Cartland barbara lagrimas de amor

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Cartland barbara lagrimas de amor

  1. 1. LLLááágggrrriiimmmaaasss dddeee aaammmooorrr (((WWWaaallltttzzz ooofff HHHeeeaaarrrtttsss))) En cuanto Gisela llegó a Viena, sintió que le aguardaba algo trascendental y maravilloso, Durante una emocionante aventura en los bosques de Viena, conoció al hombre de sus sueños, sólo para descubrir después que, como era hija de un violinista, sin importar cuán famoso, nunca la considerarían adecuada como esposa del jefe de una orgullosa y noble familia. La ciudad mágica del vals, donde Strauss era rey sin corona, traería a Gisela lágrimas y sonrisas a su corazón, antes que el beso del príncipe creara una canción de amor que haría eco una y otra vez, dentro de sus corazones,
  2. 2. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 2 Revisado por Martha Nelly CCaappííttuulloo 11 1873 --GGISELA, me siento muy cansado. —Entonces, debes ir a acostarte, papá. —Esa es mi intención. —Estoy segura de que dormirás muy bien aquí en el bosque. La voluminosa propietaria de la posada que entró en la habitación en ese momento con una jarra de humeante café, escuchó lo que ella decía. —No lo despertarán, señor Ferraris. Elegí una habitación al fondo donde le será imposible oír ningún ruido, por escandalosos que sean los parroquianos. —Siempre ha sido usted muy bondadosa, señora Bubna —contestó Paul Ferraris. La mujer le sonrió con afecto mientras colocaba el café sobre la mesa. —Jamás olvidaré cuando lo vi por primera vez, recuerdo que era un joven delgado que estaba recién llegado a la universidad y tenía miedo de lo que pudiera sucederle. Pero cuando lo escuché tocar... ¡adiviné de inmediato que era un genio! —Usted fue la única en reconocerlo en aquel tiempo. —Jamás me equivoco —dijo la señora Bubna señalándolo con el índice—. ¡Nunca, nunca! Y con usted no había riesgo de cometer un error. Gisela sabía que su padre se sentía feliz por el hecho de que le dijeran eso en su amada Austria, ya que había estudiado en la Universidad de Viena. Durante el trayecto no habían hablado de otra cosa que no fuera de la gente que había sido amable con él en su juventud, y de las esperanzas que tenía de que aún vivieran. Llegaron a Viena temprano por la tarde después de un largo y cansado viaje en tren que les pareció que jamás terminaría. Abordaron un carruaje en la ciudad para que los condujera a la posada situada en los bosques de Viena donde Paul Ferraris dijo que le darían la bienvenida a pesar de que hubiera estado ausente durante veinticinco años. Gisela temió que el lugar estuviera cerrado o que hubiera cambiado de propietario porque sabía que su padre se desilusionaría. Sin embargo, después de titubear unos segundos, en cuanto él dijo su nombre, la señora Bubna le extendió los brazos y exclamó: — ¡Si es mi pequeño Paul, el inglés que tenía miedo a Viena, pero que tocaba el violín como un ángel! ¡Bienvenido, bienvenido!
  3. 3. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 3 Revisado por Martha Nelly Después de eso, todo fue recuerdos, brindis y noticias de gente que para Gisela sólo significaban nombres. Se sentía muy contenta de que su padre se mostrara feliz y con mejor aspecto del que había tenido desde la muerte de su madre. Durante casi dos años, habían ido de un lugar a otro, sin establecerse en ninguno y cuando empezaban a quedarse sin dinero, su padre dijo: —Iremos a Viena. Siempre tuve la intención de volver, pero nunca lo hice porque tu madre prefería vivir en Francia. Durante los años anteriores, la madre de Gisela era quien se ocupaba de todo. Su marido tocaba música celestial, pero no parecía consciente de que los que dependían de él, tenían que comer. Solía tocar para su esposa e hija con tanto gusto y con tanta brillantez que parecía estar actuando en un teatro ante un gran público. Paul Ferraris había sido aclamado en París y debido a que su mujer manejaba y arreglaba los contratos, ganó mucho dinero hasta que se declaró la guerra franco—prusiana y cuando los alemanes empezaron a invadir Francia, todos los que tenían los suficientes medios, salieron a la mayor brevedad posible. Poco después, la madre de Gisela murió trágicamente a consecuencia de una súbita enfermedad y junto con su hija, Paul Ferraris permaneció una temporada al sur de Francia. Pero no se quedaron mucho tiempo y de allí viajaron a través de Italia hasta Grecia y por fin, Paul Ferraris sintió nostalgia por Austria, en especial por Viena. Gisela, que trataba de ocupar el lugar de su madre, le preguntó si creía que pudieran conseguir que diera un concierto o que lo contrataran en alguno de los mejores teatros. —Me recordarán, de eso no hay duda. Todo lo que tenemos que hacer es ponernos en contacto con mis amigos. Pero cuando ella le pidió que se los nombrara, se mostró bastante elusivo y eso la preocupó, aunque estaba segura de que su fama lo había precedido y que Johann Strauss, cuya música se escuchaba en todas partes, lo recibiría como a un colega. Por lo menos la señora Bubna lo recordaba y Gisela estaba decidida a hablar con ella a solas en cuanto se le presentara la oportunidad. —Parece que le va bien —comentó su padre—. El lugar es más grande de lo que yo recuerdo. — ¿Más grande? ¡El doble de tamaño, señor mío! Está de moda. Tarde o temprano, todo mundo viene a beber mis vinos y a disfrutar de mi cocina. —Si su comida es tan deliciosa como la que cenamos hoy, no me sorprende —respondió Paul Ferraris—. Ya le había comentado a mi hija lo sabroso que cocina. —Pronto engordaré si permanecemos aquí mucho tiempo —intervino Gisela. — ¿Cree que subirá tanto de peso como yo? —preguntó la señora Buba—. Aunque no es probable. Nunca logré que su padre engordara, a pesar de que tenía un apetito insaciable.
  4. 4. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 4 Revisado por Martha Nelly Su padre continuaba muy delgado, pensó Gisela y eso lo hacía verse muy elegante con ropa de etiqueta cuando se presentaba en el escenario y colocaba su precioso violín Stradivarius bajo la barbilla. Con frecuencia pensó que tal vez las damas del público se emocionaban tanto con él como con su música, ya que no apartaban los ojos del apuesto rostro y la cabellera oscura, que apenas ahora empezaba a encanecer en las sienes. —Me encelo de la atención que recibes de tantas mujeres hermosas —observó su madre en cierta ocasión. —No tienes por qué, mi amor —respondió él —. La única mujer hermosa en mi vida eres tú. A diferencia de la mayoría de los músicos, toda la felicidad de su padre se concentraba en su hogar. Muy rara vez salía a cenar después de una actuación, lo cual sus conocidos no podían comprender. Prefería regresar a cenar a solas con su esposa y más tarde, cuando ya tuvo edad para acompañarlos, con su hija Gisela. Cuando su madre murió, Gisela comprendió que su padre se sentiría perdido, desdichado y aturdido. Ver a alguien hundido en la desesperación era atemorizante, pero amaba tanto a su padre que pensó que tanto por él como por la memoria de su madre, debía sacarlo de la depresión y el único camino era la música. "Las cosas mejorarán ahora que está en Viena", se dijo mientras lo veía charlar animado con la señora Bubna. Pero a la vez notaba que estaba muy cansado. Así que en cuanto lo vio terminar de beber su café, le indicó: —Sube a descansar, papá y mañana podrás dormir hasta la hora que quieras ya que no tendremos que apresurarnos para tomar trenes o acudir a alguna cita. —Me parece muy sensato —opinó la señora Bubna —, y usted también, señorita, debe descansar. Buenas noches y que Dios los acompañe. Salió de la habitación y Gisela sonrió a su padre. — ¡Es maravillosa! Ahora entiendo por qué deseabas verla de nuevo. —Debe tener más de sesenta años y, sin embargo, habla con el entusiasmo de una jovencita y es muy activa. Ambos se rieron. —Mañana, cuando estemos descansados —agregó él—, te mostraré Viena. Siento como si hubiera regresado al hogar. Gisela sabía que en realidad era su hogar de adopción, pero no lo comentó, ya que a su padre le disgustaba que le recordaran que era de ascendencia inglesa.
  5. 5. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 5 Revisado por Martha Nelly Los recuerdos que tenía de Inglaterra no eran gratos debido a que su padre, además de ser muy estricto, se había casado en segundas nupcias con una mujer que no quería a Paul. Sus abuelos maternos eran austriacos y Paul fue a pasar unas vacaciones con ellos. Cuando se enteraron de los sufrimientos que padecía en su hogar, lo retuvieron en Viena a su lado. Lo enviaron a la universidad y cuando descubrieron que tenía gran talento para la música y en especial para el violín, él adoptó su apellido. — ¿Cómo esperar que alguien te tome en serio como músico si eres inglés? —le preguntó su abuela—. Con el apellido Ferraris te escucharán con respeto y ése es el primer paso para ganar la batalla por el reconocimiento. Como era un joven inteligente, Paul comprendió que tenía razón y además, de todas maneras, detestaba Inglaterra pues recordaba lo que había padecido después de la muerte de su madre. En poco tiempo se sintió parte integral de la familia de su abuela, aunque algunas veces, Gisela detectaba en él características inglesas que su padre no tenía idea que poseía. Y fue su madre quien insistió en que ella estudiara con ahínco el inglés, así como otros idiomas. —Eres tres cuartas partes inglesa, mi amor —le dijo—, y sería tonto negarlo. Siempre he creído que nuestras raíces están en los países a los que pertenecemos y un día, tal vez vayas a Inglaterra y descubras que es el lugar que te atrae más que cualquier otro para vivir. —Lo dudo, mamá, pero si amas Inglaterra, yo también la amaré. Sin embargo, por la forma en que habla papá de Austria, la imagino emocionante y romántica. —Tu padre olvida que también tiene sangre húngara por parte de su bisabuela. Así que, en suma, es mestizo, ¡aunque jamás lo admitirá! Ambas se rieron, sin embargo, Gisela se emocionaba con el solo hecho de escuchar relatos sobre Inglaterra, Austria, Hungría y porque había vivido allí, también con anécdotas de Francia. Le resultaba fácil hablar con fluidez los idiomas de los cuatro países. Poder entenderse con la señora Bubna le hizo agradecer las horas que pasara con diferentes institutrices en lugar de salir a jugar o a cabalgar, como era su deseo cuando la ponían a estudiar. "Mañana escucharé el idioma austriaco en las calles, las tiendas y, por supuesto en el teatro", pensó, "también lo oiré en las canciones". Se dio cuenta de que eso era lo que añoraba desde que llegaran a los bosques de Viena. Su padre le había contado que con frecuencia los estudiantes o los soldados se ponían a cantar y todo el mundo se unía al coro que hacía eco entre los árboles. Como si adivinara sus pensamientos, su padre le dijo: —En cuanto yo me retire, debes hacer lo mismo, Gisela. —Pero es muy temprano, papá.
