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Aquellos campos tan criollitos

Una breve crítica de la razón de ser de estos reencuentros con Minas y sus estancias, podría resumirse diciendo que si quedó mucho por decir, lo dicho tiene el don multiplicador suficiente para proyectar en el lector las notas bemoles de su propia biografía y experiencia. Por lo general los detalles y entresijos que pudieron quedar en suspenso, pesan de igual manera como no pocos de los hechos considerados importantes.
Un nuevo intento catalizador de los rincones del alma y de los cerros, con el franco respiro de los valles, que tanto agradece el viajero caminante.

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Aquellos campos tan criollitos

  1. 1. AQUELLOS CAMPOS TAN CRIOLLITOS Eduardo Martínez Rovira Minas La Calera – El Penitente
  2. 2. LA CALERA… El viajero salió de Minas pasando por la Estación y el Molino de Ugarte,enfilado en el rumbo de Polanco y Manguera Azul, dispuesto a sujetar a lascuatro leguas, justamente a la entrada de la estancia de la Calera, frente alcerro de Cenizo. Al viajero lo mueven los recuerdos, aunque sabe porexperiencia que en su confrontación con la realidad, los recuerdos siempresalen perdiendo. Además aquí la historia se complica porque el viajero va asituarse en varias etapas de su vida para contar lo que se ha propuesto ydisipar por un rato su nostalgia. La dificultad es clásica; es la misma que sele presenta al escritor adulto puesto a escribir un cuento para niños; porquehasta que, milagrosamente, un niño-niño tome la pluma y escriba cuentospara él y los de su edad, no podremos cabalmente estimar en su justoalcance la repercusión literaria-argumental de esos cuentos que, condestino a la niñez, pero, repetimos, escritos por personas mayores, circulanpor todo el mundo. Por analogía esto viene a cuento porque el viajero va atener que presentarse y actuar tal como supone que era a los cinco, a lossiete, a los nueve, a los diez, doce, catorce y diecisiete años de edad, en lasmil distintas circunstancias que vivió y deberá reproducirlas con la relativaprecisión de la memoria. El viajero está muy lejos de las edades señaladas,pero, tal vez, por aquello de que los extremos se tocan, el cuadro a pintarsalga bastante parecido al original aunque, sólo, dicen, la memoria de Diospodría regalarnos la exacta réplica de entonces. Recuperar sensitivamentelos recuerdos de la niñez es sólo dable a través de pantallazas o relámpagosmuy fugaces, casi siempre inefables, aún si estamos situados en el mismolugar y en parecidas circunstancias. En rigor este es un libro en sí familiar,pero de ninguna manera familiero; con lo cual desde ya podría decirse quevan a estar ausentes las anécdotas non sanctas, aquellas con una cargamucho mayor de pimienta que de sal. El autor –el viajero- eligió relatar susbrevísimos, esporádicos e intrascendentes andares minuanos y prescindir dela historia regional al uso, en homenajes a los que ya lo hicieron con aciertoy quedar en cambio libre de decir lo que ha vivido y rescatar de esa especiede limbo del olvido a quienes lo acompañaron: resurrección no demasiadoconvencional es esta de hilvanarnos en los avatares que rodean alprotagonista real del relato. Los dos retazos principales entre 1935 y 1947son sin duda autobiográficos, pero no confieren a la totalidad de la obra esacalificación, entre otras cosas por el desdoblamiento de la tercera personadel singular; el viajero que relata y es el redactor responsable y el viajeroque actúa entre sus cinco y diecisiete años y es contado por él. Martingalaso autoengaños de la forma, que apuntan, esperanzados, a la benevolenciadel lector, con la ilusión de hacer más llevadera su lectura. El recurso y uso
  3. 3. de la tercera persona en cualquier narración, resulta simpático por másdesenfadado, y puede ser una maravilla y una solución cuando no se tengamucho que decir de uno: cuando se emplea, ya se está contando algoporque se está hablando de otra persona, así no se esté, argumentalmente,contando nada o casi nada. Si en el texto de u ensayo o de una novela,además de lo antedicho de la tercera persona intercalamos, incluso dentrode un mismo párrafo, la primera y la segunda persona, y si éstas surgenbien nacidas en su incorporación, se vea o no su propósito sintáctico, elacierto literario que produzca puede llegar a ser satisfactorio. Tanto en esterecurso como en otros – repeticiones, elipsis, simetrías, etc.-, mostrarclaramente el andamiaje de la forma, es decir, la sintaxis, puede ser tanponderable como ocultarla bajo tierra. Especulaciones aparte,conformémonos con nuestra condición de seres terrenales y sigamos, quepor algún lado hay que empezar. El viajero, puesto en trance, se deja llevarhasta un muchachito de cinco años, con altura y peso haciendo juego, queha sido conducido y depositado sin consultarlo, pero accediendo él de muybuena gana, a la estancia de la sucesión de su abuelo paterno, Nicolás,arrendada entonces por su tío Segundo, el mayor de los hijos de su abuelo.Prescindiendo de los detalles de su llegada e instalación, el viajero tiene lasensación de que en las casas con sus tíos y con sus primos muy mayores,no llegó a sentirse a sus anchas, no así en el campo que, se conoce, fuecomo una especie de cielo abierto, de cortar cadenas y de respirar hondo,donde los pies se le hacían alas y cuna mecedora los lomos del tostado y dela petiza overa rosada. Ya el bautismo de sus primeras horquetadas yporrazos había ocurrido en Chamizo (Florida) en el campo de los MuñozCaravia, que en los años 30 arrendaba su tío Fernando, anterior encargadode esta estancia de la calera, que luego, como se dijo, ocupó su tíoSegundo. Así que aquel viajero de los cinco años se sintió dueño delmundo al ver y sentir que sus montados dejaban voluntariosos el campoatrás, sin necesidad de molerlos a palos: como pisando flores, decíaAdolfo, el capataz, al ver regresar a las casas, escarciando, al caballo conuna pulga encima. Como se ve, el viajero pone los detalles que al“viajerito” naturalmente le faltan, y lo recupera ahora entrando al ranchitode dos aguas, próximo al galpón sobre el camino de la entrada, donde suprimo mayor, Edu, experimenta con sus enjambres y colmenas, uno decuyos experimentos era dejarse picar todos los días un poco “porque así notendríamos ni reuma ni artritis cuando grandes”. Eso lo decía muy serio eseprimo del viajero, pero con la careta puesta: con ella o sin ella la vocaciónapicultora del primo y tocayo fue firme, exitosa y duradera. Dejó al morirhace unos cuantos años, varios libros y remedios, todos fruto de susinvestigaciones dentro del universo fecundo de las abejas. Entreexperimento y experimento con sus abejas, Eduardo Martínez Rubioimprovisaba, de chico, en el piano, conciertos interminables, de una hora o
  4. 4. más, equidistantes del impresionismo a lo Debussy, de la música incidental,atronadora, a lo Offenbach, y, en algunos pasajes, con disonancias-sincopadas-epilépticas- eran sus palabras- propias de los de los imitadoresde Gershwin… El lector debe saber, piensa el viajero, que las sucesivaspicaduras recibidas entonces con tan buenos propósitos, no le han servidode nada: quizá fueron pocas, o muchas, que en estas cosas del venenonunca se sabe… También, recíprocamente, cabe preguntar si de no haberlasrecibido, el resultado no habría sido peor. En esa primera estada conscientedel año 1935, su protagonismo no es mucho: el viajero no cree haberhollado todos los rincones de la estancia, pero de los realmente vividos síse acuerda: por ejemplo el potrero del Ombú o del Arbolito, el másempinado de todos con su pedregal para esconderse o encaramarse paraastibar desde la pequeña cima tanto el valle hacia el soldado, como parte dela estancia propia y parte de las vecinas hasta el Cerro Largo próximo alpaso del Soldado en la bifurcación del camino a Barriga Negra. Detrás, concaídas hacia el Soldado, el potrero “de don Nica”, el más alejado de lascasas. Todavía estaba vivo el recuerdo de Aramis Saavedra, cuando,habiendo trepado al cerro del Cenizo, hasta donde pudo, vio cómo, aldejarla