Los sediciosos despertaresde la anarquía
Daniel Barret(Rafael Spósito)Los sediciososdespertares de laanarquía
Los sediciosos despertares de la anarquía / 7Corrección: Eduardo BissoDiseño: Diego PujalteISBN 978-987-1523-12-2La reprod...
Los sediciosos despertares de la anarquía / 9REFLEXIONES PRELIMINARES:EL PANORAMA DEL MOVIMIENTOANARQUISTAQuizá nada mejor...
10 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 11debidamente interconectado, se conforma no cual si se tra...
12 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 13y el terremoto político que ello provocó en los cuatro pu...
14 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 15completo de la historicidad de la que forma parte. Un par...
16 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 17que aquí se presenta fue incluida en primer término en Ca...
Los sediciosos despertares de la anarquía / 191.– El despertador de la utopía: un vasto cuadro de épocaEs una tarde de abr...
20 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 21con el quetzal. Mientras, la tarde avanza, la lluvia no c...
22 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 23en el arco de las alternativas reales de libertad intrans...
24 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 25volvía a encarnar el porvenir de la utopía, poniendo en m...
26 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 27toma del poder en tanto instancia demiúrgica de la constr...
28 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 29multiplicidad de espacios de sociabilidad que no tenían e...
30 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 31ya constituían manifestaciones más o menos evidentes de u...
32 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 33–así, sin sus viejas y arrogantes mayúsculas– no soportab...
34 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 35impersonal y perdurable y del que se sigue reflexionando d...
36 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 372.– ¿Desperezarse o seguir durmiendo?Esos rasgos de época...
38 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 39ElaugevividoduranteesosañosenEspañayluegosuprogresivoavan...
40 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 41de manifiesto en París, en 1968, y en Barcelona, en 1977. ...
42 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 43su vitalidad consiguió sostenerla durante demasiado tiemp...
44 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 45las historias particulares y las específicas experiencias ...
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  1. 1. Los sediciosos despertaresde la anarquía
  2. 2. Daniel Barret(Rafael Spósito)Los sediciososdespertares de laanarquía
  3. 3. Los sediciosos despertares de la anarquía / 7Corrección: Eduardo BissoDiseño: Diego PujalteISBN 978-987-1523-12-2La reproducción de este libro, a través de medios ópticos,electrónicos, químicos, fotográficos o de fotocopias, estápermitida y alentada por los editores.Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723Impreso en la Argentina / Printed in ArgentinaPalabras preliminaresNO desmenuza la realidad, no intenta la construc-ción de un paradigma(sería contradictorio), ni siquiera atisbamos algún“mensaje” o intención de marcar senderos.¿Para qué sirve entonces, tanta letra?Describe e interroga. Abre y condena. Siempre consu manera fraternal,abarcadora y analítica.Los que lo conocimos aprendimos que la “teoría”,que el pensar, también es una práctica. No útil, nosucedánea.Al igual que la piedra arrojada en el momento pre-ciso, sus palabras pretenden (pretendemos) seaninflexión, ruido, llamado de atención.Nunca revolución. Eso no lo hace un individuo, unapiedra o unas palabras.…………………………………………………………Rafael Spósito fue un compañero a tiempo completo, conlo que eso quiere decir para los anarquistas. Para tomar, paramudarnos, para jugar al fútbol, para conversar, para reírse opara llorar por una ocupación sindical.Participó en infinidad de reuniones en dictadura y en estoque llaman democracia.Era (es) de los que los detentadores de poderes y gobiernos nodan importancia, pero socavan el terreno que pisan y disfrutan.Barret, DanielLos sediciosos despertares de la anarquía. - 1a ed. -Buenos Aires : Libros de Anarres, 2011.270 p. ; 20x12 cm. - (Utopía libertaria)ISBN 978-987-1523-12-21. Anarquismo. 2. Movimientos Sociales. I. TítuloCDD 335.83© Libro de AnarresAv. Corrientes 4790 C.P. 1414AJNBuenos Aires / R. ArgentinaTel.: 4857-1248 / 4115-1041edicionesanarres@gmail.comEditorial NORDANLa Paz 1988, C.P. 118000Montevideo, UruguayTel - Fax: + 598 2408 8918Cel: +598 98 467 148www.nordan.com.uy© Terramar EdicionesAv. de Mayo 1110.Buenos Aires / R. ArgentinaTel.:4382-3592www.terramarediciones.com.ar
  4. 4. Los sediciosos despertares de la anarquía / 9REFLEXIONES PRELIMINARES:EL PANORAMA DEL MOVIMIENTOANARQUISTAQuizá nada mejor que inaugurar esta serie de Folletos militan-tes mediante un repaso parcial y sesgado de nuestros puntos orgá-nicos de partida propiamente dichos. En efecto, no hay ni puedehaber ningún discurso de intención militante y de proyecciones ental sentido que no tenga en cuenta, principalísimamente, el sus-trato material de la acción colectiva; y ese sustrato, en nuestro caso,no puede ser otro que el movimiento anarquista mismo, una vezubicado éste en su actual situación histórica. Esa situación tiene,naturalmente, múltiples aristas y facetas que se intentará describiry descifrar; las que, sin perjuicio de su multiplicidad y aun de losmensajes contradictorios que puedan portar, aceptan reunirse en sumás exultante forma de presentación: la de un sedicioso despertar;un despertar que nuestro trabajo intentará demostrar e interpretar.Dejemos que sea el folleto mismo quien se encargue de justificarlos rasgos del despertar en tanto tal y concentrémonos ahora enel modelo interpretativo, constituido de aquí en más en una de lasprobables claves de lectura de las páginas que siguen.Ese modelo nos dice que el movimiento anarquista y elcuerpo teórico-ideológico que lo sustenta no son fenómenosmeteorológicos que leviten eterna e impunemente en el cosmossin experimentar alguna vez conexiones y condicionamientosplurales; sino que, antes bien, los mismos se presentan comouna configuración de pensamiento y acción que responde araíces sociales e históricas perfectamente ubicables. En trazosmuy generales puede decirse, entonces, que el anarquismo ysus expresiones materiales colectivas se forman en un puntode cruce en el que reverberan al menos tres clases de factorescon su correspondiente equipaje de multiplicidad, complejidady contradicciones. En primer lugar, modos de pensar, de sentiry de actuar; epistemes, sensibilidades y prácticas con sus pro-pias historias “sectoriales”. En segundo término, articulacionessociales, políticas y económicas con su específica carga de anta-gonismos favorecidos y probables a partir de las mismas. Y, porúltimo pero quizá más importante, los conflictos, las luchas ylas conflagraciones que distinguen a una época dada. Todo ello,
  5. 5. 10 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 11debidamente interconectado, se conforma no cual si se tratarade mecanismos deterministas e inapelables sino en tanto histo-ricidad de la que apropiarse, en cuanto condiciones de posibi-lidad de una emergencia y como un campo de oportunidadesen disputa. Es no en un firmamento lejano e inasible sino enese intrincado cruce de caminos que el movimiento anarquistaexperimenta un renovado empuje y ocupa un espacio rejuvene-cido y singular en las beligerancias de nuestro tiempo.Ahora bien, si aplicamos ese modelo de análisis a la histo-ria del cuerpo teórico-ideológico anarquista y del movimientoque lo encarna, encontraremos que los mismos se consuman entanto configuración abierta de pensamiento y acción; una confi-guración que cambia precisamente al compás de las mutacionesen los factores mencionados inmediatamente antes. La historiadel movimiento anarquista, por lo tanto, no es la historia de undiagrama imperturbable y siempre igual a sí mismo sino la his-toria de un movimiento que cambia al influjo de las condicionesen las cuales actúa; condiciones que –¿quién podría dudarlo?–no son hoy las mismas que en los tiempos de la irrupción delmovimiento obrero europeo, la 1ª Internacional y la Comuna deParís o los tiempos de la Revolución Española y ni tan siquieraaquellos más próximos en que se extendía una visión prima-veral y candorosa de la revolución cubana y las guerrillas lati-noamericanas. Compárese, por ejemplo, de obvias drasticidad ycontundencia, los efectos devastadores y cismáticos que sobre elmovimiento anarquista internacional tuvo la Revolución Rusade 1917 con los producidos algo más de 70 años después por laimplosión estrepitosa del bloque soviético –una debacle confir-matoria de viejas tesis libertarias– y entonces se concluirá fácil-mente que el movimiento no puede concebirse a sí mismo comosi fuera un ente autárquico ni tampoco sustraerse de procesosque, por regla general, están casi enteramente por fuera de suesfera de decisión. Antes bien, lo que esos procesos le exigen almovimiento es un intenso proceso de adecuación a la historici-dad concreta de la que forma parte: una adecuación que reclamasu correspondiente renovación teórico-ideológica, un nuevomodelo de organización y acción y, en definitiva, un paradigmarevolucionario remozado que, terminantemente, ya no puedeser el mismo que fuera en tiempos de su aurora fundacional.Estas páginas quisieran ser una modestísima contribución ental sentido, pero no en lo que respecta a los elementos concretosque redondearían ese paradigma revolucionario sino en cuantoa la incrustación de su necesidad. Sin perjuicio de esta aclara-ción, corresponde disipar ahora las más que legítimas dudas ylos más que razonables temores normalmente asociados contodo proceso relativamente indefinido de renovación. Para elloy de momento, bástenos decir ahora que no entendemos portal a esas oscuras operaciones de acomodación a la “realidad”ni tampoco a esos asépticos atajos en forma de enjuagues quebuscan asimilar el anarquismo a algunos híbridos teórico-ideo-lógicos que deambulan en nuestro vecindario. En este contextode elaboración, la renovación de que hablamos no debería serentendida como el tránsito hacia un “civilizado” posibilismo nitampoco como la agradable transacción “unitaria” con aque-llas corrientes que todavía reclaman de modo forzado u ocu-rrente su pertenencia al campo de la revolución y el socialismo.En lugar de ello, la renovación que intentamos defender es nimás ni menos que un ejercicio intransigente de reafirmación;una reafirmación que sigue fundándose no menos sino más quenunca en una crítica radical del poder y en una inconmovibleética de la libertad; sin mediatizaciones seductoras, transicionesedulcoradas y negociaciones de ocasión que la desvíen o distrai-gan de sus horizontes y de sus prácticas inmediatas.Es en este marco de reflexiones que se inscriben las páginasque siguen, redactadas entre los años 2002 y 2007; yendo yviniendo de las reflexiones abstractas a los mensajes de la reali-dad, de lo general a lo particular y de lo interpretativo a lo pro-positivo; en recorridos que quieren ser algo así como un anticipode las derivas que signarán esta serie de Folletos militantes quenos proponemos acometer. Tanto Los sediciosos despertares dela anarquía (2002) como El anarquismo hoy: ¿moda o tenden-cia? (2005) intentan ser un repaso de los aspectos más generalesdel actual resurgimiento libertario tal como se presentan en unlado y en el otro; un intento por localizar las características delmismo y las razones de época a las cuales responde. De inme-diato se nos plantea una confluencia de factores relevantes: enprimer lugar, el derrumbe del “socialismo realmente existente”
