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LITURGIA DE LAS
HORAS, ORACIÓN
OFICIAL DE LA
IGLESIA
XXXII ENCUENTRO NACIONAL DE
MUSICA LITURGICA
PBRO. LIC. JAIME SALGADO ORTIZ
DIOCESIS DE ZAMORA, FEBRERO DE 2010
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LA LITURGIA DE LAS HORAS, ORACIÓN
OFICIAL DE LA IGLESIA
INTRODUCCIÓN
La Liturgia de las Horas constituye una de las muchas formas de vivencia del
misterio de Cristo y, por tanto, del misterio del hombre. Debe colocarse en la línea de
toda experiencia del misterio a través del rito. Ella nos ayuda a vivir el misterio de
Cristo mediante la oración de la Iglesia, que prolonga esta oración de Cristo haciéndola
presente en el aquí y ahora de la Iglesia y de la historia de los hombres,
particularmente de los ministros sagrados que han sido deputados por la misma Iglesia
con la finalidad de garantizar su celebración.
Cuando se habla de la Liturgia de las Horas como una de las obligaciones
propias de los ministros sagrados, da la impresión de que a esta oración, que es la
Oración de la Iglesia, se le coloca más en la línea de la obligación que en la de la
vocación. No se debe olvidar nunca que, antes que obligados a la oración, somos
llamados a ella; antes que un deber, constituye una vocación del ministro consagrado:
obispo, sacerdote y diácono, pero también de todo cristiano bautizado. El deber surge
de la vocación, así se ve claramente en la Constitución Apostólica Laudis Canticum,
donde el Papa Pablo VI afirma: «Al celebrar el Oficio Divino, aquellos que por el orden
sagrado recibido están destinados a ser de forma particular la señal de Cristo
sacerdote, y aquellos que con los votos de la profesión religiosa se han consagrado al
servicio de Dios y de la Iglesia de manera especial, no se sientan obligados únicamente
por una ley a observar, sino, más bien, por la reconocida importancia intrínseca de la
oración y de su utilidad pastoral y ascética. Es muy deseable que la oración pública de
la Iglesia brote de una general renovación espiritual y de la comprobada necesidad
intrínseca de todo el cuerpo de la Iglesia, la cual a semejanza de su cabeza, no puede
ser presentada sino como Iglelsia en oración» (LC 8).
La Liturgia de las Horas forma parte importante de la entera Liturgia de la
Iglesia. Una mirada histórica es necesaria e indispensable no sólo para captar las
grandes líneas evolutivas que han llevado a las formas que ahora nos son familiares,
sino también para valorar su colocación en el cuadro de la existencia y de la misión de
la Iglesia.
La historia del Oficio divino vista en su conjunto es, en síntesis, la historia de la
presencia en la Iglesia de una oración que nace para hacer posible el consejo de Jesús
y de los Apóstoles: conviene orar siempre (cf. Lc 18,1; Ef 6,18). Durante los primeros
siglos la organización de las horas, la asignación de salmos y de otros elementos que
integran la oración eclesial mira ante todo el pueblo cristiano, sujeto primero,
juntamente con sus pastores, de la oración. Después vendrá la absorción por el clero y
por el monacato de una función que corresponde a toda la comunidad, dando lugar a la
clericalización del Oficio divino y al rezo del mismo en privado. A medida que se
produce este fenómeno se empiezan a multiplicar los problemas, los intentos de
reforma, con proyectos más o menos logrados, hasta llegar, en la época más reciente,
a la reforma mejor lograda y realizada por el Concilio Vaticano II y a su reglamentación
en el Código de Derecho Canónico del 1983.
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I. HISTORIA DE LA LITURGIA DE LAS HORAS.
1) NOMENCLATURA
Las denominaciones, en este sector de la liturgia de que nos ocupamos,
manifiestan la óptica con que se vio la Liturgia de las Horas en los diferentes
momentos culturales.
LITURGIA DE LAS HORAS: Es el nombre del oficio divino editado por primera vez en
1959 acogido sucesivamente en diferentes publicaciones, escogido como altamente
expresivo por las comisiones del Consilium para la puesta en práctica de la
constitución Sacrosanctum concilium y consagrado finalmente por los documentos
y por la edición oficial. Liturgia, por ser parte del culto público de la iglesia (SC 83-
101), pertenecer a todo el cuerpo eclesial, manifestarlo e implicarlo (SC 26; OGLH
20); de las Horas, por ser esencialmente oración destinada a santificar las horas
del día y de la noche, es decir, todo el tiempo (SC 84; OGLH 10).
OFICIO DIVINO: Adopta este nombre, junto con el anterior, el ordenamiento
posconciliar (cf. OGLH 2). Antiguamente designaba cada uno de los actos cultuales;
luego se limitó a la oración litúrgica de la iglesia. A veces se quiso ver subrayada en él
la obligación canónica (del latín officium, deber).
BREVIARIO: Este nombre está abandonado ahora, porque ponía de manifiesto un
aspecto que sólo es ocasional y totalmente exterior. Venía de breviarium, equivalente
de sumario, compendio, abreviación, síntesis, codificación de libros, y había surgido
principalmente por el hecho de que en la baja edad media comenzaron a reunirse
en uno solo los diferentes libros manuscritos necesarios para el rezo coral, lo cual
implicaba reducciones notables de algunos componentes, o por lo menos la simple
indicación de su incipit.
OTROS NOMBRES: Entre los autores o en los documentos circulaban expresiones
como: cursus, preces horariae, opus Dei, pensum servitutis, horae canonicae. En el
rito bizantino se designa con el término Horologion al libro del oficio divino: obvia
referencia al carácter horario de esta oración.
2) DEFINICIÓN.
El Oficio Divino (Liturgia de las Horas) es el conjunto de oraciones (salmos,
antífonas, himnos, oraciones, lecturas bíblicas y otras) que la Iglesia ha organizado
para ser rezadas en determinadas horas de cada día. El oficio divino es parte de la
liturgia y, como tal, constituye, con la Santa Misa, la plegaria pública y oficial de la
Iglesia. Su fin es consagrar las horas al Señor, extendiendo la comunión con Cristo
efectuada en el Sacrificio de la Misa. Quien reza el oficio hace un paro en las labores
para rezar con la Iglesia aunque se encuentre físicamente solo. Aunque sin duda es
necesaria la oración privada, también es necesario que recemos formalmente unidos
como Iglesia.
3) HISTORIA DE LA LITURGIA DE LAS HORAS
3.1. El testimonio y el ejemplo de Jesús.
"La Liturgia de las Horas es una celebración plenamente cristiana, y por tanto
neotestamentaria, en la que se actúa —como en las otras celebraciones cristianas— el
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misterio salvífico de Cristo".1
Ésta tiene su origen en el ideal espiritual que nos propone
el Nuevo Testamento: La Oración incesante (cf. Lc 1,18; Rm 12,12; Ef 6,18; Col 4,2; 1Ts
5,17; 1Tam 5,5; 1Pe 4,7) y tiene su arranque decisivo en el ejemplo y mandato de Cristo.
A partir de los datos ofrecidos por los escritos del Nuevo Testamento, nos interesa
acercarnos ante todo a la esencia de la oración de Cristo, para conocer su ejemplo y su
testimonio, teniendo en cuenta que «Jesús nació en un pueblo que sabía orar»,2
en el
seno de una familia piadosa que observaba con amor y fidelidad los preceptos del
Señor (cf. Lc 2,21.22-24). Asistía a la sinagoga (cf. Lc 4,16) y participaba en la plegaria
del pueblo instruído en la oración por Dios mismo a través de la revelación bíblica.3
Cristo mismo les encargó a sus discípulos «orar siempre, sin interrupción», es
decir, los exhortó a orar siempre sin cansarse (Lc 18,1), en todo tiempo. La oración
que Jesús pide a sus fieles tiene que ser constante y perseverante (Lc 18,1), por ello la
invitación a la oración ininterrumpida es afirmada en modo categórico: «asiduamente»,
«siempre», «ininterrumpidamente», «en todo tiempo», «día y noche» (Lc 2,37; 18,7;
Hch 1,14; 2,12; Rom 1,9s.; Ef 1,16; 5,20; Fil 1,3s.). Todos estas expresiones no se
entienden como una continuidad absoluta en el acto de la oración, sino que quieren
sencillamente expresar la constancia, no tanto en la repetición de actos cuanto más
bien la perseverancia de la actitud orante como un comportamiento permanente de
diálogo con Dios. 4
El precepto de la oración ininterrumpida se convertirá en el ideal de
la primera comunidad cristiana y será recordado frecuentemente por Pablo. Además,
jugará un papel importante en la formación de los tiempos de oración y de los ritmos de
plegaria de las primeras comunidades cristianas.
3.2. La Oración de la Iglesia Primitiva: el ejemplo y enseñanza de los
Apóstoles.
La comunidad de los discípulos siguió fielmente el ejemplo y la amonestación de
su Señor a la oración, como confirman los Hechos de los Apóstoles y las Cartas
Apostólicas (Hch 1,14; 2,42; Rm 12,12; Ef 5,19s.; 6,18; Col 3,16s.; 1Ts 5,17; Hb 13,15).
En la Iglesia de los Hechos la oración ocupa un puesto de primera importancia (cf. Hch
2,42). Los Apóstoles, instruidos por el Señor después de la resurrección (cf. Hech 1,3),
enseñaron también a orar y organizaron en el espíritu de Jesús la oración de las
primeras comunidades cristianas(OGLH 5). Las exhortaciones de los Apóstoles sobre
la oración insisten sobre el tema de la oración perseverante y continua (1Ts 5,17), más
allá de la simple fidelidad a los tiempos fijos tradicionales: «en toda ocasión» (Ef 6,18),
«día y noche» (1Ts 3,10; 2Ts 1,11); «vigilando» (Ef 6,18; cf. Col 4,2).5
En la época de la Iglesia primitiva la fidelidad a la tradición judía sufrió
profundos cambios. Esto se muestra en Rm 12,12 y Col 4,2, donde el apóstol exhorta a
sus destinatarios a ser perseverantes en la oración, con expresiones como «siempre»,
«asiduamente», «día y noche», las cuales se usan frecuentemente hasta convertirse en
expresión fija en el lenguaje de Pablo y de los Hechos y expresan principalmente la
constancia no tanto en la repetición de los actos cuanto en la perseverancia del
	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  
1
J. PINELL, Liturgia delle Ore, Anamnesis 5, Genova 1996, 17.
2
Cf. J. JEREMIAS, Abba. El mensaje central del Nuevo Testamento, Salamanca 1981, 75.
3
Cf. J. LÓPEZ MARTÍN, La Liturgia de la Iglesia, teología, historia, espiritualidad y pastoral,
Madrid 1996, 290-291.
4
Cf. M. AUGÉ, Liturgia, historia, celebración, teología, espiritualidad, Barcelona 1995, 190-
191.
5
Cf. S. ROSSO, «La Liturgia delle Ore: Preghiera della Chiesa nei ritmi del giorno», in
Nelle vostre assemblee, Teologia pastorale delle celebrazioni liturgiche, Vol.1, Brescia 1983, 391 - 392;
J. PINELL, Liturgia delle Ore, 30.
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comportamiento del orante. No hacen referencia a la triple oración cotidiana del mundo
hebraico.6
La «perseverancia en las oraciones» fue una de las principales
características de la oración de las primeras comunidades cristianas a partir de
Pentecostés (cf. Hech 2,42). La antigua tradición cristiana prestó particular atención a
esta doctrina que, al mismo tiempo, desarrolla un rol importante en la formación de los
tiempos y ritmos de oración. Esta será una de las características fundamentales de
esta época.7
En esta época el ideal de la oración incesante se expresará con la multiplicidad
de exhortaciones a perseverar en la oración que san Pablo dirigirá a las comunidades
cristianas (Rom 12, 12; Col 4,2; Ef 6,18; 1Tes 5,17; Ef 6,18), empalmando así con la
enseñanza de Jesús y trazando un programa espiritual al que los cristianos intentarán
acercarse: las horas de oración serán consideradas como el tiempo fuerte y el
recuerdo de la oración continua.8
Otro hecho de particular importancia en la Iglesia
primitiva es que, aún en la fidelidad a la tradición judaica, hace participar en la oración,
sea a hombres que mujeres. Además, el Libro de los Hechos de los Apóstoles nos da
testimonio de que los responsables de la comunidad tenían el particular deber de orar
(cf. Hb 6, 4). Los Doce oran antes de imponer las manos a los Siete (Hch 6, 6), antes de
conferir el Espíritu (Hch 8,15) y antes de resucitar a Tabitá (Hch 9,40).9
En cuanto a los tiempos de oración, en el libro de los Hechos se habla
explícitamente de los tres momentos cotidianos de oración (Tercia: Hch 2,15; Sexta:
Hch 10,5; Nona: Hch 3,1). De la comunidad como tal se dice que era asidua y
perseverante en la oración (Hch 2,4 2-46). Las horas de oración deben ser
consideradas como un tiempo fuerte a sostén de la oración incesante. Esto es lo que
recibieron plenamente los Apóstoles y los primeros cristianos, que no sólo se hicieron
eco de los mandatos de orar siempre, dados por el divino Maestro, sino que
efectivamente perseveraron en la oración, así como en la escucha de la Palabra,
juntamente con la celebración eucarística y la comunión fraterna (cf. IGLH 1).10
3.3. Los testimonios más antiguos (siglos I - III).
Tenemos muy pocos datos sobre el Oficio divino en los primeros siglos del
cristianismo. La Didajé se refiere ya a la recitación del Padrenuestro tres veces al día.11
La carta de Plinio a Trajano nos habla de los himnos a Cristo en una reunión matinal.
San Clemente de Roma menciona que había unos tiempos y horas establecidos para
hacer lo que manda el Señor: oblaciones y oficios sagrados.12
El testimonio más
explícito es el de Clemente de Alejandría en la segunda mitad del siglo II: “Al salir el sol
se tienen las preces matinales. Algunos también dedican a la plegaria unas horas fijas y
determinadas, como tercia, sexta y nona, de forma que el gnóstico (iniciado) puede
orar toda su vida en coloquio con Dios por medio de la plegaria. Ellos saben que esta
triple división de las horas, que siempre son santificadas con la oración, recuerda a la
	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  
6
Cf. R. LEIKAM, La Liturgia delle Ore nei primi quattro secoli», A.J. Chupungco (ed.),
Scientia Liturgica, Manuale di Liturgia, Vol. V: Tempo e Spazio liturgico, Casale-Monferrato 1998,
36.
7
Cf. J. LÓPEZ MARTÍN, La Liturgia de la Iglesia, 292; R. LEIKAM, «La Liturgia delle Ore…,
37.
8
Cf. R. LEIKAM, «La Liturgia delle Ore…, 37.
9
Ibid…, 36-37.
10
Cf. V. RAFFA, Liturgia de las Horas, NDL, Madrid 19963
, 1167.
11
Didajé 8, 3; R. GONZÁLEZ, «La Plegaria de la comunidad cristiana», D. Borobio (ed.), La
Celebración en la Iglesia, Ritmos y tiempos de la celebración, Vol. III, Salamanca 1994, 316-317.
12
S.Clemente, Cor 40. 1; PG 1, 287 – 288.
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santa Trinidad.13
Tertuliano nos habla de cómo estas tres horas de tercia, sexta y nona,
se relacionaban con pasajes bíblicos, la tercia con Pentecostés, la sexta con la oración
de Pedro en la azotea de Joppe, la nona con la curación del paralítico de la Puerta
hermosa. Tertuliano deja claro que no había una obligación estricta de orar a estas
horas, pero “es bueno pensar que en la recomendación a orar se presupone una cierta
urgencia y que, como si fuera una ley, nos apartemos de los negocios y nos
dediquemos de cuando en cuando a orar”. Aparte de estas horas facultativas nos habla
de otras ‘legítimas’ (según la ley), que “por encima de cualquier recomendación
debemos observar al salir el sol y al caer la tarde”.14
Hipólito de Roma en su Tradición apostolica en el número 25 habla de los
lucernarios o bendición de lámparas; en el número 35 habla de la oración al levantarse
y de la reunión matutina; en el número 41 se refiere a la reunión de oración matinal, a
las tres oraciones privadas (tercia, sexta y nona) y a la oración al acostarse y durante la
noche: seis horas de oración, mañana, tercia, sexta, nona, tarde y vigilia nocturna.
Hipólito fundamenta las distintas horas en la pasión de Cristo, asociándose a la oración
que Cristo tuvo en aquellas horas. San Cipriano, que, como los otros autores distingue
entre unas horas obligatorias, que son la del amanecer y la de la puesta del sol, que son
horas legítimas según la ley, y otras horas devocionales que son la tercia, sexta y nona,
que agrupa cada una terna de horas en la que es “enumerada la Trinidad
perfectamente”.15
Por tanto vemos cómo ya en el siglo III hay una plegaria establecida en las
comunidades y asignada a diferentes horas del día. El número tres de las horas diurnas
es un homenaje a la Trinidad. Las horas de la mañana y de la tarde son las que tienen
una mayor significación pascual, y así como la oración judía se estableció en
paralelismo con los sacrificios que se celebraban en el templo, así también la oración
de las Horas se relaciona con la oración de Jesús en su misterio pascual.
3.4. La oración catedralicia y monástica (siglos. IV al VI).
Durante los siglos IV al VI la oración de las Horas se va a institucionalizar aún
más en dos espacios diferentes. Uno es el de las iglesias catedrales, junto al obispo, y
otro es el de los monasterios. En principio ambos desarrollos van a ser paralelos e
independientes, aunque posteriormente habrá un mutuo influjo de uno sobre el otro. En
las iglesias catedralicias o parroquiales, el oficio se centra en los laudes y las vísperas
presididas por el obispo con asistencia del clero local y con gran asistencia de pueblo,
sobre todo en el oficio de la mañana. Son las únicas horas que se celebran a diario en
una época en la que todavía la Eucaristía no se celebra diariamente. El oficio del
anochecer se configura como lucernario. Además existen vigilias u oraciones
nocturnas, especialmente antes de las grandes fiestas de Navidad o de Pentecostés.
En los monasterios el oficio va a tener más horas, y una extensión mayor. Además en
los monasterios se reza todos los días. Surgen la hora prima y las completas, que eran
desconocidas anteriormente. Los monjes desean encarnar el deseo de Cristo de orar
ininterrumpidamente y van a considerar obligatorias todas las oraciones, incluso
aquellas que sólo estaban recomendadas en el siglo III. Es curioso que cada
monasterio parece tener su propia ordenación del número y orden de los salmos en las
distintas horas.
	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  
13
Stromata 7,7: PG 456-457.
14
Ad uxorem 3.4-5: PL 1,1047-1048.
15
De oratione domin. 34, PL 4,560
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3.5. El oficio completo, cotidiano y solemne (siglos. VI al IX).
De los siglos VI al IX el oficio sigue celebrándose en catedrales y monasterios a
diario y con solemnidad. Todavía no hay la más mínima sombra de una recitación
privada. Cada país y cada familia monástica conocen diversas configuraciones de la
oración pública de la Iglesia. Los que acabarán teniendo un mayor influjo son los de la
Iglesia romana y los de la familia benedictina. Se multiplican los elementos no bíblicos
del oficio: antífonas, himnos, responsorios, colectas. Se introduce el modo responsorial
de cantar los salmos. Se multiplican los libros litúrgicos necesarios para el oficio. Llegó
un momento en que estaban en uso siete libros distintos, cada uno de los cuales
contenía sólo una parte del rito, leccionarios, antifonarios...
3.6. Aparición del oficio privado (siglos. X al XV).
La legislación carolingia impone la celebración diaria y solemne del oficio a
todas las iglesias, lo cual suponía una gran carga para el clero con cura de almas. En
aquella época todavía los canónigos vivían en común, y el rezo comunitario del clero
tenía un sentido. Por una parte se intenta aligerar el oficio reduciendo el número de
salmos y lecturas. Por otra parte se intenta codificar la parte principal del oficio en un
“breviario” único, que supliese la multiplicidad de libros diversos entonces en uso.
Inocencio III codifica por primera vez el oficio que venía celebrándose en la
curia de san Juan de Letrán con ocasión del concilio de Letrán de 1215. Este mismo
oficio fue asumido por los franciscanos que le dieron una gran difusión por toda
Europa. Progresivamente se va pasando de la recitación coral a la recitación privada.
Los clérigos deben tener un breviario para viajar en caso de viaje; el clero parroquial
comienza a dispersarse; los franciscanos van cada vez prefiriendo más el rezo privado.
Todo el mundo comienza a sentirse dispensado del “coro”. El pueblo deja de asistir al
oficio divino que se convierte en algo clerical o monacal. Simultáneamente aparece la
distinción entre Misa solemne y privada. La liturgia se va privatizando para la devoción
personal del clero. Los cantos, ministros y solemnización de los ritos pasan a
considerarse elementos accidentales. El pueblo ya no entiende el latín y asiste mudo y
sordo a las ceremonias.
3.7. Conatos de reforma (siglos. XVI-XX).
Unos conatos de reforma van en la línea de los breviarios para el rezo privado del clero.
Se abandona ya del todo la idea de que el rezo del Oficio pueda adaptarse al pueblo. En
el siglo XVI hay dos intentos de reforma del Breviario, uno el de Quiñónez que distribuía
el salterio en una semana, con tres salmos para cada hora, y una profusión de lecturas
bíblicas y de los Padres. Tuvo una corta vida de 1535 a 1558. Otro intento fue el de los
Teatinos, que inicialmente fue pensado para esta orden, y que el Papa Pablo IV quiso
imponer a toda la Iglesia. La temprana muerte del Papa lo impidió. Al final triunfó la
reforma de san Pío V de 1568, que es básicamente el libro usado en la Iglesia católica
hasta la reforma del Vaticano II. San Pío X inició la reforma a principios del siglo XX,
pero no pasó de pequeños retoques. Muy importante fue la decisión de Pío XII de
utilizar una traducción distinta del Salterio distinta del Salterio galicano que había
estado en uso hasta entonces.
3.8. La reforma litúrgica del Vaticano II.
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El concilio Vaticano dedicó el capítulo IV de la Constitución sobre Sagrada
Liturgia al oficio divino, para actualizarlo. Pablo VI en la constitución Laudis Canticum
(1970) concretó los principios fundamentales de la reforma, que ha quedado
materializada en la “Ordenación general de la Liturgia de las Horas” y la edición típica
del Oficio divino según el rito romano, cuyo primer volumen sale en abril de 1971. La
edición provisional española es de 1972. Hasta 1979 no habrá una edición oficial.
Algunos de los principios que rigen la reforma:
1) Oración más desclericalizada. Se rompe la división entre oración litúrgica y no
litúrgica. Todos son llamados a participar en una misma oración oficial y solemne, en
lengua popular, más breve, adaptada a las circunstancias de lugares y tiempos. 2)
Oración más comunitaria: exhortación al rezo comunitario como más adecuado. Se
introducen diversos ministerios. 3) Oración más creativa: evita el riesgo de
ritualización. Hay esquemas de oración oficiales pero al mismo tiempo se fomenta la
creatividad y la personalización. 4) Oración más cristológica: entran con mayor
abundancia que antes los textos del NT. Aparte de los cánticos del Benedictus,
Magnificat y Nunc Dimittis, que ya existían, se añaden los cánticos del Nuevo
Testamento en las Vísperas. 5) Oración para santificar las horas del día. Se impone la
‘veritas temporis’.