y continuar a pie, la forchela modelo “T” se volvía sola hastadetenerse sin volcar en la base del cerro. Aramis, con su mandolina, habíavenido a la estancia con el metro, el nivel y la plomada, para realizar unaserie de trabajos en las casas y construir un baño de ovejas. Aramis,cantaba, componía y ejecutaba; también había aprendido una serie de fraseshechas o refranes que repetía a dos por tres, muchas veces sin venirdemasiado a cuento; él los atribuía a don Eduardo y a don Fernando: “Misobras, no mis abuelos, me harán subir a los cielos”; “Que me roben lacamisa pero no la guitarra”; “Es de vidrio la mujer, pero no se ha de probar,si se puede o no quebrar, porque todo podría ser”; “Que Dios te dé pleitos yque los ganes”; “Criticar el jarro después de tomarse el vino”; “No va a darla hora” … “Que Dios te dé un coño, y que te sirva …” El viajero norecuerda si fue en esa primavera aparición suya o si fue en la segunda, dosaños después (1937), que su primo Gundo andaba con un brazo enyesado yen cabestrillo, a raíz del desencuentro con algún bellaco. Lo que el viajerotiene bien presente como si lo estuviera viendo ahora, era la habilidad de suprimo para manejar, trinchando, la cabeza de oveja que a su pedidoincluían en el puchero. Este primo le llevaba – y le lleva – nueve años, cosaque hoy apenas si se nota, pero no ayer, donde entre los siete y los dieciséisaños la diferencia era muy grande. ***
  5. 5. Hablando de esa segunda estada del año treinta y siete, el viajero no puedecontener la risa al ver la lista de libros y cuadernos de deberes que en lasvacaciones los chicos tenían que estudiar y llenar para no perder loaprendido y así entrar en forma en el nuevo año. La risa del viajero ahora –que no cuando eso sucedía – era motivada por la ingenuidad bautismal dequienes suponían que en verano y en el campo los tales deberes podíancumplirse. La encargada de pretender darle clases al viajero a la hora de lasiesta, era su prima Abita, que si bien carácter y talento no le faltaban, sí lapaciencia necesaria para lidiar con su primo. La dulzura y el equilibrio desu tía Amelia, atemperaban los ánimos: era de Valladolid, España, ciudad yprovincia que, dicen, junto con la de Burgos, es donde se habla el mejorespañol de España. Mis tres primos mayores, sus hijos, habían nacido enAlemania en tiempos de la guerra del “14”: Eduardo, María Laura y AlbaMaría; su hijo menor, Segundo (Gundo) nació en España (1921) duranteunas vacaciones de la familia en Zarauz, localidad balnearia delCantábrico. Su tío Segundo, padre de los antedichos, médico y hombre depoquísimas pulgas, había terminado sus estudios en Alemania, recibiendojunto con el titulo, el bautismo de sangre actuando como cirujano en loshospitales alemanes durante la guerra. El viajero sabe, porque le hancontado, que al regresar la familia de Europa, se instalaron primero en lacasa paterna de la Av. 8 de octubre y Fortaleza, en la Unión, mudándosedespués a la calle Colonia entre Ejido y Yaguarón, donde años depuse,demolida ya la casa – consultorio, se construyó el cine California, cine quetambién pasó a la historia. Como casualmente enfrente, en la acera de losnúmeros pares de Colonia, vivía su novia, Mignon, Edu inventó e instalóuna especie de teléfono casero, directo, para ambos, cruzando una cable porla calle encima de los de la UTE y de los del tranvía, con un sistema detimbre sólo audible para ellos. Cuando la UTE o la policía rastrearon lamisteriosa línea, sólo por su edad (15) lo disculparon, e incluso lofelicitaron por el buen funcionamiento (año 1932), no así, más bien, lospadres de los novios. En los años que el viajero recuerda las casas de laestancia tenían luz eléctrica proveniente de unos motores gigantescos queCarlos Hoffer, el “Alemán”, cada tanto venía de Montevideo para ponerlosa punto; también se disponía de teléfono, algo poco frecuente en esa épocaen el campo. Por pura vocación, como ya se dijo Gundo iba camino de seruna réplica del Gaucho Florido, el personaje que don Carlos Reyles pintóen la obra homónima, logrando en muchos sentidos su propósito, con laúnica salvedad, que no fue óbice, de hablar alemán, tararear silbando oejecutando en el acordeón los lieders de Schumann o de Schubert, practicaratletismo en el Deutsche Shule de la calle Soriano, y leer a los clásicos. ***
  6. 6. Prendido a una de aquellas famosas jardinerías de Mendibehere, el tordilloque va entre varas, sin consideración a la familia que conduce a Minas, seempaca al pasar por la portera de entrada a la estancia y no quiere seguir:sin duda el recuerdo imborrable de su primera querencia. A duras penas,tomándolo de la cabezada y del freno, el hombre a pie, lo aparta de laportera y consigue enfilarlo rumbo a su segunda querencia, entre losaplausos y el griterío de los chiquilines que van en el pescante. Es latardecita; se van borrando los relieves del paisaje y los rosicleres de unalinda puesta de sol tiñen hasta el verde desvaído y sin gracia de las hojas delos eucaliptos. Villagra aparta los terneros de unas lecheras llegadasrecientemente de los campos de jaureguito, en Pirarajá, al tiempo que desdela troja llega el “rrrrrr” de la desgranadora de maíz: las gallinas – Sussexarmilladas y Leghorn – entienden el mensaje y se agolpan en las porteritasde los gallineros. En el galpón, un peón desunce los bueyes que estuvieronpasando la rastra en la quinta de la patrona, y es al viajero a quien le tocaarrearlos hasta el potrero de las Casas: el viajero ya aprendió que losbueyes tienen una manera distinta de patear que los caballos: de costado,junto a los cuartos traseros, conviene cuidarse. Ensimismado ante losretazos de la puesta del sol el viajero se detiene y, por caminosinconscientes asocia el mundo de la poesía con ese otro mundo del cielo enlontananza que está siempre un poco dentro y fuera de nosotros, pero unidoa nuestros mejores momentos por una especie o remedo del cordónumbilical de los niños al nacer… De la estancia frontera a La Calera –campos de Sánchez – va saliendo al camino una carreta con cuatro yuntas,cargada de troncos. El carrero arma su cigarro y explica que aprovechandola luna y el fresco de la noche, va a descargar en la pulpería de Iriarte, paravolver al otro día, si los bueyes no están muy trasijados, con la pajasuficiente para rematar la quincha del cobertizo nuevo. A la estancia hanllegado unos parientes de la familia – los Mendiburo, los Horne y losMartirené – quienes, por el equipaje que traen no vienen para irse al otrodía. En el galpón, al lado del Hansa Lloyd y de la moto DKW de FritzBuhl, se enfría el Auburn Cord de los recién llegados. ***El viajero se ve ahora obligado a recomponer algo de lo que recuerde de sunueva arribada a la estancia en el año 1939, con sus nueve años reciéncumplidos. Parece que no, pero esos dos años de diferencia respecto alviaje anterior, meten fuerza. Esta vez llegó a la estancia traído por su tíoSegundo, cuando allá en su casa de Montevideo sus padres programaban unviajes a Europa para tratar de curarle la tiña que un gato callejero le había
