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Este sábado promete ser, para mi, tan lineal como los otros días. El recuerdo de los hechos del
viernes anterior, me sitúan en una laguna mental; en la cual la cual aparece la necesidad de
recomponer mi relación con Susana. Recomponer, sin que ello implique la reconsideración. Porque
ella, ha tenido y tiene una noción vertical de la vida. A manera de ejemplo. La ha entendido como
recortar los momentos históricos del crecimiento de los rituales a que convoca el entorno social.
Es y ha sido, algo así como sujeta nihilista, que valida, incluso la posibilidad de ejercer una opción
en la cual los más fuertes deben dominar, de manera inequívoca. Reivindicando el quehacer sin
ataduras. Tal vez por esto, su amor ha sido para mí un continuo hacer y deshacer valores y
principios. Para mí, lo mejor de Susana, actualmente, es su capacidad para convocar a un orgasmo
pletórico en escenas, en las cuales, sentir y otorgar una desinhibición plena. Con ella, la
imaginación erótica es una vivencia absoluta. Un placer sin límites.
Lo del viernes, entonces, fue un ejercicio espiritual y físico, que nos permitió acceder al más bello
de los cansancios. Terminar y volver a empezar…así, hasta desfallecer. Pero, hoy, apenas seis
horas, de nuestro ritual; regreso a la indefinición.
Un sábado, en que he sido conminado a la reiteración. Porque, el retorno a lo que soy, en ausencia
de ella. Habiéndose extinguido las secuelas de la entrega; supone volver al sitio de siempre. Daniel
permanece ahí, expectante, como dispuesto a proponer su interpretación de la vida. Así mismo,
Silvia, me ausculta con su mirada, sin matices. Transmitiéndome ese hilo conductor de siempre.
Presa de escenarios pasados. Como tutora perenne. Como imagen de madre extraviada en el
tiempo.
Corría el mes primero, de mi nacimiento. Desde ese momento, sentí la atadura. Veía a mi madre, la
sentía, la percibía como mujer con un ensimismamiento tatuado. Por los rigores del sometimiento.
Mi padre ejercía sobre ella una dominación absoluta. Su sexo era, para él, un receptáculo para su
violencia. La penetraba de manera sistemática. Ella sin querer. Con su imaginación restringida, casi
inexistente. Con un rol de simple asimilación. Yo me sentía producto de las vulneraciones. No se
porque mi madre resistía. Fuimos siete productos. En esa etapa de infancia temprana, escuchaba
las palabras incisivas de mi padre. Su respiración acelerada y el final. Un comienzo y un final
unilateral. Una condensación que mezclaba el dolor físico y espiritual de ella, con la satisfacción del
macho hegemónico. Simplemente, un coito brutal.
Yo deseaba no estar allí, en la misma cama. Deseaba estar lejos…muy lejos. Pero sentía la yunta
de la impotencia para fugarme. Para escoger sitio y entorno.
Cierto día, percibí la dureza del pezón. Mis labios y mi lengua succionaban una sequedad no grata.
No recreaba mi mente, como otras veces. No sentía el placer de mi madre. Más bien era, para ella,
una continuación del dolor físico. La sentía sollozando. Como desencantada. Como víctima de una
vulneración más. Creo que veía en mí una extensión de la infamia de mi padre. Sin odio, pero
tampoco con felicidad. Me decía: no me maltrates Samuelito. No reiteres ni profundices mi tristeza.
Márchate; antes de que yo naufrague. Eres como tu padre. Frío y dominante. Así fueron tus
hermanas. Sobre todo Silvia. Cuando ella tenía tu edad, respaldaba a tu padre. Reía cuando el
accedía al orgasmo, por la vía de una penetración violenta; cuando él explotaba en frases
entrecortadas, expresando su punto de llegada. Momento de su satisfacción. No se porque
considero, ahora, que ella deseaba ser yo.
Al volver, el lunes, al trabajo; sentí un desasosiego inmenso. Susana no había llegado aun. Su sitio
la esperaba. Con una soledad tan inmensa como la mía. Dependientes, el sitio y yo, de su calor.
Sentí que volaba hacia esos territorios en lo cuales he soñado. El mar, el llano, la montaña.
El domingo anterior estuve, todo el día, dándole vueltas a mi posición de sujeto dependiente de
Susana. De su capacidad para inducir al placer. Me aterró pensar en que no fuera el único
depositario de su imaginación, Ya, antes, había sentido el mismo miedo. Porque, Susana, reivindica
la no sujeción. Proclama la explosión de los orgasmos. Diferenciándolos. Ella dice que hay
diferencias. Cada sujeto hombre debe ser avasallado en los sitios en los cuales siente más placer.
Sin homogeneidades. Es, el placer, una capacidad para identificar el tipo de necesidades de cada
quien. Hombre o mujer. Lo de ella es una sumatoria creativa de los lugares de mayor
vulnerabilidad. Así, entonces, se trata de identificarlos y de explotarlos.
Olga y Santiago son muy cercanos a Susana. Siempre he tenido la sospecha de que él y ella gozan
de la fortaleza de Susana. De su capacidad para inducir y sentir el placer absoluto. Como ese de
sentir que su clítoris constituye punto de partida y de llegada a la satisfacción plena. Uno y una. Sin
particiones. Cada quien coincide, ahí, con ella. Es un momento no unilateral, ni único. Es de todos y
de todas .Independientemente del número de libertarios; de partícipes del ejercicio que no
reconoce límites.
Jesús Sinisterra es un jefe soportado en las necesidades de la empresa. Asume su rol, como sujeto
perdulario. En él se encuentra el equilibrio mágico entre las necesidades de la empresa y su opción
de vida. Ya, Susana, me había comentado el año pasado, que Sinisterra, le había insinuado su
deseo de poseerla. Como extensión de su poder. No solo en lo que implica a sus exigencias de
rendimiento sino también en lo que hace con sus necesidades de sexo furtivo. Manteniendo el
esquema. Fundamentado en su condición de macho que combina el sexo formal con su dominada y
la informalidad con una amante.
Yo siento por él un odio visceral. Tanto como gendarme empresarial, como por su capacidad para
utilizar su poder, como garante de su búsqueda de sexo. Una figura lasciva. Oportunista. Yo me
hacía a la idea de que Susana no claudicaría nunca ante la vergüenza que suponía acceder a los
requerimientos de Sinisterra. Sin embargo, me obnubilaba la duda. Porque, conocía los ímpetus de
Susana. De su manera de otorgar y sentir placer. Para Susana toda oportunidad es válida. Ella dice:
el placer es un elemento indispensable para vivir; no importa con quien o quienes se construya y se
sienta. Este es independiente de la raza o posición social. Para mí lo fundamental es el placer en si
mismo.
El 31 de agosto fue mi primer aniversario. Ese día sentí que había poseído a mi madre. En una
suplantación imaginaria. La veía desnuda, bañándose. Veía todas sus formas al vestirse. Era
invitado obligado, porque demandaba cuidado. Y quien más que mi madre para satisfacerlo. Cierto
es, también, que solo recuerdo a Silvia. Aún, hoy, no tengo certeza de haber conocido a mis
rivales. Solo ella, Silvia, estuvo y está a mi lado. Adrián y Pitágoras, se marcharon. Se cansaron de
mi obsesión por mi madre. Olga, Maritza y Martha, viajaron con mi padre. Por imaginarios caminos.
Supe, últimamente, que habían traspasado la frontera entre la fantasía y la realidad. Como dueñas
de mi padre y enemigas de mi madre.
Veo pasar niños y niñas. Saltando, eludiendo caminos áridos. Buscando la felicidad en territorios
disímiles. El parque cercano, el país lejano. En construcciones efímeras. Cuando vuela, la
imaginación, no reconoce límites. Están al lado de la madre. Una bifurcación truncada. Ellos y
ellas, saturados de nostalgias, de tristezas. Yendo al encuentro de la alegría que no viene. Que se
queda allá, en el lejano horizonte quimérico. Ellos y ellas son yo, son Silvia. Porque he limitado mi
visual. Ni Olga, ni Maritza, ni Martha. Ellas se han ido, con el padre. Yo no se si lo siguen por pasión
de hijas; o por alucinaciones de amantes.
Es el día 543, después de mi instalación como empleado en la empresa. Llegué como noria. Sin
tener un rol definido. Localicé a Susana, por su mirada. Ya la había visto antes. Cuando poseía a mi
madre, vía pezones duros: Desde que odié a mi padre por vulnerar su sexo; induciéndola al
orgasmo ilegítimo. O cuando, me vi., en el vientre, creciendo, como elemento extraño. Originado
en una juntura nefanda. Entre él y ella. Entre su sexo y el de ella. En una violencia reinventada. En
una sensación de tristeza. Siendo yo el promotor de la misma. Creciendo en ella. Ella con la
disposición de las esclavas. Que murmuran su inconformidad. Pero una murmuración que no
explota. Que se adormece, al ritmo de la tradición y de la moralidad.
En fin…, sea lo que sea, Susana estaba allí, con su mirada. Dominándome desde ese comienzo. Ella
aferrada a la máquina que tuerce el fruto. Sea de café, o de cacao o de ilusiones. Ella magnífica.
Exhibiendo sus botones a través de su blusa a rayas, transparente e insinuando, a través de su
jeans, ese triángulo hermoso que insinúa su sexo potente. Capaz de avasallar; sexo que transfiere
pasión, deseo. Sinisterra estaba ahí. Mirábamos el mismo trofeo. Él con su poder ya adquirido. Yo
con un toque de inocencia, parecida a la partitura de un bolero. El son de los amantes. Furtivos y
abiertos. Recatados, como deslealtad conmigo mismo. Pretendiendo esconder el deseo de fornicar,
desde ya, con ella. Ese suplicio constituido en la partición del yo. Entre el respeto y la ansiedad por
poseerla. Era, ella, el horizonte. De Sinisterra y el mío. Ya ella lo sabía y jugaba con las ilusiones.
Abominable una. Perversa la otra. Porque mi arrebato, pretendía ocultarlo. Disfrazarlo de pasión
sublime.
Yo había soñado, al décimo año, sintiendo celos con respecto a mi padre, que viajaba con Olga,
Maritza y Martha. Sentía deseos de gritar; de llamarlas. De arrebatárselas. De proponer un
convenio. De un lado ellas al lado mío y al lado de Silvia. Del otro mi madre con él. Necesitaba
liberarme de ella. No quería seguir relacionándola con mi horizonte. Porque la amaba. Siempre la
amé. Desde ese día en que sentí odio por mi padre, por vulnerarla. Por estar encima de ella,
jadeando, como macho perverso.
El 20 de abril, del año trece, yo estaba en el colegio. Corría el tercer periodo, del grado sexto.
Juliana, profesora de castellano, se esforzaba por convencernos acerca de la viabilidad de la
verdad, transmitida por las palabras. Los verbos. Los sufijos, los adjetivos y los sustantivos. Ella es
una mujer que induce a la pasión. Un cuerpo absolutamente bien formado. Con una mirada
cautivante. Se decía que el profesor de religión, Pedro, la poseía. Yo, sin prestar atención a sus
lecturas, me imaginaba en su vientre. Como el de mi madre. Siendo sujeto derivado de la
vulneración. Con la diferencia de que, aquí, yo era el vulnerador, al mismo tiempo que el fruto no
deseado. Para mí, era la reiteración de mi relación con la madre. Siendo feto indeseado. Pero,
siendo poseedor a la fuerza. La desvestía con la mirada. Sentía una erección prematura. Sentía a
Juliana. Sí, a Juliana. No a la profesora Juliana. Me preparaba para retar a Pedro. Ese era mi rival.
Ya no era el padre. Era él. Y lo veía como objeto de mi odio. Sentía deseos de retarlo. A campo
abierto. Él y yo. El hombre adulto y el niño…al final de la jornada, me sentía triunfante. Aniquilando
a Pedro.
El día, aniversario de la independencia, madrugué, más de lo acostumbrado. Tenía una cita con la
celebración patriótica. Una formalidad. Como tantas otras que inducen a mirar, en retrovisor, los
acontecimientos. Desde hacía mucho tiempo, a pesar de mi corta edad, había arribado a una
noción en la cual la libertad se asocia con la sinceridad. Me consideraba un sujeto libre. Ante todo,
desde el día aquel, en que le dije a mi madre que la amaba y que la defendería de las acciones
vulneradoras de mi padre. En ese entonces, ya había cumplido dos meses. Ya había recorrido su
cuerpo. Ya sabía que tenía pezones erectos, en los cuales no se reflejaban el afán y la violencia de
mi padre. Permanecían como recién hechos. Ese día, dispuse que la liberaría. Que me iría con ella a
territorios lejanos. Que sería su amante absoluto y perpetuo. Ella dormía, cansada de soportar ese
aliento aciago y ordinario del padre. Descansaba de otro ejercicio unilateral. Mi padre yacía
dormido, satisfecho. Yo sentía deseos de matarlo, reclamar para mí su trofeo.
Ese mismo día conocí a la hermana de Susana. Tenía, como ella, una mirada punzante,
dominadora. Era alumna del Liceo María Auxiliadora. Colegio elitista. Tanto así que no permitía el
más mínimo contacto con los hacedores de herejías. Es decir de las familias cuyos hijos e hijas, no
estuvieran matriculados en el misterio trinitario. Sin embargo, Betsabé, era iconoclasta. Lo digo
porque, cierto día, la vi., en el parque revolcándose con Eliseo. Hombre, este, duro, pétreo.
Parecido a mi padre.
