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pérdida de mamá, tal vez era la angustia, tal vez ...
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que sería con Lylibeth, ni en un millón de años—, y fueron sus palabras
las que me convencieron de ayudar a la paladín ...
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—¿Entonces cómo demonios pude escucharlos?
—Pudimos, Nessa. Yo también los oí.
Nos miramos con una mezcla de miedo y co...
LOS DOMINIOS DEL ONIX NEGRO - LA UNION de Adriana Gonzalez Marquez - Primer Capitulo
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Ésta era mi oportunidad. Tenía que aprovecharla. Saqué una de mis cimitarras y me acerqué lo suficiente como para enterrársela en la espalda, pero fue justo en ese instante que él se volvió hacia mí, levantando el brazo y lanzando una descarga de energía negra que me atravesó el pecho.

Nunca había sentido algo así, no podía comparar el dolor con nada de lo que hubiera experimentado antes: ni con golpes, ni con cortes, ni con balazos, ni siquiera con la tortura de la Elevación. Fui capaz de exhalar un último suspiro antes de sentir el momento exacto en que el espíritu abandonaba mi cuerpo, preguntándome si sentiría algo cuando Arématis finalmente devorara mi alma.

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LOS DOMINIOS DEL ONIX NEGRO - LA UNION de Adriana Gonzalez Marquez - Primer Capitulo

  1. 1.  Capítulo 1 La lluvia caía a raudales sobre mi cuerpo, lo cual no me molestaba en lo absoluto, puesto que la pequeña Elevación que se estaba llevando a cabo en mi interior parecía estar alterando mi temperatura corporal hasta grados inimaginables. La sensación era más o menos similar a lo que había expe- rimentado después de la conexión con Matheo, por lo que el calor que se expandía por todo mi cuerpo no me había tomado totalmente por sorpresa; pero aun así agradecía el alivio que la naturaleza me otorgaba, puesto que en la cabaña de Erick sólo había una bañera, y francamente no me apetecía compartir aquel espacio con Lylibeth. A decir verdad, no me apetecía compañía alguna en ese momento. Suspiré, mirando al cielo cargado de nubes espesas que cubrían por com- pleto el firmamento, privándolo de su plácido color azul, tornándolo gris y oscuro y hermoso a la vez. Debía concentrarme en eso, en la belleza de aquel dominio que mi alma consideraba su hogar; pero no pude, por más que me esforcé. Mi mente seguía recordando, recapitulando, mostrándome imáge- nes de mi madre sobre la nieve, mientras que de su cuello supuraba la sangre espesa que caracteriza a los desalmados. Las lágrimas llegaron por fin a mí, sin aviso alguno, sin advertencia ni misericordia, camuflándose bajo las gotas de lluvia que caían sobre mi rostro de forma insistente. Al principio no me habían dado oportunidad de llorar, ni siquiera de ra- cionalizar lo que había sucedido en los Páramos Perdidos, puesto que el es- píritu de Lylibeth había estado en peligro, y mis responsabilidades como Elegida me habían forzado a actuar como tal para salvarla a como diera lugar. Después de haber dado por terminada la Fluidez, y de que salí disparada en medio de una cegadora luz blanca, atravesando la cabaña hasta aterrizar sobre la barra de la cocina, fue cuando dio inicio la conmoción: en el interior de la casa de Erick una multitud comenzó a gritar, a querer acercarse a Lyli- beth; ya fuera con el fin de ayudarla o de matarla, puesto que creían que en cualquier momento se transformaría. Braddgo fue el primero en interponer- se, y Lórimer, Erick y Matheo se le unieron inmediatamente, encargándose DominioOnix3.indd 9 1/17/14 10:51 AM