  6. 6. 12 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 13y el terremoto político que ello provocó en los cuatro puntoscardinales; en segundo término y acto seguido, el fracaso de lareestructuración conservadora luego de su aparente floreo sinadversarios a la vista; y, por último aunque no por orden deaparición, el creciente protagonismo de movimientos socialesautónomos de las tutelas estatales y partidarias. Es en ese espa-cio de cruzamientos que el pensamiento y las prácticas anarquis-tas vuelven a presentarse con su propio bagaje de sugerenciasimprescindibles: el aliento de la utopía, el ejercicio implacablede la crítica en profundidad y el despliegue de las rebeldías con-siguientes. De tal modo, a fines de los años 90, la mesa ya estáservida y a la espera del despertar.El mapa del despertar en América Latina, por su parte, fueen su primera versión tanto como lo es en la segunda que aquípresentamos (2003 y 2007, respectivamente), un esfuerzo poraquilatar empíricamente el resurgimiento libertario en unaregión particular del mundo; precisamente aquella que está másal alcance de nuestra mirada y de nuestros desvelos. Sin olvidarlas severas limitaciones de dicho trabajo de relevamiento, parececlaro que el mismo se encarga de disipar las reservas más tena-ces respecto del despertar libertario; al menos en este amplioy diverso escenario. Cientos de nucleamientos anarquistas des-igualmente distribuidos en la geografía latinoamericana –y lamayor parte de ellos nacidos en el correr de la última década– seencargan por sí mismos de demostrar que efectivamente esta-mos frente a un sedicioso despertar de la anarquía. Mientrastanto, El movimiento anarquista latinoamericano de nuestrosdías: realidades y tareas (2004) da un giro complementario alre-dedor de la noria y nos recuerda, obsesivamente, que todavíanos quedan ingentes deudas por saldar; repasando, con reite-ración y alevosía, en qué pueden consistir tentativamente lasmismas. A su turno, El Encuentro Anarquista uruguayo (2003),que incluimos como Anexo, es algo así como la reproducción aescala de la misma temática, ubicada ahora en el territorio quenos incumbe más fuerte y directamente.Horizontes, caminos, sujetos, prácticas y problemas, a suvez, es un primer intento –y nada más que un primer intento–por trazar, con manos todavía temblorosas, cursos de defini-ción y acción que trasciendan la situación de despertar que loscapítulos previos se encargan de demostrar. En efecto, una delas convicciones que anima estas páginas es que el despertar nopuede ser más que un período relativamente breve y que las exi-gencias que lo suceden no pueden ser resueltas apelando apenasa una bulliciosa constatación. Antes que eso, lo que el movi-miento anarquista tiene planteado es una redefinición actuali-zada de sus trazos; y, como acaba de sostenerse, no para defor-marlos en una versión mediatizada e irreconocible sino paraque los mismos adquieran su inevitable carta de ciudadanía enla historicidad que nos atraviesa de cabo a rabo. Lo que estetexto se propone, entonces, es un replanteo general de aquellaspautas que podrían informar un proyecto revolucionario de tra-bajo en el espacio latinoamericano, procurando abarcar, así seacon la brevedad del caso, sus notas fundamentales. Al mismotiempo, el texto puede ser entendido también como un resumende hecho de aquellos rasgos que el movimiento anarquista yapresenta de por sí y sin que los mismos adquieran el carácterde un programa de cumplimiento imperativo. En ese sentido, lospuntos allí señalados pueden constituir una agenda de diálogos yreflexiones al interior de la variopinta constelación de agrupacio-nes que compone el movimiento anarquista de nuestros días.Estas páginas contienen, entonces, el relato de despertares yalborozos pero quieren ser también un llamado de atención sobresu probable agotamiento sin consecuencias; tal como se plantearaya más de una vez, lastimosamente, en nuestra largamente cente-naria peripecia. Despertares, sí; pero no como un augurio triunfa-lista de cumplimiento lineal e inexorable, no como un pronósticofeliz y “esperanzado” sino en tanto acontecimiento que se revuelveen una historicidad concreta y que sólo puede ser entendido comoun campo renovado de oportunidades y desafíos y nada más quecomo tal. Siendo así, no cabe actitud más razonable para estetrabajo que señalar también, con el énfasis del caso, aquel con-junto de limitaciones que obstaculizan el desarrollo presente delmovimiento anarquista y sobre las cuales, inevitablemente, habráque operar con la enjundia necesaria.Ya hicimos referencia a lo que, desde nuestro punto de vista,constituye un requisito esencial: la recreación de un paradigmarevolucionario remozado y en condiciones de apropiarse por
  7. 7. 14 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 15completo de la historicidad de la que forma parte. Un paradig-ma que, por tanto, sea capaz de integrar y expresar los cam-bios sustanciados en aquellos factores que otrora funcionaroncomo detonantes en la emergencia histórica del movimientoanarquista y también en sus mutaciones posteriores: es decir,integrar y expresar críticamente los nuevos modos de pensar, desentir y de actuar; las nuevas articulaciones sociales, políticasy económicas; y, por último pero con especial preferencia, lasnuevas luchas que agitan nuestro alrededor y las mil formas deenfrentarse a todos los poderes establecidos y por establecer.Siguiendo la misma lógica de funcionamiento que acabamos deenunciar, ese paradigma de que hablamos debe atender al menoslas que serían sus dos vertientes fundamentales: la renovaciónteórico-ideológica y la formación de un nuevo modelo de orga-nización y acción. Se trata, entonces, de reconocer nuestras in-suficiencias; pero no para arrojar por la borda las adquisicionesde nuestra larga travesía sino para incorporarlas en una nuevasíntesis que todavía hoy puede recoger con provecho los mejoresy más rescatables aportes que históricamente expresaran tantoel anarcosindicalismo como el especificismo.Pero no son éstas las únicas “ausencias” que todavía padece-mos. Por lo pronto, es imprescindible reconocer que la falta deun paradigma revolucionario común se traduce orgánicamenteen los términos de una proliferación de corrientes como nuncaantes la hubo a lo largo de nuestra historia. Esta fenomenal dis-persión es ambigua en sus consecuencias puesto que, al tiempoque ha permitido cubrir creativamente áreas que difícilmentepudiera abarcar un aparato institucionalizado, monocorde yburocrático, también acarrea su propia secuela de rivalidadesy discordias, muchas veces exacerbadas más allá de sus límitesrazonables. Limar esas asperezas, disipar sus facetas más tor-mentosas y llevarlas a terrenos posibles de entendimiento y desolidaridad es también una de nuestras asignaturas pendientes;aceptando diversidades irreductibles pero bienvenidas y canali-zando las mismas en respaldo de nuestro sustrato compartido.Quizás ésta sea una de las condiciones que facilite cumplir conuna exigencia mayor todavía, que va más allá de la actual situa-ción de despertar y que no consiste en otra cosa que en bregarentre la gente por una incidencia social perdida muchas décadasatrás; en aquella “edad de oro” en que el movimiento anarquis-ta fue capaz de impregnar con sus valores inconfundibles losgestos de rebeldía y las tensiones emancipatorias.Pero, por cierto, el trabajo en torno de este breve catálogo decarencias no se resuelve con fórmulas mágicas y estas páginassólo pueden ubicarse a una distancia muy remota de desenlacesmínimamente satisfactorios que tal vez sólo puedan producirsepor obra y gracia del esfuerzo colectivo y en clave internaciona-lista de la actual generación militante. A estas páginas les cabesí la tarea de situar obsesivamente estos problemas y tentar uneventual camino de abordaje de un cierto modelo de organiza-ción y acción; un camino que, en los hechos, no es ni podría serel fruto de una inspiración solitaria sino el recorrido que el mo-vimiento anarquista ya ha comenzado a transitar intuitivamentecon las vacilaciones, contramarchas y lentitudes de rigor. Esecamino implica, de momento, la creación de redes provisorias,superpuestas y de prioridades flexibles en las más diversas ex-tensiones territoriales; redes basadas antes en el intercambio depreocupaciones y experiencias que en el mensaje redentor quealgún hipotético centro de sabiduría fuera capaz de producir. Eimplica también la búsqueda de una imbricación más fuerte ymás protagónica con la vasta y diversa trama de movimientossociales y sus luchas desde una vocación y una proyección queya no pueden limitarse a ningún espacio “nacional”. Estas pá-ginas, entonces, sólo pretenden ser admitidas como compañerasde esos latidos.Hasta donde llegan nuestras informaciones, la primera yúnica redacción de Los sediciosos despertares de la anarquía fueoriginalmente publicada el 12 de octubre de 2002 en la secciónde artículos de la página web A las barricadas de España (www.alasbarricadas.org); El anarquismo hoy: ¿moda o tendencia? viola luz anteriormente en el Nº 253 de la revista Relaciones deMontevideo (Uruguay), bajo seudónimo persistentemente apó-crifo; una primera versión de El mapa del despertar en AméricaLatina fue hospedada desde marzo del 2003 en la versión elec-trónica de El Libertario de Venezuela (www.nodo50.org/elliber-tario) y una vez más en A las barricadas mientras que la versión
  8. 8. 16 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 17que aquí se presenta fue incluida en primer término en Caosmo-sis de España (caosmosis.acracia.net); El movimiento anarquistalatinoamericano de nuestros días: realidades y tareas fue escritoespecialmente para el Nº 40 de El Libertario de Venezuela y tam-bién fue recogido en la página web de dicho periódico al tiempoque una versión preliminar no anotada de Horizontes, caminos,sujetos, prácticas y problemas estuvo alojada durante un breveperíodo a fines del año 2004 en el sitio chileno de Mujeres Crea-tivas (http://mujerescreativas.canadianwebs.com/) y también,una vez más y con mayor perdurabilidad, en la página web deEl Libertario. El Encuentro Anarquista uruguayo, por su parte,se difundió anteriormente en el sitio del Colectivo Media LunaNegra Anarquista de México (mx.geocities.com/cmlna) y unresumen de la misma también encontró lugar en la edición del12 de setiembre de 2003 del Rojo y Negro digital de la CGTespañola (www.huelgageneral.info/ryn_prueba). Algunos deestos textos fueron también objeto de ediciones por los mediosgráficos tradicionales en distintos países pero ésta es, natural-mente, la primera vez que los susodichos son presentados enforma parcialmente actualizada, conjunta y respondiendo a unmismo y ya explicitado fin.CAPÍTULO 1:LOS SEDICIOSOS DESPERTARESDE LA ANARQUÍA“Nosotros somos quien somos/ ¡Basta deHistoria y de cuentos!/ ¡Allá los muer-tos! que entierren/ como dios manda asus muertos/ Ni vivimos del pasado/ nidamos cuerda al recuerdo/ somos, tur-bia y fresca, un agua/ que atropella suscomienzos.”Gabriel Celaya–¿Nos hubiéramos figurado nosotrosque se podría ir de Europa a Américapor los aires? –dijo la marquesa.–Hacemos más que figurarnos la cosacomo posible –repliqué-; se comienza yaa volar un poco... En verdad, no ha sidoun vuelo de águila..., pero, en fin, esoequivale a las primeras tablas que se lan-zaron al agua, y que fueron el comienzode la navegación.. Poco a poco apare-cieron los grandes navíos..., que puedendar la vuelta al mundo. El arte de volaracaba de nacer; se perfeccionará y algúndía se llegará a la Luna.Bernard Le Bovier de Fontenelle(Conversación sobre la pluralidad de losmundos habitados, 1686)A la imitación del Fénix/ unas de lasotras nacen,/ viviendo de lo que mueren,/y siempre de sus cenizas/ está el sepulcrocaliente.Pedro Calderón de la Barca