Burbano era un muchacho delgado, pero lleno de fibra. Había llegado al barrio, procedente de
Bahía Solano. Desde su arribo, había cortejado a Silvia. Recuerdo el día en que, al subir las
escaleras, sentí un calor abrazador. Silvia era poseída por Burbano. Era una lucha intensa, violenta,
pero sublime. Burbano expelía fuego. Su falo era como un asta, habilitada para soportar vientos y
miles de banderas. Silvia sollozaba, gritaba, en un forcejeo en el cual Burbano era el orientador y la
autoridad. Apenas sí le permitía a Silvia momentos de descanso. Una acción reiterativa. Una
repetición infinita. Consumieron cuatro horas. Yo me inmovilicé. En uno de los descansos se
percataron de mi presencia. Silvia aparentó una sonrisa cándida, inocente. Maté a Burbano, de la
misma manera como había soñado que mataba a Santiago, mi padre.
Todo, porque Silvia es la suplantación de mi madre. Como la conocí aquel día en que se entregó a
Francisco Peñuela, su primer amante. Sucedió 10 años antes de conocer a su segundo amante,
Santiago. Quien creyera que yo ya estaba ahí. Como una especie de proyecto futuro. Yo estaba con
ella, incluso, desde el mismo día de su nacimiento. Ella y yo, fuimos cómplices. Yo callé, cuando
Peñuela la hizo suya. La vi. y la sentí apartando sus piernas, para dar entrada a un falo inmenso.
Un entrar y salir casi infinito. Porque ninguno de los dos se rendía. Recuerdo, también, que maté a
Peñuela. Corté su inmenso instrumento de placer y lo coloqué a la entrada del barrio.
La pregunta que ahora me hago es: ¿por qué no hice lo mismo con Santiago? En lo de Peñuela
hubo, al menos placer. Mi conclusión derivó del jadeo común y del cansancio sublime común.
Santiago, por el contrario, no tiene ni falo espléndido, ni hacía gritar a mi madre, como Peñuela
Estar ahí, seguir…hasta el infinito.
A veces he creído que soy hijo de Peñuela y no de Santiago. Porque, en esa plenitud de posesión,
en la que mi madre sucumbía con gusto a la fortaleza de Francisco, a su violencia fálica, valía la
pena ser resultado. No como en el caso de Santiago y mi madre. En donde lo prevaleciente era la
violencia ignominiosa del macho sin ningún agregado de deleite, de fascinación, de éxtasis.
José Luis Fandiño es hermano de mi madre. Su condición de pariente cercano, lo indujo a reclamar
un sitio en la familia. Como yo, aborrecía a mi padre. Tal vez, porque encontraba en él la réplica de
su padre. Recuerdo como miró a Silvia, a sus ocho años, cuando ella se divertía en el baño
desnuda. La atraía hacia él. Acariciaba su aberturita clitórica Por más que ella denunciaba, ni padre,
ni madre se daban por aludido y aludida. La aberturita de Silvia enrojecía y yo veía crecer el falo
del tío, queriendo reventar la protección de sus pantalones.
Hasta cierto punto, asumí una posición diferente, cuando Burbano penetraba la insondable y plena
abertura clitórica de Silvia, hasta el cansancio sublime. No se si ella recuerda lo del tío. Tampoco, si
lo asocia con la acción de Burbano. Lo cierto es que yo quisiera ser él. Porque Silvia, siempre me ha
atraído. Sobre todo, desde el día en que me enseñó su sexo. Yo tenía escasos cinco años. Un color
rosado hermoso. Una estrechez casi divina. Lo digo, porque al dejar conducir mi mano, por ella,
hacia su cuerpo, palpé ese orificio bello, bordeado por escasos vellos.
Ya Susana había comenzado su actividad. Yo la veía ir y venir. Dando órdenes. Comprometiendo
sus conocimientos en las pruebas cotidianas que demanda la realidad. Yo, por el contrario,
permanecía inmóvil. Como una estatua, creada por Pigmalión, indescifrable; sin saber que hacer.
Cuando Sinisterra me habló yo estaba abstraído. Todavía miraba a Susana. Sinisterra me ordenó
bajar al primer piso, para recibir una mercancía que venía desde Somalia. Era como raro el negocio.
Porque el emblema de las cajas, hablaba de etnias suprimidas, ignoradas. Que se vendían como
recordatorios para los turistas en Cartagena. Con el correr de los años, creo haber identificado el
destino de las cajas. No se porque se me asemejan a Bazurto, a la periferia de la ciudad. En ese
drama de ser la otra cara. Aquella que se desenvuelve en la marginalidad absoluta. Dueña sólo de
su miseria.
Carmen María Arregoces, madre de Daniel, fue la segunda amante de Estanislao Verdún, su padre.
Daniel siempre fue cercano al concepto aquel que define al varón como ejemplo a seguir, como
autoridad que hay que reconocer, por encima de la autoridad de la madre. Tal vez por eso, Daniel
creció en un maremágnum conceptual. De un lado la figura paterna de Estanislao remarcando a
diario acerca de la necesidad de construir un gran varón, a como diera lugar. De otro, la imagen
lejana de su madre, otorgadora de sensibilidad y de ternura. Por esto Daniel es un híbrido.
Navegando entre la sensibilidad de Carmen María y la pragmática e indolente política del padre.
Es mi contrario. Yo he amado y poseído a mi madre. El ama al padre, entendido como vertiente de
masculinidad, de fortaleza y de capacidad. Su lejanía, con respecto a la madre, ha sido absoluta.
Hasta el punto que Carmen María no reconoce en él ningún agregado suyo.
El día en que Juan Carlos Urrutia llegó a nuestra casa; yo cumplía 15 años. Un hombre gris. Un
tanto como Teseo suplantado. Con un fuerte olor a mar. Clásico, sin aristas centrípetas. Venía de
Asia. Entendí, en un comienzo, que procedía de Pakistán. Había recorrido más de medio planeta,
buscando tranquilidad. Así, conoció a mi madre. Yo estaba en ella, pero a cinco lustros de emerger
como sujeto independiente. Aprendí a conocer y distinguir sus olores. Mi madre, con apenas 15
años, tenía la costumbre de desear la aventura. Como si en ella estuviera el placer de vivir la vida.
Un día cualquiera, Urrutia la avasalló. Yo percibí, como en el caso de Peñuela, un desahogo. La vi.,
otra vez, sucumbir ante la fortaleza del falo. Lo que no entendí en ese entonces, ni ahora, es el
porqué de su insistencia en ser recorrida, paso a paso. Su exigencia era esa. Distinta a la posesión
de Santiago. Creo que m i madre odiaba la tosquedad, que le importaba la capacidad para la
imaginación erótica. Creo que ella, siempre buscó un equilibrio entre el placer físico, así fuera
violento, y la ternura. Mi padre no poseía ni uno ni otra.
Cuando bajé al primer piso, por orden de Sinisterra, me encontré con un arrume de cajas inmenso.
El problema no estaba tanto en subirlas; como en identificarlas y darles un sitio dependiendo de
esa identificación. Mi hice acompañar de Jerónimo, un chico más tímido que yo. Con el trabajo
unificado, logramos avanzar en la identificación étnica. Lo de Somalia era una especie de logotipo
común. Lo verdadero tenía que ver con la guía interna. La autorización para importar somalíes,
congoleños, nigerianos, sudafricanos, entre otras.
Al terminar la selección, elaboramos un informe sucinto. Un inventario de voces y comportamientos
étnicos que, después serían utilizados como prototipo de sociedades en perspectiva de consolidar.
Una figura parecida a la torre excretora de culturas y de lenguas.
Sinisterra no se inmutó. Para él, daba lo mismo una que otra. Su retraso cultural, humanístico era
tal, que podía confundir un dialecto originario de la India, con uno originado en Senegal. Lo suyo
no era, en absoluto, la cotejación lingüística. Lo suyo, era la lascivia, la aproximación a las mujeres,
soñar con ellas sometidas a su falo, a sus burdas caricias. Susana estaba en su mira.
Otra vez sábado. 9:40 a.m. A no ser por mis fantasiosas expresiones, hubiera creído que era otro
día. Diferente. Tráfico pesado,
en este territorio. Desde Calígula hasta Epitecto. Sus horizontes son los mismos: ¡la nada¡
Everardo y Patricia, camino abajo. Como si la vida se erigiera en referente de Centauros y Lapitas.
Un orgasmo fugaz. Un ovillo como el de Teseo. Una búsqueda perenne.
Todo está, más o menos, definido. No se porqué, aún ahora, recuerdo lo mucho que he amado ese
tipo de acciones. Ensayar y competir con lo que no ha sido mío. Mi “ética de lo posible”. Desde
Uribe Uribe, hasta Samper. Un sesgo en las verdades. Un acumulado de sensaciones que remiten a
que el tiempo, para nosotros, se ha detenido.
Desde Gaitán, hasta Galán. Un nudo gordiano. La ecuación asimétrica. La fuerza de la gravedad
invertida. Lo de abajo, arriba. Lo de arriba, abajo.
De todas maneras Sinisterra ha asumido destrezas:…hubo, una vez, un hombre valiente. Sin
ataduras. Sin tristezas. Macho de pocas palabras…para qué palabras. Se decía, a si mismo. Era
tanto como pedirle cuentas al viento, siendo llama eterna. Sus argucias eran conocidas por todos.
Desde el mar hasta la sierra. Siendo, aquí, mar una dualidad y sierra, asentamientos equívocos,
pero dominantes. Tanto lo uno como lo otro. En esto, Sinisterra se parece a Santiago, mi padre.
Fundamentalmente en sus actitudes malvadas, a la hora de relacionarse con las m mujeres.
La muerte es objeto de controversia, a partir de reivindicar la verdad de los detractores, con
ejercicios cíclicos; calculados vía distribución de Gauss, como probabilidad que ejerce, como favor
otorgado en una réplica perversa de los Cangaceiros.
Jueves 31: Otra vez la versión de que el territorio de lo sublime no existe. Es efímero.
Entre tierno y vandálico. Voz a voz, conocí el dolor de la madre de mi madre. En esto Raquel
España es experta. En transmitir verdades y mentiras. Es ella quien define, comunica, acerca de
objetos, personas y principios.
Sigo añorando la verdad. Trato de no confundir el tiempo, ni los espacios. Sigue siendo mi “ética de
lo posible”. Me veo actuar como Aquiles y como Sísifo. Es mi mensaje. En este tiempo, percibo lo
troyano, como acercamiento a la vida, desde la muerte.
El asunto es que regresé de mi viaje al pasado. Sentí como si hubiese asumido un itinerario
cargado de vicisitudes. No más, al partir, enfrenté el dilema asociado a la significación que adquiere
la ilusión, Susana. Cuando se pretende recuperar la memoria con respecto a los hechos idos. Mi
madre y Santiago. Silvia y Burbano. Aquellos que según la ortodoxia inherente a la lógica, no
pueden ser recuperados; a no ser que se descifre el código vinculado a la libertad para trasgredir
las consecuencias de la relación, espacio tiempo.
Sin embargo, a pesar de mi capacidad para percibir y concretar el sentido que tiene la asociación
de conceptos, había sido vulnerada mi vida, desde la época de mi primer encuentro con mi madre.
En ese lejano día en que ella no había nacido aún. Y que yo ya estaba ahí, esperándola. Hasta el
día en que conocí a Santiago, violando el sexo de mi madre. Agrediéndola.
Ahora recuerdo que siempre he estado atado a un condicionante en el cual la vida es reinventada,
como lo es la realidad. Un devenir constante. Hechos y acciones sin nexo con la certeza. Nunca he
podido entender la dinámica concreta, del ser y haber sido. Esto supone la existencia de un
requisito básico: reconocerse a si mismo. De no ser así, los entornos y las vivencias, no son otra
cosa que representaciones autos construidos, a partir del hilo conductor invisible que soporta el
tránsito de un lugar a otro, sin horizonte. Esto es lo mismo que la ausencia de identidad.
De todas maneras, mi viaje al pasado estuvo precedido por aquel momento en el cual conocí a
Susana. Aunque recuerdo donde, es como si no conociera el sitio. Por lo tanto nunca he podido
discernir acerca de los límites entre la interacción con mi yo y el contacto con los personajes que he
ido creando. En un ejercicio de iteración, en el cual cada personaje me propone una interpretación
de los referentes y de los conceptos. Siendo así, entonces, amar, odiar, vulnerar, ser vulnerado, y
vivir, siguen siendo para mí fantasmas que me acechan, como simples agregados, sumatorias
inconcientes.
Lo cierto es que, Susana ha adquirido forma. Según los códigos biológicos. He deseado palpar su
vientre. Sería una estrategia para recorrerla. Pero no en la misma forma que lo hizo mi padre con
mi mujer-madre. He sentido la necesidad de penetrar esa zona estrecha y punzante, mimetizada en
sedosos vellos y que ella llegue al éxtasis, y oírla susurrar metáforas. Susurros y metáforas que no
escuché a mi madre, cuando Santiago la avasallaba a la fuerza.
Sentirme invadido e invasor. Navegar en ese mar corporal inmenso, tierno, insinuante. Imaginando
la cúpula de templos oscuros; como territorios ofertantes de ilusiones y creencias, para todos los
seres como yo. Ávidos de espacios para la alucinación; necesitado de significados para la vida.
Al regresar de ese viaje, me encontré con el sábado siguiente. Absolutamente solo. Como al
principio de mi periplo por los lugares en que esperé a mi madre…buscando, de manera constante,
equilibrios a bordo de mi itinerario. Con la certeza de mi desencuentro
Hilvanar acontecimientos, es una prueba soportada en la lógica. El hecho de conocer el oficio de la
autoridad, de la cual Sinisterra es intermediario. Supone, asimismo, distanciamiento en relación con
mi rol inmediato. Susana no es así. Ella ejerce su labor, como sintiendo una felicidad absoluta. Una
abstracción que no le permite ver a las etnias comercializadas. Mucho menos, las consecuencias de
ese comercio. Tal vez por esto está más cercana a Sinisterra que a mí. Lo de ella es una
complicidad matizada por el exceso de egolatría. Porque, ella, es su cuerpo. Una transversalidad,
en la cual no importa sino la capacidad para cautivar. Ya lo he dicho. Ya lo he insinuado. Su
anarquía conceptual y práctica es el camino para no comprometerse en disquisiciones.
