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Memorias de la Rosa

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Memorias de la Rosa

  1. 1. LA OTRA HISTORIA DEL “PRINCIPITO” ¿Quién no ha leído con emoción la historia del Principito de Antoine de Saint- Exupéry? ¿Quién no ha escuchado alguna vez en su interior, el diálogo entre el Petit Prince y el Renard? El Pequeño Príncipe, no sabía lo que quería decir "apprivoiser». El zorro tuvo que ir explicándole que era algo demasiado olvidado entre los hombres. "Crear lazos, eso es lo que significa apprivoiser". Así, pacientemente, fue indicándole el zorro los pasos que deberían dar para que, poco a poco, sintieran la necesidad el uno del otro. - "Tú serás único para mí... y yo seré único en el mundo" Oyendo al zorro, el Principito comprendió que una rosa le había "domesticado". Esta rosa, en quién se inspiró Saint-Exupéry para escribir su historia, se llamaba Consuelo Sucín, una salvadoreña sensible y apasionada que domesticó el corazón inquieto y complejo del aviador-escritor, o del escritor piloto, como queramos. Fue la esposa, la compañera que vivió a su sombra desde 1930 en que se conocieron en Buenos Aires y 1944, cuando el aviador desapareció a bordo de su monoplaza en algún lugar del Mediterráneo. "Ser la mujer de un piloto es un oficio, ¡pero serlo de un escritor, es un sacerdocio!". Así resumía Consuelo, la Rosa del Principito, su apasionada y tormentosa vida al lado de aquel "gigantón de andares torpes que escondía un alma-sensible... Que nunca deshacía el nudo de sus corbatas... que perdía sus zapatos por la habitación y pedía a sus amigos que le ayudaran a buscarlos". Fueron catorce años de constantes zozobras, de encuentros y desencuentros encadenados, de infidelidades mutuas y apasionadas reconciliaciones. Para la gente que rodeaba al escritor, los que trataban de adularle, los que a veces vivían a costa de su generosidad, ella era la pequeña Consuelo, la 'española' caprichosa, la que hacía escenas". Aún después de la muerte del escritor a este clan
  2. 2. que giraba en torno a él, les interesaba que el mito no perdiera su aureola de héroe. Era necesario mantenerlo en el pedestal en el que le habían colocado, hasta que se fundieran en uno el escritor y su criatura, el Principito. Las Memorias de Consuelo, que nunca tuvo intención publicar, eran para ella una necesidad vital, una satisfacción que se debía a sí misma y también a "Tonio", al que había amado con todas su contradicciones. " Me resulta muy penoso -dice- sacar a la luz la intimidad de mi hogar junto a mi marido. Creo que una mujer nunca debería tocar este tema, pero me veo obligada a hacerlo antes de morir, porque se han contado muchas mentiras sobre nuestra vida familiar y no quiero que eso continúe. ¡Realmente, cuando el sacerdote dice que estás casado para lo bueno y para lo malo, es verdad” Las " Memorias de la rosa", fueron descubiertas por azar, transcurridos más de cincuenta años después de que fueran escritas, pero ha sido un feliz hallazgo porque nos devuelven la figura de un Saint-Exupéry más humano, más próximo a nuestras propias contradicciones, quizás menos heroico, no tan generoso y romántico. Consuelo las escribió de un tirón, con un estilo directo y apasionado no desprovisto de belleza y elegancia, que en nada desmerece de la escritura de su marido. Es el relato vibrante de la mujer que vivió en silencio sus soledades, que esperó mil regresos, que vivió la zozobra de las sucesivas infidelidades, pero que se mantuvo junto a él hasta aquel verano del 44 en que el aviador abandonó su temporal exilio en Nueva York para emprender su último "Vuelo de noche". "Sí, yo no estaba a la altura, me acuerdo de mil amarguras, de mi inquietud cuando volvías a casa tarde, por no decir con el alba. ¡Ay, Tonio, cuántas angustias! No sabía que era mejor para ti, si estar perdido entre las estrellas del cielo o entre las cabed-tas rubias de París" EN NORTH FORT Aquel verano de 1944 Consuelo se desplazó desde Nueva York, donde se había refugiado después de haber atravesado toda la Francia ocupada, hasta North Fort , a tres cuartos de hora de tren al norte de la gran urbe. Allí alquiló aquella casa y la preparó para que "Tonio" terminara de escribir su libro. Lo preparó todo, como años atrás lo había hecho en Buenos Aires , preparando aquella habitación donde el escritor empezó su "Vol de nuit". No faltaba nada , el tonelete con grifo dorado y el mejor oporto, los termos de té caliente, las cajas de bombones, las pastillas de menta, infinidad de lápices de colores, papeles de múltiples colores, y una gran mesa. Todo preparado para que el escritor no tuviera otra preocupación que la de crear la historia de aquel pequeño personaje, completamente
  3. 3. extraordinario, que se presentó en pleno desierto cuando el piloto trataba de arreglar una avería en su motor, diciendo: -" Por favor... ¡dibújame un cordero!" North Fort fue para Consuelo la paz recuperada."En Bevin House fui muy feliz", diría al final de sus memorias. Fue uno de los pocos momentos de calma después de tantos viajes, de ausencias, de crisis, de engaños... Trataba de retener por algún tiempo aquella mariposa, que estaba a punto de dibujar en el aire su último vuelo. A aquella casa acudían los amigos del escritor: Jean Gabin, Marlene Dietrich, Greta Garbo, André Maurois, Marx Ernst... La casa se convirtió en la Casa del Principito, todos posaban para el Príncipe y luego se ponían furiosos al comprobar que el dibujo se había convertido en un señor con barba, en una flor o en un pequeño animal. Fueron los últimos instantes de felicidad, antes de que el aviador acudiera a la llamada de la muerte con la que tantas veces había flirteado. Consuelo sabía que era imposible retenerle, tenía que coger el barco que pasaría al día siguiente por delante de la casa, o quizás aquella misma noche . Pero ella no tendría ya fuerzas para asomarse a la ventana y ver pasar el barco sobres las aguas del Hudson. - "Arréglame la corbata. Dame el pañuelo para escribir en él la segunda parte del Principito". Pero el Principito no pudo volver para dar el pañuelo a la princesa. Ella contaría la otra parte de la historia, la de un príncipe veleidoso, inestable, egocéntrico, ávido de sexo y aventuras, en constante huida de sí mismo, pero seguro de encontrar siempre en Consuelo su paz, su refugio, para descansar un rato , antes de huir de nuevo. Estas memorias eran necesarias. ¡Qué más da, si quizás se resquebraja un poco la imagen idealizada del escritor! Al contrario, lo hace más humano, nos lo acerca más y hasta permite a nuestras contradicciones seguir conviviendo con el Principito que llevamos dentro. DOUCE

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