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Fábulas de jean de la fontaine

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Fábulas de jean de la fontaine

  1. 1. Fábulas de Jean de la Fontaine El león Un león que era dueño de muchos prados, muchos bosques, y un gran rebaño de ovejas. Reinaba feliz en su territorio, un día nació un leoncito, en un lugar vecino, pero este quedo huérfano. Entonces el rey león, llamo a su Visir, un zorro astuto he inteligente, y le dijo: -"¿Qué te parece si traemos al huerfanito y lo criamos?"-El zorro pensó, y respondió: -"Mi señor, yo nunca me compadezco de huérfanos como estos. O hay que ser amigos o destruirlos antes de que se hagan fuertes". Pero el rey león, no escucho estos consejos, hizo traer al leoncito a su territorio. Mientras el tiempo transcurría, el rey envejecía y el leoncito se iba tornando más fuerte, y asolaba toda la región, haciendo grandes matanzas. Llegaron reclamos, de todos lados, por los daños que causaba el joven león, le daban alimentos para calmar su apetito feroz, pero era incontrolable. Tarde se dio cuenta el rey león, que tenía que haber escuchado los consejos del zorro y de esta manera evitar grandes problemas. Moraleja: Imprudencia que causa resultado fatal es dejar que prospere la semilla del mal. El león que iba a la guerra Cierta vez un león, quería iniciar una guerra en territorios vecinos, con la idea de extender sus dominios. Por lo cual necesitaba armar un ejército poderoso, así que mando a buscar y reclutar todos los animales que vivían en su reino. Una vez que estaban todos reunidos ante él, a cada uno le asignó un puesto de acuerdo con su naturaleza. El elefante se encargaría de transportar todas las armas, sobre su ancho y fuerte lomo; el oso fue elegido para ir al frente del escuadrón; el zorro se encargaría de los negocios diplomáticos; el leopardo entraría por la retaguardia para sorprender a los enemigos. Cuando casi todos los animales, ya tenían sus misiones asignadas, se escuchó una voz que dijo:
  2. 2. -¡Recomiendo mi señor que los burros y las liebres no participen en la guerra! ¡El burro es torpe y la liebre es temerosa! El león lo interrumpió diciendo: -¡Te equivocas! voy a darles un lugar en mi ejército, ya que si no estaría incompleto. -"El burro asustara a los enemigos, con sus rebuznos, y la liebre, será el correo"-. Moraleja: Hasta una falla es virtud cuando es bien utilizada. El gato y el ratón Un búho, una comadreja, un gato y un ratoncito, vivían en distintos lugares de un tronco seco. Aunque eran enemigos naturales, y desconfiaban uno del otro, ninguno dejaba su refugio. El dueño del campo, un día decidió eliminarlos, colocó trampas y una red en la base del tronco. El primero en caer, fue el gato, que al verse en peligro comenzó a gritar. Al escuchar el ratón se alegró, porque de esta manera se libraba de su enemigo, pero el gato le dijo: -Si yo muero quedaras a merced del búho y de la comadreja, que quieren más que yo que seas su alimento, pero si me ayudas, en gratitud te compensare protegiéndote.- El ratoncito libero al gato, y huyeron del lugar. Pasado el tiempo el gato, se dio cuenta que el ratón aun le temía, así que le dijo: -¿Piensas que he olvidado mi promesa, cuando me salvaste de la trampa?- -¡No! - dijo el ratoncito- Pero tampoco olvido tu instinto, ni en qué circunstancias has hecho la promesa.- Moraleja: Jamás confiemos en alianzas que hizo el miedo, pasado el temor, valen un bledo. La comadreja en un granero Una comadreja que estaba muy hambrienta, logro colarse por un agujero dentro de una granero, allí paso varios días comiendo en grandes cantidades y dándose un gran banquete. Cuando quiso salir, había engordando tanto que no pasaba por el agujero, por donde entró. Una ratita que vivía en el granero, al ver a la comadreja tan preocupada, le dijo. -¿Cómo pretendes salir por ese agujero tan pequeño?- La comadreja contesto: -por ese agujero entre hace unos días. -¡Claro!- dijo la ratita- pero entraste flaca y hambrienta, y ahora estas gorda y saludable. Moraleja: Una vida regalada, no conduce a nada. Los dos gallos En un gallinero vivían dos gallos, que nunca tuvieron un conflicto, compartían el lugar en paz y en armonía. Un cierto día el granjero, trajo al corral una gallina hermosa y altanera, de la cual se enamoraron los gallos a primera vista. Así que pasaron de ser amigos, a ser rivales, a competir por el amor de la bella gallinita. Decidieron enfrentarse en combate, y el vencedor se haría acreedor del amor de la dama. Pelearon largo rato, hasta que el más fuerte, se fue del brazo de la gallina y el otro se retiró a los fondos del corral a llorar su pena. El vencedor, se subió al tejado para hacer alarde de su triunfo y comenzó a gritar para que los vecinos se enteraran de ello. Con tan mala suerte que un buitre lo escucho, y sin dudarlo se
