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Siervo de Dios Pablo Takashi Nagai y Midori Moriyama,
                     víctimas y héroes de la era atómica




                      “Inotte kudasai” (“ Rezad, por favor rezad”)

Tres días después del holocausto de Hiroshima, cuando el bombardero B29 llamado
Bock’s Car, despegó de la base área de Tinian en las Islas Marianas la madrugada del
9 de agosto de 1945 su objetivo era la ciudad japonesa de Kokura y su misión lanzar
la segunda bomba atómica, sobre territorio japonés para forzar la capitulación
definitiva de las fuerzas niponas. Sin embargo la bomba fue lanzada sobre Nagasaki…

La decisión se debió al mal tiempo con el avión quedándose sin combustible y era
necesario actuar con rapidez.

Estados Unidos tenía solo dos bombas, la Little Boy de uranio y 13 kilotones, que tres
días antes había destruido Hiroshima, y la Fat Man, más grande con carga de plutonio
y 22 kilotones de TNT.

Después de casi una hora sobrevolando el avión sobre Kokura, la aeronave no podía
mantenerse en vuelo por más de media hora. Sweeney, el capitán del bombardero se
dirigió hacia la cercana ciudad de Nagasaki, otro de los posibles objetivos de la misión.
Las nubes cubrían también la ciudad de Nagasaki. Sobre el objetivo un claro se abrió
entre las nubes y Kermit Beahan no dudó en lanzar “Fat Man”.

A las once y dos minutos inició “Fat Man” su corta caída hacia el corazón de una de
las primeras ciudades japonesas que en el siglo XVI se habían abierto al cristianismo y
al comercio con Occidente. La bomba de plutonio hizo explosión a una altura de 500
metros sobre el distrito de Urakami. En 1995 el copiloto Don Albury relató al New
Herald: “Vi el destello y pensé: Dios ¿qué hemos hecho?”.

Nagasaki fue arrasada por la segunda bomba atómica el 9 de agosto de 1945 a las
once horas y dos minutos.

El centro de la explosión se situó en el barrio de Urakami, habitado en su mayoría por
los católicos de la ciudad. Hubo 9.000º de temperatura, 72.000 muertos y 100.000
heridos.

La historia de Takashi
Takashi Nagai había nacido en 1908 en Isumo, cerca de Hiroshima, en el seno de una
familia con cinco hijos y de religión sintoísta. En 1928 ingresa en la facultad de
medicina de Nagasaki.

“Desde la época de mis estudios de secundaria –escribirá más tarde- me había
convertido en prisionero del materialismo. Nada más ingresar en la facultad de
medicina me obligaron a diseccionar cadáveres… Sentía gran admiración por la
maravillosa estructura del conjunto del cuerpo humano, por la minuciosa organización
de sus más pequeñas partes. Pero aquello que estaba manejando no era más que
pura materia. ¿Y el alma? Un fantasma inventado por unos impostores para engañar a
la gente sencilla”.

La última mirada de una madre

Un día de 1930 recibe un telegrama de su padre: “¡Ven a casa!”. Presintiendo alguna
desgracia, parte a toda prisa. Al llegar, se entera con estupor de que su madre ha
sufrido un ataque y de que ha perdido el habla. Se sienta a su lado y lee en su mirada
un último adiós. Aquella experiencia de la muerte cambiará su vida: “Con su última y
penetrante mirada, mi madre derrumbó el marco ideológico que yo había construido.
Aquella mujer, que me había dado la vida y que me había educado, aquella mujer que
no había tenido ni un momento de respiro en su amor por mí, me habló con toda
claridad en los últimos instantes de su vida. Su mirada me decía que el espíritu del
hombre sigue viviendo después de la muerte. Todo me llegaba como una intuición,
una intuición que contenía el sabor de la verdad”.

Takashi emprende entonces la lectura de los “Pensamientos” de Pascal, autor francés
del siglo XVII, poeta y erudito. “El alma, la eternidad… Dios. ¡Así que el físico Pascal,
nuestro gran predecesor, había admitido con seriedad aquellas cosas!, se dijo. ¡Ese
incomparable sabio creía verdaderamente en ello! ¿En qué consistía aquella fe
católica para que el sabio Pascal la aceptara, sin contradecir por ello su
ciencia?” Pascal explica que a Dios se le puede encontrar mediante la fe y la oración.
Incluso si todavía no podéis creer –dice- no desatendáis la oración ni la asistencia a la
Misa. Si me siento siempre dispuesto a comprobar una hipótesis en el laboratorio –
piensa Nagai-, ¿por qué no probar esa oración en la que tanto insiste Pascal? Y toma
la decisión de buscar una familia católica que le acepte como pensionista durante sus
estudios. Aquello le permitirá conocer el catolicismo y la oración cristiana.

La familia Moriyama

Es acogido en la familia Moriyama. El señor Moriyama, comerciante de ganado,
desciende de uno de esos antiguos linajes cristianos que, a lo largo de 250 años de
persecuciones, supieron conservar la fe que san Francisco Javier llevó hasta el Japón.
La pureza de aquella fe cristiana asombra al joven Nagai: ¡unos humildes granjeros le
enseñan con su ejemplo aquello en lo que había creído el gran sabio Pascal!

En marzo de 1932, una grave otitis le deja sordo del oído derecho, trastornando con
ello sus proyectos de futuro; al no poder hacer uso del estetoscopio, debe renunciar a
la medicina general, orientando entonces sus estudios hacia la medicina radiológica,
que inicia su andadura en Japón, y que le hace tomar conciencia de las enormes
posibilidades que esta ciencia ofrece a los médicos para descubrir el origen de las
enfermedades.

El señor y la señora Moriyama tienen una hija, Midori, maestra en otra ciudad.
Los tres rezan por la conversión de Takashi, pensando que quizás Dios lo haya
enviado con este propósito.

El 25 de diciembre de 1932, Midori se encuentra en casa de sus padres con motivo de
la Navidad. –Doctor –pregunta el señor Moriyama a Takashi-, por qué no viene con
nosotros a la Misa del gallo?
-¡Pero si no soy cristiano!
-No importa, tampoco lo eran los pastores y los Reyes Magos que acudieron al
establo. Sin embargo, cuando vieron al Niño creyeron. Si no viene a rezar a la iglesia,
nunca llegará a creer.
Después de unos instantes, Nagai es el primero en sorprenderse cuando responde:
-Sí, me gustaría acompañarles esta noche.
Cinco mil cristianos llenan la catedral, cantando todos el mismo Credo en latín.
Nagai queda fuertemente impresionado y alentado en su reflexión sobre la religión
católica, pero sin dejarse convencer.

El pequeño catecismo de Midori

Una noche, el señor Moriyama acude a despertar a Takashi: Midori se retuerce de
dolor en su lecho. El joven médico diagnostica enseguida una apendicitis aguda, y oye
cómo el señor Moriyama murmura: “Es la voluntad de Dios. ¿Quién sabe qué gracia
nos depara?”

A pesar de la abundante nieve, Takashi corre a la escuela vecina para telefonear al
hospital:
-¿Oiga? ¿Oiga? El 32 00, por favor, es urgente… ¿Oiga? Aquí Nagai. ¿Quién está de
guardia esta noche? Bien, ¿puede llamarlo, por favor?
Acude a la llamada un amigo suyo, y Nagai le pregunta si puede realizar de inmediato
una apendicectomía.
Ante una respuesta afirmativa, Takashi regresa a buscar a Midori:
-Con toda esta nieve, llamar a un taxi sería una pérdida de tiempo. No podemos
arriesgarnos a esperar.
Y, dirigiéndose al señor Moriyama: -Si usted va delante con la linterna, yo mismo
puedo llevar en brazos a Midori.
Durante el trayecto, Takashi se percata de que el corazón de Midori late cada vez más
deprisa y de que está ardiendo de fiebre. Su vida corre peligro, por lo que apresura el
paso.
¡Por fin llegan al hospital!
La sala de operaciones está preparada y, siete minutos después, todo ha terminado.
Midori está a salvo.
 En agradecimiento, ella hará todo lo posible para obtener la conversión de su
salvador.

