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EL VÍA CRUCIS
Franciscanos.org
Aciprensa.com
Wikipedia.org
Dibujos Fano
Lourdes Levy
Cúa, Abril 2015
«..Se postró en tierra y empezó a orar diciendo:
¡Abba, Padre! Todo te es posible. Aparta de mí este cáliz,
pero que no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú..»
Marcos14:35-36
Conocido también como«camino de la cruz»,
«estaciones de la cruz» y «vía dolorosa».
Hace referencia a los momentos vividos por
Jesús desde el momento en que fue aprehendido
hasta su crucifixión y sepultura.
Es una devoción centrada en los episodios más
notables de la Pasión, la cual, consta de 15
estaciones que se recorren caminando
grupalmente, ya sea dentro del templo o por las
calles. En cada estación se hace oración,
una lectura bíblica, reflexión y un canto.
La costumbre posiblemente comenzó en
Jerusalén en ciertos lugares de la vía dolorosa,
pero la devoción como se conoce hoy en día,
probablemente se deba a los Franciscanos, ya
que a ellos, se les concedió en 1342, la custodia
de los lugares más preciados de la Tierra Santa.
El Viernes Santo de 1991, el Papa Juan Pablo II,
añadió la estación Número 15 de la Resurrección.
El Vía Crucis
Se inicia haciendo la señal de la Santa Cruz.
Luego se reza el Señor mío Jesucristo
Señor mío, Jesucristo,
Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y
Redentor mío, por ser Vos quién sois y porque os
amo sobre todas las cosas, me pesa de todo
corazón haberos ofendido; propongo firmemente
nunca más pecar, apartarme de todas las
ocasiones de ofenderos, confesarme y, cumplir
la penitencia que me fuera impuesta.
Ofrezco, Señor, mi vida, obras y trabajos,
en satisfacción de todos mis pecados, y,
así como lo suplico, así confío en vuestra bondad
y misericordia infinita, que los perdonareis,
por los méritos de vuestra preciosísima sangre,
pasión y muerte, y me daréis gracia para
enmendarme, y perseverar en vuestro santo
amor y servicio, hasta el fin de mi vida.
Amén.
Pequé, pequé, Dios mío; piedad, Señor, piedad;
si grandes son mis culpas, mayor es tu bondad;
si grandes son mis culpas, mayor es tu bondad.
Por tus profundas llagas; piedad, Señor, piedad;
si grandes son mis culpas, mayor es tu bondad;
si grandes son mis culpas, mayor es tu bondad.
Por tus heridas crueles; piedad, Señor, piedad;
si grandes son mis culpas, mayor es tu bondad;
si grandes son mis culpas, mayor es tu bondad.
Oración inicial
Señor Jesucristo, tú nos has concedido
acompañarte, con María tu Madre, en los
misterios de tu pasión, muerte y sepultura,
para que te acompañemos también en tu
resurrección; concédenos caminar contigo
por los nuevos caminos del amor y de la
paz que nos has enseñado. Tú que vives y
reinas por los siglos de los siglos. Amén
Primera Estación
Jesús sentenciado a muerte
Te adoramos, ¡oh Cristo!
y te bendecimos, porque por tu
santa cruz redimiste al mundo.
* Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé;
ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión
y muerte de nuestro Señor Jesucristo
y los dolores de su santísima Madre, triste
y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
¡Sea por siempre bendita y alabada!
Llevaron a Jesús ante Pilato, quien
no encontraba razones para
condenarlo, e incluso trató de
liberarlo, pero, ante la presión del
pueblo que gritaba
«¡Crucifícalo, crucifícalo!»
pronunció la sentencia y les entregó
a Jesús, después de azotarlo.
Jesús por amor a nosotros soportó en
silencio el abandono, la negación, la
flagelación, las vejaciones sin medida.
Hoy en día Jesús sigue
siendo condenado a
muerte en el
hambriento de un
mundo donde hay
comida para todos;
en el enfermo que no
puede conseguir las
medicinas; en el
anciano abandonado;
en los fetos
destrozados; en
cualquier dolor ajeno
ante el cual, nos
lavamos las manos en
señal de indiferencia..
Permíteme, Señor, imitarte, uniéndome a Ti por
el silencio cuando alguien me haga sufrir.
Ayúdame, Jesús, a tener fuerzas para
quedarme junto a ti.
Cuántos temas para la reflexión nos ofrecen los padecimientos soportados por
Jesús: abandono de los suyos, negación de Pedro, flagelación, corona de
espinas, vejaciones y desprecios sin medida. Y todo por amor a nosotros,
por nuestra conversión y salvación.
Segunda Estación
Jesús carga con la cruz
Te adoramos, ¡oh Cristo!
y te bendecimos, porque por tu
santa cruz redimiste al mundo.
* Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé;
ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión
y muerte de nuestro Señor Jesucristo
y los dolores de su santísima Madre, triste
y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
¡Sea por siempre bendita y alabada!
Los soldados luego de azotar y
burlarse de Jesús, le pusieron de
nuevo sus ropas, le cargaron la cruz
y salieron camino del Calvario.
El peso de la misma es excesivo
para las pocas fuerzas de Jesús,
no obstante, se abraza a ella, para
cumplir la voluntad del Padre.
Oigamos la voz de Jesús que nos dice:
«Si alguno quiere venir en pos de mí,
niéguese a sí mismo, tome su cruz
cada día, y sígame».
Jesús sigue soportando el peso del dolor de los condenados por la falta
de amor, de salud, de justicia, de atención, de esperanza,
porque Él, nunca nos deja solos en el sufrimiento.
Que yo
comprenda,
Señor, el valor de
la cruz, de mis
pequeñas cruces
de cada día,
de mis achaques,
de mis dolencias,
de mi soledad.
Dame convertir
en ofrenda
amorosa,
en reparación por
mi vida y en
apostolado por
mis hermanos,
mi cruz de
cada día.
Tercera Estación
Jesús cae por primera vez
Te adoramos, ¡oh Cristo!
y te bendecimos, porque por tu
santa cruz redimiste al mundo.
* Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé;
ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión
y muerte de nuestro Señor Jesucristo
y los dolores de su santísima Madre, triste
y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
¡Sea por siempre bendita y alabada!
Nuestro Salvador, agotadas las
fuerzas por la sangre perdida en la
flagelación, debilitado por los
sufrimientos físicos y morales,
en ayunas y sin haber dormido,
apenas pudo dar algunos pasos y
pronto cayó bajo el peso de la cruz.
Se sucedieron los golpes e
imprecaciones de los soldados,
las risas y expectación del público.
Jesús, con toda la fuerza de su
voluntad, logró levantarse para
seguir su camino.
Jesús sigue cayendo empobrecido a nuestro lado y no lo vemos, porque
estamos distraídos, evadidos, dormidos, sumidos en nuestros intereses,
sin prestar atención al prójimo.
El peso de la cruz nos
hace tomar conciencia
del peso de nuestros
pecados, infidelidades,
ingratitudes..
Por otra parte, Jesús,
que nos invita a cargar
con nuestra cruz y
seguirle,
nos enseña aquí que
también nosotros
podemos caer,
y que hemos de
comprender a los que
caen; y que ninguno
debe quedarse
postrado ante su caída.
Todos hemos de levantarnos con humildad
y confianza buscando su ayuda y perdón.
Cuarta Estación
Jesús se encuentra con su madre
Te adoramos, ¡oh Cristo!
y te bendecimos, porque por tu
santa cruz redimiste al mundo.
* Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé;
ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión
y muerte de nuestro Señor Jesucristo
y los dolores de su santísima Madre, triste
y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
¡Sea por siempre bendita y alabada!
En su camino al Calvario,
Jesús es seguido por María.
Sus miradas se encuentran.
La de la Madre que ve al Hijo
destrozado. La de Jesús que
ve a María triste y afligida, y
en cada uno de ellos, el dolor
se hace mayor al contemplar
el dolor del otro, pero a la
vez, ambos se sienten
consolados y confortados
por el amor y la compasión
que se transmiten.
Y el dolor de María sigue estando en cada madre que tiene su corazón
herido por la muerte de su hijo a causa de enfermedades, accidentes,
drogas, peleas, venganzas, inseguridad..
Esta es sin duda una
de las escenas más
conmovedoras del
Vía Crucis, porque
aquí se añaden, al
cúmulo de motivos
de dolor ya
presentes, la
aflicción de los
afectos compartidos
de una madre
y un hijo.
María acompaña a
Jesús en su sacrificio
y va asumiendo
su misión
de corredentora.
María, déjame estar contigo acompañándote y
ayúdame a parecerme cada día más a ti.
Quinta Estación
Jesús es ayudado por el Cireneo
Te adoramos, ¡oh Cristo!
y te bendecimos, porque por tu
santa cruz redimiste al mundo.
* Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé;
ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión
y muerte de nuestro Señor Jesucristo
y los dolores de su santísima Madre, triste
y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
¡Sea por siempre bendita y alabada!
Temerosos los soldados de que la
víctima sucumbiese antes de
hora, obligaron a Simón de
Cirene, quien venía del campo y
pasaba por allí, a que tomara la
cruz sobre sus hombros y la
llevara detrás de Jesús.
Tal vez Simón tomó la cruz de
mala gana y a la fuerza, pero
luego, movido por el ejemplo de
Cristo y tocado por la gracia, la
abrazó con resignación y amor y
fue para él y sus hijos el origen
de su conversión.
El rostro de Jesús se alegra cuando recibe la ayuda de una iglesia cirenea,
la cual movida por el espíritu, soporta la carga de tantos crucificados por
sus necesidades.
El Cireneo ha venido
a ser como la imagen
viviente de los
discípulos de Jesús,
que toman su cruz y
le siguen. Además, el
ejemplo de Simón
nos invita a llevar los
unos las cargas de los
otros, como enseña
San Pablo.
En los que más
sufren hemos de ver
a Cristo cargado con
la cruz que requiere
nuestra ayuda
amorosa y
desinteresada.
Dios mío, ayúdame a ser generoso y servicial. En mi
casa, en la escuela y en todo lugar para así parecerme
al Cireneo y ayudar a tu Hijo a cargar la cruz.
Sexta Estación
La Verónica enjuga el rostro de Jesús
Te adoramos, ¡oh Cristo!
y te bendecimos, porque por tu
santa cruz redimiste al mundo.
* Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé;
ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión
y muerte de nuestro Señor Jesucristo
y los dolores de su santísima Madre, triste
y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
¡Sea por siempre bendita y alabada!
Jesús va camino al Calvario,
con el rostro desfigurado
por el sufrimiento, la
sangre, los salivazos, el
polvo, el sudor..
Entonces, Verónica, una
mujer del pueblo, se abrió
paso entre la
muchedumbre con un
lienzo con el que limpió
piadosamente su rostro.
El Señor, en gratitud,
le dejó grabada en él
su Santa Faz.
El rostro de Jesús está en el rostro de los pobres. Secar su sudor
y su sangre, debe ser nuestra vocación.
Una letrilla tradicional de
esta sexta estación dice:
«Imita la compasión, de
Verónica y su manto, si de
Cristo el rostro santo,
quieres en tu corazón».
Nosotros podemos repetir
hoy el gesto de la Verónica
en el rostro de Cristo que
se nos hace presente en
tantos hermanos nuestros
que comparten de diversas
maneras la pasión del
Señor, quien nos recuerda:
«Lo que hagáis con uno de
estos, mis pequeños,
conmigo lo hacéis».
Dios mío, así como la Verónica se acercó con tu
Hijo, yo también quiero hacerlo con mis
hermanos.
Séptima Estación
Jesús cae por segunda vez
Te adoramos, ¡oh Cristo!
y te bendecimos, porque por tu
santa cruz redimiste al mundo.
* Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé;
ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión
y muerte de nuestro Señor Jesucristo
y los dolores de su santísima Madre, triste
y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
¡Sea por siempre bendita y alabada!
Jesús había tomado de nuevo la
cruz y con ella a cuestas llegó a la
cima de la empinada calle que
daba a una de las puertas de la
ciudad. Allí, extenuado, sin
fuerzas, cayó por segunda vez
bajo el peso de la cruz.
