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El moñito de los chincoles

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El moñito de los chincoles

  1. 1. 4 Hace muchísimo tiempo vivían en un pequeño poblado, centenares de chincoles, quienes anidaban en los aleros de antiguas construcciones y en frondosos árboles de hojas perennes, que adornaban calles y la plazoleta característica del lugar. Cada mañana, apenas clareaba el alba, los habitantes del poblado eran despertados con sus trinos peculiares. Los chincoles vivían felices, sin mayores sobresaltos, y dominaban en ejemplares a las demás especies existentes allí. Los vecinos acostumbraban a arrojarles miguitas de pan sobre las veredas o en sus patios, haciéndoles la vida más grata. Del mismo modo, los niños evitaban lanzarles piedras para no molestarlos. En un hermoso mañío existente en la plaza habían nidificado una pareja de jóvenes chincoles y la hembra empollaba dos frágiles huevitos. El chincol macho volaba afanoso en busca de alimento para su pareja, hasta que por fin, después de veinte días de empollar, las nuevas criaturas comenzaron a romper las cáscaras que la envolvían, ansiosos por conocer una nueva vida, ver la luz del sol, los árboles, respirar aire puro, revolotear y jugar con sus semejantes. 5
  2. 2. La pareja de chincoles estaba feliz porque en el nido había dos robustos chincolitos y no escatimaban esfuerzos para alimentarlos adecuadamente. Le buscaban gusanos, se los despedazaban y ellos los recibían con sus sobresalientes y abiertos picotes, devorándolos con voracidad nunca vista. Estos gusanos les aportarían las proteínas necesarias para crecer fuertes y desarrollarse rápidamente, alcanzando en poco tiempo la envergadura física de sus padres. Todo transcurría de excelente forma en el poblado. Los chincolitos crecían robustos gracias al cuidado exclusivo brindado por la pareja de chincoles; los chincolitos sentían predilección por el pan remojado, y ya se acercaba la época para iniciar la maravillosa aventura de volar, abandonar el tibio nido y emprender el vuelo. Pero ocurrió que una tarde, a comienzos de otoño, el cielo se oscureció de tal manera, y la lluvia arreciaba tan intensamente, que toda la gente comenzó a preocuparse. Se comentaba que un frente de mal tiempo se acercaba a la zona; se decía que habría fuertes temporales, cuyas ráfagas superarían los cien kilómetros por hora.
  3. 3. 6 En toda la zona comenzaron a prepararse para esperar la llegada del mal tiempo. Los vecinos aprovecharon de asegurar cercos, ventanas y techumbres, aunque algunos no alcanzaron a concretar los arreglos… En una oportunidad anterior, se desencadenó un temporal de tal magnitud que el poblado sufrió innumerables daños con cercos, árboles y techos diseminados por todos lados. Los chincoles también habían sufrido las consecuencias; varios perecieron muertos de frío y de hambre. Tanto las personas como las aves miraban con bastante respeto la pasada de estos frentes de mal tiempo. En esta ocasión, todos los chincoles se refugiaron en sus nidos y desde allí observaban aterrados, podían ver los estragos causados en el lugar. Delante de sus aterrorizados ojos, desfilaban tejuelas de alerce y algunas planchas de zinc, arrancadas de cuajo de antiquísimas construcciones. Las tablas de los cercos se soltaban sin ninguna oposición; los árboles eran azotados con furia incontrolable, descolgándose los gajos más débiles. Los postes del alumbrado público se tambaleaban sin cesar y la lluvia estre-