II. NATURALEZA DE LA LITURGIA DE LAS HORAS
1. La Liturgia de las Horas, expresión privilegiada de la Oración Cristiana.
En la liturgia de la Iglesia tenemos la misa, los sacramentos, el año litúrgico,
acciones sacramentales menores como las bendiciones o las consagraciones, pero
también la LH. La iglesia, entre todas las formas de oración cristiana, privilegia la
litúrgica, reconociendo que, "por su naturaleza, está muy por encima" de las
demás (SC 13). Efectivamente, la iglesia ha elaborado su estructura, la ha
compuesto con textos bíblicos y patrísticos y, a menudo, a lo largo de los siglos, ha
dedicado un empeño especial para reformarla y adecuarla a las diferentes
exigencias históricas, ha controlado diligentemente sus planteamientos teológicos y
espirituales, ha buscado su decoro y dignidad literaria y musical, ha redactado
minuciosamente su normativa. Ningún ejercicio piadoso u otra forma de oración, por
muy venerable que sea, ha merecido tanta atención por parte de la iglesia (OGLH
18; 20). La recomendación u obligación con que la Iglesia la ha inculcado a lo largo
de los tiempos no hay que juzgarla como el elemento fundante de su carácter
litúrgico, es decir, de oración eminente de todo el cuerpo eclesial, sino más bien
como la consecuencia. La iglesia ha pretendido garantizarse el cumplimiento de lo que
considera uno de sus cometidos principales (OGLH 1) incluso vinculando
jurídicamente a los sacerdotes y a muchos religiosos. Fue probablemente la
comprensión errónea de este aspecto la que acabó haciendo que se atribuyera a la
institución de la delegación canónica una fuerza constitutiva de valores que, por el
contrario, tienen su fuente sólo en el misterio de la iglesia en cuanto comunidad
esencialmente de culto y de salvación.
2. La Litugia de la Horas, Oración vocal.
La Liturgia de las Horas es ante todo una oración vocal. Para poder entenderla y
apreciarla, necesitamos entender la naturaleza de dicha oración vocal que es distinta
de la mental. En la oración vocal, nuestros labios se mueven pronunciando unas
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palabras, en la conciencia de que Dios las escucha. Esas palabras que estaban en el
libro ahora resuenan en mis labios, como las notas ocultas en el pentagrama resuenan
cuando las canto o las interpreto. No hace falta poner la atención en lo que dicen
nuestros labios, basta que nuestra atención esté puesta en Dios, o de un modo general
en el afecto que los textos expresan, sin necesidad de fijarse en las palabras mismas.
Comprender lo que uno dice no es absolutamente necesario para que el espíritu se
mantenga en oración.
3. Dimensión eclesial de la Liturgia de las Horas.
Los datos de la historia nos muestran claramente que la Liturgia de las Horas,
en los primeros siglos, se celebró solemnemente y siempre con la participación de la
comunidad: clero y pueblo. Esto significa que la Liturgia de las Horas desde el principio
tuvo carácter comunitario y eclesial. Posteriormente se impuso como obligación para
algunas personas deputadas especialmente por la Iglesia: clero y monjes, lo cual trajo
como consecuencia su clericalización y la pérdida de su carácter comunitario y
eclesial. Con el Concilio Vaticano II la Liturgia de las Horas recupera nuevamente el
carácter comunitario y eclesial. Ésto a partir de la nueva eclesiología emanada
principalmente de la Constitución sobre la Iglesia Lumen Gentium, cuya doctrina se ve
reflejada especialmente en el documento de la Institutio Generalis de Liturgia Horarum,
que a su vez será, la fuente constitutiva de la normativa litúrgica del Código de Derecho
Canónico de 1983. El ideal de la oración de la Iglesia siempre ha sido su identificación
con la oración de Cristo. Existe siempre un íntimo ligamen entre la oración de Cristo y
la oración de la Iglesia. La Liturgia de las Horas es la oración de Cristo, Cabeza de la
Iglesia (SC 7); es la oración que Cristo unido a su Cuerpo, eleva al Padre (SC 84; IGLH
15); es la oración de Cristo y de la Iglesia (IGLH 2, 7); en ella continúa la oración de
Cristo (IGLH 17, 28). "Si la oración de Cristo es expresión de su unión personal con el
Padre y la oración de la Iglesia, siguiendo su ejemplo y su mandato, es también
expresión de comunión vital con Dios y con todos los hombres, es indudable que la
Liturgia de las Horas, como oración de la Iglesia, es esencialmente comunitaria, incluso
cuando se hace en secreto y en solitario (Cf. Mt 6, 6)".16
La Iglesia toda, clero y fieles es el sujeto de la Liturgia de las Horas. La Iglesia
es el Cuerpo místico de Cristo, el Pueblo de Dios; pertenecen a ella todos aquellos que,
mediante el Bautismo, vienen insertados en Cristo. En la Iglesia, así concebida, es
necesario tener en cuenta al mismo tiempo su naturaleza mistérica y su estructura
jurídica, ambas realidades queridas por Cristo, Fundador de la Iglesia. Sólo así se
podrán excluir dos erradas concepciones de la Iglesia que llevarían también a errar las
concepciones de la Liturgia de las Horas y de todo el complejo litúrgico: en primer
lugar, viene excluída toda visión puramente jerárquica de la Iglesia, que descuida el
elemento de comunión sobrenatural existente en ella, entre todos los bautizados y Dios
y reduciendo la Iglesia a la sóla jerarquía. Esta es la situación que presentaba el Código
de Derecho Canónico de 1917; en segundo lugar, viene también excluída toda visión
carismática de la Iglesia que, deteniéndose sólo en el elemento mistérico, no diese el
justo puesto al elemento jurídico.17
Con la Institutio Generalis se da una inconfundible
recuperación de la eclesialidad de la Oración de las Horas, que viene llamada desde el
	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  
	
   16
Cfr.J. LÓPEZ MARTÍN, La Oración de las Horas, Historia, teología y pastoral del oficio
divino, Secretariado Trinitario, Salamanca 19943
, 84 – 88.
	
  
17
Cf. A. CUVA, La Liturgia delle Ore, note teologiche e spirituali, Roma 1975, 30.
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inicio oración pública y común del Pueblo de Dios (Cf. IGLH 1) y se caracteriza
principalmente por ser Oración de la Iglesia y en nombre de la Iglesia. Esto significa
poner en primer plano la dimensión orante de la Iglesia y la celebración comunitaria de
la Liturgia de las Horas.18
3.1. La Liturgia de las Horas: Oración de la Iglesia.
Antes del Concilio Vaticano II, la expresión Oración de la Iglesia con la que se
designaba al Oficio Divino, era tomada en un sentido estrictamente jurídico. Se
entendía con ella la oración confiada a determinadas personas en la Iglesia con el
encargo de recitarla a nombre de la Iglesia. Sólo estas personas oraban a nombre de la
Iglesia en virtud del encargo que se les había conferido y cumplían una acción litúrgica.
Todos los demás, que no tenían un encargo específico, no cumplían una acción
litúrgica recitando el Oficio Divino (Cf. CIC 17, cc. 135, 413). Esta situación fue
cambiada totalmente por el Concilio con la Constitución sobre la Sagrada Liturgia,
determinando que la obligación de la Liturgia de las Horas se cumple, cuando los
sacerdotes y todos los demás que han sido destinados a su recitación lo hacen y
también cuando los fieles oran junto con el sacerdote en la forma establecida (Cf. SC
84).19
A partir del Concilio la expresión Oración de la Iglesia aplicada a la Liturgia de las
Horas adquiere un nuevo significado, que proviene del valor estrictamente teológico
reconocido al término Iglesia, en la doctrina eclesiológica emanada, sobre todo, de la
Constitución sobre la Iglesia Lumen Gentium. Esta doctrina eclesiológica no estaba
todavía presente en la Sacrosanctum Concilium, puesto que esta constitución fue
emanada antes de la Lumem Gentium, pero fue aprovechada por los documentos
conciliares y postconciliares sucesivos. Entre éstos aquellos que interesan
directamente a nuestro argumento, especialmente la Institutio Generalis de Liturgia
Horarum, que será, a su vez, fuente constitutiva de la normativa litúrgica sobre la
Liturgia de las Horas en el nuevo Código de Derecho Canónico de 1983.20
La Institutio Generalis presenta la Liturgia de las Horas como «oración de la
Iglesia», dice que «pertenece a todo el cuerpo de la Iglesia», que «pertenece a toda la
comunidad cristiana», es de «naturaleza eclesial». Estas expresiones están
impregnadas de un fuerte valor teológico, detrás del cual está el concepto teológico de
Iglesia y en el que prevalece el aspecto mistérico de comunión de todos los miembros
del Pueblo de Dios y entre ellos y Dios, aún teniendo un profundo respeto por el
elemento institucional jurídico. De aquí se sigue que la Liturgia de las Horas es, de
todos modos y de quien venga celebrada en la Iglesia, expresión de toda la Iglesia, de
todos sus miembros. Es siempre Oración de la Iglesia.21
3.2. Liturgia de las Horas: oración en nombre de la Iglesia.
Oración en nombre de la Iglesia es un concepto que se debe tener en
consideración. Esta expresión no siempre se ha entendido correctamente y no siempre
coincide con el verdadero ideal de la Liturgia de las Horas que es la celebración
eclesial en forma comunitaria. Frecuentemente se ha entendido oración en nombre de
la Iglesia tan sólo en sentido jurídico, es decir, teniendo en cuenta la existencia de un
mandato o delegación de la Iglesia; sin embargo, la expresión tiene un valor
estrictamente teológico y con ella se quiere indicar principalmente el carácter de
	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  
18
Cf. E. LODI, Liturgia della Chiesa, Bologna 1999, 1328.
19
Cf. A. CUVA, La Liturgia delle Ore, 30-31.
20
Ibid., 31.
21
Ibid., 31-32.
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publicidad que compete fundamentalmente a la Liturgia de las Horas.22
Considerada la
expresión sólo en modo jurídico podía hablarse de Liturgia de las Horas en sentido
estricto cuando el que la celebraba era una persona que había recibido el mandato o
delegación. Así se explicaban el Código de Derecho Canónico de 1917 (Cf. c. 1256) y el
propio Pío XII en la encíclica Mediator Dei. El Vaticano II, en la Constitución sobre la
Liturgia, no se ve libre de esta mentalidad y aunque apunta, de hecho, hacia donde han
llegado la Institutio Generalis y la reforma del Oficio, insiste varias veces en los que han
sido destinados a esta función «por institución de la Iglesia» (Cf. SC 84, 85, 87, 90,
etc.).23
Oración en nombre de la Iglesia no consiste sólo en un hecho jurídico, la
deputatio canónica y la forma aprobada; sino también, y preferentemente en un hecho
teológico y sacramental: «el cumplimiento de toda la comunidad, que es la de continuar
en la Iglesia la oración de Cristo» (IGLH 28). Entendida así la expresión ayudará a evitar
una de las grandes equivocaciones del pasado, ésto es, la mentalidad reduccionista y
privatizadora del Oficio Divino como algo reservado al clero y a los monjes, debido al
hecho de haber identificado «eclesial» con «jurídico», Iglesia con jerarquía, liturgia con
función de un ministro. Y no es que esto sea falso, porque lo jurídico es eclesial, la
jerarquía es Iglesia, y lo ministerial es Liturgia, pero es parcial e incompleto, porque
eclesial es también lo carismático y sacramental, Iglesia es también el pueblo cristiano,
liturgia es también función de la comunidad.24
De acuerdo a lo anterior, la expresión Oración en nombre de la Iglesia no
deberá entenderse de una manera unilateral y excluyente, porque la Liturgia de las
Horas no es exclusiva de los clérigos; sino que debe entenderse de una manera
integradora y totalizante, porque la Liturgia de las Horas es oración de toda la Iglesia.
Ésta es por su naturaleza «oración pública y común del Pueblo de Dios» (IGLH 1). Ella
es oración dicha no a nombre proprio, sino a nombre de la Iglesia, realidad
esencialmente mistérica, pero también jerárquica, por lo que va excluída aquella
limitación que en los últimos siglos era determinante para la interpretación de la
expresión en nombre de la Iglesia, referida al Oficio Divino.25
Además, no hay que
olvidar que todo bautizado y confirmado, posee una deputatio o misión, u ordenación
para el culto al Padre, en base al sacerdocio o consagración común de todos los
bautizados para el citado culto divino. El hacerlo en nombre de la iglesia no será ya una
prerrogativa de los clérigos y los demás delegados, sino una exigencia de asegurar lo
que en principio corresponde a todo el Pueblo de Dios. Para orar en nombre de la
Iglesia deberá, ante todo, orar de verdad y en unión con su comunidad, al menos
intencionalmente, pero ya no podrá limitarse a cumplir externamente una obligación.
Por otra parte, y ésta es la consecuencia principal, habrá oración en nombre de la
Iglesia siempre que la Iglesia, es decir, la comunidad o la asamblea que la hace visible,
se ponga a orar y lo haga presidida por sus pastores y siguiendo la forma establecida
en los libros litúrgicos.26
El papel del obispo, del presbítero, del diácono y de cuantos han recibido en la
Iglesia el mandato de celebrar la Liturgia de las Horas deberá ser contemplado siempre
a partir de una visión eclesial, comunitaria y litúrgica del Oficio Divino, puesto que la
Liturgia de las Horas es, por naturaleza, oración de toda la Iglesia, oración de la
	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  
22
Ibid., 32.
23
Cf. J. LÓPEZ MARTÍN, La Oración de las Horas, 88.
24
Ibid., 88-89.
25
Cf. A. CUVA, La Liturgia delle Ore, 32-33.
26
Cf. J. LÓPEZ MARTÍN, La Oración de las Horas, 89.
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comunidad reunida en el nombre de Jesús y congregada por el Espíritu Santo. Es
dentro de la dimensión eclesial y comunitaria donde debemos situar la obligación
canónica de la Oración de las Horas, si queremos comprender su verdadero sentido y
significado, no sólo para los obligados a celebrar la Liturgia de las Horas, en particular
el clero, sino también por parte de los demás miembros de la comunidad cristiana. Sólo
así la Liturgica de las Horas alcanzará su propia finalidad que es, como toda la Liturgia,
rendir culto a Dios y santificar a los hombres.Ya decía la Sacrosanctum Concilium que
“El oficio divino es en verdad la voz de la misma Esposa que habla al Esposo; más aún,
es la oración de Cristo, con su cuerpo, al Padre” (SC 84). La importancia que la Iglesia
da a la Liturgia de las Horas pone de manifiesto su propia naturaleza. “El ejemplo y el
mandato de Cristo y de los apóstoles de orar siempre e insistentemente, no han de
entenderse como simple norma legal, ya que pertenece a la esencia íntima de la Iglesia,
la cual, al ser una comunidad, debe manifestar su propia naturaleza comunitaria,
incluso cuando ora” (OGLH 9). Pero también podemos entrar en comunión con toda la
Iglesia: Sentire cum Ecclesia. Dice la Ordenación general de la Liturgia de las Horas:
“Quien recita los salmos en la Liturgia de las Horas no lo hace tanto en nombre propio
como en nombre de todo el cuerpo de Cristo. Teniendo esto presente se desvanecen
las dificultades que surgen cuando alguien, al recitar el salmo, advierte tal vez que los
sentimientos de su corazón difieren de los expresados en aquél, por ejemplo, si el que
está triste y afligido se encuentra con un salmo de júbilo, o, por el contrario, si
sintiéndose alegre se encuentra con un salmo de lamentación. Esto se evita fácilmente
cuando se trata simplemente de la oración privada en la que se da la posibilidad de
elegir el salmo más adaptado al propio estado de ánimo”. “Quien recita los salmos en
nombre de la Iglesia siempre puede encontrar un motivo de alegría o de tristeza,
porque también aquí tiene su aplicación aquel dicho del Apóstol: ‘Con los que ríen
estad alegres; con los que lloran, llorad’ (Rm 12,15), y así la fragilidad humana,
indispuesta por el amor propio, se sana por la caridad, que hace que concuerden el
corazón y la voz del que recita el salmo” (cf. OGLH 108).
El rezo de los salmos lo hacemos no sólo en comunión con la Iglesia militante,
sino también con la Iglesia triunfante. Dice la Ordenación general: “Con la alabanza que
a Dios se ofrece en las Horas, la Iglesia canta asociándose al himno de alabanza que
resuena en las moradas celestiales, y siente ya el sabor de esa alabanza celestial que
resuena de continuo ante el trono de Dios y del Cordero, como Juan la describe en el
Apocalipsis. Porque la estrecha unión que se da entre nosotros y la Iglesia celestial se
lleva a cabo cuando celebramos juntos, con fraterna alegría, la alabanza de la divina
majestad, y todos los redimidos por la sangre de Cristo ensalzamos con un mismo
canto de alabanza al Dios uno y trino” (OGLH 16; LG 50). Aunque cantemos mal, aunque
nuestra voz sea débil, la fe nos enseña a sumarnos a esa coral maravillosa, y dejar que
nuestra voz se pierda, se funda con todas aquellas voces para cantar al que es Tres
veces Santo. Por eso la reforma insiste mucho en el carácter comunitario de la LH
como el de toda la Liturgia.
4. La Liturgia de las Horas, Santificación del tiempo y de la actividad
humana.
Es importante también considerar la dimensión de santificación del tiempo de la
Liturgia de las Horas, en cuanto que ella tiene su origen en el ejemplo y el mandato de
Cristo y de los Apóstoles de orar sin interrupción, siendo éste un ideal que se va
concretizar en la realización de la oración en determinados momentos del día, para la
«Santificación del tiempo», en vistas a la santificación del hombre. La Liturgia de las
Horas es oración de la Iglesia que continúa en el tiempo la oración de Cristo.
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La santificación del tiempo es la nota específica de la Liturgia de las Horas en
cuanto acción litúrgica, pero su finalidad es más profunda, va dirigida a la santificación
de los creyentes y de toda la humanidad. Ella es, ante todo, oración, concebida y
organizada de forma que sea expresión de la oración de cada uno de los orantes y de la
entera comunidad eclesial, no sólo de los sacerdotes. "Pero es también signo litúrgico,
es decir, una acción simbólica inmersa en la economía sacramental de la Iglesia y, por
tanto, dotada de una eficacia en el orden de la salvación, no ex oper operato como los
siete sacramentos, sino ex opere operantis Ecclesiae, para emplear la terminología
clásica y teológica. Esto quiere decir que en el Oficio Divino, precisamente porque está
actuando la Iglesia en cuanto tal, y la oración de cuantos celebran las Horas es, a la
vez, voz de Cristo y de su Esposa, se produce una presencia activa y eficaz del misterio
de la salvación. Esta presencia no se da en la simple oración personal, ni siquiera en
los ejercicios de piedad del pueblo cristiano de tipo comunitario. La razón estriba en
que esto no es liturgia y lo primero si".27
Santificar el tiempo es dedicarlo al servicio de Dios y de los hombres, y vivirlo
como un espacio de gracia y una oportunidad de salvación (Cf. 2Cor 6, 2). Es, en última
instancia, glorificar al Padre poniendo en dependencia de él toda la existencia, todo el
tiempo de nuestra vida y de nuestra historia personal y colectiva. Es glorificar a
Jesucristo, sometiendo a Él todas las cosas, para que toda la existencia quede
impregnada de alabanza, de súplica y de acción de gracias, y el cristiano puede hacer
de su vida una ofrenda santa, agradable a Dios y un culto espiritual (Cf. Rom 12,1).
Reconociendo en el tiempo un don de Dios, la Iglesia lo regula y lo ordena hacia la
santificación del hombre y la glorificación del Padre e insiste en que la celebración del
Oficio Divino se haga «en el tiempo más aproximado al verdadero tiempo natural de
cada hora canónica» (SC 94; IGLH 11; CIC c. 1175).28
En este sentido es el hombre el
«santificador» del tiempo. Pero el tiempo es también objeto de la acción de Dios que
quiere hacer partícipe al hombre de la salvación, de la vida divina y de la gracia de
Cristo. Según esto, santificar el tiempo es hacer posible esta inserción de la salvación
en la historia, esta manifestación de la bondad divina en el tiempo; significa atribuir a
las cosas precarias de este mundo una tensión a la eternidad. Se trata de un hecho
intencional y relacional, que establece una particular orientación atributiva del espíritu
humano a sí mismo, a toda la persona humana y a las realidades históricas y cósmicas
que abrazan el ser y el actuar. Es una orientación hacia Dios y su gloria a través de
Cristo en el Espíritu Santo.29
La Liturgia de las Horas, con la santificación del tiempo, contribuye a dar
sentido a la vida humana, de forma que cada instante del día o de la noche se convierte
para el creyente en un signo de la presencia y del encuentro efectivo con el misterio de
salvación. La oración que se lleva a cabo en esos espacios instituidos de oración, lleva
siempre el sello representativo que la identifica con las actitudes y las esperanza de
todo el Pueblo de Dios e incluso de toda la humanidad; además de constituir un medio
vital de unión con Dios para cada uno de los orantes. En este sentido, los que celebran
la Liturgia de las Horas deben ser conscientes de que oran con Cristo, como
instrumentos suyos en el tiempo, visibilizando su oración eterna ante el Padre. El Oficio
Divino cumple de este modo una función sacerdotal en la Iglesia y en el mundo,
glorificando a Dios y santificando la existencia humana. Esto significa que, si la oración
de las Horas santifica la existencia humana, lo ha de ser especialmente para cuantos
	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  
27
Ibid., 94.
28
Cf. J. LÓPEZ MARTÍN, La Liturgia de la Iglesia, 298.
29
Cf. V. RAFFA, La Liturgia delle Ore, presentazione storica, teologica e pastorale, Milano
19903
, 46-47;
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han recibido «el deber de orar por su grey y por todo el Pueblo de Dios» (IGLH 17).30
El
deseo cristiano es orar siempre sin desfallecer (Lc 18,1), como Cristo que
continuamente intercede por nosotros ante el Padre (Hb 7,25). Hay un deseo de
santificar el tiempo, que consiste en “hacer posible la inserción de la salvación en la
historia, la manifestación de la bondad divina en el tiempo” (J. López Martín), desde la
salida del sol hasta el ocaso.
