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  1. 1. Corrección de estilo y redacción editorial: Volver al humanismo Mauricio López Valdés "Los autores, viven en las alturas, no malgastan su precioso saber en displicencias e insignificancias", le dice el Corrector Raimundo Silva al historiador cuya obra revisa. Insignificancias: la grafía correcta de un nombre, de una fecha, un dato; la cabal correspondencia de un personaje con la época y corriente, o del resultado de una operación aritmética en una tabla o cómputo de cifras; la uniformidad en. el uso de guarismos y palabras en la expresión de cantidades, o de vocablos que tienen mas de una forma ortográfica; o de aquéllos considerados de género ambiguo. Displicencias, la observancia de la gramática, el uso apropiado de las voces, subsanar la pobreza léxica, los errores conceptuales, las contradicciones agazapadas en dos puntos distantes del discurso... En tales empeños bien gasta su enciclopédico saber el corrector, personaje meticuloso y obsesivo cuyo trabajo, "hora es ya decirlo, se encuentra entre los peor pagados del orbe. Esta última circunstancia comentaba Ramos Martínez en 1.963– "aleja de la profesión a muchos que podrían ejercerla dignamente; y cuando se acercan a ella, terminan por limitarse a buscar erratas, ante la inutilidad de sus esfuerzos, y en vez de buenos correctores terminan siendo medianías o nulidades completas". A la fecha el panorama no ha cambiado, y vale añadir que, con la Composición Electrónica, el corrector de originales a asumido una tarea mas: incorporar tanto las correcciones como determinados atributos tipográficos al archivo magnético, lo que en los anteriores procedimientos de composición efectuaba el cajista o el tipógrafo. Si bien en términos de producción resulta conveniente que sea el corrector quien efectúe dicha labor, ésta por lo común no es considerada ni en el tiempo estipulado para la fase de corrección de estilo ni en la retribución económica del que la realiza, lo que es más grave en el caso de profesionales independientes, quiénes además de su conocimiento deben disponer de una buena Biblioteca personal (infraestructura intelectual) y de un sitio que opere como pequeña oficina (infraestructura material), ésto es, un espacio suficiente para tener la biblioteca y el escritorio, líneas telefónicas, fax, computadora (con los programas adecuados para su trabajo), impresora, módem y servicio de internet. A lo anterior también contribuye, el hecho que, con frecuencia, en las Casas Editoras se privilegia la rápida publicación y el bajo costo del libro, lo que va en demérito de la calidad gráfica, textual y material del mismo. En tal proceder se olvida que el buen cuidado editorial constituye un plus o valor agregado que buena parte de los lectores aprecia al adquirir un libro, además de que también los autores lo consideran al buscar y elegir –cuando están en posición de hacerlo –al editor de sus obras. Ya en el siglo I Antes de Cristo Cicerón comentaba a su hermano Quinto en una carta: "Respecto de las obras latinas ya no se a quien acudir; tan defectuosamente se escriben y venden [las copias]". Por ello, complacido por el buen trabajo editorial realizado en una de sus obras, el célebre autor de Catilinae y De orator escribió al que a partir de entonces sería su editor, el prestigiado Tito Pomponio Ático: "me gustaría. que mis libros no fueran editados por nadie mas que por ti." 1 ∗ Mauricio López Valdés es Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM. Fue Secretario de Redacción de la "Revista Mexicana de Cultura", del periódico El Nacional Es corrector, redactor, editor y docente. Ha pronunciado diversas charlas y conferencias sobre redacción editorial y actua1mente imparte el Taller de edición y redacción editorial en la FFyL de la UNAM. Es coautor del libro Archipiélago carnal Poesía- narrativa (1988) y de la antología Poesía en la Facultad (1992), y autor de Para destilar un silencio (1994) y De los animales de esta tierra y las historias que de ellos se cuentan (1998).
  2. 2. Por entonces publicar una obra cuyo texto fuese correcto y fidedigno no era nada sencillo, pues aun se empleaba el mismo método de reproducción utilizado cuatro siglos antes en el mundo Helénico: mediante la copia manuscrita de un original (que a su vez podía ser un apógrafo), o bien valiéndose de un lector que iba dictando la obra a uno o más escribas. Tal procedimiento conllevaba una alta posibilidad de cometer errores, más aún si se considera, por un lado, que muchos de los escribas, diestros calígrafos no poseían el suficiente dominio de la lengua escrita y, por otro, que todos ellos trabajaban a destajo, según el número de líneas copiadas; la unidad de medida era el exámetro, y se estableció que en promedio estaba formado por quince sílabas y treinta y cinco letras. A ésta manera de 'cuantificar la extensión de un texto se le llama Esticometría (del griego stijos, línea, verso, y -metría de metron, medida). Entre los griegos, las copias así realizadas dieron origen a versiones que mutilaban y deformaban las obras antiguas, lo que hizo necesario que los eruditos de la época se afanaran en corregir los equívocos y supervisar la producción de manuscritos que restituían –en lo posible– el texto primigenio. Entre ellos destacan, en el siglo III antes de Cristo, los gramáticos alejandrinos, quienes además desarrollaron un sistema de signos críticos y otro de signos prosódicos, cuya finalidad era auxiliar al lector. En el caso de obras de autores contemporáneos, lo usual era que estos revisaran las primeras copias, en especial las destinadas al mecenas o a personajes distinguidos intelectual, social o políticamente; pero resultaba imposible que lo hicieran en todos los ejemplares del tiraje. Surgió, así, el anagnostes (lector), cuya labor y denominación pasaron del mundo helénico al latino. (continúa)2 NOTAS 2 1 José Saramago, Historia del cerco de Lisboa. Trad. de Basilio Losada. la. reimp. México, Seix Barral, 1990 (Biblioteca breve), p. 9. 2 2 Ibid., p. 23. 3 R Ramos Martínez, Correcci6n de pruebas tipográficos. México, UTEHA, 1963 (Manuales UTEHA, 171- 171a), p. 37. 4 Apud Oscar Weise, La escritura y el libro. 2a. ed. Trad. de Luis Boya Saura. Barcelona, Labor, 1929 (Labor. Biblioteca de iniciación cultural. Ciencias históricas, 12), p. 114. 5 Apud Tönnes Kleberg, "Comercio librario y actividad editorial en el mundo antiguo", en Guglielmo Cavallo, dir., Libros, editores y público en el mundo antiguo. Vers. esp. de Juan Signes Codoñer. Madrid, Alianza, 1995 (Alianza universidad, 815), p. 66. 6 Cf. Hipólito Escolar Sobrino, Manual de historia del libro. Madrid, Gredos, 2000, p. 60; Agustín Millares Carlo, Introducción a la historia del libro y de las bibliotecas. 1a. reimp. México, FCE, 1975 (Lengua y estudios literarios), p. 54; José Martínez de Sousa, Pequeña historia del libro. Barcelona, Labor, 1992 (Labor. Nueva serie, 26), pp. 51-52. 7 T. Klebelg, op. cit., pp. 74-76. 8 Leighton D. Reynolds y Nigel G. Wilson, Copistas. y filólogos. Las vías de transmisión de las literaturas griega y latina. Vers. esp. de Manuel Sánchez Mariana. Madrid, Gredos, 1986 (Monografías históricas), pp. 17-25.

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