  4. 4. 7 pitosa e incontenible brotaba a cántaros desde una fuente inagotable. Lo más impresionante era el estruendo inexpugnable del viento que dominaba un ambiente sobrecogedor. La pareja de chincoles había tenido especial cuidado en la construcción de su nido. Lo habían hecho en un resistente mañío, protegido del viento Norte por un caserón de tres pisos, aplacando en cierta forma, la fuerza del temido viento. En estas circunstancias, resultaba prácticamente un suicidio aventurarse a dejar el nido para buscar alimento. De seguro, las crías reclamarían por su alimento más temprano que tarde… La cuestión es que las horas pasaban y pasaban y la situación no mejoraba. El cielo se ennegrecía más aún y el viento seguía causando estragos sin que nadie pueda hacer nada. La mayor parte de las construcciones sufría daños considerables, pereciendo en el acto infinidades de chincoles y otras avecillas, el agua inundaba los patios, las calles y demás lugares. La pareja de chincoles observaba estoicamente el aciago panorama y los chincolitos ya empezaban a reclamar por su alimento…
  5. 5. 8 Ya se acercaba el tercer día de tiempo malo y las condiciones meteorológicas no denotaban un cambio sustantivo. Cada instante transcurrido hacía más que preocupar a los chincoles, los que no veían una salida al problema suscitado…las condiciones de las calles era deplorable; montones de desechos esparcidos por todos lugares, y las vías se veían desiertas, pues nadie se atrevía a salir de sus moradas por temor a sufrir algún accidente. La gente no se explicaba de dónde podía salir tanta agua, si parecía un verdadero diluvio; desde el sector más alto del pueblo, se deslizaban ríos de lodo que ensuciaban y arrastraban lo que encontraban a su paso acumulándolo sobre la plaza. Sin embargo, los chincoles no habían sufrido la pérdida de su hogar, y aunque el mañío se balanceaba de un lado para otro, resistía los embates sin problemas. Pero como ocurre casi siempre, después de la tormenta viene la calma, al día siguiente el viento dio una leve señal de mejoría, lo que sirvió para fortalecer el valor de los afligidos chincoles que ya no resistían el flagelo del hambre, el que se había apoderado ya de sus de-
  6. 6. 9 bilitados cuerpecitos. Este indicio hizo abrigar la esperanza de poder salir en busca de alimento. A medida que avanzaban los minutos, el viento se hacía menos poderoso, aunque la fuerza evidenciada aún era enorme… El chincol macho no pudo más con su impaciencia y como pudo se aprestó a emprender el vuelo; como pudo extendió sus pequeñas alas y trató de volar, pero una ráfaga gigantesca lo derribó, haciéndolo rebotar sobre el cemento de la vereda contigua. Aturdido aún, intentó de nuevo el despegue; otra vez el vendaval le propinó un certero costalazo, haciéndolo aterrizar sobre la cubierta de un pequeño estanque olvidado, en un patio vecino donde solían jugar los niños. El estanque tenía un agujero pequeñito en su cubierta. El chincol, sacando fuerzas de flaqueza, llegó al borde del orificio y al mirar hacia el fondo descubrió un trozo de pan. Sin lugar a dudas, el hallazgo se constituiría en la salvación para combatir el hambre de todo el grupo familiar. Rápidamente trató de introducirse por sus propios medios, pero fue imposible conseguirlo, ya que el agujero era demasiado es-
  7. 7. 10 trecho y el viento lo hacía tambalear de un lado para otro. Desde el nido, la mamá chincol lo observaba impotente, aunque con deseos inmen- sos de colaborar. Fue así como se armó de valor y voló desde el nido, logrando con enorme dificultad llegar hasta el objetivo. El papá chincol le pidió que cuando él introdujera se cuerpo en el hoyo, ella pisara sobre su cabeza para hacer más presión. Varios fueron los intentos por conseguir el objetivo, hasta que al final ayudado por su plumaje empapado y resbaladizo, logró ingresar al estanque. Adentro reinaba la oscuridad, entrando sólo un delgado hilillo de luz que iluminaba el albo pedazo de pan. En su picote transportaba trocitos del alimento y en el agujero lo tomaba la mamá chincol, para que ésta alimentara a los chincolitos. Con mucho es- fuerzo, la hembra iba y venía desde el estanque al nido, llevándoles comida a sus voraces hijos. El papá chincol, dentro del estanque, también se alimentaba, llenando completamente su diminuto buche. Esa noche no había evidencias de una mejoría ostensible en el tiempo, por lo que el papá chincol decidió alojar en el interior del es-
