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                 EL PRÍNCIPE FELIZ                    sus fósforos y a un joven escritor en la más
                                                      abso-luta miseria. Debo elegir: o las alhajas que
    En lo alto de una columna se erguía sobre la      me ador-nan o el bienestar de mis súbditos. Si
 ciudad la estatua del Príncipe Feliz. Estaba         me ayu-das, lucharé por lo segundo. ¿Por qué
 recubierto de delgados panes de oro fino, sus        no repartes mi oro y mis piedras preciosas?
 ojos eran dos brillantes zafiros y un gran rubí
 resplan-decía en la empuñadura de su espada.            La golondrina aceptó la propuesta y, durante
                                                      meses, sobrevoló la ciudad para dejar en las
     El soberano no conocía el sufrimiento porque     casas de los más necesitados joyas y metales
 había     vivido    en    el  Palacio     de    la   preciosos que arrancaba con su pico. Tanto
 Despreocupación, donde estaba prohibida la           celo puso en su tarea que el invierno le
 tristeza, aunque allí arriba, en su elevado          sorprendió. Aún así, no qui-so abandonar a su
 pedestal, lloraba a menudo contemplando un           amigo porque lo amaba dema-siado. Se
 sinfín de desdichas. Una noche sus mejillas          acostumbró a batir las alas con fuerza pa-ra
 doradas se cubrieron de lágrimas y, a la luz de la   calentarse, hasta que un atardecer gris besó los
 luna, su rostro brillaba tan hermoso que una         labios del Príncipe y cayó fulminada a sus pies.
 golondrina llegó a estremecerse al des-cubrir
 tan hondo desconsuelo en la belleza.                    En ese instante un terrible chasquido resonó
                                                      en el interior de la estatua. Su gran corazón de
     – ¿Por qué lloras de ese modo? –preguntó.
                                                      cartón-piedra no resistió la pérdida: se había
     – Cuando estaba vivo –murmuró la estatua–,       partido por la mitad.
 desconocía el llanto: jugaba en el jardín, inaugu-
 raba bailes de salón... Como un enorme muro ro-         Poco después, el alcalde ordenó fundir
                                                      aquella deteriorada escultura. No obstante, el
 deaba mi Palacio, nunca me preocupé del exte-
                                                      herrero fue incapaz de derretir dos negros
 rior. Ahora, en cambio, estoy muerto y, desde
 es-tas alturas, distingo las penalidades e           pedazos de metal. E incluso juraba y perjuraba
 infortunios del mundo. ¡Mi corazón de plomo se       que un luminoso án-gel los recogió para
                                                      enterrarlos, junto a una go-londrina muerta, en
 enternece!
                                                      el mismo Jardín del Paraíso.
     – ¿Y qué podemos hacer? –replicó el pájaro.
     – Escucha... Veo a niños hambrientos, a una            Oscar WILDE: “El Príncipe Feliz” (adaptación), en El
                                                            fantasma de Canterville y otros cuentos. Ed. Vicens
 pe-queñacerillera a la que maltratan si no vende           Vives.
 todos
1.-Lee el siguiente texto narrativo:
Cuentanlas leyendas que, en la época en que dioses y seres fabulosos poblaban la tierra, vivía en Grecia un joven
llamado Orfeo, que solía entonar hermosísimos cantos acompañado por su lira. Su música era tan hermosa que,
cuando sonaba, las fieras del bosque se acercaban a lamerle los pies y hasta las turbulentas aguas de los ríos se
desviaban de su cauce para poder escuchar aquellos sones maravillosos.
           Un día en que Orfeo se encontraba en el corazón del bosque tañendo su lira, descubrió entre las ramas de un
lejano arbusto a una joven ninfa que, medio oculta, escuchaba embelesada. Orfeo dejó a un lado su lira y se acercó a
contemplar a aquel ser cuya hermosura y discreción no eran igualadas por ningún otro.
   - Hermosa ninfa de los bosques –dijo Orfeo-, si mi música es de tu agrado, abandona tu escondite y acércate a
escuchar lo que mi humilde lira tiene que decirte.
   La joven ninfa, llamada Eurídice, dudó unos segundos, pero finalmente se acercó a Orfeo y se sentó junto a él.