Ese día, en que conocí a su hermana, Susana vestía un gris liviano. Casi todas las cosas tocadas
por ella, tienen la misma connotación. De su blanco o negro discursivo, desprendía un quehacer
exterior, en donde no existe lugar para la controversia. Siempre se ha comprometido en acciones
de radicalidad, sin que medie ninguna discusión. La más visible, sin duda, es su ímpetu al momento
de descifrar los códigos sexuales. Sin necesidad de preguntar, ni de reflexionar, convoca a quienes
la observamos, a una excitación casi alucinada.
El padre de Susana ha transitado por varios países. Un aventurero absoluto. Conoció a Batista en
su breve paso por Cuba. Se convirtió en su asesor e interprete de ideas y convicciones. Por esto, no
es de extrañar su versión en torno a Martí. Lo llamó pigmeo intelectual. Aduciendo que la única
expresión posible es el control del poder; independientemente de sus consecuencias. Ha heredado
de su padre, el talante de corsario perverso. A sus veinticinco años, originó una disputa por el
poder en Guatemala. Propuso convertir a Miguel Ángel Asturias en reo continuo, traidor a la patria.
Por esto, tal vez, Susana avaló la invasión de la Empajada de España, por parte de los gendarmes.
Aún hoy, Susana insiste en que, a veces, es necesario extirpar de raíz, aquello que puede derivar
en un cuestionamiento a la legitimidad del poder, no importa a que intereses sirve. Es de la idea de
que todo poder es legítimo, en la medida en que satisfaga las necesidades de quien o quienes lo
detenten. En esto se parece al ciudadano A.
Hasta cierto punto, la opción nietzscheana y wagneriana, asumida por Hitler, ha sido lo mejor que
pudo haber pasado para la humanidad. Porque los arios deben conducir al mundo. No importando
los campos de concentración y el genocidio. En esto, Susana, propone una interpretación en la cual
Mussolini y Franco son hijos bastardos del antisemitismo y de la perspectiva de los arios.
Es un ser extraño, Susana. Heredera de unas convicciones estereotipadas del poder. Por eso lo
ejerce de esa manera. Su convocatoria perenne es a la cautivación, a partir de su sexo. Lo cierto es
que no hay ni habrá ninguno como el suyo. Con solo mirarla, fluyen imaginarios heréticos. Sueños
en que se prolongan, de manera infinita, el deseo por poseerla. Sueños que esclavizan. Es una
sujeta aria. Lucha de manera tenaz por lograr los propósitos de extensión del dominio de lo sexual,
por encima de principios. Es una doctrina sacralizada.
Precisamente, el primero de enero de 1959, el padre de Susana, huyó de la Habana. Estuvo
viajando por todo el Caribe. Desde Haití, en donde se entrevistó con Duvalier, hasta Nicaragua, en
la que compartió con Somoza, en Managua. Aprendió, también, de su padre, el don de la
adulación.
Transcurría mi aniversario 14. Mi madre, se enamoró de Alejandro Verdaguer. Un ciudadano
Uruguayo, anodino. Lo único que lo destacaba era haber sido mercenario en Paraguay, en época de
Alfredo Stroessner. Entre otras cosas, se distinguió por su capacidad de servicio como auriga del
dictador. Al momento de conocerlo, tenía 42 años. Desde el comienzo yo le hice saber, con mi
mirada, que era un varón celoso. Y que mi madre era mía y no de él.
Sin embargo, se cuenta de él, que había estado 40 años tratando de establecer, con alguna
exactitud, el número real de puntos brillantes a espacio abierto. El problema no residía en la
condición de abajo o arriba, en eso de mirarlos para contar.
Aún hoy, no se ha podido descifrar su pasión por este oficio. En una aproximación, hace tres años,
le hizo a su madre el siguiente comentario: en uno de mis sueños, cuatro años atrás, Prometeo
habló conmigo. Un mensaje claro. Tanto como dibujar en palabras unos ojos inmensos instalados
en la cara oculta de la luna. La posibilidad de contemplar la belleza azabache de los mismos, tiene
como prerrequisito el recorrido por ese inmenso vacío azul, que es tal, en razón a la refracción de
luz solar en la línea de protección adyacente a la Tierra. Su color negro, emerge a partir de la
pérdida de luminosidad. Algo así como quiera que es condición indispensable para que confluyan
estos momentos la validación de la posibilidad de identificar el brillo desde Uruguay.
Prometeo me advirtió, eso sí, que debía descontar de la suma adquirida, los planetas atrapados por
el Sol, con su imantación. De todas maneras, el resultado final no podía ser igual al obtenido en
una operación divisoria de 0 sobre 0.
Cuentan que, Federica Maidana, novia perenne de Alejandro, ese mismo día de marzo en que
Prometeo hizo la revelación; adjuntó una observación, así: la única posibilidad de descanso, en el
interregno de la tarea impuesta, tiene relación con los noventa minutos en que Peñarol y Nacional,
diriman superioridad y que coincidan con el primer eclipse entre 2025 y 2034, sumados a los que
Talleres de Córdoba ( en la vecina Argentina), asuma con el Nantes francés, al día siguiente de esta
interacción Sol y Luna.
También cuentan que, en octubre 31, en 2035, Francesca Gavilán, madre paraguaya de Federica,
insinuó que su hija y su yerno escamotearon la celebración, a raíz de sus expresiones visionarias
enfermizas. Mirando hacia arriba (desde Paraguay y Uruguay), contando puntos luminosos.
Se dice que, el Prometeo de Alejandro, el mismo que reveló el secreto aprendido de Zeus, en su
encadenamiento infinito y en su dolor visceral, originado en el asedio continuo del ave enviada por
el Padre, transfirió al pueblo paraguayo, parte de su castigo. Y que, por esto, se justificaba la
vigencia de los generales, liderados por Stroessner
Un día, en septiembre, tuve que atender un requisitorio del colegio. Un viaje de reconocimiento de
los coleópteros, concretamente, de su reproducción en libertad, en la Macarena. Alejandro
Verdaguer, ofreció a mi madre la posibilidad de viajar a Montevideo. Ante las dudas de ella, en
términos de que yo quedaba en situación de soledad; él le planteó ¡o soy yo; o es él.¡
Obviamente mi madre accedió a su petición. Entre otras razones, porque mi madre me consideraba
un sujeto amargado. Al cual lo persigue la sombra de Santiago, como fantasma violador. Ya, desde
mi encuentro con ella, antes de nacer, me consideraba un advenedizo. Como suplicante. Como
individuo que reclama para sí, el trofeo vinculado a palpar su orgasmo. El cual, a decir verdad, no
ha tenido, de manera plena, en abundancia.
En Montevideo, Rosa (ese es el nombre de mi madre), estuvo escoltando a Verdaguer. Ese es el
nombre de su oficio. Algo así como llamarla amante vergonzante. Así, estuvo tres años.
Cuando ella regresó, yo estaba con Silvia; quien me había brindado apoyo, para matizar su soledad
y la mía. Ya no era lo mismo. A decir verdad, yo la odiaba. Un odio que se transformó de latente a
real; a partir de su preferencia por su amante.
Nos contó de sus aventuras; de su búsqueda de amor, al lado de quien ya, antes que a ella, tenía
una amante de nombre Federica. Ella era, para Verdaguer, un objeto de consumo rápido. Su
verdadera ilusión, estaba del lado de Federica. Mujer casi mágica, en lo que la magia tiene de
posibilidad para construir sueños patéticos. Tanto así que, que se le endilga el hecho de haber
producido la pócima que utilizaron Stroessner, en Paraguay, J.C. Galtieri en Argentina y Humberto
Castelo Branco en Brasil, cuando este derrocó a Joao Goulart.
La madre de Juliana, había llegado desde Méjico. Conoció a Ernesto Gardeazábal, se enamoró de
él. El matrimonio fue un tanto acelerado, a raíz de su preñez. Los Gardeazábal, tenían un universo
de anécdotas que los hacía célebres. Tal vez la más cautivante, se relaciona con haber establecido
una singular amistad con el Sol. Se decía que se les había anunciado de un viaje alrededor del
mismo, casi en sus fronteras. Toda la familia se preparó para el evento. Hasta compraron trajes en
asbesto, para cualquier eventualidad.
…Su desilusión surgió, a raíz de un pequeño detalle. Quien les había prometido que los llevaría a
las cercanías de Sol, hizo la aclaración, en el sentido de que para él, Sol era el nombre de un caño
adyacente a un lugar desconocido en la provincia de Córdoba en Argentina. Inclusive, se dice que,
aún así, el viaje no era posible, ya que la invitación fue producto de una secuela a raíz de una
noche de insomnio de Ricardo Valbuena; hombre perdulario que se pasaba los días y las noches,
horadando el espacio, con su vara de pescar. Inclusive, intentó tumbar una estrella con esa misma
vara.
Transcurridos seis meses, después del matrimonio, nació Juliana. Desde su temprana infancia,
alucinó de manera continua. Cada evento alucinante estuvo relacionado con su posición como
oferente. Su destinatario fue siempre Valbuena; al que conoció, cuando ella estaba aún en vientre
de Mariana, su madre. Un hecho bastante incómodo. Porque inducía a pensar que ese perdulario,
la visitaba en ausencia de Ernesto. Juliana, siempre mantuvo la sensación de haber visto a
Valbuena, al lado de Mariana, sobre ella, aturdiéndola con sus groseros susurros de amante
saciado.
Nunca trató de hablar con su padre al respecto. Mantuvo esa alucinación en secreto. Habiendo
crecido, ya como graduada en pedagogía aplicada, supo de mis desvaríos, como subyugado por mi
madre, aún antes de que ella naciera. Siendo así, me convocaba a que le relatara mí recorrido por
esos caminos, a veces áridos, otras veces pletóricos de pasión por ella. Una pasión inconfesada,
hasta ese instante.
Con sus pretensiones de mujer en capacidad de analizar cualquier acción humana y proponer
alternativas; me hablaba. En una perorata inacabada. Yo la escuchaba, no con interés en lo que
decía. Más bien, por saberme cerca de su cuerpo insinuante, perfecto. En esto competía, sin
saberlo, con Susana. Las dos, mujeres perfectas. La una (Susana), conciente de su poder sexual;
Juliana, conciente de su capacidad para arropar con su cuerpo, al hombre que llegara a amarla, con
la convicción de alcanzar el equilibrio entre sexo y un rol activo, intelectual, en capacidad para
transformar el mundo.
Al despedirme de Juliana, volví a casa. Me sentía todavía obnubilado. Como sujeto que aspira a ser
amado por una diosa que transfiere pasión en cada uno de sus movimientos…hasta que quedaba
dormido, abrazando la almohada que le había robado a mi madre; que todavía conserva su olor a
mujer. Ese olor que no termina, inconfundible. Porque es el olor a mujer en sublime celo. Yo amaba
esa almohada, la rescaté antes de que Verdaguer le impregnara ese olor amargo y nefando que
poseía y al que he odiado.
Cuando Francesca Gavilán, conoció a Susana, esta estaba tratando descifrar cierta lectura asociada
con el caso del Prometeo Verdagueriano. Había conocido la leyenda, un día en que, estando al lado
de su máquina podadora de etnias y al lado de Sinisterra, recibió una llamada de su padre. Andaba
por Paraguay, buscando asilo perenne. No tanto asilo físico, lo de el era una constante sensación
de estar perdido espiritualmente. Susana le dijo, padre, no recuerdo el camino, pero me ingeniaré
la manera de llegar. Nos vemos en Asunción. No te preocupes por mí, tengo la posibilidad de algún
dinero. En este negocio, la empresa tiene perspectivas halagadoras. La etnias son como corolarios
a lo cuales se arriba, simplemente fingiendo preocupación por lo ancestral. Tanto es así que hemos
negociado con los norteños, una transferencia cultural, incluida la patente. Ante todo, con las
posibilidades que otorga el Amazonas. Desde Brasil, hasta Perú.
Mientras hablaba con Atanasio, Sinisterra deslizaba sus manos por las piernas de Susana. Ya no
resistía. Habían encontrado los conceptos comunes. Una y otro, se sabían poseedores de un
extraño poder. Un magnetismo viciado que atraía. Habían progresado, ya conocían de los huitotos;
de su religión, de sus mitos, de sus sueños. Desatando las cajas que contenían los acumulados
históricos de las etnias, habían encontrado un escrito: “Hablando así, buscó en la casa, en las ollas,
debajo de los tiestos. Pero no había. Por esa razón Uikiegi desató una tempestad desde los confines
del mundo. La tempestad sacudía la casa. Mientras ellos buscaban en los zarzos, el viento sacudía
la casa y levantaba las crisnejas. Entonces vieron a Magieza; la vieron muy claramente allí donde el
viento había levantado las crisnejas, estaba acostada en una hamaca en lo alto de la casa.
Oye, madre, dijiste que tú misma habías cogido los frutos de achiote. ¿Quién es la que está allí
arriba? ¿Por qué ocultaste a la famosa Magieza? Ella cogió el ramillete de achiote. ¡Ve a traerla!
¡Bájala para devorarla, ya que cogió el ramillete de achiote!. Timada ¡bájala para devorarla! – Dijo
Uikiegi y el jaguar Timada fue por una viga, sacó a Magieza de la hamaca y la lanzó abajo...”