  6. 6. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 6 Revisado por Martha Nelly —Ahora todo está tranquilo, pero más tarde, cuando llegue la gente a cenar, la señora Bubna no tendrá tiempo para cuidarte. Gisela lo miró, sorprendida. — ¿Temes que el ambiente se ponga desagradable? —No, no exactamente, sé que aquí sólo vienen a divertirse. Pero eres muy linda y cada día te pareces más a tu madre. A los dieciocho años ya no puedes quedarte sola, sin dama de compañía como cuando niña. —Esto sí que es novedad, papá. Nunca me habías hablado así antes. —El año pasado vivimos con mucha tranquilidad. No hemos ido a ninguna ciudad alegre o adonde las mujeres bellas atraen las miradas masculinas como imanes. — No te preocupes por mí, papá. Me sé cuidar sola. Mañana hablaremos de eso, no esta noche. Notó que a su padre se le cerraban los ojos por la fatiga y que bostezó al levantarse. —Buenas noches, cariño. Eres tan sensata como tu madre. Como dices, mañana hablaremos. Salió de la salita privada donde la señora Bubna les había servido la cena. Al frente de la posada había un restaurante con muchas mesas en el exterior, colocadas a la sombra de los árboles, donde a Gisela le hubiera gustado cenar para observar a los demás comensales. Pero la señora Bubna insistió en que cenaran temprano para que pudiera atenderlos personalmente y como ambos tenían mucho apetito, accedieron de inmediato. Gisela tomó el ligero chal que hacía juego con su vestido y que llevó consigo en caso de que salieran a pasear por los bosques después de la cena. En lugar de ponérselo sobre los hombros, lo colgó de un brazo y al mirar hacia la ventana pensó que, a pesar de lo que su padre dijera, era demasiado temprano para irse a la cama. Anhelaba conocer los bosques de Viena de los que tanto escuchara hablar y leyera. Estaba segura de que eran los más románticos del mundo y lo que había visto camino a la posada había confirmado esa impresión. Casi sin pensarlo, salió de la habitación y en lugar de subir por la escalera, cruzó una puerta que conducía al jardín posterior del edificio. Era un pequeño lugar lleno de flores que perfumaban el ambiente. Después se convertía en parte del bosque y los árboles estaban tan cerca que parecían rodear la posada. Como era tan hermoso y la noche todavía no caía, Gisela continuó su camino y poco después, mientras se adentraba en el espeso follaje vio cuando las luces de Viena empezaron a encenderse. No había suficiente luz para distinguir nada, excepto la gran aguja de la catedral y el Danubio, que brillaba como si fuera de plata, incluso en el crepúsculo que era el preludio de la oscuridad.
  7. 7. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 7 Revisado por Martha Nelly Las luces de la ciudad parecían luceros y Gisela pensó que cuando pudiera ver a través del follaje la salida de las estrellas en el firmamento, sería como ver resplandecer diamantes sobre el más suave de los terciopelos. Se emocionó y sintió corno si flotara en lugar de caminar. Sus pies se movían ligeros como si bailaran al ritmo de alguna música celestial tocada por las hojas y las flores que percibía por su aroma, aunque no las podía ver. A su izquierda apareció un pequeño claro y contempló ensimismada la cuenca del Danubio a sus pies. Sabía que en algún lugar, escondida en la penumbra, se encontraban la isla Gansehaufel y el Castillo de Korneuburg, los cuales conocería al día siguiente. Su padre le prometió también llevarla a conocer el palacio barroco de Schómbrunn, flanqueado por Karlskirche. Había tanto que ver, tanto que escuchar, que casi parecía un crimen pensar en dormir. Poco a poco fueron apareciendo más luces, hasta que la ciudad se iluminó con ellas y sintió que se estaba perdiendo de algo vital y emocionante que la estaba aguardando. Tal vez, se dijo, esperaba que Viena le brindara lo que siempre había anhelado, aunque no estaba segura de lo que era. Sólo sabía que debido a que su padre hablaba de Viena con tanta frecuencia, esta ciudad había adquirido un significado casi místico, algo que no podía expresar con palabras sino con música. Fue entonces cuando se dio cuenta de que escuchaba música, no como la que su padre tocaba, sino voces masculinas que cantaban. Reconoció la tonada porque cuando cruzaron la frontera hacia Austria, escucharon que la cantaban, la silbaban o la tarareaban tanto en el tren como en cada estación donde se detuvieron y también en las posadas donde se alojaron. Era un vals popular que Gisela no tardó en darse cuenta de que cambiaba de letra de acuerdo con las necesidades de quien la cantara. Ahora, escuchó el cántico con claridad: "Busco el amor. ¿En dónde se esconde ella? Busco el amor. ¿En dónde puede estar ella? ¡Baile, cabalgue, cante o beba, no se me escapará!" Tuvo la sensación, aunque no estaba segura, de que era la letra que los estudiantes habían compuesto mientras los escuchaba repetir el estribillo: "¡No se me escapará!" Lo acompañaban con gritos que literalmente hacían estremecer las hojas de los árboles a su alrededor. Las voces se acercaban por la vereda en la que ella se encontraba y de pronto se percató de su situación. Tenía la impresión de que a los estudiantes les parecería divertido encontrar a una joven sola caminando por el bosque.
  8. 8. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 8 Revisado por Martha Nelly Estaba segura que no le harían daño, pero podría ocurrírseles besarla y tal vez obligarla a acompañarlos adonde se dirigían. De pronto, invadida por el pánico, Gisela se preguntó si debía correr de regreso a la posada. Pero al volverse y mirar por donde viniera, notó que estaba muy oscuro y temió caerse si corría. Lo peor era que su vestido blanco sin duda atraería la atención de ellos. Miró a su alrededor y descubrió un seto que evidentemente lo usaban las parejas que deseaban intimidad. En su interior había un asiento de madera y los arbustos y enredaderas lo protegían tanto de los elementos como de miradas indiscretas. Con rapidez, porque las voces se oían cada vez más cerca, Gisela se deslizó al interior del seto, ocultándose detrás de la banca de madera en la esquina más lejana. Escuchó con atención y le pareció que las voces sonaban demasiado alegres, como de quienes han estado bebiendo. Asustada, Gisela se estremeció cuando las voces se aproximaron y la letra pareció enviarle un mensaje personal: "¡No se me escapará!" "¿Y si me descubren?" pensó. Frenética, deseó haber obedecido a su padre retirándose a dormir. Por supuesto que no debía estar sola en el bosque a esa hora de la noche, pero todo era tan hermoso, como la imagen de sus propios sueños. Pero esto era la realidad y los jóvenes eran iguales en todo el mundo. Cuando se percató de que los cantantes habían llegado al seto y que podían descubrirla por el blanco de su vestido que resaltaba en la oscuridad, un hombre apareció en la entrada. El corazón de Gisela palpitó acelerado por el temor. Entonces se dio cuenta de que él no miraba al interior sino que estaba parado de espaldas a ella. No podía verlo con claridad, pero era alto porque su cabeza quedaba al nivel del seto y mientras permaneciera ahí, sería imposible que cuando los estudiantes pasaran vieran hacia adentro y la descubrieran. Después del primer momento de temor por su aparición, sintió gratitud hacia él. Ahora las voces eran ensordecedoras y repetían el estribillo y acompañándolo de gritos de júbilo y risas. El hombre permaneció parado en la entrada del seto mientras ellos cruzaban frente a él y el último de los cantores le dijo: — ¡Ven y únete a nosotros! La noche es joven y el vino de la posada de Bubna muy bueno. —Lo haré más tarde —respondió el hombre. Pronto las voces fueron disminuyendo hasta que se convirtieron en un murmullo. El hombre no se movió. Gisela no se atrevía casi ni a respirar. Todavía temblaba, aunque ya no estaba tan asustada. Entonces, el hombre preguntó:
  9. 9. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 9 Revisado por Martha Nelly — ¿Se encuentra bien? Nunca imaginó que supiera que estaba allí y se sobresaltó antes de contestar con voz muy débil. —Gracias... por pararse donde está... temía... que me vieran. —Supuse que por eso se ocultaba. Fue sensato hacerlo, aunque no lo fue salir a los bosques sola por la noche. —Lo sé... pero era tan... hermoso... que parecía casi... un pecado... irme a dormir. Tuvo la sensación de que el hombre sonreía, pero no podía verle el rostro porque la noche había cerrado, así que en medio de la oscuridad sólo era un bulto oscuro. — ¿Quién es usted y qué hace aquí? —preguntó el hombre. —Me hospedo en la posada con mi padre. Llegamos hoy. — Imagino que es su primera visita a Viena. — ¿Por qué lo dice? —Nadie qué conoce la ciudad o a los vieneses vendría aquí sola. Gisela suspiró. —Fui... muy... tonta. —Mucho y no debe hacerlo de nuevo. Su tono de genuino interés la sorprendió y él debió percibir su curiosidad porque le indicó: —Venga y siéntese. Creo que será mejor esperar a que esos jóvenes bulliciosos se instalen antes que la acompañe de regreso. —Es usted... muy amable. No estaba segura de lo que debía hacer. Tenía la sensación de que no debía hablar con un desconocido, pero la alternativa que le quedaba era alejarse sola y le daba demasiado miedo hacerlo. Se sentó y él hizo lo mismo a su lado. Por lo profundo de su voz se dio cuenta de que era un adulto y por la forma en que se movía, que era ágil y atlético. Pero era imposible estar segura de nada más y dijo nerviosa. —Debo volver... tan pronto como... considere que es... prudente. —Estará segura conmigo. Lo miró, pero como no podía ver nada en la oscuridad, volvió la vista hacia las luces de la ciudad que incluso desde allí podían admirarse. —Creo que debemos presentarnos. ¿Cómo se llama? —Gisela. —Un nombre muy bonito y sospecho que usted lo es también. Gisela no pudo evitar sonreír. —Como no puede verme, aunque fuera muy fea, no tendría que admitirlo. —Estoy seguro que es hermosa. Gisela se rió. — ¿Cómo puede estar seguro?
  10. 10. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 10 Revisado por Martha Nelly —Porque su voz es musical y su figura perfecta. Ella se sonrojó y se alegró de que él no lo notara por la oscuridad. —Es sólo... una suposición... que no puede probar. —Por el contrario. La vi de pie y delineada contra el firmamento mientras caminaba entre los árboles y pensé que debía ser una de las ninfas que todos sabemos viven en estos bosques. — ¡Cómo me gustaría verlas! —exclamó Gisela involuntariamente. El hombre a su lado se rió. —Yo tuve la fortuna de verlas. Se hizo un breve silencio, hasta que Gisela se atrevió a decir: —Yo ya le dije mi nombre, ¿cuál es el suyo? —Sólo su nombre de pila —le corrigió él—, el mío es Miklós. —Yo soy Gisela Ferraris. — ¿Familiar del músico? — ¿Ha oído hablar de papá? — ¿Así que es hija de Paul Ferraris, el violinista? —Sí. —Lo escuché tocar la última vez que estuve en París, hace cuatro o cinco años y jamás olvidaré lo magnífico que es. Gisela lanzó una exclamación ahogada de entusiasmo. —Me alegra tanto. Debe decírselo a él, lo complacerá mucho. —Siempre he deseado volver a escucharlo. — ¿Cuál es su apellido? —preguntó Gisela, algo turbada. —Soy Miklós Toldi. —No es un apellido austriaco. —No, soy húngaro. — ¡Qué emocionante! — ¿Por qué? —Siempre deseé conocer a un húngaro. Yo llevo sangre húngara en las venas y siempre me ha parecido una raza muy romántica. Más que los vieneses, que para papá son la gente más romántica del mundo. —Tal vez su padre tenga razón. Todos venimos a Viena para charlar, soñar y cantarle al amor. —Como los estudiantes —observó Gisela, sonriente. —Los estudiantes son bastante ruidosos, con frecuencia molestos e imprevisibles en su comportamiento, por eso fue muy sensato de su parte ocultarse cuando los escuchó aproximarse. Gisela sintió de nuevo el temor que la había poseído cuando sintió que los cantores se acercaban adonde se ocultaba. —Gracias... por... salvarme.
  11. 11. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 11 Revisado por Martha Nelly —Ya le dije que debe ser más cuidadosa en el futuro; cuando vea a su padre le recomendaré que la cuide mejor. Gisela lanzó una exclamación de protesta. — ¡No lo haga, por favor! Se preocupará mucho, además... lo desobedecí hoy... por eso estoy aquí. —Por mi parte, me alegra que lo hiciera. Al menos nos conocimos; no le diré ningún comentario sobre esto a su padre. Sin embargo, le diré que tiene una hija con una voz tan melodiosa que supera cualquier sonido que pueda producir con su violín. Gisela se rió. —Papá no se sentirá complacido. Al igual que para todos los grandes músicos, para él la música es... sagrada. —Tiene razón. Su padre es un gran músico y mientras yo esté en Viena, aprovecharé la oportunidad de escucharlo de nuevo. ¿En dónde se presentará? —Apenas llegamos hoy y aunque papá debe dar un concierto... no sé... cómo... arreglarlo. — ¿Quiere decir que usted hace los arreglos para sus presentaciones? —Desde que mamá murió. El no sabe nada acerca de esas cosas y como viajamos tanto el año pasado porque se sentía muy desdichado, no ha conseguido un representante como lo tenía cuando vivíamos en París. —Comprendo. Pero estoy seguro que si acude a ver al gerente del Teatro de la Corte, estará encantado de ayudarla. —Gracias. Era lo que necesitaba saber. Papá desconoce todo lo relacionado con ese tipo de cosas y sería muy feliz si tuviera oportunidad de tocar en uno de esos pequeños jardines de baile de los que tanto me ha hablado, así como también ante un público elegante en un teatro. Hizo una pausa antes de añadir con una sonrisa. —Por desgracia, no le pagarían tan bien. — ¿Están necesitados de dinero? —Tuvimos que salir de Francia a toda prisa después de que los alemanes derrotaron a los franceses en la batalla de Sedan. Desde entonces hemos recorrido diferentes partes de Europa y viajar siempre cuesta. —Veo que es muy práctica, señorita y el tipo de hija que su padre necesita. —Intento serlo, pero papá no me escucha como lo hacía con mamá. —Es lógico. La gente, en especial los hombres, esperan que sus hijos obedezcan, no que den órdenes. —Es verdad, no obstante, por lo general logro convencerlo de que haga lo que deseo. —Todas las mujeres están llenas de triquiñuelas para salirse con la suya —respondió Miklós, casi con amargura. Como se sintió criticada, .Gisela se puso de pie. —Ya no se escucha ruido y creo que es prudente que regrese. Miklós Toldi también se puso de pie.