  3. 3. abalanzo sobre él, terminando con su vida y su soberbia. Moraleja: Es preciso ser modesto cuando se gana una acción. Los ladrones y el asno Dos hombres que habían robado un asno, no se ponían de acuerdo en el destino que querían darle al animal. Uno quería venderlo de inmediato para disfrutar del dinero y el otro quería usarlo para cargar la mercadería que robarían con posterioridad. No llegaban a un acuerdo, la discusión cada vez se tornaba más violenta, hasta que en un determinado momento se liaron a golpes. Mientras ambos rodaban por el suelo en plena lucha, paso por el lugar un tercer ladrón, que por curiosidad se acercó a escuchar la discusión y ver la escena. A éste se le ocurrió, que podía sacar partido de la situación, aprovechando que los otros dos ladrones, no se daban cuenta que sucedía a su alrededor, por estar absortos en la pelea, se apoderó del burro y escapó del lugar. Moraleja: Has de saber que los bienes, mal habidos de la misma manera son perdidos. El perro y su reflejo Un perro, que llevaba un pedazo de carne entre sus dientes, se paseaba por el borde de un arroyo cuando vio su propia figura reflejada en el agua. Creyendo que era otro perro, y que el trozo de carne que aquél llevaba era mejor que el suyo, se dispuso a arrojarse al agua para arrebatárselo. Pero al hacerlo, tuvo que soltar su pedazo, con el resultado de quedarse sin comida, puesto que el trozo codiciado no era sino un reflejo, y al verdadero se lo llevó la corriente. Moraleja: Que no te pase nunca a ti lo mismo por perseguir sin tino un espejismo El mono y el gato En la casa de un buen señor, vivían dos animales malos, traviesos y desagradecidos. Un mono llamado Roko, que le gustaba romper todo lo que estaba a su alcance solo por diversión y un gato apodado Ratón, que no le gustaba cazar pero si comer en exceso. Un día en que ambos pasaban por la puerta de la cocina, vieron sobre el fuego unas castañas que el dueño de casa, había dejado asando. El mono dijo: -¡Amigo, es hora de dar el gran golpe!-¡Si yo tuviera las garras que tú tienes, esas castañas ya estarían en mi estómago!. El gato que era muy veloz, sin mediar más palabras, comenzó a retirar una a una las castañas del fuego, mientras tanto el mono se las iba comiendo sin que el gato lo advirtiera. Cuando el felino aún no había llegado a comer ninguna, entro en la cocina el dueño de casa y los ladronzuelos salieron corriendo del lugar, con gran descontento por parte del gato. Moraleja: En una sociedad a veces el burlador es burlado. Las ranitas y el tronco tallado Una familia de ranitas que vivía en un lago, sentía mucho temor por un tronco tallado que se veía desde la orilla. Estas ranitas amaban las fiestas y la diversión, pero sentían gran respeto por el tronco, así que en muchas oportunidades trataban de no hacer tanto ruido para no molestar al tronco. Seguramente este personaje al que tanto le temían, era un monumento de
  4. 4. alguna tribu que ya no habitaba en el lugar, pero como no se animaban a acercarse para ver bien de que se trataba, solo podían divisar un rostro serio y que inspiraba mucha autoridad. Un cierto día, en que se desató una terrible tormenta, el tronco cayó al lago y en ese momento las ranitas pudieron ver con claridad, que era solo un tronco tallado que ningún daño podía hacerles. Se rieron mucho de los temores por los que habían pasado y comenzaron a jugar con él y usarlo de trampolín para sus zambullidas en el lago. Moraleja: Lo que por ignorancia atemoriza, a veces es sólo digno de risa. El león y el chivo Un león hambriento caminaba por una montaña en busca, de algún animal que pudiera convertirse en una presa, que calmara su apetito. Decía:-¡si encontrara una cabrita o una ovejita...!, mientras su estómago no paraba de clamar por alimento de forma urgente. En ese instante vio, que al otro lado, en otra montaña estaba un chivo pastando tranquilamente. Por fin lo que buscaba, pero su debilidad era tan grande, que no se animaba a saltar. Entonces se le ocurrió una treta y dijo: -¿Quieres que bajemos al valle, así podremos comer hierbas más frescas y ricas que las que crecen por aquí?.