  7. 7. contagiado y que en Montevideo los médicos especialistas de la época nodaban en la tecla. En eso estaban cuando pasó su tío por la casa paterna delviajero y sin demasiado énfasis les dijo: “Me lo llevo, y cuando esté curadoles aviso para que vayan; no antes”. Cuando al médico se le tiene fe – tal elcaso – la resolución de ese cuasi rapto fue muy bien recibida y allí marchóel viajero para Minas, creo que cantando. El viaje en auto duró comoviniendo a pie, porque en cuanta casa, rancho o comercio próximos alcamino (R8), su tío iba parando para saludar o interesarse por el estado desalud, cuando se trataba de pacientes suyos. Llegado por fin a Minas era deorden saludar en el escritorio de negocios rurales de la calle Batlle a su tíoNicolás, tal como se hizo, y luego de tres o cuatro estaciones más, el pueblofue quedando a sus espaldas. Ya con la noche encima, el viajero ve venirinvadiendo el camino una tropa conducida por tres jinetes, uno de loscuales resultó ser su primo Gundo. Abrazos de bienvenida y la promesa delencuentro en la estancia. El ganado quedó asegurado en un piquete dellocal de feria para ser rematado el día siguiente por su tío Nicolás. Luegode llegar a La calera y el correspondiente saludo a los presentes – tía,primas y personal – su tío tomó la brocha, el jabón y la navaja y sin ningúntitubeo le afeitó todo el pelo de la cabeza – hoy está de moda -, le curó conun producto que a los tres meses resultó milagroso, y le vendó dejandofuera sólo los ojos, la nariz y la boca, casi, decía, como los egipciosvendaban a sus momias. Que la similitud era esa, quedó probada cuando alamanecer, al caer el viajero a la cocina de los peones a la hora de ordeñar,portando un farol que lo iluminaba de abajo, la desbandada que produjocuentan que fue uno de los acontecimientos más sonados del año. El viajerocompartía el dormitorio con su primo Guindo quedando su cama debajo dela ventana que, por razones de higiene, “no se debía cerrar ni en las nochesmás crudas de invierno”. También con ellos dormía en la alfombra, Rex, undoberman de los marrones, que por lo menos tres o cuatro veces en lanoche al traer el viento olor a zorro, comadreja o zorrillo, o al oír algúnruido sospechoso, saltaba por la ventana con el detalle de que tanto parasalir como para entrar hacía pie en la cama (cuerpo) del viajero. Que haycosas peores ya lo sabemos. Gracias a la condescendencia del bueno deSalvador Barrera (el capataz) y de alguna lata de Cerrito de San Franciscoque la suerte ponía a su alcance, el viajero pescaba algún cigarro. Paraquitarle el vicio – se conoce que por la edad -, estando en el potrero de DonNica curando a mano algunos capones picados de sarna con un remedio abase de alquitrán y nicotina, y ante la insistencia del viajero, que por nadacedía en su empeño, entre su primo y Salvador Barrera le armaron uncigarro “de amigo”, es decir, grueso como el dedo, al que “enriquecieron”con unas gotas de sarnífugo. El viajero al terminar de fumar “cambió lapeseta” cuantas veces pudo y a duras penas, abrazado al pescuezo delcaballo volvió a las casas luciendo una palidez muy a tono con la venda
  8. 8. que le cubría la cabeza. ¿Qué si perdió el gusto al tabaco? Sí; claro; sóloque tardó sesenta y tantos años en hacerle efecto el remedio. A la estanciaademás de familiares llegaban habitualmente amigos de Montevideo –reyes, Platero…….y, naturalmente, también de Minas. La distancia decuatro leguas que separaba la estancia de la ciudad de Minas, con unahuella o camino bastante bueno para aquellos tiempos, se hacía en el forcitocasi sin necesidad de reducir demasiado la marcha. Algunas estaciones enel trayecto, estando alguno de los dueños de las casas a la vista, eran, parael modo de ser del tío del viajero, inevitables. A la altura del Arequita,traspuesto el Santa Lucía, yendo a Minas, a veces se recalaba en lo de donFermín Alzugaray: cuando alguno preguntaba después “de qué hablaron”,el comentario no iba más allá de una respuesta que decía muy poco: “Decosas de vascos…”. En las reuniones, la apología de la vida en el campopor oposición a la de la ciudad, contaba siempre con mayoría y, entre tantasafirmaciones que se prodigaban, hoy, siglo XXI, hay una que nos resultaríaaxiomática por fácilmente comprobable: “Montevideo es una ciudad degente enojada, y, cuando se dice esto, de la mano viene que es también unaciudad de gente mal educada”. Las vueltas en el pueblo eran las naturalescuando de abstraerse se tratara. La ultima parada ya de regreso y viniendoel primo Gundo al volante, era en la telefónica para agradecerle a una de lastelefonistas amiga, la prontitud en el despacho de las llamadas desde yhacia la estancia. Esperando en el coche, muchas veces el viajero sedormía. La afición del viajero por los caballos – ya en sus pocos años nadalibre de literatura – fue genuina y recíproca: sin embargo hasta que noapareció en su vida el petizo Picardía – pampita colorado – lacorrespondencia con la tropilla de la estancia (salvo la entablada con elpadrillo tostado) no fue nada del otro mundo. Pero la llegada del petizoPicardía desde los campos de La Palmita (R11-R8) alumbró una amistadque, si no fuera profanarlo todo, podría simplificarse diciendo que elviajero fue tan amigo del petizo, como éste lo fue del viajero…¿Subjetivísimo puro? Cuando ya la tía Amelia, junto con sus hijas, sehabían ido a vivir a Montevideo, le tocó a Gundo “expatriarse” con rumboal norte, a la estancia de los suegros de su hermano Eduardo, en Durazno,creo. Como si fuera hoy, el viajero lo está viendo irse, con un moro delmedio de tiro y, trampas de la memoria, por más que piense no da con elpelo del caballo en el que iba montado: ni tordillo, ni tubiano, ni oscuro,eso sí; ¿entonces? Para el viajero que lo está viendo irse, y no con son decastañuelas, precisamente, ve claro que puede existir en un mismo hecho latristeza del que se va y la tristeza del que se queda. Como el viajero noconoce ningún tipo de rencor, las judiadas de su primo hacia él, ahora nocuentan: que si lo obligaba a jinetear en un corral lleno de piedras de puntaa los terneros más grandes de las lecheras con sólo un ramplón parasujetarse; que si en la mitad del campo le arrancaba de improviso la
  9. 9. cabezada y el freno a su caballo, dándole al mismo tiempo un par derebencazos para que disparara; que si… Son estas cosas parte del folkloreparticular de cada uno, susceptibles siempre de ser exageradas en más o enmenos, pero poseyendo en el fondo el sabor irremplazable de lo vivido.Algo muy distinto a la invención literaria de cualquier anecdotario: fueprecisamente este primo, quien al llegar a media noche a la estanciatrayendo un ganado, y a pedido de su madre, encontró y desató al viajerodel eucalipto donde su tío – que por lo que se ve era suave… - lo habíaamarrado esa tarde como desproporcionado castigo a una supuesta faltacometida. En la estancia quedó su tío con el personal de campo, con Maríaen la cocina y, poco después, vino a instalarse un tiempo doña Catalina,parienta lejana entrada en años, que ofició de compañía de todos. El viajerose quedó con Picardía, el recadito de cabezadas de plata y el pequeñodormitorio para él sólo; también, ya hacía un par de meses, con el pelocomo Dios manda y la tiña definitivamente olvidada. Un aplauso para estemédico oriental, que sin recurrir a los médicos franceses, como se habíaprogramado, curó en Minas, la Calera, Lavalleja, Uruguay,Hispanoamérica, un caso desahuciado. El viajero salió a buscar la tropilladel diario al piquete de las casas, y, cosa poco habitual, iba hablando solo,desahogándose tal vez de algunos recientes sinsabores: “Me criaron muybien, sin duda; me educaron muy bien, pero no para la felicidad. Unacrianza altamente jerarquizada, muy intelectualizada y muy llena demanualidades y también de rigores, pero en ningún momento con la metacomún de la felicidad como norte. La verdad es que la inteligencia de mispadres y de mi hermana, que me llevaba ocho años, supo administrar ladisciplina, alternando los noes y los síes, no siempre en respuesta de misdeseos, pero, tengo que reconocerlo, justos siempre”. El petizo Picardíahizo punta y se llevó a un rincón del potrero. Poco tiempo después - ¿unmes, seis meses? – y por aquello de que todo llega, le llegó al viajero lahora de marchar a Montevideo, comenzando a partir de entonces a ver ysentir la estancia desde lejos. “La memoria es un pozo de dolor del quepodríamos estar sacando cubos de dolor toda la vida”, diría C.J Cela con laclarividencia de los que han sufrido. Compartir recuerdos, así sea a travésde estas líneas es un consuelo cuando se cuenta con un interlocutorinteresado: una de las peores formas de la soledad es, precisamente, nopoder compartir con los seres queridos – por las razones que sean – lascosas de uno las cosas que uno siente como moneda de cambio: una puestade sol, una mujer, unos versos, un amigo, una música, un caballo… Elviajero, lejos muy lejos hoy de aquellos años, pero cerca muy cerca en elrelato, baja el telón en este último acto de La Calera, para entreabrirlonuevamente a mediados de la década del 40, cuando la liquidación y ventade la estancia.