  9. 9. Los sediciosos despertares de la anarquía / 191.– El despertador de la utopía: un vasto cuadro de épocaEs una tarde de abril, lluviosa, fría e irremediablemente gris;una de esas tardes que parecen destinadas a acunar melancolías,especialmente propicias para dejarse ganar por esos movimien-tos veleidosamente completos, cerrados y redondos en los queparecen sucederse –sin diferencias ni matices entre un ciclo yel siguiente– la vida, la muerte y la resurrección. A través delos vidrios empañados puede divisarse el mar y las repeticionesrítimicas del oleaje nos sugieren nuevamente que tal vez no setrate más que de variaciones que quieren dirigirse hacia otrolugar pero que sólo pueden reproducirse iguales a sí mismas,interminablemente. Nos preguntamos acerca de los mitos y lossímbolos, quizá buscando respuestas y esperanzas: el ave Fénixes, entonces, como no podía ser de otra manera, la primera ima-gen en acudir. Saber arquetípico y transcultural, el mito del aveFénix recorre, con otros nombres y formas variables, distintostiempos y distintas geografías. Entre analogías y nostalgias, nosdejamos ganar unos instantes por sus eternos retornos. El Fénix,sí, la personificación zoológica de la inmortalidad a través desus periódicos y rítmicos renacimientos, que tanto niegan comovuelven a conducir a sus propios despojos vitales. Ese Fénix,cuyo nombre griego evoca el rojo del fuego y las llamas purifi-cadoras, fue antes el benu egipcio, esa garza cenicienta posadasobre la colina primigenia como representación viviente de lasmajestuosidades solares. Para nuestra desesperación, quienesveneraron al benu en la antigua Heliópolis creían que sus reapa-riciones se producían sólo cada 500 años. Pero poco importa siahora recordamos que el mito iría haciéndose más imaginativoy frondoso con el correr del tiempo y que poco después noshabremos de encontrar con nuestro ave Fénix egipcia alimen-tándose de un solitario rocío y recolectando hierbas aromáticasen lugares remotos, para luego encender con ellas una hogue-ra sobre el altar de la misma Heliópolis, muriendo abrasada yreducida a cenizas por su propio fuego; emergiendo rediviva,inmediatamente luego, como imprevisto retoño de sus flamíge-ros designios. En los mitos judíos, el Fénix se llamará Milcham,en los chinos tal vez se corresponda con Feng-huang y no se-ría extraño que, en las leyendas mayas, estuviera emparentado
  10. 10. 20 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 21con el quetzal. Mientras, la tarde avanza, la lluvia no cesa y esMilcham, sin duda, el que más llama nuestra atención; aunqueíntimamente repudiemos su obsecuencia. Dicen los mitos quecuando Eva se declaró culpable de haber expropiado y gozadoel fruto prohibido, recelosa del resto de la fauna edénica, sedujoa los demás animales para que también participaran del festín.Sólo Milcham, obediente como ninguno a las interdicciones del“Señor”, se plegó sumisamente a sus ayunos y abstinencias y sehizo acreedor a la inmortalidad. Se dice que Milcham habría deencogerse y desplumarse al llegar a la edad de mil años, paraadoptar nuevamente así el aspecto de un polluelo; momento en elcual recuperaría el plumaje, remontaría vuelo como un águila ydisfrutaría la exoneración divina de no ser jamás asaltado por lamuerte. El cielo ennegrece cada vez más y repasamos los mensa-jes de la Iglesia cristiana arcaica –antes incluso de ser nominadacomo católica.–, que tranquilizan y aplacan tenuemente nuestraimpaciencia: el Fénix simboliza ahora la inmortalidad del almay, a imagen y semejanza del mismísimo Jesús, su resurrecciónacontece sólo tres días después de haber comenzado su repososepulcral. Más tarde, serán los alquimistas los que tomarán parasí la responsabilidad de darle al mito una pátina ingrávida dematerialismo: ahora el Fénix, más modestamente, se encargaráde simbolizar los ciclos de destrucción y nueva formación en elcamino hacia la piedra filosofal. Así y todo, seguimos inquietos,agitados, estremecidos y no sabemos todavía si seremos cubier-tos o no por un manto nocturnal: vida, muerte y resurrección;mitos y símbolos; leyendas que atraviesan los siglos y que nostraen en este momento a la memoria, como emblema acuñadoapenas ayer, aquel grafito premonitorio escrito cuando el “mayofrancés” pasaba a ser también un tema del pasado: “Marchare-mos de derrota en derrota hasta la victoria final”.Ahora sí, abrimos los ojos finalmente y nos sentimos en un terri-torio familiar; confirmamos, como un viejo principio anterior a estatarde, la decisión de hacer prontamente las mitografías a un lado;pero, aun así, no podemos dejar de preguntarnos, ¿cuántas veces he-mos oído ya, en medio de la prisa burocrática por extender certifica-dos de defunción, cobrar las herencias que correspondan y adoptara los huérfanos respectivos, que el anarquismo ha muerto definitiva-mente: que sus hombres, sus travesías y sus propuestas son sólo unacuriosidad para historiadores; que sus resortes ideológicos básicosno representan otra cosa que una evocación nostálgica de un míticoigualitarismo agrario; que sus alzamientos individuales o colectivosno expresan más que una rebeldía infantil, primitiva y prepolítica;que su destino inexorable no puede resultar en algo distinto que unasala extravagante y más o menos entrañable en el museo de las re-liquias revolucionarias; que sus nociones fundamentales son inerva-ciones intelectuales delirantes, carentes de profundidad, despojadasde articulaciones teóricas relevantes, huérfanas de todo desarrolloposible y ampliamente superadas por el recorrido y la experiencia delas sociedades humanas? Se decretó que el anarquismo ya no teníarazón de ser luego de la revolución de octubre de 1917 y ocurre quehoy en Rusia son las estatuas de Lenin y no las de Bakunin o Kropot-kin las que primero se derriban y luego se arrumban sigilosamente enlos desvanes. Se dijo, luego del triunfo franquista en España, que elanarquismo había entonado allí su última letanía, y sesenta y tantosaños después nos encontramos en ese país con prolijas reelaboracio-nes de la gesta revolucionaria de 1936, con organizaciones anarco-sindicalistas que reúnen a decenas de miles de adherentes, con unaexultante proliferación de ateneos libertarios y con una rica floraciónde radios libres, casas ocupadas y publicaciones de todo tipo y colorque vuelven a abrevar en esa “vieja” pero inagotable fuente. Se pro-mulgó, también, que los avances tecnológicos, el progreso materialde la humanidad y la extensión irrefrenable del ideario democráticodejaban al anarquismo fuera de época y que sólo se podía condes-cender a considerarlo como una reminiscencia atávica del pasado: y,sin embargo, se acaba descubriendo que sus militantes pueden hacerun uso alternativo y contestatario de las nuevas técnicas, que la am-plia disposición de bienes de consumo es una pompa de jabón queoculta tanto injusticias insoportables como las miserias de la vidacotidiana y que la democracia “representativa” tal vez no sea másque un ingenioso mecanismo de exclusión para impedir el accesopermanente de las enormes mayorías populares a los procesos dedecisión colectiva. Se peroró y se perora, se fantaseó y se fantasea, secotorreó y se cotorrea abundantemente sobre el punto y, pese a todo,el anarquismo, vocacionalmente impertinente e incorregiblementeburlón, vuelve a sorprender, una y otra vez, al heterogéneo, desafi-nado y reaccionario coro de sus sepultureros con los intermitentesarrebatos que lo colocan en la agenda de las posibilidades rebeldes y
  11. 11. 22 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 23en el arco de las alternativas reales de libertad intransigente, de rea-lización personal y comunitaria y de justicia social. Una y otra vez,entonces, sediciosos y desfachatados despertares de la anarquía queahora habrá que interrogar, explorar y desentrañar.Estos resurgimientos y rejuvenecimientos, diferentes en suintensidad y en su forma, variables según el lugar y situadostemporalmente a distancias irregulares entre sí, seguramente ex-presaron y expresan razones particulares y específicas propiasde las circunstancias singulares en que efectivamente se dieron;pero también hacen posible trazar un vasto cuadro de época yuna cierta corriente “subterránea” y ampliamente extendida demotivos que los explican y que constituyen sus condiciones deposibilidad.1El primer toque de atención moderno respecto de lasvirtualidades de una rebelión juvenil de signo libertario fue, sinduda, el llamado “mayo francés” de 1968; el que, como resumen1Esta frase, en su aparente simplicidad, encubre una concepción bastante másintrincada que no es posible desarrollar ni discutir aquí. Sintéticamente, esaconcepción nos dice que el anarquismo, como movimiento social reconocible,es un producto histórico que germina en un punto de cruce donde reverberanlas configuraciones sociales, políticas y económicas de cada período, los modosde pensamiento, las problemáticas y los entendimientos distintivos que se gene-ran a ese nivel así como, fundamentalmente, las luchas y enfrentamientos queles son propios. En cada período, por ende, el anarquismo será una respuestamás o menos pertinente orientada a la reinterpretación y la reapropiación deesa historicidad, encontrando para ello tanto condiciones favorables como des-favorables que casi nunca pueden deducirse linealmente ni ser purgadas de todacomplejidad. En particular, en este “vasto cuadro de época” de que hablamos,quizá sea posible decir que resultan relativa y directamente favorables el lentopero progresivo mutis por el foro y la creciente pérdida de atractivos de ciertasconcepciones teóricas y de ciertas alternativas de cambio que le eran competi-tivas –un proceso de descongestionamiento histórico del cual el anarquismoemerge medianamente indemne– así como algunas características de las nuevasluchas sociales, centradas en la inocultable floración de movimientos renovadosy refractarios a cualquier forma de centralización vanguardista. Pero ello noquiere decir, ni por asomo, que todas las tendencias que nuestro tiempo ponede manifiesto sean interpretables en el mismo sentido. Tampoco se quiere dara entender que la historicidad sea simplemente un eslabón más de una cadenairreversible y determinista, sino que se intenta presentarla como un campo delitigios y disputas de final incierto. No hace falta decir, por otra parte, que talescosas no se expresan exactamente de la misma manera en cualquier lugar delmundo, sino que en cada caso habrá que pasarlas por el cedazo de las especifici-dades correspondientes. Dicho esto, cabe advertir, además, que esta concepciónde que hablamos, aun cuando no sea abordada y desarrollada especialmente eneste texto, es, en el mismo, un auténtico nodo de derivaciones que convendrátener particularmente presente.de insurgencias varias habidas antes y después de esa fecha clave,y elevado allí a la categoría de símbolo común, opera como refe-rencia de lo que, en esa misma circunstancia histórica, comenzóa denominarse, con lúcida anticipación, “crisis civilizatoria”. Setrataba ya en aquel entonces –y, seguramente con mayor razón, setrata todavía hoy– de una crisis de los fundamentos de las socie-dades “avanzadas”, que pasaron a ser concebidas como una navesin rumbo y lanzada a alta velocidad a la conquista del vacío,con su penosa carga de objetos destinados a la ostentación o eldespilfarro, mientras se intentaba vanamente ocultar su marchapredatoria sobre los recursos y la calidad de vida del planeta osus criminales desfiles belicistas o las miserables condiciones deexistencia de miles de millones de menesterosos en aquellos paísesque se mantenían y siguieron manteniéndose al margen de susmezquinas prosperidades. Esas mismas sociedades “avanzadas”se percibieron –de golpe y porrazo a la luz pública pero siempreluego de un demorado proceso de concientización en sus calladaso vociferantes sombras críticas– como espectáculo y como simu-lacro de una autenticidad vital y de unas pasiones existencia-les que ya no tenían cabida, como no la tuvieron nunca, en lascircunscripciones y en los derroteros del poder institucionalizadoo por institucionalizar en cualesquiera de sus formas. Y fue y escrisis civilizatoria desde entonces porque la indignación contes-tataria no se limitó a arremeter contra esos tótems sagrados queson el Estado y el capital sino que transformó también en objetosde su iconoclastia y de su ira a todas las instituciones autoritarias,vetustas y resecas, que se le pusieron por delante.Así las cosas, el “mayo francés” celebró ese momento extá-tico –pero no estático y, mucho menos, etático– en que París,una de las más importantes capitales europeas, vio flamear nue-vamente las banderas rojas y negras de la anarquía; y no sóloen calles y plazas abiertas al viejo misterio sino también en laprofanación irreverente de edificios y monumentos tan “vene-rables” como podían serlo la Sorbonne, el Arco de Triunfo oel Odeón. El anarquismo volvía a proponerse entonces comouna alternativa sobre la que, al menos, valía la pena reflexio-nar. En primer lugar, y fundamentalmente, por cuanto ofrecíarespuestas radicales e históricamente ajustadas a la crisis civi-lizatoria de las sociedades “avanzadas” pero también porque