La Sacrosanctum Concilium mandó que se ordenase la LH según una naturaleza
‘horaria’: “El Oficio divino está estructurado de tal manera que la alabanza de Dios
consagra el curso entero del día y de la noche” (SC 84). “Siendo el fin del Oficio la
santificación del día, restablézcase el curso tradicional de las Horas de modo que,
dentro de lo posible, éstas correspondan de nuevo a su tiempo natural y a la vez se
tengan en cuenta las circunstancias de la vida moderna en que se hallan especialmente
aquellos que se dedican al trabajo apostólico” (SC 88). “Ayuda mucho, tanto para
santificar realmente el día como para recitar con fruto espiritual las Horas, que en su
recitación se observe el tiempo más aproximado al verdadero tiempo natural de cada
Hora canónica” (SC 94). La Ordenación general de la Liturgia de las Horas implementó
estos deseos e instrucciones conciliares: “El fin propio de la Liturgia de las Horas es la
santificación del día y de todo el esfuerzo humano” (OGLH 11). Uno de los aspectos
más importantes de la reforma del Vaticano II es devolver al Oficio divino la ‘veritas
temporis’ en la alternancia de luz y tinieblas, laudes y vísperas. La Iglesia insiste en que
cada una de las horas se deben rezar en el momento del día adecuado, y no todas
seguidas por un puro cumplimiento, como se cuenta que hacía el cardenal Richelieu.
La reforma litúrgica nos manda rezar “en el tiempo más aproximado al verdadero
tiempo natural de cada Hora canónica” (OGLH 11).
III. NATURALEZA Y ESPÍRITU DE CADA UNA DE LAS HORAS
El carácter horario de la LH se destaca no sólo por el hecho de que cada uno
de los oficios está escalonado a lo largo del día, sino también por el contenido
temático referido a las horas o a los misterios de la salvación vinculados
históricamente a ellas.
1. LAUDES
Las laudes son una oración estrechamente vinculada, por tradición,
ordenamiento explícito de la iglesia y contenido contextual, con el tiempo que cierra
la noche y abre el día. Es la voz de la esposa, la iglesia, que se levanta para "cantar la
alborada al esposo".
La tradición histórica más avisada, al acuñar el nombre de laudes matutinas,
oración de la mañana, pero sobre todo al colocarlas cronológicamente en el
momento de la aurora, ha querido caracterizar este oficio inequívocamente como
oración mañanera. La instrucción sobre la LH dice: "Las laudes matutinas están
dirigidas y ordenadas a santificar la mañana, como salta a la vista en muchos de
sus elementos" (OGLH 38). Efectivamente, muchas fórmulas de las laudes se refieren
a la mañana, a la aurora, a la luz, a la salida del sol, al comienzo de la jornada. Se
puede comprobar en los himnos ordinarios, en muchos salmos, antífonas,
versículos, responsorios, invocaciones, oraciones y en el cántico Benedictus.
	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  
30
Cf. J. LÓPEZ MARTÍN, La Oración de las Horas, 95.
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Las laudes matutinas evocan la resurrección de Cristo, que se produjo al alba.
Cantan a Cristo, sol naciente, luz que ilumina al mundo y que viene a "visitarnos de
lo alto" y a guiarnos en todas las actividades de la jornada y en la peregrinación
diurna. Las laudes recuerdan también la creación (mañana del cosmos) y el mandato
que Dios dio al hombre de dominar el mundo junto con la orden de plasmar, con
su actividad libre e inteligente, la historia (mañana o génesis de la humanidad).
Las laudes son un sacrificium laudas también porque son un ofrecimiento de
primicias, dedicación a Dios Padre de la jornada de trabajo, propósito de seguir una
ruta precisa (la señalada por el evangelio), voluntad de comerciar con el talento
precioso del tiempo.A la oración de laudes hay que reconocerle una acción
sacramental, en el sentido de que constituye una súplica de toda la iglesia para
pedir aquellos auxilios divinos que están en estrecha relación con su fin de
santificación horaria y su función conmemorativa de los misterios de salvación.
El espíritu característico de las laudes hay que tenerlo siempre presente para
darse cuenta de que, si se cambia su colocación horaria precisa, se desfigura su
fisonomía característica y se lesiona su sacramentalidad específica. La observación
natural vale también para las vísperas, las demás horas diurnas y las completas.
2. VISPERAS
Las vísperas están íntimamente unidas a la tarde, que es al mismo tiempo
conclusión del día y comienzo de la noche. En la división antigua, en uso entre los
romanos, la vigilia vespertina (es decir, la tarde) era la primera de las cuatro partes de
la noche: tarde, medianoche, canto del gallo, mañana. Llamaban Véspero también
al astro luminoso de la tarde (Venus), que empieza a hacerse visible cuando caen las
sombras. "Se celebran las vísperas por la tarde, cuando ya declina el día, en acción
de gracias por cuanto se nos ha otorgado en la jornada y por cuanto hemos logrado
realizar con acierto" (OGLH 39).
La iglesia, al final de una jornada, pide también perdón a Dios por las manchas
que pueden haber quitado blancura a su vestido inmaculado a causa de los pecados
de sus hijos (cf oraciones vespertinas del lunes y jueves de la tercera semana).
La oración de las vísperas conmemora el misterio de la cena del Señor
(celebrado por la tarde) y recuerda la muerte de Cristo, con la que cerró su jornada
terrena (OGLH 39). Las vísperas expresan la espera de la bienaventurada
esperanza y de la llegada definitiva del reino de Dios, que se producirá al final del
día cósmico. Tienen, por tanto, un sentido escatológico referido a la última venida de
Cristo, que nos traerá la gracia de la luz eterna (OGLH 39).
Las vísperas son el símbolo de los obreros de la viña eclesial, los cuales al final
de su jornada se encuentran con el Amo divino para recibir el don liberal de su
amor, más que la recompensa debida al trabajo (Mt 20,1-16). La iglesia, que ha
sido acompañada por Cristo en su camino de la jornada, llegada a la última hora, le
dice: "Quédate con nosotros porque es tarde" (Lc 24,29; cf oración de vísperas del
lunes de la cuarta semana).
Estos y otros significados se pueden documentar a partir de las oraciones y
de otras fórmulas, y deberían impedir que se hiciera de este oficio un acto de culto de
la primera parte de la tarde en el espacio de la hora de nona.
3. OFICIO DE LECTURAS
LITURGIA	
  DE	
  LAS	
  HORAS,	
  ORACIÓN	
  OFICIAL	
  DE	
  LA	
  IGLESIA	
  
	
  
	
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El margen muy amplio dado a las lecturas bíblicas y a autores eclesiásticos
caracteriza a este oficio como tiempo de escucha de Dios que habla, momento de
meditación sobre las realidades reveladas por él, de contemplación de la historia
salvífica y, en particular, del misterio de Cristo. Crea el ámbito espiritual favorable
para la atención a la voz de la iglesia, que se hace anunciadora, maestra y guía
espiritual. Pero la escucha que caracteriza a este oficio no debe hacer olvidar la nota
general de toda la LH, la de la alabanza, que se pone de relieve sobre todo en el
himno y en los salmos. Más aún, las lecturas mismas entran en este clima, porque
estimulan, alimentan y revigorizan la celebración de la alabanza mediante la
evocación de las maravillas realizadas por Dios. La iglesia y el orante continúan la
glorificación del Altísimo admirando su sabiduría en lo que ha dicho y su poder en lo
que ha hecho, entonando himnos a su amor, porque una y otra cosa se han
obrado para la salvación del hombre.
El oficio de lecturas es el heredero dedos antiguos nocturnos, pero libre de su
primitivo condicionamiento horario. Sin embargo, siempre que se pueda y se quiera,
puede recobrar el aspecto tradicional. Entonces se deberá decir de noche (a partir
del ocaso del día precedente, después de vísperas, hasta la mañana temprano antes
de laudes), con una serie de himnos nocturnos. Si no, se puede colocar en
cualquier hora del día (OGLH 58-59).
4. TERCIA, SEXTA, NONA U HORA INTERMEDIA
El Vaticano II no ha suprimido las horas de tercia, sexta y nona, antes bien
las aconseja también a aquellos que no están obligados a ellas por ley particular
(OGLH 76). Ofrece, sin embargo, la posibilidad de celebrar sólo una, adoptando la
que más cuadre con el momento escogido. Este oficio, gracias a la estructura de
que se hablará, puede asumir tres colocaciones y tres funcionalidades diversas,
manteniendo el mismo núcleo salmódico. Se llama hora intermedia porque ocupa un
lugar intermedio entre laudes y vísperas (OGLH 76-78).
La tradición ha puesto las tres horas en relación con las tres personas divinas,
con la triple oración de Daniel, de los hebreos, de los apóstoles y de los primeros
cristianos. Sin embargo, tienen también un significado particular en relación con la
historia de la salvación (OGLH 75).
Tercia recuerda principalmente la venida del Espíritu, Santo y la crucifixión de
Cristo. Sexta evoca la oración de Pedro en casa del curtidor, la agonía de Cristo y su
ascensión al cielo. Nona trae a la memoria la oración de Pedro y Juan en el templo,
la curación del tullido, la sacudida de la tierra recordada por los evangelios y la
muerte de Cristo.
5. COMPLETAS
Es la oración que se dice antes del descanso nocturno, aunque éste comience
después de medianoche. Toda ella respira confianza en Dios. Tiene también un
sentido penitencial. En efecto, al comienzo se pide perdón por todas las faltas de la
jornada.
Como Simeón, al final de su jornada terrena expresó la alegría y la gratitud a
Dios por haber encontrado a Cristo, luz de salvación, así la iglesia es feliz por alabar a
Dios a causa de los encuentros con Cristo y su experiencia de redención tenidos a lo
largo del curso del día.
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IV. VALOR ESENCIAL DE LA LITURGIA DE LAS HORAS EN LA VIDA
DE LA IGLESIA
Se quiere ahondar aquí en las razones que hacen de la LH la oración clásica de
los cristianos; es decir, se tratará de identificar mejor sus valores, a fin de
determinar la relación existente entre el oficio divino y la misión de la iglesia.
1. Máxima realización de la iglesia, comunidad orante.
La iglesia es comunidad orante; más aún, es una comunidad que no puede
vivir sin una oración continua, y por tanto es siempre orante (Laudis canticum 8;
OGLH 910). Sólo la LH expresa plenamente a toda la iglesia orante como tal y su
permanencia constante en la oración, y sólo ella tiene la fuerza de realizarla en la
forma más connatural y congenial en las personas y en los lugares. La LH es el
ejercicio y la actuación más alta de la misión de orante perenne encomendada por
Cristo a su iglesia (cf SC 83; OGLH 10; 13). Sólo la LH ha de considerarse la expresión
más típica y característica de la comunidad, en cuanto alabadora perenne de Dios. Y
es esta oración la que la iglesia considera suya por título especial, es decir, en cuanto
cuerpo místico total de Cristo (cf SC 26).
2. Acto de cristo, sacerdote celestial.
Cristo está siempre presente en toda verdadera oración, pero lo está sobre todo
en la oración litúrgica de la iglesia, en la cual y con la cual también él suplica y entona
salmos (SC 7; OGLH 13). Entonces es cuando se verifica por título supremo su
función de orante sumo de la comunidad universal. Durante su vida terrena, Cristo
fue sacerdote también por su oración de alabanza a Dios y de súplica por los
hombres. El continúa ahora su tarea en el cielo (Heb 7,25; OGLH 4). Pero esta su
forma orante de sacerdocio encuentra el ejercicio más cualificado en la oración
litúrgica de la iglesia (SC 7), la cual es prolongación y actuación del sacerdocio único
del fundador (SC 83; OGLH 13). La LH tiene un carácter anamnético respecto a la
vida de oración hecha por Jesús. También esta última forma parte de las acciones
de Cristo que la liturgia conmemora y representa para que los fieles, poniéndose en
comunión con ellas, obtengan su salvación (OGLH 12).
3. Oración vitalizada por el Espíritu Santo.
No puede haber oración cristiana sin la acción del Espíritu Santo (OGLH 8). En
particular, la LH no podría tener como sujeto operante a la iglesia entera si el
Espíritu Santo no uniese a todos los miembros entre sí o no los compaginase con
la cabeza, Cristo (OGLH 8). Es el Espíritu el que hace vivir a este cuerpo con su
presencia: es el alma de toda su actividad salvífica, y particularmente de la oración. El
Espíritu Santo establece la unión perfecta entre la oración de la iglesia y la de Cristo,
y es él quien hace que fluya en el corazón de la iglesia la alabanza trinitaria que
resonaba desde toda la eternidad en el cielo y que Cristo trajo a la tierra (OGLH 3).
Es él quien hace presente y viva a toda la iglesia orante en las asambleas y personas
que celebran la LH. El Espíritu Santo, informando con su ser la oración de la iglesia, la
hace grata al Padre.
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4. Participación en la alabanza mutua de las personas divinas.
La oración cristiana tiene un origen trinitario porque es el himno que resuena
eternamente en el ámbito de las tres personas divinas, traído por el Verbo a la tierra
cuando se hizo hombre. Entonces, de pura alabanza que era, pasó a ser también
adoración, propiciación, intercesión (SC 83; OGLH 3). Sin embargo, en ninguna
oración estamos asociados a Cristo cantor de este himno trinitario como en la LH, al
ser ésta la oración por excelencia de su cuerpo, de su esposa, de su pueblo (SC 83;
OGLH 15-16).
5. Realización del hombre.
La cultura moderna hace del hombre el polo gravitacional del universo; pero
luego lo esclaviza de diversas formas cuando lo aparta de Dios, mientras que en
realidad sólo en comunión con él puede mantenerse como centro y cima de todo.
La LH garantiza el privilegio del hombre porque lo inserta, en cuanto bautizado, en el
coro eclesial de alabanza divina, lo asocia vitalmente a Cristo y al Espíritu Santo, y por
tanto, lo pone en el plano de la eterna alabanza trinitaria. El hombre que celebra la
LH se libra de todo género de soledad, porque siente en torno a sí a todos los
miembros de la iglesia terrestre y también a los elegidos del cielo. Se siente
potenciado al máximo en su petición de elevación de sí y de todos sus semejantes, y
encuentra en la oración, como comunión con Dios, uno de los medios más válidos
de la propia realización perfecta.
6. Santificación cosmica.
La LH, en cuanto oración esencialmente horaria, consagra todo el tiempo (SC
84; 88; OGLH 10). Por eso la LH santifica el mundo en su despliegue. Lo santifica, no
exorcizándolo de algo inmundo, como si hubiera sido creado intrínsecamente
malvado, sino haciendo tomar conciencia al hombre del verdadero fin del mismo y
haciéndole acoger en la fe, en la caridad y en la esperanza la relación existente
entre todo el universo creatural y la vida, por un lado, y la obra de la Trinidad, el
misterio de Cristo redentor y la iglesia que obra en la tierra, por el otro. La LH
destaca y recuerda, en clave de adoración y de alabanza, la conexión
conmemorativa que media entre las horas y las obras del Salvador y, al insertar a
los seres infrarracionales en la esfera de la salvación cristiana, contribuye a su
liberación y a su participación en la gloria de los hijos de Dios (Rom 8, 19-21). En la LH
resalta grandemente la dignidad del hombre como sacerdote de lo creado, es decir,
mediador de alabanza entre las cosas creadas y Dios. Así, la LH, a través del orante,
se convierte en un gigantesco cántico de las criaturas que bendicen a su creador.
V. ¿OBLIGACIÓN O GRACIA?
Con frecuencia no se tiene otra idea de lo que es la Oración de la Iglesia que
aquella que ha prevalecido a lo largo de muchos siglos, ésto es, que la Liturgia de las
Horas no es más que una obligación que han de cumplir una serie de personas
especialmente comisionadas para que la celebren en nombre de la Iglesia y por toda la
Iglesia, es decir, que la Liturgia de las Horas es algo exclusivo del clero y demás
personas deputadas por la Iglesia para su celebración, según queda manifestado
particularmente en la normativa del Magisterio antiguo y en el CIC del 17.
Sin embargo, actualmente este exclusivismo carece de fundamento y no tiene
justificación porque ni los consejos del Señor y de los Apóstoles sobre la necesidad de
orar siempre, ni las indicaciones de los Santos Padres, ni las enseñanzas de los
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documentos conciliares y postconciliares actuales, en particular, la Constitución
Sacrosanctum Concilium, la Institutio Generalis de Liturgia Horarum y CIC 83, van
dirigidas únicamente a los miembros del clero o de las comunidades monásticas. "Todo
lo contrario: El Señor cuando manda orar o cuando entrega a sus discípulos la oración
cristiana por excelencia, el Padrenuestro, habla para todos sin excepción. Por su parte,
La tradición litúrgica de los primeros siglos es unánime en señalar también que la
Liturgia de las Horas no es privativa de la jerarquía o de un grupo selecto de fieles, sino
que es celebrada y participada por toda la comunidad. Las Horas de oración aparecen
siempre como una acción de todo el Pueblo de Dios, reunido en asamblea litúrgica y
presidido por sus pastores".31
La plegaria de la Iglesia es ante todo un don que recibimos de nuestra Madre de
la Iglesia, una ayuda a nuestra vocación de orar siempre, un hermoso camino de
alabanza e intercesión, que nos mantiene en una atmósfera bíblica, eclesial,
comunitaria. La conciencia del don recibido y de la gran ayuda que supone para
nosotros, una vez que hemos recibido la gracia, nos compromete a ser fieles a esa
gracia recibida, y a no permitir que el árbol se seque y deje de dar flores y frutos.
Aunque los clérigos normalmente tendrán que rezarlo en privado, la estructura
comunitaria de la LH no les permite olvidar que no se trata de una situación ideal ni
emblemática, y que lo que hacen “no se encuadra en el marco de su piedad privada o
de sus devociones particulares, es más bien un gesto eclesial, un encargo a ellos
encomendado, que deben ejecutar en nombre de todo el pueblo de Dios”. Se puede
recitar la Liturgia de las Horas en privado sólo cuando uno lleva la comunidad en su
corazón y añora la celebración comunitaria, y participa en ella siempre que sea posible
dentro del marco de sus obligaciones pastorales o familiares.
La fidelidad requiere hábitos. La seriedad con la que la Iglesia inculca la
obligación de la Liturgia de las Horas proviene de la conciencia del grave peligro que
existe de que, una vez que comenzamos a excusarnos de su cumplimiento por motivos
cada vez más fútiles, acabamos por abandonarlo del todo. Es lo mismo que pasa con la
Eucaristía dominical en los fieles. Es por ello que, para salvaguardar el valor de la
Liturgia de las Horas como oración de la Iglesia, es necesario tener muy en cuenta el
sentido teológico, ascetico - espiritual y pastoral de la Liturgia de las Horas.
1. Sentido teológico de la obligación canónica de la Oración de las Horas.
Para celebrar bien y vivir mejor la Oración de la Iglesia, la Liturgia de las Horas,
no sólo de parte de los clérigos, deputados por la Iglesia, sino también por parte de los
fieles a los que también está dirigida, es necesario tener en cuenta los fundamentos
teológicos que sostienen la obligación canónica de la Oración de las Horas, expresada
en la normativa canónica y litúrgica. Estos fundamentos teológicos son: La dimensión
trinitaria de la Liturgia de las Horas, que es a la vez Cristológica y Pneumatológica; la
dimensión de santificación del tiempo y de la actividad humana; la dimensión eclesial y,
la dimensión orante del presbítero y su deputación a la Liturgia de las Horas.
2. Sentido espiritual de la Liturgia de las Horas .
La unidad indisoluble que existe entre la Liturgia y la Vida se manifiesta también
en la Liturgia de las Horas. Ella es fuente de espiritualidad, de santificación y de
perfección para los ministros ordenados y para todos los que participan en su
	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  
31
Cf. J. LÓPEZ MARTÍN, La Oración de las Horas, historia, teología y pastoral del Oficio
Divino, Salamanca 19943
, 77-78.
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celebración, estén obligados o no, por un mandato positivo de la Iglesia. Los
documentos conciliares y postconciliares expresan esta realidad hablando de la
Liturgia de las Horas como «fuente de vida cristiana», «fuente de piedad», «fuente de
santificación», «alimento de la oración personal», «culmen y fuente de la acción
pastoral» y cuando la presentan como «garantía de la unidad espiritual de la jornada y
de la vida».
La Liturgia de las Horas es «fuente de vida cristiana». Esta realidad está
expresada en el número 18 de la Institutio Generalis, donde se dice que la Liturgia de
las Horas contribuye al crecimiento de la vida cristiana por medio de sus elementos
constitutivos fundamentales: lecturas y oraciones, a la vez que resalta su eficacia en
orden a la vida ascética o a la vida apostólica. La Liturgia de las Horas es fuente de vida
cristiana porque expresa en general la relación que existe entre ella y la vida
cristiana.32
La Liturgia de las Horas es «fuente de piedad», uno de los elementos esenciales
de la vida cristiana (Cf. SC 90; IGLH 19, 28, 165) ). Ella es un continuo reclamo a la idea
de Dios y al deber fundamental del hombre de alabar a Dios, vivir en dependencia de Él,
en continua unión con Él, en constante contacto con las riquezas de la vida trinitaria. La
continuidad de tal reclamo y de tales sentimientos es asegurada en modo particular en
aquellos que celebran la Liturgia de las Horas habitualmente, como es el caso de los
ministros sagrados deputados por la Iglesia, y respetando su carácter horario.33
La Liturgia de las Horas es «fuente de santificación» de la vida cristiana. Ella
manifiesta plenamente la dimensión descendente de toda la Liturgia: la santificación de
los hombres, y contribuye a tal fin, pero es vista en su íntima relación con el culto a
Dios, dimensión ascendente, ejercitado por la misma Liturgia de las Horas (Cf. SC 10).
Se trata de las dos dimensiones presentes en toda acción litúrgica y que hacen de la
misma un verdadero intercambio o diálogo entre Dios y el hombre, en el que Dios habla
a su pueblo y el pueblo responde a Dios con el canto y la oración (Cf. SC 33). Esta
realidad está expresada claramente en el número 14 de la Institutio Generalis que lleva
como título «la santificación humana», donde se hace ver cómo la Liturgia de las Horas,
con sus lecturas y sus oraciónes, es alimento de la fe y fuente de gracia, con lo que la
Liturgia de las Horas contribuye eficazmente a alcanzar y alto grado de perfección de
la vida cristiana.34
La Liturgia de las Horas es también «alimento de la oración personal». Liturgia
de las Horas y Oración personal, no son dos tipos de oración que se opongan, sino que
más bien se complementan. La Liturgia de las Horas, oración eminentemente pública y
común, debe encontrar su prolongación en la oración personal y, la oración personal
debe siempre estar referida a la experiencia y a los sentimientos que han enriquecido
el espíritu durante la celebración de la Liturgia de las Horas, a través de las lecturas,
los salmos y las otras partes de la misma. Entendido así, la Liturgia de las Horas se
convierte en fuente, norma y culmen de la oración personal y, por tanto, en elemento
	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  
32
Cf. A. CUVA, La Liturgia delle Ore, 52-53.
33
Ibid., 53-54.
34
Ibid., 54-55; J. CASTELLANO, «Teología y Espiritualidad de la Liturgia de las Horas», D.
Borobio (ed.), La Celebración en la Iglesia, Vol. III, Ritmos y tiempos de la celebración, Salamanca
1994, 410.