  10. 10. EL PENITENTESi de triangulaciones y paralelos geográficos caseros se tratara y con lamanga ancha de legua de más o legua de menos, podría decirse que laestancia donde ahora habrá de recalar el viajero queda a una distancia, enlínea recta, de ocho leguas de la de La Calera y en no demasiado distintoparalelo. Estamos en 1941 y esta vez el viajero de diez años va sentado deacompañante en un Ford Sport 1931, de dos puertas, con parabrisa devolcar y dos ruedas auxiliares a cada lado, propiedad de su tío Fernando, apunto de llegar, por la ruta 8, al camino del Marco de los Reyes. Su tíopudo entrar por la huella que sale del almacén de Otegui rumbo al cerro delVicheo, pero por el estado del camino a partir del Salto de Agua, prefirióhacerlo por el del Marco, pese a la media docena de porteras que leesperan. Que le esperan al viajero, ésa es la verdad, aunque en una de ellastendrá que pedir auxilio por estar demasiado tensada la cimbra. Toda laregión del Valle Chico, del Grande, de la cuchilla de Juan Gómez, de lasnacientes del Marmarajá, del Penitente, del Aiguá, de la cuchilla delArbolito, de Carapé, de las nacientes del Campanero, etc., etc., tuvieron ytienen para el viajero un encanto muy grande. En el siglo XVIII fueotorgada con creces la región, incluso hasta Cebollatí, al matrimonio PérezFontán, cuya colosal mensura en forma harto esquemática la practicó elpiloto de los Reales Correos Marítimos, Mariano de san Martín, y,posteriormente, a principios del siglo XIX, Nicolás de Aldana vuelve amedir buena parte de la zona, incluso hasta Arequita, propiedad de los DeLeón y los Berroeta. A fines del siglo XVIII, aparecen las azoteas deFuentes y de Cabral y lindando aproximadamente con ellos en tierrascomprendidas entre el Marmarajá y el Aiguá, ya han poblado los DelPuerto y los Cuadra, los Bustamante y los pires, hasta encontrarse por elEste con los mojones de Antonio Cortés y de Claudia Tabeyra, su esposa.El viajero, al comenzar su narración y hacer una especie de balance previode conocimientos y desconocimientos y olvidos, ve que entre todos existeun rotundo empate y, para no quedar del todo mal con el lector, comienzapor decirle que no dio con la vieja pulpería de Unzaga, ni con la poblaciónde Juan Pérez (sic), donde, dicho por él, se desarrollo el encontronazo deBorrego con el campamento de Otorgués. Recuerda, si, que estando unatarde en la pulpería de Tabeyra, hablando de que el famoso episodio habíadejado el nombre de otorgués prendido a un arroyito afluente delMarmarajá, un viejo tropero que allí estaba aseguró que un patrón que tuvocuando muchacho al mencionar la cañada la nombraba indistintamentecomo de “Orrego” o de “Otorgués”. Si así fuera, porque ambos nombres sehan perdido, especialmente el primero, la existencia de ambos seríacuestión de justicia por el protagonismo de ellos en aquellas luchas
  11. 11. fratricidas del siglo XIX. Ya en las inmediaciones de la azotea de Cabral-Alegre, dejando el monte de eucaliptos de la estancia de Ramón Fernándeza su derecha, se divisa en la otra banda del Penitente el techo colorado delas casas de la estancia y, dos o tres porteras más, se llega al fin cuando aúnno se han encendido las luces. Su tía Pura, don Goyo Tabárez - supadre……..un casal de doberman negros reciben a los recién llegados a laentrada del galpón. Llegar por primera vez, de noche, a un lado –casa,campo, ciudad-, no es el ideal; uno se siente más acotado y extranjero quede día y tarda más en acomodarse con la nueva situación. Como estamos enplena guerra – mejor dicho como están en Europa matándose – y mientrasse espera la hora de cenar, una Zenith muy grande – hoy sería gigantesca -,de las importadas por Guelfi, trasmite las últimas noticias que son, en eseaño, totalmente favorables a las tropas alemanas. La presentación en lacocina de los peones, del Negro Luís, realizada muy protocolarmente pordon Goyo, derramó simpatía por todos los rincones. Como se habíaprogramado para la mañana siguiente parar rodeo en el potrero del Salto –que era el potrero del fondo, el más distante de las casas – al viajero con elúltimo bocado le dieron las buenas noches y la sugerencia de apagar la luzenseguida. Aunque con sordina, la prosa con su primo Nando duró un buenrato, hasta que uno de los dos se durmió, o los dos al mismo tiempo, queesto el viajero no lo puede asegurar. Luego del desayuno, apenas saliendoel sol, el viajero se plantó en una yegua baya de cabos negros, bautizadamalamente con el nombre de “Boba”, que según demostró no lecorrespondía para nada, y allí marchó con todos a conocer ese día buenaparte del campo. El viajero recuerda que saliendo por el piquete de lascasas atravesaron un camino encallado y barrancoso que partía a lo largo laestancia en dos, penetrando al potrero del Cerro con costa al arroyoPenitente. El próximo potrero que debieron cruzar se llamaba, por razonesevidentes, del Baño. Luego, el de la Tapera con los restos de unaconstrucción de piedra, tal vez de alguno de los remotos Correa,encaramada en una loma muy alta y con un águila mora posada y atisbandodesde el único mojinete en pie que quedaba. Los jinetes llegan por fin alpotrero del Salto – el más arriscado de los potreros recorridos – y antes deabrirse para repuntar el ganado, el viajero se acerca y se asoma al saltomismo, famoso accidente que por entonces pertenecía, divorcio acquaroncon los linderos, a la estancia. Ya se zambullirá en la laguna formada por elchorro de agua que encauzado entre piedras es allí todo el Penitente, sinllegar a ver o sentir, pese a sus reiterados intentos, el fondo de piedra de lalaguna. Unos chivos lanudos – barcinos, moros, hoscos, entrepelados –disparan entre las piedras, atraviesan el arroyo, trepan el cerro y parándoseen lo más alto, el macho nos mira desafiándonos: los perros nada habíanpodido. Como al viajero le informaron que los tales chivos eran orejanos,sin dueño conocido, pronto con su primo quedó programada la boleada:
  12. 12. nada más que para jinetearlos un poco y largarlos después. Como carne,machos y hembras adultos son incomibles; apetecen, sí, y mucho, loschivitos mamones. Cuestión de gustos. El rodeo se para en el potrerovecino que presenta mejor terreno para apartar y galopar, y, terminado elrecuento y con una veintena de novillos por delante, se regresa a las casas,esta vez por el camino encallado y barrancoso del medio. Este lote denovillos irá en unos días a ser vendido en el local de feria de los Molles deCarapé. En la última cañada que atraviesan, muy cerca ya de las casas, losjinetes desmontan y, quitándoles el freno a sus caballos, los dejan beber delo lindo. Ya en las casas, se desensilla bajo el ombú, se baña uno y loscaballos, y se los deja sueltos, con la portera abierta a la vista del piquete.Los dos primos reponen fuerzas con sendos huevos batidos con azúcar yjerez, preparados por su tía, que indudablemente los malcría; se almuerza ya practicar ese invento tan criollo de la siesta, por lo general placer demayores y martirio de menores. No habrían de pasar más de quinceminutos que al viajero lo vemos con la escopeta calibre 24 de dos cañosrecorriendo el potrero del Sauce, tratando de levantar alguna liebre. Comocazar es también volver con las manos vacías, el viajero esta vez cumplecon el dicho, pero en cambio vuelve muy esperanzado con lo que acaba dedescubrir: el sauzal de ese potrero es dormidero de palomas grandes, demonte, y, ya es sabido que a la tardecita, cuando vuelven comidas ybebidas de las chacras, el cazador se puede apostar dentro o en una orilladel monte y tirarles a medida que van llegando sin que la bandada, esanoche, cambie de dormidero. El viajero no olvidó lo que había visto y untiempo después lo vemos volviendo casi de noche con una docena de ellaspara el puchero o el estofado de los esquiladores. Tenían el buche lleno demaíz; lo malo, por un regusto amargo en la pechuga, es cuando se hanatracado de sorgo. ***Al lado de la cocina de los peones, debajo de un viejo nogal, el Negro Luísestá afilando toda la cuchillería del establecimiento; el viajero se suma y lepide que afile el suyo, que es de la marca de los “mellizos”. Un ratodespués su amigo se lo devuelve probando, apenas, en el pulgar, el filo;dice que el filo es tal cual de navaja Solingen. Así da gusto. El viajero norecuerda ahora si ya mencionó que Liborio Techera, además de ponderadoen todo Minas y Maldonado como el rey de los alambradotes, hacía unostamangos de cuero de potrillo, tan bien sobados que se podían usar a piedesnudo, sin medias ni trapos de ninguna especie: daba lástima ponérselos.Esto se dice porque Liborio invitó al viajero a pasar el día en el potrero dela isla, a donde irían de madrugada, en carro, llevando alambre, pala,