  12. 12. 24 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 25volvía a encarnar el porvenir de la utopía, poniendo en mo-vimiento, rabiosa y sorpresivamente actualizado, esa corrienteque desde la 1ª Internacional identificó y ubicó claramente a losproyectos de construcción socialista entre la descarada e insólitaautonomía de las organizaciones populares de base, entre lo quea fines de los años 60 había pasado a reconocerse ya como au-togestión2y, sobre todo, entre el apetito, la voracidad y la gulade realización libertaria que, para los anarquistas, era imposibley profundamente erróneo distinguir del socialismo como tal. Enotras palabras: el anarquismo recuperaba actualidad porque ubi-caba sus respuestas más allá de cualquier compromiso, de cual-quier involucramiento, de cualquier contubernio, con las grandesconcentraciones de poder mundial y, además, en tanto contesta-ción radical de todos los modelos de organización social realmen-te existentes –al oeste y al este, al norte y al sur del planeta– y detodas las formas de dominación conocidas y por conocer.Digámoslo todavía de otra manera: lo que el “mayo francés”volvió a reubicar en el orden del día fue el rostro históricamentereprimido y oculto de la utopía que muchos habían creído versepultada en España en 1936; una alternativa a la “crisis civili-zatoria” desde modos de pensar, de sentir y de actuar fundadosen el deseo de una libertad intransigente que se realiza y resuelveen un proyecto revolucionario y socialista capaz de ofrecerleun marco propio e intransferible. Un proyecto que nunca habíadejado de latir totalmente –y que la prosperidad capitalista oel “socialismo” de Estado nunca consiguieron sustituir ni ente-rrar– recobraba allí sus antiguos bríos. Y en ese hecho, además,2Como es bien sabido, es muy difícil encontrar el término autogestión en escri-tos anarquistas previos a los años 60: aparentemente, su uso se generaliza apartir de la traducción inicialmente francesa de la expresión samo-upravlje,utilizada en la ex Yugoslavia para referirse a la administración directa desus empresas por parte de los trabajadores. No obstante, el término expresadesde entonces –y lo hace a la perfección– lo que los anarquistas siemprequisieron significar sobre el punto; incluso aunque sea preciso reconocer queel mismo se haya prestado también a insufribles manoseos. Manoseos o no,lo cierto es que el término se mostró también bastante más fecundo y másubicuo desde el punto de vista teórico, político y metodológico que cualquierade sus equivalentes anteriores, incluso hasta el extremo de admitir una utili-zación coherente en expresiones que eran difícilmente pensables con anterio-ridad: “autogestión generalizada”, “autogestión de las luchas”, “autogestiónpedagógica”, etc., etc.; desbordando así los campos, tradicionales y necesa-rios pero restringidos, de las unidades productivas y las comunas.se reconocían dos facetas que no siempre llegaron a ser visua-lizadas cabalmente y con todas sus consecuencias: el “mayofrancés” representó, ciertamente, el rescate de un pasado y deunas tradiciones que todavía podían mantener en alto sus rasgosdefinitorios, pero también fue un anuncio fundacional, trans-gresor, creativo, que prometía ser la continuidad de un viejomovimiento pero ahora sobre cauces que sólo cabía interpretaren su radical novedad. Porque el “mayo francés” fue tambiénla condensación y el resumen de un vasto, profundo y dilata-do movimiento histórico que expresó la emergencia de nuevosentendimientos y nuevas nociones que ya no se correspondíanpunto por punto con las sociedades, las prácticas y los instru-mentos organizativos que durante más de medio siglo le habíanconferido al anarquismo clásico su personalidad distintiva. Si elanarquismo pudo resurgir entonces de sus cenizas no fue porquelos grupos que lo expresaron se limitaran a recordar efeméridesgloriosas y entrañables y conmover así a sus ocasionales audito-rios; no fue porque finalmente hubiera conseguido demostrarseque en la comuna parisina de 1871, en la Rusia de los soviets de1917 o en la España revolucionaria del 36 los anarquistas cons-tituían la fuerza auténticamente socialista y emancipadora; nofue porque se reclamara para sí fidelidad con alguna ortodoxiainconmovible ni se recurriera al embelesado arrobamiento de unarepetición ceremonial: fue así porque el anarquismo se presentónuevamente como una fuerza rejuvenecida y capaz de ofrecer ex-plicaciones y respuestas a los múltiples interrogantes y problemasde un tiempo que entonces era y ahora sigue siendo el nuestro.Dos características, de las que el “mayo francés” no fue sino unanticipo y quizá también, paradójicamente, una consagración, des-tacan entre tantas otras: por un lado, la emergencia de una concep-ción de las sociedades según la cual éstas ya no eran susceptibles deaprehensión a partir de un mecanismo central determinante, cuyocontrol favorecería inmediatamente los cambios que solitariamenteestablecieran los planificadores o las pitonisas de turno; y, por otraparte, en consonancia con lo anterior, el fastuoso surgimiento de unabigarrado conjunto de movimientos sociales dispuestos a afrontarlas luchas de contra-poder cuándo y dónde se los requiriera. Loque allí se estaba poniendo en cuestión eran las nociones vueltastradicionales por cierta izquierda de raíz leninista respecto de la
  13. 13. 26 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 27toma del poder en tanto instancia demiúrgica de la construcciónsocialista, así como se sumergía en la pila bautismal la experienciadescentralizada y transversal de movimientos que emprendían latransformación capilar de la sociedad en los ámbitos donde se losreclamaba. De allí en más se volvió evidente la convicción de quela construcción de un mundo nuevo ya no podía reducirse al de-cimonónico asalto del cielo y a la consecuente transformación deciertas estructuras entendidas como fundamentales, organizadorasy definitorias: ahora las revoluciones debían ser, también y sobretodo, revoluciones que abordaran y abarcaran todos los vericuetos,intersticios y anfractuosidades de la vida en sociedad; debían ser, ensuma, además de su horizonte de supresión radical y a escala globalde la dominación política y la explotación económica, revolucionesde la vida cotidiana.El anarquismo clásico3sabía ya bastante de estas cosas y nuncadejó de acompañar su aliento insurreccional –fuera inmediatistao de largo plazo– de una fuerte valoración de los aspectos éticos,tanto a nivel individual como colectivo. Siendo así, el cambio de lasactitudes básicas en las relaciones de convivencia libre y solidariaentre iguales no era un tema que pudiera postergarse para las calen-das griegas, sino un horizonte de realizaciones anticipadas a ponerinmediatamente en el tapete, como matriz y como anuncio auguraldel mundo nuevo. A la luz de esas convicciones, el anarquismoclásico animó un conjunto de prácticas que hoy bien podrían ins-cribirse dentro de las preocupaciones por lo cotidiano: las escuelas3Entendemos por anarquismo clásico, en un sentido deliberadamente restrin-gido, a aquel cuerpo ideológico que va adquiriendo formas propias –con suscorrespondientes proyectos de transformación, modelos de organización ymétodos de acción– en el entorno de la ruptura de la 1ª Internacional y sesustancia en un movimiento revolucionario de base popular. Ese anarquismoclásico se constituirá en tanto paradigma del movimiento a escala interna-cional y su reconocimiento básico –en lo organizativo y en los métodos deacción– se dará a través del anarcosindicalismo, extendiendo su influjo enforma prevalente hasta los tiempos de la Revolución Española de 1936-1939. Cabe aclarar, además y para evitar la reacción de historiadores meti-culosos, que el anarco-sindicalismo, en sus expresiones modélicas, resultade un largo proceso de maduración, que esa denominación no se adoptó deinmediato y que nosotros estamos incluyendo dentro de la misma a orga-nizaciones que no se reconocían como tales; por ejemplo, la FederaciónObrera Regional Argentina. También parece innecesario insistir demasiadoen que esa figura paradigmática a la que aquí llamamos “anarquismo clá-sico” nunca fue el único “anarquismo realmente existente”.racionalistas, el cultivo del esperanto, la fascinación por la cienciay el arte, el amor libre, la alimentación vegetariana, el contacto conla naturaleza, etc., etc. Además, ahora sobre todo en sus variantesmás individualistas o más recelosas de la organización, profundizóciertamente en su crítica de las instituciones –desde la moral a lafamilia, pasando por el derecho–, como permanentemente sospe-chosas de creación de autoridad y dependencia. Pero, incluso así,es posible situar, a partir de esa cosmovisión, desplazamientos yreubicaciones conceptuales que, en conjunto, implican un giro quetal vez quepa calificar de radical y que, de hecho, reorganiza elcampo de entendimientos y significaciones. ¿Cuál es, entonces, esegiro? A nuestro entender, el mismo consiste en que las elaboracionesy experimentaciones características del anarquismo en su períodoclásico eran operaciones intelectuales y prácticas que iban desde yhacia el trabajo, ubicando en esa relación social precisa –o relativa-mente precisa– el punto de ebullición, ruptura y cambio de estado;el lugar de origen de todo sojuzgamiento, la residencia genética detoda emancipación y el destino mismo de toda libertad concebible.Hacia fines de los años 60, sin embargo, al menos en aquellas socie-dades que poseían ya un formidable desarrollo tecnológico y unaextraordinaria acumulación de bienes disponibles, el trabajo habíacomenzado a perder su condición central:4las estrategias de podereran reconocidas y contestadas, para decirlo en sus clásicos térmi-nos latinos, tanto en el campo del negotium como del otium. Lapropia diversificación y segmentación interna de esas sociedades, la4Este proceso no ha hecho sino acentuarse lentamente a lo largo de un vastoperíodo histórico, al menos si lo observamos desde el punto de vista de ladistribución del tiempo diario. La máquina, efectivamente, “libera” a laespecie humana de las tareas productoras: un obrero realizaba anualmente5.000 horas de trabajo hace 150 años; 3.200 horas hace un siglo, 1.900horas en los años setenta y 1.520 actualmente. Relacionándolo con la dura-ción total del tiempo que permanece despierto en el conjunto del ciclo de lavida “el tiempo de trabajo representó el 70 por ciento en 1850, el 43 porciento en 1900, solamente el 18 por ciento en 1980 y el 14 por ciento hoy”.Cf., Roger Sue, Temps et ordre social, cit. en Renée Passet, “Las posibili-dades (frustradas) de las tecnologías de lo inmaterial”; recogido, a su vez,en Pensamiento crítico vs. Pensamiento único, Le Monde Diplomatique,edición española, Editorial Debate, Madrid, 1998. Más allá de lo dichoy de la convicción de que seguramente expresa una tendencia difícilmentedesmentible, es de hacer notar que el mencionado trabajo no especifica lametodología según la cual se construyó el indicador ni aclara cuál es exac-tamente el universo de aplicación del mismo.