Al año siguiente, Takashi es movilizado por el ejército japonés y parte a combatir
contra los chinos en Manchuria.
En un paquete enviado por Midori hay un pequeño catecismo que lee con interés.
Al cabo de un año regresa a su país, casi desesperado por la toma de conciencia
sobre los desórdenes de su vida y por el recuerdo de los terribles espectáculos de la
guerra.

Se dirige entonces a la catedral de Nagasaki, donde un sacerdote japonés le recibe y
conversa con él durante mucho tiempo. Animado por aquella entrevista, Takashi
reanuda su trabajo de radiología y empieza a estudiar la Biblia, la liturgia y las
oraciones de los católicos.

Pero las exigencias morales del Evangelio y la necesidad de separarse de los lazos
religiosos sintoístas de su familia siguen siendo un obstáculo para su conversión.

Un día, en medio de sus dudas, retoma los “Pensamientos” de Pascal y se le presenta
una frase que llama su atención: “Hay suficiente luz para quienes sólo desean ver, y
bastante oscuridad para quienes mantienen una disposición contraria”. De repente,
todo queda claro para él. Toma una decisión y pide el bautismo, que recibe en junio de
1934, con el nombre de Pablo, en recuerdo de san Pablo Miki, mártir japonés
crucificado en Nagasaki en 1597.
Dos meses después se casa con Midori, pero antes ha querido que ésta conociera los
graves riesgos a los que se expone por su profesión.

En efecto, pues los radiólogos de la época no tenían medios para protegerse
suficientemente de los rayos X.

Midori comprende el peligro que corre la vida de Takashi, pero entiende sus puntos de
vista y comparte su ideal de “pionero” para salvar vidas humanas.

“Será mi privilegio compartir su itinerario adondequiera que conduce, y aceptar
cualquier cosa que pasa en el camino.” (Rut 1,16-17):
Nagai se convertirá en algo más que un médico, en un apóstol de la caridad para con
el prójimo.

Escribe lo siguiente: “La labor del médico consiste en sufrir y en alegrarse con sus
pacientes, en ingeniárselas para disminuir los sufrimientos como si fueran los suyos
propios. Hay que simpatizar con su dolor. A fin de cuentas, no obstante, quien cura al
enfermo no es el médico sino la complacencia divina. Una vez se ha comprendido
eso, el diagnóstico médico engendra la oración”.

Movilizado de nuevo entre junio de 1937 y marzo de 1949, participa como médico en
la guerra chino-japonesa.

Su dedicación a todos, se trate de militares japoneses o de chinos, de mujeres, niños y
ancianos arrastrados sin piedad a terribles matanzas, ha tomado un cariz heroico.
A su regreso al Japón, las peticiones de radiografías se multiplican.

Los años después de su matrimonio eran tiempos de crisis económica en Japón, y el
modesto salario del doctor como asistente al jefe del sub-departamento de radiología
no fue suficiente para sostener a la pareja y la madre de Midori que quedó viuda.

Entonces Midori mostró su temple dando clases en las tradicionales artes de Japón
(arreglo de flores, bordados…), haciendo ropas para su esposo, y cultivando hortalizas
para la mesa familiar y para compartir con los pobres.

Takashi la dejó toda la administración de la casa, y ella le apoyó en su entrega
apasionada a la investigación medica en el campo de la radiología: quería leer cada
artículo que su esposo publicaba, aun cuando sus conocimientos no permitía
comprender bien toda la investigación.

En dos ocasiones el mismo doctor Takashi llegó al borde de la muerte: una vez por
una aguda reacción alérgica a una inyección que se había dado cuando asisitió a una
intervención quirúrgica a pesar de no sentirse bien (contra las advertencias de Midori);
la otra vez cuando había salido de noche durante una tormenta de nieve para atender
a un paciente asmático que se estaba ahogando por falta de aire.

En el camino de regreso a la casa, se había desplomado en un ataque de asma él
mismo.

En esa segunda ocasión fue Midori que lo encontró en un hueco de nieve en estado
grave, y ella lo inyectó para aliviar la asfixia del asma ¡y después lo cargó a la casa!
era una oportunidad providencial de devolver a su esposo el favor de aquel otro viaje
nocturno en la nieve en el que él la había cargado y salvado la vida.

Muy pronto, Takashi constata en sus manos unas marcas inquietantes y, además, se
encuentra muchas veces agotado.

En su diario anota que, en ocasiones, cuando se siente completamente decaído, cierra
la puerta y se sienta ante la estatua de María que tiene en su despacho, rezando el
Rosario y recuperando de este modo poco a poco la paz interior.

Tres años de vida

Un colega de Takashi le persuade sobre la conveniencia de hacerse una radiografía.
Una mañana de junio de 1945 cumple con ello:
-Prepare el aparato, dice a su ayudante.
-Pero, doctor, aún no ha llegado ningún paciente.
-Yo soy el paciente, responde Nagai mostrando su pecho.
-¿Y el médico?
-¡Aquí está!, dice señalando sus ojos.
Al ver la radiografía, Nagai se queda sin respiración.
En el lado izquierdo aparece una ancha placa negra: hipertrofia del bazo, por lo que el
diagnóstico es una leucemia.

Takashi murmura: “Señor, no soy más que un siervo inútil. Protege a Midori y a
nuestros dos hijos. Hágase en mí según tu voluntad”.

El doctor Kageura, jefe del departamento de medicina interna, confirma su
análisis: “Leucemia crónica. Duración de la vida: tres años”.
Había empleado su vida en curar un gran número de enfermos, que nadie más que él
habría podido radiografiar.

De regreso a casa, Takashi se lo revela todo a Midori. Ella escuchó en silencio, atenta,
y luego, sin decir palabra, se levantó y fue a encender las velas en el altar de su hogar,
y se arrodilló con cabeza inclinada ante el crucifijo que su familia había guardado
durante 250 años de persecución.

El se levantó y la acompañó, arrodillado a su lado.

Después de unos minutos se dio cuenta de que ella estaba ahogando sollozos en un
silencioso llorar.

Ella quedó allí en oración hasta que pasó la tormenta interior.
Mientras tanto él sintió remordimiento por haberse descuidado, dedicándose tanto a su
trabajo de investigación que podía llegar a ese extremo, tomando por sentado el amor
y dedicación de su esposa. Pero ella, cuando movió la cabeza para mirarlo y le habló,
no le incriminó, sino que habló con compostura y paz: “Nos dijimos los dos antes de
casarnos, y de nuevo antes de que fuiste la segunda vez a la guerra en China que si
nuestras vidas se gastan en el servicio de la gloria de Dios, entonces la vida y la
muerte son bellas. Tú has dado todo lo que tenías para este trabajo que estaba
importantísimo: fue para su gloria.” Takashi se sobrecogió: “¡esta mujer nunca le
había fallado!”

Luchaba contra las lágrimas, no para sí, sino de gratitud por Midori.

Sintió que estaba en la presencia de la santidad.

Le pareció en ese momento que ella representaba y sintetizaba toda la valentía y fe de
los cristianos perseguidos de Urakami (la estirpe de su familia), que mantuvieron la fe
en medio de las peores pruebas.

Había caminado a su casa aquella noche deprimido, un hombre sin esperanza, pero el
día siguiente --lo dice él mismo en uno de sus libros-- volvió al departamento de
radiología “un hombre nuevo. Su aceptación total de la tragedia, su rechazo de
cualquier insinuación de culpa, me había liberado.”

Una vez más, como en aquella noche cuando, poniéndole la inyección a luz de
lámpara, había liberado su pecho de una inmensa presión, ahora también: sus 13
años de radiología, su tiempo de servicio médico en la frente en China, y los años de
austeridades en medio de los ataques aéreos, todo pareció…: ¡bello!

Midori le había dicho esa noche que tal vez uno de sus hijos continuaría su trabajo e
investigación de radiología, y ¡él quería inclinarse al suelo ante ella por esa respuesta!

Le convenció que ella no abrigaba ni una pizca de resentimiento.

Casi podría abrazar la máquina de rayos X, y experimentó una gran paz y una nueva
vitalidad para cualquier trabajo que le quedaba. Le ocurrió que ésta debía ser la
alegría que viene del abandono a la voluntad de Dios, como había leído en Pascal. En
agosto, panfletos llovidos sobre Nagasaki por los norteamericanos amenazaron que la
ciudad llena de flores en abril, en agosto quedaría incendiada, y el 6 de agosto
llegaron noticias de una horrible bomba que había devastado Hiroshima.

