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1 
INSTITUTO BÍBLICO DEL AIRE 
FASCÍCULO INTERNACIONAL NÚMERO 2 
LEVÍTICO, NÚMEROS, DEUTERONOMIO Y JOSUÉ 
Capítulo 1 
El Libro de Levítico 
Muchas personas que leen la Biblia consideran que Levítico 
es un libro muy difícil. Se aburren al leer todas las especificaciones 
para el Tabernáculo en el desierto, en el tercio final del Libro de 
Éxodo. Cuando llegan a Levítico, pierden su determinación de leer 
toda la Biblia. 
La palabra “levítico” significa, literalmente, ‘relativo a los 
levitas’. Los levitas eran los sacerdotes hebreos. Si queremos 
entender este libro, es absolutamente esencial entender ese pequeño 
“tabernáculo del desierto”, donde los sacerdotes estaban a cargo de la 
presentación de los sacrificios, las ofrendas y otras liturgias. Más 
adelante, el muy elaborado templo de Salomón fue construido 
siguiendo el mismo modelo original que recibió Moisés, cuando se le 
ordenó erigir la tienda de adoración. 
Uno de los aspectos más significativos de la pequeña tienda 
de adoración era que debía ser colocada en el centro del campamento 
mientras las doce tribus de Israel cruzaban y daban vueltas por el 
desierto durante cuarenta años. El primer mandamiento decía que 
Dios debía estar en el primer lugar. La Biblia nos enseña que Dios 
debe estar en el centro mismo de nuestra vida. Esto se demuestra, o 
se ilustra, en que la pequeña tienda de adoración estaba en el centro 
de su campamento.
2 
Tal vez la observación más importante que podemos hacer de 
esta tienda es que Dios, realmente y literalmente, moraba en ella. Se 
nos dice que, cuando Moisés terminó de construirla, la presencia y la 
gloria de Dios vino y llenó el compartimiento interior de la tienda, 
conocido como el Lugar Santísimo, como símbolo de la forma en que 
el Espíritu Santo llena a los creyentes hoy. 
Al viajar los israelitas por el desierto, la nube que cubría la 
tienda los guiaba. Cuando se movía la nube, ellos se movían. Cuando 
ella se detenía, se detenían. De esta forma, la nube los guiaba. Las 
personas podían ir a la tienda para ser perdonadas, para adorar y para 
recibir orientación. 
La construcción de la tienda 
Ahora que entendemos el propósito de la tienda, veamos con 
mayor detenimiento cómo fue construida. Esta tienda de adoración 
tenía un cerco que la rodeaba, hecho de un material parecido a la 
lona. El sector dentro de este cerco era el atrio. Más adelante, el atrio 
del templo de Salomón sería bastante grande (5,5 hectáreas), pero el 
atrio de esta primera tienda de adoración no era muy grande. 
Había algunos artículos del mobiliario de la tienda que eran 
muy significativos. Es importante notar que todo el mobiliario tenía 
manijas. Esto era necesario porque debían ser transportados durante 
su deambular por el desierto. 
El primer artículo del mobiliario en el atrio, justo después de 
la entrada, era el altar de bronce. Este altar era parecido a una gran 
parrilla para hacer fuego con carbón. Se mantenía un fuego ardiendo 
en el altar de bronce en todo momento. Cuando un pecador iba a la 
tienda para buscar el perdón por su pecado, un sacerdote lo recibía en 
la puerta del atrio. Entonces, el animal que traía consigo se mataba de 
acuerdo con la descripción que aparece en Levítico. Luego el 
sacerdote colocaba el animal sobre el altar de bronce. El pecador 
permanecía junto a la entrada del atrio. En ningún momento se 
acercaba a la parte cubierta de la tienda de adoración. El sacerdote 
entraba en esa parte en su lugar. Una vez que el sacerdote colocaba el 
sacrificio animal sobre el altar de bronce, mientras el humo del 
sacrificio subía hacia Dios, él se dirigía al siguiente artículo del 
mobiliario en el atrio, llamada la fuente, que era como una pequeña 
alberca. Aquí, el sacerdote se lavaba ceremonialmente en nombre del 
pecador, quien seguía junto a la entrada. 
El tabernáculo –es decir, la parte cubierta– estaba dividido en 
dos compartimientos. El exterior se llamaba Lugar Santo. Había un 
velo muy grueso que dividía a este Lugar Santo del compartimiento 
interior, llamado Lugar Santísimo. El Lugar Santísimo era donde 
moraba Dios. El velo estaba hecho de un material muy fuerte. El 
historiador Josefo nos dice que varias cuadrillas de caballos, tirando 
de sus extremos, no lo podrían haber desgarrado. El que estaba en el 
templo de Salomón, todavía en uso en tiempo de Jesús, era tan 
grande que parecía el telón de un teatro. 
Se nos dice, en los Evangelios, que en el preciso momento en 
que murió Jesús en la cruz, el velo que separaba el Lugar Santo del
3 
Lugar Santísimo se rasgó de arriba abajo (ver Marcos 15:38). Este es 
uno de los grandes milagros de la Biblia, que suele pasar 
desapercibido. 
Había cuatro artículos del mobiliario dentro de la Tienda de 
Adoración. Luego de lavarse ceremonialmente en la fuente del patio, 
el sacerdote entraba en la primera parte de la tienda cubierta, el Lugar 
Santo. 
A su izquierda tenía el candelabro. Este candelabro era muy 
importante. Representaba la revelación que Dios había dado al 
pueblo de Israel cuando les dio su Palabra y, por supuesto, esta 
revelación les indicaba cómo debían acercarse a Él. Así que el 
sacerdote adoraba ante el candelabro, agradeciendo a Dios por la 
revelación que había dado a su pueblo y a ese pecador que 
permanecía afuera, junto a la entrada del atrio. 
A su derecha, tenía los panes de la propiciación. Su propósito 
era recordar al sacerdote lo que simbolizaba el maná: que Dios nos da 
cada día nuestro pan cotidiano. 
Justo enfrente, contra el velo que bloqueaba la entrada al 
Lugar Santísimo, estaba el altar del incienso, frente al cual el 
sacerdote se paraba y hacía una oración de intercesión por el pecador 
que estaba afuera. El sacerdote llegaba hasta allí y luego volvía, se 
encontraba con otro pecador, y volvía a repetir todo el procedimiento. 
Una vez al año, todo el pueblo se reunía alrededor de la tienda 
de adoración. En esta ocasión, el sumo sacerdote traspasaba el velo y 
entraba al Lugar Santísimo para ofrecer un sacrificio de sangre por 
todos los pecados del pueblo. 
Al mirar esta pequeña tienda de adoración, tenemos que 
darnos cuenta de que cada artículo del mobiliario que contenía 
representaba una figura alegórica de Jesucristo. En vista de esto, 
consideremos con mayor detalle cada uno, individualmente. 
El mobiliario de la tienda 
El altar de bronce, en realidad, predica el evangelio del Nuevo 
Testamento. Todos los animales sacrificados en el altar de bronce, y 
todos los sacrificios de animales, fueron cumplidos cuando Jesús 
murió en la cruz. Este altar de bronce nos dice: “Ustedes no pueden 
acercarse a un Dios santo sin un sacrificio. Sin derramamiento de 
sangre no se hace remisión” (ver Hebreos 9:22). 
El artículo que llamamos “la fuente”, donde el sacerdote se 
lavaba ceremonialmente antes de entrar en el Lugar Santo, nos dice 
lo mismo que la Biblia en varios lugares: “¿Quién subirá al monte de 
Jehová? [...] El limpio de manos y puro de corazón” (Salmos 24:3, 4). 
El objetivo último de la tienda de la adoración es la comunión 
con Dios. Todo apunta en esa dirección. Y, en la Biblia, la comunión 
con Dios se suele comparar con una comida. La fuente nos dice lo 
que nuestra madre nos solía decir cuando éramos niños: “Lávate las 
manos antes de venir a la mesa”. Lavarse antes de ir a comer, antes 
de tener comunión con Dios. Uno debe lavarse, purificarse. Ese era el 
mensaje de la fuente.
4 
Al pararse el sacerdote ante el candelabro de oro, reconocía 
que Dios era la fuente de este libro que estamos viendo en nuestro 
estudio de la Biblia. Reconocía que Dios era la luz que nos guía. 
Adoraba y agradecía a Dios por dar a ese pecador que estaba afuera, 
a la entrada del tabernáculo, una revelación de cómo podía ser 
salvado y acercarse al Dios Santo en adoración. 
Como señalé anteriormente, el pan de la mesa de los panes de 
la propiciación simbolizaba el hecho de que Dios sostendría a su 
pueblo y supliría sus necesidades. Obviamente, Dios nunca quiere 
que perdamos de vista el hecho de que Él es la fuente de nuestro 
sustento. Él quiere que confiemos en Él para todo lo que 
necesitamos: físicamente, emocionalmente, mentalmente y 
espiritualmente. 
A continuación, veamos el altar del incienso. Cuando el 
sacerdote se paraba frente a este altar, oraba por el pecador que 
estaba afuera, a la entrada del atrio. Al hacerlo, representaba a 
Jesucristo, nuestro Sumo Sacerdote, que intercede por nosotros antes 
el Padre. 
En resumen 
Todo en esa tienda de adoración tenía que ver con Jesús. Él es 
la Luz del Mundo, el Pan de Vida, nuestro perfecto sacrificio. Él es 
quien viene y nos limpia en la fuente. Uno realmente ve el evangelio 
de Jesucristo en esa pequeña tienda de adoración. Solo cuando 
entendemos la tienda de adoración podemos entender el Libro de 
Levítico, porque era el manual que usaba el sacerdote mientras 
oficiaba en la tienda. ¿Conoce usted a este Jesús que se presenta en 
esta pequeña y santa tienda? 
Capítulo 2 
El tabernáculo, hoy 
En el Libro de Génesis leemos que cuando un hombre comete 
pecado, la peor consecuencia es el divorcio –una separación– entre 
Dios y el hombre. La solución para este problema fundamental, la 
reconciliación de este divorcio, es de lo que trata en realidad la 
Biblia, y de lo que trata el tabernáculo del desierto. 
Entonces, ¿por qué no hacemos sacrificios animales hoy? 
Porque han cambiado los requisitos de Dios. Cuando lleguemos al 
Libro de Hebreos, tendremos más para decir al respecto. Pero, en 
resumen, Hebreos 9 dice que esta tienda de adoración era solo un 
símbolo de otro tabernáculo que existe en la dimensión celestial. Este 
tabernáculo celestial no está hecho de materiales físicos. Los 
materiales son todos celestiales y espirituales. El tabernáculo que 
Dios ordenó construir a Moisés es, simplemente, una expresión 
visible y tangible en la tierra del tabernáculo del que habla Hebreos 9. 
Recuerde que, cuando Jesús murió en la cruz, el velo del 
templo de Salomón se rasgó de arriba abajo. Ahora tenga en mente
5 
que, una vez al año, el sumo sacerdote entraba al Lugar Santísimo y 
llevaba sangre para cubrir los pecados de todas las personas. En el 
mismo sentido, cuando Jesús murió en la cruz, se convirtió en el 
Gran Sumo Sacerdote y, en el cielo, traspasó el modelo de adoración 
que es el tabernáculo celestial. En el altar de bronce, en el 
tabernáculo celestial, Jesús ofreció su muerte como el cumplimiento 
final de todos esos sacrificios animales. Fue a la fuente e hizo posible 
el lavamiento permanente. 
Antes de la muerte de Cristo, el pecador no podía acercarse a 
Dios. Solo el sacerdote podía hacerlo e interceder por el pecador. 
Pero todo eso quedó de lado cuando Jesucristo murió en la cruz, 
porque hizo posible que usted y yo pudiéramos entrar directamente 
en la presencia de Dios. 
Otra consecuencia importante es que nuestros cuerpos ahora 
son templos de Dios. Pablo escribió, básicamente: “¿No se dan 
cuenta de que el Espíritu de Dios vive en ustedes? Dios destruirá a 
todo el que profana su templo, porque su templo es santo, y eso es 
exactamente lo que son ustedes”. El apóstol trataba de explicar esta 
verdad a los corintios, que estaban obsesionados por el pecado 
sexual. Les dijo: “El cuerpo de ustedes no fue hecho para el sexo; fue 
hecho para Dios. ¿No se dan cuenta de que el cuerpo de ustedes es el 
templo de Dios, y que Dios vive en ustedes?” (ver 1 Corintios 6:15- 
20). Una paráfrasis de Colosenses 1:27 dice: “Hay personas a quienes 
Dios quiso dar una visión plena de esplendor de su plan secreto para 
las naciones. Su secreto es, simplemente, éste: que Cristo en ustedes 
es la única esperanza que ustedes tiene. Sí, Cristo en ustedes trae la 
esperanza de todas las cosas gloriosas venideras”. 
Cristo en usted es un milagro. Significa que la presencia de 
Dios vive en usted, y también significa que usted tiene todo lo que se 
necesita para vivir de la forma que Dios lo ha llamado a vivir. 
Ahora pensemos en este maravilloso simbolismo con relación 
a la tienda de adoración en nuestra propia vida. Cuando usted se 
levanta a la mañana, le recomiendo enfáticamente que tenga un 
tiempo tranquilo, un tiempo de adoración, un tiempo en la presencia 
de Dios, antes de salir al mundo y vivir su vida ese día. Al hacerlo, 
trate de verse avanzando por esta tienda de adoración. Imagine que se 
acerca al altar de bronce y luego confía en las Buenas Nuevas de que 
Jesucristo es el Cordero de Dios que muere en la cruz por sus 
pecados. Si nunca ha confiado en Cristo para el perdón de sus 
pecados, hágalo ahora. Y luego agradezca a Dios por su perdón en la 
cruz de Jesús, y afirme su convicción de que Él fue sacrificio perfecto 
para sus pecados. 
Ahora imagine que va hacia la fuente, donde necesita lavarse 
las manos y los pies, donde necesita ser lavado continuamente. ¿Hay 
cosas en su vida que están sucias y que no son del agrado de Dios? 
Confiéselas a Dios; apártese de ellas y sea lavado. Luego –en sentido 
figurado– diríjase al Lugar Santo y párese frente al candelabro. 
Agradezca a Dios por la revelación; agradézcale que no lo dejó a 
oscuras con relación a la vida y la salvación. Agradézcale por la 
Palabra de Dios.
6 
Luego imagínese parado ante la mesa de los panes de la 
propiciación, y agradézcale por suplir todas sus necesidades. 
Reconózcalo como el origen de cada trozo de pan y cada posesión 
que usted tiene, y de cada forma en que sus necesidades son 
cubiertas. Reconózcalo como Aquel que suple esas necesidades, y 
hágalo con gratitud. 
Luego, al pensar en el altar del incienso, reflexione sobre el 
milagro de la oración. Y tómese tiempo para orar por cada detalle de 
sus necesidades y los desafíos que enfrenta ese día. 
Luego, al pensar en el Lugar Santísimo, permita que este lo 
desafíe a recordar que la presencia de Dios verdaderamente existe. 
Recuerde que el Espíritu de Dios está en nosotros y que podemos 
estar en la presencia misma de Dios no importa dónde estemos. No 
necesitamos un sacerdote para que entre en la presencia de Dios por 
nosotros. No tenemos que pasar por una estructura de adoración 
literal como la tienda de adoración, porque cuando Cristo murió en la 
cruz hizo posible que entráramos directamente en la presencia de 
Dios. 
Hay muchas aplicaciones devocionales de este tabernáculo en 
el desierto. Esta es la más importante: aún es posible que un hombre 
o una mujer pecadores se acerquen a nuestro Dios Santo y realmente 
entren en su misma presencia a través de un camino nuevo y vivo que 
fue hecho posible a través de Jesucristo nuestro Señor. 
Cuando apreciamos lo que tuvo que hacer Dios para 
posibilitar esto, uno pensaría que la gente se desesperaría por entrar 
en su presencia. ¿Por qué no es así? ¿Alguna vez ha entrado usted en 
la presencia del Dios Santo? Jesús dijo: “Yo soy el camino, y la 
verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6). 
Vemos este gran versículo del evangelio reflejado en la tienda de la 
adoración. Dios quiere encontrarse con usted y hacer, de su vida, un 
tabernáculo para Él. 
Capítulo 3 
El sentido de los sacrificios 
Ahora que tenemos alguna perspectiva de la tienda de la 
adoración, estamos listos para estudiar este pequeño Libro de 
Levítico. 
En realidad, este libro es simplemente un manual para los 
sacerdotes, que da instrucciones detalladas sobre cosas como la 
forma de matar un animal, qué hacer con las entrañas, y todo lo 
demás. Tal vez no sea tan inspirador como el Salmo 23 o 1 Corintios 
13, pero por favor no piense que no puede obtener verdades 
espirituales o aplicaciones devocionales de Levítico. Este libro 
contiene hermosas verdades, y quisiera indicarle algunos de sus 
puntos más destacados.
7 
Las secciones 
Hay que entender que este manual del sacerdote está dividido 
en varias secciones. Los primeros siete capítulos del libro se centran 
en los sacrificios. Esta sección indica a los sacerdotes qué hacer 
exactamente mientras preparan estos sacrificios, pero también nos 
permite comprender el significado de estos sacrificios. 
Del capítulo 8 al 10, se centra en los servidores, es decir los 
sacerdotes mismos. Las instrucciones de esta sección describen qué 
tipo de personas debían ser los sacerdotes y las normas que debían 
guardar. Por aplicación, hay muchas verdades devocionales en estos 
capítulos. 
El corazón del libro se encuentra del capítulo 11 al 22. Yo 
llamo a esta sección “la santificación”. La tienda de la adoración y 
los sacerdotes que oficiaban allí eran la declaración de Dios a todo el 
mundo de que el pueblo escogido de Dios era un pueblo santo, 
porque su Dios era santo. El énfasis en estos capítulos es que el 
pueblo fue escogido para ser diferente. La palabra “santo” significa 
‘lo que pertenece a Dios’. Estos sacerdotes debían vivir como un 
pueblo que, obviamente, pertenecía a Dios. 
Del capítulo 23 al 25 tenemos lo que llamo “los servicios”. 
Hay muchos días sagrados en la fe judía, y usted los encontrará 
documentados en los primeros cinco libros de la Biblia. Dado que los 
sacerdotes eran quienes debían oficiar durante estos días sagrados y 
estas ceremonias tan sagradas, necesitaban instrucciones sobre cómo 
hacerlo. 
Cuando usted llegue a esta sección de Levítico, hágase esta 
pregunta: Al instituir un día santo, como Pentecostés, ¿qué quería 
Dios que los sacerdotes recordaran? Luego hágase esta pregunta: 
¿Por qué quería Dios que los sacerdotes recordaran estas cosas? 
Las aplicaciones 
Yo llamo a los dos últimos capítulos del Libro de Levítico “la 
entrega”. Tanto Levítico, Deuteronomio como Josué finalizan con 
fuertes sermones de aplicación. Todos concluyen con una tremenda 
exhortación al pueblo de Dios a obedecer las leyes de Dios y ser el 
pueblo santo que había sido llamado a ser. Habían sido liberados y 
salvados para ser santos. Las exhortaciones al final del Libro de 
Levítico hacen que estos últimos capítulos sean muy dinámicos. 
Moisés decía que tenía un impedimento en el habla, o que no podía 
pronunciar bien, pero aquí parece haber sido muy elocuente. 
Aplicaciones devocionales, personales y prácticas 
Ahora miremos algunas de las bendiciones devocionales que 
podemos encontrar en Levítico. Comenzaremos por la primera 
sección: “los sacrificios”. Los primeros siete capítulos del libro 
contienen algunas hermosas verdades relacionadas con la forma en 
que los sacerdotes debían ofrecer sacrificios a Dios. Por ejemplo, 
cuando un pecador iba a la tienda de adoración y quería recibir el 
perdón, se encontraba en la entrada con el sacerdote. Ese sacerdote le
8 
explicaba el significado del sacrificio que estaba por ofrecer el 
pecador. 
Además de sus otras responsabilidades, los sacerdotes eran 
los maestros del pueblo de Dios. Cuando el pecador ofrecía el 
sacrificio, el sacerdote le indicaba que pusiera su mano sobre la 
cabeza del animal. Al hacerlo, el animal se convertía en su sustituto. 
Todo el pecado del pecador se transfería a la cabeza de ese animal. 
La muerte que merecía el pecador por su pecado era sufrida por el 
animal y no por el pecador. De aquí viene la expresión “chivo 
expiatorio”. Ese era el significado de ese sacrificio. Los teólogos 
denominan a esta práctica la “expiación sustitutoria” cuando aplican 
este hermoso simbolismo a la muerte de Jesucristo en la cruz por 
nuestros pecados. 
También, al leer este libro, descubrirá que hubo veces en que 
toda la nación pecó y debía haber un arrepentimiento nacional. 
Cuando se daban cuenta de lo que habían hecho, debían ofrecer un 
becerro como ofrenda por el pecado. Debían llevarlo al tabernáculo, 
donde los líderes de la nación pondrían sus manos sobre la cabeza del 
animal y lo matarían ante el Señor. Luego seguirían el mismo 
procedimiento como para una ofrenda por el pecado común. De esta 
forma los sacerdotes hacían expiación por toda la nación. ¿No sería 
esta una experiencia maravillosa en una nación hoy? El 
arrepentimiento nacional por el pecado nacional sería un evento 
maravilloso en cualquier nación. Este evento está establecido en el 
Libro de Levítico. 
Estos sacerdotes debían ser hombres ungidos; es decir, debían 
ser hombres guiados y controlados por el Espíritu Santo. Para 
ilustrarlo, la sangre del sacrificio se colocaba sobre las orejas, las 
manos y el dedo gordo del pie derecho de los sacerdotes. Esto le 
indicaba al sacerdote: “Debes ser un hombre santo. Debes guiar al 
pueblo a ser santo. Todo lo que oigas, todo lo que toques o hagas con 
tu mano, y todo lugar adonde vayas, debe ser ungido y controlado por 
el Espíritu Santo”. 
En el Libro de Levítico también encontrará una hermosa 
ilustración de lo que queremos decir cuando señalamos que Moisés 
escribió sobre Jesús en los Libros de la Ley. En el Nuevo 
Testamento, cuando Jesús sanaba a los leprosos, siempre les decía: 
“Muéstrate al sacerdote”. ¿Por qué lo hacía? Porque en Levítico 
vemos que se les daba esa instrucción a los sacerdotes. 
Cuando leemos los últimos capítulos de Levítico, 
encontramos mucho contenido devocional en la magnífica 
predicación de Moisés. Por ejemplo, él cita las siguientes palabras de 
Dios: “Si ustedes obedecen todos mis mandamientos, les daré lluvia, 
cosechas abundantes, árboles cargados de fruta, uvas que todavía 
estarán madurando cuando vuelva el tiempo de la siega. Se saciarán y 
vivirán seguros en la tierra, y les daré paz, y dormirán sin temor. 
Perseguirán a sus enemigos, y ellos morirán bajo la espada de 
ustedes. Cinco de ustedes perseguirán a cientos, y cien, a mil. 
Ustedes derrotarán a todos sus enemigos. Andaré entre ustedes y seré 
su Dios, y ustedes serán mi pueblo” (ver Levítico 26:5-12).
9 
También descubrirá en el Libro de Levítico que ciertas cosas 
están prohibidas, como la homosexualidad. La homosexualidad no 
encaja en el plan de Dios de tener personas que se convierten en 
parejas y padres que producen personas que se convierten en parejas 
y padres. La homosexualidad está prohibida porque el banquete de 
las consecuencias no es bueno. Moisés es muy directo. Condena la 
homosexualidad en términos sumamente fuertes. En Levítico, Moisés 
también condena la brujería, la hechicería, la adivinación y muchas 
otras cosas. Las leyes de Moisés son severas, porque el pueblo judío 
debía ser un pueblo santo. La santidad es el resultado final que Dios 
desea enseñar a su pueblo en el Libro de Levítico. 
Espero que esta introducción y resumen del Libro de Levítico 
le permita leerlo por su cuenta y que sea muy bendecido al hacerlo. 
Recuerde que Levítico era un manual para sacerdotes que les 
indicaba cómo ser hombres ungidos y santos de Dios que pudieran 
enseñar al pueblo de Dios cómo ser santo. “Sean santos, porque yo 
soy santo”, dice el Señor. Ese es el mensaje del Libro de Levítico 
para usted y para mí. 
El Libro de Números 
Capítulo 4 
El nivel de decisión 
El Libro de Números continúa el argumento que comenzó en 
Génesis, se abrió paso a través de Éxodo y fue interrumpido 
brevemente cuando Dios dio a Moisés un libro con los planos y 
especificaciones para construir el tabernáculo en el desierto. 
Cuando los hijos de Israel fueron liberados milagrosamente 
de su esclavitud en Egipto, debían cruzar el desierto y entrar en la 
tierra prometida de Canaán. El Libro de Números nos dice que no 
fueron directamente de Egipto a Canaán, ¡sino que anduvieron dando 
vueltas por el desierto durante cuarenta años! 