  14. 14. 28 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 29multiplicidad de espacios de sociabilidad que no tenían en el traba-jo su centralidad cultural ni su asignación última de significaciones,generó un terreno ampliamente propicio para la conformación deuna constelación de identidades en construcción y en movimientoque pasaron a ocupar un lugar que antes no tenían.Cambiaba también el cuadro de clases, actores y potencialessujetos revolucionarios. Aquella oposición tradicional –definitiva-mente clara, central y absorbente– entre la burguesía y el proleta-riado, que marcara el compás de los entendimientos y las prácticasdel anarquismo clásico, pasaba a ser históricamente revalorizada.Y ello al menos por tres razones: en primer lugar, por la pérdidatendencialmente progresiva de volumen de la clase obrera indus-trial, en su sentido más genuino, y del viejo artesanado; en segun-do término, por la percepción creciente –ciertamente muy discuti-ble– de su incorporación, asimilación y cooptación a través de unsindicalismo burocrático y reformista por los Estados benefactoresde la segunda postguerra; por último, también a partir de formasde producción en las que el trabajo concebido como fuerza físi-ca pasaba a ser sustituido por modalidades en las que era consi-derablemente más notorio el componente de conocimiento y deinformación.5La configuración de clases se orientaba hacia unaestructura caracterizada por el crecimiento exuberante de los ser-vicios y daba lugar a la formación de nuevas capas de trabajadoreso al aumento de la incidencia de otras habitualmente situadas a lazaga de las luchas sociales y que ahora se hacían lentamente de unespacio propio –como fue el caso del personal de la enseñanza y dela salud–, en los primeros puestos del enfrentamiento a lo que yaentonces se denominaba “sociedad de consumo”. Transformaciónsocietaria ésta que lejos de circunscribirse exclusivamente a esas5En las reflexiones de época, llegaba a conjeturarse incluso que el estudiantadopodía constituirse en una clase explotada anticipadamente y que, como tal,cabría considerarlo desde ese mismo instante en tanto “proletariado cientí-fico, cultural y tecnológico”. Vid., por ejemplo, algunos giros y elaboracionessobre el tema en Abraham Guillén; Estrategia de la guerrilla urbana, esp.págs. 138 y 162; Ediciones Liberación, Montevideo, 1970. Resulta de inte-rés también aquilatar la concepción de Guillén según la cual, en la AméricaLatina de la época, el proletariado ya no era, como en el anarquismo clásico,el sujeto excluyente, sino que el mismo se transmutaba en un frente de clasesoprimidas. Véase ahora, de Guillén, Desafío al Pentágono. La guerrilla lati-noamericana, esp. pág. 75; Editorial Andes, Montevideo, 1969.sociedades “avanzadas”, comenzaba a manifestarse también hol-gadamente en aquellos países que ni siquiera habían completadoun proceso de industrialización que pudiera considerarse comomedianamente vigoroso.El Estado mismo se encontraba en un proceso de redefiniciónde su papel y favorecía así un nuevo desplazamiento respecto de lasnociones acuñadas por el anarquismo clásico. En éste, el Estado erala condensación y el resumen del principio de autoridad y su supre-sión resultaba ser el desideratum político revolucionario. Pero, a fi-nes de los años 60, ya se hacía imprescindible reubicar el problemadel Estado, de los espacios públicos y de la organización “democrá-tica” de la sociedad, así como de sus correspondientes y recienteshistorias.6Al respecto, cabe decir que, así como el llamado Estadobenefactor hubo generado en torno suyo consensos inexistentesen el momento de la elaboración original del anarquismo clásico,su inminente desguace volvía irrelevantes los mismos, transforma-ba en etéreos los espacios públicos y diluía la política al grado deteatralización insustancial de la decisión colectiva. En efecto, malpodían sostenerse ya en ese entonces el simulacro democrático delsufragio universal, la participación ciudadana, el ejercicio indirectode la “soberanía” a través de la institución parlamentaria y algunasotras entelequias de similar calibre; sobre todo cuando el propioEstado empezaba a ser subrogado voluntariamente en muchas desus prerrogativas y en buena parte de sus funciones instrumentalesy simbólicas por corporaciones transnacionales de enorme capaci-dad financiera y organizaciones supraestatales o subestatales que6He aquí un magnífico ejemplo de nuestras debilidades en materia de elabora-ción teórica. En tiempos del anarquismo clásico, el Estado tenía una historiaque era materia de reflexión y de elaboración; de lo cual hay, por supuesto,muy buenas pruebas: por ejemplo, Piotr Kropotkin; El Estado y su papelhistórico; Cuadernos Libertarios de la Fundación Anselmo Lorenzo, Madrid,1996. Sin embargo, desde el momento mismo en que dichos estudios se vuel-ven estándares insuperables, y de ellos se conservan sus resultados y no elrecuerdo de su proceso de construcción, el pensamiento anarquista pareceexonerarse displicentemente del necesario esfuerzo de contrastación, actua-lización y aun refutación de los mismos. Es particularmente sugerente con-frontar esta afirmación con textos modernos como el de Gastón Leval –ElEstado en la historia; Editorial Otra Vuelta de Tuerca, Cali (Colombia), s/f–,que es superior al de Kropotkin por muchos motivos; pero que, sin embargo,no aborda de lleno y en profundidad una elaboración teórica específica apropósito de los Estados posteriores a la Revolución Francesa de 1789, másallá de algunas esporádicas referencias al pasar del Estado soviético.
  15. 15. 30 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 31ya constituían manifestaciones más o menos evidentes de una ge-nuina concentración de poder, crecientemente gravitantes respectode la que expresara en su momento ese aparato jurídico-políticoque el anarquismo clásico concibió como la sede natural y vir-tualmente monopólica de las mismas. Entonces se hizo necesarioconcluir que el Estado no constituía una centralización excluyen-te del poder político sino que tales esquemas de dominación acu-mulada, institucionalizada y legitimada podían formarse tambiénen relación de coexistencia con él, fuera ésta de complementacióno de competencia.El poder, por lo tanto, también se volvía mercurial e in-asible y dejaba de ser ese lugar perfectamente identificable ygeneralmente identificado con el Estado. Ahora, el poder sediluía a lo largo y a lo ancho de la propia “sociedad civil”y sus concentraciones o sus propias condensaciones estatalesdejaban de admitir esa aureola de exclusividad –o, al menos,de hegemonía indisputable– que antiguamente se les confería.El poder perdía así buena parte de su condición sacramental,asumía nuevas conceptualizaciones y reclamaba ser trata-do no sólo como un lugar fijo y una estatua a derribar sinotambién como relación –ya estuviera ésta institucionalizada ono– y como estrategia de dominio.7Una estrategia de dominioque bien podía ser reversible, a través de discursos y prácticasde oposición y resistencia, pero que ocasionalmente tambiéncristalizaba en formas institucionales a las que ahora habíaque dedicar una atención preferencial o al menos más intensaque aquella ya abordada, ciertamente, por el anarquismo clási-co. La escuela, la cárcel, el hospital, el manicomio, el convento7Es inocultable que esta conceptualización está fuertemente marcada, en régimende interpretación libre, por la obra de Michel Foucault a propósito del punto;sobre todo, la elaboración del período intermedio, que algunos comentaristashan caracterizado como “genealógico”. A nuestro modo de ver, la teorizaciónde Foucault asociada con ese conjunto de textos –y, en medida mucho menor,con sus intervenciones políticas como “intelectual específico” que no siempreresultaron del todo afortunadas– constituye la principal referencia de un pro-ceso de reelaboración en torno del problema del poder; referencia que, porsupuesto, dista de ser canónica y acabada. Vid., de este autor, especialmente,Microfísica del poder, Saber y verdad y Genealogía del racismo; Las Edicionesde La Piqueta, Madrid; 1979, 1991 y 1992, respectivamente. Además, esaltamente sugestivo que precisamente ese tramo de la trayectoria teórica deFoucault es el que se entiende –prácticamente en forma unánime– resulta ser elmás fuertemente tributario de la tónica del “mayo francés”.o la fábrica ya habían sido, en efecto, objetos de las diatribasy la iracundia libertarias, pero ahora era necesario asignarlestambién una condición específica derivada de las autonomíasdiscursivas en las que se fundamentaban y –más embarazosoaún– emprenderla críticamente contra las constelaciones de sa-ber en las que encontraban sus justificaciones y sus apoyos máslejanos. Ya no todo podía ser derivable del Estado o del capitaly depender cual reacción en cadena de esos enfrentamientosbásicos, sino que ahora el cambio social de sentido anarquistaexigía una multitud renovada de nuevos acosos: el “principiode autoridad” ya no podía ser sola y simplemente una emana-ción y una persistente presencia de cierto sentimiento religiosoatávico sino que pasaba a expresarse de mil maneras distintas,relativamente independientes entre sí, desde orígenes diversosy muchas veces ocultos a una mirada lineal e ingenuamentetotalizadora.Entre tantas mutaciones de época, no puede dejar de men-cionarse a las habidas en torno de la concepción o de las filo-sofías de la historia. Aquella vieja noción decimonónica, segúnla cual la historia sólo podía aprehenderse como superaciónconstante, como evolución inexorable y como progreso im-posible de detener, había recibido ya suficientes asedios e in-terpelaciones de los que no podría sobreponerse. Con razonesmucho mayores todavía, se encontraban en jaque sus variantesfundamentalistas, las que no se conformaron con pronosticarun sentido determinado sino también un punto de destino devalor absoluto, al cual habría de arribarse en forma inevitable ycomo consecuencia del despliegue de leyes que decían contar asus espaldas con el aval incuestionable de la “ciencia” o de unalógica misteriosa, iniciática e indescifrable.8Ahora, la historia8El siglo xix fue especialmente pródigo en este tipo de concepciones. Lasideas de Auguste Comte, Herbert Spencer o el propio Charles Darwin–traducido éste a claves societarias– ilustran abundantemente las postu-ras evolucionistas. Hegel y Marx, mientras tanto, son sin duda los expo-nentes más calificados entre aquellos que asignan a la historia un puntode destino. A nuestros actuales efectos, resulta especialmente oportunocalibrar la extraordinaria fuerza que estas ideas tuvieron incluso hastabien avanzado el siglo xx. En tiendas anarquistas, puede decirse que elexponente más próximo a las mismas –en términos evolucionistas aunqueno darwinistas– fue Piotr Kropotkin, y su más lúcido contradictor ErricoMalatesta.