- Pero el chivo advirtió rápidamente las intenciones del león, así que respondió: -¡Si! ya se que las hierbas en el valle son más frescas y ricas que por aquí, pero bajaré cuando tú te encuentres muy lejos.- Moraleja: A veces, una amable invitación encubre, del engaño la intención. La doméstica y la escoba Una mujer que se dedicaba a realizar tareas domésticas, fue empleada para poner orden y pulcritud en un caserón viejo y descuidado. El lugar se encontraba en tan mal estado, que no había lugar donde no se amontonara la basura. La mujer tomó una vieja escoba, que estaba en la cocina. Dio inicio a su tarea, pero le fue imposible ya que la escoba era tan vieja que se iba desarmando poco a poco. La mujer se ofusco mucho y dijo: -¡Con los pedazos de paja que vas dejando por todos lados, más que limpiar ensucias!.- Moraleja: Quien barre de errores trabajos ajenos, acaso los deje, de los suyos llenos. El león enfermo y los zorros Un día el rey león cayó enfermo y su médico, que era un búho, le recomendó hacer reposo durante un tiempo. El león decidió entonces que como iba a permanecer mucho tiempo inactivo, solo y aburrido, que vinieran a visitarlo un animal de cada especie. Se aclaró que se otorgaba total inmunidad contra las garras del león, y que ningún invitado sería atacado. Así que todos los animales, eligieron un embajador y lo enviaron. Los zorros estaban eligiendo a ver quién sería el elegido, cuando uno de ellos interrumpió la charla y dijo: -¡Vengo de recorrer las inmediaciones de la cueva del león, y he podido ver que las huellas de quienes fueron a visitarlo, están todas en dirección a la entrada!, pero ninguna en dirección opuesta. Creo que este dato por sí solo, debe inspirarnos recelo, ya que a pesar de las promesas de inmunidad, es fácil ver como se entra en la casa del león, pero imposible saber cómo se sale.
  5. 5. Moraleja: En promesas no creas de ávidos malvados, su condición no cambia, ni enfermos ni postrados. El asno y su mal compañero Un caballo joven y desconsiderado caminaba felizmente, junto a un asno viejo que iba muy cargado por los fardos, que había cargado su amo, sobre su lomo. El asno le imploró ayuda a su compañero, le dijo:- Te pido amigo me ayudes a cargar la mitad de lo que llevo encima, para ti sería como un juego, en cambio para mí sería un enorme servicio, ya que siento que estoy a punto de desmayarme. Pero el caballo, se negó a prestarle ayuda, riéndose del burro. Continuaron caminando, hasta que el asno no aguanto más y cayó desfallecido. Al ver esto, el caballo se dio cuenta de lo mal que había actuado y ahora el amo, quitó toda la carga que transportaba el burro y la colocó encima de él. Moraleja: Es preciso ayudarse mutuamente, porque si falta tu compañero su carga terminara en tu espalda. La gallina de los huevos de oro Un granjero tenía una gallina, que todos los día ponía un pequeño huevo de oro. Al comienzo el granjero estaba feliz, aumentando su fortuna todos los días un poco más. Pero se volvió impaciente y quiso conseguir una gran riqueza más rápidamente, así que decidió matar a la gallina, pero cuando le abrió la panza se dio cuenta que no era diferente al resto de las gallinas, que el animal no tenía escondido ningún tesoro. Se apenó mucho ya que comprendió, que no hallo tesoro, pero que tampoco tendría el huevo diario de oro. Moraleja: ¡Cuantos hay que teniendo bastante, desean enriquecerse al instante y suelen perder todo por alcanzar riquezas inmediatas! La cigarra y las hormigas Una vez, al llegar el invierno, una cigarra que estaba muerta de hambre se acercó a la puerta de un hormiguero pidiendo comida. A su pedido respondieron las hormigas, haciendo la siguiente pregunta: -¿Por qué durante el verano no hiciste tu reserva de alimentos como lo hicimos nosotras?- La cigarra respondió: -estuve cantando alegremente todo el tiempo, y disfrutando el verano plenamente. - ¡Si hubiera sabido lo duro que es el invierno...! Las hormigas le dijeron: -Mientras nosotras trabajamos duro durante el verano, para tener las provisiones para poder pasar el invierno, tú disfrutabas y perdías el tiempo. Así que ahora... ¡sigue bailando!... Pero las hormigas sintieron pena, por la situación y entendieron que la cigarra había aprendido la lección, entonces finalmente compartieron con ella su alimento. Moraleja: Quien quiere pasar bien el invierno, mientras es joven debe aprovechar el tiempo.
