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EN MEMORIA DE URTAIN

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El hermano de Urtain, «El Morrosko», tiene a un hijo camino de la silla eléctrica. Cándido Ibar vuelve a España para pedir ayuda. Una foto borrosa tomada de un video casero ha llevado a Pablo, ex «pelotari», al corredor de la muerte en Florida. 25 febrero 2010 La Razón

Publicado en: Noticias y política
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EN MEMORIA DE URTAIN

  1. 1. DOMINGO, 25 - II - 2001 LA RAZÓN 40 DOMINGO, 25 - II - 2001 LA RAZÓN 40 modelos de 25 años, SharonAnder- son y Marie Rogers, y se las llevó a su casa. Cuando estaban en el salón, dos intrusos irrumpieron en la estan- cia. Llevaban la cara cubierta y uno de ellos iba armado con una pistola ametralladora TEC-9. Los intrusos redujeron a sus tres víctimas, las ata- ron, las tumbaron en el suelo boca abajo, robaron algunos objetos y a continuación se turnaron para dispa- rar a Sucharski y las jóvenes en la nuca. Los cadáveres aparecieron cal- cinados en el interior de un coche a las afueras de Miami. Semanas después, Pablo Ibar y su amigo Seth Peñalver, que entonces tenían 22 y 21 años, respectivamen- te, fueron detenidos en un robo y acusados de los crímenes. La policía encontró en su coche un bidón de gasolina que se convirtió en una de las pruebas de la acusación, pero la evidencia que condenó a Pablo fue una foto fija sacada de un video. Sucharski había instalado en la sa- la una cámara que grabó los últimos 22 minutos de vida de «Butch» y las jóvenes. En la grabación puede verse cómo uno de los asaltantes se quita durante unos momentos la camiseta con la que cubría su rostro. La foto fija de ese instante, borrosa y oscura, fue utilizada por el fiscal Chuck Morton como prueba definitiva. Se la mostró al jurado junto con otra fo- tografía que la Policía había tomado a Pablo Ibar desde el mismo ángulo. Sin embargo, según confirmaron fuentes del caso a dos reporteros de Euskal Telebista que viajaron a Flo- rida para investigar el asunto, las huellas, cabellos y otras pruebas en- contradas en la casa, lejos de incri- minar a Ibar, apuntan a personas des- conocidas por el momento. No es la única contradicción que salió a la luz en el largo proceso judicial. El mis- mo fiscal reconoció ante las cá- maras de televisión su incapaci- dad de asegurar que sólo con la fotografía del vídeo se pueda identificar al condenado. Además, varios testigos inten- taron cambiar su declaración al saber la procedencia de la foto, pero el jurado ya había oído su primer testimonio. Otros dijeron haber visto a Pablo y Seth salir del domicilio de «Casey» aquel día, y al siguiente conduciendo el Mercedes del fallecido. La de- fensa puso en duda la credibili- dad de estos testigos, y presentó, en un segundo juicio, el de la es- posa de Ibar, Tonya Quiñones, una joven de 22 años y origen puertorriqueño que se casó con Pablo tras el primer juicio. Ibar aseguró que aquella noche esta- ba durmiendo en casa de los pa- dres de su novia en Hollywood. La versión fue confirmada bajo juramento por Tonya, su madre, su hermana Heather y su prima Elizabeth Clayton. Ibar y Peñalver fueron juzga- dos por primera vez en 1997. El proceso fue declarado nulo ante la imposibilidad del jurado de llegar a un veredicto unánime, después de nueve meses de deli- beraciones. Entonces se decidió juzgarles por separado. Los dos fueron condenados a muerte. Ibar defendió su inocencia en todo momento: rechazó el trato del fiscal para cambiar la conde- na si admitía su culpabilidad, y subió al estrado, algo inusual en estos juicios, para decir personal- mente al jurado que no tenía na- da que ver con el crimen. «Les pido que me perdonen la vida», les dijo. «Que no tengan a mi fa- milia sufriendo y me concedan una oportunidad para probar mi inocencia». El 6 de diciembre de 2000, Pablo Ibar ingresó en el corredor de la muerte de