Entonces Orfeo compuso para ella la más bella canción de amor que se había oído nunca en aquellos bosques. Y pocos
días después se celebraban en aquel mismo lugar las bodas entre Orfeo y Eurídice.
   La felicidad y el amor llenaron los días de la joven pareja. Pero los hados, que todo lo truecan, vinieron a cruzarse en
su camino. Y una mañana en que Eurídice paseaba por un verde prado, una serpiente vino a morder el delicado talón
de la ninfa depositando en él la semilla de la muerte. Así fue como Eurídice murió apenas unos meses después de
haber celebrado sus bodas.
   Al enterarse de la muerte de su amada, Orfeo caía presa de la desesperación. Lleno de dolor decidió descender a las
profundidades infernales para suplicar que permitieran a Eurídice volver a la vida.
   Aunque el camino a los infiernos era largo y estaba lleno de dificultades, Orfeo consiguió llegar hasta el borde de la
laguna Estigia, cuyas aguas separan el reino de la luz del reino de las tinieblas. Allí entonó un canto tan triste y tan
melodioso que conmovió al mismísimo Carón, el barquero encargado de transportar las almas de los difuntos hasta la
otra orilla de la laguna.
   Orfeo atravesó en la barca de Carón las aguas que ningún ser vivo puede cruzar. Y una vez en el reino de las
tinieblas, se presentó ante Plutón, dios de las profundidades infernales y, acompañado de su lira, pronunció estas
palabras:
   - ¡Oh, señor de las tinieblas! Héme aquí, en vuestros dominios, para suplicaros que resucitéis a mi esposa Eurídice y
me permitáis llevarla conmigo. Yo os prometo que cuando nuestra vida termine, volveremos para siempre a este lugar.
   La música y las palabras de Orfeo eran tan conmovedoras que consiguieron paralizar las penas de los castigados a
sufrir eternamente. Y lograron también ablandar el corazón de Plutón, quien, por un instante, sintió que sus ojos se le
humedecían.
   - Joven Orfeo –dijo Plutón-, hasta aquí habían llegado noticias de la excelencia de tu música; pero nunca hasta tu
llegada se habían escuchado en este lugar sones tan turbadores como los que se desprenden de tu lira. Por eso, te
concedo el don que solicitas, aunque con una condición.
   - ¡Oh, poderoso Plutón! –exclamó Orfeo-. Haré cualquier cosa que me pidáis con tal de recuperar a mi amadísima
esposa.
   - Pues bien –continuó Plutón-, tu adorada Eurídice seguirá tus pasos hasta que hayáis abandonado el reino de las
tinieblas. Sólo entonces podrás mirarla. Si intentas verla antes de atravesar la laguna Estigia, la perderás para siempre.
   - Así se hará –aseguró el músico.
   Y Orfeo inició el camino de vuelta hacia el mundo de la luz. Durante largo tiempo Orfeo caminó por sombríos
senderos y oscuros caminos habitados por la penumbra. En sus oídos retumbaba el silencio. Ni el más leve ruido
delataba la proximidad de su amada. Y en su cabeza resonaban las palabras de Plutón: “Si intentas verla antes de
atravesar la laguna de Estigia, la perderás para siempre”.
   Por fin, Orfeo divisó la laguna. Allí estaba Carón con su barca y, al otro lado, la vida y la felicidad en compañía de
Eurídice. ¿O acaso Eurídice no estaba allí y sólo se trataba de un sueño?. Orfeo dudó por un momento y, lleno de
impaciencia, giró la cabeza para comprobar si Eurídice le seguía. Y en ese mismo momento vio como su amada se
convertía en una columna de humo que él trató inútilmente de apresar entre sus brazos mientras gritaba preso de la
desesperación:
   - Eurídice, Eurídice...
       Orfeo lloró y suplicó perdón a los dioses por su falta de confianza, pero sólo el silencio respondió a sus súplicas. Y,
según cuentan las leyendas, Orfeo, triste y lleno de dolor, se retiró a un monte donde pasó el resto de su vida sin más
compañía que su lira y las fieras que se acercaban a escuchar los melancólicos cantos compuestos en recuerdo de su
amada.
1.-Lee el siguiente texto narrativo:
Hace miles de años, la isla de Creta era gobernada por unfamoso rey llamado Minos. Eran tiempos de prosperidad
y riqueza. El poder del soberano se extendía sobre muchas islas del mar Egeo y los demás pueblos sentían un gran
respeto por los cretenses.
Minos llevaba ya muchos años en el gobierno cuando recibió la terrible noticia de la muerte de su hijo. Había sido