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propio de la espiritualidad del cristiano que participa en ella, especialmente del
ministro sagrado deputado para su recitación.35
Hablar de la espiritualidad de la Liturgia de las Horas significa también hablar
de su valor pastoral, puesto que ésta se ejercita en el campo de la actividad apostólica.
La Liturgia de las Horas es «culmen y fuente de la acción pastoral».Para todos los
llamados en la Iglesia a ejercitar el apostolado, especialmente los ministros sagrados
(Cf. IGLH 28), la Liturgia de las Horas será alimento de acción apostólica o pastoral (Cf.
IGLH 19), cuya eficacia dependerá de la participación en la oración de las Horas, que
representa continuamente el Misterio de Cristo, la historia de las misteriosas
intervenciones de Dios, Padre y Pastor, en el mundo.
3. Dimensión ascética de la Liturgia de las Horas
Según el espíritu de los documentos conciliares y postconciliares, vida y
oración son dos realidades que están indisolublemente unidas. Se nota ahí el grande
esfuerzo por revitalizar la vida de oración, pero la realidad es todavía hoy existe una
gran separación entre la vida y la oración. El ideal a alcanzar es claro, pero realizar la
unidad entre la oración y la vida, no ha sido nunca fácil y parece serlo menos ahora,
tanto para los sacerdotes como para los fieles. Orar nunca fue fácil y siempre hay
obstáculos que superar, por eso hay que considerar también que la Liturgia de las
Horas tiene su propia ascésis y mística, es decir, que requiere un grande esfuerzo para
la superación de los obstáculos y esa se pueda convertir en un verdadero culto a Dios y
en fuente de santificación para el hombre en su vida de cada día.36
Existen muchos problemas tanto a nivel personal como a nivel comunitario que
impiden celebrar como es debido la Liturgia de las Horas: falta de disponibilidad para
encontrarse con el Dios vivo y verdadero por parte del orante; la situación física o
moral del orante, que no permiten orar con sinceridad; el ajetreo de la vida diaria y la
actividad frenética, etc. El mismo mandato u obligación de recitarla hace de ella un
peso muchas veces difícil de llevar. Existen dificultades y tentaciones que bloquean la
oración y a los mismos orantes y que pueden llegar a bloquear, en la propia vida, el
ritmo de la oración eclesial, su teología, su dimensión cultual y su eficacia
santificadora, anulando el ritmo vital que supone la oración en las personas y restanto
ímpetu a una pastoral que todavía hay que intensificar para que la Liturgia de las Horas
se convierta en oración normal de toda comunidad cristiana.37
La Liturgia de las Horas representa un camino de oración y de compromiso, que
requiere un esfuerzo personal de cada uno de los orantes. La Iglesia incluso ha
sacrificado la cantidad de la oración por la calidad, para facilitar una participación
plena y activa, tanto de los obligados a la Liturgia de las Horas, como de parte de los
fieles, abriendo a éstos la posibilidad de celebrarla juntamente con los sacerdotes.38
Por tanto, se hace necesario revalorizar la teología y la espiritualidad de la
Liturgia de las Horas, pero sobre todo, se debe tener en cuenta el ejemplo del Señor y
de la Iglesia, que no deja lugar a dudas: es preciso orar constantemente, en todo
tiempo y circunstancia, sin interrupción, para santificar así la totalidad del día y de la
noche, es decir, para santificar toda la vida humana, toda la existencia. Si Cristo,
	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  
35
Cf. Paulo VI, Constitución Apostólica Laudis Canticum, núm. 8.
36
Cf. M. MAGRASI, «La Spiritualità dell' Ufficio divino», Liturgia delle Ore, Quaderni di
Rivista Liturgica n. 14, Milano 1973, 365-404.
37
Cf. J. CASTELLANO, «Teología y espiritualidad…, 400.
38
Ibid., 399; J. LÓPEZ MARTÍN, La Oración de las Horas, 92-93.
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cuando estaba entre los hombres, oraba al salir el sol, al mediodía y al atardecer; si los
Apóstoles, siguiendo el ejemplo de su Maestro, oraban también en momentos
determinados del día, es porque de este modo llenaban toda la existencia de esa unión
con el Padre en el Espíritu Santo que produce la oración. Vida y oración se unen así en
estos momentos privilegiados. Esto es una exigencia fundamental en la vida cristiana
para lograr esa necesaria ascesis de la oración que puede y debe desembocar en la
contemplación y en el compromiso, en la plena unidad de vida y de oración, por medio
de la celebración y plena y activa participación en la Liturgia de las Horas. Para lograr
esa ascésis de la oración se proponen las siguientes líneas de espiritualidad que
derivan en un programa que abarca toda la vida. Estas líneas de espiritualidad son:
3.1. La perseverancia creadora. La oración cristiana requiere siempre de
perseverancia, de aquella capacidad de empezar cada día, de saber estar presentes
con todo el ser, de durar en la oración unánime, pasando por muchos desiertos que
atraviesa toda la vida y experiencia de oración. Habrá que recurrir siempre al ejemplo
de las primeras comunidad cristianas, en particular de los cristianos de Jerusalén que
perseveraban en la oración (Cf. Hch 1, 14; 2, 42). Para perseverar en la oración, se
requiere además, la capacidad de ser creativos. La creatividad supone la capacidad de
hacer una oración viva, de una comunidad viva y vivaz, con todas las posibilidades que
ofrece la Iglesia, a través de las diferentes adaptaciones que se pueden hacer a la
Liturgia de las Horas, especialmente en su celebración comunitaria.39
3.2. La fidelidad contemplativa. Se trata de una actitud que exige
clarividente relación de compromiso fiel con Cristo que es el que nos convoca a la
oración; fidelidad a la comunidad que nos acompaña, es decir, a la Iglesia Universal y
local que representan los ministros sagrados, deputados a la oración, en la que se ora
y por quien se ora; y fidelidad al mundo por quien también se ora. Es la capacidad de
contemplación que da el Espíritu Santo como un don, que permite la progresiva
unificación del orante, que vivifica toda su oración en la palabras, gestos, silencios,
que permite de apropiarse las fórmulas orantes, sentirlas y recrearlas en la propia
oración, que permite dejarse conducir suavemente por la formulación que la Iglesia nos
propone y vaciar en ella toda la riqueza de nuestra propia oración, eclezializada como
«voz de la Esposa al Esposo», haciendo del cristiano un verdadero orante y de la
oración un verdadero culto «en espíritu y en verdad».40
3.3. La oración con espesor existencial. La oración de la Iglesia, como la
oración de Jesús, tiene que ser comprometida y realista, comprometida y
comprometedora, es decir, no desgajada de la existencia concreta. Esta es una
dimensión que se debe alcanzar por medio de la Liturgia de las Horas. En ella se pide al
orante y a la comunidad esa vibración existencial expresada a través de las fórmulas de
la eucología eclesial, que permita al cristiano infundir a su oración el realismo de la
historia, de la existencia de los hombres, los esfuerzos de sus trabajos, la solidaridad
con los problemas actuales y el compromiso con la justicia y con la paz. Así la oración
eclesial, la Liturgia de las Horas, compromete al orante y hace que este se comprometa
a vivir en la continuidad de la existencia, lo que ha expresado por medio de la oración y
le permite continuar en la vida la Alianza con Dios, en un diálogo continuo que haga
efectiva y presente la salvación para toda la humanidad. La oración de la Iglesia será
entonces, con toda su riqueza, celebración de la revelación y continuidad de la historia
	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  
39
Cf. J. CASTELLANO, «Teología y Espiritualidad…, 401.
40
Ibid., 402.
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salvífica, que se hace presente no sólo mediante la celebración de los sacramentos,
sino también mediante la celebración de la Liturgia de las Horas.41
4. Sentido pastoral de la obligación canónica de la Oración de las Horas.
Después de haber estudiado los fundamentos teológicos y espirituales que
están detrás de la obligación canónica de la Oración de las Horas, nos proponemos
ahora estudiar el sentido pastoral que fundamenta esa obligación, partiendo de los
datos proporcionados por los documentos conciliares y postconciliares que hemos
estudiado. Según la Sacrosanctum Concilium y la Institutio Generalis, el punto de
partida es recordar la referencia del Oficio Divino a la Iglesia entera. Luego vienen los
sujetos de la Liturgia de las Horas: en primer lugar, la Iglesia local, con su obispo y
presbíteros; después la parroquia, las comunidades y la familia.
El CIC 83 definió tanto la función como la obligación de celebrar la Liturgia de
las Horas, por parte de los sacerdotes y los diáconos, en el marco de la acción
sacerdotal de toda la Iglesia, que necesariamente conlleva una dimensión pastoral (cc.
1173-1175). Pero es la Institutio Generalis la que mejor recoge y expresa de modo más
explícito la dimensión pastoral de la Liturgia de las Horas. Lo mismo que a la Liturgia en
general (SC 10), también a la Liturgia de las Horas se le atribuye el ser «culmen et
fons» de la acción pastoral, porque en ella culminan los esfuerzos, y de ella parte la
fuerza para la vida crisitiana (IGLH 18). Es claro entonces que el Oficio Divino no es
algo exclusivo de los clérigos, sino de toda la Iglesia y, que es dentro del contexto
eclesial y de la acción pastoral, donde se debe situar siempre el mandato de celebrar la
Liturgia de las Horas reservado a los obispos, presbíteros y diáconos (IGLH 28-30).
Siguiendo la línea del Vaticano II y de los documentos conciliares y
postconciliares, se hace necesaria una mentalidad renovada, tanto por parte de los
clérigos deputados a la celebración de la Liturgia de las Horas, como por parte también
de los otros obligados y de toda la Iglesia, que contemple la Liturgia de las Horas no
como un problema de piedad personal o de obligación eclesiástica, derivada de una
norma jurídica, sino como una acción eclesial específica del Pueblo de Dios o
comunidad de fieles y no como un acto puramente ministerial y jerárquico, aún en el
caso de que la celebración del Oficio se haga en privado.
Esa mentalidad nueva nos conducirá a hacer una valoración de la dimensión
pastoral de la obligación canónica de la Liturgia de las Horas, que nos lleve a
comprender claramente su significado. Esta valoración la hacemos a partir de la
consideración de la Liturgia de las Horas como «alimento y expresión de la acción
apostólica», y «cumbre y fuente de la acción pastoral» (IGLH 18), centrada
particularmente en los siguientes aspectos: La Oración eclesial e Iglesia Particular, La
Celebración Eclesial y comunitaria de la Liturgia de las Horas, La Comunidad cristiana,
comunidad orante. La consecuencia final será aquella de urgir aún más el hecho de
que el Oficio Divino debe entrar en la programación pastoral de las comunidades
eclesiales con la misma naturalidad con que se hacen las demás actividades pastorales
en las que participan los clérigos, dentro del contexto de una pastoral litúrgica en la
línea del Vaticano II.42
Prospectiva pastoral-celebrativa
	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  
41
Ibidem.
42
Cf. J. LÓPEZ MARTÍN, La Oración de las Horas, 235-236.
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  OFICIAL	
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La teología es el eje orientativo y el principio exigitivo de una pastoral
determinada. Por eso conviene tener muy en cuenta la teología de la Liturgia de las
Horas para poder elaborar y llevar a cabo una auténtica pastoral que ayude a lograr la
plena participación en la Liturgia de las Horas, no sólo por los sacerdotes y ministros
deputados para su celebración, sino por toda la comunidad cristiana. Sin repetir la
teología que se ha estudiado, se debe recordar dos principios de coherencia teológico-
pastoral para la Liturgia de las Horas, que nos llevarán a definir aquellos puntos
esenciales, donde se debe acentuar la acción pastoral, para lograr esa plena y activa
participación en el Oficio Divino, que nos pide la Iglesia.
El primero es que, toda celebración tiene como objeto el misterio de Cristo. La
Liturgia de las Horas se celebra de modo especial el misterio de Cristo orante-alabanza
de Dios Padre a través de las diversas secuencias de la vida, y sobre todo en relación
con los diversos momentos del misterio pascual (Cf. IGLH 6, 7, 15), misterio que, desde
muy antiguo, está relacionado en el Oficio Divino, con las diferentes Horas de la
jornada, en las que se hace referencia a los diversos acontecimientos de la vida de
Cristo. Por ejemplo: las Vísperas y los Laudes, que están asociadas con el misterio
pascual de la muerte y resurrección de Cristo y fundadas en el simbolismo de la tensión
día-noche, luz-tinieblas. De este principio se deduce la necesidad pastoral, no sólo de
rezar cada hora a su tiempo o momento correspondiente, sino también de expresar y
atribuir a cada hora el contenido o verdad anamnética que le da sentido. Así lo dice
expresamente la Institutio Generalis en el número 11: «…siendo fin propio de la Liturgia
de las Horas la santificación del día y de todo el esfuerzo humano, se ha llevado a cabo
su reforma procurando que en lo posible las Horas respondan de verdad al momento
del día, y teniendo en cuenta al mismo tiempo las condiciones de la vida actual» (Cf. SC
84; CIC c. 1175). La «veritas horarum» es lo que caracteriza a la Liturgia de las Horas,
de aquí su nombre, por tanto, hay que esforzarse por rezarlas a su tiempo, para que
adquieran su pleno significado en razón de aquello a lo que están ordenadas.43
De lo dicho anterioremente se desprende un segundo principio que se debe
recordar. Se trata de aquel principio que relaciona la Liturgia de las Horas y el ritmo del
tiempo. Se ha dicho ya que lo específico de la Liturgia de las Horas es la consagración
del tiempo según el ritmo horario, con el fin de santificar el día y todo el esfuerzo
humano (IGLH 10-11). Sin embargo, no basta rezar el Oficio a su tiempo, es preciso
también descubrir y vivir el sentido del tiempo, de ese tiempo que nos habla y nos
remite a Dios, en la sucesión de sus diferentes momentos: alba, mediodía, atardecer,
noche. De ese tiempo que, silencioso y elocuente a la vez, nos invita, a través de su
gran portavoz el sol, a alabar al Creador y al Salvador.44
La consecuencia pastoral que se desprende es la necesidad de una adecuada
catequesis que eduque al pueblo y a las diversas comunidades a comprender y vivir
este misterio, sobre todo en relación con las dos horas más importantes del día:
Laudes y Vísperas, que son el doble quicio de la Liturgia de las Horas y los centros
difusores de santificación y sentido para la entera jornada. Según el tipo de comunidad,
podrá realizarse una u otra catequesis, y las adaptaciones que sean necesarias, según
las prescripciones de la Iglesia.45
El tercer principio es aquel que relaciona la Liturgia de las Horas con el Misterio
de la Iglesia. Se debe recordar que la Liturgia de las Horas es prolongación histórica de
	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  
43
Cf. V. Raffa, L 'orario di preghiera nell' Ufficio divino, EphLit 80 (1966) 97-140; D.
BOROBIO, «La Pastoral de la Liturgia…, 517-518.
44
Ibid., 520.
45
Ibidem.
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la oración y albanza de Cristo al Padre. La estrecha unión entre Cristo y los bautizados,
la participación en su sacerdocio, nos asocia de modo especial a la oración de Cristo,
único mediador entre Dios y los hombres (IGLH 6-7; Cf. SC 7). La Liturgia de las Horas
es por tanto una acción que pertenece a todo el pueblo de Dios, que expresa, hace
presente y realiza a la Iglesia entera en cuanto comunidad orante (IGLH 9, 20). Por eso
es oración eminentemente eclesial, no sólo porque el verdadero sujeto es la Iglesia
entera, Cabeza y miembros, sino también porque pertenece a su mismo ser.46
De este principio se deducen dos conclusiones pastorales: la primera es que ha
de preferirse en cualquier caso la celebración comunitaria, siempre que haya
posibilidades, puesto que la eclesialidad de la Liturgia de las Horas se manifesta de
modo más excelente en la comunitariedad. Esta comunitariedad no debe entenderse
como algo intramonástico o intraclerical, sino como aquella acción litúrgica donde la
participación se extiende a todo el pueblo de Dios, con su organicidad y pluralidad de
carismas, vocaciones, servicios y ministerios. Esto exige que la Liturgia de las Horas
deje de ser un monopolio clerical o monacal, abriendo los espacios y ofreciendo la
posibilidad de participación a todos en la medida de lo posible. La Liturgia de las Horas
debe considerarse como patrimonio común de todo el pueblo cristiano, que debe ver
en ella un punto de referencia oracional de primer orden.
La segunda conclusión que se deriva es que, quienes rezan la Liturgia de las
Horas, sobre todo los ordenados, ejercen una especial representatividad de la Iglesia
entera «in nomine Ecclesiae» (IGLH 20-24; PO 5), no sólo porque realizan un acto
eminentemente eclesial, sino también porque realizan un acto sacramental. La IGLH
recuerda al mismo tiempo la representatividad eclesial común de todos los bautizados
(IGLH 108; Cf. n. 20), y la mayor significatividad eclesial de los ministros ordenados.
Esto supone que quienes rezan la Liturgia de las Horas, bien «porque han recibido el
orden sagrado o están provistos de un peculiar mandato canónico», deben sentirse no
simples sustitutos o suplentes de quienen lo rezan, sino más bien servidores y
representantes de y para el pueblo, que tiene la obligación de orar «siempre, sin
desanimarse» (Lc 18, 1), pero que no siempre puede tener una dedicación explícita a la
oración de la Liturgia de las Horas (IGLH 28-32), a la que no se debe dejar de invitarle
también permanentemente.47
Si se quiere aplicar estos principios a la pastoral de la Liturgia de las Horas,
algunos pasos en concreto para la educación y catequesis a la oración y que dan
sentido a la obligación canónica de la Oración de las Horas, son los siguientes:
1). La formación de los futuros pastores.
El documento sobre la formación litúrgica en los Seminarios De Institutione
liturgica in Seminariis, del 3 de junio de 1979, dedica varios números a hablar de la
formación doctrinal y práctica de los futuros presbíteros en la Liturgia de las Horas (Cf.
nn. 28-31; apéndice nn. 68-75).48
El documento ofrece no sólo las líneas por las que ha
de discurrir la vida litúrgica de los futuros sacerdotes, sino que presenta claramente
definido el ideal de la vida y el ministerio de los presbíteros en relación a la Liturgia.
2). Formación de los fieles.
	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  
46
Ibid., 518-519.
47
Cf. P. FARNÉS, Ministerio pastoral y liturgia de las horas: Phase 130 (1982) 271-284; D.
BOROBIO, «Pastoral de la Liturgia…, 519.
48
Cf. EV 6, 1583-1588/1697-1704.
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  OFICIAL	
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El ideal de la pastoral de la Liturgia de las Horas debe ir encaminado no
solamente a que los sacerdotes cumplan el deber que tienen de recitar la Liturgia de
las Horas, sino también a propiciar la plena y activa participación en la misma a través
de una auténtica y adecuada catequesis. A los fieles también se les tiene que formar a
la Liturgia de las Horas en varios campos: formación bíblica, litúrgica, musical, técnica,
etc., porque esa, como toda celebración sacramental, exige una verdadera catequesis
y pedagogía, de modo que pueda entenderse, realizarse y vivirse con verdadera
participación y frutos santificadores. De este aspecto de la pastoral litúrgica hay que
decir también lo que el Concilio decía en general: «No se puede esperar que esto (la
participación activa) ocurra, si antes los mismos pastores de almas no se impregnan
totalmente del espíritu y de la fuerza de la liturgia y llegan a ser maestros de la misma
(SC 14).49
CONCLUSIÓN
A partir de nuestro estudio nos damos cuenta que la Liturgia de las Horas tiene
algunos elementos estructurales que nos ayudan a captar y entender mejor el sentido
teológico, ascético y pastoral de la obligación canónica de la Oración de las Horas.
Tales elementos estructurales descubren y hacen presente el contenido teológico,
espiritual y pastoral en relación a su obligatoriedad, dándonos así la comprensión más
clara de la obligatoriedad del Oficio, no sólo en relación a los clérigos, sino también en
relación a todos los bautizados.
El sujeto adecuado de la Liturgia de las Horas es siempre la Iglesia toda: desde
el obispo con su presbiterio y fieles hasta la familia, pasando por las parroquias,
comunidades contemplativas, religiosos, grupos de sacerdotes y fieles. La Liturgia de
las Horas es siempre dialogal y comunitaria. Esto nos lleva al encuentro con el
contenido fundamental de la misma: la Oración de Cristo-Iglesia, que se realiza en la
asamblea orante. La oración, que es la Liturgia de las Horas, se debe llevar a cabo en
determinadas horas, para abarcar simbólicamente todo el tiempo humano. El mismo
nombre de «Liturgia de las Horas» apunta como esencial el carácter horario de este
acto de la Iglesia, que revela y hace presente la oración de Cristo-Iglesia en la entraña
misma de la vida humana, del hombre que vive en el tiempo, para su propia
santificación. En la Liturgia de las Horas la Iglesia celebra la salvación de Dios en
Cristo. Ella tiene un carácter celebrativo que revela y hace presente la oración de
Cristo-Iglesia, en la forma apropiada a la realidad significativa, sacramental de esa
oración. Si no se celebra, se malogra un acto esencialmente celebrativo. La Liturgia de
las Horas aparece como un derecho y un deber no sólo de los clérigos deputados para
su celebración, sino también de todos los bautizados. Esto se deriva de la estructura
comunitario-eclesial. En cuanto es un deber, se encuentra hoy cuestionada, a causa
del rigorismo del pasado, de la baja actual de la oración en un buen número de
sacerdotes y del desconocimiento de la misma Liturgia de las Horas.50
Finalmente, hay que decir que, se advierte en los documentos relativos a la Liturgia de
las Horas, la superación de la concepción clerical y devocional de la celebración del
Oficio por parte de los ministros sagrados. La participación de los clérigos constituye
una parte importante de su misión, la cual debe ser organizada y reglamentada, y por
	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  
49
Cf. J. LÓPEZ MARTÍN, La Oración de las Horas, 244.
50
Cf. J.A. GOENAGA, «Significado de las estructuras de la Liturgia de las Horas», La
Celebración en la Iglesia, D. Borobio (ed.), Vol. III: Ritmos y tiempos de la celebración, Salamanca
1994, 429-448.
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  OFICIAL	
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  IGLESIA	
  
	
  
	
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ese mismo hecho ella toma el carácter de un deber. Si se entiende así, el papel del
sacerdote aparece con más claridad, aunque todavía sea expresado en términos de
suplencia de una función que compete a toda la comunidad eclesial, sacerdote
incluído. El verdadero papel o función del ministro ordenado será la de aparecer, en
medio de la comunidad, como signo eclesial que continúa y actualiza la oración
sacerdotal de Cristo.