  6. 6. El mono y el leopardo El mono y el leopardo trabajaban en un circo, cada uno a su manera trataba de atraer a la concurrencia y así conseguir la mayor cantidad de monedas diarias, que le aseguraban una ración importante de comida. -¡Señoras y señores, hermoso publico! - decía el leopardo - ¡pasen y vean, que bella piel que tengo, armónica en forma y colores, admiren mis delicadas manchas, mis perfectas líneas, es algo nunca visto!. El público, pasaba y miraba unos segundos pero seguía su camino, sin sentirse muy atraído por el animal. Por otro lado, el mono decía: - ¡Señoras y señores, los invito a ver algo realmente único, bailo, canto, hablo, entiendo su idioma, juego con pelotas y aros; hago muchas cosas divertidas!-¡la diversidad de la piel de leopardo yo la poseo en mi imaginación, que es inagotable!-¡y si no se divierten lo suficiente les regresare su dinero!. Al público le resultaba imposible evadir, una invitación tan prometedora, así que el mono gracias a su inventiva conseguía todos los días muchas monedas. Moraleja: ¡Cuantas personas, iguales al leopardo, no poseen más talentos que sus vestiduras! La garza real Un cierto día una garza real, recorría su laguna, las aguas estaban tan calmas que se podían ver todos los hermosos peces que la habitaban. La garza vio pasar nadando una carpa y le hubiera resultado muy fácil, apresarla con el pico y que se convirtiera en un excelente bocado. Pero como en ese momento no tenía hambre decidió esperar para comer. Horas más tarde, pensó en tomar el almuerzo y busco en el agua a la suculenta carpa, pero ésta ya se había marchado. Pudo ver que nadaban alrededor de sus largar patas, unas tencas, las miro y pensó: -¿tencas a mí? ¿Cómo me voy a contentar, con carne tan ordinaria y con gusto a fango?. Siguió esperando a ver si la carpa aparecía, pero solo pasó un gobio muy pequeño. Y dijo: -¿abrir el pico una garza real, por un bocado tan escaso?- ¡Dios no lo quiera!. Pero...tuvo que abrirlo, al final por una simple lombriz, cuando el hambre ya era apremiante y aún sin quererlo la necesidad hizo que dejara de lado sus exigencias. Moraleja: No juzgues despreciable lo bueno y lo mediano, debes tener presente a la garza y el gusano El agricultor, el molinero, el notario. Un agricultor después de haber obtenido una excelente cosecha, juntó los granos en varios sacos y los llevó al molino, su cálculo le indicaba que obtendría como resultado más de diez bolsas de harina. Dejo los granos al molinero y le dijo:-muele el trigo y te pagaré con una de las bolsas de harina-. El molinero aceptó el trato y comenzó con su trabajo. Como resultado obtuvo una docena de bolsas de harina, y pensó: - Guardaré unas para mí ya que el agricultor no se dará cuenta. Cuando concluyo con todo, se retiró a dormir ya que estaba agotado por la labor diaria. Cuando el agricultor regreso a buscar sus granos molidos y transformados en fina harina, lo atendió la esposa del molinero, este se sorprendió al ver solamente ocho bolsas de harina. No
  7. 7. quiso molestar a la mujer, así que no hizo ningún comentario y se retiró del lugar sin dejar la bolsa que había prometido como pago. Cuando el molinero, se despertó y se dio cuenta que no estaba la paga por su trabajo, salió a buscar al agricultor. Cuando lo hubo encontrado, le arrojó piedras, lo insulto y lo acusó de ladrón. Mientras seguía la contienda, pasó por el lugar un notario, que se acercó y preguntó: - ¿Por qué apedreas a ese hombre? y el molinero respondió: ¡Porque no me ha pagado por mi trabajo!, con la bolsa de harina prometida. A lo que el notario dijo: -¿Y porque no lo ha denunciado a la justicia?-porque no podría- dijo el agricultor - ya que él se ha robado cuatro o cinco de mis bolsas de harina. Moraleja: Quien por su propia mano hace justicia, alguna culpa esconde con malicia. El cuervo y el zorro Estaba un cuervo posado en un árbol, y tenía en el pico un queso. Atraído por el aroma, un zorro que pasaba por ahí le dijo: -¡Buenos días, señor Cuervo! ¡Qué bello plumaje tienes! Si el canto corresponde a la pluma, tú tienes que ser el Ave Fénix.” Al oír esto el cuervo, se sintió muy alagado y lleno de gozo, y para hacer alarde de su magnífica voz, abrió el pico para cantar, y así dejo caer el queso. El zorro rápidamente lo tomo en el aire, y le dijo: “Aprenda, señor cuervo, que el adulador vive siempre a costas del que lo escucha y presta atención a sus dichos; la lección es provechosa; bien vale un queso.” Moraleja: No se debe dar crédito a palabras aduladoras, que se hacen por interés. La rana que quiso hincharse como un buey Una rana que se encontraba en una charca, vio un día acercarse a un buey a beber un poco de agua, y le llamo la atención el gran tamaño del animal. La ranita era muy pequeña, no más grande que un limón. Al ver al corpulento buey se llenó de envidia, y decidió hincharse hasta igualarlo en tamaño. La ranita mientras se iba hinchando les preguntaba a sus compañeras: - ¿me hinche bastante para igualarlo? ¿Ya soy tan grande como él? –No.- ¿Y ahora?- Tampoco. -¡Ya lo logré! -¡Aún estás muy lejos!” Y la pobre rana se hincho tanto, que reventó. Moraleja: El mundo está lleno de mediocres, que por envidia, se muestran ante los demás como grandes señores. Los dos mulos Caminaban dos mulos, uno cargado de bolsas de trigo, el otro cargado de bolsas de dinero. Este último estaba muy orgulloso, de ser el portador de tan valiosa carga, se sentía honrado de que su dueño le diera esa responsabilidad. En un momento, los tomaron por sorpresa unos ladrones, que se abalanzaron sobre el mulo que cargaba el dinero. El animal se defendió como pudo, pero fue herido de muerte. El mulo cargado con trigo no fue atacado y pudo escapar, mientras se alejaba le dijo al moribundo: Amigo no siempre es bueno tener un buen trabajo, si hubieras servido, a un humilde campesino, no te encontrarías en estos apuros.”
