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EL MONTE DE LAS ÁNIMAS                   G.A. BÉCQUER

Cómo leer e interpretar un cuento romántico.

   a) El contexto social y literario. El porqué del gusto romántico por las
      leyendas y por las historias fantásticas. La recurrencia al individualismo
      y a la irracionalidad. Sueños, pesadillas, alucinaciones.
   b) Elementos literarios que hay que buscar en el texto.

      1º. ¿Quién narra? Hay un Yo externo coetáneo al lector que enuncia
      dónde va a publicar su historia. Es un transcriptor, un intermediario
      que ha escuchado esa historia en un lugar de Soria. Es la Noche de
      Difuntos y la va a escribir aunque reconoce que al lector
      contemporáneo puede que no le impresione.
      2º. La historia irrumpe in media res a través de un diálogo entre dos
      jóvenes: Beatriz y Alonso. A través del diálogo vamos a situar el tiempo
      y el espacio del relato: final de la Edad Media, probablemente.
      3º. Alonso se va a convertir a su vez en narrador, pues es él quien va a
      contar a su prima la historia del monte de las ánimas. (I).
      4º. La historia se va a desarrollar en una sola noche. Hay una pérdida
      (banda azul) cuya recuperación parece ser importante para la futura
      relación amorosa que Alonso pretende tener con su prima. Intentar
      recuperarla es un desafío a sus creencias, pero su pasión le hace
      arriesgarse.


   c) El estilo romántico. A partir de la parte II va a iniciarse un proceso en
      el que los elementos románticos desgranan las intenciones de los
      personajes.

      Hay que analizar en qué términos se expresa Alonso y en cuáles lo hace
      Beatriz, su prima, que aquí va a encarnar a la mujer perversa:



Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica
del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor,
iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre
conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las
ojivas del salón.
       Solas dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y
       Alonso. Beatriz seguía con los ojos, y absorta en un vago pensamiento,
       los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera
       chispear en las azules pupilas de Beatriz.
Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.
Las dueñas referían, a propósito de la noche de Difuntos, cuentos
temerosos, en que los espectros y los aparecidos representaban el
principal papel; y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo
lejos con un tañido monótono y triste.
-Hermosa prima exclamó, al fin, Alonso, rompiendo el largo silencio en
que se encontraban, Pronto vamos a separarnos, tal vez para siempre;
las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus
hábitos sencillos y patriarcales, sé que no te gustan; te he oído suspirar
varias veces, acaso por algún galán de tu lejano señorío.
Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia: todo un carácter de mujer se
reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios.
-Tal vez por la pompa de la Corte francesa, donde hasta aquí has vivido
se apresuró a añadir el joven. De un modo o de otro, presiento que no
tardaré en perderte... Al separarnos, quisiera que llevases una memoria
mía... ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por
haberte devuelto la salud que viniste a buscar a esta tierra? El joyel que
sujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu atención. ¡Qué hermoso estaría
sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de una
desposada; mi padre se lo regaló a la que me dio el ser, y ella lo llevó al
altar... ¿Lo quieres?
-No sé en el tuyo contestó la hermosa, pero en mi país una prenda
recibida compromete una voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe
aceptarse un presente de manos de un deudo..., que aún puede ir a
Roma sin volver con las manos vacías.
El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un
momento al joven que, después de serenarse, dijo con tristeza:
-Lo sé, prima; pero hoy se celebran Todos los Santos y el tuyo entre
todos; hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío?
Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar
la joya, sin añadir una palabra.
Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volvióse a oír la
cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos, y el
zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste y
monótono doblar de las campanas.
Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a
reanudarse de este modo:
-Y antes que concluya el día de Todos los Santos en que así como el
tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un
recuerdo, ¿no lo harás? -dijo él, clavando una mirada en la de su prima,
que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento
diabólico:
-¿Por qué no? -exclamó ésta, llevándose la mano al hombro derecho,
como para buscar alguna cosa entre los pliegues de su ancha manga de
terciopelo bordado de oro, y después, con una infantil expresión de
sentimiento, añadió:
-¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que no sé
qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?
-Si.
-¡Pues... se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un
recuerdo.
-¡Se ha perdido! ¿Y dónde? -preguntó Alonso, incorporándose de su
asiento y con una indescriptible expresión de temor y esperanza.
-No sé... En el monte acaso.
-¡En el Monte de las Animas! -murmuró, palideciendo y dejándose caer
sobre el sitial. ¡En el Monte de las Animas! -luego prosiguió, con voz
entrecortada y sorda-: Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces. En
la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No
habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis
ascendientes, he llevado a esta diversión, imagen de la guerra, todos los
bríos de mi juventud, todo el ardor hereditario de mi raza. La alfombra
que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano.
Yo conozco sus guaridas y sus costumbres, y he combatido con ellas de
día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me
ha visto huir el peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esa
banda, y volaría gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta noche...,
¿a qué ocultártelo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la
oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte
comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las
malezas que cubren sus fosas... ¡Las ánimas!, cuya sola vista puede helar
de terror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o
arrebatarlo en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja que
arrastra el viento sin que se sepa adónde.
Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los
labios de Beatriz, que, cuando hubo concluido, exclamó en un tono
indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía
la leña, arrojando chispas de mil colores.
-¡Oh! Eso, de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por
semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de Difuntos y cuajado
el camino de lobos!
Al decir esta última frase la recargó de un modo tan especial, que
Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga ironía; movido
como por un resorte se puso en pie, se pasó la mano por la frente,
como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza y no en su
corazón, y con voz firme exclamó, dirigiéndose a la hermosa, que
estaba aún inclinada sobre el hogar, entreteniéndose en revolver el
fuego:
-Adiós, Beatriz, adiós, Hasta pronto.
-¡Alonso, Alonso! -dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando
quiso o aparentó querer detenerlo, el joven había desaparecido.
A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al
galope. La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho
que coloreó sus mejillas, prestó oído a aquel rumor que se debilitaba,
que se perdía, que se desvaneció por último.
Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas;
el aire zumbaba en los vidrios del balcón, y las campanas de la ciudad
doblaban a lo lejos.