  12. 12. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 12 Revisado por Martha Nelly —La acompañaré. —No hay necesidad. —No puede estar segura. Los estudiantes podrían regresar por este mismo camino. Por la forma en que ella se volvió hacia esa dirección, Miklós comprendió que su advertencia la había puesto nerviosa y agregó: —A menos que conozca el camino, no es fácil llegar a la posada, incluso a la luz del día. Deme la mano, yo la guiaré. Gisela titubeó un momento, entonces pensó que sería una tontería rehusarse a esa sugerencia tan sensata. Extendió el brazo y sintió los dedos de él cerrarse sobre su mano. Eran cálidos, fuertes, y brindaban una sensación de seguridad. Iniciaron la marcha por la vereda que ella tomara desde la posada. Se dio cuenta de que él tenía razón al decir que era difícil de encontrar. Como daban la espalda a las luces de la ciudad, se movían en la densa oscuridad del bosque. Los árboles eran de follaje tan espeso, que no se veían las estrellas, además, esa noche no había luna. Aunque él la llevaba de la mano, Gisela tropezó y él, para que se apoyara, la apretó con más firmeza. Ella se alegró de que la acompañara. Caminaron en silencio hasta que al fin vieron frente a ellos las luces de la posada. — ¡Ya estoy a salvo! —exclamó Gisela cuando se aproximaron al pequeño jardín. Todavía bajo los árboles, Miklós se detuvo y como aún la llevaba de la mano, se vio obligada a detenerse también. —La traje de regreso a salvo, Gisela. Le sorprendió que la llamara por su nombre de pila, pero no dijo nada y él continuó: —Dudo que nos reunamos de nuevo porque recordé que debo salir de Viena mañana. — ¿Se irá sin ver a papá? Dijo que deseaba escucharlo. —Y así es, pero debo irme por razones personales. —Lo lamentó, papá se habría sentido muy complacido de charlar con usted acerca de París. —Tal vez en otra ocasión. Pero quiero que sepa que antes de partir hablaré con el gerente del Teatro de la Corte y le diré que usted y su padre lo visitarán mañana. —Es usted muy amable. —Sucede que lo conozco y me encargaré de que los ayude. — ¡Gracias, gracias! Eso nos facilitará mucho todo. Es usted tan bondadoso, tuve suerte de encontrarlo y de que me salvara. —En el futuro, cuídese. En otra ocasión no estaré presente y puede llevarse un susto. Hizo una pausa y agregó: —Prométame que no correrá ningún riesgo.
  13. 13. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 13 Revisado por Martha Nelly Habló en un tono muy serio y ella levantó el rostro en un intento por ver cómo era, a pesar de la oscuridad. Sólo pudo notar que era más alto que ella y como las luces de la posada no iluminaban los árboles, era sólo una voz en las sombras. —Prométamelo —insistió Miklós. — Lo prometo. —Recordaré su voz, tal como recuerdo la música de su padre. —Sabe lo agradecida que le estoy —dijo ella en un impulso —, y desearía poder darle las gracias de una forma más...adecuada. —Es sencillo. Gisela lo miró con curiosidad sin entender lo que le quería decir. De pronto y con gran ternura, como si temiera asustarla, con uno de sus brazos la rodeó y con la otra mano la tomó de la barbilla para levantarle el rostro. Ella estaba demasiado sorprendida para moverse y cuando iba a intentarlo, era ya demasiado tarde. Los labios de él se posaron sobre los suyos y recibió el primer beso de su vida. Sabía que debía resistirse y que debería sentirse indignada, pero los brazos de Miklós Toldi la ciñeron a él, su boca la mantuvo cautiva y le fue imposible moverse, ni siquiera pensar. Sólo sabía que los labios de él parecieron tomarla prisionera, y que algo cálido y maravilloso, como una ola marina, se agitó en su interior y ascendió a través de su pecho a su garganta, hasta que llegó a sus labios. Era tan bello como la música que escuchara entre los árboles, como las luces de la ciudad que parecían estrellas, el río plateado y la fragancia de las flores del jardín. Era algo que ella había soñado, imaginado, y sin embargo, jamás lo había encontrado, pero esto era lo que esperaba de Viena y ahora era suyo. Los brazos de él la apretaron y sus labios se tornaron un poco más exigentes, pero a la vez, tan tiernos que ella no experimentó temor. Unicamente sintió que dejaba de existir y que ya no era ella misma, sino parte de él. La besó hasta que sus pies ya no tocaban el suelo, porque sentía como si ambos volaran hacia el cielo y se convirtieran en parte de las estrellas. Entonces, cuando a Gisela le parecía que era imposible sentir tal embeleso sin desmayarse, él levantó la cabeza. —Adiós —dijo con voz ronca y muy diferente a lo que sonara antes. Ella deseó suplicarle que no se fuera, pero le resultaba imposible hablar y cuando al fin pudo hacerlo, ya se había marchado. En un momento estaba allí, en la oscuridad con ella en sus brazos y al siguiente, se desvaneció entre los árboles y ella se quedó sola. Cuando Gisela volvió a la realidad, le pareció que todo había sido un sueño.
  14. 14. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 14 Revisado por Martha Nelly ¿Era cierto que se hubiera internado en los bosques de Viena y la asustaron los estudiantes? ¿O que la hubiera salvado un hombre cuyo rostro nunca vio y a quien, de hecho de forma reprensible y casi escandalizante, había permitido que la besara? Pero fue algo que, de alguna manera, fue lo correcto o tal vez la palabra más apropiada fuera... inevitable. Eso era lo que ella esperaba de Viena y lo que había encontrado. De pronto se dio cuenta de que él se había ido, que le había dicho adiós y que nunca volvería a verlo. No que ella de hecho lo hubiera visto, pero por alguna razón extraña, había respondido a su voz y al contacto de su piel. Todavía podía sentir los dedos de él oprimiendo sus manos mientras la conducía con seguridad en la oscuridad del bosque. Su corazón palpitó y su cuerpo se estremeció por el éxtasis que él despertó en ella con sus labios y pensó que le iba a ser imposible volver a sentirse como cuando la mantuvo cautiva. Un éxtasis que no pudo explicarse surgió en su interior haciéndola sentirse parte de él. Pero se había marchado y ella sólo conservó el recuerdo del tono de su voz en el aire cuando decía "adiós". Debido a que le pareció tan irreal, algo que no podia haber sucedido, se volvió y casi a ciegas y con lentitud, cruzó el jardín y entró en la posada. Mientras caminaba por el pasillo en dirección a la escalera, escuchó las voces y las risas provenientes del restaurante y de las mesas situadas bajo los árboles. Temió encontrarse con alguien, por lo que se apresuró escaleras arriba. Cuando llegó a la puerta de su habitación, escuchó a lo lejos las voces procedentes del jardín cantando el estribillo: "Busco el amor. ¿En dónde se esconde ella? Busco el amor... ¿En dónde puede estar ella?"
  15. 15. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 15 Revisado por Martha Nelly CCaappiittuulloo 22 DDESDE el palco donde se encontraba sentada Gisela escuchó el ensayo, satisfecha. Se había sentido un tanto temerosa cuando ella y su padre se dirigieron a la ciudad para visitar al gerente del Teatro de la Corte. Era evidente que no podía decirle a su padre que Miklós Toldi se entrevistaría con el gerente, porque de ninguna manera iba a poder explicarle cómo lo había conocido. Además, estaba segura de que no podía hablar del hombre que la había besado, sin ruborizarse. Después de que permaneció despierta esa primera noche experimentando aún las maravillosas sensaciones y el éxtasis que él le provocara con sus labios, le fue imposible sentir arrepentimiento. No obstante, a partir del día siguiente, se sintió avergonzada y escandalizada de sí misma. ¿Cómo pudo comportarse de esa manera tan ligera y reprobable? Sabía bien que su madre se habría horrorizado ante la idea de que la besara un hombre con quien no estuviera comprometida en matrimonio. Pero que la besara un desconocido a quien ni siquiera le había visto el rostro, le parecía tan increíble, que no dejaba de repetirse a sí misma que no había sucedido en realidad, que todo había sido producto de su imaginación. Sin embargo, cuando trataba de convencerse de que era un sueño, sentía los brazos de Miklós a su alrededor y los labios de él sobre los suyos. Escuchaba de nuevo la música que parecía provenir de las hojas de los árboles y la sensación de que ella y Miklós se elevaban hacia las estrellas y volvía a experimentar el éxtasis maravilloso que la hacía estremecer. Cuando desayunó con su padre bajo los árboles en el exterior de la posada, se reprendió diciéndose que debía poner los pies sobre la tierra y dedicarse a él. Todavía se le veía cansado, aunque se mostraba entusiasta ante la idea de mostrarle Viena y de reunirse con algunos amigos. — Visitaré a Johannes Brahms — le comentó —. La señora Bubna me facilitó su dirección. — Creo que deberíamos visitar primero a los gerentes de los teatros donde haya la posibilidad de que des un concierto o de que te integres a uno de sus espectáculos. — Todos querrán contratarme —respondió apresuradamente. Por supuesto, Gisela comprendió que, en el fondo, temía no ser tan bien recibido como esperaba.
  16. 16. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 16 Revisado por Martha Nelly Gracias a Miklós Toldi, cuando llegaron al Teatro de la Corte los condujeron en seguida y con mucha ceremonia hasta la oficina del gerente. Este era un hombre de edad, obeso y calvo, que al verlos, se levantó de su escritorio visiblemente complacido. — ¡Señor Ferraris! ¡Apenas puedo creer que sea usted! ¡Bienvenido a la ciudad de la música! — ¿Se enteró del éxito que tuve en París? —preguntó Paúl Ferraris. — Por supuesto y ahora lo necesitamos entre nosotros. Desde ese momento todo marchó de maravilla y a los dos días, Paul Ferraris ensayaba para un espectáculo que se estrenaría a fines de la semana. —Lo necesitamos con desesperación — le indicó el productor—. Tenemos un gran barítono, Ferdinand Jaeger y un solo de violín será un contraste espléndido, con el cual completaremos el programa. Paul Ferraris estaba emocionado. — ¡Habían oído hablar de mí, me conocían, te lo dije! — Por supuesto, papá. La música es internacional y no creo que Viena no haya estado en contacto con París y Bruselas durante todos estos años. Sentada ahora al fondo del palco, para que no la pudieran ver, dijo una oración de gracias al ver tan feliz a su padre. Por la forma en que Paul entró en el escenario, ella comprendió que tocaría magistralmente y que olvidaría la frustración del año anterior, cuando con frecuencia se sentía tan desdichado que le era imposible tocar bien. Paul Ferraris siempre había sido muy cuidadoso de que su hija no se relacionara con la gente de teatro porque, aunque él no lo decía, con frecuencia tenían una forma de vida reprobable. En vida de su madre, Gisela se quedaba en casa o escuchaba a su padre sentada en un palco o en una butaca en el teatro, pero jamás entraba detrás del escenario. Y ahora, a Paul Ferraris le preocupaba no saber qué hacer con ella. No podía ordenar que permaneciera sola en el hotel donde se hospedaban, tampoco le agradaba la idea de que se sentara en las butacas, con el director y los productores, lo cual significaría propiciar que se relacionara con ellos, algo que él consideraba indeseable. — Todos son ejecutantes como tú — discutió Gisela —, y deseo conocerlos. — Tu madre no lo aprobaría —respondió con firmeza su padre— . Pero déjalo de mi cuenta, haré los arreglos que considere pertinentes. Gisela no deseaba discutir con él. Sin embargo, sabía que si no estaba presente, no podría cuidarlo para que tomara sus alimentos a tiempo, que por lo general olvidaba cuando se encontraba con viejos amigos y no regresaba al hotel a buena hora para descansar.