  2. 2.  de detenerlos a todos, de explicarles lo sucedido, de hacerles entender que, a pesar de lo ilógico que sonara, a pesar de no contar con precedente alguno (que ellos supieran), el alma de Lylibeth se estaba fusionando con la mía y era por eso que su marca espiritual ya no se encontraba en peligro. Muchos miraban con perplejidad, de la rubia a mí una y otra vez, pero hubo quienes simplemente se negaban a creer lo que se les decía, conven- ciéndose sólo hasta que Lylibeth fue despojada de su uniforme de paladín para ser llevada hasta la ducha, puesto que fue en ese momento que todos vieron cómo el tatuaje de la mujer crecía de forma apresurada y descomunal alrededor de su pierna. Yo nunca había visto la marca original de Lylibeth, pequeña y de un tono amarillo brillante, que se encontraba situada sobre el tobillo derecho, y que suavemente iba expandiéndose en líneas curvas alrededor de su pantorrilla, rodeando la pierna completa hasta perderse en la parte interior del muslo; o, al menos, eso creo, puesto que apenas si la alcancé a ver, usando como prenda únicamente una camisa y siendo llevada en brazos por Lórimer hasta el baño de la cabaña para luego perderse en el interior. Varios los siguieron, entre ellos un muy asustado Bradd, aunque los demás parecían anclados al piso, aún perplejos por lo que acababa de acon- tecer frente a sus ojos. Creí que sería Dezlan quien exigiría una explicación más elaborada pues, ante la muerte de Thiala y la traición de Zareck, él se había convertido de manera automática en el Magistrado del Círculo de Paladines… Pero me equivoqué. No fue él quien comenzó con las preguntas; fue mi padre, que se acercó a mí con pasos agigantados y sin siquiera darme tiempo de bajarme de la barra me ayudó a tomar asiento sobre ella y, con voz muy alta, comenzó a articular un sinfín de cuestiones que ni siquiera me daba oportunidad de responder: —¿Qué demonios fue eso, Vanessa? ¿Cómo es que tu alma se está fu- sionando con la de Lylibeth? ¿Qué significa eso? ¡Es imposible! ¿Cómo lo lograste? ¿Por qué? ¡¿Qué demonios le hiciste?! Su tono me obligó a contraerme y, por un momento, recordé a la capitana del Aubi Carav, y cómo había vociferado esa misma pregunta, cuando los es- píritus de Erick y Matheo se habían encontrado en peligro por causa mía. —Vaya, no cabe duda de que tú y Fátima son hermanos —contesté de forma sarcástica. Pero aquella respuesta logró callarlo de manera abrupta, dando un paso hacia atrás casi como si lo hubiera golpeado. —¿Qué dijiste? —su voz había viajado de los gritos al murmullo y estaba a punto de contestarle cuando comencé a sentir los primeros signos de calor; la pequeña Elevación iniciaba y, si quería sobrellevarla sin sufrir demasiado, tenía que salir de ahí lo más pronto posible. DominioOnix3.indd 10 1/17/14 10:51 AM
  3. 3.  —¡Por Dios, Vanessa! ¡Contéstame de una maldita vez! —tal vez era la pérdida de mamá, tal vez era la angustia, tal vez el miedo y el estrés de los días anteriores, o simplemente la conjunción de todo lo mencionado, pero lo cierto era que mi padre jamás me había hablado así. —No necesitas gritarle para obtener respuestas —lo interrumpió Erick, situándose entre ambos en menos de un segundo—. Yo aclararé todo lo que necesiten comprender, tú y los demás. Él lo sabía, lo sentía: el calor estaba comenzando y estaba segura de que tanto mi paladín como Matheo lograban percibirlo aunque fuera en menor grado, por lo que agradecí su intervención y bajé del taburete de un salto, caminando hacia la puerta sin atreverme a mirar a nadie. Estaba por cruzar el umbral cuando me di cuenta de que Matheo se disponía a acompañarme; me volví hacia él sin detenerme: —No. —Princesita… —Por favor —interrumpí—. Que nadie me siga. Lo vi asentir sin replicar más, así que di media vuelta y continué con mi camino, alejándome lo más posible del extremo del lago donde el campa- mento se encontraba asentado, por lo que seguí la línea de la bahía