  16. 16. 32 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 33–así, sin sus viejas y arrogantes mayúsculas– no soportaba unainclinación reverencial y pasaba a ser intuida como reversible,circular, pasible de estancamiento o, en el mejor y más desea-ble de los casos, como el producto consciente y colectivo de lassociedades humanas.9Ello reubicaba de otro modo los viejostemas de la construcción del socialismo, del abatimiento delEstado y, por supuesto, de la revolución. Ya no podía pensar-se más en revoluciones reguladas por algún tipo de legalidadhistórica, que maduraran y cayeran por su propio peso luegode una insoportable extensión de la explotación y la miseria.Ahora, las revoluciones que pudieran alentar en el imaginariocolectivo –al menos siempre y cuando merecieran los adjetivosde libertarias y socialistas– no serían más exclusivamente elfruto de la desesperación y del bloqueo de todo otro caminoposible ni el producto automático de un conflicto entre las re-laciones de producción y el desarrollo de las fuerzas producti-vas sino el resultado de un implacable ejercicio de la crítica, dela conciencia y del deseo.Indisolublemente vinculado con esta concepción, cobraarraigo también un nuevo estilo militante que empalma a sumodo con una cultura juvenil abierta y desenfadada que seconsolidó durante los años 60 y que desde entonces impregnauna cierta sensibilidad social alternativa y transgresora. Aho-ra, los modelos hedonistas de comportamiento sustituyen sindemasiados cargos de conciencia a los modelos sacrificiales yascéticos; la creatividad, la espontaneidad y hasta la alegría dela acción revolucionaria se anteponen a aquellos recipientesorganizativos que, sin percatarse de ello, asfixian la respira-ción comunitaria en los jadeos forzados del ritual burocrático;de la confianza en las planificaciones inviolables e incapacesde corregirse a sí mismas se pasa al respeto de las prácticassusceptibles de cambiar, inventar y hasta de convivir con el9Para una más que interesante y nunca confesada aproximación a cierto“voluntarismo” casi malatestiano, pero desde bases teóricas distintas,vid. Cornelius Castoriadis, La institución imaginaria de la sociedad, pas-sim; Editorial Tusquets, Barcelona, 1983. Una exposición más próxima,resumida y accesible de las concepciones de Castoriadis al respecto puedeencontrarse en “Imaginario e imaginación en la encrucijada”, recogido enedición póstuma en Figuras de lo pensable, pág. 93 y sgs.; Fondo de CulturaEconómica, México, 2001.caos;10las identidades se vuelven móviles y se reconocen másen los recorridos vitales que en los lugares fijos; las historiasconfiables y previsibles ya no conmueven y los anhelos se con-centran en la excitación de las sorpresas; dejan de importar losprogramas –que son percibidos como la adopción de la lógicadel adversario– y se piensa que la contestación será tanto másradical cuanto menos codificada y ubicable pueda subsistir;la revolución ya no es el episodio unitario y final de la pe-ripecia humana sino que, desde ese preciso instante, habríaque ponerse a imaginar acerca de mil revoluciones divisibles ydefinitivamente inconclusas. Esa nueva cultura militante forjóen su momento agrupamientos nuevos que se resistieron a sersubsumidos en los moldes organizativos tradicionales. Agru-pamientos que, considerados por sí mismos y acordes conla reciente impronta que los animaba, no podían menos quecaracterizarse como furtivos y fugaces pero que, así y todo,dieron lugar a un acontecimiento sociopolítico mucho más10He aquí, probablemente, una de las claves privilegiadas para comprenderel profundo cambio de los modos de pensamiento entre la época del anar-quismo clásico y nuestro propio tiempo. La acepción vuelta tradicional dela anarquía, que la asociaba con el desorden, era respondida en términosdefensivos –“la anarquía es la máxima expresión del orden”, “la libertadno es hija sino madre del orden”, etc.– capaces de ofrecer una réplica ade-cuada en ese nivel de discusión. Hoy día, tanto desde las ciencias naturalescomo, casi siempre por reflejo, desde las ciencias sociales, se admite que elcaos –en sus diferentes acepciones, que no necesariamente coinciden con lanoción de desorden– es uno de los estados de alta probabilidad de la mate-ria inanimada, de los organismos dotados de vida y de las sociedades. Eneste último campo, el orden perfecto sólo podría quedar asociado con untotalitarismo inconcebiblemente extremista; con lo cual, paradójicamente,este tramo –y sólo este tramo– del discurso propio del anarquismo clásico sevolvería ¡decididamente reaccionario!. Sobre la moderna teoría del caos,vid., entre tantísimos otros textos, Ilya Prigogine, ¿Tan sólo una ilusión?Una exploración del caos al orden; Editorial Tusquets, Barcelona, 1988;Edward N. Lorenz, La esencia del caos, passim; Editorial Debate, Madrid,1995, Fritjof Capra, La trama de la vida. Una nueva perspectiva de los sis-temas vivos; Editorial Anagrama, Barcelona, 1998 y George Balandier, Eldesorden. La teoría del caos y las ciencias sociales. Elogio de la fecundidaddel movimiento, esp. Cap. 2; Gedisa, Barcelona, 1989. Con todo, es impor-tante reconocer que este campo de discusiones ha recibido un nuevo tra-zado desde la exploración crítica, más espectacular que profunda, de ciertasconcepciones y ciertos procedimientos discursivos realizada por Alan Sokaly Jean Bricmont, de los cuales es imprescindible consultar Imposturas inte-lectuales; Ediciones Paidós Ibérica, Barcelona, 1999.
  17. 17. 34 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 35impersonal y perdurable y del que se sigue reflexionando desdeaquel entonces: los nuevos movimientos sociales; una formaviva y activa de respuesta y contestación, de cara a contextosespecíficos de poder y dominación y vocacionalmente orien-tados a vincularse de maneras no centralizadas ni partidariassino autonómicas y transversales.Mirados en conjunto y ahora en perspectiva, los cambios quese habían procesado hacia fines de los años 60 eran demasiadosy demasiado profundos como para que pudiera seguir sostenién-dose indefinidamente tanto una concepción de la sociedad, de lahistoria y del cambio revolucionario excesivamente anclada en loshallazgos teóricos sustanciales del siglo xix como la constelaciónde entendimientos, nociones, proyectos, organizaciones y prácticaspropios del anarquismo clásico. Si las sociedades ya no aceptabanmás que a regañadientes ser representadas y explicadas a partir dealgún principio central determinante sino que exigían la proyec-ción teórica de su diversidad y de su caos primigenio; si la historiaya no nos conducía inexorablemente a ningún lugar seguro y pre-destinado en el que pudiéramos cifrar nuestras esperanzas o las dela generación siguiente;11si la revolución ya no podía ser conside-rada como el definitivo e invencible asalto al cielo; si, además, senos exigía una visión renovada pero siempre libertaria del poder,de las instituciones, de las pautas de sociabilidad y de las prácticasde los movimientos sociales: entonces, ¿podíamos seguir siendotercamente iguales a nosotros mismos y obcecados más en la de-fensa conservadora de nuestro pasado que en la conquista creativay transgresora de nuestro futuro? ¿Alguien podía entonces y puedesostener todavía hoy que dichos cambios no son fundamentales yno obligan por sí mismos a un reordenamiento del campo teóri-co-ideológico del anarquismo clásico, al menos en el supuesto y11Esta afirmación puede parecer una “acusación” desmedida al anarquismoclásico, en el cual casi siempre hubo una incorporación, relativamente ino-cultable aunque nunca asumida como tal, de cierto milenarismo utópico;una asunción que, por cierto, no careció de ambigüedades y contradiccionesmás o menos notorias. Sobre el tema, vid. el planteo de la revolución comofusión del mito y la utopía en René Furth; Formas y tendencias del anar-quismo; Editorial Acción Directa, Montevideo, 1970. Cf., también, NormanCohn, una de las fuentes inspiradoras de Furth en el tópico respectivo; Enpos del milenio. Revolucionarios milenaristas y anarquistas místicos de laEdad Media, pág. 15 y ss.; Alianza Editorial, Madrid, 1981.en el deseo insoslayables de que nuestro movimiento sea capaz dedisputar los caminos de reorientación de la historicidad específicaen la que le ha tocado actuar? ¿Es posible que nuestra nostalgiapor un pasado cargado de heroísmos y de glorias nos hiciera y noshaga permanecer todavía observando el mundo y el mañana desdela cubierta del acorazado Potemkin o en las barricadas levantadasfrente al cuartel de Atarazanas? Pero, si no pudiera ser así, ¿es queya no nos quedaba entonces ni nos queda hoy ni nos quedará ma-ñana nada de lo que alguna vez fuimos y tuvimos? ¡Sí, por supues-to que sí!; nos quedaba, nos queda y nos quedará, entre muchosotros “bienes”, nada más y nada menos que lo auténticamente im-portante y definitorio, lo que nos constituye como anarquistas ynos confiere nuestra personalidad distintiva e intransferible, lo más“tradicional” y permanente de cuantas cosas se hubiera ocupadoBakunin alguna vez: la crítica y el enfrentamiento radical e inclau-dicable de todas y cada una de las formas y estrategias del poder;la búsqueda, el ensayo y la creación de una libertad intransigentepara nosotros y para nuestros semejantes, en el marco de un igua-litarismo profundo y multidimensional, pero no uniformizador, ya través de la práctica continuada de la solidaridad con los oprimi-dos de todo pelo y condición. Todo lo cual debería ser inscrito deuna vez y por un buen tiempo más en un recorrido de futuro que yacorrespondería caracterizar como anarquismo postclásico.1212Permítasenos, al cerrar este apartado y por única vez, una breve apostillapersonal a las presentes reflexiones. El autor de estas líneas se formó –ocree haberse formado– en un espacio de tensiones ideológicas libertarias delcual las mejores tradiciones del anarquismo clásico constituyeron una de susvertientes principales. Por esa sola razón, no debería interpretarse ningunade sus afirmaciones sobre el tema como menosprecio y mucho menos comoburla de las mismas; antes bien, siempre habrá disposiciones y emocionespara un sincero y rendido homenaje a dichas tradiciones en su contextohistórico propio. La ruptura relativa y siempre condicionada con las mis-mas fue un proceso largo, errático, transitado sin demasiadas alegrías yque todavía hoy provoca algún temblor y alguna vacilación; proceso que,además, como módica demostración de su “buena fe”, apenas si se atrevió adar el “mal paso” hacia el postclasicismo –y sólo luego de múltiples, espas-módicos y dolorosos desplazamientos parciales– recién a fines de los años80, ¡veinte años después del “mayo francés” y sin ningún alarde de anticipoy precocidad! Por lo tanto, y aun cuando razones de estilo vuelvan innec-esarias y engorrosas las aclaraciones correspondientes, debe entenderse quela mayor parte de las afirmaciones críticas contenidas en este trabajo nopretenden ilustrar un absurdo pontificado ejercido desde un lugar neutral eincontaminado sino que aspiran a ser también profundamente autocríticas.
