un autor no muy conocido, Epaminondas Sanjuán. Un texto que, aunque farragoso, expone una intención, más allá de la simple historia etérea. Más bien un posicionamiento en la hora temprana de Sigmund Freud. Cuando éste recorría las fuentes de Sócrates. Su ética y su perspectiva de los sujetos. Como cuando, el discípulo del maestro. Aristóteles, se embriagaría de un insumo de potencia ideológica. Similar a la de Aristófanes, en su seguidilla de expresiones de la democracia ateniense…” “…Itayosara saludó a Luis Alejandro, con una risa sincera., expectante. Quería profundizar con él, eso de la doctrina asociada a la teoría de la historia, cuando se cuenta con documentos heredados de fuentes más o menos veraces. Así como los recursos teóricos a partir de las intuiciones derivadas de lo inmediato soportado en la hilatura cotidiana, contada por hombres y mujeres partícipes de momentos, preferiblemente espontáneos. De eso que requiere de la vivencia y su entendido. Más allá de cualquier especulación hegeliana….” Luis Alejandro la invitó a recorrer el parque. Aun siendo conocedor de la disciplina a la que estaba acostumbrada, en términos de las exigencias de papá Martiniano y mamá Cristina. No siendo un hogar autoritario, de todas maneras era màs que a una rutina coloquial, inmersa en principios obvios de cuidado elemental. Itayosara estuvo de acuerdo con la invitación. Pero solo por una hora. Un envolvente universo de decires y expresiones relacionadas con la internalización de los sujetos. Pero, asumiendo como punto de partida el exterior como exógeno principio e insumo. Itayosara expuso su teoría simple, pero de gran dimensión. Algo así como lo social construido a partir del quehacer de los y las sujetos. Nunca en aceptación del llamado recurso premonitorio y/o de los haceres predestinados. En su clase de “historia de las religiones”, compartía permanentemente este tipo de expresiones con el profesor Asdrúbal. Un bello sujeto, en el cual la ternura, iba acompañada de solidez conceptual y teórica. En una de sus clases, antes de terminar el primer periodo académico, hizo una lectura y reflexión de un texto escrito por él en el proceso de una investigación acerca del rol asumido por los cristianos, unos años después de la muerte de Jesús. Era algo así como la relevancia de estudiar y comparar los escritos antiguos con las realizaciones de este tiempo. Itayosara conservaba el texto original escrito por el profesor Asdrúbal. Leyeron algunos apartes del texto, juntos…
  • 25. 25 Para Luis Alejandro, el texto era algo asì como arrebato de verdades sin localizar en el universo que ya, desde ese momento, había empezado su carrera. Y, por lo mismo entonces, la noción de las cosas, no pasaba de ser diminutivo centrado en posibles expresiones que no conducía a fundamentar ninguna opción de vida diferente. Viendo a Natura explayarse por todos los territorios que han sido espléndidos. Uno a uno los iría contando. Haciendo de ese inventario un emblema sucinto. Con el propósito de sonsacar a los tiernos días que viajan. Unitarios y autónomos. En ese recorrido, el documento, induce a pensar en la misma línea habida. Sin situarse en posición de entender su dinámica.- Y, ya que, en ese momento, constituía una copia lánguida de todo lo que el mismo autor había enunciado, como canto a capela, en la introducción. Y que trataba de impulsar, como principio aludido y nunca indagado. En esa sordera de vida. Solo comparable con el momento en que entendiera que no escuchaba las voces. Las ajenas y las de los demás, Como tiovivo enjuto. Varado en la primera vuelta. Pero, aún asì, seguía el olvido de las palabras. “…A partir de ahí, se producía en él una ruptura. Pero, Luis Alejandro arrugaba su cerebro. Tanto como entender que, una cosa era su análisis. Y otra, bien distinta, su arrogancia y su intención de centrar todo su instinto seductor, en el cuerpo de Itayosara. De por si, esto fue advertido por la joven. Y asì lo expresó a su maestro y tutor. Para Luis Alejandro, todo se iría diluyendo; al menos en lo que se esperaba de él. Renunció a su cargo como consejero. Estuvo por mucho tiempo como itinerante sujeto emboscado por su propia línea de conducta. Pasaría mucho tiempo, antes de sosegarse y emprender de nuevo…” “…Al llegar a su nuevo colegio; empezaría una nueva ruta. Y es aquí, en donde retomo el hilo con respecto a nuestro trabajo. Te decía, Olegario, que por lo mismo de nuestro oficio relacionado con las cátedras de ciencias sociales y humanas; se iría dando una relación entre cálida y distanciada. Casi al año de estar trabajando juntos; me visitó en la casa que antes habitaba. Cierto día, un tanto tomado, con mucha aprensión, me diría literalmente: “… Porque ya se había instalado, en mí, la condición de no hablante; pero no sujeto de escucha. Mil momentos tuve que pasar, antes de volver a escucharte. Y paso, porque tú ya habías entendido y dominado el rol del silencio. Y empezaste a enhebrar lo justo de las recomendaciones que te hicieron los dioses chicaneros…” “…Tu irreverencia se hizo aún más propicia. Yendo para ese lugar que habías heredado de las otras mujeres plenas. Hurgando, en ese espasmo doloroso, me encontré con tu otro nombre. No iniciado. Pero que, estando ahí, sin uso. Lograste la licencia para actuar con él. En todas las acechanzas que te siguieron desde ese día…” “…Yo, entonces, me fui irguiendo como sujeto desamparado. Viviendo mi miseria de vida. Anclada en suelo de los tuyos. Y me dijiste que era como plantar la esperanza. Para que, después que el sol deje de alumbrar; pudiésemos enrolarnos al ejército de los niños y las niñas que, a compás, de tu música, iban implantando la ilusión en ver otro universo. Sin el mismo sol. Muerto ya. Tú debes elegir cual enana roja estrella nos alumbrará…” “…Insípido tiempo. Este que deambula por ahí como si nada. Aun sabiendo que lleva en sí, ese tejido nefasto de violencia. De insania viva a toda hora y día. Con esos niños y esas niñas que van y vienen sin horizonte. A cuenta de opciones de vida y de conceptos, que la y la sitúan en posición de ser vulnerados por vejámenes. Abiertos, asincrónicos. De aquí y de allá. Como si fuese único horizonte habido y posible. O con esas mujeres nuestras, matadas. Vulneradas. Como sopladura en ese vahído maldito. Que nos cruza. Que las infiere como simples expresiones de vida sin pulsión