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Nunca vio su cara

Relato corto de Ángeles Caso

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Nunca vio su cara

  1. 1. Nunca vio su cara Ángeles, CasoAbrió los ojos y miró con miedo a su alrededor. Estaba oscuro ytuvo que incorporarse para ver mejor. Pero un fuerte dolor en lostobillos se lo impidió. Entonces no le quedó más remedio quecomprender: estaba atado. Atado con cadenas, como si fuera algo,peor que un animal. Y le fue preciso recordar: había salido con losdemás de caza. Cantos, risas y el silencio súbito ante la intuición dela presa próxima. Luego, aquella avalancha imprevista, gritos,golpes, el dolor, la oscuridad...Los ojos se le llenaron de lágrimas de espanto. Junto a él, decenas deojos amigos lloraban en silencio de espanto.Abrió los ojos y sonrió. Le gustaba despertarse así, con la música del laúdque la esclava tocaba con tanta suavidad como alegría. Comenzaba unalarga jornada en la que no tendría casi nada que hacer, como durante las5.915 vividas hasta entonces y anotadas en el cuadro de marfil que suabuela le había regalado en su nacimiento. Tan sólo jugar con sus primas yhermanas, escuchar alguna lectura, dejarse bañar y arreglar por lasesclavas y de cuando en cuando, ir al palacio del abuelo. Eso era todo. Casinada que hacer y pensar demasiadoLe separaron de los demás. Le dijeron que se ocuparía de remar. Leexplicaron que, como los otros siete esclavos, tenía que estar siemprepreparado para llevar a las princesas desde su palacio al del rey, alotro lado del río. Le hicieron saber violentamente que jamás debíamirar a las mujeres. Bajo ningún pretexto. El más pequeño intento oerror sería considerado falta grave. Como castigo, la muerte. Acambio de su prudencia y de la fuerza de sus brazos, comida y unlugar recogido donde dormir. Comprendió tristemente: la vida sinvida.Se le había olvidado que aquel día era fiesta y toda la familia debía reunirseen el palacio del abuelo, blanco y verde. Así que pasó la mañana eligiendolas mejores sedas y se hizo perfumar con agua de rosas y jazmín. Le gustabaaquel olor.Los gritos del jefe de los remeros anunciaron la llegada de lasprincesas. Hizo como todos. Se arrodilló y pegó la cabeza al suelopara no verlas. Al pasar, sintió el roce de sus pies en la arena. Y lellegó el olor de su perfume. Rosas y jazmín.
  2. 2. Como siempre, la ceremonia la aburrió.Tantas reverencias, tantos saludos respetuosos de mujeres cuyos nombresignoraba, pero a las que la unía la sangre... y el abuelo, distante, frío,guardando siempre las formas. Recordó una vez más los años en que él sóloera príncipe heredero y ella una niña pequeña, y el iba a verla y laacariciaba, y ella le hacía tantas preguntas y él le contaba mil historiasmaravillosas. Ahora era un rey y la ternura se había acabado.Esperó su regreso con el cuerpo y el alma tensos. Necesitaba saber sivolvería a sentir el mismo olor y notaría de nuevo el calor de sucuerpo cerca. Era lo único que podía ocuparle el pensamiento.Aquello y la muerte. Pero no debía pensar en la muerte. La esperó.Caminó hacia la barca cansada, con ganas de llegar a casa y sentirse denuevo tranquila. Las demás reían. Apartó el velo de su cara, pues ningúnhombre estaba cerca. Respiró hondo y miró más allá del río. El sol estabaocultándose y la ciudad, a lo lejos, cambiaba de color, semejante a unaminiatura. Se volvió a mirar las montañas del otro lado, pero sus ojos sequedaron quietos cerca del agua. Como algo inevitable, ahí estaba la espaldade uno de los remeros, inclinado sobre el río, con la cabeza baja, fija, para noverla nunca... Nunca había mirado la espalda de un remero. Sintió frío.Aprendió a reconocerla por el ruido de sus pasos, por el olor únicode su cuerpo, por el ritmo del crujido de sus ropas. Y por su sombra,que espiaba con los ojos pegados a la tierra. La sentía acercarse a él,acariciar su cuello y su espalda, apretarse tibia contra su cuerpoinclinado. Entonces la besaba.Besaba el suelo, apretando su cara contra él, porque su sombraestaba allí. Entregada.De noche no podía dormir. Ella lo inundaba todo.Lo reconocía entre todos. Inventaba excusas para visitar cada día el palaciodel abuelo. Y cada día se arreglaba como si fuera una novia conducida porvez primera ante el hombre que la iba a poseer y que debía desearla. Cadadía sentía cómo el corazón le latía al acercarse al embarcadero, cómo se leestremecía todo el cuerpo cuando llegaba junto a él y su sombra acariciabasu espalda y, durante un momento permanecía quieta, apretando la sombracontra su cuerpo, atravesándolo y recibiendo sus labios. Sabía que él labesaba.En la barca se quitaba el velo y seguía con los ojos cada uno de susmovimientos. Conocía de memoria la forma de su espalda y de sus brazos,sabía cuándo los músculos estaban en tensión y cuando descansaban,
  3. 3. reconocía los distintos tonos de su piel, a cada hora del día, en las diferentesluces.Sólo soñaba con él. Deseaba ver su rostro. Lo deseaba más que el aire y queel pan.El dolor era insoportable. Sabía que ella le estaba mirando un díamás y no podía mirarla. Pero tenía que mirarla. Sólo un segundo.Necesitaba ver durante un segundo cómo eran sus ojos y su boca, yel color de su pelo y la forma de sus manos, para poder soñar conella. Tenía que mirarla durante un segundo para poder dormir.Apretó el remo con fuerza y comenzó a mover la cabeza despacio,con miedo a que alguien oyese el crujido de sus huesos al girar, elroce de su pelo en el aire.Ella se tapó la boca para no gritar. Se estaba volviendo y vería su cara. Alfin podría ver su cara y dibujarla con las manos en la almohada, por lanoche, para besarla después. Lo vería ahora mismo, Aunque sólo fueradurante un segundo. Perderse en sus ojos un segundo.A sus espaldas la vieja esclava lanzo un chillido. Se giró hacia ella yvio cómo señalaba con espanto al remero. Cuando se volvió denuevo hacia él, su rostro estaba otra vez hundido en el suelo.Se sintieron ciegos y lloraron en silencio. Tapada por el velo.Inclinado sobre el río.La vieja esclava habló.Le cortaron la cabeza a las cinco.A las cinco, descolgó el cuadro de marfil en el que habían anotado eldía 6.150 de su vida. Sacó de la parte de atrás el frasquito que laabuela le había regalado unas horas antes de morir. 0lía a rosas yjazmín. Lo echó en la copa de plata y se sentó en la ventana mirandohacia el embarcadero.La enterraron dos días después, en el cementerio real, entre losllantos en mil tonos diferentes de todas las mujeres de la familia.A él lo tiraron a los perros favoritos del rey. En castigo por haberseatrevido a mirar lo que ningún hombre podía ver.Él nunca vio su cara.Ella nunca vio su cara. CASO, A. El País Semanal, 19-11-1989

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