  8. 8. Moraleja: Muchas veces un trabajo con mayor remuneración, implica más responsabilidades y grandes riesgos. El lobo y el perro Un lobo que se encontraba hambriento y a estas alturas muy flaco casi huesos, se encontró a un mastín gordo y sano, que andaba recorriendo el bosque. Atacarlo y comerlo hubiera sido lo correcto para el lobo, pero la realidad es que hubiera sido también, una pelea feroz, con un enemigo bien dotado. El Lobo se le acerca para dialogar y alagar lo bien que se lo veía, a lo que el mastín respondió: -No estás tan bien como yo, porque no quieres, deja el bosque y a tus amigos. Sígueme y tendrás una vida excelente. Y el lobo preguntó: ¿Y qué tendré que hacer? – Casi nada, dijo el Perro: atacar a quien ponga en peligro al amo; querer a los dueños de casa, y siempre complacerlos. Con algo tan simple como eso que te digo, tendrás las sobras de todas las comidas, huesos de pollos, carne fresca, frutas y verduras; y también cariño, como un elemento extra.” El Lobo, se sintió feliz y lleno de gozo. Mientras caminaban hacia la casa del amo del mastín, el lobo se dio cuenta que el perro tenía el cuello pelado. “¿Qué es eso? preguntó. –Nada.- ¡Cómo nada! –Una tontería.- Pero algo es, esa peladura en el cuello. –Será la señal del collar con el que a veces estoy atado.- ¡Atado! exclamó el lobo: tu ¿No vas y venís a dónde querés? –No siempre, pero eso, ¿qué importa? –Importa tanto, que no quiero ni el más grande de los tesoros, por renunciar a mi libertad.” Termino de decir el lobo, y se alejó corriendo, sin mirar atrás. Moraleja: A veces por tener más, hay que renunciar a lo que más se ama. La golondrina y los pájaros Una Golondrina había aprendido mucho en sus viajes. Nada hay que enseñe tanto. Preveía nuestro animalejo hasta las menores borrascas, y antes de que estallasen, las anunciaba a los marineros. Sucedió que, al llegar la sementera del cáñamo, vio a un labriego que echaba el grano en los surcos. “No me gusta eso, dijo a los otros Pajaritos. Lástima me dais. En cuanto a mí, no me asusta el peligro, porque sabré alejarme y vivir en cualquier parte. ¿Veis esa mano que echa la semilla al aire? Día vendrá, y no está lejos, en que ha de ser vuestra perdición lo que va esparciendo. De ahí saldrán lazos y redes para atraparos, utensilios y máquinas, que serán para vosotros prisión o muerte. ¡Guárdeos Dios de la jaula y de la sartén! Conviene, pues, prosiguió la Golondrina, que comáis esa semilla. Creedme.” Los Pajaritos se burlaron de ella: ¡había tanto que comer en todas partes! Cuando verdearon los sembrados del cáñamo, la golondrina les dijo: “Arrancad todas las hierbecillas que han nacido de esa malhadada semilla, o sois perdidos. -¡Fatal agorera! ¡Embaucadora! le contestaron: ¡no nos das mala faena! ¡Poca gente se necesitaría para arrancar toda esa sementera!” Cuando el cáñamo estuvo bien crecido: “¡Esto va mal! exclamó la Golondrina: la mala semilla ha sazonado pronto. Pero, ya que no me habéis atendido antes, cuando veáis que está hecha la trilla, y que los labradores, libres ya del cuidado de las mieses, hacen guerra a los pájaros, tendiendo redes por todas partes, no voléis de aquí para allá; permaneced quietos en el nido, o emigrad a otros países: imitad al pato, la grulla y la becada. Pero la verdad es que no os
  9. 9. halláis en estado de cruzar, como nosotras, los mare y los desiertos: lo mejor será que os escondáis en los agujeros de alguna tapia.” Los Pajaritos, cansados de oírla, comenzaron a charlar, como hacían los troyanos cuando abría la boca la infeliz Casandra. Y les pasó lo mismo que a los troyanos: muchos quedaron en cautiverio. Moraleja: Así nos sucede a todos: no atendemos más que a nuestros gustos; y no damos crédito al mal hasta que lo tenemos encima. Las alforjas Dijo un día Júpiter: “Comparezcan a los pies de mi trono los seres todos que pueblan el mundo. Si en su naturaleza encuentran alguna falta, díganlo sin empacho: yo pondré remedio. Venid, señor Mono, hablad primero; razón tenéis para este privilegio. Ved los demás animales; comparad sus perfecciones con las vuestras: ¿estáis contento? -¿Por qué no? ¿No tengo cuatro pies, lo mismo que lo demás? No puedo quejarme de mi estampa; no