hacia el lado contrario, recorriendo sus linderos hasta que el calor que mi cuer- po irradiaba no me permitió avanzar más. Una pequeña caleta rodeada de altos árboles y grandes rocas me sirvió de refugio y de barrera contra ojos curiosos. Con rapidez, me deshice de mis cimitarras y de las prendas que había llevado durante la batalla y, vistiendo sólo mi ropa interior negra, me adentré en las tranquilas aguas, sintiendo cómo aliviaban mi malestar casi de inmediato, aunque no de forma total. Tomé asiento sobre un banco de arena, permitiendo que el líquido me cubriera hasta el pecho y concentrán- dome en lo que estaba sucediendo en mi interior. Era extraño. Ésta era la segunda vez que experimentaba la pequeña Ele- vación que se producía a causa de las conexiones pero, a pesar de que los síntomas eran similares a lo acontecido con Matheo, había algo diferente en todo el proceso, algo más intenso, más atemorizante. ¿Y si ésta no había sido la solución? ¿Y si mi desenfreno y mi audacia acababan por destruirnos? ¿Qué sucedería con mi alma? ¿Acaso tres conexiones eran demasiadas para que mi espíritu lograra soportarlo? Porque, si me ponía a pensarlo con de- tenimiento, ésta era la tercera vez que mi alma se fragmentaba, era el tercer pedazo de mí que acababa de perder… ¿Mi humanidad se iría con él? ¿Mi capacidad de sentir, de vivir? No lo entendía. El pegaso Empprel había dado a entender que una ter- cera conexión estaba destinada a surgir —aunque jamás habría imaginado DominioOnix3.indd 11 1/17/14 10:51 AM
  4. 4.  que sería con Lylibeth, ni en un millón de años—, y fueron sus palabras las que me convencieron de ayudar a la paladín cuando su espíritu había es- tado en juego… Bien, admito que lo habría hecho aun sin haber hablado con Empprel, puesto que no iba a permitir que nadie más perdiera el alma bajo mi cuidado, pero el pegaso y su sabiduría me ayudaron a no dudar ni por un segundo… Ahora ya no estaba tan segura. Algo se sentía raro, ajeno; como si una revolución espiritual se estuviera llevando a cabo en mi interior, acrecentando el calor y el dolor, obligándome a doblar las rodillas y a abrazarme fuertemente, en un intento por no gritar de una manera que estaba segura que cualquiera de los habitantes del Terri- torio del Primero habría sido capaz de escuchar. Me pregunté cómo se encontraría Lylibeth y cómo lo estarían percibien- do Erick y Matheo; no obstante, a pesar de mi preocupación, me resultaba imposible moverme en aquel momento y cerciorarme de que ellos estuvieran bien. Intenté bloquear mi espíritu, encerrarlo dentro de mí en un confín oscuro que previniera que el dolor también llegara hasta ellos, pero, después de unos cuantos segundos, me di cuenta de que aquello potenciaba el calor hasta el grado de una verdadera Elevación, sintiendo los estragos que aque- llo había causado en mí esa primera vez, la noche de mi cumpleaños. Déjate llevar, dijo una voz en mi cabeza, y no supe si se trataba de mi men- te o de algo más, pero obedecí e intenté relajarme, abriendo mi alma a los trozos que rondaban junto con ella en mi interior, percibiendo cómo el dolor se minimizaba de forma gradual, convirtiéndose en un malestar soportable, en un calor febril en lugar de volcánico. Y entonces la lluvia llegó, cayendo sobre las partes de mi cuerpo que no se encontraban sumergidas en el agua, mojando totalmente mi cabello, mis hombros y mi rostro, y proporcionando un grado de alivio que ni siquiera el líquido frío del lago había logrado darme. Era como si la naturaleza intentara ayudar, como si tratara de explicarme que se encontraba de mi lado, y que la decisión de fusionar mi espíritu con el de Lylibeth no había sido errada. La lluvia fue el detonante para que las lágrimas hicieran su aparición, mientras que de mis labios escapaban breves