  13. 13. barreta, máquina de alambrar, postes y piques, además, claro, delchurrasquito y las galletas, para tirar una línea nueva de alambrado linderaal camino de la cuchilla del Arbolito. Por si el programa fuera poco, elamigo Techera le contó que allí donde iban a acampar se había hechoamigo de una crucera bastante grandecita. Cuando esa noche el viajerocontó en la mesa esto de la víbora de la cruz y su amistad con Liborio, a sustíos no les cayó en gracia tanto amor porque, justamente, siendo Techera unniño de pocos años, fue mordido en su casa paterna por una crucera,salvándose de milagro, pero al costo de padecer desde entonces – sobretodo los días de tormenta – unos dolores muy grandes en todo el cuerpo,especialmente en las articulaciones. Con el carro cargado y el tordillo negroentre varas, como quien dice festejando, llegaron al fogón de Techera y sucrucera amiga, y allí descargaron. El tordillo, que era un pingazo quesobraba, había nacido en Montevideo, en la Chacarita de los padres. En laisla de monte criollo que le da nombre al potrero, el viajero empezó a armarla trampa de cepo para zorros; la había traído, por pura novelería, del montede la costa del Penitente en el potrero del Cerro, lugar que ya le había dadoun par de zorros en menos de quince días. Atravesando el camino de lacuchilla del Arbolito hacia el sur, caídas al Campanero, Liborio informa alviajero que esos cerros fueron de los Fernández y de los Acosta, linderospor la cuchilla con los de maría Machado. No estaba muy seguro perohabía oído que la finada de machado había sido madrina de su abuelopaterno. También se decía que Basilio Correa tuvo casa y corrales sobre lacosta del Penitente, en lo que hoy sería el potrero, precisamente, de laTapera. Con la altura y la vista de un cuervo que los observa en círculosdesde el cielo, el viajero y su amigo, probablemente, verían el mar, veinteleguas adelante. En esa o en otra temporada, estando también Nando con elviajero en la estancia, llegó Gundo, “acudía y respondí al legendarionombre de Refaloso”. Gundo ya había cumplido su experiencia norteña, dela que hablaba y hablaba, pero, por lo que se vio después, ya le habíaechado el ojo a la tan ponderada estancia del tío Fernando. Dicho y echo;así como llegó al Penitente, se quedó, contando con el buen recibimiento detodos. Cada tanto a la estancia llegaban, por distintos motivos y caminos,tres personajes inolvidables: don Juan Isidro Cal,………. En esa épocavivía solo, acaso con algún peón, con contadas escapadas al pueblo deMinas: lo menos que se podría decir, parafraseando a Hernández, que donJuan era un criollo de los que ya quedan pocos. El viajero nunca se explicócómo, sin aviso de nadie, apenas se reunía el ganado en cualquier punto dela estancia, aparecía don Juan a regalarnos, con su buen humor, sumaestría: verlo enlazar era una lección de arte sin alardes ni aparenteesfuerzo alguno: jinete y caballo hacían gala de una especie de parsimoniaque contagiaba: el lazo, apenas revoleado, caía sobre la cabeza del animalmansamente como puesto por la mano de Dios. También don Juan solía
  14. 14. llegar de visita a charlar con don Fernando – reunión que el viajero no se laperdía por nada del mundo -, en esa hora intermedia después de la siesta enverano y cuando aún no se ha salido al campo. El viajero no lo vio, pero elnegro Luís le contaba que en las yerras, verlo pialar, dejaba mudo alpaisanaje. Don Cal apareció una mañana trayendo de tiro a una petizablanca, criollaza, de piel negra, de nombre Paloma, como regalo a Maríacristina. Años después, entre otros potrillos, la Paloma tuvo al Palomo,blanco también, pero de piel rosada, tan o más compadre que su madre.Paloma vivó alrededor de 27 años, y su osamenta mira al cielo al pie delcerro Pan de Azúcar, en campos de Barbachán. El Palomo, que no llegó alos 20, quedó en las Flores, costas de las tarariras, en campos de JoséChavero. Don Isidro, generoso y con sentido del humor, correspondió a lascacerías del viajero en el Penitente, llevando él en persona, de regalo, unzorro embalsamado a la casa paterna del susodicho viajero, en Montevideo.Con la emoción del caso, el viajero agradeció entonces el regalo y, enforma póstuma, con igual sentimiento, lo reitera ahora. El viajero aAmadeo, ¡salud! Amadeo, el domador, era un hombre maduro que ya no secocía en el primer hervor; ni alto ni bajo, con unos kilos de más pero queno limitaban la agilidad que su oficio le pedía. En esos años, cuando aún ladoma de abajo no se había generalizado, fue agarrando de a dos las veintepotrancas bayas que se comprometió domar y, para el año, la mitad estabaya enfrenada y la otra mitad cabestreaban obedientes y se habían olvidadode las cosquillas. La peonada socarrona de los fogones, cuando Amadeoponderaba la forma de domar sin tirones ni jineteadas aparatosas, formaque era de orden en la estancia del Penitente, los hombres cruzaban entreellos miradas significativas, carraspeaban un poco y trataban de hablar deotra cosa; sobre todo cuando el domador aseguraba que había que evitar atoda costa los corcovos, las disparadas y que el potro se bolease,montándolo bien apadrinado, que el padrino le cerrase en las primerassalidas la vista del campo, “porque la bellaqueada no favorece alcaballo…”. Amadeo se encargaba a veces en largas tropeadas de 20, 30, 40leguas, llevando para hacerlos un par de redomones de la estancia. A susbaguales, acariciándolos, les llamaba indefectiblemente “Gurí”, y en suconversación hacía pie el comenzar la prosa con un “Dopué”, que en lamayoría de los casos no se relacionaba con lo que iba diciendo. DonFernando se había familiarizado con esa manera de domar, años atrás,gracias a un domador santafecino que trabajó en la estancia que teníaentonces su padre – el abuelo Nicolás, del viajero – en Queguay Chico.Don Emilio hubiera contratado a Amadeo sin pensarlo dos veces, tal comodon Fernando lo hizo. De buen jinete a buen domador, esa fue,afortunadamente, la culminación del oficio de don Amadeo: cuandoentregaba un caballo hecho, lo podían montar los niños y, para el trabajo,
  15. 15. se podía decir que sus caballos enlazaban solos, eran capaces de pecharelefantes y cruzar a nado cualquier arroyo. ***¡Basilio Viejo no miente…!Poco, don Basilio, poco…¡Deja habla bobadas…!Todavía el viajero lleva prendido en alguna parte del cuerpo o del alma, elperfume del jabón Lux de la época, cuando el turco Basilio abría el cajónpara mostrar las bellezas que traía para ofrecerlas, regateo mediante, alpersonal de la estancia: cortes de géneros, de colorinches y para luto,elementos varios de tocador para ambos sexos, artículos de escritorio,cuchillos, cintos, sombreros, sombrillas, pañuelos, pañoletas, botas,alpargatas, delantales, repasadores…….etc.,etc. De tanto venir, el turco sehabía hecho amigo de todos; además era blanco y eso equivalía, para lagente del Penitente, a una especie de título de nobleza. Don Fernando en elviaje anterior le había vendido o regalado un potranco de dos o tres años,por lo cual en este viajes su nuevo dueño se disponía, con ayuda, apalenquearlo y hacerlo cabestreador para continuar con él, de tiro, larecorrida de siempre. Como en esos días estaba el viejo Amadeo y el restodel personal no era manco, fue traer al animal del campo y en menos de loque se demora en contarlo, ya tenemos al bagual embozalado en elpalenque, sin abrojos, despuntadas un poco las crines, y con manea redondapara empezar a lidiarlo. Don Amadeo dio sus consejos: que cuiden que enel palenque no vaya a darse garrote ni se caiga y quede colgado; que eldueño lo acaricie mucho y trate de cepillarlo, sin asustarlo, haciéndole olerla mano, el brazo y el cepillo y sobre todo, recalcaba Amadeo, luego de unpar de “Dopué”, que basilio le hable y silbe, bajo, despacio, pero sin dejarde hablarle en ningún momento. El viajero lamenta muchísimo no disponerdel registro o reproducción sonora de las cosas que el turco le susurraba alpotrillo, porque de tenerlo y publicarlo se harían famosos los tres: él, elturco y el potrillo. El nuevo dueño tomó al pie de la letra éstas y otrasindicaciones y estuvo al firme dedicado a su caballo un par de días. Esto lehizo decir a la casera al ver los progresos alcanzados en la primeraamansadura del potro: “Un día más y don Basilio sale montado…”.Arriando dos yuntas de bueyes holando que se le habrían prestado, cayóLibonati a la estancia, justamente cuando el turco amansaba con su palabray sus dichos, algunos en forma meliflua, enamorada, al potrillo que,indiferente a esos arrobos, se hacía astillas en el palenque, dijera Martín