Hablando figuradamente, muchos creyentes hoy hacen lo 
mismo. Han sido liberados del castigo de sus pecados por la sangre 
de Cristo, pero no viven de la forma que Dios los creó y recreó para 
que vivan. Están deprimidos, aburridos, disconformes e 
insatisfechos. No han entrado en la “tierra prometida” de esa calidad 
de vida que el Nuevo Testamento llama “vida eterna” (Juan 3:15). 
Jesús dijo: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan 
en abundancia” (Juan 10:10). El Nuevo Testamento llama a esta 
calidad de vida “vida eterna”. 
La tierra prometida de Canaán es una figura alegórica de esta 
calidad de vida del Nuevo Testamento para la cual es salvado el
10 
creyente. En cambio, este suele dar vueltas en círculos de 
incredulidad, desilusión y confusión. El Libro de Números nos 
enseña esa lección alegóricamente al registrar este capítulo de la 
historia del pueblo hebreo. 
La muerte de una generación 
Este libro debe su nombre al hecho de que el pueblo hebreo 
fue numerado dos veces. Se toma un censo en los primeros tres 
capítulos de este libro, y otro en el capítulo 26. Entre el primer y 
segundo censo, vemos la muerte de toda una generación. 
Debido a su falta de fe, Dios dijo a los israelitas: “La 
exploración del país duró cuarenta días, así que ustedes sufrirán un 
año por cada día. Cuarenta años llevarán a cuestas su maldad, y 
sabrán lo que es tenerme por enemigo. Yo soy el Señor, y cumpliré al 
pie de la letra todo lo que anuncié contra esta perversa comunidad 
que se atrevió a desafiarme. En este desierto perecerán. ¡Morirán 
aquí mismo!” (ver Números 14:29-34). 
Mientras los israelitas vagaban por el desierto, Dios trató vez 
tras vez de demostrarles que estaba con ellos. Para darles un 
fundamento para su fe, realizó milagros para ellos. De esta forma 
intentó darles la fe para creer que podrían cruzar el río Jordán e 
invadir la tierra de Canaán. 
En cambio, salieron de Egipto, cruzaron el Mar Rojo, bajaron 
del monte Sinaí a Cades Barnea, y luego anduvieron dando vuelta en 
círculos durante cuarenta años. Se nos dice, en el Libro de 
Deuteronomio, que solo se necesitan once días para viajar de Egipto 
a Canaán (ver Deuteronomio 1:2). 
Diez veces en el desierto Dios realizó milagros espectaculares 
para ellos, para edificar su fe, pero ellos siguieron marchando en 
círculos. En muchas ocasiones pecaron tan seriamente que Moisés 
debía ser sacerdote y profeta a la vez. Subía al monte Sinaí como 
sacerdote de ellos e intercedía por ellos antes Dios. Su oración era, 
básicamente: “Dios, por favor perdónalos, por favor perdónalos”. 
Esto ocurrió diez veces, y diez veces Dios los perdonó (ver Números 
14:22). 
Desde el monte Sinaí, Moisés oró pidiendo a Dios que 
mostrara paciencia perdonando los pecados de los hijos de Israel. El 
Señor los perdonó, tal como Moisés se lo pidió, pero dijo: “¿Hasta 
cuándo oiré esta depravada multitud que murmura contra mí, las 
querellas de los hijos de Israel, que de mí se quejan? Diles: Vivo yo, 
dice Jehová, que según habéis hablado a mis oídos, así haré yo con 
vosotros. En este desierto caerán vuestros cuerpos; todo el número de 
los que fueron contados de entre vosotros, de veinte años arriba, los 
cuales han murmurado contra mí” (Números 14:27-29). 
¡Qué dolor hubo en todo el campamento cuando Moisés 
transmitió las palabras de Dios al pueblo! Ellos habían comenzado 
temprano a la mañana el camino hacia la tierra prometida. Sabían que 
habían pecado, pero estaban listos para entrar en la tierra que el 
Señor les había prometido. Pero Moisés les dijo que era demasiado 
tarde. Como se habían apartado del Señor, ahora Él se había apartado
11 
de ellos. 
Esta historia nos dice, alegóricamente, algo respecto de 
nuestra relación con Dios. Él perdonó a los hijos de Israel, pero 
igualmente su pecado le causó un gran dolor. De igual forma, hay 
más en nuestra vida en Cristo que ser perdonados. Fuimos creados y 
somos recreados a través de nuestra salvación para glorificar a Dios 
sirviéndole y entrando en todo lo que Él ha planeado para nosotros. 
La Biblia dice que hay un propósito para nuestra salvación, y esta 
experiencia de la nación de Israel vagando por el desierto sin entrar 
en Canaán nos demuestra la tremenda realidad de que podemos pasar 
por alto el propósito de nuestra salvación en esta vida. 
Un nivel de decisión 
Cuando un piloto aterriza un gran avión, como el Concorde o 
un Jumbo, llega a un punto en que no puede abortar, sino que tiene 
dedicarse a aterrizar. Es el punto sin retorno, el “nivel de decisión”. 
Dios es infinitamente paciente y está lleno de gracia. Pero el capítulo 
14 de Números nos dice que existe lo que podríamos llamar un “nivel 
de decisión” en nuestros viajes de fe. Hay un punto en nuestro 
caminar con Dios en que decidimos si vamos a hacer o no la 
voluntad de Dios para nuestra vida. 
Si bien Dios hará todo lo posible para que podamos ver su 
voluntad y la obedezcamos, llega a un punto en su relación con 
nosotros en que nos dejará que nos salgamos con la nuestra, y luego 
buscará a otro para hacer lo que estaba tratando de que hiciéramos 
nosotros. Cuando Dios se aleja de nosotros porque nos rehusamos 
caprichosamente a hacer su voluntad, sufrimos una gran pérdida, 
porque perdemos la oportunidad de cumplir el propósito, en esta 
vida, para el cual Dios nos salvó (Efesios 2:8-10). 
Algunos de los versículos más tristes en este tremendo 
capítulo 14 de Números son cuando Moisés les dice: “¡Es demasiado 
tarde ahora! ¡Despójense de sus armas! ¡Ustedes se han apartado de 
Dios, y ahora Él se ha apartado de ustedes!”. 
Existe algo que es “la buena voluntad de Dios, agradable y 
perfecta” para la vida de cada uno de nosotros (Romanos 12:1, 2). El 
Libro de Números trata sobre hacer la voluntad de Dios para nuestra 
vida. Cuando lea el capítulo 14 de Números, note que está reflejado 
ese nivel de decisión donde todos decidimos si vamos a hacer o no la 
voluntad de Dios para nuestra vida. Nunca es demasiado tarde para 
decidir que ya no vamos a andar más en círculos, sino que vamos a 
invadir el “Canaán” que Dios ha planeado para nosotros.
12 
Capítulo 5 
Alegorías llamativas 
El Libro de Números está lleno de poderosas metáforas y 
alegorías. El apóstol Pablo nos dio la clave de la aplicación 
devocional y personal de los relatos históricos de la Biblia cuando 
escribió: “Estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas 
para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de 
los siglos” (1 Corintios 10:11). Esto significa que debemos buscar 
ejemplos y advertencias cuando leemos los relatos históricos de la 
Biblia. 
La palabra que Pablo usa para “ejemplos” se puede traducir 
como “tipos”, “pequeñas lecciones objetivas” o “alegorías”. Cuando 
decimos que este libro está lleno de alegorías, no queremos decir que 
estos sucesos no son sucesos históricos verdaderos. Una alegoría es 
una historia o un suceso que tiene un significado más profundo que 
nos instruye moralmente o espiritualmente. 
La nube de dirección 
En los versículos finales de Éxodo leemos que, cuando el 
tabernáculo del desierto –o la tienda de adoración– fue completado y 
erigido, tuvo lugar un gran milagro. Más adelante, el templo de 
Salomón fue construido de acuerdo con el mismo modelo de 
especificaciones que Dios había dado a Moisés para la construcción 
de esta tienda de adoración en el desierto. El templo de Salomón era 
un templo de adoración permanente, y fue edificado gloriosamente 
con materiales lujosos. Cuando ese templo fue dedicado, el Espíritu 
de Dios, como una nube, también descendió y lo llenó tan 
poderosamente que los sacerdotes salieron corriendo del templo (ver 
1 Reyes 8:10, 11). 
Cuando Moisés obedeció a Dios y construyó la tienda de la 
adoración, leemos que hubo un gran milagro: “El día que el 
tabernáculo fue erigido, la nube cubrió el tabernáculo sobre la tienda 
del testimonio; y a la tarde había sobre el tabernáculo como una 
apariencia de fuego, hasta la mañana. Así era continuamente: la nube 
lo cubría de día, y de noche la apariencia de fuego. Cuando se alzaba 
la nube del tabernáculo, los hijos de Israel partían; y en el lugar 
donde la nube paraba, allí acampaban los hijos de Israel. 
“Al mandato de Jehová los hijos de Israel partían, y al 
mandato de Jehová acampaban; todos los días que la nube estaba 
sobre el tabernáculo, permanecían acampados. Cuando la nube se 
detenía sobre el tabernáculo muchos días, entonces los hijos de Israel 
guardaban la ordenanza de Jehová, y no partían. Y cuando la nube 
estaba sobre el tabernáculo pocos días, al mandato de Jehová 
acampaban, y al mandato de Jehová partían. Y cuando la nube se 
detenía desde la tarde hasta la mañana, o cuando a la mañana la nube 
se levantaba, ellos partían; o si había estado un día, y a la noche la 
nube se levantaba, entonces partían. O si dos días, o un mes, o un 
año, mientras la nube se detenía sobre el tabernáculo permaneciendo 
sobre él, los hijos de Israel seguían acampados, y no se movían; mas
13 
cuando ella se alzaba, ellos partían. Al mandato de Jehová 
acampaban, y al mandato de Jehová partían, guardando la ordenanza 
de Jehová como Jehová lo había dicho por medio de Moisés” 
(Números 9:15-23). 
Esta es una hermosa historia de este milagro, que simboliza la 
dirección divina, la obra milagrosa del Espíritu Santo en nosotros, y 
su unción sobre nosotros. Más adelante, en el Nuevo Testamento, esa 
tienda de adoración se convierte en una imagen de nuestros cuerpos, 
que pasan a ser el templo en el cual vive el Espíritu Santo y donde 
hace su obra milagrosa de regeneración. El Espíritu Santo nos unge, 
mora en nosotros y nos llena, tal como hizo en esa tienda de 
adoración y en el templo de Salomón. 
Usted podría preguntarse: “Si esta nube guió a los hijos de 
Israel, y ellos la siguieron obedientemente, ¿por qué no los guió de 
forma tal que cruzaran el desierto y el río Jordán para entrar a la 
tierra prometida? ¿Cómo pudieron estar siguiendo la dirección de 
Dios y no dejar de dar vueltas?”. 
Hay una verdad importante aquí. Dios da a la criatura que 
creó libertad de elección. Esto refleja una de las formas más 
importantes en las que Dios ha creado al hombre a la imagen de su 
Creador. Él no viola nuestra libertad para elegir. Si tenemos la fe de 
creer y reclamar todas las bendiciones que Dios tiene para nosotros y 
aceptamos su voluntad buena y perfecta para nuestra vida, entonces 
Dios puede guiarnos a nuestra tierra prometida espiritual. Él puede 
cubrirnos de bendición y guiarnos al centro y al corazón mismo de su 
voluntad para nuestra vida. 
Pero, si no creemos, entonces no encontraremos nuestra 
“tierra prometida” espiritual. Él nos creó como criaturas que pueden 
elegir y, en cierto sentido, no nos fuerza a hacer nada. Tal vez Él se 
apoye sobre nosotros como un elefante. Tal vez haga muchas ofertas 
que no podemos rechazar. A veces, cuando consideramos nuestras 
opciones, la única cosa razonable para nosotros es entregarnos a Él y 
a su voluntad. 
En el Nuevo Testamento, en Hebreos 3 y 4, se nos dice que el 
pueblo no entró en la tierra prometida por su incredulidad. Esto es lo 
que podemos aprender de la nube y el fuego que no guió al pueblo 
directamente por el desierto hacia la tierra prometida. 
¿Qué es? 
Otra verdad que encontramos en el Libro de Números es la 
historia de la carne y el maná. Dios alimentó sobrenaturalmente a su 
pueblo con el maná. En hebreo, “maná” significa ‘¿qué es?’. Nunca 
pudieron definir lo que era, así que lo llamaron “¿qué es?”. Dios los 
alimentó con “¿qué es?” durante cuarenta años. 
Se nos dice que el pueblo de Dios se quejaba continuamente a 
Moisés. “Y la gente extranjera que se mezcló con ellos tuvo un vivo 
deseo”. Hubo otra gente, aparte del pueblo hebreo, que salió en el 
éxodo. Eran gentiles, como los etíopes y egipcios, que salieron con 
ellos. Los egipcios añoraban las buenas cosas de Egipto. Hay una
14 
lección aquí para nosotros. “Y los hijos de Israel también volvieron a 
llorar y dijeron: ¡Quién nos diera a comer carne! Nos acordamos del 
pescado que comíamos en Egipto de balde” (Números 11:4, 5). 
En este contexto, Egipto es un símbolo de nuestra vieja vida 
de pecado en el mundo. Cuando alguien que ha sido liberado de 
“Egipto” se da vuelta y dice: “¡Oh, Egipto!”, genera tristeza en Dios. 
Dios dice a Moisés en este pasaje: “Dí al pueblo que se purifique, 
pues mañana comerán carne. Diles que Dios ha escuchado sus quejas 
llorosas sobre lo que han dejado atrás en Egipto”. Ese es el centro del 
asunto, no la carne. Dios dice que les dará carne hasta que les salga 
por la nariz. Dice: “Ustedes han rechazado al Señor, y han llorado 
por Egipto”. Eso es lo importante. Luego de enviarles esta carne, 
también les envió una plaga. Hizo esto porque este pueblo había 
añorado la carne y había añorado Egipto. 
La Biblia dice que Dios nos dará los deseos de nuestro 
corazón. Esta es una gran consolación, pero también un gran desafío. 
Los deseos de su corazón, ¿son por cosas espirituales, o son por 
Egipto? 
Dios concedió lo que los israelitas pidieron, pero envió 
mortandad sobre ellos (Salmos 106:15). Esto puede ser, y es, el caso 
de muchas personas que dicen ser creyentes. Somos criaturas con 
capacidad de elección. Podemos tener lo que escogemos. Cuando 
escogemos “el ajo y las cebollas de Egipto”, Dios nos concederá lo 
que le pedimos, pero enviará mortandad sobre nosotros. Esta alegoría 
llamativa nos desafía con la pregunta con la que Dios inició su 
diálogo con nosotros en el huerto del Edén: “¿Dónde estás tú?”. 
¿Estás todavía en Egipto? ¿Estás en la tierra prometida? ¿Estás dando 
vueltas en círculos entre Egipto y Canaán? ¿Estás en Canaán, pero 
añorando las cosas de Egipto? 
Los espías (Números 13) 
Uno de estos sucesos es la historia de cómo los israelitas 
enviaron doce espías a Canaán. Se les dijo a los espías que hicieran 
un reconocimiento de la tierra de Canaán para ver si las ciudades 
estaban protegidas o desprotegidas. También debían averiguar cómo 
era la gente (muchos o pocos, fuertes o débiles) para saber cuánto les 
costaría conquistarlos. 
Cuando volvieron los doce espías, hablaron mucho acerca de 
la fertilidad de la tierra prometida. Trajeron un racimo de uvas que 
era tan grande que necesitaba dos personas para llevarlo sobre un 
palo grueso. También dijeron que las personas eran gigantes, 
guerreros de fuerte contextura, y que las ciudades de Canaán estaban 
fuertemente protegidas por muros gigantescos que eran tan gruesos 
que edificaban casas sobre ellos. 
Diez de los doce espías eran expertos en “gigantología”. En 
palabras de una vieja canción espiritual: “Otros vieron gigantes; 
¡Caleb vio al Señor!”. Alguien ha señalado que esos doce espías eran 
como el típico grupo de ancianos, diáconos, administradores o 
miembros de comisiones o del liderazgo de una iglesia. Dos tienen la 
fe para invadir Canaán, y diez son “gigantólogos” que se centran en
15 
las dificultades. 
Caleb conocía la fuerza de las ciudades fortificadas de 
Canaán, pero no tenía miedo. “Entonces Caleb hizo callar al pueblo 
delante de Moisés, y dijo: Subamos luego, y tomemos posesión de 
ella; porque más podremos nosotros que ellos” (Números 13:30). A 
Dios le impresionó tanto la fe de estos dos hombres que estaba 
dispuesto a cambiar toda una nación –entre un millón y tres millones 
de personas– por Caleb y Josué. Dijo: “Todos ustedes morirán en 
este desierto, y yo tomaré a estos dos hombres, Caleb y Josué, y los 
llevaré conmigo a la tierra prometida, porque me siguieron 
plenamente y creyeron”. Dios valora mucho la fe. Dos hombres con 
fe valen más para Él que millones sin fe. 
Hay una interesante secuela de esta historia. Cuando cruzaron 
finalmente el río Jordán, cuarenta y cinco años después (Josué 14), 
los hijos de Israel llegaron a la ciudad de Hebrón. Caleb pensaba que 
Hebrón era la ciudad más grande que había visto jamás. Él creía que 
Dios daría a Israel la fortaleza para conquistarla. Moisés estaba tan 
impresionado por la fe de Caleb que le prometió solemnemente que, 
cuando fuera conquistada, Hebrón le pertenecería a Caleb. 
Luego de vagar por el desierto durante cuarenta años, Caleb 
se presentó ante Josué, que fue el líder después que Moisés murió, y 
le recordó las palabras de Moisés. Caleb tenía ochenta y cinco años, 
pero sabía que, con la ayuda de Dios, podría conquistar Hebrón. 
Josué le dio la ciudad a Caleb, y este la conquistó. Cuando los 
israelitas de más edad estaban en el desierto quejándose tanto que 
Dios tuvo que enviar serpientes para que los mordieran, Caleb no 
quiso participar en su queja. Centró sus ojos en la tierra prometida, y 
nunca perdió su visión 
Quejosos y mordeduras de serpientes (Números 21) 
Dios odia las quejas y las murmuraciones, y lo demostró al 
enviar serpientes para que mordieran a los quejosos cuando los hijos 
de Israel comenzaron a murmurar. Luego, cuando muchos de ellos 
estaban muriendo por las mordeduras, Dios dijo a Moisés que tomara 
una serpiente de bronce y la pusiera sobre un asta en el centro del 
campamento. Entonces se proclamó la Buena Nueva en todo el 
campamento, de que todos los quejosos mordidos por serpientes que 
fueran al centro del campamento y miraran la serpiente de bronce 
sobre el asta, serían sanados. 
Muchos dudaron y cuestionaron que un pedazo de bronce 
pudiera sanar sus mordeduras. Se hincharon y murieron. Pero otros 
decidieron que, aun cuando no tenía sentido médicamente, confiar en 
Dios era la única esperanza que tenían. Se arrastraron –o fueron 
llevados o arrastrados– al centro del campamento para que pudieran 
mirar a la serpiente de bronce. ¡Y fueron sanados! 
Aprendemos la aplicación del evangelio de esta alegoría 
cuando Jesús pasa una tarde con Nicodemo. Cuando este destacado 
rabí de Jerusalén dice a Jesús que ha venido a escuchar lo que tiene 
para decir porque lo han impresionado las cosas que ha visto hacer a 
Jesús, éste le recuerda a Nicodemo este gran milagro del Antiguo
16 
Testamento. Entonces Jesús aplica el milagro a sí mismo. Le dice a 
Nicodemo que, así como la serpiente fue levantada sobre esa asta, Él 
sería levantado sobre la cruz. Todos los que miren a su cruz con fe 
serán salvados de su problema de pecado, así como los quejosos 
mordidos por la serpiente fueron salvados de sus mordeduras fatales 
(Juan 3:14-16). 
Mira y vive 
¿Ha mirado usted con fe? ¿Ha mirado a Jesucristo levantado 
sobre su cruz? ¿Ha puesto su fe y confianza en todo lo que hizo Jesús 
por usted allí? Él es la única solución para su problema de pecado 
porque era el único Hijo de Dios cuando murió sobre la cruz por 
usted. Eso significa que Jesucristo es el único Salvador dado por 
Dios. Y Él es la única esperanza que tiene usted de encontrar una 
solución y un Salvador para su eternamente fatal problema de 
pecado. 
Capítulo 6 
Una roca y una vara (capítulo 20) 
A medida que continuamos examinando la vida de Moisés, es 
triste darnos cuenta de que él nunca vio la tierra prometida. Al final, 
Dios no cambió a toda la nación por Moisés. El pecado de Moisés es 
uno de los misterios del Libro de Números. 
El relato dice que el Señor habló a Moisés y le dijo que 
tomara su vara y reuniera un grupo de personas. Dios le dijo que 
hablara a la roca, y brotaría agua para las personas y los animales. Si 
bien Moisés dudó, reunió a las personas, golpeó dos veces la roca 
con su vara, y brotó el agua. Entonces el Señor habló a Moisés y 
Aarón: “Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme delante de 
los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la 
tierra que les he dado” (Números 20:12). 
Hay un par de cosas que podríamos considerar al ver la 
severidad del castigo de Dios. Primero, ¿quiénes somos nosotros para 
decir a Dios lo que es justo o correcto? Él es quien define lo que es 
correcto y justo. Moisés nunca se quejó de su castigo. El Libro de 
Deuteronomio nos dice que, un día, Moisés quiso hablar de esto con 
Dios, y Él le dijo: “No me hables más del tema”. Moisés nunca lo 
volvió a plantear. 
Segundo, Dios tiene una norma más elevada para los líderes 
que la que tiene para el pueblo. La Biblia nos presenta muy 
claramente una norma doble. Cuando usted se hace miembro de una 
iglesia, hay ciertas normas que debe respetar. Pero una iglesia, según 
la Biblia, debería esperar más de sus líderes que lo que espera de su 
comunidad o gente. Dios toma muy seriamente el liderazgo. Moisés 
estaba en una posición de liderazgo. Lo que podría parecer un 
pequeño pecado para otros no lo era para él en la posición en la que
17 
lo había puesto Dios. 
Aparentemente, su pecado fue algo así. Primero, Dios había 
dicho: “Habla a esa roca”. Moisés no habló a la roca, sino que la 
golpeó, dos veces. Eso era desobediencia. 
Dios acusó a Moisés de otro pecado más serio. Le había 
enseñado que siempre estaría con él y que sería quien liberara a su 
pueblo, y que haría que Moisés fuera el instrumento humano de ese 
gran milagro. El gran milagro del éxodo tuvo lugar porque Moisés 
aprendió lo que Dios podía hacer a través de alguien que había 
aprendido que no era nadie. Moisés pasó cuarenta años en un rincón 
perdido del desierto aprendiendo secretos espirituales como: “Yo no 
soy el libertador, sino Él, y Él está conmigo. Yo no puedo liberar a 
nadie, pero Él puede, y Él está conmigo”. El gran milagro ocurrió 
porque Moisés pudo decir, cuando ocurrió: “Yo no liberé a este 
pueblo, sino que lo hizo Él, porque Él estuvo conmigo”. 
Cuando Moisés preguntó: “¿Os hemos de hacer salir 
[nosotros] aguas de esta peña?”, no estaba dando a Dios el crédito ni 
la gloria a la vista de la gente. No estaba dejando en claro ante el 
pueblo que era Dios quien hacía este milagro. Moisés estaba 
recibiendo el crédito de la gloria del milagro. Esa fue la parte más 
seria del pecado de Moisés. 
La única forma en que podemos ver esto desde la perspectiva 
de Dios es darnos cuenta de que Dios ha fijado un conjunto de 
normas que solo Él conoce. Él comparte muchas de estas normas con 
nosotros, pero debemos recordar que es Dios quien nos enseña a ser 
justos, y no nosotros quienes enseñamos a Dios. Si lo juzgamos 
según las normas de Dios, el castigo de Moisés era justo y correcto. 
Moisés parece haber estado de acuerdo con Dios. A lo largo de todo 
el éxodo milagroso, la vara de Moisés simbolizaba estos secretos 
espirituales que Moisés aprendió en la zarza ardiente. En cuanto a 
nuestra aplicación personal, hay una verdad profunda que podemos 
aprender del pecado de Moisés cuando golpeó esa roca con su vara. 
El agotamiento total de Moisés 
En el capítulo 11 del Libro de Números hay otra historia 
importante acerca de Moisés. Escuchamos mucho hoy sobre la 
experiencia llamada “agotamiento”, una expresión usada para 
personas que llegan a su límite físico, emocional y mental. Aun 
grandes hombres de Dios se cansaron, y a veces hasta “se cansaron 
de”. Hay una diferencia entre estar “cansado” y estar “cansado de”. 
Por ejemplo, en este capítulo de Números, escuchamos a 
Moisés decir al Señor: “No puedo yo solo soportar a todo este 
pueblo, que me es pesado en demasía. Y si así lo haces tú conmigo, 
yo te ruego que me des muerte, si he hallado gracia en tus ojos; y que 
yo no vea mi mal” (Números 11:14, 15). 