Este y otros textos llegaron desde Manaos, fueron robados. Los exhibieron como trofeo, se
quedaron con ellos y los subastaron de manera subrepticia. Eran fruto de la investigación realizada
por Konrad Theodor Preuss. Tal vez, el más valioso dice: “...al llegar a la superficie de la tierra,
saliendo del hueco del que vinimos nosotros, se topó con Gaimi quien venía por entre los árboles
iguyina, que estaban al borde de ese hueco. Jidiroma disparó contra Gaimi porque era bonito, pero
no dio en el blanco. Gaimi se había transformado en una gota de rocío y dormía. Colgaba en forma
de mico churuco y dormía...”
Susana acordó con Atanasio, verse en las afueras de Asunción, en casa de Francesca Gavilán, un
día después de haber sido preñada por Sinisterra.
Al despertar, ese sábado de abril, encontré a Susana a mi lado…solo entonces comprendí que había
soñado cosas muy extrañas. Antes de despertar había visto a Susana ondeando una bandera teñida
en la sangre de su primogénito, el hijo de Sinisterra.
Me quedó la sensación amarga a que conduce toda dicotomía. Lo mío era algo así como un perfil
esquizofrénico, que se adhiere al espíritu. Que te acompaña
He estado deambulando todo el tiempo. Desde que me he negado a reconocer y
aceptar la realidad; no percibo señales de vida. Algo así me había sucedido antes. Por ejemplo, en
mi infancia, los sueños desbordaban mi entorno. Era algo así como un sujeto inmóvil. Inmerso en
situaciones determinadas por un imaginario perturbado. Tanto así que, a cada momento, ejercía
como referente. Ese que, cuando requería de espacio para asumir la vida; de motivaciones
ancladas en la felicidad, no tan distante o efímera. Me zambullía en un mar de nostalgias absolutas.
Creo que estuvo conmigo desde el vientre.
Lo cierto es que, hoy, no veo diferencia. Esos sueños amarrados a escenarios difusos, permeados
por una sensación de contra ternura; se han reiterado en el tiempo. Es un desasosiego innato. Sigo
sin percibir la realidad como momento válido para desplegar mi vida. Es una saturación de
expresiones inocuas. Al menos eso creo. Porque vivir la vida no es simplemente asumir como sujeto
con movimiento. Supongo que es algo más trascendente. Como, por ejemplo, amar y sentirse
amado. Lo mío es una postura ecléctica. Es un ejercicio, en el cual se asfixia la lucidez. En el cual
no existen ni recuerdos, ni horizontes de esperanza.
En mí, la esperanza, está hecha de una lucha constante. Contra la lógica que soporta al quehacer
diario. Es un abismo. Una sima sin refugios ni momentáneos, ni duraderos. Es decir, una existencia
estática. Sin la ilusión como fundamento primero de la imaginación válida, oferente de acciones no
saturadas de angustias. Ni de desequilibrios tan continuos.
La realidad, entonces, me conmueve. De tal manera que, a cada paso, navego sin brújula. En
donde la rosa de los vientos no señala ninguna opción, distinta a iniciativas recortadas. Como esas
en las que me veo restringiendo tu cuerpo y tu vida, al mínimo posible. Como aspirando a andar sin
ti. A sentir una innovación diferente al ejercicio de sujeto sin ilusiones
No se porque, al regresar de cada sueño, percibo la reiteración de mi infancia. Porque, cada sueño,
era y es, ahora, una continuidad áspera, árida. Tal vez sea, porque nunca he tenido verdaderas
certezas. Con respecto a la vida. Incluida tú; desde el momento en que te conocí; ejerciendo como
imantación discontinua, dicotómica. Como bifurcación fría. Como caminos recorridos y por recorrer.
Tal vez sea porque no he tenido la sensación de libertad, distinta a la libertad de la cometa,
dirigida, atada a tus manos. Muchas veces invisibles. Otras veces con la visibilidad agrietada; más
hostil que esos recuerdos, en los cuales aparezco como sujeto atávico.
…Será porque nunca he sentido tu cuerpo y tu ser completo, convocándome a ser feliz, sin
restricciones; sin sentime consecuencia esquizofrénica. Sin tocar la irrealidad como lastre. Todo
esto le expresé a Susana, mientras ella dormía.
Ese mismo día asumí el reto de no volver a alucinar. Porque me estaba convirtiendo en esclavo de
mi pasado. Salí del cuarto, necesitaba respirar un aire diferente. Sin las convulsiones inherentes a
esos momentos enfermizos. Estuve en todos los lugares que había conocido. Tratando de modificar
el futuro que hoy me acompaña. Como si quisiera mover al menos unos elementos que permitieran
una continuidad en el tiempo, diferente. Sin ese acoso hacia mi madre, sin Santiago, sin
Verdaguer, sin los exorcismos de Juliana, sin las erosiones sistemáticas que me sitúan al borde del
abismo. Ese abismo parecido al hueco de los huitotos.
Al terminar el día, me encontré con Daniel. No sé por qué me alegró verlo; a pesar de mis
profundas contradicciones con él. Con su manera de ver y vivir la vida. Tal vez fue porque, al
encontrarlo, me había sumergido en la soledad. Verlo, entonces, suponía que alguien más que yo
existía en el mundo.
Daniel, como siempre, me indagó acerca de todo. Como tratando de localizar mi yo, en sus
preguntas y en mis respuestas. Un tipo de indagación, como variante perversa de las indagaciones
de Juliana.
Silvia, me dijo, está en el país del invierno. Acostumbraba, Daniel, utilizar un lenguaje figurado,
achatado, sin imaginación. Eso del país del invierno, traducía la casa de mi madre, con los rastros
de Verdaguer. Un significado del invierno, en el cual emergía, en silencio, de nuevo, mi pasado. Ese
que estuve tratando de modificar, desde el principio, para ubicarme en este presente de una
manera diferente. Al menos en contacto con cuadros alegres, con sitios y con personas sin ningún
asomo de actitudes que duelen y que me convocan permanentemente a sentirme sujeto sin oficio
distinto a cargar con la culpa de haber conocido, amado y poseído a mi madre aún antes de que
ella naciera. Asumiendo, sin quererlo, el perfil de Santiago, de Verdaguer de…
Corría el mes de enero de un año más de aniversario. Ya había perdido la cuenta. Creo que era el
número treinta. Encontré, después de tanto tiempo, a Martha. Tiene, ella, unos ojos cansados de
mirar lo cotidiano, en gris. Supe que se había separado del lado de Santiago. Había rodado por
ahí, por donde los sitios son, a la vez nuevos y repetidos. Me dijo, he estado buscándote. Desde
que nos separamos he pensado siempre en ti. Sigues siendo, para mí, un ícono que retrotrae los
caminos andados. Te he visto en mis sueños; jugando con las palabras, como a los acertijos.
Siempre te has distinguido por la capacidad para hilvanar los hechos, de manera tal que estos
aparezcan unidos a tus recuerdos, a tus dolores, a tu vida. Una vida que siempre pretendes
explicar, a partir de ese rol tuyo. Incierto, pero tan real como los avatares de la humanidad. Has
sido y sigues siendo digno representante de las angustias que exhibe la humanidad entera. Sin
conocer la razón de ser de la felicidad. Creyendo que esta es sinónimo de la tristeza al revés y no
como un agente autónomo, válido por si mismo.
Al escucharla, recordé lo del sábado aquel, en que salí dispuesto a no alucinar, buscando el pasado
para deshacer este presente y recomponer mi futuro. Sus palabras fueron duras, laceraban de tal
forma que sentí deseos de ahogarla con la almohada de mi madre, la que me acompañaba todas
las noches. O de montarla y cabalgarla, hasta que hubiera derramado hasta la última gota de mi
riqueza líquida, amarillenta, de varón bandido que ha sido desnudado de sus principios, por
aquellas palabras expresadas de manera vehemente. Recuerdo que, algo así, sentí el día en que mi
madre me conminó a no seguir siendo su centinela. Cuando, marchó con Verdaguer. Esa noche, en
sueños, la cabalgué, la horadé, hasta que me deshice de ese acumulado de nostalgias, por la vía
que siempre lo he hecho, por la vía edípica, en su versión más cruel.
Después de despedir a Martha, dormí en profundo. Volví a ver a Susana, a Atanasio, a Sinisterra;
como máquinas depredadoras de las etnias. Volví a escuchar las palabras de los mitos huitotos.
Esta vez, estaba en un sitio cercano a la antigua Biafra. Una localización ambigua. Porque, al
mismo tiempo, veía los paisajes abrumados de Inglaterra, de Italia, de Portugal. Un ir y venir
tatuado. Con los negros, niños, niñas, mujeres, hombres, clamando por su libertad. Demandando
justicia ante el arrasamiento racial. Vi a Lumumba, en el antiguo Congo; vi. a Idi Amín, recorriendo
desiertos a lomo de su pueblo. Vi. a los Nazis, otra vez, a la ofensiva, matando a todo que no fuera
ario. En esta parte del sueño, recordé las posturas de Susana y de Atanasio. Vi a los reyes
Fernando de Aragón e Isabel de Castilla reconquistando a Granada, subyugando a judíos y a
musulmanes, aniquilando sus culturas, sus religiones, hasta lograr un equilibrio cultural, bajo su
hegemonía. Vi a Colón y a sus piratas, entrando a América, avasallando, aniquilando. Recordé mi
lectura de Las Venas Abiertas.
Desperté, como casi siempre, desmoronado, lleno de estigmas, como las de los enfermizos
visionarios católicos. No pude levantarme. Deseaba no hacerlo, quería morir ahí, en ese silencio
cómplice.
Al no morir ese día, continué mi rutina. Estuve en la empresa, hablé con Susana, profundicé mi
odio hacia Sinisterra. Este estaba vociferando. Increpaba a los empleados y a las empleadas.
Palabras sueltas, incoherentes, pero de una dureza grosera. Como todo lo que se relacionaba con
su ser y con sus actuaciones.
Invité a Susana a almorzar. A decir verdad, nunca lo había hecho. Nos dirigimos al “sinrazón”, un
restaurante cercano a la empresa. Se distinguía por sus menús extraños. Un poco como la cocina
de nuestro pacífico. Pero saturada de pimienta y ají. Una sazón parecida a la de los mejicanos.
Pedimos, según la carta, lo del día.
Lo nuestro seguía igual. Mientras comíamos, nos mirábamos, como seres adportas de deshacer lo
andado. Tantos vericuetos; tantos laberintos. Nos transmitíamos ausencia de vida real.
Proponíamos interpretaciones que nos alejaran de nosotros mismos. Ella veía en mí, un sujeto
acabado, sin energía, sin compromiso consigo mismo. Yo veía en ella, el cuerpo absoluto, tanto
como el de Juliana. No veía en ella sino su imagen desnuda. Con su triángulo pélvico, con sus
pezones erectos, con sus piernas que terminaban en ese lugar de inacabada oferta de placer para
ser saciado; una propuesta perenne, para mí y para cualquiera que deseara amarla.
Dejamos la mesa y despedimos ese encuentro. Ella, creo yo, con la convicción de que yo no era
otra cosa que una sumatoria de tristezas. Un hombre lleno de nostalgias. Sin más presente que la
interdicción con respecto a la vida. Yo, con la sensación de haber perdido la posibilidad de atraerla,
de motivarla. Porque, en mi opinión, el amor es eso, una lucha constante por convocar imágenes y
acciones lúdicas y una pasión que bordea todos los lugares cercanos y lejanos. Al lado de quien
amamos. Yendo al pasado, convirtiéndolo en presagio de un presente sin erosiones espirituales. Y
un futuro, a partir de ahí, soportado en esos momentos, en los cuales la ilusión se transforma en
posibilidad de ser felices. Una felicidad no saturada de repeticiones. Más bien, creando imágenes y
lugares siempre nuevos. Siempre autónomos. Sin permitir que el entorno, como inmediata
exterioridad dominada por las voces, nuestras voces, secretas y abiertas, nos absorba como
inmediatez inocua. Convocando al mundo a que nos mire y sienta esa felicidad con nosotros.
Juliana estaba sentada, analizando los reportes escolares. El trabajo, para ella, es un reto
constante. Lo asume, no como rutina. No es lineal. Cada hecho y cada acción suyos, constituyen un
universo de sensaciones siempre nuevas. Lo pedagógico asumido como motivación a investigar y a
construir. No como inexpresivas admoniciones académicas formales. La escuela, como escenario
para ofrecer nuevas interpretaciones; para ejercer una relación de continua interacción. Yo veía en
ella, a pesar de lo hablado ese día en que cuestioné sus métodos, un referente siempre válido. No
solo por su cuerpo; sino con agregados expansivos, con un crecimiento exponencial. Algo así como
entender su condición de mujer oferente, libertaria
Le hablé. No con palabras prefabricadas. Porque, la vi. Inmersa en su tarea. Y no se porqué, la
compare con Susana. En ese tipo de comparación que pretende ser motivación para deshacer una
relación y comenzar otra, diferente, nueva. Ya antes me había pasado, cuando observaba a mi
madre. Cuando la veía en mis alucinaciones. La veía en esa interpretación de lo real, como
multiplicación de opciones. A veces como guerrera situada en territorios dominados y avasallados.
Guerrera enérgica, incendiando su entorno con gritos de libertad. Otras veces, como mujer
asfixiada por los rigores del sometimiento. Otras veces como diosa maravillosa. Proponiéndole a
Sísifo una solución al ejercicio continuo, en cumplimiento de su castigo.
Mis palabras, produjeron un efecto no preciso. Juliana respondió con frases asimiladas a una
sensación de fatiga. Un tanto híbrida. Como queriendo expresar satisfacción por verme. Pero, al
mismo tiempo, como tratando de enfatizar acerca de la molestia por verse interrumpida.