Faltaba poco para llegar al sitio
en que tenía que ser crucificado,
y Jesús, empeñado en llevar a
cabo hasta la meta los planes de
Dios, aún logró reunir fuerzas,
levantarse y proseguir su camino.
Y Jesús sigue cayendo cada día con el pobre, con el hambriento, con el enfermo,
con el drogadicto, con el desnudo, con el preso..
Este paso nos muestra lo
frágil que es la condición
humana, aun cuando la
aliente el mejor espíritu, y
que no han de
desmoralizarnos las
flaquezas ni las caídas
cuando seguimos a Cristo
cargados con nuestra cruz.
Jesús, no se siente derrotado
ni abandona su cometido.
Para Él no es tan grave el
caer como el no levantarse.
Pensemos cuántas son las
personas que se sienten
derrotadas y sin ánimos para
reemprender el seguimiento
de Cristo, y que la ayuda de
una mano amiga podría
sacarlas de su postración.
Jesús, ayúdame a levantarme igual que tú,
para poder seguir adelante en mi
camino hacia ti.
Octava Estación
Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén
Te adoramos, ¡oh Cristo!
y te bendecimos, porque por tu
santa cruz redimiste al mundo.
* Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé;
ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión
y muerte de nuestro Señor Jesucristo
y los dolores de su santísima Madre, triste
y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
¡Sea por siempre bendita y alabada!
Mientras muchos espectadores se
divertían e insultaban a Jesús, algunas
mujeres, desafiando las leyes que lo
prohibían, tuvieron el valor de
seguirlo, llorando y lamentando la
suerte del divino Condenado.
Jesús, volviéndose a ellas les dijo:
«Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí;
llorad más bien por vosotras
y por vuestros hijos».
Jesús, sin duda, agradeció
los buenos sentimientos
de aquellas mujeres,
y movido del amor a las
mismas, quiso orientar la
nobleza de sus corazones
hacia lo más necesario
y urgente:
la conversión suya
y la de sus hijos.
Jesús nos enseña a
establecer la escala de los
valores divinos en nuestra
vida y nos da una lección
sobre el santo
temor de Dios.
Jesús es el consuelo de tantas mujeres sin rostro, que día a día, sufren maltrato
y discriminación; de las que viven en la pobreza y marginación.
Dios mío, ayúdame a tener el corazón
tan grande como el de tu Hijo Jesús,
para ayudar siempre a mis hermanos.
Novena Estación
Jesús cae por tercera vez
Te adoramos, ¡oh Cristo!
y te bendecimos, porque por tu
santa cruz redimiste al mundo.
* Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé;
ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión
y muerte de nuestro Señor Jesucristo
y los dolores de su santísima Madre, triste
y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
¡Sea por siempre bendita y alabada!
Una vez llegado al Calvario, en la
cercanía inmediata del punto en que
iba a ser crucificado, Jesús cayó por
tercera vez, exhausto y sin arrestos
ya para levantarse. Las condiciones
en que venía y la continua subida lo
habían dejado sin aliento.
Había mantenido su decisión de
seguir los planes de Dios, y así había
alcanzado, aunque con un total
agotamiento, los pies del altar en
que había de ser inmolado.
Jesús sigue cayendo en los hermanos que son tirados y pisoteados por las
estructuras, intereses y poderes que oprimen y empobrecen.
Jesús agota sus facultades
físicas y psíquicas en el
cumplimiento de la
voluntad del Padre, hasta
llegar a la meta y
desplomarse. Nos enseña
que hemos de seguirle con
la cruz a cuestas por más
caídas que se produzcan y
hasta entregarnos en las
manos del Padre, vacíos de
nosotros mismos y
dispuestos a beber el cáliz
que también nosotros
hemos de beber. Por otra
parte, la escena nos invita a
recapacitar sobre el peso y
la gravedad de los pecados,
que hundieron a Cristo.
Gracias, mi buen Jesús, porque te levantaste
y así me salvaste.
Ayúdame a mí a levantarme cada vez
que me caiga.
Décima Estación
Jesús es despojado de
sus vestiduras
Te adoramos, ¡oh Cristo!
y te bendecimos, porque por tu
santa cruz redimiste al mundo.
* Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé;
ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión
y muerte de nuestro Señor Jesucristo
y los dolores de su santísima Madre, triste
y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
¡Sea por siempre bendita y alabada!
En el Calvario y antes de ser
crucificado, le dieron a beber vino con
mirra; era una costumbre judía para
amortiguar el dolor. Jesús lo probo,
como gesto de cortesía, pero no quiso
beberlo; prefería mantener la plena
lucidez y conciencia en los momentos
supremos de su sacrificio. Por otra
parte, los soldados despojaron a
Jesús, sin cuidado ni delicadeza
alguna, de sus ropas, incluidas las que
estaban pegadas en la carne viva,
y, después de la crucifixión, se las
repartieron.
Jesús desposeído, desnudo, despreciado, se acerca a dar calor a los desabrigados.
Es modelo de vida, no un maniquí disfrazado.
La ropa almacenada podría abrigar a toda la humanidad.
Para Jesús fue sin duda
muy doloroso ser así
despojado de sus
propios vestidos y ver a
qué manos iban a parar.
Y especialmente para su
Madre, allí presente,
hubo de ser en extremo
triste verse privada de
aquellas prendas,
tal vez labradas por sus
manos con maternal
solicitud, y que ella
habría guardado como
recuerdo del
Hijo querido.
Gracias, mi buen Jesús, gracias por
querer salvarme.
Undécima Estación
Jesús es clavado en la cruz
Te adoramos, ¡oh Cristo!
y te bendecimos, porque por tu
santa cruz redimiste al mundo.
* Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé;
ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión
y muerte de nuestro Señor Jesucristo
y los dolores de su santísima Madre, triste
y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
¡Sea por siempre bendita y alabada!
Había llegado el momento de la
crucifixión, y Jesús fue fijado en la
cruz con cuatro clavos de hierro que
le taladraban las manos y los pies.