  16. 16. Fierro. Libonati pasó a formar parte del grupo que contemplaba la escena,integrado en ese momento por Amadeo, Luís Pintos y los tres primos, loscuales, frente al folklore en la indumentaria del Chelo, parecían comorecién llegados del pueblo o extranjeros. Es que el Chelo Libonati, que sinduda era muy campero, se mostraba habitualmente de chambergo de alarequintada, con barbijo de retranca, chiripá, facón caronero, y paracontemplar, hasta su caballo lucía bozal potreador, bocado y riendas dedomar, así se tratara de un redomón o un caballo hecho. El lectorcomprenderá la gracia que podría hacerle a don Fernando esos alardesinnecesarios en un establecimiento donde, creo, no había un solo par deespuelas… ***Resultó el potrillo ser hijo de la Cordera. ¡La Cordera! El viajero dice, aquien quiera oír, que le parece difícil, encontrar otro caballo tan completo,con las condiciones de la yegüita aquella. Era, para variar, baya cabosnegros; con una alzada de dos pulgadas de menos, hubiera concursado depetiza. Terminada la tarde, volvía hecha un arco, de costado, al trotecito,conteniendo un galope que se le escapaba, jugando con el freno, mirando aljinete, así fuera de una legua el recorrido para llegar a las casas, pero prontaa cambiar de paso las riendas y echando el cuerpo adelante… Si en loscaballos existe la alegría podría decirse que la Cordera estaba siemprecontenta y bien dispuesta para todo. Si al volver volvía compadrísimo, decostado, resoplando y escarceando, al salir de madrugada lo hacía armada,amartillada, voluntariosa, con el pescuezo en arco como buscando en elpasto el rastro de Pulgarcito. Contaba el Negro Luís, años después, que unahija de la Cordera, muy parecida pero con un poco más de alzada que sumadre, “se ponía a bailar apenas uno manoteara los tientos del lazo…” Loque se hereda, ya se sabe… Justicia póstuma y tardía para esta amiga deaquellos años que hizo que el viajero se sintiera por momentos un pocodueño del mundo…“Mi reino por un caballo”, clamaba en el campo debatalla un Ricardo III descabalgado. ¡La Cordera! ¡Qué no daría el viajeropor volver a volar a rienda suelta clavado en sus cruces, tratando de cortarla disparada endiablada de una tropilla! En la estancia había otros caballosque daba gusto mirarlos y montarlos: todos de muy buena boca,incansables en las campereadas y sin mañas. Para la foto o el desfile, eloscuro tapado de doña Pura; el gateado, el padrillo criollo pampa-overo-colorado campeón de la raza en el Prado, de apelativo Teru-Teru Capitán;una yegüita tostada, otra del medio baya ruana y el zaino colorado llamadoTambero, entre otros. “Enhebrado en el viento”, el viajero, jinete en el
  17. 17. oscuro – un préstamo que se agradecía alcanzó la tropa de novillos quehabía salido de la estancia tres horas antes rumbo al local de feria, enmenos de quince minutos y con el caballo entero; iban, a buena marchacuando los encontró, media legua más allá de la estancia de la Lata. Alzaino Tambero don Fernando lo mandó por una temporada a la quinta de lafamilia en Malvín, para hacerle compañía al Aguará, un oscuro traído de laestancia de Samuel Horne, allá por el Batoví, en las cercanías de Tambores(Tacuarembó). Al viajero le tocó el viaje de arena gruesa de ir a buscar alTambero a la Estación Central del Ferrocarril, acompañado del amigoVenancio que montaba el oscuro. Por más que el nombre de Tamberodenotara mansedumbre, el animal no estaba acostumbrado al hormigón delas calles, ni a los autos, camiones, ómnibus y tranvías al por mayor, nimucho menos a su proximidad intimidatorio con bocinazos de yapa. Pormás que el oscuro, ya acostumbrado, abriera la marcha o se pusiera deladero, como apadrinándolo, ni Cristo le hacía atravesar al Tambero, en laprimera media hora de marcha, los rieles del tranvía. Así, patinando en elasfalto, a las costaladas, llegó por fin el viajero, tan sudado como sucaballo, a la quinta de Malvín. Según Venancio, que también pasó las suyaspor eso de la responsabilidad, en el tiempo empleado otros llegaban aPando… ***Es probable que haya sido en la temporada siguiente (1942/43) queapareció Chicha Tabárez acompañando a César, su padre, que venía por untiempo a trabajar en la estancia. César había heredado de su padre, elimpagable don Goyo, sus habilidades de hombre de campo completo.Goyo, cuando esto ocurre, había muerto recientemente, de golpe, mientraslidiaba en la quinta a la hora de siesta. Una manera de morir – la delsíncope – que es por muchos deseada y a la que habría que agregarle a sufavor, en este caso, el que ocurriera en el ámbito y en el trabajo de toda suvida. Chicha era una chiquilina de siete u ocho años, conversadora ytraviesa, pura pólvora, virtudes que junto a la de ser muy linda y graciosa,fueron causa de la alegría general y de la del viajero en particular. Quieredecir que el viajero se sintió muy a gusto con su nueva amiga y casicontemporánea con cuya amistad, sumada a la del perro Rex – que tambiénhizo su aparición ese año – podía vagabundear en forma. Rex era un fosterde pelo corto, blanco y negro; y por si fuera poco haber sido premiadorecientemente, lucía su otra condición de ser bichero empedernido sinmiedo a nada. Entre los tres y en un espacio acotado por orden superiorpara Chicha, no dejaron cueva sin hurgar ni liebre por correr. En cuanto a
  18. 18. las liebres, Rex las levantaba y las corría treinta o cincuenta metros, y,después de la primera, que la corrió como media legua, se volvíahusmeando las carquejas, disimulando el fracaso. Lo peor fue no poderlocontener frente a un zorrillo, animalito que veía por primera vez en su vida;y así quedó, bautizado y perfumado, perfumando de rebote todo lo que seponía a su alcance. Época feliz la de los ocho, nueve, once años de edad,cuando la familia vela por uno y a uno no le acosan aún las realidades nilos fantasmas ni las responsabilidades de los años que siguen. Chichaquedó en la memoria del viajero como la compañera de la niñez en elcampo, en aquellos campos tan camperos del Penitente: un entrañable jirónmás, diría el poeta, de los inolvidables y fatales paraísos perdidos. ***“Nadie se muere la víspera”, dicen que sentenció Nicolás – tío del viajero –al entrarse en Minas del percance ocurrido en la estancia. El accidentesucedió una tardecita de enero a la salida del galpón, cuando Nando y elviajero arreaban los caballos que acababan de desensillar a su regreso delcampo. Se trataba de la Cordera y de una yegua colorada, ambas muymansas; la colorada era de Nicolás, tío del viajero como ya se dijo, y es poreso que Nando, por razones de propiedad compartida con su padre, la veníaensillando con frecuencia, tal como lo había hecho esa tarde. Hay visiones,imágenes que quedan detenidas en el tiempo pero con una inmovilidad muyviva en el recuerdo: saliendo del galpón y mirando a la izquierda hacia elportón y el horno de pan, el viajero vio a María Cristina, que apenas tendríaentonces dos o tres años, jugando con el chivo Bartola, un chivo negrocriado guacho en las cosas y que, inexplicablemente, era a María Cristina ala única persona que no topaba: ese es el cuadro que pudo fijarse parasiempre en la memoria, de no producirse el milagro. Afirmada en susmanos pateó con ambas patas la colorada alcanzando con una de ellas, en elpunto extremo de su desarrollo, la frente del viajero. Que si voló hacia atrásun par de metros, que si el desvanecimiento fue de uno o de dos minutos…son cosas que le contaron después; lo que sí recuerda es el chichón que seformó de inmediato, alcanzando el tamaño de la visera de una gorra. Pormuchos días se habló del hecho, sin que los testigos que allí se hallaban enaquel momento, pudieran encontrarle explicación, dada la mansedumbre dela yegua y la forma absolutamente normal de arrearla. Si bien elcomportamiento de los animales no es igual ni seguro siempre, al nohaberle pegado ni asustado, siendo mansa como era la yegua, la únicaconclusión aceptable es que se trató de un retozo al sentirse libre.