  17. 17. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 17 Revisado por Martha Nelly La charla de su padre con el gerente tuvo como resultado que la condujeran a un palco privado del fondo donde la encerraron, pensó Gisela con irónica sonrisa, como si fuera un animal salvaje. No se quejó y fascinada, admiró el teatro que era bellísimo, aunque se enteró de que construirían uno nuevo en su lugar, ya que éste no tenía el cupo suficiente para ser el Teatro Imperial de la capital. También deseaba conocer el Teatro de la Opera, pero por el momento no había tiempo para pasear, puesto que su padre insistía en aprovechar cada instante posible del día para ensayar. —Estoy fuera de práctica y si voy a presentarme ante el público más exigente del mundo, debo trabajar día y noche, para mantener mi reputación. — ¡Tocas precioso, papá! Gisela, sin embargo, entendía su nerviosismo porque los vieneses no hablaban de otra cosa que no fuera la música y casi todos ellos cuando no tocaban un instrumento, cantaban. Mientras escuchaba la orquesta pensó que su padre tenía razón al decir que la música en Viena alcanzaba una perfección que no se encontraba en ningún otro lado. Al finalizar la orquesta, se escuchó una voz tras bambalinas que anunciaba: — ¡Paul Ferraris! Su padre hizo acto de presencia en el escenario. Incluso con la ropa ordinaria que usaba para los ensayos, se veía más apuesto y distinguido que los demás hombres que se encontraban en el teatro. El podía sentirse austriaco, pero ese aire autoritario que poseía, sin duda se debía a su sangre inglesa. —Los ingleses siempre son conscientes de su importancia —le había dicho su madre en una ocasión—, y como en la actualidad ocupan un lugar sobresaliente en el mundo, me siento muy orgullosa, a pesar de lo que diga tu padre, de que seamos ingleses. — ¡Pero no vayas a decírselo! —le advirtió a Gisela. Ambas se rieron al saber con qué fervor Paul Ferraris intentaba probar que era del todo austriaco en pensamiento, palabra y obra. En ese momento estaba de pie escudriñando el teatro, como si estuviera lleno de gente esperando y conteniendo la respiración para escuchar lo que iba a interpretar. Entonces levantó su amado Stradivarius y Gisela pensó orgullosa que nadie tenía un padre más maravilloso. El director de la orquesta levantó la batuta y la exquisita melodía de uno de los conciertos de Mozart invadió el ambiente. Era tan hermosa que Gisela se sintió transportada a los bosques de Viena, donde las luces de la ciudad titilaban a lo lejos, las estrellas brillaban en el cielo y la música provenía, no del escenario, sino de los árboles.
  18. 18. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 18 Revisado por Martha Nelly Le fue imposible apartar de su mente la idea de que Miklós estaba a su lado y que el roce de su mano le brindaba una sensación de seguridad. ¡Luego la abrazaba y sus labios se unían! Estaba tan inmersa en sus pensamientos que no fue sino hasta que escuchó que su padre terminaba la primera pieza de su programa y hacía una pausa antes de iniciar la siguiente, que regresó de su mundo de fantasía y se dio cuenta de que no estaba sola en el palco. Alguien se encontraba sentado a su lado, pensó que se trataba del gerente y se volvió segura de que escucharía un elogio a la ejecución de su padre. Pero para su asombro, era un hombre que jamás había visto. Mientras lo miraba supo, sin necesidad de ninguna explicación, quién era. —Es usted tal como lo suponía —dijo él. Su voz era profunda y familiar y había resonado en los oídos de ella desde que hablaran en la oscuridad. — ¿Por qué... está... aquí? Pensé... dijo... que se iría. —Lo intenté y quiero hablarle de ello. ¿Cuándo puedo verla a solas? Ella lo miró perpleja, antes de responder. —Sé que tengo... que agradecerle haber recomendado a papá con el gerente... se mostró... muy amable. —No hay razón para que no lo fuera. Sin embargo, una presentación inesperada no siempre tiene los resultados deseados. —Le estoy... muy agradecida. —Es muy generosa con sus agradecimientos. Gisela se sonrojó al recordar cuando trató de darle las gracias y él la besó. — ¡Es usted preciosa! Y se ve aún más hermosa cuando se ruboriza. —Por favor... —suplicó Gisela —, me hace... sentir... turbada. —Y eso es tan hermoso como su voz. Conteste mi pregunta, porque si no le ha dicho a su padre que nos conocemos, le resultará extraño que estemos aquí sentados charlando. Gisela se sobresaltó y se inclinó un poco más hacia atrás del palco, donde la ocultaban los cortinajes de terciopelo rojo que colgaban a cada lado. —Por favor... que no lo... vea. —Entonces respóndame. Nerviosa, miró hacia el escenario. Su padre tocaba una de sus piezas favoritas de Schubert. — ¡Es imposible! —susurró—. Papá no me pierde de vista excepto cuando toca y aún así, no me deja sola en el hotel. —Tengo que verla —dijo Miklós con tono de urgencia—, y dice que me está agradecida. —Creo que... me... está chantajeando —protestó Gisela. —Sólo porque estoy desesperado por hablar con usted. Lanzó un suspiro y agregó:
  19. 19. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 19 Revisado por Martha Nelly —Salí de Viena, como le dije, pero cuando ya estaba a ciento cincuenta kilómetros de la ciudad, regresé. — ¿Para... verme? — ¿Cómo dejar inconclusa una sinfonía o un concierto tan bellos e inspiradores que sería un crimen contra la naturaleza no conocer el final? Hizo una pausa. —Esa no es la palabra que deseo decir, pero sé que comprende lo que intento dar a entender. —No... puedo... entrevistarme... con usted... Gisela se detuvo de pronto. — ¿Qué sucede? —Algo que había... olvidado... pero de cualquier... manera... sería... incorrecto. —No si nos concierne, así que dígame qué fue lo que recordó. —Cuando veníamos hacia acá, papá me dijo que después de la función de esta noche cenará con Johann Strauss. Está muy emocionado por ello, me dijo que yo no estaba invitada y que primero me llevará de regreso al hotel. Sin necesidad de verlo, sabía que Miklós Toldi sonreía. —Supongo que su padre cree, como tanta gente, que las melodías de Strauss complacen a los aristócratas, pero corrompen a la juventud. — ¡No, no, claro que no! ¿Cómo podría pensar esa tontería cuando la música del señor Strauss es tan hermosa? —Hermosa y romántica para usted y para mí y no necesito decirle cuánto deseo bailar un vals con usted. Aunque los austriacos conservadores dicen que el vals es alocado, apasionado y que "desata al diablo". Gisela se rió porque le pareció ridículo. —Siempre hay gente que desaprueba todo lo que es nuevo y moderno, pero antes de la guerra, todo París bailaba los valses de Strauss y los consideraban el complemento perfecto a los bellos vestidos y espléndidas joyas de la Emperatriz Eugenia. —Es usted demasiado joven para haber bailado el vals en París. —Es cierto, pero mamá solía contarme acerca de los bailes y cuando me llevaba al teatro a escuchar tocar a papá, podía ver a los emperadores sentados en el palco real y todo el público parecía surgido de un cuento de hadas. —Me alegra que fuera demasiado joven para bailar el vals en París, pero ahora tiene edad suficiente para bailarlo conmigo en Viena. Por un momento, la sensación de lo maravilloso que sería la invadió, pero en seguida reaccionó y contestó: —Sabe que es... imposible... papá jamás... lo permitiría. —Eso lo discutiremos después. Esta noche deseo hablar con usted en algún lugar tranquilo donde nadie nos vea.
  20. 20. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 20 Revisado por Martha Nelly — ¡No puedo... hacer... tal... cosa! —Por favor —le rogó él —, recuerde que yo la ayudé una vez y puedo hacerlo de nuevo. Y también que viajé una gran distancia sólo para verla. —Estoy segura... que tenía... otras razones —se defendió Gisela. —No, sólo usted —aseguró él con voz muy suave. Ella intentó decirle que lo que él sugería era incorrecto y que no era posible que engañara a su padre y se comportara de una forma que sólo aumentaría el malestar que sentía por lo que sucediera aquella noche en los bosques de Viena. Entonces, al mirarlo para decirle las frases que temblaban en sus labios, éstas parecieron desvanecerse y sólo pudo pensar en la expresión de sus ojos y en lo apuesto que era. Llevaba la cabellera oscura cepillada hacia atrás, sus bien delineadas facciones eran muy diferentes a las de cualquier hombre que ella conociera con anterioridad, y sus ojos oscuros que brillaban de forma extraña y atractiva a la vez, le inspiraban confianza. Sabía que con cualquier otro hombre ella se habría atemorizado ante la sugerencia que le hacia Miklós Toldi. Sin embargo, al igual que cuando la guió por la oscuridad, ahora sabía que podía confiar en él. — ¿Vendrá? Ella apenas lo escuchó decir las palabras, no obstante, las sintió como un beso en sus labios. —Ha sido... tan bondadoso... que me es... difícil... negarme. —Sólo busca excusas ante sí misma. Sabe que la verdad es que desea hablar conmigo tanto como yo con usted. No podemos escapar el uno del otro, Gisela. Extendió la mano, tomó una de las de ella y se la llevó a los labios. Ella sintió la boca cálida sobre su piel, en seguida él salió del palco mientras Paul Ferraris tocaba las últimas notas. DDe regreso esa noche del teatro al hotel, Gisela no pensaba en otra cosa más que en lo que le esperaba. Regresaron temprano al Hotel Sacher, donde se hospedaban, para que su padre durmiera una siesta. Gisela se encargó, mientras tanto, de ordenar que les enviaran algo de comer antes de regresar al teatro. Después de ponerse de acuerdo con el cocinero, quien le aseguró que se esforzaría por complacer a tan famoso músico, subió a su habitación. El hotel era fascinante, pero ella se había preocupado cuando su padre insistió en que se hospedaran allí. — ¿Podemos darnos el lujo, papá? —No hay otro lugar donde me gustaría hospedarme en Viena —afirmó su padre. No quiso arruinar su felicidad sugiriendo que se hospedaran en una pensión económica.
  21. 21. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 21 Revisado por Martha Nelly El hotel estaba ubicado detrás del Teatro de la Opera y Gisela se impresionó mucho con los óleos, esculturas y objetos de arte que lo adornaban dando la impresión de ser más una mansión privada que un hotel. A su llegada, los recibieron con la exquisita cortesía característica de los vieneses. Durante el tiempo que vivió en otros países, ella sólo había visto que ese trato lo recibían exclusivamente personalidades o la aristocracia. Eso agregaba encanto a la ciudad de la que ella había visto todavía muy poco y anhelaba conocer más. —En cuanto terminen los ensayos, cariño —le había dicho su padre—, y sólo tenga que ir al teatro por las noches, empezaré a mostrarte todos los lugares que amo y que para mí son los más bellos y, por supuesto, románticos. Sonrió, como si sospechara que eso era lo que ella deseaba y Gisela se preguntó, sintiéndose culpable, qué diría su padre si supiera que ya el romance se había iniciado de una forma muy diferente y cuando menos lo esperaba. Por suerte, el ensayo terminó temprano. Ella tenía prisa porque acabara, también sabía que su padre estaba ansioso por asistir a su reunión con Johann Strauss. Por eso, nerviosa, y a la vez emocionada, sintió que las horas transcurrían con lentitud, hasta que por fin el productor indicó: —Es suficiente por hoy. Todos estuvieron magníficos, pero aún tenemos mucho qué hacer, así que mañana los espero a las diez en punto y les suplico que sean puntuales o me arrojaré al Danubio. Todos se rieron. Gisela esperó en el palco hasta que su padre llegó a buscarla. La mayoría salió por la puerta posterior, pero Paul arregló que el vehículo que los conduciría al hotel esperara frente a la puerta principal. Era un coche muy curioso que Gisela nunca había visto antes. Era como dos grandes carriolas para niños unidas por el frente y tiradas por dos caballos, y en el centro se juntaban las capuchas. Lo abordaron y se sentaron uno frente al otro. Los caballos iniciaron la marcha a través de las iluminadas calles llenas de gente que evidentemente no se irían a casa hasta horas después. —El concierto va muy bien —comentó satisfecho Paul Ferraris. — Tocaste mejor que nunca, papá —dijo con sinceridad Gisela. —Empiezo a recuperar mi espíritu. Como sabes, Viena me inspira, como lo ha hecho con muchos músicos en el pasado y siento que su espíritu todavía está con nosotros, que nos estimulan, aplauden y, por supuesto, critican. Gisela se rió. —Eso debe ser muy inquietante. Detesto pensar que Gluck o Haydn dijeran que lo podías hacer mejor o que Mozart y Beethoven desearan que interpretaras su música de una forma diferente.