Hablamos poco. Se decidió a proponerme asistir con ella a una conferencia acerca de “El proceso”
de J. Kafka. Concretamente a una conferencia ofrecida en el auditorio del colegio de abogados, y
en la cual se abordaría una interpretación jurídica de la obra. Hasta cierto punto me pareció
paradójica la invitación. Porque la entendí como convocatoria para acceder a un personaje tan
complejo como el escritor, justo en el momento en que sentía la necesidad de atravesar ese límite
entre mi patología nostálgica y la tranquilidad, a manera de equilibrio entre el estar ahí, viviendo y
aspirar a la felicidad.

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Una vida, varias vida

  • 1. Este sábado promete ser, para mi, tan lineal como los otros días. El recuerdo de los hechos del viernes anterior, me sitúan en una laguna mental; en la cual la cual aparece la necesidad de recomponer mi relación con Susana. Recomponer, sin que ello implique la reconsideración. Porque ella, ha tenido y tiene una noción vertical de la vida. A manera de ejemplo. La ha entendido como recortar los momentos históricos del crecimiento de los rituales a que convoca el entorno social. Es y ha sido, algo así como sujeta nihilista, que valida, incluso la posibilidad de ejercer una opción en la cual los más fuertes deben dominar, de manera inequívoca. Reivindicando el quehacer sin ataduras. Tal vez por esto, su amor ha sido para mí un continuo hacer y deshacer valores y principios. Para mí, lo mejor de Susana, actualmente, es su capacidad para convocar a un orgasmo pletórico en escenas, en las cuales, sentir y otorgar una desinhibición plena. Con ella, la imaginación erótica es una vivencia absoluta. Un placer sin límites. Lo del viernes, entonces, fue un ejercicio espiritual y físico, que nos permitió acceder al más bello de los cansancios. Terminar y volver a empezar…así, hasta desfallecer. Pero, hoy, apenas seis horas, de nuestro ritual; regreso a la indefinición. Un sábado, en que he sido conminado a la reiteración. Porque, el retorno a lo que soy, en ausencia de ella. Habiéndose extinguido las secuelas de la entrega; supone volver al sitio de siempre. Daniel permanece ahí, expectante, como dispuesto a proponer su interpretación de la vida. Así mismo, Silvia, me ausculta con su mirada, sin matices. Transmitiéndome ese hilo conductor de siempre. Presa de escenarios pasados. Como tutora perenne. Como imagen de madre extraviada en el tiempo. Corría el mes primero, de mi nacimiento. Desde ese momento, sentí la atadura. Veía a mi madre, la sentía, la percibía como mujer con un ensimismamiento tatuado. Por los rigores del sometimiento. Mi padre ejercía sobre ella una dominación absoluta. Su sexo era, para él, un receptáculo para su violencia. La penetraba de manera sistemática. Ella sin querer. Con su imaginación restringida, casi inexistente. Con un rol de simple asimilación. Yo me sentía producto de las vulneraciones. No se porque mi madre resistía. Fuimos siete productos. En esa etapa de infancia temprana, escuchaba las palabras incisivas de mi padre. Su respiración acelerada y el final. Un comienzo y un final unilateral. Una condensación que mezclaba el dolor físico y espiritual de ella, con la satisfacción del macho hegemónico. Simplemente, un coito brutal. Yo deseaba no estar allí, en la misma cama. Deseaba estar lejos…muy lejos. Pero sentía la yunta de la impotencia para fugarme. Para escoger sitio y entorno. Cierto día, percibí la dureza del pezón. Mis labios y mi lengua succionaban una sequedad no grata. No recreaba mi mente, como otras veces. No sentía el placer de mi madre. Más bien era, para ella, una continuación del dolor físico. La sentía sollozando. Como desencantada. Como víctima de una vulneración más. Creo que veía en mí una extensión de la infamia de mi padre. Sin odio, pero tampoco con felicidad. Me decía: no me maltrates Samuelito. No reiteres ni profundices mi tristeza. Márchate; antes de que yo naufrague. Eres como tu padre. Frío y dominante. Así fueron tus hermanas. Sobre todo Silvia. Cuando ella tenía tu edad, respaldaba a tu padre. Reía cuando el accedía al orgasmo, por la vía de una penetración violenta; cuando él explotaba en frases entrecortadas, expresando su punto de llegada. Momento de su satisfacción. No se porque considero, ahora, que ella deseaba ser yo. Al volver, el lunes, al trabajo; sentí un desasosiego inmenso. Susana no había llegado aun. Su sitio la esperaba. Con una soledad tan inmensa como la mía. Dependientes, el sitio y yo, de su calor. Sentí que volaba hacia esos territorios en lo cuales he soñado. El mar, el llano, la montaña.
  • 2. El domingo anterior estuve, todo el día, dándole vueltas a mi posición de sujeto dependiente de Susana. De su capacidad para inducir al placer. Me aterró pensar en que no fuera el único depositario de su imaginación, Ya, antes, había sentido el mismo miedo. Porque, Susana, reivindica la no sujeción. Proclama la explosión de los orgasmos. Diferenciándolos. Ella dice que hay diferencias. Cada sujeto hombre debe ser avasallado en los sitios en los cuales siente más placer. Sin homogeneidades. Es, el placer, una capacidad para identificar el tipo de necesidades de cada quien. Hombre o mujer. Lo de ella es una sumatoria creativa de los lugares de mayor vulnerabilidad. Así, entonces, se trata de identificarlos y de explotarlos. Olga y Santiago son muy cercanos a Susana. Siempre he tenido la sospecha de que él y ella gozan de la fortaleza de Susana. De su capacidad para inducir y sentir el placer absoluto. Como ese de sentir que su clítoris constituye punto de partida y de llegada a la satisfacción plena. Uno y una. Sin particiones. Cada quien coincide, ahí, con ella. Es un momento no unilateral, ni único. Es de todos y de todas .Independientemente del número de libertarios; de partícipes del ejercicio que no reconoce límites. Jesús Sinisterra es un jefe soportado en las necesidades de la empresa. Asume su rol, como sujeto perdulario. En él se encuentra el equilibrio mágico entre las necesidades de la empresa y su opción de vida. Ya, Susana, me había comentado el año pasado, que Sinisterra, le había insinuado su deseo de poseerla. Como extensión de su poder. No solo en lo que implica a sus exigencias de rendimiento sino también en lo que hace con sus necesidades de sexo furtivo. Manteniendo el esquema. Fundamentado en su condición de macho que combina el sexo formal con su dominada y la informalidad con una amante. Yo siento por él un odio visceral. Tanto como gendarme empresarial, como por su capacidad para utilizar su poder, como garante de su búsqueda de sexo. Una figura lasciva. Oportunista. Yo me hacía a la idea de que Susana no claudicaría nunca ante la vergüenza que suponía acceder a los requerimientos de Sinisterra. Sin embargo, me obnubilaba la duda. Porque, conocía los ímpetus de Susana. De su manera de otorgar y sentir placer. Para Susana toda oportunidad es válida. Ella dice: el placer es un elemento indispensable para vivir; no importa con quien o quienes se construya y se sienta. Este es independiente de la raza o posición social. Para mí lo fundamental es el placer en si mismo. El 31 de agosto fue mi primer aniversario. Ese día sentí que había poseído a mi madre. En una suplantación imaginaria. La veía desnuda, bañándose. Veía todas sus formas al vestirse. Era invitado obligado, porque demandaba cuidado. Y quien más que mi madre para satisfacerlo. Cierto es, también, que solo recuerdo a Silvia. Aún, hoy, no tengo certeza de haber conocido a mis rivales. Solo ella, Silvia, estuvo y está a mi lado. Adrián y Pitágoras, se marcharon. Se cansaron de mi obsesión por mi madre. Olga, Maritza y Martha, viajaron con mi padre. Por imaginarios caminos. Supe, últimamente, que habían traspasado la frontera entre la fantasía y la realidad. Como dueñas de mi padre y enemigas de mi madre. Veo pasar niños y niñas. Saltando, eludiendo caminos áridos. Buscando la felicidad en territorios disímiles. El parque cercano, el país lejano. En construcciones efímeras. Cuando vuela, la imaginación, no reconoce límites. Están al lado de la madre. Una bifurcación truncada. Ellos y ellas, saturados de nostalgias, de tristezas. Yendo al encuentro de la alegría que no viene. Que se queda allá, en el lejano horizonte quimérico. Ellos y ellas son yo, son Silvia. Porque he limitado mi visual. Ni Olga, ni Maritza, ni Martha. Ellas se han ido, con el padre. Yo no se si lo siguen por pasión de hijas; o por alucinaciones de amantes. Es el día 543, después de mi instalación como empleado en la empresa. Llegué como noria. Sin tener un rol definido. Localicé a Susana, por su mirada. Ya la había visto antes. Cuando poseía a mi madre, vía pezones duros: Desde que odié a mi padre por vulnerar su sexo; induciéndola al
  • 3. orgasmo ilegítimo. O cuando, me vi., en el vientre, creciendo, como elemento extraño. Originado en una juntura nefanda. Entre él y ella. Entre su sexo y el de ella. En una violencia reinventada. En una sensación de tristeza. Siendo yo el promotor de la misma. Creciendo en ella. Ella con la disposición de las esclavas. Que murmuran su inconformidad. Pero una murmuración que no explota. Que se adormece, al ritmo de la tradición y de la moralidad. En fin…, sea lo que sea, Susana estaba allí, con su mirada. Dominándome desde ese comienzo. Ella aferrada a la máquina que tuerce el fruto. Sea de café, o de cacao o de ilusiones. Ella magnífica. Exhibiendo sus botones a través de su blusa a rayas, transparente e insinuando, a través de su jeans, ese triángulo hermoso que insinúa su sexo potente. Capaz de avasallar; sexo que transfiere pasión, deseo. Sinisterra estaba ahí. Mirábamos el mismo trofeo. Él con su poder ya adquirido. Yo con un toque de inocencia, parecida a la partitura de un bolero. El son de los amantes. Furtivos y abiertos. Recatados, como deslealtad conmigo mismo. Pretendiendo esconder el deseo de fornicar, desde ya, con ella. Ese suplicio constituido en la partición del yo. Entre el respeto y la ansiedad por poseerla. Era, ella, el horizonte. De Sinisterra y el mío. Ya ella lo sabía y jugaba con las ilusiones. Abominable una. Perversa la otra. Porque mi arrebato, pretendía ocultarlo. Disfrazarlo de pasión sublime. Yo había soñado, al décimo año, sintiendo celos con respecto a mi padre, que viajaba con Olga, Maritza y Martha. Sentía deseos de gritar; de llamarlas. De arrebatárselas. De proponer un convenio. De un lado ellas al lado mío y al lado de Silvia. Del otro mi madre con él. Necesitaba liberarme de ella. No quería seguir relacionándola con mi horizonte. Porque la amaba. Siempre la amé. Desde ese día en que sentí odio por mi padre, por vulnerarla. Por estar encima de ella, jadeando, como macho perverso. El 20 de abril, del año trece, yo estaba en el colegio. Corría el tercer periodo, del grado sexto. Juliana, profesora de castellano, se esforzaba por convencernos acerca de la viabilidad de la verdad, transmitida por las palabras. Los verbos. Los sufijos, los adjetivos y los sustantivos. Ella es una mujer que induce a la pasión. Un cuerpo absolutamente bien formado. Con una mirada cautivante. Se decía que el profesor de religión, Pedro, la poseía. Yo, sin prestar atención a sus lecturas, me imaginaba en su vientre. Como el de mi madre. Siendo sujeto derivado de la vulneración. Con la diferencia de que, aquí, yo era el vulnerador, al mismo tiempo que el fruto no deseado. Para mí, era la reiteración de mi relación con la madre. Siendo feto indeseado. Pero, siendo poseedor a la fuerza. La desvestía con la mirada. Sentía una erección prematura. Sentía a Juliana. Sí, a Juliana. No a la profesora Juliana. Me preparaba para retar a Pedro. Ese era mi rival. Ya no era el padre. Era él. Y lo veía como objeto de mi odio. Sentía deseos de retarlo. A campo abierto. Él y yo. El hombre adulto y el niño…al final de la jornada, me sentía triunfante. Aniquilando a Pedro. El día, aniversario de la independencia, madrugué, más de lo acostumbrado. Tenía una cita con la celebración patriótica. Una formalidad. Como tantas otras que inducen a mirar, en retrovisor, los acontecimientos. Desde hacía mucho tiempo, a pesar de mi corta edad, había arribado a una noción en la cual la libertad se asocia con la sinceridad. Me consideraba un sujeto libre. Ante todo, desde el día aquel, en que le dije a mi madre que la amaba y que la defendería de las acciones vulneradoras de mi padre. En ese entonces, ya había cumplido dos meses. Ya había recorrido su cuerpo. Ya sabía que tenía pezones erectos, en los cuales no se reflejaban el afán y la violencia de mi padre. Permanecían como recién hechos. Ese día, dispuse que la liberaría. Que me iría con ella a territorios lejanos. Que sería su amante absoluto y perpetuo. Ella dormía, cansada de soportar ese aliento aciago y ordinario del padre. Descansaba de otro ejercicio unilateral. Mi padre yacía dormido, satisfecho. Yo sentía deseos de matarlo, reclamar para mí su trofeo. Ese mismo día conocí a la hermana de Susana. Tenía, como ella, una mirada punzante, dominadora. Era alumna del Liceo María Auxiliadora. Colegio elitista. Tanto así que no permitía el