Levantaron la cruz en alto y el
cuerpo de Cristo quedó pendiente
de los clavos y apoyado en un
saliente que había a mitad del palo
vertical. En la parte superior de este
palo, encima de su cabeza, pusieron
el título «Jesús el Nazareno, el Rey
de los judíos». También crucificaron
con él a dos ladrones, uno a su
derecha y el otro a su izquierda.
Jesús mío, así como perdonaste en la cruz, también perdóname a mí.
El poder y el pecado taladraron sus manos. El poder y el pecado siguen hoy en
día, crucificando a los pueblos.
El suplicio de la cruz, además de ser infame, propio de esclavos criminales y
facinerosos, era extremadamente doloroso, que movía la compasión en quien lo
contemplara y tuviese nobles sentimientos. Siempre ha sido difícil entender la
locura de la cruz, necedad para el mundo y salvación para el cristiano.
Doceava Estación
Jesús muere en la cruz
Te adoramos, ¡oh Cristo!
y te bendecimos, porque por tu
santa cruz redimiste al mundo.
* Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé;
ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión
y muerte de nuestro Señor Jesucristo
y los dolores de su santísima Madre, triste
y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
¡Sea por siempre bendita y alabada!
Fueron tres horas de agonía para
Jesús y de altísimas enseñanzas para
nosotros. Muchos de los presentes,
se desataron en ultrajes y escarnios
contra el Crucificado. Poco después
ocurrió el episodio del buen ladrón, a
quien dijo Jesús: «Hoy estarás
conmigo en el paraíso». También al
ver a su Madre junto a la cruz y con
ella a Juan, dijo a su Madre «Mujer,
ahí tienes a tu hijo»; luego dijo al
discípulo: «Ahí tienes a tu madre»;
y desde aquella hora, el discípulo la
acogió en su casa.
Jesús sigue muriendo injustamente y torturado en cada hermano abatido
por el hambre, los vicios, el fanatismo, la violencia y la inseguridad.
«Tengo sed». Tomó el vinagre que le acercaron, y añadió:
«Todo está cumplido» «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu»
e inclinando la cabeza, falleció.
Mi buen Jesús, viniste al mundo a salvarnos y lo has logrado. Con tu muerte en
la cruz, con tu obediencia a tu Padre, nos has abierto las puertas del cielo.
Gracias, mi buen Jesús, gracias. Ahora ayúdame para que yo me gane el Cielo.
Décimo Tercera Estación
Jesús es bajado de la cruz
Te adoramos, ¡oh Cristo!
y te bendecimos, porque por tu
santa cruz redimiste al mundo.
* Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé;
ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión
y muerte de nuestro Señor Jesucristo
y los dolores de su santísima Madre, triste
y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
¡Sea por siempre bendita y alabada!
Para que los cadáveres no quedaran en
la cruz al día siguiente, que era un
sábado; los soldados quebraron las
piernas de los ladrones, y a Jesús, que
ya había muerto, le atravesaron el
costado con una lanza. José de
Arimatea y Nicodemo, discípulos de
Jesús, con el permiso de Pilato y
ayudados por otros discípulos del
Maestro, se acercaron a la cruz,
desclavaron cuidadosamente las manos
y los pies y lo descolgaron.
Al pie de la cruz estaba la Madre,
quien recibió en sus brazos y puso en su
regazo, el cuerpo sin vida de su Hijo.
Cada día, el cielo se viste de luto y María y Dios Padre, lloran por la muerte de
sus hijos caídos por la guerra, por los accidentes, por la maldad humana.
Escena conmovedora, imagen de amor y de dolor, expresión de la piedad y
ternura de una Madre que contempla, siente y llora las llagas de su Hijo
martirizado. Una lanza había atravesado el costado de Cristo, y la espada que
anunciara Simeón, acabó de atravesar el alma de María.
María, tú te convertiste en mi Madre desde la cruz. Jesús nos ha querido
hacer ese regalo. Ayúdame a estar muy cerca de ti y de tu hijo toda mi vida.
Décimo Cuarta Estación
Jesús es colocado en el sepulcro
Te adoramos, ¡oh Cristo!
y te bendecimos, porque por tu
santa cruz redimiste al mundo.
* Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé;
ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión
y muerte de nuestro Señor Jesucristo
y los dolores de su santísima Madre, triste
y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
¡Sea por siempre bendita y alabada!
José de Arimatea y Nicodemo
tomaron el cuerpo, lo
envolvieron en una sábana
limpia que José había comprado
y lo llevaron a un sepulcro nuevo
que José había cavado para sí
mismo. Mientras los varones
procedían a la sepultura de
Cristo, las mujeres que solían
acompañarlo y su Madre,
observaban. Hicieron rodar una
gran piedra hasta la entrada del
sepulcro, y después regresaron
todos a Jerusalén.
Y desde entonces, Dios lo convirtió en sagrario de Luz de Vida para todos.
Con la sepultura de Jesús el corazón de su Madre quedaba sumido en tinieblas
de tristeza y soledad. Pero en medio de esas tinieblas, brillaba la esperanza de
que su Hijo resucitaría, como Él mismo había dicho. En todas las situaciones
humanas, la fe en la resurrección es el consuelo más firme y profundo que
podemos tener. Cristo ha convertido la muerte, en lugar de mera transición.
Tú vivirás siempre en el Cielo, en el Sagrario y en nuestro corazón. Ayúdame, mi
buen Jesús, a resucitar contigo cada día, y a vivir con la alegría de la resurrección.
Décimo Quinta Estación
Jesús resucita de entre los muertos
Te adoramos, ¡oh Cristo!
y te bendecimos, porque por tu
santa cruz redimiste al mundo.
* Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé;
ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión
y muerte de nuestro Señor Jesucristo
y los dolores de su santísima Madre, triste
y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
¡Sea por siempre bendita y alabada!
Pasado el sábado, María
Magdalena y otras mujeres
fueron temprano al sepulcro.
Llegadas allí, observaron que
la piedra había sido removida.
