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18.salzillo

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18.salzillo

  1. 1. EL BARROCO EN MURCIA: FRANCISCO SALZILLO Características generales. Francisco Salzillo trabajó exclusivamente la temática religiosa y casi siempre en madera policromada. Su obra es el resultado de un cruce de influencias y estilos. De su padre, el escultor Nicolás Salzillo, de escultores italianos como Bernini, la obra del escultor francés Antonio Dupar y de la tradición de la imaginería española . A diferencia de los grandes autores del siglo XVII, como Montañés o Gregorio Fernández, Francisco Salzillo no profundizaría en los aspectos dramáticos de las escenas, ahondando en conceptos naturalistas y de idealizada belleza que serán ya transición del final del Barroco al Rococó y al Neoclasicismo. Vida y etapas Se hace cargo del taller de su padre, Nicolás Salzillo, escultor napolitano, en 1727, tras la muerte de su progenitor, adoptando una línea escultórica en cierto modo semejante a la del padre y configurando un tipo de imagen derivada de la que aprendió de él. En esta primera etapa la influencia de Bernini, y del fundador de la escuela napolitana (A. Bolgi), le llegan por medio de su padre, pero rápidamente supera estas enseñanzas, adquiriendo maestría y soltura en el trabajo de la gubia, obtención de texturas, riqueza de policromía o transparencia en las carnaduras. Posiblemente hay una influencia en Francisco Salzillo de la dulcificación y progresivo naturalismo observado en las obras de la última etapa artística de su padre. Rasgos de la primera fase de Salzillo y que tienen que ver con la influencia de su padre serían: • La manera de terminar el cabello a punta de pincel y de labrarlo en multitud de finas estrías muy agudas. • La disposición de las manos, la izquierda sobre el pecho y la derecha extendida, invirtiendo a veces esta posición. • Escultura infantil. Nicolás Salzillo cultivó la escultura infantil con cariño y asiduidad, siendo esta faceta la más representativa de su origen italiano, presentando sus “Niños” una vivacidad y dulzura, que no tienen sus obras mayores, en esto también lo superará su hijo. Salzillo conoció la obra romana y de Bernini por grabados y estampas, así se ha visto la semejanza entre el ángel del Profeta Habacuc de Bernini y el de la oración del huerto de Salzillo. La obra de Salzillo se divide en tres fases: Primera fase, (1727 - 1740.) Sus obras reflejan rasgos propios de su etapa de aprendizaje, formas típicas del padre, composición de rostros de voluminosas dimensiones tendentes a reflejar un esquema facial en el que la barba actúa como elemento dominante. Junto a estos rasgos lógicos de sus inicios, ya comienzan a aparecer realizaciones personales, en las que el escultor mostrará algunas constantes artísticas y que pueden concretarse en la importancia de la policromía, la predilección por el tamaño pequeño, la riqueza de los oros, plegados de los paños a los pies, cíngulo anudados, minuciosidad al tallar donde juntamente con la “profunda gubia” aparecen otros recursos destinados a extraer de la madera todas sus cualidades, como la imitación de la calidad de las telas, buscando la creación de auténticos brocados, y sobre todo va realizando escenas en las que parece esa dulzura que tanto le caracteriza, un ejemplo sería el grupo de la “Sagrada Familia” de S. Miguel. Segunda fase. Época de Madurez (1740-1765), se inicia con la Piedad de S. Bartolomé y termina con el “Prendimiento”. De esta fase son la gran mayoría de los Pasos que realizó para la Cofradía de Jesús de Murcia. Son de grupos o figuras aisladas, pero tanto en unos como en otros se 1
  2. 2. conciben abiertos a varios puntos de contemplación, siendo el secreto de su éxito el poner en estrecha armonía la tradicional fuerza realista de lo hispano con un toque de belleza idealizada y con la gracia rococó de ademanes y “poses”, potenciada muchas veces por el uso de colores pastel en las vestimentas adornadas con profusión de dorados y rameados florales. El máximo realismo puede verse en su S. Jerónimo de la catedral de Murcia, o en los sayones de sus pasos, así como el idealismo mas sublime del ángel de la oración del huerto; pero también aparece aún el Barroco berniniano con el gusto por lo grandilocuente, la tensión y la intensidad expresiva como en el S. Antón o la actitud contemplativa y la expresión de éxtasis en la Santa Clara del Convento de Capuchinas, o en el buen número de Inmaculadas con manto arremolinados