¿Se ha sentido así alguna vez? Encuentro que Moisés, Elías, 
Job, David, Juan el apóstol y muchos grandes hombres de Dios en la 
Biblia se agotaron de tal forma que dijeron a Dios que querían morir. 
Las personas piadosas también sufren de agotamiento. La Biblia nos 
dice que les sucedió a las más grandes personas de Dios que hayan
18 
vivido jamás, como Moisés, Elías, Jonás, Job y muchos más. Pero 
cuando estos hombres de Dios se agotaron de tal forma que pidieron 
a Dios algo incorrecto –que les quitara la vida–, Dios tuvo piedad de 
ellos, porque conocía su corazón. 
Moisés ya sabía que solo Dios podía llevar la enorme carga 
de hacer su obra sobrenatural, y aprendió otra lección vital a través 
de su experiencia de agotamiento. Esa lección era que la obra de 
Dios es un “deporte de equipo”. Se dio cuenta de que, aun cuando 
Dios hiciera la obra a través de él, no podía llevar la carga de juzgar a 
Israel por sí mismo. Cuando el agotamiento de Moisés lo hizo darse 
cuenta de esto, Dios le dio setenta hombres para ayudarlo a llevar la 
carga. Dios ungió a setenta hombres con el Espíritu Santo, y ellos 
gobernaron bajo el liderazgo de Moisés. Sin quitarle el liderazgo a 
Moisés, Dios dividió el trabajo en partes más manejables y colocó a 
los setenta hombres sobre esas divisiones de trabajo. Quienes egresan 
de una carrera de Licenciatura en Administración le dirán que los 
cinco pasos de un ejecutivo exitoso son: analizar, organizar, delegar, 
supervisar y ... ¡agonizar! 
Cuando Moisés fue a Dios agotado, Dios le dijo que su alma 
necesitaba ser restaurada. Le mostró los caminos de justicia que le 
darían reposo a su alma. Esos caminos eran dejar que Dios hiciera lo 
que solo Él podía hacer y recordar que la obra de Dios a través del 
pueblo de Dios es un deporte de equipo. Esa es la forma en que Dios 
restaura a su gente cuando está completamente agotada. 
Vivimos en un mundo impaciente, y queremos todo 
instantáneamente. Dios no suele darnos las cosas al instante. La 
restauración que vemos en la vida de Moisés fue muy práctica. En 
vez de arreglar la situación inmediatamente, Dios le mostró cómo 
organizar y delegar en otros para ayudarlo a llevar la carga. 
Es asombroso pensar que un hombre tan grande como Moisés 
pudiera agotarse. Moisés experimentó el agotamiento porque era tan 
humano como usted o yo. Muchas personas piensan que cuando 
llegamos a ser discípulos nacidos de nuevo de Jesús ya no somos 
humanos. Cuando miramos la vida de Moisés, nos damos cuenta de 
que esto no es cierto. La Biblia está llena de historias de personas 
reales que lucharon con las mismas tensiones y presiones que nos 
obligan a descubrir las limitaciones de nuestra débil humanidad. Son 
ejemplos para nosotros porque hicieron grandes cosas cuando el 
Espíritu de Dios controló su humanidad. 
Aplicación 
Podemos agregar la historia de Moisés a la lista creciente de 
personajes bíblicos cuyas vidas demuestran el milagro de que Dios se 
deleita en hacer cosas muy extraordinarias a través de personas 
ordinarias, porque están disponibles. La experiencia que tuvo Moisés 
con Dios nos muestra que las personas que usa Dios deben aprender 
que la mayor capacidad es la disponibilidad. Nuestra mayor 
capacidad es nuestra disponibilidad para con Dios. En el Libro de 
Números vemos la grandeza de Moisés, el agotamiento de Moisés y 
el pecado de Moisés. Dios usó a Moisés porque estaba disponible.
19 
¿Se ha puesto usted a disposición de Dios? Entonces, únase al Club 
Especial de Dios y dígale: “Lo que sea, donde sea, cuando sea. No 
me importa lo que hagas de mí. No me importa adónde me lleves. No 
importa lo que me cueste. ¡Estoy disponible!”. 
El Libro de Deuteronomio 
Capítulo 7 
Niños que crecen 
La palabra “Deuteronomio” significa “una nueva exposición 
de la Ley”. Pero Deuteronomio es algo más que una nueva 
exposición de la Ley. Este inspirado libro de la ley es, también, una 
aplicación de la ley de Dios a la segunda generación del pueblo 
elegido de Dios. 
El Libro de Deuteronomio es, además, un registro de los 
grandes sermones que Moisés predicó a Israel antes de cruzar el 
Jordán e invadir Canaán. El primer pasaje nos ayuda a entender de 
qué trata este libro. Se nos dice que: “Estas son las palabras que 
habló Moisés a todo Israel a este lado del Jordán en el desierto, en el 
Arabá frente al Mar Rojo, [...]. Y aconteció que a los cuarenta años, 
en el mes undécimo, el primero del mes, Moisés habló a los hijos de 
Israel” (Deuteronomio 1:1, 3). 
Como aprendimos en el Libro de Números, los hijos de Israel 
habían estado marchando por el desierto durante cuarenta años. 
Habían salido de Gosén, en Egipto, habían descendido al monte Sinaí 
y a Cades Barnea. Luego, como no habían tenido la fe para invadir 
Canaán, habían dado vueltas en círculos treinta y ocho años. ¡Toda 
una generación pereció en el desierto! 
Finalmente, los hijos de la generación que murió en el 
desierto tuvieron fe para invadir Canaán. Estaban acampados al este 
del río Jordán antes de planear el cruce del río y la invasión de 
Canaán. Con la excepción de Caleb y Josué, toda la generación que 
vivía cuando fue dada la primera Ley había muerto. Antes de invadir 
Canaán, Moisés quería asegurarse de que estos hijos oyeran la 
Palabra que había recibido para ellos y sus padres en el monte Sinaí. 
También quería desafiarlos a asumir un compromiso solemne de 
enseñar la Ley de Dios a sus hijos. 
A veces los creyentes dan vueltas en círculos durante años. 
Cuando deciden conquistar su “Canaán” espiritual y experimentar la 
vida en Cristo para la cual Él los salvó, cuando deciden que quieren 
recibir de Dios todo lo que Él tiene para ellos, están listos para el 
Libro de Deuteronomio. Este libro está lleno de lecciones para 
alguien que ha decidido echar otra mirada más seria a su nueva vida 
en Cristo y consagrarse completamente a Él. Si usted se encuentra en 
esta situación, entonces el Libro de Deuteronomio es para usted. 
Otro tema importante en este libro tiene que ver con que la 
Palabra de Dios se haga real para su pueblo. En uno de sus más
20 
importantes sermones, Moisés desafió a los hijos de la generación 
perdida a asegurarse de que transmitieran su Palabra a sus hijos. 
El sermón más importante de Moisés 
Hay quienes piensan que Deuteronomio 6:4-9 es el sermón 
más importante que Moisés haya predicado jamás. Este pasaje de la 
Biblia era considerado la confesión de fe básica del judaísmo. He 
aquí el corazón de ese sermón: 
“Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a 
Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus 
fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu 
corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu 
casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y 
las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre 
tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas” 
(Deuteronomio 6:4-9). 
Hay más cosas, pero este es el corazón del sermón y del Libro 
de Deuteronomio. Lo que Moisés estaba diciendo a este pueblo, en 
realidad, antes de cruzar el Jordán e invadir Canaán, era que Dios los 
había llamado para ser un pueblo que lo amara con todo su ser. A fin 
de mostrar su amor por Él, debían obedecer su Palabra. Y, para 
obedecer su Palabra, debían conocerla. Dios quería que sus hijos 
fueran un pueblo que un día lo amara con todo su ser. Por lo tanto, 
Moisés les encargó que amaran a Dios con todo su ser, que 
conocieran y amaran su Palabra, y que transmitieran esos valores a 
sus hijos. 
Los cuatro fundamentos de ser padres 
Lo que Moisés les estaba diciendo, en realidad, era cómo 
enseñar a sus hijos a ser el pueblo de Dios. La enseñanza que 
prescribe aquí Moisés descansa sobre cuatro fundamentos. El primer 
fundamento es la Palabra de Dios. Si los hijos han de amar a Dios, 
entonces la base de su aprendizaje debe ser su Palabra. La Biblia 
dice, más adelante: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando 
fuere viejo no se apartará de él” (Proverbios 22:6). 
Un segundo fundamento sobre el cual se basa este proceso 
educativo es la responsabilidad. ¿Quién es responsable del cuidado 
de los niños? Hay quienes piensan que la responsabilidad de la 
educación de los niños es del gobierno. Miran las escuelas públicas y 
piensan que el estado debería enseñar a sus hijos lo que necesitan 
saber. Otros dicen que es responsabilidad de la iglesia. Llevan a sus 
hijos a la Escuela Dominical cada semana pensando que la iglesia les 
enseñará a amar a Dios y a su Palabra. 
Moisés puso la responsabilidad de la educación de los hijos 
completamente sobre los hombros de sus padres. Les encarga que 
dejen que la Palabra de Dios more en su corazón y que se lo enseñen 
a sus hijos. Moisés, lleno de inspiración y con una intención definida, 
ordena que el padre debe enseñar la Biblia a sus hijos. La Biblia 
confirma constantemente esta preferencia.
21 
Un tercer fundamento sobre el cual descansa el proceso 
educativo que prescribe Moisés es la relación. Moisés predicó: 
“Cuando te levantas a la mañana con ellos, cuando te sientes en la 
casa con ellos, cuando vayas por el camino con ellos, cuando te 
acuestes por la noche con ellos, enséñales las palabras de Dios” 
(paráfrasis de Deuteronomio 6:7). Muchos padres piensan que esto 
no es realista, porque no están en la casa con sus hijos cuando se 
despiertan o cuando se van a dormir. 
Es importante que interpretemos nuestra cultura personal a la 
luz de la Biblia, en vez de interpretar la Biblia a la luz de nuestra 
cultura personal. En este caso, la Biblia no debería ser interpretada 
por la agenda que se ha fijado usted para su trabajo. Su agenda de 
trabajo debería ser interpretada a la luz de estas Escrituras. Este gran 
sermón de Moisés le está enseñando que debe tener una relación con 
sus hijos que moldeará la dinámica de su cultura familiar. No hay 
forma de seguir las instrucciones de Moisés si no tiene una relación 
con sus hijos. Esa relación es una parte vital del proceso educativo. 
El cuarto fundamento en el cual está basado el proceso para 
criar a los niños está basado en lo que yo llamo la realidad. Fíjese 
que Moisés dijo, palabras más palabras menos: “Deja que estas 
palabras moren en tu corazón. Tú ama a Dios con todo tu corazón, y 
luego enseña estas palabras diligentemente a tus hijos”. No olvide 
esa importante realidad. Nuestros hijos aprenden más de lo que 
somos y hacemos que de lo que decimos. 
Jesús dijo: “Muéstrame tus tesoros, y me mostrarás cuáles son 
tus valores. Muéstrame tus valores, y me mostrarás dónde está tu 
corazón” (ver Mateo 6:20-22). En lenguaje sencillo, lo que significa 
esto es: “Muéstrame dónde y cómo gastas tu dinero, cómo usas tu 
tiempo y energía, y me mostrarás dónde está tu corazón”. Nuestros 
hijos aprenden más de observar la forma en que vivimos que de 
escuchar las cosas que les enseñamos acerca de los valores 
familiares. Lo que enseñamos a nuestros hijos no está en nuestros 
sermones sobre los valores, sino en cuáles son, justamente, nuestros 
valores. 
Los cuatro fundamentos sobre los cuales descansa el gran 
plan de Moisés para la crianza de los hijos son: la Palabra de Dios, la 
responsabilidad, la relación y la realidad. 
Capítulo 8 
Recuerdos de milagros 
Hay un fuerte énfasis a lo largo del Libro de Deuteronomio 
sobre la importancia de obedecer la Palabra de Dios. Cuando Israel 
obedeció sus leyes, Dios lo bendijo. Cuando no lo hicieron, no 
disfrutaron de las bendiciones de Dios. Moisés destaca esto en forma 
muy elocuente y luego predica que debían obedecer la Palabra de 
Dios. Una de las palabras clave en este libro es “obedecer”.
22 
El propósito principal del primer sermón de Moisés en 
Deuteronomio fue ayudar a estos hebreos a recordar cómo Dios había 
obrado en la vida de sus padres, y los milagros que había realizado 
para ellos. Moisés esperaba que los milagros que Dios realizó en la 
travesía del desierto para sus padres tuvieran un efecto profundo y 
permanente en las vidas de esta generación, y que ellos pudieran 
contar a sus hijos acerca de esos milagros. 
Moisés también predicó que jamás debían romper su pacto 
con Dios. Un pacto es un contrato entre Dios y su pueblo. Los 
términos de ese contrato se estipulan. Si el pueblo no guarda las 
condiciones del contrato, no hay contrato. Dios no es responsable de 
bendecirlos si no son obedientes. 
El capítulo 5 es una repetición de los Diez Mandamientos. 
Compare la declaración de los mandamientos en el Libro de Éxodo 
(capítulo 20) con esta nueva declaración de los mandamientos en 
Deuteronomio. Si compara cuidadosamente estas dos enumeraciones 
de los Diez Mandamientos, obtendrá una nueva perspectiva de estas 
leyes de Dios. En la repetición de los mandamientos, Moisés dice a 
los hebreos que deben tener un corazón dedicado a Dios y obedecer 
sus mandamientos. Si lo hacen, todo les irá bien en el futuro y con 
sus hijos a lo largo de todas las generaciones. 
En el Libro de Deuteronomio, Moisés predicó al pueblo: 
“Ustedes deben obedecer todos los mandamientos del Señor su Dios, 
siguiendo sus instrucciones en cada detalle, recorriendo todo el 
camino que ha preparado para ustedes. Solo entonces vivirán vidas 
largas y prósperas”. 
El gran sermón de Moisés, en el capítulo 6, que se ha 
convertido en la confesión de fe judía básica, es llamado el “Shemá” 
(que significa ‘Oye’ en hebreo), porque comienza diciendo: “Oye, 
Israel”. El propósito de este sermón fue desafiar a la segunda 
generación del pueblo de Dios a trasmitir la Palabra de Dios a sus 
hijos, la tercera generación de la nación de Israel. En este hermoso 
sermón de Moisés, encontramos las indicaciones básicas para los 
padres que crían a sus hijos. 
El octavo capítulo de Deuteronomio nos da otro elocuente y 
profundo sermón de Moisés. Este es un sermón sobre la importancia 
de obedecer la Palabra de Dios. Moisés también nos muestra aquí 
cómo podemos aprender acerca de la Palabra de Dios. Este gran 
sermón nos habla de los propósitos de Dios. Dios nos da su Palabra 
porque quiere que sepamos cómo vivir. Dios nos creó y sabe cómo 
podemos tener una vida satisfactoria. Jesús vino y dijo: “Yo he 
venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” 
(Juan 10:10). Moisés nos dice, en este gran mensaje, cómo podemos 
entrar en esa vida abundante (ver Deuteronomio 8:1-14). 
Moisés predica que la Palabra de Dios tiene que ver con la 
vida. Si usted quiere comprender la Palabra de Dios, hay al menos 
dos formas de estudiarla. Usted puede ir a una universidad, seminario 
o escuela bíblica. También puede estudiar la Palabra de Dios 
intelectualmente y académicamente, por su cuenta. Pero, según 
Moisés, esa no es la única forma de estudiar la Palabra de Dios. Si
23 
ésta tiene que ver con la vida, entonces otra forma de estudiarla es 
estudiando la vida. La Palabra nos da perspectiva sobre la vida, y la 
vida nos da perspectiva sobre la Palabra. 
Cuando Dios nos deja pasar hambre y sufrir las tormentas de 
la vida, nos volvemos a Él y nos damos cuenta de que Él es la fuente 
de la vida y de todo lo que necesitamos para vivir la vida que diseñó 
para nosotros cuando nos creó. Es a través de los viajes por el 
desierto y las duras experiencias de la vida que Dios nos hace saber 
que “no solo de pan vivirá el hombre”. El hombre vive de obedecer 
cada palabra que Dios le ha dado. Los hijos de Israel no aprendieron 
la Palabra de Dios en un seminario o en una sinagoga. La 
aprendieron en el contexto de experiencias de la vida real. 
Otra lección que deberíamos aprender del octavo capítulo de 
Deuteronomio es que debemos cuidarnos de los peligros de la 
prosperidad. ¿Alguna vez se ha dado cuenta de que ser bendecido 
con la prosperidad puede ser un desafío? Este pueblo escogido había 
aprendido la Palabra de Dios a través de la dureza de la disciplina de 
Dios. Cuando fueron castigados por su desobediencia, aprendieron 
que la Palabra de Dios era la clave de la vida. Moisés ahora les está 
advirtiendo que deben aplicar lo que aprendieron en tiempos difíciles 
a sus vidas cuando Dios los bendiga abundantemente: “Nunca 
olviden las lecciones que aprendieron en sus pruebas y tiempos de 
prueba. Cuando lleguen a la situación en la que estén prosperando, 
ése es el momento de tener cuidado”. Una versión del Nuevo 
Testamento de este mismo mensaje es: “El que piensa estar firme, 
mire que no caiga” (1 Corintios 10:12). 
Moisés continúa su gran sermón sobre la Palabra de Dios con 
un gran sermón sobre la gracia de Dios. Usando la repetición para 
mayor énfasis, le dice al pueblo cuatro veces que no han sido 
escogidos por Dios porque sean buenos o se hayan ganado o hayan 
obtenido el favor de Dios: “Jehová tu Dios no te está dando esta 
buena tierra porque eres bueno, porque no lo eres. Eres un pueblo 
malvado y obcecado” (ver Deuteronomio 9:4-6). 
Esta es una hermosa imagen de la gracia de Dios. La 
misericordia de Dios nos libra de lo que merecemos. La gracia de 
Dios derrama sobre nosotros el favor y las bendiciones de Dios que 
no merecemos. Dios no nos bendice porque seamos buenos. Nos 
bendice porque Él es bueno y porque nos ama. Eso es lo que significa 
la palabra “gracia”. 
Moisés nos da una descripción clara y franca de la gracia de 
Dios en este gran sermón del noveno capítulo del Libro de 
Deuteronomio. Usted verá el énfasis en la gracia a lo largo de toda la 
Biblia, porque la gracia de Dios es el atributo dinámico de Él que 
encontramos como la fuente de nuestra salvación. La gracia de Dios 
no se gana ni se logra mediante un desempeño positivo nuestro.
24 
Capítulo 9 
Más grandes sermones de Moisés 
Ahora que hemos considerado el gran sermón de Moisés 
sobre la gracia de Dios, en el capítulo nueve, estamos listos para 
reflexionar sobre su sermón sobre acerca de nuestra respuesta a la 
gracia de Dios, en el capítulo 10: 
“Ahora, pues, Israel, ¿qué pide Jehová tu Dios de ti, sino que 
temas a Jehová tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que lo 
ames, y sirvas a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu 
alma; que guardes los mandamientos de Jehová y sus estatutos, que 
yo te prescribo hoy, para que tengas prosperidad? He aquí, de Jehová 
tu Dios son los cielos, y los cielos de los cielos, la tierra, y todas las 
cosas que hay en ella. Solamente de tus padres se agradó Jehová para 
amarlos, y escogió su descendencia después de ellos, a vosotros, de 
entre todos los pueblos, como en este día. Circuncidad, pues, el 
prepucio de vuestro corazón, y no endurezcáis más vuestra cerviz” 
(Deuteronomio 10:12-16). 
El énfasis aquí es cómo respondemos a la gracia de Dios. Él 
nos ama aun cuando fallamos. Nada que hagamos podrá jamás ganar 
su amor, porque su amor no se gana ni se pierde por nuestro 
desempeño. 
Nada que haga usted podrá hacer que Dios deje de amarlo. Su 
amor no es condicional. Este amor incondicional de Dios alimenta su 
misericordia y su gracia. Eso es lo que significa la palabra “gracia”. 
La gracia es una espada de dos filos. Corta de dos formas. Primero, 
nos declara que el amor de Dios y su bendición no están basados en 
nuestro buen desempeño. Cuando comprendemos lo que es “gracia”, 
“misericordia” y “amor”, como expresión del carácter de Dios, nos 
damos cuenta de que no tenemos que preocuparnos por intentar ganar 
su amor. Él nos amará de todas formas, por la esencia misma de su 
misericordia, gracia y amor. 
Usted no puede perder la misericordia, gracia o amor de Dios 
por un desempeño negativo. Dios no lo ama porque sea bueno, y no 
dejará de amarlo si es malo. Dios lo ama. Jesús lo ama cuando es 
bueno, cuando hace las cosas que debe hacer. Jesús lo ama cuando es 
malo, si bien lo pone muy triste. Pero Jesús lo ama. Ese es el mensaje 
de toda la Biblia, y ese es el mensaje de Deuteronomio. 
¿Cómo responde usted a la misericordia, gracia y amor de 
Dios? Otra forma de hacer la misma pregunta es: “¿Cuánto ama 
usted a Dios?”. Una mujer piadosa que vivió en otro siglo dijo: 
“Prefiero ir al infierno antes de contristar al Espíritu Santo una vez 
más”. Deberíamos querer agradar a Dios, que nos ama de todas 
formas, y nunca deberíamos querer herir a este Dios, porque lo 
amamos. Eso debería motivarnos a purificar nuestra vida de las cosas 
que le desagradan, y luego a servirlo y expresar nuestra respuesta a 
su amor en una adoración amorosa y agradecida. 
Luego de decirnos mucho acerca de la gracia de Dios y 
nuestra salvación, el apóstol Pablo nos dice: “Os exhortamos también 
a que no recibáis en vano la gracia de Dios” (2 Corintios 6:1). Así
25 
como es un pecado usar el nombre de Dios en vano, también es un 
pecado recibir su gracia en vano. Si Dios nos ama y derrama 
bendiciones sobre nosotros por su gracia, y nunca hacemos nada con 
esa gracia, estamos cometiendo el pecado de tomar el nombre del 
Señor en vano. El gran sermón de Moisés en el capítulo 10 nos 
advierte que nunca debemos recibir la gracia de Dios en vano. 
A esto le sigue un sermón sobre el tema de la apostasía 
(capítulo 13). Apostasía significa ‘quitarse o retirarse de una posición 
que uno ha tomado respecto de Dios’. Moisés dijo a este pueblo 
elegido que si su hijo, su hija, su esposa o aun su mejor amigo 
intentaran alejarlos de Dios, deberían matar a esa persona y no 
tenerle compasión. Les dijo que si llegaban a una ciudad apóstata 
debían destruirla. Esto suena muy severo, pero si estudia los 
resultados de la apostasía –el cautiverio babilonio, el cautiverio 
asirio–, verá por qué Dios fue tan severo cuando mostró a Moisés 
cómo tratar con el problema de la apostasía. 
Moisés también predicó un sermón sobre el diezmo (14:22- 
28). La palabra traducida “diezmo” significa, en hebreo, ‘décima 
parte’. Se nos ordena que demos a Dios la décima parte de todo lo 
que tenemos. El diezmo nos enseña que siempre debemos poner a 
Dios en el primer lugar en nuestra vida. Dios no necesita el diez por 
ciento de nuestros ingresos. Dios ordenó la ley del diezmo porque 
esta es una forma en que podemos medir nuestro compromiso con Él. 
La verdad importante que Dios nos enseña a través del diezmo se 
aprende cuando entendemos que el diezmo era la primera décima 
parte de todo lo que el pueblo elegido ganaba o recibía al cuando 
Dios proveía para sus necesidades. Dios sabe si es el primero o no en 
nuestra vida, pero a veces no lo sabemos nosotros. Por eso Dios 
ordenó que demostráramos que Él es el primero en nuestras 
prioridades dándole la primera décima parte de todo lo que 
recibimos. 
Dios quiere la primera décima parte. Cuando los hebreos 
entraron en la tierra de Canaán, la primera ciudad que conquistaron 
fue Jericó. Todo el botín de esa ciudad fue para Dios, porque fue la 
primera ciudad conquistada. Hay dos palabras que expresan la 
esencia de los libros, capítulos y versículos de la Biblia. Esas dos 
palabras son: ¡DIOS PRIMERO! Poner a Dios en el primer lugar 
siempre no es fácil, pero no es complicado. Nosotros complicamos lo 
sencillo, y Dios simplifica lo complicado. Complicamos lo que 
significa poner en el primer lugar a Dios porque no lo queremos 
poner en el primer lugar. El diezmo nos ayuda a confrontarnos con la 
realidad y medir hasta qué punto Dios está primero en nuestra vida. 
En el capítulo 15 de Deuteronomio, Moisés nos da un gran 
sermón sobre la importancia de la caridad hacia los pobres. Hay un 
énfasis muy fuerte en la caridad en la Ley de Moisés y en el Antiguo 
Testamento. Moisés ordena diversas formas en que los diezmos del 
pueblo de Dios debían ser distribuidos. Debían ser dados a los 
levitas, que es la base bíblica para un clero pago. Debían dedicarse al 
extranjero de la tierra que estuviera sufriendo. A los hijos de Israel
26 
también se les ordenó que dieran a las viudas y a los huérfanos que 
estaban entre ellos. 