  22. 22. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 22 Revisado por Martha Nelly —Pero, por otro lado, podrían pensar que la he mejorado. —Ahora te muestras vanidoso, papá, y se debe a todos los halagos que has recibido. — ¡Y disfruto cada uno de ellos! Se le veía tan feliz que Gisela pensó agradecida que, al fin, empezaba a reponerse de la pérdida de su esposa. Los caballos se detuvieron frente al Hotel Sacher y Paul se inclinó para besar a su hija en la mejilla. —Buenas noches, cariño, lamento que no puedas acompañarme. Un día, tal vez, te permita conocer a Johann Strauss, pero por el momento, prefiero que pierdas el corazón por su música y no por él. —Buenas noches, papá —se despidió ya en la acera. Mientras el carruaje se alejaba, entró en el hotel. Había decidido que subiría a su habitación a esperar que le avisaran que alguien la buscaba. El comportamiento correcto era disculparse y despedirlo, pero bien sabía que, por el contrario, saldría a cenar con Miklós no sólo porque le estaba agradecida, sino también porque algo en él le resultaba irresistible. Cuando llegaba a la escalera, se le acercó el portero para indicarle: —Perdone, señorita, pero un caballero la espera. Ella se sobresaltó y miró a su alrededor. —Sígame, por favor. La condujo hacia la puerta de una salita que ella no conocía. Era pequeña y sólo había una persona. Sintió que el corazón le daba un vuelco cuando lo vio. Era alto, como adivinó la primera vez que viera su silueta recortada contra el firmamento cuando se encontraba en la entrada del seto donde ella se ocultaba. Haberlo visto en el palco del teatro no había sido lo mismo que ahora, de espaldas a la chimenea y con ropa de etiqueta. Tenía un aire magnífico y ella sintió que su vestido, aunque bonito, no estaba a la altura de la elegancia de él. Como si leyera sus pensamientos Miklós dijo: —Le confesé que pensaba que era preciosa cuando la vi en la penumbra del palco, pero ahora veo que me quedé corto. Gisela bajó los ojos y se sonrojó. Y mientras se acercaba a él, lo escuchó agregar: —Ahora estoy seguro de que es una ninfa de los bosques de Viena, como lo pensé la primera vez. A ella le fue imposible pensar qué responder. Y después de un momento, Miklós continuó: —Para que su padre no se entere de que salió del hotel, hice arreglos para que usemos una puerta diferente. —Gracias.
  23. 23. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 23 Revisado por Martha Nelly Cruzaron un pasillo lateral que daba a una puerta de salida a una calle diferente a la de la entrada principal... Al salir, Gisela vio que los esperaba un impresionante carruaje tirado por dos caballos, con conductor y palafrenero quien sostenía la puerta abierta para que abordaran. Tuvo la sensación de que no era un carruaje de alquiler y como si de nuevo adivinara sus pensamientos, él le explicó: —Para saciar su curiosidad, le diré que pedí el carruaje prestado para esta noche. —Es muy cómodo —comentó Gisela con voz muy baja, mientras se reclinaba en los acojinados respaldos. —Me alegro que así lo sienta, porque la llevaré a las afueras de Viena. — ¿Adónde? —A un lugar que estoy seguro conoce por referencia, pero que no ha tenido oportunidad de visitar, su nombre es Grinzig. —Papá me ha hablado de ese lugar, es donde se encuentran los jardines danzantes. — ¡Exacto! Y quiero ser el primero en llevarla allí. —Será... muy... emocionante. —Y para mí también. Los caballos corrían a todo galope y como a Gisela le costaba trabajo pensar qué decir con Miklós sentado a su lado, permanecieron en silencio. Las luces de calles y ventanas por las que cruzaban parecían iluminar el interior del carruaje por momentos, después desaparecían y eso se repetía una y otra vez: luz y oscuridad, luz y oscuridad... Eso en sí emocionó a Gisela, que como era consciente de que hacía algo indebido, se sentía diferente, como si no fuera ella misma. Durante toda su vida había observado un comportamiento intachable porque nunca deseó nada más que obedecer a sus padres y como los amaba y ellos la amaban, jamás pensó en hacer nada diferente. Ahora, de una manera extraña, un hombre a quien sólo había visto dos veces, volteaba su mundo al revés y no estaba segura de cómo se sentía al respecto, todo lo que sabía era que estaba emocionada. Se alejaron primero de las casas, después salieron de la ciudad y ascendieron una pequeña colina donde ella sabía que si hubiera suficiente luz, podría ver los famosos viñedos de los que tanto le hablara su padre. Le había contado que se bebía mucho vino blanco en las tabernas en cuanto se iniciaba la estación. —Cada taberna, cuando tiene listo su propio vino, cuelga una guirnalda en una pértiga para que todos sepan que el vino está listo. Los caballos se detuvieron en una calle muy tranquila y a ella le pareció extraño. Pero Miklós la ayudó a descender, abrió la puerta de una casa y entraron en un jardín.
  24. 24. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 24 Revisado por Martha Nelly Al fondo había una taberna decorada con murales multicolores y jardineras en las ventanas pletóricas de flores. En el jardín había mesas largas y pequeñas y alrededor, privados cubiertos de parras. El propietario, que evidentemente conocía a Miklós, se inclinó ante él y exclamó con visible satisfacción, que era un honor contar de nuevo con su presencia. Los condujo a un privado que se encontraba en un tranquilo rincón del jardín apartado de los demás asistentes. Adentro, había una mesa y dos sillas acojinadas, colocadas una junto a la otra, bastante cerca, no a ambos lados de la mesa. —Papá me describía con frecuencia estas tabernas —comentó Gisela—, y por eso anhelaba conocerlas. —Aquí, puede beber el vino blanco de Grinzing y le juro que la comida es deliciosa. Gisela estaba segura de que así fue, aunque después no recordó qué habían comido. Se debía a que sólo escuchaba la profunda voz de Miklós y estaban sentados tan cerca uno del otro, que casi podía sentir que las vibraciones que emanaban de él la tocaban. —Ahora podemos hablar y puedo mirarla, Gisela, aunque todavía temo que se desvanezca entre los árboles y me deje solo. —No lo haré, ¡y fue usted el que se desvaneció! En un momento estaba allí y al siguiente... se había ido. — ¿Y qué sintió? Era imposible encontrar las palabras adecuadas para responderle, por lo que dijo: —No... creo que debamos hablar de eso. —Pero deseo saberlo — insistió él—. Quiero que me diga lo que pensó después que la besé, y sé que era la primera vez que la besaban. — ¿Cómo... pudo... saberlo? El sonrió. —Sus labios eran dulces e inocentes. Al observar que el color encendía sus mejillas, agregó, tuteándola: —Mi amor, había olvidado que eres adorable cuando te sonrojas. Además eres encantadora y admirablemente juvenil. Su tono de voz hizo sentir a Gisela que su corazón se agitaba dentro de su pecho. Y se sintió aliviada cuando se acercó el camarero para servirles el vino. Pero apenas tuvo tiempo de recuperar la respiración cuando volvieron a encontrarse a solas. Miklós levantó su copa. — ¡Por mi ninfa de los bosques de Viena de quien no pude escapar! Gisela lo miró intrigada. — ¿Por qué querías escapar? —a ella también le resultó natural tutearlo.
  25. 25. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 25 Revisado por Martha Nelly Por la expresión de su rostro se dio cuenta de que había hecho una pregunta importante, aunque no tenía idea por qué lo era. —Es algo que debo explicarte, pero no ahora. Más tarde. La noche es joven aún. Hablaron de sí mismos, de música y de los lugares que Gisela había visitado con su padre. —Me gustaría poder decir que estuve en tu país. —Me alegra que no lo hicieras. — ¿Por qué? —Porque no podría mostrártelo yo mismo. Me dijiste que corre por tus venas un poco de sangre húngara, ¿por qué? —La bisabuela de mi padre era húngara. — ¿Cómo se apellidaba? —Rákóczi. —Los Rákóczi son una familia muy importante y respetada en Hungría. —Me alegro. Papá dice que los reflejos rojizos de mi cabello los heredé de ella. Miklós observó su cabellera. Era de un dorado oscuro con destellos rojizos y con rizos que a Gísela se le dificultaba mantener en orden. Su cabellera parecía tener vida propia y por mucho que la cepillara y peinara, siempre se soltaban algunos rizos sobre sus mejillas. —Al igual que todo en ti, tu cabello es bello y único. —Me alegra... no ser... muy común. Aunque me han dicho que en Viena sobran las mujeres bellas. —Es verdad, pero te juro que tú resaltarías junto a todas ellas y me hubiera gustado ver que lo hicieras. Eso indicaba que no estaría allí para verlo, así que Gisela preguntó: — ¿Te... irás... de nuevo? —No debí volver. Su tono fue tan cortante que lo miró sorprendida y un momento después, él añadió: — Oh, mi amor, si piensas que te comportas mal, no es nada comparado con lo que yo hago. Traté de hacer lo correcto. Intenté alejarme, pero tuve que regresar para descubrir si eras real y que no había sido un sueño el éxtasis que sentí cuando toqué tus labios. Como era lo que ella misma había pensado, Gisela sintió que su corazón daba un vuelco y juntó las manos para controlar el temblor que amenazaba invadirla. — ¿Por... qué... es incorrecto... lo que haces? Se hizo un largo silencio, tan largo que Gisela sintió que su corazón palpitaba con tal fuerza que parecía querer salírsele del pecho. Miklós no respondió y de pronto, el cuarteto de cuerdas de la taberna, que se encontraba al fondo del jardín, empezó a tocar un vals de Strauss.
  26. 26. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 26 Revisado por Martha Nelly Había una terraza afuera de la posada donde los músicos, un primer y segundo violín, una guitarra y un acordeón, se encontraban sentados a un lado de ella. En cuanto iniciaron el vals, unas cuantas parejas empezaron a bailar. Gisela los miró, pero estaba demasiado interesada en lo que Miklós le decía para prestar atención. De pronto, inesperadamente, él se puso de pie, extendió la mano y la ayudó a levantarse. —Este es tu primer vals en Viena y estaba destinado a que lo bailaras conmigo. El sonrió y ella oprimió su mano. —Espero... bailar... bien. —No temo que me defraudes. Se dirigieron hacia la terraza. La mayoría de la gente comía y bebía, por lo que había suficiente espacio para que Miklós y Gisela se deslizaran con libertad a los acordes del vals que les alegraba el corazón y la mente, como el vino que habían bebido. Giraron alrededor del salón y Gisela sintió con intensidad la fuerza de su brazo alrededor de la cintura, y de su cercanía. Cuando él bajó la cabeza, pudo ver sus labios y recordó que la había mantenido cautiva y el éxtasis que le provocaran. De pronto, mientras más bien parecían volar que bailar, comprendió que estaba enamorada de Miklós. Era un amor mezclado con la excitación de la noche, con el valor de haberse atrevido a salir sola con él, y con la emoción que el baile le despertaba. Miklós era el hombre más atractivo que jamás había conocido. Pero también era mucho más. Había nacido un vínculo entre ellos desde el momento en que él la protegiera en los bosques, el cual se había fortalecido hasta que se convirtió en parte del latido de su corazón y del aire que ella respiraba. Mientras sus fuertes brazos la oprimían y ellos giraban con rapidez al ritmo del vals, comprendió que lo que sentía era amor. El amor que siempre soñó que llegaría a ella, pero que nunca imaginó que sentiría hacia un hombre que surgiera de la oscuridad y que le provocaba la atemorizante sensación de que en cualquier momento desaparecería por segunda vez.