sollozos que no me molestaba en ocultar, permitiendo que el abatimiento me invadiera al segundo en que mi mente por fin aceptó el hecho de que mi madre había muerto, que jamás regresaría a mí, mandándole a mi corazón la tardía orden de que dejara fluir la tristeza. Mamá se ha ido. Nunca voy a volver a verla, era la frase que se re- petía en mi cabeza una y otra vez, forzándome a abrazarme a mí misma con más fuerza, a llorar como si no existiera un mañana. La devastación y la acep- tación inundaban mi cuerpo de igual manera, intensificándose junto con el calor y el dolor, y la sensación de soledad que rápidamente iba apoderándose DominioOnix3.indd 12 1/17/14 10:51 AM
  5. 5.  de mí. Sintiéndome extremadamente culpable, tuve que aceptar que desde que todo esto había comenzado, mis padres y mi hermano habían pasado a segundo plano dentro de mi mente y de mis prioridades, pero era sólo porque siempre había creído que llegaría el día en que nos reuniríamos a celebrar que esta cruzada había acabado y que seríamos una familia de nuevo. Ahora me daba cuenta de que eso jamás sucedería; nada sería lo mismo en el futuro. No me sentía lista, no me sentía preparada, no me sentía con las ener- gías suficientes como para continuar. La obligación sobre mis hombros se acrecentaba con cada día, y las penas iban agregando un peso cada vez más insostenible. Tenía que mantenerme fuerte, tenía que mantenerme serena e intentar sobrellevar todo lo que se cernía con rapidez sobre mí, sobre nos- otros… Lo sabía, pero no lograba convencerme a mí misma. Por favor, por favor, ayúdame a ser valiente, rezaba sin cesar, aunque no sabía a quién iban dirigidas mis plegarias. ¿A mi propia alma, a la naturaleza, a Dios? Lo ignoraba, tan sólo percibía la imperiosa necesidad de no sentirme tan sola, tan cobarde, tan débil y triste, tan fuera de control. La lluvia cesó entonces, tan subrepticiamente como había comenzado; a pesar de que unos minutos antes el cielo había estado completamente cubierto de gris, ahora se iba despejando gracias al suave viento que comenzaba a soplar, dejando que el sol apareciera con sus rayos de mediodía, tiñendo el firmamento de un inusual color rosado. Cálmate, aquí estoy, parecía decir la naturaleza; pero al parecer sus men- sajes no eran fáciles de obedecer, porque yo me sentía imposibilitada para detener el llanto, para dejar de ver tras mis párpados el cadáver de la mujer que me había dado la vida, junto con la sonrisa cruel de la Compañera de Vida de Arématis, que parecía haber disfrutado de mi pesar. Fue a causa del llanto que no escuché las señales de alerta, los breves sonidos que me advertían que alguien se acercaba cada vez más; fue hasta muy tarde que mis oídos reconocieron los pasos de alguien que lenta y sigi- losamente iba aproximándose a mi precario escondite. Me puse de pie de un salto y me giré con rapidez, todavía sintiendo cómo el calor seguía invadien- do mi cuerpo, pero aun así buscando la manera de alistarme para una batalla que seguramente perdería. Ése fue el instante en que me di cuenta de quién era el que se acercaba, y mi primer instinto fue correr hacia mis espadas para poder defenderme, sólo que hubo algo en su mirada, algo en sus ojos azules que fue capaz de detenerme. —¡Perdón, perdón! No fue mi intención asustarte —exclamó Belyan, levantando las palmas abiertas hacia mí en medio de una señal de disculpa, pero también como si con sus manos tratara de parar mi avance. DominioOnix3.indd 13 1/17/14 10:51 AM