asesinado en Atenas. Su ira no se hizo esperar. Reunió al ejército y declaró la guerra contra los atenienses.
Atenas, en aquel tiempo, era aún una ciudad pequeña y no pudo hacer frente al ejército de Minos. Por eso envió a
sus embajadores a convenir la paz con el rey cretense. Minos los recibió y les dijo que aceptaba no destruir Atenas
pero que ellos debían cumplir con una condición: enviar a catorce jóvenes, siete varones y siete mujeres, a la isla
de Creta, para ser arrojados al Minotauro.
En el palacio de Minos había un inmenso laberinto, con cientos de salas, pasillos y galerías. Era tan grande que si
alguien entraba en él jamás encontraba la salida. Dentro del laberinto vivía el Minotauro, monstruo con cabeza de
toro y cuerpo de hombre. Cada luna nueva, los cretenses debían internar a un hombre en el laberinto para que el
monstruo lo devorara. Si no lo hacían, salía fuera y llenaba la isla de muerte y dolor.
Cuando se enteraron de la condición que ponía Minos, los atenienses se estremecieron. No tenían alternativa. Si se
rehusaban, los cretenses destruirían la ciudad y muchos morirían. Mientras todos se lamentaban, el hijo del rey, el
valiente Teseo, dio un paso adelante y se ofreció para ser uno de los jóvenes que viajarían a Creta.
El barco que llevaba a los jóvenes atenienses tenía velas negras en señal de luto por el destino oscuro que le
esperaba a sus tripulantes. Teseo acordó con su padre, el rey Egeo de Atenas, que, si lograba vencer al Minotauro,
izaría velas blancas. De este modo el rey sabría qué suerte había corrido su hijo.
En Creta, los jóvenes estaban alojados en una casa a la espera del día en que el primero de ellos fuera arrojado al
Minotauro. Durante esos días, Teseo conoció a Ariadna, la hija mayor de Minos. Ariadna se enamoró de él y
decidió ayudarlo a Matar al monstruo y salir del laberinto. Por eso le dio una espada mágica y un ovillo de hilo que
debía atar a la entrada y desenrollar por el camino para encontrar luego la salida.
Ariadna le pidió a Teseo que le prometiera que, si lograba matar al Minotauro, la llevaría luego con él a Atenas, ya
que el rey jamás le perdonaría haberlo ayudado.
Llegó el día en que el primer ateniense debía ser entregado al Minotauro. Teseo pidió ser él quien marchara hacia
el laberinto. Una vez allí, ató una de las puntas del ovillo a una piedra y comenzó a adentrarse lentamente por los
pasillos y las galerías. A cada paso aumentaba la oscuridad. El silencio era total hasta que, de pronto, comenzó a
escuchar a lo lejos unos resoplidos como de toro. El ruido era cada vez mayor.
Por un momento Teseo sintió deseos de escapar. Pero se sobrepuso al miedo e ingresó a una gran sala. Allí estaba
el Minotauro. Era tan terrible y aterrador como jamás lo había imaginado. Sus mugidos llenos de ira eran
ensordecedores. Cuando el monstruo se abalanzó sobre Teseo, éste pudo clavarle la espada. El Minotauro se
desplomó en el suelo. Teseo lo había vencido.
Cuando Teseo logró reponerse, tomó el ovillo y se dirigió hacia la entrada. Allí lo esperaba Ariadna, quien lo
recibió con un abrazo. Al enterarse de la muerte del Minotauro, el rey Minos permitió a los jóvenes atenienses
volver a su patria. Antes de que zarparan, Teseo introdujo en secreto a Ariadna en el barco, para cumplir su
promesa. A ella se agregó su hermana Fedra, que no quería separarse de su hermana.
El viaje de regreso fue complicado. Una tormenta los arrojó a una isla. En ella se extravió Ariadna y, a pesar de
todos los esfuerzos, no pudieron encontrarla. Los atenienses, junto a Fedra, continuaron viaje hacia su ciudad.
Cuando Ariadna, que estaba desmayada, se repuso, corrió hacia la costa y gritó con todas sus fuerzas, pero el barco
ya estaba muy lejos.
Teseo, contrariado y triste por lo ocurrido con Ariadna, olvidó izar las velas blancas. El rey Egeo iba todos los días
a la orilla del mar a ver si ya regresaba la nave. Cuando vio las velas negras pensó que su hijo había muerto. De la
tristeza no quiso ya seguir viviendo y se arrojó desde una altura al mar. Teseo fue recibido en Atenas como un
héroe. Los atenienses lo proclamaron rey de Atenas y Teseo tomó como esposa a Fedra.
Orféo y Eurídice