Ese mismo día Takashi y Midori tomaron la decisión de enviar a sus dos hijos a vivir
con sus abuelos, al otro lado de la montaña (cosa que ya habían pensado antes, pero
de la cual habían desistido ante la negativa de sus hijos; ahora la pareja impuso su
decisión a los hijos).

El día 7 de agosto, Midori y su madre acompañaba a los hijos a una casa de campaña
al otro lado de la montaña en una apacible quebrada.

El día 8, cuando Midori había regresado a la ciudad, al sonar las sirenas de un ataque
aéreo, acompañaba a su esposo ya inseguro al caminar por tener las piernas
hinchadas y los órganos afectados, poniendo el brazo de su esposo sobre su hombro,
y abrazando su cintura con su propio brazo.

Llegaron al refugio contra ataques aéreos, y rompieron a reírse los dos.

Se sentaron en el refugio [escribe él] como dos amantes en un paseo. Se olvidaron de
la guerra y hablaron de la fiesta venidera de la Asunción, un gran día (fiesta patronal)
para los cristianos de Nagasaki. Hablaron de sus planes para confesarse los dos en
preparación para la solemnidad.

Una vez que sonó el sirena de “no hay peligro”, volvieron a su casa, y se admiró
Takashi que el ánimo de su esposa era positivamente de alegría.

Desayunó con él, riéndose de las ocurrencias y travesuras de sus hijos y lo difícil que
le tocaría a la abuela cuidarlos a los dos. Midori quería acompañarle a la Universidad,
pero él dijo que no, que ya estaba bien.

Se despidieron en la puerta, pero no había caminado mucho cuando se dio cuenta que
había olvidado su lonchera.

Volvió a la casa, pero se asustó al descubrir a su esposa echada en una estera en el
suelo, temblando y llorando incontrolablemente. ¿Será que ella ponía cara fuerte a los
problemas para fortalecer a su esposo, pero en sus momentos de soledad, también se
sentía miedo, o fue que presentía algo en particular de lo que el mañana les traería?

De todas maneras, esa noche le tocó a Takashi hacer guardia de ataques aéreos, en
que los médicos también tomaban su turno.

Rechazó la sugerencia de saltar su nombre en la lista: “Mira como los internos han
estado en los ataques aéreos, y algunos de ellos han perdido la vida en ellos. No,
ellos no han pedido ser exonerados, ni lo haré yo.”

Así que no volvió a ver su esposa después del desayuno del día anterior.

La explosión atómica

9 de agosto de 1945, once horas y dos minutos.
Un destello cegador.
Acaba de estallar una bomba atómica en Urakami, el barrio norte de Nagasaki.

En la facultad de medicina, situada a 700 metros del centro de la explosión, Nagai, que
se encuentra clasificando placas de radiografías, es lanzado al suelo, con el costado
acribillado de trozos de cristal.

La sangre brota en abundancia de su sien derecha…, los objetos se arremolinan como
las hojas muertas en otoño.

Muy pronto aparece una oleada ininterrumpida de heridos: siluetas ensangrentadas,
ropas desgarradas, cabellos quemados, que acuden a la entrada del hospital… Una
visión dantesca.

Famoso es su relato que señala:

“¿Qué había pasado? No podía explicármelo. Hasta hacía pocos minutos se extendía
una ciudad desde las colinas hasta las aguas del estrecho, pero ahora todo había
desaparecido.
¿Qué había sido de la multitud que se agolpaba frente a la puerta del Hospital? Miré
hacia allí. El patio estaba cubierto de árboles arrancados y entre ellos gran número de
cadáveres desnudos.
-¡Esto es el infierno!- grité horrorizado, cubriéndome la cara con las manos.
Ningún profesor sobrevivió para poder contarlo. En los laboratorios de Medicina
Clínica, construidos con hormigón y más alejados del lugar de la explosión, algunos
médicos, entre ellos yo, tuvimos la suerte de salvarnos… por el momento.
¿Cómo ocurrió todo?
El 9 de agosto de 1945 la ciudad de Nagasaki estaba inmersa en la paz por última
vez.
Repentinamente, el cielo se iluminó por un instante y el resplandor de una luz hizo
palidecer el sol de verano. Una columna de humo blanco empezó a subir de la tierra
tomando la forma de una gigantesca seta u hongo. Una luz terrible. No hubo ruido.
Pero lo que aterrorizó y heló la sangre fue el soplo inmenso que se escapó de debajo
de la nube blanca. A una velocidad aterradora pasó sobre las colinas y los campos
arrasándolo todo. Las casas de las cimas cedieron ante su fuerza, y cada árbol del
campo fue arrancado de cuajo y sus hojas desaparecieron como por encanto. Se diría
que un invisible pero gigantesco cilindro compresor trituraba cuanto hallaba a su paso.
Un horrible ruido hirió de súbito los oídos de los que presenciamos de lejos tan terrible
espectáculo. Nos sentimos levantados, tirados contra una pared de piedra a cinco
metros de allí.
Herido en la región de los ojos, creí que había perdido la vista. No era así, pero todo
yo manaba sangre. Y el edificio entero se había derrumbado.
Enterrado entre los escombros, luché denodadamente hasta que terminé por salir por
mi propio esfuerzo. El espectáculo que tenía ante mis ojos era apocalíptico.
Entre escalofriantes masas de carne se destacaban lentamente, a rastras, aquellos en
los que había una chispa de vida. Se acercaron asiéndome fuertemente de las
rodillas:
-¡Sálveme, doctor!- gemían desesperadamente.
Empezamos los primeros cuidados, pero nunca me había sentido tan impotente, tan
inútil para poder ayudar a aquellos seres humanos destrozados y desgarrados por el
dolor.
No podíamos atender a todos los que se agolpaban en torno a los escasos médicos
supervivientes. Apenas habíamos mal vendado a uno cuando se presentaba otro con
la misma súplica:
-¡Doctor, sálveme!-
Pasaron dos niños arrastrando a su padre muerto. Una mujer todavía joven llevando
en su seno a un niño decapitado. Los pocos que se habían salvado marchaban de la
ciudad, que empezaba a arder. Sus pies sangrantes les torturaban a cada paso.
Pasando por la noche sobre un puente deteriorado, caían a veces en el foso con el
herido que transportaban sobre sus espaldas.
Jamás me había sentido tan impotente como al mirar el terrible panorama de miedo,
de agonía, de muerte y de destrucción. No podía hacer nada, absolutamente nada. La
sangre me corría por el rostro, desde las sienes hasta la barbilla. Los ojos parecía que
me iban a estallar.
A veces, queriendo incorporar un cuerpo para ver si retenía aún señales de vida, se
deshacía en nuestras manos como el fango pegajoso. Solamente unos cabellos se
adherían a nuestro tacto.
Miré al cielo donde flotaba todavía, en reflejos de Apocalipsis la monstruosa nube
radioactiva…”

El equipo de médicos y enfermeras sobrevivientes empezaron a atender como podían
a las decenas, y luego centenares de víctimas que se arrastraban al devastado
hospital esperando ayuda.

Eran patéticos los insumos intactos después de la explosión, así que ayudaban a los
enfermos más por su ternura y consejos que por lo que podían hacer por ellos.
Seguían trabajando sin parar durante esa “noche atómica” y la noche natural que la
seguía, contra toda esperanza.

El doctor Takashi organizaba equipos de trabajo y les daba instrucciones, siendo uno
de los médicos de mayor rango entre los sobrevivientes, y respetado por todos por su
calma y competencia en situaciones de emergencia como esta.

Los socorristas no hacían caso de sus propias heridas y agotamiento hasta desplomar;
Takashi no era la excepción: él tenía una profunda corte en la sien derecha que surtía
sangre como de una fuente; lograron estañar la hemorragia en parte con una venda
aplicada por las enfermeras, pero ya había perdido mucha sangre y pronto la venda
estaba empapada con sangre. Sin embargo, seguía dirigiendo las operaciones de
rescate.

De tiempo en tiempo dirigía furtivas miradas a la zona de Urakami donde su casa, y
deseaba tener noticias de Midori, esperando verla en cualquier momento entre los
refugiados que llegaban al hospital, pero nunca apareció.