Cuando Moisés habló al pueblo elegido acerca de la caridad, 
les dijo: “Ustedes son un pueblo obcecado y de dura cerviz”. Les 
advirtió que no debían quejarse por tener que compartir con los 
necesitados (ver 15:1-11). Él predicó que siempre habría pobres entre 
ellos, y esta es la razón por la que ese mandamiento era necesario. 
Como profeta, Moisés predicó la Palabra de Dios, como un 
gran predicador. También predijo al hablar la Palabra de Dios. Israel 
no tenía rey, y no tendría un rey por unos 500 años. Leeremos los 
detalles sobre cómo llegarían a coronar a su primer rey cuando 
estudiemos el Libro de Primera de Samuel. Pero Moisés dijo a los 
hijos de Israel que Dios un día les concedería su deseo y les daría un 
rey. Luego escribió proféticamente un mandamiento en sus 
inspirados libros de la ley: cuando lo tuvieran, su rey debía copiar las 
leyes del libro guardado por los sacerdotes levitas y leerlo cada día 
de su vida, para que pudiera aprender a respetar al Señor y a 
obedecer sus mandamientos. Esta lectura regular de la Palabra de 
Dios impediría que sintiera que era mejor que el resto de la gente. 
También le impediría alejarse de las leyes de Dios, y le daría un 
reinado muy largo. 
En su primer salmo, de David describe al hombre 
bienaventurado como aquel que medita en la ley de Dios de día y de 
noche. Luego nombra todas las bendiciones de este hombre porque 
se deleita en la Palabra de Dios y sigue el consejo que encuentra en 
ella. Dado que David fue el segundo rey de Israel, tuvo que obedecer 
este mandamiento profético de Moisés. Las bendiciones del hombre 
bienaventurado que describe David en ese primer salmo son como 
una autobiografía espiritual de la vida de David. Las razones que dio 
Moisés para prescribir este mandamiento se cumplieron, obviamente, 
en la vida de David. 
En el capítulo 18 de Deuteronomio, hay un fuerte sermón de 
Moisés contra el ocultismo. Moisés usa palabras muy contundentes, 
para dejar en claro que Dios no está de acuerdo con personas como 
los adivinos y los médium. El sermón dice: 
“Cuando entres a la tierra que Jehová tu Dios te da, no 
aprenderás a hacer según las abominaciones de aquellas naciones. No 
sea hallado en ti quien haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni 
quien practique adivinación, ni agorero, ni sortílego, ni hechicero, ni 
encantador, ni adivino, ni mago, ni quien consulte a los muertos. 
Porque es abominación para con Jehová cualquiera que hace estas 
cosas, y por estas abominaciones Jehová tu Dios echa estas naciones 
de delante de ti. Perfecto serás delante de Jehová tu Dios. Porque 
estas naciones que vas a heredar, a agoreros y a adivinos oyen; mas a 
ti no te ha permitido esto Jehová tu Dios” (18:9-14). 
Alguien dijo que hay más cosas entre el cielo y la tierra que 
lo que los hombres han soñado jamás. Note que la Biblia no dice que 
estas cosas no existen. Nos dice que nos mantengamos alejados de 
ellas. Hay espíritus en el mundo espiritual que no son santos ni son 
de Dios. Cuando uno se involucra con la adivinación, los brujos y
27 
todas estas cosas, uno está tratando con un espíritu que no es de Dios. 
Dios, por lo tanto, a través de Moisés, prohíbe enérgicamente a su 
pueblo que se involucre en el submundo de los espíritus que no son 
de Dios. La fundamentación de esta prohibición de Dios, a través de 
Moisés, es que tenemos el Espíritu de Dios para guiarnos al mundo 
de los espíritus celestiales. Por lo tanto, es un pecado que pidamos a 
quienes tratan con el mundo espiritual negativo que nos guíen, nos 
dirijan o nos den poder de alguna forma. 
Hay un gran sermón en el Libro de Deuteronomio sobre el 
Profeta Mesiánico. Moisés dijo: “Un día, un profeta vendrá a este 
mundo. Cuando ustedes estuvieron en el monte de Sinaí y Dios les 
entregó la Ley, le dijeron –a través de mí–: ‘Oh, no queremos que 
Dios nos hable. No soportamos la voz de Dios’” (ver Deuteronomio 
18:15-17). Moisés dijo a la nación de Israel que Dios había 
escuchado su oración y enviaría un profeta al mundo a través de 
quien Él hablaría. 
Dios les dio una palabra escrita milagrosamente, pero quería 
hablar con ellos más allá de esa palabra escrita. En su misericordia y 
amor por ellos, Dios quería hablarles a través de un Profeta muy 
especial. Ese profeta sería el Mesías, que sería su Profeta, Sacerdote 
y Rey. 
Hay algunos grandes sermones en el capítulo 19 sobre la pena 
de muerte. El pasaje no está centrado en el criminal y la vergüenza de 
matar a una persona. En la inspirada declaración de Moisés sobre la 
pena de muerte, el énfasis está en las víctimas de ese criminal. Este 
pasaje nos dice que la pena de muerte quitará el mal de Israel. 
Se encuentra un gran sermón sobre la fe en el capítulo 20. 
Gedeón aplicará este pasaje al liderar un ejército contra los 
madianitas que habían conquistado Israel (ver Jueces 7:1-7). 
"Cuando luchen contra ejércitos que son mayores que el de 
ustedes, su única esperanza es que Dios estará con ustedes. Lo que 
necesitan es fe para atacar a esos ejércitos” (ver Deuteronomio 20:1). 
Vemos el concepto de la gracia demostrado frecuentemente 
en el Libro de Deuteronomio. También encontramos el concepto de 
la redención. La ley del levirato de Deuteronomio 25 es una imagen 
hermosa de nuestro Salvador, Jesucristo. La primera vez que 
encuentra la palabra “redentor” o “redención”, son términos legales. 
Pero si usted entiende el significado legal de la redención, entonces 
entenderá la redención cuando el Antiguo y el Nuevo Testamento 
aplican el concepto a la muerte de Jesucristo en la cruz. Este pasaje, 
en el capítulo 25, que nos da la ley del levirato, es la llave que abre el 
significado y la aplicación del Libro de Rut. 
Al final de los Libros de Deuteronomio, Levítico y Josué, 
usted encontrará un gran mandato de obedecer la Palabra de Dios. De 
nuevo, este es el punto principal de Deuteronomio. Algunas de las 
más grandes predicaciones que el mundo ha escuchado están basadas 
en los últimos capítulos de Deuteronomio, donde Moisés prometió la 
bendición de Dios sobre el pueblo hebreo si obedecía la Palabra de 
Dios, y lo contrario si no lo hacía. Moisés concluye este sermón
28 
dinámico diciendo: “Os he puesto delante la vida y la muerte, la 
bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu 
descendencia” (Deuteronomio 30:19). 
El Libro de Josué 
Capítulo 10 
Posee tus posesiones 
El Libro de Josué es, en ciertas formas, lo contrario al Libro 
de Números. Números es una historia de incredulidad en la que el 
pueblo pereció como consecuencia de su falta de fe. El Libro de 
Josué trata de la fe, el tipo de fe que conquista y posee todo lo que 
Dios quiere para su pueblo. 
Cuando estudiamos el Libro de Éxodo, aprendimos que el 
nombre –éxodo– significa ‘el camino de salida’ de la cruel esclavitud 
egipcia. Este primer libro de historia podría ser llamado “Éisodo”, 
porque trata de ‘el camino de entrada’ a la tierra prometida de 
Canaán (ex = fuera; eis = dentro). El tema del Libro de Josué es 
“posee tus posesiones”. 
El nombre Josué es el mismo que Jesús. Jesús es la forma 
griega de decirlo. Josué –o Yeshúa– es la forma de decirlo en hebreo. 
El nombre significa ‘salvador’ o ‘Jehová salva’. En su nombre, este 
gran líder es una imagen de Cristo, porque guía a su pueblo a la tierra 
prometida de la bendición espiritual. 
La palabra clave en nuestra salvación de nuestro “Egipto 
espiritual” es “creer”. La palabra clave para entrar en la tierra 
prometida de la bendición espiritual de Dios es “obedecer”. Cuando 
hablamos de obediencia, hablamos de fe. La palabra “fe” significa 
compromiso, el tipo de compromiso que obedece. 
Josué tenía cuarenta años cuando ocurrió el éxodo. Recuerde 
que Josué y Caleb fueron los únicos dos sobrevivientes del 
deambular por el desierto porque trajeron un informe bueno cuando 
fueron enviados a Canaán como espías. Dios vio su fe como algo que 
merecía una gran recompensa. Josué tenía ochenta años cuando 
recibió las órdenes de guiar al pueblo a la tierra de Canaán y 
conquistar las siete poderosas naciones que la estaban defendiendo. 
No recibió sus órdenes directamente de Dios, sino de Moisés, un 
hombre de Dios que conocía a Dios y conocía a Josué. 
La relación entre Moisés y Josué es un gran modelo para la 
relación entre Pablo y Timoteo, que es tan importante para preparar 
líderes para el pueblo y la obra de Dios (ver 2 Timoteo 2:2). Josué 
tenía 110 años cuando murió. Era un hombre de fuerza, lealtad y de 
una gran fe. 
Cuando observamos a Dios trabajar a través de un líder 
profeta-sacerdote, vemos un cambio que es importante cuando 
llegamos a liderazgo de Josué. Moisés recibió la Palabra de Dios 
sobre el monte de Sinaí directamente de Dios, así como recibió sus
29 
órdenes en la zarza ardiente directamente de Dios. Pero ahora leemos 
que a Josué se le dice que medite en la Palabra escrita, la Palabra que 
ya había sido dada por Dios a Moisés. Como los reyes de Israel que 
lo seguirían, a Josué se le ordena que medite en la Palabra de Dios, 
día y noche, y que obedezca estos mandamientos de Dios. 
Cuando los hebreos estaban a punto de cruzar el río Jordán e 
invadir Canaán, Dios les dijo: “Yo os he entregado, como lo había 
dicho a Moisés, todo lugar que pisare la planta de vuestro pie” (Josué 
1:3). Toda la tierra les había sido dada, y en cuando a la propiedad, 
era toda de ellos, pero no en cuanto a la posesión. La ley de la 
posesión era que cada metro cuadrado de la tierra de Canaán sobre el 
cual ponían el pie era lo que se les había dado, ni más ni menos. 
Así ocurre con nuestras bendiciones espirituales. Hay muchas 
bendiciones espirituales que están disponibles para nosotros hoy: la 
oración, la Biblia misma, la comunión, la adoración. Y Dios las da a 
cada creyente. Pero algunos creyentes poseen esas bendiciones y 
otros, no. La clave es muy práctica. Hay que posar el pie sobre ellas. 
Uno posee la oración orando; posee la Biblia leyéndola, 
entendiéndola y aplicándola; uno posee sus bendiciones espirituales 
de un metro cuadrado, de un paso por vez. 
Muchos estudiosos dicen que el Libro de Efesios es al Nuevo 
Testamento lo que el Libro de Josué es al Antiguo Testamento. 
Efesios nos habla de las bendiciones espirituales que tenemos en 
Cristo, y que podemos entrar en Cristo y poseer todas esas 
bendiciones espirituales. 
El versículo clave de Josué es Josué 1:3. El versículo clave de 
Efesios es Efesios 1:3, que es muy parecido al versículo clave de 
Josué: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que 
nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en 
Cristo”. Dios nos ha dado el título a todas las bendiciones espirituales 
que nos ha entregado, pero debemos llegar adonde están y poseerlas. 
En el Libro de Josué, esas bendiciones son la tierra 
prometida. En el Libro de Efesios, están en Cristo. Si queremos 
poseer esas bendiciones espirituales, debemos encontrarlas morando 
en Cristo. Debemos llegar al lugar celestial, porque es ahí donde 
están. El Libro de Josué nos enseña que podemos entrar en la “tierra 
prometida” de la bendición de Dios por fe. Pablo nos dice lo mismo 
cuando escribe su inspirada carta a los efesios. 
Hay otros autores del Nuevo Testamento que escriben sobre 
la “tierra prometida” espiritual. Fíjese en la versión de Pedro de 
dónde y cómo nos apropiamos de nuestras posesiones espirituales: 
“... todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido 
dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que 
nos llamó por su gloria y excelencia” (2 Pedro 1:3). 
Pedro no sabía leer ni escribir (2 Pedro 5:12; Hechos 4:13). 
Su énfasis estaba en conocer a Dios. No era un erudito, pero era un 
gigante espiritual; él conocía a Dios. Y nos dice que la fuente de 
todas las bendiciones espirituales que Dios nos ha dado es una 
relación con Él (2 Pedro 1:3). Según Pedro, Dios ya nos ha dado 
todas las cosas que necesitamos para vivir una vida piadosa. Pero,
30 
para apropiarnos de nuestras posesiones espirituales, debemos 
reclamarlas en un conocimiento relacional de Dios. 
Los dos grandes líderes de la iglesia del Nuevo Testamento 
concuerdan entre sí y con Josué en que tenemos el título de 
propiedad que dice que somos dueños de todas las bendiciones 
espirituales que necesitamos. Pero debemos poseer esas bendiciones 
espirituales, de un paso por vez, en nuestra relación con Dios y con 
Cristo. 
Josué dice que lo tenemos todo, Pedro dice que lo tenemos 
todo, Pablo dice que lo tenemos todo. Entonces, ¿por qué no lo 
poseemos realmente todo? Estos grandes hombres de Dios están 
todos de acuerdo en que es porque no entendemos que el puente de la 
fe salva la brecha entre todo lo que Dios nos ha dado y nuestra 
capacidad para poseer lo que Él nos ha dado. Por eso Dios nos dio el 
Libro de Josué. 
En Josué encontramos dieciséis grandes ilustraciones de la fe. 
Cuando Dios quiso que supiéramos acerca de la fe en el Libro de 
Génesis, nos dio doce capítulos que nos hablan del hombre Abraham. 
La fe debe de ser muy importante para Dios, porque el propósito de 
todo el Libro de Josué es mostrarnos cómo vivir por fe, y cómo 
caminar por fe hacia todas las bendiciones espirituales que Él nos ha 
dado. 
El Libro de Josué habla de la tierra de Canaán. Es necesario 
entrar en esta tierra de Canaán. Debe ser conquistada de una ciudad 
por vez, de una nación por vez. Pero el mensaje espiritual y 
devocional de Josué no trata, en realidad, de un lugar geográfico, 
sino de poseer nuestras posesiones espirituales por fe. 
La tierra de Canaán ilustra el propósito de la salvación de esta 
nación especial. Dado que la palabra “salvación” significa 
¿liberación?, la liberación de Egipto es una alegoría de nuestra 
salvación. Nuestra salvación viene de creer que Jesucristo es el único 
Hijo de Dios y nuestro único Salvador. Cuando depositamos nuestra 
fe en Él, Él nos libra de nuestros pecados, o nuestro “Egipto 
espiritual”. La invasión y conquista de Canaán ilustra la calidad de 
vida que Dios ha ideado para el pueblo que ha experimentado su 
salvación de la dimensión de “Egipto” de su vida. 
El apóstol Pablo nos dice que Dios nos salva por gracia, por 
medio de la fe. Según Pablo, nuestra salvación no es por ninguna 
realización propia. Es un don de Dios, y no el resultado de nuestras 
buenas obras. Sin embargo, Pablo también escribe que somos 
salvados para buenas obras, que Dios ha predeterminado para 
nosotros. Él quiere que andemos en esas buenas obras. Esas buenas 
obras son el propósito de nuestra salvación en esta vida y forman 
parte de la “tierra prometida” espiritual que nuestro amoroso Dios 
quiere que poseamos, de un metro cuadrado por vez. 
La salvación es más que un boleto de ida para el cielo. Hay 
un propósito presente para nuestra salvación: nuestro “Canaán” 
espiritual aquí en la tierra. La razón por la que no poseemos nuestras 
posesiones espirituales podría ser que no sabemos cómo hacerlo. Por 
eso Dios nos dio el Libro de Josué. Dios nos dio este primer libro de
31 
historia del Antiguo Testamento para mostrarnos la calidad de fe a 
través de la cual podemos poseer nuestras posesiones espirituales. 
Capítulo 11 
Un panorama de la fe 
El Libro de Josué es el relato de la conquista de la tierra de 
Canaán. Al estudiarlo, veremos un “panorama de la fe”. Cuando 
leemos el Libro de Josué, se nos da una buena idea de cómo poseer 
nuestras bendiciones espirituales. Capítulo tras capítulo nos dan 
ejemplos y advertencias que nos muestran lo que es la fe y lo que no 
es la fe. En estos capítulos, se intercalan advertencias sobre los 
peligros de “el mundo, la carne y el diablo”. 
Lo primero que vemos en el Libro de Josué es lo que 
podríamos llamar “una transición de fe”. Vemos una transición del 
liderazgo de Moisés a Josué cuando leemos: 
"Aconteció después de la muerte de Moisés siervo de Jehová, 
que Jehová habló a Josué hijo de Nun, servidor de Moisés, diciendo: 
Mi siervo Moisés ha muerto; ahora, pues, levántate y pasa este 
Jordán, tú y todo este pueblo, a la tierra que yo les doy a los hijos de 
Israel. Yo os he entregado, como lo había dicho a Moisés, todo lugar 
que pisare la planta de vuestro pie. Desde el desierto y el Líbano 
hasta el gran río Éufrates, toda la tierra de los heteos hasta el gran 
mar donde se pone el sol, será vuestro territorio. Nadie te podrá hacer 
frente en todos los días de tu vida; como estuve con Moisés, estaré 
contigo; no te dejaré, ni te desampararé. Esfuérzate y sé valiente; 
porque tú repartirás a este pueblo por heredad la tierra de la cual juré 
a sus padres que la daría a ellos. Solamente esfuérzate y sé muy 
valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la ley que mi siervo 
Moisés te mandó; no te apartes de ella ni a diestra ni a siniestra, para 
que seas prosperado en todas las cosas que emprendas. 
“Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de 
día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a 
todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu 
camino, y todo te saldrá bien” (Josué 1:1-8). 
En los primeros capítulos del Libro de Josué vemos lo que 
podríamos llamar las “perplejidades de la fe”. Al crecer en nuestra 
comprensión de la fe, no debemos afligirnos cuando nos encontramos 
con problemas que plantean preguntas que desafían nuestra fe. Si 
pudiéramos eliminar todos los problemas y obstáculos que plantean 
estas preguntas de la fe, eliminaríamos la necesidad de la fe misma. 
Rahab, el personaje del capítulo 2 de Josué, plantea 
problemas y preguntas sobre la fe para muchas personas. Dos espías 
judíos llegaron a su casa, y ella los ocultó. Cuando los hombres del 
rey de Jericó llegaron en busca de los judíos, ella los envió en otra 
dirección. Dios la bendijo por esto. Leemos en el gran capítulo de la 
fe de la Biblia que Rahab es una heroína de la fe porque mintió.
32 
Si usted considera más detalladamente la historia, verá que 
Rahab no se presenta como un ejemplo de fe porque haya mentido. 
En el capítulo de la fe leemos: “Por la fe Rahab la ramera no pereció 
juntamente con los desobedientes” (Hebreos 11:31). Cuando los 
espías judíos fueron a su casa, ella les dijo: “Sé que Jehová os ha 
dado esta tierra; porque el temor de vosotros ha caído sobre nosotros, 
y todos los moradores del país ya han desmayado por causa de 
vosotros” (Josué 2:9). 
Los espías hebreos hicieron un pacto con ella y prometieron 
perdonarle la vida. ¿Por qué fue salvada? Su fe la salvó. Ella creía 
que el pueblo hebreo era el pueblo de Dios, y que su dios era el Dios 
verdadero y vivo. Rahab pasó a ser parte del pueblo de Dios porque 
tuvo fe. 
En el capítulo 3 usted encontrará “la afirmación de la fe”. 
Cuando Dios intenta darnos la fe para entrar en el Canaán espiritual, 
a menudo prueba nuestra fe para alentarnos. Vemos esto en la vida 
de Gedeón, que puso un vellón al que Dios respondió. David nos 
dice: “Por Jehová son ordenados los pasos del hombre, y él aprueba 
su camino” (Salmos 37:23). Eso significa que, cuando damos pasos 
de fe, Dios los bendice y los confirma. 
En este capítulo, Dios se demostró a sí mismo ante Josué y 
demostró al pueblo que la bendición de Él había estado sobre su 
líder, Josué, así como estuvo sobre Moisés. También realizó esos 
milagros para fortalecer la fe de ese pueblo. El propósito de estos 
milagros fue mostrarles que Dios estaba con ellos y que, cuando 
atacaran las fuertemente fortificadas ciudades de Canaán, como 
Jericó, Él los bendeciría con la victoria. 
En el capítulo 4, los hijos de Israel edificaron “un altar de fe”. 
Al cruzar el río Jordán, aun cuando estaba inundado, las aguas se 
partieron y ellos cruzaron sobre tierra seca. Cuando cruzaron se les 
ordenó que construyeran una columna de rocas, un recuerdo de este 
gran milagro, para que sus hijos nunca se olvidaran de lo que Dios 
había hecho por ellos cuando tuvieron la fe de cruzar el río Jordán. 
En el capítulo 5 vemos los “requisitos previos de la fe”. Antes 
que el pueblo de Israel invadiera Canaán, se les ordenó que 
circuncidaran a cada varón de entre ellos. La segunda generación de 
varones nunca había sido circuncidada. Recordemos que la primera 
generación murió en el desierto. Esta historia es un hermoso ejemplo 
de las condiciones de la fe auténtica. Antes de poder entrar en la 
tierra prometida de la bendición de Dios, usted debe preguntarse si 
hay algún pecado en su vida. ¿Hay algún pecado en su vida del que 
necesita apartarse? 
Cuando estudiamos el Libro de Génesis, aprendimos que 
muchos que profesan ser creyentes eluden el altar del 
arrepentimiento que Abraham construyó cuando su vida era una 
definición viva de la fe para nosotros. Nunca han permitido que Dios 
trate con el pecado de su vida. Simplemente, si esperamos que Dios 
bendiga nuestra vida, antes, debemos arrepentirnos del pecado que 
hay en ella. De eso se trata el mandato de circuncidar la población 
masculina. Es un símbolo que expresa externamente el compromiso
33 
interior de la fe de nuestro corazón. El significado de la circuncisión 
que encontramos en el Antiguo Testamento se parece mucho al 
significado del bautismo que encontramos en el Nuevo Testamento. 
En el capítulo 5 de Josué, también encontrará “una comisión 
de fe”. Esto se encuentra al final del capítulo. Josué había dado la 
orden de que ninguno de sus soldados sacara su espada. Un ejército 
acampado al este del Jordán en oscuridad total podía ser infiltrado y 
atacado fácilmente por un enemigo. Por lo tanto, solían dar la orden: 
“No desenvainen sus espadas”. Si veían a alguien con la espada 
descubierta, sabrían que era el enemigo y podrían reaccionar 
rápidamente. 
Josué salió para caminar, a la medianoche el día anterior a la 
batalla de Jericó, y vio a un hombre con su espada desenvainada. 
Josué lo desafió: “¿Eres amigo o enemigo?”. La respuesta fue: “¡Soy 
Príncipe del ejército de Jehová!”. Leemos que Josué cayó a tierra 
ante este hombre, lo adoró y le dijo: “¿Qué dice mi Señor a su 
siervo?”. El Príncipe le dijo: “Quita el calzado de tus pies, porque el 
lugar donde estás es santo”. Leemos: “Y Josué así lo hizo” (Josué 
5:14-16). 
Según el capítulo 6 del Libro de Josué, el plan de batalla que 
Josué recibió del Señor la noche anterior a la batalla era que toda la 
población de Israel debía salir de su campamento, marchar 
directamente al muro de la ciudad y luego marchar alrededor de la 
ciudad de Jericó. Debían hacer esto una vez al día durante seis días. 
El séptimo día debían marchar alrededor de la ciudad siete 
veces. Se les ordenó que marcharan alrededor de esa ciudad un total 
de trece veces. La ciudad estaba protegida por un muro que era tan 
grueso que había casas construidas sobre el muro. Las personas que 
defendían la ciudad ponían a mujeres y personas enfermas, que no 
podían cargar armas, sobre el muro, con brasas ardientes, rocas o 
prácticamente todo lo que pudieran arrojar sobre la cabeza de los 
atacantes. 
Un gran general, llamado Abimelec, fue avergonzado al 
acercarse demasiado al muro cuando estaba atacando una ciudad. 
Una anciana arrojó una gran piedra de molino sobre su cabeza. Con 
su cráneo aplastado, Abimelec dijo a su escudero: “Saca tu espada y 
mátame, para que no se diga de mí: Una mujer lo mató” (ver Jueces 
9:52-54). Esto se convirtió en un lema para los militares israelíes: 
“Nunca se acerquen al muro de la ciudad. ¡Recuerden a Abimelec!”. 