  • 4. más mínimo contacto con los hacedores de herejías. Es decir de las familias cuyos hijos e hijas, no estuvieran matriculados en el misterio trinitario. Sin embargo, Betsabé, era iconoclasta. Lo digo porque, cierto día, la vi., en el parque revolcándose con Eliseo. Hombre, este, duro, pétreo. Parecido a mi padre. Burbano era un muchacho delgado, pero lleno de fibra. Había llegado al barrio, procedente de Bahía Solano. Desde su arribo, había cortejado a Silvia. Recuerdo el día en que, al subir las escaleras, sentí un calor abrazador. Silvia era poseída por Burbano. Era una lucha intensa, violenta, pero sublime. Burbano expelía fuego. Su falo era como un asta, habilitada para soportar vientos y miles de banderas. Silvia sollozaba, gritaba, en un forcejeo en el cual Burbano era el orientador y la autoridad. Apenas sí le permitía a Silvia momentos de descanso. Una acción reiterativa. Una repetición infinita. Consumieron cuatro horas. Yo me inmovilicé. En uno de los descansos se percataron de mi presencia. Silvia aparentó una sonrisa cándida, inocente. Maté a Burbano, de la misma manera como había soñado que mataba a Santiago, mi padre. Todo, porque Silvia es la suplantación de mi madre. Como la conocí aquel día en que se entregó a Francisco Peñuela, su primer amante. Sucedió 10 años antes de conocer a su segundo amante, Santiago. Quien creyera que yo ya estaba ahí. Como una especie de proyecto futuro. Yo estaba con ella, incluso, desde el mismo día de su nacimiento. Ella y yo, fuimos cómplices. Yo callé, cuando Peñuela la hizo suya. La vi. y la sentí apartando sus piernas, para dar entrada a un falo inmenso. Un entrar y salir casi infinito. Porque ninguno de los dos se rendía. Recuerdo, también, que maté a Peñuela. Corté su inmenso instrumento de placer y lo coloqué a la entrada del barrio. La pregunta que ahora me hago es: ¿por qué no hice lo mismo con Santiago? En lo de Peñuela hubo, al menos placer. Mi conclusión derivó del jadeo común y del cansancio sublime común. Santiago, por el contrario, no tiene ni falo espléndido, ni hacía gritar a mi madre, como Peñuela Estar ahí, seguir…hasta el infinito. A veces he creído que soy hijo de Peñuela y no de Santiago. Porque, en esa plenitud de posesión, en la que mi madre sucumbía con gusto a la fortaleza de Francisco, a su violencia fálica, valía la pena ser resultado. No como en el caso de Santiago y mi madre. En donde lo prevaleciente era la violencia ignominiosa del macho sin ningún agregado de deleite, de fascinación, de éxtasis. José Luis Fandiño es hermano de mi madre. Su condición de pariente cercano, lo indujo a reclamar un sitio en la familia. Como yo, aborrecía a mi padre. Tal vez, porque encontraba en él la réplica de su padre. Recuerdo como miró a Silvia, a sus ocho años, cuando ella se divertía en el baño desnuda. La atraía hacia él. Acariciaba su aberturita clitórica Por más que ella denunciaba, ni padre, ni madre se daban por aludido y aludida. La aberturita de Silvia enrojecía y yo veía crecer el falo del tío, queriendo reventar la protección de sus pantalones. Hasta cierto punto, asumí una posición diferente, cuando Burbano penetraba la insondable y plena abertura clitórica de Silvia, hasta el cansancio sublime. No se si ella recuerda lo del tío. Tampoco, si lo asocia con la acción de Burbano. Lo cierto es que yo quisiera ser él. Porque Silvia, siempre me ha atraído. Sobre todo, desde el día en que me enseñó su sexo. Yo tenía escasos cinco años. Un color rosado hermoso. Una estrechez casi divina. Lo digo, porque al dejar conducir mi mano, por ella, hacia su cuerpo, palpé ese orificio bello, bordeado por escasos vellos. Ya Susana había comenzado su actividad. Yo la veía ir y venir. Dando órdenes. Comprometiendo sus conocimientos en las pruebas cotidianas que demanda la realidad. Yo, por el contrario, permanecía inmóvil. Como una estatua, creada por Pigmalión, indescifrable; sin saber que hacer. Cuando Sinisterra me habló yo estaba abstraído. Todavía miraba a Susana. Sinisterra me ordenó bajar al primer piso, para recibir una mercancía que venía desde Somalia. Era como raro el negocio.
  • 5. Porque el emblema de las cajas, hablaba de etnias suprimidas, ignoradas. Que se vendían como recordatorios para los turistas en Cartagena. Con el correr de los años, creo haber identificado el destino de las cajas. No se porque se me asemejan a Bazurto, a la periferia de la ciudad. En ese drama de ser la otra cara. Aquella que se desenvuelve en la marginalidad absoluta. Dueña sólo de su miseria. Carmen María Arregoces, madre de Daniel, fue la segunda amante de Estanislao Verdún, su padre. Daniel siempre fue cercano al concepto aquel que define al varón como ejemplo a seguir, como autoridad que hay que reconocer, por encima de la autoridad de la madre. Tal vez por eso, Daniel creció en un maremágnum conceptual. De un lado la figura paterna de Estanislao remarcando a diario acerca de la necesidad de construir un gran varón, a como diera lugar. De otro, la imagen lejana de su madre, otorgadora de sensibilidad y de ternura. Por esto Daniel es un híbrido. Navegando entre la sensibilidad de Carmen María y la pragmática e indolente política del padre. Es mi contrario. Yo he amado y poseído a mi madre. El ama al padre, entendido como vertiente de masculinidad, de fortaleza y de capacidad. Su lejanía, con respecto a la madre, ha sido absoluta. Hasta el punto que Carmen María no reconoce en él ningún agregado suyo. El día en que Juan Carlos Urrutia llegó a nuestra casa; yo cumplía 15 años. Un hombre gris. Un tanto como Teseo suplantado. Con un fuerte olor a mar. Clásico, sin aristas centrípetas. Venía de Asia. Entendí, en un comienzo, que procedía de Pakistán. Había recorrido más de medio planeta, buscando tranquilidad. Así, conoció a mi madre. Yo estaba en ella, pero a cinco lustros de emerger como sujeto independiente. Aprendí a conocer y distinguir sus olores. Mi madre, con apenas 15 años, tenía la costumbre de desear la aventura. Como si en ella estuviera el placer de vivir la vida. Un día cualquiera, Urrutia la avasalló. Yo percibí, como en el caso de Peñuela, un desahogo. La vi., otra vez, sucumbir ante la fortaleza del falo. Lo que no entendí en ese entonces, ni ahora, es el porqué de su insistencia en ser recorrida, paso a paso. Su exigencia era esa. Distinta a la posesión de Santiago. Creo que m i madre odiaba la tosquedad, que le importaba la capacidad para la imaginación erótica. Creo que ella, siempre buscó un equilibrio entre el placer físico, así fuera violento, y la ternura. Mi padre no poseía ni uno ni otra. Cuando bajé al primer piso, por orden de Sinisterra, me encontré con un arrume de cajas inmenso. El problema no estaba tanto en subirlas; como en identificarlas y darles un sitio dependiendo de esa identificación. Mi hice acompañar de Jerónimo, un chico más tímido que yo. Con el trabajo unificado, logramos avanzar en la identificación étnica. Lo de Somalia era una especie de logotipo común. Lo verdadero tenía que ver con la guía interna. La autorización para importar somalíes, congoleños, nigerianos, sudafricanos, entre otras. Al terminar la selección, elaboramos un informe sucinto. Un inventario de voces y comportamientos étnicos que, después serían utilizados como prototipo de sociedades en perspectiva de consolidar. Una figura parecida a la torre excretora de culturas y de lenguas. Sinisterra no se inmutó. Para él, daba lo mismo una que otra. Su retraso cultural, humanístico era tal, que podía confundir un dialecto originario de la India, con uno originado en Senegal. Lo suyo no era, en absoluto, la cotejación lingüística. Lo suyo, era la lascivia, la aproximación a las mujeres, soñar con ellas sometidas a su falo, a sus burdas caricias. Susana estaba en su mira. Otra vez sábado. 9:40 a.m. A no ser por mis fantasiosas expresiones, hubiera creído que era otro día. Diferente. Tráfico pesado, en este territorio. Desde Calígula hasta Epitecto. Sus horizontes son los mismos: ¡la nada¡ Everardo y Patricia, camino abajo. Como si la vida se erigiera en referente de Centauros y Lapitas. Un orgasmo fugaz. Un ovillo como el de Teseo. Una búsqueda perenne.
  • 6. Todo está, más o menos, definido. No se porqué, aún ahora, recuerdo lo mucho que he amado ese tipo de acciones. Ensayar y competir con lo que no ha sido mío. Mi “ética de lo posible”. Desde Uribe Uribe, hasta Samper. Un sesgo en las verdades. Un acumulado de sensaciones que remiten a que el tiempo, para nosotros, se ha detenido. Desde Gaitán, hasta Galán. Un nudo gordiano. La ecuación asimétrica. La fuerza de la gravedad invertida. Lo de abajo, arriba. Lo de arriba, abajo. De todas maneras Sinisterra ha asumido destrezas:…hubo, una vez, un hombre valiente. Sin ataduras. Sin tristezas. Macho de pocas palabras…para qué palabras. Se decía, a si mismo. Era tanto como pedirle cuentas al viento, siendo llama eterna. Sus argucias eran conocidas por todos. Desde el mar hasta la sierra. Siendo, aquí, mar una dualidad y sierra, asentamientos equívocos, pero dominantes. Tanto lo uno como lo otro. En esto, Sinisterra se parece a Santiago, mi padre. Fundamentalmente en sus actitudes malvadas, a la hora de relacionarse con las m mujeres. La muerte es objeto de controversia, a partir de reivindicar la verdad de los detractores, con ejercicios cíclicos; calculados vía distribución de Gauss, como probabilidad que ejerce, como favor otorgado en una réplica perversa de los Cangaceiros. Jueves 31: Otra vez la versión de que el territorio de lo sublime no existe. Es efímero. Entre tierno y vandálico. Voz a voz, conocí el dolor de la madre de mi madre. En esto Raquel España es experta. En transmitir verdades y mentiras. Es ella quien define, comunica, acerca de objetos, personas y principios. Sigo añorando la verdad. Trato de no confundir el tiempo, ni los espacios. Sigue siendo mi “ética de lo posible”. Me veo actuar como Aquiles y como Sísifo. Es mi mensaje. En este tiempo, percibo lo troyano, como acercamiento a la vida, desde la muerte. El asunto es que regresé de mi viaje al pasado. Sentí como si hubiese asumido un itinerario cargado de vicisitudes. No más, al partir, enfrenté el dilema asociado a la significación que adquiere la ilusión, Susana. Cuando se pretende recuperar la memoria con respecto a los hechos idos. Mi madre y Santiago. Silvia y Burbano. Aquellos que según la ortodoxia inherente a la lógica, no pueden ser recuperados; a no ser que se descifre el código vinculado a la libertad para trasgredir las consecuencias de la relación, espacio tiempo. Sin embargo, a pesar de mi capacidad para percibir y concretar el sentido que tiene la asociación de conceptos, había sido vulnerada mi vida, desde la época de mi primer encuentro con mi madre. En ese lejano día en que ella no había nacido aún. Y que yo ya estaba ahí, esperándola. Hasta el día en que conocí a Santiago, violando el sexo de mi madre. Agrediéndola. Ahora recuerdo que siempre he estado atado a un condicionante en el cual la vida es reinventada, como lo es la realidad. Un devenir constante. Hechos y acciones sin nexo con la certeza. Nunca he podido entender la dinámica concreta, del ser y haber sido. Esto supone la existencia de un requisito básico: reconocerse a si mismo. De no ser así, los entornos y las vivencias, no son otra cosa que representaciones autos construidos, a partir del hilo conductor invisible que soporta el tránsito de un lugar a otro, sin horizonte. Esto es lo mismo que la ausencia de identidad. De todas maneras, mi viaje al pasado estuvo precedido por aquel momento en el cual conocí a Susana. Aunque recuerdo donde, es como si no conociera el sitio. Por lo tanto nunca he podido discernir acerca de los límites entre la interacción con mi yo y el contacto con los personajes que he ido creando. En un ejercicio de iteración, en el cual cada personaje me propone una interpretación de los referentes y de los conceptos. Siendo así, entonces, amar, odiar, vulnerar, ser vulnerado, y
  • 7. vivir, siguen siendo para mí fantasmas que me acechan, como simples agregados, sumatorias inconcientes. Lo cierto es que, Susana ha adquirido forma. Según los códigos biológicos. He deseado palpar su vientre. Sería una estrategia para recorrerla. Pero no en la misma forma que lo hizo mi padre con mi mujer-madre. He sentido la necesidad de penetrar esa zona estrecha y punzante, mimetizada en sedosos vellos y que ella llegue al éxtasis, y oírla susurrar metáforas. Susurros y metáforas que no escuché a mi madre, cuando Santiago la avasallaba a la fuerza. Sentirme invadido e invasor. Navegar en ese mar corporal inmenso, tierno, insinuante. Imaginando la cúpula de templos oscuros; como territorios ofertantes de ilusiones y creencias, para todos los seres como yo. Ávidos de espacios para la alucinación; necesitado de significados para la vida. Al regresar de ese viaje, me encontré con el sábado siguiente. Absolutamente solo. Como al principio de mi periplo por los lugares en que esperé a mi madre…buscando, de manera constante, equilibrios a bordo de mi itinerario. Con la certeza de mi desencuentro Hilvanar acontecimientos, es una prueba soportada en la lógica. El hecho de conocer el oficio de la autoridad, de la cual Sinisterra es intermediario. Supone, asimismo, distanciamiento en relación con mi rol inmediato. Susana no es así. Ella ejerce su labor, como sintiendo una felicidad absoluta. Una abstracción que no le permite ver a las etnias comercializadas. Mucho menos, las consecuencias de ese comercio. Tal vez por esto está más cercana a Sinisterra que a mí. Lo de ella es una complicidad matizada por el exceso de egolatría. Porque, ella, es su cuerpo. Una transversalidad, en la cual no importa sino la capacidad para cautivar. Ya lo he dicho. Ya lo he insinuado. Su anarquía conceptual y práctica es el camino para no comprometerse en disquisiciones. Ese día, en que conocí a su hermana, Susana vestía un gris liviano. Casi todas las cosas tocadas por ella, tienen la misma connotación. De su blanco o negro discursivo, desprendía