soy como el Oso, que parece medio esbozado nada más.” Llegaba, en esto, el Oso, y creyeron todos que iban a oír largas lamentaciones. Nada de eso; se alabó mucho de su buena figura; y se extendió en comentarios sobre el Elefante, diciendo que no sería malo alargarle la cola y recortarle las orejas; y que tenía un corpachón informe y feo. El Elefante, a su vez, a pesar de la fama que goza de sesudo, dijo cosas parecidas: opinó que la señora Ballena era demasiado corpulenta. La Hormiga, por lo contrario, tachó al pulgón de diminuto. Júpiter, al ver cómo se criticaban unos a otros, los despidió a todos, satisfecho de ellos. Pero entre los más desjuiciados, se dio a conocer nuestra humana especie. Linces para atisbar los flacos de nuestros semejantes; topos para los nuestros, nos lo dispensamos todo, y a los demás nada. El Hacedor Supremo nos dio a todos los hombres, tanto los de antaño como los de ogaño, un par de alforjas: la de atrás para los defectos propios; la de adelante para los ajenos. El ratón del campo y el de la ciudad Cierto día un ratón de la ciudad, invitó a comer a su amigo, un ratón del campo. Cuando el del campo llegó estaba el banquete servido, de forma muy elegante y con mucha categoría. La comida resultó excelente, un real festín. Pero la reunión no terminó bien. Escucharon ruidos en la puerta y el ratón de ciudad salió corriendo rápidamente del lugar; por lo cual el ratón de campo hizo lo mismo y salió tras el anterior disparando. Cuando el ruido terminó, volvieron los dos ratones: “Terminemos con estas exquisiteces, dijo el ratón de ciudad. -¡Yo me retiro! dijo el ratón de campo. ¡Buen provecho te hagan tus regios banquetes! no los envidio. Mi pobre alimento, como con tranquilidad, sin que nadie me inquiete. ¡Adiós! Placeres con inquietud poco valen.” El lobo y el cordero Un Corderillo sediento bebía en un arroyuelo. Llegó en esto un Lobo en ayunas, buscando pendencias y atraído por el hambre. “¿Cómo te atreves a enturbiarme el agua? dijo malhumorado al corderillo. Castigaré tu temeridad. –No se irrite Vuesa Majestad, contestó el
  10. 10. Cordero; considere que estoy bebiendo en esta corriente veinte pasos más abajo, y mal puedo enturbiarle el agua. –Me la enturbias, gritó el feroz animal; y me consta que el año pasado hablaste mal de mí. --¿Cómo había de hablar mal, si no había nacido? No estoy destetado todavía. –Si no eras tú, sería tu hermano. –No tengo hermanos, señor. –Pues sería alguno de los tuyos, porque me tenéis mala voluntad a todos vosotros, vuestros pastores y vuestros perros. Lo sé de buena tinta, y tengo que vengarme.” Dicho esto, el Lobo me lo coge, me lo lleva al fondo de sus bosques y me lo come, sin más auto ni proceso. El hombre y su imagen Un Hombre enamorado de sí mismo, y sin rival en estos amores, se tenía por el más gallardo y hermoso del mundo. Acusaba de falsedad a todos los espejos, y vivía contentísimo con su falaz ilusión. La Suerte, para desengañarle, presentaba a sus ojos en todas partes esos mudos consejeros de que se valen las damas: espejos en las habitaciones, espejos en las tiendas, espejos en las faltriqueras de los petimetres, espejos hasta en el cinturón de las señoras. ¿Qué hace nuestro Narciso? Se esconde en los lugares más ocultos, no atreviéndose a sufrir la prueba de ver su imagen en el cristal. Pero un canalizo que llena el agua de una fuente, corre a sus pies en aquel retirado paraje: se ve en él, se exalta y cree divisar una quimérica imagen. Hace cuánto puede para evitar su vista; pero era tan bello aquel arroyo, que le daba pena dejarlo. Comprenderéis a dónde voy a parar, a todos me dirijo: esa ilusión de que hablo, es un error que alimentamos complacidos. Nuestra alma es el enamorado de sí mismo: los espejos, que en todas partes encuentra, son las ajenas necedades que retratan las propias; y en cuanto al canal, cualquiera lo adivinará, es el Libro de las Máximas. El dragón de muchas cabezas y el de muchas colas Un mensajero del Gran Turco se vanagloriaba, en el palacio del Emperador de Alemania, de que las fuerzas de su soberano eran mayores que las de este imperio. Un alemán le dijo: “Nuestro Príncipe tiene vasallos tan poderosos que por sí pueden