Sin embargo, ¡Dios estaba diciendo a Josué que llevara todo 
su pueblo hasta el muro mismo de la ciudad de Jericó y que marchara 
alrededor de él! Esta fue la primera campaña militar de Josué, y 
seguramente estaba ansioso por demostrar sus dones como estratega 
militar. Pronto demostraría que era un brillante estratega militar. Este 
plan de batalla era ridículo, y lo hacía aparecer como muy tonto. 
Josué implementó cada detalle de este plan porque sabía una cosa de 
este plan, y era todo lo que necesitaba saber: ¡era el plan de Dios! 
Todo el tiempo que marchaban alrededor de los muros de 
Jericó, se les ordenó que no dijeran una sola palabra. El pueblo de
34 
Jericó debe haberse llenado de temor, porque no dejaron caer nada 
sobre los israelitas. Luego de marchar alrededor de la ciudad siete 
veces en ese séptimo día, Josué se dirigió al pueblo y ordenó: 
“¡Griten!”. 
El Libro de Hebreos dice que los muros de Jericó cayeron por 
fe. Josué hizo lo correcto al guiar esa procesión de todo el pueblo de 
Israel alrededor de esos muros de Jericó. Eso requería fe. Necesitó fe 
para exponer a todas esas personas a todo lo que estaba sobre el 
muro, una vez al día durante seis días, y luego siete veces el séptimo 
día. 
La batalla de Jericó nos muestra la clase de fe que hace 
posible que entremos en nuestra “tierra prometida” y vivamos como 
personas piadosas. Ese tipo de fe es práctico. Es una fe que camina. 
La fe de Josué, que caminó alrededor de Jericó trece veces, no es un 
misterio. Esa calidad de fe es simplemente obediencia. Una fe que 
“camina” es una fe que obra. La fe que caminó y obró ese día fue una 
fe que ganó la batalla de Jericó para Josué y el pueblo de Israel. Ese 
calibre de fe puede obrar y ganar las batallas de usted en la vida hoy. 
¿Es su fe esa clase de fe? Algunas personas piensan que no 
deben poner su fe en acción hasta que entiendan todo en su mente. 
Pero Jesús enseñó a sus seguidores a entregarse a la acción primero, 
y les prometió que la afirmación intelectual vendría después. Dijo: 
“El que quiera hacer, [...] conocerá” (Juan 7:17). Primero (al 
principio) camine alrededor de Jericó trece veces, y luego descubrirá 
una fe que obra y gana. 
El rey David escribió: “Hubiera yo desmayado, si no creyese 
que veré la bondad de Jehová en la tierra de los vivientes” (Salmos 
27:13). Hay quienes piensan que hay que “ver para creer”, o que el 
ver conducirá al creer. Pero la Palabra de Dios nos enseña que el 
creer lleva a ver. Vemos este modelo prescrito para la fe reflejado 
alegóricamente en la batalla de Jericó. 
Dios sigue encomendándonos sus planes para nuestra vida. A 
veces, su encargo para nuestra vida probará nuestra fe como probó la 
fe de Josué en el plan de batalla de Jericó. Si usted conoce a Dios lo 
suficiente, sabe que su encargo no lo llevará donde su gracia no lo 
pueda guardar. Si sabe que Dios lo guía a hacer algo, hágalo (ver 
Juan 2:5). El Libro de Josué nos enseña que la fe es práctica. Cuando 
camina, obra; y, cuando obra, gana las batallas de la vida. 
Capítulo 12 
Los enemigos de la fe 
Luego de la derrota de Hai, leemos que Josué se postró en 
tierra en una oración ferviente. Dios respondió la oración de Josué 
con una pregunta: “¿Por qué clamas a mí? ¡Israel ha pecado!”. 
Cuando vemos las evidencias de la gloriosa realidad de que Dios está 
con nosotros, esa evidencia nos da valentía para continuar, y nuestra 
fe crece al hacerlo. Pero, cuando está claro que Dios no está con
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  • 1. 1 INSTITUTO BÍBLICO DEL AIRE FASCÍCULO INTERNACIONAL NÚMERO 2 LEVÍTICO, NÚMEROS, DEUTERONOMIO Y JOSUÉ Capítulo 1 El Libro de Levítico Muchas personas que leen la Biblia consideran que Levítico es un libro muy difícil. Se aburren al leer todas las especificaciones para el Tabernáculo en el desierto, en el tercio final del Libro de Éxodo. Cuando llegan a Levítico, pierden su determinación de leer toda la Biblia. La palabra “levítico” significa, literalmente, ‘relativo a los levitas’. Los levitas eran los sacerdotes hebreos. Si queremos entender este libro, es absolutamente esencial entender ese pequeño “tabernáculo del desierto”, donde los sacerdotes estaban a cargo de la presentación de los sacrificios, las ofrendas y otras liturgias. Más adelante, el muy elaborado templo de Salomón fue construido siguiendo el mismo modelo original que recibió Moisés, cuando se le ordenó erigir la tienda de adoración. Uno de los aspectos más significativos de la pequeña tienda de adoración era que debía ser colocada en el centro del campamento mientras las doce tribus de Israel cruzaban y daban vueltas por el desierto durante cuarenta años. El primer mandamiento decía que Dios debía estar en el primer lugar. La Biblia nos enseña que Dios debe estar en el centro mismo de nuestra vida. Esto se demuestra, o se ilustra, en que la pequeña tienda de adoración estaba en el centro de su campamento.
  • 2. 2 Tal vez la observación más importante que podemos hacer de esta tienda es que Dios, realmente y literalmente, moraba en ella. Se nos dice que, cuando Moisés terminó de construirla, la presencia y la gloria de Dios vino y llenó el compartimiento interior de la tienda, conocido como el Lugar Santísimo, como símbolo de la forma en que el Espíritu Santo llena a los creyentes hoy. Al viajar los israelitas por el desierto, la nube que cubría la tienda los guiaba. Cuando se movía la nube, ellos se movían. Cuando ella se detenía, se detenían. De esta forma, la nube los guiaba. Las personas podían ir a la tienda para ser perdonadas, para adorar y para recibir orientación. La construcción de la tienda Ahora que entendemos el propósito de la tienda, veamos con mayor detenimiento cómo fue construida. Esta tienda de adoración tenía un cerco que la rodeaba, hecho de un material parecido a la lona. El sector dentro de este cerco era el atrio. Más adelante, el atrio del templo de Salomón sería bastante grande (5,5 hectáreas), pero el atrio de esta primera tienda de adoración no era muy grande. Había algunos artículos del mobiliario de la tienda que eran muy significativos. Es importante notar que todo el mobiliario tenía manijas. Esto era necesario porque debían ser transportados durante su deambular por el desierto. El primer artículo del mobiliario en el atrio, justo después de la entrada, era el altar de bronce. Este altar era parecido a una gran parrilla para hacer fuego con carbón. Se mantenía un fuego ardiendo en el altar de bronce en todo momento. Cuando un pecador iba a la tienda para buscar el perdón por su pecado, un sacerdote lo recibía en la puerta del atrio. Entonces, el animal que traía consigo se mataba de acuerdo con la descripción que aparece en Levítico. Luego el sacerdote colocaba el animal sobre el altar de bronce. El pecador permanecía junto a la entrada del atrio. En ningún momento se acercaba a la parte cubierta de la tienda de adoración. El sacerdote entraba en esa parte en su lugar. Una vez que el sacerdote colocaba el sacrificio animal sobre el altar de bronce, mientras el humo del sacrificio subía hacia Dios, él se dirigía al siguiente artículo del mobiliario en el atrio, llamada la fuente, que era como una pequeña alberca. Aquí, el sacerdote se lavaba ceremonialmente en nombre del pecador, quien seguía junto a la entrada. El tabernáculo –es decir, la parte cubierta– estaba dividido en dos compartimientos. El exterior se llamaba Lugar Santo. Había un velo muy grueso que dividía a este Lugar Santo del compartimiento interior, llamado Lugar Santísimo. El Lugar Santísimo era donde moraba Dios. El velo estaba hecho de un material muy fuerte. El historiador Josefo nos dice que varias cuadrillas de caballos, tirando de sus extremos, no lo podrían haber desgarrado. El que estaba en el templo de Salomón, todavía en uso en tiempo de Jesús, era tan grande que parecía el telón de un teatro. Se nos dice, en los Evangelios, que en el preciso momento en que murió Jesús en la cruz, el velo que separaba el Lugar Santo del
  • 3. 3 Lugar Santísimo se rasgó de arriba abajo (ver Marcos 15:38). Este es uno de los grandes milagros de la Biblia, que suele pasar desapercibido. Había cuatro artículos del mobiliario dentro de la Tienda de Adoración. Luego de lavarse ceremonialmente en la fuente del patio, el sacerdote entraba en la primera parte de la tienda cubierta, el Lugar Santo. A su izquierda tenía el candelabro. Este candelabro era muy importante. Representaba la revelación que Dios había dado al pueblo de Israel cuando les dio su Palabra y, por supuesto, esta revelación les indicaba cómo debían acercarse a Él. Así que el sacerdote adoraba ante el candelabro, agradeciendo a Dios por la revelación que había dado a su pueblo y a ese pecador que permanecía afuera, junto a la entrada del atrio. A su derecha, tenía los panes de la propiciación. Su propósito era recordar al sacerdote lo que simbolizaba el maná: que Dios nos da cada día nuestro pan cotidiano. Justo enfrente, contra el velo que bloqueaba la entrada al Lugar Santísimo, estaba el altar del incienso, frente al cual el sacerdote se paraba y hacía una oración de intercesión por el pecador que estaba afuera. El sacerdote llegaba hasta allí y luego volvía, se encontraba con otro pecador, y volvía a repetir todo el procedimiento. Una vez al año, todo el pueblo se reunía alrededor de la tienda de adoración. En esta ocasión, el sumo sacerdote traspasaba el velo y entraba al Lugar Santísimo para ofrecer un sacrificio de sangre por todos los pecados del pueblo. Al mirar esta pequeña tienda de adoración, tenemos que darnos cuenta de que cada artículo del mobiliario que contenía representaba una figura alegórica de Jesucristo. En vista de esto, consideremos con mayor detalle cada uno, individualmente. El mobiliario de la tienda El altar de bronce, en realidad, predica el evangelio del Nuevo Testamento. Todos los animales sacrificados en el altar de bronce, y todos los sacrificios de animales, fueron cumplidos cuando Jesús murió en la cruz. Este altar de bronce nos dice: “Ustedes no pueden acercarse a un Dios santo sin un sacrificio. Sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (ver Hebreos 9:22). El artículo que llamamos “la fuente”, donde el sacerdote se lavaba ceremonialmente antes de entrar en el Lugar Santo, nos dice lo mismo que la Biblia en varios lugares: “¿Quién subirá al monte de Jehová? [...] El limpio de manos y puro de corazón” (Salmos 24:3, 4). El objetivo último de la tienda de la adoración es la comunión con Dios. Todo apunta en esa dirección. Y, en la Biblia, la comunión con Dios se suele comparar con una comida. La fuente nos dice lo que nuestra madre nos solía decir cuando éramos niños: “Lávate las manos antes de venir a la mesa”. Lavarse antes de ir a comer, antes de tener comunión con Dios. Uno debe lavarse, purificarse. Ese era el mensaje de la fuente.
  • 4. 4 Al pararse el sacerdote ante el candelabro de oro, reconocía que Dios era la fuente de este libro que estamos viendo en nuestro estudio de la Biblia. Reconocía que Dios era la luz que nos guía. Adoraba y agradecía a Dios por dar a ese pecador que estaba afuera, a la entrada del tabernáculo, una revelación de cómo podía ser salvado y acercarse al Dios Santo en adoración. Como señalé anteriormente, el pan de la mesa de los panes de la propiciación simbolizaba el hecho de que Dios sostendría a su pueblo y supliría sus necesidades. Obviamente, Dios nunca quiere que perdamos de vista el hecho de que Él es la fuente de nuestro sustento. Él quiere que confiemos en Él para todo lo que necesitamos: físicamente, emocionalmente, mentalmente y espiritualmente. A continuación, veamos el altar del incienso. Cuando el sacerdote se paraba frente a este altar, oraba por el pecador que estaba afuera, a la entrada del atrio. Al hacerlo, representaba a Jesucristo, nuestro Sumo Sacerdote, que intercede por nosotros antes el Padre. En resumen Todo en esa tienda de adoración tenía que ver con Jesús. Él es la Luz del Mundo, el Pan de Vida, nuestro perfecto sacrificio. Él es quien viene y nos limpia en la fuente. Uno realmente ve el evangelio de Jesucristo en esa pequeña tienda de adoración. Solo cuando entendemos la tienda de adoración podemos entender el Libro de Levítico, porque era el manual que usaba el sacerdote mientras oficiaba en la tienda. ¿Conoce usted a este Jesús que se presenta en esta pequeña y santa tienda? Capítulo 2 El tabernáculo, hoy En el Libro de Génesis leemos que cuando un hombre comete pecado, la peor consecuencia es el divorcio –una separación– entre Dios y el hombre. La solución para este problema fundamental, la reconciliación de este divorcio, es de lo que trata en realidad la Biblia, y de lo que trata el tabernáculo del desierto. Entonces, ¿por qué no hacemos sacrificios animales hoy? Porque han cambiado los requisitos de Dios. Cuando lleguemos al Libro de Hebreos, tendremos más para decir al respecto. Pero, en resumen, Hebreos 9 dice que esta tienda de adoración era solo un símbolo de otro tabernáculo que existe en la dimensión celestial. Este tabernáculo celestial no está hecho de materiales físicos. Los materiales son todos celestiales y espirituales. El tabernáculo que Dios ordenó construir a Moisés es, simplemente, una expresión visible y tangible en la tierra del tabernáculo del que habla Hebreos 9. Recuerde que, cuando Jesús murió en la cruz, el velo del templo de Salomón se rasgó de arriba abajo. Ahora tenga en mente
  • 5. 5 que, una vez al año, el sumo sacerdote entraba al Lugar Santísimo y llevaba sangre para cubrir los pecados de todas las personas. En el mismo sentido, cuando Jesús murió en la cruz, se convirtió en el Gran Sumo Sacerdote y, en el cielo, traspasó el modelo de adoración que es el tabernáculo celestial. En el altar de bronce, en el tabernáculo celestial, Jesús ofreció su muerte como el cumplimiento final de todos esos sacrificios animales. Fue a la fuente e hizo posible el lavamiento permanente. Antes de la muerte de Cristo, el pecador no podía acercarse a Dios. Solo el sacerdote podía hacerlo e interceder por el pecador. Pero todo eso quedó de lado cuando Jesucristo murió en la cruz, porque hizo posible que usted y yo pudiéramos entrar directamente en la presencia de Dios. Otra consecuencia importante es que nuestros cuerpos ahora son templos de Dios. Pablo escribió, básicamente: “¿No se dan cuenta de que el Espíritu de Dios vive en ustedes? Dios destruirá a todo el que profana su templo, porque su templo es santo, y eso es exactamente lo que son ustedes”. El apóstol trataba de explicar esta verdad a los corintios, que estaban obsesionados por el pecado sexual. Les dijo: “El cuerpo de ustedes no fue hecho para el sexo; fue hecho para Dios. ¿No se dan cuenta de que el cuerpo de ustedes es el templo de Dios, y que Dios vive en ustedes?” (ver 1 Corintios 6:15- 20). Una paráfrasis de Colosenses 1:27 dice: “Hay personas a quienes Dios quiso dar una visión plena de esplendor de su plan secreto para las naciones. Su secreto es, simplemente, éste: que Cristo en ustedes es la única esperanza que ustedes tiene. Sí, Cristo en ustedes trae la esperanza de todas las cosas gloriosas venideras”. Cristo en usted es un milagro. Significa que la presencia de Dios vive en usted, y también significa que usted tiene todo lo que se necesita para vivir de la forma que Dios lo ha llamado a vivir. Ahora pensemos en este maravilloso simbolismo con relación a la tienda de adoración en nuestra propia vida. Cuando usted se levanta a la mañana, le recomiendo enfáticamente que tenga un tiempo tranquilo, un tiempo de adoración, un tiempo en la presencia de Dios, antes de salir al mundo y vivir su vida ese día. Al hacerlo, trate de verse avanzando por esta tienda de adoración. Imagine que se acerca al altar de bronce y luego confía en las Buenas Nuevas de que Jesucristo es el Cordero de Dios que muere en la cruz por sus pecados. Si nunca ha confiado en Cristo para el perdón de sus pecados, hágalo ahora. Y luego agradezca a Dios por su perdón en la cruz de Jesús, y afirme su convicción de que Él fue sacrificio perfecto para sus pecados. Ahora imagine que va hacia la fuente, donde necesita lavarse las manos y los pies, donde necesita ser lavado continuamente. ¿Hay cosas en su vida que están sucias y que no son del agrado de Dios? Confiéselas a Dios; apártese de ellas y sea lavado. Luego –en sentido figurado– diríjase al Lugar Santo y párese frente al candelabro. Agradezca a Dios por la revelación; agradézcale que no lo dejó a oscuras con relación a la vida y la salvación. Agradézcale por la Palabra de Dios.
  • 6. 6 Luego imagínese parado ante la mesa de los panes de la propiciación, y agradézcale por suplir todas sus necesidades. Reconózcalo como el origen de cada trozo de pan y cada posesión que usted tiene, y de cada forma en que sus necesidades son cubiertas. Reconózcalo como Aquel que suple esas necesidades, y hágalo con gratitud. Luego, al pensar en el altar del incienso, reflexione sobre el milagro de la oración. Y tómese tiempo para orar por cada detalle de sus necesidades y los desafíos que enfrenta ese día. Luego, al pensar en el Lugar Santísimo, permita que este lo desafíe a recordar que la presencia de Dios verdaderamente existe. Recuerde que el Espíritu de Dios está en nosotros y que podemos estar en la presencia misma de Dios no importa dónde estemos. No necesitamos un sacerdote para que entre en la presencia de Dios por nosotros. No tenemos que pasar por una estructura de adoración literal como la tienda de adoración, porque cuando Cristo murió en la cruz hizo posible que entráramos directamente en la presencia de Dios. Hay muchas aplicaciones devocionales de este tabernáculo en el desierto. Esta es la más importante: aún es posible que un hombre o una mujer pecadores se acerquen a nuestro Dios Santo y realmente entren en su misma presencia a través de un camino nuevo y vivo que fue hecho posible a través de Jesucristo nuestro Señor. Cuando apreciamos lo que tuvo que hacer Dios para posibilitar esto, uno pensaría que la gente se desesperaría por entrar en su presencia. ¿Por qué no es así? ¿Alguna vez ha entrado usted en la presencia del Dios Santo? Jesús dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6). Vemos este gran versículo del evangelio reflejado en la tienda de la adoración. Dios quiere encontrarse con usted y hacer, de su vida, un tabernáculo para Él. Capítulo 3 El sentido de los sacrificios Ahora que tenemos alguna perspectiva de la tienda de la adoración, estamos listos para estudiar este pequeño Libro de Levítico. En realidad, este libro es simplemente un manual para los sacerdotes, que da instrucciones detalladas sobre cosas como la forma de matar un animal, qué hacer con las entrañas, y todo lo demás. Tal vez no sea tan inspirador como el Salmo 23 o 1 Corintios 13, pero por favor no piense que no puede obtener verdades espirituales o aplicaciones devocionales de Levítico. Este libro contiene hermosas verdades, y quisiera indicarle algunos de sus puntos más destacados.
  • 7. 7 Las secciones Hay que entender que este manual del sacerdote está dividido en varias secciones. Los primeros siete capítulos del libro se centran en los sacrificios. Esta sección indica a los sacerdotes qué hacer exactamente mientras preparan estos sacrificios, pero también nos permite comprender el significado de estos sacrificios. Del capítulo 8 al 10, se centra en los servidores, es decir los sacerdotes mismos. Las instrucciones de esta sección describen qué tipo de personas debían ser los sacerdotes y las normas que debían guardar. Por aplicación, hay muchas verdades devocionales en estos capítulos. El corazón del libro se encuentra del capítulo 11 al 22. Yo llamo a esta sección “la santificación”. La tienda de la adoración y los sacerdotes que oficiaban allí eran la declaración de Dios a todo el mundo de que el pueblo escogido de Dios era un pueblo santo, porque su Dios era santo. El énfasis en estos capítulos es que el pueblo fue escogido para ser diferente. La palabra “santo” significa ‘lo que pertenece a Dios’. Estos sacerdotes debían vivir como un pueblo que, obviamente, pertenecía a Dios. Del capítulo 23 al 25 tenemos lo que llamo “los servicios”. Hay muchos días sagrados en la fe judía, y usted los encontrará documentados en los primeros cinco libros de la Biblia. Dado que los sacerdotes eran quienes debían oficiar durante estos días sagrados y estas ceremonias tan sagradas, necesitaban instrucciones sobre cómo hacerlo. Cuando usted llegue a esta sección de Levítico, hágase esta pregunta: Al instituir un día santo, como Pentecostés, ¿qué quería Dios que los sacerdotes recordaran? Luego hágase esta pregunta: ¿Por qué quería Dios que los sacerdotes recordaran estas cosas? Las aplicaciones Yo llamo a los dos últimos capítulos del Libro de Levítico “la entrega”. Tanto Levítico, Deuteronomio como Josué finalizan con fuertes sermones de aplicación. Todos concluyen con una tremenda exhortación al pueblo de Dios a obedecer las leyes de Dios y ser el pueblo santo que había sido llamado a ser. Habían sido liberados y salvados para ser santos. Las exhortaciones al final del Libro de Levítico hacen que estos últimos capítulos sean muy dinámicos. Moisés decía que tenía un impedimento en el habla, o que no podía pronunciar bien, pero aquí parece haber sido muy elocuente. Aplicaciones devocionales, personales y prácticas Ahora miremos algunas de las bendiciones devocionales que podemos encontrar en Levítico. Comenzaremos por la primera sección: “los sacrificios”. Los primeros siete capítulos del libro contienen algunas hermosas verdades relacionadas con la forma en que los sacerdotes debían ofrecer sacrificios a Dios. Por ejemplo, cuando un pecador iba a la tienda de adoración y quería recibir el perdón, se encontraba en la entrada con el sacerdote. Ese sacerdote le
  • 8. 8 explicaba el significado del sacrificio que estaba por ofrecer el pecador. Además de sus otras responsabilidades, los sacerdotes eran los maestros del pueblo de Dios. Cuando el pecador ofrecía el sacrificio, el sacerdote le indicaba que pusiera su mano sobre la cabeza del animal. Al hacerlo, el animal se convertía en su sustituto. Todo el pecado del pecador se transfería a la cabeza de ese animal. La muerte que merecía el pecador por su pecado era sufrida por el animal y no por el pecador. De aquí viene la expresión “chivo expiatorio”. Ese era el significado de ese sacrificio. Los teólogos denominan a esta práctica la “expiación sustitutoria” cuando aplican este hermoso simbolismo a la muerte de Jesucristo en la cruz por nuestros pecados. También, al leer este libro, descubrirá que hubo veces en que toda la nación pecó y debía haber un arrepentimiento nacional. Cuando se daban cuenta de lo que habían hecho, debían ofrecer un becerro como ofrenda por el pecado. Debían llevarlo al tabernáculo, donde los líderes de la nación pondrían sus manos sobre la cabeza del animal y lo matarían ante el Señor. Luego seguirían el mismo procedimiento como para una ofrenda por el pecado común. De esta forma los sacerdotes hacían expiación por toda la nación. ¿No sería esta una experiencia maravillosa en una nación hoy? El arrepentimiento nacional por el pecado nacional sería un evento maravilloso en cualquier nación. Este evento está establecido en el Libro de Levítico. Estos sacerdotes debían ser hombres ungidos; es decir, debían ser hombres guiados y controlados por el Espíritu Santo. Para ilustrarlo, la sangre del sacrificio se colocaba sobre las orejas, las manos y el dedo gordo del pie derecho de los sacerdotes. Esto le indicaba al sacerdote: “Debes ser un hombre santo. Debes guiar al pueblo a ser santo. Todo lo que oigas, todo lo que toques o hagas con tu mano, y todo lugar adonde vayas, debe ser ungido y controlado por el Espíritu Santo”. En el Libro de Levítico también encontrará una hermosa ilustración de lo que queremos decir cuando señalamos que Moisés escribió sobre Jesús en los Libros de la Ley. En el Nuevo Testamento, cuando Jesús sanaba a los leprosos, siempre les decía: “Muéstrate al sacerdote”. ¿Por qué lo hacía? Porque en Levítico vemos que se les daba esa instrucción a los sacerdotes. Cuando leemos los últimos capítulos de Levítico, encontramos mucho contenido devocional en la magnífica predicación de Moisés. Por ejemplo, él cita las siguientes palabras de Dios: “Si ustedes obedecen todos mis mandamientos, les daré lluvia, cosechas abundantes, árboles cargados de fruta, uvas que todavía estarán madurando cuando vuelva el tiempo de la siega. Se saciarán y vivirán seguros en la tierra, y les daré paz, y dormirán sin temor. Perseguirán a sus enemigos, y ellos morirán bajo la espada de ustedes. Cinco de ustedes perseguirán a cientos, y cien, a mil. Ustedes derrotarán a todos sus enemigos. Andaré entre ustedes y seré su Dios, y ustedes serán mi pueblo” (ver Levítico 26:5-12).