  6. 6.  No sé por qué a mi mente le tomó tanto recordar que aquel hombre ya no era un peligro, tal vez por las veces en que nos habíamos enfrentado y yo no había salido victoriosa; pero entonces mi memoria me mostró las imá- genes de cómo había sido yo quien le había devuelto el espíritu al hermano de Erick, por lo que detuve mis movimientos y lo miré. —¿Qué haces aquí? —le pregunté con más resentimiento del que hubie- ra querido dejar entrever. Se encogió de hombros, bajando el rostro mientras suspiraba: —Quería… es decir, quiero hablar contigo. Su mirada se alzó a pesar de que su cabeza continuaba agachada, como si deseara estudiar mi reacción ante sus palabras. Alcé una ceja y crucé los bra- zos al pecho, de repente muy consciente de que sólo llevaba puesta la ropa interior y de que, al haberme levantado, el agua apenas si me cubría has- ta las rodillas. —No es buen momento… —Lo sé —me interrumpió—. Vereny me explicó lo que les está suce- diendo; pero sabía que estabas sola y comencé a avanzar hacia acá antes de perder el valor. —¿Dónde está ella? —Se quedó dormida; de otra manera no me habría permitido venir… —se encogió de hombros una vez más—. Lórimer está ocupado cuidando a Lylibeth en la bañera, y Erick y Matheo tuvieron que entrar al lago igual que tú… Aproveché la oportunidad de que nadie pudiera detenerme. Eso respondió a la cuestión de por qué mi amigo no había disuadido con su muy particular encanto (es decir, por medio de amenazas) a cualquiera que hubiera intentado seguirme, pero al mismo tiempo mi mente estaba ocu- pada por pensamientos del sujeto frente a mí; me parecía tan raro verlo así: titubeante, avergonzado, ligeramente tímido. Nada que ver con el paladín desalmado que tantas veces me había atemorizado con su fuerza física y la crueldad de su mirada. —No puedo salir aún. Si quieres hablar vas a tener que mojarte —contes- té con sequedad, tomando asiento otra vez. Lo vi asentir con cierto grado de humildad, para luego removerse el cha- leco, la camisa y las botas, y finalmente caminar por la orilla hasta llegar a mi lado; se sentó junto a mí y, por unos instantes, vi cómo su mirada se perdía sobre las montañas boscosas que se apreciaban al frente, brillando en un in- tenso color verde a causa de la luz del sol entrando en contacto con las gotas de agua que aún no se evaporaban. Ambos permanecimos en silencio durante tanto tiempo que, por un mo- mento, supuse que el valor había abandonado al hermano de Erick, y que en DominioOnix3.indd 14 1/17/14 10:51 AM
  7. 7.  realidad terminaría por no decirme nada. Estudié su callado perfil durante unos cuantos segundos, dándome cuenta de los claros signos de cambio en sus facciones: sus ojos habían ido de crueles a tristes, su sonrisa parecía prác- ticamente inexistente, y en su rostro viajaba una combinación de sentimien- tos que iban desde la desgracia hasta la nostalgia. —Había olvidado lo hermoso que es este sitio —Belyan se encargó de romper la quietud con aquella frase, obligándome a despegar la mirada de él para luego dirigirla al paisaje frente a nosotros. —Lo es —no se me ocurrió nada más que decir. Suspiró antes de volver a hablar: —Cuando eres un desalmado, el sufrimiento es lo único que te parece bello, lo único que tiene sentido… lo único por lo que vives —giró su ros- tro hacia mí y logré ver las lágrimas que contenía dentro de sus ojos—. Te pierdes completamente, a pesar de que aún eres tú, ¿me explico? —negué, porque en realidad no comprendía—. Amaba a Vereny, aun siendo desalma- do, pero era más placentero verla sufrir… Amaba a mi hermano, pero era una delicia torturarlo, verlo en la completa desolación, no sólo por el dolor físico, sino porque lo veía martirizado gracias al hecho de que era yo quien lo lastimaba —sonrió con sarcasmo, con tristeza, con arrepentimiento, todo a la vez—. Y luego llegaste tú… ¿Te imaginas lo que le hubiera hecho a Erick de haber podido torturarte frente a él? ¡Y yo lo deseaba, maldita sea! ¡De- seaba con todo mi corazón lastimarte, porque sabía que era la mejor manera de atormentarlo a él! Alzó los brazos, levantando una cortina