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La liturgia de las horas, oración oficial

  • 1. LITURGIA DE LAS HORAS, ORACIÓN OFICIAL DE LA IGLESIA XXXII ENCUENTRO NACIONAL DE MUSICA LITURGICA PBRO. LIC. JAIME SALGADO ORTIZ DIOCESIS DE ZAMORA, FEBRERO DE 2010
  • 2. LITURGIA  DE  LAS  HORAS,  ORACIÓN  OFICIAL  DE  LA  IGLESIA       2   LA LITURGIA DE LAS HORAS, ORACIÓN OFICIAL DE LA IGLESIA INTRODUCCIÓN La Liturgia de las Horas constituye una de las muchas formas de vivencia del misterio de Cristo y, por tanto, del misterio del hombre. Debe colocarse en la línea de toda experiencia del misterio a través del rito. Ella nos ayuda a vivir el misterio de Cristo mediante la oración de la Iglesia, que prolonga esta oración de Cristo haciéndola presente en el aquí y ahora de la Iglesia y de la historia de los hombres, particularmente de los ministros sagrados que han sido deputados por la misma Iglesia con la finalidad de garantizar su celebración. Cuando se habla de la Liturgia de las Horas como una de las obligaciones propias de los ministros sagrados, da la impresión de que a esta oración, que es la Oración de la Iglesia, se le coloca más en la línea de la obligación que en la de la vocación. No se debe olvidar nunca que, antes que obligados a la oración, somos llamados a ella; antes que un deber, constituye una vocación del ministro consagrado: obispo, sacerdote y diácono, pero también de todo cristiano bautizado. El deber surge de la vocación, así se ve claramente en la Constitución Apostólica Laudis Canticum, donde el Papa Pablo VI afirma: «Al celebrar el Oficio Divino, aquellos que por el orden sagrado recibido están destinados a ser de forma particular la señal de Cristo sacerdote, y aquellos que con los votos de la profesión religiosa se han consagrado al servicio de Dios y de la Iglesia de manera especial, no se sientan obligados únicamente por una ley a observar, sino, más bien, por la reconocida importancia intrínseca de la oración y de su utilidad pastoral y ascética. Es muy deseable que la oración pública de la Iglesia brote de una general renovación espiritual y de la comprobada necesidad intrínseca de todo el cuerpo de la Iglesia, la cual a semejanza de su cabeza, no puede ser presentada sino como Iglelsia en oración» (LC 8). La Liturgia de las Horas forma parte importante de la entera Liturgia de la Iglesia. Una mirada histórica es necesaria e indispensable no sólo para captar las grandes líneas evolutivas que han llevado a las formas que ahora nos son familiares, sino también para valorar su colocación en el cuadro de la existencia y de la misión de la Iglesia. La historia del Oficio divino vista en su conjunto es, en síntesis, la historia de la presencia en la Iglesia de una oración que nace para hacer posible el consejo de Jesús y de los Apóstoles: conviene orar siempre (cf. Lc 18,1; Ef 6,18). Durante los primeros siglos la organización de las horas, la asignación de salmos y de otros elementos que integran la oración eclesial mira ante todo el pueblo cristiano, sujeto primero, juntamente con sus pastores, de la oración. Después vendrá la absorción por el clero y por el monacato de una función que corresponde a toda la comunidad, dando lugar a la clericalización del Oficio divino y al rezo del mismo en privado. A medida que se produce este fenómeno se empiezan a multiplicar los problemas, los intentos de reforma, con proyectos más o menos logrados, hasta llegar, en la época más reciente, a la reforma mejor lograda y realizada por el Concilio Vaticano II y a su reglamentación en el Código de Derecho Canónico del 1983.
  • 3. LITURGIA  DE  LAS  HORAS,  ORACIÓN  OFICIAL  DE  LA  IGLESIA       3   I. HISTORIA DE LA LITURGIA DE LAS HORAS. 1) NOMENCLATURA Las denominaciones, en este sector de la liturgia de que nos ocupamos, manifiestan la óptica con que se vio la Liturgia de las Horas en los diferentes momentos culturales. LITURGIA DE LAS HORAS: Es el nombre del oficio divino editado por primera vez en 1959 acogido sucesivamente en diferentes publicaciones, escogido como altamente expresivo por las comisiones del Consilium para la puesta en práctica de la constitución Sacrosanctum concilium y consagrado finalmente por los documentos y por la edición oficial. Liturgia, por ser parte del culto público de la iglesia (SC 83- 101), pertenecer a todo el cuerpo eclesial, manifestarlo e implicarlo (SC 26; OGLH 20); de las Horas, por ser esencialmente oración destinada a santificar las horas del día y de la noche, es decir, todo el tiempo (SC 84; OGLH 10). OFICIO DIVINO: Adopta este nombre, junto con el anterior, el ordenamiento posconciliar (cf. OGLH 2). Antiguamente designaba cada uno de los actos cultuales; luego se limitó a la oración litúrgica de la iglesia. A veces se quiso ver subrayada en él la obligación canónica (del latín officium, deber). BREVIARIO: Este nombre está abandonado ahora, porque ponía de manifiesto un aspecto que sólo es ocasional y totalmente exterior. Venía de breviarium, equivalente de sumario, compendio, abreviación, síntesis, codificación de libros, y había surgido principalmente por el hecho de que en la baja edad media comenzaron a reunirse en uno solo los diferentes libros manuscritos necesarios para el rezo coral, lo cual implicaba reducciones notables de algunos componentes, o por lo menos la simple indicación de su incipit. OTROS NOMBRES: Entre los autores o en los documentos circulaban expresiones como: cursus, preces horariae, opus Dei, pensum servitutis, horae canonicae. En el rito bizantino se designa con el término Horologion al libro del oficio divino: obvia referencia al carácter horario de esta oración. 2) DEFINICIÓN. El Oficio Divino (Liturgia de las Horas) es el conjunto de oraciones (salmos, antífonas, himnos, oraciones, lecturas bíblicas y otras) que la Iglesia ha organizado para ser rezadas en determinadas horas de cada día. El oficio divino es parte de la liturgia y, como tal, constituye, con la Santa Misa, la plegaria pública y oficial de la Iglesia. Su fin es consagrar las horas al Señor, extendiendo la comunión con Cristo efectuada en el Sacrificio de la Misa. Quien reza el oficio hace un paro en las labores para rezar con la Iglesia aunque se encuentre físicamente solo. Aunque sin duda es necesaria la oración privada, también es necesario que recemos formalmente unidos como Iglesia. 3) HISTORIA DE LA LITURGIA DE LAS HORAS 3.1. El testimonio y el ejemplo de Jesús. "La Liturgia de las Horas es una celebración plenamente cristiana, y por tanto neotestamentaria, en la que se actúa —como en las otras celebraciones cristianas— el
  • 4. LITURGIA  DE  LAS  HORAS,  ORACIÓN  OFICIAL  DE  LA  IGLESIA       4   misterio salvífico de Cristo".1 Ésta tiene su origen en el ideal espiritual que nos propone el Nuevo Testamento: La Oración incesante (cf. Lc 1,18; Rm 12,12; Ef 6,18; Col 4,2; 1Ts 5,17; 1Tam 5,5; 1Pe 4,7) y tiene su arranque decisivo en el ejemplo y mandato de Cristo. A partir de los datos ofrecidos por los escritos del Nuevo Testamento, nos interesa acercarnos ante todo a la esencia de la oración de Cristo, para conocer su ejemplo y su testimonio, teniendo en cuenta que «Jesús nació en un pueblo que sabía orar»,2 en el seno de una familia piadosa que observaba con amor y fidelidad los preceptos del Señor (cf. Lc 2,21.22-24). Asistía a la sinagoga (cf. Lc 4,16) y participaba en la plegaria del pueblo instruído en la oración por Dios mismo a través de la revelación bíblica.3 Cristo mismo les encargó a sus discípulos «orar siempre, sin interrupción», es decir, los exhortó a orar siempre sin cansarse (Lc 18,1), en todo tiempo. La oración que Jesús pide a sus fieles tiene que ser constante y perseverante (Lc 18,1), por ello la invitación a la oración ininterrumpida es afirmada en modo categórico: «asiduamente», «siempre», «ininterrumpidamente», «en todo tiempo», «día y noche» (Lc 2,37; 18,7; Hch 1,14; 2,12; Rom 1,9s.; Ef 1,16; 5,20; Fil 1,3s.). Todos estas expresiones no se entienden como una continuidad absoluta en el acto de la oración, sino que quieren sencillamente expresar la constancia, no tanto en la repetición de actos cuanto más bien la perseverancia de la actitud orante como un comportamiento permanente de diálogo con Dios. 4 El precepto de la oración ininterrumpida se convertirá en el ideal de la primera comunidad cristiana y será recordado frecuentemente por Pablo. Además, jugará un papel importante en la formación de los tiempos de oración y de los ritmos de plegaria de las primeras comunidades cristianas. 3.2. La Oración de la Iglesia Primitiva: el ejemplo y enseñanza de los Apóstoles. La comunidad de los discípulos siguió fielmente el ejemplo y la amonestación de su Señor a la oración, como confirman los Hechos de los Apóstoles y las Cartas Apostólicas (Hch 1,14; 2,42; Rm 12,12; Ef 5,19s.; 6,18; Col 3,16s.; 1Ts 5,17; Hb 13,15). En la Iglesia de los Hechos la oración ocupa un puesto de primera importancia (cf. Hch 2,42). Los Apóstoles, instruidos por el Señor después de la resurrección (cf. Hech 1,3), enseñaron también a orar y organizaron en el espíritu de Jesús la oración de las primeras comunidades cristianas(OGLH 5). Las exhortaciones de los Apóstoles sobre la oración insisten sobre el tema de la oración perseverante y continua (1Ts 5,17), más allá de la simple fidelidad a los tiempos fijos tradicionales: «en toda ocasión» (Ef 6,18), «día y noche» (1Ts 3,10; 2Ts 1,11); «vigilando» (Ef 6,18; cf. Col 4,2).5 En la época de la Iglesia primitiva la fidelidad a la tradición judía sufrió profundos cambios. Esto se muestra en Rm 12,12 y Col 4,2, donde el apóstol exhorta a sus destinatarios a ser perseverantes en la oración, con expresiones como «siempre», «asiduamente», «día y noche», las cuales se usan frecuentemente hasta convertirse en expresión fija en el lenguaje de Pablo y de los Hechos y expresan principalmente la constancia no tanto en la repetición de los actos cuanto en la perseverancia del                                                                                                                           1 J. PINELL, Liturgia delle Ore, Anamnesis 5, Genova 1996, 17. 2 Cf. J. JEREMIAS, Abba. El mensaje central del Nuevo Testamento, Salamanca 1981, 75. 3 Cf. J. LÓPEZ MARTÍN, La Liturgia de la Iglesia, teología, historia, espiritualidad y pastoral, Madrid 1996, 290-291. 4 Cf. M. AUGÉ, Liturgia, historia, celebración, teología, espiritualidad, Barcelona 1995, 190- 191. 5 Cf. S. ROSSO, «La Liturgia delle Ore: Preghiera della Chiesa nei ritmi del giorno», in Nelle vostre assemblee, Teologia pastorale delle celebrazioni liturgiche, Vol.1, Brescia 1983, 391 - 392; J. PINELL, Liturgia delle Ore, 30.
  • 5. LITURGIA  DE  LAS  HORAS,  ORACIÓN  OFICIAL  DE  LA  IGLESIA       5   comportamiento del orante. No hacen referencia a la triple oración cotidiana del mundo hebraico.6 La «perseverancia en las oraciones» fue una de las principales características de la oración de las primeras comunidades cristianas a partir de Pentecostés (cf. Hech 2,42). La antigua tradición cristiana prestó particular atención a esta doctrina que, al mismo tiempo, desarrolla un rol importante en la formación de los tiempos y ritmos de oración. Esta será una de las características fundamentales de esta época.7 En esta época el ideal de la oración incesante se expresará con la multiplicidad de exhortaciones a perseverar en la oración que san Pablo dirigirá a las comunidades cristianas (Rom 12, 12; Col 4,2; Ef 6,18; 1Tes 5,17; Ef 6,18), empalmando así con la enseñanza de Jesús y trazando un programa espiritual al que los cristianos intentarán acercarse: las horas de oración serán consideradas como el tiempo fuerte y el recuerdo de la oración continua.8 Otro hecho de particular importancia en la Iglesia primitiva es que, aún en la fidelidad a la tradición judaica, hace participar en la oración, sea a hombres que mujeres. Además, el Libro de los Hechos de los Apóstoles nos da testimonio de que los responsables de la comunidad tenían el particular deber de orar (cf. Hb 6, 4). Los Doce oran antes de imponer las manos a los Siete (Hch 6, 6), antes de conferir el Espíritu (Hch 8,15) y antes de resucitar a Tabitá (Hch 9,40).9 En cuanto a los tiempos de oración, en el libro de los Hechos se habla explícitamente de los tres momentos cotidianos de oración (Tercia: Hch 2,15; Sexta: Hch 10,5; Nona: Hch 3,1). De la comunidad como tal se dice que era asidua y perseverante en la oración (Hch 2,4 2-46). Las horas de oración deben ser consideradas como un tiempo fuerte a sostén de la oración incesante. Esto es lo que recibieron plenamente los Apóstoles y los primeros cristianos, que no sólo se hicieron eco de los mandatos de orar siempre, dados por el divino Maestro, sino que efectivamente perseveraron en la oración, así como en la escucha de la Palabra, juntamente con la celebración eucarística y la comunión fraterna (cf. IGLH 1).10 3.3. Los testimonios más antiguos (siglos I - III). Tenemos muy pocos datos sobre el Oficio divino en los primeros siglos del cristianismo. La Didajé se refiere ya a la recitación del Padrenuestro tres veces al día.11 La carta de Plinio a Trajano nos habla de los himnos a Cristo en una reunión matinal. San Clemente de Roma menciona que había unos tiempos y horas establecidos para hacer lo que manda el Señor: oblaciones y oficios sagrados.12 El testimonio más explícito es el de Clemente de Alejandría en la segunda mitad del siglo II: “Al salir el sol se tienen las preces matinales. Algunos también dedican a la plegaria unas horas fijas y determinadas, como tercia, sexta y nona, de forma que el gnóstico (iniciado) puede orar toda su vida en coloquio con Dios por medio de la plegaria. Ellos saben que esta triple división de las horas, que siempre son santificadas con la oración, recuerda a la                                                                                                                           6 Cf. R. LEIKAM, La Liturgia delle Ore nei primi quattro secoli», A.J. Chupungco (ed.), Scientia Liturgica, Manuale di Liturgia, Vol. V: Tempo e Spazio liturgico, Casale-Monferrato 1998, 36. 7 Cf. J. LÓPEZ MARTÍN, La Liturgia de la Iglesia, 292; R. LEIKAM, «La Liturgia delle Ore…, 37. 8 Cf. R. LEIKAM, «La Liturgia delle Ore…, 37. 9 Ibid…, 36-37. 10 Cf. V. RAFFA, Liturgia de las Horas, NDL, Madrid 19963 , 1167. 11 Didajé 8, 3; R. GONZÁLEZ, «La Plegaria de la comunidad cristiana», D. Borobio (ed.), La Celebración en la Iglesia, Ritmos y tiempos de la celebración, Vol. III, Salamanca 1994, 316-317. 12 S.Clemente, Cor 40. 1; PG 1, 287 – 288.
  • 6. LITURGIA  DE  LAS  HORAS,  ORACIÓN  OFICIAL  DE  LA  IGLESIA       6   santa Trinidad.13 Tertuliano nos habla de cómo estas tres horas de tercia, sexta y nona, se relacionaban con pasajes bíblicos, la tercia con Pentecostés, la sexta con la oración de Pedro en la azotea de Joppe, la nona con la curación del paralítico de la Puerta hermosa. Tertuliano deja claro que no había una obligación estricta de orar a estas horas, pero “es bueno pensar que en la recomendación a orar se presupone una cierta urgencia y que, como si fuera una ley, nos apartemos de los negocios y nos dediquemos de cuando en cuando a orar”. Aparte de estas horas facultativas nos habla de otras ‘legítimas’ (según la ley), que “por encima de cualquier recomendación debemos observar al salir el sol y al caer la tarde”.14 Hipólito de Roma en su Tradición apostolica en el número 25 habla de los lucernarios o bendición de lámparas; en el número 35 habla de la oración al levantarse y de la reunión matutina; en el número 41 se refiere a la reunión de oración matinal, a las tres oraciones privadas (tercia, sexta y nona) y a la oración al acostarse y durante la noche: seis horas de oración, mañana, tercia, sexta, nona, tarde y vigilia nocturna. Hipólito fundamenta las distintas horas en la pasión de Cristo, asociándose a la oración que Cristo tuvo en aquellas horas. San Cipriano, que, como los otros autores distingue entre unas horas obligatorias, que son la del amanecer y la de la puesta del sol, que son horas legítimas según la ley, y otras horas devocionales que son la tercia, sexta y nona, que agrupa cada una terna de horas en la que es “enumerada la Trinidad perfectamente”.15 Por tanto vemos cómo ya en el siglo III hay una plegaria establecida en las comunidades y asignada a diferentes horas del día. El número tres de las horas diurnas es un homenaje a la Trinidad. Las horas de la mañana y de la tarde son las que tienen una mayor significación pascual, y así como la oración judía se estableció en paralelismo con los sacrificios que se celebraban en el templo, así también la oración de las Horas se relaciona con la oración de Jesús en su misterio pascual. 3.4. La oración catedralicia y monástica (siglos. IV al VI). Durante los siglos IV al VI la oración de las Horas se va a institucionalizar aún más en dos espacios diferentes. Uno es el de las iglesias catedrales, junto al obispo, y otro es el de los monasterios. En principio ambos desarrollos van a ser paralelos e independientes, aunque posteriormente habrá un mutuo influjo de uno sobre el otro. En las iglesias catedralicias o parroquiales, el oficio se centra en los laudes y las vísperas presididas por el obispo con asistencia del clero local y con gran asistencia de pueblo, sobre todo en el oficio de la mañana. Son las únicas horas que se celebran a diario en una época en la que todavía la Eucaristía no se celebra diariamente. El oficio del anochecer se configura como lucernario. Además existen vigilias u oraciones nocturnas, especialmente antes de las grandes fiestas de Navidad o de Pentecostés. En los monasterios el oficio va a tener más horas, y una extensión mayor. Además en los monasterios se reza todos los días. Surgen la hora prima y las completas, que eran desconocidas anteriormente. Los monjes desean encarnar el deseo de Cristo de orar ininterrumpidamente y van a considerar obligatorias todas las oraciones, incluso aquellas que sólo estaban recomendadas en el siglo III. Es curioso que cada monasterio parece tener su propia ordenación del número y orden de los salmos en las distintas horas.                                                                                                                           13 Stromata 7,7: PG 456-457. 14 Ad uxorem 3.4-5: PL 1,1047-1048. 15 De oratione domin. 34, PL 4,560
  • 7. LITURGIA  DE  LAS  HORAS,  ORACIÓN  OFICIAL  DE  LA  IGLESIA       7   3.5. El oficio completo, cotidiano y solemne (siglos. VI al IX). De los siglos VI al IX el oficio sigue celebrándose en catedrales y monasterios a diario y con solemnidad. Todavía no hay la más mínima sombra de una recitación privada. Cada país y cada familia monástica conocen diversas configuraciones de la oración pública de la Iglesia. Los que acabarán teniendo un mayor influjo son los de la Iglesia romana y los de la familia benedictina. Se multiplican los elementos no bíblicos del oficio: antífonas, himnos, responsorios, colectas. Se introduce el modo responsorial de cantar los salmos. Se multiplican los libros litúrgicos necesarios para el oficio. Llegó un momento en que estaban en uso siete libros distintos, cada uno de los cuales contenía sólo una parte del rito, leccionarios, antifonarios... 3.6. Aparición del oficio privado (siglos. X al XV). La legislación carolingia impone la celebración diaria y solemne del oficio a todas las iglesias, lo cual suponía una gran carga para el clero con cura de almas. En aquella época todavía los canónigos vivían en común, y el rezo comunitario del clero tenía un sentido. Por una parte se intenta aligerar el oficio reduciendo el número de salmos y lecturas. Por otra parte se intenta codificar la parte principal del oficio en un “breviario” único, que supliese la multiplicidad de libros diversos entonces en uso. Inocencio III codifica por primera vez el oficio que venía celebrándose en la curia de san Juan de Letrán con ocasión del concilio de Letrán de 1215. Este mismo oficio fue asumido por los franciscanos que le dieron una gran difusión por toda Europa. Progresivamente se va pasando de la recitación coral a la recitación privada. Los clérigos deben tener un breviario para viajar en caso de viaje; el clero parroquial comienza a dispersarse; los franciscanos van cada vez prefiriendo más el rezo privado. Todo el mundo comienza a sentirse dispensado del “coro”. El pueblo deja de asistir al oficio divino que se convierte en algo clerical o monacal. Simultáneamente aparece la distinción entre Misa solemne y privada. La liturgia se va privatizando para la devoción personal del clero. Los cantos, ministros y solemnización de los ritos pasan a considerarse elementos accidentales. El pueblo ya no entiende el latín y asiste mudo y sordo a las ceremonias. 3.7. Conatos de reforma (siglos. XVI-XX). Unos conatos de reforma van en la línea de los breviarios para el rezo privado del clero. Se abandona ya del todo la idea de que el rezo del Oficio pueda adaptarse al pueblo. En el siglo XVI hay dos intentos de reforma del Breviario, uno el de Quiñónez que distribuía el salterio en una semana, con tres salmos para cada hora, y una profusión de lecturas bíblicas y de los Padres. Tuvo una corta vida de 1535 a 1558. Otro intento fue el de los Teatinos, que inicialmente fue pensado para esta orden, y que el Papa Pablo IV quiso imponer a toda la Iglesia. La temprana muerte del Papa lo impidió. Al final triunfó la reforma de san Pío V de 1568, que es básicamente el libro usado en la Iglesia católica hasta la reforma del Vaticano II. San Pío X inició la reforma a principios del siglo XX, pero no pasó de pequeños retoques. Muy importante fue la decisión de Pío XII de utilizar una traducción distinta del Salterio distinta del Salterio galicano que había estado en uso hasta entonces. 3.8. La reforma litúrgica del Vaticano II.