  • 9. 9 También descubrirá en el Libro de Levítico que ciertas cosas están prohibidas, como la homosexualidad. La homosexualidad no encaja en el plan de Dios de tener personas que se convierten en parejas y padres que producen personas que se convierten en parejas y padres. La homosexualidad está prohibida porque el banquete de las consecuencias no es bueno. Moisés es muy directo. Condena la homosexualidad en términos sumamente fuertes. En Levítico, Moisés también condena la brujería, la hechicería, la adivinación y muchas otras cosas. Las leyes de Moisés son severas, porque el pueblo judío debía ser un pueblo santo. La santidad es el resultado final que Dios desea enseñar a su pueblo en el Libro de Levítico. Espero que esta introducción y resumen del Libro de Levítico le permita leerlo por su cuenta y que sea muy bendecido al hacerlo. Recuerde que Levítico era un manual para sacerdotes que les indicaba cómo ser hombres ungidos y santos de Dios que pudieran enseñar al pueblo de Dios cómo ser santo. “Sean santos, porque yo soy santo”, dice el Señor. Ese es el mensaje del Libro de Levítico para usted y para mí. El Libro de Números Capítulo 4 El nivel de decisión El Libro de Números continúa el argumento que comenzó en Génesis, se abrió paso a través de Éxodo y fue interrumpido brevemente cuando Dios dio a Moisés un libro con los planos y especificaciones para construir el tabernáculo en el desierto. Cuando los hijos de Israel fueron liberados milagrosamente de su esclavitud en Egipto, debían cruzar el desierto y entrar en la tierra prometida de Canaán. El Libro de Números nos dice que no fueron directamente de Egipto a Canaán, ¡sino que anduvieron dando vueltas por el desierto durante cuarenta años! Hablando figuradamente, muchos creyentes hoy hacen lo mismo. Han sido liberados del castigo de sus pecados por la sangre de Cristo, pero no viven de la forma que Dios los creó y recreó para que vivan. Están deprimidos, aburridos, disconformes e insatisfechos. No han entrado en la “tierra prometida” de esa calidad de vida que el Nuevo Testamento llama “vida eterna” (Juan 3:15). Jesús dijo: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10). El Nuevo Testamento llama a esta calidad de vida “vida eterna”. La tierra prometida de Canaán es una figura alegórica de esta calidad de vida del Nuevo Testamento para la cual es salvado el
  • 10. 10 creyente. En cambio, este suele dar vueltas en círculos de incredulidad, desilusión y confusión. El Libro de Números nos enseña esa lección alegóricamente al registrar este capítulo de la historia del pueblo hebreo. La muerte de una generación Este libro debe su nombre al hecho de que el pueblo hebreo fue numerado dos veces. Se toma un censo en los primeros tres capítulos de este libro, y otro en el capítulo 26. Entre el primer y segundo censo, vemos la muerte de toda una generación. Debido a su falta de fe, Dios dijo a los israelitas: “La exploración del país duró cuarenta días, así que ustedes sufrirán un año por cada día. Cuarenta años llevarán a cuestas su maldad, y sabrán lo que es tenerme por enemigo. Yo soy el Señor, y cumpliré al pie de la letra todo lo que anuncié contra esta perversa comunidad que se atrevió a desafiarme. En este desierto perecerán. ¡Morirán aquí mismo!” (ver Números 14:29-34). Mientras los israelitas vagaban por el desierto, Dios trató vez tras vez de demostrarles que estaba con ellos. Para darles un fundamento para su fe, realizó milagros para ellos. De esta forma intentó darles la fe para creer que podrían cruzar el río Jordán e invadir la tierra de Canaán. En cambio, salieron de Egipto, cruzaron el Mar Rojo, bajaron del monte Sinaí a Cades Barnea, y luego anduvieron dando vuelta en círculos durante cuarenta años. Se nos dice, en el Libro de Deuteronomio, que solo se necesitan once días para viajar de Egipto a Canaán (ver Deuteronomio 1:2). Diez veces en el desierto Dios realizó milagros espectaculares para ellos, para edificar su fe, pero ellos siguieron marchando en círculos. En muchas ocasiones pecaron tan seriamente que Moisés debía ser sacerdote y profeta a la vez. Subía al monte Sinaí como sacerdote de ellos e intercedía por ellos antes Dios. Su oración era, básicamente: “Dios, por favor perdónalos, por favor perdónalos”. Esto ocurrió diez veces, y diez veces Dios los perdonó (ver Números 14:22). Desde el monte Sinaí, Moisés oró pidiendo a Dios que mostrara paciencia perdonando los pecados de los hijos de Israel. El Señor los perdonó, tal como Moisés se lo pidió, pero dijo: “¿Hasta cuándo oiré esta depravada multitud que murmura contra mí, las querellas de los hijos de Israel, que de mí se quejan? Diles: Vivo yo, dice Jehová, que según habéis hablado a mis oídos, así haré yo con vosotros. En este desierto caerán vuestros cuerpos; todo el número de los que fueron contados de entre vosotros, de veinte años arriba, los cuales han murmurado contra mí” (Números 14:27-29). ¡Qué dolor hubo en todo el campamento cuando Moisés transmitió las palabras de Dios al pueblo! Ellos habían comenzado temprano a la mañana el camino hacia la tierra prometida. Sabían que habían pecado, pero estaban listos para entrar en la tierra que el Señor les había prometido. Pero Moisés les dijo que era demasiado tarde. Como se habían apartado del Señor, ahora Él se había apartado
  • 11. 11 de ellos. Esta historia nos dice, alegóricamente, algo respecto de nuestra relación con Dios. Él perdonó a los hijos de Israel, pero igualmente su pecado le causó un gran dolor. De igual forma, hay más en nuestra vida en Cristo que ser perdonados. Fuimos creados y somos recreados a través de nuestra salvación para glorificar a Dios sirviéndole y entrando en todo lo que Él ha planeado para nosotros. La Biblia dice que hay un propósito para nuestra salvación, y esta experiencia de la nación de Israel vagando por el desierto sin entrar en Canaán nos demuestra la tremenda realidad de que podemos pasar por alto el propósito de nuestra salvación en esta vida. Un nivel de decisión Cuando un piloto aterriza un gran avión, como el Concorde o un Jumbo, llega a un punto en que no puede abortar, sino que tiene dedicarse a aterrizar. Es el punto sin retorno, el “nivel de decisión”. Dios es infinitamente paciente y está lleno de gracia. Pero el capítulo 14 de Números nos dice que existe lo que podríamos llamar un “nivel de decisión” en nuestros viajes de fe. Hay un punto en nuestro caminar con Dios en que decidimos si vamos a hacer o no la voluntad de Dios para nuestra vida. Si bien Dios hará todo lo posible para que podamos ver su voluntad y la obedezcamos, llega a un punto en su relación con nosotros en que nos dejará que nos salgamos con la nuestra, y luego buscará a otro para hacer lo que estaba tratando de que hiciéramos nosotros. Cuando Dios se aleja de nosotros porque nos rehusamos caprichosamente a hacer su voluntad, sufrimos una gran pérdida, porque perdemos la oportunidad de cumplir el propósito, en esta vida, para el cual Dios nos salvó (Efesios 2:8-10). Algunos de los versículos más tristes en este tremendo capítulo 14 de Números son cuando Moisés les dice: “¡Es demasiado tarde ahora! ¡Despójense de sus armas! ¡Ustedes se han apartado de Dios, y ahora Él se ha apartado de ustedes!”. Existe algo que es “la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” para la vida de cada uno de nosotros (Romanos 12:1, 2). El Libro de Números trata sobre hacer la voluntad de Dios para nuestra vida. Cuando lea el capítulo 14 de Números, note que está reflejado ese nivel de decisión donde todos decidimos si vamos a hacer o no la voluntad de Dios para nuestra vida. Nunca es demasiado tarde para decidir que ya no vamos a andar más en círculos, sino que vamos a invadir el “Canaán” que Dios ha planeado para nosotros.
  • 12. 12 Capítulo 5 Alegorías llamativas El Libro de Números está lleno de poderosas metáforas y alegorías. El apóstol Pablo nos dio la clave de la aplicación devocional y personal de los relatos históricos de la Biblia cuando escribió: “Estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos” (1 Corintios 10:11). Esto significa que debemos buscar ejemplos y advertencias cuando leemos los relatos históricos de la Biblia. La palabra que Pablo usa para “ejemplos” se puede traducir como “tipos”, “pequeñas lecciones objetivas” o “alegorías”. Cuando decimos que este libro está lleno de alegorías, no queremos decir que estos sucesos no son sucesos históricos verdaderos. Una alegoría es una historia o un suceso que tiene un significado más profundo que nos instruye moralmente o espiritualmente. La nube de dirección En los versículos finales de Éxodo leemos que, cuando el tabernáculo del desierto –o la tienda de adoración– fue completado y erigido, tuvo lugar un gran milagro. Más adelante, el templo de Salomón fue construido de acuerdo con el mismo modelo de especificaciones que Dios había dado a Moisés para la construcción de esta tienda de adoración en el desierto. El templo de Salomón era un templo de adoración permanente, y fue edificado gloriosamente con materiales lujosos. Cuando ese templo fue dedicado, el Espíritu de Dios, como una nube, también descendió y lo llenó tan poderosamente que los sacerdotes salieron corriendo del templo (ver 1 Reyes 8:10, 11). Cuando Moisés obedeció a Dios y construyó la tienda de la adoración, leemos que hubo un gran milagro: “El día que el tabernáculo fue erigido, la nube cubrió el tabernáculo sobre la tienda del testimonio; y a la tarde había sobre el tabernáculo como una apariencia de fuego, hasta la mañana. Así era continuamente: la nube lo cubría de día, y de noche la apariencia de fuego. Cuando se alzaba la nube del tabernáculo, los hijos de Israel partían; y en el lugar donde la nube paraba, allí acampaban los hijos de Israel. “Al mandato de Jehová los hijos de Israel partían, y al mandato de Jehová acampaban; todos los días que la nube estaba sobre el tabernáculo, permanecían acampados. Cuando la nube se detenía sobre el tabernáculo muchos días, entonces los hijos de Israel guardaban la ordenanza de Jehová, y no partían. Y cuando la nube estaba sobre el tabernáculo pocos días, al mandato de Jehová acampaban, y al mandato de Jehová partían. Y cuando la nube se detenía desde la tarde hasta la mañana, o cuando a la mañana la nube se levantaba, ellos partían; o si había estado un día, y a la noche la nube se levantaba, entonces partían. O si dos días, o un mes, o un año, mientras la nube se detenía sobre el tabernáculo permaneciendo sobre él, los hijos de Israel seguían acampados, y no se movían; mas
  • 13. 13 cuando ella se alzaba, ellos partían. Al mandato de Jehová acampaban, y al mandato de Jehová partían, guardando la ordenanza de Jehová como Jehová lo había dicho por medio de Moisés” (Números 9:15-23). Esta es una hermosa historia de este milagro, que simboliza la dirección divina, la obra milagrosa del Espíritu Santo en nosotros, y su unción sobre nosotros. Más adelante, en el Nuevo Testamento, esa tienda de adoración se convierte en una imagen de nuestros cuerpos, que pasan a ser el templo en el cual vive el Espíritu Santo y donde hace su obra milagrosa de regeneración. El Espíritu Santo nos unge, mora en nosotros y nos llena, tal como hizo en esa tienda de adoración y en el templo de Salomón. Usted podría preguntarse: “Si esta nube guió a los hijos de Israel, y ellos la siguieron obedientemente, ¿por qué no los guió de forma tal que cruzaran el desierto y el río Jordán para entrar a la tierra prometida? ¿Cómo pudieron estar siguiendo la dirección de Dios y no dejar de dar vueltas?”. Hay una verdad importante aquí. Dios da a la criatura que creó libertad de elección. Esto refleja una de las formas más importantes en las que Dios ha creado al hombre a la imagen de su Creador. Él no viola nuestra libertad para elegir. Si tenemos la fe de creer y reclamar todas las bendiciones que Dios tiene para nosotros y aceptamos su voluntad buena y perfecta para nuestra vida, entonces Dios puede guiarnos a nuestra tierra prometida espiritual. Él puede cubrirnos de bendición y guiarnos al centro y al corazón mismo de su voluntad para nuestra vida. Pero, si no creemos, entonces no encontraremos nuestra “tierra prometida” espiritual. Él nos creó como criaturas que pueden elegir y, en cierto sentido, no nos fuerza a hacer nada. Tal vez Él se apoye sobre nosotros como un elefante. Tal vez haga muchas ofertas que no podemos rechazar. A veces, cuando consideramos nuestras opciones, la única cosa razonable para nosotros es entregarnos a Él y a su voluntad. En el Nuevo Testamento, en Hebreos 3 y 4, se nos dice que el pueblo no entró en la tierra prometida por su incredulidad. Esto es lo que podemos aprender de la nube y el fuego que no guió al pueblo directamente por el desierto hacia la tierra prometida. ¿Qué es? Otra verdad que encontramos en el Libro de Números es la historia de la carne y el maná. Dios alimentó sobrenaturalmente a su pueblo con el maná. En hebreo, “maná” significa ‘¿qué es?’. Nunca pudieron definir lo que era, así que lo llamaron “¿qué es?”. Dios los alimentó con “¿qué es?” durante cuarenta años. Se nos dice que el pueblo de Dios se quejaba continuamente a Moisés. “Y la gente extranjera que se mezcló con ellos tuvo un vivo deseo”. Hubo otra gente, aparte del pueblo hebreo, que salió en el éxodo. Eran gentiles, como los etíopes y egipcios, que salieron con ellos. Los egipcios añoraban las buenas cosas de Egipto. Hay una
  • 14. 14 lección aquí para nosotros. “Y los hijos de Israel también volvieron a llorar y dijeron: ¡Quién nos diera a comer carne! Nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde” (Números 11:4, 5). En este contexto, Egipto es un símbolo de nuestra vieja vida de pecado en el mundo. Cuando alguien que ha sido liberado de “Egipto” se da vuelta y dice: “¡Oh, Egipto!”, genera tristeza en Dios. Dios dice a Moisés en este pasaje: “Dí al pueblo que se purifique, pues mañana comerán carne. Diles que Dios ha escuchado sus quejas llorosas sobre lo que han dejado atrás en Egipto”. Ese es el centro del asunto, no la carne. Dios dice que les dará carne hasta que les salga por la nariz. Dice: “Ustedes han rechazado al Señor, y han llorado por Egipto”. Eso es lo importante. Luego de enviarles esta carne, también les envió una plaga. Hizo esto porque este pueblo había añorado la carne y había añorado Egipto. La Biblia dice que Dios nos dará los deseos de nuestro corazón. Esta es una gran consolación, pero también un gran desafío. Los deseos de su corazón, ¿son por cosas espirituales, o son por Egipto? Dios concedió lo que los israelitas pidieron, pero envió mortandad sobre ellos (Salmos 106:15). Esto puede ser, y es, el caso de muchas personas que dicen ser creyentes. Somos criaturas con capacidad de elección. Podemos tener lo que escogemos. Cuando escogemos “el ajo y las cebollas de Egipto”, Dios nos concederá lo que le pedimos, pero enviará mortandad sobre nosotros. Esta alegoría llamativa nos desafía con la pregunta con la que Dios inició su diálogo con nosotros en el huerto del Edén: “¿Dónde estás tú?”. ¿Estás todavía en Egipto? ¿Estás en la tierra prometida? ¿Estás dando vueltas en círculos entre Egipto y Canaán? ¿Estás en Canaán, pero añorando las cosas de Egipto? Los espías (Números 13) Uno de estos sucesos es la historia de cómo los israelitas enviaron doce espías a Canaán. Se les dijo a los espías que hicieran un reconocimiento de la tierra de Canaán para ver si las ciudades estaban protegidas o desprotegidas. También debían averiguar cómo era la gente (muchos o pocos, fuertes o débiles) para saber cuánto les costaría conquistarlos. Cuando volvieron los doce espías, hablaron mucho acerca de la fertilidad de la tierra prometida. Trajeron un racimo de uvas que era tan grande que necesitaba dos personas para llevarlo sobre un palo grueso. También dijeron que las personas eran gigantes, guerreros de fuerte contextura, y que las ciudades de Canaán estaban fuertemente protegidas por muros gigantescos que eran tan gruesos que edificaban casas sobre ellos. Diez de los doce espías eran expertos en “gigantología”. En palabras de una vieja canción espiritual: “Otros vieron gigantes; ¡Caleb vio al Señor!”. Alguien ha señalado que esos doce espías eran como el típico grupo de ancianos, diáconos, administradores o miembros de comisiones o del liderazgo de una iglesia. Dos tienen la fe para invadir Canaán, y diez son “gigantólogos” que se centran en
  • 15. 15 las dificultades. Caleb conocía la fuerza de las ciudades fortificadas de Canaán, pero no tenía miedo. “Entonces Caleb hizo callar al pueblo delante de Moisés, y dijo: Subamos luego, y tomemos posesión de ella; porque más podremos nosotros que ellos” (Números 13:30). A Dios le impresionó tanto la fe de estos dos hombres que estaba dispuesto a cambiar toda una nación –entre un millón y tres millones de personas– por Caleb y Josué. Dijo: “Todos ustedes morirán en este desierto, y yo tomaré a estos dos hombres, Caleb y Josué, y los llevaré conmigo a la tierra prometida, porque me siguieron plenamente y creyeron”. Dios valora mucho la fe. Dos hombres con fe valen más para Él que millones sin fe. Hay una interesante secuela de esta historia. Cuando cruzaron finalmente el río Jordán, cuarenta y cinco años después (Josué 14), los hijos de Israel llegaron a la ciudad de Hebrón. Caleb pensaba que Hebrón era la ciudad más grande que había visto jamás. Él creía que Dios daría a Israel la fortaleza para conquistarla. Moisés estaba tan impresionado por la fe de Caleb que le prometió solemnemente que, cuando fuera conquistada, Hebrón le pertenecería a Caleb. Luego de vagar por el desierto durante cuarenta años, Caleb se presentó ante Josué, que fue el líder después que Moisés murió, y le recordó las palabras de Moisés. Caleb tenía ochenta y cinco años, pero sabía que, con la ayuda de Dios, podría conquistar Hebrón. Josué le dio la ciudad a Caleb, y este la conquistó. Cuando los israelitas de más edad estaban en el desierto quejándose tanto que Dios tuvo que enviar serpientes para que los mordieran, Caleb no quiso participar en su queja. Centró sus ojos en la tierra prometida, y nunca perdió su visión Quejosos y mordeduras de serpientes (Números 21) Dios odia las quejas y las murmuraciones, y lo demostró al enviar serpientes para que mordieran a los quejosos cuando los hijos de Israel comenzaron a murmurar. Luego, cuando muchos de ellos estaban muriendo por las mordeduras, Dios dijo a Moisés que tomara una serpiente de bronce y la pusiera sobre un asta en el centro del campamento. Entonces se proclamó la Buena Nueva en todo el campamento, de que todos los quejosos mordidos por serpientes que fueran al centro del campamento y miraran la serpiente de bronce sobre el asta, serían sanados. Muchos dudaron y cuestionaron que un pedazo de bronce pudiera sanar sus mordeduras. Se hincharon y murieron. Pero otros decidieron que, aun cuando no tenía sentido médicamente, confiar en Dios era la única esperanza que tenían. Se arrastraron –o fueron llevados o arrastrados– al centro del campamento para que pudieran mirar a la serpiente de bronce. ¡Y fueron sanados! Aprendemos la aplicación del evangelio de esta alegoría cuando Jesús pasa una tarde con Nicodemo. Cuando este destacado rabí de Jerusalén dice a Jesús que ha venido a escuchar lo que tiene para decir porque lo han impresionado las cosas que ha visto hacer a Jesús, éste le recuerda a Nicodemo este gran milagro del Antiguo
  • 16. 16 Testamento. Entonces Jesús aplica el milagro a sí mismo. Le dice a Nicodemo que, así como la serpiente fue levantada sobre esa asta, Él sería levantado sobre la cruz. Todos los que miren a su cruz con fe serán salvados de su problema de pecado, así como los quejosos mordidos por la serpiente fueron salvados de sus mordeduras fatales (Juan 3:14-16). Mira y vive ¿Ha mirado usted con fe? ¿Ha mirado a Jesucristo levantado sobre su cruz? ¿Ha puesto su fe y confianza en todo lo que hizo Jesús por usted allí? Él es la única solución para su problema de pecado porque era el único Hijo de Dios cuando murió sobre la cruz por usted. Eso significa que Jesucristo es el único Salvador dado por Dios. Y Él es la única esperanza que tiene usted de encontrar una solución y un Salvador para su eternamente fatal problema de pecado. Capítulo 6 Una roca y una vara (capítulo 20) A medida que continuamos examinando la vida de Moisés, es triste darnos cuenta de que él nunca vio la tierra prometida. Al final, Dios no cambió a toda la nación por Moisés. El pecado de Moisés es uno de los misterios del Libro de Números. El relato dice que el Señor habló a Moisés y le dijo que tomara su vara y reuniera un grupo de personas. Dios le dijo que hablara a la roca, y brotaría agua para las personas y los animales. Si bien Moisés dudó, reunió a las personas, golpeó dos veces la roca con su vara, y brotó el agua. Entonces el Señor habló a Moisés y Aarón: “Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado” (Números 20:12). Hay un par de cosas que podríamos considerar al ver la severidad del castigo de Dios. Primero, ¿quiénes somos nosotros para decir a Dios lo que es justo o correcto? Él es quien define lo que es correcto y justo. Moisés nunca se quejó de su castigo. El Libro de Deuteronomio nos dice que, un día, Moisés quiso hablar de esto con Dios, y Él le dijo: “No me hables más del tema”. Moisés nunca lo volvió a plantear. Segundo, Dios tiene una norma más elevada para los líderes que la que tiene para el pueblo. La Biblia nos presenta muy claramente una norma doble. Cuando usted se hace miembro de una iglesia, hay ciertas normas que debe respetar. Pero una iglesia, según la Biblia, debería esperar más de sus líderes que lo que espera de su comunidad o gente. Dios toma muy seriamente el liderazgo. Moisés estaba en una posición de liderazgo. Lo que podría parecer un pequeño pecado para otros no lo era para él en la posición en la que
  • 17. 17 lo había puesto Dios. Aparentemente, su pecado fue algo así. Primero, Dios había dicho: “Habla a esa roca”. Moisés no habló a la roca, sino que la golpeó, dos veces. Eso era desobediencia. Dios acusó a Moisés de otro pecado más serio. Le había enseñado que siempre estaría con él y que sería quien liberara a su pueblo, y que haría que Moisés fuera el instrumento humano de ese gran milagro. El gran milagro del éxodo tuvo lugar porque Moisés aprendió lo que Dios podía hacer a través de alguien que había aprendido que no era nadie. Moisés pasó cuarenta años en un rincón perdido del desierto aprendiendo secretos espirituales como: “Yo no soy el libertador, sino Él, y Él está conmigo. Yo no puedo liberar a nadie, pero Él puede, y Él está conmigo”. El gran milagro ocurrió porque Moisés pudo decir, cuando ocurrió: “Yo no liberé a este pueblo, sino que lo hizo Él, porque Él estuvo conmigo”. Cuando Moisés preguntó: “¿Os hemos de hacer salir [nosotros] aguas de esta peña?”, no estaba dando a Dios el crédito ni la gloria a la vista de la gente. No estaba dejando en claro ante el pueblo que era Dios quien hacía este milagro. Moisés estaba recibiendo el crédito de la gloria del milagro. Esa fue la parte más seria del pecado de Moisés. La única forma en que podemos ver esto desde la perspectiva de Dios es darnos cuenta de que Dios ha fijado un conjunto de normas que solo Él conoce. Él comparte muchas de estas normas con nosotros, pero debemos recordar que es Dios quien nos enseña a ser justos, y no nosotros quienes enseñamos a Dios. Si lo juzgamos según las normas de Dios, el castigo de Moisés era justo y correcto. Moisés parece haber estado de acuerdo con Dios. A lo largo de todo el éxodo milagroso, la vara de Moisés simbolizaba estos secretos espirituales que Moisés aprendió en la zarza ardiente. En cuanto a nuestra aplicación personal, hay una verdad profunda que podemos aprender del pecado de Moisés cuando golpeó esa roca con su vara. El agotamiento total de Moisés En el capítulo 11 del Libro de Números hay otra historia importante acerca de Moisés. Escuchamos mucho hoy sobre la experiencia llamada “agotamiento”, una expresión usada para personas que llegan a su límite físico, emocional y mental. Aun grandes hombres de Dios se cansaron, y a veces hasta “se cansaron de”. Hay una diferencia entre estar “cansado” y estar “cansado de”. Por ejemplo, en este capítulo de Números, escuchamos a Moisés decir al Señor: “No puedo yo solo soportar a todo este pueblo, que me es pesado en demasía. Y si así lo haces tú conmigo, yo te ruego que me des muerte, si he hallado gracia en tus ojos; y que yo no vea mi mal” (Números 11:14, 15). ¿Se ha sentido así alguna vez? Encuentro que Moisés, Elías, Job, David, Juan el apóstol y muchos grandes hombres de Dios en la Biblia se agotaron de tal forma que dijeron a Dios que querían morir. Las personas piadosas también sufren de agotamiento. La Biblia nos dice que les sucedió a las más grandes personas de Dios que hayan
  • 18. 18 vivido jamás, como Moisés, Elías, Jonás, Job y muchos más. Pero cuando estos hombres de Dios se agotaron de tal forma que pidieron a Dios algo incorrecto –que les quitara la vida–, Dios tuvo piedad de ellos, porque conocía su corazón. Moisés ya sabía que solo Dios podía llevar la enorme carga de hacer su obra sobrenatural, y aprendió otra lección vital a través de su experiencia de agotamiento. Esa lección era que la obra de Dios es un “deporte de equipo”. Se dio cuenta de que, aun cuando Dios hiciera la obra a través de él, no podía llevar la carga de juzgar a Israel por sí mismo. Cuando el agotamiento de Moisés lo hizo darse cuenta de esto, Dios le dio setenta hombres para ayudarlo a llevar la carga. Dios ungió a setenta hombres con el Espíritu Santo, y ellos gobernaron bajo el liderazgo de Moisés. Sin quitarle el liderazgo a Moisés, Dios dividió el trabajo en partes más manejables y colocó a los setenta hombres sobre esas divisiones de trabajo. Quienes egresan de una carrera de Licenciatura en Administración le dirán que los cinco pasos de un ejecutivo exitoso son: analizar, organizar, delegar, supervisar y ... ¡agonizar! Cuando Moisés fue a Dios agotado, Dios le dijo que su alma necesitaba ser restaurada. Le mostró los caminos de justicia que le darían reposo a su alma. Esos caminos eran dejar que Dios hiciera lo que solo Él podía hacer y recordar que la obra de Dios a través del pueblo de Dios es un deporte de equipo. Esa es la forma en que Dios restaura a su gente cuando está completamente agotada. Vivimos en un mundo impaciente, y queremos todo instantáneamente. Dios no suele darnos las cosas al instante. La restauración que vemos en la vida de Moisés fue muy práctica. En vez de arreglar la situación inmediatamente, Dios le mostró cómo organizar y delegar en otros para ayudarlo a llevar la carga. Es asombroso pensar que un hombre tan grande como Moisés pudiera agotarse. Moisés experimentó el agotamiento porque era tan humano como usted o yo. Muchas personas piensan que cuando llegamos a ser discípulos nacidos de nuevo de Jesús ya no somos humanos. Cuando miramos la vida de Moisés, nos damos cuenta de que esto no es cierto. La Biblia está llena de historias de personas reales que lucharon con las mismas tensiones y presiones que nos obligan a descubrir las limitaciones de nuestra débil humanidad. Son ejemplos para nosotros porque hicieron grandes cosas cuando el Espíritu de Dios controló su humanidad. Aplicación Podemos agregar la historia de Moisés a la lista creciente de personajes bíblicos cuyas vidas demuestran el milagro de que Dios se deleita en hacer cosas muy extraordinarias a través de personas ordinarias, porque están disponibles. La experiencia que tuvo Moisés con Dios nos muestra que las personas que usa Dios deben aprender que la mayor capacidad es la disponibilidad. Nuestra mayor capacidad es nuestra disponibilidad para con Dios. En el Libro de Números vemos la grandeza de Moisés, el agotamiento de Moisés y el pecado de Moisés. Dios usó a Moisés porque estaba disponible.