Había una vez una Musa llamada Calliope. Ella tenía un hijo llamado Orfeo.

Orfeo, además de ser un gran poeta, tocaba muy bien la lira, deleitando a
todos los que lo escuchaban. Tanto hombres como animales quedaban
extasiados con su música. Hasta los árboles y las rocas se movían y cambiaban
de lugar solo para escuchar sus dulces melodías.

Orfeo estaba casado con Eurídice, su bella esposa, de la cual estaba
sumamente enamorado.

Un día mientras recorrían el bosque tomados de la mano, Eurídice, sin querer,
pisó una serpiente venenosa que estaba dormida. La serpiente, furiosa por
haber sido despertada tan abruptamente, le mordió el tobillo y Eurídice murió
envenenada a los pocos minutos.

Orfeo, desesperado por recuperar a su esposa, decidió descender al Tártaro
para buscarla y traerla de vuelta a la vida.

Orfeo tomó la lira, y mientras tocaba, encantaba a todos los que se cruzaban
en su camino. Hasta el can Cerbero, el perro de tres cabezas custodio del
Tártaro, lo seguía como un cachorrito manso.

Orfeo continuó su largo recorrido encantando con su melodía a uno tras otro
hasta llegar hasta el mismo trono de Hades, el rey de los muertos, que
fascinado por los suaves acordes de la lira, le preguntó:-¿Qué vienes a buscar
aquí, Orfeo?

-Quiero a mi esposa Eurídice de vuelta conmigo. Respondió Orfeo.

-¡Ah! Escúchame bien. Dijo Hades-Permitiré que Eurídice regrese contigo con
una sola condición: -Deberás caminar sin mirar atrás hasta que llegues a plena
luz del sol. Eurídice te seguirá mientras tocas la lira y no sufrirás daño alguno.

Orfeo, feliz comenzó a entonar la más dulce de las melodías mientras Eurídice
lo seguía a la distancia. Pero Orfeo estaba tan ansioso por volver a verla, que
pronto olvidó la condición impuesta por Hades y cuando faltaba solo un minuto
para salir a la luz, volteó la cabeza para mirarla y perdió a Eurídice para
siempre.
Icaro y Dédalo
Dédalo entonces partió hacia la Isla de Creta, donde fue muy bien recibido por
el rey Minos. Por entonces escaseaban en la isla los arquitectos y escultores y
lo tomó a su servicio.

Allí Dédalo se dedicó a crear espléndidas obras de arte.

En esos momentos, la isla de Creta estaba asolada por un terrible monstruo,
con cuerpo de hombre y cabeza de toro llamado Minotauro, que sembraba el
terror en toda la isla.

El rey Minos le encargó a Dédalo una construcción subterránea para
encerrarlo. Dédalo, que era muy ingenioso, entonces construyó un laberinto.
Esta construcción tenía tantos pasadizos, rodeos que no llevaban a ninguna
parte, vueltas y sinuosidades que una vez que alguien entraba se hacía
imposible encontrar la salida.

El Minotauro quedó encerrado en el centro del laberinto, de esa manera volvió
la tranquilidad a Creta.

El rey Minos le encomendaba cada día más trabajo y Dédalo estaba cansado y
quería irse de Creta pero el rey Minos no se lo permitía.

 Ante la negativa del rey Minos para que Dédalo abandonara Creta, Dédalo
comenzó a maquinar la forma de escapar.

Como Creta era una isla era prácticamente imposible escapar por mar. El rey
Minos tenía una flota importante y lo capturaría.

Dédalo había tenido un hijo con una esclava en Creta, su nombre era Icaro.
Entonces decidió que escaparía con su hijo por aire.

Inspirándose en el vuelo de los pájaros, construyó entonces dos pares de alas.
Unas para Icaro y otras para él. Acopió gran cantidad de plumas que fue
fijando a la estructura con cera de abejas y luego las adaptó con un arnés a su
espalda y sus brazos.

Cuando ya estaba todo preparado le dijo a su hijo:- Icaro, si quieres huir
conmigo de esta isla, préstame atención y sigue mi consejo. Es necesario que
vueles en la mitad de la atmósfera. Si vuelas muy bajo la humedad y el vapor
del agua empaparán las plumas, éstas serán muy pesadas y caerás al mar. Y si
vuelas muy alto, el calor del sol derretirá la cera, se desprenderán las plumas
y también caerás al mar.