Tenía ganas de ir en su búsqueda, pero sabía bien que su presencia, dirección y
calma valentía eran cruciales para que el equipo médico del hospital no perdiera todo
sentido de su deber y desespere, dejando a los víctimas de la bomba sin ayuda
alguna, --aunque sea para morir con un poco de dignidad.




Esperaba, pero 5 horas después de la explosión el barrio de Urakami quedaba como
un humeante campo de cenizas, con solo las ruinas de la catedral visible.

En ese momento la certeza de su muerte le llegaba como un golpe al corazón.
Su cuerpo y mente, debilitados por la leucemia y la pérdida de sangre ya estaban
extenuados más allá de todo aguante, y sus piernas cedían bajo el peso de su cuerpo.
Al desplomarse, una colega lo oyó murmurar a sí mismo: “Habría venido ya; ¡está
muera! ¡Está muerta! ¡Midori!” Con una mano aplastó un puñado de tierra, y luego
desmayó.

Takashi despertó en una improvisada mesa de operaciones, mientras otro doctor le
operaba para impedir la pérdida de más sangre por la vena cortada en su sien
derecha.

Dos días después, cuando el ejército japonés llegó para tomar responsabilidad de los
esfuerzos de rescate y organización de los refugiados, moribundos y muertos, Takashi
se sintió libre de ir en búsqueda de Midori…

Logró con dificultad ubicar lo que había sido su casa en una inmensa área de ceniza
blanca y fragmentos de tejas de techo.
Vio un objeto negro, y luego se dio cuenta que era los restos carbonizadas de su
querida esposa. Poco quedaba más que los restos de su cráneo, columna vertebral y
pelvis. Cuando se agachó, llorando, para recoger sus restos y darle un digno entierro,
vio algo con un débil reflejo entre los huesos pulverizados de su mano derecha:
aunque fundido en una masa confusa, ¡se podía identificar claramente por el crucifijo y
cadena como el rosario que tantas veces había visto orar, enhebrando las cuentas por
sus dedos! Takashi inclinó la cabeza y lloró: “Querido Dios, ¡gracias por permitirle
morir orando! Madre de los dolores, ¡gracias por estar con la fiel Midori en la hora de
su muerte! O bondadoso Jesús, nuestro salvador: tu sudaste sangre y cargaste la
cruz pesada hasta el lugar de tu crucifixión, y ahora has derramado una luz apacible
sobre el misterio del sufrimiento y muerte: la de Midori y la mía también.”

Llevó sus restos hacia el cementerio donde tenían comprado una parcela de tierra,
pero en un momento en el camino fue sobrecogido al contemplar el trágico contenido
de su balde, e irrumpió en oración de acción de gracias a Midori por toda su fidelidad y
amor desinteresada, y le pidió perdón por haber sido egoísta y no haber pensado en
ella.

Unos pasos más allá cuando tropezaba y los huesos sonaba al fondo del balde, le
parecía oír la voz de Midori que le decía: “no, perdóname tú a mí”, como siempre solía
hacer, asumiendo ella la responsabilidad por cualquier dificultad que experimentaban.
Después de enterrar sus restos en el cementerio, volvió una vez más, distraído, al
lugar de su casa, y empezó a hurgar entre las cenizas de la casa.

Topó con otra masa de metal fundido, y se dio cuenta que eran sus preciados
medallas de condecoración…
Le hizo caer en la cuenta que ahora lo había perdido todo: casos, artículos,
investigaciones, casa, amigos, colegas, y sobre todo, ¡su querida Midori!
Mientras los habitantes del lugar temen volver a Urakami, el barrio católico epicentro
de la bomba, Nagai declara: “¡Yo quiero ser el primero en vivir allí!”.

Se construye un refugio cerca de su antigua casa, con algunas chapas apoyadas en
los restos de un muro, y coloca delante dos piedras formando un fogón improvisado
sobre el que cuelga un caldero. Al lado hay una vieja botella sin cuello; su reserva de
agua. Como única ropa cuenta con uno de los uniformes de marino que el ejército ha
distribuido a los siniestrados.

Al empezar a desescombrar la que fue su casa, descubre el crucifijo que había
pertenecido al altar de la familia y piensa: “He sido desposeído de todo y sólo he
encontrado este crucifijo”.

El 23 de noviembre de 1945, Nagai es invitado a tomar la palabra en una Misa de
réquiem celebrada junto a los escombros de la catedral de Urakami, el barrio católico
de Nagasaki. En su mística intervención, con sentimiento de comprensión y perdón,
poco frecuente en lo humano, señala:

“El holocausto de Jesucristo en el Calvario ilumina y confiere significado al holocausto
de Nagasaki. En la mañana del 9 de agosto una bomba atómica explosionaba en
nuestro barrio. En un instante, 8.000 cristianos fueron llamados a la presencia de
Dios… En la medianoche de aquel día, nuestra catedral se incendió de repente y se
consumió… Es evidente que existe una profunda relación entre la destrucción de esta
ciudad cristiana y el fin de la guerra. Nagasaki era sin duda la víctima elegida, el
cordero sin mancha, holocausto ofrecido sobre el altar del sacrificio, aniquilado por los
pecados de todas las naciones durante la Segunda Guerra Mundial… ¡Debemos
agradecer que Nagasaki haya sido elegida para ese holocausto! Debemos
agradecerlo, porque a través de ese sacrificio ha llegado la paz al mundo, así como la
libertad religiosa al Japón”
El 15 de agosto de 1945, a mediodía, la radio transmite un mensaje del emperador
anunciando la capitulación del Japón.
A principios de septiembre, Nagai agoniza.
Las radiaciones de la bomba atómica han agravado su enfermedad.
Recibe los últimos sacramentos y dice: “Muero contento”, y luego entra en semicoma.
Le traen agua de la gruta de Lourdes construida no muy lejos de allí por el padre
Maximiliano María Kolbe (hoy Santo).

Entraba y salía de un estado de coma; en algún momento escuchó la voz de su hijo y
de su suegra a su lado.
Luego, en coma, escuchó –él solo- una voz que le decía “pide a Maximiliano Kolbe
orar por ti” (Misionero en Japón y en Nagasaki, muerto en el Campo de concentración
de Auschwitz, el 9 de agosto de 1941, de cuya muerte mártir el Doctor Takashi
desconoce)

Extrañamente, contra todos los pronósticos médicos de sus compañeros al día
siguiente día 5 de octubre, se encuentra fuera de peligro cuando el persistente herida
del sien se curó sola y dejó de sangrar.

Siempre atribuyo al Padre Kolbe su sanación

Se levantó para colaborar en la refundación de la Universidad, para animar a los
residentes de Urakami a volver a poblar el “desierto atómico” que era su barrio, y a
velar por la crianza y el futuro de sus dos hijos.
En marzo de 1951 el estado de salud del médico es alarmante, sin que por ello se vea
alterado su habitual buen humor.




     (ULTIMA FOTO DEL SIERVO DE DIOS DOCTOR PABLO TAKASHI NAGAI
                     REZANDO JUNTO A SUS HIJOS,
          ANTE EL CRUCIFIJO DE LA FAMILIA DE SU AMADA MIDORI,
    Y QUE EL ENCONTRÓ ENTRE LAS RUINAS DE SU CASA DESPUÉS DE LA
                           BOMBA ATOMICA)
En abril escribe su último libro y, nada más terminarlo, sufre una hemorragia cerebral.
Lo llevan al hospital, y allí pierde el conocimiento.




Muere el 1 de mayo. Va al Encuentro de Dios y de Midori, a la joven edad de 42 años.
Midori le acompañaba espiritualmente en toda su larga enfermedad, y él la recordaba
en detalle, compartiendo preciosos recuerdos de ella en varios de sus libros. Fue
enterrado a su lado; Takashi escogió como epitafio en la tumba de su esposa “He aquí
la sierva del Señor. Hágase en mí según su palabra.” Y en la suya “Somos siervos
inútiles. Sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer.”