  • 19. 19 ¿Se ha puesto usted a disposición de Dios? Entonces, únase al Club Especial de Dios y dígale: “Lo que sea, donde sea, cuando sea. No me importa lo que hagas de mí. No me importa adónde me lleves. No importa lo que me cueste. ¡Estoy disponible!”. El Libro de Deuteronomio Capítulo 7 Niños que crecen La palabra “Deuteronomio” significa “una nueva exposición de la Ley”. Pero Deuteronomio es algo más que una nueva exposición de la Ley. Este inspirado libro de la ley es, también, una aplicación de la ley de Dios a la segunda generación del pueblo elegido de Dios. El Libro de Deuteronomio es, además, un registro de los grandes sermones que Moisés predicó a Israel antes de cruzar el Jordán e invadir Canaán. El primer pasaje nos ayuda a entender de qué trata este libro. Se nos dice que: “Estas son las palabras que habló Moisés a todo Israel a este lado del Jordán en el desierto, en el Arabá frente al Mar Rojo, [...]. Y aconteció que a los cuarenta años, en el mes undécimo, el primero del mes, Moisés habló a los hijos de Israel” (Deuteronomio 1:1, 3). Como aprendimos en el Libro de Números, los hijos de Israel habían estado marchando por el desierto durante cuarenta años. Habían salido de Gosén, en Egipto, habían descendido al monte Sinaí y a Cades Barnea. Luego, como no habían tenido la fe para invadir Canaán, habían dado vueltas en círculos treinta y ocho años. ¡Toda una generación pereció en el desierto! Finalmente, los hijos de la generación que murió en el desierto tuvieron fe para invadir Canaán. Estaban acampados al este del río Jordán antes de planear el cruce del río y la invasión de Canaán. Con la excepción de Caleb y Josué, toda la generación que vivía cuando fue dada la primera Ley había muerto. Antes de invadir Canaán, Moisés quería asegurarse de que estos hijos oyeran la Palabra que había recibido para ellos y sus padres en el monte Sinaí. También quería desafiarlos a asumir un compromiso solemne de enseñar la Ley de Dios a sus hijos. A veces los creyentes dan vueltas en círculos durante años. Cuando deciden conquistar su “Canaán” espiritual y experimentar la vida en Cristo para la cual Él los salvó, cuando deciden que quieren recibir de Dios todo lo que Él tiene para ellos, están listos para el Libro de Deuteronomio. Este libro está lleno de lecciones para alguien que ha decidido echar otra mirada más seria a su nueva vida en Cristo y consagrarse completamente a Él. Si usted se encuentra en esta situación, entonces el Libro de Deuteronomio es para usted. Otro tema importante en este libro tiene que ver con que la Palabra de Dios se haga real para su pueblo. En uno de sus más
  • 20. 20 importantes sermones, Moisés desafió a los hijos de la generación perdida a asegurarse de que transmitieran su Palabra a sus hijos. El sermón más importante de Moisés Hay quienes piensan que Deuteronomio 6:4-9 es el sermón más importante que Moisés haya predicado jamás. Este pasaje de la Biblia era considerado la confesión de fe básica del judaísmo. He aquí el corazón de ese sermón: “Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas” (Deuteronomio 6:4-9). Hay más cosas, pero este es el corazón del sermón y del Libro de Deuteronomio. Lo que Moisés estaba diciendo a este pueblo, en realidad, antes de cruzar el Jordán e invadir Canaán, era que Dios los había llamado para ser un pueblo que lo amara con todo su ser. A fin de mostrar su amor por Él, debían obedecer su Palabra. Y, para obedecer su Palabra, debían conocerla. Dios quería que sus hijos fueran un pueblo que un día lo amara con todo su ser. Por lo tanto, Moisés les encargó que amaran a Dios con todo su ser, que conocieran y amaran su Palabra, y que transmitieran esos valores a sus hijos. Los cuatro fundamentos de ser padres Lo que Moisés les estaba diciendo, en realidad, era cómo enseñar a sus hijos a ser el pueblo de Dios. La enseñanza que prescribe aquí Moisés descansa sobre cuatro fundamentos. El primer fundamento es la Palabra de Dios. Si los hijos han de amar a Dios, entonces la base de su aprendizaje debe ser su Palabra. La Biblia dice, más adelante: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Proverbios 22:6). Un segundo fundamento sobre el cual se basa este proceso educativo es la responsabilidad. ¿Quién es responsable del cuidado de los niños? Hay quienes piensan que la responsabilidad de la educación de los niños es del gobierno. Miran las escuelas públicas y piensan que el estado debería enseñar a sus hijos lo que necesitan saber. Otros dicen que es responsabilidad de la iglesia. Llevan a sus hijos a la Escuela Dominical cada semana pensando que la iglesia les enseñará a amar a Dios y a su Palabra. Moisés puso la responsabilidad de la educación de los hijos completamente sobre los hombros de sus padres. Les encarga que dejen que la Palabra de Dios more en su corazón y que se lo enseñen a sus hijos. Moisés, lleno de inspiración y con una intención definida, ordena que el padre debe enseñar la Biblia a sus hijos. La Biblia confirma constantemente esta preferencia.
  • 21. 21 Un tercer fundamento sobre el cual descansa el proceso educativo que prescribe Moisés es la relación. Moisés predicó: “Cuando te levantas a la mañana con ellos, cuando te sientes en la casa con ellos, cuando vayas por el camino con ellos, cuando te acuestes por la noche con ellos, enséñales las palabras de Dios” (paráfrasis de Deuteronomio 6:7). Muchos padres piensan que esto no es realista, porque no están en la casa con sus hijos cuando se despiertan o cuando se van a dormir. Es importante que interpretemos nuestra cultura personal a la luz de la Biblia, en vez de interpretar la Biblia a la luz de nuestra cultura personal. En este caso, la Biblia no debería ser interpretada por la agenda que se ha fijado usted para su trabajo. Su agenda de trabajo debería ser interpretada a la luz de estas Escrituras. Este gran sermón de Moisés le está enseñando que debe tener una relación con sus hijos que moldeará la dinámica de su cultura familiar. No hay forma de seguir las instrucciones de Moisés si no tiene una relación con sus hijos. Esa relación es una parte vital del proceso educativo. El cuarto fundamento en el cual está basado el proceso para criar a los niños está basado en lo que yo llamo la realidad. Fíjese que Moisés dijo, palabras más palabras menos: “Deja que estas palabras moren en tu corazón. Tú ama a Dios con todo tu corazón, y luego enseña estas palabras diligentemente a tus hijos”. No olvide esa importante realidad. Nuestros hijos aprenden más de lo que somos y hacemos que de lo que decimos. Jesús dijo: “Muéstrame tus tesoros, y me mostrarás cuáles son tus valores. Muéstrame tus valores, y me mostrarás dónde está tu corazón” (ver Mateo 6:20-22). En lenguaje sencillo, lo que significa esto es: “Muéstrame dónde y cómo gastas tu dinero, cómo usas tu tiempo y energía, y me mostrarás dónde está tu corazón”. Nuestros hijos aprenden más de observar la forma en que vivimos que de escuchar las cosas que les enseñamos acerca de los valores familiares. Lo que enseñamos a nuestros hijos no está en nuestros sermones sobre los valores, sino en cuáles son, justamente, nuestros valores. Los cuatro fundamentos sobre los cuales descansa el gran plan de Moisés para la crianza de los hijos son: la Palabra de Dios, la responsabilidad, la relación y la realidad. Capítulo 8 Recuerdos de milagros Hay un fuerte énfasis a lo largo del Libro de Deuteronomio sobre la importancia de obedecer la Palabra de Dios. Cuando Israel obedeció sus leyes, Dios lo bendijo. Cuando no lo hicieron, no disfrutaron de las bendiciones de Dios. Moisés destaca esto en forma muy elocuente y luego predica que debían obedecer la Palabra de Dios. Una de las palabras clave en este libro es “obedecer”.
  • 22. 22 El propósito principal del primer sermón de Moisés en Deuteronomio fue ayudar a estos hebreos a recordar cómo Dios había obrado en la vida de sus padres, y los milagros que había realizado para ellos. Moisés esperaba que los milagros que Dios realizó en la travesía del desierto para sus padres tuvieran un efecto profundo y permanente en las vidas de esta generación, y que ellos pudieran contar a sus hijos acerca de esos milagros. Moisés también predicó que jamás debían romper su pacto con Dios. Un pacto es un contrato entre Dios y su pueblo. Los términos de ese contrato se estipulan. Si el pueblo no guarda las condiciones del contrato, no hay contrato. Dios no es responsable de bendecirlos si no son obedientes. El capítulo 5 es una repetición de los Diez Mandamientos. Compare la declaración de los mandamientos en el Libro de Éxodo (capítulo 20) con esta nueva declaración de los mandamientos en Deuteronomio. Si compara cuidadosamente estas dos enumeraciones de los Diez Mandamientos, obtendrá una nueva perspectiva de estas leyes de Dios. En la repetición de los mandamientos, Moisés dice a los hebreos que deben tener un corazón dedicado a Dios y obedecer sus mandamientos. Si lo hacen, todo les irá bien en el futuro y con sus hijos a lo largo de todas las generaciones. En el Libro de Deuteronomio, Moisés predicó al pueblo: “Ustedes deben obedecer todos los mandamientos del Señor su Dios, siguiendo sus instrucciones en cada detalle, recorriendo todo el camino que ha preparado para ustedes. Solo entonces vivirán vidas largas y prósperas”. El gran sermón de Moisés, en el capítulo 6, que se ha convertido en la confesión de fe judía básica, es llamado el “Shemá” (que significa ‘Oye’ en hebreo), porque comienza diciendo: “Oye, Israel”. El propósito de este sermón fue desafiar a la segunda generación del pueblo de Dios a trasmitir la Palabra de Dios a sus hijos, la tercera generación de la nación de Israel. En este hermoso sermón de Moisés, encontramos las indicaciones básicas para los padres que crían a sus hijos. El octavo capítulo de Deuteronomio nos da otro elocuente y profundo sermón de Moisés. Este es un sermón sobre la importancia de obedecer la Palabra de Dios. Moisés también nos muestra aquí cómo podemos aprender acerca de la Palabra de Dios. Este gran sermón nos habla de los propósitos de Dios. Dios nos da su Palabra porque quiere que sepamos cómo vivir. Dios nos creó y sabe cómo podemos tener una vida satisfactoria. Jesús vino y dijo: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10). Moisés nos dice, en este gran mensaje, cómo podemos entrar en esa vida abundante (ver Deuteronomio 8:1-14). Moisés predica que la Palabra de Dios tiene que ver con la vida. Si usted quiere comprender la Palabra de Dios, hay al menos dos formas de estudiarla. Usted puede ir a una universidad, seminario o escuela bíblica. También puede estudiar la Palabra de Dios intelectualmente y académicamente, por su cuenta. Pero, según Moisés, esa no es la única forma de estudiar la Palabra de Dios. Si
  • 23. 23 ésta tiene que ver con la vida, entonces otra forma de estudiarla es estudiando la vida. La Palabra nos da perspectiva sobre la vida, y la vida nos da perspectiva sobre la Palabra. Cuando Dios nos deja pasar hambre y sufrir las tormentas de la vida, nos volvemos a Él y nos damos cuenta de que Él es la fuente de la vida y de todo lo que necesitamos para vivir la vida que diseñó para nosotros cuando nos creó. Es a través de los viajes por el desierto y las duras experiencias de la vida que Dios nos hace saber que “no solo de pan vivirá el hombre”. El hombre vive de obedecer cada palabra que Dios le ha dado. Los hijos de Israel no aprendieron la Palabra de Dios en un seminario o en una sinagoga. La aprendieron en el contexto de experiencias de la vida real. Otra lección que deberíamos aprender del octavo capítulo de Deuteronomio es que debemos cuidarnos de los peligros de la prosperidad. ¿Alguna vez se ha dado cuenta de que ser bendecido con la prosperidad puede ser un desafío? Este pueblo escogido había aprendido la Palabra de Dios a través de la dureza de la disciplina de Dios. Cuando fueron castigados por su desobediencia, aprendieron que la Palabra de Dios era la clave de la vida. Moisés ahora les está advirtiendo que deben aplicar lo que aprendieron en tiempos difíciles a sus vidas cuando Dios los bendiga abundantemente: “Nunca olviden las lecciones que aprendieron en sus pruebas y tiempos de prueba. Cuando lleguen a la situación en la que estén prosperando, ése es el momento de tener cuidado”. Una versión del Nuevo Testamento de este mismo mensaje es: “El que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Corintios 10:12). Moisés continúa su gran sermón sobre la Palabra de Dios con un gran sermón sobre la gracia de Dios. Usando la repetición para mayor énfasis, le dice al pueblo cuatro veces que no han sido escogidos por Dios porque sean buenos o se hayan ganado o hayan obtenido el favor de Dios: “Jehová tu Dios no te está dando esta buena tierra porque eres bueno, porque no lo eres. Eres un pueblo malvado y obcecado” (ver Deuteronomio 9:4-6). Esta es una hermosa imagen de la gracia de Dios. La misericordia de Dios nos libra de lo que merecemos. La gracia de Dios derrama sobre nosotros el favor y las bendiciones de Dios que no merecemos. Dios no nos bendice porque seamos buenos. Nos bendice porque Él es bueno y porque nos ama. Eso es lo que significa la palabra “gracia”. Moisés nos da una descripción clara y franca de la gracia de Dios en este gran sermón del noveno capítulo del Libro de Deuteronomio. Usted verá el énfasis en la gracia a lo largo de toda la Biblia, porque la gracia de Dios es el atributo dinámico de Él que encontramos como la fuente de nuestra salvación. La gracia de Dios no se gana ni se logra mediante un desempeño positivo nuestro.
  • 24. 24 Capítulo 9 Más grandes sermones de Moisés Ahora que hemos considerado el gran sermón de Moisés sobre la gracia de Dios, en el capítulo nueve, estamos listos para reflexionar sobre su sermón sobre acerca de nuestra respuesta a la gracia de Dios, en el capítulo 10: “Ahora, pues, Israel, ¿qué pide Jehová tu Dios de ti, sino que temas a Jehová tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que lo ames, y sirvas a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma; que guardes los mandamientos de Jehová y sus estatutos, que yo te prescribo hoy, para que tengas prosperidad? He aquí, de Jehová tu Dios son los cielos, y los cielos de los cielos, la tierra, y todas las cosas que hay en ella. Solamente de tus padres se agradó Jehová para amarlos, y escogió su descendencia después de ellos, a vosotros, de entre todos los pueblos, como en este día. Circuncidad, pues, el prepucio de vuestro corazón, y no endurezcáis más vuestra cerviz” (Deuteronomio 10:12-16). El énfasis aquí es cómo respondemos a la gracia de Dios. Él nos ama aun cuando fallamos. Nada que hagamos podrá jamás ganar su amor, porque su amor no se gana ni se pierde por nuestro desempeño. Nada que haga usted podrá hacer que Dios deje de amarlo. Su amor no es condicional. Este amor incondicional de Dios alimenta su misericordia y su gracia. Eso es lo que significa la palabra “gracia”. La gracia es una espada de dos filos. Corta de dos formas. Primero, nos declara que el amor de Dios y su bendición no están basados en nuestro buen desempeño. Cuando comprendemos lo que es “gracia”, “misericordia” y “amor”, como expresión del carácter de Dios, nos damos cuenta de que no tenemos que preocuparnos por intentar ganar su amor. Él nos amará de todas formas, por la esencia misma de su misericordia, gracia y amor. Usted no puede perder la misericordia, gracia o amor de Dios por un desempeño negativo. Dios no lo ama porque sea bueno, y no dejará de amarlo si es malo. Dios lo ama. Jesús lo ama cuando es bueno, cuando hace las cosas que debe hacer. Jesús lo ama cuando es malo, si bien lo pone muy triste. Pero Jesús lo ama. Ese es el mensaje de toda la Biblia, y ese es el mensaje de Deuteronomio. ¿Cómo responde usted a la misericordia, gracia y amor de Dios? Otra forma de hacer la misma pregunta es: “¿Cuánto ama usted a Dios?”. Una mujer piadosa que vivió en otro siglo dijo: “Prefiero ir al infierno antes de contristar al Espíritu Santo una vez más”. Deberíamos querer agradar a Dios, que nos ama de todas formas, y nunca deberíamos querer herir a este Dios, porque lo amamos. Eso debería motivarnos a purificar nuestra vida de las cosas que le desagradan, y luego a servirlo y expresar nuestra respuesta a su amor en una adoración amorosa y agradecida. Luego de decirnos mucho acerca de la gracia de Dios y nuestra salvación, el apóstol Pablo nos dice: “Os exhortamos también a que no recibáis en vano la gracia de Dios” (2 Corintios 6:1). Así
  • 25. 25 como es un pecado usar el nombre de Dios en vano, también es un pecado recibir su gracia en vano. Si Dios nos ama y derrama bendiciones sobre nosotros por su gracia, y nunca hacemos nada con esa gracia, estamos cometiendo el pecado de tomar el nombre del Señor en vano. El gran sermón de Moisés en el capítulo 10 nos advierte que nunca debemos recibir la gracia de Dios en vano. A esto le sigue un sermón sobre el tema de la apostasía (capítulo 13). Apostasía significa ‘quitarse o retirarse de una posición que uno ha tomado respecto de Dios’. Moisés dijo a este pueblo elegido que si su hijo, su hija, su esposa o aun su mejor amigo intentaran alejarlos de Dios, deberían matar a esa persona y no tenerle compasión. Les dijo que si llegaban a una ciudad apóstata debían destruirla. Esto suena muy severo, pero si estudia los resultados de la apostasía –el cautiverio babilonio, el cautiverio asirio–, verá por qué Dios fue tan severo cuando mostró a Moisés cómo tratar con el problema de la apostasía. Moisés también predicó un sermón sobre el diezmo (14:22- 28). La palabra traducida “diezmo” significa, en hebreo, ‘décima parte’. Se nos ordena que demos a Dios la décima parte de todo lo que tenemos. El diezmo nos enseña que siempre debemos poner a Dios en el primer lugar en nuestra vida. Dios no necesita el diez por ciento de nuestros ingresos. Dios ordenó la ley del diezmo porque esta es una forma en que podemos medir nuestro compromiso con Él. La verdad importante que Dios nos enseña a través del diezmo se aprende cuando entendemos que el diezmo era la primera décima parte de todo lo que el pueblo elegido ganaba o recibía al cuando Dios proveía para sus necesidades. Dios sabe si es el primero o no en nuestra vida, pero a veces no lo sabemos nosotros. Por eso Dios ordenó que demostráramos que Él es el primero en nuestras prioridades dándole la primera décima parte de todo lo que recibimos. Dios quiere la primera décima parte. Cuando los hebreos entraron en la tierra de Canaán, la primera ciudad que conquistaron fue Jericó. Todo el botín de esa ciudad fue para Dios, porque fue la primera ciudad conquistada. Hay dos palabras que expresan la esencia de los libros, capítulos y versículos de la Biblia. Esas dos palabras son: ¡DIOS PRIMERO! Poner a Dios en el primer lugar siempre no es fácil, pero no es complicado. Nosotros complicamos lo sencillo, y Dios simplifica lo complicado. Complicamos lo que significa poner en el primer lugar a Dios porque no lo queremos poner en el primer lugar. El diezmo nos ayuda a confrontarnos con la realidad y medir hasta qué punto Dios está primero en nuestra vida. En el capítulo 15 de Deuteronomio, Moisés nos da un gran sermón sobre la importancia de la caridad hacia los pobres. Hay un énfasis muy fuerte en la caridad en la Ley de Moisés y en el Antiguo Testamento. Moisés ordena diversas formas en que los diezmos del pueblo de Dios debían ser distribuidos. Debían ser dados a los levitas, que es la base bíblica para un clero pago. Debían dedicarse al extranjero de la tierra que estuviera sufriendo. A los hijos de Israel
  • 26. 26 también se les ordenó que dieran a las viudas y a los huérfanos que estaban entre ellos. Cuando Moisés habló al pueblo elegido acerca de la caridad, les dijo: “Ustedes son un pueblo obcecado y de dura cerviz”. Les advirtió que no debían quejarse por tener que compartir con los necesitados (ver 15:1-11). Él predicó que siempre habría pobres entre ellos, y esta es la razón por la que ese mandamiento era necesario. Como profeta, Moisés predicó la Palabra de Dios, como un gran predicador. También predijo al hablar la Palabra de Dios. Israel no tenía rey, y no tendría un rey por unos 500 años. Leeremos los detalles sobre cómo llegarían a coronar a su primer rey cuando estudiemos el Libro de Primera de Samuel. Pero Moisés dijo a los hijos de Israel que Dios un día les concedería su deseo y les daría un rey. Luego escribió proféticamente un mandamiento en sus inspirados libros de la ley: cuando lo tuvieran, su rey debía copiar las leyes del libro guardado por los sacerdotes levitas y leerlo cada día de su vida, para que pudiera aprender a respetar al Señor y a obedecer sus mandamientos. Esta lectura regular de la Palabra de Dios impediría que sintiera que era mejor que el resto de la gente. También le impediría alejarse de las leyes de Dios, y le daría un reinado muy largo. En su primer salmo, de David describe al hombre bienaventurado como aquel que medita en la ley de Dios de día y de noche. Luego nombra todas las bendiciones de este hombre porque se deleita en la Palabra de Dios y sigue el consejo que encuentra en ella. Dado que David fue el segundo rey de Israel, tuvo que obedecer este mandamiento profético de Moisés. Las bendiciones del hombre bienaventurado que describe David en ese primer salmo son como una autobiografía espiritual de la vida de David. Las razones que dio Moisés para prescribir este mandamiento se cumplieron, obviamente, en la vida de David. En el capítulo 18 de Deuteronomio, hay un fuerte sermón de Moisés contra el ocultismo. Moisés usa palabras muy contundentes, para dejar en claro que Dios no está de acuerdo con personas como los adivinos y los médium. El sermón dice: “Cuando entres a la tierra que Jehová tu Dios te da, no aprenderás a hacer según las abominaciones de aquellas naciones. No sea hallado en ti quien haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique adivinación, ni agorero, ni sortílego, ni hechicero, ni encantador, ni adivino, ni mago, ni quien consulte a los muertos. Porque es abominación para con Jehová cualquiera que hace estas cosas, y por estas abominaciones Jehová tu Dios echa estas naciones de delante de ti. Perfecto serás delante de Jehová tu Dios. Porque estas naciones que vas a heredar, a agoreros y a adivinos oyen; mas a ti no te ha permitido esto Jehová tu Dios” (18:9-14). Alguien dijo que hay más cosas entre el cielo y la tierra que lo que los hombres han soñado jamás. Note que la Biblia no dice que estas cosas no existen. Nos dice que nos mantengamos alejados de ellas. Hay espíritus en el mundo espiritual que no son santos ni son de Dios. Cuando uno se involucra con la adivinación, los brujos y