la pri- sión estatal de Starke, en Florida. CCoonnddeennaass rraacciissttaass No será fácil escapar de un des- tino que la justicia norteamerica- na reserva con especial «genero- sidad» a hispanos y negros. Así lo reconoció el propio Bill Clin- ton, cuando aplazó la que hubie- ra sido la primera ejecución fe- deral en EE UU en 37 años. Clinton suspendió la muerte de Juan Raúl Garza después de que un informe del Departamento de Justicia, publicado en septiembre de 2000, concluyera que las pe- ticiones de pena capital contra negros e hispanos en EE UU son «desproporcionadas».Y a Pablo Ibar, aunque nació en EE UU, le consideran «latino». Mientras su familia lucha por sacar adelante la apelación, el «pelotari» aguarda el desenlace, con pocas esperanzas, en una cel- da de dos metros por tres, en la que espera que España, contra pronósticos y estadísticas, obre el milagro de salvarle la vida. la familia Ibar la desgracia no la deja en paz. El primer capítulo negro de la saga lo es- cribió en los años cincuenta José Ibar, el padre del legendario «Ur- tain». Según se dijo entonces, a José, considerado el mejor levan- tador de piedra de Guipúzcoa, lo mató una apuesta. Un individuo de cien kilos le saltó sobre el pe- cho desde el mostrador de un bar y le reventó los pulmones. Su hijo, José Manuel Ibar, «El Morrosko», sería el protagonista de una nueva tragedia. El que fuera campeón de Europa de los Pesos Pesados en 1970 se suici- dó, tirándose por la ventana de su casa de Madrid, ahogado en al- cohol y en sus problemas econó- micos y personales, el 21 de ju- lio de 1992. Sólo dos años tardó la «maldi- ción» en golpear de nuevo a la familia, esta vez en la persona del sobrino del púgil. En 1994, Pablo Ibar fue detenido en Miami co- mo presunto autor de un triple asesinato. El verano pasado, un jurado de Florida lo condenó a morir en la silla eléctrica. Cándido Ibar, el padre del reo, emigró a Estados Unidos en los años 70 para ganarse la vida co- mo «pelotari». Se instaló en Miami, donde la pelota vasca es muy popular, y el 4 de abril de 1972 nació su primer hijo, Pablo. El chico quería seguir los pasos de su padre, y llegó a destacar en cesta punta. Cuando estaba a un paso de ser profesional, un pelo- tazo en la frente le alejó de los frontones para siempre. Entonces empezó a frecuentar círculos «poco recomendables». Su nue- va «carrera» se tradujo en cuatro condenas por robo a mano arma- da y un asalto. EEll pprreecciioo ddee llaa JJuussttiicciiaa Cándido está ahora en España para buscar el apoyo de una so- ciedad que hace mucho tiempo dejó atrás los castigos medieva- les, el «ojo por ojo» de la pena de muerte. Quiere que le ayuden a salvar la vida de su hijo, y pide tiempo para conseguir el dinero que la Justicia norteamericana exige por un buen abogado pe- nalista, unos 150 millones de pe- setas. Hasta ahora, a Pablo le ha defendido un abogado de oficio. Pero necesita algo más para que su apelación salga adelante. Los hechos por los que se en- frenta a la silla eléctrica sucedie- ron el 26 de junio de 1994. Ca- simir Sucharski, alias «Butch Casey», un hombre de 48 años al que se relacionaba con el tráfico de drogas en los 80, era el dueño del «Casey’s Nickelodeon», un club nocturno de Miramar, al norte de Miami. La noche del crimen salió de su local con dos AA MMAARR RRAAMMOOSS MADRID DOMINGO, 1 - X - 2000 LA RAZÓN 40 DOMINGO, 25 -II - 2001 LA RAZÓN 40 G EEll hheerrmmaannoo ddee UUrrttaaiinn,, ««EEll MMoorrrroosskkoo»»,, ttiieennee aa uunn hhiijjoo ccaammiinnoo ddee llaa ssiillllaa eellééccttrriiccaa.. CCáánnddiiddoo IIbbaarr vvuueellvvee aa EEssppaaññaa ppaarraa ppeeddiirr aayyuuddaa.. UUnnaa ffoottoo bboorrrroossaa ttoommaaddaa ddee uunn vviiddeeoo ccaasseerroo hhaa lllleevvaaddoo aa PPaabblloo,, eexx ««ppeelloottaarrii»»,, aall ccoorrrreeddoorr ddee llaa mmuueerrttee eenn FFlloorriiddaa.. EN MEMORIA DE URTAIN FOTO:ETB

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