Al final de su libro “Las campanas de Nagasaki” el Dr. Nagai escribe lo siguiente:

“¿La humanidad podrá ser feliz en la era atómica? ¿O será desdichada? ¿Cómo iba a
utilizarse esa arma de doble filo escondida por Dios en el universo y descubierta ahora
por el hombre? Un uso correcto podría permitir un rápido progreso de la civilización,
pero un uso inadecuado podría destruir el mundo. La decisión reside en el libre
albedrío del hombre, que tiene su destino en sus propias manos. Cuando uno piensa
en ello le invade el terror y, por mi parte, creo que la única garantía en este campo
reside en un verdadero espíritu religioso…”

                   http://www.unav.es/capellaniauniversitaria/testimonios/nagasaki.htm

                                                           Madrugadores Buenos Aires

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Siervo de Dios

  • 1. Siervo de Dios Pablo Takashi Nagai y Midori Moriyama, víctimas y héroes de la era atómica “Inotte kudasai” (“ Rezad, por favor rezad”) Tres días después del holocausto de Hiroshima, cuando el bombardero B29 llamado Bock’s Car, despegó de la base área de Tinian en las Islas Marianas la madrugada del 9 de agosto de 1945 su objetivo era la ciudad japonesa de Kokura y su misión lanzar la segunda bomba atómica, sobre territorio japonés para forzar la capitulación definitiva de las fuerzas niponas. Sin embargo la bomba fue lanzada sobre Nagasaki… La decisión se debió al mal tiempo con el avión quedándose sin combustible y era necesario actuar con rapidez. Estados Unidos tenía solo dos bombas, la Little Boy de uranio y 13 kilotones, que tres días antes había destruido Hiroshima, y la Fat Man, más grande con carga de plutonio y 22 kilotones de TNT. Después de casi una hora sobrevolando el avión sobre Kokura, la aeronave no podía mantenerse en vuelo por más de media hora. Sweeney, el capitán del bombardero se dirigió hacia la cercana ciudad de Nagasaki, otro de los posibles objetivos de la misión. Las nubes cubrían también la ciudad de Nagasaki. Sobre el objetivo un claro se abrió entre las nubes y Kermit Beahan no dudó en lanzar “Fat Man”. A las once y dos minutos inició “Fat Man” su corta caída hacia el corazón de una de las primeras ciudades japonesas que en el siglo XVI se habían abierto al cristianismo y al comercio con Occidente. La bomba de plutonio hizo explosión a una altura de 500 metros sobre el distrito de Urakami. En 1995 el copiloto Don Albury relató al New Herald: “Vi el destello y pensé: Dios ¿qué hemos hecho?”. Nagasaki fue arrasada por la segunda bomba atómica el 9 de agosto de 1945 a las once horas y dos minutos. El centro de la explosión se situó en el barrio de Urakami, habitado en su mayoría por los católicos de la ciudad. Hubo 9.000º de temperatura, 72.000 muertos y 100.000 heridos. La historia de Takashi
  • 2. Takashi Nagai había nacido en 1908 en Isumo, cerca de Hiroshima, en el seno de una familia con cinco hijos y de religión sintoísta. En 1928 ingresa en la facultad de medicina de Nagasaki. “Desde la época de mis estudios de secundaria –escribirá más tarde- me había convertido en prisionero del materialismo. Nada más ingresar en la facultad de medicina me obligaron a diseccionar cadáveres… Sentía gran admiración por la maravillosa estructura del conjunto del cuerpo humano, por la minuciosa organización de sus más pequeñas partes. Pero aquello que estaba manejando no era más que pura materia. ¿Y el alma? Un fantasma inventado por unos impostores para engañar a la gente sencilla”. La última mirada de una madre Un día de 1930 recibe un telegrama de su padre: “¡Ven a casa!”. Presintiendo alguna desgracia, parte a toda prisa. Al llegar, se entera con estupor de que su madre ha sufrido un ataque y de que ha perdido el habla. Se sienta a su lado y lee en su mirada un último adiós. Aquella experiencia de la muerte cambiará su vida: “Con su última y penetrante mirada, mi madre derrumbó el marco ideológico que yo había construido. Aquella mujer, que me había dado la vida y que me había educado, aquella mujer que no había tenido ni un momento de respiro en su amor por mí, me habló con toda claridad en los últimos instantes de su vida. Su mirada me decía que el espíritu del hombre sigue viviendo después de la muerte. Todo me llegaba como una intuición, una intuición que contenía el sabor de la verdad”. Takashi emprende entonces la lectura de los “Pensamientos” de Pascal, autor francés del siglo XVII, poeta y erudito. “El alma, la eternidad… Dios. ¡Así que el físico Pascal, nuestro gran predecesor, había admitido con seriedad aquellas cosas!, se dijo. ¡Ese incomparable sabio creía verdaderamente en ello! ¿En qué consistía aquella fe católica para que el sabio Pascal la aceptara, sin contradecir por ello su ciencia?” Pascal explica que a Dios se le puede encontrar mediante la fe y la oración. Incluso si todavía no podéis creer –dice- no desatendáis la oración ni la asistencia a la Misa. Si me siento siempre dispuesto a comprobar una hipótesis en el laboratorio – piensa Nagai-, ¿por qué no probar esa oración en la que tanto insiste Pascal? Y toma la decisión de buscar una familia católica que le acepte como pensionista durante sus estudios. Aquello le permitirá conocer el catolicismo y la oración cristiana. La familia Moriyama Es acogido en la familia Moriyama. El señor Moriyama, comerciante de ganado, desciende de uno de esos antiguos linajes cristianos que, a lo largo de 250 años de persecuciones, supieron conservar la fe que san Francisco Javier llevó hasta el Japón. La pureza de aquella fe cristiana asombra al joven Nagai: ¡unos humildes granjeros le enseñan con su ejemplo aquello en lo que había creído el gran sabio Pascal! En marzo de 1932, una grave otitis le deja sordo del oído derecho, trastornando con ello sus proyectos de futuro; al no poder hacer uso del estetoscopio, debe renunciar a la medicina general, orientando entonces sus estudios hacia la medicina radiológica, que inicia su andadura en Japón, y que le hace tomar conciencia de las enormes posibilidades que esta ciencia ofrece a los médicos para descubrir el origen de las enfermedades. El señor y la señora Moriyama tienen una hija, Midori, maestra en otra ciudad.
  • 3. Los tres rezan por la conversión de Takashi, pensando que quizás Dios lo haya enviado con este propósito. El 25 de diciembre de 1932, Midori se encuentra en casa de sus padres con motivo de la Navidad. –Doctor –pregunta el señor Moriyama a Takashi-, por qué no viene con nosotros a la Misa del gallo? -¡Pero si no soy cristiano! -No importa, tampoco lo eran los pastores y los Reyes Magos que acudieron al establo. Sin embargo, cuando vieron al Niño creyeron. Si no viene a rezar a la iglesia, nunca llegará a creer. Después de unos instantes, Nagai es el primero en sorprenderse cuando responde: -Sí, me gustaría acompañarles esta noche. Cinco mil cristianos llenan la catedral, cantando todos el mismo Credo en latín. Nagai queda fuertemente impresionado y alentado en su reflexión sobre la religión católica, pero sin dejarse convencer. El pequeño catecismo de Midori Una noche, el señor Moriyama acude a despertar a Takashi: Midori se retuerce de dolor en su lecho. El joven médico diagnostica enseguida una apendicitis aguda, y oye cómo el señor Moriyama murmura: “Es la voluntad de Dios. ¿Quién sabe qué gracia nos depara?” A pesar de la abundante nieve, Takashi corre a la escuela vecina para telefonear al hospital: -¿Oiga? ¿Oiga? El 32 00, por favor, es urgente… ¿Oiga? Aquí Nagai. ¿Quién está de guardia esta noche? Bien, ¿puede llamarlo, por favor? Acude a la llamada un amigo suyo, y Nagai le pregunta si puede realizar de inmediato una apendicectomía. Ante una respuesta afirmativa, Takashi regresa a buscar a Midori: -Con toda esta nieve, llamar a un taxi sería una pérdida de tiempo. No podemos arriesgarnos a esperar. Y, dirigiéndose al señor Moriyama: -Si usted va delante con la linterna, yo mismo puedo llevar en brazos a Midori. Durante el trayecto, Takashi se percata de que el corazón de Midori late cada vez más deprisa y de que está ardiendo de fiebre. Su vida corre peligro, por lo que apresura el paso. ¡Por fin llegan al hospital! La sala de operaciones está preparada y, siete minutos después, todo ha terminado. Midori está a salvo. En agradecimiento, ella hará todo lo posible para obtener la conversión de su salvador. Al año siguiente, Takashi es movilizado por el ejército japonés y parte a combatir contra los chinos en Manchuria.