  8. 8. 11 tanque y esperar hasta la mañana siguiente para subir al orificio y llevar alimento a su familia en el exterior. El por iniciativa propia no podía salir de allí, pues su buche estaba muy inflado y le sería imposible salir del pequeño agujero. No obstante, de su aflicción estaba contento porque el trozo de pan era lo suficientemente grande para mantenerlos durante un par de días. A la mañana siguiente, la mamá chincol con sus dos hijos decidió sacar al afligido chincol del estanque. Ya los chincolitos habían recu- perado sus fuerzas con el alimento recibido y extendían sus alas tratando de volar. Era una empresa muy arriesgada, bastante peligrosa, pero tarde o temprano debían asumirla, ya que la vida del chincol macho corría peligro y la familia debía estar unida. De rama en rama fueron bajando con extremo cuidado; aunque el viento reinante era aún fuerte, trataban por todos los medios de alcanzar su objetivo, sin antes recibir un par de costalazos que los dejaron a mal traer. Después de varios minutos batallando contra la naturaleza, por fin lograron llegar a la cubierta del estanque. La lluvia y el viento parecían no acabar nunca. El chincol asomó su pequeña cabe-
  9. 9. 12 cita, y entre los tres comenzaron a jalar hacia arriba. Los chincolitos utilizaban sus picotes para tirar con lo máximo de sus fuerzas y la mamá agarró firmemente con sus patas las plumas del centro de la cabeza. Todos jalaban al mismo tiempo una y otra vez; era una operación realmente difícil, casi sin solución, pero ellos no permitirían que el chincol macho se quede atrapado en el lugar para siempre y muera a la vista de todos. Con esfuerzo extremo tiraban y tiraban sin poder sacarlo. De vez en cuando, se oía un lastimero quejido del pájaro atrapado y la respiración agitada de sus rescatadores. Llegó un momento en que el esfuerzo fue tan grande y tanto lo tiraron, que el papá chincol salió disparado desde el estanque, y ni la lluvia ni el viento existente lograron bajarle el prominente moñito que se le había formado. Se veía muy gracioso y raro, pues hasta ese momento los chincoles tenían la cabeza con su plumaje liso, sin moñito. Logrado el gran objetivo, ahora la familia debía retornar al nido para protegerse del mal tiempo. Las avecillas estaban en un estado deplorable, sobretodo los pequeños. Los adultos
  10. 10. 13 elevaron el vuelo como pudieron, justo cuando varias tejuelas rodaron sobre ellos hiriendo de muerte a las dos crías que nada hicieron para evitar el golpe; los pequeños rodaron inertes sobre el barro que rodeaba al estanque. Allí quedaron inmóviles ante la mirada atónita de sus padres… Por un lado habían derrotado el flagelo del hambre, pero al mismo tiempo perdieron a sus hijos, llenando el ambiente de congoja y melancolía. Aquella noche durmieron a sobresaltos y el barro sepultaría ambos cadáveres cerca del estanque. Al otro día, ya el viento se había calmado de forma evidente y de a poco el sol hacía su aparición entre las grises nubes. Por fin, podrían salir desde el nido a recorrer el poblado en busca de sus amigos. A medida que recorrían la comarca iban apareciendo ante sus ojos infinidades de cadáveres esparcidos por todos lugares. Todos los chincoles del poblado y sus alrededores estaban muertos, tan sólo quedaban ellos. La alegría del pueblo había desaparecido y ya no se escucharía el cántico maravilloso de
  11. 11. 14 aquellas aves por bastante tiempo. No si la pareja de chincoles se lo proponía… De inmediato se abocaron a formar una nueva familia. Al poco tiempo, ya tenían dos nuevos chincolitos en el nido de la plazoleta, que llenarían de jolgorio al poblado. Pero ante la sorpresa de sus padres, ambos tenían un moñito sobre sus cabezas. A partir de ese día, los chincoles se fueron multiplicando, invadiendo plazas, campos árboles, aleros de viviendas de todos los rincones, ostentando orgullosos sobre sus cabezas el gracioso y característico moñito que lucen hasta los días de hoy. F I N

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