un quehacer exterior, en donde no existe lugar para la controversia. Siempre se ha comprometido en acciones de radicalidad, sin que medie ninguna discusión. La más visible, sin duda, es su ímpetu al momento de descifrar los códigos sexuales. Sin necesidad de preguntar, ni de reflexionar, convoca a quienes la observamos, a una excitación casi alucinada. El padre de Susana ha transitado por varios países. Un aventurero absoluto. Conoció a Batista en su breve paso por Cuba. Se convirtió en su asesor e interprete de ideas y convicciones. Por esto, no es de extrañar su versión en torno a Martí. Lo llamó pigmeo intelectual. Aduciendo que la única expresión posible es el control del poder; independientemente de sus consecuencias. Ha heredado de su padre, el talante de corsario perverso. A sus veinticinco años, originó una disputa por el poder en Guatemala. Propuso convertir a Miguel Ángel Asturias en reo continuo, traidor a la patria. Por esto, tal vez, Susana avaló la invasión de la Empajada de España, por parte de los gendarmes. Aún hoy, Susana insiste en que, a veces, es necesario extirpar de raíz, aquello que puede derivar en un cuestionamiento a la legitimidad del poder, no importa a que intereses sirve. Es de la idea de que todo poder es legítimo, en la medida en que satisfaga las necesidades de quien o quienes lo detenten. En esto se parece al ciudadano A. Hasta cierto punto, la opción nietzscheana y wagneriana, asumida por Hitler, ha sido lo mejor que pudo haber pasado para la humanidad. Porque los arios deben conducir al mundo. No importando los campos de concentración y el genocidio. En esto, Susana, propone una interpretación en la cual Mussolini y Franco son hijos bastardos del antisemitismo y de la perspectiva de los arios. Es un ser extraño, Susana. Heredera de unas convicciones estereotipadas del poder. Por eso lo ejerce de esa manera. Su convocatoria perenne es a la cautivación, a partir de su sexo. Lo cierto es que no hay ni habrá ninguno como el suyo. Con solo mirarla, fluyen imaginarios heréticos. Sueños
  • 8. en que se prolongan, de manera infinita, el deseo por poseerla. Sueños que esclavizan. Es una sujeta aria. Lucha de manera tenaz por lograr los propósitos de extensión del dominio de lo sexual, por encima de principios. Es una doctrina sacralizada. Precisamente, el primero de enero de 1959, el padre de Susana, huyó de la Habana. Estuvo viajando por todo el Caribe. Desde Haití, en donde se entrevistó con Duvalier, hasta Nicaragua, en la que compartió con Somoza, en Managua. Aprendió, también, de su padre, el don de la adulación. Transcurría mi aniversario 14. Mi madre, se enamoró de Alejandro Verdaguer. Un ciudadano Uruguayo, anodino. Lo único que lo destacaba era haber sido mercenario en Paraguay, en época de Alfredo Stroessner. Entre otras cosas, se distinguió por su capacidad de servicio como auriga del dictador. Al momento de conocerlo, tenía 42 años. Desde el comienzo yo le hice saber, con mi mirada, que era un varón celoso. Y que mi madre era mía y no de él. Sin embargo, se cuenta de él, que había estado 40 años tratando de establecer, con alguna exactitud, el número real de puntos brillantes a espacio abierto. El problema no residía en la condición de abajo o arriba, en eso de mirarlos para contar. Aún hoy, no se ha podido descifrar su pasión por este oficio. En una aproximación, hace tres años, le hizo a su madre el siguiente comentario: en uno de mis sueños, cuatro años atrás, Prometeo habló conmigo. Un mensaje claro. Tanto como dibujar en palabras unos ojos inmensos instalados en la cara oculta de la luna. La posibilidad de contemplar la belleza azabache de los mismos, tiene como prerrequisito el recorrido por ese inmenso vacío azul, que es tal, en razón a la refracción de luz solar en la línea de protección adyacente a la Tierra. Su color negro, emerge a partir de la pérdida de luminosidad. Algo así como quiera que es condición indispensable para que confluyan estos momentos la validación de la posibilidad de identificar el brillo desde Uruguay. Prometeo me advirtió, eso sí, que debía descontar de la suma adquirida, los planetas atrapados por el Sol, con su imantación. De todas maneras, el resultado final no podía ser igual al obtenido en una operación divisoria de 0 sobre 0. Cuentan que, Federica Maidana, novia perenne de Alejandro, ese mismo día de marzo en que Prometeo hizo la revelación; adjuntó una observación, así: la única posibilidad de descanso, en el interregno de la tarea impuesta, tiene relación con los noventa minutos en que Peñarol y Nacional, diriman superioridad y que coincidan con el primer eclipse entre 2025 y 2034, sumados a los que Talleres de Córdoba ( en la vecina Argentina), asuma con el Nantes francés, al día siguiente de esta interacción Sol y Luna. También cuentan que, en octubre 31, en 2035, Francesca Gavilán, madre paraguaya de Federica, insinuó que su hija y su yerno escamotearon la celebración, a raíz de sus expresiones visionarias enfermizas. Mirando hacia arriba (desde Paraguay y Uruguay), contando puntos luminosos. Se dice que, el Prometeo de Alejandro, el mismo que reveló el secreto aprendido de Zeus, en su encadenamiento infinito y en su dolor visceral, originado en el asedio continuo del ave enviada por el Padre, transfirió al pueblo paraguayo, parte de su castigo. Y que, por esto, se justificaba la vigencia de los generales, liderados por Stroessner Un día, en septiembre, tuve que atender un requisitorio del colegio. Un viaje de reconocimiento de los coleópteros, concretamente, de su reproducción en libertad, en la Macarena. Alejandro Verdaguer, ofreció a mi madre la posibilidad de viajar a Montevideo. Ante las dudas de ella, en términos de que yo quedaba en situación de soledad; él le planteó ¡o soy yo; o es él.¡
  • 9. Obviamente mi madre accedió a su petición. Entre otras razones, porque mi madre me consideraba un sujeto amargado. Al cual lo persigue la sombra de Santiago, como fantasma violador. Ya, desde mi encuentro con ella, antes de nacer, me consideraba un advenedizo. Como suplicante. Como individuo que reclama para sí, el trofeo vinculado a palpar su orgasmo. El cual, a decir verdad, no ha tenido, de manera plena, en abundancia. En Montevideo, Rosa (ese es el nombre de mi madre), estuvo escoltando a Verdaguer. Ese es el nombre de su oficio. Algo así como llamarla amante vergonzante. Así, estuvo tres años. Cuando ella regresó, yo estaba con Silvia; quien me había brindado apoyo, para matizar su soledad y la mía. Ya no era lo mismo. A decir verdad, yo la odiaba. Un odio que se transformó de latente a real; a partir de su preferencia por su amante. Nos contó de sus aventuras; de su búsqueda de amor, al lado de quien ya, antes que a ella, tenía una amante de nombre Federica. Ella era, para Verdaguer, un objeto de consumo rápido. Su verdadera ilusión, estaba del lado de Federica. Mujer casi mágica, en lo que la magia tiene de posibilidad para construir sueños patéticos. Tanto así que, que se le endilga el hecho de haber producido la pócima que utilizaron Stroessner, en Paraguay, J.C. Galtieri en Argentina y Humberto Castelo Branco en Brasil, cuando este derrocó a Joao Goulart. La madre de Juliana, había llegado desde Méjico. Conoció a Ernesto Gardeazábal, se enamoró de él. El matrimonio fue un tanto acelerado, a raíz de su preñez. Los Gardeazábal, tenían un universo de anécdotas que los hacía célebres. Tal vez la más cautivante, se relaciona con haber establecido una singular amistad con el Sol. Se decía que se les había anunciado de un viaje alrededor del mismo, casi en sus fronteras. Toda la familia se preparó para el evento. Hasta compraron trajes en asbesto, para cualquier eventualidad. …Su desilusión surgió, a raíz de un pequeño detalle. Quien les había prometido que los llevaría a las cercanías de Sol, hizo la aclaración, en el sentido de que para él, Sol era el nombre de un caño adyacente a un lugar desconocido en la provincia de Córdoba en Argentina. Inclusive, se dice que, aún así, el viaje no era posible, ya que la invitación fue producto de una secuela a raíz de una noche de insomnio de Ricardo Valbuena; hombre perdulario que se pasaba los días y las noches, horadando el espacio, con su vara de pescar. Inclusive, intentó tumbar una estrella con esa misma vara. Transcurridos seis meses, después del matrimonio, nació Juliana. Desde su temprana infancia, alucinó de manera continua. Cada evento alucinante estuvo relacionado con su posición como oferente. Su destinatario fue siempre Valbuena; al que conoció, cuando ella estaba aún en vientre de Mariana, su madre. Un hecho bastante incómodo. Porque inducía a pensar que ese perdulario, la visitaba en ausencia de Ernesto. Juliana, siempre mantuvo la sensación de haber visto a Valbuena, al lado de Mariana, sobre ella, aturdiéndola con sus groseros susurros de amante saciado. Nunca trató de hablar con su padre al respecto. Mantuvo esa alucinación en secreto. Habiendo crecido, ya como graduada en pedagogía aplicada, supo de mis desvaríos, como subyugado por mi madre, aún antes de que ella naciera. Siendo así, me convocaba a que le relatara mí recorrido por esos caminos, a veces áridos, otras veces pletóricos de pasión por ella. Una pasión inconfesada, hasta ese instante. Con sus pretensiones de mujer en capacidad de analizar cualquier acción humana y proponer alternativas; me hablaba. En una perorata inacabada. Yo la escuchaba, no con interés en lo que decía. Más bien, por saberme cerca de su cuerpo insinuante, perfecto. En esto competía, sin saberlo, con Susana. Las dos, mujeres perfectas. La una (Susana), conciente de su poder sexual;
  • 10. Juliana, conciente de su capacidad para arropar con su cuerpo, al hombre que llegara a amarla, con la convicción de alcanzar el equilibrio entre sexo y un rol activo, intelectual, en capacidad para transformar el mundo. Al despedirme de Juliana, volví a casa. Me sentía todavía obnubilado. Como sujeto que aspira a ser amado por una diosa que transfiere pasión en cada uno de sus movimientos…hasta que quedaba dormido, abrazando la almohada que le había robado a mi madre; que todavía conserva su olor a mujer. Ese olor que no termina, inconfundible. Porque es el olor a mujer en sublime celo. Yo amaba esa almohada, la rescaté antes de que Verdaguer le impregnara ese olor amargo y nefando que poseía y al que he odiado. Cuando Francesca Gavilán, conoció a Susana, esta estaba tratando descifrar cierta lectura asociada con el caso del Prometeo Verdagueriano. Había conocido la leyenda, un día en que, estando al lado de su máquina podadora de etnias y al lado de Sinisterra, recibió una llamada de su padre. Andaba por Paraguay, buscando asilo perenne. No tanto asilo físico, lo de el era una constante sensación de estar perdido espiritualmente. Susana le dijo, padre, no recuerdo el camino, pero me ingeniaré la manera de llegar. Nos vemos en Asunción. No te preocupes por mí, tengo la posibilidad de algún dinero. En este negocio, la empresa tiene perspectivas halagadoras. La etnias son como corolarios a lo cuales se arriba, simplemente fingiendo preocupación por lo ancestral. Tanto es así que hemos negociado con los norteños, una transferencia cultural, incluida la patente. Ante todo, con las posibilidades que otorga el Amazonas. Desde Brasil, hasta Perú. Mientras hablaba con Atanasio, Sinisterra deslizaba sus manos por las piernas de Susana. Ya no resistía. Habían encontrado los conceptos comunes. Una y otro, se sabían poseedores de un extraño poder. Un magnetismo viciado que atraía. Habían progresado, ya conocían de los huitotos; de su religión, de sus mitos, de sus sueños. Desatando las cajas que contenían los acumulados históricos de las etnias, habían encontrado un escrito: “Hablando así, buscó en la casa, en las ollas, debajo de los tiestos. Pero no había. Por esa razón Uikiegi desató una tempestad desde los confines del mundo. La tempestad sacudía la casa. Mientras ellos buscaban en los zarzos, el viento sacudía la casa y levantaba las crisnejas. Entonces vieron a Magieza; la vieron muy claramente allí donde el viento había levantado las crisnejas, estaba acostada en una hamaca en lo alto de la casa. Oye, madre, dijiste que tú misma habías cogido los frutos de achiote. ¿Quién es la que está allí arriba? ¿Por qué ocultaste a la famosa Magieza? Ella cogió el ramillete de achiote. ¡Ve a traerla! ¡Bájala para devorarla, ya que cogió el ramillete de achiote!. Timada ¡bájala para devorarla! – Dijo Uikiegi y el jaguar Timada fue por una viga, sacó a Magieza de la hamaca y la lanzó abajo...” Este y otros textos llegaron desde Manaos, fueron robados. Los exhibieron como trofeo, se quedaron con ellos y los subastaron de manera subrepticia. Eran fruto de la investigación realizada por Konrad Theodor Preuss. Tal vez, el más valioso dice: “...al llegar a la superficie de la tierra, saliendo del hueco del que vinimos nosotros, se topó con Gaimi quien venía por entre los árboles iguyina, que estaban al borde de ese hueco. Jidiroma disparó contra Gaimi porque era bonito, pero no dio en el blanco. Gaimi se había transformado en una gota de rocío y dormía. Colgaba en forma de mico churuco y dormía...” Susana acordó con Atanasio, verse en las afueras de Asunción, en casa de Francesca Gavilán, un día después de haber sido preñada por Sinisterra. Al despertar, ese sábado de abril, encontré a Susana a mi lado…solo entonces comprendí que había soñado cosas muy extrañas. Antes de despertar había visto a Susana ondeando una bandera teñida en la sangre de su primogénito, el hijo de Sinisterra.