Entraron y no hallaron el
cuerpo del Señor, pero vieron
a un ángel que les dijo:
«Buscáis a Jesús de Nazaret,
el Crucificado; ha resucitado,
no está aquí». Poco después
llegaron Pedro y Juan,
quienes comprobaron lo que
les habían dicho las mujeres.
En los planes salvíficos de Dios, la pasión y muerte de Jesús no tenían como
meta y destino el sepulcro, sino la resurrección, en la que definitivamente la
vida vence a la muerte, la gracia al pecado, el amor al odio.
Pronto comenzaron las apariciones de Jesús resucitado: la primera a su Madre;
luego, a la Magdalena, a Simón Pedro, a los discípulos de Emaús, al grupo de los
apóstoles reunidos y así durante cuarenta días. Nadie presenció el momento de
la resurrección, pero fueron muchos los que, siendo testigos presenciales de la
muerte y sepultura del Señor, después lo vieron y trataron resucitado.
Como enseña San Pablo,
la resurrección de Cristo es
nuestra resurrección,
y si hemos resucitado con
Cristo, hemos de vivir según
la nueva condición de hijos
de Dios que hemos recibido
en el bautismo.
Oración
Señor Jesucristo, colma nuestros corazones
con la luz de tu Espíritu Santo, para que,
siguiéndote en tu último camino, sepamos
cuál es el precio de nuestra redención y
seamos dignos de participar en los frutos
de tu pasión, muerte y resurrección.
Tú que vives y reinas
por los siglos de los siglos. Amén.
[Juan Pablo II]

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EL VIA CRUCIS - LOURDES LEVY - ABRIL 2015

  • 1. EL VÍA CRUCIS Franciscanos.org Aciprensa.com Wikipedia.org Dibujos Fano Lourdes Levy Cúa, Abril 2015 «..Se postró en tierra y empezó a orar diciendo: ¡Abba, Padre! Todo te es posible. Aparta de mí este cáliz, pero que no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú..» Marcos14:35-36
  • 2. Conocido también como«camino de la cruz», «estaciones de la cruz» y «vía dolorosa». Hace referencia a los momentos vividos por Jesús desde el momento en que fue aprehendido hasta su crucifixión y sepultura. Es una devoción centrada en los episodios más notables de la Pasión, la cual, consta de 15 estaciones que se recorren caminando grupalmente, ya sea dentro del templo o por las calles. En cada estación se hace oración, una lectura bíblica, reflexión y un canto. La costumbre posiblemente comenzó en Jerusalén en ciertos lugares de la vía dolorosa, pero la devoción como se conoce hoy en día, probablemente se deba a los Franciscanos, ya que a ellos, se les concedió en 1342, la custodia de los lugares más preciados de la Tierra Santa. El Viernes Santo de 1991, el Papa Juan Pablo II, añadió la estación Número 15 de la Resurrección. El Vía Crucis
  • 3. Se inicia haciendo la señal de la Santa Cruz. Luego se reza el Señor mío Jesucristo Señor mío, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío, por ser Vos quién sois y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido; propongo firmemente nunca más pecar, apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, confesarme y, cumplir la penitencia que me fuera impuesta. Ofrezco, Señor, mi vida, obras y trabajos, en satisfacción de todos mis pecados, y, así como lo suplico, así confío en vuestra bondad y misericordia infinita, que los perdonareis, por los méritos de vuestra preciosísima sangre, pasión y muerte, y me daréis gracia para enmendarme, y perseverar en vuestro santo amor y servicio, hasta el fin de mi vida. Amén.
  • 4. Pequé, pequé, Dios mío; piedad, Señor, piedad; si grandes son mis culpas, mayor es tu bondad; si grandes son mis culpas, mayor es tu bondad. Por tus profundas llagas; piedad, Señor, piedad; si grandes son mis culpas, mayor es tu bondad; si grandes son mis culpas, mayor es tu bondad. Por tus heridas crueles; piedad, Señor, piedad; si grandes son mis culpas, mayor es tu bondad; si grandes son mis culpas, mayor es tu bondad. Oración inicial Señor Jesucristo, tú nos has concedido acompañarte, con María tu Madre, en los misterios de tu pasión, muerte y sepultura, para que te acompañemos también en tu resurrección; concédenos caminar contigo por los nuevos caminos del amor y de la paz que nos has enseñado. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén
  • 5. Primera Estación Jesús sentenciado a muerte Te adoramos, ¡oh Cristo! y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo. * Padrenuestro, Avemaría y Gloria. Jesús, pequé; ten piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús. ¡Sea por siempre bendita y alabada! Llevaron a Jesús ante Pilato, quien no encontraba razones para condenarlo, e incluso trató de liberarlo, pero, ante la presión del pueblo que gritaba «¡Crucifícalo, crucifícalo!» pronunció la sentencia y les entregó a Jesús, después de azotarlo. Jesús por amor a nosotros soportó en silencio el abandono, la negación, la flagelación, las vejaciones sin medida.
  • 6. Hoy en día Jesús sigue siendo condenado a muerte en el hambriento de un mundo donde hay comida para todos; en el enfermo que no puede conseguir las medicinas; en el anciano abandonado; en los fetos destrozados; en cualquier dolor ajeno ante el cual, nos lavamos las manos en señal de indiferencia.. Permíteme, Señor, imitarte, uniéndome a Ti por el silencio cuando alguien me haga sufrir. Ayúdame, Jesús, a tener fuerzas para quedarme junto a ti. Cuántos temas para la reflexión nos ofrecen los padecimientos soportados por Jesús: abandono de los suyos, negación de Pedro, flagelación, corona de espinas, vejaciones y desprecios sin medida. Y todo por amor a nosotros, por nuestra conversión y salvación.
  • 7. Segunda Estación Jesús carga con la cruz Te adoramos, ¡oh Cristo! y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo. * Padrenuestro, Avemaría y Gloria. Jesús, pequé; ten piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús. ¡Sea por siempre bendita y alabada! Los soldados luego de azotar y burlarse de Jesús, le pusieron de nuevo sus ropas, le cargaron la cruz y salieron camino del Calvario. El peso de la misma es excesivo para las pocas fuerzas de Jesús, no obstante, se abraza a ella, para cumplir la voluntad del Padre. Oigamos la voz de Jesús que nos dice: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame».