La parte III constituye el nudo de esta acción; el planteamiento se ha
dado en la parte II (pérdida de un objeto y salida en su busca). Pero
ahora en esta parte se carga la historia de misterio. El tiempo pasa (ver
los elementos que lo marcan) y es utilizando elementos como los
diferentes tipos de ruido y los objetos que pueden producirlo como se
crea la atmósfera asfixiante que acabará castigando a la mujer:




III
Había asado una hora, dos, tres; la medianoche estaba a punto de
sonar, cuando Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no
volvía, y, a querer, en menos de una hora pudiera haberlo hecho.
-¡Habrá tenido miedo! -exclamó la joven, cerrando su libro de oraciones
y encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmente
murmurar algunos de los rezos que la Iglesia consagra en el día de
Difuntos a los que ya no existen.
Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de
seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso.
Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las
vibraciones de las campanas, lentas, sordas, tristísimas, y entreabrió los
ojos. Creía haber oído, a par de ellas, pronunciar su nombre; pero lejos,
muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gemía en los
vidrios de la ventana.
-Será el viento -dijo-, y poniéndose la mano sobre su corazón procuró
tranquilizarse.
Pero su corazón latía cada vez con más violencia, las puertas de alerce
del oratorio habían crujido sobre sus goznes con chirrido agudo,
prolongado y estridente.
Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que
daban paso a su habitación iban sonando por su orden; éstas con un
ruido sordo y grave, y aquellas con un lamento largo y crispador.
Después, un silencio; un silencio lleno de rumores extraños, el silencio
de la medianoche; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras
ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que
arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas, que casi se
siente, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de
algo que no se ve y cuya aproximación se nota, no obstante, en la
oscuridad.
Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinas y
escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por
la frente, tornaba a escuchar; nada, silencio.
Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como
bultos que se movían en todas las direcciones, y cuando dilatándolas las
fijaba en un punto, nada; oscuridad de las sombras impenetrables.
-¡Bah! -exclamó, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la
almohada de raso azul del lecho. ¿Soy yo tan miedosa como esas pobres
gentes cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura al oír una
conseja de aparecidos?
Y cerrando los ojos, intentó dormir...: pero en vano había hecho un
esfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse, más pálida, más
inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado
de la puerta habían rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban
sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi
imperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una cosa
como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el
reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito
agudo, y rebujándose en la ropa que la cubría, escondió la cabeza y
contuvo el aliento.
El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y
caía con un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros se
dilataban en las ráfagas de aire, y las campanas de la ciudad de Soria,
unas cerca, y otras distantes, doblaban tristemente por las ánimas de los
difuntos.
Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella
pareció eterna a Beatriz. Al fin, despuntó la aurora. Vuelta de su temor
entreabrió los ojos a los primeros rayos de la luz. Después de una
noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca
del día! Separó las cortinas de seda del lecho, tendió una mirada serena
a su alrededor, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados, cuando
de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y
una palidez mortal descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había
visto, sangrienta y desgarrada, la banda azul que fue a buscar Alonso.
Cuando sus servidores llegaron, despavoridos, a notificarle la muerte
del primogénito de Alcudiel, que por la mañana había aparecido
devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las Animas, la
encontraron inmóvil; asida con ambas manos a una de las columnas de
ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca, blancos los
labios, rígidos los miembros, muerta, ¡muerta de horror!