de agua que se llevó hasta el ros- tro, tallándose los ojos con fuerza en un intento por detener el llanto. Yo, por mi parte, me mordía los labios y parpadeaba con rapidez, porque lo cierto era que sus palabras me estaban afectando más allá de lo que me creía capaz de soportar: —Belyan… —Y ahora tengo que vivir con eso; con todo lo que hice, con todo lo que sentía, con… —se detuvo de golpe, mirándome otra vez—. Lo lamento. Lo siento tanto, de verdad. —No eras tú —no había sido mi intención responder porque, siendo franca, deseaba seguir enojada con él, deseaba poder descargar mi ira y mi frustración en alguien, y Belyan era el blanco más cercano, el chivo expiato- rio perfecto… Pero no pude, no quise extender su tormento, no quise hacer- lo sufrir más. —Sí era yo, Vanessa… Muy dentro, muy poco, pero sí era yo. ¿Qué fue lo que me poseyó para levantar mi mano hasta su mejilla? No lo sé. Pero lo hice, acariciando su piel con suavidad y con un dejo de ternura DominioOnix3.indd 15 1/17/14 10:51 AM
  8. 8.  que no sé de dónde provino. Se sobresaltó ante mi contacto, pero no se alejó, mirándome como si no creyera lo que estaba sucediendo. —Si así fuera, Belyan, no estarías aquí. Yo no me arriesgaría a tenerte cerca de la gente que amo… Pero no es el caso; tú jamás lastimarías a quien quieres de forma premeditada; no ahora, no con tu alma de regreso… ¿O sí? Negó con la cabeza, deshaciendo nuestro contacto. —No, nunca… Pero… —Yo te perdono —alzó el rostro ante mis palabras, con los ojos llenos de sorpresa—. A eso viniste hasta aquí, ¿no es cierto? Así que si es perdón lo que buscas, el mío lo tienes… Creo que lo más importante ahora es que te perdones a ti mismo. —No sé cómo hacerlo. No creo que llegue a lograrlo. Ahora fui yo quien enmudeció, ignorando qué responder ante sus pala- bras. Permanecimos en silencio durante los siguientes minutos, hasta que me observó otra vez. —Caminaste hasta aquí para estar a solas, ¿no es cierto? —asentí sin hablar; él imitó mi gesto—. Lamento la intromisión. Me marcharé ahora. —Belyan —comenzaba a alzarse, pero la mención de su nombre lo detuvo. —¿Sí? —Ya no quiero estar sola —tragó saliva con fuerza y, sin responder, asin- tió, acomodándose nuevamente a mi lado y permitiendo que el silencio nos envolviera otra vez. El calor aún proseguía, pero de cierta forma ya no se sentía tan ajeno, ni tan atemorizante, y la presencia de Belyan a mi lado me obligaba a reflexio- nar en otras cosas; pensaba en él, en sus palabras, en lo que había vivido bajo el insondable yugo de Arématis, para así poder dejar mi tristeza y mi preocu- pación a un lado, para no cerrar los párpados y seguir viendo el cuerpo sin vida de mi madre desangrándose sobre la blanca alfombra de nieve. Suspiré, cerrando los ojos e intentando descifrar qué era lo que estaba aconteciendo en mi interior, por qué mi alma estaba reaccionando de forma tan aguda ante la presencia de Erick, Matheo y Lylibeth dentro de mí. Por eso me sorprendió que lo único que logré observar tras mis párpados fue el bosque a mis espaldas y el peñasco que me protegía, pero vistos desde el lado opuesto al que yo me encontraba; abrí los ojos en medio de un sobresalto, sin lograr explicarme qué era lo que acababa de suceder dentro de mi cabeza. Me estaba volviendo loca, definitivamente. Vaya, a Lylibeth le va a dar tanto gusto haber tenido la razón respecto a mi cordura, pensé justo al instante en que la voz de Erick llegaba hasta mis oídos: —¡Nessa! ¡Nessa! ¿Dónde estás? DominioOnix3.indd 16 1/17/14 10:51 AM