o volando al viento, y otros muchos santos de su repertorio. Destacan las figuras en una típica posición con el “paso salzillesco”, mediante el cual se consigue un ritmo elegante y dinámico, gracias a su habilidad para mantener, por una lado, la corporeidad, y por otro, el movimiento, ampliando los efectos por medio de la disposición de las telas, aunando el equilibrio en las proporciones y la gracia del rococó la corriente estética de su tiempo. Tercera fase. La obra de sus años finales hasta 1783. Este periodo no es tan uniforme ni tan fecundo como el anterior, se advierte una mayor presencia del taller, quizá por el volumen de pedidos (hay que pensar que según autores contemporáneos, realizó alrededor de mil ochocientas obras), o por las obligaciones del escultor que era censor de las obras de arte para la Inquisición, escultor oficial del Concejo de Murcia e incluso director de la Escuela de Dibujo de la Real Sociedad Económica de Amigos del País. Es el momento en el que entra, en su taller, su mas fiel discípulo, Roque López. A Salzillo se le exigen demasiadas reiteraciones de composiciones ya consagradas, y las obras se llenan de afectación y blandura, aunque a veces aflora el genio del artista como en el paso de “La Cena”, en la Inmaculada de los franciscanos de Murcia o la Sagrada Familia de Santiago de Orihuela. De la ingente obra realizada por Francisco Salzillo merecen destacarse determinados ciclos temáticos en los que se advierten una unidad nunca rota por el paso del tiempo. Tales serían sus diseños y obras de retablos, la renovación de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús, sus crucificados, sus Inmaculadas y el belén de la familia Riquelme. Todos componen hitos importantes en su biografía. Obras (selectividad) LA SAGRADA FAMILIA. IGLESIA DE SAN MIGUEL, Murcia (HACIA 1730) Es una de sus primeras obras. Está presente aún la influencia paterna. La presencia de rostros de voluminosas dimensiones tiende a reflejar un esquema facial en el que la barba actúa como elemento dominante. El plegado de los paños en los pies y cíngulo anudado. También aparecen rasgos propios de su estilo como: la importancia de la policromía, una inicial preocupación por el tamaño pequeño, la riqueza de los oros, la imitación de las calidades de las telas, buscando la creación de auténticos brocados. Se trata de un grupo de pequeño tamaño, ejecutado en lienzo encolado (solo son talla cabeza, manos y pies) siendo claro exponente de esa apariencia agradable con que siempre se ha identificado al imaginero. El grupo, concebido como una sacra conversazione (iconografía que ya se utilizó en el gótico y luego fue muy utilizada en el Renacimiento), todas las figuras giran en torno al Niño, describiendo un mundo de sensaciones diferentes: ansiedad en Stª Ana y S. Joaquín, de lejanía en S. José. La composición sería piramidal, pero alargando la diagonal que parte de Santa Ana y llega a S. José, agrupando a la izquierda a los varones y contrarrestando el mayor peso volumétrico de esta zona, con la imagen del niño que queda junto con Stª Ana a la derecha y revaloriza espiritualmente este lado. 2
  3. 3. SAN JERONIMO (LA ÑORA). MUSEO DE LA CATEDRAL DE Murcia (1755). Procede del desamortizado Monasterio de la Ñora y es una obra de madurez. Está inspirada en una iconografía ya muy conocida, que había dado obras ejemplares como la de Torrigiano. Salzillo la ejecutó con la técnica mixta habitual en él de madera y entelados, repitiendo en el rostro del santo los mismos rasgos fisionómicos dados a S. Pedro en varios de sus Pasos. Es una obra pensada exclusivamente para ser vista de frente en la que se evidencia una clara intención compositiva barroca en diagonal. Aquí Salzillo insiste en pormenores muy barrocos y descriptivos, en donde el modelado refleja con demasiado detalle los rastros de un primer boceto en arcilla, pero donde se ha reparado extraordinariamente en el estudio anatómico y las secuelas del paso del tiempo en la condición humana, se trata de un exponente claro del naturalismo barroco. Los ropajes son angulosos para provocar efectos de claroscuro. El crucificado que porta el santo padre en sus manos es una sus mejores creaciones, responde a unas constantes características: cruz de maderos cilíndricos, expresión de máxima resistencia en torsos hinchados, a punto de ceder en su tensión, cabellera dejada caer por uno de sus hombros; sudario introducido entre las piernas y sobre todo, ausencia de todo sentimiento dramático. Lejos del preciosismo de las