  19. 19. Así como la primera comadreja colorada que vio el viajero encaramada enun eucalipto, fue en la estancia de la Calera, la primera sensación o elprimer encuentro con la tierra devastada y los días bochornosos a la esperade una lluvia salvadora que no llegaba nunca, la experimentó en elPenitente durante la gran sequía de la década del 40: se salía a recorrer,pese a trillar el poco pasto que quedaba, llevando además el carro con lapiedra de afilar y para traer los cueros, en la seguridad tan segura de hallaranimales muertos. Y las bicheras, y el hambre y la sed y los incendios decampo… Los animales que llegaban a duras penas a los locales de feria,con el cuero muchas veces cortado por sus propios huesos, peligraban quelos tumbara o se los llevase el viento… Y la quiebra, las deudas de tantos,con la pobreza en ciernes… ***En el año 1947, como presintiendo que esta sería su última campereada enel Penitente, el viajero se ha instalado en una piedra del Cerro del corral yen una recorrida con la mirada, de circulo completo, se ha puesto a ubicaremplazamientos y personajes, en un paisaje que por esos años del cuarentano presenta mayores alteraciones, salvo, sí, la incorporación de algunosmontes de eucaliptos. Mirando hacia el norte, las casas de los Fernández….Hacia el Este, las casas de don…. Completado en redondo el panorama,con la estancia al alcance de la mano, por el camino barrancoso y encalladoque corta la estancia a lo largo, marcha desganada una tropa como deciento cincuenta o doscientos animales, vacas y novillos pampas, que acada dos pasos se detienen a comer, arreada por cuatro hombres y tresperros ovejeros negros. El viajero baja de su improvisado mirador y sedirige al camino, cuestión de dos o tres cuadras, respondiendo a las señasque le ha hecho uno de los troperos. A los perros se los sujeta con lapalabra y ya tenemos al viajero recostado y haciendo pie en el alambre, demano dada con el jinete que resultó ser el viejo amigo Amadeo. Eldomador monta uno de los redomones de la estancia y lleva otro, suelto,entropillado con los otros caballos de remuda. La tropeada, a donde sedirigen – Manguera Azul -, no es ni corta ni demasiado larga, perosuficiente para que los dos redomones vuelvan con casi toda la lecciónaprendida y casi a punto de recibirse. Por pura curiosidad, el viajerointerroga a Amadeo acerca del cabestro de su caballo, al notar que lo habajado y pasado entre las manos por el sobaco de una de ellas, y, sacándolopor el lado de enlazar, lo ha prendido – ni tenso ni muy flojo – a la asiderade la cincha… “Puede que sirva para sacarle las mañas a este guríestrellero, que anda a los cabezazos, creyendo el pobre que escarcea…”.
  20. 20. La tropa iba pasando el paso del Penitente cuando el viajero volvió a lascasas; lo saludó, asomado a la manguera grande, con un relincho muy bajo,corto, especie de carraspera o susurro, el Teru Teru Capitán: el viajero lerespondió solícito, rescatándole la frente blanca. En el picadero, Pedritohacía leña chica para la cocina, al tiempo que, justamente de la cocina,salían, patrona y empleada, llevando en una bandeja cuatro bollos de por lomenos, un kilo de masa cada uno, para hornearlos en un horno que, con laboca abierta, ya alcanzó la temperatura necesaria, probada con eltermómetro infalible de arrojar un papelito al aire interior, el cual debeencenderse antes de tocar el fuego o las brasas. Don Fernando ha sacadouna mesa a la galería y está ordenando papeles. El resto del personal vaarreando unos capones que fueron bañados más temprano. Como todo elmundo trabaja, al viajero lo ponen a pelar unas perdices que cazó la tardeanterior: ocho perdices al costo de los doce tiros calibre 24 que quedaban:hay promedios peores, pero también los hay mucho mejores…. Con dospollos, ya pelados, se completaría el almuerzo, o la cena. Se habló deescabeche, pero también se pensó en unos lindos repollos, unas cebollas yun tocino flaco, amén de la leche…. ¡Los hombres fuera de la cocina! Laresolución recayó en ir metiendo en la olla todo eso y condimentarlosabiamente con la ayuda de Dios, es decir, con la generosa, aunqueprudente, mano de doña Pura. Oyendo que se había optado por esta receta,don Fernando desde la galería, bautizó lo que creíamos un invento de arribaabajo: “Eso es el guiso de Trifón, que cuando veía al pasar el cartel en lapuerta de la fonda de su amigo Dinty Moore, “Hoy guiso de repollo concebolla”, trataba de escaparse – no era fácil – del control de Sisebuta, sumujer, y venir en plan de juerga a comerlo… Como eso que estánpreparando se parece bastante, podemos decir que hoy nos toca “GuisoTrifón del Penitente”. El guiso dio para las once bocas del establecimiento,repitiendo algunos: se glorificó el nombre de Trifón, pero también esverdad, y alguien lo dijo, que con perdices en la olla es difícil equivocarse.A los postres – es un decir – llegó un peón de la estancia de Fernández conla estancia de que a la altura del potrero del Baño, en la línea lindera, habíaun caballo enredado en el alambre. Sin despertar al personal, que sesteaba,salieron don Fernando y el viajero, al galopito, cargando los primerosauxilios: alambre dulce para reponer, llave de alambrar, sierra, serrucho,tenaza y la cartuchera con los remedios. En el trayecto, don Fernandosupuso lo que resultó cierto: “Se ha de tratar del potrillo gateado, de casitres años que deja para padrillo, que se ha tirado por alguna yegua alzadadel vecino…” Cuando llegaron, el bagual estaba hecho una trenza dentrode los siete hilos, sin poder moverse. Luego de cortar dos piques paraaflojar o darle holgura a los alambres, se comenzó a lidiar con el animal,curándole los tajos que tenía: uno en los cruces y dos en las paletas. Concuidado ya que se trataba de un potro que ni siquiera había sido
  21. 21. palenqueado, se le manearon las patas y, levantando los alambres todo loque daban, se le pasaron las manos para el lado de la estancia, quedandosólo la cabeza y el pescuezo para el otro lado, hacia donde forcejeaba paraescapar. Antes de desmanearlo y pasarle la cabeza pisando y levantando elalambre, don Fernando y el viajero se pusieron de acuerdo en hacerlosimultáneamente, quedando así suelto el caballo. En este punto la línea delalambrado corría del otro lado del Penitente, acorde con el zigzag que, portramos, reparte el arroyo a cada vecino. El bagual se levantó; trastabillando,resoplando y corcoveando atravesó el Penitente, que allí venía con pocoagua, y olvidado de las heridas y de las yeguas, enfiló a galope tendido enbusca de la tropilla. De regreso, quedó claro que en los próximos días habíaque comenzar con el amansamiento del potro para curarlo, sobre todo porel riesgo a la bichera, tarea preferible y que de cualquier manera se iba aencerrar, a la de enlazarlo y voltearlo en campo abierto, peligrando unaquebradura. ***El periodo 1935/1947 de la vida del viajero, no transcurre siempre en elcampo; es más, la mayor parte del tiempo vive en Montevideo, ciudad de laque es oriundo. ¿Por qué eligió entonces radicar estos apuntes en loslugares reseñados? Si se piensa en afinidades, el resultado, con puntos afavor y en contra de un lado y de otro, sería un empate. ¿Entonces? Bien;aquí viene la magia que para ciertos espíritus ejercen el campo, el caballo,la naturaleza desatada y la posibilidad de ser o sentirse personajelegendario en la amplitud, que es la contingencia misma, de un espacioilimitado. Como la hora de la despedida se acerca -¡quién pudiera, enreciprocidad, oír la despedida de las cosas inertes…!- el viajero anticipa eldolor que sentirá mañana al partir, pronunciando un adiós al campo, sinrespuesta. Así como las vísperas valen generalmente más que las fiestas, lasvísperas de las despedidas suelen ser más dolorosas que la despedidamisma. Ya sabemos que invocar o relatar el campo nos pone bucólicos, entrance: por algo el Paraíso se imagina en ámbito pastoril, abierto. Tambiénsabemos que hablar de la naturaleza es hacer crítica de ella y nadie puedeerigirse en dueño de la verdad emocional o estética, porque solo al autor leestaría conferido el derecho de hacerlo, y el autor de la naturaleza es Dios ola naturaleza misma. Ante la naturaleza puede uno sentirse frío o en llamas.Estoy seguro que el viajero es de estos últimos porque no son pocas lasveces que le hemos oído decir que siente la misma nueva admiración porlas cosas naturales de la tierra que va descubriendo, que la que han de habersentido los primeros descubridores y colonizadores al caminar estos