  27. 27. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 27 Revisado por Martha Nelly CCaappííttuulloo 33 CCREO que debemos irnos. Le costó trabajo decirlo. La velada pareció volar como si tuviera alas, pero Gisela sabía que ya era tarde y se preguntó lo que sucedería si su padre la buscaba y descubría que no estaba en su habitación. Era poco probable, pero aunque cada momento con Miklós fue glorioso, se sentía culpable y le remordía un poco la conciencia. —Tienes razón, sin embargo, siento un gran dolor al pensar que debemos separarnos. Se hizo el silencio y Gisela esperó a que él preguntara cuándo se reunirían otra vez. Como no lo hizo, lo miró inquisitiva. —Sé lo que piensas —dijo al fin entristecido —, pero debo alejarme como antes lo hice, pero en esta ocasión, no debo regresar. —Pero, ¿por qué? El la miró y a ella le pareció que en sus ojos había una expresión de dolor. La velada había sido tan encantadora que no podía creer que fuera verdad, sino un sueño romántico que tuviera. —Hay tantas cosas que debo decirte, en cambio sólo puedo repetirte que eres muy bella y que desde el primer momento en que te vi, comprendí que serías en mi vida lo que hasta ahora me había faltado, aunque no estaba seguro de lo que era. — ¿Cómo... pudiste... saberlo? El sonrió al contestar. —Creo que ambos sabemos que nos atraemos. Lo supe en cuanto te vi, estuve seguro de ello cuando hablé contigo y cuando besé tus labios. Me di cuenta que había encontrado a la mujer ideal que siempre estuvo oculta en un altar dentro de mi corazón. Gisela lo miró, sus palabras la estremecieron y sintió que la luz del sol los envolvía. Inesperadamente; Miklós se puso de pie sobresaltándola. Habló con severidad destruyendo el encanto de la velada. —¡Vamos! Es hora de que te lleve de regreso. Con los ojos muy abiertos por la sorpresa y a la vez lastimada por la forma de que le hablara, Gisela también se puso de pie. Cuando se dirigían hacia la salida, después de que Miklós dejara sobre la mesa una gran suma de dinero, la orquesta empezó a tocar una melodía que los dos reconocieron. Era la canción que los reuniera, la que advirtió a Gisela el peligro que corría y del que Miklós la salvara.
  28. 28. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 28 Revisado por Martha Nelly Y como si él también recordara lo que significaba para ambos, se volvió para mirarla y en ese momento, una voz femenina, suave y clara, empezó a cantar la estrofa original que los estudiantes habían parodiado. Busco el amor, ¿en dónde se esconde? Busco el amor, ¿en dónde puede estar? Miklós extendió la mano y en cuanto Gisela le ofreció la suya, la condujo a través del jardín una vez más, hacia la terraza. Bailaron escuchando en silencio la letra de la canción: Desde el infinito, el arco iris susurra un secreto: Descansa, seguro de que el amor te encontrará, debes saber que está muy cerca. Busco el amor, ¿está tras de ti? Busco el amor. ¡Oh... aquí está! Cuando escuchó la última frase, Gisela levantó la vista fijándola en los ojos de Miklós quien, mientras la hacía girar, dijo con suavidad: —Creo, adorada mía, que ninguno de los dos podemos negar que hemos encontrado el amor. No sólo sus cuerpos estaban muy juntos, sino también su mente y su corazón. No volvieron a pronunciar palabra. Cuando terminó el vals, se dirigieron en silencio hacia donde los esperaba el carruaje. Miklós ordenó que corrieran la capucha para que el coche quedara descubierto y en cuanto el palafrenero les colocó una ligera manta sobre las rodillas, Miklós se deslizó más cerca de Gisela y tomó una de sus manos entre la suya. Hicieron el recorrido hacia la ciudad bajo un manto de estrellas que cubría el cielo con una brillantez deslumbradora. Cuando se encontraban muy cerca del hotel, Gisela preguntó con voz baja y débil: — ¿En... verdad... te irás? —Debo hacerlo. — ¿Por qué... por qué si fui tan... feliz contigo... esta noche? —Eso hace que mi comportamiento haya sido peor y en cierto modo, incorrecto. Gisela se puso rígida. — ¿Incorrecto? —repitió. Después, con voz un tanto atemorizada, preguntó:
  29. 29. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 29 Revisado por Martha Nelly — ¿Eres... casado? Miklós negó con la cabeza. —No. — ¿Entonces... por qué... es incorrecto... que nos veamos? —Es algo que debo decirte, pero no ahora. No toleraría hacerte daño y te juro, Gisela, que ésta ha sido la velada más perfecta de toda mi vida. —Y también... lo fue... para mí. — ¿Oh, mi amor, por qué no podemos disfrutar de miles de noches juntos en las que seríamos felices, más felices incluso que hoy? Su voz denotaba desesperación y mientras ella lo miraba intrigada y esperaba que se explicara, los caballos se detuvieron en la parte posterior del hotel. Al abrirse la portezuela del carruaje, Miklós ordenó a su sirviente: —Ve a la entrada principal y pide que envíen a alguien para que abra esta puerta. En cuanto el hombre se apartó para obedecer, Gisela dijo exaltada. — ¡Debo verte de nuevo! ¡No puedes dejarme así... sin saber por qué es incorrecto lo nuestro! — ¿Cuándo podemos vernos de nuevo? —Es difícil saber cuándo papá no estará conmigo. — ¿Si ensaya mañana irás con él al teatro? —Sí... estaré sola en el palco. — Me reuniré allí contigo. —Por favor, procura que él no te vea. Sería muy difícil explicarle cómo nos conocimos. —Lo haré. Y sé que detestas tener que fingir, como yo, cuando lo que deseo es gritar al mundo que te amo. No hubo oportunidad de decir más. Abrieron la puerta del hotel y Miklós la ayudó a descender y mientras la acompañaba, le dijo con voz muy suave y tierna: —Duerme bien, mi adorable ninfa. Sólo piensa en que todavía bailas el vals en mis brazos. Mañana te veré de nuevo. Le besó la mano y Gisela sintió que su amor por él se intensificaba mientras entraba en el hotel y él regresaba al carruaje. Una vez en su habitación, se contempló en el espejo y le pareció ver el rostro de una desconocida. Sus ojos brillaban intensamente, sus labios estaban entreabiertos y sus mejillas encendidas. Se dio cuenta de que la belleza y éxtasis de esa noche se reflejaban en su rostro. — ¡Lo amo, lo amo! —le dijo a su imagen en el espejo. Entonces, como una nube que oscureciera al sol, recordó sus palabras. "Es incorrecto". ¿Por qué? ¿Qué le ocultaba?
  30. 30. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 30 Revisado por Martha Nelly Pero como él le dijera, pensó que todavía bailaba en sus brazos e hizo a un lado las interrogantes de su mente y se acostó a pensar en él y en la felicidad que juntos habían encontrado. PPaul Ferraris amaneció malhumorado. Gisela sabía bien que se debía a que la noche anterior se había desvelado y sin duda bebió más vino de la cuenta. Por lo general, un vaso de más de vino de lo que acostumbraba beber, le provocaba jaqueca al día siguiente y se mostraba irritable con todo el mundo. — ¡Detesto los ensayos de último día! Si salen bien, algo saldrá mal la noche de la función y si resultan mal, todos se deprimen y aseguran que será un fracaso total. —Es imposible, papá, tienes mucho talento y sé que recibirás una calurosa ovación. —Lo dudo. Gisela se dio cuenta de que buscaba que lo elogiara para recobrar la confianza, así que no dejó de alabarlo hasta que él empezó a hablar sobre la noche anterior. Ella se sorprendió al enterarse de que no había cenado con Strauss, sino con un compositor más importante, Johannes Brahms. Toda la prensa y el público vienés lo adoraban. —Háblame del señor Brahms, papá. ¿Podré conocerlo? —Tal vez, pero le agrada mezclarse con los ricos, los aristócratas y los famosos. Dudo que se interese en una jovencita. Anoche fue mi anfitrión sólo porque Johann Strauss recibió la visita insperada de un amigo. — ¿De qué charlaron? —De él y de música —contestó Paul Ferraris, ya un poco más animado —. Se jactó de que es el único personaje en la ciudad que se levanta tan temprano como el Emperador Francisco José. Abandona la cama a las cinco de la mañana y organiza su programa del día con la autoridad de un emperador. Gisela se rió y su padre continuó. —Me dice que lo primero que hace es preparar café con grano especial que le envía un admirador de Marsella. Después realiza su caminata matinal y luego se pone a trabajar. — ¿Todavía compone? —Por supuesto. La mayor parte de su trabajo la realiza durante el verano. —Tal parece que fuera un oficinista ordinario. —Y lo es. Todavía habla con un marcado acento alemán del norte y en un tono sorprendentemente alto. De nuevo ambos se rieron y Gisela se percató de que su padre había visto el aspecto cómico del carácter de Brahms y que no se postraba ante él de hinojos, como aparentemente lo hacía el resto de Viena.
  31. 31. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 31 Revisado por Martha Nelly Salieron hacia el teatro a las once de la mañana. Gisela pidió que les prepararan una canasta con el almuerzo, que juntos tomarían en el palco. Sabía que el resto de los ejecutantes almorzaban juntos para discutir qué mejoras podían hacerse para la función. Pero como su padre no aprobaba que ella los conociera, solían almorzar solos. — ¿No considerarán que eres un presumido, papá? —No me importa lo que piensen. No permitiré que te asocies con gente que no te trataría de la forma en que tu madre habría deseado. Suspiró y agregó: —Cuando tenga suficiente dinero, tendrás una dama de compañía que te llevará a pasear, pero por el momento, yo tengo que cuidarte. El descanso para el almuerzo duró menos de una hora, lo que era extraño para los vieneses, a quienes agradaba comer y beber tranquilos y disfrutar el café con calma. Paul Ferraris comió poco y debido a que pidió que no les pusieran vino en la canasta, bebieron agua, pero el gerente les llevó dos tazas de café de su oficina. —Es usted muy amable, señor —dijo Paul Ferraris agradeciendo la atención. —Estoy encantado de tenerlo en el teatro —respondió el gerente—. Esta noche asistirán todos los críticos y el propio señor Strauss solicitó un palco. Será un problema conseguírselo a última hora. — ¿No ha olvidado que mi hija necesitará uno? —Por supuesto que no y me preguntaba, señor, si sería tan gentil de compartirlo con una dama inglesa que dice que se sentirá desolada si no lo escucha tocar. — ¿Una dama inglesa? —preguntó interesada Gisela. —Dice que usted la conoce, señor Ferraris, desde hace muchos años y que tal vez recuerde quién es, por el apellido Hillington. Gisela observó que su padre fruncía el ceño, como para concentrarse. Después exclamó: — ¡Por supuesto, Alice Hillington, una amiga de mi esposa! — ¿La recuerda? ¿Entonces, no sería mucha molestia pedirle que la reciba? Me dijo que su título actual es Lady Milford. — ¿Quién es, papá y en verdad la recuerdas? —Hace varios años, cuando vivíamos en París, fue a visitar a tu madre. Tú debes haber tenido cinco o seis años. El gerente no esperó respuesta y salió en busca de la dama. Al poco rato regresó con ella al palco, Gisela notó en seguida que era muy bella y que iba elegantemente ataviada. Lady Milford y Paul Ferraris se miraron y por un momento nadie habló. Luego, con esa sonrisa que todas las mujeres encontraban cautivadora, él extendió la mano. —No ha cambiado nada, Alice. Lady Milford se rió, con un sonido musical y bajo.