  9. 9.  Belyan y yo nos giramos al instante, viendo cómo mi paladín emergía de detrás de las altas rocas, deteniéndose de golpe al notar la presencia de su hermano junto a mí. —Belyan… —murmuró, acercándose a la orilla con pasos lentos—. ¿Qué haces aquí? El hombre a mi lado no respondió, tan sólo se puso de pie y comenzó a alejarse de nosotros con rapidez, agachando la cabeza para no tener que cruzar su mirada con la de ninguno de los dos. —Belyan… ¡Belyan! —exclamó Erick al instante en que su hermano pa- saba a su lado, alzando una mano para detenerlo por el brazo; pero los refle- jos de Belyan parecían permanecer intactos, por lo que, de un tirón, se soltó de los dedos que lo retenían, tomó sus prendas del suelo y después aceleró su caminar hasta desaparecer. Fruncí el entrecejo ante la extraña conducta del paladín, pero entonces mis ojos se posaron en el rostro de Erick, que miraba el sitio por donde su hermano se había marchado, con las facciones llenas de confusión y dolor; observé cómo su pecho descubierto subía y bajaba en un profundo suspiro, para después girar su rostro de nuevo hacia mí. —¿Te encuentras bien? —preguntó, acercándose. Tragué saliva al darme cuenta de que estaba a punto de mentirle: —Sí —contesté con voz muy baja, al instante en que él tomaba asiento a mi lado, pasándome un brazo por los hombros con entera familiaridad. Su cercanía me relajó de forma instantánea, así que recargué mi cabeza contra su hombro y cerré los ojos sin miedo por primera vez en aquel insólito y fa- tídico día. Aspiré su aroma y me dejé llevar por la tibieza de su cuerpo, tan diferente al infernal calor que sentía bullir en mi interior. —Mmmh —articuló, con sus labios contra mi cabello—. Ahora dime la verdad. Me tensé sin desearlo, molesta de que su intuición hubiera roto el bre- ve momento de tranquilidad que apenas iba comenzando; levanté la cabeza para mirarlo, dándome cuenta de cómo sus espectaculares ojos verdes chis- peaban hoy más que nunca, de una forma en que jamás los había visto brillar. —No… —la voz se me escapó durante un par de segundos—. No quiero hablar de eso. No ahora. —No hay problema. Tan sólo quiero que sepas que nunca deberías sentir la necesidad de mentirme, ¿está bien? No a mí; sin importar de qué se trate —asentí, a sabiendas de que tenía razón; él jamás me había mentido y yo no tenía que empezar a hacerlo ahora. Continuaba mirándolo cuando vi cómo giraba la cabeza hacia el peñasco, sitio por donde su hermano se había marchado: DominioOnix3.indd 17 1/17/14 10:51 AM
  10. 10.  —Nunca me va a perdonar, ¿no es cierto? —¿Nunca te va a perdonar qué?, ¿quién? —Belyan… —¿Perdonarte? ¿Perdonarte qué? Es él quien se siente… —Fue mi culpa. Es mi culpa —me interrumpió, pasándose una mano por el cabello húmedo—. Yo soy su hermano mayor; debí haberlo protegido, debí haberlo salvado… debí haber sentido de alguna manera que él aún esta- ba vivo, debí haber percibido su alma antes de que Arématis se la arrancara. —¿Estás loco, acaso? El Vandenécum que los atacó los tomó totalmente por sorpresa a ambos. Y tú no eras el único paladín presente: Belyan tam- bién sabía lo que hacía… —Pero su inexperiencia, su juventud… —Yo soy más joven y muchísimo más inexperta que él, y aun así soy la Elegida, así que no intentes acomodar las circunstancias para que cuadren con tu culpabilidad. Jamás pudiste haber previsto lo que sucedería, ni haber sentido su espíritu con tantos kilómetros de distancia. Negó con la cabeza al tiempo en que se pasaba la lengua por los labios. —Tienes razón. Hay cosas de las que no deberíamos hablar ahora. Suspiré con el único fin de detener mis siguientes palabras; Erick había respetado mi decisión de mantenerme en silencio acerca de los sentimientos que me aquejaban, así que lo correcto era que yo hiciera lo mismo. Volví a recargar mi cabeza sobre su hombro, todavía a la espera de que el calor se diera por vencido, pero aún no parecía estar cerca de desaparecer. —Esta vez es diferente, ¿no lo crees? Mucho más intenso —murmuró, como si pudiera leer mis pensamientos. Asentí antes