  • 8. Jesús sigue soportando el peso del dolor de los condenados por la falta de amor, de salud, de justicia, de atención, de esperanza, porque Él, nunca nos deja solos en el sufrimiento. Que yo comprenda, Señor, el valor de la cruz, de mis pequeñas cruces de cada día, de mis achaques, de mis dolencias, de mi soledad. Dame convertir en ofrenda amorosa, en reparación por mi vida y en apostolado por mis hermanos, mi cruz de cada día.
  • 9. Tercera Estación Jesús cae por primera vez Te adoramos, ¡oh Cristo! y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo. * Padrenuestro, Avemaría y Gloria. Jesús, pequé; ten piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús. ¡Sea por siempre bendita y alabada! Nuestro Salvador, agotadas las fuerzas por la sangre perdida en la flagelación, debilitado por los sufrimientos físicos y morales, en ayunas y sin haber dormido, apenas pudo dar algunos pasos y pronto cayó bajo el peso de la cruz. Se sucedieron los golpes e imprecaciones de los soldados, las risas y expectación del público. Jesús, con toda la fuerza de su voluntad, logró levantarse para seguir su camino.
  • 10. Jesús sigue cayendo empobrecido a nuestro lado y no lo vemos, porque estamos distraídos, evadidos, dormidos, sumidos en nuestros intereses, sin prestar atención al prójimo. El peso de la cruz nos hace tomar conciencia del peso de nuestros pecados, infidelidades, ingratitudes.. Por otra parte, Jesús, que nos invita a cargar con nuestra cruz y seguirle, nos enseña aquí que también nosotros podemos caer, y que hemos de comprender a los que caen; y que ninguno debe quedarse postrado ante su caída. Todos hemos de levantarnos con humildad y confianza buscando su ayuda y perdón.
  • 11. Cuarta Estación Jesús se encuentra con su madre Te adoramos, ¡oh Cristo! y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo. * Padrenuestro, Avemaría y Gloria. Jesús, pequé; ten piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús. ¡Sea por siempre bendita y alabada! En su camino al Calvario, Jesús es seguido por María. Sus miradas se encuentran. La de la Madre que ve al Hijo destrozado. La de Jesús que ve a María triste y afligida, y en cada uno de ellos, el dolor se hace mayor al contemplar el dolor del otro, pero a la vez, ambos se sienten consolados y confortados por el amor y la compasión que se transmiten.
  • 12. Y el dolor de María sigue estando en cada madre que tiene su corazón herido por la muerte de su hijo a causa de enfermedades, accidentes, drogas, peleas, venganzas, inseguridad.. Esta es sin duda una de las escenas más conmovedoras del Vía Crucis, porque aquí se añaden, al cúmulo de motivos de dolor ya presentes, la aflicción de los afectos compartidos de una madre y un hijo. María acompaña a Jesús en su sacrificio y va asumiendo su misión de corredentora. María, déjame estar contigo acompañándote y ayúdame a parecerme cada día más a ti.
  • 13. Quinta Estación Jesús es ayudado por el Cireneo Te adoramos, ¡oh Cristo! y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo. * Padrenuestro, Avemaría y Gloria. Jesús, pequé; ten piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús. ¡Sea por siempre bendita y alabada! Temerosos los soldados de que la víctima sucumbiese antes de hora, obligaron a Simón de Cirene, quien venía del campo y pasaba por allí, a que tomara la cruz sobre sus hombros y la llevara detrás de Jesús. Tal vez Simón tomó la cruz de mala gana y a la fuerza, pero luego, movido por el ejemplo de Cristo y tocado por la gracia, la abrazó con resignación y amor y fue para él y sus hijos el origen de su conversión.
  • 14. El rostro de Jesús se alegra cuando recibe la ayuda de una iglesia cirenea, la cual movida por el espíritu, soporta la carga de tantos crucificados por sus necesidades. El Cireneo ha venido a ser como la imagen viviente de los discípulos de Jesús, que toman su cruz y le siguen. Además, el ejemplo de Simón nos invita a llevar los unos las cargas de los otros, como enseña San Pablo. En los que más sufren hemos de ver a Cristo cargado con la cruz que requiere nuestra ayuda amorosa y desinteresada. Dios mío, ayúdame a ser generoso y servicial. En mi casa, en la escuela y en todo lugar para así parecerme al Cireneo y ayudar a tu Hijo a cargar la cruz.
  • 15. Sexta Estación La Verónica enjuga el rostro de Jesús Te adoramos, ¡oh Cristo! y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo. * Padrenuestro, Avemaría y Gloria. Jesús, pequé; ten piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús. ¡Sea por siempre bendita y alabada! Jesús va camino al Calvario, con el rostro desfigurado por el sufrimiento, la sangre, los salivazos, el polvo, el sudor.. Entonces, Verónica, una mujer del pueblo, se abrió paso entre la muchedumbre con un lienzo con el que limpió piadosamente su rostro. El Señor, en gratitud, le dejó grabada en él su Santa Faz.
  • 16. El rostro de Jesús está en el rostro de los pobres. Secar su sudor y su sangre, debe ser nuestra vocación. Una letrilla tradicional de esta sexta estación dice: «Imita la compasión, de Verónica y su manto, si de Cristo el rostro santo, quieres en tu corazón». Nosotros podemos repetir hoy el gesto de la Verónica en el rostro de Cristo que se nos hace presente en tantos hermanos nuestros que comparten de diversas maneras la pasión del Señor, quien nos recuerda: «Lo que hagáis con uno de estos, mis pequeños, conmigo lo hacéis». Dios mío, así como la Verónica se acercó con tu Hijo, yo también quiero hacerlo con mis hermanos.