Una vez que terminó de dar todas las explicaciones, Dédalo se lanzó al
espacio. Icaro lo siguió como un pichón que sale por primera vez del nido. Pero
Icaro pronto se entregó al placer del vuelo con entusiasmo. La vista era
maravillosa y comenzó a volar más y más alto acercándose peligrosamente al
sol. Es así que las plumas comenzaron a desprenderse de la estructura hasta
que Icaro cayó fatalmente, ahogándose en el mar.
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  • 1. TEXTOS NARRATIVOS VARIOS EL PRÍNCIPE FELIZ sus fósforos y a un joven escritor en la más abso-luta miseria. Debo elegir: o las alhajas que En lo alto de una columna se erguía sobre la me ador-nan o el bienestar de mis súbditos. Si ciudad la estatua del Príncipe Feliz. Estaba me ayu-das, lucharé por lo segundo. ¿Por qué recubierto de delgados panes de oro fino, sus no repartes mi oro y mis piedras preciosas? ojos eran dos brillantes zafiros y un gran rubí resplan-decía en la empuñadura de su espada. La golondrina aceptó la propuesta y, durante meses, sobrevoló la ciudad para dejar en las El soberano no conocía el sufrimiento porque casas de los más necesitados joyas y metales había vivido en el Palacio de la preciosos que arrancaba con su pico. Tanto Despreocupación, donde estaba prohibida la celo puso en su tarea que el invierno le tristeza, aunque allí arriba, en su elevado sorprendió. Aún así, no qui-so abandonar a su pedestal, lloraba a menudo contemplando un amigo porque lo amaba dema-siado. Se sinfín de desdichas. Una noche sus mejillas acostumbró a batir las alas con fuerza pa-ra doradas se cubrieron de lágrimas y, a la luz de la calentarse, hasta que un atardecer gris besó los luna, su rostro brillaba tan hermoso que una labios del Príncipe y cayó fulminada a sus pies. golondrina llegó a estremecerse al des-cubrir tan hondo desconsuelo en la belleza. En ese instante un terrible chasquido resonó en el interior de la estatua. Su gran corazón de – ¿Por qué lloras de ese modo? –preguntó. cartón-piedra no resistió la pérdida: se había – Cuando estaba vivo –murmuró la estatua–, partido por la mitad. desconocía el llanto: jugaba en el jardín, inaugu- raba bailes de salón... Como un enorme muro ro- Poco después, el alcalde ordenó fundir aquella deteriorada escultura. No obstante, el deaba mi Palacio, nunca me preocupé del exte- herrero fue incapaz de derretir dos negros rior. Ahora, en cambio, estoy muerto y, desde es-tas alturas, distingo las penalidades e pedazos de metal. E incluso juraba y perjuraba infortunios del mundo. ¡Mi corazón de plomo se que un luminoso án-gel los recogió para enterrarlos, junto a una go-londrina muerta, en enternece! el mismo Jardín del Paraíso. – ¿Y qué podemos hacer? –replicó el pájaro. – Escucha... Veo a niños hambrientos, a una Oscar WILDE: “El Príncipe Feliz” (adaptación), en El fantasma de Canterville y otros cuentos. Ed. Vicens pe-queñacerillera a la que maltratan si no vende Vives. todos
  • 2. 1.-Lee el siguiente texto narrativo: Cuentanlas leyendas que, en la época en que dioses y seres fabulosos poblaban la tierra, vivía en Grecia un joven llamado Orfeo, que solía entonar hermosísimos cantos acompañado por su lira. Su música era tan hermosa que, cuando sonaba, las fieras del bosque se acercaban a lamerle los pies y hasta las turbulentas aguas de los ríos se desviaban de su cauce para poder escuchar aquellos sones maravillosos. Un día en que Orfeo se encontraba en el corazón del bosque tañendo su lira, descubrió entre las ramas de un lejano arbusto a una joven ninfa que, medio oculta, escuchaba embelesada. Orfeo dejó a un lado su lira y se acercó a contemplar a aquel ser cuya hermosura y discreción no eran igualadas por ningún otro. - Hermosa ninfa de los bosques –dijo Orfeo-, si mi música es de tu agrado, abandona tu escondite y acércate a escuchar lo que mi humilde lira tiene que decirte. La joven ninfa, llamada Eurídice, dudó unos segundos, pero finalmente se acercó a Orfeo y se sentó junto a él. Entonces Orfeo compuso para ella la más bella canción de amor que se había oído nunca en aquellos bosques. Y pocos días después se celebraban en aquel mismo lugar las bodas entre Orfeo