  • 4. En un paquete enviado por Midori hay un pequeño catecismo que lee con interés. Al cabo de un año regresa a su país, casi desesperado por la toma de conciencia sobre los desórdenes de su vida y por el recuerdo de los terribles espectáculos de la guerra. Se dirige entonces a la catedral de Nagasaki, donde un sacerdote japonés le recibe y conversa con él durante mucho tiempo. Animado por aquella entrevista, Takashi reanuda su trabajo de radiología y empieza a estudiar la Biblia, la liturgia y las oraciones de los católicos. Pero las exigencias morales del Evangelio y la necesidad de separarse de los lazos religiosos sintoístas de su familia siguen siendo un obstáculo para su conversión. Un día, en medio de sus dudas, retoma los “Pensamientos” de Pascal y se le presenta una frase que llama su atención: “Hay suficiente luz para quienes sólo desean ver, y bastante oscuridad para quienes mantienen una disposición contraria”. De repente, todo queda claro para él. Toma una decisión y pide el bautismo, que recibe en junio de 1934, con el nombre de Pablo, en recuerdo de san Pablo Miki, mártir japonés crucificado en Nagasaki en 1597. Dos meses después se casa con Midori, pero antes ha querido que ésta conociera los graves riesgos a los que se expone por su profesión. En efecto, pues los radiólogos de la época no tenían medios para protegerse suficientemente de los rayos X. Midori comprende el peligro que corre la vida de Takashi, pero entiende sus puntos de vista y comparte su ideal de “pionero” para salvar vidas humanas. “Será mi privilegio compartir su itinerario adondequiera que conduce, y aceptar cualquier cosa que pasa en el camino.” (Rut 1,16-17): Nagai se convertirá en algo más que un médico, en un apóstol de la caridad para con el prójimo. Escribe lo siguiente: “La labor del médico consiste en sufrir y en alegrarse con sus pacientes, en ingeniárselas para disminuir los sufrimientos como si fueran los suyos propios. Hay que simpatizar con su dolor. A fin de cuentas, no obstante, quien cura al enfermo no es el médico sino la complacencia divina. Una vez se ha comprendido eso, el diagnóstico médico engendra la oración”. Movilizado de nuevo entre junio de 1937 y marzo de 1949, participa como médico en la guerra chino-japonesa. Su dedicación a todos, se trate de militares japoneses o de chinos, de mujeres, niños y ancianos arrastrados sin piedad a terribles matanzas, ha tomado un cariz heroico. A su regreso al Japón, las peticiones de radiografías se multiplican. Los años después de su matrimonio eran tiempos de crisis económica en Japón, y el modesto salario del doctor como asistente al jefe del sub-departamento de radiología no fue suficiente para sostener a la pareja y la madre de Midori que quedó viuda. Entonces Midori mostró su temple dando clases en las tradicionales artes de Japón (arreglo de flores, bordados…), haciendo ropas para su esposo, y cultivando hortalizas para la mesa familiar y para compartir con los pobres. Takashi la dejó toda la administración de la casa, y ella le apoyó en su entrega apasionada a la investigación medica en el campo de la radiología: quería leer cada
  • 5. artículo que su esposo publicaba, aun cuando sus conocimientos no permitía comprender bien toda la investigación. En dos ocasiones el mismo doctor Takashi llegó al borde de la muerte: una vez por una aguda reacción alérgica a una inyección que se había dado cuando asisitió a una intervención quirúrgica a pesar de no sentirse bien (contra las advertencias de Midori); la otra vez cuando había salido de noche durante una tormenta de nieve para atender a un paciente asmático que se estaba ahogando por falta de aire. En el camino de regreso a la casa, se había desplomado en un ataque de asma él mismo. En esa segunda ocasión fue Midori que lo encontró en un hueco de nieve en estado grave, y ella lo inyectó para aliviar la asfixia del asma ¡y después lo cargó a la casa! era una oportunidad providencial de devolver a su esposo el favor de aquel otro viaje nocturno en la nieve en el que él la había cargado y salvado la vida. Muy pronto, Takashi constata en sus manos unas marcas inquietantes y, además, se encuentra muchas veces agotado. En su diario anota que, en ocasiones, cuando se siente completamente decaído, cierra la puerta y se sienta ante la estatua de María que tiene en su despacho, rezando el Rosario y recuperando de este modo poco a poco la paz interior. Tres años de vida Un colega de Takashi le persuade sobre la conveniencia de hacerse una radiografía. Una mañana de junio de 1945 cumple con ello: -Prepare el aparato, dice a su ayudante. -Pero, doctor, aún no ha llegado ningún paciente. -Yo soy el paciente, responde Nagai mostrando su pecho. -¿Y el médico? -¡Aquí está!, dice señalando sus ojos. Al ver la radiografía, Nagai se queda sin respiración. En el lado izquierdo aparece una ancha placa negra: hipertrofia del bazo, por lo que el diagnóstico es una leucemia. Takashi murmura: “Señor, no soy más que un siervo inútil. Protege a Midori y a nuestros dos hijos. Hágase en mí según tu voluntad”. El doctor Kageura, jefe del departamento de medicina interna, confirma su análisis: “Leucemia crónica. Duración de la vida: tres años”. Había empleado su vida en curar un gran número de enfermos, que nadie más que él habría podido radiografiar. De regreso a casa, Takashi se lo revela todo a Midori. Ella escuchó en silencio, atenta, y luego, sin decir palabra, se levantó y fue a encender las velas en el altar de su hogar, y se arrodilló con cabeza inclinada ante el crucifijo que su familia había guardado durante 250 años de persecución. El se levantó y la acompañó, arrodillado a su lado. Después de unos minutos se dio cuenta de que ella estaba ahogando sollozos en un silencioso llorar. Ella quedó allí en oración hasta que pasó la tormenta interior.
  • 6. Mientras tanto él sintió remordimiento por haberse descuidado, dedicándose tanto a su trabajo de investigación que podía llegar a ese extremo, tomando por sentado el amor y dedicación de su esposa. Pero ella, cuando movió la cabeza para mirarlo y le habló, no le incriminó, sino que habló con compostura y paz: “Nos dijimos los dos antes de casarnos, y de nuevo antes de que fuiste la segunda vez a la guerra en China que si nuestras vidas se gastan en el servicio de la gloria de Dios, entonces la vida y la muerte son bellas. Tú has dado todo lo que tenías para este trabajo que estaba importantísimo: fue para su gloria.” Takashi se sobrecogió: “¡esta mujer nunca le había fallado!” Luchaba contra las lágrimas, no para sí, sino de gratitud por Midori. Sintió que estaba en la presencia de la santidad. Le pareció en ese momento que ella representaba y sintetizaba toda la valentía y fe de los cristianos perseguidos de Urakami (la estirpe de su familia), que mantuvieron la fe en medio de las peores pruebas. Había caminado a su casa aquella noche deprimido, un hombre sin esperanza, pero el día siguiente --lo dice él mismo en uno de sus libros-- volvió al departamento de radiología “un hombre nuevo. Su aceptación total de la tragedia, su rechazo de cualquier insinuación de culpa, me había liberado.” Una vez más, como en aquella noche cuando, poniéndole la inyección a luz de lámpara, había liberado su pecho de una inmensa presión, ahora también: sus 13 años de radiología, su tiempo de servicio médico en la frente en China, y los años de austeridades en medio de los ataques aéreos, todo pareció…: ¡bello! Midori le había dicho esa noche que tal vez uno de sus hijos continuaría su trabajo e investigación de radiología, y ¡él quería inclinarse al suelo ante ella por esa respuesta! Le convenció que ella no abrigaba ni una pizca de resentimiento. Casi podría abrazar la máquina de rayos X, y experimentó una gran paz y una nueva vitalidad para