  • 8. LITURGIA  DE  LAS  HORAS,  ORACIÓN  OFICIAL  DE  LA  IGLESIA       8   El concilio Vaticano dedicó el capítulo IV de la Constitución sobre Sagrada Liturgia al oficio divino, para actualizarlo. Pablo VI en la constitución Laudis Canticum (1970) concretó los principios fundamentales de la reforma, que ha quedado materializada en la “Ordenación general de la Liturgia de las Horas” y la edición típica del Oficio divino según el rito romano, cuyo primer volumen sale en abril de 1971. La edición provisional española es de 1972. Hasta 1979 no habrá una edición oficial. Algunos de los principios que rigen la reforma: 1) Oración más desclericalizada. Se rompe la división entre oración litúrgica y no litúrgica. Todos son llamados a participar en una misma oración oficial y solemne, en lengua popular, más breve, adaptada a las circunstancias de lugares y tiempos. 2) Oración más comunitaria: exhortación al rezo comunitario como más adecuado. Se introducen diversos ministerios. 3) Oración más creativa: evita el riesgo de ritualización. Hay esquemas de oración oficiales pero al mismo tiempo se fomenta la creatividad y la personalización. 4) Oración más cristológica: entran con mayor abundancia que antes los textos del NT. Aparte de los cánticos del Benedictus, Magnificat y Nunc Dimittis, que ya existían, se añaden los cánticos del Nuevo Testamento en las Vísperas. 5) Oración para santificar las horas del día. Se impone la ‘veritas temporis’. II. NATURALEZA DE LA LITURGIA DE LAS HORAS 1. La Liturgia de las Horas, expresión privilegiada de la Oración Cristiana. En la liturgia de la Iglesia tenemos la misa, los sacramentos, el año litúrgico, acciones sacramentales menores como las bendiciones o las consagraciones, pero también la LH. La iglesia, entre todas las formas de oración cristiana, privilegia la litúrgica, reconociendo que, "por su naturaleza, está muy por encima" de las demás (SC 13). Efectivamente, la iglesia ha elaborado su estructura, la ha compuesto con textos bíblicos y patrísticos y, a menudo, a lo largo de los siglos, ha dedicado un empeño especial para reformarla y adecuarla a las diferentes exigencias históricas, ha controlado diligentemente sus planteamientos teológicos y espirituales, ha buscado su decoro y dignidad literaria y musical, ha redactado minuciosamente su normativa. Ningún ejercicio piadoso u otra forma de oración, por muy venerable que sea, ha merecido tanta atención por parte de la iglesia (OGLH 18; 20). La recomendación u obligación con que la Iglesia la ha inculcado a lo largo de los tiempos no hay que juzgarla como el elemento fundante de su carácter litúrgico, es decir, de oración eminente de todo el cuerpo eclesial, sino más bien como la consecuencia. La iglesia ha pretendido garantizarse el cumplimiento de lo que considera uno de sus cometidos principales (OGLH 1) incluso vinculando jurídicamente a los sacerdotes y a muchos religiosos. Fue probablemente la comprensión errónea de este aspecto la que acabó haciendo que se atribuyera a la institución de la delegación canónica una fuerza constitutiva de valores que, por el contrario, tienen su fuente sólo en el misterio de la iglesia en cuanto comunidad esencialmente de culto y de salvación. 2. La Litugia de la Horas, Oración vocal. La Liturgia de las Horas es ante todo una oración vocal. Para poder entenderla y apreciarla, necesitamos entender la naturaleza de dicha oración vocal que es distinta de la mental. En la oración vocal, nuestros labios se mueven pronunciando unas
  • 9. LITURGIA  DE  LAS  HORAS,  ORACIÓN  OFICIAL  DE  LA  IGLESIA       9   palabras, en la conciencia de que Dios las escucha. Esas palabras que estaban en el libro ahora resuenan en mis labios, como las notas ocultas en el pentagrama resuenan cuando las canto o las interpreto. No hace falta poner la atención en lo que dicen nuestros labios, basta que nuestra atención esté puesta en Dios, o de un modo general en el afecto que los textos expresan, sin necesidad de fijarse en las palabras mismas. Comprender lo que uno dice no es absolutamente necesario para que el espíritu se mantenga en oración. 3. Dimensión eclesial de la Liturgia de las Horas. Los datos de la historia nos muestran claramente que la Liturgia de las Horas, en los primeros siglos, se celebró solemnemente y siempre con la participación de la comunidad: clero y pueblo. Esto significa que la Liturgia de las Horas desde el principio tuvo carácter comunitario y eclesial. Posteriormente se impuso como obligación para algunas personas deputadas especialmente por la Iglesia: clero y monjes, lo cual trajo como consecuencia su clericalización y la pérdida de su carácter comunitario y eclesial. Con el Concilio Vaticano II la Liturgia de las Horas recupera nuevamente el carácter comunitario y eclesial. Ésto a partir de la nueva eclesiología emanada principalmente de la Constitución sobre la Iglesia Lumen Gentium, cuya doctrina se ve reflejada especialmente en el documento de la Institutio Generalis de Liturgia Horarum, que a su vez será, la fuente constitutiva de la normativa litúrgica del Código de Derecho Canónico de 1983. El ideal de la oración de la Iglesia siempre ha sido su identificación con la oración de Cristo. Existe siempre un íntimo ligamen entre la oración de Cristo y la oración de la Iglesia. La Liturgia de las Horas es la oración de Cristo, Cabeza de la Iglesia (SC 7); es la oración que Cristo unido a su Cuerpo, eleva al Padre (SC 84; IGLH 15); es la oración de Cristo y de la Iglesia (IGLH 2, 7); en ella continúa la oración de Cristo (IGLH 17, 28). "Si la oración de Cristo es expresión de su unión personal con el Padre y la oración de la Iglesia, siguiendo su ejemplo y su mandato, es también expresión de comunión vital con Dios y con todos los hombres, es indudable que la Liturgia de las Horas, como oración de la Iglesia, es esencialmente comunitaria, incluso cuando se hace en secreto y en solitario (Cf. Mt 6, 6)".16 La Iglesia toda, clero y fieles es el sujeto de la Liturgia de las Horas. La Iglesia es el Cuerpo místico de Cristo, el Pueblo de Dios; pertenecen a ella todos aquellos que, mediante el Bautismo, vienen insertados en Cristo. En la Iglesia, así concebida, es necesario tener en cuenta al mismo tiempo su naturaleza mistérica y su estructura jurídica, ambas realidades queridas por Cristo, Fundador de la Iglesia. Sólo así se podrán excluir dos erradas concepciones de la Iglesia que llevarían también a errar las concepciones de la Liturgia de las Horas y de todo el complejo litúrgico: en primer lugar, viene excluída toda visión puramente jerárquica de la Iglesia, que descuida el elemento de comunión sobrenatural existente en ella, entre todos los bautizados y Dios y reduciendo la Iglesia a la sóla jerarquía. Esta es la situación que presentaba el Código de Derecho Canónico de 1917; en segundo lugar, viene también excluída toda visión carismática de la Iglesia que, deteniéndose sólo en el elemento mistérico, no diese el justo puesto al elemento jurídico.17 Con la Institutio Generalis se da una inconfundible recuperación de la eclesialidad de la Oración de las Horas, que viene llamada desde el                                                                                                                             16 Cfr.J. LÓPEZ MARTÍN, La Oración de las Horas, Historia, teología y pastoral del oficio divino, Secretariado Trinitario, Salamanca 19943 , 84 – 88.   17 Cf. A. CUVA, La Liturgia delle Ore, note teologiche e spirituali, Roma 1975, 30.
  • 10. LITURGIA  DE  LAS  HORAS,  ORACIÓN  OFICIAL  DE  LA  IGLESIA       10   inicio oración pública y común del Pueblo de Dios (Cf. IGLH 1) y se caracteriza principalmente por ser Oración de la Iglesia y en nombre de la Iglesia. Esto significa poner en primer plano la dimensión orante de la Iglesia y la celebración comunitaria de la Liturgia de las Horas.18 3.1. La Liturgia de las Horas: Oración de la Iglesia. Antes del Concilio Vaticano II, la expresión Oración de la Iglesia con la que se designaba al Oficio Divino, era tomada en un sentido estrictamente jurídico. Se entendía con ella la oración confiada a determinadas personas en la Iglesia con el encargo de recitarla a nombre de la Iglesia. Sólo estas personas oraban a nombre de la Iglesia en virtud del encargo que se les había conferido y cumplían una acción litúrgica. Todos los demás, que no tenían un encargo específico, no cumplían una acción litúrgica recitando el Oficio Divino (Cf. CIC 17, cc. 135, 413). Esta situación fue cambiada totalmente por el Concilio con la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, determinando que la obligación de la Liturgia de las Horas se cumple, cuando los sacerdotes y todos los demás que han sido destinados a su recitación lo hacen y también cuando los fieles oran junto con el sacerdote en la forma establecida (Cf. SC 84).19 A partir del Concilio la expresión Oración de la Iglesia aplicada a la Liturgia de las Horas adquiere un nuevo significado, que proviene del valor estrictamente teológico reconocido al término Iglesia, en la doctrina eclesiológica emanada, sobre todo, de la Constitución sobre la Iglesia Lumen Gentium. Esta doctrina eclesiológica no estaba todavía presente en la Sacrosanctum Concilium, puesto que esta constitución fue emanada antes de la Lumem Gentium, pero fue aprovechada por los documentos conciliares y postconciliares sucesivos. Entre éstos aquellos que interesan directamente a nuestro argumento, especialmente la Institutio Generalis de Liturgia Horarum, que será, a su vez, fuente constitutiva de la normativa litúrgica sobre la Liturgia de las Horas en el nuevo Código de Derecho Canónico de 1983.20 La Institutio Generalis presenta la Liturgia de las Horas como «oración de la Iglesia», dice que «pertenece a todo el cuerpo de la Iglesia», que «pertenece a toda la comunidad cristiana», es de «naturaleza eclesial». Estas expresiones están impregnadas de un fuerte valor teológico, detrás del cual está el concepto teológico de Iglesia y en el que prevalece el aspecto mistérico de comunión de todos los miembros del Pueblo de Dios y entre ellos y Dios, aún teniendo un profundo respeto por el elemento institucional jurídico. De aquí se sigue que la Liturgia de las Horas es, de todos modos y de quien venga celebrada en la Iglesia, expresión de toda la Iglesia, de todos sus miembros. Es siempre Oración de la Iglesia.21 3.2. Liturgia de las Horas: oración en nombre de la Iglesia. Oración en nombre de la Iglesia es un concepto que se debe tener en consideración. Esta expresión no siempre se ha entendido correctamente y no siempre coincide con el verdadero ideal de la Liturgia de las Horas que es la celebración eclesial en forma comunitaria. Frecuentemente se ha entendido oración en nombre de la Iglesia tan sólo en sentido jurídico, es decir, teniendo en cuenta la existencia de un mandato o delegación de la Iglesia; sin embargo, la expresión tiene un valor estrictamente teológico y con ella se quiere indicar principalmente el carácter de                                                                                                                           18 Cf. E. LODI, Liturgia della Chiesa, Bologna 1999, 1328. 19 Cf. A. CUVA, La Liturgia delle Ore, 30-31. 20 Ibid., 31. 21 Ibid., 31-32.
  • 11. LITURGIA  DE  LAS  HORAS,  ORACIÓN  OFICIAL  DE  LA  IGLESIA       11   publicidad que compete fundamentalmente a la Liturgia de las Horas.22 Considerada la expresión sólo en modo jurídico podía hablarse de Liturgia de las Horas en sentido estricto cuando el que la celebraba era una persona que había recibido el mandato o delegación. Así se explicaban el Código de Derecho Canónico de 1917 (Cf. c. 1256) y el propio Pío XII en la encíclica Mediator Dei. El Vaticano II, en la Constitución sobre la Liturgia, no se ve libre de esta mentalidad y aunque apunta, de hecho, hacia donde han llegado la Institutio Generalis y la reforma del Oficio, insiste varias veces en los que han sido destinados a esta función «por institución de la Iglesia» (Cf. SC 84, 85, 87, 90, etc.).23 Oración en nombre de la Iglesia no consiste sólo en un hecho jurídico, la deputatio canónica y la forma aprobada; sino también, y preferentemente en un hecho teológico y sacramental: «el cumplimiento de toda la comunidad, que es la de continuar en la Iglesia la oración de Cristo» (IGLH 28). Entendida así la expresión ayudará a evitar una de las grandes equivocaciones del pasado, ésto es, la mentalidad reduccionista y privatizadora del Oficio Divino como algo reservado al clero y a los monjes, debido al hecho de haber identificado «eclesial» con «jurídico», Iglesia con jerarquía, liturgia con función de un ministro. Y no es que esto sea falso, porque lo jurídico es eclesial, la jerarquía es Iglesia, y lo ministerial es Liturgia, pero es parcial e incompleto, porque eclesial es también lo carismático y sacramental, Iglesia es también el pueblo cristiano, liturgia es también función de la comunidad.24 De acuerdo a lo anterior, la expresión Oración en nombre de la Iglesia no deberá entenderse de una manera unilateral y excluyente, porque la Liturgia de las Horas no es exclusiva de los clérigos; sino que debe entenderse de una manera integradora y totalizante, porque la Liturgia de las Horas es oración de toda la Iglesia. Ésta es por su naturaleza «oración pública y común del Pueblo de Dios» (IGLH 1). Ella es oración dicha no a nombre proprio, sino a nombre de la Iglesia, realidad esencialmente mistérica, pero también jerárquica, por lo que va excluída aquella limitación que en los últimos siglos era determinante para la interpretación de la expresión en nombre de la Iglesia, referida al Oficio Divino.25 Además, no hay que olvidar que todo bautizado y confirmado, posee una deputatio o misión, u ordenación para el culto al Padre, en base al sacerdocio o consagración común de todos los bautizados para el citado culto divino. El hacerlo en nombre de la iglesia no será ya una prerrogativa de los clérigos y los demás delegados, sino una exigencia de asegurar lo que en principio corresponde a todo el Pueblo de Dios. Para orar en nombre de la Iglesia deberá, ante todo, orar de verdad y en unión con su comunidad, al menos intencionalmente, pero ya no podrá limitarse a cumplir externamente una obligación. Por otra parte, y ésta es la consecuencia principal, habrá oración en nombre de la Iglesia siempre que la Iglesia, es decir, la comunidad o la asamblea que la hace visible, se ponga a orar y lo haga presidida por sus pastores y siguiendo la forma establecida en los libros litúrgicos.26 El papel del obispo, del presbítero, del diácono y de cuantos han recibido en la Iglesia el mandato de celebrar la Liturgia de las Horas deberá ser contemplado siempre a partir de una visión eclesial, comunitaria y litúrgica del Oficio Divino, puesto que la Liturgia de las Horas es, por naturaleza, oración de toda la Iglesia, oración de la                                                                                                                           22 Ibid., 32. 23 Cf. J. LÓPEZ MARTÍN, La Oración de las Horas, 88. 24 Ibid., 88-89. 25 Cf. A. CUVA, La Liturgia delle Ore, 32-33. 26 Cf. J. LÓPEZ MARTÍN, La Oración de las Horas, 89.
  • 12. LITURGIA  DE  LAS  HORAS,  ORACIÓN  OFICIAL  DE  LA  IGLESIA       12   comunidad reunida en el nombre de Jesús y congregada por el Espíritu Santo. Es dentro de la dimensión eclesial y comunitaria donde debemos situar la obligación canónica de la Oración de las Horas, si queremos comprender su verdadero sentido y significado, no sólo para los obligados a celebrar la Liturgia de las Horas, en particular el clero, sino también por parte de los demás miembros de la comunidad cristiana. Sólo así la Liturgica de las Horas alcanzará su propia finalidad que es, como toda la Liturgia, rendir culto a Dios y santificar a los hombres.Ya decía la Sacrosanctum Concilium que “El oficio divino es en verdad la voz de la misma Esposa que habla al Esposo; más aún, es la oración de Cristo, con su cuerpo, al Padre” (SC 84). La importancia que la Iglesia da a la Liturgia de las Horas pone de manifiesto su propia naturaleza. “El ejemplo y el mandato de Cristo y de los apóstoles de orar siempre e insistentemente, no han de entenderse como simple norma legal, ya que pertenece a la esencia íntima de la Iglesia, la cual, al ser una comunidad, debe manifestar su propia naturaleza comunitaria, incluso cuando ora” (OGLH 9). Pero también podemos entrar en comunión con toda la Iglesia: Sentire cum Ecclesia. Dice la Ordenación general de la Liturgia de las Horas: “Quien recita los salmos en la Liturgia de las Horas no lo hace tanto en nombre propio como en nombre de todo el cuerpo de Cristo. Teniendo esto presente se desvanecen las dificultades que surgen cuando alguien, al recitar el salmo, advierte tal vez que los sentimientos de su corazón difieren de los expresados en aquél, por ejemplo, si el que está triste y afligido se encuentra con un salmo de júbilo, o, por el contrario, si sintiéndose alegre se encuentra con un salmo de lamentación. Esto se evita fácilmente cuando se trata simplemente de la oración privada en la que se da la posibilidad de elegir el salmo más adaptado al propio estado de ánimo”. “Quien recita los salmos en nombre de la Iglesia siempre puede encontrar un motivo de alegría o de tristeza, porque también aquí tiene su aplicación aquel dicho del Apóstol: ‘Con los que ríen estad alegres; con los que lloran, llorad’ (Rm 12,15), y así la fragilidad humana, indispuesta por el amor propio, se sana por la caridad, que hace que concuerden el corazón y la voz del que recita el salmo” (cf. OGLH 108). El rezo de los salmos lo hacemos no sólo en comunión con la Iglesia militante, sino también con la Iglesia triunfante. Dice la Ordenación general: “Con la alabanza que a Dios se ofrece en las Horas, la Iglesia canta asociándose al himno de alabanza que resuena en las moradas celestiales, y siente ya el sabor de esa alabanza celestial que resuena de continuo ante el trono de Dios y del Cordero, como Juan la describe en el Apocalipsis. Porque la estrecha unión que se da entre nosotros y la Iglesia celestial se lleva a cabo cuando celebramos juntos, con fraterna alegría, la alabanza de la divina majestad, y todos los redimidos por la sangre de Cristo ensalzamos con un mismo canto de alabanza al Dios uno y trino” (OGLH 16; LG 50). Aunque cantemos mal, aunque nuestra voz sea débil, la fe nos enseña a sumarnos a esa coral maravillosa, y dejar que nuestra voz se pierda, se funda con todas aquellas voces para cantar al que es Tres veces Santo. Por eso la reforma insiste mucho en el carácter comunitario de la LH como el de toda la Liturgia. 4. La Liturgia de las Horas, Santificación del tiempo y de la actividad humana. Es importante también considerar la dimensión de santificación del tiempo de la Liturgia de las Horas, en cuanto que ella tiene su origen en el ejemplo y el mandato de Cristo y de los Apóstoles de orar sin interrupción, siendo éste un ideal que se va concretizar en la realización de la oración en determinados momentos del día, para la «Santificación del tiempo», en vistas a la santificación del hombre. La Liturgia de las Horas es oración de la Iglesia que continúa en el tiempo la oración de Cristo.
  • 13. LITURGIA  DE  LAS  HORAS,  ORACIÓN  OFICIAL  DE  LA  IGLESIA       13   La santificación del tiempo es la nota específica de la Liturgia de las Horas en cuanto acción litúrgica, pero su finalidad es más profunda, va dirigida a la santificación de los creyentes y de toda la humanidad. Ella es, ante todo, oración, concebida y organizada de forma que sea expresión de la oración de cada uno de los orantes y de la entera comunidad eclesial, no sólo de los sacerdotes. "Pero es también signo litúrgico, es decir, una acción simbólica inmersa en la economía sacramental de la Iglesia y, por tanto, dotada de una eficacia en el orden de la salvación, no ex oper operato como los siete sacramentos, sino ex opere operantis Ecclesiae, para emplear la terminología clásica y teológica. Esto quiere decir que en el Oficio Divino, precisamente porque está actuando la Iglesia en cuanto tal, y la oración de cuantos celebran las Horas es, a la vez, voz de Cristo y de su Esposa, se produce una presencia activa y eficaz del misterio de la salvación. Esta presencia no se da en la simple oración personal, ni siquiera en los ejercicios de piedad del pueblo cristiano de tipo comunitario. La razón estriba en que esto no es liturgia y lo primero si".27 Santificar el tiempo es dedicarlo al servicio de Dios y de los hombres, y vivirlo como un espacio de gracia y una oportunidad de salvación (Cf. 2Cor 6, 2). Es, en última instancia, glorificar al Padre poniendo en dependencia de él toda la existencia, todo el tiempo de nuestra vida y de nuestra historia personal y colectiva. Es glorificar a Jesucristo, sometiendo a Él todas las cosas, para que toda la existencia quede impregnada de alabanza, de súplica y de acción de gracias, y el cristiano puede hacer de su vida una ofrenda santa, agradable a Dios y un culto espiritual (Cf. Rom 12,1). Reconociendo en el tiempo un don de Dios, la Iglesia lo regula y lo ordena hacia la santificación del hombre y la glorificación del Padre e insiste en que la celebración del Oficio Divino se haga «en el tiempo más aproximado al verdadero tiempo natural de cada hora canónica» (SC 94; IGLH 11; CIC c. 1175).28 En este sentido es el hombre el «santificador» del tiempo. Pero el tiempo es también objeto de la acción de Dios que quiere hacer partícipe al hombre de la salvación, de la vida divina y de la gracia de Cristo. Según esto, santificar el tiempo es hacer posible esta inserción de la salvación en la historia, esta manifestación de la bondad divina en el tiempo; significa atribuir a las cosas precarias de este mundo una tensión a la eternidad. Se trata de un hecho intencional y relacional, que establece una particular orientación atributiva del espíritu humano a sí mismo, a toda la persona humana y a las realidades históricas y cósmicas que abrazan el ser y el actuar. Es una orientación hacia Dios y su gloria a través de Cristo en el Espíritu Santo.29 La Liturgia de las Horas, con la santificación del tiempo, contribuye a dar sentido a la vida humana, de forma que cada instante del día o de la noche se convierte para el creyente en un signo de la presencia y del encuentro efectivo con el misterio de salvación. La oración que se lleva a cabo en esos espacios instituidos de oración, lleva siempre el sello representativo que la identifica con las actitudes y las esperanza de todo el Pueblo de Dios e incluso de toda la humanidad; además de constituir un medio vital de unión con Dios para cada uno de los orantes. En este sentido, los que celebran la Liturgia de las Horas deben ser conscientes de que oran con Cristo, como instrumentos suyos en el tiempo, visibilizando su oración eterna ante el Padre. El Oficio Divino cumple de este modo una función sacerdotal en la Iglesia y en el mundo, glorificando a Dios y santificando la existencia humana. Esto significa que, si la oración de las Horas santifica la existencia humana, lo ha de ser especialmente para cuantos                                                                                                                           27 Ibid., 94. 28 Cf. J. LÓPEZ MARTÍN, La Liturgia de la Iglesia, 298. 29 Cf. V. RAFFA, La Liturgia delle Ore, presentazione storica, teologica e pastorale, Milano 19903 , 46-47;
  • 14. LITURGIA  DE  LAS  HORAS,  ORACIÓN  OFICIAL  DE  LA  IGLESIA       14   han recibido «el deber de orar por su grey y por todo el Pueblo de Dios» (IGLH 17).30 El deseo cristiano es orar siempre sin desfallecer (Lc 18,1), como Cristo que continuamente intercede por nosotros ante el Padre (Hb 7,25). Hay un deseo de santificar el tiempo, que consiste en “hacer posible la inserción de la salvación en la historia, la manifestación de la bondad divina en el tiempo” (J. López Martín), desde la salida del sol hasta el ocaso. La Sacrosanctum Concilium mandó que se ordenase la LH según una naturaleza ‘horaria’: “El Oficio divino está estructurado de tal manera que la alabanza de Dios consagra el curso entero del día y de la noche” (SC 84). “Siendo el fin del Oficio la santificación del día, restablézcase el curso tradicional de las Horas de modo que, dentro de lo posible, éstas correspondan de nuevo a su tiempo natural y a la vez se tengan en cuenta las circunstancias de la vida moderna en que se hallan especialmente aquellos que se dedican al trabajo apostólico” (SC 88). “Ayuda mucho, tanto para santificar realmente el día como para recitar con fruto espiritual las Horas, que en su recitación se observe el tiempo más aproximado al verdadero tiempo natural de cada Hora canónica” (SC 94). La Ordenación general de la Liturgia de las Horas implementó estos deseos e instrucciones conciliares: “El fin propio de la Liturgia de las Horas es la santificación del día y de todo el esfuerzo humano” (OGLH 11). Uno de los aspectos más importantes de la reforma del Vaticano II es devolver al Oficio divino la ‘veritas temporis’ en la alternancia de luz y tinieblas, laudes y vísperas. La Iglesia insiste en que cada una de las horas se deben rezar en el momento del día adecuado, y no todas seguidas por un puro cumplimiento, como se cuenta que hacía el cardenal Richelieu. La reforma litúrgica nos manda rezar “en el tiempo más aproximado al verdadero tiempo natural de cada Hora canónica” (OGLH 11). III. NATURALEZA Y ESPÍRITU DE CADA UNA DE LAS HORAS El carácter horario de la LH se destaca no sólo por el hecho de que cada uno de los oficios está escalonado a lo largo del día, sino también por el contenido temático referido a las horas o a los misterios de la salvación vinculados históricamente a ellas. 1. LAUDES Las laudes son una oración estrechamente vinculada, por tradición, ordenamiento explícito de la iglesia y contenido contextual, con el tiempo que cierra la noche y abre el día. Es la voz de la esposa, la iglesia, que se levanta para "cantar la alborada al esposo". La tradición histórica más avisada, al acuñar el nombre de laudes matutinas, oración de la mañana, pero sobre todo al colocarlas cronológicamente en el momento de la aurora, ha querido caracterizar este oficio inequívocamente como oración mañanera. La instrucción sobre la LH dice: "Las laudes matutinas están dirigidas y ordenadas a santificar la mañana, como salta a la vista en muchos de sus elementos" (OGLH 38). Efectivamente, muchas fórmulas de las laudes se refieren a la mañana, a la aurora, a la luz, a la salida del sol, al comienzo de la jornada. Se puede comprobar en los himnos ordinarios, en muchos salmos, antífonas, versículos, responsorios, invocaciones, oraciones y en el cántico Benedictus.                                                                                                                           30 Cf. J. LÓPEZ MARTÍN, La Oración de las Horas, 95.