mantener un ejército.” El mensajero, que era varón sesudo, le contestó: “Conozco las fuerzas que puede armar cada uno de los Electores, y esto me trae a las mientes una aventura, algo extraña, pero muy verídica. Hallábame en lugar seguro, cuando vi pasar a través de un seto las cien cabezas de una hidra. La sangre se me helaba, y no había para menos. Pero todo quedó en susto: el monstruo no pudo sacar el cuerpo adelante. En esto, otro dragón, que no tenía más que una cabeza, pero muchas colas, asoma por el seto. ¡No fue menor mi sorpresa, ni tampoco mi espanto! Pasó la cabeza, pasó el cuerpo, pasaron las colas sin tropiezo: esta es la diferencia que hay entre vuestro Emperador y el nuestro.” tenía más que una cabeza, pero muchas colas, asoma por el seto. ¡No fue menor mi sorpresa, ni tampoco mi espanto! Pasó la cabeza, pasó el cuerpo, pasaron las colas sin tropiezo: esta es la diferencia que hay entre vuestro Emperador y el nuestro.” La muerte y el desdichado Un Desdichado llamaba todos los días en su ayuda a la Muerte. “¡Oh Muerte! exclamaba:
  11. 11. ¡cuán agradable me pareces! Ven pronto y pon fin a mis infortunios.” La Muerte creyó que le haría un verdadero favor, y acudió al momento. Llamó a la puerta, entró y se le presentó. “¿Qué veo? exclamó el Desdichado; llevaos ese espectro; ¡cuán espantoso es! Su presencia me aterra y horroriza. ¡No te acerques, oh Muerte! ¡retírate pronto!” Mecenas fue hombre de gusto; dijo en cierto pasaje de sus obras: “Quede cojo, manco, impotente, gotoso, paralítico; con tal de que viva, estoy satisfecho. ¡Oh Muerte! ¡no vengas nunca!” Todos decimos lo mismo. La muerte y el leñador Un pobre Leñador, agobiado bajo el peso de los haces y los años, cubierto de ramaje, encorvado y quejumbroso, camina a paso lento, en demanda de su ahumada choza. Pero, no pudiendo ya más, deja en tierra la carga, cansado y dolorido, y se pone a pensar en su mala suerte. ¿Qué goces ha tenido desde que vino al mundo? ¿Hay alguien más pobre y mísero que él en la redondez de la tierra? El pan le falta muchas veces, y el reposo siempre: la mujer, los hijos, los soldados, los impuestos, los acreedores, la carga vecinal, forman la exacta pintura del rigor de sus desdichas. Llama a la Muerte; viene sin tardar y le pregunta qué se le ofrece. “Que me ayudes a volver a cargar estos haces; al fin y al cabo no puedes tardar mucho.” La Muerte todo lo cura; pero bien estamos aquí: antes padecer que morir, es la divisa del hombre. Un hombre de cierta edad y sus dos amantes Un hombre de edad madura, más pronto viejo que joven, pensó que era tiempo de casarse. Tenía el riñón bien cubierto, y por tanto, donde elegir; todas se desvivían por agradarle. Pero nuestro galán no se apresuraba. Piénsalo bien, y acertarás. Dos viuditas fueron las preferidas. La una, verde todavía; la otra, más sazonada, pero que reparaba con auxilio del arte lo que había destruido la naturaleza. Las dos viuditas, jugando y riendo, le peinaban y arreglaban la cabeza. La más vieja le quitaba los pocos pelos negros que le quedaban, para que el galán se le pareciese más. La más joven a su vez, le arrancaba las canas; y con esta doble faena, nuestro buen hombre quedó bien pronto sin cabellos blancos ni negros. “Os doy gracias, les dijo, oh señoras mías, que tan bien me habéis trasquilado. Más es lo ganado que lo perdido, porque ya no hay que hablar de bodas. Cualquiera de vosotras que escogiese, querría hacerme vivir a su gusto y no al mío. Cabeza calva no es buena para esas mudanzas: muchas gracias, pues, por la lección.” El zorro y la cigüeña El señor Zorro la echó un día de grande, y convidó a comer a su comadre la Cigüeña. Todos los manjares se reducían a un sopicaldo; era muy sobrio el anfitrión. El sopicaldo fue servido en un plato muy llano. La Cigüeña no pudo comer nada con su largo pico, y el señor Zorro sorbió y lamió perfectamente toda la escudilla. Para vengarse de aquella burla, la Cigüeña le convidó poco después. “¡De buena gana! le contestó; con los amigos no gasto ceremonias.” A la hora señalada, fue a casa de la Cigüeña; hízole mil reverencias, y encontró la comida a punto. Tenía