  • 11. Me quedó la sensación amarga a que conduce toda dicotomía. Lo mío era algo así como un perfil esquizofrénico, que se adhiere al espíritu. Que te acompaña He estado deambulando todo el tiempo. Desde que me he negado a reconocer y aceptar la realidad; no percibo señales de vida. Algo así me había sucedido antes. Por ejemplo, en mi infancia, los sueños desbordaban mi entorno. Era algo así como un sujeto inmóvil. Inmerso en situaciones determinadas por un imaginario perturbado. Tanto así que, a cada momento, ejercía como referente. Ese que, cuando requería de espacio para asumir la vida; de motivaciones ancladas en la felicidad, no tan distante o efímera. Me zambullía en un mar de nostalgias absolutas. Creo que estuvo conmigo desde el vientre. Lo cierto es que, hoy, no veo diferencia. Esos sueños amarrados a escenarios difusos, permeados por una sensación de contra ternura; se han reiterado en el tiempo. Es un desasosiego innato. Sigo sin percibir la realidad como momento válido para desplegar mi vida. Es una saturación de expresiones inocuas. Al menos eso creo. Porque vivir la vida no es simplemente asumir como sujeto con movimiento. Supongo que es algo más trascendente. Como, por ejemplo, amar y sentirse amado. Lo mío es una postura ecléctica. Es un ejercicio, en el cual se asfixia la lucidez. En el cual no existen ni recuerdos, ni horizontes de esperanza. En mí, la esperanza, está hecha de una lucha constante. Contra la lógica que soporta al quehacer diario. Es un abismo. Una sima sin refugios ni momentáneos, ni duraderos. Es decir, una existencia estática. Sin la ilusión como fundamento primero de la imaginación válida, oferente de acciones no saturadas de angustias. Ni de desequilibrios tan continuos. La realidad, entonces, me conmueve. De tal manera que, a cada paso, navego sin brújula. En donde la rosa de los vientos no señala ninguna opción, distinta a iniciativas recortadas. Como esas en las que me veo restringiendo tu cuerpo y tu vida, al mínimo posible. Como aspirando a andar sin ti. A sentir una innovación diferente al ejercicio de sujeto sin ilusiones No se porque, al regresar de cada sueño, percibo la reiteración de mi infancia. Porque, cada sueño, era y es, ahora, una continuidad áspera, árida. Tal vez sea, porque nunca he tenido verdaderas certezas. Con respecto a la vida. Incluida tú; desde el momento en que te conocí; ejerciendo como imantación discontinua, dicotómica. Como bifurcación fría. Como caminos recorridos y por recorrer. Tal vez sea porque no he tenido la sensación de libertad, distinta a la libertad de la cometa, dirigida, atada a tus manos. Muchas veces invisibles. Otras veces con la visibilidad agrietada; más hostil que esos recuerdos, en los cuales aparezco como sujeto atávico. …Será porque nunca he sentido tu cuerpo y tu ser completo, convocándome a ser feliz, sin restricciones; sin sentime consecuencia esquizofrénica. Sin tocar la irrealidad como lastre. Todo esto le expresé a Susana, mientras ella dormía. Ese mismo día asumí el reto de no volver a alucinar. Porque me estaba convirtiendo en esclavo de mi pasado. Salí del cuarto, necesitaba respirar un aire diferente. Sin las convulsiones inherentes a esos momentos enfermizos. Estuve en todos los lugares que había conocido. Tratando de modificar el futuro que hoy me acompaña. Como si quisiera mover al menos unos elementos que permitieran una continuidad en el tiempo, diferente. Sin ese acoso hacia mi madre, sin Santiago, sin Verdaguer, sin los exorcismos de Juliana, sin las erosiones sistemáticas que me sitúan al borde del abismo. Ese abismo parecido al hueco de los huitotos. Al terminar el día, me encontré con Daniel. No sé por qué me alegró verlo; a pesar de mis profundas contradicciones con él. Con su manera de ver y vivir la vida. Tal vez fue porque, al encontrarlo, me había sumergido en la soledad. Verlo, entonces, suponía que alguien más que yo existía en el mundo.
  • 12. Daniel, como siempre, me indagó acerca de todo. Como tratando de localizar mi yo, en sus preguntas y en mis respuestas. Un tipo de indagación, como variante perversa de las indagaciones de Juliana. Silvia, me dijo, está en el país del invierno. Acostumbraba, Daniel, utilizar un lenguaje figurado, achatado, sin imaginación. Eso del país del invierno, traducía la casa de mi madre, con los rastros de Verdaguer. Un significado del invierno, en el cual emergía, en silencio, de nuevo, mi pasado. Ese que estuve tratando de modificar, desde el principio, para ubicarme en este presente de una manera diferente. Al menos en contacto con cuadros alegres, con sitios y con personas sin ningún asomo de actitudes que duelen y que me convocan permanentemente a sentirme sujeto sin oficio distinto a cargar con la culpa de haber conocido, amado y poseído a mi madre aún antes de que ella naciera. Asumiendo, sin quererlo, el perfil de Santiago, de Verdaguer de… Corría el mes de enero de un año más de aniversario. Ya había perdido la cuenta. Creo que era el número treinta. Encontré, después de tanto tiempo, a Martha. Tiene, ella, unos ojos cansados de mirar lo cotidiano, en gris. Supe que se había separado del lado de Santiago. Había rodado por ahí, por donde los sitios son, a la vez nuevos y repetidos. Me dijo, he estado buscándote. Desde que nos separamos he pensado siempre en ti. Sigues siendo, para mí, un ícono que retrotrae los caminos andados. Te he visto en mis sueños; jugando con las palabras, como a los acertijos. Siempre te has distinguido por la capacidad para hilvanar los hechos, de manera tal que estos aparezcan unidos a tus recuerdos, a tus dolores, a tu vida. Una vida que siempre pretendes explicar, a partir de ese rol tuyo. Incierto, pero tan real como los avatares de la humanidad. Has sido y sigues siendo digno representante de las angustias que exhibe la humanidad entera. Sin conocer la razón de ser de la felicidad. Creyendo que esta es sinónimo de la tristeza al revés y no como un agente autónomo, válido por si mismo. Al escucharla, recordé lo del sábado aquel, en que salí dispuesto a no alucinar, buscando el pasado para deshacer este presente y recomponer mi futuro. Sus palabras fueron duras, laceraban de tal forma que sentí deseos de ahogarla con la almohada de mi madre, la que me acompañaba todas las noches. O de montarla y cabalgarla, hasta que hubiera derramado hasta la última gota de mi riqueza líquida, amarillenta, de varón bandido que ha sido desnudado de sus principios, por aquellas palabras expresadas de manera vehemente. Recuerdo que, algo así, sentí el día en que mi madre me conminó a no seguir siendo su centinela. Cuando, marchó con Verdaguer. Esa noche, en sueños, la cabalgué, la horadé, hasta que me deshice de ese acumulado de nostalgias, por la vía que siempre lo he hecho, por la vía edípica, en su versión más cruel. Después de despedir a Martha, dormí en profundo. Volví a ver a Susana, a Atanasio, a Sinisterra; como máquinas depredadoras de las etnias. Volví a escuchar las palabras de los mitos huitotos. Esta vez, estaba en un sitio cercano a la antigua Biafra. Una localización ambigua. Porque, al mismo tiempo, veía los paisajes abrumados de Inglaterra, de Italia, de Portugal. Un ir y venir tatuado. Con los negros, niños, niñas, mujeres, hombres, clamando por su libertad. Demandando justicia ante el arrasamiento racial. Vi a Lumumba, en el antiguo Congo; vi. a Idi Amín, recorriendo desiertos a lomo de su pueblo. Vi. a los Nazis, otra vez, a la ofensiva, matando a todo que no fuera ario. En esta parte del sueño, recordé las posturas de Susana y de Atanasio. Vi a los reyes Fernando de Aragón e Isabel de Castilla reconquistando a Granada, subyugando a judíos y a musulmanes, aniquilando sus culturas, sus religiones, hasta lograr un equilibrio cultural, bajo su hegemonía. Vi a Colón y a sus piratas, entrando a América, avasallando, aniquilando. Recordé mi lectura de Las Venas Abiertas. Desperté, como casi siempre, desmoronado, lleno de estigmas, como las de los enfermizos visionarios católicos. No pude levantarme. Deseaba no hacerlo, quería morir ahí, en ese silencio cómplice.
  • 13. Al no morir ese día, continué mi rutina. Estuve en la empresa, hablé con Susana, profundicé mi odio hacia Sinisterra. Este estaba vociferando. Increpaba a los empleados y a las empleadas. Palabras sueltas, incoherentes, pero de una dureza grosera. Como todo lo que se relacionaba con su ser y con sus actuaciones. Invité a Susana a almorzar. A decir verdad, nunca lo había hecho. Nos dirigimos al “sinrazón”, un restaurante cercano a la empresa. Se distinguía por sus menús extraños. Un poco como la cocina de nuestro pacífico. Pero saturada de pimienta y ají. Una sazón parecida a la de los mejicanos. Pedimos, según la carta, lo del día. Lo nuestro seguía igual. Mientras comíamos, nos mirábamos, como seres adportas de deshacer lo andado. Tantos vericuetos; tantos laberintos. Nos transmitíamos ausencia de vida real. Proponíamos interpretaciones que nos alejaran de nosotros mismos. Ella veía en mí, un sujeto acabado, sin energía, sin compromiso consigo mismo. Yo veía en ella, el cuerpo absoluto, tanto como el de Juliana. No veía en ella sino su imagen desnuda. Con su triángulo pélvico, con sus pezones erectos, con sus piernas que terminaban en ese lugar de inacabada oferta de placer para ser saciado; una propuesta perenne, para mí y para cualquiera que deseara amarla. Dejamos la mesa y despedimos ese encuentro. Ella, creo yo, con la convicción de que yo no era otra cosa que una sumatoria de tristezas. Un hombre lleno de nostalgias. Sin más presente que la interdicción con respecto a la vida. Yo, con la sensación de haber perdido la posibilidad de atraerla, de motivarla. Porque, en mi opinión, el amor es eso, una lucha constante por convocar imágenes y acciones lúdicas y una pasión que bordea todos los lugares cercanos y lejanos. Al lado de quien amamos. Yendo al pasado, convirtiéndolo en presagio de un presente sin erosiones espirituales. Y un futuro, a partir de ahí, soportado en esos momentos, en los cuales la ilusión se transforma en posibilidad de ser felices. Una felicidad no saturada de repeticiones. Más bien, creando imágenes y lugares siempre nuevos. Siempre autónomos. Sin permitir que el entorno, como inmediata exterioridad dominada por las voces, nuestras voces, secretas y abiertas, nos absorba como inmediatez inocua. Convocando al mundo a que nos mire y sienta esa felicidad con nosotros. Juliana estaba sentada, analizando los reportes escolares. El trabajo, para ella, es un reto constante. Lo asume, no como rutina. No es lineal. Cada hecho y cada acción suyos, constituyen un universo de sensaciones siempre nuevas. Lo pedagógico asumido como motivación a investigar y a construir. No como inexpresivas admoniciones académicas formales. La escuela, como escenario para ofrecer nuevas interpretaciones; para ejercer una relación de continua interacción. Yo veía en ella, a pesar de lo hablado ese día en que cuestioné sus métodos, un referente siempre válido. No solo por su cuerpo; sino con agregados expansivos, con un crecimiento exponencial. Algo así como entender su condición de mujer oferente, libertaria Le hablé. No con palabras prefabricadas. Porque, la vi. Inmersa en su tarea. Y no se porqué, la compare con Susana. En ese tipo de comparación que pretende ser motivación para deshacer una relación y comenzar otra, diferente, nueva. Ya antes me había pasado, cuando observaba a mi madre. Cuando la veía en mis alucinaciones. La veía en esa interpretación de lo real, como multiplicación de opciones. A veces como guerrera situada en territorios dominados y avasallados. Guerrera enérgica, incendiando su entorno con gritos de libertad. Otras veces, como mujer asfixiada por los rigores del sometimiento. Otras veces como diosa maravillosa. Proponiéndole a Sísifo una solución al ejercicio continuo, en cumplimiento de su castigo. Mis palabras, produjeron un efecto no preciso. Juliana respondió con frases asimiladas a una sensación de fatiga. Un tanto híbrida. Como queriendo expresar satisfacción por verme. Pero, al mismo tiempo, como tratando de enfatizar acerca de la molestia por verse interrumpida.
  • 14. Hablamos poco. Se decidió a proponerme asistir con ella a una conferencia acerca de “El proceso” de J. Kafka. Concretamente a una conferencia ofrecida en el auditorio del colegio de abogados, y en la cual se abordaría una interpretación jurídica de la obra. Hasta cierto punto me pareció paradójica la invitación. Porque la entendí como convocatoria para acceder a un personaje tan complejo como el escritor, justo en el momento en que sentía la necesidad de atravesar ese límite entre mi patología nostálgica y la tranquilidad, a manera de equilibrio entre el estar ahí, viviendo y aspirar a la felicidad.