  32. 32. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 32 Revisado por Martha Nelly —Desearía que fuera verdad. Estoy encantada de verlo de nuevo, me emocioné mucho cuando leí su nombre en el programa que está fuera del teatro. Paul Ferraris le besó la mano y cuando ella se volvió intrigada hacia Gisela, él le explicó: —Como puede ver, Gisela ha crecido desde la última vez que la vio. — ¡Después de doce años, no me sorprende! ¡Cómo te pareces a tu madre! ¿Está aquí con ustedes? —Mamá... murió hace dos años. — ¡Oh, cuánto lo lamento! Disculpen que haya hecho la pregunta, pero lo ignoraba. —La echamos mucho de menos —intervino Paul Ferraris. — ¿Y cómo no hacerlo si era tan adorable? No creo que exista una persona en el mundo a quien no le agradara. La forma en que Lady Milford se expresó, hizo que las lágrimas asomaran a los ojos de Gisela quien se dio cuenta de que su padre también se había conmovido. —Le traeré una taza de café a la señora —indicó el gerente, como si considerara que eso era el bálsamo para curar los sufrimientos. Lady Milford y Paul Ferraris charlaron durante unos minutos antes que ella se volviera hacia Gisela para decir: —Te agradecería mucho si me permites compartir tu palco esta noche, me dijo el gerente que estarás sola. —Será un honor —accedió Gisela. Al mismo tiempo, la aterrorizó la idea de que Lady Milford deseara quedarse ahora, lo cual haría imposible su entrevista con Miklós, que era lo que más deseaba en el mundo. Pero se alegró cuando su padre se puso de pie para regresar al escenario y Lady Milford indicó: —Debo hacer algunas cosas esta tarde, me reuniré con ustedes un poco antes que se inicie la función. — ¿En dónde se hospeda? —.preguntó Paul Ferraris. —En el Hotel Sacher, llegué esta mañana. —Eso facilita mucho las cosas, porque también nosotros estamos alojados allí, así que podríamos venirnos juntos. Abrió la puerta del palco y ella le sonrió a Gisela. —Nos divertiremos mucho juntas, Gisela, ha sido un placer verte de nuevo y ver lo linda que te has puesto. En cuanto se fueron, Gisela pensó que tal vez Lady Milford alegraría un poco a su padre ayudándolo a que superara un poco el dolor que sentía por la muerte de su esposa. En el pasado, con frecuencia se relacionaba con bellas mujeres y su madre jamás se mostró celosa. — ¿No te importa, mamá, que las señoras le digan a papá tantos halagos y que en ocasiones parezcan olvidar que estás presente?
  33. 33. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 33 Revisado por Martha Nelly Su madre se había reído. — Sentiría muchos celos si pensara que a tu padre le interesan más que yo. Como todos los hombres famosos, disfruta de su público, pero aunque le agrada escuchar sus cumplidos, yo puedo ofrecerle algo más importante. — ¿Qué cosa, mamá? —La comodidad y seguridad de la vida hogareña y un amor que sería igual aunque fuera un don nadie y hasta un fracasado. La voz conmovida de su madre indicó a Gisela que decía una verdad que surgía del fondo de su corazón. — Cuando te enamores, Gisela, descubrirás que no importa cuán importante, exitoso o distinguido sea el hombre a quien le entregues tu corazón. Lo que importa es que se convierta en parte de ti. A Gisela le pareció admirable de parte de su madre que no se dejara impresionar por el éxito que su padre tenía en París y comprendía cuánto significaba ella para él. Después de su muerte, fue como una nave sin timón, inseguro de sí mismo y de lo que debía hacer, desolado y desesperado al grado de que en ocasiones le atemorizaba. Mientras deambulaban por países desconocidos, sin quedarse en ningún lado más que unos cuantos días, Gisela pensó que su padre era como un hombre que buscaba algo perdido, sin lo cual ya no era un ser completo como antes lo fuera. Pero tal vez ahora, en Viena, con músicos famosos como Brahms con quienes podía hablar el mismo lenguaje y alguien bondadosa y amable como Lady Milford, encontraría la paz y un poco de su felicidad pérdida. En cuanto el ensayo se inició y su padre apareció en el escenario, Gisela escuchó que se abría la puerta del palco y su corazón dio un vuelco. Miklós se sentó detrás de ella, donde era imposible verlo, ni desde las butacas ni desde el escenario. — ¿Me has echado de menos? —le preguntó. No era la pregunta que ella esperaba y respondió con una sonrisa: —He... pensado... en ti. — ¿Y crees que yo pude pensar en otra cosa? Debo verte esta noche. Intenté irme esta mañana, pero me fue imposible sin decirte por qué debo hacerlo. — ¿Cómo pudiste pensar en algo tan terrible como desaparecer sin decirme la razón? — ¿En verdad te interesa? —Sabes... que sí. El suspiró profundo y ella no pudo comprender por qué lo que le decía parecía afectarlo tanto. Mientras la exquisita música del violín de Paul Ferraris invadía el teatro, él insistió: — ¿Cómo podemos vernos? ¡Tengo que hablar contigo!
  34. 34. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 34 Revisado por Martha Nelly — Supongo que papá me llevará al hotel después de la función y que él asistirá a alguna de las muchas fiestas que se ofrecen, aunque no me dijo nada al respecto y no tuve oportunidad de preguntárselo esta mañana, y no podré hacerlo hasta que regrese al hotel a descansar después de que termine el ensayo. — ¿Crees que lo hará? —Siempre insiste en hacerlo y a menos que algo salga mal, nos iremos de aquí en cuanto termine de tocar. —No debe encontrarme aquí. ¿Cómo me avisarás sobre sus planes? —Puedo dejarte una nota con el portero del hotel. — ¡Por supuesto! Y adoraré recibir una nota tuya, Gisela. Será algo que atesoraré siempre, cuando ya no podamos vernos más. Ella sintió que su ánimo se desplomaba. ¿Por qué hablaba así? ¿Por qué decía cosas que abatían la alegría que ella sentía a su lado, esa dicha tan intensa y tan diferente a cuanto había sentido antes con nadie? Deseó retenerlo con las manos y no permitirle escapar. —Déjame la nota y yo te enviaré otra para indicarte lo que debes hacer. —Por favor, ten cuidado. Si papá la descubre, se molestará mucho y eso lo afectará para la función. —No te preocupes. Dame tu mano. Ella lo hizo y él se la besó. — ¡Te amo, Gisela! Es una agonía dejarte, porque me parecerá un siglo hasta que vuelva a verte. Oh, mi amor, no me falles. ¡Tengo que verte! Su voz denotaba tal urgencia y desesperación, que Gisela apretó sus dedos entre los de él. —No... comprendo. —Lo sé y me detesto por hacerte sufrir, cuando lo que deseo es poner a tus pies el sol, la luna y las estrellas. Le besó la mano de nuevo y antes que ella pudiera decir nada, se fue. En ese momento su padre abandonó el escenario y ella se percató de que no había escuchado ni una nota de lo que tocara. Regresaron juntos al hotel y durante el trayecto, su padre habló sobre los problemas que había tras bambalinas, con tantos ejecutantes importantes y pocos camarinos. —Ya es tiempo de que construyan un teatro nuevo, sin embargo, parece que pasarán años antes que eso se convierta en realidad y para entonces, la mitad de nosotros estaremos muertos. —Tú no estarás entre ellos, papá, aún eres muy joven. —Desearía que fuera verdad. Preguntaré a Alice Milford si cree que he cambiado mucho desde que nos vimos en París. Sonrió al decirlo y Gisela se dio cuenta de que le agradaba la idea de reunirse de nuevo con Alice Milford. — ¿Qué haremos esta noche después de la función, papá?
  35. 35. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 35 Revisado por Martha Nelly —Me han invitado a docenas de fiestas importantes, pero creo que debo llevarte a cenar a algún lugar tranquilo donde nadie nos moleste. — ¡Oh, no, papá! ¡Debes asistir por lo menos a alguna... debes hacerlo! Pensarán que es extraño que no celebres lo que sin duda será un éxito. ¡No querrás que te tachen de ser antisocial! Nunca lo fuiste. —No, es verdad. Con tu madre asistí a muchas fiestas y las disfrutábamos. Hizo una pausa, era evidente que reflexionaba. Luego dijo: —Tu madre era mi esposa, pero tú eres mi hija y me pone nervioso que te veas mezclada con gente indeseable, en especial, hombres. —Estoy segura que estaría a salvo a tu lado, papá. —Uno nunca sabe y preferiría no presentarte con desconocidos hasta que tengamos un poco más de tiempo en Viena y yo pueda elegir a quienes deseo que conozcas. —Lo comprendo, papá. —Bien, entonces te llevaré al hotel como anoche y si no me siento muy cansado, tal vez acepte ir a alguna fiesta que no sea de las que duran hasta el amanecer. No debo olvidar que mañana también tengo función. —Tienes toda la razón. El corazón de Gisela cantaba porque ahora le podría enviar el mensaje a Miklós diciéndole lo que quería saber. En cuanto su padre se encerró en su dormitorio, se apresuró a escribir una nota en la que decía que estaría libre después del concierto. Por timidez, no puso ninguna introducción ni la firmó con su nombre. Bajó al vestíbulo y entregó al portero el sobre dirigido al "Señor Miklós Toldi". —El vendrá a recogerla —explicó y subió en seguida a toda prisa a su habitación. Se recostó, pero le fue imposible conciliar el sueño porque no podía apartar de su mente la voz de Miklós diciéndole que la amaba y la calidez de sus labios besándole la mano. "Deseo que vuelva a besarme en la boca", pensó y se ruborizó. Pero era verdad. Deseaba sentir los labios de Miklós en los suyos y que la transportara a otra dimensión como aquella noche en la oscuridad de los bosques. "¡Lo amo, lo amo!", se dijo. Entonces se dio cuenta de lo extraordinario que era que lo amara con todo su corazón y sin embargo, supiera tan poco de él. Era húngaro, se llamaba Miklós Toldi y por alguna razón que todavía no le decía, intentaba abandonarla, aunque la amaba. "Dios mío, por favor, haz que se quede", rezó. Sabía lo que deseaba, aunque no se atrevía a decirlo. Por supuesto que quería que Miklós le pidiera que se casara con él. Lo amaba y no podía pensar en nada más glorioso que convertirse en su esposa. Lo difícil sería separarse de su padre, de hecho le resultaba imposible dejarlo solo.