  12. 12. muy buen apetito y trascendía a gloria la vianda, que era un sabroso salpicón de exquisito aroma. Pero ¿Cómo lo sirvieron? Dentro de una redoma, de cuello largo y angosta embocadura. El pico de la Cigüeña pasaba muy bien por ella, pero no el hocico del señor Raposo. Tuvo que volver en ayunas a su casa, orejas gachas, apretando la cola y avergonzado, como sí, con toda su astucia, le hubiese engañado una gallina. El niño y el maestro de escuela Un Muchacho cayó al agua, jugando a la orilla del Sena. Quiso Dios que creciese allí un sauce, cuyas ramas fueron su salvación. Asido estaba a ellas, cuando pasó un Maestro de escuela. Gritole el Niño: “¡Socorro, que muero!” El Dómine, oyendo aquellos gritos, volvióse hacia él, muy grave y tieso, y de esta manera le adoctrinó: “¿Habrase visto pillete como él? Contemplad en qué apuro le ha puesto su atolondramiento. ¡Encargaos después de calaverillas como éste! ¡Cuán desgraciados son los padres que tienen que cuidar de tan malas pécoras! ¡Bien dignos son de lástima!” y terminada la filípica, sacó al Muchacho a la orilla. Alcanza esta crítica a muchos que no se lo figuran. No hay charlatán, censor, ni pedante, a quien no siente bien el discursillo que he puesto en labios del Dómine. Y de pedantes, censores y charlatanes, es larga la familia. Dios hizo muy fecunda esta raza. Venga o no venga al caso, no piensan en otra cosa que en lucir su oratoria. –Amigo mío, sácame del apuro y guarda para después la reprimenda. El gallo y la perla Un día cierto Gallo, escarbando el suelo, encontró una perla, y se la dio al primer lapidario que halló a mano. “Fina me parece, le dijo, al dársela; pero para mí vale más cualquier grano de mijo o avena.” Un ignorantón heredó un manuscrito, y lo llevó en el acto a la librería vecina. “Paréceme cosa de mérito, le dijo al librero; pero, para mí, vale más cualquier florín o ducado.” Los zánganos y las abejas Sucedió que algunos panales de miel no tenían dueño. Los Zánganos los reclamaban, las Abejas se oponían; llevóse el pleito al tribunal de cierta Avispa: ardua era la cuestión; testigos deponían haber visto volando alrededor de aquellos panales unos bichos alados, de color oscuro, parecidos a las Abejas; pero los Zánganos tenían las mismas señas. La señora Avispa, no sabiendo qué decidir, abrió de nuevo el sumario, y para mayor ilustración, llamó a declarar a todo un hormiguero; pero ni por esas pudo aclarar la duda. “¿Me queréis decir a qué viene todo esto? preguntó una Abeja muy avisada. Seis meses hace que está pendiente el litigio, y nos encontramos lo mismo que el primer día. Mientras tanto, la miel se está perdiendo. Ya es hora de que el juez se apresure; bastante le ha durado la ganga.
  13. 13. Sin tantos autos ni providencias, trabajemos los Zánganos y nosotras, y veremos quién sabe hacer panales tan bien concluidos y tan repletos de rica miel.” No admitieron los Zánganos, demostrando que aquel arte era superior a su destreza, y la Avispa adjudicó la miel a sus verdaderos dueños. La encina y la caña Dijo la Encina a la Caña: “Razón tienes para quejarte de la naturaleza: un pajarillo es para ti grave peso; la brisa más ligera, que riza la superficie del agua, te hace bajar la cabeza. Mi frente, parecida a la cumbre del Cáucaso, no sólo detiene los rayos del sol; desafía también la tempestad. Para ti, todo es aquilón; para mí, céfiro. Si nacieses, a lo menos, al abrigo de mi follaje, no padecerías tanto: yo te defendería de la borrasca. Pero casi siempre brotas en las húmedas orillas del reino de los vientos. ¡Injusta ha sido contigo la naturaleza! –Tu compasión, respondió la Caña, prueba tu buen natural; pero no te apures. Los vientos no son tan temibles para mí como para ti. Me inclino y me doblo, pero no me quiebro. Hasta el presente has podido resistir las mayores ráfagas sin inclinar el espinazo; pero hasta el fin nadie es dichoso. “Apenas dijo estas palabras, de los confines del horizonte acude furibundo el más terrible huracán que engendró el septentrión. El árbol resiste, la caña se inclina; el viento redobla sus esfuerzos, y tanto porfía, que al fin arranca de cuajo la Encina que elevaba la frente al cielo y hundía sus pies en los dominios del Tártaro.

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