y Eurídice. La felicidad y el amor llenaron los días de la joven pareja. Pero los hados, que todo lo truecan, vinieron a cruzarse en su camino. Y una mañana en que Eurídice paseaba por un verde prado, una serpiente vino a morder el delicado talón de la ninfa depositando en él la semilla de la muerte. Así fue como Eurídice murió apenas unos meses después de haber celebrado sus bodas. Al enterarse de la muerte de su amada, Orfeo caía presa de la desesperación. Lleno de dolor decidió descender a las profundidades infernales para suplicar que permitieran a Eurídice volver a la vida. Aunque el camino a los infiernos era largo y estaba lleno de dificultades, Orfeo consiguió llegar hasta el borde de la laguna Estigia, cuyas aguas separan el reino de la luz del reino de las tinieblas. Allí entonó un canto tan triste y tan melodioso que conmovió al mismísimo Carón, el barquero encargado de transportar las almas de los difuntos hasta la otra orilla de la laguna. Orfeo atravesó en la barca de Carón las aguas que ningún ser vivo puede cruzar. Y una vez en el reino de las tinieblas, se presentó ante Plutón, dios de las profundidades infernales y, acompañado de su lira, pronunció estas palabras: - ¡Oh, señor de las tinieblas! Héme aquí, en vuestros dominios, para suplicaros que resucitéis a mi esposa Eurídice y me permitáis llevarla conmigo. Yo os prometo que cuando nuestra vida termine, volveremos para siempre a este lugar. La música y las palabras de Orfeo eran tan conmovedoras que consiguieron paralizar las penas de los castigados a sufrir eternamente. Y lograron también ablandar el corazón de Plutón, quien, por un instante, sintió que sus ojos se le humedecían. - Joven Orfeo –dijo Plutón-, hasta aquí habían llegado noticias de la excelencia de tu música; pero nunca hasta tu llegada se habían escuchado en este lugar sones tan turbadores como los que se desprenden de tu lira. Por eso, te concedo el don que solicitas, aunque con una condición. - ¡Oh, poderoso Plutón! –exclamó Orfeo-. Haré cualquier cosa que me pidáis con tal de recuperar a mi amadísima esposa. - Pues bien –continuó Plutón-, tu adorada Eurídice seguirá tus pasos hasta que hayáis abandonado el reino de las tinieblas. Sólo entonces podrás mirarla. Si intentas verla antes de atravesar la laguna Estigia, la perderás para siempre. - Así se hará –aseguró el músico. Y Orfeo inició el camino de vuelta hacia el mundo de la luz. Durante largo tiempo Orfeo caminó por sombríos senderos y oscuros caminos habitados por la penumbra. En sus oídos retumbaba el silencio. Ni el más leve ruido delataba la proximidad de su amada. Y en su cabeza resonaban las palabras de Plutón: “Si intentas verla antes de atravesar la laguna de Estigia, la perderás para siempre”. Por fin, Orfeo divisó la laguna. Allí estaba Carón con su barca y, al otro lado, la vida y la felicidad en compañía de Eurídice. ¿O acaso Eurídice no estaba allí y sólo se trataba de un sueño?. Orfeo dudó por un momento y, lleno de impaciencia, giró la cabeza para comprobar si Eurídice le seguía. Y en ese mismo momento vio como su amada se convertía en una columna de humo que él trató inútilmente de apresar entre sus brazos mientras gritaba preso de la desesperación: - Eurídice, Eurídice... Orfeo lloró y suplicó perdón a los dioses por su falta de confianza, pero sólo el silencio respondió a sus súplicas. Y, según cuentan las leyendas, Orfeo, triste y lleno de dolor, se retiró a un monte donde pasó el resto de su vida sin más compañía que su lira y las fieras que se acercaban a escuchar los melancólicos cantos compuestos en recuerdo de su amada.