  22. 22. lugares. Y la gente. “Se por experiencia, decía Cervantes, que los montescrían letrados y las cabañas de los pastores encierran filósofos” Todavía –ojala que este “todavía” fuera eterno – lo antedicho tiene aquí vigencia…Se nota, entre los más viejos del campo, una forma de hablar – que es laforma consciente o inconsciente de pensar – sutilmente reveladora deprincipios educativos que no se han perdido, apuntalados por arcaísmos ymodos adverbiales, desconocidos en la prosa diaria de las ciudades.Quienes nos superaban largamente en edad y podían ser nuestros mentores,ya no están; al irse dejaron paso a las generaciones que les sucedían, por locual el viajero y sus contemporáneos pasaron de discípulos a maestros,sintiendo lamentablemente la pérdida de esas magistraturas ideales,poseedoras de recuerdos únicos, simplemente por haber vivido antes.Frente a esta realidad, hay que conformarse con lo que nos dicen los libros.Años atrás cuando estábamos un par de escalones por debajo de los“viejos”, tuvimos en la familia – padres, abuelos, amigos, tíos – la canterainagotable de conocimientos, de la cual sacar el mejor partido. Pero elcerno de lo castizo en el hablar no cae en los campos de Minas; loencontramos, sí, en los de Maldonado y Rocha, tan cerquita y tan vecinos.Con orígenes comunes y antigüedad parecida, la causa de que esto sea así,no es de explicación fácil, pero merecería la pena buscarla. A pupositoviene muy a cuento algo de lo que decía Ortega en sus inolvidableslecciones de metafísica, hablando justamente del idioma: “Olvidamosdemasiado que el lenguaje es ya pensamiento, doctrina. Al usarlo comoinstrumento para combinaciones ideológicas, no tomamos en serio laideología primaria que él expresa”. Lo que va de ayer a hoy. Hablando engeneral y con todas las excepciones que se quieran, si volvieran lascompañías de comedias y repusieran el repertorio que les diera el merecidorenombre, desde los clásicos a los románticos, pasando por Moratín hastallegar a Benavente y casona, incluso con la puesta en escena de los máscontemporáneos, pero poseedores de un sentido moral, estético, de higieney buen gusto, capaces de escribir sin ensuciarse ni ensuciarnos, si esasobras se repusieran, repito, serían muy pocos los capacitados en entender yvalorar el lenguaje de sus diálogos, prescindiendo, naturalmente, de losregionalismos y extranjerismos que pudieran contener. Nuestroscompatriotas han perdido tanto vocabulario – en palabras, sinónimos,modos adverbiales, etc. – que se quedan en ayunas frente a textos comunes,comprendidos y disfrutados por nuestros padres y abuelos y esas minoríasque siempre existen. Como prueba lamentable, muy triste, examínese a losrecién egresados de cualquier facultad, pidiéndoles la explicación y glosade media docena de refranes… También tierra adentro se nota,comparativamente con el acervo idiomático de cincuenta años atrás, undecaimiento parecido: igual que los refranes, interróguese a nuestrospaisanos más letrados tomando, por ejemplo, los vocabularios de Granada
  23. 23. y Boston y en nueve casos de cada diez veremos que habrá que ir pensandoen resucitar muchas palabras con sus correspondientes acepciones. ***El viajero tuvo la suerte de recrear la vista en su penúltima mañana en laestancia, porque a primera hora se trajeron del campo y se encerraron,todos los caballos –potros y mansos-, excepto el potrillo lastimado quequedó en el piquete, y el Teru Teru que no se le movió de la mangueragrande. La razón era darles la vacuna contra el gusano del cuajo, hacerlelos vasos, cerdearlos, tusarlos, “lavarles la cara”, todo lo que se pudiera ylos ariscos permitieran… El viajero aprovechó la ocasión para tratar decerca al Cordero, hijo de Cordera y del Teru Teru Capitán: unrequetepingazo que, de salir a la madre, daría que hablar. El potrillo yahabía recibido la primera amansadura de abajo y cabestreada con ladocilidad de todos los redomones que llevaban la marca de fábrica deAmadeo. Por eso el viajero lo sacó embozalado del corral y se fue de paseocon él, llevándolo de tiro y de pie, sin demasiado temor a no poder lidiarlo.Reparador, insinuando apenas una media costalada y apuntando con lasorejas que parecían de fierro, le resopló al palenque al pasar, recuerdo ycausa de la libertad perdida. Ya amigos, fueron hasta la portera del piquetey allí pegaron la vuelta. Solo al ver la tropilla en el corral, el Cordero seadelantaba tironeando fuerte por soltarse, pero enseguida aflojaba;encerrado nuevamente, entre relinchos de bienvenida, hizo cola para quetambién a él le “lavaran la cara”. No sé qué habría pasado si de salto elviajero se hubiera horquetado en los lomos del Cordero. La verdad es quelo pensó; la verdad es que estuvo tentado, muy pero muy tentado a hacerlo;pero no se animó: terminar quebrado como despedida, no era una finalacorde con los felices días vividos. A veces un atributo moral inconsciente,distinto al del valor o al del medio, nos lleva a actuar sin que sepamosnunca cómo ni porqué. Casi, casi se podría asegurar que el hijo de laCordera, luego del paseíto – un paseíto de no más de dos cuadras – lucíamás contento… ***Para salir de la estancia en dirección a Minas por los cerros del Vicheo, conel forcito 37, calzado con “rodado de campaña” (18 pulgadas), no habíamayores inconvenientes si la huella se encaraba a partir de la estancia de La
  24. 24. Lata. Para eso, en lugar del camino del medio, totalmente intransitable en laépoca, había que rodar a través de los potreros del Sauce, la Isla y delArbolito, donde, en el vértice de este último, formado por el encuentro delcamino de la cuchilla del Arbolito con el ya nombrado del medio, estaba laportera. Así, sorteando piedras y zanjas, y abriendo las correspondientesporteras, se llegaba al almacén de Ortegui, de cara a la ruta 8. De ahí hastaMontevideo, la escollera y el mar, siguiendo siempre por el lomo de lacuchilla, no había como perderse: ruta 8, camino a Maldonado, 8 deOctubre, 18 de Julio, Sarandí… Desde la altura del Vicheo, mirando hacialos cerros de los Perdidos, en ese rumbo, el viajero tuvo un sentidorecuerdo para la estancia de La Calera, que la sucesión de su abueloNicolás había vendido uno o dos años antes a Bernardo Aramburu, elamigo que venía de dejar la suya – 20.000 cuadras – ubicada en las sierrasdel Aguará (Batoví, Tacuarembó). Con ese adiós por lo bajo, tan particulary definitivo que regalamos a lo que no volveremos a ver, el viajero subrayóla despedida haciendo desfilar por la memoria solo lo bueno de aquellosirrepetibles tiempos de la Calera. Apenas el coche entró en el caminoasfaltado – el otro mundo – la estancia del Penitente fue quedando atrás;fue quedando atrás solo espacial o geográficamente, porque lo cierto es quea medida que el auto se alejaba se iban instalando en el ánimo del viajero,los primeros síntomas de una morriña que habría de acompañarlo siempre.

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Una breve crítica de la razón de ser de estos reencuentros con Minas y sus estancias, podría resumirse diciendo que si quedó mucho por decir, lo dicho tiene el don multiplicador suficiente para proyectar en el lector las notas bemoles de su propia biografía y experiencia. Por lo general los detalles y entresijos que pudieron quedar en suspenso, pesan de igual manera como no pocos de los hechos considerados importantes. Un nuevo intento catalizador de los rincones del alma y de los cerros, con el franco respiro de los valles, que tanto agradece el viajero caminante.

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