  36. 36. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 36 Revisado por Martha Nelly Tal vez existiría alguna manera para que todos estuvieran juntos, aunque no tenía idea cómo podría lograrlo. Pero no tenía objeto hacer planes, ni siquiera pensarlo, ya que Miklós había puesto en claro que no podía quedarse a su lado, que no había futuro para ellos. Todo su ser sufría con una agonía que le producía un intenso dolor físico. "¡Lo amo, lo amo! ¿Cómo puede dejarme y llevarse con él mi corazón?" Sintió deseos de llorar y las lágrimas ya asomaban a sus ojos, cuando escuchó que llamaban a la puerta. Se controló y acudió a abrir. Un mensajero esperaba semioculto detrás de un gran ramo de flores. —Para usted, señorita. —¿Está seguro? —Sí, señorita. Mientras el mensajero colocaba las flores en la habitación, Gisela pensó que era una gran indiscreción por parte de Miklós enviarle tan espléndida canasta de orquídeas. Debía costar una fortuna y tendría problemas explicándole a su padre su procedencia. "Tal vez pueda ocultarla", pensó. Mientras tanto, se apresuró a buscar la nota que, como esperaba, estaba atada al asa de la canasta. Se dio cuenta de que el sobre iba dirigido sólo a: "Habitación 23", que era la suya. Emocionada, leyó la nota manuscrita con letra precisa y elegante: Con mis mejores deseos para un gran violinista a quien escucharé esta noche con la mayor admiración y a quien, después, espero aplaudir y festejar. Gisela leyó la nota varias veces. El mensaje era muy claro, Miklós había sido muy inteligente al redactarlo de tal forma que sólo ella comprendiera su significado. La esperaba, era todo lo que importaba. Suspiró de felicidad y de nuevo le fue imposible apartar de su mente la pregunta que se repetía una y otra vez. "¿Por qué es incorrecto?" El público, con sus ovaciones, no dejaba que Paul Ferraris se retirara y Gisela supuso que tocaría para complacer a la audiencia una melodía de La Flauta Mágica que siempre fuera la favorita de su madre. Sintió que las lágrimas humedecían sus ojos al recordar cuánto le gustaba a ella. Cuando terminó, se percató de que Lady Milford también estaba a punto de llorar. —Es tan conmovedora y tu padre la toca de forma tan hermosa —comentó con voz entrecortada: Y mientras Paul Ferraris abandonaba el escenario y el aplauso empezaba a disminuir, dijo: —Estoy decidida, querida Gisela, a levantarle el ánimo a tu padre. Veo en sus ojos cuánto añora a tu madre, pero debe regresar a la vida social que tanto disfrutó antes. Gisela presintió el peligro, mientras Lady Milford agregaba:
  37. 37. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 37 Revisado por Martha Nelly — ¿Qué harán después de la función? Estoy segura de que lo habrán invitado a docenas de fiestas y me gustaría organizar una para él y, por supuesto, para ti también. Gisela contuvo el aliento y sin pensar, exclamó impulsivamente. — ¡Por favor, esta noche nol Me encantaría asistir a una fiesta con papá... es usted muy amable... pero esta noche no. Lady Milford la miró intrigada. —Hablas como si tuvieras una razón muy personal para no desear que se alteren tus planes, si es que tienes alguno. Gisela desvió la vista. —Es verdad, pero... por favor no me haga... ninguna pregunta. Todo está... arreglado. —Comprendo y, Gisela, si deseas mi ayuda en cualquier aspecto, no dudes en pedírmela. Quise mucho a tu madre, supongo que sabes que crecimos juntas en Inglaterra. Sólo hasta que se casó con tu padre perdimos contacto, y ahora deseo ayudar a su hija. —Si en verdad desea hacerlo, no le mencione a papá ninguna fiesta esta noche, déjelo que me lleve de regreso al hotel como es su intención. —Por supuesto que haré lo que deseas. Al ver la alegría de Gisela ante su respuesta, Lady Milford agregó: —Cuídate, pequeña. Viena no es una ciudad donde deba andar sola una jovencita. —Lo comprendo, pero por favor, deje esta noche las cosas como... están. —Ya te prometí que lo haría, y si tu padre me pregunta, que no lo creo probable, le diré que tengo un compromiso. —¡Gracias... muchas gracias! Le pareció que Lady Milford la miraba extrañada, pero no le importó. Lo único que deseaba era ver a Miklós y sentía que nada ni nadie debía impedir que se reunieran, tal vez por última vez. Su padre había visto las flores y le encantó pensar que las había enviado un admirador desconocido. —Son un obsequio muy costoso. ¿Crees que sean de un hombre o de una mujer? — ¡De una mujer, por supuesto, papá! —Habría pensado que eran de Alice Milford si no me hubiera enviado ya una fina bufanda de seda blanca. —¡Qué amable de su parte! —No imagino quién pueda ser este admirador desconocido. Tengo aquí tan poco tiempo que no creo que nadie se acuerde de mí. —Tienes admiradores en todo el mundo, papá. Olvidas que te han pedido no menos de tres veces que vayas a Inglaterra y siempre has rehusado. —Los ingleses no saben apreciar la música. — ¿Cómo lo sabes si nunca has tocado para ellos.
  38. 38. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 38 Revisado por Martha Nelly —Esta noche escucharás el aplauso que ruge del corazón y del alma de los vieneses. ¡Ese es el sonido que deseo escuchar! Ya se había olvidado de las flores cuando descendían por la escalera. Esa noche significaba mucho para él y Gisela rezó porque todo saliera bien. DDurante el trayecto de regreso del teatro, su padre estaba radiante de entusiasmo, y Gisela se dijo que por suerte había impedido que las cosas resultaran mal para ella. ¿Qué hubiera sucedido si Lady Milford no le hubiera mencionado que deseaba ofrecer una fiesta para su padre y se lo hubiera preguntado a él de forma directa? Sabía que fue una indiscreción y tal vez un error permitir que Lady Milford se enterara de que tenía un secreto, pero, ¿qué otra cosa podía haber dicho? Sólo mantenía la esperanza de que le fuera leal y no considerara su deber informarle a su padre sobre su comportamiento. Todavía la agobiaba la inquietud cuando los caballos se detuvieron frente al hotel y su padre se despidió de ella con un beso. —No regresaré tarde, querida, Johann Strauss insistió mucho en que me reúna con él. —Me gustaría conocerlo un día, papá. —Lo pensaré. Ahora que ya estoy establecido, me ocuparé de que te diviertas. Bailarás el vals, querida, tal vez mañana o la noche siguiente. Aunque no conozcas a Strauss, al menos bailarás al mágico ritmo de su música. — ¡Será encantador, papá! Gisela lo besó y descendió del carruaje. Se apresuró a entrar por la puerta del hotel, pensando que nada que le ofrecieran sería tan emocionante, maravilloso o irresistible como pensar que Miklós la esperaba en la puerta lateral.
  39. 39. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 39 Revisado por Martha Nelly CCaappííttuulloo 44 MMIENTRAS viajaba al lado de Miklós, Gisela sabía adónde la llevaba. Pero a la vez, no le importaba dónde fuera, con tal de que estuvieran juntos. El solo hecho de que tomara su mano le brindaba seguridad y sabía que si dejaba su vida en sus manos, nunca tendría que preocuparse por nada. En su mente persistía la aterradora sensación de que aunque él todavía no había dicho nada, era la última vez que lo vería y que el término de la velada significaría el adiós. Todas las preguntas que la asediaban, podían resumirse en una sola: ¿por qué? Mas como no deseaba arruinar la felicidad de estar junto a él y escuchar su voz, se obligó a hablar con tranquilidad, aun cuando algo en su interior la impulsaba a gritarle, casi con pánico, que no podía perderlo. —Me alegra muchísimo el gran éxito que tuvo tu padre. —¿Estuviste allí? —Sí, te adiviné a través de mis binoculares, estabas muy bella. —Me hubiera gustado saberlo. —Habría sido un error. Sabía que deseabas escuchar a tu padre y, como sabes, los vieneses le han entregado sus corazones. Era verdad. No fueron sólo los aplausos que parecieron estremecer el teatro o los ramos de flores que le entregaron en el escenario, sino la expresión en los ojos de los demás ejecutantes cuando él hizo su reverencia de agradecimiento al final, con la cual indicaban que lo aceptaban no sólo como a uno de ellos, sino también como a uno de los mejores. Sabía que nada complacería más a su padre que ser aceptado en la ciudad de la música por otros músicos y que gran parte de su depresión y desdicha se desvanecería una vez que se le abrieran las puertas de un nuevo mundo. Ella deseaba poder sentir lo mismo. En cambio, sentía que se le cerraban las puertas de la felicidad que Miklós abriera brevemente, una felicidad que tenía la aterradora perspectiva de que nunca más en toda su vida recuperaría. A la luz de las lámparas del carruaje, vio árboles a ambos lados del camino y se dio cuenta que ascendían la colina rumbo a los bosques de Viena. Lanzó una mirada inquisitiva a Miklós y no necesitó formular la pregunta. —Nos conocimos en los bosques y te llevo allí esta noche para despedirnos. Gisela apretó los dedos sobre los de él porque en el momento no encontraba palabras para decirle lo mucho que la lastimaba, sólo exhaló un suspiro que fue como un sollozo.
  40. 40. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 40 Revisado por Martha Nelly Como si comprendiera sus sentimientos, Miklós se llevó su mano a los labios y besó sus dedos, uno a uno. Guardaron silencio hasta que los caballos se detuvieron afuera de lo que Gisela supuso sería otra taberna. Esta era muy diferente a donde bailaran la noche anterior. Se encontraban en un lugar tan alto que toda la cuenca del Danubio se extendía a sus pies. No había jardín, sino una balaustrada de piedra desde la cual se gozaba de un panorama más hermoso todavía que el que Gisela viera desde los bosques, cerca de la posada de la señora Bubna. Las luces de la ciudad resplandecían, el Danubio era plateado y la luna nueva brillaba en el firmamento y su luz se extendía a las estrellas. Era tan hermoso que cuando se sentaron a la mesa junto a la balaustrada, por un momento ella miró el paisaje, en lugar de ver a Miklós. Lo escuchó ordenar el vino y la cena. Y cuando quedaron a solas, ya que no había otros comensales cerca de ellos, puso la mano sobre la de ella diciendo: — ¡Mírame, Gisela! Ella se volvió hacia él, y la luz de la luna y las estrellas iluminaba su cabello, y la luz proveniente de las ventanas de la taberna, brilló en sus ojos y en sus mejillas. — ¡Te amo! —exclamó Miklós—. Suceda lo que suceda y sin importar lo que tengamos que hacer, deseo que recuerdes que te amo como jamás creí llegar a amar a ninguna mujer. La sinceridad de sus palabras la conmovió y ella, con voz tan baja que apenas se podía escuchar, susurró: —Por favor... no me... dejes. —Tengo que hacerlo, mi preciosa, pero antes que te diga por qué, deseo que cenes y bebas algo. Ya has tenido hoy una experiencia emocionante. —Y muy feliz. —Deseo que seas feliz —dijo él con vehemencia—. Todo lo que te rodee y esté cerca de ti debe ser no sólo bello, sino lleno de alegría de la vida. Suspiró. —Eso es lo que significan los bosques de Viena —agregó—, la alegría de vivir que es algo que los húngaros entienden mejor que cualquier ciudadano de otra nación del mundo. —Háblame de tu país. Se obligó a sí misma a decirlo porque en cierto modo era un tema impersonal y sabía por instinto que Miklós sufría. Y si él deseaba que ella fuera feliz, no podía tolerar pensar que a él lo lastimara o hiriera lo que tenía que decirle. — ¿Cómo explicar la tierra que amo? Excepto que para mí, como para mucha otra gente, está encantada. —Es lo que yo siempre sentí cuando leí acerca de ella.
  41. 41. Bárbara Cartland Lágrimas de Amor Digitalizado por AEBks Pag. 41 Revisado por Martha Nelly —Hay algo intangible y elusivo en la atmósfera de mi país, que es como tú, mi preciosa. Tal vez por tu sangre húngara. —Temo que sea muy poca. Una tatarabuela es una parienta muy lejana. —Pero era una Rákóczl y supongo que sabes que Ferdinand Rákóczl es una de las grandes figuras románticas de la historia húngara. — ¡No lo sabía! —exclamó Gisela. —Murió en 1735, después de que se libró una encarnizada batalla contra los Habsburgo, tras la cual fue elegido líder del país. Pero lo traicionaron y cuando mataron a uno de sus brillantes generales, se exilió en Turquía, donde murió. — ¡Qué tristeza! Me hubiera gustado que la historia tuviera un final feliz. —Jamás lo olvidarán. Todos los historiadores mencionan su dignidad y sentido humanitario durante las batallas y el exilio. Estoy convencido de que habría sido un gran rey. Gisela lo miró y suspiró. —Cuentas la historia de manera tan conmovedora, que siento que significa mucho para ti. —Mi país significa mucho para mí —fue la respuesta. Mientras cenaban, Gisela sólo pensaba en lo que Miklós tenía que decirle. Esa noche no había orquesta, como música de fondo, un piano tocaba con tanta suavidad que las notas parecían mezclarse con la brisa que mecía los árboles y se convertía en parte de la magia de las estrellas en lo alto y el panorama que se extendía a sus pies. —Cada vez que te veo —le dijo Miklós—, estás más bella que la vez anterior y sé que me será imposible ver el rostro de otra mujer, porque el tuyo estará siempre presente en mi corazón. Hablaba con una tristeza tan infinita que Gisela sintió como si una mano fría oprimiera su corazón y aunque no se había movido, le pareció que él empezaba a alejarse poco a poco y que en cualquier momento se encontraría sola, mientras él se desvanecía. Cuando consideró que debía decirle la verdad, hizo a un lado la taza de café y murmuró: —Dijiste que me... amas... y sé que te amo... y que me será... imposible amar... a nadie más. Estaba turbada, por lo que habló con voz muy baja. Se miraron y él tomó su mano entre las suyas. —Escucha, mi adorada, no debes decir eso, ni siquiera pensarlo. Tienes que olvidarme y como sé que eres inteligente, no dudo que lo harás. Gisela negó con fa cabeza. —Lo que siento no tiene nada que ver con mi cerebro, excepto que te... admiro y adoro escucharte... charlar y... que me digas cosas. Mi amor proviene de mi corazón y de mi... alma. Es tuyo y nunca puede... entregarse a nadie más. Notó el dolor en la mirada de Miklós mientras le decía: —Te juro, Gisela, que no era mi intención que esto sucediera. —Pero sucedió. Y nada que digamos o hagamos lo puede evitar. Abruptamente, él retiró las manos de la suya.

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