estofas salzillescas y del movimiento interno de sus esculturas, San Jerónimo es obra naturalista de acentuación realista exhibiendo una anatomía aviejada por la vida ascética del santo, aspecto este utilizado para la descripción de pormenores anatómicos. En estado de éxtasis espiritual frente al crucifijo. Destaca este crucifijo de "celebración" que porta el santo y que tanto proliferaron en conventos e iglesias. La firma y fecha sobre el libro, "Francisco Salzillo en 1755", pudieran justificar el orgullo del artista ante su obra. San Jerónimo es pieza singular en la obra de Salzillo; sin embargo, siempre deberemos tener en cuenta que fue realizada para ocupar un lugar alto, es decir, en su altar en la Iglesia del monasterio de Los Jerónimos. LA ORACIÓN EN EL HUERTO. MUSEO-IGLESIA DE JESÚS. Murcia (1752). Este Paso consagró el éxito del imaginero debido a la belleza ideal del ángel, sobre el que se tejieron leyendas que justificaran su aspecto sobrenatural. Sin embargo, junto a este aspecto de indudable interés existe en el grupo una renovación en su forma de representarlo que supone una revolución en su iconografía. Era habitual que la relación entre Cristo y el Ángel se realizara en dos niveles distintos, pues el mensajero celeste descendía del cielo para fortalecer a Cristo en los momentos previos a la Pasión. Salzillo, por el contrario, comprendiendo el valor compositivo y visual que tiene el un grupo en movimiento (el paso procesional cobra su auténtica dimensión contemplado en el ambiente luminoso de la ciudad), trastoca la habitual disposición de las figuras, hace descender el ángel al nivel terreno y situándolo junto a Cristo les da la posibilidad de una valoración artística semejante, a la vez que permite al avanzar sobre el cortejo procesional ser contemplados desde un solo punto de vista. El Ángel es sin duda la figura mas interesante del conjunto, sensual y de blanda apariencia, extiende el brazo en gesto dinámico, enérgico, lleno de tensión mística, que lleva la atención del espectador hacia lo sobrenatural, en su composición destacamos dos momentos, de cintura para arriba logra una figura en movimiento que rodea y da vida al conjunto, de cintura abajo se puede observar una posición forzada en su pierna izquierda. La figura de Cristo contrasta por su cuerpo desmayado, con una cabeza demasiado correcta. Los apóstoles se agrupan sobre una simulada superficie rocosa y dejando desde un ángulo frontal un pasillo visual, que no entorpece la contemplación de los dos protagonistas. Su diferente aspecto ha sido considerado como las tres edades de la vida, simbolizadas en los apóstoles dormidos. S. Juan aparece dormido sobre un brazo en actitud de observación al drama que se 3
  4. 4. acerca, Santiago duerme en posición descuidada, y S. Pedro con espada en mano, en expresiva posición de alerta y guardia al Cristo que ora a unos metros Otras obras importantes: EL PRENDIMIENTO. IGLESIA DE JESUS DE Murcia (1763) Un veraz cuadro plástico, de fuerte hondura dramática, se consigue en este paso de Salzillo, que aun así adquiere su auténtico sentido al verlo desfilar la mañana del Viernes Santo, precedido por las otras escenas de la Pasión, interpretadas también con semejante teatralidad e igual virtuosismo y calidad artística. El grupo se compone de cinco figuras perfectamente relacionadas entre sí por acciones y miradas y, pese a que se haya potenciado un punto de vista, las posturas de sus componentes permiten también la visión desde otros ángulos como así sucede en su “paseo” por las calles. Se reúnen aquí tres momentos de gran peso emocional: el beso de Judas, la agresión de S. Pedro a Malco y el Prendimiento como tal, expresado por el soldado que, por su movimiento, vemos que se dispone a actuar. Sin duda el momento principal es el compuesto por Cristo y Judas, concebido en un único volumen, como recordando la antigua unión del discípulo y maestro; Cristo (de rostro noble y esquivo) se deja besar, pero mira de reojo a Judas (de facciones groseras y demoníacas) demostrando con ello el conocimiento de sus torvas intenciones, y en el rostro del traidor se recogen los convencionalismos iconográficos para informar de lo mezquino de su espíritu: pelirrojo, nariz gruesa y ganchuda, ojos entornados y esquivos, y labios gruesos, son rasgos que sabían interpretar muy bien aquellos a quienes iban destinado el mensaje. La figura de S. Pedro tiene un espléndido estudio de diseño y concentra en su brazo alzado toda la furia que le produce el hecho. Malco, por el