cualquier trabajo que le quedaba. Le ocurrió que ésta debía ser la alegría que viene del abandono a la voluntad de Dios, como había leído en Pascal. En agosto, panfletos llovidos sobre Nagasaki por los norteamericanos amenazaron que la ciudad llena de flores en abril, en agosto quedaría incendiada, y el 6 de agosto llegaron noticias de una horrible bomba que había devastado Hiroshima. Ese mismo día Takashi y Midori tomaron la decisión de enviar a sus dos hijos a vivir con sus abuelos, al otro lado de la montaña (cosa que ya habían pensado antes, pero de la cual habían desistido ante la negativa de sus hijos; ahora la pareja impuso su decisión a los hijos). El día 7 de agosto, Midori y su madre acompañaba a los hijos a una casa de campaña al otro lado de la montaña en una apacible quebrada. El día 8, cuando Midori había regresado a la ciudad, al sonar las sirenas de un ataque aéreo, acompañaba a su esposo ya inseguro al caminar por tener las piernas hinchadas y los órganos afectados, poniendo el brazo de su esposo sobre su hombro, y abrazando su cintura con su propio brazo. Llegaron al refugio contra ataques aéreos, y rompieron a reírse los dos. Se sentaron en el refugio [escribe él] como dos amantes en un paseo. Se olvidaron de la guerra y hablaron de la fiesta venidera de la Asunción, un gran día (fiesta patronal)
  • 7. para los cristianos de Nagasaki. Hablaron de sus planes para confesarse los dos en preparación para la solemnidad. Una vez que sonó el sirena de “no hay peligro”, volvieron a su casa, y se admiró Takashi que el ánimo de su esposa era positivamente de alegría. Desayunó con él, riéndose de las ocurrencias y travesuras de sus hijos y lo difícil que le tocaría a la abuela cuidarlos a los dos. Midori quería acompañarle a la Universidad, pero él dijo que no, que ya estaba bien. Se despidieron en la puerta, pero no había caminado mucho cuando se dio cuenta que había olvidado su lonchera. Volvió a la casa, pero se asustó al descubrir a su esposa echada en una estera en el suelo, temblando y llorando incontrolablemente. ¿Será que ella ponía cara fuerte a los problemas para fortalecer a su esposo, pero en sus momentos de soledad, también se sentía miedo, o fue que presentía algo en particular de lo que el mañana les traería? De todas maneras, esa noche le tocó a Takashi hacer guardia de ataques aéreos, en que los médicos también tomaban su turno. Rechazó la sugerencia de saltar su nombre en la lista: “Mira como los internos han estado en los ataques aéreos, y algunos de ellos han perdido la vida en ellos. No, ellos no han pedido ser exonerados, ni lo haré yo.” Así que no volvió a ver su esposa después del desayuno del día anterior. La explosión atómica 9 de agosto de 1945, once horas y dos minutos. Un destello cegador. Acaba de estallar una bomba atómica en Urakami, el barrio norte de Nagasaki. En la facultad de medicina, situada a 700 metros del centro de la explosión, Nagai, que se encuentra clasificando placas de radiografías, es lanzado al suelo, con el costado acribillado de trozos de cristal. La sangre brota en abundancia de su sien derecha…, los objetos se arremolinan como las hojas muertas en otoño. Muy pronto aparece una oleada ininterrumpida de heridos: siluetas ensangrentadas, ropas desgarradas, cabellos quemados, que acuden a la entrada del hospital… Una visión dantesca. Famoso es su relato que señala: “¿Qué había pasado? No podía explicármelo. Hasta hacía pocos minutos se extendía una ciudad desde las colinas hasta las aguas del estrecho, pero ahora todo había desaparecido. ¿Qué había sido de la multitud que se agolpaba frente a la puerta del Hospital? Miré hacia allí. El patio estaba cubierto de árboles arrancados y entre ellos gran número de cadáveres desnudos. -¡Esto es el infierno!- grité horrorizado, cubriéndome la cara con las manos. Ningún profesor sobrevivió para poder contarlo. En los laboratorios de Medicina Clínica, construidos con hormigón y más alejados del lugar de la explosión, algunos médicos, entre ellos yo, tuvimos la suerte de salvarnos… por el momento. ¿Cómo ocurrió todo?
  • 8. El 9 de agosto de 1945 la ciudad de Nagasaki estaba inmersa en la paz por última vez. Repentinamente, el cielo se iluminó por un instante y el resplandor de una luz hizo palidecer el sol de verano. Una columna de humo blanco empezó a subir de la tierra tomando la forma de una gigantesca seta u hongo. Una luz terrible. No hubo ruido. Pero lo que aterrorizó y heló la sangre fue el soplo inmenso que se escapó de debajo de la nube blanca. A una velocidad aterradora pasó sobre las colinas y los campos arrasándolo todo. Las casas de las cimas cedieron ante su fuerza, y cada árbol del campo fue arrancado de cuajo y sus hojas desaparecieron como por encanto. Se diría que un invisible pero gigantesco cilindro compresor trituraba cuanto hallaba a su paso. Un horrible ruido hirió de súbito los oídos de los que presenciamos de lejos tan terrible espectáculo. Nos sentimos levantados, tirados contra una pared de piedra a cinco metros de allí. Herido en la región de los ojos, creí que había perdido la vista. No era así, pero todo yo manaba sangre. Y el edificio entero se había derrumbado. Enterrado entre los escombros, luché denodadamente hasta que terminé por salir por mi propio esfuerzo. El espectáculo que tenía ante mis ojos era apocalíptico. Entre escalofriantes masas de carne se destacaban lentamente, a rastras, aquellos en los que había una chispa de vida. Se acercaron asiéndome fuertemente de las rodillas: -¡Sálveme, doctor!- gemían desesperadamente. Empezamos los primeros cuidados, pero nunca me había sentido tan impotente, tan inútil para poder ayudar a aquellos seres humanos destrozados y desgarrados por el dolor. No podíamos atender a todos los que se agolpaban en torno a los escasos médicos supervivientes. Apenas habíamos mal vendado a uno cuando se presentaba otro con la misma súplica: -¡Doctor, sálveme!- Pasaron dos niños arrastrando a su padre muerto. Una mujer todavía joven llevando en su seno a un niño decapitado. Los pocos que se habían salvado marchaban de la ciudad, que empezaba a arder. Sus pies sangrantes les torturaban a cada paso. Pasando por la noche sobre un puente deteriorado, caían a veces en el foso con el herido que transportaban sobre sus espaldas. Jamás me había sentido tan impotente como al mirar el terrible panorama de miedo, de agonía, de muerte y de destrucción. No podía hacer nada, absolutamente nada. La sangre me corría por el rostro, desde las sienes hasta la barbilla. Los ojos parecía que me iban a estallar. A veces, queriendo incorporar un cuerpo para ver si retenía aún señales de vida, se deshacía en nuestras manos como el fango pegajoso. Solamente unos cabellos se adherían a nuestro tacto. Miré al cielo donde flotaba todavía, en reflejos de Apocalipsis la monstruosa nube radioactiva…” El equipo de médicos y enfermeras sobrevivientes empezaron a atender como podían a las decenas, y luego centenares de víctimas que se arrastraban al devastado hospital esperando ayuda. Eran patéticos los insumos intactos después de la explosión, así que ayudaban a los enfermos más por su ternura y consejos que por lo que podían hacer por ellos. Seguían trabajando sin parar durante esa “noche atómica” y la noche natural que la seguía, contra toda esperanza. El doctor Takashi organizaba equipos de trabajo y les daba instrucciones, siendo uno de los médicos de mayor rango entre los sobrevivientes, y respetado por todos por su calma y competencia en situaciones de emergencia como esta. Los socorristas no hacían caso de sus propias heridas y agotamiento hasta desplomar; Takashi no era la excepción: él tenía una profunda corte en la sien derecha que surtía