  • 15. LITURGIA  DE  LAS  HORAS,  ORACIÓN  OFICIAL  DE  LA  IGLESIA       15   Las laudes matutinas evocan la resurrección de Cristo, que se produjo al alba. Cantan a Cristo, sol naciente, luz que ilumina al mundo y que viene a "visitarnos de lo alto" y a guiarnos en todas las actividades de la jornada y en la peregrinación diurna. Las laudes recuerdan también la creación (mañana del cosmos) y el mandato que Dios dio al hombre de dominar el mundo junto con la orden de plasmar, con su actividad libre e inteligente, la historia (mañana o génesis de la humanidad). Las laudes son un sacrificium laudas también porque son un ofrecimiento de primicias, dedicación a Dios Padre de la jornada de trabajo, propósito de seguir una ruta precisa (la señalada por el evangelio), voluntad de comerciar con el talento precioso del tiempo.A la oración de laudes hay que reconocerle una acción sacramental, en el sentido de que constituye una súplica de toda la iglesia para pedir aquellos auxilios divinos que están en estrecha relación con su fin de santificación horaria y su función conmemorativa de los misterios de salvación. El espíritu característico de las laudes hay que tenerlo siempre presente para darse cuenta de que, si se cambia su colocación horaria precisa, se desfigura su fisonomía característica y se lesiona su sacramentalidad específica. La observación natural vale también para las vísperas, las demás horas diurnas y las completas. 2. VISPERAS Las vísperas están íntimamente unidas a la tarde, que es al mismo tiempo conclusión del día y comienzo de la noche. En la división antigua, en uso entre los romanos, la vigilia vespertina (es decir, la tarde) era la primera de las cuatro partes de la noche: tarde, medianoche, canto del gallo, mañana. Llamaban Véspero también al astro luminoso de la tarde (Venus), que empieza a hacerse visible cuando caen las sombras. "Se celebran las vísperas por la tarde, cuando ya declina el día, en acción de gracias por cuanto se nos ha otorgado en la jornada y por cuanto hemos logrado realizar con acierto" (OGLH 39). La iglesia, al final de una jornada, pide también perdón a Dios por las manchas que pueden haber quitado blancura a su vestido inmaculado a causa de los pecados de sus hijos (cf oraciones vespertinas del lunes y jueves de la tercera semana). La oración de las vísperas conmemora el misterio de la cena del Señor (celebrado por la tarde) y recuerda la muerte de Cristo, con la que cerró su jornada terrena (OGLH 39). Las vísperas expresan la espera de la bienaventurada esperanza y de la llegada definitiva del reino de Dios, que se producirá al final del día cósmico. Tienen, por tanto, un sentido escatológico referido a la última venida de Cristo, que nos traerá la gracia de la luz eterna (OGLH 39). Las vísperas son el símbolo de los obreros de la viña eclesial, los cuales al final de su jornada se encuentran con el Amo divino para recibir el don liberal de su amor, más que la recompensa debida al trabajo (Mt 20,1-16). La iglesia, que ha sido acompañada por Cristo en su camino de la jornada, llegada a la última hora, le dice: "Quédate con nosotros porque es tarde" (Lc 24,29; cf oración de vísperas del lunes de la cuarta semana). Estos y otros significados se pueden documentar a partir de las oraciones y de otras fórmulas, y deberían impedir que se hiciera de este oficio un acto de culto de la primera parte de la tarde en el espacio de la hora de nona. 3. OFICIO DE LECTURAS
  • 16. LITURGIA  DE  LAS  HORAS,  ORACIÓN  OFICIAL  DE  LA  IGLESIA       16   El margen muy amplio dado a las lecturas bíblicas y a autores eclesiásticos caracteriza a este oficio como tiempo de escucha de Dios que habla, momento de meditación sobre las realidades reveladas por él, de contemplación de la historia salvífica y, en particular, del misterio de Cristo. Crea el ámbito espiritual favorable para la atención a la voz de la iglesia, que se hace anunciadora, maestra y guía espiritual. Pero la escucha que caracteriza a este oficio no debe hacer olvidar la nota general de toda la LH, la de la alabanza, que se pone de relieve sobre todo en el himno y en los salmos. Más aún, las lecturas mismas entran en este clima, porque estimulan, alimentan y revigorizan la celebración de la alabanza mediante la evocación de las maravillas realizadas por Dios. La iglesia y el orante continúan la glorificación del Altísimo admirando su sabiduría en lo que ha dicho y su poder en lo que ha hecho, entonando himnos a su amor, porque una y otra cosa se han obrado para la salvación del hombre. El oficio de lecturas es el heredero dedos antiguos nocturnos, pero libre de su primitivo condicionamiento horario. Sin embargo, siempre que se pueda y se quiera, puede recobrar el aspecto tradicional. Entonces se deberá decir de noche (a partir del ocaso del día precedente, después de vísperas, hasta la mañana temprano antes de laudes), con una serie de himnos nocturnos. Si no, se puede colocar en cualquier hora del día (OGLH 58-59). 4. TERCIA, SEXTA, NONA U HORA INTERMEDIA El Vaticano II no ha suprimido las horas de tercia, sexta y nona, antes bien las aconseja también a aquellos que no están obligados a ellas por ley particular (OGLH 76). Ofrece, sin embargo, la posibilidad de celebrar sólo una, adoptando la que más cuadre con el momento escogido. Este oficio, gracias a la estructura de que se hablará, puede asumir tres colocaciones y tres funcionalidades diversas, manteniendo el mismo núcleo salmódico. Se llama hora intermedia porque ocupa un lugar intermedio entre laudes y vísperas (OGLH 76-78). La tradición ha puesto las tres horas en relación con las tres personas divinas, con la triple oración de Daniel, de los hebreos, de los apóstoles y de los primeros cristianos. Sin embargo, tienen también un significado particular en relación con la historia de la salvación (OGLH 75). Tercia recuerda principalmente la venida del Espíritu, Santo y la crucifixión de Cristo. Sexta evoca la oración de Pedro en casa del curtidor, la agonía de Cristo y su ascensión al cielo. Nona trae a la memoria la oración de Pedro y Juan en el templo, la curación del tullido, la sacudida de la tierra recordada por los evangelios y la muerte de Cristo. 5. COMPLETAS Es la oración que se dice antes del descanso nocturno, aunque éste comience después de medianoche. Toda ella respira confianza en Dios. Tiene también un sentido penitencial. En efecto, al comienzo se pide perdón por todas las faltas de la jornada. Como Simeón, al final de su jornada terrena expresó la alegría y la gratitud a Dios por haber encontrado a Cristo, luz de salvación, así la iglesia es feliz por alabar a Dios a causa de los encuentros con Cristo y su experiencia de redención tenidos a lo largo del curso del día.
  • 17. LITURGIA  DE  LAS  HORAS,  ORACIÓN  OFICIAL  DE  LA  IGLESIA       17   IV. VALOR ESENCIAL DE LA LITURGIA DE LAS HORAS EN LA VIDA DE LA IGLESIA Se quiere ahondar aquí en las razones que hacen de la LH la oración clásica de los cristianos; es decir, se tratará de identificar mejor sus valores, a fin de determinar la relación existente entre el oficio divino y la misión de la iglesia. 1. Máxima realización de la iglesia, comunidad orante. La iglesia es comunidad orante; más aún, es una comunidad que no puede vivir sin una oración continua, y por tanto es siempre orante (Laudis canticum 8; OGLH 910). Sólo la LH expresa plenamente a toda la iglesia orante como tal y su permanencia constante en la oración, y sólo ella tiene la fuerza de realizarla en la forma más connatural y congenial en las personas y en los lugares. La LH es el ejercicio y la actuación más alta de la misión de orante perenne encomendada por Cristo a su iglesia (cf SC 83; OGLH 10; 13). Sólo la LH ha de considerarse la expresión más típica y característica de la comunidad, en cuanto alabadora perenne de Dios. Y es esta oración la que la iglesia considera suya por título especial, es decir, en cuanto cuerpo místico total de Cristo (cf SC 26). 2. Acto de cristo, sacerdote celestial. Cristo está siempre presente en toda verdadera oración, pero lo está sobre todo en la oración litúrgica de la iglesia, en la cual y con la cual también él suplica y entona salmos (SC 7; OGLH 13). Entonces es cuando se verifica por título supremo su función de orante sumo de la comunidad universal. Durante su vida terrena, Cristo fue sacerdote también por su oración de alabanza a Dios y de súplica por los hombres. El continúa ahora su tarea en el cielo (Heb 7,25; OGLH 4). Pero esta su forma orante de sacerdocio encuentra el ejercicio más cualificado en la oración litúrgica de la iglesia (SC 7), la cual es prolongación y actuación del sacerdocio único del fundador (SC 83; OGLH 13). La LH tiene un carácter anamnético respecto a la vida de oración hecha por Jesús. También esta última forma parte de las acciones de Cristo que la liturgia conmemora y representa para que los fieles, poniéndose en comunión con ellas, obtengan su salvación (OGLH 12). 3. Oración vitalizada por el Espíritu Santo. No puede haber oración cristiana sin la acción del Espíritu Santo (OGLH 8). En particular, la LH no podría tener como sujeto operante a la iglesia entera si el Espíritu Santo no uniese a todos los miembros entre sí o no los compaginase con la cabeza, Cristo (OGLH 8). Es el Espíritu el que hace vivir a este cuerpo con su presencia: es el alma de toda su actividad salvífica, y particularmente de la oración. El Espíritu Santo establece la unión perfecta entre la oración de la iglesia y la de Cristo, y es él quien hace que fluya en el corazón de la iglesia la alabanza trinitaria que resonaba desde toda la eternidad en el cielo y que Cristo trajo a la tierra (OGLH 3). Es él quien hace presente y viva a toda la iglesia orante en las asambleas y personas que celebran la LH. El Espíritu Santo, informando con su ser la oración de la iglesia, la hace grata al Padre.
  • 18. LITURGIA  DE  LAS  HORAS,  ORACIÓN  OFICIAL  DE  LA  IGLESIA       18   4. Participación en la alabanza mutua de las personas divinas. La oración cristiana tiene un origen trinitario porque es el himno que resuena eternamente en el ámbito de las tres personas divinas, traído por el Verbo a la tierra cuando se hizo hombre. Entonces, de pura alabanza que era, pasó a ser también adoración, propiciación, intercesión (SC 83; OGLH 3). Sin embargo, en ninguna oración estamos asociados a Cristo cantor de este himno trinitario como en la LH, al ser ésta la oración por excelencia de su cuerpo, de su esposa, de su pueblo (SC 83; OGLH 15-16). 5. Realización del hombre. La cultura moderna hace del hombre el polo gravitacional del universo; pero luego lo esclaviza de diversas formas cuando lo aparta de Dios, mientras que en realidad sólo en comunión con él puede mantenerse como centro y cima de todo. La LH garantiza el privilegio del hombre porque lo inserta, en cuanto bautizado, en el coro eclesial de alabanza divina, lo asocia vitalmente a Cristo y al Espíritu Santo, y por tanto, lo pone en el plano de la eterna alabanza trinitaria. El hombre que celebra la LH se libra de todo género de soledad, porque siente en torno a sí a todos los miembros de la iglesia terrestre y también a los elegidos del cielo. Se siente potenciado al máximo en su petición de elevación de sí y de todos sus semejantes, y encuentra en la oración, como comunión con Dios, uno de los medios más válidos de la propia realización perfecta. 6. Santificación cosmica. La LH, en cuanto oración esencialmente horaria, consagra todo el tiempo (SC 84; 88; OGLH 10). Por eso la LH santifica el mundo en su despliegue. Lo santifica, no exorcizándolo de algo inmundo, como si hubiera sido creado intrínsecamente malvado, sino haciendo tomar conciencia al hombre del verdadero fin del mismo y haciéndole acoger en la fe, en la caridad y en la esperanza la relación existente entre todo el universo creatural y la vida, por un lado, y la obra de la Trinidad, el misterio de Cristo redentor y la iglesia que obra en la tierra, por el otro. La LH destaca y recuerda, en clave de adoración y de alabanza, la conexión conmemorativa que media entre las horas y las obras del Salvador y, al insertar a los seres infrarracionales en la esfera de la salvación cristiana, contribuye a su liberación y a su participación en la gloria de los hijos de Dios (Rom 8, 19-21). En la LH resalta grandemente la dignidad del hombre como sacerdote de lo creado, es decir, mediador de alabanza entre las cosas creadas y Dios. Así, la LH, a través del orante, se convierte en un gigantesco cántico de las criaturas que bendicen a su creador. V. ¿OBLIGACIÓN O GRACIA? Con frecuencia no se tiene otra idea de lo que es la Oración de la Iglesia que aquella que ha prevalecido a lo largo de muchos siglos, ésto es, que la Liturgia de las Horas no es más que una obligación que han de cumplir una serie de personas especialmente comisionadas para que la celebren en nombre de la Iglesia y por toda la Iglesia, es decir, que la Liturgia de las Horas es algo exclusivo del clero y demás personas deputadas por la Iglesia para su celebración, según queda manifestado particularmente en la normativa del Magisterio antiguo y en el CIC del 17. Sin embargo, actualmente este exclusivismo carece de fundamento y no tiene justificación porque ni los consejos del Señor y de los Apóstoles sobre la necesidad de orar siempre, ni las indicaciones de los Santos Padres, ni las enseñanzas de los
  • 19. LITURGIA  DE  LAS  HORAS,  ORACIÓN  OFICIAL  DE  LA  IGLESIA       19   documentos conciliares y postconciliares actuales, en particular, la Constitución Sacrosanctum Concilium, la Institutio Generalis de Liturgia Horarum y CIC 83, van dirigidas únicamente a los miembros del clero o de las comunidades monásticas. "Todo lo contrario: El Señor cuando manda orar o cuando entrega a sus discípulos la oración cristiana por excelencia, el Padrenuestro, habla para todos sin excepción. Por su parte, La tradición litúrgica de los primeros siglos es unánime en señalar también que la Liturgia de las Horas no es privativa de la jerarquía o de un grupo selecto de fieles, sino que es celebrada y participada por toda la comunidad. Las Horas de oración aparecen siempre como una acción de todo el Pueblo de Dios, reunido en asamblea litúrgica y presidido por sus pastores".31 La plegaria de la Iglesia es ante todo un don que recibimos de nuestra Madre de la Iglesia, una ayuda a nuestra vocación de orar siempre, un hermoso camino de alabanza e intercesión, que nos mantiene en una atmósfera bíblica, eclesial, comunitaria. La conciencia del don recibido y de la gran ayuda que supone para nosotros, una vez que hemos recibido la gracia, nos compromete a ser fieles a esa gracia recibida, y a no permitir que el árbol se seque y deje de dar flores y frutos. Aunque los clérigos normalmente tendrán que rezarlo en privado, la estructura comunitaria de la LH no les permite olvidar que no se trata de una situación ideal ni emblemática, y que lo que hacen “no se encuadra en el marco de su piedad privada o de sus devociones particulares, es más bien un gesto eclesial, un encargo a ellos encomendado, que deben ejecutar en nombre de todo el pueblo de Dios”. Se puede recitar la Liturgia de las Horas en privado sólo cuando uno lleva la comunidad en su corazón y añora la celebración comunitaria, y participa en ella siempre que sea posible dentro del marco de sus obligaciones pastorales o familiares. La fidelidad requiere hábitos. La seriedad con la que la Iglesia inculca la obligación de la Liturgia de las Horas proviene de la conciencia del grave peligro que existe de que, una vez que comenzamos a excusarnos de su cumplimiento por motivos cada vez más fútiles, acabamos por abandonarlo del todo. Es lo mismo que pasa con la Eucaristía dominical en los fieles. Es por ello que, para salvaguardar el valor de la Liturgia de las Horas como oración de la Iglesia, es necesario tener muy en cuenta el sentido teológico, ascetico - espiritual y pastoral de la Liturgia de las Horas. 1. Sentido teológico de la obligación canónica de la Oración de las Horas. Para celebrar bien y vivir mejor la Oración de la Iglesia, la Liturgia de las Horas, no sólo de parte de los clérigos, deputados por la Iglesia, sino también por parte de los fieles a los que también está dirigida, es necesario tener en cuenta los fundamentos teológicos que sostienen la obligación canónica de la Oración de las Horas, expresada en la normativa canónica y litúrgica. Estos fundamentos teológicos son: La dimensión trinitaria de la Liturgia de las Horas, que es a la vez Cristológica y Pneumatológica; la dimensión de santificación del tiempo y de la actividad humana; la dimensión eclesial y, la dimensión orante del presbítero y su deputación a la Liturgia de las Horas. 2. Sentido espiritual de la Liturgia de las Horas . La unidad indisoluble que existe entre la Liturgia y la Vida se manifiesta también en la Liturgia de las Horas. Ella es fuente de espiritualidad, de santificación y de perfección para los ministros ordenados y para todos los que participan en su                                                                                                                           31 Cf. J. LÓPEZ MARTÍN, La Oración de las Horas, historia, teología y pastoral del Oficio Divino, Salamanca 19943 , 77-78.
  • 20. LITURGIA  DE  LAS  HORAS,  ORACIÓN  OFICIAL  DE  LA  IGLESIA       20   celebración, estén obligados o no, por un mandato positivo de la Iglesia. Los documentos conciliares y postconciliares expresan esta realidad hablando de la Liturgia de las Horas como «fuente de vida cristiana», «fuente de piedad», «fuente de santificación», «alimento de la oración personal», «culmen y fuente de la acción pastoral» y cuando la presentan como «garantía de la unidad espiritual de la jornada y de la vida». La Liturgia de las Horas es «fuente de vida cristiana». Esta realidad está expresada en el número 18 de la Institutio Generalis, donde se dice que la Liturgia de las Horas contribuye al crecimiento de la vida cristiana por medio de sus elementos constitutivos fundamentales: lecturas y oraciones, a la vez que resalta su eficacia en orden a la vida ascética o a la vida apostólica. La Liturgia de las Horas es fuente de vida cristiana porque expresa en general la relación que existe entre ella y la vida cristiana.32 La Liturgia de las Horas es «fuente de piedad», uno de los elementos esenciales de la vida cristiana (Cf. SC 90; IGLH 19, 28, 165) ). Ella es un continuo reclamo a la idea de Dios y al deber fundamental del hombre de alabar a Dios, vivir en dependencia de Él, en continua unión con Él, en constante contacto con las riquezas de la vida trinitaria. La continuidad de tal reclamo y de tales sentimientos es asegurada en modo particular en aquellos que celebran la Liturgia de las Horas habitualmente, como es el caso de los ministros sagrados deputados por la Iglesia, y respetando su carácter horario.33 La Liturgia de las Horas es «fuente de santificación» de la vida cristiana. Ella manifiesta plenamente la dimensión descendente de toda la Liturgia: la santificación de los hombres, y contribuye a tal fin, pero es vista en su íntima relación con el culto a Dios, dimensión ascendente, ejercitado por la misma Liturgia de las Horas (Cf. SC 10). Se trata de las dos dimensiones presentes en toda acción litúrgica y que hacen de la misma un verdadero intercambio o diálogo entre Dios y el hombre, en el que Dios habla a su pueblo y el pueblo responde a Dios con el canto y la oración (Cf. SC 33). Esta realidad está expresada claramente en el número 14 de la Institutio Generalis que lleva como título «la santificación humana», donde se hace ver cómo la Liturgia de las Horas, con sus lecturas y sus oraciónes, es alimento de la fe y fuente de gracia, con lo que la Liturgia de las Horas contribuye eficazmente a alcanzar y alto grado de perfección de la vida cristiana.34 La Liturgia de las Horas es también «alimento de la oración personal». Liturgia de las Horas y Oración personal, no son dos tipos de oración que se opongan, sino que más bien se complementan. La Liturgia de las Horas, oración eminentemente pública y común, debe encontrar su prolongación en la oración personal y, la oración personal debe siempre estar referida a la experiencia y a los sentimientos que han enriquecido el espíritu durante la celebración de la Liturgia de las Horas, a través de las lecturas, los salmos y las otras partes de la misma. Entendido así, la Liturgia de las Horas se convierte en fuente, norma y culmen de la oración personal y, por tanto, en elemento                                                                                                                           32 Cf. A. CUVA, La Liturgia delle Ore, 52-53. 33 Ibid., 53-54. 34 Ibid., 54-55; J. CASTELLANO, «Teología y Espiritualidad de la Liturgia de las Horas», D. Borobio (ed.), La Celebración en la Iglesia, Vol. III, Ritmos y tiempos de la celebración, Salamanca 1994, 410.