contrario, patalea acobardado, y con ello se obtiene la complicidad del espectador. Los ejes centrales de la composición son Cristo, Judas y el soldado, este grupo se nos presenta quieto y noble, el otro grupo el de Pedro y Malco es todo dinamismo y teatralidad barroca. Como recurso convencional de la época se mezclan las figuras vestidas con rigor histórico junto a las que llevan ropa contemporánea. La policromía es clara y vistosa, usando dibujos de rameados para túnicas y mantos, de claro origen rococó. Todo vale en función de la expresividad y el impacto emocional. SAN JUAN EVANGELISTA (1756) Se trata de una pieza capital en la imaginería española. Imagen de una elegancia cortesana, vuelve a incidir en el problema del movimiento, magistralmente solucionado por Salzillo. Esta impresión de levedad está conseguida por la disposición de ejes abiertos de manos y pies y en la colocación del manto cayendo elegantemente en diagonal con fuertes e inflados pliegues. El apóstol está representado en actitud de marcha (contraposto), recogiendo su amplio manto con el brazo derecho y señalando con el brazo izquierdo, extendido, el camino que Jesús ha de recorrer hacia el calvario, hacia donde también vuelve su mirada. Junto al carácter dinámico, merece la pena fijarse también, por la espalda de la talla, en la elegante torsión del cuerpo y cabeza o en su manto rojo, que imprime un aire de segura estabilidad en el movimiento. En esta ocasión el escultor, posiblemente influenciado por el barroco francés, da una concepción cortesana a su obra, haciéndola en este sentido totalmente distinta al resto de sus tallas procesionarias. La imagen trasciende los límites propios del sentimiento religioso visibles en sus otros pasos, pues S. Juan es ante todo la representación de un elegante efebo clásico de bien modeladas facciones y corrección cortesana al andar. Su actitud parece responder a un ceremonial estudiado, 4
  5. 5. hay quien ha señalado su soledad, su ademán con el dedo levantado, mostrando al mundo las imágenes eternas de la Pasión, es como si S. Juan hubiera empezado ya a contar su Evangelio. También cabría destacar su policromía, la cual se cuenta entre las mejores realizaciones de la imaginería española de su tiempo EL BELEN (1727-46) Se trata de una de las manifestaciones más singulares de la obra de Salzillo, el belén es una forma plástica que comenzaba a introducirse en esta época a través de los borbones napolitanos. El pesebre napolitano es el directo antecesor del belén español, aunque son diferentes.: Aquél se compone de figuritas hechas en madera articuladas en su mayoría, de miembros alargados y recubiertos de seda, mientras que el español se adapta a normas difundidas entre la imaginería, ya que busca aspectos costumbristas y policroma o estofa las figuras, los materiales son barro y madera para la figura del niño, disponiéndose las figuras en conjuntos que historian los pasajes bíblicos. Esta obra fue encargada por un miembro de la aristocracia local (Jesualdo Riquelme y Fontes) para ornamentar en Navidad su palacio murciano. Un estudio detenido de este “Belén” nos muestra diversos aspectos del modo de vida popular en Murcia en el siglo XVIII. El anacronismo de la indumentaria contrasta con el realismo de algunos detalles. En el Nacimiento observamos una composición en aspa, en la que el Niño concentra toda la atención de la escena. En un templete semiderruido San José, María y una nube de ángeles contempla al Niño. Un grupo de pastores le adora. La figura del recién nacido es una joya artística. Toda la gracia y la ternura que Salzillo puso siempre en su arte al tallar niños, está dada a esta minúscula figurita de madera. Es quizás la mejor del “Belén”. La presencia de una arquitectura con pretensiones de reproducir los escenarios reales de la vida de Cristo es una muestra mas del carácter narrativo de este tipo de realizaciones, cuyo fin didáctico estaba entre los objetivos mas importantes, siéndole atribuido al discípulo de Salzillo, Roque López, el pórtico toscano en donde un niño se agarra a una columna. En esta escena se ha mezclado el más populista realismo y la mayor exquisitez aristocrática. Las terracotas de Salzillo pueden crecer hasta magnitudes de paso procesional, siempre conservan el modelado terso y minucioso, los pliegues quebrados y rígidos en Gregorio Fernández, se hacen blandos y de fácil deslizamiento en Salzillo, no hay desequilibrio en su obra aunque estén llenas de movimiento 5

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