  • 3. 1.-Lee el siguiente texto narrativo: Hace miles de años, la isla de Creta era gobernada por unfamoso rey llamado Minos. Eran tiempos de prosperidad y riqueza. El poder del soberano se extendía sobre muchas islas del mar Egeo y los demás pueblos sentían un gran respeto por los cretenses. Minos llevaba ya muchos años en el gobierno cuando recibió la terrible noticia de la muerte de su hijo. Había sido asesinado en Atenas. Su ira no se hizo esperar. Reunió al ejército y declaró la guerra contra los atenienses. Atenas, en aquel tiempo, era aún una ciudad pequeña y no pudo hacer frente al ejército de Minos. Por eso envió a sus embajadores a convenir la paz con el rey cretense. Minos los recibió y les dijo que aceptaba no destruir Atenas pero que ellos debían cumplir con una condición: enviar a catorce jóvenes, siete varones y siete mujeres, a la isla de Creta, para ser arrojados al Minotauro. En el palacio de Minos había un inmenso laberinto, con cientos de salas, pasillos y galerías. Era tan grande que si alguien entraba en él jamás encontraba la salida. Dentro del laberinto vivía el Minotauro, monstruo con cabeza de toro y cuerpo de hombre. Cada luna nueva, los cretenses debían internar a un hombre en el laberinto para que el monstruo lo devorara. Si no lo hacían, salía fuera y llenaba la isla de muerte y dolor. Cuando se enteraron de la condición que ponía Minos, los atenienses se estremecieron. No tenían alternativa. Si se rehusaban, los cretenses destruirían la ciudad y muchos morirían. Mientras todos se lamentaban, el hijo del rey, el valiente Teseo, dio un paso adelante y se ofreció para ser uno de los jóvenes que viajarían a Creta. El barco que llevaba a los jóvenes atenienses tenía velas negras en señal de luto por el destino oscuro que le esperaba a sus tripulantes. Teseo acordó con su padre, el rey Egeo de Atenas, que, si lograba vencer al Minotauro, izaría velas blancas. De este modo el rey sabría qué suerte había corrido su hijo. En Creta, los jóvenes estaban alojados en una casa a la espera del día en que el primero de ellos fuera arrojado al Minotauro. Durante esos días, Teseo conoció a Ariadna, la hija mayor de Minos. Ariadna se enamoró de él y decidió ayudarlo a Matar al monstruo y salir del laberinto. Por eso le dio una espada mágica y un ovillo de hilo que debía atar a la entrada y desenrollar por el camino para encontrar luego la salida. Ariadna le pidió a Teseo que le prometiera que, si lograba matar al Minotauro, la llevaría luego con él a Atenas, ya que el rey jamás le perdonaría haberlo ayudado. Llegó el día en que el primer ateniense debía ser entregado al Minotauro. Teseo pidió ser él quien marchara hacia el laberinto. Una vez allí, ató una de las puntas del ovillo a una piedra y comenzó a adentrarse lentamente por los pasillos y las galerías. A cada paso aumentaba la oscuridad. El silencio era total hasta que, de pronto, comenzó a escuchar a lo lejos unos resoplidos como de toro. El ruido era cada vez mayor. Por un momento Teseo sintió deseos de escapar. Pero se sobrepuso al miedo e ingresó a una gran sala. Allí estaba el Minotauro. Era tan terrible y aterrador como jamás lo había imaginado. Sus mugidos llenos de ira eran ensordecedores. Cuando el monstruo se abalanzó sobre Teseo, éste pudo clavarle la espada. El Minotauro se desplomó en el suelo. Teseo lo había vencido. Cuando Teseo logró reponerse, tomó el ovillo y se dirigió hacia la entrada. Allí lo esperaba Ariadna, quien lo recibió con un abrazo. Al enterarse de la muerte del Minotauro, el rey Minos permitió a los jóvenes atenienses volver a su patria. Antes de que zarparan, Teseo introdujo en secreto a Ariadna en el barco, para cumplir su promesa. A ella se agregó su hermana Fedra, que no quería separarse de su hermana. El viaje de regreso fue complicado. Una tormenta los arrojó a una isla. En ella se extravió Ariadna y, a pesar de todos los esfuerzos, no pudieron encontrarla. Los atenienses, junto a Fedra, continuaron viaje hacia su ciudad. Cuando Ariadna, que estaba desmayada, se repuso, corrió hacia la costa y gritó con todas sus fuerzas, pero el barco ya estaba muy lejos. Teseo, contrariado y triste por lo ocurrido con Ariadna, olvidó izar las velas blancas. El rey Egeo iba todos los días a la orilla del mar a ver si ya regresaba la nave. Cuando vio las velas negras pensó que su hijo había muerto. De la tristeza no quiso ya seguir viviendo y se arrojó desde una altura al mar. Teseo fue recibido en Atenas como un héroe. Los atenienses lo proclamaron rey de Atenas y Teseo tomó como esposa a Fedra.