Epílogo donde nuevamente aparece el narrador inicial: corrobora lo
que se dice de la leyenda incorporando ahora también en ella la historia
de Alonso y Beatriz.

IV
Dicen que después de acaecido este suceso, un cazador extraviado que
pasó la noche de Difuntos sin poder salir del Monte de las Animas, y
que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas
terribles. Entre otras, se asegura que vio a los esqueletos de los antiguos
Templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla
levantarse al punto de la oración con un estrépito horrible, y, caballeros
sobre osamentas de corceles, perseguir como a una fiera a una mujer
hermosa y pálida y desmelenada que, con los pies desnudos y
sangrientos, y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la
tumba de Alonso.

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Bécquer, Gustavo A. Leyendas

  • 1. EL MONTE DE LAS ÁNIMAS G.A. BÉCQUER Cómo leer e interpretar un cuento romántico. a) El contexto social y literario. El porqué del gusto romántico por las leyendas y por las historias fantásticas. La recurrencia al individualismo y a la irracionalidad. Sueños, pesadillas, alucinaciones. b) Elementos literarios que hay que buscar en el texto. 1º. ¿Quién narra? Hay un Yo externo coetáneo al lector que enuncia dónde va a publicar su historia. Es un transcriptor, un intermediario que ha escuchado esa historia en un lugar de Soria. Es la Noche de Difuntos y la va a escribir aunque reconoce que al lector contemporáneo puede que no le impresione. 2º. La historia irrumpe in media res a través de un diálogo entre dos jóvenes: Beatriz y Alonso. A través del diálogo vamos a situar el tiempo y el espacio del relato: final de la Edad Media, probablemente. 3º. Alonso se va a convertir a su vez en narrador, pues es él quien va a contar a su prima la historia del monte de las ánimas. (I). 4º. La historia se va a desarrollar en una sola noche. Hay una pérdida (banda azul) cuya recuperación parece ser importante para la futura relación amorosa que Alonso pretende tener con su prima. Intentar recuperarla es un desafío a sus creencias, pero su pasión le hace arriesgarse. c) El estilo romántico. A partir de la parte II va a iniciarse un proceso en el que los elementos románticos desgranan las intenciones de los personajes. Hay que analizar en qué términos se expresa Alonso y en cuáles lo hace Beatriz, su prima, que aquí va a encarnar a la mujer perversa: Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor, iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las ojivas del salón. Solas dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y Alonso. Beatriz seguía con los ojos, y absorta en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz.
  • 2. Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio. Las dueñas referían, a propósito de la noche de Difuntos, cuentos temerosos, en que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel; y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste. -Hermosa prima exclamó, al fin, Alonso, rompiendo el largo silencio en que se encontraban, Pronto vamos a separarnos, tal vez para siempre; las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y patriarcales, sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces, acaso por algún galán de tu lejano señorío. Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia: todo un carácter de mujer se reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios. -Tal vez por la pompa de la Corte francesa, donde hasta aquí has vivido se apresuró a añadir el joven. De un modo o de otro, presiento que no tardaré en perderte... Al separarnos, quisiera que llevases una memoria mía... ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la salud que viniste a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu atención. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo regaló a la que me dio el ser, y ella lo llevó al altar... ¿Lo quieres? -No sé en el tuyo contestó la hermosa, pero en mi país una prenda recibida compromete una voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo..., que aún puede ir a Roma sin volver con las manos vacías. El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un momento al joven que, después de serenarse, dijo con tristeza: -Lo sé, prima; pero hoy se celebran Todos los Santos y el tuyo entre todos; hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío? Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la joya, sin añadir una palabra. Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volvióse a oír la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos, y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste y monótono doblar de las campanas. Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a reanudarse de este modo: -Y antes que concluya el día de Todos los Santos en que así como el tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? -dijo él, clavando una mirada en la de su prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico: -¿Por qué no? -exclamó ésta, llevándose la mano al hombro derecho, como para buscar alguna cosa entre los pliegues de su ancha manga de