  • 9. sangre como de una fuente; lograron estañar la hemorragia en parte con una venda aplicada por las enfermeras, pero ya había perdido mucha sangre y pronto la venda estaba empapada con sangre. Sin embargo, seguía dirigiendo las operaciones de rescate. De tiempo en tiempo dirigía furtivas miradas a la zona de Urakami donde su casa, y deseaba tener noticias de Midori, esperando verla en cualquier momento entre los refugiados que llegaban al hospital, pero nunca apareció. Tenía ganas de ir en su búsqueda, pero sabía bien que su presencia, dirección y calma valentía eran cruciales para que el equipo médico del hospital no perdiera todo sentido de su deber y desespere, dejando a los víctimas de la bomba sin ayuda alguna, --aunque sea para morir con un poco de dignidad. Esperaba, pero 5 horas después de la explosión el barrio de Urakami quedaba como un humeante campo de cenizas, con solo las ruinas de la catedral visible. En ese momento la certeza de su muerte le llegaba como un golpe al corazón. Su cuerpo y mente, debilitados por la leucemia y la pérdida de sangre ya estaban extenuados más allá de todo aguante, y sus piernas cedían bajo el peso de su cuerpo. Al desplomarse, una colega lo oyó murmurar a sí mismo: “Habría venido ya; ¡está muera! ¡Está muerta! ¡Midori!” Con una mano aplastó un puñado de tierra, y luego desmayó. Takashi despertó en una improvisada mesa de operaciones, mientras otro doctor le operaba para impedir la pérdida de más sangre por la vena cortada en su sien derecha. Dos días después, cuando el ejército japonés llegó para tomar responsabilidad de los esfuerzos de rescate y organización de los refugiados, moribundos y muertos, Takashi se sintió libre de ir en búsqueda de Midori… Logró con dificultad ubicar lo que había sido su casa en una inmensa área de ceniza blanca y fragmentos de tejas de techo.
  • 10. Vio un objeto negro, y luego se dio cuenta que era los restos carbonizadas de su querida esposa. Poco quedaba más que los restos de su cráneo, columna vertebral y pelvis. Cuando se agachó, llorando, para recoger sus restos y darle un digno entierro, vio algo con un débil reflejo entre los huesos pulverizados de su mano derecha: aunque fundido en una masa confusa, ¡se podía identificar claramente por el crucifijo y cadena como el rosario que tantas veces había visto orar, enhebrando las cuentas por sus dedos! Takashi inclinó la cabeza y lloró: “Querido Dios, ¡gracias por permitirle morir orando! Madre de los dolores, ¡gracias por estar con la fiel Midori en la hora de su muerte! O bondadoso Jesús, nuestro salvador: tu sudaste sangre y cargaste la cruz pesada hasta el lugar de tu crucifixión, y ahora has derramado una luz apacible sobre el misterio del sufrimiento y muerte: la de Midori y la mía también.” Llevó sus restos hacia el cementerio donde tenían comprado una parcela de tierra, pero en un momento en el camino fue sobrecogido al contemplar el trágico contenido de su balde, e irrumpió en oración de acción de gracias a Midori por toda su fidelidad y amor desinteresada, y le pidió perdón por haber sido egoísta y no haber pensado en ella. Unos pasos más allá cuando tropezaba y los huesos sonaba al fondo del balde, le parecía oír la voz de Midori que le decía: “no, perdóname tú a mí”, como siempre solía hacer, asumiendo ella la responsabilidad por cualquier dificultad que experimentaban. Después de enterrar sus restos en el cementerio, volvió una vez más, distraído, al lugar de su casa, y empezó a hurgar entre las cenizas de la casa. Topó con otra masa de metal fundido, y se dio cuenta que eran sus preciados medallas de condecoración… Le hizo caer en la cuenta que ahora lo había perdido todo: casos, artículos, investigaciones, casa, amigos, colegas, y sobre todo, ¡su querida Midori! Mientras los habitantes del lugar temen volver a Urakami, el barrio católico epicentro de la bomba, Nagai declara: “¡Yo quiero ser el primero en vivir allí!”. Se construye un refugio cerca de su antigua casa, con algunas chapas apoyadas en los restos de un muro, y coloca delante dos piedras formando un fogón improvisado sobre el que cuelga un caldero. Al lado hay una vieja botella sin cuello; su reserva de agua. Como única ropa cuenta con uno de los uniformes de marino que el ejército ha distribuido a los siniestrados. Al empezar a desescombrar la que fue su casa, descubre el crucifijo que había pertenecido al altar de la familia y piensa: “He sido desposeído de todo y sólo he encontrado este crucifijo”. El 23 de noviembre de 1945, Nagai es invitado a tomar la palabra en una Misa de réquiem celebrada junto a los escombros de la catedral de Urakami, el barrio católico de Nagasaki. En su mística intervención, con sentimiento de comprensión y perdón, poco frecuente en lo humano, señala: “El holocausto de Jesucristo en el Calvario ilumina y confiere significado al holocausto de Nagasaki. En la mañana del 9 de agosto una bomba atómica explosionaba en nuestro barrio. En un instante, 8.000 cristianos fueron llamados a la presencia de Dios… En la medianoche de aquel día, nuestra catedral se incendió de repente y se consumió… Es evidente que existe una profunda relación entre la destrucción de esta ciudad cristiana y el fin de la guerra. Nagasaki era sin duda la víctima elegida, el cordero sin mancha, holocausto ofrecido sobre el altar del sacrificio, aniquilado por los pecados de todas las naciones durante la Segunda Guerra Mundial… ¡Debemos agradecer que Nagasaki haya sido elegida para ese holocausto! Debemos agradecerlo, porque a través de ese sacrificio ha llegado la paz al mundo, así como la libertad religiosa al Japón”
  • 11. El 15 de agosto de 1945, a mediodía, la radio transmite un mensaje del emperador anunciando la capitulación del Japón. A principios de septiembre, Nagai agoniza. Las radiaciones de la bomba atómica han agravado su enfermedad. Recibe los últimos sacramentos y dice: “Muero contento”, y luego entra en semicoma. Le traen agua de la gruta de Lourdes construida no muy lejos de allí por el padre Maximiliano María Kolbe (hoy Santo). Entraba y salía de un estado de coma; en algún momento escuchó la voz de su hijo y de su suegra a su lado. Luego, en coma, escuchó –él solo- una voz que le decía “pide a Maximiliano Kolbe orar por ti” (Misionero en Japón y en Nagasaki, muerto en el Campo de concentración de Auschwitz, el 9 de agosto de 1941, de cuya muerte mártir el Doctor Takashi desconoce) Extrañamente, contra todos los pronósticos médicos de sus compañeros al día siguiente día 5 de octubre, se encuentra fuera de peligro cuando el persistente herida del sien se curó sola y dejó de sangrar. Siempre atribuyo al Padre Kolbe su sanación Se levantó para colaborar en la refundación de la Universidad, para animar a los residentes de Urakami a volver a poblar el “desierto atómico” que era su barrio, y a velar por la crianza y el futuro de sus dos hijos. En marzo de 1951 el estado de salud del médico es alarmante, sin que por ello se vea alterado su habitual buen humor. (ULTIMA FOTO DEL SIERVO DE DIOS DOCTOR PABLO TAKASHI NAGAI REZANDO JUNTO A SUS HIJOS, ANTE EL CRUCIFIJO DE LA FAMILIA DE SU AMADA MIDORI, Y QUE EL ENCONTRÓ ENTRE LAS RUINAS DE SU CASA DESPUÉS DE LA BOMBA ATOMICA)
  • 12. En abril escribe su último libro y, nada más terminarlo, sufre una hemorragia cerebral. Lo llevan al hospital, y allí pierde el conocimiento. Muere el 1 de mayo. Va al Encuentro de Dios y de Midori, a la joven edad de 42 años. Midori le acompañaba espiritualmente en toda su larga enfermedad, y él la recordaba en detalle, compartiendo preciosos recuerdos de ella en varios de sus libros. Fue enterrado a su lado; Takashi escogió como epitafio en la tumba de su esposa “He aquí la sierva del Señor. Hágase en mí según su palabra.” Y en la suya “Somos siervos inútiles. Sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer.” Al final de su libro “Las campanas de Nagasaki” el Dr. Nagai escribe lo siguiente: “¿La humanidad podrá ser feliz en la era atómica? ¿O será desdichada? ¿Cómo iba a utilizarse esa arma de doble filo escondida por Dios en el universo y descubierta ahora por el hombre? Un uso correcto podría permitir un rápido progreso de la civilización, pero un uso inadecuado podría destruir el mundo. La decisión reside en el libre albedrío del hombre, que tiene su destino en sus propias manos. Cuando uno piensa en ello le invade el terror y, por mi parte, creo que la única garantía en este campo reside en un verdadero espíritu religioso…” http://www.unav.es/capellaniauniversitaria/testimonios/nagasaki.htm Madrugadores Buenos Aires