  • 21. LITURGIA  DE  LAS  HORAS,  ORACIÓN  OFICIAL  DE  LA  IGLESIA       21   propio de la espiritualidad del cristiano que participa en ella, especialmente del ministro sagrado deputado para su recitación.35 Hablar de la espiritualidad de la Liturgia de las Horas significa también hablar de su valor pastoral, puesto que ésta se ejercita en el campo de la actividad apostólica. La Liturgia de las Horas es «culmen y fuente de la acción pastoral».Para todos los llamados en la Iglesia a ejercitar el apostolado, especialmente los ministros sagrados (Cf. IGLH 28), la Liturgia de las Horas será alimento de acción apostólica o pastoral (Cf. IGLH 19), cuya eficacia dependerá de la participación en la oración de las Horas, que representa continuamente el Misterio de Cristo, la historia de las misteriosas intervenciones de Dios, Padre y Pastor, en el mundo. 3. Dimensión ascética de la Liturgia de las Horas Según el espíritu de los documentos conciliares y postconciliares, vida y oración son dos realidades que están indisolublemente unidas. Se nota ahí el grande esfuerzo por revitalizar la vida de oración, pero la realidad es todavía hoy existe una gran separación entre la vida y la oración. El ideal a alcanzar es claro, pero realizar la unidad entre la oración y la vida, no ha sido nunca fácil y parece serlo menos ahora, tanto para los sacerdotes como para los fieles. Orar nunca fue fácil y siempre hay obstáculos que superar, por eso hay que considerar también que la Liturgia de las Horas tiene su propia ascésis y mística, es decir, que requiere un grande esfuerzo para la superación de los obstáculos y esa se pueda convertir en un verdadero culto a Dios y en fuente de santificación para el hombre en su vida de cada día.36 Existen muchos problemas tanto a nivel personal como a nivel comunitario que impiden celebrar como es debido la Liturgia de las Horas: falta de disponibilidad para encontrarse con el Dios vivo y verdadero por parte del orante; la situación física o moral del orante, que no permiten orar con sinceridad; el ajetreo de la vida diaria y la actividad frenética, etc. El mismo mandato u obligación de recitarla hace de ella un peso muchas veces difícil de llevar. Existen dificultades y tentaciones que bloquean la oración y a los mismos orantes y que pueden llegar a bloquear, en la propia vida, el ritmo de la oración eclesial, su teología, su dimensión cultual y su eficacia santificadora, anulando el ritmo vital que supone la oración en las personas y restanto ímpetu a una pastoral que todavía hay que intensificar para que la Liturgia de las Horas se convierta en oración normal de toda comunidad cristiana.37 La Liturgia de las Horas representa un camino de oración y de compromiso, que requiere un esfuerzo personal de cada uno de los orantes. La Iglesia incluso ha sacrificado la cantidad de la oración por la calidad, para facilitar una participación plena y activa, tanto de los obligados a la Liturgia de las Horas, como de parte de los fieles, abriendo a éstos la posibilidad de celebrarla juntamente con los sacerdotes.38 Por tanto, se hace necesario revalorizar la teología y la espiritualidad de la Liturgia de las Horas, pero sobre todo, se debe tener en cuenta el ejemplo del Señor y de la Iglesia, que no deja lugar a dudas: es preciso orar constantemente, en todo tiempo y circunstancia, sin interrupción, para santificar así la totalidad del día y de la noche, es decir, para santificar toda la vida humana, toda la existencia. Si Cristo,                                                                                                                           35 Cf. Paulo VI, Constitución Apostólica Laudis Canticum, núm. 8. 36 Cf. M. MAGRASI, «La Spiritualità dell' Ufficio divino», Liturgia delle Ore, Quaderni di Rivista Liturgica n. 14, Milano 1973, 365-404. 37 Cf. J. CASTELLANO, «Teología y espiritualidad…, 400. 38 Ibid., 399; J. LÓPEZ MARTÍN, La Oración de las Horas, 92-93.
  • 22. LITURGIA  DE  LAS  HORAS,  ORACIÓN  OFICIAL  DE  LA  IGLESIA       22   cuando estaba entre los hombres, oraba al salir el sol, al mediodía y al atardecer; si los Apóstoles, siguiendo el ejemplo de su Maestro, oraban también en momentos determinados del día, es porque de este modo llenaban toda la existencia de esa unión con el Padre en el Espíritu Santo que produce la oración. Vida y oración se unen así en estos momentos privilegiados. Esto es una exigencia fundamental en la vida cristiana para lograr esa necesaria ascesis de la oración que puede y debe desembocar en la contemplación y en el compromiso, en la plena unidad de vida y de oración, por medio de la celebración y plena y activa participación en la Liturgia de las Horas. Para lograr esa ascésis de la oración se proponen las siguientes líneas de espiritualidad que derivan en un programa que abarca toda la vida. Estas líneas de espiritualidad son: 3.1. La perseverancia creadora. La oración cristiana requiere siempre de perseverancia, de aquella capacidad de empezar cada día, de saber estar presentes con todo el ser, de durar en la oración unánime, pasando por muchos desiertos que atraviesa toda la vida y experiencia de oración. Habrá que recurrir siempre al ejemplo de las primeras comunidad cristianas, en particular de los cristianos de Jerusalén que perseveraban en la oración (Cf. Hch 1, 14; 2, 42). Para perseverar en la oración, se requiere además, la capacidad de ser creativos. La creatividad supone la capacidad de hacer una oración viva, de una comunidad viva y vivaz, con todas las posibilidades que ofrece la Iglesia, a través de las diferentes adaptaciones que se pueden hacer a la Liturgia de las Horas, especialmente en su celebración comunitaria.39 3.2. La fidelidad contemplativa. Se trata de una actitud que exige clarividente relación de compromiso fiel con Cristo que es el que nos convoca a la oración; fidelidad a la comunidad que nos acompaña, es decir, a la Iglesia Universal y local que representan los ministros sagrados, deputados a la oración, en la que se ora y por quien se ora; y fidelidad al mundo por quien también se ora. Es la capacidad de contemplación que da el Espíritu Santo como un don, que permite la progresiva unificación del orante, que vivifica toda su oración en la palabras, gestos, silencios, que permite de apropiarse las fórmulas orantes, sentirlas y recrearlas en la propia oración, que permite dejarse conducir suavemente por la formulación que la Iglesia nos propone y vaciar en ella toda la riqueza de nuestra propia oración, eclezializada como «voz de la Esposa al Esposo», haciendo del cristiano un verdadero orante y de la oración un verdadero culto «en espíritu y en verdad».40 3.3. La oración con espesor existencial. La oración de la Iglesia, como la oración de Jesús, tiene que ser comprometida y realista, comprometida y comprometedora, es decir, no desgajada de la existencia concreta. Esta es una dimensión que se debe alcanzar por medio de la Liturgia de las Horas. En ella se pide al orante y a la comunidad esa vibración existencial expresada a través de las fórmulas de la eucología eclesial, que permita al cristiano infundir a su oración el realismo de la historia, de la existencia de los hombres, los esfuerzos de sus trabajos, la solidaridad con los problemas actuales y el compromiso con la justicia y con la paz. Así la oración eclesial, la Liturgia de las Horas, compromete al orante y hace que este se comprometa a vivir en la continuidad de la existencia, lo que ha expresado por medio de la oración y le permite continuar en la vida la Alianza con Dios, en un diálogo continuo que haga efectiva y presente la salvación para toda la humanidad. La oración de la Iglesia será entonces, con toda su riqueza, celebración de la revelación y continuidad de la historia                                                                                                                           39 Cf. J. CASTELLANO, «Teología y Espiritualidad…, 401. 40 Ibid., 402.
  • 23. LITURGIA  DE  LAS  HORAS,  ORACIÓN  OFICIAL  DE  LA  IGLESIA       23   salvífica, que se hace presente no sólo mediante la celebración de los sacramentos, sino también mediante la celebración de la Liturgia de las Horas.41 4. Sentido pastoral de la obligación canónica de la Oración de las Horas. Después de haber estudiado los fundamentos teológicos y espirituales que están detrás de la obligación canónica de la Oración de las Horas, nos proponemos ahora estudiar el sentido pastoral que fundamenta esa obligación, partiendo de los datos proporcionados por los documentos conciliares y postconciliares que hemos estudiado. Según la Sacrosanctum Concilium y la Institutio Generalis, el punto de partida es recordar la referencia del Oficio Divino a la Iglesia entera. Luego vienen los sujetos de la Liturgia de las Horas: en primer lugar, la Iglesia local, con su obispo y presbíteros; después la parroquia, las comunidades y la familia. El CIC 83 definió tanto la función como la obligación de celebrar la Liturgia de las Horas, por parte de los sacerdotes y los diáconos, en el marco de la acción sacerdotal de toda la Iglesia, que necesariamente conlleva una dimensión pastoral (cc. 1173-1175). Pero es la Institutio Generalis la que mejor recoge y expresa de modo más explícito la dimensión pastoral de la Liturgia de las Horas. Lo mismo que a la Liturgia en general (SC 10), también a la Liturgia de las Horas se le atribuye el ser «culmen et fons» de la acción pastoral, porque en ella culminan los esfuerzos, y de ella parte la fuerza para la vida crisitiana (IGLH 18). Es claro entonces que el Oficio Divino no es algo exclusivo de los clérigos, sino de toda la Iglesia y, que es dentro del contexto eclesial y de la acción pastoral, donde se debe situar siempre el mandato de celebrar la Liturgia de las Horas reservado a los obispos, presbíteros y diáconos (IGLH 28-30). Siguiendo la línea del Vaticano II y de los documentos conciliares y postconciliares, se hace necesaria una mentalidad renovada, tanto por parte de los clérigos deputados a la celebración de la Liturgia de las Horas, como por parte también de los otros obligados y de toda la Iglesia, que contemple la Liturgia de las Horas no como un problema de piedad personal o de obligación eclesiástica, derivada de una norma jurídica, sino como una acción eclesial específica del Pueblo de Dios o comunidad de fieles y no como un acto puramente ministerial y jerárquico, aún en el caso de que la celebración del Oficio se haga en privado. Esa mentalidad nueva nos conducirá a hacer una valoración de la dimensión pastoral de la obligación canónica de la Liturgia de las Horas, que nos lleve a comprender claramente su significado. Esta valoración la hacemos a partir de la consideración de la Liturgia de las Horas como «alimento y expresión de la acción apostólica», y «cumbre y fuente de la acción pastoral» (IGLH 18), centrada particularmente en los siguientes aspectos: La Oración eclesial e Iglesia Particular, La Celebración Eclesial y comunitaria de la Liturgia de las Horas, La Comunidad cristiana, comunidad orante. La consecuencia final será aquella de urgir aún más el hecho de que el Oficio Divino debe entrar en la programación pastoral de las comunidades eclesiales con la misma naturalidad con que se hacen las demás actividades pastorales en las que participan los clérigos, dentro del contexto de una pastoral litúrgica en la línea del Vaticano II.42 Prospectiva pastoral-celebrativa                                                                                                                           41 Ibidem. 42 Cf. J. LÓPEZ MARTÍN, La Oración de las Horas, 235-236.
  • 24. LITURGIA  DE  LAS  HORAS,  ORACIÓN  OFICIAL  DE  LA  IGLESIA       24   La teología es el eje orientativo y el principio exigitivo de una pastoral determinada. Por eso conviene tener muy en cuenta la teología de la Liturgia de las Horas para poder elaborar y llevar a cabo una auténtica pastoral que ayude a lograr la plena participación en la Liturgia de las Horas, no sólo por los sacerdotes y ministros deputados para su celebración, sino por toda la comunidad cristiana. Sin repetir la teología que se ha estudiado, se debe recordar dos principios de coherencia teológico- pastoral para la Liturgia de las Horas, que nos llevarán a definir aquellos puntos esenciales, donde se debe acentuar la acción pastoral, para lograr esa plena y activa participación en el Oficio Divino, que nos pide la Iglesia. El primero es que, toda celebración tiene como objeto el misterio de Cristo. La Liturgia de las Horas se celebra de modo especial el misterio de Cristo orante-alabanza de Dios Padre a través de las diversas secuencias de la vida, y sobre todo en relación con los diversos momentos del misterio pascual (Cf. IGLH 6, 7, 15), misterio que, desde muy antiguo, está relacionado en el Oficio Divino, con las diferentes Horas de la jornada, en las que se hace referencia a los diversos acontecimientos de la vida de Cristo. Por ejemplo: las Vísperas y los Laudes, que están asociadas con el misterio pascual de la muerte y resurrección de Cristo y fundadas en el simbolismo de la tensión día-noche, luz-tinieblas. De este principio se deduce la necesidad pastoral, no sólo de rezar cada hora a su tiempo o momento correspondiente, sino también de expresar y atribuir a cada hora el contenido o verdad anamnética que le da sentido. Así lo dice expresamente la Institutio Generalis en el número 11: «…siendo fin propio de la Liturgia de las Horas la santificación del día y de todo el esfuerzo humano, se ha llevado a cabo su reforma procurando que en lo posible las Horas respondan de verdad al momento del día, y teniendo en cuenta al mismo tiempo las condiciones de la vida actual» (Cf. SC 84; CIC c. 1175). La «veritas horarum» es lo que caracteriza a la Liturgia de las Horas, de aquí su nombre, por tanto, hay que esforzarse por rezarlas a su tiempo, para que adquieran su pleno significado en razón de aquello a lo que están ordenadas.43 De lo dicho anterioremente se desprende un segundo principio que se debe recordar. Se trata de aquel principio que relaciona la Liturgia de las Horas y el ritmo del tiempo. Se ha dicho ya que lo específico de la Liturgia de las Horas es la consagración del tiempo según el ritmo horario, con el fin de santificar el día y todo el esfuerzo humano (IGLH 10-11). Sin embargo, no basta rezar el Oficio a su tiempo, es preciso también descubrir y vivir el sentido del tiempo, de ese tiempo que nos habla y nos remite a Dios, en la sucesión de sus diferentes momentos: alba, mediodía, atardecer, noche. De ese tiempo que, silencioso y elocuente a la vez, nos invita, a través de su gran portavoz el sol, a alabar al Creador y al Salvador.44 La consecuencia pastoral que se desprende es la necesidad de una adecuada catequesis que eduque al pueblo y a las diversas comunidades a comprender y vivir este misterio, sobre todo en relación con las dos horas más importantes del día: Laudes y Vísperas, que son el doble quicio de la Liturgia de las Horas y los centros difusores de santificación y sentido para la entera jornada. Según el tipo de comunidad, podrá realizarse una u otra catequesis, y las adaptaciones que sean necesarias, según las prescripciones de la Iglesia.45 El tercer principio es aquel que relaciona la Liturgia de las Horas con el Misterio de la Iglesia. Se debe recordar que la Liturgia de las Horas es prolongación histórica de                                                                                                                           43 Cf. V. Raffa, L 'orario di preghiera nell' Ufficio divino, EphLit 80 (1966) 97-140; D. BOROBIO, «La Pastoral de la Liturgia…, 517-518. 44 Ibid., 520. 45 Ibidem.
  • 25. LITURGIA  DE  LAS  HORAS,  ORACIÓN  OFICIAL  DE  LA  IGLESIA       25   la oración y albanza de Cristo al Padre. La estrecha unión entre Cristo y los bautizados, la participación en su sacerdocio, nos asocia de modo especial a la oración de Cristo, único mediador entre Dios y los hombres (IGLH 6-7; Cf. SC 7). La Liturgia de las Horas es por tanto una acción que pertenece a todo el pueblo de Dios, que expresa, hace presente y realiza a la Iglesia entera en cuanto comunidad orante (IGLH 9, 20). Por eso es oración eminentemente eclesial, no sólo porque el verdadero sujeto es la Iglesia entera, Cabeza y miembros, sino también porque pertenece a su mismo ser.46 De este principio se deducen dos conclusiones pastorales: la primera es que ha de preferirse en cualquier caso la celebración comunitaria, siempre que haya posibilidades, puesto que la eclesialidad de la Liturgia de las Horas se manifesta de modo más excelente en la comunitariedad. Esta comunitariedad no debe entenderse como algo intramonástico o intraclerical, sino como aquella acción litúrgica donde la participación se extiende a todo el pueblo de Dios, con su organicidad y pluralidad de carismas, vocaciones, servicios y ministerios. Esto exige que la Liturgia de las Horas deje de ser un monopolio clerical o monacal, abriendo los espacios y ofreciendo la posibilidad de participación a todos en la medida de lo posible. La Liturgia de las Horas debe considerarse como patrimonio común de todo el pueblo cristiano, que debe ver en ella un punto de referencia oracional de primer orden. La segunda conclusión que se deriva es que, quienes rezan la Liturgia de las Horas, sobre todo los ordenados, ejercen una especial representatividad de la Iglesia entera «in nomine Ecclesiae» (IGLH 20-24; PO 5), no sólo porque realizan un acto eminentemente eclesial, sino también porque realizan un acto sacramental. La IGLH recuerda al mismo tiempo la representatividad eclesial común de todos los bautizados (IGLH 108; Cf. n. 20), y la mayor significatividad eclesial de los ministros ordenados. Esto supone que quienes rezan la Liturgia de las Horas, bien «porque han recibido el orden sagrado o están provistos de un peculiar mandato canónico», deben sentirse no simples sustitutos o suplentes de quienen lo rezan, sino más bien servidores y representantes de y para el pueblo, que tiene la obligación de orar «siempre, sin desanimarse» (Lc 18, 1), pero que no siempre puede tener una dedicación explícita a la oración de la Liturgia de las Horas (IGLH 28-32), a la que no se debe dejar de invitarle también permanentemente.47 Si se quiere aplicar estos principios a la pastoral de la Liturgia de las Horas, algunos pasos en concreto para la educación y catequesis a la oración y que dan sentido a la obligación canónica de la Oración de las Horas, son los siguientes: 1). La formación de los futuros pastores. El documento sobre la formación litúrgica en los Seminarios De Institutione liturgica in Seminariis, del 3 de junio de 1979, dedica varios números a hablar de la formación doctrinal y práctica de los futuros presbíteros en la Liturgia de las Horas (Cf. nn. 28-31; apéndice nn. 68-75).48 El documento ofrece no sólo las líneas por las que ha de discurrir la vida litúrgica de los futuros sacerdotes, sino que presenta claramente definido el ideal de la vida y el ministerio de los presbíteros en relación a la Liturgia. 2). Formación de los fieles.                                                                                                                           46 Ibid., 518-519. 47 Cf. P. FARNÉS, Ministerio pastoral y liturgia de las horas: Phase 130 (1982) 271-284; D. BOROBIO, «Pastoral de la Liturgia…, 519. 48 Cf. EV 6, 1583-1588/1697-1704.
  • 26. LITURGIA  DE  LAS  HORAS,  ORACIÓN  OFICIAL  DE  LA  IGLESIA       26   El ideal de la pastoral de la Liturgia de las Horas debe ir encaminado no solamente a que los sacerdotes cumplan el deber que tienen de recitar la Liturgia de las Horas, sino también a propiciar la plena y activa participación en la misma a través de una auténtica y adecuada catequesis. A los fieles también se les tiene que formar a la Liturgia de las Horas en varios campos: formación bíblica, litúrgica, musical, técnica, etc., porque esa, como toda celebración sacramental, exige una verdadera catequesis y pedagogía, de modo que pueda entenderse, realizarse y vivirse con verdadera participación y frutos santificadores. De este aspecto de la pastoral litúrgica hay que decir también lo que el Concilio decía en general: «No se puede esperar que esto (la participación activa) ocurra, si antes los mismos pastores de almas no se impregnan totalmente del espíritu y de la fuerza de la liturgia y llegan a ser maestros de la misma (SC 14).49 CONCLUSIÓN A partir de nuestro estudio nos damos cuenta que la Liturgia de las Horas tiene algunos elementos estructurales que nos ayudan a captar y entender mejor el sentido teológico, ascético y pastoral de la obligación canónica de la Oración de las Horas. Tales elementos estructurales descubren y hacen presente el contenido teológico, espiritual y pastoral en relación a su obligatoriedad, dándonos así la comprensión más clara de la obligatoriedad del Oficio, no sólo en relación a los clérigos, sino también en relación a todos los bautizados. El sujeto adecuado de la Liturgia de las Horas es siempre la Iglesia toda: desde el obispo con su presbiterio y fieles hasta la familia, pasando por las parroquias, comunidades contemplativas, religiosos, grupos de sacerdotes y fieles. La Liturgia de las Horas es siempre dialogal y comunitaria. Esto nos lleva al encuentro con el contenido fundamental de la misma: la Oración de Cristo-Iglesia, que se realiza en la asamblea orante. La oración, que es la Liturgia de las Horas, se debe llevar a cabo en determinadas horas, para abarcar simbólicamente todo el tiempo humano. El mismo nombre de «Liturgia de las Horas» apunta como esencial el carácter horario de este acto de la Iglesia, que revela y hace presente la oración de Cristo-Iglesia en la entraña misma de la vida humana, del hombre que vive en el tiempo, para su propia santificación. En la Liturgia de las Horas la Iglesia celebra la salvación de Dios en Cristo. Ella tiene un carácter celebrativo que revela y hace presente la oración de Cristo-Iglesia, en la forma apropiada a la realidad significativa, sacramental de esa oración. Si no se celebra, se malogra un acto esencialmente celebrativo. La Liturgia de las Horas aparece como un derecho y un deber no sólo de los clérigos deputados para su celebración, sino también de todos los bautizados. Esto se deriva de la estructura comunitario-eclesial. En cuanto es un deber, se encuentra hoy cuestionada, a causa del rigorismo del pasado, de la baja actual de la oración en un buen número de sacerdotes y del desconocimiento de la misma Liturgia de las Horas.50 Finalmente, hay que decir que, se advierte en los documentos relativos a la Liturgia de las Horas, la superación de la concepción clerical y devocional de la celebración del Oficio por parte de los ministros sagrados. La participación de los clérigos constituye una parte importante de su misión, la cual debe ser organizada y reglamentada, y por                                                                                                                           49 Cf. J. LÓPEZ MARTÍN, La Oración de las Horas, 244. 50 Cf. J.A. GOENAGA, «Significado de las estructuras de la Liturgia de las Horas», La Celebración en la Iglesia, D. Borobio (ed.), Vol. III: Ritmos y tiempos de la celebración, Salamanca 1994, 429-448.
  • 27. LITURGIA  DE  LAS  HORAS,  ORACIÓN  OFICIAL  DE  LA  IGLESIA       27   ese mismo hecho ella toma el carácter de un deber. Si se entiende así, el papel del sacerdote aparece con más claridad, aunque todavía sea expresado en términos de suplencia de una función que compete a toda la comunidad eclesial, sacerdote incluído. El verdadero papel o función del ministro ordenado será la de aparecer, en medio de la comunidad, como signo eclesial que continúa y actualiza la oración sacerdotal de Cristo.