  18. 18. 36 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 372.– ¿Desperezarse o seguir durmiendo?Esos rasgos de época y de largo aliento no fueron inmedia-tamente comprendidos de ese modo y el anarquismo no contóentonces con un marco teórico sólido y actualizado que le per-mitiera madurar un paradigma revolucionario que sustituyeraa aquel réquiem admirable que fuera la heroica gesta del mo-vimiento libertario español; ni siquiera en aquellos países euro-peos en que el reverdecer había sido más notorio. Por otra parte,aquel empuje de fines de los años 60 sólo consiguió proyectar-se débilmente en América Latina y en Europa Oriental, por nohablar de otras regiones donde sus imágenes refractadas y susecos fueron más tenues todavía y sólo llegaron como referen-cia lejana, anecdótica, de dudosa aplicabilidad o implantación;sobre todo, por cuanto los cuadros epocales no actúan con lamisma fuerza en cualquier territorio dado ni se expresan o seconfiguran como la mera réplica o la aburrida clonación de sudiseño básico y original. Un cuadro de época que, además, envastas regiones de América Latina, Asia y África ubicaba comoeje prioritario de ciertas y predominantes luchas a los procesosconocidos y reconocidos como de liberación nacional; en tor-no de los cuales se articulaban y encontraban su significaciónprioritaria los movimientos sociales de gravitación más notoria.En cierto modo, también, algunas experiencias “socializantes”,más o menos autónomas respecto del bloque soviético (China,Yugoslavia, Cuba, Argelia o Vietnam), ubicadas genéricamenteen ese marco de descolonización y antiimperialismo, con su co-rrespondiente cuota de combatividad independentista vigente yde contagiosos apasionamientos, mantenían abierto un créditoque para vastos sectores seguía siendo de expectativa y esperanzarespecto de los derroteros vagamente anticapitalistas y estatistasque, en su versión madre, se declaraban en completa bancarrotacon la invasión a Checoslovaquia en agosto del mismo año 1968.El anarquismo vivía el alborozo quizá mediatizado de su revitali-zación pero muy lejos estaba aún de constituirse en una alternativarevolucionaria extendida y socialmente relevante, tal como fueraconcebido por sus militantes y sus adversarios en Italia, Francia,Rusia y varios países de América Latina hasta, por lo menos, lostiempos de la Primera Guerra Mundial y tal como se prorrogaraen España durante veinte años más, hasta el momento mismode su revolución inconclusa y frustrada. Aquel gozoso despertarsesenta-y-ochesco, entonces, sólo estuvo en condiciones de actuarcomo llamado de atención, como alerta, como insinuación, comoapertura de nuevas posibilidades; pero no como un modelo deextendida referencia que pudiera inaugurar cauces de actuaciónsostenibles en el tiempo y concitar nuevas “certezas” –o nuevosinterrogantes– en torno de las cuales reagrupar a un movimientotodavía confundido, convulsivo y a todas luces problemático.El relativamente favorable cuadro de época, sin embargo, se-guiría haciendo lo suyo y volvería a manifestarse en todo su es-plendor en la España de la “restauración democrática” entre losaños 1976 y 1979. Allí y en esos años, la vieja, querida y añoradaConfederación Nacional del Trabajo emerge “inesperadamente”fortalecida y condensa en su entorno las expectativas y los sue-ños más sanos de la España postfranquista. A casi 40 años de suderrota más sentida, el movimiento anarquista internacional vol-vía a mirar ávidamente como propias las calles de Barcelona y asentirse allí como si nunca hubiera dejado de identificarse con suslatidos más bulliciosos y más fuertes. Es Barcelona, precisamentey como no podía ser de otra manera, la que en 1977 se constituyeen escenario de las Jornadas Libertarias y donde una vez más laCNT se percibe y es percibida como la síntesis de un intenso sen-timiento popular y revolucionario que décadas de franquismo nohabían conseguido adormecer ni abatir. Pero los años no habíantranscurrido en vano y la reimplantación de la CNT y el anarco-sindicalismo ya no podía ser acogida en el lecho social españolcomo si sus configuraciones básicas, su cultura política o sus nú-cleos de sociabilidad fueran los mismos que se habían abandona-do en 1939. Incluso, por muy fuertes que pudieran ser en ciertosnúcleos militantes las intenciones restauradoras, ya ni siquiera elmovimiento anarquista era el mismo: una cosa era el consenso entorno de la CNT como mito y como símbolo y alrededor de sureorganización pública como una demorada revancha contra elfranquismo, pero algo bien diferente resultaba ser la aceptaciónsin más de una cierta y reluctante ortodoxia que ya no parecíacontar con las adhesiones suficientes ni con las mismas condi-ciones de posibilidad que tuvo en un pasado que, a ojos vista, sevolvía cada vez más remoto.
  19. 19. 38 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 39ElaugevividoduranteesosañosenEspañayluegosuprogresivoavance hacia la frustración que representó la escisión de la CNT esparticularmente sintomático y significativo. Las condiciones “favo-rables” parecían óptimas en alguna de sus vertientes, pero lo ciertoes que el propio movimiento anarquista organizado demostró noestar a la altura de las circunstancias y no contar con una matrizque realmente pudiera acoger y expresar, en su radical diversidad,las expectativas concitadas. Una matriz, además, que no debía serestrechamente concebida como un mero recipiente orgánico en elque alinear las nuevas adhesiones sino que reclamaba la incorpora-ción de formulaciones teórico-ideológicas y prácticas actualizadasy en condiciones de disputar una historicidad renovada en los tér-minos en que ésta realmente se presentó. La tensión básica que fueerosionando el auge del movimiento libertario español de los años1976-1979 pareció constituirse en torno del enorme peso de su his-toria y de la pertinencia o no de su replicación en un escenario queera a todas luces diferente. Las demandas que ese mismo escenariohabía generado ya no podían reducirse a una controversia entrelealtades y deslealtades con el pasado y sus lineamientos de orga-nización y acción: ahora ellas exigían quizá pensar en un tiemponuevo y en la consiguiente reelaboración de un paradigma revolu-cionario en el que muy probablemente el anarcosindicalismo, a laantigua usanza y con las mismas pautas de aquel lejano entonces,ya no podría ocupar el lugar absolutamente predominante que ensu momento ocupó.13En ese marco de posibilidades y de límites,13No ignoramos que la polémica interna en el movimiento anarquista españolse radicalizó a tal punto, en algún momento, que muchas veces la explica-ción básica de su intempestivo debilitamiento estuvo centrada en la exis-tencia de “infiltraciones” y “traiciones”. De nuestra parte, no negamos queel proceso de escisión de la CNT debe haber estado jalonado por actitudespersonales más que dudosas, pero sí nos permitimos sospechar que talescosas nunca son decisivas en movimientos sociales cuyos arraigos están encondiciones de sobreponerse a las intrigas más formidables. Por lo tanto,lo que creemos es que la polémica interna no supo resolver precisamentelas condiciones de un arraigo social fluido, nuevo y distinto por parte delas organizaciones anarcosindicalistas. Para un seguimiento de cercanías ydesde la óptica “cenetista” es oportuno consultar el trabajo de Juan GómezCasas, Relanzamiento de la CNT (1975-1979); Madre Tierra, Móstoles,1984, y, como muestra de virulencias opuestas, quizá nada mejor que el tra-bajo de Carlos Semprún Maura cuyo tìtulo es por sí mismo un provocativoanuncio de sus contenidos; Ni dios, ni amo, ni CNT; Editorial Tusquets,Barcelona, 1978.de condiciones que aparecían simultáneamente como “favorables”y “desfavorables”, el movimiento anarquista fue desgarrándose así mismo, enfrascándose en reyertas domésticas que por momentoscubrían el campo de las dedicaciones inmediatas y generando des-encantos y fatigas que volverían a sumirlo en el riesgo de la desin-tegración fratricida y en la amenaza de la pasividad, la inoperanciao la pérdida de influencias.La gran lección que nos deja el caso español, entonces, esque la existencia de condiciones favorables a los florecimien-tos libertarios no es más que eso y que su aprovechamientoy su consolidación –o, por el contrario, su dilapidación y suevanescencia– dependen en grado superlativo de lo que elpropio movimiento anarquista pueda aportar de su propiopeculio teórico, ideológico, político, organizativo y prácti-co. Las tendencias de época constituyen un ofrecimiento nosiempre gratuito de posibilidades y, según cómo se sepa dia-logar con ellas, pueden ser tanto un crisol de realizaciones yavances como un cementerio de sueños y de ilusiones. Si enalgún momento, durante 40 años en buena parte del mundoy a lo largo de seis décadas en la propia España, el anar-quismo pudo constituirse en una alternativa revolucionariasocialmente significativa, ello fue así porque sus respectivosmovimientos locales expresaron, a lo largo de ese período,respuestas adecuadas a las configuraciones sociales y polí-tico-económicas, a los modelos de pensamiento y a los con-flictos de esas sociedades en las que le cupo tener cabida yprotagonismo. Hoy no se trata, por lo tanto, de trasladarautomáticamente y sin modificación alguna esas respuestas,como si las mismas pudieran estar más allá de sus referenciasoriginales de tiempo y de lugar, sino de volver a “imitar” lasoperaciones genuinamente básicas e insustituíbles de nues-tros pioneros: ese tenaz esfuerzo de búsqueda y elaboracióncreativa por el cual el movimiento anarquista consigue trans-formarse en un actor relevante de una historicidad específicay que no nos es dado elegir a voluntad.Florecimientos menores y en otras partes los hubo y encantidad no despreciable durante los años siguientes, aunqueya no con la misma fuerza ni el mismo ímpetu que se pusieran
  20. 20. 40 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 41de manifiesto en París, en 1968, y en Barcelona, en 1977. Loshubo, por ejemplo, en la Argentina, en Brasil, en Uruguay, enChile y en Bolivia, durante sus propios procesos de “restau-ración democrática”. Los hubo también, quizás en forma máscautelosa y menos desenfadada, en la Unión Soviética y lospaíses de Europa Oriental, desde la perestroika y su corres-pondiente política de glasnost,14inaugurada oficialmente en1985 por Mijail Gorbachov. En cada uno de esos lugares,en los momentos respectivos, podemos encontrar algunosparecidos y familiaridades particularmente sugerentes. Porejemplo, parece bastante evidente que el colapso de siste-mas políticos cerrados, en los que los espacios públicos seencontraron durante un buen tiempo bajo el control abso-luto del Estado, da lugar a la emergencia de movimientossociales que pugnan por el reconocimiento de sus identida-des y por la forja de sus autonomías. A su vez, esos movi-mientos sociales pueden tener lazos más o menos fuertes conaquellos que los antecedieron y que constituyen su memoriahistórica; pero, en líneas generales, se construyen sobre lascenizas de su pasado y reclaman un componente generacio-nalmente obvio de fundación y de novedad. Ello da lugar,por lo tanto, a procesos genuinamente instituyentes, en losque sus participantes más activos reclaman niveles de pro-tagonismo que les estaban vedados inmediatamente antes;procesos que definen campos de batalla específicos internosa los propios movimientos sociales y en los cuales se abre unabigarrado abanico de tendencias que va desde los sectoresmás negociadores y condescendientes con los nuevos esque-mas de dominación hasta los que defenderán en forma máscerril y consecuente las autonomías respectivas. Siendo así,¿cabe alguna duda que el anarquismo habrá de ser uno delos recursos ideológicos más radicales y más firmes en losque apoyar esta última opción?14Los términos rusos perestroika y glasnost estuvieron virtualmente incor-porados al castellano de habla corriente entre 1985 y 1991; es decir, entreel comienzo de la era Gorbachov y el momento en que la Unión Soviéticaestalla en pedazos definitivamente. Ya no es así desde aquel entonces y, porlo tanto, cabe aclarar ahora, para los más jóvenes o los poco memoriosos,que los mismos se traducían habitualmente como “reestructura” y “trans-parencia” respectivamente.Entonces, más allá de deslindes conceptuales obvios,15másallá de las especificidades locales que en cada caso habrá quereconocer para construir la singular historia correspondiente,lo que parece más o menos notorio es que, toda vez que se pro-duzca un ensanchamiento de espacios públicos, una afluenciade multitudes a los mismos y una exigencia de participacionesredobladas, el anarquismo tendrá mucho para decir y proponer,en tanto allí se están poniendo en juego algunos de sus núcleosdoctrinarios básicos. Todo lo cual se ve, a su vez, consistente-mente reforzado por la convulsión de clases a que tales proce-sos dan lugar: por la deslegitimación de los viejos esquemas dedominación con sus correspondientes formas y cuotas en queinmediatamente antes se distribuían las prerrogativas y los pri-vilegios. Esas “aperturas”, por lo tanto, incuban normalmentetambién una impronta redistributista que sólo puede apuntar–al menos en esas peculiares condiciones– en un sentido másigualitario del que fue la tónica hasta ese momento. Una vezmás, entonces, entre la mediocridad, las vacilaciones y las com-ponendas de la realpolitik reformista, veremos cómo, a nivelde los grupos más beligerantes, se abre paso una corriente designo vagamente libertarizante o lisa y llanamente anarquistaque se propone llevar tales intenciones hasta sus últimas conse-cuencias. Será, en los pliegues y repliegues, en los acomodos yreacomodos del poder, una enésima oportunidad para los res-plandores de la utopía.Débiles resplandores, en todo caso, pues en esa segunda mitadde los años 80, ni en Europa Oriental ni en América Latina, lamayoría de los movimientos locales que fugazmente mostraron15El más obvio de los deslindes conceptuales es aquel que se hace precisoestablecer entre los procesos de “restauración democrática” en los paíseslatinoamericanos y los procesos de implosión y derrumbe de los mode-los “socialistas” propios del bloque soviético. Por lo pronto, en el primercaso es posible encontrar una memoria anarquista más fresca y en algunoscasos también una generación previamente formada y todavía en activi-dad; en el segundo caso, mientras tanto, ello es absolutamente improbabley la “memoria” sólo podrá ser el producto de una clandestina e indirectatradición oral, de hallazgos librescos propios de anticuarios o de módicoscontactos transfronterizos por la vía que fuere. Además de esto, es evidenteque también se hace necesario destacar que se trata, en uno y otro caso, deconfiguraciones societales y procesos históricos que no son estrictamenteasimilables, más allá de los parecidos que se puedan poner de manifiesto.