  • 4. Orféo y Eurídice Había una vez una Musa llamada Calliope. Ella tenía un hijo llamado Orfeo. Orfeo, además de ser un gran poeta, tocaba muy bien la lira, deleitando a todos los que lo escuchaban. Tanto hombres como animales quedaban extasiados con su música. Hasta los árboles y las rocas se movían y cambiaban de lugar solo para escuchar sus dulces melodías. Orfeo estaba casado con Eurídice, su bella esposa, de la cual estaba sumamente enamorado. Un día mientras recorrían el bosque tomados de la mano, Eurídice, sin querer, pisó una serpiente venenosa que estaba dormida. La serpiente, furiosa por haber sido despertada tan abruptamente, le mordió el tobillo y Eurídice murió envenenada a los pocos minutos. Orfeo, desesperado por recuperar a su esposa, decidió descender al Tártaro para buscarla y traerla de vuelta a la vida. Orfeo tomó la lira, y mientras tocaba, encantaba a todos los que se cruzaban en su camino. Hasta el can Cerbero, el perro de tres cabezas custodio del Tártaro, lo seguía como un cachorrito manso. Orfeo continuó su largo recorrido encantando con su melodía a uno tras otro hasta llegar hasta el mismo trono de Hades, el rey de los muertos, que fascinado por los suaves acordes de la lira, le preguntó:-¿Qué vienes a buscar aquí, Orfeo? -Quiero a mi esposa Eurídice de vuelta conmigo. Respondió Orfeo. -¡Ah! Escúchame bien. Dijo Hades-Permitiré que Eurídice regrese contigo con una sola condición: -Deberás caminar sin mirar atrás hasta que llegues a plena luz del sol. Eurídice te seguirá mientras tocas la lira y no sufrirás daño alguno. Orfeo, feliz comenzó a entonar la más dulce de las melodías mientras Eurídice lo seguía a la distancia. Pero Orfeo estaba tan ansioso por volver a verla, que pronto olvidó la condición impuesta por Hades y cuando faltaba solo un minuto para salir a la luz, volteó la cabeza para mirarla y perdió a Eurídice para siempre.
  • 5. Icaro y Dédalo Dédalo entonces partió hacia la Isla de Creta, donde fue muy bien recibido por el rey Minos. Por entonces escaseaban en la isla los arquitectos y escultores y lo tomó a su servicio. Allí Dédalo se dedicó a crear espléndidas obras de arte. En esos momentos, la isla de Creta estaba asolada por un terrible monstruo, con cuerpo de hombre y cabeza de toro llamado Minotauro, que sembraba el terror en toda la isla. El rey Minos le encargó a Dédalo una construcción subterránea para encerrarlo. Dédalo, que era muy ingenioso, entonces construyó un laberinto. Esta construcción tenía tantos pasadizos, rodeos que no llevaban a ninguna parte, vueltas y sinuosidades que una vez que alguien entraba se hacía imposible encontrar la salida. El Minotauro quedó encerrado en el centro del laberinto, de esa manera volvió la tranquilidad a Creta. El rey Minos le encomendaba cada día más trabajo y Dédalo estaba cansado y quería irse de Creta pero el rey Minos no se lo permitía. Ante la negativa del rey Minos para que Dédalo abandonara Creta, Dédalo comenzó a maquinar la forma de escapar. Como Creta era una isla era prácticamente imposible escapar por mar. El rey Minos tenía una flota importante y lo capturaría. Dédalo había tenido un hijo con una esclava en Creta, su nombre era Icaro. Entonces decidió que escaparía con su hijo por aire. Inspirándose en el vuelo de los pájaros, construyó entonces dos pares de alas. Unas para Icaro y otras para él. Acopió gran cantidad de plumas que fue fijando a la estructura con cera de abejas y luego las adaptó con un arnés a su espalda y sus brazos. Cuando ya estaba todo preparado le dijo a su hijo:- Icaro, si quieres huir conmigo de esta isla, préstame atención y sigue mi consejo. Es necesario que vueles en la mitad de la atmósfera. Si vuelas muy bajo la humedad y el vapor del agua empaparán las plumas, éstas serán muy pesadas y caerás al mar. Y si vuelas muy alto, el calor del sol derretirá la cera, se desprenderán las plumas y también caerás al mar. Una vez que terminó de dar todas las explicaciones, Dédalo se lanzó al espacio. Icaro lo siguió como un pichón que sale por primera vez del nido. Pero Icaro pronto se entregó al placer del vuelo con entusiasmo. La vista era maravillosa y comenzó a volar más y más alto acercándose peligrosamente al sol. Es así que las plumas comenzaron a desprenderse de la estructura hasta que Icaro cayó fatalmente, ahogándose en el mar.