  • 17. Séptima Estación Jesús cae por segunda vez Te adoramos, ¡oh Cristo! y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo. * Padrenuestro, Avemaría y Gloria. Jesús, pequé; ten piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús. ¡Sea por siempre bendita y alabada! Jesús había tomado de nuevo la cruz y con ella a cuestas llegó a la cima de la empinada calle que daba a una de las puertas de la ciudad. Allí, extenuado, sin fuerzas, cayó por segunda vez bajo el peso de la cruz. Faltaba poco para llegar al sitio en que tenía que ser crucificado, y Jesús, empeñado en llevar a cabo hasta la meta los planes de Dios, aún logró reunir fuerzas, levantarse y proseguir su camino.
  • 18. Y Jesús sigue cayendo cada día con el pobre, con el hambriento, con el enfermo, con el drogadicto, con el desnudo, con el preso.. Este paso nos muestra lo frágil que es la condición humana, aun cuando la aliente el mejor espíritu, y que no han de desmoralizarnos las flaquezas ni las caídas cuando seguimos a Cristo cargados con nuestra cruz. Jesús, no se siente derrotado ni abandona su cometido. Para Él no es tan grave el caer como el no levantarse. Pensemos cuántas son las personas que se sienten derrotadas y sin ánimos para reemprender el seguimiento de Cristo, y que la ayuda de una mano amiga podría sacarlas de su postración. Jesús, ayúdame a levantarme igual que tú, para poder seguir adelante en mi camino hacia ti.
  • 19. Octava Estación Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén Te adoramos, ¡oh Cristo! y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo. * Padrenuestro, Avemaría y Gloria. Jesús, pequé; ten piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús. ¡Sea por siempre bendita y alabada! Mientras muchos espectadores se divertían e insultaban a Jesús, algunas mujeres, desafiando las leyes que lo prohibían, tuvieron el valor de seguirlo, llorando y lamentando la suerte del divino Condenado. Jesús, volviéndose a ellas les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos».
  • 20. Jesús, sin duda, agradeció los buenos sentimientos de aquellas mujeres, y movido del amor a las mismas, quiso orientar la nobleza de sus corazones hacia lo más necesario y urgente: la conversión suya y la de sus hijos. Jesús nos enseña a establecer la escala de los valores divinos en nuestra vida y nos da una lección sobre el santo temor de Dios. Jesús es el consuelo de tantas mujeres sin rostro, que día a día, sufren maltrato y discriminación; de las que viven en la pobreza y marginación. Dios mío, ayúdame a tener el corazón tan grande como el de tu Hijo Jesús, para ayudar siempre a mis hermanos.
  • 21. Novena Estación Jesús cae por tercera vez Te adoramos, ¡oh Cristo! y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo. * Padrenuestro, Avemaría y Gloria. Jesús, pequé; ten piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús. ¡Sea por siempre bendita y alabada! Una vez llegado al Calvario, en la cercanía inmediata del punto en que iba a ser crucificado, Jesús cayó por tercera vez, exhausto y sin arrestos ya para levantarse. Las condiciones en que venía y la continua subida lo habían dejado sin aliento. Había mantenido su decisión de seguir los planes de Dios, y así había alcanzado, aunque con un total agotamiento, los pies del altar en que había de ser inmolado.
  • 22. Jesús sigue cayendo en los hermanos que son tirados y pisoteados por las estructuras, intereses y poderes que oprimen y empobrecen. Jesús agota sus facultades físicas y psíquicas en el cumplimiento de la voluntad del Padre, hasta llegar a la meta y desplomarse. Nos enseña que hemos de seguirle con la cruz a cuestas por más caídas que se produzcan y hasta entregarnos en las manos del Padre, vacíos de nosotros mismos y dispuestos a beber el cáliz que también nosotros hemos de beber. Por otra parte, la escena nos invita a recapacitar sobre el peso y la gravedad de los pecados, que hundieron a Cristo. Gracias, mi buen Jesús, porque te levantaste y así me salvaste. Ayúdame a mí a levantarme cada vez que me caiga.
  • 23. Décima Estación Jesús es despojado de sus vestiduras Te adoramos, ¡oh Cristo! y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo. * Padrenuestro, Avemaría y Gloria. Jesús, pequé; ten piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús. ¡Sea por siempre bendita y alabada! En el Calvario y antes de ser crucificado, le dieron a beber vino con mirra; era una costumbre judía para amortiguar el dolor. Jesús lo probo, como gesto de cortesía, pero no quiso beberlo; prefería mantener la plena lucidez y conciencia en los momentos supremos de su sacrificio. Por otra parte, los soldados despojaron a Jesús, sin cuidado ni delicadeza alguna, de sus ropas, incluidas las que estaban pegadas en la carne viva, y, después de la crucifixión, se las repartieron.
  • 24. Jesús desposeído, desnudo, despreciado, se acerca a dar calor a los desabrigados. Es modelo de vida, no un maniquí disfrazado. La ropa almacenada podría abrigar a toda la humanidad. Para Jesús fue sin duda muy doloroso ser así despojado de sus propios vestidos y ver a qué manos iban a parar. Y especialmente para su Madre, allí presente, hubo de ser en extremo triste verse privada de aquellas prendas, tal vez labradas por sus manos con maternal solicitud, y que ella habría guardado como recuerdo del Hijo querido. Gracias, mi buen Jesús, gracias por querer salvarme.
  • 25. Undécima Estación Jesús es clavado en la cruz Te adoramos, ¡oh Cristo! y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo. * Padrenuestro, Avemaría y Gloria. Jesús, pequé; ten piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús. ¡Sea por siempre bendita y alabada! Había llegado el momento de la crucifixión, y Jesús fue fijado en la cruz con cuatro clavos de hierro que le taladraban las manos y los pies. Levantaron la cruz en alto y el cuerpo de Cristo quedó pendiente de los clavos y apoyado en un saliente que había a mitad del palo vertical. En la parte superior de este palo, encima de su cabeza, pusieron el título «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos». También crucificaron con él a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
  • 26. Jesús mío, así como perdonaste en la cruz, también perdóname a mí. El poder y el pecado taladraron sus manos. El poder y el pecado siguen hoy en día, crucificando a los pueblos. El suplicio de la cruz, además de ser infame, propio de esclavos criminales y facinerosos, era extremadamente doloroso, que movía la compasión en quien lo contemplara y tuviese nobles sentimientos. Siempre ha sido difícil entender la locura de la cruz, necedad para el mundo y salvación para el cristiano.