  21. 21. 42 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 43su vitalidad consiguió sostenerla durante demasiado tiempo. Enel camino de la desintegración del bloque soviético, se forma-ron nuevas agrupaciones –en Polonia y en Checoslovaquia, enRusia y en Ucrania, por ejemplo– y se intentó la reinserción dealgunas formaciones antiguas que habían conseguido sobrevivir,fundamentalmente en el exilio, como es el caso de la FederaciónAnarquista Búlgara. Pero esos esfuerzos, esos apremios, reque-rían de un porte excesivamente titánico que no se estaba, en eseentonces, en condiciones de ofrecer. La bajamar del “socialismorealmente existente” constituía, en efecto, un campo particular-mente fértil para esas yemas, esos brotes de socialismo libertarioque, por fin, se veían liberados de las bridas y los bretes de esaversión apócrifa y muy menor del capitalismo de Estado –y algomás– que prometía su extinción progresiva en la misma medidaque las fuerzas productivas y las relaciones de producción lofueran haciendo posible. Sin embargo, la marea socio-políticatuvo otros ejes y otras direcciones: la seducción que ejercieronel liberalismo y el nacionalismo, por ejemplo, unido a ciertodesencanto fuera de foco que confundía la experiencia soviéticacon las propuestas socialistas en general, constituyeron nove-dades y flancos alternativos de controversia difíciles de contra-rrestar en esas especialísimas circunstancias. Así las cosas, huboque conformarse –así fuera momentáneamente– con el logro dela reinstalación. Un logro pequeño, quizá, pero gigantesco si selo mira desde el punto de vista de las décadas de persecucionesy ostracismos que el movimiento había debido soportar: para fi-nes de los años ’80 y principios de los 90 el anarquismo tambiénpodía contar, en Europa Oriental y en una Unión Soviética envías de extinción, con interlocutores públicos, activos y recono-cibles que ya comenzaban a perfilarse de otro modo y ubicarsea la espera de su oportunidad.No obstante el entusiasmo que ello provocó en las filasdel movimiento anarquista internacional, también en este casose impone una aproximación crítica que dé cuenta de nuestraslimitaciones. Digamos, en tal sentido y sólo como hipótesis quehabrá que confirmar, que a nuestro entender uno de los factoresde constricción habidos durante esos años en la Unión Soviéti-ca y en Europa Oriental fue haber apoyado exclusivamente eldesarrollo del movimiento en labores de difusión ideológica oen la reimplantación de expresiones sindicales autónomas; afir-mación que bajo ningún concepto pretende ir en menoscabo dela importancia extraordinaria e indiscutible que tienen tales co-sas. Admitida, entonces, la esencialidad de dichas inclinaciones,lo que sí corresponde decir es que de ese modo el movimientose privaba simultáneamente de explorar dos vetas igualmentegravitantes: en primer lugar, abarcando la enorme riqueza yvariedad de procesos sociales en estado de ebullición que te-nían su propio campo de acción en esas fechas y que abríanterritorios en los que hubiera sido deseable marcar presenciadesde inflexiones propias e intransferibles; en segundo término,habilitando una práctica política que, basada en una interpreta-ción cabal de la realidad y de las transformaciones que estabanaconteciendo, fuera capaz de acompañar, puntuar e impugnaren forma concreta y adecuada, momento a momento, la confi-guración que iba adoptando el nuevo esquema de poder y domi-nación que finalmente fue legitimando su peculiar arquitectura.Seguramente, reclamarle realmente tales cosas a un movimientoincipiente, y que recién comenzaba a dar sus primeros pasosluego de décadas de separación con sus antecedentes, es algomás que excesivo. No obstante, no parece descabellado –siem-pre como enseñanza de futuro– tener en cuenta aquellos déficitsque, en circunstancias determinadas y circunscritas a un ciertoescenario histórico, puedan haber debilitado, enlentecido o es-tancado las posibilidades de incidencia y repercusión del movi-miento anarquista.Las cosas fueron iguales y distintas en América Latina. Elmovimiento anarquista contaba allí con una actuación más re-ciente y más fresca; continuada y notoria en algunos casos, inte-rrumpida y marginal en otros. Siendo así, los procesos de “aper-tura democrática” favorecieron un encuentro pero también unchoque generacional en el que confrontar los correspondientesy diferentes entendimientos de época. Pero ello sólo ocurrió asíen términos muy generales puesto que, en los hechos, se produjoun trasvase generacional que hizo más confusas todavía algu-nas cosas. El pasado había sido ferozmente reprimido y oculta-do y no contaba con las mismas significaciones en cada uno delos casos: la Argentina no era Uruguay y Brasil no era Bolivia;
  22. 22. 44 / Daniel Barret Los sediciosos despertares de la anarquía / 45las historias particulares y las específicas experiencias de luchaprovocaban por sí mismas un conjunto de distinciones y maticesque no era posible saltearse con jovialidad y despreocupación.Además, si el pasado y sus expresiones habían sido víctimas delas persecuciones dictatoriales, parecía bastante lógico que unsegmento significativo de las nuevas generaciones militantes seidentificara prontamente con sus predecesoras. Así las cosas,no parece extraño ni curioso que la “restauración” libertariatuviera –al menos en los primeros momentos y sólo de modoaproximado– un signo anarcosindicalista en Brasil, adquirieraun sesgo especificista en Uruguay y estuviera basada en gruposafinitarios en la Argentina. No obstante ello, el desencuentrogeneracional en estado puro –purgado de los cruzamientos alos que ya se hiciera alusión– fue latente o manifiesto en casitodos los casos. El resultado casi inmediato fue que las inicialesy esperanzadas fuerzas de confluencia se volvieron centrífugas,la fragmentación ideológica y organizativa se transformó en undato difícilmente modificable del paisaje libertario y en ningúncaso puede decirse que haya emergido airosa una federación ouna red anarquista que se sintiera el producto y la expresión desu tiempo, como parte de una épica propia y actual y no comoheredera o albacea testamentario de su pasado.Otra vez habrá que extraer de la experiencia las leccionescorrespondientes, sin perjuicio del reconocimiento que haya quehacer a un movimiento que volvía a poner de manifiesto la tenaci-dad y la fuerza ideológica necesarias para renacer una vez más desus cenizas. En este caso, en términos muy similares al español perocon diferencias ciertas respecto de lo ocurrido en Europa Oriental,el movimiento contaba con un bagaje de experiencias relativamen-te recientes y con ciertos modelos de actuación a tener en cuenta y,eventualmente, también a reproducir. El problema consistió, pre-cisamente, en que esos modelos ya no podían ser trasplantadosmecánicamente a un cuadro de época que entonces presentaba –yya lo hacía desde un buen tiempo antes– un conjunto de transfor-maciones radicales y profundas, con sus correspondientes decodifi-caciones y resignificaciones generacionales. El problema, entonces,de la historicidad de un cierto paradigma revolucionario volvía ahacer una irrupción furibunda en la escena y a contextualizar el opa-camiento y la decoloración de energías libertarias que se volvieronentrópicas en el correr de unos pocos años. Sin embargo, las cosascasi nunca fueron planteadas y mucho menos entendidas en esostérminos, de modo que sólo adquirieron un reconocimiento super-ficial aquellos niveles de la polémica que se prestaban más a la con-fusión y a los reproches cruzados. Las tendencias a los discursosvagamente moralizantes, la preferencia por los adjetivos lapidariosantes que por la elaboración y la argumentación, el recurso a ladescalificación ajena como camino de las afirmaciones identitariasmás estrechas, constituyeron un saldo en rojo del que sería muydifícil reponerse. Como se vio claramente, las condiciones “favo-rables” por sí solas no tienen una excesiva autonomía de vuelo ylo que el movimiento mismo sea capaz de hacer bajo su exclusivaresponsabilidad y con cargo a su propia cuenta es también unacondición principalísima de su proyección o de su agotamiento.El fin de los años 80 y el comienzo de los 90 fueron el momentomás oportuno para las displicentes celebraciones del liberalismo;tanto y tan desaprensivamente que los más audaces –o los másirresponsables, o los más ignorantes– proclamaron sin vacilaciónalguna, abundantemente estimulados y untados por las infaltablesfinanciaciones corporativas, que, pese al inevitable ritual de susti-tuir los almanaques cada 31 de diciembre, se decretaba arribado elmismísimo final de la historia.16En ese próximo entonces, la hege-monía ideológica del liberalismo fue tal que hubo que incorporar,resignadamente, a la agenda de los estertores rebeldes, la remisiónpoco menos que alarmantemente “definitiva” de los proyectos so-cializantes en gran escala y de las expectativas rupturistas en ge-neral. El “vasto cuadro de época”, seguramente, continuaba abo-nando algunas tendencias “favorables”, aunque ahora en formasubterránea, silenciosa y quizás, en algunos casos, a pesar de ciertasvergüenzas y deserciones que se tomaron muy en serio la vieja leta-nía de que no había ningún más allá, ni en la tierra ni en el cielo.16La alusión es unívoca y más que consabida, y no puede remitir a otra cosaque a la tristemente famosa tesis de Francis Fukuyama. Vid., de su autoría,El fin de la historia y el último hombre, passim; Editorial Planeta, Barcelona,1992. Cabe decir que el libro mencionado es una reelaboración y un desa-rrollo contumaz del éxito pefectamente esperable de un artículo previo enel que se desarrollaba la tesis –implacablemente hegeliana pero corregida yaggiornada– de que la culminación de los afanes de la humanidad no tuvolugar en tiempos del Estado prusiano sino aquí y ahora, en la época deGeorge Bush senior.

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