de responder: —¿Lo sientes tú también? —Sí. Y Matheo… Cuando te conectaste con él no logré percibirlo con tanta fuerza. Pero ahora ambos tuvimos que sumergirnos en el lago cuando nos dimos cuenta de que no soportaríamos el calor sin algo que lo aliviara un poco. —¿Y Lylibeth? Medio sonrió: —En la bañera, maldiciendo a Lórimer, a Bradd, a Matheo, a ti, a mí… Pero creo que es sólo un mecanismo de defensa; no quiere aceptar lo aliviada y feliz que se siente de no haber perdido su espíritu. —Y menos de que haya sido gracias a mí —ilógicamente, ambos soltamos una carcajada. ¿Cómo era posible que riéramos en un momento como éste? La verdad es que creo que nunca lo sabré, pero la risa comenzó a brotar de nuestros labios hasta hacernos llorar, hasta que nos dolió el estómago y el es- DominioOnix3.indd 18 1/17/14 10:51 AM
  11. 11.  trés fue evaporándose un poco. Lentamente nos fuimos calmando, hasta que de aquellas histéricas risotadas ya sólo quedaron leves sonrisas, y entonces me dedicó una profunda mirada, enganchando aquellos inexplicablemente líquidos ojos verdes a los míos. —Lo sabes, ¿cierto? —Lo sé… Pero hoy necesito escucharte decirlo. Me pasó una mano por la mejilla, enterrándola después en mi cabello: —Te amo. Sonreí como una idiota; las palabras podrían salir sobrando, pero sona- ban perfectas, así que las repetí: —Yo también te amo. Me guiñó un ojo con esa sonrisa de lado adornando sus labios: —Lo sé. —Tu mirada —murmuré entonces—. Hay algo diferente en… —¡Mathias o Matheo! ¡No me importa cómo te llames! —la voz de Andrés detuvo mis palabras, obligándome a alejarme un poco de Erick para buscar el origen de las frases pronunciadas con enojo y urgencia—. ¿Vas a dejar de nadar de una buena vez o tengo que buscar a Vanessa yo solo? —Mira, niñito… —comenzó a hablar Matheo, sólo que ya no alcancé a escuchar el resto; era como si alguien hubiera bajado el sonido de una televi- sión hasta enmudecerla por completo. Frunciendo el entrecejo, continué mi- rando a mi alrededor, pero no lograba ver ni a mi hermano ni a mi amigo, lo cual me parecía bastante extraño, puesto que sus voces habían sonado dema- siado cerca, casi como si hubieran provenido de mi mente y no del exterior. ¡Dios! Verdaderamente me estoy volviendo loca, pensé al regresar mis ojos hacia Erick, sorprendiéndome al ver que él también observaba alrededor con un gesto de desconcierto. —¿Qué sucede? —¿No los escuchaste? —inquirió, mirándome otra vez. —¿A Matheo y a mi hermano? Sí, pero… —No es posible, Nessa. No es posible que los escucháramos. —Tal vez se encuentran cerca —articulé, tratando de restarle importan- cia al asunto, pero Erick negaba con insistencia. —No. Matheo se quedó junto al muelle —me contestó, obligando a que mi mandíbula cayera: el muelle estaba situado al menos a dos kilómetros de donde nosotros estábamos. —¿Estás seguro de que no se ha movido de ahí? —Completamente —respondió con convicción—. Acordamos que él per- manecería cerca del campamento para vigilar la situación en caso de que hubiera algún problema; así, yo podría encontrarte sin ningún contratiempo. DominioOnix3.indd 19 1/17/14 10:51 AM
  12. 12.  —¿Entonces cómo demonios pude escucharlos? —Pudimos, Nessa. Yo también los oí. Nos miramos con una mezcla de miedo y confusión, en el instante en que la discusión se reanudaba: —¿Qué no lo entiendes? ¡Vanessa necesita descansar en este momento! —¡¿Y qué no lo entiendes tú?! —gritó mi hermano lleno de furia—. ¡Mi padre ha desaparecido! —esa frase fue la que nos obligó a ponernos de pie de un salto. En menos de treinta segundos ya me había vestido y ambos corríamos con una velocidad sobrehumana hacia la verdadera procedencia de las voces de Matheo y Andrés. DominioOnix3.indd 20 1/17/14 10:51 AM

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