  • 3. terciopelo bordado de oro, y después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió: -¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que no sé qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma? -Si. -¡Pues... se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un recuerdo. -¡Se ha perdido! ¿Y dónde? -preguntó Alonso, incorporándose de su asiento y con una indescriptible expresión de temor y esperanza. -No sé... En el monte acaso. -¡En el Monte de las Animas! -murmuró, palideciendo y dejándose caer sobre el sitial. ¡En el Monte de las Animas! -luego prosiguió, con voz entrecortada y sorda-: Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces. En la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendientes, he llevado a esta diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de mi juventud, todo el ardor hereditario de mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres, y he combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me ha visto huir el peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta noche..., ¿a qué ocultártelo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren sus fosas... ¡Las ánimas!, cuya sola vista puede helar de terror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarlo en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento sin que se sepa adónde. Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que, cuando hubo concluido, exclamó en un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía la leña, arrojando chispas de mil colores. -¡Oh! Eso, de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de Difuntos y cuajado el camino de lobos! Al decir esta última frase la recargó de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga ironía; movido como por un resorte se puso en pie, se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza y no en su corazón, y con voz firme exclamó, dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar, entreteniéndose en revolver el fuego: -Adiós, Beatriz, adiós, Hasta pronto.
  • 4. -¡Alonso, Alonso! -dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso o aparentó querer detenerlo, el joven había desaparecido. A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho que coloreó sus mejillas, prestó oído a aquel rumor que se debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último. Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcón, y las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos. La parte III constituye el nudo de esta acción; el planteamiento se ha dado en la parte II (pérdida de un objeto y salida en su busca). Pero ahora en esta parte se carga la historia de misterio. El tiempo pasa (ver los elementos que lo marcan) y es utilizando elementos como los diferentes tipos de ruido y los objetos que pueden producirlo como se crea la atmósfera asfixiante que acabará castigando a la mujer: III Había asado una hora, dos, tres; la medianoche estaba a punto de sonar, cuando Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, y, a querer, en menos de una hora pudiera haberlo hecho. -¡Habrá tenido miedo! -exclamó la joven, cerrando su libro de oraciones y encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmente murmurar algunos de los rezos que la Iglesia consagra en el día de Difuntos a los que ya no existen. Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso. Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de las campanas, lentas, sordas, tristísimas, y entreabrió los ojos. Creía haber oído, a par de ellas, pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana. -Será el viento -dijo-, y poniéndose la mano sobre su corazón procuró tranquilizarse. Pero su corazón latía cada vez con más violencia, las puertas de alerce del oratorio habían crujido sobre sus goznes con chirrido agudo, prolongado y estridente. Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitación iban sonando por su orden; éstas con un ruido sordo y grave, y aquellas con un lamento largo y crispador. Después, un silencio; un silencio lleno de rumores extraños, el silencio
  • 5. de la medianoche; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas, que casi se siente, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximación se nota, no obstante, en la oscuridad. Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinas y escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar; nada, silencio. Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movían en todas las direcciones, y cuando dilatándolas las fijaba en un punto, nada; oscuridad de las sombras impenetrables. -¡Bah! -exclamó, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada de raso azul del lecho. ¿Soy yo tan miedosa como esas pobres gentes cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura al oír una conseja de aparecidos? Y cerrando los ojos, intentó dormir...: pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse, más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y rebujándose en la ropa que la cubría, escondió la cabeza y contuvo el aliento. El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía con un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas de aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, y otras distantes, doblaban tristemente por las ánimas de los difuntos. Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz. Al fin, despuntó la aurora. Vuelta de su temor entreabrió los ojos a los primeros rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda del lecho, tendió una mirada serena a su alrededor, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados, cuando de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto, sangrienta y desgarrada, la banda azul que fue a buscar Alonso. Cuando sus servidores llegaron, despavoridos, a notificarle la muerte del primogénito de Alcudiel, que por la mañana había aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las Animas, la encontraron inmóvil; asida con ambas manos a una de las columnas de
  • 6. ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca, blancos los labios, rígidos los miembros, muerta, ¡muerta de horror! Epílogo donde nuevamente aparece el narrador inicial: corrobora lo que se dice de la leyenda incorporando ahora también en ella la historia de Alonso y Beatriz. IV Dicen que después de acaecido este suceso, un cazador extraviado que pasó la noche de Difuntos sin poder salir del Monte de las Animas, y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas terribles. Entre otras, se asegura que vio a los esqueletos de los antiguos Templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de la oración con un estrépito horrible, y, caballeros sobre osamentas de corceles, perseguir como a una fiera a una mujer hermosa y pálida y desmelenada que, con los pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.