  • 27. 27 todas estas cosas, uno está tratando con un espíritu que no es de Dios. Dios, por lo tanto, a través de Moisés, prohíbe enérgicamente a su pueblo que se involucre en el submundo de los espíritus que no son de Dios. La fundamentación de esta prohibición de Dios, a través de Moisés, es que tenemos el Espíritu de Dios para guiarnos al mundo de los espíritus celestiales. Por lo tanto, es un pecado que pidamos a quienes tratan con el mundo espiritual negativo que nos guíen, nos dirijan o nos den poder de alguna forma. Hay un gran sermón en el Libro de Deuteronomio sobre el Profeta Mesiánico. Moisés dijo: “Un día, un profeta vendrá a este mundo. Cuando ustedes estuvieron en el monte de Sinaí y Dios les entregó la Ley, le dijeron –a través de mí–: ‘Oh, no queremos que Dios nos hable. No soportamos la voz de Dios’” (ver Deuteronomio 18:15-17). Moisés dijo a la nación de Israel que Dios había escuchado su oración y enviaría un profeta al mundo a través de quien Él hablaría. Dios les dio una palabra escrita milagrosamente, pero quería hablar con ellos más allá de esa palabra escrita. En su misericordia y amor por ellos, Dios quería hablarles a través de un Profeta muy especial. Ese profeta sería el Mesías, que sería su Profeta, Sacerdote y Rey. Hay algunos grandes sermones en el capítulo 19 sobre la pena de muerte. El pasaje no está centrado en el criminal y la vergüenza de matar a una persona. En la inspirada declaración de Moisés sobre la pena de muerte, el énfasis está en las víctimas de ese criminal. Este pasaje nos dice que la pena de muerte quitará el mal de Israel. Se encuentra un gran sermón sobre la fe en el capítulo 20. Gedeón aplicará este pasaje al liderar un ejército contra los madianitas que habían conquistado Israel (ver Jueces 7:1-7). "Cuando luchen contra ejércitos que son mayores que el de ustedes, su única esperanza es que Dios estará con ustedes. Lo que necesitan es fe para atacar a esos ejércitos” (ver Deuteronomio 20:1). Vemos el concepto de la gracia demostrado frecuentemente en el Libro de Deuteronomio. También encontramos el concepto de la redención. La ley del levirato de Deuteronomio 25 es una imagen hermosa de nuestro Salvador, Jesucristo. La primera vez que encuentra la palabra “redentor” o “redención”, son términos legales. Pero si usted entiende el significado legal de la redención, entonces entenderá la redención cuando el Antiguo y el Nuevo Testamento aplican el concepto a la muerte de Jesucristo en la cruz. Este pasaje, en el capítulo 25, que nos da la ley del levirato, es la llave que abre el significado y la aplicación del Libro de Rut. Al final de los Libros de Deuteronomio, Levítico y Josué, usted encontrará un gran mandato de obedecer la Palabra de Dios. De nuevo, este es el punto principal de Deuteronomio. Algunas de las más grandes predicaciones que el mundo ha escuchado están basadas en los últimos capítulos de Deuteronomio, donde Moisés prometió la bendición de Dios sobre el pueblo hebreo si obedecía la Palabra de Dios, y lo contrario si no lo hacía. Moisés concluye este sermón
  • 28. 28 dinámico diciendo: “Os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia” (Deuteronomio 30:19). El Libro de Josué Capítulo 10 Posee tus posesiones El Libro de Josué es, en ciertas formas, lo contrario al Libro de Números. Números es una historia de incredulidad en la que el pueblo pereció como consecuencia de su falta de fe. El Libro de Josué trata de la fe, el tipo de fe que conquista y posee todo lo que Dios quiere para su pueblo. Cuando estudiamos el Libro de Éxodo, aprendimos que el nombre –éxodo– significa ‘el camino de salida’ de la cruel esclavitud egipcia. Este primer libro de historia podría ser llamado “Éisodo”, porque trata de ‘el camino de entrada’ a la tierra prometida de Canaán (ex = fuera; eis = dentro). El tema del Libro de Josué es “posee tus posesiones”. El nombre Josué es el mismo que Jesús. Jesús es la forma griega de decirlo. Josué –o Yeshúa– es la forma de decirlo en hebreo. El nombre significa ‘salvador’ o ‘Jehová salva’. En su nombre, este gran líder es una imagen de Cristo, porque guía a su pueblo a la tierra prometida de la bendición espiritual. La palabra clave en nuestra salvación de nuestro “Egipto espiritual” es “creer”. La palabra clave para entrar en la tierra prometida de la bendición espiritual de Dios es “obedecer”. Cuando hablamos de obediencia, hablamos de fe. La palabra “fe” significa compromiso, el tipo de compromiso que obedece. Josué tenía cuarenta años cuando ocurrió el éxodo. Recuerde que Josué y Caleb fueron los únicos dos sobrevivientes del deambular por el desierto porque trajeron un informe bueno cuando fueron enviados a Canaán como espías. Dios vio su fe como algo que merecía una gran recompensa. Josué tenía ochenta años cuando recibió las órdenes de guiar al pueblo a la tierra de Canaán y conquistar las siete poderosas naciones que la estaban defendiendo. No recibió sus órdenes directamente de Dios, sino de Moisés, un hombre de Dios que conocía a Dios y conocía a Josué. La relación entre Moisés y Josué es un gran modelo para la relación entre Pablo y Timoteo, que es tan importante para preparar líderes para el pueblo y la obra de Dios (ver 2 Timoteo 2:2). Josué tenía 110 años cuando murió. Era un hombre de fuerza, lealtad y de una gran fe. Cuando observamos a Dios trabajar a través de un líder profeta-sacerdote, vemos un cambio que es importante cuando llegamos a liderazgo de Josué. Moisés recibió la Palabra de Dios sobre el monte de Sinaí directamente de Dios, así como recibió sus
  • 29. 29 órdenes en la zarza ardiente directamente de Dios. Pero ahora leemos que a Josué se le dice que medite en la Palabra escrita, la Palabra que ya había sido dada por Dios a Moisés. Como los reyes de Israel que lo seguirían, a Josué se le ordena que medite en la Palabra de Dios, día y noche, y que obedezca estos mandamientos de Dios. Cuando los hebreos estaban a punto de cruzar el río Jordán e invadir Canaán, Dios les dijo: “Yo os he entregado, como lo había dicho a Moisés, todo lugar que pisare la planta de vuestro pie” (Josué 1:3). Toda la tierra les había sido dada, y en cuando a la propiedad, era toda de ellos, pero no en cuanto a la posesión. La ley de la posesión era que cada metro cuadrado de la tierra de Canaán sobre el cual ponían el pie era lo que se les había dado, ni más ni menos. Así ocurre con nuestras bendiciones espirituales. Hay muchas bendiciones espirituales que están disponibles para nosotros hoy: la oración, la Biblia misma, la comunión, la adoración. Y Dios las da a cada creyente. Pero algunos creyentes poseen esas bendiciones y otros, no. La clave es muy práctica. Hay que posar el pie sobre ellas. Uno posee la oración orando; posee la Biblia leyéndola, entendiéndola y aplicándola; uno posee sus bendiciones espirituales de un metro cuadrado, de un paso por vez. Muchos estudiosos dicen que el Libro de Efesios es al Nuevo Testamento lo que el Libro de Josué es al Antiguo Testamento. Efesios nos habla de las bendiciones espirituales que tenemos en Cristo, y que podemos entrar en Cristo y poseer todas esas bendiciones espirituales. El versículo clave de Josué es Josué 1:3. El versículo clave de Efesios es Efesios 1:3, que es muy parecido al versículo clave de Josué: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo”. Dios nos ha dado el título a todas las bendiciones espirituales que nos ha entregado, pero debemos llegar adonde están y poseerlas. En el Libro de Josué, esas bendiciones son la tierra prometida. En el Libro de Efesios, están en Cristo. Si queremos poseer esas bendiciones espirituales, debemos encontrarlas morando en Cristo. Debemos llegar al lugar celestial, porque es ahí donde están. El Libro de Josué nos enseña que podemos entrar en la “tierra prometida” de la bendición de Dios por fe. Pablo nos dice lo mismo cuando escribe su inspirada carta a los efesios. Hay otros autores del Nuevo Testamento que escriben sobre la “tierra prometida” espiritual. Fíjese en la versión de Pedro de dónde y cómo nos apropiamos de nuestras posesiones espirituales: “... todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia” (2 Pedro 1:3). Pedro no sabía leer ni escribir (2 Pedro 5:12; Hechos 4:13). Su énfasis estaba en conocer a Dios. No era un erudito, pero era un gigante espiritual; él conocía a Dios. Y nos dice que la fuente de todas las bendiciones espirituales que Dios nos ha dado es una relación con Él (2 Pedro 1:3). Según Pedro, Dios ya nos ha dado todas las cosas que necesitamos para vivir una vida piadosa. Pero,
  • 30. 30 para apropiarnos de nuestras posesiones espirituales, debemos reclamarlas en un conocimiento relacional de Dios. Los dos grandes líderes de la iglesia del Nuevo Testamento concuerdan entre sí y con Josué en que tenemos el título de propiedad que dice que somos dueños de todas las bendiciones espirituales que necesitamos. Pero debemos poseer esas bendiciones espirituales, de un paso por vez, en nuestra relación con Dios y con Cristo. Josué dice que lo tenemos todo, Pedro dice que lo tenemos todo, Pablo dice que lo tenemos todo. Entonces, ¿por qué no lo poseemos realmente todo? Estos grandes hombres de Dios están todos de acuerdo en que es porque no entendemos que el puente de la fe salva la brecha entre todo lo que Dios nos ha dado y nuestra capacidad para poseer lo que Él nos ha dado. Por eso Dios nos dio el Libro de Josué. En Josué encontramos dieciséis grandes ilustraciones de la fe. Cuando Dios quiso que supiéramos acerca de la fe en el Libro de Génesis, nos dio doce capítulos que nos hablan del hombre Abraham. La fe debe de ser muy importante para Dios, porque el propósito de todo el Libro de Josué es mostrarnos cómo vivir por fe, y cómo caminar por fe hacia todas las bendiciones espirituales que Él nos ha dado. El Libro de Josué habla de la tierra de Canaán. Es necesario entrar en esta tierra de Canaán. Debe ser conquistada de una ciudad por vez, de una nación por vez. Pero el mensaje espiritual y devocional de Josué no trata, en realidad, de un lugar geográfico, sino de poseer nuestras posesiones espirituales por fe. La tierra de Canaán ilustra el propósito de la salvación de esta nación especial. Dado que la palabra “salvación” significa ¿liberación?, la liberación de Egipto es una alegoría de nuestra salvación. Nuestra salvación viene de creer que Jesucristo es el único Hijo de Dios y nuestro único Salvador. Cuando depositamos nuestra fe en Él, Él nos libra de nuestros pecados, o nuestro “Egipto espiritual”. La invasión y conquista de Canaán ilustra la calidad de vida que Dios ha ideado para el pueblo que ha experimentado su salvación de la dimensión de “Egipto” de su vida. El apóstol Pablo nos dice que Dios nos salva por gracia, por medio de la fe. Según Pablo, nuestra salvación no es por ninguna realización propia. Es un don de Dios, y no el resultado de nuestras buenas obras. Sin embargo, Pablo también escribe que somos salvados para buenas obras, que Dios ha predeterminado para nosotros. Él quiere que andemos en esas buenas obras. Esas buenas obras son el propósito de nuestra salvación en esta vida y forman parte de la “tierra prometida” espiritual que nuestro amoroso Dios quiere que poseamos, de un metro cuadrado por vez. La salvación es más que un boleto de ida para el cielo. Hay un propósito presente para nuestra salvación: nuestro “Canaán” espiritual aquí en la tierra. La razón por la que no poseemos nuestras posesiones espirituales podría ser que no sabemos cómo hacerlo. Por eso Dios nos dio el Libro de Josué. Dios nos dio este primer libro de
  • 31. 31 historia del Antiguo Testamento para mostrarnos la calidad de fe a través de la cual podemos poseer nuestras posesiones espirituales. Capítulo 11 Un panorama de la fe El Libro de Josué es el relato de la conquista de la tierra de Canaán. Al estudiarlo, veremos un “panorama de la fe”. Cuando leemos el Libro de Josué, se nos da una buena idea de cómo poseer nuestras bendiciones espirituales. Capítulo tras capítulo nos dan ejemplos y advertencias que nos muestran lo que es la fe y lo que no es la fe. En estos capítulos, se intercalan advertencias sobre los peligros de “el mundo, la carne y el diablo”. Lo primero que vemos en el Libro de Josué es lo que podríamos llamar “una transición de fe”. Vemos una transición del liderazgo de Moisés a Josué cuando leemos: "Aconteció después de la muerte de Moisés siervo de Jehová, que Jehová habló a Josué hijo de Nun, servidor de Moisés, diciendo: Mi siervo Moisés ha muerto; ahora, pues, levántate y pasa este Jordán, tú y todo este pueblo, a la tierra que yo les doy a los hijos de Israel. Yo os he entregado, como lo había dicho a Moisés, todo lugar que pisare la planta de vuestro pie. Desde el desierto y el Líbano hasta el gran río Éufrates, toda la tierra de los heteos hasta el gran mar donde se pone el sol, será vuestro territorio. Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé. Esfuérzate y sé valiente; porque tú repartirás a este pueblo por heredad la tierra de la cual juré a sus padres que la daría a ellos. Solamente esfuérzate y sé muy valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la ley que mi siervo Moisés te mandó; no te apartes de ella ni a diestra ni a siniestra, para que seas prosperado en todas las cosas que emprendas. “Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien” (Josué 1:1-8). En los primeros capítulos del Libro de Josué vemos lo que podríamos llamar las “perplejidades de la fe”. Al crecer en nuestra comprensión de la fe, no debemos afligirnos cuando nos encontramos con problemas que plantean preguntas que desafían nuestra fe. Si pudiéramos eliminar todos los problemas y obstáculos que plantean estas preguntas de la fe, eliminaríamos la necesidad de la fe misma. Rahab, el personaje del capítulo 2 de Josué, plantea problemas y preguntas sobre la fe para muchas personas. Dos espías judíos llegaron a su casa, y ella los ocultó. Cuando los hombres del rey de Jericó llegaron en busca de los judíos, ella los envió en otra dirección. Dios la bendijo por esto. Leemos en el gran capítulo de la fe de la Biblia que Rahab es una heroína de la fe porque mintió.
  • 32. 32 Si usted considera más detalladamente la historia, verá que Rahab no se presenta como un ejemplo de fe porque haya mentido. En el capítulo de la fe leemos: “Por la fe Rahab la ramera no pereció juntamente con los desobedientes” (Hebreos 11:31). Cuando los espías judíos fueron a su casa, ella les dijo: “Sé que Jehová os ha dado esta tierra; porque el temor de vosotros ha caído sobre nosotros, y todos los moradores del país ya han desmayado por causa de vosotros” (Josué 2:9). Los espías hebreos hicieron un pacto con ella y prometieron perdonarle la vida. ¿Por qué fue salvada? Su fe la salvó. Ella creía que el pueblo hebreo era el pueblo de Dios, y que su dios era el Dios verdadero y vivo. Rahab pasó a ser parte del pueblo de Dios porque tuvo fe. En el capítulo 3 usted encontrará “la afirmación de la fe”. Cuando Dios intenta darnos la fe para entrar en el Canaán espiritual, a menudo prueba nuestra fe para alentarnos. Vemos esto en la vida de Gedeón, que puso un vellón al que Dios respondió. David nos dice: “Por Jehová son ordenados los pasos del hombre, y él aprueba su camino” (Salmos 37:23). Eso significa que, cuando damos pasos de fe, Dios los bendice y los confirma. En este capítulo, Dios se demostró a sí mismo ante Josué y demostró al pueblo que la bendición de Él había estado sobre su líder, Josué, así como estuvo sobre Moisés. También realizó esos milagros para fortalecer la fe de ese pueblo. El propósito de estos milagros fue mostrarles que Dios estaba con ellos y que, cuando atacaran las fuertemente fortificadas ciudades de Canaán, como Jericó, Él los bendeciría con la victoria. En el capítulo 4, los hijos de Israel edificaron “un altar de fe”. Al cruzar el río Jordán, aun cuando estaba inundado, las aguas se partieron y ellos cruzaron sobre tierra seca. Cuando cruzaron se les ordenó que construyeran una columna de rocas, un recuerdo de este gran milagro, para que sus hijos nunca se olvidaran de lo que Dios había hecho por ellos cuando tuvieron la fe de cruzar el río Jordán. En el capítulo 5 vemos los “requisitos previos de la fe”. Antes que el pueblo de Israel invadiera Canaán, se les ordenó que circuncidaran a cada varón de entre ellos. La segunda generación de varones nunca había sido circuncidada. Recordemos que la primera generación murió en el desierto. Esta historia es un hermoso ejemplo de las condiciones de la fe auténtica. Antes de poder entrar en la tierra prometida de la bendición de Dios, usted debe preguntarse si hay algún pecado en su vida. ¿Hay algún pecado en su vida del que necesita apartarse? Cuando estudiamos el Libro de Génesis, aprendimos que muchos que profesan ser creyentes eluden el altar del arrepentimiento que Abraham construyó cuando su vida era una definición viva de la fe para nosotros. Nunca han permitido que Dios trate con el pecado de su vida. Simplemente, si esperamos que Dios bendiga nuestra vida, antes, debemos arrepentirnos del pecado que hay en ella. De eso se trata el mandato de circuncidar la población masculina. Es un símbolo que expresa externamente el compromiso
  • 33. 33 interior de la fe de nuestro corazón. El significado de la circuncisión que encontramos en el Antiguo Testamento se parece mucho al significado del bautismo que encontramos en el Nuevo Testamento. En el capítulo 5 de Josué, también encontrará “una comisión de fe”. Esto se encuentra al final del capítulo. Josué había dado la orden de que ninguno de sus soldados sacara su espada. Un ejército acampado al este del Jordán en oscuridad total podía ser infiltrado y atacado fácilmente por un enemigo. Por lo tanto, solían dar la orden: “No desenvainen sus espadas”. Si veían a alguien con la espada descubierta, sabrían que era el enemigo y podrían reaccionar rápidamente. Josué salió para caminar, a la medianoche el día anterior a la batalla de Jericó, y vio a un hombre con su espada desenvainada. Josué lo desafió: “¿Eres amigo o enemigo?”. La respuesta fue: “¡Soy Príncipe del ejército de Jehová!”. Leemos que Josué cayó a tierra ante este hombre, lo adoró y le dijo: “¿Qué dice mi Señor a su siervo?”. El Príncipe le dijo: “Quita el calzado de tus pies, porque el lugar donde estás es santo”. Leemos: “Y Josué así lo hizo” (Josué 5:14-16). Según el capítulo 6 del Libro de Josué, el plan de batalla que Josué recibió del Señor la noche anterior a la batalla era que toda la población de Israel debía salir de su campamento, marchar directamente al muro de la ciudad y luego marchar alrededor de la ciudad de Jericó. Debían hacer esto una vez al día durante seis días. El séptimo día debían marchar alrededor de la ciudad siete veces. Se les ordenó que marcharan alrededor de esa ciudad un total de trece veces. La ciudad estaba protegida por un muro que era tan grueso que había casas construidas sobre el muro. Las personas que defendían la ciudad ponían a mujeres y personas enfermas, que no podían cargar armas, sobre el muro, con brasas ardientes, rocas o prácticamente todo lo que pudieran arrojar sobre la cabeza de los atacantes. Un gran general, llamado Abimelec, fue avergonzado al acercarse demasiado al muro cuando estaba atacando una ciudad. Una anciana arrojó una gran piedra de molino sobre su cabeza. Con su cráneo aplastado, Abimelec dijo a su escudero: “Saca tu espada y mátame, para que no se diga de mí: Una mujer lo mató” (ver Jueces 9:52-54). Esto se convirtió en un lema para los militares israelíes: “Nunca se acerquen al muro de la ciudad. ¡Recuerden a Abimelec!”. Sin embargo, ¡Dios estaba diciendo a Josué que llevara todo su pueblo hasta el muro mismo de la ciudad de Jericó y que marchara alrededor de él! Esta fue la primera campaña militar de Josué, y seguramente estaba ansioso por demostrar sus dones como estratega militar. Pronto demostraría que era un brillante estratega militar. Este plan de batalla era ridículo, y lo hacía aparecer como muy tonto. Josué implementó cada detalle de este plan porque sabía una cosa de este plan, y era todo lo que necesitaba saber: ¡era el plan de Dios! Todo el tiempo que marchaban alrededor de los muros de Jericó, se les ordenó que no dijeran una sola palabra. El pueblo de
  • 34. 34 Jericó debe haberse llenado de temor, porque no dejaron caer nada sobre los israelitas. Luego de marchar alrededor de la ciudad siete veces en ese séptimo día, Josué se dirigió al pueblo y ordenó: “¡Griten!”. El Libro de Hebreos dice que los muros de Jericó cayeron por fe. Josué hizo lo correcto al guiar esa procesión de todo el pueblo de Israel alrededor de esos muros de Jericó. Eso requería fe. Necesitó fe para exponer a todas esas personas a todo lo que estaba sobre el muro, una vez al día durante seis días, y luego siete veces el séptimo día. La batalla de Jericó nos muestra la clase de fe que hace posible que entremos en nuestra “tierra prometida” y vivamos como personas piadosas. Ese tipo de fe es práctico. Es una fe que camina. La fe de Josué, que caminó alrededor de Jericó trece veces, no es un misterio. Esa calidad de fe es simplemente obediencia. Una fe que “camina” es una fe que obra. La fe que caminó y obró ese día fue una fe que ganó la batalla de Jericó para Josué y el pueblo de Israel. Ese calibre de fe puede obrar y ganar las batallas de usted en la vida hoy. ¿Es su fe esa clase de fe? Algunas personas piensan que no deben poner su fe en acción hasta que entiendan todo en su mente. Pero Jesús enseñó a sus seguidores a entregarse a la acción primero, y les prometió que la afirmación intelectual vendría después. Dijo: “El que quiera hacer, [...] conocerá” (Juan 7:17). Primero (al principio) camine alrededor de Jericó trece veces, y luego descubrirá una fe que obra y gana. El rey David escribió: “Hubiera yo desmayado, si no creyese que veré la bondad de Jehová en la tierra de los vivientes” (Salmos 27:13). Hay quienes piensan que hay que “ver para creer”, o que el ver conducirá al creer. Pero la Palabra de Dios nos enseña que el creer lleva a ver. Vemos este modelo prescrito para la fe reflejado alegóricamente en la batalla de Jericó. Dios sigue encomendándonos sus planes para nuestra vida. A veces, su encargo para nuestra vida probará nuestra fe como probó la fe de Josué en el plan de batalla de Jericó. Si usted conoce a Dios lo suficiente, sabe que su encargo no lo llevará donde su gracia no lo pueda guardar. Si sabe que Dios lo guía a hacer algo, hágalo (ver Juan 2:5). El Libro de Josué nos enseña que la fe es práctica. Cuando camina, obra; y, cuando obra, gana las batallas de la vida. Capítulo 12 Los enemigos de la fe Luego de la derrota de Hai, leemos que Josué se postró en tierra en una oración ferviente. Dios respondió la oración de Josué con una pregunta: “¿Por qué clamas a mí? ¡Israel ha pecado!”. Cuando vemos las evidencias de la gloriosa realidad de que Dios está con nosotros, esa evidencia nos da valentía para continuar, y nuestra fe crece al hacerlo. Pero, cuando está claro que Dios no está con