  • 27. Doceava Estación Jesús muere en la cruz Te adoramos, ¡oh Cristo! y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo. * Padrenuestro, Avemaría y Gloria. Jesús, pequé; ten piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús. ¡Sea por siempre bendita y alabada! Fueron tres horas de agonía para Jesús y de altísimas enseñanzas para nosotros. Muchos de los presentes, se desataron en ultrajes y escarnios contra el Crucificado. Poco después ocurrió el episodio del buen ladrón, a quien dijo Jesús: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». También al ver a su Madre junto a la cruz y con ella a Juan, dijo a su Madre «Mujer, ahí tienes a tu hijo»; luego dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre»; y desde aquella hora, el discípulo la acogió en su casa.
  • 28. Jesús sigue muriendo injustamente y torturado en cada hermano abatido por el hambre, los vicios, el fanatismo, la violencia y la inseguridad. «Tengo sed». Tomó el vinagre que le acercaron, y añadió: «Todo está cumplido» «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» e inclinando la cabeza, falleció. Mi buen Jesús, viniste al mundo a salvarnos y lo has logrado. Con tu muerte en la cruz, con tu obediencia a tu Padre, nos has abierto las puertas del cielo. Gracias, mi buen Jesús, gracias. Ahora ayúdame para que yo me gane el Cielo.
  • 29. Décimo Tercera Estación Jesús es bajado de la cruz Te adoramos, ¡oh Cristo! y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo. * Padrenuestro, Avemaría y Gloria. Jesús, pequé; ten piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús. ¡Sea por siempre bendita y alabada! Para que los cadáveres no quedaran en la cruz al día siguiente, que era un sábado; los soldados quebraron las piernas de los ladrones, y a Jesús, que ya había muerto, le atravesaron el costado con una lanza. José de Arimatea y Nicodemo, discípulos de Jesús, con el permiso de Pilato y ayudados por otros discípulos del Maestro, se acercaron a la cruz, desclavaron cuidadosamente las manos y los pies y lo descolgaron. Al pie de la cruz estaba la Madre, quien recibió en sus brazos y puso en su regazo, el cuerpo sin vida de su Hijo.
  • 30. Cada día, el cielo se viste de luto y María y Dios Padre, lloran por la muerte de sus hijos caídos por la guerra, por los accidentes, por la maldad humana. Escena conmovedora, imagen de amor y de dolor, expresión de la piedad y ternura de una Madre que contempla, siente y llora las llagas de su Hijo martirizado. Una lanza había atravesado el costado de Cristo, y la espada que anunciara Simeón, acabó de atravesar el alma de María. María, tú te convertiste en mi Madre desde la cruz. Jesús nos ha querido hacer ese regalo. Ayúdame a estar muy cerca de ti y de tu hijo toda mi vida.
  • 31. Décimo Cuarta Estación Jesús es colocado en el sepulcro Te adoramos, ¡oh Cristo! y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo. * Padrenuestro, Avemaría y Gloria. Jesús, pequé; ten piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús. ¡Sea por siempre bendita y alabada! José de Arimatea y Nicodemo tomaron el cuerpo, lo envolvieron en una sábana limpia que José había comprado y lo llevaron a un sepulcro nuevo que José había cavado para sí mismo. Mientras los varones procedían a la sepultura de Cristo, las mujeres que solían acompañarlo y su Madre, observaban. Hicieron rodar una gran piedra hasta la entrada del sepulcro, y después regresaron todos a Jerusalén.
  • 32. Y desde entonces, Dios lo convirtió en sagrario de Luz de Vida para todos. Con la sepultura de Jesús el corazón de su Madre quedaba sumido en tinieblas de tristeza y soledad. Pero en medio de esas tinieblas, brillaba la esperanza de que su Hijo resucitaría, como Él mismo había dicho. En todas las situaciones humanas, la fe en la resurrección es el consuelo más firme y profundo que podemos tener. Cristo ha convertido la muerte, en lugar de mera transición. Tú vivirás siempre en el Cielo, en el Sagrario y en nuestro corazón. Ayúdame, mi buen Jesús, a resucitar contigo cada día, y a vivir con la alegría de la resurrección.
  • 33. Décimo Quinta Estación Jesús resucita de entre los muertos Te adoramos, ¡oh Cristo! y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo. * Padrenuestro, Avemaría y Gloria. Jesús, pequé; ten piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús. ¡Sea por siempre bendita y alabada! Pasado el sábado, María Magdalena y otras mujeres fueron temprano al sepulcro. Llegadas allí, observaron que la piedra había sido removida. Entraron y no hallaron el cuerpo del Señor, pero vieron a un ángel que les dijo: «Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado; ha resucitado, no está aquí». Poco después llegaron Pedro y Juan, quienes comprobaron lo que les habían dicho las mujeres.
  • 34. En los planes salvíficos de Dios, la pasión y muerte de Jesús no tenían como meta y destino el sepulcro, sino la resurrección, en la que definitivamente la vida vence a la muerte, la gracia al pecado, el amor al odio. Pronto comenzaron las apariciones de Jesús resucitado: la primera a su Madre; luego, a la Magdalena, a Simón Pedro, a los discípulos de Emaús, al grupo de los apóstoles reunidos y así durante cuarenta días. Nadie presenció el momento de la resurrección, pero fueron muchos los que, siendo testigos presenciales de la muerte y sepultura del Señor, después lo vieron y trataron resucitado.
  • 35. Como enseña San Pablo, la resurrección de Cristo es nuestra resurrección, y si hemos resucitado con Cristo, hemos de vivir según la nueva condición de hijos de Dios que hemos recibido en el bautismo. Oración Señor Jesucristo, colma nuestros corazones con la luz de tu Espíritu Santo, para que, siguiéndote en tu último camino, sepamos cuál es el precio de nuestra redención y seamos dignos de participar en los frutos de tu pasión, muerte y resurrección. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén. [Juan Pablo II]